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¿Cómo esperamos el regreso del Señor? (1-ene-2021)

«Yo, Jesús, envié mi ángel para dar testimonio de estas cosas a las iglesias. Yo soy la raíz y la posteridad de David, la estrella resplandeciente de la mañana. Y el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oye, diga: ¡Ven! Y el que tiene sed, venga. Y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Apoc. 22:16-17).

«Pero una sola cosa hago: olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:14).

 

La segunda venida del Señor Jesús es la meta que los creyentes deberían tener siempre en mente. Como el sentinela busca el presagio precursor del día al final de una larga y oscura noche, esperando «la estrella resplandeciente de la mañana».

 

Otras imágenes pueden ilustrar el final de esta espera:

  • la costa que parece cada vez más clara para el marinero cansado y zarandeado por las olas a medida que se acerca al puerto.
  • la perspectiva del regreso del soldado en el extranjero sobre el lejano campo de batalla. Los combates han sido duros, ha habido muchas dificultades, pero el hogar está cerca.

 

En este nuevo día, el «reposo sabático» (Hebr. 4:9-11) será alcanzado por aquellos que, afligidos y cansados, esperaban pacientemente ver al Señor cara a cara. Será el gran y hermoso reencuentro de todos los creyentes que la muerte ha separado tanto tiempo (padres, hijos, amigos...). Entonces todos los que «en la fe murieron» (Hebr. 11:13) serán alcanzados por los vivos. Serán «arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:17)

¡Qué alegría será, primero para el Señor, y luego para todos los suyos! Cristo se presentará la Asamblea, su esposa, «gloriosa… santa e inmaculada» (Efe. 5:27). Aquellos que han sido redimidos por la sangre del Cordero conocerán entonces la plena bendición del amor divino, y participarán con gozo eterno en la alabanza a Dios y a Cristo.

Según A.E. Booth


«Hijitos, es la última hora; y como habéis oído que el anticristo viene, aun ahora han surgido muchos anticristos; por esto sabemos que es la última hora» (1 Juan 2:18).

 

Los acontecimientos actuales muestran que la última hora está aún más cerca que cuando el apóstol Juan escribió su epístola. Bajo las máscaras de alegría, se esconden corazones dolorosamente vacíos. Los problemas del mundo empeoran, y los esfuerzos para resolverlos fallan. El edificio social y moral se está debilitando rápidamente, y donde debería haber luz vemos oscuridad espiritual; el modernismo y otras falsas religiones abundan.

 

La realidad del regreso de Cristo

El regreso de Jesús será uno de los más grandes y magníficos eventos que haya tenido lugar, y está cerca. Él mismo fue a preparar un lugar para los creyentes. Dijo: «Si voy y os preparo un lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3). No hay duda en cuanto a esta promesa, porque fue dada por nuestro Señor que no puede mentir (Tito 1:2). La gente hoy en día se burla de esto, como en los días en que Noé anunciaba el diluvio; pero el diluvio vino y los destruyó a todos en su incredulidad (2 Pe. 2:5).

 

La rapidez del regreso del Señor

Volverá «en un instante, en un abrir y cerrar de ojos» (1 Cor. 15:52). «Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que quedamos, seremos arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:16-17). Entonces los juicios de Dios caerán sobre toda la tierra; será un día de ira, ante el cual nadie podrá subsistir (Apoc. 6:17).

 

El resultado del regreso de Cristo

Todos los derechos de Cristo serán restaurados, y la salvación de los creyentes será completada en gloria por la eternidad. Entonces tendremos cuerpos transformados en cuerpos inmortales e incorruptibles (1 Cor. 15:52-54), cuerpos como «su cuerpo glorioso» (Fil. 3:21).

 

¿Está usted listo para este gran evento histórico, tan cercano?

F.B. Tomkinson


«Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová?» (Amós 5:18).

 

En los días de Amós, hubo un mal generalizado que el profeta señala en particular: la audacia con la que el pueblo decía que deseaba «el día de Jehová». En medio de la confusión actual, en la que todos están participando, ¿no habéis oído decir a la gente: “Es cierto que el estado del cristianismo es espantoso, pero lo que es alentador es que el Señor pronto vendrá a poner todo esto en orden. –¿No es también «desear el día de Jehová», como el profeta lo reprochaba a los judíos? Luego les preguntó: «¿De qué os servirá el día de Jehová?».

Si camináramos en obediencia y santidad, ciertamente desearíamos ese día. Pero es una vana y atrevida ilusión de establecerse deliberadamente en lo que es contrario a la Palabra de Dios y luego decir que anhelamos «el día del Señor». Este parece ser precisamente el pecado de Israel que se denuncia aquí.

En general, no hay nada más peligroso o terrible que separar la enseñanza de la Biblia de su llamado a la conciencia. Puedo transformar las esperanzas dadas por la Palabra de Dios en un simple tema de imaginación. Al hacerlo, no dejo que la Biblia juzgue lo que hago; por lo tanto, es evidente que no estoy caminando en comunión con Dios. Está escrito: «El que tiene esta esperanza en él se purifica, así como él es puro» (1 Juan 3:3). Esto no solo significa que el Señor purificará todo lo que no es según él, cuando venga. Lo hará, es verdad, pero será mediante el juicio. Por lo tanto, que nadie se atreva a esperar ese momento para juzgar, en su vida, lo que no está de acuerdo con Dios. Tenemos que buscar esta purificación ahora, dejando que Dios obre en nosotros a través de su Palabra y de su Espíritu. Conocemos el amor de Cristo. Cristo es nuestra vida. Por lo tanto, no debemos tolerar nada en nuestras vidas que sea contrario a la Palabra de Dios. ¡Este es el único verdadero camino para los que esperan la venida del Señor!

W. Kelly


Los dones de los magos (24-dic-2020)

1 - Oro

«Abriendo sus tesoros le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra» (Mateo 2:11).

La Biblia no indica el número de magos que vinieron a Jerusalén buscando al niño –«el rey de los judíos». La tradición dice que había tres, probablemente porque se presentaron tres dones distintos.

Dirigida por Dios, esta visita de los magos no judíos, que vinieron del Oriente, fue un cumplimiento parcial de la profecía de Isaías a Israel, y presagiaba lo que está por venir: «Las riquezas de las naciones hayan venido a ti… Multitud de camellos te cubrirá… traerán oro e incienso» (60:5-6). Esta profecía anuncia el reinado de mil años de Cristo, cuando los pueblos no judíos vendrán para adorar ante él (Zac. 14:16). Estos magos fueron los precursores de esta profecía.

El Evangelio según Mateo presenta a Cristo sobre todo como el rey de los judíos, lo que explica el significado del don de los magos. El oro fue ampliamente utilizado en el templo de Salomón, y caracterizaba su reino (1 Reyes 10:14-21): simboliza la realeza. El oro es también un símbolo de lo divino; así, se ofrece a este niño que, en este evangelio, se llama Emanuel: «Dios con nosotros» (Mat. 1:23).

También podemos notar el título dado a Jesús desde su nacimiento: los magos querían ver «al rey de los judíos que ha nacido» (2:2). Esta expresión, relativa a un bebé recién nacido, puede sorprender. Normalmente, un niño destinado a reinar un día primero lleva el título de príncipe antes de ser declarado rey, pero este no es el caso del Señor Jesús: Él, nació rey. Esto explica la confusión manifestada por Herodes, el rey impostor, y por la ciudad de Jerusalén, con la noticia de su nacimiento. La misma emoción popular se manifiesta de nuevo en Jerusalén cuando se presenta oficialmente como su rey hacia el final del evangelio (21:5, 10).

Así, los magos fueron verdaderamente guiados por Dios cuando ofrecieron a este Rey divino un don de oro y le rindieron homenaje. Este era realmente su título y lo que se le debía ofrecer.

2 - Incienso

«Dijo además Jehová a Moisés: Toma especias aromáticas… y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo» (Éxodo 30:34-35).

La primera mención del incienso en la Biblia es la de los versículos anteriores que indican la fabricación de este «incienso… bien mezclado»; era el más santo y puro, el reservado para el tabernáculo, y más tarde para el servicio en el templo. El olor que desprendía era exclusivamente destinado a Jehová, como está escrito: «Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo» (v. 38).

Nos habla como una figura de ese buen olor que Dios encontró en Cristo en su vida de hombre en la tierra, cuya perfección solo él podía apreciar. Cada uno de sus ingredientes se ponía a igual peso y se trituraba muy finamente (v. 35-36). Alguien escribió sobre esto: “Cada carácter de excelencia moral encontraba su verdadero lugar y proporción en Cristo. Ninguna cualidad reemplazaba o desmerecía a ninguna otra; todo era salado, puro y santo, y tenía una fragancia tan buena que solo Dios podía apreciarla.

El incienso se quemaba en el altar de oro, el altar del incienso (v. 1-4), pero también se ofrecía con la ofrenda vegetal, un tipo bien conocido de la humanidad santa y sin pecado de nuestro Señor Jesucristo (Lev. 2:1-2). El significado del incienso en relación con la ofrenda vegetal es entonces muy claro: todo lo que el Señor Jesús hacía en este mundo como Hombre era para el placer de Dios.

Cuando los magos ofrecieron el don del incienso, probablemente no tenían la comprensión espiritual de las cosas que acabamos de considerar; sin embargo, fueron guiados por Dios para ofrecer a este niño lo que simbolizaba lo que sería para Dios en su vida en la tierra. Este Rey divino crecería para ser un Hombre santo y todas sus acciones serían una dulce fragancia para Dios. Jehová ya había hecho proclamar, por Isaías mucho antes: «He aquí mi siervo… en quien mi alma tiene contentamiento» (42:1).

3 - Mirra

«Vino también Nicodemo… trayendo una mezcla de mirra y de áloes, como cien libras» (Juan 19:39).

La mirra se extrae de una planta que crece en Arabia. Se usaba como perfume, especialmente para embalsamar a los muertos. Es interesante notar que esta sustancia aparece en la planta en forma de lágrimas que se endurecen en una especie de resina. La mirra es en las Escrituras un símbolo de sufrimiento y muerte. Además, la palabra griega para mirra es smurna, de la cual se deriva el nombre de la iglesia perseguida: Esmirna. Esta asamblea fue exhortada a no temer lo que iba a sufrir y a ser fiel hasta la muerte (Apoc. 2:10).

La primera mención de la mirra en la Biblia se encuentra en Génesis 37:25. Era una de las sustancias que llevaba la caravana de los ismaelitas que compraron a José como esclavo y lo llevaron a Egipto. Es sorprendente que la mirra se mencione por primera vez en relación con José, que fue odiado y rechazado por sus hermanos y vendido por veinte piezas de plata. ¡Qué imagen de nuestro Señor!

Cuando el Señor Jesús estaba a punto de ser crucificado, le presentaron mirra mezclada con vino para aliviar su sufrimiento, pero él se negó (Marcos 15:23). La mirra aparece así en relación con los sufrimientos de la cruz que Jesús quería soportar plenamente. Cuando el cuerpo del Señor fue quitado de la cruz, Nicodemo vino trayendo, para su sepultura, «una mezcla de mirra y de áloes, como cien libras». Por lo tanto, el don de los magos tenía claramente un significado profético, ya que indicaba que Jesús iba a sufrir y morir.

Salomón describe el deseo del esposo en el Cantar de los Cantares: «Iré al monte de la mirra, y al collado del incienso». Así, en este «monte de la mirra», Cristo nos invita a recordar la intensidad de sus sufrimientos, aunque nuestra adoración (el incienso que llevamos a Dios) no sea más que una colina en comparación con la altura de este monte. ¡Él nos invita a hacerlo hasta que vuelva, «Hasta que apunte el día» (4:6)! La primera acción de los magos cuando vieron a Cristo fue inclinarse y rendirle homenaje. Este es también nuestro privilegio.

B. Reynolds


El refinamiento: el propósito de la prueba (16-dic-2020)

«Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata» (Sal. 66:10).
«¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y se sentará para afinar y limpiar la plata» (Mal. 3:2-3).
«La prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro» (1 Pe. 1:7).

Cuanto más puro es el metal precioso, más valioso es. En la naturaleza, se encuentra con mayor frecuencia en forma mezclada o en combinación con otros metales menos nobles. Por esta razón, los minerales de oro y de plata son sometidos al refinamiento y fundidos a muy altas temperaturas. Esta operación permite separar los diferentes elementos, preciosos o comunes.

La Biblia utiliza esta imagen varias veces. Dios puede someternos a prueba, para poner en evidencia en nosotros, lo que es a su honor, y lo que no. Estas pruebas pueden ser dolorosas, pero serán beneficiosas en la medida en que entendamos que Dios quiere acercarnos a él, y quitar de nuestras vidas todo lo que no esté de acuerdo con las exigencias de su santidad. El refinador debe sentarse y fijar su mirada en el crisol, ya que, si se excede el tiempo requerido para el refinamiento, el metal precioso se dañará. Entendemos la belleza y la fuerza de estas palabras: «Se sentará como quien refina la plata». El Señor tiene su mirada constantemente fija en su obra de purificación, con sabiduría y amor para quien es objeto de ella.

Debemos añadir que este trabajo está terminado cuando el refinador puede ver su propia imagen reflejada en la plata fundida. Una magnífica figura de Cristo, que, al ver su propia imagen reflejada en y por los suyos, pone fin a la obra de purificación.

La imagen del refinamiento también se utiliza en relación con la Palabra de Dios. Las palabras del Señor son puras y perfectas. Cuando ella es comparada con la plata, es «como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces» (Sal. 12:6).

El mismo Señor Jesús, que se hizo hombre en la tierra, era perfectamente puro y santo. Podía decir a Dios, según la profecía del Salmo: «Has escudriñado mi corazón... me has probado en el crisol (vaso de refinación), y no has encontrado nada; mi pensamiento no va más allá de mi palabra» (Sal. 17:3, JND, francés). Todos los sufrimientos a los que Cristo fue sometido solo confirmaron su perfecta pureza.

¡Bendito sea Dios por darnos tal Salvador!


El valle de Acor: una puerta de esperanza (7-dic-2020)

¿Qué aplicación para nosotros?

«Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto» (Oseas 2:14-15).

Cuando el profeta Oseas fue enviado para hablar al pueblo de Israel, habían pasado siete siglos desde que los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto. Jehová los había redimido para hacerlos un pueblo para él (Is. 43:21), porque los había amado (Deut. 7:8). Estos siete siglos fueron un largo período de decadencia intercalado con unas pocas y cortas restauraciones, durante las cuales el pueblo se alejó cada vez más de Jehová. A pesar de todo, Jehová todavía los amaba con el mismo amor. Por eso se ocupará de ellos con disciplina para devolverlos a él. Los versículos citados arriba son las últimas palabras que Jehová dijo a las diez tribus de Israel antes de que cayeran bajo su juicio gubernamental que los arrancaría de su tierra para llevarlos al cautiverio. Judá y Benjamín le seguirían menos de dos siglos después.

Pero «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Rom. 11:29). Al mismo tiempo que pronuncia este merecido juicio: «Lo-ruhama» (no hay misericordia), y «Lo-ammi» (no mi pueblo), Dios pone ante ellos, como esperanza, la promesa de que un día les dirá nuevamente «Ammi» (mi pueblo) y «Ruhama» (ha recibido compasión) (Oseas 2:1). Pero para que esto suceda, se tendrá que hacer un largo trabajo dentro de ellos. Estos versículos 14 y 15 de Oseas 2 hablan de esta obra de Dios con respecto a su pueblo y anuncian cuál sería el resultado.

La historia del pueblo terrenal de Dios es solo una sombra de la historia de su pueblo celestial. Los veinte siglos de la Iglesia son también una larga decadencia espiritual intercalada con reavivamientos más o menos cortos. Es por eso que ciertamente nos podemos aplicar estos versículos.

 

«Pero he aquí que yo la atraeré…»

La comunión de su pueblo terrenal (Israel) es preciosa para el corazón de Dios. Pero este pueblo se ha alejado tanto de él que una gran obra debe hacerse en sus corazones. Por eso Dios no deja que nadie la haga aparte de él. Como un fiel Pastor, él mismo se inclina sobre su pueblo.

Esto nos recuerda lo que el Señor Jesús hizo por «sí mismo»: se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tim. 2:6); se dio a sí mismo por mí (Gál. 2:20), se entregó a sí mismo por nosotros (Efe. 5:2; Tito 2:14), por la asamblea (Efe. 5:25); se despojó y se humilló a sí mismo (Fil. 2:7-8); hizo la purificación de los pecados (Hebr. 1:3). Pronto él mismo descenderá del cielo para llevarnos a él (1 Tes. 4:16).

«El Padre mismo os ama», dijo Jesús (Juan 16:27). Estamos en sus manos y nadie puede arrebatarnos de él (Juan 10:29). Si nos disciplina, es porque somos sus hijos y nos ama (Hebr. 12:6-7).

 

«…He aquí que yo la atraeré»

¡Para escuchar a alguien que nos habla, se debe estar lo suficientemente cerca a él! Pues bien, el pueblo se había alejado tanto de Dios que ya no lo escuchaban; Dios debe atraerlos a él. Dios no puede acercarse al pueblo, donde este se encuentra, lejos de él, en la mancilla y el adulterio con el mundo. No, él los atrae hacia sí mismo, fuera del pantano del pecado.

Cuando el pueblo de Israel estaba bajo la esclavitud de Faraón en Egipto, Dios lo había sacado y conducido a la morada de su santidad (Éx. 15:13). ¿No es esto también lo que hace con nosotros? El Señor dijo: «Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trae» (Juan 6:44). ¡Qué gracia! Es cierto que, si el Padre no nos hubiera traído, nunca hubiéramos venido a él para ser salvados, porque estábamos «muertos en… delitos y pecados» (Efe. 2:1).

Ahora que somos sus hijos, ¡qué gracia, pero también qué humillación para nosotros!, puede que sea necesario que nos atraiga hacia él porque no sentimos la necesidad de acercarnos, ya que no puede «venir» donde estamos. El Señor bien dijo: «Estoy con vosotros todos los días» (Mat. 28:20), pero no pensemos que el Señor nos seguirá cuando nos alejemos de él para ir al mundo. El Señor no se «sentará» a nuestro lado si miramos de buena gana las cosas inmundas de este mundo. El Padre no estaba en compañía del hijo pródigo cuando vivía en el libertinaje (Lucas 15).

¿Es diferente en la vida colectiva? El Señor ha prometido: «Porque donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Pero no basta con que afirmemos esto para que sea efectivamente el caso. Como lo han señalado comentaristas de la Palabra, en Laodicea el Señor estaba fuera, en la puerta y no en medio de ellos. No podían cantar verdaderamente: “Tu presencia es el bien supremo”.

Hoy en día bien podemos hacernos estas preguntas: ¿No llevamos algunos de los caracteres de Laodicea? ¿No somos tibios en nuestros afectos y en nuestro celo por él? Si, por la gracia de Dios, poseemos riquezas espirituales, ¿hasta qué punto no hay en nuestros corazones una cierta autosuficiencia –«no necesito nada»– y un cierto orgullo en atribuirlas a nuestros méritos –«me he hecho rico» (Apoc. 3:17)? ¿No son visibles las manifestaciones de la carne (la vergüenza de nuestra desnudez que aparece), ya sea en las formas de pensar, o de conducirnos en la Casa de Dios? ¿Podemos todavía tener discernimiento cuando el Espíritu está entristecido por todas estas cosas, cuando se necesitaría «colirio, para ungirte los ojos, para que veas» (v. 18)? Con otras palabras: ¿estaría el Señor a la puerta (v. 20)?

Es bastante evidente que no todos tienen todos estos caracteres. Muchos hermanos y hermanas son un ejemplo de piedad y de fidelidad. Aunque solo sea por la piedad de unos pocos, el Señor todavía puede dignarse a estar entre los santos. Pero la manera solemne en que nos habla ahora, por segunda vez, debería hacernos temblar. «Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende» (Job 33:14). «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).

Pero tal estado no es irreversible. Los versículos de Oseas, al principio de estas líneas, están ahí como un precioso estímulo. Allí encontramos los recursos y el camino para recuperar lo que hemos perdido. Que el Señor nos fortalezca para hacerlos nuestros y seguir el camino que nos muestra.

«Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (Sal. 32:8).

 

«La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón»

Notemos ya que se dice: «La llevaré», y no: “La enviaré”, lo que nos alejaría de él y sería incoherente con lo dicho anteriormente: «La atraeré». Cuando es necesario, Dios lleva (sostiene de la mano) a los suyos para hablarles. Los lleva a un lugar donde nada los alejará de él, y donde ningún ruido cubrirá su voz. Los lleva al desierto. Ahí, no hay nada que comer o beber: ya no podemos confiar en nosotros mismos, ¡dependemos completamente de la gracia de Dios!

Hay varias razones por las que Dios lleva a los suyos al desierto. Puede ser para su formación o para disciplinarlos.

El desierto es un centro de formación sin igual. Al principio de la historia del pueblo, Dios lo había sacado de la esclavitud de Egipto y lo había llevado al desierto. Allí debía hacer experiencias saludables para conocer a Jehová. Comería el pan del cielo (Juan 6:31) y bebería el agua de la Roca (1 Cor. 10:4). Podría haber permanecido solo un año en este «centro de formación», en Horeb, y haber entrado en Canaán; de hecho, solo había once días de camino (Deut. 1:2). Pero la incredulidad de los hijos de Israel los llevaría a permanecer allí durante cuarenta años, como disciplina y para conocer lo que había en sus corazones (Deut. 8:2).

Todos los siervos de Dios deben pasar por este centro de formación. Entre ellos están Moisés, que permaneció allí durante cuarenta años; Pablo, que aparentemente permaneció allí durante algunos años (Gal. 1:17). El Señor mismo fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días (Lucas 4:1); sin embargo, para él, es evidente que no era para recibir formación allí, sino para ser manifestado como un Hombre perfecto y un Siervo perfecto.

El desierto es también un lugar para la disciplina. El objetivo sigue siendo que estemos «a solas con Dios», para que podamos escucharlo. En efecto, su voz es apenas perceptible cuando estamos absorbidos por las cosas de esta tierra y de este mundo, o cuando estamos dormidos en el ronroneo de nuestros hábitos. Por eso nos hace dejar la posición que nos aleja de él, para atraernos a él.

En el pasaje de Oseas, ser llevado «al desierto», para Israel, significaba ser transportado de su tierra, para ir en cautiverio. Dios les había hablado muchas veces a través de los profetas (Hebr. 1:1), pero en vano. Entonces Dios los llevó lejos de sus posesiones, lejos de los ídolos hacia los cuales se habían desviado. Allí hablaría a sus corazones.

Un siglo después, será el turno de Judá, que no hizo caso de esta advertencia. Será llevado a la fuerza, a pesar de su resistencia, como lo cuentan los capítulos 26 al 28 del libro de Jeremías. Falsos profetas, rechazando la disciplina de Dios, decían: «Paz, paz» (6:14; 8:11), y respondieron: «Templo de Jehová es este» (7:4). Acusaban a Jeremías de mentir y animaban al pueblo a resistir, a quedarse en el país. ¡Es esta misma resistencia la que llevará a Jerusalén y a la casa de Jehová a ser finalmente quemada por el fuego! (Jer. 52:12-14). Jehová le quita todo a su pueblo rebelde, ¡incluso el lugar de la memoria de su nombre!

 

«La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón»

El corazón es el asiento de los afectos. Cuando Dios habla a nuestros corazones, ¿no es para despertar nuestro amor por él y recobrar nuestro primer amor?

Allí, en el desierto, lejos del lugar que Jehová le había dado y que había profanado, el pueblo podrá ponerse en cuestión. Podrá recordar cómo Jehová tuvo compasión y los liberó de la esclavitud de Egipto. Podrá recordar que Jehová le dijo: «Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto… para saber lo que había en tu corazón». Podrá recordar que Jehová se había ocupado de él: su ropa no estaba gastada, su pie no estaba hinchado, sacó agua de la roca y le dio maná por su propio bien (véase Deut. 8). Podrá recordar que Jehová le había ayudado a tomar posesión de una tierra que fluía leche y miel, y que lo había liberado muchas veces de sus enemigos enviados para su disciplina a causa de su infidelidad.

Cuando Jehová lo llevaba al desierto, Jeremías, viendo Jerusalén en ruinas, parecía perder toda esperanza (Lam. 3:18). Pero fue en ese mismo momento cuando pudo decir: «Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré. Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lam. 3:21-23).

En este tiempo actual de pausa por razones sanitarias, estamos como en el desierto. El Señor no permite que nos reunamos para recordarle; no podemos dar testimonio público en su mesa de su obra en la cruz. Pero, gracias a Dios, siempre podemos recordarlo en nuestros corazones, individualmente. También podemos mirar hacia atrás y recordar: «¡Lo qué ha hecho Dios!» (Núm. 23:23). ¿A qué precio nos ha comprado del poder de Satanás? ¡Qué precio tiene para él la Asamblea, de la que formamos parte como miembros del Cuerpo de Cristo! ¡Cuántas veces nos ha liberado en nuestros circunstancias individuales y colectivas, a pesar de nuestra infidelidad! ¿No podemos decir: «Nunca decayeron sus misericordias»?

Cuando despierta nuestro amor por él, nuestras conciencias solo pueden despertarse también. ¿Hemos guardado lo que nos ha confiado? ¿No hemos de considerar seriamente nuestras conductas? (Véase Hageo 1:7).

 

«Y le daré sus viñas desde allí»

Observemos que se dice «desde allí», no «allí». El desierto no es una meta en sí mismo, es solo una etapa. Dios no nos ha llamado para que nos quedemos allí. Pero cuando es necesario, él nos hace pasar por esta fase para llevarnos a recobrarnos con el fin de gozar de sus promesas divinas.

Sabemos que el fruto de la vid es para el gozo de Dios y el nuestro, como indica la parábola de Jotam en Jueces 9: «La vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres?» (v. 13). Por lo tanto, podemos decir que Dios se va a servir de esta estancia en el desierto para hacernos producir un fruto que será para su alegría y nuestra bendición.

En la parábola del dueño de la viña (Lucas 20:9-16), vemos que el dueño confió su viña a los viñadores para que trabajasen en ella y produjesen fruto para el dueño. Estos habiendo rehusado darle su fruto, el dueño dio la viña a otros. Conocemos bien la aplicación de esto sobre su pueblo Israel, pero podemos extenderlo y decir que, de forma general, si Dios nos confía algo y no respondemos a lo que espera de nosotros en este asunto, puede quitárnoslo y confiarlo a otros.

En Juan 15, se dice que el pámpano que no da fruto es quitado (v. 2a). Esto es algo solemne. ¡Que no lleguemos a eso! No se trata de que se le quite la vida, no puede ser. Se trata, por ejemplo, de un creyente que se ha alejado al mundo y cuya vida es estéril para Dios: es apartado como testigo.

Se dice entonces que toda rama que da fruto, él la limpia para que dé más fruto (v. 2b). Cada creyente pasa por este cuidado del Viñador divino. Cuando nos lleva al desierto, es parte de este cuidado. Que no nos resistamos a ir al desierto, sino que seamos ejercitados por la disciplina para que dé su fruto, el «fruto apacible de justicia» (Hebr. 12:11), fruto que es para el gozo del Padre y para nuestra bendición.

 

«Le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza»

Para entender esta expresión, debemos ir a Josué 7 donde se menciona por primera vez este valle de Acor. Leemos en este capítulo: «Josué dijo: ¿Por qué nos has turbado? El Señor te turbará hoy. Y todo Israel los apedreó… y el Señor se volvió del furor de su ira. Por eso se ha llamado aquel lugar el valle de Acor hasta el día de hoy» (v. 25-26, LBLA).

Resumamos lo que ocurrió para llegar a esta situación.

Fortalecidos por su victoria en Jericó, y aconsejados por los espías enviados por Josué, solo una parte del pueblo subió para tomar Hai. Entonces hubo una derrota humillante (Jos. 7:1-5). Sin entender lo que les ocurría, Josué y los líderes del pueblo, desamparados, se presentan humillados ante Jehová. Jehová les revela entonces la razón de esta derrota: no les había ayudado a causa de la presencia de un mal en medio de ellos (v. 11-12), y no volvería a estar con ellos hasta que lo quitaran (v. 13).

Jehová les dice entonces cómo el mal debe ser eliminado de entre ellos (v. 14-15). Josué obedece; Acán, que cometió iniquidad, es descubierto y luego es quitado de Israel por todo el pueblo. Este lugar es llamado: valle de Acor (valle de turbación). Jehová, una vez eliminado el mal, puede estar con su pueblo de nuevo, el cual puede continuar la toma de posesión del país.

Aprendemos de estos pasajes que cuando hay un mal en el pueblo de Dios, aunque esté escondido de todo el pueblo, Dios lo ve: «Muy limpio eres de ojos para ver el mal» (Hab. 1:13). Todos están contaminados por este mal –«Israel ha pecado» (v. 11). Todos tienen la responsabilidad de eliminarlo cuando está puesto a la luz, aunque no sean culpables de ello: «Todo Israel los apedreó…» (v. 25). Es una condición imperativa para que Dios pueda continuar yendo con su pueblo (v. 26).

Sin embargo, observemos que una amputación es un fin que nunca debería existir si nos juzgamos a nosotros mismos, si el cuidado pastoral se ejerciera fielmente y si nos cuidamos los unos a los otros. Cuando Dios nos lleva al desierto, no debemos empezar por buscar un culpable entre nosotros, sino que primero debemos estar en duelo (1 Cor. 5:2) y juzgarnos a nosotros mismos. Solo entonces podemos ser llevados a discernir qué es lo que está mal en su Casa (Sal. 93:5) y qué tenemos que quitar de entre nosotros. El mal que hay que eliminar puede tomar variadas formas.

Así, en Oseas 2, el valle de Acor se presenta como una puerta de esperanza. Una vez llegado al desierto, y teniendo los afectos calentados por Jehová, el pueblo debía ser llevado a discernir el mal que había en medio de ellos, a juzgarlo y a eliminarlo. Esto era imperativo para esperar que Dios siguiera estando con ellos.

«Como el que os llamó es santo, sed santos vosotros también en toda vuestra conducta; porque está escrito: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pe. 1:15-16).

 

«Y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto»

Tengan en cuenta que ya no dice «desde allí», sino «allí». Desde que el trabajo de restauración se realiza, se restablece la comunión con Dios, se libera el corazón y se puede expresar la alegría y la gratitud que a él debemos, aunque todavía estemos «en el desierto».

¡Cuánto desea el Señor nuestro «primer amor» para él! (Apoc. 2:4), como en el día en que nos redimió. «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto…» (Jer. 2:2-3)

Cuando somos llevados al desierto, que el Señor nos conceda aprovechar estos pasajes dados para nuestro estímulo.


El desafío del aislamiento y del confinamiento (21-nov-2020)

«Jehová estaba con José» (Gén. 39:2-3, 21, 23).

«Se puso junto a él (Pablo) el Señor» (Hec. 23:11).

El aislamiento, o la soledad, es una fuente de mucho sufrimiento. La Escritura utiliza una fuerte expresión: «en la rugiente soledad» (Deut. 32:10, NVI), para mostrar lo que ella puede causar. La soledad puede ser vivida como un doloroso vacío. Por ejemplo, con la pérdida de un pariente o un ser querido. Cuando llegamos a casa por la noche, no tenemos a nadie con quien hablar o con quien compartir una comida. Se puede sentir en una pareja, en una familia, en el trabajo, en el servicio para el Señor o en la vida de la asamblea; y hoy, especialmente, durante esta pandemia. Pero la mayor soledad es la vida sin Dios.

El mismo Señor Jesús experimentó una gran soledad, justo antes de las horas de la crucifixión. En la cruz fue desamparado por su Dios. Murió para que nunca más estuviéramos solos: está con nosotros, y vive en nosotros por medio del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios nos ofrece ejemplos de creyentes que debieron conocer el aislamiento y el confinamiento. Durante un corto o largo tiempo, estuvieron aislados de su familia, de sus amigos, de la comunidad de creyentes. Estos ejemplos pueden animar hoy en día a todos aquellos que tienen que enfrentarse al reto del aislamiento.

1 - José en Egipto

Este joven de unos 17 años es rechazado violentamente por sus hermanos, arrancado de su entorno familiar y privado de la cercanía de su padre. Es vendido como esclavo y llevado a un país totalmente desconocido para él. Pero allí, él hace la experiencia de que «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Sal. 34:18). Dios está con él, especialmente cuando está encarcelado por la falsa acusación de una mujer malvada (Sal. 105:18) Tratado con baja ingratitud, languidece en el olvido. Las nubes se acumulan a su alrededor. Pero «Jehová estaba con José» (Gén. 39:21). Y tuvo que aprender a esperar en Dios. Una cosa es dar un testimonio activo de Dios en este mundo; y otra muy distinta es esperar en Dios en la soledad de una prisión.

2 - Los exiliados babilónicos

Arrancados de su país por su pecado de idolatría, los judíos deportados permanecieron 70 años en Babilonia, privados de su acceso al templo de Jerusalén. Pero, a los que se vuelven a Dios en arrepentimiento, Dios les dice: «Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras adonde lleguen» (Ez. 11:16). No importa lo lejos que estén de Jerusalén por su propia culpa, Dios promete que podrán encontrarlo y adorarlo.

Dios es un Dios de gracia y compasión para su pueblo disperso: teniendo ya en vista su reunión y futura restauración, especifica las características que desea encontrar en Israel. Un pueblo separado del mal (v. 18), un pueblo unido (v. 19), obediente a su Palabra y disfrutando de las relaciones con su Dios (v. 20). Durante este período de gracia, ¿llevamos tales caracteres? ¿Por qué hoy estamos dispersos e impedidos de reunirnos?

3 - Los compañeros de Daniel en el horno

Daniel fue llevado, con otros tres compañeros, en la deportación a Babilonia, y puesto al servicio del rey. Por su fidelidad a Dios y su categórico rechazo a la idolatría, los tres amigos de Daniel fueron arrojados al horno ardiente. Pero de nuevo, Dios está con ellos, bajo la forma de un cuarto hombre, similar a un hijo de Dios (Dan. 3:24-25). Dios también está con nosotros en nuestros hornos (nuestras pruebas), proporcionalmente por supuesto, y quema algunas de las «ataduras» que nos retienen (nos hace libres). La prueba a menudo libera al cristiano de algunos de los lazos con los que el mundo lo había atado y le permite caminar libremente en compañía del Señor Jesús. Esta escena nos muestra lo que el creyente debería hacer (obediencia y fidelidad a Dios), y lo que hace el diablo (persecución). Pero también vemos que Dios cumple sus promesas: «Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti» (Is. 43:2) La prueba es siempre un lugar de cita donde el Señor se reúne con los suyos para hablarles a sus corazones (Oseas 2:14). Y desea hacernos experimentar su simpatía y ternura en estos momentos dolorosos.

4 - Los apóstoles Pablo y Juan

El apóstol Pablo conoció repetidamente el estrecho e insalubre confinamiento de una prisión (Jerusalén, Cesarea, Roma). Durante su primer cautiverio en Roma, deseaba dar a conocer que Cristo era su vida, su modelo, su meta, su fuerza y su alegría a pesar de las condiciones por las que pasaba (véase la Epístola a los Filipenses). Ya había experimentado un terrible encarcelamiento en Filipos; lacerado con azotes y arrojado en la más oscura de las mazmorras, él podía, con Silas, cantar «himnos a Dios» (Hec. 16:25) ¡Qué hermosos frutos para la vida eterna se produjo entonces!

Pablo también debió conocer la agotadora experiencia de ser abandonado por sus hermanos cuando compareció ante sus jueces. Pudo decir sin amargura: «Todos me abandonaron» (2 Tim. 4:16a). ¡Qué solitud para el apóstol! Sin embargo, este tratamiento despiadado y cobarde no provocó ningún resentimiento en el corazón de Pablo. Al contrario, produjo una oración a favor de ellos: «Que esto no les sea tenido en cuenta» (v. 16b). Y añade inmediatamente: «Pero el Señor estuvo junto a mí, y me dio poder» (v. 17).

El apóstol Juan, muy anciano, es exiliado en la desértica y árida isla de Patmos. Aunque separado de la comunidad de creyentes de Éfeso, ¡qué dulce pensamiento saber que está allí por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo (Apoc. 1:9)! Juan está solo el día del Señor, pero esto no le impide de ninguna manera disfrutar de la comunión con aquel en cuyo seno le gustaba inclinarse (Juan 13:23). Se le aparece en una gloria extraordinaria y le comunica una revelación única que pone fin a lo que Dios quería revelar a los hombres. «La comunión íntima de Jehová es con los que le temen» (Sal. 25:14) Juan tiene primero la extraordinaria visión del Hijo del hombre como Juez, caminando en medio de las siete lámparas de oro –las asambleas– y luego la visión de las cosas «que han de suceder después» (Apoc. 1:11, 19).

5 - La soledad del Señor

«Soy semejante al pelícano del desierto; soy como el búho de las soledades; velo, y soy como el pájaro solitario sobre el tejado» (Sal 102:6-7).

Estas evocadoras palabras proféticas se aplican al Señor Jesús durante su estancia en el mundo. Era semejante a un pelícano en el desierto. El pelícano es un ave acuática. Si está en el desierto, está lejos de su hábitat natural. Así, el Señor Jesús, que estaba acostumbrado a la preciosa y refrescante comunión con su Padre, se encontraba en una tierra árida, donde se está sediento –una experiencia que sintió profundamente.

Como un búho en lugares desolados, sentía la soledad en su camino en la tierra, mucho más de lo que ningún hombre la ha sentido jamás.

Un gorrión solitario en un tejado es otra ilustración de la soledad que el Señor Jesús sintió, pero en una esfera diferente. El búho estaba en lugares desolados, donde el Señor no podía esperar ninguna comunión; pero el gorrión es un ave muy diferente, porque es sociable por naturaleza. A los gorriones les gusta reunirse, y la casa evoca el lugar donde se puede tener comunión con el otro. Pero aquí, en la cresta del tejado, donde se esperaría compañía, el gorrión está solo. Así, el Señor deseaba la comunión de sus discípulos. Aunque estaban físicamente presentes, no lo entendían ni entraban en sus pensamientos.

La palabra «solo», usada ocho veces en los Evangelios en relación con el Señor, enfatiza el aislamiento moral del Hijo de Dios, sin pecado. En este camino solitario que conducía a la cruz, la perfección y la santidad de nuestro Salvador brillan.

6 - Estaré contigo

«Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé» (Josué 1:5).

¿No es esa una maravillosa e invaluable promesa hecha a cada hijo de Dios? ¿Sigue siendo una realidad viva para cada uno de nosotros? ¿En los días buenos como en los malos?

Estos momentos de aislamiento y de confinamiento pueden ayudarnos a entender mejor y comprender lo que ha sido la soledad de nuestro Señor, como también a saborear de nuevo su cercanía. Esto es lo que, sobre todo, deseaba Pablo: «conocerle a él... y la comunión de sus padecimientos» (Fil. 3:10). Conociéndolo mejor, la alabanza podrá elevarse más abundantemente de nuestros corazones. ¿No es esto lo que desea el corazón de nuestro Salvador?

Ustedes pueden estar confinados en una habitación de hospital, en un asilo o incluso en su propia casa. En vuestro sufrimiento, Dios se os quiere revelar de una manera especial, inesperada y ciertamente feliz.

La epidemia que nos afecta y nos pone a prueba, ¿no es también una nueva oportunidad para examinar nuestros caminos y cuestionarnos, en nuestro aislamiento? El camino que seguimos, ¿es un camino según nuestros propios pensamientos o un camino aprobado por Dios? ¿Buscamos con cuidado la luz de la Palabra de Dios antes de comprometernos en cualquier camino?


Atormentado por el miedo (20-nov-2020)

Es evidente que el miedo domina la época en que vivimos. En los últimos meses, hemos visto cómo el miedo ha paralizado a la humanidad, pero peor aún, cómo afecta a los verdaderos creyentes que, hasta hace unos meses, confiaban en su propia fe en Dios.

Una de las características poderosas de la Escritura es que está viva y es aplicable a todos los períodos de la vida. Los libros históricos son muy útiles porque nos presentan hechos históricos sobre personas reales; está claro que la Escritura no es solo teórica ni limitada en su impacto a un cierto período de la historia.

«David se levantó y huyó aquel día de Saúl, y fue a donde estaba Aquis, rey de Gat. Pero los siervos de Aquis le dijeron: ¿No es este David, el rey de la tierra? ¿No cantaban de él en las danzas, diciendo: Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles? David tomó en serio estas palabras y temió grandemente a Aquis, rey de Gat. Y se fingió demente ante sus ojos y actuaba como loco en medio de ellos; escribía garabatos en las puertas de la entrada y dejaba que su saliva le corriera por la barba. Entonces Aquis dijo a sus siervos: He aquí, veis al hombre portándose como un loco. ¿Por qué me lo traéis? ¿Acaso me hacen falta locos, que me habéis traído a este para que haga de loco en mi presencia? ¿Va a entrar este en mi casa? David se fue de allí y se refugió en la cueva de Adulam. Cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, descendieron a él allá. Todo el que estaba en apuros, todo el que estaba endeudado y todo el que estaba descontento se unió a él, y él vino a ser jefe sobre ellos. Y había con él unos cuatrocientos hombres» (1 Sam. 21:10 al 22:2, LBLA).

«Estas cosas les acontecían como ejemplos, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11).

 

David es bien conocido como uno de los hombres más valientes que jamás haya existido. La historia de 1 Samuel 17 muestra claramente su espíritu valiente, aunque a los ojos de los hombres no es de talla para Goliat. El secreto de su coraje no era el descuido; por el contrario, tenía la estimación correcta de Goliat (un filisteo incircunciso) pero también tenía la certeza del poder del Dios vivo. Para asombro de todos, este joven, que tenía fe en el Dios vivo, superó el miedo que caracterizaba a todo el ejército de Israel; trajo la victoria y dio valor a los que le rodeaban. Pero es interesante notar que unos pocos capítulos después vemos al mismo David comportándose de manera opuesta.

Siempre me he preguntado, “¿Por qué?” ¿Podría ser que el miedo se haya apoderado de su corazón? Examinemos esto ante el Señor y examinemos también nuestros propios corazones.

1 - Tiene miedo de Saúl

En primer lugar, su miedo a Saúl le hizo olvidar que Dios le había prometido el trono. Esto significaba que Dios lo preservaría hasta que cumpliera su promesa, ya que no es un hombre para mentir. Este miedo le hizo dejar su herencia y pedir la protección de los filisteos. De la misma manera cuando el miedo gobierna nuestros corazones, resulta en que perdemos de vista nuestra herencia; además, las promesas que Dios nos ha hecho de nunca dejarnos o abandonarnos disminuyen a nuestros ojos. Sin embargo, las Escrituras nos dicen que el Señor es nuestra herencia. Recordemos siempre que el Señor es nuestro escudo.

2 - Tiene miedo de Aquis

Luego viene su temor a Aquis, rey de los filisteos. Es difícil de creer que el valiente David que actuó con dignidad y confió en Dios ante Goliat se comportara como lo hizo ante Aquis. Si David, en esta época de miedo, se comportó de esta manera, también nos arriesgamos a actuar como insensatos cuando perdemos de vista al Señor y buscamos protección en el mundo, en sus métodos, en sus consejos y en su punto de vista. Qué tristeza para los hombres de David ver a su jefe comportarse así porque estaba preocupado y temía por su seguridad. Olvidaba la dignidad que debe caracterizar a quienes temen al Señor, que confían en su protección y le hacen confianza en todas sus circunstancias.

Pero gracias a Dios, la historia no termina ahí. David entiende que el lugar donde podía estar a salvo era en la cueva de Adulam, que significa «su testimonio». Aunque la cueva de Adulam es menos confortable que el palacio de Aquis, es allí donde encuentra la fuerza y la protección de Jehová. Compartió las experiencias que aprendió en esta cueva en el Salmo 56:11 y en el Salmo 34. Pero, así como el miedo es contagioso, también lo es el coraje: en la cueva de Adulam había quienes se sentían atraídos por David a pesar de, o debido a, su condición (angustia, deudas y amargura). Entonces descubrieron que con David estaban en seguridad, incluso en la incomodidad de la cueva. Es un testimonio para todos aquellos que quieren superar su miedo. Además, de la cueva de Adulam salieron los tres hombres poderosos, poniendo sus vidas en peligro para satisfacer el anhelo de su señor David y traerle un poco de agua para refrescar su corazón. El miedo se había ido (1 Crón. 11:15-19).

3 - El miedo a la muerte

«Así que, por cuanto los hijos participan en común de sangre y carne, él también de la misma manera participó en ellas, para que, por medio de la muerte, redujera a impotencia a aquel que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librara a todos los que, por temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» (Hebr. 2:14-15).

 

En el Nuevo Testamento, el Espíritu de Dios nos dice que una de las armas más temible en el arsenal de Satanás es el miedo a la muerte, ya que mantiene a los hombres en la esclavitud. Después de todo, la Escritura nos dice que la muerte es el «rey de los espantos» (Job 18:14) y hoy, Satanás ruge como un león para sembrar el miedo en nuestros corazones. Pero hoy, tenemos más de lo que David nunca podía tener. Tenemos la obra completa de Cristo, que venció al que tiene el poder de la muerte, el diablo, y nos liberó del miedo a la muerte. El apóstol Pablo nos dice en 1 Corintios 15:26 que la muerte es el último enemigo. Ha perdido su aguijón y se ha convertido en un medio para transportarnos al cielo si el Señor no ha venido todavía a llevarse a los suyos.

David no tenía este conocimiento y no estaba habitado por el Espíritu Santo. Mientras que nosotros, que tenemos todos estos recursos, ¿cómo deberíamos reaccionar ante el miedo actual? Saúl, (tipo de hombre en la carne, o de la carne en nosotros) solo trae miedo y nos hace perder de vista nuestra herencia cristiana que incluye la promesa de la protección del Señor. ¿El temor de los filisteos que nos rodean, con sus medios de comunicación y sus llamados expertos en la materia, nos llevará a comportarnos de manera indigna y a avergonzar a Cristo cuyo nombre llevamos (los cristianos)?

Pero los que son la familia de Dios, amados por el Padre y el Hijo, habitados por el Espíritu Santo, pueden vivir en el círculo del amor divino y decir: «En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo; el que teme no ha sido perfeccionado en el amor» (1 Juan 4:18).

De hecho, el miedo es una emoción extremadamente poderosa y Juan en su epístola nos dice que puede atormentar, pero que el amor perfecto echa fuera el miedo. Aprendamos de estas claras lecciones de la Palabra de Dios, tomemos coraje, caminemos en la dignidad de hijos de Dios y no temamos su miedo, sino que establezcamos a Cristo como Señor en nuestros corazones y caminemos a la luz de este conocimiento.

El mundo observa a los cristianos que dicen: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal. 23:4). ¿Cómo se comportan en medio de la confusión y el miedo que causa actualmente la Covid-19? ¿Qué más tenemos que los no creyentes? Tenemos al Señor y con él tenemos la mejor seguridad que podamos conseguir. Esto es lo que debemos ofrecer a un mundo lleno de miedo y ansiedad, que se enfrenta a la perspectiva de pasar la eternidad en el lago de fuego; necesitan a nuestro Señor Jesús y su gran salvación. Porque es el único remedio, dado por Dios, capaz de quitar el miedo de los corazones de los hijos de los hombres hoy. Pero solo aceptarán este remedio de nosotros si ven sus efectos prácticos en nosotros, es decir, si lo que creemos y predicamos se realiza en nuestro comportamiento.

El mundo actual y sus expertos solo se preocupan de los cuerpos de los seres humanos. Nos dicen qué hacer para estar protegidos, aunque cambian sus opiniones, consejos y recomendaciones casi a diario. Además, muchos expertos admiten que no saben cuál es la mejor manera de protegerse. Las expresiones utilizadas hoy en día por los expertos –y por casi todo el mundo– son “no sé” y “no sabemos”. ¿Cuántas veces, queridos creyentes, habéis oído esto?

En cambio, qué alegría escuchar a alguien, en un estado desastroso, en una prisión romana insalubre, sin aire limpio, con condiciones sanitarias deplorables y con la sentencia de muerte suspendida sobre su cabeza, decir: «Porque sé a quién he creído, y estoy convencido que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (2 Tim. 1:12).

La dignidad, la confianza, la confianza en el Señor y la fe en él, todo lo que pertenece al corazón de los que le aman, no son solo palabras vacías. Porque el cristianismo teórico no tiene valor para nadie. Unámonos a David una vez recuperado, que aprendió sus lecciones en la escuela de Dios y las registró para nosotros por el Espíritu de Dios en los Salmos 34 y 56, y digamos con él:

«En el día que temo, yo en ti confío… En Dios he confiado; no temeré; ¿qué puede hacerme el hombre?» (Sal. 56:3, 11).

«Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores» (Sal. 34:4).

Recordemos siempre que el Señor es nuestro escudo…

E. S. Nashed


Adicciones (2-nov-2020)

«Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero no seré dominado por ninguna» (1 Corintios 6:12).

«Andad en el Espíritu, y no deis satisfacción a los deseos de la carne» (Gálatas 5:16).

1 - ¿Cómo liberarse de las adicciones?

Adicción es una palabra moderna (anglicismo) para la conducta que se basa en un deseo repetido e irrefrenable de hacer o consumir algo, a pesar de las quizás reales motivaciones y esfuerzos por alejarse de ella. La adicción corresponde a las palabras o expresiones que encontramos en la Palabra de Dios: esclavitud, esclavos del pecado (Juan 8:34; Rom. 6:16-20), esclavitud (Juan 8:33), abrazado (Sal. 9:16; 2 Pe. 2:20), abrazado y tomado (Ecl. 9:12; Prov. 6:2; Is. 8:15).

Hay serias adicciones: drogas, alcohol, tabaco, pornografía, videojuegos y juegos de azar. A veces la gente habla un poco de ser “adicta” a ciertos programas de televisión, películas y series por cable, también a Internet, sin darse cuenta de que la fuente interna es siempre la misma. El creyente, como el no creyente, puede verse afectado por una o más adicciones.

Si el mundo y los médicos privilegian el aspecto de la “enfermedad”, el cristiano considerará cuidadosamente el aspecto de la “esclavitud del pecado”, sabiendo que Satanás está siempre activo, buscando esclavizar al hombre y al creyente al pecado, degradarlo, y finalmente llevarlo a la ruina, la desesperación o la autodestrucción.

El hijo de Dios posee esa preciosa seguridad de que el Padre «nos liberó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col. 1:13). Esta importante afirmación para la fe está precedida por incesantes oraciones para estar «llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo» (Col. 1:9-10). En cuanto al que no es hijo de Dios, que no tiene la vida de Dios, hay que empezar por el camino ordinario del pecador: arrepentimiento, fe en la obra de Cristo, confesión a Dios de la propia culpa.

Hemos podido considerar algo por encima de las adicciones como algo malo porque es una sujeción, una servidumbre. A lo que uno está sometido o esclavizado es importante principalmente por la degradación en la que se cae. Ahora el mundo presenta cada vez más la adicción como algo bueno, algo positivo. El marketing se jacta de que los productos son adictivos (porque son excitantes e irresistibles), presentando esto como una buena razón para comprarlos. En el campo de las redes sociales, adicción es una palabra con connotaciones positivas. La gente no lo ve como una desventaja, sino como una verdadera ventaja. Los empleados de las grandes empresas de sistemas informáticos y de redes sociales buscan formas de hacer más adictivos sus productos y sistemas. ¿Significa esto que la adicción se ha vuelto segura? –La respuesta es clara: La adicción mantiene su carácter de subyugación que distrae de Cristo y de la vida cristiana real y práctica. 1 Corintios 7:21-23: «Fuisteis comprados por precio; no os hagáis esclavos de los hombres». Con la ayuda del Señor, tengamos esto en cuenta para no caer en esta trampa o, si hemos caído en ella, salir de ella.

2 - Ser liberado

Cuando el apóstol Pablo escribe: «Lo que obro, no lo entiendo, porque lo que practico no es lo que quiero, sino lo que odio, eso hago» (Rom. 7:15), describe a un creyente que experimenta la presencia del pecado en él a través de los deseos que le sugiere, y que trata de salir de ese estado por sus propios medios.

¿Cuál es el poder que nos permite realizar la afirmación del versículo citado: «No seré dominado por ninguna»? (1 Cor. 6:12). Este poder es el del Espíritu de Dios, que habita en el creyente (Gál. 4:7).

El tema de la adicción está bien relacionado con la necesidad de la liberación del pecado. La conciencia se ahoga muy rápidamente, se apaga y ya no advierte al sujeto de su triste situación. «El hombre que no domina su espíritu es una ciudad en ruinas, sin muros» (Prov. 25:28).

«El que practica el pecado es esclavo del pecado. Así que si el Hijo (de Dios) os libera, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:34-36).

«…para que ya no seamos esclavos del pecado» (Rom. 6:6).

Los creyentes que han puesto su fe en Jesucristo pueden estar preocupados por descubrir dentro de sí mismos una tendencia incorregible al mal.

¿Cómo puede un cristiano resistirse a tales tendencias?

En Cristo, los creyentes han encontrado un nuevo Dueño, pero no deben olvidar que el pecado, la raíz de la que proceden las malas acciones, sus malas inclinaciones, está todavía dentro de ellos. Cuando surgen tendencias pecaminosas, el cristiano puede repeler firmemente la tentación. Puede contárselo a su Señor y contar con él para que le ayude y le dé fuerzas.

«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom. 6:14).

«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

Amigo cristiano, si todavía o alguna vez está cautivo de los malos hábitos, no piense que nunca podrá liberarse de tal comportamiento, hábito o adicción que le encadena. Vuelva a leer lo que dice la Biblia en Romanos 6:14. Si cree en el Señor Jesús, puede ser victorioso, porque tiene un nuevo poder en Ud., el poder del Espíritu Santo. No viene de los propios esfuerzos, voluntad o resoluciones, viene de Dios. El Espíritu Santo trabaja con nuestro consentimiento. Por eso la primera pregunta que se escucha para ser liberado es la pregunta de Jesús al hombre paralizado: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6).

Esta pregunta nos obliga a enfrentarnos a nuestro verdadero deseo. El siguiente paso es dejar que Dios actúe, es decir renunciar a nuestros esfuerzos. Entonces en tal camino de confianza, probamos la paz de Dios y la libertad del mal. Puede ser gradual, pero podemos estar seguros de que será real.

Para Jesucristo, la libertad no debe ser dominada por el mal. Promete esta libertad a través de un vínculo personal con él, y se puede vivir en una relación con Jesucristo mediante el Espíritu Santo.

Los cristianos genuinos reconocen que algunas cosas están mal, los lastiman a ellos, a sus seres queridos o a otros y, sin embargo, no pueden evitar hacerlas. Son infelices, demasiado a menudo derrotados por sus malos hábitos.

La respuesta es Jesucristo en la cruz. Jesús fue condenado por mi. Murió para salvarme. Debo entender, aceptar y creer que «morimos con él» (2 Tim. 2:11), como dice la Palabra de Dios. Ahora ha resucitado y está vivo, y yo también estoy vivo con él.

En Gálatas 2:20, el apóstol usa otra expresión y dice «con Cristo estoy crucificado». Identificarse con Cristo en su muerte y resurrección, comprenderlo, asirlo por la fe, es una necesidad para escapar de la esclavitud del mal, para negarse a ceder a los diversos malos hábitos. Incluso un creyente, si intenta por su propia fuerza enfrentar el mal, será derrotado. El mal es más fuerte que él.

El secreto que nos hace «libres» del mal, por lo tanto, no es solo vivir con Jesús, sino más que eso, es darse cuenta de que «Cristo vive en mí» (Gál. 2:20). Está presente para intervenir y para vencer el mal.

Esta es la verdadera libertad; es un don de la gracia divina que nos ayuda en nuestras debilidades y faltas.

De esta manera podré «caminar por el Espíritu», y dejar que él dirija mi vida. Si oro y leo la Biblia, solo o con otros cristianos, Cristo vivirá en mí y me liberará con la fuerza que Dios da día tras día.

Nota añadida del Traductor: El término “emancipar” tendría la ventaja de enfatizar el hecho de que el creyente fue una vez un esclavo (esclavo, totalmente atado al pecado) y que su nueva vida debe ser “liberada”, es decir, “liberada de la obligación de pecar” (liberada de la inevitable esclavitud del pecado).

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La venida del Señor para arrebatar la Iglesia (21-sep-2020)

  • La venida del Señor para arrebatar la Iglesia (la Asamblea cristiana) es considerada por muchos como una doctrina descabellada de invención tardía; se dice que fue lanzada solo en el siglo XIX y que fue ignorada a lo largo de la historia cristiana. Respuesta: En realidad es un evento anunciado con precisión en la primera Epístola a los Tesalonicenses (cap. 4:14-18), y esta epístola es muy probablemente la primera escritura de los apóstoles a una asamblea cristiana (iglesia), como se puede ver en la comparación de la epístola con Hechos 17:1-10. Por lo tanto, no se trata de una idea tardía, sino de un consuelo o estímulo que el apóstol quiso dar a los cristianos desde el principio. Si estos lo han olvidado durante siglos, simplemente muestra que la Palabra de Dios es muy a menudo mal entendida, y no lo suficiente meditada y creída.
  • Esta verdad o doctrina también es criticada por el hecho de que a veces se le llama arrebato secreto. El arrebato no es más secreto que la resurrección del Señor: nadie la vio cuando tuvo lugar, pero se dieron cuenta después y la cubrieron con una mentira (Mat. 27:62 al 28:15; 2 Tes. 2:11) Nadie, aparte de los creyentes, vio al Señor resucitado (Hec. 10:41). El mundo lo verá de nuevo solo cuando aparezca en gloria para reinar (Mat. 23:39; Apoc. 19).
  • flag Véase el tema El arrebatamiento de los santos.

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Virtual (5-sep-2020)

«Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana» (Sal. 39:6).

«Cómo os volvisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tes. 1:9).

Muy poco utilizada en el pasado, la palabra “virtual” (ausencia de existencia) ha adquirido mucho significado con la revolución digital.

Nuestras pantallas pueden mostrarnos imágenes que no corresponden a ninguna realidad, imágenes virtuales. A través de internet puedes tener contactos virtuales con interlocutores ficticios. A través de las redes sociales también puedes hacer amistades virtuales con personas que de otra manera no conocerías a través de tu pantalla. Así, nuestra vida puede estar cada vez más desconectada de la realidad. ¿No es este ambiente de sueño o pesadilla, lejos de las realidades fundamentales de la vida, una trampa y un peligro muy grandes? Para cada uno de nosotros y para la juventud en particular.

Desde el punto de vista médico, se han observado efectos nocivos como mareos, trastornos de la visión, trastornos del estado de ánimo, trastornos mentales; e incluso reacciones intensas y perturbadoras como la depresión y la violencia. Con la pérdida de puntos de referencia en el mundo real con la posible confusión entre la realidad y lo virtual.

¿Cuáles son estas realidades que el hombre no debería olvidar? La Biblia nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con Dios, el Creador de todo lo que existe, sobre el origen del mal (el pecado) que ha corrompido a toda la humanidad, sobre el sentido de nuestra vida, su fragilidad, su resultado, sobre la muerte, la vida después de la muerte… No hay nada virtual en ello, estos temas están estrechamente ligados a la realidad de nuestra existencia, ya en la tierra.

La respuesta a estas preguntas, Dios que es Espíritu, invisible, vino a dárnosla en Jesucristo, su Hijo, nacido en este mundo, hombre entre los hombres. Jesucristo no es una persona virtual, sino una persona viva, que desea liberarnos del pecado y entrar en la vida de cada uno de nosotros. Nos ofrece el perdón de nuestros pecados; no es el reino de la ilusión, sino una realidad que puede transformar nuestras vidas de manera efectiva y definitiva. Dios propone, no el sueño, sino la realidad de una vida que quiere llenar con su presencia y su amor.

«Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim. 1:15).


Perturbar al pueblo de Dios (1-sep-2020)

«Hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1:7).

Falsos maestros se encontraban en ese momento en Galacia. Buscaban a distorsionar la buena noticia, el Evangelio. Aunque todavía no habían tenido éxito, estaban perturbando a los cristianos de Galacia. Si tenemos verdadera fe en Cristo, nunca tenemos que preocuparnos. Las tormentas de la vida pueden golpearnos, los instrumentos del enemigo pueden traer sus falsas enseñanzas, pero a través de todo esto, si nuestros ojos se dirigen a Cristo, no estaremos perturbados.

Es algo terrible perturbar al pueblo de Dios. Los creyentes son como un rebaño de ovejas, que se alimentan en los buenos pastos de la Palabra de Dios. Pero desgraciadamente, muchos hoy en día están perturbando a las ovejas en lugar de alimentarlas. Algunos pasan por buenos pastores del rebaño de Dios, pero muy a menudo predican la Ley, como los falsos maestros de Galacia, en lugar de alimentar a las ovejas de «la verdadera gracia de Dios» (1 Pe. 5:12). Muchos otros no predicarían los diez mandamientos, ni para la salvación ni como regla de vida, sino que continuamente dicen a los hijos de Dios: «¡No tomes, no gustes, no toques!» (Col. 2:21). No debéis hacer esto; no debéis hacer aquello. El principio es el mismo. Es la Ley en lugar de la gracia; esto perturba al rebaño y no lo alimenta. Sean cuales sean, los que perturban a las ovejas de Dios tendrán que soportar el juicio de Dios, porque es la obra del Enemigo la que están haciendo.

Estos enemigos del verdadero Evangelio en Galacia querían deformar, derribar y desnaturalizar el significado de la verdadera buena nueva que Dios ha enviado. Si alguien me dice que debo cumplir la Ley para ser salvo, o como regla de vida, no es una buena noticia. Es justo lo contrario. Es una noticia muy mala, porque nunca podré cumplir la Ley, y por lo tanto debo perecer. Tal era el mal trabajo que estos falsos maestros hacían entre las iglesias de Galacia. Estaban pervirtiendo la buena noticia, el Evangelio.

G.C. Willis


Orientación de los grandes líderes religiosos: ¿Adónde llevan a las ovejas? (23-jun-2020)

El apóstol Pablo, en su Epístola a los Colosenses, advierte contra las «palabras persuasivas», «la vana y engañosa filosofía, conforme a la tradición de los hombres, según los elementos del mundo», porque alejan de Cristo y del «conocimiento del misterio de Dios, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:2-8). «Cristo en vosotros [los cristianos], la esperanza de la gloria», es el objeto de las exhortaciones del apóstol (Col. 1:27-28). Estas expresiones advierten abiertamente contra las desviaciones apóstatas de las llamadas religiones cristianas: ya no se interesan por Cristo, apuntan a la tierra y a su organización y ya no al cielo. –Estas desafortunadas orientaciones ya no están confinadas al clero superior. Todos los medios de comunicación están imbuidos de ello y buscan arrastrar a los laicos a ellas trivializándolos. Los creyentes cristianos «ordinarios» tienen que velar a lo que leen y escuchan. La sabiduría del mundo es locura para Dios (1 Cor. 1:20).

El centro de interés del cristiano está en el cielo, no en la tierra (Fil. 3:19-20).

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Lecciones del Coronavirus sobre las incertidumbres de la ciencia (22-jun-2020)

Durante estos tiempos del Coronavirus, habremos podido comprobar las fuertes disputas entre científicos, médicos o no, cada uno de ellos con pruebas experimentales más seguras unas que las otras, y contradiciendo las otras. No los agobiamos ni los acusamos, pero cuánto esto saca a relucir la vanidad de las llamadas creencias científicas que muchos tratan de imponer en temas como la evolución, el clima, la ecología u otros. Incluso hay un eslogan que dice “¡Escucha la ciencia!” –¡Seguirlo es escuchar la confusión!

Preferimos las certezas de la Palabra de Dios.

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El peligro de una lectura superficial de la Biblia (13-jun-2020)

Los cristianos están acostumbrados con demasiada frecuencia a leer las Escrituras sin que su fe sea ejercitada por ellas; las cosas más importantes son pasadas por alto con una facilidad verdaderamente increíble; la Palabra es aceptada superficialmente y de manera general, pero sin molestarse en examinar los detalles, y por supuesto la conciencia no se ve afectada. Si, por el contrario, se estuviera dispuesto a reflexionar y sopesar la Palabra de Dios, para penetrar en su significado, se descubrirían cosas que despertarían la conciencia, quizás incluso la preocuparían, pero este ejercicio estaría lleno de bendiciones para el alma. Las maravillosas comunicaciones de Jesús a sus discípulos tienen por objeto iluminarnos, instruirnos y ser objeto de nuestra meticulosa atención; cualquier otro modo de recibirlas es indigno de la gloria de su persona.

W. Kelly


La Palabra de Dios y la apostasía (29-may-2020)

Cuando la muerte acecha

«Haces que el hombre vuelva a ser polvo, y dices: Volved, hijos de los hombres» (Salmo 90:3, LBLA).

Los tiempos de pandemia que estamos viviendo nos hacen reflexionar sobre nuestra condición humana de una manera más real y más atenta que de costumbre. Entre los muchos comentarios cristianos, hay uno que sugiere a los cristianos de vivir las circunstancias actuales como pudiendo servir a probar su fe en la soberanía de Dios, a probar su propia sabiduría (¿humana o de arriba?) y su amor al prójimo.

El tema de la apostasía, del que nos ocupamos, no es menos solemne, porque nos advierte sobre un fenómeno mucho más dramático, que podemos llamar una verdadera “pandemia espiritual“.

La gran revuelta contra Dios

«Nadie os engañe de ninguna manera; porque ese día no vendrá sin que venga primero la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición; el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de adoración; de modo que se sienta en el templo de Dios, presentándose él mismo como Dios» (2 Tesalonicenses 2:3-4).

En este pasaje, el apóstol Pablo advierte a los tesalonicenses que la apostasía precederá al día del Señor (día de juicio y de castigo general que tendrá lugar después del arrebatamiento de la Iglesia). Será una apostasía general, caracterizada por la completa y pública negación de la doctrina cristiana. En diferentes épocas, ha habido corrientes más o menos marcadas de apostasía. Pero de la que Pablo habla aquí representa un evento de magnitud inimaginable, un acto de rebelión final contra Dios.

¿Hemos entrado en estos tiempos difíciles? La Palabra de Dios es clara al respecto: el pleno desarrollo de la apostasía se producirá solo después del arrebato de la Iglesia y antes del reinado de Cristo en la tierra (milenio). Pero ciertamente ya vemos grandes signos de ello.

Es un interrogatorio al que debemos dejarnos conducir.

Las voces de muchos centinelas son unánimes: la situación es verdaderamente alarmante. “El progreso de la apostasía, incluso en los círculos que reclaman su fidelidad a la Escritura, se está acelerando. Estamos siendo testigos de un brote mundial de apostasía, como la Iglesia nunca ha conocido“.

La apostasía (lit.: defección, abandono) es particularmente evidente en la influencia del mundo en la vida cristiana. Solo se puede deplorar una acomodación a la cultura ambiental, una cultura de compromiso en las iglesias, con una mezcla de verdad y de error, de lo que es santo y de lo que es profano, que conducen a “sacrificar las doctrinas esenciales“. Tales como la inspiración y la total suficiencia de la Biblia; la divinidad de nuestro Salvador; la salvación solo en Jesús, solo por gracia y solo por fe; el próximo regreso de Jesucristo para arrebatar la Iglesia.

Existe un peligro real de hacer una lectura selectiva de la Palabra de Dios, y de hacer de nuestras preferencias personales el punto de referencia para el bien y el mal. Creer en una afirmación bíblica porque me conviene y rechazar (u “olvidar“) otra porque no me conviene.

Los verdaderos creyentes no pueden conformarse con reducir las Escrituras a unos pocos pasajes favoritos.

Nuestro alimento es toda la Escritura (2 Timoteo 3:16-17).

La historia de la Iglesia nos dice que hubo momentos en que el mensaje bíblico fue seriamente defectuoso o distorsionado. Se necesitaron hombres de coraje, de fe y de gran devoción a la Palabra de Dios para reclamar un retorno a la doctrina y a una conducta de acuerdo con la voluntad de Dios.

El fundador del Ejército de Salvación, W. Booth, escribía al final del siglo 19 que muchas iglesias predicarían:

  • el cristianismo sin el Espíritu Santo,
  • cristianos sin Cristo,
  • un perdón sin arrepentimiento,
  • una salvación sin regeneración (sin nuevo nacimiento),
  • la realidad del cielo sin aquella de los tormentos eternos.

¿No es lo que vemos en el mundo cristiano actual?

¿Qué queda de esta herencia, de la «fe» de nuestros padres, del «buen depósito» recibido de Dios?

Por un lado, vemos las ideas y prácticas del mundo infiltrándose en la vida de las iglesias; por otro lado, es la gran institución religiosa romana que avanza con su seductor y dominante ecumenismo. Todo lo que una vez fue una causa de separación, a la luz de la Palabra de verdad, es ahora visto por ambos lados como desafortunados “malentendidos del pasado“.

El Papado se niega a renunciar a sus tradiciones no bíblicas y a sus prácticas idólatras. Se asocia a esto el extraño silencio de sus socios protestantes y evangélicos sobre las manifestaciones sobrenaturales propias de la devoción católica (culto a María y a los santos). Podemos incluso añadir la existencia de un diálogo interreligioso con asociados de todas las religiones no cristianas (reuniones altamente mediatizadas): ¡un entendimiento tácito y público entre todas las religiones, que invita a la comprensión mutual!

¡“Oran“, “fraternizan“ y “evangelizan“ juntos! Los temas enojosos ya no se mencionan más: ya no se denuncian las falsas doctrinas ni la idolatría. Un pastor evangélico no duda en hablar de las “exageraciones verbales de Calvino y otros reformadores sobre el catolicismo romano“.

Conclusión

Debemos reconocer que la extraordinaria seducción del error siempre tendrá más atractivo que el mensaje juzgado demasiado exigente del arrepentimiento y de la sumisión total al Señor y a su Palabra.

En estos tiempos de “pandemia espiritual“, tengamos cuidado de no dejarnos contaminar. Para ello, conocemos el remedio: es necesario disciplinarse, “entrar“ en las Escrituras cada día, para familiarizarse cada vez más con lo que enseñan. Así es como adquiriremos el discernimiento, ya que es precisamente esta capacidad de discernimiento la que está desapareciendo entre los cristianos de hoy en día.

«Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro; porque el tiempo está cerca. El que es injusto, que sea injusto aún; y el que es inmundo, que sea inmundo aún; y el que es justo, que sea justo aún; y el santo, que se santifique aún. He aquí vengo pronto, y mi galardón está conmigo, para recompensar a cada uno según es su obra» (Apocalipsis 22:10-12).


La voz callada y suave del juicio (30-abr-2020)

«Y después del terremoto, un fuego; mas Jehová no estaba en el fuego: y después del fuego, una voz callada y suave» (1 Reyes 19:12).

«Porque llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios; y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios?» (1 Pe. 4:17).

«Mas Jehová hirió a Faraón con grandes plagas, a él y a su casa, por causa de Sarai mujer de Abram» (Gén. 12:17)

Con justificada preocupación, estamos siendo testigos de una nueva y peligrosa epidemia en todo el mundo. A medida que el número de muertes aumenta, estamos tomando medidas para tratar de protegernos y proteger a los demás. Sin embargo, existe un peligro mucho mayor y más extendido que el COVID-19.

De hecho, todo cristiano reconoce la voz del Señor en todo lo que nos rodea: el estrés y la perplejidad a los que el mundo y sus líderes se enfrentan; el impacto en la salud y el bienestar de sus habitantes; el impacto en todos los sectores de la economía mundial, desde la agricultura, los cuidados de la salud, el suministro de alimentos, la fabricación, las cadenas de suministro, los deportes y las diversiones. Escucho a los cristianos decir, con razón, que el pecado y la inmoralidad han sido tolerados y legalizados, que Dios ha sido rechazado por el sector público, que el ateísmo se extiende en el mundo académico de las universidades y en muchos otros institutos de enseñanza, que el materialismo, la codicia, el egoísmo, el odio y la propagación de cultos de la Nueva Era y el espiritualismo son las causas de lo que el mundo está enfrentando hoy en día. Muchos cristianos oran y transmiten el mensaje del Evangelio para que las almas vengan al Señor Jesús, se arrepientan y lo acepten como su Salvador personal.

Si bien todo esto es muy cierto, me temo que estamos pasando por alto el punto más importante, a saber, la voz de Dios hablándonos individualmente, como familias, como iglesias locales y como comunidad mundial. Examinemos lo que el Señor hace para llamar nuestra atención para que podamos reflexionar sobre nuestros caminos.

La reunión colectiva y pública semanal para recordar al Señor y proclamar su muerte hasta su venida ha sido suspendida por el momento en casi todos los países del mundo, al igual que la reunión de oración semanal y el estudio de la Biblia en las iglesias locales. Las conferencias bíblicas han sido canceladas y muchas ocasiones de actividad espiritual y de comunión entre las personas no se pueden organizar.

Muchos se han apresurado a usar la tecnología disponible, por la cual agradecemos al Señor, para establecer reuniones ministeriales, estudios bíblicos y reuniones de oración. Esto es, por supuesto, de gran valor, y muchos santos se han beneficiado de ello en esta época de miedo e incertidumbre.

Pero la pregunta que persiste en nuestras mentes es, ¿qué nos dice el Señor? ¿Sentimos el dolor y la pérdida en nuestras propias almas porque no podemos estar juntos en persona para recordarlo? No podemos hacer eso en línea, y toda esta maravillosa actividad en línea no debería hacernos creer que hemos encontrado una forma de satisfacer nuestras necesidades espirituales.

Los obstáculos que nos impiden reunirnos para recordar al Señor deben llevarnos a sentarnos tranquilamente en su presencia en nuestro entorno privado y examinarlo todo. Esta es una situación muy especial, queridos santos, que todos debemos examinar. Porque si tenemos lugares de encuentro, si tenemos medios de transporte, si las carreteras no están bloqueadas, si muchos de nosotros estamos sanos y somos capaces, sin embargo, no podemos ir juntos al encuentro del Hijo de Dios. ¿Sentimos pesadez en nuestros corazones y tristeza por no poder estar juntos en el día del Señor para escuchar su voz de amor, colectivamente como iglesias, como hemos hecho durante muchos años?

¿Culpamos al mundo impío que nos rodea por lo que está pasando y por lo que el Señor está haciendo, castigándolos por sus malas acciones? ¿Pero qué pasa si, tal vez, somos la causa de lo que le sucede al mundo que nos rodea y que nos impide reunirnos en el día del Señor? ¿No fue por los pensamientos y acciones de Abram que «Jehová hirió a Faraón con grandes plagas, a él y a su casa»? (Gén. 12:14-20).

¿Es nuestra infidelidad, nuestro materialismo y nuestra adopción de las cosas y de las vías del mundo y de sus pensamientos en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestras iglesias? Sin embargo, solíamos ir a la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

La envidia, la búsqueda de fama, las peleas, las maledicencias, las traiciones, las charlas maliciosas, la hipocresía, las vidas dobles, la tibieza hacia el Señor y sus intereses. Sin embargo, solíamos ir la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

Nuestra devoción personal a él, la lectura de su Palabra y el tiempo pasado en su presencia no son una prioridad en nuestras vidas, ya que estamos ocupados con nuestras legítimas responsabilidades y asuntos; hemos dejado nuestro primer amor. Sin embargo, solíamos ir la reunión para estar en su presencia y actuar como si todo estuviera bien.

Sin embargo, los ojos del Señor que son «demasiado puros para mirar el mal» (Hab. 1:13) ven todo esto y más, porque nada le está oculto. ¿Cuál debe ser el sentimiento en su corazón?

¿Deberíamos asumir nuestras responsabilidades como lo hizo David? (2 Sam. 24:15-17) Reconoció que fue su orgullo y sus acciones las que trajeron la plaga a la tierra donde murieron más de 70.000 personas.

¿Podemos escuchar la voz de Jehová (del Señor) en todo esto?

«Sembrad, en beneficio vuestro, para justicia; segad conforme a la misericordia de Dios. ¡haced vuestro barbecho; porque es ya tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga, y llueva justicia sobre vosotros» (Oseas 10:12).

Algunos podrían decir que estamos ahora en el tiempo del Nuevo Testamento y que este es el día de gracia, por lo que no podemos aplicar esto a nosotros mismos. Es cierto, gracias a Dios, que es el día de la gracia. Pero, «¿qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado, para que la gracia abunde?» (Rom. 6:1).

¿Cambia nuestro Santo Padre su naturaleza en el día de gracia? ¿No se aplica su mano amorosa para disciplinar a sus hijos en el día de gracia; no nos enseña Hebreos 12:6-11, que así es? ¿Deberíais escuchar de nuevo la voz del Señor que habla y advierte a las iglesias de Sardis y Laodicea?

«Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas: Conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Sé vigilante y consolida lo que queda, que está a punto de morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; obsérvalo y arrepiéntete» (Apoc. 3:1-3).

¿El Señor, mientras dormimos espiritualmente hablando, nos ha quitado el privilegio de reunirnos para recordarlo por el momento? (Cant. 5:2-8).

¿Podemos humillarnos, examinar nuestros caminos, confesar nuestros pecados, arrepentirnos y volver a nuestro primer amor?

Que el Señor se apiade de nosotros a causa de su nombre.

E. S. Nashed
towardthemark.org


Los que se aprovechan injustamente de la situación actual - Salmo 137 (22-abr-2020)

  1. Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos, y también lloramos, acordándonos de Sion.
  2. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.
  3. Porque allí nos demandaban cánticos los que nos habían cautivado; y los que nos despojaron demandaban alegría, diciendo: ¡Cantadnos uno de los cánticos de Sion!
  4. ¿Cómo cantaremos cánticos de Jehová en tierra de extraños?
  5. ¡Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, olvide mi diestra su destreza!
  6. ¡Péguese mi lengua a mi paladar, si no me acordare de ti, si no prefiriere a Jerusalén al principal objeto de mi regocijo!
  7. Acuérdate, ¡oh Jehová! en contra de los hijos de Edom, del día de Jerusalén; los cuales decían: ¡Arrasadla, arrasadla, hasta los cimientos!

Hoy en día, muchos creyentes en la tierra están privados de reunión alrededor de su Señor según Mateo 18:20. Sus sentimientos pueden parecerse a los de los judíos de antaño, deportados de Jerusalén a Babilonia, que se expresan de forma tan conmovedora en los versículos 1 al 6 del Salmo 137. (Véase también sentimientos similares en el Salmo 42:4.) Estos judíos estaban muy lejos de la ciudad del templo, del lugar de la verdadera adoración a Jehová, y sentían tan inmensa pena que ya no podían regocijarse. La situación actual es un poco diferente en cuanto a que todavía hay, para los creyentes, temas de alegría en el Señor mismo (véase lo que el prisionero Pablo expresaba en Filipenses 3:1 y 4:4).

Una cosa nos llama la atención en el Salmo 137: parece que algunos (los hijos de Edom) utilizaban esta disciplina de Jehová hacia su pueblo para desear la destrucción total de Jerusalén (137:7). Si las iglesias cristianas de hoy en día pasan ciertamente, de una manera u otra, por la disciplina del Señor, no nos sorprenda que algunos aprovechen esta oportunidad para desear su demolición, o destrucción completa. Nunca corresponde a los creyentes del tiempo de la gracia pedir el juicio sobre cualquiera (Rom. 12:19-21); sin embargo, tal deseo de destrucción de las iglesias solo puede recibir la condena del Señor y, a su debido tiempo, el juicio. –Del mismo modo, utilizar la disciplina del Señor como una oportunidad para corromper la Iglesia de Dios es igualmente censurable (leer 1 Cor. 3:16-17; el libro de Abdías).

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Algunas reflexiones sobre la situación actual y las reuniones de la asamblea (11-abr-2020)

Vivimos en una situación especial. El Estado ha prohibido todas las manifestaciones públicas y privadas, para combatir la propagación del coronavirus. Como cristianos, nos preguntamos: ¿Cómo debemos comportarnos en esta situación? ¿Qué dice la Biblia sobre esto? Aquí damos algunos pensamientos sobre este tema:

• Dios permite esta situación para poner a prueba nuestra fe. El hecho de que actualmente no tengamos la oportunidad de reunirnos en el nombre del Señor, es una razón para humillarnos ante él y preguntarnos qué quiere decirnos con esto. Esta prueba nos lleva a una ferviente oración. Clamamos a Dios para que nos ayude y que pronto nos conceda el privilegio de reunirnos de nuevo.

• En vista de las personas que tienen la responsabilidad de gobernar, la Palabra de Dios nos da dos indicaciones:

  1. Debemos someternos a las autoridades (Rom. 13:1-6). Esto también es valedero para las medidas que el Estado toma para combatir el coronavirus, porque estas no están directamente dirigidas contra nuestra fe o contra una misión que el Señor nos ha dado. Por lo tanto, el principio, de que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hec. 5:29), no se aplica aquí en la actualidad.
  2. Debemos orar por los hombres que gobiernan (1 Tim. 2:1-2). Tienen especial necesidad en esta situación de crisis, para que se pueda mantener la tranquilidad externa del país y podamos seguir viviendo una vida pacífica y tranquila.

• La reunión en el nombre del Señor tiene lugar donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mat. 18:20; 1 Cor. 11:20; 14:26). Podemos realizarlo, si todos los miembros de la iglesia local nos encontramos físicamente en un solo lugar.

• La reunión como iglesia local debe hacerse de acuerdo con los principios bíblicos. En la reunión para partir el pan, se trata de mantener firme la verdad sobre el memorial y la comunión en la mesa del Señor. Si nos reuniéramos ahora simplemente en pequeños grupos, independientemente unos de otros, en las casas para partir el pan, no sería una reunión como una iglesia. Actuaríamos de forma independiente tanto a nivel local como universal.

• ¿Por qué no es una reunión de la iglesia? Porque entonces no nos encontraríamos en el terreno de la unidad del Cuerpo y no mantendríamos la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efe. 4:3-4). No podríamos decir somos «el cuerpo de Cristo» (1 Cor. 12:27). El Señor no podría cumplir su promesa de Mateo 18:20, este grupo no tendría la autoridad para atar y desatar.

• Reunirnos como iglesia según los principios bíblicos es importante y valioso para nosotros. Con la prohibición de las reuniones el Señor nos impone una prueba: ¿nos sometemos a su poderosa mano, o buscamos una salida que no está de acuerdo con la Biblia? Estamos convencidos de que Dios da su gracia a los humildes y que está dando un camino bíblico a través de estos tiempos difíciles.

• Si no podemos reunirnos, las horas en la presencia del Señor, la bendición que recibimos allí de su Palabra y la comunión con nuestros hermanos y hermanas nos faltan. Es una gran pérdida. Pero el Señor quiere ayudarnos:

  1. Nos sentimos un poco como los judíos que fueron deportados a Babilonia. La promesa de Dios a ellos también es para nosotros: «Aunque yo he arrojado… entre las naciones, y aunque los he esparcido por las tierras, sin embargo, por un breve espacio yo les seré para santuario en medio de las tierras adonde ellos se han ido» (Ez. 11:16). El Señor desea ofrecernos personalmente y en familia momentos de su comunión para darnos valor y alegría.
  2. Cuando leemos la Biblia personalmente o en familia, Él puede darnos alimento espiritual y aliento a través de su Palabra. Un buen comentario nos ayuda a entender mejor su palabra y a recibir la bendición.
  3. Tenemos el privilegio de orar, personalmente o en familia. Cualquier cosa que tenemos en nuestro corazón atribulado, se lo podemos decir a nuestro Dios y Padre. Siempre desea darnos su paz una y otra vez (Fil. 4:6-7). No olvidemos también la intercesión: ¡oremos unos por otros, por nuestros contemporáneos y por nuestro gobierno!
  4. Incluso si no podemos reunirnos más, deseamos cuidar unos de los otros y animarnos mutuamente. Con los medios digitales y a pesar de la separación física, es posible tener contactos y cuidar del bien espiritual de cada uno.

Esperamos la llegada del Señor para el arrebatamiento. Esta es nuestra esperanza. En Hebreos 10:37-38 leemos: «Porque dentro de muy poco tiempo, el que ha de venir vendrá: no tardará. Pero el justo vivirá por la fe».

M. Billeter


Confinamiento: ¿Es de alguna utilidad para Dios? (7-abr-2020)

El confinamiento se reconoce en todas partes como una medida indispensable que debe aplicarse con el mayor rigor posible. Sin embargo, el confinamiento tiene como efecto despojar de todo, no solo de las actividades ordinarias de la vida, sino también de los servicios religiosos, y peor aún, del cuidado a los moribundos y a los muertos. ¿Por qué Dios permite tal despojo, incluyendo lo que pertenece a su servicio? ¿Para qué sirve esto? Es comprensible que esto nos devuelve a todos a lo básico.

  • Nuestras vidas ¿están ocupadas con cosas que son inútiles y fugaces, o con cosas que permanecen, que son eternas? (2 Cor. 4:18).
  • Nuestros pensamientos, ¿están en las cosas terrenales o en las de arriba? (Fil. 3:19; Col. 3:2).
  • ¿Nos hemos alejado de los ídolos de este mundo para «esperar de los cielos a su Hijo, al que ha resucitado de entre los muertos, a Jesús quien nos libra de la ira venidera»? (1 Tes. 1:10).
  • ¿Qué es más valioso: ser como Lázaro, desprovisto de todo, pero «llevado por los ángeles al seno de Abraham» (= ir al cielo) - o tener un hermoso entierro, hermosos elogios, y luego estar eternamente lejos de Dios? (Lucas 16:19-23).
  • En nuestros últimos momentos, ¿deseamos estar ocupados con nuestra esperanza consoladora de estar con Cristo (Fil. 1:23), o estar rodeados de música, ritos y sacramentos?
  • ¿Hemos comprendido la importancia de la exhortación de la Epístola a los Hebreos: «sin dejar de congregarnos como algunos acostumbran»? (Hebr. 10:25).
  • En tiempos de confinamiento, ¿hemos olvidado la exhortación a ofrecer continuamente sacrificios de alabanza? (Hebr. 13:15).
  • En nuestras reuniones religiosas, ¿apreciamos la fuerza de las exhortaciones y de los consuelos de la Palabra de Dios y del Espíritu, o preferimos los discursos tranquilizadores? (1 Cor. 14:5c).
  • ¿Son nuestras oraciones la expresión de muchas necesidades reales, o son presentaciones llenas de bellas fórmulas? («No tenéis, porque no pedís» Sant. 4:2; Mat. 6:7).
  • ¿No es una manifestación de la inmensa paciencia de Dios, el darnos la oportunidad de hacer un largo balance en la quietud, antes de que el Señor venga –o antes de tiempos más terribles, como los de «la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo habitado»? (Apoc. 3:10).

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Justo antes del regreso del Señor (28-mar-2020)

Véase los 2 artículos:


Calamidades – Refugio – El primer amor (27-mar-2020)

El comienzo de las penas para la tierra

«Todas estas cosas son el principio de dolores» (Mateo 24:8).

Una serie aparentemente interminable de desastres (terremotos, maremotos, huracanes, epidemias, actos terroristas, guerras…) continúa llenando los titulares y llamando nuestra atención. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Está Dios involucrado en estos trastornos que vemos a nuestro alrededor? Todas estas cosas fueron predichas hace cerca de 2.000 años por un Hombre, vestido con un humilde traje galileo. Mientras sus discípulos contemplaban los edificios del templo, este gran Profeta (Deut. 18:15), sentado en el monte de los Olivos, hizo desfilar apaciblemente ante ellos una visión de los acontecimientos futuros (Mat. 24:3-44).

Siempre ha habido guerras y terremotos, pero en sus palabras el Señor predijo que se intensificarían considerablemente en el tiempo del fin. Describía estos eventos como «el principio de dolores» –el término dolores aquí significa literalmente: la «angustia» del parto (Juan 16:21). Esta es la imagen de una mujer en trabajo de parto para dar a luz, y cuyos dolores se hacen cada vez más frecuentes e intensos hasta el parto. La «gran tribulación» seguirá a estos eventos y los juicios aumentarán en intensidad (Mat. 24:21). No se puede negar que estas calamidades vienen directamente de Dios. Sin embargo, los hombres no se arrepentirán; al contrario, continuarán blasfemando (Apoc. 16:9).

Hoy en día, a menudo se dan explicaciones naturales para estos desastres: los terremotos son causados por el desplazamiento de las placas tectónicas, o la frecuencia de los ciclones está relacionada con el calentamiento global. Sería un error negar las explicaciones físicas de estos fenómenos, pero ¿qué hay realmente detrás del aumento de estos cataclismos? Al final, no habrá necesidad de explicaciones científicas, porque Dios mismo sacudirá violentamente la tierra «en aquel día», y los hombres reconocerán esto como siendo «la ira del Cordero» (Is. 24:18-21; Apoc. 6:16). Dios lleva a cabo sus planes, tanto en los eventos actuales del mundo, como cuando traerá los «dolores» del parto que llevan a la gran tribulación. Alguien dijo, “Dios está detrás de la escena, y él es el que la anima.

Según B. Reynolds

A salvo del terror

«¡Entra en la peña y escóndete en el polvo, a causa del pavor de Jehová y de la gloria de su majestad! Los ojos altivos del hombre serán abatidos, y la soberbia de los hombres será humillada, y Jehová solo será ensalzado en aquel día» (Isaías 2:10-11).

Estas palabras fueron dirigidas a la nación de Israel, que se había alejado de Jehová y era tan culpable como las otras naciones. Por lo tanto, este consejo dado a Israel también se aplica a las naciones, porque el mundo entero se ha hecho culpable ante Dios. ¡Qué solemne y aterrador es «el pavor de Jehová»! Hoy en día la gente está horrorizada por las acciones de los terroristas, que bajo ninguna circunstancia tienen derecho a aterrorizar a otros. Solo Dios tiene ese derecho. Aquellos que con razón serán sometidos a Su terror pueden aterrorizarse ante la perspectiva de caer bajo el terrible fuego de su juicio.

«Entra en la peña». Es un buen consejo. Esta roca es Cristo, el Hijo de Dios (véase 1 Cor. 10:4): por su gran sacrificio en la cruz del Calvario, cuando murió por nuestros pecados, proporcionó una seguridad perfecta para la humanidad. Pero debemos «entrar en la Peña»; y entrar en ella es recibirlo como Señor y Salvador. En esta Roca, al abrigo de todo temor de juicio, encontramos a Aquel que es digno de nuestra fe y plena confianza, Aquel que es la protección perfecta.

Por otro lado, esconderse «en el polvo» significa arrepentirse humildemente ante Dios y reconocer toda nuestra culpabilidad. Esto contrasta con el orgullo que caracteriza a todos los hombres, y que debe ser absolutamente humillado para escapar del terror del juicio de Dios. En efecto, el orgullo del hombre le lleva a pensar que es más grande que el mismo Señor Jesús; pero esta actitud lo destina a un fin terrible, pues el Señor no permitirá que se le insulte con tal arrogancia. Si no queremos humillarnos, no solo nos humillará, sino que nos humillará exponiendo nuestra miserable locura.

«Y Jehová solo será ensalzado en aquel día». El creyente espera ese día con gran alegría.

¿Eres un creyente, o eres uno de los que sufrirán «el pavor de Jehová»?

Según L. M. Grant

¿Cómo volver a encontrar el primer amor?

«Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. ¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y haz las primeras obras» (Apocalipsis 2:4-5).

Para conocer el carácter de nuestro fracaso, o el alcance de nuestra distancia o abandono de la verdad, debemos siempre volver al principio. Por ejemplo, el estado de la Iglesia hoy en día solo puede ser verdaderamente discernido si se compara, o más bien contrasta, con lo que era cuando la Iglesia fue fundada al principio, en Pentecostés. De la misma manera, Éfeso debía recordar de dónde había caído (v. 1, 5); solo así podía medir el alcance de su fracaso. Al mismo tiempo, debería haber arrepentimiento. En efecto, una vez que hayamos descubierto, por gracia, la profundidad de nuestra caída, el juicio de nosotros mismos seguirá necesariamente; viendo nuestro estado como el Señor mismo lo ve, lo confesaremos con corazones arrepentidos.

Además, «las primeras obras» pueden ser hechas. Cuando hayamos tomado nuestro verdadero lugar ante Dios en una verdadera humillación, el Señor puede volver a obrar poderosamente entre su pueblo para devolver a los creyentes a su «primer amor». Por lo tanto, una iglesia no puede hacer estas «primeras obras» con la energía del Espíritu y tener un verdadero testimonio para Cristo, a menos que haya recuperado el afecto por Él. Puede haber fe, una fe que puede incluso mover montañas; sin embargo, si no hay también amor, será inútil. La caridad ejercida regularmente, pero sin amor no será de ningún beneficio (1 Cor. 13).

Sin el primer amor, la Iglesia nunca logrará reproducir, en cierta medida ante el mundo, el corazón de Cristo, así como la gracia de Dios.

Según E. Dennett

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