La mesa del Señor


person Autor: Rudolf BROCKHAUS 3

flag Tema: Mesa del Señor

(Fuente autorizada: biblecentre.org)


«Por lo cual cuidaré siempre de recordaros estas cosas, aunque las conocéis y estáis afianzados en la presente verdad. Pues lo tengo por justo, mientras yo esté en esta frágil tienda, estimularos recordándoos estas cosas… Y me esforzaré con empeño para que después de mi partida siempre os podáis acordar de estas cosas» (2 Pe. 1:12-13, 15).

Estas hermosas palabras del apóstol Pedro –pastor y sobreveedor fiel del rebaño de Cristo– me alientan para presentar a mis hermanos algunas consideraciones en cuanto a la Mesa del Señor. Son el resumen de una correspondencia que entablé hace algún tiempo y cuyo propósito era el de recordar a todos –una vez más– los principios sencillos y positivos de la Palabra de Dios en lo que respecta a la celebración de la Cena del Señor; acerca de la reunión de los creyentes «fuera del campamento» hacia el nombre de Jesús, y –por fin– las verdades relativas a la Mesa del Señor. Si en los albores de la Iglesia cristiana era necesario recordar estas cosas, cuánto más será necesario hacerlo en estos tiempos del fin, caracterizados por la indiferencia y la apostasía.

¡Quiera Dios que este breve estudio sea para bendición de sus amados, para aliento de los ancianos y para afianzar a los jóvenes en la Verdad!

Hoy día se oyen y hasta se leen a menudo, entre los creyentes, afirmaciones contrarias a la Palabra de Dios. Esto es de suma gravedad, pues semejantes opiniones hacen abandonar –tarde o temprano– los principios considerados hasta ahora –y con razón– como dados por Dios. Unos enseñan, por ejemplo, en relación con el asunto que nos ocupa, que “la Mesa del Señor ha sido levantada para la totalidad de la Iglesia, y que ninguna congregación de creyentes puede reclamarla para sí, con exclusión de las demás”. Otros han llegado a escribir que “si una asamblea o congregación de creyentes mantuviera principios condenados por la Palabra de Dios, o si se cometiere una injusticia y que lejos de someterse a Dios, esta no quiere arrepentirse separándose de la iniquidad o injusticia, no podemos pretender que, por eso, no tiene la presencia del Señor o la Mesa del Señor”.

Estas declaraciones están –lo repito– en flagrante contradicción con todo cuanto hemos aprendido hasta hoy. Y resulta siempre grave traspasar «los linderos antiguos que pusieron tus padres» (Prov. 22:28). Es cierto que nuestros “predecesores”, o padres espirituales, pudieron equivocarse; pero este pasaje de la Escritura nos exhorta a ser prudentes. Examinemos, pues, lo que Dios dice al respecto en su Palabra, y cuáles son sus pensamientos acerca de la Cena del Señor. Cuando Jesucristo la instituyó, no era cuestión aún de la Asamblea, o Iglesia como tal. Esta fue formada más tarde, con el descenso del Espíritu Santo.

1 - La Cena del Señor

«Porque yo recibí del Señor lo que también os enseñé: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que es por vosotros. Haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de cenar, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto, siempre que la bebáis, en memoria de mí. Porque siempre que comáis de este pan y bebáis de esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que él venga» (1 Cor. 11:23-26).

He aquí la verdad en toda su sencillez, tal como la recibimos todos. Antes de subir a su Padre, el Señor instituyó –como recuerdo para los suyos, a quienes iba a dejar (Juan 13:1), y mientras durase su ausencia– una comida en su memoria. Aún no había sido revelado el pensamiento de su Cuerpo espiritual y de la unidad del mismo. Es al Señor crucificado a quien tenemos representado en «el pan» y en «la copa». Estos dos símbolos nos recuerdan su caridad para con nosotros, su amor hasta la muerte. Es por eso, que cada vez que comemos el pan y bebemos la copa, anunciamos la muerte del Señor hasta que él venga. Se nos presenta esta verdad en los evangelios y en 1 Corintios capítulo 11. También es verdad que Cristo murió «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Juan 11:52), pero este aspecto de la verdad no se halla en los pasajes citados. La Cena del Señor pertenece a todos los creyentes, no solo como miembros del único Cuerpo de Cristo (aunque eso sea verdad, y su unidad se exprese al celebrar la Cena), sino también como rescatados al precio del cuerpo y de la sangre del Señor. He aquí por qué entra en inmediata consideración la responsabilidad individual de cada creyente. Este es llamado a celebrar la Cena del Señor con amor, con gratitud, en recuerdo de su Señor y a hacerlo de modo digno de Él y de su muerte.

Se dice con frecuencia –y con razón– que los creyentes que pertenecen a las diversas iglesias y denominaciones, participan de esta comida, quizá con más fervor y, por consiguiente, con más bendición que muchos de sus hermanos instruidos en las verdades referentes a la unidad del Cuerpo de Cristo. Una participación digna del Señor depende, sobre todo, de la disposición del corazón y de la conciencia; y cada uno es personalmente responsable de la manera en que toma parte de esa comida. «Cualquiera que coma del pan o beba de la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor».

Como se trata de la Cena del Señor, importa considerar la disposición y el estado del alma de los participantes. Por eso leemos: «Que cada uno se examine a sí mismo» (para saber si se halla en el estado que conviene a la participación de este acto santo y solemne) «y coma así». He aquí lo que los corintios habían olvidado, pues habían comido y bebido indignamente y ni siquiera se habían condolido del mal que se encontraba en medio de ellos. Por eso Dios los castigó severamente.

En la cristiandad, en general, pronto se olvidó el significado de la Cena del Señor. De esta se ha hecho un sacramento, un medio de gracia, como la llaman; tomándola para recibir el perdón de los pecados, para fortalecerse en la fe, etc., conservando –más o menos– el pensamiento fundamental de que en el pan y en la copa tenemos representado al Salvador crucificado. La Cena del Señor, pues, sigue celebrándose en toda la cristiandad, tanto en la iglesia del Estado como en las demás denominaciones o congregaciones cristianas. El Señor considera y juzga, tarde o temprano, a cada uno de los que participan en la misma.

2 - La Mesa del Señor

«Por lo cual, amados míos, huid de la idolatría. Como a sensatos os hablo; juzgad lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo; porque todos participamos de un solo pan. Mirad a Israel según la carne. ¿Los que comen de los sacrificios, no tienen comunión con el altar?» (1 Cor. 10:14-18).

Si consideramos ahora esta comida bajo otro punto de vista, el de la «Mesa del Señor» (v. 21), se nos presenta un cuadro muy distinto. En cierto sentido, la «Cena del Señor» y la «Mesa del Señor» expresan la misma idea; pero en otro sentido reflejan un concepto totalmente distinto. A la primera se une la responsabilidad personal e individual; la segunda evoca el pensamiento de una responsabilidad colectiva; la cual, naturalmente, recae sobre cada miembro de la colectividad, en la medida del conocimiento que tiene de la verdad. Lo que importa aquí es la autoridad del Señor y sus derechos sobre su Mesa y su Iglesia. De allí proviene la diferencia fundamental y esencial que caracteriza la enseñanza del apóstol en los capítulos 11 y 10 de la Primera Epístola a los Corintios. En el capítulo 10 de dicha epístola, tan pronto el apóstol asocia la «Cena» con la «Mesa del Señor», nos habla de comunión y de la imposibilidad de mezclar o vincular esta comida con la impureza. En vez de la exhortación: «Que cada uno se examine a sí mismo», leemos: «Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo; porque todos participamos de un solo pan»; y aun: «No quiero que tengáis comunión…», «No podéis beber de la copa del Señor…», «No podéis participar de la Mesa del Señor…». Esta enseñanza va dirigida a la colectividad, a la Iglesia como tal.

Aquí añado algunas observaciones a modo de explicación: como es sabido, hasta el capítulo 10 de la Primera Epístola a los Corintios, el apóstol considera a la Iglesia como la «Casa de Dios»; tan solo en los versículos 16 y 17 habla, por vez primera, del Cuerpo de Cristo y de la comunión de su Cuerpo; y eso, en relación con la Cena. Es el primer y único texto en el Nuevo Testamento donde encontramos esta expresión: «la Mesa del Señor» (v. 21). Dicho término tiene un significado profundo. Aquí el apóstol no considera la Cena como el memorial, sino como la expresión de la comunión de los santos con el Señor y entre ellos. Por lo cual compara, por una parte, la Mesa del Señor con el altar judaico (Mal. 1:12), y, por otra, la opone al altar pagano, a la mesa de los demonios. Los dos altares, tanto el judaico como el pagano, estaban estrechamente vinculados con los sacrificios ofrecidos sobre los mismos. Y cuantos comían del uno o del otro manifestaban, por lo tanto, su comunión, sea con el altar de Jehová, sea con el de los demonios. Otro tanto sucede, y de modo absoluto, con la Mesa del Señor, a la que también podríamos llamar el altar cristiano.

Aquel que come el pan testifica con ello que forma parte del único Cuerpo de Cristo, en virtud de la obra expiatoria llevada a cabo en la cruz. (Fíjese bien que aquí, en el versículo 16, se menciona la sangre en primer lugar). El apóstol Pablo no habla, en esta porción, de anunciar la muerte del Señor, sino de representar o de expresar públicamente la unidad del Cuerpo de Cristo. Pues bien, no hay otra manera de hacerlo. En el primer caso, se trata de un acto: comemos y bebemos; en el segundo, se trata de un principio, de la base sobre la cual se verifica el acto. «El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» Al comer de «un solo pan», declaramos que todos nosotros somos el Cuerpo místico de Cristo sobre la tierra. Según la enseñanza que nos fue dada más tarde por el Espíritu Santo, resulta imposible pensar en el pan como el Cuerpo de Cristo, sin pensar asimismo en la Iglesia que es su Cuerpo. Eso nos hace comprender la seriedad con la cual advierte el apóstol a los santos contra cualquier alianza entre la Mesa del Señor y la mesa de los demonios. Si bien este peligro ya no existe prácticamente para nosotros, ha dado paso a otro: el de asociarnos a principios que minan la unidad del Cuerpo; que desconocen –o incluso niegan– la autoridad que solo el Señor tiene derecho a ejercer sobre su Mesa.

3 - La realidad presente

La verdad de la unidad del Cuerpo y la de la presencia de Cristo en medio de la Iglesia, prometida a los dos o tres «reunidos en mi nombre» [1] (Mat. 18:20), son prácticamente abandonadas en los diversos sistemas o denominaciones religiosas y en las congregaciones establecidas sobre un terreno independiente.

[1] «En (o hacia) mi nombre». Siendo Cristo, pues, el único centro y fundamento de dicha reunión. (N. del Tr.)

Una de dos: o bien esas congregaciones ignoran la unidad del Cuerpo de Cristo, simbolizada por un solo pan, o bien, aun conociéndola, no la llevan a la práctica. En esas condiciones, no se puede decir que la «Mesa del Señor» se halla en medio de dichos cristianos. Lo que ellos tienen y celebran, es la Cena del Señor; y quizás algunos participen de la misma con más seriedad que muchos de cuantos profesan hallarse en el terreno de la unidad del Cuerpo. Pero la verdad encerrada en la expresión «Mesa del Señor», ellos no la manifiestan. Más aún, por su misma posición de independencia, la niegan. Si entre ellos estuviese la Mesa del Señor y su presencia según Mateo 18:20 sería el santo deber de todo hijo de Dios reunirse con ellos, alrededor del Señor que estaría presente. Quedar separados, en dichas condiciones, no sería nada menos que flagrante cisma, como decía un hermano.

¿No se puede decir, que una reunión de creyentes, ya no tiene en su centro la presencia del Señor y su Mesa, cuando mantiene principios contrarios a las Escrituras; cuando abiertamente hace lo que es malo y rehúsa apartarse de la iniquidad? ¿No es incontestablemente, asociar el santo nombre del Señor con la iniquidad? ¿Por qué erigió Moisés la tienda del Testimonio «fuera del campamento»? (véase Éx. 33:1-11). ¿Por qué era allí precisamente donde Dios se encontraba con él? Si a nosotros, sus siervos, Dios nos exhorta a separarnos de toda iniquidad, ¿cómo se puede quedar Él asociado con un sistema integrado por quienes niegan arrepentirse y retirarse del mismo?

Vemos en el caso de la iglesia de Corinto que la presencia del Señor y su Mesa pueden hallarse todavía allí donde hay injusticias y mal. Cuando el mal se descubre, en una iglesia, no deberíamos separarnos de ella al principio, sino tomar posición contra este mal, para que pueda ser quitado. Pero, ¿qué haremos si una iglesia niega purificarse? ¿Qué hubiera pasado si la iglesia en Corinto no hubiese querido purificarse de un mal probado y manifiesto; si la carta del apóstol no hubiera producido la «tristeza que es según Dios» y el arrepentimiento (véase 2 Cor. 7:10-11); si no hubiera despertado un santo celo para quitar al malo de entre ellos? El apóstol, ¿la hubiera seguido llamando: «la iglesia de Dios que está en Corinto»?, reconociéndola como una asamblea de santos que tenía en medio de ellos a Jesús (Mat. 18:20) «el Santo, el Verdadero» (Apoc. 3:7). ¡Esto habría sido imposible! La presencia del Señor, y por consiguiente su Mesa, ya no se encuentra donde los que se reúnen se niegan a mantener la santidad que conviene a la Casa de Dios, donde no quieren humillarse, ni separarse de la iniquidad. Eso nos muestra, una vez más y de modo incontestable, que la Mesa del Señor está vinculada, no solo con la posición de los creyentes, sino también con su fidelidad en la marcha o conducta.

4 - Volver a «lo que era desde el principio»

¿Qué es lo que llevó –hace más de ciento ochenta años– a nuestros amados hermanos que nos han precedido, en Inglaterra, en Suiza, en Francia, en Alemania, en Holanda, en Norteamérica… así como en España y en diversos países latinoamericanos, a salir «fuera del campamento», fuera del «campamento» de la cristiandad? ¿No fue para salir hacia Cristo, llevando su vituperio? (Hebr. 13:13). El Espíritu de Dios les abrió los ojos en cuanto a la verdadera naturaleza de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, verdad olvidada durante tan largo tiempo y que nos es presentada en la «Mesa del Señor». ¿Y qué tenían que hacer después de haber obedecido al mandamiento divino de apartarse de toda iniquidad y de purificarse de los vasos «para deshonor»? (véase 2 Tim. 2:19-22). ¿Fundar una nueva iglesia? Tan solo hubiera aumentado la confusión ya existente y les hubiera dejado sobre la arena movediza de las opiniones y de las organizaciones humanas. No, solo les quedaba este camino: volver a «lo que era desde el principio» (1 Juan 1:1). Hacía falta –con humillación profunda en cuanto a la ruina general– reconocer con gratitud la inmutable verdad de Dios y volver a colocarse sobre el fundamento que Dios estableció en Cristo. Sus pensamientos nunca han cambiado, aunque la unidad del Cuerpo (tal como nos es representada en la Mesa del Señor) haya sido perdida de vista desde los tiempos apostólicos.

Es posible que, en este orden de cosas, nunca haya cesado de existir la Mesa del Señor. Cabe que, a través de los siglos, algunos creyentes aislados hayan realizado el significado de la misma; incluso es probable que algunos “grupos pequeños” se hayan reunido en torno a Cristo, según el referido pasaje de Mateo 18:20 y hayan realizado por la fe la preciosa verdad de la Primera Epístola a los Corintios 10:17, aunque la historia de la Iglesia no lo mencionase. De los cristianos de aquel entonces, no nos ha llegado un solo cántico expresando la adoración colectiva del Padre, entonado por su familia reunida alrededor del Señor Jesús. Fue solamente en la primera mitad del siglo XIX que –bajo la poderosa operación del Espíritu de Dios– hubo un retorno a las verdades conocidas por los cristianos primitivos, las cuales inspiraron himnos de adoración colectiva.

No es exacto decir que los «hermanos» hayan vuelto a levantar la Mesa del Señor. Fueron unos pocos creyentes –cuyas conciencias había despertado Dios– que empezaron a reunirse hacia el solo nombre de Jesús. Volvieron a celebrar la Cena del Señor sobre la base que Dios requiere; es decir, haciendo memoria de la muerte del Señor y anunciándola; proclamando asimismo la unidad del Cuerpo de Cristo. Como antiguamente, en tiempo de Esdras, «colocaron el altar sobre su base» (Esd. 3:3); o, como Moisés, volvieron a celebrar la Pascua «en el lugar que Jehová tu Dios escogiere para que habite allí su nombre» (Deut. 16:6). Obtuvieron así la aprobación de Dios, quien reconoció y recompensó su fidelidad de modo maravilloso.

5 - «¡Retén lo que tienes!»

¿Volveríamos, pues, poco a poco, a lo que nuestros padres o nosotros mismos habíamos abandonado como malo? ¿Nos inclinaríamos hacia lo que no está enteramente establecido sobre «el sólido fundamento de Dios»?

¡Que Dios nos anime a ser fieles y a mantenernos firmemente ligados a los principios divinos, a los cuales –en su gracia– Él nos hizo atentos en estos días del fin! ¡Ojalá lográsemos, separados de todo mal, caminar con corazones anchos en la senda estrecha de la verdad! ¡Que Él nos guarde de todo espíritu de partido, de todo sentimiento sectario, para invitar a la Mesa del Señor a todo creyente sincero, sano en la doctrina y en la marcha; aun cuando no estuviera todavía instruido en toda la verdad! ¡Guardémonos de poner a la Mesa del Señor unos límites más estrechos que los que el mismo Señor ha establecido! Y con la misma prudencia, ¡cuidémonos de creer que la presencia del Señor y la Mesa del Señor, se hallan en todas partes, en todas las iglesias y denominaciones de la cristiandad! Semejante pensamiento nos expondría a tener nuestra visión espiritual completamente obscurecida y volvería infaliblemente a conducirnos –tarde o temprano– dentro del «campamento» que hemos abandonado, no por orgullo espiritual, ni por motivos personales, sino por obediencia al Señor. Además, dicha idea está en contradicción abierta con Mateo 18:20; 1 Corintios 10:15-22; Hebreos 13:13, y con otros pasajes de la Palabra de Dios.


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