Léxico de términos bíblicos (P. Rossel)

Adopción

Es un término que solo se encuentra en los escritos del apóstol Pablo. Leemos la palabra adopción cuatro veces y el verbo adopción una vez.

La adopción, es decir, el acto de cuidar a un niño extranjero como si fuera nuestro, se menciona ya sea en relación con los hijos de Israel, el pueblo terrenal de Dios, o en relación con los hijos de Dios de la economía actual, su pueblo celestial.

1. El apóstol Pablo habla de sus hermanos según la carne, que son israelitas, diciendo que de ellos son primero la adopción, luego la gloria, los pactos, el don de la Ley, el servicio divino y las promesas (Rom. 9:4). Así que hubo un día en que Dios eligió un pueblo, lo adoptó, lo formó para sí mismo y lo cuidó como un padre cuida a sus hijos. Dijo de él: «Israel es mi hijo, mi primogénito» (Éx. 4:22), y otra vez: «Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Oseas 11:1).

En el libro del Deuteronomio, que a menudo habla del amor de Jehová por su pueblo, ¿qué leemos al principio, a la mitad y al final del libro? –«En el desierto has visto que Jehová tu Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo» (1:31). –Después: «Hijos sois de Jehová vuestro Dios… eres pueblo santo… para que le seas un pueblo único» (14:1-2). –Y al final: «¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció» (32:6).

El rey David, al final de sus días, también habla de Dios que fue como un padre para su pueblo. Expresa una notable oración que comienza con estas palabras: «Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo» (1 Cron. 29:10). Pero cuando llegamos al último oráculo del Antiguo Testamento, vemos que en Israel no había el mínimo respeto por Dios: «El hijo honra al padre… Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre» (Mal. 1:6).

Sin embargo, al final de los días, los hijos de Israel volverán a Aquel que ha sido un padre a lo largo de su historia y dirán: «Tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; tú, oh Jehová, eres nuestro padre». Y otra vez: «Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros» (Is. 63:16; 64:8).

2. ¿Significa esto que los hijos de Israel han conocido a Dios como los creyentes de hoy tienen la felicidad de conocerlo, de invocarlo, de adorarlo? Ciertamente no, porque se necesitó la venida del Hijo de Dios y la obra expiatoria de la cruz para que pudiéramos entrar en una relación íntima con Dios y conocerlo como el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Esta verdad es desarrollada por el apóstol Pablo en tres pasajes de sus epístolas. Primero, declara el propósito de Aquel que nos predestinó para ser adoptados para sí mismo por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad (Efe. 1:5). También dice el medio necesario para que podamos ser adoptados: «Dios envió a su Hijo... para que redimiera a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción». Dice «nosotros» con los judíos creyentes en mente. Pero no piensa solo en ellos. Pensando también en los creyentes entre los gentiles, añade: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, clamando: ¡Abba, Padre!» (Gál. 4:5-6).

En un tercer pasaje el apóstol nos exhorta a no vivir más según la carne. No hemos recibido un espíritu de servidumbre, como fue el caso de los hijos de Israel sujetos a una ley. Hemos recibido «Espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre» (Rom. 8:14-16). Guiados por este Espíritu, somos hijos de Dios. Esta es nuestra posición. Este mismo Espíritu da testimonio de que somos hijos de Dios. Esta es nuestra relación con él.

Hay un último pasaje en el que el apóstol Pablo habla de nuestra adopción: «Gemimos interiormente, aguardando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8:23). Esperamos el día en que, en plenitud, tendremos todas las bendiciones que comportan nuestra adopción. Para ello debemos ser liberados de nuestro miserable cuerpo y vestidos con un cuerpo glorificado por el poder de Cristo, vestidos con nuestra morada que es del cielo. Solo entonces la adopción será completamente nuestra parte (R. Brokhaus).

Aparición

La Palabra de Dios habla de dos eventos venideros que no deben ser confundidos: La venida del Señor y su aparición.

1. La venida del Señor es la esperanza del cristiano. Espera la venida de Aquel que dijo: «Os tomaré conmigo»; que también dijo: «Sí, vengo pronto» (Juan 14:3; Apoc. 22:20). El Señor entonces arrebatará a él, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, su pueblo celestial, la Iglesia o Asamblea, que está formada por todos aquellos que han venido a Jesús para ser salvados (1 Cor. 15:52). Es un evento que pasará desapercibido para el mundo.

2. La aparición del Señor tendrá lugar más tarde. Vendrá en su gloria, acompañado de sus redimidos, para juzgar al mundo y establecer su reinado, el reinado de mil años, también llamado el milenio. Como apareció por primera vez para convertirse en el Autor de la salvación eterna (2 Tim. 1:10), aparecerá por segunda vez a favor de su pueblo terrenal, el pueblo de Israel. Entonces será visto por todos: «Mirad que viene con las nubes, y todo ojo lo verá» (Apoc. 1:7).

«Te requiero delante de Dios y de Cristo Jesús… por su aparición y por su reino: Predica su palabra», dijo el apóstol Pablo en sus últimas palabras a Timoteo (2 Tim. 4:1).

Apostasía

Aunque el término apostasía no se encuentra a menudo en las Escrituras, la idea se expresa con frecuencia. Se encuentra dos veces, más una vez el verbo apostatar. El profeta ya debía decir de la casa de Israel y de sus sacerdotes que no conocían a Jehová y que estaban hundidos en la corrupción de la apostasía. Por eso Jehová dijo: «Yo castigaré a todos ellos» (Os. 5:2-4).

¿Qué es entonces la apostasía? Se ha definido como el abandono completo y público de la fe y de la doctrina cristiana, en una palabra, del cristianismo (H. Rossier). Principios subversivos aparecieron por primera vez al principio de la historia de la Iglesia. Se han desarrollado a lo largo de los siglos y seguirán desarrollándose hasta que la apostasía alcance su apogeo en la revelación del hombre de pecado, el que se opondrá y se levantará contra todo lo que se llama Dios. En efecto, el apóstol muestra que tres acontecimientos deben tener lugar antes del día de la aparición del Señor: Su regreso o la reunión de los suyos con Él, la apostasía y la revelación del hombre de pecado, el hijo de perdición, es decir, el Anticristo.

La apostasía es un mal gradual. Es ante todo el abandono de una verdad recibida. El apóstol declara que en los últimos días algunos apostatarán de la fe, mientras que otros se levantarán contra la sagrada institución del matrimonio y el don de los alimentos que Dios creó para ser tomados con acción de gracias (1 Tim. 4:3). Luego se atacan otras verdades. Eventualmente toda la verdad cristiana será despreciada. Será una apostasía total, rechazando todo lo que es de Dios Padre y todo lo que es de Dios Hijo. Será la llamada apostasía cristiana, de la que la Epístola de Judas da una imagen sorprendente: nuestro único Maestro y Señor Jesucristo es repudiado.

La palabra de Dios también habla de una apostasía judía. La masa de la nación de Israel, el llamado pueblo apóstata, negará al Dios soberano y a su Mesías (H. Rossier). Esta apostasía se encarnará en un hombre del pueblo judío, al que el apóstol Juan llama el Anticristo (1 Juan 2:18). El apóstol Pablo lo llama el hombre de pecado, el hijo de perdición, el inicuo (2 Tes. 2:3, 8). Este hombre es nuevamente comparado con una bestia que tiene dos cuernos como un cordero (Apoc. 13:11), refiriéndose al poder religioso y al poder temporal que ejercerá. A veces se le llama el falso profeta que hará grandes milagros (Apoc. 19:20), y a veces el rey que actuará según su voluntad (Dan. 11:36). Como tal, pronunciará cosas impías y horribles contra el Dios del cielo, no considerará al Dios de sus padres, honrará a un dios que sus padres no conocieron. Esta es la imagen de la apostasía judía como se manifestará al final de los días.

Fue dado al apóstol Pablo que pronunciara una semejante profecía. Declara que el Anticristo será el hijo de perdición, engendrado, por así decirlo, por la perdición; que se levantará contra todo lo que se llama Dios y, sentándose en el templo de Dios, se presentará como Dios (2 Tes. 2:4). Solo admitirá una religión, la adoración de sí mismo, ¡el hombre que se ha convertido en Dios!

Tal es el cuadro de la apostasía cristiana, cuyos primeros signos aparecieron ya en los tiempos de los apóstoles. El misterio de iniquidad ya está en marcha, dice Pablo. Y Juan: el Anticristo viene, así como... el verdadero Cristo vino, y los suyos no lo recibieron (Juan 1:11; 1 Juan 2:18). Se ha desarrollado a lo largo de los siglos y se desarrollará al máximo. Los apóstatas entonces habrán rechazado completamente todo lo que es del verdadero Dios y de su Cristo, tanto en el mundo judío como en el cristiano.

Arrepentimiento

El arrepentimiento es una obra de Dios en el alma. Es, en el sentido de la palabra griega metanoia, un cambio de pensamiento sobre uno mismo y sobre Dios. El hombre aprende por un lado que es pecador, que no es mejor que otro, según lo que enseñó el Señor Jesús cuando dijo a sus oyentes que si no se arrepentían, todos perecerían, como los galileos muertos por Pilato o como aquellos sobre los que cayó la torre de Siloé: «Si no os arrepentís… todos pereceréis de igual manera» (Lucas 13:3, 5). Por otro lado, enseña que Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión y su vida: hay gozo en el cielo por un solo pecador que se arrepiente (Lucas 15:7, 10). Esto fue uno de los grandes temas de la predicación de los apóstoles, como está escrito: «era necesario, que el Cristo padeciese... y que en su nombre se predicase el arrepentimiento para perdón de pecados en todas las naciones» (Lucas 24:46-47).

El arrepentimiento no es la conversión. La conversión sigue al arrepentimiento. Es la vuelta completa y decidida del corazón a Dios (J.N.D. - M.E. 1866/30). El apóstol Pedro hace este llamado: «Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Hec. 3:19).

De hecho, surgen tres preguntas:

1. ¿Quién debe arrepentirse? –Cada hombre, porque Dios ordena a los hombres en todas partes que se arrepientan (Hec. 17:30).

2. ¿Quién ordena al hombre a arrepentirse? –Dios mismo, pues «¿Desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, ignorando que la bondad de Dios te conduce al arrepentimiento?» (Rom. 2:4).

3. ¿Cuál es el fruto adecuado para el arrepentimiento? –Juan el Bautista había venido predicando en el desierto de Judea: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado… Dad, pues, digno fruto de arrepentimiento» (Mat. 3:2, 8). Producir tal fruto es reconocer con rectitud el propio estado de pecador, confesarlo y tener desde entonces una actitud que responda a las palabras expresadas (Samuel Prod’hom).

Después de Juan el Bautista, después del mismo Señor Jesús, los apóstoles no dejaron de predicar el arrepentimiento. El apóstol Pedro dirigió este llamado en varios de sus discursos. En el quinto, por ejemplo, declara que Dios exaltó con su diestra a Jesús «Príncipe y Salvador, para arrepentimiento de Israel, y perdón de pecados» (Hec. 5:31). Entonces, cuando Cornelio recibió la verdad cristiana, los apóstoles y los hermanos de Judea glorificaron a Dios, diciendo: «Dios, pues, ha dado a los gentiles arrepentimiento de por vida» (Hec. 11:18). Finalmente, al final de su segunda Epístola, el apóstol Pedro dice: «Es paciente con vosotros, no queriendo que alguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (3:9).

El apóstol Pablo también habló insistentemente de la necesidad del arrepentimiento. Esto es lo que les recuerda a los ancianos de la iglesia de Éfeso, cuando se despidió de ellos. Les dice que él testificó del evangelio de la gracia de Dios, que predicó el reino de Dios, que les proclamó todo el consejo de Dios, pero que primero insistió «sobre el arrepentimiento hacia Dios y la fe hacia nuestro Señor Jesucristo» (Hec. 20:21). Más tarde, en presencia del rey Agripa, declara que el tema de su predicación fue siempre: «que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas del arrepentimiento» (Hec. 26:20).

Se acerca el día en que ningún hombre se arrepentirá. Está escrito que cuando los ángeles derramen las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra, los hombres blasfemarán el nombre de Dios y no se arrepentirán de darle la gloria. Y otra vez: blasfemarán al Dios del cielo, y no se arrepentirán de sus obras (Apoc. 16:9, 11). Definitivamente se endurecerán.

Estos pocos pasajes de la Escritura son suficientes para mostrar la importancia del arrepentimiento. Es una verdad básica del Evangelio porque, sin ella, no hay acceso posible a las bendiciones de la gracia. Muy al contrario: «según tu dureza y tu corazón impenitente, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» (Rom. 2:5).

Asamblea (o Iglesia)

En un momento en el que todavía se habla mucho de ecumenismo, es importante saber lo que la Palabra de Dios enseña sobre la Asamblea (o Iglesia).

Dios apartó una vez para sí mismo, durante la economía de la Ley del Sinaí, un pueblo, el pueblo de Israel, el pueblo terrenal de Dios. Hoy, durante la economía de la gracia, Dios tiene en esta tierra un pueblo celestial, la Asamblea (o Iglesia), a la que el Señor Jesús amó y por la que se entregó (Efe. 5:25).

La expresión Asamblea (o Iglesia) de Dios representa tres nociones importantes:

1. Una noción que abarca en el tiempo, al conjunto de aquellos que han puesto su confianza en Jesús desde el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino a la tierra, hasta el día del regreso del Señor;

2. una noción restringida, el conjunto de los creyentes que viven en la tierra en un momento dado;

3. una noción aún más restringida, la reunión de creyentes en una localidad. Una asamblea (o iglesia) local es la expresión, en una localidad determinada, de la Asamblea (o Iglesia) de Dios.

El término asamblea, traduce la palabra griega ecclesia, de la cual se originó el término iglesia. Por lo tanto, hablamos de la Iglesia o de la Asamblea de Dios.

Fue el propio Señor Jesús quien habló por primera vez de la Asamblea (o Iglesia) cuando dijo a su discípulo: «Sobre esta Roca edificaré mi iglesia» (Mat. 16:18). También es él quien, en un segundo pasaje, afirma la verdad básica de la reunión de los hijos de Dios: «Donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). La presencia del Señor, y nada más, le da un valor único a tal reunión.

Autoridad

En el término autoridad no solo existe el pensamiento de poder, sino también el derecho a ejercerlo: el derecho a mandar, el poder de imponer obediencia. La fuente de la autoridad solo puede estar en el Creador, Dios, que la posee en su totalidad (A. Gibert). Él tiene toda autoridad; Él es el Todopoderoso. Él es «El bendito y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores» (1 Tim. 6:15).

Él confía el poder a las criaturas que son o bien invisibles (angélicas) o bien visibles (humanas), a las que se designan con el mismo término autoridades. En las epístolas se mencionan a menudo los principados y las autoridades. Se dividen en tres clases, de las cuales citamos solo un pasaje de la Escritura:

1. las autoridades celestiales: La sabiduría de Dios es dada a conocer a los principados y autoridades en los lugares celestiales por la Iglesia según el propósito de los siglos (Efe. 3:10);

2. las autoridades terrenales: recuérdales que deben estar sujetos a los principados y autoridades (Tito 3:1);

3. las autoridades satánicas: habiendo despojado a los principados y autoridades, Cristo los produjo en público, triunfando sobre ellos en la cruz (Col. 2:15).

Llegará el día en que todos estos poderes doblarán sus rodillas ante Él, como parte de todos los seres pertenecientes a las esferas celestiales, terrenales y de debajo de la tierra (Fil. 2:10). Porque se le ha dado autoridad para juzgar a los que no creen (S.P.). ¡Este es un pensamiento solemne que debería llevar a cada lector de estas líneas a pensar hoy en el destino eterno de su alma!

Por lo tanto, habrá un día que marcará el fin de toda autoridad. El Señor entregará el reino a Dios Padre, «cuando entregue el reino al Dios y Padre; cuando suprima todo principado y toda autoridad y poder» (1 Cor. 15:24). Toda autoridad será anulada ante el único Señor. Pero él mismo pondrá esa autoridad en las manos de Dios su Padre. Dios entonces será todo en todo (H. Rossier).

También es importante hablar de la autoridad de Satanás. Se le llama el dios de este mundo (2 Cor. 4:4), o el jefe de la autoridad del aire, es decir, el elemento que todo hombre respira y que está impregnado por su influencia diabólica (Efe. 2:2), o el jefe de este mundo (Juan 12:31; 14:30; 16:11).

Pero esta autoridad, ¿de dónde le viene? Es evidente que el diablo miente cuando dice al Señor Jesús en la hora de la tentación: «Te daré toda esta autoridad y la gloria de estos reinos, porque me ha sido entregada, y la doy a quien yo quiero» (Lucas 4:6). No dice quién se la dio. Ciertamente no la recibió de Dios, pero su dominio sobre la humanidad la adquirió por la transgresión de Adán, que desobedeció a Dios para obedecer a Satanás, arrastrando a toda su raza en el mismo camino. También miente por segunda vez cuando añade: «La doy a quien yo quiero». No le corresponde a él dar ninguna autoridad en absoluto. ¿No le dijo el Señor Jesús una vez a Poncio Pilato: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te hubiera sido dada de arriba» (Juan 19:11)? Y dijo esto en el momento en que el representante de la más alta autoridad en ese momento violó fríamente la justicia al hacer morir al Hombre santo y justo. Pero también, a este hombre santo y justo, Dios lo ha resucitado de la muerte. Ha despojado, dice el apóstol, los principados y las autoridades, triunfando sobre ellos en la cruz (Col. 2:12-15). Otro apóstol habla de «la resurrección de Jesucristo, quien habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios; a él están sometidos ángeles, autoridades y potestades» (1 Pe. 3:21-22). Satanás es ahora un enemigo derrotado, y el cristiano está asociado con su Vencedor (A. Gibert). Esta es una realidad de suma importancia: estamos íntimamente unidos a Aquel, que es el vencedor de Satanás y del mundo.

En un día venidero tal unión se hará pública y visible, como está escrito para el estímulo de aquel que guardará las obras de su Señor hasta el fin: «Le daré autoridad sobre las naciones… así como yo también la he recibido de mi Padre» (Apoc. 2:26-27).

En sus últimas palabras a sus discípulos, el Señor Jesús les declara que toda autoridad le ha sido dada en el cielo y en la tierra (Mat. 28:18). Viene a ellos como el Hombre que realizó la obra de la redención, que ahora es el Hombre resucitado, a quien pertenece toda la autoridad. Puede decir a los que han permanecido con él: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Durante su servicio, podían confiar en Aquel que tiene toda la autoridad y que siempre estará con ellos: «Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo» (Mat. 28:20). Autoridad del Señor y presencia del Señor son realidades inestimables para cada creyente que tiene en su corazón servir a su Maestro.

A los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo (Judas 17) se les ha confiado una autoridad, la llamada autoridad apostólica. El apóstol Pablo era ciertamente consciente de esto. ¿No escribió a los corintios que no quería venir a ellos, usando la severidad según la autoridad que el Señor le había dado? Además, aclara inmediatamente diciendo que se le había dado para edificación y no para destrucción (2 Cor. 13:10). Pero cuando los apóstoles dejaron la escena, esta autoridad desapareció. La idea de una sucesión apostólica es errónea. Cuando Pablo se despide de los ancianos de la iglesia de Éfeso, no los entrega al cuidado de un sucesor. Los encomienda a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para edificar y dar herencia con todos los santificados (Hec. 20:32).

Sin embargo, hay una autoridad conferida a la Iglesia. El Señor lo deja muy claro cuando habla de la Iglesia y su presencia en medio de ella: «Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo» (Mat. 18:18). Dice esto porque Él, que está en el cielo, está en medio de los que se reúnen en su nombre, ya sean dos o tres. La autoridad del Señor está ahí. Es la única autoridad eclesiástica, se ha escrito, que Dios reconoce en la tierra y que el creyente tiene que reconocer (S. Prod'hom).

Bautismo

Es de temer que, en los tiempos actuales, tiempos de indiferencia y abandono, podamos olvidar la importancia del bautismo. Hay tres razones principales que parecen subrayarlo.

1. Fue ordenado formalmente por el mismo Señor en el momento en que estaba a punto de dejar a sus discípulos. «Toda autoridad», dijo, «me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mat. 28:20). Notemos que la ordenanza del bautismo se cita primero, y solo después las enseñanzas del Señor. Los discípulos debían bautizar y luego enseñar.

2. El bautismo está estrechamente relacionado con la fe, que es la única que puede salvar. Jesús dijo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado» (Marcos 16:15-16). El apóstol Pablo declararía más tarde: Hay «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Efe. 4:5). El único bautismo, se ha escrito, pone bajo la autoridad del único Señor a aquellos que confiesan las verdades de la única fe (J.N.D.: M.E. 1893/143).

3. El bautismo es la marca de nuestra identificación con Cristo en la semejanza de su muerte: «¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Jesucristo, en su muerte fuimos bautizados? Fuimos, pues, sepultados con él mediante el bautismo en la muerte; para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida» (Rom. 6:3-5). El bautismo no solo es el testimonio de la muerte de Cristo por nosotros, sino también de nuestra muerte con él. Por lo tanto, fuimos «sepultados con él mediante el bautismo en la muerte».

Estos tres pasajes muestran, por lo tanto, que la marca del bautismo no puede ser subestimada. ¿Cómo podría ser subestimada cuando nos pone en contacto con las verdades fundamentales del cristianismo, la muerte y la resurrección del Señor Jesús?

También debemos recordar que en el Antiguo Testamento se mencionan dos figuras en las que se basaron los apóstoles para la enseñanza que dan del bautismo. Son el diluvio y el cruce del mar Rojo.

En el diluvio, a través de las aguas de la muerte, Noé fue salvado con su familia de un mundo corrupto, lleno de violencia, y llevado a una tierra renovada. Esto es lo que dice el apóstol Pedro en su primera epístola (3:20-22). Así, el creyente, a través del bautismo cristiano, la representación de las aguas del diluvio, atraviesa el agua, figura de la muerte de Cristo, y se levanta sobre un terreno de resurrección. Como el arca se posó en los montes de Ararat (Gén. 8:4), es decir, en lo alto, así Jesucristo fue al cielo, donde el creyente es llevado a Dios y puesto ante él (H. Rossier). Este es el significado general del bautismo cristiano: es el signo del paso de un estado antiguo, malo a un estado nuevo, perfecto en virtud de la muerte de Cristo.

Encontramos este mismo pensamiento en el tipo del mar Rojo. El apóstol Pablo declara: «No quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos pasaron por la muerte, y todos fueron bautizados por Moisés en la nube y en el mar» (1 Cor. 10:1-2). Los hijos de Israel, protegidos bajo la nube, pasaron por las aguas de la muerte, donde Faraón encontró su fin, y fueron liberados de un mundo malvado, Egipto, para estar en otras orillas, las de la resurrección.

El apóstol especifica diciendo que los israelitas fueron bautizados para Moisés. Dejaron la esclavitud de Faraón para asociarse con otro jefe, para seguir a Moisés en un nuevo orden de cosas. ¿No es esto también lo que enseña el bautismo cristiano? Somos bautizados para Cristo, para seguirlo en el camino abierto por su muerte, para comenzar una nueva vida con él.

El día de su resurrección el Señor dijo a sus discípulos que habían venido a Galilea: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mat. 28:19). El bautismo, entonces, debía realizarse de acuerdo a la completa revelación de Dios en las tres gloriosas personas de la Santísima Trinidad, en contraste con Jehová, el Dios de Israel. Al bautizar en el nombre del Padre, profesamos que Dios es Dios Padre, nuestro Padre. Al bautizar en el nombre del Hijo, declaramos la gloria del Hijo unigénito que vino aquí a morir y a cumplir la obra de expiación. Al bautizar en el nombre del Espíritu Santo, reconocemos que es una persona divina, agente del poder de Dios ya sea en la creación (Gén. 1:2) o en la redención (Hebr. 9:14). A través del bautismo somos introducidos en la bendita esfera del cristianismo, en virtud de la muerte de Cristo, donde Dios es conocido como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Al principio de la era cristiana, cuando un creyente judío era bautizado, se le apartaba del judaísmo, donde se invocaba a Dios bajo su nombre de Jehová. Si era un creyente gentil, viniendo de las naciones, era apartado del paganismo, donde el verdadero Dios no es conocido en absoluto.

Los hijos de Israel, hemos dicho, fueron bautizados para Moisés, para seguir al nuevo jefe que Dios les daba. Hoy somos bautizados en el nombre de Cristo, para ser suyos, para seguirlo de ahora en adelante. Es lo que el apóstol Pablo dice cuando hace la pregunta, «¿Fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?» (1 Cor. 1:13). ¡No se bautizaba en Corinto en el nombre de Pablo o de cualquier otro apóstol! Eran bautizados en el nombre del Señor Jesús (comp. Gál. 3:27).

Una palabra más sobre el bautismo de los niños, que no es reconocido por todos: consideramos, en lo que a nosotros respecta, que es un privilegio poder bautizar a nuestros hijos. Concediéndoles tal signo, los sacamos, por así decirlo, del mundo donde gobierna Satanás y los introducimos, en virtud de la muerte de Cristo, en los recintos del cristianismo, es decir, en la Casa de Dios, la Casa donde Dios habita. Por supuesto, los padres tienen la gran responsabilidad de criar a sus hijos para Dios, para llevarlos a Jesús, el Salvador. Pero, su fidelidad en tal obra ¿no será sostenida por el sentimiento del deber que el sagrado acto del bautismo impone y por la divina asistencia que proporciona?

Cena del Señor

El cristiano no conoce siete sacramentos tal como se enseñan en el mundo cristianizado. La Palabra de Dios habla de dos sacramentos, es decir, dos signos sagrados que el Señor Jesús instituyó: la Cena y el Bautismo.

El término cena se encuentra solo una vez en las Escrituras. Leemos en 1 Corintios 11:20: «Cuando, pues, os reunís, esto no es comer la Cena del Señor», la cena del Maestro o del Señor. Es una palabra latina, cena, que designa como en el texto griego, «deipnon», una comida, la cena del anochecer. Los Evangelios según Mateo y Marcos especifican de hecho que fue a la hora del anochecer cuando el Señor se sentó a la mesa con los doce.

Hay tres temas que debemos considerar en relación con la Cena: la institución, la celebración y la doctrina de la Cena.

1. La institución de la Cena

Según el deseo inmediato de nuestro Señor, la Pascua, la última de las siete pascuas de las que habla la Palabra de Dios, había sido celebrada. Ella hablaba a través de las edades de una obra que debía ser hecha, mientras que la cena habla de una obra realizada (Samuel Prod’hom). Sus elementos, el pan y la copa, significan el cuerpo y la sangre del Señor. Ahora el cuerpo separado de la sangre es la muerte. Cuando participamos en la cena, recordamos la muerte de Jesús. Es el privilegio, también el deber, de todo creyente proclamar tal sacrificio hasta que él venga.

Sobre la copa, dice en el Evangelio según Mateo: «Porque esto es mi sangre, la del pacto, la cual es derramada por muchos, para remisión de pecados» (26:28). Para algunos, es decir, para muchos, para cualquiera que viniera a ponerse bajo la eficacia de la sangre derramada para el perdón de los pecados. En el Evangelio según Lucas, que pone de relieve la exquisita sensibilidad del corazón humano del Salvador, Jesús se dirige más directamente a sus discípulos: «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de mí… Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros es derramada» (22:19-20).

La Cena es, por lo tanto, un memorial, el recuerdo del propio Jesús, nuestro Señor, de su muerte, del perdón de nuestros muchos pecados.

2. La celebración de la Cena

El Espíritu de Dios menciona en el libro de los Hechos una reunión en Troas para el partimiento del pan: «El primer día de la semana» (está escrito) «como estábamos reunidos para partir el pan» (20:7). El apóstol Pablo se alojaba en esa zona. Es importante destacar que no fue a causa de su presencia que se reunieron. Era la costumbre, la costumbre sagrada, reunirse el primer día de la semana. Es el día del Señor, el día en que resucitó. Por lo tanto, es el día perfectamente indicado para recordar su muerte.

Troas es una región en el noroeste de Asia Menor. Es donde se deja Asia para ir a Europa, a Macedonia para ser exactos. Es desde allí que el evangelio se extendió a nuestro continente. Fue en Troas donde se construyó la ciudad de Estambul. Las ruinas de la ciudad de Troas todavía llevan hoy el nombre de Eski-Stambul, que significa Antigua Constantinopla.

Era costumbre celebrar la cena, en los comienzos de la era cristiana, el primer día de la semana. Aunque la Palabra de Dios habla a menudo del sábado, el último día de la semana, el séptimo, rara vez habla del primer día, el domingo. Sin embargo, se menciona al menos una vez en tres partes del Nuevo Testamento:

• en los Evangelios: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana… vino Jesús y se puso en medio de ellos» (Juan 20:19);

• en los Hechos: «El primer día de la semana, como estábamos reunidos para partir el pan» (20:7);

• en las epístolas: «Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga algo aparte, ahorrando según haya prosperado» (1 Cor. 16:2).

¿Por qué entonces respetaremos ese día? Porque es el día del Señor, el día en el que se celebra la cena, en el que recordamos que murió, pero también que resucitó.

3. La doctrina de la Cena

Tal enseñanza fue confiada al apóstol Pablo. Se desarrolla en los capítulos 10 y 11 de la Primera Epístola a los Corintios. En el capítulo 10 la Cena señala a una comunión realizada, en el capítulo 11 es un recuerdo.

En estos dos capítulos el Espíritu de Dios se dirige a nuestra inteligencia, a nuestro corazón, a nuestra conciencia:

a nuestra inteligencia, una inteligencia que el creyente posee y que nos permite comprender que al participar en la cena tenemos comunión con la obra del Señor Jesús, es decir, que todo creyente participa de las bendiciones resultantes de dicha obra (10:16);

a nuestros corazones, despertando nuestros afectos con el pensamiento de que el Señor, por amor, murió por nosotros (11:24);

a nuestra conciencia, mientras se nos exhorta a probarnos a nosotros mismos, para que no comamos el pan y bebamos la copa indignamente (11:27-29).

En el capítulo 10, el apóstol usa la imagen de una mesa para hablar de la comunión. La mesa es el lugar donde se invita a comer a las personas, con la que compartimos los mismos pensamientos y sentimientos. Así, en la Mesa del Señor, concretizamos la comunión que tenemos con el Señor en su muerte y los unos con los otros. A este respecto el apóstol menciona primero la copa, luego el pan (10:16). La razón de esto es simple. Para tener comunión con el Señor y ser miembro de su cuerpo, nuestros pecados deben haber sido borrados por su sangre (Samuel Prod’hom).

Entonces, del cuerpo de nuestro Señor que murió en la cruz, llegamos a la verdad de su cuerpo espiritual, que está compuesto por todos aquellos que han nacido de nuevo, que han llegado a ser miembros de tal cuerpo. En el partimiento del pan no solo existe el pensamiento de un memorial. También se da testimonio de la unidad del Cuerpo de Cristo, como está escrito: «Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo; porque todos participamos de un solo pan» (1 Cor. 10:17). Esta es la verdad de la comunión los unos con los otros que proclamamos en la Mesa del Señor y que se debe concretizar prácticamente. ¿Cómo podemos participar en la cena, si nuestra comunión es interrumpida por pensamientos amargos sobre un hermano o una hermana?

Hay que tener en cuenta que el apóstol siempre habla del Señor, y no del Salvador, cuando trata el tema de la cena. Es la cena del Señor, el cuerpo y la sangre del Señor, la copa del Señor, la Mesa del Señor. El Señor es el que tiene toda la autoridad sobre sus redimidos. Debiéndole obediencia y sumisión, ellos celebrarán la cena solo de acuerdo con las enseñanzas precisas de la Palabra de Dios.

Finalmente, hay una expresión que debemos enfatizar en relación con la copa del Señor. Es «el nuevo pacto en mi sangre», dice el apóstol, recordando las palabras del Señor Jesús. Un nuevo pacto se hará en un día venidero «para la casa de Israel y para la casa de Judá», dice la Epístola a los Hebreos sobre la base de una profecía de Jeremías (8:8). No con la Iglesia, porque nunca hubo un antiguo pacto con ella. Pero entonces, lo que necesitamos saber, es que las bendiciones del nuevo pacto ya son parte de la Iglesia. En Hebreos 8 se mencionan como cuatro:

1. Una obra hecha en el corazón: escribiré mis leyes «en su corazón» (v. 10).

2. Una relación directa con Dios: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (v. 10).

3. Un conocimiento personal de Dios: «todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos» (v. 11).

4. El perdón de Dios: «De sus pecados no me acordaré más» (v. 12).

Está claro que un cristiano no tiene que esperar hasta los días del milenio para conocer tales bendiciones. Son suyas ahora en virtud de la obra de Cristo en la cruz, que se recibe por la fe. Con el derramamiento de su sangre, nuestro Señor ha puesto el fundamento seguro del nuevo pacto que se hará con Israel. Así entendemos que la copa, que bebemos en la cena, se llama «el nuevo pacto en mi sangre» (Ridout S.).

Compasiones

Quizá sepamos que el verbo “compadecer“ es una palabra latina que significa sufrir con. Las compasiones de Dios son las manifestaciones de su amor que quiere ocuparse del hombre en su más profunda miseria. Dos pasajes de la palabra de Dios evocan conmovedoramente este pensamiento. En el libro de los Jueces está escrito: El alma de Jehová «fue angustiada a causa de la aflicción de Israel» (10:16), y en el libro de los Salmos: que «Él es el que en nuestro abatimiento se acordó de nosotros, porque para siempre es su misericordia» (136:23).

La mención de las compasiones divinas se hace con frecuencia en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Es beneficioso notar, según las Escrituras, los diversos caracteres:

1. Ellas son grandes. Esto es lo que David expresó en los días de su humillación: «Oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones» (Sal. 51:1). Y más tarde, en el día de la gran angustia, «Caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas» (2 Sam. 24:14).

2. Ellas son numerosas. Esto es lo que dice el salmista: «Muchas son tus misericordias» (Sal. 119:156). Nehemías también lo declara: «Por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto» (9:19). Y el profeta reconoce: «No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias» (Dan. 9:18).

3. Ellas son incesantes. El profeta, en los tiempos difíciles que está pasando, proclama que las compasiones de Jehová «Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana» (Lam. 3:22-23).

4. Ellas son activas. «Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira» (Os. 11:8-9).

Estos diversos pasajes muestran cuán real iba a ser la actitud de Jehová hacia los hijos de su pueblo, una actitud que se reveló cuando se dio por segunda vez la Ley mitigada con la gracia (Éx. 33:19). El apóstol Pablo recuerda estas palabras que Dios le dijo a Moisés en aquella ocasión: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión» (Rom. 9:15).

El pueblo de Israel siempre ha sido objeto de la compasión de Jehová. Si miramos al pasado, leemos, por ejemplo, que durante la época de la opresión del rey de Siria en los días del rey Joacaz, «Jehová tuvo misericordia de ellos, y se compadeció de ellos y los miró» (2 Reyes 13:23). Si es una cuestión del futuro, estas mismas compasiones están aseguradas para ellos. El profeta puede decir: «Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados» (Miq. 7:19). Otro profeta habla de esto tres veces en un capítulo de su libro: «Con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor» (Is. 54:7-8, 10).

Al leer el Evangelio vemos al Señor Jesús que, más de una vez, se conmueve con compasión. Lo está, ya sea por un alma o por las multitudes. Nos enteramos de que fue movido a compasión por un leproso (Marcos 1:41), por dos ciegos (Mat. 20:34), por una viuda afligida (Lucas 7:13). En el sentido de una parábola, debía ser representado como un samaritano movido a compasión hacia un pobre hombre cubierto de heridas (Lucas 10:33). Otra parábola habla de las compasiones divinas en la persona de un padre hacia su hijo que se perdió y que vuelve (Lucas 15:20). También se manifiestan hacia la multitud que está cansada o hambrienta (Mat. 9:36; 14:14; 15:32). Jesús estaba allí, Jehová del Antiguo Testamento, presente en medio de su pueblo. Sus compasiones, dice un salmo, vinieron apresuradamente al encuentro de ellos, porque se habían vuelto muy miserables (Sal. 79:8).

Finalmente, hay un pasaje que debería llamar nuestra atención: «Os exhorto, pues, hermanos, por las compasiones de Dios» (Rom. 12:1). Con el capítulo 12 de esta epístola el apóstol entra en el tema de las exhortaciones prácticas que se desprenden de la enseñanza doctrinal de los capítulos 1 al 11. Sin las compasiones de Dios nunca podríamos responder (aj. a ellas)?. Debemos recordar esto, pero también que el fin del Señor es que Él es «rico en misericordia y compasivo» (Sant. 5:11).

Comunión

Tener comunión con alguien es tener una parte común con él. El apóstol Juan escribe en su Primera Epístola: «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1:3). Así que tenemos una parte común con Dios, nuestro Padre, que nos reveló al Hijo de su amor, y con el Señor Jesús, que nos hizo conocer a Dios, su Padre.

Más aún, tener comunión con Dios es tener un mismo pensamiento, un mismo sentimiento, un mismo deseo que él. El cristiano, por lo tanto, posee un poder en común con Dios Padre respecto a su Hijo y con el Señor Jesús respecto a Dios, su Padre. Este goce es producido y mantenido por la acción del Espíritu Santo, de ahí la expresión: «la comunión del Espíritu Santo» (2 Cor. 13:14).

Por otro lado, se habla de la comunión de los hijos de Dios entre sí como miembros del Cuerpo de Cristo. Esto es lo que expresamos en la celebración de la Cena, cuando concretizamos la parte que tenemos en el derramamiento de la sangre de Cristo y de la ofrenda de su cuerpo hecha una vez por todas. «Nosotros, siendo muchos», dice el apóstol, «somos un solo pan, un solo cuerpo», el cuerpo espiritual de Cristo (1 Cor. 10:17).

La comunión con el Señor y la comunión los unos con los otros, puede ser interrumpida por cualquier cosa que no le guste al Señor. Solo si permanecemos en su amor y caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión los unos con los otros (Juan 15:9; 1 Juan 1:7).

Dios sabe lo frágil que es nuestra comunión. Tiene en cuenta nuestra inestabilidad. Dios, a través de quien hemos sido llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo, es fiel (1 Cor. 1:9). Su fidelidad es nuestro recurso soberano.

Conjuración

Si leemos atentamente los pasajes de la Palabra de Dios donde se habla de conjuración, nos damos cuenta de que el verbo: conjurar, tiene dos significados que es importante distinguir.

1. Conjurar, es exigir a alguien, en materia de justicia, que diga la verdad sobre un delito cometido. Esto es lo que la Ley enseñaba. La voz de conjuración en Israel era la forma más alta de requerimiento. Se decía que era la voz de Dios. Si alguien había sido testigo de un crimen y escuchaba la voz de conjuración, tenía que denunciar al culpable, de lo contrario, él mismo era considerado culpable (Lev. 5:1). El libro de Proverbios recuerda esta ordenanza en relación con el delito de robo: «El cómplice del ladrón aborrece su propia alma; pues oye la imprecación y no dice nada» (29:24). En la hora de una oscura reunión del Sanedrín en la que querían condenarlo a toda costa, nuestro Señor mismo escuchó esta voz de conjuración: «¡Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios!». Y el Señor, responder a esta voz solemne: «Tú lo has dicho» (Mat. 26:63-64).

2. Por otro lado, conjurar no es más que pedir instantemente hacer algo. Esto es lo que leemos en el Cantar de los Cantares, cinco veces, donde se ruega de no despertar ni al amado ni a la amada. Se llega a preguntar a su alrededor: «¿Qué es tu amado más que otro amado, que así nos conjuras?» (5:9).

El apóstol Pablo también dice a los hermanos: «Os conjuro por el Señor, que sea leída esta carta a todos los hermanos» (1 Tes. 5:27). A Timoteo, en relación con el orden adecuado en la iglesia, le insta: «Te conjuro ante Dios, y ante Cristo Jesús y los ángeles elegidos, a que observes estas instrucciones, sin perjuicio de…» (1 Tim. 5:21). Finalmente, sus últimas exhortaciones están dominadas por estas: «Te requiero delante de Dios y de Cristo Jesús… Predica su palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende, exhorta con toda longanimidad y enseñanza» (2 Tim. 4:1-2). De hecho, estas palabras de conjuración difieren de una solicitud ordinaria solo en su carácter de solicitud apremiante.

Es importante que nos tomemos esas palabras en serio.

Consagración

El tema de la consagración no siempre se entiende bien. Se dice fácilmente que el cristiano debe consagrarse a Dios, como si se entregara a su servicio por un acto de su propia voluntad o por una resolución determinada. Esto no es lo que enseña la Palabra de Dios, porque presupone un poder propio. Pero no tenemos poder en nosotros mismos, ya que se considera que el creyente ha muerto con Cristo. La exhortación «ofreceos vosotros mismos a Dios» ¿no se encuentra precisamente en el capítulo donde se desarrolla la verdad de nuestra muerte con Cristo? (Rom. 6:6, 13).

El creyente tiene una nueva vida, y el Espíritu Santo es el poder de esa vida que tenemos en Cristo, resucitado de entre los muertos. Es Cristo quien es la fuente de este poder. La consagración, se ha dicho, es Cristo en lugar de mí: «Ya no vivo yo», dice el apóstol, «sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2:20). La consagración, por lo tanto, no consiste en un acto resuelto de abandono de sí mismo, sino en el hecho de que aceptamos a Cristo en el lugar de nosotros mismos, que le damos su verdadero lugar de preeminencia en nosotros.

En resumen, lo que distingue al creyente consagrado es que conoce una sola voluntad, la de Cristo, y que busca una sola gloria, la de Cristo: el motivo, la meta, el todo de su vida. Al apóstol le fue dado darse cuenta de esto muy fielmente: «Ahora también Cristo será magnificado en mi cuerpo… Porque para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:20-21). El «yo» había desaparecido de delante de sus ojos, se ha escrito, y la gloria de Jesús llenó su alma.

Dispersión

Debemos entender por la palabra diáspora o dispersión el conjunto de los judíos dispersos fuera de los límites de su país, entre las naciones extranjeras. Se encuentra en el saludo de dos epístolas, la Epístola de Santiago (1:1) y la primera Epístola de Pedro (1:1). Santiago se dirige a «las doce tribus que están en la dispersión», es decir, al pueblo judío esparcido entre los gentiles, y Pedro escribe «a los que viven… en la dispersión... escogidos según el previo conocimiento de Dios Padre», es decir, a los judíos que, entre los gentiles, se habían hecho cristianos.

En el pasado se anunció a los hijos de Israel que serían dispersados lejos si eran infieles a su Dios: «Jehová te esparcirá por todos los pueblos». Asimismo, se dejó una promesa de que serían devueltos a la tierra de sus padres: «Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá Jehová tu Dios» (Deut. 28:64; 30:4). Esto es lo que nos recuerda Nehemías cuando ora al Dios del cielo (1:9).

Cuando el Señor estaba en la tierra, no había ningún país en el mundo entonces conocido en el que no hubiera judíos exiliados: Siria, Asia Menor, Egipto, Grecia, Roma. Cuando, por ejemplo, Jesús dijo a los fariseos que iba a su Dios, se preguntaron, sin haber entendido lo que se había dicho, si iba a «la dispersión de los gentiles», es decir, entre los judíos esparcidos entre los griegos (Juan 7:35).

Finalmente, está escrito que el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino a la tierra, había en Jerusalén judíos devotos «de toda nación existente bajo el cielo» (Hec. 2:5). Después de escuchar en sus lenguas «las grandes obras de Dios», pudieron proclamarlas en sus propios países. Su dispersión fue, por lo tanto, un medio preparado por Dios para la difusión del cristianismo.

Edificación

Edificar, es construir. La edificación es una actividad constructiva. En los muchos pasajes que hablan de ella, es presentada desde dos puntos de vista: el de la gracia de Dios y el de la responsabilidad del creyente.

1. La Iglesia o Asamblea es edificada por el Señor Jesús que dijo: «Sobre esta Roca edificaré (o: construiré) mi Iglesia» (Mat. 16:18). Un poco más tarde los apóstoles escribieron: «Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular… en quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:20-22) y: «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1 Pe. 2:5). Esta edificación es la obra de la única gracia de Dios.

2. Por otro lado, en otros pasajes se nos exhorta a edificar o a edificarnos. El fundamento de la Casa de Dios es Jesucristo, el único fundamento sobre el que el creyente está llamado a edificar: «Que cada uno mire cómo edifica sobre él» (1 Cor. 3:10). Se nos pide además que persigamos aquellas cosas que tienden a la edificación mutua: «Que cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación» (Rom. 14:19; 15:2). También está escrito: «Edificándoos sobre vuestra santísima fe» (Judas 20). Este es el propósito del ejercicio de los dones en la Iglesia: «Que todo se haga para edificación», para el crecimiento del cuerpo de Cristo, «para su edificación en amor» (1 Cor. 14:26; Efe. 4:16). El apóstol Pablo estaba claramente consciente de que la autoridad y el poder que le había dado el Señor era para la edificación y no para la destrucción (2 Cor. 13:10).

Debemos recordar siempre que la capacidad de edificar no está en nosotros. Viene de Dios, de su Espíritu por cuya consolación fueron edificadas las iglesias del principio, de la Palabra de su gracia que tiene el poder de edificar (Hec. 9:31; 20:32).

Emancipación

¿Cuál es entonces esta emancipación de la que se habla a menudo, si no es la liberación de lo que es un cristiano en su estado natural: actos, palabras, pensamientos, sentimientos, actitudes, que no son para gloria de Dios? Tal emancipación solo puede ser alcanzada sobre la base de la verdad de nuestra muerte con Cristo. Sin esta verdad no hay una verdadera emancipación. Si el creyente mira a la cruz, ve por un lado que Cristo murió por sus pecados, y por otro lado que él mismo murió con Cristo. Teniendo una participación en la muerte de Cristo, por lo tanto, toma el lugar de un muerto en este mundo (E.D.).

Según las enseñanzas de las Escrituras, la emancipación tiene cuatro liberaciones:

1. La emancipación del pecado. Nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que no sirvamos más al pecado, para que no seamos más esclavos de él (Rom. 6:6). No habla de los pecados, sino del pecado, es decir, del poder del pecado. El cristiano ha terminado con su dominio.

2. La emancipación de la Ley. Hemos «muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo», dice el apóstol (Rom. 7:4). «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros» (Gál. 3:13). El cristiano, por lo tanto, no tiene nada más que ver con la Ley.

3. La emancipación del mundo. El apóstol podía decir que estaba crucificado al mundo y el mundo estaba crucificado para él (Gál. 6:14). La cruz era como una barrera infranqueable entre él y el mundo. Fue liberado de ese orden de cosas del cual el hombre es el centro y Satanás el jefe. Estaba muerto para todo lo que el mundo ama, quiere y busca. Un cristiano, se ha escrito, que es retenido en los lazos de un mundo político, religioso, artístico o científico, nunca será un cristiano emancipado (H. Rossier).

4. La emancipación del yo. El apóstol pudo escribir: «Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se dio a sí mismo por mí» (Gál. 2:20). El apóstol se había convertido en una nueva personalidad, un hombre nuevo. A pesar de tener la carne en él, la mantuvo en el único lugar que le pertenecía: la muerte.

Ciertamente es fácil hablar de emancipación. Se puede explicar claramente a los demás y no tener aplicación en sí mismo. La emancipación no es una cuestión de inteligencia o de conocimiento. Es una cuestión de experiencia práctica, humildemente llevada a cabo cada día. El apóstol Pablo se lo aplicaba plenamente. Y eso es lo que dio tanto poder a su ministerio.

De hecho, para que el creyente pueda apreciar tales verdades, hay cuatro lecciones que debe haber aprendido experimentalmente:

1. Lo que es la carne, inmejorable, incurable. «Sé que en mí (es decir, en mi carne) no habita el bien» (Rom. 7:18). No espera de la carne nada más que el mal;

2. lo que son nuestros esfuerzos, vanos en nuestra lucha contra la carne. Estamos sin fuerzas, hechos prisioneros de «la ley del pecado» (Rom. 7:23);

3. lo que son las dos naturalezas. El creyente tiene dos naturalezas: una que le viene de Adán y que la Escritura llama la carne, el viejo hombre, el pecado. Y la otra que le viene de Dios por el nuevo nacimiento. «Todo el que ha nacido de Dios», dice el apóstol, «no practica el pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios» (1 Juan 3:9). Es una gran ganancia aprender que hay dos naturalezas en nosotros, y una bendición aún mayor haber aprendido que hemos terminado con la primera, es decir, con nosotros mismos (E.D.);

4. lo que es la victoria: el alma que ha estado luchando con su propia fuerza hasta ahora ha dejado de mirar a sí misma. Mira afuera, diciendo: «¡Soy un hombre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom. 7:24). Ya no mira hacia adentro, aprendiendo que la liberación no es por sí mismo, sino a través de Cristo y solo por Él. Así escuchamos inmediatamente los acentos de gratitud: «¡Doy gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom. 7:25). Y en el capítulo siguiente, se exponen las bendiciones que son ahora la porción de aquel que, por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, ha sido liberado «de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2).

Expiación

El mal debe ser castigado, tal es el veredicto divino que es al origen de la expiación: Dios no considera inocente al culpable (Éx. 34:7). El hombre pecador, por lo tanto culpable, debe ser castigado. Incluso debe ser quitado de delante de Dios debido a sus pecados, aún más debido a su estado pecaminoso. Pero en lugar de ser quitado de delante de Aquel que no puede tolerar el mal, el creyente sabe que son sus pecados los que han sido quitados. En este hecho radica la verdad crucial de la expiación. Jesús, el Hijo de Dios, la Víctima inocente y santa, se presentó para cumplir en el Gólgota la obra por la cual el pecado fue expiado, la cuestión del bien y del mal completamente vaciada, el Dios salvador y santo plenamente glorificado. La cruz es la prueba de la expiación (M.E. 1873/460; 1883/205).

El verbo expiar traduce un término que, en hebreo, significa cubrir. Para los creyentes del Antiguo Testamento un pecado expiado era un pecado cubierto: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado» (Sal. 32:1; Rom. 4:7). Podía ser en virtud de la sangre de las víctimas sacrificadas en el tiempo de la ley, porque –dice la Escritura– «sin derramamiento de sangre no hay perdón» (Hebr. 9:22). Pero no podía ser quitado, como también dice: «Es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados» (Hebr. 10:4). Solo la sangre de Cristo podía hacerlo. «Él fue manifestado para quitar los pecados» (1 Juan 3:5).

La obra expiatoria de la cruz lleva ahora a Dios, de acuerdo con su naturaleza, purificados para siempre de todo pecado, a los que vienen a Él a través de ella (M.E. 1883/208).

Fe

«Justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1).

«Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré mi fe» (Sant. 2:18).

«… pelear por la fe que fue enseñada a los santos» (Judas 3).

Los cinco significados de la palabra fe

• La palabra fe designa en primer lugar la fe personal en Jesucristo, el hecho de creer en él. Es el medio de la salvación eterna del hombre. Es lo que nos salva. Por la gracia de Dios que actúa en la persona que comprende sus promesas, acepta lo que Dios nos da: Jesucristo, su Hijo, como Salvador. Debido a esta fe, aquel (o aquella) que cree es considerado justo ante Dios porque la sangre de Cristo lo ha limpiado de sus pecados.

• La palabra fe también puede expresar una confianza tranquila y completa en el Señor y en Su Palabra en las diversas circunstancias de la vida diaria. Es a través de ella que se reconoce en alguien la existencia de la fe en su primer sentido. «Tened fe en Dios» (Marcos 11:22), dijo Jesús a sus discípulos, quienes un día le pidieron: «Auméntanos la fe» (Lucas 17:5).

• La palabra fe todavía puede significar el contenido de la fe, lo que uno cree, es decir, el conjunto de las verdades cristianas, la doctrina cristiana. Así, el apóstol Judas nos exhorta a luchemos «por la fe que una vez fue enseñada a los santos» (v. 3), y Pablo advierte a los creyentes en Colosas: «si en verdad permanecéis en la fe, fundamentados y firmes» (Col. 1:23).

• La fe es un don del Espíritu que trabaja dentro del Cuerpo de Cristo. Es una medida particular de fe práctica que permite a quien la ha recibido actuar contra todo para el bien de la Iglesia: «A uno… le es dada la palabra de sabiduría; a otro palabra de conocimiento… a otro fe, según el mismo Espíritu» (1 Cor. 12:8-9).

• Finalmente, la fe es la fuente principal de la actividad de los testigos de Dios en el mundo. Están animados por la fe que es «la certidumbre de las cosas esperadas, la convicción de las realidades que aún no se ven» (Hebr. 11:1). La convicción interior de estas cosas es tal que se convierten en realidades poderosas para ellos.

Gloria

No hay mayor tema en la Palabra de Dios que el de la gloria. La gloria de Dios, la gloria de Jesús, la gloria venidera son sus títulos más altos.

1. La gloria de Dios es el resplandor, el brillo de sus perfecciones. Es revelada en la creación: los cielos anuncian la gloria de Dios (Sal. 19:1). Es revelada en la creación del hombre, que es la imagen y la gloria de Dios (1 Cor. 11:7). Brilla en la obra de la redención: el creyente ha sido adoptado por Dios a través de Jesucristo para alabanza de la gloria de su gracia (Efe. 1:6).

2. La gloria de Jesús, el Hijo de Dios, se ha visto en esta tierra. Dios, en él, se acercó al hombre. Aquel, cuya gloria era inaccesible, insoportable en los días de la ley del Sinaí, «es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4:6).

Las glorias del Señor Jesús son de naturaleza diversa: esencial, moral, oficial. Su gloria esencial es la gloria que posee desde toda la eternidad, la gloria que tenía con el Padre antes de que el mundo fuera (Juan 17:5). Su gloria moral proviene del hecho de que no podía dejar de ser perfecto (J.G. Bellet). Su gloria oficial pronto llenará el universo, cuando, revestido de autoridad real, vendrá con poder y gran gloria (Mat. 24:30).

3. La gloria venidera es la gloria eterna que, en el cielo, será la porción de la Iglesia, la que habrá sido recogida por el Señor (2 Tim. 2:10). El pueblo de Israel en la tierra también será testigo con las naciones de su gloria, la gloria del Mesías finalmente reconocido: la tierra estará llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el fondo del mar (Hab. 2:14). La gloriosa magnificencia de su majestad y de su reino será entonces objeto de un homenaje universal (Sal. 145:5, 11-12).

Gobierno de Dios

Al igual que en la época de la ley, todavía existe hoy, durante la economía de la gracia, un gobierno de Dios para sus hijos. La palabra de Dios habla de esto en un doble aspecto:

1. Un aspecto general, según el cual un creyente está sujeto como los otros al gobierno de Dios. El apóstol, dirigiéndose a los hermanos, escribe: «Lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7).

2. Un aspecto particular, que es la disciplina en la que participa todo hijo de Dios: «El Señor disciplina al que ama... Pero si estáis sin disciplina... sois bastardos y no hijos» (Hebr. 12:6-8). La noción de disciplina nace de la relación entre un padre y su hijo. “El gobierno de Dios sobre nosotros se ejerce en vista de esta relación para prácticamente mantenernos en ella o devolvernos a ella si fallamos. Quiere apartarnos del mal, aplastar lo que es duro, animarnos con su bondad” (JND).

Habiendo confiado a cada uno de sus hijos el honor de ser sus representantes ante los hombres, no podría permitir que siguieran el camino de propia voluntad. Él es el que juzga, el que aprecia: «Y si invocáis como Padre al que sin acepción de personas juzga según la obra de cada cual, conducíos con temor en el tiempo de vuestra peregrinación» (1 Pe. 1:17). Dios es nuestro Padre, pero también es Aquel ante cuyos ojos todas las cosas están desnudas y descubiertas (Hebr. 4:13).

Es importante recordar que el pensamiento de la gracia soberana de Dios nunca debilita aquel de su gobierno. Sin embargo, de acuerdo con esa misma gracia, está dispuesto a cuidar de la conducta de los suyos, tanto para Su gloria como para su mayor bendición.

Gracia

La gracia de Dios es la benevolencia, la pura bondad de un Dios que ama al hombre pecador, que quiere su conversión y no su muerte. Es la bondad de un Dios que da libremente, sin exigir nada a cambio: «Justificados gratuitamente por su gracia», está escrito (Rom. 3:24). No merecemos nada, él no nos debe nada, y aún así nos da. En esto consiste la gracia.

¿Cómo recibiremos tal don, tan ampliamente ofrecido? –Por fe, humildemente, no por obras o por méritos personales: «Por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no procede de vosotros, es el don de Dios» (Efe. 2:8).

Esta gracia divina estalló en el Gólgota, en el sacrificio del Señor Jesús: «Por la gracia de Dios» probó la muerte por todos, por cada uno (Hebr. 2:9). La obra de la cruz, la obra suprema de la gracia, es el fundamento obligatorio de nuestra salvación eterna.

La gracia de Dios, en el tiempo, es presentada desde varios puntos de vista:

1. Como portadora de la salvación, la gracia de Dios que trae salvación ha sido manifestada a todos los hombres (Tito 2:11).

2. Es ella que, en la actualidad, enseña al creyente, lo fortalece y lo afianza. Ella es plenamente suficiente: «Mi gracia te basta», dice el Señor a su siervo (2 Cor. 12:9).

3. Pronto será traída a la revelación de Jesucristo (1 Pedro 1:13). Se nos exhorta a tener plena esperanza en ella. Entonces se nos mostrarán, en los siglos venideros, las grandes riquezas de su bondad para con nosotros en Cristo Jesús (Efe. 2:7).

Herejía

El término herejía es un término griego (haeresis), que se traduce en la palabra de Dios como secta. Denota un error fundamental al que se adhiere tercamente, una doctrina que es anti escrituraria, es decir, opuesta a la doctrina santa de la Escritura. Al mismo tiempo, significa todos aquellos que se adhieren a esta falsa doctrina, la profesan y la propagan.

Este término se encuentra nueve veces en el Nuevo Testamento, seis de las cuales están en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Menciona varios partidos: la secta de los saduceos (5:17), la secta de los fariseos (15:5) y, para designar a los cristianos, la secta de los nazarenos, de la que el apóstol Pablo, según los judíos, era el líder (24:5).

En contraste con el fruto del Espíritu de Dios, las sectas son el fruto de las obras de la carne (Gál. 5:21). El apóstol Pedro, en su segunda epístola (2:1), anuncia que serán sectas de perdición, alejando a las almas para siempre de Dios.

El hombre sectario o hereje es aquel que, por sus propias opiniones que considera como la verdad, crea un partido (Tito 3:10). Se convierte en el centro de él. Así se separa de la Iglesia de Dios. Prácticamente rompe la unidad del Cuerpo de Cristo, ofende a Jesús, la única Cabeza del Cuerpo. “No está satisfecho con la verdad de Dios, se ha escrito, ni con la Iglesia de Dios” (JND). Un hombre así debe ser rechazado. Es un ser pervertido, peca. “Su alma se ha desviado del bien al mal” (H. Rossier).

Seamos atentos a la exhortación: «No os dejéis engañar por doctrinas diversas y extrañas; porque es bueno afirmar el corazón por la gracia» (Hebr. 13:9).

Idolatría

La idolatría, en la palabra de Dios, se presenta bajo un doble aspecto: material y moral.

1. Es, por un lado, la adoración de dioses distintos del único Dios verdadero, y por otro lado la adoración del Dios vivo y verdadero en forma de imágenes o ídolos. Apareciendo temprano en la historia, después del diluvio, ya fue practicada por los ascendientes de Abraham. Su padre era un idólatra, como Josué recuerda en sus últimas palabras (24:2). En la casa de Jacob había dioses extranjeros, llamados terafines, que eran considerados como protectores de la casa (Gén. 31:34; 35:2). El profeta Ezequiel, en el capítulo 20 de su libro, declara que el pueblo de Israel no ha dejado de ser un pueblo idólatra: en Egipto, en el desierto, en Canaán (v. 8:24, 28). Incluso Josué, al final de una vida de prosperidad, tuvo que decir a los hijos de Israel que quitaran los dioses a los que sus padres habían servido (24:14). Un profeta los llamará más tarde fabricantes de ídolos (Is. 45:16).

Las deidades extranjeras más frecuentemente nombradas en las Escrituras son: Baal, el dios de los cananeos; Astoret, la deidad de los sidonios; Moloc, la abominación de los hijos de Amón (1 Reyes 11:5, 7).

A menudo se enfatiza la inanidad de los ídolos: los ídolos vanos (Sal. 31:6), las vanidades del extranjero (Jer. 8:19), las falsas vanidades (Jon. 2:9). Lo mismo ocurre con su horror a los ojos de Dios: son abominaciones (Ez. 20:7). Es fácil de entender que la prohibición de la idolatría está a la cabeza de los mandamientos de la Ley del Sinaí: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éx. 20:3-6; Deut. 5:7-10).

En los días del cristianismo, se advierte a los creyentes que eviten todo contacto con la idolatría. Después de citar el ejemplo del becerro de oro erigido por los hijos de Israel en el desierto, el apóstol Pablo escribe: «Ni os hagáis idólatras… huid de la idolatría» (1 Cor. 10:7, 14). Ya había dicho a los corintios que el ídolo en sí mismo no era nada, pero que, cosa grave, detrás de él estaban los demonios, el propio diablo. Al sacrificar a los ídolos, se sacrificaba a los demonios. «No quiero que tengas comunión con los demonios» (1 Cor. 8:4; 10:20).

El apóstol Juan también habla de idolatría. Un dios que no sea el verdadero Dios y su hijo Jesucristo, es un ídolo. Los fieles, estando en la Verdad, ¿estarían todavía atraídos por los ídolos? Tenían que cuidarse de ello (1 Juan 5:21).

La palabra de Dios revela que habrá un retorno a la idolatría en el futuro Imperio Romano. Hoy en día hay una tendencia a despreciar a los idólatras de naciones distantes. Mañana, en nuestros países, se rendirá homenaje a «los demonios e ídolos de oro, plata, bronce, piedra y madera» (Apoc. 9:20).

2. La idolatría también es presentada bajo un aspecto moral. El mismo Señor Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y al Dinero», siendo el «Dinero» el dios de las riquezas al que el hombre adora (Mat. 6:24). Más tarde el apóstol hablará de los codiciosos, especificando que la codicia es idolatría (Efe. 5:5). Es uno de esos miembros morales que tenemos que mortificar (Col. 3:5).

Un ídolo, entonces, es lo que se interpone –personas o cosas– entre Dios y nuestro corazón. Cualquier objeto que, en el corazón, tome el primer lugar que solo pertenece a Dios, es un ídolo. A este respecto, la exhortación del apóstol Juan es de primordial importancia: «Hijitos, guardaos de los ídolos» (1 Juan 5:21).

Justificación

La justificación es el acto por el cual Dios declara justo al pecador que cree. ¿Cómo puede entonces el Dios justo justificar a un pecador cuando, según su justicia, solo puede exigir la muerte?

Jesús, el Hijo de Dios, el Santo y el Justo, se presentó para hacer la obra solo por la cual la cuestión de nuestros pecados, y aún más la cuestión del pecado, podía ser resuelta. Su preciosa sangre fue derramada: «Cristo murió por nuestros pecados» – «Una sola vez… ha sido manifestado para la anulación del pecado» (1 Cor. 15:3; Hebr. 9:26). “En su muerte respondió tan perfectamente a las exigencias de la justicia de Dios que Dios quedó plenamente satisfecho” (J.N.Darby). Por lo tanto, Dios puede ahora con justicia justificar a cada pecador que cree. Esta es la justicia justificadora de Dios: «para que él sea justo, justificando al que tiene fe en Jesús» (Rom. 3:26).

¿Cuál es, entonces, la base de nuestra justificación? –La sangre de Cristo: «estando justificados por su sangre» (Rom. 5:9).

¿Cuál es su origen? –La gracia de Dios: «siendo justificados gratuitamente por su gracia» (Rom. 3:24).

¿Cuál es el medio? –La fe: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios» (Rom. 5:1).

¿Cuál es la garantía de esto? –La resurrección de Cristo: «Jesús, Señor nuestro… entregado a causa de nuestras faltas, y fue resucitado para nuestra justificación» (Rom. 4:24-25).

¿Cuál es la consecuencia práctica de esto? –Las buenas obras: habiendo sido «justificados por su gracia… para que los que han creído a Dios sean solícitos en practicar buenas obras» (Tito 3:7-8).

El hombre pecador, por lo tanto, no hace obras para ser justificado, sino que, habiendo sido justificado, honra a Dios caminando en las buenas obras preparadas por Él mismo.

Ley

La Ley, o Torá en hebreo, es el conjunto de mandamientos dados por Dios al pueblo de Israel, a través de Moisés, en el Monte Sinaí. Se compone en primer lugar del Decálogo o los diez mandamientos (Éx. 20:2-17), luego por las muchas ordenanzas que encontramos en los libros del Éxodo, del Levítico, de Números y del Deuteronomio. Dada una primera vez, era la Ley pura, en virtud de la cual el pueblo culpable, habiéndose vuelto idólatra, solo podía ser maldecido y consumido por Dios. ¡Así que estas tablas fueron rotas! (Éx. 32:19).

Moisés quería reconectar al pueblo con Dios. Dada una segunda vez, la ley se mantuvo en sus exigencias, pero unida a la gracia, para que la justa ira de Dios no consumiera a los transgresores. Fue llamada la ley mitigada con la gracia (Éx. 33:19; 34:1, 6-7).

La ley de Moisés es una expresión que designa varios objetos:

1. el Decálogo (o, en griego, las diez palabras): «Jehová… escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos» (Éx. 34:28);

2. el Pentateuco (o, en griego, cinco objetos). Estos son los cinco libros de Moisés: «la ley de Moisés», «los profetas» y «los salmos», dice el Señor (Lucas 24:44);

3. Todo el Antiguo Testamento: Jesús habla de la ley de los judíos y cita el Salmo 82 (Juan 10:34). El apóstol también habla de ello citando al profeta Isaías (1 Cor. 14:21);

4. una economía: «la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1:17). El apóstol dice: «No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom. 6:14).

Así que la economía de la ley ha llegado a su fin. «El fin de la ley es Cristo para justicia, a todo el que cree» (Rom. 10:4). Sin embargo, el cristiano debe recordar que, si la autoridad judicial de la ley ha sido anulada por la muerte de Cristo, su significado moral permanece. No es salvado por las obras de la ley pero, en su vida práctica, respeta esa ley que «es buena, si alguno la usa legítimamente» (1 Tim. 1:8).

Mansedumbre

La mansedumbre es una actitud marcada por la humildad, la delicadeza y la bondad. Es la característica de un ser apacible, que no busca sobresalir, que no insiste en sus derechos. Así no es como los hombres hablan de ello. Presentan la mansedumbre bajo una luz peyorativa, diciendo que el manso es un ser débil, patético e insignificante. La Palabra de Dios, por el contrario, la describe como una virtud muy estimada. El creyente es exhortado repetidamente a darse cuenta. Como el llamado del profeta: «Buscad a Jehová… buscad justicia, buscad mansedumbre» (Sof. 2:3).

¿Es necesario decir que la mansedumbre se manifestó en perfección por el Señor Jesús, el que fue el hombre perfecto en todos los sentidos? Pudo decir: «Aprended de mí; porque soy manso y humilde de corazón» (Mat. 11:29). Más aún, el mismo evangelio habla de un rey manso. El Señor era el rey prometido al pueblo de Israel, que vino en humildad y humillación. Se cita la palabra del profeta: «Mira, tu rey viene a ti, manso y sentado sobre un asno» (Zac. 9:9; Mat. 21:5).

También pensamos en un salmo llamado mesiánico, que nos hace asistir a su triunfo real. Un día será visto como el Rey de reyes, el Señor de señores. Se le dirá: «En tu gloria sé prosperado; cabalga sobre palabra de verdad, de humildad y de justicia» (Sal. 45:4). Los hombres habrán despreciado la verdad y la justicia de Dios; no habrán sido alcanzados por la mansedumbre en el inexpresable don de su gracia. Como declara el apóstol, «no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos» (2 Tes. 2:10). Entonces tendrán que conocer “cosas terribles”, los temibles juicios de un Dios que es un Juez justo (Sal. 7:11). Tales juicios serán ejecutados por el Señor mismo, como lo anunció el apóstol Pablo al final de su discurso en Atenas un día (Hec. 17:31).

Pero hoy sigue siendo un día de gracia. El Señor Jesús vino a esta tierra para traer buenas noticias a los mansos (Is. 61:1). Recuerda estas palabras del profeta al principio de su ministerio en Nazaret, en la sinagoga: «El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ungió para anunciar buenas noticias a los pobres» (Lucas 4:18). Los mansos o los pobres son aquellos que reciben la buena noticia (o: evangelio) de Dios, humildemente por la fe, sin tener en cuenta a sí mismos y su razonamiento. ¿No está escrito que Jehová da gracia a los mansos? (Prov. 3:34; Sant. 4:6).

La Palabra de Dios a menudo subraya el hecho de que los mansos son objeto de desprecio u odio de los hombres. Los profetas en Israel han debido declarar que buscaban destruirlos, hacerlos desaparecer del país (Is. 32:7; Amós 8:4). Por otra parte, por parte de Dios, se les aseguran muchas bendiciones, como las delicias de una abundancia de paz, el gozo e incluso un gozo aumentado, la gloria (Sal. 37:11; 34:2; Is. 29:19; Prov. 18:12). También se dice que serán satisfechos, saciados, enseñados, fortalecidos, liberados (Sal. 10:17; 22:26; 25:9; 76:9; 147:6). El Señor mismo, en el discurso sobre la montaña, al comienzo de su ministerio, les concede una de las nueve bienaventuranzas del reino de los cielos (Mat. 5:5).

¿No hay en tales bendiciones un estímulo para ser mansos? El cristiano tiene un testimonio que dar al respecto. Será capaz de hacerlo en la medida en que mire al Señor. Esto es lo que hacía el apóstol Pablo. ¿Cómo exhortaba a los corintios que se atrevían a desacreditar su ministerio? ¿Fue con indignación y rabia? No: Pero yo, Pablo, «Os ruego por la mansedumbre y la bondad de Cristo» (2 Cor. 10:1). Fue imitando a su divino Maestro que pudo hablarles, a pesar de todo, con delicadeza y mansedumbre.

Este fiel siervo se nos da como ejemplo, para que deseemos manifestar una similar mansedumbre. Esta gracia nos será concedida en la medida en la que respondamos al llamado del Modelo perfecto: «Aprended de mí; porque soy manso y humilde de corazón» (Mat. 11:29).

Misterio

Los misterios son secretos velados al hombre. Solo se pueden conocer por revelación. Dios los reveló a sus siervos los apóstoles, especialmente el apóstol Pablo, que nos los han comunicados. Ellos mismos eran administradores o dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4:1). El creyente los recibe como tantas verdades que capta por la fe.

El Antiguo Testamento ya habla de misterios. «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios», está escrito, «mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre» (Deut. 29:29). El secreto del sueño del rey Nabucodonosor es un ejemplo de esto. Permaneció como algo oculto para los sabios de Babilonia, mientras que fue revelado a Daniel en una visión nocturna por Aquel que revela las cosas profundas y secretas (Dan. 2:19-22).

Los misterios del Nuevo Testamento son muchos: «Si tengo don de profecía, y entiendo todos los misterios…» (1 Cor. 13:2). A los efectos de su estudio a fondo, se ordenaron una vez en nueve categorías (P.F., M.E. 1967/176). Entre ellos hay algunos que nos son particularmente queridos: el misterio de la Persona y de las glorias de Cristo; el misterio de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo; el misterio de la Venida del Señor.

Todo misterio, entonces, ha sido revelado, pero solo lo conocen aquellos a quienes se les ha revelado. “Por eso el misterio, conocido por los santos, todavía se llama misterio” (Ecos de las Conferencias de Vevey 1902/141).

“Sin embargo, hay un misterio que permanece eternamente tal para nosotros y que Dios se reserva solo para sí mismo: es la unión de la divinidad y de la humanidad en una Persona. El Hijo nos revela al Padre, pero el Padre no nos revela al Hijo (Mat. 11:27). Dios guarda este misterio para sí mismo, y nosotros no podemos dejar de adorarlo” (Conferencias de Ginebra 1912/75, citadas por A.G. M.E. 1922/222).

Hay, por lo tanto, algunos misterios a los que dedicamos nuestra atención más que a otros:

1. El misterio de Dios, un misterio de gran alcance, del que la palabra de Dios habla dos veces. Es el misterio de las infinitas glorias de Cristo (Col. 2:2), así como el misterio de sus derechos finalmente reconocidos en la tierra. El misterio de Dios será entonces terminado (Apoc. 10:7).

2. El misterio de la piedad es el conocimiento de Dios manifestado en carne en la persona de Cristo. Se resume en Aquel que se hizo hombre. Él es el único secreto para producir toda la verdadera piedad en el corazón (H. Rossier).

3. El misterio del Cuerpo de Cristo, un misterio oculto de por los siglos en Dios, no revelado en el Antiguo Testamento. Es el misterio de la Iglesia o Asamblea (Efe. 3:9; 5:32).

4. El misterio de la venida del Señor: todos seremos cambiados. Los muertos en Cristo resucitarán, los vivos en Cristo serán transmutados (1 Cor. 15:51).

Por otro lado, en contraste con los altos misterios de la gracia, la palabra de Dios habla de varios misterios relacionados con el mal y su desarrollo. Este es esencialmente el misterio de iniquidad que ya operaba en el tiempo de los apóstoles y operará hasta el final. El secreto de esta efusión de iniquidad es el espíritu de independencia del hombre que finalmente tomará el lugar de Dios. Esta sustitución de Dios tendrá su expresión suprema en el Anticristo, el hombre de pecado, el inicuo. Por lo tanto, será consumido por el Señor Jesús por el aliento de su boca (2 Tes. 2:7-8). Tal fin ya fue anunciado por el profeta: con el espíritu de sus labios matará al impío (Is. 11:4).

El creyente no puede dejar de dar gracias a Aquel que ha querido revelarle tales verdades. Son misterios para el no creyente. Es de esperar que lleguemos a conocerlos mejor, pues está escrito: «Gloria de Dios es encubrir un asunto; pero honra del rey es escudriñarlo» (Prov. 25:2).

Nuevo nacimiento

Dos verdades básicas son presentadas, cuando el Señor Jesús le habla a Nicodemo de la necesidad de nacer de nuevo:

1. El hombre es fundamentalmente pecador, incapaz de salvarse a sí mismo. «Todos han pecado», dice el apóstol, «y están privados de la gloria de Dios» (Rom. 3:23). “¡Hombres morales o inmorales, religiosos o profanos, sobrios o inmoderados, honestos o atrevidos, jóvenes o viejos, cultos o ignorantes, ricos o pobres, todos son iguales ante Dios, es decir, pecadores!” (J.N. Darby). ¿Qué vamos a hacer con tales seres? –El profeta dijo: «Dejaos del hombre» porque «¿de qué es él estimado?» (Is. 2:22).

2. El hombre no pudiendo ser mejorado, debe nacer de nuevo, tener una nueva vida, una naturaleza absolutamente nueva, para poder encontrarse en relación con Dios, para «entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5).

El Señor enseña cuáles son las tres condiciones indispensables del nuevo nacimiento:

1. El hombre debe nacer del agua, es decir de la Palabra. Esta es representada bajo la imagen del agua por su acción purificadora (Samuel Prod’hom). La Palabra de Dios, que es la revelación de sus pensamientos, opera purificando al hombre de sus propios pensamientos e introduciendo los pensamientos de Dios en lugar de los del hombre. Él nos ha engendrado por la palabra de verdad, dice Santiago (1:18). Hemos sido regenerados por la viva y permanente palabra de Dios, dice Pedro en su primera epístola (1:23).

2. Debe nacer del Espíritu. La nueva naturaleza que el creyente posee es una naturaleza que procede del Espíritu de Dios. Lo que es de la carne es carne; lo que es de la carne no se mejora. Lo que nace del Espíritu se hecho partícipe de la naturaleza divina.

3. Al hombre finalmente se le pide que crea. «A todos cuantos lo recibieron, es decir, a los que creen en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios… los cuales… fueron engendrados… de Dios» (Juan 1:12-13).

¿No es una gran gracia de Dios ser llevado a aceptar simplemente el hecho de que el hombre está perdido, sin recursos propios? ¿No es una gracia aún mayor someterse humildemente a la acción de la palabra de Dios que golpea la conciencia por el poder del Espíritu y que, al ser recibida por la fe en el alma, produce una naturaleza que el hombre nunca había tenido antes?

Parábola

La palabra parábola es una palabra griega que significa similitud, comparación. La parábola, se ha escrito, es una breve narración cuyos diversos rasgos representan, por comparación, realidades de orden superior. ¿No es sorprendente que a lo largo de los siglos la palabra parábola haya dado el término “palabra”? ¿Qué más hay que decir, sino que las parábolas sacan a relucir la excelencia de las palabras de nuestro Señor?

Ya en el Antiguo Testamento hombres de Dios se expresaban en parábolas. El profeta Ezequiel, por ejemplo, recibió la misión de exponer varias de ellos. Así Jehová le dijo: «Hijo de hombre… compón una parábola a la casa de Israel», y el profeta dijo la parábola de las dos grandes águilas y el cedro (17:1-10). Más tarde, cuando presenta la parábola del bosque incendiado, se dice entre el pueblo: «¿Él no habla sino parábolas?» (20:49, V.M.). Finalmente, Jehová le dijo: «Habla por parábola a la casa rebelde», y el profeta dijo la parábola de la olla oxidada, la imagen de la ciudad impura de Jerusalén (24:3-14).

Doscientos años antes Jehová ya había recordado que a través de sus profetas había hablado en semejanza, en parábolas (Oseas 12:11).

El Salmo 78:2 dice: «Abriré mi boca en proverbios». Es una profecía que el Señor Jesús cumplió cuando puso ante las multitudes las parábolas del reino de los cielos. Este pasaje es en efecto citado en el Evangelio: «Todas estas cosas dijo Jesús a la multitud en parábolas… para que así se cumpliera lo dicho por el profeta… Abriré en parábolas mi boca» (Mateo 13:34-35).

Las parábolas del Nuevo Testamento tienen un autor único: el propio Señor Jesús. Las parábolas en sí son veintiocho.

Aparte de los Evangelios, el término parábola solo se encuentra en la Epístola a los Hebreos, dos veces, donde se traduce por la palabra figura:

1. el primer tabernáculo es una figura (o: parábola) para el tiempo presente (9:9).

2. Dios podía resucitar a Isaac incluso de la muerte, por lo tanto, también en figura (o: parábola) Abraham lo recibió (11:19).

La enseñanza parabólica del Señor tenía un doble propósito: la enseñanza de las multitudes y la enseñanza de los discípulos. Enseñó a las multitudes: Les enseñaba «muchas cosas en parábolas… pero a los de afuera todo se les enseña en parábolas» (Marcos 4:2, 11). Enseñó a sus discípulos: «En privado lo explicaba todo a sus propios discípulos» (Marcos 4:34). “Solo quien recibe a Cristo tiene la comprensión de los pensamientos de Dios, tanto hoy como entonces” (S.P.).

Por último, observamos que no se les dio a los apóstoles exponer parábolas. Habían tenido el ejemplo de su divino Maestro. Qué se puede decir, si no que, para componer relatos parabólicos, tan claros y vivos, se requería una aptitud admirable. Solo el Señor la poseía, en quien se encuentra todo poder y perfección. Además, estos relatos eran a menudo improvisados. Por ejemplo, cuando le preguntaron: «¿Quién es mi prójimo?» (Lucas 10:29), responde inmediatamente con la parábola del buen samaritano, llena de armonía y precisión en la sucesión de acontecimientos desde la salida de Jerusalén hasta la llegada a la posada. Tal es la armonía que habría tomado un largo tiempo de reflexión para cualquiera que no fuera Jesús para exponer esta parábola.

Con Eliú, viendo el poder de su Dios, decimos: «¿Qué enseñador semejante a él?» (Job 36:22).

Perfección

Los términos perfección y perfecto son a menudo mal interpretados. Mucha gente piensa que un hombre perfecto es un hombre tan libre de pecado que no viene a pecar más aquí en la tierra. Dios nunca dice eso.

La perfección se considera en la Palabra de Dios desde tres puntos de vista: la posición del creyente, su vida práctica, su futuro.

1. La posición de un creyente ante Dios es perfecta. Los sacrificios ofrecidos durante la economía de la ley no podían hacer perfecto al adorador, porque la ley no ha llevado nada a la perfección (Heb. 9:9; 7:19). Solo el sacrificio de Cristo puede hacerlo: «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebr. 10:14).

En varios pasajes la palabra perfecto puede ser traducida por la expresión: hombre hecho. «Hablamos sabiduría entre los perfectos» (o hechos hombres), dice el apóstol (1 Cor. 2:6). El hombre hecho es aquel que, habiendo comprendido más que el perdón de sus pecados, sabe que se ha convertido en “un hombre nuevo en Cristo, unido a Cristo, para ser visto solo en él” (H.R.). «Pensemos así todos los que hemos alcanzado la madurez espiritual» (Fil. 3:15), es decir, el sentimiento de aquellos que no solo conocen la cruz como “un mero medio de salvación más allá del cual no hay nada que alcanzar” (S.P.), sino que se dan cuenta de que están tratando con un Cristo celestial al que un día alcanzarán en la gloria del cielo.

Instruir a los creyentes acerca de su posición celestial era un aspecto del ministerio del apóstol Pablo. Enseñaba a todo hombre en toda sabiduría, para presentar a todo hombre perfecto en Cristo (Col. 1:28), es decir, consciente de la perfección de su posición en Cristo delante de Dios.

Recordamos de nuevo la exhortación de la Epístola a los Hebreos, que fue llamada el tratado de Dios sobre la perfección: «Dejando los rudimentos de la doctrina de Cristo, sigamos adelante hacia la perfección» (Hebr. 6:1). No contentándonos más solo con leche, que es para los niños pequeños, sino que tomamos el alimento sólido que es para los hombres hechos (Hebr. 5:14). Ya no nos detenemos en un Cristo, un Mesías terrenal anunciado por los profetas, sino que avanzamos en un conocimiento más elevado, el de un Cristo que ahora ocupa un lugar glorioso en el cielo.

2. La palabra de Dios también habla de la perfección práctica. Es digno de mención que la palabra perfecto, en términos de exhortación, se encuentra en las tres grandes revelaciones de Dios: a los patriarcas como El-Shaddai, el Todopoderoso; a los israelitas como Jehová, el Eterno; a los cristianos como Dios Padre.

a) Dios se le apareció a Abraham y le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto» (Gén. 17:1). En qué consistía esta perfección para el patriarca, sino en que él caminó a la altura del llamado con que fue requerido y confió en el poder todopoderoso de su Dios para esto.

b) Dios declaró a Israel: «Perfecto serás para con Jehová tu Dios» (Deut. 18:13). La perfección, en este pasaje, significa abstenerse de todas las abominaciones de los cananeos, es decir, ser fiel a Jehová rechazando toda forma de idolatría.

c) Jesús dijo a sus discípulos: «Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mat. 5:48). Él acaba de exhortarlos a amar a sus enemigos y a orar por los que los perseguían, porque –agrega– el Padre «él hace que su sol se levante sobre malos y buenos» (v. 45). El Padre, por lo tanto, ama a sus enemigos. Los discípulos serían entonces perfectos en la medida en que actuaran como Él.

También hay que señalar que, mientras que el Antiguo Testamento se habla de la perfección de un Noé o de un Job, desde el día de Pentecostés ya no se dice que tal o cual creyente era perfecto. “La razón es importante. El don del Espíritu Santo nos ha hecho capaces de discernir y juzgar el viejo hombre… en la plenitud de luz que nos ha traído la nueva economía” (J.N.Darby). El viejo hombre sigue ahí. Por lo tanto, no es cuestión de llegar a ser perfecto en la tierra en el sentido de alcanzar un estado en el que estaríamos sin pecado.

El apóstol Pablo pedía el perfeccionamiento de los santos en Corinto: «Perfeccionaros», les decía (2 Cor. 13:9, 11). Se trata, aquí también, de una perfección práctica, no la de la carne, que consistiría en llegar a no pecar más en la tierra, como lo expresa la teoría wesleyana del perfeccionismo. Es “un camino de progreso en la piedad, una conducta en el poder del bien a través de la acción del Espíritu Santo… la carne siendo mantenida en la muerte” (M.E. 1904/463). El apóstol usa este mismo término cuando habla del desarrollo espiritual de los creyentes para el bien de la Iglesia: para «perfeccionar a los santos» (Ef. 4:12).

3. Finalmente, la palabra de Dios habla de una perfección futura. Es la perfecta conformidad con Cristo en la gloria. El apóstol Pablo se regocijaba, cuando escribió: «No que ya lo haya alcanzado, o que ya sea perfecto; pero sigo adelante, esperando alcanzar aquello para lo cual también me alcanzó Cristo» (Fil. 3:12).

Los testigos de la fe, en el Antiguo Testamento, no podían alcanzar la perfección sin que se manifestaran aquellos de la economía actual, como está escrito: «para que no lleguen a la perfección sin nosotros» (Hebr. 11:40). Dios tenía algo mejor en mente para nosotros. En efecto, estamos unidos a un Cristo celestial, sentado en lo alto en gloria, lo que no era la parte de los patriarcas. Por lo tanto, “todos seremos perfectos, es decir, glorificados juntos, recordando, sin embargo, que hay una parte especial que pertenece a la Iglesia” (J.N.Darby). Todos juntos, desde el primer creyente del Antiguo Testamento hasta el último creyente de la Iglesia, habremos alcanzado la perfección, siendo hechos absolutamente como nuestro Señor, cuando lo veamos tal como es.

Propiciación

La propiciación es la obra por la cual Dios es hecho propicio al hombre. Ahora, ¿cómo el Dios santo puede ser hecho propicio, favorable al hombre pecador? Solo hay una respuesta: por medio de un sacrificio, es decir, el sacrificio de Jesucristo hecho de una vez por todas en la cruz del Calvario.

Esto es lo que ya enseñaba la ordenanza del propiciatorio, la tapa del arca, en el lugar santísimo del tabernáculo: «Allí me encontraré contigo, y hablaré contigo desde encima del propiciatorio» (Éx. 25:22). La tapa es un tipo de Cristo en su obra, como el arca lo es de Cristo en su persona. Está escrito: «Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciatorio mediante la fe en su sangre» (Rom. 3:24-25).

Esto también es lo que se enseñaba en la ordenanza del gran día de expiación según el capítulo 16 del libro de Levítico. Este capítulo es el corazón del Pentateuco o, si se prefiere, el corazón de Dios dirigido a su pueblo, «para hacer expiación por los hijos de Israel, a causa de todos sus pecados» (v. 34). Ese día la sangre de la ofrenda por el pecado era rociada sobre el propiciatorio –bajo los ojos de Dios– y delante del propiciatorio –en favor del pueblo (v. 15). Esta es una hermosa imagen del plan de Dios para hacer expiación (propiciación) para cada hombre.

En uno de los libros sagrados más antiguos, Eliú, hablando, ya dice: «(Dios) se compadece de él… yo he hallado un rescate» (Job 33:24). En el libro de Proverbios también está escrito: «Con la misericordia y la verdad se consigue perdón de la iniquidad» (Prov. 16:6). La gracia y la verdad vinieron a través de Jesucristo, quien murió por todos a causa de las iniquidades.

Finalmente, el profeta Isaías, todavía joven, pudo escuchar estas palabras tranquilizadoras cuando vio la aterradora gloria de Dios y se dio cuenta de su miserable estado: «He aquí, esta ha tocado tus labios… ya ha sido quitada tu iniquidad» (Is. 6:7). Si pudo haber propiciación para él, fue por el carbón encendido, el sacrificio del altar, la figura de la cruz de Jesús.

A la verdad de la propiciación está vinculada la noción de rescate. Ya encontramos esta conexión en el libro de Job: «He hallado –dice Dios– un rescate» (Job 33:24).

Está escrito en otro lugar: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim. 2:5-6). Por tanto, el hombre Cristo Jesús se entregó a sí mismo por todos, y en esto consiste la propiciación (H. Rossier). Desde el momento que se ha pagado el rescate, todo hombre está invitado a venir a Jesús, el Salvador.

La verdad de la propiciación no debe ser confundida con la verdad de la expiación. La expiación es la obra por la cual el Señor Jesús llevó los pecados de muchos, como está escrito: «El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mat. 20:28). Y otra vez: «Cristo, ha sido ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos, y aparecerá la segunda vez, sin relación con el pecado para salvación de los que le esperan» (Hebr. 9:28). Nunca se dice que el Señor haya cargado con los pecados de todos los hombres. Solo el creyente puede decir: “Cristo llevó mis pecados; él fue mi sustituto bajo los golpes de la ira de Dios por mis pecados”.

En resumen, la propiciación es la obra que se hizo entre Dios y Cristo. Cristo realizó la obra por la cual Dios puede ser propicio a cada hombre que viene a él. La expiación (o sustitución) es la obra que se hizo entre Cristo y el creyente. Porque solo el creyente puede bendecir a Dios que le ha dado un Salvador, que fue hecho pecado por él, para que llegue a ser justicia de Dios en él (2 Cor. 5:21).

Reconciliación

Desde que el pecado, por la transgresión de Adán, entró en el mundo, el hombre se ha alejado de su Creador. Se ha convertido en un enemigo de Dios, un extraño y enemigo en cuanto a su entendimiento en las malas obras (Col. 1:21). Es decir, si quiere reencontrar el camino de la bendición de nuevo, debe reconciliarse con Dios.

1) ¿Qué es la reconciliación? –Es el restablecimiento de las relaciones con Dios que el hombre, culpable, rompió; es el establecimiento de una bendita y pacífica relación con Dios (H. Rossier).

2) ¿Por qué medio puede tener lugar la reconciliación? –Solo hay uno: la obra de la cruz que el Señor Jesús realizó «en el cuerpo de su carne mediante la muerte» (Col. 1:22). También está escrito: «Siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo» (Rom. 5:10) y Dios «quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo» (2 Cor. 5:18).

Cabe señalar que nunca se dice que Dios se reconcilia con el hombre. Dios no se alejó del hombre, nunca se convirtió en su enemigo. Por lo tanto, no hay necesidad de que Dios se reconcilie con el hombre. Es el hombre el que es reconciliado con Dios, en cuanto ha puesto su confianza en Jesús y en su sacrificio.

3) ¿A quién se aplica la reconciliación? –Es doble, se aplica a las personas y a las cosas. Las personas: los que creen son reconciliados con Dios en el presente. Las cosas: la creación, que está mancillada por el pecado, los cielos y la tierra de ahora, no conoce todavía esta reconciliación. Pronto la conocerá, primero en el milenio y luego en el estado eterno, en el cual el mal será absolutamente desterrado (Col. 1:20-21).

Esta doble reconciliación ya estaba representada en el Antiguo Pacto. En el gran día de la expiación las personas, es decir, los sacerdotes y el pueblo, eran puestos bajo la aspersión de la sangre. Así era también para las cosas, el tabernáculo y los vasos (Lev. 16:33). La propiciación (expiación) es, en efecto, el fundamento de la reconciliación del hombre pecador y, cuando llegue el momento, el de la reconciliación del universo (M.E. 1867/407).

4) ¿Cuál es el objetivo de la reconciliación? –«Para… reconciliar a ambos, está escrito, en un solo cuerpo a Dios por la cruz» (Efe. 2:16). Los creyentes oriundos del pueblo hebreo y los creyentes de entre los gentiles ahora forman un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo. ¿Y por qué medio? –Por un solo medio, la cruz. Ambos son reconciliados con Dios a través de la cruz, de modo que ahora tienen libre acceso al Padre (Efe. 2:18).

5) ¿Cuál es el servicio de la reconciliación? –Es la proclamación de la reconciliación, de la que se ha dicho que es la más alta bendición del Evangelio (H. Rossier). «Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Cor. 5:18). Tal servicio fue hecho en primer lugar por el Señor Jesús, cuando vino en medio de los hombres: «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo» (v. 19). Después fue cumplido por los apóstoles: «Dios… dándonos la palabra de la reconciliación» (v. 19). Suplicaron por Cristo: «¡Reconciliaos con Dios!» (v. 20), y esta súplica todavía se escucha hoy en día.
En un tiempo muy lejano, Job ya había escuchado para sí mismo este llamado: «Traba amistad con él, te lo ruego, y estad en paz con él, que por ello te vendrá el bien» (Job 22:21). Reconciliación, paz y felicidad, son las bendiciones que el Evangelio revelaría un día en plenitud.

6) ¿Cuál es la base de la reconciliación? Es la obra de la cruz donde Dios hizo pecado por nosotros, Aquel que no había conocido el pecado (2 Cor. 5:21). Era necesario que Cristo, la santa Víctima, tomara el lugar del hombre pecador bajo el juicio de Dios, para que pudiéramos ser reconciliados con Él para siempre.

Redención

La redención es la obra por la cual Dios redime al hombre pecador liberándolo de un yugo de esclavitud. La liberación del pueblo de Israel de la tierra de Egipto, liberado del dominio de Faraón, es la imagen más elocuente de esto en el Antiguo Testamento. Es comprensible que el capítulo 15 del libro del Éxodo, el primer himno de las Escrituras, se haya titulado himno de la redención. Es digno de mención que Moisés, el instrumento elegido por Dios en ese momento, es llamado por Esteban el Redentor en el texto original, término que se traduce como liberador en Hechos 7:35.

A partir de entonces, Dios se ha presentado a menudo a su pueblo como el Redentor. Job ya podía decir: «Yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantará sobre la tierra» (Job 19:25). Más tarde el salmista declara: «Y con él, abundante redención» (Sal. 130:7). El profeta Isaías, más que ningún otro, no deja de repetir que el Señor es el redentor de Israel: «Así dice Jehová tu Redentor... Yo soy Jehová tu Dios, que te enseña para tu provecho, que te conduce en el camino por donde debes andar» (Is. 48:17).

Y es el mismo profeta que, hablando del futuro de Israel, anuncia la venida de un Redentor: «Y el Redentor vendrá a Sion… a los que se vuelven de la transgresión de Jacob». Entonces serán llamados «el pueblo santo, los redimidos de Jehová» (Is. 59:20; 62:12). El apóstol Pablo, al certificar que todo Israel será salvado, recuerda el primero de estos pasajes: «De Sion saldrá el libertador, que apartará de Jacob la impiedad» (Rom. 11:26). Un solo Redentor, un solo liberador, podrá realizar tal obra para el pueblo terrenal de Dios: el Señor Jesús, el Cristo, el Mesías. Entonces se dirá de los hijos de Israel y de los hijos de Judá, oprimidos, cautivos y refrenados, librados al fin: «Su Redentor es fuerte» (Jer. 50:34).

La obra de la redención es el fundamento mismo de la economía actual. Solo la sangre de Cristo, que fue derramada en la cruz del Calvario, puede redimir al hombre pecador: «por la redención que es en Cristo Jesús» (Rom. 3:24-25). Se dice en otra parte: «En quien tenemos redención por su sangre» (Efe. 1:7); el Hijo del amor del Padre, «en quien tenemos la redención» (Col. 1:14); «fuisteis rescatados... con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pe. 1:18-19).

Tal obra responde al estado del hombre natural que la Palabra de Dios presenta como un esclavo avasallado bajo diversos yugos. Ella lo libera de todas las ataduras: de Satanás, del pecado, de la ley, del mundo, de la muerte: «Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros» está escrito, «para redimirnos de toda maldad» (Tito 2:14).

La palabra de Dios habla de dos redenciones: la del alma y la del cuerpo. En la actualidad, el cristiano es un ser redimido en lo que respecta a su alma. La redención de su cuerpo está por venir: «Gemimos interiormente, aguardando… la redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8:23). Se dice que Jesucristo «nos fue hecho sabiduría por parte de Dios, y justicia, y santificación, y redención» (1 Cor. 1:30). La redención se cita en último lugar, porque es la coronación de lo que Cristo es para nosotros, es decir, la redención de nuestros cuerpos mortales. Añadamos que es para este día que fuimos sellados con el Espíritu Santo, «para el día de la redención» (Efe. 4:30).

¡Una redención eterna! Esto es lo que Cristo obtuvo por el valor infinito y efectivo para siempre de su sangre. La obra de la redención está definitivamente cumplida: «Cristo habiendo venido... por su propia sangre, ha entrado una sola vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo hallado eterna redención» (Hebr. 9:11-12). Esta es la porción eterna de todos los que le pertenecen. “Esta redención no es ni temporal ni transitoria; es una redención para la eternidad” (J.N.Darby).

Regeneración

El término regeneración (o, en el texto original, palingénesis) se encuentra dos veces en el Nuevo Testamento: en una conversación del Señor Jesús con sus discípulos y en una epístola del apóstol Pablo.

1. Los discípulos, que lo habían dejado todo para seguir a Jesús, un día le preguntaron qué sería de ellos. Les respondió que en la regeneración tendrían, en los días del milenio, el primer lugar en la administración del reino terrenal: sentados en doce tronos, juzgarían a las doce tribus de Israel (Mat. 19:28). Por lo tanto, habrá una regeneración en los días venideros, lo que significa que el estado actual de las cosas, como resultado del ejercicio de los juicios divinos, se renovará completamente bajo el dominio del Hijo del hombre (J.N. Darby).

2. El apóstol, refiriéndose a los diversos actos de Dios en el plan de salvación, escribe que nos salvó «según su misericordia, mediante el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo» (Tito 3:5)… El lavado de la regeneración expresa la verdad de nuestra participación por la fe en la muerte de Cristo que termina nuestra vida de pecadores y nos introduce en una nueva creación en Cristo resucitado. El hombre está lavado de sus viejos pensamientos, sus viejos deseos, sus viejos hábitos. Está hecho limpio para la presencia del Dios Santo.

¿Qué es entonces la regeneración? Es el paso de un viejo estado a un nuevo estado. Es una posición de bendición en la que, según Tito 3, el cristiano ha sido llevado. Liberado del poder de las tinieblas por Dios Padre, ha sido llevado al reino del Hijo de su amor (Col. 1:13). En esto consiste la regeneración. Sin embargo, según Mateo 19, solo tendrá su plena manifestación cuando el Señor se manifieste en su gloria (Henry Rossier).

Reino

El reino es uno de los grandes temas de la revelación divina. En el Nuevo Testamento se caracteriza por ciertas expresiones que es importante conocer y distinguir.

1. El reino de Dios: «Jesús vino a Galilea, predicando el evangelio [del reino] de Dios» (Marcos 1:14).

2. El reino de los cielos: «Comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos; porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mat. 4:17). Esta expresión se encuentra solo en el Evangelio según Mateo.

3. El reino del Padre: «Resplandecerán los justos, como el sol, en el reino de su Padre» (Mat. 13:43).

4. El reino del Hijo del hombre: «Algunos… de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino» (Mat. 16:28).

5. El reino de Jesús: «Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo... mi reino no es de aquí» (Juan 18:36).

6. El reino de Cristo y de Dios: «Ningún fornicario, o impúdico… tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Efe. 5:5).

7. El reino del Hijo de su amor: «dando gracias al Padre que… nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col. 1:13).

8. El reino del Señor: «El Señor… me preservará para su reino celestial» (2 Tim. 4:18).

9. El reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: «Se os dará amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 1:11).

10. El reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo: «El reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo ha llegado; y reinará por los siglos de los siglos» (Apoc. 11:15).

Estas son las diversas expresiones que el Espíritu de Dios utiliza para definir lo que es el reino, tal como es presentado en el Nuevo Testamento.

El Espíritu de Dios, por lo tanto, presenta el reino bajo diversos aspectos que no deben ser confundidos. ¿Cuál es su significado?

1. El reino de Dios

Es la esfera donde Dios gobierna, el dominio donde se ejerce el poder gubernamental de Dios (R.B.). Solo se puede entrar en él a través del nuevo nacimiento, como enseña el Señor: «A menos que el hombre nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5). Su alcance es principalmente moral o espiritual. Así escribe el apóstol Pablo: «El reino de Dios no es comer y beber, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom. 14:17). Todo creyente pertenece a tal reino. No es solo un hijo de Dios. También es un súbdito del reino. Como tal, debe obedecer y someterse a Dios, su Padre.

2. El reino de los cielos

Esta expresión contrasta con los reinos de la tierra. El rey Nabucodonosor debía entender que su reino permanecería con él cuando reconociera «que el cielo gobierna» (Dan. 4:26).

Solo el Evangelio según Mateo, el evangelio del rey prometido al pueblo de Israel, menciona el reino de los cielos. El Señor Jesús, el Mesías anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, apareció en la tierra, predicando el reino de los cielos. Al no haber sido recibido, no le fue posible establecer su reinado. El Señor se convirtió entonces en el rey escondido en el cielo, y el reino se establecería de forma misteriosa (S.P.). Esto es lo que dijo a sus discípulos: «A vosotros ha sido dado el conocer los misterios del reino de los cielos» (Mat. 13:11). Solo más tarde, cuando los hijos de Israel se arrepientan, que el reino ya no estará en misterio, sino en gloria y poder.

3. El reino del Padre

Es el cielo, el reino celestial donde el Padre tiene su morada. Los evangelios hablan del reino de mi Padre, el reino de vuestro Padre, el reino de su Padre.

El Señor Jesús, en la institución de la Cena, dijo del fruto de la vid: Lo beberé «nuevo con vosotros en el reino de mi Padre», es decir, en el cielo (Mat. 26:29). Antes había animado a sus discípulos diciendo: «Le ha agradado a vuestro Padre daros el reino» (Lucas 12:32). Ahora tenían que buscarlo, y todas las cosas necesarias de la tierra les serían dadas por encima. El Señor habla finalmente de los justos, de los que le han seguido: «Resplandecerán los justos, como el sol, en el reino de su Padre» (Mat. 13:43). No es el reino establecido en gloria en la tierra, sino la esfera celestial del reino, donde vivirán en dulce intimidad con Dios. En cuanto a los que han cometido iniquidad, su parte estará en el horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes.

4. El reino del Hijo del hombre

Es la esfera terrenal del reino de Aquel que, después de experimentar una profunda humillación, aparecerá en gloria: el «Hijo del hombre que viene… con poder y gran gloria» (Mat. 24:30). Entonces dominará sobre todas las obras de las manos de Dios, como declara el salmo 8 (A.L.). La escena de la transfiguración es una muestra de esta gloria, que el Señor ha otorgado a sus discípulos: «Hay algunos de los que están aquí, que de ninguna manera probarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino» (Mat. 16:28).

5. El reino de Jesús

Es el reino celestial del que Jesús es el Rey y del que habla a Pilato: «Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí». Como Hijo del hombre, más tarde establecerá su reinado en la tierra. Pero, por el momento, confiesa que no vino a reinar, sino a dar testimonio de la verdad (Juan 18:36-37). Esta es la hermosa confesión hecha por Cristo Jesús ante Poncio Pilato, de la que el apóstol Pablo habla a Timoteo (1 Tim. 6:13).

6. El reino de Cristo y de Dios

Al tener que heredar tal reino, el creyente debe manifestar aquí abajo los caracteres morales. Se le exhorta a caminar en el amor, como hijos de luz, como corresponde a los santos (Efe. 5:3, 5). Este reino se llama en primer lugar el reino de Cristo, el Ungido de Dios, porque es el que, introduciendo a los suyos a esta escena de eterna felicidad y gloria, será su Cabeza y su Centro. Se le llama entonces el reino de Dios, que recuerda al creyente que debe caminar de una manera digna de Dios que nos llama a su propio reino y gloria (1 Tes. 2:12).

7. El reino del Hijo de su amor

Es el reino, la esfera celestial del reino, el bendito reino del amor, donde el amor reina y lo domina todo. Liberados del poder de las tinieblas, hemos sido llevados allí por la gracia de Dios (Col. 1:13). Ya ahora, podemos contemplar “la adorable Persona del Hijo, que se nos presenta allí como las delicias eternas del Padre, como aquél sobre el que se derrama su amor” (R.H.).

8. El reino celestial del Señor

El apóstol Pablo, al final de su vida, sabía que sería liberado de toda obra maligna, de todo mal por parte del Maligno, del Enemigo de la obra de la gracia de Dios. Si incluso él fuera cortado de la tierra, sabía que, en cualquier caso, sería preservado para el reino de su Señor. Se iría a disfrutar de él, para siempre, en la gloria del cielo.

El apóstol habla del Señor muy a menudo en la Segunda Epístola a Timoteo, la última que escribió. Fue el Señor quien estuvo cerca de él y lo fortaleció. Será de nuevo el Señor quien lo recibirá en su reino celestial. Por eso, mientras lo espera, el corazón del valiente siervo lo adora: «¡A él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén» (2 Tim. 4:18).

9. El reino eterno de nuestro Señor

El reino eterno, el cielo donde nuestro Señor reina, pertenece a cada creyente. Sin embargo, la entrada en tal reino puede ser rica o pobre (H.R.). A aquellos que no han encontrado nada en el mundo, que han encontrado todo en su Señor, se les concederá una entrada rica. Pero a los que no se preocupan por las cosas de arriba, que han vivido persiguiendo las cosas de la tierra, solo se les dará una pobre entrada (2 Pe. 1:11).

El apóstol habla del reino celestial del Señor. El apóstol Pedro ve el reino eterno del Señor y Salvador Jesucristo abierto ante él. Pedro y Pablo eran conscientes de la autoridad de Aquel a quien servían y en cuya gloria estaban a punto de entrar.

10. El reino del mundo de nuestro Señor

Es el reino que pronto se establecerá, en gloria, en la tierra. Entonces habrá llegado «el reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo» (Apoc. 11:15), «El reino de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo» (Apoc. 12:10). Ya no será el mundo del que Satanás es ahora el jefe (Juan 14:30). Grandes voces en el cielo bendecirán a Dios porque los reinos del mundo habrán pasado a nuestro Señor y a su Cristo, el que una vez fue odiado, despreciado, rechazado por los hombres. La creación, que suspira y está en trabajo hasta ahora (Rom. 8:22), será bendecida de nuevo a través del ejercicio del reino bendito del Hijo de Dios (JND).

Debe reinar, escribe el apóstol (1 Cor. 15:25). Entonces, cuando todas las cosas le hayan sido sometidas, le dará el reino a Dios Padre, para que Dios sea todo en todos. Nuestro Señor, como hombre, entrará en la dependencia de su perfecta y eterna humanidad, permaneciendo como siempre ha sido, el único Hijo en el seno del Padre (H. R.).

Remisión

La remisión de los pecados no es otra cosa que el perdón de los pecados. Esta expresión, en el Nuevo Testamento, casi siempre se refiere al perdón de Dios, de Aquel que «será amplio en perdonar» (Is. 55:7).

¿Cómo puede entonces Dios, que es santo, conceder el perdón al hombre que es pecador? Lo puede en virtud de su gracia, del Hijo de su amor, de la sangre derramada en la cruz del Calvario.

1) En virtud de su gracia: «el Amado, en quien tenemos... el perdón de los pecados según las riquezas de su gracia» (Efe. 1:6-7).

2) En virtud del Hijo de su amor: «en quien tenemos la redención, el perdón de nuestros pecados» (Col. 1:14).

3) En virtud de la sangre de su cruz: «sin derramamiento de sangre no hay remisión», está escrito (Hebr. 9:22). El Señor Jesús dijo a sus discípulos en la institución de la Cena: «Esta es mi sangre, la del pacto, la cual es derramada por muchos, para remisión de pecados» (Mat. 26:28).

Por otro lado, ¿cómo se puede obtener la remisión de los pecados? –A través de la fe y el arrepentimiento.

1) Por la fe: «De este testifican todos los profetas, que todo aquel que en él cree, recibe perdón de pecados en su nombre» (Hec. 10:43).

2) Por medio del arrepentimiento: Juan el Bautista ya predicaba «el bautismo de arrepentimiento para remisión de pecados» (Marcos 1:4). Zacarías, su padre, había bendecido al Altísimo al profetizar que Juan irá un día «delante del Señor para preparar sus caminos, para que su pueblo conozca la salvación en la remisión de sus pecados; por la entrañable misericordia de nuestro Dios» (Lucas 1:77).

Más tarde, el apóstol Pedro, después de la venida del Espíritu Santo a la tierra, exhortó al pueblo: «Arrepentíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados» (Hec. 2:38).

El apóstol Pedro también dijo ante el Sanedrín: «A este, Dios exaltó con su diestra, para ser Príncipe y Salvador, para arrepentimiento de Israel, y perdón de pecados» (Hec. 5:31).

En su apología ante el rey Agripa, el apóstol Pablo recuerda que fue enviado al pueblo y a los gentiles «para que recibieran el perdón de los pecados» y que les anunció «que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas del arrepentimiento» (Hec. 26:18, 20).

El Señor Jesús, el día de la resurrección, después de una primera reunión en torno a él, envió a sus discípulos en el servicio que se les iba a confiar. Entonces sopló en ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonéis los pecados, les son perdonados; y a los que se los retengáis, les son retenidos» (Juan 20:22-23). Les comunicó una vida nueva, la vida del Espíritu. Por lo tanto, aquellos que la poseen tienen la capacidad de discernir quién tiene realmente la vida de Dios. Pueden afirmar al creyente que sus pecados son remitidos, perdonados, y certificar al incrédulo que sus pecados no son perdonados, que le son retenidos (Samuel Prod’hom).

El testimonio del Espíritu Santo da finalmente al alma toda la seguridad sobre la remisión de sus pecados: «Nunca más me acordaré de sus pecados o de sus iniquidades. Donde hay remisión de estas cosas, ya no hay más ofrenda por el pecado» (Hebr. 10:17-18). El sacrificio de Cristo, que quita el pecado para siempre ante los ojos de Dios, ha sido ofrecido. Es perfecto, no hay necesidad de ofrecer otro. La remisión de los pecados es definitiva.

Renuevo, Retoño, Brote

Los títulos de gloria de nuestro Señor Jesucristo son muchos y variados. Hay algunos que son bien conocidos, que son de particular valor para nosotros, como el Cordero de Dios, el Pastor, la Roca de los siglos. Hay otros que son menos familiares, como el título de Renuevo.

Este título se encuentra cinco veces en la Palabra de Dios. Es mencionado por los profetas: Isaías, Jeremías y Zacarías. Se ha llamado la atención más de una vez sobre la correspondencia de sus mensajes con lo que los Evangelios revelan de la gloria del Señor Jesús.

Isaías anuncia que «En aquel tiempo el Renuevo de Jehová será para hermosura y gloria… a los sobrevivientes de Israel» (4:2). Es Cristo quien es llamado el Renuevo de Jehová. Su divinidad, de hecho, se declara en estas pocas palabras, como se presenta en el Evangelio según Juan, el Evangelio del Hijo de Dios.

Jeremías a su vez anuncia: «He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David Renuevo justo, y reinará como rey» (23:5). Y un poco más adelante: «En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de justicia… No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel» (33:15, 17). ¿No tenemos aquí el mensaje de Mateo que presenta la persona del Rey Mesías?

En cuanto a Zacarías, transmite las palabras del Ángel de Jehová: «He aquí, yo traigo a mi siervo el Renuevo» (3:8). Es a través del Evangelio según Marcos que llegamos a conocer a Aquel que fue en esta tierra el siervo perfecto.

Zacarías también habla del Renuevo, diciendo: «He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo… llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono» (6:12-13). Las actividades reales y sacerdotales serán reunidas en los días del milenio en una sola persona, y esa persona no será otra que el Hombre Cristo Jesús. Se sabe que es en el Evangelio según Lucas donde se destacan las bellezas morales y la perfección de su humanidad.

Esta es la imagen de la gloria de Jesús, el Renuevo, según el testimonio de los profetas, corroborado por el de los evangelistas.

Sábado [Día de reposo]

El término sábado viene de un verbo del idioma hebreo que significa descansar, cesar toda actividad. El sábado es por lo tanto el signo del descanso de Dios. Se remonta a la creación: «Y fueron acabados los cielos y la tierra… Y Dios… descansó en el séptimo día de toda su obra que hizo» (Gén. 2:1-2).

Así que el sábado no es un signo puramente judío. Solo más tarde Dios ordenó el sábado como señal de un pacto perpetuo entre él y su pueblo: «Les di también mis días de reposo, para que fuesen por señal entre mí y ellos» (Ez. 20:12).

No carece de interés leer tres pasajes en los que, en el libro del Éxodo, se menciona el sábado. Esta mención del sábado siempre se relaciona con las grandes intervenciones de Dios con su pueblo:

1. El don del maná, una expresión de la fiel gracia de un Dios que cuidará de su pueblo: «Mañana es el santo día de reposo, el reposo consagrado a Jehová… Así el pueblo reposó el séptimo día» (Éx. 16:23-30).

2. El don de la ley, una expresión de las exigencias de Dios, que el hombre no podrá cumplir. El cuarto mandamiento del Decálogo es: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo… Jehová… reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» (Éx. 20:8-11).

3. El don de recursos para la edificación del tabernáculo, una expresión del deseo de Dios de habitar entre su pueblo: «vosotros guardaréis mis días de reposo… el día séptimo es día de reposo consagrado a Jehová» (31:12-17; 35:1-3).

Así, ya sea la gracia de Dios o la incapacidad del hombre para obedecer a Dios o el deseo de Dios de tener su morada entre los hombres, el sábado se menciona como el signo del propósito de Dios: llevar al hombre a su descanso.

Está claro que el sábado pertenece a la primera creación. Está escrito que cuando Dios terminó sus obras, descansó en el séptimo día (Hebr. 4:4). Sin embargo, este descanso fue de corta duración. La creación fue rápidamente estropeada, afeada, degradada como resultado de la transgresión del hombre, el primer Adán. ¿Cómo podía Dios entonces descansar en medio de una escena marcada por el pecado, la miseria y la muerte? Dios entonces trabaja de nuevo para hacer feliz al hombre llevándolo a su descanso. Esto es lo que dijo el Señor Jesús después de curar a un lisiado en sábado: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo» (Juan 5:17).

El Señor continuaba trabajando en la curación y la liberación, a menudo en un día de descanso. ¿No era el Hijo del hombre, el Señor del sábado? Podía disponer de él como le pareciera conveniente (Marcos 2:28). Fue de un lugar a otro haciendo el bien hasta que llegó el día de la gran obra de la salvación del hombre. Murió en la Cruz y, lo más significativo, pasó el día de reposo en la tumba. Luego, al día siguiente, fue resucitado. Tiene un nuevo día, el día de una nueva creación, el día de entrada en la dispensación de la gracia, el primer día de la semana. La primera creación, y con ella la Ley y el sábado, llegó a su fin con la muerte de Cristo. Por lo tanto, la observancia del sábado ya no es necesaria. Es un error, incluso un sin sentido, obligar a un hijo de Dios a observar el sábado hoy. Una nueva creación, la creación de Dios, de la cual Cristo mismo es el principio (Apoc. 3:14), nació como resultado de su resurrección. Por lo tanto, es otro día que el cristiano está llamado a observar: el primer día de la semana (y no el último), el domingo, es decir, el día del Maestro, del Señor.

La palabra de Dios habla muy a menudo del sábado, pero rara vez del día de domingo. Sin embargo, este día se menciona al menos una vez en las cuatro partes constituyentes del Nuevo Testamento (los Evangelios, los Hechos, las Epístolas y el Apocalipsis), lo que indica nuevamente su importancia.

1. En los Evangelios: «El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro por la mañana» (Juan 20:1).

2. En Hechos: «el primer día de la semana, cuando nos reunimos para partir el pan» (20:7).

3. En las epístolas: «Que cada uno de vosotros se aparte en su casa cada primer día de la semana, acumulando a medida que prospera» (1 Cor. 16:2).

4. En el Apocalipsis: «Yo estaba en el Espíritu el día del Señor» (1:10), el día del Dominador o del Señor.

Finalmente, hay un pasaje en la Epístola a los Hebreos que debería llamar nuestra atención. Está escrito: «Queda, pues, un descanso sabático para el pueblo de Dios» (4:9). Dios descansó después de las obras de la creación, pero este descanso, debido al pecado del hombre, no duró mucho. Josué llevó a los hijos de Israel a Canaán, pero debido a su infidelidad no tuvieron un verdadero descanso. Queda, pues, un descanso sabático, no un nuevo sábado, sino, según el texto original, un descanso sabático, es decir, un descanso que permanece, que ya nada perturbará. Tal descanso será realizado en la tierra por el pueblo de Israel en los días del milenio. El reposo de nuestro Señor, la raíz de Isaí, será la gloria allí, dice el profeta (Is. 11:10). En el cielo será la porción de la Iglesia, el pueblo celestial de Dios. En el estado eterno, donde Dios será todo en todos, Dios podrá finalmente descansar en su amor (Sof. 3:17). Todos los que le pertenecen descansarán en su descanso (M.E. 1892/396).

Salvación

Leyendo los numerosos pasajes de las epístolas que hablan de la salvación, uno se da cuenta de que este término no siempre tiene el mismo significado. El Espíritu de Dios habla de hecho de una salvación pasada, llamada inicial; de una salvación presente o actual; de una salvación futura que será, a la vuelta del Señor, la plena liberación del mundo de aquí abajo. El creyente sabe que es salvo por la gracia y por la fe en la obra de la cruz. Pero también sabe que debe ser custodiado y liberado durante su vida, donde abundan los riesgos y peligros.

Esto es lo que, entre otros pasajes, la Epístola a los Hebreos enseña. La salvación, mencionada no menos de siete veces, se presenta en sus tres aspectos:

1) La salvación inicial, cuando el autor de la epístola habla de «una salvación tan grande» (2:3), del «autor de la salvación» (2:10), del «autor de eterna salvación» (5:9), o de «cosas mejores y que conciernen a la salvación» (6:9).

2) La salvación actual, cuando presenta a Cristo que intercede por nosotros y que puede salvarnos enteramente, es decir, hasta el fin de nuestra carrera aquí en la tierra (7:25). “Él nos salva, nos libera y nos garantiza a través del duro trabajo y de los peligros de la vida presente” (M.E. 1893/33).

3) Salvación futura, cuando se habla de creyentes, herederos de la salvación (1:14) o, en un séptimo y último pasaje, de la aparición del Señor «para salvación de los que le esperan» (9:28).

Es hacia esa meta que nos dirigimos, la salvación que será consumada en la gloria, como a veces cantamos. Es a tal salvación –nuestra propia salvación por la que tenemos que trabajar con temor y temblor (Fil. 2:12) en un mundo que siempre hará todo lo posible para impedirnos alcanzar la meta propuesta (M.E. 1916/175).

Tribulación

El vocablo tribulación es un término que se encuentra a menudo en la palabra de Dios. Según el Nuevo Testamento, la tribulación puede definirse como la aflicción que surge de la persecución del mundo contra los testigos del Señor. Cabe señalar que la palabra griega “thlipsis”, citada no menos de 45 veces, se traduce a veces por la palabra tribulación y a veces por la palabra aflicción. Así, en el libro de los Hechos (11:19) se habla de «la persecución provocada por lo de Esteban», mientras que el apóstol ruega a los hermanos de Éfeso que no se desanimen a causa de sus aflicciones (o: tribulaciones) por ellos (Efe. 3:13).

La tribulación es presentada como una prueba necesaria. El Señor Jesús dice a sus discípulos: «En el mundo tendréis tribulación; pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Sus siervos, más tarde, advierten a los fieles que «era necesario pasar por muchas aflicciones para entrar en el reino de Dios» (Hec. 14:22). El apóstol también escribe: «Estas aflicciones; porque vosotros mismos sabéis que a esto estamos destinados» (1 Tes. 3:3).

Los frutos que provienen de la tribulación para gloria de Dios son diversos. Hay tres que recordamos:

1. Produce «la paciencia», incluso «la tribulación produce paciencia», escribe el apóstol (Rom. 5:3; 2 Cor. 6:4).

2. Refuerza la esperanza: «Ya que nuestra ligera aflicción momentánea produce en medida sobreabundante un peso eterno de gloria» (2 Cor. 4:17).

3. Incluso va acompañada de gozo. Esta es una manifestación extraordinaria de la vida de Dios. De hecho, se dice que algunos creyentes recibieron «la palabra en medio de mucha aflicción, con el gozo del Espíritu Santo» (1 Tes. 1:6).

Todo creyente que desea ser fiel al Señor debe esperar sufrir tribulación. Recordamos que el Señor Jesús dijo a sus discípulos que tendrían tribulaciones en el mundo. Pero, al mismo tiempo, se les daría la oportunidad de soportarla, mientras miraban a Aquel que venció al mundo, a Aquel que pasó por él como hombre venido del cielo, sin dejarse influenciar por sus principios (S. Prod-hom).

El apóstol Pablo pudo escribir: «Atribulados en todo, pero no angustiados» (2 Cor. 4:8). También podía glorificarse de algunos creyentes a propósito de la paciencia y de la fe de ellos en las persecuciones y tribulaciones (2 Tes. 1:4-7).

La Iglesia, desde la primera hora, supo lo que era la tribulación. Al ángel de la congregación de Esmirna, el Señor le dijo: «Conozco tu tribulación». Era necesario que la Iglesia, que había abandonado su primer amor, aprendiera que era el cielo, y no la tierra, lo que era su porción (J.N.D.). También le dice: Tendrás «tribulación durante diez días», un nuevo, aunque limitado, tiempo de persecución, en el que se permitiría a Satanás desatar su furia contra los cristianos (Apoc. 2:9-10). Hubo, en efecto, diez períodos de intensa persecución bajo los emperadores romanos, desde los días de Nerón hasta los días de Diocleciano, bajo cuyo gobierno tuvo lugar la última gran persecución (A.L.).

En cuanto al pueblo de Israel, la Palabra de Dios enseña que tendrá que pasar todavía por una tribulación extrema, antes de que se establezca el reinado de mil años. Los profetas lo predecían, Daniel, por ejemplo: «Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces» (12:1). El propio Señor Jesús advierte a sus discípulos: «Habrá entonces gran tribulación, como no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni jamás la habrá» (Mat. 24:21). Será un tiempo terrible más allá de toda expresión, que durará tres años y medio o 1260 días (Apoc. 12:6).

«Yo Juan, que soy tu hermano, participo contigo en la tribulación y en el reino y en la paciencia de Jesús» (Apoc. 1:9). El apóstol estaba pasando por la tribulación y, con paciencia, esperaba el reino, el reino del que iba a hablar en el libro del Apocalipsis.

Unción

La unción, según la palabra de Dios, se considera bajo dos ángulos: material y espiritual.

La unción material es el acto que consiste en verter aceite sobre ciertas personas o cosas.

La primera unción de la que habla la palabra de Dios es la unción de una cosa. Jacob en Betel erigió en estela la piedra de la que había hecho su cabecera y vertió aceite en su parte superior en recuerdo de la presencia y las promesas de Dios (Gén. 28:18).

La segunda unción es la de la Tienda de asignación y sus diversos objetos con el aceite de la santa unción, «Harás… ungüento, según el arte del perfumador» (Éx. 30:25-29).

También se menciona la unción de personas. Estos son principalmente sacerdotes, reyes y profetas.

1. Los sacerdotes eran ungidos con aceite (Éx. 29:21). La unción de Aarón fue abundante, como el sacerdote que «El aceite de la unción, rociarás sobre Aarón» por ejemplo, en la ordenanza de las ciudades de refugio (Núm. 35:15).

2. Los reyes también fueron ungidos. Jotam, el hijo del Juez Jerobaal, es el primero en hablar en su alegoría de una unción (elección) real (Jueces 9:8). La Palabra de Dios cita los nombres de varios reyes que fueron ungidos: Saúl, David, Salomón, Jehú, Joas, Joacaz. De David, Jehová mismo declara: «Lo ungí con mi santa unción» (Sal. 89:20).

3. Los profetas, en un salmo, están puestos en el rango de los ungidos: «No toquéis, dijo, a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas» (Sal. 105:15). De hecho, Eliseo es el único profeta del que se habla de unción: «A Eliseo… ungirás para que sea profeta en tu lugar», dice Dios al profeta Elías (1 Reyes 19:16). No se dice si esta unción realmente tuvo lugar en forma de unción de aceite. Además, en ninguna parte de la Escritura aparece que los profetas inauguraran su ministerio con una unción.

La unción espiritual es un resultado directo de la intervención del Espíritu Santo. Es, ante todo, una prerrogativa del propio Señor Jesús. Varios salmos ya lo han proclamado: «Príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo», «Te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Sal. 2:2; 45:7).

Jesús es el Mesías (en hebreo) como es el Cristo (en griego), el Ungido. El profeta Daniel anuncia que el Mesías sería cortado y no tendría nada (9:26). Andrés le dice a su hermano: «Hemos hallado al Mesías (que traducido es el Cristo)». La mujer de Samaria dijo: «Yo sé que el Mesías viene (el cual se llama el Cristo)» (Juan 1:42; 4:25).

En el bautismo en el Jordán, el Espíritu de Dios vino sobre él (Mat. 3:16). En Nazaret, al ir a Galilea, Jesús cita las palabras del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ungió para anunciar buenas noticias a los pobres» (Lucas 4:18). Más tarde los apóstoles hablan de Jesús como el santo siervo a quien Dios ungió, y el apóstol Pedro le cuenta a Cornelio cómo Jesús, que es de Nazaret, fue ungido con el Espíritu Santo y de poder durante su ministerio (Hec. 4:27; 10:38).

La unción espiritual, por otro lado, es la parte del creyente. «Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios; que también nos selló, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor. 1:21). El apóstol Juan certifica que los creyentes tienen la unción del Santo y conocen todas las cosas (1 Juan 2:20). Por lo tanto, son ungidos con el Espíritu Santo, a través del cual tienen conocimiento de los pensamientos de Dios. Sellados con el Espíritu Santo, tienen plena seguridad de su relación con Dios. Finalmente tienen las arras del Espíritu en sus corazones, una esperanza segura en cuanto a la herencia eterna que se ha prometido.

No hay que olvidar que tal unción se concede como resultado de la obra de la expiación. Al Señor Jesús se le concedió en virtud de su propia perfección.

Nota del editor:

En el Nuevo Testamento la unción del Espíritu Santo da al cristiano la fuerza y la capacidad de conocer los pensamientos de Dios y la verdad (es decir, distinguir la verdad del error).

La unción también lo hace a uno apto para el servicio como vemos en el Antiguo Testamento donde la unción era un signo de consagración. Especialmente para los reyes, para los principales sacerdotes, incluso un altar, y para el leproso curado (Lev. 14:18, 29).

Para el leproso, lea el comentario, en este portal, de G.C. Willis: «La Ley del leproso».

Verdad

La verdad, esa absoluta conformidad del pensamiento y de la palabra con la realidad, se encuentra solo en Dios. Es la revelación de sí mismo en amor y en gracia, así como en justicia y en juicio, que las Escrituras presentan de manera perfecta (Messager Évangélique 1869/116).

Según el Antiguo Testamento Jehová es la verdad. El profeta declara: «Jehová es el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno» (Jer. 10:10). Por lo tanto, la ley que dio al pueblo de Israel solo puede ser la verdad: «Tu ley la verdad… todos tus mandamientos son verdad… la suma de tu palabra es verdad» (Sal. 119:142, 151, 160). Nehemías nos recuerda: «Hablaste con ellos desde el cielo, y les diste… leyes verdaderas» (9:13).

La verdad divina es inmutable. La verdad de Jehová permanece para siempre (Sal. 117:2). En este salmo de solo dos versículos, habla primero de la bondad de Jehová. Después habla de la verdad. La bondad y la verdad se citan a menudo juntas en el Antiguo Testamento, pero siempre la bondad primero o algún otro carácter del amor divino. Eliezer, el sirviente, podía bendecir a su Dios que no se había apartado de su gracia y de su verdad (Gén. 24:27). El Rey David deseaba que la bondad y la verdad acompañaran a Itai (2 Sam. 15:20). David vuelve a declarar: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad» (Sal. 25:10).

¿Cuál es la gloriosa revelación de la verdad que da el Nuevo Testamento? Escuchamos la voz del Evangelio: «La ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». Pero antes de eso, oímos hablar de la gloria de tal persona, el Hijo único del Padre: «Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:17, 14), –la gracia que primero atrae al pecador a Dios, y luego la verdad que le dice lo que es ante Dios: un pecador digno de muerte.

Los apóstoles fueron levantados para presentar la verdad de Dios, como un apóstol Pablo que habla de la verdad que está en Jesús (Efe. 4:21) o un apóstol Pedro que, a causa del error que se extiende, anuncia que el camino de la verdad será blasfemado (2 Pe. 2:2). Sin embargo, es al apóstol Juan a quien se le ha dado la tarea de exponer, doctrinal y prácticamente, lo que es la verdad. Al principio de su evangelio presenta la persona del Hijo de Dios, «lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). En medio del evangelio el Señor Jesús declara: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6) –el camino que conduce a Dios; la verdad que es la revelación de lo que Dios es, lo que piensa, lo que dice; la vida que es la nueva naturaleza del creyente que le permite estar en comunión con Dios como su Padre. Al final del evangelio Jesús revela que vino al mundo para dar testimonio de la verdad. Hay algunos que la reciben, otros que la rechazan. El que «es de la verdad», dice, «oye mi voz» (Juan 18:37).

Dirigiéndose a Dios, su Padre, en nombre de sus discípulos, dijo: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad» (Juan 17:17). Solo la Palabra puede mantenernos alejados del error, de la mentira, de todo lo que no sea para la gloria de Dios. El apóstol Juan, en sus epístolas, dice al hablar del testimonio que el Espíritu rinde a Jesús, el Cristo, que vino por el agua y la sangre: «El Espíritu es la verdad» (1 Juan 5:6). Y termina su primera epístola exaltando la grandeza de Aquel que vino: «Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Juan 5:20). En la segunda y tercera epístolas insiste de nuevo en el tema de la verdad. En la tercera incluso habla de ello siete veces. El sustantivo verdad se lee seis veces y el adjetivo verdadero una vez.

Es un inmenso privilegio conocer la verdad. El sabio, el rey Salomón, ya decía dirigiéndose al joven en particular: «Compra la verdad». Quería que supiera personalmente el precio de la misma. De ahí la otra exhortación: «No la vendas» (Prov. 23:23).

Al final de estas pocas consideraciones recordamos dos garantías que Dios nos da en relación con la verdad. Por un lado: «para animaros y aseguraros que la gracia en la que estáis es la verdadera gracia de Dios» (1 Pe. 5:12). Por otro lado: «la verdad que permanece en nosotros, y estará con nosotros para siempre» (2 Juan 2).

Voluntad

Está escrito que «Dios nuestro Salvador… quiere que todos los hombres sean salvos» (1 Tim. 2:3-4). Esta es la voluntad de Dios para todos. Pero el hombre, en su oposición a Dios, se niega a responder a este llamado. El rey Salomón ya dijo sobre las invitaciones de la Sabiduría divina: «Desechasteis todo consejo mío… mi reprensión no quisisteis» (Prov. 1:25). El profeta diría más tarde: «En descanso y en reposo seréis salvos… Y no quisisteis» (Is. 30:15). Otro profeta confirmará esta negativa: «La casa de Israel… no me quiere oír a mí» (Ez. 3:7). Y qué les dijo el Señor Jesús a los judíos: «No queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:40). Estos pasajes muestran claramente que la voluntad del hombre es absolutamente opuesta a la voluntad de Dios.

Pero a los que han respondido a sus llamados, Dios les declara que las ricas bendiciones que les corresponden emanan de su voluntad: sus santos, a quienes «quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio», es decir, el misterio de las glorias de Cristo y de la asamblea (Col. 1:27). Este es el lado de la voluntad de Dios en gracia, de un Dios que quiere bendecir. Pero también está el lado de nuestra responsabilidad hacia esta voluntad. Está escrito: «Transformaos por la renovación de vuestra mente; para que comprobéis cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios» (Rom. 12:2).

El apóstol, escribiendo a los hermanos de Éfeso, describe ante ellos la altura de las bendiciones con las que son bendecidos en Cristo y muestra que su origen está en la voluntad de Dios. Al principio de la epístola vemos que se menciona tres veces:

1. El buen placer de su voluntad, según la cual fuimos adoptados por él a través de Jesucristo.

2. El misterio de su voluntad, según la cual decretó dar a Cristo la supremacía sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra.

3. El consejo de su voluntad, que quiso asociar a sus hijos con Cristo en esta posición de gloria suprema (Efe. 1:5, 9, 11).

Pero para que la voluntad de Dios se cumpliera, la obra de la redención tenía que tener lugar. El Señor Jesús vino a esta tierra para cumplirla. Al entrar en el mundo, dijo según la profecía del Salmo 40: «He aquí, vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (v. 7-8). A lo largo de su ministerio había dicho: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió, y acabar su obra» (Juan 4:34). Y cuando dejó este mundo, pudo declarar: «Cumplido está», esa voluntad está hecha (Juan 19:30).

En Hebreos 10, donde se cita el Salmo 40, se mencionan las tres personas de la Divinidad:

1. La voluntad de Dios Padre, la fuente divina de nuestra redención (v. 7).

2. El sacrificio de Cristo, el Hijo, la obra divina hecha una vez para siempre, por la cual hemos sido santificados (v. 10).

3. El testimonio divino e infalible del Espíritu Santo: «De sus pecados e iniquidades no me acordaré más» (v. 17).

Durante su vida en la tierra el Señor expresó claramente su voluntad, pero nunca en relación a lo que le concernía personalmente. Al principio de su ministerio, en presencia de un leproso, dijo: «Quiero, sé limpio». Y la lepra del enfermo desapareció (Marcos 1:41). Al final de su ministerio, oró a su Dios: «Padre, deseo que donde yo estoy, también estén conmigo aquellos que me has dado, para que vean mi gloria que me has dado» (Juan 17:24). Este es el «deseo» de la gracia y el «deseo» de la gloria, el principio y el fin de nuestra nueva vida.

Pero en el huerto de Getsemaní, en la hora de la agonía, de la batalla suprema, después de decir: «Mi alma está inmensamente triste, hasta la muerte», gritó: «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa! Pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mat. 26:38; Lucas 22:42). No hace su voluntad, nunca la había hecho antes. En paz, acepta la copa de la ira de Dios (J.N. Darby). Perfecto en su obediencia y devoción a Dios, no podía dejar de desear hacer la voluntad de Aquel que lo había enviado (Samuel Prod’hom) y que lo sometía al sufrimiento, mientras entregaba su alma como sacrificio por el pecado (Is. 53:10).

Aún es importante considerar varios pasajes en los que se exhorta al creyente a hacer la voluntad de Dios.

El apóstol Pablo, en una de sus apologías, recuerda que fue elegido para hacer la voluntad del Dios de sus padres (Hec. 22:14), la cual era anunciar la gracia de Dios a las naciones y revelarles el misterio de la Iglesia. En más de una ocasión, al hablar de sus viajes, se refiere a esta voluntad. Así, cuando sale de Éfeso para ir a Jerusalén, dice a los hermanos que volverá a ellos, «si Dios quiere» (Hec. 18:21). Al principio de la Epístola a los Romanos, escribe: «Que si es la voluntad de Dios, me sea de algún modo posible hacer por fin un viaje para ir a veros». Y al final: «Para que llegando con gozo a vosotros, por la voluntad de Dios» (1:10; 15:32).

De hecho, todo hijo de Dios ha sido convertido, no para «que no viváis más tiempo en la carne según los deseos de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios» (1 Pe. 4:2). Se le exhorta a discernir «cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios» (Rom. 12:2); a entender «cuál es la voluntad del Señor» (Efe. 5:17); a permanecer perfecto y asegurados «en toda voluntad de Dios» (Col. 4:12); y finalmente a hacer la voluntad del Dios de paz (Hebr. 13:21).

Ya sea en la oración o en la acción de gracias, la voluntad de Dios es primordial. Él nos escucha, se dice, «si pedimos algo conforme a su voluntad» (1 Juan 5:14). En todas las cosas tenemos que dar gracias, «porque tal es la voluntad de Dios en Cristo Jesús» para nosotros (1 Tes. 5:18).

Al recordar tales pasajes vemos lo lejos que estamos de buscar siempre la voluntad de Dios. Decimos fácilmente si Dios quiere y, en realidad, hacemos nuestra propia voluntad, como lo hace el hombre natural, el hombre que no tiene la vida de Dios, el hombre cuya voluntad pervertida es la regla de sus acciones (C.F. Recordon).

Se acercan los días –los días del Reino– en los que solo se hará la voluntad de Dios en esta tierra. Esta es la verdad profética que el Señor Jesús expresó a sus discípulos cuando, enseñando la llamada oración dominical, les dijo que oraran así: «Padre nuestro, que estás en los cielos… Sea hecha tu voluntad, así en la tierra como en el cielo» (Mat. 6:10). Entonces la voluntad del Padre será la única guía para los súbditos del reino en este mundo, que siempre ha sido una provincia rebelde (C.F. Recordon).

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