Inédito Nuevo

El libro del profeta Nahúm


person Autor: Henri ROSSIER 59

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1 - Prólogo

Nahúm se diferencia de Jonás y de Miqueas (2 Reyes 14:25; Jer. 26:18) en que no se le menciona en ningún otro lugar que no sea el libro de su propia profecía. Todo lo que sabemos de él es que era originario de Elcos. El testimonio de Jerónimo [1], que se basa en una similitud de nombres para situar esta localidad en Galilea, sigue siendo totalmente aislado y no ha sido verificado por otros. Una tradición situaba la muerte de Jonás en Asiria y situaba allí también Elcos, lugar de nacimiento de Nahúm, pero, como toda tradición similar, apenas merece mención. Si Elcos estuviera situado en Galilea, las palabras de los fariseos a Nicodemo –«nunca surgió profeta alguno de Galilea» (Juan 7:52)– serían doblemente erróneas, pues Jonás era de Gat-hefer, una aldea de Zabulón que formaba parte de Galilea. Es más, Isaías había predicho que de allí surgiría el Cristo, el gran profeta, a quien los judíos incrédulos negaban incluso ese título (Is. 9:1-2).

[1] San Jerónimo, o Jerónimo de Estridón, es el autor de la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín.

En cuanto a la fecha de la profecía de Nahúm, su libro nos proporciona la época, aunque no el año exacto. Cuando profetizaba, la destrucción de No-Amón[2] (Tebas, capital del Alto Egipto) ya era un hecho consumado (3:8). Este acontecimiento tuvo, en la Antigüedad, una repercusión considerable, pues consumaba la pérdida, ya iniciada, de la ciudad más importante de Egipto y presagiaba, a corto plazo, la caída definitiva de ese reino. El saqueo de Tebas tuvo lugar, según la historia, en el año 663 a.C., durante el reinado de Manasés, rey de Judá (698-643).

[2] No-Amón es el nombre bíblico de la antigua ciudad egipcia de Tebas, cuyo significado en egipcio es “Ciudad de Amón”, en honor al dios principal de su panteón.

Por lo tanto, es evidente que Nahúm, al mencionarlo como un acontecimiento pasado, no pudo profetizar antes de esa época, como se ha afirmado durante mucho tiempo. Hallazgos asirios más recientes [3] han confirmado la fecha bíblica. Asurbanipal, penúltimo rey de Asiria, conquistador de Egipto y destructor de Tebas, menciona, junto con esta expedición, la sumisión de “Manasés, rey de Judá” y de otros reyes tributarios. Sabemos, por otra parte, que Manasés, tras un comienzo de reinado abominable, fue hecho prisionero y llevado a Babilonia, que en aquella época era un feudo de Asiria, y que posteriormente fue restituido en su trono en Jerusalén, tras humillarse ante Dios (2 Crón. 33:1-20). Aunque desconocemos la fecha exacta de esta restauración, podemos afirmar que el reconocimiento de la soberanía asiria por parte de Manasés tuvo lugar menos de 20 años antes de su muerte, ya que Asurbanipal, que ascendió al trono de Asiria en el año 667, saqueó Tebas en el 663 y Manasés murió en el 643.

[3] Escrito en 1930?

Por lo tanto, hacia el año 660, Nahúm menciona la caída de Tebas como un acontecimiento pasado y bien conocido. La ciudad de Nínive fue destruida, según algunos historiadores, en el año 625; según otros, en el 608 o el 606, durante el reinado de Joacim (610-599), es decir, unos 50 años después de la profecía de Nahúm.

La incertidumbre que rodea la fecha de la caída de Nínive, el acontecimiento más importante de toda la historia antigua de Oriente nos muestra la escasa confianza que merecen los estudios históricos de la Antigüedad, por muy concienzudos que sean, cuando no se apoyan en la Palabra de Dios. Por otra parte, la experiencia nos ha enseñado a no dar mucho valor a las afirmaciones de los críticos que pretenden determinar la antigüedad de una profecía basándose en su estilo o en pasajes que, según ellos, un profeta habría copiado de otro. Ya se trate de los libros de Moisés, de los profetas o de los Evangelios, cualquier afirmación de que sus autores copiaron de otros autores carece de fundamento sólido; por eso vemos que, a este respecto, todos los críticos se contradicen constantemente y nunca logran ponerse de acuerdo.

De hecho, su trabajo delata involuntariamente su origen, que, si se analiza detenidamente, es la negación de la inspiración textual y de la autoridad divina de las Sagradas Escrituras. En cuanto al cristiano, sabe que es Dios quien ha hablado en la Biblia; por lo que, ya se trate del Antiguo o del Nuevo Testamento, no le resulta difícil comprobar, de un libro a otro, según el propósito que se haya fijado el Espíritu Santo, repeticiones a veces muy extensas, a veces, como en los Salmos, la repetición de un mismo pasaje por parte del mismo escritor [4], o 2 estilos totalmente diferentes en el mismo autor. La fe se beneficia enormemente de los matices que contienen los pasajes repetidos, pues estos ponen de manifiesto de manera evidente el plan de Dios en las diversas partes que componen la Biblia. Que un profeta, como Daniel, estudie la profecía de Jeremías, llena al creyente de confianza en la Revelación y le hace comprender al mismo tiempo la diferencia entre la inspiración y la enseñanza del Espíritu.

[4] Vean, por ejemplo, los Salmos 14 y 53.

¿Acaso no sabe que los profetas estudiaban sus propios escritos? En efecto, la Biblia es un todo divino, del que ni siquiera los hombres inspirados llamados a completarla –y mucho menos Aquel que era el Verbo hecho carne– podían prescindir. Pero que una profecía o cualquier otro pasaje sea una reminiscencia humana de escritos anteriores, producto de una memoria más o menos fiel, eso lo niega rotundamente el simple creyente. Lo que estos críticos ignoran es que la Palabra de Dios es un todo orgánico, compuesto por el Espíritu Santo, y no una colección de escritos inconexos entre sí [5]. Si a Dios le conviene repetirse, ¿por qué no lo haría? La fe comprende la razón de ello. Sabe que los santos hombres de Dios hablaron «por el Espíritu Santo» (vean 2 Pe. 1:21) y no copiándose unos a otros.

[5] A este respecto, nada mejor que transcribir aquí unas líneas de un siervo de Dios, que en muchas ocasiones ha combatido victoriosamente la incredulidad moderna: “Las objeciones formuladas contra la Biblia por los teólogos escépticos alemanes y sus imitadores denotan una miserable estrechez de miras que ignora por completo los caminos de Dios, más allá de un pequeño círculo de ideas. Estos hombres comentan un libro del que, en el fondo, no tienen ningún conocimiento y del que ni siquiera han estudiado el propósito y la intención. Nunca se ha desplegado ante sus ojos ese vasto campo, ese inmenso sistema de pensamientos cuyas partes se unen, dependen y se derivan unas de otras –sistema que comienza en el punto donde el pasado se une a la eternidad y nos conduce, a través del desarrollo y la resolución de todas las cuestiones morales, hacia la meta en la que el futuro se pierde en la eternidad según Dios. En él encontramos, seguidas y desarrolladas históricamente –al tiempo que las estamos mostrando en su realización moral e individual– todas las formas de las relaciones entre Dios y el hombre. Cada parte encaja en la otra como las piezas de un mapa geográfico en un juego de paciencia” (rompecabezas). Cuando las piezas están ensambladas, es un todo perfecto al que no le falta nada. Todo este sistema, que forma un conjunto, una unidad absoluta fue, sin embargo, escrito (pues los mejores testimonios demuestran que fue escrito) a lo largo de largos intervalos, en un lapso de unos 1.500 años; se ha desarrollado a través de todas las condiciones de ignorancia, de tinieblas o de luz en las que se encuentra el hombre, y bajo la acción de principios puestos intencionadamente en contraste entre sí, como la Ley y el Evangelio. En medio de todas estas condiciones diversas, este sistema nunca pierde su unidad perfecta y absoluta, ni la relación entre sus diversas partes. Para los escépticos, estas cosas no existen; ni siquiera son conscientes de su existencia; tienen casi tanto conocimiento de la Biblia como un niño que, para juntarlas, eligiera en el mapa geográfico del “juego de paciencia” 2 piezas situadas en los antípodas, porque son de color rojo y tienen un aspecto bonito”.

Sofonías, que profetizó durante el reinado de Josías, anuncia, al igual que Nahúm, la caída de Nínive y predice la destrucción de Asiria que le siguió, acontecimiento inminente, pues tuvo lugar, según las hipótesis históricas más probables, a principios del reinado de Joacim (Sof. 2:10-15).

Por último, Ezequiel, que profetizó durante el cautiverio, hacia el año 589 a.C., recuerda a Faraón la caída total de Asiria, que había tenido lugar varios años antes y a la que seguiría en breve la de Egipto (Ez. 31).

Para concluir este prólogo, cabe destacar una particularidad del profeta Nahúm. Mientras que en Miqueas hemos visto cómo se suceden diversos interlocutores, a veces con tanta rapidez que la transición de uno a otro exige una atención constante, en Nahúm solo oímos una única voz, la de Jehová, que se dirige a través de su profeta, unas veces a una persona, otras a otra, y lo hace de forma tan inesperada, incluso tan abrupta, que solo el contexto puede informarnos sobre el personaje en cuestión: como, por ejemplo, el asirio (1:14; 2:11), el último rey de Asiria (Asur-edil-ilane según la historia) (3: 18); Manasés (1:12); Judá (1:15); Nínive (2:13; 3:5; 6:8, 11). En otras ocasiones, el profeta habla, sin nombrarlos, de Jehová (2:3); de Nínive (1:8; 2:7; 3:1); del rey y del reino de Asiria (1:15; 2:13; 1:13). De este modo, se mantiene continuamente la atención alerta ante la inminencia de los juicios.

2 - Capítulo 1: La ira de Dios contra los asirios. La liberación de Judá. Comienza el reino de paz

Este capítulo forma un todo completo y se extiende hasta la restauración final de Israel. Esta restauración es uno de los grandes temas de la profecía, tal y como nos enseña el discurso de Pedro en el capítulo 3 de los Hechos. El apóstol anuncia, en efecto, que Dios había predicho por boca de todos los profetas que su Cristo debía sufrir, y que había hablado, por boca de sus santos profetas de todos los tiempos, del restablecimiento de todas las cosas (Hec. 3:18-21). Pero recordemos, desde el principio, que el libro de Nahúm es la «profecía sobre Nínive» (v. 1). Este tema parece limitado, pero representa, en realidad, el juicio de las naciones, que se convirtieron en instrumentos de Dios para castigar a su pueblo, pero que, en el cumplimiento de sus funciones, no obtuvieron ningún beneficio para sí mismas. En lugar de juzgarse a sí mismas al ejercer el juicio, persistieron en el olvido de Dios y en su odio contra él, en su idolatría criminal, en la maldad, la violencia, el abuso de la fuerza y en sus desmanes impuros. ¿Podría Dios no tener esto en cuenta? Tras numerosas advertencias, decide finalmente dar rienda suelta a su ira.

Recordemos que la caída de Nínive supuso el colapso de todo el sistema político, religioso y comercial, de toda la civilización de la época, que quedó sepultada bajo los escombros de la ciudad, de tal manera que, 200 años más tarde, un ejército de 10.000 hombres podía acampar sobre las ruinas de la gran ciudad sin sospechar siquiera que, bajo aquel polvo, yacía sepultado un pueblo inmenso, con sus artes, su refinada cultura y su vida intelectual, que superaban a todas las del Oriente e igualaban incluso a la de Egipto.

Lo que ocurrió en el pasado volverá a ocurrir en los tiempos proféticos, aún por venir, pero hoy tan cercanos a nosotros. Una ciudad simbólica, ya no la Nínive asiria, ni la Babilonia caldea que sufrió el mismo destino, sino la gran Babilonia, la cristiandad apóstata que dominará a los reyes de la tierra, vendrá a la memoria ante Dios y recibirá «la copa… del ardor de su ira» (Apoc. 16:19). También ella será precipitada en una sola hora (Apoc. 18:10, 16, 19) y se derrumbará con todo su poder religioso blasfemo, con su organización civil, militar y comercial, de tal manera que «jamás será hallada» (Apoc. 18:21). Esta destrucción será contemporánea a la del Imperio romano resucitado, última forma imperial de la Babilonia caldea. Vemos, pues, que la profecía de Nahúm dista mucho de tener el alcance limitado que uno se vería tentado a atribuirle a primera vista.

El juicio de Nínive da lugar, en los versículos 2 al 5, a la exposición de los atributos de Dios. No se trata aquí ni de la esencia del Ser divino, que es amor y luz, ni de lo que Él disfruta en sí mismo, pues es el Dios soberanamente «bienaventurado», y estos atributos permanecen eternamente verdaderos y nunca cambian, sino de la manera en que se revela en su gobierno. Si en otro tiempo había revelado los principios de ese gobierno al pueblo que había elegido, ¿no los daría a conocer también a las naciones? Él el Creador y soberano dominador de los hombres. Todos son responsables ante él. Sin duda, su responsabilidad difiere según el grado de su conocimiento y los privilegios de los que gozan, pero no por ello deja de subsistir en su totalidad. Por lo tanto, en lo que respecta a Nínive como a Israel, «Jehová es Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para sus enemigos» (v. 2).

Dios lo había declarado en los mismos términos a su pueblo cuando le entregó la Ley en el Sinaí, y esto ya desde las primeras palabras de los 10 Mandamientos: «Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso» (Éx. 20:5). No puede soportar la idolatría, que tiene la osadía de erigir a sus falsos dioses junto a él; esto le indigna; ¿acaso no se vengará de todos los que la practican? Porque las naciones son inexcusables, ellas que han cambiado «la gloria del Dios incorruptible», revelada por su creación, «en semejanza… de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» (Rom. 1:20, 23). Sin duda, Israel, a quien Dios se había revelado como Jehová, era 1.000 veces más culpable de hacer lo mismo que las naciones y de entregarse a su idolatría (vean Éx. 20:4), pero estas, a su vez, debían sufrir los golpes de la venganza y la ira de Dios, después de que él se hubiera servido de ellas (en Nahúm, de los asirios) para derramar su ira sobre su pueblo culpable.

Tales son los caminos de Dios en su gobierno hacia todos los hombres. No cambian y son aplicables a todos. La idolatría atrae su venganza y ninguna de las naciones podrá alegar su ignorancia cuando se encuentre ante el juicio de Dios.

Pero este pasaje nos revela otro aspecto de su gobierno. No es solo el Dios celoso que guarda su ira contra sus enemigos: «Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable» (v. 3). Aquí, una vez más, encontramos la revelación del carácter de su gobierno hacia las naciones. Esta revelación no tiene el alcance de la que se hizo a Israel, cuando, tras el becerro de oro, Moisés intercedió por el pueblo y Jehová se dio a conocer como el «¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación» (Éx. 34:6-7). Sin embargo, Nahúm muestra aquí tres rasgos de este gobierno muy importantes para las naciones.

1. «Es tardo para la ira». ¡Qué alivio para una conciencia convencida de pecado! El Dios que guarda su ira contra sus enemigos es lento para la ira. Nunca el hombre, por muy provocadora que sea su actitud, logra incitar a Dios a una acción prematura o a un estallido de furia. Nínive podía recordarlo. Ante la primera señal de arrepentimiento, Jehová había suspendido su juicio. Jonás, por su parte, se enfadaba y decía: «Mucho me enojo, hasta la muerte» (vean Jonás 4:9), mientras que Jehová “se arrepentía del mal que había dicho que les haría, y no lo hacía”. Sí, es lento para la ira y, 2., «grande en poder» para detener con una sola palabra los juicios decretados o darles rienda suelta. Pero, 3., su gobierno «no tendrá por inocente al culpable». Esto sigue siendo cierto, pues, como hemos dicho, se trata aquí del carácter de Dios en su gobierno y de su santidad en sus caminos, pero no de la obra de la gracia que justifica a los culpables en virtud del sacrificio. La justicia humana podría cometer el error de declarar inocente a un culpable, pero Dios nunca. En su gran paciencia, había refrenado el curso de su ira contra Nínive, pero ¿qué habían hecho desde entonces esos reyes –Salmanasar, Tiglat-pileser, Senaquerib– sino provocar la ira de Dios con su orgullo desenfrenado, su odio insaciable contra Jehová y contra su pueblo, y sus blasfemias? En verdad, Dios no podía en modo alguno considerar inocente al culpable. El último de todos ellos, Asurbanipal, había sido más malvado, más violento y más abominablemente cruel que todos sus predecesores, a quienes superaba en fastuosidad y poder, y Nahúm profetizaba bajo su reinado.

En los versículos 3 al 6 encontramos la descripción de los caminos de este Dios que gobierna según su santidad, su justicia y su poder: «Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies. Él amenaza al mar, y lo hace secar, y angosta todos los ríos; Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruida. Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿y quién quedará en pie en el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas» (v. 3-6).

Ya no se trata aquí de su persona, sino de los atributos mediante los cuales se manifiesta cuando da rienda suelta a sus juicios. Así se había revelado antaño a Elías en Horeb. No estaba en el gran viento impetuoso que desgarraba las montañas y destrozaba las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego (1 Reyes 19:11), pero esos juicios terribles debían preceder a su aparición en gracia ante Elías. Lo mismo ocurre aquí. Cuando se trata de abrirse camino para llevar a sus amados ante su presencia, ningún obstáculo prevalece. Ni siquiera el mar y todos sus ríos pueden interponerse como barrera. La nube no puede ocultarle el objetivo al que se dirige; él la pisotea bajo sus pies y ella no puede privarle de la vista del final de su camino. El mundo contiene cosas ricas y prósperas, agradables o elevadas; todo ello se marchita y desaparece ante el despliegue de sus caminos. Los poderes más firmemente establecidos, las autoridades subordinadas tiemblan y se desvanecen. Esto recuerda vívidamente todo el libro de Amós y el capítulo 1, versículo 4, del libro de Miqueas. Las monarquías más antiguas –y ninguna, salvo la de Egipto, podía presumir de una duración mayor que la de Asiria– no pueden subsistir ante el ardor de su ira. Unos 50 años después de esta profecía, tuvo lugar el colapso predicho.

En el versículo 7 descubrimos un punto de vista totalmente diferente: «Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían». ¡Qué diferencia con los rasgos anteriores! Y es que aquí se trata de lo que Él es para los suyos, incluso en medio de los juicios, de lo que Él es para todos los creyentes y, en particular, para el Remanente de Israel, objeto de toda la profecía del Antiguo Testamento. Él es bueno; nunca ha cambiado de carácter para con los suyos, en cualquier calamidad en la que se encuentren. Cuando se ven abrumados por el peso de los juicios, él los consuela revelándoles quién es, quién ha sido siempre. Cuando, liberados de la angustia, disfruten por fin de la liberación, podrán entonar el hermoso cántico milenario: “¡Alabad a Jehová, porque es bueno; porque su bondad perdura para siempre!” A lo largo de los Salmos oímos esta palabra, repetida 100 veces a los oídos del Remanente, para sostenerlo en medio de sus angustias: «¡Jehová es bueno!». Lo mismo ocurre con nosotros: en los dolores de la hora presente, el amor del Padre y del Hijo es lo que sostiene el corazón y le impide dejarse llevar por la duda y el desánimo.

Una «fortaleza en el día de la angustia». El enemigo triunfa; los fieles atraviesan el gran y terrible día de la tribulación final, llamado la angustia, la «angustia» de Jacob. No hay lugar de refugio en un mundo donde la furia de Satanás persigue sin tregua al pobre Remanente, pero Jehová está en el palacio de su santidad (Sal. 11:4; Miq. 1:2; Hab. 2:20); él mismo es la «tabernáculo»: «En el día del mal», se dice, «me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto» (Sal. 27:5).

«Conoce a los que en él confían». ¿No nos basta eso? A Cristo le bastó cuando los hombres le ultrajaban y decían de él: «Ha confiado en Dios; que lo libre ahora, si lo quiere» (Mat. 27:43); pero llegará un día en que los hombres impíos que se burlaron de los santos serán destruidos.

En el versículo 8 vemos lo que les sucederá a Nínive y a todos los enemigos de Jehová: «Mas con inundación impetuosa consumirá a sus adversarios, y tinieblas perseguirán a sus enemigos». Este versículo contiene 2 términos hebreos muy característicos: el término «desbordar» (Shataph, Sheteph) y la palabra «destruir por completo» (Kalah, Killayon), traducidos en otros pasajes como «consumir», «consumición» y «consumición decretada».

Los términos «desbordar» e «inundación desbordante» se aplican invariablemente al asirio histórico o profético, o al «rey del Norte» (norte de Palestina/Israel) que, como hemos visto tantas veces en el estudio de los profetas, es el líder, probablemente militar, de la Confederación asiria. Pero llegará un momento, como vemos aquí (1:8) y en otros pasajes, en el que aquel que desborda, el asirio, será a su vez desbordado, y en el que «su lugar» (Nínive), será destruido [6]. La inundación desbordante se volverá contra él, por mano de Jehová. La expresión «destruir por completo, consumación decretada» es “una expresión técnica que sirve para designar los últimos juicios que preceden al reinado del Mesías” [7]. La consumación decretada tiene lugar en Jerusalén, a manos del desolador (el asirio profético), pero al final alcanzará no solo a él y a su país (Is. 10:22-23; Nah. 1:8), sino también a todas las naciones reunidas contra Jerusalén y, por último, a «la tierra», el país de Israel y el pueblo apóstata que lo habita, sobre el que dominará el Anticristo. Solo el Remanente fiel atravesará esta subversión sin ser destruido por completo, sin que le alcance la consumación decretada [8].

[6] Vean, por ejemplo, en relación con este término y su aplicación: Isaías 8:8; 10:22; 28:17; Daniel 9:26; 11:10, 22, 26, 40; Nahúm 1:8.

[7] Vean la versión de J. N. Darby. Nota a Isaías 10:23; Jeremías 4:27; Nahúm 1:8.

[8] Vean, respecto al asirio: Isaías 10:22-23; Nahúm 1:8; respecto a las naciones: Jeremías 30:11; 46:28; Nahúm 1:8 (sus enemigos); respecto al pueblo apóstata y su país: Daniel 9:27; Isaías 28:22; Sofonías 1:18; y, por último, sobre el Remanente, a salvo de la destrucción total: Jeremías 4:27; 5:10, 18; Ezequiel 11:13.

Citando todos estos pasajes en las notas queremos resaltar la siguiente verdad, que podría pasarse por alto al leer el libro de Nahúm: si bien este libro trata de la inminente destrucción histórica de Nínive, el Espíritu de Dios va mucho más allá de este hecho; en efecto, no actúa de otra manera en ninguna profecía. Al referirse a un juicio inminente, proyecta su luz sobre los acontecimientos del fin. La caída de Nínive se convierte en el presagio del futuro colapso del poder del asirio profético, al mismo tiempo que el de todos los enemigos de Jehová que han participado ellos mismos en esta catástrofe: Las «tinieblas perseguirán a sus enemigos». No solo será destruida la tierra de Nínive antes de la venida del Señor como Mesías, sino que sus enemigos, junto con los de Nínive, quedarán sumidos en las tinieblas. Históricamente, esto ocurrió con Babilonia y los medos; proféticamente, ocurrirá con la Bestia romana y los 10 reyes, enemigos del asirio. Es por no haberse informado sobre estas cosas por lo que los racionalistas modernos niegan, con gran ligereza, el alcance futuro de los acontecimientos proféticos que tuvieron su cumplimiento histórico en el pasado.

«¿Qué pensáis contra Jehová?» (v. 9). ¿A quién van dirigidas estas palabras? ¿A los enemigos actuales de Nínive? Pero fue Dios quien los había suscitado contra la capital de Asiria. No; el profeta ve el futuro; predice que los enemigos de Asiria, así como el propio asirio –que es el principal protagonista aquí– traman complots contra Cristo. Esto se ve muy claramente en el Salmo 2:1-3: «¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos Contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas» El pasaje de Hechos 4:25-26, que cita este Salmo, nos proporciona una de las pruebas constantes de que dicho pasaje de la profecía se nos da como si contuviera varios cumplimientos distintos: uno próximo y otro para los últimos tiempos (vean, también Hec. 13:41 comp. con Hab. 1:5).

«Él hará consumación; no tomará venganza dos veces de sus enemigos» (v. 9). Este pasaje podría entenderse en el sentido de que la aflicción de Nínive no tendrá ocasión de repetirse, ya que es definitiva; pero la palabra «consumación», tan característica de la «gran tribulación» de los últimos días, dirige nuestros pensamientos mucho más allá de ese acontecimiento próximo y nos lleva a los tiempos del fin que precederán al reinado de Cristo. La angustia no solo alcanzará a quienes, impulsados por Satanás, la han provocado, sino que será definitiva y no se verá surgir una segunda. Así sucedió con Nínive; lo mismo ocurrirá con los asirios y con las naciones del fin. Pero esta palabra también será cierta para el Remanente fiel. La angustia no se levantará 2 veces para los discípulos en los últimos tiempos; solo la atravesarán como el horno de Daniel, sin ser consumidos, o como las aguas del juicio, sin ser sumergidos (Is. 43:2), o como la destrucción decretada, sin ser destruidos por completo (Jer. 5:18).

«Aunque sean como espinos entretejidos, y estén empapados en su embriaguez, serán consumidos como hojarasca completamente seca» (v. 10). Estas expresiones se aplican al pueblo judío incrédulo en el capítulo 7:4 de Miqueas y al asirio en Isaías 10:17. En nuestro pasaje se habla especialmente de Nínive y de los asirios, pero las naciones y el pueblo apóstata serán alcanzados por el mismo juicio final. Este no se repetirá, porque, al igual que el fuego en la paja, los habrá consumido a todos de una vez y devorado por completo.

«De ti salió el que imaginó mal contra Jehová, un consejero perverso» (v. 11). Este Asur, que en otro tiempo había salido de la tierra de Sinar para edificar Nínive (Gén. 10:10-11), había salido de Nínive, sede del poder asirio, para idear, con un espíritu de orgullo satánico, el mal contra Jehová. Todos los reyes de Asiria, desde Pul hasta Asurbanipal, tuvieron este carácter, y su odio orgulloso contra Dios y contra su pueblo ya había alcanzado sus últimos límites en la persona de Senaquerib. En este pasaje se habla exclusivamente del poder asirio. En el versículo 9, el profeta había dicho: «¿Qué pensáis contra Jehová?», incluyendo en esta frase a todas las potencias reunidas al final contra Cristo. Uno de estos enemigos, el que sale de Nínive, tema principal de la profecía de Nahúm, se destaca aquí, animado por los mismos sentimientos que los demás. Es un «consejero perverso»; la astucia es su rasgo dominante, astucia que se manifiesta hoy en tantas naciones destinadas a desempeñar más adelante el papel del asirio. Este hombre del fin es el mismo rey astuto que se describe en el capítulo 8 de Daniel (v. 23-25).

¡Qué contraste entre él y el verdadero Rey! Aquel que ha de reinar en Israel y lleva el cetro del dominio universal no ha salido de la inmensa Nínive, sino de Belén de Efrata, pequeña entre los miles de Judá, aquel cuyos orígenes se remontan a los días de la eternidad y sobre quien reposará el Espíritu de Jehová (Miq. 5:2; Is. 11:2). El que procede de Nínive ha corrido en el pasado y correrá en el futuro hacia la destrucción; el que procede de Belén verá su trono establecido para siempre (Sal. 45:6). El que salió de Nínive será “humillado”; el que salió de Belén será exaltado, tendrá un nombre por encima de todo nombre y verá toda rodilla doblarse ante él (Fil. 2:9).

«Así ha dicho Jehová: Aunque reposo tengan, y sean tantos, aun así serán talados, y él pasará» (v. 12). El pueblo de Nínive sigue intacto y numeroso en estos días de Nahúm, en los que el destino de Asiria ya se está gestando en la sombra. Babilonia, feudo de Asiria, siempre en ebullición, aún no se ha rebelado definitivamente; los medos aún no han partido a la guerra para sitiar Nínive. Pasarán aún algunos años antes de la destrucción de esta capital del mundo. Pero la profecía va más allá: no es solo Nínive, ni su último rey, el que desaparece en el incendio de su palacio, sino todo el poderío militar de esta nación, que dejará de existir. La profecía nos enseña que, con la derrota histórica de Asiria, aún no se ha dicho la última palabra de su historia. Este formidable poder volverá a entrar en escena al final de los tiempos. Será, como hemos visto, el azote que inunda, pero este «pueblo audaz» será aniquilado de repente (Is. 28:19; 30:31-33). Solo entonces se cumplirá plenamente esta palabra: «Serán talados, y él pasará».

«Bastante te he afligido; no te afligiré ya más. Porque ahora quebraré su yugo de sobre ti, y romperé tus coyundas» (v. 12-13).

Tras haber reprendido a Nínive, a las naciones y al pueblo judío infiel, Jehová se vuelve ahora, de manera igualmente repentina e inesperada, hacia el Remanente afligido. Si nos remontamos al reinado del rey de Judá, bajo el cual profetizó Nahúm, descubrimos, como ya vimos en nuestro estudio sobre Miqueas (1:1), analogías sorprendentes con el contenido de esta profecía. El reinado de Manasés se divide en 2 partes. En la primera, actúa peor que todos sus predecesores. Restablece en Jerusalén la idolatría en todo su horror, llegando incluso a sacrificar a sus hijos a Moloc; practica la adivinación y la magia; llena Jerusalén de sangre inocente; y, como colmo de la profanación, coloca un ídolo en el templo de Dios. ¿Acaso no se reconocen en este cuadro todos los rasgos del Anticristo? Así es como los habitantes de Jerusalén son inducidos a hacer el mal más que las propias naciones (2 Crón. 33:1-10; 2 Reyes 21).

Esta situación culmina en un juicio implacable sobre el pueblo apóstata y su rey profano, quien, cargado de cadenas, es llevado a Babilonia por el rey de Asiria. Bajo la presión de la angustia, el carácter de Manasés cambia por completo. Se convierte, a nuestros ojos, en el arquetipo del Remanente arrepentido que sale del pueblo reprobado y se separa de él. La angustia le abre los ojos sobre su situación y, al considerarla irremediable, recurre a Dios y a su gracia: «Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios» (2 Crón. 33:12-13). Tenemos aquí, diríamos, una imagen impactante del Remanente, que vuelve a Dios a causa de la angustia y recupera la Restauración final gracias a la obra de la gracia en su conciencia. Los profetas habían hablado a Manasés cuando este abandonó a Jehová para entregarse a la apostasía (2 Reyes 21:10-15); ahora otro profeta, Nahúm, le habla de la liberación y del favor de Dios, cuando ha vuelto a Jehová. Lo mismo ocurrirá con el Remanente, al que todos los profetas mencionan y cuya restauración predicen. La aflicción no se levantará 2 veces para él. Jehová le habla, en la persona de su rey, para consolarlo: «Te he afligido; ¡no te afligiré ya más!». «Consolaos, consolaos, pueblo mío», dice vuestro Dios, por boca de Isaías. «Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados» (Is. 40:1-2).

«Porque ahora quebraré su yugo de sobre ti, y romperé tus coyundas» (v. 13). Esto es lo que le sucedió momentáneamente a Manasés, pero solo en cierta medida, pues, durante su vida, el yugo de Asiria siguió pesando sobre él como tributario de ese rey. No ocurrió lo mismo con Judá, pues pasó inmediatamente del yugo de Nínive al de Babilonia, mucho más pesado.

Pero, cabe señalar, la profecía solo deja entrever aquí, en los acontecimientos próximos, aquellos, mucho más decisivos, del futuro.

«Mas acerca de ti mandará Jehová, que no quede ni memoria de tu nombre; de la casa de tu dios destruiré escultura y estatua de fundición; allí pondré tu sepulcro, porque fuiste vil» (v. 14).

Aquí Jehová se dirige al asirio con la misma repentina sorpresa con la que se había dirigido a su pueblo. Este pasaje contrasta totalmente con la liberación anunciada a Judá. El asirio será destruido, su descendencia aniquilada, sus ídolos derribados y su sepulcro preparado. Todo esto tuvo lugar, sin duda, con la caída de Nínive, pero el profeta Isaías nos enseña que, en los últimos tiempos, durante la restauración de Israel, Tofet (comp. con 2 Reyes 23:10), preparado desde hace mucho tiempo para el asirio, arderá para consumirlo definitivamente, y que esa misma pira está preparada también para «el Rey» (término que la palabra profética utiliza para designar al Anticristo; vean Is. 57:9; Dan. 11:36), así como para el pueblo incrédulo (Jer. 7:31-34). La destrucción de las 2 potencias enemigas del fin tendrá lugar al mismo tiempo. El Anticristo, el hombre de pecado, el falso Mesías, aún no ha aparecido, aunque su espíritu está hoy en día actuando por todas partes, y este personaje no se revelará hasta que la Iglesia, la Esposa de Cristo, haya sido arrebatada de la escena. Lo mismo ocurrirá con el Imperio romano resucitado, con sus 10 reyes, y del que el Anticristo será aliado; lo mismo ocurrirá también con el asirio que, reapareciendo en su forma definitiva, como rey del Norte y Gog, se enfrentará al juicio que le espera en Tofet. Sabemos, según Ezequiel 39, que, durante 7 años, todo lo que quede de él, después de que su ejército haya caído sobre las montañas de Israel, será consumido por el fuego.

«Porque fuiste vil», últimas palabras de la ira de Jehová contra este hombre sumamente orgulloso que había pensado medirse con el Dios poderoso y elevar a sus ídolos, Asur e Ishtar, frente a Jehová. ¡Eres vil! Todas las pretensiones de los más privilegiados entre los hombres, su nombre, que consideran imperecedero, su poder ambicioso, su orgullo indomable, su autoexaltación, todo será pisoteado como el barro de las calles bajo los pies del verdadero Rey, a quien le bastará un solo gesto para tomar las riendas del dominio universal y aniquilar a sus enemigos como a la vil serpiente a la que el hombre aplasta la cabeza bajo su talón.

«He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz. Celebra, oh Judá, tus fiestas, cumple tus votos; porque nunca más volverá a pasar por ti el malvado; pereció del todo» (v. 15).

Por una singular falta de comprensión de la palabra profética, se ha atribuido este pasaje a la caída de Nínive, cuando fue anunciada en Jerusalén. ¿Dónde está la prueba? Nínive fue destruida al comienzo del reinado de Joacim (610-599 a.C.) y, probablemente, 2 años después de su inicio. ¿Encontramos, en la historia de este rey, alguna alusión a este acontecimiento? Joacim fue entronizado por Faraón Neco en sustitución de Joacaz, sometido a un yugo severo y obligado a pagar un pesado tributo. Posteriormente, cayó durante 3 años bajo el dominio de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y, tras rebelarse, fue saqueado por las hordas de caldeos, sirios, moabitas y amonitas. Por lo tanto, no habría podido sino alegrarse de que Nínive perdurara y de que el imperio asirio tuviera la ventaja (Jer. 2:18). Al cabo de 11 años de reinado, Nabucodonosor lo capturó, lo encadenó con cadenas de bronce y se lo llevó a Babilonia (2 Crón. 36:6). Por lo tanto, nada podía ser políticamente más fatal para este rey, así como para Jerusalén y Judá, que la ruina de Nínive. Por otra parte, nada es más claro que este pasaje, aplicado a los acontecimientos proféticos. El «Remanente», culpable pero arrepentido, ya no será afligido en un día futuro. Judá será liberada del yugo de Asiria cuando ese enemigo del pueblo de Dios sea aniquilado en las montañas de Israel. Es de este acontecimiento profético –y no de la caída histórica de Nínive– de lo que nos habla el capítulo 52 de Isaías, cuyos términos se corresponden tan exactamente con nuestro versículo 15. Allí también se habla del asirio que ha oprimido a Israel sin motivo. Pero en ese momento del día futuro, Jehová se revela y dice a su pueblo: «¡Aquí estoy!» (Jer. 26:14). Inmediatamente se proclama la buena nueva del reino; la guerra ha terminado, comienza el reinado de paz: «¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!» (v. 7). Es el momento en que Dios restaura a Sion y consuela a su pueblo. Del mismo modo, en Miqueas 5:5, la paz se establece con la aparición de Cristo y la derrota del asirio.

En Nahúm, la caída de Nínive es como un cuadro anticipado de lo que sucederá al final de los días. Las buenas nuevas no son, al igual que en Isaías, la caída de esta capital, sino la venida del Mesías o Salvador de Israel, del vencedor de sus enemigos. Bajo su reinado de paz, Judá podrá celebrar sus grandes fiestas y, sobre todo, la de los tabernáculos, que seguirá al juicio de los adversarios, la “cosecha” y la “vendimia” (Zac. 14:16-19; Ez. 45:21-25). A partir de entonces, nada perturbará estas solemnes y alegres celebraciones. El malvado, Belial, esa criatura de Satanás ya no pasará por el territorio de Israel como «torrente que se desborda» (vean Is. 66:12), tal y como lo había hecho en el pasado y lo hará en el futuro.

Es posible que el profeta aluda, de manera simbólica, al reinado de Josías, bajo el cual Judá pudo volver a celebrar la Pascua y la Fiesta de los panes sin levadura (2 Crón. 35), pero ese reinado había terminado antes de la caída de Nínive. Por lo tanto, todo lo que acabamos de decir nos lleva, sin lugar a duda, a pensar en el tiempo del fin.

¿Quiénes serán los portadores de las buenas nuevas de las que aquí se habla? La Palabra nos enseña que este testimonio lo darán los discípulos judíos. Son aquellos que, en los días en que el Señor estaba en la tierra, fueron enviados en misión a las ciudades de Israel, pero cuyo testimonio continuará hasta el fin de los tiempos. Son ellos quienes predicarán a las naciones el Evangelio del reino durante el período de la gran tribulación. Son ellos, por fin, quienes serán, en las montañas de Israel, los mensajeros –vistos y oídos por todos– de este gran acontecimiento: ¡la inauguración del glorioso reinado del Mesías!

3 - Capítulo 2: Está decretado

«Subió destruidor contra ti; guarda la fortaleza, vigila el camino, cíñete los lomos, refuerza mucho tu poder» (v. 1).

Tras dirigirse a Judá para animarla y consolarla, Jehová se vuelve de repente hacia el Malvado, hacia el asirio, rey de Nínive, y lo interpela. Estas interpelaciones inesperadas son, como hemos visto en el Prólogo, uno de los rasgos externos característicos de nuestro profeta. Aquí nos adentramos de lleno en la escena histórica.

Las palabras «Subió destruidor contra ti» contrastan extrañamente con la palabra de Miqueas: «Subirá el que abre caminos delante de ellos» (Miq. 2:13). Allí, el Pastor abría paso para romper los obstáculos y liberar a sus ovejas; aquí, el Vengador sube para quebrantar para siempre el poder hostil cuyo yugo pesaba tan duramente sobre Judá, y para erradicarlo por completo. Por lo tanto, el juicio de las naciones es tan cierto como la liberación del pueblo de Dios.

Los instrumentos que Jehová emplea para destruir Nínive se denominan «los varones de su ejército» (v. 3; Is. 13:3). No son los mismos hombres fuertes que Jehová hace descender con él en Joel 3:11, cuando se sienta para juzgar a todas las naciones y que tienen como antitipos a los hombres fuertes de David (2 Sam. 23:8-39). Aquí, Babilonia, aliada con los medos, es el instrumento del que Dios se sirve para aniquilar a Nínive, del mismo modo que más tarde se servirá de los medos y los persas para aniquilar a Babilonia. Todas estas potencias que creen actuar de forma independiente y por sí mismas son instrumentos inconscientes y ciegos en manos de Jehová para cumplir sus designios. Es importante recordar este principio en la actualidad. Dios eleva hoy a una nación; mañana la humillará. Hoy le sirve de vara; mañana suscitará una nueva vara que quebrará y luego aplastará a la primera. El orgullo del asirio es humillado por el orgullo de Babilonia, por los hombres fuertes de Jehová; el orgullo de Babilonia será a su vez aplastado. En tiempos de Nahúm, Babilonia, feudo de los reyes de Asiria, ya se había rebelado en varias ocasiones contra el yugo de Nínive y había tenido que sufrir en repetidas ocasiones sangrientas represalias.

Ahora el reloj marcaba la hora en que Jehová, aunque lento para la ira, iba a dar rienda suelta a esta. Al retirar el dominio al Israel infiel, Dios había decidido confiarlo a Babilonia, a la que quería convertir en la «cabeza de oro» de los imperios paganos. Por lo tanto, era necesario que las pretensiones de los asirios de obtener esa supremacía fueran aniquiladas, por no hablar de la iniquidad de Nínive, que había llegado a su punto álgido. A pesar de sus ambiciones, Asur nunca había logrado el imperio universal. Este término no significa que el universo esté sometido a tal imperio, ni siquiera alude a la extensión de su territorio; significa más bien que un dominio universal ya no encuentra ninguna nación que no le esté sometida y que tiene como vasallos a los reyes de esas naciones. Así ocurrió con Babilonia y con los demás imperios que le sucedieron. Lo mismo ocurrirá con el último, el Imperio romano, resucitado al final de los tiempos bajo la forma de la Bestia y los 10 reyes, esa confederación que provocará la admiración de todo el mundo.

¡Qué irónico resulta este llamamiento al rey de Nínive!: «Guarda la fortaleza, vigila el camino, cíñete los lomos, refuerza mucho tu poder». ¿Has tomado todas las precauciones necesarias? Vigila todo tú mismo, acumula reservas; que no falte nada; ¡que en ningún lugar falle tu previsión! ¿Podrán mis hombres fuertes hacer algo contra una organización tan ingeniosa? Pero olvidan una cosa: «Jehová restaurará la gloria de Jacob como la gloria de Israel» (v. 2). Este pasaje se ha traducido de diversas maneras, pero no me cabe duda de que debemos adoptar esta versión, ya que se ajusta a la interpretación espiritual y trasciende el sentido histórico, incluso en un contexto tan esencialmente histórico como este. En el momento en que «subió destructor contra ti», la gloria de Jacob (de todo el pueblo representado por Judá) y la gloria de Israel (nombre con el que se designaba con frecuencia a las 10 tribus) fueron restauradas.

Nada semejante había ocurrido, salvo de forma parcial y muy incompleta bajo Josías; Jehová había sacado por un momento a Judá de su profunda humillación, aunque el carácter del pueblo no había cambiado en absoluto (Hab. 1:1), pero la ruina ya había retomado su curso bajo los sucesores de aquel rey piadoso. No será así al final; la gloria del antiguo pueblo de Dios volverá a salir a la luz y entonces el asirio, Gog, será destruido para siempre. Así será restaurado el Remanente, pues, como se dice, «saqueadores» los habían despojado y habían echado a perder sus sarmientos. En el momento de la destrucción de Nínive, esta situación no había cambiado.

Todo cambiará cuando aparezca la gloria del Mesías al que había despreciado y sea reconocida por él, y cuando, al hablar de Cristo, pueda decir: «Mi gloria» (Sal. 3:3; Jer. 2:11). Aquí se ve que Israel, que cayó por su pecado bajo los golpes de los asirios, será restaurado por la caída de su enemigo, ya que la de Nínive no es más que el preludio de los terribles juicios del fin, pues la restauración es inseparable del juicio.

En los versículos 3 y 4 tenemos una magnífica descripción de esos hombres fuertes del Señor, es decir, del ejército de los medos y los caldeos: «El escudo de sus valientes estará enrojecido, los varones de su ejército vestidos de grana; el carro como fuego de antorchas; el día que se prepare, temblarán las hayas. Los carros se precipitarán a las plazas, con estruendo rodarán por las calles; su aspecto será como antorchas encendidas, correrán como relámpagos». Se trata aquí de las calles y plazas de Nínive y no de las ciudades de Asiria, como sostienen algunos comentaristas. Nínive siempre ocupa un lugar destacado en Nahúm.

«Se acordará él de sus valientes; se atropellarán en su marcha; se apresurarán a su muro, y la defensa se preparará. Las puertas de los ríos se abrirán, y el palacio será destruido» (v. 5-6). El asirio (siempre con esa misma forma abrupta de presentar a los personajes) piensa en oponerse a sus «valientes» a los «fuertes» de Jehová. ¡En vano! La voluntad de Dios debe cumplirse. Esos hombres valientes se apresuran, tal vez saliendo de alguna orgía; tropiezan en su embriaguez (comp. con 1:10) para llegar a los refugios encargados de la defensa, cuando ya una parte de la ciudad ha sido invadida. «Las puertas de los ríos se abrirán». Los ríos que defendían la ciudad y le servían de barrera inexpugnable sirven ahora de puerta de entrada a los asaltantes [9]. Más tarde, con una única diferencia respecto a esto, el destino de Babilonia se decidirá por el desvío del Éufrates, cuyo lecho, ahora en seco, servirá de puerta de entrada al enemigo para apoderarse de la gran ciudad. El magnífico palacio, adornado y maravillosamente ampliado por Senaquerib, se derrumba y no es más que una ruina.

[9] Esta interpretación me parece mucho más sencilla que la de otros comentaristas.

Tal es la sentencia dictada. «Está decretado» (Nahún 2:7; LBLA) y no hay vuelta atrás. Nínive, como una reina despojada de sus vestiduras, quedará expuesta a los ultrajes y será llevada cautiva junto con sus sirvientas. La parte femenina de la ciudad se convierte en la presa afligida del vencedor. Toda esta escena se anuncia como si ya hubiera tenido lugar, tal es la irrevocabilidad de la sentencia.

«Fue Nínive de tiempo antiguo como estanque de aguas; pero ellos huyen. Dicen: ¡Deteneos, deteneos!; pero ninguno mira» (v. 8) [10]. Rodeada de ríos y canales, fue desde el primer día de su existencia una ciudad inexpugnable, además de próspera, que, gracias a sus ríos, proporcionaba en abundancia lo necesario para alimentar a los pueblos. Había aumentado el número de sus mercaderes más que las estrellas del cielo (3:15). En Jerusalén se mantenían con gran dificultad los estanques y los embalses; los de Nínive, alimentados por la naturaleza, la hacían inexpugnable… «Ellos huyen…». ¿De qué sirven sus defensas cuando les invade el pánico? Es la derrota… «¡Deteneos! ¡Deteneos!». No hay remedio; ni uno solo se vuelve para hacer frente al enemigo. Entonces comienza el saqueo; los invasores se apoderan de las inmensas riquezas acumuladas. Nínive es saqueada, vaciada, devastada. Una angustia indescriptible se apodera de todos sus habitantes.

¡Qué imagen tan gráfica de este desastre! ¡Parece que estuviéramos presenciando esta terrible escena, este colapso! La historia nos dirá que Nínive estuvo sitiada durante 3 años y luego fue tomada. Es posible, pero lo que Dios nos muestra aquí es el juicio repentino y definitivo llevado a cabo por los instrumentos preparados por Dios para esta destrucción.

El tan conocido orgullo del asirio queda aplastado de un solo golpe. Cuando Dios pronuncia las terribles palabras: «Está decretado», ¿quién podría resistir, aunque fuera solo un instante? El destino que el asirio infligía a las naciones, sus ataques repentinos, el terror que sembraba a su alrededor, cuando todos los «rostros demudados» ante su llegada (Joel 2:6), todo eso se le inflige ahora a él: «el corazón desfallecido; temblor de rodillas, dolor en las entrañas, rostros demudados» (v. 10). Lo vemos aquí, afectado por el mismo destino que él mismo había infligido a la gran Tebas de Egipto (cap. 3).

(v. 11-13.) – «¿Qué es de la guarida de los leones, y de la majada de los cachorros de los leones, donde se recogía el león y la leona, y los cachorros del león, y no había quien los espantase? El león arrebataba en abundancia para sus cachorros, y ahogaba para sus leonas, y llenaba de presa sus cavernas, y de robo sus guaridas. Heme aquí contra ti, dice Jehová de los ejércitos. Encenderé y reduciré a humo tus carros, y espada devorará tus leoncillos; y cortaré de la tierra tu robo, y nunca más se oirá la voz de tus mensajeros».

La imagen del león era familiar para los monarcas asirios, como atestiguan sus monumentos. Ya desde Nimrod, la caza de leones era el orgullo y el pasatiempo de los reyes de Asiria. La fuerza, la impetuosidad y la crueldad de este animal que devora, al que nada asusta, que estrangula y despedaza para saciar su propio apetito, el de su leona y el de sus cachorros; su sed de poder y el botín con el que llena sus guaridas: todo ello caracterizaba al asirio. Basta con que Jehová de los ejércitos se levante para oponerse a aquel a quien ningún hombre había podido resistir jamás; al instante, todo el armamento con el que se lanzaba a conquistar el mundo se reduce a cenizas. La espada de Dios aniquila a su descendencia, con la que podría haber esperado reconquistar el poder [11]. Una vez aniquilado su reino, aquellos a quienes había convertido en su presa y que se rebelaban constantemente contra él se someten al nuevo imperio suscitado por Dios, y la era de las matanzas llega a su fin, sin que por ello se restablezca jamás la paz en la tierra. Solo se restablecerá cuando se diga: “Paz en la tierra”, al aparecer el Señor en su reino. «Nunca más se oirá la voz de tus mensajeros». ¡Ah!, cómo se había oído antaño aquella voz amenazadora que los mensajeros del rey venían a transmitir a Ezequías y a Jerusalén, y que se atrevía a elevarse hasta el mismo trono de Dios (Is. 36:37). ¡En un tiempo futuro solo se oirán las voces alegres de los mensajeros de buenas nuevas que anuncian la paz! (1:15).

[11] El último descendiente de los reyes de Asiria, Asur-edil-ilane, pereció en el saqueo de Nínive.

Las historias profanas apenas nos han conservado 1 o 2 comentarios sobre la grandeza de Nínive; los antiguos monumentos asirios descubiertos desde mediados del siglo pasado nos dicen mucho más y nos revelan el lujo sin precedentes y la asombrosa prosperidad de esta inmensa ciudad. Pero ningún documento nos habla de su caída ni nos describe su desastre. Solo la Biblia nos informa de forma clara y divina sobre los orígenes de Nínive y sobre su destrucción, más repentina que la de Babilonia, aunque Nínive superara a esta última en fastuosidad e importancia. Lo que nos llena de admiración por las Escrituras es que todos los textos bíblicos sobre la ruina de Nínive son proféticos. Nahúm ocupa en ellos el primer lugar.

4 - Capítulo 3: La retribución

«¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarte del pillaje!» (v. 1).

Hay solo un «¡Ay!» en Nahúm: el de la ruina de Nínive. La sentencia se pronunció en el capítulo 2; aquí vemos su cumplimiento definitivo. Nahúm es el único profeta cuyo libro termina con un juicio definitivo. Si habla de la restauración de Israel, lo hace, por así decirlo, de pasada, en el primer capítulo, y para situarla en el contexto general de la profecía. Nínive debe caer; todo el poder de un mundo altivo y orgulloso que solo reconoce su propia importancia, de un mundo cuyo orgullo constituye el enemigo del pueblo de Dios, todo ese poder debe ser aniquilado. En el capítulo 2, el asalto y la toma de la ciudad se presentaban como consecuencia del daño causado por los asirios a la viña de Israel; aquí, en el capítulo 3, es el propio carácter de Nínive lo que atrae sobre ella estas represalias. Así como en Jerusalén se habían hallado la iniquidad del pueblo y la sangre de todos los profetas, también en Nínive, la ciudad de sangre, Dios no encuentra más que falsedad, violencia y saqueo. Esta ciudad es como la quintaesencia del carácter del pueblo asirio y de sus reyes.

Los versículos 2 y 3 tienen un carácter diferente al de los versículos 3 al 7 del capítulo 2, que describían el ataque a Nínive, seguido, en los versículos 9 y 10, del saqueo y el terror. Aquí asistimos al saqueo y a la espantosa matanza que llena la ciudad de «multitud de muertos, y multitud de cadáveres».

Hay un aspecto de la iniquidad de Nínive que parece diferenciarse de todos los demás, pues ya no se trata del pecado contra los hombres, sino del pecado contra Dios: «Por la multitud de las prostituciones de la ramera atractiva y hechicera, que vende las naciones con sus prostituciones y a las familias con sus hechizos, he aquí que estoy en tu contra –dice Jehová de los ejércitos– y te levantaré los faldones de tu vestido sobre tu rostro, y mostraré a las naciones tu desnudez, y a los reinos tu vergüenza. Y arrojaré sobre ti inmundicias, te humillaré y te convertiré en espectáculo» (v. 4-6).

Ella había logrado cautivar a las naciones mediante el culto a sus falsos dioses y mediante su magia. Cuántas de ellas se habían dejado llevar a postrarse ante los dioses de Nínive, al ser testigos de la caída de sus propios dioses, llevados cautivos por los reyes de Asiria (Is. 36:19-20), y se exponían así, por parte de Jehová, al mismo juicio que ella. Ahora, a los ojos de esas mismas naciones, estaba degradada hasta lo más bajo, una ramera cuya desnudez se exponía al asco y al desprecio de todos. Así es como Dios juzga y castiga el orgullo insensato del hombre que proclama a sus falsos dioses ante la mismísima presencia de Jehová de los ejércitos. «Fuiste vil», le dice al rey de Asiria (1:14); “te humillaré”, le dice a Nínive. Quedará cubierta de inmundicia, imagen del valor que pueden tener todos los atractivos y encantos del mundo a los ojos de Dios. ¡Quiera Dios que también nosotros valoremos estas cosas, como lo hacía el apóstol Pablo, según la medida del santuario! (Fil. 3: 8).

«Todos los que te vieren se apartarán de ti, y dirán: Nínive es asolada; ¿quién se compadecerá de ella? ¿Dónde te buscaré consoladores?» (v. 7).

Así es el egoísmo del mundo. Quienes no se ven directamente afectados se resignan fácilmente ante el desastre ajeno. Quizás unas pocas palabras de pesar, y el olvido ya cubre la catástrofe. Los consoladores no se encuentran entre los hombres. Solo Dios puede consolar, pero ¿cómo consolaría a aquella que hasta el final lo ha despreciado y se ha burlado de él? Cuando se ha producido el arrepentimiento y Jerusalén ha recibido el doble de todos sus pecados, entonces Dios se presenta ante ella como Consolador. «Consolaos», dice, «consolaos, pueblo mío» (Is. 40:1). Desde el momento en que se produjo la conversión, los consuelos ya no faltan jamás; son el bálsamo supremo en la prueba: el apóstol consolaba a sus hermanos y él mismo era consolado por Dios. Tal es el resultado de la obra de Cristo por nosotros. Él tomó sobre sí, por gracia, nuestra maldición, la desgracia pronunciada sobre el mundo; buscó consuelo en la tierra y no lo encontró (Sal. 69:20); pero ahora está consolado a la diestra de Dios y verá los frutos del trabajo de su alma introducidos en los lugares donde Dios mismo los consolará eternamente, enjugando toda lágrima de sus ojos.

La idolatría del asirio es uno de los puntos importantes de la profecía pronunciada sobre él. En Isaías 10:8-11, se le ve considerando a sus ídolos superiores a todos los demás y al propio Jehová. Isaías 14 nos muestra su derrota final (y la de Babilonia) a causa de su orgullo desmedido, que busca sustituir al propio Dios. Los versículos 19 y 20 de este mismo capítulo recuerdan el saqueo de Nínive, pero van mucho más allá y contemplan, al igual que el capítulo entero, la derrota final del asirio profético. En Isaías 47, el destino de Babilonia es el mismo que el de Nínive: la misma desnudez al descubierto, la misma vergüenza a la vista (v. 3). En Jeremías 13:26-27, Jehová pronuncia una maldición sobre Jerusalén, al igual que Nahúm sobre Nínive: «Yo, pues, descubriré también tus faldas delante de tu rostro, y se manifestará tu ignominia». Ella había seguido la idolatría de las naciones; por ella comienzan los juicios; luego le toca el turno a Nínive; y, por último, a Babilonia. Todo esto ha tenido lugar históricamente, y se repetirá proféticamente al final de los tiempos. Jerusalén, la casa barrida, donde los 7 espíritus idólatras se reunirán al final, bajo el reinado del Anticristo, será juzgada, pero luego restaurada gracias al Remanente arrepentido y creyente; mientras que la gran Babilonia del final, la cristiandad apóstata e idólatra, será completamente destruida y el asirio será consumido en las montañas de Israel.

«¿Eres tú mejor que Tebas, que estaba asentada junto al Nilo, rodeada de aguas, cuyo baluarte era el mar, y aguas por muro? Etiopía era su fortaleza, también Egipto, y eso sin límite; Put y Libia fueron sus ayudadores» (v. 8-9).

Este pasaje, como hemos visto anteriormente, nos da la fecha de la profecía de Nahúm, pero presenta varias otras particularidades. No-Amon, Tebas, capital del Alto Egipto, fue sitiada, tomada y saqueada por Asurbanipal en el año 633 a.C. Por lo tanto, Nahúm pudo mencionar este acontecimiento, como muy pronto, hacia el año 660. Se desconoce la fecha de la muerte de Asurbanipal, pero difícilmente pudo haber tenido lugar antes del año 630, quizá bastante tiempo después de esa fecha; y, dado que Nahúm profetizó bajo el reinado de Manasés (698-643), la mención que hace de la caída de Tebas solo pudo haber tenido lugar en vida de Asurbanipal [12].

[12] Por lo demás, como en cualquier otro aspecto, lo único cierto son las fechas históricas que ofrece la Escritura, desde el principio del Génesis. Cuando se trata de fechas proporcionadas por el hombre, a menudo nos vemos sumidos en un mar de incertidumbres. Así, el acontecimiento más importante del mundo antiguo, la ruina de Nínive presenta fechas contradictorias que se distancian entre sí en unos 20 años. Lo mismo ocurre con la profecía de Nahúm, que el aparente silencio de las Escrituras ha llevado a situar unas veces bajo el reinado de Ezequías y otras bajo el de Manasés, es decir, con una diferencia de entre 60 y 80 años.

Dios anuncia, pues, a Nínive o a su rey el mismo destino que acababa de infligir a No-Amon. La situación de Tebas era idéntica a la de Nínive. También ella se encontraba «junto a los ríos» –término que, en el caso de Egipto, siempre se refiere a los canales del Nilo– al igual que Nínive, rodeada por los canales del Tigris; también tenía «el mar» como baluarte, es decir, el amplio curso, el curso principal del Nilo (comp. con Is. 19:5), al igual que el Tigris era el baluarte de Nínive. Tebas estaba protegida contra las invasiones por Etiopía al sur, y por el Bajo Egipto y Menfis al norte. Se apoyaba en ambos. Put y los libios, sus aliados, la protegían, además. ¿Qué había sido de ella? Su destino, que Asurbanipal celebra en una inscripción memorable, era la imagen exacta de lo que le iba a suceder a Nínive [13]. Ella también, al igual que Tebas, sería llevada y partiría al cautiverio (3:10; 2:7). Los niños pequeños de No-Amon habían sido aplastados en las esquinas de todas las calles. ¿Acaso sería diferente en Nínive, con su multitud de muertos y sus montones de cadáveres? Se sabe que tal era la atroz costumbre de aquellos pueblos que se jactaban de poseer la alta cultura y la civilización de la época (Sal. 137:9; Is. 13:16; Os. 13:16). ¿No podría la refinada civilización de nuestros días ofrecer ejemplos de ello tanto en Oriente como en Occidente?

[13] “Conquisté –dijo– la ciudad de Tebas y mis manos la sometieron al dominio de Asur e Ishtar (mis dioses). Me apoderé de su plata, de su oro, de los objetos preciosos, de los tesoros del palacio real, de las vestiduras… de los grandes caballos, de los esclavos varones, de las mujeres… y regresé a Nínive con un botín considerable”.

«Tú también serás embriagada, y serás encerrada; tú también buscarás refugio a causa del enemigo. Todas tus fortalezas serán cual higueras con brevas, que si las sacuden, caen en la boca del que las ha de comer. He aquí, tu pueblo será como mujeres en medio de ti» (v. 11-13). Ese asirio que había dicho: «Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque he sido prudente; quité los territorios de los pueblos, y saqueé sus tesoros, y derribé como valientes a los que estaban sentados; y halló mi mano como nido las riquezas de los pueblos; y como se recogen los huevos abandonados, así me apoderé yo de toda la tierra; y no hubo quien moviese ala, ni abriese boca y graznase» (Is. 10:13-14): este asirio sucumbió a su vez. Unos 80 años después de Nínive, el mismo destino se abatió sobre Babilonia. Hay una retribución segura en este mundo. Jactaos, pueblos, de vuestro poder, levantad bien alto la cabeza; invocad el apoyo de vuestro dios contra vuestros enemigos, quienes, por su parte, invocan el mismo apoyo contra vosotros. De hecho, ese dios al que invocáis en vuestra ceguera no es mejor en vuestros pensamientos que Asur e Ishtar. El verdadero Dios no os conduce a la victoria, aunque pueda servirse de vosotros para cumplir sus designios e incluso pueda llamaros «sus fuertes». Pero el verdadero Dios vigila todos vuestros actos y los castiga. Lo que hicisteis antaño en Tebas se hará en vuestra Nínive. Las atrocidades que habéis cometido encontrarán su merecido. No claméis más el nombre de vuestro dios; escuchad más bien su sentencia irrevocable, su grito de «¡Ay!», su última palabra: «¡Está decidido!»

«Las puertas de tu tierra se abrirán de par en par a tus enemigos; fuego consumirá tus cerrojos» (v. 13). Aquí se ve que la caída de Nínive implica la invasión de todo el imperio del que es centro. Su desaparición es la propia caída de Asiria, lo que confirma las alusiones a la Asiria del fin señaladas a lo largo de este escrito. Al igual que Babilonia, Nínive no será reconstruida, pero estas mismas potencias, como hemos dicho en numerosas ocasiones, renacerán bajo nuevas formas, con la diferencia, sin embargo, de que, si bien la Babilonia mística desaparece para siempre, la Asiria profética solo será aniquilada en su poderío militar y subsistirá como nación bajo el glorioso reinado de Cristo, según está escrito: «Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad» (Is. 19:25).

Observen, además, en contraste con el futuro profético, que aquí Asiria cae primero, después de Egipto, y tras ella Babilonia, la cabeza de oro de las 4 monarquías gentiles. Al final de los tiempos, la cuarta de estas monarquías, representada por la Bestia, el Imperio romano resucitado, sucesor definitivo de Babilonia, caerá primero. Solo tras su caída será destruido el asirio. Así, el orden profético será inverso al orden histórico.

«Allí te consumirá el fuego, te talará la espada, te devorará como pulgón; multiplícate como langosta, multiplícate como el langostón. Multiplicaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo; la langosta hizo presa, y voló. Tus príncipes serán como langostas, y tus grandes como nubes de langostas que se sientan en vallados en día de frío; salido el sol se van, y no se conoce el lugar donde están» (v. 15-17). Nínive será destruida por el fuego y por la espada. Lo mismo ocurrió, después de ella, con Babilonia (Jer. 50:37; 51:30). La langosta, el saltamontes, imagen tan frecuente del ejército asirio en Joel y otros profetas, será el medio para destruir a esa potencia que destruía a todas las demás: otro ejército de saltamontes, el de Babilonia, la devorará a su vez. Por mucho que multiplique, como antaño, el poder y el número de sus ejércitos. La langosta tiene 2 características: primero devora y luego se marcha volando. Ha llegado el momento en que los hombres de élite de Asiria, acostumbrados a devorarlo todo, se dispersarán y luego se marcharán volando; en que los capitanes de sus tropas, como una nube de «langostas» que acampan entre los setos al fresco del día, se marcharán volando sin que se les pueda encontrar. Toda esta escena del fin nos transporta de nuevo a los tiempos proféticos.

«Durmieron tus pastores, oh rey de Asiria, reposaron tus valientes; tu pueblo se derramó por los montes, y no hay quien lo junte» (v. 18). ¿No recuerda esto la futura derrota de los asirios, predicha por Daniel? «Llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude» (Dan. 11:45). «Caerás», dice Ezequiel, «sobre los montes de Israel caerás tú y todas tus tropas, y los pueblos que fueron contigo» (Ez. 39:4).

«No hay medicina para tu quebradura; tu herida es incurable; todos los que oigan tu fama batirán las manos sobre ti, porque ¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?» (v. 19). Este pasaje nos remite al capítulo 10 de Jeremías (v. 17-22). Allí, el profeta, que tan a menudo desempeña el papel del Remanente de Israel, exclama: «¡Ay de mí, por mi quebrantamiento! Mi llaga es muy dolorosa». Cuando desde el país del norte (Caldea) llega una gran conmoción para reducir a una desolación las ciudades de Judá. Aquí se pronuncia una sentencia definitiva sobre el invasor, mientras que la dolorosa llaga de Israel será sanada.

A lo largo de todo este capítulo vemos, pues, establecida esta sencilla verdad, tan fácilmente olvidada de todos los tiempos entre los hombres: que hay una retribución, y que aquellos que han afligido al pueblo de Dios –por muy culpable que fuera, por mucha disciplina que Dios haya considerado oportuno ejercer sobre él– esos, los enemigos de Dios y de su pueblo, sufrirán el castigo. «Es justo delante de Dios retribuir con aflicción a los que os afligen, y [daros] a vosotros, que sois afligidos, descanso con nosotros cuando se revele el Señor Jesús desde el cielo» (2 Tes. 1:6-7).