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Apocalipsis


person Autor: Hamilton SMITH 32

library_books Serie: Bosquejo Expositivo

(Fuente autorizada: bibletruthpublishers.com – comentario corregido)


Prefacio

Al aproximarse el momento del cumplimiento de lo que está predicho en el libro de Apocalipsis, existe en los corazones de muchos hijos de Dios, el deseo de instruirse en la palabra profética. Desde la gloria, el mismo Señor Jesucristo ha invertido su interés en «manifestar a sus siervos» estas verdades maravillosas, «porque el tiempo está cerca». El velo es levantado por Aquel que puede no solo revelar con conocimiento omnisciente «las cosas que deben suceder pronto», sino que también con poder omnipotente, puede llevar a su perfecto cumplimiento cada acontecimiento predicho.

Somos invitados a penetrar en el desarrollo del curso de los eventos proféticos, que tienen por escenario este mundo, con una promesa de bendición. «Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de la profecía». Cuando los pensamientos y el corazón son ejercitados en estos conocimientos, somos colocados en una relación íntima con Aquel que presidirá la sucesión de todos los eventos proféticos. Y si es que hemos de indicar la persona central de esta revelación, no podemos menos que decir que «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía».

Las verdades apocalípticas generan en el creyente una transformación interior, pues no solo iluminan el entendimiento en relación a los grandes designios y propósitos de Dios para con esta creación, sino que a la vez ejercen un notable efecto en la conducta y en la vida práctica. El creyente así iluminado, queda advertido para tener una conducta en separación con este mundo a punto de caer bajo el juicio, y recibe la energía necesaria para desarrollar su vocación celestial. Ningún auténtico hijo de Dios puede terminar de meditar esta revelación sin mirar a los cielos y gritar: «¡Ven, Señor Jesús!»

Presentamos un bosquejo expositivo con claros y sencillos desarrollos de la Escritura profética. Se publica con el deseo y la oración de que todos los que lo lean reciban iluminación, edificación y refrigerio, mediante la verdad que expone. Fue escrito por un siervo del Señor, ahora con Cristo, cuya claridad y sencillez en la exposición de las Escrituras, han sido apreciadas por numerosos santos de Dios en diversas partes del mundo.

Las citas de la Escritura en el Nuevo Testamento son de la versión Moderna, actualización de 2020. Para el antiguo Testamento empleamos la Versión Reina Valera, 1967.

Introducción

Apocalipsis (o Revelación) es el único libro del Nuevo Testamento totalmente consagrado a la profecía. En los tiempos del Antiguo Testamento hubo muchos profetas que advirtieron al pueblo de Dios y a las naciones acerca de los juicios venideros sobre los malvados, y que predijeron la bendición final para el mundo bajo el glorioso reinado de Cristo. Estas profecías, sin embargo, quedaron confinadas a la tierra y limitadas en el tiempo. En contraste con estas profecías de la antigüedad, Apocalipsis no solo nos presenta el futuro curso de acontecimientos en el tiempo, sino que además levanta el velo para que podamos mirar a la eternidad, y aprender las bendiciones que esperan al pueblo de Dios en el estado eterno.

Al leer Apocalipsis, como desde luego en el caso de otras partes de la Palabra, haremos bien en recordar que una gran diferencia entre los escritos de los hombres y la Palabra de Dios reside en el hecho de que todo lo que Dios ha registrado, tanto si es historia como si es profecía, tiene un propósito moral. Por esta razón, se omiten totalmente detalles que los hombres habrían registrado con sumo cuidado, mientras que se registran muchos incidentes que habrían sido pasados por alto por los hombres.

Al tratar de aprovechar este maravilloso desvelamiento del futuro, hemos de cuidarnos, por tanto, al leer este libro, que no busquemos satisfacer el deseo natural a penetrar en el futuro, sino más bien buscar que este maravilloso y escrutador desvelamiento del futuro tenga un efecto moral sobre nuestras vidas en el presente.

Además, al leer la Escritura hemos de guardarnos en contra del peligro de sacar deducciones para saber detalles de la existencia futura acerca de los que la Escritura no nos da referencia directa. Recordemos, como ya se ha observado en muchas ocasiones, que en el instante en que comenzamos a sacar deducciones de la Escritura abrimos la puerta a todas las imaginaciones de la mente humana.

No podemos dejar de ser conscientes de cuán apropiado es Apocalipsis como el último libro de la Biblia, porque mediante él se nos deja ver el resultado totalmente desarrollado de la iniquidad de todas las edades. Vemos todo el mal de la iglesia profesa, de Israel y de las naciones obrando en la terrible culminación de rebelión y apostasía, y recibiendo su final condenación en un juicio abrumador. Vemos el poder del diablo quebrantado para siempre, y a la muerte y al hades echados al lago de fuego.

Además, se nos permite mirar más allá, al juicio final de todo mal, y ver el cumplimiento de todos los propósitos del corazón de Dios, la manifestación de la gloria de Cristo y la consumación de la bendición eterna de su pueblo.

¡Cuán bueno es entonces humildemente «leer», «oír» y «guardar» todas las palabras de esta profecía, porque está cercano el tiempo en que todo se cumplirá (1:3). El abrigar de manera celosa estas comunicaciones tendrá como efecto mantener una separación moral de este mundo condenado al juicio, mientras andamos a la luz del glorioso mundo venidero con todas las bendiciones del estado eterno.

1 - La visión de Cristo (Apoc. 1)

(V. 1) El versículo inicial enfatiza la profunda importancia de esta porción de la Palabra de Dios, al recordarnos que es una revelación procedente de Dios, dada a Jesucristo, contemplado como el Hijo del hombre, y para sus siervos, tocante a «las cosas que deben suceder pronto». Aquel por medio de quien Dios se ha revelado, como el Hombre humilde sobre la tierra, es aquel por medio de quien, como Hombre glorificado, se revelan ahora las cosas que han de suceder.

Es una bendición saber que por lo que al futuro respecta no se nos deja a las vanas y discrepantes especulaciones de los hombres, que intentan sacar conclusiones de la historia pasada o de los acontecimientos presentes, para desentrañar el curso futuro del mundo. El velo es descorrido por Aquel que puede no solo revelar con conocimiento omnisciente las cosas «que deben suceder pronto», sino que, con poder omnipotente puede llevar a su cumplimiento cada acontecimiento predicho.

Además, estos acontecimientos futuros son revelados a los creyentes considerados como siervos. Con un conocimiento así podremos servir de manera inteligente, ajustados a los grandes propósitos que Dios hace cumplir. Quedaremos advertidos para andar en separación de un mundo marcado por la violencia y la corrupción, y que está a punto de caer bajo el juicio. Por encima de todo, seremos alentados en nuestro servicio, según vayamos aprendiendo la gloria a la que conduce, cuando finalmente los siervos del Cordero le verán cara a cara y le servirán en la esfera celestial (22:3-4).

Luego vemos que estas cosas no nos fueron dadas a conocer por comunicación directa, como cuando el Señor estaba presente con sus discípulos, sino generalmente por medio de un ángel enviado al apóstol Juan. Además, no solo fueron comunicadas, sino también “mostradas”, término este que incluiría instrucción mediante visiones además de comunicaciones mediante palabras.

(V. 2) Esta revelación de la que Juan dio testimonio nos viene con toda la autoridad de la Palabra de Dios, testificada por Jesucristo, mediante palabras y visiones. De modo que al final de Apocalipsis Juan puede decir: «Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas» (22:8).

(V. 3) Se pronuncia una especial bendición sobre el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas escritas en ella. Tal como empieza Apocalipsis, igual termina pronunciando la bendición sobre quien guarde las palabras de la profecía de este libro (22:7). De este modo se nos advierte contra el descuido de Apocalipsis, como si su contenido fuese meramente cosa de ociosa curiosidad y no tuviese ninguna consecuencia para nuestras vidas cristianas prácticas. Se nos exhorta a que demos atención a las verdades de las que habla y a que las atesoremos. Será solo haciendo esto que nuestros espíritus serán guardados serenos en medio de la creciente apostasía de la cristiandad y de la creciente violencia y corrupción que es el resultado del desmoronamiento del gobierno en las manos de los hombres.

(V. 4-5) Sigue la salutación de Juan. Al dirigirse a las siete iglesias en Asia, cada Persona divina es presentada de una manera que concuerda con el carácter de Apocalipsis. Dios es presentado como el Dios Eterno; el Espíritu es presentado simbólicamente en la plenitud de su poder delante del trono desde el que el mundo es gobernado. El Señor Jesús es contemplado como «el testigo fiel», como ha sido probado en el pasado por su vida perfecta en la tierra; que es preeminente como resucitado de entre los muertos, como se ve en su posición presente, coronado de gloria y honra; y que es el Soberano sobre todos los reyes de la tierra, lo que se ha de manifestar en el cercano futuro.

(V. 5-6) En el acto, la Iglesia que recibe esta Revelación responde a esta salutación. Aquel que es el testigo fiel de Dios, que ha roto el poder de la muerte y que ha de reinar aún sobre todos los reyes de la tierra, es Aquel que nos ama y que nos ha lavado de nuestros pecados. En el curso de la profecía tenemos una solemne perspectiva de Cristo como Juez. Le oímos emitiendo juicio sobre la iglesia profesa; aprendemos acerca de la tribulación por la que Israel ha de pasar todavía, y del juicio que caerá sobre las naciones; finalmente pasa ante nosotros el juicio de los muertos ante el gran trono blanco. Pero ante los juicios venideros, los creyentes tienen la bienaventurada certidumbre de que Aquel que va a juzgar los ha puesto más allá de todo juicio, llevando el juicio de ellos y lavándolos de sus pecados. Además, se nos asegura que los creyentes no solo están libres de juicio, sino que compartirán el glorioso reinado de Cristo, porque hemos sido hechos «un reino» para reinar, y sacerdotes para ofrecer alabanza a Dios.

La liberación del juicio y las bendiciones que aún hemos de gozar no son consecuencia de ningún mérito nuestro; todo lo debemos «a él». Es así con gran complacencia que los creyentes adscriben toda alabanza a Cristo, al decir: «A él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén». El gobierno de este mundo, encomendado a los gentiles, se desmoronó al principio mismo cuando la primera cabeza de las naciones dijo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?» (Dan. 4:30). Desde aquel día se han levantado hombres, uno tras otro, tratando de conseguir el dominio sobre las naciones para su propia gloria, y solo para descubrir, como sucedió en el caso de la primera cabeza de los gentiles, que aunque puedan ser usados por Dios en sus tratos gubernamentales para con los hombres, y que por ello prosperen durante un breve tiempo, sin embargo, al fin quedan abrumados por una humillante derrota. Al final se manifestará que toda «la gloria» será dada a Aquel contra quien se levantan «los reyes de la tierra», y Su «dominio» será «por los siglos de los siglos. Amén».

(V. 7) Luego sigue una declaración que compendia el gran tema de Apocalipsis: el juicio de judíos y gentiles, por el que la tierra será preparada para el glorioso reinado de Cristo. Cuando él venga a actuar en juicio no será como cuando el arrebato de la Iglesia, para ser visto solo por aquellos que son arrebatados para recibirle en el aire. Será una venida pública –«todo ojo lo verá». Creyentes e incrédulos, judíos y gentiles, sabrán que él ha venido, y que su venida significa juicio para todos los malvados. Por ello leemos que «se lamentarán a causa de él todas las tribus de la tierra».

(V. 8) La venida de Cristo como Juez, para juzgar todo mal e introducir su reino, establecerá la gran verdad de que Dios es el primero y el postrero, el Eterno, el Todopoderoso.

Por estos versículos introductorios aprendemos que a pesar de todo el desmoronamiento del hombre en su responsabilidad –trátese del judío, del gentil o de la Iglesia– con la resultante rebelión contra Dios y la violencia y la corrupción que llenan el mundo, Dios está en el trono, el Espíritu está delante del trono, y Cristo vendrá a juzgar el mal y a establecer su gloria y dominio para siempre. Además, los creyentes son presentados como separados de un mundo bajo juicio mediante la sangre que los ha lavado de sus pecados y que los ha hecho aptos para compartir en la gloria las bendiciones del venidero Reino de Cristo. Siendo que esperamos tales cosas, podemos desde luego decir con el apóstol Pedro: «¡Qué clase de personas es necesario que seáis en santa conducta y piedad!» (2 Pe. 3:11).

Esta introducción nos prepara para la primera división de Apocalipsis, comprendida en los versículos restantes de este primer capítulo. En esta división tenemos la comisión directa del Señor a Juan, y la presentación de sí mismo como el Hijo de hombre, a quien todo juicio ha sido encomendado.

(V. 9) Juan se refiere a sí mismo como un «vuestro hermano y copartícipe en la tribulación y reino y paciencia en Jesús». No se contempla como miembro de los reinos de este mundo con su gloria pasajera, sino del reino venidero de Cristo, por el que, como creyentes, hemos de esperar con paciencia. Además, su testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo, que advierte a los hombres del juicio venidero y del derrumbamiento de los reinos de este mundo, lo llevó a la tribulación, y al destierro en la isla de Patmos. Así, en Juan vemos la verdadera posición de la Iglesia mientras pasa a través de un mundo que ha rechazado a Cristo, y mientras espera que Sus enemigos sean hechos estrado de sus pies.

(V. 10-11) Como sucede tantas veces con los santos perseguidos por causa de Cristo, Juan ve que sus padecimientos vienen a ser la ocasión de un especial aliento de parte del Señor. De modo que en el día del Señor y en el gran poder del Espíritu, Juan tuvo visiones y revelaciones especiales que debía escribir y enviar a siete iglesias representativas.

(V. 12-16) Volviéndose para ver a Aquel que le hablaba, Juan tiene una visión del Hijo del hombre, que es presentado en el carácter del Anciano de días descrito por Daniel (Dan. 7:9-13). Ya no es más el Hijo del hombre en su humillación, escarnecido y rechazado por los hombres, sino el Hijo del hombre en gloria, dispuesto a actuar como Juez. Ya no aparece con el manto quitado y ceñido para servir a los santos, sino con ropajes judiciales. Los afectos están ceñidos con justicia, lo que se expone mediante el cinto de oro. La intensa santidad de sus juicios, pueden quedar expuestos por el hecho de que «Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve». El carácter escrutador de sus juicios lo tenemos seguramente expuesto ante nosotros con las palabras «y sus ojos eran como llama de fuego», de los que nada se oculta. Sus pies, «semejantes a bronce incandescente, como en un horno encendido», nos pueden estar hablando de un andar infinitamente santo que resiste la prueba de Dios «es fuego que consume» (Hebr. 12:29). Su voz como estruendo de muchas aguas abruma toda voz opositora. En su mano tenía las siete estrellas que, un poco más adelante, vemos que son los siete representantes de las iglesias, mostrando que todo es sustentado por Su poder. De su boca salía una espada aguda de dos filos, haciendo referencia a la Palabra que «penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos; y ella discierne los pensamientos y propósitos del corazón» (Hebr. 4:12). Su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor; esto se refiere a la luz que denuncia las tinieblas de este mundo.

(V. 17) ¿No es evidente que cada símbolo exhibe al Señor en su carácter de Juez? Para Juan, que había conocido al Señor en su infinita gracia y amor, fue abrumador. El resultado es que aquel discípulo que había estado reclinado junto al Señor con su cabeza cerca de su seno, ahora cayó «a sus pies como muerto». Sin embargo, aquel que es «vuestro hermano y copartícipe en la tribulación y reino y paciencia en Jesús» no tiene nada que temer. Aquel que está a punto de juzgar pone su mano sobre el creyente, y le dice: «No temas». En el acto el Señor nos dice por qué el creyente no ha de temer en presencia del Juez. La gloria de su Persona y la grandeza de su obra quitan nuestro temor. En su Persona él es «el primero y el último; y el que vive». Él es el Eterno. Sin embargo, él se hizo carne y murió, y ha resucitado para vivir para siempre. Para el incrédulo él es el Hijo del hombre, a quien ha sido encomendado todo juicio. Para el creyente él es también el Hijo del hombre que ha quebrantado el poder de la muerte y del sepulcro.

(V. 19) Habiendo quitado el temor a su siervo, el Señor indica las tres principales divisiones de Apocalipsis.

Primero, las cosas que Juan había visto: la gloria de Jesús mientras anda en medio de las siete iglesias.

Segundo, «las que son»: el actual período de la Iglesia expuesto por siete iglesias representativas (cap. 2 y 3).

Tercero, «las cosas que han de suceder después de estas»: los acontecimientos que siguen cuando la Iglesia ha sido quitada de la tierra para estar con Cristo en gloria (cap. 4 al 22).

(V. 20) Antes de entrar en la segunda división de Apocalipsis, el Señor explica el misterio de las siete estrellas y de los siete candelabros. Las estrellas son luces celestes subordinadas, y como figura parecen significar aquellos que, por don o experiencia, son idóneos bajo la conducción del Señor, para ministrar verdad celestial al pueblo de Dios. Además, de las estrellas se dice que son los ángeles de las siete iglesias. En la Escritura encontramos que el término «ángel» es empleado en ocasiones para significar «representación» y que no necesariamente implica un ser angélico. En este pasaje el ángel parecería denotar aquellos que eran los representantes responsables de las asambleas ante Cristo. Se ha observado que podemos comprender a un ángel empleado como medio de comunicación entre el Señor y su siervo Juan, pero sería difícil pensar que Juan sería empleado por el Señor para escribir una carta de Cristo a un ser angélico literal.

Finalmente, aprendemos que los candelabros son símbolos de las iglesias en su responsabilidad de ser luz para Cristo en un mundo del que él está ausente.

2 - Las siete iglesias (Apoc. 2 y 3)

El primer capítulo nos ha presentado la visión de Cristo, el Hijo del hombre, en su carácter como Juez, lo que forma la primera división de Apocalipsis, mencionada en el versículo 19 como «las cosas que has visto». En los capítulos segundo y tercero vienen ante nosotros «las que son». Es evidente, por los versículos 4, 11 y 20 del capítulo 1, que Apocalipsis se dirigía a las siete iglesias existentes en los días de los apóstoles en una provincia de Asia Menor. Pero difícilmente se puede poner en duda que estas iglesias en particular fueron seleccionadas para presentar imágenes de las condiciones morales que se desarrollarían sucesivamente en la profesión de la cristiandad desde los días de los apóstoles hasta el fin del período de la Iglesia. Así, «las que son» presentan proféticamente todo el período de la historia de la Iglesia sobre la tierra. Además, estas siete iglesias se ven bajo el símbolo de siete candelabros. Esto indica desde luego que estos destinatarios contemplan la Iglesia en su responsabilidad de ser luz para Cristo en la época de su ausencia.

Además, vemos que el Señor es presentado como andando en medio de las iglesias como Juez, para descubrir hasta dónde la Iglesia ha actuado conforme a su responsabilidad de alumbrar para Cristo. En base de estas cartas aprendemos que la Iglesia, lo mismo que todo lo demás, iba a fracasar totalmente tocante a la responsabilidad. Vemos expuesta la raíz de todo el fracaso, su progreso seguido a lo largo de las eras, y su fin predicho cuando la iglesia profesa será totalmente rechazada por Cristo como algo nauseabundo. No obstante, en medio de todo el fracaso aprendemos que hay aquello que el Señor aprueba, y que es posible para la persona individual vencer aquello que el Señor condena; y para los tales hay especiales promesas de bendición.

¡Cuán alentador es que en los días finales de la cristiandad no seamos dejados a formarnos nuestro propio juicio acerca de los males de la cristiandad, ni de aquello que tiene la aprobación del Señor en medio del fracaso! En estas cartas tenemos el pensamiento del Señor. En cada una de ellas tenemos esta exhortación: «El que tiene oído, escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias». ¡Cuán profundamente importante es entonces que prestemos oído a las palabras del Señor, registradas por el Espíritu, y aprender así el pensamiento del Señor para la persona individual en un día de ruina! No obstante, si hablamos de la ruina de la Iglesia, recordemos que, como se ha dicho, “por lo que respecta al propósito de Dios, la Iglesia no puede ser arruinada, pero por lo que respecta a su condición actual de responsabilidad como testimonio para Dios sobre la tierra, está en ruina”.

Además, si reconocemos la ruina de la Iglesia en cuanto a su responsabilidad, guardémonos de contentarnos con el conocimiento de que como creyentes nuestra salvación es segura, y de seguir inconscientemente indiferentes al pensamiento del Señor para con nosotros en medio de la ruina. Guardémonos de pensar, como alguien ha dicho, “que el poder de Señor se debilita cuando hay una ruina real presente. Su obra será conforme al estado en que la iglesia está, no al estado en que no está… Lo que necesitamos es… una fe real y práctica en la aplicación de los recursos de Dios para hacer frente a las circunstancias presentes… La fe viva ve no solo la necesidad, sino también los pensamientos y la mente del Señor acerca de aquella necesidad, y cuenta con el amor actual del Señor”.

Con el deseo de conocer su pensamiento, consideremos entonces las cartas a las siete iglesias, y aprendamos de esta manera a rehusar todo lo que el Señor condena, mientras tratamos de responder en conformidad a aquello que tiene su aprobación.

2.1 - La carta a la iglesia en Éfeso (2:1-7)

En esta carta, ¿no podemos decir que tenemos una presentación de la Iglesia tal como es vista por Cristo en los días finales de los apóstoles? En cada carta se encontrará que el Señor se presenta en un carácter que se corresponde con la condición de la Iglesia. En esta etapa temprana de la historia de la Iglesia no había señales externas de apostasía. Cristo es visto aún como Aquel que sostiene las siete estrellas en su mano y que anda en medio de las iglesias. ¿No indica esto que los que fueron puestos en una autoridad subordinada bajo la conducción del Señor para representar sus intereses en la asamblea, seguían sostenidos por su poder y estaban bajo su dirección? Además, el Señor podía aún andar en medio de las iglesias, y no estar fuera, a la puerta, como en Laodicea.

En esta temprana etapa de la historia de la Iglesia había todavía mucho de lo que el Señor podía aprobar. Los santos estaban señalados por las labores y la paciencia en el servicio del Señor. Habían sufrido pruebas por el nombre de Cristo, y no se habían desalentado. Habían resistido a cada ataque de Satanás desde fuera para corromper a la Iglesia mediante falsas pretensiones y malas acciones.

Sin embargo, aunque externamente irreprochables, el Señor, que conoce el corazón, tiene esto que decirles: «Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor». Aquí tenemos la raíz de todo fracaso en la Iglesia bajo responsabilidad. Se ha dicho: “Lo que daña y finalmente lleva a la ruina surge invariablemente de dentro, no de fuera. En vano intenta Satanás derribar a los que, reposando en el amor de Cristo, lo tienen como el amado objeto de su vida y alma”. Habiendo perdido su primer amor para con Cristo, el Señor tiene que pronunciarles estas solemnes palabras: «Has caído». Por muy externamente irreprochable que fuese su testimonio ante el mundo, la Iglesia estaba caída delante del Señor. Sigue la advertencia de que, si no hay arrepentimiento, su candelabro será quitado. Si se pierde el primer amor por Cristo, se desvanecerá la luz delante de los hombres.

Lo que es cierto de la Iglesia como un todo, es desde luego cierto en la historia de cualquier asamblea local, y, desde luego, de cada creyente individual. La raíz de todo fracaso está en el interior, en el corazón, y si no hay arrepentimiento, el testimonio externo, bajo el gobierno de Dios, dejará de tener poder alguno.

Sin embargo, si, tal como sabemos, no hubo recuperación de parte de la Iglesia como un todo, era posible para los individuos vencer este solemne fracaso interior y mantener el primer amor para con Cristo. A estos, el Señor se les revelaría como el Árbol de la vida –la fuente oculta de sustento espiritual en el paraíso de Dios, donde ningún enemigo se entrometerá jamás para apartar nuestros corazones de Cristo.

2.2 - La carta a la iglesia en Esmirna (2:8-11)

Esta carta indicaría de cierto los días de persecución que sabemos que se permitiría que la Iglesia pasase tras su decadencia de la pureza apostólica.

El Señor se presenta de una manera que fuese del mayor aliento a los santos que estaban padeciendo persecución, hasta la muerte. Él está antes de todos los que se levantan contra su pueblo, y permanecerá cuando los perseguidores hayan pasado para siempre. Si los santos son llamados a hacer frente a la muerte, que recuerden que Cristo estuvo muerto y vive.

En Esmirna vemos los males nuevos con los que era atacada la Iglesia, la tribulación que el Señor permitió para detener estos crecientes males y la consagración de los vencedores individuales que, en medio de la persecución, fueron fieles hasta la muerte.

En este período de la historia de la Iglesia, el esfuerzo de Satanás por corromper la Iglesia y desfigurar todo testimonio adoptó una forma doble. Primero, hubo el surgimiento de la influencia corruptora, dentro del círculo del cristianismo, de los que intentaban añadir judaísmo al cristianismo. Segundo, surgió oposición desde fuera, de parte de perseguidores gentiles, contra el cristianismo. Ambos males se remontan a Satanás. Tocante a los maestros judaizantes, mientras los apóstoles estuvieron en la tierra, quedaron frustrados todos los esfuerzos de Satanás por conseguir la aceptación del judaísmo en la Iglesia de Dios. Después de su partida surgieron no solo individuos judaizantes, sino un partido en concreto, aquí designado como sinagoga de Satanás, que intentó agregar las formas, ceremonias y principios del judaísmo al cristianismo. Este mal ha estado en actividad desde entonces, de modo que en la actualidad la profesión cristiana ha perdido su verdadero carácter celestial y ha venido a ser un gran sistema mundano con magníficos edificios, formas y ceremonias, que atraen al hombre natural según el modelo del sistema judaico.

En presencia de este grave distanciamiento, el Señor dejó que la Iglesia pasase por un período de persecución que hizo manifestar, en medio de las crecientes tinieblas, a aquellos que le eran adictos, siendo fieles «hasta la muerte». Los tales tienen la certidumbre de parte del Señor de que él está por encima de todos, y que ha puesto un límite a los padecimientos de los suyos. Él recompensará la fidelidad de ellos hasta la muerte con una corona de vida, y la promesa de que, aunque puede que pasen a través de la muerte, nunca sufrirán ningún daño «con la muerte segunda».

2.3 - La carta a la iglesia en Pérgamo (2:12-17)

En esta carta vemos un alejamiento mayor de la iglesia profesa, que siguió a los días de la persecución, y que fue consecuencia de la enseñanza y de las prácticas del partido judaizante dentro de la iglesia profesa.

A la profesión cristiana de este período se presenta el Señor como Aquel que «tiene la espada aguda de dos filos». Esta solemne condición de la Iglesia es denunciada con el filo cortante de la palabra de Dios. Vincular el judaísmo con el cristianismo es un intento de acomodar el cristianismo con el mundo mediante la adopción de aquello que atrae la vista y los sentidos del hombre natural. Acaba no atrayendo a personas fuera del mundo, sino llevando la profesión cristiana, la cristiandad, al mundo. Así, el Señor tiene esto que decir a la Iglesia de este período: «Sé dónde habitas, donde está el trono de Satanás». Donde habitamos es una seria indicación de lo que desean nuestros corazones. Habitar donde está el trono de Satanás indica de cierto un estado de corazón que desea morar bajo el patrocinio y pompa de un mundo donde Satanás es príncipe.

Sin embargo, aunque buscando el patrocinio del mundo, en este período de la historia de la Iglesia se seguían manteniendo las grandes verdades cardinales acerca de la Persona y obra de Cristo, porque el Señor puede decir: «Pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe». Como sabemos, se celebraron concilios que rehusaron todos los intentos del arrianismo de negar la deidad de Cristo, y que declararon las grandes verdades de la fe frente a persecuciones y martirio.

A pesar de esta medida de fidelidad a Cristo y a la fe, la Iglesia, que había caído bajo el patrocinio del mundo, adoptó los métodos del mundo y cayó bajo los males que señalaron a Balaam en la antigüedad. Surgió en la iglesia profesa una clase de hombres que, como aquel malvado, convirtieron el ministerio en una provechosa profesión, ligando de esta manera la Iglesia al mundo y privándola de su verdadera posición de una virgen pura desposada con Cristo. Esto abrió a su vez la puerta a los que tienen la doctrina de los nicolaítas, que aparentemente era la doctrina antinomia que mantenía que la vida de piedad práctica valía para poco, siendo que el creyente está justificado por la fe. Esto era transformar la gracia de Dios en disolución. Contra los tales el Señor emplearía la espada de doble filo de su Palabra que ciertamente nos da a conocer la gracia de Dios, pero que también nos advierte que «nuestro Dios es fuego que consume» (Hebr. 12:29).

El vencedor que rehusase asentarse en el mundo buscando la aprobación pública adoptando sus métodos sería recompensado con la secreta aprobación del Señor, y sería sustentado por Cristo con el «maná escondido», que, en su camino a través de este mundo, fue un extranjero que no tenía donde recostar su cabeza.

2.4 - La carta a la iglesia en Tiatira (2:18-29)

¿Acaso se podrá dudar que en esta carta tenemos una predicción de la condición de la iglesia profesa en los tiempos medievales? El Señor es presentado como el Hijo de Dios con ojos como llama de fuego, discerniendo todo mal, y con pies como de bronce bruñido, preparado para actuar contra el mal.

Las palabras del Señor indican que en este período la iglesia profesa estaba distinguida por dos marcas características. Primero, por parte de muchos había una gran consagración expresada por sus obras, amor, fe, servicio y paciencia. ¿No confirma la historia las palabras del Señor? Sabemos que, a pesar de mucha ignorancia y superstición, hubo durante la Edad Media un gran número de individuos señalados por su consagración personal, una abnegación integral y un paciente padecimiento por causa de Cristo.

Segundo, a pesar de esta consagración por parte de estas personas, las palabras del Señor indican que en este período la iglesia profesa llegó a «las profundidades de Satanás». Porque fue entonces que se manifestó plenamente el terrible sistema conocido como el Papado, simbolizado por «esa mujer Jezabel». En este sistema vemos la exaltación de la carne, porque esa mujer «se dice profetisa». La Iglesia asume el papel de maestro para enunciar doctrina, llevando a una impía alianza con el mundo, y estableciendo un sistema de idolatría con el culto a las imágenes y a los santos. Aquí vemos un gran avance sobre el mal que se había manifestado en Pérgamo. Ahí la Iglesia estaba asentándose bajo el patrocinio del mundo, donde Satanás está entronizado. En Tiatira vemos que la consecuencia de morar en el mundo es que la iglesia profesa intenta exaltarse a sí misma gobernando sobre el mundo y ministrando a sus concupiscencias. La consecuencia de este terrible sistema es una generación dentro de la iglesia profesa que incurre en sentencia de muerte, y los escrutadores juicios del Señor, según sus obras.

Sin embargo, en presencia de este sistema corruptor de mal el Señor tenía un remanente, que estaban personalmente libres de su enseñanza, y que eran extraños a las profundidades de Satanás en las que la mayoría había caído. Los tales no debían esperar arrepentimiento ni reforma en este terrible sistema, sino mantenerse firmes en la verdad que tenían hasta que el Señor venga. Entonces tendrán su recompensa. Habiendo rehusado reinar en el mundo durante la ausencia de Cristo, gobernarán con poder sobre las naciones en el día de Su gloria. Mientras tanto, el vencedor conocerá a Cristo como la Estrella de la Mañana –Aquel que vive por los suyos en todas sus pruebas, antes que amanezca el día en el que él vendrá como Sol de justicia.

2.5 - La carta a la iglesia en Sardis (3:1-6)

A esta iglesia el Señor se presenta como Aquel «que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas». Por mucho que el romanismo haya asumido «poder sobre las naciones», sigue siendo cierto que la plenitud del poder, expuesto por «los siete espíritus de Dios», está en el Señor; y por muy grande que haya sido el apartamiento de la verdad, hay aquellos, simbolizados por las siete estrellas, mediante los que puede dar luz celestial a los suyos. Así, sabemos que a pesar del poder y de las pretensiones de Roma, surgieron los que resistieron a los males de este sistema. ¡Ay!, cualquiera que fuese la resistencia al error, y cualquiera que fuese el avivamiento de verdad en este movimiento, que conocemos como la Reforma, se ha desmoronado en las manos de los hombres. Como siempre, el hombre fracasa en su responsabilidad. El resultado ha sido el desarrollo del protestantismo, que ciertamente tiene «nombre» de que vive, y que por ello se mantiene por la verdad delante de los hombres, pero el Señor tiene que decir, en cuanto a la realidad, que delante de él, «estás muerto». Podemos desde luego sentir gratitud que por medio de su posición contra el romanismo se ha conseguido una Biblia abierta para el pueblo de Dios, y que se ha reafirmado la gran verdad de la justificación por la fe. Pero, ¡ay!, contentados con la mera ortodoxia, la Biblia ha llegado a ser para las masas protestantes poco más que letra muerta, y sus verdades no han sido recibidas con fe personal, dejando las vidas de la masa sin cambios. Alguien ha dicho: “Nada es más común entre los protestantes que admitir que algo sea totalmente cierto porque está en la Palabra de Dios, pero sin la menor intención de actuar en base de ello”.

Una condición así solo puede llevar al juicio del Señor. Su venida encontrará dormidos a todos los profesos sin vida, así como sucederá con el mundo (1 Tes. 5:26).

Sin embargo, lo mismo que en el corrompido e idólatra romanismo existe un devoto remanente, lo mismo hay en la muerta ortodoxia del protestantismo «unos pocos» que constituyen un remanente, del que el Señor puede decir que «no han ensuciado sus ropas; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos». En medio de una profesión sin vida, ellos anduvieron personalmente con Cristo, y sus nombres serán retenidos en el libro de la vida, y serán reconocidos públicamente delante del Padre y de sus ángeles.

2.6 - La carta a la iglesia en Filadelfia (3:7-13)

A esta asamblea, el Señor no se presenta en un aspecto judicial como dispuesto para juzgar, ni en una manera oficial como dirigiendo las asambleas, sino más bien en sus atributos morales como «el Santo» y «el Verdadero». Esto tiene una bendita concordancia con la condición moral de la asamblea de la que el Señor puede decir: «has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre». En medio de un apartamiento general ellos atesoraron y obedecieron la palabra del Señor, y por encima de todo mantuvieron celosamente la gloria de la Persona de Cristo, y rehusaron toda «negación» de su Nombre.

El Señor, que tiene la llave, puede emplearla en favor de los tales. A pesar de todo el poder del enemigo, él les abre puertas de servicio, en conformidad con su voluntad, y cierra puertas que llevarían a un camino contrario a Su pensamiento. Los tales puede que tengan poca fuerza y que no sean muy atrayentes para el mundo, como en el caso de Tiatira. Ni tienen ningún nombre por una gran reforma, como en el caso de Sardis. Pero si no están señalados por nada acerca de lo que el mundo pueda maravillarse y admirarse, tienen la aprobación del Señor, y en el día venidero todos los opositores llegarán a saber que son amados del Señor.

¿No tenemos en esta asamblea la predicción del Señor de que, en medio de las crecientes corrupciones de la cristiandad, y antes del fin del período cristiano, se suscitaría un testimonio de las verdades de la palabra de Cristo, y de la autoridad y valor supremos de su Nombre?

No obstante, si Dios suscita este testimonio renovado en medio de las tinieblas que prevalecen, también somos advertidos de que Satanás intentará suscitar un contra-testimonio mediante un avivamiento del judaísmo con sus formas y ceremonias. Sabemos que el avivamiento de la verdad de la Iglesia contenida en la Palabra de Cristo fue en el acto confrontada con un gran estallido de ritualismo y superstición mediante el que Satanás ha tratado de desvirtuar la Palabra de Cristo y apartar corazones de la Persona de Cristo, y con ello robar a los cristianos de todo verdadero servicio y culto.

Si los tales son advertidos de la oposición que encontrarán de parte de Satanás, también son alentados a soportar con paciencia, sabiendo que, si son guardados a través de las pruebas presentes, serán también guardados de la hora de la prueba que está para venir «sobre todo el mundo habitado».

Debido a su «poca fuerza» y al constante conflicto debido a la oposición de Satanás, que intenta mediante falsos sistemas religiosos robar la verdad a los santos, esta asamblea está especialmente expuesta al peligro de abandonar el mantenerse firme por la verdad que ha sido recuperada para ellos. Para hacer frente a este peligro son exhortados a «retener» lo que tienen –la verdad, el valor del nombre de Cristo y el amor y la aprobación del Señor. Dejar ir estas grandes bendiciones resultará en la pérdida de la corona de recompensa en el día venidero. Para alentarlos a «retener», el Señor pone ante ellos su venida, por la que tienen que esperar solo un poco, porque viene en seguida.

El vencedor –el que «retiene», tendrá una brillante recompensa en el día de la gloria. Poniendo atención a la advertencia del Señor a «retener», y contentándose con un poco de fuerza y con ello de ser poco considerado en la estima del mundo en el día presente, tendrá una posición de poder en el día venidero. Haciéndolo todo del nombre de Cristo en el día de su rechazo y en un mundo que más y más menosprecia su nombre, tendrá el nombre de Cristo expuesto sobre él en aquel hogar de gloria, la nueva Jerusalén.

2.7 - La carta a la iglesia en Laodicea (3:14-22)

En la última carta aprendemos del solemne fin del creciente fracaso de la Iglesia en su responsabilidad a lo largo de todo el período de la Iglesia. Vemos también cómo se ha abusado de la gracia avivadora del Señor, y lo poco que se han oído sus advertencias. Pero aprendemos que en medio de todos los fracasos el Señor permanece como el inmutable recurso de los suyos, y que en el día más tenebroso hay una rica bendición para el creyente individual.

En acusado contraste con la gran profesión cristiana que nunca ha sido fiel a Dios ni un verdadero testigo ante los hombres, el Señor se presenta como «el Amén» –Aquel mediante quien se cumplirán todos los propósitos de Dios; como «el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios», donde todo será conforme a Dios.

Luego pasa ante nosotros una solemne imagen de la última etapa de la iglesia profesa. El fracaso que comenzó con la pérdida del primer amor a Cristo acaba con una indiferencia tan grande acerca de Cristo, que la Iglesia no se siente movida, aunque Cristo está fuera de su puerta, y sorda a todo llamamiento con el que él querría ganar sus corazones. La gracia que nos ha restaurado una Biblia abierta, y que ha avivado las grandes verdades tocantes a Cristo y a la Iglesia, es tan abusada por la masa profesa cristiana que acaba con la gran masa empleando la verdad para exaltarse a sí mismos y jactarse de que son ricos y enriquecidos y que no necesitan nada. Como siempre, la vanidad de los jactanciosos los ciega a su verdadera condición. La masa auto-complacida no sabe que a los ojos de Dios son espiritualmente «desdichados, miserables, pobres, ciegos y desnudos». La condición de los tales es nauseabunda para Cristo, y solo puede terminar con el rechazo total de la profesión cristiana por parte de Cristo.

Sin embargo, la gracia del Señor les aconseja a que se vuelvan a él para hallar en él todo lo que suplirá su desesperada necesidad, para que obtengan las verdaderas riquezas, para que su vergüenza sea cubierta, y para que sus ojos sean abiertos para ver en Cristo a Aquel que puede no solo suplir las necesidades de ellos, sino a Aquel que «todo él codiciable» (Cant. 5:16).

Entonces aprendemos que en medio de estos últimos y tenebrosos días habrá almas fieles que el Señor ama, manifestadas por las mismas reprensiones y por la disciplina que el amor pueda hallar necesario para llamarlas a sí mismo. El Señor se encuentra a la puerta de las tales, llamando con paciencia, mientras trata de encontrar un lugar en los afectos de ellas. Abrirle la puerta significa desde luego que le damos lugar en nuestros corazones y que de esta manera volvemos a nuestro primer amor. A los tales, el Señor les dice: «Cenaré con él, y él conmigo». Entrará en todos nuestros ejercicios y en nuestras pruebas, y nos conducirá a sus cosas celestiales.

¿No debemos entonces aprender que en los días finales del período cristiano el camino se irá haciendo más y más individual, pero que será posible para el individuo volver al primer amor y gozar así de la más elevada bendición espiritual de la comunión secreta con el Señor, aunque no haya una vuelta a un testimonio público o unido de parte de la gran masa profesa?

El vencedor que no se vanagloria de riqueza espiritual, que no busca reconocimiento público y que se siente contento con la aprobación secreta del Señor será, en el día de la gloria, manifestado con Cristo en su trono.

3 - El Trono (Apoc. 4)

En medio de la ruina de la Iglesia en su responsabilidad y el fracaso de los que han tratado de ajustarse al pensamiento del Señor en un tiempo de ruina, es una gran consolación que hay una escena a la que la fe puede volverse en la que nuestros afectos pueden desparramarse libremente y todas nuestras asociaciones ser puras y venturosas. Una escena así es la que se desarrolla delante de nosotros en los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis.

Nada podría ser más tenebroso o desolador que la última fase de la iglesia profesa tal como se presenta al final del capítulo 3. Allí encontramos aquello que profesa el nombre de Cristo en la tierra jactándose de sus riquezas, satisfecho con su condición, y sin embargo no solo indiferente acerca de Cristo, sino en realidad rechazando a Cristo, de modo que Cristo es hallado fuera de la puerta. Como en la antigüedad, cuando la nación de Israel selló su condición rechazando a su Mesías, y su casa les fue dejada desierta, así sucede con la cristiandad, que está sellando su condición rechazando a Cristo, y bien pronto será escupida de su boca. Así es la solemne imagen de Apocalipsis 3, el cumplimiento de lo cual vemos desarrollándose en la actualidad a nuestro alrededor.

En una condición de cosas así, ¡qué alivio para el corazón pasar en espíritu a las escenas expuestas en los capítulos 4 y 5. Al comienzo de estos capítulos hemos dejado la tierra con su puerta cerrada contra Cristo para encontrar una puerta abierta en el cielo para los que pertenecen a Cristo. No es una gran dificultad que nos cierren las puertas a la cara en la tierra si tenemos una puerta abierta para nosotros en el cielo, y una invitación a subir y a entrar por ella. Al entrar, dejamos atrás la escena en la que los hombres dejan a Cristo en nada, para encontrarnos en una escena en la que Cristo es todo en todos.

Para comprender el Libro de Apocalipsis, hemos de recordar la triple división dada por el Señor a Juan tal como se ha registrado en el capítulo 1:19, donde al apóstol se le dice: «Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas». En la visión de Cristo hemos visto la primera de estas divisiones –lo que Juan había visto. En las siete iglesias, presentando todo el período de la iglesia, tenemos la segunda división: «las que son». Desde Apocalipsis 4 en adelante tenemos la tercera división: «las cosas que han de suceder después de estas», después del final de la historia de la iglesia sobre la tierra.

(V. 1) El primer versículo de esta sección comienza con la expresión «después de esto», y de nuevo al final del versículo leemos de «lo que debe suceder después de esto». Evidentemente, estas palabras hacen referencia a la tercera división y nos introducen a la parte estrictamente profética del libro.

Nos ayudará a comprender estas profecías el tener ante nosotros las principales subdivisiones de esta tercera sección de Apocalipsis. Parecen ser como sigue:

Primero, los capítulos 4 y 5, que son introductorios, dándonos una visión de las cosas del cielo, a fin de poder aprender la actitud de Dios, con acontecimientos a punto de tener lugar en la tierra y contándonos también cuál es, durante estos acontecimientos, el lugar de los santos de esta era, y de eras anteriores.

Segundo, en los capítulos 6 hasta 11:18 tenemos una serie de acontecimientos, que ocurren en sucesión, y que cubren todo el período entre el arrebato de la Iglesia y la aparición de Cristo para establecer su reino.

Tercero, en los capítulos 11:19 hasta 19:10 somos instruidos en cuanto a importantes detalles relacionados con líderes y acontecimientos que tienen lugar durante este período.

Cuarto, desde los capítulos 19:11 hasta 21:8, se reanuda el orden de acontecimientos interrumpido en el capítulo 11:18, desarrollándose ante nosotros el futuro desde la manifestación de Cristo y a través de los días del milenio, hasta el estado eterno.

Quinto, en los capítulos 21:9 hasta 22:5 se nos devuelve retrospectivamente a aprender detalles adicionales acerca de los santos celestiales en relación con la tierra durante la era del milenio.

Volviendo a la consideración de la primera subdivisión, observamos que el gran tema del capítulo 4 es el Trono de Dios, mientras que el capítulo 5 se ocupa del Libro en el que están registrados todos estos acontecimientos. Por tanto, debemos aprender que detrás de todo lo que tiene lugar en la tierra está el trono soberano y predominante de Dios, y que cada acontecimiento tiene lugar según los consejos firmes de Dios.

Cuando la corrompida iglesia profesa haya cerrado la puerta a Cristo en la tierra, se descubrirá que hay una puerta abierta en el cielo a través de la que la verdadera Iglesia, como Juan, puede pasar para estar con Cristo en el cielo. Aquel que llama a Juan de la tierra al cielo queda identificado con Aquel que habló al principio de las siete iglesias. Y, como sabemos, es el mismo Señor. Del mismo modo, será la propia voz del Señor la que nos llamará para encontrarnos con él en el aire.

La perspectiva desde la que veamos las cosas marcará una enorme diferencia en cuanto a la forma en que las consideremos. Somos invitados, como lo fue Juan, a pasar en espíritu a las escenas celestiales y a contemplar todo lo que ha de tener lugar en la tierra, desde el punto de vista del cielo. Somos partícipes del llamamiento celestial, y debemos contemplar estos eventos venideros como hombres celestiales. Si no se conoce el llamamiento celestial de la Iglesia y no se acepta la posición celestial, fracasaremos en la correcta interpretación de estos acontecimientos venideros al ocuparnos y distraernos con los acontecimientos actuales en el mundo que nos rodea.

(V. 2-3) El resultado inmediato del llamamiento fue que Juan estuvo «en espíritu». Lo mismo que Pablo, cuando fue arrebatado al tercer cielo, no estaba consciente de su cuerpo. Estaba totalmente absorto por las grandes visiones y temas del cielo. Estaba allí como testigo para dar testimonio a la Iglesia de todo aquello tal como le era revelado. Pablo, cuando fue arrebatado al Paraíso, «oyó palabras inefables que no le es permitido al hombre expresar» (1 Cor. 12:4). En cambio, a Juan se le manda escribir «las cosas» que vio, y se le ordena: «No selles las palabras de la profecía de este libro» (Apoc. 1:19; 22:10). La diferencia parece residir en que Pablo ve las cosas que pertenecen al círculo íntimo de la Casa del Padre, mientras que Juan, aunque nos guía verdaderamente a escenas celestiales y nos habla de cosas celestiales, se trata sin embargo de acontecimientos relacionados con la tierra. Es nuestro feliz privilegio sacar provecho de lo que Juan ha escrito de las cosas que vio y oyó. Así, podemos pasar en espíritu a esta escena celestial, respirar su puro aire y obsequiar nuestras almas con las cosas que hablan de Cristo. En toda esta gran escena no hay nada que ministre a la carne ni que nos distraiga de Cristo.

Lo primero que vemos es un trono; además, el trono está «colocado en el cielo». El trono es el emblema del gobierno y de la autoridad; la garantía de orden, bendición y seguridad por todo el universo. La caída fue en realidad un reto al trono; el pecado es rebelión contra el trono; la incredulidad es la negación de la existencia del trono; la soberbia aspira al trono, y el diablo se enfrenta al trono. ¡Qué bendición, entonces, después de seis mil años de rebelión contra el trono, pasar al cielo y encontrar el trono «colocado en el cielo», asentado, inalterable e inconmovible, de modo que podemos con razón decir que en este pasaje el gran tema es la gloria del trono de Dios!

Incluso ahora gobierna el cielo, aunque de una manera oculta. Tal Sumo Sacerdote… «se sentó a la diestra del trono de la majestad en los cielos», y desde este trono él vive siempre para interceder por los santos según van pasando por este mundo (Hec. 7:25; 8:1). Para el creyente, el trono es un trono de gracia. Desde el trono que ve Juan, está a punto de empezar el juicio. En la actualidad abunda el mal, prevalece la iniquidad, y el mundo se va señalando más y más con violencia y corrupción, y Dios tiene gran paciencia con el mal para dar lugar a los hombres para que se arrepientan, y para dar a conocer Su gracia. Sin embargo, la fe sabe que, detrás de todo esto, el trono de Dios se mantiene inalterable en el cielo. La conciencia de que Dios está detrás de todo, y de que su trono permanece con toda la gracia disponible para los santos, con todo su poder intacto frente al mal de los hombres, mantendrá el alma en la calma del cielo mientras camina en medio de la agitación de la tierra.

Además, había «sobre el trono uno sentado». Esta gloriosa Persona no es descrita, pero se emplean piedras preciosas como símbolos para exponer su gloria. Hemos de recordar que Dios es visto en relación con el trono. Lo que tenemos ante nosotros no es el corazón del Padre revelado por el Hijo que moraba en el seno del Padre, sino la gloria de Dios expuesta en Cristo sobre un trono en relación con el gobierno del universo. Las piedras preciosas son símbolos que exponen el resplandor de la gloria divina en gobierno. Se ve en el cielo, aunque no está aún manifiesto sobre la tierra. Sobre la tierra vemos el mal gobierno del hombre y la paciencia de Dios. Si el resplandor del trono se hubiese manifestado sobre un mundo pecaminoso, habría implicado el juicio para todos. La visión nos lleva más allá del día de la gracia a un tiempo en el que la Iglesia habrá sido arrebatada al cielo, a lo que seguirá el resplandor del trono, refulgiendo en juicio sobre la tierra.

Además, Juan ve «un arco iris alrededor del trono semejante a una esmeralda». Sabemos por Génesis 9 que el arco iris nos habla del pacto eterno entre Dios y todas las criaturas vivas sobre la tierra. Nos habla de bendición para la tierra asegurada por la promesa divina, pero de bendición después de juicio. El arco iris sale después de la tempestad, así como la promesa de Dios de bendición sigue cuando ha pasado el juicio del diluvio. El arco iris que rodea al trono es la señal segura de que habrá bendición para la tierra más allá del juicio de las naciones.

(V. 4) Alrededor del trono, Juan ve veinticuatro ancianos; y sobre los tronos «veinticuatro ancianos». Queda claro que los ancianos no representan seres angélicos por el versículo undécimo del siguiente capítulo, donde encontramos a los ángeles descritos como una compañía distinta de pie alrededor de los ancianos. El número veinticuatro parece ser una alusión a los veinticuatro órdenes del sacerdocio instituido por David para los «príncipes del santuario». En tiempos de David estaban investidos de carácter regio y sacerdotal y representaban a todo el sacerdocio (1 Crón. 24:5). Los santos de nuestro tiempo tenemos el carácter de «sacerdocio real» para anunciar las alabanzas de Dios (1 Pe. 2:9). De este modo, los ancianos parecen simbolizar a los santos del Antiguo Testamento, así como a la asamblea, en su integridad, asociados con Cristo en la gloria. Cristo es contemplado sobre su trono, dispuesto a reinar, y los santos son vistos con él en su reinado –porque está entronizado, y ellos también están entronizados. Son designados como «ancianos», lo que significa madurez espiritual. Ya no más «conocen en parte»; son inteligentes en la mente del cielo. No son contemplados como espíritus separados, sino que tienen cuerpos glorificados revestidos de vestiduras blancas, lo que hace referencia a su carácter sacerdotal (Éx. 28:39-43). Sobre sus cabezas hay «coronas de oro», lo que se refiere a su carácter regio. Han terminado su peregrinación terrenal en la que sufrieron por Cristo; ahora están coronados, para reinar con Cristo.

Solo tenemos que seguir las alusiones a los ancianos a lo largo de Apocalipsis para ver cuán verdaderamente representativos son de los santos en gloria:

  • Primero, encontramos a los ancianos en el cielo asociados con el trono antes del inicio de los juicios. No están en la tierra; no pasan por los juicios, ni han venido procedentes de la gran tribulación, a diferencia de la multitud de santos vestidos de ropas blancas que se describe en el capítulo 7, sino que se encuentran en el cielo antes del comienzo de los juicios.
  • Segundo, son una compañía de redimidos, como aprendemos por el capítulo siguiente, versículos 8-10.
  • Tercero, son una compañía de adoradores, como aprendemos de los capítulos 4:10; 5:14; 11:16 y 19:4.
  • Cuarto, son una compañía inteligente de santos, que conocen el pensamiento del cielo (v. 5 y 7:13-17).

(V. 5) El carácter del trono queda claramente indicado por la solemne declaración de que «del trono salían relámpagos, voces y truenos». Los relámpagos y los truenos son acompañamiento del juicio, no símbolos de misericordia y de gracia. En la actualidad mana la misericordia del trono de la gracia. En el día del milenio manará un río de agua del trono de Dios y del Cordero, llevando bendición a la tierra. En el solemne intervalo entre el final del día de la gracia y el comienzo de la gloria del Reino, el trono estará ejecutando juicios sobre las naciones, lo que es apropiadamente simbolizado por relámpagos y truenos.

Además, el apóstol ve «siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono, que son los siete Espíritus de Dios». Aquí, ciertamente, tenemos una simbólica representación del Espíritu de Dios en su plenitud, pero presentado en relación con el fuego del juicio, lo que nos hace recordar que Dios va a limpiar eliminando toda inmundicia, tanto en Israel como en el mundo, «con espíritu de juicio y con espíritu de devastación» (Is. 4:4). Los que hoy rehúsan a Aquel que habla con gracia desde el cielo descubrirán, en el día venidero, que «nuestro Dios es un fuego que consume» (Hec. 12:29).

(V. 6) Delante del trono hay «como un mar de vidrio, semejante al cristal». Delante del santuario, en tiempos de Salomón, había un mar de agua para uso de los sacerdotes (1 Reyes 7:23-26). Aquí el mar se ha tornado de vidrio como cristal, símbolo de la pureza fija y absoluta del trono. En el cielo no puede entrar nada que contamine.

(V. 6-8) Finalmente, el apóstol ve en medio del trono y alrededor del trono «cuatro seres vivientes». Parecen ser símbolos de los agentes del gobierno de Dios. Son cuatro, lo que probablemente indica lo completo del gobierno de Dios, que va a los cuatro puntos del globo. «Llenos de ojos» simbolizaría la plenitud del discernimiento en el gobierno de Dios, a quien nada se le oculta. El león, el becerro, el hombre y el águila volando pueden significar que el gobierno de Dios será caracterizado por la fuerza, firmeza, inteligencia y celeridad en la administración. Sin cesar dicen: «¡Santo, santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, y que es, y que viene!». Dan testimonio de que el gobierno de Dios es santo, de un poder irresistible y de carácter inmutable. Los agentes del gobierno de Dios vendrán a ser ocasión de gloria y gratitud para Aquel que está sentado en el trono para siempre.

(V. 9-10) Además, el gobierno de Dios suscitará la adoración de los santos, que usan las coronas que Cristo les ha dado para reconocer su perfecta sumisión a él. Echan sus coronas delante del trono y reconocen que el Señor es digno de recibir la gloria, el honor y el poder, porque es el Creador de todo, y por su voluntad todas las cosas existen y fueron creadas. El pecado ha desfigurado la bella creación, de modo que ahora toda la creación gime y sufre dolores de parto; pero los santos en el cielo, que poseen el pensamiento del Señor, pueden discernir y ver que todo el mal será confrontado en juicio, de modo que otra vez Dios pueda tener placer en su creación, como en la antigüedad, cuando fue acabada la obra de la creación, y «vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Gén. 1:31).

Así que, como introducción a los juicios venideros, somos llevados al cielo para ver en el cielo el trono del juicio, inalterable por la maldad humana; para ver la gloria de Aquel que está sentado en el trono; para aprender por el arco iris que todas las promesas de Dios para la bendición de la tierra seguirán a los juicios del trono; para aprender que los santos de las edades anteriores y del presente período estarán a salvo en el cielo antes que caigan los juicios; para aprender que los juicios del trono serán ejecutados en la plenitud del Espíritu y en conformidad a la perfección del gobierno de Dios, y que como resultado de ello, el Señor será adorado y alabado como el Creador; y toda la creación, limpiada de todo mal, volverá a ser de nuevo para su placer. Recordemos que estas cosas están escritas para que ya ahora podamos entrar en ellas por la fe, y ser así guardados en perfecta calma mientras estamos en un mundo sumido en confusión.

4 - El libro (Apoc. 5)

En los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis somos llevados en espíritu al mismo cielo, para tener allá desvelados ante nosotros los acontecimientos que tendrán lugar cuando la Iglesia haya sido arrebatada de la tierra al cielo. Es cierto que el arrebato, aunque es dado por supuesto, no es directamente revelado en Apocalipsis, porque el objetivo de la profecía no es declarar los secretos de la Iglesia, ya revelados en otras Escrituras, sino exponer los juicios que preparan el camino para el establecimiento del reino de Cristo.

(V. 1) El libro. En el capítulo 4 todo se centra alrededor del trono y del mantenimiento de su gloria y santidad. En el capítulo 5 el gran tema es el Libro que expone los consejos de Dios para la bendición del mundo, bajo el reinado de Cristo, después que todo mal haya sido tratado por el juicio. La gloria del trono debe ser mantenida antes que se puedan cumplir las bendiciones del libro.

«Un libro escrito» indicaría que la voluntad de Dios está inalterablemente decidida. Los hombres, por falta de valor o por motivos políticos, son a menudo remisos a exponer sus planes por escrito. Pero, hablando como hombres, Dios se ha comprometido por escrito. Luego el libro está lleno, porque está escrito por dentro y por fuera, de modo que no hay lugar, ni necesidad de añadir nada a lo que Dios ha escrito. Cuando por fin todo sea cumplido en el futuro, se hallará que cada juicio predicho ha sido llevado a cabo, se ha alcanzado cada bendición, y nada hay que quitar al libro ni añadirle.

(V. 2-3) El pregón del ángel. En el curso de la visión ha llegado por fin el momento de abrir el libro, y un ángel fuerte presenta la cuestión a gran voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?» Para poder entrar en el sentido del pregón del ángel, se deben mantener dos cosas bien claras en mente: Primero, el carácter del libro. No debemos limitar el libro a la manifestación de los juicios de Dios. Desde luego, presenta estos juicios en toda su solemnidad, y la principal parte del libro está ocupada con la descripción de los juicios que caerán sobre la cristiandad, sobre Israel y sobre las naciones. Pero una vez el mundo queda limpiado de mal por los juicios, el libro prosigue para presentar el vasto sistema de bendición que Dios se ha propuesto establecer sobre la tierra para la gloria de Cristo y bendición del hombre.

Segundo, debemos tener presente el verdadero sentido de la apertura del libro. En el momento en que se rompen los sellos comienzan a suceder acontecimientos. Así, el gran sentido de la pregunta del ángel es no quién puede dar la interpretación de lo que está escrito –esto es algo relativamente sencillo– sino ¿quién puede llevar a su cumplimiento los acontecimientos predichos?

Si comprendemos la inmensidad de estas dos verdades, comprenderemos el sentido del llamamiento del ángel a todo el universo. Porque los temas involucrados son, por una parte: ¿Quién puede hacer frente al inmenso sistema de maldad que ha sido edificado por el hombre durante seis mil años de rebelión, de una manera que dé satisfacción a las rectas exigencias del trono? Por la otra: ¿Quién puede introducir aquel inmenso sistema de bendición que la bondad de Dios ha propuesto para el mundo venidero y para los nuevos cielos y la nueva tierra?

El reto se dirige a todo el universo: ¿Hay alguien en el cielo, sobre la tierra o debajo de la tierra que pueda hacer frente al mal e introducir la bendición? El resultado de este reto es que ninguno «podía abrir el libro», y nadie fue hallado «digno de abrir el libro». Los dos requisitos para abrir el libro son tener el poder para ello y ser digno de ello.

Durante miles de años, los hombres han estado tratando de rectificar los males del mundo e introducir un tiempo de paz y bendición universales. Para emplear el lenguaje simbólico de Apocalipsis 5, los hombres han estado intentando abrir el libro. Han intentado reprimir el mal mediante códigos legislativos, tribunales de justicia, cárceles y reformatorios. Han probado todas las formas de gobierno: monarquía y república; dictadura y democracia, para conseguir un tiempo de paz y abundancia. Se han probado todas las clases: reyes y nobles, plebeyos y socialistas; pero entre ellos no se ha hallado a nadie ni que sea capaz ni que sea digno. Pero los hombres siguen haciendo desesperados esfuerzos, mediante ligas, conferencias y pactos, para rectificar los males del mundo y para introducir un tiempo de paz y bendición universales. Cada esfuerzo que hacen solo demuestra que no han oído aún la voz del ángel fuerte. Los que han oído esta voz saben muy bien que proclama con voz fuerte que todos los esfuerzos de los hombres están condenados al fracaso, por cuanto son intentos de poner el mundo en buen estado sin Dios ni Cristo. Los hombres consideran solo los derechos de los hombres, e ignoran los derechos de Dios y las demandas de su trono.

(V. 4-5) Juan llora. Juan lloraba mucho porque no se había hallado a nadie digno de abrir el libro y de abrir sus sellos. Pensando solo en la incapacidad e indignidad del hombre, también nosotros podríamos llorar ante el lamentable espectáculo de un mundo dirigiendo sus energías, sabiduría, dinero, recursos, juventud y tiempo a una tarea perfectamente desesperada. Pero por mucho que podamos llorar sobre la tierra, llorar no sirve de nada en el cielo. Juan es el único hombre que haya llorado en el cielo, y si «lloraba mucho», no le dejaron llorar mucho tiempo, porque en el acto uno de los ancianos le dijo: «¡No llores!». Inteligentes acerca del pensamiento del cielo, los ancianos no lloran, porque aunque se dan cuenta de la desesperanza de todos los esfuerzos humanos, ya previamente condenados al fracaso, están en el secreto de Dios. Saben que, si la tarea es demasiado grande para el hombre, que hay uno a la vez capaz y digno de abrir el libro.

El León y el Cordero. Poseedores de una inteligencia dada por Dios, los ancianos pueden dar testimonio de Aquel que sí puede abrir el libro. Dicen a Juan: «Mira, el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos». El león es símbolo de fuerza, tal como leemos: «El león, fuerte entre todos los animales» (Prov. 30:30). Su poder es por tanto irresistible, y así el profeta Miqueas puede decir del león que huella y arrebata, y «no hay quien escape» (Miq. 5:8). El león de la tribu de Judá nos habla de este gran poder ejercido en la causa del antiguo pueblo de Dios, según la profecía de Jacob, que predice que Judá prevalecerá sobre sus enemigos: «Tu mano en la cerviz de tus enemigos». A fin de que Judá pueda prevalecer, tiene la fuerza de un «cachorro de león». Pero la verdadera fuente del poder de Judá es que de esta tribu vendría aquel, alrededor de quién «se congregarán los pueblos» (Gén. 49:8-10). Cristo es el verdadero León de Judá.

Cristo es asimismo la Raíz de David. En David vemos al rey escogido por Dios para ser victorioso sobre todos sus enemigos. Pero Cristo es el verdadero Rey, Aquel que pondrá a todos los enemigos bajo sus pies. Él es primero en el pensamiento de Dios, y por ello la Raíz de la que surgió David. Así Cristo, en su irresistible poder como León de la tribu de Judá y como una divina Persona –la Raíz de David– es el Único que puede abrir el libro.

(V. 6) Luego Juan se vuelve para ver al León, y lo que ve es un Cordero. Habiendo oído del León, podría naturalmente esperar ver en Cristo una visión de gran poder, pero en lugar de ello lo que ve es un Cordero, el emblema de debilidad, y además lo ve como inmolado. Aquel que prevalece como León es el que primero había sufrido como Cordero. Su poder para vencer al abrir el libro es porque ha vencido por medio de irse a la muerte. Como el Cordero inmolado venció al pecado, a la muerte y al diablo. Habiendo vencido como el Cordero sufriente, ha adquirido el poder para vencer a cada enemigo como el León lleno de poder. Él tiene los siete cuernos y los siete ojos. Los siete cuernos nos hablan de un poder completo e irresistible –omnipotencia. Los siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, de una completa y escrutadora omnisciencia en el poder del Espíritu. Que van a toda la tierra nos habla de su omnipresencia.

(V. 7) El libro, tomado. Como León, Cristo puede; como Cordero, es digno de abrir el libro. Por ello, puede tomar el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. La toma del libro significa que por fin ha llegado el momento supremo que han estado esperando ángeles y santos. Ha terminado el tiempo de la paciencia de Jesús; ha llegado el momento de la acción.

(V. 8) El cielo se da cuenta de la enorme trascendencia de que el libro sea tomado. Se ve que ha llegado el momento del juicio de este mundo, y que el mundo venidero no está lejano. Por eso leemos: «Y cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero, cada uno tenía un arpa, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos». Las cítaras hablan de las alabanzas de los santos, y las copas de sus oraciones. Ha llegado el momento en que sea públicamente justificada toda la alabanza que ha ascendido desde los santos a lo largo de los siglos, y que todas sus oraciones tengan una gloriosa respuesta. Muchos de estos santos dejaron el mundo como mártires alabando a un Dios que no intervenía para liberarlos de sus enemigos; y sus oraciones, en ocasiones, parecieron no tener respuesta e incluso no ser oídas. Por fin las alabanzas de ellos quedarán justificadas y contestadas sus oraciones.

(V. 9-10) Un cántico nuevo. Ha terminado el tiempo de la oración y ha llegado el del cántico. El cántico que cantan es nuevo. Hasta ahora los redimidos del Señor han ido de camino a la gloria cantando cánticos de redención; pero aquellos cánticos miraban a la victoria y al reino de gloria. Eran cánticos de esperanza. Cuando el libro sea tomado, sus esperanzas quedarán todas cumplidas, y los cánticos de esperanza serán cambiados a cánticos de victoria. Además, sus cánticos celebran la dignidad del Redentor y la grandeza de Su redención, más que las bendiciones de los redimidos. Así, en la mejor traducción (comp. V.M.A.) la referencia que hacen a la redención es impersonal. El cántico es general en cuanto a las personas redimidas, pero especial acerca de Aquel que las ha redimido. Todo el cielo está ocupado con el Cordero: «Digno eres», «Fuiste sacrificado», «has comprado» y «has hecho».

(V. 11-12) La hueste angélica. El nuevo cántico que cantan los santos despierta la alabanza de toda la hueste angélica. Los ancianos inician la nota, y los ángeles prolongan la tonada, proclamando (diciendo) cuán digno es el Cordero. Él es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. Los hombres se han dado homenajes los unos a los otros y han deshonrado al Cordero. Han entronizado al hombre y han crucificado al Cordero. El día llegará en que se verá que solo el Cordero es digno de recibir todo poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. La historia del mundo da testimonio de que estas cosas, en manos del hombre, han sido empleadas para exaltarse a sí mismo y excluir a Dios. Solo el Cordero es digno de recibir todas estas cosas, porque solo él las usará para la gloria de Dios.

(V. 13) La creación. Luego, y como se ha dicho: “La vasta armonía rebosa los límites del cielo”, y el glorioso fin se anticipa cuando la tierra se unirá con el cielo para alabar a Aquel que está sentado en el trono y al Cordero. Todo lo que tenga aliento se unirá en la alabanza a Dios y al Cordero.

(V. 14) Los cuatro seres vivientes, representantes de aquellos por los que se lleva a cabo el gobierno de Dios, ven el bendito fin de su servicio, y añaden su «Amén». Los santos de todos los siglos ven por anticipado el poderoso triunfo de Dios sobre todo mal, y el cumplimiento de todos sus consejos, y se postran y adoran.

5 - Los sellos (Apoc. 6)

Con este capítulo nos volvemos del cielo para aprender el comienzo del curso de los acontecimientos que tendrán lugar en la tierra desde el tiempo del arrebato de la Iglesia hasta la manifestación de Cristo, y luego a través de los días del milenio hasta el estado eterno.

Mirando retrospectivamente a los siglos pasados, desde la introducción del cristianismo, vemos a lo largo de los siglos la actitud impenitente de los judíos acerca de Cristo; la creciente corrupción de la cristiandad y la creciente quiebra del gobierno en manos de los gentiles. También vemos que en medio de la creciente violencia y corrupción Dios ha tenido a su verdadero pueblo que, a lo largo de las edades, ha tenido que hacer frente a veces a acerbas persecuciones y padecimientos.

Además, es evidente que, a lo largo de este día de la gracia, mientras Dios está por encima de todo y trata de manera providencial por una parte en juicio sobre el mal, y por la otra cuida de sus criaturas y de manera especial de la familia de la fe, sin embargo, no ha intervenido públicamente en juicio sobre los malvados ni para liberación de su pueblo sufriente. Sin embargo, esto no significa que Dios se haya mostrado indiferente al mal, a las injurias amontonadas sobre Cristo ni a los sufrimientos de su pueblo, porque al mirar al futuro tal como está revelado en Apocalipsis, se nos permite ver que llega el momento en que Dios intervendrá de forma directa con juicio sobre los malvados, juicio con el que quedará vindicada la santidad de Dios, mantenida la gloria de Cristo y asegurada la bendición de su pueblo.

Los hombres sueñan en vano con un nuevo orden, y se ocupan con sus planes para acabar las guerras y establecer un mundo distinguido por la paz y la seguridad. Pero bien lejos de que el mundo vaya mejorando por los esfuerzos de los hombres, aprendemos por estas profecías que los males del mundo aumentarán hasta que toda la masa meramente profesa caiga en la apostasía bajo el anticristo, y el gobierno del mundo quede corrompido de una manera absoluta bajo el gobierno de la bestia fortalecida por Satanás.

Al tratar de conseguir provecho de este maravilloso desarrollo del futuro, es importante, al leer las Escrituras, reconocer que Dios no registra los acontecimientos históricos ni desarrolla eventos futuros a fin de dar satisfacción a una curiosidad ociosa. Todo lo que se registra, sea en historia, sea en profecía, tiene a la vista un fin moral y es para nuestra bendición espiritual, y por tanto ha de tener un efecto práctico sobre nuestra conducta y caminos. Si Dios predice el progreso del mal y los juicios que se avecinan sobre los hombres, esto debería de cierto tener el efecto de guardar al creyente en santa separación de un mundo que se precipita a la condenación. Si se nos habla de la manera en que Dios apoyará y sustentará a sus testigos en medio de estos juicios venideros, ello es para darnos una mayor confianza en Dios en presencia de cualquier prueba que podamos sufrir al tratar de ser fieles al nombre de Cristo. Si desarrolla ante nosotros la bienaventuranza de la ciudad celestial y del estado eterno, ¿no es acaso para elevar nuestras almas por encima de las ligeras aflicciones de las cosas vistas y temporales, llevando a fijar nuestros afectos en las cosas invisibles y eternas?

Desde el cuarto capítulo hasta el versículo dieciocho del capítulo 11, tenemos el desarrollo de los acontecimientos que tendrán lugar en la tierra durante el período entre la venida de Cristo a por sus santos, y su aparición con sus santos. Estos acontecimientos son presentados en la apertura del libro con los siete sellos. Al tratar de aprender el significado de la apertura de estos sellos, recordemos que los símbolos se emplean para expresar grandes verdades, o para representar personas o acontecimientos. Tenemos que buscar el significado de los símbolos empleados y guardarnos de emplearlos en un sentido literal. Si Juan ve un caballo y un jinete, esto no significa que en el futuro aparecerán un caballo y jinete literales, sino que aquello que representan ambas cosas sucederá.

Con referencia a estos juicios preliminares, se observará que la apertura de los cuatro primeros sellos está conectada directamente con los cuatro seres vivientes, de los que no tenemos mención en los últimos tres sellos. Como hemos visto, los seres vivientes parecerían exponer de manera simbólica el ejercicio de los tratos gubernamentales de Dios en caminos de providencia. Esto indica que por terribles que sean los juicios bajo los cuatro primeros sellos, no habrá nada que indique una intervención milagrosa de Dios. Así, los juicios bajo los primeros cuatro sellos no serán diferentes de otros acontecimientos que han sucedido muchas veces en la historia del mundo, aunque desde luego rebasarán en intensidad cualquier cosa que haya sucedido en el pasado.

(V. 1-2) Los juicios sobre la tierra que siguen a la apertura de los sellos serán el resultado directo de la intervención en el cielo. Fue cuando el Cordero en el cielo abrió uno de los sellos que Juan oyó de inmediato una voz como de trueno, cuando uno de los cuatro seres vivientes dijo: «¡Ven!». En respuesta a este grito acude «un caballo blanco» y comienzan los juicios sobre la tierra. Los hombres pueden pensar que están llevando a cabo su propia voluntad, pero Dios está detrás de todo lo que hacen los hombres, y no hay nadie detrás de Dios.

Se reconoce generalmente que en la expresión «Ven [y ve]» en la apertura de los primeros cuatro sellos, las palabras «[y ve]» no pertenecen al texto original. «Ven [y ve]» implicaría un llamamiento a Juan, pero difícilmente es probable que un llamamiento al apóstol fuese con voz como de trueno. La palabra «Ven» sería un llamamiento a los caballos y sus jinetes, y con esto sería bien acorde la voz como de trueno.

Parece por otros pasajes de las Escrituras que el caballo se emplea para representar un poder imperial usado por la providencia de Dios para cumplir Sus propósitos, sea en juicio, sea en bendición. En Zacarías 1:10, se le manda de manera concreta al profeta acerca de los caballos que vio en su visión que «Estos son los que Jehová ha enviado a recorrer la tierra». Cuando el Señor viene a reinar, se emplea el símbolo del caballo blanco (Apoc. 19:11). Así parece, tanto si es en relación con el Señor como con otros, que el caballo blanco es emblema del progreso del jinete en victoria. Aquí el jinete tiene un arco, lo que se ha sugerido que indica que, en contraste con la espada, puede hacer sentir su poder a distancia sin combate cuerpo a cuerpo o derramamiento de sangre. Además, se le permite conseguir lo que emprende, porque «salió venciendo, y para vencer». El hecho de que «le fue dada una corona» puede indicar que no será un monarca hereditario sino alguien como Napoleón y otros dictadores, que surge de entre las masas.

El primer sello indicaría que después del período de la iglesia, el primer juicio que caerá sobre el mundo será el alzamiento de algún líder de entre las masas al que se le dará una posición regia, que emprenderá una campaña de agresión, y que por un tiempo irá de victoria en victoria sobre las naciones alrededor con un poder irresistible.

(V. 3-4) Con la apertura del segundo sello, Juan ve salir un caballo rojo y que es quitada la paz de la tierra. Esto indica de cierto que el resultado de la carrera victoriosa del jinete sobre el primer caballo será un levantamiento general de las naciones que conducirá a guerras intestinas y derramamiento de sangre, con el resultado general de que la paz será quitada de la tierra.

(V. 5-6) Cuando se abre el tercer sello, Juan ve un caballo negro con un jinete que sostiene una balanza. Esto indica claramente que la guerra mundial será seguida de un hambre en la que las masas se verán privadas de lo necesario para la vida, aunque los ricos puedan seguir obteniendo sus artículos de lujo.

(V. 7-8) Con la apertura del cuarto sello sale un caballo pálido con el nombre de Muerte sobre su jinete. Esto nos dice de cierto que la peste seguirá al hambre. De este modo, una cuarta parte de la población de la tierra morirá por la espada, el hambre, la peste y las fieras de la tierra.

Generalmente se ha reconocido que estos primeros cuatro juicios se corresponden con los que el Señor designa como «principio de dolores». Hablando a sus discípulos de los futuros juicios que caerían sobre la tierra profética, se refiere en primer lugar a «guerras, y de rumores de guerras», y luego a luchas intestinas: «Se levantará nación contra nación, y reino contra reino»; finalmente, el Señor predice hambres, y finalmente pestilencia (Mat. 24:6-8).

(V. 9, 11) Aunque no hay ningún juicio específico conectado con la apertura del quinto sello, abre el camino para una serie más terrible de juicios bajo los sellos restantes –juicios que ya no tienen simplemente un carácter providencial sino en los cuales los hombres se ven obligados a reconocer la mano de Dios.

Se manifiestan dos hechos con la apertura de este sello. En primer lugar, aprendemos que durante el período de los primeros cuatro sellos Dios tendrá sus testigos sobre la tierra que darán testimonio de la palabra de Dios y que como consecuencia sufrirán el martirio a manos de «los que habitan en la tierra». Son una clase particular que encuentran su porción en esta tierra y que querrían eliminar todo reconocimiento de Dios y de su Cristo, y por ello tienen una mortal enemistad contra los testigos de Cristo. Son mencionados una y otra vez en el curso de Apocalipsis (véase 3:10; 11:10; 13:8, 12, 14; 14:6; 17:8).

En segundo lugar, aprendemos que los juicios que siguen serán una respuesta al clamor a Dios del remanente martirizado para que vengue su sangre. En la actualidad el testimonio de la Iglesia es celestial, pero en el tiempo de estos juicios el testimonio de los testigos de Dios estará totalmente ocupado con la tierra, y con las demandas de Dios sobre la creación como herencia de Cristo. Evidentemente, este testimonio los traerá a un conflicto directo con «los que habitan en la tierra». Opuestos y sufriendo martirio, clamarán con razón a Dios para que vengue su sangre, porque las bendiciones del Reino venidero que ellos proclaman solo pueden ser conseguidas por medio del juicio del mundo. No forma parte del testimonio de la Iglesia clamar por el juicio, porque nuestras bendiciones pertenecen al cielo y son alcanzadas con la venida de Cristo.

Su clamor: «¿Hasta cuándo?», indica que saben que hay un límite a la persecución del pueblo de Dios. «Debajo del altar» parece sugerir, como símbolo, que estos santos serán ofrecidos como sacrificio aceptable a Dios como el primer grupo de santos martirizados después que la Iglesia ha sido llevada. Hay otros que seguirán antes que termine el tiempo del juicio, por lo que se nos manda que esperemos todavía un poco de tiempo hasta que se cumpla el martirio de sus hermanos. Las vestiduras blancas son el testimonio de su justicia práctica y por ello de la aprobación de Dios. Ellos dieron testimonio de Dios como el Santo y el Verdadero, y los hombres se opusieron a ellos y los martirizaron, pero Dios los aprobó y vengará la sangre de ellos.

(V. 12-17) Con la apertura del sexto sello, los juicios adoptarán una forma más terrible, de modo que todos, desde los más altos a los más humildes, serán azotados por el terror, al verse obligados a contemplar una revolución destructora y abrumadora totalmente más allá de todo lo experimentado por los hombres en la historia pasada del mundo. Los terremotos indicarían como símbolo la rotura de todo orden social, religioso y político. Las declaraciones acerca del sol, de la luna y de las estrellas simbolizarían el total derrumbe de todos los que ejercen el gobierno desde lo más alto hasta lo más bajo. La remoción de sus lugares de los montes y de las islas muestran el desmoronamiento de los imperios. Tan terribles serán estas convulsiones del mundo para los hombres que se sentirán heridos en sus conciencias al ver la mano de Dios obrando, y temerán que ha llegado el gran día de Su ira. Pero, por cuanto han rechazado el testimonio de los testigos de Dios, dirán: «¿Y quién podrá mantenerse en pie?»

6 - El remanente salvo (Apoc. 7)

Hemos visto ya que durante el período de estos juicios Dios tendrá testigos que alcanzarán sus bendiciones eternas pasando por el martirio. Ahora aprendemos que antes de los juicios más severos que seguirán a la apertura del séptimo sello, Dios tendrá una gran hueste de testigos que serán preservados a través de «la gran tribulación» (v. 14).

(V. 1-8) Juan ve «a cuatro ángeles de pie sobre los cuatro extremos de la tierra», listos para ejecutar los juicios que caerán sobre cada cuadrante del mundo. Pero antes de comenzar estos juicios, ve a otro ángel ascendiendo desde oriente, y como ello heraldo de un nuevo día, que detiene el juicio hasta que los siervos de Dios son sellados en sus frentes. Estos siervos representados por un número simbólico de «Ciento cuarenta y cuatro mil» son sacados de las doce tribus de Israel. Esto indica de cierto que durante este tiempo de tribulación Dios suscitará sus siervos de entre su antiguo pueblo de Israel, para que sean un testimonio público para Él mismo en cada parte del mundo al que puedan haber sido esparcidos.

(V. 9-10) Más adelante, Juan ve «una gran multitud, que nadie podía contar», recogida de las naciones gentiles. Son descritas como en pie delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en sus manos. De pie ante el trono no implica necesariamente que estén en el cielo, sino que están aceptados como en el favor de Dios. ¿No sugieren todos los símbolos que una gran hueste de creyentes será preservada a través de estos terribles juicios, para las bendiciones del reino terrenal de Cristo? Cuando los malvados caigan delante de los juicios del trono de Dios y del Cordero que actúa en juicio, habrá los que estarán en pie seguros delante del trono y del Cordero. Cuando las naciones están siendo juzgadas por su maldad, habrá los que Dios aceptará como justos, como lo testifican las «vestiduras blancas». Cuando el mundo sea conducido a la rebelión contra Dios por el diablo, la bestia y el Anticristo, habrá los que serán vencedores sobre todo el poder del enemigo, como se simboliza por las «palmas en sus manos». Pero si son preservados a través de los juicios, no se arrogan el mérito sobre sí mismos, sino que adscriben todas sus bendiciones a Dios y al Cordero. En el día en que el juicio procede del «trono» y del «Cordero», ellos pueden decir: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero».

(V. 11-12) La gracia que reúne a esta inmensa multitud para bendición, en aquel mismo día en que los juicios están cayendo sobre la tierra, es causa de un estallido de alabanzas en el cielo. Los ángeles, los ancianos y los cuatro seres vivientes se postran delante del trono y adscriben a Dios «la bendición, la gloria, la sabiduría, las acciones de gracias, el honor, el poder y la fuerza».

(V. 13-17) En la primera parte de este capítulo hemos visto que en el tiempo de estos juicios Dios tendrá, de Israel y de los gentiles, un remanente salvo. En los versículos finales se plantea la pregunta, que es contestada por uno de los ancianos en el cielo, acerca de la identidad y procedencia de esta compañía. Parece que estos versículos se aplican a ambas clases, porque en Isaías 49:10 se emplea un lenguaje exactamente similar para describir la bendición del Israel restaurado. Allí leemos: «No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas».

Se le explica a Juan que esta bienaventurada compañía ha salido de «la gran tribulación» que está para caer sobre todo el mundo bajo los juicios simbolizados por las «siete trompetas», como se expone en el siguiente capítulo. De este tiempo solemne ya hemos oído en la carta a la asamblea en Filadelfia, como «la hora de la prueba que ha de venir sobre todo el mundo habitado, para probar a los que habitan sobre la tierra» (Apoc. 3:10). Ya hemos visto en el capítulo 6:9-11 que habrá durante este tiempo de juicio un remanente que sufrirá el martirio, pero no hay nada que indique que esta gran compañía ha pasado por él. Se dice que «estos son los que vienen de la gran tribulación», palabras que indican que son preservados a través de las pruebas. Vienen bajo la purificación de la sangre del Cordero, y por eso son aceptados ante Dios y tienen acceso ante él, recibiendo su protección, porque Dios «extenderá su tabernáculo sobre ellos». Pero que sean preservados a través del juicio no significa que no se encuentren con pruebas y padecimientos, que se representan como hambre y sed, calor y lágrimas. Pero al final sus padecimientos quedarán para siempre en el pasado, porque «ya no tendrán más hambre, ni tendrán ya más sed». El Cordero «los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos».

De este capítulo aprendemos que así como en nuestro tiempo los hay que reciben el evangelio de la gracia de Dios y entran en la bendición celestial, mientras que los que no obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo vienen a juicio (2 Tes. 1:8-9), también en el día venidero habrá una inmensa multitud que nunca han oído el evangelio de la gracia de Dios, pero que recibirán el evangelio eterno del reino y que pasarán a la bendición terrenal del milenio, mientras que los que rechazan este evangelio vendrán bajo juicio.

7 - Las trompetas (Apoc. 8)

La apertura del séptimo sello está seguida de silencio en el cielo durante media hora. Hay algo intensamente solemne en el pensamiento de que todo el cielo quede acallado bajo la sensación de maravilla de los acontecimientos que están a punto de suceder sobre la tierra.

Durante largas eras el mal ha ido en aumento, Cristo ha sido deshonrado, Dios ha sido desafiado y su pueblo perseguido. En la presencia de este mal siempre creciente no ha habido ninguna intervención pública de Dios. Pero si Dios se ha mantenido callado, no era porque fuese indiferente; por fin estaba Dios a punto de intervenir, y el silencio de los siglos va a ser quebrado por las trompetas de Dios que anuncian sus juicios.

Los juicios bajo los primeros sellos habían sido de carácter providencial. Sin embargo, eran similares a visitaciones que habían caído sobre los hombres en diferentes ocasiones, como guerras, hambre y peste. En los juicios que se anuncian proféticamente con la apertura del séptimo sello vemos una intervención más directa y manifiesta de Dios. El sonido de la trompeta simbolizaría el hecho de que Dios está anunciando directamente que sus juicios están a punto de caer sobre el hombre.

(V. 2) Juan ve siete ángeles en pie ante Dios, a los que se les dieron siete trompetas. Parecería así que el último sello abraza todo el período de los juicios bajo las siete trompetas, y que por ello nos lleva al momento bajo las siete trompetas cuando los reinos de este mundo devienen los reinos de nuestro Señor y de su Cristo (11:15-18).

(V. 3-6) Antes que comiencen estos juicios, se nos permite ver que Dios ha oído las oraciones de los suyos, y que recibirán respuesta en estos juicios. Hoy, cuando Dios está actuando en gracia soberana, los que tienen el razonamiento del cielo oran por la salvación de los pecadores, y sus oraciones reciben respuesta con bendición dada a almas. En los días venideros en que Dios esté actuando con juicio, los que tengan su reflexión emplearán con justicia los Salmos imprecatorios, porque, en común con los santos terrenales de los tiempos del Antiguo Testamento, llegarán a sus bendiciones por medio del juicio sobre sus enemigos. En contraste a estos creyentes, los santos celestiales de nuestro tiempo alcanzarán su bendición final siendo arrebatados fuera de la escena de juicio por medio de la venida de Cristo.

Las oraciones de estos santos son presentadas a Dios por el ángel ante el altar con el incensario de oro, el cual añade incienso a las oraciones. ¿No representa acaso este ángel al mismo Cristo, que, como Gran Sumo Sacerdote, intercede por su pueblo? Se dice que su incienso es ofrecido con «las oraciones de los santos». ¿No podría esto indicar que en estos juicios vemos la respuesta a las oraciones de todos los santos de los días del Antiguo Testamento, así como de los de la gran tribulación?

El incienso que asciende a Dios tiene una respuesta inmediata en hacer caer el juicio sobre los hombres, porque el ángel que ofrece el incienso a Dios en favor de los santos echa fuego sobre la tierra, con el resultado de que aparecen todas las señales del juicio que se avecina, y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas.

(V. 7) El juicio bajo el primer ángel va acompañado de granizo y fuego mezclados con sangre. «Granizo» puede simbolizar un juicio violento y destructivo; «fuego», el carácter devorador del juicio; y «sangre», la muerte que sigue por medio del juicio.

Este juicio cae sobre la tierra. probablemente usada como símbolo para establecer una porción ordenada y próspera del mundo en contraste con las naciones incivilizadas presentadas bajo el símbolo del mar. La «tercera parte» en este y los tres siguientes juicios de las trompetas limitarían el juicio a una zona restringida. Por el capítulo 12:4 esto parecería indicar la esfera del imperio romano avivado. Puede que la zona occidental del imperio romano, en contraste con la sexta trompeta, que está relacionada con el Éufrates o porción oriental, mientras que la séptima trompeta nos habla de un juicio universal.

Este juicio cae sobre los árboles y la hierba verde. A menudo en la Escritura se emplean los árboles como símbolo para denotar a grandes hombres de la tierra, mientras que la hierba verde se refiere a la prosperidad. Así, parece que este juicio de la primera trompeta cae sobre Europa, o la zona occidental del imperio romano, tratando en juicio con los guías y barriendo toda prosperidad.

(V. 8-9) En el juicio de la segunda trompeta, Juan vio que «como una gran montaña ardiendo en llamas fue arrojada al mar». En la Escritura sabemos que una montaña se emplea para simbolizar un poder grande y largamente establecido. Así, Babilonia es designada como «monte destruidor», y el Señor dice: «te haré rodar de las peñas, y te reduciré a monte quemado» (Jer. 51:25). El mar, con su continuado movimiento, se emplea frecuentemente para denotar a las naciones en estado de agitación (véase cap. 17:15).

Esta trompeta parecería así predecir la abrumadora destrucción de un gran poder mundial, que en su caída traerá ruina y muerte sobre una tercera parte de las naciones, al quedar destruido su medio de subsistencia por la interrupción del comercio que resulta de la destrucción de las naves.

(V. 10-11) El juicio que sigue al toque de la tercera trompeta es simbolizado por la caída de una gran estrella sobre la tercera parte de los ríos. ¿Acaso una gran estrella no simboliza algún destacado líder al que los hombres han considerado como su conductor? ¿Podrían los ríos simbolizar las fuentes del pensamiento intelectual por el que los hombres intentan guiar sus vidas? La caída de una gran estrella ardiendo parecería indicar que en el juicio de Dios se permite a algún conductor intelectual dar falsas enseñanzas, como, por ejemplo, la evolución, que envenena las mentes de los hombres, causando amargura y muerte moral, o separación de Dios, sobre una tercera parte de la tierra.

(V. 12) El juicio de la cuarta trompeta se expone bajo la figura del oscurecimiento de una tercera parte del sol, de la luna y de las estrellas. El sol, la luna y las estrellas se emplean en la Escritura para establecer diferentes grados de autoridades gubernamentales ordenados por Dios. ¿No sugieren estos símbolos que una tercera parte de los poderes políticos serán azotados, dejando a las personas en tinieblas y confusión en todos los caminos de la vida?

(V. 13) Los tres últimos juicios de las trompetas se distinguen de los primeros cuatro por el anuncio del ángel que vuela por en medio del cielo, diciendo a gran voz: «¡Ay, ay, ay de los que habitan sobre la tierra, a causa de las otras voces de la trompeta, de los tres ángeles que están a punto de tocar la trompeta!»

Se observará que los cuatro primeros juicios de las trompetas tenían que ver más especialmente con las circunstancias de la vida, simbolizadas por los árboles, los ríos, el sol, la luna y las estrellas. Los últimos tres juicios de trompetas son más severos y terribles en su carácter, por cuanto, como veremos, caen sobre los hombres y no tanto en sus circunstancias. Traen el mal sobre aquella clase especial de personas designadas como los que moran en la tierra –aquellos que como Caín huyen de la presencia del Señor e intentan edificar un mundo sin Dios.

8 - Los ayes (Apoc. 9)

(V. 1-11) Ya hemos aprendido que en los tiempos de estos juicios Dios sellará como suyos a un gran número de Israel, que serán preservados para el reinado de Cristo. Podemos concluir con toda certidumbre, en base del hecho de que el quinto juicio de trompeta, o primer mal, cae sobre «los hombres que no tenían el sello de Dios en sus frentes», que este juicio cae especialmente sobre la porción apóstata, o no sellada, de la nación de Israel.

Este terrible juicio parece ser un engaño satánico que entenebrece las mentes de los hombres. Se presenta como causado bajo el símbolo de una estrella caída a la tierra. ¿Podría esto designar algún líder intelectual en una posición subordinada al que se le permite engañar las mentes de los hombres con alguna enseñanza satánica?

Esta malvada enseñanza es expuesta bajo el símbolo de un enjambre de langostas que con un poder irresistible lo barren todo, dejando la ruina tras su rastro. Las langostas naturales destruirían la hierba y toda cosa verde, y dejarían desnudos los árboles. Pero la malvada influencia expuesta por estas langostas simbólicas no afectará a las circunstancias de la vida, ni siquiera los cuerpos de los hombres, sino que envenena las mentes de los hombres, así como los escorpiones envenenan el cuerpo. Los hombres serán llevados a tal angustia mental que buscarán la muerte, pero no la hallarán. La muerte probablemente se emplea en este pasaje en un sentido moral, como expresión de separación de Dios. La misma gente que había sido llamada en el pasado a ser testigos del verdadero Dios intentará, bajo este engaño satánico en el que caerán, encontrar alivio para su mente buscando echar de sí todo conocimiento de Dios.

Se emplean notables figuras para exponer este terrible engaño. «Caballos preparados para la guerra» indica seguramente que vendrá con un irresistible poder; las «como coronas semejantes al oro» sugieren que este engaño parecerá tener una autoridad suprema; «sus rostros… como rostros de hombre» simbolizarían que mostrará un elevado carácter intelectual; el «cabello como cabello de mujer» puede sugerir que parecerá atractivo por su apariencia de mansedumbre y de sujeción a otros. Pero sea cual sea su atractivo para las mentes de los hombres, «sus dientes … como dientes de leones» implican que se aferrará a los hombres con un fanatismo feroz, mientras que las corazas eran como «corazas de hierro» pueden indicar que endurecerá los afectos y captará las mentes de los hombres con una increíble celeridad, como lo expone «el ruido de sus alas», asemejado a «al ruido de muchos carros de caballos, que corren al combate». Este poderoso engaño afectará a los hombres por un período limitado, porque el poder para dañar durará solo cinco meses. El líder de este terrible engaño será Satanás, el ángel del abismo.

Se ha sugerido que la estrella que cae del cielo designa al falso profeta, o anticristo, que es descrito con mayor detalle en el capítulo 13:11-18. Sabemos que será un apóstata (Dan. 11:37) y que estará fortalecido por Satanás, porque habla como un dragón, para engañar a los que moran en la tierra. ¿No podemos concluir por ello que los juicios quinto y sexto de las trompetas establecen el intenso engaño al que se refiere el apóstol Pablo en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses 2:8-12?

(V. 12-19) Una voz desde el altar de oro delante de Dios llama al sexto ángel, o segundo juicio de ¡Ay! Esto vuelve a recordarnos que todos estos juicios son dirigidos desde el cielo, y que el mal en su plenitud está refrenado hasta que llegue el momento para el juicio.

Este juicio es muy similar al anterior; pero mientras que el primer Ay cayó sobre los no sellados en Israel, este segundo ¡Ay!, cae, como se dice, sobre «la tercera parte de los hombres», expresión empleada en el capítulo 12:4 para designar la esfera del imperio romano, lo que abarcaría a la cristiandad profesa.

La mención del Éufrates indicaría que este juicio procede del Oriente, porque este río es la barrera natural entre Oriente y Occidente. Parece así que cuando llegue el momento del juicio, esta barrera será eliminada y que alguna maligna influencia de Oriente se precipitará sobre la esfera de la cristiandad profesa. El símbolo de un poderoso ejército de jinetes indicaría algún irresistible engaño del diablo. «El poder de los caballos está en su boca» puede indicar que este engaño será presentado con toda la persuasiva elocuencia del habla. Pero detrás del engaño está el poder de Satanás, simbolizado por sus colas como serpientes. El resultado es que la tercera parte de los hombres resultan muertos, lo que probablemente denota no una muerte física, sino que los hombres son llevados a toda la miseria de la apostasía, o muerte moral para con Dios. ¿No se han dado ya premoniciones de un engaño así barriendo la cristiandad desde Oriente con la historia de la invasión de Mahoma?

(V. 20-21) Aparentemente, habrá algunos que escaparán de este terrible engaño, pero tampoco así se arrepentirán, porque es evidente por el versículo final que lo mismo que en los días antes del diluvio, el mundo será entregado a la violencia y a la corrupción.

9 - Los testigos de Dios (Apoc. 10:1 al 11:18)

Con el capítulo décimo llegamos a una pausa en la profecía de los juicios de las siete trompetas, a fin de que nos sean presentados los caminos de Dios en el mantenimiento de un testimonio por Cristo en relación con la tierra durante el solemne período del juicio de la sexta trompeta, o segundo Ay. Esta sección parentética termina con la declaración en el capítulo 11:14 de que «El segundo ay pasó; he aquí, el tercer ay viene pronto». Esto indica de cierto que los acontecimientos descritos en esta porción tienen lugar durante el segundo Ay, y son seguidos inmediatamente por el juicio del tercer Ay o de la séptima trompeta. Por los detalles que se dan en este pasaje veremos que los acontecimientos registrados tienen lugar durante el período de tres años y medio que preceden de inmediato a la venida de Cristo para reclamar su reino terrenal.

(V. 1) El pasaje comienza con una visión de un «ángel poderoso» que descendía «del cielo». Por la descripción que sigue, tendremos desde luego razón en concluir que en este poderoso ángel tenemos una presentación de Cristo. Está revestido con una nube que tan frecuentemente, en las Escrituras, se refieren a la presencia Divina. El arco iris que en el capítulo 4:3 se ve alrededor del trono está ahora sobre la cabeza de este ángel, y establece que este es Aquel por medio de quien se cumplirá el pacto de misericordia de Dios con la tierra. Su rostro como el sol nos recuerda que en esta Persona se exhibirá toda la gloria de Dios y se manifestará la autoridad suprema. Sus pies como columnas de fuego vienen a indicar que está andando en una senda de santo juicio contra el pecado.

(V. 2) En su mano tenía «un librito abierto». De los versículos que siguen podemos inferir que el libro abierto se refiere a las profecías del Antiguo Testamento, que han sido reveladas, en contraste con el libro con los siete sellos que predice cosas no reveladas en los tiempos del Antiguo Testamento.

El ángel puso su pie derecho sobre el mar y su pie izquierdo sobre la tierra. Simbólicamente, el mar se emplea a menudo en las Escrituras para designar a la masa de las naciones en estado tumultuoso, mientras que la tierra hace referencia a la parte ordenada de la tierra que ha tenido la luz de Dios, sea en el judaísmo o en la cristiandad, y por ello la porción del mundo a la que se aplica de manera especial la profecía. Somos así llevados al tiempo en que Cristo declarará públicamente sus derechos sobre todo el mundo.

(V. 3-4) La voz alta y los siete truenos nos dicen que los derechos de Cristo se harán valer mediante unos juicios que nadie podrá evadir, aunque no se le permite a Juan revelar lo dicho por los siete truenos.

(V. 5-7) Cristo, representado por el ángel fuerte, y que ya ha reivindicado su derecho a todo el mundo, ahora jura por Aquel que vive por los siglos de los siglos, quien creó todas las cosas, que el tiempo ha llegado en que entrará en su herencia terrenal –que no habrá «más plazo». La séptima trompeta introducirá los juicios finales, se consumará el misterio de Dios y se introducirán las bendiciones del reino según las gratas nuevas anunciadas a sus siervos los profetas. El misterio de Dios, en este pasaje, se refiere al hecho de que durante eras Dios no ha intervenido públicamente en los asuntos de los hombres. La maldad humana ha aumentado sin el freno de ninguna exhibición pública de parte de Dios. Se ha dejado a los hombres que satisfagan sus concupiscencias, que consigan lo que ambicionan, que aumenten en su rebelión contra Dios y en su persecución contra los Suyos. Durante las eras, los miembros del pueblo de Dios han sido torturados en el potro, echados de sus casas, martirizados en la pira, y Dios no ha interferido de manera evidente. Todo esto –que ha recibido el nombre de “el silencio de Dios”– es un gran misterio. Pero no es inexplicable, porque en la Escritura un «misterio» no es algo que no se pueda explicar, sino algo que solo es conocido por los iniciados. Durante el tiempo del misterio de Dios, los creyentes han tenido el libro abierto de la profecía prediciendo el tiempo de bendición que vendrá cuando Dios intervenga públicamente. Así, la lámpara de la profecía ha iluminado las tinieblas de las edades y el creyente ha sido iniciado en el pensamiento de Dios. Pero cuando el Señor Jesús intervenga públicamente, y tome posesión de los reinos de este mundo, se consumará el misterio de Dios. Se cumplirán y se manifestarán al mundo el juicio de los malvados y las bendiciones del reino, que el creyente ya conoce anticipadamente.

El incidente final del capítulo 10 es profundamente significativo y está lleno de instrucción. Se le manda a Juan que tome el librito abierto y que lo coma; se le dice que cuando lo haga, lo encontrará amargo en su vientre, aunque dulce como miel a la boca. ¿No muestra esto el hecho de que todo lo que Dios va a introducir –el desarrollo de las glorias venideras– es ciertamente dulce a nuestro paladar, pero que involucra el dejar de lado la carne, y el juicio absoluto de aquello que la carne codicia? Hemos de descubrir que como creyentes la carne sigue estando en nosotros, y que por ello la verdad, por dulce que sea a nuestro paladar, involucra amargos ejercicios de corazón al descubrirnos el verdadero carácter de nuestros corazones. Es necesario no solo que juzguemos el mundo alrededor de nosotros, sino que también juzguemos la carne dentro de nosotros; porque si nos juzgamos a nosotros mismos, no seremos juzgados. Cuando hayamos juzgado la carne, el Señor podrá emplearnos como testigos para otros, así como a Juan se le dice, cuando ha pasado por todos estos ejercicios de corazón: «Es necesario que profetices de nuevo sobre pueblos, naciones, lenguas y muchos reyes». En su tiempo, Isaías tuvo que aprender la amargura de sus propias visiones. En el capítulo 6 de su libro ve una visión de toda la tierra llena de la gloria de Jehová. Es desde luego un dulce paladeo de la bendición y gloria que han de venir. Pero inmediatamente dice: «¡Ay de mí!, que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios». Aquí tenemos la amarga conciencia que la palabra produce al descubrirle el carácter de su propio corazón. Pero cuando lo reconoce todo, encuentra que hay provisión para ello en un carbón tomado del altar. Del mismo modo, cuando descubrimos y reconocemos lo que somos, descubrimos que todo ha sido arreglado por Aquel que murió por nosotros. Habiendo sido purificado mediante sacrificio, Isaías es precisamente el que el Señor puede enviar con un mensaje a otros (Is. 6:3-10).

(11:1) Habiendo quedado así dispuesto para el servicio, Juan recibe una vara de medir, y se le ordena así: «Mide el templo de Dios y el altar, y a los que adoran en él». La mención del templo y de la santa ciudad muestran claramente que los acontecimientos predichos en esta porción de Apocalipsis se centran en Jerusalén y están relacionados con la nación de Israel.

Como símbolo, el templo denota la morada de Dios, y el altar la manera de acercarse a Dios sobre la base del sacrificio. La medición parece denotar que el hombre de Dios ha de tener en cuenta todo lo que Dios se ha reservado para sí como teniendo su aprobación. ¿No nos dice esta acción, y las figuras empleadas, que durante el tiempo de estos juicios Dios tendrá a su pueblo al que se deleita en reconocer, y que se le acercarán en adoración?

(V. 2) El patio no debía ser medido, lo que denota el hecho de que en este tiempo se permitirá a los gentiles hollar la santa ciudad durante tres años y medio. Está claro que, durante el período final de los tiempos de los gentiles, mientras Dios se reserva un remanente piadoso, la masa de la nación judía será entregada a la violencia de los gentiles, que hollarán su ciudad. Durante este tiempo, el mundo recaerá en el salvajismo pagano y en la corrupción, y como los perros y los cerdos pisotearán todo lo que es «santo», y, como lo muestran los siguientes versículos, despedazarán al pueblo de Dios (Mat. 7:6). De modo que Pedro nos advierte que en los últimos tiempos los hombres actuarán como el perro que vuelve a su vómito, y la cerda lavada a revolcarse en el cieno (2 Pe. 2:22).

La mención de los cuarenta y dos meses, o tres años y medio, vincula en el acto la Revelación dada a Juan con las profecías de Daniel. En el capítulo noveno de Daniel, versículos 24-27, leemos acerca de un período de setenta semanas, al fin del cual se establecerá la justicia eterna bajo el reinado de Cristo. Se nos dice luego que estas semanas comenzarían con el mandamiento de edificar Jerusalén, lo que sabemos que tuvo lugar en el reinado de Ciro. Además, se nos dice que después de siete semanas y sesenta y dos semanas el Mesías sería cortado. Es evidente entonces que cada día de estas semanas representa un año y que las primeras sesenta y nueve semanas de años quedaron completadas en la crucifixión de Cristo. Esto nos deja una semana de siete años que queda aún por cumplir. Al comienzo de estos últimos siete años nos dice Daniel que el guía del imperio romano concertará un pacto con los judíos por siete años, y que en medio de los siete años se hará que cese el sacrificio judío. En el capítulo séptimo de Daniel aprendemos también, por el versículo 25, que tratará con dureza a los santos del Altísimo, y que pensará en cambiar los tiempos y las leyes durante este período de «tiempo, y tiempos, y medio tiempo», en otras palabras, durante tres años y medio.

(V. 3-4) Es esta última semana de siete años la que nos es presentada aquí en Apocalipsis, y más especialmente la segunda mitad de esta semana. Así, en este pasaje aprendemos que durante este período no solo llegará a su culminación la oposición de los gentiles contra el antiguo pueblo de Dios, sino que durante este mismo tiempo Dios suscitará a dos destacados testigos, en base del principio de la Escritura de que «por el testimonio de dos o tres testigos» se decidirá todo asunto (véase Deut. 19:15; Mat. 18:16; 1 Tim. 5:19). Que van vestidos de cilicio puede que muestre que su mensaje es un llamamiento intenso al arrepentimiento. En este caso, el período de tres años y medio se enuncia en días, quizá para enfatizar el hecho de que el testimonio será diario.

Las figuras usadas para exponer el carácter de estos testimonios son similares a las empleadas en el cuarto capítulo del profeta Zacarías. Por este pasaje, queda claro que el olivo indica que estos testigos están ungidos por el Espíritu Santo para estar «delante del Señor de toda la tierra» (comp. Zac. 4:14 con Apoc. 11:4). Como candelabros son testigos ante los hombres. Su testimonio es para el Señor, que ha manifestado sus derechos sobre el mar y la tierra y que está para establecer su reino. En el día en que los que moran en la tierra quieren reclamar el mundo para ellos mismos, Dios tendrá sus testigos que manifiestan que él es «el Señor de toda la tierra».

(V. 5-6) Este testimonio atraerá una intensa oposición del enemigo, que será confrontada con actos de poder divino. Los dos testigos recibirán poder para cerrar el cielo y que no llueva durante los días de su profecía, tal como lo hizo Elías en su tiempo (1 Reyes 17:1). Y así como Moisés azotó a Egipto con plagas, del mismo modo estos testigos del Señor de toda la tierra herirán «la tierra con toda clase de plaga».

Hoy en día, el pueblo de Dios testifica del Dios del cielo en su gracia soberana, salvando a pecadores para el cielo, por medio de la fe en Cristo. Por ello, no hay signos externos de juicio que acompañen a su testimonio. En los días venideros de estos testigos, Dios dará testimonio del reinado venidero de Cristo en la tierra, que será introducido por unos juicios que limpiarán la heredad de mal. En consecuencia, con este testimonio, se dan solemnes señales del juicio venidero.

(V. 7-8) Al final de los tres años y medio, cuando concluya el testimonio de los dos testigos, se permitirá a la bestia, que como vemos algo más adelante es la cabeza del avivado imperio romano, que los venza y dé muerte. Sus cuerpos muertos yacerán en la calle de la gran ciudad, la condición moral de la cual en estos últimos días quedará tan absolutamente degradada que será asemejada con Sodoma con su cruda inmoralidad, y con Egipto con su idolatría y mundanidad.

Entonces se nos recuerda que esta asombrosa condición es el resultado del mayor de todos los pecados, porque esta gran ciudad es «donde también su Señor fue crucificado».

De acuerdo con la revelación dada a Juan, el Señor, cuando estaba en la tierra, advirtió a sus discípulos que la condición del mundo inmediatamente precedente a su aparición será de violencia y corrupción como en los días antes del diluvio, y de la más burda impureza, como en los tiempos de Lot, cuando cayó sobre Sodoma el juicio del cielo. Al ver la creciente violencia, corrupción, concupiscencia e impiedad que señalan a las tierras que durante tanto tiempo han tenido la luz de la cristiandad, ¿no discernimos cómo todo se está preparando para la terrible crisis de mal descrita en estos versículos?

(V. 9) Si los gentiles se unieron a los judíos para crucificar al Señor, no podemos sorprendernos al aprender que todo el mundo se unirá para expresar su odio y menosprecio contra los testigos del Señor, dejando sus cuerpos insepultos.

(V. 10) Además, se nos dice que habrá una clase definida, descrita como «los habitantes de la tierra», que no solo dejan sus cuerpos expuestos a los ultrajes, sino que «se regocijarán sobre ellos», «lo festejan» y «se envían regalos unos a otros». Estos moradores de la tierra, cuyo gran objetivo, como el rico de Lucas 12, es comer, beber y regocijarse sin pensar en Dios ni en el futuro, encuentran que el testimonio de estos dos testigos les es un refinado tormento, y se regocijan cuando, creen ellos, son vencidos y silenciados para siempre.

(V. 11-12) Sin embargo, el regocijo del mundo será breve, porque al fin de tres días y medio Dios intervendrá, y delante de la gente resucitará a sus testigos, que oirán una gran voz del cielo que los llamará, diciendo: «Subid acá».

(V. 13) Al haber sido rechazados los testigos de Dios, no queda ya nada más que el juicio. El testimonio de este hecho lo da un gran terremoto en el que mueren siete mil personas. Por un momento los hombres se aterrorizarán y darán «gloria al Dios del cielo». El testimonio de los dos testigos era acerca del «Señor de toda la tierra», manteniendo con ello el derecho de Cristo a la tierra. ¡Ay!, aunque en un momento de terror los hombres puedan admitir que hay un Dios en el cielo, no quieren someterse al Señor de toda la tierra. Sin embargo, Dios ha determinado que al nombre de Jesús «se doble toda rodilla de los seres celestiales, de los terrenales, y de los que están debajo de la tierra» (Fil. 2:10).

Así, aprendemos por este pasaje profundamente solemne que los acontecimientos finales de esta edad tendrán su centro en Jerusalén y tendrán lugar durante un período de tres años y medio. Además, se nos dice que durante la gran tribulación de estos últimos días habrá un remanente temeroso de Dios, y entre ellos dos destacados testigos, cuyo testimonio irá acompañado de poderosos actos de poder que traerán plagas sobre los hombres. Opuestos al pueblo de Dios, y en contraste a ellos, habrá una gran compañía de moradores sobre la tierra conducidos por dos hombres señaladamente malvados –la cabeza del imperio romano, y el anticristo (Apoc. 13), cuya oposición vendrá acompañada por «la obra de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios de mentira» (2 Tes. 2:9).

(V. 14-17) Los solemnes acontecimientos traídos delante de nosotros en los capítulos 10-11:13 ponen fin al período del segundo Ay, y preparan el camino para el establecimiento del reino de Cristo, que es introducido por el tercer Ay al tocar el séptimo ángel su trompeta.

Con el toque de la séptima trompeta somos llevados de la tierra al cielo para oír grandes voces en el cielo anunciando las felices nuevas de que «El reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo ha llegado; y reinará por los siglos de los siglos». Por fin habrá llegado el gran día en que el gobierno de este mundo pasará a manos del Señor Jesús. Todo el cielo se regocija ante este anuncio, y los santos, representados por los veinticuatro ancianos, adoran a Dios con acción de gracias.

(V. 18) ¡Cuán solemne que la introducción de este reino de bienaventuranza será un «Ay» sobre los moradores de la tierra que han rechazado a Cristo y a sus testigos. El reino que introduce bendición eterna para el pueblo de Dios significará un Ay eterno para los aborrecedores de Dios y de Su Cristo. Ven en este solemne anuncio que por fin ha llegado el tiempo cuando la ira de las naciones contra Cristo y su pueblo será confrontada con la ira de Dios.

Entonces, también, habrá llegado «el tiempo de juzgar a los muertos». ¿No es posible que esto se refiera a los santos martirizados como en Apocalipsis 14:13, que serán recompensados por los sufrimientos que han soportado de manos de los hombres? Además, en los días del reinado de Cristo, los siervos, profetas y santos de Dios y todos los que han reverenciado el nombre de Dios a lo largo de las edades, grandes y pequeños, recibirán su recompensa, mientras que los que han destruido la tierra serán ellos mismos destruidos.

10 - El dragón (Apoc. 11:19 al 12:18)

En la anterior división de Apocalipsis, del capítulo 6 al 11:18, hemos tenido un desarrollo profético de una serie de juicios que tendrán lugar sobre la tierra entre el arrebato de la Iglesia y la manifestación de Cristo para reclamar su reino.

En la división que sigue, del capítulo 11:19 hasta el capítulo 19:10, se nos dan detalles tocantes a líderes, y a grandes acontecimientos en el cielo y en la tierra durante este tiempo solemne. Luego, acabada esta división parentética, tenemos en la división que sigue, desde el capítulo 19:11 hasta 21:8, el desarrollo del futuro de nuevo continuado desde la aparición de Cristo y hasta el estado eterno.

En la sección inicial de esta nueva división, capítulo 11:19 hasta el fin del capítulo 13, pasan ante nosotros los impulsores principales de la oposición a Dios, a Cristo y a su pueblo, durante el período de los tres ¡Ayes!, o últimos tres juicios de las trompetas, un período, como hemos aprendido, de tres años y medio que precederán inmediatamente a la manifestación de Cristo. Durante este tiempo terrible, cuando llegará toda maldad a su culminación, habrá una trinidad de maldad al frente –el dragón, o Satanás (cap. 12); la primera bestia, o cabeza del imperio romano avivado (13:1-10); y la segunda bestia, o anticristo (13:11-18).

(11:19) Esta división de Apocalipsis parecería mejor comenzarla desde el último versículo del capítulo 11, como introducción de las escenas que siguen. En este versículo tenemos una indicación simbólica de que Dios está a punto de reanudar sus tratos públicos con la nación de Israel, porque vemos el templo de Dios abierto en el cielo y descubrimos el arca del pacto. Sabemos por el Antiguo Testamento que el templo habla de la morada de Dios, y el arca de la misma presencia de Dios, en medio de su pueblo terrenal. ¿No nos dice esta visión que, a pesar de la larga historia de fracasos de Israel, Dios permanece fiel a Su pacto con su antiguo pueblo? Hubo un tiempo en que el arca estaba en el templo sobre la tierra, testimonio del pacto de Dios con Israel y prueba de su presencia en medio de ellos. Debido a la idolatría de la nación, el templo fue destruido y quitada el arca del pacto; y aunque el templo fue reconstruido después de la cautividad, sin embargo, el arca, el testimonio de la presencia inmediata de Dios, jamás fue restaurada. Ahora vemos que el arca había permanecido, por así decirlo, en el cielo, y por ello permanece el pacto con Israel; aunque debido al mal estado de ellos no ha habido testimonio público de esto sobre la tierra durante largos siglos. Fue un secreto abrigado en el cielo para ser desvelado para consolación de un piadoso remanente en Israel en la época en que Dios vuelva de nuevo a llevar a la nación a la bendición.

(12:1-2) De acuerdo con la visión del templo y del arca, Israel viene en el acto ante nosotros bajo la figura de una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y con una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Esta visión es simbólica, no de la nación de Israel en su fracaso, como se ve en la historia, sino de Israel según el propósito de Dios, tal como la ve el cielo. Así, la mujer es mencionada como una gran señal en el cielo. Es la visión que hay en el cielo de Israel. Vestida del sol expone ciertamente la supremacía de Israel sobre las naciones. La luna bajo sus pies implicaría que toda otra autoridad entre las naciones se derivará de Israel y estará subordinada a ella. La corona de doce estrellas puede referirse a la administración de las doce tribus.

(V. 3-5) Sigue una visión histórica de Israel como la nación de la que nació Cristo al mundo, y de las circunstancias en las que vino. La mujer con dolores de parto recuerda los padecimientos que pasó la nación antes del nacimiento de Cristo. Todo había fracasado –el pueblo, los sacerdotes y los reyes– e Israel había ido a la cautividad en medio de todas las circunstancias de humillación, padecimiento y dolor. Se había restaurado un remanente, solo para recaer en una muerta formalidad. Cuando finalmente llegó el momento del nacimiento de Cristo, solo había un dolorido remanente, en medio de una nación sometida y pisoteada, que esperaba la redención en Jerusalén. En medio de todas estas humillaciones finalmente surge el clamor: «¡Un niño nos es nacido!» (Is. 9:6).

Este gran acontecimiento hace manifestarse en el acto al gran enemigo de Cristo. Si había un remanente piadoso, esperando anhelante la venida de Cristo y la redención de que iban a ser objeto, también estaba el gran enemigo esperando Su venida para intentar destruirlo. Es acerca de este gran enemigo de Cristo y del hombre que se ocupa principalmente este capítulo.

No tenemos duda alguna de quién es el dragón. Es descrito en el versículo 9 como «la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás». Así, tras toda la maldad del hombre, que en los días anteriores a la venida de Cristo culminará llegando a su más terrible altura, se nos permite ver que Satanás será el impulsor principal. Se nos presentarán hombres malvados, pero son instrumentos de Satanás, que será el instigador de su maldad.

El dragón es contemplado en la visión como teniendo siete cabezas y diez cuernos, y siete coronas sobre sus cabezas. Estos términos son casi idénticos a los empleados para describir a la bestia, o cabeza del imperio romano, en el capítulo 13:1. Los símbolos, así, presentan a Satanás como identificado con el imperio, e intentando, por medio de su cabeza, obtener un poder universal sobre la tierra. Las siete cabezas sugieren la idea de un poder director completo, mientras que los diez cuernos sugieren los instrumentos por medio de los que ejerce su poder. El imperio romano, como sabemos, será avivado en una forma de diez reinos (Apoc. 17:12). Aquí, las coronas están sobre las cabezas. En el capítulo 13 están sobre los cuernos. Si se trata de la fuente de la autoridad regia del imperio, esta se encuentra en Satanás; pero a los ojos de los hombres la autoridad regia es vista en los diez reyes; puede que sea por esta razón que en el capítulo 13:1 están coronados los cuernos.

Su cola que arrastró a una tercera parte del cielo puede constituir una alusión simbólica al falso profeta, o segunda bestia de Apocalipsis 13, así como las siete cabezas y los diez cuernos señalan a la primera bestia. Esto podemos deducirlo de un notable pasaje en Isaías 9:15, donde leemos: «El profeta que enseña mentira, es la cola». Podemos así aprender que la cola representa la mortífera influencia espiritual que sigue a que la autoridad caiga en poder del diablo. Si la influencia de la primera bestia es la de llevar a los hombres bajo la sujeción a la tiranía de un dictador diabólico, la influencia de la segunda bestia terminará separando a los hombres de todo temor o conocimiento de Dios.

El Hijo varón es descrito como Aquel que ha de regir a todas las naciones con vara de hierro. Nadie puede poner en duda que este lenguaje solo puede aplicarse a Cristo. En el momento en que oímos de la oposición del diablo, presentado como aquel que, a lo largo de los siglos, desde el día en que apareció como la serpiente en el huerto del Edén hasta que aparezca como el dragón en Apocalipsis, está mortalmente enfrentado a los derechos de Cristo. Querría usurpar el poder que pertenece a Cristo y que Cristo tiene destinado a blandir como gobernante de todas las naciones. Aspirando a esta autoridad universal, intentó devorar a Cristo cuando nació. La gran lucha que ha marcado a los siglos y que ha estado detrás de todos los conflictos de los hombres es: ¿Quién ha de tener el derecho universal sobre la tierra? ¿Cristo, o el diablo? El resultado no puede ponerse en duda ni por un momento, aunque pueda en ocasiones parecer que el diablo está triunfando.

La vida y la muerte del Señor Jesús son aquí pasadas por alto en silencio, y se nos dice que el hijo fue arrebatado al cielo. Aquí el tema no es la justa base de la bendición para los hombres que se encuentra en la cruz, sino el pacto de Dios con Israel y Sus caminos para llevar este pacto a su cumplimiento.

(V. 6) Al llegar a este punto pasamos de la historia a la profecía aún por cumplir. Desde la ascensión de Cristo hasta la gloria somos llevados en pensamiento a la huida de la mujer al desierto. No hay mención de los diecinueve (veinte) siglos que han transcurrido y durante los que la Iglesia ha estado siendo recogida del mundo. El número de días mencionados señalan de nuevo a la última media semana de las setenta semanas de Daniel. Aquí, entonces, vemos a la nación de Israel representada por un piadoso remanente que huirá al desierto durante los tres años y medio de la gran tribulación. Su huida es inmediatamente conectada con la ascensión de Cristo, porque todos sus sufrimientos se deberán a la ausencia de Cristo, así como cesarán con la manifestación de Cristo. El reino de la bestia transformará el mundo en un desierto para este piadoso remanente. Encontrarán su refugio y bendición en tomar su puesto fuera y aparte del mundo político y religioso de su tiempo con su terrible violencia y corrupción. Mantenerse aparte del sistema del mundo puede ciertamente involucrar sufrimiento, pero dará bendición espiritual, porque en el lugar que Dios ha preparado afuera, este remanente será alimentado durante mil doscientos sesenta días, del mismo modo que el Señor puede decir, por medio del profeta Oseas: «He aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón» (Oseas 2:14).

Así como en el tiempo venidero la bendición de los piadosos se encontrará fuera y en separación del mundo político y religioso, lo mismo en nuestro tiempo, cuando todo está dirigiéndose a la apostasía y rebelión contra Dios, el único verdadero puesto de bendición para el creyente está fuera del campamento, reunidos a Cristo. Es desde luego un lugar de vituperio, pero conducirá a una rica bendición espiritual.

(V. 7-11) Ahora se nos permite mirar detrás de las escenas sobre la tierra para aprender qué cosas van a tener lugar en el cielo. Puede parecer asombroso que Satanás tenga acceso al cielo, pero que así es, en cierta manera, queda evidente en el Libro de Job y otras escrituras del Antiguo Testamento. Además, aprendemos que llega el tiempo en que su poder será desafiado y será derribado del cielo; si queda roto su poder en el lugar más alto, sabe que tiene poco tiempo en la esfera inferior de la tierra. En el cielo, a lo largo de los siglos, ha sido el acusador de los hermanos; pero Cristo ha sido el abogado de ellos. Los pecados del pueblo de Dios que suscitan las acusaciones del diablo suscitan también la actividad de Cristo como defensor. Tienen ellos una perfecta respuesta a todas las acusaciones del diablo. Pueden reconocer, tristes y humillados, la verdad de sus acusaciones, pero apelan a la preciosa sangre que purifica de todo pecado. Libres así en su conciencia por la sangre, pueden mantener «la palabra del testimonio de ellos», hasta la muerte.

(V. 12) Los cielos son llamados a regocijarse de que Satanás ha sido echado fuera, porque en este acontecimiento se ve que Dios está a punto de intervenir para la salvación de su pueblo terrenal y establecer el reino de Dios bajo el gran poder de Cristo. Pero si la expulsión de Satanás trae gozo a los que moran en los cielos, será un ¡Ay!, para los que moran en la tierra, porque el diablo, que sabe que tiene poco tiempo, estará lleno de ira.

(V. 13-17) La ira del diablo tendrá su mayor expresión contra la nación de Israel. Contra esta terrible persecución, durante el tiempo de la gran tribulación, la providencia de Dios abrirá un camino de escape para los piadosos. Su seguridad se encontrará en mantenerse apartados del mundo, según las propias palabras del Señor a sus discípulos, cuando, contemplando este tiempo, les dijo: «Los que estén en Judea, huyan a las montañas» (Mat. 24:16-21).

La forma de la persecución de Satanás se simboliza mediante un torrente de agua que brota de la boca de la serpiente, denotando, probablemente, a las naciones en un terrible estado de conmoción, intentando barrer a los judíos de la faz de la tierra, como se significa con las palabras: «para hacer que el río la arrastrara». «La tierra socorrió a la mujer» puede denotar que, en los caminos providenciales de Dios, habrá alguna mitigación de esta implacable persecución por parte de las secciones más ordenadas y civilizadas del mundo. Como siempre, lo que suscita la oposición de Satanás será que el remanente obedece a Dios y tiene el testimonio de Jesús.

11 - Las bestias (Apoc. 13)

Los cuarenta y dos meses del versículo 5, o tres años y medio, indican claramente que los acontecimientos predichos en este capítulo tendrán lugar durante la última media semana de las setenta semanas de Daniel –el período inmediatamente anterior a la manifestación y reino de Cristo. Por el capítulo anterior aprendemos que, durante este tiempo terrible, cuando la maldad del hombre alcanza su cima, el gran poder detrás de todo el mal será el diablo. En este capítulo vemos los dos grandes instrumentos de mal que el diablo empleará y que aparecerán ante el mundo, simbolizados por dos bestias. La primera bestia representa claramente el poder político o imperio romano avivado que encuentra expresión en su cabeza (v. 1-10). La segunda bestia, o poder religioso, es ciertamente el anticristo o falso profeta (v. 11-18).

(V. 1) En esta visión, Juan ve a la primera bestia surgir del mar. Como símbolo, el agitado mar es a menudo empleado para denotar a las naciones en una condición de desorden y revolución. ¿No hemos de aprender entonces que surgirá un gran poder imperial de en medio de una condición de anarquía y confusión?, cuyas características se exponen bajo la figura de una bestia «que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre sus cuernos diez diademas, y sobre sus cabezas nombres de blasfemia».

La destacada figura de este poder será que, como una bestia, actuará sin tener en absoluto en cuenta a Dios. En base de la profecía en Daniel 7:7-8, y también por la luz adicional dada por Apocalipsis 17:8-13, podemos llegar a la conclusión de que esta bestia exhibe al imperio romano avivado. Las profecías de Daniel, bajo las figuras de cuatro bestias, predicen los cuatro grandes imperios mundiales que ejercerán el gobierno durante los tiempos de los gentiles. El primero de estos imperios es asemejado a un león; el segundo a un oso; del tercero se dice que es semejante a un leopardo. En cuanto a la cuarta bestia, Daniel no puede encontrar nada en la naturaleza a lo que poder asemejarla. La describe como “espantosa y terrible” y “diferente de todas las bestias que vio antes de ella”. Además, dice, «tenía diez cuernos». En este capítulo de Apocalipsis tenemos otra vez una bestia con diez cuernos, y en el capítulo diecisiete esta bestia de diez cuernos y siete cabezas es conectada con «siete montes». ¿No es evidente que todas estas escrituras se refieren a la misma bestia, y que este poder imperial es el imperio romano avivado con su centro en Roma, la ciudad de las siete colinas? Sobre las siete cabezas Juan ve nombres de blasfemia que indican que este último imperio mundial no solo será ignorante de Dios, como una bestia, sino que será deliberadamente contrario a Dios.

(V. 2) Además, la bestia que Juan ve es asemejada a un leopardo, un oso y un león. Es evidente, por tanto, que este último imperio mundial durante los tiempos de los gentiles reunirá y combinará en sí mismo todos los rasgos de maldad de los tres primeros imperios mundiales. Además, aprendemos que este último imperio tendrá una fuente satánica directa, porque el poder de su trono y autoridad se derivan del dragón, que, como sabemos por el último capítulo, es la «serpiente antigua», «el diablo y Satanás».

(V. 3-4) Por Apocalipsis 17:9-10 aprendemos que las siete cabezas no solo denotan siete montes, sino también «siete reyes» o formas de gobierno. Juan ve una de estas cabezas herida de muerte, lo que indudablemente denota la destrucción del poder imperial de Roma, lo cual, como sabemos por la historia, ha llevado a la rotura del imperio romano como poder político mundial durante muchos siglos. En base de esta Escritura y de Apocalipsis 17, aprendemos que este imperio será avivado como se denota en la curación de la herida mortal. Este avivamiento será una maravilla para todo el mundo y suscitará una admiración por un poder con el que no se puede comparar ningún otro, y con el que nadie osará hacer la guerra. Sin embargo, alabar y loar este imperio será en realidad adorar al diablo.

(V. 5-7) En los versículos que siguen se nos permite ver las marcas destacadas de este imperio avivado, personificado en su cabeza. En primer lugar, la cabeza de este imperio, como todos los otros dictadores que intentan gobernar el mundo, querrá sobre todas las cosas exaltarse y jactarse en sí mismo, como leemos, porque tendrá «una boca que profería palabras arrogantes y blasfemias».

Segundo, tras la boca que se jacta con arrogancia habrá un corazón que aborrece a Dios, porque abrirá «su boca en blasfemias contra Dios».

Tercero, el que aborrece a Dios se opondrá al pueblo de Dios, porque leemos que hará «guerra a los santos», y, por un tiempo estrictamente limitado, se le permitirá vencerlos.

Cuarto, por un cierto tiempo, se permitirá a este terrible poder que ejerza una influencia universal sobre los hombres, porque se le dará poder «sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación».

(V. 8) Luego se nos presenta el terrible efecto de este poder sobre «todos los habitantes de la tierra». Los que tengan todos sus pensamientos y deseos centrados en la tierra, y quieran excluir totalmente toda creencia en Dios o en el más allá, se deleitarán en encontrar a un líder de un poder irresistible que se oponga a Dios y a sus santos. Adorarán con agrado a este instrumento de Satanás, demostrando ciertamente que no están entre aquellos cuyos nombres han sido escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado.

(V. 9-10) Sigue una solemne advertencia: «Si alguno tiene oído, que oiga». Si tenemos fe para creer en Dios, prestemos atención a lo que dice Dios, cuando nos dice que el que lleva a otros a cautividad llegará al final a ser él cautivo; y que, a su tiempo, quien mata a espada, al final llegará a un fin violento. Esta solemne certidumbre de que el juicio alcanzará finalmente a los malvados capacita a los santos para esperar pacientes y con fe en Dios, que él hará frente a los malvados y asegurará la bendición de su pueblo perseguido.

(V. 11-18) En los versículos restantes del capítulo tenemos la visión de una segunda bestia que Juan ve subiendo de la tierra, lo que denota una condición ordenada de la sociedad en contraste con la primera bestia que surge del mar, el símbolo de la sociedad en una condición de confusión y anarquía.

En la visión, esta bestia tiene dos cuernos como un cordero. ¿No es esto la pretensión de parecerse a Cristo y de buscar de este modo asumir el puesto de un líder religioso, así como la primera bestia asume la posición de líder político? Sin embargo, aunque tiene la apariencia de un cordero, habla como un dragón. Lo mismo que la primera bestia, será un activo instrumento del diablo.

Una comparación de la descripción de esta bestia con la del «hombre de pecado» descrito en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses 2:3-12 llevará a la conclusión de que ambos pasajes describen a la misma persona, y que presentan igualmente al anticristo predicho por el apóstol Juan en su epístola como quien iba a aparecer al final de la edad (1 Juan 2:18). Es solo en la Epístola de Juan que se designa al anticristo por este nombre. Ahí su carácter es totalmente religioso y es presentado como un apóstata herético que niega verdades fundamentales en cuanto a las Personas divinas en relación tanto con el judaísmo como con el cristianismo. Niega que Jesús sea el Cristo –la esperanza del judío; además, niega al Padre y al Hijo, la revelación fundamental del cristianismo.

Por la mención del templo en 2 Tesalonicenses 2 podemos deducir que esta segunda bestia, o guía religioso, tendrá su sede en Jerusalén; mientras que la primera bestia, o líder político, tendrá su centro en Occidente, en la ciudad de las siete colinas, Roma.

Esta segunda bestia, bajo el poder de Satanás, empleará su autoridad para conducir a los que moran sobre la tierra para dejar totalmente de lado todo temor de Dios, exaltando al hombre como objeto de culto. Habiendo rehusado a Cristo, estos moradores de la tierra serán engañados por medio de los milagros que este hombre podrá llevar a cabo. Como resultado, se establecerá la forma más crasa de idolatría que haya conocido el mundo en el mismo ámbito que había tenido en el pasado la luz del cristianismo. La primera bestia, mientras que asombrará al mundo avivando el imperio romano, aparentemente no hará ningún milagro. Esta segunda bestia, fortalecida por Satanás, hace grandes maravillas, hasta hacer que descienda fuego del cielo. Elías, en su época, recibió poder de Dios para hacer descender fuego del cielo para dar testimonio del verdadero Dios y denunciar el culto a un ídolo. Lo que Elías hizo por el poder de Dios, el anticristo lo imitará por el poder del diablo, para apartar del verdadero Dios y llevar a la adoración del ídolo o imagen de la bestia. En tiempos de Elías, cuando el fuego dejó en evidencia a los idólatras, los profetas de Baal fueron muertos. En los días venideros, quedando engañados los hombres por la maravilla del fuego del cielo para adorar al ídolo, los que rehúsen adorar a la imagen serán muertos (1 Reyes 18:36-40).

Este malvado afirmará una autoridad religiosa universal sobre todos –pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos. Para imponer su autoridad, insistirá que se dé muestra pública de sometimiento a la primera bestia mediante una marca pública en la mano derecha y en la frente, sin la cual será humanamente imposible existir, porque sin esta marca nadie podrá comprar ni vender.

No parece haber ninguna indicación del sentido simbólico del número de la bestia. Indudablemente, quedará claro en el momento necesario. Mientras tanto, tenemos que cuidarnos de sacar deducciones que puedan exponernos a todas las imaginaciones de la mente humana.

Sabemos que la edad presente es designada por el Señor como los tiempos «de los gentiles» (Lucas 21:24). Por la profecía de Daniel aprendemos que estos tiempos comenzaron cuando el gobierno del mundo fue quitado a los judíos, que habían caído en idolatría, y fue puesto en manos de los gentiles, representados por Nabucodonosor, a quien le fue dicho: «El Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad»; y allí donde moren hijos de hombres, le había sido «dado el dominio sobre todo» (Dan. 2:37-38).

¡Ay!, así como el judío se había desmoronado, igualmente los gentiles fallaron totalmente en el cumplimiento de la responsabilidad que Dios les había dado para que gobernasen el mundo. Este fracaso fue manifiesto desde el comienzo, porque Nabucodonosor, como otro autor ha dicho, “en lugar de conducirse con humildad como hombre delante de Dios –como ante Aquel que le había dado su poder –, por una parte, se exaltó a sí mismo, y por la otra, devastó el mundo para satisfacer su voluntad”.

Lo mismo que en el caso del primer líder de los gentiles, a lo largo de los siglos dictadores y demócratas han empleado diferentes formas de gobierno, en rebelión contra Dios y con una implacable crueldad contra los hombres, en su búsqueda de la propia exaltación y engrandecimiento. Se ha observado que a lo largo de los siglos el mundo ha estado tratando de controlar el mal y de rectificar atropellos, bien por medio de demócratas, bien por medio de dictadores. Por una parte, los hombres encuentran que la democracia pura es demasiado débil para controlar las pasiones de los hombres, y cuando el resultado del gobierno de demócratas puros ha sido una absoluta confusión, los hombres han buscado alivio sometiéndose a un dictador, así como la Revolución Francesa fue seguida por el establecimiento de Napoleón. Por otra parte, las naciones descubren pronto que el gobierno de los dictadores es demasiado represivo y que acaba con que a los hombres se les arrebata toda libertad. Esto lleva de nuevo a las naciones en movimiento pendular a una forma de democracia extremada.

La solemne realidad es que ni demócratas ni dictadores pueden controlar el poder del mal que está obrando bajo la superficie. El diablo es el príncipe de este mundo, y su poder, que lleva a los hombres a rebelarse contra Dios y a destruirse unos a otros por la tiranía y la guerra, es demasiado grande para que el hombre lo controle con su propio poder. No es asombroso, entonces, que los corazones de los hombres desmayarán «de temor, en espera de lo que vendrá sobre la tierra» (Lucas 21:26), y que empleen este proverbio: “Después de nosotros, el Diluvio”. Pero, como se ha observado, esto es solo una expresión exagerada de la importancia que se dan a sí mismos, y, podríamos añadir, una confesión de su impotencia por rectificar los males del mundo.

Por estos dos solemnes capítulos de Apocalipsis –el 12 y el 13– sabemos que los tiempos de los gentiles terminarán en la más terrible forma de dictadura que el mundo haya jamás conocido. La cristiandad, que habrá apostatado de Dios, caerá en una absoluta anarquía y confusión, de la que los hombres buscarán alivio sometiéndose a un poder que, aunque fortalecido por Satanás y blasfemando contra Dios, podrá aparentemente poner fin a las guerras y sacar orden del caos, porque los hombres dirán: «¿Quién es semejante a la bestia, y quién puede luchar contra ella?» El resultado será que esta era terminará repitiendo la idolatría con la que comenzó, solo que de una manera más terrible. Así como Nabucodonosor erigió su imagen de oro ante la que todos los hombres habían de postrarse y adorar, igualmente, en los últimos días, todos los moradores de la tierra tendrán que adorar la imagen de la bestia, o morir.

Los hombres están soñando con un «nuevo orden» que esperan introducir con sus esfuerzos y que conseguirá un mundo de paz y prosperidad. Pero, como alguien ha dicho: “En lugar de permitirnos esperar un progreso continuado del bien, hemos de esperar el progreso del mal… Hemos de esperar el mal, hasta que se vuelva tan flagrante que será necesario que el Señor lo juzgue… El Nuevo Testamento nos presenta constantemente el mal como en aumento hasta el fin, y que Satanás lo impulsará hasta que el Señor destruya su poder”.

Sin embargo, y por muy terrible que sea el fin de esta presente edad, el creyente puede afrontarlo con serenidad y paciencia, con fe en Dios, mientras espera la gloria que se encuentra al final. En el capítulo siguiente aprenderemos que hay Uno que puede vencer todo el poder del mal, asegurar la gloria de Dios y llevar a su pueblo a la bendición prometida. Allí veremos al Hijo del hombre con una corona de victoria sobre su cabeza y la aguzada hoz del juicio en su mano.

12 - El remanente (Apoc. 14)

En los capítulos 12 y 13 se nos ha instruido acerca de las actividades de Satanás y de sus principales instrumentos durante los tres años y medio que ponen fin a la edad presente. En este terrible tiempo se permitirá que llegue a su culminación todo el mal que el hombre pueda inventar bajo la conducción de Satanás. Sin embargo, aprendemos ahora, en el capítulo 14 que, durante este tiempo solemne, Dios, que está por encima de todos, estará obrando consiguiéndose un pueblo para las bendiciones del reino y llevando a los malvados a juicio.

(V. 1-5) Desde los versículos iniciales de este capítulo aprendemos que Dios tendrá un fiel remanente de creyentes que serán preservados a través de los horrores que marcarán el reinado de las bestias. Este remanente nos es presentado en una visión que ve Juan de ciento cuarenta y cuatro mil santos, asociados con el Cordero en el monte de Sion. Como figura, Sion habla de la actuación de Dios en gracia soberana en relación con Israel, en contraste con sus tratos bajo la ley en el monte de Sinaí (véase Sal. 78:65-68; Hec. 12:18-22). ¿No expone toda esta escena, en forma simbólica, que en estos días finales Dios intervendrá en gracia soberana en favor de un piadoso remanente de los judíos, que serán redimidos de la tierra, asociados con Cristo como el Cordero sufriente, preservados a través de la persecución, para que lleguen a ser las primicias para Dios y el Cordero de la gran cosecha de almas que serán recogidas de las naciones para gozar de la gloria del reino de Cristo?

Este remanente dará testimonio público de Dios y del Cordero, porque, en contraste a los seguidores de la bestia, tendrán en sus frentes el nombre del Cordero, y el nombre de su Padre. Aunque pasen a través de las miserias del mundo, tendrán el gozo del cielo, porque cantan un nuevo cántico que solo los redimidos pueden cantar. Aprendemos, también, bajo la figura de que «no se contaminaron con mujeres», que serán guardados en separación de las asombrosas contaminaciones de los días que les tocará vivir –una condición que, como sabemos por otras Escrituras, será similar a los días antes del diluvio y a los días que precedieron al juicio de Sodoma (Lucas 17:26-30). Además, no solo estarán separados del mal, sino que serán también un testimonio positivo para Cristo, porque serán fieles seguidores del «Cordero dondequiera que va». No intentarán escapar a los sufrimientos ni a la persecución con ninguna falsa pretensión, porque no fue hallada «mentira» en sus labios, y en su conducta práctica están «sin mancha».

(V. 6-7) Además, aprendemos que aunque en este solemne tiempo el mal llegará a su culminación, sin embargo el mundo no quedará sin testimonio para Dios. Habrá una proclamación mundial del «evangelio eterno». Será predicado a «los que habitan en la tierra» –aquella clase especial que echan de sí todo temor de Dios y buscan todo en este mundo. Será también proclamado «a toda nación, tribu, lengua y pueblo». Desde el principio de la historia hasta el fin, hay solo un camino de salvación para el hombre caído: mediante la sangre de Cristo, porque no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual puedan ser salvos. Esta buena nueva es verdaderamente, entonces, el «evangelio eterno» que es proclamado a todos. Pero si el evangelio que trae salvación al hombre es siempre el mismo, el fin a la vista puede variar en diferentes ocasiones. Hoy, el evangelio de la gracia de Dios tiene a la vista el llamamiento de un pueblo a salir de este mundo para bendición celestial. El evangelio predicado en el día venidero conseguirá a un pueblo para el reino terrenal de Cristo. Además, cuando el mundo haya caído bajo el temor de hombres malvados y adore a la bestia, se advertirá a los hombres así: «Temed a Dios, y dadle gloria», y «adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas». Además, a los hombres se les advertirá que «ha llegado la hora de su juicio». Será un evangelio de bendición con advertencias de un inminente juicio.

(V. 8) Luego aprendemos que, durante estos solemnes días, la gran Babilonia caerá. Este falso sistema que, durante largos siglos, con una profesión de cristianismo, ha estado en realidad corrompiendo a todas las naciones, no solo caerá bajo el juicio de Dios, sino que caerá bajo los hombres, porque, tal como leemos algo más adelante, las naciones, bajo la conducción de la bestia, destruirán este falso sistema (17:15-18).

(V. 9-12) Se hace evidente que en estas solemnes circunstancias habrá los seguidores de la bestia con su marca sobre ellos (13:15-18), y los seguidores del Cordero con Su marca en sus frentes. Habrá la proclamación de la bestia mandando a todos los que moran en la tierra que adoren la imagen de la bestia; y habrá el evangelio eterno mandando a los hombres que teman a Dios, el Creador y Juez. Habrá el decreto de la bestia de que nadie puede comprar ni vender sin la marca de la bestia. Habrá también la advertencia de Dios de que el tormento eterno será la parte de los que reciban la marca de la bestia. Tal como se ha dicho: “Ahora se ha de elegir entre Dios y Satanás, entre Cristo y anticristo, entre el Espíritu de verdad y el espíritu de error; y esta elección, una vez que ha sido tomada, es definitiva e irrevocable, y sus resultados son eternos e inalterables”. Rehusar la marca de la bestia, obedecer a Dios y ser fieles a Jesús demandará la perseverancia de los santos.

(V. 13) La perseverancia de los que rehúsen la marca de la bestia y obedezcan a Dios y se mantengan firmes en su fe en Jesús puede desde luego llevar, y en muchos casos llevará, a una muerte de mártir. Estos podrían temer que se perderán las bendiciones del reino, pero se verán alentados por la certidumbre de que, lejos de perderse ninguna bendición, recibirán una especial, porque la palabra a los tales es: «¡Dichosos los muertos que desde ahora mueren en el Señor!» Descansarán de sus obras y tendrán su recompensa, porque sus obras les siguen.

(V. 14-20) En las dos escenas finales del capítulo tenemos, en primer lugar, una visión del Hijo del hombre segando la mies de la tierra, y, en segundo lugar, la vendimia de la tierra, y las uvas de la vid de la tierra echadas al gran lagar de la ira de Dios. ¿No establecen estas dos visiones, en lenguaje simbólico, que estos solemnes días terminarán con el recogimiento de los que tienen «la fe de Jesús» para bendición durante el milenio, mientras que los malvados, asemejados a las uvas de un lagar, caen bajo un juicio abrumador, como se denota en que son pisados en el lagar fuera de la ciudad?

Recapitulando la instrucción de este capítulo tan profundamente importante, que desarrolla los tratos de Dios en los años finales de esta edad, vemos:

Primero, que habrá un remanente piadoso de los judíos asociados con Cristo, siguiendo a Cristo y preservado para la bendición del reino (1-5).

Segundo, se proclamará un testimonio evangélico a todas las naciones, con advertencias de un juicio inminente (6-7).

Tercero, la corrompida cristiandad, bajo la figura de aquella gran ciudad Babilonia, caerá y vendrá a su fin (8).

Cuarto, los adoradores de la bestia caerán bajo un juicio eterno (9-12).

Quinto, los verdaderos creyentes que durante este terrible tiempo sean fieles hasta la muerte tendrán su recompensa (13).

Sexto, todo el pueblo de Dios –los que por la gracia han aceptado el «evangelio eterno»– serán una rica cosecha para Dios (14-16).

Séptimo, los que han rechazado el testimonio de Dios y han adorado la bestia caerán bajo la venganza de la ira de Dios (17-20).

13 - Las copas (Apoc. 15 y 16)

En los capítulos 12 y 13 hemos visto el terrible estallido y rebelión contra Dios que tendrá lugar bajo Satanás y sus instrumentos en la esfera del imperio romano, durante los tres años y medio que precederán a la venida de Cristo para poner a todos los enemigos bajo sus pies y establecer su reinado.

También hemos aprendido que durante este tiempo Dios tomará para sí un pueblo para el reino de Cristo, anunciará el evangelio eterno a las naciones y actuará en juicio contra los malvados.

Ahora hemos de aprender en los capítulos 15 y 16 detalles adicionales de los juicios especiales que han de caer sobre las esferas oriental y occidental del reino en el que las bestias ejercerán su dominio.

(15:1) Estos juicios son designados como «las siete últimas plagas», que precederán a la manifestación de Cristo, y se nos dice que «con ellas se consuma el furor de Dios».

(V. 2-4) Antes de oír de los juicios que sobrevendrán a los que tienen la marca de la bestia y adoran a su imagen, se nos asegura la bendición de los que conseguirán la victoria sobre la bestia y su imagen. En la visión, Juan ve a estos santos de pie sobre un mar de vidrio mezclado con fuego, y teniendo arpas de Dios. ¿No muestra esto en lenguaje simbólico que estos santos han pasado por una terrible prueba y que han alcanzado una escena de pureza fija, donde no habrá más temor a la contaminación, y donde el dolor dejará lugar a cánticos de gozo y alabanza? Son contemplados como liberados de «las siete últimas plagas», así como en la antigüedad Israel fue liberado de las plagas que cayeron sobre los egipcios. Así como aquella liberación suscitó en Moisés un cántico de alabanza, igualmente y de nuevo esta liberación futura irá seguida de un similar estallido de alabanza que adscribirá su liberación a las grandes y maravillosas obras del Señor Dios Omnipotente, que es justo y verdadero en todos sus caminos y «Rey de los siglos». Bajo la influencia de las dos bestias, dirigidas por Satanás, el mundo se levantará en rebelión contra Dios y el Cordero. Estos santos que han alcanzado la victoria sobre la bestia cantarán el cántico del Cordero por el que se deleitan en reconocer que el Cordero que fue inmolado es digno «de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y el honor, la gloria y la bendición» (Apoc. 5:12), y anuncian que ha llegado el tiempo en que todas las naciones adorarán delante de Dios; porque al menos sus juicios ya no son más, como hasta ahora, de carácter providencial, sino que «han sido manifestados».

(V. 5-8) Habiendo aprendido la bendición de los que alcanzan la victoria sobre la bestia, vemos en el acto que el camino queda abierto para el juicio sobre los que tienen la marca de la bestia. Por los símbolos empleados, ¿no debemos acaso aprender que estos juicios finales, antes que llegue Cristo, no solo tratarán contra la maldad de las naciones, sino que serán también un testimonio de la santidad de la morada de Dios, porque los ángeles empleados para ejecutar estos juicios proceden del «templo del tabernáculo del testimonio»? Como testimonio de la santidad del templo de Dios, y de manera consecuente con ella, los ángeles están «vestidos de lino puro y resplandeciente», y tal como corresponde a los que están a punto de ejecutar juicio, sus afectos están retenidos por ceñidores de oro, que hablan de la justicia de Dios.

En el momento en que los ángeles salieron, «el templo se llenó de humo de la gloria de Dios y de su poder», y durante el tiempo de estos juicios «nadie podía entrar en el templo». ¿No puede esto denotar que cuando Dios esté actuando en juicio, en esta solemne ocasión, no podrá haber ni adoración ni intercesión en su presencia?

(16:1-2) La ira de Dios expresada por la primera copa es derramada sobre «la tierra», lo que significa el pueblo bajo un gobierno establecido. La referencia a la bestia sugiere que se trata de la esfera del imperio romano avivado. Este juicio azota a los hombres que tienen la marca de la bestia y adoran su imagen, afligiéndolos con «una úlcera maligna y dolorosa». Esto parece simbolizar algún problema terrible y angustioso que por una parte llenará las mentes de los que se someten a la tiranía de la bestia que quita toda libertad de comprar y vender; y por otra parte los hundirá a la miseria al haber echado de sí toda reverencia a Dios. Sea en el mundo, o entre el pueblo de Dios, permanece verdadero el principio de que la búsqueda de nuestra propia satisfacción, haciendo nuestra propia voluntad, lleva solo al dolor. Lo que sembramos para satisfacción de la carne lo segamos en angustia de la mente.

(V. 3) En contraste con la primera copa que se derrama sobre la tierra, la segunda copa es derramada «sobre el mar». ¿No representa esto al mundo en estado de agitación? ¿No será que la esclavitud y tiranía de la bestia transformará a una gente ordenada en revolucionada? Este culto a la bestia, y la condición de agitación involucrada, llevará a un juicio que significa muerte moral o separación de Dios de «todo ser vivo» que caiga bajo esta terrible apostasía.

(V. 4-7) El tercer ángel derrama su copa «sobre los ríos y las fuentes de las aguas». Como símbolo, el río se emplea en la Escritura para denotar una fuente de vida y bendición, sea temporal o espiritual. Leemos de «ríos de agua viva» y del «río de agua de vida» (Juan 7:38; Apoc. 22:1). El río que se torna en sangre parece significar que todas las fuentes del pensamiento que conforman las vidas de los hombres quedarán viciadas y que, en lugar de conducir a la vida y a la felicidad, conducirán a la miseria y a la muerte moral.

El ángel justifica a Dios por su justo juicio. Es justo que aquellos que han derramado la sangre de santos y profetas que daban testimonio de la verdad beban también de la copa de muerte –y esto en su forma más terrible como separación eterna de Dios– por cuanto ellos han envenenado las mentes de los hombres con el error. Los hombres pueden ser poderosos, y por un tiempo puede que exhiban el mal de sus corazones persiguiendo al pueblo de Dios, pero el Señor Dios es Todopoderoso, y a su tiempo él vengará la sangre de su pueblo. La alusión al martirio de los santos muestra otra vez que estos juicios se dirigen de forma especial contra el reino de la bestia.

(V. 8-9) El cuarto ángel derrama su copa sobre el sol. Como figura, el sol denota autoridad suprema. ¿No puede esto referirse al reinado de la bestia, que en este tiempo tan crucial tendrá el poder supremo de dictador? Bajo este poder implacable, los hombres quedarán privados de toda libertad, y como abrasados por fuego, toda capacidad de resistencia desaparecerá. ¡Ay!, en lugar de arrepentirse de su idolatría y de dar a Dios la gloria que solo a él pertenece, blasfemarán el nombre de Dios, dándose cuenta de que él tiene poder sobre estas plagas.

(V. 10-11) La quinta copa es derramada sobre la sede o «trono de la bestia», con el resultado de que su reino queda envuelto en tinieblas. Esto desde luego denota las tinieblas espirituales que son el resultado de un reino gobernado por uno que deriva su poder de Satanás. Los hombres quedan reducidos a un dolor agudo, pero, ¡ay!, a pesar de sus dolores y úlceras no se vuelven a Dios ni se arrepienten de sus acciones.

(V. 12-16) La sexta copa se derrama sobre «el gran río Éufrates». Este río ha sido siempre el límite oriental del imperio romano. El secado del río simbolizaría la eliminación de la barrera que mantiene separadas a las naciones Orientales de las Occidentales. La preparación del camino para los reyes del Oriente sugiere que todas las malvadas supersticiones del Oriente podrán prevalecer en Occidente. Además, las tres ranas inmundas de la trinidad del mal representada por el dragón, la bestia y el falso profeta, y que obran milagros, implicaría que las naciones de Oriente quedarán corrompidas por los líderes de Occidente. Como resultado, «los reyes de toda la tierra habitada», habiéndose corrompido unos a otros, se unirán en oposición conjunta contra el Dios Todopoderoso. Los hombres pueden llegar a creer, en esta coyuntura de la historia del mundo, que Oriente y Occidente se han unido para su propia gloria y para introducir un nuevo orden según su propia voluntad. Poco sabrán que están siendo reunidos por el diablo para oponerse a Dios.

Se da una palabra de aliento y advertencia para los que confían en Dios en medio de estas terribles circunstancias. A los tales se les recuerda que, si todo este mundo es reunido bajo el diablo en oposición a Dios, que sin embargo Dios, por medio de la venida de Cristo, intervendrá inesperadamente en juicio sobre el mundo, porque su venida será como de ladrón. Pero si su venida será un juicio inesperado para el mundo, traerá bendición para los que están vigilando y que andan en separación del mundo, tal como se expone con el hecho de que guardan limpias sus ropas. La referencia a Armagedón nos lleva en pensamiento a la Meguido del Antiguo Testamento, donde, en los días de los Jueces, las naciones, que se habían reunido contra el pueblo de Dios, descubrieron que Dios estaba contra ellos en juicio, tal como leemos, «desde los cielos pelearon las estrellas; desde sus órbitas pelearon contra Sísara» (Jueces 5:19-20). Cuando Dios envíe su «evangelio eterno» a cada nación para reunir un pueblo para el reino de Cristo, el dragón, la bestia y el anticristo se combinarán para reunir a «los reyes de toda la tierra habitada» para luchar contra el Dios Todopoderoso, solo para encontrarse con un juicio abrumador en manos del Todopoderoso.

(V. 17-21) Con el derramamiento de la séptima copa, el juicio de las naciones alcanzará su punto culminante más solemne, como aprendemos de la gran voz del cielo y del trono del juicio, que proclama: «¡Hecho está!».

Este juicio último cae sobre «el aire», denotando seguramente que el mismo aliento del hombre queda afectado por un cataclismo desencadenado por un «gran terremoto» que afectará de tal manera a la sociedad que será imposible la continuación de la existencia familiar, social o política. Quebrantará el poder de Roma –«la gran ciudad»– como desde luego todos los poderes del mundo, simbolizados por «las ciudades de las naciones». Pero, por encima de todo recordará Dios aquel sistema religioso corrupto, simbolizado por la «gran Babilonia», y que a lo largo de los siglos se ha opuesto a Dios y a su pueblo, y tendrá que beber del cáliz del ardor de su ira. Todos los refugios terrenales serán impotentes aquel día para ocultar a los hombres de la tempestad del juicio, porque «toda isla huyó, y los montes no fueron hallados». No habrá escape del huracán del juicio que es asemejado a una poderosísima tempestad de granizo gigantesco. ¡Ay!, en lugar de confesar que sus pecados han causado esta tempestad de juicio, los hombres blasfemarán contra Dios como autor de todas sus plagas.

Al leer de estos terribles juicios que caerán sobre el ámbito de la cristiandad, es solemne darse cuenta de que en esta misma sección del mundo donde nos ha tocado vivir, y que durante siglos ha gozado de los privilegios externos del cristianismo, y donde se ha proclamado la gracia de Dios en el evangelio, que ahí se desarrollará la gran apostasía y que ahí se derramará la ira de Dios que se expresa en estas copas.

14 - La mujer y la bestia (Apoc. 17)

Hemos aprendido por el capítulo 13 que durante el reinado de la bestia –la cabeza del imperio romano avivado– llegarán a su culminación todos los males de los tiempos de los gentiles. Luego hemos aprendido, por los capítulos 14-15, que estos males atraerán los juicios de Dios sobre el reino de la bestia y de los adoradores de su imagen. Esta intervención de Dios llegará también a su punto culminante en los juicios simbolizados por el derramamiento de las siete copas que son claramente descritas como «las siete últimas plagas; pues con ellas se consuma el furor de Dios» (15:1). Estos últimos juicios preparan el camino para el regreso personal de Cristo tal como se predice en el capítulo 19:11-18.

Pero antes que se describa este gran acontecimiento, se nos dan, en los capítulos 17 y 18, detalles adicionales del abrumador juicio que sobrevendrá al falso sistema religioso expuesto bajo las figuras de una mujer falsa y de la gran ciudad de Babilonia. Ya en el curso de estos juicios hemos visto dos breves alusiones al juicio de Babilonia (14:8; 16:19). Pero este sistema corrupto ha tenido tanta influencia en la historia del mundo que a Dios le ha parecido bien advertir a Su pueblo que se separe totalmente del mismo dándonos, en estos dos capítulos, detalles adicionales acerca de su verdadero carácter y de su solemne fin bajo el juicio de Dios.

La atención a la Palabra dejará en claro que bajo la figura de Babilonia tenemos una presentación de la cristiandad corrompida como aparece en la Roma Papal. En el versículo 9 la visión es identificada con la ciudad de las siete colinas, Roma. En el versículo 15 tenemos un sistema que ha ejercido un control casi universal sobre «pueblos, multitudes, naciones y lenguas»; asimismo, en el versículo 18 se contempla como teniendo soberanía «sobre los reyes de la tierra». ¿No está claro que solo la Roma Papal se corresponde con esta descripción?

Este sistema corrupto que pretende ser la iglesia es, en realidad, la imitación del diablo. Así, en estos capítulos ya no es más el anticristo el que tenemos ante nosotros, sino la anti-Iglesia. Tenemos una doble vista de esta falsa iglesia. En el capítulo 17 nos es presentada bajo la figura de una mujer; en el capítulo 18 la vemos bajo la figura de una gran ciudad. La mujer presenta al Papado en toda su corrupción, tal como Dios lo ve, porque la mujer es presentada como una ramera. La ciudad expone el Papado como lo ve el hombre en toda su magnificencia y lujo. Algo más adelante en Apocalipsis veremos una maravillosa visión de la verdadera Iglesia, primero como Esposa de Cristo (19) y luego en relación con el mundo como ciudad celestial (21). Aquí tenemos la imitación del diablo que, aunque pretendiendo ser la Iglesia de Cristo, es vista como siendo una ramera corrupta y una ciudad mundana.

Al ver este falso sistema tal como nos es presentado en el capítulo 17, observamos que en la primera sección –versículos 1 al 6– tenemos la visión vista por Juan. En la segunda sección –versículos 7 al 18– tenemos la interpretación angélica de la visión.

(V. 1-2) Se le dice a Juan que le será mostrado el juicio de este falso sistema, que es descrito no solo con la figura de una mujer, sino de una mujer corrupta y licenciosa, expresando así figuradamente que este sistema falso querría desviar a los hombres de toda verdadera adhesión a Cristo. Su extensa influencia se expresa con la declaración de que «está sentada sobre muchas aguas». Su maligna influencia sobre los líderes que gobiernan la cristiandad es establecida mediante la figura de una impía relación con «los reyes de la tierra».

(V. 3-4) Para ver esta visión, Juan es llevado en espíritu «a un desierto». Este sistema corrupto da lugar a un mero desierto en el que no hay nada ni para Dios ni para el hombre. En medio de este desierto, Juan ve la visión de una mujer sentada sobre una bestia escarlata con siete cabezas y diez cuernos.

Recordemos que esta visión, aunque expresa la maldad del Papado a través de las edades, presenta su última fase, cuando estará públicamente asociado con la bestia, o imperio romano avivado. La mujer sentada sobre la bestia sugiere que por un breve tiempo el Papado, en su última fase, gobernará el imperio y tendrá su apoyo. Aparentemente, en su intento de eliminar a todos los que temen a Dios y de establecer el culto a la imagen de la bestia, el imperio romano avivado, con su confederación de reyes, hallará en el corrupto Papado un instrumento dispuesto para conseguir estos malvados fines, porque este sistema de maldad está marcado, como siempre lo ha estado, por la idolatría más crasa. Esta idolatría está simbolizada por el cáliz de oro en la mano de la mujer, lleno de abominaciones. Aquí, como tantas veces en el Antiguo Testamento, el término abominaciones se refiere a idolatría. La «copa de oro» puede ser una hermosa apariencia para los hombres, pero el contenido del cáliz es abominación delante de Dios. ¿No está claro, entonces, que en el futuro próximo el Papado quedará públicamente identificado con el poder político, en su intento de llevar a los hombres a abandonar al verdadero Dios y de darse a la idolatría? El poder religioso y los poderes políticos se unirán para volver a llevar al mundo al paganismo más craso. El perro volverá de nuevo a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. Este será el terrible fin de la corrupta cristiandad profesa.

(V. 5) El terrible carácter del Papado queda adicionalmente expuesto por el nombre que Juan ve escrito sobre la frente de la mujer. La primera palabra: «Misterio», no sugiere en su uso bíblico que se trata de algo misterioso, sino que, como se ha dicho, “señala a algo que la mente natural del hombre no podría descubrir; es un secreto que precisa de la luz directa y clara de Dios para poder ser conocido”. Aparte de esta revelación, Juan nunca habría podido imaginar que en la cristiandad se desarrollaría un gran sistema que profesa el nombre de Cristo y que pretende ser la iglesia, y que sin embargo se transforma en algo tan corrupto que se describe como «La gran Babilonia, madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra». En la antigüedad la Babilonia literal, aunque por un tiempo la ciudad más grande de la tierra, fue el centro y la fuente de la idolatría y de la corrupción. En un sentido espiritual, el Papado llega a ser «la gran Babilonia», porque, lo mismo que la antigua Babilonia, es el centro de la corrupción, del lujo y de la gloria de este mundo; y, de nuevo, como la «madre de las rameras», viene a ser la fuente y el sostén de todas las abominaciones idolátricas de la tierra. ¿No indica esto que todas las corrupciones de la cristiandad tienen su origen en el sistema papal? ¿Y no podemos inferir que después que la Iglesia haya sido arrebatada, todo lo que quede sobre la tierra, que haga alguna profesión de cristianismo, será expresado por «la gran Babilonia, madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra», y que como tal será juzgado?

(V. 6) Más adelante, en la visión, Juan ve que la mujer estaba «ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los testigos de Jesús». No solo ha sido el Papado una fuente de idolatría y corrupción, sino que, a lo largo de los siglos, se ha opuesto al verdadero pueblo de Dios y lo ha perseguido. La Roma pagana, en su tiempo, persiguió al pueblo de Dios, pero aquellas persecuciones fueron pequeñas comparadas con los millones de «los testigos de Jesús» que bajo el Papado han sido perseguidos a sangre y fuego en matanzas en masa, con los horrores del potro y los fuegos de las piras.

Que los cristianos fuesen perseguidos por los paganos no habría sorprendido al apóstol; pero saber que vendría el tiempo en que la iglesia profesa llegaría a ser el centro de la idolatría y la más acerba perseguidora de los santos lo hizo quedar naturalmente «muy asombrado».

(V. 7-8) Para satisfacer el interés lleno de asombro del apóstol, el ángel revela el misterio de esta terrible asociación de la cristiandad corrupta con el corrupto gobierno del mundo. Primero, desde los versículos 8-14, el ángel nos da la historia de la bestia, o imperio romano. Este imperio es descrito como habiendo existido una vez, luego dejando por un tiempo de existir, pero como a punto de ser avivado en la forma más terrible como subiendo «del abismo» y por ello fortalecido por Satanás, pero encontrando finalmente una destrucción abrumadora. Sabemos que el imperio romano, antaño poderoso, ha dejado de existir durante siglos como potencia mundial. Aquí aprendemos que, para maravilla de los moradores de la tierra y que no tienen parte en el libro de la vida, será avivado por un breve tiempo. Sabemos que las autoridades que hay, por Dios han sido establecidas; pero vendrá el tiempo en que, durante este avivamiento del imperio romano, los poderes gubernamentales dejarán de estar ordenados por Dios, y que por un breve período estarán dirigidos por Satanás desde «el abismo». Como alguien ha dicho: “durante un breve tiempo Satanás edificará un imperio apropiado a sus propósitos, por cuanto surge de principios satánicos que niegan a Dios”.

(V. 9-11) Luego se nos dice que los símbolos de las siete cabezas tienen un doble significado. Presentan los siete montes, que están más específicamente relacionados con la mujer, y que denotan seguramente el hecho de que el Papado tiene su asiento en la ciudad de las siete colinas, Roma. Además, los siete cuernos representan a siete reyes o formas de gobierno por las que Roma se ha gobernado en diferentes épocas. En tiempos del apóstol ya habían pasado cinco formas de gobierno, y la sexta, o forma imperial, estaba entonces en el poder. Esta también ha dejado de existir durante siglos. Pero en el futuro el imperio será avivado bajo una séptima forma de gobierno distinguida de nuevo por su imperialismo, pero asociada, como el apóstol ve, con una confederación de diez reyes. Además, el cabeza del imperio avivado será de los siete por cuanto tiene un carácter imperial y, sin embargo, en cierto sentido será un octavo, por cuanto surgirá de una fuente diabólica directa.

(V. 12-13) Los diez cuernos, se nos dice, representan a diez reyes que reinarán concurrentemente con la bestia. Se unirán para dar poder y autoridad a la bestia. ¿No indica claramente la profecía que, en el futuro, Europa buscará «paz y seguridad» constituyéndose en una confederación de diez reinos bajo la autoridad central de la cabeza del imperio romano que será directamente conducida por el poder de Satanás?

(V. 14) Esta confederación conducirá a los poderes occidentales a una completa apostasía de la cristiandad, porque estos diez reyes, o los reinos que representan, aunque querrán mantener la paz entre ellos, se unirán en hacer la guerra al Cordero. Esto desde luego llevará a su destrucción, porque el Cordero a quien osan oponerse es «Señor de señores y Rey de reyes», Aquel que vencerá toda rebelión. Los santos, que bajo el reinado de la bestia han sido perseguidos, estarán asociados con Cristo en su juicio de esta confederación satánica, porque ellos son «escogidos y fieles».

(V. 15-16) Habiendo predicho el carácter y la condenación del imperio romano avivado, el ángel pasa de nuevo al Papado para darnos a conocer la destrucción de este falso sistema. Se nos dice primero que la visión de la mujer sentada sobre las muchas aguas establece la influencia de ámbito mundial del Papado, sobre «pueblos, multitudes, naciones y lenguas». Luego aprendemos que llega el tiempo en que las naciones confederadas se volverán contra este falso sistema, como alguien ha dicho: “El amor impuro terminará en aborrecimiento”. La desnudarán de todo su poder, la denunciarán abiertamente en toda su vergüenza, se apoderarán de sus recursos, y de esta manera causarán su destrucción.

(V. 17) Además, aprendemos que en la destrucción de este terrible sistema las naciones estarán llevando a cabo, sin saberlo, la voluntad de Dios, aunque su propósito sea dar el supremo poder del gobierno a la bestia. Pero Dios está por encima de todo, tanto en la destrucción de la mujer falsa como en la finalización del reinado de la bestia. Estos poderes malignos solo pueden permanecer «hasta que se cumplan las palabras de Dios».

(V. 18) La mujer que será finalmente destruida por los diez reinos es aquel gran e imponente sistema que, bajo la figura de una gran ciudad, es representada como habiendo reinado sobre los reyes de la tierra, y, como alguien ha dicho, ha sido “la sede de una ansiosa y tortuosa ambición, de crímenes y engaños de toda clase, de arrogante dominio sobre otros, y de lujos mundanos y mal”.

15 - La gran ciudad de Babilonia (Apoc. 18)

Los capítulos 17 y 18 tienen una profunda importancia, así como solemnidad para los cristianos, por cuanto ahí tenemos una completa exposición del terrible carácter de la última fase de la cristiandad corrupta y de su final condenación. En el capítulo 17 hemos visto que el corrupto sistema religioso que a lo largo de los siglos ha profesado ser la iglesia de Dios y que encuentra su mayor expresión en el Papado será finalmente hallada en una impía alianza con un imperio mundial que deriva su poder del abismo. Aunque profesando el nombre de Cristo, esta falsa iglesia es totalmente infiel a Cristo, como queda establecido bajo la figura de la falsa mujer.

(V. 1-3) En el capítulo 18 vemos este mismo corrupto sistema religioso expuesto bajo la figura de una gran ciudad imponente, y aprendemos que el Papado que, durante años, ha pretendido ser de forma exclusiva la Iglesia de Dios, y por ello morada «de Dios por el Espíritu», llegará, en su terrible fin, a ser «¡guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de toda ave inmunda y aborrecible!» Estas solemnes verdades son anunciadas por un ángel del cielo que, investido con gran autoridad, ilumina las tinieblas de la tierra con la gloria del cielo. Con una voz fuerte que nadie puede contradecir, el ángel anuncia la caída de este falso sistema, y con unas pocas y breves palabras recapitula su mal efecto sobre el mundo en general. «Todas las naciones» han sido totalmente engañadas por su embriagadora influencia. Los reyes han sido alentados al mal por su impía asociación con ella; y los mundanos «se enriquecieron con el poder de su fastuosidad».

(V. 4-8) A la vista del terrible carácter de este sistema de corrupción, y del abrumador juicio que va a sobrevenir, Juan oye una voz del cielo –que de seguro es la voz de Cristo– y que dice: «Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados, y para que no recibáis de sus plagas». Al comienzo del período cristiano los creyentes eran exhortados a «salir» de entre los idólatras del mundo pagano, y «separaos» (2 Cor. 6:17-18). Al final del período cristiano, en el que nos toca vivir a nosotros, los creyentes son exhortados a «salir» de la corrompida cristiandad profesa representada en toda la plenitud de su maldad por el Papado. No somos llamados ni a reformarla ni a derribarla; pero debemos salir de ella, para no participar de sus pecados. Babilonia significa «confusión», y no podríamos encontrar palabra más adecuada para expresar el terrible resultado de que aquello que profesa el nombre de Cristo esté señalado por la amistad con el mundo, que es enemistad para con Dios. Termina con la forma externa de la religión empleada como un manto para cubrir «los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (comp. 1 Juan 2:16). Y somos advertidos contra estos pecados. Nuestro peligro es que, incluso como verdaderos creyentes, podamos caer en «sus pecados». ¿Cuáles son sus pecados? ¿No es este su pecado distintivo, que, profesando ser la Iglesia de Dios, este terrible sistema sea la negación práctica del cristianismo? Ha osado asociar el nombre de Cristo con todos los disfrutes mundanos y concupiscencias carnales. En lugar de dar refugio al pueblo del Señor, ha sido durante siglos perseguidora de los santos. En lugar de exaltar a Cristo se ha glorificado a sí misma. En lugar de seguir a Cristo y desprenderse de la vida presente, ha vivido en placeres. En lugar de tomar el camino de extranjera y peregrina como llamada fuera de este mundo, ha reinado como reina en este mundo.

Para escapar a estos pecados, somos exhortados a «salir» de ella y a apartarnos totalmente de las corrupciones de la cristiandad. Nuestro lugar como creyentes es fuera del campamento, para reunirnos a Cristo, que es objeto de vituperio en el mundo.

Somos advertidos de que el juicio de este sistema religioso mundano será repentino y abrumador. Aquella que se ha jactado de que jamás verá duelo, caerá bajo «muerte, duelo y hambre». Por muy poderosamente establecida que pueda aparecer ante los hombres, su caída será completa: «será abrasada con fuego», porque «fuerte es el Señor Dios que la juzga». No les toca a los creyentes emprender una cruzada contra la maldad de Roma. Dios, que es «fuerte», le pagará a su tiempo «el doble» por todas las desdichas que ha ocasionado al verdadero pueblo de Dios. Nuestra responsabilidad, como creyentes, es obedecer las palabras del Señor: «Salid de ella, pueblo mío».

(V. 9-19) En los versículos que siguen tenemos la lamentación de «los reyes de la tierra» y de «los mercaderes de la tierra» por la caída de este vil sistema. Los diez reyes, bajo la bestia, podrán ser empleados para su destrucción. Pero cuando la hayan destruido, estos reyes y mercaderes se darán cuenta de cuánto la grandeza material de sus grandes ciudades y de cómo la prosperidad de su comercio dependía de este falso sistema. Al descubrir que su destrucción es una inmensa pérdida, tanto social como comercialmente, se lamentarán de su caída. Los mercaderes de la tierra que han sido enriquecidos por su amor por magníficos edificios y lujos terrenales se lamentarán de que «ya nadie compra sus mercancías». ¡Qué terrible condenación de la cristiandad profesa, saber que está apoyada por los reyes porque añade a su grandeza y lujos terrenales, y por los mercaderes porque es una fructífera fuente de comercio y de beneficio! La cristiandad corrompida termina volviéndose el mayor poder sobre la tierra para impulsar la mundanidad, el lujo y el beneficio material. En este malvado sistema, todo se torna en un medio de beneficio mundano, desde oro hasta cuerpos y almas de hombres. Y obsérvese que en las cosas entre las que comercia, el primer puesto lo tiene el «oro», y el último las «almas de hombres», como siendo, en estima de ella, lo de menos importancia. En el juicio de Dios, todo aquello será consumido (v. 17). Quedará desnuda de sus riquezas terrenales (v. 14) y quedará «desolada» (v. 19).

(V. 20) Si sobre la tierra los reyes y mercaderes se lamentan de su caída, en el cielo los santos, apóstoles y profetas son llamados a regocijarse, porque en su caída Dios vengará los sufrimientos de Su pueblo a manos de ella. No les toca a los creyentes buscar vengarse por su cuenta. La palabra es: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dad lugar a la ira; porque está escrito: ¡Mía es la venganza, yo pagaré!, dice el Señor» (Rom. 12:19; Sal. 94:1).

(V. 21-24) En los versículos finales se nos presentan tres verdades principales que recapitulan la instrucción de este capítulo acerca del horrible carácter y terrible fin de la cristiandad corrupta. Primero, aprendemos cómo esta corrupción religiosa aparece a los ojos de los hombres; segundo, vemos su verdadero carácter a los ojos de Dios; y tercero, se nos cuenta del abrumador juicio mediante el que será para siempre eliminada de la tierra.

Primero, a los ojos de los hombres se trata de un imponente sistema, porque es designado como una «ciudad poderosa». Ocho veces en el curso de estos capítulos se hace referencia a ella como ciudad grande o fuerte. Hay en ella todo lo que pueda atraer al hombre natural. En el versículo 22 leemos de la música con que atrae al oído natural; de los “artesanos” que han llenado Europa con magníficos edificios que gratifican a los ojos. Luego se encuentra dentro el «molino» que nos habla del comercio por el que ha enriquecido a los hombres con riquezas materiales. En ella se encuentra la luz artificial de la lámpara que habla de su atracción sobre los sentimientos naturales, y la voz del novio y de la novia, que hablan de gozo natural.

Segundo, tenemos las señales destacadas de este sistema corrompido tal como lo ve Dios. Leemos: «Tus comerciantes eran los magnates de la tierra; porque con tus hechizos fueron engañadas todas las naciones. Y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los que han sido degollados en la tierra». La cristiandad profesa termina en un sistema que es exactamente lo contrario a lo que la Iglesia de Dios es llamada a ser. En primer lugar, está marcada por los «comerciantes», y por ello caracterizada por riquezas materiales, en lugar de por «las inescrutables riquezas de Cristo» (Efe. 3:8). En segundo lugar, está señalada por «magnates», en lugar de por los débiles y humildes del mundo que Dios ha escogido. En tercer lugar, los de Babilonia son «de la tierra» y no personas celestiales. En cuarto lugar, este sistema está evidentemente, por sus «hechizos», bajo la influencia de espíritus malignos y no del Santo Espíritu de Dios. En quinto lugar, por medio de ella son «engañadas» todas las naciones; de este modo propaga el error y no la verdad. En sexto lugar, en ella se encuentra «la sangre de los profetas y de los santos». De este modo, persigue a la grey de Dios en lugar de cuidar de ella. Finalmente, «todos los que han sido degollados en la tierra» fueron hallados en ella, lo que expone que está marcada por la muerte, y no por la vida.

Tercero, aprendemos que un juicio abrumador pondrá fin a la historia de la corrupta cristiandad. Durante diecisiete siglos este terrible sistema ha estado engañando al mundo, pero al final su juicio vendrá «en un solo día» o en «una hora» (v. 8, 10, 17, 19). Lo mismo que una gran piedra de molino que es arrojada en el mar, para no ser más hallada, su juicio es abrumador y definitivo. Es destacable cómo el Espíritu de Dios repite las palabras «y jamás será hallada». Cuando sea derribada, nunca más será hallada. Su conmovedora música que atrae al oído natural no se oirá ya más. Su mercancía con la que se habían enriquecido sus mercaderes y habían sido engrandecidos no se hallará más. Su luz natural que atrae al intelecto natural no alumbrará más; y sus placeres naturales no serán ya más.

16 - Las bodas del Cordero (Apoc. 19:1-10)

Mirando a nuestro alrededor a la cristiandad actual, vemos por una parte que la gran profesión cristiana está volviéndose más y más corrompida, y que terminará al fin apoyada por los líderes políticos que derivan su poder del abismo. En el lenguaje de los símbolos, la mujer se sentará sobre la bestia. Por otra parte, vemos al verdadero pueblo de Dios volviéndose más y más débil en lo externo e insignificante a los ojos del mundo.

Frente a la corrupción de la profesión cristiana y a la debilidad en el verdadero pueblo de Dios, hay siempre el peligro presente que nosotros, los que deseamos ser fieles a la luz que nos ha sido dada, podamos cansarnos y desmayar en nuestras mentes; que nos cuelguen las manos, se nos debiliten las rodillas y que nos apartemos del camino recto y angosto a un camino más ancho y fácil.

Para poder persistir a pesar de cada dificultad, y correr con paciencia la carrera que ha sido puesta delante de nosotros, encontramos continuamente en la Escritura que el Espíritu de Dios dirige nuestros pensamientos hasta el fin de la jornada. Así, en este pasaje, habiendo contemplado en los capítulos diecisiete y dieciocho los juicios finales sobre todas las corrupciones de la cristiandad, somos ahora llevados en espíritu al cielo, para que sea desvelada ante nosotros la gloria de Cristo y la final bendición de su pueblo. Cuán bueno, entonces,

Mirar más allá de la noche larga y oscura,
Y el venidero día saludar,
Cuando Tú en resplandeciente blancura
Tus glorias nos vas a mostrar.

(V. 1) Juan puede decir: «Después de esto oí en el cielo como una gran voz de una gran multitud». Se nos permite no solo ver el juicio final de la falsa iglesia sobre la tierra, sino que se nos revela la final bienaventuranza de la verdadera Iglesia en el cielo.

Ya en el capítulo 18:20 hemos oído que el cielo, y los santos, apóstoles y profetas, son llamados a alegrarse por la condenación de la infiel mujer. Ahora se nos permite oír la respuesta del cielo, porque oímos a «una gran multitud» en el cielo que dice «¡Aleluya!». Hablan, también, unánimes: «Una gran voz». Toda la mente del cielo es una. Como a veces cantamos: “Ninguna nota desafinada sonará allá discordante”. Babilonia había profesado que la salvación se encontraba solo en su falso sistema; se había arrogado la gloria y el poder, como leemos: «Se glorificó… dice en su corazón: Estoy sentada como reina». El cielo, con una voz, adscribe la «salvación», «gloria» y «poder» a Dios.

(V. 2-4) Además, el cielo ve que el juicio de este falso sistema es la vindicación del santo carácter de Dios. El cielo dice con una voz: «Verdaderos y justos son sus juicios». Mirando atrás, vemos la arrogancia y glorificación propia y exhibición de poder de este corrupto sistema al que se le ha permitido seguir durante siglos. Recordamos también las persecuciones por las que la sangre de millones del pueblo de Dios ha sido derramada por mano de la infiel mujer, sin aparente intervención de parte de Dios. Al ver estas cosas, podríamos sentirnos tentados a pensar que Dios ha sido indiferente frente al mal del mundo y al dolor de Sus santos. Al final vendrá el día en que se verá que la longanimidad de Dios no significa que él sea tardo tocante a su promesa, o a que no haya visto los sufrimientos ni oído los clamores de su pueblo. Él juzgará con justicia todas las corrupciones y vengará la sangre de sus siervos. Esta intervención de Dios suscita un segundo «¡Aleluya!» de parte de las huestes del cielo.

Acto seguido, los santos se postran y adoran a Dios, y por tercera vez oímos al cielo elevar su «Aleluya». El primer Aleluya es suscitado por los atributos de Dios; el segundo Aleluya por sus santos juicios sobre el mal; el tercer Aleluya es adoración por todo lo que Dios es en sí mismo.

(V. 5-7) Habiendo sido ejecutado el juicio sobre las corrupciones de la tierra y vengada la sangre de los santos, se nos permite mirar por fe más allá de todos los juicios y ver la gloria de Cristo y la bendición de su pueblo. Vemos el camino abierto para el reinado de Cristo, y llegado el gran día de las bodas del Cordero. A la vista de estos grandes acontecimientos, una voz del cielo llama a todos los siervos de Dios, grandes y pequeños, a alabar a nuestro Dios. Con gran deleite, el cielo responde al llamamiento, porque en el acto Juan oye la alabanza de una gran multitud como el estruendo de muchas aguas, y el sublime retumbar del trueno, diciendo «¡Aleluya!» Este cuarto Aleluya es la expresión del gozo del cielo en que la gloria de Cristo es manifestada y cumplidos los deseos de su corazón. Sus padecimientos tendrán una gloriosa respuesta, porque el tiempo de reinar ha llegado, y su amor que lo llevó a morir por la Iglesia quedará satisfecho, porque «han llegado las bodas del Cordero». Así, se nos permite ver el cumplimiento de todos los consejos de Dios para Cristo y su Iglesia. Es algo bendito ver que, desde el principio de la historia del hombre, y a través de todos los tiempos, Dios ha mantenido para siempre delante de nosotros las verdades tan queridas a su corazón acerca del Cordero y la Esposa. Las primicias del rebaño de Abel comienzan la historia del Cordero. Abraham retoma la historia cuando nos dice que «Dios se proveerá de Cordero» Gén. 22:8). Moisés continúa la historia cuando, la noche de la Pascua, dice a Israel que tomen un cordero «sin defecto» (Éx. 12:5); Isaías predice que Cristo sería llevado «como cordero… al matadero» (Is. 53:7). Juan el bautista, contemplando a Cristo sobre la tierra, puede decir: «He aquí el Cordero de Dios» (Juan 1:29); Pedro nos recuerda que somos redimidos «con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pe. 1:19); y el apóstol Juan nos trae ante el Cordero en medio del trono, como inmolado, y nos prosigue llevando a la gloriosa respuesta a todos Sus padecimientos, cuando ha llegado el gran día de las bodas del Cordero.

Además, Dios había siempre tenido ante Él a la Iglesia como la esposa de Cristo, para serle presentada para satisfacción de su corazón. Incluso antes que llegase la caída, ¿no podemos ver en Eva, que fue presentada a Adán como aquella que era «a su imagen», el gran secreto ahora revelado de que Cristo iba a tener una gran compañía de santos hechos a su semejanza y presentados a él? Rebeca, aquella en quien Isaac halló consolación y amor, prosigue la historia de la esposa. Más adelante, vemos cómo Asenat, Rut, Abigail y la esposa del Cantar de los Cantares van presentando diferentes imágenes de la Iglesia como esposa del Cordero. A lo largo de las eras y de las cambiantes dispensaciones, del surgimiento y caída de Israel, y a través del período cristiano con todo el fracaso que lo ha señalado –detrás de todo ello– Dios ha estado llevando a cabo su gran propósito, y todo ha ido moviéndose adelante hacia el gran día de las bodas del Cordero.

(V. 7, 8) Que su mujer «se ha preparado» indicará de cierto que ya ha pasado la vista del tribunal de Cristo. Todos los fracasos en su viaje por el desierto a través de este mundo han sido resueltos, y nada queda sino lo que tiene la aprobación de Cristo. La esposa será exhibida en lino fino, que, como se nos dice en el acto, «son las acciones justas de los santos». Todo aquello que los santos han hecho por Cristo, y en su nombre, durante el tiempo de su peregrinación en la tierra –todos los padecimientos, vituperios e insultos que han soportado, y cada vaso de agua fría dado por Su causa– serán recordados en este gran día, y se hallará «para alabanza, gloria y honor» (1 Pe. 1:7). El acto más pequeño que tenga a Cristo como su motivo es una puntada de hilo en el vestido que adornará a la Iglesia cuando al final sea presentada a Cristo sin mancha, ni arruga, ni nada semejante. ¡Qué maravilla darse cuenta de que ningún miembro de la Iglesia de Cristo estará ausente aquel gran día! Tanto grandes como pequeños estarán ahí. Cada uno de los desconocidos millones de mártires que sufrieron toda forma de violencia y ultraje en los días de la Roma pagana estarán ahí; todos los que pasaron por los horrores aún mayores de la Roma Papal tendrán una gloriosa respuesta a sus padecimientos. La inmensa hueste de santos que a lo largo de las edades han vivido sus vidas en oscuridad bajo la mirada de Dios como los pacíficos de la tierra y de los que no tenemos registro en la historia, serán por fin exhibidos en gloria como formando parte de la Iglesia de Cristo, «santa y sin mancha».

¡Oh día de sin par promesa!
El Esposo y la esposa
Siempre en gloria están
Y satisfechos en amor.

(V. 9) Además aprendemos que no solo la Iglesia entrará en el lugar especial de bendición para el que ha sido escogida, sino que también habrá los que son benditos como estando «invitados al banquete de las bodas del Cordero». Una cena de bodas no puede limitarse al Esposo y a la esposa; necesariamente incluye a los invitados. En esta gran fiesta de bodas, los invitados representan ciertamente a la gran hueste de santos del Antiguo Testamento que, aunque no forman parte de la Iglesia llamada de entre judíos y gentiles durante el período cristiano entre Pentecostés y el arrebato, tendrán sin embargo parte en la resurrección de los santos, formando parte de la gran compañía que es designada como «los que son de Cristo, a su venida» (1 Cor. 15:23), y tendrán su puesto especial de bendición en el día de la gloria. Ahí estará toda la larga línea de santos antes de la cruz; ahí estarán Abel y el gran ejército de mártires; ahí estarán Enoc, que anduvo con Dios, y las «miríadas» de santos de Dios de los que él profetizó; ahí estarán Abraham y los «extranjeros y peregrinos» que dieron la espalda a este mundo para buscar una patria celestial; ahí estarán Moisés y todos aquellos que escogieron más bien sufrir aflicción con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado. En una palabra, ahí estarán toda la gran hueste de santos desde el huerto del Edén hasta la cruz de Cristo, que han caminado por la senda de la fe, «pequeños y grandes», de los que el mundo no era digno, y tendrán su parte y bendición en la cena de bodas del Cordero.

Estos maravillosos desvelamientos de la gloria venidera terminan con la certidumbre de que «Estas son verdaderas palabras de Dios». Podemos, así, estar totalmente persuadidos de su veracidad y abrazarlas cordialmente con la fe que descansa en las «verdaderas palabras de Dios».

(V. 10) Abrumado por la gloria del ángel que anuncia estos grandes acontecimientos, Juan se postra a sus pies para rendirle homenaje. En el acto es amonestado a no adorar a nadie que sea un consiervo, sino solo a adorar a Dios. El ángel era solo un siervo para anunciar las palabras verdaderas de Dios, y por ello llevarnos a adorar a Dios –lo que es el objetivo de todo verdadero servicio. Además, se nos recuerda que «el testimonio de Jesús es el Espíritu de la profecía». La profecía, desde luego, nos desvela el juicio venidero de las naciones y la futura bendición del pueblo de Dios, pero todo esto es con vistas a la gloria y honra de Jesús. El gran fin de las «verdaderas palabras de Dios» es Jesús. Al leer profecía es bueno tener no simplemente eventos del porvenir, sino al mismo Jesús.

Jesús, tú solo eres digno
De recibir alabanzas sin fin;
Porque Tu amor, gracia y bondad
Desbordan nuestro pobre pensar.

17 - La manifestación de Cristo (Apoc. 19:11 - 20:3)

Ya hemos visto por el capítulo 11:15-18 que con el toque de la última trompeta de juicio los reinos de este mundo vienen a ser los reinos de nuestro Señor y de su Cristo. El registro de este gran acontecimiento va seguido de una importante porción parentética de Apocalipsis que pone ante nosotros las personas y los acontecimientos principales durante el tiempo inmediatamente precedente al reinado de Cristo. Después de este paréntesis, la historia profética de los acontecimientos venideros es continuada en el versículo undécimo del capítulo 19.

(V. 11) Ahora se nos habla de la manifestación pública de Cristo y de sus santos para establecer su reino sobre la tierra. Juan dice: «Vi el cielo abierto». Siempre que los cielos se abren, ello sucede en relación con Cristo. Cuando estaba en la tierra, «los cielos se abrieron» para que por fin el cielo pudiese mirar y ver en la tierra a Uno en quien el Padre encontraba su complacencia (Mat. 3:16-17). Después de la ascensión, Esteban puede decir: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». Los cielos están ahora abiertos para que los creyentes en la tierra puedan contemplar y ver a un Hombre en la gloria (Hec. 7:55-56). En Apocalipsis 4:1 vemos «una puerta abierta en el cielo», para que Juan pueda pasar en espíritu a aquella escena de gloria para hallar a Cristo, como el Cordero, el tema de alabanza universal, como Aquel que, como Creador y Redentor, es digno de recibir «gloria, honor y poder» (comp. Apoc. 4:11; 5:9-14). En este capítulo diecinueve, los cielos son abiertos para que Cristo pueda salir para reinar como Rey de reyes y Señor de señores. De ahí en adelante veremos «los cielos abiertos» para que los ángeles sirvan a Cristo –el Hijo del hombre– en los días del milenio, cuando, bajo el reinado de Cristo, el cielo estará en contacto con la tierra (Juan 1:51).

En la visión, Juan vio «un caballo blanco», el símbolo de poder victorioso. Su primera venida tuvo lugar bajo circunstancias de debilidad y humilde gracia, como un pequeño bebé. La siguiente venida será con poder y gloria. Sabemos que el Jinete sobre el caballo blanco solo puede representar a Cristo, porque, ¿quién sino Cristo puede ser descrito como «Fiel y Verdadero»? En Su primera venida estuvo marcado por «gracia y verdad» trayendo salvación a los hombres. En la segunda venida se manifestará como Fiel y Verdadero para ejecutar juicio; así, leemos acto seguido que «con justicia juzga y hace la guerra».

(V. 12) Sus ojos como llama de fuego hablan ciertamente de la mirada penetrante de la que nada se esconde. Las «muchas diademas» pueden recordarnos su dominio universal y derechos soberanos. Luego leemos que tenía «un nombre escrito que nadie conoce, excepto él». Este pasaje nos trae ante nosotros otros nombres que, en alguna medida, podemos conocer, porque «se llama Fiel y Verdadero», y «su nombre es: El Verbo de Dios», y también, «tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores». Pero si sale como Hijo del hombre para reinar, la gloria de su Persona como Hijo de Dios queda cuidadosamente preservada. Como tal, está por encima del hombre y más allá de la comprensión de la criatura, porque «nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mat. 11:27).

(V. 13) Su «ropa teñida en sangre» habla desde luego no de su sangre derramada por los pecadores, sino de la sangre de los rebeldes –la señal de la muerte de ellos bajo juicio. Por el Evangelio según Juan sabemos que, como el Verbo, Cristo revela al Padre en gracia y en verdad. Aquí aprendemos que declara a Dios en justicia e ira contra las naciones.

(V. 14) Ahora vemos que los santos glorificados vendrán con Cristo en su manifestación. Por otras Escrituras, sabemos que cuando el Señor Jesús sea revelado del cielo, lo hará «con sus poderosos ángeles» (2 Tes. 1:7). Sabemos también que los creyentes vendrán con Cristo, porque leemos: «Cuando Cristo, quien es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). Aquí los ejércitos que siguen a Cristo parecen ser una referencia a los santos glorificados y no a las huestes angélicas. Por el capítulo 17:14 hemos visto que los que están con el Señor de señores y Rey de reyes son «llamados, escogidos y fieles», una designación que difícilmente se podría aplicar a ángeles. Además, leemos de estos seguidores que están «vestidos de lino puro y resplandeciente», y por ello moralmente idóneos para acompañar al Rey y Señor en su poder victorioso.

(V. 15) Los santos pueden acompañar al Señor, pero es él, él mismo, quien ejecutará el juicio. Es su boca la que hablará la palabra que, como una aguzada espada, destruirá a los malvados. Es su mano la que blandirá la vara de hierro que, en cumplimiento del Salmo segundo, quebrantará en pedazos a las naciones apóstatas y rebeldes. Son sus pies los que, con un juicio implacable, pisarán «el lagar del furor de la ira de Dios, el Todopoderoso».

(V. 16) Así, cuando aparezca en gloria y enfrentándose a todos los enemigos de Dios, se hará patente que ciertamente él es «Rey de reyes y Señor de señores», Aquel de quien Dios ha dicho: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra» (Sal. 2:8).

(V. 17-18) Los versículos que concluyen el capítulo predicen los juicios que seguirán de inmediato a la manifestación de Cristo. En el versículo nueve hemos oído de la bienaventuranza de los santos en el cielo que serán llamados a la cena de bodas del Cordero. Aquí leemos de una cena muy diferente –«la gran cena de Dios», que tendrá lugar sobre la tierra, a la que son llamados los carroñeros a comer reyes, tribunos y valientes, caballos y sus jinetes, libres y esclavos, pequeños y grandes, que quedarán aplastados por el juicio en la venida de Cristo.

(V. 19) Si el Rey de reyes llega a la tierra seguido de los ejércitos del cielo, el diablo reúne «a los reyes de la tierra y sus ejércitos», para hacer la guerra contra Aquel que montaba el caballo y contra su ejército.

(V. 20) El resultado de un conflicto entre Cristo y los ejércitos del cielo, por una parte, y la bestia acaudillando los ejércitos de la tierra, por la otra, solo puede llevar a la aplastante derrota de las fuerzas del mal. En el curso de la historia de este mundo, dos hombres han sido señalados para la especial gloria y honra de ser llevados al cielo sin pasar por la muerte. Cuando el mundo se había abandonado a la violencia y a la corrupción, Enoc, que andaba con Dios, «desapareció, porque lo llevó Dios» (Gén. 5:24). De nuevo, cuando la nación de Israel se estaba hundiendo en la corrupción y apostasía, el profeta Elías fue llevado al cielo. Ahora esperamos el tiempo en que un mundo apóstata será reunido para hacer la guerra a Dios y a Cristo, y aprendemos que los dos cabecillas de esta rebelión serán «lanzados vivos en el lago de fuego que arde con azufre». Como se ha observado, si Dios había mostrado una señalada misericordia al llevar vivos al cielo a dos hombres que se habían mantenido firmes por Dios, así ahora Dios manifiesta un aplastante juicio enviando vivos al lago de fuego a dos hombres que habían sido los cabecillas en el mal bajo Satanás. No se precisa de ningún juicio adicional ante el gran trono blanco para la bestia y el falso profeta. Su sentencia eterna queda ejecutada en el acto. Los ejércitos que les siguen caen bajo el juicio gubernamental del Rey de reyes, pero no con una condenación tan inmediata y terrible como la de los dos cabecillas. Tendrán que comparecer aún ante el gran trono blanco.

(20:1-3) Hemos visto la terrible culminación del mal al que está dirigiéndose la cristiandad actual, cuando las naciones, bajo los gobernantes de estas tierras de Occidente, se unirán en abierta revuelta contra Cristo y los ejércitos del cielo. Hemos visto, asimismo, la terrible condenación que espera a los cabecillas y a sus ejércitos, y así, con toda la certidumbre de la Palabra de Dios, aprendemos la solemne crisis que espera al mundo que nos rodea. Pero queda el supremo enemigo de Dios y del hombre, de Cristo y sus santos. Ahora se nos dice de quién se trata y cómo será privado de todo su poder. Se nos recuerda que este enemigo es aquel ser caído, «la serpiente antigua» que, desde el principio de la historia del mundo, y a lo largo de los siglos, ha sido la fuente activa de rebelión contra Dios. Como serpiente ha sido desde el principio el seductor del hombre; como Satanás ha sido el adversario del hombre; como el diablo, ha sido siempre el acusador de los santos; y como el dragón ha ejercido su poder buscando la destrucción de los hombres.

En la manifestación de Cristo, un ángel del cielo encadenará su poder, bajo los símbolos de la llave y de la cadena, y lo confinará al abismo, liberando así la tierra de su presencia durante el reinado de mil años de Cristo.

En el capítulo 12 hemos aprendido que Satanás será arrojado del cielo «a la tierra», y ahora aprendemos que será arrojado de la tierra «al abismo», para ser desatado por un poco de tiempo cuando se cumplan los mil años, antes de recibir su final condenación en el lago de fuego.

18 - El Milenio (Apoc. 20:4-15)

Hemos aprendido, por las visiones vistas por el apóstol, que los líderes de la final rebelión de la cristiandad apóstata, junto con sus seguidores, caerán bajo un juicio sumarísimo a la manifestación de Cristo como Rey de reyes y Señor de señores.

(V. 4) Ahora aprendemos, por las visiones que siguen que, «los ejércitos celestiales» (19:14) que seguían al Rey de reyes, están investidos de autoridad judicial. ¿No deberíamos distinguir en estos ejércitos a tres clases de santos? Primero, tenemos la Iglesia, junto con los santos del Antiguo Testamento. Ya hemos visto a estos santos representados bajo la figura de ancianos rodeando el trono en el cielo y con inteligencia de la mente de Dios (cap. 4-5); luego los hemos visto presentados como la Esposa y los invitados en la cena del Cordero, para satisfacción del corazón de Cristo (cap. 19); ahora los vemos formando parte de los ejércitos que siguen al Señor saliendo del cielo para estar asociados con él en su reinado.

Segundo, Juan ve la resurrección de los que habían sufrido martirio por causa del testimonio de Jesús, y que en los días del quinto sello habían clamado a Dios, diciendo: «¿Hasta cuándo, Soberano, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que habitan en la tierra?» Se les dijo que descansaran todavía un poco de tiempo. Aquel tiempo ya ha transcurrido, y ha llegado la respuesta al clamor de ellos, porque son resucitados para tener una gloriosa recompensa por todos sus sufrimientos, quedando asociados con Cristo en las bendiciones de su reino.

Tercero, oímos de los santos que sufrieron bajo el reinado de la bestia por rehusar adorarle o recibir su marca. También ellos vivirán y reinarán con Cristo mil años.

(V. 5-6) El levantamiento de estos santos da fin a la primera resurrección. La primera resurrección no significa que todos los que tengan parte en ella sean resucitados al mismo momento. La resurrección de Cristo fue las primicias (1 Cor. 15:23); luego sigue la resurrección de los santos del Antiguo Testamento, y de los que han caído dormidos durante el presente período, en el tiempo del arrebato (1 Tes. 4:16-17); y finalmente, la resurrección de los santos en la manifestación de Cristo, los que han muerto o sufrido el martirio durante el período entre el arrebato y la manifestación.

(V. 7-10) En estos versículos somos llevados al final del glorioso reinado de mil años de Cristo, para aprender que al fin de los mil años habrá una prueba final para el hombre. Parece que no es parte del propósito de Dios en Apocalipsis darnos una descripción de la bienaventuranza del milenio. Esto ya ha sido hecho en muchos pasajes de infinita belleza en los Salmos y Profetas del Antiguo Testamento. Aquí somos llevados al final del reinado de Cristo, para aprender que la carne nunca cambia. Antes del diluvio, los hombres llenaron la tierra con violencia y corrupción. Bajo la ley, el hombre transgredió y cayó en la idolatría; bajo la gracia los hombres rechazan absolutamente el ofrecimiento de salvación de Dios y la cristiandad se torna apóstata. Al final, bajo el reinado de Cristo en justicia, se descubrirá que en el instante en que Satanás es dejado suelto «por un poco de tiempo», las naciones serán engañadas y reunidas bajo su caudillaje para oponerse a Cristo y a sus santos. Se ha dicho con verdad: “Así es el hombre, y así es Satanás. Un confinamiento de mil años en el abismo no ha cambiado el carácter del engañador. Mil años de bienaventuranza bajo el gobierno de Cristo no ha cambiado la naturaleza del hombre, que escucha codiciosa la voz del engañador”. Habrá desde luego santos fieles al Señor, y la ciudad amada pero, la gran masa de los hombres aparecerá en oposición a Cristo y a los suyos, porque se reunirán los hombres de los cuatro extremos de la tierra, y su número será como la arena del mar.

Los nombres de Gog y Magog parecen ser empleados como símbolos, tomados del profeta Ezequiel, para representar el odio y la oposición del mundo contra Cristo y su pueblo. En Ezequiel, Gog es una persona literal, el príncipe soberano de la inmensa región al norte de Palestina, y conocida en nuestros tiempos como Rusia.

La resolución de este último conflicto no será incierta ni por un momento, como en los conflictos de los hombres. La destrucción de estos rebeldes será instantánea y aplastante. El fuego de Dios, del cielo, los devorará, y Satanás, el líder de esta última rebelión, caerá en su condenación final en el lago de fuego, donde ya están la bestia y el falso profeta, «y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos».

(V. 11-15) Sigue otra escena de intensa solemnidad –el juicio del «gran trono blanco». Este juicio tiene lugar seguramente en la eternidad, porque leemos: «la tierra y el cielo huyó de su presencia». El actual orden de la creación desaparece para dar lugar a una nueva creación. «No fue hallado lugar para ellos» para los presentes «tierra» y «cielo» en los que el hombre ha tratado de gratificar su soberbia y magnificarse fundando poderosos imperios y edificando magníficas ciudades, enriquecidas y adornadas con todo lo que el ingenio humano puede inventar.

Pero si han de pasar para siempre las escenas en las que se ha expuesto la soberbia humana y se ha expresado su rebelión contra Dios, aprendemos que el hombre, él mismo, queda para responder ante Dios de su rebelión y para recibir la justa recompensa de sus hechos. Así, aprendemos que llegará el tiempo en que «los muertos, grandes y pequeños», comparecerán ante el trono del juicio.

La figura de los dos libros parece establecer, por una parte, que Dios conoce el registro de todas las obras de los hombres, y que por otra parte Dios ha guardado un registro de los nombres de los ordenados para vida. En este solemne juicio los hombres serán juzgados no solo debido a sus malas obras, sino porque han rechazado a Cristo y su obra (mediante la que los pecados de ellos podrían haber sido quitados para siempre), lo que queda puesto de manifiesto por la solemne realidad de que sus nombres están ausentes del libro de la vida.

En esta solemne escena se nos permite ver el fin de todo mal y la sentencia final de cada enemigo de Dios, grandes y pequeños. El diablo fue «lanzado al lago de fuego». La muerte y el hades fueron lanzados al lago de fuego. «Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado al lago de fuego».

19 - El estado eterno (Apoc. 21:1-8)

Mientras estamos en estos cuerpos mortales, nos es difícil, por no decir que imposible, concebir las condiciones y la plena bendición del estado eterno. Puede ser debido a esto que las referencias a este estado son pocas y breves.

El apóstol Pedro, en el tercer capítulo de su segunda epístola, en un breve versículo lleva nuestros pensamientos al estado eterno, cuando escribe: «Pero, según su promesa, esperamos nuevos cielos y una tierra nueva». El contexto indica claramente que estas palabras no hacen referencia al milenio. En este pasaje el apóstol habla de tres mundos: Primero, en el versículo 6, mirando a los días antes del diluvio, habla de «el mundo de entonces», y nos recuerda que aquel mundo pereció, «anegado en agua». Segundo, en el versículo 7 se refiere a «los cielos y la tierra de ahora». De este cielo y esta tierra presentes nos dice que están «reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos». Y nos dice que en aquel día «los cielos con gran estruendo desaparecerán, y los elementos, ardiendo, serán disueltos; la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas». Tercero, nos recuerda, en el versículo 13, que «nosotros» –los creyentes– que tenemos la certidumbre de la promesa de Dios que, «según su promesa, esperamos, nuevos cielos y una tierra nueva, en los cuales habita la justicia». Leemos que durante los días del milenio «Para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio» (Is. 32:1). En el estado eterno, la justicia habitará. Gobernar supone que hay mal al cual reprimir. En el estado eterno no habrá pecado que dañe los nuevos cielos y la nueva tierra. Allá cada uno tendrá una relación recta con Dios y unos con otros, de modo que se podrá decir con verdad que la justicia morará.

Además, el apóstol Pablo, en un breve versículo –1 Corintios 15:28– contempla el estado eterno. En aquel pasaje muestra cómo Cristo ha de reinar hasta haber puesto a sus enemigos como estrado de sus pies. Luego, cuando haya abatido todo gobierno, toda potestad, todo poder y a todo enemigo, incluyendo al gran enemigo, que es la muerte, y se haya llegado a cumplir el gran propósito del reinado de mil años, entregará el reino a Dios Padre, y pasamos entonces al estado eterno en el que Dios será «Todo en todos» (1 Cor. 15:28). Dios será todo como un Objeto para llenar y satisfacer el corazón, y será «en todos» para que podamos gozar perfectamente de nuestras relaciones con Dios.

El apóstol apremia dos grandes verdades en cuanto al estado eterno: En primer lugar, antes de entrar en este estado, habrán quedado anulados todos los poderes opositores, todos los enemigos –incluso la muerte. De modo que en el estado eterno no habrá temor de intrusión de un enemigo, ni temor que la muerte eche jamás su sombra agotadora sobre aquella hermosa escena. Segundo, aprendemos que, en el estado eterno, Cristo, él mismo, quedará sometido a Dios. Habiendo llevado todo a sujeción a Dios, él entrega el reino a Dios, aunque él, sí mismo, queda sujeto a Dios. ¿No nos dice esto que Cristo nunca dejará de ser Hombre por la eternidad, mientras que es igualmente cierto que jamás dejará de ser Dios –una Persona Divina? Así como en la tierra fue verdadero Hombre, y sin embargo uno con el Padre, así en la eternidad será Hombre, aunque nunca dejando de ser el Hijo, uno con el Padre. Fue Jesús, él mismo, quien estuvo en pie en medio de los suyos el día de la resurrección; es el mismo Jesús a quien vemos por fe ahora coronado de gloria y honra; y será a Jesús, a él mismo, a quien veremos cara a cara, y con quien estaremos por la eternidad.

(V. 1) Al llegar a los primeros ocho versículos de Apocalipsis 21, tenemos el testimonio del apóstol Juan acerca del estado eterno. Juan ha visto a «todos los enemigos» puestos bajo los pies de Cristo; la final condenación del diablo, y al «último enemigo» (1 Cor. 15:25-26), la muerte, lanzado al lago de fuego. Habiendo sido suprimidos todos los enemigos, surge delante de él esta gloriosa visión de «un cielo nuevo y una tierra nueva». Estos cielos nuevos y tierra nueva de los que Pedro puede decir «esperamos», Juan puede hablar como habiéndolos visto, aunque en realidad solo fue en visión. En esta visión nos dice que «y ya no existía el mar». El mar habla de separación, y cuántas veces la separación significa un amor destruido, esperanzas destrozadas y corazones rotos. En la tierra, el pecado separa, las circunstancias separan, la edad separa, el tiempo separa, y por encima de todo la muerte es el gran separador. Y así viene a suceder demasiadas veces que en la tierra los amigos más queridos se separan, los parientes más cercanos se dividen, las familias quedan rotas y los santos de Dios esparcidos. De toda esta separación, el símbolo es el mar. No es sorprendente que Jeremías puede decir que «el mar no se puede calmar» (Jer. 49:23; BDLA). Pero si en ocasiones tenemos que despedirnos aquí de seres queridos, podemos mirar más allá, a la bienaventuranza del estado eterno, donde no habrá más separaciones, porque allá «ya no existía el mar».

(V. 2) Luego, se le permite a Juan ver el especial lugar de la Iglesia en el estado eterno. Al comienzo de Apocalipsis, Juan había visto la Iglesia en su fracaso en la tierra. Más adelante, había visto la Iglesia, bajo la figura de una esposa, presentada al Cordero en el cielo, toda gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante. Luego, llevado en espíritu más allá del reino de mil años de Cristo, ve a la Iglesia descender del cielo.

Ve, además, que la Iglesia es «santa» en su naturaleza; «nueva» como enteramente diferente a la Jerusalén terrenal antigua; es «desde Dios» y por tanto es enteramente de origen divino; procede «del cielo», y por tanto es de carácter celestial. Aunque mil años han transcurrido, la Iglesia sigue siendo igual de preciosa y hermosa a los ojos de Cristo como cuando fue presentada por vez primera a Cristo en toda su gloria. El tiempo no alterará el esplendor inextinguible que Cristo ha dado a su Iglesia. Durante la eternidad la Iglesia retendrá su hermosura nupcial y gran precio a ojos de Cristo.

(V. 3) Al contemplar Juan esta visión de la Iglesia descendiendo de la gloria, oye una voz que dice: «He aquí el tabernáculo de Dios». Se nos recuerda aquí, entonces, que en relación con Cristo la Iglesia es contemplada bajo la figura de una esposa, mientras que en relación con Dios la Iglesia es también contemplada como un tabernáculo en el que mora Dios. Así, el apóstol Pablo puede decir de los creyentes: «sois juntamente edificados para morada de Dios en el espíritu» (Efe. 2:22).

Ha sido siempre el gran propósito de Dios de morar con los hombres. Este gran deseo se mostraba en el huerto de Edén, cuando Jehová Dios paseaba por el huerto al fresco del día. ¡Ay!, el pecado contaminó aquel hermoso huerto y Dios ya no podía morar con el hombre. Luego, sobre la base de la redención, Dios moró en un tabernáculo en medio de Israel. ¡Ay!, Israel fracasó totalmente en andar de manera consecuente con la presencia de Dios. La nación cayó en la idolatría, finalmente rechazó a Cristo, y el Señor ha de decirle: «Vuestra casa os es dejada desierta» (Mat. 23:38; Lucas 13:35). Pero Dios no abandona su gran propósito, porque la Iglesia es llamada a ser la Casa de Dios. ¡Ay!, como en todas las otras eras, la Iglesia se desmorona, y el desmoronamiento es tanto más terrible cuanto que la Iglesia ha recibido la mayor luz y los mayores privilegios. Al final, aquello que profesa ser la Iglesia se vuelve algo tan totalmente corrompido que en lugar de ser «morada de Dios en el Espíritu», convertido «en morada de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de toda ave inmunda y aborrecible» (Apoc. 18:2). Pero, ¡qué bueno aprender que ningún quebrantamiento por parte del hombre puede frustrar a Dios en llevar a cabo su propósito! Porque mirando adelante a los nuevos cielos y a la nueva tierra, vemos que, a pesar de todos nuestros fracasos, tal es la multiforme sabiduría y poder de Dios, al final el propósito de Dios será cumplido en una escena en la que nunca habrá ningún fracaso. Tres veces leemos que Dios estará con los hombres:

  • «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres».
  • «Él morará con ellos».
  • «Dios mismo estará con ellos».

Observemos también esta palabra «habitar», porque implica un hogar, reposo y amor. Ya no será asunto de regir, gobernar o juzgar, porque no habrá pecado que suprimir ni enemigo que vencer. Por ello, «Dios habitará con ellos», sin intermediarios, como Moisés o Elías, «ellos serán su pueblo».

Además, es con «los hombres» que Dios morará. Ya no serán las naciones. Ningunas distinciones nacionales, políticas o sociales se entrometerán en este nuevo mundo. Será Dios, él mismo, con los hombres, y los hombres serán su pueblo, y él será el Dios de ellos. Dios será «todo en todos».

(V. 4-5) Cuando por fin Dios, él mismo, more con los hombres, todos los dolores de este mundo actual habrán pasado para siempre, porque leemos: Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos». Un antiguo santo de un siglo pasado escribió: “Cristo nuestro Señor enjuga en este mundo las lágrimas de los rostros de sus niños; pero después de esto lloran nuevas lágrimas. Nunca enjuga toda lágrima hasta ahora. ¡Aquí será nuestro último “buenas noches” a la muerte, “buenas noches” al llanto, al duelo y al dolor! Estaremos al otro lado del agua, y más allá del río de la muerte, y nos reiremos de la muerte; porque Cristo tomará la muerte y el hades y los echará al lago de fuego (Apoc. 20:14). Y, por ello, nunca hasta ahora quedará enjugada «toda lágrima»”. (S. Rutherford).

Luego leemos que «las primeras cosas pasaron», y que Aquel que estaba sentado en el trono dijo: «¡He aquí hago nuevas todas las cosas!» Hoy, los hombres del mundo están intentando liberarse de «las primeras cosas» y tratando de «hacer nuevas todas las cosas». Pueden romper corazones y llenar la tierra de muerte, dolor, llano y angustia, pero no pueden terminar los dolores del mundo, ni pueden hacer «nuevas todas las cosas» ni introducir un nuevo orden, como sueñan en vano.

Es Aquel que está sentado en «el trono», que está sobre todos y que tiene toda potestad. Solo él puede hacer que «las primeras cosas» se desvanezcan. Solo él puede hacer «nuevas todas las cosas».

Entonces, se nos recuerda que para el cumplimiento de todas estas bendiciones la fe puede reposar con una confianza inamovible en las palabras de Aquel que está sentado en el trono, porque «estas palabras son fieles y verdaderas».

(V. 6-8) La visión de la bienaventuranza del estado eterno concluye con una palabra de aliento y de solemne advertencia. ¿Despierta el desarrollo de estas glorias venideras una sensación de necesidad en alguna alma? Entonces que los tales escuchen el anuncio lleno de gracia: «Al que tenga sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida». El que responda a esta invitación y se vuelva a Cristo, venciendo todo obstáculo, heredará toda la bienaventuranza de la que habla la visión, y encontrará que Dios será su Dios y que él será uno de los hijos de Dios. Pero somos advertidos de que quien menosprecie la invitación de Dios tendrá su parte en el lago de fuego «que es la segunda muerte» –la separación eterna de Dios.

20 - La nueva Jerusalén (Apoc. 21:9 al 22:5)

Desde el versículo 11 del capítulo 19 hemos visto un desvelamiento de grandes eventos del porvenir que serán introducidos por la manifestación de Cristo como Rey de reyes y Señor de señores, y que nos llevan a través de los días del Milenio al estado eterno.

En el curso de Apocalipsis se ve de vez en cuando que el registro de los acontecimientos se interrumpe a fin de traer ante nosotros verdades profundamente importantes respecto a ciertas personas y acontecimientos. Así, en esta sección final, habiendo visto el cumplimiento de todo el propósito de Dios en el estado eterno, somos retrotraídos en pensamiento para aprender detalles importantes en cuanto a la bienaventuranza de la Iglesia en relación con el mundo durante los días del Milenio.

(V. 9) Uno de los siete ángeles que tenía las siete copas, y que poco tiempo antes había mostrado a Juan el juicio sobre la gran ramera bajo la figura de la gran ciudad de Babilonia, viene ahora a hablar con el apóstol y a desvelarle las glorias de «la esposa» del Cordero, bajo la figura de la «santa ciudad, Jerusalén».

En una ciudad vemos recapitulados los largos siglos del mal y de corrupción que han marcado a la cristiandad profesa; en la otra ciudad vemos el glorioso fin de todas las pruebas y padecimientos del verdadero pueblo de Dios.

A juzgar por lo que tenemos delante de nuestros ojos, podemos quedar engañados acerca del verdadero carácter de la gran profesión que es tan imponente ante los ojos de los hombres, o desalentados por la debilidad y vituperio que prevalece entre el pueblo de Dios. Pero no somos dejados a formarnos nuestra propia estimación del mal de aquello que profesa el nombre de Cristo sobre la tierra; tampoco se nos deja a nuestras propias conclusiones acerca de la gloria que espera al verdadero pueblo de Dios según los eternos consejos de Dios.

Por medio del ministerio del ángel aprendemos que la inmensa profesión, con toda su exhibición de riquezas, poder y sabiduría humana, es a la vista de Dios solo una mujer falsa que va a juicio, mientras que el verdadero pueblo de Dios, exteriormente tan débil e insignificante, está yendo hacia el gran día de las bodas del Cordero, por fin para ser exhibido ante el mundo en toda la gloria de Cristo como «la esposa del Cordero».

Haremos bien en observar estas palabras, porque no es solo la Iglesia como la esposa lo que ve el apóstol, sino sino «la esposa del Cordero». Solo en el cielo la Iglesia es llamada la esposa del Cordero. En la tierra, desde el día de Pentecostés, ha existido la Iglesia compuesta de verdaderos creyentes, en relación con Cristo como su esposa (2 Cor. 11:2), pero la Iglesia no queda completada hasta el arrebato, a lo que sigue el gran día del que se dice: «Han llegado las bodas del Cordero». Después del día de las bodas, la Iglesia será exhibida con toda la hermosura que Cristo ha puesto sobre ella como «la esposa del Cordero».

Sabemos por las Escrituras que el pueblo terrenal de Dios, Israel, es contemplado en relación con Cristo bajo la figura de una esposa, pero que como tales son la esposa del Rey; la Iglesia es la esposa del Cordero. Todos los santos, terrenales o celestiales, tendrán relación con Cristo en base de su muerte; pero la esposa terrenal será presentada como «la reina… con oro de Ofir» a Cristo el Rey, cuando, a través del juicio, habrá alcanzado su trono terrenal (Sal. 45). Para conseguir su esposa celestial, Cristo ha de tomar ciertamente el camino de padecimientos como el Cordero, que «amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efe. 5:25). Habiendo tomado el camino de la cruz para conseguir su esposa, y habiendo actuado en juicio contra la mujer falsa, la Iglesia es presentada a Cristo como Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Las bodas del Cordero tienen lugar antes que Cristo venga como Rey de reyes y Señor de señores para tomar su trono terrenal.

Al comienzo de Apocalipsis vemos la Iglesia en su total fracaso como testigo responsable de Cristo en la tierra. Además, vemos que la raíz del fracaso fue la pérdida de afecto de esposa para con Cristo. Debería haber estado «como una esposa engalanada para su esposo» esperando el día de la boda. Pero fracasó en su afecto para Cristo, y el Señor tiene que pronunciar estas tristes palabras: «Has dejado tu primer amor». La Iglesia tendría que haber estado unida a Cristo por «amor» y resplandeciendo ante el mundo como «luz». Marcada con «amor» y «luz» habría sido un verdadero testimonio para Cristo. Al fracasar en su amor para con Cristo, el Señor tiene que decirle: «Arrepiéntete… si no, vendré a ti y quitaré tu candelero de su lugar». Habiendo dejado su primer amor por Cristo, la Iglesia perdió su luz delante de los hombres.

Volviendo al final de Apocalipsis, se nos permite ver que, a pesar de todos sus graves fracasos, la Iglesia será por fin presentada ante el mundo en su verdadero carácter como «la esposa del Cordero». Como la esposa, será vista con verdadero afecto hacia Cristo, y resplandecerá entonces como luz delante del mundo en todo el encanto de Cristo. Cristo será glorificado en los santos. Esta es entonces la bienaventuranza de esta gran Escritura: pone delante de nosotros a la Iglesia según el corazón de Cristo. Si conseguimos algún atisbo de lo que Cristo quiere que seamos en el futuro, comenzaremos a aprender lo que Cristo quiere que seamos moralmente ya ahora.

(V. 10-11) Para ver esta gran visión, el apóstol Juan fue llevado en el espíritu a un monte grande y alto. Es liberado de las cosas de la tierra para tener su mente ocupada en las cosas de arriba. Las corrupciones de Babilonia habían sido contempladas desde un desierto, pero las glorias de «la santa ciudad de Jerusalén» solo se pueden ver desde un «monte alto». La detección y discernimiento del mal no exige una gran elevación moral. El hombre del mundo puede llegar muy lejos en su condena de las corrupciones de la cristiandad; pero la mente natural es totalmente incapaz de entrar en las cosas de Dios. Incluso para los verdaderos santos, es solo en tanto que son elevados por encima de las cosas de la tierra y caminan en separación de las corrupciones de la cristiandad, que podrán apreciar las glorias venideras de «la esposa del Cordero».

Desde esta elevada posición pasa delante del apóstol la visión de una ciudad gloriosa. El ángel dice: «Ven, te mostraré la novia, la esposa del Cordero»; en realidad, ve una ciudad. Evidentemente, entonces, esta ciudad resplandeciente es empleada como figura para exhibir a la Iglesia en gloria.

En la hermosa descripción que sigue se nos permite primero ver el carácter de la ciudad. Es una «santa ciudad»; desciende «del cielo», proviene «desde Dios»; tiene «la gloria de Dios»; y es una ciudad con «luz».

¿Quién puede dejar de ver que estos son precisamente los rasgos que se exhibieron en perfección infinita en Cristo, al pasar a través de este mundo como Hombre perfecto? Al nacer, él es llamado «la santa Criatura que nacerá» de María (Lucas 1:35). De nuevo leemos que él es «santo, inocente, sin mancha» (Hebr. 7:26). Además, puede hablar de sí mismo como el «que descendió del cielo» (Juan 3:13). Luego puede decir: «Yo procedo y he venido de Dios» (Juan 8:42). Luego leemos de «La gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4:6). Él es también descrito como la luz que «resplandece en medio de las tinieblas» (Juan 1:5).

Los mismos términos que son empleados para describir los atrayentes rasgos de Cristo se aplican aquí a la Iglesia en gloria. La Iglesia que tan penosamente ha fracasado en representar a Cristo en el tiempo de su ausencia será finalmente exhibida en toda la hermosura de Cristo en el día de la gloria. Será vista como «santa» en su naturaleza, «celestial» en su carácter, «desde Dios» en cuanto a su origen, manifestando «la gloria de Dios» y con la «luz» de una piedra de lo más preciado para reflejar la gloria de Cristo.

Aquí, pues, tenemos a la Iglesia según el corazón de Cristo y los consejos eternos de Dios. Si queremos aprender la bienaventuranza de estos consejos, establecidos desde antes de la fundación del mundo, hemos de contemplar la gloria venidera para ver la Iglesia exhibida en todo el encanto de Cristo. A la luz de esta gloria venidera la gloria efímera de este mundo se oscurece mucho, y sus más altos honores pierden su encanto. Además, si vemos el carácter que la Iglesia va a tener en la gloria, aprendemos lo que la Iglesia debería ser ya ahora.

(V. 12-14) Hemos visto las marcas de la ciudad, exponiendo el cautivador carácter de Cristo que será exhibido en la Iglesia en el día venidero. En los versículos que siguen, pasan delante de nosotros el muro, las puertas y los fundamentos de la ciudad, todo ello hablándonos de la seguridad, protección y estabilidad de la ciudad, recordándonos que la Iglesia ha de ser guardada del mal del mundo si ha de ser un testimonio para Cristo y una bendición para el mundo. Así, el muro nos habla de protección de todo enemigo, y de la exclusión de todo lo que no sea conforme a Cristo, así como de la efusión de bendiciones al mundo.

En los días de la antigüedad, cuando la condición del pueblo de Dios había llegado a ser tan mala que Jehová tuvo que derramar el juicio sobre ellos, el solemne mensaje dado por medio de Jeremías fue: «He aquí que yo convoco a todas las familias de los reinos del norte, dice Jehová; y vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la entrada de las puertas de Jerusalén, y junto a todos sus muros en derredor» (Jer. 1:15). Y así sucedió, porque leemos que el enemigo entró y «acamparon a la puerta de en medio», y «derribaron los muros de Jerusalén» (Jer. 39:3-8).

Lo mismo que en los días de la antigüedad, así es en el día de hoy; la cristiandad profesa se ha vuelto tan corrupta que no puede excluir el mal, y ya no es un testimonio para el mundo. Los muros y las puertas están en ruinas. Y en el caso de los que tratan de ajustarse a la verdad en un día de ruina, se verá que el incesante ataque del enemigo es sobre los «muros» y las «puertas». ¡Qué bien sabe el enemigo que, si dejamos entrada libre a aquello que es contrario a la Palabra y a lo que es opuesto a Cristo, seremos arrastrados de vuelta a las corrupciones de la cristiandad y dejaremos de ser un testimonio para el Señor!

En el día de gloria, ningún mal entrará en la ciudad, y no habrá nada que obstaculice el derramamiento de bendición al mundo. En la ciudad hay tres puertas en cada uno de los cuatro lados de la ciudad, y los nombres de las tribus de Israel están sobre las puertas, lo que indica de seguro que la bendición manará a través de la Iglesia primero a Israel y luego a los cuatro cabos de la tierra.

Además, en cada puerta hay un ángel. En la Escritura vemos constantemente a ángeles empleados como guardianes del pueblo de Dios, como leemos: «El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende» (Sal. 34:7; Hec. 12:7-10). También aparecen como ejecutores de juicio gubernamental sobre los malvados, como en el caso de Herodes, de quien leemos: un «ángel del Señor lo hirió» (Hec. 12:23). Además, los ángeles son empleados como mensajeros del Señor entre la tierra y el cielo, como el Señor puede decir: «Veréis abierto el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Juan 1:51).

Así en el día del Milenio los ángeles tendrán una posición subordinada en relación con la Iglesia, pero seguirán en las puertas en su carácter de guardianes, y dispuestos para actuar como mensajeros de Dios.

Además, el muro de la ciudad tenía doce fundamentos y sobre ellos los nombres de «los doce apóstoles del Cordero». En la Escritura se mantiene cuidadosamente el carácter singular de la Iglesia por la forma en que se distingue de todo lo que ha habido antes. De carácter celestial, fue guardada en secreto desde la fundación del mundo, y su existencia sobre la tierra no es el desarrollo de ningún reino terrenal. «En otras generaciones no fue dado a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Efe. 3:5). Por ello, aunque se puedan encontrar los nombres de las tribus de Israel en las puertas, no están en los fundamentos. El testimonio de la Iglesia puede salir a las doce tribus, pero la revelación de la Iglesia fue hecha a los doce apóstoles. Así, el apóstol Pablo puede decir: «Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Efe. 2:20). El carácter singular de la Iglesia puede quedar totalmente perdido en la corrupta cristiandad profesa, pero quedará claramente establecido en el día de gloria.

(V. 15-17) Siguen las medidas de la ciudad, y demuestran que la ciudad «se halla establecida en cuadrado». Así, la ciudad es sometida a prueba, porque no solo se dan las medidas, sino que el ángel «la midió», con el resultado de que todo se encuentra en perfecta proporción. En la actualidad, ¡ay!, una verdad puede ser presentada, y otra descuidada. En el día venidero, toda verdad será expuesta en la Iglesia en perfecta relación con toda otra verdad y así la Iglesia quedará perfectamente ajustada para presentar a Cristo delante del mundo.

(V. 18-21) En estos versículos llegamos a los materiales con los que la ciudad está edificada. Los muros, de jaspe; los fundamentos, adornados con toda clase de piedras preciosas; las puertas eran doce perlas; las calles de oro puro. En la cristiandad, el hombre ha erigido un vasto sistema que profesa el nombre de Cristo, pero en el que se ha introducido aquello que es falso y una negación de su Nombre: madera, heno y paja. Al contemplar más adelante, vemos en la Iglesia en gloria solo lo que es real: oro y piedras preciosas.

Ya en la primera parte de Apocalipsis se ha empleado el jaspe para simbolizar la gloria de Dios (4:3). Ahora leemos que el muro, que excluye todo mal, es de jaspe, y por ello testigo de la gloria de Dios. Nada que se quede corto de esta gloria tendrá parte en la Iglesia glorificada. Aquella Iglesia, o compañía de creyentes, que deje de excluir el mal deja de ser testigo para Dios.

«La ciudad era oro puro, semejante al vidrio puro». El oro habla de la justicia divina en la que tiene parte cada creyente. En la actualidad, ¡ay!, la exhibición práctica de esta justicia es a menudo estorbada por la escoria de la carne. En el día de la gloria habrá solo «oro puro». Ningunos motivos ocultos e indignos echarán jamás a perder nuestra práctica ni se agazaparán bajo nuestras palabras. Nada oscurecerá el buen oro, sino que será «semejante al vidrio puro».

Los fundamentos, adornados de piedras preciosas, parecen simbolizar las diversas perfecciones de Cristo. La fuente de luz se encuentra en Dios y el Cordero, pero las piedras reflejan la luz y así exhiben las glorias de Cristo ante el mundo.

La perla, como sabemos por las propias palabras del Señor, se emplea para exponer el gran valor de la Iglesia a Sus ojos (Mat. 13:46). Así, cuando leemos que «cada puerta era de una sola una perla», se nos asegura que en el día de la gloria habrá la manifestación, ante cada rincón del mundo, de la unidad de la Iglesia, así como del gran precio de la Iglesia a los ojos de Cristo.

Además, la calle de oro puro nos recuerda que en la Iglesia en gloria no habrá nada que contamine nuestro andar, y por ello no habrá necesidad de andar con lomos ceñidos. Además, no habrá nada que esconder unos de otros, porque la calle no solo será de oro puro, sino que será «como cristal transparente».

(V. 22-23) El manantial y fuente de toda bendición en esta gloriosa ciudad es que Dios se revela plenamente en ella. No hay templo en el que Dios se oculte tras un velo. Toda la ciudad está llena de la gloria de Dios revelada en Cristo, porque leemos: «La gloria de Dios la iluminó, y su lámpara es el Cordero». Cristo será siempre Aquel en quien Dios es revelado. Además, es presentado como el Cordero, porque como tal no solo declara la gloria de Dios, sino que prepara a su pueblo para la gloria. El sol y la luna habían, sobre todo, declarado a su tiempo la gloria de Dios en la obra de sus manos (Sal. 19); pero en la Iglesia en gloria, el testigo eterno de la gloria de Dios será el Cordero.

(V. 24-27) Por estos versículos aprendemos la relación de la Iglesia en gloria con la tierra del Milenio. La Iglesia había sido dejada en este mundo para resplandecer como luz para Cristo en medio de una generación torcida y perversa. ¡Ay!, al fallar en su afecto de esposa para Cristo, ha dejado de exhibirlo ante el mundo. El amor falló y la luz se apagó. Pero cuando amanezca este día de gloria, la Iglesia se ve en su afecto nupcial por Cristo y como luz delante del mundo. El Cordero que es la luz de la ciudad resplandecerá delante del mundo por medio de la Iglesia. Cristo será glorificado en los santos. Además, la Iglesia será testigo de las riquezas de la gracia de Dios según aquella palabra: «Para mostrar en los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, en su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús» (Efe. 2:7). Al aprender de Cristo y de la gracia de Dios por medio de la luz de la ciudad, los reyes de la tierra llevarán su gloria a ella, dando así homenaje a Aquel que es la luz de la ciudad.

Además, la bendición que manará a través de la ciudad a las naciones será incesante, porque las puertas no serán cerradas de día, y ninguna oscuridad empañará jamás la luz, porque allá no habrá noche. Además, si la luz y la bendición pasan a través de las puertas al mundo, se nos asegura que «jamás entrará en ella cosa inmunda». Hoy, bajo la afirmación de querer llevar bendición al mundo, podemos ser contaminados por el mundo. En el día de gloria el mundo recibirá bendición por medio de la Iglesia, y la Iglesia no será contaminada por el mundo.

(22:12) Hemos visto que solo aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero entrarán en la ciudad. Ahora vemos la provisión eterna para el sustento de la vida. La vida de los creyentes es ciertamente vida eterna, pero no es menos una vida dependiente. No es una vida aparte de Cristo. «El río» y «el árbol» son símbolos de qué manera muy bendita traen a Cristo ante nuestras almas. Además, nos hablan de Cristo en relación con la «vida», porque el río es «un río de agua de vida», y el árbol es «el árbol de vida». Cristo es no solo la fuente de vida, por medio de quien recibimos vida, según sus propias conmovedoras palabras: «El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida», sino que, como río de la vida él es Aquel que sustenta la vida que da. Así, el apóstol Pablo puede decir: «Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se dio a sí mismo por mí» (Gál. 2:20). La nueva vida es sustentada por Cristo en todo su maravilloso amor como el objeto delante del alma. ¡Ay!, puede que sea solo débilmente que mantenemos nuestra mirada sobre Cristo, y que así vivimos de manera débil la nueva vida que tenemos. En el día de la gloria, la nueva vida será sostenida y disfrutada plenamente, cuando, sin dejación ni estorbos, tendremos a Cristo delante del alma y así beberemos del río del agua de vida. Así podemos decir:

¡Oh, Cristo!, Él es la fuente,
¡El profundo y dulce pozo de amor!
Sus corrientes en la tierra he gustado,
Y más abundantes arriba beberé.

Además, el río de la vida es «resplandeciente como cristal». Todo pequeño reflejo de Cristo que veamos los unos en los otros nos ayudará a sostener la nueva vida; pero en nosotros la corriente queda a menudo contaminada y enfangada por las cosas de la tierra, y por ello refleja poco del atractivo de Cristo. En Cristo, el río del agua de la vida es «resplandeciente como cristal». «Todo él deseable» (Cant. 5:16; BDLA).

El río procede del «trono de Dios y del Cordero». Dios es la bendita fuente de vida, porque es «la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió antes de los tiempos de los siglos» (Tito 1:2). Pero nos viene por medio de Cristo como el Cordero –Aquel que fue «levantado… para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16, 36).

Además, si la vida en nosotros es una vida dependiente, es también una vida fructífera. Si Cristo es el río de la vida de quien bebemos para sustentar la vida, él es también el árbol de la vida del que nos alimentamos para que nuestras vidas puedan ser fructíferas. Ya ahora, si, como la esposa del Cantar, nos sentamos bajo su sombra, descubriremos que su fruto es dulce a nuestro paladar, y permaneciendo en su amor daremos fruto según, en nuestra pequeña medida, reflejemos sus excelencias.

En el día de gloria no habrá nada que estorbe el deleite de nuestras almas al alimentarnos de Cristo. Ya no habrá más «querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida» (Gén. 3:24), porque el árbol estará «en medio de la plaza» de la ciudad, accesible y libre para todos en aquella bella ciudad. Además, el fruto no es solo gratuito, sino que está siempre disponible, porque el árbol de vida «dando su fruto cada mes».

Así, al contemplar esta gloriosa ciudad, vemos que es el propósito eterno de Dios que los santos encuentren en Cristo a Aquel que sustenta la vida, y que hace hermosa la vida con la belleza que él ha puesto en nosotros. Si este es su propósito para nosotros en gloria, es su deseo para nosotros ya ahora. ¡Ay!, es poco lo que podemos ahora beber del agua de vida, o alimentarnos del árbol de la vida, pero muy pronto será nuestra porción eterna

Beber del perenne río de vida,
Comer del perenne alimento de vida,
Cristo el fruto de vida y Dador,
A salvo por Su sangre redentora.

Además, aprendemos que «las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones». La Iglesia en gloria, más allá de todos sus dolores, gozará del fruto del árbol de vida. Pero en la tierra las naciones habrán pasado a través de los dolores de la tribulación que se abatirán sobre todo el mundo. Aquel que trae fruto a la Iglesia dará sanidad a las naciones, porque «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas» (Sal. 147:3).

(V. 3-5) Mirando atrás al huerto del Edén recordamos que el árbol de vida estaba ahí, y que «salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos» (Gén. 2:10), y que Dios descendió para pasear con el hombre en esta bella escena. ¡Ay!, el hombre había pecado y Dios no pudo morar con el hombre; el camino al árbol de la vida quedó cerrado y cayó la maldición para todo. Mirando adelante se nos permite ver esta visión de la Iglesia en gloria, y encontrar otra vez el árbol, y el río, y disponible para todos, porque allá no habrá más maldición.

Al ser quitada para siempre la maldición, puede quedar cumplido el propósito de Dios de morar en medio de su pueblo. Así leemos: «El trono de Dios y del Cordero estará en ella». Además, los santos glorificados se deleitarán en servir a Aquel que mora en medio de ellos. En su paso a través del tiempo, pueden haber sido siervos pobres y sin provecho; en la gloria venidera, liberados de todo motivo indigno, le servirán con un propósito genuino y devoción de corazón.

Por fin, en toda la proximidad e intimidad de su presencia verán su rostro, y su Nombre estará en las frentes de ellos. Verán su hermosura y, al mirar a los redimidos, él verá su propio carácter glorioso reflejado en los rostros de ellos. Ya ahora, al contemplar por fe la gloria del Señor, somos cambiados a su imagen de gloria en gloria; pero cuando por fin la fe sea cambiada en vista, y le veamos cara a cara, quedaremos totalmente conformados a su imagen. Veremos su rostro, y él será visto en nuestros rostros.

Mirar adentro sin mancha ver,

Fuera, ni rastro de maldición;

No más lágrimas verter ni dolor sentir,

Sino cara a cara a Él poder ver.

Además, leemos que «ya habrá noche». Ahora nuestra mirada queda a menudo oscurecida por las neblinas de la tierra –«vemos borrosamente, como en un espejo» (1 Cor. 13:12), pero cuando por fin le veamos «cara a cara», las tinieblas habrán pasado, porque no habrá noche allá, y conoceremos como somos conocidos. Nuestro conocimiento no será el resultado de ningunas ayudas artificiales ni provendrán de fuentes naturales. No necesitaremos «luz de lámpara, ni luz de sol», porque la fuente de toda luz en aquel día de gloria será el mismo Señor Dios.

Además, la Iglesia estará asociada por toda la eternidad con Cristo, porque leemos: «Reinarán por los siglos de los siglos».

Dios y el Cordero allá

La luz y el templo serán,

Y radiantes huestes por siempre

El misterio desvelado compartirán.

21 - Las exhortaciones finales (Apoc. 22:6-21)

(V. 6-7) En los versículos finales de Apocalipsis tenemos no solo la conclusión formal de la profecía sino también la conclusión adecuada de toda la Palabra de Dios. En muchas Escrituras se enuncia que «Por el testimonio de dos o tres testigos se resolverá todo asunto» (2 Cor. 13:1). Para fortalecer la fe y reprender la incredulidad, tenemos en estos versículos finales un testimonio triple de «las palabras de la profecía de este libro». El ángel dice: «Estas palabras son fieles y verdaderas» (v. 6); el apóstol dice: «Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas» (v. 8); el Señor mismo dice: «Yo, Jesús, envié mi ángel para daros testimonio de estas cosas a las iglesias» (v. 16). ¡Cuán grave es entonces rechazar o descuidar los dichos de este libro! Significa no solo la indiferencia ante el testimonio angélico y el apostólico, sino que se ignora el testimonio del mismo Jesús.

Entonces, si es tan solemne descuidar las grandes verdades de Apocalipsis, ¿qué es lo que llevará a atesorar los dichos de este libro en el corazón? La respuesta es clara. Es solo en tanto que nuestras almas estén en la fe y en el goce de la gran verdad de la venida del Señor que valoraremos las palabras de esta profecía. Nadie interpretará correctamente Apocalipsis a no ser que crean en y abriguen la verdad de la segunda venida de Cristo. Esta gran verdad es el hecho central del libro de Apocalipsis. Los primeros versículos enuncian esta verdad: «Mirad que viene con las nubes, y todo ojo lo verá» (1:7). En el curso del libro, esta gran verdad es expuesta una y otra vez ante nosotros, y por fin en estos últimos versículos tenemos una triple presentación de la venida del Señor (v. 7, 12, 20). Apocalipsis nos desvela acontecimientos que precederán a su venida; nos instruye en cuanto a la forma de su venida, y nos revela los acontecimientos solemnes y gloriosos que seguirán a su venida. Abrigando la esperanza de su regreso, cada acontecimiento que preceda o siga a su venida tendrá para nosotros el más profundo interés. Así, en el versículo 7, la venida de Cristo y los dichos de la profecía están estrechamente vinculados.

(V. 8-9) Además, en estos versículos finales vemos que el efecto apropiado de estas profecías sobre el alma del creyente es conducir a un espíritu de adoración. Así, el apóstol dice: «Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y cuando las oí y vi, caí para adorar». Había visto al Señor en Su gloria en medio de las iglesias en ruina sobre la tierra, y había visto al Cordero en medio de los santos glorificados en el cielo. Había sido llevado a un desierto a ver el juicio de la gran ciudad de Babilonia y había sido llevado a un monte alto para ver las glorias de la santa ciudad de Jerusalén. Había visto el juicio de las naciones en la venida de Cristo, y había visto el juicio de los muertos ante el gran trono blanco. Había mirado a la eternidad y visto los nuevos cielos y la nueva tierra, donde toda lágrima será enjugada, y donde no habrá más muerte, ni dolor ni clamor. Había oído al cielo y a la tierra celebrar las glorias del Cordero, y oyó a todo el cielo regocijarse por las bodas del Cordero. ¿Podemos entonces asombrarnos de que habiendo contemplado tales cosas y habiendo oído tales sonidos, se postrase para adorar? Es cierto que adoró a los pies de quien no debía, pero hizo lo correcto. El objeto de adoración ha de ser siempre no el mensajero angélico que nos habla de estas cosas maravillosas, sino Aquel que envía al mensajero y que es el único que puede hacer suceder estos portentosos acontecimientos. Así, la palabra del ángel es: «¡Adora a Dios!».

(V. 10-11) Sigue una palabra de advertencia. No debemos sellar los dichos de la profecía de este libro como si los acontecimientos predichos se refiriesen a alguna era muy distante. Ya se nos ha dicho que el ángel fue enviado por el Señor «para mostrar a sus siervos lo que pronto ha de suceder» (v. 6); ahora se nos dice que «el tiempo está cerca» –el tiempo en que todas estas solemnidades y glorias que Juan había visto en visión se cumplirán en realidad. Cuando llegue este momento, la condición de cada uno quedará fijada. El injusto será injusto todavía; el inmundo, será inmundo todavía; el justo será justo todavía; el santo, será santo todavía. El inmundo nunca podrá ser santo; el santo nunca podrá ser contaminado. Ahora, ciertamente, estamos en el día de la gracia, en el que los inmundos pueden ser lavados de todas sus inmundicias; pero aquí estamos mirando a la eternidad, donde la condición de todos quedará fijada.

(V. 12-13) La palabra de advertencia va seguida por una palabra de aliento. No solo está cercano el «tiempo», sino que el mismo Señor está cerca, porque sus palabras son: «He aquí vengo pronto». Ya en estos versículos finales nos ha sido presentada la venida del Señor para alentarnos a continuar en su bendito servicio en medio de las crecientes dificultades de los últimos días. Así oímos al Señor decir: «He aquí vengo pronto, y mi galardón está conmigo».

Es posible hacer una gran profesión religiosa con el propósito de conseguir el aplauso de los hombres. De ellos, el Señor dice que «ya tienen su recompensa» (Mat. 6:2, 5, 16); pero no es la recompensa de Cristo, y es una recompensa sin Cristo, porque, dice el Señor: «Mi galardón está conmigo». Para gozar del galardón de Cristo, hemos de esperar al regreso de Cristo. ¡Qué aliento persistir quietamente en el servicio del Señor, en oscuridad, puede ser, y desconocidos por los hombres, y quizá poco apreciados por el pueblo de Dios! Sin embargo, todo está abierto a los ojos del Señor. Él sabe, él no olvidará, y cuando él haya vuelto, cada pequeña acción hecha por él, cada pequeño sacrificio sufrido por él, cada vaso de agua fría dada por causa de su Nombre, tendrán su resplandeciente recompensa; pero será «con él».

Como siempre en la Escritura, la recompensa es puesta ante nosotros no como un objeto, sino como un aliento para persistir en medio del sufrimiento y de la oposición. Cuando el Señor estuvo aquí, había los que le seguían por los panes y los peces; pero en aquel mismo capítulo leemos que «volvieron atrás, y ya no andaban más con él» (Juan 6:26, 66). Es Cristo solo quien puede retener nuestros afectos y llegar a ser el objeto de todo verdadero servicio. Como alguien ha dicho: “las recompensas seguirán en el futuro, pero los santos van en pos no de las recompensas, sino del Señor”.

Además, se nos recuerdan las glorias de Aquel que viene, y a quien buscamos seguir y servir. Él es Aquel que puede decir: «Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin». Como Alfa y Omega él es la Palabra –Aquel que es la plena revelación de Dios. Como «el principio y el fin», él es el Creador porque «en él fueron creadas todas las cosas» (Col. 1:16), que puede disolver las cosas que ha hecho e introducir los «nuevos cielos y una tierra nueva» (2 Pe. 3:13). Como «el primero y el último» él es el Dios eterno antes de todas las cosas creadas. Así, el Señor puede decir, por medio de Isaías: «Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios» (Is. 44:6).

(V. 14-15) No obstante, si cada obra por amor al Señor tendrá su recompensa, se nos recuerda que ninguna obra que hayamos hecho dará derecho alguno al árbol de la vida ni a entrar en la santa ciudad. Para estar dentro del círculo de bendición eterna, para gozar de Cristo como el árbol de vida en el hogar de la vida eterna, el alma ha de ser lavada en la sangre del Cordero. Así, el ángel puede decir: «Dichosos los que lavan sus ropas».

Luego se nos advierte que, aunque es glorioso «entrar por las puertas de la ciudad», es terriblemente solemne estar «fuera». Los de dentro de la ciudad estarán en presencia del Cordero y estarán en compañía de los redimidos que habrán lavado sus ropas, y «jamás entrará en ella cosa inmunda, ni el que hace abominación y diga mentira» (21:27). Fuera de este círculo de bendición habrá solo la compañía de «perros y los hechiceros, y los fornicarios, y los homicidas, y los idólatras, y todo el que ama y hace mentira».

(V. 16) El ángel ha entregado su mensaje, y ahora, por fin, el Señor mismo habla. Ya han pasado ante nosotros las solemnes escenas de juicio, las glorias venideras de la ciudad celestial, la bienaventuranza del reino de mil años, la perfecta gloria de los nuevos cielos y de la nueva tierra, pero por fin somos dejados a solas con Aquel de quien todo depende –estamos a solas con Jesús. Aquel que puede decir: «Yo, Jesús», tiene la última palabra. Han hablado los ángeles, los ancianos, han tocado trompetas, se han oído las voces de grandes multitudes y el son de potentes truenos, pero al fin todo da lugar a Aquel que está por encima de todo –oímos la voz de Jesús.

Al desvelarse las glorias de este libro, se nos presenta a Cristo en sus glorias y dignidades como el Fiel y Verdadero, la Palabra de Dios, el Rey de reyes y Señor de señores, como el Alfa y Omega, principio y fin, títulos que ciertamente nos impresionan con su dignidad y majestad; pero en esta escena final se nos presenta bajo el Nombre que entusiasma a nuestros corazones y que atrae nuestros afectos –el Nombre que es sobre todo otro nombre, el nombre de Jesús. Con este nombre vino al mundo, porque al nacer leemos: «Le pondrás por nombre Jesús» (Lucas 1:31). Con este nombre ascendió a la gloria, porque los ángeles dijeron: «Este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, volverá del mismo modo que lo habéis visto subir al cielo» (Hec. 1:11). Bajo este nombre le contemplamos en la gloria, porque, como dice el apóstol: «Vemos… a Jesús… coronado de gloria y honra» (Hebr. 2:9). Y bajo este nombre nos habla desde la gloria, al decir: «Yo, Jesús». Tenemos innumerables glorias y bendiciones a la vista, pero en el presente estamos en una escena desértica a solas con Aquel que sí mismo se presenta de manera tan tierna como «Yo, Jesús».

Además, este Bendito recuerda a nuestros corazones todo lo que él es como Hombre celestial. ¿Qué puede ser más importante o más bendito que tener ante nuestras almas a una Persona viviente –a Jesús donde Él está, y a Jesús como él es? En la tierra él fue menospreciado y desechado entre los hombres; desde la gloria puede decir: «Yo soy la raíz y la posteridad de David, la estrella resplandeciente de la mañana».

Primero, el Señor puede decir: «Yo soy la raíz… de David». Si hubiese sido solo linaje de David, entonces esto se podría haber dicho de Salomón. Pero solo Jesús podía ser la raíz de David. La raíz es la fuente oculta de vida. Cristo es la fuente de vida espiritual para cada santo de Dios, y la bendición es segura porque la raíz es perfecta. Job puede decir: «Porque si el árbol fuere cortado, aún queda de él esperanza; retoñará aún… Si se envejeciere en la tierra su raíz… Al percibir el agua reverdecerá, y echará ramaje» (Job 14:7-9). Israel ha fracasado de verdad. El árbol ha sido barrido por los vientos y abatido por las tempestades entre las naciones, pero la raíz permanece, y por ello Israel reverdecerá y volverá a dar ramas. Y así la Escritura puede hablar de las misericordias firmes de David, porque Cristo es la raíz de David.

Segundo, Jesús es también «la posteridad de David». Si él es la fuente de todo como la Raíz, es el heredero de todo como el Linaje. Él pertenece a la línea regia, y, como Hijo de David, es el Rey de Dios para establecer el reino de Dios. Los paganos pueden enfurecerse y los pueblos imaginar cosas vanas. Hoy vemos que en su insensatez los poderes de este mundo piensan que pueden liberarse de Dios, y del Rey de Dios, y así apoderarse de la heredad de este mundo y establecer un reino en el que los hombres puedan gratificar sus concupiscencias sin ningún freno de Dios. Para este malvado fin pueden levantarse y conspirar contra Jehová y contra su Ungido. Sin embargo, Dios puede decir: «Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte». Los hombres clavan a Jesús en una cruz, pero Dios establece a Jesús como Rey de reyes sobre el trono, y todos los que no se sometan al Rey de Dios perecerán «en el camino» (Sal. 2).

Tercero, Jesús es «la estrella resplandeciente de la mañana». Como tal, es presentado en relación con la Iglesia. Otros le conocerán en toda su gloria regia como la raíz y linaje de David. El mundo lo conocerá como el Sol de justicia que se levantará para echar fuera las tinieblas y traer sanidad a este mundo azotado por el dolor, pero solo la Iglesia lo conocerá como «la estrella resplandeciente de la mañana». Cuando el sol resplandece, no se pueden ver las estrellas. Él no se ha levantado aún sobre el horizonte de este mundo tenebroso como el Sol de justicia, pero mientras es aún de noche es conocido en el corazón del creyente como la resplandeciente estrella de la mañana.

Otros dos pasajes de la Escritura presentan a Cristo como la estrella de la mañana. El apóstol Pedro escribe: «Tenemos más firme la palabra profética, a la cual hacéis bien en estar atentos (como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro) hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones» (2 Pe. 1:19). La profecía es una luz en las tinieblas; Cristo es la estrella del día. Es cierto que ambas resplandecen en las tinieblas, pero hay esta diferencia entre la lámpara y la estrella de la mañana: la lámpara me dice que las tinieblas están aquí; la estrella me dice que el día está llegando. La profecía nos advierte de la condición del mundo alrededor, y de los juicios a los que está precipitándose, y, como dice el apóstol, hacemos bien en prestar atención. Así, el efecto de la profecía es poner fin a todas nuestras esperanzas en esta edad presente y centrar nuestras esperanzas en Cristo. Él es contemplado como Aquel que viene, y cuando nuestros afectos son atraídos a Cristo como el centro de todas nuestras esperanzas, entonces, de verdad, podemos decir que el lucero de la mañana ha alboreado en nuestros corazones.

También el Señor puede decir al vencedor, en su carta a Tiatira: «Le daré la estrella de la mañana» (Apoc. 2:28). El Señor puede también decir al vencedor: «Le daré autoridad sobre las naciones». Pero si él ofrece la recompensa de poder en el futuro, da también al vencedor una porción para su corazón en el presente. En medio de la tiniebla moral y espiritual de Tiatira, el vencedor gozará de Cristo, conocido en su corazón como la estrella del día que se avecina.

En esta escena final, Cristo es presentado no solo como la estrella de la mañana sino como «la estrella resplandeciente de la mañana». Todo en manos del hombre pierde su esplendor, pero Cristo, en el cielo, está más allá del contacto de la ruda mano del hombre. Resplandece con un esplendor nada disminuido. Él es la estrella resplandeciente de la mañana. Con la estrella de la mañana en nuestros corazones podemos velar a través de las tinieblas de la noche y esperar la gloria que ha de venir –la mañana sin nubes.

Es significativo que Cristo no fuese revelado como la estrella de la mañana hasta que se hubo introducido la ruina de la cristiandad. Cuando el apóstol Pedro escribió su Segunda Epístola, la oscura sombra de la apostasía estaba ya planeando sobre la cristiandad profesa. Estaban surgiendo falsos profetas que iban a negar al Señor que los había rescatado, y muchos iban a seguir sus perniciosos caminos, y el camino de la verdad sería blasfemado. El apóstol no presenta ninguna esperanza de mejora, ninguna perspectiva de la restauración de la cristiandad profesa caída. Pero la estrella de la mañana había alboreado en su corazón, y así miraba más allá de las tinieblas al día venidero. Sus esperanzas estaban centradas en Cristo.

(V. 17) Inmediatamente después de esta conmovedora presentación de Cristo, la Iglesia de nuevo pasa a la vista como la esposa de Cristo. El conocimiento de la ruina de la Iglesia en manos de los hombres no nos hará indiferentes a la Iglesia según los consejos de Dios, bajo el control del Espíritu. La indiferencia a la Iglesia como la esposa sería indiferencia a aquello que en este mundo está más cercano y es más querido al corazón de Cristo. En Cristo vemos que Dios se ha propuesto darnos un objeto que puede satisfacer a nuestros corazones; pero en la Iglesia, como esposa, vemos lo que es aún más maravilloso, que se ha propuesto presentar la Iglesia a Cristo como un objeto idóneo para él, digno de su amor, y para satisfacción de su corazón.

Con esta gran verdad comienza el libro de Génesis. Antes de la entrada del pecado, Dios expone, en la presentación de Eva a Adán, el gran secreto de su corazón de tener un objeto apropiado para el amor de Cristo. A lo largo de los siglos y de todos los cambiantes esquemas temporales, Dios nunca ha abandonado su gran propósito. A pesar del poder de Satanás, del mal del hombre y de la ruina de la cristiandad profesa, Dios se mantiene en su majestuoso camino, que levantándose por encima de todo poder opositor, cumple su propósito y consigue un objeto para el corazón de Cristo. Así, al final de su libro, la esposa del Cordero se levanta delante de nuestra mirada.

¡Qué bendita esta última visión de la esposa, porque aquí es contemplada al final de su jornada por el desierto, totalmente bajo el control del Espíritu, y por ello con Cristo como su único objeto! El resultado es que «el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!». Conducidos por el Espíritu sentimos la desolación que el pecado ha causado en el mundo alrededor, y gemimos, y llevados por el Espíritu contemplamos a Cristo como la estrella resplandeciente de la mañana que introducirá el albor sin nubes y acallará el gemido de la creación, y decimos: «¡Ven!».

Luego marquemos lo que sigue. Bajo el control del Espíritu, y así con una recta relación con Cristo, la Iglesia está lista para dar testimonio de Cristo a otros. El deseo de su venida no estorbará a nuestro testimonio ante el mundo a nuestro alrededor. Al contrario, viene a ser el motivo más poderoso para desear la bendición de otros. Nunca estamos tan moralmente preparados para quedarnos y dar testimonio de Cristo como cuando en nuestros afectos anhelamos ir y estar con Cristo.

Este testimonio irá primero a todo aquel que «oye». Al tal, el testimonio es: «Y el que oye, diga: ¡Ven!». El hecho de que oyen parece indicar que se trata de verdaderos creyentes. El hecho de que se les tiene que decir «Ven» indica que no están en el gozo consciente de su relación con Cristo como su esposa.

Segundo, el testimonio va a todo aquel «que tiene sed». Estas son las almas necesitadas que tienen alguna conciencia de su necesidad y que anhelan tener parte en las bendiciones que Cristo puede otorgar, y que no obstante pueden estar dudando de la gracia de su corazón y de su poder y buena disposición para salvar. Pero la esposa conoce el corazón de Cristo y a los tales les puede decir «Vengan», estás bienvenido a Cristo: «Y el que tiene sed, venga».

Finalmente, alrededor hay un mundo descuidado acerca de su condición e indiferente ante lo que se le avecina. Pero la gracia de Dios ofrece su salvación a todos, y la Iglesia, que ha gustado de Su gracia, puede decir: «Y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida». ¡Cuán conmovedor es que el último llamamiento de Cristo en la gloria sea un llamamiento del evangelio a un mundo necesitado! Y observemos con atención cuán pleno y amplio es el llamamiento. Como alguien ha dicho: “No hay nadie en el mundo a quien Jesús no llame. Él se dio como rescate por todos, y por ello tiene derecho a llamar a toda persona, sea quien sea”, «tome gratuitamente del agua de la vida».

(V. 18-21) Después de la solemne advertencia en cuanto a añadir o a quitar de las palabras de la profecía de este libro, tenemos, por tercera vez, en estos versículos finales, la promesa del Señor de que viene «pronto». La primera vez presenta su venida como un incentivo a guardar los dichos de esta profecía (v. 7); la segunda vez se presenta su venida en relación con sus recompensas para alentarnos en nuestro servicio (v. 12). En esta última ocasión perdemos de vista la profecía, el servicio y las recompensas, y pensamos solo en Él: «Sí, vengo pronto». Las otras ocasiones no demandan respuesta, pero ahora la esposa responde: «Amén; ¡ven, Señor Jesús!» Las palabras finales nos dicen que hasta aquel momento bendito podemos contar con la gracia de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos. Amén.


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