Índice general
La Epístola a los Hebreos
«Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro» (Hebr. 4:16).
Autor: Marcel GRAF 10
Serie: Leer y comprender la Biblia
1 - Acerca de la Epístola a los Hebreos
1.1 - Tema
En aquella época [1], la Epístola a los Hebreos se dirigía a personas que habían crecido en el judaísmo y que posteriormente se habían convertido a la fe en Jesucristo. Como cristianos, tenían que soportar grandes persecuciones por parte de los judíos y habían acabado desanimándose. Por eso, el autor quería fortalecerlos en su vocación celestial y vincularlos al santuario celestial, para que pudieran desprenderse del santuario terrenal de Jerusalén. Tenían que renunciar a lo bueno que habían recibido de Dios en el Antiguo Testamento, para poder poseer y disfrutar de lo mejor que ofrece la fe cristiana. Dios también desea unirnos al cielo a nosotros, que en su mayoría no somos de origen judío, para que nuestros corazones se desprendan de la tierra. Por eso, esta Epístola se aplica plenamente también a nosotros.
[1] NdT : Hacia el año 70 d.C.
El tema central de la Epístola a los Hebreos es Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote en el cielo. Como tal, nos ayuda a alcanzar nuestro objetivo celestial a pesar de las dificultades y a adorar a Dios a lo largo del camino.
1.2 - Subdivisión
- Capítulos 1 al 7: La persona exaltada de Cristo
- Capítulos 8:1 al 10:18: El ministerio exaltado de Cristo
- Capítulos 10:19 al 13:25: Parte práctica: la vida de fe
2 - Hebreos 1
2.1 - El Hijo de Dios es mayor que los profetas
Versículos 1-4. La Epístola a los Hebreos es una hermosa Epístola, pues su tema principal es Cristo. Sin embargo, no siempre es fácil de comprender, ya que requiere un buen conocimiento del Antiguo Testamento, en particular del culto tal y como lo celebraba antiguamente el pueblo de Israel.
Sin una introducción propiamente dicha, descubrimos de inmediato la forma particular en que Dios nos ha hablado en su Hijo. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento, que eran los portavoces de Dios, cuando Cristo vino a la tierra, Dios nos habló en la persona de su Hijo. Los versículos 2 y 3 enumeran 7 de sus glorias. 4 están relacionadas con lo que es, y 3 con lo que ha hecho.
2.1.1 - Lo que es
- El heredero de todas las cosas.
- El creador,
- El resplandor de la gloria de Dios,
- Una persona divina (la imagen de la esencia de Dios).
2.1.2 - Lo que ha hecho
- Es el sustento de su creación.
- Ha llevado a cabo la purificación de los pecados.
- Y, como vencedor del Gólgota, se ha sentado a la diestra de Dios.
2.2 - El Hijo de Dios es mayor que los ángeles
Versículos 5-14. Esta persona maravillosa –el Hijo de Dios, que se hizo hombre, por medio del cual Dios nos ha hablado y que ahora, como hombre glorificado, ocupa el lugar de honor en el cielo– está muy por encima de los ángeles. Así lo atestiguan varios pasajes del Antiguo Testamento. Estos exponen diversas razones por las que esta persona es digna de nuestra adoración.
El versículo 5 recuerda las palabras del ángel a la Virgen María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, […] por lo cual también la santa Criatura que nacerá, será llamada Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
Cuando Cristo nació en Belén, los ángeles lo alabaron. Cuando regrese en gloria, todos los ángeles le rendirán homenaje (v. 6).
Las demás citas del Antiguo Testamento también muestran hasta qué punto Cristo es superior a los ángeles: estos son siervos, mientras que él es quien manda. Se sienta, como Dios, en el trono del gobierno. Los ángeles son criaturas, mientras que él es el Creador y, como tal, el inmutable Jehová.
Por último, el versículo 13 habla de su triunfo. Como vencedor del Gólgota, Dios lo ha sentado en el lugar más elevado, a su diestra. Allí espera el momento en que Dios ponga a todos sus enemigos como estrado de sus pies. Entonces, su triunfo será reconocido públicamente. Toda rodilla deberá doblarse ante él. ¿Y los ángeles? Seguirán siendo siervos de Dios; es más, incluso serán enviados a servir en favor de los creyentes.
3 - Hebreos 2
3.1 - La autoridad de la Palabra de Dios
Versículos 1-4. Antes de continuar con su tema –Cristo–, el autor inserta una exhortación práctica (v. 14). Recuerda a los hebreos la importancia de la palabra pronunciada por los ángeles, aludiendo así a la Ley del Sinaí (comp. con Hec. 7:53). Pero cuánto más grave es cuando la Palabra del Hijo de Dios, que él mismo anunció en la tierra, no se toma en serio. Descuidar la salvación equivaldría a rechazar a quien la ofrece: el Hijo de Dios, que está muy por encima de los ángeles. –¡Cuán importante es también para nosotros anteponer la Palabra de Dios a todo lo demás y ponerla en práctica con obediencia!
3.2 - El Hijo del hombre: hecho un poco menor que los ángeles
Versículos 5-9. A partir del versículo 5, es Cristo, como Hijo del hombre, quien nos está presentado. El mundo venidero corresponde al período del reino milenario. Dios quiere entonces confiar el gobierno de la tierra y de todo el universo a un hombre –y no a un ángel. Solo hay un ser que pueda ser considerado para tal tarea: Jesucristo. Al haber vivido antaño aquí como hombre y haber muerto en la cruz, habiéndose rebajado un poco por debajo de los ángeles, pues los ángeles no pueden morir. Sufrió la pasión de la muerte. Pero desde que cumplió la obra de la redención, está coronado de gloria y honor en el cielo. Desde allí regresará, como Hijo del hombre, para tomar el poder sobre toda la creación.
¿Qué efecto produce en nosotros el versículo 9?: «Vemos al que por poco tiempo fue hecho inferior a los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honra por causa del sufrimiento de la muerte; para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos».
3.3 - El Señor Jesús, el precursor en el camino hacia la gloria
Versículos 10-18. En la Epístola a los Hebreos, los creyentes son vistos en la tierra que, gracias a la obra de la redención, tienen libre acceso ante Dios (comp. con 1 Pe. 3:18), pero que aún están en camino hacia la gloria. El Señor Jesús es el Jefe y el Precursor en este camino, y vela por que alcancemos la meta. Además, es perfectamente capaz de ejercer este ministerio. ¿No es maravilloso levantar los ojos hacia él, que es nuestro mediador ante Dios y nuestro guía en el camino?
Se asocia plenamente con los suyos al llamarlos hermanos suyos, y desea llevarlos a la adoración. ¿Cómo es esto posible, puesto que todos pertenecemos a la raza humana caída? Cristo se hizo un verdadero hombre, pero sin pecado, para liberarnos, mediante su sacrificio, de la esclavitud de Satanás, pero también del pecado y de la muerte.
Se vuelve a mencionar a los ángeles. Sin embargo, se trata de ángeles caídos, para los que no hay salvación. Los descendientes de Abraham abarcan a todos los hombres que se han reconocido ante Dios como pecadores perdidos, pero que, al igual que Abraham, han creído en Dios y en su Palabra y han sido justificados.
Los últimos versículos nos presentan al Señor Jesús como Sumo Sacerdote. A diferencia de los Sumos Sacerdotes del Antiguo Testamento, que se presentaban ante Dios con la sangre de un sacrificio expiatorio, Cristo es, él mismo, el sacrificio. Con su muerte, ha expiado nuestros pecados. Pero hace aún más. Una vez que una persona ha llegado a la fe, descubre al Señor como su Sumo Sacerdote, que le asiste en las múltiples pruebas de la vida.
4 - Hebreos 3
4.1 - El ámbito del ministerio sacerdotal del Señor Jesús
Versículos 1-6. Al comienzo de este capítulo, se recuerda a los creyentes que ellos forman parte de la familia de Dios (hermanos santos) y que comparten un destino celestial. Es cierto que aún vivimos en la tierra, pero nos espera un destino glorioso. En este camino, no debemos permitir que nada desvíe nuestra mirada del Señor Jesús.
Lo encontramos como Apóstol al principio del capítulo 1. Él es aquel a quien Dios envió, por medio de quien Dios nos ha hablado (Juan 8:18, 26-29). Fue presentado como Sumo Sacerdote al final del capítulo 2.
Pero ahora se le compara con Moisés, ese gran líder del pueblo, tan estimado por los judíos. Este hombre de Dios era verdaderamente fiel, pues leemos en numerosas ocasiones que actuaba como «dijo Jehová a Moisés» (vean v. 5). En cuanto al Señor Jesús, leemos que siempre hizo lo que agradaba a Dios.
A partir del versículo 3, se destaca una diferencia notable con respecto a Moisés. Este fue un siervo en su casa. Era un israelita como los demás que pertenecían a ese pueblo. Cristo, en cambio, como Hijo de Dios, es a la vez el arquitecto y el constructor de su Casa (v. 4). Es el Hijo quien gobierna su Casa, quien la administra.
Por «la Casa» debemos entender, por un lado, el universo que Él ha creado, pero también, por otro lado, el conjunto de todos los redimidos de la época actual. Estos constituyen la morada de Dios por medio del Espíritu. Pero también forman una familia sacerdotal, es decir, la Casa del Sumo Sacerdote.
4.2 - El desierto requiere el ministerio sacerdotal del Señor Jesús
Versículos 7-19. Al igual que en los versículos 1 al 4 del capítulo 2, aquí también encontramos una exhortación práctica dirigida a los destinatarios de la Epístola. Es muy seria y va dirigida a todos aquellos que profesan la fe cristiana. ¿Es esta fe realmente auténtica? Entre los hebreos, algunos estaban a punto de renunciar a su fe cristiana para volver al judaísmo. Tal actitud revelaría un «corazón malo de incredulidad» y significaría «abandonar al Dios vivo». ¿Podría haber algo más grave?
El autor de la Epístola ilustra su advertencia con el ejemplo de los israelitas, que habían salido de Egipto, pero no llegaron a la Tierra Prometida y, por el contrario, perecieron en el desierto. ¿Por qué no pudieron entrar en ella? Por su incredulidad. Cuando enviaron a los exploradores (espías), pusieron a prueba a Dios, quien, sin embargo, les había prometido que los haría entrar en aquella tierra. Cuando aquellos hombres regresaron y 10 de ellos trajeron malas noticias, endurecieron su corazón con su incredulidad, hasta tal punto que Dios los hizo perecer en el desierto.
Incluso el corazón de los verdaderos creyentes puede, en determinadas circunstancias, endurecerse. El versículo 13 nos indica un remedio para ello: debemos animarnos mutuamente a confiar en Dios cada día de nuevo y a dirigir nuestra mirada hacia Cristo. Esto nos impide seguir el camino de nuestra propia voluntad, pues el engaño de la propia voluntad nos endurecería.
5 - Hebreos 4
5.1 - El camino hacia la paz pasa por el desierto
Versículos 1-11. Tras las severas advertencias del capítulo 3, no es de extrañar que el capítulo 4 comience con estas palabras: «¡Temamos, pues!». Si nos conocemos un poco a nosotros mismos, comprendemos bien que el acceso al descanso futuro de Dios no es algo que se dé por sentado.
Cabe señalar aquí que en estos versículos no se trata de la paz de conciencia que el hombre obtiene mediante la fe en la sangre derramada en la cruz. Tampoco se trata de la paz del corazón de la que disfruta el redimido cuando se somete a la voluntad de Dios. El descanso al que se refiere este pasaje es el descanso futuro de Dios, cuyo modelo ya se ha dado en el descanso del Creador tras la finalización de todas sus obras. Este descanso se alcanzará en la tierra cuando Satanás sea atado, los enemigos de Dios hayan sido juzgados y los creyentes hayan sido liberados del pecado. El fundamento de este descanso ya ha sido establecido, en el Gólgota, mediante la obra de nuestro Redentor. –Para nosotros, los cristianos, este reposo es un reposo celestial en el que la fe tiene puesta su esperanza. Sin duda, todos tenemos claro que solo la fe nos permitirá alcanzar ese futuro reposo de Dios. Por eso se dice en el versículo 11: «Esforcémonos, pues, por entrar en aquel reposo, no sea que alguno caiga imitando semejante incredulidad». Esto significa: demostremos, mediante una vida de fe concreta, que la fe que habita en nuestro corazón es auténtica.
5.2 - Recursos en el camino hacia el reposo divino
Versículos 12-16. En el camino que conduce al reposo divino, el creyente es un peregrino. Se asemeja así a los israelitas que antaño atravesaban el desierto. Este período no transcurre sin una lucha por la fe. Estos versículos nos presentan 3 recursos esenciales e indispensables para este viaje por la tierra: la Palabra de Dios, el Sumo Sacerdote y el trono de la gracia.
La Palabra de Dios: es viva y, bajo la acción del Espíritu Santo, también puede dar vida (Sant. 1:18). Pero también juzga nuestros corazones, ¡y cuánto lo necesitamos! La Palabra saca a la luz ante Dios nuestros pensamientos y nuestras motivaciones. No intentemos eludir su juicio, sino sometámonos a él. El versículo 13 muestra una vez más hasta qué punto Dios y su Palabra están estrechamente vinculados.
El gran Sumo Sacerdote: el Señor Jesús, como hombre, permanece en la presencia de Dios e intercede allí por nosotros. Se ocupa de nosotros y de nuestras situaciones cotidianas, pues lo conoce todo por experiencia propia. Por eso su compasión es perfecta.
El trono de la gracia: desde que Cristo regresó al cielo tras cumplir su obra redentora, el trono de Dios es un trono de gracia. Cada creyente puede ahora, en cualquier momento, presentar libremente ante Dios, en oración, todas sus peticiones, angustias y dificultades.
6 - Hebreos 5
6.1 - El Señor Jesús, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec
Versículos 1-10. Cuando el autor aborda con más detalle la persona del Sumo Sacerdote, establece comparaciones entre Aarón y Cristo. Se observan entonces ciertas similitudes, pero también grandes contrastes.
Aarón era un hombre y, como tal, ejercía un ministerio de mediación ante Dios en favor de otros hombres. Hoy es el Señor Jesús quien ejerce ese ministerio por nosotros (Hebr. 2:17). Pero, como Aarón era un hombre débil y falible, también él necesitaba un sacrificio por el pecado.
En cambio, Cristo, quien, al igual que Aarón, fue llamado por Dios para ser Sumo Sacerdote, es sin pecado. Se convirtió en Sacerdote por su persona y por su vida sin pecado. Pero no se convirtió en sacerdote según el orden de Aarón. De hecho, no podía serlo, pues, como hombre, procedía de la tribu de Judá, y no de la tribu de Leví (Hebr. 7:14). Además, el sacerdocio aarónico se basaba en la sucesión hereditaria. Cuando fallecía un Sumo Sacerdote, un descendiente de la familia de Aarón ocupaba su lugar. Pero tras su resurrección, Cristo se convirtió en Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Más adelante volveremos sobre la naturaleza de este orden.
Los versículos 7 y 8 se refieren a las experiencias que nuestro Señor vivió a lo largo de su vida terrenal para poder ejercer su ministerio sacerdotal. El versículo 7 se refiere sin duda a sus sufrimientos en el huerto de Getsemaní. Pero a lo largo de su vida humana, el Hijo, que hasta entonces solo podía dar órdenes, aprendió la obediencia a través del sufrimiento. ¡Cuánto sufrió por haberse sometido en todo a la voluntad de Dios!
6.2 - Declive espiritual de los hebreos
Versículos 11-14. Una vez más, el tema de la Epístola se interrumpe para dirigir una exhortación práctica a sus destinatarios. El autor inspirado habría deseado abordar con más detalle el tema del sacerdocio, pero el estado espiritual de los hebreos se lo impidió.
Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde su conversión, deberían haber sido cristianos maduros. Pero se habían vuelto perezosos a la hora de escuchar. Esto había provocado un estancamiento espiritual. Ahora era necesario volver a proporcionarles un alimento espiritual muy sencillo. Como niños pequeños en la fe, carecían de experiencia y tampoco tenían discernimiento espiritual, una característica que distingue a los adultos espirituales.
7 - Hebreos 6
7.1 - La causa del declive espiritual
Versículos 1-3. La razón de esta falta de crecimiento espiritual se encuentra en los primeros versículos del capítulo 6: para muchos hebreos, el judaísmo, con sus formas y costumbres religiosas, seguía ocupando –o volvía a ocupar– un lugar importante. Su apego a su religión tradicional constituía un obstáculo para su fe.
Nosotros también podemos volvernos indiferentes a escuchar, sobre todo cuando nuestros corazones están llenos de todo tipo de pensamientos religiosos. Solo hay verdadero crecimiento espiritual cuando hemos comprendido que el verdadero cristianismo es un asunto celestial. Tenemos un Señor glorificado en los cielos que nos exhorta: «Buscad las cosas de arriba» y «Pensad en las cosas de arriba» (Col. 3:1-2). Pero en cuanto convertimos el cristianismo en una religión terrenal con objetivos terrenales, nuestro crecimiento espiritual se estanca.
7.2 - El pecado de apostasía (retorno al judaísmo)
Versículos 4-8. Las exhortaciones que siguen son muy serias. Muchos cristianos creyentes se han sentido turbados por estas palabras y han llegado a la conclusión de que un hijo de Dios podría, en determinadas circunstancias, perder de nuevo su salvación.
Es importante situar estos versículos en su contexto. Estas exhortaciones se dirigen a los hebreos, entre los cuales algunos solo habían adoptado una profesión de fe cristiana, pero no llevaban una vida conforme a Dios. Bajo la presión de las circunstancias, se planteaban abandonar el cristianismo y volver al judaísmo.
El autor se refiere a estas personas como aquellas que en otro tiempo fueron iluminadas. (¡Ellas no estaban convertidas!). Al profesar su fe en el cristianismo, obtuvieron ciertos privilegios (v. 4-5). El don celestial es Cristo, venido de Dios. Aprendieron a conocerlo, pero no lo recibieron personalmente. «Fueron hechos partícipes del Espíritu Santo» significa que se beneficiaron de las bendiciones de su presencia en la tierra, pero que no las recibieron personalmente.
El retorno al judaísmo se califica de apostasía. Quien abandona el cristianismo renuncia al único camino de salvación que Dios ofrece a los hombres. Quien se vuelve hacia el judaísmo se pone del lado de aquellos que crucificaron al Hijo de Dios. Dios considera que ellos mismos han participado en ese acto.
7.3 - Consuelo y ánimo
Versículos 9-20. El autor se dirige ahora de nuevo a aquellos, entre los hebreos, que estaban verdaderamente salvados. Los describe como «amados» y a continuación enumera algunos elementos que, en ellos, podían considerarse pruebas de su salvación. En primer lugar, el amor, que se había manifestado en el servicio prestado a los creyentes. Luego, la esperanza. Esta se basa en las promesas de Dios. Como el cumplimiento de estas promesas a veces se hace esperar –como la venida del Señor para nuestro arrebato–, existe el riesgo de que nuestra esperanza se debilite. De ahí la exhortación a mostrar diligencia para mantener viva esa esperanza. Y, por último, la fe, esa confianza en Dios que, incluso en los momentos difíciles, se apoya en Él y en su Palabra.
Abraham está presentado a los hebreos, que conocían bien el Antiguo Testamento, como un ejemplo alentador. Había recibido una promesa de Dios, ¡pero cuánto tiempo tuvo que esperar a que se cumpliera!
Para los hebreos, al igual que para nosotros, la meta parece a veces muy lejana. Entonces surge espontáneamente la pregunta: ¿la alcanzaremos realmente? A este respecto, encontramos en nuestros versículos 3 promesas de Dios:
- Su promesa: dijo que nos llevaría hasta Él.
- Su juramento: juró a Abraham que cumpliría su palabra. Dios no puede mentir.
- Cristo, nuestro precursor, ya está en la presencia de Dios. Es como un ancla segura y firme a la que podemos aferrarnos.
8 - Hebreos 7
8.1 - Melquisedec (Cristo) es mayor que Abraham
Versículos 1-10. Tras las exhortaciones intercaladas (Hebr. 5:11 al 6:20), el autor retoma el hilo de su relato y nos revela quién es Melquisedec. El Antiguo Testamento nos dice muy poco sobre él (Gén. 14; 17-20). Se encontró con Abraham en la época en que este regresaba victorioso de la batalla contra el rey Kedor-Laomer y sus aliados. Melquisedec era un rey-sacerdote. Como tal, es una prefiguración de Cristo como rey y sacerdote. El versículo 3 no significa que Melquisedec no tuviera padres ni que no muriera. Ambas cosas se aplicaban a él, pero la Biblia no las menciona para no empañar la imagen que este hombre debe transmitir del Hijo de Dios. Cristo, el Hijo de Dios, no tiene principio y, como hombre glorificado en los cielos, tampoco tiene fin. Tal es nuestro Sumo Sacerdote eterno.
Melquisedec es mayor que Abraham porque:
- Abraham entregó a Melquisedec el diezmo del botín.
- Los levitas habían recibido, es cierto, el sacerdocio y el derecho a recaudar el diezmo del pueblo. Pero como eran, en su calidad de descendientes de Abraham, directamente vinculados a él, también ellos se encontraban por debajo de Melquisedec.
- Abraham fue bendecido por el sacerdote de Salem. El menor es bendecido por el mayor.
- Como no se menciona nada sobre la muerte de Melquisedec, este parece estar vivo, a diferencia de los levitas, que morían y debían ser sustituidos constantemente por sucesores.
Todo este razonamiento tiene como objetivo mostrar a los cristianos de origen judío lo mejor que hay en el sacerdocio de Cristo.
8.2 - El sacerdocio del Señor Jesús es superior al sacerdocio levítico
Versículos 11-17. Los versículos 4 al 10 tenían como objetivo poner de relieve la superioridad de Melquisedec. A partir del versículo 11, se comparan 2 órdenes sacerdotales: el orden levítico, es decir, el de Aarón, y el orden de Melquisedec.
El sacerdocio levítico no podía ser perfecto, pues estaba vinculado a la Ley del Sinaí. Esta Ley era, sin duda, justa y buena, pero solo podía exigir la perfección del hombre, sin darle los medios para alcanzarla. Por lo tanto, un sacerdocio mejor no podía basarse en ningún caso en la Ley del Sinaí. La ley relativa al sacerdocio debía modificarse para que Cristo, que era de la tribu de Judá, pudiera llegar a ser sacerdote.
Cristo no llegó a ser sacerdote durante su vida. Como judío, tampoco habría podido serlo. Porque no era de la tribu de Levi.
El Señor solo es sacerdote desde que cumplió la obra de la redención, resucitó victoriosamente y regresó al cielo. Es un Sumo Sacerdote diferente, es decir, por naturaleza, totalmente distinto de Aarón y de sus descendientes. Es a semejanza de Melquisedec. Su sacerdocio no se estableció según la ley de un mandamiento carnal, sino por el poder de una vida imperecedera. Por eso Cristo es Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Se trata de otra categoría de sacerdocio:
- Espiritual más que carnal.
- Celestial más que terrenal.
- Eterno más que temporal.
8.3 - El sacerdocio del Señor Jesús se basa en el juramento solemne de Dios
Versículos 18-28. La Ley, y por ende el sacerdocio levítico que se derivaba de ella, han sido abolidos, «porque la ley no perfeccionó nada». Bajo la Ley, nadie podía acercarse verdaderamente a Dios. Fue entonces cuando se introdujo el cristianismo. En el versículo 19 se le califica de «mejor esperanza», pues se basa en la gracia y en las promesas inmutables de Dios. En el cristianismo, todo creyente puede acercarse libremente a Dios por medio de Cristo (por ejemplo, Efe. 2:18). El acceso a Dios le está abierto.
Los descendientes de Leví se convirtieron en sacerdotes según las prescripciones de Dios. Cristo, por su parte, se convirtió en sacerdote para siempre mediante un juramento de Dios. El sacerdocio levítico estaba vinculado a la Ley. El Señor Jesús se ha convertido en garante de un pacto mejor, a saber, el nuevo. En el sacerdocio levítico, la muerte del Sumo Sacerdote siempre iba seguida del sacerdocio de otro. Pero Cristo, a quien la muerte ya no puede alcanzar, ha recibido un sacerdocio inmutable. Solo hay un único Sacerdote que permanece para eternidad. Esta maravillosa persona puede salvarnos por completo, es decir, es la garantía de que cada redimido alcanzará, sin duda alguna, la meta.
Los versículos 26 al 28 muestran hasta qué punto Cristo es capaz de ejercer su ministerio sacerdotal. En el versículo 10 del capítulo 2, leímos que un Sumo Sacerdote así era del agrado de Dios. Solo él, y nadie más, podía satisfacer a Dios. Aquí vemos que era el adecuado para nosotros. Si pensamos en lo que somos, con toda nuestra debilidad, nadie más que él puede sernos realmente útil.
9 - Hebreos 8
9.1 - El Señor Jesús, mediador de un nuevo pacto
Versículos 1-13. Lo dicho hasta ahora se resume aquí con estas palabras: «Tenemos un tal Sumo Sacerdote». Él se ha sentado, pues ha cumplido la obra de la expiación en la cruz. Su lugar está a la diestra del trono. No hay lugar más elevado que ese. A continuación, se habla de su servicio en el santuario. Ya no se trata de un ministerio para nosotros, sino de la ofrenda de dones. ¿Qué presenta Cristo en el santuario celestial? Son los sacrificios de alabanza de los redimidos (Hebr. 13:15). ¿No es acaso un pensamiento maravilloso?: no solo Cristo nos conduce a la adoración, sino que también presenta nuestra débil adoración a Dios de una manera que le es agradable.
Desde el versículo 7 hasta el final del capítulo, se habla de un nuevo pacto que Cristo establecerá en lugar del pacto del Sinaí. En el Sinaí, Dios celebró un pacto con el pueblo, pero Israel incumplió por completo sus obligaciones. La nueva alianza se establece para la casa de Israel, y Cristo ocupa el lugar del hombre. La nueva alianza hunde sus raíces en el Gólgota, donde Él satisfizo todas las exigencias de un Dios santo.
La nueva alianza no se ha celebrado con nosotros, los cristianos. Pero ya podemos disfrutar de sus beneficios. ¿Cuáles son las promesas de esta nueva alianza?:
- Todo se basa en la gracia de Dios.
- Se produce un cambio de corazón.
- El resultado será una relación sin nubes entre Dios y su pueblo, cuando les perdone todos sus pecados gracias al sacrificio del Redentor.
- El nuevo pacto conducirá a un conocimiento profundo de Dios (v. 11).
10 - Hebreos 9
10.1 - El Señor Jesús en el santuario celestial
Versículos 1-10. La verdadera adoración cristiana, que debe ofrecerse bajo la dirección de Cristo, el Sumo Sacerdote, requiere también un lugar adecuado: un nuevo santuario. Este nos está presentado, junto con el nuevo sacrificio, el del Señor Jesús, en los capítulos 9 y 10.
En primer lugar, se hace referencia al santuario terrenal y a sus ofrendas materiales. En los 5 primeros versículos, el autor recuerda brevemente cómo era el tabernáculo en el desierto. A partir del versículo 6, describe el ministerio sacerdotal que allí se ejercía. La gran particularidad de este ministerio era que los sacerdotes podían, sin duda, entrar en el santuario, pero nunca en el Lugar Santísimo –en la presencia inmediata de Dios. Solo una vez al año, el Sumo Sacerdote estaba autorizado a entrar en el Lugar Santísimo, y no sin la sangre de un sacrificio por el pecado que debía ofrecerse por él y por el pueblo.
A partir del versículo 8, se establece una analogía con la época en la que se redactó la Epístola. Mientras se seguía practicando el culto judío, el acceso a Dios permanecía cerrado, pues los sacrificios de animales no podían dar una conciencia pura a quien los ofrecía. No podían situarlo en la posición de quien puede cantar este hermoso cántico: “Su sangre ha borrado todos, todos mis pecados”. Solo quien cree en el sacrificio del Señor Jesús puede cantar así. Fue Dios mismo quien atestiguó, al rasgar el velo del santuario, que, desde la cruz, había puesto fin al culto judío.
10.2 - El Señor Jesús, el sacrificio perfecto
Versículos 11-22. Este párrafo comienza ahora con Cristo, el Sumo Sacerdote del nuevo orden. ¡Cuánto mejor y más grande es él, y lo que ha hecho, en comparación con lo que tenía lugar antiguamente en el gran día de la expiación! Cristo no entró en un santuario material, sino en el santuario celestial. No se presentó ante Dios con la sangre de ningún animal ofrecido en sacrificio, sino que vino por su propia sangre, pues es a la vez Sumo Sacerdote y víctima. Lo hizo una sola vez. Bajo el antiguo pacto, esto debía repetirse cada año, pues la purificación era solo temporal. Pero Cristo ha obtenido una redención eterna. Su sacrificio expiatorio nunca necesitará repetirse. Al perfeccionar y purificar la conciencia de los creyentes, estos se vuelven dignos de servir al Dios vivo y de adorarle.
Para que pudieran inaugurarse el nuevo pacto y sus bendiciones, era necesario que el Señor Jesús muriera. La muerte en la cruz de nuestro Salvador es el precio extremadamente elevado que hubo que pagar para hacernos dignos de la presencia de Dios y convertirnos en verdaderos adoradores. ¡No lo olvidemos nunca!
Los versículos 18 al 22 indican que la sangre ya desempeñaba un papel importante en la inauguración del pacto en el Sinaí. De hecho, sin derramamiento de sangre no hay perdón.
10.3 - El mejor sacrificio del nuevo pacto y sus consecuencias para nosotros
Versículos 23-28. Al igual que el santuario material fue purificado en su día, también el cielo será purificado por el sacrificio de Cristo. ¿Es realmente necesaria tal purificación? Sí, porque Satanás y sus demonios siguen teniendo acceso a los lugares celestiales en la actualidad (Job 1:6; 2:1; Efe. 6:12; Apoc. 12:7-8). Eso es lo que los ha contaminado.
Cristo se presenta ahora ante Dios por nosotros como hombre. Se presenta allí por nosotros como nuestro Sumo Sacerdote y nuestro Abogado. El sacrificio que realizó en la cruz del Gólgota es único. Nunca será necesario repetirlo, y sus sufrimientos están definitivamente terminados. Cuando Cristo vino a la tierra «en la consumación de los siglos», es decir, cuando Dios puso fin a los períodos de prueba de la humanidad, que habían resultado totalmente infructuosos, se presentó para abolir el pecado. Esto abarca no solo la expiación de los pecados, sino también el juicio del pecado, es decir, la raíz de todo mal. La abolición del pecado implica asimismo la eliminación de todas sus consecuencias. Así, Cristo es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Cuando Cristo regrese, se manifestará sin pecado y como salvación para aquellos cuyos pecados llevó en su día. En su segunda venida, ya no tendrá nada que ver con el pecado. Zanjó esta cuestión una vez por todas en su primera venida, mediante su muerte en la cruz. Para todos aquellos que le pertenecen, su segunda venida significa la salvación definitiva.
11 - Hebreos 10
11.1 - La conciencia purificada
Versículos 1-10. El hombre es, por naturaleza, un pecador que merece la condenación de Dios. ¿Cómo puede obtener una conciencia perfecta y purificada para poder entrar sin temor en su santa presencia? Debe ser hecho digno mediante un sacrificio perfecto. Los sacrificios del antiguo pacto no liberaban a ningún israelita de sus pecados. A lo sumo, solo obtenía un perdón temporal. Gracias a esos sacrificios, Dios daba muestras de paciencia (Rom. 3:25-26). En realidad, esos sacrificios solo servían para recordar el pecado. Su sangre no podía expiar ningún pecado. Por eso se ofrecían esos sacrificios continuamente.
Pero cuando Cristo vino al mundo como hombre, todo cambió radicalmente. Dios le preparó un cuerpo humano. En ese cuerpo, como verdadero hombre, pero sin pecado, glorificó a Dios por encima de todo. Él fue el cumplimiento de todas las ofrendas presentadas en el Antiguo Testamento. Pero la voluntad de Dios iba aún más allá. Exigía la muerte de su Hijo. Cristo también estaba dispuesto a ello. Entregó su cuerpo santo a la muerte. Murió en sacrificio y se convirtió así, a la vez, en el verdadero holocausto, en el sacrificio de prosperidad, en el sacrificio por el pecado y en el sacrificio por la culpa.
Gracias a este sacrificio completo, ofrecido una vez por todas por Jesucristo, los creyentes son santificados, es decir, apartados para Dios, para rendirle un verdadero culto. Esta santificación, esta liberación total de todo lo que es incompatible con la presencia de Dios, se basa única y exclusivamente en el sacrificio del Señor Jesús.
11.2 - Cristo y su obra única
Versículos 11-18. Con el fin de subrayar el carácter único y la grandeza del Señor Jesús y de su sacrificio, se establecen de nuevo comparaciones con el culto del Antiguo Testamento. Los sacerdotes levíticos permanecían allí cada día para cumplir con su servicio. Como esos sacrificios no podían quitar los pecados, el servicio de esos sacerdotes nunca cesaba. Nunca podían sentarse. No había ni un solo asiento en el tabernáculo.
Pero Cristo, tras ofrecerse él mismo en sacrificio, una vez por todas por nuestros pecados, pudo, tras su resurrección y ascensión, sentarse para siempre a la diestra de Dios. Todo había sido cumplido, para no volver a repetirse jamás. Su muerte fue, además, una victoria rotunda sobre el pecado, el mundo, la muerte y el diablo. Por eso recibió el lugar más elevado, el lugar de honor a la diestra de Dios.
El sacrificio del Señor Jesús «perfeccionó para siempre» a los creyentes, es decir, les permite, en su calidad de sacerdotes, permanecer en la presencia de Dios y rendirle la adoración que le es debida.
Tras haber mencionado primero en este capítulo la voluntad de Dios y, a continuación, la obra de Cristo, tenemos, a partir del versículo 15, el testimonio del Espíritu Santo. Este viene a subrayar y poner de relieve lo dicho anteriormente. Dado que el sacrificio del Señor Jesús es plenamente válido y ha satisfecho todas las exigencias de Dios, él también puede perdonar por completo los pecados de los creyentes. Dios nunca más se acordará de ellos. Este perdón es definitivo, de modo que nunca más será necesario ningún otro sacrificio por el pecado. ¡Qué maravilla!
11.3 - El santuario abierto
Versículos 19-22. Gracias al sacrificio del Señor Jesús, el cristiano creyente es capaz de entrar en el Lugar Santísimo. El camino está abierto y preparado. Entremos en él confiando plenamente en la obra realizada por nuestro Salvador. Esta seguridad de la fe es la condición indispensable para que nos sintamos verdaderamente como en casa en la presencia de Dios y nos regocijemos ante él.
El versículo 22b cobra todo su sentido si tenemos en cuenta que, a nosotros, los creyentes, se nos considera aquí como una familia sacerdotal. En la consagración de los sacerdotes que se presenta en Éxodo 29, también encontramos la sangre y el agua (v. 20-21, 4). La sangre de Cristo, derramada sobre nuestros corazones, conduce a una conciencia purificada. El lavado completo del sacerdote hace referencia a la purificación mediante el agua de la Palabra de Dios (Juan 13:10).
11.4 - El camino y sus peligros
Versículos 23-31. Nosotros, los cristianos, tenemos una esperanza maravillosa, pero corremos constantemente el riesgo de dejarnos influir por lo que nos rodea y de apartarnos del Señor. Sin embargo, no estamos abandonados a nuestra suerte. Otros creyentes siguen el mismo camino. ¡Ayudémonos y animémonos unos a otros! ¡El Señor volverá pronto!
Los versículos 26 al 31 son muy solemnes y se dirigen a aquellos que están a punto de abandonar el cristianismo. «Pecar voluntariamente» significa aquí apartarse de la fe cristiana. La salvación y la redención solo se encuentran en el Señor Jesús (Hec. 4:12). Quien lo sabe y, sin embargo, le da la espalda, ofende (insulta) al Espíritu de gracia y pisotea al Hijo de Dios y su sangre, tendrá que sufrir el juicio de Dios.
11.5 - Ánimo para perseverar
Versículos 32-39. El autor recuerda a los hebreos desanimados su conversión y lo que vino después. Fue un período difícil, marcado por los sufrimientos y las persecuciones. Los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles nos dan una idea de cómo los cristianos de origen judío de la época eran perseguidos por sus compatriotas. En aquellos tiempos sombríos, habían cuidado de los prisioneros y habían aceptado con gozo la privación de sus bienes. Sabían que poseían bienes mejores y más duraderos que los bienes terrenales. Conocían al Señor Jesús, que los había amado hasta la muerte, que se había ofrecido en sacrificio por sus pecados y gracias al cual tenían ahora libre acceso a Dios.
Sin embargo, los destinatarios de esta Epístola corrían entonces el riesgo de abandonar su confianza en Dios. De ahí este estímulo para perseverar y vivir por la fe. El momento en que el que ha de venir lo haga sin demora está muy cerca. Si ya en aquella época se decía: «Dentro de muy poco tiempo», ¡cuánto más cerca debe de estar hoy el momento de la venida de nuestro Señor! Pero hasta ese momento, la confianza en Dios debe ser la motivación y la fuerza motriz de nuestra vida como creyentes. «El justo vivirá por fe».
Los que se apartan son aquellos que solo profesan el cristianismo exteriormente, sin tener una fe verdadera en Cristo en lo más profundo de su corazón. No tienen ni la motivación ni la fuerza para vivir como cristianos en los momentos difíciles. Apartarse significa para ellos la perdición, pues no creen «para salvación del alma».
12 - Hebreos 11
12.1 - El camino de la fe: introducción
Versículos 1-3. El capítulo 11 de nuestra Epístola ilustra la cita del profeta Habacuc que hemos visto en el párrafo anterior: «El justo vivirá por fe». No se trata aquí de la fe en Dios (por ejemplo, en su existencia), sino de creer en Dios, es decir, de creer todo lo que él dice en su Palabra.
El versículo 1 no es una definición de la fe, sino una descripción de sus efectos. Al apoyarnos en lo que Dios dice, encontramos paz interior y firmeza ante aquello que esperamos y que aún no es visible.
Antes de presentarnos a diferentes hombres de Dios y lo que lograron por la fe, el versículo 3 se dirige a nosotros. Solo al creer en el relato bíblico de la Creación que podemos comprender cómo surgió todo lo visible que nos rodea. Sí, Dios «dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Sal. 33:9)
12.2 - La fe que se acerca a Dios
Versículos 4-7. Abel tomó conciencia de que era pecador y comprendió que solo podía acercarse a Dios mediante un sacrificio sustitutivo. Dios aceptó ese sacrificio, pues hablaba del Señor Jesús, y declaró justo a Abel.
Si vemos en Abel el primer paso de la fe –la confianza en el sacrificio ofrecido–, entonces vemos en Enoc la vida de fe en comunión con Dios. Este camino que agradaba a Dios culminó con el arrebato de Enoc.
Noé creyó en la Palabra de Dios acerca del juicio anunciado por el diluvio. Construyó un arca para la salvación de su familia. La construcción de esa embarcación fue, al mismo tiempo, un claro testimonio ante el mundo.
12.3 - La fe que se apodera del mundo venidero
Versículos 8-22. Este capítulo dedica más espacio a Abraham, el padre de los creyentes, que a los demás hombres y mujeres de fe.
Lo primero que vemos en él es la obediencia, que sigue siendo hoy en día el fruto de la fe en la Palabra de Dios. Dios lo llamó, y él se puso en camino con confianza por el camino que solo Dios conocía. Tomó al Todopoderoso en serio y no se sintió decepcionado.
Pero el país al que llegó seguía siendo la Tierra prometida. Una vez más, hacía falta fe para vivir en Canaán como extranjero y peregrino. ¿Qué permitió a Abraham llevar una vida así? La espera, basada en la fe, de una ciudad celestial que Dios mismo edifica. Tenía la mirada puesta en el mundo venidero.
Cuando le anunciaron el nacimiento de Isaac, Sara mostró al principio incredulidad. Pero cuando Dios le respondió: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Gén. 18:14), su fe acabó imponiéndose a sus dudas. –La respuesta de Dios a la fe de Abraham y Sara, que, según la naturaleza, eran demasiado mayores para tener un hijo, no se limitó al nacimiento de Isaac, sino que se tradujo en una descendencia innumerable.
Los versículos 13 al 16 constituyen un paréntesis en el que Dios destaca la fe de Abraham, Sara, Isaac y Jacob. Como se aferraron a las promesas que se les habían hecho, aunque no las recibieran ellos, y vivían como extranjeros mientras buscaban, por la fe, una patria mejor, es decir, una celestial, por lo tanto, Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios.
¡Qué prueba tan difícil supuso para la fe de Abraham cuando Dios le pidió que ofreciera a Isaac, el hijo de la promesa! Pero hizo lo que se le había pedido y se dirigió con Isaac a Moria. Su fe llegaba tan lejos que pensaba que Dios le devolvería a su hijo, portador de las promesas, de entre los muertos. Esa fe resplandeció aún más si se tiene en cuenta que, hasta entonces, nunca había habido una resurrección de entre los muertos. Más tarde, esto ocurrió tanto en la época del Antiguo como en el Nuevo Testamento.
A primera vista, al leer Génesis 27, puede resultar difícil percibir algún tipo de fe en Isaac. Pero sí que fue fe cuando dijo, tras darse cuenta de su propio error: «Yo le bendije (Jacob), y será bendito» (v. 33).
La vida de Jacob fue muy agitada, pues actuaba sin cesar según su propia voluntad. Sin embargo, desde su juventud, las promesas de Dios significaban mucho para él. Cuando por fin encontró la paz en Dios al final de su vida, su fe brilló con fuerza, y murió como un adorador.
Cuando los hermanos de José partieron con su padre hacia Egipto para escapar de la hambruna, existía el riesgo de que sus descendientes se establecieran definitivamente en Egipto. Pero la fe de José se mantuvo inquebrantable: estaba convencido de que los descendientes de Jacob volverían algún día a la Tierra prometida. Por eso dio la orden de conservar su cuerpo embalsamado hasta ese momento, para luego llevárselo con ellos y enterrarlo en Canaán.
12.4 - La fe que triunfa sobre el mundo actual
Versículos 23-40. Los momentos difíciles en la vida de los creyentes suelen ser una ocasión para poner de relieve de manera especial su fe. Así ocurrió en el momento del nacimiento de Moisés. El impío Faraón había ordenado matar a todos los recién nacidos varones entre los israelitas. La fe de Amram y Jocabed les permitió encontrar una forma de salvar la vida de Moisés.
El propio Moisés, una vez adulto, demostró esa confianza en Dios y en su Palabra. Fue por la fe que tomó una opción decisiva, que se puso del lado del pueblo de Dios oprimido y que rechazó la tentadora oferta del mundo. Su fe estaba puesta en el futuro, en la recompensa. No quería ganar el mundo, sino a Cristo. Su fe también se manifestó durante la salida de Egipto, en la celebración de la Pascua –cuya sangre protegía a los israelitas del ángel destructor– y durante el cruce del mar Rojo.
Cuando, 40 años más tarde, el pueblo se disponía a entrar en la Tierra prometida, tuvo que superar un primer obstáculo de gran envergadura: la ciudad bien fortificada de Jericó. Ahora bien, podemos leer: «Por la fe los muros de Jericó cayeron», pues Josué y el pueblo creyeron en la Palabra de Dios y la cumplieron al pie de la letra.
Rahab, una mujer de Jericó que había acogido a los espías israelitas no pereció junto a los incrédulos durante la caída de Jericó. ¿Por qué? Porque había creído en Dios, que había prometido Canaán a su pueblo de Israel, y porque había depositado personalmente su confianza en ese Dios.
Sin entrar en detalles, el texto menciona, además, a partir del versículo 32, a algunos hombres de fe y enumera sus hazañas: algunos jueces, David, el futuro rey, y Samuel, el último juez y el primero de una larga estirpe de profetas (Hec. 13:20).
En los versículos 33 al 35a, encontramos ejemplos de los resultados extraordinarios de la fe:
- Hechos notables.
- Liberaciones en situaciones extremas.
- Un fortalecimiento personal gracias a la fuerza de la fe.
Desde el versículo 35b hasta el versículo 38, descubrimos una faceta totalmente diferente de la fe. Se habla de aquellos que tuvieron que soportar sufrimientos indescriptibles, pero que encontraron en la fe la fuerza para mantenerse firmes hasta el final. Aún hoy, Dios guía a unos de una manera y a otros de otra. Pero, en todos los casos, la fe debe traducirse en hechos.
¿Qué es ese «algo mejor» que Dios ha previsto para nosotros? Es lo que poseemos en Cristo y por su obra, por ejemplo, las bendiciones celestiales, una relación filial con Dios, nuestro Padre, una morada en la gloria. Los creyentes del Antiguo Testamento alcanzarán «la perfección» junto a nosotros. Esto tendrá lugar cuando el Señor venga a por los suyos. Entonces, todos aquellos que hayan muerto en la fe resucitarán y serán arrebatados junto con los creyentes vivos que habrán sido transformados. Por eso, en el Apocalipsis, tras el arrebato, los creyentes del Antiguo Testamento y los del período de la gracia aparecen juntos entre los 24 ancianos, como santos celestiales.
13 - Hebreos 12
13.1 - Exhortación a la perseverancia
Versículos 1-11. Estos numerosos testigos de la fe deben animarnos a seguir nosotros mismos con determinación el camino de la fe. Se nos considera corredores que se deshacen de toda carga innecesaria y de evitar todo obstáculo para completar con éxito esta carrera de fondo, con la mirada fija en la línea de meta. Las cargas abarcan todo aquello que entorpece nuestro avance. El pecado que tan fácilmente nos envuelve es, en la Epístola a los Hebreos, la incredulidad, a la que sucumbieron muchos israelitas y que, por lo tanto, les impidió alcanzar la meta.
La meta es una persona: Cristo, que ya ha completado su carrera de fe como vencedor. Su camino le llevó a atravesar numerosas pruebas. Sí, incluso tuvo que soportar la muerte en la cruz, pero nada pudo detenerlo ni apartarlo del camino de la fe.
Lo que vivieron los hebreos no es, de ninguna manera, comparable con lo que soportó el Señor Jesús.
Pero las circunstancias en las que se encontraban formaban parte de los medios mediante los cuales Dios forma a los suyos. La disciplina no es motivo de gozo, pero nos demuestra que nos ama como a sus hijos. A través de la educación que nos imparte en su escuela y de su disciplina, Dios sigue un objetivo con nosotros: debemos parecernos más a él, participar de su santidad y crecer espiritualmente. Del mismo modo que es imposible criar a nuestros propios hijos sin educación ni disciplina, estos elementos son igualmente indispensables en la familia de Dios. No tomemos a la ligera ni con indiferencia estos caminos de Dios, y no nos desanimemos pensando que Dios está en contra nuestra.
13.2 - Ánimos y advertencias
Versículos 12-17. Los cristianos fieles no están solos. Recorren el camino de la fe junto a otros. Pero esos otros, al igual que ellos, no son perfectos. Por eso debemos ayudarnos unos a otros, para que nadie quede abandonado, se desvíe o sufra algún perjuicio. ¡Animemos, pues, a los desanimados a seguir su camino por la senda recta, conforme a las Escrituras! Buscar la paz es mucho más que evitar discusiones y disputas. Se trata de dejar que actúe el espíritu de mansedumbre de nuestro Señor, de no insistir en los propios derechos, sino más bien de contribuir a la paz. Pero debemos perseguir igualmente la santidad, pues no puede haber comunión con Dios si descuidamos el temor de Dios en nuestra vida y si no condenamos el mal, la injusticia, la infidelidad y la impureza.
Nuestra conversión, nuestra perseverancia en el camino y el alcanzar la meta: todo ello se lo debemos a la gracia de Dios. Carecer de esta gracia es perder la sensibilidad hacia ella. Entonces surgen suficientes experiencias capaces de hacer germinar en el corazón una raíz de amargura que, de repente, estalla a la luz del día y se vuelve perceptible, audible y visible para los demás.
Esaú era un impío, es decir, un incrédulo que habría recibido de buen grado la bendición de Dios. Pero solo vivía para lo visible, vendió su primogenitura por un plato de lentejas y no estaba dispuesto a arrepentirse ante Dios. Finalmente fue rechazado. ¡Es una seria advertencia para todos aquellos que profesan la fe cristiana, pero que no tienen la vida divina!
13.3 - La santidad de Dios
Versículos 18-29. Los antepasados de estos hebreos a quienes va dirigida la Epístola fueron testigos del establecimiento del pacto en el Sinaí. Todo lo relacionado con la Ley inspiraba temor, pues se trataba de la santidad de Dios. El monte de Sion evoca la era actual de la gracia, que reviste un carácter totalmente diferente. La realidad del cristianismo es de naturaleza celestial y, a partir de ahora, solo puede comprenderse mediante la fe: la Jerusalén celestial representa simbólicamente a los santos celestiales y su morada. Los ángeles son testigos de todo lo que Dios ha hecho. La asamblea de los primogénitos se refiere a los creyentes de hoy. Dios, el Juez, es la instancia suprema, aquel que juzga todas las cosas. Entre los espíritus de los justos consumados, debemos ver a los creyentes del Antiguo Testamento que ya han alcanzado la meta. El Señor Jesús es el mediador entre nosotros y Dios, y su sangre es el fundamento de todas nuestras bendiciones.
Dios nos ha hablado a través de su Palabra y mediante el envío de su Hijo. ¡No cerremos nuestros oídos a su voz! Él hablará al comienzo del reino milenario y al final de este mediante grandes trastornos. Pero para nosotros, los creyentes de la era de la gracia, ya no habrá ningún cambio tras el arrebato (v. 28). ¡Cómo no va a animarnos todo esto a vivir una vida en el temor de Dios! Nuestro Dios es un fuego consumidor. Esto no solo se aplica a los incrédulos, sino también a nosotros. Su fuego, ciertamente, no nos consume a nosotros, pero consume todo aquello en nuestra vida que no le agrada.
14 - Hebreos 13
14.1 - Exhortaciones prácticas
Versículos 1-7. Este capítulo comienza con algunas exhortaciones que también nos resultan útiles.
Que el amor fraternal permanezca. Si en nuestros hermanos y hermanas en la fe solo vemos sus defectos y debilidades, el amor que les manifestamos corre el riesgo de enfriarse fácilmente. Pensemos, pues, más en el hecho de que ese hermano o esa hermana ha sido salvado(a) al mismo precio que nosotros, y que él o ella pertenece, al igual que nosotros, a la familia de Dios. Esto reavivará el amor fraternal.
Practicar la hospitalidad es poner en práctica el amor fraternal. Lo mismo ocurre con las visitas a quienes se encuentran debilitados o en la necesidad. Ahí es donde podemos manifestar nuestra compasión.
Aunque el matrimonio ya no sea respetado en el mundo, los creyentes deben, no obstante, honrarlo y permanecer fieles a su cónyuge. Los criterios de Dios respecto a la fornicación no han cambiado. Él ve lo que ocurre en secreto y juzgará cada uno de esos pecados.
La avaricia está, sin duda, arraigada en el corazón de cada hombre. Pero velemos porque esta planta repugnante no empiece a crecer. Esto ocurre con mucha facilidad cuando ya no estamos satisfechos con lo que Dios nos ha destinado. En lugar de poner nuestra confianza en los bienes materiales, se nos anima a apoyarnos totalmente en el Señor.
Los conductores que nos han anunciado la Palabra deben permanecer en nuestra memoria como modelos. No debemos imitarlos a ellos, sino imitar su fe, si han vivido toda su vida en el temor de Dios.
14.2 - Es fuera del campamento donde podemos acercarnos a Dios
Versículos 8-16. ¡El versículo 8 es un gran estímulo! Los líderes que nos han anunciado la Palabra de Dios y nos han dejado el ejemplo de una vida de fe han sido llamados a Dios pasando por la muerte. Pero Jesucristo permanece. Lo que él era ayer, lo sigue siendo hoy para nosotros. Por eso nunca debemos apoyarnos en los hombres, sino únicamente en él.
El altar habla del camino por el que un hombre puede acercarse a Dios y rendirle culto. El versículo 10 hace referencia al camino cristiano por el que podemos acercarnos a Dios y contiene una alusión a la Mesa del Señor. Solo aquellos que ya no sirven el tabernáculo y permanecen fuera del campamento, es decir, los que se separan claramente del judaísmo, pueden participar en la Mesa del Señor. En la práctica, se trata de separarnos de toda forma de institución humana dentro del cristianismo. Si realmente queremos estar en comunión con el Señor, debemos salir a su encuentro, a él que en su día sufrió y murió fuera de Jerusalén como verdadero sacrificio por el pecado.
Reunidos en la Mesa del Señor, cada domingo podemos adorar juntos al Padre y, por medio de Cristo, nuestro Señor, ofrecer a Dios nuestros sacrificios de alabanza, es decir, todo aquello que, en nuestros corazones, expresa nuestro aprecio, nuestra adoración y nuestro agradecimiento. El sacrificio material, destinado a ayudar a los necesitados o a sostener a los siervos del Señor que dedican todo su tiempo a la obra del Señor, está estrechamente vinculado al sacrificio de alabanza. Dios se regocija con estos 2 tipos de ofrendas.
14.3 - Conclusión: Obediencia – Oración – Paz
Versículos 17-25. Dios no ha dejado de enviar conductores a su pueblo, hombres a los que ha dotado de las capacidades necesarias para llevar a cabo tales tareas y que, con su conducta, se han ganado la confianza de los demás. Su ministerio no es fácil. No debemos hacerles la vida difícil, sino reconocerlos. Los siervos del Señor no son superhombres. Tienen sus límites, sus debilidades, sus pruebas. Por eso debemos orar por ellos, para que permanezcan, con humildad, en el camino de la fidelidad.
Al Señor resucitado se le llama aquí el Gran Pastor de las ovejas. En Juan 10:3-4, habla de sí mismo como el Pastor que saca a los suyos del redil judío y que va delante de ellos. Al acudir a él, los hebreos habían abandonado definitivamente el judaísmo. A partir de entonces, estaban por completo bajo su autoridad y su protección. Solo él podía perfeccionarlos en toda buena obra, para cumplir la voluntad de Dios. La Epístola concluye dirigiendo la mirada hacia Cristo, el Pastor, tal y como ya nos está presentado en el Salmo 23. «Brevemente» se refiere sin duda al tema de la Epístola.
Cuando se trata de describir la persona suprema del Señor Jesús y su sacrificio, aun una Epístola tan extensa se podría considerar como breve.