El Libro de Rut

Creciendo en la gracia


person Autor: Hamilton SMITH 32

library_books Serie: Bosquejo Expositivo


1 - Introducción

Un encanto particular emerge del libro de Rut, de modo que esta historia corta atrae hasta al lector más indiferente. Es una historia de amor de otro tiempo, en la que se mezclan la tristeza y la alegría, las faltas y la consagración, la vida y la muerte, que conducen al día de la boda y al nacimiento del heredero.

El escenario mismo de la historia es de reposo para la mente, ya que, transportados en escenas rurales, nos encontramos en compañía de segadores y recolectores. Sin embargo, para el cristiano que lee las páginas sagradas con Cristo ante sus ojos, el libro de Rut presenta un interés más profundo y un significado más rico porque, como en toda la Escritura, discierne «las cosas que Le conciernen».

Históricamente, el libro de Rut nos presenta eslabones importantes en la genealogía según la carne del Señor Jesús. Termina con una breve genealogía de diez nombres, el último de los cuales es el del rey David. En el primer capítulo del Nuevo Testamento, estos diez nombres ocupan un lugar de honor en la ascendencia del Rey de reyes, pero con la diferencia de que el Espíritu de Dios asocia con ellos los nombres de cuatro mujeres, una de las cuales es Rut la moabita. Significativamente, cada una de estas mujeres está vinculada a episodios caracterizados por el pecado y la infamia, enfatizando solo que «donde el pecado abundaba, la gracia ha sobreabundado». El libro de Rut, históricamente, es por lo tanto un testimonio de la gracia de Dios que, trece siglos antes de la venida del Rey, aseguraba el linaje del que había de venir, triunfando así sobre todos los fracasos del pueblo y glorificándose ella misma introduciendo a una extranjera –una moabita– en la genealogía del Rey.

El pueblo de Dios estaba en un período de ruina y debilidad; sin embargo, es claro que, sin ser detenido por tal estado, Dios estaba siguiendo sus caminos y cumpliendo sus consejos para el establecimiento de su Rey. Más aún, Dios usó las circunstancias del momento y la ruina del pueblo para llevar a cabo estos planes. ¿Quién hubiera imaginado que una hambruna en Belén tendría alguna conexión con el nacimiento del Rey en esa misma ciudad trece siglos después? Sin embargo, fue bien así, porque la hambruna fue un eslabón en la cadena de circunstancias que introdujo a Rut la moabita en el linaje del Rey.

Para nosotros, que vivimos en días en que el pueblo de Dios se caracteriza por una ruina y debilidad aún mayores, encontramos consuelo para nuestros corazones y descanso para nuestras mentes en la conciencia de que más allá del fracaso del hombre responsable a través de los tiempos, Dios siempre persigue el cumplimiento de sus propósitos en Cristo, para la gloria de Cristo y la bendición de su pueblo, ya sea terrenal o celestial. Además, ni el poder del enemigo, ni la oposición del mundo, ni las faltas de su pueblo pueden impedir que Dios lleve sus consejos de bendición a su gloriosa realización. Como en la historia de Rut, todo conduce al día de las bodas, incluso para Israel, todo converge en el establecimiento de su relación con Cristo; del mismo modo, la Iglesia avanza inevitablemente hacia el gran día de las bodas del Cordero.

Desde un punto de vista tipológico, el libro de Rut muestra que el cumplimiento de todas las promesas de Dios relativas a Israel se basa ahora solo en su gracia soberana, ya que la nación ha perdido todo derecho a la bendición sobre el fundamento de su propia responsabilidad. Por lo tanto, ofrece un contraste sorprendente con el libro anterior. El libro de los Jueces revela el declive cada vez mayor del hombre a pesar de la intervención y ayuda divina, y termina con las escenas más oscuras de tinieblas y degradación moral. El libro de Rut traza la actividad de la gracia de Dios, a pesar de la ruina del hombre, y termina con una escena de alegría y bendición.

Además de su significado histórico y tipológico, el libro de Rut también es rico en instrucciones morales y espirituales; aprendemos algo de los caminos fieles y misericordiosos de Dios hacia nosotros durante nuestra historia personal: o que él nos saca de nuestras tinieblas naturales para llevarnos a la luz de su propósito hacia nosotros en Cristo, o que él nos restaura en sus caminos de gracia, cuando estamos lejos de Él. Es especialmente desde este punto de vista de la enseñanza moral que deseamos meditar esta conmovedora historia.

2 - Capítulo 1 – Rut la extranjera

«El Señor abre los ojos de los ciegos; el Señor levanta a los agobiados… El Señor guarda a los extranjeros; sostiene al huérfano y a la viuda» (Sal. 146:8-9).

El primer versículo de Rut coloca los eventos de este libro «en los días en que los jueces juzgaban» (v. 1). El último versículo del libro anterior nos dice que el tiempo de los Jueces se caracterizó por dos rasgos. Primero, «En aquellos días no había rey en Israel». En segundo lugar, «cada uno hacía lo que era bueno a sus ojos».

Muy grave es la condición de un país donde cada uno hace lo que es bueno a sus ojos… ¡para que al final no se haga nada bueno! «Esto lleva al reino de la voluntad propia, al rechazo de todos los límites y a la tolerancia de todos los excesos». Esta era la condición bajo la cual el pueblo de Dios fue reducido en el tiempo de los Jueces. ¡Desgraciadamente! En muchos sentidos, esta triste situación se refleja en el mundo de hoy y en el cristianismo profeso. Se aplican los mismos principios y se obtienen los mismos resultados. La propia voluntad del hombre, juzgando cualquier limitación insoportable, rechaza cada vez más la autoridad, cualquiera que sea su forma… Como resultado, el sistema mundial en su conjunto está en proceso de desmoralización y cae rápidamente en la ruina y el caos.

Pero aún más grave, estos mismos principios que confunden al mundo están actuando dentro del pueblo de Dios con las mismas desastrosas consecuencias. Por eso lo vemos también dividido, disperso, sin que el proceso de desintegración cese. “El ejercicio de la propia voluntad excluye la autoridad del Señor y niega a la Cabeza su función de guía”.

Como el mundo, la gran masa de cristianos hace lo que es bueno a sus propios ojos. Estos principios fueron incluso activos en el tiempo del apóstol Pablo, ya que debe advertir a los santos que tengan cuidado de mantener firme al Jefe (Col. 2:19), y observa con dolor que «porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (Fil. 2:21).

Desde el momento en que dejamos de obtener todos nuestros recursos de Cristo, la Cabeza exaltada de la Iglesia, su Cuerpo, tan pronto como dejamos de actuar bajo la dirección del Señor y bajo el control del Espíritu Santo, comenzamos a hacer lo que es bueno a nuestros ojos. Es muy posible que moralmente no hagamos nada malo a los ojos del mundo; podemos incluso ser muy celosos en las buenas obras, y perfectamente sinceros; pero si en nuestras actividades, los derechos del Señor y la dirección de la Cabeza son ignorados, es simplemente nuestra propia voluntad la que actúa y hace lo que es bueno a nuestros propios ojos.

La triste consecuencia del miserable estado de Israel se describe en el primer versículo de nuestro capítulo: «Hubo hambre en la tierra». En el país que debería haber sido el lugar de la abundancia por excelencia en esta tierra –un país donde fluía leche y miel– ya no había suficiente para satisfacer las necesidades del pueblo de Dios.

¡Desgraciadamente! Los mismos males han tenido consecuencias similares en la cristiandad. Los cristianos, no aferrándose a la Cabeza, y no dando al Señor su legítimo lugar de autoridad, han hecho lo que parecía ser lo mejor a sus ojos, y han formado incontables sectas en las que el pueblo de Dios permanece hambriento por falta de alimento espiritual. La Casa de Dios, que debería haber sido un lugar de abundancia, se ha convertido en un lugar de hambre en manos de los hombres.

2.1 - Capítulo 1 – Parte 2

Un período de hambruna es un período de prueba para el creyente en el terreno individual. La hambruna pone a prueba nuestra fe. Elimelec vivía en la tierra que Dios había atribuido a Israel. Ahí se encontraban el tabernáculo, los sacerdotes y el altar, pero en los caminos del gobierno de Dios, también el hambre. La prueba para Elimelec fue esta: ¿podría poner su confianza en Dios durante la hambruna y permanecer en el camino trazado por Dios a pesar de ella? Desafortunadamente, este hombre de Belén no estaba a la altura de las circunstancias. Quería vivir en el país elegido por Dios en la separación de las naciones circundantes en tiempos de abundancia, pero bajo la presión de la hambruna, lo abandona.

Asimismo, en la historia de la Iglesia, muchos se alegraron de estar unidos al pueblo de Dios y al testimonio del Señor cuando, por millares, los incrédulos se convertían, cuando todos los que creían eran un corazón y un alma, cuando una «gran gracia» y un «gran poder» descansaban sobre todos. Pero cuando los cristianos profesos comenzaron a hacer lo que era bueno a sus propios ojos, cuando todos buscaron sus propios intereses, cuando Pablo el gran apóstol se encontró en prisión y el evangelio en aflicción, entonces apareció el hambre. Con el hambre llegó el momento de la prueba, y bajo la presión que siguió, la fe de muchos fue sacudida, ya que Pablo debía decir: «Se apartaron de mí todos los de Asia», y «todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (2 Tim. 1:15; Fil. 2:21).

Tampoco nos escapamos de la prueba de la hambruna hoy. Dios, en su misericordia, ha iluminado una vez más a muchos creyentes sobre el verdadero terreno de reunión de su pueblo, y muchos, atraídos por el ministerio de la Palabra, han aceptado gozosamente el camino de la separación. Pero cuando la prueba llega, cuando el número disminuye, cuando la debilidad externa se manifiesta, y cuando la contribución espiritual se reduce, entonces sienten que este terreno es demasiado estrecho para ellos, la debilidad demasiado extenuante, la lucha demasiado dura. Bajo la presión de las circunstancias, abandonan el lugar de reunión y se dirigen a uno de su elección, en el que esperan encontrar una salida a la prueba y un descanso del combate.

Tal es el caso de Elimelec. Hecho revelador, su nombre significa: «de quien Dios es el rey». Tal vez sus padres eran personas piadosas que, dándose cuenta de que no había rey en Israel, querían que Dios fuera rey en la vida de su hijo. Pero, ¡ay! Como tantas veces, negamos nuestro nombre. Cuando llegó la prueba, Elimelec no le dio obediencia a su rey. Sin embargo, si Dios es rey, puede alimentar a los suyos tanto en días de hambre como en días de abundancia; pero la fe de Elimelec no estaba a la altura de lo que su nombre profesaba, y por lo tanto no pudo resistir la presión de las circunstancias. Su esposa y sus dos hijos, de una manera muy natural, lo siguieron.

Habiendo abandonado la tierra del Señor, llega a la tierra de su propia elección. Peor aún, una vez que llegó a los campos de Moab, «permaneció allí». Es más fácil persistir en una posición falsa que permanecer en una posición correcta. La ubicación elegida por Elimelec es significativa. Los países que rodean la Tierra Prometida son, sin duda, un ejemplo del mundo en sus diferentes formas. Egipto representa al mundo con sus tesoros y placeres culpables, y especialmente la esclavitud de Satanás, que necesariamente sigue a la búsqueda del placer. Babilonia simboliza el mundo en su corrupción religiosa. Moab presenta otro aspecto del mundo. El profeta Jeremías nos da una clave de su significado espiritual en el capítulo 48:11: «Moab ha estado descuidado desde su mocedad, y ha descansado sobre sus heces, sin ser trasegado de vasija en vasija». Moab, por lo tanto, evoca una vida fácil, que discurre sin mucho movimiento o cambio, donde uno busca proteger su tranquilidad de cualquier forma de intrusión. Para usar el lenguaje figurativo del profeta, no hay trasiego allí.

Ni Egipto con sus burdos placeres, ni Babilonia con su religión corrupta, atrajeron a Elimelec. Pero Moab, con su facilidad y el cómodo refugio que ofrece, lo hizo para él muy atractivo como una forma de escapar de las luchas y dificultades. Cuando la hambruna se desata, Moab sigue siendo una trampa formidable para aquellos que una vez aceptaron el lugar escogido por Dios para su pueblo. En tiempos de hambruna, pueden encontrar la lucha demasiado dolorosa para mantener un camino de separación, demasiado agotadora para mantener el movimiento constante en este camino, y están tentados a abandonar la buena batalla de la fe y a establecerse tranquilamente en algún valle remoto de Moab, de modo que ya no sufran más el trasiego y por lo tanto se estanquen en sus propios asuntos. Pero al igual que Elimelec, debemos, a menudo a través de experiencias dolorosas, aprender a conocer las amargas consecuencias de la deserción.

Como hemos visto, Elimelec no solo fue a la tierra de Moab con su esposa e hijos, sino que «habitaron en el país de Moab». No hubo restauración para Elimelec. La tierra de Moab se convirtió para él en el valle de la sombra de la muerte. Había intentado escapar del abrazo mortal del hambre, pero era para lanzarse a los brazos de la muerte en la tierra de Moab. Las mismas medidas que había tomado para evitar el desenlace fatal lo condujeron a ello. Un enfoque falso, en lugar de ahorrarnos los problemas, nos sumerge directamente en los problemas que estamos tratando de evitar. Además, buscar descanso en el mundo, incluso en cosas que no son moralmente incorrectas en sí mismas, es buscar descanso en objetos de los que la muerte puede separarnos, o de los que la muerte nos puede arrebatar. Sobre las escenas más bellas de esta tierra cuelga la sombra de la muerte. Pero Cristo ha resucitado, la muerte ya no tiene poder sobre él, y es mil veces mejor sufrir hambre, con Cristo resucitado, que estar rodeado de la abundancia del mundo, en compañía de la muerte.

Elimelec muere. Sin embargo, las tristes consecuencias de sus errores no se limitan a sí mismo. Como Noemí, su esposa, sus dos hijos lo siguieron hasta Moab. Estos últimos se casan con mujeres de Moab y por lo tanto transgreden la ley del Señor. Diez años pasan y la muerte se cobró a los dos hijos, y Noemí, privada de su marido e hijos, se encontró viuda y sola en un país extranjero. El Señor ciertamente la ha desmoralizado y afligido, pero no la ha abandonado. La mano que golpeó a esta mujer tan dolorosamente abrumada es movida por un corazón que la ama. La disciplina del Señor prepara el camino para la restauración.

2.2 - Capítulo 1 – Parte 3

Si Elimelec ilustra el camino de la caída, en Noemí vemos el camino de la restauración. Lejos de la tierra del Señor durante diez largos años, ella había buscado su consuelo en la tierra de Moab y solo había encontrado aflicción. Pero finalmente la disciplina del Señor alcanzó su meta, pues leemos en el versículo 6: «Entonces ella se levantó, con sus nueras, para volverse del país de Moab». ¿Qué la hace volver? ¿Son los sufrimientos soportados y las pérdidas sufridas? No, en absoluto. Son las buenas nuevas de la gracia del Señor las que la traen de vuelta. Cuando se entera de que «el Señor ha visitado a su pueblo para darles pan», se levanta para volver al campo.

Las penas no nos animarán a volver a Dios, aunque pueden enseñarnos lo amargo que es alejarnos, y así preparar nuestros corazones para recibir las buenas nuevas sobre el Señor y su gracia hacia su pueblo. No fue la miseria y la privación, la esclavitud cruel, las vainas y el hambre sufridas en el lejano país lo que trajo al hijo pródigo de vuelta a la casa de su padre, sino el recuerdo de la abundancia de la casa y la gracia del corazón de su padre lo que lo llevó a decir: «Me levantaré e iré a mi padre». No fue la miseria del lejano país lo que «lo alejó», sino la gracia del corazón del padre lo que «lo atrajo» de vuelta a casa. Lo mismo sucede con Noemí: en la tierra de Moab, donde se le ha quitado todo, oye hablar de la tierra de Judá y de lo que el Señor está dando allí a su pueblo. Y porque ella tiene ante sus ojos al Señor, puede elevarse por encima de todos sus defectos, y ponerse en camino para volver a su tierra.

Su primer paso en el camino de regreso es liberarse completamente de sus falsas asociaciones con Moab. «Salió del lugar donde había estado» (v. 7). Este acto altamente práctico tiene un efecto inmediato en los demás. Sus dos nueras se van «con ella». Testificar en contra de una posición falsa mientras se permanece en ella no tendrá ninguna influencia sobre los demás. «Si la posición es incorrecta, lo primero que hay que hacer es deshacerse de ella».

Eso es lo que hace Noemi. Ella y sus dos nueras van a volver. Rompieron con sus malas asociaciones, y tienen ante ellas el propósito correcto, pues «iban andando en el camino para volver a la tierra de Judá».

Sin embargo, separarse de una posición equivocada y considerar volver a una posición correcta no prueba necesariamente un ejercicio real en los corazones de todos aquellos que dan este paso. De las tres mujeres, Noemí es una santa extraviada, pero en camino a la restauración; Rut es testigo de la gracia soberana de Dios y se caracteriza por la fe y el afecto devoto, mientras que Orpa se contenta con una hermosa pero vacía profesión y nunca llegará a la tierra prometida.

Orpa y Rut profesan devoción a Noemí. Ambas dicen que quieren dejar la tierra de sus padres, y ambas vuelven sus rostros hacia la tierra del Señor. Pero, como siempre, la profesión está siendo puesta a prueba. Noemí dice: «Id, volveos cada cual a casa de su madre» (v. 8). Se les da la oportunidad de volver sobre sus pasos. Esta prueba mostrará si la sustancia de su pensamiento está de acuerdo con lo que profesan. Si recuerdan el país de donde vinieron, ahora tienen la oportunidad de regresar (compare Hebr. 11:15). El espíritu de Orpa se evidencia de inmediato. Su corazón permaneció unido al país de su nacimiento. Ruth, por el contrario, quiere «un país mejor» como veremos. Por supuesto, Orpa hace una buena profesión, pero ella se queda allí. Está profundamente conmovida, hasta el punto de levantar la voz y llorar (v. 9). Sus afectos se ven afectados, ya que besa a su suegra (v. 14), y sus palabras no carecen de belleza: «No, sino que nosotras volveremos contigo a tu pueblo» (v. 10). Pero es significativo que solo Rut menciona al Dios de Noemí; Orpa, por otro lado, se contenta con hablar de Noemí y del pueblo de Noemí. Así, a pesar de todas sus protestas, lágrimas y besos, le dio la espalda a Noemí, al Dios de Noemí y a la tierra de bendición para regresar a «su pueblo», a «sus dioses» y a la tierra de la sombra de la muerte.

2.3 - Capítulo 1 – Parte 4

¡Qué diferente es la historia de Rut! Esta joven será testigo de la gracia de Dios. Como Orpa, Rut hace una profesión notable. Ella también expresa hermosas palabras, y está tan conmovida como su cuñada, porque levanta la voz y llora con ella. Pero en Rut, hay más. En ella están las «cosas… que se aferran a la salvación», la fe, el amor y la esperanza (Hebr. 6:9-12).

En Orpa, el amor se reduce a una simple manifestación externa de afecto. Ella puede besar a Noemí para despedirse de ella, así como Judas besaría más tarde al Señor para traicionarlo. La Biblia no nos dice que Rut besa a su suegra; pero si no hay expresión externa, la realidad está ahí, porque se nos dice que «Rut se aferró a ella» (v. 14). El amor verdadero no puede renunciar a su objeto, y la compañía del ser querido es indispensable para él. Por eso Rut añade: «No me pidas que te deje, y me aparte de ti» (v. 16).

Además, la fe de Rut está a la altura de sus afectos. La energía de la fe le permite superar la atracción que ejerce su país natal, la casa de su madre, su pueblo y sus dioses. Rut sigue deliberadamente el camino del peregrino, ya que declara: «A dondequiera que tú fueres, iré yo». Acepta sufrir el destino del extranjero, diciendo: «Dondequiera que vivieres, viviré». Se identifica con el pueblo de Dios con estas palabras: «Tu pueblo será mi pueblo». Finalmente, y sobre todo, pone su confianza en el Dios verdadero, porque no solo hace suyo al pueblo de Noemí, sino que añade: «Y tu Dios mi Dios». Ni siquiera la muerte puede hacerla volver, pues exclama: «Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada». Tanto en la muerte como en la vida, ella se identifica con Noemí, y por lo tanto reclama para sí misma al pueblo y al Dios de Noemí. Y todo esto cuando, a la vista humana, solo tenía una anciana destrozada frente a ella. Como alguien dijo, Rut unió su destino con el de Noemí «en el momento de su viudez, exilio y pobreza».

Para el hombre precavido de este mundo, la elección de Rut es una insensatez. Dejar el entorno confortable de Moab, la dulzura de su hogar y su país natal, para emprender un viaje a través de tierras inhospitalarias de las que no se sabe nada, para llegar a un país que nunca hemos visto antes, con solo una viuda indigente como compañía, parece ser el colmo de la locura. Pero eso es solo el comienzo de la historia. El final no puede ser discernido en esta etapa. Lo que Rut llegará a ser «aún no ha sido manifestado» (1 Juan 3:2). La fe puede ser conducida a dar su primer paso en un contexto de debilidad e indigencia, pero al final será justificada, y recibirá su brillante recompensa, en circunstancias de poder y de gloria. Al principio de nuestro relato, Rut se identifica de todo corazón con una mujer anciana y triste; al final, es presentada a todos como la esposa del poderoso Booz; más aún, su nombre, consagrado en la genealogía del Señor, será transmitido a todas las generaciones futuras.

En su tiempo, Moisés, dotado de todas las ventajas que la naturaleza puede conferir, con todas las glorias del mundo a su alcance, había sido también un brillante ejemplo de esta misma fe. Volviendo la espalda a los deleites del pecado y a la opulencia de los faraones, «teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto» (Hebr. 11:26), había dejado el mundo y todas sus glorias para encontrarse en el desierto con un pueblo pobre y sufriente. ¡Qué locura a los ojos del mundo! Pero la fe podía decir realmente en ese momento «lo que será no se ha manifestado todavía». La fe debe esperar dieciséis siglos antes de vislumbrar por primera vez lo que será Moisés: es entonces cuando se le permite ver a este siervo de Dios aparecer en gloria en el monte de la transfiguración con el Hijo del Hombre –una visión efímera de una gloria que nunca pasará. Y cuando finalmente Moisés entrará en las glorias del reino venidero con el Rey de reyes, entonces será obvio para todos que las glorias del mundo rechazadas por él fueron bastante irrisorias comparadas con el peso eterno de la gloria que habrá obtenido.

Hoy no es diferente. El camino de la fe puede parecer la cima de la inconsciencia a los ojos de este mundo. Rechazar la gloria que nos ofrece, identificarse con el pueblo pobre y despreciado de Dios, salir a Cristo fuera del campamento, llevando su oprobio, puede parecer a la razón humana, a la vista natural, de la locura pura. Pero la fe repite: «Lo que seremos aún no se ha manifestado». La fe considera que nuestra «ligera aflicción momentánea, produce en medida sobreabundante, un peso eterno de gloria» (2 Cor. 4:17). Y la fe recibirá su recompensa, porque cuando venga el día de la gloria, y la fe sea transformada a la vista, cuando venga el gran día de las bodas del Cordero, entonces sus santos, ahora pobres y despreciados, aparecerán con Él y como Él, como «la Esposa, la mujer del Cordero».

Además, si las cosas que se aferran a la salvación –la fe, el amor y la esperanza– están activas en nosotros, se producirá una profunda resolución en nuestros corazones. Este fue el caso de Rut. Sin estima para el país que dejaba, libre de cualquier vano pesar, estaba «decidida» a ir con Noemí. Así, «anduvieron, pues, ellas dos hasta que llegaron a Belén». ¡Qué beneficio para nosotros si, a su vez, animados por la fe, el amor y la esperanza, olvidamos las cosas que están detrás y nos esforzamos por alcanzar a las que están delante, para correr directamente a la meta por el precio de la llamada celestial de Dios en Cristo Jesús!

2.4 - Capítulo 1 – Parte 5

Esta parte de la historia de Rut se termina naturalmente con la recepción del alma restaurada. Hemos visto cómo la amargura envenena el camino del corazón extraviado, y cómo el Señor lo restaura en Su gracia. Ahora debemos aprender que la respuesta correcta a una obra de restauración llevada a cabo por el Señor es la recepción del alma restaurada en el corazón del pueblo de Dios. Sus rostros dirigidos hacia la tierra y el pueblo del Señor, la creyente restaurada y la joven convertida continuaron su camino «hasta que llegaron a Belén». «Y aconteció que, habiendo entrado en Belén, toda la ciudad se conmovió por causa de ellas». ¡Desgraciadamente! Debemos reconocer que hay poco poder restaurador entre nosotros hoy en día; ¿no es porque no tenemos compasión por los que caen? Un santo puede caer, el mal puede ser juzgado, y el culpable puede ser tratado adecuadamente, sin que nosotros seamos «conmovidos» por él, por lo que es muy raro que el alma extraviada encuentre su lugar entre el pueblo de Dios. El mundo está lleno de corazones tristes y quebrantados, de cristianos errantes; ¡cuán pocos son restaurados y a veces cuán poco nos conmovemos por ellos!

Nada puede perfeccionar la obra de restauración en un alma mejor que la compasión de los santos. Este fue el caso de Noemí. El amor con el que fue recibida permitió que su corazón se abriera y expresara una notable confesión, que atestigua la realidad de su restauración.

1. Ella reconoce que el Señor nunca la ha abandonado, cualesquiera que hayan sido sus faltas. Sobre sus años de desorientación, confiesa que el «Todopoderoso la llenó de amargura», admitiendo implícitamente que nunca dejó de cuidarla. Podemos dejar de preocuparnos por Dios, pero él nos ama demasiado como para dejar de cuidarnos. Y es dichoso así, porque como nos dice el apóstol: «Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos… pero si estáis sin disciplina, de la que todos han participado, entonces sois bastardos y no hijos» (Hebr. 12:7-8).

2. Con esta confesión, Noemí muestra además que si el Señor cuida de los suyos extraviados, su manera de actuar se sentirá muy amarga. El apóstol también nos recuerda: «ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza» (Hebr. 12:11).

3. Es necesario entonces notar la bella actitud de Noemí, que asume toda la responsabilidad de su equivocación. Ella dijo: «Yo… salí…». Al principio del capítulo, sin embargo, habíamos leído: «Un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab». Noemi no culpa a su marido. “Ella no culpa a los demás para disculparse sí misma”.

4. Si, por un lado, Noemí asume la plena responsabilidad de su alejamiento, por otro, atribuye con razón todo el mérito de su restauración al Señor. Ella puede decir: «El Señor me ha vuelto». Yo soy la que se fue, pero es el Señor quien me trae de vuelta. En un estado mental similar, David puede declarar en el Salmo 23:3: «Él restaura mi alma». Puede haber momentos en que, llenos de autosuficiencia y confianza en nosotros mismos, pensamos que podemos volver al Señor cuando lo creamos conveniente; pero en realidad, ni un alma extraviada volvería nunca al Señor si no tomara él la iniciativa de restaurarla. Fue la oración del Señor por Pedro «antes de que cayera», y la mirada del Señor en el momento de su falta, lo que rompió el corazón del discípulo y lo llevó a su restauración. Pedro se había alejado mucho, luego Pedro había caído; pero fue el Señor quien lo trajo de vuelta.

5. Además, Noemí no dice simplemente que el Señor la trajo de vuelta, sino que la trajo de vuelta, o que la hizo volver «a casa» (versión inglesa de J.N. Darby). Cuando el Señor restaura un alma, siempre la devuelve al calor y al amor del círculo familiar. ¿Qué hace el Pastor una vez que ha encontrado la oveja perdida? La lleva de vuelta a su propia casa. Parece que le oímos decir: «No hay nada menos adecuado para mi oveja».

6. Conmovedoramente, Noemí debe reconocer que, si el Señor la trajo a casa, la trajo de vuelta «vacía». Mientras estemos lejos del Señor, no haremos ningún progreso espiritual. El Señor puede muy bien, en su disciplina, despojarnos de muchas cosas que impiden que nuestras almas progresen. Haciendo eco a Noemí, tenemos que confesar: «Me fui llena, y el Señor me ha vuelto con las manos vacías». Como todos los que se alejan, Noemi tiene que probar el dolor. Es verdad, ella debe probar una bendita restauración, regresa a la casa, al pueblo y a la tierra del Señor; pero nunca encontrará a su marido y a sus hijos. Se han ido para siempre. Había buscado su comodidad y quería evitar las luchas y los ejercicios, pero solo encontró la muerte y el despojo. Ella vuelve vacía.

7. Pero si el Señor nos hace volver vacíos, quiere que volvamos a un lugar de abundancia. Así, era el «principio de la siega de la cebada» cuando Noemí regresó a Belén.

Qué consuelo para nuestros corazones saber que, si faltamos de compasión los unos por los otros, al Señor nunca le falta. En poco tiempo, el Señor traerá de vuelta a la casa a sus pobres ovejas perdidas, y no faltará ninguna. Entonces, en el amor de la casa eterna, disfrutaremos de la cosecha celestial –será el «principio» de una cosecha de alegría y bendición que nunca terminará.

3 - Capítulo 2 – Rut la espigadora

«Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta el último rincón de ella, ni espigarás tu tierra segada… para el pobre y para el extranjero lo dejarás» (Lev. 19:9-10).

Si el primer capítulo del libro de Rut describe la gracia que salva, el segundo presenta la gracia que alimenta. La gracia de Dios no solo nos trae la salvación, sino que nos enseña a vivir sobria, justa y piadosamente en este siglo. Es en la medida en que nos dejemos instruir por la gracia que haremos progresos espirituales. Este capítulo 2 ilustra de una manera encantadora este crecimiento en gracia, o progreso espiritual.

Para el joven convertido, es una verdadera bendición comenzar bien su camino cristiano rompiendo definitivamente con el mundo y comprometiéndose en el camino de la fe con el pueblo de Dios. Pero un buen comienzo no es suficiente. Si queremos ser mantenidos en el camino de la fe, debemos crecer en la gracia. Como dice el apóstol Pedro, si los cristianos quieren gozar de la gracia y de la paz en abundancia, y «todo lo que pertenece a la vida y a la piedad», y quieren escapar «de la corrupción que hay en el mundo por medio de la concupiscencia», esto solo será posible para ellos a través del «conocimiento de Dios y de Jesús, Señor nuestro» (2 Pe. 1:2-4). Por eso concluye su epístola exhortando a los creyentes a crecer «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 3:18).

Los creyentes en Corinto, después de haber empezado bien, tardaron en progresar espiritualmente. La mundanalidad y la sabiduría de este mundo eran un obstáculo para ellos. Los gálatas también tuvieron un buen comienzo, ya que el apóstol reconoce que corrieron bien; pero debe preguntarles: «¿Quién os estorbó para que no obedecieseis a la verdad?» (Gál. 5:7). Caídos bajo la influencia de falsos maestros, se habían visto frenados por el legalismo. De la misma manera hoy en día, muchos parecen empezar bien y prometen llegar a ser cristianos consagrados, pero en la continuación de su vida se estancan espiritualmente. No crecen en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ellos sucumben a las atracciones de este mundo y se vuelven mundanos, o caen bajo la influencia de falsos maestros y se vuelven legalistas.

3.1 - Parte 1

Esta parte de la historia de Rut nos revelará el secreto del «crecimiento en gracia». A Rut se nos presenta de manera insistente como una espigadora. En el versículo 2, la oímos decir a Noemí: «Por favor, iré a los campos, y recogeré…». En el versículo 7, ella pregunta a los sirvientes: «Te ruego que me dejes recoger». En el versículo 17 leemos: «Espigó», luego en el versículo 23: «Estuvo, pues, junto a las criadas de Booz espigando».

Por lo tanto, Rut es vista como una espigadora en este capítulo. Pero, ¿cuál es el significado espiritual de espigar? Debemos recordar que el primer capítulo termina con estas palabras: «Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada». Noemí y Rut se encontraron en medio de la abundancia. Pero la cosecha, por abundante que sea, no podrá satisfacer a los hambrientos si no ha sido recogida. Los cosechadores y respigadores deben hacer su trabajo, de lo contrario se morirán de hambre en medio de la abundancia. Al espigar, Rut se apropia para sí misma y para las necesidades de Noemí de las ricas provisiones puestas a su disposición por el Señor de la mies.

¿No podemos decir que espigar, a nivel espiritual, representa la apropiación por parte del creyente de las bendiciones espirituales que Dios le ha concedido? En la historia de Israel, Dios había dado a esta nación un derecho absoluto de propiedad sobre la tierra prometida, cuyas fronteras había definido con gran precisión. Sin embargo, Dios también dijo: «Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro». Los israelitas iban a tomar posesión de su país. Así Pablo pudo afirmar con confianza que los creyentes son bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales de Cristo, pero esta certeza no le impedía orar para que el Espíritu Santo hiciera su obra en el hombre interior, para que los santos pudieran entender cuál es el ancho, el largo, la profundidad y la altura de todas estas bendiciones espirituales.

En la historia de nuestras vidas, el día en que el Señor Jesús nos llamó a Él, cuando supimos que nuestros pecados habían sido perdonados, cuando fuimos sellados con el Espíritu Santo y por lo tanto capacitados para participar en el destino de los santos en la luz, permanece para siempre maravilloso; pero, aunque no puede haber un aumento en nuestra habilidad para participar de la gloria, el apóstol sin embargo desea ver en los creyentes un crecimiento por «el conocimiento de Dios» (Col. 1:10). ¡Desgraciadamente! Éramos muy mediocres espigadores. ¡Qué poco hemos entrado en las insondables riquezas de Cristo!

3.2 - Parte 2

¿Cómo es que somos espigadores tan descuidados? ¿La recolección no requiere condiciones a las que no siempre estamos dispuestos a someternos? Esto se hace evidente a medida que aprendemos las cualidades que hicieron de Rut una espigadora tan buena.

En primer lugar, se caracterizó por un espíritu de «humildad y sumisión». Le dijo a Noemí: «Te ruego me dejes ir a los campos y recogeré…». Más tarde, preguntó a los sirvientes de Booz: «Te ruego que me dejes recoger». No actuaba independientemente de los que eran mayores y más experimentados que ella. Ella no despreciaba las instrucciones y los consejos. No se vio afectada por una voluntad indómita, lo que la habría llevado a hacer lo que era correcto a sus ojos. Pedro puede decir: «Igualmente vosotros, jóvenes, someteos a los ancianos; y todos, los unos para con los otros, ceñíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 Pe. 5:5). El Espíritu Santo asocia la sumisión y la humildad. Al hombre orgulloso no le gusta someterse a nadie. Una voluntad no quebrantada es el mayor obstáculo para el crecimiento en la gracia.

En segundo lugar, Rut se caracterizaba por su «diligencia». Como leemos en el versículo 7, «Entró, pues, y está desde por la mañana hasta ahora, sin descansar ni aun por un momento». Luego, en el versículo 17, «Espigó, pues, en el campo hasta la noche». ¿No hay una gran falta de diligencia entre los creyentes por las cosas de Dios? Somos muy celosos de las cosas de este mundo, pero ¡ay! Con demasiada frecuencia solo reservamos los momentos vacíos de nuestras vidas para las cosas del Señor. ¿Estudiamos la Palabra con aplicación? ¿Somos diligentes en la oración? Podemos argumentar que el estrés y las dificultades de la vida nos dejan poco tiempo, pero la pregunta sigue siendo: ¿cómo usamos el poco tiempo que nos queda? En Hebreos 6:12, el autor exhorta a la diligencia y añade: «No os hagáis perezosos, sino imitadores de los que heredan las promesas, por medio de fe y paciencia». Si queremos disfrutar de nuestra herencia, debemos ser celosos. No es sorprendente que hagamos pocos progresos espirituales si encontramos tiempo para leer los periódicos y la literatura ligera de este mundo, pero no tenemos tiempo para recoger en las riquezas de la santa palabra de Dios.

En tercer lugar, Rut era «persistente». No era diligente un día y perezosa al siguiente, sino que «Estuvo, pues, junto con las criadas de Booz espigando, hasta que se acabó la siega de la cebada y la del trigo» (v. 23). Día tras día, fue a espigar, hasta la finalización de las dos cosechas. Los de Berea recibieron alabanzas especiales, no solo por examinar las Escrituras, sino por hacerlo todos los días (Hec. 17:11). Es fácil ser celoso por un día, pero permanecer diligente día tras día requiere perseverancia. «Cada día» es una expresión exigente que nos pone a prueba. El Señor pide a su discípulo que tome su cruz cada día (Lucas 9:23). Hacer un gran esfuerzo para realizar un acto de renuncia heroica es relativamente fácil, pero perseverar tranquilamente día tras día, siguiendo a Cristo, es la prueba a conseguir. No es el hombre que empieza bien el que gana la carrera, sino el que persevera.

Finalmente, leemos que Rut «desgranó lo que había recogido» (v. 17). No basta con espigar cebada y trigo, también hay que batirlos. Las verdades que recogemos, ya sea a través de nuestro estudio personal o a través del ministerio de otros, también deben ser objeto de nuestras oraciones y meditaciones para contribuir a nuestro crecimiento espiritual. La mera adquisición de una verdad no hará más que engrosar nuestras mentes. Debemos disfrutar de esta verdad en comunión con el Señor para que nos lleve más lejos en el conocimiento de su Persona.

Así, para progresar espiritualmente, se requiere una cierta condición del alma, caracterizada por la sumisión, la diligencia, la perseverancia y la meditación.

Además, el estado del alma, aunque primordial, no lo es todo. La ayuda que recibimos de otros creyentes también contribuye a nuestro progreso espiritual. Vemos esto de manera sorprendente en los diferentes personajes que aparecen en este capítulo. Noemí, las muchachas, los segadores, el siervo establecido sobre ellos, y finalmente Booz, el hombre rico y poderoso, desfilan uno tras otro ante nuestros ojos, y siempre se presentan en relación con Rut. De varias maneras, todos ellos ayudan a la joven espigadora en su trabajo, mostrándonos así las diferentes maneras que Cristo usa para estimular el crecimiento espiritual en los suyos en la gracia.

3.3 - Parte 3

Noemí tenía una relación de larga data con Booz; así que pudo aconsejar e instruir a Rut. Aún hoy, algunos caminan desde hace tiempo en relación con Cristo; y aunque hayan faltado gravemente, como Noemí, la experiencia los hace capaces de aconsejar e instruir a los creyentes más jóvenes. Sería difícil ver en Noemí la figura de una creyente dotada para enseñar o predicar; más bien, vemos en ella la imagen de esas santas ancianas, de las que habla Tito 2, llamadas a ser ejemplo, «enseñando cosas buenas», y capaces de aconsejar sabiamente y con amor a las mujeres más jóvenes. En el espíritu de tales versículos, Noemí no plantea ninguna dificultad ni pone ningún obstáculo en el camino de Rut. Ella respondió inmediatamente: «Ve, hija mía». Ella anima a Rut en este trabajo feliz. Además, cuando Rut regresa de su trabajo, reconoce con alegría el progreso realizado, porque leemos: «y su suegra vio lo que había recogido» (v. 18). No solo ve el progreso, sino que está realmente interesada en él, ya que le pregunta: «¿Dónde has espigado hoy? ¿y dónde has trabajado?» (v. 19). Finalmente, ella ilumina a Rut sobre Booz y le aconseja amorosamente sobre cómo continuar espigando. Si solamente el espíritu de Noemí pudiera animar más a las hermanas mayores y llevarlas a cuidar de las más jóvenes, a animarlas, a realzar sus progresos, a indagar sobre su bienestar espiritual, a instruirlas en el conocimiento de Cristo y a ayudarlas con sus consejos para espigar.

3.4 - Parte 4

Las muchachas (criadas) también ayudan a Rut en este feliz trabajo de espigar. Aparecen en los versículos 8, 22 y 23. Rut espigaba a su lado; eran sus compañeras de trabajo. ¿No nos hablan, en imagen, de esta feliz comunión entre los hijos de Dios que tanto contribuye al progreso espiritual?

Booz advierte a Rut: «Oye, hija mía, no vayas a espigar a otro campo, ni pases de aquí; y aquí estarás junto a mis criadas» (v. 8). Hay otros campos y sirvientes, pero son extranjeros a Booz. Ya seamos jóvenes o avanzados en la fe, hacemos bien en prestar atención a la advertencia de Booz. El mundo ciertamente tiene muchos campos atractivos, y a veces puede ofrecer una compañía muy agradable, pero los campos opulentos y la sociedad vana de este mundo no son de Cristo. En el pasado, el mundo solo daba a los apóstoles una prisión; y cuando fueron liberados, se unieron a «los suyos» (Hec. 4:23). Tenemos que tratar necesariamente con la gente de este mundo en la vida profesional o cotidiana, pero no podemos disfrutar de una dulce comunión ni progresar espiritualmente en este círculo. Solo en compañía de los nuestros podremos lograrlos. En los primeros días del cristianismo, la comunión ininterrumpida de los creyentes resultó en «gran poder» y «gran gracia» (Hec. 4:33). En Hebreos 10:24, se nos exhorta a velar «unos por otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; sin dejar de congregarnos como algunos acostumbran, sino exhortándonos, y tanto más cuanto veis que se acerca el día». La fuente del amor y de las buenas obras no se encuentra en los santos, pero la compañía de los creyentes ciertamente estimula este amor y estas buenas obras. Se acerca el día en que este mundo será juzgado, por eso hacemos bien en separarnos de él para encontrar nuestro bendito destino entre «las criadas de Booz», es decir, entre los que no se han ensuciado, y que han guardado sus vestidos blancos. Cuanto más cerca esté el día, más cerca debemos estar el uno del otro.

3.5 - Parte 5

Los segadores también tienen un servicio para Rut. Estos se mencionan en los versículos 4, 5 a 7, 9 y 21 de nuestro capítulo. Siervos de Booz, ofrecen una imagen viva de las cualidades requeridas de los siervos del Señor que se dedican al ministerio de ayudar a los hijos de Dios.

Lo primero que necesita todo siervo de Dios es la presencia del Señor. Así, oímos a Booz saludar a sus segadores con este magnífico deseo: «Jehová sea con vosotros» (v. 4). Encontramos este mismo espíritu en el tiempo del Evangelio: «Ellos… predicaron en todas partes, con la colaboración del Señor» (Marcos 16:20).

En segundo lugar, para realizar el servicio de Booz eficazmente, los segadores deben someterse al siervo establecido sobre ellos. No solo necesitamos la compañía del Señor, sino también el control del Espíritu, la persona divina prefigurada por este siervo anónimo (v. 5).

En tercer lugar, los segadores preceden a Rut, como ella misma lo puede decir: «Te ruego que me dejes recoger y juntar tras los segadores entre las gavillas». Las Escrituras reconocen la existencia de líderes espirituales entre el pueblo de Dios, que nos exponen la Palabra de Dios y cuya fe tenemos que imitar. Somos llamados a obedecer y someternos a tales conductores, porque ellos velan por nuestras almas (Hebr. 13:7, 17).

En cuarto lugar, estos jóvenes –los sirvientes de Booz– sacan agua del pozo. Si el privilegio de Rut era beber esta agua, era responsabilidad de los jóvenes extraerla. No todos son llamados o capaces de sacar agua de los pozos profundos de Dios, pero todos pueden beber esta agua, una vez vertida en recipientes adaptados a su capacidad. El agua en el fondo del pozo está fuera del alcance de muchos, pero el agua en las vasijas está disponible para todos. Por eso la consigna para Rut es: «Ve a las vasijas», y bebe. Timoteo fue invitado a ocuparse de «estas cosas», a entregarse por completo a ellas. Esto corresponde ciertamente a la captación del agua; pero el resultado, sus «progresos», también debían ser «evidentes para todos». Vemos allí el agua en las vasijas, accesible a todos (1 Tim. 4:15).

En quinto lugar, para que sean aptos para el servicio, los cosechadores reciben instrucciones especiales de su amo. «Booz mandó a sus criados, diciendo: Que recoja también espigas entre las gavillas, y no la avergoncéis; y dejaréis también caer para ella algo de los manojos, y lo dejaréis para que lo recoja, y no la reprendáis» (v. 15-16). Para satisfacer las necesidades específicas de los individuos, es necesario recibir instrucciones particulares del Señor. Cuán cerca debe estar el siervo del Maestro si quiere saber, durante su servicio, dónde y cómo dejar caer el manojo que corresponderá a la necesidad específica del momento, y esto sin hacer ningún reproche o reprimenda. El Señor está aquí, como siempre, el ejemplo perfecto para nosotros. Cuando el día de la resurrección, envía un mensaje a Pedro: «id, decid a sus discípulos y a Pedro…», ¿no deja caer, en su infinita perfección, «algunos manojos» para sus pobres ovejas descarriadas, sin añadir ni culpa ni reproche (Marcos 16:7)?

Finalmente, el trabajo de los segadores trae el fin de la cosecha, pues Booz ordenó a Rut que se quedara junto a sus criadas «hasta que hayan acabado toda mi siega» (v. 21). Es para los siervos del Señor como para los siervos de Booz, ya que el apóstol evoca la gloriosa esperanza puesta ante nosotros como un estímulo en el servicio. «Por lo cual, amados hermanos míos, estad firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es vano en el Señor» (1 Cor. 15:58).

3.6 - Parte 6

El criado de Booz, establecido sobre los cosechadores, también jugó su papel en el progreso de Rut en la recolección. No se le nombra y rara vez aparece en el relato, pero sin embargo está detrás de todo lo que sucede y, en nombre de Booz, controla a cada segador que trabaja en los campos de su amo. Él fue quien presentó Rut a Booz. Hace un verdadero informe sobre la joven, sin añadir una palabra de denigración contra ella; también anticipa el pensamiento de Booz al animar a Rut a espigar en sus campos. En todo esto, el siervo actúa en perfecta armonía con el pensamiento de su amo. Ciertamente, tenemos aquí un tipo llamativo de esta gloriosa Persona, el Espíritu Santo, que vino de Cristo glorificado, en el nombre de Cristo, para representar los intereses de Cristo. Alguien que no habla por sí mismo, que es invisible para el mundo, sino que guía a los siervos del Señor y que, a través de su obra de gracia en las almas, los pone en contacto con Cristo. Alguien que ha venido a la tierra por los intereses de Cristo, que piensa y actúa en perfecta armonía con la mente y el corazón del Padre y del Hijo.

3.7 - Parte 7

Finalmente, está Booz, que representa a Cristo de dos maneras. Primero en la gloria de su persona y de su obra, luego en su manera de actuar, llena de gracia, hacia nosotros, individualmente.

A nivel personal, Booz se presenta como un «pariente» y como un «hombre poderoso y rico». La palabra «pariente» tan a menudo usada en el libro de Rut se traduce en otros lugares como «redentor», un término que indica claramente el verdadero alcance del servicio de pariente. El pariente tenía el derecho y el poder de redimir tanto a su hermano como la herencia, si alguno de ellos había pasado a manos de un extraño.

Por la caída, el hombre ha perdido todos sus derechos sobre su herencia terrenal; él mismo ha caído en el poder del enemigo, y se encuentra, como pecador culpable, expuesto a la muerte y al juicio. Él no puede redimirse a sí mismo ni redimir la tierra del poder del pecado, de la muerte y de Satanás. Necesita un redentor, alguien que tenga tanto el derecho como el poder para lograr la redención. Cristo es el gran Redentor, de quien Booz es solo el tipo. Él redime a los suyos de dos maneras, por un acto de redención y por un acto de poder. El precio de la redención que él pagó es su propia vida dada por nosotros. Sabiendo que «no con cosas corruptibles, plata u oro, fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir que vuestros padres os enseñaron, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1:18-19). Además de eso, él también nos redimió con un acto de poder, porque no solo fue derramada su sangre, sino que, a través de la resurrección, él canceló el poder de la muerte y de la tumba. Ya redimidos por su sangre, esperamos, pues, la redención en poder, es decir, el momento en que él liberará nuestros cuerpos mortales de todo rastro de mortalidad, transformando «nuestro cuerpo de humillación en la semejanza de su cuerpo glorioso, conforme a la eficacia de su poder, con el que también puede someter todas las cosas a sí mismo» (Fil. 3:21). Y finalmente, obtendremos nuestra herencia –una rica posesión que él ha adquirido– que él redimirá del poder del pecado, de la muerte y de Satanás, y que disfrutaremos juntos con él en alabanza de su gloria (compare Efe. 1:14).

3.8 - Parte 8

Vemos en Booz no solo una figura de las glorias de nuestro gran Redentor, sino también una magnífica muestra de sus caminos de gracia hacia nosotros individualmente. Es nuestro privilegio, no solo conocer la verdad sobre su persona y su obra, sino también experimentar sus cuidados plenos de gracia, lo que nos lleva más lejos en el conocimiento de su persona. Que todos los creyentes deseen llevar una vida más real y decidida con Cristo en el secreto de su alma –una vida de la que no puedan hablar mucho– conocida solo por Cristo y por ellos mismos, donde no pueda intervenir ningún tercero.

Es de esta relación entre Cristo y el alma que nos habla la actitud benévola de Booz, el hombre rico, hacia Rut la extranjera. Su actitud se caracteriza por la gracia y la verdad, evocando para nosotros al que vino en gracia y en verdad. En nuestra debilidad, a veces mostramos gracia a expensas de la verdad, o de mantener la verdad a expensas de la gracia. En Cristo, la expresión infinita de la gracia va acompañada del mantenimiento perfecto de la verdad.

Con una gracia conmovedora, Booz pone todas sus riquezas a disposición de la extranjera venida de Moab, alguien que, según la letra de la Ley, no estaba autorizada a entrar en la congregación del Señor, ni siquiera en la décima generación (Deut. 23:3). Sus campos, sus criadas, sus jóvenes, sus pozos, sus granos, todo está a disposición de Rut. Debe permanecer en sus campos, permanecer junto a sus criadas, recoger junto a sus jóvenes y beber de su pozo. No hace referencia a su origen, su condición de extranjera o a su pobreza. En su boca, ni una palabra de reproche por su pasado, ni una palabra de amenaza para el futuro, ni una palabra de exigencias expresadas a cambio de su generosidad presente: todo es dado en una gracia soberana e ilimitada. No es diferente la manera en que Cristo actúa hacia nosotros los pecadores. La gracia pone a disposición de una pecadora en el pozo de Sicar los más excelentes dones del cielo, la gracia da órdenes a los peces del mar para un hombre pecador como Pedro; y la gracia abre el paraíso de Dios al malhechor moribundo. Asimismo, la gracia nos ha bendecido con todas las riquezas insondables de Cristo, y esto «sin dinero y sin precio» (comparar Is. 55:1).

Pero, como bien sabemos, las riquezas de la gracia no empañan el brillo de la verdad. Al contrario, es precisamente la gracia la que saca a relucir la verdad. Booz no necesita recordar a esta extranjera su humilde origen: ella misma lo confiesa. Pero es su gracia la que la impulsó a hacer tal confesión. Ella cae de bruces ante Booz, desapareciendo en la conciencia de la grandeza de la persona frente a la que se encuentra, y a la que debe todas sus bendiciones. Por la pregunta que ella hace: «¿Por qué he hallado gracia en tus ojos?», reconoce que nada en ella merece tal gracia. También reconoce que, por naturaleza, no puede reclamar nada a Booz, ya que admite: «Soy extranjera» (v. 10). Es solo en presencia de la gracia de Booz que ella le da el lugar que él se merece, y que ella ocupa el lugar que le corresponde. Nos recuerda otros hermosos ejemplos de los caminos de gracia y verdad manifestados por nuestro Señor mientras estuvo aquí en la tierra.

Si la gracia ofrece a una pobre pecadora el don gratuito del agua viva, que brota en la vida eterna, también manifestará la verdad sobre ella. La simple frase de Jesús: «Ve, llama a tu marido» es la verdad que revela todo lo que ella ha hecho, y la siguiente invitación: «Y ven aquí» es la gracia que le da acceso a todo el amor del corazón de Dios. «La verdad le revela la maldad de su corazón, pero la gracia le revela un corazón que, sin ignorar nada de los actos cometidos en su vida, podría sin embargo amarlo e invitarlo a venir a él».

En otra ocasión, con otra mujer extranjera como Rut, una cananea, vemos el mismo despliegue de gracia y verdad. Los discípulos, en cambio, defienden la verdad a costa de la gracia: «Despídela», dicen. El Señor no hace esto, pero tampoco dispensa gracia a expensas de la verdad. Por eso actúa con esta cananea para que la verdad salga de sus propios labios y la lleve a confesar: «¡Así es, Señor; pero hasta los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos!». Ella está de acuerdo con la declaración de su interlocutor, pero también discierne en él la gracia que no puede negar una migaja ni siquiera a un perro. La gracia del Señor la lleva a reconocer la verdad sobre sí misma. Ella recibe entonces la recompensa de la fe, porque el Señor responde con alegría a las llamadas hechas a su gracia; él puede decirle: «¡Oh mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres!» (Mat. 15:21-28).

Qué momento tan bendito en el curso de nuestras vidas, cuando estamos a solas con el Señor, nos hace conscientes de la maldad de nuestros corazones en la presencia de la gracia que llena el suyo. ¡Qué bendición aprender en esos momentos que, por viles que seamos, la gracia en su corazón lo provee todo!

Así que Booz es el que consuela el corazón de Rut. Ella reconoció la verdad: «Solo soy una extranjera», y la respuesta de Booz parece decirle que no puede contarle nada de ella que él no sepa ya: «He sabido todo lo que has hecho» (v. 11). No puede permanecer en ella ningún temor de que un día algo de su pasado se revele y lleve a Booz a retirarle sus dones de gracia. Liberada, ella puede decir: «Me has consolado… has hablado al corazón de tu sierva». Nada toca, gana y consuela tanto el corazón como la certeza adquirida en la presencia del Señor de que él lo sabe todo y que me ama a pesar de todo.

3.9 - Parte 9

Sin embargo, la historia de Rut no termina ahí. Booz mostró gracia, Rut confesó la verdad, resultó paz en la conciencia y alegría en el corazón; pero eso no es todo. Booz no solo trae alivio a Rut y la deja con un corazón lleno de gratitud. Porque, aunque la joven mujer pudiera sentirse satisfecha, el corazón de Booz no estaría satisfecho. Si Rut no esperaba más bendiciones, Booz tenía más para dar. Booz no se sentiría satisfecho sin la compañía de aquella a la cual se dirigió al corazón. Por eso añade: «Ven aquí». De una manera aún más profunda, ¿no es así como el Señor actúa con nosotros? Si él calma nuestros miedos, habla a nuestros corazones y gana nuestros afectos, es para poder disfrutar de nuestra compañía. El amor no se satisface sin la presencia del ser querido. Por eso murió, para que o bien velemos o bien durmamos, vivamos juntos «con Él» (1 Tes. 5:10). Bienaventurados nosotros si también escuchamos y respondemos a su grácil invitación: «Ven aquí».

Así fue como Rut se encontró sentada entre un pueblo que nunca antes había conocido. Pero si «se sentó junto a los segadores», lo hizo en compañía de Booz, porque leemos: «y él le dio del potaje». Bienaventurados nosotros si, conscientes de la presencia personal del Señor, ocupamos nuestro lugar entre su pueblo. Entonces nos alimentaremos del grano del país. Como Rut, estaremos satisfechos y dejaremos algunos sobrantes (v. 14). Es en su presencia que nuestras almas son alimentadas y nuestros corazones satisfechos; y el corazón satisfecho, sacando de su plenitud, tendrá suficiente para dar a los demás.

4 - Capítulos 3 y 4 – Rut la esposa

«El Señor está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos» (Sof. 3:17).

La recolección, como hemos visto, es el tema principal del segundo capítulo; en los capítulos 3 y 4, el descanso es el tema central. En el primer versículo del capítulo 3, este descanso se menciona en relación a Rut: «Hija mía, ¿no he de buscar hogar para ti, para que te vaya bien?» En el último versículo, aparece en relación a Booz: «Aquel hombre no descansará hasta que concluya el asunto hoy».

Hay indudablemente un progreso metódico en las verdades presentadas en los cuatro capítulos del libro de Rut.

  • En el primer capítulo, Rut representa la fe, el amor y la energía consagrada de un alma recién convertida.
  • En el capítulo 2, Rut es una imagen de crecimiento en la gracia, por la cual el creyente progresa espiritualmente.
  • En el capítulo 3, Rut busca la paz del corazón, que es la única que da satisfacción al creyente.
  • En el capítulo 4, la historia de Rut se termina con el descanso alcanzado, y muestra cómo Cristo y el creyente alcanzan el descanso de Dios.

4.1 - Parte 1

Espigar en los campos de Booz y recibir las bendiciones de tus propias manos, por muy felices y justas que sean, no puede dar una satisfacción completa y un descanso perfecto ni al corazón de Booz ni al de Rut. Nada puede hacer que el corazón descanse, excepto la posesión del ser querido. Por eso, en el capítulo 3, Rut busca ganar a Booz, y Booz no escatima esfuerzos para hacer suya a la joven. El amor nunca se satisface con dones, por preciosos que sean, necesita al donante.

Booz, hasta ahora, ha mostrado en su comportamiento hacia Rut una gracia maravillosa. Puso a su disposición sus campos, su grano, sus criadas y sus jóvenes. Él le dio agua de su pozo, granos asados de su mesa, y manojos sacados de las gavillas intencionalmente. Si todas estas bendiciones han ayudado a ganar la confianza de Rut y a despertar sus afectos, sin embargo no han satisfecho su corazón. Una vez que los afectos han sido conquistados, nada más que la posesión de la persona que los causó satisfará el corazón. Esto se aplica tanto a las relaciones humanas como a las divinas. Lo repetimos, la gracia y los favores con los que Booz pudo despertar los afectos de Rut no pudieron en sí mismos satisfacer estos afectos. Es la posesión del que bendice, y no las bendiciones, lo que llena el corazón.

Estos son los caminos del Señor hacia los creyentes. Él actúa hacia nosotros de tal manera que nos lleva a la convicción de que él es más grande que todas las bendiciones que concede. Bienaventurados somos cuando hemos aprendido que las bendiciones no pueden traer satisfacción en sí mismas. «Solo Cristo puede satisfacer el corazón».

¿No es esta gran lección la que Pedro tuvo que aprender en Lucas 5? El Señor le concedió a Pedro una gran bendición temporal. Le dio poder hacer la mayor pesca de su vida. Fue una bendición tan grande que no pudo ser contenida en sus redes y en su barca, pero fue precisamente a través de este don que el Señor se reveló a Pedro de tal manera que llegó a ser en la estima de su discípulo más grande que la bendición concedida. Leemos inmediatamente después: «Dejándolo todo, le siguieron». ¿Qué? ¿Dejar los peces dados por el Señor? Sí, Pedro abandonó todo –red, barco, peces– para seguir al Señor. Si hay una presa que Pedro tenía derecho a guardar para sí mismo, era bien aquella que el Señor le había dado. Pero dejó la bendición para seguir al que es la fuente.

Otra humilde creyente hizo la misma experiencia: María Magdalena. Ella había sido completamente sometida al poder del diablo, ya que el Señor había expulsado siete demonios de ella. Como había sido ricamente bendecida, su corazón se unió a la fuente de sus bendiciones. Por lo tanto, en la mañana de la resurrección, cuando los discípulos regresaron a sus casas, María estaba cerca de la tumba y lloraba. Las bendiciones recibidas no la satisfacían; no podía encontrar descanso en este mundo sin Cristo. Feliz con él, ella estaba inconsolable sin él.

De la misma manera, el Señor se ocupó de un hombre que en otro tiempo blasfemó el nombre de Cristo y persiguió a los santos. La gracia lo tocó y lo bendijo de tal manera que Cristo se hizo más grande para él que cualquier bendición que pudiera recibir de él. Todo su deseo se expresa en estas palabras: «por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús» y «ganar a Cristo». Conocer todas las bendiciones sobre las cuales Cristo le había dado derechos, no podía satisfacerlo; le hacía falta conocer al dador de las bendiciones. No le bastaba con ganar el cielo, le hacía falta ganar al que le había dado acceso a él.

Desafortunadamente, somos muy lentos para aprender que Cristo, y solo Cristo, puede satisfacer nuestros corazones. A veces buscamos nuestro descanso en nuestras bendiciones espirituales. Dedicamos nuestros esfuerzos a mantener en nuestras almas la alegría de nuestra conversión y el sentimiento de las bendiciones recibidas. Pero si es legítimo disfrutar de tu salvación, todos esos esfuerzos están condenados al fracaso. No podemos disfrutar de las bendiciones fuera de aquel que las dispensa; Dios nunca ha tenido tal intención para nosotros. Todas las bendiciones recibidas tienen su fuente en Cristo, y solo pueden ser saboreadas en su compañía.

Otros buscan su satisfacción en una actividad desbordante. Es ciertamente deseable estar ocupado en el servicio del Señor, pero si este servicio se hace para encontrar descanso, encontraremos, como Marta, que más bien nos distrae. El servicio es bueno en sí mismo, pero no satisface al corazón.

Otros buscan alguna satisfacción temporal en las cosas vanas de este mundo, pero solo para darse cuenta de que cuanto más nos rodeamos de cosas terrenales, más aumentamos nuestras preocupaciones, en lugar de encontrar descanso. El profeta dice con razón: «Levantaos y andad, porque no es este el lugar de reposo, pues está contaminado, corrompido grandemente» (Miq. 2:10). Lo repetimos, «solo Cristo puede satisfacer el corazón».

Así, por una razón u otra, nos vemos obligados a admitir que, como cristianos, apenas conocemos la satisfacción del corazón. Ciertamente, todo verdadero cristiano es salvo, pero una cosa es ser salvo y otra es estar satisfecho. Una vez salvados por la obra de Cristo, solo podemos encontrar satisfacción en la persona de Cristo. La medida en que disfrutamos de la compañía de Cristo es también la medida de nuestro descanso y satisfacción. La satisfacción perfecta solo se conocerá cuando llegue el alba de aquel gran día, del que se dice: «Han llegado las bodas del Cordero, y su mujer se ha preparado» (Apoc. 19:7). Es en misterio que esta gran verdad se nos presenta al final de la hermosa historia de Rut. Los dos primeros capítulos mostraron, en imágenes, cómo se despierta el amor por Cristo. Los dos últimos nos enseñan cómo se puede satisfacer el amor.

4.2 - Parte 2

Comencemos por anotar la instrucción dada a Rut en los versículos 1 al 5. Noemí le enseña a la joven el secreto del descanso, con el propósito de asegurar su felicidad. Primero, ella dirige los pensamientos de Rut sobre la persona de Booz, diciéndole quién es y qué va a hacer. Ella declara que él es «nuestro pariente». En cierto modo afirma: «Booz es uno de nosotros y tenemos derechos sobre él». Así pues, tenemos el privilegio de poder considerar a Cristo como «nuestro»: se hizo carne, vivió entre nosotros, murió por nosotros y, después de su resurrección, nos llama sus hermanos. Puede decirle a María: «Vete a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, y a mi Dios y vuestro Dios» (Juan 20:17).

En segundo lugar, Noemí le dice a Rut lo que estaba haciendo Booz: «He aquí que él avienta esta noche la parva de las cebadas». Asimismo, nuestro divino Pariente, nuestro Booz, pasa la larga y oscura noche de la era presente, si nos atrevemos a decirlo así, azotando su cebada. El Señor Jesús no se ocupa de la paja hoy. Lo hará en juicio en un día futuro; por el momento, está cuidando de los suyos, «avienta cebada». En otras palabras, santifica su Iglesia, para presentársela a sí mismo sin mancha, arruga ni nada parecido. El Señor en el cielo está trabajando para los suyos en vista del día que está a punto de amanecer.

Después de recordar a Rut sus derechos sobre Booz, Noemí continuó su educación mostrándole qué estado es adecuado en la presencia de Booz. Si comprendemos que somos parientes de Cristo, que le pertenecemos y que él está por nosotros, seguramente que desearemos su compañía. Pero la conciencia de su presencia requiere un estado de alma apropiado, que las instrucciones de Noemí a Rut nos describen de manera pictórica: «Lávate, úngete y vístete» (v. 3).

La primera condición necesaria, «lávate», nos lleva a pensar en el lavado de los pies en Juan 13. Juan debe primero tener los pies lavados antes de poder apoyarse sobre el seno de Jesús. EL lavado de los pies necesariamente precede al descanso del corazón. El Señor tuvo que declarar a Pedro: «Si no te lavo no tienes parte conmigo» (Juan 13:8). Su obra nos ha adquirido una parte en él, pero para tener una parte con él, para disfrutar de la comunión con él en la mansión a la que fue, debemos tener lavados los pies, y desgraciadamente a menudo somos negligentes en este punto. Permitimos que las influencias dañinas y contaminantes del mundo se cuelen en nosotros y traigan nuestros afectos hacia las cosas de la tierra.

Cuando se descuida el lavado de los pies, las manchas se acumulan hasta el punto de desordenar nuestras mentes y embotar nuestros afectos hasta tal punto que nuestra comunión con Cristo se vuelve rara, incluso desconocida. Estemos atentos a la advertencia del Señor: «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las hacéis». No era suficiente que Rut aceptara la instrucción de lavarse; era necesario que lo hiciera. De la misma manera, los beneficios que podemos obtener de Juan 13 no residen en el conocimiento de la verdad presentada en este capítulo, sino en su puesta en práctica.

Pero se necesita aún más. Después de lavarse, Rut también debe ungirse. No basta con purificar nuestras mentes de las influencias contaminantes, también debemos recordar la exhortación del apóstol: «Por lo demás, hermanos, todo lo verdadero, todo lo honroso, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; y si hay alguna otra virtud, y si hay alguna otra cosa digna de alabanza, pensad en esto» (Fil. 4:8). El lavado es un acto negativo, en el sentido de que elimina la suciedad. La unción es un acto positivo, que emite un perfume agradable. No solo es necesario purificar nuestras mentes y afectos de las malas influencias, sino que también es necesario ocuparlas con las cosas de Cristo, de modo que difundamos en torno a nosotros un olor de Cristo, que conviene a su presencia.

Después de la mención de la unción, Noemí añade: «vístete». ¿No nos habla esto del lino fino, que simboliza la justicia práctica de los santos? Si el versículo 8 de Filipenses 4 nos habla acerca de la unción, el versículo 9 ¿no nos da una respuesta acerca de la justicia práctica? «Lo que habéis aprendido, y recibido, y oído, y visto en mí, hacedlo». La palabra clave de Filipenses 4:8 es «pensad»; la palabra clave del versículo 9 es «haced». Si tuviéramos un mayor sentimiento de la belleza de Cristo, ¿no desearíamos más ardientemente su compañía y el disfrute consciente de su presencia? Tales deseos nos harían aún más entusiastas para mantener nuestros pensamientos, afectos, palabras y caminos puros de toda contaminación, y para cuidar de lo que es correcto para Cristo.

Una vez que Rut esté limpia para estar en la presencia de Booz, su línea de conducta es clara: debe acostarse a los pies de Booz y escuchar sus palabras porque, como dice Noemí, «él te dirá lo que hayas de hacer» (Rut 3:4). ¿No nos lleva esto en nuestros pensamientos a esta feliz escena en Betania, descrita en Lucas 10, donde vemos a María sentada a los pies de Jesús y escuchando su palabra? ¿No es eso lo que tanto nos falta hoy? En la agitación y el estrés de la vida, hay poco tiempo para estar a solas con el Señor y escuchar lo que él quiere decirnos. Que oigamos su voz a través de Noemí, y respondamos como Rut: «Haré todo lo que tú me mandes» (v. 5). Así, lavados, ungidos y vestidos, podremos sentarnos en su presencia y escuchar su Palabra.

4.3 - Parte 3

Una vez que Rut está a los pies de Booz, la historia naturalmente se enfoca más en lo que hace Booz. Booz trabajará para satisfacer los deseos que su amor y gracia han generado, pero también actuará para satisfacer su propio corazón. Todo esto evoca en nuestros ojos el misterio mucho más profundo de Cristo y sus deseos hacia su Iglesia. Nada satisfará a su corazón excepto el tener a los suyos con él y semejantes a él. Su amor debe disfrutar de la compañía de sus seres queridos. Vamos al cielo porque es el amor el que nos desea allí. No bastaba al corazón del padre quitar los harapos del hijo pródigo y satisfacer sus necesidades; lo quería en su propia compañía, con una ropa adecuada a su presencia, ataviado con el vestido más hermoso, con sandalias a sus pies y un anillo en la mano. Del mismo modo, el corazón de Cristo no puede contentarse con librarnos del juicio y purificarnos de nuestros pecados: quiere tenernos «con él» y «semejantes a él».

Fue con este propósito que reunió las almas a su alrededor mientras pasaba por este mundo; de hecho, cuando llamó a los doce, fue en primer lugar para que estuvieran «con él» (Marcos 3:14).

Este fue el tema de su oración en Juan 17: «Padre, deseo que donde yo estoy también estén conmigo aquellos que me has dado» (v. 24).

Por eso murió, «para que, ya sea que estemos velando, o que estemos dormidos, vivamos juntos con él» (1 Tes. 5:10).

Esto es también lo que continúa hoy en su servicio hacia nosotros, lavándonos los pies para que podamos tener una parte «con él».

Esto es también lo que tiene en mente cuando recoge a uno de sus santos: quiere permitirle estar «con Cristo».

Finalmente, cuando el Señor venga sobre la nube para llevarnos a Él, será, con el fin de que «donde él esté, nosotros también estaremos, para siempre con el Señor».

Esta es la verdad que aprendemos a sus pies. No solo que lo queremos a él, sino que él nos quiere a nosotros. No es de extrañar que suspiremos por él, pero su deseo por nosotros seguirá siendo una fuente eterna de admiración. María aprendió a sus pies que él puede prescindir de todo nuestro servicio, pero no de nosotros. «Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento» (Cantar de los Cantares 7:10) es la verdad –tan grande y gloriosa– que aprendemos a sus pies. Es de la misma verdad que Rut nos habla, porque a los pies de Booz, la joven aprendió no solo que ella lo anhelaba, sino que él también la deseaba. Sorprendida por este descubrimiento, Rut ahora puede esperar y dejar que Booz termine el caso (v. 8).

4.4 - Parte 4

El enfoque de Booz para asegurar el descanso y la satisfacción de su propio corazón y el de Rut es muy significativo. Primero está lo que hace con Rut, luego el trabajo que hace para Rut. En el capítulo 2, gana su afecto; en el capítulo 3, le da la audacia de buscar a satisfacer el afecto que ha despertado.

Después de rechazar a cualquier otro y seguir a Booz, ella recibe primero la seguridad de la bendición: «Bendita seas» (v. 10). En segundo lugar, Booz quita al corazón de Rut cualquier huella de miedo, diciéndole: «No temas» (v. 11). Entonces le asegura que todos los obstáculos para el cumplimiento de su propósito serán superados (v. 12-13). Mientras tanto, se ocupó de sus necesidades y le dio seis medidas de cebada. Cuando Rut buscó su propia bendición, obtuvo una medida de cebada (Rut 2:17); pero cuando buscó la persona de Booz, obtuvo seis. Sin embargo, hay que tener en cuenta que solo hay seis, no siete, el número perfecto. La cebada, en cualquier cantidad, no puede proporcionar una satisfacción completa.

Así es también como el Señor actúa hoy con los suyos. ¿Acaso no hay una bendición especial para aquellos que han aprendido el gran secreto de que el Señor nos desea para sí mismo? ¿No quita esta certeza todo temor de nuestros corazones? Por el contrario, ¿no nos da una santa audacia, así como la seguridad de que ningún obstáculo impedirá el cumplimiento de su propósito hacia nosotros? Mientras tanto, él satisface todas nuestras necesidades, y así nos hace capaces de estar tranquilos, con la firme convicción de que no descansará hasta que haya terminado lo que ha comenzado. «El que comenzó en vosotros una buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Fil. 1:6).

4.5 - Parte 5

En el último capítulo, vemos cómo Booz obra a favor de Rut. En esta labor, Rut nada tiene que hacer. Booz está solo cuando sube «a la puerta» (v. 1). La puerta de una ciudad es el lugar donde se ejerce el juicio. De hecho, la justicia debe ser satisfecha antes de que Rut pueda ser bendecida o el propósito de Booz realizado. En la puerta, Booz responde a todo y resuelve todos los puntos que se pueden plantear. Se citó a diez testigos. Booz los exhorta a sentarse, ya que no tienen otra cosa que hacer que constatar la incapacidad del pariente cercano, al tiempo que reconoce que sus derechos han sido plenamente reconocidos y satisfechos. ¿No vemos en esto una imagen de la poderosa obra de nuestro gran Redentor, que subió solo «a la puerta», el lugar del juicio? Allí, en la cruz, resolvió todas las cuestiones entre el creyente y Dios. Ahí también, demostró plenamente la incapacidad de la Ley para responder a nuestra situación, al tiempo que reconocía y cumplía sus justos requisitos.

Una vez eliminados todos los obstáculos, llegó el día de la boda, cuando «Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer» (v. 13). «Y dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los ancianos: Testigos somos» (v. 11). Ellos fueron testigos de la bendición de Rut, pero atribuyeron poder y gloria a Booz: «Tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén» (v. 11).

La feliz conclusión de la historia de Rut es una hermosa prefiguración de este gran día en el que la Iglesia había sido comprometida con Cristo, y que todavía estamos esperando, este día del que leemos: «Han llegado las bodas del Cordero, y su mujer se ha preparado». Al contemplar esta gran visión, el apóstol y profeta Juan oye de nuevo, si se puede decir así, la voz de “todo el pueblo que estaba a la puerta, y a los ancianos” elevándose en alabanza, aunque la alabanza se ha convertido ahora en un cántico de poder infinito, ya que Juan oye «como la voz de una gran multitud, y como el sonido de muchas aguas, y como el sonido de fuertes truenos, diciendo: ¡Aleluya!, porque reina el Señor, nuestro Dios, el Todopoderoso. ¡Alegrémonos y regocijémonos, y démosle gloria!» (Apoc. 19:6-7).

El día de las bodas del Cordero será la respuesta magistral a la obra de la redención. La gloria responde a la cruz. En ese día, la Esposa será infinitamente bendecida, pero es al Cordero a quien se le dará poder y honor. Toda la gloria será suya, pero aún más, el Señor Jesús verá en ese día el fruto de la obra de su alma y estará satisfecho. Nosotros también veremos su rostro en justicia y estaremos satisfechos con su imagen (compare Sal. 17:15).


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