Índice general
Epístola a los Romanos
«Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree» (Rom. 1:16).
Autor: Marcel GRAF 7
Serie: Leer y comprender la Biblia
1 - Acerca de la Epístola a los Romanos
1.1 - Tema
La Epístola del apóstol Pablo a los Romanos ocupa el primer lugar entre todas las Epístolas del Nuevo Testamento. Hay una razón para ello: esta Epístola expone de manera detallada y sistemática el Evangelio de Dios, que se dirige a todos los hombres y ofrece a los creyentes la salvación eterna.
Tras una breve introducción, el apóstol muestra claramente, en los capítulos 1:18 al 5:11, que todo ser humano debe esperar el juicio divino a causa de sus pecados. Pero hay una salida: Dios declara que todo aquel que cree en el Señor Jesús y en su obra redentora es liberado de la culpa y declarado justo.
A continuación, los versículos 5:12 al 8:39 explican que el hombre es pecador por naturaleza. Está bajo el poder del pecado, que le empuja a pecar. Dios también ha aportado una solución a este problema. Quien cree en su Hijo Jesucristo está colocado en la posición de un justo, de modo que ya no hay condenación para él. Como ha muerto al pecado con Cristo, ya no necesita pecar. En el poder del Espíritu Santo que mora en él, puede llevar una vida que no está dominada por el pecado, sino que agrada a Dios.
Tras una digresión sobre los caminos de Dios hacia el pueblo de Israel (Rom. 9 - 11), el capítulo 12 marca el inicio de las exhortaciones relativas a la vida de fe. El redimido debe vivir ahora para la gloria de su Señor y servirle. Reconociendo la maravillosa salvación que ha experimentado, se pone por completo al servicio de Dios.
1.2 - Fecha de redacción
Aunque esta Epístola figura al principio de las Epístolas del Nuevo Testamento, no es la primera que escribió el apóstol Pablo. Antes de ella, ya había redactado las Epístolas a los Tesalonicenses y a los Corintios (y tal vez también la Epístola a los Gálatas).
El capítulo 15:25-28 contiene una indicación importante sobre la fecha de redacción de esta Epístola. Pablo escribe allí que se dirigía a Jerusalén para entregar allí una ofrenda de los creyentes de Acaya y Macedonia. Los apóstoles de Jerusalén le habían pedido que pensara en los hermanos y hermanas pobres de esa ciudad (Gál. 2:10). En su Primera Epístola, Pablo había animado a los corintios a cumplir este servicio de amor fraternal, y en su Segunda Epístola, volvió a tratar en detalle esta cuestión tan importante en la obra del Señor (1 Cor. 16:1-4; 2 Cor. 8 - 9). Durante su tercer viaje, se dirigió a Macedonia y Grecia, donde recibió las ofrendas y las llevó a Jerusalén (Hec. 20:1-3; 24:17).
Cuando Pablo escribió la Epístola a los Romanos, se disponía a emprender este viaje a Jerusalén. La mención de la sierva Febe, originaria de Cencrea, una de las 2 ciudades portuarias de Corinto (Rom. 16:1-2), y de Gayo (Rom. 16:23; 1 Cor. 1:14) indica que, en el momento de redactar la Epístola, se disponía a partir de Corinto hacia Jerusalén (en el año 57/58). En la Epístola, expresa el deseo de ir también a Roma y a España (Rom. 1:11-15; 15:23-24). Sin duda, esto nunca llegó a suceder. Cuando finalmente llegó a Roma unos años más tarde, era prisionero del emperador.
1.3 - Subdivisión
Capítulo 1:1-17: Introducción
Capítulos 1:18 al 5:11: El problema del pecado (las acciones culpables de los hombres)
Capítulos 5:12 al 8:39: La cuestión del pecado original (la condición pecadora del hombre)
Capítulos 9 al 11: Los caminos de Dios con Israel
Capítulos 12 al 16: La respuesta del creyente (parte práctica)
2 - Romanos 1
2.1 - Introducción
Versículos 1-7. La introducción, de una exhaustividad excepcional, anuncia desde el principio el tema central de toda la Epístola. Es el Evangelio de Dios, el mensaje fundamental de la salvación de Dios, lo que el apóstol presenta en esta Epístola.
Esta buena nueva para los hombres pecadores y perdidos proviene de Dios mismo. El Evangelio ya había sido anunciado en las Escrituras del Antiguo Testamento. ¿Cómo? Mediante el anuncio de la venida del Señor Jesús, que debía nacer en este mundo como hombre, como descendiente de David, para tomar sobre sí el juicio de Dios por nuestros pecados y morir en una cruz (Is. 7:14; 53).
Pero el Salvador anunciado en el Antiguo Testamento es también el Hijo de Dios. La prueba de su filiación divina se encuentra en su resurrección. Jesucristo es el centro de la buena nueva de la salvación. Somos salvos por su obra y por la fe en él.
Pablo se denomina a sí mismo tanto siervo como apóstol. Había recibido la gracia y la misión apostólica del Señor, a quien quería servir, para anunciar el Evangelio entre las naciones. Los destinatarios, a quienes quería anunciar el Evangelio en toda su amplitud mediante esta Epístola, ya habían aceptado este mensaje por la fe. Eran amados de Dios, santos llamados, que se reunían en Roma y formaban allí la iglesia local. Pero estos creyentes aún no conocían toda la amplitud de lo que habían comprendido por la fe. Por eso el apóstol les escribió esta Epístola.
2.2 - Pablo y los creyentes de Roma
Versículos 8-15. Al comienzo de su Epístola, Pablo daba gracias a Dios por los creyentes. En todo el mundo se hablaba de la fe de los cristianos de Roma. Pero eso no era para Pablo motivo para dejar de orar por ellos. No, los mencionaba sin cesar en sus oraciones y esperaba que Dios le diera la oportunidad de visitarlos para servirles. Sabía que tal visita sería una fuente de ánimo mutuo. Pero Dios se lo había impedido hasta ahora. Sin embargo, como el apóstol Pablo sentía la obligación de anunciar el Evangelio a las naciones y también a los cristianos de Roma, se lo transmitió en forma de esta Epístola.
No se trata de un mensaje personal, sino más bien de una exposición, de una presentación sistemática de la doctrina relativa al Evangelio.
Como Dios había impedido al apóstol de acudir allí en aquel momento y Pablo se había visto impulsado a escribir esta Epístola, innumerables personas en busca de respuestas han encontrado la paz con Dios al leerla. Nosotros también somos beneficiarios de los maravillosos designios de Dios.
NdT. V. 14: Los romanos llamaban «bárbaros» a todos los pueblos extranjeros que no compartían ni la cultura grecorromana ni su lengua (el latín o el griego).
2.3 - La justicia de Dios según el principio de la fe
Versículos 16-17. Estos versículos contienen la esencia misma del Evangelio. Es el poder de Dios el que transforma la vida de quienes lo aceptan con fe y son salvos. Pero el Evangelio revela también la justicia de Dios. En otro tiempo, Dios hizo recaer los pecados de todos los que creen en el Salvador sobre aquel que murió por nosotros, Jesucristo, y ejecutó sobre él su justo juicio. Ahora bien, Dios permanece fiel a sí mismo al justificar a quienes ponen su confianza en Jesucristo.
2.4 - Los paganos no civilizados (los impíos)
Versículos 18-32. Antes de presentar con más detalle la maravillosa salvación que Dios nos reserva a nosotros, los hombres, y que podemos alcanzar por la fe, el apóstol muestra hasta qué punto necesitamos esa salvación. Hasta el capítulo 3, versículo 20, explica claramente que todos los hombres son culpables ante Dios y necesitan ser salvados.
En este párrafo, habla de los paganos impíos. Todo hombre puede reconocer, a partir de la creación, que debe haber, detrás de todo ello, un Dios creador que, en otro tiempo, llamó a la existencia todas las cosas y las ha mantenido hasta hoy. Esto le obliga a glorificar dignamente a ese Dios creador y a darle gracias por todo.
Sin embargo, desde los inicios de la historia de la humanidad, los hombres han perdido de vista al Creador. Comenzaron a forjarse imágenes de Dios y a adorarlas. Adoraban a la criatura en lugar de al Creador.
La consecuencia fue que Dios los abandonó. Dejó a los hombres abandonados a su suerte. ¿Adónde les ha llevado ese camino? No solo a la idolatría, sino también a las peores perversiones sexuales y a los pecados más groseros. La lista que figura al final del capítulo muestra hasta qué punto esos hombres han menospreciado todos los valores morales.
Al leer estos versículos, queda claro para todos que tal comportamiento y tal actitud no pueden sino atraer la ira de Dios, como dice el versículo 18. El justo juicio de Dios no puede sino acarrear una condenación eterna.
3 - Romanos 2
3.1 - Los pueblos civilizados (los hipócritas)
Versículos 1-11. No todos los hombres viven en pecados tan graves ni en tal depravación como los descritos en el capítulo anterior. Ha habido y sigue habiendo personas que condenan severamente eso. Pero ¿se presentaban los griegos civilizados o los judíos hipócritas de la época como mejores ante Dios? ¿Son las personas honradas de hoy mejores que esos paganos impíos?
El apóstol Pablo da en estos versículos la respuesta inspirada por Dios: No. El corazón del hombre honrado no es mejor que el de un gran pecador. Dios debe decirle: «Tú, que juzgas, practicas las mismas cosas» (v. 1) –quizás de una forma más sutil u oculta. El juicio de Dios es conforme a la verdad. Él juzgará no solo los actos, sino también las intenciones del corazón y sus motivaciones.
Los que se creen superiores a los demás a menudo desprecian la bondad, la paciencia y la larga espera de Dios, que los impulsan al arrepentimiento. Pero el día del juicio justo llegará para cada hombre. Entonces habrá: «Tribulación y angustia sobre toda alma humana que hace lo malo» (v. 9) y que no está en paz con Dios.
3.2 - Cada ser humano es responsable ante Dios
Versículos 12-16. Por supuesto, un judío que conocía la Ley sabía mejor que un griego lo que es el pecado. Del mismo modo, quienes hoy poseen una Biblia tienen una responsabilidad mayor a la de quienes no la conocen. Pero todo ser humano posee una conciencia. La ha recibido del Creador. Por lo tanto, no habrá excusa alguna en el día del juicio, pues cada ser humano es responsable ante Dios.
3.3 - Los judíos religiosos
Versículos 17-29. A partir del versículo 17, el apóstol arroja un poco más de luz sobre la situación de los judíos. Gozaban de grandes ventajas. Tenían la Ley y una relación con el Dios vivo. Conocían su voluntad. Pero en lugar de estar agradecidos, se jactaban de sus privilegios y consideraban a los demás como inferiores a ellos.
Las serias preguntas planteadas en los versículos 21-23 deberían haber conmovido la conciencia de un judío sincero y hacerle comprender que sus privilegios aumentaban su responsabilidad ante Dios. Su pecado pesaba más que el de un pagano que no sabía nada del Dios vivo.
A la luz de todo lo dicho hasta ahora, recordemos que este capítulo no trata del Evangelio. El Espíritu de Dios simplemente muestra que, según el juicio de Dios, solo existen 2 categorías de seres humanos:
- Los que se han arrepentido y los que no se han arrepentido;
- unos que recibirán la vida eterna, y otros que conocerán la ira de Dios;
- los que hacen el mal y los que hacen el bien;
- los judíos que solo lo son exteriormente y los que lo son interiormente.
- Pero aquí aún no se explica cómo se puede ser reconciliado con Dios.
Los versículos 25-29 también pueden aplicarse a los cristianos. Como muchos otros, algunos están bautizados y se consideran cristianos, pero no han experimentado ni la conversión ni el nuevo nacimiento. Solo forman parte de ellos exteriormente. Un verdadero cristiano se ha reconocido, a la luz de Dios, como un pecador perdido y ha creído en Jesucristo y en su obra redentora.
4 - Romanos 3
4.1 - Cuestiones cruciales
Versículos 1-8. Tras las severas palabras dirigidas a los judíos (Rom. 2:28-29), la pregunta planteada en el versículo 1 está justificada.
¿Tenían realmente los judíos alguna ventaja sobre las naciones que no conocían a Dios y no tenían ninguna relación con él? La respuesta es clara: ningún pueblo era tan privilegiado como ellos, a quienes se habían confiado los oráculos de Dios. A ningún otro pueblo había hablado Dios tan directamente como a Israel.
Los versículos siguientes de este párrafo parecen un enfrentamiento entre el apóstol y un hombre que intenta razonar sobre Dios y sus obras basándose en su propia sabiduría. En primer lugar, queda claro que el comportamiento de los hombres (su incredulidad, su injusticia) no influye en absoluto en la fidelidad de Dios. Él siempre cumple sus promesas. Cumple lo que ha dicho. Cuando está atacado o criticado por los hombres (v. 4: «cuando seas juzgado»), tendrá, a pesar de todo, la última palabra. Así como Dios cumple sus promesas, también cumple sus declaraciones relativas a su juicio. El hombre nunca debe decirle a Dios: si mi incredulidad o mi injusticia no anulan tus promesas, si aún sacas algo bueno de mi pecado, entonces tampoco debes juzgarme por ello (v. 5-7). Eso equivaldría a convertir la gracia en libertinaje (v. 8; Judas 4). Quien adopte tal actitud conocerá el justo juicio de Dios.
4.2 - Todos los hombres son culpables ante Dios
Versículos 9-20. Las palabras del apóstol sobre las diferentes categorías de hombres (los paganos impíos, los griegos civilizados, los judíos religiosos) conducen a una conclusión común de «estar todos bajo pecado» (v. 9).
En los versículos siguientes, esta afirmación se sustenta con toda una serie de pasajes extraídos de la Palabra de Dios, de validez eterna. Estas citas del Antiguo Testamento se dirigen en primer lugar a los judíos, pero también tienen un alcance universal. No solo entre los judíos, sino entre todos los hombres de la tierra, Dios no encuentra a ningún justo, ni uno solo que cumpla con sus exigencias. Los versículos 13 al 17 muestran que Dios oye todas las palabras pecaminosas de los hombres, pero también ve todas sus acciones y caminos pecaminosos. Los hombres demuestran sin excepción que «no hay temor de Dios ante sus ojos» (v. 18).
Cuando el apóstol saca su conclusión en los versículos 19-20, es consciente de que las citas del Antiguo Testamento se dirigen en primer lugar al pueblo de Israel sometido a la Ley. Ahora bien, la Ley no podía ayudar a los seres falibles. Solo revelaba el pecado, sin dar la fuerza para apartarse de él y llevar una vida piadosa. En el versículo 19, sin embargo, el apóstol amplía inmediatamente su argumento al decir que «todo el mundo sea culpable ante Dios» (v. 19). Sus explicaciones, a partir del versículo 18 del capítulo 1, no se limitan a revelar la culpabilidad de todos los hombres ante Dios, sino que también muestran que cada ser humano tiene una profunda necesidad de la salvación de Dios ofrecida por el Evangelio.
4.3 - La justicia de Dios: revelada en el Evangelio
Versículos 21-26. Tras haber establecido claramente que nadie puede ser justificado ante Dios por las obras de la Ley, el apóstol muestra ahora lo que Dios ha hecho para justificar al pecador. La justicia de Dios, de la que daba testimonio el Antiguo Testamento (por ej., Is. 46:13; 56:1), ha sido ahora revelada. ¿Cómo? Enviando a su Hijo, Jesucristo, a la tierra como hombre y condenándolo en la cruz por los pecados de todos los que creen en él. La revelación de la justicia de Dios implica también la resurrección del Señor Jesús después de la obra de la redención consumada y su exaltación a la diestra de Dios. Después de que el Salvador satisfizo todas las exigencias de la justicia de Dios mediante su muerte expiatoria, Dios es justo al justificar al que cree en el Señor Jesús.
Esta salvación se ofrece a todos los hombres, pero solo aquellos que la aceptan con fe se benefician de ella. Ahora bien, todos la necesitarían, pues «no hay diferencia» ante Dios en cuanto a la culpa. Desde la caída, todos los hombres están excluidos de la comunión con Dios. «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (v. 22-23).
Sin embargo, en su amor y en su gracia, Dios nos ofrece una salvación maravillosa. Quiere justificarnos y hacernos dignos de su presencia, si aceptamos la salvación en Jesucristo y creemos que su sangre tuvo que derramarse para expiar nuestros pecados. Desde la obra de la redención consumada en el Gólgota, el acceso a Dios está abierto. De eso habla el velo del templo rasgado (Mat. 27:51).
4.4 - Justificados por la fe
Versículos 27-31. ¿Puede el hombre aportar algo a la salvación que se le ofrece y a la redención que se le propone? No, absolutamente nada. Por eso, si la acepta con fe, no tiene nada de lo que pueda jactarse. No puede en absoluto atribuirse ningún mérito.
En la justificación por la fe, las obras personales, por ejemplo, el cumplimiento de ciertas normas y prescripciones, quedan totalmente excluidas. Durante siglos, los judíos poseyeron la Ley que Dios les había dado en el Sinaí. Esta indicaba un camino para acercarse a Dios. Pero nadie pudo seguirlo realmente. Todos fallaron, pues nadie podía cumplir todos los mandamientos de Dios y así obtener su aprobación. Nadie podía cumplir la Ley al 100 %.
Con la muerte en la cruz del Señor Jesús, Dios puso fin a esa época. Hoy, trata a todos los hombres de la misma manera. Ofrece su salvación a todos sin distinción. Y todos –ya sean de origen judío o de las naciones– pueden aceptar por la fe la obra de la redención. Cualquiera que dé este paso de fe es justificado por Dios.
¿La Ley que Dios dio en otro tiempo, ha sido abolida por la fe? No, en absoluto. Aunque ha dejado de ser un medio por el cual el hombre pueda obtener la justicia; sigue siendo santa, justa y buena (Rom. 10:4; 7:12). Sigue pronunciando la maldición sobre cualquiera que se someta a ella, pero que no pueda cumplirla. Así, la Ley ha sido confirmada en el sentido de que Cristo, en la cruz, se convirtió en maldición por nosotros (Gál. 3:13).
5 - Romanos 4
5.1 - El ejemplo de Abraham y de su fe
Versículos 1-12. A partir de 2 ejemplos tomados del Antiguo Testamento (Abraham y David), el apóstol desarrolla el tema de la «fe». ¿Cómo fue justificado Abraham, de quien los judíos se enorgullecían tanto como su antepasado? No por las obras, es decir, no por sus propias acciones y esfuerzos, sino por la fe.
En estos versículos se encuentra en varias ocasiones la expresión de que la fe le fue contada por justicia. Justicia significa aquí: la única conducta legítima, reconocida por Dios. No son nuestras propias obras destinadas a satisfacer a Dios, sino la fe en Dios y en lo que él ha dicho lo que constituye la única conducta justa del hombre ante Dios.
El versículo 4 es muy solemne. Quien quiera hacer obras abandona el terreno de la gracia. Dios debe entonces recordarle de qué es culpable, y el hombre queda entonces perdido. Pero la gracia es accesible a cualquiera que simplemente ponga su confianza en el Señor Jesús y en su obra redentora consumada. Este conoce la bienaventuranza de la remisión total de los pecados.
La circuncisión era el signo externo de pertenencia al pueblo terrenal de Dios. Sin embargo, a Abraham se le contó la fe como justicia antes incluso de que fuera circuncidado. La justificación por la fe no es, por tanto, un don de la gracia de Dios reservado únicamente a los judíos. La oferta de la salvación se dirige a todos los hombres, y en cuanto a la fe, Abraham es el padre de todos los creyentes, tanto los descendientes de los judíos como los de las naciones.
5.2 - La fe como medio para acceder a las promesas de Dios
Versículos 13-25. Las promesas de Dios, de las que Israel se beneficiaba por medio de Abraham, no se basaban en la Ley. Eran absolutamente incondicionales. Perderían su validez si se vinculaban al cumplimiento de la Ley, «pues [la] Ley produce ira» (v. 15). Como nadie puede respetar la Ley en todos sus puntos, esta solo trae maldición (la ira de Dios) a quien está sometido a ella. El versículo 16 muestra que la fe abre el acceso a las promesas de Dios. Si tal es el caso, estas no se limitan a Israel. Son accesibles a todo creyente.
En estos versículos, la fe de Abraham se asocia de manera particular a la resurrección, es decir, a la vida más allá de la muerte. Dios había prometido un hijo a la pareja de edad avanzada formada por Abraham y Sara, lo cual, sin embargo, ya no era posible según las leyes de la naturaleza. Pero Abraham creyó a Dios. Pudo ver a Dios cumplir su Palabra. Esta fe en la resurrección le fue contada como justicia.
Finalmente, se establece el vínculo con nosotros. Pero ¡qué diferencia entre la fe de Abraham y la nuestra! Al anciano Abraham se le había prometido un hijo, y él creía que Dios era capaz de cumplir tal cosa. Nosotros creemos en Dios, que ha resucitado al Señor Jesús.
El Señor Jesús tuvo que morir en la cruz por nuestros pecados. Luego fue depositado en un sepulcro. Pero no permaneció en el sepulcro. Fue resucitado por la gloria del Padre. El sepulcro vacío es la prueba de que Dios aceptó su obra. Nuestra justificación está asegurada.
6 - Romanos 5
6.1 - Las consecuencias de la justificación
Versículos 1-11. ¿Cuáles son, pues, las consecuencias de la justificación que Dios concede a quien cree en el Señor Jesús y en su obra redentora cumplida en la cruz? El creyente justificado se encuentra ahora en una posición completamente nueva. Está en paz con Dios, quien debería haberlo juzgado y condenado por sus pecados. Ahora goza del favor de Dios y, por medio del Señor Jesús, tiene libre acceso a la presencia de Dios en todo momento. Pero también tiene una maravillosa esperanza en la gloria de Dios, el objetivo de todos los redimidos.
Pero hoy, seguimos sometidos a las circunstancias de esta vida. No faltan las pruebas. Sin embargo, debemos aprender de ellas la paciencia y vivir plenamente nuestra fe. Un día, este período llegará a su fin. Esa es nuestra esperanza. En cada situación, podemos regocijarnos en el amor de Dios. El Espíritu Santo, que habita en cada verdadero creyente, nos permite sentir verdaderamente ese amor.
Los versículos 6 al 8 nos hacen mirar atrás y nos recuerdan la cruz, donde el amor de Dios resplandeció con todo su esplendor, cuando Cristo murió por nosotros, sin fuerza, impíos, pecadores y enemigos de Dios.
El Señor Jesús también nos salvará de la ira venidera que Dios derramará sobre el mundo incrédulo. Antes de que esa época terrible se abata sobre el mundo, el Señor nos arrebatará hacia él en la gloria. Hasta ese momento, seremos “salvados por su vida”, es decir, él vela por nosotros desde el cielo. Él intercede por nosotros como Sumo Sacerdote, para que todos los creyentes alcancen la meta.
6.2 - El pecado en nosotros
Versículos 12 -21. El versículo 12 marca el inicio de una nueva sección en esta Epístola. Hasta ahora se había hablado de la culpa ante Dios, de nuestros pecados, que el Señor Jesús expió en la cruz con su sangre. El apóstol aborda ahora el pecado que hay en nosotros. Muestra que el hombre no solo ha cometido actos pecaminosos, sino que también posee una naturaleza pecaminosa. Es pecador desde su nacimiento.
El apóstol presenta aquí 2 linajes o familias, cada una con un jefe a la cabeza. El hombre por quien el pecado entró en el mundo se llama Adán. Por su caída, perdió su estado de inocencia y heredó una naturaleza pecaminosa cuya consecuencia última es la muerte. Es por Adán que la muerte pasó a todos los hombres, pues todos los que pertenecen a la raza humana tienen una naturaleza pecaminosa heredada de Adán. El versículo 19 muestra que todos los hombres han sido constituidos pecadores por su descendencia de Adán. Pero cada uno de ellos comete por sí mismo actos pecaminosos (v. 12).
A la cabeza de la otra familia se encuentra Jesucristo. Por su muerte en la cruz, satisfizo todas las justas exigencias de Dios. De ahora en adelante, Dios puede manifestar su gracia hacia todos aquellos que creen en el Señor Jesús como su Salvador y justificar a quienes antes eran pecadores. Porque Cristo fue obediente hasta la muerte en la cruz, todos los que creen en él son ahora declarados justos (v. 19). Ellos forman la familia del Señor Jesús. La maravillosa posición que ahora podemos ocupar ante Dios es un don de su gracia.
7 - Romanos 6
7.1 - Liberados del pecado
Versículos 1-11. El capítulo 5 no explicaba en detalle cómo nosotros, descendientes pecadores de Adán, podíamos ser colocados en la posición de justos. Pero otros pasajes de la Biblia muestran que Dios concede a quien cree en el Señor Jesús, mediante el nuevo nacimiento, la vida eterna y la naturaleza divina (Juan 1:12-13; 3:36; 2 Pe. 1:4). Es a la gracia de Dios a quien debemos tanto el perdón de los pecados como la recepción de la vida nueva. ¿Cómo reaccionamos ante esto? De eso trata el capítulo 6.
El apóstol evoca aquí la muerte de nuestro viejo hombre. Este ha sido crucificado con Cristo. Cuando el Señor Jesús estaba colgado en la cruz y hecho pecado por nosotros y así fue cargado con nuestros pecados. Dios ejecutó el juicio sobre el pecado en su raíz (lo que somos por naturaleza). Ahí es donde mi viejo hombre fue crucificado con él. De ahora en adelante, el cuerpo del pecado en mí ha sido anulado. Sin embargo, mientras siga viviendo en la tierra, tengo en mí 2 naturalezas: la naturaleza adámica, por la que el Señor Jesús murió en la cruz, y la nueva naturaleza, divina. Ahora es importante que haga crecer esta nueva vida y que me comporte ante las manifestaciones de la antigua naturaleza para estar muerto a ella. Un muerto ya no reacciona ante ninguna tentación.
Mediante el bautismo en Su muerte (vean Lucas 12:50), el hombre ha muerto con Cristo. Ha renunciado a su antigua vida, aquella en la que el viejo hombre tenía el dominio; esta ha sido, por así decirlo, sepultada en el bautismo de Su muerte. A partir de ahora, desea consagrarse a Dios en esta nueva vida y vivir para el gozo de Dios. Quiere poner en práctica el hecho de que ha muerto al pecado para vivir para Dios. Sin embargo, esto sigue siendo un ejercicio diario.
7.2 - Estar a disposición de Dios
Versículos 12-23. Desde nuestra conversión y desde que hemos comprendido que el pecado ya no es el elemento dominante de nuestra vida (v. 6-7), podemos y debemos poner los miembros de nuestro cuerpo –pies, manos, ojos, oídos, lengua, pero también nuestras capacidades– a disposición de Dios. Recordemos cada día que queremos servir a Dios y no al pecado.
Pero ¿dónde encontramos la fuerza para vivir una vida así para el Señor? Es la gracia la que nos da cada día la fuerza para vivir una vida piadosa.
El versículo 16 muestra claramente que el hombre no es independiente. Antes de su conversión, era esclavo del pecado que habitaba en él. Después de haber creído en el Señor Jesús, se convierte en Su esclavo. La expresión «vuestros miembros como instrumentos de justicia para Dios» (v. 13) significa que queremos obedecer a Dios y hacer solo su voluntad, únicamente lo que es justo a sus ojos. Pero no es una esclavitud opresiva, pues la nueva vida en nosotros solo quiere hacer lo que agrada a Dios. Para ella es un gozo obedecer a Dios.
También es bueno tomarse a veces un tiempo para reflexionar y preguntarse: ¿qué aportaba la vida antes de la conversión? Respuesta: nada para Dios. Todo conducía a la muerte, destino final. ¡Qué contraste con el fruto que cosechamos como esclavos de Dios!: La santidad práctica, la separación para Dios y, finalmente, la vida eterna en toda su plenitud. No se puede imaginar mayor diferencia.
8 - Romanos 7
8.1 - Liberado de las disposiciones legales
Versículos 1-6. Todo creyente sincero desea, tras su conversión, vivir una vida que agrade a Dios. Pero pronto debe comprobar con tristeza que sus buenas intenciones y su voluntad no bastan para lograrlo. El pecado que aún habita en él es más fuerte que su voluntad. Su vida de fe está marcada por tristes fracasos. Romanos 7 explora este problema en profundidad y muestra en qué consiste la liberación del pecado.
El apóstol comienza su exposición afirmando que una ley solo se aplica a una persona mientras esta está viva. Una mujer está unida a su marido por la ley del matrimonio mientras él viva. Si él muere, ella es libre de casarse con otro hombre.
En cuanto a los creyentes, el apóstol invierte la situación: no es la Ley con sus exigencias la que ha muerto, sino que somos nosotros los que hemos muerto con Cristo. Nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él. La Ley ya no puede imponernos exigencias. Estamos «liberados de la Ley».
Lo que vivimos como cristianos creyentes es una vida de resurrección con el Señor Jesús. Esta vida no está regida por prescripciones: «Debes…» y «No debes…». Está guiada por el Espíritu Santo. La verdadera vida cristiana no consiste en respetar ciertos mandamientos o ciertas reglas, sino en seguir al Señor Jesús en el poder del Espíritu Santo. Cristo es nuestro modelo. Podemos seguir sus huellas.
8.2 - Experiencias amargas
Versículos 7 -13. Tras haber mostrado que el creyente, al haber muerto con Cristo, está liberado de la Ley, el apóstol plantea la pregunta de si la Ley es, por tanto, pecado. Responde inmediatamente en sentido negativo, pero a continuación expone la relación entre el pecado y la Ley. Cuando habla de pecado en estos versículos, no se refiere a pecados concretos, sino al principio del mal que habita en cada hombre y que está siempre presente, incluso en el creyente.
La Ley, con sus exigencias hacia el hombre, pone de manifiesto el pecado que hay en él. En cuanto se le prohíbe algo, el deseo de hacer lo prohibido se despierta en él. Esto es lo que dice el versículo 8, pero también se verifica en la vida cotidiana. Por ejemplo, cuando prohibimos algo a nuestros hijos, ellos tienen aún más ganas de hacerlo. ¿Qué ocurre si cedemos a ese deseo que hay en nosotros y actuamos en contra de la Ley? Entonces caemos bajo su juicio, y eso conduce finalmente a la muerte (Rom. 6:23). Recordemos, pues, esto: un criminal no es condenado por la ley, sino porque ha cometido un acto que la ley prohíbe.
La Ley dada por Dios es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno. Pero esta Ley buena no da al hombre la fuerza para observar sus mandamientos, y no cambia en nada el principio del mal que hay en el hombre. Solo llama al pecado por su nombre y muestra hasta qué punto el pecado es grave en el hombre. ¡Así de oscuro es nuestro ser interior!
8.3 - La liberación por Jesucristo
Versículos 14-25. Cuanta más conciencia toma un creyente de la gravedad del pecado que habita en él, más se hunde en la desesperación. Vive en una angustia desgarradora. Como converso, desea complacer a su Salvador. Pero no lo consigue. Intenta sin cesar de hacer el bien, pero comete el mal; es decir, ya no quiere pecar, pero peca de todos modos. El pecado que habita en él es más fuerte que su voluntad.
¿Qué debe comprender una persona creyente para alcanzar la verdadera liberación?
- «Sé que en mí (es decir, en mi carne) no habita el bien», es decir, que no puedo esperar nada de mí mismo (v. 18).
- La voluntad de hacer el bien está ahí, pero el pecado que habita en mí es más fuerte que mi voluntad. No tengo fuerzas para resistir a la carne (v. 18).
- Hay 2 naturalezas en el creyente: la antigua, pecadora, y la nueva, divina (v. 22-23).
Una vez que tomamos conciencia de esto, exclamamos: «¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?» (v. 24). Comprendemos que la fuerza necesaria para vivir una vida que agrade a Dios debe venir de fuera, es decir, del Señor. Entonces nos parecemos a un soldado que se encuentra en una situación desesperada, que depone las armas y se rinde.
Solo cuando estamos al límite puede el Señor venir en nuestra ayuda, no antes. Pero entonces experimentaremos su ayuda para vivir una vida piadosa. No olvidemos, sin embargo, esto: debemos, en cierto modo, levantar las manos cada día y pedir su ayuda; de lo contrario, el pecado volverá a dominarnos.
9 - Romanos 8
9.1 - El Espíritu Santo: nuestra fuente de fuerza
Versículos 1-11. El primer versículo es el grito de un creyente que ha aprendido la lección de Romanos 7 y que ya no busca en sí mismo la fuerza para vivir una vida en el temor de Dios, sino que se apoya por completo en Jesucristo para ello. ¿Por qué puede estar tan seguro y por qué ya no tiene nada que temer? Porque la «ley del Espíritu de vida» es más fuerte que la «ley del pecado» en él (v. 2). Estas palabras expresan el poder y la actividad del Espíritu Santo que habita en cada creyente. Solo por medio de él, y por su único poder, el creyente puede comprender que ha muerto al pecado, para agradar a Dios en su vida cotidiana.
Pero no queremos olvidar que Dios envió en su día a su propio Hijo a la tierra, que lo hizo pecado en la cruz y que luego condenó el pecado en la carne a causa de nosotros. Este es el fundamento divino de nuestra liberación y de nuestra vida en el poder y bajo la guía del Espíritu Santo.
Puesto que el creyente tiene en sí mismo la naturaleza antigua y la nueva, también puede manifestar en sí mismo una forma de pensar carnal en lugar de una forma de pensar espiritual. La forma de pensar carnal se caracteriza por el egoísmo. Es el yo el que ocupa el centro. En la forma de pensar espiritual, por el contrario, es el Señor Jesús quien ocupa el lugar central.
El versículo 11 nos enseña que el Espíritu Santo que habita en nosotros es la garantía de la resurrección de nuestro cuerpo. El Espíritu de Dios nos da seguridad en todos los aspectos.
9.2 - Nuestra responsabilidad
Versículos 12-17. Hemos visto que el Espíritu Santo habita en cada creyente. Él quiere darle fuerza y apoyo en el camino de la fe. Pero esta maravillosa realidad también conlleva una responsabilidad. En nuestra vida como hijos de Dios, nuestra antigua naturaleza ya no debería tener cabida. En ningún caso debería volver a ser el elemento dominante. De lo contrario, viviríamos «según la carne» (v. 12). El fin de ese camino es la muerte (aunque, como creyentes, ya no podamos perder la salvación en Cristo). El versículo 13 no trata de nuestra posición ante Dios, que poseemos gracias a la obra redentora de nuestro Salvador, sino de nuestra responsabilidad respecto a nuestra vida cristiana práctica. Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo en nuestra vida cotidiana, nuestra relación como hijos de Dios será visible. Viviremos entonces como quienes conocen los pensamientos de su Padre y desean complacerlo.
Es el Espíritu en nosotros quien nos hace conscientes de que somos hijos de Dios. Es por medio del Espíritu que sentimos la cercanía a la que hemos sido llevados con Dios, nuestro Padre, como hijos.
Como hijos de Dios, también somos sus herederos. Pero heredamos todo junto con el Señor Jesús, el Primogénito y el primer heredero. Es él quien quiere compartir su herencia con nosotros (Efe. 1:10-11). El momento de la herencia aún no ha llegado. En el tiempo presente, sufrimos con Cristo. Vivimos en un mundo que lo rechaza y que nos rechaza con él.
9.3 - La liberación de nuestro cuerpo: una esperanza
Versículos 18-30. El párrafo anterior terminaba con la idea de la gloria que compartiremos con el Señor Jesús. Pero ese momento aún no ha llegado. La mayoría de los creyentes conocen y experimentan, en su vida cotidiana, algo de los sufrimientos del tiempo presente. Sin embargo, la perspectiva de la gloria venidera nos ayuda a cada uno de nosotros a atravesar estos sufrimientos sin desanimarnos.
Mientras vivimos en la tierra como hijos de Dios, nuestro cuerpo forma parte de la primera creación, que está bajo la maldición y que gime. Ciertamente tenemos las primicias del Espíritu, es decir, la garantía de la gloria, pero en nuestro cuerpo, aún gemimos y esperamos la liberación de nuestro cuerpo. Esto forma parte de nuestra esperanza; la palabra «esperanza» del versículo 24 no se refiere a algo vago, sino a algo absolutamente cierto, que, sin embargo, aún está por venir.
El Espíritu de Dios conoce nuestra situación y las circunstancias en las que vivimos, e intercede por nosotros, por ejemplo, cuando no sabemos cómo orar concretamente. Pero una cosa es segura: todas las cosas cooperan para el bien en la vida de un creyente. Dios solo quiere nuestro bien, aunque no siempre entendamos lo que hace por nosotros. Su gran propósito para nosotros es que un día estemos con él en la gloria. Entonces, seremos «conformes a la imagen de su Hijo» (v. 29-30). Sí, seremos semejantes a él, «porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2). En el propósito eterno de Dios, hemos sido predestinados a la gloria, y alcanzaremos ese objetivo.
9.4 - Dios está a nuestro favor
Versículos 31-39. Al pensar en el designio de Dios para con nosotros y en el hecho de que alcanzaremos la meta que él nos ha fijado –la gloria–, el apóstol pregunta: «¿Qué diremos a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?» (v. 31).
Dios demostró que está a nuestro favor cuando entregó a su Hijo por todos nosotros en la cruz, y cuando hizo recaer sobre él el juicio implacable que debería habernos alcanzado. Sobre la base de esta obra redentora, Él ha justificado a todos los creyentes, de modo que ya nadie los puede acusar.
En nuestra vida de creyentes, tenemos a Cristo, quien, resucitado y glorificado, está sentado a la diestra de Dios e intercede allá arriba a nuestro favor. En el versículo 35, encontramos una enumeración de las circunstancias difíciles y las pruebas de la vida. ¿Puede tal situación de angustia separarnos del amor del Señor Jesús? ¡No! Nuestro Salvador, que murió por nosotros en el pasado, nos ama en todas las circunstancias. Este pensamiento apacigua nuestro corazón y hace que seamos «más que vencedores» (v. 37).
La lista del versículo 38 nos hace pensar en el mundo invisible. ¿Existe allí algún poder que pueda separarnos del amor de Dios? Una vez más, la respuesta es: No. Dios es más fuerte que todo. No existe en todo el universo ningún poder que sea más fuerte que Él. Dios está a nuestro favor, nos ama, somos su propiedad, y nadie puede arrebatarnos de su lado. Nuestra posición como redimidos es absolutamente segura. ¡Qué maravilloso es esto!
10 - Romanos 9
10.1 - Israel y sus privilegios
Versículos 1-5. En los 8 primeros capítulos de esta Epístola, el apóstol Pablo ha presentado el Evangelio de Dios en toda su amplitud. Ha mostrado cómo se puede acceder a él: únicamente por la fe. Este camino está abierto a todos los hombres por igual, ya sean de origen judío o pagano. Ninguno tiene privilegios sobre los demás.
Esto plantea la siguiente pregunta: ¿han quedado entonces sin efecto las promesas particulares que el pueblo de Israel recibió de Dios? En los capítulos 9 al 11, el apóstol aborda con más detalle la “cuestión de Israel”.
En primer lugar, nos deja entrever lo que hay en su corazón. Se entristece profundamente al pensar en todos los privilegios de los que se benefició el pueblo de Israel, pero que Dios le retiró por un tiempo debido a su incredulidad y a su rechazo del Mesías. Amaba tanto a su pueblo que habría renunciado a su propia salvación si eso hubiera podido cambiar la situación de ellos. Es ese mismo estado de ánimo el que animaba a Moisés cuando le pidió a Dios que borrara su nombre de su libro para que los pecados del pueblo fueran perdonados (Éx. 32:32).
La enumeración de los versículos 4-5 pone de relieve los privilegios de Israel. «La adopción» significa que Dios adoptó a este pueblo como a un hijo (Oseas 11:1). «La gloria» se refiere a la presencia visible de Dios (p. ej. Éx. 40:34; Núm. 14:10). Pero lo más importante de todo es que Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, como hombre, era judío. Él mismo le dijo a la mujer en el pozo de Jacob: «La salvación es de los judíos» (vean Juan 4:22).
10.2 - La actividad soberana de Dios
Versículos 6-18. A los judíos les costaba mucho admitir que la gracia de Dios, que se había manifestado en Jesucristo, no estaba reservada solo para ellos, sino que se dirigía a todos los hombres. Por eso el apóstol les presentó la soberanía de Dios, que no solo se había manifestado en la era de la gracia, sino ya en su propia historia.
No todos los descendientes de Abraham eran «Israel»; solo formaban parte de él los descendientes de Isaac, el hijo prometido a Abraham. Isaac y Rebeca tuvieron gemelos. Pero Dios, en su soberanía, había decidido antes de su nacimiento: «El mayor servirá al menor» (Gén. 25:23). Debido a sus vidas diferentes, él dijo más tarde: «Amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» (Mal. 1:2-3).
La soberanía de Dios nos está presentada a través de ejemplos tomados de la historia de Israel. Es un atributo de Dios que se expresa tanto en la misericordia como en el juicio. Tras el pecado del becerro de oro, se manifestó la soberanía del Dios misericordioso (v. 15-16). Cuando Faraón creyó poder oponerse al Dios de Israel y burlarse de él, tuvo que experimentar su soberanía a través del juicio (Éx. 5:2; 9:16).
Nadie puede dictar a Dios cómo debe actuar. Todos debemos someternos a su soberanía. El pueblo de Israel debería haberse dado cuenta de ello y haber comprendido que, como pueblo, había sido apartado por un tiempo.
10.3 - La paciencia y la misericordia del Dios soberano
Versículos 19 al 33. Las preguntas planteadas en el versículo 19 muestran que el hombre piensa que la soberanía de Dios le exime de su responsabilidad. Esto no es así en absoluto. A pesar de la soberanía total, el hombre es plenamente responsable.
Nosotros, los hombres, somos como una masa de arcilla. Dios es el alfarero que tiene toda libertad para hacer de ella un vaso de honor o un vaso de deshonra. Pero Dios es tan grande y maravilloso que no abusa de su soberanía. En ninguna parte leemos que endurezca a un hombre de antemano o que lo destine a la perdición. Los vasos del versículo 22 se han preparado ellos mismos para la destrucción por su vida pecadora y su impenitencia. Faraón solo fue endurecido por Dios después de que él mismo se hubiera endurecido deliberadamente en varias ocasiones contra Jehová.
En el versículo 23, Dios, en su gracia, ha preparado de antemano a estos vasos para la gloria. Esta vocación por gracia, que hoy pueden experimentar los hombres de entre los judíos, pero también de entre las naciones, no es en realidad algo nuevo. Los pasajes citados de Oseas 2 demuestran que este pensamiento ya existía en el Antiguo Testamento.
Hombres que estaban lejos de Dios aceptaron el Evangelio por la fe y obtuvieron la justicia de Dios. Pero Israel, que quería llegar a ser justo por la Ley, es decir, por sus propias obras, no alcanzó la meta. Cuando vino su Mesías y anunció la gracia, se escandalizaron de él. En lugar de creer en él, lo crucificaron. Entonces Dios los dejó de lado.
11 - Romanos 10
11.1 - El fracaso de Israel
Versículos 1-13. En este capítulo, el apóstol describe la situación de los judíos en la época actual. Desea que estos judíos celosos por Dios sean salvos. Pero sabe que eso no puede lograrse siguiendo el camino que han tomado.
Los judíos han ignorado «la justicia de Dios» (v. 3), es decir, no han comprendido que esta se revela en el hecho de que Dios envió a su Hijo a la tierra y lo entregó en la cruz, para que Jesucristo muriera por los hombres a causa de sus pecados, por todos los que creen en él. Querían llegar a ser justos ante Dios por sus obras. Pero con la cruz, el período de la Ley llegó a su fin. Dios ya no pone a prueba al hombre para ver si puede ser justificado ante él por sus propias obras.
Los versículos 6 y 7 muestran que nosotros no tenemos nada que hacer, sino que Dios lo ha hecho todo. Él envió a su Hijo desde la gloria y lo resucitó de entre los muertos una vez cumplida la obra de la redención. Nos corresponde a nosotros creer en el Señor Jesús como nuestro Salvador y confesarlo.
Quien haya dado este paso de fe puede apoyarse en la Palabra escrita de Dios para tener la seguridad de su salvación (v. 11).
Ya nos hemos encontrado con la expresión «¡No hay diferencia!» en el versículo 22 del capítulo 3. Allí se trataba de nuestra culpa. Aquí se trata de la gracia y de su oferta, que se dirige sin distinción a todos los hombres. La salvación es suficiente para todos, pero solo beneficia a aquellos que invoquen «el nombre del Señor», es decir, que creen en él como Salvador.
11.2 - Anuncio e incredulidad
Versículos 14-21. Ya hemos dicho que este capítulo habla de los judíos de la época actual. La gran mayoría de ellos no quiere creer en el Evangelio, sino que quieren acercarse a Dios basándose en la justicia de la Ley. En los inicios del cristianismo, incluso impidieron a los predicadores anunciar el Evangelio a las naciones (1 Tes. 2:14-16).
En relación con la incredulidad de los judíos, encontramos en estos versículos principios fundamentales importantes y universalmente válidos para la proclamación de la Palabra de Dios. El primero y más importante es que se predique. De lo contrario, ¿cómo podrían los hombres oírla y creer lo que han oído? Pero la predicación debe basarse en toda la Palabra de Dios. No se trata simplemente de tomar versículos bíblicos y hacer de ellos la base de la predicación. Una predicación conforme a la voluntad de Dios debe basarse en la enseñanza de toda la Escritura (v. 17).
El Evangelio predicado es, lamentablemente, rechazado no solo por la mayoría de los judíos, sino también por muchos otros oyentes. «No todos obedecieron al Evangelio» (v. 16), es decir, no se han arrepentido ni han creído en el Salvador. Los últimos versículos, con citas del Antiguo Testamento, deberían haber mostrado a los judíos que Dios siempre tuvo la intención de revelarse también a los no judíos. Pero en lugar de aceptar el Evangelio y alegrarse de que este mensaje de gracia se dirija a todos los hombres, Israel siguió siendo un pueblo desobediente y rebelde ante los esfuerzos de Dios.
12 - Romanos 11
12.1 - Israel no ha sido rechazado para siempre
Versículos 1-10. En este capítulo, el apóstol muestra que Dios no ha rechazado a su pueblo terrenal para siempre. Hay un futuro para Israel. Dios quiere restaurar a su pueblo y reconocerlo de nuevo como su pueblo.
En el primer versículo, Pablo plantea la siguiente pregunta: «¿Rechazó Dios a su pueblo?» (v. 1). La respuesta es no, pues siempre ha habido un remanente fiel. Así fue, por ejemplo, en la época del profeta Elías, así es también hoy, en el tiempo de la gracia, y así será igualmente en el futuro. Es con este remanente con quien Dios restablecerá sus relaciones y lo reconocerá como su pueblo.
El propio Pablo era la prueba de que Dios no había rechazado a su pueblo. Cuando Elías pensaba que era el único que había quedado, Dios tuvo que mostrarle que aún quedaban 7.000 personas en Israel que no practicaban la idolatría, sino que permanecían fieles al Dios verdadero. También hoy hay judíos que forman parte del «remanente según [la] elección de [la] gracia» (v. 5). Han abandonado el fundamento de la Ley y basan su fe únicamente en la gracia revelada en el Señor Jesús y su obra redentora en el Gólgota. La incredulidad del remanente de Israel –que, lamentablemente, constituye la gran mayoría del pueblo– ha endurecido completamente su corazón. Su rechazo ha acarreado un juicio: «Dios les dio espíritu de estupor, ojos para no ver, y oídos para no oír, hasta el día de hoy» (v. 8). –A pesar de todo, Dios no ha rechazado a su pueblo, cuya historia conocía de antemano.
12.2 - La imagen del olivo
Versículos 11-21. Porque Israel rechazó a su Mesías y la salvación que él trajo, la salvación llegó «a los gentiles». Al mostrar a su pueblo cómo hombres que antes eran impíos, que fueron redimidos y justificados por la fe y encontraron la paz con él, Dios quería «provocarles a celos», es decir, llevarlos también a creer en Cristo.
En el versículo 12, el apóstol alude al reino milenario. «Su plenitud» se refiere al restablecimiento de Israel. Cuando el pueblo terrenal de Dios esté bajo el dominio del Mesías, las naciones recibirán de Israel bendiciones sin límites.
Aunque el apóstol fue enviado a llevar el Evangelio a los gentiles (vean Gal. 2:8), nunca olvidó a su propio pueblo y siempre deseó que algunos de ellos llegaran a la fe en Cristo y fueran salvos.
La imagen del olivo ilustra los caminos gubernamentales de Dios, en relación con el lugar de la bendición y con su testimonio en la tierra. Abraham era la raíz de este árbol. Dios lo había llamado y le había hecho promesas especiales. Las ramas representan al pueblo de Israel, que, sin embargo, falló en su misión. Por eso Dios apartó a su pueblo y estableció el testimonio cristiano. Pero Dios advierte al testimonio cristiano. Si falla ¡y ha fallado!
12.3 - Israel: indultado y restablecido
Versículos 22-36. Con la imagen del olivo y sus ramas, debemos ver la responsabilidad del hombre ante el testimonio de Dios en el mundo. No se trata aquí del designio de gracia respecto a los hombres, ni de la salvación que el creyente ha recibido por gracia.
Sabemos que el testimonio cristiano responsable no se ha mantenido fiel, sino que ha fallado. Israel, en cambio, no permanecerá en la incredulidad. El remanente fiel se arrepentirá y aceptará a su Mesías. Entonces Dios reconocerá de nuevo a su pueblo terrenal (las ramas naturales serán injertadas en su propio olivo).
¿Cuándo sucederá esto? Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, cuando se hayan cumplido los designios de gracia de Dios para con los pueblos y se haya añadido a la Iglesia al último creyente. Entonces –tras los años de la tribulación– aparecerá el Señor Jesús. El remanente fiel acogerá a Aquel a quien sus antepasados crucificaron en otro tiempo. Dios concederá su gracia a esos judíos que se han arrepentido de sus pecados y los reconocerá como la unidad nacional de su pueblo. Al igual que nosotros, los gentiles procedentes de las naciones, nos hemos beneficiado de la gracia de Dios, los judíos, antes incrédulos, también se beneficiarán de la gracia de Dios.
Cuando el apóstol piensa en este fin de los caminos insondables de Dios con Israel, no puede evitar prorrumpir en alabanza y exclamar: «¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! … A él sea la gloria por los siglos. Amén» (v. 33, 36).
13 - Romanos 12
13.1 - Servir a Dios
Versículos 1-8. El capítulo 12 marca el inicio de la parte práctica de la carta. Las exhortaciones que siguen se dirigen a aquellos que han recibido el Evangelio con fe y han experimentado la misericordia de Dios. No se nos pide que observemos ciertos mandamientos y ciertas reglas, sino que nos pongamos enteramente a disposición de Dios, con quien estamos en paz y a quien pertenecemos (comp. con Rom. 6:13).
Como redimidos, seguimos viviendo en el mundo, pero ya no formamos parte de él (2 Pe. 1:4). No es nuestra época, con todas sus ideas, la que debe guiar nuestra conducta, sino únicamente la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. ¿La conocemos? ¿Nos esforzamos por descubrirla en su Palabra?
Es esencial permanecer humildes y no ir más allá de las capacidades, los dones y los servicios que Dios nos ha dado.
En los versículos 4 y 5, el apóstol se refiere a la Iglesia, es decir, al conjunto de los redimidos. Juntos, forman el Cuerpo de Cristo. Cada creyente es un miembro de este Cuerpo y tiene un servicio particular. Cada miembro posee un don (o más) de gracia que le ha sido concedido personalmente por el Señor y, por lo tanto, un servicio que le es propio. Algunos de estos dones y los servicios que les corresponden se enumeran en los versículos 6 al 8. Dios desea que seamos fieles a la tarea que nos ha confiado. No debemos ni sobrepasar nuestros límites, ni abandonar nuestro servicio para dedicarnos a otra actividad que quizá nos guste más.
13.2 - Nuestra vida cotidiana en el mundo
Versículos 9-21. A partir del versículo 9, se trata de exhortaciones que se refieren de manera general a nuestra vida como creyentes. Nuestro amor debe ser, por ejemplo, sincero hacia todos los hombres, ya sean vecinos, compañeros de trabajo o hermanos y hermanas en la fe. En todos los ámbitos de nuestra vida, debemos odiar el mal: en el trabajo, en nuestras relaciones con el mundo, en el seno de la familia y entre los demás creyentes con los que caminamos. –Las exhortaciones de los versículos 9 al 13 no necesitan, sin duda, más explicaciones. Pero todos sabemos que es mucho más difícil poner en práctica cada día lo que hemos comprendido.
Los versículos 14 al 16 hablan de nuestras relaciones con nuestros semejantes. Deben estar marcadas por el amor, el afecto fraternal y la humildad.
En el mundo, estamos rodeados de incrédulos que no siempre nos comprenden y que a veces se muestran hostiles hacia nosotros. Los versículos 17 al 21 nos muestran qué actitud debemos adoptar hacia ellos y cómo debemos comportarnos: esto comienza por no devolver nunca el mal con el mal, sino dejar al Señor el juicio de la injusticia sufrida. Así pues, en la medida de lo posible, vivamos en paz con todos y actuemos con benevolencia hacia quienes nos son hostiles. «Vence el mal con el bien» (v. 21). Estas son las huellas de nuestro Señor que tenemos el privilegio de seguir. Así es como podemos ser testigos suyos en el mundo.
14 - Romanos 13
14.1 - Las autoridades y nosotros
Versículos 1-7. Como creyentes, vivimos en el mundo y, por lo tanto, estamos sujetos a las autoridades establecidas. ¿Cómo debemos comportarnos? El apóstol deja claro que debemos someternos al gobierno, es decir, obedecer sus decisiones. ¿Por qué? Porque Dios ha establecido las autoridades y a quienes gobiernan. Tienen la responsabilidad de gobernar a los pueblos, fomentando el bien y castigando el mal.
Cuando el Señor Jesús vivió en la tierra como hombre, se sometió a la autoridad establecida en aquel tiempo en Judea (el gobernador romano). Sin embargo, le explica al gobernador Pilato que este debe su autoridad a Dios (Juan 19:10-11).
Tenemos tendencia a criticar a las autoridades por sus decisiones que consideramos erróneas, o incluso a rebelarnos contra ellas en ciertas situaciones. Como cristianos, debemos rechazar tales pensamientos, respetar a las autoridades y a sus representantes, y someternos a ellas. Esto es lo que también se les dijo a los cristianos de Roma, que vivían entonces bajo el reinado del cruel emperador Nerón.
Hay 2 razones que deben impulsarnos a adoptar una actitud conforme a la voluntad de Dios hacia las autoridades: el temor a un castigo infligido por el poder público y nuestra conciencia. El apóstol Pedro exhorta a los destinatarios de su Epístola a adoptar la misma actitud hacia las autoridades (1 Pe. 2:13). Solo hay una excepción en la que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres: cuando ellas nos piden algo que estuviera en contradicción evidente con la Palabra de Dios (Hec. 4:19-20; 5:28-29).
14.2 - El endeudamiento y la venida del Señor
Versículos 8-14. Hoy en día, endeudarse es algo habitual en el mundo. El crédito está en auge. Pero a nosotros, los cristianos, el Espíritu de Dios nos dice: «No debáis nada a nadie» (v. 8). ¡Ojalá lo tengamos en cuenta y lo pongamos en práctica en nuestra vida cotidiana!
El versículo 11 comienza con: «Y esto, conociendo…». Lo que sigue constituye, en cierto modo, un apéndice a las exhortaciones prácticas de los capítulos 12 y 13. Nuestra conducta en la vida cotidiana debería estar siempre marcada por el pensamiento de la venida del Señor. La noche de su rechazo por parte del mundo está muy avanzada. El día en que volverá para llevarnos consigo, y luego para aparecer en gloria, está cerca. Dios quiere que vivamos desde hoy a la luz de ese momento en el que, bajo el dominio del Señor Jesús, todo estará en armonía con el pensamiento de Dios.
Revestirse del Señor Jesucristo es imitar su conducta. Concretamente, esto significa que, en nuestra vida, se haga visible y perceptible algo de la mansedumbre, la paciencia, la obediencia y la humildad de nuestro Señor. Pero también significa que, en todas nuestras acciones, no pensemos en nosotros mismos, sino en el honor y la glorificación de Dios.
15 - Romanos 14
15.1 - Los débiles y los fuertes en la fe
Versículos 1-12. En la iglesia de Roma, no todos los creyentes tenían los mismos orígenes. Unos habían venido del paganismo, otros del judaísmo para creer en Cristo. Estos redimidos, que antes habían servido a los ídolos, se regocijaban de la libertad cristiana en la que habían sido colocados. Habían abandonado todo el culto a los ídolos, con todos sus temores a los demonios, y habían encontrado en Jesucristo todo lo que su corazón necesitaba.
Se les califica de “fuertes en la fe”. A algunos, procedentes del judaísmo, les costaba renunciar a ciertas prescripciones legales que Dios había establecido en el pasado. No lograban desprenderse por completo de la Ley y consideraban que, incluso como cristianos, debían respetar ciertas normas alimentarias y días (festivos) específicos. El apóstol los califica de “débiles en la fe”. Pero para que los fuertes y los débiles puedan caminar juntos en comunión fraternal, se exhorta al fuerte a no menospreciar al débil, y se le dice al débil que no debe juzgar a su hermano fuerte.
Aplicado a nuestra situación, este capítulo trata la cuestión de los problemas (o casos) de conciencia. Hay en la vida cosas sobre las que la Palabra de Dios no dice nada o solo aborda de manera general. Por lo tanto, es importante no juzgar la conciencia ajena cuando no todos llegan a la misma conclusión ni se comportan de la misma manera. Lo esencial es que cada uno viva con sinceridad ante el Señor y que no olvidemos que cada uno de nosotros dará cuenta por sí mismo ante Dios.
15.2 - Tener consideración los unos de los otros
Versículos 13-23. Dios no quiere que nos juzguemos unos a otros en cuestiones de conciencia. Más bien nos invita a tener consideración. El que está convencido de su libertad cristiana, pero la vive de tal manera que el hermano débil se ofende y se entristece, ya no camina según el amor. En el versículo 15, se nos llama a un verdadero amor fraternal cristiano. Aquel llega incluso a renunciar a algo, a abstenerse de algo, para no ser motivo de tropiezo para el hermano, cuando tendríamos toda la libertad para hacerlo. Ojalá aprendamos a ver lo esencial, como dice el versículo 17, y a vivir con ese espíritu ante Dios y ante los hombres.
El apóstol no impone ninguna restricción a la libertad cristiana. Pero nos exhorta a hacer todo lo posible por fortalecer y sostener la vida en comunidad de los creyentes. Es bueno que, en todo lo que hacemos y en nuestro comportamiento, nos preguntemos si ello contribuye a la paz y a la edificación mutua. ¡Qué pena sería que, por algo insignificante, la obra de Dios llegara a ser destruida! El respeto y la renuncia de los más fuertes pueden ser de verdadera ayuda para el hermano débil, sin que por ello la fe que el más fuerte tiene ante Dios se vea en absoluto disminuida.
La última frase de este capítulo se dirige a todos. En todo lo que hacemos en nuestra vida, debemos tener la convicción de que Dios lo aprueba. Si nos permitimos algo que no se basa en este fundamento, se convierte en pecado.
16 - Romanos 15
16.1 - Soportar las debilidades de los débiles
Versículos 1 al 7. En los primeros versículos de este capítulo, el apóstol continúa con el tema abordado en el capítulo 14. No se trata aquí de imponer nuestras convicciones a los demás, sino que estamos llamados a soportar las debilidades de los débiles. Debemos apartar nuestra mirada de nosotros mismos y buscar el bien del otro. ¿Buscó el Señor Jesús alguna vez algo para sí mismo durante su vida en la tierra? Como hombre, era uno con su Dios y soportaba todos los ultrajes infligidos a quienes ultrajaban a Dios como si le fueran dirigidos directamente a él.
Al citar el Salmo 69, Pablo expresa una verdad importante sobre el Antiguo Testamento. Esta parte de la Biblia no fue escrita únicamente para el pueblo de Israel de aquella época, sino también para nuestra instrucción. ¡Cuántos versículos del Antiguo Testamento nos han animado ya! ¡Pensemos solo en algunos pasajes de los Salmos y de los Profetas!
El apóstol desea que los creyentes tengan los mismos sentimientos, pero no en virtud de un acuerdo humano. No, todos debemos tener un mismo sentir «según Cristo Jesús» (v. 5) (NdT. Vean también Fil. 2:5). Nuestra mentalidad y nuestros pensamientos deben corresponder a su mentalidad y a sus pensamientos. Entonces se elevará una alabanza unánime para la gloria de Dios.
¿Cómo nos recibió Cristo? Tal y como éramos por naturaleza, sin tener en cuenta nuestros orígenes, nuestra condición social, nuestro sexo, y con todos nuestros diferentes rasgos de carácter. Así es como debemos aceptarnos unos a otros.
16.2 - El doble ministerio del Señor Jesucristo
Versículos 8 al 13. El apóstol resume aquí los principios de la enseñanza que imparte en esta Epístola, en particular el acceso de las naciones a los privilegios del Evangelio. En la introducción de la Epístola, vimos a Jesucristo como el Hijo de David y como el Hijo de Dios, quien se reveló como tal mediante la resurrección de entre los muertos.
Así es como el Señor Jesús vino primero a su pueblo terrenal como siervo de Dios. En su misericordia, salió al encuentro de las ovejas descarriadas de la casa de Israel, confirmando así la promesa del Padre. Pero fue rechazado y crucificado.
Tras la muerte en la cruz y la resurrección de nuestro Salvador, la oferta de gracia de Dios se dirigió a todos los pueblos. Desde entonces, cualquiera que la acepte con fe entra en relación con Dios, aunque no tenga ningún derecho por su filiación. Comprendemos bien que todos aquellos que se han beneficiado de una gracia tan maravillosa glorifiquen a Dios de ahora en adelante.
Con 4 citas extraídas del Antiguo Testamento –de la Ley, los Salmos y los Profetas–, el apóstol muestra cómo el perdón concedido a las naciones siempre ha estado en los pensamientos de Dios. Pero eso no es todo. Dios quería bendecir a las naciones junto con su pueblo terrenal. Una alabanza común debía elevarse hacia él desde la tierra. Este pasaje termina con una oración dirigida al Dios de toda esperanza para los destinatarios de la Epístola. Con la esperanza de que Dios cumpla algún día todo lo que ha establecido en su Palabra, que encontremos la fuerza para continuar nuestro camino de fe.
16.3 - Pablo: un siervo del Señor para las naciones
Versículos 14-21. El apóstol confiaba en la posibilidad de una vida comunitaria armoniosa entre los creyentes de Roma. En el versículo 15, aborda su ministerio, del que los romanos pudieron tener una idea a través de esta Epístola. En el cumplimiento de la misión que recibió del Señor, se compara a sí mismo con un sacerdote al servicio de Dios. Aquellos que proceden de las naciones, que han llegado a la fe en Jesucristo mediante la proclamación del Evangelio, constituyen la ofrenda que él presenta a Dios como sacerdote. Los creyentes están «santificados», es decir, apartados para Dios, por el Espíritu Santo que han recibido. Le pertenecen por completo.
A partir del versículo 17, Pablo vuelve sobre su ministerio anterior. Solo habla de lo que Cristo ha hecho por medio de él. No se glorifica a sí mismo, sino que habla del poder de Dios. ¡Cuánta fidelidad ha manifestado, sin embargo, en su ministerio! Desde Jerusalén hasta Iliria, había anunciado el Evangelio en toda su plenitud por todas partes. Iliria se extendía a lo largo de la costa adriática y abarcaba partes de los actuales países de Albania, Bosnia-Herzegovina y Croacia. Por otra parte, nunca se demoraba innecesariamente en un lugar, aunque permaneció bastante tiempo en Corinto o en Éfeso, por ejemplo. Pablo nunca perdió de vista su misión –llevar el Evangelio a quienes aún no lo conocían– incluso cuando el mundo griego de la época ya había sido alcanzado por el Evangelio. Por eso leemos que tenía la intención de llegar hasta España (v. 24).
16.4 - Planes de viaje del apóstol
Versículos 22-33. El apóstol repite aquí lo que ya había mencionado en el primer capítulo: aunque había intentado en varias ocasiones ir a Roma, hasta ahora se lo habían impedido (v. 22; Rom. 1:13). Parecía ahora que su ministerio en Corinto y sus alrededores llegaba a su fin. Se preparaba para ir a Jerusalén con una ofrenda de amor material, reunida por los creyentes de Macedonia y Acaya. En estas provincias se encontraban las ciudades de Filipos, Tesalónica, Berea y Corinto. Estas observaciones muestran que debió de escribir esta Epístola poco antes de su partida de Corinto hacia Jerusalén.
Estas ofrendas, que fueron entregadas a los creyentes necesitados de Jerusalén, son un hermoso ejemplo de la comunión práctica entre los primeros cristianos. Los de las naciones habían oído y creído, para su bendición, la buena nueva que venía de Jerusalén (Lucas 24:46-47). Ahora podían, a su vez, acudir en ayuda de los creyentes necesitados de Jerusalén mediante un apoyo material.
El apóstol Pablo tenía la intención, tras su estancia en Jerusalén, de dirigirse a España pasando por Roma. Sin embargo, parece que acudió a Jerusalén con cierto temor. Por eso pidió a los hermanos y hermanas de Roma que oraran por él, «para que yo sea librado de los incrédulos que están en Judea» (v. 31). En los Hechos de los Apóstoles vemos que fue hecho prisionero en Jerusalén y que más tarde llegó a Roma como prisionero (Hec. 19:21). A pesar de todo, el Dios de paz también velaba por su vida.
17 - Romanos 16
17.1 - Muchos saludos
Versículos 1-16. El capítulo comienza con un ejemplo de carta de recomendación. Febe, una hermana de la iglesia de Cencrea (ciudad portuaria de Corinto), aparentemente había viajado a Roma. Fue calurosamente recomendada a los hermanos y hermanas de esa ciudad para que la recibieran. Tales cartas de recomendación eran necesarias en aquella época (vean también 2 Cor. 3:1). Y las siguen siendo hoy en día. Si alguien se dirige a una asamblea donde no se le conoce, debería llevar consigo sin falta una carta de recomendación para que esos creyentes sepan con quién están tratando.
La larga lista de saludos muestra que el apóstol conocía personalmente a muchos hermanos y hermanas en Roma. ¡Qué hermosos son esos comentarios que hace sobre algunos nombres! Dios los ha consignado en la Biblia para animarnos.
La pareja formada por Prisca y Aquila se menciona en 6 ocasiones en el Nuevo Testamento. Ambos sentían un amor abnegado tanto por el apóstol como por la Asamblea. Epeneto había sido, en la provincia de Asia, el primer fruto del Evangelio para el Señor. Pablo tenía, evidentemente, familiares que habían llegado a la fe en Cristo antes que él. Aunque todos los redimidos son, fundamentalmente, amados (Col. 3:12), existen diferencias en la realización práctica de su vida cristiana. No todos disfrutan en la misma medida del amor del que se benefician. ¡Qué gozo ver entre ellos a personas que han demostrado sus pruebas y a otras que manifiestan un compromiso especial en su servicio al Señor! El Señor ve y toma nota de todo lo que, en nuestra vida, es verdaderamente para Él.
17.2 - Últimas exhortaciones y alabanza final
Versículos 17-27. En su discurso a los ancianos de Éfeso, Pablo declaró: «De entre vosotros mismos se levantarán hombres hablando cosas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras de sí» (Hec. 20:30). Aquí, advierte a los destinatarios de la Epístola contra esas mismas personas. Si nos alejamos de estas personas, no tendrán ningún éxito. ¡Vigilemos, pues, para que la Palabra predicada sea conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento, y guardémonos de seguir a cualquiera! ¡Seamos prudentes en lo bueno y sencillos en lo malo! Detrás del mal, ya sean actos o enseñanzas, siempre se esconde Satanás. Pero es un enemigo vencido, sobre el que pronto se ejecutará el juicio.
Como la mayoría de sus Epístolas, Pablo también dictó esta. Tercio fue el escriba; además de los demás saludos, añadió sus saludos personales a los hermanos y hermanas de Roma.
El apóstol Pablo tenía un doble ministerio: era a la vez siervo del Evangelio y siervo de la Iglesia (Col. 1:23-25). Había servido a los romanos como siervo del Evangelio. Pero al final de la Epístola, también evoca el otro aspecto de su ministerio cuando habla de la revelación del misterio que ahora ha sido manifestado a las naciones. Se trata de la verdad de la Iglesia que, en la época actual, los creyentes de entre los judíos y los creyentes de entre las naciones están unidos entre sí. Juntos, forman el Cuerpo de Cristo. Esta verdad, hasta entonces desconocida, se desarrolla sobre todo en las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses.