El relajamiento de los principios cristianos

13 de octubre de 2023

Dejo a todos mis hermanos esta palabra:

«Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, haced también vosotros. Y sobre todas estas cosas, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo, a la cual fuisteis llamados en un solo cuerpo, gobierne en vuestros corazones; y sed agradecidos» (Col. 3:13-15).

A los hermanos, que están ocupados en la Obra, les dejo esta otra palabra:

«Porque digo, por la gracia que me fue dada, a cada uno de los que están entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense con cordura, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno» (Rom. 12:3).

 

Que el Señor suscite entre los hermanos jóvenes corazones devotos, alimentados por su Palabra, perseverantes en la oración para ser empleados en su obra, siervos de la Asamblea, llenos de celo por el Evangelio, de energía para el combate, y que sean guardados sin tropiezo hasta el día de Cristo.

En conclusión, deseo prevenir particularmente a los hermanos contra 2 peligros: el primero, el de la mundanidad, que hoy se manifiesta en el interés por las cosas del mundo, en proporción al cual disminuye el interés por la Palabra de Dios; y el segundo, el latitudinarismo [1], que sería la ruina absoluta del testimonio que el Señor nos ha confiado. El amor fraterno es tanto más verdadero, cuando va unido a un caminar más estrecho, es decir, a una obediencia estricta a toda la Palabra de Dios. Estas cosas son el ardiente deseo de vuestro débil hermano en Cristo.

[1] Doctrina y actitud adoptada por algunos teólogos anglicanos en el siglo 17 que defienden que hay salvación fuera de la Iglesia, rechazan los dogmas, dan la preferencia a la razón sobre la Biblia y las tradiciones, y propugnan una amplia tolerancia en materias religiosas.

Autor: H. Rossier

Fuente: «Messager Évanglique», 16 de noviembre de 1921

1 - Sois demasiado estrictos

Sois demasiado estrictos: tal es la acusación que ahora se oye en la boca de muchas personas, contra los que quieren caminar en obediencia a las enseñanzas de la Palabra de Dios. Puesto que esta Palabra debe ser nuestra única regla de conducta, veamos lo que nos dice sobre el camino que hemos de recorrer y sigámoslo.

En el capítulo 7 del Evangelio según Mateo, versículos 13-14, encontramos una puerta ancha que da a un camino espacioso. Por esta puerta es fácil de entrar; es suficientemente ancha para que todos puedan pasar. El camino al que ella da es muy agradable para la carne: la conciencia no necesita estar ejercitada sobre esto o aquello, porque la Palabra de Dios no tiene autoridad allí; los pensamientos de los hombres, cualesquiera que sean, tienen un lugar de honor allí. En este camino tenemos una numerosa compañía y se podemos andar con cualquiera; incluso, con pretexto de amor, podemos dar la mano a cualquiera, hasta a los que desprecian las enseñanzas de la Palabra de Dios. Los que caminan por esta senda no pueden comprender a los que no la siguen y los desaprueban a voz en grito: ¡Oh, sois demasiado estrictos! Y les parece que, después de estas palabras, no hay nada más que decir. Por desgracia para ellos, este camino tiene un desenlace fatal: conduce a la perdición; Dios mismo lo dice, y no habla en vano. ¿Querríamos nosotros seguir ese camino, querido lector?

En los versículos antes citados encontramos también una puerta estrecha que se abre a un camino angosto. Después de entrar, con dificultad, pues no es fácil pasar, hay que seguir el camino sobre el que ella se abre, y es un camino muy estrecho. Por ese camino, a menudo hay que caminar solo, pues pocos son los que lo siguen; pero conduce a la vida. Solo hay un camino que conduce hacia esa meta, y nadie puede pretender entrar en la vida y seguir otro. Es el camino que siguió el único hombre que ha glorificado a Dios en la tierra: Jesús, nuestro Señor. Él nos dijo: Tú sígueme. Por este camino pudo decir: «En cuanto a las obras humanas, por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos» (Sal. 17:4). Pocos lo han seguido, e incluso algunos de los que lo hicieron durante un tiempo se retiraron y dejaron de caminar con Él: el camino se hizo demasiado estrecho.

El apóstol Pablo, que había seguido de cerca al Señor, también debió experimentar que el camino que debemos recorrer es estrecho, y que pocos son los que lo siguen. Cuanto más avanzaba por ese camino, más se reducían las filas de los que caminaban con él. Solo Lucas está conmigo, escribió a Timoteo. Demas, que amaba el presente siglo, y otros también, lo habían abandonado. Para ellos, decididamente, el apóstol era demasiado estricto; ya no podían seguirle.

Me detendré aquí; podríamos encontrar otros ejemplos. Los que quieren caminar por el camino de Dios no necesitan muchas palabras; les basta una palabra suya. Los que dicen: “Eres demasiado estricto”, sin darse cuenta probablemente, están admitiendo que no les importa el camino estrecho, pero que aquellos a los que acusan están, a pesar de todo, en el camino que lleva a la vida. Que el Señor tenga misericordia de cada uno de nosotros, pues los tiempos son difíciles y el camino de Dios es cada vez más estrecho; pero también es como una luz resplandeciente que va en aumento hasta que se establece la plena luz del día.

Autor: Alfred Guignard

Fuente: «Messager Évanglique», año 1928, página 47

2 - Extracto de una carta

Podemos estar llamados a humillarnos, no solo por una falta que nos es personal, sino también por todo lo que, fuera de nuestra conducta individual, va en detrimento de la gloria de Cristo y de la verdad. En cuanto a nuestras faltas individuales, no hay duda de que es conveniente que nos humillemos; esto es incluso un efecto, en nuestros corazones, de la eficaz intercesión de nuestro Sumo Sacerdote ante Dios. Pero, incluso, debemos humillarnos cuando el mal se manifiesta en uno de los miembros del Cuerpo de Cristo, porque el principio divino de que «el cuerpo es uno», consagra la solidaridad de los miembros entre sí. Ahora bien, ya sea que este mal se manifieste bajo una forma grosera, o que adopte una forma más sutil, como es el caso cuando se sacan a la luz las herejías, sea lo que fuere, estamos llamados a humillarnos ante Dios, y es una gran gracia hacerlo, pues tales cosas afectan necesariamente, en lo que concierne, a nuestra profesión, a la gloria del nombre de Cristo. ¡Qué privilegio es identificarse con su propia gloria, que está obviamente conectada con nuestra profesión actual de la verdad en este mundo! El apóstol Pablo dice a los hermanos de Corinto: «¿no debierais más bien estar tristes» (1 Cor. 5:2), y además encontramos también que este principio de solidaridad constituye una de las características de la fe y de la piedad. Daniel, en su humillación y su confesión a Jehová, dice: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidad», etc. (v. 5); no dice “ellos”, sino «hemos», aunque el carácter de su piedad nos autoriza a creer que él mismo no había cometido ninguno de los pecados por los que los judíos estaban cautivos en Babilonia. Sin embargo, el estado y la posición del pueblo de Dios le exigían humillarse. Quiera Dios que ese estado de ánimo fuera más habitual en nosotros.

Pero otro escollo puede surgir en el camino del cristiano; puede malinterpretar la aplicación que debe hacer de la gracia y la humildad que el Espíritu de Dios produce en su alma. Por ejemplo, hay herejías que atacan la divinidad de Cristo, otras que atacan su santidad personal, otras que atacan la inspiración plenaria de las Escrituras, etc. En estos diversos casos, como en tantos otros de esta clase, ¿debo usar mi gracia y humildad para ser tolerante con tales cosas? ¿Debería, en detrimento de la verdad, tener comunión con aquellos que son sus instrumentos? Obrar así, ¿no sería elevar mi gracia y humildad por encima de la gloria del Señor Jesús? Porque su gloria no tolera cosas que la empañen, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo; porque si lo hiciéramos, ya no podríamos tener más a Cristo revelado en la Palabra. Pero necesitamos, nuestras almas necesitan, al Cristo revelado de Dios, al Cristo verdadero, en cuyo rostro nos está revelado la gloria misma de Dios (2 Cor. 4:6).

Hay un mal que gana terreno en nuestros días; este mal es el latidudinarismo*, esa tolerancia mal entendida y mal aplicada, por medio de la cual los errores más evidentes pueden asociarse a la profesión del nombre de Cristo y a la comunión de los santos; además, ¿no tiene cada uno su propia manera de ver e interpretar las cosas? Por desgracia, esto es demasiado cierto, pero no puedo ni debo ser cortés con el enemigo, pues no tiene en cuenta la gloria de Cristo. Este espíritu de falsa tolerancia se debe a que la propia gracia y humildad se magnifican hasta deshonrar a Aquel que sí mismo se humilló para que nosotros pudiéramos ser exaltados. Es siempre, bajo otra forma, el lenguaje de Satanás: “¿Qué, habría dicho Dios de ser tan estrictos?”. El cristiano tiene la suerte de recordar que el camino que conduce a la vida es estrecho, no tenemos derecho a hacerlo más ancho de lo que el Señor quiere; él habla de camino estrecho, no de camino ancho.

Que Dios nos guarde de todo lo que no es de él; que nos guarde incluso de la dulzura de las relaciones fraternales si Cristo no fuera el centro y la fuente de ellas.

Autor: Anónimo

Fuente: «Messager Évanglique», año 1955, página 191 y siguientes


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