Índice general
Estudios sobre el libro del profeta Miqueas
Autor: Henri ROSSIER 61
Serie: Estudios
1 - Prólogo
La profecía, al igual que el resto de las Escrituras, solo se revela al cristiano si el Espíritu Santo le ha proporcionado la clave. Sin ella, ni siquiera el hombre más erudito podrá comprender jamás los designios de Dios y solo demostrará su ignorancia al intentar explicarlos. La clave es Cristo. Si no se relaciona toda profecía con su persona, con sus sufrimientos y sus glorias, con su poder y con su venida, como Hijo del hombre, en su reino (1 Pe. 1:11; 2 Pe. 1:16; Mat. 16:28; Marcos 9:1), seguirá siendo un libro tan cerrado para el erudito como para el analfabeto (Is. 29:11-12), y así se explican tantos desacuerdos, incluso entre cristianos, sobre la interpretación del Libro Sagrado.
Por lo tanto, la profecía nos habla de Cristo. Los primeros profetas, entre los que incluimos a Oseas, Isaías y Miqueas, nos presentan su persona de una manera mucho más llamativa y detallada que los profetas posteriores, como Jeremías, Ezequiel e incluso Daniel. Solo los últimos profetas, Zacarías y Malaquías, a medida que se acercan al momento en que Cristo se revelará, lo ven surgir ante sus ojos con toda su poderosa realidad, no tanto, como en Isaías y Miqueas, en su humillación y sus dolores, sino en su venida con poder. Por fin, la luz plena resplandece cuando el último y más grande de los profetas, Juan el Bautista, ve a Jesús venir hacia él como Cordero de Dios, Hijo de Dios y Rey de Israel [1].
[1] Esto dista mucho de la idea de la teología moderna según la cual la “noción mesiánica” se desarrolló gradualmente entre los profetas a partir de “un esbozo primitivo, vago e indeterminado”. Esta idea es el equivalente de aquella que ve en “el don profético una facultad innata de la humanidad”.
Sin embargo, aunque el eje central de la profecía sea «la Revelación de Jesucristo» (vean Apoc. 1:1), esta nos presenta también otros temas, entre los cuales destaca el gobierno de Dios en este mundo. Sin los escritos proféticos del Antiguo Testamento –de los que no deben separarse los libros históricos– nuestra información sobre este tema sería muy incompleta. Todos ellos nos revelan cuáles son los caminos de Dios en su gobierno, tanto en el pasado como en el presente, con respecto a su pueblo terrenal y a las naciones. Dios deja claro en cada ocasión que es un Dios santo que no puede tolerar la iniquidad: debe juzgarla, pero llama a los hombres al arrepentimiento. La profecía de Amós presenta esta verdad de manera notable, aunque, por lo demás, se encuentra en todos los profetas. Pero la profecía no se limita al pasado y al presente; desvela el futuro, pues es de suma importancia mostrar a los hombres que los caminos de Dios permanecen inmutables y que su gobierno nunca cambia de carácter. A medida que el mal va creciendo en el mundo, los juicios de Dios se acentúan cada vez más y alcanzarán finalmente su punto álgido en el juicio del Anticristo (el falso Mesías), en el juicio de su pueblo (los judíos apóstatas) y de todas las naciones, unidos contra el verdadero Israel y su verdadero Rey.
Sin embargo, el gobierno de Dios no se limita a destruir los obstáculos que Satanás le plantea en el mundo. Jehová disciplina, reprende y castiga a su pueblo, pues no solo persigue el juicio del mal, sino el triunfo del bien en el corazón de quienes le conocen y se someten a Él. Asimismo, todos los profetas nos enseñan que la disciplina, recibida y aceptada, producirá en los últimos tiempos una verdadera restauración que reunirá al futuro Remanente de Israel y a los fieles de entre las naciones bajo el glorioso cetro de Cristo, cuando este tome posesión de su herencia terrenal.
Desde un punto de vista general, encontramos 2 categorías de profetas. Unos son suscitados cuando las relaciones de Jehová con su pueblo aún perduran; los otros, cuando estas se han roto definitivamente y la sentencia de Lo-Ammi (“no es mi pueblo”), predicha por Oseas, se ha convertido en realidad.
En la primera categoría, Jehová sigue diciendo «mi pueblo» (1:9), como en Oseas, Isaías, Miqueas y otros. Sin embargo, cuando estas relaciones aún no se han roto, se dice: «Has dejado a tu pueblo» (vean, por ejemplo, Is. 2:6), no hay que concluir de ello que se haya pronunciado el «Lo-Ammi», aunque en ese momento esté a punto de cumplirse con respecto a las 10 tribus. Este abandono es similar al que Gedeón menciona ante el Ángel de Jehová: «Jehová nos ha desamparado» (Jueces 6:13). Esto debía ocurrir cada vez que Israel, sometido por la Ley a una alianza bilateral con Dios, abandonaba a Jehová, pero ello no implicaba aún la ruptura definitiva de las relaciones entre Dios y su pueblo. Todo el libro de los Jueces, toda la historia de los Reyes, Isaías, Miqueas, e incluso Jeremías, que profetizaba en vísperas del cautiverio, lo demuestran. El gobierno aún no se había transferido a los gentiles; esto no ocurrió hasta bajo Nabucodonosor, la «cabeza de oro» (Dan. 2:38) de los 4 imperios universales. Ni siquiera la deportación de las 10 tribus puso fin a la existencia del pueblo de Dios, representado a sus ojos por la realeza de Judá y el templo de Jerusalén, y aún reconocido por Él.
Con el cautiverio de Judá comienza la segunda categoría de profetas. Se pronuncia el «Lo-Ammi». Esto no significa en absoluto que Dios no quiera reanudar más tarde sus relaciones con Israel sobre la base de una nueva alianza, esta vez unilateral; simplemente, cuando se pronuncia definitivamente «Lo-Ammi», Jehová ya no dice «mi pueblo». No volverá a pronunciar estas palabras hasta que mencione el restablecimiento de sus futuras relaciones con Israel, relaciones que la fe de los fieles, basada en las promesas de Dios, hará realidad de cara al futuro. Esto es lo que encontramos en Ezequiel, Daniel y otros profetas del cautiverio (Ez. 36:28; 37:23, 27; 38:14, 16; 39:7; 46:18; Dan. 9:15-16; Zac. 8:8; 13:9).
Otra observación importante se refiere a la existencia o la ruptura de las relaciones de Dios con su pueblo. Mientras estas relaciones existan, aunque sea en el grado más débil, y Jehová pueda decir: «mi pueblo», el asirio histórico es el gran enemigo de Israel (vean 2 Reyes, Isaías, Miqueas). Por lo demás, este asirio histórico –ya sea Pul, Tiglat-pileser, Salmanasar, Senaquerib o Asurbanipal– siempre está presentado por el profeta como un arquetipo del asirio futuro, o profético del fin de los tiempos. Este último no es, por así decirlo, más que la continuación del primero, pues la profecía, ya se trate de personajes o de acontecimientos históricos, nos remite invariablemente al fin de los tiempos. Los acontecimientos presentes tienen, por tanto, siempre una similitud sorprendente con los acontecimientos futuros. Esto no resta en absoluto importancia a su inmensa relevancia como juicios presentes, pues sirven de advertencia a la conciencia del pueblo y le instan a volver a Jehová mientras aún hay tiempo [2].
[2] Los términos que empleamos: el asirio histórico y el asirio profético no significan que se trate de 2 potencias diferentes. El asirio profético es la misma potencia que el otro, solo que con límites territoriales que, a lo largo de los siglos, se han extendido considerablemente y constituyen hoy en día el inmenso dominio de la potencia rusa, junto con lo que aún pudiera anexionarse de Turquía.
Puede resultar útil repetir aquí lo que hemos dicho en otra ocasión sobre el asirio profético, un tema con el que a menudo no están familiarizados quienes estudian la profecía.
Los 3 grandes enemigos del fin son:
- El Imperio romano, o cuarto imperio universal, cuarta Bestia de Daniel (7:7), primera Bestia del Apocalipsis cuya herida mortal fue sanada (13:1-4). Este imperio resucitará en forma de una confederación latina de 10 reyes con su jefe, un emperador cuya capital será Roma. Este personaje poseerá todo el poder que Dios concedió en su día a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y a los imperios que le sucedieron, pero será suscitado al final de los tiempos por Satanás como antagonista de Cristo y de su reino. Es importante señalar que Babilonia, que nunca resurgirá como imperio, se considera en el Apocalipsis no como un ejemplo de resurrección nacional similar a la del Imperio romano, sino como la apostasía final de la cristiandad, en su forma religiosa, política y comercial, en relación con el Imperio romano (Apoc. 17, 18).
- El Anticristo. Este se pone al frente del antiguo pueblo de Dios, que se ha apartado del judaísmo, al igual que la cristiandad lo hará del cristianismo, y se erige como falso rey y falso Mesías hasta el trono de Dios, tras haberse apoderado de «la heredad de Jehová» (vean 1 Sam. 26:19; 2 Sam. 20:19) para entregarla a Satanás. Por pequeño que sea el territorio de Palestina, tiene más importancia a los ojos de Dios que todos los países de las naciones, pues fue a él a quien Jehová eligió en otro tiempo, así como a Jerusalén, de la que quiere hacer la gloriosa capital de su reino terrenal. Allí establecerá su trono; de allí partirán todos los decretos del único reino universal e infalible, llamado “el reino eterno del Hijo de Dios”. La pretensión de usurpar este poder atraerá sobre la cabeza del Anticristo los terribles golpes de la ira de Dios; este falso Cristo será destruido sin piedad junto con todos sus seguidores cuando aparezca el verdadero Mesías.
- El asirio. Su papel es fundamental, aunque no exclusivo, en los profetas Isaías y Miqueas. Aunque en la época de los profetas posteriores el dominio del asirio histórico ya había llegado a su fin, su papel profético seguía intacto y aún estaba por cumplirse. El asirio había aparecido antes de que el pueblo se convirtiera definitivamente en Lo-Ammi; reaparecerá en el momento en que se restablezcan las relaciones de Jehová con Israel mediante la formación de un «Remanente» creyente, y cuando Dios vuelva a decir «mi pueblo» [3]. A la aparición del asirio se vinculará el gran conflicto del fin de los tiempos, que enfrentará en torno a Jerusalén al cuarto imperio universal –o imperio romano–, reconstruido por Satanás, y al asirio, derrotado en otro tiempo por Babilonia, pero que resurgirá para disputarle a Roma la supremacía mundial. Este asirio profético reaparece bajo una forma diferente a la de antaño, pero, a diferencia del poder babilónico, que fue aniquilado definitivamente, hoy en día sigue estando representado por Rusia con su formidable poder asiático.
[3] Por lo tanto, cuando encontréis en los profetas: «Mi pueblo», o bien el asirio histórico aún existe, o bien el asirio profético ha entrado en escena, ya que Dios acaba de restablecer sus relaciones con el verdadero Israel, es decir, el Residuo.
Solo que, en los tiempos proféticos, el carácter político de este imperio habrá sufrido cambios importantes. Ya no se hablará del rey de Asiria, sino de Gog, príncipe de Rosh, Mesec y Tubal, que domina sobre la tierra de Magog, es decir, de una confederación asiria que busca contrarrestar a la confederación latina. El rey del Norte es, al parecer, el jefe de los ejércitos asirios. Este rey ocupa Asia Menor, territorio que en su día fue conquistado por el rey de Asiria y que, tras la caída del imperio de Alejandro, se convirtió en el reino de los seléucidas y de los Antíoco. Asia Menor siempre se denomina «el Norte» en relación con Palestina (vean Dan. 11). La confederación asiria, representada por el rey del Norte, se erige, por tanto, como adversaria de la Bestia romana, del Anticristo en Palestina, pero también del rey del Sur en Egipto.
La cuestión de Oriente resurge entonces con toda su intensidad. El enfrentamiento solo puede tener lugar en Palestina, y este país es la última apuesta con la que Satanás espera ganar la partida. Ya fue derrotado una primera vez en la cruz y esa victoria dio paso al reino celestial del Cordero. Será derrotado una segunda vez cuando la Iglesia, la Esposa celestial, tras haber sido arrebatada hacia su Esposo, él, el diablo, sea precipitado a la tierra junto con sus ángeles. Si es derrotado una tercera vez, su dominio habrá llegado a su fin. Para que él pueda subsistir, es necesario que Jerusalén, sede del poder terrenal, arrebatada al verdadero Rey, permanezca en manos del Anticristo y de la Bestia romana, su aliada, con quienes el diablo ha formado una alianza mortífera. El asirio, impulsado por su orgullo, su ambición y su codicia, frustrará todo este plan de Satanás, pues querrá actuar independientemente de él. Su actuación dará lugar a la coalición judeo-latina contra el asirio y sus ejércitos.
Por otra parte, y esto nos quedará en parte claro al estudiar al profeta Miqueas, el asirio es la última vara que Jehová ha alzado contra el pueblo judío, que se ha vuelto apóstata y súbdito del Anticristo. La causa de este castigo hay que buscarla en su rechazo al Mesías. Además, Dios se sirve de este ataque del asirio para completar la restauración del Remanente de Judá mediante el arrepentimiento (vean Joel 2). Bajo el reinado de Ezequías, el asirio histórico no había podido conquistar Jerusalén, aunque extendió sus depredaciones por todo el territorio de Judá. Pero el castigo definitivo aún no había llegado, y aunque Dios entregó Jerusalén a las naciones para que fuera pisoteada hasta el día de hoy, no permitió que el asirio la tocara de forma permanente. Sin embargo, llega el momento en que Dios levanta por última vez la vara de su ira contra el pueblo incrédulo, contra esa Jerusalén en la que se hallará la sangre de todos los profetas y, sobre todo, la del «Juez de Israel» (Miq. 5:1). Esta futura invasión de Palestina [4] y Judea por parte del rey del Norte será generalizada. Jerusalén será sitiada y conquistada por los pueblos aliados del asirio; la mitad de su población será llevada al cautiverio. El asirio se lanzará después contra Egipto, pero, a su regreso, al sitiar de nuevo Jerusalén –después de que la Bestia y el Anticristo hayan sido aniquilados junto con sus ejércitos por la aparición de Jesús, que descenderá del cielo con todos sus santos– el propio asirio será destruido en las montañas de Israel y arrojado al fuego eterno junto con sus multitudes. Para conocer los detalles de su destrucción «al cabo de los días» (Ez. 38:16), vean los capítulos 38 y 39 de Ezequiel sobre Gog, pues Gog es el asirio del que Dios había hablado «en tiempos pasados por mis siervos los profetas de Israel» (Ez. 38:17).
[4] NdT: hoy Israel, en todo el texto.
Si Isaías y Miqueas, de quienes hablamos aquí, nos hablan principalmente del asirio histórico y profético, eso no significa que estos profetas no mencionen los imperios de las naciones, el primero de los cuales es Babilonia; pero estos imperios no ocupan allí un primer plano (vean Is. 13:1; 39:6; Miq. 4:10). Cuando, por el contrario, toda relación de Jehová con Israel se rompe definitivamente a causa del pecado del pueblo, esos mismos imperios –Babilonia, los medos y los persas, Alejandro, el Imperio romano– pasan a primer plano. Vean, por ejemplo, Ezequiel, Daniel y Zacarías. Jeremías ni siquiera menciona a Asiria, porque este profeta se centra en el imperio confiado a las naciones, con Babilonia a la cabeza, después de que se le retirara el dominio al pueblo de Israel. Jeremías nos habla del juicio de Babilonia y parece, en este profeta, que todo termina con su caída. Y es que, para Jeremías, todos los imperios universales que sucedieron a Babilonia caen virtualmente con ella. Daniel nos proporciona los detalles de su destrucción. En todos los profetas mencionados, el asirio histórico ha desaparecido por completo (pues su papel concluyó propiamente con la ruina de Nínive y el advenimiento de Babilonia) para dar paso al asirio profético, el último enemigo que será aniquilado por la presencia personal del Señor en la tierra. Solo Jeremías, como hemos dicho, no habla ni de uno ni de otro.
Dado que el asirio histórico había entrado en escena antes de que se rompieran las relaciones de Jehová con su pueblo, reaparece precisamente en el momento en que esas relaciones se restablecen. El Remanente, el verdadero Israel, se ha arrepentido y la gloria de Cristo está a punto de manifestarse, cuando el asirio se levanta contra Su pueblo tras haber servido para el juicio de Israel apóstata, el pueblo del Anticristo. Decimos que el asirio es el último enemigo de los últimos tiempos. Los capítulos 38 y 39 de Ezequiel lo demuestran. De hecho, concluyen la profecía de Ezequiel, ya que todos los últimos capítulos (40-48) están dedicados a la restauración del templo y al reparto de la tierra. Ahora bien, ¿de qué nos hablan estos 2 capítulos? Del asirio profético, el último enemigo que será aniquilado. Lo mismo ocurre con el libro de Daniel: el asirio profético es también allí el último enemigo que invade la tierra de Jehová, para ser destruido, cuando ya se ha establecido el monte de la belleza santa en medio de Israel (Dan. 11:45). Del mismo modo, en Joel, una profecía sin fecha, pero que trata íntegramente de los últimos días, solo se habla del asirio profético y de la reunión de todas las naciones en Palestina para ser juzgadas, después de que el arrepentimiento haya entrado en el corazón del Remanente y de que Jehová se le haya manifestado. Entonces Jehová podrá decir de nuevo: «Mi pueblo» (Joel 2:26-27).
Por muy terrible que sea el asirio, históricamente no es el instrumento de la dispersión final del pueblo. Al contrario, como hemos visto, fue, en el pasado, el azote contra el pueblo aún reconocido por Dios, y en el futuro, el azote para destruir al pueblo apóstata; pero su presencia provoca el arrepentimiento del Remanente. Nunca se le confió al asirio el dominio universal. Podría haber sido la parte que le correspondía al Israel fiel; ella le fue arrebatada, a causa de su desobediencia, para ser puesta en manos de Babilonia y de los imperios universales que le sucedieron. Será devuelta al verdadero Israel, al pueblo de Dios restaurado, bajo el cetro del Mesías. A pesar de un reinado de casi 9 siglos (mientras que el imperio de Babilonia no duró más de 80 años), nunca se confió el imperio universal a Asiria. Con la toma de Nínive, el asirio desaparece como azote actual de Dios contra Israel y las naciones, pero su primera aparición –ya sea por sus principios, por su orgullo o por el terror que inspira– no es más que el preludio de su aparición en el fin de los tiempos. Cuando reaparezca, será para ser entregado, él y sus ejércitos, a una destrucción total, tras haber provocado contra sí mismo la confederación del Imperio romano y sus 10 reyes, y haber servido de vara contra el pueblo del Anticristo [5].
[5] Como reino sometido al dominio de Cristo, Asiria será restaurada (Is. 19:23-25).
Para comprender su papel en la profecía, hay que recordar esta reaparición. El asirio histórico no es más que una pálida imagen de lo que será el asirio profético, pero ambos comparten el mismo carácter. Por lo demás, sus principios no les son exclusivos. En el actual conflicto entre las naciones, algunos pueblos presentan los mismos rasgos característicos: orgullo y ambición sin límites, odio, barbarie, reinado del terror, ejecuciones sumarias, crueldades y deportación masiva de poblaciones inofensivas. Sin embargo, no olvidemos que lo que anima tanto al asirio histórico como al profético es el odio contra el antiguo pueblo de Dios. Así ocurre ya hoy en día con la forma en que Rusia, núcleo de la futura confederación asiria, trata a los judíos dispersos en su seno. En lo que respecta a los cristianos, ocurre lo mismo con Turquía, que posee gran parte del territorio de la antigua Asiria. Las espantosas masacres de los armenios (en 1915) lo proclaman con toda claridad.
Nos queda aún por decir unas palabras sobre el «Remanente», uno de los temas que llenan el libro de Miqueas y sin cuya comprensión los acontecimientos proféticos seguirían siendo un enigma indescifrable. Es imposible exagerar el inmenso papel del «Remanente» en el futuro profético. Los lectores nos eximirán de demostrárselo con citas, pues todos los profetas, todos los Salmos y buena parte de las conversaciones del Señor con sus discípulos (entre ellas, el Sermón del Monte y la profecía de Mat. 24) dan fe de ello.
El Remanente es el que compone en su totalidad el futuro Israel, del que se dice: «Todo Israel será salvo» (Rom. 11:26).
El Remanente estará formado por los creyentes de Judá y los de las 10 tribus.
El Remanente de Judá ocupa un lugar especialmente destacado en los Profetas y en los Salmos, pues esta parte del pueblo de Israel fue la única culpable de la muerte de su Mesías, y deberá soportar, en la gran tribulación, el peso de la ira de Dios en el gobierno de su antiguo pueblo. La angustia que estos creyentes tendrán que atravesar producirá en ellos un arrepentimiento completo, y, para ser liberados, mirarán «a quien traspasaron» (Zac. 12:10).
El Remanente de Judá comenzará a formarse cuando el pueblo judío incrédulo regrese a Palestina, y se negará a someterse al Anticristo, a quien ese pueblo aclamará como su rey. Su actividad comenzará en Jerusalén. Estará compuesto, en un primer momento, por los «sabios del pueblo instruirán a la muchos» (Dan. 11:33, 35; 12:3, 10). Estos sabios tendrán el mismo carácter que los discípulos que, antes de la era de la Iglesia, rodeaban a Jesús en la tierra. Serán íntegros y justos según la Ley (vean Sal. 119), pero al mismo tiempo reconocerán en Jesús, el que fue crucificado, a su Mesías; el pecado de su pueblo contra él; su propia culpa, como parte de ese pueblo; y, por último, la justicia de los caminos de Dios para con ellos, en la «angustia» que tendrán que atravesar. Mirarán únicamente a Jehová, confiando en él para la hora de la liberación.
Este despertar de la conciencia va acompañado de la predicación del Evangelio del Reino en todas las ciudades de Israel, a cargo de los fieles del Remanente. De este modo, continúan la misión de los 70 (Lucas 10:1); y esta predicación no terminará hasta la aparición del Hijo del hombre (Mat. 10:23).
El Anticristo, a quien su testimonio molesta e irrita en sumo grado, los perseguirá en el momento en que sustituya el culto a Jehová, inicialmente concedido al pueblo, por la idolatría establecida en el templo de Jerusalén. Huirán según la orden del Salvador (Mat. 24:16-21), y serán puestos providencialmente a salvo entre las naciones que acudirán en su ayuda (Apoc. 12:15-16). Entre ellas serán, como lo fueron para las ciudades de Israel, los evangelistas del Reino y los instrumentos de la conversión de una inmensa multitud. Muchos de ellos, que se habrán quedado en Jerusalén, sufrirán allí el martirio.
El Remanente fugitivo regresará a Palestina para presenciar la derrota de sus enemigos, para ver la gloriosa aparición de su Rey y su Salvador, y para participar en su triunfo. Será testigo de la destrucción de la Bestia romana, del Anticristo, del asirio y de Edom; en definitiva, de la aniquilación del pueblo apóstata, de «la venganza» de la que hablan los profetas.
Los fieles formarán, junto con el «Remanente» creyente de las 10 tribus –que habrá regresado tras ellos a Palestina– el pueblo de Israel en el reino milenario. Se celebrará con ellos la nueva alianza, la Ley quedará escrita en sus corazones; observarán las ceremonias y las fiestas relacionadas con el nuevo templo de Jehová; se establecerá sobre ellos un príncipe de la casa de David, virrey del Mesías glorioso. Todas las naciones se agruparán en torno a Jesús, Jehová y Rey, y a su pueblo, centro visible de las bendiciones de esa era futura.
Esta breve exposición, muy incompleta para un tema tan amplio, bastará, esperamos, para hacer comprender el inmenso papel que desempeña el Remanente en los acontecimientos del fin, en la reconstitución de Israel y en el establecimiento del reino universal de Cristo.
Para terminar, deseamos explicar por qué hemos adoptado, en este estudio, el método de la paráfrasis, una forma a menudo monótona para los lectores, a la que, por otros motivos, nos había obligado el estudio del profeta Oseas. La gran variedad de interlocutores nos imponía esta forma. A veces, y a menudo en el mismo versículo, oímos hablar al Señor, solo o por boca de su profeta; otras veces, el profeta habla por sí mismo. Constantemente, el Remanente toma la palabra y responde a Jehová o a su profeta; a veces oímos hablar al pueblo en su conjunto, otras veces a los profetas infieles. Si no se distingue entre estos diversos interlocutores, el texto, por lo general claro y nítido, a menudo parece oscuro en los pasajes más importantes. Señalaremos estas alternancias a medida que se presenten; bastaría, para demostrar su importancia, citar todo el comienzo del capítulo 5.
2 - Capítulos 1 y 2: El juicio del pueblo por parte del asirio histórico. El estado moral y la restauración final de Israel
2.1 - Capítulo 1: El juicio de Samaria y de Judá por parte del asirio
Este capítulo es de carácter histórico y nos describe a grandes rasgos el pecado de Samaria. El ataque del asirio Senaquerib es la consecuencia de ello. Esta invasión llega hasta las puertas de Jerusalén, donde está detenida por la intervención divina, en respuesta a la fe de Ezequías.
«Palabra de Jehová que vino a Miqueas de Moreset en días de Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá; lo que vio sobre Samaria y Jerusalén» (v. 1).
El profeta Miqueas había dejado un recuerdo vivo en Jerusalén, pues sus palabras volvieron a la memoria cuando Jeremías profetizó contra esta ciudad, casi un siglo después de Miqueas, al comienzo del reinado de Joacim, unos 20 años antes de la toma de Jerusalén y la destrucción del templo (Jer. 26:18). Los sacerdotes y los profetas –pues la persecución de los verdaderos siervos de Dios siempre parte de la clase sacerdotal– se habían apoderado de Jeremías y querían darle muerte, pero Dios velaba por su profeta. Los príncipes, e incluso el pueblo, que al principio se había levantado contra Jeremías, salieron en su defensa y dijeron: «No ha incurrido este hombre en pena de muerte, porque en nombre de Jehová nuestro Dios nos ha hablado». Entonces algunos ancianos del país se pusieron de su parte, diciendo: «
«Miqueas de Moreset profetizó en tiempo de Ezequías rey de Judá, y habló a todo el pueblo de Judá, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas, y el monte de la casa como cumbres de bosque». «¿Acaso lo mataron Ezequías rey de Judá y todo Judá? ¿No temió a Jehová, y oró en presencia de Jehová, y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos? ¿Haremos, pues, nosotros tan gran mal contra nuestras almas?» (Jer. 16 - 19). Así fue como, gracias a la palabra del profeta Miqueas, acogida por el piadoso Ezequías, Jehová salvó al profeta Jeremías. El recuerdo de Miqueas seguía, pues, vivo en Jerusalén, más de un siglo después de su muerte. Condenar a Jeremías era condenar a Ezequías, el rey más fiel de entre todos los reyes de Judá; ¿quién se habría atrevido, pues, a oponerse a la decisión que él había tomado? De este modo se nos confirma la autenticidad del libro de Miqueas.
En este pasaje se ve de nuevo que una parte importante de la profecía de Miqueas, que abarca 3 reinados, fue pronunciada durante el reinado de Ezequías. Jotam fue un rey según el corazón de Dios, pero los personajes de Acaz y Ezequías desempeñan un papel preponderante en el libro que estamos estudiando. El primero, Acaz, nos presenta la decadencia y la ruina de Judá. Bajo su reinado, todo es corrupción, transgresión y abandono de Jehová. Acaz, seguidor del abominable culto a Moloc, hizo pasar a su hijo por el fuego (2 Reyes 16:3). Rechazó la ayuda misericordiosa que Dios le ofrecía, a través del ministerio de Isaías (Is. 7:10-13), contra Rezin, rey de Siria, y Peka, rey de Israel, con el pretexto de no querer “tentar a Jehová”, cuando en realidad ha decidido recurrir al rey de Asiria, en quien tiene más confianza que en Dios. Despoja el templo para enviar un regalo a este aliado, deja de lado el altar de bronce y la pila para adoptar el culto idólatra de Damasco, menosprecia el tipo de la expiación y del sacerdocio de Cristo para erigir un altar pagano; en una palabra, se somete al yugo y a la influencia de Tiglat-pileser, el asirio. Ezequías, por el contrario, da la señal de una verdadera reforma en Jerusalén. Se libera del dominio de Senaquerib, el asirio, se le resiste en nombre de Jehová y se convierte en el instrumento de la liberación de Jerusalén (Is. 36 - 39). Uno es la imagen de la espantosa apostasía del pueblo judío en los últimos tiempos; el otro, la del «Remanente fiel», cuyos sentimientos expresa tan admirablemente en su cántico (Is. 38), y que plantó cara al Enemigo mediante la simple confianza en Jehová cuando todo parecía perdido. Se podría decir de estos 3 reyes que el primero, Jotam, representa las bendiciones pasadas de Israel; que el segundo es la imagen de su futura apostasía, y el tercero, la de su restauración final. Ya se vislumbra, a través de la historia de los 2 últimos reyes, cuál será el enemigo presentado por Miqueas, ese asirio sobre cuyo papel futuro se ha explayado nuestro Prólogo.
Estos 3 reyes resumen, pues, de manera simbólica todo el contenido del libro de Miqueas, solo que los juicios de los que habla recaen sobre Judá e Israel, pues en ellos se incluyen las 10 tribus. Por eso, el primer versículo nos dice que Miqueas vio esta palabra «sobre Samaria y Jerusalén». Este juicio tuvo lugar históricamente a manos del asirio sobre las 10 tribus y su capital, así como sobre el territorio de Judá, cuya capital se salvó; pero, en los últimos días, Jerusalén no se salvará más que Samaria. De hecho, si bien el asirio histórico no logró devastar Jerusalén, esta será devastada por primera vez bajo el asirio profético (Zac. 14:2; Sal. 83) y, posteriormente, durante la última invasión, será protegida por la aparición del Señor. Al igual que en tiempos de Ezequías, todo el poder de este formidable enemigo fracasará ante las murallas de Jerusalén. Existe, pues, una analogía sorprendente entre la profecía de Miqueas y la época en que fue revelada. Esta analogía no se destaca con el mismo relieve en Isaías, cuyo tema es mucho más amplio que el de Miqueas, su contemporáneo. De hecho, Isaías abarca todo el ámbito de la profecía y ninguna de sus partes le es ajena. Sin embargo, al igual que en Miqueas, el asirio de la época tardía desempeña en él un papel preponderante. Miqueas se centra mucho más y su breve profecía resulta de gran utilidad para que podamos considerar en sí mismas, más que en su relación con el conjunto, ciertas partes concretas del vasto ámbito profético.
Si bien aquí se especifica claramente que Miqueas profetiza «sobre Samaria y Jerusalén», cabe señalar, no obstante, que Samaria y las 10 tribus ocupan un lugar menos importante en este libro que Jerusalén, cuyo pecado y liberación ocupan un lugar destacado.
«Oíd, pueblos todos; está atenta, tierra, y cuanto hay en ti; y Jehová el Señor, el Señor desde su santo templo, sea testigo contra vosotros. Porque he aquí, Jehová sale de su lugar, y descenderá y hollará las alturas de la tierra. Y se derretirán los montes debajo de él, y los valles se hendirán como la cera delante del fuego, como las aguas que corren por un precipicio» (v. 2-4). Estos versículos muestran que, si bien el juicio es el resultado de la indignación de Jehová contra su pueblo, y si él emplea a las naciones como vara de su ira contra Israel, estas también sufrirán el juicio a su vez. Todos los pueblos están llamados a escuchar; toda la tierra y lo que hay en ella deben estar atentos. Jehová es testigo contra todas las naciones; su testimonio parte del palacio de su santidad, del templo donde ha hecho habitar su nombre y del que su trono aún no se ha apartado, tal y como ocurre en el profeta Ezequiel. El versículo 2 de nuestro capítulo recuerda el comienzo de Isaías (1:2); solo que, en este último, la audiencia es mucho más amplia. Allí se toma como testigos a los cielos y a la tierra, porque se trata de la iniquidad de Israel, un pueblo privilegiado entre todos, al que Dios se había revelado y al que llamaba su pueblo. Por eso solo le queda un «remanente muy pequeño». La grandeza del privilegio exige la grandeza del juicio.
En Miqueas, Dios da a entender que juzgará tanto a su pueblo como a las naciones, aunque en la base de ese juicio se encuentre la transgresión de Jacob. Explica en primer lugar la necesidad de ese castigo –que yo denomino histórico– sobre su pueblo. De ahí proviene en este pasaje la mención del templo. En el versículo 3, el juicio adquiere proporciones mucho más amplias. En Isaías, el cielo era testigo contra Israel; aquí, el cielo se abre para dejar descender al Juez supremo. ¡Qué juicio tan terrible! Las montañas, todas las potencias establecidas en la tierra, se inclinan y se derriten ante Él. El juicio de Dios no es solo el resultado de sus caminos en el gobierno; pero la imagen empleada aquí describe un juicio futuro y universal, del que no se librarán ni el pueblo judío, ni las naciones, ni los habitantes de la tierra. Sin embargo, es reconfortante saber que, si Jehová «hollará las alturas de la tierra», no solo su pueblo celestial, sino también el Remanente creyente de Israel se salvará y podrá decir: «Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar» (Hab. 3:19). Desde el comienzo de los juicios, los elegidos de Jehová tendrán el privilegio de caminar con él. Para ello solo se necesitará la fe, esa fe sencilla que habría hecho caminar a Pedro sobre las aguas si, en lugar de mirar las olas, hubiera fijado la mirada únicamente en Jesús.
«Todo esto por la rebelión de Jacob, y por los pecados de la casa de Israel» (v. 5). Si bien la ira de Jehová tiene su origen en el pecado de su pueblo y él lo juzga por medio de las naciones, estas, a su vez, atraen, como hemos visto, su ira por la forma en que ejecutan sus juicios.
«¿Cuál es la rebelión de Jacob? ¿No es Samaria? ¿Y cuáles son los lugares altos de Judá? ¿No es Jerusalén?» (v. 5).
Me parece que Jacob es aquí, como en otros lugares, el conjunto de la nación con Judá a la cabeza; su transgresión comenzó en Samaria, capital de la casa de Israel, es decir, de las 10 tribus, donde se introdujo por primera vez la idolatría. Aunque comenzó allí, tras la división del reino, bajo Jeroboam, hijo de Nebat, Dios hace responsable de este pecado a todo el pueblo, pues, si bien establece distinciones en cuanto al juicio de los reinos de Israel y de Judá, a sus ojos ninguno de ellos puede eximirse de la responsabilidad del otro. ¿No ocurre lo mismo hoy en día? Todo el pueblo de Dios es solidario con el pecado y la ruina de la Iglesia. Ninguna de sus partes podrá separarse de la otra y escapar al juicio alegando no ser responsable de lo ocurrido, o creyendo poder reconstruir lo que todos han arruinado. Sin embargo, en medio de las ruinas, queda, como testimonio, un «Remanente» humillado que gime y suspira (Ez. 9:4), y es sobre él, como nos enseñan Miqueas y todos los profetas, sobre quien reposan los ojos de Dios.
En cuanto a los «lugares altos de Judá», solo Jerusalén es responsable. La ciudad privilegiada, sede del gobierno de Dios, donde él tenía su templo y su trono, era particularmente culpable y no podía achacar la culpa de su idolatría a las 10 tribus que no disfrutaban de las mismas bendiciones. Jehová comienza por Samaria, pues su juicio está a las puertas y, a partir de entonces, Miqueas hablará mucho menos de ella a lo largo de su profecía, que a partir de ahora se centrará casi exclusivamente en la iniquidad de Jerusalén.
«Haré, pues, de Samaria montones de ruinas, y tierra para plantar viñas; y derramaré sus piedras por el valle, y descubriré sus cimientos. Y todas sus estatuas serán despedazadas, y todos sus dones serán quemados en fuego, y asolaré todos sus ídolos; porque de dones de rameras los juntó, y a dones de rameras volverán» (v. 6-7). Más adelante (3:12), el mismo destino alcanzará a Jerusalén, en el pasaje citado en Jeremías 26:18 por los defensores del profeta. El inminente juicio sobre Samaria ya había sido anunciado en pocas palabras por el profeta Amós (3:11), con la diferencia, sin embargo, de que él atribuye ese juicio a la violencia, la opresión y la rapiña de los nobles, mientras que Miqueas solo menciona en un primer momento la idolatría (v. 8-16). En los primeros versículos de nuestro capítulo, el profeta era la voz de Jehová para los hombres; en este pasaje es la voz del pueblo: “aúlla, se lamenta, se golpea el pecho y lanza gritos de duelo”. La nación no siente el dolor, el fiel lo siente por ella. ¿No es así siempre? En las circunstancias que hoy agitan a los pueblos, ¿cuáles de ellos se dan cuenta de que «la llaga es dolorosa», de que Dios debe juzgar, de que juzga, de que todo lo que les sucede no es más que fruto de sus iniquidades? Nosotros, los cristianos, al igual que Miqueas, estamos llamados a sentirlo. Si tenemos que llorar por nosotros mismos y nos vemos llevados a un arrepentimiento salvador, también sentimos que el mal moral del mundo está a punto de alcanzar su apogeo y que los juicios de Dios son justos. Podría ser que Dios, en su larga paciencia, retirara su mano por un momento, pero la llaga es incurable y los acontecimientos actuales no son más que el preludio de acontecimientos futuros, aún más terribles.
«Porque su llaga es dolorosa, y llegó hasta Judá; llegó hasta la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén» (v. 9). La plaga se detiene en la puerta. Esto es lo que ocurrió históricamente bajo el reinado de Ezequías (Is. 36 - 38). La invasión de Senaquerib, descrita aquí, en los versículos 10-16, es la misma de la que habla Isaías 10:24-34, pero difiere notablemente de ella, ya que Isaías enumera las etapas sucesivas de la invasión directa de los asirios para apoderarse de Jerusalén, mientras que Miqueas enumera las causas del juicio que afecta a las diversas ciudades de Judá durante el transcurso de la invasión. Esta comparación entre Isaías y Miqueas 1 nos lleva a la siguiente conclusión: el gran ataque de Senaquerib contra Jerusalén (Is. 10) tuvo lugar a través del territorio de Benjamín. El enemigo victorioso se apoderó de todas las ciudades y pueblos de esta tribu y llegó finalmente a Nob, ciudad sacerdotal, antiguo escenario de la masacre de los sacerdotes a manos de Saúl, última etapa desde la que se divisaba Jerusalén. Emprendió el asedio de esta ciudad, pero Jehová estaba allí y socorrió a Ezequías, cuya fe confiaba en su intervención.
Desde allí, el enemigo, que seguía teniendo a Jerusalén sitiada, se extendió por toda la llanura de Judá, al oeste de Jerusalén [6], en esa llanura de Sefela que limita con Filistea y con el mar Mediterráneo, y cuyas principales ciudades –Gat, Lakis, Maresa y Adullam, habían sido fortificadas en otro tiempo por Roboam contra las incursiones de los filisteos (2 Crón. 11:9). Mientras continúa el asedio de Jerusalén, Senaquerib sitia Lakis. Parece dudoso que se haya apoderado de ella (2 Crón. 32:1; 2 Reyes 18:13-14; 19:8); a continuación, sitia Libna. Desde allí envía, por segunda vez, sus amenazas a Ezequías. También allí se entera de la expedición dirigida contra él por Tirhaka, rey de Etiopía, entonces Faraón de Egipto (2 Reyes 19:8-9). Su ejército es castigado por Jehová; levanta el asedio de Jerusalén y regresa a Nínive, donde es asesinado por sus hijos (2 Reyes 19:35-37).
[6] A menos que se tratara de 2 ataques simultáneos: uno por el norte y otro por el oeste de Jerusalén.
Más tarde, Nabucodonosor se apoderó primero de Lakis y de Azeca, «que habían quedado» (Jer. 34:7), y finalmente de Jerusalén, bajo el reinado del rey Sedequías, infiel al juramento que había prestado.
Al regresar del cautiverio, los hombres de Benjamín recuperaron parte de sus ciudades, que habían sido tomadas en su día por los asirios durante el ataque a Jerusalén desde el norte (Aiath, Micmas, Geba, Rama, Anatot, Nob) (Neh. 11:31-36), mientras que los hombres de Judá recuperaron Lakis y Adulam (Neh. 11:30).
Esta es la breve historia de la invasión asiria, tanto del territorio de Benjamín como del de Judá. Miqueas solo menciona la invasión de Judá. Muchas de las ciudades citadas en nuestro pasaje no han podido ser identificadas, pero las investigaciones llevan a la conclusión de que todas ellas se encuentran en la región occidental de Judá, en la llanura de esta tribu. Algunas, como Gat, ocupaban la franja montañosa de ese territorio.
Estos detalles nos remiten a los versículos 8 al 16 de nuestro capítulo:
En el versículo 8, las palabras «por esto» indican el duelo del profeta por la ruina de Samaria. Esta plaga incurable se extendió a Judá y llegó hasta Jerusalén. «No lo digáis en Gat, ni lloréis mucho» (v. 10). Estas palabras: «No lo digáis en Gat» se habían convertido, no me cabe duda, en un proverbio desde la «endecha», la lamentación de David por Jonatán (2 Sam. 1:18). Era como decir a Samaria: No reveléis vuestra derrota, ni sobre todo la de Oseas, vuestro rey, a los filisteos que os odian. Este proverbio relaciona, pues, la caída de Saúl y la victoria que los filisteos obtuvieron sobre él con la caída de la monarquía en Israel. Gat, cuya ubicación no han podido determinar las investigaciones de los arqueólogos era una de las 5 ciudades principales de los filisteos (Josué 13:3; 1 Sam. 6:17), situada, como hemos dicho, en el límite de la región montañosa de Judá. Suponía una amenaza constante para Jerusalén (2 Reyes 12:17). Famosa en la historia de David (1 Sam. 17:4; 21:10; 27:3), había sido conquistada por este rey junto con las ciudades de su jurisdicción (1 Crón. 18:1). Más tarde, Ozías derribó su muralla, así como la de Jabnia y Asdod (2 Crón. 26:6), ciudades fortificadas y peligro perpetuo para Judá; además, había construido ciudades en territorio filisteo. Sin embargo, según Amós 6:2, parece que, desde la época de Ozías, Gat había sido reconquistada por el enemigo. Al comienzo de su reinado, Ezequías, tras liberarse del yugo del rey de Asiria, derrotó a los filisteos hasta Gaza, aunque no se hace mención alguna de Gat (2 Reyes 18:7-8). En el cuarto año de su reinado y el noveno de Oseas, rey de Israel, Salmanasar sitió Samaria, la tomó y puso fin al reinado de Israel. Miqueas había anunciado la ruina de Samaria cuando la derrota de los filisteos a manos de Ezequías ya estaba a punto de consumarse; así pues, ¡qué alegría odiosa y triunfal debió de sentir aquel pueblo, que acababa de ser derrotado y humillado por Judá, al enterarse de la derrota de Israel y de su rey, lo que les recordaba su victoria de antaño! No había que «llorar mucho» [7].
[7] Y no, como querría decir una traducción insostenible, «llorar en Acco».
Esta profecía de Miqueas, relativa a hechos históricos muy próximos, confirma la idea, expresada más de una vez a lo largo de estos estudios, de que en los profetas los acontecimientos históricos son habitualmente la imagen y los precursores de los que tendrán lugar en los últimos días. Será en la región de Judá, de la que nos habla este pasaje, donde el asirio del fin encontrará su castigo (Ez. 39:11; Dan. 11:45). Sin embargo, en lugar de retirarse, como hizo Senaquerib ante el ataque de Faraón, invadirá Egipto y solo sufrirá su destino al regresar de esa expedición.
En estos versículos, los juegos de palabras sobre los nombres de las ciudades me parecen indicar que sus habitantes atribuían, como se ha hecho desde siempre, un significado –ya fuera halagador o característico– al nombre de su ciudad. El profeta vuelve esos juegos de palabras en su contra aplicándolos a su ruina [8]. He aquí lo que significaban a los ojos de Dios los nombres de los que se gloriaban. Bet-leafra (v. 10), la casa del polvo se revolcará en el polvo. Shaphir, «la bella», será violada. Tsaanan, «la que ha salido», no ha podido salir, al estar ella misma sitiada, para socorrer a Beth-haëtsel, «su vecina», que se lamenta, pues él (el asirio) le quita a esta el refugio con el que contaba.
[8] Así se dice en Suiza acerca de la ciudad de Grandson: “A campana pequeña, gran sonido” Juego de palabras en francés «À petite cloche (une personne de petite taille), grand son = Grandson – se fait entendre loin à la ronde». Sí, diría el profeta: ¡Gran sonido de la calamidad que va a abatirse sobre ti!
Lo mismo ocurre con Marot, «amargura», sobre la que recae el mal a raíz del asedio de Jerusalén. Lakis debe prepararse para huir mucho más que para resistir. Fue allí donde comenzó la idolatría de Jerusalén y donde se descubrieron las transgresiones de las 10 tribus. Que yo sepa, este hecho no se menciona en ningún otro lugar. Tendrás que renunciar –dice el profeta– a la posesión de Moreshet-gath (quizá la ciudad natal de Miqueas), con la que te habías comprometido. Las casas de Aczib, «mentira», engañarán a los reyes de Israel. Es posible que allí hubiera residencias reales, palacios de verano. Otro poseedor, el asirio, heredará Marésha, «posesión». Adullam, cuya cueva había dado cobijo a David cuando huía (1 Sam. 22:1; 2 Sam. 23:13; 1 Crón. 11:15), se convertirá en el último refugio de la gloria de Israel, es decir, de sus grandes, de sus nobles, perseguidos por el enemigo. «Ráete y trasquílate», dice finalmente el profeta a Israel, «por los hijos de tus delicias», por esos nobles que eran tu alegría y tu gloria; «hazte calvo como águila», en señal de luto abyecto y de la mayor aflicción (Job 1:20; Is. 15:2), «porque» (los hijos de las delicias de Israel) «en cautiverio se fueron de ti» (Miq. 1:16).
A lo largo de todo este primer capítulo, el profeta es la boca de Jehová o habla personalmente. Como hemos señalado anteriormente, no siempre es así a lo largo de esta profecía, en la que oímos hablar sucesivamente a Jehová, al Remanente, a la nación y a los falsos profetas.
2.2 - Capítulo 2: El estado moral del pueblo. La restauración definitiva del verdadero Israel
El capítulo 1 profetizaba lo que iba a suceder en Samaria y en Jerusalén, con la excepción, sin embargo, de que, por el momento, la calamidad solo llegaría hasta las puertas de esta última. El capítulo 2 describe el estado moral del pueblo que requiere un juicio tan severo. Este estado moral es el de los 2 reinos. «¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder! Codician las heredades, y las roban; y casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad» (v. 1-2).
Al igual que en Amós, en Miqueas encontramos 2 «Ay» (desgracias). El primero da inicio a nuestro capítulo; el segundo lo encontramos en el versículo 1 del capítulo 7. El primer «Ay» (desgracia) se refiere al estado moral del pueblo, considerado aquí desde un punto de vista limitado. Medita y lleva a cabo el mal cuando tiene poder para hacerlo; codicia la fortuna del prójimo y se apodera de ella; oprime a los hombres pacíficos, les roba sus bienes y no perdona ni a los débiles ni a los pequeños.
En el capítulo 7, versículo 1, el profeta pronuncia una segunda desgracia sobre sí mismo. Estas “desgracias” constituyen una de las numerosas analogías de Miqueas con Isaías, salvo que este último es siempre mucho más explícito que nuestro profeta. En el capítulo 5, pronuncia 6 «Desgracias» que se corresponden con la primera, y, en el capítulo 6, una séptima que se corresponde con la segunda de Miqueas.
Las «Desgracias» de Isaías condenan:
- El egoísmo que solo piensa en engrandecerse y en quedarse con todo para sí mismo (5:8);
- La búsqueda del vino y de los placeres del mundo (v. 11-12);
- Señalan a quienes hacen el mal a sabiendas, sin preocuparse por Dios ni por el juicio (v. 18-19);
- Los que llaman bien al mal y mal al bien (v. 20);
- Los que se tienen en gran estima (v. 21);
- Que emplean su energía en degradarse a sí mismos, en justificar al malvado que les resulta útil y en difamar al justo del que no esperan nada.
Pero Isaías, al igual que nuestro profeta, pronuncia la séptima «¡Desgracia!» sobre sí mismo, pues en Isaías se encuentra a la vez una plenitud de maldición y una plenitud de bendición (11:2) que no pertenecen a Miqueas. Volveremos sobre este último punto en el capítulo 7.
«Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí, yo pienso contra esta familia un mal del cual no sacaréis vuestros cuellos, ni andaréis erguidos; porque el tiempo será malo» (v. 3).
Si ellos “traman vanidades y preparan el mal”, Jehová también trama el mal contra ellos, y les alcanzará sin duda alguna. ¡Cuán poco piensan los hombres, llenos de los malos designios de sus corazones, en lo que un Dios justo y santo los prepara en silencio! Él sabe esperar pacientemente, pero cuando la codicia, habiendo concebido, ha dado a luz el pecado, y este ha sido consumado, llega el juicio final (Sant. 1:15). Amós, que profetizó bajo el reinado de Ozías y Jeroboam, bastante antes que Miqueas, había mostrado el papel del sabio en los tiempos calamitosos del fin, cuya descripción, al igual que la de Miqueas, guarda tanta analogía con los tiempos en que vivimos. Había dicho: «Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo» (Amós 5:13). ¿Acaso era el momento de alzar la voz y protestar, cuando el propio Dios meditaba en silencio? El sabio debía mantener la misma actitud que su Dios y encomendarse por completo a él, sin intentar intervenir en los asuntos de este mundo. Miqueas nos muestra ahora cuál será la actitud del mundo cuando a Dios le plazca intervenir: «No sacaréis vuestros cuellos, ni andaréis erguidos; porque el tiempo será malo». El caso es que entonces, al igual que hoy, su orgullo no se había humillado ante todas las calamidades que les azotaban. Ahora, el mal tiempo que ellos mismos habían impuesto a otros se abate sobre ellos por parte de Jehová, y su orgullo queda aplastado bajo el yugo de la esclavitud.
«En aquel tiempo levantarán sobre vosotros refrán, y se hará endecha de lamentación, diciendo: Del todo fuimos destruidos; él ha cambiado la porción de mi pueblo. ¡Cómo nos quitó nuestros campos! Los dio y los repartió a otros» (v. 4). Ante este juicio se convierten en proverbio, como hemos visto en el capítulo anterior. Tendrán que reconocer su completa destrucción. ¿Es todo esto muy diferente de lo que vemos hoy en día? Se habla de los derechos adquiridos, del pueblo y de la nación, mientras se arrebatan los campos y las casas ajenas, atentados meditados y preparados desde hace tiempo en silencio, mientras todos “pasan a salvo”. Pero ha llegado el momento en que Dios interviene. Una destrucción repentina se abate sobre ellos. Se ven obligados a exclamar: «Él ha cambiado la porción de mi pueblo»; ¡ellos, que habían cambiado la porción de los demás! Incluso lo que poseían como propiedad legítima les es arrebatado. Sus límites son desplazados. Dios entrega sus campos, no a quienes son más justos que ellos, sino a quien se aparta de Jehová. El asirio, ese enemigo de Dios, posee su herencia. ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación! Dios se sirve contra ellos del propio enemigo de Dios, mientras que ellos, apoyándose en su pretensión de ser el pueblo de Dios, se jactaban de que Dios los protegería contra sus enemigos. Nuestros campos, «los dio y los repartió a otros», ¿no eran acaso los campos de sus hermanos (v. 2) de los que, contra todo derecho, se habían apoderado?
«Por tanto, no habrá quien a suerte reparta heredades en la congregación de Jehová» (v. 5). Ahora el profeta se dirige a ellos. Contempla un tiempo futuro en el que la asamblea se reunirá, no el regreso del cautiverio, sino la restauración definitiva del pueblo del que ellos quedarán excluidos. No tendrán parte alguna en ella. La sentencia pronunciada sobre ellos para un futuro próximo, en el que los tiempos difíciles del cautiverio pesarán como un yugo sobre sus cuellos, no será la última palabra de su juicio. El profeta nos lleva hasta la futura y definitiva exclusión del pueblo apóstata del fin, de todo lo que no sea el verdadero Israel, constituido por el Remanente fiel (Sal. 16:6).
«No profeticéis» –dicen ellos (v. 6). Este pasaje, que tanto ha dado que pensar a los comentaristas, no presenta ninguna dificultad si se distingue a los interlocutores tan frecuentes en Miqueas. «Los profetas que hacen errar a mi pueblo» (3:5) toman aquí la palabra. Ordenan a los verdaderos profetas, sus contemporáneos, Isaías y Miqueas, que no profeticen. Miqueas les responde: «No les profeticen, porque no les alcanzará vergüenza» (v. 6). ¿Cuál es el objetivo de un verdadero profeta? Es llevar al pueblo al arrepentimiento, mostrándole la ignominia de sus caminos y los juicios que de ellos se derivan. La profecía tiene siempre un propósito de misericordia, pues, al revelar el juicio, indica cómo se puede escapar de él y por qué medio Dios traerá la liberación. Si ya no hubiera profetas de Jehová, sería imposible evitar el juicio, y eso es lo que hace tan infinitamente culpable la intervención de profetas sin conciencia, que anulan la labor de los verdaderos. Si Dios les dejara actuar, serían ellos quienes, en última instancia, asumirían la responsabilidad de haber hecho irrevocables los veredictos de la justicia e irremediable la situación del pueblo.
«Tú que te dices casa de Jacob, ¿se ha acortado el Espíritu de Jehová? ¿Son estas sus obras? ¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente? El que ayer era mi pueblo, se ha levantado como enemigo; de sobre el vestido quitasteis las capas atrevidamente a los que pasaban, como adversarios de guerra. A las mujeres de mi pueblo echasteis fuera de las casas que eran su delicia; a sus niños quitasteis mi perpetua alabanza» (v. 7-9).
Ahora Jehová toma la palabra para confundirlos, por boca de su propio profeta. ¿Puede la casa de Jacob, todo Israel representado por Judá, acusar a Dios de carecer de paciencia? ¿Acaso no advirtió a Israel por medio de todos sus profetas, incluso cuando su voz resonaba en el desierto? ¿Acaso no quería llevar a su pueblo al arrepentimiento? ¿Ha asestado algún golpe prematuramente y sin motivo? ¿Son esos sus actos? ¿No ha recompensado a los justos y mostrado una paciencia infinita hacia los violentos y los engañosos? «Mi pueblo» (fíjense en ese «mi»). En vísperas del juicio definitivo, Jehová aún se abstiene de pronunciar «Lo-Ammi») ha actuado como enemigo contra gente pacífica, abalanzándose sobre ellos por sorpresa y despojándolos. ¿Acaso aquellos a quienes atacaron les habían provocado? ¿Y las mujeres indefensas, expulsadas de sus hogares? ¿Y los niños, despojados para siempre de los bienes que Jehová les había asegurado?
«Levantaos y andad, porque no es este el lugar de reposo, pues está contaminado, corrompido grandemente» (v. 10). La indignación de Jehová, contenida durante mucho tiempo, por fin se desata. ¡Que se levanten! ¡Que se vayan! ¡Que se alejen de su presencia! ¡Que vaguen, lejos de su tierra, de una tierra contaminada que ya no puede ser un lugar de descanso y cuya ruina es inminente, una ruina terrible! Esto es lo que anuncia la boca de Jehová por medio del verdadero profeta. Jehová ha dicho: «¡Levantaos y andad!», y no se retractará de esta palabra.
¡Pero qué grave es esto para nosotros! El mundo es un lugar mancillado sobre el que pende el juicio. ¿Podríamos encontrar allí descanso? Nosotros, que buscamos la paz, que nos apartamos de la guerra, no insistamos en nuestros derechos. Dejemos que el mundo nos arrebate lo que nos pertenece. ¡Tenemos un tesoro, las palabras de Jehová, que suplen todo lo que el mundo pudiera quitarnos! Tienen el poder de guardarnos y de introducirnos al final en nuestra herencia (Hec. 20:32), y el mundo no tendrá allí “ninguna herencia” (vean Col. 1:12).
«Si alguno andando con espíritu de falsedad mintiere diciendo: Yo te profetizaré de vino y de sidra; este tal será el profeta de este pueblo» (v. 11). Aquí encontramos el contraste entre los profetas prevaricadores y el profeta de Jehová. Ellos mienten, halagan las pasiones de aquellos a quienes se dirigen, minimizan el mal cuando se trata de las codicias de los hombres, acarician sus inclinaciones en lugar de oponerse a ellas. ¿No es este, en todo momento, el resultado del ministerio según la carne, al que es ajena la acción del Espíritu de Dios?
«De cierto te juntaré todo, oh Jacob; recogeré ciertamente el resto de Israel; lo reuniré como ovejas de Bosra, como rebaño en medio de su aprisco; harán estruendo por la multitud de hombres» (v. 12).
En contraste con el versículo 10, donde Jehová expulsa ignominiosamente de su presencia al pueblo mancillado, ahora se dirige a todo Jacob, al Remanente de Israel que, en el futuro, formará el nuevo pueblo de Jehová. Dios tiene en mente a este pueblo futuro cuando dice: «Todo Israel será salvo». ¡Qué pensamiento tan precioso también para los fieles en medio de las ruinas actuales de la cristiandad! Dios tiene en mente un Remanente oculto entre quienes profesan en vano el nombre de Cristo. Este Remanente, como antaño el de Israel, apenas se reconoce hoy en día y, sin embargo, existe. Algunos, tal vez 2 o 3, se agrupan en torno al Señor, pero ¡cuántas ovejas descarriadas ignoran esta reunión y suspiran en este aislamiento! En un abrir y cerrar de ojos, el Señor, cuando venga, las reunirá en un inmenso rebaño celestial que «harán estruendo por la multitud», así como reunirá al Remanente de Israel para su reino terrenal milenario. Si nuestros ojos quedan deslumbrados ante la gloria terrenal de Israel restaurado, ¡qué debería suponer para nosotros la visión de la gloria celestial de los redimidos, reunidos en torno al gran Pastor de las ovejas y celebrando sus alabanzas, cuyos ecos resonarán infinitamente en los espacios de la ciudad celestial! ¿Y de quién procederán esas bendiciones futuras? El profeta nos lo dice: solo de Cristo: «Subirá el que abre caminos delante de ellos; abrirán camino y pasarán la puerta, y saldrán por ella; y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová» (v. 13).
Actualmente parece que la reunión del antiguo pueblo de Dios es tan imposible como la de la Iglesia. Esperemos a que Jehová, el rey de Israel, se ponga a la cabeza de ellos. Él es quien «abre caminos», quien derriba todos los obstáculos. Del mismo modo, hoy, a pesar de nuestro ardiente deseo de ver la reunión del pueblo de Dios, nos resulta imposible derribar los obstáculos. Pero Él reunirá a su pueblo y se pondrá a la cabeza.
En el caso de Israel, él abre una brecha para sacarlos. Cristo se pondrá al frente de ese pobre Remanente oprimido, de sus ovejas, irá delante de ellas, derribará todos los obstáculos, todo el esfuerzo de Satanás por destruirlas e impedir su reunión, las sacará de allí y las separará de ese pueblo rebelde. Ellas le seguirán, «pasarán la puerta» y saldrán por ella.
Este pasaje se aclara cuando vemos que tiene como tema al Remanente, descrito como el ganado menor de Bosra, como un rebaño en medio de su pastizal. En el versículo 13, el Espíritu Santo nos muestra de qué manera y mediante qué maravillosa liberación su pueblo llega a disfrutar de esta bendición. «Pasarán la puerta», dice el profeta. Esa puerta es Cristo, su Pastor y su Rey. Todo el pasaje de Juan 10:1-15 parece ser un comentario de este versículo de Miqueas. El rebaño de Israel (el Remanente) será reunido; el Señor se pondrá a la cabeza de ellos; será reconocido por ellos como su Pastor soberano y su Rey, como la única puerta de salida de en medio de un pueblo apóstata, como la única puerta de entrada a las bendiciones milenarias. Será para ellos Aquel que abre la brecha, es decir, quien destruye los obstáculos acumulados contra ellos por Satanás. Les transmitirá la fuerza necesaria, el valor y la virtud para alcanzar la victoria. Entonces se podrá decir de ellos: «Abrirán camino» (2:13).
Este pasaje contiene otra frase destacable: El que abre caminos «subirá… delante de ellos». Esto ya ha ocurrido para la Iglesia. Todo el poder de Satanás ha quedado reducido a la nada por la resurrección de Cristo, que derribó el obstáculo y abrió la brecha. Es también, en virtud de su resurrección, que nada, en el futuro, impedirá que su pueblo, Israel, pase. Por el hecho de que Él se ha adelantado ante ellos, serán puestos en plena libertad, pues saldrán bajo la guía del Pastor, no para ser puestos a salvo, sino para extenderse, como rebaño innumerable de Jehová, zumbando como una colmena de abejas, y para pastar en los pastos de Canaán. «Su rey pasará delante de ellos» (2:13). Él es quien entró por la puerta cumpliendo toda la voluntad de Dios (Juan 10:2) y quien, por ello, es el único que tiene derecho a ser nuestro Salvador, así como será el Salvador de Israel. Este Rey, este Salvador, este Pastor, es Jehová mismo: «A la cabeza de ellos Jehová».
Cuántos pensamientos benditos hay en este versículo que, al tiempo que se aplica tan maravillosamente a la liberación y a la futura reunión del pueblo de Dios, se aplica con mucha más razón a nuestra liberación actual. Jesús nos ha sacado y nos guía: nos hace entrar en plena libertad en la Casa del Padre; entramos allí para disfrutar de la comunión con el Padre y el Hijo, y salimos de ella para servirle. Nos ha dado la vida, mucho más de lo que la ha dado o la dará jamás a sus ovejas judías, pues se llama “la vida en abundancia”, la vida eterna que nos da participación y gozo con el Padre y con el Hijo (Juan 10:9-10). Todas estas cosas forman parte de nuestra bendición actual; la de Israel, por maravillosa que sea, en los futuros tiempos milenarios, ni siquiera se le acerca. Con mayor razón será inferior a ella, cuando el rebaño cristiano, ¡la Iglesia del buen Pastor, haya sido introducida en la gloria, en Su propia gloria!
La primera parte de la profecía de nuestro profeta termina aquí. El Espíritu Santo se complace, tras una visión de pecado y juicio, en contemplar la futura restauración de todo el Remanente, guiado por su Rey, el Mesías, ¡Jehová!
3 - Capítulos 3 al 4:8: La ruina actual y el designio de Dios respecto al Reino futuro
3.1 - Capítulo 3: Ruina moral de todas las clases dirigentes del pueblo. El juicio de los profetas. Destrucción de Jerusalén
«Dije: Oíd ahora, príncipes de Jacob, y jefes de la casa de Israel: ¿No concierne a vosotros saber lo que es justo? Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla» (v. 1-3).
Encontramos aquí una de esas transiciones, tan frecuentes en el profeta Miqueas, de un interlocutor a otro. Después de que Jehová haya hablado (2:7-13), el profeta toma la palabra, primero como profeta (v. 1-4) y luego como portavoz de Jehová para acusar a los profetas prevaricadores.
Estas palabras van dirigidas a los jefes y a los príncipes que representan al pueblo en su conjunto, es decir, a Judá e Israel. Odian el bien y aman el mal, exactamente lo contrario de un verdadero arrepentimiento, como se dice en Isaías: «Quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda» (1:16-17). Estos jueces y nobles tratan al rebaño de Israel, objeto de todos los cuidados del buen Pastor (Miq. 2:12-13), como si fuera su presa. Les arrancan la piel para comerse la carne, un acto violento, seguido de un plan más meditado: “Les quitan la piel de encima”, tras haber encontrado la forma de aprovecharla; luego ponen la carne y los huesos de las ovejas en la olla para comérselos hasta el último trozo y no perder nada de lo que sacan provecho, en detrimento de las ovejas a las que oprimen.
«Entonces clamaréis a Jehová, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro en aquel tiempo, por cuanto hicisteis malvadas obras» (v. 4).
Llegará el día de la retribución; gritarán, pero Dios no les responderá. ¿Puede haber un juicio más terrible? Siempre se ha escuchado el clamor del alma hacia Jehová (Sal. 22:5); ni un solo justo ha quedado sin respuesta, y esto para que pudiéramos ser salvos (v. 2), pero, cuando el tiempo de la gracia haya terminado, serán los impíos los que no recibirán respuesta. ¿Nos imaginamos el horror de tal situación? ¡El cielo vacío! En efecto, estará vacío para ellos; Jehová les ocultará su rostro en aquel día. Se la había ocultado a su Amado para poder salvarnos (Sal. 69:17); se la ocultará al Remanente fiel, pero solo por un momento, «pero con misericordia eterna tendré compasión de ti» (Is. 54:8); pero a los impíos se la ocultará para siempre. ¿De qué días nos hablan las palabras: «En aquel tiempo»? Vemos, en el capítulo 4, que se trata de los días gloriosos y benditos del reino de Cristo.
«Así ha dicho Jehová acerca de los profetas que hacen errar a mi pueblo, y claman: Paz, cuando tienen algo que comer, y al que no les da de comer, proclaman guerra contra él: Por tanto, de la profecía se os hará noche, y oscuridad del adivinar; y sobre los profetas se pondrá el sol, y el día se entenebrecerá sobre ellos. Y serán avergonzados los profetas, y se confundirán los adivinos; y ellos todos cerrarán sus labios, porque no hay respuesta de Dios» (v. 5-7).
Después de los príncipes, los profetas. Ahora es Jehová mismo quien habla contra ellos por boca de Miqueas. Fíjense en que no se trata de falsos profetas, sino de profetas que emplean su don para engañar al pueblo. Como perros, se levantan contra los profetas de Dios para morderlos (vean la imagen en Hab. 2:7). Estos anuncian la guerra y los juicios, ellos la paz, como en tiempos de Jeremías. Adormecen al pueblo en una confianza engañosa. Quedarán en vergüenza, porque Dios no se servirá de ellos ni les confiará ninguna revelación. Estarán sumidos en las tinieblas y no verán ni el día de la visitación, ni el día de la luz, cuando salga el sol de justicia. Serán para Jehová como leprosos, según Levítico 13:45, o llevarán luto en vano, según Ezequiel 24:17, pues Dios los habrá abandonado y rechazado. No tendrán cabida alguna entre su pueblo.
¿No se puede decir lo mismo hoy en día? La ignorancia de los designios de Dios es un juicio sobre aquellos que, habiendo recibido un don de Dios, lo utilizan para su propio beneficio. El don es estéril; en él no hay ni poder ni edificación. Estos hombres ignoran la sentencia pronunciada por Dios sobre el hombre; las verdades más evidentes reveladas por Dios en su Palabra les están ocultas; profetizan paz y progreso cuando el juicio ya pende sobre los pueblos y sobre sus propias cabezas. No ven que «los postreros días» (4:1) no llegará hasta después de su propio juicio.
«Mas yo estoy lleno de poder del Espíritu de Jehová, y de juicio y de fuerza, para denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado» (v. 8).
Aquí el profeta toma la palabra y habla de sí mismo, en contraste con esos malos siervos. El verdadero enviado de Dios está guiado por el Espíritu de Dios, que es un Espíritu de poder, de juicio (o de consejo) y de fuerza. Esto recuerda a 2 Timoteo 1:7; sin embargo, aunque aquí no se mencione el “Espíritu de amor”, no por ello deja de ser el amor de Dios el que anuncia el juicio por medio de sus profetas, con el fin de traer de vuelta al pueblo hacia Él, si es posible. Ocultar a los pecadores su condición gritándoles: «paz» cuando se avecina la ira de Dios, nunca es amor. El verdadero profeta para «denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado» (3:8).
El poder del hombre de Dios siempre va acompañado de un profundo sentimiento de debilidad. Jeremías decía: «¡Ah, Señor Jehová! Mira, no sé hablar, porque soy un niño» (1:6); pero Jehová le dijo: «Te pondré en este pueblo por muro fortificado de bronce, y pelearán contra ti, pero no te vencerán» (15:20). Gedeón dijo: «Yo el menor en la casa de mi padre»; Jehová respondió: «Yo estoy contigo»; «ve con esta tu fuerza» (Jueces 6:14-16). Daniel dijo: «Al instante me faltó la fuerza»; Dios respondió: «No temas… ¡Esfuérzate y aliéntate!» (Dan. 10:17-19). Pablo dijo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor. 12:10). Ya sea para profetizar, para salir victorioso en las batallas, para comprender los pensamientos de Dios o para anunciar el Evangelio, la fuerza solo puede brotar del seno de la debilidad, profundamente reconocida en el alma ante Dios; mientras que, allí donde el creyente confía en su propia fuerza y dice como Sansón: «Esta vez saldré como las otras», Jehová ya se había «apartado de él» (Jueces 16:20).
«Oíd ahora esto, jefes de la casa de Jacob, y capitanes de la casa de Israel, que abomináis el juicio, y pervertís todo el derecho; que edificáis a Sion con sangre, y a Jerusalén con injusticia. Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros» (v. 9-11).
Tras haber descrito el carácter del profeta según los designios de Dios, Miqueas vuelve a tomar la palabra para acusar a todos los jefes y príncipes de Judá, así como a las 10 tribus, y reprende a Jerusalén, tal y como había hecho al principio con Samaria. Todas las clases de dirigentes desfilan ante él: jefes, príncipes, sacerdotes y profetas, el poder civil y el poder religioso según los criterios humanos. A la lista, anteriormente enumerada, el profeta añade a los sacerdotes, en su calidad de doctores que enseñan al pueblo. El dinero desempeña en todas partes el papel principal; predominan los intereses materiales. ¿Se puede, revestidos de tales dignidades, menospreciarlos así? Pero ¿se ve hoy en día algo diferente? Sin duda, las circunstancias difieren, las dignidades han cambiado de carácter, pero los principios que rigen las diversas clases de hombres ya sean políticas o religiosas, son los mismos, porque el egoísmo del hombre caído es la base de todos los motivos de su corazón. ¡Qué cosa tan espantosa! Todo esto se hace en nombre de Jehová, y todos tratan de tranquilizarse cuando el mal les amenaza, diciendo: «¿No está Jehová entre nosotros?». En el desierto, el pecado de Israel consistió en poner en duda si Dios estaba realmente en medio de su pueblo. Se dice de ellos que «tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?» (Éx. 17:7).
Dudaban de su presencia en el momento en que, tras haberlos redimido de Egipto, manifestaba abiertamente que era su Dios. Aquí encontramos precisamente lo contrario. En el momento en que Dios pronunciaba la «¡Desgracia!» sobre ellos y los abandonaba en manos del enemigo, salvando únicamente la ciudad de Jerusalén, y en vísperas del día en que resonarían los solemnes nombres «Lo-Ammi» y «Lo-Rukhama», se atrevían a decir: «¿No está Jehová entre nosotros?» El pecado puede variar según los tiempos. Desconfiar de Dios, en un tiempo de gracia, es un gran pecado. Afirmar que se tiene a Dios consigo y a favor propio en un tiempo de juicio y ruina es un pecado aún mayor. Hoy, como antaño, se oyen decir estas cosas; y los más culpables –soberanos y príncipes, doctores, pastores y profetas que conducen a las naciones al abismo– son los que gritan más alto: «¿No está Jehová entre nosotros?». Se trata de un esfuerzo deliberado de Satanás para descarriar a los hombres. Quiere persuadirles de que Jehová puede ser el protector y el sostén de una situación perfectamente mala. De este modo, oculta el mal y el pecado a los ojos del hombre haciéndole creer que Dios puede asociarse a ello. «¿No está Jehová con nosotros?», claman; «¡no vendrá mal sobre nosotros!». Y en vísperas de una derrota, ¡se sigue afirmando la certeza de la victoria!
Fíjense en que, cuanto mayor era el conocimiento de los pensamientos de Dios, contenidos en la Ley, y cuanto mayor era la cercanía de Jehová, más aterradora era la responsabilidad y más severo el juicio. ¿Acaso era de extrañar que los pueblos, que no conocían a Dios, marchen «cada uno en el nombre de su dios» (4:5)? Pero que el pueblo de Dios, caído en la desobediencia y en la más negra ingratitud hacia Jehová, se atreviera, en su estado de infidelidad, a apoyarse en Su nombre para tranquilizarse, eso era el colmo de la iniquidad.
En Isaías 51:2 y en Ezequiel 33:24 encontramos el mismo contraste. En el primero de estos pasajes, Dios dice: «Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué». A quienes buscan a Jehová se les anima y exhorta aquí a fijarse en Abraham, a quien Dios bendijo y multiplicó, aunque estuviera solo. Si los fieles son pocos, pueden contar con la misma gracia para multiplicarlos y hacer de ellos un gran pueblo en el futuro. El segundo pasaje (Ez. 33:24) nos muestra a los pocos desdichados que se habían quedado en los lugares desolados de Palestina durante el cautiverio de Babilonia, apoyándose en esa misma palabra de que «Abraham era uno, y poseyó la tierra», para proclamar que ellos también la heredarían. ¿Heredar la tierra cuando les caracterizaban las transgresiones, los ídolos, la violencia y una corrupción vergonzosa? No, el juicio les alcanzaría a ellos mismos en la tierra que pretendían ocupar. Solo se hereda por la fe la tierra de la promesa. Lo mismo ocurre con la cristiandad profesa. Todo está en ruinas; ella lo comprueba, pero en lugar de humillarse ante su propia ruina, pretende heredar las bendiciones prometidas. Solo heredará el juicio, mientras que, en medio de todo este desorden, un «Remanente» según Dios se convertirá, por la fe, en el heredero de las promesas.
«Por tanto, a causa de vosotros Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas, y el monte de la casa como cumbres de bosque» (v. 12).
A eso conducirán todas esas jactancias. Se les dará la prueba de que Jehová no está en medio de ellos. El mal caerá sobre ellos. El monte de Sion, donde la gracia de Dios había establecido el reino, será arado como un campo; la ciudad del gran Rey quedará reducida a montones de piedras; la propia sede y morada de Jehová, el templo, del que Dios se ha retirado, será destruido.
Lo mismo ocurrirá, en lo moral, con la Iglesia responsable y con todo lo que se relacione con una profesión sin vida. Será vomitada de la boca del Señor, y luego entregada a una destrucción total; e incluso, en cuanto a su prosperidad exterior, habiéndose convertido en la gran Babilonia, será quemada en el fuego y engullida por el mar.
Este importante pasaje de la profecía de Miqueas contra Jerusalén fue invocado, como hemos visto anteriormente, por los ancianos en los días de Jeremías para salvarlo, demostrando que Ezequías había aceptado ese veredicto y no había guardado rencor al profeta. Isaías, por su parte, había anunciado, al mismo tiempo, lo mismo que Miqueas. Había predicho la ruina total de Jerusalén, añadiendo la promesa de una restauración futura cuando «sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto» (Is. 32:12-15). Veremos estas mismas promesas en el capítulo 4 de Miqueas, cuyos versículos 1-8 están íntimamente relacionados con el capítulo 3.
3.2 - Capítulo 4:1-8: La gloriosa restauración de Jerusalén
«Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos» (v. 1).
Este versículo es la continuación del último versículo del capítulo anterior (3:12), que habla de la casa destruida. Aquí vemos la casa reconstruida. Todo este pasaje es, además, la contrapartida del capítulo 3, del que no puede separarse. Al igual que en tantos otros pasajes, vemos aquí que los caminos del gobierno de Dios no terminan en el juicio, sino que conducen a un tiempo futuro de restauración y gloria. Entonces, por fin, el gobierno será confiado a manos dignas de él. No es la venganza contra sus enemigos lo que glorifica a Cristo y su obra, sino la reconciliación, el retorno de todas las cosas a Dios. Esta reconciliación se basa en la sangre de la cruz, como vemos en Colosenses 1:20-22. No olvidemos nunca, cuando la profecía despliega ante nosotros la gloriosa escena del futuro reinado de Cristo en la tierra, que esa escena tiene como punto de partida la cruz. Allí tuvo lugar el primer acto de la victoria de Cristo sobre Satanás, y allí fue despojado de su poder el que tenía el poder de la muerte, sin haber sido aún destruido. Ya no puede llevar a cabo sus designios, pero sigue intentando hasta el final arrebatar a los elegidos de las manos de Cristo. El segundo acto de la victoria de Cristo sobre él consistirá en precipitarlo, a él y a sus ángeles, a la tierra cuando la Esposa del Cordero, la Iglesia gloriosa, sea llevada al cielo (Apoc. 12:7-9). El tercer acto de esta victoria tendrá lugar cuando, tras la derrota de las naciones (Apoc. 19:11-16), Satanás, atado y encerrado en el abismo durante 1.000 años, se vea imposibilitado de seducir a los hombres (Apoc. 20:1-3). Entonces se inaugurará el reino de justicia y paz, consecuencia de las sucesivas victorias obtenidas sobre el Adversario. Por último, como acto final del triunfo del Cordero, Satanás será aplastado bajo nuestros pies y arrojado al lago de fuego y azufre (Apoc. 20:10).
Consideremos ahora la maravillosa descripción de estos tiempos de bendición. Al final del capítulo 2, versículos 12 y 13, el profeta había anunciado la futura reunión del pueblo de Dios. Nuestro pasaje describe el glorioso centro del gobierno de este pueblo. Será el monte de Sion, donde se establecerá el Rey de gracia, el verdadero David; luego Jerusalén, capital del Rey de gloria, del verdadero Salomón; y, por último, el templo, la Casa donde Jehová hará morar su nombre para siempre y que, establecida en su montaña (el monte de la Casa»), constituirá, como vemos en Ezequiel (cap. 40 al 47), el centro de una monarquía divina universal donde el Jehová mismo, Cristo el Mesías, reinará sobre toda la tierra. Israel será el pueblo más cercano a este centro terrenal, así como la Iglesia será la compañera más íntima del trono celestial.
«Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová» (v. 2).
Todas las naciones acudirán en masa a Jerusalén y estarán dispuestas de buen grado a dejarse instruir por el Dios de Israel y a obedecerle dócilmente. Reconocerán su Ley y se someterán a su Palabra. Es de Jerusalén de donde saldrá esta Palabra durante el Milenio (Is. 2:3). Hoy en día, la Iglesia es su depositaria, su columna y su apoyo, pero cuando la Iglesia haya sido arrebatada a la gloria, la ciudad y el templo terrenales recuperarán su lugar y sus privilegios en la tierra.
«Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra» (v. 3).
Será el reino de la justicia y del derecho. Los hombres convertirán sus armas de guerra en aperos de labranza (Is. 2:4). El último esfuerzo de las naciones, reunidas antes del establecimiento del reino en el valle de Josafat, perseguirá un objetivo exactamente opuesto: «Vengan todos los hombres de guerra. Forjad espadas de vuestros azadones, lanzas de vuestras hoces» (Joel 3:9-10). Subirán para hacer la guerra contra Cristo y sus santos, y Joel nos describe su juicio. En la época en que vivimos, un suspiro de toda la creación se eleva sin cesar, anhelando el día en que «ni se ensayarán más para la guerra». El reino de paz será también el del descanso y la libertad que traerá la gloria de los hijos de Dios (Rom. 8:19-22).
«Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente; porque la boca de Jehová de los ejércitos lo ha hablado» (v. 4). El reinado de Salomón fue un pequeño anticipo de aquel: «Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera» (1 Reyes 4:25), pero cuando «el varón cuyo nombre es el Renuevo… se sentará y dominará en su trono», «cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera» (Zac. 6:12-13; 3:8-10).
«Aunque todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios, nosotros con todo andaremos en el nombre de Jehová nuestro Dios eternamente y para siempre» (v. 5). Aquí vuelve a tomar la palabra el Remanente. Así como el profeta había anunciado que, bajo la instrucción del Dios de Jacob, las naciones «andaremos por sus sendas» (v. 2), el Remanente anuncia que él mismo caminará para siempre y de forma perpetua en nombre de Jehová, su Dios. No se dejará distanciar por las naciones; se esforzará con todo su empeño por proclamar lo que significa para su pueblo ese Dios que en otro tiempo se le había revelado en medio de las naciones idólatras. Ellas no conocerán a Dios más que desde hace poco, pero Israel lo conoció desde que Jehová lo engendró.
Este versículo 5 es una comparación; no significa que en un tiempo futuro los pueblos caminen cada uno en nombre de su dios, pues entonces el nombre de Jehová será reconocido en toda la tierra (Is. 2:18-21; Sof. 3:9); pero indica que, así como cada pueblo marcha hoy invariablemente en nombre de su dios, Israel tendrá en el futuro y para siempre el nombre de Jehová como estandarte. Habrá acabado con los dioses extranjeros que causaron su ruina, para pertenecer de ahora en adelante únicamente a Jehová, invariablemente su Dios.
Por boca del profeta, en el versículo 6, Jehová retoma su discurso, interrumpido por la alegre exclamación del Remanente fiel que, tras haber rechazado para siempre sus ídolos (5:12-15), se ha convertido en el verdadero pueblo de Dios. «En aquel día, dice Jehová, juntaré la que cojea, y recogeré la descarriada, y a la que afligí; y pondré a la coja como remanente, y a la descarriada como nación robusta; y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion desde ahora y para siempre» (v. 6-7).
«En aquel día». Habla de «los postreros tiempos» (4:1), y volverá sobre ello en el capítulo 5:10. Aquí (v. 6-7) Jehová anuncia, como en el capítulo 2:12-13, la futura reunión del rebaño de Israel, pero este no marcha hacia el descanso, con su Rey a la cabeza; el descanso ya se ha alcanzado, el reinado se ha proclamado, el reino se ha establecido:
«Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion desde ahora y para siempre». 2 interlocutores cantan al unísono y se responden mutuamente en estos versículos: por un lado, el Remanente; por otro, el profeta, que es la boca de Jehová, y sus estrofas triunfantes concluyen con esta maravillosa palabra: «¡Para siempre!».
Pero no solo se proclaman las glorias del reino: ahora se revelan la misericordia y la ternura, toda la compasión del Soberano Pastor por sus ovejas cojas, rechazadas, expulsadas, que en otro tiempo fueron objeto de un justo castigo. Si Jehová hubiera hecho caer el mal sobre sus ovejas, ¿acaso se complacería en ello? El resultado final muestra lo que había en su corazón hacia ellas.
¡Qué maravillosa es esta visión del fin de los días! (v. 1-8). El orden divino se ha establecido en la tierra. Sion, Jerusalén y el templo son su centro; la Ley y la Palabra de Jehová, su norma. La paz está firmemente cimentada; se disfruta de un delicioso descanso bajo la vid y bajo la higuera; la nueva nación avanza con fuerza en nombre de Jehová únicamente, para siempre; –¡Él mismo reina sobre ella para siempre!
«Y tú, oh torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sion, hasta ti vendrá el señorío primero, el reino de la hija de Jerusalén» (v. 8). De ahora en adelante, el rebaño de Jehová encontrará refugio al pie de la torre que lo protege. Esta «torre del rebaño», Migdal-eder, se menciona como situada cerca de Betel, en Génesis 35:21; pero no hay necesidad de considerarla una localidad concreta. Es una imagen de Jerusalén, lugar de protección en torno al cual se reúne el pueblo de Israel (2 Crón. 26:9-10); lugar elevado que domina el país (Zac. 14:10-11). El “dominio primero”, el reino de antaño, el del hijo de Isaí, recaerá en la hija de Jerusalén, en el Remanente, antaño débil y cojo, pero ahora reconocido como la nación fuerte, bajo el cetro del verdadero David, a quien pertenecerá el reino; pero su esposa judía compartirá el reinado con Él, mientras que la Nueva Jerusalén, su esposa celestial, tendrá una parte mucho más amplia que la de Israel, y estará asociada tanto al reinado celestial como al terrenal de su Esposo.
4 - Capítulos 4:9 al 5: Babilonia y el asirio. El doble juicio, actual y futuro, sobre Jerusalén, y la restauración final del pueblo
4.1 - Capítulo 4:9-13: Babilonia y las naciones
Tras la descripción de la gloriosa bendición futura (v. 6-8), el profeta, retomando la palabra, se dirige a Jerusalén. Muestra lo que ha obstaculizado por completo los designios de gracia de Dios hacia su pueblo, pero también que Dios sabrá sacar a Israel de ese estado miserable para restaurarlo. Aquí se mencionan 2 grandes instrumentos de su juicio: Babilonia (cap. 4:9-13) y Asiria (cap. 5:1-6). La ruina moral de la realeza (4:9) y el rechazo del Mesías son las 2 causas de estas plagas desatadas contra el pueblo (5:1). La ausencia de rey y de consejero caracteriza el final de la historia de Judá. Es entonces cuando Dios pronuncia el «Lo-Ammi», aparta su rostro de Israel, lo rechaza por completo y confía el gobierno a Babilonia, la «cabeza de oro» del primer imperio universal de los gentiles. El rechazo del Mesías caracteriza a la fracción de Judá que Dios había hecho regresar del cautiverio para que esperara en su tierra la llegada de su Rey. Como consecuencia de este crimen, Jerusalén es pisoteada por las naciones; esta situación perdura aún y nunca ha cesado. Pero llegará un momento en que Jehová restablecerá sus relaciones con el Remanente fiel, al que llamará su pueblo. Será entonces cuando el último enemigo, el asirio, reaparecerá para ser destruido definitivamente.
Veamos algunos detalles de este pasaje: «Ahora, ¿por qué gritas tanto? ¿No hay rey en ti? ¿Pereció tu consejero, que te ha tomado dolor como de mujer de parto? Duélete y gime, hija de Sion, como mujer que está de parto; porque ahora saldrás de la ciudad y morarás en el campo, y llegarás hasta Babilonia; allí serás librada, allí te redimirá Jehová de la mano de tus enemigos» (v. 9-10). Cabe destacar la palabra «ahora» en todo este pasaje. La encontramos en los versículos 9, 10 y 11, y en el capítulo 5:1 y 4. Toma como punto de partida los acontecimientos actuales y se prolonga, en apariencia, sin interrupción ni transición hacia los acontecimientos futuros (comp. el v. 9 con el 11, y luego el 5:1 con el 4). El profeta Miqueas, al igual que, por lo demás, casi toda la profecía, ve en los acontecimientos futuros una repetición de los pasados, que no son más que sus débiles precursores. La hija de Sion está angustiada y grita como una mujer que da a luz. ¿Qué dará a luz? ¿Qué resultará de sus dolores? La realeza culpable va a ser destruida; el pueblo, expulsado de la ciudad, vivirá en el campo, indefenso, y llegará hasta Babilonia. Aquí encontramos el cautiverio de Jerusalén y de Judá bajo Nabucodonosor en Babilonia. Será liberada y redimida de la mano de sus enemigos. Es el anuncio del regreso de los judíos a Palestina, bajo el reinado de Ciro.
Pero ahí no termina su historia. El «ahora» se prolonga hacia un día futuro: «Pero ahora se han juntado muchas naciones contra ti, y dicen: Sea profanada, y vean nuestros ojos su deseo en Sion» (v. 11). Es de este ataque de quien el Señor librará a Jerusalén. Actualmente no está liberada y solo lo estuvo momentáneamente bajo el reinado de Ezequías. Desde Nabucodonosor, sigue siendo pisoteada por las naciones, incluso hoy en día. En un día futuro ya no lo será; al contrario, será ella quien las pisotee. «Mas ellos no conocieron los pensamientos de Jehová, ni entendieron su consejo; por lo cual los juntó como gavillas en la era. Levántate y trilla, hija de Sion, porque haré tu cuerno como de hierro, y tus uñas de bronce, y desmenuzarás a muchos pueblos; y consagrarás a Jehová su botín, y sus riquezas al Señor de toda la tierra» (v. 12-13).
Llegamos, pues, a una segunda fase de la historia de Jerusalén que sigue, no solo a su conquista por parte de Babilonia, sino a su liberación y restablecimiento bajo Ciro. «Muchos pueblos» se han reunido ahora contra ella. La profecía nos anuncia continuamente este acontecimiento futuro (vean, por ejemplo, Is. 17:12-14; Joel 3: 9-12; Abd. 15-16; Zac. 12:1-5; Sal. 83:4-8). En los últimos tiempos, todas las naciones se reunirán contra Jerusalén para profanarla, pero «no conocieron los pensamientos de Jehová» (4:12). Jerusalén se convertirá en una copa de embriaguez para todas las naciones que se levanten contra ella con el propósito de destruirla y que serán a su vez destruidas (Zac. 12:2, 9). No ven que Dios, en sus designios, las condena a una ruina irremediable. «Los juntó como la gavillas en la era» (v. 12). La hija de Sion, que, por la gracia de Dios, habrá restablecido su relación con Él, el verdadero Israel del que Jehová “ha hecho un Remanente” (4:7), Jerusalén se levantará con la fuerza que su Dios le dará para pisotear y aplastar a muchos pueblos; será un caballo de batalla, con un cuerno de hierro en la frente y cuyas pezuñas son de bronce. Hemos visto en Abdías que, por un lado, el pueblo de Dios, y por otro, Jehová mismo, participan en esta batalla.
«Y consagrarás a Jehová su botín, y sus riquezas al Señor de toda la tierra» (v. 13).
Aquí vuelve a tomar la palabra el Remanente, en una conmovedora comunión de pensamiento y afecto entre el pueblo y su Dios. Al igual que antaño bajo Josué, o más tarde bajo David, todo el botín será consagrado a Jehová, que ha guiado a su pueblo a la victoria.
El capítulo 5 nos hablará de la segunda potencia que participará en el conflicto del fin, de ese asirio profético que, como hemos visto, es el enemigo principal en el libro de Miqueas.
4.2 - Capítulo 5: El asirio y la victoria del Remanente de Israel
Al final del capítulo 4, se habla menos del asedio de la propia Jerusalén que de la batalla librada fuera de sus murallas, por Jehová y su pueblo, contra las naciones reunidas, aunque Jerusalén siga siendo el centro al que se dirigen todos sus esfuerzos. Otros pasajes (Abdias, Is. 63) nos revelan que el choque final y la derrota de las naciones tendrán lugar en Edom.
Sin embargo, surge un último enemigo. No se trata del imperio universal confiado a las naciones, con Babilonia a la cabeza, y que es aniquilado al final del capítulo 4 en su última encarnación satánica, el Imperio romano resucitado. No, se trata del asirio, el enemigo del último día, que, como hemos dicho, desempeña un papel preponderante en Miqueas, ya sea como asirio histórico antes de que Jehová abandonara a su pueblo, ya sea como asirio profético en el momento en que Dios restablece sus relaciones con Israel. Lo vemos entrar en escena en nuestro capítulo.
«Rodéate ahora de muros, hija de guerreros» (v. 1). Esta «hija de guerreros» se contrapone a la «hija de Sion» (4:10, 13). El Señor la llama a reunirse. Ella no conoce «los pensamientos de Jehová» más que las demás naciones reunidas por Jehová (4:12). Esta hija de las huestes es, como nos revela el versículo 5, el asirio impulsado por su ceguera a sitiar Jerusalén. Así vemos reaparecer al asirio profético, con los rasgos del asirio histórico, tal y como atestiguan también los profetas Isaías, Joel, Nahúm y otros.
Miqueas nos da la razón de esta invasión. Se trata de un juicio sobre Israel a causa de la forma en que ha tratado a su Juez, su Mesías y su Rey. «Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel» (v. 1). El desprecio y el odio del pueblo incrédulo de antaño hacia Cristo son la causa de este juicio del último día, pero el objetivo de este juicio es producir en el corazón y la conciencia del Remanente un arrepentimiento completo, tal y como se ve en Zacarías 12:8-14.
Fijémonos en los interlocutores de este versículo 1. En primer lugar, la voz de Jehová, tras haber reunido a las naciones en el capítulo 4:11, llama ahora al asirio a reunirse. A continuación, el Remanente toma la palabra: «Nos han sitiado». Reconoce que este juicio proviene de Jehová. A continuación, el profeta explica la causa de este juicio: «Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel». Isaías también nos presenta las causas del juicio de Dios sobre Israel. En primer lugar, la idolatría (40-48); luego, como aquí, el rechazo del Mesías (49-57).
En el versículo 2, Jehová habla, en un paréntesis [9] delicioso y lleno de gracia, de lo que había querido hacer con respecto a Israel al darle un rey según su propio corazón: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad».
[9] La traducción muy extendida que comienza el capítulo quinto en el versículo 2 nos parece indicar una falta real de comprensión de todo este pasaje.
Los principales sacerdotes y los escribas habían citado esta palabra a Herodes, quien les preguntaba dónde debía nacer el Cristo (Mat. 2:3-6). Pero ¿por qué Belén Efrata? En lugar de «Belén, tierra de Judá», según la cita de Mateo. Creo que el Espíritu de Dios nos remite aquí al nacimiento de Benjamín y a la muerte de Raquel (Gén. 35:16-19; 48:7). Benjamín es el «hijo de la diestra» del padre (Gén. 35:18), al igual que es el Amado de Jehová (Deut. 33:12). Belén es «pequeña para estar entre las familias de Judá». A Dios le complació elegir esta humilde y anodina aldea para que de ella saliera el gobernante. De este modo, Dios privaba al hombre de toda pretensión de glorificarse; por otra parte, era la ciudad de David (Lucas 2:4); por lo tanto, era necesario que el verdadero David naciera allí. Pero Dios tiene aún otra razón para llamar a este lugar Belén de Efrata. Es allí donde la muerte se lleva a la esposa elegida por Jacob; por lo tanto, es simbólicamente cuando toda esperanza de vida se ha perdido para Israel cuando surge Cristo. «De ti me saldrá el que será Señor en Israel». «Para mí»: aquí habla Dios. Sus designios se cumplen en este hombre que no solo trae la bendición al pueblo, sino que hace resplandecer la gloria de Dios. Nunca había ocurrido algo semejante. Ni David ni Salomón, hombres falibles, habrían podido ser, sin reservas, hombres según el corazón de Dios. Él solo podía estar satisfecho con el Soberano que surgiría de él para Él, el mismo que habría reinado sobre Israel, si este último hubiera querido recibirlo. Pero ¿qué hizo su pueblo? Lo rechazó, lo abrumó con desprecio, lo azotó, le escupió y le propinó bofetadas. Y, sin embargo, «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad» (v. 2; Is. 9:6). ¿No es esta la condena absoluta del hombre? ¡El último ataque del asirio es la venganza ejercida contra Jerusalén por tal desprecio hacia Dios!
«Pero los dejará hasta el tiempo que dé a luz la que ha de dar a luz» (v. 3).
Aquí el profeta retoma la palabra, que había sido interrumpida por Jehová en el versículo 2. El «Por eso» del versículo 3 se refiere a las palabras: «Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel». Ante toda la gracia divina que entregaba a Cristo como Rey a Israel, el pueblo –y en particular Jerusalén, protagonista de la profecía de Miqueas– había cometido este atroz atentado. Por eso debe producirse el castigo por tal fechoría. Israel será entregado por Jehová hasta el momento del parto. En lugar de haber sido reunido, como debería haberlo sido, por la venida del Mesías, será entregado hasta que todo el trabajo de su angustia y su tribulación haya llegado a su fin. Se trata aquí menos del fruto del parto (vean 4:9-10) que de los dolores y la angustia de Israel, cuando se hayan consumado [10]. «Él los dejará»; es Dios quien los entrega hasta que la tribulación haya terminado.
[10] Creo que ese debe ser el sentido. Si se quisiera considerar el fruto del parto, no se podría invocar Apocalipsis 12:4-5, donde el Israel de los designios de Dios da a luz al «hijo varón», Cristo y la Iglesia, cuyo arrebato al cielo pone fin al período actual; sino más bien al «Remanente de su descendencia» (Apoc. 12:17).
«Y el resto de sus hermanos se volverá con los hijos de Israel» (v. 3). Este resto había sido liberado del cautiverio de Babilonia bajo Ciro (4:10), pero, en lugar de recibir al Mesías, con vistas al cual había sido traído de vuelta a su país, le abofeteó, como hemos visto, y en virtud de ese pecado, volvió a la diáspora hacia «los hijos de Israel». Al igual que las 10 tribus, volvió al cautiverio en medio de las naciones.
No ocurrió lo mismo al comienzo del paréntesis con el que se inicia la historia de la Iglesia y que se cierra aquí con la venida del Señor. El Remanente de Israel, el resto de los hermanos de Cristo, vino a la Iglesia para formar parte de ella; «los que iban siendo salvos», término empleado para referirse al Remanente, fueron añadidos a la Asamblea (Hec. 2:47), en lugar de ser dispersados de nuevo como lo fueron los deportados de Babilonia tras el asesinato del Hijo de Dios.
«Y él estará, y apacentará con poder de Jehová, con grandeza del nombre de Jehová su Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los fines de la tierra. Y este será nuestra paz» (v. 4-5).
Ya no se trata solo, como en el capítulo 4:8, del reino que recae en la hija de Jerusalén; pues el profeta nos describe aquí la persona del Rey, del Pastor de Israel. Una vez que se haya ejecutado el juicio sobre Jerusalén, el Juez que en otro tiempo fue abofeteado, Aquel cuyos orígenes son eternos, estará allí y apacentará a su rebaño. «Por las manos del Fuerte de Jacob (Por el nombre del Pastor, la Roca de Israel)» (Gén. 49:25). Este Cristo, antaño escarnecido, se mantendrá allí con la fuerza [11] y la majestad de Jehová, como el «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Is. 9:6). ¿Qué hay, en efecto, más apacible que un Pastor que apacienta a su rebaño? Pero esta tranquila función la desempeñará Aquel que, ahora, será grande hasta los confines de la tierra. «Este será nuestra paz» (5:5). Cuadro, a la vez tranquilizador y grandioso, de ese período milenario en el que, sobre la nación liberada y hasta los confines de la tierra, resplandecerá el rostro pacífico y soberano del hombre que en otro tiempo fue aniquilado para cumplir la obra de la Redención, ahora soberanamente exaltado, sin dejar de ser el fiel Pastor de sus ovejas y el siervo de sus amados. También nosotros saborearemos este servicio eterno de amor en la gloria, pero ellos, «el Cordero que está en medio del trono los pastoreará», como se dice en Apocalipsis 7:17.
[11] Esta palabra caracteriza la fuerza divina misma, fuerza que pertenece igualmente a Cristo (Sal. 110:2) y en la que todos los santos de su pueblo encuentran su fuerza.
El versículo 4, tras haber hecho una magnífica descripción de la persona gloriosa a la que se le confiará el cuidado del rebaño, los versículos 5 al 9 nos informan sobre las características del propio rebaño, del «Remanente de Jacob», que toma la palabra en el versículo 5: «Cuando el asirio viniere a nuestra tierra, y cuando hollare nuestros palacios, entonces levantaremos contra él siete pastores, y ocho hombres principales; y devastarán la tierra de Asiria a espada, y con sus espadas la tierra de Nimrod».
Cristo mismo es el Libertador cuando el asirio entra en «nuestra tierra» (es decir, el del Remanente, el verdadero Israel). Pero él emplea instrumentos de su poder, una plenitud de pastores (7) y de príncipes (8), en relación con su gobierno terrenal (4 + 4). Estos son los «salvadores» de Abdías 21. Devastan el país de Asiria. He sugerido en otra parte [12] que esta invasión de Asiria podría ser la causa del regreso del asirio, durante su campaña de Egipto, cuando «noticias del oriente y del norte ll atemorizarán» (Dan. 11:44).
[12] La historia profética de los últimos días, por H. R.
«y (el Mesías) nos librará del asirio, cuando viniere contra nuestra tierra y hollare nuestros confines» (v. 6).
Ahora estamos presenciando esa destrucción final del asirio por parte del propio Señor, mencionada en Daniel 11:45 y predicha por Isaías, Ezequiel, Joel y otros profetas.
«El remanente de Jacob será en medio de muchos pueblos como el rocío de Jehová, como las lluvias sobre la hierba, las cuales no esperan a varón, ni aguardan a hijos de hombres» (v. 7).
Esta es la primera característica del Remanente bajo el cetro de Cristo. Llevará los rasgos de Aquel que se ha puesto a su cabeza (2 Sam. 23:4; Prov. 16:15; 19:12; Oseas 14:5); será como un rocío que no exige ningún esfuerzo; un fruto puro de la gracia que no espera al hombre, ni depende de los hijos de los hombres. Así será el amanecer del Milenio, y este Remanente del que se dice: «Desde el seno de la aurora tienes tú el rocío de tu juventud» (Sal. 110:3). Toda bendición manará del Rey celestial que vendrá a manifestar su presencia en medio de su pueblo; será la parte de Israel, en comunión con su Jefe.
«Asimismo el remanente de Jacob será entre las naciones, en medio de muchos pueblos, como el león entre las bestias de la selva, como el cachorro del león entre las manadas de las ovejas, el cual si pasare, y hollare, y arrebatare, no hay quien escape» (v. 8).
Tal es el segundo rasgo del Resto de Jacob. Judá, la tribu real, está a su cabeza, lo que implica el nombre de Jacob, como hemos señalado a menudo. De Judá se dice: «Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará?» (Gén. 49:9-10). Pero Judá lleva, ante todo, el carácter de su Jefe, que es Cristo. Es Él a quien se llama «el león de la tribu de Judá, la raíz de David» (Apoc. 5:5). Así como comunica su gracia a los que son de su linaje, también les comunica su fuerza, y es por medio de Él que el Remanente someterá a las naciones y dominará «como el león entre las bestias de la selva» (5:8).
En el versículo 9, el Remanente se dirige al Señor mismo: «Tu mano se alzará sobre tus enemigos, y todos tus adversarios serán destruidos». Da la gloria solo a Cristo, sin atribuirse ninguna virtud para vencer lo que se levanta contra su Rey, sino que la gracia y la fuerza le son comunicadas por el adorable Jefe al que pertenece para siempre. Así es como el Remanente ha aprendido, en el camino de la humillación, a no confiar en sí mismo y a atribuir a Jehová todo el bien que se produce. Compárese lo que Dios dice del Remanente en los versículos 7 y 8 con lo que el Remanente piensa de sí mismo en Esdras 9:5-15. En estas circunstancias, Dios da a conocer, por boca del profeta, al «resto de los que han escapado», que quiere hacer de él el vaso de su gracia y de su poder. El Remanente responde (v. 9) atribuyendo toda la gloria a su Señor y a su Dios.
En los versículos 10 al 15, Jehová habla. Eliminará de entre el pueblo apóstata el aparato bélico, las ciudades y las fortalezas, refugios del Anticristo (Dan. 11:39). Todo ese poder quedará reducido a la nada, junto con sus encantamientos y sus ídolos (v. 10-14). Al mismo tiempo (v. 15), la ira y la furia de Jehová caerán sobre las naciones con las que el pueblo incrédulo se había asimilado y cuya apostasía había compartido. Así se establecerá el reino de paz mediante los juicios. Jehová comienza ejerciendo el juicio sobre su propia casa, y luego lo extiende al mundo y a la nación apóstata, pero todo ello con vistas a la bendición final de su pueblo y al establecimiento del glorioso reinado de Cristo.
5 - Capítulos 6 y 7: La defensa
Llegamos aquí a la cuarta y última división del libro de Miqueas. Estos capítulos 6 y 7 contienen la defensa de Dios ante su pueblo con el fin de llevarlo a una liberación moral completa; son como las preguntas del juez instructor que desea declarar inocente al acusado, y las respuestas de este último. Sus propias confesiones le convencen de su pecado y, sin embargo, ¡el debate termina con la absolución del culpable y su plena justificación! Desde luego, no es así como terminan los debates ante los tribunales humanos.
Con el capítulo 5, los acontecimientos proféticos propiamente dichos han llegado a su fin. Aquí el debate tiene como objetivo el trabajo de conciencia, el horror al pecado, el arrepentimiento, la restauración y el pleno conocimiento de la gracia. Bajo la poderosa influencia del Espíritu de Dios, esta obra se lleva a cabo en el corazón del Remanente, de modo que acepta el juicio de Jehová sobre sí mismo y sobre su pueblo, y se entrega por completo a la gracia (7:18) que había despreciado tan escandalosamente al comienzo de su trayectoria (6:1-5).
Cabe destacar cuánta analogía tienen estos capítulos con el primer capítulo de Isaías. Mismo alegato, mismas conclusiones, con la diferencia, sin embargo, de que Miqueas sigue, como es habitual, dando la palabra a los distintos interlocutores que intervienen en la escena, y de que el alegato que pone fin a su profecía concluye con la absolución del culpable y no, como en Isaías, con su condena. Todo el desarrollo posterior de este debate reviste para nosotros un profundo interés práctico: la gracia presentada antes que los reproches, el efecto que produce en un corazón llevado a acusarse, a condenarse a sí mismo y a considerar la tribulación justa y merecida; todo ello conduce, en definitiva, a la plena apreciación del amor de Dios, que expulsa para siempre el pecado de su presencia.
5.1 - Capítulo 6
«Oíd ahora lo que dice Jehová» (v. 1). El profeta es aquí la boca de Dios; desde el principio se percibe que este tiene un propósito de gracia. Se dirige a su pueblo y le ruega que escuche. Muy diferente era la llamada a escuchar del primer capítulo (v. 2). Allí, los reinos de Israel y de Judá, así como las naciones y los pueblos (en Is. 1, los cielos y la tierra), eran invitados a escuchar la sentencia irrevocable, pronunciada sobre ellos por un Dios justo y santo. Aquí, Jehová tiene en mente a los suyos, al verdadero Israel, el pueblo de su elección, para purificarlo e introducirlo en la herencia que le había sido prometida desde siempre. Se trata de que el Remanente (esto es importante, ¿y quién no lo sentiría así?) escuche lo que Jehová tiene que decirle, pues es para él el único medio de encontrar la liberación.
«Levántate, contiende contra los montes, y oigan los collados tu voz. Oíd, montes, y fuertes cimientos de la tierra, el pleito de Jehová; porque Jehová tiene pleito con su pueblo, y altercará con Israel» (v. 1-2).
En primer lugar, el culpable debe escuchar ante las montañas, ante los poderes firmemente establecidos en la tierra, capaces de ser testigos fiables e invariables, y ante los cimientos inmutables de la tierra. Estos testigos están llamados a su vez a escuchar la Palabra de Jehová y a juzgar después lo que el culpable pueda decir en su defensa. Son como el jurado de este tribunal de lo penal, llamados a evaluar las cosas, no como lo haría el cielo, sino considerándolas según la medida de la equidad bien establecida de un juicio terrenal. Dios sigue llamando aquí a Israel «su pueblo», pues aún no lo ha rechazado definitivamente. Pero ¿podrá esto durar para siempre?
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí. Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María. Pueblo mío, acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab, y qué le respondió Balaam hijo de Beor, desde Sitim hasta Gilgal, para que conozcas las justicias de Jehová» (v. 3-5).
¡Qué dulzura hay en la reprensión! ¿No se percibe que Dios solo quiere el bien para Israel? ¿Qué te he hecho? ¿Y en qué te he cansado? Respóndeme. ¡Ah!, ¡cómo está dispuesto el Juez a encontrar circunstancias atenuantes para su conducta! Pero ¿cómo encontrarlas, cuando, por su parte, todo había sido gracia y misericordia, antes de que la Ley interviniera para mostrarles lo que había en su corazón? ¡Es que la redención era la base de todos sus caminos hacia ellos! «Te hice subir de la tierra de Egipto y de la casa de la servidumbre te redimí». ¿Acaso les habían faltado los auxilios espirituales desde el principio, en el desierto? El guía y rey de Jesurún, mediador entre el pueblo y Jehová, Moisés; el sacerdocio, Aarón; la profecía, María; todos ellos satisfacían todas sus necesidades, incluso materiales. Y al final del desierto, cuando el Enemigo quería maldecirlo, ¿qué había encontrado ese pueblo que tanto había agotado la paciencia de Dios? A un Dios que los bendecía por la misma boca de aquel que quería maldecirlos, a un Dios que declaraba no haber visto iniquidad en Jacob, y que encontraba en la tierra su deleite en aquel pueblo que había elegido: «Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob» (Núm. 24:5). ¿Y en qué sentido habían sido justos los caminos de Jehová, después de que les hubiera revelado su gracia? Ni en Sitim ni en Gilgal había renegado de su justicia. ¿Habría sido Jehová sin eso? En Sitim los había castigado por su fornicación y por haber olvidado su santidad. En Gilgal les había enseñado que solo la circuncisión de la carne podía introducirles en el goce de la tierra prometida.
En los versículos 6 y 7 encontramos la respuesta de los creyentes del pueblo, ante quienes Dios acaba de manifestar toda su bondad, pero una bondad que no puede prescindir de su santidad. «¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?»
Al verse así confrontados, sienten que su pecado los separa de Dios. Ese es el primer paso hacia la conversión. Pero ¿cómo acercarse a Él? Ninguno de los sacrificios de la Ley puede satisfacerlo en modo alguno, y el corazón convencido de pecado lo percibe muy bien. Esto es lo que Dios mismo llama «vana ofrenda» en el pasaje correspondiente de Isaías (1:11-15). Lo mismo ocurre con la ofrenda de los primogénitos, instituida tras la salida de Egipto. Esta ofrenda (Éx. 13:1-2, 10-13) era una consagración a Dios, en el sentido de la entrega completa de todo el ser humano a Jehová. ¿Podía esto tener lugar, por parte del hombre pecador? Al igual que los sacrificios, la ofrenda de los primogénitos tampoco podía purificarlos. Mediante esta primera confesión, Dios penetrará más profundamente en la conciencia de su pueblo o, mejor dicho, en la conciencia del Remanente.
En el versículo 8, el profeta responde al pueblo según las santas exigencias de Dios y basándose en su propia responsabilidad individual: «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios». Dios quiere el corazón del hombre y no formas ni ceremonias vanas. Encontramos el mismo pensamiento en Isaías 1:16-17: «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda». Esto separa al alma de todas esas formas vanas que no pueden quitar los pecados, con el fin de llevarla a la conciencia de su estado ante Dios. Para ser aceptado por Él, en virtud de la responsabilidad del hombre, solo se necesitan 3 cosas que excluyen toda apariencia y exigen un estado real del corazón, en armonía con el corazón de Dios. Estas 3 cosas son: 1. Hacer lo que es justo –la actividad en las “obras de justicia” – 2. Amar la bondad –el estado de un corazón que se complace en el bien– 3. Caminar con Dios en humildad, libre de todo orgullo, pues caminar con Dios es ser su compañero, como Enoc, en una humilde dependencia de Él.
Tales son los «preceptos», las normas y las enseñanzas que Dios nos recomienda. Pero ¿cómo seguirlas si no es por la fe? Por ella hacemos las obras; por ella nos complace reproducir el carácter del Dios de amor que se nos ha revelado en Cristo; por ella caminamos con Dios. La Ley exige estas cosas, pero no puede producirlas en el corazón del hombre; este, por lo tanto, se encuentra aún más absolutamente condenado, pues es incapaz de responder a las exigencias de la santidad de Dios. Esto es lo que se ve en Isaías 1:16-17, donde no se habla, como en los 2 últimos capítulos de Miqueas, de la restauración del Remanente (aunque se le mencione en el v. 9), sino del juicio absoluto sobre el pueblo que no cesa de hacer el mal, que “no hace justicia al huérfano, y no ampara a la viuda” (v. 23; comp. con v. 17). Lo mismo ocurre con la purificación de sus pecados que Dios les ofrece en el versículo 18. Se les presenta, pero la rechazan. –Muy diferente es la profecía de Miqueas, donde, como vemos, Dios prosigue su obra de gracia en la conciencia del Remanente, para llevarlo a una restauración completa.
En los versículos 9 al 11, Jehová vuelve a tomar la palabra por boca de su profeta. Es para hacerse oír que Dios emplea la vara: «Prestad atención al castigo, y a quien lo establece», clama a la ciudad. Esta ciudad es Samaria, donde se observan «los mandamientos de Omri se han guardado, y toda la obra de la casa de Acab» (v. 16). El profeta vuelve sobre lo que anunció al principio «acerca de Samaria y de Jerusalén» (1:1). En el capítulo siguiente (7:11-17) se dirige a la segunda de estas ciudades. ¿Han logrado las advertencias de Dios, a través de sus profetas, erradicar de las casas de Samaria los pesos y medidas falsos, la violencia y la mentira? (vean Amós 3:9-10). Por eso le alcanzará el juicio. Todos sus esfuerzos por subsistir, por conservar, por cosechar fruto, serán en vano, pues, en lugar de observar los estatutos de Jehová, camina según los consejos idólatras de Omri y Acab, bajo cuyo reinado había profetizado otro Miqueas (1 Reyes 22). Así responde Dios al pueblo en función de su responsabilidad, cuando se le ha demostrado que le resulta imposible cumplirla.
Este capítulo es muy hermoso como llamamiento a la conciencia. Dios comienza hablando de su gracia. El corazón está convencido de que no tiene forma alguna de responder a ella, al estar separado de Dios. Entonces Dios da a conocer el estado moral que exige y al que, por muy deseable que sea, el hombre no puede responder debido al estado de su corazón. Solo la fe podría hacer realidad estas cosas. A partir de ahí, Dios hace que el alma afligida sea testigo de su justo juicio sobre la ciudad y el pueblo infiel que la habita. Si Dios se quedara ahí, ya no habría ningún recurso para el Remanente, pero veremos en el capítulo 7 que todo este proceso tiene como resultado llevar al alma de los creyentes a un juicio completo de sí misma, producir el arrepentimiento y, finalmente, establecer el corazón en el pleno disfrute de la gracia.
5.2 - Capítulo 7
Lejos de concluir con la pronunciación de la sentencia sobre Samaria, los debates continúan en torno a Jerusalén y Judá; pero, lo que importa en grado sumo, tienen como objetivo la plena bendición del Remanente que formará el nuevo Israel. En este capítulo se ve a qué conduce la súplica cuando la fe está en el corazón y, al comprender el justo juicio de Dios y prestando «atención al castigo» (6:9), el alma se da cuenta de que carece de recursos.
«¡Ay de mí! porque estoy como cuando han recogido los frutos del verano, como cuando han rebuscado después de la vendimia, y no queda racimo para comer; mi alma deseó los primeros frutos» (v. 1).
Como hemos dicho anteriormente, en Miqueas encontramos 2 «¡Desgracias!» (2:1; 7:1): la primera incluye las 6 «¡Desgracias!» de Isaías 5, y la segunda (cap. 7:1) corresponde al que Isaías pronuncia sobre sí mismo, cuando sus ojos vieron al Rey, Jehová de los ejércitos (Is. 6:5). Así también en Miqueas, el profeta, en representación del Remanente, convencido de pecado y reconociendo el justo juicio de Dios, pronuncia el juicio sobre sí mismo. En el capítulo 5 de Isaías, Jehová busca fruto en su viña; esperaba que Israel produjera uvas buenas, pero solo encuentra racimos silvestres. Aquí es el Remanente el que reconoce estar sin fruto bajo el juicio de Dios; y aunque ha deseado que se encontrara en él algo para Dios, incluso esa esperanza le es arrebatada. Jehová parece no tener en cuenta en absoluto su fe y su integridad, ya que, abrumado por la ira de Dios, es como si se le confundiera con el pueblo culpable, y se le dejara allí, despojado, sin alimento, sin gozo ni consuelo para su alma. Entonces se somete a un examen completo de sí mismo. ¡Deseaba dar frutos tempranos para Dios y no ha producido ninguno! Por el momento, Jehová no muestra su favor al Remanente, que debe pasar por las terribles experiencias de la gran tribulación, pero, cuando el juicio haya dado todos sus frutos, lo establecerá en ese favor según la grandeza de su misericordia.
En el versículo 1, el alma comenzó por juzgarse a sí misma; en los versículos 2 al 6, comprende el alejamiento de Dios en el que se encuentra el mundo que la rodea. Este capítulo abandona Samaria para ofrecer una descripción espantosa del mal que se encuentra en Jerusalén: «Faltó el misericordioso de la tierra, y ninguno hay recto entre los hombres; todos acechan por sangre; cada cual arma red a su hermano. Para completar la maldad con sus manos» (v. 2-3).
¡No hay nada en lo que se pueda confiar, ninguna piedad que Dios reconozca! Todo eso ha desaparecido. Los malvados emplean sus 2 manos, toda su actividad, en el mal, con el fin de hacerlo bien y tener pleno éxito en sus malvados designios. ¿Acaso no se ve esto también en nuestros días? Toda la previsión del hombre se pone en juego, no se descuida ninguna fuente de actividad, con el fin de llevar a cabo el mal de la manera más perfecta posible. “Es difícil”, decía un cristiano, “hacer el bien y aún más difícil hacerlo bien”; pero Satanás siempre encuentra manos dispuestas a hacer bien el mal. Los hombres se alían, se unen en una sola cosa para esta mala obra; el príncipe se sirve de su autoridad para cometer abusos; el juez no hace justicia a las reclamaciones de los oprimidos, porque se le paga para hacer el mal; el poderoso da rienda suelta a la codicia de su alma. Estas 3 potencias concurren juntas y de común acuerdo para alcanzar su único objetivo (v. 3). «El mejor de ellos es como el espino; el más recto, como zarzal» (v. 4). Solo les espera el fuego del juicio, como se dice: «La luz de Israel será por fuego, y su Santo por llama, que abrase y consuma en un día sus cardos y sus espinos» (Is. 10:17).
En el capítulo 5, versículo 10, Jehová anunciaba que llegaría el día del juicio; ahora ha llegado: «El día de tu castigo viene, el que anunciaron tus atalayas; ahora será su confusión» (v. 4). Es el profeta quien declara esto. La situación moral se ha deteriorado tanto en Israel que ya no se puede confiar en nadie: «No creáis en amigo, ni confiéis en príncipe; de la que duerme a tu lado cuídate, no abras tu boca» (v. 5). El creyente está aislado, ya no puede caminar en armonía con un compañero, ya no tiene ningún amigo al que pueda contárselo todo, ni ningún seno en el que pueda desahogarse con confianza. La presencia de la luz no hace más que suscitar la oposición de los hombres e incitarlos a la lucha para apagar esa claridad. «Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa» (v. 6).
El Señor se sirve de este pasaje (Mat. 10:34-36) para mostrar las consecuencias de su presencia en gracia en medio de Israel. En cuanto se rechaza el testimonio de Dios, se rompen todos los lazos naturales que aún unían a los hombres entre sí, dando rienda suelta al odio, un odio que se ejerce en primer lugar contra los testigos de Cristo: «Los enemigos de un hombre serán los de su casa». Cuando se rompen esos lazos, es como un torrente que ha reventado sus diques y arrasa con todo a su paso. Los hombres no se limitan entonces a odiar a Dios, sino que odian a su prójimo. El amor ha desaparecido del corazón en cuanto el amor de Dios es expulsado de él; Satanás viene inmediatamente a llenarlo con su propio carácter, que es el odio.
«Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá» (v. 7). Fíjense ahora en estas palabras en boca del creyente. Él dijo: «¡Ay de mí!». Luego juzgó lo que es el mundo; luego aprendió que no podía confiar en el mundo más de lo que podía confiar en sí mismo; luego comprendió que aquí solo podía encontrar enemistad contra lo que es de Dios. ¿Qué le queda, pues? Solo Dios. Mira hacia Dios, espera en él, clama y encuentra a un Dios que le escucha. ¿Será infeliz a partir de ahora? ¡Por supuesto que no! La infelicidad se la impuso a sí mismo cuando tuvo que ocuparse de su propia condición; pero ya solo le queda felicidad y confianza cuando mira hacia Dios. Esta transición de la infelicidad al gozo, del conocimiento de uno mismo al conocimiento de Dios, es muy hermosa. Aunque el mejor de los hombres sea una zarza y el más recto peor que un seto de espinas –verdad que se aplica igualmente al creyente– su corazón se desespera del hombre, pero su fe no se desespera en absoluto de Dios: Él es el «Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá».
«Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz. La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa y haga mi justicia; él me sacará a luz; veré su justicia. Y mi enemiga lo verá, y la cubrirá vergüenza; la que me decía: ¿Dónde está Jehová tu Dios? Mis ojos la verán; ahora será hollada como lodo de las calles» (v. 8-10).
El alma que ha aprendido a confiar en Dios no duda de la salvación final. Está segura de que su caída no ha sido, en manos de Dios, más que la ocasión para su levantamiento. Sabe que, aunque ahora la rodeen las tinieblas de la tribulación, Jehová será su luz cuando se manifieste (Is. 9:2; 50:10). Comprende que el terrible pecado del que es cómplice –puesto que su pueblo golpeó al Juez de Israel con una vara en la mejilla– ha merecido el juicio; por lo tanto, es justo que soporte la indignación divina, pero también sabe que llegará un tiempo en que Jehová tomará su causa en sus manos. Entonces sacará a la luz al Remanente que se encontraba en las tinieblas de la tribulación y la angustia, pero que, en esas tinieblas, tenía a Jehová como luz. Durante la noche profunda, la luz estará en el corazón de los fieles, como hoy, en el nuestro, la estrella de la mañana; solo que las tinieblas en las que se verá sumido el Remanente serán el juicio de Dios, mientras que los cristianos, al no ser de la noche, sino hijos del día, no pertenecen en modo alguno a las tinieblas, aunque las atraviesen. No se podrá decir lo mismo del Remanente hasta que haya alcanzado la plena liberación. Entonces su enemiga –que sin duda es aquí la nación apóstata más que las naciones idólatras, y que decía al Remanente en su angustia: «¿Dónde está Jehová, tu Dios?» (insulto que caracteriza la gran tribulación en los escritos proféticos), su enemiga, digo, quedará cubierta de vergüenza cuando sea testigo de la intervención abierta de Jehová en favor de su pueblo. Será «hollada como lodo de las calles». De hecho, en Isaías 10:6 se nos revela que este juicio sobre la «nación pérfida» lo ejecutará el asirio, vara de la ira de Jehová, y que él «la hollará como lodo de las calles».
En los versículos 11-13, Jehová vuelve a tomar la palabra y se dirige a Jerusalén, la ciudad de su elección. Le habla de un día futuro en el que sus murallas serán reconstruidas y en el que los límites de su recinto se ampliarán. Entonces Egipto y Asiria acudirán a ella y sus fronteras se extenderán desde Egipto hasta el Éufrates y de un mar a otro. Entonces también se cumplirá la palabra de Isaías: «En aquel tiempo habrá una calzada de Egipto a Asiria, y asirios entrarán en Egipto, y egipcios en Asiria; y los egipcios servirán con los asirios a Jehová. En aquel tiempo Israel será tercero con Egipto y con Asiria para bendición en medio de la tierra; porque Jehová de los ejércitos los bendecirá diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad» (19:23-25).
Pero es importante señalar que, antes de esa restauración definitiva, «y será asolada la tierra a causa de sus moradores, por el fruto de sus obras» (v. 13). Se trata, como nos enseña todo el desarrollo de esta profecía, del asirio profético que, antes de abalanzarse sobre el rey del Sur, atravesará la tierra de Israel, reduciéndola a la desolación, como un torrente que se desborda.
Entonces los fieles exclaman: «Apacienta tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que mora solo en la montaña, en campo fértil; busque pasto en Basán y Galaad, como en el tiempo pasado» (v. 14). Más allá del juicio que está atravesando, el Remanente anhela la bendición futura, pero, durante la tribulación, ya disfruta de los cuidados del Pastor de Israel; siente su presencia junto a él al atravesar el valle sombrío, donde el contacto con la vara del Pastor le tranquiliza: «Tu cara y tu cayado, me infundirán aliento» (Sal. 23:4). El rebaño de su herencia, ese Resto que sufre y es despreciado, es llamado su pueblo y, a la espera de poseerlo cuando entre en su reino glorioso, lo apacentará en la soledad del Carmelo, en el lugar del retiro oculto de los profetas, lugar donde el pueblo fue llevado de nuevo al culto de Jehová, donde los enemigos de Elías, destruidos por el fuego del cielo, no pudieron ponerle la mano encima, y desde donde partió Eliseo para resucitar al hijo de la sunamita. ¡Cómo este lugar simbólico servirá para animar al “rebaño de la herencia” en esos días, ahora acortados, que precederán a la liberación final, en la que las ovejas pastarán en Basán y en Galaad, en los pastos fértiles como en los días de antaño! Esta liberación ya está a las puertas; tras la destrucción de la Bestia y del falso profeta, solo queda un último enemigo: el asirio. Mientras espera a que «llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude» (Dan. 11:45), Jehová dice: «Mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo» (Is. 32:18).
En los versículos 15-17, Jehová vuelve a tomar la palabra: «Yo les mostraré maravillas como el día que saliste de Egipto. Las naciones verán, y se avergonzarán de todo su poderío; pondrán la mano sobre su boca, ensordecerán sus oídos. Lamerán el polvo como la culebra; como las serpientes de la tierra, temblarán en sus encierros; se volverán amedrentados ante Jehová nuestro Dios, y temerán a causa de ti» (v. 15-17).
Dios recuerda aquí el día en que sacó a su pueblo de Egipto. Entonces era todo el pueblo; ahora, a sus ojos, ya solo está representado por el Remanente. La liberación será tan maravillosa para él como lo fue antaño para Israel al salir de Egipto. El asirio será derrotado como lo fue en su día Faraón, y será aniquilado entre 2 mares, como aquel lo fue en el mar Rojo. Al oír estas noticias, las naciones, al igual que antaño los pueblos de Canaán, perderán todo ánimo y se les derretirá el corazón (Josué 2:11).
«Lamerán el polvo como la culebra», dice el Remanente. Este versículo se corresponde con el Salmo 18:44-45, donde el Mesías se expresa así: «Los hijos de extraños se sometieron a mí. Los extraños se debilitaron Y salieron temblando de sus encierros». Bajo una obediencia fingida, su corazón no se transformará; solo se someterán exteriormente a un poder al que les resultará imposible resistirse y que, ante la más mínima señal de rebelión, «los quebrantarás con barra de hierro, como vasija de alfarero los desmenuzarás» (Sal. 2:9). Su rebelión final tras el glorioso reino de 1.000 años (Apoc. 20:7-10) demostrará que solo se habían sometido por la fuerza. Su corazón, puesto a prueba por la gloria, como lo fue antaño por la gracia, no habrá cambiado. Aquí se expresa más bien el temor que el engaño, mencionado en el Salmo 18, pero uno siempre acompaña al otro cuando el corazón carece de rectitud. Huelga decir que «la gran multitud, que nadie podía contar» y que constituirá durante el Milenio a los salvados de entre las naciones (Apoc. 7:9) no se incluye entre aquellos de quienes nos habla este pasaje.
Versículos 18-20. Hemos visto cómo el Remanente ha sido guiado, desde el primer despertar de la conciencia (6:6), a través del arrepentimiento y el juicio de sí mismo (7:1), hasta llegar a una plena confianza en Dios (7:7) y a la aceptación de la prueba como consecuencia de su pecado contra Cristo (7:9); pero tiene la certeza, en medio del aislamiento en el que Dios lo mantiene y de los juicios que se abaten sobre él, de que no le faltará el cuidado del Pastor de Israel (7:14). Al recibir al mismo tiempo de boca del Mesías la certeza de su restauración y de un período de paz que seguirá a la desolación del país (7:9, 15), se regocija de antemano al ver a las naciones sometidas al cetro de su Rey (7:17).
El día de la liberación está a punto de llegar: asistimos al canto de triunfo entonado alternativamente por el Remanente y por el profeta, quien, en la aflicción de esta larga prueba, lo había exhortado, consolado y animado en la esperanza.
«¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia» (v. 18). El Remanente se autodenomina aquí: «el remanente de su heredad». La nación apóstata acaba de recibir el castigo por su iniquidad. ¡Qué gozo para los fieles saber que han sido perdonados! Esta felicidad solo puede ser plenamente apreciada y saboreada por corazones que han sentido todo el peso de su culpa ante Dios. ¡El perdón! ¡El olvido total de su transgresión! ¡Cómo se sienten liberados en Su presencia!
«No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia» (v. 18). Aquí creo oír la voz del profeta participando en este himno de acción de gracias. Antes del pleno establecimiento de Israel en su tierra, ya se proclama la liberación. La ira de Jehová no puede durar para siempre, porque se complace en la bondad, y esta verdad la afirma el alma que acaba de ser objeto de ella de una manera tan maravillosa. Lo repito: en nuestro profeta, el objetivo aún no se ha alcanzado, ni ha llegado la perfección, pero la fe, confiando en lo que Dios ya ha cumplido, se adelanta a la plena realización de todas las promesas de Dios.
Por eso, el Remanente retoma: «Volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades» (v. 19). ¡Oh, qué felicidad para él hablar de Dios! ¡Con qué certeza anuncia lo que Dios hará! Será una purificación completa: Dios, que “perdona la iniquidad”, no se limitará al simple perdón, sino que la «sepultará», ¡y ya no ante sus ojos! «Volverá a tener misericordia de nosotros», pues se complace, no en el juicio del mal –por muy necesario que sea para su santidad– sino en sus misericordias. ¡Y qué alcance infinito tiene para los corazones convertidos a Dios esta única palabra que abarca la inmensa obra de la Redención: «las compasiones de Dios» (Rom. 12:1).
Aquí el profeta, dirigiéndose a Dios mismo, retoma la palabra: «Y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados» (v. 19). Los fieles aprenden, a través de la palabra profética, que nunca más se volverá a hablar de sus pecados, ya que Dios mismo los habrá desterrado de su presencia y los habrá arrojado con sus propias manos al gran abismo. Tal será el carácter del nuevo pacto de Jehová con su pueblo (Hebr. 8:10-13).
Por último, el Señor deja al Remanente el gozo de pronunciar la última palabra: «Cumplirás la verdad a Jacob, y a Abraham la misericordia, que juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos» (v. 20). Los fieles proclaman que las promesas de Jehová son irrevocables. Para afirmarlo, se remontan al juramento incondicional que Dios hizo a Abraham y a Jacob. Toda la historia de su responsabilidad como pecadores ha terminado para siempre. El desierto y la Ley amenazadora del Sinaí han llegado a su fin; a Israel solo le queda un Dios fiel a sus promesas, un Dios cuya justicia se fundamenta firmemente en su gracia, un Dios que justifica para siempre al pecador y condena para siempre al pecado.
Así concluye esta magnífica profecía. Pocos profetas destacan con mayor constancia que Miqueas la gracia que se eleva por encima del juicio y el trabajo de la conciencia mediante el cual el creyente llega a disfrutarla sin reservas. Miqueas nos conduce, por así decirlo, al umbral del Evangelio y nos abre su puerta.
Sin embargo, su profecía se limita al Remanente de Judá, al que incluye en las bendiciones del nuevo pacto, de las que disfrutará como pueblo de Dios en la tierra. Nos conduce, paso a paso, hasta el canto del amanecer milenario: «¡Para siempre es su misericordia!» El capítulo 2:12 nos habla de la futura reunión del Remanente. En el capítulo 4:1-8 vemos la restauración de Jerusalén con el Remanente (v. 7) en medio de ella. El capítulo 5:7-9 nos muestra al Remanente llevando en el futuro los mismos rasgos de su Señor y de su Rey: la gracia que atrae y la fuerza que domina. En el capítulo 7, el Reino se establecerá; el nuevo pacto se ha sellado, las promesas se han cumplido; la restauración moral del Remanente es completa; puede entonar el cántico de la liberación. En todos estos pasajes se nos presenta como el rebaño del Pastor de Israel, del que están excluidos los lobos; un rebaño guiado, custodiado, alimentado, sostenido y consolado por su glorioso Pastor, y que puede decir: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal. 23:4).