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Un comentario sobre la epístola a los Efesios


person Autor: Hamilton SMITH 32

library_books Serie: Bosquejo Expositivo

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


1 - Introducción

Es una gran bendición que Dios se haya revelado a este mundo pecador, manifestando su gracia. Pero él hizo más que esto, pues reveló a los creyentes los consejos secretos de su amante corazón.

Para conocer las bendiciones que encierran estas revelaciones, debemos remitirnos a la epístola que el apóstol Pablo dirigió a los efesios, donde hallamos una inspirada exposición acerca del despliegue de los designios de Dios para la gloria de Cristo, y las bendiciones reservadas para aquellos que están destinados a participar de su gloria.

Es de suma importancia considerar estos dos aspectos: por un lado, el consejo de Dios para los creyentes y, por otro, la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres. Por lo general, tenemos más conocimiento de la gracia salvadora de Dios que de los designios de su corazón. La gracia de Dios responde a nuestra condición de pecadores, y por lo tanto debemos comenzar por lo que responde a nuestras necesidades; pero los designios de Dios revelan lo que él se propuso obrar para satisfacción de su propio corazón. La gracia salvadora de Dios y sus designios, aun cuando son bendiciones distintas, no se pueden separar, pues la gracia que salva nuestras almas nos conduce a la gloria, para la satisfacción del corazón de Dios.

Al revelarnos los consejos de su corazón, Dios nos descubre el verdadero y celestial carácter del cristianismo. Aprendemos que, aunque la Iglesia fue formada en la tierra, pertenece al cielo; y que, aunque subsistente en el tiempo, ella fue concebida en la eternidad y para la eternidad.

El capítulo 1 nos revela los eternos designios de Dios acerca de Cristo y su Iglesia para los siglos de los siglos.

El capítulo 2 pone ante nuestras miradas los caminos de Dios para formar a la Iglesia en el transcurso del tiempo, con el fin de dar cumplimiento a Sus designios para la eternidad.

El capítulo 3 presenta el ministerio especial confiado al apóstol Pablo, con relación a la revelación de la verdad de la Iglesia.

Los capítulos 4, 5 y 6 constituyen la parte práctica de la epístola; después de haber sido instruidos acerca de los designios de Dios, los creyentes son exhortados a andar en concordancia con estas verdades, durante todo su peregrinaje en la tierra. Si, en sus consejos, Dios se propuso desplegar su gracia en los santos durante la eternidad, con mucha razón desea que, durante el tiempo en que se va formando, la Iglesia sea un testimonio de Su gracia, de Su amor y de Su santidad.

2 - Capítulo 1: El propósito de Dios en Cristo

En el capítulo 1 se nos presenta la revelación del propósito de Dios respecto a Cristo y su Iglesia. En los capítulos siguientes descubriremos los caminos llenos de la gracia de Dios para formar la Iglesia. Pero primeramente se nos revela el propósito de Dios con miras a la eternidad, a fin de que, mientras permanecemos en el tiempo, podamos penetrar en sus caminos con entendimiento.

Después de los versículos introductorios, leemos, en primer lugar, acerca del llamamiento de Dios, quien revela su propósito a aquellos que componen su Iglesia (v. 3-7). En segundo lugar, tenemos la revelación de la voluntad de Dios para la gloria de Cristo como Cabeza de toda la creación, y la bendición de la Iglesia asociada a Cristo (v. 8-14). En tercer lugar, tenemos la oración del apóstol para que comprendamos la grandeza del llamamiento de Dios, la gloria de la herencia, y la supereminente grandeza del poder con que opera el propósito de Dios para introducir a los creyentes en la herencia.

(V. 1-2) El apóstol está a punto de revelar los grandes secretos de la voluntad y del propósito de Dios, y por ello puntualiza y les recuerda a los santos que él es «apóstol de Cristo Jesús, por la voluntad de Dios». No es enviado por el hombre, como siervo del hombre, para exponer la voluntad del hombre. Él está divinamente dotado y es enviado por Jesucristo, de acuerdo a la voluntad de Dios, para revelar la voluntad de Dios. Además, se dirige a los creyentes de Éfeso llamándolos «santos y fieles en Cristo Jesús», demostrando con ello que en la asamblea de Éfeso predominaba una condición espiritual, caracterizada por la fidelidad al Señor, que los tenía preparados para recibir estas profundas comunicaciones. Es posible que una compañía de creyentes se caracterice por mostrar mucho celo y actividad; no obstante, puede estar en falta en cuanto a la fidelidad al Señor. De hecho, esta última fue la condición en la que, algunos años después, cayó esta misma asamblea de Éfeso; de manera que a pesar del celo que mostraba y del trabajo que ella realizaba, el Señor tiene que decirle: «Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor… has caído» (Apoc. 2:4-5). En la época en que el apóstol les escribió, ellos, como compañía, aún se caracterizaban por su fidelidad al Señor.

Si queremos sacar provecho de esta epístola, además de una buena condición del alma, necesitaremos de «gracia» y «paz» de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo; cosas que el apóstol deseaba para estos santos.

(V. 3) Inmediatamente después de los versículos introductorios, el apóstol se explaya acerca de la bendición de los creyentes conforme al propósito de Dios y, por consiguiente, de sus más elevadas bendiciones. En este magnífico pasaje se nos da a conocer la fuente de todas nuestras bendiciones, el carácter de ellas, su origen y el objetivo que Dios se propuso al bendecirnos tan ricamente. Y, sobre todas las cosas, aprendemos que los propósitos de Dios se cumplen por medio de Cristo.

La fuente de todas nuestras bendiciones se encuentra en el corazón del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios fue perfectamente revelado en Cristo. Como Hombre, en su andar por este mundo, él manifestó la infinita santidad y el infinito poder de Dios, así como la perfecta gracia y el perfecto amor del Padre. Cuando buscamos el origen de todas nuestras bendiciones, tenemos el privilegio de hallarlo en el corazón de Dios el Padre, revelado de esta manera.

A continuación, se nos instruye respecto al carácter de estas bendiciones. El Padre «nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo». La pequeña palabra «toda» nos habla de la plenitud de nuestras bendiciones. Ni una sola de las bendiciones que Cristo gozó como Hombre nos ha sido rehusada. Hemos sido bendecidos con «toda» bendición espiritual. A pesar de todas las ventajas exteriores que la cristiandad profesa puede conferir a los hombres, permanece incólume la verdad de que las bendiciones cristianas son espirituales y no materiales, como lo eran las del pueblo de Israel.

Nuestras bendiciones no son menos reales por el hecho de que tienen un carácter espiritual. La filiación (calidad, posición de hijos), la aceptación (aceptos en Él), el perdón –algunas de las bendiciones que se destacan en este pasaje– son bendiciones espirituales que rebasan en mucho las riquezas de este mundo, pero que, por medio de Cristo, están aseguradas para el más simple de los que creen en Él.

Además, la esfera propia de nuestras bendiciones no se halla en la tierra sino en el cielo. Somos bendecidos «en los lugares celestiales». En la tierra quizá seamos pobres, pero en el cielo somos ricamente bendecidos. Todas estas bendiciones espirituales y celestiales están relacionadas con Cristo, y ninguna de ellas proviene de nuestra relación con Adán. Se encuentran únicamente «en Cristo». Las bendiciones de los judíos eran temporales, para esta tierra y para la descendencia de Abraham. Las bendiciones cristianas son espirituales, celestiales y en Cristo; y, opuestamente a las bendiciones terrenales, ellas no dependen de la salud, ni de las riquezas o de la posición social, ni de la educación, ni de la nacionalidad. Están fuera de los límites de las cosas terrenales y subsistirán en toda su plenitud cuando el tiempo no exista más para nosotros y nuestra carrera en la tierra haya finalizado.

(V. 4) A continuación, no solamente aprendemos acerca de la fuente y el carácter de nuestras bendiciones, las cuales vienen del corazón de nuestro Dios y Padre, sino que también encontramos que ellas tuvieron su origen «antes de la fundación del mundo». Desde entonces, desde la eternidad, fuimos escogidos en Cristo. Esto implica una elección soberana, totalmente independiente de todo lo que somos por nuestra relación con Adán y su mundo, y que nada de lo que acontece en el tiempo puede alterar.

Por otra parte, se nos permite ver no solamente el origen de nuestras bendiciones desde antes de la fundación del mundo, sino también el gran objetivo que Dios se propuso para después que el mundo haya pasado. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que en los siglos por venir estemos «delante de Él», para la satisfacción de su corazón; «para que seamos santos e irreprochables delante de él, en amor». Si el propósito de Dios es tener un pueblo delante de él por la eternidad, los que componen ese pueblo deben estar en una condición adecuada, que corresponda absolutamente con Él; y para estar en la condición adecuada ellos deben ser como él (en su carácter). Solamente lo que es como Dios puede convenirle a Dios. Por ello Dios quiere que seamos «santos e irreprochables» y «en amor». Esto es lo que Dios realmente es, y lo que fue perfectamente expresado en Cristo como Hombre, cuyo carácter era santo, cuya conducta era irreprensible y cuya naturaleza era amor. Dios también quiere tenernos delante de él con un carácter que sea perfectamente santo, con una conducta a la que ninguna mancha pueda adherirse y con una naturaleza cuya esencia es amor y que puede responder a su amor. Dios es amor, y el amor no puede sentirse satisfecho si no hay una respuesta de parte de aquellos que son objeto del amor. Dios se rodeará de quienes, al igual que Cristo como Hombre, respondan perfectamente a Su amor, para que él pueda complacerse en nosotros y nosotros en él.

Mientras la fe recibe estas grandes verdades y contempla ese glorioso objetivo, encuentra su deleite en todo lo que le ha sido revelado del corazón de Dios y de la eficacia de la obra de Cristo. El amor del Padre es de tal magnitud, y tal la virtud de la obra de Cristo, que nos faculta para estar por la eternidad delante de la faz del Padre, santos y sin mancha y, por consiguiente, gozando plenamente y sin obstáculos del amor divino.

Cuando se nos permite que nuestras miradas penetren así en la eternidad y contemplen la vasta perspectiva de las bendiciones que nos están reservadas, este mundo pasajero, que a menudo nos parece tan grande e importante, se convierte en algo insignificante; mientras que el cristianismo, visto en su verdadero carácter según Dios, se convierte en algo extremadamente grande y bendito.

(V. 5) Además, existen bendiciones especiales a las cuales los creyentes están predestinados. Parece ser que la predestinación siempre tiene como objetivo esas bendiciones especiales. Según la elección soberana, los creyentes, en común con los ángeles, permanecerán delante de Dios, santos y sin mancha. Pero por encima de estas bendiciones, los creyentes fueron predestinados a la particular posición de hijos. En esa posición, se nos coloca en una relación con el Padre igual que la de Cristo como Hombre con el Padre, de manera que puede decir: «Mi Padre y vuestro Padre» (Juan 20:17). Los ángeles son siervos delante de él; nosotros somos «hijos suyos». Esta posición especial, esta relación es «según el beneplácito de su voluntad». Por eso la bendición del versículo 5 supera a la del versículo 4. En este último se trata de la elección soberana que, por gracia, nos coloca en una condición apropiada ante él; en el versículo 5 se trata del puro afecto (beneplácito, agrado) de su voluntad que predestina a los creyentes a la relación de hijos.

(V. 6) La manera en que Dios obró predestinándonos a este elevado lugar de bendición redundará en «alabanza de la gloria de su gracia». Las riquezas de la gracia de Dios nos dan la condición adecuada para estar delante de él; la gloria de su gracia nos pone en relación con él, haciéndonos gozar gratuitamente de su favor en el Amado. Si somos aceptos en el Amado, somos aceptos (es decir, agradables) como el Amado; con todo el regocijo con que el Amado fue recibido en la gloria.

(V. 7) Los versículos precedentes nos han presentado el propósito de Dios para los creyentes; en este versículo se nos recuerda el medio que Dios empleó para que pudiésemos participar de estas bendiciones. Hemos sido redimidos por la sangre de Cristo, y nuestros pecados han sido perdonados según las riquezas de su gracia. Las riquezas de su gracia responden a todas las necesidades que tenemos como pecadores; la gloria de su gracia responde al puro afecto (beneplácito, agrado) de Dios, para bendecirnos en calidad de santos. Un hombre rico podría colmar a un mendigo con la abundancia de sus riquezas, con lo cual manifestaría abundante gracia; pero si el rico fuera más lejos e introdujese al pobre en su casa y le diese la posición de hijo, ello no solamente sería manifestar gracia hacia el pobre, sino que, además, redundaría en honra y gloria para el rico. Las riquezas de la gracia respondieron a las necesidades del hijo pródigo y lo vistieron con la ropa que provenía de la casa de su padre; la gloria de la gracia le dio el lugar de hijo en la casa. La gloria de la gracia de Dios hizo que los creyentes sean hijos y no siervos.

(V. 8-9) Aquí vemos no solamente que Dios nos ha destinado para la bendición en la que seremos introducidos en el futuro; y no solamente que poseemos la redención de nuestras almas y el perdón de los pecados según las riquezas de su gracia, sino también que esta misma gracia abundó para con nosotros a fin de que en el presente podamos tener el conocimiento de Su propósito. Dios nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad para que tengamos noción del beneplácito que se había propuesto en sí mismo.

Es la voluntad de Dios que mientras la Iglesia esté en la tierra, ella sea la depositaria de sus consejos. Dios nos quiere hacer sabios e inteligentes respecto a todo lo que hace y lo que aún hará para su beneplácito, para la gloria de Cristo y para la bendición de la Iglesia. Si tenemos el pensamiento de Dios seremos guardados en calma en medio de la agitación del mundo y ello nos elevará por encima de una escena de aflicción y de pecado, porque conocemos el fin de todas las cosas.

En las Escrituras, un «misterio» no supone necesariamente una cosa misteriosa, oculta, sino más bien un secreto revelado a los creyentes antes de que sea declarado públicamente al mundo. En el mundo, vemos que el hombre hace su propia voluntad, según su propio placer, y como consecuencia de ello todo es aflicción y confusión. Pero el creyente tiene el privilegio de conocer los secretos de Dios y de saber, por lo tanto, que Dios va a obrar todas las cosas según su beneplácito (o agrado) y que, finalmente, sus propósitos prevalecerán.

(V. 10-12) Los versículos siguientes nos declaran el misterio de Dios. Por medio de ellos aprendemos que este misterio consta de dos partes: primero, el propósito de Dios para Cristo; segundo, lo que Dios se propone para la Iglesia asociada con Cristo.

El beneplácito, el agrado de Dios, para la dispensación (administración) del cumplimiento de los tiempos, es reunir todas las cosas en Cristo. Es difícil que la expresión «la administración de la plenitud de los tiempos» pueda referirse al estado eterno, donde Dios será todo en todos. Ella parece indicar el mundo por venir –el día milenario– cuando el pleno resultado de los caminos gubernativos de Dios será visto en su perfección. Todos los principios de gobierno que fueron confiados a los hombres en las diferentes épocas y en los cuales ellos fracasaron completamente, serán vistos en perfección bajo la administración de Cristo. Bajo el gobierno del hombre se vio la ruina de los tiempos; cuando Cristo reine se verá la «administración», la «plenitud» o perfección de los tiempos. Entonces, toda cosa creada, todo ser, en los cielos y en la tierra, estarán sometidos a su autoridad y dirección. Como resultado de ello prevalecerán la unidad, la armonía y la paz. Tal es el secreto o el misterio de la voluntad de Dios para la gloria de Cristo.

Además, es el beneplácito (agrado) de Dios que la Iglesia, asociada a Cristo, participe de esa gran herencia sobre la cual Cristo será la Cabeza. En el versículo 11, el apóstol dice: «En quien también fuimos hechos herederos», refiriéndose, sin duda, a los creyentes de origen judío. La nación judía había perdido su herencia terrenal al rechazar a Cristo y persistir en su propia voluntad. El remanente de los judíos, que creyó en Cristo, obtuvo una herencia más gloriosa en el mundo por venir, «según el propósito del que todo lo hace conforme al consejo de su voluntad». Asociados a Cristo en su reino, los creyentes manifestarán Su gloria. En aquel día él será «glorificado» y «admirado» en todos los que creyeron (2 Tes. 1:10). El mundo y la creación entera serán bendecidos bajo su reinado. La Iglesia tendrá su parte con él. Esos creyentes de origen judío eran los que podían decir: los que «previamente hemos esperado» en Cristo; ellos habían esperado en Cristo durante el día de su rechazo. La nación restaurada creerá en él en el día de Su gloria.

(V. 13) La expresión «vosotros», en este versículo, introduce a los creyentes de origen gentil en la bendición de esta gloriosa herencia. Ellos habían creído en el evangelio de su salvación, y habían sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa.

(V. 14) En este versículo, la expresión «nuestra» une a los creyentes de origen judío con los creyentes de origen gentil. Ambos participan en común de esta gloriosa herencia. Por el Espíritu, gozamos anticipadamente de las bendiciones de la herencia. Esta herencia es una «posesión adquirida». El precio de ella fue la preciosa sangre de Cristo. Toda la creación es de él y para él, porque él es el Creador; y todo es suyo por derecho de adquisición. Aunque ya todo fue adquirido, no todo ha sido redimido aún. Él adquirió la herencia por su sangre, y redimirá la herencia por su poder. Cuando, por su poder, haya liberado del enemigo a toda la creación, ello será para la alabanza de la gloria de Dios.

(V. 15) Las expresiones que introducen la oración, nos hacen ver la condición espiritual en la que estaban los santos en Éfeso: una condición que estimulaba al apóstol a dar gracias y a orar sin cesar por ellos. Dichosamente, ellos se caracterizaban por su «fe en el Señor Jesús, y… amor para con todos los santos». Como Cristo era el objeto de su fe, los santos venían a ser objeto de su amor. No puede haber prueba más grande de una viviente fe en Cristo que el amor práctico por los santos. La fe pone al alma en relación con Cristo y, estando en contacto con él, el corazón va al encuentro de aquellos a quienes él ama. Cuanto más cerca de Cristo estemos, tanto más se desarrollarán nuestros afectos hacia los que le pertenecen.

(V. 16) Habiendo oído de su fe y de su amor, el apóstol se siente constreñido a dar gracias y a orar sin cesar por todos ellos. Si solo nos ocupamos de los defectos y las faltas de nuestros hermanos, nos sentiremos abrumados y constantemente nos quejaremos de los santos. Pero si miramos lo que la gracia de Dios produjo en ellos y nos ocupamos de esto, tendremos suficientes motivos para dar gracias y, al mismo tiempo, no seremos indiferentes a lo que necesite ser corregido. El apóstol jamás dejó de apreciar todo rasgo de Cristo que fuera visible en los santos, y al mismo tiempo jamás fue indiferente a lo que caracteriza a la carne. Los santos de Corinto tenían muchas cosas que merecían ser reprendidas, pero aun así él puede dar gracias por lo que veía de Dios en ellos. A causa de nuestra debilidad tenemos inclinación a caer en un extremo u otro. En nuestra ansiedad por manifestar el amor podemos llegar a tratar el mal con mucha liviandad o, por el contrario, en nuestra oposición al mal quizá pasamos por alto lo que es de Dios.

El apóstol les había revelado a estos santos los designios de Dios, y el hecho mismo de que se sienta constreñido a orar da testimonio de la inmensidad de esos designios. Estos están por encima de lo que el poder del mero lenguaje humano pueda expresar y más allá de lo que la capacidad de la mente humana puede asimilar. El apóstol comprende que para que esas grandes verdades hagan efecto en nosotros no basta con enunciarlas. Escribiéndole a Timoteo, dice: «Considera lo que digo; porque el Señor te dará entendimiento en todo» (2 Tim. 2:7). De manera que en la epístola que estamos considerando, Pablo, guiado por el Espíritu, puede revelarnos los designios de Dios, pero sabe que solo Dios puede dar el entendimiento. Por ello se vuelve a Dios en oración.

(V. 17) El apóstol se dirige al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», pues en esta oración el Señor Jesús es visto como Hombre. En la oración del capítulo 3 se dirige al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque allí el Señor está considerado como Hijo. Quizás otro motivo para que el apóstol emplee estos diferentes nombres en las dos oraciones sea su deseo de que, por medio de la primera oración, conozcamos el poder con que se ejecutan los designios de Dios, pues el nombre de Dios, con toda razón, está ligado al poder, y mediante la segunda oración, que concierne al amor, notemos que está dirigida de manera muy apropiada al Padre.

En esta oración Dios también es mencionado como «el Padre de gloria», presentando el pensamiento de que la escena de gloria hacia la cual nos dirigimos toma su carácter del Padre, en quien ella tiene su fuente. Su amor y su santidad llenarán de gloria este mundo en el cual Dios será perfectamente manifestado. Mientras que el Padre es el origen y la fuente de la gloria, el Señor Jesús, como Hombre, es el centro y el objeto de la gloria. En él está desplegado todo el poder de Dios; su nombre es sobre todo nombre y él fue dado por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia.

Para discernir las verdades que encierra el tema de la oración del apóstol, necesitamos el espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de Cristo. Toda la sabiduría de Dios y toda la revelación de la voluntad de Dios son dadas a conocer en Cristo. Por lo tanto, para comprender la sabiduría de Dios y la revelación que Dios hizo de sí mismo y de sus consejos, necesitamos el pleno conocimiento de Cristo.

(V. 18) Además, en cuanto al conocimiento de Cristo –objetivo de la oración del apóstol– no se trata de un mero conocimiento intelectual, sino de un corazón que conozca familiarmente a una Persona, por lo cual dice: «Iluminados los ojos de vuestro corazón» (corazón es el vocablo que literalmente se lee en el texto griego). En la Escritura, y también lo sabemos por experiencia, vemos que muchas veces Dios enseña por medio de los afectos. Así fue en el caso de la mujer pecadora de Lucas 7, quien «amó mucho» y aprendió rápidamente. También lo fue en el caso de María Magdalena, esa santa y devota mujer mencionada en Juan 20. En el día de la resurrección, su afecto por Cristo era aparentemente más activo que el de Pedro y el de Juan; el Señor se reveló a este amante corazón y le dio la maravillosa revelación de la nueva posición de Sus hermanos en relación con el Padre.

Con estos deseos preliminares, el apóstol expone los tres grandes pedidos de su oración:

  1. Que sepamos cuál es la esperanza del llamamiento de Dios.
  2. Que sepamos cuáles son las riquezas de la gloria de la herencia de Dios en los santos.
  3. Que conozcamos el poder que operará para consumar el propósito del llamamiento e introducirá a los santos en la herencia.

El llamamiento es de lo alto, relacionado con las Personas divinas en los cielos. La herencia está aquí en la tierra, relacionada con las cosas creadas. Como en Filipenses 3:14 (donde las palabras traducidas «supremo llamamiento», en el texto griego significan literalmente: «celestial llamamiento») se nos enseña que el llamamiento es celestial, de Dios y en Cristo.

La fuente del llamamiento es Dios, por consiguiente, aquí se lo menciona como su «llamamiento» (literalmente el texto griego dice: «la esperanza de vuestro llamamiento»), cuyo desarrollo encontramos expuesto en los versículos 3 al 6 de este capítulo. De acuerdo al llamamiento divino, somos bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, hemos sido escogidos en Cristo, por el Padre, «para que seamos santos e irreprochables delante de él en amor», es decir, para que tuviésemos una condición digna y apropiada delante de Dios, para el gozo y la satisfacción de su corazón.

Además, el llamamiento nos expresa que estaremos delante de Dios, no como siervos, tal como los ángeles, sino como hijos delante de su faz. Asimismo, el llamamiento nos declara que, aceptos (o agraciados, hechos agradables, favorecidos) en el Amado, gozaremos del eterno favor de Dios. Finalmente, el llamamiento afirma que seremos para la eterna alabanza de la gloria de la gracia de Dios.

Para resumir, el llamamiento, tal como se presenta en estos magníficos versículos, significa que somos escogidos y llamados arriba en los cielos para una bendición celestial, para estar como Cristo y con Cristo delante del Padre, en relación con el Padre, favorecidos por el Padre para siempre, y para alabanza eterna de la gloria de su gracia.

Tal es el llamamiento respecto al cual ora el apóstol, y nosotros también podemos orar para que se nos conceda el disfrute de esa bendición y que conozcamos cuál es la esperanza de Su llamamiento. Aquí, la esperanza no se refiere a la venida del Señor. En esta epístola los santos son contemplados como sentados en los lugares celestiales, por lo tanto, no hay alusión a la venida del Señor. Como alguien ha dicho, “la esperanza es la plena revelación en la gloria eterna de todo aquello a lo que Dios nos ha llamado en Cristo, como fruto de sus designios desde la eternidad”.

En segundo lugar, el apóstol ora para que conozcamos cuales son «la riqueza de la gloria de su herencia en los santos». Se ha dicho que “en Su llamamiento miramos hacia arriba; la herencia, por decirlo así, se extiende por debajo de nuestros pies”. Los versículos 10 y 11 de este capítulo nos hablan de la herencia. Por medio de ellos aprendemos que la herencia abarca todas las cosas creadas en los cielos y en la tierra, sobre las cuales Cristo será la gloriosa Cabeza. En él, la Iglesia obtendrá una herencia, pues reinaremos con él. En la oración, la herencia es llamada «su herencia en los santos». Un reino no solo consiste en un rey y su territorio, sino también en un rey y sus súbditos. Además, «la riqueza de la gloria de su herencia» serán desplegadas en los santos. En aquel día él será «glorificado en sus santos» y «admirado en todos los que creyeron» (2 Tes. 1:10).

(V. 19) En tercer lugar, el apóstol ruega para que sepamos cuál es el poder que operará estas grandes cosas para con nosotros. Menciona la «potestad de su fuerza» y de su «operación». Ese poder, pues, opera para con nosotros en el tiempo presente. Es la excelente grandeza de su poder».

En el universo existen otros y grandes poderes, pero el poder que opera para con nosotros es superior a cualquier otro, sea este el poder de la carne en nosotros o el poder del diablo contra nosotros. ¡Qué confortante es saber que, a pesar de todas nuestras debilidades, existe un poder superior y operante para con nosotros!

(V. 20-21) Además, es un poder que no solo nos ha sido revelado en una declaración, sino que se puso de manifiesto en la resurrección de Cristo. El mundo y Satanás pudieron exhibir el más grande despliegue de su poder –el poder de la muerte– cuando clavaron a Cristo en la cruz. Después, una vez que el diablo y el mundo hubieron expresado su poder en el más alto grado, Dios manifestó la supereminente grandeza de su poder al resucitar a Cristo de entre los muertos y colocarlo, como Hombre, en la más elevada posición en el universo, incluso a su misma diestra. En esta posición de exaltación, Cristo fue establecido por encima de todo otro poder, se trate de principados y autoridades espirituales o de poderes y señoríos temporales. «Todo nombre que es nombrado», indica que existen nombres (es decir, títulos) designados para el gobierno de este mundo y del mundo por venir; pero Cristo tiene un Nombre que es sobre todo nombre: él es Rey de reyes y Señor de señores.

(V. 22) Más aún, vemos que Cristo no solo está por encima de todo poder, sino que todo mal será puesto bajo sus pies. Tal es la suprema expresión del poder que no solamente nos llevará a participar con Cristo de este elevado lugar de gloria, sino que nos acompaña mientras caminamos hacia la gloria.

Seguidamente aprendemos otra gran verdad: el único en quien fue manifestado todo el poder, y el cual fue colocado en una posición por encima de todo otro poder, y el que tiene el poder de sujetar todo el mal es Aquel que fue dado «por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia».

Con relación a todos los poderes del universo, él fue colocado «sobre» todo poder. En lo que se refiere al mal, todo está sometido bajo sus pies. En cuanto a la Iglesia –su Cuerpo– él es Cabeza, y Cabeza para dirigir en todas las cosas. De manera que es el privilegio de la Iglesia acudir a Cristo, para ser guiada y dirigida en relación con todas las cosas.

Ante la presencia de todo poder opositor y de todo mal, tenemos un recurso en Cristo nuestra Cabeza. Ciertamente él puede servirse de los dones y de los conductores para instruirnos y guiarnos, pero siempre deberíamos mirar a la Cabeza y no simplemente a los pobres y débiles vasos que, en su gracia, él puede juzgar útil emplear.

(V. 23) En el versículo 22, aprendemos lo que Cristo es para la Iglesia, lo que la Cabeza es para el Cuerpo. En el versículo 23, aprendemos lo que la Iglesia es para Cristo, lo que el Cuerpo es para la Cabeza. La Iglesia es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. La Iglesia, como Cuerpo suyo, sirve para poner de manifiesto toda la plenitud de la Cabeza. Cristo debe ser manifestado en la Iglesia. Nada podría ser más maravilloso que el lugar que tiene la Iglesia en relación con Cristo. Alguien ha dicho que es su Cuerpo “lleno de Su amor, de la energía de Su mente, ejecutando Sus pensamientos, así como nuestro cuerpo lleva a cabo nuestros pensamientos y los propósitos de nuestra mente”. Pero, ¡ay!, hemos fracasado, no le hemos dado a Cristo el lugar que le pertenece como Cabeza de la Iglesia sobre todas las cosas y, como necesaria consecuencia de ese fracaso, no hemos manifestado la plenitud de Cristo.

En esta magnífica oración, se ve que el apóstol busca obtener un efecto presente sobre la vida de los santos. El llamamiento y la herencia nos están aseguradas, por lo tanto, el apóstol no pide para que tengamos la esperanza y la herencia, sino para que sepamos lo que ellas son. De manera que el conocimiento del porvenir debe tener un efecto actual sobre nuestras vidas y nuestra conducta; llevándonos, por el poder de vida de la resurrección, a librarnos de la carne y de todo poder opositor, y a separarnos, en espíritu, del presente mundo.

3 - Capítulo 2: La obra de Dios para llevar a cabo su propósito

El capítulo 1 nos ha revelado los designios de Dios para Cristo y la Iglesia, y termina con la oración del apóstol, quien desea que conozcamos el poder que opera para con nosotros y por el cual esos designios de amor tendrán cumplimiento.

En el capítulo 2 se nos permite aprender, en primer lugar, cómo opera en nosotros el poder de Dios (v. 1-10); luego, los caminos de Dios para con nosotros, (v. 11-22), para la formación de la Iglesia en el transcurso del tiempo, a fin de cumplir sus designios para nosotros.

(V. 1-3) El capítulo comienza presentándonos un solemne cuadro de la posición y de la condición en la que el hombre había caído bajo la antigua creación. Los dos primeros versículos presentan la condición del mundo gentil; el versículo 3 introduce a los judíos en este solemne cuadro. «Nosotros», judíos, dice el apóstol, «éramos por naturaleza hijos de ira, así como los demás».

Dios considera a judíos y gentiles como muertos en sus delitos y pecados, pero vivos en cuanto a la corriente de un mundo malo que está bajo el poder del maligno, el príncipe de la potestad del aire. De modo que, para Dios, el hombre es desobediente, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y, por naturaleza, yace bajo el juicio de Dios.

Aunque el judío, de manera externa, estaba en una posición de privilegio, a causa de sus codicias manifestó que tenía una naturaleza pecaminosa y, por lo tanto, que estaba en el mismo terreno que el gentil. Para Dios, tanto los judíos como los gentiles están muertos. En la Epístola a los Romanos se nos considera como estando bajo sentencia de muerte a causa de lo que hemos hecho, es decir, de nuestros pecados. Aquí, ya se nos considera como muertos ante los ojos de Dios en razón de lo que somos, es decir, a causa de nuestra naturaleza caída. Sin embargo, este estado de muerte no es un estado de irresponsabilidad, ya que el apóstol describe al hombre con expresiones tales como: «anduvisteis»… «vivíamos»… «cumpliendo la voluntad de la carne». De manera que, ante los ojos de Dios, el hombre está muerto; pero en lo que concierne a las influencias del mundo, de la carne y del diablo, está activamente vivo. Además, el diablo obtuvo dominio sobre el hombre porque este desobedeció a Dios; y el resultado de esa desobediencia es la naturaleza caída que tenemos. Somos «hijos de la desobediencia».

(V. 4) Si para Dios, el mundo está totalmente muerto, el hombre no tiene posibilidad de liberarse por sí mismo de tal condición. Un muerto no puede hacer nada en cuanto a Aquel ante quien está muerto. Para un muerto, toda bendición tiene que depender enteramente de Dios. Esto le abre el camino a las actividades del amor de Dios. En la verdad presentada aquí no se trata tanto de que asimilemos estas cosas de manera experimental, sino más bien de la forma en que Dios obra de acuerdo a su amor, para su propia satisfacción.

En los tres primeros versículos contemplamos al hombre obrando según su naturaleza caída, colocándose a sí mismo bajo juicio. En los versículos siguientes hay un contraste absoluto; vemos a Dios obrando de acuerdo a su naturaleza, introduciendo al hombre en la bendición. Cuando el hombre obra según su propia naturaleza, lo hace sin tener en cuenta a Dios, a causa de la concupiscencia de su propio corazón. Cuando Dios obra según su naturaleza, lo hace sin tener en cuenta al hombre, y de acuerdo a los motivos de amor de su corazón. El amor de Dios operó en nosotros cuando estábamos «muertos en nuestros pecados», no cuando comenzamos a tener conciencia de nuestra miseria, ni cuando respondimos a ese amor.

Cuatro caracteres de Dios se despliegan ante nosotros: amor, gracia, misericordia y bondad (v. 4, 7). El amor es la naturaleza de Dios, el móvil de todas sus acciones y la fuente de todas nuestras bendiciones. Si Dios obra según su corazón de amor, la bendición que resulta de ello solo se puede medir mediante su amor. Entonces, la pregunta que se suscita no es qué medida de bendición responderá a nuestras necesidades, sino cuál es la magnitud de la bendición que satisfará al amor de Dios. La gracia es el amor activo para con objetos indignos y se dirige a todos. La misericordia se manifiesta al pecador individualmente. La bondad es lo que confiere bendiciones al creyente. Dios, pues, obra «a causa de su gran amor» y de ninguna manera a causa de lo que somos. ¿Quién puede medir su «gran amor», y quién puede dimensionar la bendición que está en concordancia con este amor?

(V. 5) Dicho amor se expresa hacia nosotros primeramente en las actividades de la gracia que, individualmente, nos vivifica con Cristo. Si estamos muertos, no puede haber ningún movimiento de nuestra parte hacia Dios. El primer movimiento debe provenir de Dios. La nueva vida nos ha sido impartida, pero es una vida en asociación con Cristo. Una vida que, de hecho, es la de Aquel con quien hemos sido vivificados. De manera que la condición que hemos recibido por gracia es exactamente la opuesta a la condición que teníamos por naturaleza. A los ojos de Dios, por naturaleza, estábamos muertos con el mundo; pero ahora, por gracia, él nos dio vida juntamente con Cristo.

(V. 6) Pero no solo ha cambiado nuestra condición, sino también nuestra posición. La vivificación es la comunicación de la vida; la resurrección introduce al que es vivificado en la posición de los vivientes. Aquí se nos enseña que tenemos esta posición en Cristo. Los creyentes de origen judío, así como los de origen gentil, son resucitados juntos y también están sentados juntos «en los lugares celestiales en Cristo Jesús» (según el texto original en griego). Somos vivificados «con él», pero resucitados y sentados «en él». En la actualidad, todavía no hemos sido resucitados y sentados en los lugares celestiales. Sin embargo, ante Dios, estamos en esta nueva posición en la Persona de nuestro representante. Somos representados «en Cristo».

(V. 7) Habiendo alcanzado la altura de la posición cristiana, pasamos ahora a conocer el glorioso objetivo que Dios se propuso al obrar así para con nosotros en amor. Esto es «para mostrar en los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús». Es como si Dios dijese: “En los siglos venideros mostraré cuál es el fruto de la obra de Cristo y cuál es el propósito de mi corazón”. Es evidente que, para responder a tan grandes objetivos, nada puede ser más adecuado que la condición y la posición más elevadas en las que un hombre puede encontrarse. Cuando los ángeles y los principados vean a un pobre pecador y a la Iglesia entera en la misma gloria que el Hijo de Dios, comprenderán, en la medida que les sea posible, las inmensas riquezas de la gracia que los colocó allí.

(V. 8-9) Todo se llevará a cabo por la gracia de Dios, y toda bendición que gozamos es don de Dios. Incluso la fe por medio de la cual recibimos la salvación es don de Dios. Las obras del hombre no hallan cabida para asegurarse esta bendición; todo es de Dios y, por consecuencia, no hay lugar para la vanagloria del hombre.

(V. 10) Esto nos conduce a otra verdad. No solo que nuestras obras están excluidas –porque Dios lo ha hecho todo– sino que también nosotros somos hechura suya y, como tales, formamos parte de una nueva creación en Cristo Jesús. Las obras de la ley están excluidas como medio de salvación; sin embargo, ello no debe hacernos inferir que las obras no tienen lugar en la vida cristiana. En efecto, hay obras inherentes a la posición de bendición en la que somos introducidos y que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Dichas obras se describen en la última parte de la epístola, donde estamos exhortados a andar como es digno de la vocación con que fuimos llamados, en amor, como hijos de luz y cuidadosamente, como sabios (cap. 4:1; 5:2, 8, 15).

Las «buenas obras» de las que habla este versículo no se limitan al hecho de hacer una buena obra, lo cual podría hacer un hombre natural en cuyo andar se encuentra de todo, menos lo bueno. Aquí, los creyentes son vistos no solo como haciendo buenas obras, sino como andando en ellas. Además, las buenas obras están preparadas por Dios y conducen a un andar piadoso.

(V. 11-12) El gran tema del capítulo 2 es la formación de la Iglesia en el transcurso del tiempo, considerando los designios de Dios para la eternidad. La primera parte del capítulo nos revela la obra de Dios en nosotros individualmente, sin hacer distinción entre judíos o gentiles; la segunda parte presenta la obra de Dios respecto a los creyentes, tanto judíos como gentiles, para unirlos en «un solo cuerpo» y como una casa edificada para morada de Dios.

Antes de hablar acerca de la posición actual de los creyentes, es decir, en Cristo, el apóstol recuerda la antigua posición que tenían los gentiles en la carne y la pone en contraste con la nueva posición que tienen ahora. La Iglesia está lejos de ser el conjunto de todos los creyentes desde la creación del mundo; al contrario, en los tiempos pasados (el tiempo precedente a la cruz), existía una distinción establecida por Dios entre los judíos y los gentiles, lo cual hacía imposible la formación de la Iglesia mientras subsistiese dicha distinción. El apóstol recuerda a los creyentes gentiles que en aquel tiempo existían muy rigurosas distinciones entre los judíos y ellos. En los caminos que Dios señaló para los judíos en la tierra, estos gozaban, como nación, de una posición que abarcaba privilegios en el aspecto externo, una posición totalmente ajena para los gentiles. Israel constituía un pueblo terrenal, con promesas y esperanzas terrenales, y tenía relaciones con Dios de manera externa. Su culto, su organización política, sus relaciones sociales, todo, desde el más elevado acto de adoración hasta el más pequeño detalle de la vida, estaba regulado por las ordenanzas de Dios. Era un inmenso privilegio, en el que los gentiles, como tales, no tenían parte. No porque los judíos fueran mejores que los gentiles, ya que, a los ojos de Dios, la gran masa de los judíos era tan mala como los gentiles, y algunos hasta peores que estos. Por otra parte, individualmente entre los gentiles, había hombres que, como Job, eran verdaderos creyentes. Sin embargo, en sus designios para con la tierra, Dios separó a Israel de los gentiles y lo colocó en una posición especialmente privilegiada, pues aun cuando muchos de los de este pueblo no fuesen convertidos (como el caso de la masa), era un inmenso privilegio tener todos sus asuntos regulados según la perfecta sabiduría de Dios. Los gentiles no gozaban de esta posición en el mundo, ni eran públicamente reconocidos por Dios, ni tenían sus asuntos regulados mediante ordenanzas divinas. De hecho, las ordenanzas que regulaban la vida de los judíos mantenían una absoluta separación entre ellos y los gentiles. Por consecuencia, los judíos, mediante formas externas, tenían un lugar de proximidad a Dios, mientras que los gentiles, de manera externa, estaban lejos.

Pero Israel dejó de responder por completo a sus privilegios, volviéndose de Jehová a los ídolos. Menospreció totalmente los mandamientos y las ordenanzas de Dios, los cuales le habían conferido esa posición única. Lapidó a los profetas por quienes Dios procuraba hablar a su conciencia. Crucificó a su propio Mesías, quien se había manifestado en medio de su pueblo con gracia y humildad; y luego resistió al Espíritu Santo que daba testimonio del Cristo resucitado y glorificado. Como consecuencias de todo esto, perdió, para el tiempo actual, su especial posición de privilegio en la tierra y fue dispersado entre las naciones.

(V. 13) El hecho de poner de lado a Israel preparó el camino para que tuviera lugar un gran cambio en los propósitos de Dios en la tierra. El breve recuerdo del pasado, dado por el Espíritu de Dios en los versículos 11 y 12, hace que, por contraste, la posición de los creyentes en el presente sea tanto más llamativa. Después del rechazo de Israel, Dios prosiguió sus caminos sacando a la luz la Iglesia, y de esa manera estableció una esfera de bendición enteramente nueva, completamente fuera tanto del círculo formado por los judíos como del que componen los gentiles.

En esta nueva posición se ve al creyente como alguien que no está más en la carne, sino en Cristo. Por eso el apóstol comienza a hablar de dicha nueva posición diciendo: «Pero ahora en Cristo», y prosigue señalando el contraste con la antigua posición en la carne. En relación con la carne, el gentil, de manera externa, estaba lejos de Dios; y el judío, aunque era cercano mediante formas externas, moralmente estaba tan alejado como el gentil. El Señor, hablándoles a los judíos, tuvo que decir: «Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (Mat. 15:8).

A continuación, el apóstol muestra cómo obró Dios para formar la Iglesia. Primero, los creyentes fueron «acdercados a él por la sangre de Cristo», trayendo a los gentiles del lugar alejado en que se encontraban, a causa del pecado, al lugar de cercanía en Cristo. Esta no es una simple cercanía de formas externas, lograda mediante ordenanzas y ceremonias, sino una cercanía vital, manifestada en Cristo mismo, quien resucitó de entre los muertos y se presentó ante la faz de Dios por nosotros. Por eso está escrito: «En Cristo Jesús… habéis sido acercados a él por la sangre de Cristo». Nuestros pecados nos mantenían alejados; la preciosa sangre de Cristo lava nuestros pecados y nos hace cercanos. La sangre de Cristo da testimonio de la enormidad del pecado que exigía tal precio para que fuese quitado; ello proclama la santidad de Dios, que no podía ser satisfecha por un precio menor, y revela el amor que podía pagar ese precio. No solo se trata de que el creyente puede acercarse a Dios, sino de que, en Cristo, ha sido hecho cercano.

(V. 14) En segundo lugar, en este versículo leemos que, de los creyentes de ambos pueblos, es decir, judíos y gentiles, «ha hecho uno». Nadie puede sobrestimar la importancia de haber sido hechos cercanos por la sangre, pero para la formación de la Iglesia se necesita algo más. La Iglesia no está constituida simplemente por un número de creyentes que fueron «acercados», pues esto es una verdad que se aplica a los santos de todos los tiempos, rescatados por la sangre de Cristo; sino que está formada por creyentes de entre los judíos y gentiles, dos pueblos de los cuales «ha hecho uno». Cristo hizo esto mediante su muerte. «Él es nuestra paz» en un doble sentido: es nuestra paz entre Dios y el creyente, y es nuestra paz entre los creyentes de origen judío y los de origen gentil.

(V. 15) Mediante su muerte, Cristo abolió «la ley de los mandamientos», la cual era la causa de la distancia entre Dios y el hombre, y entre los judíos y los gentiles. Aunque la ley prometía la vida a los que la guardaran, condenaba a los que la transgredían. Y como todos transgredieron la ley, la misma condenaba inevitablemente a todos los que estaban sometidos a ella y de esa manera mantenía a los hombres lejos de Dios. Además, levantaba una infranqueable barrera –una pared intermedia de separación– entre judíos y gentiles. No podía haber paz entre Dios y los hombres; y, mientras existiese esa barrera, tampoco entre judíos y gentiles. La condenación, que era el fruto de la transgresión de la ley, fue impuesta en la cruz, y así fue abolida la enemistad entre los hombres y Dios, y entre judíos y gentiles. La paz que resulta de ello se manifiesta en Cristo; él es nuestra paz. Volvamos la vista hacia la cruz, y veremos que todo lo que había entre Dios y nuestra alma –el pecado, los pecados, la maldición a causa de la transgresión de la ley y el juicio– estuvo allí entre Dios y Cristo, nuestro substituto. Levantemos los ojos para ver a Cristo en la gloria y contemplaremos que no hay nada entre Dios y Cristo, sino la paz eterna que ha sido hecha y, por consecuencia, nada, ninguna enemistad, entre Dios y el creyente. Nuestra paz se manifiesta en Cristo, quien es «nuestra paz».

Además, Cristo representa a los creyentes, tanto a los de origen judío como a los de origen gentil; por lo tanto, es nuestra paz entre unos y otros; nos «ha hecho uno». En la cruz, Cristo abolió por completo la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, como medio para acercarse a Dios y abrió un nuevo camino de acceso mediante su sangre. El judío que se acerca a Dios basándose en la sangre de Cristo ha terminado con las ordenanzas judías. Al gentil se lo toma de su posición de alejamiento de Dios, al judío se lo aparta de su proximidad relacional, y ambos son llevados a un único terreno, a ser uno, para gozar de una común bendición delante de Dios, bendición que jamás poseyó ninguno de los dos. Los creyentes de origen gentil no son elevados al nivel de los privilegios judíos, y los de origen judío no son rebajados al nivel de los gentiles; ambos son introducidos en un terreno enteramente nuevo, a un plano infinitamente más elevado.

En tercer lugar, los creyentes de ambos orígenes son tomados para crear «un solo y nuevo hombre». Ya hemos visto que de ambos pueblos «hizo uno», pero esto no expresa totalmente la verdad de la Iglesia. Si el apóstol se hubiese detenido allí, ciertamente habríamos visto que los creyentes fueron hechos cercanos por la sangre y que, habiendo abolido toda enemistad, fueron hechos uno; pero habríamos podido quedarnos con el pensamiento de que solo hemos sido constituidos como un grupo en feliz unidad. Esto es una bendita verdad, pero está muy lejos de ser la plena verdad en cuanto a la Iglesia. De manera que el apóstol continúa, diciéndonos que no solamente hemos «sido acercados» y que nos «ha hecho uno», sino que somos hechos «de los dos un hombre nuevo». La expresión «hombre nuevo» nos habla de un nuevo orden en el hombre, caracterizado por la belleza y las gracias celestiales de Cristo. Ningún cristiano puede manifestar individualmente las gracias de Cristo; para hacer visible al nuevo hombre es necesaria la Iglesia entera.

(V. 16) En cuarto lugar, se nos da a conocer otra verdad más: que los creyentes son reunidos para formar «un solo cuerpo». Los creyentes de origen judío, así como de los gentiles, se encuentran unidos no solo para manifestar las gracias del nuevo hombre, esto es, Cristo señaladamente en todas sus glorias morales, sino que también forman un solo Cuerpo. Esto significa que se trata de algo más que de un grupo de personas en unidad; es un conjunto de personas en unión. Están unidas unas a otras mediante el Espíritu, para ser un Cuerpo en la tierra, a fin de manifestar al nuevo hombre. De manera que los creyentes de origen judío y los de origen gentil no solo fueron reconciliados entre ellos, sino que al haber sido formados en un solo Cuerpo están reconciliados con Dios. No estaría en consonancia con el corazón de Dios que los gentiles estén alejados, ni que los judíos estén cerca solo de manera externa; pero Dios puede reposar deliciosamente al haber formado, con los creyentes de ambos orígenes, un solo Cuerpo; y esto mediante la cruz, que no solo quitó toda causa de enemistad entre ellos, sino también toda enemistad con Dios

(V. 17) Esta bendita verdad nos fue suministrada por las buenas nuevas de paz anunciadas a los que estaban lejos –los gentiles– y a los que, relacionalmente, estaban cerca –los judíos–. Podemos comprender por qué el anuncio de las buenas nuevas se introduce en este punto, en un pasaje que habla de la formación de la Iglesia. El apóstol acaba de hablar acerca de la cruz, porque sin ella no podría haber predicación, y sin predicación la Iglesia no podría ser formada. Aquí, a Cristo se lo considera como el Predicador, aunque el Evangelio que él anuncia sea proclamado por medio de otros.

(V. 18) Aquí encontramos una bendita verdad más: por un mismo Espíritu, judíos y gentiles tienen acceso al Padre. Ya no existe distancia, ni del lado de Dios ni de nuestro lado. Mediante la obra de Cristo en la cruz, Dios puede acercarse a nosotros y anunciarnos la paz; y por la obra del Espíritu en nosotros, podemos acercarnos al Padre. La cruz nos da el derecho de acercarnos; el Espíritu nos faculta para hacer uso de nuestro derecho y para acercarnos de manera práctica al Padre. Si la entrada es por el Espíritu, entonces, evidentemente, no hay lugar para la carne. El Espíritu excluye a la carne bajo todas sus formas. La entrada al Padre no se obtiene ni levantando edificios, ni mediante rituales, órganos, coros, ni por intermedio de una clase especial de hombres. Se obtiene mediante el Espíritu, sí, «por un solo Espíritu», y de esta manera, en la presencia del Padre todo está en armonía.

En este magnífico pasaje vemos, pues, en primer lugar, las dos clases de gentes que componen la Iglesia: los que antes estaban cerca mediante formas externas y los que antes estaban lejos. En segundo lugar, vemos que Dios ha hecho cercanos a él a creyentes de los dos orígenes señalados; de ellos hizo un solo y nuevo hombre, y reconcilió a unos y otros en un solo Cuerpo. Finalmente, aprendemos de qué manera Dios realizó esta gran obra: por la sangre de Cristo, «mediante la cruz», por la predicación y por el Espíritu.

(V. 19-22) Hasta aquí hemos contemplado a la Iglesia como Cuerpo de Cristo, pero en los caminos de Dios en la tierra también se la considera bajo otros aspectos, dos de los cuales se nos presentan en los últimos versículos de este capítulo. En primer lugar, la Iglesia es vista como un edificio que va creciendo para ser «un templo santo en el Señor»; seguidamente como «morada de Dios».

Bajo el primero de estos dos aspectos, se compara a la Iglesia con un edificio en construcción, que crece para ser un templo santo en el Señor. Los apóstoles y profetas constituyen el fundamento, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. Durante la dispensación cristiana, los creyentes son añadidos allí piedra por piedra, hasta que el último creyente haya sido agregado y el edificio completamente terminado sea manifestado en gloria. Este es el edificio que el Señor menciona en Mateo 16:18, cuando dice: «Edificaré mi iglesia; y las puertas del hades no prevalecerán contra ella». El que la edifica no es el hombre, sino Cristo; por lo tanto, todo es perfecto y solo piedras vivas forman parte de esta santa estructura. Pedro nos explica el significado espiritual de esto, cuando dice que las piedras vivas son edificadas como casa espiritual, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios y anunciar las virtudes de Dios (1 Pe. 2:5, 9). En Apocalipsis 21, Juan tiene la visión del edificio terminado; lo ve descender del cielo, de Dios, resplandeciendo con la gloria de Dios. Entonces, por cierto, desde ese glorioso edificio se elevarán a Dios incesantes sacrificios de alabanza y se presentará al hombre un perfecto testimonio de las glorias de Dios.

Luego, empleando siempre la figura de un edificio, el apóstol Pablo presenta otro aspecto de la Iglesia (v. 22). Después de haber considerado que los santos se encuentran edificados y creciendo para ser un templo, ahora los ve constituidos como una casa ya terminada, para morada de Dios por el Espíritu. A todos los creyentes de la tierra que viven en cualquier momento dado se los considera como constituyendo la morada de Dios. Los creyentes de origen judío y los de origen gentil son «juntamente edificados» para ser esa habitación. La morada de Dios se caracteriza por la luz y el amor; por eso, cuando el apóstol llega a la parte práctica de la epístola, nos exhorta con estas palabras: «Andad en amor… andad como hijos de luz» (cap. 5:2, 8). La casa de Dios es, pues, un lugar de bendición y de testimonio, un lugar donde los santos son bendecidos con el favor y el amor de Dios; y, siendo bendecidos, se convierten en un testimonio hacia el mundo que los rodea. En la Epístola a los Efesios, la morada de Dios se presenta de acuerdo a la mente de Dios y, por consecuencia, en esta epístola solo se considera lo que es real. Otros pasajes de las Escrituras nos mostrarán que, por desgracia, en manos de los hombres, la morada fue corrompida; hasta que finalmente leemos: «llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios» (1 Pe. 4:17).

Así que, este capítulo presenta a la Iglesia bajo tres aspectos. En primer lugar, la considera como el Cuerpo de Cristo, compuesto por creyentes tanto de origen judío como gentil, unidos a Cristo en gloria, formando así un nuevo hombre para manifestar todo lo que Cristo es como Hombre resucitado, Cabeza sobre todas las cosas. Recordemos que la Iglesia no solo es «un cuerpo», sino que es «su cuerpo», pues leemos: «La iglesia, la cual es su cuerpo» (cap. 1:22-23; 5:23). Al ser su Cuerpo, la Iglesia es su plenitud, llena de todo lo que él es, para expresar todo lo que él es. La Iglesia, su Cuerpo, debe ser la expresión de su mente, precisamente como nuestros cuerpos expresan lo que hay en nuestras mentes.

En segundo lugar, presenta a la Iglesia como un edificio que va creciendo para ser un templo compuesto por todos los santos de todo el período cristiano, un templo donde los sacrificios de alabanza suben a Dios y donde Sus glorias se manifiestan a los hombres.

Finalmente, contempla a la Iglesia como un edificio completo en la tierra, compuesto por todos los santos que viven en cualquier momento dado, formando la morada de Dios para la bendición de los suyos y para testimonio al mundo.

4 - Capítulo 3: La manera en que Dios da a conocer su propósito

Ya hemos visto que el capítulo 1 presenta los designios de Dios en lo que respecta a la Iglesia, mientras que el capítulo 2 nos coloca frente a la obra de Dios en los creyentes y para con ellos, para cumplir Sus designios. El capítulo 3 desarrolla la administración de la verdad de la Iglesia o de qué manera Dios hizo que los gentiles conocieran esta verdad por medio del apóstol Pablo.

Al comparar el versículo 1 del capítulo 3 con el versículo 1 del capítulo 4, se ve con claridad que el capítulo 3 es parentético. El capítulo 2 presenta la doctrina y el capítulo 4 la práctica consecuente con la doctrina. Entre la presentación de la doctrina y el llamado a ponerla en práctica, tenemos esta importante digresión por medio de la cual el Espíritu Santo nos hace conocer la administración o el servicio especial confiado al apóstol. En el versículo 2, a este servicio se lo llama «la administración de la gracia de Dios» y en el versículo 9: «la administración del misterio». En ambos versículos la palabra utilizada en el original griego es la misma: oikonomia. La mejor traducción para este vocablo utilizado en los dos versículos es «administración», ya que esta palabra denota un servicio particular. Este servicio consistía en proclamar el Evangelio y dar a conocer la verdad entre los santos. En el curso de este paréntesis se nos presentan otras grandes verdades en relación con la Iglesia

(V. 1-2) El apóstol nos dice que el hecho de ministrar la verdad que concierne a la Iglesia produjo un inmediato efecto: el que la proclamaba fue objeto del vituperio del mundo religioso. Esta gran verdad suscitó particularmente la hostilidad de los judíos, porque no solo consideraba al judío y al gentil en la misma posición ante Dios –muertos en sus delitos y pecados– sino que, además, no elevaba de ningún modo a los judíos a un lugar de bendición por encima de los gentiles. Además, como la verdad que atañe a la Iglesia ponía de lado todo el sistema judío, con su llamamiento al hombre natural a través de un culto que se tributaba con formas externas, en templos hechos de mano, suscitaba la oposición de los que sostenían dicho sistema. Hoy día, como entonces, el mantenimiento de la verdad que concierne a la Iglesia, tal como le fue revelada al apóstol Pablo y tal como fue ministrada por él, implica sufrir el vituperio y la oposición de parte de los que intentan mantener una profesión religiosa externa o un sistema eclesiástico que toma como modelo el sistema judaico.

El cumplimiento de este servicio especial, que consistía en predicar el Evangelio de la gracia de Dios a los gentiles era, pues, lo que excitaba el rencor y el prejuicio de los judíos y lo que llevó al apóstol a la cárcel. Los judíos estimaban que un hombre que osara hablar de ir a los gentiles no debía vivir (Hec. 22:21-22). Sin embargo, Pablo no se consideraba prisionero de los hombres como si hubiese cometido alguna mala acción, sino prisionero de Cristo Jesús a causa de su servicio de amor para dar a conocer la verdad a los gentiles.

(V. 3-4) Para que pudiésemos recibir la gran verdad que concierne a la Iglesia, basada en la autoridad divina, el apóstol explica cuidadosamente que adquirió el conocimiento del «misterio» de la Iglesia no mediante comunicaciones de hombres, sino por directa revelación de Dios, por lo cual dice: «Por revelación, el misterio me fue dado a conocer». Esto refuta una dificultad que puede surgir respecto a la verdad del misterio. Cuando Pablo anunciaba el Evangelio en las sinagogas judías, invariablemente apelaba a las Escrituras (véase Hec. 13:27, 29, 32, 35, 47; 17:2, etc.), y los judíos de Berea fueron expresamente aprobados por haber examinado las Escrituras para ver si lo que Pablo predicaba concordaba con ellas. Pero tan pronto como el apóstol anunció la verdad respecto a la Iglesia, no pudo referirse más al Antiguo Testamento para confirmar sus declaraciones. Sus oyentes habrían sondeado en vano las Escrituras para ver si estas cosas eran así.

La incredulidad de los judíos motivaba la dificultad que tenían para aceptar numerosas verdades que, sin embargo, se encontraban en sus Escrituras, tal como se ve en el ejemplo de Nicodemo, quien ignoraba la verdad acerca del nuevo nacimiento. Pero el hecho de aceptar algo que no se encontrara en las Escrituras y que ponía de lado todo el sistema judío, tal como estaba descrito en ellas, y aprobado por Dios durante siglos, era para ellos algo insuperable.

Muchos creyentes apenas se dan cuenta de esta dificultad, porque en sus mentes la verdad que atañe a la Iglesia se encuentra muy obscurecida o incluso totalmente perdida. Como consideran que la Iglesia es el conjunto de los creyentes de todos los tiempos, se encuentran muy dispuestos a descubrir en el Antiguo Testamento lo que ellos creen que es la Iglesia. Numerosos hombres piadosos pensaban esto. Tenemos una evidencia de ello en los títulos que se leen en diversos capítulos del Antiguo Testamento en la Biblia de lengua inglesa que se conoce como la «Authorised Version». Pero si recibimos la verdad respecto a la Iglesia tal como se nos presenta en la Epístola a los Efesios, de inmediato nos enfrentaremos a una dificultad que solo puede ser resuelta si reconocemos que la verdad que concierne a la Iglesia es una revelación completamente nueva.

(V. 5) Pablo habla de esta gran verdad que recibió mediante revelación y la menciona como «el misterio»; asimismo, en el versículo 4 se refiere a ella como «el misterio de Cristo». Al usar la palabra «misterio», el apóstol no lo hace en el sentido puramente humano con que habitualmente se utiliza esta palabra para expresar el pensamiento de algo oculto o misterioso.

En las Escrituras, un misterio es algo que fue guardado en secreto hasta el momento en que se dio a conocer, es algo que no podía ser conocido sino por revelación y que, una vez revelado, solo puede comprenderse por la fe.

El apóstol continúa explicando que este misterio no fue dado a conocer a los hijos de los hombres en los días del Antiguo Testamento, pero que ahora ha sido revelado a sus «santos apóstoles y profetas por el Espíritu». Es evidente que los profetas a los que se refiere este versículo no son los profetas del Antiguo Testamento, sino, por el contrario, los que se mencionan en el versículo 20 del capítulo anterior. En ambos casos, el orden de los términos es: «apóstoles y profetas», no dice: profetas y apóstoles, como se podría esperar si se tratase de los profetas del Antiguo Testamento. Además, el apóstol habla de lo que «ahora», en sus días, fue revelado, en contraste con lo que había sido revelado en tiempos pasados.

(V. 6) Después de haber demostrado que la verdad que concierne a la Iglesia se dio a conocer por revelación, el apóstol resume esta verdad en un breve pasaje y explica porqué a la Iglesia se la llama «el misterio». Es evidente que el misterio no es el Evangelio, pues este no había estado oculto en edades pasadas, ya que el Antiguo Testamento está lleno de alusiones al Salvador que debía venir, aun cuando estas alusiones fuesen muy poco comprendidas.

¿Qué es, entonces, el misterio? En este versículo se nos dice claramente que esta nueva revelación consiste en que los gentiles «son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio». Los gentiles son hechos coherederos con los judíos, no solo en el reino terrenal de Cristo, sino en la herencia que abarca tanto las cosas que están en los cielos como las que están en la tierra. Incluso más, los creyentes de origen gentil junto con los creyentes de origen judío son incorporados como miembros de un solo Cuerpo, cuya Cabeza que está en el cielo es Cristo. Más aún, son copartícipes de las promesas de Dios en Cristo Jesús. Al gentil no se lo eleva al nivel del judío en la tierra, ni al judío se lo rebaja al nivel del gentil; ambos son tomados de su antigua posición y llevados a un plano infinitamente más elevado, unidos uno al otro en un terreno completamente nuevo, un terreno celestial, en Cristo. Todo esto se lleva a cabo mediante el Evangelio que se dirige a ambos, tomados en un mismo nivel de culpabilidad y de ruina total. Los tres grandes hechos de los que habla este versículo ya pasaron ante nuestras miradas en el capítulo 1. La promesa en Cristo abarca todas las bendiciones que se mencionan en los primeros siete versículos de ese capítulo; la herencia se nos presenta en los versículos 8 al 21 y la verdad del «solo cuerpo», en los versículos 22 y 23.

(V. 7) Pablo no solo recibió la revelación del misterio, sino que además fue hecho ministro de la verdad. El misterio también había sido revelado a los otros apóstoles (v. 5), pero a Pablo le fue confiado el servicio especial de ministrar esta verdad a los santos. Por eso la presentación del misterio se halla solo en las epístolas de Pablo. La gracia de Dios había dado este ministerio al apóstol; el poder de Dios le daba la capacidad para ejercer su don de gracia. Los dones de Dios solo se pueden emplear mediante el poder de Dios.

(V. 8) Además, el apóstol nos habla del efecto que esta gran verdad produjo en él. Frente a la grandeza de la gracia de Dios, se ve como el primero de los pecadores (1 Tim. 1:15); frente a la inmensa extensión de bendiciones declaradas por el misterio revelado se siente menos que el más pequeño de todos los santos. Cuanto más grandes son las glorias que se despliegan ante nuestros ojos, tanto más pequeños nos vemos a nosotros mismos. El hombre que tuvo la más amplia comprensión de este gran misterio en toda su magnitud fue aquel que reconoció que era menos que el más pequeño de todos los santos. Para cumplir su ministerio, el apóstol no solo proclamaba la irremediable ruina del hombre, sino también las inescrutables riquezas de Cristo; riquezas que superan toda estimación humana y que aportan ilimitadas bendiciones.

(V. 9-11) La predicación del Evangelio daba lugar a la segunda parte del servicio de Pablo, el cual consistía en aclarar a todos el misterio, en dar a conocer a todos los hombres de qué manera, de eternidad a eternidad, se lleva a cabo el designio de Dios en el curso del tiempo mediante la formación de la Iglesia en la tierra, y así revelar lo que hasta entonces había permanecido escondido en Dios desde la fundación del mundo.

Además, Dios no solo quiere que todos los hombres sean esclarecidos en cuanto a la formación de la Iglesia en la tierra, sino que es su intención que, desde ahora, su multiforme sabiduría sea dada a conocer por medio de la Iglesia a todos los seres celestiales. Estos seres celestiales habían visto la creación del universo, formado por la mano de Dios, y al contemplar su sabiduría manifestada en la Creación, habían cantado de gozo. Ahora, en la formación de la Iglesia, ven «la multiforme sabiduría de Dios». La Creación fue la más perfecta expresión de la sabiduría creadora, pero en la formación de la Iglesia la sabiduría de Dios se manifiesta en todas sus formas. Antes de que la Iglesia pudiese ser formada, debía ser reivindicada la gloria de Dios, tenían que satisfacerse las necesidades del hombre, había de ser quitado el pecado, abolida la muerte y anulado el poder de Satanás. Tenía que ser derribada la barrera entre judíos y gentiles, los cielos debían abrirse, Cristo había de estar sentado como Hombre en la gloria, el Espíritu Santo tenía que descender a la tierra y el Evangelio había de ser predicado. Todo esto, y aún más, está incluido en la formación de la Iglesia. Estos variados objetivos únicamente podían ser alcanzados por la multiforme sabiduría de Dios; la sabiduría desplegada no solo en una dirección, sino hacia todas las direcciones. El fracaso de la Iglesia, en cuanto a sus responsabilidades, no altera en absoluto el hecho de que los ángeles conozcan por medio de ella la sabiduría de Dios. Al contrario, ello pone de manifiesto plenamente esta maravillosa sabiduría que, elevándose por encima de las faltas del hombre y superando todo obstáculo, finalmente introduce a la Iglesia en la gloria «conforme al propósito eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro».

(V. 12-13) Ahora, el apóstol deja de lado la revelación del misterio para describir en breves palabras el resultado práctico de dicha revelación. Estas maravillas, realmente admirables, aparecen ante nuestros ojos no con el simple objeto de ser admiradas. El misterio también produce resultados altamente prácticos cuando se lo comprende y aplica rectamente. El hecho de obrar a la luz de la verdad nos hará sentir a gusto en el ambiente de Dios y a la vez nos apartará del ambiente mundano del hombre. Así como el ciego que, rechazado por el mundo religioso, se encuentra en la presencia del Hijo de Dios (Juan 9), también el apóstol, encarcelado por el hombre en la tierra, tiene acceso a la presencia del Padre en los cielos.

Cristo Jesús, por medio de quien se cumplirán todos estos propósitos eternos, es Aquel por el cual tenemos acceso al Padre con confianza. Si esta gran verdad nos da valor y nos hace sentir a gusto en la presencia del Padre, también nos causará tribulaciones en el mundo. Pablo lo experimentó, pero dice: «No desmayéis a causa de mis aflicciones». El hecho de aceptar la verdad del misterio y andar a la luz de ella nos pondrá, de inmediato, fuera del mundo religioso. Si obramos de acuerdo a esta verdad, muy pronto encontraremos la oposición de la cristiandad profesa. Esto, como lo fue para Pablo, será un conflicto continuo, y particularmente con los sistemas judaizantes.

La oposición existirá inevitablemente, porque estas grandes verdades socavan enteramente la organización mundana de todo sistema religioso erigido por el hombre. ¿Acaso desde los púlpitos de la cristiandad, en las convenciones religiosas o aun en los círculos evangélicos, se predica la verdad del misterio que Pablo procuraba dar a conocer a todos los hombres?

¿Acaso se proclama la verdad del misterio, que implica la ruina total del hombre, el completo rechazo de Cristo por parte del mundo, el sitial de Cristo en la gloria, la presencia del Espíritu Santo en la tierra, la separación del creyente del mundo y el llamamiento celestial de los santos? ¿Realmente, se predica o se pone en práctica esta gran verdad en las iglesias nacionales y en las denominaciones religiosas de la cristiandad? Por desgracia no tiene lugar en sus credos, ni en sus oraciones, ni en sus enseñanzas. Peor aún, esta verdad se encuentra negada en sus mismas constituciones, sus enseñanzas y sus prácticas.

(V. 14) Las grandes verdades desarrolladas en estos capítulos conducen naturalmente a la segunda oración del apóstol. En el capítulo 2 de la epístola, el apóstol expone una gran verdad: enseña que los creyentes de origen judío y los de origen gentil son juntamente edificados para morada de Dios. En el capítulo 3 presenta la verdad del misterio y enseña que los creyentes, tomados también de entre los judíos y gentiles, son llevados a un terreno totalmente nuevo, para constituir un mismo Cuerpo en Cristo. A continuación, aprendemos que este misterio fue dado a conocer para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada, conforme al propósito eterno que llevó a cabo en Cristo Jesús nuestro Señor (v. 10-11).

Teniendo este gran objetivo ante él, el apóstol se vuelve hacia el Padre en oración, a fin de que los santos estén en una condición espiritual adecuada para poder discernir la plenitud de Dios. En el curso de la oración vemos que, para producir esta condición espiritual en los santos, cada una de las Personas divinas está comprometida y obra en favor de ellos. El Padre es la fuente de toda bendición, el Espíritu nos fortalece para que Cristo habite en nosotros y nos llene de la plenitud de Dios, a fin de que Dios sea glorificado al ser manifestado en los santos, ahora y por la eternidad.

Ya que la oración apunta hacia el propósito eterno que fue llevado a cabo «en Cristo Jesús, Señor nuestro» (v. 11), va dirigida al «Padre», quien es la fuente de estos designios eternos. Por la misma razón, en ella no se menciona ni la muerte ni la resurrección. Todos los designios eternos estaban establecidos antes de que interviniese la muerte, y la realización completa de dichos designios, objeto de esta oración, se dará en una escena donde la muerte jamás entrará.

(V. 15) Con la perspectiva de esta nueva escena de gloria, se nos dice que, en el bendito mundo venidero, toda familia en los cielos y en la tierra tomará nombre del Padre. En la primera creación, todos los animales fueron llevados ante Adán, quien les puso nombres distinguiéndolos por familias, de acuerdo a las características propias de cada una. De la misma manera, en relación con los designios eternos para la nueva creación, toda familia en los cielos y en la tierra –los seres angelicales, la Iglesia en los cielos y los santos en la tierra– tomará nombre del Padre; de modo que cada una de estas familias tiene sus características distintivas de acuerdo a los designios eternos del Padre.

En consecuencia, la oración tiene como objeto todo lo que será puesto en luz en las edades eternas, de acuerdo a los designios de Dios desde antes de la fundación del mundo. Una escena en la que el Padre es la fuente de todo, el Hijo el centro de todo, y donde toda familia en el cielo y la tierra manifiesta alguna gloria especial del padre.

(V. 16) En la primera petición, el apóstol solicita que el Padre nos dé, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu. No dice: “Según las riquezas de su gracia” (como en el v. 7 del cap. 1), sino: «Según la riqueza de su gloria», porque la oración no tiene relación con el hecho de satisfacer nuestras necesidades, sino más bien con el cumplimiento de los designios del corazón del Padre.

En la oración del capítulo 1, la petición tiene el objeto de que conozcamos el poder de Dios para con nosotros; aquí, se presenta para que conozcamos el poder en nosotros para fortalecernos en el hombre interior. El hombre exterior es el hombre visible, natural, por el cual estamos en contacto con las cosas del mundo. El hombre interior es el hombre invisible y espiritual, formado por la obra del Espíritu en nosotros y por el cual estamos en relación con las cosas invisibles y eternas. Así como el hombre exterior necesita ser fortalecido mediante las cosas materiales de esta vida, así también, para que el hombre interior pueda gozar de las bendiciones espirituales de la nueva creación conforme a los designios de Dios, debe ser fortalecido por el Espíritu.

(V. 17) La segunda petición es una solicitud que se presenta para que Cristo habite en nuestros corazones por la fe. La primera petición conduce a la segunda, porque Cristo habitará en nuestros corazones por la fe solo si somos fortalecidos por el Espíritu. El efecto que producirá el Espíritu que vino del Padre, al obrar en nuestra alma, será el de llenarnos de los pensamientos del Padre respecto a Cristo, el de hacernos pensar con el Padre lo que Él piensa del Hijo.

La petición se presenta para que seamos fortalecidos con poder, no para hacer algún milagro o para emprender alguna tarea ardua, sino para que habite Cristo en nuestros corazones por la fe, y de esa manera en nuestras almas se forje una fuerte condición espiritual. El poder del mundo que nos rodea, de la carne en nosotros y del diablo contra nosotros es tan grande, que Cristo podrá tener su verdadero lugar en nuestro corazón únicamente en la medida que seamos fortalecidos por el Espíritu en el hombre interior.

Además, el apóstol pide que Cristo «habite» en nuestros corazones. No debemos tratarlo como si fuera un visitante a quien tuviésemos que recibir en una ocasión especial, sino como a Aquel que tiene un lugar permanente en nuestro corazón. Esto solo es factible por la fe, porque la fe mira a Cristo; y él tendrá una morada en nuestros corazones en la medida que le demos lugar como nuestro objeto supremo. Aquel que es el centro de todos los designios de Dios se convertirá también en el centro de nuestros pensamientos. Como alguien dijo: “El objeto supremo de Dios se convierte en nuestro objeto supremo”. ¡Qué testigos seríamos para Dios si nuestras vidas estuviesen gobernadas por un solo objeto arrobador, el cual es Cristo! ¡Cuán a menudo nos comportamos como Marta aquella mujer de la antigüedad, que «estaba atareada con muchos quehaceres» (o «se distraía con mucho servicio»), a quien el Señor tuvo que decirle: «Estás ansiosa e inquieta por muchas cosas» (Lucas 10:40-41)! «Una sola cosa» nos es necesaria: tener a Cristo como el único objeto de nuestras vidas; entonces podremos hacer el servicio, y todo lo que le atañe, sin distracción. Ojalá que, como María, escojamos la «buena parte».

El resultado que se obtiene cuando Cristo habita en nuestro corazón es estar arraigados y cimentados en amor. Cristo es Aquel en quien, y mediante el cual, todo el amor del Padre fue revelado; y si él habita en nuestro corazón, ciertamente nos hará gozar del amor divino y nos llenará del conocimiento del mismo.

(V. 18) El hecho de que Cristo habite en el corazón prepara el camino para la tercera petición: que seamos «seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad». Dios nos enseña mediante nuestros afectos, de manera que, para llegar a esta comprensión, necesitamos no solo la fe, sino también estar «arraigados y cimentados en amor». Por medio de la obra del Espíritu, Cristo habita en nuestros corazones por la fe; y al habitar en ellos por la fe, él los llena de amor, y el amor nos prepara para comprender. Además, este amor nos hace abarcar a «todos los santos», ya que cuanto más gocemos del amor de Cristo, tanto más se abrirán nuestros corazones hacia todos aquellos a quienes Cristo ama.

Luego, el apóstol desea que podamos comprender «cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad». Esto parece referirse a toda la extensión del «propósito eterno» de Dios, el cual ya se mencionó en el versículo 11. Este propósito eterno abarca en su anchura a «todos los santos»; en su longitud se extiende por los siglos de los siglos; en su profundidad desciende hasta nosotros para suplir todas nuestras necesidades; y en su altura nos introduce en una escena de gloria.

(V. 19) Esta bendita escena está totalmente asegurada para nosotros por el amor de Cristo, quien «amó a la iglesia y sí mismo se entregó por ella» (cap. 5:25). En consecuencia, la cuarta petición es una solicitud para que podamos «conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento». Este es un amor que puede ser gozado y gustado; y, sin embargo, excede a todo conocimiento. Si no podemos medir la altura de la gloria de donde vino Cristo ni sondear la profundidad de las aflicciones por las que pasó, menos aún podremos medir el amor que obró a favor de nosotros y que abarca al vasto ejército de los redimidos, pequeños y grandes; el amor que cuida de nosotros a través del tiempo y que, viniendo a buscarnos, nos introducirá en el hogar donde mora, para estar allí con él y ser semejantes a él, lo cual dará satisfacción a su amoroso corazón. Tal amor puede conocerse; sin embargo, continuará siendo siempre un amor que «sobrepasa a todo conocimiento».

En la quinta petición, el apóstol solicita que seamos llenos de toda la plenitud de Dios. La plenitud de Dios se refiere a todo lo que Dios es, revelado y manifestado en Cristo. El Hijo manifestó plenamente al Padre en su amor y santidad, en su gracia y verdad; y el apóstol desea que recibamos una medida colmada de la plenitud de Dios, para que esta pueda manifestarse en los santos.

(V. 20) En la sexta petición, el apóstol solicita que todo lo que demandó en su oración por los santos pueda realizarse en ellos por el poder de Dios. Por cierto, Dios es poderoso para hacer todas las cosas sobreabundantemente «en nosotros», como a menudo se dice. Pero aquí, donde el pensamiento dominante de toda la oración es la condición espiritual de los santos, no se trata de lo que Dios puede hacer por nosotros o con nosotros, sino más bien de su poder y su voluntad para obrar «en nosotros», en respuesta a estas peticiones, y hacerlo «infinitamente más de lo que pedimos o pensamos».

(V. 21) La séptima y última petición expresa el deseo de que Dios sea glorificado «en la iglesia en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos». En esta oración, cada petición conduce a este maravilloso pensamiento: que durante todas las edades los santos manifiesten la plenitud de Dios, lo cual será para su gloria. Toda la oración demuestra claramente cuál es el deseo de Dios. Él quiere que aquello que será una realidad en los santos durante las edades eternas, sea lo que los caracterice ahora, durante su paso a través del tiempo; que todo lo que Dios es, brille ahora en los suyos.

5 - Capítulo 4

5.1 - El andar del creyente en relación con la Iglesia

Los tres últimos capítulos de la epístola constituyen la parte práctica de ella, en la que el apóstol exhorta a andar de una manera digna de las grandes verdades presentadas en los tres primeros capítulos. Notaremos que, como creyentes, somos exhortados a mantener una conducta que esté en armonía con nuestros privilegios y responsabilidades en tres diferentes relaciones:

1. En primer lugar, nuestra conducta debe estar de acuerdo con los privilegios que tenemos en relación con la Iglesia, como miembros del Cuerpo de Cristo y como los que constituyen la morada de Dios en el Espíritu (cap. 4:1-16).

2. En segundo lugar, somos exhortados a manifestar la piedad práctica, como individuos que confiesan el nombre del Señor mientras peregrinamos en este mundo malo (cap. 4:17 al 5:21).

3. Finalmente, se nos exhorta a ser consecuentes en nuestra conducta en lo que atañe a la familia y a las relaciones sociales, cosas que conciernen al orden de la creación (cap. 5:22 al 6:9).

(V. 1) El apóstol había sufrido persecución y prisiones a causa del testimonio que daba acerca de la gracia de Dios para con los gentiles y la gran verdad del misterio de la Iglesia, compuesta por creyentes de origen judío y de origen gentil constituidos en un solo Cuerpo y unidos a Cristo como Cabeza. Menciona sus sufrimientos a causa de la verdad, y se sirve de ello como un motivo para exhortar a los creyentes a andar de una manera digna de sus privilegios. Nuestra conducta debe ser coherente con nuestra vocación, es decir, con nuestro llamamiento. Para que estas exhortaciones nos sean provechosas necesitamos comprender claramente qué es nuestro llamado. En el primer capítulo de la epístola se nos presenta el llamado según los designios de Dios desde antes de la fundación del mundo, sin mencionar en qué medida se cumplió efectivamente en el tiempo o fue hecho realidad en nuestras almas. El propósito de Dios es que los creyentes sean «santos e irreprochables delante de él, en amor» (cap. 1:4), para su agrado y gloria. En el capítulo 2 vemos cómo obró Dios para producir dicho llamado en este mundo actual, teniendo como objetivo su completo cumplimiento en las edades por venir.

El llamado de Dios implica dos grandes verdades; una de ellas es que los creyentes constituyen un solo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo. La otra es que ellos son «juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (cap. 2:22). Además, mediante estas dos grandes verdades, la epístola nos revela el propósito actual de Dios. En relación con la Iglesia, considerada como Cuerpo de Cristo, leemos que tal Cuerpo es «la plenitud» de Cristo (cap. 1:23). En el versículo 13 del presente capítulo leemos nuevamente acerca de «la plenitud de Cristo»; y en el versículo 19 del capítulo 3 se menciona «la plenitud de Dios». Es pues el propósito de Dios que, como Cuerpo de Cristo, la Iglesia manifieste todas las glorias morales que constituyen el maravilloso carácter de Cristo como Hombre; es decir su plenitud. Luego, como casa de Dios, la Iglesia debe manifestar la santidad, la gracia y el amor de Dios, es decir su plenitud.

Tal es, pues, el elevado privilegio que tenemos: somos llamados a representar a Cristo, manifestando su perfección, y a dar a conocer a Dios en la plenitud de su gracia.

En el capítulo 3 aprendemos que el estado de alma necesario para comprender y experimentar cabalmente la grandeza de nuestro llamado, solo es posible si Cristo habita en nuestros corazones por la fe y si Dios «actúa en nosotros». Si Cristo tiene el lugar que le corresponde en nuestros corazones, estimaremos como un gran privilegio el hecho de permanecer en esta tierra para manifestar su carácter. Si Dios obra en nosotros, sentiremos la dicha de dar testimonio de la gloria de su gracia.

Cristo está en el cielo como Hombre resucitado, glorificado, como Cabeza del Cuerpo; y el Espíritu Santo –Persona divina– está en la tierra, habitando en medio de los creyentes. Cuando tomamos conciencia de la gloria de Cristo y de la grandeza de la Persona que habita en nosotros, sentimos la necesidad de andar de una manera digna.

(V. 2-3) En estos versículos, el apóstol habla en resumen de lo que es el andar digno de nuestro llamado. Si cuando andamos lo hacemos conscientes de nuestros privilegios, como representantes de Cristo y manteniéndonos en la presencia del Espíritu, manifestaremos estos siete caracteres: humildad, mansedumbre, longanimidad, la cualidad de soportar, amor, unidad y paz.

El consciente sentimiento de estar ante el Señor y en la presencia del Espíritu, debe necesariamente conducirnos a la humildad y la mansedumbre. Cuando ante nosotros tenemos a nuestros hermanos, quizá podríamos tratar de darnos importancia a nosotros mismos, pero cuando el que está delante nuestro es Dios, comprobamos nuestra nulidad. En Su presencia, deberían caracterizarnos la humildad, la cual no da lugar al «yo», y la mansedumbre, que cede el lugar a los demás.

La humildad y la mansedumbre, las cuales dejan fuera al «yo», conducen a la longanimidad y a soportar a los demás. A veces quizás experimentemos que los demás no siempre son humildes y mansos; esto demandará la longanimidad de nuestra parte. Quizá lleguemos a sufrir ataques e insultos y tengamos que soportar a los que obran así. Pero, como es posible soportar muchas cosas con un espíritu orgulloso, que trata con desprecio al hermano ofensor, se nos advierte que no debe ser así, sino que debemos soportar ejercitados en amor. Si tenemos que guardar silencio, hagámoslo con el amor que se aflige frente a una conducta ofensiva.

Además, debemos ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Es importante distinguir entre la unidad del Cuerpo y la unidad del Espíritu. La unidad del Cuerpo es un hecho realizado por el Espíritu Santo que une a los creyentes a Cristo, y a su vez entre ellos, como miembros de un solo Cuerpo. Esta unidad es intocable. Pero existe también «un [solo] Espíritu» que es la fuente de todo pensamiento recto, palabra y hecho, para que en el Cuerpo prevalezca un solo pensamiento: el pensamiento del Espíritu.

Esta es la unidad del Espíritu, la cual debemos ser solícitos en guardar. Alguien dijo con toda razón: “Individualmente podemos andar según el Espíritu, pero la unidad del Espíritu implica un andar colectivo”.

Si comprendemos bien que somos miembros de «un [solo] cuerpo», nos daremos cuenta de que no podemos andar meramente como individuos aislados, sino como unidos unos a otros en un solo Cuerpo y, como tales, debemos mostrar solicitud para ser dirigidos por un solo pensamiento: el pensamiento del Espíritu. Esta unidad del Espíritu no es simplemente una uniformidad de pensamiento, ni una unidad que resulta de un acuerdo o de mutuas concesiones. Tales concepciones de la unidad pierden de vista por completo el pensamiento del Espíritu.

Lo que vemos en los primeros días de la Iglesia es el bendito resultado obtenido por los creyentes al tener el pensamiento del Espíritu. Ellos estaban llenos del Espíritu y, por consecuencia, «la multitud de los creyentes era de un corazón y un alma» (Hec. 4:32). Con toda evidencia esta unidad del Espíritu no fue guardada. Sin embargo, el Espíritu aún está allí y su pensamiento –que es uno solo, una sola mente– no cambia, de manera que subsiste la exhortación: como miembros del único y mismo Cuerpo, debemos esforzarnos en guardar la unidad del Espíritu.

El único medio que tiene cada uno de nosotros para mantener esta unidad es juzgar la carne. Si dejamos que la carne se manifieste en nuestros pensamientos, palabras y hechos, introducirá de inmediato un elemento discordante. Alguien dijo: “El principio de la carne es: cada uno por su cuenta. Esto no conduce a la unidad. En la unidad del Espíritu es todo lo contrario, el principio es: cada uno por los demás”.

Además, debemos ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu «en el vínculo de la paz». La carne siempre quiere hacer valer sus derechos y está lista para reñir con los que no está de acuerdo. Si no podemos llegar a un mismo sentir en cuanto al pensamiento del Espíritu, escudriñemos pacientemente la Palabra de Dios, bajo la dirección del Espíritu, con un espíritu de paz. Si dos creyentes no tienen el mismo pensamiento, es evidente que uno de ellos, o ambos, carecen del pensamiento del Espíritu y corren el riesgo de involucrarse en una disputa. ¡Cuán necesario es, pues, que el esfuerzo en guardar la unidad del Espíritu sea hecho en el espíritu de paz, que es el vínculo que nos une! Otro hermano dijo: “En lo que proviene del Espíritu siempre hay unanimidad. ¿Por qué nosotros no estamos siempre de acuerdo? Porque obran nuestros propios pensamientos. Si retuviésemos solamente lo que hemos aprendido de las Escrituras, seríamos guardados todos en unanimidad” (J. N. Darby).

(V. 4-6) Naturalmente surge una importante pregunta: ¿cuál es el pensamiento del Espíritu, que debemos esforzarnos en guardar? Tenemos la respuesta en los versículos 4 al 6. El pensamiento del Espíritu se nos presenta en estas siete unidades: un Cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre de todos. El Espíritu está aquí abajo para establecer y mantener en nuestras almas estas grandes verdades. Si andamos juntos a la luz de estas verdades podremos guardar la unidad del Espíritu. Por el contrario, si las negamos en la práctica o nos desviamos de ellas produciremos una brecha en la unidad del Espíritu. De manera que estos versículos nos presentan los diferentes ámbitos en los que debe manifestarse un andar según el Espíritu. A este andar se lo ve relacionado con tres círculos diferentes de unidad. Se relaciona con el Cuerpo, el Espíritu y la esperanza en el círculo de la vida; luego con el Señor en el círculo de la profesión cristiana y por último con Dios en el círculo de la creación.

Es de suma importancia que nuestros pensamientos sean formados por la Palabra de Dios, para que podamos discernir estos tres círculos de unidad que existen actualmente ante los ojos de Dios, de modo que tengamos delante de nosotros no solamente lo que Dios tiene delante de él, sino también una justa estimación de la gravedad del abandono de la verdad por parte de la cristiandad.

En primer lugar, el apóstol dice que hay «un [solo] cuerpo, y un [solo] Espíritu», y agrega, «como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestro llamamiento». Aquí todo es real y vital; es el círculo de la vida. Al «un» cuerpo lo forma el «un» Espíritu y lo hace avanzar hacia el único objetivo: la gloria. Dios guarda esta unidad. Nosotros no podemos guardarla con nuestros esfuerzos, ni romperla a causa de nuestras faltas; pero si en la práctica negamos estas grandes verdades podemos perder de vista el pensamiento del Espíritu. Desgraciadamente esto es lo que se produjo en la profesión cristiana, pues a la luz de la gran verdad de que hay «un cuerpo» –uno solo, no muchos– los diferentes cuerpos de creyentes, es decir, las organizaciones religiosas que se formaron en la cristiandad quedan condenadas; mientras que el «un» Espíritu condena a todos los preparativos con que los sistemas humanos ponen de lado al Espíritu. Además, la iglesia profesa se instaló en el mundo y se acomodó a él, lo cual es la negación de la esperanza celestial de nuestro llamado.

En segundo lugar, existe un círculo más amplio que abarca a todos los que, ya sea de manera real o solo de labios, hacen profesión de Cristo como Señor. Se trata de la profesión cristiana caracterizada por una autoridad, la cual es el Señor y una doctrina, es decir, la fe; un círculo al que somos introducidos mediante el bautismo. La autoridad y la administración están vinculadas con el Señor. El hecho de reconocer que hay un solo Señor debería eliminar la autoridad del hombre y excluir toda acción independiente. Si reconocemos que hay «un [solo] Señor», no podemos admitir que una asamblea ignore la disciplina ejercida verdaderamente en el nombre del Señor en otra asamblea, porque esta actitud no es recta. De modo que también por independencia podemos dejar de lado el pensamiento del Espíritu acerca de la unanimidad y negar en la práctica que hay «un Señor».

En tercer lugar, existe otro círculo, que es el más amplio y vasto: el círculo de la creación. Hay un Dios y Padre de todos, del cual procede todo. Además, es bueno que sepamos que, cualquiera que sea el poder de las cosas o de los seres creados, Dios «es sobre todos» y sobre todo. Más aún, Dios ejecuta sus planes «por todos» y en todos; de manera que puede decir: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti» (Is. 43:2). Por último, Dios obra en el creyente para llevar a cabo su propósito para con este. El hecho de reconocer estas grandes verdades no solo nos llevará a rechazar las impías teorías evolucionistas de los hombres, sino que también nos alentará a obrar rectamente en todas las circunstancias y relaciones de la vida que se vinculan con el orden de la Creación.

Desgraciadamente, vemos que la gran profesión cristiana actual niega en la práctica cada uno de estos círculos. Deja de lado al Espíritu suplantándolo mediante preparativos humanos, se olvida del Señor pues practica la independencia, y se aparta de Dios por medio de razonamientos incrédulos.

En los versículos siguientes, las exhortaciones parecen referirse especialmente a cada uno de estos círculos. En primer lugar, en los versículos 7 al 16, somos exhortados como miembros del solo Cuerpo; luego, en los versículos 17 al 32, se nos exhorta en cuanto a nuestra conducta como habiendo reconocido al único Señor; y, finalmente, desde el capítulo 5 hasta el capítulo 6, versículo 9, se nos dirige la exhortación referente a las relaciones de la vida en lo tocante al círculo de la Creación.

(V. 7) Después de haber colocado, por medio de estos versículos introductorios, el fundamento para un andar digno del llamamiento, el apóstol comienza a hablar de los recursos con que cuenta el creyente para que su andar sea fiel en relación con el primer círculo, es decir, con el solo Cuerpo, y para crecer a la semejanza de Cristo, la Cabeza.

En primer lugar, el apóstol habla del don de gracia: «Pero a cada uno de nosotros le fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo». En contraste con lo que nos es común a todos, de lo cual el apóstol ya nos habló, existe lo que le es concedido «a cada uno». Las expresiones «un Espíritu» y «un Señor» mencionadas en los versículos 4 y 5, respectivamente, excluyen la independencia; la expresión «a cada uno» del versículo 7 mantiene nuestra individualidad. Mientras que cada miembro tiene su función especial, todos obran para la unidad y el bien de todo el Cuerpo. En el cuerpo físico, las funciones del ojo y de la mano son diferentes, pero ambos actúan en común para el bien y la unidad del cuerpo. La «gracia» es el servicio especial que cada uno ha recibido. No se trata necesariamente de un don diferente, sino que a cada uno le es dada una medida de gracia para que cada uno pueda servir a los demás en amor. Esta gracia es según la medida que Cristo ha dado.

(V. 8) En segundo lugar, para promover el progreso y el crecimiento espiritual, el apóstol menciona los diferentes dones. Introduce el tema presentando a Cristo elevado en lo alto, porque estos dones provienen del Cristo triunfante y exaltado. Parece que para ilustrar el soberano poder de Cristo dando los dones, se hace una alusión a la historia de Barac (Jueces 5:12). Cuando Barac liberó a Israel de su cautividad, llevó cautivos a los que habían llevado a la cautividad al pueblo de Israel. Así es como Cristo triunfó sobre todo el poder de Satanás y, habiendo liberado a su pueblo del poder del enemigo, subió a lo alto, donde está exaltado y desde donde da dones a los suyos.

(V. 9-10) Estos dos versículos son parentéticos y se introducen para demostrar la grandeza de la victoria de Cristo. En la cruz, él descendió hasta el lugar más bajo en que el pecado puede colocar a un hombre. Y desde ese abismo donde, como Sustituto, fue hecho pecado, subió al lugar más elevado en el que un hombre puede ser colocado: la diestra de Dios.

(V. 11) Como Cristo destruyó el poder del enemigo que nos mantenía en la esclavitud, y llevó cautiva la cautividad, obra con poder y se sirve de los hombres como instrumentos de Su poder. Esto no quiere decir simplemente que él da los dones y nos deje repartirlos entre nosotros, sino que da ciertos hombres para ejercer los dones. No es que dé el apostolado, sino que da apóstoles, y lo mismo sucede con todos los dones. Aquí, pues, no se trata más de la gracia dada «a cada uno», sino de «unos» y «otros», es decir, las personas dadas para ejercer los dones. En primer lugar, dio apóstoles y profetas, y la Iglesia se edifica sobre el fundamento de los apóstoles y profetas. El fundamento ya fue puesto y ellos no están más, aunque aún tenemos el beneficio de estos dones en los escritos del Nuevo Testamento.

Los demás dones –evangelistas, pastores y maestros– son para la edificación de la Iglesia, después de haber sido colocado el fundamento. Estos dones subsistirán durante todo el período de la historia de la Iglesia en la tierra. Primero se menciona al evangelista, como el don por el que las almas son llevadas al círculo de la bendición. Una vez introducidos en la Iglesia, los creyentes son beneficiados mediante los dones de pastor y maestro. Los evangelistas presentan a Cristo ante el mundo. Los pastores y los maestros presentan a Cristo ante el creyente. Los pastores se ocupan de las almas individualmente; los maestros les exponen las Escrituras. Alguien dijo: “Una persona puede enseñar sin ser pastor, pero si usted es un pastor no podrá dejar de enseñar en alguna manera. Las dos cosas están estrechamente ligadas; sin embargo, no se podría decir que ambas son lo mismo. El pastor no solo da alimento, como el maestro, sino que apacienta o pastorea las ovejas, las conduce aquí y allá, y cuida de ellas”.

Notaremos que en estos versículos no se menciona ningún don milagroso. Ello no estaría en su lugar en un pasaje donde se habla de los recursos con que el Señor provee a la Iglesia. Los milagros y las señales fueron dados al principio para fijar la atención de los judíos sobre la gloria y la exaltación de Cristo y sobre el poder de su Nombre. Los judíos rechazaron este testimonio y las señales y milagros cesaron. Pero el amor del Señor por su Iglesia jamás puede cesar y los dones que dan testimonio de su amor continúan, según está escrito: «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, así como Cristo a la Iglesia» (Efe. 5:29).

(V. 12) Después de haber hablado de los dones, el apóstol coloca ante nosotros los tres grandes objetos para los que fueron dados estos dones. En primer lugar, son concedidos para «perfeccionar a los santos», es decir, para que cada creyente individualmente sea establecido en la verdad. En segundo lugar, son dados «para la obra del ministerio», lo que abarca toda forma de servicio. En tercer lugar, son otorgados «para la edificación del cuerpo de Cristo». Las bendiciones que reciben los individuos y la obra del ministerio tienen por objeto la edificación del Cuerpo de Cristo. Todo don, sea el de evangelista, el de pastor o el de maestro, solo se ejerce como conviene cuando el objetivo es la edificación del Cuerpo de Cristo.

(V. 13) Los versículos siguientes nos enseñan con mayor precisión lo que el apóstol entiende por «perfeccionar a los santos». No habla de la perfección que será la parte del creyente en la gloria de la resurrección, sino del progreso espiritual en la verdad y en el conocimiento del Hijo de Dios, lo que conduce a la unidad y a hacer de nosotros creyentes completamente desarrollados y maduros aquí abajo.

La fe de la que el apóstol habla aquí es el conjunto de la verdad cristiana. La unidad no es una unidad obtenida por medio de un común acuerdo de muchos, como en un credo, ni una alianza o asociación creada mediante procedimientos humanos, sino una unidad de mente y de corazón producida por la recepción de la verdad tal como la enseña Dios en su Palabra. La fe se vincula con el conocimiento del Hijo de Dios, pues, en él, Dios se revela plenamente y la verdad se expone de manera viviente. Todo lo que ataque a la fe o menosprecie de alguna manera la gloria del Hijo de Dios, impedirá el perfeccionamiento de los santos. El conocimiento de la fe, tal como se revela en la Palabra y se manifiesta en el Hijo de Dios, conduce al estado de «varón perfecto», es decir, a la madurez, tal como se presenta en toda su plenitud y perfección en Cristo como Hombre. La imagen nos muestra a creyentes plenamente desarrollados y con todo su vigor. Parece que el pasaje abarca a todos los santos, porque no habla de hombres perfectos, sino de que «lleguemos… [a] varón perfecto», es decir, al estado de un hombre maduro, lo que implica la idea de que todos los creyentes en su unidad manifiestan a un hombre enteramente nuevo. La medida de la estatura del varón perfecto no es nada menos que la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. «La plenitud» presenta la idea de un estado completo. El «varón perfecto» no es nada menos que la manifestación de todas las glorias morales de Cristo en los creyentes. Todo el pasaje considera a los creyentes como constituidos en un Cuerpo destinado a manifestar la plenitud de Cristo. Además, en cuanto a la medida que se coloca ante nosotros, no se trata tan solo de que todos los rasgos de Cristo deberían ser vistos en los santos, sino de que ellos deberían ser vistos en perfección. Uno puede argumentar que aquí abajo los santos jamás alcanzarán esto. Es cierto, pero Dios no puede presentarnos una medida inferior a la perfección que se ve en Cristo. Tengamos cuidado, no tratemos de evadir lo que Dios pone ante nosotros y no intentemos excusar nuestras faltas, diciendo que la medida de Dios es imposible de alcanzar.

(V. 14) Como resultado de este pleno crecimiento ya no seremos más niños fluctuantes en el conocimiento espiritual, expuestos, por ignorancia, a ser «zarandeados y llevados por todo viento de doctrina por la astucia de los hombres que con habilidad usan de artimañas para engañar». Desgraciadamente, en la cristiandad profesa se encuentran aquellos que, con estratagemas y astucias, están listos para engañar a los que no están bien afirmados en la verdad; y para engañar, por lo general, esconden su falsa doctrina mediante «las artimañas» del engaño. Cada vez que en la historia del pueblo de Dios surge una negación precisa de alguna gran verdad o que se abre camino una herejía respecto a la Persona de Cristo, se descubrirá que tras esa particular falsa doctrina se esconde todo un sistema de artificios del error.

(V. 15) Cuando surgen las controversias, existe el gran peligro de ser «llevados por todo viento» al escuchar a fulano o a mengano. Si miramos lo que nos rodea, veremos un cristianismo mezclado, sin vida e impotente contra el engaño. Nuestra única salvaguardia contra todo error reside, no en el conocimiento del error, sino en mantenernos en «la verdad con amor», y en tener a un Cristo viviente ante nuestras almas. Si Cristo es el objeto de nuestros afectos, toda verdad que se refiera a él será mantenida en amor; y el resultado que obtendremos de ello será nuestro crecimiento en Cristo en todas las cosas, y llegaremos a ser moralmente semejantes a Aquel que ocupa nuestros afectos.

Además, Aquel a cuya semejanza y en el conocimiento del cual crecemos es la Cabeza del Cuerpo. Toda sabiduría, poder y fidelidad están en la Cabeza. Todo podrá estar en desorden en la escena que nos rodea, pero si conocemos a Cristo como Cabeza comprobaremos que ni el poder del enemigo ni las faltas de los santos podrán causar un perjuicio a la sabiduría y el poder de la Cabeza.

(V. 16) En este versículo, pasamos de lo que el Señor, en su gracia, obra por medio de los dones a lo que él mismo hace como Cabeza del Cuerpo. Cuando menciona que todas las coyunturas se ayudan mutuamente no se refiere al ejercicio específico de un don, porque los dones no son dados a todos, pero todo verdadero creyente ha recibido algo de la Cabeza para beneficio de los demás miembros del Cuerpo. En el cuerpo humano, si cada miembro está bajo el directo control de la cabeza, todos ellos funcionarán juntos para el bien de todos. De igual manera, si cada miembro del Cuerpo de Cristo se somete al directo control de Cristo, el Cuerpo crecerá, sí mismo edificándose en amor.

De modo que, en el curso de este pasaje, vemos la gracia que es dada a cada uno, los dones especiales, y lo que la Cabeza concede a cada miembro para la bendición de todo el Cuerpo (v. 7, 11, 16).

También podemos advertir cuán amplio y destacable lugar ocupa el amor en el ámbito cristiano. Debemos soportarnos unos a otros en amor; tenemos que mantenernos en la verdad, siguiéndola en amor y la edificación del Cuerpo debe realizarse en amor (v. 2, 15-16).

Todo el pasaje presenta un magnífico cuadro de lo que la Iglesia debería ser aquí abajo, según el pensamiento del Señor. Si miramos la cristiandad o lo que se hace en la tierra usando fraudulentamente el nombre de Cristo, no podremos tener una verdadera concepción del cristianismo o de la Iglesia. Para tener la verdadera noción de la Iglesia según la mente del Señor, nuestros pensamientos tienen que abstraerse de todo lo que nos rodea y debemos tener frente a nosotros la verdad tal como se presenta en la Palabra y se manifiesta en el Hijo de Dios.

5.2 - La conducta del creyente como quien confiesa al Señor

(V. 17-19) Ahora el apóstol nos exhorta a que también nuestra conducta individual se manifieste como conviene a aquellos que confiesan al Señor en un mundo malo. Él nos amonesta en el Señor, cuyo nombre confesamos, a que ya no andemos como los otros gentiles. Esto lo lleva a dar un cuadro sumario, pero vigoroso, de la condición del mundo gentil inconverso. Los gentiles andan en la vanidad de su mente, siguiendo cosas vanas. Tienen el entendimiento entenebrecido, ignoran por completo a Dios y son ajenos de la vida de Dios. Ignoran a Dios porque sus corazones están endurecidos por la vida perversa que llevan, sí mismos habiéndose entregado a la lascivia. De modo que aprendemos que el endurecimiento del corazón de los hombres viene a causa de la perversa vida que viven; que el corazón endurecido hace entenebrecer el entendimiento, y que el entendimiento entenebrecido hace que el hombre sea presa de toda vanidad.

(V. 20-24) En contraste con la vana e ignorante vida del mundo gentil, el apóstol presenta la vida que proviene del conocimiento «conforme a la verdad que hay en Jesús». Se ha señalado que el apóstol no dice: “Conforme a la verdad que está en Cristo”, porque esto significaría presentar delante de Dios a los creyentes y su posición en Cristo. En cambio, emplea el nombre personal, «Jesús», para exponer ante nosotros un andar práctico en justicia, es decir, recto, justo, tal como el que él manifestó en su propio camino. Alguien también expresó lo siguiente: “El apóstol dice «Jesús», porque piensa, no en la posición que tenemos en él, ni en los resultados de su obra hecha por nosotros, sino simplemente en su ejemplo; y Jesús es el nombre que le perteneció como Hombre aquí en el mundo”.

La verdad manifestada en Jesús era la verdad en cuanto al nuevo hombre, porque él es la perfecta expresión del nuevo hombre, el cual tiene el carácter de Dios mismo: «justicia y santidad de la verdad». Por lo tanto, la verdad tal como está en Jesús no es la reforma del viejo hombre, ni la transformación de la carne en un hombre nuevo, sino la introducción del nuevo hombre, el cual es una creación completamente nueva, que tiene el carácter de Dios. El primer hombre no era justo, sino inocente. En él no había ningún mal, ni tenía el conocimiento del bien y del mal. El viejo hombre tiene el conocimiento del bien y del mal, pero escoge la injusticia y se corrompe según sus deseos engañosos. El nuevo hombre tiene el conocimiento del bien y del mal, pero es justo y, por consecuencia, rechaza el mal.

La verdad que aprendimos en Cristo fue manifestada en Jesús. La verdad que nos fue enseñada y que aprendimos de él, es que en la cruz nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo (Col. 3:9-10). A la luz de esta gran verdad vemos que en nuestra vida diaria somos renovados constantemente en el espíritu de nuestra mente. En lugar del pensamiento de la carne, que es enemistad contra Dios, tenemos una mente renovada, caracterizada por la justicia y la santidad, que rechaza el mal y escoge el bien. El nuevo hombre no significa la transformación del viejo hombre, sino un hombre completamente nuevo; y la renovación se refiere a la vida cotidiana del nuevo hombre. En Colosenses 3:9, el apóstol no dice que debamos despojarnos del viejo hombre, sino que nos hemos «despojado el viejo hombre». El viejo hombre fue despojado en la cruz, y la fe acepta lo que Cristo hizo. No tenemos que morir al pecado, sino tenernos por muertos al pecado en la persona de nuestro Sustituto.

(V. 25) En los últimos versículos de este capítulo, el apóstol aplica esta verdad a nuestra conducta personal. Debemos desechar las acciones del viejo hombre y revestir el carácter del nuevo hombre. Debemos desechar la mentira y hablar la verdad, recordando que somos miembros los unos de los otros. Siendo así, podemos afirmar lo que bien se ha dicho: “Si miento a mi hermano, es como si me engañase a mí mismo”. Vemos, pues, que la gran verdad de que los creyentes son miembros de un solo y mismo Cuerpo, tiene un alcance práctico hasta en los más pequeños detalles de la vida.

(V. 26) Debemos ser cuidadosos de no pecar al airarnos. Existe una ira justa, pero tal ira es la indignación contra el mal, no contra quien hace el mal; y tras dicha ira se siente la tristeza producida por el mal. Por eso leemos que cuando el Señor miró a los jefes de la sinagoga lo hizo «con indignación», pero «apenado a causa de la dureza de sus corazones» (Marcos 3:5). La ira de la carne siempre tiene como objeto el «yo», lo cual no es la tristeza producida por el mal, sino el resentimiento contra quien comete la ofensa. Esta ira carnal contra el que comete el mal, solo conduce a la amargura que llena el alma con pensamientos de venganza. El que alimenta tales pensamientos se encuentra en una continua agitación y, en ese sentido, deja que el sol se ponga sobre su enojo. La ira contra el mal nos hace sentir una tristeza que solo halla consuelo cuando nos volvemos a Dios, donde el alma encuentra el reposo.

(V. 27-32) Se nos previene que, si obramos según la carne, ya sea al airarnos o de alguna otra manera, damos lugar al diablo. Pedro, a causa de su confianza en sí mismo, dio lugar para que el diablo lo hiciera negar al Señor.

La vida del nuevo hombre se encuentra en absoluto contraste con la del viejo hombre, de manera que este, cuya costumbre era robar, se convierte en alguien que aporta su ayuda al que padece necesidad.

En nuestras conversaciones no debemos hablar de cosas que puedan corromper la mente de los oyentes, sino de lo que edifique y comunique un espíritu de gracia a los oyentes.

En la primera parte del capítulo, la exhortación a un andar digno emana de la gran verdad de que los creyentes son colectivamente la morada del Espíritu Santo. Aquí se nos recuerda que, como individuos, somos sellados por el Espíritu. Al darnos el Espíritu, Dios nos ha marcado como suyos para el día de la redención. Nosotros tenemos que velar para no contristar al Espíritu Santo mediante la amargura, el enojo (furor), la ira, la gritería, la maledicencia y la malicia.

En contraste con la maledicencia y la malicia de la carne, tenemos que ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, teniendo conciencia de la manera en que Dios obró con nosotros, perdonándonos en Cristo.

6 - Capítulo 5

6.1 - El andar del creyente como hijo de Dios

(V. 1) En esta parte de la epístola, los creyentes son contemplados no solo como aquellos que reconocen que hay un solo Dios, sino como aquellos que están en relación con él, como hijos suyos. Todo el pasaje nos exhorta a andar como es propio que lo hagan los hijos. La conjunción «pues» del primer versículo vincula este pasaje con el último versículo del capítulo anterior. Dios obró para con nosotros en bondad y gracia, y ahora es propio que obremos unos para con otros tal como Dios lo hizo con nosotros. Se nos exhorta, pues, a ser imitadores de Dios «como hijos amados». No se trata de que debamos imitar a Dios para convertirnos en hijos, sino de imitarlo porque somos sus hijos. Andar como hijos «amados» implica una marcha gobernada por el afecto. Un siervo puede caminar rectamente sometiéndose a una obediencia legalista, pero lo que le conviene a un hijo es andar en obediencia por amor. Nosotros no somos siervos, sino hijos.

No podemos imitar a Dios en su omnipotencia y omnisciencia, y de hecho no es lo que se nos pide, pero somos exhortados a obrar moralmente como él. Tal conducta se caracteriza por el amor, la luz y la sabiduría; y en todas estas cosas podemos ser imitadores de Dios. En los versículos siguientes, el apóstol desarrolla el tema de la marcha en conformidad con estos preciosos rasgos morales. Primero habla del andar «en amor», en contraste con un mundo dominado por la codicia (v. 1-7). En segundo lugar, nos exhorta a andar «como hijos de luz», en contraste con los que viven en las tinieblas (v. 8-14). Finalmente, nos exhorta a andar cuidadosamente, «no como necios, sino como sabios» (v. 15-20).

(V. 2) De modo que, primeramente, como hijos, se nos exhorta a andar en amor. De inmediato, se nos presenta a Cristo como el gran ejemplo de este amor. En él vemos la consagración del amor cuando sí mismo se entrega por otros, y esta consagración sube a Dios como un sacrificio de olor fragante. Tal amor va mucho más allá de las exigencias de la ley, que demanda que el hombre ame a su prójimo como a sí mismo. Cristo hizo mucho más que esto, porque sí mismo se entregó a Dios por nosotros. Este es el amor que se nos llama a imitar; un amor que nos conducirá a sacrificarnos por nuestros hermanos. Este amor, en su pequeña medida, subirá en olor fragante a Dios, como lo hizo el infinito amor de Cristo. El amor que hizo que la asamblea en Filipos enviase lo que supliría las necesidades del apóstol, fue «perfume de buen olor, sacrificio aceptable, agradable a Dios» (Fil. 4:16-18).

(V. 3) El amor que se consagra para el bien de los demás, excluirá la impureza que satisface a la carne en detrimento de otros y la codicia que busca el beneficio propio. Nuestra conducta debe ser la que conviene a los santos. El modelo de nuestra conducta moral no es simplemente un andar que es propio de un hombre honesto, sino el que conviene a santos. Cuando se trata de expresar el amor, tenemos que hacerlo «como hijos amados»; cuando la cuestión es rechazar la codicia, debemos hacerlo «como conviene a santos».

(V. 4) Además, la satisfacción pasajera que el mundo encuentra en la inmundicia, las palabras deshonestas y las truhanerías son inconvenientes para los santos. Lo que les conviene es el gozo apacible y profundo de las acciones de gracias, no «la risa del necio» (Ecl. 7:6).

(V. 5) Los que se caracterizan por la impureza, la codicia y la idolatría, no solo serán privados de las bendiciones del reino venidero de Cristo y de Dios, sino que, por ser desobedientes al Evangelio, caerán bajo la ira de Dios. En contraste con el presente mundo malo, el reino de Dios será una escena en la que prevalecerá el amor y quedará excluida la concupiscencia. Lo que será una realidad en el reino venidero, debería caracterizar a la familia de Dios en el presente.

(V. 6) Se nos advierte que no nos dejemos engañar con palabras vanas. Es evidente que los hombres quieren excusar la codicia mediante la filosofía y la ciencia; y que para darle al pecado una apariencia atractiva tratan de encubrirlo con un manto de encanto poético y romántico. A pesar de ello, por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. «Los hijos de desobediencia» son los que han escuchado la verdad, pero la han rechazado. En los días del apóstol Pablo, los judíos, como conjunto, eran de manera particular los hijos de desobediencia, pero esto pronto llegó a ser cierto también para la cristiandad. Aunque el pecado supremo sea la desobediencia al Evangelio, los hombres serán juzgados por sus malas acciones.

(V. 7) Por lo tanto, no debemos ser partícipes con tales personas. Los hijos de Dios y los hijos de desobediencia no pueden tener nada en común.

(V. 8-10) En segundo lugar, en otro tiempo éramos tinieblas, mientras que ahora somos luz en el Señor. Esto no significa simplemente que estábamos en la oscuridad, sin conocer a Dios, sino que nos caracterizábamos por tener una naturaleza que es tinieblas, la cual se complace en todo lo que es contrario a Dios. Ahora somos partícipes de la naturaleza divina y esta naturaleza se caracteriza por el amor y la luz. De modo que el apóstol puede decir, no solo que somos luz, sino que somos luz en el Señor. Al estar bajo la autoridad del Señor, tenemos la luz para andar como a él le agrada, y amaremos lo que él ama.

Siendo luz en el Señor, tenemos que andar como hijos de luz, un andar que consiste en «toda bondad, justicia y verdad», porque estas cosas son el fruto de la luz [1]. Andando de esta manera, en cada circunstancia de nuestra vida comprobaremos lo que es agradable al Señor y reprenderemos las obras infructuosas de las tinieblas. Alguien dijo: “Cuando un niño observa a su padre, aprende lo que a este le es agradable y sabe lo que el padre desearía en las circunstancias que se presentan”. De esta manera comprobamos «lo que es agradable al Señor».

[1] Nota del traductor (N. del T.): En el texto griego, en el versículo 9 se lee: «El fruto de la luz» y no “el fruto del Espíritu” como se encuentra en las versiones basadas en lo que se denomina el “Texto Recibido”.

(V. 11-13) Ya se nos advirtió de que no tengamos ninguna participación con los que hacen el mal; ahora somos exhortados a no tener ninguna participación en las obras de las tinieblas. Más bien debemos reprenderlas. Hablar de las cosas que la carne puede hacer en secreto es vergonzoso. La luz de Cristo reprueba el mal que ella manifiesta. En la cristiandad, la gente no puede cometer públicamente los groseros pecados que se practican abiertamente en el paganismo, porque la luz entre los cristianos es demasiado fuerte y manifiesta todo. Pero por desgracia, como la luz declina, los pecados vuelven a exhibirse pública y abiertamente.

(V. 14) Para Dios, el incrédulo está muerto. Si el verdadero creyente no tiene en cuenta estas exhortaciones, puede caer en un estado de letargo espiritual y dormir hasta el extremo de llegar a parecerse a un muerto. En esa condición no podrá aprovechar la luz de Cristo. La exhortación que le conviene es: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo». Con toda razón, alguien dijo: “Cristo mismo es la fuente, la expresión y la medida de la luz para el alma que está despierta”.

(V. 15-17) En tercer lugar, se nos exhorta a andar sabiamente. Después de haber aprendido, mediante los catorce primeros versículos, que la verdadera medida para un andar recto es la naturaleza de Dios, es decir, luz y amor, debemos sacar provecho de esta enseñanza y andar cuidadosamente «no como necios, sino como sabios». En este mundo malo, el creyente necesita tener sabiduría, pero sabiduría tocante a lo que es bueno. Por eso en otra epístola el apóstol escribe: «Deseo que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal» (Rom. 16:19). Nuestra sabiduría se manifestará en el hecho de saber redimir o aprovechar bien el tiempo y de entender cuál es la voluntad del Señor. Los días son malos y si el diablo pudiese obrar a su antojo, jamás nos dejaría un tiempo ni una ocasión para lo que le agrada al Señor. Para hacer el bien es necesario, por así decirlo, arrebatarle la ocasión al enemigo. Si entendemos la voluntad del Señor, a menudo podremos descubrir que un mal día puede transformarse en una ocasión para hacer el bien. Mediante la oración y el ayuno, Nehemías conoció la voluntad del Señor concerniente a su pueblo, de manera que cuando se presentó la oportunidad, delante del rey Artajerjes, aprovechó la ocasión (Neh. 1:4; 2:1-5). Es posible tener un gran conocimiento de lo que es el mal y, con todo, ignorar la voluntad del Señor; por lo tanto, ser aún «necio».

(V. 18-21) La sabiduría dada por Dios conducirá a la sobriedad, en contraste con la excitación de la naturaleza. El mundo puede elaborar alguna estimulación pasajera que termina en excesos del mal, en disolución, pero el creyente tiene una fuente de gozo en su interior: el Espíritu Santo; y como tenemos el Espíritu, se nos exhorta a ser llenos de él. Si no contristásemos al Espíritu y lo dejásemos controlar nuestros pensamientos y afectos, constituiríamos un grupo de personas completamente separadas del mundo y sus excitaciones, que podrían regocijarse juntas en una vida totalmente desconocida por el mundo, en la cual este no puede hallar ningún placer. Esta vida encuentra su expresión en la alabanza que brota de corazones que se regocijan en el Señor. Es una vida que discierne el amor y la bondad de Dios en «todo», por penosas que puedan ser las circunstancias que se presenten. Una vida que hace dar «siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo». En esto, como en cualquiera otra cosa para el creyente, Cristo es nuestro perfecto modelo. Recordemos la actitud que tomó cuando fue rechazado por Israel, a pesar de la cantidad de poderosas obras que hizo: «En aquella ocasión, tomando la palabra, Jesús dijo: ¡Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra!» (Mat. 11:25).

Además, si estamos llenos del Espíritu, estaremos imbuidos del espíritu de humildad y de mansedumbre que nos llevará a someternos unos a otros en el temor de Cristo [2], en contraste con la suficiencia de la carne que se da importancia a sí misma y se arroga la libertad de obrar sin tener en cuenta la conciencia de los demás.

[2] N. del T.: «Temor de Cristo» es la expresión que utiliza el texto griego, así como otras versiones castellanas, en el versículo 21.

De manera que las características del creyente lleno del Espíritu serán, en primer lugar, un espíritu de alabanza al Señor; en segundo lugar, la sumisión, con acciones de gracias, a todo lo que el Padre permita; y finalmente, la sumisión mutua en el temor de Cristo.

6.2 - El andar del creyente con relación a los afectos naturales

Esta parte nos exhorta acerca de la conducta conveniente que deben adoptar los creyentes en sus relaciones terrenales. En primer lugar, el apóstol habla de la más íntima de estas relaciones, es decir del matrimonio (v. 22-23); luego, de los hijos y de los padres (cap. 6:1-4); y finalmente de los siervos y de los amos terrenales (cap. 6:5-9).

Individualmente reconocemos a Cristo como Señor, y las responsabilidades vinculadas a cada una de estas relaciones deben verificarse en el temor del Señor. La mujer debe estar sujeta a su propio marido «como al Señor» (v. 22); los hijos deben obedecer a sus padres «en el Señor» (cap. 6:1); los padres deben enseñar a sus hijos «con disciplina e instrucción del Señor» (cap. 6:4); los siervos deben servir «con buena voluntad, como para el Señor» (cap. 6:7); y los amos deben recordar que tienen un Amo y Señor en los cielos.

(V. 22-25) A la mujer creyente se la exhorta a permanecer sujeta en todo a su marido, y al marido creyente a amar a su mujer. Las exhortaciones especiales siempre tienen por objeto señalarle al individuo que las recibe la cualidad particular que no debe olvidar y que suele flaquear en él. La mujer es propensa a perder la sujeción a su marido y, por consecuencia, se le recuerda que él es «cabeza de la mujer», por lo tanto, ella debe estarle sujeta. El hombre es más propenso que la mujer a olvidar el afecto, por ello la exhortación a los maridos es: «Amad a vuestras mujeres».

Para hacer énfasis respecto a la sujeción que se le requiere a la mujer y al afecto que se le demanda al marido, el apóstol es conducido a hablar de Cristo y la Iglesia, y así aprendemos la gran verdad que nos enseña que las relaciones terrenales están establecidas de acuerdo al modelo de las relaciones celestiales. Cuando en el principio Dios instituyó la relación de marido y mujer, lo hizo según el modelo de lo que solo existía en sus designios, es decir, de Cristo y la Iglesia. De manera que, por una parte, la relación entre Adán y Eva, como marido y mujer, presenta en las Escrituras la primera figura de Cristo y la Iglesia; y, por otra, Cristo y la Iglesia sirven para ilustrar la verdadera actitud que deben asumir entre ellos el marido y la mujer. La mujer debe estar sujeta a su marido considerándolo como cabeza, de la misma manera que Cristo es la Cabeza de la Iglesia y el Salvador de estos cuerpos mortales. De igual modo, si el marido es exhortado a amar a su mujer, encuentra el ejemplo de ello en Cristo y la Iglesia, porque debe amarla «como también Cristo amó a la Iglesia».

Se puede pensar que el nivel propuesto es muy elevado, y que estas exhortaciones que requieren que la mujer esté sujeta a su marido en todo, y que el marido ame a su mujer como Cristo amó a la Iglesia son demasiado fuertes. Pero, ¿qué mujer objetaría sujetarse a un marido que la amase como Cristo amó a la Iglesia? ¿Y qué marido podría dejar de amar a una mujer que siempre le estuviese sujeta, como la Iglesia debería estar sujeta a Cristo?

El corazón del apóstol está tan lleno de Cristo y la Iglesia, que aprovecha la ocasión que le dan estas exhortaciones prácticas para exponer de manera muy vívida las relaciones eternas de Cristo y su Iglesia, lo cual nos conviene considerar.

Nos recuerda que «Cristo es cabeza de la iglesia»; que «Cristo amó a la iglesia», y que la sustenta y la cuida con ternura. Él es la Cabeza para guiarla, tiene el corazón para amarla y la mano para suplir todas sus necesidades. En medio de todas las dificultades que debemos enfrentar, nuestro infalible recurso es mirar a Cristo, nuestra Cabeza, para obtener sabiduría y ser dirigidos por él. Cuando sentimos todas nuestras penas y el fracaso del amor humano, podemos recurrir al inmutable amor de Cristo, que excede a todo conocimiento; y en todas nuestras necesidades, podemos contar con sus cuidados y recursos.

Además, el amor de Cristo se nos presenta de tres maneras: lo que su amor hizo en el pasado, lo que hace en el presente y lo que aún hará en el porvenir. En el pasado, Cristo amó a la Iglesia, y sí mismo se entregó por ella. No solo se trata de que haya renunciado a una corona real, a las glorias del reino y las comodidades terrenales, para seguir un camino de humillación y dolor, sino que al final de ese camino «sí mismo se entregó». ¿Qué más podría dar?

No se trata solamente de que en el pasado él haya muerto por nosotros, sino de que en el presente vive por nosotros. Actualmente santifica y purifica a la Iglesia mediante «el lavamiento de agua por la Palabra». Él se ocupa diariamente de nosotros, separándonos de este mundo malo y purificándonos de las prácticas de la carne. Este bendito trabajo se realiza mediante la aplicación de la Palabra a nuestros pensamientos, palabras y caminos.

Recordemos que él no hizo que primero la Iglesia fuese digna de ser amada, para luego amarla y entregarse por ella. Él la amó tal como era ella y, seguidamente, sí mismo se entregó por ella, y ahora trabaja para hacerla apta para él. Dios obró de manera muy dichosa para con Israel, según este mismo principio. Jehová pudo decir a este pueblo: «Yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres… estabas desnuda y descubierta. Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez… y entré en pacto contigo… Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos y collar a tu cuello… y una hermosa diadema en tu cabeza… Fuiste hermoseada en extremo… Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti» (Ez. 16:6-14). Lo que para Israel era el tiempo de necesidad, para Dios era el tiempo de amar. Así amó Cristo a la Iglesia profundamente necesitada y sí mismo se entregó por ella; luego, habiéndola adquirido, la purifica y la hace apta para él. Nosotros no podemos sentirnos satisfechos si el objeto de nuestro amor no responde a nuestros gustos, y Cristo no se sentirá satisfecho hasta que la Iglesia esté perfectamente adaptada y conformada a él.

(V. 26-27) Él obra, en su amor, a fin de sí mismo presentarse, muy pronto, «una iglesia… que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada». La santificación actual, señalada en el versículo 26, está vinculada con la presentación en gloria de la que nos habla el versículo 27; es decir, la condición en que seremos presentados a Cristo en gloria: santos y sin mancha; esta es la medida de nuestra santificación, incluso ahora. Mientras estemos aquí abajo, no podremos alcanzar la medida de la gloria, pero no existe otra medida. Además, la condición en la gloria no solo es la medida de nuestra santificación, sino que, tal como se manifiesta perfectamente en Cristo, es el poder de nuestra santificación.

«La Palabra», que nos revela lo que somos y hace que nos ocupemos de Cristo glorificado, es el poder purificador. Vemos que la Palabra y el efecto santificante que produce Cristo glorificado se encuentran unidos en la oración del Señor: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad», luego agrega: «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Juan 17:17, 19). Vemos que el Señor en la gloria se puso aparte para ser el objeto de su pueblo en la tierra, y al ocuparnos de él somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen.

Por desgracia, la cristiandad fracasó completamente al no andar a la luz de estas grandes verdades concernientes a Cristo y la Iglesia. En la práctica, dejó de dar a Cristo el lugar que le pertenece como Cabeza y, por consecuencia, no se mantuvo sujeta a él. De manera que no nos sorprende ver el abandono de estas relaciones vitales, formadas según el modelo de Cristo y la Iglesia; abandono que condujo a las mujeres a rechazar de manera generalizada la sujeción a sus maridos, y a los maridos a la infidelidad y falta de amor por sus mujeres. La ruina de la cristiandad y la dispersión de los creyentes que la cristiandad dividió en una multitud de sectas, son acontecimientos que pueden ser atribuidos a dos males: al hecho de que los cristianos profesos hayan abandonado el lugar que le pertenece a la Iglesia, es decir, el de sujeción a Cristo, y que hayan usurpado el lugar de autoridad que le pertenece a la Cabeza.

El principio de estos males lo encontramos en la asamblea en Corinto. Allí, los creyentes establecieron conductores en el lugar que le correspondía a Cristo, y seguidamente se agruparon en partidos sujetos a los conductores que ellos mismos habían elegido. El mal que comenzó en Corinto halló pleno desarrollo en la cristiandad, donde el clericalismo prácticamente puso de lado al señorío de Cristo y donde la independencia reemplazó a la sujeción a Cristo.

(V. 28-30) Después de haber presentado de manera tan bendita la verdad referente a Cristo y la Iglesia, el apóstol vuelve a dar exhortaciones prácticas. Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos, porque ambos están unidos en uno de manera tan real, que el marido puede considerar a su mujer como si fuera él mismo. Como tal, el marido tendrá el gozo de sustentar a su mujer, respondiendo a todas sus necesidades y cuidándola con ternura, como a algo muy precioso. De nuevo, el apóstol presenta a Cristo y los cuidados que le brinda a la Iglesia, como el modelo perfecto de los cuidados que el marido debe brindarle a su mujer. No se trata solamente de que en el pasado Cristo haya muerto por nosotros y que en el presente se ocupa de nosotros teniendo como meta la eternidad, sino que, durante nuestro peregrinaje, Él vela por nosotros y nos cuida tratándonos como a sí mismo. «Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos». Él pudo decirle a Saulo de Tarso, cuando este respiraba aún amenazas y muerte contra los santos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hec. 9:4) Alguien dijo muy acertadamente: “La carne de un hombre es él mismo, y Cristo cuida de sí mismo al cuidar a la Iglesia”. Y también: “Cristo no falla jamás, y no puede haber una necesidad en la Iglesia de Cristo, que no encuentre respuesta en el corazón de Cristo”.

(V. 31-32) El marido que ama a su mujer se ama a sí mismo y dejará otras relaciones para unirse a su mujer. El apóstol cita el Génesis, pero establece expresamente que es un gran misterio «respecto a Cristo y a la iglesia». Cristo, como Hombre, abandonó toda clase de relación con Israel según la carne para adquirir a su Iglesia.

(V. 33) Por lo demás, dice el apóstol a cada uno individualmente –mientras tratamos de penetrar en estas verdades eternas del gran misterio de Cristo y de la Iglesia–, que el marido ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido.

7 - Capítulo 6

(V. 1-3) Se ha señalado que en la Epístola a los Efesios las exhortaciones siempre se dirigen en primer lugar a aquellos a quienes se les demanda sumisión. A las exhortaciones especiales les precede una exhortación de orden general a someterse unos a otros (cap. 5:21).

Las exhortaciones acerca de la sumisión se dirigen particularmente a las mujeres, a los hijos y a los siervos; y vemos que las mujeres son exhortadas antes que los maridos, los hijos antes que los padres y los siervos antes que los amos. Este orden parece atribuir gran importancia al principio de sumisión. Alguien dijo: “El principio de sumisión y obediencia es el principio curativo de la humanidad”.

El pecado es desobediencia, y entró en el mundo por la desobediencia. Desde entonces, la esencia del pecado es la propia voluntad que manifiesta el hombre y su rechazo a someterse a Dios. Una mujer insumisa hará que un hogar sea miserable; un hijo desobediente será un hijo infeliz; y un mundo no sujeto a Dios, solo puede ser un mundo desdichado y miserable.

Los sufrimientos del mundo solo cesarán cuando sea llevado a someterse a Dios, bajo el reinado de Cristo. El cristianismo enseña esta sumisión, y el hogar cristiano debería anticipar en alguna medida la felicidad de un mundo sometido al cetro de Cristo.

En cuanto a la obediencia de los hijos, no hay que olvidar que debe ser «en el Señor». Esto supone un hogar gobernado por el temor del Señor y, por consecuencia, según el Señor. La cita del Antiguo Testamento, que vincula la promesa de bendición con la obediencia a los padres, demuestra que Dios estimaba muy grandemente la obediencia bajo la ley. En el cristianismo las bendiciones son de orden celestial, sin embargo, en los caminos gubernamentales de Dios, queda confirmado el principio que afirma que el hecho de honrar a los padres es causa de bendición.

(V. 4) Los padres no deben educar a sus hijos según el principio de la ley, que podría conducirlos a decirles: “Si no te comportas bien, Dios te castigará”. Tampoco deben educarlos según los principios del mundo, que no tienen en cuenta a Dios. Si los educamos simplemente con motivaciones mundanas, dotándolos así de una preparación para vivir en el mundo, no debemos sorprendernos si más tarde los vemos desviarse hacia el mundo. Además, los padres tienen que velar para no provocarlos a ira, ya que, de lo contrario, pueden perder el afecto de sus hijos y destruir la buena influencia que deben tener sobre ellos. Conservaremos su afecto y serán guardados del mundo, solo si son criados «con disciplina e instrucción del Señor». Ellos deben ser enseñados como para el Señor, y como el Señor lo haría.

(V. 5-9) Para que el siervo cristiano obedezca a un amo terrenal, es necesario que tenga un corazón recto para con Cristo. Podrá servir «con buena voluntad» a su amo terrenal, únicamente si lo hace como siervo de Cristo, buscando de corazón hacer la voluntad de Dios. Lo que haga de buena voluntad para el Señor, tendrá su recompensa.

Los amos cristianos deben regirse por los mismos principios que los siervos cristianos. En todas sus relaciones con sus siervos, el amo debe recordar que él mismo tiene un Amo, un Señor en los cielos. Debe tratar a sus siervos con la misma «buena voluntad» que espera de ellos. Además, debe renunciar a las amenazas, y no servirse de su posición de autoridad para proferirlas.

7.1 - La lucha

La Epístola a los Efesios termina con un llamativo pasaje, donde se nos presenta la lucha cristiana. Esta lucha no es el ejercicio de alma que podemos atravesar cuando buscamos comprender y asir la verdad. Se da por sabido que conocemos y apreciamos las maravillosas verdades de la epístola, y la lucha surge del esfuerzo desplegado para guardar y mantener estas verdades frente a todos los poderes opuestos.

En el curso de la epístola, el apóstol desarrolló ante nuestros ojos lo referente a nuestro llamamiento celestial, la herencia de la gloria a la que estamos predestinados, el misterio de la Iglesia y la vida práctica que resulta de estas verdades. Pero cuando nos proponemos penetrar en nuestras bendiciones celestiales y andar de acuerdo con ellas, inmediatamente descubrimos que todo el poder de Satanás se despliega contra nosotros. En su odio contra Cristo, el diablo procura robarnos la verdad y, si no lo logra, trata de que el nombre de Cristo sea deshonrado e intenta desacreditar la verdad, produciendo un derrumbamiento moral en aquellos que la retienen con firmeza. Cuanto más grande sea nuestro conocimiento de la verdad, tanto más deshonraremos el nombre de Cristo si flaqueamos y dejamos que obre la carne. Debemos, pues, estar listos para enfrentar la lucha. Y sepamos que cuanto más nos atengamos a la verdad, más severa será la lucha.

Para que estemos preparados para esta lucha, se nos presentan tres cosas: en primer lugar, la fuente de nuestra fuerza; luego el carácter del enemigo contra quien luchamos; y, finalmente, la armadura que se nos provee para que podamos resistir los asaltos del enemigo.

(V. 10) El apóstol nos conduce a considerar en primer lugar el poder que obra para con nosotros, y describe en segundo lugar el poder que obra contra nosotros. Para enfrentar esta lucha, siempre debemos recordar que toda nuestra fuerza está en el Señor; por eso Pablo dice: «Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza». A menudo tenemos dificultad para darnos cuenta de que no tenemos fuerza en nosotros mismos. Por naturaleza, nos gustaría ser fuertes en número, fuertes en dones o fuertes con el poder que se puede ver en algún enérgico líder, pero nuestra única y verdadera fuerza está «en el Señor, y en el poder de su fuerza».

La oración que leemos en el capítulo 1, nos presenta el poder de la fuerza de Dios. Cristo fue resucitado de entre los muertos y colocado a la diestra de Dios en los lugares celestiales, «por encima de todo principado, y autoridad, y poder, y señorío, y de todo nombre que es nombrado, no solo en este siglo, sino también en el venidero» (cap. 1:21). De manera que esa –dice el apóstol– es «la excelente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos» (cap. 1:19). El poder que obra contra nosotros es infinitamente más grande que nuestro propio poder, pero el poder que obra para con nosotros es un poder superior, el cual sobrepasa a todo poder que se nos opone. Además, Aquel que tiene el poder supremo es el que posee «las inescrutables riquezas» y quien nos ama con un amor que «sobrepasa a todo conocimiento» (cap. 3:8, 19).

En el pasado, a Gedeón se lo preparó para el combate, primeramente, con estas palabras: «Jehová está contigo»; luego recibió la exhortación: «Ve con esta tu fuerza». La familia de Gedeón podía ser la más pobre en Manasés, y él mismo el menor en la casa de su padre; pero, ¿qué importaba la pobreza de Gedeón o su debilidad, si el Señor, que es rico y poderoso, era por él y con él? (Jueces 6:12-15). Así también, más adelante, Jonatán y su paje de armas pudieron enfrentar a un gran ejército, mediante el poder del Señor, porque, dijo Jonatán: «No es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos» (1 Sam. 14:6).

Es igual en nuestros días. Con las faltas que arrastramos, la debilidad entre nosotros y la corrupción que nos rodea, necesitamos sentir de manera fresca y renovada la gloria del Señor, el poder del Señor, las riquezas del Señor, el amor del Señor, para avanzar «con el poder de su fuerza», con el Señor delante de nosotros.

Fuera de Cristo, no tenemos ningún poder. El Señor dice: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5); pero el apóstol declara: «Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil. 4:13). Solo si nuestras almas permanecen en secreta comunión con Cristo, podremos servirnos del poder que está en él. Siendo así, todo el poder de Satanás intentará desviar nuestras almas de Cristo y tratará de impedir que nos alimentemos de Él y que andemos en comunión con Él. Quizás intente privarnos de la comunión con Cristo, entrometiéndose en nuestros quehaceres y obligaciones diarias, o a través de la enfermedad y la debilidad del cuerpo. Puede aprovecharse de las dificultades que se presentan en nuestro camino, de las disputas entre los hijos de Dios o de los mezquinos insultos que tenemos que soportar, para deprimir nuestros espíritus o inquietar nuestras almas. Pero si en lugar de permitir que estas cosas se interpongan entre nuestra alma y el Señor, aprovechamos esas ocasiones para acercarnos a Él, aprenderemos lo que es ser fuertes en el Señor, recordando a la vez nuestra propia debilidad; y descubriremos la bienaventuranza de estas palabras: «Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará» (Sal. 55:22).

(V. 11-12) Primeramente somos exhortados a recordar que nuestra lucha no es contra carne y sangre. El diablo ciertamente puede servirse de hombres y mujeres para oponerse al creyente y negar la verdad, pero nosotros debemos mirar más allá de los instrumentos y discernir quién los utiliza. En Filipos, una mujer, en carne y sangre, se opuso a Pablo, pero él pudo discernir el mal espíritu que animaba a la mujer y, en el poder del nombre de Jesucristo, trabó una lucha contra el poder espiritual de maldad y dirigiéndose al espíritu le mandó que saliera de ella (Hec. 16:16-18).

También un verdadero discípulo, en carne y sangre, se opuso al Señor. Se trata de Pedro, quien, frente a los sufrimientos del Señor, dijo: «¡Ten compasión de ti, Señor! De ningún modo esto te sucederá. Pero él se volvió y dijo a Pedro: ¡Apártate de mi vista, Satanás!» (Mat. 16:22-23).

La lucha, pues, es contra Satanás y sus huestes, cualesquiera que sean los instrumentos que utilice. Los principados y potestades son seres espirituales que tienen una posición de dominio, con poder para ejecutar su propia voluntad. Estos seres pueden ser buenos o malos; aquí son seres malos y parece ser que su maldad toma una doble dirección. En cuanto al mundo, ellos son los «gobernadores del mundo de las tinieblas», en lo que respecta a los cristianos, son las «huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales».

El mundo está en tinieblas e ignora a Dios; y estos seres espirituales gobiernan y dirigen las tinieblas del paganismo, la filosofía, la falsamente llamada ciencia y la incredulidad, así como las supersticiones, las corrupciones y el modernismo de la cristiandad. El creyente es llevado a la luz y bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. De manera que se enfrenta a una oposición de carácter religioso dirigida por seres espirituales que tratan de arrebatarle la verdad de su llamamiento celestial, intentan seducirlo para arrastrarlo a un camino que lo lleve a negar la verdad o para que tome una conducta que no concuerda con ella.

Además, se nos instruye en cuanto al carácter de esta oposición. Esta no se manifiesta simplemente mediante la persecución o la directa negación de la verdad; se trata de una oposición mucho más sutil y peligrosa, descrita como «las artimañas del diablo». Una artimaña es algo que parece atractivo e inocente; sin embargo, desvía al alma del sendero de la obediencia. ¡Cuán a menudo, en estos días de confusión, el diablo trata de arrastrar a los que poseen la verdad a alguna senda equivocada, pero que al principio parece tan poco desviada del verdadero camino, que permite que a cualquiera que quisiera objetar algo contra tal desvío se lo tome por alguien demasiado quisquilloso! Podemos formularnos a nosotros mismos una simple pregunta, mediante la cual puede ser detectada toda artimaña del diablo: “Si sigo este camino, ¿a dónde me llevará?”

Cuando el diablo le sugirió al Señor que saciara su hambre convirtiendo las piedras en pan; dicha sugerencia parecía algo muy inocente; sin embargo, era una artimaña que lo habría conducido fuera del sendero de la obediencia a Dios y a una negación de la palabra que dice: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mat. 4:4).

Para desviar de la verdad del Evangelio a los creyentes de Galacia, el diablo se sirvió de la ley y la usó como una artimaña para enredarlos en la trampa de la autosuficiencia legalista. Para desviar de la verdad referente a la Iglesia a los santos de Corinto, el diablo empleó al mundo como una artimaña para que sintiesen una carnal complacencia de sí mismos. Para desviar de la verdad acerca del misterio a los santos de Colosas, el diablo recurrió a las artimañas de las «palabras persuasivas», las «filosofías» (Col. 2:4, 8) y la superstición, para atraparlos en el lazo de la exaltación religiosa. Estas son las mismas artimañas con las cuales tenemos que enfrentarnos nosotros.

(V. 13) En esta lucha, una armadura humana no sirve para nada. Solo «la armadura de Dios» hará que podamos resistir al diablo. En esta lucha no sirven ni los recursos humanos, ni las capacidades naturales, ni la fuerza del carácter natural. La confianza en tal armadura puede conducirnos a combatir al enemigo, pero solamente para sufrir una derrota. El apóstol Pedro lo experimentó cuando, al confiar en su propia fuerza, trabó una lucha, solo para caer, negando al Señor frente a una criada. Es cierto que Dios puede servirse de las capacidades y la erudición humanas; aquí, sin embargo, no se trata de lo que Dios emplea para su servicio, sino más bien de lo que Dios nos ha dado como armas para la lucha contra las artimañas del enemigo. El enemigo contra quien tenemos que luchar no es carne y sangre, y «las armas de nuestra milicia no son carnales» (2 Cor. 10:4).

Además, en esta lucha, necesitamos «toda la armadura de Dios». Si falta una pieza, muy pronto Satanás sabrá detectar su ausencia y nos atacará en el punto vulnerable.

Finalmente, debemos «tomar» la armadura, es decir, revestirnos con ella. El hecho de que seamos creyentes, de ningún modo quiere decir que, simplemente por ello, estemos revestidos de la armadura. La armadura está preparada para el creyente, pero este tiene que revestirse de ella. No basta con mirar la armadura, admirarla o ser capaces de describirla; es necesario que nos revistamos de «toda la armadura de Dios».

A continuación, aprendemos que la armadura nos es necesaria para resistir en «el día malo». En un sentido general, para el creyente, todo el período de la ausencia de Cristo es un «día malo». Sin embargo, hay ocasiones en que el enemigo lanza ataques especiales contra los hijos de Dios, tratando de despojarlos de verdades substanciales. Para los hijos de Dios, tales ataques constituyen un «día malo». Para resistir, necesitamos estar revestidos de toda la armadura de Dios. Sería demasiado tarde si quisiéramos hacerlo en medio de la lucha.

Necesitamos la armadura para «resistir» y para «estar firmes». Después de haber resistido la ofensiva del enemigo, manifestada en un ataque particular, aún necesitamos la armadura para permanecer a la defensiva. Habiendo «superado todo», todavía necesitamos nuestra armadura para «estar firmes». A menudo estamos expuestos a un mayor peligro cuando alcanzamos alguna notable victoria, porque es más fácil ganar una posición que retenerla. Una vez que nos hemos revestido de la armadura, no podemos desvestirnos de ella y estar seguros, mientras las huestes espirituales de maldad estén en las regiones celestiales y nosotros estemos en la escena donde Satanás despliega sus asechanzas.

Si contamos la oración como una parte de la armadura, encontramos que esta está compuesta por siete piezas distintas.

(V. 14) Tenemos que estar firmes, habiendo ceñido nuestros lomos con la verdad. Espiritualmente, esto nos enseña que nuestros pensamientos y afectos deben mantenerse sujetos, afirmados, mediante la verdad, es decir, gobernados por ella. Al aplicarnos la verdad a nosotros mismos y juzgar por ella todos los pensamientos y movimientos del corazón, no solamente seremos liberados de las internas aspiraciones de la carne, sino que también nuestros afectos estarán modelados de acuerdo a la verdad; de esta manera, tendremos un espíritu humilde y nuestros afectos puestos en las cosas de lo alto.

La primera pieza de la armadura fortalece al hombre interior y regula nuestros pensamientos y afectos más bien que nuestra conducta, palabras y caminos. A menudo hacemos grandes esfuerzos para guardar un correcto comportamiento exterior hacia los demás, mientras que, al mismo tiempo, no prestamos atención a nuestros pensamientos y afectos. Si queremos resistir las artimañas del enemigo, necesitamos comenzar siendo rectos interiormente. El Predicador nos advierte acerca de lo que decimos con nuestros labios, lo que miran nuestros ojos y el camino que transitan nuestros pies; pero, en primer lugar, dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón» (Prov. 4:23-27). Santiago nos dice: «Si tenéis en vuestros corazones celos amargos y rivalidad, no os jactéis, mintiendo contra la verdad» (Sant. 3:14). Las contiendas entre hermanos empiezan en el corazón y tienen su raíz en los «celos amargos». Cuando la verdad gobierna los afectos, se pueden juzgar las contiendas, los celos amargos y otras tristes manifestaciones de la carne, y si juzgamos estas cosas, seremos capaces de resistir las artimañas del diablo en el día malo.

Por desgracia, muy a menudo el día malo nos sorprende sin que estemos preparados. Nos olvidamos de ponernos el cinturón de la verdad, de manera que, si surge una repentina provocación, obramos según la carne; y cuando somos agraviados, devolvemos el agravio; amenazamos, en lugar de sufrir con paciencia. Tomemos la precaución de ceñirnos con el cinturón de la verdad, para que de manera habitual podamos andar con los pensamientos y afectos gobernados por ella.

Con la segunda pieza de la armadura, pasamos a considerar nuestra conducta práctica. La justicia práctica en un creyente se expresa mediante un andar coherente con la posición y las relaciones en que se encuentra establecido. No podemos resistir al enemigo con una conciencia que nos acuse de un mal no juzgado en nuestros caminos y asociaciones. No podemos defender la verdad si la negamos en la práctica. Habiéndonos vestido con la coraza y, por lo tanto, manifestando la justicia práctica en nuestro andar, no tendremos temor cuando seamos llamados a enfrentar al enemigo en el día malo.

(V. 15) El resultado de la justicia práctica es un andar en paz. El evangelio de la paz que hemos recibido nos prepara para andar en paz en medio del desasosiego del mundo. Si la verdad gobierna nuestro corazón y en la práctica nuestros caminos están en armonía con la verdad, podremos andar en este mundo con paz en el alma y lograremos afrontar el día malo con un espíritu de paz y serenidad. No seremos indiferentes a los disturbios que se ven en este mundo, pero tales acontecimientos no nos afectarán, ni nos llenarán de ansiedad. Cuando la Escritura habla del hombre natural, lo hace con los siguientes términos: «Y no conocieron camino de paz» (Rom. 3:17), pero los que tienen «calzados los pies para estar preparados a anunciar evangelio de la paz», se caracterizan por la paz, incluso en medio de la lucha.

(V. 16) Por necesarios que sean el cinturón de la verdad para controlar nuestros pensamientos y afectos, la coraza de justicia para mantener nuestra conducta en la justicia práctica, y el calzado para caminar en paz a través de este mundo, para la lucha nos hace falta aún algo más. «Sobre todo», necesitamos el escudo de la fe, para protegernos de los dardos de fuego del maligno. Aquí, la fe no es la recepción del testimonio de Dios acerca de Cristo, para que seamos salvos, sino la cotidiana fe y confianza en Dios, que nos dan la seguridad de que Dios está de nuestra parte. Bajo el peso de las diversas pruebas que nos abruman, ya se trate de circunstancias, enfermedad, duelo o de las numerosas dificultades que constantemente surgen entre el pueblo de Dios, el enemigo tratará de ensombrecer nuestras almas con la horrible insinuación de que, después de todo, Dios es indiferente y que no podemos contar con Él. En la obscura noche en que los discípulos tuvieron que afrontar la tempestad en el lago cuyas olas batían sobre la barca, Jesús estaba con ellos, aunque dormía como si fuese indiferente al peligro que los amenazaba. Fue una prueba para la fe de ellos. Por desgracia, no habían tomado el escudo de la fe, un dardo de fuego traspasó su armadura y les sobrevino el horrible pensamiento de que, después de todo, el Señor no se preocupaba por ellos; por eso lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Marcos 4:37-38).

Un dardo de fuego no es un repentino deseo de satisfacer alguna codicia que proviene de nuestra carne; más bien es una insinuación diabólica que viene de afuera y que suscita una duda en cuanto a la bondad de Dios. Satanás lanzó un dardo de fuego contra Job cuando, en su terrible prueba, su mujer le insinuó: «Maldice a Dios, y muérete». Job apagó este dardo inflamado, mediante el escudo de la fe, cuando dijo: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (Job 2:9-10). El diablo se sirve aún de las circunstancias difíciles de la vida en su intento por quebrantar nuestra confianza en Dios y apartarnos de Él. La fe se vale de esas mismas circunstancias para acercarse a Dios y, de ese modo, triunfar sobre el diablo. Satanás también puede tratar de infiltrar en nuestra mente algún pensamiento abominable, alguna infiel insinuación que arde en el alma y obscurece la mente. Tales pensamientos no pueden extinguirse mediante razonamientos humanos o apoyándose en “sentimientos” o “experiencias”, sino mediante la simple fe en Dios y en su Palabra.

(V. 17) Con el yelmo colocado, el creyente puede levantar osadamente la cabeza frente al enemigo. Al resistir por la fe los dardos de fuego del maligno, en nuestras circunstancias difíciles descubrimos que Dios está de nuestra parte y que nos libera, no solo de las pruebas, sino también, como a los discípulos en la tempestad, a través de las pruebas. Esto nos animará a avanzar con coraje y energía, conscientes de que Dios es el Dios de nuestra salvación, y que Cristo puede salvarnos perpetuamente, a pesar de nuestra propia debilidad (Hebr. 7:25).

Se dice claramente que esta pieza de la armadura es la Palabra de Dios; y, sin embargo, no se trata de la Palabra sola, sino de la Palabra utilizada en el poder del Espíritu. Es el arma ofensiva por excelencia. Si no nos hemos revestido de la armadura que regula nuestros pensamientos interiores y nuestro andar exterior, y que nos afirma en la confianza en Dios, no estaremos en buena condición para manejar la espada del Espíritu. Cuando la Palabra de Dios se emplea en el poder del Espíritu contra el enemigo, es irresistible. El Señor resistió mediante la Palabra de Dios, utilizada en el poder del Espíritu, en cada ocasión que fue tentado por las artimañas diabólicas. «Escrito está», desenmascaró y venció al diablo. Si la Palabra de Dios permanece en nosotros, ella es nuestra fuerza. Por eso el apóstol Juan puede decir de los jóvenes: «Sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno» (1 Juan 2:14).

Alguien dijo: “Nuestro deber es obrar según la Palabra, pase lo que pase; el resultado demostrará que la sabiduría de Dios estaba en ello”. El que usa la Palabra puede ser débil y tener poca inteligencia natural, pero comprobará que la Palabra de Dios es viva y eficaz, y que mediante ella se descubre toda estratagema del enemigo.

(V. 18-20) Después de describir la armadura y habernos advertido que nos revistamos de ella, el apóstol concluye exhortándonos a orar. Aunque la armadura es perfecta, no se nos ofrece para que seamos independientes de Dios. Puede usarse correctamente solo si lo hacemos con un espíritu de dependencia hacia Aquel que la proveyó.

El Señor nos exhorta a «orar siempre, y no desanimarse» (Lucas 18:1); y Pablo quiere que «los hombres oren en todo lugar» (1 Tim. 2:8). Aquí se nos exhorta a orar «en todo momento». La oración es la constante actitud de nuestra dependencia de Dios. Debemos orar en todas las circunstancias y en todo lugar. Pero la oración puede llegar a convertirse en una mera expresión formal de necesidad; por ello está ligada a la «petición», que es el fervoroso clamor del alma consciente de su necesidad. Además, la oración debe ser hecha bajo la dirección del Espíritu y estar acompañada con la fe que espera la respuesta de Dios. Cuando Pedro estaba en la cárcel, «la iglesia hacía apremiantes oraciones a Dios por él» (Hec. 12:5), pero aparentemente no estuvo «velando para ello con toda perseverancia» (Efe. 6:18), porque cuando Dios respondió a sus oraciones, tuvieron dificultad para creer que Pedro estaba libre. Además, la oración en el Espíritu abarcará a «todos los santos»; y, con todo, también se ofrecerá por la necesidad de un siervo en especial. De modo que el apóstol exhorta a los santos en Éfeso, no solo a orar «por todos los santos», sino también por él.

A través de todos los siglos, los santos necesitaron la armadura de Dios, pero en estos postreros días, cuando «las tinieblas» del mundo se hacen más densas, las «artimañas del diablo» se multiplican y la cristiandad se vuelve al paganismo y a la filosofía, cuán importante es tomar toda la armadura de Dios, para poder «resistir en el día malo y, después de haber superado todo, estar firmes».

Permanezcamos, pues, firmes:

  • Con nuestros lomos ceñidos con la verdad, para ser guardados interiormente en rectitud de pensamiento y afecto. Vestidos con la coraza de justicia, para ser consecuentes en toda nuestra vida práctica.
  • Calzados nuestros pies para anunciar el evangelio de la paz, para andar en paz en medio de un mundo lleno de discordias, luchas y confusión.
  • Tomando el escudo de la fe, para andar cada día con confianza en Dios.
  • Tomando el yelmo de la salvación, para experimentar que Dios hace que todas las cosas obren para nuestro bien y nuestra salvación.
  • Empuñando la espada del Espíritu, por medio de la cual podremos repeler todos los sutiles ataques del enemigo.
  • Finalmente, «orando en todo momento», para poder servirnos de la armadura con un espíritu de constante dependencia de nuestro Dios.

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