Inédito Nuevo

La Epístola de Santiago


person Autor: Marcel GRAF 14

library_books Serie: Leer y comprender la Biblia


«Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo por mis obras te mostraré mi fe» (Sant. 2:17-18).

0 - Acerca de la Epístola de Santiago

0.1 - Tema

Esta Epístola constituye una particularidad del Nuevo Testamento, ya que Dios, en su gracia, se dirige a su pueblo terrenal [1]. Su Epístola es muy concreta; exhorta a llevar una vida de fe según el espíritu del Señor Jesús, un mensaje que también nos concierne a nosotros. Esa vida se manifiesta mediante una conducta acorde con ella, a través de actos de fe que los hombres pueden ver.

[1] NdT: como la Epístola a los Hebreos.

Cuando Santiago habla de la justificación por las obras, esto no contradice la enseñanza de la Epístola a los Romanos, donde Pablo habla de la justificación por la fe.

Cuando Pablo habla de la justificación por la fe, se refiere a la relación del hombre con Dios (Rom. 3:28; 5:1; Gál. 2:16). Ante Dios, ningún hombre puede ser justificado por sus buenas obras ni por el cumplimiento de la Ley. Como pecador, es incapaz de ello. Solo la fe en Jesucristo conduce a la justificación ante Dios. Esta justificación es un acto de justicia por parte de Dios.

Cuando Santiago habla de la justificación por las obras, se refiere a los creyentes, y no a los pecadores. Las obras a las que se refiere aquí no son obras de la Ley, sino actos de fe. La justificación no se produce ante Dios, sino ante los hombres. Estas obras son la prueba de la fe que habita en el corazón. Si en alguien no se ve ninguna manifestación de su fe a través de sus obras, cabe preguntarse si realmente posee la vida de Dios.

0.2 - Subdivisión

  • Capítulo 1:1: Saludo
  • Capítulo 1:2-18: La fe y las pruebas
  • Capítulos 1:19 al 2:26: La fe y las obras
  • Capítulo 3:1-18: La fe y las palabras
  • Capítulos 4:1 al 5:6: El corazón dividido
  • Capítulo 5:7-20: La perseverancia y la esperanza

1 - Santiago 1

Versículos 1-8. Cuando Santiago, el hermano del Señor (Gál. 1:19), escribió esta Epístola, los judíos que se habían convertido a Cristo aún no se habían separado de sus compatriotas incrédulos. Como cristianos, tenían sin duda sus propias reuniones, pero también acudían al templo y a las sinagogas y observaban la Ley de Moisés.

Esta etapa inicial del cristianismo también se describe en la primera mitad de los Hechos de los Apóstoles. A esa época se remonta la redacción de esta Epístola. Está dirigida tanto a los israelitas creyentes como a los no creyentes.

¿Acaso no tiene, pues, ninguna importancia para nosotros, que no somos de origen judío? Todo lo contrario, pues sus numerosas exhortaciones prácticas invitan a cada cristiano creyente a vivir una vida de fe según el pensamiento del Señor Jesús.

Los primeros cristianos solían estar perseguidos o tenían que hacer frente a otras pruebas difíciles relacionadas con su fe. Santiago anima a todos los creyentes que se encuentran en situaciones de prueba a perseverar en ellas y a someterse por completo a la voluntad de Dios. Así es como se alcanza la meta que Dios ha previsto para cada uno de nosotros.

Para resistir las tentaciones y afrontar las situaciones difíciles, la oración es una necesidad absoluta. Si ponemos nuestra confianza en Dios y le pedimos la sabiduría necesaria, él escuchará nuestra oración. Eso es lo que aquí se nos garantiza. Lamentablemente, a menudo no miramos únicamente a Dios, sino también a los hombres o a nuestras propias capacidades. De ello se derivarán inseguridad, dudas e inconstancia.

1.1 - El hermano de condición humilde y el rico ante Dios

Versículos 9 al 12. Las diferencias sociales entre los creyentes son una realidad que el Nuevo Testamento confirma en varias ocasiones. Hay hijos de Dios pobres y otros ricos. Santiago se dirige aquí tanto a unos como a otros.

  • El hermano de condición humilde puede regocijarse de su posición en Cristo. Es el hijo del Padre más rico.
  • El cristiano acaudalado debería recordar hasta qué punto todo lo terrenal y visible es efímero.
  • El rico mencionado al final del versículo 11 es un incrédulo. Si no tiene nada más que su riqueza, si carece de la verdadera fe, se marchitará junto con sus bienes.

El hombre que soporta la prueba de la fe, para que se ponga de manifiesto la firmeza de su fe, recibe como recompensa la corona de la vida. ¡Nosotros también perseveremos en la prueba, para no perder esa corona!

1.2 - Las tentaciones que no provienen de Dios

Versículos 13-18. A partir del versículo 13, Santiago evoca otro tipo de tentación. No se trata aquí de una prueba externa, sino de una tentación que tiene su origen en un deseo interior. Algo así nunca proviene de Dios. ¿Qué ocurre cuando cedemos a ese deseo interior? Caemos en el pecado, y la consecuencia última del pecado es la muerte (Rom. 6:23).

Sin embargo, en Romanos 6 encontramos no solo la paga del pecado, sino también el medio para vencer la tentación. El versículo 11 nos exhorta: «Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». ¿Puede el pecado seguir tentando a un muerto? ¡No!

Todo lo que recibimos de Dios es bueno. Él no puede dar nada malo a sus hijos. Además, nuestro Dios permanece eternamente el mismo. Su amor, su fidelidad y su solicitud nunca cambian. Nunca cambia de opinión. Siempre cumple su Palabra. Es él quien, mediante la Palabra de Dios, nos ha regenerado, es decir, quien nos ha dado una vida nueva y eterna.

1.3 - Escuchar y hacer

Versículos 19-25. Esta nueva naturaleza, que cada creyente recibe de Dios en el momento de su nuevo nacimiento, se manifiesta a través de los frutos correspondientes. Escuchar lo que Dios dice en su Palabra: esa es la actitud de una fe verdadera. Debemos ser prudentes con nuestras palabras. Nuestras palabras expresan nuestros pensamientos y nuestro estado de ánimo. A través de ellas pueden manifestarse tanto nuestra nueva naturaleza como nuestra antigua naturaleza. Junto con David, podemos orar a Dios: «Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios» (Sal. 141:3), para que no digamos lo que proviene de nuestra antigua naturaleza, lo que deshonra a Dios y nos contamina.

La ira, la impureza y la maldad son excesos del antiguo yo. Estos nunca cumplen con lo que es justo a los ojos de Dios. Por eso debemos renunciar a todo eso (Col. 3:5, 8) y cultivar lo que proviene del nuevo hombre. ¿Cómo es esto posible en la práctica? Acogiendo la Palabra de Dios en nuestro interior. Sin una lectura regular de la Biblia, es imposible vivir una vida de fe que honre a Dios y le sea agradable.

Otra señal de esta nueva vida se manifiesta en el hecho de que una persona no se conforma con escuchar y conocer intelectualmente las palabras de la Biblia, sino que también pone en práctica lo que ha oído o leído.

¿Entendemos lo que significa la expresión «la ley perfecta, la de la libertad»? Según el contexto de todo este pasaje, podemos deducir que el término «ley» se refiere aquí a la voluntad de Dios tal y como nos está revelada en su Palabra. Para el Señor Jesús, esa voluntad era una ley de libertad, pues no deseaba nada más en su vida en la tierra que cumplir la voluntad de su Padre (Sal. 40:9; Juan 4:34). Desde que nos hemos convertido y hemos recibido la nueva naturaleza por la fe en él, podemos seguir sus pasos. Nuestra nueva naturaleza tampoco desea otra cosa que hacer lo que Dios quiere. Un hombre que no tiene la vida de Dios solo le obedece bajo coacción, pues no quiere lo que Dios quiere. Para la nueva naturaleza del creyente, en cambio, es un gozo obedecer a Dios y seguir su voluntad. No desea nada más.

1.4 - El verdadero servicio religioso

Versículos 26-27. Aquí se trata de los signos externos de una vida verdaderamente religiosa. La primera característica es la ayuda concreta que se brinda a quienes necesitan protección, cuidados y el apoyo del amor. La segunda característica es la clara separación del mundo, con el fin de mantenerse puro para Dios. –Entendámonos bien: aquí no se trata de mostrar cómo un hombre podría agradar a Dios por sus propios esfuerzos. Se trata de saber de qué manera un hombre redimido puede servir a Dios como es debido.

2 - Santiago 2

Versículos 1-7. En los inicios del cristianismo, los judíos que habían creído en el Señor Jesús seguían acudiendo a la sinagoga. Solo en la Epístola a los Hebreos se invita a estos creyentes a abandonar verdaderamente el judaísmo (Hebr. 13:13) y a reunirse únicamente en torno al Señor Jesús.

En la sinagoga, además de los creyentes, había muchos judíos incrédulos. Estos hacían grandes distinciones en su forma de tratar a las personas. Los ricos eran claramente favorecidos frente a los pobres. Esto representaba un gran peligro para todos aquellos que se habían convertido en creyentes en Cristo. En ningún caso debían comportarse así dentro de la asamblea. Ellos, como todos nosotros, no debían olvidar jamás que Dios ha escogido lo insensato del mundo, lo débil del mundo, lo vil del mundo y lo despreciado, para que «nadie se gloríe» ante Dios (vean Efe. 2:9). ¿Acaso no pertenecíamos también nosotros a esos pobres a los ojos del mundo que Dios ha escogido para ser ricos en la fe?

En cuanto perdemos la conciencia de la gracia por la que hemos sido salvados, empezamos a fijarnos en las apariencias de las personas y a hacer distinciones (o preferencias). El Señor Jesús nunca actuó así.

Cuando Santiago habla de los «ricos», siempre se refiere a los judíos incrédulos. Sin embargo, eso no significa que la salvación en Jesucristo no se dirija también a los ricos. Pero en aquella época, la riqueza impedía a mucha gente creer en Cristo. ¿Y hoy en día? La sabiduría, el poder, la nobleza y la riqueza siguen siendo cadenas que mantienen a mucha gente atada al mundo y cierran su corazón al Salvador.

2.1 - La fe y la Ley

Versículos 8 al 13. El autor de la Epístola profundiza un poco más en la reflexión sobre la diferencia de trato entre las personas. En primer lugar, menciona la «ley real», que puede resumirse así: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este mandamiento es también uno de los muchos que constituyen la Ley (del Sinaí). Ahora bien, quien incumpla uno solo de ellos se hace culpable de transgredir la Ley. Quien haga distinciones en la forma de tratar a las personas no respeta la ley real y se convierte en un transgresor de la Ley. Esto se aplica a todos aquellos que aún se someten a la Ley.

Pero en el cristianismo, nuestra conducta no debe regirse por los 10 mandamientos. Por eso Santiago vuelve a mencionar la ley de la libertad. El cristiano creyente ha recibido la naturaleza divina y, por tanto, es libre para cumplir la voluntad de Dios. Esto se manifestará inevitablemente también en la práctica de la misericordia, tal y como vemos asimismo en la vida de nuestro Señor. –Pero quien no quiera situarse en el terreno de la gracia y la misericordia tendrá que enfrentarse algún día a un juicio implacable. ¡Qué grave es esto para todos aquellos que rechazan la salvación en Cristo! (Hebr. 9:27).

2.2 - La fe y las obras

Versículos 14-26. A partir del versículo 14, Santiago, que siempre es muy concreto, habla de las consecuencias visibles de la fe. Profesar la fe es una cosa. Pero la fe que habita en el corazón debe manifestarse exteriormente; de lo contrario, está muerta, y hay que preguntarse si tal persona disfruta realmente de la vida nueva.

Quien se conforma con creer en la existencia de Dios está lejos de estar salvado. Los demonios también creen. Pero la fe del corazón, la que salva al hombre, se manifiesta mediante las obras correspondientes. Santiago cita 2 ejemplos del Antiguo Testamento para respaldar su argumento.

La fe que habitaba en el corazón de Abraham llegaba tan lejos que estaba dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac en el altar, porque tal era la voluntad de Dios. Si Dios no le hubiera impuesto esa prueba, no sabríamos hasta qué punto era grande y magnífica la fe de Abraham. Las obras de la fe se dirigen, ante todo, a los hombres, que no pueden ver en el corazón de los demás. Es por lo que ven en el otro por lo que reconocen la autenticidad de su fe.

El segundo ejemplo es el de Rahab, la prostituta. Ella escondió a los exploradores israelitas para protegerlos de la persecución de sus propios compatriotas. Posteriormente, les permitió escapar de la ciudad de Jericó por otro camino. A los ojos del mundo incrédulo, su acto de fe equivale a una traición. Pero Dios nos muestra en su Palabra que su acto fue una prueba de su fe en el único Dios vivo, el Dios de Israel. Ella y su familia fueron los únicos habitantes de Jericó que se salvaron y que posteriormente recibieron un lugar en medio del pueblo de Dios.

La pregunta que se nos plantea ahora es la siguiente: ¿perciben y notan mis seres queridos algo de mi fe en el Señor Jesús?

3 - Santiago 3

3.1 - La naturaleza de la lengua

Versículos 1-12. En el primer párrafo de este capítulo, Santiago aborda con más detalle la cuestión de la lengua y la palabra (comp. con Sant. 1:19, 26). En primer lugar, hay que tener presente que querer instruir a los demás y decirles lo que deben hacer implica una gran responsabilidad para nosotros. Quien instruye a los demás, pero cae él mismo en el pecado, debe esperar un juicio aún más severo.

La lengua es un miembro de nuestro cuerpo que el Creador ha formado así. Desde la caída, es precisamente a través de este miembro por donde el hombre peca más. Nadie tiene el autocontrol suficiente para no decir nunca nada que sea reprensible. Lo que Santiago afirma en los versículos 5 y 6 se puede observar a diario en los hombres. En términos similares, el Señor Jesús también subraya que lo que sale de nuestro corazón pecador y se expresa a través de nuestros labios nos contamina (Marcos 7:20-23).

El hombre es capaz, por su sola voluntad, de someter a la creación. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no puede controlar su lengua. Debe volverse hacia Dios y recibir la nueva vida mediante la fe en el Salvador, para poder utilizar su lengua de una manera que agrade a Dios. Sin embargo, el hombre redimido conserva en su interior su antigua naturaleza, además de la nueva. Por eso pueden salir de su boca tanto la bendición como la maldición. «No conviene hermanos míos, que esto suceda así». No dejemos, pues, ningún lugar a la antigua naturaleza en nuestro interior, sino vivamos una vida con el Señor.

3.2 - La sabiduría de abajo y la sabiduría de arriba

Versículos 13-18. Tras preguntar: «¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?», Santiago muestra que existen 2 tipos de sabiduría. Una se califica de terrenal, animal y diabólica, mientras que la otra es la «de arriba».

Podemos definir la sabiduría de forma muy sencilla así: hacer lo que es necesario en el momento adecuado. El hombre incrédulo solo piensa en su propio interés. Le gustaría ser el primero. Esa es su sabiduría. Pero como no es el único que piensa así, y dado que para muchos otros también esa es la única forma correcta de actuar, el resultado son los celos y las disputas. Si, como creyentes, dejamos de nuevo que la antigua naturaleza egoísta que hay en nosotros tome el control, la envidia amarga y la disputa acabarán apoderándose también de nosotros.

La sabiduría divina se manifiesta de una manera totalmente diferente. Se expresa a través de una vida que se asemeja a la del Señor Jesús. Él siempre hacía lo correcto en el momento adecuado, y al mismo tiempo era manso y humilde de corazón.

La nueva vida que hay en nosotros quiere hacer exactamente lo que dicta la sabiduría de lo Alto. Es pura, es decir, no transige en absoluto con el mal. Se separa claramente de él. Sin embargo, también está dispuesta, sin dejar de ser fiel a la pureza, a trabajar con celo por la paz.

La sabiduría divina es moderada, afable, llena de misericordia –todos ellos rasgos de carácter que se manifiestan en la vida del Señor Jesús. Cuanto más sigamos sus pasos, más marcará nuestra vida la sabiduría divina.

4 - Santiago 4

4.1 - Las influencias en nuestra vida

Versículos 1-10. Al comienzo de este capítulo, recordemos a quién va dirigida esta Epístola: a las 12 tribus dispersas, es decir, a una comunidad heterogénea compuesta por creyentes e incrédulos. Aunque los judíos tenían una relación superficial con el Dios vivo, vivían, no obstante, independientemente de él e intentaban, mediante luchas y disputas, satisfacer sus propios deseos, pero sin éxito. Tal es el contexto histórico de este pasaje.

Sin embargo, también se dirige a nosotros. ¿Acaso no tenemos a veces en nuestro interior deseos egoístas que luego presentamos a Dios en la oración? Él no puede, bajo ningún concepto, conceder tales peticiones. El atractivo del mundo: ¿quién no lo ha sentido alguna vez? Sin embargo, desde nuestra conversión, ya no somos del mundo, al igual que nuestro Salvador no es del mundo (Juan 17:14). Con la crucifixión de nuestro Señor, el mundo manifestó su odio hacia el Hijo de Dios. ¿Queremos volver hacia él y convertirnos así en enemigos de Dios?

El diablo intenta por todos los medios apartarnos del camino que nos lleva a seguir al Señor. Aviva nuestro orgullo. Nos presenta el mundo bajo su luz más seductora posible. Quizá también intente sembrar la duda sobre Dios en nuestro corazón. Sea como sea, debemos resistirle oponiéndole la Palabra de Dios. Entonces, huirá lejos de nosotros.

Para acercarnos a Dios, por ejemplo, en la oración o la adoración, se necesitan 3 condiciones:

  • La humildad.
  • La sumisión y
  • El juicio propio (v. 6 al 8).

4.2 - La relación con los hermanos

Versículos 11-12. Estos versículos indican claramente que nadie debe erigirse en juez de su hermano. Eso equivaldría a querer sustituirse a Dios mismo.

Huelga decir que estamos obligados a condenar el mal que pudiera manifestarse en nuestro hermano. Existen casos de mal moral, como la fornicación, la avaricia o la embriaguez, en los que la asamblea debe llegar incluso a romper la comunión con un creyente que peca de esta manera (1 Cor. 5:11-13). Lo mismo ocurre cuando un hermano comienza a enseñar falsas doctrinas que, por ejemplo, atentan a la persona o la obra del Señor Jesús (2 Juan 9-11).

Aunque debamos combatir el mal en la vida de un creyente, nunca debemos juzgarlo, ni a él ni a sus motivaciones. Dios se encargará de ello.

4.3 - La advertencia contra la independencia de Dios

Versículos 13-17. Los cristianos no deben vivir sin un propósito. Pueden hacer planes, pero nunca deben olvidar que el futuro no está en sus manos. «Si el Señor quiere viviremos y haremos esto o aquello». Esto no debe ser para nosotros una simple fórmula hecha, sino que debe moldear nuestra forma de pensar y de actuar.

¡Qué serio es el último versículo de este capítulo! No se peca solo al cometer un acto que Dios desaprueba. El creyente también peca cuando podría hacer algo bueno, pero se abstiene de hacerlo. Sin duda, todos tenemos que lamentar esos “pecados por omisión”. ¡Cuánto necesitamos avanzar paso a paso, dependiendo constantemente de Dios, para discernir lo que debemos hacer!

5 - Santiago 5

5.1 - El carácter efímero de las riquezas terrenales

Versículos 1-6. Los ricos a los que Santiago se dirige en este pasaje contrastan con los «hermanos» a los que se dirige a partir del versículo 7. Todo lleva a creer que estos ricos son israelitas incrédulos. Les advierte ante la próxima venida del Señor. Según diversos pasajes del Antiguo Testamento, deberían haber sabido hasta qué punto ese gran día del Señor sería terrible (por ejemplo, Sof. 1:14-18). Pero vivían en la opulencia, como si todo fuera a seguir siempre así.

Este pasaje cobra especial importancia si se tiene en cuenta que Santiago escribió estas palabras antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70. Cuando los romanos conquistaron y destruyeron posteriormente la ciudad, muchos judíos ricos experimentaron exactamente lo que aquí se anunciaba: lo perdieron todo.

Estas palabras constituyen también una advertencia para todos aquellos que confían en su riqueza y no tienen un tesoro en el cielo. Hay quienes llevan una vida de lujo en la tierra, disfrutando de todo lo que se puede permitir aquí abajo. Tendrán que descubrir hasta qué punto el oro, la plata y todos los bienes terrenales son efímeros. «¿Qué provecho saca un hombre ganando todo el mundo, si se pierde o se destruye a sí mismo?» (Lucas 9:25).

El versículo 4 contiene una advertencia especial. Dios ve cómo un hombre adquiere su riqueza. No se le escapa que muchos se enriquecen a costa de los demás. Esta injusticia clama venganza. Dios la oye. Aunque no intervenga de inmediato, aquellos que se han enriquecido injustamente serán juzgados algún día por él. Quien desprecia a los pobres, desprecia al Señor mismo.

5.2 - La paciencia y la perseverancia

Versículos 7-12. Cuando Santiago menciona aquí en 2 ocasiones la venida del Señor, se refiere a su advenimiento en gloria y poder, para establecer su reino.

Cada vez que se habla de la responsabilidad de los creyentes, se hace referencia a esta aparición y no a su venida para llevarnos. Además, en la época en que se redactó esta Epístola, el misterio del arrebato aún no se había revelado. Tanto la Primera Epístola a los Tesalonicenses como la Primera Epístola a los Corintios, que hablan de este acontecimiento, no se escribieron hasta después de la Epístola de Santiago.

Los cristianos de origen judío no lo tenían nada fácil. Eran perseguidos y odiados tanto por sus compatriotas no creyentes como por las naciones. ¡Cuánto necesitaban que se les animara a esperar al Señor con paciencia y determinación!

Las referencias a los profetas del Antiguo Testamento y a Job muestran que siempre ha habido, en todas las épocas, creyentes que han sido puestos a prueba y que han perseverado en el sufrimiento. La historia de Job pone además de manifiesto la bondad del Señor. Cuando Dios alcanzó su propósito con Job, lo bendijo de nuevo. Cuando atravesamos una prueba, no olvidemos que el Señor también es «rico en misericordia y compasivo» con nosotros. Él nos comprende, se compadece de nuestro sufrimiento y, a su debido tiempo, pondrá fin a la prueba bajo la que ahora gemimos.

El versículo 12 nos recuerda las palabras del Señor Jesús en Mateo 5:33-37, donde también nos advierte contra el hecho de jurar.

5.3 - Las últimas palabras sobre la tribulación, la enfermedad y la recuperación

Versículos 13-20. ¿Qué hacemos cuando atravesamos pruebas? ¿Nos rebelamos? ¿Nos quejamos de lo que se nos impone? ¡Busquemos refugio en la oración! Así actuaron los creyentes afligidos de tiempos pasados.

Los versículos 14 al 16 suelen ser citados por los llamados “curanderos por la oración” para justificar su comportamiento no bíblico. Sin embargo, si leemos atentamente estos versículos, observamos que se trata aquí de un caso concreto de enfermedad.

Se trata de un castigo procedente del Señor, por un pecado cometido, pero no confesado. Cuando el enfermo en cuestión se daba cuenta de que esa era la causa de su enfermedad, podía entonces hacer que acudieran a su casa los ancianos de la asamblea. Juntos, podían presentar el asunto ante Dios en oración y confesar el pecado cometido. «La oración de fe sanará al enfermo», pues ya no había motivo para ese castigo. –Santiago seguía muy apegado a los principios de la Ley cuando escribió esta Epístola. Solo pensaba en las enfermedades debidas a pecados concretos (v. 16; Éx. 15:26). Una confesión sincera podía, en ese caso, traer la curación.

La historia del profeta Elías nos muestra todo lo que puede lograr la oración de un creyente piadoso. El Dios de Elías, que en aquel entonces escuchó la llamada de su siervo y le respondió, es también nuestro Dios. Aún hoy, Él responde a las fervientes súplicas de sus hijos. –La Epístola termina de forma muy abrupta, pero con, una vez más, un ejemplo que muestra cómo la fe, animada por el amor, puede actuar ante alguien que se ha descarriado.