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Inédito Nuevo

La fe en acción

Comentario a la Epístola de Santiago


person Autor: Max BILLETER 4


1 - Introducción: Santiago y su Epístola

1.1 - Su persona

El escritor inspirado se identifica como Santiago, esclavo de Dios y del Señor Jesucristo (cap. 1:1). Este Santiago era –según toda probabilidad, y personalmente estamos convencidos de ello– el hermano del Señor Jesús. Se trata del mismo Santiago que se menciona tanto en el libro de los Hechos como en la Epístola a los Gálatas (Hec. 12:17; Gál. 1:19). 2 motivos nos llevan a esta certeza:

  • En primer lugar, este Santiago, aunque era cristiano, seguía estando muy apegado al judaísmo debido a su origen (Hec. 21:18-20; Gál. 2:12).
  • En segundo lugar, sabemos que era una personalidad fuerte e influyente (Hec. 15:13; Gál. 2:9).

Al leer la Epístola de Santiago, comprobamos que estas 2 cualidades caracterizaban a su autor.

Santiago se situaba conscientemente en el terreno de la nueva creación (cap. 1:18) y sabía que el Espíritu de Dios habitaba en él (cap. 4:5). Estos son 2 rasgos típicos de un cristiano.

Santiago se llama a sí mismo esclavo de Dios, porque deseaba obedecer a Dios en todas las cosas. Observemos que habla de sí mismo, no como hermano del Señor Jesús, sino como esclavo del Señor Jesús. Para él, Cristo era «el Señor». ¿No es esto una expresión de su humildad? Santiago nos presenta así los 2 grandes rasgos fundamentales del verdadero temor de Dios: la obediencia a Dios –con un corazón humilde.

1.2 - Su vida

Otros pasajes bíblicos nos dan algunas indicaciones sobre su vida:

  • En Juan 7:5 está escrito: «Porque ni aun sus hermanos creían en él». En el tiempo de la vida y del ministerio de Jesucristo en la tierra, Santiago era incrédulo. Pero tras la muerte y la resurrección del Señor, se unió a los apóstoles y a los que creían (Hec. 1:14). Sin duda, la muerte y la resurrección de nuestro Señor fueron lo que llevó a Santiago y a sus hermanos a la fe.
  • En Gálatas 2:9 se indica que Santiago, al igual que Pedro y Juan, era considerado una columna entre los creyentes de Jerusalén. Cuando se planteó la cuestión del comportamiento de los creyentes de las naciones, en Hechos 15, Santiago adoptó una postura particular. El apóstol Pedro habló primero, luego se expresaron Bernabé y Pablo. La conclusión recayó en Santiago. Él presentó de manera equilibrada la voluntad de Dios en este asunto y puso así fin a la discusión. Por lo tanto, queda claro que, en los inicios del testimonio cristiano, Santiago ocupaba una posición importante y desempeñaba un papel significativo.

1.3 - Su Epístola

La Epístola de Santiago está impregnada de mucha seriedad y cierta severidad. Cuando debe condenar algo, emplea palabras claras. Y dado que trata de la vida práctica, no faltan las exhortaciones.

Santiago se dirige a las 12 tribus (cap. 1:1), por lo que tiene en mente al pueblo de Israel en su totalidad. Sin embargo, distingue diferentes grupos en medio del pueblo:

  • Conocía a personas que eran verdaderos cristianos. A ellos se dirige diciendo: «hermanos míos» (cap. 1:2).
  • Pero sabía que, en medio del pueblo de Israel, también había algunos que no eran más que cristianos de nombre. Nunca se habían convertido de verdad. Por eso los llama «hombres vanos» (cap. 2:20) y les declara que la vida divina y la fe verdadera deben demostrarse mediante obras de fe.
  • Por último, se dirige a aquellos que vivían totalmente alejados de Dios. Los llama «ricos» (cap. 5:1) y tiene para ellos un mensaje muy serio.

A veces se dirige directamente a uno de estos 3 grupos. Pero también ocurre que hace declaraciones de alcance general y entonces piensa en los 3 grupos.

1.4 - Su tema

Para comprender bien la Epístola de Santiago, es importante conocer su tema principal. Para él se trata siempre de la vida de fe práctica, es decir, aquella que podía vivirse tanto en el ámbito del judaísmo como en el del cristianismo. De hecho, escribió su Epístola en el periodo de transición de la época judía a la cristiana. Por eso no habla de la vida cristiana práctica, sino de la vida de fe práctica, que puede realizarse en cualquier época. Este es el hilo conductor de su Epístola.

Encontramos en la Segunda Epístola a Timoteo 1:5, un ejemplo llamativo de ello. En ella se mencionan 3 generaciones que tenían una fe sincera:

  • Loida, la abuela de Timoteo, que probablemente aún se encontraba en el ámbito judío,
  • Eunice, su madre, y
  • Timoteo, de quien sabemos que era cristiano.

Los 3 manifestaban una verdadera confianza en Dios, en épocas y circunstancias diferentes.

Es esta vida de fe práctica la que Santiago desea estimular con su Epístola. Para alcanzar este objetivo, toma elementos judíos y cristianos y explica de esta manera lo que desea exponer. A veces habla de la sinagoga, otras veces de la asamblea. Toma ejemplos de ambos ámbitos para presentar de manera concreta la fe práctica.

Santiago se refiere varias veces a la vida del Señor Jesús en la tierra, que él mismo contempló de cerca. En aquel entonces aún era incrédulo y no comprendía el comportamiento del Señor Jesús (Juan 7:3-9). Tras haber llegado a la fe, reconoció: La vida de Jesucristo es el gran modelo para la vida de fe práctica. Este hecho muestra cuánto vale la pena hablar del Señor Jesús a los niños ya antes de la conversión. Les será de gran utilidad más adelante, cuando crean en él.

En cambio, no menciona en esta Epístola la obra redentora de nuestro Señor, sino que da por supuesto su conocimiento.

Santiago habla también de la venida del Señor en el futuro. Pero no se refiere al arrebato, sino a la aparición en poder y gloria. De este modo, apela a la conciencia y nos muestra nuestra responsabilidad ante el Señor.

1.5 - Conclusión

Aunque Santiago se dirige al pueblo de Israel y tiene en mente a los creyentes que vivían en un período de transición del judaísmo al cristianismo, su mensaje se dirige directamente a nosotros. Porque durante el período cristiano –como en todos los tiempos– la vida de fe práctica es de la mayor importancia.

2 - Tentaciones externas – Capítulo 1:1-12

Versículo 1. «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Saludos».

El primer versículo presenta –como ya hemos visto en la introducción– al autor y a los destinatarios de la Epístola.

A continuación, Santiago habla en los versículos 2 al 12 de las pruebas externas a las que están expuestos los creyentes. Son las que Dios permite para producir en nuestra vida un resultado bendito y para su gloria.

2.1 - La naturaleza de la prueba

Versículo 2. «Hermanos míos, tened por sumo gozo el estar enfrentados a diversas pruebas…».

La expresión «diversas pruebas» indica que las pruebas pueden ser muy diferentes. Por ejemplo, una enfermedad que nos afecta, un problema en la vida profesional, preocupaciones en la familia, una dificultad en la asamblea local o en el servicio al Señor. Todas estas pruebas nos llegan desde el exterior.

Estamos “en medio” de estas pruebas. Esto muestra, por un lado, que no se trata de nimiedades, sino de pruebas profundas, que pueden cambiar completamente nuestra vida. Por otro lado, la forma en que estas pruebas surgen también muestra que no podemos impedirlas, a pesar de nuestra inteligencia y nuestro vigor humano. No podemos evitarlas. Al contrario, “caen sobre nosotros” de manera irresistible.

Sin embargo, debemos alegrarnos. ¿Cómo entender esto? ¿Debemos alegrarnos de las dificultades? No, no se trata de eso. Dios sabe que la prueba que ha puesto sobre nosotros causa sufrimiento. Sería absurdo tener que encontrar placer en ella. Pero Él desea que nos regocijemos por los frutos que el Señor produce para su gloria a través de la prueba. Esto es lo que muestra claramente el versículo 3, que, al centrarse en el resultado, nos da los motivos para el regocijo.

2.2 - El fruto de la prueba

Versículo 3. «…Sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia».

La «prueba» de nuestra fe se manifiesta en los momentos difíciles y en las situaciones que nos ponen a prueba. Porque eso muestra qué aspectos de nuestra vida son rasgos de carácter humanos positivos y qué es obra de Dios por medio de su Espíritu. A menudo seguimos teniendo una opinión demasiado buena de nosotros mismos. Si somos amables, bondadosos o nos controlamos, nos imaginamos fácilmente que se trata de un fruto de nuestra fe. Sin embargo, tal vez no sea más que nuestra buena educación o nuestra naturaleza amable. Cuando llegan pruebas duras, las cualidades humanas positivas suelen caer como una máscara. Al mismo tiempo aparece lo que Dios ha podido producir por medio de su Espíritu en nuestra vida.

Una prueba suele durar mucho tiempo. Porque la intención de Dios es que aprendamos a perseverar. Cuando la vida se vuelve difícil, preferiríamos huir o buscar una salida humana a la dificultad. Pero Dios hace que la prueba dure para que nos sometamos a ella y esperemos en Él.

Versículo 4. «Pero que la paciencia tenga su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que nada os falte».

La paciencia lleva a cabo su obra perfecta cuando se mantiene hasta el final de la prueba. En la Biblia encontramos muchos ejemplos de creyentes que perseveraron, pero, por desgracia, no todos hasta el final.

Pensamos especialmente en Abiatar. Se unió a David cuando este estaba perseguido por Saúl como un proscrito en las montañas de Israel. Soportó junto a David las pruebas de esa persecución, compartió con él el exilio cuando Absalón intentó apoderarse del trono. Durante 40 años, Abiatar permaneció fiel a David. Pero al final de su vida, lo abandonó y se puso del lado de Adonías (1 Reyes 1:7). Su paciencia no fue perfecta.

Solo en el Señor Jesús la paciencia tuvo su obra perfecta. A pesar de las dificultades, siempre hacía la voluntad de Dios y confiaba en él continuamente.

Somos «perfectos y cabales» cuando abandonamos nuestra propia voluntad y estamos dispuestos a aceptar la voluntad de Dios para nosotros. Esta es una lección que no aprendemos rápidamente, pero ese es el propósito de Dios para con nosotros en la prueba. Él desea un «sí» por nuestra parte respecto a sus caminos para con nosotros.

Cuando hemos aprendido esto, estamos interiormente en paz con Dios. A pesar de las dificultades, no nos «falta» nada, porque sabemos que del Padre recibimos todo lo que necesitamos. Esta serie de pensamientos se ilustra en el Salmo 131 mediante el proceso del destete. Por los relatos bíblicos sobre Isaac y Samuel, sabemos que, en el pasado, el destete de un niño de la leche materna se producía más tarde que ahora y era un proceso más difícil. Cuando se interrumpía la leche materna, el niño pequeño se ponía impaciente e insatisfecho. La madre no debía ceder hasta que el niño se hubiera adaptado a la nueva situación. «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma» (Sal. 131:2). Dios actúa así mediante una prueba prolongada para que abandonemos nuestra resistencia contra lo que Él obra y encontremos descanso en él.

2.3 - La sabiduría mediante la prueba

Versículo 5. «Y si a cualquiera de vosotros le falta sabiduría, pídala al que la da generosamente y sin reproche, a Dios, y le será dada».

Cuando atravesamos situaciones difíciles, la sabiduría divina nos es absolutamente necesaria para que encontremos en la prueba el camino según Dios y nos comportemos correctamente.

Santiago muestra en su Epístola cierta severidad, pero nunca pierde el tacto. Podría haber dicho: “¡A todos os falta sabiduría!”. Eso habría sido cierto, pero demasiado directo para un cristiano en medio de la prueba. Introduce con delicadeza su exhortación: «Si a cualquiera… le falta sabiduría…». Imita así a su Señor, que siempre se ha enfrentado con tacto al dolor de quienes sufrían.

Si comprobamos que nos falta sabiduría, estamos interiormente preparados para el siguiente paso: “que pida a Dios”. La oración es un signo distintivo elemental de quien cree (Hec. 9:11). Pero solo en las grandes pruebas aprendemos a orar con seriedad y perseverancia. Es precisamente porque la angustia supera con creces nuestras propias posibilidades por lo que clamamos al Señor con perseverancia.

Entonces aprendemos que Dios nos da sabiduría para las situaciones difíciles. Cuando nos concede sabiduría, manifiesta 3 características:

  • Da a todos «generosamente». Según el gozo de su corazón, Dios nos concede sabiduría, porque es generoso.
  • «Sin reproche». Dios no vincula la respuesta a nuestras oraciones con una reprimenda, porque es compasivo.
  • «Le será dada». Es una garantía divina. Dios cumple lo que ha prometido, porque es fiel.

Versículos 6-8. «Pero pida con fe, sin ninguna duda; porque el que duda es como la ola del mar, llevada por el viento y zarandeada. ¡No piense, pues, tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor, hombre de ánimo doble, inconstante en todos sus caminos!».

Santiago nos invita a orar con confianza en Dios. Tenemos entonces presente la omnipotencia de Dios y confiamos en él para todo. Esto nos da paz.

En cambio, el que duda mira a las circunstancias y de ellas depende todo. Si la situación es favorable, se siente mejor. Si su situación empeora, cae en la angustia.

Su vida espiritual tiene altibajos. El que se deja llevar así por las circunstancias es un hombre indeciso y no puede contar con que sus oraciones sean escuchadas.

2.4 - 2 situaciones diferentes

Versículos 9 al 11. Estos presentan 2 condiciones de vida diferentes. Santiago habla, por un lado, del hermano pobre (o «de humilde condición») y, por otro lado, del hermano rico. La situación social y las condiciones de vida no son las mismas, pero ambos experimentan la prueba de la fe.

Versículos 9-10a. «Que el hermano de humilde condición se gloríe en su exaltación; pero el rico, en su humillación…».

Hay creyentes de condición alta y baja, pobres y ricos. Ninguno se libra de las pruebas.

Las pruebas son especialmente duras para el creyente de condición social más baja. Corre el peligro de perder el ánimo. Sin embargo, puede gloriarse en su elevación. En primer lugar, tiene una relación personal con el Señor, que no se avergüenza de llamarle hermano (Marcos 3:34-35). Además, mantiene una relación maravillosa con Dios. El Todopoderoso es su padre celestial, que conoce sus necesidades. Puede confiar en él (Mat. 6:31-32). Estas 2 cosas conforman la grandeza, o la nobleza espiritual, del hermano pobre.

El creyente rico no ha venido al Señor gracias a su dinero y su posición social. Para entrar en relación con Dios, ha tenido que humillarse y reconocer que su situación terrenal y sus bienes materiales carecen por completo de valor para la salvación (Mat. 10:15; Lucas 14:33). He ahí su humillación. Cuando es puesto a prueba, debe recordarlo y confiar en Dios, en lugar de contar con sus riquezas.

Versículos 10b-11. «…Porque él pasará como la flor de la hierba. Porque sale el sol con su calor abrasador y seca la hierba, su flor cae y la belleza de su apariencia perece. Así también se marchitará el rico en lo que emprende».

Mediante un ejemplo tomado de la naturaleza, se le recuerda al rico que su vida en la riqueza puede desaparecer tan rápido como la hierba que se seca al sol. ¡Cuán incierta e inestable es, pues, la condición del rico! Por eso el creyente no debe confiar en las posesiones terrenales (1 Tim. 6:17).

2.5 - La recompensa

Versículo 12. «Dichoso el hombre que soporta la prueba; porque cuando sea aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a los que le aman».

Un creyente que ha aprendido a recibir la prueba de la mano de Dios y persevera en ella, es llamado bienaventurado. Dice sí a los caminos de Dios hacia él en la prueba. Esto hace que su corazón esté en paz y sea feliz.

«Cuando sea aprobado» –es decir, cuando Dios haya alcanzado el objetivo en él en la prueba– recibirá la corona de la vida. Las coronas, en la Palabra de Dios, son casi siempre una recompensa por la fidelidad:

  • El que se dedica al rebaño de Dios recibe la corona incorruptible de gloria (1 Pe. 5:1-4).
  • El que guarda la fe cristiana recibe la corona de justicia (2 Tim. 4:7-8).
  • Quien persevera en circunstancias difíciles recibe la corona de vida (v. 12; Apoc. 2:10).

En la Vuelta a Suiza, los ciclistas pedalean durante varios días por todo el país. El ganador es quien llega primero a la meta. Además de la victoria general, hay, sin embargo, una distinción especial: ¡el Premio de la montaña! Esta recompensa está reservada al ciclista que ha subido más rápido las empinadas cuestas. Podemos comparar la corona de vida con este Premio de la montaña. El Señor tiene reservada una recompensa especial para aquel que no se rinde en los tramos escarpados del camino de la fe, sino que persevera junto a Él en la prueba. La recibiremos en el tribunal de Cristo, el lugar de las recompensas.

Para concluir este tema, Santiago menciona la motivación para la fidelidad y la perseverancia en la prueba: es nuestro amor por el Señor Jesús. En la medida en que lo amamos, recibimos la capacidad de perseverar con la actitud correcta en las circunstancias difíciles.

3 - Tentaciones internas – Capítulo 1:13-18

Hay diversos tipos de tentaciones en la vida del creyente. En los versículos 2 al 12, se trata de la tentación que viene de fuera, que Dios permite [1] para nuestra bendición y para su gloria. En los versículos 13 al 15, se trata de tentaciones internas, que provienen del corazón humano. Es interesante ver que el escritor inspirado no explica directamente la diferencia en el texto mismo. Pero el contexto de este capítulo y la comprensión de otros pasajes bíblicos sobre este tema muestran claramente que en estas 2 secciones no se trata de lo mismo.

[1] NdT. El siguiente versículo (13), pone bien en evidencia que Dios no tienta a nadie, como Él mismo no puede ser tentado. Pero Dios puede permitir la tentación para poner a prueba nuestra fe.

Así es como Dios nos comunica la verdad en la Biblia. Por eso, las reflexiones puramente textuales e intelectuales no bastan para comprender los pensamientos de Dios. Solo podemos comprender su Palabra mediante la fe y el Espíritu Santo que mora en nosotros (cap. 4:5). Porque creemos no por la inteligencia, sino por la fe (Hebr. 11:3).

3.1 - La propia codicia

Versículo 13. «Nadie diga cuando es tentado: estoy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, y él no tienta a nadie».

Cuando somos tentados interiormente a cometer un acto pecaminoso o a pronunciar una palabra mala, eso nunca viene de Dios. Santiago da 2 razones:

  • Dios no puede ser tentado por el mal, pues es santo por naturaleza, es decir, el pecado no puede tocarlo. Esto también es cierto en el Señor Jesús, que se hizo hombre, pero que fue engendrado por Dios, el Espíritu Santo. No hay pecado en él, y el pecado no puede tocarlo (1 Juan 3: 5).
  • Dios no tienta a nadie. Las tentaciones del pecado en el hombre nunca provienen de Dios, sino que surgen del corazón humano (Marcos 7:21). Cuando el mal se manifiesta en el hombre, este intenta culpar a otros. Así actuó Adán tras la caída: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Gén. 3:12). De este modo, en una sola frase, echaba la culpa de su desobediencia sobre Dios y sobre su mujer. Pero Dios nunca es responsable cuando pecamos. No, eso viene de nuestro corazón, por lo que siempre somos nosotros mismos plenamente responsables.

Versículos 14-15. «Sino que cada uno es tentado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Luego la concupiscencia, tras concebir, engendra el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».

La tentación de pecar viene del corazón del hombre. Santiago lo llama «la concupiscencia», que nos atrae y nos seduce. Pablo habla del pecado que habita en nosotros (Rom. 7:17). Cuando esta concupiscencia trata de incitarnos a un acto malo, aún no hemos pecado. Es solo la prueba de que el pecado habita en nosotros. Pero si cedemos a esta concupiscencia, se producen pecados. Esto es lo que nos explica Santiago: «La concupiscencia, tras concebir, engendra el pecado», es decir, entonces pecamos.

Cuando, por ejemplo, alguien me ofende, surge en mí el deseo de responder a la ofensa y replicar con palabras. Este deseo es la prueba de que el pecado aún está en mí. Pero si sigo alimentando este deseo en mis pensamientos y reflexiono sobre cómo podría devolverle la ofensa al otro, me hago culpable y peco en mis pensamientos. Y con qué rapidez ese pensamiento desciende un poco más y sale por la boca. Entonces peco con mis palabras. A veces también intervienen las manos, al realizar actos pecaminosos, o incluso los pies, si me embarco en caminos culpables.

Así pues, tan pronto como cedemos a la codicia, surgen los pecados –en pensamiento, en palabras, en actos y en nuestro camino. La consecuencia es la muerte, pues si el pecado se consuma, «da a luz a la muerte». Esta consecuencia presenta 3 aspectos:

1. Aquí se alude a la declaración fundamental de Génesis 2:17: Quien desobedece a Dios y peca contra él, incurre en la muerte. Es decir, se embarca un en camino que se encamina a la muerte.

2. Hay pecados que acarrean directamente la muerte. Cuando –también en la vida de un redimido– Dios es gravemente deshonrado por una falta, puede entonces suceder que diga: a este hombre lo quito de la tierra. Ananías y Safira son un ejemplo de ello (Hec. 5:1-11). Encontramos otras indicaciones sobre el pecado que lleva a la muerte en 1 Corintios 11:30 y en 1 Juan 5: 16-17. Sin embargo, un creyente que ha cometido un pecado que lleva a la muerte no está perdido. Una prueba de ello se encuentra en 1 Corintios 11:30 en la expresión «dormidos», que se utiliza en la Biblia para referirse al estado real de los redimidos.

3. El pecado conduce a la muerte espiritual. Cuando pecamos, se rompe la comunión práctica con el Señor Jesús. Ya no tenemos parte con él (Juan 13:8). Además, los pecados nos privan de nuestra fuerza espiritual, pues «guerrean contra el alma» (1 Pe. 2:11). De ello se deriva un estado de muerte espiritual. Afortunadamente, siempre tenemos la posibilidad de confesar el pecado al Señor. Entonces podemos volver a disfrutar sin trabas de la comunión con él.

3.2 - Todo lo bueno viene de lo alto

Hemos visto en los versículos 13 al 15 que el mal en nuestra vida no viene de Dios, sino que tiene su origen en nuestra codicia. Ahora se trata del origen del bien.

Versículos 16-17. «No erréis, amados hermanos míos. Todo lo que nos es dado de bueno y todo don perfecto descienden de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay variación ni sombra de cambio».

Si Santiago debe corregir aquí nuestros pensamientos, nos recuerda en primer lugar que somos amados por Dios. Pero luego nos explica claramente: No nos engañemos, el bien en nuestra vida no tiene su origen en nosotros, sino que viene de Dios.

Todo lo bueno que se nos da viene de lo alto, desciende de Dios mismo. Él nos ha dado tantas cosas:

  • Su Hijo. Pablo alude a esto cuando dice: «¡Gracias a Dios por su don inefable!» (2 Cor. 9:15).
  • Su Espíritu. Es de lo que habla el Señor en sentido figurado a la mujer de Sicar: «Si conocieras el don de Dios». Este don es el Espíritu Santo que reciben todos los creyentes (Juan 4:10; 7:39).
  • Su Palabra. El Hijo le dice al Padre en su oración: «Les he dado tu Palabra» (Juan 17:14).

Lo que viene de Dios no es solo un don, sino un «don perfecto». Es perfecto porque viene de Dios, que no da nada que sea defectuoso. Es un don, porque Él da con gozo de corazón. Se da con las manos, pero cuando se trata de un don, se ofrece con el corazón.

A Dios se le llama aquí «Padre de las luces». Él, la Trinidad, es el origen de toda luz. Él mismo es luz (1 Juan 1:5), habita en la luz (1 Tim. 6:16) y da la luz (Juan 1:4). Él creó la luz natural (Gén. 1:3). También da la luz espiritual, para que comprendamos sus pensamientos. Es una gran gracia.

En Dios no hay cambio alguno, ni el más mínimo rastro de variación. Él es el mismo, ayer, hoy y por los siglos. Esto nos da paz, en medio de los avatares de la vida. Sus caminos hacia nosotros son siempre buenos (Rom. 8:28). No hay en ello ninguna variación ni sombra. Con confianza, decimos con alabanza: ¿Dónde hay un Dios como tú?

Versículo 18a. «De su propia voluntad él nos engendró con la Palabra de verdad».

En este versículo, sin embargo, se menciona algo bueno en nosotros: la nueva vida. Pero eso también vino de Dios. Él nos engendró y así produjo la nueva vida en nosotros. Y lo hizo «…de su propia voluntad». Este acto surgió de su propia intención divina, aunque él sabía lo que éramos por naturaleza. Por la Palabra de la verdad, produjo en nosotros el nuevo nacimiento y nos dio la vida eterna.

Podemos definir «la verdad» de la siguiente manera: es la expresión de lo que una cosa es en sí misma. La «Palabra de verdad» es la Palabra de Dios y, por tanto, la expresión de la persona y de la voluntad de Dios. Al Padre mismo nunca se le llama la verdad, porque no se manifiesta a sí mismo. Pero al Hijo, al Espíritu y a la Palabra se les califica así (Juan 14:6; 1 Juan 5:6; Juan 17:17). El Padre se revela en el Hijo por el poder del Espíritu y sobre la base de su Palabra.

Versículo 18b. «…para que seamos como primicias de sus criaturas».

Aquí se trata de la nueva creación. Esta comenzó con la resurrección de nuestro Señor. En Colosenses 1:18, el apóstol declara que el Señor es «el principio, el primogénito de entre los muertos». Cristo se presenta a sí mismo en Apocalipsis 3:14 como «el principio de la creación de Dios». Estos 2 pasajes indican que Jesucristo es, como el Resucitado, el principio de la nueva creación. Pero no permanece solo. Todos los creyentes del tiempo de la gracia son los primeros frutos de esta nueva creación. «Si alguno está en Cristo, nueva creación es» (2 Cor. 5:17). Pertenecen, según el espíritu, ya a la nueva creación, aunque su cuerpo siga formando parte de la primera creación.

Tras el reino milenario, la nueva creación se desplegará plenamente en el estado eterno (2 Pe. 3:13; Apoc. 21:1). Entonces, todos los redimidos que hayan vivido antes o que vivan después del tiempo de la gracia pertenecerán también a la nueva creación. Además, Dios creará nuevos cielos y una nueva tierra. Así, el universo formará también parte de la nueva creación. Entonces se cumplirá la Palabra de Dios: «¡He aquí hago nuevas todas las cosas!» (Apoc. 21:5). Por lo tanto, por el espíritu, ya participamos ahora de la nueva creación. Pero nuestro cuerpo todavía pertenece a la primera creación, y nuestra vida terrenal sigue transcurriendo en el escenario de la primera creación.

Al pertenecer a la nueva creación, todos los redimidos, hombres y mujeres, tienen las mismas posibilidades de comunión con Dios (Gál. 3:18). Pero como el cuerpo sigue formando parte de la primera creación, podemos enfermar. Envejecemos –y si el Señor no viene antes– pasaremos por la muerte. Toda nuestra vida (matrimonio, familia, trabajo, reunión de asamblea, obra del Señor) se desarrolla en el escenario de la primera creación. Por eso los principios divinos de la primera creación siguen siendo válidos ahora en todos los ámbitos de la vida.

Tomemos un ejemplo: Cuando nos reunimos para el partimiento del pan, todos los redimidos del Señor, sin excepción, pueden adorar a Dios en su corazón, porque, según el Espíritu, todos forman parte de la nueva creación. Pero el Señor quiere que solo los hombres se expresen en público, porque en la primera creación, el hombre es la cabeza de la mujer (1 Cor. 11:3). De ahí proviene la instrucción bíblica: «Que las mujeres se callen en las asambleas» (1 Cor. 14:34).

4 - Escuchar y hacer – Capítulo 1:19-27

Podemos distinguir en este pasaje 3 puntos principales, estando cada idea relacionada con la anterior:

  • Los versículos 19 al 21 nos muestran cuán importante es escuchar la Palabra.
  • Los versículos 22 al 25 nos exhortan a escuchar correctamente la Palabra de Dios, es decir, con la firme intención de poner en práctica lo que se ha escuchado.
  • Finalmente, los versículos 26 y 27 presentan 3 características de una vida práctica, agradable a Dios.

4.1 - Escuchar y hablar

Si Santiago nos dirige ahora exhortaciones prácticas, lo hace en relación con lo dicho anteriormente. Por un lado, corremos el peligro de ser tentados al pecado por la codicia que hay en nosotros. Por otro lado, sabemos que todo lo bueno viene de Dios. Por eso, tener los oídos abiertos es mucho más importante que abrir la boca.

Versículo 19. «Sabed, amados hermanos míos: Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira».

En este versículo, nuestra atención se focaliza en 3 cosas:

a). ¡Sé pronto para escuchar! Por el versículo 22, entendemos que Santiago se refiere a escuchar la Palabra de Dios. La gran importancia de escuchar también se subraya en el llamamiento del Señor a cada una de las 7 iglesias en el Apocalipsis: «El que tiene oído, escuche…». Este llamamiento también se dirige a nosotros, ¡pues a todos nos cuesta escuchar! ¿Abrimos realmente nuestros oídos a la voz de Dios? Este problema siempre ha estado de actualidad. En Jeremías 6:10 se dice del pueblo de Israel: «He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar…». Esteban tuvo que reprochar a sus oyentes: «¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo» (Hec. 7:51). Les faltaba esa disposición de corazón para prestar oído a Dios. El Señor Jesús manifestaba todo lo contrario cuando vivía en la tierra. En Isaías 50:4, le oímos decir proféticamente: «Despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios». Aprendamos de él a escuchar atentamente lo que Dios nos comunica a través de su Palabra.

b). ¡Sé lento para hablar! Además de la prontitud para escuchar, también es importante tener moderación al hablar. En esto, se trata sobre todo de no ser rápido a la hora de juzgar a los demás. Esta idea se menciona de nuevo en el capítulo 3: «No os hagáis muchos maestros» (v. 1). Tenemos la tendencia a saber siempre exactamente lo que los demás hacen mal. Sin embargo, aquí se nos exhorta a la moderación y a no expresar precipitadamente nuestra opinión. ¡Quizás nos equivoquemos!

c) . ¡Sé lento para la ira! ¿Por qué? Porque Dios lo es: «Misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (Éx. 34:6). Sin embargo, no considera inocente al culpable, y ejercerá su ira sobre el pecador. Esto no significa que nunca debamos enfadarnos, pues hay circunstancias en las que una ira santa es absolutamente apropiada. ¿Cuándo, pues? Cuando se ataca el honor de Dios. Así se nos exhorta en Efesios 4:26 a enfadarnos, pero sin pecar. Jesucristo es, una vez más, el modelo perfecto. Cuando los fariseos, en la sinagoga, se opusieron a la gracia de Dios y no quisieron que el Señor sanara al hombre con la mano seca, los miró «a su alrededor con indignación, apenado a causa de la dureza de sus corazones» (Marcos 3:5).

Versículo 20. «Porque la ira del hombre no cumple la justicia de Dios».

Santiago señala otra razón más por la que debemos ser lentos para la ira. Él sabe que muy pronto nuestra ira se vuelve carnal, y que hablamos y actuamos con ira. Esto no es justo ante Dios. La ira carnal es condenable, tanto en el hombre como en la mujer. Pero los hombres son especialmente propensos a dejarse llevar por ella. Por eso se les menciona aquí directamente.

Versículo 21. «Por lo cual, rechazando toda inmundicia y toda profusión de maldad, recibid con mansedumbre la Palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas».

Por un lado, Santiago nos advierte aquí contra la impureza. Se trata de la contaminación por los pecados que hay en nuestro interior. Por otro lado, debemos rechazar todo desbordamiento de malicia. Son pecados que, sobre todo en nuestras palabras, se dirigen hacia el exterior. Aquí discernimos una relación: cuando alimentamos en nuestro corazón malos pensamientos, estos pronto se manifiestan fuera de nosotros mediante palabras maliciosas, o quizá por malas acciones. Por eso conviene condenar con firmeza tanto los pecados ocultos como los visibles.

Por último, se nos exhorta a recibir con mansedumbre la Palabra de Dios. Se trata aquí de la forma en que escuchamos. A partir del versículo 22, Santiago desarrolla esta idea. Pero ya ahora declara que debemos escuchar la predicación de la Palabra con mansedumbre, o buena voluntad. Nuestros corazones están entonces abiertos al mensaje y reciben de buen grado lo que Dios nos dice. Los habitantes de Berea nos son un buen ejemplo: «Recibieron la Palabra muy atentamente» (Hec. 17:11). Lo contrario es la resistencia interior a la Palabra de Dios.

Santiago la llama «la Palabra implantada». ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios, que leemos y escuchamos con una disposición de corazón positiva, ya ha implantado en nosotros la nueva vida en el momento del nuevo nacimiento. Y esta vida eterna requiere ahora una enseñanza bíblica. Desea ser alimentada de la Palabra, por la cual ha sido implantada. Como creyentes, poseemos así en nosotros un elemento que busca la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios tiene «es poderosa para salvar nuestras almas». Si la recibimos de buen grado, nos guardará del mal, en las diversas circunstancias de la vida. David ya se había dado cuenta de este efecto de la Palabra de Dios: «En cuanto a las obras humanas, por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos. Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen» (Sal. 17:4-5).

4.2 - Escuchar bien o mal

Versículo 22. «Poned la Palabra en práctica y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos».

A menudo contrastamos “hacer” y “escuchar”. Pero solo podemos actuar correctamente si primero hemos recibido la Palabra de Dios. La acción, sin embargo, debe seguir a la Palabra escuchada. El Señor Jesús contó una vez la historia de 2 hombres, uno sabio y otro necio (Mat. 7:14-17). Ambos escucharon la Palabra de Dios. Podemos compararlos con 2 cristianos que llevan años sentados uno al lado del otro en las reuniones de la asamblea, escuchando la Palabra de Dios. Uno hace lo que oye y así construye su casa, su vida, sobre la roca. El otro no hace lo que oye y, por tanto, construye su casa sobre la arena. Cuando llega una tormenta, la casa (la vida) del insensato se derrumba, mientras que la casa del sabio permanece firme. Nos sorprende: aunque ambos han escuchado durante años la misma Palabra, uno se derrumba cuando surge una dificultad, mientras que el otro permanece en pie. ¿Por qué? Porque uno se limitó a escuchar, pero no actuó en consecuencia. Por el contrario, el otro escuchó y actuó según lo que oyó, y así adquirió un fundamento personal de su fe.

Versículos 23-24. «Porque si alguno es oidor de la Palabra y no hacedor, este es semejante a un hombre que observa su rostro natural en un espejo; porque se considera a sí mismo y se marcha, y luego olvida cómo era».

Quien piense que, con la lectura de la Biblia y la asistencia a las reuniones para la predicación de la Palabra, todo está en orden en su vida espiritual, se engaña a sí mismo. Es como un hombre que se mira en un espejo, luego se va y olvida cómo es. A través de la Palabra de Dios, ve claramente su estado real. Pero se va sin hacer ningún cambio. Así olvida lo que ha discernido. La Palabra no tiene ninguna influencia en su vida, porque solo escucha y no actúa en consecuencia. Esto es exactamente lo que Santiago desaprueba aquí. Dios no quiere una apariencia religiosa, sino que busca la realidad en la vida del creyente.

Versículo 25. «Pero el que mira fijamente en la ley perfecta, la de la libertad, y persevera, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será dichoso en lo que hace».

La Palabra de Dios es perfecta. Proviene de Dios y produce en quien se somete a ella un comportamiento agradable a Dios. Aquí se la llama la ley de la libertad, porque dicta al cristiano creyente lo que corresponde a los deseos de su nueva vida. Cuando la nueva vida puede desarrollarse, buscamos lo que agrada a Dios. Entonces estamos dispuestos de corazón a obedecer la Palabra de Dios. Ella es para nosotros una ley de libertad.

Cuando mis hijos aún eran pequeños, a menudo les traía chocolate de mis viajes. Si les hubiera ordenado: “Coman este chocolate ahora mismo”, mi orden habría sido para ellos una ley de libertad. Como les gustaba el chocolate, mi orden habría estado plenamente en consonancia con su deseo.

Así es exactamente como debe ser para nosotros con la Palabra de Dios. Si el Espíritu de Dios actúa en nosotros, nuestros deseos se corresponden con la Palabra de Dios, y tenemos el deseo de hacer su voluntad.

Se nos invita a “escudriñar la Palabra y perseverar”. Esto significa que leemos la Biblia con atención y la reconocemos como imperativa para nosotros.

Al creyente que desea poner en práctica la Palabra no se le llama “hacedor de la Palabra”, sino “hacedor de obras”. Esto muestra que, para Santiago, se trata ante todo de los actos. Esto es lo que caracterizaba perfectamente a nuestro Señor. Cuando, al comienzo del libro de los Hechos, Lucas resume el relato que escribió en el Evangelio, dice: «Las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hec. 1:1). Para el Señor Jesús, las obras venían primero, y la enseñanza estaba en plena consonancia con ellas.

Bienaventurado es el hacedor de obras. Este experimenta el gozo que Dios concede a quien le obedece. Es el mismo gozo que también conoció Jesucristo en su camino de obediencia (Juan 15:10-11).

4.3 - El verdadero religioso

Versículos 26-27. «Si alguno piensa ser religioso y no refrena su lengua, sino que engaña a su corazón, vana es la religión de este hombre. La religión pura y sin mancha ante el Dios y Padre es esta: Visitar a huérfanos y viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo».

«Servir a Dios» se refiere aquí a nuestra vida de fe práctica. Por lo tanto, quien desee honrar a Dios con palabras y obras en la vida cotidiana, debe prestar atención a 3 cosas:

a). «Refrenar la lengua» –no es fácil, pero es importante. ¡Para ello se necesita autocontrol! Quien cree servir a Dios con discursos piadosos y largas oraciones en público engaña a su corazón. Las palabras descontroladas ponen a prueba la paciencia de nuestros semejantes, no son una bendición y no aportan ningún resultado espiritual positivo.

b) . «Visitar a huérfanos y viudas»: esto exige abnegación. Ellos no podrán devolvernos nuestra ayuda y nuestro cuidado. Pero prestamos este servicio porque deseamos agradar a Dios y ayudar a las personas. El Señor mismo ya menciona este compromiso (Lucas 14:12-14): Al ejercer la hospitalidad, debemos dejarnos guiar por motivos desinteresados. No invitamos para recibir algo a cambio, sino para dar a nuestros huéspedes amor y atención. Dios reconoce y recompensa esta actitud generosa.

c). «Guardarse sin mancha del mundo»: eso es la pureza. Honrar al hombre, ese es el principio del mundo. El camino del mundo es la alegría sin Dios. Las obras del mundo son violencia e inmoralidad. Solo en una relación de fe diaria con el Señor Jesús y en la separación del mundo podemos mantenernos puros de sus principios, sus caminos y sus obras.

5 - La confesión de fe – Capítulo 2

En el segundo capítulo, Santiago habla de nuestra confesión de fe. Debe ser auténtica. Por eso pone a prueba lo que confesamos con nuestra boca, mediante 3 criterios:

1. Versículos 1 al 7: La confesión, ¿refleja el pensamiento del Señor?

2. Versículos 8 al 13: La confesión, ¿está en consonancia con la Ley?

3. Versículos 14 al 26: La confesión, ¿se confirma con las obras?

Al mismo tiempo, estas enseñanzas tienen un efecto moral en nuestra vida de fe práctica.

6 - La confesión sometida a la prueba del pensamiento del Señor – Capítulo 2:1-7

En primer lugar, la realidad de nuestra confesión de fe se compara con la actitud que el Señor Jesús manifestó en su vida en la tierra.

6.1 - La gloria del Señor

Versículo 1. «Hermanos míos, no hagáis diferencias entre las personas en la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo».

Tenemos una elevada confesión de fe respecto a una persona eminente, nuestro Señor Jesucristo. Como cristianos, tomamos posición deliberadamente a su favor. Él es “el Señor de gloria”. Nos parece que este título, aquí, no se refiere a su lugar de honor en el cielo, sino que habla de su gloria moral, que manifestó en la tierra. Como hombre humilde, recorrió su camino aquí, pero manifestando en su actitud una belleza moral perfecta. Santiago destaca especialmente un aspecto: Jesucristo no se dejaba impresionar ni influir en su actitud por la pompa de los ricos y de los nobles. Al mismo tiempo, no despreciaba a los humildes y a los pobres, sino que se acercaba decididamente a ellos e intervenía en su favor. Su vida y su comportamiento manifestaban así claramente que ante Dios no hay distinción de personas.

Ya encontramos esta importante declaración en el Antiguo Testamento (2 Crón. 19:7). Significa que, ante Dios, todos los hombres son iguales en cuanto a que son sus criaturas. En su juicio y en sus caminos hacia los hombres, no se deja influir por nada.

También en el Nuevo Testamento encontramos esta afirmación. Citemos 5 pasajes:

a). Todos, sin excepción, han pecado y se encuentran bajo el juicio de Dios. «No hay acepción de personas ante Dios» (Rom. 2:11).

b). Todos, sin excepción, son responsables de sus actos ante Dios. «No hay acepción de personas ante él» (Efe. 6:9).

c). Todos sin excepción cosechan lo que han sembrado. «No hace acepción de personas» (Col. 3:25).

d). Todos sin excepción deben ser respetados, como hombres y criaturas de Dios. «No tengáis fe… haciendo diferencias entre las personas» (Sant. 2:1).

e). Todos los creyentes, sin excepción, viven bajo la mirada escrutadora del Padre, «que sin acepción de personas juzga según la obra de cada cual» (1 Pe. 1:17).

Este principio fue manifestado claramente en la vida del Señor Jesús. Él nunca actuaba según las apariencias de las personas. ¿Se ve esto también en nuestro comportamiento?

6.2 - La gloria del mundo

La conducta perfecta del Señor se contrapone ahora al comportamiento del mundo.

Versículos 2-4. «Porque si entra en vuestro local de reunión un hombre con anillo de oro y ropa lujosa, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y os fijáis en el que lleva ropa lujosa, y le decís: Siéntate tú aquí en un buen lugar, y al pobre le decís: Quédate tú ahí en pie, o siéntate bajo mi estrado, ¿no hacéis diferencias entre vosotros mismos y os hacéis jueces de malos pensamientos?».

2 hombres entran en la sinagoga: uno es rico, el otro, pobre. Al rico se le invita a sentarse cómodamente en el mejor lugar. En cambio, al pobre se le asigna el peor asiento. Tal es la gloria del mundo: el favoritismo hacia los ricos y los notables. Distingue en su actitud entre pobres y ricos. Este no es el espíritu que viene de Dios, sino el espíritu del mundo.

Quien actúa así es un juez con malos pensamientos, pues esta forma errónea de pensar y este trato diferenciado provienen de la carne. De este modo, contradice además su profesión de fe en Cristo, quien se comportó de manera totalmente diferente. Si discernimos en nuestros pensamientos y en nuestra actitud tales malas tendencias, debemos condenarlas.

6.3 - Los pobres tienen valor para Dios

Versículo 5. «Oíd, amados hermanos míos: ¿No eligió Dios a los pobres según el mundo, para ser ricos en fe y herederos del reino que prometió a los que le aman?».

Santiago se dirige ahora a los creyentes y les presenta algo importante: Dios ha escogido a los pobres del mundo para la fe. Al Señor le gusta acoger a los pobres y a los despreciados. Esto ya se ve, como tipo, en David cuando los hombres se unieron a él en la cueva de Adulam. No fueron los de alto rango de Israel los que acudieron, sino «…todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu» (1 Sam. 22:2).

Al comienzo de la Primera Epístola a los Corintios, leemos que, en lo que respecta a la salvación, Dios tiene un interés particular por los pobres. En Corinto, entre los creyentes, no había muchos poderosos ni nobles. Por el contrario, Dios llamó a sí sobre todo a personas sencillas y despreciadas (1 Cor. 1:26-28).

Quien se acerca sinceramente a la fe, al arrepentirse de sus pecados y creer en la obra redentora del Señor Jesús, tiene la mejor parte, aunque el mundo lo considere pobre:

  • En su vida en la tierra, es rico de corazón, pues una fe sincera ya lo hace feliz.
  • En el futuro, será heredero del reino. Cuando Jesucristo reine en justicia y paz sobre la tierra, todos los creyentes, sin distinción de su posición social actual, compartirán ese reinado con él.

Los falsos profesos, que ciertamente son religiosos, pero que hacen acepción de personas, no tendrán parte en el reinado futuro. Dios solo ha prometido ese reino a aquellos que demuestran así la realidad de su fe.

6.4 - Los ricos desprecian a los creyentes

Versículo 6a. «Pero vosotros despreciasteis al pobre».

A diferencia de Dios, que tiene un interés especial por los pobres, los hombres en general desprecian a quienes se encuentran en un nivel social inferior al suyo. Lamentablemente, también podemos encontrar ejemplos de tal actitud entre nosotros, los creyentes.

Versículos 6b-7. «¿No os oprimen los ricos y os arrastran ante los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre invocado sobre vosotros?».

Santiago recuerda a los creyentes lo que los ricos les han infligido en su oposición y en su desprecio. Los oprimieron y los llevaron ante los tribunales porque, gracias a sus riquezas, poseían poder e influencia. Además, los ricos blasfemaban contra el “hermoso nombre”. Es el nombre de «cristiano», que los hombres dan a quienes creen en el Señor Jesús y le siguen (Hec. 11:26; 1 Pe. 4:16). Arrastraban ese nombre por el barro y humillaban así a los creyentes. Así sigue siendo ahora.

Por eso es un error que, como creyentes, busquemos a los ricos que, por lo general nos desprecian, en lugar de a los pobres. Además, eso no se ajusta al pensamiento del Señor Jesús, a quien confesamos pertenecer.

7 - La confesión sometida a la prueba de los principios de la Ley – Capítulo 2:8-13

Cuando Santiago menciona aquí la Ley, no pretende someter al hombre a la Ley, como si este pudiera llegar a Dios mediante la observancia de los mandamientos. Tampoco la convierte en una guía para el creyente. Esto queda confirmado por su actitud en Hechos 15.

Pero nos muestra los principios divinos, que se revelan en la Ley, y desea que nos ajustemos a ellos en nuestra vida práctica. Para ello, procede paso a paso.

***

7.1 - La Ley real

Versículos 8-9. «Si en verdad cumplís la ley real conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, hacéis bien; pero si hacéis diferencias entre las personas, cometéis pecado, siendo condenados por la Ley como transgresores».

Para comprender lo que Santiago quiere decir con la Ley real, debemos pensar en las palabras del Señor, que resume la Ley en 2 mandamientos:

  • El primero: «Amarás al Señor tu Dios» (Marcos 12:30), se refiere a la relación del hombre con Dios.
  • El segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Marcos 12:31), se refiere a la relación del hombre con sus semejantes.

Dado que estos 2 mandamientos tienen un alcance amplio y abarcan el contenido de toda la Ley, el Señor dice: «No hay otro mandamiento mayor que estos» (Marcos 12:31).

Santiago habla aquí de las relaciones entre los hombres. Por eso solo cita el segundo y lo designa como la Ley «real».

Es el mandamiento más elevado, porque comprende todos los demás. A continuación, extrae 2 consecuencias:

  • Quien confiesa creer en Dios debe amar a su prójimo como a sí mismo. Si lo practica, su fe se ajusta a la Ley divina.
  • Pero quien hace acepción de personas e ignora al pobre, peca y transgrede la Ley en su carácter más elevado, porque no ama a su prójimo como a sí mismo.

7.2 - La consecuencia divina en la Ley

Versículos 10-11. «Porque el que guarda toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también dijo: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, te has hecho transgresor de [la] Ley».

Quizás alguien dirá: El mandamiento del amor al prójimo no es más que uno de los muchos mandamientos; yo observo todos los demás. Parece que Santiago responde a este argumento, estableciendo un principio divino importante: Quien no obedece un mandamiento, infringe toda la Ley, pues todos los mandamientos han sido establecidos por el mismo legislador. Quien falla en un mandamiento se opone al legislador. Como transgresor de la Ley, pone en tela de juicio la autoridad de Dios.

Santiago impone así un gran peso sobre los que profesan la fe, quienes ciertamente pretenden respetar la Ley, pero desprecian a los pobres.

7.3 - La ley de la libertad y sus consecuencias

Versículo 12. «Así hablad y obrad, como debiendo ser juzgados por la ley de la libertad».

Santiago va ahora un paso más allá y se remite al primer capítulo. Quien ha sido engendrado por la Palabra de la verdad (cap. 1:18) posee una nueva vida, que desea de corazón responder a las instrucciones de Dios en su Palabra. Las enseñanzas bíblicas son para él una ley de la libertad (cap. 1:25).

Quien ahora confiesa al Señor Jesús y, por tanto, afirma poseer la nueva vida en él, debe mostrar esa disposición de su corazón. Dios espera que siga espontáneamente sus instrucciones. Sus palabras y sus actos son juzgados a la luz de su confesión.

Versículo 13. «Porque el juicio será sin misericordia para el que no hace misericordia; y la misericordia se gloría frente al juicio».

Este versículo contiene 2 pensamientos. El primero es una conclusión del versículo 12. El segundo es un complemento de esta:

  • Quien trata con dureza y sin misericordia al pobre, se encuentra con el juicio divino sin misericordia. Debemos pensar en este sentido en el juicio de Dios en sus caminos de gobierno, que afecta tanto a los verdaderos creyentes como a los simples profesos en su vida en la tierra (1 Pe. 1:17; 2 Pe. 2:3). Así, la manera de actuar de Dios es sin misericordia para con quien carece de misericordia.
  • Pero Dios también magnifica su misericordia: mediante la nueva vida, hace que los hombres que han merecido el juicio sean capaces de hacer voluntariamente su voluntad. Así es como, en los creyentes, la misericordia de Dios triunfa sobre el juicio.

8 - La confesión sometida a la prueba de las obras – Capítulo 2:14-26

Dios escudriña los corazones y conoce a todos los que se han arrepentido sinceramente, que han confesado sus pecados a Dios y que han puesto su confianza en el nombre y en la obra del Señor Jesús (Efe. 1:13). Tal es el punto de vista presentado en la Epístola a los Romanos, que expone que solo la fe nos justifica ante Dios. Pero en esta sección de la Epístola de Santiago, se trata de la prueba de la fe ante los hombres, que solo pueden ver lo exterior. Allí, las obras de la fe son necesarias.

Santiago nos da pistas para que podamos discernir si una fe es real o fingida.

Distinguimos 2 criterios:

  • La naturaleza de la fe sincera: se manifiesta a través de las obras (v. 14-19).
  • Las obras de la fe sincera: manifiestan el amor hacia Dios y hacia los hombres (v. 20-26).

8.1 - La naturaleza de la fe verdadera

Versículo 14. «¿Cuál es el provecho, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso tal fe puede salvarlo?».

Se trata aquí de un hombre que manifiesta una confesión de fe, pero que no muestra ninguna obra que la corresponda. En este caso, ¿puede la fe salvarlo? No. Una mera confesión de labios no tiene ningún efecto y no lleva al hombre a Dios. De ello se deriva este principio: ¡La fe verdadera se manifiesta por las obras!

Versículos 15-17. «Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del sustento cotidiano, y uno de vosotros le dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué les aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma».

Santiago explica el importante hecho del versículo 14 con un ejemplo. Aún no habla de las obras de la fe, pero nos muestra que la fe verdadera se manifiesta a través de las obras.

Unos hermanos tienen frío y hambre. Solo se les dice: «¡Calentaos y saciaos!», pero no se les dan ropas de abrigo ni comida. En este caso, la exhortación no sirve de nada, pues no tiene ningún efecto. Nadie se calienta ni se sacia con palabras.

Santiago saca una conclusión: La fe sin obras está muerta. Una profesión de fe sin las obras correspondientes no es verdadera y no vale nada.

Versículos 18-19. «Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo por mis obras te mostraré mi fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Bien haces; también los demonios lo creen y tiemblan».

Aquí se confrontan la fe falsa y la fe verdadera en su carácter:

  • «Tienes fe». Se trata aquí de un profeso, que no tiene la vida de Dios. Ciertamente está convencido de que Dios existe, pero esa convicción no tiene ningún efecto en su corazón ni en su vida. Por lo tanto, va hacia su perdición. La invitación irónica: «Muéstrame tu fe sin las obras» pone al descubierto su supuesta fe.
  • «Mis obras». Se trata aquí de alguien que se ha convertido de verdad. La fe en Dios y en su Palabra ha cambiado su corazón y su vida. Su comportamiento muestra claramente que cultiva una relación de fe auténtica con Dios. Su vida pone de manifiesto obras de fe.

En definitiva, se trata aquí de esta cuestión: ¿Puede una fe intelectual, que reconoce la existencia de Dios, salvar a un hombre? En absoluto, pues «los demonios lo creen y tiemblan». Creen que Dios existe, pero serán arrojados al lago de fuego, donde serán atormentados día y noche, por los siglos de los siglos (Apoc. 20:10). Lo saben y tiemblan (Mat. 8:29).

El carácter de la fe sincera, salvadora, se manifiesta, pues, en que produce algo en la vida. Las obras están ahí. El siguiente pasaje muestra de qué obras se trata.

8.2 - Las obras de una fe verdadera

2 ejemplos explican ahora que la prueba de la fe verdadera se encuentra en las obras de la fe. Abraham muestra con un acto que quien cree ama a Dios. Rahab ilustra, con su acción, que el redimido ama al pueblo de Dios. El apóstol Juan nos demuestra esta verdad en su Primera Epístola. Cuando hay una fe real en alguien, por un lado, ama a Dios, y por otro, ama a todos los hijos de Dios (1 Juan 5:1).

***

8.2.1 - Abraham

Versículos 20-21. «Pero ¿quieres saber, oh hombre vano, que la fe sin obras está muerta? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por obras al ofrecer a su hijo Isaac sobre el altar?».

El amor hacia Dios se manifiesta en la obediencia a su Palabra. Esto es lo que nos muestra Abraham. Ofreció a su hijo porque Dios se lo había mandado. Este mandato era contrario a todo sentimiento humano: ¿Cómo podía Abraham dar muerte a su único hijo, a quien amaba profundamente? Sin embargo, obedeció de inmediato y demostró con este acto su amor por Dios. Su evidente obediencia probaba la realidad de su fe.

Versículo 22. «Ves que la fe actuaba con sus obras, y por las obras la fe fue hecha perfecta».

Observamos que, en la prontitud para obedecer a Dios y en el cumplimiento de su mandato, la fe de Abraham se manifestó claramente.

Versículo 23. «Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios».

Ya en Génesis 15, pasaje al que alude Santiago, Dios reconoció la fe de Abraham. Pero en el país de Moriah la fe de Abraham fue confirmada de manera visible por la obra de la obediencia (Gén. 22:12). Dios apreció esta fe, que se manifestó en la obediencia. Por eso llamó a Abraham su amigo y mantuvo con él una relación de confianza (Gén. 18:17-21).

Versículo 24. «Veis que por obras es justificado un hombre, y no solo a base de fe».

La historia de Abraham muestra que la fe debe confirmarse con obras de fe y hacerse visible para los hombres.

8.2.2 - Rahab

Versículo 25. «Del mismo modo también Rahab, la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando acogió a los mensajeros y los envió por otro camino?».

¿Cómo se puede amar al pueblo de Dios? Tomando públicamente partido por los que creen y pasando el mayor tiempo posible en su compañía.

Lo que hizo Rahab era totalmente inaceptable a los ojos de sus compatriotas: traicionó a su ciudad ante los israelitas. Pero fue una obra de fe. Se puso del lado del pueblo de Dios, cuando este aún no había obtenido ninguna victoria en la tierra de Canaán.

Recibió a los mensajeros de Israel: eso fue hospitalidad. Luego hizo escapar a los mensajeros por la ventana: eso fue ayudarlos. Cuando invitamos a los creyentes o les ayudamos de alguna manera, demostramos nuestro amor por el pueblo de Dios

Versículo 26. «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta».

Santiago concluye este tema con una interesante comparación. Compara la confesión de fe con un cuerpo y las obras, que demuestran la fe, con el espíritu. Cuán grave es que solo haya profesión, pero sin ninguna obra correspondiente. Entonces todo carece de valor y está muerto.

8.2.3 - Conclusión

Los ejemplos de Abraham y de Rahab son de gran ayuda para nosotros cuando tenemos que juzgar si alguien tiene realmente la vida de Dios o no. El Señor ha puesto a nuestra disposición este importante medio, porque no podemos ver dentro de los corazones. Pero observamos los actos. La presencia de la obediencia a Dios y del amor por el pueblo de Dios son pruebas de una fe real.

Hay personas que no pueden contar nada de su conversión. Pero desean obedecer la Palabra de Dios y asisten, siempre que pueden, a las reuniones de los creyentes. Se sienten a gusto en medio de los redimidos. De este modo dan prueba de una fe sincera. Los rasgos de la nueva vida son evidentes.

9 - Una lengua refrenada y un comportamiento sensato – Capítulo 3

En este capítulo se pueden distinguir 2 secciones:

  • Los versículos 1 al 12 advierten contra el mal uso de nuestra lengua, porque con nuestras palabras podemos causar un gran daño.
  • Los versículos 13 al 18 presentan la sabiduría de abajo y la sabiduría de arriba. Sus características y sus efectos son totalmente diferentes.

10 - El carácter de la lengua – Capitulo 3:1-12

10.1 - El deseo de enseñar a los demás

Versículo 1. «Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos un juicio más riguroso».

«No os hagáis maestros muchos de vosotros». Con esta afirmación, Santiago se refiere a la desafortunada tendencia del hombre a enseñar y corregir continuamente a los demás. Esto nos concierne a todos, pues siempre creemos saber bien lo que los demás deben hacer, o lo que hacen mal. Esta exhortación se refiere evidentemente también a los hermanos que tienen el don de enseñanza. Ellos también deben aplicar esta palabra a sí mismos.

Si corregimos sin cesar a los demás y les damos lecciones de moral, nuestros semejantes prestarán mucha más atención a lo que hacemos nosotros. Seremos juzgados más severamente por ellos. En su trato hacia nosotros en la tierra, el Señor también tiene en cuenta si mostramos un espíritu de juicio o no.

La exhortación de este versículo se ve confirmada por las palabras del Señor: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, seréis medidos» (Mat. 7:1-2).

Versículo 2. «…porque en muchas cosas todos tropezamos. Si alguno no tropieza en palabra, este es hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo».

«En muchas cosas todos tropezamos». ¡Por desgracia, es un hecho! Cada uno de nosotros peca en pensamientos, palabras y obras. El conocimiento de esta realidad humillante nos preserva de ser severos con los demás.

Es una gran gracia no pecar con la boca. Porque es particularmente difícil no «tropieza en palabra».

Solo el Señor nunca ha pecado, ni siquiera en palabras. Él es, en el sentido más verdadero, «el hombre perfecto». La expresión del profeta Jeremías se aplica a él. Podía decirle a su Dios: «Lo que de mi boca ha salido, fue en tu presencia» (Jer. 17:16). Todo lo que decía tenía la aprobación de Dios mismo. En Isaías 53:9 leemos que «ni hubo engaño en su boca». Nunca presentó nada de forma falsa con sus palabras. Nunca indujo a error a sus oyentes con sus palabras. En los Evangelios, podemos ver cómo hablaba a los hombres. Sus palabras estaban llenas de gracia y de verdad. También en su manera de hablar, es para nosotros el ejemplo perfecto (1 Pe. 2:21-23).

Quien es capaz de dominar su lengua, también puede controlar su cuerpo, de modo que ni en sus acciones ni en sus caminos peque. Porque es más difícil no decir nada falso que no hacer nada malo.

10.2 - Lengua pequeña, grandes daños

Versículos 3-5a. «Y si ponemos freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan, también dirigimos todo su cuerpo. Mirad también las naves, siendo tan grandes e impulsadas por vientos muy fuertes, son dirigidas por un muy pequeño timón, por donde el piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y se jacta de grandes cosas».

Santiago explica con 2 ejemplos el efecto de la pequeña lengua. ¡Puede hacer grandes cosas!

  • La primera ilustración se toma de la naturaleza. Ponemos un bocado en la boca del caballo para poder dirigirlo. Nos obedece en cuanto tiramos de las riendas. Con este pequeño medio, dominamos al caballo, que es más grande y fuerte que nosotros.
  • La segunda ilustración se toma de la técnica. El timón es relativamente pequeño, pero tiene una gran influencia. Por medio de él, el piloto puede dirigir hacia donde quiera grandes buques, que pesan miles de toneladas. A pesar de su gran desplazamiento, el buque obedece sus órdenes.

Estos ejemplos se aplican ahora a la lengua: así como un pequeño bocado dirige a un gran animal o un pequeño timón pilota un gran barco, así también la lengua puede producir grandes cosas. Se trata, en primer lugar, de una conclusión neutra.

Versículos 5b-6a. «Mirad, ¡cuán gran bosque enciende un poco de fuego! La lengua es un fuego, un mundo de iniquidad…».

Pero Santiago nos lleva ahora a considerar que podemos causar graves daños con nuestras palabras. Así como un pequeño fuego puede provocar un gran incendio, así también una palabra pronunciada a la ligera puede tener un efecto devastador.

10.3 - Los peligros de la lengua

Versículo 6b. «La lengua… puesta en medio de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por el Gehena, inflama el curso de nuestra vida».

Tras la constatación general de que podemos hacer mucho daño con nuestras palabras, se ponen ahora de manifiesto 3 peligros concretos de nuestra lengua:

  • Contamina todo el cuerpo. Con palabras maliciosas, quedamos moralmente contaminados. Nuestro Señor también llama la atención sobre este punto cuando dice: «Pero lo que sale de la boca, del corazón viene; y eso contamina al hombre» (Mat. 15:18).
  • Enciende todo el curso de la naturaleza. Con nuestras palabras, podemos influir en los sentimientos humanos y, con ello, suscitar una actividad cuya fuente es puramente intuitiva. Con unas pocas palabras, Demetrio excitó a la multitud, de tal manera que durante 2 horas la gente, llena de ira, gritaba: «¡Grande es Diana de los efesios!», sin siquiera saber de qué se trataba (Hec. 19:24-28, 34).
  • Está encendida por el Gehena infierno. Con nuestras palabras, podemos convertirnos en instrumentos del diablo, para quien está preparado la Gehena. Un ejemplo de ello lo encontramos en Elimas, que se oponía a la Palabra de Dios e intentaba apartar al procónsul de la fe. Pablo le llama hijo del diablo (Hec. 13:8-10). Recordamos también a Pedro, a quien el Señor tuvo que decir: «¡Apártate de mi vista, Satanás!». Guiado por sus sentimientos, Pedro quería, con palabras claras, impedirle que se sometiera a la voluntad de Dios y tomara sobre sí los sufrimientos y la vergüenza de la cruz (Mat. 16:22-23).

Versículos 7-8. «Porque toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de animales marinos se doma y ha sido domada por el género humano; pero ningún hombre puede domar la lengua; es un mal desordenado, llena de veneno mortal».

El hombre puede someter, mediante la inteligencia y la voluntad, a los animales salvajes. Es una hazaña notable. Pero no logra ser dueño de su lengua, esta es completamente impredecible, como una serpiente, que ataca por sorpresa e inflige una mordedura mortal.

Cuando Simei maldijo a David, el rey podría haber pronunciado, con una sola palabra, su sentencia de muerte. Pues Abisai le pidió: «Te ruego que me dejes pasar, y le quitaré la cabeza». Pero David no cedió a un sentimiento de irritación; respondió humildemente a Abisai: «Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho» (2 Sam. 16:9-11). Su actitud se correspondía con lo que expresó en el Salmo 141: «Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios» (v. 3). Aprendemos, pues, que con la ayuda de Dios es posible dominar nuestra lengua impredecible, para que su maldad no se manifieste.

10.4 - Nuestra boca solo debe expresar el bien

Versículos 9-10. «Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. No conviene, hermanos míos, que esto suceda así».

Como creyentes, lamentablemente solemos tener un doble lenguaje. Por un lado, bendecimos y alabamos a Dios con nuestra boca. Es un efecto de la nueva vida. Por otro lado, maldecimos con nuestra lengua a nuestros semejantes. Esto ocurre cuando cedemos a la codicia que hay en nosotros (cap. 1:14). Nuestras palabras muestran así lo que ocurre en nuestro interior.

Cuando dirigimos palabras violentas hacia alguien, en realidad es contra Dios, pues cada hombre está hecho a imagen de Dios y, por tanto, es precioso para él.

Tras presentarnos la triste realidad de que, como creyentes, con nuestra lengua podemos decir tanto bien como mal, Santiago nos exhorta: «No conviene, hermanos míos, que esto suceda así». No quiere que salga mal de nuestros labios. Es algo a lo que también nos exhorta el apóstol Pablo (Efe. 4:29; Col. 3:8-9).

Versículo 11. «¿Acaso una fuente echa por la misma abertura agua dulce y amarga?».

Por lo tanto, de nuestra boca solo debe salir lo bueno, que es fruto de la nueva vida y de la acción del Espíritu en nosotros.

Versículo 12. «Hermanos míos, ¿puede una higuera dar olivas, o la vid higos? La fuente salada tampoco puede dar agua dulce».

Mediante 3 ejemplos tomados de la creación, se nos demuestra que el doble lenguaje es contrario a la naturaleza:

  • Una higuera no da aceitunas.
  • No crecen higos en un sarmiento de vid.
  • Una fuente no puede dar, al mismo tiempo, agua dulce y amarga.

Lo que es imposible en la naturaleza, lamentablemente se da entre nosotros. Por eso oremos como David: «Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío» (Sal. 19:14).

11 - La sabiduría – Capítulo 3:13-18

Esta sección presenta la siguiente secuencia de pensamientos:

  • La verdadera sabiduría se manifiesta en el comportamiento (v. 13).
  • Las características de la sabiduría terrenal (v. 14-15).
  • El resultado de la sabiduría terrenal (v. 16).
  • Las características de la sabiduría de lo alto (v. 17).
  • El resultado de la sabiduría de lo alto (v. 18).

11.1 - La sabiduría se manifiesta en el comportamiento

Versículo 13. «¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que por una buena conducta muestre sus obras con la dulzura de la sabiduría».

En nuestra vida de fe, debemos ser sabios y reflexivos. ¿Cómo es esto posible? Sometiéndonos a la influencia penetrante de toda la Palabra de Dios. Así no solo cumplimos las instrucciones aisladas que nos agradan especialmente, sino que caminamos «en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor», como Zacarías y Elisabet (vean Lucas 1:6).

Si pensamos que somos sabios, Santiago nos exhorta entonces, a su manera: «muéstrelo». Una pretensión no tiene mucho valor; la cosa debe verse. Del mismo modo, la sabiduría también se hace visible en sus resultados. El Señor expresa el mismo pensamiento, con palabras un poco diferentes: «Y la sabiduría fue justificada por las obras de ellas» (Mat. 11:19). Los hijos de la sabiduría son aquí los frutos de la sabiduría. El Señor muestra así claramente que los resultados en la vida y el comportamiento manifiestan si alguien es sabio o no.

La sabiduría puede manifestarse en nuestra vida de 2 maneras diferentes:

  • Mediante una conducta virtuosa: Nuestros caminos muestran si somos sabios (Prov. 14:8).
  • Mediante las obras: Lo que hacemos, también en los detalles, es un indicio de sabiduría (Prov. 20:11).

Tanto en nuestra conducta como en nuestras acciones, la sabiduría divina debe expresarse con un espíritu de mansedumbre. La verdadera sabiduría se manifiesta así en un comportamiento marcado por un buen estado del corazón.

11.2 - La sabiduría terrenal

Versículo 14. «Pero si tenéis en vuestros corazones celos amargos y rivalidad, no os jactéis, mintiendo contra la verdad».

No es mediante la envidia y el espíritu de contienda como podemos manifestar la sabiduría divina. Es cierto que así podemos alcanzar una meta, pero la base es mala. Si descubrimos tales motivos desafortunados en nosotros, debemos avergonzarnos. Además, debemos reconocer que, con una actitud celosa y pendenciera, estamos en contradicción con Dios.

Versículo 15. «Esta no es la sabiduría que desciende de arriba, sino terrenal, natural, diabólica».

Si, pues, la envidia y el espíritu de contienda dominan nuestras actividades, no es la sabiduría de lo alto. Esto no viene de Dios, sino de la tierra, del hombre y del diablo.

  • Es una sabiduría terrenal: separados de Dios, solo lo visible y lo de este mundo influyen en nuestros pensamientos y nuestro comportamiento.
  • Es una sabiduría carnal, o mental: en lugar de dejarnos guiar por el Espíritu, que habita en nosotros, son los pensamientos y sentimientos humanos los que marcan nuestras acciones.
  • Es una sabiduría diabólica: muestra los rasgos de Satanás, que es un mentiroso y un asesino.

Versículo 16. «Porque donde hay celos y rivalidad, allí hay confusión y toda práctica perversa».

En Génesis 6:11, encontramos la maldad humana dividida en 2 formas principales: la corrupción y la violencia. La envidia forma parte de la corrupción, y el espíritu de contienda, de la violencia. Si estos 2 elementos se manifiestan en nuestra vida y prevalecen, se producen 2 consecuencias que afligen:

  • El desorden: el trato con nuestros semejantes se vuelve muy difícil, si no imposible. Esto puede afectar a nuestra vida de pareja y familiar, así como a la comunión en medio del pueblo de Dios. El desorden es lo contrario de un ambiente de amor.
  • Todo tipo de malas acciones: Si no condenamos los celos y el espíritu de discordia en nuestro corazón, nos incitan a cometer malas acciones. Entonces nos dejamos arrastrar en nuestras relaciones a todo tipo de actos malos.

11.3 - La sabiduría de lo alto

Versículo 17. «Pero la sabiduría de arriba es primeramente pura, luego pacífica, moderada, complaciente, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sincera».

En Proverbios 8, nos está presentada la sabiduría divina. Hacia el final de este capítulo, el Espíritu de Dios pasa imperceptiblemente, en la exposición, de la sabiduría al Hijo eterno de Dios. Él es el gozo del Padre. Él es también la Sabiduría. En el cumplimiento de los tiempos, el Hijo vino del cielo y se hizo hombre. Juan el Bautista dice: «El que del cielo viene, sobre todos está» (Juan 3:31). Jesucristo es la sabiduría de lo alto en persona. Cuando Santiago nos presenta las características de la sabiduría de lo alto, podemos pensar en nuestro Señor Jesús, en la forma en que manifestó perfectamente, en su comportamiento como hombre en la tierra, la sabiduría divina.

Sabemos además que Jesucristo nos ha sido hecho «sabiduría por parte de Dios» (1 Cor. 1:30). Esto significa que, por la fe en él, poseemos la sabiduría divina. Santiago nos explica aquí cómo esta sabiduría se hace visible en nuestra vida de fe.

Por último, observamos que en Mateo 5, en las bienaventuranzas, el Señor Jesús menciona características de la misma naturaleza. Así, cuando consideramos el significado de los diversos aspectos de la sabiduría divina, podemos recurrir tanto al ejemplo del Señor Jesús como a sus palabras en Mateo 5.

La sabiduría de lo alto tiene las siguientes características:

Es pura: La pureza es la ausencia de pecado. La sabiduría de lo alto desea, por tanto, producir en nosotros una vida pura, en la que el pecado no tenga ocasión de actuar. Jesucristo manifestó perfectamente este rasgo en su vida. Él era el hombre puro y sin pecado. Él nunca pecó; nosotros, sin embargo, a menudo fallamos. Por eso debemos purificarnos sin cesar.

La pureza es el rasgo principal de la sabiduría de lo alto, pues se refiere a Dios y da sentido a los siguientes rasgos.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mat. 5:8).

Es pacífica: La sabiduría divina persigue con ello un triple objetivo en nosotros: en primer lugar, que disfrutemos personalmente de la paz; en segundo lugar, que difundamos la paz; y, en tercer lugar, que promovamos la paz. Lo contrario es: el espíritu de discordia. El Señor Jesús poseía la paz del corazón, difundía en todos sus caminos una atmósfera de paz, y cuántas veces trajo la paz con una sola palabra (Juan 14:27; Lucas 24:36; Lucas 22:24-27).

«Bienaventurados los que procuran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mat. 5:9).

Es moderada: La moderación no es una debilidad, sino una fortaleza. Contrasta con la ira carnal. «La lengua blanda quebranta los huesos» (Prov. 25:15). Jesucristo era manso. ¡Con qué mansedumbre actuaba hacia sus discípulos!

«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mat. 5:5).

Es dócil: La sabiduría divina crea en nosotros la disposición a obedecer a Dios y también a escuchar a los demás. Entonces somos sumisos. Lo contrario es la voluntad propia. El Señor Jesús era el Justo y siempre hacía la voluntad de Dios. A cada paso de su camino, obedecía las indicaciones divinas.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mat. 5:6).

• Está llena de misericordia y de buenos frutos: La sabiduría divina produce en nosotros no un comportamiento insensible y duro, sino una actitud misericordiosa y servicial. El buen samaritano de la parábola –un tipo del Señor Jesús– es un bello ejemplo de ello. Sintió una profunda compasión por el herido y le ayudó a salir de su miseria (Lucas 10:33-35).

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mat. 5:7).

Es imparcial, sin hipocresía: La sabiduría de lo alto desea producir en nosotros un espíritu y una actitud de rectitud y verdad. Entonces no nos dejamos llevar por la simpatía y queremos, con toda humildad, llevar una vida de fe auténtica.

Versículo 18. «Y el fruto de justicia se siembra en paz para los que procuran la paz».

Este versículo nos muestra lo que la sabiduría de lo alto obra en nuestra vida. La justicia practicada en la obediencia a la Palabra de Dios y la búsqueda de la paz producen un fruto bendito: paz en la pareja, en la familia y en medio del pueblo de Dios. Este resultado de la sabiduría de lo alto contrasta claramente con el desorden, consecuencia de los celos y el espíritu de contienda, lo cual confirma el profeta Isaías: «El efecto de la justicia será paz» y «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar» (Is. 32:17; 48:18).

12 - Influencias en nuestra vida – Capítulo 4

En este capítulo, Santiago desarrolla 3 temas:

  • Versículos 1 al 10: Las obras de la carne y el poder que se opone a la carne.
  • Versículos 11-12: Nuestra relación con los creyentes.
  • Versículos 13 al 17: Vivir con o sin Dios.

13 - ¿Dónde y cómo actúa la carne? – Capítulo 4:1-5

Cuando Santiago aborda este tema, comienza –como es habitual en él– por los frutos, y luego remonta al árbol que los produjo. Toma la cuestión de las disputas en medio del pueblo de Dios y descubre sus causas. Parece que persigue aquí 2 intenciones:

  • Desea ayudarnos a comportarnos según Dios en los conflictos que nos rodean.
  • Desea que evitemos personalmente los conflictos, o bien que los resolvamos según Dios.

Deducimos estos 2 aspectos del hecho de que Santiago se dirige aquí al conjunto de las 12 tribus del pueblo de Israel –por lo tanto, a incrédulos y a creyentes.

13.1 - Conflictos

Versículo 1. «¿De dónde vienen las guerras y las luchas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que guerrean en vuestros miembros?».

Lamentablemente, pueden surgir conflictos en la pareja, en la familia, en el ámbito de las relaciones y en la asamblea local. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué motivo? Santiago da una respuesta clara. Las disputas no son causadas en primer lugar por circunstancias difíciles, sino que tienen su origen en nuestro corazón. Provienen de la carne.

Versículos 2-3. «Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis en deseos, y no podéis obtener; lucháis y guerreáis. No tenéis, porque no pedís; pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros placeres».

Santiago presenta aquí 5 causas concretas del despliegue de la carne que se manifiesta, entre otras cosas, en las disputas. Y muestra que esta disposición carnal no aporta el resultado deseado, porque Dios se opone a nosotros en este camino.

a). «Codiciáis y no tenéis». Es la insatisfacción. Cuando estamos descontentos con las condiciones de vida en las que Dios nos ha colocado, buscamos por todos los medios la satisfacción de nuestros deseos carnales. Esto también puede dar lugar a una disputa.

b). «Matáis y ardéis en deseos, y no podéis obtener». Aquí la envidia aparece como motivo de las disputas. La envidia es el deseo de poseer lo que pertenece al otro; puede manifestarse mediante la violencia hacia el prójimo.

c). «Lucháis y guerreáis». La pretensión de tener siempre la razón es también motivo de disputa. En lugar de ceder, insistimos con vehemencia en nuestros supuestos derechos.

d). «No tenéis, porque no pedís». Aquí se trata de la confianza en uno mismo. Cuando estamos convencidos de que podemos alcanzar nuestros fines por nosotros mismos, no oramos a Dios y actuamos sin él. Nos privamos así de la gracia divina.

e). «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros placeres». En este caso, oramos bien, pero la oración proviene de un motivo egoísta. Encontramos un ejemplo de ello en el hijo menor de Lucas 15. Le pidió a su padre la parte de la herencia que le correspondía, para utilizarla en satisfacción de sus deseos egoístas. Cuando el egoísmo nos empuja a orar a Dios, por lo general no nos responderá. Si lo hace, cosecharemos entonces los frutos amargos de nuestro egoísmo (Sal. 106:15).

13.2 - El mundo

Ahora Santiago pasa de las obras de la carne al mundo. ¿Por qué? Porque es el ámbito donde la carne se despliega sin freno.

Versículo 4. «¡Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Aquel que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios».

Aquí, por «mundo», hay que entender la sociedad humana sin Dios. Es el mundo, que se organiza sin Dios, para encontrar alegría y alcanzar sus metas en la tierra. En Lucas 15, el hijo mayor le dice al padre: «Hace tantos años que te sirvo sin transgredir tus preceptos, y jamás me has dado un cabrito para festejar con mis amigos» (Lucas 15:29). Quería tener alegría sin su padre. Tal es el carácter del mundo: quiere regocijarse sin Dios.

Para poder discernir cómo debe ser nuestra relación como creyentes con el mundo, recordemos 3 formas de relación que nos presenta la Palabra de Dios:

13.2.1 - Relación

Mantenemos relaciones con nuestros semejantes, también con los incrédulos y con personas que viven en graves pecados (1 Cor. 5:9-10). Los saludamos y nos interesamos por su salud. Los tratamos con cortesía y decoro. El Señor dijo acerca de los suyos que iba a dejar en la tierra: «Están en el mundo» (Juan 17:11). Por lo tanto, no debemos vivir aislados y sin contacto con nuestros semejantes, sino mantener relaciones normales con ellos.

13.2.2 - Comunión

Tener comunión va más allá de tener relaciones. En este caso, deseamos alcanzar juntos un objetivo y apoyamos juntos una determinada causa. Pero como no somos de este mundo (Juan 17:16), nuestra orientación fundamental es totalmente diferente. Por eso se nos exhorta, como creyentes, a no tener comunión con los incrédulos, sino a mantenernos separados del mundo (2 Cor. 6:14-18).

13.2.3 - Amistad

Santiago habla de la amistad con el mundo. En este caso, nos ponemos abiertamente del lado de los incrédulos. Eso es lo que hizo Lot, cuando se sentó a la puerta de Sodoma y así mostró a todos: “Soy de Sodoma”.

Quien quiera, sin embargo, ser amigo del mundo, se muestra enemigo de Dios. Olvida que, durante la crucifixión de Jesucristo, se enfrentaban 2 partes diametralmente opuestas: por un lado, el mundo, y por otro, el Hijo de Dios. Quedó plenamente demostrado que el mundo está en absoluta contradicción con Dios. La conclusión es clara: si nos unimos abiertamente al mundo, nos posicionamos contra Dios y el Señor Jesús.

El adulterio es un pecado muy grave. Deshonra a Dios en el más alto grado y acarrea graves consecuencias. Santiago llama “adúlteros” a aquellos del pueblo de Dios que mantienen amistad con el mundo. Con ello quiere mostrarnos que la amistad con el mundo es una gran infidelidad hacia Dios.

13.3 - La Biblia y el Espíritu de Dios

Versículo 5. «¿O pensáis que la Escritura habla en vano? ¿Tiene deseos envidiosos el Espíritu que hizo habitar en nosotros?».

Mediante 2 preguntas, Santiago dirige nuestros pensamientos hacia la Palabra de Dios y hacia el Espíritu Santo. De este modo, expresa 2 cosas:

  • La Palabra de Dios condena tanto la actividad de la carne como la amistad de un creyente con el mundo.
  • El Espíritu Santo no es ni el origen de los celos y las disputas, ni el motivo que nos lleva al mundo.

Por lo tanto, nos oponemos a la Palabra de Dios y actuamos en contra del Espíritu Santo cuando vivimos de manera carnal o mantenemos una relación de amistad con el mundo. Esto es muy grave.

14 - La gracia de Dios y nuestra responsabilidad – Capítulo 4:6-10

Tras denunciar el comportamiento carnal, Santiago presenta ahora la gracia divina como recurso eficaz contra los celos, las disputas y el egoísmo (v. 6a). A continuación, nos muestra, en diferentes puntos, cuál es el camino por el que podemos reclamar la gracia para nosotros (v. 6b-10).

14.1 - Dios da la gracia

Versículo 6a. «¡Pero él da una gracia más grande!».

Dios desea concedernos su gracia, para que podamos caminar personalmente por un camino que no esté marcado por un comportamiento carnal en medio de un mundo incrédulo y egoísta. Su gracia es mayor que las concupiscencias que hay en nosotros y mayor que la seducción del mundo.

Otros pasajes bíblicos también muestran cuán grande es la gracia:

  • «De su plenitud nosotros todos hemos recibido, y gracia sobre gracia» (Juan 1:16). La gracia de Dios nunca se agota. Está ahí cada día en su plenitud para nosotros.
  • Al final de su Primera Epístola, Pedro menciona al «Dios de toda gracia» (1 Pe. 5:10). Para cada situación, para cada dificultad, tiene un tipo particular de gracia preparada.

14.2 - La humildad

Versículo 6b. Por eso dice: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes».

¿Cómo podemos, pues, asegurarnos la gracia divina? Solo con una actitud humilde ante Dios. Esto es lo que muestra el doble principio que sigue:

  • «Dios resiste a los soberbios». Aquel que se imagina ser alguien y es orgulloso, convierte a Dios en su adversario y se cierra así a la gracia divina.
  • «Da gracia a los humildes». Quien es humilde puede contar con la gracia de Dios. La humildad comienza en el corazón y se manifiesta en la actitud. El Señor nos sirve de ejemplo. Era humilde de corazón (Mat. 11:29). Se le notaba: nunca se defendía, nunca buscaba honores para sí mismo. Pero defendía con firmeza la gloria de Dios. Podemos seguir su ejemplo y abrir, en este camino de la humildad, todas las fuentes de la gracia de Dios, para nosotros mismos, para nuestras familias, para la iglesia local y para nuestro servicio.

14.3 - Someterse a Dios

Versículo 7a. «Someteos, pues, a Dios».

Aquí se nos exhorta a someternos a Dios, a su Palabra y a sus caminos para con nosotros. En lugar de resistirnos a Dios, sometámonos a él de buena gana. Pensemos en esto: la rebelión destruye, la sumisión sana. Tomemos de nuevo aquí a Jesucristo como modelo. En el mismo momento en que se enfrentaba a toda la incredulidad y al rechazo de los hombres, mostró su sumisión a la voluntad de Dios con estas palabras: «Sí, Padre, porque así te agradó» (Mat. 11:26).

14.4 - Resistir al diablo

Versículo 7b. «Resistid al diablo, y huirá de vosotros».

El diablo nos ataca de 2 maneras diferentes: con astucia y con violencia. Siempre encontramos estas 2 formas de ataque en la Biblia. Santiago también piensa en estos 2 aspectos cuando nos exhorta aquí: ¡Resistid al diablo!

  • La astucia de Satanás: El enemigo es astuto e intenta sembrar en nuestros corazones la duda respecto a Dios, a su Palabra y a su amor. Sin embargo, podemos resistir sus ataques engañosos revistiéndonos de toda la armadura de Dios (Efe. 6:10-18). El Señor se enfrentó a las astucias del diablo en el desierto y le resistió con la Palabra de Dios –la espada del Espíritu– de modo que Satanás se vio obligado a alejarse.
  • El poder de Satanás: Acecha como un león rugiente y nos ataca con fuerza (1 Pe. 5:8-9). Quiere asustarnos para que flaqueemos en nuestra fe. Así fue como el diablo atacó a Pablo en Roma. Mediante toda la demostración de poder del emperador romano, quería llevar al apóstol a renegar de la fe. Pero el Señor lo fortaleció de tal manera que, en lugar de ceder, dio un claro testimonio de Él. Por eso pudo decir: «Fui liberado de la boca del león» (2 Tim. 4:17).

14.5 - ¿Cómo podemos resistir al diablo de manera concreta?

  • Cuando quiera sembrar la duda en nuestro corazón y poner en duda el amor de Dios, miremos a la cruz del Gólgota. Allí, Dios demostró su amor por nosotros, al entregar a su Hijo a la muerte por nosotros. Esto nos quita toda duda y pone al enemigo en fuga.
  • Cuando el diablo ataca con acciones de fuerza, dirijamos también nuestra mirada con fe hacia la cruz y mantengámonos firmes: Allí, el Señor se enfrentó al poder de Satanás y lo quebrantó. Él es el vencedor del Gólgota. Esto transforma nuestro temor en confianza en Dios y el enemigo debe darse por vencido.

No lo olvidemos: nos enfrentamos a un enemigo poderoso y astuto. Con nuestra inteligencia y sabiduría, siempre seremos vencidos, pero en una relación de fe vivida con el Vencedor del Gólgota, podemos repeler sus ataques.

14.6 - Acercarse a Dios

Versículo 8a. «¡Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros!».

Como se trata de nuestra responsabilidad, Dios espera de nosotros el primer paso: buscamos su comunión en la oración. En un contacto sincero y regular con él, sentiremos su presencia y su ayuda en nuestra vida.

14.6.1 - Purificarse

Versículo 8b. «¡Limpiad las manos, pecadores, y los que sois de ánimo doble, purificad los corazones!».

Los pecadores son los incrédulos. A ellos se dirige el llamamiento a la conversión. Entonces se purifican. Pedro habla de esto cuando recuerda a los redimidos su conversión: «Habiendo purificado vuestras almas mediante la obediencia a la verdad…» (1 Pe. 1:22). Esta es la purificación inicial.

Los de doble corazón son creyentes. Aquí se les exhorta a juzgarse a sí mismos. Si han pecado en pensamiento, palabra u obra, deben confesar y reparar el daño. Se trata aquí de la purificación continua de los redimidos.

“La limpieza de las manos” se refiere más bien a la confesión y la rectificación de un pecado ante los hombres. Es el aspecto exterior de la purificación. La “purificación del corazón” se refiere más bien a la confesión ante Dios y concierne al aspecto interior de la conversión y del juicio de uno mismo.

14.6.2 - Humillarse

Versículo 9. «¡Afligíos, lamentaos y llorad! ¡Vuestra risa se cambie en duelo, y vuestro gozo en tristeza!».

«¡Afligíos, lamentaos y llorad!». Con estas palabras, Santiago nos exhorta a tener sentimientos conforme a Dios respecto a nuestras propias faltas y al mal estado del pueblo de Dios. Todos tenemos motivos para humillarnos profundamente a este respecto. Isaías expresa esta doble actitud interior con estas palabras: «Siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos» (Is. 6:5).

Versículo 10. «¡Humillaos ante el SEÑOR, y él os exaltará!».

Una verdadera humillación ante Dios por nuestras faltas personales, y la identificación con las faltas del pueblo de Dios, tal es el recurso divino para la restauración. Esta obra interior nos hace muy pequeños ante Dios. Pedro también nos exhorta a ello: «Humillaos bajo la poderosa mano de Dios» (1 Pe. 5:6). El Señor desea que nos humillemos ante él y busquemos su presencia con un corazón contrito. Él aprecia y recompensa esta disposición interior, ya que se acerca a quien adopta tal actitud (Sal. 34:18; 51: 17; Is. 57:15; 66:2).

Rebajarse en humildad es la verdadera grandeza ante Dios. Él responde a ello con una manifestación visible de su gracia. Esto es lo que hay que entender por: «Él os exaltará».

15 - Relaciones con nuestros hermanos – Capítulo 4:11-12

Versículo 11a. «Hermanos, no habléis mal unos de otros».

Es una clara exhortación para no atacar personalmente a los creyentes con palabras, ni a menospreciarlos delante de los demás. Cuánto daño se podría evitar si tomáramos más en serio este llamamiento.

Sin embargo, esto no significa que no debamos juzgar a los hermanos y su servicio a la luz de la Palabra de Dios (Hec. 17:11). Tampoco significa aprobar lo que es falso, o pasarlo por alto. A veces es necesaria una exhortación o una reprimenda, cuando alguien se desvía por un mal camino (Rom. 15:14).

Santiago continúa su razonamiento y nos muestra ahora cuán grave es hablar mal de nuestros semejantes:

No habléis mal unos de otros, pues eso es contrario a la Ley.

Versículo 11b. «El que habla mal de un hermano o juzga a un hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley. Pero si tú juzgas a la ley, ya no eres hacedor de la ley, sino juez».

Santiago utiliza aquí también la Ley, no como guía para el creyente, sino como espejo para mostrar un comportamiento erróneo. Si hablamos mal de nuestro hermano o lo juzgamos en un sentido negativo o peyorativo, contradecimos la Ley que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Entonces no somos observadores, sino jueces de la Ley. Con nuestro comportamiento, calificamos de falso lo que está escrito en la Ley. Así nos presentamos como jueces y nos colocamos por encima de la Ley. Pero no tenemos derecho a juzgar la Palabra de Dios. Al contrario, es ella quien nos juzga, y debemos someternos a su juicio.

15.1 - ¡No habléis unos contra otros, pues eso va en contra de Dios!

Versículo 12. «Uno solo es el Legislador y Juez, el que puede salvar y destruir; pero, ¿quién eres tú, para juzgar a tu prójimo?».

Si actuamos en contra de la Ley, nos posicionamos contra Dios, a quien se nos presenta en este versículo bajo 3 aspectos. Para Santiago no se trata aquí de un tribunal específico, sino simplemente del hecho de que Dios es la última y más alta instancia.

  • Dios es el legislador. Solo Él tiene la soberanía para decidir lo que es bueno y malo. Por eso no debemos cuestionar sus instrucciones.
  • Dios es el juez de todos (Heb. 12:23; Gén. 18:25). A él le corresponde juzgar a los hombres. Por consiguiente, no debemos juzgar a los demás.
  • Dios tiene el poder de ejecutar su juicio. A él le corresponde tanto absolver como condenar.

Ante este gran Dios, no somos nada. Entonces comprendemos esta seria pregunta: «¿Quién eres tú, para juzgar a tu prójimo?». ¡Cuán presuntuoso es ponerse así en el lugar de Dios!

16 - Vivir con o sin Dios – Capítulo 4:13-17

16.1 - Actuar sin Dios

Versículo 13. «Y vosotros los que decís: Hoy o mañana iremos a tal ciudad y pasaremos un año allí, haremos negocios y ganaremos…».

Si llevamos nuestra vida conscientemente sin Dios, nos forjamos nuestros propios planes y nos fijamos nuestras propias metas. Con ello, manifestamos no solo nuestra propia voluntad, sino también confianza en nosotros mismos. Queremos emprender esto o aquello, y creemos que tendremos éxito.

Además, pretendemos poder disponer de nuestro futuro, al planificar: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad y pasaremos un año allí». Y con ello olvidamos que nuestro futuro no está en nuestras manos.

Finalmente, seguimos por este camino de la propia voluntad objetivos terrenales, incluso codiciosos. Queremos «ganar», es decir, hacernos ricos.

Versículo 14. «…Cuando no sabéis [qué sucederá] el día de mañana. Porque, ¿qué es vuestra vida? Un vapor que aparece por poco tiempo, y luego se desvanece».

Quien piensa así y hace planes, como se describe en el versículo 13, es ahora llamado a la realidad de la vida humana:

  • Como hombres, no podemos ver el futuro. Nuestros tiempos no están en nuestras manos, sino en las manos de Dios.
  • Como hombres, somos tan insignificantes como un vapor que desaparece rápidamente. ¡No sobreestimemos, pues, nuestra energía y nuestras actividades! ¡Seamos modestos!

16.2 - Actuar con Dios

Versículo 15. «…En vez de decir: Si el Señor quiere viviremos y haremos esto o aquello».

Este versículo contrasta con los 2 anteriores y nos muestra un principio importante para una vida de fe con Dios. En todas las reflexiones que debemos hacer en nuestra vida, la voluntad del Señor debe ser nuestra prioridad. Es a él a quien queremos obedecer. Además, debemos ser conscientes de que no sabemos cuánto tiempo nos queda aún en la tierra. Como creyentes, vivimos según el principio: «Si el Señor quiere viviremos…». Esta máxima no debe ser una simple fórmula, sino una realidad en nuestra vida.

16.3 - La jactancia

Versículo 16. «Pero ahora os jactáis en vuestras insolencias; toda esta jactancia es mala».

Una vida sin Dios lleva la marca de la jactancia. Como pensamos que hemos tenido éxito por nuestra propia inteligencia y nuestros esfuerzos, nos gloriamos de ello. Pero esto es contrario a Dios y tampoco es bien recibido por los demás.

16.4 - Una conclusión

Versículo 17. «El que sabe hacer el bien y no lo hace, para él es un pecado».

Una vida independiente de Dios se caracteriza por el egoísmo. Entonces solo pensamos en nosotros mismos y nos olvidamos de hacer el bien a los demás.

Si, pues, tenemos conocimiento de una necesidad entre nuestros semejantes y tenemos la posibilidad de satisfacerla, pero renunciamos a ello a sabiendas, es una prueba de egoísmo y de falta de amor al prójimo. Es un pecado.

17 - Palabra para los impíos – Capítulo 5:1-6

En el capítulo 5, Santiago se dirige sucesivamente a 2 grupos de personas:

  • Versículos 1 al 6: Los impíos, que son ricos y oprimen a los pobres.
  • Versículos 7 al 20: Los creyentes, que sufren bajo esta opresión, pero que cuentan con los recursos de Dios para cualquier situación.

Esta relación entre los incrédulos y los creyentes solo cambiará con la venida del Señor. Entonces juzgará a los impíos que ahora oprimen a los pobres y liberará a los creyentes oprimidos.

En el primer párrafo, Santiago advierte seriamente a los impíos contra el juicio y condena con desprecio sus malas acciones.

17.1 - El juicio de los impíos

Versículos 1-3a. «Y vosotros los ricos, ¡llorad y gritad a causa de las miserias que van a venir sobre vosotros! Vuestras riquezas están corrompidas, y vuestras ropas apolilladas. Vuestro oro y vuestra plata se han oxidado, y su herrumbre será por testimonio contra vosotros y os consumirá las carnes como fuego…».

En esta sección discernimos 3 ideas principales:

  • El futuro de los impíos: El juicio de Dios espera a estos incrédulos que han amontonado tesoros materiales. Su fin será terrible, porque han vivido sin Dios.
  • La pérdida de los impíos: Sus riquezas y su esplendor desaparecerán porque han puesto sus bienes en una bolsa agujereada (Hag. 1:6). Muchas personas ya han vivido esta experiencia, al perder sus riquezas de la noche a la mañana en tiempos de crisis. Así será para todos los incrédulos en el futuro tiempo del juicio: entonces lo perderán todo efectivamente.
  • La vergüenza de los impíos: La pérdida de su tesoro material testificará contra ellos: Cuando venga el Señor, será evidente que han jugado mal sus cartas en la vida. Todos sus esfuerzos han sido en vano porque han excluido a Dios de su vida.

17.2 - 4 reproches a los impíos

En los versículos 3b al 6, Santiago reprocha a los ricos 4 faltas concretas: Viven únicamente para las cosas materiales.

Versículo 3b. «¡Habéis juntado un tesoro en los últimos días!».

En lugar de pensar, en los últimos días, en la intervención divina en el juicio, los ricos han acumulado tesoros terrenales. Su vida se dedicaba únicamente a enriquecerse. Ignoraban los derechos de Dios.

17.3 - Tratan injustamente a los pobres

Versículo 4. «He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestros campos, y del que les habéis privado, clama; y los clamores de los obreros han llegado a los oídos del SEÑOR de los ejércitos».

En lugar de ayudar a los pobres, los impíos no les han pagado ningún salario por su trabajo y así se han enriquecido ilegalmente. Pero el clamor de estos trabajadores indefensos y explotados ha llegado hasta Dios. Él es el SEÑOR de los ejércitos, es decir, Jehová de los ejércitos, que tiene el poder de remediar en el futuro esta injusticia mediante el juicio.

17.4 - Son ávidos de placeres

Versículo 5. «Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y fuisteis disolutos; engordasteis vuestros corazones [como] en día de sacrificio».

Los impíos se han complacido en sus riquezas y se han entregado sin moderación a los placeres de la vida terrenal. La avidez de placeres marcó sus vidas. Saciaron sus corazones colmando sus deseos terrenales y culpables. Así vivía el rico de Lucas 12. Se había apegado a sus riquezas. Por eso se decía a sí mismo: «Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, alégrate» (Lucas 12:19).

17.5 - Han dado muerte al Justo

Versículo 6. «Condenasteis y disteis muerte al justo; él no os opone resistencia».

Los justos han advertido a los ricos contra su mal camino y han condenado, con la rectitud de su vida, sus acciones impías. Sin embargo, los impíos han acallado estas llamadas dando muerte a los justos. Esta es la falta más grave.

Aquí también encontramos una alusión a la muerte del Señor Jesús. Los hombres lo clavaron en la cruz y le dieron muerte, a él que, con su vida justa y sus palabras inequívocas, había condenado su mala conducta (Mat. 27:19; Lucas 23:47; Hec. 7:52).

18 - Palabra para los creyentes – Capítulo 5:7-20

En esta sección, Santiago se dirige a los creyentes que sufren bajo la presión de un mundo impío. Tiene 4 mensajes para ellos:

  • Versículos 7 al 12: ¡Esperad pacientemente al Señor!
  • Versículos 13 al 15: ¡Utilizad los recursos divinos!
  • Versículos 16 al 18: ¡Sed abiertos los unos con los otros!
  • Versículos 19 al 20: ¡Cubrid una multitud de pecados!

18.1 - ¡Esperad pacientemente al Señor!

Santiago nos exhorta en los versículos 7 al 12 a esperar con paciencia. Nos anima con 3 ejemplos. En los 3 casos, nos muestra lo que unos u otros esperaban:

  • El labrador espera el fruto (v. 7).
  • Los profetas esperaban el cumplimiento de la Palabra de Dios (v. 10).
  • Job esperaba el fin de sus sufrimientos (v. 11).

Versículo 7a. «Vosotros, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor».

El creyente no espera un cambio en su situación, sino que espera al Señor. Su venida marcará el punto de inflexión. Así, la espera del Señor es, en todas las épocas de la historia sagrada, el punto central y la esencia de la fe.

  • Simeón –ese judío piadoso– esperaba al Mesías. Cuando tomó en sus brazos al niño Jesús, su espera se cumplió y pudo partir en paz (Lucas 2:25-30).
  • Los tesalonicenses –esos jóvenes cristianos– se habían convertido al Dios vivo y ahora esperaban de los cielos a su Hijo Jesucristo (1 Tes. 1:9-10).

Versículo 7b. «Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, teniendo paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía».

El labrador nos sirve de ejemplo: espera con paciencia la cosecha de su mies. Mientras el trigo madura, puede contemplar la obra de Dios en las lluvias de la primera y la última estación. Él lo sabe: se necesita tiempo hasta que la cosecha esté madura. Del mismo modo, escudriñamos con fe el horizonte para ver la venida del Señor Jesús y, en esta espera, percibimos el apoyo divino venido del cielo como una confirmación de que nuestra espera de su venida se hará realidad.

Versículo 8. «Tened paciencia vosotros también; afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca».

Si, como creyentes, se nos trata injustamente, corremos el peligro de defendernos. Pero eso no es justo. Más bien debemos esperar con paciencia el momento en que el Señor intervenga y aclare todas las cosas. Evidentemente, estamos autorizados a llamar la atención sobre una injusticia sufrida, como hizo en su día Abraham (Gén. 21:25). Nuestro Señor tampoco resistió la injusticia cuando fue golpeado, pero reprendió a quien le golpeaba (Juan 18:23).

Versículo 9. «Hermanos, no murmuréis unos contra otros, para que no seáis juzgados; he aquí que el Juez está a la puerta».

Este versículo nos presenta un segundo peligro. Cuando una situación difícil e injustificada influye en nuestro estado de ánimo, nos volvemos irritables y descontentos. De este modo, somos una carga para los demás creyentes. Pero Dios condena tal actitud y debe reprenderos en su disciplina.

El hecho de que el juez esté a la puerta tiene 2 efectos en nuestra vida. En primer lugar, condenamos nuestras propias reacciones carnales. En segundo lugar, nos animamos para esperar pacientemente el momento en que todo esto sea sacado a la luz divina.

Versículo 10. «Hermanos, tomad por ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del SEÑOR».

Santiago se refiere ahora a los profetas. Ellos hablaron en nombre de Jehová, sufrieron por ello y perseveraron. Se mantenían en la presencia de Dios y desde allí traían un mensaje al pueblo de Israel. A menudo tuvieron que reprender y amonestar a los israelitas. Esto les causaba sufrimiento, porque la gente se resistía a ellos a causa de su mensaje. Además, a menudo sucedía que su palabra profética no se cumplía durante su vida. Y, sin embargo, confiaban en Jehová y esperaban el cumplimiento de la Palabra de Dios. Su espera paciente en medio de los sufrimientos es un estímulo para nosotros.

Versículo 11. «Mirad, tenemos por dichosos a los que soportaron [la prueba con paciencia]. Oísteis hablar de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del SEÑOR; porque el SEÑOR es rico en misericordia y compasivo».

Nos impresiona la actitud de los profetas y de Job, que perseveraron en grandes pruebas. Con su confianza y su paciencia en los sufrimientos, nos animan cuando nosotros mismos atravesamos situaciones difíciles.

Santiago tiene aquí ante sí el principio y el fin de la historia de Job:

  • Al principio, vemos cómo Job recibió de Dios las grandes pruebas y perseveró junto a él. Su mujer le aconsejó: «¡Maldice a Dios y muérete!». Pero Job la reprendió: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (Job 2:9-10).
  • Al final, vemos cómo Dios, en su compasión y misericordia, puso fin a la prueba y bendijo a Job con doble medida (Job 42:10).

Versículo 12. «Pero, ante todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí; y vuestro no, no; para que no caigáis bajo juicio».

El juramento irreflexivo revela una actitud impía y consciente de su propio valor. Entonces no actuamos en dependencia de Dios y confiamos en personas, ya sea en el cielo o en la tierra. Les atribuimos así una autoridad que solo le corresponde a Dios. El Señor Jesús ya había condenado el hecho de jurar por uno mismo (Mat. 5:33-37).

En lugar de reforzar nuestras afirmaciones con un juramento, que nuestro sí sea sí, y nuestro no, no. Esto significa que nuestras palabras deben ser la expresión inequívoca de nuestro pensamiento. Una vez le preguntaron al Señor Jesús: « ¿quién eres?». Él respondió: «Ese mismo que os he dicho desde el principio» (Juan 8:25). Sus palabras estaban en perfecta armonía con él mismo.

18.2 - ¡Utilizad los recursos divinos!

Atravesamos diversas situaciones en la vida. Hay altibajos, días luminosos y días oscuros. Esos son los avatares de la vida humana. Sin embargo, Dios nos da para cada situación un recurso adecuado.

Versículo 13a. «¿Hay algún afligido entre vosotros? Que ore».

En un período difícil y en medio de las dificultades, la oración es un privilegio especialmente grande. La oración forma parte de la vida cotidiana de la fe. Pero es sobre todo en apuros cuando aprendemos a clamar verdaderamente a Dios.

Versículo 13b. «¿Alguno está feliz? Que cante alabanzas».

En los días felices, podemos cantar himnos. Así expresamos nuestra gratitud hacia Dios y nuestro gozo.

Tanto mediante la oración en apuros como mediante la alabanza en gozo, estamos unidos a Dios.

Versículos 14-15. «¿Hay algún enfermo entre vosotros? Haga llamar a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo sanará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados».

Cuando una persona cae enferma, siempre es una consecuencia de la caída. A veces Dios envía una enfermedad para recoger a un creyente en la gloria, junto a Él. Tenemos un ejemplo de ello en Eliseo (2 Reyes 13:14). Otras veces, la enfermedad sirve para la educación divina. Eso es lo que Santiago quiere decir aquí.

Por un lado, es posible que tengamos, como Job, un comportamiento erróneo. La enfermedad nos lleva a tomar conciencia de ello y entonces corregimos nuestra actitud. Por otro lado, también es posible que hayamos cometido ciertos pecados. Entonces Dios nos envía la enfermedad para que discernamos y corrijamos esos pecados.

Pero si se trata de un pecado que lleva a la muerte, es decir, si Dios, mediante la enfermedad, quiere retirar al creyente de la tierra, entonces no debemos orar por él (1 Juan 5:16). Es cierto que está salvado en lo que respecta a la eternidad, pero Dios ya no puede utilizarlo como testigo en la tierra.

Santiago nos presenta, pues, la enfermedad como una medida educativa de Dios, siempre que no tenga como causa un pecado a la muerte.

Para comprender los detalles de este pasaje, debemos situarnos en los primeros tiempos del testimonio cristiano. Aquellos del pueblo de Israel que habían llegado a la fe en Jesucristo seguían estando, por su origen, muy apegados al judaísmo. Además, en aquella época, la Iglesia de Dios aún no había entrado en declive. Por eso Santiago da al enfermo la posibilidad de llamar a los ancianos de la Iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite. Los ancianos de la Iglesia son, pues, un elemento cristiano, mientras que el aceite es un elemento judío (1 Pe. 5:1-4; Marcos 6:13).

Hoy en día, el aceite, como elemento judío, ya no desempeña ningún papel. Además, como consecuencia de la ruina del testimonio cristiano, es difícil discernir quiénes son los ancianos de la asamblea. Sin embargo, estos versículos conservan aún hoy su significado.

Si el enfermo se da cuenta de que su enfermedad es una disciplina de parte de Dios, y la recibe como enviada por Dios, su fe es activa. Entonces puede recurrir al recurso de Dios. Esto debe partir del enfermo. Sin embargo, no debe dirigirse a cualquier hermano, sino que debe llamar a hermanos mayores, con discernimiento, que posean sabiduría, experiencia y un juicio sano.

«Oren por él». Si estos hermanos disciernen que esta enfermedad es una disciplina del Señor y si lo consideran oportuno, pueden orar por el enfermo.

Para la curación, ni el elemento cristiano ni el elemento judío son decisivos, sino la oración de la fe. Aquí, pues, la fe del enfermo y la fe de los hermanos son activas. Dios escucha la oración de la fe, curando al enfermo y restableciéndolo. Sin embargo, recordemos bien: Dios sigue siendo soberano en sus caminos. También puede dejar la enfermedad o bien llevar al enfermo a su presencia.

Si el motivo de la enfermedad es un pecado, y el Señor sana al enfermo, este puede estar seguro de que está perdonado. El pecado queda resuelto ante Dios. Ya encontramos este perdón administrativo en relación con la vida en la tierra en Isaías 40:2 y también varias veces en los Evangelios (Lucas 5:20; 7:48).

18.3 - ¡Sed sinceros los unos con los otros!

Versículo 16a. «Confesad los pecados unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados…».

Dios desea que seamos sinceros los unos con los otros, no como los fariseos a quienes el Señor llama «sepulcros blanqueados» (Mat. 23:27). Se daban una apariencia hermosa, pero por dentro era muy diferente. Un ambiente de amor y confianza en medio del pueblo de Dios facilita la realización de esta franqueza.

«Confesad los pecados unos a otros». Es la franqueza respecto a nosotros mismos. Somos rectos y reconocemos nuestras faltas. No queremos parecer mejor de lo que somos, y no ocultamos nada a sabiendas.

«Orad unos por otros». El verdadero amor cristiano no condena al otro, sino que ora por él. No divulgamos lo que sabemos de él. Al contrario, llevamos el asunto al Señor en la oración.

«Para que seáis sanados». El espíritu de rectitud y amor tiene un efecto benéfico en medio del pueblo de Dios. Por un lado, esto se refiere a las relaciones espirituales entre nosotros, y por otro, a las enfermedades concretas, como hemos visto en el versículo 15.

Versículos 16b-18. «…La ferviente súplica del justo puede mucho. Elías era hombre con las mismas debilidades que nosotros, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Y de nuevo oró; y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto».

Para que no renunciemos demasiado pronto a orar unos por otros, Dios nos da una promesa y un ejemplo alentador.

La oración ferviente es una súplica apremiante, sincera y perseverante dirigida a Dios. La oración de un justo presupone una conducta diaria que está en armonía con Dios. Juan también menciona esto en su Primera Epístola: «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos para con Dios; y todo cuanto pidamos lo recibimos de él; porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es agradable ante él» (1 Juan 3:21-22). Por lo tanto, si en práctica vivimos rectamente y oramos con seriedad y perseverancia, nos damos cuenta de que nuestra oración puede lograr mucho.

Elías es un ejemplo inspirador de esto. Vivía rectamente y en cercanía con Dios. Mediante su oración sincera, pudo primero detener la lluvia. Tras una sequía de 3 años y medio, oró de nuevo, y Dios concedió la lluvia. Su relación íntima con Dios en la oración produjo este resultado. Esto nos anima a orar unos por otros.

18.4 - ¡Cubrid una multitud de pecados!

Versículos 19-20. «Hermanos míos, si alguno de vosotros se extraviara de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados».

En estos versículos, Santiago se refiere tanto a los creyentes como a los incrédulos. Un redimido puede, por su propia voluntad, apartarse de la verdad. Un pecador vaga sin rumbo, sin Dios, por el camino de su vida.

Se nos exhorta a ayudar tanto al que se ha apartado como al que se ha descarriado:

  • Nos ocupamos de los incrédulos presentándoles el Evangelio y orando por ellos, para que sean salvos.
  • Intervenimos en favor de los creyentes descarriados haciéndoles ver su mal camino o su falta, y orando por ellos para que sean restaurados.

De esta manera, somos un instrumento para que un pecador venga a Dios (1 Pe. 3:18) y para que un creyente vuelva a la plena luz de Cristo (Efe. 5:14).

Cuando Dios puede utilizarnos para esta obra, se logran 2 cosas:

  • «Salvará su alma de la muerte». Esto se refiere a la persona que es traída de vuelta. Tanto el hombre incrédulo como el creyente que se ha desviado de la verdad tienen a Dios en contra y se encuentran en el camino de la muerte. En cuanto al creyente, el Señor intervendrá, pues los que son redimidos nunca se perderán (Juan 10:28). Si, pues, uno u otro es traído de vuelta por nuestro amor, salvamos un alma de la muerte, pues ese abandona ese camino falso.
  • «Cubrirá multitud de pecados». Esto se refiere a Dios. El pecado es abominable a sus ojos y debe ser juzgado. Si, pues, nos comprometemos para que un pecador se convierta o para que un creyente sea traído de vuelta, cubrimos los pecados ante los ojos de Juez de Dios. En lugar de juzgarlo, derrama sobre él toda la medida de su gracia y de su bendición.