En desarrollo

Epístola a los Romanos


person Autor: Rudolf BROCKHAUS 3


1 - Introducción

La Epístola a los Romanos fue escrita en Corinto el año 58 o 59 después de Cristo, cuando Pablo estaba a punto de partir para Jerusalén a fin de llevar el producto de las colectas de creyentes de Acaya y Macedonia (15:25-28).

Pablo nunca había estado en Roma, pese a haber deseado ardientemente, durante muchos años, ver a los creyentes de esa ciudad (15:23). No sabemos cómo comenzó la obra en Roma ni qué instrumentos empleó Dios para fundar la asamblea de esta localidad. En general se piensa que judíos que habitaban en Roma y habían acudido a Jerusalén con motivo de la fiesta anual [1] se enteraron allí de los acontecimientos y refirieron en la gran capital del mundo lo concerniente a Jesús. En todo caso, es seguro que ni Pablo ni Pedro, el apóstol de la circuncisión, fueron esos instrumentos, pues solo llegaron a Roma pocos años antes de la muerte de ambos, ocurrida más o menos en el mismo momento [2]. ¿No fue precisamente la sabiduría de Dios la que lo dirigió todo para que Roma no pudiera gloriarse de tener una asamblea fundada por un apóstol, como sí había sido el caso de otras ciudades menos importantes, como Éfeso, Corinto, Filipos, etc.? ¿No es por esto mismo que tenemos por escrito, y estos tratados de una manera tan completa, los diversos temas de nuestra epístola, como el estado del hombre en Adán, la poderosa intervención de Dios mediante el Evangelio, la justificación del creyente por la muerte y la resurrección de Cristo, etc.? Si el apóstol hubiese ido antes a Roma, tal como se lo proponía, naturalmente que habría comunicado en forma oral a los cristianos de Roma lo que ahora tenemos por escrito en su epístola. Además, Dios había dejado que en Roma las circunstancias se desarrollaran de forma tal que hicieran necesaria una epístola tan detallada y completa como esta sobre las verdades fundamentales del Evangelio.

[1] N. del T.: Muy probablemente en Pentecostés (véase Hec. 2:10).

[2] N. del T.: Se puede pensar que Pablo llegó por vez primera a Roma en la primavera del 62 y por el relato de los Hechos es sabido que Pedro no estaba allí. Una tradición antiquísima, y con ciertos visos de credibilidad, asegura que Pablo fue degollado en la vía Ostiense y que Pedro fue clavado en una cruz, cabeza abajo, entre los años 64 y 67 de nuestra era.

Si bien la asamblea de Roma debió estar compuesta principalmente por cristianos salidos del paganismo, sin duda debía de haber en ella un buen número de judíos convertidos que conservaban un espíritu legalista –«no manejes, ni gustes, ni aun toques»–, en tanto que los creyentes salidos del paganismo estaban expuestos al peligro de usar una libertad carnal [3]. Así se habían producido roces desprovistos de amor, los que amenazaban no solamente con introducir en la asamblea en Roma la división, sino también con corromper la verdad.

[3] N. del T.: En las Escrituras la palabra carne se refiere al hombre que obra independientemente y, por lo tanto, en contra de Dios (véanse las obras de la carne mencionadas en Gál. 5:19-21; Rom. 1:26-31; Efe. 5:11-12; Col. 3:5 y 8; 2 Tim. 3:1-5).

Cuando se estableció el canon [4] de las Sagradas Escrituras se dio la primera ubicación a la Epístola a los Romanos, pese a no haber sido escrita en primer lugar, ya que las Epístolas a los Tesalonicenses, a los Gálatas y a los Corintios la precedieron. La razón de ese primer lugar en el orden obedece pues, a su importancia doctrinal.

[4] N. del E.: Canon: catálogo de los libros sagrados de la Biblia recibidos como auténticos.

1.1 - La responsabilidad del hombre y la gracia de Dios

En la Escritura hay dos grandes temas concernientes a las relaciones del hombre con Dios: por una parte, la responsabilidad del hombre para con Dios, y por otra, los designios de gracia de Dios para con el hombre. El primero de esos temas lo vemos representado en el primer hombre, Adán, y el otro en el segundo hombre, el último Adán, Jesucristo, el Hijo de Dios.

El primer hombre, creado puro, fue puesto en un estado de inocencia en medio del huerto de Edén, cuyos árboles –el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal– indicaban, respectivamente, la posibilidad de una vida inmortal para el hombre y su responsabilidad para con Dios. El hombre, en lugar de permanecer bajo la dependencia de Dios a fin de vivir eternamente en la tierra, se levantó contra Él, transgredió su mandamiento y así perdió la vida y la inocencia. Más tarde, cuando la cuestión de la vida y de la responsabilidad fue planteada de nuevo por la ley del Sinaí, el hombre violó esta ley y cayó bajo la maldición y el juicio, y cuando finalmente Dios, en su bondad infinita, apareció en este mundo en la Persona de su Hijo, el hombre reveló su irremediable estado de perdición a través del rechazo del amor de Dios y de su enemistad contra Cristo. Después de esta larga prueba en la cual el hombre se había mostrado como enemigo de Dios y desdeñoso de su gracia, no podía esperar más que el juicio. «Ahora es el juicio de este mundo», decía el Señor mientras iba hacia la cruz.

Es bueno comprender claramente que ello nos muestra el fundamento sobre el cual está establecida la Epístola a los Romanos y también nos hace conocer la razón por la cual se le ha dado el primer lugar: ella trata la cuestión más importante, pues nos dice cómo pudieron ser restablecidas sobre un nuevo fundamento las relaciones del hombre con Dios.

¿Cómo pudo ser eso? El hombre, como queda dicho, después de haber mostrado en todo sentido su culpabilidad, su pecado y su enemistad contra Dios, debió sufrir las inevitables consecuencias de su caída, y entonces Dios intervino, tal como lo había anunciado al declarar que la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente. La promesa hecha a Abraham, en cuanto a que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones, fue cumplida. Lo que la ley no podía hacer –pese a ser santa, justa y buena– Dios lo cumplió al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, y al condenar al pecado en la carne (8:3). Cristo cargó con toda nuestra responsabilidad, ya que en la cruz no solamente tomó sobre sí nuestros pecados, sino que también fue hecho pecado y glorificó perfectamente a Dios en cuanto al pecado. Él nos logró la vida y la gloria.

1.2 - Alcance de la Epístola a los Romanos

Sin embargo, desde un comienzo tengamos en cuenta que la Epístola a los Romanos, si bien pone ante nuestras miradas al Evangelio de Dios en toda su plenitud, no abarca todo lo que constituye aquello a lo cual el apóstol Pablo llama su evangelio: el designio de Dios, el cual antes de la fundación del mundo coloca al creyente ante Dios, santo e irreprensible (o sin mancha) en amor y ya le da en Cristo una posición en los lugares celestiales; el misterio de Cristo y de su Cuerpo, la Asamblea o Iglesia; el Jefe de la nueva creación glorificado a la diestra de Dios. Todo ello lo vemos solo anunciado en la Epístola a los Romanos; pero, si queremos conocer ese designio de Dios, debemos leer la Epístola a los Efesios, mientras que la dirigida a los Colosenses nos describe más bien la vida de un creyente resucitado.

La Epístola a los Romanos considera al creyente como un hombre que vive en la tierra, que posee la vida de Cristo y el Espíritu Santo, de modo que no hay «ninguna condenación» para él, ya que está escondido en Cristo. Su deuda está pagada, el pecado está juzgado y, estando justificado por la obra de Cristo, tiene la paz con Dios. Es exhortado a andar en novedad de vida y a presentar su cuerpo como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Sin embargo, esta epístola no lo considera aún como resucitado con Cristo. Es verdad que el apóstol saca la conclusión de que «si fuimos identificados con él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección» (6:5), pero no va más allá. Esta verdad, como acabamos de decirlo, la hallamos en la Epístola a los Colosenses. Repito: lo que nos presenta la Epístola a los Romanos es la obra de gracia de parte de Dios para la justificación del pecador impío, por la muerte y la resurrección de Jesucristo, como así también la recepción en Cristo del creyente, el cual entonces puede ser considerado «en Cristo», pero viviendo en esta tierra no como un hombre en la carne, sino en el Espíritu, porque el Espíritu de Dios mora en él.

En esta epístola no vemos al creyente como una «nueva creación», si bien otros pasajes de la Palabra nos los muestran como poseedor de la nueva vida que pertenece a tal nueva creación; creación que forma una parte del designio de Dios que no hallamos en la Epístola a los Romanos, como ya lo hemos dicho. El hombre es una criatura responsable en este mundo y es tratado como tal. La obra de Cristo hizo frente a la responsabilidad del creyente que se halla en este mundo, su cuerpo es templo del Espíritu Santo y el amor de Dios es derramado por este Espíritu en su corazón. Como salvado en esperanza, es objeto del favor de Dios y se gloría en la esperanza de la gloria de Dios; es un hijo de Dios y, como tal, es heredero de Dios y coheredero con Cristo. No aparece como resucitado con Cristo ni como transportado a los lugares celestiales, sino que es llamado a sufrir aquí abajo con Cristo para ser glorificado con él al final de su carrera.

1.3 - División de la epístola

Consideremos ahora la división de la epístola [5]: después de una corta introducción (v. 1-15) –en la cual el apóstol habla de la orden que recibió en cuanto a anunciar «el evangelio de Dios… acerca de su Hijo» y en la cual expresa su afecto por los creyentes de Roma, al igual que su ardiente deseo de verlos para comunicarles algún don espiritual– describe en pocas palabras dicho evangelio. Lo llama «poder de Dios para salvación a todo el que cree», y dice que en ese evangelio la «justicia de Dios es revelada por fe y para fe» (v. 16-17). Todo es atribuido a Dios: es el Evangelio de Dios, el poder de Dios y la justicia de Dios.

[5] N. del E.: Ver el bosquejo resumido al final de este libro.

De 1:18 hasta 3:20 tenemos la descripción del corrompido estado del hombre y su culpabilidad. Leemos que «la ira de Dios es revelada desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen con injusticia la verdad». Todos, paganos y judíos, son culpables; los unos, «sin ley perecerán», los otros, «por la ley serán juzgados». El mundo entero, sin excepción alguna, ha caído bajo el juicio de Dios; toda boca es cerrada (3:19).

Desde el versículo 21 del capítulo 3, hasta el capítulo 5, versículo 11 una maravillosa verdad es desarrollada. La misericordia de Dios ha provisto lo necesario para ese estado miserable: Cristo. El único remedio era la sangre del Hijo de Dios; esa sangre se derramó en el Gólgota. Ahora, la justicia de Dios se manifiesta, por la fe en Jesucristo, para todos y sobre todos aquellos que creen. Dios se mostró justo, tanto al pasar por alto, merced a su paciencia, los pecados pasados como al justificar ahora a aquel que es de la fe de Jesús. Ella trastornó todas las pretensiones de los judíos en cuanto a los privilegios que ellos fundaban sobre su descendencia de Abraham y abrió la puerta a todos los hombres, incluso a los paganos, hasta entonces considerados como impuros.

Abraham y David (cap. 4), esos dos grandes pilares del judaísmo, fueron justificados de igual modo, a saber, por la fe, sin obras. El llamamiento de Abraham conduce al apóstol a otra verdad muy importante, es decir, la resurrección de Cristo y la introducción del creyente en un estado completamente nuevo delante de Dios: justificado por la fe, tiene paz para con Dios, tiene acceso a Su favor y ha hallado gracia. La resurrección del Señor es la plena demostración del recibimiento y de la justificación del creyente.

Desde el capítulo 5, versículo 12, hasta el final del capítulo 8, el apóstol trata seguidamente la cuestión del pecado, no de las faltas personales, como lo había hecho hasta allí, sino del pecado como tal, del estado del hombre en la carne. Cuando se trata de pecados, puede haber diferencia en el grandor de la falta y de la responsabilidad; pero, cuando se trata del pecado, todos somos de la misma naturaleza, y el apóstol habla del origen de las dos naturalezas y de las cabezas de las dos familias: de Adán y de Cristo. Por tal razón, en esta parte de la epístola no se dice que Cristo murió por nuestros pecados, sino al pecado (6:10). No vemos allí lo que hemos hecho, sino lo que somos; nos enteramos de que en nosotros –es decir, en nuestra carne– no mora el bien. Este conocimiento puede hacer que un hombre se sienta profundamente desdichado, incluso si ya tiene conciencia del perdón de sus pecados. La paz del creyente se vuelve tanto más profunda y estable cuando descubre, en el camino de la experiencia, que no solo Cristo murió por él, sino que él murió con Cristo y que puede gozar de todas las benditas consecuencias de esta muerte. Aquel que murió está justificado del pecado: este no tiene más dominio sobre él; puede presentarse ante Dios como vivo de entre los muertos y puede presentarle sus miembros como instrumentos de justicia (cap. 6). También está muerto al primer marido, la ley, la cual fue dada al hombre en la carne, y él pertenece a otro, a Aquel que resucitó de entre los muertos (cap. 7).

De modo que las palabras transgresión y perdón caracterizan a la primera parte de nuestra epístola (cap. 1 al 5:11), y las palabras pecado y liberación caracterizan a la segunda (5:12 al cap. 8). Las transgresiones, los pecados traducidos en palabras y obras, pueden ser perdonados, pero nuestro estado debía ser renovado, y ello solo podía tener lugar por medio de la muerte. En Cristo, estamos muertos en cuanto a nuestro antiguo estado para andar desde entonces delante de Dios en novedad de vida por gracia.

De manera que hemos visto, en la primera parte de la epístola, que nuestros pecados fueron borrados por la muerte de Cristo, y, en la segunda, que, por el mismo medio, tenemos ahora nuestro lugar ante Dios en Cristo.

El capítulo 8 desarrolla a continuación los gloriosos resultados de esta liberación; no estamos más en la carne, sino en el Espíritu. El Espíritu de adopción mora en nosotros y esperamos la liberación de nuestro cuerpo. Dios es por nosotros y nada puede separarnos de su amor que es en Cristo Jesús, nuestro Señor.

¿Cómo conciliar entonces los caminos misericordiosos de Dios hacia todos los hombres con las promesas especiales que Dios dio a su pueblo terrenal? Tal es el asunto que el apóstol trata en los capítulos 9 al 11. Las promesas habían sido dadas sin condiciones; los judíos, aunque eran descendientes naturales de Abraham, «tropezaron en la piedra de tropiezo» (9:32) y, a causa de su desobediencia e incredulidad, perdieron todos sus derechos a esas promesas. Después de ello, Dios quedaba en completa libertad para ejecutar sus pensamientos anunciados por los profetas acerca de los paganos. Él es soberano en sus actos y obra según esa soberanía. Él salvó a un remanente de Israel y salva hoy en día a quien quiere de entre los judíos y de entre las naciones (cap. 9 y 10). Sin embargo, Dios no ha desechado a su pueblo; sus dones de gracia y el llamamiento son irrevocables, y, cuando la plenitud de las naciones fijada por Dios haya entrado, todo Israel será salvo, pues «Vendrá de Sion el Libertador; y apartará de Jacob la impiedad» (11:26). Las ramas desgajadas del olivo de la promesa serán de nuevo injertadas en su propio olivo (cap. 11).

El capítulo 11 termina la parte doctrinal de la epístola. Seguidamente encontramos exhortaciones a andar de manera agradable a Dios a través del cumplimiento de su voluntad, buena y perfecta. Luego hallamos exhortaciones relativas a las relaciones de los creyentes entre ellos, como miembros de un solo Cuerpo (es ese el único pasaje de la epístola en el que se alude a esas relaciones de miembros del Cuerpo). Finalmente se consideran también las relaciones con las autoridades, las que son establecidas por Dios como sus servidores en este mundo (cap. 12 y 13). En una palabra, allí encontramos al cristiano en la Casa de Dios, en la familia celestial y en el mundo.

En los capítulos 14 y 15, el apóstol exhorta primeramente a los creyentes a soportarse mutuamente en las divergencias de opiniones sobre el comer y el beber, sobre la observancia de días, etc., divergencias que se habían planteado entre ellos a causa de la presencia de elementos judíos. Luego les exhorta a tener paciencia para soportar la flaqueza de los débiles y a andar todos con un mismo sentir según Cristo Jesús. A continuación, habla una vez más de su deseo de ir pronto a Roma, de paso para España.

En el último capítulo sigue una serie de saludos a personas de Roma a las cuales el apóstol conocía y que se habían distinguido por su fidelidad y su celo en el servicio del Señor. Luego encontramos una solemne advertencia a aquellos que procuraban perturbar las preciosas relaciones entre los hermanos y causaban divisiones y tropiezos. Tercio, el compañero del apóstol y escritor de la carta (aparte de la Epístola a los Gálatas, Pablo no escribió –que nosotros sepamos– ninguna otra con su propia mano) y algunos otros hermanos agregan sus saludos a los del apóstol. Finalmente, el apóstol termina con una oración que se corresponde maravillosamente con todo lo que desarrolló en la epístola: «Al único sabio Dios, por Jesucristo, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

Pablo, como lo hemos dicho varias veces, en la Epístola a los Romanos no habla del designio de Dios, pero no puede dejar de mencionar –al menos mediante algunas palabras en los últimos versículos– su evangelio y el misterio que se había mantenido oculto desde los tiempos eternos. Misterio que ha sido manifestado ahora y que, por las Escrituras de los profetas, ha sido dado a conocer, según el mandamiento del Dios eterno. Ese misterio, que llenaba su corazón y sus pensamientos, él ya lo había revelado en parte en la Epístola a los Corintios, pero lo hará seguidamente en forma detallada, en el momento indicado por Dios, bajo la dirección del Espíritu Santo, en las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses.

2 - Capítulo 1: Necesidad del Evangelio

2.1 - El apóstol Pablo

El saludo con el que el apóstol introduce su epístola es largo e instructivo. Pablo se llama primeramente siervo de Jesucristo. Conocía mejor que nadie la libertad cristiana, pero consideraba un honor especial ser un siervo de Cristo, de manera que en muchas ocasiones se llama así, lo que nosotros también deberíamos hacer con gozo.

Él no solo era «siervo», sino también «apóstol», e incluso apóstol «llamado» [6]. Los otros apóstoles asimismo eran llamados, pero el apóstol Pablo lo era en un sentido especial. Los doce habían sido llamados y enviados por el Mesías que vivía en la tierra, mientras que Pablo había recibido esta gracia del apostolado directamente del cielo, del Hijo del hombre glorificado a la diestra de Dios, y su apostolado había sido confirmado seguidamente por el Espíritu Santo (Hec. 9 y 13:1-4). No estaba fundado en decisión humana («no de parte de los hombres, ni mediante hombre» - Gál. 1:1) sino únicamente en Dios. Puesto aparte por Dios desde el vientre de su madre, había sido llamado más tarde por gracia de Dios (Gál. 1:15).

[6] N. del T.: Esto es: apóstol por llamamiento de Dios.

«Apartado para el evangelio de Dios». Dios tiene una buena nueva para el mundo entero, para judíos y gentiles, una nueva que es exactamente lo contrario de lo que los hombres habitualmente conocen de él, pues, en efecto, ¿qué hombre conoce a Dios como aquel que «la da generosamente y sin reproche» (Sant. 1:5), que no se agrada en la muerte del pecador y que está dispuesto a perdonar?

Es cierto que habían transcurrido miles de años desde la caída del hombre antes de que Dios revelase su evangelio, pero durante esos largos años no le había sido posible callar sus designios de gracia, de modo que formuló promesas por medio de sus profetas en las santas Escrituras (v. 2): una Luz se levantaría y todos los confines de la tierra verían Su salvación; luego, «cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gál. 4:4).

Pablo –como él lo dice aquí– había sido apartado para este evangelio. El Señor lo había designado como servidor y testigo, liberándole de su pueblo Israel y de las naciones, hacia los cuales él quería enviarle para abrir los ojos de ellos y anunciarles la remisión de pecados (Hec. 26:16-18). Debía llevar a unos la liberación con respecto al yugo de la ley y a otros la liberación respecto del poder de Satanás. Era Jesús, la glorificada Cabeza de su Cuerpo, quien le llamaba y le enviaba. El Señor le había dicho: «¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!». Todo era especial en su caso: la Persona que llamaba, el llamamiento y la persona llamada; por eso Pablo podía llamar al evangelio que le había sido confiado «su» evangelio o el evangelio de la gloria. Este último le colocaba, al igual que a aquellos que aceptaban su mensaje, sobre un terreno totalmente nuevo: les retiraba de en medio de los judíos y de los paganos [7] y les unía no a un Mesías viviente sino al Hijo del hombre resucitado, en la gloria, el jefe de una nueva creación. Por eso Pablo desde entonces no conocía a nadie según la carne, y tampoco a Cristo (2 Cor. 5:16), aunque en otro sentido le reconocía como el Hijo de David.

[7] N. del T.: Gentiles, paganos o naciones, estas palabras nombran a los que no son judíos.

2.2 - La Persona del Hijo

Esta Persona maravillosa era el objeto de su evangelio. Era «el evangelio de Dios… acerca de su Hijo…, de la descendencia de David, según la carne» (v. 3). Pese a haber aparecido como tal en medio de su pueblo terrenal para cumplir las promesas divinas, Cristo había sido rechazado. De este modo Israel, como pueblo, había perdido todos los derechos a esas promesas. De ahí en adelante, para los descendientes de Abraham como para los paganos, quienes carecían de derecho de ciudadanía en Israel y estaban sin Dios y sin esperanza en el mundo, solo había un medio para ser recibidos, a saber, el de la gracia incondicional.

Dios –cuyos dones de gracia y el llamamiento son sin arrepentimiento– en el futuro bendecirá a su pueblo terrenal y cumplirá para con él todas sus promesas. ¡Qué preciosa verdad! Hoy en día, por el contrario, él reúne un pueblo celestial de entre los judíos y los gentiles [7]. El Espíritu Santo descendió para glorificar «al Hijo» y formarle (buscarle) una esposa de entre todos los pueblos de la tierra. De manera que en lo que en otro tiempo no era más que una promesa, se ha convertido en una realidad. Las declaraciones de los profetas del Antiguo Testamento, únicas tenidas en cuenta aquí, han sido cumplidas, en lo concerniente a la encarnación del Señor, su muerte y su resurrección, como así también en cuanto a las gloriosas consecuencias de su obra. Las cosas que aquellos administraron en otro tiempo para nosotros nos han sido anunciadas por los mensajeros del Evangelio mediante el poder del Espíritu Santo (1 Pe. 1:10-12).

[7] N. del T.: Gentiles, paganos o naciones, estas palabras nombran a los que no son judíos.

Por cierto, que también hemos recibido preciosas promesas relativas a nuestro andar en el mundo, pero aquí no se trata de eso. Las promesas a las que se refiere este pasaje, concernientes al Evangelio de Dios, están cumplidas. Aquel de quien habla este Evangelio ha aparecido. Vino a este mundo, y lo hizo ostentando dos títulos, o bajo dos relaciones diferentes: él es el Hijo de David, según la carne, la que tomó en gracia, y es el Hijo de Dios, y, como tal, «designado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (v. 4). Como Hijo de David, no era solamente el objeto de las promesas de Dios, pero las cumplía también. Ya hemos dicho que el pueblo de Israel perdió, por haber rechazado a su Mesías, todos los derechos a esas promesas, las que, sin embargo, le pertenecen, pero Dios justamente se valió de ese hecho para revelar cosas más grandes y gloriosas y para cumplir su designio eterno. Cristo renunció a todos sus derechos como Hijo de David y con perfecta obediencia se sometió a la muerte de cruz; por eso Dios le resucitó y le dio gloria. Así fue «designado Hijo de Dios con poder». Dios ya había manifestado este poder en la resurrección de Lázaro y será nuevamente manifestado por la resurrección de todos los santos, pero la más potente manifestación de ese poder la vemos en la resurrección del Señor Jesús mismo (véase Juan 12:28 y Efe. 1:20). Después de haber sido cargado con nuestros pecados y haber sido hecho pecado por nosotros, después de haber sufrido, como tal, el justo salario del pecado, es decir, la muerte, Jesús salió de entre los muertos, triunfando sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás. El infinito poder de Dios se manifestó allí donde la muerte había entrado como consecuencia del pecado: Cristo resucitó, su carne no vio corrupción y su alma no fue dejada en el Seol (Sal. 16; Hec. 2:27).

¿Qué significa, pues, la expresión «según el Espíritu de santidad»? Del profeta Jeremías dice la Palabra que había sido santificado (puesto aparte) para Dios desde antes de su nacimiento (Jer. 1:5), y de Juan el Bautista nos señala la Escritura que había sido lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Cristo, por el contrario, como hombre era nacido del Espíritu Santo, y su vida en todo sentido era la expresión de las operaciones de este Espíritu. Sus palabras eran espíritu y vida. Todos sus actos obedecían al poder del Espíritu Santo. En una palabra, él se reveló en toda su vida como el Santo de Dios, inocente, sin defecto, apartado de los pecadores y finalmente se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios mediante el Espíritu eterno (Hebr. 7:26; 9:14). Él fue la perfecta ofrenda vegetal, de flor de harina amasada y untada con aceite. Sin cesar fue la expresión y el reflejo de la Deidad, cuya plenitud habitaba corporalmente en él. Fue probado hasta la muerte de cruz, en el fuego más ardiente, y solo manifestó la perfección de un perfume de grato aroma. Él murió (y debió morir) porque había tomado nuestra causa en sus manos, pero la muerte no pudo retenerle. «Sufriendo la muerte en la carne, fue vivificado por el Espíritu» (1 Pe. 3:18) [8], lo que quiere decir que el maravilloso poder del Espíritu Santo obró su resurrección, sin que eso modifique el hecho de que el Padre debía, para gloria suya, resucitar a aquel que le había glorificado aquí abajo, como así tampoco altera el hecho de que el Hijo poseía poder para poner su vida y para volverla a tomar. La resurrección del Señor era el testimonio innegable y público del poder que había obrado en él durante toda su vida y que había revelado lo que él era, a saber, el Hijo de Dios.

[8] N. del T.: Nos atenemos a la versión bíblica usada por el autor.

El tema del evangelio de Dios es, pues, Cristo, venido como Hijo de David para cumplir las promesas e Hijo de Dios declarado como tal con poder, según el Espíritu de santidad por medio de la resurrección de entre los muertos. De este Señor, entre tanto coronado de gloria y de honra a la diestra de Dios, Pablo había recibido «gracia y apostolado, para obediencia a la fe por su nombre entre todos los gentiles» (v. 5). En el mismo momento en que la gracia y la luz de lo alto penetró en su corazón tenebroso, fue llamado a dar testimonio de lo que había visto y oído y de lo que el Señor aún quería revelarle a continuación (Hec. 26:16). De modo que, desde el principio, su servicio fue más amplio que el de los doce; por eso aquí es cuestión de la obediencia a la fe. Esta obediencia le hace aceptar voluntariamente el mensaje venido del cielo y destinado no solo a Israel sino al mundo entero.

2.3 - Títulos gloriosos de los creyentes

Ahora bien: ¿qué pasaba con los creyentes de Roma? No eran apóstoles llamados, y sin embargo eran llamados: «Llamados para ser de Jesucristo… amados de Dios, santos por llamamiento», y todo ello por Jesucristo, Señor de ellos. Por cierto, eran títulos gloriosos que, por un lado, expresaban las nuevas relaciones de esos creyentes con el Padre y el Hijo y, por otro lado, indicaban que esos creyentes estaban sujetos a la autoridad del apóstol de los gentiles, pese a que él no hubiera colaborado a la fundación de la asamblea en Roma. En su calidad de apóstol, él podía, merced al poder del Espíritu, escribirles y dirigirles su saludo habitual, tan profundamente significativo: «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (v. 7). Ahora ellos eran hijos de ese Dios todopoderoso y siervos de ese Señor lleno de gracia, y el Espíritu Santo se complacía en reconocerlos como tales por medio del apóstol.

Nunca antes se habían conocido títulos semejantes, ni aun en tiempo de los patriarcas ni bajo el glorioso reinado de David o el de Salomón. Nunca tampoco se habían dado a conocer sentimientos o relaciones tales como los que vemos expresados en los siguientes versículos de esta epístola. Dios había dado a conocer de diversas maneras su majestad, su bondad maravillosa, su paciencia y su fidelidad, pero en vano buscaríamos en el Antiguo Testamento tales títulos o un lenguaje parecido. Pues no eran posibles antes de que el Señor viniera a este mundo. Incluso durante su vida y su andar en esta tierra, pensamientos y sentimientos como los que contienen los versículos 8 al 15 no podían hallarse en los corazones de los discípulos. Para eso habría hecho falta la obra de la cruz como fundamento. Si consideramos que la asamblea en Roma estaba compuesta en gran parte por creyentes que en otras épocas habían sido paganos, con mayor razón nos sorprende encontrar tan íntimo afecto entre ellos y el apóstol, quienes no se conocían.

«En primer lugar doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque vuestra fe es anunciada en todo el mundo» (v. 8). El amor se complace en señalar y distinguir lo que hay de bueno en los demás, y en esto el apóstol Pablo era un fiel imitador de su Señor. La situación e importancia de la ciudad de Roma, centro del poderoso imperio romano de la época, torna comprensible que la noticia de la fidelidad de esos creyentes se haya divulgado por todo el mundo. Ellos eran el blanco de persecuciones provenientes de fuera y de tentaciones generadas dentro. Lo mismo ocurría con la fe de los tesalonicenses, la que se había hecho notoria en Macedonia, en Acaya y en todo lugar, de modo que el apóstol no tenía necesidad de decir nada al respecto (1 Tes. 1:6-8).

2.4 - El deseo de Pablo

Pablo daba gracias de ello a su Dios y, cuanto más lo hacía, cuanto más llevaba en su corazón –con ardiente amor y continuas oraciones– a los creyentes de Roma, más profundo era su deseo de verlos a fin de hacerles partícipes de algún don de gracia espiritual y de afirmarlos en la fe (v. 9-11).

¡Qué cambio se había producido en el corazón de este hombre! En otro tiempo había sido un fanático defensor de la ley, un blasfemador del nombre de Jesús y un ardiente enemigo de Sus discípulos; ahora es un predicador infatigable –lleno del amor y de la gracia revelada en Jesús–, un hombre de fe, un siervo de Jesucristo. Se consagraba por entero a los demás, en penas y combates, en sufrimientos y aflicciones, aun cuando, al amarlos mucho más, fuera amado menos. Así era él…. ¡y cuántas otras cosas podríamos decir a su respecto! Deseaba ardientemente que le fuera permitido por la voluntad de Dios ir a Roma para verlos (v. 10). Por cierto, ningún hombre se preocupó por el bien espiritual del rebaño con tanto corazón, el corazón mismo de Jesucristo. Involuntariamente esta oración sube a nuestros labios: “¡Señor, ayúdanos a aprender de él! ¡Permítenos ser sus imitadores, así como él lo era de ti!”.

Tales palabras (v. 9-11) ¡cómo deben de haber emocionado los corazones de los creyentes de Roma! Pablo podía poner a Dios mismo por testigo de su veracidad; sí, le servía solo a él en su «espíritu en el evangelio de su Hijo». Ese servicio no estaba caracterizado únicamente por un celo exterior en el cumplimiento de un deber, sino por una interior consagración a Dios y por una devoción absoluta y plena de amor por el evangelio de su Hijo. Destaquemos de paso un cambio de expresiones: en el primer versículo se habla del evangelio de Dios, pero aquí del evangelio de su Hijo. Naturalmente que es el mismo evangelio, pero en el primero tenemos la fuente y en el segundo el medio por el cual el amor de Dios obró a través de Jesucristo para salvar a seres perdidos.

El versículo 12 es particularmente conmovedor y nos muestra la humildad del apóstol. Ya hemos visto que Pablo deseaba ir a Roma para comunicar a los creyentes algún don de gracia espiritual, a fin de afirmarlos, «esto» –agrega– «para que junto con vosotros seamos confortados, cada cual por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía» (v. 12). ¿Se trataba nada más que de un hermano que quería ir a Roma, o era el gran apóstol de los gentiles? (ver Fil. 2:1-3). La asamblea en Roma también debía saber que hacía ya tiempo que él deseaba visitarles: «No quiero que ignoréis, hermanos, que muchas veces me propuse ir a visitaros para tener algún fruto también entre vosotros, así como entre los demás gentiles, pero hasta ahora he estado impedido» (v. 13).

Pablo, pues, había tenido a menudo el deseo de ir a Roma, pero Dios, en su sabiduría, no se lo había permitido. Ya hemos hablado de los motivos probables. Ese deseo de Pablo de recoger algún fruto entre ellos, así como entre las demás naciones, estaba absolutamente justificado y era agradable a Dios. Pablo era, en efecto, deudor «a griegos como a bárbaros, a sabios como a ignorantes» (v. 14).

Él tenía conciencia de esta deuda, por lo cual, en tanto ello dependiera de él, estaba dispuesto a anunciarles el evangelio a los que estaban en Roma (v. 15). Como la extensión del viaje, el temor de ciertos peligros de la gran capital pagana u otros motivos de ese tenor no podían detenerle. El Señor satisfizo su ardiente deseo, pero por cierto de manera muy distinta de la que los creyentes de Roma o él mismo podían pensar: como «prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles» (Efe. 3:1).

El gozo de poder anunciar el evangelio también en Roma conduce al apóstol a hablar con más detalle del carácter de este evangelio y a abordar la doctrina de la epístola, «pues» –dice– «no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree, al judío primeramente, y también al griego» (v. 16).

2.5 - El Evangelio, poder de Dios

El Evangelio es poder de Dios y no una simple doctrina o una regla de conducta para el hombre, como lo había sido la ley. Por eso es también para «todo el que cree». Él no exige nada del hombre, sino que le otorga una salvación, cumplida en santidad y justicia, proveniente de Dios en forma directa y manifestando el poder de Dios. Ese Evangelio anuncia al pecador –carente de fuerza– una obra absolutamente perfecta y cumplida una vez para siempre. De ahí que solo sea para la fe [9]. La ley exigía, el evangelio da, sin condiciones y gratuitamente, a todo aquel que quiera aceptarlo, sea judío o gentil. El judío, como consecuencia de sus relaciones externas con Dios, debía ser llamado en primer término, al menos durante el tiempo que el antiguo sistema religioso no fuera aún hecho a un lado. Sin embargo, el gentil no era excluido de la gracia. «La gracia de Dios que trae salvación ha sido manifestada a todos los hombres» (Tito 2:11).

[9] N. del T.: O sea: solo destinado a quien tiene fe.

En el versículo siguiente el apóstol explica por qué el Evangelio es poder de Dios. Dice: «En el evangelio justicia de Dios es revelada por fe y para fe» (v. 17) [10]. No es una justicia humana la que nos es comunicada sobre el principio de la fe, sino la propia justicia de Dios. Otro poder que no hubiese sido el de Dios no habría podido darnos tal cosa. La ley habría podido dar una justicia humana a quien la hubiera observado, pero nadie podía observarla. Además, una justicia obtenida sobre el terreno de la ley no habría podido dar al hombre más que la vida terrenal, pues todo aquel que hiciera esas cosas vivirá por ellas, es decir, permanecerá vivo, no morirá; mientras que por la fe recibimos la justicia de Dios. ¿Cuál es esta justicia de Dios? Esta pregunta parece muy oportuna a causa de muchos errores que circulan en cuanto al sentido de esta expresión. Una justicia obtenida merced a la observancia de la ley –si ello fuera posible– en realidad no tendría valor para Dios. La justicia humana más perfecta no podría ser llamada justicia de Dios. Debemos abrir la Palabra para tener la respuesta a nuestra pregunta. Y ¿qué nos dice la Palabra? En Juan 16:8-10 leemos que el Espíritu Santo anunciado por el Señor convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio. «De pecado» –dice el Señor– «porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis». Dios mostró su justicia exaltando a su Hijo a su diestra porque él le había glorificado (ver Juan 13:31-32). En otras palabras, la justicia de Dios consiste en el hecho de que el Padre haya ensalzado al hombre Cristo Jesús a la gloria que él había tenido antes que el mundo fuese (Juan 17:5). El mundo rechazó a Aquel a quien el Dios justo glorificó, de modo que su pecado es completamente manifiesto y no le queda más que el juicio.

[10] N. del T.: O sea: «en él la justicia divina está revelada sobre el principio de la fe y para la fe».

El Evangelio que Pablo predicaba anunciaba esta justicia que Dios había manifestado, por una parte, resucitando a Jesús de entre los muertos y coronándole de gloria y de honra, y, por otra parte, colocando a todo creyente en la misma posición en la cual Jesús había entrado como hombre, ya que lo que Cristo cumplió para gloria de Dios, lo cumplió al mismo tiempo para nosotros, de manera que el apóstol puede decir en otro pasaje: «Al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21). Así como la justicia de Dios se ve primeramente en la glorificación de Cristo, de igual modo ella se ve ahora en nosotros, quienes estamos en Cristo, y ella será completamente manifestada cuando aparezcamos con él en la misma gloria como el fruto del trabajo de su alma.

Si tenemos necesidad de la justicia de Dios para poder subsistir ante él, es evidente que no obtenemos esta justicia más que por la fe, sobre el principio de una gracia absoluta. Todo esfuerzo del hombre no solo queda excluido, sino que es absolutamente malo. De esta manera la puerta fue abierta al mismo tiempo a todos los hombres. Todos, judíos y gentiles, de la misma manera tenían parte en esta justicia sobre el terreno de la fe: ello era «por fe y para fe». La fe era el único medio para obtener tal salvación y era para fe, donde ella pudiera mostrarse, como está dicho: «El justo por su fe vivirá» (Hab. 2:4). Y como lo era entonces lo es en nuestros días. ¡Dios sea loado por ello! Actualmente Dios manifiesta su justicia en el hecho de que es justo al justificar al que es de la fe de Jesús (3:26) y al darle desde ahora su posición en Cristo en los lugares celestiales (Efe. 2:6).

Después de lo que acabamos de considerar hasta aquí podemos comprender que el apóstol no haya tenido vergüenza del Evangelio. El mensajero de semejante nueva de parte de Dios para el mundo, por cierto, no tenía ningún motivo para no anunciarlo. Semejante mensaje jamás había sido oído. La justicia de Dios era anunciada libre y gratuitamente y podía ser aprovechada por todos los hombres sin distinción, solamente por la fe y sin agregarle nada humano.

2.6 - La culpabilidad de los gentiles

Con toda naturalidad el apóstol llega ahora a considerar por qué razón Dios debió desplegar tal amor. La causa determinante de ello es la irremediable ruina del mundo entero, la culpabilidad de todos los hombres, sean judíos o gentiles. Si Dios quería dar testimonio de su amor al mundo perdido, si quería salvar a los hombres –quienes a causa de su estado de perdición se dirigían a la muerte eterna– debía hallar un terreno sobre el cual pudiera obrar en gracia, no solamente sin desmerecer su justicia sino también, por el contrario, basándose en ella. En el vigente estado de cosas, el Dios santo solo podía revelar su ira. Por eso encontramos seguidamente el versículo 18, tan importante y, sin embargo, tan poco comprendido: «Porque la ira de Dios es revelada desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen con injusticia la verdad».

Destaquemos primeramente las expresiones iguales de los versículos 17 y 18: «la justicia de Dios es revelada» y «la ira de Dios es revelada». Ambas cosas son actuales en relación con el Evangelio: al mismo tiempo que la justicia de Dios es ofrecida por el evangelio, la ira de Dios es revelada desde el cielo. Esta no se ejerce aún –pues todavía no ha llegado el momento del juicio–, pero es revelada, y lo es al mismo tiempo que la palabra de la cruz.

Eso puede parecernos extraño actualmente, pero lo comprendemos al pensar en el cambio que resulta de la cruz de Cristo. En otro tiempo Dios ya había ejercido varias veces juicios solemnes sobre los hombres. Recordemos el diluvio, Sodoma y Gomorra, el mar Rojo, Coré, etc. Todos esos juicios eran manifestaciones terrenales de la providencia de Dios, claras señales de su gobierno, pero no una revelación de su ira desde el cielo. En esos diferentes casos Dios había dado testimonios de su justicia, de su santidad, de su odio por el pecado, pero, sin embargo, nunca había salido de la oscuridad, de detrás del velo que le ocultaba. Solo cuando el Hijo de Dios hubo cumplido su obra expiatoria y puesto así el fundamento de nuestra salvación fue plenamente manifestado lo que Dios es, pero también lo que es el hombre y lo que es el pecado.

La ley y los designios de Dios bajo el antiguo pacto habían revelado sus caracteres, pero él nunca había mostrado tan claramente como en la cruz cuán insoportables le resultan el pecado y el mal. En esa cruz, aquel que no había conocido pecado fue hecho pecado por nosotros y bebió la copa de la ira de Dios contra el pecado. Asimismo, nunca su amor y su misericordia se habían evidenciado como en la cruz, donde tenemos al mismo tiempo la más cautivante revelación de la justicia de Dios y la más elevada demostración de su amor.

Repitamos una vez más que, si bien por una parte el Evangelio nos revela la justicia de Dios, la que es otorgada gratuitamente a todo creyente, por otra parte, Dios nos muestra en él, de manera positiva, que su ira debe abatirse sobre «toda impiedad» (de la naturaleza que sea) y no solamente sobre la impiedad, sino también sobre la «injusticia de los hombres, que detienen con injusticia la verdad». Ahora, Dios no castiga más las injusticias sobre un único pueblo, como lo hacía con Israel (véase Amós 3:1-2), el cual poseía su Palabra. No asistimos más únicamente a sus designios gubernamentales para con los hombres y los pueblos a causa de sus actos, sino que ahora él juzga todo mal, todo lo que está en contradicción con él, quien es Luz. Su ira se revela desde el cielo contra todos los hombres sin excepción. Todos ellos, a causa de sus pecados, están expuestos a Su ira y continuarán así si no aceptan por la fe la salvación que se les ofrece (Juan 3:36). La culpabilidad de los individuos puede ser más o menos grande, pero todos ellos son culpables, todos son hijos de ira. El mundo entero está expuesto al juicio de Dios.

La impiedad es lo que caracteriza al estado de los gentiles. Están sin Dios y sin esperanza en el mundo, ignorantes y endurecidos, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos a la vida de Dios y extraviándose cada vez más (Efe. 2:12; 4:18).

La impiedad caracteriza aun más al estado del judío, quien no solamente poseía las promesas de Dios, sino que, por medio de la fe, tenía conocimiento de las justas exigencias de Dios para con su criatura. A pesar de ello, aun conociendo los pensamientos de Dios sobre el bien y el mal, se entregó a la impiedad y transgredió de mil maneras los santos mandamientos de Dios. Las ventajas que el judío poseía sobre el gentil solo sirvieron, pues, para aumentar su responsabilidad y su culpabilidad. Del mismo modo, en nuestros días la cristiandad tiene una enorme culpabilidad en razón de sus privilegios. Como la asamblea en Roma se componía ante todo de antiguos gentiles, es comprensible que el apóstol se interese primeramente (hasta el cap. 2, v. 16) del estado del mundo gentil y que solo a continuación hable de la impiedad de los judíos. Enumera tres causas de la culpabilidad de los gentiles ante Dios:

1) Poseen el testimonio de la creación. Lo que se puede conocer de Dios, su eterno poder y deidad, se discierne, desde la fundación del mundo, a través de las cosas hechas por Él (v. 19 y 20).

2) Han tenido, en el principio, el conocimiento de Dios (v. 21).

3) Tienen una conciencia (aunque esté oscurecida) que da testimonio dentro de ellos, de manera que sus pensamientos se acusan entre ellos o también se excusan (2:14-15).

Los gentiles, pues, tienen una responsabilidad mucho más grande de lo que se piensa habitualmente.

¿Qué hicieron de lo que les fue confiado? Lamentablemente, «no tienen excusa» (v. 20).

2.7 - La creación da testimonio acerca de Dios

Las maravillosas obras y leyes de la creación les demostraban sin cesar la grandeza, el poder y la sabiduría de Dios, pero «no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias». Su orgullo y presunción les hicieron caer cada vez más bajo en la locura y las tinieblas de sus corazones, y el juicio cayó sobre ellos. En el capítulo que consideramos se repite tres veces la solemne expresión: «Dios los entregó». Sin embargo, en su bondad, él no se dejó a sí mismo sin testimonio, pues les dio «lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de alimento y felicidad» (Hec. 14:15-17), pero ellos solo respondieron a su bondad con ingratitud y menosprecio.

Ahora bien; los hombres no solo han tenido la posibilidad de discernir a Dios por la creación, sino que en el principio realmente le conocieron (v. 21). Antes del diluvio no oímos hablar de idolatría, y, aunque la maldad en ese tiempo fue grande, desde la creación de Adán hasta Noé (más de 1.600 años), Dios no se dejó sin testimonio. Luego, cuando la historia del hombre recomenzó en la tierra purificada por el juicio, hubo en la familia de Noé –la cual poseía el conocimiento de Dios– un nuevo testimonio para la generación siguiente. Pero el hombre, en lugar de prestar atención a ese testimonio y dejar que la luz divina resplandeciera en su corazón y alumbrara su camino, se apartó de Dios, olvidó poco a poco que hay un solo Dios y cayó en la locura. «Pretendiendo ser sabios, se hicieron insensatos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» (v. 22 y 23).

En pocos trazos, el apóstol describe la variada corrupción en la cual cayó el hombre, desde el punto de vista religioso, después del diluvio. Seguidamente describe la terrible depravación moral que es la inevitable consecuencia del alejamiento de Dios y de la idolatría. «Por lo cual Dios los entregó, en las pasiones de sus corazones, a la impureza, para que sus cuerpos sean deshonrados entre ellos, que cambiaron la verdad de Dios en mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador» (v. 24 y 25).

Al cambiar la verdad de Dios por la mentira, los hombres dieron más honra a la criatura que al Creador. Cuando el hombre deja la posición de criatura dependiente –la única que se le conforma–, se convierte en presa de sus pasiones y codicias, en juguete de Satanás, el padre de mentira, y rápidamente cae al final más abajo que la bestia. Las cosas mencionadas en los versículos 26 y 27 solo pueden llenarnos de horror y desagrado, y ¡cuán solemne es el pensamiento de que se encuentran punto por punto actualmente en el mundo que se dice cristiano! El cuadro profético de los «últimos días» de la cristiandad, pintado en 2 Timoteo 3:1-9, etc., es idéntico a aquel del mundo pagano descrito en los versículos 28-31, pues no falta nada. ¡Qué terrible será el juicio que pronto debe desatarse sobre tal corrupción!

Los hombres «no aprobaron tener en cuenta a Dios» (o sea, no tuvieron sentido moral para conservar el conocimiento de Dios): tal es la conclusión del Espíritu de Dios (v. 28).

Por eso «los entregó Dios a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen», y luego sigue esa larga lista sombría que comienza por «toda injusticia» y termina por «sin discernimiento, desleales, sin afecto natural, sin misericordia». En ella encontramos todos los actos que el Dios santo vio en la tierra en los siglos pasados y todo lo que ve todavía en nuestros días.

El hombre, habiéndose vuelto idólatra, extraviado, sometido al funesto poder del pecado, ha recibido la recompensa debida a su extravío y ha sido entregado a un espíritu reprobado, para practicar con avidez todas las infamias, y no solamente eso, sino que se complace con los que la practican. Sí, le gusta atraer a otros seres, que permanecen relativamente puros, a la corrupción en la cual él se halla. Conoce «el decreto de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte» pero, a pesar de ello, no solamente las practica, sino que se complace con los que las cometen (v. 32).

La criatura, creada en otro tiempo a imagen de Dios, ¿podrá caer aun más abajo? Por cierto, su culpabilidad (no solamente su pecado) ha sido demostrada de la manera más evidente, y Dios es justo al juzgar al culpable según su santidad.

3 - Capítulo 2

3.1 - La situación de los gentiles moralistas (2:1-16)

Todos los gentiles sin excepción, ¿habían caído tan abajo como lo indica el final del primer capítulo? No; había entre ellos quienes se apartaban con indignación de las infamias que se practicaban y eran aprobadas por la generalidad. Había filósofos, apóstoles de la moral, etc., que condenaban la triste senda de sus conciudadanos, apiadándose de ellos o despreciándoles. Eran como los doctores de la ley o los fariseos del tiempo de Jesús. Estos se consideraban mucho más justos que la multitud ignorante a la que menospreciaban (Juan 7:48-49). Ataban sobre los hombros de las gentes cargas pesadas y difíciles de llevar, pero ellos ni con un dedo querían moverlas (Mat. 23:4). Tenían la pretensión de ver, cuando en realidad eran ciegos. Eran doblemente culpables. Su pecado permanecía (Juan 9:40-41).

Lo mismo ocurría con los hombres mencionados aquí: juzgaban a los demás a causa de sus actos y en privado cometían los mismos hechos, aumentando así su responsabilidad. «Por lo cual estás sin excusa, oh hombre, porque al juzgar a otro, a ti mismo te condenas; puesto que tú que juzgas practicas las mismas cosas» (v. 1). Se puede obtener cierta consideración de parte de los hombres en esa posición, pero Dios nunca se dejará engañar por una apariencia de piedad y no reconocerá ninguna justicia humana. «Pero sabemos que el juicio de Dios es conforme a la verdad contra los que practican tales cosas» (v. 2). Dios sondea el corazón y la mente; la falta de sinceridad y la hipocresía le son abominaciones. ¡Qué insensato es el hombre que piensa poder escapar del juicio de Dios juzgando a los que cometen tales cosas y practicándolas él mismo! Al demostrar por su juicio que él conoce y acepta el juicio de Dios sobre el mal y, no obstante, cometiéndolo él mismo, se hace doblemente culpable.

El apóstol aprovecha esta ocasión para resaltar un importante principio divino: Dios, después de haberse revelado al hombre de diversas maneras, juzga ahora a todo hombre y obra a su respecto según sea la conducta que él observa acerca de esas revelaciones. Por eso el apóstol no habla ya exclusivamente de los gentiles sino de los hombres en general. «Judío» o «griego» (v. 9 y 10), o cristiano profeso podemos agregar. «No tienes excusa, oh hombre» –dice– «porque al juzgar a otro, a ti mismo te condenas», y después: «¿Y piensas, oh hombre…», etc. Y para este hombre viene «ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» (v. 5), el cual pagará a cada uno conforme a sus obras, «pues no hay acepción de personas ante Dios» (v. 11).

Es cierto que, al cumplir sus designios particulares, Dios eligió para sí, de entre los habitantes de la tierra, un pueblo al que le dio su ley y sus mandamientos, pero, en realidad, no hay diferencia entre los hombres. Todos tienen la misma naturaleza, todos son pecadores impuros y culpables ante Dios y todos tienen necesidad de arrepentimiento. Es verdad que tienen luces y conocimientos diferentes –y Dios, en su justicia, considera esas circunstancias–, pero todos serán manifestados ante él para recibir según sus obras (v. 6).

3.2 - El arrepentimiento

No obstante, hoy es aún el tiempo de la gracia, y Dios, en su bondad, impulsa a los hombres al arrepentimiento (v. 4). ¿Al arrepentimiento? ¿Qué es el arrepentimiento? No solo es –como se piensa generalmente– el juicio de los frutos de la mala naturaleza –por más que ello esté naturalmente comprendido en él– sino que es el completo cambio de la disposición de un hombre, el juicio sin contemplaciones del yo, visto a la luz de Dios. El arrepentimiento es, pues, una obra progresiva del Espíritu de Dios en el interior del alma. Obra que conduce a un hombre, cuya conciencia es despertada, a sondearse y juzgarse a sí mismo y a juzgar su comportamiento en la santa presencia de Dios cada vez más seria y profundamente. El verdadero arrepentimiento lleva al alma a estar de acuerdo con Dios. Sin el arrepentimiento no existe verdadera fe. Merced al arrepentimiento y la fe el hombre es renovado «en el espíritu» de su mente y vestido «del nuevo hombre, que es creado según Dios en justicia y santidad de la verdad» (Efe. 4:23-24).

Dios, en su bondad, paciencia y longanimidad, aún se esfuerza hoy en día para impulsar al hombre al arrepentimiento. Por eso, desdichado no solo de aquel que menosprecia esta bondad de Dios sino también de quien cuenta demasiado con esta bondad (agrada tanto hablar del “buen Dios”), procurando así olvidar el juicio cierto. Lamentablemente, ¡cuántos millones de almas obran así! Como no quieren saber nada del juicio venidero, desdeñan el día de la gracia y la gran salvación que se les ofrece, e incluso, según su dureza y su corazón no arrepentido, atesoran para sí mismos ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (v. 5). Si aquel que rechaza la ley de Moisés muere sin misericordia por el testimonio de dos o tres testigos, ¿de cuánto mayor castigo será juzgado merecedor aquel que pisoteare al Hijo de Dios e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? (véase Hebr. 10:28-29).

Si hemos captado el pensamiento del apóstol –quien en este pasaje no habla, como en el primer capítulo, del evangelio de Dios concerniente a su Hijo, sino que nos presenta los invariables y justos principios y los designios de Dios en cuanto al hombre– no nos será difícil comprender lo que sigue.

El Dios justo, para el cual no hay acepción de personas, «pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que perseverando en hacer el bien buscan gloria, honra e incorruptibilidad; pero ira e indignación a los que son egoístas y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre toda alma humana que hace lo malo, del judío primeramente y también del griego; pero gloria, honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego» (v. 6-10).

El apóstol anunció en el primer capítulo el mensaje glorioso: el Evangelio es «es poder de Dios para salvación a todo el que cree, al judío primeramente, y también al griego» (v. 16). Aquí, por el contrario, donde se trata del gobierno de Dios, el apóstol pone a todo hombre, al judío y al griego, ante una solemne alternativa. Cada uno será manifestado ante Dios según lo que haya hecho aquí abajo en su andar y en su estado interior: aquel que, perseverando en buenas obras, haya buscado la gloria, la honra y la inmortalidad, recibirá la vida eterna; pero aquel que haya desobedecido a la verdad y obedecido a la injusticia, será objeto de la ira y el enojo. Un hombre, solo puede hacer y buscar lo primero si está sometido a la acción del Espíritu Santo. Es necesario que conozca las verdades del cristianismo, pero ello no es considerado en estos pasajes; aquí solo se trata de la presentación de los justos designios de Dios para con el hombre, cuando Dios considera, en su santidad, el estado moral y los pensamientos de aquél. Es lo mismo en Juan 5:29, donde el Señor dice que los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida, mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Destaquemos también cómo el apóstol habla aquí de la «vida eterna». Aquellos que, perseverando en las buenas obras, buscan la gloria, etc., reciben al final de su carrera la vida eterna, es decir, entran en esta vida. La vida eterna, pues, no es considerada aquí como algo actual que el creyente posea, sino como la meta o final de una carrera de fiel devoción al Señor. Es el mismo sentido que se encuentra en otros pasajes, tales como el de Mateo 25:46, en el cual los justos entran en la vida eterna. Timoteo es exhortado a echar mano de la vida eterna (1 Tim. 6:12), y en Tito se habla de la esperanza de la vida eterna (Tito 1:2; 3:7). Por el contrario, el apóstol Juan, en su evangelio, habla de la vida eterna casi exclusivamente en el primer sentido [11]. En la epístola que consideramos hay un interesante pasaje en el cual la vida eterna es mencionada en los dos sentidos: en el capítulo 6:22-23, el apóstol dice, en efecto, que, habiendo sido libertados del pecado, tenemos por fruto la santificación y, como fin, la vida eterna; luego agrega que la «paga del pecado es muerte; pero el don de Dios es vida eterna, en Cristo Jesús Señor nuestro». Poseemos desde ahora, en Cristo, la vida eterna como un don de Dios, y al final de nuestra carrera entraremos en el pleno goce de esta vida en la gloria. ¡Qué gracia!

[11] N. del T.: O sea: como una posesión presente.

3.3 - El juicio de Dios será justo en cada caso

El apóstol habla seguidamente de las diferentes responsabilidades de los hombres. Todos ellos son responsables, pero el juicio de Dios será justo en cada caso, determinando la medida de la culpabilidad de cada uno según la magnitud de su responsabilidad. Había hombres sin ley (los gentiles) y otros bajo la ley (los judíos). El apóstol señaló claramente en la segunda mitad del capítulo 1 la culpabilidad de los primeros; por eso «sin ley perecerán» (v. 12); no pueden evitarlo. Por otra parte, los judíos que están bajo la ley conocen la voluntad de Dios y a sabiendas han transgredido sus mandamientos, de modo que son culpables en mayor medida que los gentiles, por lo cual serán juzgados por la ley (v. 12). Precisamente su posición privilegiada para dar testimonio acerca de Dios entre los pueblos de la tierra era la que hacía mayor su responsabilidad. El nombre de Dios ¿no había sido blasfemado entre los gentiles por causa de los judíos? (v. 24). ¿Cerrará Dios sus ojos ante la maldad que estos habían cometido? No, precisamente la ley –de la cual ellos se gloriaban– será la que les juzgará.

En el día del juicio cada uno será juzgado según su posición personal y sus privilegios: el gentil sin ley, el judío por la ley, el cristiano profeso según sus privilegios cristianos. En verdad el Juez de toda la tierra obrará justamente; toda boca será cerrada sin justificación posible. Como queda dicho, Dios no mira la apariencia, sino el corazón; le complace la verdad en el hombre interior, por lo cual «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los cumplidores de la ley los que serán justificados» (v. 13). Dios siente horror por todo lo que es solo apariencia exterior. Él se complace en la sinceridad. De manera que los gentiles que no tenían ley y hacían por naturaleza lo que es de la ley, eran más agradables a Dios que los judíos, quienes se gloriaban de ella y no la observaban. Esos gentiles eran, como lo dice el apóstol, «ley para sí mismos» al corresponder a las advertencias de sus conciencias. Mostraban la obra de la ley escrita en sus corazones según sus conciencias y sus pensamientos les acusaran o les excusaran (v. 14 y 15). Dios les reconocía como hacedores de la ley sin que nunca hubieran oído hablar de ella.

Destaquemos que el apóstol no dice que tales gentiles hayan recibido la señal del nuevo pacto, mencionada en Hebreos 10:15-16, pacto que el Señor establecerá en los últimos tiempos con su pueblo terrenal: «Pondré mis leyes en sus corazones, y también en sus mentes las escribiré» y «de sus pecados e iniquidades no me acordaré más». Un gentil que se hubiera sometido a la obligación de honrar a sus padres o de amar a su prójimo, al hacerlo habría cumplido, sin darse cuenta, los mandamientos de Dios y habría sido para Él, pese a la ignorancia y ceguera de aquél, mucho más agradable que un judío infiel, con todos sus pretendidos conocimientos y sus privilegios religiosos. Sin embargo, eso no cambia en absoluto el solemne principio establecido en el versículo 12, según el cual todos los que pecaron sin ley perecerán también sin ley y los que pecaron bajo la ley serán juzgados por la ley.

La severidad del juicio corresponderá a la conducta personal y a la medida de la responsabilidad de cada hombre, sea gentil, judío o cristiano profeso, es decir, sin vida. Este pensamiento es, por cierto, verdaderamente pavoroso para todo hombre que, pese a conocer la voluntad de Dios, siga las concupiscencias de su naturaleza o los pensamientos de su corazón obstinado e incrédulo. El juicio se ejercerá «el día en que Dios juzgue lo secreto de los hombres según mi evangelio, por medio de Jesucristo» (v. 16). Dios ejerce ya sobre los individuos y los pueblos un juicio gubernamental según los designios de Su providencia, pero un día «traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala» (Ecl. 12:14). En ese día, el Señor «sacará a la luz las cosas ocultas de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones» (1 Cor. 4:5).

A ese día se refiere aquí el apóstol, y al hablar del juicio de Dios sobre el hombre, agrega: «según mi evangelio». Pablo anunciaba el evangelio de Cristo, el Hombre crucificado, resucitado y glorificado a la diestra de Dios, quien ha venido a ser para todos los creyentes justificación, santificación y redención (1 Cor. 1:30). En atención a la gracia maravillosa que se manifestó en Jesús para ofrecer a todos sin distinción la salvación y la vida, la santa ira de Dios –que hoy ya se revela desde el cielo (1:18)– se derramará sobre todos aquellos que hayan pecado y menospreciado la gran liberación que les fue ofrecida. El mismo Jesús –quien ahora como Salvador llama al pecador al arrepentimiento– sacará a la luz, como «juez de vivos y de muertos» (Hec. 10:42), todos los designios y los hechos secretos de los hombres, y «cada uno reciba según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo» (2 Cor. 5:10). Todo esto se hará de acuerdo con el evangelio confiado a Pablo; por eso él dice: «según mi evangelio». ¡Qué respuesta aplastante para aquellos que, apoyándose en la verdad que asegura que Dios es amor, en su locura niegan el juicio eterno y predican la salvación final de todos los hombres!

3.4 - El estado de los judíos (2:17-29)

El apóstol, después de describir en el primer capítulo el estado de culpabilidad de los paganos y referirse en los primeros dieciséis versículos del segundo capítulo a la responsabilidad del hombre en general (judío o pagano) frente a Dios, se dirige seguidamente a los judíos en particular. «Pero tú te llamas judío, te apoyas en la ley y te glorías en Dios» (v. 17).

Israel gozaba de una posición privilegiada entre todos los pueblos de la tierra. Dios se le había revelado como el único Dios verdadero y le había dado sus santos mandamientos. El judío era instruido en los pensamientos de Dios y sabía discernir las cosas excelentes, motivos por los cuales se creía ser guía de ciegos y luz para aquellos que estaban en las tinieblas, a quienes consideraba con compasión o incluso con desprecio desde lo alto de su posición. Pero ¿qué pasaba con él en realidad? ¿Acaso sus privilegios le habían llevado a andar en los caminos de Dios? ¿Tal vez la luz que poseía le había apartado de las abominaciones paganas? Lamentablemente solo poseía una forma de conocimiento y de verdad por medio de la ley, y se creía «instructor de ignorantes, maestro de niños» (v. 20), aunque hacía exactamente lo mismo que el gentil. De manera que se hacía doblemente culpable. «Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, que proclamas no robar, ¿acaso no robas? Tú que dices que no se debe cometer adulterio, ¿no cometes tú adulterio? Tú que aborreces a los ídolos, ¿no robas de sus templos? Tú que te glorías en la ley, ¿deshonras a Dios transgrediendo la ley?» (v. 21-23). ¡Qué palabras abrumadoras! Todos los vanidosos discursos del judío no hacían más que mostrar con mayor claridad su vergonzosa situación. Si su conciencia hubiese sido un poco sensible, no habría podido hacer más que encorvarse bajo el severo juicio del apóstol y reconocer su pecado y su locura.

Por cierto, que los judíos no solo habían cometido un pecado tras otro y usado en beneficio propio los sacrificios que debían ofrecerle a su Dios, sino que su maldad había llegado a un punto tal que el nombre de Dios era blasfemado entre las naciones por causa de ellos (v. 24). Doquier habían ido, habían profanado ese santo nombre (ver Is. 52:5; Ez. 36:20-23).

Dios, quien no da su gloria a otro y quien juzga sin hacer acepción de personas, según la obra de cada uno, ¿podía aprobar tal conducta? Como lo hemos visto, él mira el corazón, ya que las formas exteriores carentes de poder no pueden bastarle. Y continúa diciendo el apóstol: «Porque, en verdad, la circuncisión aprovecha si cumples la ley; pero si quebrantas la ley, tu circuncisión se hace incircuncisión» (es decir, no te distingues en nada de un gentil). Y recíprocamente: «Por lo tanto, si la incircuncisión guarda los preceptos de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión por circuncisión?». En otras palabras: si un gentil guarda las exigencias de la ley, es aceptable ante Dios, e incluso –sin poseer los privilegios exteriores del judío y solo por cumplir la ley– juzga a este último, quien «con la ley y la circuncisión» es un transgresor de la ley (v. 25-27). Destaquemos que aquí, como en los versículos 1 al 16, el apóstol no desarrolla las verdades del evangelio, sino que habla de los justos designios de Dios acerca del hombre.

Solo para mayor abundamiento agregamos que esos designios por sí solos se hacen válidos para toda conciencia sincera y que de ninguna manera contradicen las revelaciones de la gracia de Dios en su Hijo amado. La conclusión del apóstol es clara y sencilla: «Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se ve exteriormente en la carne; pero es judío aquel que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; cuya alabanza no es de los hombres, sino de Dios» (v. 28-29). Una vez más encontramos el mismo principio: Dios se complace en la sinceridad; él rechaza toda forma exterior. ¿De qué sirven una religión exterior y la más exacta observancia de estatutos si el corazón y la conciencia no son puestos a la luz de Dios? Para ser un verdadero judío [12] es necesario tener la circuncisión de dentro, en espíritu, «cuya alabanza no es de los hombres, sino de Dios».

[12] N. del T.: O sea: un verdadero hijo de Dios.

4 - Capítulo 3 : El veredicto de Dios: Condenación — El remedio de Dios: Justificación

4.1 - Privilegios e infidelidad de los judíos

Si Dios, pues, exige tan solemnemente la sinceridad y rechaza toda forma exterior, ¿no es preferible ser un gentil incircunciso, con una responsabilidad menor que la de un judío? Muy naturalmente se plantea la cuestión: «¿Qué ventaja tiene el judío? O ¿Qué provecho la circuncisión?» El apóstol responde: «Mucho, de todas maneras; ciertamente porque primero, les fueron confiados los oráculos de Dios» (v. 2). En otro pasaje (9:4-5), él enumera todavía una serie de otros privilegios del judío, pero aquí solo nombra uno –el más elevado, es cierto–, a saber, el hecho de que el judío posee la Palabra de Dios por escrito. Dios no se había revelado a otro pueblo de la tierra tan directamente como a su pueblo Israel. Les había dado su buena Palabra, como descendientes de Abraham, al que Él en otro tiempo había apartado de los otros hombres por la circuncisión. ¿Cómo habían aprovechado ellos ese privilegio?

Israel había pisoteado la bondad de Dios. Aquí no consideramos el número más o menos grande de aquellos del pueblo que poseían la vida divina, sino más bien de los privilegios de Israel, como pueblo de Dios, y del uso que él había hecho de esos privilegios. Israel, bien lo sabemos, había sido infiel. ¿Esa infidelidad anularía la fidelidad de Dios y las promesas divinas? «¡De ninguna manera!» –replica el apóstol–; «Antes, sea Dios veraz y todo hombre mentiroso» (v. 4). Dios se atiene a su Palabra de una manera invariable. Él cumplirá sus promesas pese a toda la infidelidad de Israel. El apóstol no prosigue aquí la consideración de este tema, pero la retomará en detalle en el capítulo 11. Dios, de la misma manera que se atiene a sus promesas, mantiene también su juicio sobre el pecado. David, después de la gran falta que cometió, halló su único recurso confesando francamente su pecado y justificando a Dios, sin reparar en lo que ello podía costarle. Dijo: «Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando eres juzgado» (v. 4; Sal. 51:4). ¿Cómo podrían hallarse en falta las palabras de Dios o su juicio? Finalmente, todas las cosas concurrirán para su gloria y para vergüenza del hombre. En todo sentido Dios será el vencedor.

Mas (o «pero», palabra que el espíritu del hombre siempre opone a las declaraciones de Dios y que hallamos a menudo en esta epístola) si la infidelidad –o incredulidad– del ser humano hace resaltar con mayor brillo la inmutable fidelidad divina, «si nuestra injusticia realza la justicia de Dios, ¿qué diremos?» (v. 5). ¿Será injusto Dios al ejercer el juicio sobre aquellos que con su conducta hacen brillar con mayor resplandor Su fidelidad? El apóstol dice: «Hablo como hombre», es decir, como hablan y juzgan los hombres, sin reflexión, según su ignorancia, y él responde: «Jamás», pues si esta objeción fuese justa, Dios no podría juzgar a nadie, ni siquiera a los gentiles (v. 6). Abraham ya había declarado que Dios era el justo Juez de toda la tierra (Gén. 18:25) y los judíos reconocían que las iniquidades de los gentiles merecían el juicio divino.

¿No es, pues, insensato deducir del hecho de que la infidelidad del hombre ha hecho brillar con mayor resplandor la fidelidad de Dios, que el pecado y la culpabilidad del hombre no han disminuido, que Dios no puede ejercer el juicio como Juez de toda la tierra? ¿Eso, en otras palabras, no equivaldría a decir que Dios no debe castigar al pecador –sino, por el contrario, recompensarlo– porque la mentira de este ha puesto en evidencia la verdad de Dios? No, Dios siempre permanece fiel, inmutable: Él «no puede negarse a sí mismo» (2 Tim. 2:13). Sus promesas, al igual que sus amenazas de juicio, se cumplirán inevitablemente. A despecho de todas las objeciones del hombre, tanto los judíos como los gentiles serán sometidos al juicio del Dios santo.

Finalmente, el apóstol formula otra vez la pregunta: «Si por mi mentira la verdad de Dios ha abundado para gloria suya, ¿por qué también soy condenado como pecador?» (v. 7). Para responder, él se remite a los oyentes o lectores. Una conciencia sincera no se verá en aprietos a ese respecto. ¿Las consecuencias de una falta, aunque fuesen incluso favorables desde el punto de vista humano, podrían eximir de responsabilidad a un delincuente y librarle del castigo que merece, o hasta transformar su falta en una buena acción? Lo absurdo de este pensamiento recuerda entonces el falso principio que diversos adversarios atribuían a los creyentes: «Hagamos el mal para que llegue el bien» (v. 8). El apóstol, indignado en su fuero interno por tal acusación que después de todo evidenciaba el estado de alma de quien la formulaba, agrega: «de los cuales la condenación es justa». Tal acusador pronunciaba su propio juicio. Mientras una conciencia no ha sido convencida de pecado, atacará y ultrajará a la gracia, pero, desde el momento en que esa convicción se produce, tal conciencia asirá esa gracia y la recibirá con reconocimiento.

4.2 - Veredicto final: toda la humanidad culpable ante Dios

En el versículo 9, el apóstol retoma el hilo de su pensamiento, relacionado con el versículo 1: «¿Qué, pues? ¿Somos superiores?» y responde: «No, de ningún modo; porque ya hemos acusado tanto a judíos como a griegos, de estar todos bajo pecado». Estas dos clases de gente estaban indiscutiblemente convictas de pecado. Los judíos estaban muy dispuestos a aceptar la procedencia de ese juicio para los gentiles, pero por cierto habrían querido sustraerse a sí mismos de ese juicio. Por eso Pablo cita una serie de pasajes de sus propias Escrituras, los que exponen de manera contundente que no solamente ellos eran pecadores, sino que habían pecado mucho más que los gentiles. Esta exposición es abrumadora, pues precisamente los oráculos de Dios, que habían sido confiados a los judíos y de los que ellos gustaban jactarse, revelaban en un cuadro espantoso su estado moral. La descripción de los pecados e infamias de los gentiles, hecha en el primer capítulo, es sobrecogedora, pero esos pecados habían sido cometidos por gentiles que vivían sin Dios en la oscuridad de sus corazones, mientras que aquí, por el contrario, ¡se trata de judíos que poseían grandes y numerosos privilegios!

No había ningún justo entre ellos, ni uno solo que buscara a Dios; todos se habían desviado y hechos inútiles; no había ninguno que ejercitara la bondad, ni siquiera uno. Todos habían empleado sus miembros como instrumentos de iniquidad; todo en ellos estaba corrompido, manchado por el pecado y la violencia: sus gargantas, sus lenguas, sus labios, sus bocas, sus pies, sus caminos. No había temor de Dios delante de sus ojos. Los testimonios de esta terrible corrupción están sacados de los salmos y de los profetas; por lo tanto ¿qué podían responder a ello los judíos? Nada, pues sabemos que «todo lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley». La culpabilidad de los judíos, mayor que la de los gentiles, quedaba demostrada, entonces, de manera irrefutable.

Y seguidamente vemos la conclusión abrumadora: «para que toda boca sea cerrada, y todo el mundo sea culpable ante Dios». Todas las bocas, tanto las de los judíos como las de los gentiles, son cerradas. El mundo entero, judíos y gentiles, son irremediablemente culpables ante Dios. Es un veredicto que uno no se esperaba: ¡toda la humanidad culpable ante Dios! Todos –religiosos o impíos, buenos o malos– mudos ante el tribunal del Dios santo. ¡Qué humillación para el orgullo del hombre vanidoso! Es inútil que él se yerga con todas sus fuerzas contra esta declaración: así es el mundo a los ojos de Dios.

El apóstol termina con estas palabras: «Por tanto, por las obras de la ley nadie será justificado ante él; porque por la ley es el conocimiento del pecado» (v. 20). Si hubiera sido posible obtener por obras la justificación ante Dios, el pueblo de Israel la habría obtenido por la ley del Sinaí, pero ocurrió exactamente lo contrario; como lo hemos visto, el estado de los judíos se había manifestado tan malo que se había hecho proverbial entre los otros pueblos, de modo que su culpabilidad por haber transgredido la ley –a la que reconocían como inviolable– no había hecho más que acrecentarse.

¿Podía haber sido distinto? No, pues la ley no solo convence de pecado al hombre, sino que también hace aparecer al pecado en toda su fealdad. Por medio del mandamiento, el pecado llega a ser sobremanera pecaminoso (7:13). La ley no puede dar la santidad ni justificar al pecador ante Dios. Al hacerle conocer el pecado bajo su verdadero carácter, ella le condena en su conciencia; entonces solo le queda encorvarse y juzgarse a sí mismo. Si desprecia la gracia, finalmente queda mudo ante Dios.

4.3 - La justicia de Dios manifestada

Con dos palabras –«pero ahora»– el apóstol introduce un tema totalmente nuevo, el cual va a ocuparnos en cosas más agradables que el largo paréntesis del capítulo 1:18 al capítulo 3:20.

En este paréntesis, el apóstol nos habló del triste estado del hombre, de las terribles consecuencias de su caída, para desembocar en la conclusión de que el mundo entero merece el juicio de Dios; pero ahora va a hablarnos de lo que Dios hizo para remediar la corrupción del hombre, como así también de la revelación de la justicia divina en el evangelio. La ley no había podido revelar la justicia –ni siquiera una justicia humana–, pues solo da el conocimiento del pecado; pero, en el evangelio de la gracia, la justicia de Dios se revela «por fe y para fe» (1:17).

El apóstol vuelve así al capítulo 1:17. Esta justicia no tiene nada que ver con la ley, la cual, sin embargo, le da testimonio: «Pero ahora, aparte de la ley, justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; justicia de Dios mediante la fe en Jesucristo, para todos los que creen» [13].

[13] N. del T.: Citamos aquí Romanos 3:22 conforme a la Versión Moderna Actualizada 2020.

¡Qué maravillosa verdad en tan pocas palabras! Ya hemos hablado de la justicia de Dios. Ella tiene su medida no en la responsabilidad del hombre, sino en la propia naturaleza de Dios. Dios juzga al hombre según su responsabilidad, pero Él manifiesta su justicia en sus propios actos y, cualquiera sea la forma en que lo haga, siempre es para su gloria.

La justicia de Dios, pues, fue manifestada sin ley. La ley había sido dada al hombre en vista de sus relaciones con Dios. Ella le ordenaba que amase a Dios (ese Dios que permanecía oculto) por encima de todas las cosas. Y esta ley no hizo más que mostrar la irremediable culpabilidad del hombre. Una conciencia sincera solo puede reconocer que su propia justicia, una justicia legal, es únicamente un trapo de inmundicia (Is. 64:6). La justicia de Dios no tiene nada que ver con la ley. Como lo hemos visto, la justicia se manifestó cuando Dios coronó de gloria y honra a Jesús, a la diestra de su majestad, sobre el fundamento de su obra cumplida. La ley y los profetas por cierto hablaron de esta justicia y le dieron testimonio, pero no podían hacer más. Leemos en Isaías 46:13: «Haré que se acerque mi justicia; no se alejará, y mi salvación no se detendrá», y en el capítulo 56 del mismo profeta: «Cercana está mi salvación para venir, y mi justicia para manifestarse» (v. 1; véase también el cap. 51:5-6, 8; Dan. 9:24). De modo que estos antiguos testigos anunciaron cómo la justicia de Dios iba a ser revelada en un futuro cercano, aunque no mientras vivieran.

4.4 - La justificación por la fe

Pero ahora ella es manifestada, y ello por medio de la fe en Jesucristo, el Salvador crucificado y glorificado. En la ley no se mencionaba un sustituto y garante para el pecador culpable. Ella solo podía anunciar por medio de sombras y figuras a Aquel que vendría. «Pero ahora» (¡bendito sea Dios por estas palabras!) la justicia de Dios se manifiesta en Jesucristo. La gracia da testimonio de una intervención de Dios por medio de su Hijo amado, al que no escatimó para poder salvarnos. La cruz del Gólgota no solamente nos habla de la prerrogativa de Dios para intervenir con gracia cuando estaba perdida toda esperanza, sino que también nos habla de su justicia, la cual se manifiesta en el hecho de que ahora él justifica a aquel que cree en Jesucristo. Por otra parte, el hombre reconoce, mediante su fe en el testimonio de Dios, que es culpable y pecador, que está privado de toda justicia propia y que únicamente por la fe en la obra expiatoria de Cristo puede aprovechar la justicia de Dios.

Si esta justicia tuviera alguna relación con la actividad del hombre, entonces sería por la ley y solo podría corresponderle a Israel; pero, como es la justicia de Dios, ¡ella se aplica a todos los hombres, sin distinción! Es la «justicia de Dios… para todos» (v. 22); está destinada a todos, se encuentra al alcance de todos. Como está fundada sobre la obra de Cristo, quien murió por todos, ella se aplica al mundo entero, a todos los hombres, judíos o gentiles; es accesible a todos, pero –notémoslo bien– solo puede ser aprovechada por aquellos que creen. Únicamente entrando en relación con Cristo por una fe personal se tiene parte en esta justicia y se goza de esos privilegios.

4.5 - Justificados gratuitamente

«Porque no hay diferencia; puesto que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (v. 22-23). El hombre, después de su caída, fue echado del paraíso por la gloria de Dios, y desde entonces su historia no denota más que pecado y un progresivo alejamiento de Dios. El hombre despreció todo lo que habría podido acercarlo a la santa presencia de Dios y merecía ser consumido por la gloria de Dios. No hay diferencia: todos pecaron y ningún hombre puede alcanzar la gloria de Dios. Sin embargo (¡Dios sea loado!), si bien todos los hombres por naturaleza se encuentran en la misma posición ante Dios, Su gracia también está al alcance de todos sin distinción. Todos aquellos que creen son «justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (v. 24). Todo es obra de Dios y, por tal razón, es perfecto. Todo se fundamenta sobre la redención que es en Cristo Jesús, un fundamento inamovible. Todos los creyentes se hallan en una misma posición ante Dios: ayer, sin distingos, eran seres pecadores y estaban perdidos; hoy, sin distingos, son seres justificados y agraciados. ¿Cómo podía ser hecha esa redención? Solo por un medio que diera plena satisfacción a las exigencias de la santidad y de la justicia de Dios.

Ya bajo el antiguo pacto Dios había representado ese medio a través de un símbolo. Una vez al año, en el gran día de las expiaciones (o propiciaciones), el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo para derramar la sangre de la víctima sobre el propiciatorio, ubicado sobre el arca del pacto, y para así hacer expiación de los pecados ante Dios. La sangre se encontraba entonces entre los querubines y la ley violada, es decir, entre aquellos que velaban santamente por el cumplimiento de los designios de Dios y la ley escrita de manera imborrable por el dedo de Dios sobre las dos tablas de piedra que estaban colocadas dentro del arca. Así, de alguna manera la sangre era puesta en lugar del pecado y el trono de juicio era transformado en propiciatorio que reposaba sobre un justo fundamento. Solo la sangre de un sacrificio reconocido y aceptado por Dios podía obrar algo así.

Hoy la figura está cumplida: Dios puso a Cristo Jesús «como propiciatorio mediante la fe en su sangre» (v. 25). La sangre preciosa del Hijo de Dios es llevada a la presencia de Dios y allí es presentada con todo su valor ante Dios. Cristo es el sumo sacerdote que entró en el santuario con su propia sangre y, a la vez, es el propiciatorio establecido por Dios. Su sangre hizo una expiación perfecta y todo aquel que recurre a esa sangre es justificado por la redención. Dios no se acordará jamás de sus pecados, «para manifestar su justicia (porque los pecados pasados habían sido pasados por alto durante la paciencia de Dios); para demostrar su justicia en el tiempo actual, para que él sea justo, justificando al que tiene fe en Jesús» (v. 25-26).

Dios podía, en tiempos del Antiguo Testamento, soportar con paciencia los pecados de los suyos porque contemplaba anticipadamente el sacrificio que iba a ser ofrecido en el Gólgota. Veía la preciosa sangre que purifica de todo pecado y con paciencia podía pasar por alto los pecados, no solo sin perjudicar a su justicia sino más bien para manifestarla. La presentación del propiciatorio –al que veía de antemano–, prefigurada continuamente en los sacrificios del Antiguo Testamento, justifica su paciencia. Además, actualmente Dios manifiesta su justicia justificando a aquel que es de la fe de Jesús. Ya no se trata de paciencia, pues la deuda está pagada, dado que la sangre ha sido vertida. La justicia de Dios no es más una esperanza, toda vez que ha sido manifestada en Cristo. Dios, pues, puede mostrar su justicia precisamente en el hecho de justificar a todo pecador que cree en Jesús. Él es justo al hacerlo. ¡Qué verdad maravillosa! En realidad, es digna de un Dios Salvador, y le glorifica, así como a Aquel que vino para cumplir la obra de la salvación encomendada por Dios.

4.6 - «La ley de la fe»

En cambio, ella no da gloria alguna al hombre. Por eso el apóstol pregunta en el versículo 27: «¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida». Dios no quiere dar su gloria a otro –y menos aun al hombre– que se envanezca de su propia justicia. Entonces ¿cómo le fue quitada toda gloria al ser humano? «¿Por qué ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe». Tal vez el lector se sorprenda de ver aquí la palabra «ley». Pablo la emplea a menudo para designar una regla conocida, un principio establecido por la experiencia. Aquí no piensa en absoluto en la ley del Sinaí (compárese, por ejemplo, el capítulo 7:21-23; 8:2). Igualmente nosotros solemos hablar de las leyes de la Naturaleza, de la ley de gravedad, etc. ¿Qué es, pues, lo que excluyó a la jactancia? El simple hecho, claramente establecido, de que ningún hombre puede ser justificado por sus obras, sino únicamente sobre el principio de la fe. Es cierto que a menudo se suele decir: “Toda regla tiene su excepción”, pero esta es una regla que no admite excepción alguna. Si debemos concluir –y no hay otra conclusión posible– que «el hombre es justificado por fe, sin las obras de la ley», toda gloria le corresponde necesariamente a Aquel en quien se cree. «La ley de la fe» excluye, pues, de una vez por todas, la jactancia. Es posible que ello resulte profundamente humillante para el que se considera justo por sus supuestos méritos, pero, para el pecador perdido y arrepentido, es algo inmensamente precioso.

Si tal medio es el único deseado por Dios para la justificación, entonces resulta que Dios no es solamente el Dios de los judíos, o que ya es tanto el Dios de los judíos como el de los gentiles. Es el «solo» Dios. Por cierto, que lo era ya en el Antiguo Testamento, pero, cuando todos los pueblos de la tierra cayeron en la idolatría, él eligió en Abraham y su descendencia un pueblo que debía guardar en la tierra el conocimiento del solo verdadero Dios. Mas ahora, él ha venido a ser el Dios de todos los hombres, judíos o gentiles, y así como justifica a un judío circuncidado –no sobre el principio de sus obras, es decir, sobre el terreno de la ley, sino solamente «por la fe», o sea sobre el principio de la fe–, así también justifica a un gentil incircunciso –quien no conoce la ley– únicamente «por la fe», es decir, mediando la fe. No hay otro medio de justificación.

Ya no hay, pues, diferencia alguna. Todos los hombres son pecadores perdidos, sin fuerza, los que solo pueden ser salvados por gracia, por la fe en una obra que no es de ellos. Como lo expresa el apóstol en el capítulo 11: «Porque Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios!» (v. 32-33). Entonces, uno podría preguntarse si la autoridad de la ley no va a ser debilitada por tal doctrina, si sus santos mandamientos no van a ser puestos de lado. «No, por cierto», responde el apóstol; en lugar de invalidar la ley, la confirmamos (v. 31). La ley nunca estuvo mejor confirmada de lo que lo hizo la palabra de la cruz. El Evangelio no solo enseña el enteramente condenable estado del hombre sino también la necesidad de una justicia valedera ante Dios. Es cierto que la ley no confiere justicia, pero exige una. La fe reconoce las dos cosas: la completa corrupción del hombre y la necesidad de la justicia; y he aquí que, en lugar de una justicia humana exigida por la ley, la fe recibe con reconocimiento la justicia que Dios le da gratuitamente. Al mismo tiempo, el Evangelio enseña que Cristo nos rescató de la maldición de la ley al ser hecho maldición por nosotros. El Dios santo no podía, por supuesto, debilitar de ninguna forma el principio de la obligación que él había dispuesto respecto de la ley, por lo cual envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, «para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiésemos la adopción de hijos» (Gál. 4:4-5). Preguntamos, pues: ¿Habría sido posible que la ley fuera confirmada más claramente? ¿Su autoridad habría podido ser establecida más perfectamente?

Continuará próximamente


arrow_upward Arriba