Evangelización: Predicar la Cruz de Cristo

3 de Mayo de 2021

¿Tenemos una obligación de medios o una obligación de resultados?

1 - La resolución de Pablo

En el primer capítulo de 1 Corintios, el apóstol Pablo explica cuál era su medio para llevar a las personas a una relación con Dios. Habla de ello en los versículos 18, 21, 23, y en el capítulo 2, versículos 2 y 7: ¡es la predicación de la Cruz! No utilizaba ningún otro medio. En el capítulo 2:2, cuando dice: «Porque decidí no saber cosa alguna entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado»; eso significa: mi mensaje, mi presentación, mi método, cuando hablo a la gente, va a ser de Cristo y de Cristo crucificado solamente. Pablo tomó esta resolución, para no caer en la tentación de utilizar los métodos y el lenguaje que la sabiduría del mundo enseña, ¡cuánto más deberíamos hacerlo nosotros!

En el mundo del comercio y del derecho se plantea a menudo una cuestión: la diferencia entre una obligación de medios y una obligación de resultado. ¿Y la Iglesia? ¿Está sujeta a una obligación de medios o a una obligación de resultado?

Afortunadamente Dios, por boca del apóstol, ya ha juzgado el caso de todos los predicadores, y su recomendación es clara. Por lo que respecta a ellos, tienen una obligación de medios: «De igual manera, si alguien lucha como atleta, no es coronado si no lucha según las reglas» (2 Tim. 2:5). Pero también podemos saber que Dios se ha impuesto una obligación de resultado por este medio.

Que todos nos renovemos en nuestra determinación de predicar a Jesucristo crucificado, no solo porque tenemos una obligación, sino por los resultados poderosos y gloriosos que Dios puede dar por este medio.

2 - Una obligación de medios

Como creyentes, recordamos en primer lugar que tenemos una obligación de medios en nuestro servicio cristiano: predicar la Cruz. Algunas cosas pueden cambiar, pero siempre será el mismo mensaje de la Cruz que Dios nos llama a predicar.

3 - Distintos auditorios, un solo mensaje

Pablo se dirigía a auditorios diferentes, versículos 22-23: «Los judíos piden milagros… los griegos buscan la sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado». Pablo estaba ante dos grupos de personas: judíos y griegos, cada uno con estilos, pensamientos y antecedentes diferentes. Para atraer a un judío con el mensaje de Dios, se necesitaba un milagro al estilo de Moisés o Elías, (del tipo sensacional: agua que brota de una roca, fuego que cae del cielo); para atraer a un griego, se necesitaba un discurso de sabiduría al estilo de Platón o Aristóteles. De lo contrario, a ninguno de los dos les interesaba lo que se les decía.

Entonces, ¿cómo trató Pablo a estos diferentes grupos? ¿Intentó satisfacer sus expectativas? No. Los judíos piden esto, los griegos piden aquello, «pero nosotros predicamos a Cristo crucificado». No les dio lo que querían. De hecho, parece que aquí les ha ofrecido incluso lo contrario. Pedían una señal de poder, les dio una señal de debilidad (la Cruz). Piden sabiduría, él les presenta una locura (la Cruz).

¿Por qué lo hace? ¿Porque era ignorante o insensible a los antecedentes culturales de estas personas? ¿Porque ya no estaba “al día”? ¿Porque no sabía adaptar su mensaje a su auditorio? ¡No! Pero, sabía que no siempre es prudente dar a la gente, que es ciega y corrupta por naturaleza, lo que reclaman o creen necesitar. Responder a lo que desean, puede hacer que se sientan cómodos, puede llenar una sala, pero no puede salvarlos –lo vemos aquí: los judíos ya habían tenido muchos milagros, los griegos ya habían oído mucho de los filósofos y de los discursos sabios, pero eso no les hizo volverse a Dios, ni siquiera lo conocían o lo amaban.

Se habla cada vez más de la necesidad de adaptar el mensaje a los estilos y deseos del auditorio, según la edad, según la cultura, según los gustos representados, para no ser un obstáculo para el Evangelio. Pero ¡cuidado! Aquí Pablo nos recuerda nuestra obligación, no de dar a las personas lo que piden o buscan, sino de presentarles la Cruz que es la única que puede salvarlas y transformarlas verdaderamente. Debemos recordar que, para las personas no regeneradas, sus gustos, sus deseos, sus estilos, sus ideas, a veces la música, la ropa e incluso ciertos hábitos culturales son las mismas cosas que Dios quiere cambiar o transformar a través del mensaje de la Cruz.

Ciertamente, Pablo, con su inteligencia, podría haber utilizado el lenguaje y el discurso que agradaba a los griegos, pero es precisamente esta sabiduría y lenguaje humanos de los que Dios quería liberarlos, porque conducen al orgullo y a la confianza en el hombre. Pablo quería que su fe se basara, no en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios, y por eso no adoptó el estilo de ellos. Pablo podría haber hecho milagros para estos judíos que los pedían, puesto que ya había hecho varios como apóstol, pero, de nuevo, no quería que la gente se centrara en las señales y los prodigios, sino en Jesucristo y su Cruz. Así que les presentó la Cruz.

En el público de hoy seguirá habiendo buscadores de signos y buscadores de sabiduría. Hablemos de estos dos signos. ¿De dónde viene esta fascinación por los signos? ¿Por qué los judíos piden señales? Se pueden dar muchas razones, pero Jesús revela la verdadera razón para ver milagros. En Juan 6:26 leemos: «Me buscáis, no porque visteis los milagros, sino porque comisteis de los panes, y saciasteis». Nos gustan los signos y los milagros porque son agradables a los sentidos, y nos gusta tener los sentidos estimulados. Nos permite saborear cosas interesantes, ver cosas espectaculares, oír sonidos potentes, sentir sensaciones fuertes, y es lo que ama el mundo. ¿De dónde viene el interés general de nuestra sociedad por los conciertos, por las películas, por las fiestas, los deportes y la sexualidad sin límites? Son actividades que estimulan los sentidos de una manera bastante fuerte; es agradable, se busca. Solicitan el viernes por la noche la discoteca, el sábado por la noche el estadio, también solicitarán el domingo su ocupación religiosa. ¿Qué les ofrecemos para que pasen buenos momentos con nosotros? ¿Los sonidos que les gustan? ¿Sensaciones fuertes? ¡No! ¡Predicamos a Cristo crucificado!

Y los que buscan la sabiduría, ¿aún existen? Por supuesto que sí. Son aquellos para los que el mensaje debe tener una explicación racional y lógica, aquellos para los que el mensaje debe estar alineado con la sabiduría filosófica o política, o con el pensamiento literario, en lenguaje contemporáneo. Entonces, ¿qué mensaje presentar a los que buscan esas cosas? ¿Cómo les hablamos? ¡Predicamos a Cristo crucificado!

Distintos auditorios, distintas culturas, distintos estilos, cada uno con distintas exigencias, pero un mismo mensaje para todos: Jesucristo y Jesucristo crucificado. Una interesante anécdota en la vida del evangelista Rubén Saillens lo confirma; acababa de celebrar una serie de reuniones evangélicas cerca de Rouen, en Francia, con mensajes dirigidos específicamente a la gente de la calle y a los vagabundos del muelle, (un “público duro y difícil”, dijo). Cuando recibió una invitación de La Haya (en Holanda) para predicar en una iglesia valona, dijo: “No tenía tiempo para preparar otra serie de conferencias, y estaba a punto de dar en La Haya lo que había dado en Rouen; pero aquí me informaron de que la Reina tenía intención de estar presente. ¿Los mensajes destinados a los vagabundos podrían ser útiles para la Reina y su escolta? Pero me armé de valor: el Evangelio es el mismo para todos, y repetí mi serie de mensajes”, una serie que conmovió a la Reina, ya que volvía a cada encuentro.

Así que no hay que preocuparse cuando el auditorio cambia, independientemente de las expectativas de cada uno. El público de Jerusalén en el primer siglo no era el de Atenas. El público de Ginebra, siglos después, no era el de Saint-Denis o Toulouse o Niza hoy, pero en todos estos lugares el mensaje de la Cruz es perfectamente apropiado para tocar los corazones.

4 - Habrá diversas respuestas, pero aun así, un solo mensaje

En el capítulo 1, versículo 23, Pablo describe las diferentes respuestas que recibió a este mensaje: «Escándalo para los judíos y locura para los gentiles». Los judíos, al escuchar la palabra de la Cruz, estaban contrariados, escandalizados y desanimados; los griegos se reían de ella. Se burlaban de semejante locura. Tales reacciones no son sorprendentes: el pensamiento de Dios es ajeno al hombre: un nazareno crucificado por los romanos en un madero, hecho maldición, es escandaloso para un judío –¡cómo se puede imputar tal debilidad al Todopoderoso! Una persona que es a la vez plenamente Dios y plenamente hombre, que muere y resucita para el perdón de los pecados, no se ajusta a las reglas de sabiduría y razonamiento establecidas entre los griegos. Así que, naturalmente, un mensaje de este tipo produce respuestas negativas.

Pero, ¿significa esto que Pablo cambió su forma de actuar o modificó su mensaje? No, «Predicamos a Cristo crucificado». Aunque sea un escándalo para los judíos o una necedad para los gentiles, seguiremos predicándolo.

5 - Diferentes predicadores: siempre un solo mensaje

Pablo dice: «Predicamos a Cristo crucificado». Dice «nosotros» porque eran muchos los que trabajaban así: estaba Pedro, estaba Apolos (1:12), estaba Sóstenes (al que cita en los saludos), estaban Silas y Timoteo (que trabajaban con él en Corinto: Hechos 18:5), etc. Entre ellos había diferentes dones, diferentes llamados, diferentes ministerios, pero todos predicaban el mismo mensaje: «Predicamos a Cristo crucificado». Por lo tanto, no es un mensaje reservado solo a los apóstoles, o reservado solo a los que tienen el don de evangelización, o solo a los oradores dotados. Es un mensaje que puede ser predicado incluso por alguien que se encuentra en un estado de debilidad, de temor y de gran temblor, como el propio Pablo lo fue.

El auditorio puede variar, la respuesta puede ser negativa, el predicador puede cambiar; sin embargo, la predicación de la Cruz sigue siendo el medio obligatorio de la Biblia para comunicarse con el mundo.

6 - Hablemos de los resultados

Con este mensaje, totalmente alejado del estilo del mundo, ¿debemos resignarnos al fracaso y a la mediocridad en el ministerio? ¿Debemos adoptar la actitud de las empresas que dicen: “¡Lastima que no funcione! Solo nos ocupamos de los medios”. ¡No! La Biblia dice que la Cruz no será predicada en vano, ya que Dios mismo se compromete a producir resultados a través de ella. Mirad todo lo que hace Dios cuando se predica la Cruz:

A través de ella, versículo 18, él desata un poder salvador. A través de ella, versículo 19, destruye la sabiduría del mundo. A través de ella, versículo 12, salva a los que creen. Cuando se predica la Cruz, versículo 24, los llamados por Dios vienen y entienden. A través de ella, capítulo 1 versículo 24, Dios hace una demostración de Espíritu y de poder que suscita la verdadera fe.

¿Qué música puede producir esos efectos? ¿Qué espectáculo puede hacer lo mismo? ¿Qué enfoque político puede conducir a tales resultados? ¡Ninguno!

Dios ha unido inseparablemente su bendición y su poder a la predicación de la Cruz. En otro contexto, Dios exige que el hombre no separe lo que Dios ha unido. Aquí tenemos la unión de dos cosas: la predicación de la Cruz y el poder de Dios que producen resultados reales. ¡No debemos separarlos!

Entonces, ¿por qué eligió Dios la Cruz para producir estos resultados? ¿Por qué Dios tiene tanta preferencia por este medio?

7 - Como ninguna otra cosa, la Cruz glorifica a Dios

Por eso tiene tanta preferencia por este medio. La Cruz nos muestra la mejor manifestación de la gloria de Dios. Es allí donde Dios manifiesta el conjunto de sus gloriosos atributos; es allí donde proclama su nombre de la manera más completa y comprensible. Por eso Jesús quiso ir allí: «¡Ahora está turbada mi alma! ¿Y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! Pero para esto vine a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre! Entonces vino una voz del cielo, que decía: Ya lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré» (Juan 12:27-28). Fue en esa hora de la Cruz que Dios glorificó su nombre. ¿Qué es el nombre de Dios? Es su carácter, es la manifestación de su naturaleza. Por ejemplo, cuando Dios proclamó su nombre a Moisés en la montaña, le dio una lista de sus atributos: su bondad, su fidelidad, su misericordia, su justicia, su amor (Éx. 34:6-7). Estos atributos eran la proclamación de su nombre y la manifestación de su gloria.

Y como Jesús pidió que lo hiciera, su Padre glorificó perfectamente su nombre en la Cruz, porque allí pudo desplegar todos los atributos que componen su glorioso nombre. Allí proclamó y reveló su poder y su sabiduría (1 Cor. 1); allí demostró su amor como en ningún otro lugar (Rom. 5:8); allí manifestó su justicia (Rom. 3:23-26); Su ira y su irritación contra el pecado (Is. 53:4-5, 8, 10); su soberanía y su providencia en los asuntos de los hombres (Hec. 4); su santidad (Hebr. 9:26), su fidelidad (en el cumplimiento de su palabra y de sus promesas).

Nada puede revelar el maravilloso y magnífico carácter de Dios y la gloria que se le debe como la Cruz de Jesús. Así podemos entender por qué Dios quiere mantenerla en el centro. Y también será ventajoso para nosotros.

8 - Donde Dios es glorificado, los hombres son atraídos

Donde Dios es glorificado, también los hombres son atraídos. Esto es lo que dijo Jesús en Juan 12:32-33: «Yo, si soy elevado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Pero decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir». Jesús habla de ser elevado. En efecto, esto es lo que ocurre cuando se es clavado en una cruz, a diferencia de la lapidación, por ejemplo, donde más bien te agachan. Pero tiene un doble sentido. El verbo «elevar» también significa «exaltar», “elevar a la dignidad, a los honores”. Por la Cruz, Jesús fue elevado unos metros por encima de la tierra, pero también por ella, elevado a los honores y a la dignidad, como dice el Apocalipsis: «El Cordero que fue sacrificado es digno de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y el honor, la gloria y la bendición» (Apoc. 5:12). Por la Cruz, es exaltado a la gloria, y allí se muestra como el Salvador digno de la fe, el Redentor digno de un amor que no puede sino atraer a los hombres hacia él. Cuando el hombre ve a un Dios tan glorioso, tan exaltado, tan perfecto, tan adorable, tan adecuado, se siente atraído. Y somos nosotros, los predicadores de la Cruz, los que podemos elevarlo hoy para atraer a los hombres hacia Él.

9 - Donde Dios es glorificado, él envía su bendición

Donde Dios es glorificado, él envía su bendición y su poder, tanto sobre el predicador como sobre la asamblea. Como Dios había decretado: «Honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco» (1 Sam. 2:30). Y como la Cruz honra a Dios como ninguna otra cosa, Él honrará tal ministerio de predicación.

10 - Como ninguna otra cosa, la Cruz ofrece, después de todo, lo que los hombres necesitan

Dios conoce el corazón del hombre mejor que el hombre conoce su propio corazón. Dios sabe que, en la Cruz, el hombre encontrará todo lo que necesita para ser feliz, aunque el que lo necesita no esté consciente de ello. Por eso Dios quiere que prediquemos la Cruz y nada más. Tanto para los que piden milagros como para los que buscan sabiduría, esto es exactamente lo que ofrece la Cruz, más allá de toda expectativa. Los judíos pedían una manifestación de poder, los griegos buscaban sabiduría, y eso es exactamente el mensaje de la Cruz: «para los que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor. 1:22-24). Algunos lo desecharán como escándalo o necedad, pero Pablo dice que, debido a la llamada de Dios, algunos verán la Cruz como lo que realmente es: la mayor manifestación de poder, la mayor sabiduría que el universo haya visto jamás. Estas personas dejarán de esperar otra cosa. Les encantará, la apreciarán. Reconocerán que nunca podrán encontrar nada mejor que este mensaje, y agradecerán que no se les haya ofrecido nada menos.

Alguien ha escrito: “Hay tal excelencia en Jesucristo que quienes la ven no buscan más, y el alma descansa en ella. En él, el alma ve una gloria magnífica y una belleza inefable; reconoce que hasta ahora perseguía sombras, pero ahora ha encontrado la sustancia; antes buscaba la felicidad en el arroyo, ahora ha encontrado el océano”. La excelencia de Cristo es un objeto suficiente para todos los deseos del alma, capaz de llenar todo en todo (comp. Efe. 1:23).

¿No es un crimen seducir a un hombre con un arroyo agotable cuando tienes un océano infinito que proponerle? Jesús se guardaba de tal crimen. Cuando a Jesús le pidieron de beber, no le dio una bebida como la persona esperaba, le ofreció agua viva (Juan 4:14). A los que le pidieron pan, no les dio el pan que querían, les ofreció el pan de la vida, su carne partida (Juan 6:35). A los que le pedían una señal, no les dio la señal que querían, les dio algo mejor: la señal de Jonás, la señal de su propia resurrección (Lucas 11:29-30). A los apóstoles se les pidió dinero. No dieron dinero, sino lo que tenían: el mensaje de Jesucristo (Hec. 3:6). Los hombres piden las cosas según sus conceptos; pero Dios tiene reservado algo mucho mejor. Como dice Pablo: «Lo que ojo no vio, ni oído oyó, y no subió al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que lo aman» (1 Cor. 2:9).

La Cruz es el medio por excelencia por el que Dios produce resultados excelentes, tanto para su gloria como para nuestro bien. Esperamos que ahora, esté usted convencido que cualquier otro medio es inferior en eficacia.

11 - La tentación de abandonar nuestro tesoro

Desgraciadamente, a veces actuamos como algunos de los reyes de Judá: muchos de ellos, incluso los buenos, ante una amenaza, en peligro de perder a los hombres y viendo debilitarse al pueblo, pensaron según la sabiduría del mundo y cambiaron los tesoros de la casa de Dios (oro y plata) por una promesa de seguridad. Y Dios les dijo: ¿Por qué no habéis confiado en mí? Allí perdisteis vuestro tesoro y no ganasteis nada de valor a cambio (véase Lucas 12:34).

Tenemos un tesoro. Este tesoro es el mensaje de la Cruz de Jesús, la belleza y la riqueza de la Iglesia. Pero a veces, frente al enemigo, frente a las estadísticas, nos asustamos y estamos dispuestos a cambiar nuestro tesoro por métodos mundanos que no valen nada. Y entonces, cuando las personas vienen a la casa de Dios, todo lo que se les puede mostrar es un sustituto muy pálido comparado con la riqueza de la predicación de la Cruz.

La Cruz de Jesucristo es un tema que ha entusiasmado a los profetas durante siglos (1 Pe. 1:8-11); es un tema en el que los ángeles desean mirar de cerca (1 Pe. 1:12); es un tema que ha inflamado muchos corazones en el camino con Cristo (comp. Lucas 24:32); es un tema que suscitará alabanzas celestiales por los siglos de los siglos, por la eternidad (Apoc. 5:11-14). Entonces, ¿qué nos da derecho a decir que, excepcionalmente, hoy, para el hombre del siglo XXI, es un tema obsoleto y superado?

Pablo debe reprender a los gálatas (y quizás también a nosotros) por estar fascinados por algo que no es la Cruz de Cristo: «¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo como crucificado?» (Gál. 3:1). Según Pablo, no hay nada más fascinante y eficaz que el mensaje de la Cruz. Una vez que se ha tenido la visión de Jesucristo crucificado, no se puedes estar fascinado por nada más. Pero si alguien se dejara fascinar por otra cosa, es realmente un terrible error o seducción.

12 - Decisión final

«Predicamos a Cristo crucificado». Que cada cual pueda hacer el mismo trabajo de evangelización, ya sea para restaurarlo o para mantener este lema en buen estado, para que la Iglesia de Jesucristo esté toda dispuesta a acoger a los que han encontrado su salvación en Jesucristo.

En la cruz, la obra se cumplió. Jesús acabó la obra que el Padre le había dado para hacer (Juan 17:4). Ahora, anuncia a todos los que quieran escuchar, en un mensaje más poderoso de lo que podemos imaginar, que la obra está terminada. La voluntad de Dios, sus planes eternos de gracia y de justicia, fundamentados en la Cruz, se han cumplido. La obra por la que Dios iba a ser glorificado y el pecador redimido, ha llegado a su bendita conclusión: «Cumplido está». (Pero todos los resultados obtenidos por la obra de la Cruz aún no han sido manifestados).

La verdadera perfección solo se encuentra en la cruz del Gólgota. Allí Cristo hizo una obra perfecta y que produce perfección; una obra «hecha una vez por todas» (Hebr. 10:10). No es necesario repetirla; ¡nada se puede ni se debe añadir! Es una obra sobre la que el propio Señor ha puesto su sello: «¡Cumplido está!».

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