17 - Isaías 64:4 al 65:12
El libro del profeta Isaías
Es sorprendente de comprobar que el versículo 4 sigue a lo que hemos analizado en los 3 primeros versículos. Isaías deseaba un despliegue poderoso del poder de Dios, como el que se había manifestado al principio de la historia de Israel; sin embargo, era consciente de que Dios tenía reservadas cosas más allá de todo conocimiento humano, y preparadas para aquellos que esperaban que Él actuara.
A este versículo se refirió el apóstol Pablo en 1 Corintios 2:9, mostrando que, aunque en los asuntos ordinarios los hombres llegan al conocimiento por el oído –tradición– o por el ojo –observación– o por lo que podemos llamar intuición, estas cosas solo pueden llegarnos por revelación de Dios por medio de su Espíritu. Isaías sabía que había cosas por revelar. Pablo nos dice que han sido reveladas, para que las conozcamos.
En consonancia con esto, el apóstol Pedro nos ha dicho en su Primera Epístola que cuando el Espíritu de Cristo testificó a través de los profetas, ellos «se informaron e inquirieron con interés» (1:10) acerca de lo que habían escrito, y descubrieron que estaban prediciendo cosas, solo para ser dadas a conocer a quienes, como nosotros, hemos sido traídos a la luz de lo que Cristo ha hecho. Así que de nuevo tenemos que recordar cuán grandes son los privilegios que nos corresponden. Dios ha «descendido», pero en gracia y no, por el momento, en juicio.
El profeta había previsto que cuando se dieran a conocer las cosas preparadas, solo se recibirían si se encontraba un cierto estado moral. No solo debemos esperarlo, sino también regocijarnos en la justicia y practicarlo, así como recordar de Dios en todos sus caminos. Así se describe aquí al piadoso remanente de Israel. Así será en un día futuro, y así es hoy, puesto que solo por el Espíritu percibimos y recibimos las cosas maravillosas ahora reveladas. Una vez el Espíritu de Dios recibido, entramos en el disfrute de las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.
Ahora bien, en ese momento no existía el estado necesario entre el pueblo, de ahí que tengamos las palabras: «He aquí, tú te enojaste, porque pecamos». Esta confesión se coloca entre paréntesis, de modo que las siguientes palabras brotan del comienzo del versículo. En la justicia y el recuerdo, «¿podremos acaso ser salvos?». Isaías nos había presentado con anterioridad a «un Dios justo y Salvador» (Is. 45:21); por lo tanto, el pueblo a quien salva debe ser puesto en conformidad con Él mismo.
Los versículos 6-7, continúan la confesión de pecado que se intercaló en el versículo 5. Fíjense en las 4 figuras que se utilizan para expresar su triste estado. Primero, impuro, como es impuro un leproso, a los ojos de la Ley. Segundo, sus «justicias», es decir, sus muchas acciones que ellos consideraban actos de justicia no eran más que «trapo de inmundicia» a los ojos de Dios. Tercero, como consecuencia de esto, todas ellas eran cosas que se desvanecían y morían, como hojas de otoño. En cuarto lugar, sus pecados eran como un viento que se los llevaba a todos.
¿Son diferentes las cosas hoy en día? ¿Ha cambiado algo la difusión de una civilización basada en ideales cristianos? No, y las cosas siguen igual. La lepra del pecado es igual de virulenta; las justicias externas de la humanidad son igual de espurias; la muerte está igual de apremiante; el viento del juicio de Dios sobre el pecado pronto barrerá con todo.
Además, el profeta tuvo que quejarse de que nadie se conmovía con razón por este estado de cosas, como para invocar el nombre de Dios; no se encontró a nadie que se aferrara a Dios en súplica y oración. El hecho era que Dios les había ocultado su rostro en su santo gobierno. Era una triste situación que nadie se sintiera movido a tomar el lugar de un intercesor.
Y sin duda podemos decir lo mismo cuando observamos el estado de la cristiandad en la actualidad. Hay puntos brillantes, ¡gracias a Dios! –puntos en los que el Espíritu de Dios actúa manifiestamente. Pero a pesar de esto, el panorama general es oscuro. El mal abunda bajo la profesión del nombre de Cristo, e incluso donde el Espíritu de Dios está obrando, los siervos de Dios de todo corazón son demasiado pocos. ¿Quién se agita para aferrarse a Dios en cuanto a ello? ¿Quién ora al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies? –como el Señor mismo ordenó en Mateo 9:38. Que Dios mismo nos estimule, en lugar de ocultarnos su rostro, si no nos estimulamos nosotros mismos en este asunto.
Ahora, en nuestro capítulo, viene la conmovedora apelación a Jehová. Las primeras palabras de la profecía de Isaías fueron: «Habla Jehová: Crie hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí» (1:2). Muy bien, pues, Jehová había tomado el lugar de Padre para Israel, y sobre eso contaba la fe del profeta, y en ello basó su apelación. Además, Jehová no solo era Padre para ellos, sino también su alfarero. Israel no era más que el barro en sus manos.
Que esto era así, y que Dios lo reconocía como tal, se puso de manifiesto un poco más tarde en los días de Jeremías. En Jeremías 18 leemos cómo se le ordenó que bajara a la casa del alfarero y recibiera allí una lección. Vio la vasija: «He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel» (v. 6). El Señor procedió a decirle a Israel que ellos estaban en Su mano como el barro en la mano del alfarero, así que podía hacer con ellos lo que le pareciera bien. Limitando nuestros pensamientos a Israel, sabemos que Dios hará otra vasija, que es lo que el Señor Jesús le estaba mostrando a Nicodemo, como se narra en Juan 3. Lo que nace de la carne –incluso la carne abrahámica– es carne. Solo lo que nace del Espíritu es espíritu. Solo un Israel nacido de nuevo entrará en el Reino.
En tiempos de Isaías apenas se había llegado al punto de la «otra vasija», dado a conocer a Jeremías; de ahí que aquí tengamos nuevas súplicas a Dios en favor de la vasija estropeada, como vemos en los 4 versículos que cierran el capítulo. «Pueblo tuyo somos todos nosotros», dice el profeta, aunque por aquel tiempo, o muy poco después, el hijo de Oseas tuvo que ser llamado «Lo-ammi, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios» (Oseas 1:9). Estos versículos finales de apelación parecen un último grito a Dios, antes de que se dictara la sentencia de repudio a Oseas.
Se confiesa la iniquidad del pueblo, pero se busca misericordia. Las desolaciones mencionadas en los versículos 10 y 11 nos parecen proféticas, pues, aunque el rey de Asiria asoló las ciudades de Judá en tiempos de Ezequías, no se le permitió tomar Jerusalén ni quemar el templo. Jeremías fue quien realmente vio cumplirse estas cosas. Sin embargo, incluso en los días de Ezequías, era seguro que estas terribles desolaciones sucederían, como vimos al leer el final del capítulo 39 de este libro. Cuando se cumplieron, Israel fue puesto a un lado por el momento, y comenzaron los tiempos de los gentiles.
Los 2 versículos que inician Isaías 65, están en exacta armonía con esto. Están citados por el apóstol Pablo en Romanos 10:20-21, después de haber mostrado que incluso Moisés había reprendido al pueblo y predicho que Dios se apartaría de ellos para dirigirse a otros. Como preámbulo a la cita de nuestro capítulo dice: «Isaías es muy audaz…».
Sí, Isaías habla con gran audacia porque habla como la voz misma de Jehová en lugar de hablar de él. No dice: “Se le busca… se le encuentra… él dijo…”, sino más bien: «Fui buscado… fui hallado… Dije…» ¿Cómo es posible, podemos preguntarnos, que personas que nunca preguntaron por Dios lo busquen? La respuesta parece obvia. Debe ocurrir como resultado de la búsqueda de Dios. Esto es exactamente lo que ha sucedido en esta era evangélica. Dejando de lado a Israel, Dios sale en misericordia soberana hacia los gentiles, como explica Pablo en Romanos 11. ¿Ha penetrado en nuestros corazones la maravilla de esta misericordia en alguna medida sustancial?
El trato de Dios con Israel, al apartarlo por este largo período, se justifica por lo que leemos en el versículo 2. El pueblo había sido rebelde, siguiendo «sus pensamientos», en vez de los pensamientos de Dios, expresados en su santa Ley, y estos pensamientos suyos condujeron sus pies por un camino que no era bueno. Dios había condescendido a rogarles «todo el día», y ese «día» había sido largo, extendiéndose por siglos.
A estas súplicas no habían respondido.
Los versículos siguientes les acusan de males específicos, pero antes de considerarlos, detengámonos un momento para considerar si hemos sido culpables de seguir nuestros propios pensamientos en lugar de los de Dios en lo que se nos ha revelado. En las Epístolas del Nuevo Testamento se expone claramente lo que Dios quiere de nosotros como cristianos individuales, pero también como miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Ahora bien, es tristemente fácil desviarse de ellas y caminar según nuestros propios pensamientos; y más particularmente en lo que se refiere a los asuntos de la Iglesia; es fácil decir: “Eso era sin duda bastante correcto para los cristianos del primer siglo, pero difícilmente practicable para nosotros hoy”. Pero son los pensamientos y los caminos de Dios los que son perfectos, mientras que nuestros propios pensamientos nos llevan a “un camino que no era bueno”.
Los malos caminos de Israel estaban en gran parte relacionados con las prácticas idólatras, como muestran los versículos 3 al 7. Las palabras iniciales de Deuteronomio 12 son: «Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra», y siguen prohibiciones contra los lugares altos y las arboledas, o jardines, y altares que las naciones paganas habían hecho. Así que el camino de Dios para ellos era que trajesen todas sus ofrendas a su lugar en Jerusalén; ofrendando como él había mandado. Pero ellos prefirieron adorar según sus propios pensamientos con el resultado que se describe en estos versículos. Sus sacrificios eran erróneos; sus altares eran erróneos; la comida que comían era errónea; y para coronar todo esto afectaban una piedad santurrona, que los llevaba a decir a los demás: «Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú».
Esto indica claramente que el mal del fariseísmo comenzó temprano en la historia de Israel. Su espíritu es claramente visible cuando leemos la profecía de Malaquías. Alcanzó su máxima y peor expresión en tiempos de nuestro Señor, proporcionando el elemento principal que condujo a su crucifixión. Recordemos que él los acusó de enseñar «como doctrinas preceptos de hombres» (Mat. 15:9). Así que esto concuerda bastante con lo que acabamos de ver declarado por Isaías. Preferían andar según sus propios pensamientos, antes que por la Palabra de Dios. El mismo principio maligno ha persistido a través de los años, y es demasiado evidente hoy dentro del círculo de la profesión cristiana. Aunque sus posiciones, tanto doctrinal como eclesiástica, puedan ser muy diferentes, se encuentran aquellos que exigen la separación –«Estate en tu lugar, no te acerques a mí»– basándose en una pretensión de santidad o espiritualidad superior, según sea el caso. Tales separatistas son tan ofensivos para Dios como «humo en mi furor, fuego que arde todo el día».
Esta situación en Israel exigía una retribución bajo forma de juicio de la mano de Dios. Parecería que esta santidad espuria encima de su desobediencia rebelde fue su pecado culminante. Les valió los 70 años de cautiverio en Babilonia; y, cuando pasaron esos años y un remanente regresó al país, la misma hipocresía volvió a surgir en medio de ellos, empeorada, si acaso, por la misma misericordia que se les había mostrado. Crucificaron a su Mesías diciendo: «¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!» (Mat. 27:25). Así ha sido a través de sus largos siglos de angustia, y así será todavía en los dolores mucho peores de la gran tribulación.
La lección para nosotros es que Dios desea obediencia a sus pensamientos, expresados en su Palabra. Si ese es nuestro objetivo, pronto nos daremos cuenta de lo poco que los comprendemos, y aún más débilmente los llevamos a cabo, y esto producirá en nosotros un espíritu de humildad –todo lo contrario, al de una falsa santidad como la que se revela aquí.
Al llegar al versículo 8 aparece otra nota. Bajo la figura de perdonar un racimo de uvas, porque es de valor para la producción de vino, Dios declara que él perdonará a un remanente del pueblo, aunque el juicio debe caer sobre la masa. Esto lo hará “para no destruirlos a todos”. De este remanente se habla como de «mis siervos», y en el versículo siguiente como de «una descendencia de Jacob», y también como de «mis escogidos», que heredarán el país.
Podemos recordar cómo nuestro Señor fue predicho como la «Simiente» de la mujer, en Génesis 3, y de nuevo como la «Simiente» de Abraham, acerca de lo cual el apóstol escribió: «No dice: A las descendencias, como si [hablara] de muchos; sino [hablando] de uno solo: A tu Descendencia, que es Cristo» (Gál. 3:16). Al considerar Isaías 53, vimos también que Cristo resucitado «verá linaje», como fruto de la aflicción de su alma; y el mismo pensamiento nos está presentado al final de la otra gran predicción de los sufrimientos de Cristo en la expiación: «La posteridad le servirá» (Sal. 22:30). Él, que es preeminentemente la «Simiente», ha de tener una simiente de Su propio orden en su vida resucitada. Este pensamiento está a la base de los versículos que estamos considerando.
Pueden ser señaladas 2 cosas más antes de que dejemos estos versículos. Primero, fue a esta simiente piadosa a la que el Señor Jesús se refirió al principio de su bien conocido “Sermón del Monte”. El profeta habla de un «heredero de mis montes», y dice: «Mis escogidos poseerán por heredad la tierra» (v. 9). La tercera bienaventuranza es: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mat. 5:5). Ahora bien, esto amplía la promesa, de modo que se aplica más allá de los confines de Jacob y Judá. Son los mansos de todos los pueblos los que heredarán la tierra, cuando el reino del Cielo sea establecido por fin universalmente.
La segunda cosa que tenemos que recordar es que este remanente según la elección de la gracia, llamado fuera de la masa de los judíos, existe hoy, aunque por el mismo hecho de su llamado está separado del judaísmo y de sus esperanzas terrenales. El apóstol Pablo deja claro que existe en los primeros versículos de Romanos 11, y cita su propio caso como prueba de ello. Tenemos que leer Efesios 2, especialmente su última parte, para conocer la nueva posición de favor y bendición celestiales a la que son llevados en asociación con los llamados de entre los gentiles por el Evangelio que se predica hoy.
En nuestro capítulo la bendición terrenal está ante nosotros, como el versículo 10 deja muy claro. El valle de Acor era un lugar de juicio, como se narra en Josué 7:24-26. Ese lugar de juicio se convertiría en una «puerta de esperanza», según Oseas 2:15. Nuestro versículo lo revela como un lugar de descanso para los rebaños y para los hombres. ¿No hay una parábola en esto? Donde se ha ejecutado el juicio, allí se encuentra la esperanza, y el descanso es el resultado final.
Dejamos esta hermosa imagen al leer los versículos 11-12. Dios no puede olvidar el estado de abandono y de pecado que caracterizaba al pueblo en los días de Isaías. Habían abandonado a Jehová; habían abandonado su santo monte, sobre el cual estaba su templo. ¿Y a qué se habían vuelto? El resto del versículo lo revela, aunque la traducción es bastante oscura. En la Nueva Traducción de J.N. Darby en inglés encontramos “Gad” sustituido por «Fortuna», y “Meni” por «el Destino», con notas a pie de página que dan una explicación en el sentido de que la primera palabra indica “La fortuna, o el planeta Júpiter”, y la segunda, «El número, o la fortuna, o el planeta Venus”.
El pueblo se había desviado de la adoración de los cuerpos celestes y había relacionado esta falsa adoración con los instintos del juego, tan fuertes en la humanidad caída. Si las cosas iban bien, era la Fortuna. Si iban mal, era el Destino. En la mente de la gente eran deidades a las que hacían ofrendas de comida y bebida. Como sucede a menudo, «mesa» es una figura que indica comida sólida, como en la mesa de los panes de la proposición, y el vino constituía la bebida. Esto arroja alguna luz sobre las palabras del apóstol en 1 Corintios 10:21, donde menciona «la copa de los demonios» y «la mesa de los demonios». Los diablos de este versículo eran, por supuesto, demonios; y el poder demoníaco estaba detrás del «Gad» y el «Meni», mencionados aquí.
Cuando en el versículo 12, Dios dice que los «destinará» a espada, hay una alusión al nombre «Meni», que significa número. Al pueblo se le dice claramente que el juicio y la muerte están ante él. Rechazaban la Ley de Dios. Vivimos en una época en que los hombres rechazan la gracia de Dios; y hacer esto es más grave que rechazar la Ley, como se nos dice en Hebreos 10:20. Cuando el Evangelio está predicado, que esto quede muy claro.