Prepararse para el final

24 de marzo de 2023

Al observar lo que está ocurriendo hoy en la tierra a nuestro alrededor, no podemos menos que sentirnos impresionados por la extraordinaria agitación que prevalece. Está en todas partes, tanto que ningún círculo, ya sea nacional, racial, social, intelectual o religioso, escapa a su influencia, y el hombre más irreflexivo del mundo lo reconoce. Se dan muchas explicaciones; la más común es la de los líderes intelectuales del pensamiento moderno, y la de los falsos maestros religiosos, que afirman que es un signo de progreso y mejora humanos; que son los dolores de parto de una nueva era que verá la aparición de un hombre mejor que será el producto refinado de la evolución, de forma que pronto podemos esperar que el tan comentado “superhombre” se materialice.

Los verdaderos cristianos, por su parte, son conscientes de que esta inquietud y agitación son los temblores preliminares que anunciarán la hora en que el Señor sacudirá «no solo la tierra, sino también el cielo» (Hebr. 12:26). Así que también hay entre ellos un movimiento, y un despertar en cuanto a la venida del Señor.

Ahora bien, así como las Escrituras registran cómo Dios preparó un remanente en Israel para recibir al Señor Jesús en su primera venida, y cómo toda la nación se endureció en orgullo y rechazó a Cristo, prefiriendo a Barrabás, así el Nuevo Testamento registra cómo los santos serán preparados para su segunda venida, y cómo el mundo se prepara para aceptar la falsificación que Satanás suscitará. Veremos algunos pasajes en el orden en que aparecen.

1 - Las diez vírgenes (Mateo 25)

Veamos primero Mateo 25. La parábola de las diez vírgenes es un cuadro inequívoco de la segunda venida del Señor y de la actitud apropiada de los santos que quedan en la tierra para esperar al Esposo. Se las representa como «vírgenes», pues, estrictamente hablando, un santo está separado del mundo y no está contaminado por sus corrupciones y mancillas. Además, estas vírgenes «salieron al encuentro del Esposo» (v. 1), es decir, teniendo en vista al Esposo, tomaron públicamente un lugar de separación. Podemos ver en los primeros capítulos de los Hechos y en 1 Tesalonicenses 1 hasta qué punto esto se verificó en los primeros cristianos. Pero como el Esposo tardaba, todas se durmieron.

Entonces llega un despertar. Se oye el grito de medianoche: «¡He aquí, el Esposo! Salid a su encuentro» (v. 6). Las vírgenes se levantan y preparan sus lámparas. Las necias descubren demasiado tarde lo que les falta y que les es fatal. Las prudentes están preparadas y entran. Creemos que este es un esbozo profético de lo que se está cumpliendo en nuestros días. Se ha reavivado la expectativa del regreso del Señor; él mismo ha sido presentado a los corazones de sus santos como el Objeto y el Centro de reunión; se está produciendo un retorno a la posición original de los santos como pueblo separado del mundo y, en consecuencia, se está llevando a cabo una clasificación; las prudentes y las insensatas se separan.

Nuestro primer pasaje esboza así las grandes líneas de este acontecimiento. Vemos dos corrientes que van en direcciones opuestas, una hacia la apostasía y la ruina, la otra hacia la fidelidad y la gloria. Una corriente representa la profesión externa, sin realidad, que no tiene el Espíritu de Dios. La otra representa lo que es verdadero, que tiene el Espíritu de Dios. Esta última se despierta pasando de su anterior letargo e insensibilidad, a la vigilancia y a la expectativa; está marcada por los tres caracteres antes mencionados, que resumimos para imprimirlos más profundamente en nuestros corazones.

1. Cristo, el Esposo, es presentado de nuevo como el Objeto supremo, por el clamor del Espíritu. Su venida se ve una vez más como inminente, y es, por tanto, objeto de viva expectación. Él se convierte para la fe en el Centro de reunión «con él” (2 Tes. 2:1), y no con otro, es ahora el deseo supremo de ellos.

2. El Espíritu clama: «Salid a su encuentro». Deben «salir», como habían «salido» al principio, antes de dormirse. Deben retomar la posición que ocupaban al principio. No importa cuántos arreglos cómodos hayan hecho durante su tranquilo sueño, todo debe ser desechado para volver a lo que Dios pretendía originalmente.

3. Cristo, como Objeto, suprema Esperanza y Centro de reunión, implica una obra de separación. La línea divisoria queda perfectamente clara antes de que venga el Esposo. Ella está finalizada y se hace irrevocable con su venida.

Algunos de nuestros lectores encontrarán que lo que se acaba de decir es bastante banal y una repetición de lo que han sabido durante mucho tiempo; para otros, les sonará nuevo y puede que se hagan preguntas. A estos les decimos simplemente: Examinen la Escritura más a fondo y vean si lo que hemos dicho no está de acuerdo con su línea general. A los primeros, les decimos enfáticamente que el mismo hecho de que la verdad les sea familiar, puede ser perjudicial para ellos. Si los que fueron llamados al principio se durmieron, ¿no podría ocurrirnos a nosotros? Formular la pregunta es responderla. Lo que está en juego son los afectos del corazón y la fidelidad. Ciertamente, se ha adoptado la postura de la separación, pero como resultado del despertar de los afectos y las expectativas. ¿Sigue teniendo valor esta separación, si solo se mantiene exteriormente, mientras nuestros afectos y expectativas vuelven a dormirse? ¡No!

Aquí, como hemos dicho, todo se presenta en generalidades. Nada se dice que nos permita juzgar el modo en que se produjo la separación, ni sus límites, por así decirlo. Para todos estos detalles hay que buscar en otra parte, especialmente en las Epístolas de Pablo a Timoteo.

2 - 1 y 2 Tesalonicenses

Pero antes de estas epístolas, no obstante, están las dirigidas a los tesalonicenses. En 2 Tesalonicenses 2, se pone de relieve cómo el mal alcanzará su apogeo tras el cumplimiento de 1 Tesalonicenses 4:13-17, al que 2 Tesalonicenses 2:1 se refiere como «la venida de nuestro Señor Jesucristo» y «nuestra reunión con él». Tres cosas se destacan muy claramente en este capítulo. Las resumiremos como sigue:

1. Una intensa actividad humana, que lleva al hombre a un punto culminante. La «apostasía» debe llegar. Esto implica una gran actividad en el plano mental. La forma de pensar de la humanidad religiosa será pervertida. Este pensamiento religioso sufrirá un “corrimiento de tierras” borrando todos los antiguos hitos. Si, “por casualidad”, se conservan términos antiguos, serán vaciados de significado e investidos de nuevos valores que destruirán totalmente los antiguos –al igual que en un corrimiento de tierras, los árboles y otros objetos son mantenidos a veces en pie e intactos, pero totalmente desarraigados y retirados de sus antiguas posiciones. Además, este gran movimiento producirá un hombre, como antes ha sucedido a menudo en la historia del mundo; la maldad humana encontrará, en esa hora, su máxima expresión en este «hombre de pecado» (2 Tes. 2:3), este inicuo.

2. La intensa actividad satánica, llevando los poderes de las tinieblas a un apogeo. La venida de este inicuo tendrá lugar según «la obra de Satanás, con todo poder, y señales y prodigios de mentira» (2 Tes. 2:9). Los poderes espirituales de maldad serán entonces desatados sobre la tierra, y entonces «todo engaño de injusticia» será ejercido sobre «los que se pierden, porque no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos» (v. 10). En efecto, poderes milagrosos han de manifestarse de nuevo en relación con la profesión religiosa, pero procederán de Satanás y serán usados para cegar eficazmente a los hombres.

3. Un decreto de Dios, poniendo su sello en la culminación del hombre para su destrucción. Lo que los hombres considerarán orgullosamente como un monumento perdurable levantado para gloria del hombre, resultará ser el sepulcro profanado en el cual este se corromperá; y Dios, en su santo gobierno, pondrá su sello sobre ese sepulcro enviando una «energía de error» (2 Tes. 2:11), y nadie podrá hacer rodar la piedra una vez que lo haya hecho.

¡Qué apogeo! ¡Qué cuadro! Examinémoslo seriamente para que su realidad se imprima en nuestras almas. Entonces iremos con compasión hacia las almas, deseando que sean salvadas del incendio, por un lado, pero, por otro lado, estaremos contentos de que nuestros lazos con este estado de cosas estén cortados.

En vista de las condiciones que están llegando rápidamente a un punto culminante en la cristiandad, el apogeo no puede estar muy lejos. La actividad mental del hombre se acelera. Parece casi una cuestión de honor para cada nueva generación derrocar y rechazar las ideas de la generación anterior. El cambio ha comenzado claramente, y la intervención de Satanás se está haciendo habitual bajo la influencia del espiritismo y cultos afines. Cuando los santos serán llevados al cielo, todo se precipitará en un tiempo increíblemente corto, y la energía del error enviada por Dios caerá como un sudario sobre las mentes de los hombres apóstatas.

3 - 2 Timoteo

2 Timoteo 2:15 al 4:5 es un pasaje notable que arroja luz sobre el desarrollo del mal dentro de la profesión cristiana, y sobre el camino del creyente fiel, hasta los «últimos días» (3:1). Volvamos a trazar el curso de las dos corrientes que se dirigen hacia el apogeo. En 2 Timoteo 3:1-5, tenemos los caracteres de la masa de la cristiandad justo antes del arrebato de los santos. Se conservará la forma de piedad, pero su poder no solo estará ausente, sino que será negado; los hombres serán «egoístas», “amantes del dinero” –pues así es como puede traducirse la palabra «avaro»–, «amigos de placeres más que amigos de Dios» (2 Tim. 3:4).

El camino del creyente fiel es sencillo y claro. Primero viene la separación por el Señor (2 Tim. 2). Esto es purificarse. Así purificado, el creyente puede ser un “siervo del Señor” que debe presentar el carácter de su Maestro en todo su servicio. Debe recordar siempre que no es un señor, sino un siervo del Señor, y que la mansedumbre es propia del siervo. Además, soporta la persecución y se mantiene firme sobre “la roca irrefutable de la Sagrada Escritura”. Recibe todas las Escrituras como inspiradas por Dios y como suficientes para “armar” no solo al simple creyente, sino al hombre de Dios. El comienzo de 2 Timoteo 4 deja claro que el creyente fiel, además de apoyarse en la Escritura, la propaga. Predica «la Palabra». Fíjese en las deducciones que siguen. Si toda la Escritura es útil para que el hombre de Dios sea «apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:17), entonces, primero, ninguna parte de la Escritura puede ser ignorada sin daño; segundo, ninguna obra –ni siquiera una llamada “obra cristiana”– es una buena obra a menos que tenga la sanción directa o indirecta de la Escritura. Además, las revelaciones del apóstol sobre los últimos días y sus instrucciones a Timoteo muestran que, para él, la aceptación de «toda la Escritura» (v. 16) era una piedra de toque perfecta. A la luz de esto, la actitud de cada supuesto maestro hacia la Escritura es crucial y decisiva; no hay necesidad de más investigación si falla en este aspecto.

El curso de una de las corrientes, por tanto, va desde los discursos vanos y profanos de la época de Himeneo y Fileto hasta los malos tiempos de los últimos días, cuando se reúnen en falsos maestros, teniendo comezón de oír y volviéndose a las fábulas –todo está listo para el terrible drama de 2 Tesalonicenses 2. El curso de la otra corriente está marcado por el «vaso para honor», el siervo «útil al dueño» (2 Tim. 2:21), que vive «piadosamente en Cristo Jesús» (2 Tim. 3:12), que soporta la persecución, que permanece en las cosas aprendidas, teniendo toda la Escritura como una roca bajo sus pies, y el que predica «la Palabra». Esta corriente conduce a «aquel día» y a «la corona de justicia» (4:8).

4 - 2 Pedro 2 y 3

Pasemos del apóstol Pablo a Pedro. Leyendo 2 Pedro 2 y 3, encontramos los mismos caracteres bajo formas diferentes. Están los falsos maestros, que, como los falsos profetas de antaño, introducen en secreto «herejías destructoras, negando al Seño que los compró» (2 Pe. 2:1), y así arrastran con ellos a las almas a la corriente del mal. Al hacerlo, les “prometen la libertad” (v. 19), eso es exactamente lo que dicen hoy: las personas son “liberadas” de la esclavitud de las “viejas ideas religiosas” y de la “bibliolatría” –término que utilizan con respecto a los que aceptan la Biblia como Palabra de Dios–, pero en realidad estos falsos maestros hunden a las almas en las corrupciones del mundo, como perros que vuelven a lo que han vomitado, o cerdas lavadas que vuelven a revolcarse en el fango. Terminan burlándose de la mera idea del regreso de Cristo, basándose en el curso uniforme e invariable de la naturaleza. Obsérvese que este es exactamente el terreno tomado por el burlón “científico” moderno que cree en la evolución lenta y ordenada y niega que Dios pueda cambiar repentinamente las cosas mediante cataclismos.

Por otra parte, Pedro nos habla de los «santos profetas» (2 Pe. 3:2) y nos pide que recordemos sus palabras y las de los apóstoles «del Señor y Salvador», es decir, que recordemos los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Subraya que, conociendo la verdad y siendo advertidos a tiempo de lo inminente, debemos caracterizarnos por una conducta «santa» o “separada” y una piedad “santa”, y así seguir creciendo «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (3:18).

5 - Apocalipsis 2 y 3

Por último, volviendo a los escritos de Juan, encontramos en Apocalipsis 2 y 3 los mensajes proféticos a las siete iglesias. Las fases finales de la historia de la Iglesia son Filadelfia y Laodicea. Los propios nombres son significativos: “Amor a los hermanos” y “Derechos del pueblo”, respectivamente.

Es amando a los hermanos como demostramos que hemos nacido de Dios y hemos pasado de la muerte a la vida, y también que mostramos nuestro amor a Dios mismo; «Filadelfia» de Apocalipsis 3 lleva los caracteres de la vida divina, y los de la fidelidad. Guarda la palabra de Cristo; no niega su nombre; guarda la palabra de su paciencia. Su fin es escapar de la hora de la prueba –la gran tribulación– ascendiendo a Cristo en gloria.

En la actualidad, “los derechos del pueblo” están surgiendo por todas partes y ya están bien establecidos en la esfera religiosa. Estamos en la era de la “cristiandad democratizada”. La democracia política encuentra toda su autoridad en la voluntad del pueblo. En este ámbito no existen normas fijas sobre lo que está bien y lo que está mal. Ya se trate de drogas, guerra o cualquier otra cosa, si la mayoría de la gente lo quiere, es políticamente correcto. Que se trate de la lectura de la Biblia en las escuelas, de la libertad de predicar a Cristo, de la moderación, de la paz o cualquier otra cosa, si no lo quieren, es políticamente rechazado. Es lo mismo en la cristiandad democratizada, el hombre y su voluntad lo son todo, Dios, Cristo, y la Palabra, no son nada.

En Laodicea, Cristo está en el exterior, la autosatisfacción suprema está en el interior. En realidad, solo hay desdicha, miseria, pobreza, ceguera y desnudez. Todo es indiferencia y hedor. Su fin es el rechazo total por parte de Cristo, que lo vomitará de su boca.

Con «Filadelfia» arrebatada, y «Laodicea» vomitada, todo estará listo para la apostasía y el hombre de pecado como hemos visto en 2 Tesalonicenses 2.

El cielo de la cristiandad está oscuro y cada vez más oscuro. ¿Estamos desanimados? ¡No!, gracias a Dios, porque «la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Prov. 4:18). No vamos hacia atrás, ni siquiera hacia Pentecostés, ¡sino hacia la gloria! Pero guardémonos de esta corriente rápida que la cristiandad está preparando para el anticristo y sus ilusiones. Vayamos más bien con gozo en esa otra corriente que encuentra su impulso en el Espíritu de Dios, que está caracterizada por la fidelidad a la Palabra de Dios y la obediencia ciega a ella, que conduce al amor a los hermanos, guardando la Palabra de Cristo y no negando su Nombre. Si hemos de esperar un poco más Su venida, guardemos la palabra de su paciencia siguiendo fielmente a Aquel que es rechazado, estando plenamente identificados con sus intereses y verdaderamente separados para él, de este mundo malvado.

(Extractado de la revista «Scripture Truth», Volumen 15, 1923, páginas 271)

F. B. Hole


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