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Sinopsis — Juan


person Autor: John Nelson DARBY 49

library_books Serie: Sinopsis

(Fuente autorizada: graciayverdad.net)


Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

  • LBLA (La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso)
  • Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español por Francisco Lacueva (Editorial Clie)
  • RVR77 (Versión Reina-Valera Revisión 1977, Editorial Clie)
  • Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

1 - Introducción

1.1 - El carácter peculiar del Evangelio de Juan

El Evangelio de Juan tiene un carácter peculiar, como todo Cristiano percibe. No presenta el nacimiento de Cristo en este mundo, visto como el Hijo de David. No traza Su genealogía retrocediendo hasta Adán, a fin de presentar Su título de Hijo del Hombre. No exhibe al Profeta quien, por Su testimonio, cumplió el servicio de Su Padre en este aspecto aquí abajo. No se trata ni de Su nacimiento, ni del comienzo de Su Evangelio, sino de Su existencia antes del principio de cualquier cosa que tuviera alguna vez un principio. "En el principio era el Verbo." En resumen, se trata de la gloria de la Persona de Jesús, el Hijo de Dios, sobre toda dispensación - una gloria desarrollada de muchas maneras en gracia, pero que es siempre ella misma. Se trata de aquello que Él es; pero haciéndonos partícipes de todas las bendiciones que emanan de esta gloria, cuando Él se manifiesta de un modo tal como para comunicarlas.

2 - Capítulo 1

2.1 - La existencia eterna, la naturaleza divina y la personalidad distintiva del Verbo

El primer capítulo afirma aquello que Él era antes de todas las cosas, y los diferentes caracteres en los que Él es una bendición para el hombre, al haberse hecho carne. Él es, y es la expresión de, toda la mente que subsiste en Dios: el Logos. En el principio Él era. Si nosotros retrocedemos hasta donde le es posible a la mente humana, por mucho que retrocedamos más allá de todo aquello que haya tenido jamás un principio, Él es. Ésta es la idea más perfecta que podemos formarnos históricamente, si es que puedo utilizar una expresión tal, de la existencia de Dios o de la eternidad. "En el principio era el Verbo." ¿No había nada más que Él? ¡Imposible! ¿De qué habría podido Él ser el Verbo? "El Verbo era con Dios." Es decir, se le atribuye una existencia personal. Pero, para que no se pensase que Él era alguna cosa implicada en la eternidad, pero que el Espíritu Santo viene a revelar, se dice que Él "era Dios." En Su existencia eterna - en Su naturaleza divina - en Su Persona formal, podría haberse hablado de Él como una emanación en el tiempo, como si Su personalidad fuera temporal, aunque eterna en Su naturaleza: el Espíritu añade por lo tanto, "Él estaba en el principio con Dios." (Juan 1:2 - Versión Moderna). Es la revelación del Logos eterno antes de toda creación. Por lo tanto, este Evangelio comienza realmente antes del Génesis. El libro del Génesis nos ofrece la historia del mundo en el tiempo: Juan nos ofrece aquella del Verbo, quien existía en la eternidad antes de que el mundo fuese; quien - cuando el hombre puede hablar del principio - era; y, consecuentemente, no tuvo nunca un principio en Su existencia. El lenguaje del Evangelio es lo más claro posible, y, como la espada del paraíso, da vueltas hacia todos lados, en oposición a los pensamientos y a los razonamientos del hombre, para defender la divinidad y personalidad del Hijo de Dios.

2.2 - El Creador de todas las cosas

Por Él fueron también creadas todas las cosas. Hay cosas que tuvieron un principio; todas ellas tuvieron su origen de Él: "Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él ni una sola cosa de lo que ha sido hecho, fue hecha." (Juan 1:3 - Versión Moderna). Distinción precisa, positiva y absoluta, entre todo lo que ha sido hecho, y Jesús. Si hay algo que ha sido hecho, no es el Verbo; pues todo lo que ha sido hecho fue hecho por medio de ese Verbo.

2.3 - "En él estaba la vida... la luz de los hombres", resplandeciendo en las tinieblas

Pero hay otra cosa, además del acto supremo de crear todas las cosas (un acto que caracteriza al Verbo) - hay aquello que estaba (o era) en Él. Toda la creación fue hecha por Él, pero ella no existe en Él. Pero en Él estaba (o era) la vida. En esto Él estaba en relación con una parte especial de la creación - una parte que era el objeto de los pensamientos y de las intenciones de Dios. Esta vida que "era la luz de los hombres", se reveló a sí misma como testimonio a la naturaleza divina, en relación inmediata con ellos, así como no lo hizo nunca respecto a otros [1]. Pero, de hecho, esta luz brilló en medio de aquello que, en su propia naturaleza [2], era contrario a ella, y en medio de un mal que estaba fuera de cualquier imagen natural, pues donde viene la luz, ya no hay tinieblas: pero aquí la luz vino, y las tinieblas no se percibieron de ella - continuaron siendo tinieblas, a la cual, por consiguiente, no la comprendieron, ni la recibieron.

[1] La forma de expresión en griego es muy enfática, identificando completamente la vida con la luz de los hombres, como proposiciones de la misma extensión.

[2] No es aquí mi fin revelar la manera en que el Verbo se enfrenta con los errores de la mente humana; pero, de hecho, como revela la verdad de parte de Dios, responde también, de manera notable, a todos los pensamientos erróneos del hombre. Con respecto a la Persona del Señor, los primeros versículos del capítulo dan testimonio de ello. Aquí el error que hizo del principio de las tinieblas un segundo dios en igual conflicto con el buen Creador, es refutado por el simple testimonio de que la vida era la luz, y las tinieblas una condición moral, sin poder, y negativa, en medio de la cual esta vida se manifestó en luz. Si tenemos la verdad misma, no tenemos necesidad de estar familiarizados con el error. Conocida la voz del Buen Pastor, estamos seguros que ninguna otra voz es la de Él. Pero, de hecho, la posesión de la verdad, como es revelada en la Escrituras, es una respuesta a todos los errores en los que el hombre ha caído, siendo ellos innumerables.

Éstas son las relaciones del Verbo con la creación y con el hombre, vistos abstractamente en Su naturaleza. El Espíritu prosigue con este asunto, dándonos detalles, históricamente, de la última parte.

2.4 - La manifestación del Verbo hecho carne; la Luz verdadera y su recepción

Podemos observar aquí - y el punto es de importancia - de qué modo el Espíritu pasa de la naturaleza divina y eterna del Verbo, quien era antes de todas las cosas, a la manifestación, en este mundo, del Verbo hecho carne en la Persona de Jesús. Todos los caminos de Dios, las dispensaciones, Su gobierno del mundo, son pasados por alto en silencio. Al contemplar a Jesús en la tierra, inmediatamente nos vemos en relación con Él existiendo antes de que el mundo fuera. Solamente Él es presentado por Juan, y aquello que se halla en el mundo es reconocido como creado. Juan vino para dar testimonio de la Luz. La Luz verdadera era aquella que, viniendo al mundo, resplandeció para todos los hombres, y no sólo para los Judíos. Él vino al mundo; y el mundo, en tinieblas y ciego, no le ha conocido. Él "vino a lo que era Suyo" (Versión RVR77), y los Suyos (los Judíos) no le han recibido. Pero hubo aquellos quienes le recibieron. De ellos son dichas dos cosas: han recibido "el privilegio de ser hechos hijos [3] de Dios" (ser hechos = En Griego: prerrogativa, derecho, o poder, de llegar a ser - Juan 1:12 - Versión Moderna), para tomar su lugar como tales; y, en segundo lugar, ellos son, de hecho, nacidos de Dios. La descendencia natural y la voluntad del hombre no fueron consideradas aquí de ninguna manera.

[3] Hijos, en los escritos de Pablo, es el lugar que los Cristianos tienen en relación con Dios, al cual Cristo los ha traído mediante la redención, es decir, Su propio lugar de parentesco con Dios conforme a Sus consejos. Hijos significa que son de la familia del Padre. (Ambas palabras se hallan en Romanos 8:14-16, y la fuerza expresiva de ambas puede verse allí. Nosotros clamamos Padre, así lo hacen los hijos, pero por el Espíritu tomamos el lugar de hijos adultos con Cristo delante de Dios) (N. del T.: Con respecto a la palabra "hijos" incluida en los versículos 14 y 16 de Romanos 8, en Griego se usan dos palabras diferentes en cada uno de los versículos citados, a saber: en el versículo 14 "hijos" = gr.: juíos, usado muy ampliamente de parentesco inmediato, remoto o figurativo:- hijo. En el versículo 16 "hijos" = gr. téknon; hijo (como producido): - hijo, descendencia.). En el capítulo de Juan que estamos considerando, hasta el final del versículo 13, tenemos, de forma abstracta, lo que Cristo era intrínsecamente y desde la eternidad, y lo que el hombre era - tinieblas. Esto último se encuentra hasta el final del versículo 5. Después, los tratos de Dios, el lugar de Juan y su servicio; luego vino la Luz, y vino al mundo que Él había hecho, y éste no la conoció, vino a lo Suyo, los Judíos, y ellos no le querrían. Pero había aquellos, nacidos de Dios, que tenían potestad de tomar el lugar de hijos, una raza nueva.

2.5 - Lo que el Verbo vino a ser en la tierra

Así hemos visto al Verbo, en Su naturaleza, abstractamente (vers. 1-3); y, como vida, la manifestación de la luz divina en el hombre, con las consecuencias de esa manifestación (vers. 4-5); y cómo fue Él recibido donde sucedió así (vers. 10-13). Esta parte general, con respecto a Su naturaleza, finaliza aquí. El Espíritu continúa la historia de lo que el Señor es, manifestado como hombre en la tierra. Así que, por así decirlo, comenzamos nuevamente aquí (vers. 14) con Jesús en la tierra - lo que el Verbo vino a ser, no lo que Él era. Como luz en el mundo, estaba la demanda sin responder de lo que Él era sobre el hombre. La única diferencia era no conocerle, y rechazarle donde Él estaba dispensacionalmente en la relación. La gracia en la vida, dando poder, se introduce entonces para conducir al hombre a recibirle. El mundo no conoció que su Creador vino a él como luz, los Suyos rechazaron a su Señor. Aquellos que no habían sido engendrados de voluntad de hombre, sino de Dios, le recibieron. Así, no tenemos lo que el Verbo era (gr.: en), sino lo que Él fue hecho (gr.: egeneto).

2.6 - El Verbo hecho carne; la gloria del unigénito Hijo con el Padre

El Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros en la plenitud de la gracia y de la verdad. Éste es el gran hecho, la fuente de toda bendición para nosotros [4]; aquello que es la plena expresión de Dios, adaptada, al tomar la naturaleza propia del hombre, a todo lo que hay en el hombre, para satisfacer cada necesidad humana, y al tomar toda la capacidad de la nueva naturaleza en el hombre para gozar de todo lo que se expresa para él en esta manifestación divina.

[4] Es realmente la fuente de toda bendición; pero la condición del hombre era tal, que sin Su muerte nadie podría haber tenido parte alguna en la bendición. A menos que el grano de trigo cayera en la tierra y muriera, quedaba solo; pero si moría, producía mucho fruto.

Es más que la luz, la cual es pura y muestra todas las cosas; es la expresión de lo que Dios es, y Dios en gracia, y como una fuente de bendición. Y adviertan: Dios no podía ser para los ángeles aquello que era para los hombres - gracia, paciencia, misericordia, amor, de la forma en que esto se mostró a los pecadores. Y todo esto es Él, así como la bienaventuranza de Dios, para el nuevo hombre. La gloria en la que fue visto Cristo (por aquellos que tenían ojos para ver), era la de un Hijo unigénito con Su Padre, el solo objeto de concentración para Su delicia como Padre.

Éstas son las dos partes de esta gran verdad. El Verbo, el cual era con Dios y era Dios, fue hecho carne; y Aquel que fue contemplado en la tierra tenía la gloria de un Hijo unigénito con el Padre.

2.7 - La gracia y la verdad venidas en Jesucristo; Dios revelado por el unigénito Hijo

El resultado de esto son dos cosas. La gracia (¿qué mayor gracia? Es el amor mismo que se revela, y hacia pecadores) y la verdad, que no son anunciadas, sino venidas, en Jesucristo. Se muestra la verdadera relación de todas las cosas con Dios, así como el alejamiento de los pecadores de esta relación. Ésta es la base de la verdad. Todo toma su verdadero lugar, su verdadero carácter, en cada aspecto; y el centro a lo que todo hace referencia es Dios. Lo que Dios es, lo que el hombre perfecto es, lo que el hombre pecador es, lo que el mundo es, quién es su príncipe, todo es expuesto por la presencia de Cristo. La gracia y la verdad, pues, han venido. Lo segundo es, que el unigénito Hijo que está en el seno del Padre revela a Dios, y lo revela, consecuentemente, como conocido por Él mismo en esa posición. Y esto está ampliamente relacionado con el carácter y la revelación de la gracia en Juan: en primer lugar, la plenitud, con la cual estamos en comunicación, y de la cual todos hemos tomado; después, la relación.

2.8 - La plenitud de la gracia y la verdad recibida

Pero hay todavía otras enseñanzas importantes en estos versículos. La Persona de Jesús, el Verbo hecho carne, habitando entre nosotros, era lleno de gracia y de verdad. De esta plenitud todos hemos tomado: no se trata de verdad sobre verdad (la verdad es simple, y pone todo exactamente en su lugar, moralmente y en su naturaleza); sino que hemos recibido aquello que necesitábamos - gracia sobre gracia, el favor de Dios abundantemente, las bendiciones divinas (el fruto de Su amor) acumuladas una sobre otra. La verdad resplandece - todo es perfectamente manifestado; la gracia es dada.

2.9 - El testimonio de Juan el Bautista del carácter y la posición del Verbo hecho carne

Luego, se nos enseña la relación de esta manifestación de la gracia de Dios en el Verbo hecho carne (en la que se muestra también la perfecta verdad) con otros testimonios de Dios. Juan dio testimonio de Él; el servicio de Moisés tenía un carácter completamente distinto. Juan precedió a Jesús en su servicio en la tierra, pero Jesús tiene un rango más elevado que él; pues, (humilde como Él podía ser) siendo Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre, Él era antes de Juan, aunque viniera tras él. Moisés dio la ley, perfecta en su lugar - requiriendo del hombre, de parte de Dios, aquello que el hombre debía ser. En ese entonces Dios estaba oculto, y Dios envió una ley que muestra lo que el hombre debía ser; pero ahora Dios se ha revelado a Sí mismo por medio de Cristo, y la verdad (en cuanto a todo) y la gracia han venido. La ley no era ni la verdad, plena y completa [5] en cada aspecto, como en Jesús, ni la gracia. No era una transcripción de Dios, pero era una norma perfecta para el hombre. La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, no por Moisés. Nada puede ser más esencialmente importante que esta declaración. La ley requiere del hombre lo que él debe ser ante Dios, y, si éste la cumple, esto es su justicia. La verdad en Cristo muestra lo que el hombre es (no lo que debía ser), y lo que Dios es, y, como inseparable de la gracia, esta verdad no demanda nada del hombre, sino que le trae aquello que necesita. "Si conocieras el don de Dios" (Juan 4:10), dice el Salvador a la mujer Samaritana. Del mismo modo, al término del viaje por el desierto, Balaam tuvo que decir: "Como ahora, será dicho de Jacob y de Israel: ¡Lo que ha hecho Dios!" (Números 23:23). (N. del T.: "porque la ley por Moisés fue dada, la gracia y la verdad por *Jesucristo fue hecha." - *Por él fueron hechas. Lit. mediante él llegaron a ser - Juan 1:17 - Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español por Francisco Lacueva, Editorial Clie). La expresión verbal "fue hecha" está en el singular después de gracia y verdad. Cristo es ambas cosas a la vez; de hecho, si la gracia no estuviera allí, Él no sería la verdad en cuanto a Dios. Requerir del hombre lo que él debía ser, era un requerimiento justo. Pero dar la gracia y la gloria, dar a Su Hijo, era otra cosa en todos los aspectos; sólo que esto es hecho sancionando la ley como perfecta en su lugar.

[5] En realidad, esta ley decía lo que el hombre debía ser, no lo que el hombre o cualquier otra cosa fuesen realmente, y esto es propiamente la verdad.

Tenemos así el carácter y la posición del Verbo hecho carne - aquello que Jesús fue aquí abajo, la Palabra hecha carne; Su gloria como es vista por la fe, la de un unigénito Hijo con Su Padre. Él era lleno de gracia y de verdad. Reveló a Dios como Él le conocía, como el unigénito Hijo que está en el seno del Padre. No fue sólo el carácter de Su gloria aquí abajo, sino lo que Él era (lo que había sido, lo que Él siempre es) en el propio seno del Padre en la Deidad: y es de este modo que Él da a conocer a Dios. Él era antes que Juan el Bautista, aunque viniera después de él; y trajo, en Su propia Persona, aquello que, en su naturaleza, era totalmente diferente de la ley dada por Moisés.

Aquí, entonces, se trata del Señor manifestado en la tierra. A continuación veremos Sus relaciones con los hombres, las posiciones que Él tomó, los caracteres que Él asumió, conforme a los propósitos de Dios, y el testimonio de Su palabra entre los hombres. Ante todo, Juan el Bautista cede el paso a Él. Se observará que Juan da testimonio en cada una de las partes [6] en las que se divide este capítulo - desde el versículo 6 [7], del efecto de la revelación abstracta de la naturaleza del Verbo. Como luz en el versículo 15, con respecto a Su manifestación en la carne; desde el versículo 19, de la gloria de Su Persona, aunque viniendo después de Juan; en el versículo 29, con respecto a Su obra y el resultado; y en el versículo 36, el testimonio por ese entonces, a fin de que Él pudiera ser seguido, como si hubiera venido a buscar al remanente Judío.

[6] Se observará que el capítulo está dividido de la siguiente manera: 1-18 (esta parte está subdividida en: 1-5, 6-13, 14-18), 19-28, 29-34 (subdividido en 29-31, 32-34), y desde el 35 hasta el final. Estos últimos versículos están subdivididos en 35-42, y desde el 42 hasta el final. Es decir, primero, lo que Cristo es de manera abstracta e intrínseca - el testimonio de Juan acerca de Él como la luz; una vez venido, lo que Él es personalmente en el mundo - Juan, es solamente el precursor de Jehová, da testimonio de la excelencia de Cristo, de la obra de Cristo (el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, Él bautiza con el Espíritu Santo, y es Hijo de Dios); Juan reúne hacia Él, y Él reúne hacia Sí mismo. Esto continúa hasta que el remanente justo de Israel le reconozca como Hijo de Dios, Rey de Israel; entonces Él toma el carácter más amplio de Hijo del hombre. Todos los caracteres personales de Cristo, por así decirlo, son hallados aquí, así como Su obra, pero no Sus caracteres relativos; no hallamos a Cristo, no al Sacerdote, no a la Cabeza de la asamblea que es Su cuerpo; sino que hallamos al Verbo, al Hijo de Dios, al Cordero de Dios, Aquel que bautiza con el Espíritu Santo; y, conforme al Salmo 2, hallamos al Hijo de Dios, al Rey de Israel; y al Hijo del Hombre según el Salmo 8, a quien los ángeles servían; Dios al mismo tiempo, la vida, y la luz de los hombres.

[7] La declaración estrictamente abstracta termina en el versículo 5, y continúa por sí misma. El recibimiento de Cristo venido al mundo como la luz presenta a Juan en escena. No estamos ya en lo estrictamente abstracto; aunque no se desarrolle el objeto - lo que el Verbo llegó a ser - esto es histórico en cuanto al recibimiento de la luz, y muestra así lo que el hombre era, y aquello que es por gracia cuando nace de Dios, con respecto al objeto.

2.10 - El testimonio formal de Juan acerca de su cargo

Después de la revelación abstracta de la naturaleza del Verbo, y aquella de Su manifestación en la carne, se presenta el testimonio dado efectivamente en el mundo. Los versículos 19-28 forman una especie de introducción en la que, ante la pregunta de los escribas y Fariseos, Juan da referencias de sí mismo, aprovechando la ocasión para hablar de la diferencia entre él y el Señor. De modo que, sean cuales fueren los caracteres que toma Cristo en relación con Su obra, la gloria de Su persona es siempre vista en primer término. El testigo está ocupado naturalmente, por decirlo así, con esto, antes de dar su testimonio formal del cargo que él cumplía. Juan no es ni Elías ni aquel profeta (es decir, aquel del cual habló Moisés en Deuteronomio 18:18), ni es el Cristo. Él es la voz mencionada por Isaías, la cual tenía que preparar el camino del Señor delante de Él. No es precisamente delante del Mesías, aunque Él lo fuera; tampoco es Elías antes del día de Jehová, sino la voz en el desierto delante del Señor (Jehová) mismo. Jehová venía. Por consiguiente, es de esto de lo que él habla. En efecto, Juan bautizaba para arrepentimiento, pero había ya Uno, desconocido, entre ellos, quien, viniendo después de él, era no obstante su superior, cuya correa de su calzado él no era digno de desatar.

2.11 - La obra gloriosa de Cristo y su resultado

A continuación tenemos el testimonio directo de Juan, cuando ve a Jesús viniendo a él. Le señala, no como el Mesías, sino conforme a toda la extensión de Su obra como disfrutada por nosotros en la salvación eterna que Él ha llevado a cabo, y el resultado pleno de la obra gloriosa mediante la cual esta salvación fue cumplida. Él es el Cordero de Dios, uno que sólo Dios podía proveer, y el cual era para Dios, conforme a Su mente, quien quita el pecado (no los pecados) del mundo. Es decir, Él restaura (no a todos los inicuos, sino) los fundamentos de las relaciones del mundo con Dios. Desde la caída, es realmente el pecado - cualesquiera que pudiesen ser Sus tratos [8] - el que Dios tuvo que considerar en sus relaciones con el mundo.

[8] Como el diluvio, la ley, la gracia. Hubo un paraíso de inocencia, luego un mundo de pecado, más adelante habrá un reino de justicia, y finalmente un mundo (cielos nuevos y tierra nueva) en los cuales morará la justicia. Pero se trata de la justicia eterna, y fundamentada sobre esa obra del Cordero de Dios, la cual nunca puede perder su valor. Es un estado inmutable de cosas. La iglesia o asamblea es algo que está por encima y aparte de todo esto, aunque esté revelada en ello.

El resultado de la obra de Cristo será, que este no será nunca más el caso; Su obra será la base eterna de estas relaciones en los cielos nuevos y la tierra nueva, habiendo sido apartado totalmente el pecado como tal. Conocemos esto por la fe antes del resultado público en el mundo.

Aun siendo un Cordero para el sacrificio, Él es superior a Juan el Bautista, porque Él era primero que él. El Cordero al que se le iba a dar muerte era Jehová mismo.

2.12 - El lugar y el asunto del testimonio

En la administración de los caminos de Dios, este testimonio tenía que ser dado en Israel, aunque su asunto fuera el Cordero cuyo sacrificio alcanzara al pecado del mundo, y el Señor, Jehová. Juan no le había conocido personalmente; pero Él fue el solo y único objeto de su misión.

2.13 - Jesús sellado por el Espíritu Santo; reconocido y proclamado como el Hijo de Dios

Pero esto no era todo. Él se había hecho hombre, y como hombre había recibido la plenitud del Espíritu Santo, quien descendió sobre Él y permaneció sobre Él (Juan 1:32); y el hombre así señalado, y sellado de parte del Padre, iba Él mismo a bautizar con el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, Él fue señalado por el descenso del Espíritu bajo otro carácter, del cual da testimonio Juan. Permaneciendo así, visto y sellado en la tierra, Él era el Hijo de Dios. Juan le reconoce y le proclama como tal.

2.14 - El efecto del testimonio de Juan para unir el remanente a Jesús, el único centro de reunión

Luego viene lo que podría llamarse el ejercicio y el efecto directos de su ministerio en ese momento. Pero él habla siempre del Cordero, pues ése era el objeto, el designio de Dios, y es eso lo que tenemos en este Evangelio, aunque Israel sea reconocido en su lugar; pues la nación mantenía este lugar de parte de Dios.

2.15 - El hecho de darle un nombre a Simón, un acto de autoridad

Por esto, los discípulos de Juan [9] siguen a Cristo hasta Su morada.

[9] Adviértase, no es acerca de su testimonio público, sino de la expresión de su corazón dirigida a ninguno de los que estaban presente, la que ellos oyeron.

El efecto del testimonio de Juan es el de juntar el remanente con Jesús, el centro de su reunión. Jesús no lo rehúsa, y ellos le acompañan. No obstante, este remanente - por muy lejos que el testimonio de Juan pudiera extenderse - no va, de hecho, más allá del reconocimiento de Jesús como Mesías. Éste fue el caso, históricamente [10]; pero Jesús los conocía cabalmente, y declara el carácter de Simón tan pronto como éste acude a Él, y le da su nombre apropiado. Este fue un acto de autoridad que le proclamaba a Él como la cabeza y el centro de todo el sistema. Dios puede otorgar nombres; Él conoce todas las cosas. Dio este derecho a Adán, quien lo ejercitó según Dios con respecto a todo lo que fue puesto bajo él, así como en el caso de su esposa. Grandes reyes, quienes dicen vindican este poder, han hecho lo mismo. Eva buscó hacerlo, pero estaba equivocada; aunque Dios puede dar un corazón inteligente el cual, bajo Su influencia, hable acertadamente en este aspecto. Ahora Cristo lo hace aquí, con autoridad y con toda ciencia, en el momento en que el caso se presenta.

[10] Un principio del más profundo interés para nosotros, como el efecto de la gracia. Al recibir a Jesús, recibimos todo lo que Él es, por más que en el momento podamos percibir en Él solamente aquello que es la parte menos eminente de Su gloria.

2.16 - Natanael, una figura del remanente, primero rechazando y luego confesando al Señor como Hijo de Dios y Rey de Israel; la declaración del Señor acerca de Sí mismo como Hijo del Hombre

Versículo 43. [11]

[11] Estos versículos 39 y 43 incluyen los dos caracteres en los cuales nosotros tenemos que ver con Cristo. Él recibe a los discípulos y éstos moran con Él, y Él los exhorta a que le sigan. Nosotros no tenemos un mundo donde podemos morar, ni un centro en él que reúna alrededor de sí mismo a aquellos debidamente dispuestos por la gracia. Ningún profeta, ningún siervo de Dios podrían. Cristo es el único centro de reunión en el mundo. Entonces, el hecho de seguirle implica que no estamos en el reposo de Dios. En Edén no era necesario ningún seguimiento. En el cielo no habrá ninguno. Se trata del gozo y el descanso perfectos en donde estemos. En Cristo tenemos un objeto divino, mostrándonos una senda diáfana a través de un mundo en el que no podemos descansar con Dios, porque el pecado está allí.

Tenemos a continuación el testimonio inmediato de Cristo mismo y el de Sus seguidores. En primer lugar, al recorrer la escena de Su peregrinación terrenal, conforme a los profetas, Él llama a otros para que le sigan. Natanael, quien comienza rechazando a uno que venía de Nazaret, presenta ante nosotros, no lo dudo, el remanente de los postreros días (el testimonio al que pertenece el Evangelio de la gracia vino primero, versículos 29-34). Le vemos, al principio, rechazando al despreciado del pueblo (Salmo 22:6), y debajo de la higuera, la cual representa a la nación de Israel; así como la higuera que no daría más fruto representa a Israel bajo el antiguo pacto. Pero Natanael es la figura de un remanente, visto y conocido por el Señor, en relación con Israel. El Señor, quien se manifestó así a su corazón y a su conciencia, es confesado como Hijo de Dios y Rey de Israel. Ésta es, formalmente, la fe del remanente preservado de Israel en los postreros días según el Salmo 2. Pero aquellos que recibieron de este modo a Jesús cuando estuvo en la tierra, verían cosas mayores que aquellas que los habían convencido. Además, de aquí en adelante [12] verían a los ángeles de Dios subiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre. Aquel que por Su nacimiento había tomado Su lugar entre los hijos de los hombres sería, mediante ese título, el objeto del servicio de las más excelentes de las criaturas de Dios. La expresión es enfática. Los ángeles de Dios tenían que estar al servicio del Hijo del Hombre. Para que de esta manera el remanente de Israel sin engaño, reconozca que Él es el Hijo de Dios y el Rey de Israel; y el Señor declara que Él es también el Hijo del Hombre - en humillación, por cierto, pero el objeto al que debían servir los ángeles de Dios. De este modo, tenemos a la Persona y los títulos de Jesús, desde Su eterna y divina existencia como el Verbo, hasta Su posición milenaria como Rey de Israel e Hijo del Hombre [13]; aquello que Él ya era como nacido en este mundo, pero que será realizado cuando Él vuelva en Su gloria.

[12] No 'en el tiempo venidero' o 'en lo futuro'. Muchos textos dejan fuera estas palabras.

[13] Excepto aquello que concierne a la asamblea y a Israel. Aquí, Él no es Sumo Sacerdote, Él no es Cabeza del cuerpo, Él no es revelado como el Cristo. Juan no nos ofrece lo que muestra al hombre en el cielo, sino lo que muestra a Dios en el hombre en la tierra - no lo que es celestial como ascendido al cielo, sino lo que es divino aquí. Israel es considerado siempre como rechazado. Los discípulos le reconocen como el Cristo, pero Él no es proclamado del mismo modo.

2.17 - Repaso del capítulo 1

Antes de ir más lejos, repasemos algunos puntos en este capítulo. El Señor es revelado como el Verbo - como Dios y con Dios - como luz - como vida: en segundo lugar, como el Verbo hecho carne, teniendo la gloria de un unigénito Hijo con Su Padre - como tal, Él está lleno de gracia y verdad venidas por medio de Él. De su plenitud hemos tomado todos, y Él ha dado a conocer al Padre (comparar con el cap. 14) - el Cordero de Dios - Aquel sobre quien el Espíritu Santo pudo descender, y quien bautizaba con el Espíritu Santo - el Hijo de Dios [14]; en tercer lugar, Su obra, lo que Él hace, el Cordero de Dios quitando el pecado, e Hijo de Dios y Rey de Israel. Esto concluye la revelación de Su Persona y obra. Luego, los versículos 35-42 muestran el ministerio de Juan, pero donde Jesús, como Él solo podía, llega a ser el centro de reunión. En el versículo 43, el ministerio de Cristo, en el cual Él llama a seguirle, versículo que, junto con el 38 y 39, ofrecen su doble carácter como el único punto que atrae en el mundo; con esto, Su completa humillación, pero reconocida por medio de un testimonio divino que llega al remanente tal como consta en el Salmo 2, pero tomando Su título de Hijo del Hombre según el Salmo 8 - el Hijo del Hombre: podemos decir, todos Sus títulos personales. Su relación con la asamblea no se halla aquí, ni Su función como Sacerdote, sino aquello que pertenece a Su Persona, y la relación del hombre con Dios en este mundo. Así, además de Su naturaleza divina, se trata de todo lo que Él era y será en este mundo: Su lugar celestial y sus consecuencias para la fe, estas dos cosas son enseñadas en otra parte, y apenas aludidas, cuando es necesario, en este Evangelio.

[14] Aquí Él es visto como el Hijo de Dios en este mundo; en el versículo 14, Él está en la gloria de un unigénito Hijo con Su Padre; y en el versículo 18, Él es lo mismo en el seno de Su Padre.

2.18 - El carácter y el efecto del testimonio de Cristo entregado desde el corazón

Observen que, al predicar a Cristo, de un modo, hasta cierto punto, completo, el corazón del oyente puede creer sinceramente y unirse a Él, aunque invistiéndole a Él con un carácter del cual la condición del alma no puede ir más allá, y al tiempo que ignora la plenitud en la que Él ha sido revelado. De hecho, donde esto es real, el testimonio, por muy sublime que sea su carácter, se encuentra con el corazón allí donde está. Juan dice, "He aquí el Cordero de Dios." "Hemos hallado al Mesías", dicen los discípulos que siguieron a Jesús por el testimonio de Juan.

Noten también que la expresión de lo que había en el corazón de Juan tuvo un efecto mayor que un testimonio más formal, más doctrinal. Él contempló a Jesús, y exclama: "He aquí el Cordero de Dios." Los discípulos le oyeron, y siguieron a Jesús. Fue, sin duda, su testimonio adecuado de parte de Dios, estando Jesús allí; pero no fue una explicación doctrinal como aquella de los versículos precedentes.

3 - Capítulo 2

3.1 - El tercer testimonio acerca de Cristo en la fiesta de bodas: bendición milenaria

Los dos testimonios acerca de Cristo, que habían de ser dados en este mundo, ambos reuniendo hacia Él como centro, habían sido dados; el de Juan, y el de Jesús tomando Su lugar en Galilea con el remanente - los dos días de los tratos de Dios con Israel aquí abajo [15].

[15] Observen aquí que Jesús acepta el lugar de ese centro a cuyo alrededor las almas han de ser reunidas - un principio muy importante. Ninguno otro podía tener este lugar. Era un lugar divino. El mundo estaba todo errado sin Dios, y un nuevo círculo de reunión fuera de él tenía que ser hecho en torno a Jesús. A continuación, Él proporciona el camino en el cual el hombre tiene que caminar - "Sígueme." Adán no necesitaba ningún camino en el Paraíso. Cristo ofrece un camino divinamente ordenado, en un mundo donde, de sí mismo, no podía surgir ninguno, pues toda su condición era el fruto del pecado. En tercer lugar, Él revela al hombre en Su Persona como la Cabeza gloriosa sobre todo, a quien sirven las criaturas más sublimes.

El tercer día es el que hallamos en este segundo capítulo. Una boda tiene lugar en Galilea. Jesús está allí; y el agua de la purificación es transformada en el vino del gozo para la fiesta de bodas. Después, en Jerusalén Él purifica con autoridad el templo de Dios, ejecutando juicio sobre todos aquellos que lo profanaban. En principio, éstas son las dos cosas que caracterizan a Su posición milenaria. No cabe duda de que estas dos cosas tuvieron lugar históricamente; pero, al ser introducidas aquí y de esta manera, estas tienen, evidentemente, un significado más amplio. Además, ¿por qué el tercer día? ¿Después de qué? Habían tenido lugar dos días de testimonio - el de Juan, y el de Jesús; y ahora se llevan a cabo la bendición y el juicio. En Galilea, el remanente tenía su lugar; y es la escena de bendición, según Isaías 9 - Jerusalén es la escena del juicio. En la fiesta, Él no conocería a Su madre: este era el vínculo de Su relación natural con Israel, el cual, contemplándole a Él como nacido bajo la ley, era Su madre. Él se separa de ella para llevar a cabo la bendición. Por lo tanto, es solamente en testimonio en Galilea, por el momento. Será cuando regrese que el buen vino será para Israel - verdadera bendición y gozo al final. No obstante, Él permanece aún con Su madre, quien, en cuanto a Su obra, Él no la reconoció. Y este fue también el caso con respecto a Su relación con Israel.

3.2 - El Hijo de Dios en la casa de Su Padre

Después, al juzgar a los Judíos y purificar judicialmente el templo, se presenta como el Hijo de Dios. Es la casa de Su Padre. La prueba que Él da es Su resurrección, cuando los Judíos le hubieran rechazado y crucificado. Además, Él no era solamente el Hijo: era Dios quien estaba allí - no en el templo. Esa casa construida por Herodes estaba vacía. El cuerpo de Jesús era ahora el verdadero templo. Sellado por Su resurrección, las Escrituras y la Palabra de Jesús eran de autoridad divina para los discípulos, cuando éstas hablaban de Él según la intención del Espíritu de Dios.

3.3 - La revelación terrenal de Cristo se cierra; las cosas celestiales se abren

Esta subdivisión del libro termina aquí. Concluye la revelación terrenal de Cristo incluyendo Su muerte; pero aun así, se trata del pecado del mundo. El capítulo 2 nos ofrece el milenio; el capítulo 3 es la obra en nosotros y por nosotros, la que califica para el reino en la tierra o en el cielo; y la obra por nosotros, que pone fin a la relación del Mesías con los Judíos, abre las cosas celestiales por medio del levantamiento del Hijo del Hombre - amor divino y vida eterna.

3.4 - El estado natural del hombre es manifestado como un estado de perdición

Los milagros que Él obró convencieron a muchos en cuanto a su comprensión natural. No hay duda de que esto fue sinceramente, pero una conclusión humana justa. Pero otra verdad se revela ahora. El hombre, en su estado natural [16], era realmente incapaz de recibir las cosas de Dios; no se trataba de que el testimonio fuera insuficiente para convencerle, ni de que nunca era convencido; muchos estaban convencidos en ese momento; pero Jesús no se fiaba de ellos.

[16] Observen que el estado del hombre es manifestado aquí plenamente y en detalle. Suponiendo que él fuese exteriormente justo conforme a la ley, y que creyera en Jesús de acuerdo a sus sinceras convicciones naturales, el hombre se vestía con esto, para esconder de sí mismo lo que él es realmente. No se conoce a sí mismo en absoluto. Lo que él es, queda intacto. Es un pecador. Pero esto nos conduce a otra observación. Existen dos grandes principios desde el paraíso mismo: la responsabilidad y la vida. El hombre nunca puede disociarlos, hasta que aprende que está perdido, y que en él no hay ningún bien. Entonces él se alegra de conocer que hay una fuente de vida y perdón fuera de él. Esto es lo que se nos muestra aquí. Debe haber una vida nueva; Jesús no instruye a una naturaleza que es sólo pecado. Estos dos principios aparecen a través de toda la Escritura en una manera notable: primero, como se ha dicho, en el Paraíso, la responsabilidad y la vida en poder. El hombre tomó de un árbol, fracasando en la responsabilidad, y perdió la vida. La ley daba la medida de la responsabilidad cuando se conocían el bien y el mal, y prometía la vida sobre el terreno de hacer lo que ella requería, satisfaciendo dicha responsabilidad. Cristo viene, suple la necesidad del fracaso del hombre en cuanto a su responsabilidad, y es, y da, vida eterna. Así, y solamente de esta manera, se puede hacer frente a la cuestión, y se reconcilian los dos principios.

Además, en Él se presentan dos cosas para revelar a Dios. Él conoce al hombre, y a todos los hombres. ¡Qué clase de conocimiento en este mundo! Un profeta conoce aquello que le es revelado; él tiene, en ese caso, conocimiento divino. Pero Jesús conoce a todos los hombres de una manera absoluta. Él es Dios. Pero una vez que ha presentado la vida en gracia, Él habla de otra cosa; habla de lo que Él sabe, y testifica de lo que Él ha visto. Ahora, Él conoce a Dios Su Padre en el cielo. Él es el Hijo del Hombre que está en el cielo (Juan 3:13). Él conoce al hombre de una manera divina; pero conoce a Dios y toda su gloria de una manera divina también.

¡Qué magnífica descripción, o, debería decir más bien, qué magnífica revelación de lo que Él es para nosotros! Porque es aquí, como hombre, que Él nos dice esto; y, también, para que nosotros podamos entrar en ello y gozarnos en ello, Él llega a ser el sacrificio por el pecado según el amor eterno de Dios Su Padre.

Él sabía lo que el hombre era. Una vez convencido, su voluntad y su naturaleza, no eran alteradas. Al venir el tiempo de la prueba, el hombre se mostraría tal como es, enajenado de Dios, e incluso Su enemigo. ¡Triste testimonio, pero demasiado veraz! La vida, la muerte, y Jesús lo demuestra. Él lo sabía cuando empezó Su obra. Esto no enfriaba Su amor, pues la fortaleza de ese amor se hallaba en ese mismo amor.

4 - Capítulo 3

4.1 - El sentido de necesidad de Nicodemo; la necesidad del nuevo nacimiento

Pero había un hombre - y ese hombre era un Fariseo - quien no estaba satisfecho con esta inoperante convicción. Su conciencia fue tocada. Ver a Jesús, y escuchar Su testimonio, había producido un sentido de necesidad en su corazón. No se trata del conocimiento de la gracia, sino de un cambio total respecto a la condición del hombre. Él no sabe nada de la verdad, pero ha visto que ella está en Jesús, y él la desea. Él tiene también, de inmediato, un sentido instintivo de que el mundo estaría en su contra; y viene de noche. El corazón teme al mundo tan pronto como tiene que ver con Dios, pues el mundo se opone a Él. La amistad del mundo es enemistad contra Dios. Este sentido de necesidad marcaba la diferencia en el caso de Nicodemo. Él había sido convencido como los demás. Por consiguiente, dice "Sabemos que eres un maestro venido de Dios." (Juan 3:2 - Versión Moderna). Y la fuente de esta convicción fueron los milagros. Pero Jesús le detiene ahí; y lo hace a razón de la verdadera necesidad sentida en el corazón de Nicodemo. La obra de la bendición no iba a ser obrada enseñando al viejo hombre. El hombre necesitaba ser renovado en la fuente de su naturaleza, sin lo cual no podía ver el reino [17]. Las cosas de Dios se disciernen espiritualmente; y el hombre es carnal, no tiene el Espíritu. El Señor no se refiere a nada más allá del reino - el cual, además, no era la ley - pues Nicodemo tenía que conocer algo acerca del reino. Pero Él no comienza a enseñar a los Judíos como un profeta bajo la ley. Él presenta el reino mismo; pero para verlo, conforme a Su testimonio, antes un hombre tenía que nacer de nuevo. Pero el reino venido en el Hijo del carpintero no podía ser visto sin una naturaleza completamente nueva, pues la vieja no tocaba ni una cuerda de la comprensión del hombre, ni de la expectativa del Judío, aunque se hubiera dado ampliamente testimonio de ello en palabra y obra: acerca de entrar y tener parte en él, hay más desarrollo en cuanto a cómo entrar. Nicodemo no ve más allá de la carne.

[17] Es decir, como había venido entonces. Ellos vieron al Hijo del carpintero. En gloria, claro está, le verá todo ojo en la tierra.

4.2 - La comunicación de vida nueva por medio de la Palabra de Dios y el Espíritu

El Señor se explica. Dos cosas eran necesarias: nacer de agua y del Espíritu. El agua purifica. Y, espiritualmente, en sus afectos, corazón, conciencia, pensamientos y acciones, etc., el hombre vive, y, en la práctica, es purificado moralmente, mediante la aplicación, por el poder del Espíritu, de la Palabra de Dios, la cual juzga todas las cosas, y obra vivamente en nosotros nuevos pensamientos y afectos. Esto es el agua; se trata, al mismo tiempo, de la muerte de la carne. El agua verdadera que limpia, de un modo cristiano, salió del costado de un Cristo muerto. Él vino mediante agua y sangre, en el poder de la purificación y de la expiación. Él santifica la asamblea purificándola por medio del lavamiento del agua por la Palabra. "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Juan 15:3). Es, por consiguiente, la poderosa Palabra de Dios la cual, puesto que el hombre debe nacer de nuevo en el principio y fuente de su ser moral, juzga, como estando muerto, todo lo que pertenece a la carne [18]. Pero hay, de hecho, la comunicación de una vida nueva; lo que es nacido del Espíritu, espíritu es, no es carne, y tiene su naturaleza del Espíritu. No es el Espíritu - eso sería una encarnación; pero esta vida nueva es espíritu. Participa de la naturaleza de su origen. Sin esto, el hombre no puede entrar en el reino. Pero esto no es todo. Si esto era una necesidad para el Judío, quien ya era nominalmente un hijo del reino, porque aquí estamos tratando con lo que es esencial y verdadero, era también un acto soberano de Dios, y, consecuentemente, es llevado a cabo dondequiera que el Espíritu actúa en este poder. "Así es todo aquel que es nacido del Espíritu." Como principio, esto abre la puerta a los Gentiles.

[18] Observen aquí que el bautismo, en lugar de ser la señal del don de la vida, es la señal de la muerte. Nosotros somos bautizados en Su muerte. Al salir del agua, comenzamos una vida nueva en resurrección (todo lo que pertenecía al hombre natural considerado como muerto en Cristo, y muerto para siempre). "Habéis muerto" (Colosenses 3:3), y "el que ha muerto al pecado, libertado [justificado] está del pecado." (Romanos 6:7 - Versión Moderna). Pero vivimos también y tenemos una buena conciencia por medio de la resurrección de Jesucristo. Así Pedro compara el bautismo con el diluvio, a través del cual Noé fue salvo (gr.: diesothe), pero el cual destruyó el mundo antiguo que obtuvo, por así decirlo, una nueva vida cuando emergió de la inundación.

4.3 - Cosas celestiales reveladas por el Hijo del Hombre

No obstante, Nicodemo, como maestro de Israel, debía haberlo comprendido. Los profetas habían anunciado que Israel iba a experimentar este cambio, a fin de disfrutar el cumplimiento de las promesas (véase Ezequiel 36), las cuales Dios les había dado con respecto a su bendición en la tierra santa. Pero Jesús habló de estas cosas en manera inmediata, y en relación con la naturaleza y la gloria de Dios. Un maestro de Israel debía haber conocido aquello que contenía la segura palabra profética. El Hijo de Dios declaró lo que sabía, y lo que había visto con Su Padre. La naturaleza contaminada del hombre no podía estar en relación con Aquel que se reveló en el cielo desde donde Jesús vino. La gloria (desde cuya plenitud Él venía, y la cual, por consiguiente, formaba el tema de Su testimonio como habiéndola visto, y desde la cual el reino tenía su origen), no podía tener nada que estuviera contaminado. Ellos deben nacer de nuevo para poseerla. Por lo tanto, Él dio testimonio, habiendo venido de arriba, y sabiendo aquello que era aceptable a Dios Su Padre. El hombre no recibió Su testimonio. Podía convencerse exteriormente por los milagros, pero recibir aquello que era conveniente en la presencia de Dios era otra cosa. Y si Nicodemo no podía recibir la verdad en su conexión con la parte terrenal del reino, de lo cual los incluso los profetas hablaron, ¿qué iban a hacer él y los otros Judíos si Jesús hablaba de cosas celestiales? Sin embargo, nadie podía aprender nada acerca de ellas por cualquier otro medio. Nadie había subido allí y descendido nuevamente para traer de vuelta la palabra. Solamente Jesús, en virtud de lo que Él era, podía revelarlas - el Hijo del Hombre en la tierra, existiendo al mismo tiempo en el cielo, la manifestación a los hombres de aquello que era celestial, la manifestación de Dios mismo en el hombre - como Dios, estando en el cielo y en todas partes - como el Hijo del Hombre estando ante los ojos de Nicodemo y ante los de todos. No obstante, Él iba a ser crucificado, y levantado así del mundo al que había venido como la manifestación del amor de Dios en todos Sus caminos y de Dios mismo, y solamente de esta manera podía estar abierta la puerta del cielo para los hombres pecadores, y solamente de este modo se podía formar un vínculo con el cielo para el hombre.

4.4 - La necesidad de la muerte del Hijo del Hombre como expiación por el pecado

Esto sacó a la luz otra verdad fundamental. Si se trataba del cielo, se necesitaba algo más que nacer de nuevo. El pecado existía. Éste debía ser quitado para aquellos que iban a poseer la vida eterna. Y si Jesús, descendiendo del cielo, vino para impartir esta vida eterna a otros, Él debía, al acometer esta obra, quitar el pecado - de este modo, Él debía ser hecho pecado - a fin de que el deshonor hecho a Dios fuese lavado, y la verdad de Su carácter (sin la cual no hay nada seguro, o bueno, o justo) fuese mantenida. El Hijo del Hombre debía ser levantado, como la serpiente fue levantada en el desierto, para que la maldición, bajo la cual se hallaba el pueblo, fuera removida. Al rechazar Su testimonio divino, el hombre, tal cual era aquí abajo, se mostró incapaz de recibir la bendición de lo alto. Él tenía que ser redimido, y el pecado tenía que ser expiado y quitado, él debe ser tratado según la realidad de su condición, y conforme al carácter de Dios, el cual no puede negarse a Sí mismo. Jesús emprendió hacer esto en gracia. Era necesario que el Hijo del Hombre fuese levantado, rechazado de la tierra por el hombre, cumpliendo la expiación ante el Dios de justicia. En una palabra, Cristo viene con el conocimiento de lo que es el cielo y lo que es la gloria divina. A fin de que el hombre pudiese compartir esto, el Hijo del Hombre debía morir - debía tomar el lugar de la expiación - fuera de la tierra [19].

[19] En la cruz, Cristo no está en la tierra, sino levantado de ella, rechazado ignominiosamente por el hombre, pero al mismo tiempo, mediante esto, Él es presentado a Dios como una víctima sobre el altar.

Observen aquí el profundo y glorioso carácter de aquello que Jesús trajo consigo, de la revelación que Él hizo.

4.5 - El don del Hijo de Dios y la dádiva de vida eterna a todos los creyentes

La cruz, y la separación absoluta entre el hombre en la tierra y Dios - éste es el lugar de encuentro de la fe y Dios; pues se presenta, de una vez, la verdad de la condición del hombre, y el amor que la encuentra. Así, al acercarse al lugar santo desde el campamento, lo primero que ellos encontraban al pasar por la puerta del atrio era el altar. Se presentaba ante la vista de todo aquel que abandonaba el mundo exterior y entraba. Cristo, levantado de la tierra, atrae a todos los hombres hacia Sí mismo. (Juan 12:32). Pero si (debido al estado de alienación del hombre y su culpa) se precisaba que el Hijo del Hombre fuera levantado de la tierra, a fin de que todo aquel que creyese en Él tuviera vida eterna, había otro aspecto de este mismo hecho glorioso; de tal manera ha amado Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree tenga vida eterna. En la cruz vemos, moralmente, la necesidad de la muerte del Hijo del Hombre; vemos el don inefable del Hijo de Dios. Estas dos verdades se unen en el común objeto del don de la vida eterna para todos los creyentes. Y si era para todos los creyentes, era un asunto del hombre, de Dios, y del cielo, y se apartaba de las promesas hechas a los Judíos, y de los límites de los tratos de Dios con ese pueblo. Pues Dios envió a Su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Pero la salvación es por la fe; y el que cree en la venida del Hijo, poniendo ahora todas las cosas a prueba, no es condenado (su estado queda decidido de este modo); el que no cree ya es condenado, él no ha creído en el unigénito Hijo de Dios, manifestando con esta decisión su condición.

4.6 - La justa condenación de Dios; el amor a las tinieblas, demostración de malas obras

Ésta es la cosa que Dios les imputa en su contra. La luz vino al mundo, y ellos amaron más las tinieblas porque sus obras eran malas. ¿Podía haber un asunto más justo de condenación? No era cuestión de si ellos no hallaban el perdón, sino de su preferencia por las tinieblas en lugar de la luz, continuando así en el pecado.

4.7 - El contraste entre Juan el Bautista y Cristo

El resto del capítulo presenta el contraste entre las posiciones de Juan y de Cristo. Ambas están ante nuestros ojos. Uno es el amigo fiel del Esposo, viviendo solamente para Él; el otro es el Esposo, a quien todo pertenece: el uno, en sí mismo, un hombre terrenal, grande como pudiese ser el don que había recibido del cielo; el otro, Él mismo era del cielo, y sobre todas las cosas. La esposa era de Él. El amigo del Esposo, escuchando Su voz, fue lleno de gozo. Nada más hermoso que esta expresión del corazón de Juan el Bautista, inspirada por la presencia del Señor, lo bastante cerca de Jesús como para alegrarse y regocijarse en que Jesús era todo. Esto es siempre así.

4.8 - El testimonio de Juan y el de Aquel que vino del cielo

Con respecto al testimonio, Juan testificó en relación con las cosas terrenales. Para ese fin había sido enviado. Aquel que vino del cielo, estaba por encima de todos (Juan 3:31 - RVR77), y testificaba de las cosas celestiales, de aquello que Él había visto y oído. Nadie recibió Su testimonio. El hombre no era del cielo. Sin la gracia uno cree conforme a sus propios pensamientos. Pero al hablar como un hombre en la tierra, Jesús habló las palabras de Dios; y aquel que recibía Su testimonio ha certificado (N. del T.: ha puesto el sello de) que Dios era veraz. Pues el Espíritu no es dado por medida. Como un testigo, el testimonio de Jesús era el testimonio de Dios mismo; Sus palabras, eran las palabras de Dios. ¡Preciosa verdad! Además, Él era el Hijo [20], y el Padre le amaba, y había entregado todas las cosas en Su mano. Éste es otro título glorioso de Cristo, otro aspecto de Su gloria. Pero las consecuencias de esto, para el hombre, eran eternas. No era la todopoderosa ayuda para los peregrinos, ni la fidelidad a las promesas, para que Su pueblo pudiera confiar en Él a pesar de todo. Se trataba del vivificador dador de vida Hijo del Padre. Todo estaba comprendido en ello. "El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida." (Juan 3:36 - RVR77). Él permanece en su culpa. La ira de Dios está sobre él.

[20] La cuestión se presenta aquí de forma natural, en donde el testimonio de Juan termina y el del evangelista comienza. Los dos últimos versículos, según entiendo, son los del evangelista.

4.9 - Resumen del capítulo 3

Todo esto es una especie de introducción. El ministerio del Señor, propiamente llamado, viene a continuación. Juan no había sido arrojado en prisión todavía (vers. 24). No fue hasta después de este suceso que el Señor comenzó Su testimonio público. El capítulo que estuvimos considerando explica lo que fue Su ministerio, el carácter en el que vino, Su posición, la gloria de Su Persona, el carácter del testimonio que dio, la posición del hombre en relación con las cosas de que habló, comenzando con los Judíos, y siguiendo por el nuevo nacimiento, la cruz y el amor de Dios hasta Sus derechos como venido al mundo, y a la suprema dignidad de Su propia Persona, a Su testimonio propiamente divino, a Su relación con el Padre, el objeto de cuyo amor era Él, quien le entregó todas las cosas en Su mano. Él era el testigo fiel y el de las cosas celestiales (ver cap. 3:13), pero era también el Hijo mismo venido del Padre. Todo lo que quedaba por parte del hombre era poner la fe en Él. El Señor sale del Judaísmo, al tiempo que presenta el testimonio de los profetas y trae del cielo el testimonio directo de Dios y de la gloria, mostrando la única base sobre la cual podemos tener parte en él. El Judío o el Gentil debían nacer de nuevo; y las cosas celestiales podían ser sólo comprendidas por la cruz, la grandiosa prueba del amor de Dios al mundo. Juan le concede a Él el lugar, revelando - no en testimonio público a Israel, sino a los discípulos - la verdadera gloria de Su Persona y de Su obra [21] en este mundo. Creo que la idea de la esposa y del Esposo es general. Juan dice realmente que él no es el Cristo, y que la esposa terrenal pertenece a Jesús; pero Él no la ha tomado nunca, y Juan habla de Sus derechos, los cuales son hechos reales para nosotros en una tierra mejor, y en otra región. Es, repito, la idea general. Pero, hemos entrado ahora al terreno nuevo de una nueva naturaleza, de la cruz, y del mundo y del amor de Dios hacia él.

[21] Observen aquí que el Señor - a la vez que no oculta (versículos 11-13) el carácter de Su testimonio, lo cual no podía hacer en realidad - habla de la necesidad de Su muerte, y del amor de Dios. Juan habla de la gloria de Su Persona. Jesús engrandece a Su Padre sometiéndose a la necesidad que la condición de los hombres impuso sobre Él, si había de llevarlos a una nueva relación con Dios. "Porque de tal manera", dijo Él, "amó Dios." Juan engrandece a Jesús. Todo es perfecto y está en su lugar. Hay cuatro puntos en ello los cuales son expresados con respecto a Jesús: Su supremacía, Su testimonio - este es el testimonio que Juan el Bautista da de Él. Lo que sigue (vers. 35, 36) - Su posesión de todas las cosas entregadas a Él por el Padre que le amó, la vida eterna en contraste con la ira que es la porción, de parte de Dios, para el incrédulo - es más bien la nueva revelación; el propósito de Dios entregándole todas las cosas a Él, y el hecho de que Él mismo es la vida eterna descendida del cielo, es la de Juan el evangelista.

5 - Capítulo 4

5.1 - Inducido a salir de Judea, gracia divina en Samaria

Y ahora Jesús, siendo alejado por el celo de los Judíos, comienza Su ministerio fuera de ese pueblo, reconociendo aún, al mismo tiempo, la verdadera posición de ellos en los tratos de Dios. Se va a Galilea; pero Su camino le condujo a pasar por Samaria, donde habitaba una raza mezclada de extranjeros y de Israel - una raza que había abandonado la idolatría de los extranjeros, pero que, al mismo tiempo que seguían la ley de Moisés y se llamaban a sí mismos usando el nombre de Jacob, habían establecido un lugar de adoración propio en Gerizim. Jesús no entra en la ciudad. Estando cansado, se sienta fuera de la ciudad sobre el borde de un pozo - porque Él, necesariamente, tenía que ir por ese camino; pero, esta necesidad fue una ocasión para la acción de esa gracia divina, la cual estaba en la plenitud de Su Persona, y que inundó los estrechos límites del Judaísmo.

5.2 - Bautismo efectuado por los discípulos de Jesús

Hay algunos detalles preliminares a destacar antes de entrar en el asunto de este capítulo. Jesús no bautizó, pues conocía toda la extensión de los consejos de Dios en gracia, el verdadero objeto de Su venida. Él no podía ligar las almas a un Cristo vivo por medio del bautismo. Los discípulos tenían razón al hacerlo así. Lo hacían para que se recibiese a Cristo. Era fe de parte de ellos.

5.3 - En el pozo de Jacob en Samaria

Cuando fue rechazado por los Judíos, el Señor no contiende con ellos. Los deja; y, viniendo a Sicar, se halla en las asociaciones más interesantes con respecto a la historia de Israel, pero en Samaria: triste testimonio de la ruina de Israel. El pozo de Jacob estaba en manos de un pueblo que se llamaba a sí mismo Israel, pero la mayor parte de los cuales no lo eran, y adoraban lo que no sabían, aunque pretendían ser del linaje de Israel. Aquellos que eran realmente Judíos habían alejado al Mesías con sus celos. Él - un hombre rechazado por el pueblo - se había marchado de en medio de ellos. Le vemos compartiendo los sufrimientos de la humanidad, y, cansado por Su viaje, le vemos encontrando solamente el flanco de un pozo sobre el cual descansar al mediodía. Se conforma con ello. Lo único que Él busca es la voluntad de Su Dios: ella le llevó hacia aquel lugar. Los discípulos estaban ausentes, y Dios llevó hacia aquel lugar, a una hora inusual, a una mujer sola. No era la hora en la cual las mujeres acudían a sacar agua; pero, en la disposición de Dios, una pobre mujer pecadora y el Juez de vivos y muertos se encontraron juntos así.

5.4 - El corazón del Salvador; el don de agua viva

El Señor, cansado y sediento, no tenía medios ni siquiera para extinguir Su sed. Él depende, como hombre, de esta pobre mujer para que le diera un poco de agua para Su sed. La mujer, viendo que es un Judío, se sorprende; y ahora la escena divina se despliega, en la que el corazón del Salvador, rechazado por los hombres y oprimido por la incredulidad de Su pueblo, se abre para permitir que la plenitud de la gracia fluya, la cual encuentra su razón en las necesidades y no en la justicia de los hombres. Ahora bien, esta gracia no se limitaba a los derechos de Israel, ni se prestaba al celo nacional. Se trataba del don de Dios, de Dios mismo quien estaba allí en gracia, y de Dios descendido tan abajo que, habiendo nacido entre Su pueblo, Él dependía, en cuanto a Su posición humana, de una mujer Samaritana para obtener una gota de agua que extinguiera Su sed. "Si conocieras el don de Dios, y [no, quién soy yo, sino] quién es el que te dice: Dame de beber...", es decir, si hubieras conocido que Dios da gratuitamente, y que la gloria de Su Persona estaba allí, y cuán profundamente Él se había humillado, Su amor se habría revelado a tu corazón, y lo habría llenado de perfecta confianza, incluso por lo que respecta a las necesidades que una gracia como ésta habría despertado en tu corazón. "Tú le habrías pedido a él", dijo el divino Salvador, "y Él te hubiera dado" el agua viva que salta para vida eterna. Tal es el fruto celestial de la misión de Cristo, donde quiera que Él es recibido [22].

[22] Noten, también, aquí, que no es como con Israel en el desierto en que hubo agua para beber de la roca golpeada. Aquí la promesa es la de un pozo de agua brotando para vida eterna en nosotros.

Su corazón expone esto (esto era revelarse a Sí mismo), la derrama en el corazón de una que era su objeto; consolándose por la incredulidad de los Judíos (rechazando el fin de la promesa) presentando el verdadero consuelo de la gracia a la miseria que la necesitaba. Esta es la verdadera consolación del amor, la cual se aflige cuando no es capaz de actuar. Las compuertas de la gracia son levantadas por la miseria que esta gracia baña. Él hace manifiesto aquello que Dios es en gracia; y el Dios de gracia estaba allí. ¡Ay! el corazón del hombre, mustio y egoísta, y preocupado de sus propias miserias (los frutos del pecado), no puede entender esto en absoluto. La mujer ve algo extraordinario en Jesús; ella siente curiosidad por saber qué significa esto - es conmovida por Sus modos, de manera que ella tiene una medida de fe en Sus palabras; pero sus deseos se limitan al alivio de los trabajos de su atribulada vida, en la cual un corazón ardiente no encontraba ninguna respuesta a la miseria que había adquirido como porción suya participando en el pecado.

5.5 - La corriente de gracia y su cauce

Unas pocas palabras sobre el carácter de esta mujer. Creo que el Señor mostraría que hay necesidad, que los campos estaban listos para la siega; y que si la miserable justicia propia de los Judíos le rechazaba a Él, la corriente de la gracia hallaría su cauce en otra parte, habiendo preparado Dios corazones para recibirla con gozo y acciones de gracias, porque respondía a la miseria y necesidad de ellos - no de los justos ante sus propios ojos. El canal de la gracia fue cavado por la necesidad y la miseria que la gracia misma hizo sentir.

5.6 - Aislada por el pecado; a solas con el Señor

La vida de esta mujer era vergonzosa; pero ella estaba avergonzada de su vida; como mínimo, su posición la había aislado, separándola de la multitud que se olvida de sí misma en el tumulto de la vida social. Y no hay pesar interior como aquel de un corazón solitario; pero Cristo y la gracia lo satisfacen ampliamente. El aislamiento de ese corazón cesa completamente. Él estaba más aislado que ella. Ella vino sola al pozo; no estaba con las otras mujeres. Sola, ella se encontró con el Señor, por medio de la guía de Dios que la trajo allí. Incluso los discípulos debían marcharse para hacerle un lugar a ella. Ellos no conocían nada de esta gracia. De hecho, bautizaban en el nombre del Mesías, en quien ellos creyeron. Eso estaba bien. Pero Dios estaba allí en gracia - Aquel que juzgaría a vivos y muertos - y con Él una pecadora en sus pecados. ¡Qué reunión! ¡Y Dios quien se había detenido tan bajo como para depender de ella para un poco de agua que extinguiese su sed!

5.7 - El sentido de necesidad de la mujer; la conciencia despertada por el Escudriñador de corazones

Ella poseía una naturaleza ardiente. Había buscado felicidad; ella encontró miseria. Vivió en el pecado, y estaba cansada de la vida. Estaba, realmente, en las profundidades más bajas de la miseria. El ardor de su naturaleza no halló en el pecado ningún obstáculo. Así que ella siguió ¡es lamentable! hasta lo extremo. La voluntad, ocupada en el mal, se alimenta de deseos pecaminosos, y se consume a sí misma sin fruto. No obstante, su alma no carecía de un sentido de necesidad. Pensaba en Jerusalén, pensaba en Gerizim. Ella esperaba al Mesías, quien les declararía todas las cosas. ¿Cambió esto su vida? De ningún modo. Su vida era espantosa. Cuando el Señor habla de cosas espirituales, en un lenguaje adecuado para despertar el corazón, dirigiendo la atención de ella a las cosas celestiales en una manera que uno podría haber pensado que era imposible de malentender, ella no puede comprenderlo. El hombre natural no puede entender las cosas del Espíritu: éstas se disciernen espiritualmente.

La novedad del discurso del Señor estimuló su atención, pero no condujo sus pensamientos más allá de su cántaro, el símbolo de sus labores diarias; aunque ella vio que Jesús tomaba el lugar de uno mayor que Jacob. ¿Qué se debía hacer? Dios obró - Él obró en gracia, y en esta pobre mujer. Cualquiera que pudiera ser la ocasión con respecto a ella, fue Él quien la había traído hasta allí. Pero ella era incapaz de comprender las cosas espirituales aun siendo expresadas del modo más sencillo; pues el Señor hablaba del agua que brota en el alma para vida eterna. Pero como el corazón humano está siempre girando en torno a sus propias circunstancias e inquietudes, la necesidad religiosa de esta mujer estaba limitada, en forma práctica, a las tradiciones por las que su vida, en lo que respecta a sus pensamientos religiosos y hábitos, estaba formada, dejando aún un vacío que nada podía llenar. ¿Qué debía hacerse entonces? ¿De qué manera puede actuar esta gracia, cuando el corazón no comprende la gracia espiritual que el Señor trae? Ésta es la segunda parte de la maravillosa enseñanza presentada aquí. El Señor trata con su conciencia. Una palabra pronunciada por Aquel que escudriña el corazón, examina cuidadosamente su conciencia: ella está en la presencia de un hombre que le dice todo cuanto ella siempre hizo. Porque, siendo despertada su conciencia por la Palabra, y hallándose expuesta a los ojos de Dios, su vida entera está ante ella.

5.8 - En la presencia de Dios

Y, ¿quién es Aquel que escudriña el corazón de esta manera? Ella siente que Su palabra es la Palabra de Dios: "Tú eres profeta." La inteligencia en las cosas divinas viene por medio de la conciencia, no del intelecto. El alma y Dios se hallan juntos, si podemos hablar así, cualquiera que sea el instrumento usado. Ella tiene todo por aprender, no hay duda; pero se halla en presencia de Aquel que enseña todo. ¡Qué paso! ¡Qué cambio! ¡Qué posición nueva! Esta alma, que no veía más allá de su cántaro y que sentía su afán más que su pecado, está allí sola con el Juez de vivos y muertos - con Dios mismo. Y, ¿de qué manera? Ella no lo sabe. Sentía solamente que era Él en el poder de Su propia palabra. Pero, al menos, Él no la despreció, como otros hicieron. Aunque estaba sola, estaba sola con Él; le había hablado a ella de la vida - del don de Dios; le había dicho que sólo tenía que pedir y recibir. Ella no había entendido nada de Su intención; pero no era condenación, era gracia - gracia que se detuvo en ella, que conocía su pecado y no era alejada por este, que le pidió agua, que estaba por sobre el prejuicio Judío con respecto a ella, así como por encima del desprecio de los humanamente justos - gracia que no le ocultó su pecado, que le hizo sentir que Dios lo conocía, y, no obstante, Aquel que conocía esto estaba allí sin alarmarla. Su pecado estaba delante de Dios, pero no en juicio.

5.9 - Confianza inspirada por la gracia de Dios

¡Maravillosa reunión de un alma con Dios, que la gracia divina lleva a cabo por medio de Cristo! No fue que ella razonó sobre todas estas cosas; pero ella estaba bajo el efecto de la verdad de estas cosas, ella misma sin explicárselo; porque la Palabra de Dios había alcanzado su conciencia, y estaba en la presencia de Aquel que lo había llevado a cabo, y Él era manso y humilde, y agradecido de recibir un poco de agua de sus manos. La contaminación de ella no le contaminó a Él. Ella podía, de hecho, confiar en Él, sin saber el porqué. Así es como Dios actúa. La gracia inspira confianza - trae de vuelta el alma a Dios en paz, antes de tenga algún conocimiento inteligente, o de que pueda explicárselo a sí misma. De esta manera, llena de confianza, ella comienza (fue la consecuencia natural) con las preguntas que llenaban su propio corazón; dándole así al Señor una oportunidad de explicar plenamente los caminos de Dios en gracia. Dios así lo había ordenado; pues el asunto se hallaba lejos de los sentimientos a los que la gracia más tarde la condujo. El Señor contesta conforme a su condición: la salvación venía de los Judíos. Ellos eran el pueblo de Dios. La verdad se hallaba con ellos, y no con los samaritanos que adoraban lo que no sabían. Pero Dios puso todo eso aparte. Ahora ya no era ni en Gerizim ni en Jerusalén, donde adorarían al Padre quien se manifestó en el Hijo. Dios era espíritu, y debía ser adorado en espíritu y en verdad. Además, el Padre buscaba a tales adoradores. Es decir, la adoración de sus corazones debe responder a la naturaleza de Dios, a la gracia del Padre que los había buscado [23].

[23] En los escritos de Juan se encontrará que, cuando se habla de la responsabilidad, la palabra utilizada es Dios; cuando se habla de la gracia hacia nosotros, se habla del Padre y del Hijo. Cuando, de hecho, se trata de la bondad (el carácter de Dios en Cristo) para con el mundo, entonces se habla de Dios.

De este modo, los verdaderos adoradores deberían adorar al Padre en espíritu y en verdad. Jerusalén y Samaria desaparecen completamente - no tienen un lugar ante tal revelación del Padre en gracia. Dios ya no se escondía; Él fue revelado perfectamente en la luz. La gracia perfecta del Padre obró, a fin de dar a conocerle, por medio de la gracia que trajo almas a Él.

5.10 - El Señor es recibido; el efecto de ello: el corazón es llenado de Cristo mismo

Ahora bien, la mujer no fue llevada todavía a Él; pero, como hemos visto en el caso de los discípulos y de Juan el Bautista, una gloriosa revelación de Cristo actúa en el alma donde ella se encuentra, y trae a la Persona de Jesús a relacionarse con la necesidad ya sentida. "Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas." Pequeña como su inteligencia pudiera ser, e incapaz como ella era de comprender lo que Jesús le había dicho, Su amor se encuentra con ella donde puede recibir vida y bendición; y Él responde: "Yo soy, el que habla contigo." La obra estaba hecha; el Señor fue recibido. Una pobre pecadora Samaritana recibe al Mesías de Israel, a quien los sacerdotes y los Fariseos habían rechazado de entre el pueblo. El efecto moral en la mujer es evidente. Olvida su cántaro, su afán, sus circunstancias. Es cautivada por este nuevo objeto que es revelado a su alma - por Cristo; cautivada de tal manera que, sin pensarlo, se convierte en una predicadora; es decir, predica al Señor de la abundancia de su corazón y con perfecta simplicidad. Él le había dicho todo lo que ella había hecho. Ella no piensa en aquel momento de qué se trataba. Jesús se lo había dicho, y el pensamiento de Jesús quita la amargura del pecado. El sentido de Su bondad remueve el engaño del corazón que busca esconder su pecado. En una palabra, su corazón está completamente lleno de Cristo. Muchos creyeron en Él por medio de la predicación de ella - "me dijo todo lo que he hecho"; muchos más, cuando le escucharon a Él. Su propia palabra llevaba consigo una convicción más fuerte, como más directamente relacionada con Su Persona.

5.11 - Los campos de la siega; los obreros, sus salarios y el fruto

Entretanto los discípulos vienen, y - naturalmente - se maravillan ante Su conversación con la mujer. El Maestro de ellos, el Mesías - ellos entendían esto; pero la gracia de Dios manifestada en la carne estaba todavía fuera del alcance de sus pensamientos. La obra de esta gracia era la comida de Jesús, y eso en la humildad de la obediencia, como enviada por Dios. Él se mantuvo ocupado en ella, y, en la perfecta humildad de la obediencia, fue Su gozo y Su comida hacer la voluntad de Su Padre, y acabar Su obra. Y el caso de esta pobre mujer tenía un motivo que llenaba Su corazón con profundo gozo, herido como fue en este mundo, porque Él era amor. Si los Judíos le rechazaban, los campos en los cuales la gracia buscaba sus frutos para el granero eterno aún estaban blancos, listos para la siega. Por lo tanto, a aquel que trabajase no le faltaría su salario, ni el gozo de poseer tal fruto para vida eterna. Sin embargo, aun los apóstoles eran sólo segadores donde otros habían sembrado. La pobre mujer era una prueba de esto. Cristo, presente y revelado, satisface la necesidad que había despertado el testimonio del profeta. De este modo (a la vez que exhibía una gracia que revelaba el amor del Padre, de Dios el Salvador, y salía, consecuentemente, del espacio cerrado del sistema Judío), Él reconoció plenamente el fiel servicio de Sus obreros en tiempos pasados, los profetas quienes, por el Espíritu de Cristo desde el principio del mundo, habían hablado del Redentor, de los sufrimientos de Cristo y de las glorias que seguirían. Los sembradores y segadores debían gozarse juntamente en el fruto de sus trabajos.

5.12 - El retrato divino presentado en la gracia fluyendo en el pozo de Sicar

Pero, ¡qué retrato es todo esto del propósito de la gracia, y de su poderosa y viva plenitud en la Persona de Cristo, del don gratuito de Dios, y de la incapacidad del espíritu humano para comprenderla, preocupado y cegado como está por las cosas del presente, no viendo nada más allá de la vida natural, aunque sufriendo las consecuencias de su pecado! Al mismo tiempo, vemos que es en la humillación, en el profundo abatimiento, del Mesías, de Jesús, que Dios se manifiesta en esta gracia. Esto es lo que derriba las barreras, y da libre curso al torrente de la gracia desde lo alto. Vemos, también, que la conciencia es la puerta del entendimiento en las cosas de Dios. Somos ciertamente llevados a la relación con Dios cuando Él escudriña el corazón. Éste es siempre el caso. Entonces estamos en la verdad. Además, así se manifiesta Dios a Sí mismo, y la gracia y el amor del Padre. Él busca adoradores, y eso, conforme a esta doble revelación de Él, no obstante lo grande que pueda ser Su paciencia con aquellos que no ven más allá del primer paso de las promesas de Dios. Si Jesús es recibido, hay un cambio completo; la obra de la conversión es llevada a cabo; hay fe. A la vez, ¡qué divino retrato de nuestro Jesús - humillado, por cierto, pero incluso de este modo, la manifestación de Dios en amor, el Hijo del Padre, Aquel que conoce al Padre, y lleva a cabo Su obra! ¡Qué gloriosa e infinita escena se abre ante el alma, que es admitida para verle y conocerle!

Toda la amplitud de la gracia nos es mostrada aquí en Su obra y en su alcance divino, en lo que respecta a su aplicación al individuo, y a la inteligencia personal que podemos tener con respecto a ella. No es precisamente el perdón, ni la redención, ni la asamblea. Es la gracia fluyendo en la Persona de Cristo; y la conversión del pecador, a fin de que pueda gozarla en sí mismo, y sea capaz de conocer a Dios y de adorar al Padre de gracia. Pero, ¡cuán completamente hemos rebasado, en principio, los estrechos límites del Judaísmo!

5.13 - En Galilea; el segundo milagro del Señor y las grandes verdades que expone

No obstante, en Su ministerio personal, el Señor, siempre fiel, poniéndose Él aparte para glorificar a Su Padre obedeciéndole, se encamina a la esfera de trabajo asignada para Él por Dios. Deja a los Judíos, pues ningún profeta es recibido en su propia tierra, y va a Galilea, entre los despreciados de Su pueblo, los pobres del rebaño, donde la obediencia, la gracia y los consejos de Dios le pusieron del mismo modo. En ese sentido, Él no abandonó a Su pueblo, perversos como ellos eran. Allí Él obra un milagro que expresa el efecto de Su gracia en relación con el remanente creyente de Israel, débil como podía ser la fe de ellos. Él regresa al lugar donde había convertido el agua de la purificación en el vino del gozo ("que alegra a Dios y a los hombres" - Jueces 9:13). Mediante ese milagro, Él había mostrado, en figura, el poder que libertaría al pueblo, y mediante el cual, al ser recibido, Él establecería la plenitud del gozo en Israel, creando por medio de ese poder el buen vino de las nupcias de Israel con su Dios. Israel lo rechazó todo. El Mesías no fue recibido. Él se retiró entre los pobres del rebaño en Galilea, después de haber mostrado a Samaria (al pasar) la gracia del Padre, la cual iba más allá de todas las promesas hechas a, y de todos los tratos con, el Judío, y que en la Persona y humillación de Cristo conducía a almas convertidas a adorar al Padre (fuera de todo el sistema Judío, verdadero o falso) en espíritu y en verdad; y allí, en Galilea, Él obra un segundo milagro en medio de Israel, donde Él aún trabaja, según la voluntad de Su Padre, es decir, dondequiera que hay fe; no aún, quizás, en Su poder para levantar a los muertos, sino para sanar y salvar la vida de aquello que estaba a punto de morir. Él cumplió el deseo de aquella fe, y restituyó la vida de uno que estuvo al borde de la muerte. Fue esto, de hecho, lo que Él estuvo haciendo en Israel mientras se hallaba aquí abajo. Estas dos grandes verdades fueron presentadas - aquello que Él iba a hacer conforme a los propósitos de Dios el Padre, como siendo rechazado; y aquello que Él estaba haciendo en aquel entonces por Israel, conforme a la fe que Él hallaba entre ellos.

5.14 - Bosquejo de los capítulos 5 al 21

En los capítulos siguientes hallaremos expuestos los derechos y la gloria unidas a Su Persona; el rechazo de Su Palabra y de Su obra; la segura salvación del remanente, y de todas Sus ovejas dondequiera que estuviesen. Después - reconocido por Dios, manifestado en la tierra, el Hijo de Dios, de David, y del Hombre - se devela lo que Él hará después de Su partida, y el don del Espíritu Santo; también la posición en la que Él puso a los discípulos delante del Padre, y con respecto a Sí mismo. Y entonces - después de la historia de Getsemaní, la entrega de Su propia vida, Su muerte dando Su vida por nosotros - todo el resultado, en los caminos de Dios, hasta Su regreso, es presentado brevemente en el capítulo que concluye el libro.

Podemos ir más rápidamente a través de los capítulos hasta el décimo, no porque sean menos importantes - lejos de ello - sino porque contienen algunos grandes principios que pueden ser señalados, sin requerir mucha explicación.

6 - Capítulo 5

6.1 - El poder vivificante de Cristo contrastado con la falta de poder de las ordenanzas legales

Este capítulo contrasta el poder vivificante de Cristo, el poder y derecho de dar vida a los muertos, con la impotencia de las ordenanzas legales. Éstas requerían fortaleza en la persona que quería beneficiarse de ellas. Cristo trajo consigo el poder que iba a sanar, y ciertamente a traer vida. Además, todo juicio es encomendado a Él, para que aquellos que hayan recibido la vida no vengan a juicio. El final del capítulo presenta los testimonios que han sido dados acerca de Él, y, por lo tanto, la culpa de aquellos que no acudirían a Él para tener vida. Lo uno es gracia soberana, lo otro, responsabilidad, porque la vida estaba allí. Para obtener vida, se necesitaba Su poder divino; pero, al rechazarle, al rehusar venir a Él para que tuviesen vida, ellos lo hicieron así a pesar de las pruebas más positivas.

6.2 - El hombre impotente; fuerza impartida por Cristo

Vayamos un poco a los detalles. El pobre hombre que tenía una enfermedad hacía treinta y ocho años, estaba totalmente incapacitado, dada la naturaleza de su enfermedad, de beneficiarse mediante medios que requerían fuerza para utilizarlos. Éste es el carácter del pecado, por una parte, y de la ley por otra. Algunos vestigios de bendición existían aún entre los Judíos. Los ángeles, ministros de esa dispensación, todavía obraban entre el pueblo. Jehová no se dejó sin testimonio. Pero se precisaba fuerza para beneficiarse de este ejemplo del ministerio de ellos. Aquello que la ley no podía hacer, por cuanto era débil a causa de la carne, Dios lo hizo por medio de Jesús. El hombre impotente tenía el deseo, pero no la fuerza; la voluntad estaba presente en él, pero no el poder para actuar. La pregunta del Señor expone esto. Una simple palabra de Cristo lo hace todo. "Levántate, toma tu lecho y anda." Se imparte fortaleza. El hombre se levanta, y se va llevándose su lecho [24].

[24] Cristo trae consigo la fuerza que la ley requería en el hombre para beneficiarse de ella.

6.3 - El día de reposo; Dios comenzando a obrar nuevamente en poder y amor

Era día de reposo - una importante circunstancia aquí, que ocupa un lugar prominente en esta interesante escena. El día de reposo fue dado como señal del pacto entre los Judíos y el Señor [25].

[25] El día de reposo (sábado) es introducido, sin importar cuál sea la nueva institución o arreglo establecidos bajo la ley. Y verdaderamente, una parte del reposo de Dios es, en ciertos aspectos, el más alto de nuestros privilegios (véase Hebreos 4). El día de reposo (sábado) fue la conclusión de lo primero o de esta creación, y será igual cuando se cumpla. Nuestro reposo es en la nueva creación, y, eso, no en el estado de la creación del primer hombre, sino en el del resucitado, siendo Cristo el segundo Hombre su comienzo y cabeza. De ahí el primer día de la semana.

Pero, había sido demostrado que la ley no daba el reposo de Dios al hombre. Se necesitaba el poder de una nueva vida; la gracia era necesaria para que el hombre estuviera en relaciones con Dios. La sanación de este pobre hombre fue una operación de esta misma gracia, de este poder, pero obrada en medio de Israel. El estanque de Betesda daba por sentado que había poder en el hombre; el acto de Jesús empleó el poder, en gracia, a favor de uno del pueblo del Señor que estaba angustiado. Por lo tanto, tratando con Su pueblo en gobierno, le dice al hombre: "No peques más, para que no te suceda alguna cosa peor." (Juan 5:14 - RVR77). Era Jehová actuando por medio de Su gracia y bendición entre Su pueblo; pero lo era en las cosas temporales, las señales de Su favor y misericordia, y en relación con Su gobierno en Israel. Así y todo, era poder divino y gracia. Ahora bien, el hombre dio aviso a los Judíos que era Jesús. Ellos se levantan contra Él bajo el pretexto de una violación del día de reposo. La respuesta del Señor es profundamente sensible, y llena de enseñanza - una revelación total. Esta respuesta habla de la relación, abiertamente revelada ahora por Su venida, que existía entre Él mismo (el Hijo) y Su Padre. Muestra con ella - ¡y qué profundidades de la gracia! - que ni el Padre ni Él podían hallar Su día de reposo [26] en medio de la miseria y de los tristes frutos del pecado. Jehová en Israel podía imponer el día de reposo como una obligación de la ley, y convertirlo en señal de la verdad previa de que Su pueblo entraría en el reposo de Dios. Pero, de hecho, cuando Dios fue plenamente conocido, no hubo ningún reposo en las cosas existentes; ni fue esto todo - Él obró en gracia, Su amor no podía descansar en la miseria. Él había instituido un reposo relacionado con la creación, cuando ésta era muy buena. El pecado, la corrupción y la miseria habían entrado en ella. Dios, el Santo y el Justo, ya no halló ya un día de reposo en ella, y el hombre no entró verdaderamente en el reposo de Dios (comparar con Hebreos 4). De dos cosas, una es la siguiente: o bien Dios debía, en justicia, destruir a la raza culpable, o bien - y esto es lo que Él hizo, conforme a Sus propósitos eternos - debía comenzar a obrar en gracia conforme a la redención que el estado del hombre requería - una redención en la que se despliega toda Su gloria. En una palabra, Él debe comenzar a obrar nuevamente en amor. Así, el Señor dice, "Mi padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo." Dios no puede satisfacerse allí donde existe el pecado. No puede reposar con la miseria ante Su vista. Él no tiene día de reposo, sino que todavía trabaja en gracia. ¡Qué respuesta tan divina a sus miserables especulaciones!

[26] El día de reposo (sábado) de Dios es un día de reposo (sábado) de amor y santidad.

6.4 - El Señor se pone en igualdad con el Padre

Otra verdad salió a la luz de lo que el Señor dijo. Él se puso en igualdad con Su Padre. Pero los Judíos, celosos de sus ceremoniales - de aquello que los distinguía de las otras naciones - no vieron nada de la gloria de Cristo, y procuran matarle, tratándole como un blasfemo. Esto brinda a Jesús la ocasión de poner al descubierto toda la verdad sobre este punto. Él no era como un ser independiente poseyendo iguales derechos, no era como otro Dios que actuaba por Su propia cuenta, lo cual además es imposible. No puede haber dos seres supremos y omnipotentes. El Hijo está en unión plena con el Padre, no hace nada sin el Padre, sino que hace todo lo que ve hacer al Padre. No hay nada que el Padre haga que Él no lo haga en comunión con el Hijo; y mayores pruebas que estás debían aún ser vistas, pruebas que los dejarían maravillados. Esta última frase de las palabras del Señor muestra, así como el total de este Evangelio, que mientras se revela en forma absoluta que Él y el Padre son uno, Él lo revela, y habla de ello desde una posición en la cual Él podía ser visto por los hombres. Aquello de lo que Él habla está en Dios; la posición desde la que habla de ello es una posición tomada, y, en cierto sentido, inferior. Vemos en todas partes que Él es igual al Padre, y uno con Él. Vemos que Él recibe todo del Padre, y todo lo hace según la mente del Padre. (Esto se ve notablemente en el capítulo 17). Se trata del Hijo, pero el Hijo manifestado en la carne, actuando en la misión que el Padre le envió a cumplir.

6.5 - El hijo como el Dador de vida y el Juez de todo

Hay dos cosas de las que se habla en este capítulo (vers. 21-22), las cuales demuestran la gloria del Hijo. Él da vida y Él juzga. No se trata aquí de sanar - una obra que, en el fondo, brota de la misma fuente, y tiene ocasión de manifestarse en el mismo mal: sino de la dación de vida de un modo evidentemente divino. Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así el Hijo a los que quiere da vida. Tenemos aquí la primera prueba de Sus derechos divinos. Él da vida, y la da a quien quiere. Pero, siendo encarnado, Él puede ser personalmente deshonrado, rechazado, menospreciado por los hombres. Por consiguiente, todo el juicio le es encomendado a Él, y el Padre a nadie juzga, para que todos, incluso aquellos que han rechazado al Hijo, le honren como honran al Padre al cual reconocen como Dios. Si rehúsan honrarle cuando Él actúa en gracia, estarán obligados a honrarle cuando Él actúe en juicio. En la vida, tenemos comunión por el Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo (y el vivificar o dar vida es la obra tanto del Padre como del Hijo); pero en el juicio, los incrédulos tendrán que vérselas con el Hijo del Hombre, a quien han rechazado. Las dos cosas son bastante diferentes. Aquel a quien Cristo ha dado vida, no necesitará ser obligado a honrarle pasando por el juicio. Jesús no llamará a juicio a uno que Él ha salvado dándole vida.

6.6 - La gracia da vida eterna y pone a salvo del juicio

¿Cómo podemos saber, entonces, a cuál de estas dos clases pertenecemos nosotros? El Señor (¡alabado sea Su nombre!) contesta que el que oye Su palabra y cree en Aquel que le envió (que cree en el Padre al oír a Cristo), tiene vida eterna (tal es el poder vivificador de Su Palabra), y no vendrá a juicio. Él ha pasado de muerte a vida. ¡Sencillo y maravilloso testimonio! [27]

[27] Observen cuán pleno es el significado de esto. Si ellos no vienen a juicio para clarificar su estado, como lo expresaría el hombre, son expuestos como estando totalmente muertos en el pecado. La gracia en Cristo no contempla un estado incierto que el juicio determinará. Esta gracia da vida y resguarda del juicio. Pero mientras Él juzga como Hijo del Hombre conforme a los hechos cometidos en el cuerpo, Él nos muestra aquí que, para empezar, todos estábamos muertos en pecado.

El juicio glorificará al Señor en el caso de aquellos que le han despreciado aquí. La posesión de vida eterna, para que no vengan a juicio, es la porción de aquellos que creen.

6.7 - Dos períodos distintos en el ejercicio de poder del Señor

6.7.1 - (1) Almas vivificadas por el Hijo de Dios

Luego, el Señor señala dos períodos distintos, en los que el poder que el Padre le dio habiendo descendido a la tierra, tiene que ejercerse. La hora venía - ya había venido - en que los muertos oirían la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oyeran vivirían. Ésta es la comunicación de vida espiritual por Jesús, al hombre, quien está muerto por el pecado, y eso por medio de la Palabra que oiría. Pues el Padre ha dado al Hijo, a Jesús, manifestado así en la tierra, el tener vida en Sí mismo (comparar con 1 Juan 1 :1-2). También le ha dado autoridad para ejecutar juicio, porque Él es el Hijo del Hombre. Porque el reino y el juicio, conforme a los consejos de Dios, pertenecen a Él como Hijo del Hombre - en aquel carácter en el que fue despreciado y rechazado cuando Él vino en gracia.

Este pasaje nos muestra también que, aunque Él era el Hijo eterno, uno con el Padre, es siempre contemplado como manifestado aquí en la carne, y, por lo tanto, recibiendo todo del Padre. Es así como le hemos visto en el pozo de Samaria - el Dios que daba, pero Aquel que pidió a la pobre mujer que le diera de beber.

6.7.2 - (2) Cuerpos resucitados de la muerte

Jesús, entonces, vivificaba las almas. Él aún vivifica. Ellos no tenían que maravillarse. Una obra, mucho más maravillosa a los ojos de los hombres, se llevaría a cabo. Todos aquellos que estaban en los sepulcros, saldrían de ellas. Éste es el segundo período del cual Él habla. En uno, Él da vida a las almas; en el otro, Él resucita cuerpos de la muerte. El primero ha permanecido durante todo el ministerio de Jesús y 1.800 años desde Su muerte [*]; el segundo no ha sucedido todavía, pero durante su duración dos cosas tendrán lugar. Habrá una resurrección de aquellos que han hecho lo bueno (ésta será una resurrección de vida, el Señor completará Su obra vivificadora), y habrá una resurrección de aquellos que han hecho lo malo (esta será una resurrección para su juicio). Este juicio será en conformidad con la mente de Dios, y no conforme a ninguna voluntad separada y personal de Cristo. Hasta aquí se trata del poder soberano, y por lo que respecta a la vida, de la gracia soberana - Él a los que quiere da vida. Lo que sigue a continuación es la responsabilidad del hombre con respecto a la obtención de la vida eterna. Ésta estaba allí en Jesús, y no querían venir a Él para tenerla.

[*] Aquí el autor escribe en la época en que él vivió, en el siglo 19 [N. del T.].

6.8 - Cuatro testimonios de la gloria y de la Persona del Señor, que dejan al hombre sin excusa

El Señor continúa señalándoles cuatro testimonios rendidos a Su gloria y a Su Persona, los cuales les dejaban sin excusa: Juan, Sus propias obras, Su Padre, y las Escrituras. No obstante, mientras que pretendían recibir estas últimas, como hallando en ellas vida eterna, no querían venir a Él para tener vida. ¡Pobres Judíos! El Hijo vino en nombre del Padre, y no le querían recibir; otro vendría en su propio nombre, y a éste sí recibirían. Esto es lo que mejor se adapta al corazón del hombre. Buscaban honrarse los unos a los otros, ¿cómo podían ellos creer? Recordemos esto. Dios no se adapta al orgullo del hombre - no acomoda la verdad para alimentarlo. Jesús conocía a los Judíos. No significa que los acusaría delante del Padre: Moisés, en quien ellos confiaban, lo haría; pues si hubieran creído a Moisés, habrían creído a Cristo. Pero si no conferían ningún crédito a los escritos de Moisés, ¿cómo creerían las palabras de un Salvador despreciado?

Como resultado, el Hijo de Dios da vida, y ejecuta juicio. En el juicio que Él ejecuta, el testimonio que ha sido rendido a Su Persona deja al hombre sin excusa sobre el terreno de su propia responsabilidad. En el capítulo 5, Jesús es el Hijo de Dios quien, con el Padre, da vida, y como Hijo del Hombre juzga. En el capítulo 6, Él es el objeto de la fe, descendido del cielo y muriendo. Él sólo alude a Su ascensión al cielo como Hijo del Hombre.

7 - Capítulo 6

7.1 - El Pan de vida; el Señor encarnado muerto y ascendido nuevamente al cielo

En este capítulo, se trata del Señor descendido del cielo, humillado y muerto, no ahora como el Hijo de Dios, uno con el Padre, la fuente de vida, sino como Aquel que, aunque era Jehová y al mismo tiempo el Profeta y el Rey, tomaría el lugar de Víctima, y el de Sacerdote en el cielo: en Su encarnación, es el pan de vida; en Su muerte, el verdadero alimento de los creyentes; ascendido nuevamente al cielo, es el vivo objeto de la fe de ellos. Pero Él mira solamente este último carácter: la doctrina del capítulo es aquella que antecede a esta fe. No se trata del poder divino que da vida, sino del Hijo del Hombre venido en la carne, el objeto de la fe, y de este modo el medio de vida; y, aunque, como está claramente manifestado por el llamamiento de la gracia, además de eso no se trata del lado divino, de dar vida a quien Él quiere, sino de la fe en nosotros asiéndonos de Él. En las dos Él actúa independientemente de los límites del Judaísmo. Él da vida a quien quiere, y viene a dar vida al mundo.

7.2 - El Señor en contraste con el Judaísmo; bendiciones terrenales y la nueva posición y doctrina

Esto fue en ocasión de la Pascua, un tipo que el Señor tenía que cumplir mediante la muerte de la cual Él habló. Observen, aquí, que todos estos capítulos presentan al Señor, y la verdad que le revela, en contraste con el Judaísmo, el cual Él dejó y desechó. En el capítulo 5 se trataba de la impotencia de la ley y sus ordenanzas; aquí, se trata de las bendiciones prometidas por el Señor a los Judíos en la tierra (Salmo 132:15), y los caracteres de Profeta y Rey cumplidos por el Mesías en la tierra en relación con los Judíos, los cuales son contemplados en contraste con la nueva posición y la doctrina de Jesús. Aquello de lo que hablo aquí caracteriza a cada asunto distinto en este Evangelio.

7.3 - El Profeta, el Sacerdote y el Rey, con respecto a Israel

En primer lugar, Jesús bendice al pueblo, conforme a la promesa de lo que Jehová haría, dada a ellos en el Salmo 132, pues Él era Jehová. En esto, el pueblo reconoce que Él es "aquel Profeta" (Deuteronomio 18:15, 18; Hechos 3:23), y desean hacerle su Rey a la fuerza. Pero Él rehúsa esto ahora - no podía tomar este título de manera carnal. Jesús los deja, y sube a un monte Él solo. Esta era, figurativamente, Su posición como Sacerdote en lo alto. Éstos son los tres caracteres del Mesías con respecto a Israel; pero el último tiene aplicación plena y especial también ahora a los santos que caminan en la tierra, quienes continúan, en cuanto a esto, la posición del remanente. Los discípulos entran en una barca, y, sin Él, son sacudidos sobre las olas. Viene la oscuridad (esto le sucederá al remanente aquí abajo), y Jesús está lejos. No obstante, Él vuelve a reunirse con ellos, y le reciben alegremente. En seguida la barca llega al lugar donde se dirigían. Una figura sorprendente del remanente transitando en la tierra durante la ausencia de Cristo, y de cada deseo suyo satisfecho plena e inmediatamente - plena bendición y pleno reposo - cuando Él se vuelva a reunir con ellos. [28]

[28] La aplicación directa de esto es al remanente; pero entonces, como se insinúa en el texto, nosotros, en cuanto a nuestra senda en la tierra, somos, por así decirlo, la continuación de aquel remanente, y Cristo está en lo alto para nosotros, mientras nos hallamos en las olas de abajo. La parte subsiguiente del capítulo, la del pan de vida, es propiamente para nosotros. El mundo, no Israel, es tenido en consideración. Aunque Cristo es ciertamente Aarón dentro del velo para Israel, mientras se halla allí los santos tienen propiamente su carácter celestial.

7.4 - El Hijo del Hombre en humillación aquí

Esta parte del capítulo, habiéndonos mostrado al Señor ya como el Profeta aquí abajo, y rehusando ser hecho Rey, así como aquello que tendrá lugar cuando Él regrese al remanente en la tierra - el marco histórico de lo que Él era y será - el resto del capítulo nos entrega aquello que Él es entretanto a la fe, Su verdadero carácter, el propósito de Dios al enviarle, fuera de Israel, y en relación con la gracia soberana. La gente le busca. La obra verdadera, la cual Dios reconoce, es la de creer en Aquel que Él ha enviado. Este es aquel alimento que dura para vida eterna, el cual es dado por el Hijo del Hombre (es en este carácter que hallamos a Jesús aquí, así como en el capítulo 5 Él era el Hijo de Dios), pues a Él es Aquel a quien Dios el Padre ha sellado. Jesús había tomado Su lugar de Hijo del Hombre en humillación aquí abajo. Él fue para ser bautizado por Juan el Bautista; y allí, en este carácter, el Padre le selló, descendiendo sobre Él el Espíritu Santo.

7.5 - El verdadero Pan del Cielo puesto ante la fe

La multitud le pide una prueba como el maná. Él mismo era la prueba - el verdadero maná. Moisés no dio el pan celestial de vida. Sus padres murieron en el mismo desierto en el que ellos habían comido el maná. El Padre les daba ahora el verdadero pan del cielo. Aquí, observen, no es el Hijo de Dios quien da, y quien es el Dador soberano de vida para aquel que Él quiere. Él es el objeto presentado a la fe; hay que alimentarse de Él. La vida se encuentra en Él; aquel que le come vivirá por Él, y nunca tendrá hambre. Pero la multitud no creía en Él; de hecho, la masa de Israel, como tal, no estaba en cuestión. Aquellos que el Padre le dio vendrían a Él. Allí Él era el sujeto pasivo, por decirlo así, de la fe. Ya no es más a aquellos que Él quiere, sino la de recibir a aquellos que el Padre traía a Él. Por lo tanto, independientemente de quien fuera, Él no le echaría fuera: enemigo, mofador, Gentil, ellos no vendrían si el Padre no los enviaba. El Mesías estaba allí para hacer la voluntad de Su Padre, y quienquiera que el Padre le trajera, Él le recibiría para vida eterna (comparar con cap. 5:21). La voluntad del Padre tenía estos dos caracteres. De todos los que el Padre le diera, Él no perdería ninguno. ¡Preciosa seguridad! El Señor salva indubitablemente hasta el final a aquellos a quienes el Padre le ha dado; y entonces todo aquel que viera al Hijo y creyera en Él, tendría la vida eterna. Éste es el Evangelio para toda alma, así como el otro es aquel que asegura infaliblemente la salvación de todo creyente.

7.6 - Una dispensación nueva; resurrección y vida eterna

Pero esto no es todo. El asunto de la esperanza no era ahora el cumplimiento en la tierra de las promesas hechas a los Judíos, sino el ser resucitados de entre los muertos, teniendo parte en la vida eterna - en resurrección en el día postrero (es decir, de la época de la ley en la que ellos vivían). Él no coronó la dispensación de la ley; Él tenía que introducir una nueva dispensación, y con ella la resurrección. Los Judíos [29] murmuran ante Su afirmación de que Él descendió del cielo. Jesús les contesta testificándoles que su dificultad era fácil de comprender: nadie podía venir a Él si el Padre no le traía. Fue la gracia la que produjo este efecto; daba lo mismo si ellos eran Judíos o no. Era una cuestión de vida eterna, de ser resucitados de entre los muertos por Él; no era una cuestión de cumplir las promesas como Mesías, sino de introducir la vida de un mundo extensamente más diferente para ser gozado por la fe - habiendo conducido la gracia del Padre al alma para que hallase esta vida en Jesús. Además, los profetas habían dicho que todos ellos serían enseñados por Dios. Todo aquel, por lo tanto, que aprendía del Padre, venía a Él. Ningún hombre, sin duda, había visto al Padre excepto Aquel que vino de Dios - Jesús; Él había visto al Padre. Aquel que creía en Él estaba ya en posesión de la vida eterna, pues Él era el pan descendido del cielo, para que un hombre pueda comer de él y no morir.

[29] En Juan, los Judíos son siempre distinguidos de la multitud. Ellos son los habitantes de Jerusalén y Judea. Quizás se entendería más fácilmente este Evangelio si las palabras estuvieran traducidas de esta manera: «aquellos de Judea», lo cual es el verdadero sentido.

7.7 - La muerte de Cristo como la vida del creyente

Pero esto no fue solamente por la encarnación, sino por la muerte de Aquel que descendió del cielo. Él daría Su vida; Su sangre sería tomada del cuerpo que Él asumió. Ellos comerían Su carne; ellos beberían Su sangre. La muerte iba a ser la vida del creyente. Y, de hecho, es en un Salvador muerto que nosotros vemos el pecado quitado, el cual Él llevó por nosotros, y la muerte por nosotros es muerte a la naturaleza de pecado en la que residían nuestro mal y nuestra separación de Dios. Él puso fin allí al pecado - Él que no conoció pecado. La muerte, introducida por el pecado, quita el pecado que se ligó a la vida, la cual llega allí a su fin. No es que Cristo tuviera algún pecado en Su Persona, sino que Él llevó el pecado, Él fue hecho pecado, en la cruz, por nosotros. Y aquel que está muerto ha sido justificado del pecado. Por lo tanto, yo me alimento de la muerte de Cristo. La muerte es mía; se ha convertido en vida. Ésta me separa del pecado, de la muerte, de la vida en la cual yo estaba separado de Dios. En ella el pecado y la muerte han finalizado su curso. Estas dos cosas estaban ligadas a mi vida. Cristo, en gracia, las ha llevado, y Él ha dado Su carne por la vida del mundo; y yo soy liberado de ellas; y me alimento de la gracia infinita que está en Él, quien ha cumplido todo esto. La expiación es completa, y yo vivo, estando felizmente muerto para todo lo que me separaba de Dios. Es la muerte cumplida en Él, de lo cual yo me alimento, lo principal para mí, y entro además en ella por la fe. Él necesitaba vivir como hombre a fin de poder morir, y Él ha dado Su vida. Así, Su muerte es eficaz; Su amor, infinito; la expiación, total, absoluta, perfecta. Aquello que había entre Dios y yo ya no existe más, pues Cristo murió y todo pasó con Su vida aquí en la tierra - la vida tal como Él la poseía antes de expirar en la cruz. La muerte no podía retenerle. Para realizar esta obra, Él necesitaba poseer un poder de vida divina que la muerte no pudiera tocar; pero ésta no es la verdad enseñada expresamente en el capítulo que tenemos ante nosotros, aunque esté implícita en él.

7.8 - Aquel que murió como el objeto de la fe

Al hablar a la multitud, el Señor, al tiempo que los reprendía por su incredulidad, se presenta a Sí mismo, venido en la carne, como el objeto de su fe en ese momento (vers. 32-35). Para los Judíos, al serles descubierta esta doctrina, les repite que Él es el pan de vida descendido del cielo, del que si algún hombre come, vivirá para siempre. Pero les hace entender que no podían detenerse ahí - ellos tenían que recibir Su muerte. Él no dice aquí 'aquel que me come', sino que se trataba de comer Su carne y beber Su sangre, de entrar plenamente en el pensamiento - en la realidad - de Su muerte; se trataba de recibir a un Mesías muerto (no a uno vivo), muerto para los hombres, muerto ante Dios. Él no existe ahora como un Cristo muerto, pero tenemos que reconocer, comprender, alimentarnos de, Su muerte - tenemos que identificarnos con ella delante de Dios, participando de ella por la fe, o no tenemos vida en nosotros. [30]

[30] Esta verdad es de trascendental importancia con respecto a la cuestión sacramental. La escuela puseyita proclama que los sacramentos son la continuación de la encarnación. Esto es un error en todos los aspectos, y, en verdad, una negación de la fe. Ambos sacramentos significan muerte. Somos bautizados en la muerte de Cristo; y la Cena del Señor es manifiestamente emblemática de Su muerte. Digo «negación de la fe», porque, como muestra el Señor, si ellos no comen Su carne y beben Su sangre, no tienen vida en ellos. Como encarnado, Cristo está solo. Su presencia en la carne en la tierra demostró que Dios y el hombre pecador no podían ser unidos. Su presencia como hombre en el mundo resultó en Su rechazo - lo cual demostró la imposibilidad de unión o fruto sobre ese terreno. Debía introducirse la redención, Su sangre debía ser derramada, Él mismo tenía que ser levantado de la tierra, y de esta manera atraer a los hombres a Él; la muerte debía entrar, o Él permanecería solo. Ellos no podían comer el pan a menos que comieran la carne y bebieran la sangre. Un sacrificio de paz sin un sacrificio de sangre, no valía nada, o más bien era un sacrificio del tipo de Caín. Además, la Cena del Señor presenta a un Cristo muerto, y a un Cristo muerto solamente - la sangre separada del cuerpo. Un Cristo así ya no existe; y por lo tanto la transubstanciación y la consubstanciación y todos esos pensamientos son una fábula que lleva a confusión. Nosotros estamos unidos a un Cristo glorificado por el Espíritu Santo; y celebramos esa muerte tan preciosa sobre la cual se fundamenta toda nuestra bendición, mediante la cual llegamos allí. Lo hacemos en memoria de Él, y en nuestros corazones nos alimentamos de Él, entregado así, y derramando Su sangre.

7.9 - Vivir por Cristo alimentándose de Él

Así fue para el mundo. Así debían vivir, no por su propia vida, sino por Cristo, alimentándose de Él. Aquí Él regresa a Su propia Persona, siendo establecida la fe en Su muerte. Además, ellos debían permanecer en Él (vers. 56) - debían estar en Él ante Dios, conforme a toda Su aceptación delante de Dios, y según toda la eficacia de Su obra al morir [31].

[31] La permanencia implica constancia en la dependencia, confianza, y vivir mediante la vida en la que Cristo vive. Las palabras "permanece" (Juan 6:56) y "permanece" (Juan 6:27), aunque puedan ser palabras diferentes en Inglés ("dwells" y "abides"), son las mismas en el original; lo mismo ocurre en el capítulo 15 y en otras partes.

Y Cristo debía permanecer en ellos conforme al poder y a la gracia de esa vida en la cual Él había obtenido la victoria sobre la muerte, y en la cual, habiéndola obtenido, Él vive ahora. Así como el Padre viviente le había enviado, y Él vivía, no por medio de una vida independiente, la cual no tenía al Padre como su objeto o su fuente, sino que vivía por medio del Padre ("Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por medio del Padre, así el que me come, éste también vivirá por medio de mí." Juan 6:57 - Versión Moderna), así aquel que le comía, viviría por medio de Él [32].

[32] Sería bueno advertir aquí que en este pasaje, en los versículos 51 y 53, el verbo comer es conjugado en tiempo aoristo—(cualquiera que lo ha comido así). En los versículos 54, 56 y 57, este verbo está conjugado en tiempo presente—una acción presente continua.

7.10 - La ascensión del Señor al cielo; la comida de la fe durante Su ausencia

Después, en respuesta a aquellos que murmuraban sobre esta verdad fundamental, el Señor apela a Su ascensión. Él había descendido del cielo - ésta era Su doctrina; Él ascendería otra vez allá. La carne material no aprovechaba para nada. Era el Espíritu quien daba vida, al hacer comprender al alma la poderosa verdad de aquello que Cristo era, y de Su muerte. Pero Él vuelve a aquello que ya les había dicho antes: para venir a Él revelado así en verdad, ellos debían ser conducidos por el Padre. Existe tal cosa como la fe que a veces es quizás ignorante, aunque por medio de la gracia es real. Así era la de los discípulos. Sabían que Él, y Él solo, tenía palabras de vida eterna. No se trataba solamente de que Él fuera el Mesías, lo cual ellos creían verdaderamente, sino de que Sus palabras hubieran asido sus corazones con el poder de la vida divina que aquéllas revelaban, y que, por medio de la gracia, eran comunicadas. Así, ellos le reconocieron como el Hijo de Dios, no sólo de manera oficial, por así decirlo, sino conforme al poder de la vida divina. Él era el Hijo del Dios viviente. No obstante, había uno entre ellos que era del diablo.

Por lo tanto, la doctrina de este capítulo es, la de Jesús descendido a la tierra, llevado a la muerte, y ascendiendo de nuevo al cielo. Como descendido y llevado a la muerte, Él es la comida de la fe durante Su ausencia en lo alto. Pues es en Su muerte que nosotros debemos alimentarnos, a fin de permanecer espiritualmente en Él, y Él en nosotros.

8 - Capítulo 7

8.1 - El cumplimiento futuro de la fiesta de los tabernáculos en forma de tipo

En este capítulo, sus hermanos según la carne, todavía sumidos en la incredulidad, hubiesen querido que Él se mostrase al mundo, si hacía estas grandes cosas; pero el tiempo para ello aún no había llegado. En el cumplimiento del tipo de la fiesta de los tabernáculos, Él lo hará. La Pascua tenía su antitipo en la cruz, Pentecostés lo tenía en el descenso del Espíritu Santo. La fiesta de los tabernáculos, hasta ahora, no ha tenido cumplimiento. Era celebrada después de la siega y la vendimia; e Israel conmemoraba alegremente, en la tierra, su peregrinación antes de entrar en el reposo que Dios les había dado en Canaán. Así será el cumplimiento de este tipo cuando, tras la ejecución del juicio (ya sea al discernir entre el impío y el bueno, o simplemente en venganza) [33], Israel, restaurado en su tierra, estará en posesión de todas sus prometidas bendiciones. En aquel tiempo Jesús se mostrará al mundo; pero en el tiempo del que estamos hablando, Su hora no había llegado aún. Entretanto, habiéndose ido (vers. 33-34), Él da el Espíritu Santo a los creyentes (vers. 38-39).

Observen aquí que no se introduce ningún Pentecostés. Pasamos de la pascua en el capítulo 6 a los tabernáculos en el capítulo 7, en lugar de lo cual los creyentes recibirían el Espíritu Santo. Como he señalado, este Evangelio trata de una Persona divina en la tierra, no del Hombre en el cielo. Se habla de la venida del Espíritu Santo como siendo sustituida por el último u octavo día de la fiesta de los tabernáculos. Pentecostés presupone a Jesús en lo alto.

[33] La siega es un juicio discriminador, hay cizaña y trigo. El lagar es el juicio destructivo de venganza. En el primero, estarán dos en una cama, el uno será tomado, y el otro será dejado, pero el lagar es simple ira, como Isaías 63. Lo mismo en Apocalipsis 14.

8.2 - El Espíritu Santo presentado como la esperanza de la fe en esa época; la sed apagada y abundancia de agua viva para los demás

Pero Él presenta al Espíritu Santo de tal modo que le convierte en la esperanza de la fe en el tiempo en el cual Él habla, si Dios creaba un sentido de necesidad en el alma. Si alguno tenía sed, que venga a Jesús y beba. No sólo su sed sería apagada, sino que de lo más profundo de su alma fluirían ríos de agua viva. Así que al venir a Él por la fe para satisfacer la necesidad de su alma, no sólo sería el Espíritu Santo en ellos una fuente de agua viva brotando para vida eterna, sino que también esta agua viva fluiría en abundancia desde el interior de ellos para refrescar a todos aquellos que tenían sed. Observen aquí, que Israel bebió agua en el desierto antes de que pudieran cumplir con la fiesta de los tabernáculos. Pero solamente bebieron. No hubo ninguna fuente en ellos. El agua fluyó de la roca. Bajo la gracia, cada creyente no es, sin duda, una fuente en sí mismo: pero todo el río fluye de él. Sin embargo, esto sucedería sólo cuando Jesús fuese glorificado, y en aquellos que eran ya creyentes previamente al recibimiento del Espíritu. De lo que se habla aquí no es de una obra que vivifica. Se trata de un don a aquellos que creen. Además, en la fiesta de los tabernáculos, Jesús se mostrará al mundo; pero éste no es el asunto del cual el Espíritu Santo así recibido es, en forma especial, el testigo. Él es dado en relación con la gloria de Jesús, mientras Él está oculto del mundo. Esto fue también en el octavo día de la fiesta, la señal de una porción que trascendía al reposo sabático de este mundo, y lo cual comenzó otro período - una escena nueva de gloria.

Observen también que, en forma práctica, aunque el Espíritu Santo es presentado aquí como poder que actúa en bendición fuera de aquel en quien Él mora, Su presencia en el creyente es el fruto de una sed personal, de una necesidad sentida en el alma - necesidad por la cual el alma ha buscado una respuesta en Cristo. El que tiene sed, la tiene por sí mismo. El Espíritu en nosotros, revelando a Cristo, llega a ser, morando en nosotros cuando hemos creído, un río en nosotros, y de este modo para los demás.

8.3 - El espíritu de los Judíos mostrado claramente

El espíritu de los Judíos se mostró claramente. Intentaron matar al Señor; y Él les dice que Su relación con ellos en la tierra pronto terminaría (vers. 33). No hacía falta que se apresuraran para deshacerse de Él: pronto le buscarían y no podrían hallarle. Él iba a Su Padre.

Vemos claramente aquí la diferencia entre la multitud y los Judíos - dos grupos siempre diferenciados el uno del otro en este Evangelio. El primer grupo no comprendía por qué Él hablaba del deseo que tenían de matarle. Aquellos de Judea estaban atónitos ante Su seguridad, sabiendo que en Jerusalén ellos estaban conspirando contra Su vida. Su tiempo no había llegado todavía. Ellos enviaron alguaciles para prenderle, y ellos vuelven, sorprendidos por Su discurso, y sin haberle puesto las manos encima. Los Fariseos se enfurecen, y expresan su desprecio hacia el pueblo. Nicodemo arriesga decir una palabra de justicia de acuerdo a la ley, y se hace acreedor del desprecio de ellos. Pero cada cual se va a su casa. Jesús, quien no tuvo casa hasta que regresó al cielo de donde Él vino, se va al monte de los Olivos, lugar testigo de Su agonía, Su ascensión y Su regreso - un lugar que Él frecuentaba habitualmente, estando en Jerusalén, durante el tiempo de Su ministerio en la tierra.

9 - Capítulo 8

9.1 - Fuera del Judaísmo como se muestra en los capítulos 5 al 7

El contraste de este capítulo con el Judaísmo, incluso con sus mejores esperanzas en el futuro que Dios ha preparado para Su pueblo, es demasiado evidente como para detenernos a considerarlo. Este Evangelio, en todas sus páginas, revela a Jesús fuera de todo lo que pertenecía a ese sistema terrenal. En el capítulo 6, se trataba de la muerte aquí abajo en la cruz. Aquí se trata de la gloria en el cielo, siendo rechazados los Judíos, y el Espíritu Santo dado al creyente. En el capítulo 5 Él da vida, como el Hijo de Dios; en el capítulo 6 Él es el mismo Hijo, pero no dando vida y juzgando divinamente como siendo Hijo del Hombre, sino como descendido del cielo, el Hijo en humillación aquí, pero siendo el verdadero pan del cielo que el Padre dio. Pero en aquel Humilde, ellos debían contemplar al Hijo, para vivir. Luego, venido de este modo, y habiendo tomado la forma de un siervo, y hallándose en la condición de hombre, Él (vers. 53) se humilla y sufre en la cruz, como Hijo del Hombre; en el capítulo 7, cuando Él es glorificado, envía el Espíritu Santo. El capítulo 5 exhibe Sus títulos de gloria personal; los capítulos 6, 7, Su obra y el otorgamiento del Espíritu a los creyentes, como consecuencia de Su actual gloria en el cielo [34], a la cual la presencia del Espíritu Santo responde en la tierra. En los capítulos 8 y 9 [35] hallaremos Su testimonio y Sus obras rechazados, y la cuestión decidida entre Él y los Judíos. Se observará también, que los capítulos 5 y 6 tratan de la vida. En el capítulo 5, esta vida es dada soberana y divinamente por Aquel que la posee; en el capítulo 6, el alma, recibiendo y ocupándose de Jesús por la fe, halla la vida y se alimenta de Él por la gracia del Padre: dos cosas distintas en naturaleza - Dios da; el hombre, por gracia, se alimenta. Por otra parte, en el capítulo 7 vemos a Cristo yendo a Aquel que le envió, y entretanto vemos al Espíritu Santo, que devela la gloria a la cual Él ha ido, en nosotros y por nosotros, en su carácter celestial. En el capítulo 5, Cristo es el Hijo de Dios, que da vida en un poder y una voluntad divinos, lo que Él es, no el lugar en el cual Él está, pero juzga solo, siendo Hijo del Hombre; en el capítulo 6, vemos al mismo Hijo, pero descendido del cielo, el objeto de la fe en Su humillación, luego vemos al Hijo del Hombre, muriendo, y regresando de nuevo; en el capítulo 7, le vemos no revelado aún al mundo. En vez de ello, el Espíritu Santo es dado cuando Él es glorificado arriba, el Hijo del Hombre en el cielo - al menos al contemplar Su ida allá.

[34] Esta gloria, no obstante, es sólo supuesta, no enseñada. Él no puede estar en la fiesta de los tabernáculos, pues se trata del reposo de Israel, ni puede manifestarse a Sí mismo, como lo hará entonces al mundo; pero, en vez de ello, da al Espíritu Santo. Sabemos que esto supone Su posición actual, a la que nos hemos referido precisamente en el capítulo 6.

[35] La doctrina del capítulo 9 continúa hasta el versículo 30 del capítulo 10.

9.2 - La palabra y las obras de Jesús son rechazadas; Sus glorias personales poniendo al hombre a prueba

En el capítulo 8, como hemos dicho, la palabra de Jesús es rechazada; y, en el capítulo 9, son rechazadas Sus obras. Pero hay mucho más que eso. Las glorias personales del capítulo 1 son reproducidas y desarrolladas separadamente en todos estos capítulos (omitiendo de momento todos los pasajes desde el versículo 36 al 51 del capítulo 1): hemos hallado nuevamente los versículos 14-34 en los capítulos 5, 6 y 7. El Espíritu Santo vuelve ahora al asunto de los primeros versículos en el capítulo. Cristo es el Verbo; Él es la vida, y la vida que es la luz de los hombres. Los tres capítulos que acabo de señalar hablan de aquello que Él es en gracia para los hombres, aunque declarando aún Su derecho a juzgar. El Espíritu aquí (en el capítulo 8) presenta ante nosotros aquello que Él es en Sí mismo, y aquello que Él es para los hombres (sometiéndolos así a prueba, de modo que al rechazarle se rechazan ellos mismos, y se muestran ellos mismos como reprobados).

9.3 - La mujer sorprendida en adulterio; el contraste con el Judaísmo

Consideremos ahora nuestro capítulo. El contraste con el Judaísmo es evidente. Traen a una mujer cuya culpa es innegable. Los Judíos, en su maldad, la traen delante del Señor con la esperanza de poder confundirle. Si Él la condenaba, no era un Salvador - la ley podía hacerlo de igual manera. Si Él la dejaba ir, menospreciaba y desautorizaba la ley. Esto era inteligente, pero ¿de qué sirve la inteligencia en la presencia de Dios, quien escudriña el corazón? El Señor permite que confíen en ellos mismos al no responderles durante un espacio corto de tiempo. Probablemente pensaron que Él había sido confundido. Finalmente, Él dice "El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra. . ." Acusados por su conciencia, sin honestidad y sin fe, ellos abandonan la escena de su confusión, separándose los unos de los otros, y cada cual ocupado de sí mismo, ocupándose del carácter no de la conciencia, y apartándose de Aquel que los había confutado; saliendo, en primer lugar, aquel que tenía la mejor reputación para salvar. ¡Qué dolorosa escena! ¡Qué palabra más poderosa! Jesús y la mujer son dejados juntos solos. ¿Quién puede permanecer sin culpa en Su presencia? Con respecto a la mujer, cuya culpa era conocida, Él no va más allá de la posición Judía, excepto para preservar los derechos de Su propia Persona en gracia.

9.4 - La gloria de la Luz

Esto no es lo mismo que en Lucas 7, el perdón plenario y la salvación. Los demás no podían condenarla - Él no lo haría. La deja ir y que no peque más. No es la gracia de la salvación la cual el Señor exhibe aquí. Él no juzga, Él no vino para esto; pero la eficacia del perdón no es el asunto de estos capítulos - se trata aquí de la gloria de Su Persona, en contraste con todo aquello que es de la ley. Él es la luz, y por el poder de Su Palabra Él entró como luz en la conciencia de aquellos que habían traído a la mujer.

9.5 - La Luz del mundo

Porque la Palabra era luz; pero eso no era todo. Viniendo al mundo, Él era (cap. 1 : 4-10) la luz. Ahora bien, era la vida que era la luz de los hombres. No era una ley que hacía demandas y condenaba; o esa vida prometida sobre la obediencia a sus preceptos. Era la vida misma que estaba allí en Su Persona, y esa vida era la luz de los hombres, convenciéndolos, y, quizás, juzgándolos; pero lo hacía como luz. Así, Jesús dice aquí - en contraste con la ley, aducida por aquellos que no podían permanecer ante la luz - "Yo soy la luz del mundo" (no meramente de los Judíos). Pues en este Evangelio tenemos lo que Cristo es esencialmente en Su Persona, ya sea como Dios, como el Hijo venido del Padre, o como el Hijo del Hombre - no lo que Dios era en los tratos especiales con los Judíos. A consecuencia de esto, Él era el objeto de la fe en Su Persona, no en los tratos dispensacionales. Aquel que le siguiera tendría la luz de la vida. Pero ella se hallaba en Él, en Su Persona. Y Él podía dar testimonio de Sí mismo, porque, aunque era un hombre allí, en este mundo, sabía de dónde había venido y a dónde iba. Era el Hijo, quien vino del Padre y volvía nuevamente a Él. Él lo sabía y era consciente de ello. Su testimonio, por lo tanto, no era el de una persona interesada de la que uno podría dudar en creer. Como prueba que este Hombre era Aquel quien Él decía ser, habían el testimonio del Hijo (el Suyo propio), y el testimonio del Padre. Si le hubieran conocido, habrían conocido al Padre.

9.6 - Oposición manifestada claramente; la liberación verdadera

En aquel tiempo - a pesar de un testimonio como éste - nadie puso las manos sobre Él. Su hora no había llegado aún. Sólo faltaba eso, pues la oposición de ellos hacia Dios era cierta, y conocida por Él. Esta oposición fue manifestada claramente (vers. 19-24); por consiguiente, si ellos no creían, morirían en sus pecados. Sin embargo, Él les dice que conocerían quién es Él cuando hubiera sido rechazado y levantado en la cruz, habiendo tomado una posición muy diferente como el Salvador, rechazado por el pueblo y desconocido por el mundo, y cuando ya no fuera presentado a ellos como tal, sabrían que Él era verdaderamente el Mesías, y que Él era el Hijo que les hablaba de parte del Padre. Hablando Él estas cosas, muchos creyeron en Él. Él les declara el efecto de la fe, lo cual brinda la ocasión para que la verdadera posición de los Judíos fuera manifestada con terrible precisión. Él declara que la verdad les haría libres, y que si el Hijo (quien es la verdad) les hacía libres, serían verdaderamente libres. La verdad libera moralmente ante Dios. El Hijo, en virtud de los derechos que eran necesariamente Suyos, y por la heredad de la casa, los situaría en ella conforme a esos derechos, y en el poder de la vida divina descendida del cielo - el Hijo de Dios con poder tal como lo manifestó la resurrección. En esto estaba la verdadera liberación.

9.7 - Siervos del pecado, no hijos de Dios

Resentidos por la idea de la esclavitud, la cual su orgullo no podía soportar, declaran ser libres y no haber sido nunca esclavos de nadie. En respuesta, el Señor muestra que aquellos que cometen pecado son siervos (esclavos) del pecado. Ahora bien, al estar bajo la ley, al ser Judíos, ellos eran siervos en la casa: tenían que ser despedidos. Pero el Hijo tenía derechos inalienables; Él era de la casa y moraría en ella para siempre. Bajo el pecado, y bajo la ley, lo mismo era para un hijo de Adán; él era un siervo. El apóstol muestra esto en Romanos 6 (comparen con los capítulos 7 y 8) y en Gálatas 4 y 5. Además, delante de Dios, ellos no eran verdaderamente, ni moralmente, los hijos de Abraham, aunque sí lo fueran según la carne, pues intentaron matar a Jesús. No eran hijos de Dios, puesto que si lo hubieran sido, habrían amado a Jesús, quien venía de Dios. Ellos eran los hijos del diablo y harían sus obras.

Observen aquí que, entender el significado de la palabra es la manera de entender la fuerza de las palabras. Uno no aprende la definición de las palabras y después las cosas; uno aprende las cosas, y después, el significado de las palabras se hace evidente.

9.8 - La revelación de que Dios estaba allí

Ellos comienzan a resistir el testimonio, conscientes de que Él se hacía más grande que todos aquellos de quienes habían aprendido. Ellos le injurian a causa de Sus palabras; y por su oposición el Señor se ve obligado a explicarse más claramente; hasta que, habiendo declarado que Abraham se regocijaba de ver Su día, aplicando esto los Judíos a Su edad como hombre, Él anuncia positivamente que Él es Aquel quien se llama a Sí mismo "Yo soy" - el nombre supremo de Dios, anuncia que Él mismo es Dios - Él a quien ellos pretendían conocer como Aquel se había revelado en la zarza.

¡Maravillosa revelación! Un hombre despreciado, rechazado, despreciado y rechazado por los hombres, contradicho, maltratado, con todo esto, era Dios quien estaba allí. ¡Qué hecho! ¡Qué cambio total! ¡Qué revelación para aquellos que le reconocían, o que le conocen! ¡Qué condición la de ellos al rechazarle, y eso porque sus corazones se oponían a todo lo que Él era, pues nunca dejó de manifestarse a Sí mismo! ¡Qué pensamiento, que Dios ha estado aquí! ¡La bondad misma! ¡Cómo desaparece todo delante de Él! - la ley, el hombre, sus razonamientos. Todo depende necesariamente de este gran hecho. Y, ¡bendito sea Su nombre! este Dios es un Salvador. El hecho de que nosotros conozcamos esto lo debemos a los sufrimientos de Cristo. Y noten aquí, cómo el poner a un lado las dispensaciones formales por parte de Dios, si es en verdad, es debido a la revelación de Sí mismo, e introduce, de este modo, una bendición infinitamente mayor.

9.9 - El carácter en el cual el Señor se presentó

Pero aquí, Él se presenta como el Testigo, el Verbo, el Verbo hecho carne, el Hijo de Dios, pero, no obstante, el Verbo, Dios mismo. En el relato al principio del capítulo, Él es un testimonio a la conciencia, el Verbo que escudriña y convence. En el versículo 18, Él da testimonio con el Padre. En el versículo 26, Él declara en el mundo aquello que Él ha recibido del Padre, y que Él ha hablado como enseñado por Dios. Además, el Padre estaba con Él. En los versículos 32, 33, la verdad era conocida por Su palabra, y la verdad los hacía libres. El versículo 47 dice que Él hablaba las palabras de Dios. En el versículo 58, quien hablaba era Dios, el Jehová que los padres conocían.

9.10 - La fuente y el carácter de la oposición a la verdad

La oposición surgió por ser esta la palabra de verdad (vers. 45). Los que se oponían eran del adversario. Éste era un homicida desde el principio, y ellos le seguirían; pero, así como la verdad era la fuente de la vida, de igual modo lo que caracterizaba al adversario era que no él permanecía en la verdad: no hay verdad en él. Él es el padre y la fuente de mentiras, de modo que, si alguien habla falsedad, el que habla es uno que pertenece a él. El pecado era servidumbre, y ellos se hallaban bajo servidumbre por la ley. (La Verdad, el Hijo, libertaba). Pero, más que eso, los Judíos eran enemigos, hijos del enemigo, y ellos harían sus obras, sin creer las palabras de Cristo porque Él hablaba la verdad. No hay ningún milagro aquí; es el poder del Verbo, y el Verbo de vida es Dios mismo; rechazado por los hombres, Él está, por así decirlo, obligado a hablar la verdad, a revelarse, oculto al instante y manifestado, como Él era en la carne - oculto en cuanto a Su gloria, manifestado en cuando a todo lo que Él es en Su Persona y en Su gracia.

10 - Capítulo 9

10.1 - El testimonio de las obras del Señor para que los hombres puedan verle

En el capítulo 9 llegamos al testimonio de Sus obras, pero aquí abajo como un hombre en humildad. No se trata del Hijo de Dios dando vida a quien quiere como el Padre, sino por la operación de Su gracia aquí abajo, el ojo abierto para ver al Hijo de Dios en el hombre humilde. En el capítulo 8 se trata de aquello que Él es para con los hombres; en el capítulo 9, se trata de aquello que Él hace en el hombre, para que el hombre pudiera verle. Así, le hallaremos presentado en Su carácter humano, y (el Verbo habiendo sido recibido) reconocido como el Hijo de Dios; y de esta manera el remanente es separado, las ovejas son restituidas al buen Pastor. Él es la luz del mundo mientras se halle en él; pero en donde, recibido por la gracia en Su humillación, Él comunicaba el poder para ver la luz, y para ver todas las cosas por medio de este poder.

Observen aquí, que cuando se trata del Verbo (la manifestación en testimonio de lo que Cristo es), el hombre se manifiesta tal como es en sí mismo, un hijo - en su naturaleza - del diablo, quien es un homicida y un mentiroso desde el principio, el enemigo inveterado de Aquel que puede decir "Yo soy." [36]

[36] El capítulo 8 es prácticamente el cap. 1:5; sólo que contiene, además de eso, enemistad, hostilidad contra Aquel que era luz.

Pero cuando el Señor obra, produce algo en el hombre que él antes no tenía. Le otorga vista, vinculándole así a Aquel que le capacitó para ver. El Señor no es aquí comprendido o manifestado aparentemente de un modo exaltado, porque Él desciende hasta las necesidades y circunstancias del hombre, a fin de que Él pueda ser conocido más de cerca; pero, como resultado, Él trae el alma al conocimiento de Su gloriosa Persona. Sólo que, en lugar de ser el Verbo y el testimonio - el Verbo de Dios - para mostrar como luz lo que el hombre es, Él es el Hijo, uno con el Padre [37] dando vida eterna a Sus ovejas y guardándolas en esta gracia para siempre. Porque, en cuanto a la bendición que fluye desde allí, y a la plena doctrina de Su verdadera posición con respecto a las ovejas en bendición, el capítulo 10 acompaña al capítulo 9. El capítulo 10 es la continuación del discurso comenzado al final del capítulo 9.

[37] Esta distinción de la gracia y la responsabilidad (en relación con los nombres Padre e Hijo, y Dios) ha sido ya considerada.

10.2 - El hombre nacido ciego; el poder del Espíritu y de la Palabra dando a conocer a Cristo

El capítulo 9 empieza con el caso de un hombre que hace surgir una pregunta de los discípulos, en relación con el gobierno de Dios en Israel. ¿Fue el pecado de sus padres el que trajo esta visitación sobre su hijo, conforme a los principios que Dios les había dado en Éxodo? ¿O era su propio pecado, conocido para Dios aunque no manifestado a los hombres, lo que le había procurado este juicio? El Señor contesta que la condición del hombre no dependía del gobierno de Dios con respecto al pecado suyo, ni el de sus padres. Su caso no era sino la miseria que daba lugar a la poderosa operación de Dios en gracia. Es el contraste que hemos estado viendo constantemente; pero aquí es a fin de presentar las obras de Dios.

Dios actúa. No se trata sólo de aquello que Él es, ni siquiera simplemente de un objeto de fe. La presencia de Jesús en la tierra hacía que fuese de día. Era, por lo tanto, el momento de obrar, de hacer las obras de Aquel que le envió. Pero Aquel que obra aquí, obra por medios que nos enseñan la unión que existe entre un objeto de fe y el poder de Dios, quien es el que obra. Él hace lodo con Su saliva y la tierra, y lo pone sobre los ojos del hombre que nació ciego. Como una figura, esto señalaba a la humanidad de Cristo en su humillación y humildad terrenales, presentada a los ojos de los hombres, pero con divina eficacia de vida en Él. ¿Vieron ellos algo más? Si esto hubiera sido posible, sus ojos eran los más completamente cerrados. Con todo, el objeto estaba allí; tocó los ojos de ellos, y ellos no podían verlo. El ciego, entonces, se lavó en el estanque llamado "Enviado", y se le permite ver claramente. El poder del Espíritu y de la Palabra, dando a conocer a Cristo como Aquel enviado por el Padre, le da la vista. Es la historia de la enseñanza divina en el corazón del hombre. Cristo, como hombre, nos toca. Nosotros somos absolutamente ciegos, no vemos nada. El Espíritu de Dios actúa, estando allí Cristo ante nuestros ojos; y vemos claramente.

10.3 - Hostilidad de los Judíos; decidiendo su suerte y juzgando su condición

El pueblo se asombra y no sabe qué pensar. Los Fariseos se oponen. De nuevo el día de reposo es el asunto de debate. Hallan (es la historia de siempre) buenas razones para condenar a Aquel que otorgó la vista, en su fingido celo por la gloria de Dios. Había una prueba positiva de que el hombre nació ciego, que ahora veía, que Jesús lo había hecho. Los padres testifican de lo único que por su parte merecía importancia. En cuanto a quién fue el que le había dado la vista, otros sabían más que ellos; pero sus temores salen a la luz evidenciando que era una cosa zanjada el hecho de que había que expulsar, no sólo a Jesús, sino a todos los que le confesaran. De esta manera, los líderes Judíos habían llevado la cuestión a un punto decisivo. Ellos no sólo rechazaron a Cristo, sino que expulsaron de los privilegios de Israel, en cuanto a su adoración común, a aquellos que le confesaban. La hostilidad de ellos distinguía al remanente manifestado y los ponía aparte; y ello, empleando la confesión de Cristo como piedra de toque. Esto era decidir su propia suerte, y juzgar su propia condición.

10.4 - El hombre que una vez fue ciego expulsado por los Judíos, pero hallado por el rechazado Hijo de Dios; los efectos

Observen que las pruebas aquí no sirvieron de nada; los Judíos, los padres, los Fariseos, las tenían ante sus ojos. La fe vino por medio de ser el sujeto personal de esta poderosa operación de Dios, quien abrió los ojos de los hombres a la gloria del Señor Jesús. No que el hombre lo comprendiera todo. Él percibe que tiene que ver con alguien enviado de Dios. Para él, Jesús era un profeta. Pero así el poder que Él manifestó al dar la vista a este hombre, le capacita para confiar en la palabra del Señor como divina. Habiendo llegado hasta allí, el resto es fácil; el pobre hombre es llevado más allá, y se halla sobre el terreno que le libera de todos sus anteriores prejuicios, y que da un valor a la Persona de Jesús, lo cual supera a toda las otras consideraciones. El Señor desarrolla esto en el próximo capítulo.

En verdad, los Judíos habían tomado ya la decisión. Ellos no tendrían nada que ver con Jesús. Estaban todos de acuerdo en expulsar a aquellos que creyeran en Él. Consecuentemente, habiendo comenzado el pobre hombre a razonar con ellos sobre la prueba existente en su propia persona de la misión del Salvador, le expulsaron. Echado fuera así, el Señor - rechazado antes que él - le encuentra y se le revela con Su nombre personal de gloria. "¿Crees tú en el Hijo de Dios?" El hombre somete esto a la Palabra de Jesús, la cual para él era la verdad divina; y Él se le anuncia como siendo el Hijo de Dios, y el hombre le adora.

De este modo, el efecto de Su poder era para cegar a aquellos que veían, quienes estaban llenos de su propia sabiduría, cuya luz era tinieblas; y para dar vista a aquellos que nacieron ciegos.

11 - Capítulo 10

11.1 - El Buen Pastor contrastado con los pastores de Israel

En el capítulo 10, Él se contrasta con todos aquellos que pretendían, o habían pretendido, ser pastores de Israel. Él desarrolla estos tres puntos: Él entra por la puerta; Él es la puerta; y Él es el Pastor de las ovejas - el buen Pastor.

11.2 - La entrada del Señor al redil; el Pastor verdadero

Él entra por la puerta. Es decir, Él se somete a todas las condiciones establecidas por Aquel que construye la casa. Cristo responde a todo lo que está escrito acerca del Mesías, y emprende la senda de la voluntad de Dios al presentarse al pueblo. No se trata de energía y poder humanos dando vida y atrayendo las pasiones de los hombres, sino del hombre obediente que se inclinaba a la voluntad de Jehová, guardaba el humilde lugar de un siervo, y vivía por cada palabra que procedía de la boca de Dios, que se inclinaba en humildad al lugar en el que el juicio de Jehová había puesto y había visto a Israel. Todas estas citas del Señor en Su conflicto con Satanás, son de Deuteronomio. Por consiguiente, Aquel que vela sobre las ovejas, Jehová, actuando en Israel por Su Espíritu y providencia, y ordenando todas las cosas, le da acceso a las ovejas a pesar de los Fariseos y sacerdotes, y de tantos otros. Los escogidos de Israel oyen Su voz. Ahora bien, Israel estaba bajo condenación; por lo tanto, Él saca fuera las ovejas, pero Él va delante de ellas. Él abandona el antiguo redil, bajo vituperio, sin duda, pero yendo delante de Sus ovejas, en obediencia conforme al poder de Dios - una seguridad para todo aquel que creía en Él, que era el camino derecho, una garantía para que le siguieran, aun a riesgo de todo, enfrentando cada peligro y mostrándoles el camino.

Las ovejas le siguen, pues ellas conocen Su voz. Hay muchas otras voces, pero las ovejas no las conocen. La seguridad de ellas no consiste en que conozcan todas las voces, sino en conocer que ellas no son la única voz que es vida para ellas - la voz de Jesús. Todas las otras son las voces de extraños.

11.3 - La Puerta para las ovejas

Él es la puerta para las ovejas. Él es su autoridad para salir, y su medio para entrar. Entrando, ellas son salvas. Entran y salen. Ya no es el yugo de las ordenanzas, el cual, al guardarlas de los de fuera, las mete en prisión. Las ovejas de Cristo son libres: su seguridad está en el cuidado personal del Pastor; y en esta libertad ellas se alimentan de los buenos y abundantes pastos proporcionados por Su amor. En una palabra, ya no es más el Judaísmo; es salvación, y libertad, y comida. El ladrón viene para obtener provecho de las ovejas, matándolas. Cristo vino para que tuvieran vida, y vida en abundancia; es decir, conforme al poder de esta vida en Jesús, el Hijo de Dios, quien pronto poseería esta vida (cuyo poder estaba en Su Persona) en resurrección después de la muerte.

11.4 - El Buen Pastor quien dio Su vida por las ovejas

El verdadero Pastor de Israel - al menos del remanente de las ovejas - la puerta para autorizar su salida del redil Judío, y admitirlas en los privilegios de Dios, dándoles vida de acuerdo a la abundancia en la cual Él era capaz de otorgarla - Él también se hallaba en especial relación con las ovejas puestas así aparte, el buen Pastor que dio así Su vida por las ovejas. Otros hubieran pensado en sí mismos, Él pensó en Sus ovejas. Las conocía, y ellas le conocían a Él, como el Padre le conocía y Él conocía al Padre. ¡Precioso principio! Ellos podrían haber entendido un conocimiento e interés terrenales de parte del Mesías en la tierra con respecto a Sus ovejas. Pero el Hijo, aunque entregó Su vida y estaba en el cielo, conoce a los Suyos, como el Padre le conocía cuando Él estaba en la tierra.

11.5 - Sus "otras ovejas"; un rebaño y un Pastor

De esta manera, Él puso Su vida por las ovejas; y tenía otras ovejas que no eran de este redil, y Su muerte intervino para la salvación de esas pobres ovejas Gentiles. Él las llamaría. Sin duda Él había dado Su vida por los Judíos también - por todas las ovejas en general, como tales (vers. 11). Pero Él no habla en forma diferente de los Gentiles hasta después que Él haya hablado de Su muerte. Él las traería también, y no habría más que un rebaño (no 'un redil', no hay ningún redil ahora) y un Pastor.

11.6 - El valor intrínseco de la muerte de Cristo a los ojos del Padre; Su poder único para poner Su vida y volverla a tomar

Ahora bien, esta doctrina enseña el rechazo de Israel, y el llamamiento a salir de los escogidos de entre el pueblo presenta la muerte de Jesús como siendo el efecto de Su amor por los Suyos, nos habla del conocimiento divino de Sus ovejas cuando Él estará lejos de ellas, así como del llamamiento de los Gentiles. La importancia de una enseñanza tal en ese momento es obvia. Su importancia, ¡gracias a Dios! no se ha perdido por el transcurso del tiempo, y no está limitada al hecho de un cambio de dispensación. Ella nos introduce dentro de las realidades sustanciales de la gracia relacionadas con la Persona de Cristo. Pero la muerte de Cristo fue más que amor por Sus ovejas. Tenía un valor intrínseco a los ojos del Padre. "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar." Él no dice aquí que la pone por Sus ovejas - es la cosa misma lo que está bien - agradando al Padre. Nosotros amamos porque Dios nos amó primero, pero Jesús, el Hijo divino, puede proveer motivos para el amor del Padre. Al poner Su vida, Él glorificó al Padre. La muerte era reconocida como el justo castigo por el pecado (siendo al mismo tiempo anulada ésta y aquel que tenía su imperio. Ver 2 Timoteo 1:10, Hebreos 2:14), y se introdujo la vida eterna como el fruto de la redención - la vida de parte de Dios. Aquí también los derechos de la Persona de Cristo son presentados. Nadie le quita Su vida: Él mismo la pone. Él tenía este poder (poseído por nadie más, verdadero solamente de Aquel que tenía derecho divino) para ponerla, y poder para volverla a tomar. Sin embargo, incluso en esto, Él no se apartó de la senda de obediencia. Él había recibido este mandamiento de Su Padre. Pero, ¿quién hubiera sido capaz de realizarlo sino Aquel que podía decir: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré"? [38]

[38] El amor y la obediencia son los principios gobernantes de la vida divina. Esto es develado en la primera epístola de Juan en cuanto a nosotros. Otra marca de esto en la criatura es la dependencia, y esto fue manifestado plenamente en Jesús como hombre.

11.7 - "No perecerán jamás": la gloria y el amor del Hijo y del Padre identificados con la seguridad de las ovejas

Ellos discuten lo que Él había estado diciendo. Había algunos quienes sólo veían en Él nada más que un hombre, y un hombre que insultaba a Dios. Otros, movidos por el poder del milagro que Él había llevado a cabo, sintieron que Sus palabras tenían un carácter diferente de aquella palabra producto de la locura. Hasta cierto punto, sus conciencias fueron alcanzadas. Los Judíos le rodean y le preguntan hasta cuándo los tendría en suspenso. Jesús responde que Él ya les había dicho; y que Sus obras daban testimonio de Él. Apela a los dos testimonios que hemos visto presentados en los capítulos anteriores (8 y 9); a saber, Su Palabra y Sus obras. Pero Él añade, que ellos no eran de Sus ovejas. Aprovecha entonces la ocasión, sin reparar en los prejuicios de ellos, para añadir algunas verdades preciosas respecto a Sus ovejas. Ellas oyen Su voz; Él las conoce; ellas le siguen; Él les da vida eterna; ellas nunca perecerán. Por un lado, no habrá ninguna pérdida de vida interior; por el otro, nadie las arrebatará de la mano del Salvador - la fuerza del exterior no vencerá el poder de Aquel que las guarda. Pero hay otra verdad y una infinitamente preciosa que el Señor en Su amor nos revela. El Padre nos ha dado a Jesús, y Él es mayor que todos los que intentarán arrebatarnos de Su mano. Y Jesús y el Padre son uno. ¡Preciosa enseñanza! en la cual la gloria de la Persona del Hijo de Dios se identifica con la seguridad de Sus ovejas, con la altura y profundidad del amor del cual ellas son los objetos. Aquí no es un testimonio que, completamente divino, presenta lo que el hombre es. Se trata de la obra y el amor eficaz del Hijo, y al mismo tiempo el del Padre. No es el "Yo soy", sino "Yo y el Padre uno somos." Si el Hijo ha consumado la obra y tiene cuidado de las ovejas, fue el Padre quien se las dio. El Cristo puede realizar una obra divina, y proporcionar un motivo para el amor del Padre, pero fue el Padre quien se la dio a hacer a Él. El amor de ambos para con las ovejas es uno, así como los que muestran ese amor son uno.

11.8 - Los asuntos de los capítulos 8 al 10

El capítulo 8, por lo tanto, es la manifestación de Dios en testimonio, y como luz; los capítulos 9 y 10, hablan de la gracia eficaz que junta a las ovejas bajo el cuidado del Hijo, y del amor del Padre. Juan habla de Dios cuando habla de una naturaleza santa, y de la responsabilidad del hombre - habla del Padre y del Hijo, cuando habla de la gracia en relación con el pueblo de Dios.

Observen que el lobo podrá venir y arrebatar [39] las ovejas si los pastores son asalariados; pero él no puede arrebatarlas de las manos del Salvador.

[39] Las palabras del verbo 'arrebatar' utilizadas en los versículos 13, 28 y 29 son las mismas en el original.

11.9 - Rechazo activo del Señor; Israel abandonado definitivamente por Él

Al final del capítulo, habiendo tomado los Judíos piedras para apedrearle, por haberse hecho igual a Dios, el Señor no hace ningún intento para demostrarles la verdad de aquello que Él es, sino que les muestra que, conforme a sus propios principios y el testimonio de las Escrituras, ellos estaban equivocados en este caso. Él apela nuevamente a Sus propias palabras y obras, probando que Él estaba en el Padre y el Padre en Él. Nuevamente ellos toman piedras, y Jesús los abandona definitivamente. Todo había terminado con Israel.

12 - Capítulo 11

12.1 - La muerte de Lázaro; el verdadero estado del hombre; se le permite al mal continuar hasta el final

Llegamos ahora al testimonio que el Padre rinde a Jesús en respuesta a Su rechazo. En este capítulo, el poder de resurrección y de vida en Su propia Persona son presentados a la fe [40].

[40] Es muy notable ver al Señor en la humildad del servicio obediente, permitiendo que el mal tenga su medida plena en el fracaso del hombre (la muerte) y en el poder de Satanás, hasta que la voluntad de Su Padre le llamó a enfrentarlo. En tal caso ningún peligro pone obstáculos, y entonces Él es la resurrección y la vida en presencia y poder personales, y después Él se entrega - como tal - hasta la muerte por nosotros.

No se trata aquí simplemente de que Él sea rechazado: el hombre es considerado como muerto, e Israel también. Porque se trata del hombre en la persona de Lázaro. Esta familia fue bendecida; recibió al Señor en su seno. Lázaro cayó enfermo. Todos los afectos humanos del Señor se involucrarían de manera natural. Marta y María sintieron esto, y le envían la noticia de que aquel a quien Él amaba estaba enfermo. Pero Jesús permanece donde está. Él podría haber dicho la palabra, como en el caso del centurión, y de la niña enferma al comienzo de este Evangelio. Pero no lo hizo. Él había manifestado Su poder y Su bondad sanando al hombre tal como se le halló en esta tierra, y librándole del enemigo, y eso en medio de Israel. Pero éste no era Su objetivo aquí - lejos de ello - o los límites de aquello que Él vino a hacer. Era una cuestión de otorgar vida, o de resucitar aquello que ante Dios estaba muerto. Éste era el verdadero estado de Israel; era el estado del hombre. Por consiguiente, Él permite que la condición del hombre bajo el peso del pecado continúe y se manifieste en toda la intensidad de sus efectos aquí abajo, y permite al enemigo ejercer su poder hasta el fin. Nada quedaba sino el juicio de Dios; y la muerte, en sí misma, declaraba al hombre culpable de pecado mientras le conducía al juicio. El enfermo puede ser sanado - pero no hay remedio para la muerte. Todo está terminado para el hombre, como hombre aquí abajo. No queda nada sino el juicio de Dios. Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio. (Hebreos 9:27). El Señor, por consiguiente, no sana en este caso. Permite que el mal siga hasta el final - hasta la muerte. Ese era el verdadero lugar del hombre. Una vez que Lázaro se duerme, Él va para despertarle. Los discípulos temen a los Judíos, y con razón. Pero el Señor, habiendo esperado la voluntad de Su Padre, no teme cumplirla. Para Él era de día.

De hecho, cualquiera que fuese Su amor por la nación, Él debía dejarla morir (en realidad, estaba muerta) y esperar el tiempo establecido por Dios para resucitarla. Si Él debe morir para cumplir esto, Él se encomienda a Su Padre.

12.2 - La muerte de Lázaro no es impedida; se muestra que Cristo, quien murió, es la resurrección y la vida

Pero, prosigamos a las profundidades de esta doctrina. La muerte se había introducido; tenía que tener su efecto. El hombre está realmente muerto delante de Dios; pero Dios viene en gracia. Dos cosas son presentadas en nuestra historia. Él podía haber sanado. Ni la fe ni la esperanza de Marta, de María, ni de los Judíos, fueron más allá. Solamente Marta reconocía que, como el Mesías, favorecido por Dios, Él obtendría de Dios cualquier cosa que le pidiera. Pero Él no había impedido la muerte de Lázaro. Lo había hecho tantas veces, incluso para los extranjeros, y para quienes lo desearon. En segundo lugar, Marta sabía que su hermano resucitaría en el día postrero; y aunque era cierto, esta verdad de poco servía. ¿Quién respondería por el hombre, muerto por el juicio sobre el pecado? Resucitar y comparecer ante Dios no era una respuesta a la muerte introducida por el pecado. Las dos cosas eran verdad. Cristo había liberado a menudo al hombre mortal de sus sufrimientos en la carne, y habrá una resurrección en el día postrero. Pero estas cosas carecían de valor en presencia de la muerte. No obstante, Cristo estaba allí; y Él es ¡gracias a Dios! la resurrección y la vida. Estando muerto el hombre, la resurrección viene primero. Pero Jesús es la resurrección y la vida en el poder actual de una vida divina. Y observen que la vida, venida por la resurrección, libera de todo aquello que la muerte implica, y deja atrás [41] el pecado, la muerte, todo lo que pertenece a la vida que el hombre ha perdido.

[41] Cristo tomó vida humana en gracia y sin pecado; y como vivo en esta vida, Él llevó el pecado. El pecado pertenece, por así decirlo, a esta vida en la cual Cristo no conoció pecado, pero fue hecho pecado por nosotros. Pero Él muere - Él deja esta vida. Él está muerto al pecado; Él acabó con el pecado habiendo acabado con la vida a la cual el pecado pertenecía, no en Él, de hecho, sino en nosotros, y vivo en la que Él fue hecho pecado por nosotros. Resucitado por el poder de Dios, Él vive en una condición nueva, en la que el pecado no puede entrar, al haber sido dejado atrás en la vida que Cristo abandonó. La fe nos introduce en ella por gracia.

Se ha pretendido que estos pensamientos afectan a la vida divina y eterna, la cual estaba en Cristo. Pero todo esto es especulativo y una malvada especulación. Incluso en un pecador no convertido, el morir o el poner la vida no tiene nada que ver con que deje de existir la vida que se halla dentro del hombre. Todos viven para Dios, y la vida divina en Cristo nunca podría cesar o ser cambiada. Él nunca puso esa vida, sino que con el poder de ésta, Él puso Su la vida tal como la poseía como hombre aquí, para tomarla de una manera totalmente nueva, en resurrección más allá de la tumba. La especulación es una especulación muy maliciosa. En esta edición, no he cambiado nada en esta nota, pero he añadido unas pocas palabras esperando que ésta pueda ser clara para todos. La doctrina misma es una verdad vital. En el texto he suprimido o alterado una parte por otra razón, a saber, porque se producía confusión entre el poder divino de vida en Cristo, y Dios resucitándole, visto como un hombre muerto desde la tumba. Ambas cosas son ciertas y lo son benditamente, pero son diferentes y se confundían aquí al juntarse. En Efesios, Cristo como hombre es resucitado por Dios. En Juan, es el poder divino y vivificante en Él.

Cristo, habiendo muerto por nuestros pecados, ha llevado el castigo de ellos - llevó los pecados. Él murió. Todo el poder del enemigo, todo su efecto sobre el hombre mortal, todo el juicio de Dios, Él lo llevó todo y salió de ello, en el poder de una nueva vida en resurrección, la cual nos es impartida; de manera que estamos vivos en espíritu de entre los muertos, como Él está vivo de entre los muertos. El pecado (habiendo sido Él hecho pecado, y llevando nuestros pecados en Su propio cuerpo en el madero), la muerte, el poder de Satanás, el juicio de Dios, se pasa a través de todas estas cosas y son todas dejadas atrás, y el hombre está en un estado completamente nuevo, en incorrupción. Será cierto de nosotros, si morimos (pues no todos moriremos), en cuanto al cuerpo, o, siendo transformados, si no morimos. Pero en la comunicación de Su vida, la vida de quien ha resucitado de entre los muertos, Dios nos ha dado vida con Él, habiéndonos perdonado todas nuestras ofensas.

12.3 - Vida comunicada por Cristo al creyente; la muerte no puede subsistir ante Él

Jesús manifestó aquí Su propio poder divino a este efecto; el Hijo de Dios fue glorificado en ello, pues sabemos que Él no había muerto aún por el pecado; pero fue este mismo poder en Él el que se manifestó [42]. El creyente, incluso estando muerto, resucitará de nuevo; y los vivos que creen en Él no morirán. Cristo ha vencido la muerte; el poder para hacer esto estaba en Su Persona, y el Padre dio testimonio de Él acerca de esto. ¿Están vivos algunos de los Suyos cuando el Señor ejerce este poder? Ellos nunca morirán - la muerte no existe más en Su presencia. ¿Ha muerto alguno antes de que Él lo ejerza? Ellos vivirán - la muerte no puede subsistir delante de Él. Todo el efecto del pecado sobre el hombre es destruido completamente por la resurrección, contemplada como el poder de vida en Cristo. Esto se refiere, por supuesto, a los santos, a quienes la vida es comunicada. El mismo poder divino es, sin duda, ejercido en cuanto a los impíos; pero no se trata de la comunicación de vida de parte de Cristo, ni de ser resucitados con Él, como es evidente [43].

[42] La resurrección tiene un carácter doble: el poder divino, que Él podía ejercer y ejerció en cuanto a Él mismo (cap. 2:19); y aquí, en cuanto a Lázaro, siendo ambos ejemplos la prueba de filiación divina; y la liberación de un hombre muerto de su estado de muerte. Así, Dios resucitó a Cristo de entre los muertos, de igual modo Cristo resucita aquí a Lázaro. En la resurrección de Cristo, ambas cosas estaban unidas en Su propia Persona. Aquí, por supuesto, estaban separadas. Pero Cristo tiene vida en Sí mismo y eso, en poder divino. Pero Él puso Su vida en gracia. Somos vivificados juntamente con Él en Efesios 2. Pero parece que no se dice que Él fue vivificado, cuando se habla de Él solo en el capítulo 1.

[43] La especulación a la cual me he referido en la nota 41 da su sanción (con mucha ignorancia, lo admito de buena gana) a la perniciosa doctrina de la aniquilación, como si el poner la vida, o la muerte, esto es, el final de la vida natural, fuese el cese de la existencia. Hago notar esto, porque esta forma de mala doctrina es muy corriente en nuestros días. Subvierte la sustancia entera del Cristianismo.

12.4 - La muerte, el fin de la vida natural; la resurrección, el fin de la muerte

Cristo ejerció este poder en obediencia y en dependencia de Su Padre, porque Él era hombre, caminando delante Dios para hacer Su voluntad; pero Él es la resurrección y la vida. Él ha traído el poder de la vida divina en medio de la muerte; y la muerte es aniquilada por este poder, pues en la vida la muerte deja de existir. La muerte era el fin de la vida natural para el hombre pecador. La resurrección es el fin de la muerte, la cual, de esta manera, ya no tiene nada en nosotros. Es para ventaja nuestra que, habiendo hecho todo lo que podía, la muerte está acabada. Vivimos en la vida [44] que le puso término. Salimos de todo lo aquello que podía estar relacionado con una vida que ya no existe. ¡Qué liberación! Cristo es este poder. Él llegó a ser esto para nosotros en su plena manifestación y ejercicio en Su resurrección.

[44] Observen el sentido que el apóstol tenía del poder de esta vida, cuando dice, "Para que lo mortal sea absorbido por la vida." (2 Corintios 5:4). Consideren, en este punto de vista, los primeros cinco capítulos de 2 Corintios.

12.5 - La necesidad y el dolor de Marta y María; la compasión del Señor

Marta, aunque que le amaba y creía en Él, no entiende esto; y llama a María, sintiendo que su hermana entendería mejor al Señor. Hablaremos un poco de estas dos mujeres inmediatamente. María, quien esperaba el propio llamamiento del Señor dirigido a ella, dejando, modestamente aunque con pesar, que Él tomara la iniciativa, creyendo así que el Señor la había llamado, va directamente a Él. Los Judíos, Marta y María, todos habían visto milagros y sanidades que habían detenido el poder de la muerte. Todos ellos se refieren a esto. Pero aquí, la vida había cesado. ¿Qué podría ser de ayuda ahora? Si Él hubiera estado allí, ellos podrían haber contado con Su amor y poder. María se postra a Sus pies llorando. Sobre el punto del poder de la resurrección, ella no entendía más que Marta; pero su corazón se funde bajo el sentido de la muerte en la presencia de Aquel que tenía vida. Lo que ella pronuncia es más una expresión de necesidad y dolor que una queja. Los Judíos también lloraron: el poder de la muerte estaba sobre sus corazones. Jesús entra compasivo en ello. Él estaba conmovido en espíritu. Él gime ante Dios (Marcos 7:34), Él llora con el hombre; pero Sus lágrimas se vuelven un gemido que, aunque inarticulado, era el peso de la muerte, sentido con compasión, y presentado a Dios mediante este gemido de amor que comprendía plenamente la verdad; y ello en amor para aquellos que estaban sufriendo el mal que expresaba Su gemido.

12.6 - La necesidad trae el poder del Señor para satisfacerla

Él llevó la muerte ante Dios en Su espíritu como la miseria del hombre - el yugo del cual el hombre no podía liberarse; y Él es oído. La necesidad hace actuar este poder. No era ahora Su parte la de explicar pacientemente a Marta lo que Él era. Él siente y actúa sobre la necesidad que María había expresado, siendo abierto su corazón por la gracia que estaba en Él.

12.7 - La compasión del hombre; el poder de vida ejercido por el Hijo de Dios

El hombre se puede compadecer: es la expresión de su impotencia. Jesús penetra en la aflicción del hombre mortal, se coloca bajo la carga de la muerte que pesa sobre el hombre (y eso lo hace más a fondo de lo que el hombre mismo puede hacer), pero Él la quita junto con su causa. Él hace más que quitarla; Él introduce el poder que es capaz de quitarla. Ésta es la gloria de Dios. Cuando Cristo está presente, si nosotros morimos, no lo morimos por la muerte, sino por la vida: nosotros morimos para que podamos vivir en la vida de Dios, en lugar de en la vida del hombre. ¿Y por cuál motivo? Para que el Hijo de Dios pueda ser glorificado. La muerte entró por el pecado; y el hombre está bajo el poder de la muerte. Pero esto sólo ha dado lugar a que nosotros poseamos la vida conforme al segundo Adán, el Hijo de Dios, y no conforme al primer Adán, el hombre pecador. Esto es gracia. Dios es glorificado en esta obra de gracia, y es el Hijo de Dios cuya gloria resplandece intensamente en esta obra divina.

12.8 - Marta y María y lo que las caracterizó; María a los pies de Jesús

Y, observen, que esto no es la gracia ofrecida en testimonio, es el ejercicio del poder de vida. La corrupción no es ningún obstáculo para Dios. ¿Por qué vino Cristo? Para traer las palabras de vida eterna al hombre muerto. Ahora bien, María se nutrió de esas palabras. Marta servía - preocupaba su corazón con muchas cosas. Ella creía, ella amaba a Jesús, le recibió en su casa: el Señor la amaba. María le escuchaba: esto es para lo que Él vino; y Él justificó a María por ello. La buena parte que había escogido no le sería quitada.

Cuando llega el Señor, Marta, por su propia voluntad, le sale al encuentro. Ella se retira cuando Jesús le habla del poder presente de vida. Nos sentimos incómodos cuando, aunque Cristianos, nos sentimos incapaces de comprender el significado de las palabras del Señor, o lo que Su pueblo nos dice a nosotros. Marta sintió que ésta era más bien la parte de María que la suya. Se va y llama a su hermana, diciendo que el Maestro (Aquel que enseñaba - observen este el nombre con que ella le llama) había venido, y la llamaba. Fue su propia conciencia lo que fue para ella la voz de Cristo. María se levanta instantáneamente y acude a Él. Ella no entendía más que Marta. Su corazón derrama su necesidad a los pies de Jesús, donde había escuchado Sus palabras y había adquirido el conocimiento de Su amor y Su gracia; y Jesús pregunta por el camino a la tumba. Para Marta, siempre ocupada con las circunstancias, su hermano ya hedía.

12.9 - La familia en Betania

Después (Marta servía, y Lázaro estaba presente), María unge al Señor, con un sentido instintivo de lo que estaba sucediendo; pues ellos estaban resolviendo en consejo darle muerte. El corazón de ella, enseñado por el amor al Señor, sintió la enemistad de los Judíos; y su afecto, estimulado por una profunda gratitud, emplea en Él la cosa más costosa que tenía. Aquellos que estaban presentes la increpan; Jesús toma nuevamente su parte. Esto podía no ser razonable, pero ella había comprendido su posición. ¡Qué lección! ¡Qué familia bendecida era ésta de Betania, en la que el corazón de Jesús halló (hasta donde se podía hallar en esta tierra) un alivio que Su amor aceptó! ¡Con qué amor tenemos que ver nosotros! ¡Lamentablemente, con qué odio también! pues vemos en este Evangelio la terrible oposición entre el hombre y Dios.

12.10 - El testimonio de Dios de Su gracia depositado sobre Sus siervos más débiles: Tomás, Marcos y Bernabé

Hay un punto interesante a ser notado aquí, antes de seguir adelante. El Espíritu Santo ha registrado un incidente, en el cual la momentánea pero culpable incredulidad de Tomás fue cubierta por la gracia del Señor. Era necesario relatarlo; pero el Espíritu Santo se ha tomado el cuidado de mostrarnos que Tomás amaba al Señor, y estaba preparado, de corazón, para morir con Él (versículo 16). Tenemos otros ejemplos de la misma clase. Pablo dice: "Toma a Marcos, y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio." (2 Timoteo 4:11). ¡Pobre Marcos! esto fue necesario a causa de lo que sucedió en Perge. Bernabé tuvo también el mismo lugar en el afecto y en el recuerdo del apóstol. Nosotros somos débiles: Dios no oculta esto de nosotros; pero Él deposita el testimonio de Su gracia en los más febles de Sus siervos.

12.11 - La muerte de Jesús propuesta por el sumo sacerdote; el Señor tranquilamente en su lugar de servicio

Pero continuemos. Caifás, el principal de los Judíos, como sumo sacerdote, propone la muerte de Jesús, porque había devuelto a Lázaro a la vida. Y desde aquel día ellos conspiran contra Él. Jesús los deja hacer. Él vino para dar Su vida en rescate por muchos. Prosigue hasta cumplir la obra que Su amor había emprendido, en conformidad con la voluntad de Su Padre, cualesquiera que fuesen las artimañas y la malicia de los hombres. La obra de vida y de muerte, de Satanás y de Dios, estaban cara a cara. Pero los consejos de Dios se estaban cumpliendo en gracia, cualesquiera que fuesen los medios. Jesús se consagra a la obra por medio de la cual estos consejos se iban a cumplir. Habiendo mostrado el poder de resurrección y de vida en Sí mismo, Él está nuevamente, cuando llega el momento, tranquilamente en el lugar donde Su servicio le conducía; pero ya no va al templo de la misma manera que antes. En efecto, Él va hasta allí; pero la cuestión entre Dios y el hombre ya estaba moralmente zanjada.

13 - Capítulo 12

13.1 - La familia de Betania: una muestra de las tres clases diferentes del remanente verdadero

Su lugar está ahora con el remanente, donde Su corazón halló descanso - la casa de Betania. Tenemos, en esta familia, un ejemplo del verdadero remanente de Israel, tres casos diferentes con respecto a la posición de ellos ante Dios. Marta tenía fe la cual, sin duda, la ligaba a Cristo, pero que no iba más allá de lo que se necesitaba para el reino. Aquellos que serán guardados para la tierra en los últimos tiempos, tendrán la misma. Su fe reconocerá finalmente a Cristo el Hijo de Dios. Lázaro estaba allí, viviendo por ese poder que podría haber resucitado también a todos los santos muertos del mismo modo [45], los cuales, por gracia, en el día postrero, harán un llamamiento a Israel, moralmente, desde su estado de muerte. En una palabra, hallamos al remanente, el cual no morirá, guardado por la verdadera fe (pero fe en un Salvador vivo, que liberaría a Israel), y a aquellos que serán traídos de regreso de entre los muertos, para disfrutar del reino. Marta servía; Jesús está en compañía de ellos; Lázaro está sentado a la mesa con Él.

[45] Yo hablo solamente del poder necesario para producir este efecto; pues, a decir verdad, la condición pecadora del hombre, ya sea Judío o Gentil, requería expiación; y no habría habido santos a quienes llamar de entre los muertos, si la gracia de Dios no hubiera actuado en virtud, y en vista, de esa expiación. Hablo meramente del poder que habitaba en la Persona de Cristo, el cual venció todo el poder de la muerte, la cual no podía hacer nada contra el Hijo de Dios. Pero la condición del hombre, que hizo necesaria la muerte de Cristo, fue sólo demostrada por Su rechazo, lo cual probó que todos los medios eran inútiles para traer al hombre, tal como era, de vuelta a Dios.

13.2 - María y su verdadera apreciación de Cristo; el recuerdo lleno de gracia de Dios para con ella

Pero estaba allí también la representante de otra clase. María, quien había bebido de la fuente de la verdad, y había recibido esa agua viva en su corazón, había entendido que había algo más que la esperanza y la bendición de Israel - a saber, Jesús mismo. Ella hace aquello que es apropiado para Jesús en Su rechazo - para Aquel que es la resurrección, antes de que Él sea nuestra vida. El corazón de María la asocia con aquel acto de Él, y ella le unge para Su sepultura. Para ella es Jesús mismo quien está en consideración - y Jesús rechazado; y la fe se posiciona en aquello que era la simiente de la asamblea, todavía oculta en el suelo de Israel y de este mundo, pero la cual, en la resurrección, saldría en toda la belleza de la vida de Dios - de la vida eterna. Es una fe que se emplea en Él, en Su cuerpo, en el que Él estaba a punto de experimentar el castigo del pecado para nuestra salvación. El egoísmo de la incredulidad, descubriendo su pecado en su desprecio por Cristo, y en su indiferencia, ofrece al Señor la ocasión para unir su verdadero valor a esta acción de Su amada discípula. El hecho de que ella le ungiese Sus pies es señalado aquí, mostrando que todo lo que era de Cristo, lo que Cristo era, tenía para ella un valor que le impedía considerar cualquier otra cosa. Ésta es una buena apreciación de Cristo. La fe que conoce Su amor que sobrepasa el entendimiento - esta clase de fe es un olor grato en toda la casa. Y Dios lo recuerda conforme a Su gracia. Jesús la comprendió: eso era todo cuanto ella quería. Él la justifica: ¿quién se levantaría contra ella? Esta escena concluye, y se reanuda el curso de los acontecimientos.

13.3 - Rechazo deliberado del Rey de Israel, el verdadero Hijo de David

La enemistad de los Judíos (¡y lamentablemente! la del corazón del hombre, abandonado así a sí mismo, y, consecuentemente, al enemigo que es un homicida por naturaleza y enemigo de Dios - un enemigo al cual nada meramente humano puede subyugar) de buena gana daría muerte también a Lázaro. El hombre es realmente capaz de esto: pero ¿capaz de qué? Todo cede ante el odio, a esta clase de odio hacia Dios que se manifiesta. Pero que se manifestase este odio era, de hecho, algo inconcebible. Ellos debían ahora creer en Jesús o rechazarle, pues Su poder era tan evidente que debían hacer lo uno o lo otro - un hombre públicamente resucitado de entre los muertos después de cuatro días, y vivo entre el pueblo, no dejaba ya ninguna posibilidad de indecisión. Jesús lo sabía divinamente. Él se presenta como Rey de Israel para afirmar Sus derechos y para ofrecer salvación y la gloria prometida al pueblo y a Jerusalén [46]. El pueblo comprende esto. Debe ser un rechazo deliberado, así como los Fariseos eran bien conscientes. Pero la hora había llegado; y aunque ellos no podían hacer nada, pues el mundo se iba tras Él, Jesús fue muerto. Él "se dio a sí mismo."

[46] En este Evangelio, lo que dio ocasión a la reunión de la multitud para encontrar y acompañar a Jesús, fue la resurrección de Lázaro - el testimonio de que Él es el Hijo de Dios.

13.4 - Jesús tomando Su lugar como el Hijo del Hombre

El segundo testimonio de Dios acerca de Cristo le ha sido dado ahora, como el verdadero Hijo de David. Se había dado testimonio de Él como Hijo de Dios al resucitar a Lázaro (cap. 11:4), y como Hijo de David, al entrar en Jerusalén montado sobre un pollino de asna. Había aún otro título para ser reconocido. Como Hijo del Hombre Él va a poseer todos los reinos de la tierra. Los griegos [47] acuden (pues Su fama se había extendido), y desean verle. Jesús dice, "Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado." Pero ahora Él regresa a los pensamientos de los cuales el ungüento de María era la expresión de Su corazón. Él debería haber sido recibido como Hijo de David; pero, al tomar Su lugar como Hijo del Hombre, una cosa muy diferente se abre necesariamente ante Él. ¿Cómo podía ser Él el Hijo del Hombre, viniendo en las nubes del cielo para tomar posesión de todas las cosas conforme a los consejos de Dios, sin morir? Si Su servicio humano en la tierra hubiese concluido, y Él se hubiera marchado libre, llamando, de ser necesario, a doce legiones de ángeles, nadie habría tenido parte con Él: habría permanecido solo. "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto." Si Cristo toma Su gloria celestial, y no está solo en ella, Él muere para obtenerla y para traer con Él las almas que Dios le ha dado. De hecho, la hora había llegado: no podía demorarse más. Todo estaba ahora listo para el final de la prueba de este mundo, del hombre, de Israel; y, sobre todo, los consejos de Dios estaban siendo cumplidos.

[47] Griegos propiamente hablando: no Helenistas, es decir, Judíos que hablaban la lengua Griega y que pertenecían a países extranjeros, formando parte de la dispersión.

13.5 - El grano de trigo; la necesidad de la muerte del Señor

Exteriormente, todo era un testimonio de Su gloria. Entró en Jerusalén triunfante - proclamándole Rey la multitud. ¿Y en qué estaban los romanos? Estaban en silencio delante de Dios. Los griegos vinieron a buscarle. Todo está preparado para la gloria del Hijo del Hombre. Pero el corazón de Jesús sabía bien que para esta gloria - para la consumación de la obra de Dios, para que Él tuviera a un ser humano estando con Él en la gloria, para que el granero de Dios fuese llenado conforme a los consejos de Su gracia - Él debía morir. No había ningún otro camino para que las almas culpables viniesen a Dios. Aquello que el afecto de María previó, Jesús lo conoce conforme a la verdad, y conforme a la mente de Dios Él lo siente y se somete a ello. Y el Padre responde en este momento solemne, dando testimonio, al mismo tiempo, del efecto glorioso de aquello que Su majestad soberana requería - majestad que Jesús glorificó plenamente mediante Su obediencia; y ¿quién podía hacer esto, excepto Aquel que, por esa obediencia, introdujo el amor y el poder de Dios capaz de cumplirlo?

13.6 - Servir y seguir; amar la vida propia, es perderla; aborrecerla, es guardarla

En lo que sigue a continuación, el Señor presenta un gran principio relacionado con la verdad contenida en Su sacrificio. No había vínculo entre la vida natural del hombre y Dios. Si en el hombre Cristo Jesús había una vida en completa armonía con Dios, era absolutamente necesario que Él la pusiera a causa de esta condición de hombre. Siendo de Dios, Él no podía permanecer en relación con el hombre. El hombre no lo habría tolerado. Jesús más bien moriría antes que no cumplir Su servicio glorificando a Dios - antes que no ser obediente hasta el fin. Pero si alguien amaba su vida en este mundo, éste la perdía, pues esa vida no estaba en relación con Dios. Si alguien, por gracia, la aborrecía - separado de corazón de este principio de enajenación de Dios, y entregaba su vida a Él, éste la poseería en el nuevo y eterno estado. Por consiguiente, servir a Jesús era seguirle; y a donde Él iba, allí estaría Su siervo. Aquí, el resultado de la asociación del corazón con Jesús, demostrado al seguirle, va más allá de este mundo, como Él de hecho lo estaba haciendo, y de las bendiciones del Mesías, hacia la gloria eterna y celestial de Cristo. Si alguien le servía, el Padre lo recordaría y le honraría. Todo esto se dice en vista de Su muerte, cuyo pensamiento acude a Su mente; y Su alma se turba. Y en el justo temor de esa hora que, en sí misma, es el juicio divino, y el fin del hombre tal como Dios lo creó aquí, Él pide a Dios que le libre de esa hora, "¡Ahora está turbada mi ama! ¿y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! mas por esto mismo vine a esta hora." (Juan 12:27 - Versión Moderna). Y, ciertamente, Él había venido - no para ser entonces el Mesías (aunque lo era), no para tomar entonces el reino (aunque estaba en Su derecho); sino que Él había venido para esta hora misma - y para que al morir glorificase a Su Padre. Esto es lo que Él desea, implicase lo que implicase. "Padre, glorifica tu nombre", es Su única oración. Esto es perfección - Él siente lo que la muerte es: no habría habido sacrificio si Él no lo hubiera sentido. Pero mientras lo sentía, Su único deseo era glorificar a Su Padre. Si a Él esto le iba a costar todo, la obra era proporcionalmente perfecta.

13.7 - El nombre del Padre glorificado en la resurrección

Perfecto en este deseo, y hasta la muerte, el Padre no podía por menos que responderle, y en Su respuesta, según me parece, el Padre anuncia la resurrección. ¡Pero qué gracia, qué maravilla, ser admitido en tales comunicaciones! El corazón queda absorto, mientras es llenado de adoración y de gracia, al contemplar la perfección de Jesús, el Hijo de Dios, hasta la muerte; es decir, perfección absoluta; y al verle, con el pleno sentido de lo que la muerte era, buscando la sola gloria del Padre; y al contemplar al Padre respondiendo - una respuesta moralmente necesaria para este sacrificio del Hijo, y para Su propia gloria. De este modo, Él dijo: "Ya lo he glorificado, y otra vez lo glorificaré." (Juan 12:28 - Versión Moderna). Yo creo que Él lo había glorificado en la resurrección de Lázaro [48]. Él lo iba a hacer nuevamente en la resurrección de Cristo - una resurrección gloriosa que, en sí misma, implicaba la nuestra; como había dicho el Señor, sin mencionar a los Suyos.

[48] La resurrección corresponde a la condición de Cristo. Lázaro fue resucitado mientras Cristo estaba viviendo aquí en la carne, y Lázaro es resucitado a la vida en la carne. Cuando Cristo en gloria nos resucite, Él nos resucitará en gloria. E incluso ahora que Cristo está escondido en Dios, nuestra vida está escondida con Él allí.

13.8 - La gloria venidera del Hijo del Hombre y las verdades relacionadas con ella

Observemos ahora la relación de las verdades sobre las que se ha hablado en este notable pasaje. La hora había llegado para la gloria del Hijo del Hombre. Pero, para esto, se necesitaba que el grano precioso de trigo cayera en la tierra y muriera; de lo contrario, quedaría solo. Éste era el principio universal. La vida natural de este mundo en nosotros no tenía parte con Dios. Jesús debía ser seguido. Así deberíamos nosotros estar con Él: esto era servirle. Así también deberíamos nosotros ser honrados por el Padre. Cristo, por Sí mismo, contempla el rostro de la muerte, y siente toda su significación. No obstante, Él se entrega a una única cosa - la gloria de Su Padre. El Padre le responde en esto. Su deseo sería cumplido. Él no iba a quedar sin una respuesta a Su perfección. El pueblo oye esto como la voz del Señor Dios, como se describe en los Salmos. Cristo (quien, en todo esto, se había puesto totalmente a un lado, había hablado sólo de la gloria de Sus seguidores, y de Su Padre) declara que esta voz vino a causa del pueblo, a fin de que pudieran entender que Él estaba allí para salvación de ellos. Entonces, se abre allí ante Él, no la gloria futura, sino el valor, la significación, la gloria, de la obra que estaba a punto de realizar. Los principios de los que hemos hablado son traídos aquí al punto central de su desarrollo. En Su muerte, el mundo fue juzgado: Satanás era su príncipe, y él es echado fuera: en apariencia, es Cristo quien fue echado así. Por la muerte, Él destruyó moral y judicialmente a aquel que había tenido el imperio de la muerte. Fue la total y completa aniquilación de todos los derechos del enemigo, ya sea que estuvieran siendo ejercidos sobre cualquiera o sobre cualquier cosa, cuando el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre sufrió el juicio de Dios como hombre en obediencia hasta la muerte. Todos los derechos que Satanás poseía mediante la desobediencia del hombre y el juicio divino sobre ella, eran solamente derechos en virtud de las demandas que Dios había hecho al hombre, y vuelven a Cristo solo. Y siendo levantado entre Dios y el mundo, en obediencia, sobre la cruz, llevando aquello que era debido al pecado, Cristo llegó a ser el punto de atracción para todos los hombres vivientes, para que mediante Él pudieran acercarse a Dios. Mientras vivía, Jesús debió haber sido reconocido como el Mesías de la promesa; levantado de la tierra como una víctima ante Dios, no perteneciendo ya a la tierra como viviendo sobre ella, Él era el punto de atracción hacia Dios para todos aquellos que, viviendo sobre la tierra, estaban ajenos a Dios, como hemos visto, a fin de que pudieran venir a Él allí (por gracia) y tener vida por medio de la muerte del Salvador. Jesús advierte al pueblo que era sólo por un poco de tiempo que Él, la luz del mundo, permanecería con ellos. Ellos debían creer mientras hubiera tiempo. Pronto vendrían las tinieblas, y no sabrían dónde iban. Vemos que, cualesquiera que sean los pensamientos que ocupan Su corazón, el amor de Jesús nunca se enfría. Él piensa en aquellos que están a Su alrededor - en los hombres conforme a su necesidad.

13.9 - La advertencia profética de Isaías de los resultados de la incredulidad

Sin embargo, ellos no creyeron de acuerdo al testimonio del profeta, dado en vista de Su humillación hasta la muerte, dado viendo la visión de Su gloria divina, la cual no podía hacer otra cosa sino traer juicio sobre un pueblo rebelde (Isa. 53 y 6).

13.10 - Los consejos de gracia de Dios; Su paciencia

No obstante, tal es la gracia, Su humillación debía ser la salvación de ellos; y, en la gloria que los juzgaba, Dios recordaría los consejos de Su gracia, que eran un fruto tan seguro de esa gloria como igual de seguro era el juicio que el santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos debía pronunciar contra el mal - un juicio suspendido, por Su paciencia, durante siglos, pero cumplido ahora cuando estos últimos esfuerzos de Su misericordia eran despreciados y rechazados. Ellos prefirieron la alabanza de los hombres.

13.11 - El Salvador y Su Palabra

Por último, Jesús declara lo que Su venida era realmente - para que, de hecho, aquellos que creían en Él, en el Jesús que vieron en la tierra, creían en Su Padre, y veían a Su Padre. Él vino como la luz, y los que creyeran no andarían en tinieblas. Él no juzgó; Él había venido a salvar, pero la Palabra que Él habló juzgaría a aquellos que la oyesen, pues era la Palabra del Padre, y era la vida eterna.

14 - Capítulo 13

14.1 - El odio incesante del hombre; el amor inmutable del Señor

Ahora, entonces, el Señor ha tomado Su lugar yendo al Padre. El tiempo había llegado para ello. Él toma Su lugar en lo alto, conforme a los consejos de Dios, y ya no se halla más en relación con un mundo que le había ya rechazado; pero Él ama a los Suyos hasta el fin. Dos cosas están presentes para Él: por una parte, el pecado que toma la forma más dolorosa para Su corazón; y por otra, el sentido de toda la gloria que le es dada como hombre, y desde donde Él vino y adonde Él iba; es decir, Su carácter personal y celestial en relaciones con Dios, y la gloria que le fue dada. Él vino de Dios e iba a Dios; y el Padre había puesto todas las cosas en Sus manos.

14.2 - El servicio de amor: nuestro Abogado en lo alto

Pero, ni Su entrada en la gloria, ni la falta de piedad del pecado del hombre, apartan Su corazón de los discípulos, o incluso de sus necesidades. Sólo que Él ejerce Su amor para ponerlos en relación consigo mismo en la nueva posición que Él estaba creando para ellos, entrando de este modo en ella. Él no podía permanecer más con ellos en la tierra; y si los dejaba, y debía hacerlo, no los abandonaría, sino que los haría aptos para que estuvieran donde Él estaba. Los amaba con un amor que nada podía detener. Este amor continuó hasta perfeccionar sus resultados; y Él debía hacerlos aptos para estar con Él. ¡Bendito cambio que el amor realizó incluso estando Él con ellos aquí abajo! Tenían que tener una parte con Aquel que vino de Dios e iba a Dios, y en cuyas manos el Padre había puesto todas las cosas; pero entonces ellos tenían que ser hechos aptos para estar con Él allí. Con este fin, Él es todavía siervo de ellos en amor, e incluso más que nunca. No hay duda de que Él lo había sido en Su gracia perfecta, pero fue mientras estuvo entre ellos. Ellos eran así, en cierto sentido, compañeros. Ellos estaban todos aquí cenando juntos a la misma mesa. Pero Él abandona esta posición, así como Él lo hizo con Su asociación personal con Sus discípulos al ascender al cielo, yendo a Dios. Pero, si Él lo hace, Él todavía se ciñe para servirles, y toma agua [49] para lavar sus pies. Aunque está en el cielo, Él todavía nos está sirviendo [50]. El efecto de este servicio es que el Espíritu Santo se lleva, en forma práctica, por la Palabra, toda la contaminación que recogemos cuando andamos por este mundo de pecado. En nuestro camino nos ponemos en contacto con este mundo que rechazó a Cristo. Nuestro Abogado en lo alto (comparen con 1 Juan 2), Él nos limpia de las contaminaciones de este mundo por medio del Espíritu Santo y la Palabra; Él nos limpia en vista de las relaciones con Dios Su Padre, a las cuales Él nos ha traído cuando Él mismo entró en ellas, como hombre, en lo alto.

[49] No se trata de sangre aquí. Es seguro que debe haberla. Él no vino solamente por agua, sino por agua y sangre. Pero aquí el lavamiento es, en todo aspecto, el del agua. El lavamiento de los pecados en Su propia sangre no se repite nunca en absoluto. Cristo tendría que haber sufrido a menudo para este caso. Ver Hebreos 9 y 10. Con respecto a la imputación, no hay más conciencia de pecados.

[50] El Señor, al hacerse hombre, tomó sobre Él la forma de un siervo (Filipenses 2). Él nunca renuncia a esto. Podría pensarse que fue así cuando Él subió a la gloria, pero Él está mostrando aquí que esto no es así. Él está ahora como en Éxodo 21, diciendo: "Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no saldré libre" (Éxodo 21:5), y haciéndose un siervo para siempre, aun cuando hubiera podido tener doce legiones de ángeles. Aquí Él es un siervo para lavar los pies de ellos, contaminados al pasar a través de este mundo. En Lucas 12, vemos que Él guarda el lugar de servicio en gloria. Es un dulce pensamiento que incluso allí Él ministra la mejor bendición del cielo para nuestra felicidad.

14.3 - Lavando los pies de los discípulos: el medio

Se requería una pureza que conviniera a la presencia de Dios, pues Él iba allí. Sin embargo, son solamente los pies los que se tienen en cuenta. Los sacerdotes que servían a Dios en el tabernáculo eran lavados al ser consagrados. Su lavamiento no se repetía. De modo que, una vez renovados espiritualmente por la Palabra, esto no se repite para nosotros. En la frase "el que está lavado", en el original Griego se usa una palabra diferente de la que usa en "no necesita sino lavarse los pies." (Juan 13:10). La primera palabra se refiere a bañar todo el cuerpo; la última se refiere a lavar manos y pies. Nosotros necesitamos esto último constantemente, pero una vez que nacemos por la Palabra, no somos lavados otra vez completamente, de igual modo que no se repetía la primera consagración de los sacerdotes. Los sacerdotes se lavaban las manos y los pies cada vez que se involucraban en su servicio - para que pudieran acercarse a Dios. Nuestro Jesús restaura la comunión y el poder para servir a Dios, cuando la hemos perdido. Lo hace con vistas a la comunión y el servicio; pues ante Dios estamos enteramente limpios a modo personal. El servicio era el servicio de Cristo - de Su amor. Él enjugó los pies de ellos con la toalla con que se ceñía (una circunstancia expresiva del servicio). El medio de purificación era el agua - la Palabra, aplicada por el Espíritu Santo. Pedro se encoge ante la idea de Cristo humillándose de esta manera; pero debemos someternos a este pensamiento, que nuestro pecado es tal que nada menor a la humillación de Cristo puede, en algún sentido, limpiarnos de él. Ninguna otra cosa nos hará conocer realmente la perfecta y deslumbrante pureza de Dios, o el amor y la entrega de Jesús; y en la comprensión de éstos consiste el tener un corazón santificado para la presencia de Dios. Pedro, entonces, quería que el Señor le lavara también sus manos y su cabeza. Pero esto ya fue llevado a cabo. Si somos de Él, nosotros hemos nacidos de nuevo y limpiados por la Palabra que Él ha aplicado ya a nuestras almas; sólo que nosotros contaminamos nuestros pies al andar. Es según el modelo de este servicio de Cristo en gracia que tenemos que actuar con respecto a nuestros hermanos.

14.4 - La traición de Judas conocida por el Señor

Judas no estaba limpio; no había nacido de nuevo, no estaba limpio por medio de la Palabra que Jesús había hablado. No obstante, siendo enviado por el Señor, aquellos que le habían recibido también habían recibido a Cristo. Y esto es cierto también de aquellos a quienes Él envía por Su Espíritu. Este pensamiento trae la traición de Judas a la mente del Señor; Su alma se conmovió al pensar en ello, y alivia Su corazón declarándolo a Sus discípulos. De lo que se ocupa Su corazón aquí no es de Su conocimiento del individuo, sino del hecho que uno de ellos iba a hacerlo, uno de aquellos que habían sido Sus compañeros.

14.5 - El amor de Juan y Pedro a su Señor

Por consiguiente, fue a causa de que Él dijera esto que los discípulos se miraron unos a otros. Ahora bien, había uno cerca de Él, el discípulo al cual Jesús amaba; pues tenemos, en toda esta parte del Evangelio de Juan, el testimonio de la gracia que responde a las diversas formas de maldad e impiedad en el hombre. Este amor de Jesús había formado el corazón de Juan - le había dado confianza y constancia de afecto; y, consecuentemente, sin ningún otro motivo que éste, él estuvo lo suficientemente cerca de Jesús como para recibir comunicaciones de Él. No era a fin de recibirlas que se puso cerca de Jesús; él estaba allí porque amaba al Señor, cuyo propio amor le había ligado a Él; pero, estando allí, él era capaz de recibir estas comunicaciones. Es de este modo, que nosotros podemos todavía aprender de Él.

Pedro le amaba; pero había demasiado de Pedro, no útil para el servicio, si Dios le llamaba a ello - y Él hizo esto en gracia, cuando Él le hubo abatido enteramente, y le hizo conocerse a sí mismo - pero íntimamente. ¿Quién, entre los doce, dio testimonio como Pedro, en quien Dios fue poderoso para con la circuncisión? Pero no hallamos en sus epístolas lo que hallamos en las de Juan [51]. Además, cada uno tiene su lugar, dado en la soberanía de Dios. Pedro amaba a Cristo; y vemos que, unido también con Juan por este afecto común, ellos están constantemente juntos; así como también al final de este Evangelio él está ansioso por conocer la suerte de Juan. Por lo tanto, él utiliza a Juan para preguntar al Señor cuál de entre ellos le traicionaría, como Él había dicho. Recordemos que estar cerca de Jesús por causa de Él, es la manera de tener Su mente cuando surgen pensamientos ansiosos.

[51] Por otra parte, Pedro murió por el Señor. Juan fue dejado para cuidar de la asamblea; no parece que haya llegado a ser un mártir.

14.6 - Judas poseído por Satanás: tinieblas y desesperación

Jesús señala a Judas mediante el pan mojado, con el cual podría haber indicado a cualquier otro, pero que para Judas fue sólo el sello de su ruina. Sucede realmente así, en proporción, con todo favor de Dios que cae en un corazón que rechaza este favor. Después del bocado, Satanás entra en Judas. Él ya era impío por la codicia, y al ceder habitualmente a tentaciones comunes; aunque él estaba con Jesús, endureciendo su corazón contra el efecto de esa gracia que siempre estaba ante sus ojos y a su lado, y la cual, en cierto modo, fue ejercida hacia él, él había cedido a la sugerencia del enemigo, y se hizo a sí mismo el instrumento de los sumos sacerdotes para traicionar al Señor. Él sabía lo que ellos deseaban, y va y se ofrece. Y cuando, por su larga familiaridad con la gracia y la presencia de Jesús mientras se dedicaba a pecar, esa gracia y el pensamiento de la Persona de Cristo habían perdido completamente su influencia, él estaba en un estado de insensibilidad cuando le traiciona. El conocimiento que él tenía del poder del Señor, ayudó a que él se entregara al mal, y fortaleció la tentación de Satanás; pues, evidentemente, estaba seguro de que Jesús tendría nuevamente éxito escapándose de las manos de Sus enemigos; y, en cuanto a lo que se refería al poder, Judas tenía razón al pensar que el Señor podía haberlo hecho así. Pero, ¿qué sabía él de los pensamientos de Dios? Todo era tinieblas, moralmente, en su alma.

Y ahora, después de este último testimonio, que fue tanto una señal de la gracia como un testimonio del verdadero estado de su corazón que era insensible a este testimonio (como se expresa en el Salmo que aquí se cumple), Satanás entra en él, toma posesión de él hasta el punto de endurecerle contra todo lo que podría haberle hecho sentir, aun como hombre, la horrenda naturaleza de lo que él estaba haciendo, y debilitarle así al llevar a cabo este mal; de modo que ni su conciencia ni su corazón fuesen despertados en el acto de cometerlo. ¡Terrible condición! Satanás le poseyó, hasta que se vio obligado a dejarle en el juicio del cual él no podía ocultarle, y el cual será suyo en el momento señalado por Dios - juicio que se manifiesta a la conciencia de Judas cuando el mal ya estaba hecho, cuando ya era demasiado tarde (y el sentido del cual es mostrado por una desesperación que su vínculo con Satanás no hacía más que aumentar), pero un juicio que le obliga a dar testimonio de Jesús ante aquellos que sacaron partido de su pecado y quienes se burlaron ante su angustia. Porque la desesperación hace que uno diga la verdad; el velo es rasgado; deja de existir el autoengaño; la conciencia queda descubierta ante Dios, pero esto sucede antes de Su juicio. Satanás no engaña allí; y no la gracia, sino la perfección de Cristo es conocida. Judas dio testimonio de la inocencia de Jesús, como lo hizo el ladrón en la cruz. Es de este modo que la muerte y la destrucción oyeron la fama de Su sabiduría: sólo Dios lo sabe (Job 28:22-23).

14.7 - La omnisciencia del Señor

Jesús conocía su condición. No fue sino el cumplimiento de aquello que Él iba a hacer, por medio de uno para quien no había ya ninguna esperanza. "Lo que vas a hacer," dijo Jesús, "hazlo más pronto." Pero, ¡qué palabras cuando las oímos de labios de Aquel que era el amor mismo! Sin embargo, los ojos de Jesús no estaban fijos sobre Su propia muerte. Él está solo. Nadie, ni siquiera los discípulos, tenían parte alguna con Él. Estos no podían seguirle adonde Él iba, no más que los propios Judíos. ¡Hora solemne, pero gloriosa! Siendo un hombre, Él se iba a encontrar con Dios en aquello que separaba al hombre de Dios - iba a encontrarlo en el juicio. Esto, de hecho, es lo que Él dice, tan pronto como Judas salió. La puerta que Judas cerró tras de sí separó a Cristo de este mundo.

14.8 - La cruz: la manifestación más resplandeciente de la gloria de Dios, el centro de la historia de la eternidad

"Ahora" dice Él, "es glorificado el Hijo del Hombre." Él había dicho esto cuando llegaron los Griegos; pero entonces se trataba de la gloria venidera - Su gloria como cabeza de todos los hombres, y, de hecho, de todas las cosas. Pero esto no podía ser aún; y Él dijo: "Padre, glorifica tu nombre." (Juan 12:28). Jesús debía morir. Era eso lo que glorificaba el nombre de Dios en un mundo donde el pecado estaba. Era la gloria del Hijo del Hombre la que iba cumplir esto aquí, donde todo el poder del enemigo, el efecto del pecado, y el juicio de Dios sobre el pecado, eran exhibidos; donde la cuestión quedó moralmente zanjada; donde Satanás (en su poder sobre el hombre pecador - el hombre bajo el pecado, y ese estado, plenamente desarrollado en abierta enemistad contra Dios), y Dios se encontraron, no como en el caso de Job, que fue instrumento en las manos divinas para disciplina, sino para justicia - aquello en lo cual Dios estaba contra el pecado, pero aquello en lo cual, por medio de Cristo entregándose a Sí mismo, todos Sus atributos fuesen ejercidos, y fuesen glorificados, y mediante lo cual, de hecho, mediante lo que sucedió, todas las perfecciones de Dios han sido glorificadas, siendo manifestadas por medio de Jesús, o mediante lo que Jesús hizo y padeció.

Estas perfecciones habían sido develadas directamente en Él, hasta donde alcanzaba la gracia; pero ahora que la oportunidad del ejercicio de todas ellas había sido dada a conocer, al tomar Él un lugar que le sometió a prueba conforme a los atributos de Dios, la perfección divina de estos atributos por medio del hombre en Jesús allí donde Él estaba en el lugar del hombre; y (hecho pecado, y, gracias a Dios, para el pecador) Dios fue glorificado en Él. Porque vean todo lo que, de hecho, se encontró en la cruz: todo el poder de Satanás sobre los hombres; Jesús solo y excluido; el hombre en perfecta y abierta enemistad contra Dios en el rechazo de Su Hijo; Dios manifestado en gracia; luego en Cristo, como hombre, el perfecto amor hacia Su Padre, y obediencia perfecta, y eso en el lugar de pecado, como hecho pecado (porque la perfección del amor a Su Padre y la obediencia se revelaron cuando Él fue hecho pecado ante Dios en la cruz); entonces la majestad de Dios se cumplió, glorificada (Hebreos 2:10); Su juicio perfecto, justo, contra el pecado sufrido como el Santo; pero en ello estaba Su amor perfecto hacia los pecadores al dar a Su Hijo unigénito. Pues por medio de esto nosotros conocemos el amor. Para resumir esto, en la cruz hallamos: al hombre en la maldad absoluta - el odio hacia lo que era bueno; el pleno poder de Satanás sobre este mundo - el príncipe de este mundo; al hombre en perfecta bondad, obediencia, y el amor al Padre a un costo total para Él; a Dios en justicia absoluta, infinita contra el pecado, y en divino infinito amor por el pecador. El bien y el mal fueron plenamente zanjados para siempre, y la salvación forjada, y fue puesto el fundamento de los cielos nuevos y la tierra nueva. Bien podemos decir: "Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él." Completamente deshonrado en el primero, Él es infinitamente glorificado en el Segundo, y, por consiguiente, Él pone al hombre (Cristo) en la gloria, e inmediatamente, sin esperar el reino. Pero esto requiere algunas palabras menos abstractas, pues la cruz es el centro del universo, según Dios, la base de nuestra salvación y nuestra gloria, y la manifestación más resplandeciente de la gloria propia de Dios, el centro de la historia de la eternidad.

14.9 - "Es glorificado el Hijo del Hombre" en Jesús en la cruz, y "Dios es glorificado en él" allí

El Señor había dicho, cuando los griegos desearon verle, que había llegado la hora para que el Hijo del Hombre fuese glorificado. Él habló entonces de Su gloria como Hijo del Hombre, la gloria que Él tomaría bajo ese título. Él sintió realmente que a fin de introducir a los hombres en esa gloria, necesariamente Él debía pasar por la muerte. Pero Él quedó absorto por una cosa que separaba Sus pensamientos de la gloria y de los sufrimientos - el deseo que poseía Su corazón de que Su Padre fuese glorificado. Todo había llegado ahora al punto en que esto tenía que ser cumplido; y el momento había llegado cuando Judas (excediendo los límites de la paciencia justa y perfecta de Dios) salió, dando rienda suelta a su iniquidad, para consumar el crimen que conduciría al maravilloso cumplimiento de los consejos de Dios.

Ahora bien, en Jesús en la cruz, el Hijo del Hombre ha sido glorificado de una manera mucho más admirable incluso de lo que Él lo será por la gloria positiva que le pertenece bajo ese título. Él será, lo sabemos, vestido con esa gloria; pero, en la cruz, el Hijo del Hombre llevó todo lo necesario para la perfecta manifestación de la gloria de Dios. Todo el peso de esa gloria fue traído para que lo llevara sobre Sí, para someterle a prueba, para que se evidenciara si podía Él soportarla, verificarla y exaltarla; y todo ello en el lugar donde el pecado ocultaba esa gloria, y, por así decirlo, donde lo acreditaba con la mentira. ¿Era capaz el Hijo del Hombre de entrar en una lugar tal, de acometer una tarea así, y de cumplir la tarea, y mantener Su lugar sin fracasar hasta el final? Esto es lo que Jesús hizo. La majestad de Dios tenía que ser vindicada contra la rebelión insolente de Su criatura; Su verdad, la cual le había amenazado con la muerte a Él, tenía que ser mantenida; Su justicia tenía que ser establecida contra el pecado (¿quién podría resistirla?), y al mismo tiempo, Su amor tenía que ser plenamente demostrado. Teniendo aquí Satanás todos sus lastimosos derechos que él había adquirido mediante nuestro pecado, Cristo - perfecto como hombre, solo, separado de todos los hombres, en obediencia, y teniendo como hombre únicamente un objeto, es decir, la gloria de Dios, de forma tan divinamente perfecta, sacrificándose Él mismo para este propósito - glorificó plenamente a Dios. Dios fue glorificado en Él. Su justicia, Su majestad, Su verdad, Su amor - todas estas cosas fueron verificadas en la cruz así como están en Él mismo, y reveladas solamente allí; y eso, con respecto al pecado.

14.10 - Todos los atributos de Dios exhibidos libremente y plenamente al pecador

Y Dios puede ahora actuar libremente, conforme a aquello que Él es conscientemente para Él, sin que ningún otro atributo obstaculice, o contradiga a otro. La verdad condenaba al hombre a la muerte, la justicia condenaba para siempre al pecador, la majestad demandaba la ejecución de la sentencia. ¿Dónde, entonces, estaba el amor? Si el amor, como el hombre lo concebiría, tenía que pasar por sobre todo, ¿dónde estarían Su majestad y Su justicia? Además, eso no podía ser; ni tampoco hubiese podido ser realmente amor, sino indiferencia hacia el mal. Por medio de la cruz, Él es justo, y Él justifica en gracia; Él es amor, y en ese amor Él otorga Su justicia al hombre. Para el creyente, la justicia de Dios toma el lugar del pecado del hombre. La justicia, así como el pecado, del hombre, desaparece ante la luz resplandeciente de la gracia, y no oscurece la gloria soberana de una gracia como esta hacia el hombre, quien estaba realmente apartado de Dios.

14.11 - Dios glorificando al Hijo del Hombre en Sí mismo

¿Y quién ha cumplido esto? ¿Quién ha establecido así (en cuanto a su manifestación, y a restituirla adonde había estado, en cuanto al estado de las cosas, comprometida por el pecado), toda la gloria de Dios? Fue el Hijo del Hombre. Por lo tanto, Dios le glorifica con Su propia gloria; porque fue, de hecho, esa gloria la que Él había establecido y había hecho honorable, cuando ante Sus criaturas fue anulada por el pecado - ella, en sí misma, no puede ser anulada. Y no sólo fue establecida, sino que fue apreciada de modo tal que no hubiera podido serlo por otros medios. Nunca hubo un amor como el don del Hijo de Dios para los pecadores; nunca hubo una justicia (para la cual el pecado es insoportable) como aquella que no perdonó ni al Hijo cuando llevó el pecado sobre Él; nunca hubo una majestad como aquella que hizo al Hijo de Dios responsable de la plena magnitud de sus exigencias (comparar con Hebreos 2); nunca hubo una verdad como aquella que no cedió ante la necesidad de la muerte de Jesús. Ahora conocemos a Dios. Dios, siendo glorificado en el Hijo del Hombre, se glorifica Él en Sí mismo. Pero, consecuentemente, Él no espera el día de Su gloria con el hombre, conforme al pensamiento del capítulo 12. Dios le llama a Su propia diestra, y le hace sentarse allí en seguida y solo. ¿Quién podría estar allí (salvo en espíritu) sino Él? Aquí Su gloria está relacionada con aquello que Él podía hacer solo - con aquello que Él tenía que hacer solo; y de lo cual Él debe tener el fruto, Él solo con Dios, pues Él era Dios.

14.12 - Solo en la cruz, único y preeminente en gloria

Otras glorias vendrán a su tiempo. Él las compartirá con nosotros, aunque Él tiene la preeminencia en todas las cosas. Aquí Él está solo, y debe estarlo siempre (es decir, en aquello que pertenece propiamente a Su Persona). ¿Quién compartió la cruz con Él, sufriendo por el pecado, y cumpliendo la justicia? Nosotros, verdaderamente, la compartimos con Él en lo que respecta al sufrimiento por causa de la justicia, y por el amor de Él y Su pueblo, incluso hasta la muerte: y así participaremos también de Su gloria. Pero es evidente que no podíamos glorificar a Dios por el pecado. Aquel que no conoció pecado, Él solo podía ser hecho pecado. Únicamente el Hijo de Dios pudo soportar esta carga.

14.13 - El mandamiento nuevo dado a los discípulos: amor fraternal

En este sentido el Señor - cuando Su corazón halló alivio derramando estos gloriosos pensamientos, estos maravillosos consejos - se dirigió a Sus discípulos con afecto, diciéndoles que su relación con Él aquí abajo pronto terminaría, que Él iba adonde ellos no podían seguirle, no más de lo que podían seguirle los Judíos incrédulos. El amor fraternal tenía, en cierto sentido, que tomar Su lugar. Tenían que amarse unos a otros como Él los había amado, con un amor superior a los errores de la carne en sus hermanos - amor fraternal de gracia en estos aspectos. Si la columna principal contra la cual muchos alrededor de ella se estaban apoyando era quitada, ellos se soportarían unos a otros, aunque no mediante sus fuerzas. Y así serían conocidos los discípulos de Cristo.

14.14 - La confianza propia de Simón Pedro

Ahora bien, Simón Pedro desea penetrar en aquello que ningún hombre, salvo Jesús, podía entrar - en la presencia de Dios por la senda de la muerte. Esto es confianza carnal. El Señor le dice, en gracia, que eso no podía ser ahora. Él debía secar aquel mar insondable para el hombre - la muerte - aquel Jordán desbordante; y luego, cuando ella no fuese más el juicio de Dios, ni fuese manejada por el poder de Satanás (pues en ambos caracteres Cristo ha destruido completamente su poder para el creyente), entonces Su pobre discípulo podría pasar por ella por causa de la justicia y de Cristo. Pero Pedro le seguiría con sus propias fuerzas, declarándose capaz de hacer exactamente aquello que Jesús iba a hacer por él. Con todo, de hecho, aterrado ante el primer movimiento del enemigo, él retrocede ante la voz de una mujer, y niega al Maestro a quien amaba. En las cosas de Dios, la confianza carnal no hace más que conducirnos a una posición en la que ésta no puede sostenerse. La sinceridad sola no puede hacer nada contra el enemigo. Tenemos que poseer la fortaleza de Dios.

15 - Capítulo 14

15.1 - En vista de Su partida; sólo el Señor es un objeto de la fe

El Señor comienza ahora a conversar con ellos en vista de Su partida. Él se iba adonde ellos no podían ir. Para el ojo humano ellos serían dejados solos en la tierra. Es por el sentido de esta condición aparentemente desolada que el Señor habla de Él mismo, mostrándoles que Él era un objeto para la fe, igual que Dios lo era. Al hacer esto, Él les descubre toda la verdad con respecto a la condición de ellos. Su obra no es el asunto tratado, sino la posición de ellos en virtud de esa obra. Su Persona debería haber sido para ellos la llave a esa posición, y es lo que iba a ser ahora: el Espíritu Santo, el Consolador, quien iba a venir, sería el poder mediante el cual ellos la disfrutarían, y, verdaderamente, más aún.

15.2 - La revelación de lo que hay más allá de la muerte para la fe; lo que la partida del Señor significaba para Sus discípulos; con Él

A la pregunta de Pedro, "Señor, ¿a dónde vas?" (Juan 13:36), el Señor responde. Sólo cuando el deseo de la carne intenta entrar en la senda en la que Jesús estaba entrando entonces, el Señor no podía más que decir, que la fortaleza de la carne no servía para nada allí; pues, de hecho, él se propuso seguir a Cristo en la muerte. ¡Pobre Pedro!

Cuando el Señor ha escrito la sentencia de muerte sobre la carne para nosotros, al revelar su impotencia, entonces Él puede (cap. 14) revelar aquello que está más allá por la fe; y aquello que nos pertenece mediante Su muerte devuelve su luz, y nos enseña quién era Él, estando aún en la tierra, y siempre, antes de que el mundo fuese. Él no hacía más que regresar al lugar de donde vino. Pero Él comienza con Sus discípulos donde ellos estaban, y satisface la necesidad de sus corazones explicándoles de qué manera - mejor, en un cierto sentido, que siguiéndole aquí abajo - estarían ellos con Él cuando estuvieran ausentes del lugar en el cual Él estaría. Ellos no veían al Padre presente corporalmente entre ellos: para gozar de Su presencia ellos creían en Él; debían hacer lo mismo con respecto a Jesús. Debían creer en Él. Él no los abandonaba al irse, como si solamente hubiera lugar para Él en la casa del Padre. (Él alude al templo como figura). Había lugar para todos ellos. Ir allí era aún Su pensamiento - Él no está aquí en esta escena como el Mesías. Le vemos en las relaciones en las que permaneció conforme a las verdades eternas de Dios. Él siempre tenía Su partida a la vista: en caso de no haber habido lugar para ellos, Él se los habría dicho. El lugar de ellos estaba con Él. Pero Él iba a prepararles lugar. Sin presentar allí la redención, ni presentándose Él como el nuevo hombre conforme al poder de esa redención, no podía haber ningún lugar preparado en el cielo. Él entra en ese lugar en el poder de esa vida que los introduciría a ellos también. Pero no irían solos para volverse a juntar con Él, ni Él se volvería a juntar con ellos aquí abajo. El cielo, no la tierra, estaba en consideración. Ni tampoco mandaría llamarlos por medio de otros, sino que Él mismo vendría a buscarlos, como a aquellos que tanto apreciaba, y los recibiría a Sí mismo, para que donde Él estaba, ellos también estuviesen. Él vendría desde el trono del Padre; allí, por supuesto, ellos no se pueden sentar; pero Él los recibirá allí, donde Él estará en gloria delante del Padre. Ellos estarían con Él - una posición mucho más excelente que Su permanencia aquí abajo con ellos, incluso como Mesías en gloria en la tierra.

15.3 - Yendo al Padre; Él mismo es el camino

Ahora, asimismo, habiéndoles dicho adónde iba, es decir, a Su Padre (y hablando conforme al efecto de Su muerte para ellos), Él les dice que ellos sabían dónde Él iba, y el camino. Él iba al Padre, y, al verle a Él, ellos habían visto al Padre; y así, habiendo visto al Padre en Él, ellos conocían el camino; pues, al venir a él, venían al Padre, quien estaba en Él así como Él estaba en el Padre. Él mismo era, entonces, el camino. Por consiguiente, Él reprocha a Felipe el hecho de que no le haya conocido aún. Él había estado largo tiempo con ellos, como la revelación del Padre en Su propia Persona, y debieron haberle conocido, y haber visto que Él estaba en el Padre, y el Padre en Él, y así haber sabido donde Él iba, ya que iba al Padre. Él les había declarado el nombre del Padre, y si eran incapaces de ver al Padre en Él, o ser convencidos de ello por Sus palabras, deberían haberlo sabido por Sus obras, pues el Padre que habitaba en Él - era Él quien hacía las obras. Esto dependía de Su propia Persona, estando todavía en el mundo; pero una prueba sorprendente estaba relacionada con Su partida. Después que se hubiese ido, ellos harían obras aún mayores que las que Él hizo, porque actuarían en relación con Su mayor cercanía al Padre. Esto era indispensable para Su gloria. Esto, incluso, era ilimitado. Él los situó en una relación inmediata con el Padre por el poder de Su obra y de Su nombre; y todo lo que ellos pidieran al Padre en Su nombre, Cristo mismo la haría para ellos. La petición de ellos sería oída y concedida por el Padre - mostrando qué cercanía Él había adquirido para ellos; y Él (Cristo) haría todo lo que le ellos pidieran. Pues el poder del Hijo no era, y no podía ser, falto para la voluntad del Padre: no había límite para Su poder.

15.4 - Discipulado caracterizado por la obediencia; la promesa del Espíritu Santo, para estar para siempre

Pero esto condujo a otro asunto. Si ellos le amaban, esto debía ser demostrado, no en lamentos, sino en guardar Sus mandamientos. Tenían que caminar en obediencia. Esto caracteriza al discipulado hasta el momento presente. El amor desea estar con Él, pero muestra que es real obedeciendo Sus mandamientos. Cristo también tiene derecho a ordenar. Por otra parte, Él buscaría el bien de ellos en lo alto, y se les concedería otra bendición; a saber, el Espíritu Santo mismo, el cual nunca los abandonaría, como Cristo estaba a punto de hacerlo. El mundo no le pudo recibir. Cristo, el Hijo, había sido mostrado a los ojos del mundo, y debió haber sido recibido por él. El Espíritu Santo actuaría, siendo invisible; ya que por el rechazo de Cristo, todo había terminado con el mundo en sus relaciones naturales y de creación con Dios. Pero el Espíritu Santo sería conocido por los discípulos; pues Él no sólo permanecería con ellos, como Cristo no pudo, sino que estaría en ellos, no con ellos, como Él estuvo. El Espíritu Santo no sería visto entonces o conocido por el mundo.

15.5 - El camino, la verdad, y la vida

Hasta ahora, en Su discurso, Él había conducido a Sus discípulos a seguirle (en espíritu) en lo alto, por medio del conocimiento que la familiaridad con Su Persona (en la cual el Padre era revelado) les dio de adonde Él iba, y del camino. Él era el camino, como hemos visto. Él era la verdad, en la revelación (y la revelación perfecta) de Dios y de la relación del alma con Él; y, realmente, de la condición verdadera y carácter real de todas las cosas, al mostrar la luz perfecta de Dios en Su propia Persona, la cual le revelaba. Él era la vida, en la cual Dios y la verdad podían ser conocidos. Los hombres venían por medio de Él; ellos hallaron al Padre revelado en Él; y poseyeron en Él aquello que les capacitaba gozar del Padre, y aquello que en cuya recepción vinieron, de hecho, al Padre.

15.6 - La corriente de bendición fluyendo para los discípulos en este mundo; vida en Cristo

Pero ahora, no es lo que es objetivo lo que Él presenta, no se trata del Padre en Él (al cual deberían haber conocido), ni Él en el Padre cuando estuvo aquí abajo. Por consiguiente, Él no eleva los pensamientos de los discípulos al Padre por medio de Él y en Él, y Él en el Padre en el cielo. Él les presenta aquello que les sería dado aquí abajo - la corriente de bendición que fluiría para ellos en este mundo, en virtud de aquello que Jesús era, y lo que era para ellos, en el cielo. Una vez presentado el Espíritu Santo como enviado, el Señor dice, "No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros." Su presencia, en espíritu, aquí abajo, es el consuelo de Su pueblo. Ellos le verían; y esto es mucho más verdadero que verle a Él con los ojos de la carne. Sí, es más verdadero; es conocerle de un modo mucho más real, aunque, por gracia, ellos habían creído en Él como el Cristo, el Hijo de Dios. Y, además, esta visión espiritual de Cristo por medio del corazón, mediante la presencia del Espíritu Santo, está relacionada con la vida. "Porque yo vivo, vosotros también viviréis." Le vemos, porque tenemos vida, y esta vida está en Él, y Él está en esta vida. "Esta vida está en su Hijo." (1 Juan 5:11). Esto es tan seguro como su duración. Esta vida deriva de Él. Porque Él vive, nosotros viviremos. Nuestra vida es, en todo, la manifestación de Él, quien es nuestra vida. Como el apóstol lo expresa: "Para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestra carne mortal." (2 Corintios 4:11 - Versión Moderna). ¡Es lamentable! la carne resiste; pero ésta es nuestra vida en Cristo.

15.7 - Los discípulos en Cristo en virtud de la presencia del Espíritu Santo

Pero esto no es todo. Habitando el Espíritu Santo en nosotros, sabemos que estamos en Cristo [52]. "En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros." No es, 'El Padre en mí [lo cual, no obstante, fue siempre cierto], y yo en Él' - palabras, las primeras de las cuales, omitida aquí, expresaban la realidad de Su manifestación del Padre aquí en la tierra. El Señor expresa solamente aquello que pertenece al hecho de que Él es real y divinamente uno con el Padre - "Yo estoy en mi Padre." Es de la última parte de la verdad (implicada, sin duda, en la otra, cuando se comprende bien) de la que el Señor habla aquí. Podía, realmente, no ser así; pero los hombres podrían imaginar una cosa tal como una manifestación de Dios en un hombre, sin ser este hombre un hombre tal - tan verdaderamente Dios, es decir, en Sí mismo - que sea menester decir también que Él está en el Padre. La gente sueña con semejantes cosas; ellos hablan de la manifestación de Dios en la carne. Nosotros hablamos de Dios manifestado en carne. Pero aquí toda ambigüedad es obviada - Él estaba en el Padre, y es esta parte de la verdad la que es repetida aquí; añadiendo a ello, en virtud de la presencia del Espíritu Santo, que mientras los discípulos debían conocer plenamente a la divina Persona de Jesús, debían conocer, además, que ellos mismos estaban en Él. "Aquel que se une con el Señor, un mismo espíritu es con él." (1 Corintios 6:17 - Versión Moderna). Jesús no dijo que deberían haber conocido esto mientras Él estaba con ellos en la tierra. Ellos deberían haber conocido que el Padre estaba en Él, y Él en el Padre. Pero en eso, Él estaba solo. Los discípulos, sin embargo, habiendo recibido al Espíritu Santo, conocerían su propia posición de estar en Él - una unión de la que el Espíritu Santo es la fuerza y el vínculo. La vida de Cristo fluye de Él en nosotros. Él está en el Padre, nosotros en Él, y Él también en nosotros, conforme al poder de la presencia del Espíritu Santo.

[52] Observen, esto es individual, no es la unión de los miembros del cuerpo con Cristo; ni tampoco la palabra 'unión' es realmente un término exacto para ello. Nosotros estamos en Él. Esto es más que unión, pero no es la misma cosa. Se trata de naturaleza y vida, y de la posición en ello, nuestro lugar en esa naturaleza y en esa vida. Cuando Él estuvo en la tierra, y ellos no tenían el Espíritu Santo, ellos deberían haber sabido que Él estaba en el Padre y el Padre en Él. Desde que Él estuvo en el cielo, y ellos tuvieron el Espíritu Santo, sabrían que ellos estaban en Él y Él en ellos.

15.8 - Protección y gobierno constantes; el amor del hijo, el amor del Padre, y el de Cristo, mostrados en el camino de obediencia

Éste es el asunto de la fe común, verdadera en todos. Pero hay una protección y un gobierno constantes, y Jesús se manifiesta a nosotros en relación con nuestro andar, y de una manera que depende de este andar. Aquel que está atento a la voluntad del Señor la poseerá, y la observará. Un buen hijo no sólo obedece cuando conoce la voluntad de su padre, sino que adquiere el conocimiento de esa voluntad prestándole atención. Éste es el espíritu de obediencia en amor. Si actuamos así con respecto a Jesús, el Padre, quien tiene presente todo lo que se refiere a Su Hijo, nos amará. Jesús nos amará también, y se manifestará a nosotros. Judas (no el Iscariote) no comprendió esto porque no veía más allá de una manifestación corporal de Cristo, tal como la podía percibir el mundo. Jesús añade, por tanto, que el discípulo verdaderamente obediente (y aquí Él habla más espiritualmente y de modo más general de Su Palabra, no meramente de Sus mandamientos) sería amado por el Padre, y que el Padre y Él vendrían y harían morada con él. Así que, si hay obediencia mientras esperamos el momento en que iremos y moraremos con Jesús en la presencia del Padre, Él y el Padre moran en nosotros. El Padre y el Hijo se manifiestan en nosotros, en quienes el Espíritu Santo está morando, así como el Padre y el Espíritu Santo estaban presentes, cuando el Hijo estaba aquí abajo - sin duda de otra manera, pues Él era el Hijo, y nosotros sólo vivimos por Él - habitando sólo el Espíritu Santo en nosotros. Pero con respecto a estas Personas gloriosas, ellas no están desunidas. El Padre hizo las obras en Cristo, y Jesús echó fuera demonios por el Espíritu Santo; sin embargo, el Hijo obró. Si el Espíritu Santo está en nosotros, el Padre y el Hijo vienen y hacen su morada en nosotros. Sólo que se observará aquí que hay gobierno. Nosotros somos, conforme la vida nueva, santificados para obedecer (1 Pedro 1:2). No se trata aquí del amor de Dios en gracia soberana hacia un pecador, sino de los tratos del Padre con Sus hijos. Por lo tanto, es en el camino de la obediencia donde se hallan las manifestaciones del amor del Padre y del amor de Cristo. Nosotros amamos, pero no acariciamos, a nuestros hijos díscolos. Si contristamos al Espíritu, Él no será en nosotros el poder de la manifestación a nuestras almas del Padre y del Hijo en comunión, sino que más bien actuará en nuestras conciencias en convicción, aunque dándonos el sentido de la gracia. Dios puede restaurarnos mediante Su amor, y testificando a nuestras conciencias cuando nos hemos extraviado; pero la comunión es en obediencia. Por último, Jesús tenía que ser obedecido; pero fue la Palabra del Padre a Jesús, observen, la que Él habló aquí abajo. Sus palabras eran las palabras del Padre.

15.9 - Cristo verdaderamente y siempre Hombre, pero Dios manifestado en carne

El Espíritu Santo rinde testimonio de aquello que Cristo era, así como de Su gloria. Es la manifestación de la vida perfecta del hombre, y de Dios en el hombre, del Padre en el Hijo - la manifestación del Padre por el Hijo que está en el seno del Padre. Tales fueron las palabras del Hijo aquí abajo; y cuando hablamos de Sus mandamientos, no hablamos solamente de la manifestación de Su gloria por el Espíritu Santo, cuando Él está en lo alto, y sus resultados; sino que hablamos de Sus mandamientos cuando Él habló aquí abajo, y habló las palabras de Dios; pues Él no tenía el Espíritu Santo por medida, de modo que Sus palabras hubieran sido mezcladas, y en parte imperfectas, o cuando menos no divinas. Él fue verdaderamente hombre, y siempre hombre; pero era Dios manifestado en carne. El antiguo mandamiento del principio es nuevo, puesto que esta misma vida, que se expresó en Sus mandamientos, ahora nos mueve y nos anima - cierto en Él y en nosotros (comparar 1 Juan 2). Los mandamientos son aquellos del hombre Cristo, no obstante son los mandamientos de Dios y las palabras del Padre, conforme a la vida que ha sido manifestada en este mundo en la Persona de Cristo. Ellas expresan en Él, y forman y dirigen en nosotros, esa vida eterna que estaba con el Padre, y la cual ha sido manifestada a nosotros en el hombre - en Aquel que los apóstoles podían ver, escuchar y tocar; y cuya vida poseemos nosotros en Él. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ha sido dado para llevarnos a toda verdad, según este mismo capítulo de la epístola de Juan: "Tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas." (1 Juan 2:20).

15.10 - La diferencia entre los mandamientos de Cristo y la ley

Dirigir la vida es diferente de conocer todas las cosas. Las dos cosas están relacionadas, porque, al caminar de acuerdo a esa vida, no contristamos al Espíritu, y estamos en luz. Dirigir la vida, allí donde existe, no es lo mismo que dar una ley impuesta sobre el hombre en la carne (de manera justa, no hay duda), prometiéndole la vida si guardaba esos mandamientos. Ésta es la diferencia entre los mandamientos de Cristo y la ley; no en cuanto a autoridad - la autoridad divina es siempre igual en sí misma - sino que la ley ofrece vida y es dirigida al hombre responsable en la carne, ofreciéndole vida como resultado; mientras que los mandamientos de Cristo expresan y dirigen la vida de uno que vive por el Espíritu, en relación con el hecho de que él está en Cristo, y Cristo en él. El Espíritu Santo (quien, además de esto, enseña todas las cosas) les recordó los mandamientos de Cristo - todas las cosas que Él les había dicho. Se trata de la misma cosa en detalle, por Su gracia, con los Cristianos individualmente ahora.

15.11 - Su propia paz como don del Señor

Finalmente, el Señor, en medio de este mundo, dejó la paz a Sus discípulos, dándoles Su propia paz. Es cuando se iba, y en la plena revelación de Dios, que Él podía decirles esto; de modo que Él la poseía a pesar del mundo. Él había pasado por la muerte y había bebido la copa, había quitado los pecados en lugar de ellos, había destruido el poder del enemigo en la muerte, y había hecho propiciación glorificando plenamente a Dios. La paz fue hecha, y hecha para ellos ante Dios, así como todo en lo que fueron introducidos - a la luz tal como Él era, de modo de que esta paz era perfecta en la luz y perfecta en el mundo, porque los llevaba de un modo tal a una relación con Dios que el mundo no podía siquiera tocar, ni alcanzar su fuente de gozo. Además, Jesús había consumado esto de un modo tal para ellos, y Él lo otorgó sobre ellos de manera tal, que les dio la paz que Él mismo tenía con el Padre, y en la cual, consecuentemente, Él anduvo en este mundo. El mundo da una parte de sus bienes sin ceder la totalidad de ellos; pero lo que da, lo da y ya no lo tiene más. Cristo introduce en el gozo de aquello que es Suyo - Su propia posición delante del Padre [53]. El mundo no da, ni puede dar, de esta manera. ¡Qué perfecta debe haber sido esta paz, la cual Él gozaba con el Padre - esa paz que Él nos da - Su propia paz!

[53] Esto es bienaventuradamente cierto en todo aspecto, excepto, por supuesto, de la Deidad esencial y de la unidad con el Padre: en esto, Él permanece divinamente solo. Pero todo lo que Él tiene como hombre, y como Hijo en humana naturaleza, Él lo presenta en las palabras, "a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20:17). Su paz, Su gozo, las palabras que el Padre le dio, Él nos los ha dado a nosotros; la gloria dada a Él, Él nos la ha dado a nosotros; con el amor con que el Padre le ha amado, nosotros somos amados. Los consejos de Dios no eran meramente satisfacer nuestra responsabilidad como hijos de Adán, sino para situarnos ante el mundo en la misma posición con el segundo Adán, Su propio Hijo. Y la obra de Cristo ha convertido esto en justicia.

15.12 - En la gloria y en la felicidad del Señor hallamos las nuestras

Queda aún un pensamiento precioso - una prueba de gracia inefable en Jesús. Él cuenta de tal modo con nuestro afecto, y esto como algo personal para Él, que les dice, "Si me amaseis, os regocijaríais por cuanto me voy al Padre." (Juan 14:28 - Versión Moderna). Él nos concede que nos interesemos en Su propia gloria, en Su felicidad, y, en ello, para hallar las nuestras.

15.13 - El deseo del corazón del Cristiano

¡Buen y precioso Salvador, de cierto nos regocijamos de que Tú, que has sufrido tanto por nosotros, hayas cumplido ahora todas las cosas, y que estés reposando con Tu Padre, cualquiera que sea Tu amor activo hacia nosotros! ¡Ojalá te conociéramos y te amáramos mejor! Pero todavía podemos decir con plenitud de corazón: ¡ven pronto, Señor! Deja una vez más el trono de Tu reposo y de Tu gloria personal, para venir y tomarnos a Ti mismo, que todo pueda cumplirse también para nosotros, y que podamos estar contigo en la luz del semblante de Tu Padre, y en Su casa. Tu gracia es infinita, pero Tu presencia y el gozo del Padre serán el descanso de nuestros corazones, y nuestro gozo eterno.

15.14 - La plenitud de gracia y perfección mostrada en la Persona de Cristo

El Señor concluye aquí esta parte de Su discurso [54].

[54] El capítulo 14 nos ofrece la relación personal del Hijo con el Padre, y nuestro lugar en Él, quien está en esa relación, conocido por el Espíritu Santo, que nos fue dado. En el capítulo 16 tenemos Su lugar y posición en la tierra, la Vid verdadera, y después Su estado de gloria exaltado y enviando al Consolador para revelar aquello.

Él les había mostrado en su totalidad, todo aquello que seguía como consecuencia de Su partida y de Su muerte. La gloria de Su Persona, observen, es siempre aquí el asunto; pues, aun con respecto a Su muerte, se dice, "Ahora es glorificado el Hijo del Hombre." (Juan 13:31). No obstante, Él les había prevenido acerca de ello, para pudiese fortalecer y no debilitar la fe de ellos, puesto que Él no hablaría ya mucho con ellos. El mundo estaba bajo el poder del enemigo, y él estaba viniendo: no porque tuviera algo en Cristo - él no tenía nada - por consiguiente, él no tenía ni siquiera el poder de la muerte sobre Él. Su muerte no fue el efecto del poder de Satanás sobre Él, sino que por ella mostró al mundo que Él amaba al Padre, y que Él era obediente al Padre, costase lo que costase. Y esto fue perfección absoluta en el hombre. Si Satanás era el príncipe de este mundo, Jesús no buscó mantener Su gloria Mesiánica en él. Pero Él mostró al mundo, allí donde el poder de Satanás estaba, la plenitud de la gracia y de la perfección en Su propia Persona, a fin de que el mundo pudiese acudir desde sí mismo (si puedo usar tal expresión) - aquellos, al menos, que tuviesen oídos para oír.

El Señor, entonces, cesa de hablar, y sale. Él ya no se encuentra sentado con los Suyos, como si fueran de este mundo. Él se levanta y abandona el lugar.

15.15 - Resumen del discurso del Señor en los capítulos 14 al 16

Aquello que hemos dicho de los mandamientos del Señor, dados durante Su permanencia aquí abajo (un pensamiento al cual los sucesivos capítulos darán un interesante desarrollo), nos ayuda mucho a comprender todo el discurso del Señor aquí hasta el final del capítulo 16. El asunto está dividido en dos partes principales:- La acción del Espíritu Santo cuando el Señor esté lejos, y la relación de los discípulos con Él durante Su estancia en la tierra. Por un lado, se trata de aquello que fluía de Su exaltación a la diestra de Dios (lo que le elevó sobre la cuestión del Judío y el Gentil) y, por otra parte, aquello que dependía de Su presencia en la tierra, centrando necesariamente todas las promesas en Su propia Persona y las relaciones de los Suyos consigo mismo, vistas en relación con la tierra y estando ellos mismos en ella, incluso cuando Él estuviese ausente. Había, en consecuencia, dos clases de testimonio: el del Espíritu Santo, estrictamente hablando (es decir, aquello que Él reveló referente a Jesús ascendido a lo alto), y el de los discípulos, como testigos oculares de todo lo que habían visto de Jesús en la tierra (cap. 15: 26, 27). No es que para este propósito estuviesen ellos desprovistos de la ayuda del Espíritu Santo; pero este último testimonio (el de los discípulos) no fue el testimonio nuevo de la gloria celestial por el Espíritu Santo enviado desde el cielo. Él les recordó aquello que Jesús había sido, y lo que Él había hablado, mientras estuvo en la tierra. Por lo tanto, en el pasaje que hemos estado leyendo, Su obra se describe de la siguiente manera (cap. 14:26): "Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (comparar con el versículo 25). Las dos obras del Espíritu Santo son presentadas aquí. Jesús les había hablado muchas cosas. El Espíritu Santo les enseñaría todas las cosas; además, Él les recordaría todo lo que Jesús había dicho. En el capítulo 16, versículos 12 y 13, Jesús les dice que Él tenía muchas cosas que decir, pero que ellos no podían sobrellevarlas a la sazón. Después, el Espíritu de verdad los conduciría a toda la verdad. Él no hablaría por Su propia cuenta, sino que hablaría todo lo que oiría. El Espíritu Sano no era como un espíritu individual, que hablase por su propia cuenta. Siendo uno con el Padre y el Hijo, y descendido para revelar la gloria y los consejos de Dios, todas Sus comunicaciones estarían relacionadas con ellos, revelando la gloria de Cristo ascendido a lo alto - de Cristo, a quien pertenecía todo lo que el Padre tenía. Aquí no se trata de recordar todo lo que Jesús había dicho en la tierra: todo está celestialmente relacionado con lo que está en lo alto, y con la plena gloria de Jesús, o bien se relaciona de otro modo con los propósitos futuros de Dios. Volveremos a este asunto más tarde. He dicho estas pocas palabras para marcar las distinciones que he señalado.

16 - Capítulo 15

16.1 - La vid verdadera; Cristo en la tierra en contraste con Israel

El comienzo de este capítulo, y de aquello que se refiere a la vid, pertenece a la porción terrenal - a aquello que Jesús era en la tierra - a Su relación con Sus discípulos en la tierra, y no va más allá de esa posición.

"Yo soy la vid verdadera." Jehová había plantado una vid hecha venir de Egipto (Salmo 80:8). Esto es Israel según la carne; pero no era la verdadera Vid. La verdadera Vid era Su Hijo, a quien hizo venir de Egipto—Jesús [55]. Él se presenta así a Sus discípulos. Aquí no se trata de aquello que Él será después de Su partida; Él era esto en la tierra, y claramente en la tierra. Nosotros no hablamos de plantar viñas en el cielo, ni de podar ramas allí.

[55] Para esta sustitución de Cristo por Israel, comparen Isaías 49. Él dio un nuevo comienzo a Israel en bendición, así como hizo con el hombre.

16.2 - Los pámpanos llevando fruto: la responsabilidad individual de los discípulos

Los discípulos habrían considerado al Señor como la rama más excelente de la Vid; pero así, Él habría sido sólo un miembro de Israel, mientras que Él mismo era el vaso, la fuente de bendición, conforme a las promesas de Dios. La vid verdadera, por lo tanto, no es Israel; bien al contrario, es Cristo en contraste con Israel, pero Cristo plantado en la tierra, tomando el lugar de Israel, como la Vid verdadera. El Padre cultiva esta planta, evidentemente en la tierra. No hay necesidad de ningún labrador en el cielo. Aquellos que están unidos a Cristo, como el remanente de Israel, los discípulos, son los que necesitan este cultivo. Es en la tierra donde se espera que se lleve fruto. Por consiguiente, el Señor les dice: "Ya vosotros estáis limpios, por la palabra que os he hablado"; "Vosotros (sois) los pámpanos." Judas, quizás puede decirse, fue quitado, así como los discípulos que no anduvieron más con Él. Los demás serían probados y limpiados, para que llevaran más fruto.

Yo no dudo que esta relación, en principio y en una analogía general, todavía subsista. Aquellos que hacen una profesión, que se unen a Cristo para seguirle, serán, si hay vida, limpiados; si no, aquello que ellos tienen les será quitado. Observen, por lo tanto, que el Señor habla aquí sólo de Su Palabra - la del verdadero profeta - y de juicio, ya sea en disciplina o para ser cortado. Consecuentemente, Él no habla del poder de Dios, sino de la responsabilidad del hombre - una responsabilidad que el hombre no será ciertamente capaz de afrontar sin la gracia, pero que, no obstante, tiene aquí ese carácter de responsabilidad personal.

16.3 - Podados por el Padre; el fruto como la prueba de un vínculo vital y eterno

Jesús era la fuente de toda su fortaleza. Ellos tenían que permanecer en Él. Así - pues éste es el orden - Él permanecería en ellos. Hemos visto esto en el capítulo 14. Él no habla aquí del ejercicio soberano del amor en salvación, sino del gobierno de hijos por parte de su Padre; de modo que la bendición depende del andar (Juan 14:21, 23). Aquí el labrador busca fruto; pero la enseñanza dada presenta una completa dependencia de la Vid como el medio de producirlo. Y Él muestra a los discípulos que, cuando anduvieran en la tierra, serían podados por el Padre, y un hombre (pues en el versículo 6 Él cambia cuidadosamente de expresión, porque Él conocía a los discípulos y los había declarado ya limpios) - un hombre, alguno que no llevara fruto, sería cortado. Porque el asunto aquí no es el de esa relación con Cristo en el cielo por el Espíritu Santo, la cual no puede ser quebrantada, sino el de aquel vínculo que incluso entonces fue formado aquí abajo, el cual podría ser vital y eterno. El fruto sería la prueba.

En la anterior vid, esto no era necesario, ellos eran Judíos de nacimiento, estaban circuncidados, guardaban las ordenanzas, y permanecían en la vid como buenos pámpanos, sin llevar ningún fruto en absoluto. Sólo eran cortados de Israel por una violación voluntaria de la ley. No se trata aquí de una relación con Jehová fundamentada en la circunstancia de nacer de una cierta familia. Aquello que se busca, es glorificar al Padre llevando fruto. Esto es lo que mostrará que son discípulos de Aquel que ha llevado tanto fruto.

16.4 - Lo que precede al fruto; la fuente de fortaleza y fruto; permaneciendo en Cristo

Cristo, entonces, era la Vid verdadera; el Padre, el Labrador; los once eran los pámpanos. Tenían que permanecer en Él, lo cual es efectuado sin pensar en producir ningún fruto si no es en Él, mirando primero a Él. Cristo precede al fruto. Se trata de dependencia, la cercanía práctica habitual de corazón a Él, y confianza en Él, estando unidos a Él por medio de la dependencia de Él. De esta manera Cristo sería en ellos una fuente constante de fortaleza y de fruto. Él estaría en ellos. Fuera de Él, nada podían hacer. Si, permaneciendo en Él, ellos tenían la fuerza de Su presencia, llevarían mucho fruto. Además, ("Si alguno no permaneciere en mí, será echado fuera como un sarmiento, y se secará; y a los tales los recogerán, y los echarán en el fuego, y serán quemados." Juan 15:6 - Versión Moderna), "si alguno" (Él no dice 'ellos', pues ya los conocía como pámpanos verdaderos y limpios) no permanecía en Él, éste sería echado para ser quemado. Nuevamente, si permanecían en Él (es decir, si existía la dependencia constante que se origina en esta fuente), y si las palabras de Cristo permanecían en ellos, dirigiendo sus corazones y pensamientos, ellos gobernarían los recursos del poder divino; ellos pedirían lo que quisieran, y les sería hecho. Pero, además, el Padre había amado divinamente al Hijo mientras Él habitó en la tierra. Jesús hizo lo mismo con respecto a ellos. Tenían que permanecer en Su amor. En los versículos anteriores, era en Él; aquí, es en Su amor [56]. Al guardar los mandamientos de Su Padre, Él permaneció en Su amor; al guardar los mandamientos de Jesús, ellos permanecerían en el Suyo. La dependencia (la cual implica confianza, y referencia a Aquel de quien nosotros dependemos para la fuerza, incapaces de hacer nada sin Él, y, de este modo, apegados junto a Él) y la obediencia, son los dos grandes principios de la vida práctica aquí abajo. Así caminó Jesús como hombre; Él conocía por experiencia la verdadera senda para Sus discípulos. Los mandamientos de Su Padre eran la expresión de lo que el Padre era; guardándolos en el espíritu de obediencia, Jesús anduvo siempre en la comunión de Su amor; mantuvo la comunión consigo mismo. Los mandamientos de Jesús cuando estuvo en la tierra, eran la expresión de lo que Él era, divinamente perfecto en el camino del hombre. Al caminar en ellos, Sus discípulos estarían en la comunión de Su amor. El Señor habló estas cosas a Sus discípulos, a fin de que Su gozo [57] estuviese en ellos, y que el gozo de ellos fuese cumplido.

[56] Están las tres exhortaciones: "Permaneced en mí"; "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis" (Juan 15:7 - RVR77); "Permaneced en mi amor."

[57] Algunos han pensado que esto significa el gozo de Cristo en el fiel andar de un discípulo: yo no lo creo así. Se trata del gozo que Él tenía aquí abajo, tal como Él nos dejó Su propia paz, y nos dará Su propia gloria.

16.5 - El camino de un discípulo es lo que se trata aquí; no la salvación de un pecador

Vemos que el asunto que se trata aquí no es la salvación de un pecador, sino el camino de un discípulo, a fin de que pueda gozar plenamente del amor de Cristo, y que su corazón pueda estar sereno en el lugar donde se halla el gozo.

16.6 - Obediencia: el medio de permanecer en el amor del Señor

Tampoco se ha entrado aquí en la cuestión de si un verdadero creyente puede separarse de Dios, porque el Señor hace que la obediencia sea el medio de permanecer en Su amor. Ciertamente Él no podía perder el favor de Su Padre, o cesar de ser el objeto de Su amor. Eso era imposible; y, con todo, Él dice, "He guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor." Pero esta era la senda divina en la que Él gozó de este amor. De lo que se habla aquí es del andar y de la fortaleza de un discípulo, y no del medio de salvación.

16.7 - Amor de unos a otros: su medida

En el versículo 12 empieza otra parte del asunto. Él quiere (éste es Su mandamiento) que se amen unos a otros, como Él los había amado. Antes, Él había hablado del amor del Padre por Él, el cual manaba del cielo hacia Su corazón aquí abajo [58].

[58] Él no dice 'me ama', sino "me ha amado"; es decir, Él no habla meramente del amor eterno del Padre por el Hijo, sino del amor del Padre mostrado hacia Él en Su humanidad aquí en la tierra.

Él los había amado de la misma manera; pero también había sido un compañero, un siervo, en este amor. Así tenían que amarse los discípulos unos a otros con un amor que se elevaba por encima de toda la debilidad de los demás, y el cual era al mismo tiempo fraternal, y que causaba que cualquiera que lo sentía se hiciera siervo de su hermano. Iba tan lejos como para dar la propia vida por la de un amigo. Ahora bien, para Jesús, aquel que le obedecía, era Su amigo. Observen, Él no dice que sería amigo de ellos. Él fue nuestro amigo cuando dio Su vida por los pecadores: somos Sus amigos cuando disfrutamos de Su confianza, tal como Él lo expresa aquí: "todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer." Los hombres hablan de sus asuntos, según la necesidad de hacerlo que pueda surgir, con aquellos que están interesados en estos asuntos. Yo comunico todos mis pensamientos a uno que es mi amigo. "¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?" (Génesis 18:17) y Abraham fue llamado el "amigo de Dios." (Santiago 2:23). Ahora, no fueron cosas concernientes a Abraham mismo lo que Dios le contó entonces (Él lo había hecho como Dios), sino de cosas concernientes al mundo - a Sodoma. Dios hace lo mismo con respecto a la asamblea, en forma práctica con respecto al discípulo obediente: tal discípulo sería el depositario de Sus pensamientos. Además, Él los había escogido para esto. No fueron ellos quienes le habían escogido a Él por el ejercicio de su propia voluntad. Él los había escogido y les había ordenado ir y dar fruto, un fruto que permaneciese; de modo que, siendo escogidos así por Cristo para la obra, recibieran del Padre, el cual no podía fallarles en este caso, todo lo que pidieran. Aquí el Señor llega a la fuente y certeza de la gracia, a fin de que la responsabilidad práctica, bajo la cual los coloca, no oscureciera la gracia divina que actuaba para con ellos y que los situaba allí.

16.8 - Aborrecidos por el mundo: en la misma posición de su Maestro

Ellos tenían que amarse unos a otros [59]. Que el mundo los odiara no era sino la consecuencia natural de su odio hacia Cristo; esto sellaba su asociación con Él. El mundo ama aquello que es del mundo: esto es bastante natural. Los discípulos no eran de él; y, además, el Jesús que el mundo había rechazado los había escogido y los había separado del mundo: por tanto, el mundo los odiaría por causa de ser elegidos así en gracia. Estaba, asimismo, la razón moral, a saber, que ellos no eran de él; pero esto demostraba la relación de ellos con Cristo, y Sus derechos soberanos, por los cuales Él los había tomado para Sí de un mundo rebelde. Tendrían la misma porción que su Maestro: sería por causa de Su nombre, porque el mundo - y Él habla especialmente de los Judíos, entre quienes había trabajado - no conocía al Padre que le había enviado a Él en amor. El hecho de jactarse en Jehová, como su Dios, les venía muy bien. Ellos habrían recibido al Mesías sobre esa base. Conocer al Padre, revelado en Su verdadero carácter por el Hijo, era algo muy diferente. Sin embargo, el Hijo le había revelado, y, tanto por Sus palabras como por Sus obras, había manifestado al Padre y Sus perfecciones.

[59] Escogiéndolos y poniéndolos aparte para gozar juntos de esta relación con Él fuera del mundo, Él los había puesto en una posición de la cual el amor mutuo era la consecuencia natural; y, de hecho, el sentido de esta posición y el amor van juntos.

16.9 - Criaturas caídas en presencia de misericordia y gracia demostrando que preferían el pecado antes que a Dios; el Padre y el Hijo vistos y odiados

Si Cristo no hubiera venido y les hubiera hablado, Dios no habría tenido que reprocharles ningún pecado. Ellos todavía podían continuar interminablemente, incluso si lo hacían en un estado no purgado, sin ninguna prueba (aunque había suficiente pecado y trasgresión como hombres y como un pueblo bajo la ley) de que ellos no aceptarían a Dios - de que no regresarían cuando se les llamase por misericordia. El fruto de una naturaleza caída estaba allí, sin duda, pero no así la prueba de que esta naturaleza prefería el pecado antes que a Dios, cuando Dios estaba allí en misericordia no imputándoles esto. La gracia estaba tratando con ellos, no imputándoles pecado. La misericordia los había estado tratando como caídos, no como criaturas voluntariosas. Dios no tomaba el terreno de la ley, el cual imputa, o el del juicio, sino el de la gracia en la revelación del Padre por medio del Hijo. Las palabras y las obras del Hijo revelando al Padre en gracia, rechazado, los dejó sin esperanza (comparar con cap. 16:9). De otro modo la verdadera condición de ellos no hubiera sido sometida enteramente a prueba, Dios habría tenido aún medios para utilizarlos; Él amaba demasiado a Israel para condenarlos mientras hubiera uno que no fuese probado.

Si el Señor no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro hombre había hecho, ellos podrían haber permanecido como estaban, podrían haber rechazado creer en Él, y no habrían sido culpables ante Dios. Ellos habrían sido aún el objeto de la paciencia de Jehová; pero, de hecho, habían visto y habían aborrecido tanto al Hijo como al Padre. El Padre había sido manifestado plenamente en el Hijo - en Jesús; y si cuando Dios fue manifestado plenamente, y en gracia, ellos le rechazaron, ¿qué podía hacerse si no dejarlos en el pecado, lejos de Dios? Si Él hubiese sido manifestado sólo en parte, ellos habrían tenido una excusa; podrían haber dicho: '¡Ah! si nos hubiera mostrado gracia, si le hubiéramos conocido como Él es, no le habríamos rechazado.' Ellos no podían decir esto ahora. Habían visto al Padre y al Hijo en Jesús. ¡Lamentable! ellos habían visto y habían aborrecido. [60]

Pero esto fue sólo la consumación de aquello que fue predicho acerca de ellos en su ley. En cuanto al testimonio que el pueblo dio de Dios, y de un Mesías recibido por ellos, todo había terminado. Le habían aborrecido sin una causa.

[60] Observen, hay aquí otra vez una referencia a Su Palabra y Sus obras.

16.10 - El Espíritu Santo prometido: nuevo testimonio del Hijo de Dios a ser rendido

El Señor se refiere ahora al asunto del Espíritu Santo que vendría a mantener Su gloria, la cual el pueblo había derribado a tierra. Los Judíos no habían conocido al Padre manifestado en el Hijo; el Espíritu Santo vendría ahora del Padre para dar testimonio del Hijo. El Hijo le enviaría del Padre. En el capítulo 14, el Padre le envía en el nombre de Jesús para la relación personal de los discípulos con Jesús. Aquí Jesús, ascendido a lo alto, le envía a Él, el testigo de Su gloria exaltada, desde Su lugar celestial. Éste era el nuevo testimonio, y tenía que rendirse de Jesús, el Hijo de Dios, ascendido al cielo. Los discípulos también darían testimonio de Él, porque habían estado con Él desde el principio. Tenían que testificar con la ayuda del Espíritu Santo, como testigos oculares de Su vida en la tierra, de la manifestación del Padre en Él. El Espíritu Santo, enviado por Él, era el testigo de Su gloria con el Padre, desde donde Él había venido.

16.11 - La posición de los discípulos después de la partida de Cristo

Así en Cristo, la vid verdadera, tenemos a los discípulos, a los pámpanos, ya limpios, estando Cristo presente todavía en la tierra. Después de Su partida, ellos tenían que mantener esta relación práctica. Debían estar en relaciones con Él, así como Él, aquí abajo, lo había estado con el Padre. Y ellos tenían que ser unos con otros como Él había sido con ellos. Su posición era fuera del mundo. Ahora, los Judíos aborrecieron tanto al Hijo como al Padre; el Espíritu Santo daría testimonio del Hijo con el Padre, y en el Padre; y los discípulos testificarían también de aquello que Él había sido en la tierra. El Espíritu Santo, y, en cierto sentido, los discípulos, toman el lugar de Jesús, así como el de la antigua vid, en la tierra.

16.12 - La presencia y el testimonio del Espíritu Santo en la tierra

La presencia y el testimonio del Espíritu Santo en la tierra son ahora descritos.

Es bueno notar la conexión de los asuntos en los pasajes que estamos considerando. En el capítulo 14 tenemos a la Persona del Hijo revelando al Padre, y al Espíritu Santo dando el conocimiento del Hijo estando en el Padre, y de los discípulos estando en Jesús en lo alto. Ésta era la condición personal de ambos, de Cristo y de los discípulos, quedando todo unido; sólo que primero el Padre, estando el Hijo aquí abajo, y luego el Espíritu Santo enviado por el Padre. En los capítulos 15, 16, se observan las distintas dispensaciones - Cristo, la Vid verdadera en la tierra, y luego el Consolador venido a la tierra, enviado por el Cristo exaltado. En el capítulo 14 Cristo ruega al Padre, el cual envía el Espíritu en el nombre de Cristo. En el capítulo 15 Cristo exaltado envía el Espíritu desde el Padre ("el cual procede del Padre"), un testigo de Su exaltación, como los discípulos, guiados por el Espíritu, lo fueron de Su vida de humillación, pero como Hijo en la tierra.

16.13 - El Espíritu enviado por el Padre en el nombre de Cristo como un Consolador permanente después de la partida del Señor

Sin embargo, hay un progreso así como una conexión. En el capítulo 14, el Señor, aunque dejando la tierra, habla en relación con aquello que Él era sobre la tierra. Es (no Cristo mismo) el Padre quien envía al Espíritu Santo a petición Suya. Él va de la tierra al cielo, por ellos, como Mediador. Él rogaría al Padre, y el Padre les daría otro Consolador, quien continuaría con ellos, no dejándoles como Él lo estaba haciendo. Al depender de Él la relación de ellos con el Padre, sería creyendo en Él que les sería enviado el Espíritu - no al mundo - no a los Judíos, como tales. Esto sería hecho en Su nombre. Además, el Espíritu Santo mismo les enseñaría y les traería a la memoria los mandamientos de Jesús - todo lo que Él les había dicho. El capítulo 14 da toda la posición que resultó de la manifestación [61] del Hijo, y aquella del Padre en Él, y desde Su partida (es decir, su resultado con respecto a los discípulos).

[61] Observen aquí el progreso práctico, con respecto a la vida, de este asunto que tiene el más profundo interés, en 1 Juan 1 y 2. La vida eterna que estaba con el Padre había sido manifestada (pues en Él, en el Hijo, estaba la vida, Él era también la Palabra de vida, y Dios era luz. Comparen con Juan 1). Ellos tenían que guardar Sus mandamientos (cap. 2: 3-5). Era un antiguo mandamiento que ellos habían tenido desde el principio - es decir, de Jesús en la tierra, de Aquel que tocaron con sus manos. Pero ahora este mandamiento era verdadero en Él y en ellos: es decir, esta vida de amor (de la cual estos mandamientos eran la expresión), así como aquella de justicia reproducida en ellos, en virtud de su unión con Él, por medio del Espíritu Santo, según Juan 14:20. Ellos también permanecían en Jesús (1 Juan 2:6). En Juan 1 hallamos al Hijo que está en el seno del Padre, quien le da a conocer. Él le revela así como Él le ha conocido - como aquello que el Padre era en Sí mismo. Y Él ha traído este amor (del cual Él era el objeto) al seno mismo de la humanidad, y lo colocó en el corazón de Sus discípulos (ver cap. 17:26); y esto se conoce ahora en perfección por medio de Dios habitando en nosotros, y siendo Su amor perfecto en nosotros, mientras permanecemos en el amor fraternal (1 Juan 4:12; comparar con Juan 1:18). La manifestación de haber sido amados así consistirá en nuestra aparición en la misma gloria que Cristo (cap. 17: 22, 23). Cristo manifiesta este amor viniendo del Padre. Sus mandamientos nos lo enseñan; la vida que tenemos en él lo reproduce. Sus preceptos dan forma a esta vida, y la guían a través de los modos de la carne y de las tentaciones en medio de las cuales Él, sin pecado, vivió por mediante esta vida. El Espíritu Santo es su fuerza, siendo el vínculo poderoso y vivo con Él, y Aquel por quien estamos conscientemente en Él, y Él en nosotros. (Unión, como la del cuerpo a la Cabeza, es otra cosa, la cual nunca es el asunto de la enseñanza de Juan). De su plenitud recibimos gracia sobre gracia. Por lo tanto, se trata de que deberíamos andar como Él anduvo (no ser lo que Él fue); pues no deberíamos caminar en la carne, aunque está en nosotros y no estaba en Él.

16.14 - El Espíritu va ser enviado también por Cristo desde el cielo, un testimonio de Su exaltación

Ahora, en el capítulo 15 Él había agotado el asunto de los mandamientos en conexión con la vida manifestada en Él aquí abajo; y al cierre de este capítulo Él se considera como ascendido, y añade: "Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre." Él viene, ciertamente, del Padre; pues nuestra relación es, y debería ser, inmediata con Él. Es allí donde Cristo nos ha situado. Pero en este versículo no es el Padre quien envía el Espíritu a petición de Jesús, y en nombre de Él. Cristo ha tomado Su lugar en la gloria como Hijo del Hombre, y esto conforme a los frutos gloriosos de Su obra, y Él envía el Espíritu Santo. Consecuentemente, Él da testimonio de aquello que Cristo es en el cielo. Sin duda que Él nos hace percibir aquello que Jesús fue aquí abajo, donde en gracia infinita Él manifestó al Padre, y lo percibimos mucho mejor de lo que lo percibieron ellos, quienes estuvieron con Él durante Su estancia en la tierra. Pero esto es en el capítulo 14. No obstante, el Espíritu Santo es enviado por Cristo desde el cielo, y Él nos revela al Hijo, a quien conocemos ahora como habiendo manifestado (aunque como hombre y en medio de hombres pecadores) perfecta y divinamente al Padre. Conocemos, repito, al Hijo, con el Padre, y en el Padre. Es desde allí que Él nos ha enviado el Espíritu Santo.

17 - Capítulo 16

17.1 - El Espíritu Santo contemplado como estando ya aquí; sufrimientos y gozo predichos

En este capítulo, se da un paso más allá en la revelación de esta gracia. El Espíritu Santo es contemplado como estando ya aquí abajo.

En este capítulo el Señor da a conocer que Él ha presentado toda Su enseñanza con respecto a Su partida; los sufrimientos de ellos en el mundo por mantener Su lugar; el gozo de ellos, estando en la misma relación con Él como aquella en la que Él había estado con Su Padre mientras estuvo en la tierra; su conocimiento del hecho de que Él estaba en el Padre, y ellos en Él, y Él en ellos; el don del Espíritu Santo, a fin de prepararlos para todo lo que sucedería cuando Él no estuviese, para que no tuvieran tropiezo. Pues ellos serían expulsados de las sinagogas, y aquel que los matase pensaría que estaba sirviendo a Dios. Éste sería el caso de aquellos que, descansando es sus viejas doctrinas como una forma, y rechazando la luz, utilizarían solamente la forma de la verdad con la cual darían crédito a la carne como estando conformada para resistir la luz la cual, según el Espíritu, juzgaría la carne. Ellos harían esto porque no conocían ni al Padre ni a Jesús, el Hijo del Padre. Es la verdad nueva la que prueba al alma y la fe. La antigua verdad, recibida generalmente y por la que se distingue un cuerpo de gente de aquellos que los rodean, puede ser un motivo de orgullo para la carne, incluso donde se trata de la verdad, como fue el caso con los Judíos. Pero la verdad nueva es un asunto de fe en su origen: no existe el apoyo de un cuerpo acreditado por esta verdad, sino la cruz de hostilidad y aislamiento. Ellos pensaban que servían a Dios. No conocieron al Padre y al Hijo.

17.2 - Dolor natural ante la partida del Señor; la ganancia de la fe

La naturaleza se ocupa de aquello que es pérdida. La fe mira al futuro al que nos lleva Dios. ¡Precioso pensamiento! La naturaleza actuaba en los discípulos: ellos amaban a Jesús; se lamentaban ante Su partida. Podemos entender esto. Pero la fe no se habría detenido aquí. Si hubieran aprehendido la gloria esencial de la Persona de Jesús, si el afecto de ellos, animado por la fe, hubiera pensado en Él y no en ellos mismos, habrían preguntado: "¿A dónde vas?". Sin embargo, Aquel que pensaba en ellos les asegura que incluso perderle a Él sería ganancia para ellos. ¡Fruto glorioso de los modos de Dios! Su ganancia sería en esto, que el Consolador estaría aquí en la tierra con ellos y en ellos. Aquí, observen, Jesús no habla del Padre. Se trataba del Consolador aquí abajo en Su lugar, para mantener el testimonio de Su amor por los discípulos, y Su relación con ellos. Cristo se iba: pues si Él no se iba, el Consolador no vendría; pero si partía, Él lo enviaría. Cuando Él hubiera venido, actuaría demostrando la verdad con respecto al mundo que rechazó a Cristo y que persiguió a Sus discípulos; y actuaría para bendición de estos últimos.

17.3 - El testimonio del Consolador al mundo: su pecado al rechazar a Cristo

Con respecto al mundo, el Consolador tenía un solo asunto de testimonio, a fin de demostrar el pecado del mundo. El mundo no había creído en Jesús - en el Hijo. Sin duda había pecado de toda clase, y, a decir verdad, no había nada más que pecado - pecado que merecía juicio; y en la obra de la conversión, Él hace que el alma se dé cuenta de estos pecados. Pero el rechazo de Cristo colocó al mundo entero bajo un juicio común. Sin duda cada uno responderá por sus pecados; y el Espíritu Santo me hace sentirlos. Pero, como sistema responsable para con Dios, el mundo había rechazado a Su Hijo. Este era el terreno sobre el cual Dios trataba con el mundo ahora; esto es lo que hacía manifiesto el corazón del hombre. Era la demostración de que, habiendo sido Dios plenamente manifestado en amor tal como Él era, el hombre no le recibiría. Él vino, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados; pero ellos le rechazaron. La presencia de Jesús no era la del Hijo de Dios manifestado en Su gloria, ante la cual el hombre retrocedería temeroso, aunque no pudiese escapar; se trataba de lo que Él era moralmente, en Su naturaleza, en Su carácter. El hombre le odiaba: todo testimonio para traer al hombre a Dios fue inútil. Cuanto más claro era el testimonio, más el hombre se alejaba de él y se le oponía. La demostración del pecado del mundo era que éste había rechazado a Cristo. Terrible testimonio, ¡que Dios en bondad excitara el aborrecimiento porque Él era perfecto, y perfectamente bueno! Tal es el hombre. El testimonio del Espíritu Santo al mundo, como antiguamente el de Dios a Caín, sería, ¿Dónde está mi Hijo? No era que el hombre fuera culpable; lo era cuando Cristo vino, sino que estaba perdido, el árbol era malo [62].

[62] El hombre es juzgado por lo que ha hecho; está perdido por lo que él es.

17.4 - El convencimiento de justicia: Cristo a la diestra de Dios

Pero este era el camino de Dios hacia algo totalmente diferente - el convencimiento de justicia, en que Cristo fue a Su Padre, y que el mundo no le vio más. Fue el resultado del rechazo de Cristo. Justicia humana no había ninguna. El pecado del hombre fue probado por el rechazo de Cristo. La cruz fue realmente el juicio ejecutado sobre el pecado. Y en ese sentido, fue justicia; pero en este mundo fue el único Justo condenado por el hombre y abandonado por Dios; no fue la manifestación de justicia. Fue una separación final judicial entre el hombre y Dios (ver capítulos 11 y 12:31). Si Cristo hubiera sido librado allí, y hubiese llegado a ser Rey de Israel, esto no habría sido una consecuencia adecuada al hecho de que Él hubiera glorificado a Dios. Al haber glorificado a Dios Su Padre, Él se iba a sentar a Su diestra, a la diestra de la Majestad en las alturas, para ser glorificado en Dios mismo, para sentarse en el trono del Padre. Establecerle allí fue justicia divina (ver capítulos 13: 31-32; 17: 1, 4-5). Esta misma justicia privó al mundo, dicho de esta forma, de Jesús para siempre. El hombre no le vio más. La justicia a favor de los hombres estaba en Cristo a la diestra de Dios - en juicio en cuanto al mundo, en ello el mundo le había perdido sin esperanza y para siempre.

17.5 - Satanás, el príncipe de este mundo, juzgado

Además, se había demostrado que Satanás era el príncipe de este mundo conduciendo a todos los hombres contra el Señor Jesús. Para cumplir los propósitos de Dios en gracia, Jesús no resiste. Él se entrega a la muerte. Aquel que tenía el imperio de la muerte se dedicó enteramente. En su deseo de arruinar al hombre, tuvo que arriesgar todo en esta empresa contra el Príncipe de la Vida. Fue capaz de asociar al mundo entero con él en esto, Judío y Gentil, sacerdotes y pueblo, gobernantes, soldados y súbditos. El mundo estaba allí, encabezado por su príncipe, en ese día solemne. El enemigo había puesto todo en juego, y el mundo estaba con él. Pero Cristo resucitó, ascendió a Su Padre, y ha enviado el Espíritu Santo. Se demuestra que todos los motivos que gobiernan al mundo, y el poder por el cual Satanás mantuvo cautivos a los hombres, son de él; él es juzgado. El poder del Espíritu Santo es el testimonio de esto, y supera todos los poderes del enemigo. El mundo aún no es juzgado, es decir, el juicio aún no se ha ejecutado - lo será de otra manera; pero es moralmente, su príncipe es juzgado. Todos sus motivos, religiosos y profanos, lo han llevado a rechazar a Cristo, colocándolo bajo el poder de Satanás. Es en ese carácter que él ha sido juzgado, pues condujo al mundo contra Aquel que manifestó ser el Hijo de Dios por la presencia del Espíritu Santo, después de que Él quebrantara el poder de Satanás en la muerte.

17.6 - La presencia del Espíritu Santo aquí es la prueba del rechazo del mundo al Hijo de Dios

Todo esto tuvo lugar por medio de la presencia del Espíritu Santo en la tierra, enviado por Cristo. Su sola presencia era la demostración de estas tres cosas. Pues, si el Espíritu Santo estaba allí, era porque el mundo había rechazado al Hijo de Dios. La justicia fue evidenciada al estar Jesús a la diestra de Dios, de lo cual la presencia del Espíritu Santo era la prueba, así como en el hecho de que el mundo le había perdido. Ahora, el mundo que le había rechazado no fue exteriormente juzgado, pero, habiéndolo conducido Satanás a rechazar al Hijo, la presencia del Espíritu Santo probó que Jesús había destruido el poder de la muerte; que aquel que había poseído ese poder fue juzgado de esta manera; que él demostró ser el enemigo de Aquel a quien el Padre reconoció; que su poder ya no existía, y que la victoria pertenecía al Postrer Adán, cuando todo el poder de Satanás combatió contra la debilidad humana de Aquel que en amor cedió ante este poder. Pero Satanás, así juzgado, era el príncipe de este mundo.

17.7 - La obra del Espíritu Santo en y para los discípulos

La presencia del Espíritu Santo sería la demostración, no de los derechos de Cristo como Mesías, ciertos como eran, sino de aquellas verdades que se referían al hombre - al mundo, en el cual Israel se hallaba ahora perdido, habiendo rechazado las promesas, aunque Dios guardaría a la nación para Sí mismo. Pero el Espíritu Santo estaba haciendo algo más que demostrar la condición del mundo. Él llevaría a cabo una obra en los discípulos; los guiaría a toda la verdad, y les mostraría las cosas que habrían de venir; pues Jesús tenía muchas cosas que decirles que todavía no eran capaces de sobrellevar. Cuando el Espíritu Santo estuviera en ellos, Él sería su fortaleza así como su maestro; y sería un estado de cosas completamente diferente para los discípulos. Aquí Él es considerado como estando presente en la tierra en lugar de Jesús, y morando en los discípulos, no como un espíritu individual hablando desde Él, sino como dijo Jesús: "Según oigo, así juzgo", con un juicio perfectamente divino y celestial: de este modo el Espíritu Santo, actuando en los discípulos, hablaría aquello que venía de arriba, y del futuro, conforme al conocimiento divino. Sería del cielo y del futuro aquello de lo que Él hablaría, comunicando lo que era celestial desde arriba, y revelando acontecimientos que vendrían en la tierra, siendo testigos lo uno y lo otro de que era un conocimiento que pertenecía a Dios. ¡Qué bendito poseer aquello que Él tiene para dar!

17.8 - El Espíritu Santo tomando en lugar de Cristo aquí

Pero además, Él toma aquí el lugar de Cristo. Jesús había glorificado al Padre en la tierra. El Espíritu Santo glorificaría a Jesús, con referencia a la gloria que pertenecía a Su Persona y a Su posición. Aquí Él no habla directamente de la gloria del Padre. Los discípulos habían visto la gloria de la vida de Cristo en la tierra; el Espíritu Santo les develaría Su gloria en aquello que le pertenecía como glorificado con el Padre - aquello que era Suyo.

Ellos aprenderían "en parte." Ésta es la medida del hombre cuando se trata de las cosas de Dios, pero su alcance es declarado por el Señor mismo: "Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber."

17.9 - El nombre y la gloria de Cristo; Su posición en virtud de Su obra como Hijo del Hombre; Sus derechos como Hijo del Padre

Así tenemos el don del Espíritu Santo presentado de diversos modos en conexión con Cristo. En dependencia de Su Padre, y representando a los discípulos como habiéndose ido a lo alto separado de ellos, Él se dirige al Padre, en nombre de ellos; Él ruega al Padre que envíe el Espíritu Santo (cap. 14:16). Más adelante, hallamos que Su nombre es todopoderoso. Toda bendición del Padre viene en Su nombre. Es debido a Él, y conforme a la eficacia de Su nombre, de todo lo que en Él es aceptable al Padre, que el bien viene a nosotros. Así, el Padre enviará al Espíritu Santo en Su nombre (cap. 14:26). Y siendo glorificado Cristo en lo alto, y habiendo tomado Su lugar con Su Padre, Él envía el Espíritu Santo (cap. 15:26) del Padre, como procediendo de Él. Finalmente, el Espíritu Santo está presente aquí en este mundo, en y con los discípulos, y Él glorifica a Jesús, y toma de lo Suyo y lo revela a los Suyos (cap. 16: 13-15). Aquí, toda la gloria de la Persona de Cristo es expuesta, así como los derechos pertenecientes a la posición que Él ha tomado. "Todo lo que tiene el Padre" es de Él. Ha tomado Su posición conforme a los consejos eternos de Dios, en virtud de Su obra como Hijo del Hombre. Pero si Él ha entrado en posesión de esto en este carácter, todo lo que posee en éste es Suyo, como un Hijo a quien (siendo uno con el Padre) pertenece todo lo que el Padre tiene.

17.10 - La partida venidera del Señor a Su Padre; los discípulos estimulados a acercarse al Padre

Allí Él debía permanecer oculto por un tiempo: los discípulos le verían después, pues se trataba sólo de la consumación de los caminos de Dios; no se trataba de estar, por así decirlo, perdido mediante la muerte. Él iba a Su Padre. Sobre este punto, los discípulos no entendieron nada. El Señor desarrolla el hecho y sus consecuencias, sin mostrarles aún toda la importancia de lo que Él decía. Él lo plantea en el aspecto humano e histórico. El mundo se regocijaría de haberse deshecho de Él. ¡Gozo miserable! Los discípulos lamentarían, aunque fuera también la fuente misma de gozo para ellos; pero su tristeza se convertiría en gozo. Como testimonio, esto tuvo lugar cuando Él se mostró a ellos después de Su resurrección; se cumplirá totalmente cuando Él regresará para recibirlos a Sí mismo. Pero cuando ellos le hubieran visto otra vez, comprenderían la relación en que Él los había situado con Su Padre, ellos la gozarían por el Espíritu Santo. No sería como si ellos no pudieran acercarse al Padre, mientras Cristo sí podía hacerlo (como dijo Marta: "sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará." - Juan 11:22). Ellos podrían ir directamente al Padre, quien los amaba, porque habían creído en Jesús, y le habían recibido cuando Él se había humillado en este mundo de pecado (en principio es siempre así); y pidiendo lo que ellos quisieran en Su nombre lo recibirían, a fin de que su gozo pudiera ser cumplido en la conciencia de la bendita posición del favor infalible al que eran llevados, y del valor de todo aquello que poseían en Cristo.

17.11 - La comprensión limitada de los discípulos de lo que el Señor quería dar a entender

No obstante, el Señor ya les declara la base de la verdad - Él salió del Padre, Él iba al Padre. Los discípulos creen entender aquello que les había hablado sin parábolas. Ellos creyeron que Él había adivinado su pensamiento, pues no se lo habían expresado. Sin embargo, ellos no se elevaron a la altura de lo que Él dijo. Les había dicho que habían creído que Él había salido "de Dios." Esto ellos lo entendieron; y aquello que había sucedido los había confirmado en esta fe, y declaran su convicción con respecto a esta verdad; pero no entran en el pensamiento de 'salir del Padre', y en el de 'ir al Padre.' Presumían de estar en la luz; pero no habían comprendido nada que los elevara sobre el efecto del rechazo de Cristo, lo cual habría sido hecho por la creencia en que Él salió del Padre y que Él iba al Padre (Juan 16:28). Por lo tanto, Jesús les declara que Su muerte los esparciría, y que ellos le abandonarían. Su Padre estaría con Él; no estaría solo. No obstante, les había explicado todas estas cosas a fin de que tuvieran paz en Él. En el mundo que le rechazó, tendrían aflicción; pero Él había vencido al mundo, ellos podían confiar.

18 - Capítulo 17

18.1 - La oración intercesora del Señor

Esto concluye la conversación de Jesús con Sus discípulos en la tierra. En el siguiente capítulo, Él se dirige a Su Padre tomando Su propio lugar al partir, y dándoles a Sus discípulos el lugar de ellos (es decir, el Suyo propio), con respecto al Padre y al mundo, después de que Él se hubiera ido para ser glorificado con el Padre. Todo el capítulo está dedicado esencialmente a poner a los discípulos en Su propio lugar, después de establecer el terreno para ello en Su propia glorificación y obra. Se trata, salvo los últimos versículos, de Su lugar en la tierra. Tal como Él estaba divinamente en el cielo, y así mostró un carácter celestial divino en la tierra, del mismo modo ellos (habiendo sido Él glorificado como hombre en el cielo), unidos con Él, tenían que manifestar lo mismo a su turno. De ahí que tenemos primero el lugar que Él toma personalmente, y la obra que les da derecho a ellos para estar en este lugar.

18.2 - Bosquejo y divisiones del capítulo 17

El capítulo 17 está dividido de la siguiente manera: los versículos 1-5 se refieren a Cristo, a la toma de Su posición en la gloria, a Su obra, y a esa gloria perteneciente a Su Persona, y al resultado de Su obra. Los versículos 1-3 presentan Su nueva posición en dos aspectos: "Glorifica a tu Hijo" - poder sobre toda carne, para la vida eterna para aquellos dados a Él; los versículos 4-5, Su obra y sus resultados. En los versículos 6-13, Él habla de Sus discípulos puestos en esta relación con el Padre por Su revelación de Su nombre a ellos, y luego habla del haberles dado las palabras que Él mismo había recibido, para que pudieran gozar toda la bendición plena de esta relación. Él ruega también por ellos, para que fueran uno como Él y el Padre lo eran. En los versículos 14-21 hallamos su consecuente relación con el mundo; en los versículos 20-21, Él introduce en el gozo de esta bendición a aquellos que iban a creer por medio de ellos. Los versículos 22-26 dan a conocer el resultado para ellos, tanto futuro como presente: la posesión de la gloria que Cristo había recibido del Padre - estar con Él, gozando la visión de Su gloria - para que el amor del Padre estuviera con ellos aquí abajo, igual que Cristo había sido su objeto - y que Cristo estuviera en ellos. Solamente los últimos tres versículos toman a los discípulos al cielo como una verdad suplementaria.

Éste es un breve resumen de este maravilloso capítulo, en el cual somos admitidos, no al discurso de Cristo con el hombre, sino a oír los deseos de Su corazón, cuando Él los derrama delante de Su Padre para la bendición de aquellos que son Suyos. Maravillosa gracia que nos permite oír estos deseos, y comprender todos los privilegios que emanan de los Suyos preocupándose así por nosotros, del hecho de ser nosotros el objeto de la comunicación entre el Padre y el Hijo, del común amor de ellos hacia nosotros, cuando Cristo expresa Sus propios deseos - aquello que Él tiene en sus más profundos sentimientos, y que Él presenta al Padre ¡como Sus propios deseos personales!

Algunas explicaciones pueden ayudarnos a comprender el significado de ciertos pasajes en este maravilloso y precioso capítulo. ¡Que el Espíritu de Dios nos ayude!

18.3 - La nueva posición de Cristo en la gloria; potestad sobre toda carne y el don de vida eterna a aquellos dados por Él

El Señor, cuyas miradas de amor habían estado dirigidas hasta entonces hacia Sus discípulos en la tierra, levanta ahora sus ojos al cielo al dirigirse al Padre. Había llegado la hora de glorificar al Hijo, a fin de que desde esa gloria Él pudiese glorificar al Padre. Esta es, generalmente hablando, la nueva posición. Su carrera aquí había terminado, y Él tuvo que ascender a lo alto. Había dos cosas relacionadas con esto - la potestad sobre toda carne, y el don de la vida eterna para tantas almas como el Padre le había dado. "Cristo es la cabeza de todo varón." (1 Corintios 11:3). Aquellos que el Padre le ha dado reciben vida eterna de Aquel que había subido a lo alto. La vida eterna era el conocimiento del Padre, el único Dios verdadero, y de Jesucristo, a quien Él había enviado. El conocimiento del Omnipotente daba seguridad al peregrino de la fe; el conocimiento de Jehová daba la certidumbre del cumplimiento de las promesas de Dios para Israel; el conocimiento del Padre, quien envió al Hijo, a Jesucristo (el Hombre ungido y el Salvador), quien era esa vida, y de este modo recibido como algo presente (1 Juan 1:1-4), era la vida eterna. El verdadero conocimiento aquí no era la protección exterior o la esperanza futura, sino la comunicación, en vida, de la comunión con el Ser conocido así en al alma - de la comunión con Dios plenamente conocido como el Padre y el Hijo. Aquí no es la divinidad de Su Persona la que está delante de nosotros en Cristo, aunque sólo una Persona divina podía estar en un lugar tal y hablar así, sino que se trata del lugar que Él había tomado al cumplir los consejos de Dios. Lo que se dice de Jesús en este capítulo podía decirse solamente de Uno que es Dios; pero el punto tratado es el de Su lugar en los consejos de Dios, y no la revelación de Su naturaleza. Él recibe todo de Su Padre - es enviado por Él, Su Padre le glorifica [63].

[63] Cuanto más examinemos el Evangelio de Juan, tanto más veremos a Uno que habla y actúa como solamente una Persona divina - uno con el Padre - podía hacer, pero, con todo, siempre como Uno que había tomado el lugar de un siervo, y que no toma nada para Él, sino que recibe todo de Su Padre. "Yo te he glorificado": "Ahora...glorifícame tú." ¡Qué lenguaje de igualdad de naturaleza y amor! pero Él no dice, Y ahora yo me glorificaré. Ha tomado el lugar de hombre para recibir todo, aunque fuera una gloria que Él tenía con el Padre antes de que el mundo fuese. Esto es de una belleza exquisita. Añado que fue con esto que el enemigo intentó seducirle, en vano, en el desierto.

Vemos la misma verdad de la comunicación de la vida eterna en relación con Su divina naturaleza y Su unidad con el Padre en 1 Juan 5:20. Aquí, Él cumple la voluntad del Padre, y es dependiente de Él en el lugar que ha tomado, y que va a tomar, incluso en la gloria, por muy gloriosa que Su naturaleza pueda ser. Así, también, en el capítulo 5 de nuestro Evangelio, Él da vida a quien quiere; aquí son aquellos que el Padre le ha dado. Y la vida que Él da está comprendida en el conocimiento del Padre, y de Jesucristo, a quien Él ha enviado.

18.4 - La obra de Cristo y sus resultados

Él da a conocer ahora las condiciones bajo las cuales Él toma este lugar en lo alto. Él había glorificado perfectamente al Padre en la tierra. Nada que manifestara a Dios el Padre había estado faltando, cualquiera que hubiese sido la dificultad; la contradicción de pecadores no fue sino una ocasión de hacerlo así. Esto mismo tornó infinito el dolor. Sin embargo, Jesús había realizado esa gloria en la tierra enfrentándose a toda esa oposición. Su gloria con el Padre en el cielo no era sino la justa consecuencia - la consecuencia necesaria, en mera justicia. Además, Jesús había tenido esta gloria con Su Padre antes de que el mundo fuese. Su obra y Su Persona por igual le daban derecho a ella. El Padre glorificado en la tierra por el Hijo: el Hijo glorificado con el Padre en lo alto: tal es la revelación contenida en estos versículos - un derecho, procedente de Su Persona como Hijo, pero a una gloria en la que Él entró como hombre, como consecuencia de haber, como tal, glorificado perfectamente a Su Padre en la tierra. He aquí los versículos que se relacionan con Cristo. Esto, además, ofrece la relación en la que Él entra en este nuevo lugar como hombre, Su Hijo, y la obra mediante la cual lo hace en justicia, y nos da así un título, y el carácter en el cual nosotros tenemos un lugar allí.

18.5 - Los discípulos del Señor en relación con el Padre por medio de la revelación de Su nombre y Su Palabra

Él habla ahora de los discípulos; de cómo entraron en su peculiar lugar en relación con esta posición de Jesús - en esta relación con Su Padre. Él había dado a conocer el nombre del Padre a aquellos que el Padre le había del mundo. Ellos pertenecían al Padre, y el Padre los había dado a Jesús. Ellos habían guardado la Palabra del Padre. Fue fe en la revelación que el Hijo había hecho del Padre. Las palabras de los profetas eran verdaderas. Los fieles las disfrutaron: éstas sostuvieron su fe. Pero la Palabra del Padre, por medio de Jesús, reveló al Padre mismo, en Aquel a quien el Padre había enviado, y puso a los que la recibieron en el lugar de amor, el cual era el lugar de Cristo; y conocer al Padre y al Hijo era la vida eterna. Esto era algo bastante diferente de las esperanzas relacionadas con el Mesías o con lo que Jehová le había dado. Es de este modo, también, que los discípulos son presentados al Padre; no como recibiendo a Cristo en el carácter de Mesías y honrándole poseyendo Su poder por ese título. Ellos habían conocido que todo lo que Jesús tenía era del Padre. Él era entonces el Hijo; Su relación con el Padre era reconocida. Tardos para comprender como eran, el Señor los reconoce conforme a Su apreciación de la fe de ellos, de acuerdo al objeto de esa fe, conocida para Él, y no conforme a su inteligencia. ¡Preciosa verdad! (comparen con capítulo 14:7)

Ellos reconocieron a Jesús, entonces, recibiendo todo del Padre, no como Mesías de Jehová; porque Jesús les había dado todas las palabras que el Padre le había dado a Él. De este modo, Él los había traído en sus propias almas a la conciencia de la relación entre el Hijo y el Padre, y a la plena comunión, según las comunicaciones del Padre al Hijo en esa relación. Él habla de la posición de ellos mediante la fe - no de su comprensión de esta posición. De esta manera, ellos reconocieron que Jesús vino del Padre, y que vino con la autoridad del Padre - el Padre le había enviado. Fue desde allí que Él vino, y vino provisto de la autoridad de una misión dada por el Padre. Ésta era la posición de ellos por la fe.

18.6 - La oración del Señor por los discípulos como distinguidos del mundo

Y ahora - estando ya los discípulos en esta posición - Él los pone, conforme a Sus pensamientos y a Sus deseos, delante del Padre en oración. Él ruega por ellos, distinguiéndolos completamente del mundo. Vendría el momento cuando (según el Salmo 2) Él pediría al Padre con referencia al mundo; Él no lo estaba haciendo así ahora, sino que rogaba por aquellos que estaban fuera del mundo, por los que el Padre le había dado. Pues ellos eran del Padre. Porque todo lo que es del Padre, está en esencial oposición al mundo (comparen con 1 Juan 2:16).

18.7 - Los motivos de la petición del Señor

El Señor presenta al Padre dos motivos para Su petición: primero, que ellos eran del Padre, de modo que el Padre, para Su propia gloria, y a causa de Su afecto por aquello que le pertenecía, los guardara; segundo, que Jesús fue glorificado en ellos, de modo que si Jesús era el objeto del afecto del Padre, por esa razón debería el Padre guardarlos también. Además, los intereses del Padre y del Hijo no podían separarse. Si ellos eran del Padre, eran, de hecho, del Hijo; y ello no era más que un ejemplo de esta verdad universal - todo lo que era del Hijo era del Padre, y todo lo que era del Padre era del Hijo. ¡Qué lugar para nosotros! ser el objeto de este afecto mutuo, de estos intereses comunes e inseparables del Padre y del Hijo. Éste es el gran principio - el gran fundamento de la oración de Cristo. Él rogó al Padre por Sus discípulos, porque pertenecían al Padre. Por consiguiente, Jesús necesariamente tenía que procurar su bendición. El Padre se interesaría minuciosamente en ellos, porque en ellos tenía que ser glorificado el Hijo.

18.8 - Las circunstancias a las que la oración se aplicaba

Él entonces presenta las circunstancias a las que la oración se aplicaba. Él ya no estaba en este mundo. Iban a estar privados de Su cuidado personal presente con ellos, pero estarían en este mundo, mientras Él se iba al Padre. Este es el terreno de Su petición con respecto a la posición de ellos. Los pone en relación, por consiguiente, con el Padre Santo - con todo el perfecto amor de un Padre tal - con el Padre de Jesús y el de ellos, manteniendo (era la bendición de ellos) la santidad que Su naturaleza requería, si iban a estar en relación con Él. Era una protección directa. El Padre guardaría en Su propio nombre a aquellos que Él había dado a Jesús. De esta forma, la relación era directa. Jesús los encomendó a Él, y ello, no sólo porque pertenecieran al Padre, sino porque eran ahora Suyos, investidos de todo el valor que ello les daría a los ojos del Padre.

18.9 - Unidad y su vínculo

El objeto de Su solicitud era el de guardarlos en unidad, como el Padre y el Hijo son uno. Solamente un Único Espíritu divino era el vínculo de esa unidad. En este sentido el vínculo era verdaderamente divino. En tanto que estuvieran llenos del Espíritu Santo, ellos tenían una sola mente, un consejo, un propósito. Ésta es la unidad a la que se alude aquí. El Padre y el Hijo eran su único objeto; el cumplimiento de sus consejos y objetivos era su único cometido. Ellos tenían solamente los pensamientos de Dios; porque Dios mismo, el Espíritu Santo, era la fuente de sus pensamientos. Era un solo poder divino y una sola naturaleza divina lo que los unía - el Espíritu Santo. La mente, el propósito, la vida, toda la existencia moral, eran, como consecuencia, una sola cosa. El Señor habla, forzosamente, en la plenitud de Sus propios pensamientos, cuando expresa Sus deseos para ellos. Si se trata de una cuestión de comprenderlos, entonces debemos pensar en el hombre; pero, con todo, en una fortaleza que se perfecciona en la debilidad.

18.10 - La suma de los deseos del Señor - la relación de los discípulos con el Padre como hijos, santos, bajo Su cuidado

Ésta es la suma de los deseos del Señor - hijos, santos, bajo el cuidado del Padre; que sean uno, no por un esfuerzo o por un acuerdo, sino conforme al poder divino. Estando Él allí, los había guardado en el nombre del Padre, fiel para cumplir todo lo que el Padre le había encomendado, y para no perder a ninguno de aquellos que eran de Él. En cuanto a Judas, fue sólo el cumplimiento de la Palabra. La protección de Jesús presente en el mundo ya no podía existir. Pero Él habló estas cosas, estando aún allí, y los discípulos las escuchaban, a fin de que pudieran entender que estaban puestos delante del Padre en la misma posición que Cristo había mantenido, y que podrían hacer que se cumpliese así en ellos, en esta misma relación, el gozo que Cristo había poseído. ¡Qué gracia inefable! Le habían perdido, visiblemente, para encontrarse ellos (por Él y en Él) en la propia relación de Cristo con el Padre, gozando de todo lo que Él gozó en esa comunión aquí abajo, estando en Su lugar en la relación propia de ellos con el Padre. Por lo tanto, Él les había hablado todas las palabras que el Padre le había dado - las comunicaciones de Su amor a Él, al caminar como Hijo en ese lugar aquí abajo; y, en el nombre especial de "Padre Santo", por el cual el Hijo se dirigía a Él desde la tierra, el Padre iba a guardar a aquellos que el Hijo había dejado allí. Así tendrían Su gozo cumplido en ellos mismos.

Ésta era la relación de ellos con el Padre, estando Jesús ausente. Él habla ahora de la relación de ellos con el mundo, como consecuencia de lo anterior.

18.11 - La relación de los discípulos con el mundo; separados por medio de la Palabra

Él les dio la Palabra de Su Padre - no las palabras que les llevaban a la comunión con Él, sino Su Palabra - el testimonio de lo que Él era. Y el mundo los había aborrecido como había aborrecido a Jesús (el testimonio vivo y personal del Padre) y al Padre mismo. Estando así en relación con el Padre, que los había sacado de entre los hombres del mundo, y habiendo recibido la palabra del Padre (y vida eterna en el Hijo en ese conocimiento), ellos no eran del mundo así como Jesús no era del mundo: y por eso el mundo los aborrecía. Sin embargo, el Señor no ruega que fueran quitados de él, sino que el Padre los guardara del mal. Él entra a detallar Sus deseos en este aspecto, fundamentándolos en que ellos no eran del mundo. Repite este pensamiento como la base de su posición aquí abajo. "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo." ¿Qué debían ser ellos entonces? ¿Por cuál norma, por qué modelo, tenían que ser formados? Por la verdad, y la palabra del Padre es verdad. Cristo fue siempre la Palabra (el Verbo), pero la Palabra viva entre los hombres. En las escrituras poseemos esta Palabra, escrita y firme: las Escrituras le revelan, dan testimonio de Él. Así fue que los discípulos tenían que ser separados. "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." Era esto con lo que debían ser formados en el ámbito personal, por la Palabra del Padre, como Él fue revelado en Jesús.

18.12 - Los discípulos son enviados al mundo; su misión y testimonio

La misión de ellos sigue a continuación. Jesús los envía al mundo, como el Padre le había enviado a Él al mundo. Son enviados a él de parte de Cristo: si hubieran sido del mundo, no podían haber sido enviados a él. Pero no era sólo la Palabra del Padre lo que era verdad, ni la comunicación de la Palabra del Padre por medio de Cristo presente con los discípulos (puntos de los cuales desde el versículo 14 hasta ahora Jesús había estado hablando, "Yo les he dado tu palabra."): Él se santificó a Sí mismo. Él se mantuvo separado como un hombre celestial sobre los cielos, un hombre glorificado en la gloria, a fin de que toda verdad pudiera resplandecer en Él, en Su Persona, resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre - siendo manifestado así en Él todo lo que el Padre es; el testimonio de la justicia divina, del amor divino, del poder divino, trastornando totalmente la mentira de Satanás, por la que el hombre había sido engañado y por la que entró la falsedad en el mundo; el modelo perfecto de aquello que el hombre era conforme a los consejos de Dios, y como la expresión de Su poder moralmente y en gloria - la imagen del Dios invisible, el Hijo, y en gloria. Jesús se apartó, en este lugar, para que los discípulos pudieran ser santificados por la comunicación dada ellos de lo que Él era; pues esta comunicación era la verdad, y los creaba a imagen de lo que revelaba. Así que era la gloria del Padre, revelada por Él en la tierra, y la gloria a la cual Él había ascendido como hombre; pues este es el resultado completo - la ilustración en gloria de la manera como Él se había apartado para Dios, pero a favor de los Suyos. De este modo, no sólo existen la formación y el gobierno de los pensamientos por la Palabra, separándonos moralmente para Dios, sino que existen también los benditos afectos que fluyen del hecho de que poseemos esta verdad en la Persona de Cristo, estando conectados nuestros corazones con Él en gracia. Esto finaliza la segunda parte de aquello que se refería a los discípulos, en comunión y en testimonio.

18.13 - La oración del Señor por los creyentes, no limitada a los doce; unidad en comunión con el Padre y el Hijo

En el versículo 20, Él declara que ruega también por aquellos que creerían en Él por medio de ellos. Aquí el carácter de la unidad difiere un poco de aquella en el versículo 11. Allí, al hablar de los discípulos, Él dice, "para que sean uno, así como nosotros"; porque la unidad del Padre y del Hijo se mostraba en un propósito señalado, un objeto señalado, un amor señalado, una obra señalada, todo señalado. Por lo tanto, los discípulos debían tener esa clase de unidad. Aquí aquellos que creían, puesto que recibían y tomaban parte en aquello que era comunicado, tenían su unidad en el poder de la bendición a la cual eran traídos. Por un Espíritu, en el que estaban forzosamente unidos, tenían un lugar en comunión con el Padre y el Hijo (comparar con 1 Juan 1:3; ¡y cuán similar es el lenguaje del apóstol con el de Cristo!). Así, el Señor pide que sean uno en ellos - el Padre y el Hijo. Éste era el medio para hacer creer al mundo que el Padre había enviado al Hijo, pues aquí estaban aquellos que lo habían creído, quienes, no obstante lo opuestos que sus intereses y hábitos pudiesen ser, no obstante lo fuerte de sus prejuicios, con todo, eran uno (por medio de esta poderosa revelación y de esta obra) en el Padre y el Hijo.

18.14 - Conversación con Su Padre; la gloria que Él ha dado a Su Hijo

Aquí termina Su oración, pero no toda Su conversación con Su Padre. Él nos da (y aquí los testigos y los creyentes están unidos) la gloria que el Padre le había dado. Es la base de otro, un tercer [64] modo de unidad.

[64] Hay tres unidades de las que se habla aquí. En primer lugar, de la de los discípulos, "así como nosotros somos", unidad por el poder del Espíritu en pensamiento, propósito, mente y servicio, haciéndolos el Espíritu a todos uno, con un camino en común, la expresión de Su mente y poder, y no se habla de nada más. Entonces, se habla de aquellos que creerían por medio de ellos, unidad en comunión con el Padre y el Hijo, "uno en nosotros" - aún por medio del Espíritu Santo pero, pero como traídos a ello, como ya se dijo anteriormente, como en 1 Juan 1:3. Luego se habla de la unidad en gloria, "perfectos en unidad", en manifestación y revelación descendente, el Padre en el Hijo, y el Hijo en todos ellos. La segunda era para que el mundo creyera, la tercera para que el mundo conociera. Las dos primeras se cumplieron literalmente según los términos en que son expresadas. No es necesario decir lo lejos que se han apartado de esta unidad los creyentes desde entonces.

Todos participan, es cierto, en gloria, de esta unidad absoluta en pensamiento, objetivo, propósito señalado, que se encuentran en la unidad del Padre y el Hijo. Estando ya presente la perfección, aquello que el Espíritu Santo había producido espiritualmente, excluyendo Su absorbente energía a toda otra, era natural para todos en gloria.

18.15 - Una unidad en manifestación en la gloria

Pero el principio de la existencia de esta unidad añadía todavía otro carácter a esa verdad - la de la manifestación, o, cuando menos, de una fuente interior que realizaba en ellos su manifestación: "Yo en ellos", dijo Jesús, "y tú en mí." Ésta no es la simple y perfecta unidad del versículo 11, ni la reciprocidad y comunión del versículo 21. Es Cristo en todos los creyentes, y el Padre en Cristo, una unidad en la manifestación en gloria, no meramente en comunión - una unidad en la cual todo está perfectamente conectado con su fuente. Y Cristo, a quien solamente debían manifestar, es en ellos; y el Padre, a quien Cristo había manifestado perfectamente, es en Él. El mundo (pues esto será en la gloria milenaria, y manifestado al mundo) conocerá entonces (Él no dice, 'para que pueda creer') que Jesús había sido enviado por el Padre (¿cómo negarlo cuando Él sea visto en gloria?) y, además, que los discípulos habían sido amados por el Padre, así como Jesús fue amado. El hecho de que poseían la misma gloria que Cristo, constituiría la prueba.

18.16 - Con Cristo, para ver Su gloria, el secreto para los que Le aman

Pero había aún más. Hay aquello que el mundo no verá, porque no estará en él. "Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy." (Juan 17:24 - LBLA). Allí no solamente somos como Cristo (conformados al Hijo, llevando la imagen del hombre celestial ante los ojos del mundo), sino que estamos con Él donde Él está. Jesús desea que veamos Su gloria [65].

[65] Esto responde a la entrada de Moisés y Elías en la nube, además de su exhibición en la misma gloria que Cristo, estando en el monte.

Consolación y estímulo para nosotros, tras haber participado de Su oprobio: pero aún más precioso, por cuanto vemos que Aquel que ha sido deshonrado como hombre, y debido a que Él se hizo hombre por nosotros, será, por esa misma razón, glorificado con una gloria que excederá a toda otra gloria, salvo la de Aquel que sometió bajo Él todas las cosas. Pues Él habla aquí de gloria dada. Es esto lo que es tan precioso para nosotros, porque Él la ha adquirido para nosotros mediante Sus sufrimientos, y, sin embargo, era perfectamente lo que se le debía a Él - la justa recompensa por haber, por medio de estos sufrimientos, glorificado perfectamente al Padre. Ahora, este es un gozo peculiar, totalmente fuera del mundo. El mundo verá la gloria que tenemos en común con Cristo, y sabrá que hemos sido amados como Cristo fue amado. Pero hay un secreto para aquellos que le aman, el cual pertenece a Su Persona y a nuestra asociación con Él. El Padre le amó antes de que el mundo fuese - un amor que no se puede comparar sino con lo que es infinito, perfecto y, de este modo, que satisface en sí mismo. Compartiremos esto en el sentido de ver a nuestro Amado en tal amor, y de estar con Él, y de contemplar la gloria que el Padre le ha dado, según el amor con el cual Él le amó antes de que el mundo tuviera parte alguna en los tratos de Dios. Hasta aquí, estábamos en el mundo; aquí estamos en el cielo, fuera de toda demanda o aprehensión del mundo (Cristo visto en el fruto de ese amor que el Padre tenía por Él antes que el mundo existiese). Cristo, entonces, fue el deleite del Padre. Le vemos en el fruto eterno de ese amor como Hombre. Nosotros estaremos en este amor con Él para siempre, para gozar del hecho de que Él esté en ese amor - que nuestro Jesús, nuestro Amado, está en él, y es lo que Él es.

18.17 - La justicia del Padre

Entretanto, siendo tal, hubo justicia en los tratos con respecto a Su rechazo. Él había manifestado al Padre plenamente, perfectamente. El mundo no le había conocido, pero Jesús le había conocido, y los discípulos habían conocido que el Padre le había enviado. Él no apela aquí a la santidad del Padre, para que los guardara conforme a ese bendito nombre, sino a la justicia del Padre, para que pudiera hacer una distinción entre el mundo, por una parte, y Jesús con los Suyos por otra, ya que existía la razón moral, así como el amor inefable del Padre por el Hijo. Y Jesús quiere que gocemos, mientras estamos aquí abajo, de la conciencia de que la distinción ha sido hecha por las comunicaciones de gracia, antes de que sea hecha por el juicio.

18.18 - El nombre del Padre manifestado; Su amor a ser conocido y gozado

Él les había dado a conocer el nombre del Padre, y lo daría a conocer, aun cuando Él hubiese subido a lo alto, para que el amor con el cual el Padre le había amado estuviera en ellos (para que sus corazones pudieran poseerlo en este mundo - ¡qué gracia!), y Jesús en ellos, el comunicador de ese amor, la fuente de la fortaleza para gozarlo, conduciéndolo, por así decirlo, en toda la perfección en la que Él lo había gozado, en los corazones de ellos, en los que Él moraba - siendo Él mismo la fortaleza, la vida, la suficiencia, el derecho, y el medio para gozarlo de esta manera, y como tal, en el corazón. Porque es en el Hijo que nos lo da a conocer, que conocemos el nombre del Padre, a quien Él nos revela. Es decir, Él quiere que gocemos ahora de esa relación en amor en la que le veremos en el cielo. El mundo conocerá que hemos sido amados como Jesús, cuando aparezcamos en la misma gloria con Él; pero nuestra parte es conocer esta relación ahora, estando Cristo en nosotros.

19 - Capítulo 18

19.1 - La gloria del Señor destacada en la historia de Sus últimos momentos

La historia de los últimos momentos de nuestro Señor comienza después de las palabras que Él dirigió a Su Padre. Hallaremos, incluso en esta parte de la historia, el carácter general de aquello que se relata en este Evangelio (según todo lo que hemos visto en él), que los acontecimientos destacan la gloria personal del Señor. Tenemos, en realidad, la malignidad del hombre fuertemente caracterizada; pero el objeto principal en la descripción es el Hijo de Dios, no el Hijo del Hombre sufriendo bajo el peso de aquello que le sobrevino. No tenemos la agonía en el jardín. No tenemos la expresión de Su sentimiento cuando fue abandonado por Dios. Los Judíos también son puestos en el lugar de absoluto rechazo.

19.2 - La iniquidad de Judas: la maldad de un corazón endurecido

La iniquidad de Judas es tan fuertemente señalada aquí como en el capítulo 13. Él conocía bien el lugar, pues Jesús tenía la costumbre de reunirse allí con Sus discípulos. ¡Qué idea - escoger tal sitio para traicionarle! ¡Qué dureza de corazón tan inconcebible! Pero ¡ay! él se había entregado a Satanás, instrumento del enemigo, la manifestación de su poder y de su verdadero carácter.

19.3 - La gloria divina mostrada; el Buen Pastor y Sus ovejas

¡Cuántas cosas habían sucedido en aquel jardín! ¡Qué comunicaciones de un corazón lleno del amor de Dios, que intentaba hacerlas penetrar en los estrechos e insensibles corazones de Sus amados discípulos! Pero todo esto pasó inadvertido para Judas. Él viene, con los agentes utilizados por la malignidad de los sacerdotes y de los Fariseos, para prender a la Persona de Jesús. Pero Jesús se les anticipa. Es Él quien se presenta a ellos. Sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelanta, preguntado: "¿A quién buscáis?" Es el Salvador, el Hijo de Dios, quien se entrega. Ellos responden: "a Jesús nazareno." Jesús les dice, "Yo soy." Judas, también, estaba allí, quien le conocía bien, y conocía esa voz, por tanto tiempo familiar para sus oídos. Nadie puso sus manos sobre Él: pero en cuanto Su palabra resonó en sus corazones, en cuanto ese divino "Yo soy" es escuchado en el interior de ellos, ellos retroceden, y caen a tierra. ¿Quién le prendería? Él solamente tenía que marcharse y dejarlos a todos allí. Pero Él no vino para esto, y el tiempo para entregarse había llegado. Por lo tanto, Él les pregunta de nuevo: "¿A quién buscáis?" Ellos dicen, como antes, "a Jesús nazareno." La primera vez, la gloria divina de la Persona de Cristo se tenía que manifestar necesariamente; y ahora, Su cuidado por los redimidos. "Si me buscáis a mí", dijo el Señor, "dejad ir a éstos" - para que se cumpliese la palabra, "De los que me diste, no perdí ninguno." Él se presenta como el buen Pastor, dando Su vida por las ovejas. Se sitúa delante de ellos para que pudieran escapar del peligro que les amenazaba, y para que todo le pudiese sobrevenir a Él. Él se entrega a ellos. Todo se trata aquí de Su ofrenda voluntaria.

19.4 - Obediencia perfecta mostrada por el Señor; la energía carnal y poco inteligente de Pedro

Sin embargo, cualquiera que fuese la gloria divina que manifestó, y la gracia de un Salvador que fue fiel a los Suyos, Él actúa en obediencia, y en la perfecta quietud de una obediencia que había calculado el costo completo con Dios contando el costo, y que lo había recibido todo de la mano de Su Padre. Cuando la energía carnal y poco inteligente de Pedro emplea la fuerza para defenderle a Él, quien, si hubiese querido, solamente habría necesitado marcharse cuando una palabra de Sus labios hubiese hecho caer a tierra a los que se acercaban para prenderle, y la palabra que les reveló el objeto de su búsqueda, les hubiese privado de todo poder para comprenderla - cuando Pedro golpea al siervo Malco, Jesús toma el lugar de obediencia. "La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?" La divina Persona de Cristo había sido manifestada; la ofrenda voluntaria de Sí mismo había sido hecha, y eso, a fin de proteger a los Suyos; y ahora, al mismo tiempo, Su perfecta obediencia es mostrada.

19.5 - Ante el sumo sacerdote; el tranquilo sometimiento del Señor al hombre para cumplir los consejos de Dios

La malignidad de un corazón endurecido, y la falta de inteligencia de un corazón carnal, aunque sincero, han sido expuestos. Jesús tiene Su lugar solo y apartado. Él es el Salvador. Sometiéndose así al hombre, a fin de cumplir los consejos y la voluntad de Dios, permite que le lleven donde ellos querían. Poco de lo que sucedió se relata aquí. Jesús, aunque fue interrogado, escasamente dice algo acerca de Él. Hay, delante tanto del sumo sacerdote como de Poncio Pilato, la superioridad serena y humilde de Uno que se estaba entregando: con todo, Él es condenado solamente por el testimonio que dio de Sí mismo. Ya todos habían escuchado aquello que Él enseñó. Desafía a la autoridad que prosigue con el interrogatorio, no de manera oficial, sino pacífica y moralmente; y cuando es injustamente golpeado, Él protesta con dignidad y perfecta serenidad, sometiéndose a los insultos. Pero no reconoce al sumo sacerdote de ningún modo, mientras que, al mismo tiempo, Él no se opone en absoluto a él. Le deja en su incapacidad moral.

La debilidad carnal de Pedro se manifiesta, al igual que antes se manifestó su energía carnal.

19.6 - Ante Pilato, y Pilato ante Jesús

Cuando es llevado ante Pilato (aunque por causa de la verdad, por confesar de que Él era rey), el Señor actúa con la misma serenidad y la misma sumisión, pero Él interroga a Pilato y le instruye de tal manera que Pilato no pudo hallar ninguna falta en Él. No obstante, moralmente incapaz de estar a la altura de aquello que estaba ante él, Pilato le hubiera dejado libre valiéndose de una costumbre, practicada entonces por el gobierno, que era la de soltarles un culpable a los Judíos en la Pascua. Pero la inquieta indiferencia de una conciencia que, endurecida como estaba, se inclinaba ante la presencia de Uno que (incluso mientras era humillado así) no hacía más que alcanzarla, no escapó así de la activa malignidad de aquellos que estaban haciendo la obra del enemigo. Los Judíos exclaman contra la propuesta que el desasosiego del gobernante sugirió, y escogen a un ladrón en lugar de Jesús.

20 - Capítulo 19

20.1 - Los verdaderos autores de la muerte del Señor

Pilato cede a su habitual inhumanidad. Sin embargo, en el relato dado en este Evangelio, los Judíos son prominentes, como los verdaderos autores (por lo que se refería al hombre) de la muerte del Señor. Celosos de su pureza ceremonial, pero indiferentes a la justicia, no se conforman con juzgarle según su propia ley; [66] ellos escogen que los romanos le den muerte, pues todo el consejo de Dios necesariamente tiene que cumplirse.

[66] Se dice que sus tradiciones Judías les prohibían dar muerte a alguno durante las grandes fiestas. Es posible que esto pudiese haber influenciado a los Judíos; pero como quiera que hubiese sido, los propósitos de Dios fueron así cumplidos. En otros tiempos, los Judíos no estaban tan dispuestos a someterse a las exigencias de Roma que les privaban del derecho a la vida y a la muerte.

20.2 - La alarma de Pilato, orgullo e injusticia; su intento de hacer a los Judíos plenamente culpables

Fue a causa de las reiteradas exigencias de los Judíos que Pilato entrega a Jesús en sus manos - enteramente culpable al hacerlo, pues él había declarado públicamente Su inocencia, y su conciencia había sido tocada y alarmada por las pruebas evidentes que hubo de que tenía ante él a alguna persona extraordinaria. Él no va a mostrar que es afectado, pero lo fue (cap. 19:8). La gloria divina que penetró por medio de la humillación de Cristo actúa sobre él, y da fuerza a la afirmación hecha por los Judíos de que Jesús se había llamado a Sí mismo Hijo de Dios. Pilato le había azotado y le había entregado a los insultos de los soldados; y aquí él se habría detenido. Tal vez esperó también que los Judíos se dieran por satisfechos con esto, y les presenta a Jesús coronado con espinas. Quizás esperó que el celo de ellos con respecto a estos insultos nacionales los indujeran a pedir Su liberación. Pero, siguiendo cruelmente en su maligno propósito, gritaron: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" Pilato objeta esto en sí mismo, al tiempo que les concede libertad para hacerlo, diciéndoles que no halla ningún delito en Él. Ante esto, ellos pretextan de su ley Judía. Ellos tenían una ley propia, dicen ellos, según la cual Él debía morir porque se había hecho a Sí mismo Hijo de Dios. Pilato, ya afectado y ejercitada su mente, se alarma aún más, y, regresando de nuevo a la sala del juicio, interroga a Jesús. El orgullo de Pilato despierta, y pregunta si Jesús no sabe que él tiene el poder para condenarle o soltarle. El Señor mantiene, al responder, la plena dignidad de Su Persona. Pilato no tiene poder sobre Él, si no era la voluntad de Dios - a ésta Él se sometía. La suposición de que cualquiera podía hacer algo contra Él, si no era porque mediante aquello la voluntad de Dios se iba a cumplir, agravaba el pecado de los que le habían entregado. El conocimiento de Su Persona formaba la medida del pecado cometido contra Él. No percibir este pecado hacía que todo fuera juzgado falsamente, y, en el caso de Judas, mostró la ceguera moral más absoluta. Judas conocía el poder de Su Maestro. ¿Cuál fue el significado de entregarle al hombre, si no era porque había llegado Su hora? Pero, siendo este el caso ¿cuál fue la posición del traidor?

Pero Jesús habla siempre conforme a la gloria de Su Persona, y como estando, de este modo, enteramente por sobre las circunstancias a través de las cuales Él estaba pasando en gracia, y en obediencia a la voluntad de Su Padre. Pilato es profundamente perturbado por la respuesta del Señor, con todo, su sentimiento no es lo bastante fuerte para contrariar el motivo con el que los Judíos le presionaban, pero tenía suficiente poder para recriminarles a los Judíos toda lo que había de voluntad en Su condenación, y hacerles plenamente culpables del rechazo del Señor.

20.3 - La condenación y calamidad propia de los Judíos; Jesús es entregado

Pilato procuró alejarle de la furia de ellos. Finalmente, temiendo ser acusado de infidelidad a César, se vuelve con desprecio hacia los Judíos, diciendo, "¡He aquí vuestro Rey!"; actuando- aunque inconscientemente - bajo la mano de Dios, para hacer salir esa palabra memorable de labios de ellos, su condenación, y su calamidad aún hasta el día de hoy, "No tenemos más rey que César." Negaron a su Mesías. La fatídica palabra, que hizo descender el juicio de Dios, fue pronunciada ahora, y Pilato les entrega a Jesús.

20.4 - El título del Señor fijado a la cruz

Jesús, humillado y llevando la cruz, toma Su lugar con los transgresores. Sin embargo, Aquel que haría que todo se cumpliera ordenó que se rindiera un testimonio a Su dignidad; y Pilato (tal vez para exasperar a los Judíos, ciertamente para cumplir los propósitos de Dios) fija a la cruz como título del Señor, "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos": la doble verdad - el despreciado nazareno es el Mesías verdadero. Aquí, entonces, como a través de todo este Evangelio, los Judíos ocupan su lugar como rechazados de Dios.

20.5 - Jesús crucificado: la profecía cumplida

Al mismo tiempo, el apóstol muestra - aquí como en otra parte - que Jesús era el verdadero Mesías, citando las profecías que hablan de lo que le sucedió a Él en general, con respecto a Su rechazo y Sus sufrimientos, de modo que se prueba que Él es el Mesías por las circunstancias mismas en que fue rechazado por el pueblo.

Después de la historia de Su crucifixión, como el acto del hombre, tenemos aquello que la caracteriza en el aspecto de lo que Jesús fue sobre la cruz. La sangre y el agua fluyen de Su costado abierto.

20.6 - La devoción de las mujeres ante la cruz; la naturaleza contemplada en su perfección en los sentimientos humanos del Señor

La devoción de las mujeres que le siguieron, menos importante quizás desde la perspectiva de la acción, resplandece, no obstante, a su manera, en esa perseverancia de amor que las llevó cerca de la cruz. La posición más responsable de los apóstoles como hombres, escasamente le permitió a ellos esto, en las circunstancias en las que se encontraban; pero esto no le quita nada al privilegio que la gracia une a la mujer cuando es fiel a Jesús. Pero fue la oportunidad para que Cristo nos diera una nueva enseñanza, mostrándose tal como Él mismo era, y poniendo Su obra ante nosotros, sobre todas las simples circunstancias, como el efecto y la expresión de una energía espiritual que le consagró, como hombre, enteramente a Dios, ofreciéndose también a Dios por el Espíritu eterno. Su obra estaba hecha. Se había ofrecido a Sí mismo. Él vuelve, por así decirlo, a Sus relaciones personales. La naturaleza, en Sus sentimientos humanos, se ve en su perfección; y, al mismo tiempo, se ve Su superioridad divina, personalmente, frente a las circunstancias por las que pasó en gracia como el hombre obediente. La expresión de Sus sentimientos filiales muestra que la consagración a Dios, que le alejó de todos aquellos afectos que son semejantes a la necesidad y al deber del hombre conforme a la naturaleza, no fue la falta de sentimiento humano, sino el poder del Espíritu de Dios. Viendo a las mujeres, no les habló más como Maestro y Salvador, la resurrección y la vida; es Jesús, un hombre, individualmente, en Su relación humana.

20.7 - La comisión de Juan; el amor del Maestro por Juan

"Mujer", Él dice, "he ahí tu hijo" - encomendando Su madre al cuidado de Juan, el discípulo que Jesús amaba - y al discípulo le dice, "He ahí tu madre"; y desde entonces ese discípulo la llevó a su casa. ¡Dulce y preciosa comisión! Una confianza que hablaba de aquello que sólo aquel que era amado así podía apreciar, como siendo su objeto inmediato. Esto nos muestra también que Su amor por Juan tenía un carácter de afecto y apego humanos, conforme a Dios, pero no era un amor esencialmente divino, aunque sí estaba lleno de gracia divina - una gracia que le daba todo su valor, pero que se revestía con la realidad del corazón humano. Evidentemente, esto era lo que unía a Juan y a Pedro. Jesús era su único y común objeto. De caracteres muy diferentes - y unidos tanto más por esa causa - ellos pensaban sólo en una cosa. Una consagración absoluta a Jesús es el vínculo más fuerte entre corazones humanos. Los despoja del yo, y poseen una sola alma en pensamiento, intención, y propósito establecido, porque tienen únicamente un objeto. Pero en Jesús esto era perfecto, y era gracia. No se dice, 'el discípulo que amaba a Jesús'; eso hubiera estado bastante fuera de lugar. Hubiera sido sacar completamente a Jesús de Su lugar, y de Su dignidad, de Su gloria personal, y hubiera sido destruir el valor de Su amor hacia Juan. No obstante, Juan amaba a Jesús, y, consecuentemente, apreciaba así el amor de su Maestro; y, estando su corazón unido a Él por la gracia, se consagró a la ejecución de esta dulce comisión, la cual él se deleita en relatar aquí. Es realmente el amor el que lo dice, aunque no habla de sí mismo.

Creo que vemos nuevamente este sentimiento (usado por el Espíritu de Dios, evidentemente no como el fundamento, sino para dar su colorido a la expresión de todo aquello que él había visto y oído) al comienzo de la primera epístola de Juan.

20.8 - Cristo actuando en conformidad a la gloria de Su Persona

Vemos también aquí que este Evangelio no nos muestra a Cristo bajo el peso de Sus sufrimientos, sino actuando en conformidad con la gloria de Su Persona sobre todas las cosas, y cumpliendo todas las cosas en gracia. En serenidad perfecta, Él provee para Su madre; habiendo hecho esto, sabe que todo está consumado. Él tiene, según el lenguaje humano, completo control de Sí mismo.

20.9 - El Señor poniendo Su vida: un acto voluntario

Hay todavía una profecía a ser cumplida. Él dice, "Tengo sed"; y, como Dios había predicho, le dan vinagre. Él sabe que no quedaba ahora ningún detalle de todo lo que tenía que cumplirse. Inclina la cabeza y Él mismo [67] entrega Su espíritu.

De esta forma, cuando toda la obra divina es consumada al entregar el hombre divino Su espíritu, ese espíritu deja el cuerpo que había sido su órgano y su vaso. El tiempo había llegado para hacerlo; y al hacerlo, Él aseguró el cumplimiento de otra palabra divina: "No será quebrado hueso suyo." Pero todo participaba en el cumplimiento de esas palabras, y los propósitos de Aquel que las había pronunciado de antemano.

[67] Ésta es la fuerza de la expresión; lo cual es muy distinto de la palabra traducida "expiró" (gr.: exepneusen; expiró). Sabemos por Lucas 23:46 que Él hizo esto cuando había dicho: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." Pero en Juan, el Espíritu Santo está presentando incluso Su muerte como el resultado de un acto voluntario, entregando Su espíritu, sin mencionar a quién encomendaba Él (como hombre con una fe absoluta y perfecta) Su espíritu humano, Su alma, al morir. Lo que se muestra aquí es Su divina competencia, y no Su confianza en Su Padre. La palabra no es utilizada nunca de este manera sino en este pasaje en cuanto a Cristo, ni en el Nuevo Testamento ni en la Septuaginta (versión de los LXX o Septuaginta).

20.10 - Las señales de una salvación eterna y perfecta salen de Su costado abierto; el propósito del registro de este hecho

Un soldado le abre Su costado con una lanza. Es de un Salvador muerto del que fluyen las señales de una salvación eterna y perfecta - el agua y la sangre; la una para limpiar al pecador, la otra para expiar sus pecados. El evangelista lo vio. Su amor por el Señor hace que le agrade recordar que le vio así hasta el final; él lo dice a fin de que podamos creer. Pero si vemos en el discípulo amado el instrumento que el Espíritu Santo utiliza (y muy dulce es verlo, y conforme a la voluntad de Dios), veremos claramente quién es el que lo usa. ¡Cuántas cosas vio Juan las cuales no relata! El grito de angustia y de abandono - el terremoto - la confesión del centurión - la historia del ladrón: todas estas cosas acontecieron ante sus ojos, los cuales estaban puestos en su Maestro; con todo, él no las menciona. Habla de aquello que su Amado era en medio de todo ello. El Espíritu Santo le hace relatar lo que pertenecía a la gloria personal de Jesús. Sus afectos hacían que para él fuera una tarea dulce y agradable. El Espíritu le unió a ello, utilizándole para realizar aquello para lo cual era bien apto. Por medio de la gracia, el instrumento se prestó prontamente a hacer la obra para la cual el Espíritu Santo le apartó. Su memoria y su corazón estaban bajo la influencia dominante y exclusiva del Espíritu de Dios. Ese Espíritu los empleó en Su obra. Uno simpatiza con el instrumento; uno cree en aquello que el Espíritu Santo relata por medio de él, pues las palabras son aquellas del Espíritu Santo.

20.11 - Gracia divina expresándose a sí misma, pero la dignidad personal de Cristo nunca se pierde

Nada puede ser más conmovedor, más profundamente interesante, que la gracia divina expresándose de este modo en humana ternura, y tomando su forma. Mientras que poseía toda la realidad del afecto humano, esta ternura tenía todo el poder y toda la profundidad de la gracia divina. Fue gracia divina que Jesús tuviera tales afectos. Por otra parte, nada podía estar más lejos de la apreciación de esta fuente soberana de amor divino, fluyendo a través del cauce perfecto que se hizo para sí misma mediante su propio poder, que la pretensión de expresar nuestro amor como recíproco; ello sería, por el contrario, errar completamente en esta apreciación. Verdaderos santos entre los Moravos han llamado a Jesús 'hermano', y otros han tomado prestado sus himnos o esta expresión: la Palabra nunca lo dice. La Palabra nos dice que Él, "No se avergüenza de llamarlos hermanos" (Hebreos 2:11); pero es otra cosa muy distinta que nosotros le llamemos a Él de este modo. La dignidad personal de Cristo nunca se pierde en la intensidad y ternura de Su amor.

20.12 - José de Arimatea y Nicodemo rindiendo los últimos honores al cuerpo muerto del Señor

Pero el Salvador rechazado tenía que estar con el rico y el honorable en Su muerte, por muy despreciado que Él pudiera haber sido previamente; y dos, los cuales no se atrevieron a confesarle mientras Él vivió, despertados ahora por la grandeza del pecado de su nación, y por el suceso mismo de Su muerte - que la gracia de Dios, que los había reservado para esta obra, les hizo sentir - se ocupan de las atenciones debidas a Su cuerpo muerto. José, siendo él mismo un consejero, acude a pedirle a Pilato el cuerpo de Jesús, uniéndose a él Nicodemo para rendir los últimos honores a Aquel a quien ellos nunca habían seguido durante Su vida. Podemos entender esto. Seguir a Jesús constantemente bajo vituperio, y que uno se comprometa para siempre con Su causa, es una cosa muy diferente de actuar cuando sucede alguna gran ocasión en la cual no hay más lugar para lo anterior, y cuando la magnitud del mal nos obliga a separarnos de ello; y cuando el bien, rechazado porque es perfecto en su testimonio, y es perfeccionado en su rechazo, nos obligó a tomar parte, si por gracia existe en nosotros algún sentido moral. Dios cumplió así Sus palabras de verdad. José y Nicodemo colocan el cuerpo del Señor en un sepulcro nuevo en un huerto cerca de la cruz; pues, por causa de ser la preparación de los Judíos, no pudieron hacer más en aquel momento.

21 - Capítulo 20

21.1 - Resumen de los capítulos 20 y 21

En este capítulo tenemos, en un resumen de los hechos principales que sucedieron después de la resurrección de Jesús, una descripción de todas las consecuencias de aquel gran acontecimiento, en conexión inmediata con la gracia que los produjo, y con los afectos que deben ser vistos en los fieles cuando son llevados nuevamente a relacionarse con el Señor; y, al mismo tiempo, una descripción de los caminos de Dios hasta la revelación de Cristo al remanente antes del milenio. En el capítulo 21, el milenio es descrito para nosotros.

21.2 - Jesús resucitado; María Magdalena buscando a Jesús; Pero y Juan hallando las pruebas de Su resurrección

María Magdalena, de quien Él había echado fuera siete demonios, aparece primero en la escena - una conmovedora expresión de los caminos de Dios. Ella representa, no dudo, al remanente Judío de ese día, personalmente unido al Señor, pero desconociendo el poder de resurrección. Ella está sola en su amor: la fuerza misma de su afecto la aísla. Ella no fue la única en ser salva, pero acude sola a buscar - a buscar erróneamente, si ustedes quieren, pero a buscar - a Jesús, antes de que el testimonio de Su gloria resplandeciese en un mundo de tinieblas, porque ella le amaba. Ella llega antes que las otras mujeres, mientras era aún oscuro. Se trata de un corazón amante (lo hemos visto ya en las mujeres creyentes) que se ocupa de Jesús, cuando el testimonio público del hombre todavía escaseaba completamente. Y es a este corazón que Jesús se manifiesta primero cuando Él resucita. No obstante, el corazón de ella sabía dónde hallaría una respuesta. Al no encontrar el cuerpo de Cristo, acude a Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba. Pedro y el otro discípulo van, y hallan las pruebas de una resurrección cumplida (en cuanto al propio Jesús), con toda la compostura que caracteriza al poder de Dios, por muy grande que fuese la alarma que ello creó en la mente del hombre. No había habido prisa, todo estaba en orden, y Jesús no estaba allí.

21.3 - El afecto de María; el Buen Pastor y Sus ovejas

Los dos discípulos, sin embargo, no son impulsados por el mismo apego que aquel que llenaba el corazón de María, quien había sido el objeto de una liberación tan poderosa [68] por parte del Señor.

[68] "Siete demonios". Esto representa la posesión completa de esta pobre mujer por los espíritus inmundos para quienes ella era una presa. Es la expresión del verdadero estado del pueblo Judío.

Ellos ven, y sobre estas pruebas evidentes, ellos creen. No fue un entendimiento espiritual de los pensamientos de Dios por medio de Su palabra; ellos vieron y creyeron. No hay nada en esto que mantuviera unidos a los discípulos. Jesús se había ido; Él había resucitado. Ellos se dieron por satisfechos sobre este punto, y vuelven a los suyos. Pero María, llevada más por el afecto que por la inteligencia, no se satisface con reconocer fríamente que Jesús había resucitado [69].

[69] Es imposible para mí, al mostrar grandes principios para la ayuda de aquellos que buscan comprender la Palabra, desarrollar todo lo que es tan profundamente conmovedor e interesante en este vigésimo capítulo, sobre el cual he meditado a menudo (por medio de la gracia) con creciente interés. Esta revelación del Señor a la pobre mujer que no podía prescindir de su Salvador, tiene una belleza conmovedora, realzada por cada detalle. Pero hay un punto de vista sobre el que no puedo dejar de llamar la atención del lector. Hay cuatro condiciones del alma presentadas aquí, las cuales, en su conjunto, son muy instructivas, aplicada cada una en el caso de un creyente:

(1) Juan y Pedro, quienes ven y creen, son realmente creyentes; pero no ven en Cristo al único centro de todos los pensamientos de Dios, para Su gloria, para el mundo, para las almas. Tampoco Él es eso para sus afectos, aunque son creyentes. Habiendo encontrado que Él había resucitado, ellos prescinden de Él. María, quien no sabía esto, quien incluso era culpablemente ignorante, no podía, sin embargo, prescindir de Cristo. Debía poseerle a Él. Pedro y Juan van a sus casas; este es el centro de sus intereses. Ellos creyeron verdaderamente, pero el yo y la casa les bastaron.

(2) Tomás cree, y reconoce con fe verdadera y sana, sobre pruebas indisputables, que Jesús es su Señor y su Dios. Él cree verdaderamente por sí mismo. Él no tuvo las comunicaciones de la eficacia de la obra del Señor, y de la relación con Su Padre, a la cual Jesús trae a los Suyos, la asamblea. Tal vez tiene paz, pero ha perdido toda la revelación de la posición de la asamblea. ¡Cuántas almas - incluso almas salvadas - están en estas dos condiciones!

(3) María Magdalena es ignorante en extremo. No sabe que Cristo ha resucitado. Ella tiene tan poco sentido correcto de que Él es Señor y Dios, que piensa que alguien podía haberse llevado Su cuerpo. Pero Jesús es su todo, la necesidad de su alma, el único deseo de su corazón. Sin Él ella no tiene hogar, ni Señor, ni nada. Ahora bien, Jesús responde a esta necesidad; indica la obra del Espíritu Santo. Él llama a Su oveja por su nombre, se muestra a ella antes que a nadie, le enseña que Su presencia no era ahora un regreso corporal Judío a la tierra, que Él debe subir a Su Padre, que los discípulos eran ahora Sus hermanos, y que fueron puestos en la misma posición que Él con Su Dios y Su Padre - como Él mismo, el Hombre resucitado, ascendido a Su Dios y Padre. Toda la gloria de la nueva posición individual es declarada a ella.

(4) Esto reúne a los discípulos. Jesús, entonces, les trae la paz que Él ha hecho, y tienen el pleno gozo de un Salvador presente que la trae para ellos. Él hace de esta paz (poseída por ellos en virtud de Su obra y Su victoria) su punto de partida, los envía como el Padre le había enviado a Él, y les imparte al Espíritu Santo como el aliento y poder de vida, para que pudieran llevar esa paz a otros.

Estas son las comunicaciones de la eficacia de Su obra, como Él había dado a María aquella de la relación con el Padre derivada de esa obra. El todo es la respuesta al apego de María a Cristo, o lo que resultó de ello. Si por medio de la gracia hay afecto, la respuesta será concedida indubitablemente. Es la verdad que fluye de la obra de Cristo. Ningún otro estado que aquel que Cristo presenta aquí está en conformidad con lo que Él ha hecho, y con el amor del Padre. Él no puede, por Su obra, situarnos en ningún otro estado.

Ella pensó que Él estaba muerto todavía, porque no le poseía. Su muerte, el hecho de que no le hallara otra vez, añadieron a la intensidad de su afecto, pues Él mismo era el objeto de este afecto. Todas las señales de este afecto son producidas aquí del modo más conmovedor. Ella supone que el hortelano tenía que saber de quién se trataba, sin decírselo ella, pues ella pensaba solamente en uno (como si yo preguntara por un objeto amado en una familia: '¿Cómo está él?'). Inclinándose sobre el sepulcro, vuelve su cabeza cuando Él se acerca; pero entonces, el Buen Pastor, resucitado de los muertos, llama a Su oveja por su nombre; y la conocida y amada voz - poderosa conforme a la gracia que así le había llamado - revela al instante a Aquel que ella escuchó. Ella se vuelve a Él, y responde:"¡Raboni!" - 'mi Maestro'.

21.4 - La nueva posición y la nueva relación del Señor con el remanente

Pero, mientras se revelaba así al remanente amado, a quienes Él había liberado, todo es cambiado en la posición de ellos y en Su relación con ellos. Él no iba a morar ahora corporalmente en medio de Su pueblo en la tierra. Él no había regresado para restablecer el reino en Israel. "No me toques", dice Él a María. Pero por la redención Él había forjado una cosa mucho más importante. Los había situados en la misma posición que Él con Su Padre y Su Dios; y los llama - lo que Él nunca había hecho, ni podía haber hecho antes - Sus hermanos. Hasta Su muerte el grano de trigo permaneció solo. Puro y perfecto, el Hijo de Dios, no podía permanecer en la misma relación con Dios que el pecador; pero, en la gloriosa posición que iba a reasumir como hombre, Él podía, por medio de la redención, asociarse Él mismo con Sus redimidos, limpiados, regenerados, y adoptados en Él.

21.5 - La nueva posición del remanente con Él

Les comunica una palabra de la nueva posición que habían de tener en común con Él. Dice a María: "No me toques,...; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." La voluntad del Padre - cumplida por medio de la gloriosa obra del Hijo, quien, como hombre, ha tomado Su lugar, aparte del pecado, con Su Dios y Padre - y la obra del Hijo, la fuente de vida eterna para ellos, ha traído a los discípulos a la misma posición que Él delante del Padre.

21.6 - El Señor resucitado en medio de los discípulos reunidos, trayendo paz

El testimonio dado de esta verdad reúne a los discípulos. Ellos se encuentran a puertas cerradas, desprotegidos ahora del cuidado y poder de Jesús, el Mesías, Jehová en la tierra. Pero si no tenían ya el refugio de la presencia del Mesías, tienen a Jesús en medio de ellos, trayéndoles aquello que no podían tener antes de Su muerte - "Paz".

21.7 - Los discípulos enviados al mundo por Él con paz como su punto de partida

Pero Él no les llevó esta bendición meramente como la porción que les pertenecía. Habiéndoles dado pruebas de Su resurrección, y que en Su cuerpo Él era el mismo Jesús, los establece en esta paz perfecta como el punto de partida de su misión. El Padre, fuente eterna e infinita de amor, había enviado al Hijo, quien permaneció en este amor, quien fue el testigo de ese amor, y de la paz que Él, el Padre, derramó en derredor Suyo, donde el pecado no tenía existencia. Rechazado en Su misión, Jesús había - a favor de un mundo donde el pecado existía - hecho la paz para todos aquellos que recibieran el testimonio de la gracia que la había logrado; y Él envía ahora a Sus discípulos desde el seno de esa paz a la que los había traído, por la remisión de los pecados mediante Su muerte, para dar testimonio de ella en el mundo.

21.8 - El Espíritu Santo dado para paz y poder

Él dice nuevamente, "Paz a vosotros", para enviarlos al mundo vestidos y llenos de esa paz, sus pies calzados con ella, así como el Padre le había enviado a Él. Les da el Espíritu Santo para este fin, que conforme a Su poder pudieran llevar la remisión de pecados a un mundo agobiado bajo el yugo del pecado.

21.9 - La distinción entre el otorgamiento del Espíritu Santo aquí y en Pentecostés

No dudo que, históricamente hablando, el Espíritu aquí se diferencia de Hechos 2, puesto que aquí se trata de un aliento de vida interior, así como Dios sopló en la nariz de Adán aliento de vida. No se trata del Espíritu Santo enviado desde el cielo. Así, Cristo, quien es un Espíritu vivificante, les imparte vida espiritual conforme al poder de resurrección [70]. En cuanto a la escena general presentada figurativamente en este pasaje, se trata del Espíritu otorgado a los santos reunidos por el testimonio de Su resurrección y Su ida al Padre, así como toda la escena representa la asamblea en sus actuales privilegios. De este modo, tenemos al remanente unido a Cristo por amor; creyentes individualmente reconocidos como hijos de Dios, y en la misma posición de Cristo ante Él; y entonces la asamblea fundada sobre este testimonio, reunida con Cristo en el centro, en el disfrute de la paz; y sus miembros, constituidos individualmente, en conexión con la paz que Cristo hizo, un testimonio al mundo de la remisión de pecados - siéndoles encomendada a ellos su administración.

[70] Comparen con Romanos 4-8, y Colosenses 2 y 3. La resurrección era el poder de la vida que los sacó del dominio del pecado, el cual tenía su final en la muerte, y que fue condenado en la muerte de Jesús, y ellos están muertos a él, pero no condenados por él, habiendo sido el pecado condenado en Su muerte. Esto no es una cuestión de culpa, sino de estado. Nuestra culpa, bendito sea Dios, fue quitada también. Pero aquí nosotros morimos con Cristo, y la resurrección nos presenta (Romanos, como hemos citado, desvela el aspecto de la muerte; Colosenses añade la resurrección. En Romanos se trata de la muerte al pecado, en Colosenses de la muerte al mundo) viviendo ante Dios en una vida en la que Jesús - y nosotros por medio de Él - apareció en Su presencia conforme a la perfección de la justicia divina. Pero esto suponía también Su obra.

21.10 - La ausencia de Tomás de esta primera reunión

Tomás representa a los Judíos en los días postreros, quienes creerán cuando verán. Bienaventurados aquellos que han creído sin haber visto. Pero la fe de Tomás no tiene que ver con la posición de filiación. Él reconoce, como lo hará el remanente, que Jesús es su Señor y su Dios. Tomás no estuvo con ellos en su primera reunión de iglesia.

El Señor aquí, por Sus acciones, consagra el primer día de la semana para Su reunión con los Suyos, en espíritu aquí abajo.

21.11 - El objetivo del evangelista en lo que se relata

El evangelista está lejos de agotar todo lo que había que relatar de lo que Jesús hizo. El objetivo de aquello que ha relatado está vinculado con la comunicación de la vida eterna en Cristo; primero, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y, en segundo lugar, que al creer tenemos vida en Su nombre. A esto está consagrado el Evangelio.

22 - Capítulo 21

22.1 - El capítulo 21 retratando la obra milenaria de Cristo

El siguiente capítulo, mientras rinde un nuevo testimonio de la resurrección de Jesús, nos da - hasta el versículo 13 - un retrato de la obra milenaria de Cristo; a partir de ahí hasta el final, tenemos las porciones especiales de Pedro y de Juan en relación con su servicio a Cristo. La aplicación se limita a la tierra, pues ellos habían conocido a Jesús en la tierra. Es Pablo quien nos dará la posición celestial de Cristo y de la asamblea. Pero él no tiene ningún sitio aquí.

22.2 - Los discípulos pescando en Galilea; Pedro y Juan en las mismas circunstancias como cuando fueron llamados por primera vez

Conducidos por Pedro, varios de los apóstoles se van a pescar. El Señor se encuentra con ellos en las mismas circunstancias que aquellas en las que los halló en el principio, y se les revela del mismo modo. Juan comprende enseguida que es el Señor. Pedro, con su energía habitual, Pedro se echa al mar para acercarse al Señor.

Observen aquí, que nos hallamos de nuevo sobre el terreno de los Evangelios históricos - es decir, que el milagro de la captura de peces se identifica con la obra de Cristo en la tierra, y está en la esfera de Su anterior asociación con Sus discípulos. Es Galilea, no Betania. No tiene el carácter habitual de este Evangelio, el cual presenta a la Persona divina de Jesús, fuera de toda dispensación, aquí abajo, elevando nuestros pensamientos sobre todos tales asuntos. Aquí (al final del Evangelio y del bosquejo dado en el capítulo 20 del resultado de la manifestación de Su Persona divina y de Su obra) el evangelista viene por primera vez al terreno de los Evangelios sinópticos, de la manifestación y frutos venideros de la relación de Cristo con la tierra. Así, la aplicación del pasaje a este punto no es meramente una idea que el relato sugiera a la mente, sino que descansa sobre la enseñanza general de la Palabra.

22.3 - La diferencia después de la manifestación del Señor; la red intacta; la obra milenaria de Cristo no se daña

Con todo, hay todavía una notable diferencia entre aquello que tuvo lugar en el principio, y con lo que ocurrió aquí. En la escena anterior, el bote empezó a hundirse, las redes se rompieron. No pasa lo mismo aquí, y el Espíritu Santo marca esta circunstancia como distintiva: la obra milenaria de Cristo no se daña. Él está allí después de Su resurrección, y aquello que Él lleva a cabo no descansa, en sí mismo, en la responsabilidad del hombre en cuanto a su efecto aquí abajo: la red no se rompe. Del mismo modo, cuando los discípulos traen el pescado que habían capturado, el Señor ya tenía algunos allí. Así será en la tierra al final. Antes de Su manifestación Él habrá preparado un remanente para Sí mismo en la tierra; pero después de Su manifestación, reunirá también a una multitud del mar de las naciones.

22.4 - Cristo acompañado de Sus discípulos; Sus tres manifestaciones

Se presenta otra idea. Cristo está de nuevo acompañado de Sus discípulos. "Venid", dice Él, "comed." No se trata aquí de cosas celestiales, sino de la renovación de Su relación con Su pueblo en el reino. Todo esto no pertenece inmediatamente al tema de este Evangelio, el cual nos conduce más alto. Conforme a esto, es introducida de forma misteriosa y simbólica. Se habla de esta aparición de Cristo como de Su tercera manifestación. Dudo que Su manifestación en la tierra antes de Su muerte sea incluida en el número. Yo la aplicaría más bien a aquella que, después de Su resurrección, dio lugar a la reunión de los santos como asamblea; en segundo lugar, la aplico a una revelación de Sí mismo a los Judíos según la manera en que es presentada en el Cantar de los Cantares; y por último, la aplico aquí a la exhibición pública de Su poder, cuando Él haya reunido ya al remanente. Su aparición como el relámpago queda fuera de todas estas cosas. Históricamente las tres apariciones fueron - el día de Su resurrección, el siguiente primer día de la semana, y Su aparición en el Mar de Galilea.

22.5 - La restauración de Pedro; las ovejas del Señor encomendadas a su cuidado cuando se humilló

Después, en un pasaje lleno de gracia inefable, Él confía a Pedro el cuidado de Sus ovejas (es decir, no lo dudo, de Sus ovejas Judías; él es el apóstol de la circuncisión), y deja a Juan un período indefinido de estancia en la tierra. Sus palabras se aplican mucho más al ministerio de ellos que a sus personas, con la excepción de un versículo que hace referencia a Pedro. Pero esto requiere ser ampliado algo más.

El Señor comienza con la plena restauración del alma de Pedro. Él no le reprocha su falta, sino que juzga la fuente del mal que la produjo - la confianza propia. Pedro había dicho, que si todos negaban a Jesús, con todo, él, por lo menos, no le negaría. El Señor, por tanto, le pregunta, "¿me amas más que éstos?" y Pedro es reducido a reconocer que se requería la omnisciencia de Dios para saber que él, quien se había jactado de tener más amor que los otros por Jesús, no tenía en realidad ningún afecto por Él en absoluto. Y la pregunta repetida tres veces, debió verdaderamente haber escudriñado las profundidades de su corazón. No fue sino hasta la tercera vez que él dice, "tú lo sabes todo; tú sabes que te amo." Jesús no dejó libre su conciencia hasta que no hubiese llegado a eso. No obstante, la gracia que hizo esto para el bien de Pedro - la gracia que le había seguido a pesar de todo, orando por él antes de que sintiese su necesidad o que hubiera cometido la falta - es perfecta aquí también. Pues, en el momento que podía pensarse que a lo sumo él habría sido readmitido por medio de la paciencia divina, el testimonio más fuerte de gracia se prodiga sobre él. Cuando se humilló por su caída, y fue llevado a una total dependencia de la gracia, ésta se manifiesta sobreabundantemente. El Señor le encomienda aquello que más amaba - las ovejas que había recién redimido. Él las encomienda al cuidado de Pedro. Ésta es la gracia que sobrepasa todo lo que el hombre es, que está por sobre todo lo que el hombre es; la cual, consecuentemente, produce confianza, no en el yo, sino en Dios, como en Uno en cuya gracia se puede confiar siempre, siendo lleno de gracia y perfecto en aquella gracia que está por encima de todo, y que es siempre ella misma; gracia que nos capacita para llevar a cabo la obra de gracia hacia - ¿quién? - hacia el hombre, quien la necesita. Esta gracia crea confianza en proporción a la medida en la que actúa.

Pienso que las palabras del Señor se aplican a las ovejas ya conocidas por Pedro; y con las cuales solamente Jesús había estado en contacto diario, las que estarían, naturalmente, ante Su mente, y ello en la escena que vemos que este capítulo pone ante nuestros ojos - las ovejas de la casa de Israel.

Me parece que hay una progresión en aquello que el Señor dice a Pedro. Él pregunta, "¿me amas tú más que éstos?" Pedro dice, "¡...tú sabes que yo te quiero!" Jesús le responde: "Apacienta mis corderos." (Juan 21:15 - Versión Moderna). La segunda vez Él dice solamente: "¿...me amas?", omitiendo la comparación entre Pedro y el resto, y su anterior pretensión. Pedro repite la declaración de su afecto. Jesús le dice: "Pastorea mis ovejas." La tercera vez Él dice, "¿...me quieres?" [*] usando la propia expresión de Pedro; y al responder Pedro, como hemos visto, aprovechando este uso de sus palabras hecho por el Señor, Él dice: "Apacienta mis ovejas." (Juan 21:17 - Versión Moderna). Los vínculos entre Pedro y Cristo conocidos en la tierra le capacitaban para pastorear el rebaño del remanente Judío - apacentar los corderos, mostrándoles al Mesías tal Él había sido, y actuar como un pastor, guiando a aquellas que estaban más avanzadas, y proveyéndoles el alimento.

[* Nota del Traductor: En las dos primeras preguntas, Jesús usa un verbo (agapan en griego, equivalente, incluso en su fonética, al hebreo aheb) que indica una entrega total de la persona, que compromete la mentalidad y la voluntad. Comoquiera que Pedro no responde con el mismo verbo, sino con otro (philéin en griego, equivalente, al menos en parte, al hebreo rajam) que indica afecto a parientes, amigos, etc., e implica sentimiento y emoción, Jesús se acomoda, en la tercera pregunta, a este nivel afectivo de Pedro, y le pregunta con el mismo verbo que Pedro había usado al responder a las dos primeras preguntas. (Fuente: Comentario Bíblico de Matthew Henry, Traducido y Adaptado al Castellano por Francisco Lacueva, Editorial Clie, Terrasa, Barcelona, España)]

22.6 - El deseo de Pedro de seguir al Señor concedido por la voluntad de Dios

Pero la gracia del amante Salvador no se detuvo aquí. Pedro podía sentir todavía el pesar de haber perdido una oportunidad tal de confesar al Señor en el momento crítico. Jesús le asegura que si él hubiese fracasado al hacerlo de su propia voluntad, debe permitírsele hacerlo por la voluntad de Dios; y de la manera como cuando de joven se ceñía solo, otros le ceñirían cuando fuese viejo y le llevarían donde él no quisiera. Le sería dado por voluntad de Dios el morir por el Señor, tal como lo había dicho anteriormente que estaba dispuesto a hacerlo por su propia fuerza. También, ahora que Pedro fue humillado y llevado enteramente bajo la gracia - que supo que él no tenía fuerza - que sintió su dependencia del Señor, su absoluta ineficacia si confiaba en su propio poder - ahora, repito, el Señor llama a Pedro a seguirle, lo cual él había pretendido hacer cuando el Señor le había dicho que no podía. Era esto lo que su corazón deseaba. Alimentando a aquellos que Jesús había continuado alimentando hasta Su muerte, vería cómo Israel rechazaba todo, cómo Cristo les había visto hacerlo; y vería terminar su obra, como Cristo había visto terminar la Suya (el juicio listo para caer, empezando por la casa de Dios). Finalmente, Él haría ahora aquello que pretendió hacer y no pudo - seguir a Cristo a la prisión, y a la muerte.

22.7 - La porción y el ministerio de Juan

Luego viene la historia del discípulo que Jesús amaba. Habiendo, sin duda, escuchado Juan la llamada dirigida a Pedro, también los seguía; y Pedro, unido a él, como hemos visto, por su común amor al Señor, pregunta qué le sucedería a él igualmente. La respuesta del Señor anuncia la porción y el ministerio de Juan, pero, según me parece, en relación con la tierra. Pero, la expresión enigmática del Señor es, no obstante, tan notable como importante, "Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué se te da a ti?" (Juan 21:22 - Versión Moderna). Ellos pensaron, en consecuencia, que Juan no moriría. El Señor no dijo esto - una advertencia a no atribuir un significado a Sus palabras, en lugar de recibir uno; y mostrando, al mismo tiempo, nuestra necesidad de la ayuda del Espíritu Santo, porque las palabras pueden ser tomadas literalmente. Atendiendo yo mismo, a esta advertencia, diré lo que pienso que es el significado de las palabras del Señor, del cual no tengo ninguna duda - un significado que da una llave a muchas otras expresiones del mismo tipo.

22.8 - La relación con la tierra en el Evangelio de Juan; la destrucción de Jerusalén como centro terrenal; la asamblea celestial reunida fuera

En el relato del Evangelio, nosotros estamos en relación con la tierra (es decir, la relación de Jesús con la tierra). Plantada en la tierra en Jerusalén, la asamblea, como la casa de Dios, es reconocida formalmente tomando el lugar de la casa de Jehová en Jerusalén. La historia de la asamblea, establecida formalmente así como un centro en la tierra, finalizó con la destrucción de Jerusalén. El remanente salvado por el Mesías no tenía que estar ya en relación con Jerusalén, el centro de la reunión de los Gentiles. En este sentido, la destrucción de Jerusalén pone término judicialmente al nuevo sistema de Dios en la tierra - un sistema promulgado por Pedro (Hechos 3), con respecto al cual Esteban declaró a los Judíos la resistencia de ellos al Espíritu Santo, y fue enviado, por así decirlo, como un mensajero tras Aquel que había ido a recibir el reino y volver; mientras Pablo - escogido de entre aquellos enemigos de las buenas nuevas, dirigidas aún a los Judíos por el Espíritu Santo después de la muerte de Cristo, y separado de Judíos y Gentiles, a fin de ser enviado a estos últimos - lleva a cabo una obra nueva que estaba oculta de los profetas de antaño, a saber, la reunión de una asamblea celestial, sin distinción de Judíos o Gentiles.

22.9 - El alcance del ministerio de Juan

La destrucción de Jerusalén puso fin a uno de estos sistemas, y a la existencia del Judaísmo conforme a la ley y las promesas, dejando solamente la asamblea celestial. Juan permaneció - el último de los doce - hasta este período, y después de Pablo, a fin de velar sobre la asamblea establecida sobre esa base, es decir, como la estructura organizada y terrenal (responsable en ese carácter) del testimonio de Dios, y sujeta a Su gobierno en la tierra. En su ministerio Juan continuó hasta el fin, hasta la venida de Cristo en juicio a la tierra; y él ha vinculado el juicio de la asamblea, como el testigo responsable en la tierra, con el juicio del mundo, cuando Dios reanudará Su relación con la tierra en gobierno (siendo terminado el testimonio de la asamblea, y habiendo sido arrebatada, conforme a su carácter apropiado, para estar con el Señor en el cielo).

22.10 - El alcance del Apocalipsis

Así, el Apocalipsis presenta el juicio de la asamblea en la tierra, como testigo formal de la verdad; y luego sigue hasta la reasunción del gobierno de la tierra, en vista del establecimiento del Cordero en el trono, y la abrogación del poder del mal. El carácter celestial de la asamblea se halla solamente allí, cuando sus miembros son exhibidos en tronos como reyes y sacerdotes, y cuando las bodas del Cordero tienen lugar en el cielo. La tierra - después de las Siete Iglesias - no tiene ya el testimonio celestial. Este no es el asunto, ni en las siete asambleas, o en la parte profética adecuadamente llamada así. De este modo, tomando las asambleas como tales en aquellos días, la asamblea conforme a Pablo no se ve allí. Tomando las asambleas como descripciones de la asamblea, el sujeto del gobierno de Dios en la tierra, la tenemos hasta su rechazo final; y la historia es continua, y la parte profética está conectada inmediatamente con el fin de la asamblea: sólo que, en lugar de ella, tenemos el mundo y luego a los Judíos [71].

[71] De este modo, nosotros tenemos en la vida ministerial, y en la enseñanza, de Pedro y Juan, toda la historia terrenal desde el principio hasta el fin, comenzando con los Judíos seguida por las relaciones de Cristo con ellos, atravesando toda la época cristiana, y hallándose de nuevo, después del término de la historia terrenal de la asamblea, en el terreno de las relaciones de Dios con el mundo (incluyendo al remanente Judío), en vista de la introducción del Primogénito en el mundo (el último suceso glorioso poniendo fin a la historia que comenzó con Su rechazo).

Pablo está sobre un terreno muy diferente. Él ve la asamblea, como el cuerpo de Cristo, unida a Él en el cielo.

22.11 - La venida de Cristo (tal como es mencionada en el capítulo 21:22) y el ministerio de Juan

Por lo tanto, la venida de Cristo, de la cual se habla al final del Evangelio, es Su manifestación en la tierra; y Juan, quien vivió en persona hasta el término de todo aquello que fue presentado por el Señor en relación con Jerusalén, continúa aquí, en su ministerio, hasta la manifestación de Cristo al mundo.

22.12 - La enseñanza de Juan; la obra de Pedro y Pablo

En Juan, entonces, tenemos dos cosas. Por una parte, su ministerio, por lo que respecta a su relación con la dispensación y con los caminos de Dios, no va más allá de aquello que es terrenal: la venida de Cristo, es Su manifestación para completar esos caminos, y establecer el gobierno de Dios. Por otra parte, él nos vincula con la Persona de Jesús, quien está sobre y fuera de todas las dispensaciones, y de todos los tratos de Dios, salvo por ser la manifestación de Dios mismo. Juan no entra en el terreno de la asamblea como Pablo lo anuncia. O se trata de Jesús personalmente, o bien de las relaciones de Dios con la tierra [72].

[72] Juan presenta al Padre manifestado en el Hijo, a Dios dado a conocer por el Hijo que está en el seno del Padre, y ello, además, como vida eterna - Dios para nosotros, y vida. Pablo es utilizado para revelar nuestra presentación a Dios en Él. Aunque cada uno alude, al pasar, al punto del otro, uno se caracteriza por la presentación que hace de Dios a nosotros y de la vida eterna dada, el otro, por nuestra presentación a Dios.

Su epístola presenta la reproducción de la vida de Cristo en nosotros, guardándonos de toda pretensión de maestros perversos. Pero, mediante estas dos partes de la verdad, tenemos un sustento precioso de la fe dado a nosotros, cuando todo lo que pertenece al cuerpo de testimonio pueda fracasar; Jesús, personalmente es el objeto de la fe en quien conocemos a Dios; la vida misma de Dios, reproducida en nosotros, siendo vivificados por Cristo. Esto es cierto para siempre, y esto es vida eterna, aun cuando estuviéramos solos sin la asamblea en la tierra; y es lo que nos conduce sobre sus ruinas, en posesión de aquello que es esencial, y de lo que permanecerá para siempre. El gobierno de Dios decidirá todo lo demás; sólo que es nuestro privilegio y deber el mantener la parte de Pablo del testimonio de Dios, mientras lo podamos hacer por medio de la gracia.

Observen también que la obra de Pedro y Pablo es la de reunir, ya sea a los de la circuncisión o a los Gentiles. Juan es conservador, manteniendo aquello que es esencial en la vida eterna. Él relata el juicio de Dios en relación con el mundo, pero como un asunto que está fuera de sus propias relaciones con Dios, las cuales son dadas como una introducción y exordio del Apocalipsis. Él sigue a Cristo cuando Pedro es llamado, porque, aunque Pedro estaba ocupado, como Cristo había estado, del llamamiento de los Judíos, Juan - sin ser llamado a esa obra - le siguió sobre el mismo terreno. El Señor lo explica, como hemos visto.

22.13 - La inagotable plenitud de todo lo que Jesús hizo

Los versículos 24-25 son una clase de inscripción sobre el libro. Juan no ha relatado todo lo que Jesús hizo, sino aquello que le reveló a Él como la vida eterna. En cuanto a Sus obras, no se podían enumerar.

Aquí, gracias sean dadas a Dios, quedan expuestos estos cuatro libros preciosos, hasta donde Dios me ha capacitado para hacerlo, en sus grandes principios. La meditación en detalle sobre sus contenidos, debo dejarla a cada corazón individual, asistido por la poderosa operación del Espíritu Santo; pues si se estudian detalladamente, uno casi podría decir con el apóstol que el mundo no podría contener los libros que se escribirían. ¡Pueda Dios en Su gracia conducir a las almas al gozo de las inagotables corrientes de la gracia y de la verdad en Jesús que ellos contienen!


Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - 2006.


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