La Epístola a los Filipenses

La experiencia cristiana


person Autor: Hamilton SMITH 58

library_books Serie: Bosquejo Expositivo


1 - Capítulo 1

Un estudio de las diversas epístolas muestra que cada una fue escrita con un propósito particular, de modo que Dios, en su sabiduría y bondad, ha provisto plenamente el establecimiento del creyente en la verdad, así como su conducta en todas las circunstancias, y en todo momento.

En la Epístola a los Romanos tenemos verdades que establecen al creyente en los grandes fundamentos del Evangelio. Las Epístolas a los Corintios nos instruyen sobre el orden en la Asamblea. Las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses desarrollan los planes y doctrinas de Dios sobre Cristo y la Iglesia.

En Filipenses tenemos poca o ninguna exposición formal de la doctrina, pero una maravillosa presentación de la verdadera experiencia cristiana. Se ve a los creyentes, no sentados juntos en los lugares celestiales en Cristo, como en Efesios, sino viajando por el mundo, olvidando las cosas que quedan atrás, y apresurándose hacia Cristo Jesús en la gloria. Refleja la experiencia de quien emprende este camino con la fuerza que le proporciona el Espíritu de Jesucristo (1:19). Hay que tener en cuenta que esta no es necesariamente la experiencia de los cristianos que nos es presentada, ya que, por desgracia, puede estar muy lejos de la verdadera experiencia cristiana. Sin embargo, es una experiencia que no está reservada a un apóstol, sino que es posible para todo creyente, en el poder del Espíritu. Tal vez por eso Pablo no se presenta aquí como un apóstol, sino como un esclavo de Jesucristo.

La ocasión que dio origen a la Epístola es un testimonio de comunión de los santos de Filipos, que acaba de expresarse en un donativo enviado para ayudar a satisfacer las necesidades del apóstol. Esta comunión práctica con el apóstol, entonces en prisión, era para él una prueba de su buen estado espiritual, pues había otros que lo habían abandonado y se habían alejado de él mientras estaba en prisión.

1.1 - Versículos 3 al 6

Esta feliz disposición espiritual llevó al apóstol a alabar y orar por ellos. Podemos dar gracias a Dios unos por otros cuando recordamos la gracia divina manifestada en ocasiones particulares; pero, acerca de estos santos el apóstol pudo decir: «Doy gracias a mi Dios por el recuerdo que tengo de vosotros». Más aún, mientras que a veces nuestras oraciones por los demás van acompañadas de tristeza por sus fallos y su mal caminar, sobre estos filipenses el apóstol podía «orando siempre con gozo».

Además, el estado espiritual de estos creyentes le daba la firme seguridad de que Aquel que había comenzado una buena obra en ellos la completaría hasta el día de Jesucristo. Así, el hecho de que habían mostrado su devoción por su comunión con el apóstol desde el primer día hasta ese momento, le daba la convicción de que serían mantenidos en la misma gracia durante su peregrinación hasta el día de Jesucristo.

1.2 - Versículos 7 y 8

Aún más, el apóstol era fortalecido en esta confianza por el pensamiento que él era evidentemente llevado en sus corazones. Prueba de ello era el hecho de que no se avergonzaban de ser asociados con el apóstol en sus ataduras, y en su defensa del Evangelio. Teniendo comunión con él en sus pruebas, compartirían también la gracia especial de la que él mismo era objeto. Este amor era recíproco, pues mientras ellos llevaban al apóstol en su corazón, él, por su parte, los anhelaba, animado por la misma ternura que la de Jesucristo. No se trataba de un simple amor humano en respuesta a la bondad, sino de un amor de esencia divina –el amor ardiente de Jesucristo.

1.3 - Versículos 9 al 11

Al orar por ellos, el apóstol desea que este amor, que le había sido manifestado de manera tan bendita, abundara todavía más y más, manifestándose en conocimiento y en toda inteligencia: pues, recordemos, en las cosas de Dios, la inteligencia espiritual tiene su fuente en el amor. El corazón que está apegado a Cristo, es el que aprenderá el pensamiento de Cristo –no simplemente un conocimiento de la letra de la Escritura, sino la comprensión de su significado espiritual. Con esta inteligencia dada por Dios, seremos capaces de discernir las cosas excelentes. Es relativamente fácil condenar lo que es malo. En gran medida, el hombre natural es capaz de hacerlo. Pero para apreciar las cosas moralmente excelentes, se requiere discernimiento espiritual. Cuanto más apegados estemos a Cristo, más tendremos esa inteligencia espiritual que nos permitirá hacer lo correcto en todas las circunstancias, de la manera correcta y en el momento adecuado. Apreciando las cosas excelentes, y actuando por motivos puros, no seremos piedra de tropiezo «ni a judíos, ni a griegos, ni a la iglesia de Dios» (1 Cor. 10:32). Seremos guardados sin tropiezo hasta el día de Jesucristo.

Además, al igual que los santos de Filipos, no solo seremos guardados de caída, y ser así una piedra de tropiezo para otros, sino que daremos fruto por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios. Sabemos que, solo permaneciendo en Cristo, daremos fruto –entonces manifestaremos las maravillosas cualidades que se vieron en Cristo como hombre; y si se produce fruto, será para gloria del Padre, y un testimonio ante los hombres de que somos discípulos de Cristo (Juan 15:4-8).

1.4 - Versículos 12 al 14

A continuación, el apóstol alude a las circunstancias particulares a las que se enfrentaba, que podían considerarse un obstáculo para la difusión del Evangelio, y bastante deprimentes para él. Sin embargo, Pablo evalúa cada circunstancia en relación con Cristo. Estaba en la solitud de una prisión, y aparentemente toda oportunidad de predicar el evangelio era quitada; su servicio público había terminado. Pero quería que los santos supieran que estas circunstancias visiblemente adversas se habían convertido en una bendición para sí mismo y eran para el avance del Evangelio. En cuanto a él, lejos de desanimarse por sus ataduras, podía alegrarse, pues era evidente que esas ataduras estaban «por Cristo». No le agobiaba la idea de estar encarcelado por alguna falta que hubiera cometido, sino que se alegraba de ser considerado digno de sufrir por Cristo.

En lo que respecta al Evangelio, los lazos de Pablo se habían convertido en una oportunidad para alcanzar a los hombres del pretorio (el rango social más alto). Cada uno de los santos sabía que cuando había estado con ellos en Filipos y arrojado a la cárcel, había podido cantar las alabanzas de Dios. Entonces, sus vínculos se habían convertido en el medio de alcanzar a un pecador que estaba en lo más bajo de la escala social. Las cadenas, el calabozo, la noche… todo había contribuido al avance del Evangelio.

Además, la oposición del mundo a Cristo y al Evangelio, evidenciada por el encarcelamiento del apóstol de las gentes, se había convertido en una ocasión para estimular a algunos de ellos, que eran más bien tímidos por naturaleza, a salir con valentía a proclamar la Palabra de Dios sin temor.

1.5 - Versículos 15 al 18

Desgraciadamente, había algunos que predicaban el Evangelio con un motivo que no era puro. Movidos por los celos y por un perverso deseo de aumentar las tribulaciones del apóstol, estas personas se aprovechaban de su encarcelamiento para tratar de hacerse valer con la predicación del Evangelio. Pero él, teniendo a Cristo delante y no pensando en sí mismo, podía alegrarse de que Cristo era predicado. A pesar de los malos motivos, de las formas de hacer defectuosas y de las actuaciones carnales de estos predicadores, Pablo podía dejar que el Señor tratara con ellos a su tiempo y a su manera, mientras se alegraba de que Cristo fuera predicado.

1.6 - Versículo 19

Sí, el apóstol podía regocijarse de saber que el hecho de predicar a Cristo –ya sea por él mismo, por hermanos fieles o por aquellos cuyos motivos no eran puros– junto con las oraciones de los santos y la ayuda del Espíritu de Jesucristo, se convertirían en su liberación completa y final de todo el poder de Satanás. Recordemos que, por muy grande que sea nuestra necesidad, tenemos en el Espíritu Santo un recurso amplio e infalible. Apelando a él, experimentaremos que, ni la furia de los hombres, ni los celos de los que predican con malos motivos, ni la oposición de los adversarios, ni la enemistad de Satanás, nada pueden hacer contra nosotros.

1.7 - Versículo 20

El apóstol deja claro el carácter de la salvación que tiene ante sí. Evidentemente, no está pensando en la salvación del alma, que depende exclusivamente de la obra de Cristo. Esta cuestión estaba, para él, resuelta para siempre, y no dependía de lo que él pudiera hacer ni de las oraciones de los santos. Tampoco, podemos añadir, sobre los recursos actuales del Espíritu Santo. Por otra parte, al hablar de la salvación, Pablo no contempla su liberación de la cárcel, es decir, de las circunstancias difíciles. La salvación que tiene en mente es, obviamente, la liberación completa de todo lo que en su vida y en su muerte sería un obstáculo para que Cristo se engrandezca en su cuerpo. Cristo llenaba el corazón del apóstol. Su ferviente deseo era ser preservado de todo lo que pudiera avergonzarlo en su confesión de Cristo, y poder dar testimonio de Cristo con toda valentía, para poder glorificarlo ya sea con la vida o con la muerte.

1.8 - Versículo 21

Esto lleva al apóstol a declarar que Cristo era el único objeto ante él, la fuente y el motivo de todo lo que hacía: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». Todo nuestro viaje por este mundo se resume en este versículo en los dos verbos contrarios: vivir y morir. Es especialmente edificante ver que, para Pablo, tanto la vida como la muerte las consideraba en relación con Cristo. Si vivía, era para Cristo; si moría, significaría que estaría con Cristo. Tener a Cristo como única razón para vivir le sostuvo a través de todas las circunstancias cambiantes del tiempo presente, y no solo despojaba a la muerte de todos sus terrores, sino que la hacía mucho mejor que una vida en un mundo del que Cristo estaba ausente.

Esta es, de hecho, la verdadera experiencia cristiana; está disponible para todos los creyentes. Pero, ay, debemos confesar lo poco que la hacemos realidad en comparación con el bendito apóstol. ¿Cómo los que entonces predicaban a Cristo por espíritu de partido (1:15), buscaban sus propios intereses (2:21) o tenían sus pensamientos en las cosas terrenales (3:19), habrían podido saber algo de esta verdadera experiencia cristiana? Y nosotros, ¡busquemos en nuestros propios corazones! ¿No estamos inclinados a contentarnos con una muestra ocasional de la bendición de vivir solo para Cristo? Para Pablo, era la experiencia continua de su alma. No solo que Cristo era su vida, sino que decía: «Para mí el vivir es Cristo». Una cosa es tener a Cristo como nuestra vida –todo creyente puede decir eso– y otra es vivir la vida que tenemos. ¿Es realmente Cristo el único objeto ante nuestros ojos, que nos ocupa día tras día, la razón de todo lo que pensamos, decimos o hacemos?

1.9 - Versículos 22 al 26

El apóstol habla de su propia experiencia; por eso dice “yo” una y otra vez. Por eso, si dice: «Para mí el vivir es Cristo», puede añadir también: «Si tengo que vivir en la carne, tendré fruto de mi trabajo». Vale la pena vivir si Cristo es el único Objeto de la vida. Ciertamente, para su gozo personal, sería mucho mejor ir y estar con Cristo. Pero pensando en el Señor, en sus intereses y en la bendición de su pueblo, sintió que valdría la pena que permaneciera más tiempo con los santos en la tierra. Con esta seguridad, sabía que quedaría para bendición y gozo de los santos, y estos son invitados a regocijarse en el Señor ante la perspectiva de una nueva visita que le sería acordada hacerles.

1.10 - Versículos 27 al 30

Hasta entonces, desea que su conducta sea digna del Evangelio de Cristo, palabra que escudriña a cada uno de nosotros, pues tenemos la carne en nosotros. Y si no fuera por la gracia de Dios, la carne podría llevarnos, no solo por debajo de lo que conviene a un creyente, sino muy por debajo incluso de la conducta de un hombre honesto del mundo, como fue el caso de aquellos pocos que predicaron a Cristo por envidia y contienda.

Para que estos santos puedan caminar dignamente, él desea que sean encontrados firmes contra todo adversario. Y para mantenerse firmes, es importante que sean de un mismo espíritu, para luchar juntos con una sola alma, con la fe del Evangelio. El gran esfuerzo de Satanás es privar a los santos de la verdad. Mantenerse firmes luchando juntos por la fe puede acarrear sufrimiento. Pero no nos asuste el pensamiento de que alguno de los sufrimientos por los que podamos ser llamados a pasar sea la destrucción de todas nuestras esperanzas. De hecho, si se trata de sufrimientos por Cristo, se volverán para nuestra salvación todas las artimañas con las que el Enemigo trataría de apartarnos de «la fe del evangelio». Consideremos siempre los sufrimientos por Cristo como un privilegio concedido a los que creen en él. El apóstol daba el ejemplo de esa lucha y sufrimiento, como ya habían podido ver mientras estaba entre ellos en Filipos y como estaban aprendiendo de nuevo. Un fiel creyente de antaño, que era como Pablo, un prisionero de Cristo, podía decir: “La causa de Cristo, incluso con la cruz, es más preciosa que la corona real. Sufrir por Cristo es mi diadema”.

2 - Capítulo 2

Los últimos versículos del capítulo 1 nos recuerdan que no solo se nos ha dado creer en Cristo, «sino también de sufrir por él». Si Cristo tuvo que enfrentarse al adversario en su camino por este mundo, podemos estar seguros de que cuanto más manifiesten los creyentes los caracteres de Cristo, mayor será la oposición del enemigo. Por tanto, debemos estar preparados para la batalla, como lo estaban los santos de Filipos, que, siendo objeto de tanta gracia por parte de Cristo, se encontraban, por esta misma razón, enfrentados a los adversarios.

Este segundo capítulo, nos enseña que el enemigo buscaba dañar el testimonio de Cristo, no solo por medio de adversarios de fuera, sino también suscitando la discordia entre los cristianos. En los dos primeros versículos, el apóstol llama la atención sobre este grave peligro. Los versículos 3 y 4 nos enseñan entonces que la unidad entre los hijos de Dios solo puede mantenerse si cada uno permanece en la humildad. Y para que esto se produzca, nuestros ojos se dirigen a Cristo, como se expresa en los versículos 5 al 11. Como resultado bendito, aquellos que viven según este patrón de humildad se convertirán en testigos de Cristo, como muestran los versículos 12-16. Por último, el capítulo concluye poniendo ante nosotros tres ejemplos de creyentes cuyas vidas se han conformado según el Modelo perfecto, y por tanto se han caracterizado por esta humildad que se olvida de sí mismo para ocuparse solo de los demás (v. 17-30).

2.1 - Versículos 1 y 2

El apóstol reconoce con gozo que, a través de la devoción y la generosidad de los santos hacia él en todas sus pruebas, había probado algo de los consuelos que se encuentran en Cristo y en los que le pertenecen. Había sido reconfortado por ellos con el amor, y la comunión que surgía del hecho de que el Espíritu ocupaba sus corazones con Cristo y sus intereses. Había experimentado una vez más la compasión de Cristo, mostrada a través de ellos a uno que estaba soportando la aflicción. Todas estas pruebas de su devoción le dieron un gran gozo. Pero vio que el enemigo buscaba arruinar su testimonio común suscitando luchas entre ellos. Por lo tanto, debe decir: «Completad mi gozo pensando lo mismo, teniendo un mismo amor, unánimes, teniendo los mismos sentimientos». Con gran delicadeza de sentimientos, el apóstol alude a esta falta de unidad. Pero es evidente que siente su gravedad, ya que toca este tema cuatro veces en el curso de su Epístola. En el primer capítulo, exhorta a los santos a mantenerse «firmes en un mismo espíritu» (v. 27). Aquí les invita a tener los «mismos sentimientos». En el tercer capítulo les dice de: «Andar juntos en el mismo sendero» (v 16), y en el último capítulo se exhorta a dos hermanas a tener «un mismo sentir en el Señor» (v. 2).

2.2 - Versículos 3 y 4

Después de una discreta alusión a esta debilidad que se manifestaba entre ellos, el apóstol muestra ahora que el único remedio para ella es la humildad cultivada por todos. Les advierte de que no deben hacer nada «por rivalidad o por vanagloria». Estas son las dos causas principales de la falta de unidad entre los que pertenecen al Señor. No es que debamos ser indiferentes al mal que pueda surgir en el pueblo de Dios, sino que se nos advierte que no debemos responder a él con un espíritu contrario al de Cristo. Con demasiada frecuencia, por desgracia, los problemas que surgen en una asamblea son ocasiones para sacar a la luz sentimientos no juzgados de celos, maldad o vanidad que han estado ardiendo en los corazones. Esto da lugar a peleas. Nuestras luchas están dirigidas a rebajar al otro, en la búsqueda de esa «vanagloria» que busca exaltar el “yo”. ¡Cuánta necesidad tenemos de juzgar nuestro propio corazón! Porque, como alguien ha comentado, “no hay ninguno de nosotros que no se dé cierta importancia a sí mismo”.

Para evitar este peligro, podemos ver la utilidad de la exhortación: «Sino, con humildad, cada uno estime al otro como superior a sí mismo». Solo podemos hacerlo en la medida en que quitemos la vista de nosotros mismos y de nuestras cualidades personales, y consideremos las de los demás. El pasaje no habla de dones, sino de las cualidades morales que deben caracterizar a todos los santos. Además, solo considera a los santos en buena condición moral. Cuando un hermano vive en el mal, no se me exhorta a considerarlo superior a mí si vivo con rectitud. Pero entre creyentes de conducta normal, es decir recta, es fácil que cada uno considere al otro superior a sí mismo, siempre que esté cerca del Señor. En efecto, en su presencia, por muy correcta que sea nuestra vida exterior a los ojos de los demás, descubrimos la maldad oculta de nuestra carne; vemos cuán numerosas son nuestras faltas y qué pobres criaturas somos ante él, y en comparación con él. En cambio, cuando miramos a nuestro hermano, no vemos sus defectos ocultos, sino las cualidades que la gracia de Cristo le ha dado. Tal disposición nos mantendrá seguramente humildes, y permitirá que cada uno, «con humildad… estime al otro como superior a sí mismo». Seremos liberados de ese espíritu de vanagloria que engendra disputas y rompe la unidad de los santos. Está claro, pues, que la verdadera unidad en el pueblo de Dios no es el resultado de un compromiso a expensas de la verdad; proviene del buen estado moral de cada uno ante el Señor, un estado que se expresa en el espíritu de humildad.

2.3 - Versículos 5 al 8

Para producir esta humildad en nosotros, el apóstol dirige nuestra mirada a Cristo, diciendo: «Haya, pues, en vosotros este pensamiento que también hubo en Cristo Jesús…». A continuación, hace una hermosa descripción de la humildad que mostró Cristo cuando bajó de la gloria divina a la vergüenza de la cruz. Así, Cristo se presenta ante nosotros, en toda su gracia y humildad, como nuestro modelo perfecto. Si el rebaño sigue al Pastor, los ojos de las ovejas se fijan en él. Y solo en la medida en que cada uno de nosotros mire hacia él se mantendrá la unidad en el rebaño. Cuanto más cerca estamos de Cristo, más cerca estamos los unos de los otros.

En Cristo se ponen de manifiesto los rasgos admirables de una persona perfectamente humilde. Deja de lado toda búsqueda de sí mismo, tomando el camino del Siervo, y haciéndose obediente hasta la muerte. Al recordar este camino, el apóstol nos muestra no solo cada paso de esta humillación, sino también el espíritu –el de la humildad– con el que Cristo caminó. Es imposible para nosotros seguir sus pasos, porque nunca hemos estado a su nivel, ni se nos pide que descendamos a las mismas profundidades que él. Sin embargo, se nos exhorta a seguir sus pasos, pensando como él.

1. Nuestros ojos son dirigidos primero a Cristo en el lugar más alto: «En la forma de Dios». Fue desde ese lugar que «se despojó a sí mismo»; su pensamiento fue no tener consideración de sí mismo. Para cumplir la voluntad de su Padre y asegurar la bendición de los suyos, estaba dispuesto a ocupar el último lugar. Como pudo decir, a propósito de su venida al mundo: «He aquí yo vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios» (Hebr. 10:7).

2. Fue con este pensamiento que el Señor tomó «la forma de siervo». Cuando estuvo en la tierra, pudo decir a sus discípulos: «Estoy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). Alguien ha dicho: “Cristo no solo tomó la forma de esclavo, sino que nunca la abandonará… En Juan 13, cuando nuestro bendito Salvador estaba a punto de entrar en la gloria, podríamos haber dicho que este era el final de su servicio. No lo era. Dejando el lugar que ocupaba, sentado en medio de los suyos como compañero, se levanta para lavarles los pies, y lo vuelve a hacer hoy… En Lucas 12 aprendemos que continúa este servicio en la gloria –se ceñirá y les hará sentarse a la mesa, y adelantándose les servirá… Nunca deja de servir. El egoísmo ama ser servido, pero el amor ama servir. Así, Cristo nunca deja de servir, porque nunca deja de amar” (John Nelson Darby).

3. El Señor no solo tomó «la forma de siervo», sino que fue «haciéndose semejante a los hombres». Podía haber seguido sirviendo estando en la semejanza de los ángeles, ya que son enviados como siervos, pero se hizo un poco menos que los ángeles, «siendo hallado en figura como un hombre».

4. Si el Señor fue hecho a semejanza de los hombres, no quiso aprovecharse de esta condición para elevarse por encima de los hombres. Su humildad le llevó a rebajarse. Al nacer fue depositado en un pesebre y vivió entre los humildes de este mundo.

5. Aunque se humilló para caminar con los humildes, podría haber ocupado un lugar de autoridad en este mundo, el que le correspondía. Sin embargo, en su humildad, «haciéndose obediente». Al entrar en el mundo dijo: «He aquí yo vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios»; y atravesándolo: «Hago siempre lo que le agrada»; y quitándolo: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (véase Hebr. 10:7; Juan 8:29; Lucas 22:42).

6. En su humildad, el Señor se hizo no solo obediente, sino: «Obediente hasta la muerte».

7. De nuevo, en su humildad, el Señor no solo se enfrentó a la muerte, sino que se sometió a la muerte más ignominiosa que un hombre puede soportar la «muerte de cruz».

Cuando seguimos este maravilloso camino descendente desde la gloria suprema hasta la vergüenza de la cruz, no nos contentemos con ser meros admiradores de lo que es moralmente tan bello, que el mismo hombre natural puede hacer. Necesitamos la gracia, no solo para admirar, sino para producir efectos prácticos en nuestra vida, según la exhortación del apóstol: «Haya, pues, en vosotros este pensamiento que también hubo en Cristo Jesús». A la luz de la humildad vista en Jesús, haríamos bien en examinar nuestros corazones para ver hasta qué punto hemos juzgado la vanagloria que nos es tan natural, y hemos buscado humildemente olvidarnos de nosotros mismos para servir a los demás con amor. Así manifestaremos algo de la gracia y la humildad de Cristo.

2.4 - Versículos 9 al 11

Sin embargo, si nuestros corazones se sienten atraídos por Cristo al ver la gracia y la humildad que le hicieron humillarse desde la gloria hasta la cruz, también vemos en él el ejemplo más perfecto de esta verdad: «El que se humilla será exaltado» (Lucas 14:11). «Se humilló… Por lo cual Dios también lo exaltó». Si, en su humildad, descendió más bajo que todos, Dios «le dio el nombre que es sobre todo nombre», y lo exaltó por encima de todo. En la Escritura, el «nombre» enfatiza la fama de una persona. Ha habido muchos hombres famosos en la historia del mundo y entre los santos de Dios, pero la fama de Cristo como hombre supera a todos los demás. En el monte de la transfiguración los discípulos, en su ignorancia, habrían querido poner a Moisés y a Elías al mismo nivel que Jesús. Pero estos grandes hombres de Dios se desvanecen de la visión, y los discípulos «no vieron a nadie sino a Jesús solo», mientras la voz del Padre proclamaba: «Este es mi amado Hijo» (Mat. 17:8).

El nombre de Jesús expresa quién es este humilde Hombre. Sabemos que significa Salvador y, como tal, es un nombre por encima de todos los nombres. ¿No podemos decir que es el único nombre que el Señor no podía llevar con razón que descendiendo de la gloria a la ignominia de la cruz? En la cruz estaba escrito: «Este es Jesús». Los hombres, en su desprecio, dijeron: «Baja de la cruz» (Mat. 27:37, 40). Si lo hubiera hecho, habría abandonado el nombre de Jesús. Habría seguido siendo el Creador, el Dios Todopoderoso, pero nunca más habría sido Jesús, el Salvador. ¡Bendito sea su nombre! Su humildad le llevó a ser obediente hasta la muerte de cruz, y el resultado es que al nombre de Jesús toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

2.5 - Versículos 12 y 13

Después de haber dirigido nuestra mirada hacia Cristo en toda su gracia y humildad, el apóstol nos exhorta a juzgar todas las tendencias de la carne a la polémica y a la vanagloria, y nos invita a caminar en el espíritu de humildad de Cristo nuestro Modelo, resistiendo así los esfuerzos del enemigo por sembrar la discordia entre los santos. Cuando estaba presente entre estos creyentes, el apóstol los había protegido de los ataques del enemigo, pero ahora, mucho más por su ausencia, debían cuidarse de los adversarios de fuera y de las luchas de dentro. Caminando en el espíritu de humildad de Cristo, obrarían verdaderamente su propia salvación; triunfarían sobre todos los esfuerzos del enemigo para destruir su unidad y arruinar su testimonio de Cristo.

Pero era con «temor y temblor» que debían trabajar en esta liberación. Si somos conscientes del engaño del mundo que nos rodea, de la debilidad de la carne en nuestro interior y del poder satánico que está contra nosotros, ¡tenemos mucho que temer y temblar! Pero, ¿no se relaciona también este temor y temblor con lo que sigue? El apóstol añade inmediatamente: «Porque Dioses es el que produce en vosotros…». Sin olvidar el tremendo poder que está en contra nuestra, debemos cuidarnos de subestimar –y por lo tanto despreciar– la omnipotencia que está a favor nuestro, y que obra en nosotros «tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad». Dios no nos lleva simplemente a «hacer», sino a “querer hacer” lo que le agrada. Esta es la verdadera libertad. Sin la “voluntad”, el «hacer» sería un mero legalismo servil. Por supuesto que nos gusta hacer nuestra propia voluntad por nuestro propio placer, pero la obra de Dios en nosotros nos lleva a querer hacer lo que le agrada, y así tener la humildad de Cristo, nuestro Modelo, que pudo decir: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:8).

2.6 - Versículos 14 al 16

Teniendo nuestros ojos fijos en Cristo, y en la medida en que tengamos su espíritu de humildad, estaremos a salvo de los engaños del mundo y del poder del enemigo. Entonces seremos un testimonio de Cristo ante el mundo. Este es, ciertamente, la «aprobación» de Dios, manifestada plenamente en Cristo, que pudo decir: «Hago siempre las cosas que le agradan» (Juan 8:29). Las exhortaciones que siguen presentan así un maravilloso retrato de Cristo.

Debemos hacer todas las cosas «sin murmuración ni disputa». El Señor, de hecho, ha gemido ante los sufrimientos de los hombres, pero ninguna murmuración ha salido de sus labios. Se ha dicho con razón: “Dios permite un gemido, pero nunca un murmullo”. Entonces se nos advierte que no debemos razonar, ya que podría poner en duda los caminos de Dios con nosotros. Por muy doloroso que fuera el viaje del Señor, ningún razonamiento sobre los caminos de Dios fue objeto de sus pensamientos o palabras. Por el contrario, cuando tuvo que ver que todo su ministerio de gracia no había tocado los corazones de los hombres, y cuando fue acusado de haber hecho sus obras por el poder del diablo, pudo decir: «Sí, Padre, porque así te agradó» (Mat. 11:26). Es bueno que, cuando recibamos algún insulto o nos encontremos con alguna prueba, sigamos sus pasos y nos sometamos sin razonar a lo que Dios permite, con el espíritu de humildad del Señor.

Actuando con este espíritu, seremos «irreprensibles» ante Dios, y «sin tacha» ante los hombres. Estas palabras expresan algo más de la perfección de Cristo, pues era «santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores» (Hebr. 7:26). Siguiendo sus pasos, debemos ser «hijos de Dios sin tacha». El Señor pudo decir: «Por amor de ti he sufrido afrenta» (Sal. 69:7), pero nunca hubo motivo de reproche. Por el contrario, los hombres debieron decir: «Bien lo ha hecho todo» (Marcos 7:37). Nosotros también tenemos el privilegio de soportar el reproche por su nombre, pero cuidémonos, en nuestras formas de actuar y hablar, de cualquier cosa impropia de los hijos de Dios y de dar así ocasión a un reproche justificado. Mediante un caminar recto e irreprochable, debemos mostrar que somos hijos de Dios en medio de una generación cuyos caminos perversos y desviados demuestran que no tienen ninguna relación con Dios.

Moisés, en su momento, dio testimonio de que Dios es un «Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto», pero tiene que añadir inmediatamente que se encuentra en medio de un pueblo que se ha corrompido hacia él: «La corrupción no es suya; de sus hijos mancha; generación torcida y perversa» (Deut. 32:4-5). A pesar de la luz del cristianismo, el mundo no ha cambiado. Sigue siendo un mundo en el que los hombres «se alegran haciendo el mal… cuyas veredas son torcidas, y torcidos sus caminos» (Prov 2:15). En un mundo así nos queda resplandecer «como lumbreras», «manteniendo en alto la palabra de vida», siguiendo así las huellas del Señor. Él era «la

luz del mundo» (Juan 8:12) y dijo: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida» (Juan

6:63). La luz se refiere a lo que alguien es, más que a lo que dice. Mantener en alto «la palabra de vida» habla del testimonio dado al proclamar la verdad de la Palabra de Dios. Nuestra vida debe reflejar algo de la perfección de Cristo, para que nuestras palabras anuncien el camino de la vida.

Si, como resultado del ministerio del apóstol, los santos eran llevados a tener la humildad de Cristo y así se convertían en sus testigos, el apóstol podía alegrarse de que no había «corrido en vano, ni en vano he trabajado». Aquí, por lo que a él respecta, parece distinguir entre «vida» y «testimonio». En efecto, «correr» dirige nuestros pensamientos a su forma de vida, y «trabajar» a su ministerio.

Estas siete exhortaciones del apóstol nos ofrecen un cuadro conmovedor de una existencia vivida según el modelo perfecto que tenemos en Cristo: Una vida sin murmurar sobre nuestra suerte, sin razonar sobre el porqué de tal o cual prueba que encontramos en el camino, una vida irreprochable en lo que decimos o hacemos, una vida pura, que evita cualquier daño infligido a los demás de palabra o de obra, una vida en la que no hay nada que pueda acarrearnos el reproche de ser hijos inconsecuentes de Dios, una vida que brilla como una luz en un mundo de tinieblas, y presenta la Palabra de vida en un mundo donde reina la muerte. Viviendo así, alegraremos el corazón de Dios, glorificaremos a Cristo, ayudaremos a los santos, seremos una bendición para el mundo y tendremos nuestra recompensa en el día de Jesucristo. Si todos los santos, con la mirada puesta en Jesús, llevaran esta maravillosa vida, no habría discordia entre los cristianos. Seríamos un solo rebaño, siguiendo a un solo Pastor.

2.7 - Versículos 17 y 18

En el resto de este capítulo nos son presentados tres ejemplos de creyentes que vivían entonces y que, en gran medida, manifestaron esta humildad de Cristo, olvidándose de sí mismos para servir a los demás, y que, por ello, brillaron como luminarias en este mundo y presentaron la Palabra de vida.

En primer lugar, en el propio apóstol, el Espíritu de Dios quiere que veamos a alguien que vivió con Cristo como modelo. La fe de los santos filipenses, al proveer al apóstol, había hecho un sacrificio para servirle. Pero si, a pesar de este servicio, su encarcelamiento terminara en la muerte, todavía se alegraría de haber tenido el privilegio de sufrir por Cristo, y les pide que se gocen con él. Así muestra esa humildad que, por el bien de los demás, le permite olvidarse de sí mismo y seguir a Cristo hasta la muerte.

2.8 - Versículos 19 al 24

Pablo se dirige entonces a Timoteo. Habla de él como de alguien que es de un «mismo ánimo» que él, que está marcado por esa humildad que hace que uno se olvide de sí mismo por el bien de los demás. El estado general de la Iglesia primitiva, incluso en la época del apóstol, había decaído tanto, desgraciadamente, –estaba tan lejos de llevar la marca de este amor olvidadizo–, que él tiene que decir: «Todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús». En Timoteo, el apóstol había encontrado a alguien que tenía «interés» por los demás, y que «servía» con él en el Evangelio presentando la Palabra de vida. Como Timoteo llevaba la marca de la humildad de Cristo, Pablo podía utilizarlo para cuidar de los santos, y esperaba enviarlo a la asamblea en Filipos tan pronto como supiera el resultado de su juicio.

2.9 - Versículos 25 al 30

Por último, en Epafrodito tenemos un ejemplo sorprendente de esa humildad que se olvida en el ardiente deseo de hacer el bien a los demás. Epafrodito no solo era un «hermano» en Cristo, sino un «colaborador» en la obra del Señor, un «compañero de armas» en la lucha por la verdad, un «enviado» de los santos y un «siervo» para las necesidades del apóstol. En su amor desinteresado pensaba en los santos con gran afecto, y se afligía mucho al pensar que podían estar excesivamente preocupados por él a causa de su enfermedad. En efecto, había estado muy cerca de la muerte, pero, por la gracia de Dios, había sido salvado. Pablo, ahora, sin pensar en sí mismo ni en que echaría de menos a tan preciado amigo, envía a este querido siervo a los filipenses para gozo de ellos. Es con todo tipo de gozo que pueden recibir en el Señor y honrar a un hombre así. El apóstol añade unas palabras que muestran admirablemente lo que es este “honor”, tan precioso a los ojos de Dios. Epafrodito destacó por su fidelidad en la obra de Cristo y, lleno de humildad, estuvo dispuesto, siguiendo el ejemplo de Cristo, a afrontar la muerte en su servicio por los demás.

Puesto que en aquellos primeros días de la Iglesia todos buscaban ya sus propios intereses, y los santos ya no estaban de acuerdo con el apóstol, no debe extrañarnos que en estos últimos tiempos el pueblo de Dios esté dividido y disperso. Alguien ha dicho: “Es poco probable que lleguemos a ser un solo corazón, hasta que conozcamos el gozo de estar todos juntos en un solo cielo”. Sin embargo, alentados por estos admirables ejemplos de creyentes humildes, quitemos los ojos de toda la ruina que nos rodea y fijémoslos en Cristo, nuestro modelo divino, esforzándonos por caminar según su mente. De este modo nos convertiremos, en una pequeña medida, en testigos de Cristo y pasaremos por este mundo según la voluntad de Dios.

3 - Capítulo 3

El capítulo 2 presenta la vida cristiana en términos de la gracia de olvidarse de uno mismo por el bien de los demás, y de caminar en el espíritu de humildad ejemplificado por Cristo. En este tercer capítulo se hace hincapié en la energía de la vida cristiana, que triunfa de los peligros que nos rodean, olvida las cosas que quedan atrás y corre directamente hacia la meta: Cristo, nuestro objeto, en la gloria.

Necesitamos tanto la gracia como la energía. Porque, como se ha señalado, a veces un carácter bondadoso carece de energía, y mucha energía vaya al par de la falta de gentileza y consideración hacia los demás.

En este capítulo se nos advierte de ciertos peligros. El enemigo tratará de impedir que los creyentes resplandezcan «como lumbreras» y mantengan «en alto la palabra de vida». Se esfuerza por estropear nuestro testimonio por Cristo, mientras atravesamos un mundo sumergido en la oscuridad y sombra de muerte.

En los versículos 2 y 3 somos advertidos contra los malos obreros que corrompían el cristianismo con sus enseñanzas judaizantes. Los versículos 4-16 nos advierten del peligro de hacer confianza a la carne en su carácter religioso. Los versículos 17-21 nos muestran a los enemigos de la cruz de Cristo entre los cristianos profesos. Y para que podamos tener la energía para triunfar sobre estos peligros, el apóstol presenta a Cristo en la gloria como nuestro recurso infalible.

3.1 - Versículo 1

Antes de hablar de los peligros particulares a los que estamos expuestos, Pablo nos presenta al Señor como aquel en quien podemos gozarnos. El apóstol estaba en prisión desde hacía cuatro años, y estaba a punto de ser juzgado y posiblemente condenado a muerte. Pero, a pesar de sus propias circunstancias, a pesar de los grandes fallos del pueblo de Dios, y a pesar de los peligros contra los que nos advierte, su exhortación final es: «Regocijaos en el Señor». El Señor está en la gloria, testimonio eterno de la satisfacción infinita de Dios en la obra que ha hecho en la cruz. Es en él que toda la bendición que él ha adquirido para los creyentes es manifestada. Si él está en la gloria, nosotros también lo estaremos, a pesar de todo lo que podamos encontrar en el camino: circunstancias difíciles, deficiencias de unos y otros, o poder del enemigo. Así que gocémonos en el Señor.

3.2 - Versículos 2 y 3

Habiendo dirigido nuestros ojos a Jesucristo como el Señor ante el cual toda rodilla se doblará pronto, el apóstol nos advierte de ciertos peligros especiales que debemos afrontar: «Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la falsa circuncisión». Estas tres expresiones parecen referirse a los maestros judaizantes, quienes, entre los cristianos, pretendían mezclar la ley y la gracia. Esto equivalía a dejar de lado el Evangelio de la gracia, y restaurar la carne que el evangelio deja de lado. Entendiendo que este mal ataca el fundamento de toda nuestra bendición, Pablo lo condena sin piedad. El perro vuelve a lo que ha vomitado y no se avergüenza de ello. Comportarse de forma manifiestamente mala, negándose a reconocer el mal, es actuar sin conciencia y sin pudor.

Además, estos maestros judaizantes cubrían sus malas acciones con un barniz de religión. Era contra tales hombres que el Señor advertía a sus discípulos cuando decía: «No hagáis conforme a sus obras» (Mat. 23:3). Podían haber profesado ser la circuncición, es decir, haber rechazado la carne; pero al tratar de mezclar la ley y la gracia, hacían lugar para la carne en lugar de dejarla de lado. El apóstol denuncia a esos hombres en términos de desprecio.

En contraste con el sistema de estos maestros judaizantes, Pablo nos presenta las principales características del cristianismo. En este, los que no confían en la carne adoran por el Espíritu de Dios, no por ceremonias religiosas rituales. Se glorían en Cristo Jesús, no en los hombres y sus obras. No ponen su confianza en la carne, sino en el Señor, y así forman la verdadera circuncisión espiritual.

Debemos juzgar muchos deseos de la carne, pero aquí el apóstol nos advierte contra la religión de la carne. Constituye un peligro mucho más sutil para los cristianos. en efecto, bajo este carácter la carne tiene una apariencia amable, mientras que los deseos de la carne son manifiestamente malos, incluso a los ojos del hombre natural. Alguien ha dicho: “¡La carne tiene su religión al igual que sus deseos, pero la carne tiene necesariamente una religión que no mata a la carne!”

Sin duda, estas advertencias del apóstol son especialmente relevantes para nosotros en estos tiempos del fin. La enseñanza judaizante, que era tan peligrosa para la Iglesia primitiva, se ha desarrollado en la cristiandad en una mezcla corrupta de judaísmo y cristianismo. Ha surgido una vasta profesión cuyas formas y ritos han sustituido a la adoración por el Espíritu, y donde las obras de los hombres –según la ley– han dejado de lado la obra de Cristo –según el Evangelio. Esta religión gusta al hombre natural en el sentido de que no plantea la cuestión del nuevo nacimiento o de la fe personal en Cristo. Habiéndose así formado según el modelo judaico, la cristiandad se ha convertido en una imitación de la esfera judía, «teniendo apariencia de piedad, pero negando el poder de ella». El apóstol, en sus otras epístolas, nos advierte que «salgamos» de esta corrupción, hacia Cristo «fuera del campamento, llevando su oprobio» (2 Tim. 3:5; Hebr. 13:13).

3.3 - Versículos 4 al 6

Pablo denuncia entonces el carácter despreciable de la carne en su expresión religiosa, recordando cómo era su propia vida antes de su conversión. Si hubiera alguna virtud en ella, habría tenido más razones que otros para hacerle confianza. Según ella, era de una piedad y sinceridad excepcionales. Las ordenanzas prescritas por la ley habían sido observadas; había sido circuncidado al octavo día. Era un judío de la más pura estirpe. En cuanto a su vida religiosa, pertenecía a la secta judía más estricta: Los fariseos. Nadie podía dudar de su sinceridad y su celo, pues, al tratar de defender su religión, había perseguido a la Iglesia. En cuanto a la justicia que consistía en guardar los ritos de la ley, era irreprochable.

3.4 - Versículo 7

Todas estas cosas eran una ganancia para él como hombre natural. Podrían haberle asegurado un alto lugar entre los hombres. Pero desde el momento en que fue llevado a ver a Cristo en la gloria, había descubierto que, a pesar de todas estas ventajas religiosas, era el primero de los pecadores y no alcanzaba a la gloria de Dios. Además, había visto que toda bendición dependía de Cristo y de su obra, de modo que ahora las cosas que habían sido una ganancia para él como hombre natural, las consideraba, por causa de Cristo, como una pérdida. Seguir confiando en el hecho de que era un hebreo de los hebreos, y que, en cuanto a la justicia que es por la ley, era irreprochable, habría sido despreciar la obra de Cristo en favor de sus propias obras, y regocijarse en sí mismo en lugar de en Cristo.

3.5 - Versículos 8 y 9

Y no fue solo en el momento de su conversión que Pablo había considerado estas prácticas religiosas carnales como una pérdida, sino que continuó haciéndolo durante toda su carrera. En efecto, si, mirando hacia atrás, puede decir: «Las he considerado como pérdida» también dice, en tiempo presente, «y aún todo lo tengo por pérdida». Además, no solo consideraba una pérdida lo que acababa de decir, sino todo aquello de lo que la carne podía presumir y que podía haberle valido un cierto rango en este mundo. Pablo era un hombre de buena sociedad, ciudadano de Tarso, una ciudad de cierto renombre. Era educado, habiendo sido enseñado a los pies de Gamaliel. Era bien conocido por los principales de los judíos, bajo cuya autoridad había ocupado un cargo oficial. Pero el conocimiento de Cristo Jesús, de quien puede hablar como su Señor, eclipsó todas estas cosas. La excelencia de Cristo es tal que, comparadas con él, todas las cosas de las que la carne podía enorgullecerse, el apóstol las estimaba como «basura», hasta el punto de que ninguna dificultad tenía en abandonarlas. ¿Quién, de hecho, se arrepentiría de dejar atrás un montón de basura?

En este pasaje, que nos interpela profundamente, el apóstol comparte con nosotros su experiencia personal. Pero haríamos bien en examinar nuestros propios corazones para ver hasta qué punto nos hemos convertido en sus imitadores. ¿Hemos llegado a conocer tan bien la excelencia de Cristo Jesús, nuestro Señor, que, en comparación con él, todas las ventajas que podrían asegurarnos un lugar entre los hombres son a nuestros ojos mera basura a rechazar? Somos naturalmente propensos a gloriarnos en todo aquello que pueda distinguirnos de nuestros vecinos o que nos aporte honor personal: Nuestro nacimiento, nuestro rango social, nuestra riqueza o nuestra inteligencia. “Cualquier cosa con la que nos adornemos –quizás incluso algún conocimiento de las Escrituras– nos gloriamos en la carne. Solo hace falta una pequeña cosa para hacernos sentirnos bien con nosotros mismos. Lo que ni siquiera notaríamos en otro, es suficiente para exaltar el sentimiento de nuestra propia importancia” (John Nelson Darby).

Habiendo descubierto, por la excelencia del conocimiento de Cristo, la vanidad del formalismo religioso y de aquellas cosas que son una ganancia para el hombre natural, y teniendo a Cristo en la gloria como único objeto, el apóstol puede expresar libremente los deseos de su corazón. Todos ellos están relacionados con Cristo:

  • «a fin de ganar a Cristo»,
  • para «ser encontrado en él…»,
  • «para conocerle a él…»,
  • «esperando alcanzar aquello para lo cual también me alcanzó Cristo».

Cuando el apóstol dice: «A fin de ganar a Cristo», está contemplando el final del viaje. Está corriendo en el estadio, y ve que la meta es estar con Cristo y como Cristo en la gloria. Cristo en la tierra es el modelo de la vida cristiana; Cristo en la gloria es el objeto de nuestros corazones, hacia quien corremos.

De ese gran día el apóstol puede decir que será «hallado en él». Entonces veremos que cada bendición que ha sido ganada para el creyente por la obra de Cristo en la cruz es manifestada «en él» en la gloria. Esto significa que nuestra justicia, manifestada en él, no será la que resultaría de nuestras obras, sino la que resulta de lo que Dios ha hecho a través de Cristo. Fue entregado por Dios «por nuestras ofensas, y fue resucitado para nuestra justificación» (Rom. 4:25). Y el creyente entra en esta bendición por la fe: Somos justificados por la fe.

3.6 - Versículos 10 y 11

Mientras tanto que corremos directamente hacia la meta que es Cristo, el apóstol expresa su deseo con estas palabras: «Para conocerle a él». Deseamos conocerlo en toda su belleza, tal como se revela en su humildad, gracia y obediencia «hasta la muerte». Deseamos conocerlo en todo su poder en nuestro favor, tal como se manifiesta en su resurrección. Deseamos conocerlo en su gloria, como aquel a quien seremos conformados y con quien estaremos para siempre. Conocerlo en su gracia y humildad, como nuestro modelo divino, nos enseñará a vivir para él. Conocerlo en el poder de su resurrección, nos permitirá afrontar la muerte, incluso si, como Pablo, somos llamados a morir por su nombre. Por último, conocerle en la gloria nos ayudará a correr directamente hacia la meta, sea cual sea la oposición. El gran deseo del apóstol era alcanzar a Cristo en la gloria, y teniendo esta meta ante él, estaba dispuesto a ser conformado a la muerte de Cristo, es decir, a morir a todo lo que Cristo había muerto, incluso si eso significaba el martirio para él, con el fin de alcanzar la bendita condición de «la resurrección de entre los muertos».

3.7 - Versículo 12

Pablo estaba todavía en el cuerpo, por lo que no pretende –ni podía pretender– haber recibido ya el premio, que consiste en estar con Cristo y como Cristo en la gloria. Sin embargo, esa era la meta que tenía a la vista; y, a medida que avanzaba en su camino, se esforzaba por comprender mejor el glorioso fin al que la gracia de Cristo lo había destinado.

3.8 - Versículos 13 al 15

Si aún no había alcanzado el premio, tampoco pretendía haber captado en toda su plenitud el valor de ese premio. Sin embargo, podía decir: «Una sola cosa hago: Olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús». ¡Qué deseable sería que nosotros también tuviéramos una visión tan fuerte de Cristo en la gloria, y de la realidad de las cosas que están ante nosotros, que llegáramos a olvidar las que están detrás! Pablo no solo las consideraba una pérdida, sino que las había olvidado. Es imposible enorgullecerse de algo que se ha olvidado. Como todas nuestras otras bendiciones espirituales, nuestro llamado celestial es manifestado en Cristo.

3.9 - Versículos 15 al 17

Habiendo expuesto ante nosotros el camino que siguió en este mundo, el espíritu con el que caminaba, y la gloriosa meta que era el fin del mismo, el apóstol exhorta ahora a todos los que tienen la felicidad de hacer plenamente esta experiencia cristiana a tener un mismo sentimiento. Puede ser, por supuesto, que algunos, por falta de madurez, no estén todavía muy avanzados en este camino, pero, incluso así, Dios puede guiarnos y revelarnos la bendición que resulta de olvidar las cosas que quedan atrás y correr hacia Cristo en la gloria. Y si hay diferencias en el nivel espiritual alcanzado, no hay ninguna razón para no seguir los mismos pasos. Uno puede ver más allá que otro en el camino, pero eso no debe impedirle seguir el mismo camino y mirar en la misma dirección.

Somos exhortados entonces a ser imitadores del apóstol en el camino que él recorrió; y no solo eso, sino a ser «juntos… imitadores míos», teniendo el mismo sentimiento y una misma meta. Olvidándonos de nosotros mismos con humildad, y fijando nuestros ojos en Jesús en la gloria, seremos atraídos juntos hacia él.

Debemos centrar nuestra atención en los que se conducen de esta manera. No se trata solo de lo que uno profesa ser, ni de las bonitas palabras que pueda pronunciar, sino de la conducta. Vivir esta vida es de gran valor a los ojos de Dios. Pablo pudo decir: «Para mí, el vivir es Cristo».

3.10 - Versículos 18 y 19

Somos advertidos entonces que ya en aquellos primeros días había «muchos» de los que profesaban pertenecer al pueblo de Dios, cuyo andar demostraba que eran enemigos de la cruz de Cristo, y cuyo fin era la perdición. Lejos de tener esa humildad que olvida las cosas que quedan atrás y corre directamente hacia Cristo en la gloria, estaban totalmente ocupados con las cosas de la tierra en las que podían gloriarse. Si el apóstol debe advertir contra tales hombres, lo hace con lágrimas. Ya nos advirtió contra los maestros judaizantes que halagaban la carne. Lo hace ahora contra los que pretendían hacer del cristianismo un mero instrumento de civilización, destinado a mejorar este mundo y hacerlo más atractivo. Tales hombres tenían sus pensamientos en las cosas terrenales. Así, se nos advierte contra dos males que proliferan en estos tiempos finales: El primero utiliza el cristianismo para dar apariencia a la carne, el otro quisiera utilizarlo para mejorar la carne. Ambos dejan de lado a Cristo, su obra y el carácter celestial del cristianismo.

3.11 - Versículos 20 y 21

En contraste con tales personas, el apóstol puede decir de los creyentes: «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador». En su venida, el cuerpo de nuestra humillación será transformado «en la semejanza de su cuerpo glorioso». Esta transformación será «conforme a la eficacia de su poder, con el que también puede someter todas las cosas a sí mismo». Todo poder contra nosotros, –ya sea la carne en nosotros, el diablo fuera de nosotros, el mundo que nos rodea o la misma muerte– Cristo es capaz de someterlo. El comienzo del viaje, entonces, ha sido para nosotros ser llevados a una comprensión de algo de la «excelencia del conocimiento de Cristo Jesús» (3:8), nuestro Señor, y el final del mismo será estar, a pesar de todo poder que se oponga, con él en el cielo, teniendo como él un cuerpo glorioso.

Con esta gloriosa esperanza ante nosotros, bien podemos escudriñar nuestros corazones y preguntarnos: ¿Es Cristo tan total y exclusivamente el centro de nuestros afectos, que su poder es suficiente para sustituir todo aquello a lo que nos hemos aferrado demasiado en el pasado, para dejar todo lo que nos estorbaría y nos haría dar la espalda a la cruz en el presente, y para dominar todos nuestros planes, expectativas, temores y presentimientos en cuanto al futuro?

4 - Capítulo 4

En el capítulo 2, el apóstol presentó a Cristo descendiendo de la gloria a la cruz, manifestando la humildad que debería caracterizar a los creyentes, y que nos permite ser verdaderos testigos de Cristo en el mundo en que vivimos. En el capítulo 3, dirigió nuestras miradas hacia Cristo exaltado en la gloria como Señor, en quien vemos la meta gloriosa hacia la que caminamos. En este capítulo 4, nos exhorta en cuanto a lo que debe caracterizar prácticamente la vida cotidiana de quienes tienen a Cristo como su modelo perfecto y su única meta; y nos presenta a Cristo como el que puede fortalecernos en todas las cosas.

4.1 - Versículo 1

Somos exhortados a estar «así firmes en el Señor». Los enemigos a los que nos enfrentamos –ya sea la carne en nosotros, el diablo fuera, o el mundo que nos rodea– son demasiado fuertes para nosotros, pero el Señor tiene el poder de «someter todas las cosas a sí mismo». No se nos pide que venzamos con nuestras propias fuerzas o sabiduría –seríamos incapaces de hacerlo– sino que nos mantengamos «firmes en el Señor», en el poder de su fuerza.

4.2 - Versículos 2 y 3

Aquí somos exhortados a tener «un mismo sentir en el Señor». Había una diferencia de opinión en Filipos entre dos mujeres piadosas, y el apóstol preveía que este hecho –que los santos podían considerar sin importancia– podría causar fácilmente mucho sufrimiento y debilidad en la Asamblea. «¡La lengua es un miembro pequeño… ¡Cuán grande bosque enciende un poco de fuego!» (Sant. 3:5). Sin embargo, el apóstol, que sabe separar «lo precioso de lo vil» (Jer. 15:19), no deja de señalar la piedad de aquellas hermanas que habían luchado con él en el Evangelio, a pesar de la oposición, los insultos y la persecución. Su misma piedad no hacía más que aumentar su dolor por el hecho de que hubiera una disputa entre ellas sobre lo que interesaba al Señor. Por eso, no se limita a rogarles que sean de un mismo sentir, sino que ruega a Epafrodito de ayudarlas. Al intentar hacerlo, debía recordar que sus nombres «están en el libro de la vida». Entre los hijos de Dios puede no haber «muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles» (1 Cor. 1:26), pero ¿podríamos prescindir de alguno de aquellos «cuyos nombres están en el libro de la vida»?

4.3 - Versículo 4

Este versículo nos invita a gozarnos siempre en el Señor. El apóstol ya nos ha exhortado a regocijarnos en el Señor, pero ahora dice no solo: «Regocijaos» sino: «Regocijaos en el Señor siempre». Por muy angustiosas que sean nuestras circunstancias, por muy grande que sea la oposición del enemigo y por muy lamentables que sean los fallos de los que pertenecen al Señor, siempre podemos alegrarnos en el Señor. Es a él a quien podemos decir: «Tú eres el mismo» y «tus años no acabarán» (Hebr. 1:12).

4.4 - Versículo 5

Con respecto al mundo en el que vivimos, con toda su violencia y corrupción, el apóstol nos exhorta: «Que vuestra amabilidad sea conocida de todos los hombres». En su día, el Señor resolverá toda la cuestión del mal, y dará libre curso a la bendición. ¡Viene pronto! Por lo tanto, no corresponde a los creyentes inmiscuirse en el gobierno del mundo, ni hacer valer sus derechos y luchar por ellos. Nuestro privilegio y responsabilidad es representar a Cristo, y por lo tanto manifestar esa mansedumbre que caracterizaba al Señor. Nos menospreciamos a los ojos del mundo cuando hacemos valer nuestros derechos o nos oponemos a su gobierno. Si manifestamos la mansedumbre de Cristo, el mundo mismo difícilmente podrá condenarnos. “La mansedumbre es irresistible”, se ha dicho.

4.5 - Versículos 6 y 7

En cuanto a las pruebas que encontramos en el camino, las necesidades de cada día y las necesidades corporales relacionadas con nuestra condición actual, seremos liberados de toda ansiedad poniendo todas estas cosas ante Dios. Si es cierto que nuestra mansedumbre debe ser conocida por todos los hombres, nuestras peticiones deben ser conocidas por Dios. Puede que el resultado no sea la concesión de todas estas peticiones –que pueden no ser para nuestro bien, ni para la gloria de Dios–, pero nuestro corazón será liberado de la carga de la preocupación y guardado en una profunda paz, «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento».

Por nada preocuparse no significa estar despreocupado en todos los aspectos. Significa que, en lugar de estar continuamente preocupados por el día de hoy y por el miedo al mañana, confiamos a Dios todas nuestras inquietudes. Entonces llena nuestros corazones con su benéfica paz. Es mediante Jesucristo que podemos acercarnos a Dios, y es también por él que Dios puede darnos su bendición.

4.6 - Versículo 8

Cuando seamos liberados de nuestras preocupaciones, nuestros pensamientos no solo serán mantenidos en paz, sino que estarán disponibles para atender todas las cosas en las que Dios se deleita. El mundo en el que vivimos se caracteriza por la violencia y la corrupción, y estamos llamados a rechazar el mal; pero debemos tener cuidado de que nuestros “pensamientos” no se manchen a fuerza de pensar en el mal. Es bueno que lo odiemos y temamos, y que amemos y elijamos el bien. Si nuestros pensamientos fueran gobernados por el Espíritu de Dios, ¿no se ocuparían y disfrutarían de todas las cosas excelentes que se vieron en Cristo en la perfección? ¿No era Cristo verdadero, venerable, justo, puro, amable, de buena reputación, virtuoso, el único digno de alabanza en todos los aspectos? Tener nuestros pensamientos ocupados en estas cosas, ¿no significa encontrar nuestro deleite en Cristo?

4.7 - Versículo 9

Después de exhortarnos sobre las cosas en las que debemos “pensar”, Pablo pasa a las cosas que debemos “hacer”. En nuestra vida práctica debemos “hacer” como el propio apóstol. Dijo: «Una sola cosa hago: Olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:13)». Al caminar así, no solo disfrutaremos en nuestras almas de la paz de Dios en medio de un mundo donde reina la confusión, sino que tendremos al Dios de la paz con nosotros –la paz de Dios guardando nuestros corazones de toda inquietud, y la presencia de Dios sosteniéndonos en nuestra debilidad.

En resumen, por muy difíciles que sean las circunstancias por las que tengamos que pasar, por muy terrible que sea el mal en este mundo, la corrupción en la cristiandad y los fallos en el pueblo de Dios, por muy grande que sea la oposición del enemigo y por muy penosos que sean los insultos y los reproches que recibamos, nuestras vidas serán abundantemente bendecidas si las vivimos de acuerdo con estas exhortaciones a:

1. Permanecer firmes en el Señor (v. 1).

2. Tener un mismo sentir en el Señor (v. 2-3).

3. Alegrarse siempre en el Señor (v. 4).

4. Mostrar la mansedumbre del Señor a todos los hombres (v. 5).

5. Echar todas nuestras preocupaciones sobre Dios en la oración (v. 6-7).

6. Tener la mente ocupada en lo que es bueno, siguiendo el ejemplo de Cristo (v. 8).

7. Estar gobernados en todo lo que hacemos por Cristo, único objeto de nuestros afectos (v 9).

4.8 - Versículos 10 al 13

En los últimos versículos de la Epístola, Pablo se nos presenta como alguien que está por encima de todas las circunstancias. Había depositado todas sus preocupaciones en Dios, y ahora podía alegrarse de que Dios había puesto su amor en los corazones de los santos de Filipos, y les había dado la oportunidad de cuidar de él en su aflicción ayudándole a cubrir sus necesidades.

Sin embargo, podemos ver en el apóstol a alguien que estaba verdaderamente por encima de las circunstancias: Sabía vivir en la pobreza, así como en la abundancia; saciado, así como hambriento; en la prosperidad, así como en la privación. Había adquirido esta sabiduría por la experiencia, y bajo la dirección de Dios. En efecto, puede decir «he aprendido». Si Dios permite que pasemos por circunstancias difíciles, es para enseñarnos. “Si estoy saciado, me guarda de ser descuidado, indiferente y satisfecho de mí mismo; si tengo hambre, me guarda de estar desanimado y descontento” (John Nelson Darby).

Así, Pablo puede decir: «Todo lo puedo», pero añade: «En aquel que me fortalece». No dice “puedo hacerlo todo por mí mismo, sino en aquel que me fortalece”.

4.9 - Versículos 14 al 18

Por esta dependencia de Cristo para suplir todas sus necesidades, el apóstol fue guardado de caer en la trampa de dejarse influenciar por los hombres para obtener su favor y ayuda. Sin embargo, los filipenses habían «hecho bien» en contribuir a sus necesidades. El amor que los había llevado a este don, fue recibido por Dios como un fruto que abundaba en su favor, pues era un sacrificio de su parte, un sacrificio «agradable a Dios».

4.10 - Versículos 19 y 20

Por su propia experiencia de la bondad de Dios, Pablo puede decir con confianza: «Mi Dios colmará toda necesidad vuestra, conforme a sus riquezas en gloria, en Cristo Jesús». Podemos estar aliviados de toda ansiedad poniendo todas nuestras necesidades ante Dios por medio de Cristo Jesús; y Dios las suplirá por medio de Cristo Jesús. Podemos decir con el apóstol: «Al Dios y Padre nuestro sea la gloria, por los siglos de los siglos. Amén».

4.11 - Versículos 21 al 23

El saludo final ofrece una hermosa visión de cómo era la comunión cristiana en la Iglesia primitiva, y muestra la estima que el apóstol tenía por estos creyentes. En efecto, no solo dice que saluda «a todos los santos en Cristo Jesús», sino también: «Todos los santos os saludan». Y termina diciendo: «La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu». Necesitamos la misericordia de Dios para proveer a nuestros cuerpos, y la gracia de nuestro Señor Jesucristo para guardar nuestro espíritu.

Admiremos el modo en que Cristo es presentado ante nosotros a lo largo de esta hermosa Epístola. En el primer capítulo, es Cristo, nuestra vida, quien lleva al creyente a considerar todas las cosas en relación con él (1:21). En el segundo capítulo, es Cristo, nuestro modelo de humildad, para unirnos en una sola mente (2:5). En el tercer capítulo, es Cristo, nuestra meta en la gloria, quien nos permite vencer lo que nos es contrario (3:14). En el último capítulo, es Cristo, nuestra fuerza, quien provee todas nuestras necesidades (4:13).

Además, en el curso de esta Epístola, aprendemos qué feliz experiencia sería para nosotros si, en el poder del Espíritu, atravesáramos este mundo teniendo a Cristo ante nosotros. Con el apóstol, haríamos la experiencia del gozo en el Señor (1:4; 3:1-3; 4:4, 10), de la confianza en el Señor (1:6), de la paz que sobrepasa todo entendimiento (4:7), del amor mutuo (1:8; 2:1; 4:1), de la esperanza que aguarda la venida del Señor Jesús (3:20) y de la fe que cuenta con la ayuda del Señor (4:12-13).


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