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Evangelización: Predicar la Cruz de Cristo (3-may-2021)

¿Tenemos una obligación de medios o una obligación de resultados?

1 - La resolución de Paul

En el primer capítulo de 1 Corintios, el apóstol Pablo explica cuál era su medio para llevar a las personas a una relación con Dios. Habla de ello en los versículos 18, 21, 23, y en el capítulo 2, versículos 2 y 7: ¡es la predicación de la Cruz! No utilizaba ningún otro medio. En el capítulo 2:2, cuando dice: «Porque decidí no saber cosa alguna entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado»; eso significa: mi mensaje, mi presentación, mi método, cuando hablo a la gente, va a ser de Cristo y de Cristo crucificado solamente. Pablo tomó esta resolución, para no caer en la tentación de utilizar los métodos y el lenguaje que la sabiduría del mundo enseña, ¡cuánto más deberíamos hacerlo nosotros!

En el mundo del comercio y del derecho se plantea a menudo una cuestión: la diferencia entre una obligación de medios y una obligación de resultado. ¿Y la Iglesia? ¿Está sujeta a una obligación de medios o a una obligación de resultado?

Afortunadamente Dios, por boca del apóstol, ya ha juzgado el caso de todos los predicadores, y su recomendación es clara. Por lo que respecta a ellos, tienen una obligación de medios: «De igual manera, si alguien lucha como atleta, no es coronado si no lucha según las reglas» (2 Tim. 2:5). Pero también podemos saber que Dios se ha impuesto una obligación de resultado por este medio.

Que todos nos renovemos en nuestra determinación de predicar a Jesucristo crucificado, no solo porque tenemos una obligación, sino por los resultados poderosos y gloriosos que Dios puede dar por este medio.

2 - Una obligación de medios

Como creyentes, recordamos en primer lugar que tenemos una obligación de medios en nuestro servicio cristiano: predicar la Cruz. Algunas cosas pueden cambiar, pero siempre será el mismo mensaje de la Cruz que Dios nos llama a predicar.

3 - Distintos auditorios, un solo mensaje

Pablo se dirigía a auditorios diferentes, versículos 22-23: «Los judíos piden milagros… los griegos buscan la sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado». Pablo estaba ante dos grupos de personas: judíos y griegos, cada uno con estilos, pensamientos y antecedentes diferentes. Para atraer a un judío con el mensaje de Dios, se necesitaba un milagro al estilo de Moisés o Elías, (del tipo sensacional: agua que brota de una roca, fuego que cae del cielo); para atraer a un griego, se necesitaba un discurso de sabiduría al estilo de Platón o Aristóteles. De lo contrario, a ninguno de los dos les interesaba lo que se les decía.

Entonces, ¿cómo trató Pablo a estos diferentes grupos? ¿Intentó satisfacer sus expectativas? No. Los judíos piden esto, los griegos piden aquello, «pero nosotros predicamos a Cristo crucificado». No les dio lo que querían. De hecho, parece que aquí les ha ofrecido incluso lo contrario. Pedían una señal de poder, les dio una señal de debilidad (la Cruz). Piden sabiduría, él les presenta una locura (la Cruz).

¿Por qué lo hace? ¿Porque era ignorante o insensible a los antecedentes culturales de estas personas? ¿Porque ya no estaba “al día”? ¿Porque no sabía adaptar su mensaje a su auditorio? ¡No! Pero, sabía que no siempre es prudente dar a la gente, que es ciega y corrupta por naturaleza, lo que reclaman o creen necesitar. Responder a lo que desean, puede hacer que se sientan cómodos, puede llenar una sala, pero no puede salvarlos –lo vemos aquí: los judíos ya habían tenido muchos milagros, los griegos ya habían oído mucho de los filósofos y de los discursos sabios, pero eso no les hizo volverse a Dios, ni siquiera lo conocían o lo amaban.

Se habla cada vez más de la necesidad de adaptar el mensaje a los estilos y deseos del auditorio, según la edad, según la cultura, según los gustos representados, para no ser un obstáculo para el Evangelio. Pero ¡cuidado! Aquí Pablo nos recuerda nuestra obligación, no de dar a las personas lo que piden o buscan, sino de presentarles la Cruz que es la única que puede salvarlas y transformarlas verdaderamente. Debemos recordar que, para las personas no regeneradas, sus gustos, sus deseos, sus estilos, sus ideas, a veces la música, la ropa e incluso ciertos hábitos culturales son las mismas cosas que Dios quiere cambiar o transformar a través del mensaje de la Cruz.

Ciertamente, Pablo, con su inteligencia, podría haber utilizado el lenguaje y el discurso que agradaba a los griegos, pero es precisamente esta sabiduría y lenguaje humanos de los que Dios quería liberarlos, porque conducen al orgullo y a la confianza en el hombre. Pablo quería que su fe se basara, no en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios, y por eso no adoptó el estilo de ellos. Pablo podría haber hecho milagros para estos judíos que los pedían, puesto que ya había hecho varios como apóstol, pero, de nuevo, no quería que la gente se centrara en las señales y los prodigios, sino en Jesucristo y su Cruz. Así que les presentó la Cruz.

En el público de hoy seguirá habiendo buscadores de signos y buscadores de sabiduría. Hablemos de estos dos signos. ¿De dónde viene esta fascinación por los signos? ¿Por qué los judíos piden señales? Se pueden dar muchas razones, pero Jesús revela la verdadera razón para ver milagros. En Juan 6:26 leemos: «Me buscáis, no porque visteis los milagros, sino porque comisteis de los panes, y saciasteis». Nos gustan los signos y los milagros porque son agradables a los sentidos, y nos gusta tener los sentidos estimulados. Nos permite saborear cosas interesantes, ver cosas espectaculares, oír sonidos potentes, sentir sensaciones fuertes, y es lo que ama el mundo. ¿De dónde viene el interés general de nuestra sociedad por los conciertos, por las películas, por las fiestas, los deportes y la sexualidad sin límites? Son actividades que estimulan los sentidos de una manera bastante fuerte; es agradable, se busca. Solicitan el viernes por la noche la discoteca, el sábado por la noche el estadio, también solicitarán el domingo su ocupación religiosa. ¿Qué les ofrecemos para que pasen buenos momentos con nosotros? ¿Los sonidos que les gustan? ¿Sensaciones fuertes? ¡No! ¡Predicamos a Cristo crucificado!

Y los que buscan la sabiduría, ¿aún existen? Por supuesto que sí. Son aquellos para los que el mensaje debe tener una explicación racional y lógica, aquellos para los que el mensaje debe estar alineado con la sabiduría filosófica o política, o con el pensamiento literario, en lenguaje contemporáneo. Entonces, ¿qué mensaje presentar a los que buscan esas cosas? ¿Cómo les hablamos? ¡Predicamos a Cristo crucificado!

Distintos auditorios, distintas culturas, distintos estilos, cada uno con distintas exigencias, pero un mismo mensaje para todos: Jesucristo y Jesucristo crucificado. Una interesante anécdota en la vida del evangelista Rubén Saillens lo confirma; acababa de celebrar una serie de reuniones evangélicas cerca de Rouen, en Francia, con mensajes dirigidos específicamente a la gente de la calle y a los vagabundos del muelle, (un “público duro y difícil”, dijo). Cuando recibió una invitación de La Haya (en Holanda) para predicar en una iglesia valona, dijo: “No tenía tiempo para preparar otra serie de conferencias, y estaba a punto de dar en La Haya lo que había dado en Rouen; pero aquí me informaron de que la Reina tenía intención de estar presente. ¿Los mensajes destinados a los vagabundos podrían ser útiles para la Reina y su escolta? Pero me armé de valor: el Evangelio es el mismo para todos, y repetí mi serie de mensajes”, una serie que conmovió a la Reina, ya que volvía a cada encuentro.

Así que no hay que preocuparse cuando el auditorio cambia, independientemente de las expectativas de cada uno. El público de Jerusalén en el primer siglo no era el de Atenas. El público de Ginebra, siglos después, no era el de Saint-Denis o Toulouse o Niza hoy, pero en todos estos lugares el mensaje de la Cruz es perfectamente apropiado para tocar los corazones.

4 - Habrá diversas respuestas, pero aun así, un solo mensaje

En el capítulo 1, versículo 23, Pablo describe las diferentes respuestas que recibió a este mensaje: «Escándalo para los judíos y locura para los gentiles». Los judíos, al escuchar la palabra de la Cruz, estaban contrariados, escandalizados y desanimados; los griegos se reían de ella. Se burlaban de semejante locura. Tales reacciones no son sorprendentes: el pensamiento de Dios es ajeno al hombre: un nazareno crucificado por los romanos en un madero, hecho maldición, es escandaloso para un judío –¡cómo se puede imputar tal debilidad al Todopoderoso! Una persona que es a la vez plenamente Dios y plenamente hombre, que muere y resucita para el perdón de los pecados, no se ajusta a las reglas de sabiduría y razonamiento establecidas entre los griegos. Así que, naturalmente, un mensaje de este tipo produce respuestas negativas.

Pero, ¿significa esto que Pablo cambió su forma de actuar o modificó su mensaje? No, «Predicamos a Cristo crucificado». Aunque sea un escándalo para los judíos o una necedad para los gentiles, seguiremos predicándolo.

5 - Diferentes predicadores: siempre un solo mensaje

Pablo dice: «Predicamos a Cristo crucificado». Dice «nosotros» porque eran muchos los que trabajaban así: estaba Pedro, estaba Apolos (1:12), estaba Sóstenes (al que cita en los saludos), estaban Silas y Timoteo (que trabajaban con él en Corinto: Hechos 18:5), etc. Entre ellos había diferentes dones, diferentes llamados, diferentes ministerios, pero todos predicaban el mismo mensaje: «Predicamos a Cristo crucificado». Por lo tanto, no es un mensaje reservado solo a los apóstoles, o reservado solo a los que tienen el don de evangelización, o solo a los oradores dotados. Es un mensaje que puede ser predicado incluso por alguien que se encuentra en un estado de debilidad, de temor y de gran temblor, como el propio Pablo lo fue.

El auditorio puede variar, la respuesta puede ser negativa, el predicador puede cambiar; sin embargo, la predicación de la Cruz sigue siendo el medio obligatorio de la Biblia para comunicarse con el mundo.

6 - Hablemos de los resultados

Con este mensaje, totalmente alejado del estilo del mundo, ¿debemos resignarnos al fracaso y a la mediocridad en el ministerio? ¿Debemos adoptar la actitud de las empresas que dicen: “¡Lastima que no funcione! Solo nos ocupamos de los medios”. ¡No! La Biblia dice que la Cruz no será predicada en vano, ya que Dios mismo se compromete a producir resultados a través de ella. Mirad todo lo que hace Dios cuando se predica la Cruz:

A través de ella, versículo 18, él desata un poder salvador. A través de ella, versículo 19, destruye la sabiduría del mundo. A través de ella, versículo 12, salva a los que creen. Cuando se predica la Cruz, versículo 24, los llamados por Dios vienen y entienden. A través de ella, capítulo 1 versículo 24, Dios hace una demostración de Espíritu y de poder que suscita la verdadera fe.

¿Qué música puede producir esos efectos? ¿Qué espectáculo puede hacer lo mismo? ¿Qué enfoque político puede conducir a tales resultados? ¡Ninguno!

Dios ha unido inseparablemente su bendición y su poder a la predicación de la Cruz. En otro contexto, Dios exige que el hombre no separe lo que Dios ha unido. Aquí tenemos la unión de dos cosas: la predicación de la Cruz y el poder de Dios que producen resultados reales. ¡No debemos separarlos!

Entonces, ¿por qué eligió Dios la Cruz para producir estos resultados? ¿Por qué Dios tiene tanta preferencia por este medio?

7 - Como ninguna otra cosa, la Cruz glorifica a Dios

Por eso tiene tanta preferencia por este medio. La Cruz nos muestra la mejor manifestación de la gloria de Dios. Es allí donde Dios manifiesta el conjunto de sus gloriosos atributos; es allí donde proclama su nombre de la manera más completa y comprensible. Por eso Jesús quiso ir allí: «¡Ahora está turbada mi alma! ¿Y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! Pero para esto vine a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre! Entonces vino una voz del cielo, que decía: Ya lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré» (Juan 12:27-28). Fue en esa hora de la Cruz que Dios glorificó su nombre. ¿Qué es el nombre de Dios? Es su carácter, es la manifestación de su naturaleza. Por ejemplo, cuando Dios proclamó su nombre a Moisés en la montaña, le dio una lista de sus atributos: su bondad, su fidelidad, su misericordia, su justicia, su amor (Éx. 34:6-7). Estos atributos eran la proclamación de su nombre y la manifestación de su gloria.

Y como Jesús pidió que lo hiciera, su Padre glorificó perfectamente su nombre en la Cruz, porque allí pudo desplegar todos los atributos que componen su glorioso nombre. Allí proclamó y reveló su poder y su sabiduría (1 Cor. 1); allí demostró su amor como en ningún otro lugar (Rom. 5:8); allí manifestó su justicia (Rom. 3:23-26); Su ira y su irritación contra el pecado (Is. 53:4-5, 8, 10); su soberanía y su providencia en los asuntos de los hombres (Hec. 4); su santidad (Hebr. 9:26), su fidelidad (en el cumplimiento de su palabra y de sus promesas).

Nada puede revelar el maravilloso y magnífico carácter de Dios y la gloria que se le debe como la Cruz de Jesús. Así podemos entender por qué Dios quiere mantenerla en el centro. Y también será ventajoso para nosotros.

8 - Donde Dios es glorificado, los hombres son atraídos

Donde Dios es glorificado, también los hombres son atraídos. Esto es lo que dijo Jesús en Juan 12:32-33: «Yo, si soy elevado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Pero decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir». Jesús habla de ser elevado. En efecto, esto es lo que ocurre cuando se es clavado en una cruz, a diferencia de la lapidación, por ejemplo, donde más bien te agachan. Pero tiene un doble sentido. El verbo «elevar» también significa «exaltar», “elevar a la dignidad, a los honores”. Por la Cruz, Jesús fue elevado unos metros por encima de la tierra, pero también por ella, elevado a los honores y a la dignidad, como dice el Apocalipsis: «El Cordero que fue sacrificado es digno de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y el honor, la gloria y la bendición» (Apoc. 5:12). Por la Cruz, es exaltado a la gloria, y allí se muestra como el Salvador digno de la fe, el Redentor digno de un amor que no puede sino atraer a los hombres hacia él. Cuando el hombre ve a un Dios tan glorioso, tan exaltado, tan perfecto, tan adorable, tan adecuado, se siente atraído. Y somos nosotros, los predicadores de la Cruz, los que podemos elevarlo hoy para atraer a los hombres hacia Él.

9 - Donde Dios es glorificado, él envía su bendición

Donde Dios es glorificado, él envía su bendición y su poder, tanto sobre el predicador como sobre la asamblea. Como Dios había decretado: «Honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco» (1 Sam. 2:30). Y como la Cruz honra a Dios como ninguna otra cosa, Él honrará tal ministerio de predicación.

10 - Como ninguna otra cosa, la Cruz ofrece, después de todo, lo que los hombres necesitan

Dios conoce el corazón del hombre mejor que el hombre conoce su propio corazón. Dios sabe que, en la Cruz, el hombre encontrará todo lo que necesita para ser feliz, aunque el que lo necesita no esté consciente de ello. Por eso Dios quiere que prediquemos la Cruz y nada más. Tanto para los que piden milagros como para los que buscan sabiduría, esto es exactamente lo que ofrece la Cruz, más allá de toda expectativa. Los judíos pedían una manifestación de poder, los griegos buscaban sabiduría, y eso es exactamente el mensaje de la Cruz: «para los que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor. 1:22-24). Algunos lo desecharán como escándalo o necedad, pero Pablo dice que, debido a la llamada de Dios, algunos verán la Cruz como lo que realmente es: la mayor manifestación de poder, la mayor sabiduría que el universo haya visto jamás. Estas personas dejarán de esperar otra cosa. Les encantará, la apreciarán. Reconocerán que nunca podrán encontrar nada mejor que este mensaje, y agradecerán que no se les haya ofrecido nada menos.

Alguien ha escrito: “Hay tal excelencia en Jesucristo que quienes la ven no buscan más, y el alma descansa en ella. En él, el alma ve una gloria magnífica y una belleza inefable; reconoce que hasta ahora perseguía sombras, pero ahora ha encontrado la sustancia; antes buscaba la felicidad en el arroyo, ahora ha encontrado el océano”. La excelencia de Cristo es un objeto suficiente para todos los deseos del alma, capaz de llenar todo en todo (comp. Efe. 1:23).

¿No es un crimen seducir a un hombre con un arroyo agotable cuando tienes un océano infinito que proponerle? Jesús se guardaba de tal crimen. Cuando a Jesús le pidieron de beber, no le dio una bebida como la persona esperaba, le ofreció agua viva (Juan 4:14). A los que le pidieron pan, no les dio el pan que querían, les ofreció el pan de la vida, su carne partida (Juan 6:35). A los que le pedían una señal, no les dio la señal que querían, les dio algo mejor: la señal de Jonás, la señal de su propia resurrección (Lucas 11:29-30). A los apóstoles se les pidió dinero. No dieron dinero, sino lo que tenían: el mensaje de Jesucristo (Hec. 3:6). Los hombres piden las cosas según sus conceptos; pero Dios tiene reservado algo mucho mejor. Como dice Pablo: «Lo que ojo no vio, ni oído oyó, y no subió al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que lo aman» (1 Cor. 2:9).

La Cruz es el medio por excelencia por el que Dios produce resultados excelentes, tanto para su gloria como para nuestro bien. Esperamos que ahora, esté usted convencido que cualquier otro medio es inferior en eficacia.

11 - La tentación de abandonar nuestro tesoro

Desgraciadamente, a veces actuamos como algunos de los reyes de Judá: muchos de ellos, incluso los buenos, ante una amenaza, en peligro de perder a los hombres y viendo debilitarse al pueblo, pensaron según la sabiduría del mundo y cambiaron los tesoros de la casa de Dios (oro y plata) por una promesa de seguridad. Y Dios les dijo: ¿Por qué no habéis confiado en mí? Allí perdisteis vuestro tesoro y no ganasteis nada de valor a cambio (véase Lucas 12:34).

Tenemos un tesoro. Este tesoro es el mensaje de la Cruz de Jesús, la belleza y la riqueza de la Iglesia. Pero a veces, frente al enemigo, frente a las estadísticas, nos asustamos y estamos dispuestos a cambiar nuestro tesoro por métodos mundanos que no valen nada. Y entonces, cuando las personas vienen a la casa de Dios, todo lo que se les puede mostrar es un sustituto muy pálido comparado con la riqueza de la predicación de la Cruz.

La Cruz de Jesucristo es un tema que ha entusiasmado a los profetas durante siglos (1 Pe. 1:8-11); es un tema en el que los ángeles desean mirar de cerca (1 Pe. 1:12); es un tema que ha inflamado muchos corazones en el camino con Cristo (comp. Lucas 24:32); es un tema que suscitará alabanzas celestiales por los siglos de los siglos, por la eternidad (Apoc. 5:11-14). Entonces, ¿qué nos da derecho a decir que, excepcionalmente, hoy, para el hombre del siglo XXI, es un tema obsoleto y superado?

Pablo debe reprender a los gálatas (y quizás también a nosotros) por estar fascinados por algo que no es la Cruz de Cristo: «¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo como crucificado?» (Gál. 3:1). Según Pablo, no hay nada más fascinante y eficaz que el mensaje de la Cruz. Una vez que se ha tenido la visión de Jesucristo crucificado, no se puedes estar fascinado por nada más. Pero si alguien se dejara fascinar por otra cosa, es realmente un terrible error o seducción.

12 - Decisión final

«Predicamos a Cristo crucificado». Que cada cual pueda hacer el mismo trabajo de evangelización, ya sea para restaurarlo o para mantener este lema en buen estado, para que la Iglesia de Jesucristo esté toda dispuesta a acoger a los que han encontrado su salvación en Jesucristo.

En la cruz, la obra se cumplió. Jesús acabó la obra que el Padre le había dado para hacer (Juan 17:4). Ahora, anuncia a todos los que quieran escuchar, en un mensaje más poderoso de lo que podemos imaginar, que la obra está terminada. La voluntad de Dios, sus planes eternos de gracia y de justicia, fundamentados en la Cruz, se han cumplido. La obra por la que Dios iba a ser glorificado y el pecador redimido, ha llegado a su bendita conclusión: «Cumplido está». (Pero todos los resultados obtenidos por la obra de la Cruz aún no han sido manifestados).

La verdadera perfección solo se encuentra en la cruz del Gólgota. Allí Cristo hizo una obra perfecta y que produce perfección; una obra «hecha una vez por todas» (Hebr. 10:10). No es necesario repetirla; ¡nada se puede ni se debe añadir! Es una obra sobre la que el propio Señor ha puesto su sello: «¡Cumplido está!».

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Reflexiones cristianas sobre la ecología y “salvar el planeta” (20-mar-2021)

1 - La ecología, ¿una religión clandestina?

¿Se ha convertido la ecología en una religión clandestina? Ciertamente se ha convertido en una religión para muchos. Puesto que la religión tradicional ya no interesa a mucha gente, y puesto que los humanos son fundamentalmente religiosos en el sentido más amplio, era necesario encontrar algo que descartara al Dios tradicional de los cristianos, y lo sustituyera por un sucedáneo.

El Dios de los cristianos es hoy cada vez más mal conocido, y en particular el Dios de Jesucristo.

La historia nos enseña que la ecología es más o menos la “hija” del comunismo, que a su vez es ateo y opuesto al cristianismo.

En la ecología, como en todos los sistemas totalitarios, se necesitan imágenes fuertes, figuras que puedan dirigir a las masas. Recordemos el “viernes por el futuro” de Greta Thunberg, que llevó a millones de jóvenes a manifestarse, hasta el punto de imponer su presencia en las asambleas nacionales.

El poder del error que Dios envía a los hombres para que crean en la mentira, porque no han recibido el amor de la verdad para ser salvos, debería hacernos reflexionar (2 Tes. 2:10-11).

La participación en los movimientos cristianos para salvaguardar la naturaleza conlleva graves riesgos, ya que estos movimientos suelen estar dirigidos por organismos ecuménicos. Incluso se habló de “iglesias verdes” en Francia en 2017. Los objetivos son ciertamente loables, pero están orientados a preocupaciones de naturaleza terrenal, quedando lo espiritual más que marginal. Si todo ciudadano debe hacer lo posible por preservar la naturaleza, el cristiano no debe hacerse ilusiones sobre el final de esta tierra. Este ecumenismo va en contra de la verdadera espiritualidad, que es acercarse a Dios, como Dios Salvador.

Además, la juventud está especialmente orientada a participar en múltiples órganos activos y dedicados al bienestar del planeta.

En la actualidad, la nueva situación provocada por la propagación del coronavirus, desestabiliza todas las economías, así como el tejido social de nuestro entorno. Esto empuja al hombre hacia una acción a gran escala para intentar restablecer un equilibrio biológico universal controlado (mediante una colaboración científica mundial).

Es normal que el hombre tenga dominio sobre la creación (Gén. 1:26; 9:1, 4). El creyente está obligado a un cierto respeto por del medio ambiente y de la naturaleza (Gén. 2:15). El cuidado de la preservación de las especies está en la ley de Dios (Deut. 22:6-7), así como la acción contra la contaminación indiscriminada (Deut. 23:10-14).

Permanezcamos vigilantes, esforzándonos por seguir dando testimonio de la verdad que honra el Evangelio del Señor Jesucristo.

«Santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones; y estad siempre dispuestos a responder con bondad y respeto a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pe. 3:15).

2 - Jóvenes adoctrinados para “salvar” el planeta

Vemos aparecer un llamamiento emocional para que los jóvenes se comprometan con la ciudadanía de dimensión mundial. Los jóvenes son sensibles a esto, ya que a menudo tienen un mayor deseo de justicia, y les gustaría cambiar el mundo, o mejorarlo.

Esto es lo que está en juego en los programas universitarios que enseñan valores de ciudadanía globales. A los jóvenes se les enseña a jurar lealtad a los valores terrenales, incluido el misticismo oriental, y a abrazar la idea de que pueden cambiar el mundo, e incluso salvarlo.

Estas ideas no son nuevas, pero cada vez son más importantes, incluso llegan a ser el pensamiento dominante. Los problemas actuales y reales de la superpoblación mundial, de calentamiento climático, acentúan este dominio sobre los jóvenes, que a menudo son guiados por sus emociones.

La creación se antepone al Creador, y el mundo se convierte en el centro de nuestra atención en lugar de Dios mismo, que es el Creador. Se deja de lado a Dios. La Biblia nos dice: «Pretendiendo ser sabios, se hicieron insensatos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible…» (Rom. 1:22-23).

El mundo cambia, y se levanta cada vez más en un acto de transgresión contra la ley de Dios; mientras que solo Él puede hacer posible el progreso real. Es él quien salva al mundo y es nuestro Salvador.

El hombre dice: vamos a salvar el mundo, ofreciendo un plan para salvar el planeta, en un impulso muy cercano al panteísmo. El panteísmo es una doctrina filosófica o religiosa que rechaza o minimiza la idea de un Dios creador. Tiende a representar a la naturaleza como un ser divino al que se debe adorar. Se dice que salvando el planeta, nos salvamos a nosotros mismos.

Hoy en día la consigna es “nosotros”, y esto da sentido, valor y propósito al individuo.

A menudo, las iglesias guardan silencio frente a este pensamiento, y a veces incluso son cómplices. En 1970, tras el primer “Día de la Tierra”, 20 millones de estadounidenses participaron en una educación inicial; decenas de miles de estudiantes de secundaria recibieron el “manual medioambiental”. Si se mira bien, el libro dice que “el cristianismo es responsable de la situación actual”.

No nos quedemos en la ignorancia, examinemos estas cosas a la luz de la Biblia, y vigilemos como padres creyentes lo que se enseña a nuestros hijos, y esto, desde el jardín de infancia.

Debemos entender, y hacerles entender, que Dios es distinto de su creación, que es el único y divino Creador. El pensamiento dominante en el mundo es que Dios, la naturaleza y el hombre son los tres intrínsecamente uno. El hombre quiere atribuirse en su locura las cualidades de Dios y sustituirlo, mientras que solo Dios puede hacer progresar. Él es el Salvador del mundo.

Enseñemos cuidadosamente a nuestros hijos la diferencia entre lo que dice el mundo y lo que dice la Biblia.

Satanás quería ser igual a Dios, y el hombre de hoy tiene ese mismo pensamiento. ¡Qué mentira! Sabemos que el Anticristo se instalará en el templo de Dios para ser adorado como Dios.

Estamos en una época de progresivo rechazo a la autoridad y al cristianismo, y al mismo tiempo la humanidad tiene la necesidad de encontrar un nuevo sentido a las cosas, un nuevo objetivo, una nueva comprensión.

Se trata de una utopía fatal de la que, como cristianos, debemos cuidarnos y no dejarnos arrastrar. Juan nos dice: «Os escribí, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno» (1 Juan 2:14b).

3 - Estamos asistiendo a la construcción y surgimiento de una nueva religión atea

Los cimientos de “esta religión” se están poniendo poco a poco, con las siguientes características:

• La noción de pecado se transforma en la violación de las normas ecológicas.

• Una nueva moral está cada vez más presente, que consiste en seguir los valores ecológicos.

• La «conversión» ha llegado a ser conversión ecológica (mencionada cinco veces en la encíclica “Laudato Si” de 2015).

• A los cristianos se les llama profetas de la fatalidad, ¡porque no está permitido discutir, de ninguna manera, el mensaje enviado por los ecologistas!

• La necesidad de salvación se transforma en “Salvar el planeta” o “Salvar la casa común”, asegurando que esta salvación está dentro de la capacidad del hombre.

• El salvador es el propio hombre.

• Una educación común a todos los pueblos es lo que propone y promueve el pacto educativo global lanzado por el “Papa” (en septiembre de 2019), con vistas a una ecología integral y un nuevo humanismo.

• Añadimos que el mesías de esta religión atea será simplemente el anticristo: el hombre como centro, en lugar de Dios y el Hijo de Dios. Según 2 Tesalonicenses 2, tendrá el carácter de un hombre de pecado, disfrazado de ángel de luz según 2 Corintios 11:14. También tendrá el carácter de «falso profeta» según Apocalipsis 16 y 19. Todavía no se ha manifestado, al menos que sepamos. Como falso profeta será especialmente capaz de propagar las más aberrantes ideas falsas (fake news = noticias falsas), y de inculcar en las multitudes todo lo que se oponga a Dios.

Esta “nueva religión” está marcada por la ignorancia absoluta y voluntaria de Dios y de su Palabra (la Biblia) –especialmente la ignorancia de la declaración de Jesucristo (Lucas 17:33): «El que procure salvar su vida [= sin el Único Verdadero Salvador] la perderá».

Esta “nueva religión” desvía la atención de los juicios y castigos que caerán sobre toda la tierra habitada trivializando catástrofes de hecho o en imagen.

Claramente anima al hombre a poner su confianza en el hombre y no en Dios (Jer. 17:5).

Añadimos que el cristiano no espera la restauración de la tierra, sino un futuro celestial. Sin embargo, un reino de paz en la tierra y ricas bendiciones (incluyendo las ecológicas: lea el Salmo 96:10-13) bajo el reino del Mesías es anunciado por la Palabra de Dios durante el Milenio, pero solo después de que el Señor regrese para arrebatar a la iglesia y después de los terribles juicios del Apocalipsis.

Cuando el hombre deja de lado a Dios, se ciega y está dispuesto a creer las mayores mentiras (Rom. 1:21; 2 Tes. 2:11-12). Los grandes peligros a los que se enfrenta la humanidad son, sobre todo, los juicios de Dios según el Apocalipsis a causa de los pecados contra Dios.

Ante las catástrofes que se producen en esta tierra, sea cual sea su origen, el hombre debería ver una llamada al arrepentimiento (léase atentamente: Lucas 13:2-5; Hec. 17:30).

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¿Qué evangelio estamos anunciando? (1-feb-2021)

0 - ¿Estamos sembrando más cizaña que buena semilla?

No desconocemos la solemne advertencia que dejó el apóstol Pablo, advirtiendo a cada uno sobre la existencia de «otros evangelios», diferentes al que él mismo anunciaba. Precisa que estos «otros evangelios» no tienen ninguna utilidad para quienes los reciben: «Os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, que también recibisteis, en el cual también estáis firmes, mediante el cual sois salvos si retenéis la palabra que os prediqué; a menos que hayáis creído en vano» (1 Cor. 15:1-2). ¡Este es un tema solemne porque de él depende la salvación de las almas!

«Porque si alguien viene predicando… un evangelio diferente del que aceptasteis, bien lo toleráis» (2 Cor. 11:4). Por lo tanto, existe un peligro muy real de que los cristianos acepten fácilmente «otros evangelios», los que obviamente no salvan a nadie. Lamentablemente, esto parece ser el caso hoy en día en más de un sector de los que anuncian el «evangelio».

Sería prudente, por lo tanto, preguntarnos si, en nuestras respectivas reuniones, los que hacen obra de evangelista siempre proclaman el Evangelio original. Para ello, solo tenemos que considerar los diversos elementos que componen el verdadero Evangelio.

Se pueden resumir de la siguiente manera:

  1. Es un Evangelio centrado en Dios y no en el hombre
  2. Anuncia la perdición del hombre sin el sacrificio de Cristo
  3. Anuncia el perdón de los pecados
  4. Anuncia el juicio y la resurrección
  5. Anuncia la divinidad de Cristo
  6. Anuncia la gracia y la fe
  7. Anuncia la necesidad del arrepentimiento
  8. Anuncia la necesidad de la sana doctrina
  9. Anuncia la necesidad del nuevo nacimiento
  10. Anuncia la necesidad de un verdadero Evangelio para una convicción de pecado para salvación
  11. Anuncia la multiplicación de los «otros evangelios»
  12. Anuncia el tribunal de Cristo

Conclusión: ¿Qué estamos anunciando?

1 - Es un Evangelio centrado en Dios y no en el hombre

La salvación del hombre tiene su origen en el amor de Dios, no solo porque se apiada de nuestro estado desesperado, sino por su amor eterno por el cual y para el cual nos creó. Dios creó al hombre a su imagen, y ha puesto todo en obra, después de la caída del hombre, para hacer de él su hijo adoptivo en Jesucristo, objeto de su gracia y bendiciones eternas, y para compartir con él Su gloria. La salvación es el medio divino para restaurar el plan original de Dios, perdido por culpa de Adán. Un «evangelio», como el de la prosperidad (o bienestar), que se limita a satisfacer las necesidades materiales del hombre sin hacer hincapié en el amor divino o en su plan eterno ya no es el verdadero evangelio. El Evangelio mantiene a Dios en el centro, y el arrepentimiento es el medio divino ofrecido al hombre para que pueda acercarse a Él.

2 - Anuncia la perdición del hombre sin el sacrificio de Cristo

El verdadero Evangelio debe necesariamente explicar la razón del estado miserable del hombre, es decir, su pecado, la verdadera causa de todas sus desgracias presentes y futuras. La razón suprema de la encarnación de Cristo es resolver el problema del pecado de una vez por todas (p.ej. 1 Juan 3:5; Is. 53). Por lo tanto, los evangelios que eluden el tema del pecado son falsos evangelios, pues la Buena Noticia radica precisamente en la realidad del perdón de los pecados a través de la muerte expiatoria de Jesucristo, como anunció el ángel a María: «Lo llamarás Jesús; porque él salvará a su pueblo de sus pecados…» (Mat. 1:21), y como Juan el Bautista declaró, al presentar a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). En el Antiguo Testamento, la necesidad de un sacrificio para quitar los pecados es presentado desde el principio (comp. Gén. 3:21, donde un animal fue sacrificado para que Adán y Eva pudieran ser cubiertos con su piel); otro ejemplo típico es el gran día de las Expiaciones en el capítulo 16 de Levítico donde los pecados del pueblo eran imputados al macho cabrío azazel (v. 22) y expiados por el otro macho cabrío (v. 7-10). Estos sacrificios son evidentemente tipos (o imágenes) del sacrificio de Cristo en la cruz.

3 - Anuncia el perdón (o la remisión) de los pecados

El perdón de los pecados mediante el sacrificio único del Hijo de Dios es, por lo tanto, un tema central de la Biblia, y la base del testimonio que Dios ha confiado a los cristianos, como afirmó Jesús: «Se predicase el arrepentimiento para perdón de pecados a todas las naciones» (comp. Lucas 24:47; Hec. 5:31; 10:43). Aquellos que no ven la necesidad de proclamar el perdón de los pecados en voz alta y clara, y dicen: “Evitemos las doctrinas divisorias”, “no hagamos que nadie se sienta incómodo”, “lo importante es que nos amemos”, etc., etc., ¿pueden aún llamarse creyentes? ¡Una “evangelización” que ignora este tema fundamental, seguramente no merece ese nombre! Engaña a las almas al no llevarlas a arrepentirse de sus pecados para ser perdonadas.

4 - Anuncia el juicio y la resurrección

Tampoco un “evangelio” que no advierte a los hombres del juicio venidero puede pretender ser el buen evangelio, ya que Cristo en la cruz también sufrió por nosotros el juicio de Dios que espera a todo pecador (comp. Mat. 27:46). Esta liberación del juicio venidero es un tema importante del verdadero Evangelio (p.ej., Juan 3:16, 18; 5:24; Rom. 2:5). La proclamación de este juicio es precisamente lo que llevó a los hombres de Nínive al arrepentimiento. Cuánto Jonás, al principio de su ministerio, fue culpable de negarse a predicar el juicio. El juicio venidero es terrible y eterno: «Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado al lago de fuego» (Apoc. 20:15). La resurrección de Jesucristo es otro tema esencial del Evangelio, ella forma parte de la verdadera fe. Es una demostración de que Cristo venció la muerte y que Dios está plenamente satisfecho con la obra de la cruz, porque fue Dios quien lo resucitó de entre los muertos (Hec. 13:30). Esto da seguridad a la fe, pues, «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana» (1 Cor. 15:14, 17; Rom. 10:9).

5 - Anuncia la divinidad de Cristo

Una evangelización que no presente claramente a Jesucristo como el Hijo de Dios (el Creador de todas las cosas) puede todavía pretender proclamar el puro Evangelio, sabiendo que el fundamento del cristianismo es sobre todo esta verdad gloriosa: «Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo (en el sentido de humanidad) consigo mismo» (2 Cor. 5:19). La divinidad de Cristo es el mensaje del Antiguo Testamento (p.ej., Miq. 5:2; Is. 9:6) y lo primero que el Nuevo Testamento nos enseña sobre él (Lucas 1:30-32; Juan 1:1-12). Jesús mismo dijo: «A menos que creáis que yo soy, moriréis en vuestros pecados»… (Juan 8:24). Los judíos lo condenaron por pretender ser igual a Dios; eso fue lo que trajo el terrible juicio gubernamental de Dios sobre ellos. Dios califica de «anticristo» a cualquiera que niega esta doctrina capital (1 Juan 2:22; 2 Juan 7-10).

6 - Anuncia la gracia y la fe

La Biblia deja claro que solo nos salvamos por la gracia de Dios a través de la fe (Efe. 2:8). Una evangelización que no proclamara correctamente la gracia de Dios al no insistir en la inutilidad de las obras para obtener la salvación, tampoco proclamaría el verdadero Evangelio. Este último punto es tanto más importante por cuanto la mayoría de la gente, incluyendo a tres cuartos de los que se llaman a sí mismos «cristianos», hoy en día piensan que Dios aceptará a los hombres sobre la base de sus propias obras. Este punto es particularmente grave, porque decir que las obras son necesarias para salvarse, además del sacrificio de Cristo, es dar a entender que el sacrificio de Cristo no es suficiente y por lo tanto imperfecto: es una blasfemia.

7 - Anuncia la necesidad del arrepentimiento

Después de su resurrección, Jesús dijo a los discípulos que, a partir de entonces, «se predicaría en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados a todas las naciones» (Lucas 24:47). Así, el verdadero Evangelio proclama no solo el perdón de los pecados (la parte de Dios) sino también el arrepentimiento (la parte del hombre).

El arrepentimiento ocupaba un lugar prominente en la predicación de los apóstoles. Por desgracia, mucho se ha olvidado este aspecto en la predicación moderna y, en general, en la labor de evangelización. Si no se insiste en el arrepentimiento, no se puede esperar resultados sólidos.

El arrepentimiento no es ni la conversión, ni el bautismo, ni la fe, ni la tristeza según Dios. ¿Qué es entonces? Esta palabra contiene un significado más profundo en las Escrituras que el de un simple cambio de pensamiento. El arrepentimiento es el juicio moral de uno mismo, de su estado, de su conducta, todo esto en presencia de la bondad de Dios. Es el completo despertar de la conciencia a la realidad del pecado en presencia del amor infinito y de la gracia de Dios. Asociado a ello está la vergüenza de ser un pecador perdido, totalmente responsable de sus acciones ante Dios.

El arrepentimiento es un trabajo profundo que se hace en el alma, y es muy necesario insistir en él en nuestros días, en los que la conciencia está muy poco solicitada.

El arrepentimiento sigue a la conversión: «Después que me aparté tuve arrepentimiento» (Jer. 31:19). La conversión es la obra de Dios por la cual un alma se vuelve: en lugar de huir de Dios, se vuelve hacia Él. La luz de Dios entonces ilumina su conciencia. Reconoce su culpa por sus pecados y el daño hecho a Dios, es fuertemente humillada en un quebrantamiento personal y los confiesa a Dios.

Durante décadas, y en demasiadas iglesias (o denominaciones), la predicación del arrepentimiento ha cesado gradualmente. Ya en la década de 1980, Billy Graham expresaba esta queja: “la palabra arrepentimiento está tristemente ausente en la mayoría de los púlpitos… muchos cristianos han perdido de vista lo que la Biblia quiere decir cuando habla de arrepentimiento”. ¿No es sintomático de este grave problema que en algunas versiones de la Biblia la palabra arrepentimiento haya sido sustituida por expresiones diluidas como “cambiar de actitud” o expresiones erróneas como “convertirse”?

¿No comenzó Jesús su ministerio público con las palabras «Arrepentíos»? (Mat. 4:17). También advirtió a sus oyentes: «Si no os arrepentís, todos pereceréis de igual manera» (Lucas 13:3). Pablo también anuncia lo mismo en sus primeras predicaciones: «Dios dejó pasar aquellos tiempos de ignorancia, pero ahora ordena a los hombres que todos, en todas partes, se arrepientan» (Hec. 17:30). El apóstol Pablo continuó predicándolo, y más tarde recordó a los efesios el contenido de su mensaje: «No he tenido miedo de predicar y enseñaros… el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hec. 20:20-21). Una vez más, el arrepentimiento coloca a Dios y no al hombre en el centro de la salvación.

Sabiendo que el Nuevo Testamento menciona el arrepentimiento más de 70 veces, ¿cómo explicar el abandono, por parte de los que pretenden proclamar el Evangelio, de una doctrina tan fundamental para la salvación? Ya que sin arrepentimiento nadie puede ser salvado. Anunciar un Evangelio sin arrepentimiento, o proponer Biblias donde la palabra y la noción de arrepentimiento han desaparecido, es hacer inconscientemente la obra del diablo que quiere impedir que las almas sean llevadas a Cristo. Meditemos en el caso solemne de Esaú que «no encontró oportunidad de arrepentimiento» (Hebr. 12:16-17; Mal. 1:3).

8 - Anuncia la necesidad de una sana doctrina

El Evangelio es ciertamente una Persona, Jesús, pero también es un conjunto de doctrinas que constituyen la doctrina de Cristo:

  • Su divinidad, su muerte expiatoria, su resurrección,
  • El perdón gratuito y la gracia de Dios, la liberación de la muerte eterna, el nuevo nacimiento, la importancia de la fe, etc.
  • La decadencia espiritual del hombre, la inutilidad de sus esfuerzos por alcanzar la salvación.

Todas estas verdades doctrinales forman parte de «la fe que una vez fue enseñada a los santos» (Judas 3). Es decir, ¡una vez por todas! Y esta fe, acompañada de un verdadero arrepentimiento, hace posible recibir la salvación y la vida eterna.

Pablo, por lo tanto, recalca una evidencia cuando dice que la conversión requiere el conocimiento de la doctrina de Cristo (los elementos fundamentales que componen el Evangelio): «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no creyeron? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no oyeron?» (Rom. 10:14). Nadie puede ser salvado si no acepta las bases de la salvación (Mat. 13:19) o si rechaza un solo aspecto de la doctrina de Cristo (Juan 3:36). En demasiados círculos cristianos la sana doctrina es reemplazada por la “experiencia” personal o de grupo. Lamentablemente, la “experiencia”, por muy estimulante o sorprendente que sea, no puede sustituir la fe en la sana doctrina, la doctrina de Cristo, sin la cual nadie puede ser salvo (2 Juan 1:9).

9 - Anuncia el nuevo nacimiento

El conocimiento de los elementos del verdadero Evangelio debe conducir a un nuevo nacimiento que hace pasar de la muerte a la vida, una regeneración del alma (1 Pedro 1:23) a través de la Palabra de Dios y el poder del Espíritu. Nadie puede entrar en el cielo sin este nuevo nacimiento, como le recuerda Jesús a Nicodemo (Juan 3:3-8). Los engañosos “evangelios” que anuncian que Dios aceptará a cualquier persona sincera, independientemente de su religión, son falsos evangelios de los que son cómplices muchos de los llamados “cristianos” de hoy en día. Y qué pasa con los que anuncian que todos, incluso los que han despreciado la salvación que se les ofrece, se salvarán finalmente, después de haber cumplido su sentencia en el más allá (falsa y peligrosa enseñanza acerca de un supuesto purgatorio…), con el pretexto de que Dios es amor, pero ignorando voluntariamente que Dios es justo y santo.

10 - Anuncia la necesidad de un verdadero Evangelio para una convicción de pecado para salvación

Para concluir, todos estos diferentes puntos constituyen el verdadero Evangelio, que es el poder de Dios para la salvación del que cree (Rom. 1:16). Pero, donde falta uno o más de estos elementos esenciales, nos enfrentamos a otro evangelio. Añadir otros elementos, como hacen algunos (p.ej., pretender que el bautismo es una condición absoluta para ser salvo), también es anunciar “otro evangelio”.

En cualquier caso, recordemos la advertencia de Pablo: «Pero si incluso nosotros o un ángel del cielo os predicara un evangelio diferente del que nosotros os hemos predicado, ¡sea anatema!» (Gál. 1:8). ¡Que nos tomemos en serio su advertencia!

¡Los hombres que ignoran de qué y por qué necesitan ser salvos, no necesitan un Salvador!

¿Por qué? Porque muchas iglesias y grupos (incluyendo prominentes grupos evangélicos) han reemplazado el Evangelio por otro evangelio. Por este medio, Dios no puede convencer de pecado, de justicia y de juicio a muchos de los perdidos para llevarlos al Salvador (Juan 16:8), y liberarlos del juicio venidero. Esta es una de las razones (pero no la única) por las que el Evangelio tiene tan poca resonancia en nuestro mundo occidental. ¿No es porque, durante décadas, los creyentes de nuestros países occidentales han estado sembrando más y más cizaña que buen grano?

11 - Anuncia la multiplicación de los otros Evangelios

El apóstol Pablo advierte a la Iglesia que llegará el día en que se multiplicarían los falsos evangelios: «Porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina; sino que teniendo comezón por oír, se amontonarán para sí maestros, conforme a sus propias concupiscencias; y apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tim. 4:3-4).

Sabemos cómo esta palabra se ha cumplido a lo largo de los siglos de manera más o menos descarada y que, los «tiempos del fin», verá empeorar este fenómeno (2 Tes. 2:9-12). Por lo tanto, es esencial juzgar nuestra labor de evangelización a la luz de la Palabra de Dios, para asegurarnos de que no esté contaminada con la apostasía invasiva. Muchas denominaciones están proclamando, claramente, un «otro evangelio». Si faltas o desviaciones están puestas de manifiesto de esta manera, ¿seremos lo suficientemente humildes y rectos para pedir al Señor que nos ayude a corregirlas, sabiendo que llegará el día en que nos pedirá cuenta de ellas?

Entre estos otros evangelios está el evangelio de la prosperidad (o bienestar), del cual ya hemos advertido. Este falso evangelio aleja los corazones mediante promesas de riquezas terrenales, de salud y de curación a los enfermos, en lugar de unirlos a Cristo. Dios prometió a los suyos bendiciones celestiales, no terrenales, aunque por gracia nos las pueda dar. Cristo conoció voluntariamente sufrimientos infinitos en la cruz para salvarnos y, como única respuesta a su amor, ¿vamos a ignorarlo por vanidades perecederas? «Si solo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más desdichados de todos los hombres» (1 Cor. 15:19).

12 - Anuncia el tribunal de Cristo

Todos seremos llamados «ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo» (2 Cor. 5:10). Los que trabajan para difundir «otro evangelio» algún día tendrán que dar cuenta de ello.

Cada creyente nacido de nuevo es un embajador de Dios a quien Dios ha confiado un mensaje, el del Evangelio. ¿No es la primera misión de los embajadores llevar fielmente los mensajes confiados por su rey o su gobierno? ¿Qué le sucedería a un embajador que no cumpliera fielmente su mandato truncando, modificando o embelleciendo como quisiera un mensaje que se le confiara? Pronto sería despedido de su cargo.

Ciertamente, nuestra infidelidad en la proclamación del Evangelio no puede poner en duda el amor del Señor por los suyos («Si somos infieles, él permanece fiel…», 2 Tim. 2:13). Sin embargo, puede hacer que perdamos nuestra corona por no haber sabido cumplir con su Palabra (Apoc. 3:10-11). También puede hacer que nuestras obras para el Señor sean consumidas por el fuego (cizaña, almas no realmente salvadas por un “evangelio” o un testimonio defectuoso), por haber construido con ideas y medios humanos, en lugar de construir con los medios divinos que Dios ha puesto a nuestra disposición (1 Cor. 3:11-15; 2 Cor. 10:3-5).

No olvidemos que el Señor cuenta absolutamente con los suyos para transmitir fielmente su mensaje de reconciliación a los hombres. Si no lo hacemos según sus instrucciones, Él levantará a otros creyentes en nuestro lugar. ¡No lo decepcionemos!

Deseamos añadir que algunos predicadores utilizan técnicas y estrategias de comunicación para convertir, para atraer almas por medios humanos, como la música, el teatro y el cine, otros buscan conversiones rápidas por métodos estandarizados.

En Corinto, los griegos tenían escuelas de filosofía (como la de Aristóteles, p.ej.). Enseñaban el arte de la persuasión, que se llama retórica: es una técnica especial para convencer al auditorio con palabras persuasivas. Parece ser que en Corinto algunos utilizaban este arte puramente humano de la oratoria.

El apóstol Pablo nos advierte e insiste en que la predicación del Evangelio debe hacerse solo con el poder del Espíritu (1 Cor. 2:1-5).

13 - Conclusión: ¿Qué estamos anunciando?

El propósito de este mensaje no es mostrar la necesidad de vivir de acuerdo a las enseñanzas del Señor (lo cual es indispensable) para “hacer que la gente quiera” creer en el Evangelio. Es simplemente un recordatorio del contenido del Evangelio que Dios nos pide que proclamemos a nuestros contemporáneos. Si nos esforzamos por volver a la Palabra de Dios para proclamar el Evangelio, según las instrucciones del Señor Jesús y de sus apóstoles, como hicieron los primeros cristianos, podremos ver al Espíritu Santo obrar para convencer a las almas de pecado, de justicia y de juicio, y bendecir nuestro testimonio atrayéndolas hacia Jesús. El Señor podrá entonces un día acogernos con estas palabras: «¡Muy bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor!» (Mat. 25:23), y darnos nuestra corona. ¡Que nos conceda esta gracia, por haber proclamado el puro Evangelio que salva!

Biblicom


¿Cómo esperamos el regreso del Señor? (1-ene-2021)

«Yo, Jesús, envié mi ángel para dar testimonio de estas cosas a las iglesias. Yo soy la raíz y la posteridad de David, la estrella resplandeciente de la mañana. Y el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oye, diga: ¡Ven! Y el que tiene sed, venga. Y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Apoc. 22:16-17).

«Pero una sola cosa hago: olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:14).

 

La segunda venida del Señor Jesús es la meta que los creyentes deberían tener siempre en mente. Como el sentinela busca el presagio precursor del día al final de una larga y oscura noche, esperando «la estrella resplandeciente de la mañana».

 

Otras imágenes pueden ilustrar el final de esta espera:

  • la costa que parece cada vez más clara para el marinero cansado y zarandeado por las olas a medida que se acerca al puerto.
  • la perspectiva del regreso del soldado en el extranjero sobre el lejano campo de batalla. Los combates han sido duros, ha habido muchas dificultades, pero el hogar está cerca.

 

En este nuevo día, el «reposo sabático» (Hebr. 4:9-11) será alcanzado por aquellos que, afligidos y cansados, esperaban pacientemente ver al Señor cara a cara. Será el gran y hermoso reencuentro de todos los creyentes que la muerte ha separado tanto tiempo (padres, hijos, amigos...). Entonces todos los que «en la fe murieron» (Hebr. 11:13) serán alcanzados por los vivos. Serán «arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:17)

¡Qué alegría será, primero para el Señor, y luego para todos los suyos! Cristo se presentará la Asamblea, su esposa, «gloriosa… santa e inmaculada» (Efe. 5:27). Aquellos que han sido redimidos por la sangre del Cordero conocerán entonces la plena bendición del amor divino, y participarán con gozo eterno en la alabanza a Dios y a Cristo.

Según A.E. Booth


«Hijitos, es la última hora; y como habéis oído que el anticristo viene, aun ahora han surgido muchos anticristos; por esto sabemos que es la última hora» (1 Juan 2:18).

 

Los acontecimientos actuales muestran que la última hora está aún más cerca que cuando el apóstol Juan escribió su epístola. Bajo las máscaras de alegría, se esconden corazones dolorosamente vacíos. Los problemas del mundo empeoran, y los esfuerzos para resolverlos fallan. El edificio social y moral se está debilitando rápidamente, y donde debería haber luz vemos oscuridad espiritual; el modernismo y otras falsas religiones abundan.

 

La realidad del regreso de Cristo

El regreso de Jesús será uno de los más grandes y magníficos eventos que haya tenido lugar, y está cerca. Él mismo fue a preparar un lugar para los creyentes. Dijo: «Si voy y os preparo un lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3). No hay duda en cuanto a esta promesa, porque fue dada por nuestro Señor que no puede mentir (Tito 1:2). La gente hoy en día se burla de esto, como en los días en que Noé anunciaba el diluvio; pero el diluvio vino y los destruyó a todos en su incredulidad (2 Pe. 2:5).

 

La rapidez del regreso del Señor

Volverá «en un instante, en un abrir y cerrar de ojos» (1 Cor. 15:52). «Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que quedamos, seremos arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:16-17). Entonces los juicios de Dios caerán sobre toda la tierra; será un día de ira, ante el cual nadie podrá subsistir (Apoc. 6:17).

 

El resultado del regreso de Cristo

Todos los derechos de Cristo serán restaurados, y la salvación de los creyentes será completada en gloria por la eternidad. Entonces tendremos cuerpos transformados en cuerpos inmortales e incorruptibles (1 Cor. 15:52-54), cuerpos como «su cuerpo glorioso» (Fil. 3:21).

 

¿Está usted listo para este gran evento histórico, tan cercano?

F.B. Tomkinson


«Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová?» (Amós 5:18).

 

En los días de Amós, hubo un mal generalizado que el profeta señala en particular: la audacia con la que el pueblo decía que deseaba «el día de Jehová». En medio de la confusión actual, en la que todos están participando, ¿no habéis oído decir a la gente: “Es cierto que el estado del cristianismo es espantoso, pero lo que es alentador es que el Señor pronto vendrá a poner todo esto en orden. –¿No es también «desear el día de Jehová», como el profeta lo reprochaba a los judíos? Luego les preguntó: «¿De qué os servirá el día de Jehová?».

Si camináramos en obediencia y santidad, ciertamente desearíamos ese día. Pero es una vana y atrevida ilusión de establecerse deliberadamente en lo que es contrario a la Palabra de Dios y luego decir que anhelamos «el día del Señor». Este parece ser precisamente el pecado de Israel que se denuncia aquí.

En general, no hay nada más peligroso o terrible que separar la enseñanza de la Biblia de su llamado a la conciencia. Puedo transformar las esperanzas dadas por la Palabra de Dios en un simple tema de imaginación. Al hacerlo, no dejo que la Biblia juzgue lo que hago; por lo tanto, es evidente que no estoy caminando en comunión con Dios. Está escrito: «El que tiene esta esperanza en él se purifica, así como él es puro» (1 Juan 3:3). Esto no solo significa que el Señor purificará todo lo que no es según él, cuando venga. Lo hará, es verdad, pero será mediante el juicio. Por lo tanto, que nadie se atreva a esperar ese momento para juzgar, en su vida, lo que no está de acuerdo con Dios. Tenemos que buscar esta purificación ahora, dejando que Dios obre en nosotros a través de su Palabra y de su Espíritu. Conocemos el amor de Cristo. Cristo es nuestra vida. Por lo tanto, no debemos tolerar nada en nuestras vidas que sea contrario a la Palabra de Dios. ¡Este es el único verdadero camino para los que esperan la venida del Señor!

W. Kelly


Los dones de los magos (24-dic-2020)

1 - Oro

«Abriendo sus tesoros le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra» (Mateo 2:11).

La Biblia no indica el número de magos que vinieron a Jerusalén buscando al niño –«el rey de los judíos». La tradición dice que había tres, probablemente porque se presentaron tres dones distintos.

Dirigida por Dios, esta visita de los magos no judíos, que vinieron del Oriente, fue un cumplimiento parcial de la profecía de Isaías a Israel, y presagiaba lo que está por venir: «Las riquezas de las naciones hayan venido a ti… Multitud de camellos te cubrirá… traerán oro e incienso» (60:5-6). Esta profecía anuncia el reinado de mil años de Cristo, cuando los pueblos no judíos vendrán para adorar ante él (Zac. 14:16). Estos magos fueron los precursores de esta profecía.

El Evangelio según Mateo presenta a Cristo sobre todo como el rey de los judíos, lo que explica el significado del don de los magos. El oro fue ampliamente utilizado en el templo de Salomón, y caracterizaba su reino (1 Reyes 10:14-21): simboliza la realeza. El oro es también un símbolo de lo divino; así, se ofrece a este niño que, en este evangelio, se llama Emanuel: «Dios con nosotros» (Mat. 1:23).

También podemos notar el título dado a Jesús desde su nacimiento: los magos querían ver «al rey de los judíos que ha nacido» (2:2). Esta expresión, relativa a un bebé recién nacido, puede sorprender. Normalmente, un niño destinado a reinar un día primero lleva el título de príncipe antes de ser declarado rey, pero este no es el caso del Señor Jesús: Él, nació rey. Esto explica la confusión manifestada por Herodes, el rey impostor, y por la ciudad de Jerusalén, con la noticia de su nacimiento. La misma emoción popular se manifiesta de nuevo en Jerusalén cuando se presenta oficialmente como su rey hacia el final del evangelio (21:5, 10).

Así, los magos fueron verdaderamente guiados por Dios cuando ofrecieron a este Rey divino un don de oro y le rindieron homenaje. Este era realmente su título y lo que se le debía ofrecer.

2 - Incienso

«Dijo además Jehová a Moisés: Toma especias aromáticas… y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo» (Éxodo 30:34-35).

La primera mención del incienso en la Biblia es la de los versículos anteriores que indican la fabricación de este «incienso… bien mezclado»; era el más santo y puro, el reservado para el tabernáculo, y más tarde para el servicio en el templo. El olor que desprendía era exclusivamente destinado a Jehová, como está escrito: «Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo» (v. 38).

Nos habla como una figura de ese buen olor que Dios encontró en Cristo en su vida de hombre en la tierra, cuya perfección solo él podía apreciar. Cada uno de sus ingredientes se ponía a igual peso y se trituraba muy finamente (v. 35-36). Alguien escribió sobre esto: “Cada carácter de excelencia moral encontraba su verdadero lugar y proporción en Cristo. Ninguna cualidad reemplazaba o desmerecía a ninguna otra; todo era salado, puro y santo, y tenía una fragancia tan buena que solo Dios podía apreciarla.

El incienso se quemaba en el altar de oro, el altar del incienso (v. 1-4), pero también se ofrecía con la ofrenda vegetal, un tipo bien conocido de la humanidad santa y sin pecado de nuestro Señor Jesucristo (Lev. 2:1-2). El significado del incienso en relación con la ofrenda vegetal es entonces muy claro: todo lo que el Señor Jesús hacía en este mundo como Hombre era para el placer de Dios.

Cuando los magos ofrecieron el don del incienso, probablemente no tenían la comprensión espiritual de las cosas que acabamos de considerar; sin embargo, fueron guiados por Dios para ofrecer a este niño lo que simbolizaba lo que sería para Dios en su vida en la tierra. Este Rey divino crecería para ser un Hombre santo y todas sus acciones serían una dulce fragancia para Dios. Jehová ya había hecho proclamar, por Isaías mucho antes: «He aquí mi siervo… en quien mi alma tiene contentamiento» (42:1).

3 - Mirra

«Vino también Nicodemo… trayendo una mezcla de mirra y de áloes, como cien libras» (Juan 19:39).

La mirra se extrae de una planta que crece en Arabia. Se usaba como perfume, especialmente para embalsamar a los muertos. Es interesante notar que esta sustancia aparece en la planta en forma de lágrimas que se endurecen en una especie de resina. La mirra es en las Escrituras un símbolo de sufrimiento y muerte. Además, la palabra griega para mirra es smurna, de la cual se deriva el nombre de la iglesia perseguida: Esmirna. Esta asamblea fue exhortada a no temer lo que iba a sufrir y a ser fiel hasta la muerte (Apoc. 2:10).

La primera mención de la mirra en la Biblia se encuentra en Génesis 37:25. Era una de las sustancias que llevaba la caravana de los ismaelitas que compraron a José como esclavo y lo llevaron a Egipto. Es sorprendente que la mirra se mencione por primera vez en relación con José, que fue odiado y rechazado por sus hermanos y vendido por veinte piezas de plata. ¡Qué imagen de nuestro Señor!

Cuando el Señor Jesús estaba a punto de ser crucificado, le presentaron mirra mezclada con vino para aliviar su sufrimiento, pero él se negó (Marcos 15:23). La mirra aparece así en relación con los sufrimientos de la cruz que Jesús quería soportar plenamente. Cuando el cuerpo del Señor fue quitado de la cruz, Nicodemo vino trayendo, para su sepultura, «una mezcla de mirra y de áloes, como cien libras». Por lo tanto, el don de los magos tenía claramente un significado profético, ya que indicaba que Jesús iba a sufrir y morir.

Salomón describe el deseo del esposo en el Cantar de los Cantares: «Iré al monte de la mirra, y al collado del incienso». Así, en este «monte de la mirra», Cristo nos invita a recordar la intensidad de sus sufrimientos, aunque nuestra adoración (el incienso que llevamos a Dios) no sea más que una colina en comparación con la altura de este monte. ¡Él nos invita a hacerlo hasta que vuelva, «Hasta que apunte el día» (4:6)! La primera acción de los magos cuando vieron a Cristo fue inclinarse y rendirle homenaje. Este es también nuestro privilegio.

B. Reynolds


El refinamiento: el propósito de la prueba (16-dic-2020)

«Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata» (Sal. 66:10).
«¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y se sentará para afinar y limpiar la plata» (Mal. 3:2-3).
«La prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro» (1 Pe. 1:7).

Cuanto más puro es el metal precioso, más valioso es. En la naturaleza, se encuentra con mayor frecuencia en forma mezclada o en combinación con otros metales menos nobles. Por esta razón, los minerales de oro y de plata son sometidos al refinamiento y fundidos a muy altas temperaturas. Esta operación permite separar los diferentes elementos, preciosos o comunes.

La Biblia utiliza esta imagen varias veces. Dios puede someternos a prueba, para poner en evidencia en nosotros, lo que es a su honor, y lo que no. Estas pruebas pueden ser dolorosas, pero serán beneficiosas en la medida en que entendamos que Dios quiere acercarnos a él, y quitar de nuestras vidas todo lo que no esté de acuerdo con las exigencias de su santidad. El refinador debe sentarse y fijar su mirada en el crisol, ya que, si se excede el tiempo requerido para el refinamiento, el metal precioso se dañará. Entendemos la belleza y la fuerza de estas palabras: «Se sentará como quien refina la plata». El Señor tiene su mirada constantemente fija en su obra de purificación, con sabiduría y amor para quien es objeto de ella.

Debemos añadir que este trabajo está terminado cuando el refinador puede ver su propia imagen reflejada en la plata fundida. Una magnífica figura de Cristo, que, al ver su propia imagen reflejada en y por los suyos, pone fin a la obra de purificación.

La imagen del refinamiento también se utiliza en relación con la Palabra de Dios. Las palabras del Señor son puras y perfectas. Cuando ella es comparada con la plata, es «como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces» (Sal. 12:6).

El mismo Señor Jesús, que se hizo hombre en la tierra, era perfectamente puro y santo. Podía decir a Dios, según la profecía del Salmo: «Has escudriñado mi corazón... me has probado en el crisol (vaso de refinación), y no has encontrado nada; mi pensamiento no va más allá de mi palabra» (Sal. 17:3, JND, francés). Todos los sufrimientos a los que Cristo fue sometido solo confirmaron su perfecta pureza.

¡Bendito sea Dios por darnos tal Salvador!


El valle de Acor: una puerta de esperanza (7-dic-2020)

¿Qué aplicación para nosotros?

«Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto» (Oseas 2:14-15).

Cuando el profeta Oseas fue enviado para hablar al pueblo de Israel, habían pasado siete siglos desde que los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto. Jehová los había redimido para hacerlos un pueblo para él (Is. 43:21), porque los había amado (Deut. 7:8). Estos siete siglos fueron un largo período de decadencia intercalado con unas pocas y cortas restauraciones, durante las cuales el pueblo se alejó cada vez más de Jehová. A pesar de todo, Jehová todavía los amaba con el mismo amor. Por eso se ocupará de ellos con disciplina para devolverlos a él. Los versículos citados arriba son las últimas palabras que Jehová dijo a las diez tribus de Israel antes de que cayeran bajo su juicio gubernamental que los arrancaría de su tierra para llevarlos al cautiverio. Judá y Benjamín le seguirían menos de dos siglos después.

Pero «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Rom. 11:29). Al mismo tiempo que pronuncia este merecido juicio: «Lo-ruhama» (no hay misericordia), y «Lo-ammi» (no mi pueblo), Dios pone ante ellos, como esperanza, la promesa de que un día les dirá nuevamente «Ammi» (mi pueblo) y «Ruhama» (ha recibido compasión) (Oseas 2:1). Pero para que esto suceda, se tendrá que hacer un largo trabajo dentro de ellos. Estos versículos 14 y 15 de Oseas 2 hablan de esta obra de Dios con respecto a su pueblo y anuncian cuál sería el resultado.

La historia del pueblo terrenal de Dios es solo una sombra de la historia de su pueblo celestial. Los veinte siglos de la Iglesia son también una larga decadencia espiritual intercalada con reavivamientos más o menos cortos. Es por eso que ciertamente nos podemos aplicar estos versículos.

 

«Pero he aquí que yo la atraeré…»

La comunión de su pueblo terrenal (Israel) es preciosa para el corazón de Dios. Pero este pueblo se ha alejado tanto de él que una gran obra debe hacerse en sus corazones. Por eso Dios no deja que nadie la haga aparte de él. Como un fiel Pastor, él mismo se inclina sobre su pueblo.

Esto nos recuerda lo que el Señor Jesús hizo por «sí mismo»: se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tim. 2:6); se dio a sí mismo por mí (Gál. 2:20), se entregó a sí mismo por nosotros (Efe. 5:2; Tito 2:14), por la asamblea (Efe. 5:25); se despojó y se humilló a sí mismo (Fil. 2:7-8); hizo la purificación de los pecados (Hebr. 1:3). Pronto él mismo descenderá del cielo para llevarnos a él (1 Tes. 4:16).

«El Padre mismo os ama», dijo Jesús (Juan 16:27). Estamos en sus manos y nadie puede arrebatarnos de él (Juan 10:29). Si nos disciplina, es porque somos sus hijos y nos ama (Hebr. 12:6-7).

 

«…He aquí que yo la atraeré»

¡Para escuchar a alguien que nos habla, se debe estar lo suficientemente cerca a él! Pues bien, el pueblo se había alejado tanto de Dios que ya no lo escuchaban; Dios debe atraerlos a él. Dios no puede acercarse al pueblo, donde este se encuentra, lejos de él, en la mancilla y el adulterio con el mundo. No, él los atrae hacia sí mismo, fuera del pantano del pecado.

Cuando el pueblo de Israel estaba bajo la esclavitud de Faraón en Egipto, Dios lo había sacado y conducido a la morada de su santidad (Éx. 15:13). ¿No es esto también lo que hace con nosotros? El Señor dijo: «Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trae» (Juan 6:44). ¡Qué gracia! Es cierto que, si el Padre no nos hubiera traído, nunca hubiéramos venido a él para ser salvados, porque estábamos «muertos en… delitos y pecados» (Efe. 2:1).

Ahora que somos sus hijos, ¡qué gracia, pero también qué humillación para nosotros!, puede que sea necesario que nos atraiga hacia él porque no sentimos la necesidad de acercarnos, ya que no puede «venir» donde estamos. El Señor bien dijo: «Estoy con vosotros todos los días» (Mat. 28:20), pero no pensemos que el Señor nos seguirá cuando nos alejemos de él para ir al mundo. El Señor no se «sentará» a nuestro lado si miramos de buena gana las cosas inmundas de este mundo. El Padre no estaba en compañía del hijo pródigo cuando vivía en el libertinaje (Lucas 15).

¿Es diferente en la vida colectiva? El Señor ha prometido: «Porque donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Pero no basta con que afirmemos esto para que sea efectivamente el caso. Como lo han señalado comentaristas de la Palabra, en Laodicea el Señor estaba fuera, en la puerta y no en medio de ellos. No podían cantar verdaderamente: “Tu presencia es el bien supremo”.

Hoy en día bien podemos hacernos estas preguntas: ¿No llevamos algunos de los caracteres de Laodicea? ¿No somos tibios en nuestros afectos y en nuestro celo por él? Si, por la gracia de Dios, poseemos riquezas espirituales, ¿hasta qué punto no hay en nuestros corazones una cierta autosuficiencia –«no necesito nada»– y un cierto orgullo en atribuirlas a nuestros méritos –«me he hecho rico» (Apoc. 3:17)? ¿No son visibles las manifestaciones de la carne (la vergüenza de nuestra desnudez que aparece), ya sea en las formas de pensar, o de conducirnos en la Casa de Dios? ¿Podemos todavía tener discernimiento cuando el Espíritu está entristecido por todas estas cosas, cuando se necesitaría «colirio, para ungirte los ojos, para que veas» (v. 18)? Con otras palabras: ¿estaría el Señor a la puerta (v. 20)?

Es bastante evidente que no todos tienen todos estos caracteres. Muchos hermanos y hermanas son un ejemplo de piedad y de fidelidad. Aunque solo sea por la piedad de unos pocos, el Señor todavía puede dignarse a estar entre los santos. Pero la manera solemne en que nos habla ahora, por segunda vez, debería hacernos temblar. «Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende» (Job 33:14). «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).

Pero tal estado no es irreversible. Los versículos de Oseas, al principio de estas líneas, están ahí como un precioso estímulo. Allí encontramos los recursos y el camino para recuperar lo que hemos perdido. Que el Señor nos fortalezca para hacerlos nuestros y seguir el camino que nos muestra.

«Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (Sal. 32:8).

 

«La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón»

Notemos ya que se dice: «La llevaré», y no: “La enviaré”, lo que nos alejaría de él y sería incoherente con lo dicho anteriormente: «La atraeré». Cuando es necesario, Dios lleva (sostiene de la mano) a los suyos para hablarles. Los lleva a un lugar donde nada los alejará de él, y donde ningún ruido cubrirá su voz. Los lleva al desierto. Ahí, no hay nada que comer o beber: ya no podemos confiar en nosotros mismos, ¡dependemos completamente de la gracia de Dios!

Hay varias razones por las que Dios lleva a los suyos al desierto. Puede ser para su formación o para disciplinarlos.

El desierto es un centro de formación sin igual. Al principio de la historia del pueblo, Dios lo había sacado de la esclavitud de Egipto y lo había llevado al desierto. Allí debía hacer experiencias saludables para conocer a Jehová. Comería el pan del cielo (Juan 6:31) y bebería el agua de la Roca (1 Cor. 10:4). Podría haber permanecido solo un año en este «centro de formación», en Horeb, y haber entrado en Canaán; de hecho, solo había once días de camino (Deut. 1:2). Pero la incredulidad de los hijos de Israel los llevaría a permanecer allí durante cuarenta años, como disciplina y para conocer lo que había en sus corazones (Deut. 8:2).

Todos los siervos de Dios deben pasar por este centro de formación. Entre ellos están Moisés, que permaneció allí durante cuarenta años; Pablo, que aparentemente permaneció allí durante algunos años (Gal. 1:17). El Señor mismo fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días (Lucas 4:1); sin embargo, para él, es evidente que no era para recibir formación allí, sino para ser manifestado como un Hombre perfecto y un Siervo perfecto.

El desierto es también un lugar para la disciplina. El objetivo sigue siendo que estemos «a solas con Dios», para que podamos escucharlo. En efecto, su voz es apenas perceptible cuando estamos absorbidos por las cosas de esta tierra y de este mundo, o cuando estamos dormidos en el ronroneo de nuestros hábitos. Por eso nos hace dejar la posición que nos aleja de él, para atraernos a él.

En el pasaje de Oseas, ser llevado «al desierto», para Israel, significaba ser transportado de su tierra, para ir en cautiverio. Dios les había hablado muchas veces a través de los profetas (Hebr. 1:1), pero en vano. Entonces Dios los llevó lejos de sus posesiones, lejos de los ídolos hacia los cuales se habían desviado. Allí hablaría a sus corazones.

Un siglo después, será el turno de Judá, que no hizo caso de esta advertencia. Será llevado a la fuerza, a pesar de su resistencia, como lo cuentan los capítulos 26 al 28 del libro de Jeremías. Falsos profetas, rechazando la disciplina de Dios, decían: «Paz, paz» (6:14; 8:11), y respondieron: «Templo de Jehová es este» (7:4). Acusaban a Jeremías de mentir y animaban al pueblo a resistir, a quedarse en el país. ¡Es esta misma resistencia la que llevará a Jerusalén y a la casa de Jehová a ser finalmente quemada por el fuego! (Jer. 52:12-14). Jehová le quita todo a su pueblo rebelde, ¡incluso el lugar de la memoria de su nombre!

 

«La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón»

El corazón es el asiento de los afectos. Cuando Dios habla a nuestros corazones, ¿no es para despertar nuestro amor por él y recobrar nuestro primer amor?

Allí, en el desierto, lejos del lugar que Jehová le había dado y que había profanado, el pueblo podrá ponerse en cuestión. Podrá recordar cómo Jehová tuvo compasión y los liberó de la esclavitud de Egipto. Podrá recordar que Jehová le dijo: «Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto… para saber lo que había en tu corazón». Podrá recordar que Jehová se había ocupado de él: su ropa no estaba gastada, su pie no estaba hinchado, sacó agua de la roca y le dio maná por su propio bien (véase Deut. 8). Podrá recordar que Jehová le había ayudado a tomar posesión de una tierra que fluía leche y miel, y que lo había liberado muchas veces de sus enemigos enviados para su disciplina a causa de su infidelidad.

Cuando Jehová lo llevaba al desierto, Jeremías, viendo Jerusalén en ruinas, parecía perder toda esperanza (Lam. 3:18). Pero fue en ese mismo momento cuando pudo decir: «Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré. Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lam. 3:21-23).

En este tiempo actual de pausa por razones sanitarias, estamos como en el desierto. El Señor no permite que nos reunamos para recordarle; no podemos dar testimonio público en su mesa de su obra en la cruz. Pero, gracias a Dios, siempre podemos recordarlo en nuestros corazones, individualmente. También podemos mirar hacia atrás y recordar: «¡Lo qué ha hecho Dios!» (Núm. 23:23). ¿A qué precio nos ha comprado del poder de Satanás? ¡Qué precio tiene para él la Asamblea, de la que formamos parte como miembros del Cuerpo de Cristo! ¡Cuántas veces nos ha liberado en nuestros circunstancias individuales y colectivas, a pesar de nuestra infidelidad! ¿No podemos decir: «Nunca decayeron sus misericordias»?

Cuando despierta nuestro amor por él, nuestras conciencias solo pueden despertarse también. ¿Hemos guardado lo que nos ha confiado? ¿No hemos de considerar seriamente nuestras conductas? (Véase Hageo 1:7).

 

«Y le daré sus viñas desde allí»

Observemos que se dice «desde allí», no «allí». El desierto no es una meta en sí mismo, es solo una etapa. Dios no nos ha llamado para que nos quedemos allí. Pero cuando es necesario, él nos hace pasar por esta fase para llevarnos a recobrarnos con el fin de gozar de sus promesas divinas.

Sabemos que el fruto de la vid es para el gozo de Dios y el nuestro, como indica la parábola de Jotam en Jueces 9: «La vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres?» (v. 13). Por lo tanto, podemos decir que Dios se va a servir de esta estancia en el desierto para hacernos producir un fruto que será para su alegría y nuestra bendición.

En la parábola del dueño de la viña (Lucas 20:9-16), vemos que el dueño confió su viña a los viñadores para que trabajasen en ella y produjesen fruto para el dueño. Estos habiendo rehusado darle su fruto, el dueño dio la viña a otros. Conocemos bien la aplicación de esto sobre su pueblo Israel, pero podemos extenderlo y decir que, de forma general, si Dios nos confía algo y no respondemos a lo que espera de nosotros en este asunto, puede quitárnoslo y confiarlo a otros.

En Juan 15, se dice que el pámpano que no da fruto es quitado (v. 2a). Esto es algo solemne. ¡Que no lleguemos a eso! No se trata de que se le quite la vida, no puede ser. Se trata, por ejemplo, de un creyente que se ha alejado al mundo y cuya vida es estéril para Dios: es apartado como testigo.

Se dice entonces que toda rama que da fruto, él la limpia para que dé más fruto (v. 2b). Cada creyente pasa por este cuidado del Viñador divino. Cuando nos lleva al desierto, es parte de este cuidado. Que no nos resistamos a ir al desierto, sino que seamos ejercitados por la disciplina para que dé su fruto, el «fruto apacible de justicia» (Hebr. 12:11), fruto que es para el gozo del Padre y para nuestra bendición.

 

«Le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza»

Para entender esta expresión, debemos ir a Josué 7 donde se menciona por primera vez este valle de Acor. Leemos en este capítulo: «Josué dijo: ¿Por qué nos has turbado? El Señor te turbará hoy. Y todo Israel los apedreó… y el Señor se volvió del furor de su ira. Por eso se ha llamado aquel lugar el valle de Acor hasta el día de hoy» (v. 25-26, LBLA).

Resumamos lo que ocurrió para llegar a esta situación.

Fortalecidos por su victoria en Jericó, y aconsejados por los espías enviados por Josué, solo una parte del pueblo subió para tomar Hai. Entonces hubo una derrota humillante (Jos. 7:1-5). Sin entender lo que les ocurría, Josué y los líderes del pueblo, desamparados, se presentan humillados ante Jehová. Jehová les revela entonces la razón de esta derrota: no les había ayudado a causa de la presencia de un mal en medio de ellos (v. 11-12), y no volvería a estar con ellos hasta que lo quitaran (v. 13).

Jehová les dice entonces cómo el mal debe ser eliminado de entre ellos (v. 14-15). Josué obedece; Acán, que cometió iniquidad, es descubierto y luego es quitado de Israel por todo el pueblo. Este lugar es llamado: valle de Acor (valle de turbación). Jehová, una vez eliminado el mal, puede estar con su pueblo de nuevo, el cual puede continuar la toma de posesión del país.

Aprendemos de estos pasajes que cuando hay un mal en el pueblo de Dios, aunque esté escondido de todo el pueblo, Dios lo ve: «Muy limpio eres de ojos para ver el mal» (Hab. 1:13). Todos están contaminados por este mal –«Israel ha pecado» (v. 11). Todos tienen la responsabilidad de eliminarlo cuando está puesto a la luz, aunque no sean culpables de ello: «Todo Israel los apedreó…» (v. 25). Es una condición imperativa para que Dios pueda continuar yendo con su pueblo (v. 26).

Sin embargo, observemos que una amputación es un fin que nunca debería existir si nos juzgamos a nosotros mismos, si el cuidado pastoral se ejerciera fielmente y si nos cuidamos los unos a los otros. Cuando Dios nos lleva al desierto, no debemos empezar por buscar un culpable entre nosotros, sino que primero debemos estar en duelo (1 Cor. 5:2) y juzgarnos a nosotros mismos. Solo entonces podemos ser llevados a discernir qué es lo que está mal en su Casa (Sal. 93:5) y qué tenemos que quitar de entre nosotros. El mal que hay que eliminar puede tomar variadas formas.

Así, en Oseas 2, el valle de Acor se presenta como una puerta de esperanza. Una vez llegado al desierto, y teniendo los afectos calentados por Jehová, el pueblo debía ser llevado a discernir el mal que había en medio de ellos, a juzgarlo y a eliminarlo. Esto era imperativo para esperar que Dios siguiera estando con ellos.

«Como el que os llamó es santo, sed santos vosotros también en toda vuestra conducta; porque está escrito: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pe. 1:15-16).

 

«Y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto»

Tengan en cuenta que ya no dice «desde allí», sino «allí». Desde que el trabajo de restauración se realiza, se restablece la comunión con Dios, se libera el corazón y se puede expresar la alegría y la gratitud que a él debemos, aunque todavía estemos «en el desierto».

¡Cuánto desea el Señor nuestro «primer amor» para él! (Apoc. 2:4), como en el día en que nos redimió. «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto…» (Jer. 2:2-3)

Cuando somos llevados al desierto, que el Señor nos conceda aprovechar estos pasajes dados para nuestro estímulo.


El desafío del aislamiento y del confinamiento (21-nov-2020)

«Jehová estaba con José» (Gén. 39:2-3, 21, 23).

«Se puso junto a él (Pablo) el Señor» (Hec. 23:11).

El aislamiento, o la soledad, es una fuente de mucho sufrimiento. La Escritura utiliza una fuerte expresión: «en la rugiente soledad» (Deut. 32:10, NVI), para mostrar lo que ella puede causar. La soledad puede ser vivida como un doloroso vacío. Por ejemplo, con la pérdida de un pariente o un ser querido. Cuando llegamos a casa por la noche, no tenemos a nadie con quien hablar o con quien compartir una comida. Se puede sentir en una pareja, en una familia, en el trabajo, en el servicio para el Señor o en la vida de la asamblea; y hoy, especialmente, durante esta pandemia. Pero la mayor soledad es la vida sin Dios.

El mismo Señor Jesús experimentó una gran soledad, justo antes de las horas de la crucifixión. En la cruz fue desamparado por su Dios. Murió para que nunca más estuviéramos solos: está con nosotros, y vive en nosotros por medio del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios nos ofrece ejemplos de creyentes que debieron conocer el aislamiento y el confinamiento. Durante un corto o largo tiempo, estuvieron aislados de su familia, de sus amigos, de la comunidad de creyentes. Estos ejemplos pueden animar hoy en día a todos aquellos que tienen que enfrentarse al reto del aislamiento.

1 - José en Egipto

Este joven de unos 17 años es rechazado violentamente por sus hermanos, arrancado de su entorno familiar y privado de la cercanía de su padre. Es vendido como esclavo y llevado a un país totalmente desconocido para él. Pero allí, él hace la experiencia de que «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Sal. 34:18). Dios está con él, especialmente cuando está encarcelado por la falsa acusación de una mujer malvada (Sal. 105:18) Tratado con baja ingratitud, languidece en el olvido. Las nubes se acumulan a su alrededor. Pero «Jehová estaba con José» (Gén. 39:21). Y tuvo que aprender a esperar en Dios. Una cosa es dar un testimonio activo de Dios en este mundo; y otra muy distinta es esperar en Dios en la soledad de una prisión.

2 - Los exiliados babilónicos

Arrancados de su país por su pecado de idolatría, los judíos deportados permanecieron 70 años en Babilonia, privados de su acceso al templo de Jerusalén. Pero, a los que se vuelven a Dios en arrepentimiento, Dios les dice: «Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras adonde lleguen» (Ez. 11:16). No importa lo lejos que estén de Jerusalén por su propia culpa, Dios promete que podrán encontrarlo y adorarlo.

Dios es un Dios de gracia y compasión para su pueblo disperso: teniendo ya en vista su reunión y futura restauración, especifica las características que desea encontrar en Israel. Un pueblo separado del mal (v. 18), un pueblo unido (v. 19), obediente a su Palabra y disfrutando de las relaciones con su Dios (v. 20). Durante este período de gracia, ¿llevamos tales caracteres? ¿Por qué hoy estamos dispersos e impedidos de reunirnos?

3 - Los compañeros de Daniel en el horno

Daniel fue llevado, con otros tres compañeros, en la deportación a Babilonia, y puesto al servicio del rey. Por su fidelidad a Dios y su categórico rechazo a la idolatría, los tres amigos de Daniel fueron arrojados al horno ardiente. Pero de nuevo, Dios está con ellos, bajo la forma de un cuarto hombre, similar a un hijo de Dios (Dan. 3:24-25). Dios también está con nosotros en nuestros hornos (nuestras pruebas), proporcionalmente por supuesto, y quema algunas de las «ataduras» que nos retienen (nos hace libres). La prueba a menudo libera al cristiano de algunos de los lazos con los que el mundo lo había atado y le permite caminar libremente en compañía del Señor Jesús. Esta escena nos muestra lo que el creyente debería hacer (obediencia y fidelidad a Dios), y lo que hace el diablo (persecución). Pero también vemos que Dios cumple sus promesas: «Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti» (Is. 43:2) La prueba es siempre un lugar de cita donde el Señor se reúne con los suyos para hablarles a sus corazones (Oseas 2:14). Y desea hacernos experimentar su simpatía y ternura en estos momentos dolorosos.

4 - Los apóstoles Pablo y Juan

El apóstol Pablo conoció repetidamente el estrecho e insalubre confinamiento de una prisión (Jerusalén, Cesarea, Roma). Durante su primer cautiverio en Roma, deseaba dar a conocer que Cristo era su vida, su modelo, su meta, su fuerza y su alegría a pesar de las condiciones por las que pasaba (véase la Epístola a los Filipenses). Ya había experimentado un terrible encarcelamiento en Filipos; lacerado con azotes y arrojado en la más oscura de las mazmorras, él podía, con Silas, cantar «himnos a Dios» (Hec. 16:25) ¡Qué hermosos frutos para la vida eterna se produjo entonces!

Pablo también debió conocer la agotadora experiencia de ser abandonado por sus hermanos cuando compareció ante sus jueces. Pudo decir sin amargura: «Todos me abandonaron» (2 Tim. 4:16a). ¡Qué solitud para el apóstol! Sin embargo, este tratamiento despiadado y cobarde no provocó ningún resentimiento en el corazón de Pablo. Al contrario, produjo una oración a favor de ellos: «Que esto no les sea tenido en cuenta» (v. 16b). Y añade inmediatamente: «Pero el Señor estuvo junto a mí, y me dio poder» (v. 17).

El apóstol Juan, muy anciano, es exiliado en la desértica y árida isla de Patmos. Aunque separado de la comunidad de creyentes de Éfeso, ¡qué dulce pensamiento saber que está allí por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo (Apoc. 1:9)! Juan está solo el día del Señor, pero esto no le impide de ninguna manera disfrutar de la comunión con aquel en cuyo seno le gustaba inclinarse (Juan 13:23). Se le aparece en una gloria extraordinaria y le comunica una revelación única que pone fin a lo que Dios quería revelar a los hombres. «La comunión íntima de Jehová es con los que le temen» (Sal. 25:14) Juan tiene primero la extraordinaria visión del Hijo del hombre como Juez, caminando en medio de las siete lámparas de oro –las asambleas– y luego la visión de las cosas «que han de suceder después» (Apoc. 1:11, 19).

5 - La soledad del Señor

«Soy semejante al pelícano del desierto; soy como el búho de las soledades; velo, y soy como el pájaro solitario sobre el tejado» (Sal 102:6-7).

Estas evocadoras palabras proféticas se aplican al Señor Jesús durante su estancia en el mundo. Era semejante a un pelícano en el desierto. El pelícano es un ave acuática. Si está en el desierto, está lejos de su hábitat natural. Así, el Señor Jesús, que estaba acostumbrado a la preciosa y refrescante comunión con su Padre, se encontraba en una tierra árida, donde se está sediento –una experiencia que sintió profundamente.

Como un búho en lugares desolados, sentía la soledad en su camino en la tierra, mucho más de lo que ningún hombre la ha sentido jamás.

Un gorrión solitario en un tejado es otra ilustración de la soledad que el Señor Jesús sintió, pero en una esfera diferente. El búho estaba en lugares desolados, donde el Señor no podía esperar ninguna comunión; pero el gorrión es un ave muy diferente, porque es sociable por naturaleza. A los gorriones les gusta reunirse, y la casa evoca el lugar donde se puede tener comunión con el otro. Pero aquí, en la cresta del tejado, donde se esperaría compañía, el gorrión está solo. Así, el Señor deseaba la comunión de sus discípulos. Aunque estaban físicamente presentes, no lo entendían ni entraban en sus pensamientos.

La palabra «solo», usada ocho veces en los Evangelios en relación con el Señor, enfatiza el aislamiento moral del Hijo de Dios, sin pecado. En este camino solitario que conducía a la cruz, la perfección y la santidad de nuestro Salvador brillan.

6 - Estaré contigo

«Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé» (Josué 1:5).

¿No es esa una maravillosa e invaluable promesa hecha a cada hijo de Dios? ¿Sigue siendo una realidad viva para cada uno de nosotros? ¿En los días buenos como en los malos?

Estos momentos de aislamiento y de confinamiento pueden ayudarnos a entender mejor y comprender lo que ha sido la soledad de nuestro Señor, como también a saborear de nuevo su cercanía. Esto es lo que, sobre todo, deseaba Pablo: «conocerle a él... y la comunión de sus padecimientos» (Fil. 3:10). Conociéndolo mejor, la alabanza podrá elevarse más abundantemente de nuestros corazones. ¿No es esto lo que desea el corazón de nuestro Salvador?

Ustedes pueden estar confinados en una habitación de hospital, en un asilo o incluso en su propia casa. En vuestro sufrimiento, Dios se os quiere revelar de una manera especial, inesperada y ciertamente feliz.

La epidemia que nos afecta y nos pone a prueba, ¿no es también una nueva oportunidad para examinar nuestros caminos y cuestionarnos, en nuestro aislamiento? El camino que seguimos, ¿es un camino según nuestros propios pensamientos o un camino aprobado por Dios? ¿Buscamos con cuidado la luz de la Palabra de Dios antes de comprometernos en cualquier camino?


Atormentado por el miedo (20-nov-2020)

Es evidente que el miedo domina la época en que vivimos. En los últimos meses, hemos visto cómo el miedo ha paralizado a la humanidad, pero peor aún, cómo afecta a los verdaderos creyentes que, hasta hace unos meses, confiaban en su propia fe en Dios.

Una de las características poderosas de la Escritura es que está viva y es aplicable a todos los períodos de la vida. Los libros históricos son muy útiles porque nos presentan hechos históricos sobre personas reales; está claro que la Escritura no es solo teórica ni limitada en su impacto a un cierto período de la historia.

«David se levantó y huyó aquel día de Saúl, y fue a donde estaba Aquis, rey de Gat. Pero los siervos de Aquis le dijeron: ¿No es este David, el rey de la tierra? ¿No cantaban de él en las danzas, diciendo: Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles? David tomó en serio estas palabras y temió grandemente a Aquis, rey de Gat. Y se fingió demente ante sus ojos y actuaba como loco en medio de ellos; escribía garabatos en las puertas de la entrada y dejaba que su saliva le corriera por la barba. Entonces Aquis dijo a sus siervos: He aquí, veis al hombre portándose como un loco. ¿Por qué me lo traéis? ¿Acaso me hacen falta locos, que me habéis traído a este para que haga de loco en mi presencia? ¿Va a entrar este en mi casa? David se fue de allí y se refugió en la cueva de Adulam. Cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, descendieron a él allá. Todo el que estaba en apuros, todo el que estaba endeudado y todo el que estaba descontento se unió a él, y él vino a ser jefe sobre ellos. Y había con él unos cuatrocientos hombres» (1 Sam. 21:10 al 22:2, LBLA).

«Estas cosas les acontecían como ejemplos, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11).

 

David es bien conocido como uno de los hombres más valientes que jamás haya existido. La historia de 1 Samuel 17 muestra claramente su espíritu valiente, aunque a los ojos de los hombres no es de talla para Goliat. El secreto de su coraje no era el descuido; por el contrario, tenía la estimación correcta de Goliat (un filisteo incircunciso) pero también tenía la certeza del poder del Dios vivo. Para asombro de todos, este joven, que tenía fe en el Dios vivo, superó el miedo que caracterizaba a todo el ejército de Israel; trajo la victoria y dio valor a los que le rodeaban. Pero es interesante notar que unos pocos capítulos después vemos al mismo David comportándose de manera opuesta.

Siempre me he preguntado, “¿Por qué?” ¿Podría ser que el miedo se haya apoderado de su corazón? Examinemos esto ante el Señor y examinemos también nuestros propios corazones.

1 - Tiene miedo de Saúl

En primer lugar, su miedo a Saúl le hizo olvidar que Dios le había prometido el trono. Esto significaba que Dios lo preservaría hasta que cumpliera su promesa, ya que no es un hombre para mentir. Este miedo le hizo dejar su herencia y pedir la protección de los filisteos. De la misma manera cuando el miedo gobierna nuestros corazones, resulta en que perdemos de vista nuestra herencia; además, las promesas que Dios nos ha hecho de nunca dejarnos o abandonarnos disminuyen a nuestros ojos. Sin embargo, las Escrituras nos dicen que el Señor es nuestra herencia. Recordemos siempre que el Señor es nuestro escudo.

2 - Tiene miedo de Aquis

Luego viene su temor a Aquis, rey de los filisteos. Es difícil de creer que el valiente David que actuó con dignidad y confió en Dios ante Goliat se comportara como lo hizo ante Aquis. Si David, en esta época de miedo, se comportó de esta manera, también nos arriesgamos a actuar como insensatos cuando perdemos de vista al Señor y buscamos protección en el mundo, en sus métodos, en sus consejos y en su punto de vista. Qué tristeza para los hombres de David ver a su jefe comportarse así porque estaba preocupado y temía por su seguridad. Olvidaba la dignidad que debe caracterizar a quienes temen al Señor, que confían en su protección y le hacen confianza en todas sus circunstancias.

Pero gracias a Dios, la historia no termina ahí. David entiende que el lugar donde podía estar a salvo era en la cueva de Adulam, que significa «su testimonio». Aunque la cueva de Adulam es menos confortable que el palacio de Aquis, es allí donde encuentra la fuerza y la protección de Jehová. Compartió las experiencias que aprendió en esta cueva en el Salmo 56:11 y en el Salmo 34. Pero, así como el miedo es contagioso, también lo es el coraje: en la cueva de Adulam había quienes se sentían atraídos por David a pesar de, o debido a, su condición (angustia, deudas y amargura). Entonces descubrieron que con David estaban en seguridad, incluso en la incomodidad de la cueva. Es un testimonio para todos aquellos que quieren superar su miedo. Además, de la cueva de Adulam salieron los tres hombres poderosos, poniendo sus vidas en peligro para satisfacer el anhelo de su señor David y traerle un poco de agua para refrescar su corazón. El miedo se había ido (1 Crón. 11:15-19).

3 - El miedo a la muerte

«Así que, por cuanto los hijos participan en común de sangre y carne, él también de la misma manera participó en ellas, para que, por medio de la muerte, redujera a impotencia a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librara a todos los que, por temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» (Hebr. 2:14-15).

 

En el Nuevo Testamento, el Espíritu de Dios nos dice que una de las armas más temible en el arsenal de Satanás es el miedo a la muerte, ya que mantiene a los hombres en la esclavitud. Después de todo, la Escritura nos dice que la muerte es el «rey de los espantos» (Job 18:14) y hoy, Satanás ruge como un león para sembrar el miedo en nuestros corazones. Pero hoy, tenemos más de lo que David nunca podía tener. Tenemos la obra completa de Cristo, que venció al que tiene el poder de la muerte, el diablo, y nos liberó del miedo a la muerte. El apóstol Pablo nos dice en 1 Corintios 15:26 que la muerte es el último enemigo. Ha perdido su aguijón y se ha convertido en un medio para transportarnos al cielo si el Señor no ha venido todavía a llevarse a los suyos.

David no tenía este conocimiento y no estaba habitado por el Espíritu Santo. Mientras que nosotros, que tenemos todos estos recursos, ¿cómo deberíamos reaccionar ante el miedo actual? Saúl, (tipo de hombre en la carne, o de la carne en nosotros) solo trae miedo y nos hace perder de vista nuestra herencia cristiana que incluye la promesa de la protección del Señor. ¿El temor de los filisteos que nos rodean, con sus medios de comunicación y sus llamados expertos en la materia, nos llevará a comportarnos de manera indigna y a avergonzar a Cristo cuyo nombre llevamos (los cristianos)?

Pero los que son la familia de Dios, amados por el Padre y el Hijo, habitados por el Espíritu Santo, pueden vivir en el círculo del amor divino y decir: «En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo; el que teme no ha sido perfeccionado en el amor» (1 Juan 4:18).

De hecho, el miedo es una emoción extremadamente poderosa y Juan en su epístola nos dice que puede atormentar, pero que el amor perfecto echa fuera el miedo. Aprendamos de estas claras lecciones de la Palabra de Dios, tomemos coraje, caminemos en la dignidad de hijos de Dios y no temamos su miedo, sino que establezcamos a Cristo como Señor en nuestros corazones y caminemos a la luz de este conocimiento.

El mundo observa a los cristianos que dicen: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal. 23:4). ¿Cómo se comportan en medio de la confusión y el miedo que causa actualmente la Covid-19? ¿Qué más tenemos que los no creyentes? Tenemos al Señor y con él tenemos la mejor seguridad que podamos conseguir. Esto es lo que debemos ofrecer a un mundo lleno de miedo y ansiedad, que se enfrenta a la perspectiva de pasar la eternidad en el lago de fuego; necesitan a nuestro Señor Jesús y su gran salvación. Porque es el único remedio, dado por Dios, capaz de quitar el miedo de los corazones de los hijos de los hombres hoy. Pero solo aceptarán este remedio de nosotros si ven sus efectos prácticos en nosotros, es decir, si lo que creemos y predicamos se realiza en nuestro comportamiento.

El mundo actual y sus expertos solo se preocupan de los cuerpos de los seres humanos. Nos dicen qué hacer para estar protegidos, aunque cambian sus opiniones, consejos y recomendaciones casi a diario. Además, muchos expertos admiten que no saben cuál es la mejor manera de protegerse. Las expresiones utilizadas hoy en día por los expertos –y por casi todo el mundo– son “no sé” y “no sabemos”. ¿Cuántas veces, queridos creyentes, habéis oído esto?

En cambio, qué alegría escuchar a alguien, en un estado desastroso, en una prisión romana insalubre, sin aire limpio, con condiciones sanitarias deplorables y con la sentencia de muerte suspendida sobre su cabeza, decir: «Porque sé a quién he creído, y estoy convencido que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (2 Tim. 1:12).

La dignidad, la confianza, la confianza en el Señor y la fe en él, todo lo que pertenece al corazón de los que le aman, no son solo palabras vacías. Porque el cristianismo teórico no tiene valor para nadie. Unámonos a David una vez recuperado, que aprendió sus lecciones en la escuela de Dios y las registró para nosotros por el Espíritu de Dios en los Salmos 34 y 56, y digamos con él:

«En el día que temo, yo en ti confío… En Dios he confiado; no temeré; ¿qué puede hacerme el hombre?» (Sal. 56:3, 11).

«Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores» (Sal. 34:4).

Recordemos siempre que el Señor es nuestro escudo…

E. S. Nashed


Adicciones (2-nov-2020)

«Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero no seré dominado por ninguna» (1 Corintios 6:12).

«Andad en el Espíritu, y no deis satisfacción a los deseos de la carne» (Gálatas 5:16).

1 - ¿Cómo liberarse de las adicciones?

Adicción es una palabra moderna (anglicismo) para la conducta que se basa en un deseo repetido e irrefrenable de hacer o consumir algo, a pesar de las quizás reales motivaciones y esfuerzos por alejarse de ella. La adicción corresponde a las palabras o expresiones que encontramos en la Palabra de Dios: esclavitud, esclavos del pecado (Juan 8:34; Rom. 6:16-20), esclavitud (Juan 8:33), abrazado (Sal. 9:16; 2 Pe. 2:20), abrazado y tomado (Ecl. 9:12; Prov. 6:2; Is. 8:15).

Hay serias adicciones: drogas, alcohol, tabaco, pornografía, videojuegos y juegos de azar. A veces la gente habla un poco de ser “adicta” a ciertos programas de televisión, películas y series por cable, también a Internet, sin darse cuenta de que la fuente interna es siempre la misma. El creyente, como el no creyente, puede verse afectado por una o más adicciones.

Si el mundo y los médicos privilegian el aspecto de la “enfermedad”, el cristiano considerará cuidadosamente el aspecto de la “esclavitud del pecado”, sabiendo que Satanás está siempre activo, buscando esclavizar al hombre y al creyente al pecado, degradarlo, y finalmente llevarlo a la ruina, la desesperación o la autodestrucción.

El hijo de Dios posee esa preciosa seguridad de que el Padre «nos liberó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col. 1:13). Esta importante afirmación para la fe está precedida por incesantes oraciones para estar «llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo» (Col. 1:9-10). En cuanto al que no es hijo de Dios, que no tiene la vida de Dios, hay que empezar por el camino ordinario del pecador: arrepentimiento, fe en la obra de Cristo, confesión a Dios de la propia culpa.

Hemos podido considerar algo por encima de las adicciones como algo malo porque es una sujeción, una servidumbre. A lo que uno está sometido o esclavizado es importante principalmente por la degradación en la que se cae. Ahora el mundo presenta cada vez más la adicción como algo bueno, algo positivo. El marketing se jacta de que los productos son adictivos (porque son excitantes e irresistibles), presentando esto como una buena razón para comprarlos. En el campo de las redes sociales, adicción es una palabra con connotaciones positivas. La gente no lo ve como una desventaja, sino como una verdadera ventaja. Los empleados de las grandes empresas de sistemas informáticos y de redes sociales buscan formas de hacer más adictivos sus productos y sistemas. ¿Significa esto que la adicción se ha vuelto segura? –La respuesta es clara: La adicción mantiene su carácter de subyugación que distrae de Cristo y de la vida cristiana real y práctica. 1 Corintios 7:21-23: «Fuisteis comprados por precio; no os hagáis esclavos de los hombres». Con la ayuda del Señor, tengamos esto en cuenta para no caer en esta trampa o, si hemos caído en ella, salir de ella.

2 - Ser liberado

Cuando el apóstol Pablo escribe: «Lo que obro, no lo entiendo, porque lo que practico no es lo que quiero, sino lo que odio, eso hago» (Rom. 7:15), describe a un creyente que experimenta la presencia del pecado en él a través de los deseos que le sugiere, y que trata de salir de ese estado por sus propios medios.

¿Cuál es el poder que nos permite realizar la afirmación del versículo citado: «No seré dominado por ninguna»? (1 Cor. 6:12). Este poder es el del Espíritu de Dios, que habita en el creyente (Gál. 4:7).

El tema de la adicción está bien relacionado con la necesidad de la liberación del pecado. La conciencia se ahoga muy rápidamente, se apaga y ya no advierte al sujeto de su triste situación. «El hombre que no domina su espíritu es una ciudad en ruinas, sin muros» (Prov. 25:28).

«El que practica el pecado es esclavo del pecado. Así que si el Hijo (de Dios) os libera, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:34-36).

«…para que ya no seamos esclavos del pecado» (Rom. 6:6).

Los creyentes que han puesto su fe en Jesucristo pueden estar preocupados por descubrir dentro de sí mismos una tendencia incorregible al mal.

¿Cómo puede un cristiano resistirse a tales tendencias?

En Cristo, los creyentes han encontrado un nuevo Dueño, pero no deben olvidar que el pecado, la raíz de la que proceden las malas acciones, sus malas inclinaciones, está todavía dentro de ellos. Cuando surgen tendencias pecaminosas, el cristiano puede repeler firmemente la tentación. Puede contárselo a su Señor y contar con él para que le ayude y le dé fuerzas.

«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom. 6:14).

«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

Amigo cristiano, si todavía o alguna vez está cautivo de los malos hábitos, no piense que nunca podrá liberarse de tal comportamiento, hábito o adicción que le encadena. Vuelva a leer lo que dice la Biblia en Romanos 6:14. Si cree en el Señor Jesús, puede ser victorioso, porque tiene un nuevo poder en Ud., el poder del Espíritu Santo. No viene de los propios esfuerzos, voluntad o resoluciones, viene de Dios. El Espíritu Santo trabaja con nuestro consentimiento. Por eso la primera pregunta que se escucha para ser liberado es la pregunta de Jesús al hombre paralizado: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6).

Esta pregunta nos obliga a enfrentarnos a nuestro verdadero deseo. El siguiente paso es dejar que Dios actúe, es decir renunciar a nuestros esfuerzos. Entonces en tal camino de confianza, probamos la paz de Dios y la libertad del mal. Puede ser gradual, pero podemos estar seguros de que será real.

Para Jesucristo, la libertad no debe ser dominada por el mal. Promete esta libertad a través de un vínculo personal con él, y se puede vivir en una relación con Jesucristo mediante el Espíritu Santo.

Los cristianos genuinos reconocen que algunas cosas están mal, los lastiman a ellos, a sus seres queridos o a otros y, sin embargo, no pueden evitar hacerlas. Son infelices, demasiado a menudo derrotados por sus malos hábitos.

La respuesta es Jesucristo en la cruz. Jesús fue condenado por mi. Murió para salvarme. Debo entender, aceptar y creer que «morimos con él» (2 Tim. 2:11), como dice la Palabra de Dios. Ahora ha resucitado y está vivo, y yo también estoy vivo con él.

En Gálatas 2:20, el apóstol usa otra expresión y dice «con Cristo estoy crucificado». Identificarse con Cristo en su muerte y resurrección, comprenderlo, asirlo por la fe, es una necesidad para escapar de la esclavitud del mal, para negarse a ceder a los diversos malos hábitos. Incluso un creyente, si intenta por su propia fuerza enfrentar el mal, será derrotado. El mal es más fuerte que él.

El secreto que nos hace «libres» del mal, por lo tanto, no es solo vivir con Jesús, sino más que eso, es darse cuenta de que «Cristo vive en mí» (Gál. 2:20). Está presente para intervenir y para vencer el mal.

Esta es la verdadera libertad; es un don de la gracia divina que nos ayuda en nuestras debilidades y faltas.

De esta manera podré «caminar por el Espíritu», y dejar que él dirija mi vida. Si oro y leo la Biblia, solo o con otros cristianos, Cristo vivirá en mí y me liberará con la fuerza que Dios da día tras día.

Nota añadida del Traductor: El término “emancipar” tendría la ventaja de enfatizar el hecho de que el creyente fue una vez un esclavo (esclavo, totalmente atado al pecado) y que su nueva vida debe ser “liberada”, es decir, “liberada de la obligación de pecar” (liberada de la inevitable esclavitud del pecado).

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La venida del Señor para arrebatar la Iglesia (21-sep-2020)

  • La venida del Señor para arrebatar la Iglesia (la Asamblea cristiana) es considerada por muchos como una doctrina descabellada de invención tardía; se dice que fue lanzada solo en el siglo XIX y que fue ignorada a lo largo de la historia cristiana. Respuesta: En realidad es un evento anunciado con precisión en la primera Epístola a los Tesalonicenses (cap. 4:14-18), y esta epístola es muy probablemente la primera escritura de los apóstoles a una asamblea cristiana (iglesia), como se puede ver en la comparación de la epístola con Hechos 17:1-10. Por lo tanto, no se trata de una idea tardía, sino de un consuelo o estímulo que el apóstol quiso dar a los cristianos desde el principio. Si estos lo han olvidado durante siglos, simplemente muestra que la Palabra de Dios es muy a menudo mal entendida, y no lo suficiente meditada y creída.
  • Esta verdad o doctrina también es criticada por el hecho de que a veces se le llama arrebato secreto. El arrebato no es más secreto que la resurrección del Señor: nadie la vio cuando tuvo lugar, pero se dieron cuenta después y la cubrieron con una mentira (Mat. 27:62 al 28:15; 2 Tes. 2:11) Nadie, aparte de los creyentes, vio al Señor resucitado (Hec. 10:41). El mundo lo verá de nuevo solo cuando aparezca en gloria para reinar (Mat. 23:39; Apoc. 19).
  • flag Véase el tema El arrebatamiento de los santos.

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Virtual (5-sep-2020)

«Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana» (Sal. 39:6).

«Cómo os volvisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tes. 1:9).

Muy poco utilizada en el pasado, la palabra “virtual” (ausencia de existencia) ha adquirido mucho significado con la revolución digital.

Nuestras pantallas pueden mostrarnos imágenes que no corresponden a ninguna realidad, imágenes virtuales. A través de internet puedes tener contactos virtuales con interlocutores ficticios. A través de las redes sociales también puedes hacer amistades virtuales con personas que de otra manera no conocerías a través de tu pantalla. Así, nuestra vida puede estar cada vez más desconectada de la realidad. ¿No es este ambiente de sueño o pesadilla, lejos de las realidades fundamentales de la vida, una trampa y un peligro muy grandes? Para cada uno de nosotros y para la juventud en particular.

Desde el punto de vista médico, se han observado efectos nocivos como mareos, trastornos de la visión, trastornos del estado de ánimo, trastornos mentales; e incluso reacciones intensas y perturbadoras como la depresión y la violencia. Con la pérdida de puntos de referencia en el mundo real con la posible confusión entre la realidad y lo virtual.

¿Cuáles son estas realidades que el hombre no debería olvidar? La Biblia nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con Dios, el Creador de todo lo que existe, sobre el origen del mal (el pecado) que ha corrompido a toda la humanidad, sobre el sentido de nuestra vida, su fragilidad, su resultado, sobre la muerte, la vida después de la muerte… No hay nada virtual en ello, estos temas están estrechamente ligados a la realidad de nuestra existencia, ya en la tierra.

La respuesta a estas preguntas, Dios que es Espíritu, invisible, vino a dárnosla en Jesucristo, su Hijo, nacido en este mundo, hombre entre los hombres. Jesucristo no es una persona virtual, sino una persona viva, que desea liberarnos del pecado y entrar en la vida de cada uno de nosotros. Nos ofrece el perdón de nuestros pecados; no es el reino de la ilusión, sino una realidad que puede transformar nuestras vidas de manera efectiva y definitiva. Dios propone, no el sueño, sino la realidad de una vida que quiere llenar con su presencia y su amor.

«Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim. 1:15).


Perturbar al pueblo de Dios (1-sep-2020)

«Hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1:7).

Falsos maestros se encontraban en ese momento en Galacia. Buscaban a distorsionar la buena noticia, el Evangelio. Aunque todavía no habían tenido éxito, estaban perturbando a los cristianos de Galacia. Si tenemos verdadera fe en Cristo, nunca tenemos que preocuparnos. Las tormentas de la vida pueden golpearnos, los instrumentos del enemigo pueden traer sus falsas enseñanzas, pero a través de todo esto, si nuestros ojos se dirigen a Cristo, no estaremos perturbados.

Es algo terrible perturbar al pueblo de Dios. Los creyentes son como un rebaño de ovejas, que se alimentan en los buenos pastos de la Palabra de Dios. Pero desgraciadamente, muchos hoy en día están perturbando a las ovejas en lugar de alimentarlas. Algunos pasan por buenos pastores del rebaño de Dios, pero muy a menudo predican la Ley, como los falsos maestros de Galacia, en lugar de alimentar a las ovejas de «la verdadera gracia de Dios» (1 Pe. 5:12). Muchos otros no predicarían los diez mandamientos, ni para la salvación ni como regla de vida, sino que continuamente dicen a los hijos de Dios: «¡No tomes, no gustes, no toques!» (Col. 2:21). No debéis hacer esto; no debéis hacer aquello. El principio es el mismo. Es la Ley en lugar de la gracia; esto perturba al rebaño y no lo alimenta. Sean cuales sean, los que perturban a las ovejas de Dios tendrán que soportar el juicio de Dios, porque es la obra del Enemigo la que están haciendo.

Estos enemigos del verdadero Evangelio en Galacia querían deformar, derribar y desnaturalizar el significado de la verdadera buena nueva que Dios ha enviado. Si alguien me dice que debo cumplir la Ley para ser salvo, o como regla de vida, no es una buena noticia. Es justo lo contrario. Es una noticia muy mala, porque nunca podré cumplir la Ley, y por lo tanto debo perecer. Tal era el mal trabajo que estos falsos maestros hacían entre las iglesias de Galacia. Estaban pervirtiendo la buena noticia, el Evangelio.

G.C. Willis


Orientación de los grandes líderes religiosos: ¿Adónde llevan a las ovejas? (23-jun-2020)

El apóstol Pablo, en su Epístola a los Colosenses, advierte contra las «palabras persuasivas», «la vana y engañosa filosofía, conforme a la tradición de los hombres, según los elementos del mundo», porque alejan de Cristo y del «conocimiento del misterio de Dios, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:2-8). «Cristo en vosotros [los cristianos], la esperanza de la gloria», es el objeto de las exhortaciones del apóstol (Col. 1:27-28). Estas expresiones advierten abiertamente contra las desviaciones apóstatas de las llamadas religiones cristianas: ya no se interesan por Cristo, apuntan a la tierra y a su organización y ya no al cielo. –Estas desafortunadas orientaciones ya no están confinadas al clero superior. Todos los medios de comunicación están imbuidos de ello y buscan arrastrar a los laicos a ellas trivializándolos. Los creyentes cristianos «ordinarios» tienen que velar a lo que leen y escuchan. La sabiduría del mundo es locura para Dios (1 Cor. 1:20).

El centro de interés del cristiano está en el cielo, no en la tierra (Fil. 3:19-20).

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Lecciones del Coronavirus sobre las incertidumbres de la ciencia (22-jun-2020)

Durante estos tiempos del Coronavirus, habremos podido comprobar las fuertes disputas entre científicos, médicos o no, cada uno de ellos con pruebas experimentales más seguras unas que las otras, y contradiciendo las otras. No los agobiamos ni los acusamos, pero cuánto esto saca a relucir la vanidad de las llamadas creencias científicas que muchos tratan de imponer en temas como la evolución, el clima, la ecología u otros. Incluso hay un eslogan que dice “¡Escucha la ciencia!” –¡Seguirlo es escuchar la confusión!

Preferimos las certezas de la Palabra de Dios.

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El peligro de una lectura superficial de la Biblia (13-jun-2020)

Los cristianos están acostumbrados con demasiada frecuencia a leer las Escrituras sin que su fe sea ejercitada por ellas; las cosas más importantes son pasadas por alto con una facilidad verdaderamente increíble; la Palabra es aceptada superficialmente y de manera general, pero sin molestarse en examinar los detalles, y por supuesto la conciencia no se ve afectada. Si, por el contrario, se estuviera dispuesto a reflexionar y sopesar la Palabra de Dios, para penetrar en su significado, se descubrirían cosas que despertarían la conciencia, quizás incluso la preocuparían, pero este ejercicio estaría lleno de bendiciones para el alma. Las maravillosas comunicaciones de Jesús a sus discípulos tienen por objeto iluminarnos, instruirnos y ser objeto de nuestra meticulosa atención; cualquier otro modo de recibirlas es indigno de la gloria de su persona.

W. Kelly


La Palabra de Dios y la apostasía (29-may-2020)

Cuando la muerte acecha

«Haces que el hombre vuelva a ser polvo, y dices: Volved, hijos de los hombres» (Salmo 90:3, LBLA).

Los tiempos de pandemia que estamos viviendo nos hacen reflexionar sobre nuestra condición humana de una manera más real y más atenta que de costumbre. Entre los muchos comentarios cristianos, hay uno que sugiere a los cristianos de vivir las circunstancias actuales como pudiendo servir a probar su fe en la soberanía de Dios, a probar su propia sabiduría (¿humana o de arriba?) y su amor al prójimo.

El tema de la apostasía, del que nos ocupamos, no es menos solemne, porque nos advierte sobre un fenómeno mucho más dramático, que podemos llamar una verdadera “pandemia espiritual“.

La gran revuelta contra Dios

«Nadie os engañe de ninguna manera; porque ese día no vendrá sin que venga primero la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición; el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de adoración; de modo que se sienta en el templo de Dios, presentándose él mismo como Dios» (2 Tesalonicenses 2:3-4).

En este pasaje, el apóstol Pablo advierte a los tesalonicenses que la apostasía precederá al día del Señor (día de juicio y de castigo general que tendrá lugar después del arrebatamiento de la Iglesia). Será una apostasía general, caracterizada por la completa y pública negación de la doctrina cristiana. En diferentes épocas, ha habido corrientes más o menos marcadas de apostasía. Pero de la que Pablo habla aquí representa un evento de magnitud inimaginable, un acto de rebelión final contra Dios.

¿Hemos entrado en estos tiempos difíciles? La Palabra de Dios es clara al respecto: el pleno desarrollo de la apostasía se producirá solo después del arrebato de la Iglesia y antes del reinado de Cristo en la tierra (milenio). Pero ciertamente ya vemos grandes signos de ello.

Es un interrogatorio al que debemos dejarnos conducir.

Las voces de muchos centinelas son unánimes: la situación es verdaderamente alarmante. “El progreso de la apostasía, incluso en los círculos que reclaman su fidelidad a la Escritura, se está acelerando. Estamos siendo testigos de un brote mundial de apostasía, como la Iglesia nunca ha conocido“.

La apostasía (lit.: defección, abandono) es particularmente evidente en la influencia del mundo en la vida cristiana. Solo se puede deplorar una acomodación a la cultura ambiental, una cultura de compromiso en las iglesias, con una mezcla de verdad y de error, de lo que es santo y de lo que es profano, que conducen a “sacrificar las doctrinas esenciales“. Tales como la inspiración y la total suficiencia de la Biblia; la divinidad de nuestro Salvador; la salvación solo en Jesús, solo por gracia y solo por fe; el próximo regreso de Jesucristo para arrebatar la Iglesia.

Existe un peligro real de hacer una lectura selectiva de la Palabra de Dios, y de hacer de nuestras preferencias personales el punto de referencia para el bien y el mal. Creer en una afirmación bíblica porque me conviene y rechazar (u “olvidar“) otra porque no me conviene.

Los verdaderos creyentes no pueden conformarse con reducir las Escrituras a unos pocos pasajes favoritos.

Nuestro alimento es toda la Escritura (2 Timoteo 3:16-17).

La historia de la Iglesia nos dice que hubo momentos en que el mensaje bíblico fue seriamente defectuoso o distorsionado. Se necesitaron hombres de coraje, de fe y de gran devoción a la Palabra de Dios para reclamar un retorno a la doctrina y a una conducta de acuerdo con la voluntad de Dios.

El fundador del Ejército de Salvación, W. Booth, escribía al final del siglo 19 que muchas iglesias predicarían:

  • el cristianismo sin el Espíritu Santo,
  • cristianos sin Cristo,
  • un perdón sin arrepentimiento,
  • una salvación sin regeneración (sin nuevo nacimiento),
  • la realidad del cielo sin aquella de los tormentos eternos.

¿No es lo que vemos en el mundo cristiano actual?

¿Qué queda de esta herencia, de la «fe» de nuestros padres, del «buen depósito» recibido de Dios?

Por un lado, vemos las ideas y prácticas del mundo infiltrándose en la vida de las iglesias; por otro lado, es la gran institución religiosa romana que avanza con su seductor y dominante ecumenismo. Todo lo que una vez fue una causa de separación, a la luz de la Palabra de verdad, es ahora visto por ambos lados como desafortunados “malentendidos del pasado“.

El Papado se niega a renunciar a sus tradiciones no bíblicas y a sus prácticas idólatras. Se asocia a esto el extraño silencio de sus socios protestantes y evangélicos sobre las manifestaciones sobrenaturales propias de la devoción católica (culto a María y a los santos). Podemos incluso añadir la existencia de un diálogo interreligioso con asociados de todas las religiones no cristianas (reuniones altamente mediatizadas): ¡un entendimiento tácito y público entre todas las religiones, que invita a la comprensión mutual!

¡“Oran“, “fraternizan“ y “evangelizan“ juntos! Los temas enojosos ya no se mencionan más: ya no se denuncian las falsas doctrinas ni la idolatría. Un pastor evangélico no duda en hablar de las “exageraciones verbales de Calvino y otros reformadores sobre el catolicismo romano“.

Conclusión

Debemos reconocer que la extraordinaria seducción del error siempre tendrá más atractivo que el mensaje juzgado demasiado exigente del arrepentimiento y de la sumisión total al Señor y a su Palabra.

En estos tiempos de “pandemia espiritual“, tengamos cuidado de no dejarnos contaminar. Para ello, conocemos el remedio: es necesario disciplinarse, “entrar“ en las Escrituras cada día, para familiarizarse cada vez más con lo que enseñan. Así es como adquiriremos el discernimiento, ya que es precisamente esta capacidad de discernimiento la que está desapareciendo entre los cristianos de hoy en día.

«Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro; porque el tiempo está cerca. El que es injusto, que sea injusto aún; y el que es inmundo, que sea inmundo aún; y el que es justo, que sea justo aún; y el santo, que se santifique aún. He aquí vengo pronto, y mi galardón está conmigo, para recompensar a cada uno según es su obra» (Apocalipsis 22:10-12).


La voz callada y suave del juicio (30-abr-2020)

«Y después del terremoto, un fuego; mas Jehová no estaba en el fuego: y después del fuego, una voz callada y suave» (1 Reyes 19:12).

«Porque llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios; y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios?» (1 Pe. 4:17).

«Mas Jehová hirió a Faraón con grandes plagas, a él y a su casa, por causa de Sarai mujer de Abram» (Gén. 12:17)

Con justificada preocupación, estamos siendo testigos de una nueva y peligrosa epidemia en todo el mundo. A medida que el número de muertes aumenta, estamos tomando medidas para tratar de protegernos y proteger a los demás. Sin embargo, existe un peligro mucho mayor y más extendido que el COVID-19.

De hecho, todo cristiano reconoce la voz del Señor en todo lo que nos rodea: el estrés y la perplejidad a los que el mundo y sus líderes se enfrentan; el impacto en la salud y el bienestar de sus habitantes; el impacto en todos los sectores de la economía mundial, desde la agricultura, los cuidados de la salud, el suministro de alimentos, la fabricación, las cadenas de suministro, los deportes y las diversiones. Escucho a los cristianos decir, con razón, que el pecado y la inmoralidad han sido tolerados y legalizados, que Dios ha sido rechazado por el sector público, que el ateísmo se extiende en el mundo académico de las universidades y en muchos otros institutos de enseñanza, que el materialismo, la codicia, el egoísmo, el odio y la propagación de cultos de la Nueva Era y el espiritualismo son las causas de lo que el mundo está enfrentando hoy en día. Muchos cristianos oran y transmiten el mensaje del Evangelio para que las almas vengan al Señor Jesús, se arrepientan y lo acepten como su Salvador personal.

Si bien todo esto es muy cierto, me temo que estamos pasando por alto el punto más importante, a saber, la voz de Dios hablándonos individualmente, como familias, como iglesias locales y como comunidad mundial. Examinemos lo que el Señor hace para llamar nuestra atención para que podamos reflexionar sobre nuestros caminos.

La reunión colectiva y pública semanal para recordar al Señor y proclamar su muerte hasta su venida ha sido suspendida por el momento en casi todos los países del mundo, al igual que la reunión de oración semanal y el estudio de la Biblia en las iglesias locales. Las conferencias bíblicas han sido canceladas y muchas ocasiones de actividad espiritual y de comunión entre las personas no se pueden organizar.

Muchos se han apresurado a usar la tecnología disponible, por la cual agradecemos al Señor, para establecer reuniones ministeriales, estudios bíblicos y reuniones de oración. Esto es, por supuesto, de gran valor, y muchos santos se han beneficiado de ello en esta época de miedo e incertidumbre.

Pero la pregunta que persiste en nuestras mentes es, ¿qué nos dice el Señor? ¿Sentimos el dolor y la pérdida en nuestras propias almas porque no podemos estar juntos en persona para recordarlo? No podemos hacer eso en línea, y toda esta maravillosa actividad en línea no debería hacernos creer que hemos encontrado una forma de satisfacer nuestras necesidades espirituales.

Los obstáculos que nos impiden reunirnos para recordar al Señor deben llevarnos a sentarnos tranquilamente en su presencia en nuestro entorno privado y examinarlo todo. Esta es una situación muy especial, queridos santos, que todos debemos examinar. Porque si tenemos lugares de encuentro, si tenemos medios de transporte, si las carreteras no están bloqueadas, si muchos de nosotros estamos sanos y somos capaces, sin embargo, no podemos ir juntos al encuentro del Hijo de Dios. ¿Sentimos pesadez en nuestros corazones y tristeza por no poder estar juntos en el día del Señor para escuchar su voz de amor, colectivamente como iglesias, como hemos hecho durante muchos años?

¿Culpamos al mundo impío que nos rodea por lo que está pasando y por lo que el Señor está haciendo, castigándolos por sus malas acciones? ¿Pero qué pasa si, tal vez, somos la causa de lo que le sucede al mundo que nos rodea y que nos impide reunirnos en el día del Señor? ¿No fue por los pensamientos y acciones de Abram que «Jehová hirió a Faraón con grandes plagas, a él y a su casa»? (Gén. 12:14-20).

¿Es nuestra infidelidad, nuestro materialismo y nuestra adopción de las cosas y de las vías del mundo y de sus pensamientos en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestras iglesias? Sin embargo, solíamos ir a la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

La envidia, la búsqueda de fama, las peleas, las maledicencias, las traiciones, las charlas maliciosas, la hipocresía, las vidas dobles, la tibieza hacia el Señor y sus intereses. Sin embargo, solíamos ir la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

Nuestra devoción personal a él, la lectura de su Palabra y el tiempo pasado en su presencia no son una prioridad en nuestras vidas, ya que estamos ocupados con nuestras legítimas responsabilidades y asuntos; hemos dejado nuestro primer amor. Sin embargo, solíamos ir la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

Sin embargo, los ojos del Señor que son «demasiado puros para mirar el mal» (Hab. 1:13) ven todo esto y más, porque nada le está oculto. ¿Cuál debe ser el sentimiento en su corazón?

¿Deberíamos asumir nuestras responsabilidades como lo hizo David? (2 Sam. 24:15-17) Reconoció que fue su orgullo y sus acciones las que trajeron la plaga a la tierra donde murieron más de 70.000 personas.

¿Podemos escuchar la voz de Jehová (del Señor) en todo esto?

«Sembrad, en beneficio vuestro, para justicia; segad conforme a la misericordia de Dios. ¡haced vuestro barbecho; porque es ya tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga, y llueva justicia sobre vosotros» (Oseas 10:12).

Algunos podrían decir que estamos ahora en el tiempo del Nuevo Testamento y que este es el día de gracia, por lo que no podemos aplicar esto a nosotros mismos. Es cierto, gracias a Dios, que es el día de la gracia. Pero, «¿qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado, para que la gracia abunde?» (Rom. 6:1).

¿Cambia nuestro Santo Padre su naturaleza en el día de gracia? ¿No se aplica su mano amorosa para disciplinar a sus hijos en el día de gracia; no nos enseña Hebreos 12:6-11, que así es? ¿Deberíais escuchar de nuevo la voz del Señor que habla y advierte a las iglesias de Sardis y Laodicea?

«Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas: Conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Sé vigilante y consolida lo que queda, que está a punto de morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; obsérvalo y arrepiéntete» (Apoc. 3:1-3).

¿El Señor, mientras dormimos espiritualmente hablando, nos ha quitado el privilegio de reunirnos para recordarlo por el momento? (Cant. 5:2-8).

¿Podemos humillarnos, examinar nuestros caminos, confesar nuestros pecados, arrepentirnos y volver a nuestro primer amor?

Que el Señor se apiade de nosotros a causa de su nombre.

E. S. Nashed
towardthemark.org


Los que se aprovechan injustamente de la situación actual - Salmo 137 (22-abr-2020)

  1. Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos, y también lloramos, acordándonos de Sion.
  2. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.
  3. Porque allí nos demandaban cánticos los que nos habían cautivado; y los que nos despojaron demandaban alegría, diciendo: ¡Cantadnos uno de los cánticos de Sion!
  4. ¿Cómo cantaremos cánticos de Jehová en tierra de extraños?
  5. ¡Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, olvide mi diestra su destreza!
  6. ¡Péguese mi lengua a mi paladar, si no me acordare de ti, si no prefiriere a Jerusalén al principal objeto de mi regocijo!
  7. Acuérdate, ¡oh Jehová! en contra de los hijos de Edom, del día de Jerusalén; los cuales decían: ¡Arrasadla, arrasadla, hasta los cimientos!

Hoy en día, muchos creyentes en la tierra están privados de reunión alrededor de su Señor según Mateo 18:20. Sus sentimientos pueden parecerse a los de los judíos de antaño, deportados de Jerusalén a Babilonia, que se expresan de forma tan conmovedora en los versículos 1 al 6 del Salmo 137. (Véase también sentimientos similares en el Salmo 42:4.) Estos judíos estaban muy lejos de la ciudad del templo, del lugar de la verdadera adoración a Jehová, y sentían tan inmensa pena que ya no podían regocijarse. La situación actual es un poco diferente en cuanto a que todavía hay, para los creyentes, temas de alegría en el Señor mismo (véase lo que el prisionero Pablo expresaba en Filipenses 3:1 y 4:4).

Una cosa nos llama la atención en el Salmo 137: parece que algunos (los hijos de Edom) utilizaban esta disciplina de Jehová hacia su pueblo para desear la destrucción total de Jerusalén (137:7). Si las iglesias cristianas de hoy en día pasan ciertamente, de una manera u otra, por la disciplina del Señor, no nos sorprenda que algunos aprovechen esta oportunidad para desear su demolición, o destrucción completa. Nunca corresponde a los creyentes del tiempo de la gracia pedir el juicio sobre cualquiera (Rom. 12:19-21); sin embargo, tal deseo de destrucción de las iglesias solo puede recibir la condena del Señor y, a su debido tiempo, el juicio. –Del mismo modo, utilizar la disciplina del Señor como una oportunidad para corromper la Iglesia de Dios es igualmente censurable (leer 1 Cor. 3:16-17; el libro de Abdías).

Bibliquest


Algunas reflexiones sobre la situación actual y las reuniones de la asamblea (11-abr-2020)

Vivimos en una situación especial. El Estado ha prohibido todas las manifestaciones públicas y privadas, para combatir la propagación del coronavirus. Como cristianos, nos preguntamos: ¿Cómo debemos comportarnos en esta situación? ¿Qué dice la Biblia sobre esto? Aquí damos algunos pensamientos sobre este tema:

• Dios permite esta situación para poner a prueba nuestra fe. El hecho de que actualmente no tengamos la oportunidad de reunirnos en el nombre del Señor, es una razón para humillarnos ante él y preguntarnos qué quiere decirnos con esto. Esta prueba nos lleva a una ferviente oración. Clamamos a Dios para que nos ayude y que pronto nos conceda el privilegio de reunirnos de nuevo.

• En vista de las personas que tienen la responsabilidad de gobernar, la Palabra de Dios nos da dos indicaciones:

  1. Debemos someternos a las autoridades (Rom. 13:1-6). Esto también es valedero para las medidas que el Estado toma para combatir el coronavirus, porque estas no están directamente dirigidas contra nuestra fe o contra una misión que el Señor nos ha dado. Por lo tanto, el principio, de que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hec. 5:29), no se aplica aquí en la actualidad.
  2. Debemos orar por los hombres que gobiernan (1 Tim. 2:1-2). Tienen especial necesidad en esta situación de crisis, para que se pueda mantener la tranquilidad externa del país y podamos seguir viviendo una vida pacífica y tranquila.

• La reunión en el nombre del Señor tiene lugar donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mat. 18:20; 1 Cor. 11:20; 14:26). Podemos realizarlo, si todos los miembros de la iglesia local nos encontramos físicamente en un solo lugar.

• La reunión como iglesia local debe hacerse de acuerdo con los principios bíblicos. En la reunión para partir el pan, se trata de mantener firme la verdad sobre el memorial y la comunión en la mesa del Señor. Si nos reuniéramos ahora simplemente en pequeños grupos, independientemente unos de otros, en las casas para partir el pan, no sería una reunión como una iglesia. Actuaríamos de forma independiente tanto a nivel local como universal.

• ¿Por qué no es una reunión de la iglesia? Porque entonces no nos encontraríamos en el terreno de la unidad del Cuerpo y no mantendríamos la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efe. 4:3-4). No podríamos decir somos «el cuerpo de Cristo» (1 Cor. 12:27). El Señor no podría cumplir su promesa de Mateo 18:20, este grupo no tendría la autoridad para atar y desatar.

• Reunirnos como iglesia según los principios bíblicos es importante y valioso para nosotros. Con la prohibición de las reuniones el Señor nos impone una prueba: ¿nos sometemos a su poderosa mano, o buscamos una salida que no está de acuerdo con la Biblia? Estamos convencidos de que Dios da su gracia a los humildes y que está dando un camino bíblico a través de estos tiempos difíciles.

• Si no podemos reunirnos, las horas en la presencia del Señor, la bendición que recibimos allí de su Palabra y la comunión con nuestros hermanos y hermanas nos faltan. Es una gran pérdida. Pero el Señor quiere ayudarnos:

  1. Nos sentimos un poco como los judíos que fueron deportados a Babilonia. La promesa de Dios a ellos también es para nosotros: «Aunque yo he arrojado… entre las naciones, y aunque los he esparcido por las tierras, sin embargo, por un breve espacio yo les seré para santuario en medio de las tierras adonde ellos se han ido» (Ez. 11:16). El Señor desea ofrecernos personalmente y en familia momentos de su comunión para darnos valor y alegría.
  2. Cuando leemos la Biblia personalmente o en familia, Él puede darnos alimento espiritual y aliento a través de su Palabra. Un buen comentario nos ayuda a entender mejor su palabra y a recibir la bendición.
  3. Tenemos el privilegio de orar, personalmente o en familia. Cualquier cosa que tenemos en nuestro corazón atribulado, se lo podemos decir a nuestro Dios y Padre. Siempre desea darnos su paz una y otra vez (Fil. 4:6-7). No olvidemos también la intercesión: ¡oremos unos por otros, por nuestros contemporáneos y por nuestro gobierno!
  4. Incluso si no podemos reunirnos más, deseamos cuidar unos de los otros y animarnos mutuamente. Con los medios digitales y a pesar de la separación física, es posible tener contactos y cuidar del bien espiritual de cada uno.

Esperamos la llegada del Señor para el arrebatamiento. Esta es nuestra esperanza. En Hebreos 10:37-38 leemos: «Porque dentro de muy poco tiempo, el que ha de venir vendrá: no tardará. Pero el justo vivirá por la fe».

M. Billeter

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