Inédito Nuevo

Nuestros enemigos

Salmo 139:21-24


person Autor: Henri ROSSIER 62


0 - Prefacio

Este Salmo nos ofrece tal riqueza que sería imposible, incluso con una simple enumeración de su contenido, no convertirlo en un voluminoso tratado. No es esa mi intención en estas “Breves meditaciones”, en las que prefiero plasmar las verdades que cada día llegan a mi corazón y a mi conciencia. Estas verdades nos llevan a conocernos mejor a nosotros mismos, para juzgarnos mejor, y a conocer mejor el corazón de Cristo para amarlo más.

Solo recordaré lo que para mí constituyen las 3 partes de este Salmo.

La primera, versículos 1-13, nos presenta los sentimientos de un corazón que, antes de conocer la gracia, se encuentra continuamente, sin poder evitarlo, con Dios en la tierra.

En la segunda división, versículos 14-18, el alma ha hecho, no el angustioso encuentro con un Dios que la escudriña, sino el conocimiento de un Dios que la ama. De inmediato, todo cambia para ella. Estalla en alabanzas, pues ahora conoce sus obras; conoce sus pensamientos; pero, mucho más aún, le conoce a Él mismo, ¡a él mismo en la resurrección, a él mismo más allá de la muerte! El creyente y él son ahora inseparables: «¡Despierto, y aún estoy contigo!».

La tercera parte, versículos 19-24, se refiere a la conducta del creyente. No puede conformarse con conocer las riquezas insondables de Cristo y disfrutarlas; siente que su conducta debe estar en consonancia con el conocimiento que tiene de Él. Es en este aspecto práctico del Salmo donde termino hoy mi meditación.

Al conocer a Dios tal y como se nos ha revelado en Jesús, estamos llamados, para serle agradables, a odiar todo lo que él odia y a armonizar nuestro corazón con todo lo que él ama, encontrando en ello nuestro deleite.

1 - Los 2 enemigos que se oponen a una vida para Dios

Sin embargo, 2 enemigos de Dios, igualmente detestables, nos lo impiden: uno es el mundo; el otro, nuestro propio corazón natural, nuestra carne pecaminosa.

1.1 - El mundo

Si se trata del mundo, Dios fue capaz de amarlo hasta el punto de entregar a su propio Hijo para salvar a quienes creen. Jesús se presentó como el «Salvador del mundo». Ahora bien, aunque el mundo, al rechazar al Salvador, ha demostrado que odia a Dios y que está maduro para el juicio, eso no impide que la gracia de Dios siga actuando hacia los pecadores, hasta que ya no les quede ninguna esperanza. Nosotros, los hijos de esa misma gracia, estamos obligados a presentársela al mundo de la misma manera: «Os rogamos por Cristo, reconciliaos con Dios» (2 Cor. 5:20).

Pero solo podemos actuar así si vivimos nosotros mismos en una santa separación del mundo y de todo lo que este pueda ofrecernos para tentarnos. Cualquier mezcla con él nos debilita, o incluso nos paraliza por completo y reduce a la nada la misión que Dios nos ha confiado: «¿No sabéis… que aquel que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios?» (Sant. 4:4). Por eso, el alma que está en comunión con Dios considera el mundo, no desde el punto de vista que a menudo nos ofrece (pues puede mostrarse muy amable y cortés con nosotros), sino según la actitud que ha adoptado hacia Cristo: «¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos» (v. 21 y 22).

Este odio al mundo no es, en el cristiano, fruto del orgullo ni de la dureza y la sequedad de corazón. ¡Ojalá podamos combinar sin cesar el odio al mundo y a las cosas que en él hay con el amor que caracteriza al Evangelio anunciado a los pecadores! Este mismo Salmo no puede hablarnos de ello porque es, como todos los Salmos, el cuadro profético de los sentimientos del Remanente de Israel bajo la opresión de los enemigos del fin.

1.2 - La carne o el corazón natural

Me apresuro a llegar al segundo enemigo, tema de mi meditación, es decir: mi corazón natural, la carne que siempre está en mí. El salmista lo menciona en último lugar. ¿Cómo combatirlo y dejarlo impotente? Mi carne sigue siendo siempre absolutamente la misma, tanto si me encuentro aún alejado de Dios, como al principio de este Salmo, como si le pertenezco en virtud de la salvación gratuita. ¿No es precisamente la carne que hay en mí la que me lleva por los caminos del mundo? Señor, tú me has dado un corazón nuevo, un corazón que ama lo que tú amas y odia lo que tú odias. Pero si mi corazón y mis pensamientos de antaño, si esta carne que ya no poseo por mí mismo –pues tengo tu Espíritu y tu vida– me llevan por un «camino de aflicción», ¿cómo voy a resistir? Solo te tengo a ti, oh Dios, para resistir. No me basta con odiar el mundo con un odio perfecto, sino que debo escapar de su influencia. Pero ¿cómo puede hacerse esto? Es necesario que mi corazón, mis pensamientos y mi persona estén en armonía con el corazón, los pensamientos y la persona de Cristo que Dios me ha dado a conocer (v. 17-18), y que así mi conducta esté en perfecta oposición a la del mundo.

2 - La necesidad de estar escudriñado por Dios

Por eso digo: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos». Tú, que me escudriñaste y conociste en otro tiempo, cuando solo había pecado en mi corazón y no pensaba más que en escapar de ti, escudriñame y conóceme ahora que hay 2 naturalezas en mí, para que me armonice con la nueva naturaleza que poseo en Cristo, y que nada en mi camino y en mi testimonio venga a obstaculizarla. No tengo nada que ocultarte, oh Dios mío, ni deseo hacerlo; y, además, ¿acaso no experimenté en otro tiempo que tú ves y conoces todo lo que hay en mí? Actúa en mí, tú que eres luz, para que mis ojos vean todo lo que es contrario a tu gloria; ¡ponme plenamente en armonía con ella! Tú lo sabes, siento la necesidad de que tú me examines, porque mi hombre nuevo tiene el deseo de agradarte y de glorificar a tu Hijo amado.

3 - El descubrimiento del camino de la aflicción

«Y ve si hay en mí camino de perversidad», algún camino que conduzca a esa cosa terrible: la deshonra arrojada sobre Cristo. Este temor se apodera de mi corazón; solo tú puedes remediarlo, de modo que mi Salvador sea glorificado y yo mismo no sea infeliz ni me sienta confundido.

Este deseo de estar “escudriñado y probado” (no conocido) lo encontramos en el Salmo 26 en boca de Cristo. Él puede afirmar que su corazón está en perfecta armonía con Dios, tanto en la comunión de sus pensamientos como en el odio absoluto a todo mal. Por eso puede decir en el versículo 12: «Guíame en el camino eterno». No necesita que le guíen, como en nuestro Salmo, donde el alma desea ser escudriñada, para estar en armonía con el carácter de Cristo tal y como se describe en el Salmo 26, y también en el Salmo 16.

4 - Estar guiado por el camino eterno

¿Cómo podré discernir el más mínimo movimiento de la carne en mí, si tú no me escudriñas? ¿No ocurre a menudo que mi comunión contigo se vea perturbada sin que yo sea capaz de ver cuál es la causa? Solo tú puedes mostrármelo, pues “tú eres más grande que mi corazón, y lo sabes todo”. Tú me enseñarás; y eso es lo que Dios hace siempre cuando me acerco a él con un corazón sincero que no le oculta nada.

Pero es necesario además que, tras revelarme lo que sería «un camino de perversidad», Él mismo me guíe por un camino que cuente con toda su aprobación, un camino en el que no haya ni caídas ni tropiezos, un camino en el que Cristo sea plenamente glorificado: el camino en el que Jesús mismo glorificó plenamente al Padre.

5 - Un ejercicio diario para el creyente

¡Qué felicidad cuando el alma ha llegado a ese punto! Pero no debemos suponer que alcance definitivamente la meta en la tierra. Las palabras: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos» deben volver cada mañana a mis labios, para que cada día sea guardado del camino de perversidad y guiado por el camino que le honra.