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Sinopsis — 2 Timoteo


person Autor: John Nelson DARBY 49

library_books Serie: Sinopsis

(Fuente autorizada: graciayverdad.tripod.com – comentario corregido)


1 - Introducción

1.1 - El carácter especial de la epístola como las expresiones del corazón de Pablo en vista del fracaso y la desviación de la Iglesia

La segunda epístola a Timoteo tiene un carácter muy especial. Es la expresión del corazón de Pablo, el cual fuera de Palestina había, bajo Dios, fundado y edificado la Asamblea de Dios en la tierra, y fue escrita en vista de su fracaso, y de su desviación de los principios sobre los cuales él la había establecido. Dios permanecía fiel; su fundamento permanecía firme e inamovible; pero la obra encomendada a las manos de los hombres ya estaba debilitada y en descomposición. La conciencia de este estado de cosas, que además se delataba a sí mismo en la manera en que el propio apóstol fue entonces abandonado, oprimía su corazón; y él se desahoga de ella en el seno de su fiel Timoteo. Por este medio el Espíritu nos enseña en esta verdad solemne, que la Iglesia no ha guardado su primer estado, y coloca ante nosotros las sendas de seguridad para los que buscan a Dios, y desean complacerlo, en un estado tal de cosas como este.

1.2 - El testimonio del apóstol Juan

El apóstol Juan presenta la historia de la caída de la Asamblea aquí abajo, y de su juicio, y también el juicio del mundo (Apocalipsis). Él coloca también ante nosotros una vida que, aparte de todos los interrogantes acerca de la condición de la Asamblea, permanece siempre la misma, la cual nos hace capaces de disfrutar a Dios, y hace que nos asemejemos a él en su naturaleza y carácter.

1.3 - La dolorosa experiencia de Pablo es la de todos los siervos de Dios; el fracaso del hombre; el fundamento firme

Juan había de permanecer como un testigo hasta que el Señor viniera; pero Pablo ve por sí mismo la ruina de aquello que él había edificado y vigilado tan fielmente. Él se había desgastado por la asamblea (2 Corintios 12: 15), completando lo que falta de las aflicciones de Cristo; y él tuvo que ver a aquella que él había amado tanto (que él había cuidado incluso como una madre cuida con ternura a su niño pequeño, que había plantado como planta de Dios en la tierra) debilitarse en cuanto a su condición y testimonio en el mundo, alejarse de la fuente de fortaleza, y corromperse. ¡Qué dolorosa experiencia! Pero se trata de la experiencia del siervo de Dios en todas las épocas y en todas las dispensaciones. De hecho, él ve el poder de Dios actuando para plantar el testimonio en la tierra, pero ve que los hombres pronto fracasan en él. La Casa habitada por el Espíritu Santo se deteriora y se desordena. Sin embargo (y nos encanta repetirlo con el apóstol) el sólido fundamento de Dios permanece para siempre. Sea cual fuere la condición de toda la compañía, el individuo debe siempre apartarse de toda iniquidad, y mantener por sí mismo, si es necesario, el verdadero testimonio del nombre del Señor. El alma fiel nunca puede dejar de hacer esto.

1.4 - El consuelo del apóstol cuando está afligido y abandonado

En vista de la mezcla y confusión que comenzaban a mostrarse en la Asamblea, el consuelo del apóstol estaba fundamentado en estos dos principios, recordando la comunión y la fidelidad de algunas almas preciosas y valiéndose con alegría de dicha comunión. Tenía a tales como Timoteo y Onesíforo, en medio de las aflicciones del evangelio y el dolor de ser abandonado por tantos que eran marcas de su testimonio ante el Señor.

2 - Capítulo 1

2.1 - El punto de vista del apóstol de la gracia, y la vida individual fuera de los privilegios eclesiásticos

El apóstol comienza asumiendo el terreno de la gracia y de la vida individual –que nunca cambia en carácter esencial– fuera de los privilegios eclesiásticos. No es que estos habían cambiado; pero él ya no los podía conectar con el Cuerpo general en la tierra. Él se llama a sí mismo aquí un apóstol según la promesa de la vida que está en Cristo Jesús. No es simplemente el Mesías, no es la Cabeza del Cuerpo, es la promesa de vida que está en él.

2.2 - El deseo de Pablo de ver a Timoteo expresado en la confianza de un amigo

Pablo se dirige a su muy amado hijo Timoteo, cuyo afecto él recuerda. Él deseaba mucho verle, teniendo en cuenta sus lágrimas, derramadas probablemente en el momento que Pablo fue hecho prisionero, o cuando fue separado de él en esa ocasión, o cuando se enteró de ello. Es la confianza de un amigo que habla a uno cuyo corazón él conocía. Nosotros vemos algo de esto, pero en la perfección que era peculiar a él mismo, en Jesús en la cruz, en lo que él dijo a Juan y a su madre. Una forma similar habría sido inadecuada en Pablo. Los afectos de los hombres se muestran ellos mismos en y por sus deseos, los deseos de sus corazones; los del Señor se muestran por su condescendencia. Con él todo es en sí mismo perfecto. Con nosotros es solamente por gracia que todo está en su lugar correcto. Pero cuando ya no hay más la separación para el servicio en poder, no conociendo otra cosa que el servicio, entonces la naturaleza de Dios retoma su lugar correcto. En la oblación consagrada que debía hacerse con fuego, la miel no tenía lugar (Levítico 2).

2.3 - La posición personal de Pablo; el carácter de sus antepasados en el servicio de Dios; la personal fe no fingida de Timoteo

Versículo 3. El apóstol ya no habla más del elevado carácter de su obra, sino de su posición personal sentida correctamente según el Espíritu. Había servido a Dios, siguiendo en los pasos de sus antepasados con una conciencia pura. En todos los sentidos él era un instrumento hecho para uso honroso. Durante más de una generación sus antepasados se distinguieron por una conciencia limpia; y la piedad personal, fundamentada en la verdad, fue mostrada en el servicio de Dios. Pablo no estaba expresando aquí un juicio con respecto a la condición interior de cada generación; era el carácter de ellos. Recuerda un hecho similar con respecto a Timoteo, en cuyo caso, sin embargo, se hace referencia a la fe personal, conocida por el propio Pablo, de modo que el vínculo, aunque de sentimiento personal, era cristiano [1]. El judaísmo, en cuanto a sus obligaciones exteriores, está totalmente ausente; pues el padre de Timoteo era un griego, y el casamiento de su madre judía era inmundo según la ley, y habría hecho inmundo también a Timoteo y le habría privado de los derechos judíos; y, de hecho, él no había sido circuncidado cuando era un niño. Pablo lo hizo, lo cual tampoco era según la ley, a menos que Timoteo se hubiese convertido en un prosélito (Hechos 16). Tanto los paganos como sus hijos estaban excluidos, como leemos en Nehemías. El acto de Pablo estaba por encima de la ley. Él no le presta atención aquí; deja al padre gentil fuera de la vista, y solo habla de la fe personal no fingida de la madre y de la abuela de Timoteo, y de la de su amado discípulo.

[1] Ello es en realidad la base de la exhortación del versículo 6. Cuando la fe de tantos está cediendo, él se vuelve a la confianza personal que su corazón tenía en Timoteo, alimentada a través de la gracia por la atmósfera en que él había vivido.

2.4 - Dificultades multiplicadas e infidelidad son solo ocasiones para el ejercicio de la fe; el don especial del Espíritu conferido a Timoteo

El estado de la Asamblea fue solamente una ocasión adicional para el ejercicio de su fe, y para su entusiasta actividad de corazón y coraje. Dificultades y peligros se multiplicaban por todas partes; la infidelidad de los cristianos se añadía a todo lo demás. Pero, sin embargo, Dios está con los suyos. Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder y de amor y de dominio propio (o sabia discreción), de modo que el obrero del Señor, el hombre de Dios, que se mantenía en comunión con Dios para representarlo en la tierra, debía avivar el don que estaba en él, y (como el apóstol lo expresa con admirables y conmovedoras fuerza y claridad) soportar las aflicciones del evangelio según el poder de Dios. Aquí, en el caso de Timoteo, el apóstol pudo hacer mención de un don especial del Espíritu, que había sido conferido a Timoteo mediante la imposición de manos. En la primera Epístola a Timoteo Pablo había hablado de la profecía que lo había llamado o señalado para la posesión de este don, y nos dijo que ello había sido acompañado por la imposición de manos de los ancianos (1 Timoteo 4: 14); él nos dice aquí que la imposición de sus propias manos fue el medio de otorgárselo.

2.5 - ¿Cuándo y cómo perseverar en la obra de Dios, mantener el coraje, y tener la fortaleza y la gracia necesarias?

El apóstol le recuerda a Timoteo esta demostración de poder y de realidad en su ministerio (y en el del propio Pablo), en vista de este período cuando su ejercicio era más difícil. Cuando todo es próspero y el progreso del evangelio es notable, de tal modo que incluso el mundo está impactado por él, se encuentra que la obra es fácil, a pesar de dificultades y oposición; y –tal es el hombre– a consecuencia de esta oposición uno es audaz y perseverante. Pero cuando otros, incluso los cristianos, abandonan al obrero, cuando entran el mal y los engaños del enemigo, cuando el amor se ha enfriado, y, debido a que uno es fiel, la prudencia se alarma y desea un andar menos directo, estar firme en circunstancias como estas para perseverar en la obra y mantener el coraje, no es cosa fácil. Nosotros debemos poseer el cristianismo con Dios para saber por qué permanecemos firmes; debemos estar en comunión con él, para tener la fortaleza necesaria para continuar trabajando en su nombre, y el sostenimiento de su gracia en todo momento.

2.6 - El don de Timoteo y la herencia de todo cristiano; los afectos del evangelio; el propósito y la obra de Dios; lo que muestran los esfuerzos del enemigo

Entonces Dios nos ha dado el Espíritu de poder, de amor y de dominio propio; el apóstol había recibido una posición tal de Dios que había podido otorgar a Timoteo el don necesario para su servicio; pero el estado de espíritu y alma que podía usarlo era parte de la herencia de todo cristiano que se apoyaba realmente en Dios. Timoteo no debía avergonzarse ni del testimonio, que estaba perdiendo exteriormente su curso progresivo en el mundo, ni de Pablo que era ahora un prisionero. ¡Cuán precioso es poseer lo que es eterno, eso que está fundamentado en el poder y en la obra de Dios mismo! Estaban, en efecto, las aflicciones del evangelio, pero él debía participar en ellas y no arredrarse, soportando según el poder de Dios. Dios nos ha salvado, nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, como si algo dependiera del hombre, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. Este es el fundamento seguro e inamovible, una roca para nuestras almas, contra la cual las olas de la dificultad rompen en vano, mostrando una fuerza a la que no podíamos resistir ni un momento, pero mostrando también la total impotencia de ellas contra el propósito y la obra de Dios. Los esfuerzos del enemigo solo demuestran que él está sin fuerza, en presencia de lo que Dios es y de lo que ha hecho por nosotros. Y el apóstol identifica su ministerio con esto, y con los padecimientos que estaba experimentando. Pero él sabía en quién había creído y su felicidad estaba segura depositada con él.

2.7 - Procurando el poder del Espíritu y permaneciendo en el fundamento inmutable de Dios

Lo que tenemos que procurar es el poder del Espíritu para que podamos hacer realidad este don de Dios por la fe, y para que podamos permanecer, en cuanto a nuestros corazones, en cuanto a nuestra fe práctica, conscientes de nuestra unión con Cristo, sobre este fundamento inmutable, que es nada menos que la inmutabilidad y la gloria de Dios mismo. Pues su propósito ha sido manifestado; ese propósito, el cual nos dio un lugar y una porción con Cristo mismo, fue manifestado ahora a través de la venida del propio Cristo.

2.8 - El propósito de Dios, antes que el mundo existiese, para manifestar un pueblo unido con su Hijo en gloria; este propósito era la vida –la vida eterna y la inmortalidad

Ya no es más una nación escogida en el mundo para exhibir en ella los principios del gobierno de Dios, de sus modos de obrar en justicia, en paciencia, en bondad y en poder en la tierra (por muy inmutables que sean sus consejos, por muy seguro que sea su llamamiento) como se manifestaban en sus tratos con respecto al pueblo al que él llamó.

Se trata ahora de un consejo de Dios, formado y establecido en Cristo antes que el mundo existiese (o, antes de los tiempos de los siglos), que tiene su lugar en los modos de obrar de Dios, afuera de y por encima del mundo, en unión con la persona de su Hijo, y para manifestar un pueblo unido con él en gloria. Por lo tanto, es una gracia que nos fue dada en él, antes que el mundo existiese. Escondido en los consejos de Dios, este propósito de Dios fue manifestado con la manifestación de aquel en quien este propósito tuvo su cumplimiento. No se trataba meramente de bendiciones y de tratos con Dios con respecto a los hombres –era la vida, la vida eterna en el alma, y la inmortalidad en el cuerpo. Por tanto, Pablo fue apóstol según la promesa de la vida.

2.9 - La muerte abolida por Cristo en su resurrección; la vida y la inmortalidad sacadas a la luz por el evangelio para todos los hombres

Mientras Cristo estuvo vivo, aunque la vida estaba en él, este propósito de Dios no se cumplió con respecto a nosotros. El poder de vida, el divino poder de vida, se iba a manifestar en la destrucción del poder de la muerte introducido por el pecado y en el que Satanás reinaba sobre los pecadores. Entonces Cristo en su resurrección ha abolido la muerte, y por el evangelio ha sacado a la luz tanto la vida como la inmortalidad (o incorruptibilidad), es decir, esa condición de vida eterna que coloca el alma y el cuerpo más allá de la muerte y su poder. De este modo, las buenas nuevas fueron dirigidas a todos los hombres. Fundamentado en los consejos eternos de Dios, establecido en la Persona de Cristo, estando la obra necesaria para su cumplimiento consumada por él, poseyendo un carácter totalmente ajeno al judaísmo, y al mero gobierno de Dios en la tierra, el evangelio de Pablo era para todos los hombres. Siendo la manifestación de los consejos eternos y del poder de Dios, teniendo que ver con el hombre como estando bajo el poder de la muerte, con la consumación de una victoria que situaba al hombre más allá de aquel poder, en una condición enteramente nueva que dependía del poder de Dios y de sus propósitos, dicho evangelio se dirigía al hombre, a todos los hombres, judíos o gentiles sin distinción. Al conocer a Adán muerto por el pecado y a Cristo vivo en el poder de la vida divina, él anunciaba estas buenas nuevas al hombre –liberación, y un estado de cosas totalmente nuevo.

2.10 - Pablo no se avergonzaba de padecer por el evangelio debido al poder de aquel en quien él creía; la vida en Cristo no es tocada por la muerte del cuerpo, pero es sacada a la luz solamente en Cristo y en su resurrección

Fue para proclamar este evangelio que el apóstol había sido llamado como heraldo. Ello era por lo cual él padecía, y, en el sentido de lo que lo había causado, no se avergonzaba de padecer. Porque él sabía en quien había creído; él conocía Su poder. Él creía en el evangelio que predicaba, y por tanto en el victorioso poder de aquel en quien creía. Él podía morir con respecto a la vida que había recibido del primer Adán, podía ser deshonrado y avergonzado en el mundo y por el mundo: la vida en Cristo, el poder mediante el cual Cristo había ganado un lugar para el hombre fuera de la condición del primer Adán, la vida tal como Cristo la posee ahora no era tocada así. No es que la vida no había estado allí antes, sino que la muerte y aquel que tenía el poder de la muerte no estaban vencidos, y todo estaba oscuro más allá del sepulcro cerrado: el fulgor de un relámpago podría pasar a través de la penumbra, se podría establecer un terreno adecuado para la justa conclusión del fariseo, pero la vida y la inmortalidad no fueron sacadas a la luz sino en Cristo y en su resurrección.

2.11 - Confianza en la persona de Cristo; el poder de la verdad unida con el amor que la aplica y la mantiene

Pero esto no es todo lo que está expresado aquí. El apóstol no dice: “en lo que he creído”, sino, «a quien he creído»; una diferencia importante que nos coloca (en cuanto a nuestra confianza) en conexión con la persona de Cristo mismo. El apóstol había hablado de la verdad, pero de la verdad aliada con la persona de Cristo. Él es la verdad; y en él la verdad tiene vida, tiene poder, está unida con el amor que la aplica, que la mantiene en el corazón y el corazón mediante ella. «Yo sé», dice el apóstol, «a quién he creído». Él había encomendado su felicidad a Cristo. En él estaba esa vida en la cual el apóstol participaba; en él, el poder que la sostenía, y que preservaba en el cielo la herencia de gloria que era su porción donde se desarrollaba esta vida.

2.12 - La segura expectativa de Pablo en un día venidero

Animado por esta esperanza, y encomendándose a Jesús, había soportado todas las cosas por él y por los que eran suyos; había aceptado todo padecimiento aquí, estaba listo para morir diariamente. Su felicidad, en la gloria de esa nueva vida, él la había encomendado a Jesús; trabajaba mientras tanto en aflicción, seguro de encontrar nuevamente, sin ser engañado, aquello que él había encomendado al Señor, en el día cuando le viera y todos sus dolores terminaran. Fue en la expectativa de aquel día, para encontrarlos nuevamente en aquel día, que le había encomendado su felicidad y su gozo.

2.13 - La carrera del apóstol iba a llegar pronto a su fin; Timoteo es exhortado a retener la verdad en su poder y valor

Además, su propia carrera pronto terminaría; por tanto, sus ojos se vuelven a Timoteo para el bienestar de la Asamblea aquí abajo. Lo exhorta a ser firme, a retener la verdad, como él le había enseñado (era el testimonio del Señor), pero la verdad en su realización por la fe en Cristo, y según el poder del amor que es encontrado en comunión con él. Como hemos visto, esto es lo que el apóstol había realizado. La verdad, y la gracia viva en Jesús, en fe y en amor, que le daba su poder y su valor –estos son, por así decirlo, los ejes centrales de fortaleza y fidelidad en todas las épocas, y especialmente para el hombre de Dios, cuando la Asamblea en general es infiel.

2.14 - La verdad como la expresión inspirada de lo que Dios se complació en revelar

La verdad como era enseñada por los apóstoles y expresada por ellos, la manera en que ellos presentaban la verdad, «la forma de las sanas palabras», es la expresión inspirada de lo que Dios se complació en revelar; y eso, en todas las relaciones en que la verdad está unida, en todas sus diferentes partes, según la naturaleza y el poder vivientes de Dios, quien es necesariamente su centro ya que él es su fuente. Nada excepto la revelación podía ser esta expresión. Dios expresa todo como es y de una manera viva; y por su Palabra todo existe. Él es la fuente y el centro de todas las cosas. Todo emana de él –todas las cosas están en relación con una Persona viva, a saber, él mismo, el cual es su fuente, de quien todas mantienen su existencia. Esta existencia solo subsiste en conexión con él; y la relación de todas las cosas con él, y entre ellas mismas, es encontrada en la expresión de su pensamiento –en esa medida, a lo menos, en que él se sitúa en relación con el hombre en todas estas cosas. Si el mal entra, en lo que respecta a la voluntad o a sus consecuencias en el juicio, ello es debido a que esta relación se rompe; y la relación que se rompe es la medida del mal.

2.15 - La inmensa importancia de la Palabra de Dios, la expresión de las relaciones de todas las cosas con Dios; su analogía con el Verbo viviente

Vemos así la inmensa importancia de la Palabra de Dios. Ella es la expresión de la relación de todas las cosas con Dios; ya sea con respecto a la existencia de ellas –es decir, la creación– o con respecto a sus consejos; o incluso a su propia naturaleza, y la relación del hombre con él, y la comunicación de vida recibida de él, y el mantenimiento de su verdadero carácter. Ella viene del cielo como lo hizo el Verbo viviente, ella revela lo que está allí; pero se adapta, como lo hizo el Verbo, al hombre que está aquí, lo dirige donde hay fe aquí, pero lo guía hacia lo alto donde el Verbo ha ido como Hombre.

Cuanto más consideremos la Palabra, más veremos su importancia. Análogamente a Cristo, el Verbo, ella tiene su fuente en lo alto, y revela lo que está allí, y está perfectamente adaptada al hombre que está aquí abajo, presentando una norma perfecta según lo que está allá arriba. Y si somos espirituales, nos conduce allí a lo alto: nuestra ciudadanía está en los cielos. Nosotros debemos distinguir entre la relación en que el hombre estaba como hijo de Adán, y como hijo de Dios. La ley es la expresión perfecta de las demandas de lo primero, la norma de vida para él se encuentra que es para muerte. Una vez que somos hijos de Dios, la vida del Hijo de Dios como hombre aquí abajo se convierte en nuestra norma de vida. «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos amados; y andad en amor, como también Cristo nos amó» (Efesios 5: 1, 2).

2.16 - El Verbo hecho carne; Cristo es la verdad

En su naturaleza, como el autor de toda existencia, y el centro de toda autoridad y subsistencia fuera de él mismo, Dios es el centro de todo, y el sustentador de todo. En cuanto a sus consejos, Cristo es el centro, y aquí el hombre tiene un lugar peculiar; la complacencia de la sabiduría estaba eternalmente en él, y todo va a estar bajo sus pies. Para que la naturaleza y los consejos de Dios no se separen (lo cual es de hecho imposible, pero que estaba en sus consejos para que no fuera así), Dios se hizo hombre. Cristo es Dios manifestado en carne, la Palabra hecha carne. Por tanto, la naturaleza divina, la expresión de esa naturaleza, es encontrada en aquello que es el objeto de sus consejos, aquello que forma el centro de ellos. Por tanto, Cristo es la verdad –es el centro de todas las relaciones existentes: todas tienen referencia a él. Nosotros estamos, por medio de él, a favor de él, o estamos contra él; todo subsiste por medio de él. Si somos juzgados, es como sus enemigos. Él es la vida (espiritualmente) de todos los que disfrutan la comunicación de la naturaleza divina; así como él sustenta todo lo que existe. Su manifestación saca a la luz la verdadera posición de todas las cosas. Él es la verdad. Todo lo que él dice, siendo las palabras de Dios, son espíritu y son vida; dando vida, actuando de acuerdo a la gracia, juzgando con respecto a la responsabilidad de sus criaturas.

2.17 - Cristo como la revelación del amor y de la verdad, de todo lo que Dios es; la fe y el amor encuentran su existencia en la revelación de Dios como un Salvador en Cristo

Pero aún hay más que esto. Él es la revelación del amor. Dios es amor, y en Jesús el amor está en acción y es conocido por el corazón que Le conoce. El corazón que le conoce vive en amor, y conoce el amor en Dios. Pero él es también el objeto en quien Dios nos es revelado, y ha llegado a ser el objeto de entera confianza. La fe nace por su manifestación. Existía, en efecto a través de la revelación parcial de este mismo objeto, por medio del cual Dios mismo se dio a conocer; pero estas eran solamente anticipaciones parciales de lo que ha sido consumado completamente en la manifestación de Cristo, el Hijo de Dios. El objeto es el mismo: anteriormente, el tema de la promesa y de la profecía; ahora, la revelación personal de todo lo que Dios es, la imagen del Dios invisible, aquel en quien el Padre también es conocido.

Por tanto, la fe y el amor tienen su nacimiento, su fuente, en el objeto que por gracia los ha creado en el alma; el objeto en el cual el corazón ha aprendido lo que el amor es, y con respecto al cual la fe es ejercida. Por medio de él nosotros creemos en Dios. A Dios nadie jamás le ha visto: el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (o, le ha revelado) (Juan 1: 18).

La verdad es así revelada, pues Jesús es la verdad, la expresión de lo que Dios es, para poner todas las cosas en su lugar, en su verdadera relación con Dios y entre ellas. La fe y el amor encuentran la ocasión de su existencia en la revelación del Hijo de Dios, de Dios como un Salvador en Cristo.

2.18 - La comunicación de la verdad y del conocimiento de Dios; la obra del Espíritu Santo en la creación y en la criatura

Pero hay otro aspecto de la consumación de la obra y de los consejos de Dios del cual aún no hemos hablado, a saber, la comunicación de la verdad y el conocimiento de Dios. Esto es la obra del Espíritu Santo, en la que la verdad y la vida están unidas, pues nosotros somos engendrados por la Palabra. Es la energía activa en la Deidad, actuando en todo lo que conecta a Dios con la criatura o a la criatura con Dios. Actuando en perfección divina como Dios, en unión con el Padre y con el Hijo, el Espíritu Santo revela los consejos de los cuales hemos hablado, y los hace efectivos en el corazón, según el propósito del Padre, y por la revelación de la Persona y la obra del Hijo. Yo he dicho energía divina no como una definición teológica –lo cual no es aquí mi objetivo– sino como una verdad práctica, pues, si bien atribuye todo lo que respecta a la criatura al Padre (excepto el juicio, el cual es encomendado enteramente al Hijo, porque él es el Hijo del Hombre, véase Juan 5: 22 y 27) y al Hijo, la acción inmediata en la creación y en la criatura, dondequiera que tenga lugar, es atribuida al Espíritu.

El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas cuando esta tierra fue formada; por este Espíritu los cielos fueron adornados (Job 26: 13); nosotros hemos nacido del Espíritu; sellados con el Espíritu; los santos hombres de Dios hablaron por el Espíritu; los dones eran la operación del Espíritu distribuyendo individualmente a cada uno según la voluntad de él (1 Corintios 12: 11 – LBLA); él da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16 – VM, JND); Él gime en nosotros (Romanos 8: 26); oramos por medio del Espíritu Santo, si esa gracia nos es concedida. El propio Señor, nacido como hombre en este mundo, fue concebido por el Espíritu Santo; por el Espíritu de Dios él echó fuera demonios (Mateo 12: 28). El Espíritu da testimonio de todas las cosas, es decir, de toda verdad en la Palabra: –el amor del Padre, la naturaleza y la gloria de Dios mismo, su carácter, la Persona y la gloria y el amor del Hijo, su obra, forman la sustancia de su testimonio, con todo lo que se relaciona con el hombre en conexión con estas verdades.

2.19 - La Palabra comunicada por medio de hombres en una forma adaptada a los hombres, pero su fuente es divina; los efectos de su recepción

El testimonio que el Espíritu da de estas cosas es la Palabra, y –comunicada por medio de hombres– asume la forma de la verdad expuesta formalmente por revelación. Cristo es la verdad, como hemos visto, el centro de todos los modos de obrar de Dios; pero de lo que estamos hablando ahora es de la comunicación divina de esta verdad; y de esta manera se puede decir que la Palabra es la verdad.[2]

[2] Por eso también se dice, «el Espíritu es la verdad» (1 Juan 5).

Pero, aunque ella es comunicada por medio de hombres, de modo que toma una forma adaptada al hombre, su fuente es divina; y Aquel que la ha comunicado es divino; aquel de quien se dice: «(Él) no hablará por su propia cuenta» (es decir, aparte del Padre y del Hijo) (Juan 16: 13). Consecuentemente, la revelación de la verdad tiene toda la profundidad, la universalidad de relación, la conexión inseparable con Dios (sin la cual no sería la verdad, pues todo lo que está separado de Dios es falso), que la propia verdad posee –posee necesariamente– debido a que ella es la expresión de las relaciones que todas las cosas tienen con Dios en Cristo; es decir, de los propios pensamientos de Dios, de los que todas estas relaciones no son sino la expresión. Es cierto que esta revelación juzga también todo lo que no está de acuerdo con estas relaciones, y juzga según el valor de la relación que se rompe con respecto a Dios mismo, y el lugar que esta relación tiene en su mente [3].

[3] Esto es verdad con respecto a la culpa. Pero Dios, siendo perfectamente revelado, y eso en gracia como el Padre y el Hijo, nuestra comprensión de la ruina en la que estamos va más allá del sentido de culpa como la ruptura de las relaciones previamente existentes. Nosotros éramos culpables según nuestra responsabilidad como hombres. Pero estábamos sin Dios en el mundo y (cuando Dios es conocido) esto es horrible. El comienzo de la Epístola a los Romanos trata la cuestión de la culpa; Efesios 2, el estado en que estábamos; Juan 5: 24 resume brevemente la gracia en cuanto a ambas cosas. La relación es ahora una relación enteramente nueva, fundamentada en el propósito, la redención, y el hecho de que somos hijos de Dios.

 

Cuando esta palabra es recibida a través de la obra vivificante del Espíritu Santo en el corazón, ella es eficaz; hay fe, el alma está en una verdadera relación práctica viviente con Dios de acuerdo con lo que está expresado en la revelación que ella ha recibido. La verdad –la cual habla del amor de Dios, de la santidad, de la limpieza de todo pecado, de la vida eterna, de la relación de hijos– siendo recibida en el corazón, nos coloca en una verdadera relación viviente y actual con Dios, conforme a la fuerza de todas estas verdades, tal como Dios las concibe y como él las ha revelado al alma. Por lo tanto, ellas son vitales y eficaces por medio del Espíritu Santo; y la conciencia de esta revelación de la verdad, y de la verdad de lo que es revelado, y de oír realmente la voz de Dios en su palabra, es fe.

2.20 - La verdad inherente a la palabra revelada; la expresión divina de lo que es infinito a lo finito

Pero todo esto es verdad en la palabra revelada antes que yo crea en ella, y para que yo pueda creer en ella –pueda creer en la verdad– aunque solo el Espíritu Santo nos hace oír la voz de Dios en ella, y así produce fe. Y lo que en ella es revelado es la expresión divina de lo que pertenece a lo infinito, por una parte, y es expresado en lo finito, por la otra, de aquello que tiene la profundidad de la naturaleza de Dios, de quien todo procede; con quien, y con cuyos derechos, todo está en relación, pero que se desarrolla –ya que está fuera de Dios– en la creación y en lo finito.

La unión de Dios y del hombre en la Persona de Cristo es el centro –podemos decir (ahora que lo sabemos), el centro necesario de todo esto, como hemos visto. Y la Palabra inspirada es la expresión conforme a la perfección de Dios, y (nosotros bendecimos a Dios por ella, ya que el Salvador es el gran tema de las Escrituras, pues él dijo: «ellas son las que dan testimonio de mí», Juan 5: 39 – VM) en formas humanas.

2.21 - La Palabra es la expresión divina y única de la naturaleza, de las Personas, y de los consejos divinos adaptada al hombre finito; es un todo

Pero esta Palabra, siendo divina, siendo inspirada, es la expresión de la naturaleza, de las Personas, y de los consejos divinos. Nada que no esté inspirado de esta manera puede tener este lugar –pues nadie más que Dios puede expresar perfectamente lo que Dios es– por tanto, infinito es lo que emana en ella; debido a que ella es la expresión de, y está conectada con, las profundidades de la naturaleza divina, y por ende infinita en su conexión, aunque expresada en un sentido finito, y hasta hoy finita en la expresión, y adaptada así al hombre finito. Ninguna otra cosa, incluso brotando de la misma fuente, es la expresión divina de la mente y de la verdad divinas, ninguna otra cosa está en unión directa con la fuente no adulterada. La conexión inmediata se rompe; lo que se dice ya no es divino. Puede contener muchas verdades, pero faltan la derivación viviente, lo infinito, la unión con Dios, la derivación inmediata e ininterrumpida de Dios. Lo infinito ya no está allí. El árbol crece desde su raíz y forma un todo; la energía de la vida lo permea –la savia que fluye desde la raíz. Nosotros podemos considerar una parte, tal como Dios la ha establecido allí, como una parte del árbol; podemos ver la importancia del tronco; la hermosura del desarrollo en sus más pequeños detalles, la magnificencia del todo; en el cual la energía vital combina la libertad y la armonía de la forma. Vemos que es un todo, unido en uno por la misma vida que lo produjo. Las hojas, las flores, el fruto, todo nos habla de la intensidad de aquel Sol divino que los desarrolló, de la corriente inagotable que los nutre. Pero no podemos separar una parte de dicho árbol, por muy hermosa que ella sea, sin privarla de la energía de la vida y sus relaciones con el todo.

2.22 - Teología; la mente del hombre comprendiendo la verdad y procurando darle una forma nueva

Cuando el poder del Espíritu de Dios produce la verdad, ella se desarrolla en unión con su fuente, ya sea en revelación o incluso en la vida y en el servicio del individuo; aunque en los dos últimos casos hay una mezcla de otros elementos debido a la debilidad del hombre. Cuando la mente del hombre comprende la verdad, y él procura darle una forma, lo hace de acuerdo a la capacidad del hombre, la cual no es la fuente de la verdad; la verdad, tal como él la expresa, aunque fuese pura, está separada en él de su fuente y de su totalidad; pero, además de esto, la forma que un hombre le da lleva siempre el sello de la debilidad del hombre. Él solo la ha comprendido parcialmente, y solo presenta una parte de ella. Por consiguiente, ya no es más la verdad. Además, cuando él la separa de todo el círculo de la verdad en que Dios la ha colocado, necesariamente debe vestirla con una forma nueva, con una vestimenta que procede del hombre; de inmediato el error se mezcla con ella. Por tanto, ya no es más una parte vital del todo, es parcial, y por lo tanto no es la verdad; y de hecho está mezclada con el error. Eso es teología.

2.23 - La verdad expresada por Dios en una forma perfecta con palabras de certeza

En la verdad hay, cuando Dios la expresa, amor, santidad, autoridad, ya que son en él la expresión de sus propias relaciones con el hombre, y de la gloria de su ser. Cuando el hombre le da una forma, todo esto falta, y no pueden estar en ella, porque es el hombre el que le da forma. Ya no es Dios hablando. Dios le da una forma perfecta; es decir, él expresa la verdad en palabras de certeza. Si el hombre le da una forma, ya no es la verdad dada por Dios. Por tanto, es de suma importancia retener la verdad en la forma en que Dios la ha dado, el tipo, la forma en que él la ha expresado: nosotros estamos en relación con Dios en ella según la certeza de aquello que él ha revelado. Este es el seguro recurso del alma cuando la Asamblea ha perdido su poder y su energía, y ya no es un sostenimiento para las almas débiles; y lo que lleva el nombre de Asamblea ya no responde al carácter que se le dio en la primera epístola, a saber: «columna y cimiento de la verdad» (1 Timoteo 3: 15 – LBLA) [4].

[4] Las doctrinas o dogmas de la Escritura tienen su importancia y se adaptan al alma más simple en esto, a saber, en que son hechos, y son así objetos de fe, no son nociones. Por tanto, que Cristo sea Dios, que Cristo sea hombre, que el Espíritu Santo sea una Persona, y otras declaraciones semejantes, son hechos recibidos por fe en la más simple de las almas.

2.24 - Qué es lo que debe ser retenido

La verdad, la verdad clara y positiva, dada como una revelación de Dios en las palabras –vestidas con su autoridad– mediante las cuales él ha dado una forma a la verdad, comunicando los hechos y los pensamientos divinos que son necesarios para la salvación de los hombres, y para la participación de ellos en la vida divina –esto es lo que debemos retener.

2.25 - La forma de las sanas palabras

Nosotros solo estamos seguros de la verdad cuando retenemos el mismo lenguaje de Dios que la contiene. Por gracia yo puedo hablar de la verdad en toda libertad. Puedo procurar explicarla, comunicarla, instarla a la conciencia, conforme a la medida de luz y poder espiritual que se me ha otorgado; puedo esforzarme por demostrar su hermosura y la conexión entre sus diversas partes. Cualquier cristiano, y especialmente el que tiene un don de Dios para el propósito, puede hacer esto.

Pero la verdad que yo explico y propongo es la verdad como Dios la ha dado, y en sus propias palabras en la revelación que él ha hecho. Yo retengo la forma de las sanas palabras que he recibido de una fuente y una autoridad divinas: ello me da certeza en la verdad.

2.26 - El deber de la Asamblea con respecto a la verdad como sometida a ella y guiada por ella

Es importante destacar aquí la parte de la Asamblea cuando es fiel. Ella recibe, ella mantiene la verdad en su propia fe; ella la guarda, es fiel a ella; se somete a ella como a una verdad, una revelación, que viene de Dios mismo. Ella no es la fuente de la verdad. Como Asamblea, ella no la propaga –no la enseña. Ella dice: «Yo creo»; no dice: «Creed». Decir: «Creed» es la función del ministerio, en el que el hombre está siempre individualmente en relación con Dios por medio de un don que él tiene de Dios, y para el ejercicio del cual él es responsable ante Dios. Esto es de suma importancia. Los que poseen estos dones son miembros del Cuerpo de Cristo. La Asamblea ejerce su disciplina con respecto a todo lo que es de la carne en ellos, en el ejercicio real o aparente de un don, como en todo lo demás. Ella preserva su propia pureza sin hacer acepción de personas en cuanto a la apariencia de ellas, siendo guiada en ello por la Palabra (pues esta es su responsabilidad); pero ella no enseña, ella no predica.

2.27 - La Asamblea como el fruto de la Palabra y no como su fuente

La Palabra va antes de la Asamblea, pues ella ha sido reunida por la Palabra. Los apóstoles, Pablo, los que fueron esparcidos por todas partes por la persecución, mil almas fieles, han proclamado la Palabra, y así la Asamblea ha sido reunida. Se ha dicho que la Asamblea existió antes de las Escrituras. En cuanto al contenido del Nuevo Testamento, esto es verdad; pero la Palabra predicada existió antes de la Asamblea. La Asamblea es su fruto, pero nunca es su fuente. La edificación incluso de la Asamblea, cuando ha sido reunida, viene directamente de Dios, a través de los dones que él ha concedido; el Espíritu Santo distribuyendo individualmente a cada uno según su voluntad (1 Corintios 12: 11 – LBLA).

2.28 - La preservación de la verdad a través de las Escrituras; la posibilidad de error al predicar debe ser puesta a prueba y juzgada por medio de las Escrituras

Las Escrituras son el medio que Dios ha usado para preservar la verdad, para darnos certeza en ella; viendo la falibilidad de los instrumentos por los que ella es propagada desde que la revelación ha cesado.

Si al principio él llenó a ciertas personas con el Espíritu de una manera tal que el error fue excluido de la predicación de ellos, si además de esto él dio en aquel entonces revelaciones en las cuales no había nada más que su propia palabra, no obstante, como regla general, la predicación es el fruto del Espíritu Santo en el corazón, y su espiritualidad es solamente en medida, y existe la posibilidad de error. Aquí, con independencia del que pueda ser el poder de la obra del Espíritu, tenemos que juzgar (véase Hechos 17: 11; 1 Corintios 14: 29). Más adelante veremos que al formar este juicio, son las Escrituras las que aseguran quienes son guiados por Dios.

2.29 - El ministerio, la Asamblea, la Palabra escrita

Por tanto, tenemos en las sendas de Dios con respecto a este asunto, tres cosas estrechamente unidas, y sin embargo diferentes, a saber, el ministerio, la Asamblea, y la Palabra de Dios, es decir, la palabra escrita; cuando ella no está escrita, pertenece al orden del ministerio.

El ministerio – en lo que se refiere a la Palabra, pues este no es el único servicio –predica al mundo, y enseña o exhorta a los miembros de la Asamblea.

La asamblea disfruta de la comunión con Dios, es alimentada y crece por medio de lo que le suministran sus diferentes miembros. Ella preserva y, en su confesión, da testimonio de la verdad. Ella mantiene la santidad, y, por medio de la gracia y la presencia del Espíritu Santo, disfruta una mutua comunión; y, en amor, se ocupa de la necesidad temporal de todos sus miembros.

La Palabra escrita es la norma que Dios ha dado, conteniendo todo lo que él ha revelado. Ella está completa (Colosenses 1: 25). Ella puede ser, debido a que es la verdad, el medio de comunicar la verdad a un alma, el Espíritu Santo puede usarla como un medio; pero en todo caso ella es la norma perfecta, la comunicación autoritaria de la voluntad y del pensamiento de Dios, para la Asamblea.

2.30 - La obediencia fiel ha de distinguir a la Asamblea, al ministro y al individuo

La Asamblea está sujeta, ha de ser fiel, no ha de tener voluntad alguna. Ella no revela, mantiene mediante su confesión, vela sobre aquello que tiene, no comunica; ella ha recibido y ha de mantenerlo fielmente. El hombre dirige, es decir, Cristo; la mujer obedece y es fiel a los pensamientos de su esposo –a lo menos debería serlo (1 Corintios 11): esto es la Asamblea. Los oráculos de Dios han sido encomendados a ella. Ella no los da; los obedece.

El ministro está obligado individualmente a la misma fidelidad. Esto lo entendemos; y en nuestra epístola tenemos que ver especialmente con esta responsabilidad individual. Lo que la Asamblea es al respecto está revelado en la primera epístola (1 Timoteo 3: 15). Aquí el individuo debe retener esta forma de sanas palabras que ha recibido de una fuente divina, porque eso es lo que era el apóstol, en su función apostólica, como un instrumento. Ni Timoteo ni la Asamblea podían formular tal forma de sanas palabras; la parte de ellos era retenerla, habiéndola recibido. Y aquí, como hemos dicho, por muy infiel que puede ser la Asamblea, el individuo está obligado a ser fiel y a serlo siempre.

2.31 - La palabra inspirada debe ser retenida en la forma en que ha sido expresada por la autoridad divina en el poder del Espíritu Santo; infidelidad contemplada

Por lo tanto, esto es lo que tenemos que hacer, a saber, la verdad, que nos es presentada en la Palabra inspirada debemos (y yo debo) retenerla, en la forma en que nos es presentada. Debo retenerla, no meramente como una propuesta, sino en unión con la Cabeza, en la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. La fortaleza para cumplir viene de lo alto. Pues otro asunto nos es traído ante nosotros. El Espíritu Santo ha sido dado, en efecto, a la Asamblea; pero un período de infidelidad está contemplado aquí (v. 15). Él ha sido dado al hombre de Dios, a cada cristiano, y a cada siervo con referencia al servicio que le ha sido asignado. Por medio del Espíritu Santo hemos de guardar el buen depósito que nos ha sido encomendado, leemos: «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Timoteo 1: 14). En días como esos, este era el deber del hombre de Dios; y en nuestro día, las cosas han ido mucho más lejos. Poseyendo la promesa de la vida, y abandonado por la mayoría de cristianos, él creyente fiel debe retener la verdad con las palabras en que ha sido expresada por autoridad divina (es esta verdad que tenemos en la Palabra, no solo la doctrina; porque podemos pretender tener la doctrina de Pedro o de Pablo, pero no se puede decir que tenemos sus palabras, la forma de la verdad tal como Pablo y Pedro la presentaron, en otro lugar que en sus escritos inspirados); y retener esta verdad en la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. Además, es necesario, mediante el poder del Espíritu Santo, guardar la sustancia de la verdad, lo que se nos ha dado como un tesoro –el depósito de la verdad y de las riquezas divinas, que nos ha sido dado como nuestra porción aquí abajo.

2.32 - El apóstol abandonado; los sentimientos que deben animar al hombre de Dios en tal momento

En los versículos 15 al 18 encontramos que la mayoría se había alejado completamente del apóstol, de modo que el afecto y la fidelidad de uno llegaron a ser muy preciosos para él. ¡Qué cambio hay ya desde el principio del evangelio! Comparen con los tesalonicenses, los efesios, a saber, ellos eran el mismo pueblo (pues Éfeso era la capital de lo que aquí es llamado Asia) entre quienes Pablo había predicado, de modo que toda Asia había oído el evangelio; ¡y vean cómo todos lo habían abandonado ahora!

Sin embargo, no debemos suponer que todos ellos habían abandonado la profesión del cristianismo; sino que la fe de ellos se había vuelto débil, y no les agradó identificarse con un hombre que estaba en desgracia con las autoridades, que era despreciado y perseguido, un prisionero – un hombre cuya energía trajo vituperio y dificultades personales sobre sí mismo. Ellos se alejaron, y lo dejaron solo para que respondiera por sí mismo. ¡Triste resultado de la decadencia espiritual! Pero, ¿cuáles sentimientos deben animar al hombre de Dios en un momento tal?

3 - Capítulo 2

3.1 - La verdad ha de ser guardada, propagada y comunicada a otros hombres fieles

Él debe ser fuerte en la gracia que hay en Cristo Jesús. Cristo no cambiaba, con independencia del caso que podía ser con los hombres; y aquel que padecía por el abandono de ellos podía, sin desanimarse, exhortar a su amado Timoteo a perseverar firmemente en la Palabra. Tampoco encontramos en ninguna parte al hombre de Dios llamado a un ánimo más pleno y sin vacilación que en esta epístola, lo que es el testimonio del fracaso y la ruina de la Asamblea.

La verdad era el especial tesoro (o, el buen depósito) encomendado a él; y no solo debía guardarla, como hemos visto, sino que debía cuidar que se propagara y se comunicara a otros después de él, y quizás aún más lejos. Lo que Timoteo había oído de Pablo en presencia de muchos testigos (quienes podían confirmar a Timoteo en sus convicciones respecto a la verdad, y certificar a otros que ello era realmente lo que él había recibido de Pablo) él debía comunicarlo a hombres fieles, que fuesen capaces de enseñar a otros. Este era el medio común. No se trata del Espíritu en la Asamblea, de modo que la Asamblea fuese una autoridad, ya no se trata de revelación. Timoteo, bien instruido en la doctrina predicada por el apóstol, y confirmado en sus puntos de vista por muchos otros testigos que también habían aprendido de Pablo, de modo que era común a todos como la verdad conocida recibida, debía cuidar que ella fuese comunicada a otros hombres fieles. Tampoco esto tiene algo que ver con darles autoridad, con consagrarlos, como ha sido dicho. Se trata de la comunicación a ellos de la verdad que él había recibido de Pablo.

Esta instrucción del apóstol excluye la idea de la Asamblea como propagadora de la verdad: esta propagación era la responsabilidad del hijo fiel en la fe, del apóstol, o del ministerio.

3.2 - Timoteo no era una autoridad sino un comunicador de la verdad conocida y revelada

El propio Timoteo tampoco era una autoridad. Él era un instrumento para la comunicación de la verdad, y debía permitir que otros también lo fueran, es decir, algo muy diferente de ser la norma de la verdad. Lo que él había oído –y los otros testigos servían como una garantía contra la introducción de cualquier cosa falsa, o incluso de sus opiniones propias, si él se hubiera inclinado a albergarlas– eso es lo que él debía comunicar.

Es así como, en el sentido ordinario, el ministerio es continuado; personas competentes cuidan la comunicación, no de la autoridad, sino de la verdad, a otras personas fieles. Dios puede levantar a cualquiera que él escoja, y darle la energía de su Espíritu; y donde esto es encontrado, hay poder y una obra eficaz; pero el pasaje que estamos considerando supone la cuidadosa comunicación de la verdad a personas aptas para esta obra. Ambos principios excluyen igualmente la idea de la comunicación de una autoridad oficial, y la idea de que la Asamblea es una autoridad con respecto a la fe o a la propagación de la verdad. Si Dios suscita a quien quiere, como quiere, el medio que él emplea (cuando no hay una operación especial de su parte) es para que la verdad sea comunicada a individuos capaces de propagarla. Esto es algo muy diferente de otorgar autoridad, o el exclusivo u oficial derecho a predicar. Y era la verdad revelada conocida lo que Timoteo debía comunicar, la verdad que tenía la autoridad directa de la revelación –lo que solo los escritos de Pablo pueden proporcionarnos ahora, o, por supuesto, los demás escritos inspirados.

3.3 - Las condiciones prácticas del servicio divino

El apóstol continúa mostrando las cualidades que Timoteo debe poseer para llevar a cabo la obra en medio de las circunstancias que lo rodeaban, y en las que se encontraba la propia Asamblea. Era necesario saber soportar privaciones, vejaciones, dificultades y dolores como un buen soldado de Jesucristo; y guardarse de enredarse en los negocios de la vida diaria. Un soldado, cuando está en servicio activo, no podría hacerlo, sino que debe estar libre de todo obstáculo para que pueda agradar a aquel que lo reclutó como soldado. Timoteo debía también, como un combatiente en competición, luchar de acuerdo con las reglas, según lo que le correspondía al siervo del Señor, y era conforme a la voluntad del Señor. Él debía trabajar primero para tener derecho a gozar del fruto de su trabajo. Estas son las condiciones prácticas del servicio divino para cualquiera que se compromete en él. Hay que tomar su parte de sufrimiento, no enredarse en las cosas del mundo, luchar lícitamente, y trabajar primero [5] antes de esperar frutos.

[5] «El labrador debe trabajar antes de participar» (2 Timoteo 2: 6).

3.4 - El principio fundamental de la verdad y los padecimientos del ministerio

El apóstol regresa a los principios elementales, pero fundamentales de la verdad, y a los padecimientos de los ministros de la Palabra que, por otra parte, de ninguna manera impedían la operación del Espíritu de Dios para ensanchar la esfera en que la verdad era propagada, y la Palabra de Dios se difundía. Nadie podía retener la Palabra, este poderoso instrumento de la operación de Dios.

3.5 - Los dos ejes de la verdad; la fidelidad de Dios y su poder en la resurrección

La verdad del evangelio (el dogma no es el tema aquí) se divide en dos partes, de lo cual el apóstol habla también en la Epístola a los Romanos: a saber, el cumplimiento de las promesas; y el poder de Dios en la resurrección. Leemos: «Jesucristo, del linaje de David» y «resucitado de entre los muertos». De hecho, estos son, por así decirlo, los dos ejes de la verdad. Dios fiel a sus promesas (mostrado especialmente en conexión con los judíos); y Dios poderoso para producir una cosa enteramente nueva mediante su poder creativo y vivificante, manifestada en la resurrección, lo cual también ponía el sello de Dios sobre la persona y la obra de Cristo.

3.6 - Participación en los padecimientos de Cristo; sus privilegios y estímulos

Las aflicciones encontradas en la senda del servicio del evangelio asumen aquí un carácter elevado y peculiar en la mente del apóstol sufriente. Estos sufrimientos son la participación en los padecimientos de Cristo, y, en el caso de Pablo, hasta un grado muy notable. Las expresiones que Pablo usa aquí son tales que nos podríamos servir al hablar del propio Cristo en lo que respecta a su amor. En cuanto a la propiciación, naturalmente ningún otro que Cristo podía tomar parte en ella; pero en la consagración y en el padecimiento por el amor y por la justicia, los creyentes tenemos el privilegio de padecer con él. Y aquí ¿qué parte tenía el apóstol con estos padecimientos? «Todo lo soporto», él dice, «por amor de los escogidos». Esto es realmente lo que el Señor hizo. El apóstol andaba atentamente en Sus pasos, y con el mismo propósito de amor –«para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna». Aquí, obviamente, el apóstol debía añadir: «que es en Cristo Jesús»; aun así, el lenguaje es maravilloso en los labios de cualquier otra persona que no sea el propio Señor. Porque ello es lo que Cristo hizo.

Observen también que mientras mayores sean los padecimientos (¡cuán pequeños son los nuestros en este respecto!), como fruto del amor por los objetos de los consejos de Dios, mayor es nuestro privilegio, más participamos en aquello que era la gloria de Cristo aquí abajo.

Este pensamiento sostiene el alma en este tipo de aflicción: a saber, tenemos la misma meta que el propio Señor. La energía del amor al predicar el evangelio se dirige a todo el mundo. La perseverancia, en medio de la aflicción, de las dificultades y de la deserción es sostenida por el sentimiento que uno está trabajando para el cumplimiento de los consejos de Dios. Se soporta todo por los escogidos, los escogidos de Dios, para que ellos puedan tener salvación y gloria eterna. Este sentimiento estaba en el corazón de Pablo. Conocía el amor de Dios, y procuraba –a costa de cualquier sufrimiento que pudiera existir en el tumultuoso mar de este mundo– que ellos que eran objetos del mismo amor, disfrutasen la salvación y la gloria que Dios concedía. Palabra fiel era esta que, –es decir, lo que él acababa de declarar– si morimos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él. Si alguno le negaba, él también les negaría; las consecuencias de un hecho semejante permanecían con toda su fuerza, estaban unidas con la inmutabilidad de su naturaleza y de su ser, y eran exhibidas en la autoridad de su juicio: Él no podía negarse a sí mismo debido a que los demás eran incrédulos.

3.7 - Timoteo fortalecido y dirigido; el inmutable refugio de las almas y su sello con dos aspectos

Timoteo fue fortalecido para mantener estos grandes principios que pertenecían a la naturaleza moral del Señor, y para no dejarse arrastrar por especulaciones que solamente subvertían las almas y corrompían la fe. Él mismo debía mostrarse como un obrero aprobado por Dios, el cual, estando lleno con la verdad, y sabiendo cómo exponerla en sus variadas partes, conforme al pensamiento y al propósito de Dios, no se avergonzaría de su obra en la presencia de los que pudieran juzgarla. Él debía evitar los pensamientos profanos e inútiles de las especulaciones humanas. Dichos pensamientos no podían hacer otra cosa más que continuar produciendo impiedad. Estas doctrinas que carcomen como la gangrena podían tener una gran apariencia de profundidad y altura (como en el caso de la afirmación de que la resurrección ya había tenido lugar, lo cual de una manera carnal iba más allá de todos los límites con respecto a nuestra posición en Cristo). Aquellos de los cuales habla el apóstol ya habían subvertido la fe de algunos, es decir, la convicción de ellos en cuanto a la verdad y a la profesión de la verdad.

3.8 - La Asamblea externa asume el carácter de una casa grande; la fidelidad individual para limpiarse uno mismo de lo que es malo es establecida y puesta por encima de todas las demás consideraciones

Pero aquí el alma del apóstol encontró su refugio en aquello que es inmutable, aunque el fracaso de la Asamblea o del hombre fuese más grande que nunca. El sólido fundamento de Dios permanecía. Tenía este sello: «Conoce el Señor a los que son suyos». Esta era la posición de Dios que nada podía tocar [6]. La otra era la del hombre: a saber, el que profesaba el nombre del Señor debía apartarse de toda iniquidad. Esta era la responsabilidad del hombre, pero ella caracterizaba el trabajo y el fruto de la gracia dondequiera que ese trabajo fuera genuino y el fruto verdadero fuera producido.

[6] Esto, si bien es una fuente profunda de consuelo, es una demostración de la decadencia; pues también los hombres debiesen conocer a los que son del Señor. No es, «El Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos» (Hechos 2: 47 – LBLA).

Pero tenemos aquí una clara evidencia del estado de cosas que esta epístola contempla: a saber, la Asamblea externa había asumido un carácter muy completamente nuevo, muy diferente del que tuvo al principio; y que ahora el individuo era entregado a su fidelidad personal como un recurso, y como un medio de escape de la corrupción general. El sólido fundamento de Dios permanecía: el conocimiento que tiene Dios de los que son suyos; y la separación individual de todo mal; pero la Asamblea externa asume, a los ojos del apóstol, el carácter de una casa grande. Toda clase de cosas son encontradas en ella, vasos para honra y vasos para deshonra, preciosos y viles. El propio hombre de Dios debía limpiarse (purificarse) de los últimos, apartarse y no contaminarse él mismo con aquello que era falso y corrupto. Leemos, «Pero en una casa grande no solamente hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro; y algunos para honra y algunos para deshonra. Por lo tanto, si alguno se habrá limpiado de estos, separándose él mismo de ellos, él será un vaso para honra, santificado, útil para el Dueño» (2 Timoteo 2: 19 a 21 – JND). Este es un principio de importancia capital que el Señor nos ha dado en su Palabra. Él permitió que el mal se mostrara a sí mismo en los tiempos apostólicos, con el fin de dar ocasión para el establecimiento de este principio mediante revelación, como lo que debía regir al cristiano. La unidad de la Asamblea es tan preciosa, tiene una autoridad tal sobre el corazón del hombre, que existía el peligro, cuando el fracaso se había instalado, de que el deseo por la unidad externa indujera al fiel a aceptar el mal y andar en comunión con él, en lugar de romper esa unidad. Por lo tanto, el principio de la fidelidad individual, de la responsabilidad individual ante Dios es establecido, y puesto por encima de todas las demás consideraciones; pues dicho principio tiene que ver con la naturaleza de Dios mismo, y su propia autoridad sobre la conciencia del individuo. Dios conoce a los que son suyos: entonces, aquí está el terreno de la confianza. Yo no digo quiénes son. Y que los que invocan el nombre de Jesús se separen de todo mal. Aquí yo obtengo lo que yo puedo reconocer. Mantener en la práctica la posibilidad de unión entre ese nombre y el mal, es blasfemar ese nombre.

3.9 - La norma de la fidelidad cristiana para el vaso para honra útil para el Dueño

El conjunto de todos los que se dicen cristianos es considerado aquí como una casa grande. El cristiano pertenece a ella exteriormente, a pesar de sí mismo, pues él se dice cristiano, y la casa grande consiste en todos los que se llaman así. Pero él mismo se limpia personalmente de todo vaso que no es para la honra del Señor. Esta es la norma de la fidelidad cristiana; y así, purificado personalmente de comunión con el mal, él será un vaso para honra, apto para ser usado por el Dueño. Todo lo que sea contrario a la honra de Cristo, en los que llevan su nombre, de esto es de lo que hay que separarse.

La disciplina por las faltas individuales no es el tema aquí, ni tampoco la restauración de almas en una asamblea que ha perdido en parte su espiritualidad; sino una línea de conducta para el cristiano individual con respecto a lo que deshonra de cualquier manera al Señor.

Estas enseñanzas son solemnes e importantes. Lo que las hace necesarias es triste en su naturaleza; pero todo ello ayuda a exhibir la fidelidad y la gracia de Dios. Y Dios nos da aquí una instrucción clara y preciosa para nuestra conducta, cuando nos encontramos en circunstancias similares. La responsabilidad individual nunca puede cesar.

3.10 - La responsabilidad individual para con Dios y su voluntad nunca puede cesar o disminuir, incluso cuando la cristiandad fracasa

Cuando el Espíritu Santo actúa enérgicamente y triunfa sobre el poder del enemigo, estos individuos que se reúnen en la Asamblea y desarrollan su vida, conforme a Dios y en su presencia, y el poder espiritual que existe en todo el Cuerpo actúa sobre la conciencia, si es necesario, y guía el corazón del creyente; de manera que, el individuo y la Asamblea, son llevados hacia adelante bajo la misma influencia. El Espíritu Santo, que está presente en la Asamblea, sostiene al individuo a la altura de la propia presencia de Dios. Incluso los extraños se ven obligados a confesar que Dios está allí. El amor y la santidad reinan. Cuando el efecto de este poder ya no es encontrado en la Asamblea, y que gradualmente la cristiandad ya no responde al carácter de la Asamblea tal como Dios la formó, la responsabilidad del individuo para con Dios no ha cesado por ese motivo. Dicha responsabilidad no puede cesar ni disminuir, porque la autoridad y los derechos de Dios mismo sobre el alma están en juego.

3.11 - El carácter de la responsabilidad individual

Pero en un caso como este, aquello que se llama a sí mismo cristiano ya no es una guía, y el individuo está obligado a ajustarse a la voluntad de Dios, mediante el poder del Espíritu, conforme a la luz que le es dada de dicha voluntad.

Dios puede reunir a los fieles. Ello es gracia y es su propósito. Pero la responsabilidad individual permanece –responsabilidad de no romper la unidad, débil como ella puede ser, dondequiera que ello sea posible según Dios; pero responsabilidad de preservar el carácter divino del cristianismo en nuestra conducta y responder a la revelación que hemos recibido de la naturaleza y de la voluntad de Dios.

3.12 - Separación para Cristo y separación del mal

Limpiándose él mismo de todos los que son para deshonra, el siervo de Dios será para honra, santificado y estará preparado para toda buena obra. Porque esta separación del mal no es meramente negativa; es el resultado de la comprensión de la Palabra de Dios en el corazón. Entonces yo entiendo lo que la santidad de Dios es, sus derechos sobre mi corazón, la incompatibilidad de su naturaleza con el mal. Yo siento que permanezco en él y él en mí; que Cristo debe ser honrado a toda costa; que solo aquello que es como él le honra; que su naturaleza y sus derechos sobre mí son la única norma de mi vida. Lo que me separa para él, según lo que él es, me separa del mal. No se puede andar con los que deshonran al Señor, y al mismo tiempo honrarlo con mi conducta.

3.13 - El carácter santificador de la exhortación; la norma para distinguir y asociarse con los que invocan al Señor con un corazón puro

Lo que sigue a continuación muestra el carácter santificador de esta exhortación. El apóstol dice: «Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro» (2 Timoteo 2: 22 – VM). Esto es respirar la atmósfera pura que es encontrada en la presencia del Señor; en la cual el alma disfruta de salud y fortaleza. Todo lo que corrompe está muy lejos. Además, encontramos lo que es a menudo impugnado, a saber, que podemos y debemos distinguir a los que invocan al Señor con corazón puro. Nosotros no decidimos quiénes son del Señor: Él los conoce. Pero debemos asociarnos con los que se manifiestan, con los que invocan al Señor con un corazón puro. Aquellos son los que debo conocer, reconocer, y con los que debo andar. Decir que no puedo saber quiénes son es, a la indiferencia de una norma expresa de la Escritura, aplicable a un estado donde, a causa de la corrupción, muchos no son manifestados como verdaderamente cristianos, siéndolo quizás.

3.14 - Evitar las cuestiones necias

Tal como encontramos a lo largo de sus epístolas, el apóstol exhorta a evitar cuestiones necias, en las que no hay enseñanza divina. Ellas solo producen discusiones estériles y disputas; y el siervo del Señor no debe contender. Él viene de parte de Dios a traer la verdad, en paz y amor. Él debe mantener este carácter de paz, en la expectativa de que Dios, en su gracia, dé arrepentimiento a los oponentes (pues se trata del corazón y de la conciencia), para reconocer la verdad.

3.15 - La verdad de Dios dirigida al corazón y a la conciencia; el error de Satanás ocupando la mente

La verdad de Dios no es un asunto de entendimiento humano; ella es la revelación de lo que Dios es, y de sus consejos. Ahora bien, no podemos tener que ver con Dios sin que el corazón y la conciencia estén comprometidos. Lo que la inteligencia comprende, no es la revelación de Dios para nosotros. Estamos puestos en relación con el propio Ser divino, y en hechos que debieran tener el efecto más poderoso sobre el corazón y la conciencia; si no tienen este efecto, tanto uno como la otra están en un mal estado y endurecidos. El Espíritu de Dios, sin duda, actúa sobre el entendimiento y mediante él; pero la verdad depositada en el entendimiento está dirigida a la conciencia y al corazón, y si ella no los alcanza, nada es hecho ni comprendido. Porque en la verdad divina las cosas son entendidas antes que palabras como «nacer de nuevo» (compárese con Juan 8: 43). Por otra parte, Satanás, ocupando la mente con el error, excluye a Dios de ella y lleva cautivo al hombre completo, para que haga la voluntad de ese enemigo del alma.

4 - Capítulo 3

4.1 - Días peligrosos: la influencia y la obra del enemigo en la cristiandad

Ahora bien, esta influencia perniciosa estaba destinada a ser ejercida. El poder de la santa verdad de Dios debía perderse en la Asamblea y entre los cristianos; y aquellos que llevarían este nombre se convertirían (bajo la influencia del Enemigo) en la expresión de la voluntad y de las pasiones de los hombres, manteniendo al mismo tiempo las formas de la piedad; una condición peculiar que delata de una manera notable la influencia y la obra del Enemigo. Esto era de esperar; y serían días peligrosos.

4.2 - El enemigo engañando a las almas mediante una forma de piedad; la actividad de este mal; Dios desenmascara y juzga a sus maestros

La pública oposición del enemigo es sin duda algo doloroso, pero él engaña almas mediante las apariencias engañosas de las cuales el apóstol habla aquí –aquello que lleva el nombre de cristianismo, lo que ante los hombres tiene el carácter de la piedad, y que la carne aceptará como tal mucho más fácilmente que aquello que, debido a que es la piedad verdadera, es contrario a la carne. Sin embargo, todos los peores rasgos del corazón humano están unidos con el nombre del cristianismo. Entonces, ¿en qué se convierte el testimonio? Es, por así decirlo, una profecía individual, vestida de cilicio.

Hay actividad en este peligroso mal de los postreros días; estos engañadores se meterían en las casas, y las almas débiles les prestarían atención, las cuales, gobernadas por sus pasiones, están siempre aprendiendo y sin embargo nunca aprenden. Maestros como estos resisten a la verdad, son hombres de mentes depravadas, reprobados en lo que respecta a la fe; pero ellos no progresarán más. Dios hará que la insensatez y la falsedad de ellos sean manifiestas por medio incluso de sus propias pretensiones, que ya no pueden mantener.

El hombre de Dios debe apartarse de tales hombres, mientras están engañando y ejerciendo su influencia. Dios los desenmascarará a su debido tiempo. Entonces todos los juzgarán, y condenarán sus pretensiones; el hombre espiritual ya los juzga, mientras ellos engañan a los demás en seguridad.

4.3 - Degradación pagana reproducida bajo el cristianismo, acompañada de hipocresía; alejamiento y corrupción de la verdadera doctrina del Mediador

Podemos comentar aquí lo que evidencia el carácter triste y peligroso de los días de los cuales el apóstol está hablando. Si comparamos la lista de pecados y abominaciones que Pablo presenta al principio de la Epístola a los Romanos, como caracterizando la vida pagana y la degradación moral de los hombres durante esos tiempos de oscuridad y de adoración demoníaca, con el catálogo de pecados que caracterizan a aquellos que tienen la forma de piedad, encontraremos que es casi lo mismo, moralmente bastante parecido; solo que faltan aquí algunos de los pecados públicos que caracterizan al hombre que no se reprime exteriormente, la forma de piedad los excluye y toma el lugar de ellos.

Es un pensamiento solemne que la misma degradación que existía entre los paganos es reproducida bajo el cristianismo, cubriéndose ella misma con ese nombre, e incluso asumiendo la forma de piedad. Pero, de hecho, es la misma naturaleza, las mismas pasiones, el mismo poder del enemigo, que están en actividad en el hombre, pero con el añadido de la hipocresía. No es más que el abandono y la corrupción de la verdadera doctrina del Mediador; así como el paganismo era el abandono y la corrupción de la verdadera doctrina del Dios único.

4.4 - La conducta del hombre de Dios con respecto a los vasos para deshonra

Diferentes instrucciones son presentadas para la conducta del hombre de Dios con respecto a los vasos para deshonra, y con respecto a los hombres que actúan en el espíritu de los postreros días. Él debe purificarse de los primeros; es decir, debe pensar en la fidelidad de su propia conducta; al purificarse de esos vasos que no honran el nombre de Cristo, y que (aunque están en la casa grande) no llevan el sello de la pura búsqueda de su gloria, él será un vaso para honra, apto para el uso del Dueño. Manteniéndose aparte de tales vasos, él está protegido de las influencias que empobrecen y degradan el testimonio que tiene que dar de Cristo; él permanece puro de aquello que deteriora y falsifica ese testimonio.

4.5 - Su conducta y testimonio a los corruptos opositores de la verdad

En el otro caso –el de los hombres que dan el carácter de «nefastos» a los postreros días, los corruptos opositores de la verdad, que llevan el nombre de la piedad– con respecto a estos su testimonio debe ser inequívoco y claro. Aquí no se trata meramente de que el hombre de Dios se purifique; él da testimonio de su aborrecimiento moral, su aversión, hacia los que, como instrumentos del enemigo, llevan este carácter de forma de piedad. Él se aparta de ellos, y los deja al juicio de Dios.

4.6 - El modelo de Timoteo

Timoteo tenía la conducta y el espíritu del apóstol como su modelo. Había estado con él; había visto, en tiempos de prueba, su paciencia y sus padecimientos, las persecuciones que había sufrido; pero el Señor lo había liberado de todo. Será lo mismo con todos los que procuraran vivir de acuerdo a la piedad, que es en Cristo Jesús [7]: es decir, sufrirán persecución. Los malos hombres y los impostores irían de mal en peor, engañando a otros y siendo, al mismo tiempo, engañados (v. 10-13).

[7] En este caso también obtenemos la diferencia del estado de cosas. No son todos los cristianos los que serán perseguidos, sino todos los que viven piadosamente.

4.7 - El carácter de los postreros días y el doble progreso del mal

El carácter de los postreros días está firmemente señalado aquí, y no presenta esperanza alguna para el conjunto de la cristiandad. El progreso del mal es descrito como desarrollándose en dos caracteres diferentes, a los que ya hemos aludido. La casa grande –la cristiandad como un todo– en la que hay vasos para deshonra, de los que debemos purificarnos, y la actividad positiva de la corrupción, y de los instrumentos que la propagan y resisten a la verdad, aunque los que así se corrompen asumen la forma de piedad. Bajo este último aspecto, los impíos seguirán empeorando cada vez más; no obstante, la mano de Dios con poder demostrará la insensatez de ellos.

4.8 - El carácter de los embaucadores y de la muchedumbre embaucada

Podemos distinguir, en esta segunda categoría de mal, un carácter general de soberbia y de corrupción que caracteriza a todos los que padecen esta influencia maligna, y a los que se esfuerzan por propagarla. El apóstol dice que de los últimos de esta clase son los que se introducen en las casas (v. 6). El apóstol habla en general del carácter de la muchedumbre de los seducidos; pero están los seductores. Estos resisten a la verdad, y su insensatez será manifiesta. Puede ser que Dios, para salvar a los suyos, la demuestre dondequiera que haya fidelidad; pero, en general, la obra de los seductores continuará, y la seducción se irá agravando cada vez más, hasta el final, cuando Dios hará manifiesta la insensatez de los que se han alejado de él, y se han entregado a los errores de la mente humana, y se han esforzado por mantenerlos y propagarlos.

4.9 - El amparo de Timoteo –la verdad recibida como una comunicación divina a través de individuos tales como los apóstoles

Después el apóstol dice a Timoteo acerca del amparo en el cual puede confiar para permanecer firme, por medio de la gracia, en la verdad y el gozo de la salvación de Dios (v. 14, ss.). La seguridad descansa sobre la certeza del origen directo de la doctrina que había recibido; y sobre las Escrituras recibidas, como documentos auténticos e inspirados, los cuales anunciaban la voluntad, los hechos, los consejos e incluso la naturaleza de Dios. Perseveramos en aquello que hemos aprendido, porque sabemos de quién lo hemos aprendido. El principio es sencillo y muy importante. Hacemos progresos en el conocimiento divino; pero el creyente, como enseñado por Dios, nunca abandona por opiniones nuevas, lo que ha aprendido de una fuente divina directa, y que sabe que ella es tal. Por una fuente divina directa yo quiero decir una persona a la que Dios mismo ha comunicado la verdad mediante revelación con autoridad para promulgarla. En este caso yo recibo lo que ella dice (cuando reconozco su misión) como una comunicación divina. Es cierto que las Escrituras permanecen siempre como una contraprueba; pero cuando, como en el caso de los apóstoles, se demuestra que un hombre es un ministro de Dios, dotado por él para comunicar Su pensamiento, yo recibo lo que él dice, en el ejercicio de su ministerio, como viniendo de Dios. No se trata en este caso de la Asamblea. Ella no puede ser el instrumento de la verdad divina comunicada directamente de Dios. Los individuos son siempre ese instrumento. Nosotros hemos visto que la parte de la Asamblea es confesar la verdad cuando ha sido comunicada, ella no es el canal de comunicación. Pero hablamos aquí de una persona a la cual y mediante la cual Dios revela la verdad directamente –tal como los apóstoles y los profetas. Dios les ha comunicado, como instrumentos escogidos para este propósito, aquello que él deseaba comunicar al mundo, y ellos así lo han comunicado. Nadie podría hacerlo, si no lo ha recibido de Dios, como revelación, lo que así debe comunicar; si este no es el caso, el hombre mismo tiene alguna parte en esta comunicación. Yo no podría decir, de una doctrina: “Yo se de quién lo he aprendido”, como sabiendo que viene directamente de Dios y por revelación divina.

Cuando Dios tuvo algo que comunicar a la propia Asamblea, lo hizo por medio de personas tales como Pablo, Pedro, etc. La Asamblea está compuesta de individuos; ella no puede recibir una revelación divina en masa, como Asamblea, excepto que los que la componen oyen en común una voz divina, lo cual no es el modo de obrar de Dios. El Espíritu Santo distribuye individualmente a cada uno según su voluntad (1 Corintios 12: 11). Hay profetas, y el Espíritu dice: «Separadme a Bernabé y a Saulo» (Hechos 13: 2). Cristo ha dado dones a los hombres: unos como apóstoles; otros como profetas etc. Consecuentemente el apóstol dice aquí: «sabiendo», no “dónde”, sino «de quién» has aprendido estas cosas.

4.10 - La verdad divina dada a conocer directamente mediante inspiración a hombres tales como Pablo con autoridad para impartirla

Aquí está, entonces, el primer fundamento de certeza, de fortaleza y de seguridad para el hombre de Dios en lo que respecta a la verdad divina. Ella no le ha sido revelada directamente a Timoteo. Fue a Pablo y a otros instrumentos a quienes Dios escogió para este especial favor. Pero Timoteo sabe de quién la ha aprendido; incluso de uno (aquí fue Pablo) a quien ella había sido dada a conocer directamente mediante la inspiración, y el cual tiene autoridad por parte de Dios para comunicarla; de modo que el que aprende de él sabe que ella es la verdad divina, exactamente como Dios la comunicó (compárese con 1 Corintios 2), y en la forma en que Él se complació en comunicarla.

4.11 - Las Sagradas Escrituras, la palabra escrita, una autoridad y una revelación permanentes, contrastadas con profecías registradas que no eran necesarias para el pueblo de Dios, ni aplicables a él, en todas las épocas

Existe otro medio que tiene su carácter propio; las Escrituras, que son, como tal, el fundamento de la fe del hombre de Dios, y que lo dirigen en todos sus caminos. El propio Señor Jesús dijo (hablando de Moisés): «Si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras?» (Juan 5: 47). Sus palabras eran las palabras de Dios. Él no contrasta la autoridad de lo que decía con la de la palabra escrita, sino los dos medios de comunicación. A Dios le había complacido emplear ese medio como una autoridad permanente. Pedro dice: «Ninguna profecía de la Escritura…» (2 Pedro 1: 20). Ha habido muchas profecías que no están escritas; ellas tuvieron la autoridad de Dios para esas personas a las cuales iban dirigidas. Pues la Palabra habla más de una vez de profetas –que por consiguiente deben haber profetizado– sin comunicarnos sus profecías. Ellos fueron instrumentos para dar a conocer la voluntad de Dios en el momento, para guiar a su pueblo en las circunstancias en las que se encontraba, sin que esta comunicación sea una revelación necesaria para el pueblo de Dios en todas las épocas, o aplicables ya sea al mundo, o a Israel, o a la Asamblea, en todos los siglos. No era una revelación permanente por parte de Dios para la enseñanza del alma en todos los períodos.

Una multitud de cosas habladas por Jesús mismo no están reproducidas en las Escrituras; así que no es solamente un asunto con respecto a de quién hemos oído una verdad, sino también del carácter de aquello que ha sido comunicado. Cuando ello es para el beneficio permanente del pueblo o de la Asamblea de Dios, Dios hizo que se escribiera en las Escrituras, y ello permanece para la enseñanza y el alimento de los creyentes en todas las épocas.

4.12 - Los apóstoles como maestros autorizados por el Señor; toda la Sagrada Escritura tiene autoridad para dar a conocer la voluntad y la verdad de Dios

La expresión: «sabiendo de quién lo aprendiste» (v. 14), nos da como fundamento la autoridad personal de un apóstol, viendo a los apóstoles como maestros autorizados por el Señor. Juan dice: todos los que son de Dios nos oyen (1 Juan 4: 6). No es necesario que la Escritura sea escrita por apóstoles. Dios ha dado a conocer en ellas su voluntad y la verdad, y ha encomendado el sagrado depósito a su pueblo para el beneficio de todas las épocas. Las Escrituras tienen autoridad como tales; y esta autoridad no pertenece solo a lo que un hombre, como hombre espiritual, puede recibir de ellas, de lo cual hemos beneficiado (en cuanto a la aplicación al alma es verdaderamente todo); sino que es toda la Sagrada Escritura, tal como la poseemos, que tiene esta autoridad.

4.13 - Las Escrituras como autoridad divina para guardar contra el error y dar enseñanza; la fe en Cristo es el requisito para usarlas correctamente

Desde su niñez Timoteo había leído las Sagradas Escrituras; y estos escritos, tal como él los había leído como niño, lo guardaban –como autoridad divina– contra el error, y le proporcionaban las verdades divinas necesarias para su enseñanza. Para usarlas correctamente, la fe en Cristo era un requisito; pero aquello de lo que él se servía era la Escritura conocida desde su juventud. Lo importante que hay que observar aquí es que el apóstol está hablando de las Escrituras, como ellas son en sí mismas, tal como las lee un niño; ni siquiera habla de lo que un hombre convertido o espiritual encuentra en ellas, sino sencillamente de las Sagradas Escrituras en sí mismas.

4.14 - El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento tienen el mismo carácter y la misma autoridad

Tal vez se pueda decir que Timoteo, como niño, solo poseía el Antiguo Testamento. De acuerdo; lo que tenemos aquí es el carácter de todo lo que tiene derecho a ser llamado Sagrada Escritura. Tal como Pedro dice en cuanto a los escritos de Pablo, estos individuos los «tuercen, como también las demás Escrituras» (2 Pedro 3: 16 – VM) [8]. Desde el momento que reconozco el Nuevo Testamento como teniendo derecho a ese nombre, sus escritos poseen el mismo carácter y tienen la misma autoridad que el Antiguo Testamento.

[8] Este es también el sentido de Romanos 16: 26, donde debemos leer: «por los escritos de los profetas».

4.15 - Lo que las Escrituras son; su inspiración

Las Escrituras son la expresión permanente de la mente y de la voluntad de Dios, dotadas como tales de su autoridad. Ellas son la expresión de sus propios pensamientos. Ellas edifican, son útiles, pero esto no es todo: ellas son inspiradas. No es solamente que la verdad sea dada por inspiración. No es esto lo que aquí se afirma. Ellas son inspiradas.

4.16 - La doble fuente de autoridad de la parte mayor del Nuevo Testamento

La mayor parte del Nuevo Testamento está comprendida en la primera fuente de autoridad de que hemos hablado, e indicada en la expresión: «sabiendo de quién lo aprendiste». Es todo lo que los apóstoles han escrito; porque, al aprender la verdad en ellas, yo puedo decir que sé de quién la he aprendido; la he aprendido de Pablo, o de Juan, o de Pedro, etc. Pero además de esto, recibidas como Escrituras, todas las partes del Nuevo Testamento tienen la autoridad de escritos divinos, a los cuales, como una forma de comunicación, Dios ha dado preferencia sobre la palabra hablada por el mismo Salvador. Ellas son la norma permanente mediante la cual cada palabra hablada debe ser juzgada.

4.17 - El objetivo y el poder de las Escrituras inspiradas

En una palabra, las Escrituras son inspiradas. Ellas enseñan, juzgan el corazón, corrigen, disciplinan conforme a la justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, es decir, enseñado de la voluntad de Dios, para que su mente sea formada según esa voluntad, y completamente equipado para toda buena obra. El poder para realizarlas viene de la acción del Espíritu Santo. Lo que garantiza al hombre de Dios del error, lo que le da la sabiduría para salvación, son las Escrituras; ellas pueden proporcionar todas estas cosas. Nosotros debemos permanecer en lo que hemos aprendido de los apóstoles, y ser dirigidos por los Escritos de Dios.

4.18 - Las Escrituras, el fundamento y la garantía del ministerio de la Palabra, silenciando toda oposición en el creyente

¿Esta perfecta y suprema autoridad de las Escrituras deja de lado el ministerio? En ninguna manera; es el fundamento del ministerio de la Palabra. Uno es un ministro de la Palabra; uno proclama la Palabra –apoyándose en la Palabra escrita– la cual es la autoridad para todos, y que legitima todo lo que el ministro dice, e imparte a sus palabras la autoridad de Dios sobre la conciencia de aquellos a quienes él enseña o exhorta. A esto es añadida la actividad del amor en el corazón de aquel que ejercita este ministerio (si es real), y la acción poderosa del Espíritu, si está lleno de él. Pero lo que la Palabra dice silencia toda oposición en el corazón o en la mente del creyente.

Fue así como el Señor respondió a Satanás, y el propio Satanás fue silenciado (Lucas 4: 1 al 13).

4.19 - Las Escrituras como la norma dada por Dios; la acción del Espíritu está en el ministerio; la Palabra de Dios es nuestra autoridad desde que los temas de la revelación fueron completados por Pablo

Aquel que no se somete a las palabras de Dios se muestra así ser rebelde contra Dios. La norma dada por Dios está en las Escrituras; la acción enérgica de su Espíritu está en el ministerio, aunque Dios puede actuar igualmente sobre el corazón directamente por la propia Palabra. Por el contrario, el ministerio no es una autoridad desde que las revelaciones de Dios fueron completadas, porque en ese caso habría dos autoridades; si hubiera dos, la segunda sería la innecesaria repetición de la primera, o bien, si difieren, se anularían entre ellas.

Si las revelaciones no estuvieran completas, sin duda podría haber más. El Antiguo Testamento no narraba la historia de Cristo, ni la misión del Espíritu Santo, ni la formación de la Asamblea; porque estos hechos, aún no cumplidos, no podían ser el tema de sus enseñanzas históricas y doctrinales; y la Asamblea ni siquiera era el tema de la profecía. Pero ahora todo está completo, y Pablo puede decir que era un ministro de la Asamblea «para completar la palabra de Dios» (Colosenses 1: 25 – JND). Los temas de la revelación fueron entonces completados.

5 - Capítulo 4

5.1 - Timoteo exhortado de manera solemne a dedicarse más enérgicamente al ministerio debido a la decadencia de la Asamblea y a su peor condición futura

Observen que el apóstol insiste, como un asunto de responsabilidad, en que Timoteo debería dedicarse a su ministerio con mucha más energía puesto que la Asamblea declinaba, y la voluntad propia en los cristianos estaba ganando predominancia; pero sin poner en duda que no fuese un deber constante en todo tiempo, ya sea un tiempo feliz o infeliz. El apóstol, como hemos visto, habla de dos épocas diferentes en perspectiva; habla de la decadencia de la Asamblea, que ya había comenzado, y de la condición aún peor que era futura. La aplicación especial de la exhortación aquí es para el primer período, «insiste, a tiempo y fuera de tiempo» dice el apóstol; «porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina… y apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas» (v. 2 al 4).

¡De qué manera positiva y clara el apóstol coloca la caída de la Asamblea ante nosotros! Su deteriorada condición en aquel tiempo no era a sus ojos más que el comienzo del mal que (según su juicio en el Espíritu) debía progresar hacia una caída aún más completa; mientras que, aunque todavía llevaban el nombre de cristianos, la mayoría de los que asumían el nombre de Cristo ya no soportaría más la sana doctrina del Espíritu Santo. Pero, pasara lo que pasara, el apóstol quería que Timoteo, trabajara con paciencia, diligencia y energía mientras ellos quisieran escuchar; debía ser sobrio, soportar aflicciones, buscar almas aún no convertidas (es una gran demostración de fe cuando el corazón está agobiado con la infidelidad de los que están dentro), y ejercer plenamente su ministerio; con este motivo adicional, que esa energía apostólica estaba desapareciendo de la escena (2 Timoteo 4: 6).

5.2 - La venida del Señor en conexión con la responsabilidad; los individuos y la cristiandad son juzgados

Pero aún hay algo que notar al principio de este capítulo. Es evidente que la plenitud de la gracia no caracteriza a esta epístola. Su exhortación a Timoteo es: «delante de Dios y de Cristo Jesús que juzgará a vivos muertos, y por su aparición y por su reino» (v. 1). Ya hemos hablado de esto: a saber, la aparición de Jesús está en conexión con la responsabilidad; su venida es con el objetivo de llamarnos a él mismo, en relación con nuestros privilegios. Aquí se trata del primero de estos dos

casos; no la Asamblea, o la Casa del Padre, sino de Dios, de la aparición y del reino. Todo lo que está en relación con la responsabilidad, el gobierno, el juicio, es reunido en un punto de vista. No obstante, el apóstol no está hablando de la Asamblea, ni lo hace a lo largo de la epístola. Además, la Asamblea como tal no es juzgada; ella es la Esposa del Cordero. Los individuos son juzgados. La cristiandad que lleva su nombre y su responsabilidad, y necesariamente así mientras el Espíritu Santo está aquí, es juzgada. Se nos advierte de ello en Éfeso (Apocalipsis 2). Es ahí que el juicio comienza. Esta es la Asamblea vista como casa, no como el Cuerpo.

5.3 - La gracia y no el juicio como la porción de la Asamblea

La porción de la Asamblea, e incluso de sus miembros como tales, es la gracia y no el juicio. Ella va a encontrarse con el Señor antes de su aparición. Aquí el apóstol habla de la aparición de Jesús y de su reino. Es como apareciendo en gloria y vestido con la autoridad del reino que él ejerce el juicio. La presentación de la Asamblea a sí mismo completa la obra de la gracia con respecto a ella. Cuando el Señor aparezca, nosotros apareceremos con él en gloria; pero esta gloria será la del reino (como vemos en la transfiguración), y el Señor juzgará a los vivos.

5.4 - La autoridad del reino de Cristo; el juicio debe ser ejercido

Él mantendrá la autoridad de su reino, como un nuevo orden de cosas, durante un largo período; y el juicio será ejercido, si surge la ocasión para ello, durante toda su duración, pues para hacer justicia reinará un rey; juicio y justicia estarán reunidos. Antes de devolver este reino a Dios Padre, él juzga a los muertos, pues «todo el juicio lo ha encomendado al Hijo» (Juan 5: 22). Así que el reino es un nuevo orden de cosas fundamentado en su aparición, en el cual el juicio es ejercido. El reino será fundado cuando Satanás sea expulsado del cielo. El reino será establecido y su autoridad puesta en ejercicio en la aparición del Señor.

La conciencia de que ese juicio va a ser ejercido da un impulso al amor en el desempeño del ministerio; le da seriedad, fortalece las manos por el sentimiento de la unión del siervo de Dios con Aquel que ejercerá el juicio, y también por el sentido de responsabilidad personal.

5.5 - La cercana partida del apóstol hace más urgente el deber de un hombre de Dios

El apóstol presenta su cercana partida como un nuevo motivo para exhortar a Timoteo al ejercicio pleno de su ministerio. Su propio corazón se expande al pensar en esa partida.

Por tanto, la ausencia de ministerio apostólico, un hecho tan serio en lo que se refiere a la posición de la Asamblea, hace más urgente el deber del hombre de Dios. Así como la ausencia de Pablo es un motivo para ocuparnos en nuestra propia salvación con temor y temblor (Filipenses 2: 12), así es también un motivo para que aquel que está comprometido en la obra del evangelio se dedique más que nunca a su ministerio, para suplir, en la medida de lo posible, la falta de servicio apostólico mediante el sincero cuidado de las almas, instruyéndolas en la verdad que él ha aprendido.

5.6 - Edificando sobre el único fundamento ya puesto

Nosotros no podemos ser apóstoles, o poner el fundamento de la Asamblea. Esto ya está hecho. Pero podemos edificar sobre ese fundamento mediante la verdad que hemos recibido de los apóstoles, por medio de las Escrituras que Dios nos ha dado, mediante un incansable amor en la verdad por las almas, y que no se cansa. El fundamento no ha de ser puesto una segunda vez. Nosotros damos su valor al fundamento, le damos su lugar, edificando sobre él, y cuidando de las almas y de la Asamblea, a las cuales el apostolado ha dado un lugar y un fundamento permanentes delante de Dios. Esto es lo que tenemos que hacer en la ausencia del don que ha puesto este fundamento.

El carácter que Dios designó ya ha sido estampado en la obra: el único fundamento ha sido puesto. La Asamblea tiene su lugar único y exclusivo conforme a los propósitos de Dios. La norma dada por Dios está en la Palabra. No tenemos más que actuar como el apóstol, según el impulso ya dado por el Espíritu. Pero no podemos tener la autoridad apostólica; ahora nadie puede ser apóstol en tal sentido. Ser apóstol ahora es imposible, porque no ponemos el fundamento; querer hacerlo sería negar aquello que ya ha sido hecho. El fundamento ya ha sido puesto. Podemos obrar según la medida del don que hemos recibido, y tanto más fervientemente, que amamos la obra que realizó el apóstol y porque él ya no está aquí para sustentarla.

5.7 - La obra del apóstol; la recompensa por su trabajo y fidelidad

En cuanto al apóstol, él había terminado su obra; si otros eran infieles, él había sido fiel. En la buena batalla del Evangelio de Dios él había combatido hasta el final; y había resistido exitosamente todos los ataques del Enemigo (v. 7). Él había acabado su carrera: solo le quedaba ser coronado. Había guardado la fe encomendada a él. La corona de justicia, es decir, la otorgada por el Juez justo que reconocía su fidelidad, estaba guardada y conservada para él. Solo en el día de retribución la recibiría. Nosotros vemos claramente que lo que se quiere decir aquí es la recompensa por el trabajo y la fidelidad. La idea de fidelidad ante la responsabilidad –o su opuesto– caracteriza a toda la epístola, y no la idea de los privilegios de la gracia.

5.8 - Cada uno recompensado de acuerdo con su propio trabajo y su porción común en la gracia; lo que la aparición del Señor efectuará; amor por Aquel que vendrá

La obra del Espíritu a través de nosotros es recompensada mediante la corona de justicia, y cada cual recibirá una recompensa de acuerdo a su obra. Cristo nos pone a todos, según la gracia de Dios, en el gozo de su propia gloria, con él y semejantes a él. Esta es nuestra porción común, según los consejos eternos de Dios; pero un lugar está preparado por el Padre y dado por el Hijo según la obra realizada mediante el poder del Espíritu en cada creyente, en su posición particular. No es solo Pablo quien recibirá esta corona del Juez justo; todos los que aman la aparición de Jesús aparecerán con él en la gloria que está destinada personalmente a cada uno, y de la cual será revestido cuando aparezca. Separado del mundo, consciente de que es un mundo perverso y rebelde, sintiendo cuánto el dominio de Satanás abruma el corazón, el fiel anhela la aparición de Aquel que pondrá fin a ese dominio, a la rebelión, a la opresión y a la miseria, trayendo en su bondad –aunque sea mediante juicio– la liberación, la paz y libertad del corazón en la tierra.

El cristiano compartirá la gloria del Señor cuando él aparezca; pero este mundo también será liberado.

Vemos aquí también que no se trata de los privilegios de la Asamblea como tal, sino la retribución pública que será manifestada cuando Jesús aparecerá a todos; y del establecimiento público de su gloria. El corazón ama su aparición; no solo porque el mal es eliminado, sino por la aparición de Aquel que lo elimina.

5.9 - El progreso del mal; Pablo aislado y solo; desamparado por Demas por meros motivos mundanos

En lo que sigue a continuación vemos qué progreso ya había hecho el mal, y de qué manera el apóstol cuenta con el afecto individual de su querido hijo en la fe. Probablemente hubo buenas razones para el alejamiento de muchos, ciertamente por el de algunos; no obstante, es cierto que lo primero que se presenta a la mente del apóstol es el alejamiento de Demas, meramente por motivos mundanos.

El apóstol se sentía aislado. No solamente la mayoría de cristianos lo había abandonado, sino que sus compañeros de obra se habían alejado. Según la providencia de Dios, él debía estar solo. Le ruega a Timoteo que venga pronto. Demas lo había desamparado. Los demás, por diversos motivos, lo habían dejado solo; a algunos él los había enviado lejos en conexión con la obra. No se dice que Demas había dejado de ser un cristiano –que hubiera renunciado públicamente al Señor; pero no tenía bastante valor para llevar la cruz con el apóstol.

5.10 - Marcos, que una vez había fracasado, ahora fiel y útil; la oportunidad de Pablo para estudiar y escribir

En medio de estos dolores, un rayo de gracia y de luz resplandece a través de la oscuridad. La presencia de Marcos –cuyo servicio Pablo había rechazado anteriormente, debido a que él había eludido los peligros de trabajar entre los gentiles y había regresado a Jerusalén– ahora la desea, porque era útil para el ministerio. Es muy interesante ver, y es una conmovedora demostración de la gracia de Dios, que las aflicciones del apóstol y la obra de la gracia en Marcos, se combinan para poner en evidencia, como fiel y útil para Pablo, a uno que una vez había fracasado, y con quien el apóstol no había querido tener nada que ver en ese entonces. Vemos también los afectos y la confianza que exhiben en los más pequeños detalles de la vida. Poderoso por el Espíritu de Dios, el apóstol es amable, íntimo y confiado, con los que son rectos y consagrados. Vemos también que al final de su vida, tan consagrado como era, se había presentado la ocasión para el estudio (ciertamente en conexión con su obra) y para escribir lo que él deseaba preservar cuidadosamente –posiblemente sus epístolas.

Esto tiene un lugar importante en la enseñanza escritural en lo que se refiere a la vida del apóstol. Pablo estaba perdido, por así decirlo, para la mayor parte, en el poder del Espíritu; pero estando solo y con mente sobria, él se ocupa de manera inteligente y cuidadosa de las cosas de Dios.

5.11 - Timoteo advertido en cuanto a un enemigo cuya retribución será justa; Dios invalida todo; la sólida y sencilla confianza de Pablo

Pablo advierte a Timoteo con respecto a un hombre que había mostrado su enemistad, y lo pone en guardia contra él.

Vemos también aquí que la epístola lleva el carácter de la justicia, la gracia habiendo tenido su curso. «El Señor», dice él, «lo recompensará conforme a sus obras» (v. 14). En cuanto a los que no habían tenido el valor de estar a su lado cuando tuvo que responder como prisionero, él solo ora por ellos. No se había desanimado. Su corazón, quebrantado por la infidelidad de la Asamblea, fue firme confesando al Señor ante el mundo; y él puede testificar que, si es desamparado por los hombres, el Señor mismo estaba a su lado y lo fortalecía (v. 17). El hecho de que tuviera que responder ante las autoridades no fue más que una ocasión para proclamar nuevamente en público aquello por lo cual él fue hecho prisionero. ¡Glorioso poder del Evangelio donde la fe está en ejercicio! Todo lo que el Enemigo puede hacer se convierte en testimonio, para que los grandes, los reyes, los que de otra manera fuesen inaccesibles, oigan la Palabra de la verdad, el testimonio de Jesucristo.

El testigo fiel también fue liberado de la boca del león. Su sólida y sencilla confianza contaba con el Señor hasta el final. Él lo preservaría de toda obra mala para su reino celestial.

5.12 - El tiempo de su partida estaba cercano, pero ello era para estar con su Señor y tener un lugar en el reino celestial

Si el tiempo de su partida estaba cercano, si tenía que dormirse en lugar de ser transmutado, él no había dejado de estar entre los que esperaban la aparición del Señor. Mientras tanto, él se iba para estar con él, para tener un lugar en el reino celestial.

5.13 - Ningún poder milagroso fue concedido a los apóstoles para sus intereses privados

Pablo saluda a los hermanos con quienes Timoteo estaba relacionado, y le ruega que venga antes del invierno. También nos enteramos aquí que el poder milagroso concedido a los apóstoles se ejercía en el servicio del Señor, y no para sus intereses privados, ni según su afecto personal: pues Pablo había dejado a Trófimo enfermo en Mileto.

5.14 - Las circunstancias dolorosas bajo las cuales fue escrita la epístola; el testimonio y el valor de Pablo

Es evidente que esta epístola fue escrita cuando el apóstol pensaba que su partida estaba cercana, y cuando la fe de los cristianos había decaído gravemente, lo cual fue demostrado por el hecho de que ellos desampararon al apóstol. Su fe fue sustentada por la gracia. Él no se ocultaba a sí mismo el hecho de que todo iba mal; su corazón lo sintió –estaba quebrantado por ello; él veía que ello iría de mal en peor. Pero su propio testimonio se mantenía de pie y firme para el Señor, por gracia. La gracia del Señor estaba con él para confesar a Cristo, y para exhortar a Timoteo a un ejercicio más diligente y dedicado de su ministerio, debido a que los días eran malos.

5.15 - El amor al Señor nos hace conscientes de la ruina de la Asamblea, pero nos da confianza en Él ya que nunca falla en fidelidad en medio de la ruina

Esto es muy importante. Si amamos al Señor, si sentimos lo que él es para la Asamblea, sentimos que en esta última todo está en ruina. El valor personal no se debilita, porque el Señor permanece siempre siendo el mismo, fiel y usando su poder para nosotros; si ello no está en la Asamblea, que rechaza su poder, será en los que están decididos que él ejercerá su poder, de acuerdo con las necesidades personales creadas por este estado de cosas.

Que podamos recordad esto. La insensibilidad al estado de la Asamblea no es una prueba de que estamos cerca del Señor, o de que tenemos confianza en él; pero conscientes de esta ruina, la fe, el sentimiento de lo que Cristo es, da confianza en él en medio de la ruina que lamentamos. Sin embargo, se observará que el apóstol habla aquí del individuo, de la justicia, del juicio, y no de la Asamblea. Si se habla de esta última exteriormente como la casa grande, ella contiene vasos para deshonra de los cuales hemos de limpiarnos (separarnos). No obstante, el apóstol preveía un estado de cosas aún peor que aquel en el que se encontraba entonces –el cual se ha establecido ahora. Pero el Señor nunca puede fallar en su fidelidad.

5.16 - Las instrucciones dadas en 1 Timoteo y 2 Timoteo

La Primera epístola a Timoteo da instrucciones para el orden de la Asamblea; la Segunda, para la senda del siervo de Dios cuando ella está en desorden y en decadencia.


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