Inédito Nuevo

Estudios sobre el libro del profeta Zacarías


person Autor: Henri ROSSIER 63

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Ha sido empleada la Versión Moderna 1929 para el Antiguo Testamento, y la Versión literal 2026 para el Nuevo Testamento

1 - Prólogo

Al abordar el estudio del profeta Zacarías, creo que debo hacer una observación importante dirigida a los cristianos que se interesan por la profecía. Aunque deseo que la estudien cada vez más, quiero advertirles del peligro de abordar este tema solo para satisfacer su curiosidad. Quienes ceden a esta inclinación del corazón natural se interesan por la profecía con vistas a los acontecimientos futuros y la convierten en el objeto de su estudio. Quizás adquieran así conocimiento, pero este dejará sus corazones indiferentes o mundanos. Se mantendrán alejados de este escollo si han comprendido y apreciado el propósito de la profecía.

Es, ante todo, la revelación del poder y de la venida de nuestro Señor Jesucristo (2 Pe. 1:16). Los discípulos tuvieron la visión de estas 2 cosas en el monte santo. Allí se desarrollaron ante sus ojos, como en un magnífico cuadro, las glorias futuras de Cristo en su reino: su venida, cuando tomará las riendas del gobierno, y el poder con el que establecerá su reinado sobre la tierra.

Esa misma escena hizo pasar ante sus ojos la esfera celestial de ese reino, en la que el Señor, apareciendo en gloria, conversaba con Moisés resucitado y con el profeta Elías, transportado al cielo sin pasar por la muerte.

Pero, por otra parte, los profetas, al revelarnos las glorias futuras de Cristo, no pueden callar sus sufrimientos, que son el fundamento mismo de sus glorias. Por eso el apóstol Pedro nos dice que el Espíritu, por medio de los profetas, «daba testimonio de antemano de los padecimientos de Cristo y de las glorias que los seguirían» (1 Pe. 1:11). El apóstol añade: «No era para sí mismos, sino para vosotros, ministraban estas cosas». Los futuros creyentes, ya fueran cristianos o judíos, debían participar de esos sufrimientos y de esas glorias. Por eso, la Primera Epístola de Pedro caracteriza tan a menudo con estas 2 palabras la parte de los cristianos procedentes del judaísmo. Sin embargo, la profecía no tiene como tema la posición cristiana; en ella se encuentran más bien, además de los sufrimientos y las glorias de Cristo, los del remanente de Israel, cuya historia está íntimamente ligada a la de su Salvador.

Por último, la profecía tiene un objetivo de la mayor importancia: el de separarnos del mundo. La revelación de Cristo atrae nuestros corazones hacia Aquel que sufrió por nosotros y los llena de sus glorias; la revelación de los verdaderos rasgos del mundo habla a nuestras conciencias y las separa del entorno que nos rodea y que estamos llamados a atravesar. Desde este punto de vista, la profecía es «como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que [el] día comience y que el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones» (2 Pe. 1:19). Si no tuviéramos la lámpara profética, perderíamos nuestro camino y caeríamos en las trampas que Satanás pone ante nuestros pasos para perdernos.

Estos son los diversos fines de la profecía, a los que hay que añadir además la esperanza que despierta en nosotros respecto a las gloriosas bendiciones que están por venir.

Los judíos, al regresar a su tierra tras el cautiverio de Babilonia, tuvieron como profetas a Hageo, Zacarías y Malaquías. Aunque su propósito era diferente, Hageo y Zacarías profetizaron juntos (Esd. 5:1; 6:14), durante los acontecimientos relatados al comienzo del libro de Esdras; después de ellos vino Malaquías, cuya profecía se ocupa de las circunstancias morales del pueblo, reveladas en el último capítulo de Nehemías.

Los judíos, en virtud de un edicto de Ciro, anunciado nominalmente por el profeta Isaías (Is. 44:28), habían regresado a Jerusalén para construir allí el templo de Jehová. Primero habían levantado el altar, centro del culto, y después habían puesto los cimientos de la casa con un celo mezclado de gozo para unos y de lágrimas para otros. Pero pronto el rey Asuero decretó la suspensión de las obras y, desde el edicto de Ciro, transcurrieron 17 años sin que el templo se elevara por encima de sus cimientos.

En el segundo año de Darío, rey de Persia, Dios suscitó a Hageo y a Zacarías. Su influencia tuvo como resultado inmediato animar al pueblo a reanudar la construcción iniciada. Zorobabel, de linaje real (1 Crón. 3:19), y Josué, Sumo Sacerdote, fueron los líderes que se dedicaron con celo a esta obra. 4 años más tarde, la casa estaba terminada, y el pueblo celebraba con gozo la fiesta de su dedicación.

Así, la profecía había alcanzado su objetivo inmediato al dirigirse a la conciencia del pueblo y suscitar en él una actividad al servicio de Jehová. Pero la profecía de las Escrituras nunca se limita a un resultado inmediato; contempla un tiempo futuro que no es otro que el tiempo del fin. Cuando el profeta Hageo propone al pueblo la construcción del templo, lo hace con vistas al día en que «el Deseado de todas las naciones» (Ageo 2:7) entre en su casa y la llene de su gloria. Cuando Zacarías les habla de Jerusalén, lo hace pensando en el día en que, posando sus pies en el monte de los Olivos, Cristo se aparecerá a su pueblo como Libertador, para luego entrar en su ciudad como Rey de justicia. A pesar de su acción común, el objetivo de estos 2 profetas no es el mismo. Hageo nos habla exclusivamente de la Casa. Zacarías tiene un alcance más amplio. Su tema es la ciudad de Jerusalén, el Remanente de Judá y el último día en su relación con el Mesías. Además, nos ofrece una visión general de los imperios de las naciones y de su condición moral en los últimos tiempos. Pero, más que nada, nos habla de los sufrimientos de Cristo y de sus diversas glorias, tema al que, a lo largo de este estudio, tendremos que volver constantemente.

La división del libro de Zacarías es de lo más sencilla. Tras una breve introducción (cap. 1:1-6), se divide en 2 partes totalmente distintas. La primera es la de las visiones (cap. 1:7 al cap. 6). La segunda, la de los oráculos, presenta 3 subdivisiones: 1. «La Palabra de Jehová» a Zacarías sobre los ayunos y la restauración de Jerusalén (cap. 7-8). 2. «El oráculo de la Palabra de Jehová» sobre los pastores y la restauración de Judá, y luego de Israel (9-11). 3. «El oráculo de la Palabra de Jehová» sobre el último día y la restauración del país (12-14). Observemos, sin embargo, que en medio de todas las diversas escenas que se desarrollan ante nuestros ojos, el “motivo central” es siempre Jerusalén y el Mesías.

2 - Introducción: capítulo 1:1-6

«En el octavo mes del año segundo de Darío, vino palabra de Jehová al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo». Este octavo mes marca la fecha de las palabras preliminares del profeta. Al igual que Jeremías, Zacarías tenía la doble condición de profeta y sacerdote. Aquí se le llama «Zacarías, hijo de Berequías (Baraquías), hijo de Iddo». La mención, en Mateo 23:35, de Zacarías, hijo de Barachías, que fue asesinado entre el templo y el altar –pasaje que evidentemente se refiere a la muerte de Zacarías, hijo de Joiada, asesinado por orden de Josías (2 Crón. 24:20-22), ha dado mucho que pensar a los comentaristas. Aquellos que no suelen desconfiar de su razón piensan que el pasaje de Mateo contiene un error al atribuir a nuestro profeta lo que se narra del hijo de Joiada. Mi humilde opinión es que ese error no existe. Los nombres de Zacarías y Berequías eran conocidos entre la estirpe sacerdotal. En Isaías 8:2, encontramos como «testigos fieles» de Isaías a Urías, el sacerdote, y a Zacarías, hijo de Jeberequías, es decir, de Baraquías. Este nombre de Baraquías parece ser el del jefe de la estirpe. Zacarías, hijo de Joiada, podría, por tanto, ser llamado por Mateo «hijo de Baraquías», remontándose a su origen. Lo mismo puede decirse de nuestro profeta. Zacarías era hijo de Iddo (Esd. 5:1; 6:14), uno de los sacerdotes que habían regresado de Babilonia con Josué, sumo sacerdote, y Zorobabel (Neh. 12:1, 4). Bajo el Sumo Sacerdocio de Joacim, hijo de Josué, «Zacarías, hijo de Iddo», asumió el sacerdocio (Neh. 12:16), pero en ningún otro lugar, salvo en el libro que estamos estudiando, se llama a nuestro profeta «hijo de Baraquías», lo cual se explica fácilmente si Baraquías es el jefe de la estirpe. Ejemplos de este tipo se encuentran con frecuencia en las cronologías de las Crónicas, libros que se remontan a la época del regreso del cautiverio y que fueron escritos precisamente en los días de nuestro profeta. Vean, por ejemplo, a Hur, al que en 1 Crónicas 4:1 se le llama «hijo de Judá» tras 5 generaciones.

El hecho de que Zacarías fuera sacerdote confiere un carácter particular a su profecía, en la que el sacerdocio desempeña un papel de la mayor importancia.

La Palabra de Jehová vino, pues, a Zacarías, «Jehová ha estado sumamente indignado contra vuestros padres. Di pues a los hijos de ellos: Así dice Jehová de los Ejércitos: Volveos a mí, dice Jehová de los Ejércitos, y yo me volveré a vosotros, dice Jehová de los Ejércitos» (v. 1-3).

Así comienza el libro: Jehová anuncia a estos supervivientes de Judá que se había enfurecido mucho contra sus padres porque no habían escuchado a sus profetas. ¿Volverían ahora estos pocos supervivientes a cometer los errores de sus padres o escucharían la Palabra de Jehová? No se trata aquí propiamente de la Ley, pues no hay que confundir a los profetas con ella. Sin duda, los profetas recordaban al pueblo la Ley y el testimonio, para hacer un llamamiento serio a la conciencia de Israel en tiempos de ruina, pero al mismo tiempo ponían ante los ojos del pueblo la gracia y la misericordia de Dios. Israel había fallado, pero Jehová no podía fallar, y a pesar de sus juicios, que se habían vuelto necesarios, quería llevar a cabo, a pesar de todo, sus designios de gracia para con ese pueblo. La profecía no consiste, pues, únicamente en una serie de mensajes dirigidos al pueblo culpable para despertar su conciencia y anunciarle los juicios que se abatirán sobre él, sino que también está destinada a animar el corazón de los fieles revelándoles lo que Dios quiere hacer por ellos. «Volveos a mí», dice Jehová en estos versículos, «y yo me volveré a vosotros». Esto va mucho más allá de los principios de la Ley. En la actualidad, bajo la economía de la gracia, estas palabras son tan oportunas como lo eran entonces y debemos prestarles una seria atención.

«Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros». ¿Qué hemos hecho con el testimonio que Dios nos había confiado? ¿Es nuestra ruina muy diferente de la de los padres de Judá? ¿Hemos guardado las cosas que Dios había puesto en nuestras manos? La respuesta no puede dejar lugar a dudas. ¿Hemos trabajado en el templo del Señor o en nuestras propias casas, tal y como Ageo acusaba al pueblo? ¡Ay! Al igual que ellos, hemos buscado establecernos cómodamente en el mundo. ¿Qué nos queda por hacer? Volvamos a Él; el camino está abierto; ¿acaso es imposible juzgarnos a nosotros mismos y recuperar lo que nunca debimos haber abandonado? Si escuchamos este llamado, obtendremos la recompensa: «Volveré a vosotros –dice Jehová de los Ejércitos». Si la búsqueda de nuestros propios intereses nos ha hecho perder la comunión con el Señor, se trata de recuperarla. Si nuestros corazones se han secado bajo el soplo del mundo, en lugar de buscar los intereses de Él, si hemos abierto la puerta a los ídolos, juzguemos nuestros caminos, volvamos a Él y él volverá a nosotros, y volveremos a saborear las riquezas que habíamos menospreciado. No están perdidas; el arrepentimiento es el camino que nos dará acceso a ellas. Hace mucho tiempo, el pueblo de entonces, dejando la casa sin terminar, tenía otras preocupaciones que la presencia de Dios en su templo. Jehová cita el ejemplo de sus padres: «Volvieron y dijeron: Según pensaba hacernos Jehová de los Ejércitos, conforme a nuestros caminos y conforme a nuestras obras, asimismo ha hecho con nosotros» (v. 6). Los padres habían vuelto, pero solo después de que los juicios de Dios los hubieran alcanzado. ¿Seguiría el Remanente de entonces el mismo camino, mientras Jehová aún suspendía su juicio? Esta pregunta también se nos plantea a nosotros. Si no escuchamos las advertencias de Dios, caeremos necesariamente bajo su disciplina. ¡Quiera Dios que sintamos la importancia que tiene para nuestras almas el comienzo de este capítulo!

El comienzo del profeta Malaquías no se parece al de Zacarías. En lugar de «Volveos a mí», Dios dice al pueblo: «Yo os he amado». Una palabra conmovedora que debería haber conmovido lo más profundo de su alma, pero que solo provoca murmullos en esos corazones indiferentes: «¿En qué nos has amado?» (Mal. 1:2). Cada pregunta que dirigen a Jehová es un nuevo testimonio de su endurecimiento. En Malaquías hay 9 preguntas; en la primera parte de Zacarías hay 12, pero es el propio profeta quien las formula. Expresan su fe y su dependencia de Jehová. Zacarías, aunque era sacerdote y profeta, era consciente de su ignorancia y de su incapacidad para sondear por sí mismo los pensamientos de Dios; solo tenía un deseo: recibir directamente la interpretación de los enigmas divinos. Imitemos a Zacarías; pidamos como él, y recibiremos como él. Necesitamos especialmente esta dependencia para abordar las visiones del profeta. Estas presentan dificultades insuperables para quien quiera comprenderlas con su inteligencia, pero cualquiera que, con humilde dependencia, pregunte a Dios: “¿Qué significan estas cosas?”, recibe una respuesta que le edifica y fortalece su fe, sobre todo si ha comenzado por tomarse en serio esta otra palabra: «Volveos a mí y yo me volveré a vosotros».

3 - El libro de las visiones: capítulo 1:7 al capítulo 6

3.1 - Primera visión: capítulo 1 (v. 7-17)

Aparte de la introducción de la que acabamos de hablar, solo encontramos en el profeta Zacarías 2 divisiones o, mejor dicho, 2 libros. El primero va desde el versículo 7 del capítulo 1 hasta el final del capítulo 6; el segundo, desde el capítulo 7 hasta el 14. Cada uno de estos 2 libros tiene su fecha concreta. El primer libro comienza así:

«En el día veinte y cuatro del mes undécimo, el cual es el mes de Sebat, en el año segundo de Darío, fue hecha revelación de Jehová a Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, profeta, a este efecto: Aquella noche vi». La duración de este vigésimo cuarto día, hasta el final del capítulo 6, tiene su importancia. Zacarías parece haber tenido todas sus visiones en una sola noche, y toda alma que contemple la profecía se encuentra en la misma situación que el profeta. Para comprender los acontecimientos proféticos debemos entender que el mundo en el que vivimos está sumido en las tinieblas más profundas. Dios no nos deja allí sin ayuda, y la lámpara profética nos guía en ella. Esta lámpara no es, sin duda, la luz más brillante que nos presenta la Palabra de Dios, pues esa misma Palabra nos introduce en la plena luz de su presencia; pero si queremos conocer el futuro del mundo, no podemos prescindir de la profecía.

Antes de abordar la primera visión, hagamos una observación importante para comprender al profeta Zacarías: hemos visto que un número relativamente pequeño de cautivos, pertenecientes a las tribus de Judá y Benjamín, que habían subido desde Babilonia para reconstruir el templo, y que luego se vieron interrumpidos en su obra, la reanudaron por orden de los profetas. Pero la situación de estos restos de Judá –evitaremos en la medida de lo posible emplear la palabra «Remanente» para designarlos– era tal que Dios no podía en modo alguno reconocerlos como su pueblo. Los profetas del fin de los tiempos nunca los designan con ese nombre; la sentencia de Lo-Ammi (Oseas 1:9) no había sido revocada y solo lo será cuando surja un nuevo pueblo del verdadero «Remanente» de Israel. Zacarías contempla, pues, la historia del pueblo desde un ángulo muy limitado. Solo habla de Jerusalén en su relación con Judá, como si los ojos de Jehová hubieran tenido que reducir cada vez más su horizonte, hasta fijarse finalmente solo en Jerusalén, un miserable montón de ruinas, desde el que Jehová, fiel a sus promesas, quería hacer partir todos los rayos de sus glorias futuras. En tiempos de Zacarías, el templo ha sido reconstruido, pero aún no es el templo del Mesías; la ciudad ha sido reconstruida, pero aún no es la ciudad del gran Rey; el pueblo habita en su tierra, sin ser aún el “pueblo de libre voluntad” que Dios reconocerá en la gloria milenaria.

Pasemos ahora a la explicación de la primera visión. El profeta ve «un hombre montado en un caballo rojo»; el versículo 11 nos dice que ese hombre es «el ángel de Jehová». Este nombre se aplica en todo el Antiguo Testamento al representante simbólico de Cristo, antes de su manifestación como hombre en este mundo. El caballo alazán sobre el que cabalga y los caballos que le siguen son los espíritus que administran providencialmente los imperios de las naciones. El espíritu del Ángel de Jehová preside la acción de todas las demás potencias angelicales empleadas por Dios con este fin [1].

[1] El color alazán (adom), o rojo, implica a la vez la idea de juicio y de purificación por la gracia. (Is. 63:2; Núm. 19:2) El mismo principio se encuentra en las pieles de carnero del Tabernáculo. El carnero representaba a Cristo en su consagración a Dios (Éx. 29:22); las pieles teñidas de rojo (Éx. 26:14; 36:19) simbolizan tanto la purificación como el juicio. Si es así, el color del caballo del Ángel del Señor presentaría estos 2 caracteres: el juicio unido a la purificación en la gracia, y teniendo esta como objetivo; el caballo alazán que viene después de él tendría más bien el carácter de la purificación en la gracia que siguió al juicio, mientras que los caballos alazanes del capítulo 6, imagen de Babilonia, representarían el juicio.

El ángel «estaba entre los mirtos». Los 4 pasajes de la Palabra en los que se habla de los mirtos se refieren todos a la restauración que sigue a los juicios.

En Nehemías 8:15, el pueblo, parcialmente restaurado, es llamado a traer ramas de olivo, de mirtos y de palmera para celebrar la fiesta de los Tabernáculos.

En Isaías 41:19, Jehová pone fin a la desolación de Israel, lo restaura y hace crecer en el desierto el cedro, la acacia, el mirto y el olivo.

En Isaías 55:13, cuando todos los juicios hayan terminado, se dice: «En vez del espino subirá el abeto, y en lugar de la zarza subirá el arrayán; y será a Jehová para renombre, para señal eterna, que nunca será quitada».

En nuestro capítulo, los mirtos deben recordar al profeta que la restauración llegará cuando los caballos hayan cumplido su tarea, pero es sobre todo el ángel que se encuentra en medio de los mirtos quien tiene continuamente ante sus ojos la bendición final, la verdadera fiesta de los Tabernáculos (14:16), con la que concluirá la historia de Israel. «Los mirtos que había en una hondonada» para indicar que esa restauración aún se encontraba en un segundo plano, y que muchos acontecimientos debían suceder antes de ella.

¿No tenemos también nosotros un gran interés en contemplar al ángel que se encuentra en medio de los mirtos? Ahora lo conocemos en la persona de Jesús, que no fija su mirada en nuestra ruina, sino que se regocija por el momento en que se presentará a su esposa sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, y encontramos en este pensamiento un precioso aliento para nuestras almas.

«Tras el ángel había caballos rojos, alazanes y blancos». Como ya hemos señalado, los caballos son, en el lenguaje simbólico, agentes providenciales, sea cual sea su naturaleza: reyes o príncipes, gobiernos, ángeles, etc., que, bajo la presidencia de Cristo, cumplen los designios de Dios en la administración de los imperios y, por así decirlo, representan a estos últimos. Los caballos son enviados a recorrer la tierra; se informan del estado de las naciones y dan cuenta de ello a quien corresponde; administran los imperios, según los caminos misteriosos de Dios, desconocidos para todos, salvo para aquel que los dirige; representan a los imperios, no ante los hombres –que no pueden conocer a estos agentes– sino ante Dios. Por eso los vemos aquí revestidos del carácter de los distintos imperios universales que se han sucedido en la historia del mundo. El profeta, en una visión nocturna, tiene los ojos abiertos para verlos a ellos y al ángel del Señor que preside sus movimientos. En los días de Zacarías, el imperio de Babilonia había caído y había sido sustituido por el de los medos y los persas. El ángel de Jehová monta un caballo alazán, emblema de la gracia que Ciro concedió a los cautivos de Judá. Por eso también el primer caballo es alazán, como administrador providencial de ese imperio.

La estatua y las 4 bestias de Daniel nos presentan 4 imperios, empezando por el de Babilonia, bajo el cual profetizaba Daniel. Zacarías, que profetiza bajo el segundo imperio, nos presenta 3, a partir del de los persas. Es el profeta de esos pobres restos humillados de Judá, restaurados por Ciro. Pero su visión, al igual que la de Daniel, se extiende mucho más allá de las circunstancias actuales. Ve, como algo actual, los imperios griego y romano que sucederán al de los persas. El caballo blanco, una potencia victoriosa (Apoc. 6:2), se aplica perfectamente al Imperio romano. Pero lo importante que hay que recordar es que, a los ojos del profeta, la esclavitud de Judá no termina con el Imperio persa, instrumento de su restauración. Grecia y Roma, 2 imperios posteriores a este, aún pisotearán al antiguo pueblo de Dios.

El profeta asiste al informe de los agentes providenciales sobre el estado moral que caracterizaba entonces y caracterizaría en lo sucesivo a esos imperios: «Hemos recorrido la tierra; y he aquí que toda la tierra está sosegada y reposada» (v. 11). Cabría pensar que este informe debía de resultar agradable al ángel. En absoluto, pues la tranquilidad de los imperios se basaba en la humillación y la esclavitud de Israel. Mientras este era oprimido y pisoteado, aquellos vivían a sus anchas, satisfechos de su condición, impasibles ante los sufrimientos del pueblo de Dios disperso. Sin duda, las faltas de este pueblo habían sido la causa del juicio de Dios; pero no por ello dejaba de ser objeto de promesas inquebrantables y de entrañas de misericordia que, al final, se conmoverían a su favor. «Entonces el ángel de Jehová respondió y dijo: ¡Oh Jehová de los Ejércitos! ¿hasta cuándo no te compadecerás de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las cuales has tenido indignación estos setenta años?» (v. 12). Ese «¿hasta cuándo?» es el grito de la fe y de la certeza de que llegará un tiempo de restauración futura para Judá y la ciudad amada. En los Salmos, los fieles que atraviesan la gran tribulación lanzan constantemente este grito; aquí se refiere a Jerusalén y a Judá, tema central de esta profecía.

¿Qué responde Jehová a este grito del «hombre que estaba entre los mirtos»? «Jehová respondió al ángel que hablaba conmigo, palabras buenas, palabras consoladoras» (v. 13). Cuando lo que fue el pueblo de Dios, agonizando, apenas atreviéndose a alzar la voz para clamar por sus dolores, es el único que no descansa ni está tranquilo, el corazón de Dios no es indiferente a su dolor. El juicio era necesario, pero Jehová tiene buenas palabras para Israel: «Consolad, consolad a mi pueblo» (Is. 40:1). Ahora que Jerusalén ha recibido de mi mano el doble por todos sus pecados, puedo consolarla, dice Jehová. ¿No podemos también aplicarnos estas palabras? La Casa de Dios es objeto de su juicio. Desde el seno de sus ruinas clamamos: «¿Hasta cuándo?». ¿Recibiremos una respuesta despiadada? Muy al contrario, el Espíritu nos trae buenas palabras, palabras de consuelo y de esperanza.

Dios añade: «Así dice Jehová de los Ejércitos: ¡Estoy celoso por Jerusalén y por Sion con grandes celos! Estoy sumamente indignado contra todas las naciones que están descuidadas; pues que yo tuve un poco de indignación contra ella; mas estas adelantaron la aflicción» (v. 14-15). «¡Un poco de indignación!» La ira de Dios encubría un amor afligido por la ingratitud de su pueblo. Su ira no era pura, sino que su amor buscaba una ocasión legítima para manifestarse sin menoscabar su santa justicia. Para Israel, al igual que para nosotros, la cruz ha reunido estos caracteres, en apariencia irreconciliables, de la gloria de Dios. Las naciones orgullosas, enemigas de Dios y de su pueblo, no habían comprendido en absoluto los caminos de Jehová, de los que eran instrumentos respecto a Israel; para saciar su odio, habían «adelantado la aflicción» y sobre ellas recaerá sin mezcla la «gran ira» de Jehová de los ejércitos.

«Por tanto, así dice Jehová: Me he vuelto a Jerusalén con misericordias; mi Casa será edificada en ella, dice Jehová de los Ejércitos; y el cordel del arquitecto será extendido sobre Jerusalén» (v. 16). Los mirtos florecerán entonces, pero, por el momento, aún ocupan un segundo plano. Sin duda, estas cosas se han cumplido parcialmente, como vemos en los libros de Esdras y Nehemías, pero su pleno cumplimiento no tendrá lugar hasta que los imperios de las naciones hayan llegado al final de su curso, y sabemos por la profecía que incluso el Imperio romano no está más que «herido de muerte» y renacerá en un tiempo futuro bajo su forma imperial. Solo entonces sufrirá su juicio definitivo; la casa de Jehová, así como la ciudad de Jerusalén, podrán establecerse sobre un fundamento indestructible; las ciudades de Judá «Mis ciudades rebosarán aún en prosperidad, y Jehová consolará aún a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén» (v. 17).

3.2 - Segunda visión: capítulo 1 (v. 18-21)

«Otra vez alcé los ojos, y mirando, vi cuatro cuernos. Y dije al ángel que hablaba conmigo: ¿Qué son estos? Y me dijo: Estos son los cuernos que han dispersado a Judá y a Israel y a Jerusalén» (v. 18-19). Un cuerno es siempre el símbolo del poder. Aquí encontramos, al igual que en la primera visión, las diversas potencias hostiles al pueblo de Dios, incluida, sin embargo, Asiria, que había dispersado a Israel y que más tarde se fusionó con el imperio de Babilonia, responsable de la dispersión de Judá. Sin embargo, Israel, como hemos dicho anteriormente, solo desempeña un papel totalmente secundario en Zacarías, ya que solo se vuelve a mencionar en el capítulo 10:7-12. Son Jerusalén y Judá las que aquí ocupan un lugar destacado, por lo que leemos: «Aquellos son los cuernos que han dispersado a Judá» (v. 21), y ya no a Israel, como en el versículo 19, pues Babilonia ha sustituido a Asiria.

Zacarías, consciente de su juventud (comp. con 2:4) y de su inexperiencia, plantea aquí a Dios preguntas que nunca quedan sin respuesta. Lo mismo nos ocurre a nosotros cuando abordamos la Palabra con oración. Al igual que las visiones a Zacarías, Dios nos ha dado su Palabra, no para que sea un libro sellado, pues la adapta al entendimiento de un niño pequeño, pero incluso el niño pequeño necesita 3 cosas para comprenderla: la fe, la dependencia y el Espíritu de Dios. Eso era lo que poseía el joven profeta.

«Luego me mostró Jehová cuatro artesanos.  Entonces dije yo: ¿Qué vienen a hacer éstos? Y él dijo así: Aquellos son los cuernos que han dispersado a Judá, de tal manera que ninguno alzaba la cabeza: mas estos han venido para aterrarlos, y para echar fuera los cuernos de las naciones; las cuales han alzado su cuerno contra la tierra de Judá para arruinarla» (v. 20-21). Estos obreros son agentes providenciales destinados a llenar de terror a los imperios de las naciones y a destruir su poder. No se especifica lo que han sido en la historia del pasado ni lo que serán en la del futuro. Un obrero puede disponer de diversos instrumentos para llevar a cabo su obra y provocar la caída del edificio más sólidamente erigido. La intervención de un solo hombre, las circunstancias morales, una barrera impuesta al comercio, los desastres nacionales o naturales, y sobre todo las guerras, son tantos instrumentos mediante los cuales Dios ha destruido los imperios más grandes que jamás hayan existido. La mente se queda pensativa ante la facilidad con la que se han derrumbado esos inmensos y gloriosos edificios. Y es que Dios estaba entre bastidores y, mientras los imperios aún descansaban tranquilos, el carpintero serraba en secreto las vigas y las columnas, el albañil desplazaba la clave de bóveda, el constructor socavaba, sin que se notara, los cimientos ocultos; aquí y allá, el chirrido de una sierra, un tambaleo del tejado, un estremecimiento del suelo, sembraban el terror; luego renacía la confianza ciega, hasta el día en que, una vez terminada la obra, todo se derrumbaba de golpe. «¡Ay, ay de la gran ciudad, que iba vestida de lino fino, de púrpura, de escarlata, adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas! ¡Porque en una hora fue desolada tanta riqueza! Todo piloto, todo el que a un lugar viaja en barco y los marineros y cuantos se ganan la vida en el mar, se pararon lejos, y gritaban viendo el humo del incendio, diciendo: ¿Qué [ciudad] hubo semejante a aquella gran ciudad? Y arrojaban polvo sobre sus cabezas, gritaban llorando y lamentándose, diciendo: ¡Ay, ay de la gran ciudad, en la que se enriquecieron de lo valioso de ella todos los que tenían naves en el mar; porque en una hora fue desolada!» (Apoc. 18:16-19). Meditad sobre la historia de los reinos, abrid los ojos, como Zacarías, a lo que ocurre hoy en día en el mundo; por todas partes, tal o cual obrero ha hecho su obra a escondidas. Las potencias se asustan, querrían evitar la ruina inminente, ¡cuando el misterioso obrero ya las ha agarrado y las ha arrojado lejos de sí!

3.3 - Tercera visión: capítulo 2

La primera y la segunda visión nos ofrecen, como idea general, el destino de los imperios opresores del pueblo judío. Sin duda, parte de estas cosas ya se han cumplido, pero el Espíritu de Dios no se detiene en ellas, pues la profecía siempre tiene en mente la gloria futura de Cristo, y eso es lo que nos presenta la tercera visión.

«Alcé mis ojos, y estaba mirando» (v. 1). ¡Cuánto es de desear que sepamos aplicar estas palabras a nuestra vida! Alzar los ojos es la forma de entrar en relación con Dios, de recibir su respuesta; es la actitud propia de quien espera algo de él. Si bajamos la mirada, no podemos comprender ni a él ni sus pensamientos, pues entonces fijamos nuestra mirada en cosas terrenales que carecen de valor para nuestra alma. «Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios» (Col. 3:1). El joven profeta Zacarías, al levantar los ojos, ve todos los pensamientos de Dios respecto a Jerusalén. «Y he aquí un hombre que tenía en su mano un cordel de medir». El cordel sirve para delimitar una parcela (Miq. 2:5). «Y le dije: ¿A dónde vas tú? Y él me dijo: A medir a Jerusalén, para ver cuánta sea su anchura, y cuánta su longitud» (v. 2). En el momento de esta visión, la ciudad de Jerusalén estaba destruida y sus murallas derruidas; solo se habían puesto los cimientos del templo, y, sin embargo, el ángel dijo: «¡Voy a medir Jerusalén!». «Y he aquí que el ángel que hablaba conmigo salió; y otro ángel salió a encontrarle, y le dijo: Corre, habla a ese mancebo, diciendo: ¡Jerusalén será habitada como las aldeas sin muros» (v. 3-4). Esa Jerusalén futura debía desbordar todos sus límites, muy diferente de la que iban a reconstruir los hijos del exilio. Rebosará de gente y de ganado que vendrán a habitarla (Jer. 33:7-13). Se necesitará el cordel de medir de un ángel para tomar sus dimensiones. Aún se cumplirán muchos acontecimientos hasta entonces. Esta Jerusalén no es la de Nehemías, ni la que rechazó a su Mesías y a su rey, ni la que habitarán los judíos, que habrán regresado a Palestina para convertirse en el pueblo del Anticristo. Las murallas de esta Jerusalén no la protegerán cuando las naciones del fin la sitien y saqueen la ciudad. Pero el día en que el Señor haya regresado como verdadero Rey a Israel, «llamará a sus muros Salvación, y a tus puertas Alabanza» (Is. 60:18), o, como se dice aquí: «Porque yo mismo, dice Jehová, le seré un muro de fuego en derredor; y para gloria seré yo en medio de ella» (v. 5).

En este pasaje se anuncian 2 bendiciones: 1. Jehová mismo, como un muro de fuego, defenderá la ciudad santa de todo enemigo que se levante contra ella y le servirá de garantía. 2. Será su gloria en medio de ella, morará en medio de ella (v. 5, 10-11). Esta bendición pertenece, al igual que la primera, al tiempo futuro en el que el Mesías glorioso hará de Jerusalén su morada. «Porque Jehová ha elegido a Sion; la deseó como habitación para sí; dijo: Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque la he deseado» (Sal. 132:13-14). No olvidemos que nosotros, los cristianos, poseemos hoy esta bendición, a pesar de la ruina de la Iglesia, mientras que para Israel aún es algo futuro, y que nunca la poseerá de la misma manera que nosotros. El Señor habita en medio de los suyos en Espíritu. Esta bendición supera a todas las demás. Sin duda, solo la experimentaremos plenamente en la perfección, pero en medio de la ruina de la Iglesia sigue siendo la parte de los fieles, aunque solo sean 2 o 3 los que la disfruten. De ninguna manera correspondía a esa Jerusalén en ruinas, sobre la que profetizó Zacarías, que Jehová morara en medio de ella. Su gloria había abandonado el templo, tal y como nos reveló Ezequiel; pero al final del libro de este mismo profeta la vemos regresar al templo milenario. Esto es lo que Zacarías nos anuncia aquí: «Yo seré su gloria en medio de ella».

La segunda parte del capítulo comienza en el versículo 6: «¡Ah! ¡ah! ¡huid de la tierra del norte! dice Jehová; porque os he esparcido como los cuatro vientos del cielo, dice Jehová». La tierra del norte es Caldea, donde los judíos estaban «esparcidos y dispersos por entre todos los pueblos, en todas las provincias de tu reino» (Ester 3:8), como a los 4 vientos del cielo. Los restos de Judá acababan de abandonar aquella región. Sin duda no estaban todos (Esd. 8), y esta llamada podía dirigirse inmediatamente a aquellos del pueblo que se habían quedado atrás; pero, como siempre, se refiere al tiempo del fin. Resuena en el profeta Isaías (52:11): «¡Apartaos, apartaos! ¡Salid de aquí! ¡No toquéis cosa inmunda! ¡Salid de en medio de ella! ¡Sed limpios, los que lleváis los vasos de Jehová!». Lo encontramos aún más apremiante en el profeta Jeremías: «¡Huid de en medio de Babilonia! ¡Ponga en salvo cada cual su vida! No sea que perezcáis en el castigo de su iniquidad: porque tiempo es de la venganza de Jehová; él va a darle la recompensa» (51:6). Este mismo Jeremías que, en un tiempo pasado, instaba al pueblo a someterse al yugo de Babilonia, le exhorta ahora, para un tiempo futuro, a huir de en medio de ella.

Se podría afirmar que estas profecías se cumplieron con la ruina definitiva de esa gran ciudad, bajo los sucesores de Alejandro, pero mucho tiempo después de ese desastre volvemos a escuchar el mismo llamamiento en el Nuevo Testamento. «Por lo cual, ¡salid de en medio de ellos y separaos!, dice el Señor, y no toquéis cosa inmunda; y yo os recibiré» (2 Cor. 6:17). Y en Apocalipsis 18:4: «Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis en sus pecados y para que no recibáis de sus plagas». ¿Qué significan estas palabras? La ciudad de Babilonia, en los últimos tiempos, no existirá más de lo que existe ahora, pero los principios de idolatría que la caracterizan adoptarán una forma definitiva de hostilidad contra Cristo y conformarán un sistema político, comercial y religioso, llamado Babilonia la Grande (Apoc. 17 y 18), del que los fieles deberán apartarse.

En la actualidad (2 Cor. 6), los cristianos están llamados a separarse de esos principios para ser aprobados por Dios y disfrutar de su comunión. Dios da a su pueblo 3 razones para salir moralmente de Babilonia: los juicios se abatirán sobre ella; es necesario que los fieles no se vean afectados por esos juicios (Apoc. 18); y, por último, aquellos que llevan los vasos de Jehová, aquellos a quienes se les ha confiado su testimonio, no pueden caminar con los ídolos (Is. 51). Todas estas verdades se aplicarán al Remanente del fin, pero para nosotros tienen una gran y seria actualidad.

«¡Ah Sion! ¡Escápate, tú que habitas con la hija de Babilonia! Porque así dice Jehová de los Ejércitos, el cual para gloria suya me ha enviado a las naciones que os despojan (porque aquel que os toca a vosotros, le toca a él en la niña de su ojo)» (v. 7-8). Unos mensajeros, escogidos de entre el Remanente, irán a anunciar a las naciones que Jehová se ha revelado en gloria en Jerusalén para establecer su reino. Por eso se dice aquí: «Otra vez acogerá a Jerusalén». Encontramos la misma idea en Mateo 24:30-31: «Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo; y entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y grande gloria. Y enviará sus ángeles con grande estruendo de trompeta, los cuales juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un cabo del cielo hasta el otro». «La señal del Hijo del hombre» es precisamente su aparición en gloria. Tras esa gloria, reunirá a sus elegidos dispersos; pues en este pasaje, al igual que en Zacarías, se habla de la reunión de Israel. El Salmo 73:24 expresa de nuevo esta idea: «Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria».

Entonces, las naciones que han oprimido al pueblo de Dios tendrán que someterse al juicio. «Vendrán a ser el despojo de aquellos que les servían» (v. 9). Judá será una espada en la mano de Jehová para combatir a esas naciones y destruirlas.

«¡Canta y regocíjate, oh hija de Sion! pues he aquí que yo vengo, y habitaré en medio de ti, dice Jehová. Y muchas naciones se unirán a Jehová en aquel día, y serán mí pueblo; y yo habitaré en medio de ti: y conocerás que Jehová de los Ejércitos me ha enviado a ti» (v. 10-11). Jerusalén está llamada a regocijarse porque Cristo está en medio de ella. Muchos salvados de entre las naciones disfrutarán de la posición privilegiada de la ciudad santa. «Y Jehová habitará en Judá, como porción suya, en la tierra santa, y otra vez escogerá a Jerusalén» (v. 12). «La tierra santa» es una tierra purificada de la iniquidad. Llegará el momento en que Jehová, tras haber cumplido su obra maravillosa en medio de su pueblo y haber purificado su ciudad, la considerará de nuevo como la morada de su elección.

Comparemos, como el profeta, los tiempos venideros con el tiempo presente, y nos llenaremos de gozo. Solo sentiríamos tristeza y desánimo si comparáramos el estado actual de la Casa de Dios con su condición pasada. Sí, regocijémonos al pensar en el futuro. ¡Jesús será la gloria tanto de la nueva como de la antigua Jerusalén, en medio de ella, y el centro de las alabanzas de todos sus redimidos!

3.4 - Cuarta visión: capítulo 3

En la profunda humillación en la que se encontraban los restos de Judá y Benjamín, tenían a su cabeza, en su regreso a Jerusalén, a Josué y Zorobabel, débiles representantes del sacerdocio y de la realeza, pero precursores de las futuras glorias del Mesías. El Sumo Sacerdote Josué es el protagonista de la cuarta visión del profeta. Su nombre, “Jehová es Salvador”, anuncia desde el principio el carácter de Aquel de quien es tipo. Pero es importante señalar que, si bien Josué representa a Cristo al final de este capítulo, no es así al principio. El Sumo Sacerdote desempeñaba 2 funciones en Israel. En primer lugar, era mediador, «establecido a favor de los hombres, en lo que a Dios se refiere, para ofrecer dones y sacrificios por el pecado» (Hebr. 5:1). En segundo lugar, era el representante del pueblo y, según Zacarías, en particular de Jerusalén; pues, como hemos visto anteriormente, el pueblo considerado en su conjunto no es reconocido como tal en este profeta. Ahora bien, Dios solo podía aceptar a Jerusalén en la persona de su representante, y todo dependía de la condición de este último.

En relación con la predicación del Evangelio, el comienzo de este capítulo es un retrato de la condición de un pecador ante Dios, pero nuestro objetivo no es presentar este aspecto tan interesante de la figura de Josué; nos limitaremos a destacar el papel del Sumo Sacerdote como representante del pueblo.

A Josué se le invita a presentarse ante el Ángel de Jehová. Este Ángel, como hemos visto en el primer capítulo, es, en el Antiguo Testamento, el representante simbólico de Cristo, antes de su manifestación en la carne. En el Nuevo Testamento, el Ángel de Jehová desaparece, salvo en algunas partes del Apocalipsis. Por lo tanto, es ante Cristo, presentado de esta manera misteriosa –pues Cristo es habitualmente Jehová en el Antiguo Testamento– ante quien Josué debe presentarse.

Pero he aquí que Satanás se sitúa a la derecha del Sumo Sacerdote para oponerse a él. El Enemigo sigue teniendo acceso ante Dios como acusador de los hermanos. Pero Jehová ha tomado en sus manos la causa de su pueblo. Del mismo modo, los cristianos, el pueblo de Dios de hoy, tienen a su derecha, como Josué ante Jehová, un acusador que, por el pecado, se ha ganado derechos sobre el hombre. Satanás invoca la justicia de Dios contra el pecado y su santidad para oponerse a lo que Su gracia querría hacer en favor de Jerusalén. ¡Ay! El Sumo Sacerdote vestía ropas sucias. En estas circunstancias, ¿quién prevalecerá?: Satanás, que acusa a Josué con razón, o el Dios santo cuyos ojos son demasiado puros para ver el mal.

Fue entonces cuando Jehová dijo a Satanás: «¡Jehová te reprenda, oh Satanás! ¡Sí, te reprenda Jehová, el que escoge a Jerusalén!» Josué representa aquí a Jerusalén ante Dios, y el Ángel de Jehová se identifica con el propio Jehová, para responder al acusador. Dios añade: «¿No es este un tizón arrebatado de en medio del fuego?» Empieza por establecer que Satanás no puede hacer nada contra su elección, contra la elección que Él ha hecho. Satanás apela a la justicia y a la indignación de Dios contra el pecado, con el fin de perder a Josué y a Jerusalén; pero queda cubierto de confusión debido a su ignorancia del amor divino. La gracia que quiere salvar a los pecadores le es completamente desconocida; venía a afirmar que la santidad de Dios nunca podría soportar en su presencia a un hombre con ropas sucias, y tenía razón. Pero Dios responde: «El que escoge a Jerusalén; ¿no es este un tizón arrebatado del fuego?»

Esto no significa, como algunos piensan, que haya sido sacado del fuego cuando la llama ya lo ha consumido a medias, sino que ha sido preservado, apartado, para no ser arrojado a él. Puesto que Josué estaba destinado a ser salvado, Satanás queda impotente, y es él, el enemigo de nuestras almas, quien será reprendido por sus malvados designios. Sin embargo, es necesario que se satisfaga la justicia de Dios, y era en eso en lo que Satanás basaba sus peligrosos planes. Ahora bien, así es como Jehová concilia su justicia con su elección por gracia: «Y estaba Josué vestido de ropas sucias; y así estaba delante del ángel. Y éste respondió y habló a los que estaban delante de él, diciendo: ¡Quitadle las ropas sucias! Y a él le dijo: Mira que he hecho pasar de ti tu iniquidad, y te voy a vestir de ropas de gala» (v. 3-4). Solo Dios podía hacer eso; Josué no podía quitarse sus ropas sin quedar desnudo ante Dios, lo que habría supuesto su condena. Era necesario que se vistiera con ropas nuevas, dignas de Aquel ante quien se encontraba. «Mira», dice Jehová, «he hecho pasar de ti tu iniquidad, y te voy a vestir de ropas de gala» (v. 4). Dios libera a Josué, actúa con él según su derecho a purificarlo y lo sitúa en el gozo y los felices privilegios de su presencia.

Esto es lo que sucederá en el día futuro en que Jerusalén disfrute de las bendiciones de la era mesiánica. La ciudad amada tendrá el conocimiento de la salvación cumplida para ella; se presentará ante Dios, con el nombre de Josué, “Jehová es Salvador”, grabado en su frente; estará «Con vestidos bordados» (Sal. 45:14) que convienen a la presencia del Dios de la justicia y al Banquete del Rey. «Y dije yo: ¡Pongan una mitra limpia sobre su cabeza! En efecto, pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas: y el ángel de Jehová estaba presente» (v. 5). La tiara era el signo del oficio sacerdotal. Por la intercesión del profeta, que aquí representa la de Cristo –pues el Sumo Sacerdote, como acabamos de ver, no podía desempeñar esa función– Josué recibe autorización para retomar un ministerio aprobado por Dios. Así, el propio pueblo será, en tiempos futuros, un “santo sacerdocio” ante Jehová.

En toda esta escena, en el momento en que el Ángel le dijo a Satanás: «Jehová te reprenda», el acusador de Josué desaparece. Siempre es así: el Enemigo puede intentar destruirnos, pero no puede resistir ante Aquel que ha tomado nuestra causa en sus manos.

«Y el ángel de Jehová protestó a Josué, diciendo: Así dice Jehová de los Ejércitos: Si anduvieres en mis caminos, y guardares mis preceptos, entonces tú también gobernarás mi Casa, y también serás guarda de mis atrios: y te daré libre entrada entre estos que están presentes» (v. 6-7). Este pasaje se refiere a la responsabilidad de Josué y del sacerdocio representado en su persona. Bajo el reinado de Cristo habrá un sacerdocio reconocido, del que formarán parte «Esta porción santificada será para los sacerdotes, los hijos de Sadoc, que me guardaron fidelidad» (Ez. 48:11). Los que hayan sido infieles no tendrán derecho a caminar “en medio” de los sacerdotes que prestarán servicio ante el Señor, en su santuario, pero su gracia suplirá, en cierta medida, sus necesidades, encomendándoles el cuidado de la casa (Ez. 44:10-16).

Esta idea de la responsabilidad es más importante para nosotros, los cristianos, de lo que lo era para los fieles del antiguo pacto. Desde el momento en que, purificados de nuestras impurezas, hemos sido llevados ante Dios, revestidos de su justicia, somos capaces de servirle y de ejercer el santo sacerdocio en su presencia. Pero tenemos la responsabilidad de mostrarnos dignos de nuestra vocación; de lo contrario, Dios no nos confiará nuevas bendiciones ni el servicio de su santuario. La penosa inercia de los hijos de Dios en el culto a menudo no tiene otra causa; su infidelidad les impide unirse a los sacerdotes que se presentan ante Dios. Cuántos cristianos se conforman con conocer su relación con Dios, sin sentir que “la nobleza obliga”. Nunca se les confiará el juicio de la casa ni la custodia de los atrios. Permanecerán, año tras año, sin espiritualidad, incapaces de juicio y discernimiento, inútiles para Dios en su Asamblea, porque, desde el principio, no han asumido su responsabilidad. ¡Ojalá nos tomemos estas cosas muy en serio!


En la segunda parte del capítulo (v. 8-10), se nos presenta a Josué bajo un carácter totalmente nuevo: «¡Oye pues, oh Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan delante de ti: porque hombres típicos son!» (v. 8). Josué ya no es aquí el representante del pueblo, ni siquiera el sacerdote responsable, obligado a cumplir con su deber para poder caminar en medio de los que están ante Jehová. Él mismo es Aquel ante quien están sentados los sacerdotes, a quienes ha introducido en su intimidad, como sus compañeros; el primer Josué solo se menciona para recordar al segundo y servirle de tipo, pues los que le rodean «hombres típicos son». Habrá, pues, un futuro Sumo Sacerdote, y sabemos, según la Epístola a los Hebreos y el Salmo 110, que es sacerdote según el orden de Melquisedec, un orden sacerdotal totalmente distinto del orden aarónico de Josué. Ese carácter solo pertenece a Cristo, y los capítulos siguientes nos revelarán la importancia de su oficio. Pero la mención que aquí se nos hace de él no es más que preliminar; antes se nos presenta al Señor bajo otros aspectos: «¡Pues he aquí que voy a traer a mi Siervo el Vástago!» (v. 8). Este título, «Vástago» (Is. 4:2; 11:1; 53:2; Jer. 23:5 y 33:15; Zac. 3:8; 6:12), se refiere siempre al Mesías, que, como rey, procede del linaje de David.

Cabe destacar en este pasaje que Dios se dirige a Josué como representante de Cristo en su oficio sacerdotal. Le anuncia que va a suscitar a su siervo, el hijo de David, el rey. Aquí, el sacerdocio y la realeza están separados. En el capítulo 6:12-13, donde la revelación de Cristo se hace más completa, el Renuevo y el Sumo Sacerdote ya no son más que una sola persona, y sus 2 oficios se unen en una sola cabeza. En el primer capítulo y al comienzo del tercero, Cristo ya se nos había aparecido bajo la misteriosa forma del «Ángel de Jehová». En el pasaje que nos ocupa, nos está presentado personalmente, pero disociado, por así decirlo, para que nos veamos obligados a considerar estos 2 oficios por separado, a fin de apreciar sus glorias y no dar preeminencia a uno sobre el otro.

El profeta había comenzado describiendo la caída de los imperios paganos (1), para que pudiera tener lugar la restauración de Jerusalén (2). A continuación, había mostrado (3:1-7) que Jerusalén, para ser restaurada, debía ser purificada en la persona de su representante, Josué. Aquí da un paso más y muestra que los fieles, para ser admitidos en la bendición final, deben tener un Sumo Sacerdote sin mancha, del que serán compañeros, y un Rey, de la descendencia de David, según los designios de Dios.

Pero a esta persona bendita se nos presenta aún bajo un tercer aspecto: «¡Porque mirad la piedra que he puesto delante de Josué! sobre aquella piedra única están siete ojos: he aquí que yo esculpiré su grabadura, dice Jehová de los Ejércitos; y quitaré la iniquidad de esta tierra en un solo día» (v. 9).

Cuando Josué, uno de los líderes del pueblo restaurado tras el cautiverio, había comenzado a edificar la casa de Dios, se colocó una piedra ante él, para que fuera el cimiento del templo que el pueblo iba a reconstruir. Era la piedra angular, la que debía sostener todo el edificio. Esa piedra no era más que una débil imagen de la verdadera piedra, de Cristo, fundamento del futuro templo, de Cristo, que primero sería la piedra rechazada antes de ser establecida para siempre. El reinado milenario, inmenso y glorioso, tendrá como centro el templo, lugar de culto de Jehová, y ese centro se fundará sobre Cristo. Toda la dispensación futura del reinado de Dios en la tierra tendrá a Cristo como eje: Cristo, el fundamento; el templo, la morada de Dios en medio de su pueblo; Jerusalén, la ciudad del gran Rey, indisolublemente unida al templo; el pueblo de Dios reunido en un orden perfecto, en torno a la Casa de Jehová y a la Ciudad real; todas las naciones, hasta los confines de la tierra, rodeando al pueblo amado; por fin, esta maravillosa escena que se despliega bajo el resplandor del Sol de Justicia, que lleva la salud en sus alas: ¡tal será, en la tierra, esa gloria futura, mientras que los esplendores del trono del Cordero y de su Esposa, la Nueva Jerusalén, llenarán el cielo!

En esta «piedra única están siete ojos». En el Apocalipsis, los 7 espíritus, las 7 lámparas y los 7 ojos son una misma cosa, pero con acepciones diversas. En el capítulo 1:4, los «siete espíritus que están delante de su trono» son la plenitud del Espíritu de Dios, que preside el gobierno del mundo. En el capítulo 4:5, «siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono, que son los siete Espíritus de Dios», son la plenitud del Espíritu para sacar a la luz y llevar a juicio lo que se opone al gobierno de Dios en la tierra. En el capítulo 5:6, el Cordero que tiene «siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados por toda la tierra», representa a Cristo, con la plenitud de su conocimiento (asociada a la plenitud de su poder, los 7 cuernos), cuyo propósito es cumplir los designios de Dios para con el mundo [2].

[2] Vean, para el significado de todos estos términos: El lenguaje simbólico del Apocalipsis, de H. R.

Aquí, la piedra con los 7 ojos es Cristo, en quien se encuentra la plenitud del conocimiento del pensamiento de Dios, y que es también la plena expresión de ese pensamiento, pues vemos al propio Jehová grabando en ella el grabado. Cristo, hombre en la tierra, la piedra que en su día fue rechazada, es la manifestación de este Ser divino, la Verdad: es en él en quien Dios se ha revelado, en él en quien se dará a conocer en la tierra renovada, durante el glorioso reinado del Hijo del hombre.

«Y quitaré la iniquidad de esta tierra en un solo día» (v. 9). Entonces, no solo el pueblo, representado por Josué, sino toda la tierra, será purificada. Será necesario que la tierra de Israel sea limpiada de sus iniquidades y de sus impurezas para ser apta para el reinado de Cristo como Sumo Sacerdote, rey y centro de todos los pensamientos de Dios.

«En aquel día, dice Jehová de los Ejércitos, vosotros convidaréis cada cual a su compañero, sentados debajo de su parra, y debajo de su higuera» (v. 10). Ese será el día de descanso para todos, el disfrute en común de ese descanso, el verdadero reino de paz para Israel.

3.5 - Quinta visión: capítulo 4

En el capítulo que acabamos de recorrer, Dios se dirige a Josué, el Sumo Sacerdote; el capítulo 4 trata del Rey, en la persona de Zorobabel, pues los atributos gloriosos de Cristo, en su gloria milenaria, serán el sacerdocio y la realeza. Desde el principio, el profeta, como “un hombre que despierta de su sueño”, tiene una visión que es capaz de describir, pero que no comprende en absoluto: «Y me dijo: ¿Qué es lo que ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro, todo de oro, y su tazón en su remate, y sus siete lámparas sobre él; con siete tubos cada uno, para las lámparas que están en la cima de él; Y dos olivos junto a él, el uno a la derecha del tazón, el otro a su izquierda. Entonces respondí al ángel que hablaba conmigo, y hablé, diciendo: ¿Qué cosas son estas, señor mío? Y respondiendo el ángel que conmigo hablaba, me dijo: ¿No sabes tú qué cosas son estas? A lo que dije: No, señor mío» (v. 2-5).

Como ya hemos señalado, el libro de Zacarías está lleno de preguntas. El profeta no puede comprender nada sin que el ángel se lo explique. De este modo, se mantiene en la humildad, al verse obligado a responder «No, Señor mío» al «¿No sabes?» de su compañero. Nosotros también necesitamos sentirnos ignorantes ante Dios, para aprender a conocer las verdades contenidas en su Palabra. Las Escrituras ofrecen muchos detalles externos que incluso los no creyentes pueden aprender, pero cuyo significado profundo siempre escapará a la mente del hombre natural. Para captar ese significado oculto, se necesita el Espíritu de Dios (1 Cor. 3:10-14), pero, además, hay que conocer a Cristo, que es la clave misma de la Palabra.

Zacarías ve un candelabro de oro y una copa en su parte superior. El capítulo 25 del Éxodo nos habla de este candelabro. Estaba destinado a iluminar el lugar santo y, al igual que cada objeto del tabernáculo o del templo, representaba una de las glorias de Cristo. Si el candelabro representaba a Cristo en este capítulo, su luz era el testimonio de Cristo.

Pero el símbolo del candelabro y de la luz no se aplica únicamente a su persona. En el Apocalipsis, las 7 lámparas de oro son las 7 Iglesias. Por otra parte, cuando se trata de la luz, el Señor no se limita a decir: «Soy la luz del mundo» (Juan 9:5), sino que dice a los suyos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mat. 5:14): el testimonio de Cristo ante el mundo. Pero la luz necesita aceite para alimentarse; el testimonio necesita, para ser dado, el Espíritu Santo, cuyo aceite es la imagen constante en la Palabra.

El candelabro de oro del templo es, por tanto, en resumen, Cristo, quien, por un lado, es el único capaz de dar la luz plena y, por otro, derrama su claridad a través de los testigos que él ha elegido para ese fin.

Zacarías no nos muestra el candelabro en el templo, pues los cimientos de este apenas se habían puesto. Aquí, el candelabro no derrama su luz en un espacio limitado, sino hacia el exterior. Tiene una copa en su parte superior para alimentar las lámparas y, para que esta copa nunca esté vacía, 2 olivos hacen fluir en ella el aceite dorado a través de conductos.

Si bien el testimonio dado por el Espíritu Santo puede aplicarse moralmente a nuestros días, en Zacarías es profético. Habrá un tiempo futuro de bendición y gloria, en el que la luz divina resplandecerá en la persona de Aquel que la llevará para siempre, y en la de sus testigos, núcleo del futuro pueblo de Israel. Tal nos parece ser el alcance de este pasaje de Zacarías.

En cuanto a nosotros, los cristianos, no debemos olvidar que la Iglesia está llamada a dar testimonio antes de que lleguen los días en que Dios restablezca sus relaciones con su antiguo pueblo. Cuando el Señor Jesús, la verdadera luz del mundo, fue rechazado, nos dejó en su lugar para hacer resplandecer esa luz y dar ese testimonio.

En el segundo capítulo del Apocalipsis, vemos que Éfeso, la Iglesia responsable considerada en su conjunto, ha perdido su primer amor y, con él, el privilegio de ser testigo de Cristo. Por eso se le dice: «Quitaré tu candelabro de su lugar» (Apoc. 2:5). La lámpara de la Iglesia, como cuerpo responsable, será quitada de su lugar, y en el futuro, el testimonio se confiará a otros. Es de este testimonio futuro del que nos habla Zacarías. Pero antes de que brille con todo su esplendor en Israel, como vemos en nuestro capítulo, en el capítulo 11 del Apocalipsis se pone en manos de 2 testigos judíos, de los que se dice que son «los dos olivos y los dos candelabros que están delante del Señor de la tierra» (v. 4). Será un testimonio suficiente, pero en modo alguno universal, prestado en Jerusalén, en tiempos de la gran tribulación de Israel. Dios lo reconocerá, pues «sobre la base del testimonio de dos o tres testigos se aclarará todo asunto» (2 Cor. 13:1). No será completo como el de Zacarías, pues en lugar de 7 lámparas, solo tendrá 2. Estos 2 testigos serán también los 2 olivos (Apoc. 11:4); como también se dice al final de nuestro capítulo: «Estos son los dos hijos de aceite que permanecen junto al Señor de toda la tierra» (v. 14). Serán los 2 olivos de los que manará el testimonio del Espíritu Santo. Su luz sostendrá al débil Resto que, antes del reinado de Cristo, seguirá permaneciendo en medio de Jerusalén. Dotados del Espíritu profético, actuarán con el poder de Elías y de Moisés, representando el sacerdocio y la realeza en un tiempo de ruina, antes de que ambos se unan en la gloriosa persona de Cristo [3].

[3] Elías, el profeta, es sacerdote en el Carmelo (1 Reyes 18); a Moisés se le llama «rey en Jesurún» (Deut. 33:5).

En Zacarías, como hemos dicho, el testimonio es completo; la persona del Señor Jesús es su centro; su pueblo está asociado con Él. El aceite que alimenta el candelabro es suministrado por los “dos hijos del aceite, el sacerdocio y la realeza, que ambos estaban ungidos con el aceite de la unción” (vean Lev. 8:12; 1 Sam. 16:13). Estos 2 oficios, totalmente separados en el capítulo 3, se asocian aquí, pero aún no se unen en una sola persona.

El versículo 6 de nuestro capítulo destaca de manera muy especial la persona del rey: «Y respondiendo, me dijo así: esta es la palabra que dice Jehová a Zorobabel: ¡No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu! dice Jehová de los Ejércitos». Como hemos visto en el capítulo anterior, el Señor presenta a Josué, purificado de su impureza, como tipo del sacerdocio de Cristo. Nuestro capítulo muestra a Zorobabel, en su extrema debilidad, como tipo de Cristo, el Rey. Zorobabel, débil vástago de la estirpe real, tan humillado como era posible, ni siquiera podía aspirar al título de rey. Pero Jehová se dirige a él: «No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu». ¡Qué aliento para un hombre humillado, saber que Dios no le pedía ni fuerza ni poder, sino que el Espíritu de Dios estaba con él!

También podemos aplicarnos esta palabra a nosotros, en tiempos como los nuestros, que guardan más de un paralelismo con los de Zacarías. «Tienes poca fuerza» (Apoc. 3:8), dice el Señor Jesús a Filadelfia. Anima a los suyos en su estado de debilidad exterior, frente a las pretensiones de fuerza y poder del mundo religioso, pues les asegura que Él está con ellos; saben que pueden confiar en esta promesa y que su virtud se manifiesta en su debilidad.

«¿Qué eres tú, oh gran montaña? Ante Zorobabel te convertirás en llanura» (v. 7). Sin duda, es a este pasaje al que alude Jesús cuando dice a sus discípulos: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta montaña: Pásate de aquí allá, y sería trasladada; y nada os será imposible» (Mat. 17:20). En los tiempos que corren, la fe más débil derriba los obstáculos que Satanás y el mundo nos oponen. En tiempos de Zacarías, todo el poder de las naciones no pudo oponerse a la acción del Espíritu de Dios para la restauración de su pueblo. Es necesario que los caminos de Jehová se cumplan, para gloria de Cristo y para bendición de su pueblo.

«Y él sacará la piedra de remate con aclamaciones de: ¡Gracia, gracia a ella!» (v. 7). Cristo era la piedra angular en el capítulo anterior; aquí es la piedra de la cúspide, la clave de bóveda de todo el edificio. En la piedra angular, Dios había grabado 7 ojos; en la piedra de la cúspide se lee una sola palabra: «Gracia, gracia». Será aclamada por todos, como portadora del favor de Dios. Toda la bendición futura de la tierra dependerá de esta gracia de Dios manifestada en la persona del Rey. Cuando entró en este mundo, la gracia se manifestó en su persona; la fe recibió su plenitud (Juan 1:16). Pero su pueblo no lo recibió y el mundo lo rechazó. Entonces, en la cruz, llevó a cabo la obra de la gracia. Más tarde, aparecerá en su reino como portador del favor de Dios y dispensador de la gracia para Israel y para todos los pueblos.

«Otra vez tuve revelación de Jehová, que decía: Las manos de Zorobabel echaron los cimientos de esta Casa, y sus manos la acabarán; y conocerás que Jehová de los Ejércitos me ha enviado a vosotros» (v. 8-9). Zacarías vuelve aquí a las circunstancias en las que profetizaba. Zorobabel, dice, terminará la casa cuyos cimientos él mismo puso, lo cual tuvo un cumplimiento histórico. «¿Quién es aquel que desprecia el día de las cosas pequeñas?» Reconstruir el templo de entonces era algo relativamente pequeño. El pueblo lloraba al recordar la gloria del templo de antaño y, sin embargo, ese pequeño comienzo significaba algo para Dios; él aprobaba a quienes tenían en el corazón la voluntad de edificar su Casa.

Lo mismo ocurre hoy. Estamos llamados a aportar materiales preciosos al edificio de Dios: almas nuevas, piedras vivas edificadas sobre el fundamento que es Cristo, y basta con hacerlo con un corazón totalmente dedicado al Señor, pues Él no menosprecia el día de las cosas pequeñas. «Pues los tales se regocijarán, viendo la plomada en la mano de Zorobabel, con aquellos siete que son los ojos de Jehová que recorren toda la tierra» (v. 10). Los 7 ojos de Jehová, grabados en la piedra angular del templo, se nos presentan ahora como los que recorren toda la tierra (comp. con Apoc. 5:5). El Espíritu de Dios, en su plenitud, se regocijará al ver terminada la obra de su templo, con el plomo en las manos de Zorobabel para garantizar, al colocar la piedra de la cúspide, la solidez de todo el edificio. Poco importaba al principio su apariencia modesta, pues la obra se había hecho para el Señor. Este Espíritu que recorre toda la tierra se regocijará al ver todas las cosas consumadas, puestas en orden, bajo el gobierno del verdadero Rey. Entonces el templo de Jehová, el lugar de reunión de todos los pueblos será el centro visible del glorioso reino de Cristo.

3.6 - Sexta visión: capítulo 5 (v. 1-4)

Para comprender mejor el capítulo 5, recapitulemos aquí la historia del pueblo, recogida en los 4 primeros capítulos de nuestro profeta.

En el capítulo 1, Judá y Jerusalén están pisoteadas por las naciones, pero consoladas y animadas por el anuncio de las bendiciones futuras que les corresponderán, y por la destrucción de sus opresores. En el capítulo 2, es más que palabras de consuelo: Dios se acuerda de Jerusalén para introducirla definitivamente en las bendiciones milenarias. En el capítulo 3, para ser bendita, Jerusalén debe ser purificada, debe ser eliminada la iniquidad de Judá y el pueblo debe revestirse de un manto de justicia y santidad. En el capítulo 4, el profeta contempla al pueblo que ha regresado del cautiverio. Es un día de pequeños comienzos, pero Jehová no lo menosprecia. En ese momento, el testimonio de Dios está representado en Jerusalén por Josué y Zorobabel. Dios aprueba este testimonio, pero, en los últimos tiempos, deberá renacer en Jerusalén y será reconocido como suficiente, aunque solo esté representado por 2 testigos, en medio de una nación sumida en la incredulidad. Unos 100 años después del regreso del cautiverio, el profeta Malaquías, al considerar el estado moral del pueblo, no veía en él más que una ruina total, lo que provocaba el juicio final de Dios. 4 siglos más tarde, Judá consumó su iniquidad al dar muerte al Mesías, y Dios lo dispersó de nuevo entre todas las naciones. Tal es aún hoy su condición. Pero cuando este pueblo incrédulo haya regresado a su tierra, ¿podrá Dios, salvo un Remanente, reconocer y aprobar algo en medio de esta nación apóstata? En el capítulo 5, las 2 visiones del profeta responden a esta pregunta. Parecen difíciles de comprender, pero en realidad son sencillas, si nos dejamos instruir por el Espíritu de Dios.

Al comienzo del capítulo 5, el profeta ve «un rollo que volaba… su longitud es de veinte codos, y su anchura de diez codos». Este rollo, un libro escrito, sale de junto a Jehová; vuela, lo que demuestra que está vivo; se dirige hacia un objetivo; tiene unas dimensiones especiales y muy notables: 20 codos de largo y 10 codos de ancho. El Lugar Santísimo del templo de Salomón tenía 20 codos de ancho, de alto y de largo. En ese lugar donde se encontraba el arca, los querubines, que representaban el poder judicial de Dios en la creación, extendían sus alas, de modo que el ala de un querubín tocaba la del otro, y sus alas libres tocaban a ambos lados la pared del santuario. Cada querubín medía 10 codos de altura y sus alas medían 10 codos. El lugar más sagrado del templo se caracterizaba, pues, por estas 2 cifras: 10 y 20. De ello se deduce que el rollo, la Palabra escrita que aquí emana de parte de Jehová, está en consonancia con la santidad del lugar donde Dios habita entre los querubines y que lleva su marca. En ambas caras del rollo hay escritas sentencias: «Entonces él me dijo: Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; porque todo ladrón es destruido conforme al lado del rollo, y todo perjuro es destruido conforme al otro lado del rollo» (v. 3). Este libro vivo y santo pronuncia maldiciones, pues, no debemos olvidarlo, uno de los rasgos de la Palabra de Dios es el juicio. Si el mundo no escucha los llamamientos de la gracia contenidos en el volumen sagrado, tendrá que conocerlo bajo otro aspecto, el de la maldición.

El «rollo» se nos presenta en la Palabra bajo 3 aspectos: en primer lugar, en el Salmo 40:6-8 y en Hebreos 10:7: «He aquí yo vengo, en el rollo del libro está escrito de mí, para hacer tu voluntad, oh Dios. El contenido principal del «libro», lo que está escrito “desde el principio”, es la perfecta obediencia de Cristo para cumplir los designios de Dios en la obra de la salvación. Es, en una palabra, la gracia venida por medio de Jesucristo.

A continuación, encontramos en Apocalipsis 5:1, en la mano derecha de Aquel que está sentado en el trono, un libro escrito, como en Zacarías, «por dentro y por fuera sellado con 7 sellos». Es el libro de los designios de Dios y de los caminos por los que los llevará a cabo, al establecer el reino de su Hijo amado. Solo Cristo puede ponerlos en marcha al abrir los sellos del libro.

Por último, el «rollo» nos revela el estado moral del hombre, su responsabilidad ante Dios y los juicios que se derivan de ello. El rollo tiene este carácter en Jeremías 36; Ezequiel 2:9-10, y en el pasaje que nos ocupa.

Las 2 visiones del capítulo 5 de Zacarías nos muestran la maldición pronunciada por Dios, primero sobre el estado moral del pueblo (v. 1-4) y, a continuación, sobre su estado religioso (v. 5-11).

En cuanto a su estado moral, del que es responsable ante Dios, la maldición se pronuncia, por un lado, sobre el ladrón y, por otro, sobre aquel que jura en falso por el nombre de Jehová. Tal restricción de los motivos del juicio podría parecer extraordinaria a primera vista, pero, al reflexionar sobre ello, encontramos en estas 2 palabras las características del pecado del hombre. Un ladrón es un malvado que actúa injustamente con su prójimo; un hombre que jura en falso hace de Dios un mentiroso al tomarlo como testigo para afirmar la mentira. La injusticia y el desprecio hacia Dios: tales son los rasgos de este pueblo al que, menos de 100 años después, Malaquías repetirá las mismas cosas (Mal. 3:5).

«Yo la he hecho salir, dice Jehová de los Ejércitos; y entrará la tal maldición en casa del ladrón, y en casa de aquel que jura en falso por mi Nombre: y permanecerá en medio de su casa, y la consumirá juntamente con su maderaje y sus piedras» (v. 4). ¿No recuerda este pasaje estas palabras del Señor: «Mi casa será llamada casa de oración; pero vosotros la hacéis una cueva de ladrones» (Mat. 21:13), y también: «¡Mirad vuestra casa queda desolada!» (Mat. 23:38), y aún: «¿No quedará aquí una piedra sobre otra que no sea derribada?» (Mat. 24:2).

3.7 - Séptima visión: capítulo 5 (v. 5-11)

Para comprender esta visión, debemos confiar, con toda sencillez, en la enseñanza directa de la Palabra. Es posible que nuestra falta de inteligencia espiritual nos impida comprender todos los detalles, pero recordemos que, si hay oscuridad, esta se encuentra en nosotros, pues Dios nos ha comunicado estas cosas con el fin de instruirnos y no para confundirnos con enigmas.

«Entonces salió el ángel que hablaba conmigo, y me dijo: ¡Alza, te ruego, los ojos, y ve qué es esto que va a salir! Y yo dije: ¿Qué es? Y él respondió: Esto es un efa que va a salir. Dijo también: Esta es la semejanza de los hijos de Israel por todo el país; (y he aquí que había un talento de plomo, en forma circular, levantado encima de él;) y esta es una mujer sentada en medio del efa. Y dijo: Esta es la Maldad. Y la echó abajo dentro del efa; y echó el peso de plomo sobre la boca de él» (v. 5-8). El efa suele representar la mayor medida de capacidad, ya que el cor o khomer, de mayor contenido, no es más que el efa multiplicado por 10. En medio del efa hay una mujer sentada, lo que significa que se ha establecido allí; luego, el ángel la arroja allí como imagen del juicio y cierra el efa con un disco de plomo, figura de una sentencia irrevocablemente sellada. A esta mujer se la llama «Maldad», palabra cuyo significado es “iniquidad”: una naturaleza que no se somete a una voluntad superior y actúa según su propia voluntad. Es, de hecho, la independencia de Dios, que no reconoce otra ley que la propia (1 Juan 3:4). La mujer en el efa es, por tanto, la independencia del hombre respecto a Dios, habiendo alcanzado su máxima expresión y, por ello, condenada de manera definitiva.

La Palabra de Dios nos presenta a menudo a la mujer como un principio moral o religioso. Encontramos, por ejemplo, en Proverbios, una mujer que es la sabiduría y otra que es la corrupción. Estos principios suelen estar representados por una nación o por una ciudad. Encontramos un ejemplo de ello en el capítulo 12 del Apocalipsis, donde la mujer es una nación, el verdadero Israel según los designios de Dios. Luego, en Apocalipsis 17:3, donde la mujer es un sistema religioso apóstata, una ciudad, Babilonia la Grande (comp. con v. 9). Jerusalén también se representa continuamente, como sistema moral y religioso, bajo los rasgos de una mujer.

En nuestro capítulo, como hemos visto, la mujer representa la maldad, el alejamiento de Dios. En Judá y en Jerusalén, esa maldad colmaba, como dice Jehová, «la medida de vuestros padres» (Mat. 23:32). En la época en que Jesús caminaba sobre la tierra, la idolatría había desaparecido desde los días de Esdras y Nehemías; la casa estaba barrida y adornada. En apariencia, el pueblo estaba purificado, él que, en el pasado, había sido abominablemente idólatra. Pero, aunque purificados exteriormente, fue entonces cuando rechazaron y crucificaron a su rey, y Dios los dispersó de nuevo entre las naciones, como sigue ocurriendo hoy en día. Al final de los días, cuando hayan regresado a su país, 7 espíritus, más malvados que el primero, ocuparán su casa y habitarán en ella (Mat. 12:43-45). Estas cosas sucederán bajo el reinado del Anticristo: la idolatría se apoderará de nuevo de este pueblo y se arrodillará ante un ídolo, reconociendo a Satanás como su rey.

Si la condición final de Jerusalén y de Judá se nos muestra aquí de manera un tanto misteriosa, es porque esta visión trasciende los límites del pueblo judío para aplicarse también a las naciones, representadas en los últimos días por la cristiandad que se ha vuelto apóstata. «Así –se nos dice– es la semejanza por todo el país» (v. 6). Como no pertenece al ámbito del Antiguo Testamento, este tema solo podía presentarse aquí de forma oscura, mientras que el Nuevo Testamento nos ofrece un cuadro claro y completo.

Sabemos que, tras el arrebato de la Iglesia, la cristiandad –o el cuerpo profeso apóstata que quede en la tierra– se volverá idólatra, al igual que el pueblo judío. Este último, instigado por el Anticristo, renegará de Jehová, el Dios de sus padres, y de Cristo, su Mesías; bajo esa misma influencia, la cristiandad renegará del Padre y del Hijo (1 Juan 2:22). A partir de entonces, Judá habrá colmado la medida de su iniquidad y ya no podrá salir de ella; lo mismo ocurrirá con la cristiandad. Ambas se encontrarán en una idolatría común. «La abominación» se establecerá en el templo de Jerusalén, y la cristiandad beberá con el judaísmo de la misma copa envenenada.

El versículo 9 describe lo que le sucederá a la mujer que acabamos de considerar bajo estos 2 aspectos. «Luego alcé los ojos, y mirando, vi dos mujeres que salían, y llevaban el viento en sus alas; y tenían alas como las alas de una cigüeña; y aquellas mujeres levantaron el efa entre la tierra y el cielo. Yo entonces dije al ángel que hablaba conmigo: ¿A dónde llevan estas el efa? Y me contestó: A la tierra de Sinar, para edificarle una casa; para que quede estable la casa, y el efa descanse allí sobre su propia base» (v. 9-11). ¿Será quizá por esta dualidad de aspecto por lo que vemos a 2 mujeres llevándose el efa? No sabría decirlo, pero vemos aquí que los principios que ellas representan encuentran circunstancias favorables para su desarrollo: «El viento en sus alas». Además, tienen «alas de una cigüeña». Las cigüeñas siempre regresan a su nido; las 2 mujeres devuelven toda esta iniquidad a su lugar de origen, en la llanura de Sinar, es decir, a Babilonia, en una época en la que la antigua Babilonia está destruida para siempre. Fue en Babilonia donde nació la idolatría. La iniquidad de los judíos en los últimos días volverá abiertamente a su lugar de origen, donde su casa se afianzará y se asentará sobre su base. Lo mismo ocurrirá con la cristiandad apóstata, llamada Babilonia la Grande y la ramera, la madre de las abominaciones de la tierra (Apoc. 17). Nuestro pasaje la deja asentada sobre su base, pero, en ese estado, el juicio alcanzará posteriormente a la apostasía, tanto en su forma judía como cristiana.

La palabra salir, que se repite a menudo en las visiones de este capítulo, siempre está relacionada con el juicio. El rollo, la maldición, salen; el ángel sale, así como el efa; las mujeres salen y se llevan el efa, sin sospechar en absoluto que lo que va a ser fundado y establecido será destruido tan rápidamente.

En medio de toda esta iniquidad, ¿quedará aún algún testimonio de Cristo? Sí, pues en el capítulo anterior hemos visto un «Remanente» judío fiel, del mismo modo que en la cristiandad actual se encuentra el Remanente de Filadelfia. El de Judá se convertirá en el núcleo del futuro Israel, más numeroso que las estrellas del cielo y que la arena de la orilla del mar. Disfrutará de la bendición del reino milenario, después de que los judíos apóstatas y la cristiandad apóstata hayan sido recordados ante Dios, y de que Babilonia, la gran ciudad, haya sido arrojada al mar para no ser hallada jamás.

3.8 - Octava visión: capítulo 6 (v. 1-8)

Aquí encontramos la octava y última visión de Zacarías. Los 4 carros son, evidentemente, los 4 grandes imperios de las naciones, tan a menudo mencionados y representados, bajo diversas imágenes, en los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Al comienzo del libro de Daniel, los vemos bajo la forma de una gran estatua, figura de un hombre, de una criatura racional y responsable, que mantiene una relación moral con Dios, y a la que Él ha confiado el gobierno del mundo. Estos imperios incumplen su responsabilidad y Dios, mediante una piedra desprendida sin intervención humana, los destroza a todos a la vez, para establecer en su lugar el imperio universal de Cristo, una gran montaña que llena toda la tierra.

Más adelante, en Daniel 7, vemos estos 4 imperios bajo la forma de 4 bestias, es decir, de 4 seres sin relación moral con Dios. En el Apocalipsis (cap. 13), la última de estas bestias, el Imperio romano existente en aquel momento comprende y resume los rasgos de los 3 imperios que la precedieron.

En Zacarías, los imperios se mencionan en 3 ocasiones: en el primer capítulo, bajo la figura de sus 3 representantes simbólicos, pues Babilonia, el primer imperio, ya había llegado a su fin bajo el asalto de los medos y los persas. Estos imperios se sienten a gusto tras haber destruido al pueblo de Dios; pero, cuando el último de ellos llegue al final de su curso, será el momento en que Dios, tomando en sus manos la causa de su pueblo, restablecerá sus relaciones con él. En el mismo capítulo 1, los imperios son 4 cuernos, 4 potencias destruidas por agentes divinos para traer, en el capítulo 3, la bendición final de Jerusalén.

«Y volví a alzarlos ojos, y mirando, vi cuatro carros de guerra que iban saliendo por entre dos montes; los cuales montes eran montes de bronce» (v. 1). Aquí no encontramos caballos, sino 4 carros tirados por caballos, símbolo, en las Escrituras, del poder real y guerrero. El primer carro, el imperio guerrero caldeo, se menciona en primer lugar. Ya nos hemos explorado, en el capítulo 1, sobre los caballos alazanes; en nuestro capítulo, estos expresan el juicio del pueblo por parte de Babilonia. No se trata, como en el primer capítulo, del cuadro de los imperios en el momento en que el Espíritu de Dios toma conocimiento de su estado, sino de la manera en que Dios los dirige para cumplir sus designios. Por eso estos carros se presentan como «los cuatro vientos del cielo, que van saliendo de su puesto, junto al Señor de toda la tierra» (v. 5; comp. con Dan. 7:2). Dios nos muestra que su Providencia había dirigido desde el principio el curso de estas potencias guerreras. En apariencia, cada una de ellas había hecho lo que había querido y había seguido su propio camino sin Dios; en realidad, él estaba entre bastidores, y los 4 espíritus de los cielos estaban ante Él para conducir el movimiento de los imperios en la dirección deseada. Dado que el cuarto imperio, el Imperio romano, resucitará tal y como nos revela el Apocalipsis, el propósito de Dios no se cumplirá plenamente hasta el final de los tiempos proféticos.

Los 4 carros salen, al igual que el rollo y el efa, porque aquí se trata de juicio. Salen de «entre dos montes» que forman una especie de desfiladero por el que deben pasar. Una montaña representa siempre, en lenguaje simbólico, un poder firmemente establecido en la tierra. Las montañas son de bronce. El bronce siempre significa la justicia de Dios que se ocupa del pecado en el juicio, ya sea para nuestra redención –el altar de bronce, emblema de la cruz– ya sea para purificarnos –la pila de bronce– ya sea para el establecimiento del reino de Cristo –las columnas de bronce– pues su reino solo puede establecerse mediante el juicio. Vemos, pues, aquí el poder de Dios establecido a pesar de todo, como montañas firmes, para impedir que los imperios sigan otra dirección que no sea la que Dios quiere asignarles, y este poder los dirige con vistas al juicio de su pueblo; pero, cuando estos imperios se hayan destruido a sí mismos, la liberación de Israel seguirá al juicio, y así se cumplirán, en gracia, los designios de Dios para con esta nación.

«Los caballos negros que están en el carro segundo, salen hacia la tierra del norte; y los blancos salen tras ellos» (v. 6). Cuando se acercaba el fin del cautiverio del pueblo bajo el yugo de Babilonia, Dios intervino y envió a los medos y a los persas, el carro de los caballos negros, a la tierra del norte, nombre que designa la región situada al norte de Jerusalén o de Caldea. A los medos y a los persas les sucedió el poder conquistador de Alejandro, el carro de los caballos blancos, que destruyó el segundo imperio, Persia, en el país del norte. De ahí esta expresión: «los blancos salen tras ellos».

«Y los tordillos (caballos) veloces salieron, y deseaban caminar para recorrer la tierra» (v. 7). Aquí aparece el cuarto carro, el poder romano, con «caballos manchados y vigorosos». En lugar de salir contra el país del norte, estos caballos se dividen, por así decirlo. Los manchados salen hacia el país del sur, Egipto. De hecho, es en este país donde el Imperio romano buscó, desde el principio, establecer su supremacía (comp. con Dan. 11:30). Posteriormente, a medida que el poder del imperio se iba desarrollando cada vez más, Roma –los vigorosos– procuró recorrer la tierra, es decir, extender su dominio sobre el mundo entero.

«Y el ángel les dijo: ¡Caminad! ¡recorred la tierra! En efecto, ellos recorrieron la tierra» (v. 7). Es Dios quien tiene el control absoluto sobre todas las circunstancias y los acontecimientos de este mundo, quien los dirige y los ordena. ¡Y cuántos fines diversos se propone! ¡Mediante un mismo acontecimiento, juzga, reprende, advierte, llama o libera!

«El ángel entonces me llamó, y me habló, diciendo: Mira que los que salieron hacia la tierra del norte han sosegado la indignación de mi espíritu contra la tierra del norte» (v. 8). Ya en tiempos de Zacarías se había despertado la ira de Dios contra Babilonia, instrumento de su juicio contra Israel, pero que, al igual que el asirio, alzándose con orgullo contra la mano que la empleaba, había saciado su sed de venganza sobre el pueblo de Dios.

3.9 - Conclusión del libro de las visiones: Capítulo 6:9-15

La octava visión había descrito el papel providencial y el juicio final de los imperios enviados para castigar a Israel. El pasaje que tenemos ante nosotros nos muestra el resultado glorioso de todos los designios de Dios y el cumplimiento de sus planes, al sustituir a todos los imperios del mundo por el de Cristo y su reino de paz, que nunca se verá sacudido.

En este pasaje no se trata de una visión, sino de un hecho que da pie a que el Espíritu de Dios se exprese sobre el reino de Cristo.

«Otra vez tuve revelación de Jehová que decía» (v. 9).

Es importante recordar estas palabras. Acabamos de ver que esta Conclusión del libro de las visiones se relaciona con todo lo anterior y es, por así decirlo, su coronación; pero las palabras que acabamos de citar también relacionan el Libro de las visiones con los 2 capítulos siguientes, que pertenecen al Libro de los Oráculos. De hecho, esta expresión: «Otra vez tuve revelación de Jehová» marca en 4 ocasiones nuevas revelaciones (7:4, 8; 8:1, 18). Esta conexión tan evidente entre los 2 libros de Zacarías echa por tierra las afirmaciones de la llamada “alta crítica”, que pretende ver en este profeta 2 escritos de autores diferentes, sin relación alguna entre sí.

«Toma la ofrenda de los del cautiverio, es decir, de Heldai, de Tobías y de Jedaya; y yendo tú el mismo día, entra en casa de Josías, hijo de Sofonías, adonde aquellos han entrado, venidos de Babilonia: y tomando la plata y el oro, harás coronas» (v. 10-11), Aquí se menciona a 3 hombres, de entre los que no habían subido desde Babilonia con el pueblo para reconstruir el templo y la ciudad. No sabemos la razón por la que se habían quedado en Babilonia, pero los vemos subir a Jerusalén para llevar sus ofrendas, plata y oro, a la Casa de Jehová, en un momento en que esta apenas se alzaba sobre sus cimientos. Su acto era una condena tácita de la lentitud con que el pueblo llevaba a cabo la construcción del templo. El significado de los nombres de estos hombres es bastante llamativo: Heldaí: “Perseverante”; Tobías: “Jehová es bueno”; Jedahías: “Jehová sabe”. Entran en la casa de Josías: “Jehová soporta”, hijo de Sofonías: “Jehová oculta”. Así pues, casi todos estos hombres llevan el nombre de Jehová y son, por tanto, sus testigos.

De ello deduzco que son como un tipo del verdadero Resto de Judá, ya sea fuera de Judea o en Jerusalén. Los judíos que regresaron a Jerusalén bajo el reinado de Ciro no podían considerarse el verdadero Resto; el final de Zacarías y el profeta Malaquías lo demuestran suficientemente. Los verdaderos fieles se encontraban entonces en Babilonia, pero son acogidos y ocultados en la casa de otro fiel en Jerusalén. Este pequeño cuadro me parece, pues, una imagen de las 2 partes del Resto de Judá, en el fin de los tiempos [4]. Los que lo componen ven, por la fe, el templo construido cuando aún no lo está, al rey establecido cuando, de hecho, aún no se ha manifestado, y le llevan sus ofrendas. El profeta tiene la misión de hacer coronas con esa plata y ese oro: «Y tomando la plata y el oro, harás coronas, y las pondrás sobre la cabeza de Josué hijo de Josadec, Sumo Sacerdote; y de él hablarás, diciendo: Así dice Jehová de los Ejércitos: ¡Mirad al hombre cuyo nombre es el vástago!», y brotará de su propio lugar, y él edificará el templo de Jehová. Él edificará el templo de Jehová, y llevará la gloria, y se sentará y reinará en su trono, y será sacerdote en su trono» (v. 11-13). El significado de la palabra «coronas» se refiere más bien a una “doble corona”, similar a la tiara que llevaban algunos soberanos. Zacarías debía tomar esa corona y colocársela en la cabeza a Josué, el Sumo Sacerdote.

[4] Para más detalles, vean: «La historia profética de los últimos días», de H. R.

Para explicar este acto, resumamos, en pocas palabras, la historia de Cristo en los capítulos anteriores, tal y como ya hemos hecho con respecto a la historia de Judá y Jerusalén.

En el capítulo 3, Josué, que al principio había representado al pueblo purificado ante Jehová, se convierte en el tipo de Cristo, como futuro Sumo Sacerdote. A continuación, Dios anuncia que traerá a su siervo, el Renuevo, Cristo, el hijo de David, como rey. El cimiento del templo que Josué acababa de colocar es el tipo de Cristo, la piedra angular, sobre la que Jehová edificará su futuro templo. En el capítulo 4, Zorobabel es la imagen de Cristo, el verdadero rey. La piedra de la cúspide, la clave de bóveda de todo el edificio, colocada ante Zorobabel, es de nuevo Cristo, portador del favor de Dios. En este mismo capítulo, la realeza y el sacerdocio, los 2 hijos del aceite, siguen estando separados, aunque contribuyen, en común, a alimentar la luz del testimonio. Por último, en nuestro capítulo encontramos el sacerdocio y la realeza reunidos en una misma persona. Aquel cuyo nombre es «Vástago» será sacerdote en su trono; es este Rey-sacerdote el que es coronado en la persona de Josué: “Jehová es Salvador”. Cristo, el verdadero Melquisedec, es proclamado sacerdote, al mismo tiempo que rey de justicia y rey de paz. Es en él y en su reinado donde culminan todos los caminos de Dios de los que se nos habla en los capítulos anteriores y, de manera particular, como en Daniel 2:34-35, la destrucción de los reinos mencionados al comienzo de nuestro capítulo. Cuando el Espíritu de Dios se “apaciguó” con respecto a ellos, Dios estableció en su lugar el reino universal del hijo de David, que no será sacudido.

De él se dice, en el versículo 12: «De su propio tronco brotará». Su propio lugar es Jerusalén, el lugar de su origen real, pues «cuando Jehová haga el recuento de los pueblos, dirá: Este nació allí» (Sal. 87:6). Se dice, además: «Edificará el templo de Jehová». «Él mismo edificará el templo de Jehová».

Imaginemos las circunstancias en las que se anuncia este acontecimiento. El pueblo de Jerusalén se había puesto de nuevo a la obra, pero el templo aún no estaba terminado cuando Heldaí y sus compañeros subieron a Jerusalén. Josué se había dedicado a ello, Zorobabel colaboraba en ello, pero debía llegar un momento en que el rey, el hijo de David, en unión con el sacerdote coronado, construiría el templo de Jehová. Por lo tanto, no podía tratarse del templo de aquella época, ni del templo de Herodes, ni el del Anticristo; aquí solo se menciona un templo, el que edificará el Rey-sacerdote. El versículo 15 indica quiénes colaborarán en esta obra: «Los que están lejos vendrán y edificarán el templo de Jehová». Será exactamente lo contrario de lo que ocurrió durante la construcción del templo en tiempos de Esdras y Zacarías. Los que estaban lejos, los enemigos de Judá, le habían dicho a Zorobabel: «Que nosotros edifiquemos con vosotros». Zorobabel y Josué les respondieron: «Nada tenéis vosotros que ver con nosotros en el asunto de edificar Casa para el Dios nuestro; sino que nosotros solos la edificaremos para Jehová, el Dios de Israel» (Esd. 4:2-3). Pero, en cuanto al futuro templo del que aquí se habla, las naciones contribuirán con su parte, como en su día Hiram, rey de Tiro, había proporcionado obreros y materiales para el templo de Salomón.

«Y él llevará la gloria». La gloria es algo inmenso; es la manifestación de todas las perfecciones divinas: majestad, justicia, santidad, pureza, poder, sabiduría, verdad, bondad y, en definitiva, gracia y amor. Todas estas perfecciones se manifestarán plenamente en la persona del Mesías, rey de Israel. Un Josué, con sus ropas sucias, un Zorobabel, débil y sin energía, estaban muy lejos de manifestar estos rasgos. Incluso bajo el glorioso reinado de Salomón, en el que se podía ver en el rey algún reflejo de la sabiduría de Dios, estos rasgos se perdieron rápidamente, pues Salomón nunca “llevó la gloria” en su totalidad. Solo uno la manifestará en su totalidad y en su plenitud, cuando el conocimiento de la gloria de Dios resplandezca ante todos «en el rostro de Jesucristo». Él llevará la gloria; la Iglesia, la Nueva Jerusalén, la tendrá, la poseerá, pues de ella se dice: «Teniendo la gloria de Dios», y también: «La gloria de Dios la iluminó» (Apoc. 21:11, 23).

«Y se sentará y reinará sobre su trono, y siendo sacerdote sobre su trono». Habrá, pues, un trono, en el que ciertamente ni Josué ni Zorobabel tuvieron parte alguna; en el trono se sentará un sacerdote, que ya no permanecerá de pie como Josué para interceder y ofrecer sacrificios, sino que habrá puesto fin al ejercicio del sacerdocio de Aarón; se sentará un rey, el verdadero Melquisedec, rey de justicia y rey de paz, que bendecirá al pueblo en nombre de Dios y a Dios en nombre del pueblo, mediador entre el cielo y la tierra. Llevará todo el peso del gobierno del mundo, y ni por un instante se doblará el cetro de la justicia en su mano. Como el sol que sale, resplandecerá sobre los hombres, trayendo salud en sus alas. La doble corona adornará su cabeza; para eso estaban destinadas las ofrendas que algunos fieles llevaron al templo.

«Y el consejo de la paz estará entre los dos». El consejo acordado entre Jehová y el Mesías, hijo de David, se cumplirá entonces plenamente para la tierra. «En la tierra paz, y su buena voluntad para con los hombres» (Lucas 2:14), estas palabras se harán realidad cuando el rey de paz entre en Jerusalén, la ciudad de su elección, y anuncie la paz a su pueblo y a las naciones.

Por maravillosa que sea esta parte, la nuestra, la de los cristianos, es aún mejor. No tenemos que esperar a la gloria futura para ver cumplido el consejo de paz en lo que a nosotros respecta, y ya podemos entrar en el pleno disfrute de esta paz, objeto de los consejos eternos del Padre y del Hijo, y que ahora poseemos por la fe.

«Y a Helem, y a Tobías, y a Jedaya, y a Hen hijo de Sofonías, las coronas les serán para memoria en el Templo de Jehová» (v. 14). ¡Cuán consolador es este pensamiento, en una época de ruina general! El pueblo de entonces, reunido en Jerusalén, no tenía a los ojos de Dios las características del verdadero Resto. Algunos hombres venidos de Babilonia eran aceptados por Dios, así como aquel que los había acogido en Jerusalén, pues ellos mismos reconocían la Casa de Dios, aunque esta no existiera a los ojos de los hombres. La veían con los ojos de la fe y le llevaban sus cosas preciosas. Esas ofrendas debían servir para coronar al verdadero rey y glorificarlo. Dios conserva estas coronas en su templo, en memoria del acto de estos fieles. Estas coronas les pertenecerán también cuando Cristo entre en su gloria. Desde ahora, Jehová reconoce a estos fieles y, además, da nuevos nombres al que los guía y al que los recibe. Heldaí se llama ahora Helem y Josías, Hen. Helem significa “la fuerza”, y Hen significa “la gracia”. Así es como, y con estas características, Dios ve a quienes han llevado el nombre de Jehová y han tenido en su corazón el honor de su Casa en la tierra. Ciertamente, estos 3 hombres, que habían regresado de Babilonia, tenían poca fuerza, pero no habían renegado del nombre de Jehová, por lo que él los estableció como columnas en su templo. En su debilidad, habían confiado en Jehová. Dios los ve en Cristo, como la columna Booz del templo de Salomón, que significa: “En él está la fuerza”. Josías, hijo de Sofonías, que los acoge y los reconoce como siervos de Jehová, que aprecia sus dones y los guarda bajo su techo, como un tesoro precioso en estos días de ruina, Dios lo llama Hen y reconoce en él la gracia, ese otro rasgo de Cristo.

¡Queridos lectores! ¿No debería ser lo mismo para nosotros hoy en día? ¿Nos conformamos con pertenecer a la profesión sin conciencia, de la que Zacarías nos dará una descripción en los siguientes capítulos, y que será objeto de la desaprobación de Dios en el profeta Malaquías? ¿O bien llevamos, no el nombre vano de cristianos, sino, como esos hombres, alguno de los rasgos de Aquel cuyo nombre se invoca sobre nosotros? ¿Reconocemos a la Iglesia de Cristo, el templo y la Casa de Dios, allí donde solo se ha puesto su fundamento, en medio de la indiferencia y de la infidelidad general? ¿Tienen nuestras ofrendas como objetivo la edificación de la Casa de Dios o la de casas de nuestra propia invención a las que no tenemos la buena fe de llamar por su verdadero nombre? No olvidemos que lo que se aporta a la Casa de Dios contribuye a la gloria de Cristo, añade florones a su corona, y que nuestras ofrendas son el culto rendido a Cristo allí donde él hace habitar su nombre. Dios solo recuerda lo que se ha hecho por su Amado. Poco importan los nombres con los que el mundo nos insulta; que nuestro nombre sea el de la aprobación secreta del Señor. Helem y Hen, fuerza y gracia, están escritos en la piedra blanca que él da a sus fieles.

Pero aún más: el recuerdo de lo que habremos hecho por él, en una época en la que solo la fe podía distinguir a su Iglesia y reconocer las glorias de su persona, ese recuerdo permanece para siempre en su templo. Aquellos que no hayan renegado de su nombre tendrán parte en la corona con la que sus corazones fieles habían adornado la cabeza de Cristo. Es para ellos, Él se la da, y los asociará a su gloria. Y así como habrá un libro de memoria para aquellos que temen a Jehová y han hablado de su venida, habrá en su templo un recuerdo de aquellos que, en un tiempo de humillación, reconocieron Su supremacía y se postraron ante Aquel a quien Dios saluda como sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.

4 - El libro de los Oráculos: capítulos 7 al 14

El «Libro de las Visiones» data del segundo año de Darío, aquel que nos ocupará, del cuarto año del mismo rey. Le damos por título: El libro de los Oráculos. Se divide en 3 secciones distintas. La primera sección comprende los capítulos 7 y 8, la segunda los capítulos 9 al 11, y la tercera los capítulos 12 al 14.

4.1 - Primera sección: capítulos 7 y 8: La Palabra de Jehová de los Ejércitos: Regreso a los principios de la Ley y bendición futura de Jerusalén y de Judá

La escena con la que se abre el séptimo capítulo ofrece un contraste llamativo con la del sexto, en la que 3 testigos de Jehová habían subido de Babilonia a Jerusalén. Aquí, 2 jefes, Sarezer, Regem-melec y sus hombres, son enviados desde Betel «a implorar el favor de Jehová, y para hablar a los sacerdotes que estaban en la Casa de Jehová, y a los profetas» (v. 2-3). El nombre de estos jefes parecería indicar que ocupaban cargos en la corte del rey; en cualquier caso, es muy diferente de los nombres de Tobías, Jedahías y Josías. Betel los envía para averiguar si debe seguir observándose el ayuno del quinto mes: «¿Debo yo seguir llorando en el mes quinto, separándome para ello, como lo he hecho estos tantos años?»

En el pueblo habían sido instituidos 4 ayunos a raíz de la catástrofe de Jerusalén. El ayuno del décimo mes, cuando Nabucodonosor vino a sitiar la ciudad (Jer. 52:4-5); el del cuarto mes, cuando fue tomada (Jer. 52:6); el del quinto mes, con motivo del incendio del templo (2 Reyes 25:8-9); por último, el ayuno del séptimo mes, cuando Ismael asesinó a Gedalías, y a raíz de este suceso, el pueblo huyó a Egipto (2 Reyes 25:25-26). El más importante de estos ayunos parece haber sido el que conmemoraba el incendio del templo. Viendo el nuevo templo a punto de reconstruirse, cabía plantearse la cuestión de si era oportuno un ayuno, aunque aún fuera dudosa, pues en el cuarto año del rey Darío el templo aún no estaba terminado (Esd. 6:15), ni se había celebrado su dedicación, aunque ya servía como lugar de culto. Parecía que esos días de ayuno debían ser aprobados por Jehová, pues ¿por qué no habría que lamentarse por las desgracias de Jerusalén? Pero se avecinaban días mejores; ¿debía dejarse de ayunar? Jehová responde por medio del profeta:

«Entonces tuve revelación de Jehová de los Ejércitos, que decía»: Dios adopta aquí el título de «Jehová de los ejércitos», pues ya no puede ser el Dios de Israel. Este término aparece 17 veces en estos 2 capítulos. Es como si Jehová se refugiara en el cielo, para permanecer allí como Dios de las miríadas de ángeles, cuando su pueblo lo había despreciado y se había ganado su ira. Dios había dicho: Este no es mi pueblo; no se le tendrá misericordia; y entonces se proclama Dios de los ejércitos celestiales. Pero ¿puede la infidelidad del pueblo alterar en algo el carácter de Dios? En absoluto. Dios cumplirá sus designios de gracia, al tiempo que reivindicará los derechos de su Hijo a poseer la tierra.

«Responde a todo el pueblo de la tierra y a los sacerdotes, diciendo: Cuando ayunasteis y os lamentasteis en el mes quinto y en el séptimo, es decir, durante estos setenta años, ¿acaso ayunasteis en manera alguna para mí? digo, ¿para mí? Asimismo, cuando coméis y cuando bebéis, ¿no sois vosotros mismos los que coméis y bebéis? ¿No son estas las palabras que proclamó Jehová por los profetas anteriores, cuando Jerusalén estaba habitada y en prosperidad, juntamente con sus ciudades alrededor de ella, y cuando el Mediodía y la Sefela estaban habitadas?» (v. 4-7).

En lugar de responder a la petición de Betel, la Palabra de Jehová se dirige a la conciencia de todos, pueblo y sacerdotes, interrogándolos sobre la causa de sus ayunos y sus lamentos. ¿Habían ayunado por Jehová o por sí mismos? ¿Se habían lamentado porque el mal les había alcanzado, o porque ese mal era consecuencia de la deshonra que habían infligido a Dios? Los profetas antiguos les habían anunciado el juicio, en una época en la que aún disfrutaban de la paz. ¿Habían ayunado entonces? Sin duda, aquel era el momento de vestirse de cilicio y ceniza para apartar la ira de Jehová. Nínive, una ciudad de las naciones, había actuado mejor que Israel en tiempos de Judá, y Jehová había apartado de ella el mal que le había anunciado (Jonás 3:5, 10).

No, habían ayunado para sí mismos y llorado por sus desgracias en lugar de arrepentirse; se compadecían de su suerte en lugar de remontarse a la causa de sus juicios y lamentarse ante Dios por su estado. Afligirse por la ruina no es afligirse por ella ante Dios. El ayuno debe ser para Él: debe expresar la humillación que sentimos por haberle sido infieles desde el principio, pues una verdadera humillación siempre nos lleva a remontarnos al punto en el que nuestro camino se desvió del camino de Dios.

La Palabra de Jehová llegó por segunda vez a Zacarías (v. 8-14), para recordar al pueblo lo que Él les había pedido a través de los primeros profetas. Sin duda se trataba de la Ley, pero cuánto había suavizado Jehová sus exigencias, para que el corazón del pueblo, si le era posible obedecer, no las encontrara ni demasiado elevadas ni demasiado severas. Era pedirles demasiado cuando les pedía que ejecutaran «verdadera justicia», y usaran «de misericordia y de compasiones los unos para con los otros», y no oprimieran «a la viuda y al huérfano, ni al extranjero, ni al pobre»; y que no pensaran en hacer el mal en sus «corazones los unos contra los otros». En una palabra, los profetas habían predicado la rectitud y el amor al prójimo. Dios, que los amaba, ni siquiera les había pedido, en aquellos tiempos de ruina y rebelión, que le correspondieran con amor. Les proponía que se despojaran de su egoísmo y de su propia voluntad, para pensar en los demás y cumplir la voluntad de Dios. En el capítulo 8:17, Jehová añade una segunda exigencia legítima de la Ley, considerada desde su aspecto menos severo: «No amar el juramento falso», es decir, no tomar el nombre de Dios para afirmar una mentira. Hemos visto, en el capítulo 5:3, que la maldición cayó sobre el pueblo precisamente porque había violado estos principios elementales de justicia práctica. Siempre ocurre así cuando el hombre se ve sometido a las exigencias, incluso las más suaves, de la Ley. La Ley solo puede conducir a la maldición, pero llegará un día, el del nuevo pacto, en el que la Ley estará escrita en el corazón del pueblo, porque Jehová habrá borrado todas sus iniquidades y les habrá dado un corazón nuevo. Entonces estarán sujetos a «la ley de la libertad», en la que el hombre nuevo encuentra su deleite en hacer la voluntad de Dios.

En el capítulo 8, la Palabra de Jehová se dirige por tercera vez al profeta. Aunque convirtieran «la tierra deliciosa en un desierto» (7:14) –pues fueron ellos los causantes de esa ruina– los designios de gracia de Dios no habían cambiado. «Así dice Jehová de los Ejércitos: Estoy celoso por Sion con grandes celos; sí, con grande indignación estoy celoso por ella. Así dice Jehová: Me he vuelto a Sion, y habitaré en medio de Jerusalén; y Jerusalén será llamada Ciudad de la Verdad; y el monte de Jehová de los Ejércitos será llamado el Monte Santo» (v. 2-3). Llegaría el día en que Dios tomaría en sus manos la causa de Jerusalén, pues es de Jerusalén y de Judá, y no del pueblo en su conjunto, de lo que nos habla el profeta Zacarías. Su desobediencia no impediría en absoluto el cumplimiento de los designios de gracia de Jehová. Jerusalén sería llamada la ciudad de la verdad, el monte de Jehová de los Ejércitos, el monte santo. Seguiría habiendo ancianos y mujeres que hubieran alcanzado la vejez en las calles de Jerusalén; los niños y las niñas llenarían las plazas con sus juegos. «Así dice Jehová de los Ejércitos: Aunque esto pareciere cosa increíble a los ojos del residuo de este pueblo en estos días» (v. 6). Solo la gracia puede llevar a cabo estas cosas, la gracia unida al poder. Y nosotros, los cristianos, si, como el resto de este pueblo, miramos las ruinas que, al igual que ellos, hemos causado, también diremos: Tales bendiciones son imposibles; pero si miramos a Dios, sabemos que nada le resulta difícil.

En los versículos 9 al 17, Jehová vuelve a la época de entonces, al día de los pequeños comienzos. Tranquiliza al pueblo, en el momento en que «se echaron los cimientos de la Casa de Jehová de los Ejércitos, el Templo, para que fuese edificado». Les repite, pues aún se encuentran bajo el régimen de la Ley, las mismas cosas que les había recomendado a través de los primeros profetas (v. 16-17; comp. con 7:9-10). Así es como recuperarán la fuerza. Serán el verdadero «Resto» si vuelven a las pocas prescripciones morales de la Ley, y, así como habían sido una maldición entre las naciones, se convertirán en «una bendición», según la promesa hecha antaño a Abraham (v. 13; comp. con Gén. 12:2).

Queridos lectores cristianos, aplíquense estas promesas a su vida. Son tanto más fáciles de alcanzar cuanto que no estamos sometidos, como el pueblo de Israel, al régimen de la Ley y, por consiguiente, somos incapaces de cumplir las exigencias divinas. Poseemos una vida nueva y tenemos al Espíritu Santo, el poder de esa vida. Es a nosotros, en particular, a quienes el Señor puede decir: “No temáis: que vuestras manos sean fuertes”. Conocemos el amor de Aquel que dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos (1 Juan 3:16). Esto es mucho más que “no meditar el mal contra el prójimo”. ¡Ay! Hemos sido infieles a nuestra misión, al igual que el antiguo pueblo de Israel; pero lo que los restos del exilio no pudieron hacer –pues, como restos del naufragio del hombre según la carne, se encontraban con la misma naturaleza ante las mismas exigencias de Dios– nosotros sí podemos hacerlo, aunque seamos solo unos pocos en medio de la ruina, para andar en novedad de Espíritu y agradar a Dios con nuestra conducta.

Si es así, ¿qué sucederá? Por cuarta vez, la Palabra de Jehová de los Ejércitos (v. 18-23) llega al profeta para proclamarlo. Llegará un día en que todas las consecuencias de nuestras infidelidades del pasado habrán sido borradas, en que ya no habrá dolores ni aflicciones, ni ayunos del cuarto, quinto, séptimo ni décimo mes ante las ruinas irreparables; en el que todas esas experiencias pasadas ya no tendrán razón de ser y se transformarán «para la casa de Judá en días de gozo y regocijo, y en fiestas alegres» (v. 19). «Ya no existirá la muerte, ni duelo, ni clamor, ni dolor», y Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apoc. 21:4).

El profeta añade otra promesa sobre las naciones y sus relaciones con el pueblo judío: «Aun ha de suceder que vengan pueblos, y los habitantes de muchas ciudades; y los habitantes de una irán a la otra, diciendo ¡Vayamos con empeño a implorar el favor de Jehová, y a buscar a Jehová de los Ejércitos!… En aquellos días sucederá que diez hombres de todas las lenguas de las naciones se asirán, sí, se asirán de la falda del manto del judío, diciendo: ¡Iremos con vosotros, porque hemos oído decir que con vosotros está Dios!» (v. 20-23). Las naciones subirán a Jerusalén para adorar y reconocerán a este pueblo, antaño humillado y bajo el juicio de Dios, como el pueblo de Emanuel, de «Dios con nosotros».

Nosotros, los cristianos, ya podemos, si somos fieles en nuestro testimonio, experimentar alguna bendición semejante. Cuando la iglesia se reunía en Corinto en el poder del Espíritu, si entraba algún incrédulo o algún hombre sencillo, era convencido por todos y juzgado por todos. Los secretos de su corazón quedaban al descubierto y, así, cayendo de bruces, rendía homenaje a Dios, «declarando que Dios está entre vosotros» (1 Cor. 14: 24-25).


4.2 - Segunda sección: capítulos 9 al 11: Cristo Rey y Pastor

4.2.1 - Capítulo 9. Objetivo de la profecía. El Rey

Hemos visto que la primera sección del libro de los Oráculos (cap. 7-8) se caracteriza por estas palabras: «La revelación de Jehová de los ejércitos vino a mí». La segunda sección que nos ocupa (cap. 9-11) comienza con estas palabras: «El oráculo de Jehová» (9:1), y lo mismo ocurre con la tercera sección (12:1). Esta división, más bien externa, sin duda no llega al fondo de los temas presentados, pero no por ello deja de tener su importancia y debe tenerse en cuenta.

En este capítulo 9 encontramos un ejemplo muy notable de la relación entre la profecía cumplida y la profecía aún por cumplirse, y creo que es importante decir unas palabras al respecto.

Los versículos 1 al 8 de nuestro capítulo se refieren a acontecimientos que aún estaban por venir cuando Zacarías los anunció, ya que tuvieron lugar 174 años después del cuarto año de Darío (comp. con 6:1). Estas predicciones se cumplieron al pie de la letra cuando la tercera monarquía, bajo Alejandro Magno, destruyó el Imperio persa. La batalla de Issos (año 333) abrió a este monarca el país de Hadrac [5], probablemente Siria.

[5] Es la única vez que se emplea este nombre.

La ciudad de Damasco, en primer lugar, se convirtió en el «lugar de descanso» del Oráculo de Jehová, es decir, que la palabra pronunciada contra Damasco tuvo su cumplimiento definitivo. Hamat y Sidón fueron sometidas. Tiro resistió con todas sus fuerzas, pero al final fue conquistada, destruida e incendiada. Posteriormente, antes de apoderarse de Egipto, Alejandro conquistó una tras otra las ciudades de Filistea, en particular Gaza, Ascalón y Asdod. Palestina se salvó, y en particular Jerusalén [6], por lo que se dice: «Acamparé alrededor de mí Casa, contra el ejército invasor; contra el que va, y contra el que viene». Pero si bien estas cosas se cumplieron literalmente entonces, el profeta añade un único detalle que no se ha cumplido en absoluto: «Y el exactor [7] no pasará más junto a ellos». Después de Alejandro, el opresor no ha dejado de pasar por Jerusalén, desde el Imperio romano hasta los gobernantes de hoy. Esta ciudad sigue siendo pisoteada por las naciones, y aún hay que esperar a un día futuro para que sea liberada del yugo del opresor. «Porque ahora miro con mis mismos ojos» (v. 8), dice Jehová. Esta palabra se ve corroborada por el capítulo 18 de Isaías, donde la nación incrédula es llevada de vuelta a su país, para caer bajo el yugo del Anticristo. Mientras tanto, Jehová “permanecerá tranquilo” y mirará hacia adelante, hacia el tiempo futuro de la cosecha. En ese momento, “verá con sus propios ojos” y liberará a Jerusalén. Este momento de la liberación definitiva se describe al final de nuestro profeta y en muchos otros pasajes.

[6] El relato según el cual Alejandro sube a Jerusalén para ofrecer sacrificios en el templo es, como mínimo, dudoso.

[7] Traducido en los demás pasajes como «el opresor».

A los versículos 1 al 8 les sigue inmediatamente otra palabra aún más notable, desde el punto de vista de la relación entre la profecía cumplida y la aún por cumplirse: «¡Regocíjate en gran manera, oh hija de Sion! ¡rompe en aclamaciones, oh hija de Jerusalén! he aquí que viene a ti tu rey, justo y victorioso, humilde, y cabalgando sobre un asno, es decir, sobre un pollino, hijo de asna» (v. 9). La liberación de la que nos habla el versículo 8 tendrá lugar con la venida del Mesías. Pero este hecho ya se ha cumplido. El rey ha entrado en Jerusalén, humilde y montado en un asno y en el pollino de una asna. Esta entrada de Jesús en Jerusalén se narra en los 4 Evangelios. 2 de ellos citan el pasaje de Zacarías como cumplido por lo que estaba ocurriendo en aquel momento. En Mateo 21:4 leemos: Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el profeta: «Decid a la hija de Sion: Mira, tu rey viene a ti, manso, y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de bestia de carga». En este pasaje, se omiten las manifestaciones de júbilo de Jerusalén y se sustituyen por estas sencillas palabras: «Decid a la hija de Sion». Tampoco encontramos las palabras: «Es justo y victorioso» (o liberador).

Su carácter de humildad o mansedumbre se destaca por sí solo; pues en aquel momento, rechazado por los judíos, no se mostraba ni como rey de justicia –lo que habría supuesto su destrucción– ni como portador de la salvación, ya que la liberación solo podía tener lugar en virtud de su obra, cumplida en la cruz. Su entrada en Jerusalén, según los Evangelios, no fue más que una última presentación del Mesías a la nación, para que recibiera a Aquel de quien habían hablado todos los profetas, y ella no lo quiso. En el Evangelio de Juan (12:15), el pasaje de Zacarías se cita de forma aún más breve: «No temas, hija de Sion; he aquí que viene tu Rey, sentado sobre un pollino de asna». Se omite el gozo de Jerusalén, así como el carácter de Cristo como libertador, e incluso su humildad; pues, en este Evangelio, él es el Hijo de Dios, de cuya realeza su Padre da testimonio en el momento en que él mismo va a entregar su vida. La profecía de la entrada de Cristo en Jerusalén se ha cumplido, pues, parcialmente en el pasado, pero solo se cumplirá en su verdadero carácter y en toda su extensión en un día futuro.

Solo entonces Jerusalén, liberada del yugo del opresor, podrá regocijarse con gran júbilo, cuando su Rey, rey de justicia y rey de paz, haga allí su entrada triunfal. Sus 2 características serán, en efecto, la justicia y la paz, pues eliminará la guerra de Efraín y de Jerusalén (Miq. 5:10-11), y «hablará paz a las naciones» (v. 10). Será el verdadero Melquisedec. Es más, «tendrá dominio de mar a mar, y del río hasta los cabos de la tierra» (v. 10), algo que nunca había ocurrido bajo el glorioso reinado de Salomón (1 Reyes 4:21-24). Así pues, la profecía cumplida no es más que un indicador que señala el camino hacia las glorias futuras de Cristo.

El profeta añade, al hablar de Jerusalén: «También en cuanto a ti, oh Sion, en virtud de la sangre de tu pacto, hago salir a tus presos del calabozo en que no hay agua. ¡Volveos hacia la fortaleza, oh presos esperanzados!» (v. 11-12). Una vez más, encontramos detalles muy íntimos sobre lo que le sucederá al Remanente, en el momento en que el Rey de gloria venga a reinar. El profeta alude a lo que le sucedió a Jeremías cuando instó al pueblo a rendirse a los caldeos: fue arrojado al foso, «que había en el patio de la cárcel… en la cisterna no había agua» (Jer. 38:6). Cuando Cristo aparezca, liberará a estos prisioneros, el débil Resto que permanece en Jerusalén, y del cual una parte habrá sufrido el martirio. A los fieles del Remanente de Judá que habrán huido cuando se haya colocado el ídolo en el templo de Dios se les invitará en ese momento a «volver hacia la fortaleza», es decir, a Jerusalén. Todo esto, pues, aún está por venir.

En los versículos 13 al 17, volvemos a encontrar los principios expuestos anteriormente: «cuando entieso a Judá, como arco para mí, y lleno el arco con Efraim, cual saeta, y despierto a tus hijos, oh Sion, contra tus hijos, oh Grecia; y te pongo como espada de valiente. Y Jehová será visto capitaneándolos; y saldrán sus saetas como rayos; y Jehová el Señor hará sonar la trompeta; y andará sobre los torbellinos del Sur. Jehová de los Ejércitos será escudo por encima de ellos; y devorarán a sus contrarios, y hollarán con desprecio las piedras de la honda; beberán también, y harán alboroto, como a causa de vino; y estarán llenos como tazones, y como los ángulos del altar» (v. 13-15). Reconocemos en este pasaje la historia de los macabeos, en lucha contra Javán o los sucesores de Alejandro. Vemos aquí sus combates, sus victorias, su resistencia en Jerusalén, su fidelidad –al menos la de los primeros de entre ellos– las ayudas notables y la protección con que Dios los favoreció; así como, por otra parte, encontramos en Daniel 11:29-35 sus sufrimientos por el testimonio y la forma en que fueron purificados por la prueba.

Tenemos, pues, ante nosotros una profecía que se cumplió aproximadamente 3 siglos y medio después de haber sido pronunciada. Pero no es más que un anticipo de lo que encontraremos en el capítulo 10, sobre los tiempos del fin y sobre las luchas de los príncipes de Judá contra el asirio de la profecía. Ya al final de nuestro capítulo (v. 16-17), tras mencionar a los macabeos, se nos remite a la época en que “el rey de Sion, portador de la salvación”, se manifestará ante su pueblo y lo reconocerá de ahí en adelante como su rebaño. «Y Jehová su Dios los salvará en aquel día, como rebaño de hombres, el pueblo suyo; porque serán como piedras de una diadema, relumbrando sobre su tierra». Esta gloria de Israel, que forma la corona del Mesías, está reservada para el futuro, pues durante todo el período comprendido entre el cautiverio de Babilonia y la futura y gloriosa venida de Cristo, se pronuncia sobre Israel el nombre de Lo-Ammi («no sois mi pueblo» (Oseas 1:9).

Los 3 grandes acontecimientos de este capítulo –la conquista de Alejandro, la entrada del Señor en Jerusalén y las victorias de los macabeos– confirman, pues, de manera contundente lo que se nos dice en la Segunda Epístola de Pedro: «Sabiendo primero esto: Ninguna profecía de la Escritura se puede interpretar por cuenta propia» (v. 20).

4.2.2 - Capítulos 10 y 11. Los pastores y los rebaños

Al abordar estos capítulos, queremos hacer hincapié en una característica de las profecías de Zacarías que, si se comprende bien, disipa más de una ambigüedad en el estudio de este profeta. Es cierto que en esta parte de la Escritura hay «cosas difíciles de entender» (2 Pe. 3:16), pero la mayoría de ellas se aclaran si se tiene en cuenta que Zacarías suele unir en su profecía, sin transición alguna, la primera venida de Cristo a la tierra con su futura aparición para Israel. Todo el paréntesis de la Iglesia, que, por lo demás, nunca entra en el marco de los profetas del Antiguo Testamento, queda absolutamente silenciado. No encontramos ninguna indicación que nos advierta de ningún intervalo entre la primera y la segunda aparición del Mesías. El capítulo 9, del que ya hemos hablado, es notable a este respecto: habla del Rey que viene a presentarse en Sion tal y como ocurrió según los relatos evangélicos; pero, inmediatamente después, el Señor fue rechazado, y el profeta no da rastro alguno de ese rechazo; al leerlo, resulta imposible distinguir que este pasaje se refiera a 2 acontecimientos separados por siglos. Inmediatamente después de este hecho, encontramos la bendición que de él se deriva para Israel, pues la aparición de Cristo como rey en Sion es la señal de su reinado.

En los capítulos 10 y 11, el ministerio pasado del Señor y su futura presencia en medio de Israel vuelven a estar, por así decirlo, unidos entre sí. Al comienzo del capítulo 10, la bendición está a las puertas: «¡Pedid a Jehová la lluvia en la sazón de la lluvia tardía! Pues Jehová es el que da los relámpagos; y él os dará lluvias abundantes; a cada uno las plantas del campo» (v. 1). La lluvia de la primera temporada, durante el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, se omite por completo. Pero, antes de que tenga lugar la segunda lluvia, anunciada por Joel (2:23-30), se nos describe la situación de Judá: «Porque los ídolos domésticos han hablado vanidad, y los adivinos han tenido visiones mentirosas, y han contado sueños falaces; dando consuelos vanos; han andado errantes como ovejas; afligidos están, porque no ha habido quien los pastoree. Contra los pastores se ha encendido mi ira, y castigaré a los machos cabríos; porque Jehová de los Ejércitos ha visitado su rebaño, la casa de Judá» (v. 2-3).

Estos versículos son una prueba contundente de lo que hemos expuesto. El profeta se remonta a la idolatría de Israel y nos presenta la consecuencia: se han dispersado como el ganado menor, las naciones los han oprimido y no tienen pastor que los guíe. Esa era exactamente la situación del pueblo en la primera venida del Señor, que venía a presentarse como el Pastor de Israel: Al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, pues estaban cansadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor (Marcos 6:34). Entonces dijo: «Contra los pastores se ha encendido mi ira, y castigaré a los machos cabríos». Cuando visita a su rebaño, la casa de Judá dice, sin duda: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!» (Mat. 23:13), mirándolos a todos a su alrededor con ira. Pero, como veremos en el capítulo 11, estas mismas circunstancias se repetirán al final de los tiempos, de modo que este pasaje, que alude a la primera venida de Cristo, se une, sin ninguna transición, a la escena futura en la que su ira se encenderá contra los pastores.

Solo entonces convertirá a la casa de Judá en «majestuoso caballo suyo en la batalla» (v. 3).

Hay que concluir que las primeras relaciones de Cristo con su rebaño irán seguidas, al final de los tiempos, de una reanudación de esas mismas relaciones con Judá, interrumpidas bruscamente por el rechazo y la crucifixión del Mesías. Solo entonces tendrán lugar los acontecimientos de los que nos habla el final de este capítulo. Este pasaje es, por tanto, un ejemplo de la dificultad de la que hemos hablado anteriormente; una cuestión de lo más instructiva, ya que nos muestra que nada puede interrumpir el cumplimiento de los designios de Dios. Los caminos que los cumplirán siguen su curso inmutable. Estos caminos son como el sol que una nube oculta a nuestros ojos: unas horas después lo vemos reaparecer, su recorrido ha continuado sin interrupción, es el mismo que antes, aunque ocupe otro punto del cielo. No hay pausa en su marcha, sigue siendo el mismo, no ha cambiado de dirección. La carencia solo existe para los ojos de los hombres que ven la nube mientras el sol les queda oculto.

«De ella saldrá la piedra angular, de ella el clavo, de ella el arco de batalla, de ella todo caudillo juntamente. Y serán como valientes que huellan a sus enemigos en el barro de las calles, en la batalla: y pelearán, por cuanto Jehová está con ellos; y serán avergonzados los que montan en caballos» (v. 4-5). El Resto de Judá, que, como hemos visto en el capítulo anterior, huyó durante la gran tribulación, regresará a su tierra y Jehová lo reconocerá como el rebaño del que Él será el Pastor. Judá tendrá a partir de entonces la preeminencia en el reino. De él saldrá Cristo, la piedra angular, Cristo, clavo fijado en un lugar seguro, del que dependerá toda la gloria de la casa de David (v. 4; Is. 22:23-24). «El arco de batalla… y todos los que dominan en Israel» saldrán de Judá, según la profecía de Jacob: «No se apartará de Judá el cetro, ni la vara de gobernador de entre sus pies, hasta que venga el Pacificador: y a Él será tributada la obediencia de las naciones» (Gén. 49:10). En aquel tiempo, Judá será llamada por Jehová para hacer frente al asirio que, tras invadir Palestina (Israel) y conquistar Egipto, será frenado por el «Remanente», el cual, bajo el mando de los príncipes de Judá –sin fuerza aparente– avanzará de victoria en victoria (Miq. 5:5-6).

En la última parte de este capítulo (v. 7-12), ya no encontramos a Judá, sino a Efraín, «la casa de José», reunida de entre los pueblos (especialmente de Asiria y Egipto), para ser llevada de vuelta a la tierra de Israel y formar a partir de entonces un solo pueblo, el pueblo de Jehová (vean Is. 11:12-16; 27:12-13.)

El capítulo 11:1-3 nos presenta el juicio de Israel, la devastación por el fuego de todos aquellos que dominan al pueblo, los nobles y los poderosos. Este juicio afecta especialmente a los pastores, los guías del pueblo, sobre quienes se descargará la ira de Cristo (cap. 10:3). Ya estos guías, en la persona de los reyes, habían sido eliminados, porque en lugar de apacentar al rebaño, se apacentaban a sí mismos (Ez. 34:1-10). En los días del Señor, todos los pastores del pueblo habían mostrado el mismo carácter. Por fin, en los últimos días, durante la invasión de Judá por parte de las naciones, los pastores del pueblo, bajo el Anticristo, correrán la misma suerte.

En los versículos 4-6 vemos la aparición de un nuevo pastor, representado por el propio profeta Zacarías. Este pasaje es una nueva ilustración del hecho de que la profecía de Zacarías vincula, sin ninguna transición, la primera venida de Cristo con su venida para la liberación de Judá y el juicio de sus adversarios. Este hecho resulta aún más llamativo si comparamos nuestro pasaje con el capítulo 34 de Ezequiel, que trata íntegramente de la destrucción de los pastores malvados y de la aparición del Señor, Jehová, hijo de David, como Pastor de las ovejas. En Ezequiel, esta aparición se refiere únicamente al tiempo futuro en el que el Señor será reconocido como Guía de su pueblo; aquí encontramos algo muy distinto:

«Así dice Jehová mi Dios: Pastorea el rebaño de ovejas destinadas al matadero; cuyos compradores las matan, y no se tienen por culpables, y los que las venden dicen: ¡Bendito sea Jehová, porque soy rico! y sus mismos pastores no tienen compasión de ellas. Porque no me compadeceré más de los habitantes de la tierra, dice Jehová; pues he aquí que entregaré los hombres cada cual en mano de su prójimo, y en mano de su rey; los cuales asolarán la tierra; y no los libraré de su mano» (v. 4-6). El profeta es aquí el tipo de Cristo, el Pastor, al igual que antes Josué y Zorobabel habían sido sus representantes como sacerdote y rey. Este Pastor que aparece tan repentinamente, cuando el destino definitivo de todos los pastores de Israel ya está fijado, este Pastor, digo, tiene una misión especial. Debe pastorear el rebaño de la matanza. Este rebaño presenta 3 características: sus propietarios, las naciones que lo oprimen, lo matan para aprovecharse de su carne y no son considerados culpables; sus vendedores, los líderes del pueblo, han aceptado el yugo de las naciones en su propio interés; por último, sus pastores, sus dirigentes políticos o religiosos, no lo perdonan. Todos estos rasgos caracterizan al pueblo tal y como lo encontró Cristo en su primera venida.

Por mi parte, no creo en absoluto que este rebaño destinado al matadero sea, como se ha afirmado, el Remanente de Judá: veo en él al pueblo judío tal y como era en tiempos del Señor. Jesús fue enviado a Israel como su Pastor, cuando este se encontraba bajo el triple yugo de los romanos, de Herodes y de sus propios líderes. Cristo entró por la puerta en el redil, reuniendo todas las cualidades que se exigen a un buen pastor; vino con gracia en medio de este pueblo, por el que sus entrañas se conmovían de compasión. Lo que encontró allí –la indiferencia, luego la hostilidad y el odio, y finalmente la rebelión abierta que lo llevó a la muerte– atraerá sobre el pueblo un juicio final: «No me compadeceré más de los habitantes de la tierra». Se devorarán unos a otros y acabarán cayendo en manos de su rey, el Anticristo, a quien los profetas suelen llamar «el rey», y el Pastor al que han rechazado ya no volverá su rostro hacia ellos.

«En efecto, pastoreé el rebaño destinado al matadero, verdaderamente un rebaño desdichado» (v. 7). En medio de ese rebaño destinado al matadero que Él venía a pastorear en vano, algunos, los pobres del rebaño se agruparon a su alrededor y escucharon la voz del buen Pastor. Son ellos a quienes Él declara bienaventurados: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos… Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mat. 5:3-5). Así eran los discípulos que rodeaban al Señor durante su vida en la tierra.

«Y tomé para mí dos cayados; al uno le llamé Gracia, y al otro Ataduras; y así apacenté el rebaño.» (v. 7). Estas 2 varas, atributos de autoridad, pero también instrumentos del Pastor tienen un significado, como se ve en los versículos siguientes. Si el pueblo hubiera recibido entonces a su Mesías, se habría establecido el reino; las naciones se habrían reunido en torno al rey, y Judá e Israel, unidos, habrían recuperado la antigua unidad del pueblo bajo su cetro. Con este carácter, el Señor comenzó a pastorear el rebaño. Pero la hostilidad de los conductores, de aquellos que pretendían ser los pastores del pueblo y que, en realidad, no eran más que “ladrones y salteadores”, no dejó de perseguir al Señor. Por eso se dice: «Y destruí tres pastores en un mes: pues que se impacientó mi alma con ellos, y también su alma me aborreció a mí» (v. 8). ¿A qué alude esta destrucción de los 3 pastores? Se ha equiparado a la derrota de los fariseos, los saduceos y los herodianos en el mes de la vida del Salvador que precedió a la cruz (Mat. 22: 15-16). Sea como fuere, estamos obligados a aceptar este hecho, aunque sin explicarlo, por fe en la Palabra de Dios.

«Y dije: ¡No os pastorearé más! ¡lo que esté de muerte, que muera! ¡y lo que esté para ser perdido, piérdase; y los restantes cómanse la carne unos de otros!» (v. 9). Ante la hostilidad del pueblo, el Señor abandona su carácter de Pastor y los entrega a la ruina y a la destrucción. Renuncia por el momento a su prerrogativa: «A Él será tributada la obediencia de las naciones» (Gén. 49:10). Rompe su vara «Gracia», la alianza con todas las naciones, y quiebra su vara «Ataduras», la fraternidad entre Judá e Israel (v. 10, 14). La reunión general se pospone a un tiempo futuro, como vemos en Ezequiel 37:15-28, pero «conoció verdaderamente aquel rebaño desdichado, los que hicieron caso de mí, que aquello era oráculo de Jehová» (v. 11). En medio de esta situación, los pobres eran los entendidos, porque la persona del Señor tenía valor para ellos; comprendieron que sus esperanzas judías no podían hacerse realidad mientras el Rey fuera rechazado; recibieron la enseñanza de Aquel en quien habían puesto su confianza, cuando él respondió a su pregunta: «¿Restituirás en este tiempo el reino a Israel?» (Hec. 1:6). Su Maestro había sido rechazado; se iba a instaurar un nuevo orden de cosas, 1.000 veces superior a todo lo que aquellos pobres discípulos se habían atrevido a esperar mientras su Maestro estaba con ellos. Hasta entonces, habían esperado que él fuera «que él era el que debía liberar a Israel» (Lucas 24:21); ahora, mediante la muerte y la resurrección del Salvador, eran introducidos en la parte celestial del reino, y sabían «que era la Palabra de Jehová».

«Entonces les dije: Si bien os pareciere, dadme mi recompensa; y si no, dejad de hacerlo. Y ellos pesaron por mi recompensa treinta siclos de plata. Entonces Jehová me dijo: ¡Échalo al alfarero! ¡hermoso precio en que yo fui avaluado por ellos! Tomé pues los treinta siclos de plata, y los eché al alfarero en la Casa de Jehová» (v. 12-13). ¡Así es como valoraron al Pastor de Israel! 30 piezas de plata era el valor de un esclavo (Éx. 21:32). Los sacerdotes, que conocían tan bien la Ley y los Profetas, cumplieron lo que las Escrituras decían de ellos; Judas también lo cumplió (Mat. 26:15-16). La Palabra de Dios los condenará en el día del juicio final.

Ahora Zacarías está llamado a representar a otro pastor: «De nuevo Jehová me dijo: ¡Toma para ti otra vez los aperos de un pastor necio! Pues he aquí que voy a levantar en la tierra un tal pastor: no se cuidará de las ovejas que están perdidas, ni buscará a las que andan dispersas, ni sanará a las perniquebradas, ni apacentará a las que están sanas; sino que comerá la carne de las gordas, y les machacará hasta las pezuñas. ¡Ay del pastor inútil, que desampara la grey! la espada caerá sobre su brazo, y sobre su ojo derecho: su brazo se le secará completamente, y su ojo derecho será del todo ofuscado» (v. 15-17).

Tal será la consecuencia del rechazo al buen Pastor. El pueblo quedará entregado en manos del pastor insensato, del pastor de la nada. Toda la misericordia de Jehová hacia los que perecen, los que están dispersos o heridos, encontrará su contrapartida en la terrible opresión que el Anticristo hará recaer sobre el rebaño destinado a la matanza, sobre el pueblo que habrá elegido a este hombre satánico como su rey. Pero él mismo, el pastor de la nada, caerá bajo el juicio de Dios. Su poder será destruido, al tiempo que quedará completamente cegado para no ver el destino que le sobrevendrá de repente.

Insistamos de nuevo, al concluir este capítulo, en el hecho de que el Señor está presentado aquí como Pastor en Judá, solo encuentra a los pobres del rebaño que le prestan atención, es rechazado, entregado por 30 piezas de plata, y que, a raíz de este rechazo, un pastor insensato aparece de repente en escena, sin que se mencione si era todo el período que separa estos 2 acontecimientos.

4.3 - Tercera sección: capítulos 12 al 14

4.3.1 - El último día. Capítulos 12 al 13

Llegamos, con el capítulo 12, a la tercera sección del segundo libro de Zacarías. La anterior (cap. 9-11) comenzaba con estas palabras: «Oráculo de Jehová contra la tierra de Hadrac», y esta profecía anunciaba el juicio de las naciones que rodean a Israel. La sección que vamos a tratar comienza con estas mismas palabras: «Oráculo de Jehová», pero esta profecía es «sobre Israel»; no se trata de un juicio, sino de una liberación.

De hecho, estos capítulos 12 al 14 están repletos de acontecimientos futuros que tendrán lugar en Jerusalén y en Judá. Como hemos señalado a menudo, Jerusalén y Judá ocupan casi exclusivamente la atención del profeta Zacarías, y el destino de las 10 tribus solo se menciona de pasada, cuando se trata del restablecimiento de la unidad de Israel, para la gloria del reino de Cristo (vean los cap. 10 y 11.)

Las cosas que se nos van a ser reveladas están totalmente relacionadas con los sufrimientos de Cristo y con su aparición en gloria ante su pueblo. Los capítulos anteriores habían descrito a los pastores de Judá; el que ahora comenzamos nos presenta un nuevo tema. Se caracteriza por estas palabras: «En aquel día», repetidas 15 veces en los 3 últimos capítulos y cada vez con nuevos detalles. De hecho, estos capítulos no nos hablan de los últimos días, sino del último día y de los acontecimientos que lo caracterizan. No nos presentan ni a la Bestia romana (salvo en 12:3 de manera totalmente general), ni al falso profeta, es decir, al Anticristo. Su destino ya está sellado y su historia concluida cuando comienza el capítulo 12: la espada ha caído sobre el brazo y el ojo derecho del «pastor inútil»; su historia ha llegado a su fin (cap. 11) y, tras ella, comienza el último día.

Antes de entrar en los detalles de estos capítulos, no podemos dejar de repetir que Zacarías presenta la persona de Cristo de una manera muy inesperada. De un capítulo a otro, el Señor viene de repente a ocupar el lugar de los demás personajes, quienes, al no ser más que sus débiles representantes, desaparecen y se desvanecen ante Él. Como Josué en los capítulos 3 y 6, o Zorobabel en el capítulo 4. Otras veces aparece, sin ninguna preparación previa, como el Rey en Sion (cap. 9), como el Pastor, representado por Zacarías (cap. 11), o como Aquel que «no es profeta» en el capítulo 13. Su persona ocupa un lugar central en medio de los acontecimientos y es el punto de partida de estos. Si no fuera así, la profecía perdería por completo su valor. Busquemos, pues, en ella la persona de Cristo, concedámosle el lugar que le corresponde, y todo el ámbito de la profecía se verá iluminado. Es por haber descuidado este principio por lo que tantos cristianos solo encuentran en los profetas palabras incomprensibles y un libro cerrado.

Abordemos ahora los acontecimientos que caracterizan el último día y comencemos por presentarlos de manera general.

Cuando se produzca el regreso, aún por venir, del pueblo judío incrédulo a Palestina (Israel), Jerusalén se habrá convertido en la ciudad del Anticristo. Allí aún se encuentra una pequeña parte del «Resto fiel» de Judá, cuyos líderes están condenados al martirio, mientras que la mayor parte de ese mismo «Resto» ha huido y se ha refugiado entre las naciones vecinas. Jerusalén se convierte entonces en el centro de todos los caminos finales y de todos los juicios de Dios. Se ve amenazada por el asirio del fin, que querría apoderarse de Judea y consigue ganarse partidarios en Palestina. El Anticristo, jefe temporal y espiritual del pueblo apóstata, y Jerusalén, fortaleza de su poder, se apoyan, para resistir al enemigo, en la Bestia, o emperador romano, jefe de una confederación de 10 reyes, cuya capital es Roma. Esta alianza tiene como objetivo declarado resistir al rey del norte, jefe de los ejércitos del asirio, pero su objetivo oculto es librar batalla contra Cristo, oponiéndose al establecimiento de su reino.

El Señor, descendiendo del cielo con sus ejércitos, destruye a estos 2 jefes apóstatas y los arroja vivos al «lago de fuego que arde con azufre» (Apoc. 19:20). Es precisamente a partir de ese momento cuando comienzan los acontecimientos de los 3 últimos capítulos de Zacarías, pues no todo ha terminado con la destrucción del falso profeta y de la Bestia romana. Jerusalén sigue en manos de los gobernadores establecidos por el Anticristo, que oprimen al pobre Remanente que sufre en esa ciudad. Tras la desaparición del poder occidental asociado al Anticristo, el «rey del Norte» invade como un torrente la tierra de Israel y, bajo su mando, las naciones vecinas sitian Jerusalén. La ciudad es tomada, parte de su población es llevada cautiva y los pobres del rebaño permanecen allí. El rey del Norte, con todas sus fuerzas, se abalanza sobre Egipto. Mientras tanto, el Resto de Judá, que había huido entre las naciones, regresa a su país y, gracias a la fuerza que Dios le proporciona, mantiene a raya al poder asirio e incluso lleva la guerra hasta su propio territorio. Al enterarse de estas noticias, el rey del Norte regresa de Egipto y rodea Jerusalén con sus ejércitos. Es entonces cuando el Señor libera a su pueblo y a la ciudad amada, para establecer por fin su reino sobre Israel y sobre las naciones.

Esta breve exposición era necesaria para mostrar en qué ámbito limitado se desarrolla la acción de los últimos capítulos de Zacarías [8].

[8] Para más detalles, que excederían el alcance de este texto, vean: “La historia profética de los últimos días y los Cánticos de las Escalas, de H. R.”.


4.3.1.1 - Capítulo 12

Examinemos ahora brevemente el contenido del capítulo 12.

En los versículos 1 al 5, Jerusalén será «una copa de vértigo, a todos los pueblos». Este pasaje contiene la única alusión general de estos capítulos a lo que sucederá antes de la destrucción del Anticristo. Todos los pueblos, no solo los asirios y las naciones que rodean Palestina, sino también los poderosos ejércitos de Occidente encontrarán en Jerusalén una copa que les hará perder el sentido. «Todos los que la tomen se lastimarán con ella», tanto el Imperio romano como las demás naciones. La Bestia y el falso profeta habían creído encontrar, en la posesión de Jerusalén, el medio para impedir que el verdadero Rey estableciera allí el centro de su gobierno. Pero, en aquel día, el Señor aterrorizará a caballos y jinetes y «abrirá sus ojos sobre la casa de Judá».

Cuando el pueblo incrédulo regrese a Palestina, se nos dice, en Isaías 18, que Jehová «estará quieto» (v. 4), y que antes de la cosecha ejercerá juicio sobre ese pueblo. Pero aquí lo vemos abrir sus ojos sobre la casa de Judá. ¡Qué gracia la suya! Fue la casa de Judá la que le rechazó; ¡y es a ella a quien mira en primer lugar! Luego comienza a actuar a través de los jefes de Judá: «Entonces los caudillos de Judá dirán en su corazón: ¡Fortaleza son para mí los habitantes de Jerusalén, en Jehová de los Ejércitos, su Dios!» (v. 5). Su apoyo moral será el Resto de Jerusalén, que se ha mantenido fiel a su Dios.

«En aquel día haré que sean los caudillos de Judá como brasero de ascuas en medio de la leña, y como hacha encendida entre las gavillas; pues devorarán a diestra y a siniestra a todos los pueblos de alrededor: y Jerusalén habitará otra vez en su mismo asiento, es decir, en Jerusalén» (v. 6). Esta lucha de los jefes de Judá tiene lugar, según Miqueas 5:1, contra el asirio; aquí, en favor de Jerusalén, pues Jerusalén es, como hemos dicho a menudo, el tema principal del profeta Zacarías; pero Jerusalén no tendrá el papel principal en la liberación, para que no se levante contra Judá y no haya rivalidad entre ellos (v. 7). «Jerusalén habitará otra vez en su mismo asiento» porque Jehová protege a sus habitantes (v. 8). Entonces, incluso aquellos de entre ellos que vacilan serán revestidos de dignidad real y «la casa de David, como Dios, como el Ángel de Jehová delante de ellos», es decir, que la propia realeza se revestirá de un carácter divino, alusión, no lo dudo, a aquel a quien se llama «el Príncipe» en Ezequiel, y que será en la tierra el representante del Rey de gloria (Ez. 45:7-8, 22-24).

Pero la restauración de Jerusalén solo podrá llevarse a cabo mediante el arrepentimiento (v. 10-14), que será provocado por la presencia de todas las naciones contra Jerusalén (v. 9).

Aquí encontramos, no solo el cuadro de lo que sucederá en Jerusalén, sino también la historia moral de cada uno de nosotros. Solo podemos reencontrarnos con Dios, de quien nos hemos alejado por el pecado, a través del arrepentimiento. Ese arrepentimiento no será desesperación para los habitantes de Jerusalén; tampoco puede serlo para el creyente. La aflicción de aquellos que encuentran un Salvador en «quien traspasaron» no es desesperación. Se asemeja al sentimiento de los hermanos de José, que reconocieron en su Libertador al hermano al que habían vendido a las naciones. Todos se lamentan, todos lloran; cada uno se enfrenta a Dios por sí mismo a causa de su pecado, que es el rechazo del Salvador. Las familias no se presentan ante Dios en su conjunto, sino los hombres por un lado y las mujeres por otro. «Se lamentarán por él, como se lamenta por un hijo único».

Esta palabra nos hace comprender la naturaleza de su amargura: el objeto que habían rechazado, cuya muerte ellos mismos habían provocado, era digno de todo el amor del pueblo. Su dolor y su amor se fundirán en una humillación general. Habrá en Jerusalén lamentos como solo los hubo una vez en Israel (v. 11). El rey Josías había sido el instrumento del avivamiento más extraordinario en los últimos tiempos del reino de Judá. Ese mismo Josías, en conflicto con el rey de Egipto, había sido arrebatado en la flor de la vida, y las “Lamentaciones de Jeremías” dan testimonio del duelo con que este acontecimiento había llenado el corazón del pueblo y el del profeta. Pero cuánto mayor será la aflicción cuando los creyentes de Jerusalén miren hacia Aquel a quien traspasaron, y cada uno de ellos tenga que decirse a sí mismo: “¡Yo fui la causa de la muerte del Mesías!”

La casa de David, la familia real; la de Natán, la familia profética; la de Leví [9], la familia sacerdotal; y, por último, la familia de los simitas, una rama de la casa de Gersón (Núm. 3:21) que, junto con Coat y Merari, forma la familia de los levitas propiamente dichos: «Todas las familias», dice el profeta, «que queden» se lamentarán. Representan a aquellos que tienen la relación más íntima con Cristo en su reino.

[9] Este término, «la casa de Leví», aparece en varios pasajes, especialmente en Malaquías, para referirse al sacerdocio.

Toda esta escena será la culminación definitiva del gran día de la expiación. Solo entonces el pueblo de Dios comprenderá todo el alcance de este tipo. «En aquel día», se decía, «os afligiréis» (Lev. 16:29); pero ¡en ese mismo día, Israel afirmaba que la expiación se había hecho por un año! Para el Remanente, esta aflicción tendrá lugar de una vez por todas, cuando conozca la verdadera expiación. En el reino milenario de Cristo ya no habrá lugar para el Día de la Expiación, sino solo para la Pascua, memorial del sacrificio del Cordero, y para la fiesta de los Tabernáculos, de cuyo fin nos hablará nuestro profeta (cap. 14; comp. con Ez. 45:21-25).

4.3.1.2 - Capítulo 13

El comienzo del capítulo 13 menciona otra bendición: «En aquel día habrá una fuente abierta a la casa de David y a los habitantes de Jerusalén, para el pecado y para la inmundicia» (v. 1). En este pasaje no se trata de la purificación por la sangre, pues ya hemos visto, en el capítulo anterior, la escena correspondiente al gran día de la Expiación. Aquellos de quienes se habla ya han afligido sus almas y han encontrado la propiciación por la sangre del Cordero y, lo que es inseparable de ello, han sido purificados por el lavado de la regeneración, mirando hacia Aquel a quien traspasaron, hacia un Cristo muerto en la cruz, de cuyo costado brotó el agua de la purificación junto con la sangre de la expiación. Pero habrá para ellos una fuente siempre abierta para el pecado y la impureza, una purificación práctica y continua durante el reinado milenario de Cristo. Entonces, al igual que hoy, la Palabra será el medio empleado con ese fin. Nada podrá subsistir, durante el reinado de Cristo, que no se ajuste a esta purificación. «Y acontecerá en aquel día, dice Jehová de los Ejércitos, que cortaré de la tierra hasta el nombre de los ídolos, y no habrá más memoria de ellos: y a los profetas también y al espíritu inmundo los haré pasar de la tierra» (v. 2).

La purificación se extenderá a toda la tierra de Israel y no se limitará a Jerusalén. Un espíritu de santidad se derramará en todos los corazones; ni siquiera los lazos naturales más íntimos podrán prevalecer contra él. El padre y la madre traspasarán a sus propios hijos, si profetizan, y les dirán: «No has de vivir, porque has hablado mentira en el nombre de Jehová» (v. 3). Ya no tolerarán que se utilice el nombre de Dios para dar credibilidad a la obra de Satanás, padre de la mentira. Pero los propios profetas se avergonzarán del papel que habían desempeñado para ganarse la confianza, dándose la apariencia de verdaderos profetas –un manto de pelo– para llevar a cabo la obra del enemigo. ¡Ay! Estos falsos profetas, con su apariencia y sus costumbres, no solo se encuentran en Israel, sino que, en nuestros días, están presentes en todas las naciones a las que Dios ha confiado su nombre y su testimonio. ¡Oh!, que Él conceda a todos sus hijos el celo de Fineas, un celo que no tolere el mal cuando se les presente, revestido del nombre de Jehová. Para su servicio solo se necesita una cosa: que Él y el honor de su nombre sean el objeto supremo de nuestro afecto.

Tras presentar este cuadro de la futura purificación del pueblo, el profeta ve de repente y sin ningún preámbulo aparecer ante él al Pastor al que había sido llamado a representar en el capítulo 11. Ahí está Él, en persona, ante Zacarías; habla y dice: «No soy profeta». No dice, como Amós: «No era profeta» y lo he llegado a ser (Amós 7:14-15); sino: «No lo soy». Esto significa que entra en escena con un propósito totalmente distinto y bajo un carácter totalmente diferente. Sin duda, Cristo era profeta, al igual que era maestro y evangelista; pues reunía en su persona todos los dones del Espíritu; los Evangelios incluso destacan, de manera especial, su condición de profeta, pero no era por eso por lo que había venido al mundo. «Soy labrador de la tierra; porque un hombre me vendió por siervo desde mi mocedad» (v. 5). Tal era su carácter como hombre. En el capítulo 3 del Génesis, tras la caída del hombre en el jardín en Edén, Dios le dijo: «Maldita sea la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida», y «Por tanto le echó Jehová Dios del jardín de Edén, para que labrase la tierra de donde fue tomado» (v. 17, 23).

Aquel que se presenta aquí y a quien Jehová llama «su Pastor» viene, pues, a someterse a las consecuencias del pecado; ocupa el lugar y la condición asignados al hombre, en virtud de su desobediencia; trabaja con esfuerzo, pasa hambre en el desierto, siente el cansancio y la sed junto al pozo de Sicar. Es más, no solo se somete por gracia a las consecuencias de la caída, cuyo peso debía soportar el hombre pecador, sino que se somete al hombre: «Porque un hombre me vendió como esclavo desde mi mocedad» (v. 5). ¡Anulándose a sí mismo y tomando la forma de esclavo (Fil. 2: 7), se convierte en el siervo del hombre que él mismo creó, del hombre rebelde contra Dios! Consiente en ser adquirido por el hombre (Éx. 21: 2-6; Deut. 15:12-18); ¡a reconocerle derechos sobre Él, desde su juventud, para servirle! (Lam. 3:27; Sal. 129:1). ¡Nunca se ha visto una abnegación semejante! El Creador del hombre viene a ponerse humildemente a su servicio, para liberarlo de las consecuencias del pecado, fruto de su desobediencia; ¡viene él mismo a someterse a esas consecuencias, a sufrirla, a sentirlas por gracia para poder tenderle al hombre una mano salvadora! «Luego le dirá: ¿Qué son estas heridas en tus manos? y contestará: Aquellas con las que fui herido en la casa de mis amigos» (v. 6). Aquí se presenta personalmente ante los suyos.

Antes habían mirado con fe hacia Aquel a quien habían traspasado (12:10); ahora lo ven a él mismo. Al igual que Tomás en su día, tras su resurrección (Juan 21:27), pueden tocarlo, pues es como resucitado que se presenta ante ellos. Comprueban lo que había dicho de él el profeta: «Horadaron mis manos y mis pies» (Sal. 22:16). ¿Y qué les responde? Estas heridas me las infligieron «en la casa de mis amigos». ¡Los había llamado sus amigos! ¿No es maravilloso este lugar que el Señor Jesús ha venido a ocupar? ¡Siervo de los hombres enemigos de Dios, y venido como amigo en medio de los pecadores! ¡Ah!, qué poco sospechaban los fariseos y los doctores de la Ley de la profunda verdad que encierra el insulto que le lanzaban a la cara: «¡Amigo de cobradores de impuesto y de pecadores!» (Mat. 11:19; Lucas 7:34). Todos le ultrajan: él dice: «Mis amigos». Judas le traiciona con un beso: «Amigo», le dice Jesús, «Compañero, haz lo que ha venido a hacer» (Mat. 26:50). Un amigo es aquel por quien se da la vida (Juan 15:13). ¿Podía no llamarlos amigos, cuando venía a morir por ellos? Así es el amor divino. Pero ¿qué encontró en ellos? «Vino a lo suyo», pues la casa de sus amigos era su propia casa, «y los suyos no lo recibieron» (Juan 1:11). ¡Y aún más, le traspasaron las manos y los pies!

No podemos imaginarnos lo que sintió un amor así ante el odio satánico del hombre; pero ¿cuánto menos podemos medir lo que padeció bajo el juicio de Dios? «¡Despierta, oh espada, contra mi Pastor, y contra el Varón que es mi socio, dice Jehová de los Ejércitos! ¡Hiere al Pastor, y serán dispersadas las ovejas!» (v. 7). ¡Espectáculo lleno de espanto! El Pastor de Dios, el único que tiene derecho a ese título, que cumple todas las condiciones necesarias para desempeñar esa bendita función, ¡debe sufrir el juicio de Dios! ¿Acaso no había entrado por la puerta en el redil? Cumpliendo todo lo que los profetas habían dicho de él, desde Belén hasta el bautismo de Juan. ¿No era de Él de quien Jehová había dicho?: «Y levantaré sobre ellas un pastor, para que él las pastoree, es a saber, mi siervo David; él las apacentará, y será su Pastor» (Ez. 34:23; Sal. 78:70-72). ¿Acaso su carácter de buen Pastor que apacienta a su rebaño, que con su brazo reúne a los corderos y los lleva en su seno, que guía con delicadeza a las que amamantan (Is. 40:11), se había desmentido ni siquiera por un instante a lo largo de su ministerio? ¡Y ahora había sido necesario que ese Pastor fuera condenado a muerte! (Mat. 26:31; Marcos 14:27).

Pero he aquí que aquel que cayó bajo ese juicio aparece de repente en medio de los suyos, «resucitado de entre los muertos», ¡como el gran Pastor de las ovejas! (Hebr. 13:20). ¡He aquí que reaparece para apacentarlas, conducirlas a las fuentes de agua viva y no abandonarlas jamás! (Is. 40). ¡Ah! Cómo sentirán entonces, en un arrebato de infinita gratitud, las profundidades de tal amor. Aquel a quien Jehová hirió para poder bendecirlos es «el compañero de Jehová», su otro Yo mismo que él se había elegido, que caminaba con Él en una comunión absoluta en todo momento. Al contemplar al Pastor, se nos revela el corazón de Cristo, que sí mismo se entregó y dio su vida por sus ovejas, ¡pero también el corazón de Dios, a quien vemos sacrificar a su propio compañero por nosotros!

«Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas». Esa espada que golpeará el ojo derecho y el brazo del pastor de la nada (11:17) debió de golpear al verdadero Pastor, y no lo perdonó, cuando Dios, para liberarnos, condenó sobre Él «el pecado en la carne». Él, que había venido a reunir al rebaño de Israel, debió de ver su obra como si se hubiera desvanecido en la nada, y al «rebaño destinado al matadero» dispersado a los 4 vientos del cielo.

Pero escuchemos esta palabra consoladora: Volveré «mi mano contra los pequeños». En virtud del sacrificio de Cristo, estos «pobres del rebaño» a los que él ya había distinguido y alimentado durante su vida (11:7, 11), se convierten en el objeto especial de su atención y de sus cuidados. Sus débiles discípulos de entonces se unen, en su testimonio, al pueblo futuro que llenará la tierra y disfrutará de las magníficas bendiciones del reino del Mesías, pues ni siquiera hablamos aquí de la Iglesia, del pueblo celestial del que los 12 apóstoles se convirtieron en el núcleo. ¡Maravilloso cuadro! Toda esperanza se ha perdido por parte de Israel; el rebaño destinado al matadero sufrirá su destino; toda la obra del Pastor herido parece aniquilada y se resume en la salvación de unos pocos pobres del rebaño; pero ¿podría Dios limitar a eso la recompensa del Hombre que es su compañero? ¡Imposible! «¡Pídeme, y te daré las naciones por tu herencia, y por tu posesión los confines de la tierra!» (Sal. 2:8), y, en cuanto a Israel: «Tu pueblo será de ofrendas voluntarias en el día de tu poder, ataviados con los adornos de la santidad: como el rocío que cae del seno del alba, así te será tu valiente juventud» (Sal. 110:3). Sí, este débil Remanente se multiplicará hasta el infinito por el poder divino, para convertirse en el verdadero Israel bajo las bendiciones del reino milenario.

Con este fin, será necesario que el Remanente sea refinado, como se refina la plata. Se separarán 2 partes; un tercio, que representa al verdadero pueblo de Dios, permanecerá como Resto (v. 8). Este tercio, a su vez, atravesará el horno de la gran tribulación, de la que nos hablan tan a menudo los Salmos y los Profetas. Entonces le invocarán desde lo más profundo, y él dirá: «Pueblo mío», y ellos dirán: «¡Jehová es mi Dios!» (v. 9).


4.3.2 - Capítulo 14

Al comenzar este capítulo, conviene recordar que los acontecimientos de los capítulos 12 al 14 tienen lugar en el último día, y no en la última media semana de Daniel, tiempo del Anticristo y de la Bestia romana; 1 o 2 de los hechos que nos son relatados remontan, como mucho, a los últimos días de ese período. Esta observación sirve para aclarar una de las cuestiones más difíciles de la profecía: la de los 2 asedios de Jerusalén, al comienzo de nuestro capítulo [10]. ¿Cuándo tendrán lugar estos 2 asedios? ¿Qué intervalo de tiempo los separa? Zacarías, que suele presentar hechos separados por un largo intervalo como si formaran un único acontecimiento continuo, no nos da información al respecto. Otros profetas establecen claramente la diferencia. Cierta confusión entre el último día y la última media semana de Daniel me había llevado a suponer que el primer asedio tendría lugar hacia el comienzo de la media semana. He tenido que abandonar esa idea. El capítulo 8 de Daniel, aunque menciona los días desde el punto de vista de la profecía cumplida por la historia de Antíoco Epífanes (v. 8-14), me parece indicar que, entre el final de la media semana de Daniel y la destrucción del rey del Norte o del asirio, los acontecimientos del último día encontrarán ampliamente su lugar. Será el tiempo que separará el primer asedio de Jerusalén del segundo. Por lo demás, recomiendo este tema para un estudio atento por parte de quienes se ocupan de los detalles de la profecía [10].

[10] Vean: “La historia profética de los últimos días y los Cánticos de las Escalas”, de H. R.

«He aquí que viene día de Jehová, en que será repartido tu despojo en medio de ti, oh Sion. Porque voy a juntar todas las naciones contra Jerusalén en guerra; y la ciudad será tomada, y las casas serán saqueadas, y las mujeres serán violadas; y saldrá la mitad del pueblo en cautiverio, mas el resto del pueblo no será cortado de la ciudad» (v. 1-2).

Este pasaje se refiere al primer asedio de Jerusalén. En el «último día», tras el juicio del Anticristo y de la Bestia romana, Jerusalén será atacada por las naciones vecinas. Este ataque tendrá lugar, si no bajo la dirección personal del asirio, al menos bajo su patrocinio. Jerusalén será tomada y saqueada; la mitad de los habitantes de la ciudad serán llevados al cautiverio; pero el resto del pueblo no será exterminado. Entre los que se salvarán se encuentra el débil «Remanente», de los cuales una parte, los «dos testigos» del Apocalipsis, ya ha sufrido el martirio. Esta es la última prueba que aflige a la desdichada y culpable ciudad.

Más tarde, el rey del Norte o el asirio regresa de Egipto con su inmenso ejército, rodea la ciudad amada y es entonces cuando tienen lugar los acontecimientos mencionados en el versículo 3 de nuestro capítulo: «Entonces saldrá Jehová, y peleará contra aquellas naciones, como cuando peleó en el día de la batalla» (v. 3). Se trata aquí de una alusión a lo que había sucedido cuando Jehová, descendido del cielo con todos sus ejércitos, había aniquilado a los de la Bestia y del falso profeta. Pero ahora tiene lugar un nuevo acontecimiento: «Y estarán plantados sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está frente a Jerusalem, hacia el oriente; y será partido el monte de los Olivos, de por medio, hacia el este y hacia el oeste». Entonces se cumplirá lo que los ángeles anunciaron a los discípulos, testigos de la ascensión del Señor en el monte de los Olivos: «Este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, volverá del mismo modo que lo habéis visto subir al cielo» (Hec. 1:11-12). En el mismo momento en que Jerusalén, humillada, habla desde la tierra y su palabra se eleva del polvo como un murmullo (Is. 29:3-4), ha llegado la hora de su liberación: el Señor aparecerá a los suyos, el monte de los Olivos se parte «formando así un valle grandísimo: pues que la mitad del monte se removerá hacia el norte, y la otra mitad de él hacia el sur». Un gran terremoto acompaña esta aparición de Jehová de los ejércitos (Is. 29:6).

La población huye como en los días de Oseas (Amós 1:1), a través del valle creado por este fenómeno extraordinario. No creo que esta huida sea la del Remanente de Jerusalén; por el contrario, veo en ella la del resto de la población apóstata. La palabra «vosotros» se refiere a ella, como también se ve en Malaquías 3:5-7. Huye para enfrentarse a un juicio aún más terrible por parte del Señor. En medio de Jerusalén afligida y humillada, permanecerán «los pobres del rebaño», el Remanente, que verá en la persona del Salvador al hombre que en otro tiempo resucitó de entre los muertos para sentarse a la diestra de la Majestad en los cielos.

Tras describir este acontecimiento, el profeta añade: «Vendrá Jehová mi Dios, y todos los santos con él» (v. 5). Todo lo que este capítulo nos revela es como el preludio de este gran hecho: Jehová, el Dios de los profetas, vendrá. La Palabra nos presenta la venida del Señor bajo múltiples aspectos. Tras su primera venida como hombre en la tierra, tenemos su venida desde el cielo como Estrella de la Mañana para recibir a los suyos junto a él. A continuación, su venida, cuando salga del cielo con sus ejércitos para golpear a las naciones junto con la Bestia y el falso profeta. Luego, su venida cuando sea visto por los suyos en el monte de los Olivos y los libere del asirio. Por último, en nuestro pasaje, su venida en gloria con todos los santos para establecer el reino y sentar las bases de su gobierno. Será el momento en que se sentará en el trono de su gloria, y en que todas las naciones serán reunidas ante él para ser recompensadas o juzgadas según su justicia retributiva (Mat. 25:31-46).

Este pasaje nos muestra que el reino se establece tras la liberación de Jerusalén; sin duda, no en el mismo momento, pero cuando la gloria del Señor aparezca en el monte de los Olivos, todo obstáculo para su reinado habrá desaparecido. Ya hemos señalado que Zacarías vincula todas las bendiciones futuras al destino de Jerusalén, que, junto con Judá, constituye el punto central desde el que el profeta contempla los acontecimientos venideros. Su visión profética se corresponde con lo que se nos dice en el Salmo 132:13-18: «Porque Jehová ha elegido a Sion; la deseó como habitación para sí; dijo: Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque la he deseado. Bendeciré abundantemente su provisión; saciaré a sus pobres de pan. A sus sacerdotes también los vestiré de salvación, y sus santos cantarán de gozo. Allí haré crecer el poderío de David; yo he aparejado una lámpara para mi ungido. A sus enemigos vestiré de confusión; mas sobre él florecerá su corona».

La parte celestial del reino también está comprendida en estas palabras: «Todos los santos con él». Es el comienzo de toda su obra.

Llegados a este punto, es importante que echemos de nuevo la vista atrás y resumamos lo que Zacarías nos enseña acerca de la persona del Señor en sus diversos aspectos.

En el capítulo 1, es el Ángel de Jehová quien dirige, bajo una forma aún misteriosa, todos los acontecimientos de los reinos del mundo para que contribuyan al establecimiento de su reino y a la gloria de su pueblo, con Jerusalén como centro.

En el capítulo 3, es el verdadero Sumo Sacerdote, rodeado de aquellos a quienes ha convertido en sus compañeros. Es, al mismo tiempo, el fundamento de todos los designios de Dios, aquel sobre el que se alzará el futuro templo construido por Jehová.

En el capítulo 4, es el verdadero Rey, el Señor de toda la tierra, y la piedra angular, que sale entre aclamaciones, sobre la cual está inscrito para siempre el favor de Dios.

En el capítulo 6, el sacerdocio y la realeza se unen en su persona y, como tal, es coronado y se sienta en su trono.

En el capítulo 9, trae la salvación a Jerusalén como Rey de justicia y Rey de paz.

En el capítulo 11, está presentado a Israel como su Pastor, rechazado y vendido por 30 piezas de plata, pero reconocido por los pobres del rebaño.

En el capítulo 12, es visto como el Mesías por aquellos que lo traspasaron.

En el capítulo 13, se nos relata toda su trayectoria desde su entrada en el mundo hasta la cruz. En virtud de su sacrificio, podrá decir a Lo-Ammi: «Este es mi pueblo», y su pueblo podrá decir: «Este es mi Dios».

Por último, en el capítulo 14, aparece en persona para liberar a Jerusalén y viene a reinar como Jehová, el Dios de Israel, rodeado de todos sus santos.

¿No es maravilloso y digno de admiración este cuadro? ¡Él es el centro eterno de toda bendición! Y, sin embargo, estos no son todos los rasgos de Cristo. Lean el primer capítulo del Evangelio según Juan y verán allí sus glorias, multiplicándose hasta el infinito. Y este mismo capítulo, en su incomparable riqueza, no las contiene todas. Lean la Epístola a los Efesios y allí lo encontrarán como el centro de los designios de Dios, la Cabeza glorificada en el cielo, que tiene por Cuerpo a su Iglesia en la tierra, unida a su Cabeza por el Espíritu Santo. Y allí lo encontrarán también como el Esposo que ha amado a su Esposa y la presentará santa e inmaculada en la gloria.

¡Postrémonos ante Él! Cantemos el cántico nuevo: «¡Eres digno!». Sí, «diciendo a gran voz: ¡El Cordero que fue sacrificado es digno de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y el honor, la gloria y la bendición!» (Apoc. 5:12).

El día de la manifestación del Señor, cuando libere a su pueblo y a su ciudad amada abriendo el monte de los Olivos, irá acompañado de otros fenómenos milagrosos. «Y acontecerá que en aquel día no habrá luz; los resplandecientes luminares se obscurecerán: y será un día señalado; (ese día conocido es de Jehová;) no será ni día ni noche; mas sucederá que al tiempo de la tarde habrá luz» (v. 6-7). Este día recuerda el día de la cruz, en el que hubo tinieblas sobre toda la tierra; pero aquí, la luz brillará al atardecer, a la hora en que suele reinar una profunda oscuridad sobre la tierra. “Al atardecer” es el momento en que el terror se extenderá sobre la multitud de pueblos, porque Jehová los castigará, y antes del amanecer ya no existirán (vean Esd. 17:12-14.) Es en ese momento cuando amanecerá para la ciudad amada.

«Y sucederá que en aquel día aguas vivas saldrán de Jerusalem: la mitad de ellas hacia el mar de Oriente, y la otra mitad hacia el mar de Occidente; esto será tanto en verano como en invierno» (v. 8). He aquí un nuevo fenómeno de carácter tanto simbólico como terrenal. Pero es sobre todo desde este último punto de vista que nuestro capítulo parece contemplar los cambios geográficos que, al producirse tras la aparición del Señor, acompañarán el establecimiento de su reino y realzarán su esplendor.

Aquí, las aguas vivas brotan de Jerusalén, tema específico de la profecía de Zacarías. En el capítulo 47 de Ezequiel, brotan de debajo del umbral de la casa, del santuario, y se vierten hacia el este en el mar Salado o mar Muerto, al que dan vida. Ezequiel no menciona el lugar donde desemboca el segundo brazo del “río doble” (v. 9). Pero Zacarías nos informa sobre su dirección. Atraviesa Jerusalén (pues sabemos, según Ezequiel, que el templo estará separado de la ciudad propiamente dicha); la mitad se dirige hacia el mar oriental (el mar Muerto), como en Ezequiel, y la otra mitad hacia el mar occidental, el Mediterráneo. En la propia Jerusalén, los arroyos de este río alegrarán «la ciudad de Dios, el santo lugar de las moradas del Altísimo» (Sal. 46:4).

Desde un punto de vista simbólico, estas aguas representan el Espíritu de Dios, como poder de vida, que hace fructificar todo a su paso (Juan 7:38-39; 4:14). En este sentido, el Apocalipsis nos muestra el río de agua viva que brota del trono de Dios y del Cordero, en la Nueva Jerusalén, y que lleva a todos las bendiciones vivificantes y divinas. En Zacarías, donde tampoco se pasa por alto la alusión simbólica, vemos cómo la vida sucede a la luz que apareció al atardecer.

«Y Jehová será Rey sobre toda la tierra: en aquel día Jehová será uno solo, y su Nombre uno solo». «En aquel día» –pues el profeta no nos habla tanto de la sucesión de los acontecimientos como de los diversos aspectos del día final– Jehová, el Dios de Israel, el Cristo, será Rey, pero este Rey es aquel a quien se llama «mi Dios» en el versículo 5. Será Rey, no solo sobre su pueblo, sino sobre toda la tierra. Las naciones reconocerán al Dios de Israel como «el único Dios». Dios es uno, según la revelación judía (Deut. 6:4; Marcos 12:29, 32), y uno también según la revelación cristiana (1 Tim. 2:5). Pero la religión futura y universal se vinculará a la unidad del Dios de Israel, manifestado como tal en la persona de Cristo.

«Y todo el país será convertido en llanura, desde Geba hasta Rimón, al sur de Jerusalén; pero esta quedará elevada, y será habitada en su antiguo sitio, desde la puerta de Benjamín, hasta el lugar de la puerta Primera, hasta la puerta del Ángulo, y desde la torre de Hanael hasta el Lagar del Rey» (v. 10). Aquí encontramos un cuarto fenómeno; este cierra la serie de acontecimientos milagrosos que tienen como escenario el territorio de Israel. Todo el mundo sabe que una profunda depresión del terreno, por la que discurre el Jordán, se extiende desde el lago de Genesaret hasta el mar Muerto. Esta depresión es la más notable que se conoce en toda la superficie del globo. El lago de Genesaret, por el que discurre inicialmente el Jordán, se encuentra a 208 metros por debajo del nivel del mar, y el mar Salado (o mar Muerto), a 394 metros por debajo del nivel del Mediterráneo. En un principio, este valle se denominaba a menudo Araba, como atestiguan los siguientes pasajes: Deuteronomio 1:7; 3:17; 4:49; Josué 3:16; 8:14; 11:2; 12:1, 3, 8; 18:18; 2 Samuel 2:29; 4:7; 2 Reyes 14:25; 25:4; Jeremías 52:7; Amós 6:14. En multitud de otros pasajes, la palabra Araba puede traducirse como “llanura”. Hoy en día, la parte de este valle que se extiende desde el mar Muerto hasta la lengua oriental del mar Rojo (llamada Aqaba) ha conservado el nombre de Araba, pero no guarda relación con el pasaje de Zacarías que acabamos de citar. Geba es una ciudad de Benjamín situada al norte de Jerusalén, que uniría mediante una línea horizontal el Jordán con los alrededores de Jericó; Rimón es una ciudad de la tribu de Simeón que uniría, de la misma manera, el mar Muerto hacia los 2 tercios de su extensión por el lado sur.

Una vez establecidos estos diversos puntos, parece que todo el país comprendido entre Geba y Rimón se transformará y se situará al nivel de la Araba, es decir, del valle del Jordán. La consecuencia de este fenómeno extraordinario será que Jerusalén, «permaneciendo en su lugar», se elevará a la vista de todos en medio de la tierra de Israel. Dominará todo el país y se verá desde lejos, esta ciudad del gran Rey. Todas las tribus, todas las naciones, acudirán al monte de la Casa de Jehová para adorar. «Mas sucederá que en los postreros días el monte de la Casa de Jehová será establecido como cabeza de los montes, y será ensalzado sobre los collados; ¡y, fluirán a él los pueblos! Pues caminarán muchas naciones, diciendo: ¡Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la Casa del Dios de Jacob!» (Miq. 4:1-2).

«Y se habitará en ella; y no habrá más maldición; sino que Jerusalén habitará confiada» (v. 11). Tras tantas maldiciones y amenazas por parte de Dios, tras tantos reveses, asedios y saqueos, la ciudad santa estará en paz, será un refugio tranquilo y seguro para sus habitantes. Será entonces cuando estos, liberados para siempre del asirio, verán con sus propios ojos al Rey en su belleza, y se dirá: «¡Mira a Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes! tus ojos verán a Jerusalén, morada tranquila, tienda que no ha de removerse» (Is. 33:16-20).

Los versículos 12 al 20 nos hablan de las plagas que azotarán a las naciones, ya sea antes o después del establecimiento del reino milenario de Cristo. Conviene recordar que los 3 últimos capítulos del profeta tratan del último día como un todo y que no hay que buscar en ellos una sucesión cronológica de los hechos proféticos. En los versículos 12 al 15, Zacarías retrocede en el tiempo para describir la plaga que azotará a las naciones reunidas contra Jerusalén, mientras que Judá participará en la batalla, como hemos visto anteriormente. Además del juicio bélico, del que el Resto de Judá será en parte el instrumento, el Señor azotará con una plaga a todos los pueblos que hayan hecho la guerra contra Jerusalén. Su carne se desintegrará, sus ojos se derretirán en sus órbitas y su lengua en su boca. Además, se levantarán unos contra otros para destruirse mutuamente. Esto es lo que también encontramos en Ezequiel sobre la destrucción de Gog, el rey del Norte (Ez. 38:21-22). Incluso las bestias serán golpeadas y su llaga será semejante a la del hombre. Este último se había olvidado de Dios, sin vínculo moral con Él; en el juicio será asimilado a la bestia bruta, al nivel al que se había rebajado.

Pero habrá un Remanente de entre las naciones que habían venido contra Jerusalén, al igual que habrá un Remanente de Jerusalén, de Judá y de Israel. Las que hayan sido salvadas subirán año tras año a Jerusalén y al templo, para postrarse ante Jehová y celebrar la fiesta de los Tabernáculos, esa fiesta que sigue a la cosecha y a la vendimia. Para Israel, esta fiesta representaba el gozo de un descanso apacible bajo tabernáculos de follaje, en recuerdo de la vida en tiendas en el desierto (Deut. 23:43). Este recuerdo no iba acompañado de ningún pesar ni amargura para el pueblo, pues se decía: «Jehová tu Dios te bendecirá en todos tus productos, y en toda la obra de tus manos; por tanto estarás ciertamente alegre» (Deut. 16:15). Ahora han pasado los tiempos de juicio y humillación. El gran día de la expiación, en el que Israel afligía su alma (Lev. 16:29, 31), tuvo lugar para los fieles durante el «gran duelo en Jerusalén» (12:11). Entonces miraron hacia Aquel a quien habían traspasado y que, de una vez por todas, había hecho expiación por sus pecados. Nunca más, desde entonces, podrá repetirse ese día para el pueblo de Dios, ni tampoco el de Pentecostés, pues Israel habrá recibido definitivamente el derramamiento del Espíritu Santo, la lluvia de la última estación. Solo subsistirá la fiesta de los Tabernáculos junto con la Pascua, memorial de la expiación y de la liberación consumada (Ez. 45:21, 25).

Las naciones, como ya hemos dicho, participarán en la fiesta de los Tabernáculos, pero, aunque una inmensa multitud de ellas se salvará (Apoc. 7:9-12), no lo harán como naciones. Tendrán que someterse al cetro de hierro del Mesías; de lo contrario, serán destrozadas (Sal. 2: 9). Vemos aquí que aquellas que no suban a Jerusalén, en la fiesta de los Tabernáculos, para postrarse ante el Rey, serán golpeadas por una plaga. Se les negará la lluvia que fertiliza su territorio, un hecho literal, como todos los que contiene este capítulo, pero también una imagen de las bendiciones espirituales de las que se privan quienes no obedecen al Señor. Tal será el castigo por su pecado, una plaga muy diferente, por lo demás, de la que había afectado a las naciones que se rebelaron contra Dios y contra su Ungido.

En aquel día –añade el profeta (v. 20-21)– todo en Jerusalén (pues siempre es Jerusalén lo que se tiene en mente) será santificado y consagrado a Jehová, de tal manera que, para cocinar los sacrificios, cualquier caldero de Jerusalén y de Judá servirá tan bien como los calderos de la casa de Jehová.

«Y no habrá más traficante en la Casa de Jehová de los Ejércitos, en aquel día» (v. 21), según lo que también dice el profeta Ezequiel: «¡Basta ya de todas vuestras abominaciones!, oh casa de Israel; introduciendo vosotros a los hijos de tierra extraña, incircuncisos de corazón e incircuncisos en la carne, a que estén en mi Santuario; profanando mi Casa cuando ofrecéis mi pan, a saber, el sebo y la sangre; y, habéis roto mi pacto, con todas vuestras abominaciones. Pues no habéis hecho la custodia de mis cosas santas; si no que habéis puesto en mi Santuario custodios extranjeros de mis cosas a vuestro gusto» (Ez. 44:6-8).

Apliquémonos estas palabras. ¿No es también este el delito de la cristiandad profesa en lo que respecta al culto a nuestro Dios? ¿No participan los incircuncisos de corazón en el servicio de las cosas santas? ¡Qué humillación para el pueblo de Dios, que se mezcle lo puro con lo impuro, que se introduzca al incircunciso y al cananeo en la Casa de Dios! ¡Qué deshonra para Aquel de quien se dice: «¡A tu Casa, oh Jehová, conviene la santidad para siempre!», pues «¡Él es santo!; ¡Jehová, nuestro Dios, es santo!» (Sal. 93:5; 99:3, 5, 9).

Recordemos constantemente el carácter de nuestro Dios. Puesto que Aquel que nos ha llamado es santo, seamos también nosotros santos en toda nuestra conducta, y si, a través de las humillantes experiencias del tiempo presente, tanto en lo que respecta a la Iglesia como a nosotros mismos, nos vemos obligados a comprobar cuánto hemos deshonrado al Señor, ¡dirijamos nuestra mirada hacia adelante, hacia esa escena futura en la que todo estará consagrado a Jehová y en la que Él mismo encontrará su descanso en todo lo que sea conforme a su santidad y a su amor!