Estudio sobre el Eclesiastés


person Autor: Henri ROSSIER 55

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1 - Introducción

El Eclesiastés es el libro del «Predicador». ¿Quién podría dudar de que este Predicador sea Salomón (vean cap. 1:2, 12)? Sin embargo, los eruditos, acostumbrados a ponerlo todo en duda salvo su propio saber, lo niegan. Por lo demás, esta negación no debe sorprendernos, pues ningún hombre, por muy instruido que sea, puede comprender los pensamientos más sencillos de Dios sino por el Espíritu de Dios. El creyente, habiendo recibido este Espíritu que todo lo escudriña, es capaz de comprender los secretos de la sabiduría, el propósito de Dios al darnos estas instrucciones y el provecho que podemos sacar de ellas. Esto es precisamente lo que va a hacer el Predicador: quiere reunir a su alrededor a aquellos que tienen oídos para oír, con el fin de instruirlos y comunicarles sus experiencias.

La enseñanza del Predicador tiene un carácter muy particular que no se encuentra en ningún otro libro de la Biblia. El lector podrá darse cuenta de ello a través de las siguientes consideraciones que vamos a presentar.

En el Génesis, vemos a un hombre, el primer Adán, introducido en la tierra, inocente, sin conocimiento del bien y del mal, en medio de una creación que salió bella y muy buena de las manos de Dios, un hombre en relación con su Creador y sabiendo que este juzga toda desobediencia, un hombre con un espíritu capaz de comprender y saborear todo lo que le rodea, un organismo apto para ejercer un dominio efectivo sobre el mundo entero, un corazón, en fin, capaz de amar y que recibe de Dios un objeto digno de su afecto. Para ser feliz, este hombre solo tiene que permanecer en la dependencia del Ser soberanamente bueno que ha puesto la Creación bajo sus pies. ¿Qué ocurre?

Ante la primera tentación, este hombre, en lugar de mantener el temor (respeto) de Dios, se enorgullece, considera como un objeto que arrebatar el hecho de ser igual a su Creador, actúa con independencia, cae, y toda su felicidad se derrumba. El hombre, conociendo ya el bien y el mal, es incapaz de hacer el bien; se ha convertido en esclavo del pecado. El mundo está arruinado, la muerte ha entrado en él; incluso el cielo está cerrado al hombre y el juicio de Dios es su único futuro, a menos que la gracia intervenga para salvarlo. Tal es, en efecto, el único recurso que Dios revela al hombre inmediatamente después de la caída (Gén. 3:15).

Como cumplimiento de esta Revelación, he aquí ahora un segundo caso: el postrer Adán prometido entra, no en el escenario puro y bueno de la Creación donde había sido colocado el primer hombre, sino en el escenario de pecado y muerte establecido por la desobediencia del primer Adán. Entra en él, no con la inocencia del primer hombre, sino con una santidad perfecta. Entra en él con determinación, con pleno conocimiento del estado del mundo, con un propósito definido, con una sabiduría que no viene a comprobar con desolación esta ruina y la absoluta inutilidad de cambiarla, sino que viene a ponerle remedio. En efecto, la sabiduría divina aporta por medio de este Hombre no un alivio a la miseria del hombre que ni siquiera la sabiduría de Salomón habría podido ofrecerle jamás, sino un remedio absoluto a esa miseria, una liberación completa. Y es que la sabiduría de Dios en Cristo no solo era de origen divino, sino que es la fuente divina misma en un Hombre perfecto, la fuente de luz para disipar las tinieblas, la fuente de vida para vencer a la muerte, la fuente de purificación para quitar el pecado y reconciliar al hombre con Dios.

Esta sabiduría divina en un Hombre era a la vez la luz que revela el mal y el amor que le pone remedio. Desde la eternidad, antes de cualquier creación, antes de la existencia del mal, antes de la caída, esta sabiduría se deleitaba con los hijos de los hombres (Prov. 8:31) y quería encontrar su deleite en ellos. Estaba en perfecta armonía con Aquel que la había engendrado: «He aquí yo vengo… para hacer tu voluntad» (vean Hebr. 10:7), dijo al entrar en el mundo. Esta sabiduría era amor. ¿Qué acogida recibió? El «Predicador», por muy sabio que fuera, no encontró personalmente en este mundo ni malicia ni odio. Sin duda, solo comprobó vanidad, dolor y aflicción de espíritu, pero sus propias experiencias lo sometían a él mismo a la vanidad de todas las cosas. No fue así con la sabiduría personificada en el Hombre Cristo Jesús. El mundo entero se levantó contra él, lo abrumó con injurias y escupitajos, lo clavó en una cruz, porque el hombre no podía soportar la verdad y no quería la gracia, porque prefería la esclavitud de Satanás a la reconciliación con Dios. Pero ¡el mismo acto por el cual el hombre rechazó a Cristo se convierte en el medio de salvación para el pecador! ¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios y cuán ilocalizables sus caminos! ¡A Él sea la gloria por los siglos!

El Eclesiastés nos presenta un tercer caso. En él vemos a un hombre, Salomón, no inocente como Adán antes de su caída, sino conocedor del bien y del mal. Sin embargo, este hombre está en relación con Dios como Adán; al igual que él, posee los primeros rudimentos de los oráculos de Dios: «La fe en Dios» y el conocimiento del «juicio eterno» (Hebr. 5:12; 6:1-2). Solo que no se nos presenta aquí, en el Eclesiastés [1], como alguien que haya recibido una Revelación que lo ponga en relación con Jehová, el Dios de la alianza [2]. En estas condiciones que acabamos de describir y en las que se encuentra el Eclesiastés: conocimiento del bien y del mal, y relación con Dios sin revelación, el conocimiento de Dios va necesariamente acompañado del temor (o respeto) hacia Dios y de la certeza de que él debe ser un Juez para todos los hombres. Tal es el panorama moral del Predicador; de hecho, salvo por el conocimiento que posee del bien y del mal, su estado se asemeja al de Adán antes de la caída.

[1] En Proverbios ocurre lo contrario.

[2] Como fue el caso de Adán tras la caída.

Sitúe ahora a este hombre en medio de una creación mancillada y corrompida por el pecado, y concédale una capacidad ilimitada para disfrutar de la vida y de todas las cosas buenas y agradables que el mundo contiene. Dele, por fin, el don de abarcar todas las cosas debajo el sol, una sabiduría de origen divino que Adán no tenía, pero que se ha confiado a un ser débil que no puede preservarse de las experiencias personales más humillantes. Ponga ante este hombre la tarea de encontrar, mediante la sabiduría, una forma de vivir, de ser feliz y de regocijarse en este entorno corrupto. Haga que pruebe todos los placeres terrenales y que sondee todas las cosas de este mundo: el conocimiento, el poder, la riqueza, las obras de la Creación, la satisfacción de todos sus deseos; dele todo lo que se pueda adquirir con el trabajo, hágale saborear incluso la locura (sin renunciar, sin embargo, a la sabiduría), para que conozca también lo que hay en el fondo de ella, y si puede aportar algún gozo a su alma. Situado en este entorno, ¿en qué se convertirá este hombre? Una lección inmensa, cuyo resultado es, por un lado, la desdicha más completa, el desencanto, el asco de todo, incluso del conocimiento (pues, aplicado a las cosas de la tierra, en lugar de satisfacer al sabio, le deja en la boca un sabor amargo del que no puede liberarse); y, por otro lado, la certeza de que, en ausencia de una Revelación, no puede haber otro recurso para el hombre que el temor de Dios, pero ¡ay!, ¡de un Dios ante cuyo juicio habrá que comparecer al final!

Este libro no va más allá, aunque el resultado obtenido ya sea de una importancia capital (12:13). Llegados a este punto, se necesitará una Revelación para hacer descubrir a el alma, en ese Dios Juez, a un Dios Salvador, y proporcionarle por fin una felicidad que ni la mayor sabiduría, ni el conocimiento del Dios Creador y Juez podían darle. Solo se ha dado el primer paso, pues el propio Salomón nos enseña que el temor de Jehová conduce a la vida (Prov. 19:23).

Lo que acabamos de decir explica por qué el nombre de Jehová, que se reveló como el Dios de la alianza con Israel, el Dios que no solo se había dado a conocer bajo la Ley por su justicia, sino también por su bondad y su misericordia –antes de revelarse bajo el Evangelio como el Dios de amor y gracia– por qué, digo, Jehová no aparece aquí. Salomón lo conocía como tal en los Proverbios, pues, incluso cuando habla allí de temor, es el temor de Jehová lo que menciona; pero aquí, por así decirlo, hace abstracción del conocimiento del Dios de la alianza, a fin de llegar a sondear lo que es el mundo en sí mismo para el más sabio, el más poderoso y el más afortunado de los hombres, privado de una Revelación.

Otro gran rasgo distingue al «Predicador» del primer Adán antes de su caída. Este último, mientras carecía del conocimiento del bien y del mal, no sufría. Su vida transcurría (¡cuánto tiempo duró eso, ay!) en el frescor de la inocencia y la felicidad de poseer sin ninguna restricción, salvo en un único punto, todo lo que pudiera desear de las cosas visibles. En el Eclesiastés, en medio de las circunstancias que siguieron a la caída, pero con la facultad de disfrutar de todo lo que la tierra ofrece al hombre, la sabiduría de Salomón no le aporta ninguna satisfacción. Todo es angustia; la corrupción se mezcla con todo; un gusano se encuentra en el corazón mismo del fruto más bello; y es al final de una larga vida cuando el Predicador afirma estas cosas (7:25-29). En estas condiciones, conocer es sufrir, y lo aprenderemos a lo largo de todo este libro. Por fin, la sabiduría misma hace descender a este hombre a su propio corazón, pues Dios ha puesto allí el mundo (3:11) y ¡allí también descubre locura y vanidad!

El Predicador, que conoce a Dios y le teme, exhorta a los hombres a temerle también, y aplica él mismo esta sabiduría a su propia búsqueda de la felicidad en este mundo, pero en lugar de felicidad solo encuentra tormento y amargura. Parecería que, consciente de su sabiduría, debería encontrar en ella una compensación, pero no puede obtenerla. No solo su sabiduría no puede elevarse por encima del entorno en el que se ejerce, sino que está limitada al presente, condenada a olvidar lo suficiente del pasado como para no poder comprenderlo por completo; y en cuanto al futuro, se encuentra ante una puerta cerrada que solo la Revelación podría abrirle, y cuyo más allá sigue siendo un secreto para la sabiduría mientras no haya recibido una Revelación. Es esta puerta cerrada la que tan a menudo da una apariencia de racionalismo a las experiencias del Predicador.

Poseemos 3 libros de Salomón.

En los Proverbios, la Sabiduría misma, en la que por momentos reconocemos a Cristo, la Sabiduría eterna personificada, toma al joven como discípulo al comienzo de su carrera. Ella es su Maestra para guiarlo bajo la mirada de Jehová –del Dios que se le ha revelado– por todos los caminos en los que el alumno puede honrarla apartándose “del Seol que desciende”. Así, el joven, bajo la guía de la Sabiduría, purificará su camino cuidándose de acuerdo con la Palabra, es decir, según la Revelación directa de Dios.

En el Eclesiastés, nada de eso, como acabamos de ver. La sabiduría de los Proverbios conduce al hombre hacia la luz; la del Eclesiastés lo introduce en las tinieblas del hombre, en medio de todo lo que ocurre «debajo el sol».

Existe, además, entre estos 2 libros, una diferencia digna de mención cuando se emprende escribir sobre el Eclesiastés. Los Proverbios terminan con la alabanza de la mujer virtuosa, fuerte y sabia. Se la celebra –es casi la última palabra del libro– porque teme a Jehová y no busca ni la gracia ni la belleza, que no son más que vanidad (Prov. 31:30), por lo que el libro no se detiene en esta última, ya que el temor de Jehová caracteriza a la mujer virtuosa y recorre como un hilo de oro la trama de todo el libro [3]. El Eclesiastés tiene el temor de Dios como conclusión de todo el libro (12:13), pero solo tras las amargas decepciones de quien persigue la felicidad y la alegría, no es, pues, un hilo de oro, sino un hilo negro el que atraviesa toda la trama, y ese hilo negro es la vanidad.

El Cantar de los Cantares difiere por completo de los 2 libros anteriores. De principio a fin, es un cántico alternado de amor. Nos habla de las relaciones entre Cristo, el esposo, e Israel, su esposa, restablecidas sobre la base de un deseo mutuo después de que, por parte de Israel, todo hubiera fallado y esa nación “no haya guardado su viña”. La esposa sabe que es de su Amado y que su Amado es de ella. Su sabiduría consiste en conocer el amor.

Todo lo que acabamos de decir encontrará su desarrollo en el Estudio que deseamos emprender.

2 - Capítulos 1 y 2

2.1 - Capítulo 1

Como dijimos al principio, Salomón asume en este libro el papel de un Predicador. Él quiere que sus oyentes se beneficien de las experiencias que ha vivido gracias a la sabiduría que Dios le ha dado. No se conforma con ejercerla en el gobierno de su pueblo, pues para eso se la había pedido a Dios (2 Crón. 1:9-12); pero se nos dice que había recibido de Dios «sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios. Aun fue más sabio que todos los hombres, más que Etán ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol; y fue conocido entre todas las naciones de alrededor. Y compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco. También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Y para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de todos los reyes de la tierra, adonde había llegado la fama de su sabiduría» (1 Reyes 4:29-34). Esto fue lo que lo convirtió en «el Predicador».

Además, todo estaba a su disposición: todo lo que la riqueza podía adquirir, todo lo que el poder podía obtener, todo lo que la sabiduría podía sondear y hacer suyo. Había disfrutado de todos los placeres; había escrutado todas las obras de Dios y conocido las leyes por las que se rige la vida de los hombres y el orden del universo. Por lo tanto, no tenía ningún motivo para quejarse del mundo (2 Crón. 9:22-24).

Desde el principio, según la costumbre de los Predicadores, este indica su tema y establece su texto: «Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad» (v. 2). Luego, a lo largo de todo el resto del libro, trata este tema en detalle, para llegar finalmente a la conclusión, a la suma de todas las experiencias que ha vivido: «Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad» (12:8). ¡Vanidad! ¡Un soplo, una sombra que pasa, una existencia sin futuro, la vida del efímero alado que apenas dura un día!

Versículo 3. «¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?» Plantea la pregunta que se desarrollará en todas sus facetas a lo largo de este libro, pues toma como protagonista al hombre inmerso en los asuntos de la vida, ocupado, acostumbrado al trabajo y a una actividad a menudo devoradora.

A esta pregunta, los versículos 4-11 nos dan la respuesta: «Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece». El hombre, el único ser inteligente, no perdura, mientras que el mundo perdura y el curso de la naturaleza es inmutable. Esta sigue leyes fijas, siempre las mismas y renovándose sin cesar. El espíritu se cansa de seguir este trabajo continuo, de ver, oír, conocer; siempre vuelve al mismo punto: no hay nada nuevo debajo del sol, e incluso el recuerdo de las cosas que han precedido se desvanece invariablemente.

Versículos 12-15. El Predicador se ha esforzado por sondear y comprender estas cosas; tenía a su disposición 2 medios para explorar todo lo que se hace bajo los cielos: un poder real que nadie antes que él pudo igualar, una sabiduría de origen divino que superaba a todas las demás. Todas las obras que se hacen debajo del sol han pasado ante sus ojos y su inteligencia se ha dado cuenta de ello. El resultado es que todo es vanidad, una búsqueda que nunca puede alcanzar lo que pretende atrapar. ¡Encuentra la manera de atrapar el viento! «Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse»; el obstáculo para un conocimiento fructífero es que el mal está ahí y lo ha deformado todo. A raíz del pecado, los eslabones de la cadena de las cosas se han dispersado. Por todas partes hay lagunas sin ningún medio de llenar los vacíos.

Así, desde el principio, el hecho de que, a pesar de la regularidad de sus leyes, el mundo sea una ruina, se convierte en el obstáculo para todo conocimiento y todo disfrute verdaderos.

Versículos 16-18. Las cosas siendo así: por un lado, la persistencia de un orden regular en la creación; por otro, el desorden provocado por el pecado, el Predicador se dedicó a sondear, por un lado, lo que es conforme a la sabiduría, y por otro, la irracionalidad y la locura que han trastornado ese orden, y ha comprendido que «aun esto era aflicción de espíritu». Pero la felicidad que esperaba alcanzar mediante este conocimiento se ha convertido en aflicción y dolor: «Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor». ¿Cómo podría alegrarse el sabio cuando ve, a pesar de lo que subsiste de la maravillosa creación de Dios, todas las cosas materiales y morales marchitas en su belleza y corrompidas por el mal? Ahora bien, esta experiencia alcanza a todo hombre sabio. En medio del naufragio producido por el pecado, el propio hombre subsiste solo como un triste resto de sus bendiciones pasadas.

Así pues, todo en la naturaleza, a pesar de la regularidad de los fenómenos, se encuentra en un continuo movimiento. No hay descanso para el hombre, y para completar el cuadro de su estado, la vanidad de todo y el olvido de las cosas pasadas lo caracterizan. Además, es incapaz de remediarlo, pues no puede enderezar lo que está torcido.

2.2 - Capítulo 2

Antes de continuar este estudio, recordemos que el “Más Allá” y lo Invisible son totalmente ajenos al Predicador y se consideran aquí como desconocidos para él, pues solo pueden ser conocidos mediante una Revelación divina, y el objetivo del Espíritu de Dios en este libro es precisamente hacernos considerar todo lo que es «vanidad» al margen de esa Revelación. Salvo, pues, el conocimiento de Dios, del Dios soberano, propio del hombre que no está degradado por la idolatría, el sabio no puede considerar aquí más que las cosas visibles.

Versículos 1-3. Para adquirir el conocimiento del que habló en el capítulo 1, el Predicador se entregó al gozo y al bienestar de la vida. Pero he aquí que la risa resultó ser una locura para el sabio, y dijo al gozo: «¿De qué sirve esto?» ¡Era sin fin y sin sentido! ¿Quizás habría que buscar el bien en la locura? ¿No se dice en Proverbios?: «Dad… vino a los de amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, y de su miseria no se acuerden más» (31:6-7). Eso es lo que el sabio intentó hacer, en la medida en que no se abandonaba a ello y mantenía intacta la sabiduría que Dios le había dado. Y he aquí que todo esto resultó ser vanidad, el vacío, sin duración, sin provecho para los hombres.

Versículos 4-11. Entonces el Predicador probó todo lo que pueden dar el poder real y la fortuna. Hizo grandes cosas: deleite para los ojos, felicidad de la posesión, palacios y jardines, embellecimiento de la naturaleza, cultura, cuidado de los rebaños, interés por la agricultura y sus productos, un mundo de siervos y siervas; plata y oro en abundancia; todas las riquezas de las provincias afluían a sus tesoros; la música y el canto que elevan el alma a regiones serenas; la satisfacción de los sentidos en el amor terrenal, el aumento del poder; en una palabra, todo lo que Salomón podía desear, su fastuosidad real lo obtuvo, y «a más de esto –dice–, conservé conmigo mi sabiduría ». Pero añade: «Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol».

Versículos 12-19. La sabiduría tiene, sin duda, y quién podría negarlo, una ventaja sobre la locura. El sabio está en la luz y ve; el loco está sumido en las tinieblas y camina en ellas. ¡Y, sin embargo, el destino de ambos es el mismo! ¿Dónde está el provecho? La muerte llega, alcanzando al sabio y al necio. El gusano destructor está en la raíz de todo disfrute (2:16; 3:19-20; 5:15; 6:6; 9:3). Y observemos aquí que la muerte, en el Eclesiastés, según el plan de todo el libro, no conduce al “Más Allá”, sino que separa del presente, de todos los frutos del trabajo, en el momento en que el hombre va a cosecharlos. ¿Cuál es, pues, el provecho?

Por eso el sabio exclama: «Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu».  Incluso ha «odiado todo su trabajo» en el que ha trabajado debajo el sol. ¡Si al menos su heredero hiciera buen uso de lo que le dejará! Pero no, ¡el trabajo del sabio se convierte en la herencia del necio!

Versículos 20-23. Estas consideraciones llevan al Predicador a desesperarse de todo. Todo el trabajo más cautivador y productivo del hombre no le procura en todos sus días más que dolor y aflicción, y le crea noches sin descanso para su corazón. Así, de capítulo en capítulo se repite esta queja desoladora, esta comprobación siempre renovada de la vanidad de todas las cosas, hasta que por fin el sabio haya encontrado la última palabra de todos los caminos por los que Dios le hace pasar.

Versículos 24-26. Queda, sin embargo, una consecuencia del gobierno de Dios: que él da sabiduría, conocimiento y gozo a quien le es agradable y que, si además le añade, como hizo con Salomón, el disfrute material de los bienes de este mundo: comer, beber y disfrutar del fruto de su trabajo; mientras que el pecador se ve obligado a reunir y acumular para aquel que es agradable a Dios. Pero ¿tiene este orden establecido por el gobierno de Dios consecuencias duraderas para el hombre? Esto también es vanidad y correr tras el viento.

3 - Capítulos 3 y 4

3.1 - Capítulo 3

Tras el tema que el Predicador ha desarrollado en los 2 primeros capítulos de este libro, parece que aquí aborda un tema nuevo.

En los versículos 1-8, comienza por establecer que la actividad humana es una sucesión de contrastes, de cosas opuestas, cada una de las cuales llega a su tiempo. Una voluntad oculta las dirige. El pecado se manifiesta por doquier: la muerte, la destrucción, el asesinato, las ruinas, el llanto, los lamentos, las lapidaciones, los odios, las guerras. Por otra parte, también se manifiesta por todas partes una tendencia opuesta; hay brechas restauradas, dolores apaciguados, heridas curadas. Todas estas cosas se suceden; los tiempos y las estaciones están regulados para mantener el equilibrio en este pobre mundo. El mundo no es, como se enseña, una mezcla de mal y de bien, pues está por completo “sumido en el mal” y comprobarlo será la experiencia del Predicador; el mundo es un escenario de maldad, pero eso no le quita a Dios su privilegio de modificar el orden de las cosas sirviéndose del hombre para reconstruir lo que este mismo ha destruido o bien para destruir lo que fue reconstruido. Así, cada cosa sucede en su tiempo.

Era muy importante comprobar que si, por parte del hombre, todo es vanidad (2:26), Dios puede servirse en su momento del propio hombre para aplicar remedios a las heridas o para introducir el bien en medio del mal.

En resumen, encontramos aquí un aspecto del mundo distinto al de los primeros versículos del capítulo 1. Allí se nos hablaba del retorno regular de todos los fenómenos de la creación, que se sucedían en un círculo uniforme que no daba lugar a la aparición de un fenómeno nuevo. Aquí, Dios nos hace partícipes de una obra de destrucción y reconstrucción regular, en un mundo donde, desde el principio, el pecado lo ha estropeado todo, pero donde la Providencia divina se sirve del hombre para mantener el equilibrio actual mientras no haya llegado la hora de la destrucción final.

Versículos 9-11. Ahora se plantea la pregunta: ¿Por qué toda la actividad tan real del hombre no reporta nada? La respuesta es esta: Al principio Dios hizo todo hermoso, luego puso al hombre en el centro de su creación con la facultad de comprenderla y dominarla: “Puso el mundo en su corazón”. El corazón del hombre se convirtió así en un “microcosmos” en medio de esa inmensidad, un pequeño mundo en el que se refleja toda la creación. Ahora bien, ¿qué ha resultado de esa belleza inicial y de todo ese orden establecido por Dios? El pecado ha entrado, la creación se ha echado a perder, el mundo permanece aún en el corazón del hombre, pero este ya no es capaz de concebir el orden según Dios, en medio del desorden producido por el pecado: «Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin» (v. 11) [4].

[4] Traducir «el mundo en el corazón» por «la eternidad en el corazón» nos parece, aunque esta traducción tenga defensores, en contradicción con todo el pensamiento del Eclesiastés, que se mantiene al margen del ámbito espiritual y solo considera la persistencia de las cosas presentes, con su desoladora conclusión. Jamás la eternidad en el corazón podría llevar al hombre a concluir que todo es vanidad.

Versículos 12-17. Ante esta incapacidad, provocada por el pecado, el Predicador vuelve a lo que dijo al principio:

1. «Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor». Así había concluido también en el capítulo 2:24, y no lo niega. Este disfrute fue ordenado para el hombre en la creación, donde Dios le había dado todas las cosas para que las disfrutara.

2. Todo lo que Dios hace es inmutable y perdura. Esto es lo que el Predicador había reconocido desde el principio (1:4-7). No hay nada que añadir, ni nada que quitar. Este orden completo y magnífico tenía por fin que el temor al Dios Creador se estableciera en el corazón del hombre: «Y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres».

Pero he aquí (v. 16-17) que todo se echa a perder por el pecado. En lugar del bien, se encuentra la maldad debajo del sol; el temor de Dios ya no existe en el corazón del hombre; la justicia no reina. ¿Qué sucederá, pues? Que Dios juzgará al justo y al impío.

Así es como, sin una Revelación positiva, el hombre sabio, ante el enigma del mundo, debe concluir. Este hombre sabio conoce a Dios; al conocerlo, le teme; al temerlo, sabe que Dios no puede soportar el mal y que algún día deberá juzgarlo, dondequiera que se encuentre, ya sea en el justo o en el malvado. No hace falta una Revelación para ello. ¿Acaso no se lo dice la conciencia natural del hombre caído? Adán se esconde ante su juez, un pobre pagano idólatra busca apaciguarlo.

Versículos 18-22. Y ahora, comprobación desoladora, que no excluye en absoluto el juicio de Dios: ¿de dónde viene que el hombre siga el mismo camino que la bestia? ¿Estaba sometido primitivamente a la muerte? ¿Tiene alguna ventaja sobre la bestia? No, vuelve al polvo como ella. Es el fruto del pecado, como todo lo que nos presenta este capítulo (vean Gén. 3:19). La sabiduría sin una Revelación no va más allá de este pensamiento. No sabría decir si el espíritu del hombre va hacia arriba y el de la bestia hacia abajo. Esta simple pregunta detiene la sabiduría del hombre, que es incapaz de resolverla. No puede sondear ni siquiera el futuro más cercano. Dios lo ha dispuesto así para poner a prueba al hombre y hacerle comprender de cerca la causa de tanta miseria e ignorancia. Al hombre no le queda, pues, más que regocijarse «porque ésta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?», ante un futuro cuya visión, salvo el juicio, le está completamente vedada.

3.2 - Capítulo 4

Versículos 1-3. El problema del mal en el mundo y en el corazón del hombre continúa en los primeros versículos del capítulo 4.

En los versículos 1-3, el Predicador se vuelve para contemplar todos los horrores que se cometen debajo del sol, tal como se había vuelto en el capítulo 2:12 para ver la sabiduría y la locura. ¿Acaso no hemos presenciado en nuestros días las escenas que aquí se describen? Las opresiones, las lágrimas y la desesperación de los oprimidos, la fuerza brutal ejercida sobre las víctimas, y la ausencia de consoladores... ¿no hemos visto todas estas cosas? ¡Dichosos los muertos; más dichosos todavía los que nunca han existido! ¡Estos, al menos, no han visto la actividad del mal desarrollándose a plena luz del día! Apresurémonos a decir que nunca el cristiano se expresará de tal manera. No es que no esté lleno de un santo horror al mal, sino que atraviesa estas cosas con paciencia, sin esperar del Señor ninguna realización en la tierra de las cosas que constituyen su esperanza. Vive en una esfera celestial, totalmente ajena al Predicador, pues a este se le había encomendado la tarea de apreciar con sabiduría las cosas presentes, en un mundo mancillado por el pecado, para mostrar si se podía sacar algún provecho de ellas.

Versículo 4. El sabio examina a continuación, no solo el trabajo del hombre, sino la habilidad que despliega en él, y he aquí que no encuentra nada en todo ese esfuerzo más que la envidia de unos contra otros, el deseo de superarse a sí mismo y de superarse mutuamente para que el competidor no disfrute de las mismas ventajas. Esto también no es más que fruto del pecado; ¡vanidad y persecución del viento!

Este pensamiento le lleva (v. 5-12) a examinar las diferentes formas de la actividad humana en el mundo. Lo que se acaba de decir no excluye el hecho de que en esta actividad haya cosas provechosas, principios que, según el gobierno de Dios, tienen consecuencias felices. ¿Qué va a descubrir el sabio en este ámbito? En primer lugar, se encuentra con aquel que tiene las 2 manos vacías (v. 5), el perezoso que se destruye a sí mismo (comp. con Is. 49:26). A continuación, ve (v. 6) la posibilidad de obtener un fruto mediocre de su actividad, pero el descanso; por fin, contempla al que tiene las 2 manos llenas, con el trabajo y la búsqueda de lo que nunca podrá alcanzar.

En los versículos 7 y 8, el Predicador vuelve la mirada y descubre la vanidad del hombre que trabaja sin cesar, se hace rico y se queda solo. Su vida carece de sentido; no tiene ni sucesor, ni hijo, ni hermano; no tiene ni una pizca de felicidad. ¡Qué ocupación tan ingrata y vana!

Versículos 9-12. En contraste con esta soledad, pues el sabio es capaz de apreciar todo principio útil y bueno en la actividad humana, valora la colaboración en el trabajo, en contraste con el trabajador solitario del que acaba de hablar: «Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo». Se levantan mutuamente, se dan calor el uno al otro a la hora del descanso, se echan una mano en la lucha y en la resistencia. Pero aún mejor, el hombre necesita una fuerza triple, pues el 3 es el número divino. «Y el cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (v. 12). Este número, los cristianos lo tenemos tanto para la lucha como para el servicio: «Vestidos con la coraza de la fe y del amor, y, por casco, la esperanza de salvación» (1 Tes. 5:8).

Versículos 13-16. Se trata del gobierno de los hombres, la juventud y la pobreza, unidas a la sabiduría, son preferibles al poder y a la vejez desprovista de inteligencia y que ya no sabe recibir instrucción. Este hombre es asimilable al esclavo y al pobre revestido sin razón de la dignidad real. ¡Cuántos ejemplos similares en la historia de los reinos! Pero ni siquiera el éxito del joven que sucede al viejo rey dura. El favor del pueblo es inestable.

Todo el final de este capítulo, desde el versículo 5, destaca así lo que puede ser moralmente provechoso en los asuntos humanos y, sin embargo, concluye, a pesar de todo, que «esto es también vanidad y aflicción de espíritu».

4 - Capítulos 5 y 6

4.1 - Capítulo 5

Versículos 1-12. La parte proverbial del Eclesiastés [5] en la que nos adentramos y que alcanzará su plena expresión en los capítulos 10 y 11 podría parecer, a primera vista, que delata una falta de coherencia en la estructura de este libro, pero basta, para convencerse de lo contrario, con observar que la palabra vanidad domina tanto esta parte proverbial como el discurso inicial. Todas las sentencias del Eclesiastés conducen, en efecto, a esta palabra, es decir, que distinguen lo que puede estar en consonancia con los pensamientos de Dios debajo del sol. Nos muestran lo que pertenece al temor de Dios en medio de las vanidades de la tierra (vean el v. 7). El temor de Dios, como hemos dicho, forma parte de los objetivos del Eclesiastés. Este principio es incluso el único que guía la conducta del sabio en un mundo donde todo es vanidad y correr tras el viento. La necesidad de este temor ya se enuncia en el capítulo 3:14; las últimas palabras del Libro nos mostrarán que es «el todo del hombre». Es, en efecto, lo único que debe caracterizar al hombre en su relación con Dios por la fe, sin que haya recibido aún de Él una Revelación positiva.

[5] Esta parte proverbial comienza, propiamente hablando, en el versículo 5 del capítulo 4.

 Encontramos, pues, en estos primeros versículos cuáles deben ser las relaciones del hombre con Dios cuando se acerca a Él, en su Casa. Lo que debe hacer, en primer lugar, es escuchar lo que Dios tiene que decirle, mientras que los insensatos, en su ignorancia del carácter de Dios, acuden allí a ofrecer sacrificios sin valor a Sus ojos. A continuación (v. 2-3) vemos que el temor de Dios nos hará usar de pocas palabras ante Aquel que está en los cielos, mientras que el insensato hace exactamente lo contrario. Por último (v. 4-7), es necesario cumplir un voto, es decir, la decisión, tomada libremente, de consagrarse a Dios y servirle sin restricciones. Es pecado después de haber pronunciado un voto, retractarse de él, alegando como pretexto que fue un error involuntario ante el ángel [6] que fue testigo de ello. El necio hace tales cosas; el que teme a Dios no revoca la palabra que le ha dado.

[6] Dudamos mucho que se trate aquí del Sumo Sacerdote, como se ha afirmado.

 Todas las relaciones con Dios se resumen, pues, en esta única palabra: el temor. No hay que olvidar que hay vanidades, incluso en la pretensión de haber recibido comunicaciones directas de parte de Dios (sueños) y que, a menudo, el sueño, en lugar de ser una comunicación divina, es fruto de todas las ocupaciones del día (v. 3, 7).

Los versículos 8 y 9 se relacionan con los 3 primeros versículos del capítulo 4. El sabio no debe sorprenderse cuando ve al pobre oprimido y al justo pisoteado, pues Dios está atento a todas las injusticias que se cometen en el mundo y es el Juez supremo (Sal. 11:5).

Los versículos 9-17 vuelven a destacar la vanidad de las riquezas y del amor al dinero en contraste con el cultivo de la tierra. El aumento de los bienes aumenta también el número de quienes se los comen. El hombre que los posee nunca disfruta del descanso, mientras que este es dulce para quien trabaja, sea cual sea su situación material.

Todo este pasaje, desde el versículo 4 del capítulo 4, nos muestra, pues, junto al mal y la opresión que reinan en el mundo, ciertas consecuencias felices de una conducta conforme a los principios del gobierno de Dios.

4.2 - Capítulo 5:13 al 6:12

Desde el versículo 13 hasta el final del capítulo 6, el Predicador retoma el tema de los males dolorosos que ha visto debajo del sol (cap. 4:1-3).

Versículos 13-17. Las riquezas son en detrimento de quienes las poseen (no hay que olvidar que, para el judío, las riquezas eran un signo del favor de Dios); o bien perecen y el hijo que debía heredarlas no tiene nada; o, por último, el rico las abandona él mismo al morir y regresa desnudo, como cuando salió del seno de su madre. Nace para morir y lo que hay entre el nacimiento y la muerte no es más que tinieblas, dolor, enfermedad y angustia.

Por último (v. 18-20) encontramos por tercera vez (vean 2:24-25; 3:12-13) la conclusión de todas estas amargas y dolorosas experiencias: «He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte». Para el hombre no hay más que este breve disfrute presente, pues el recuerdo del hombre no es más que el del dolor y el trabajo, y el futuro, al ser desconocido, no puede mencionarse. Solo al final del Libro vemos a qué conduce este disfrute.

4.3 - Capítulo 6

Este capítulo es más que la continuación del capítulo anterior. Sigue describiendo los males dolorosos que se ven debajo del sol.

Versículos 1-6. Se ve a tal rico colmado de bienes y al que no le falta nada de todo lo que desea; pero Dios no le ha dado poder para comer de ello, mientras que un extranjero se sacia de ellos. Vemos a tal hombre tener una numerosa descendencia y alcanzar una edad avanzada. No está saciado de bienes como el primero; y he aquí que muere sin sepultura y ni siquiera ha encontrado descanso para su cuerpo; aunque hubiera vivido 2 milenios, nunca habría visto la felicidad. Todos terminan en la muerte. En verdad, un abortivo que nunca ha visto la luz tiene un destino más feliz que ellos (comp. con 4:3).

Versículos 7-12. El Predicador concluye, como ya lo ha hecho, que todo el trabajo del hombre conduce a un disfrute material sin que su deseo sea satisfecho. El sabio no tiene ventaja sobre el necio; el saber dirigir su vida no le da ventaja sobre los demás hombres. ¿A qué conduce todo esto? La vista es mejor que el deseo. Este último también es vanidad y correr tras el viento. La vanidad se multiplica con sus objetos; el hombre mismo pasa como una sombra y ¿quién le dirá... «Qué será después de él debajo del sol?» Pues, observemos de nuevo, el “Más Allá” invisible está absolutamente cerrado al hombre en el Eclesiastés. Una incertidumbre absoluta lo rodea por todas partes: todo es vanidad.

5 - Capítulos 7 al 9

5.1 - Capítulo 7

El carácter cada vez más proverbial de los capítulos siguientes nos obliga a considerarlos de manera mucho más detallada.

Este capítulo introduce un nuevo tema que podríamos titular: La conducta de la sabiduría en un mundo tal como el pecado lo ha confesionado, es decir, en medio de lo que no es más que vanidad, dolor y locura.

En los versículos 1-9, vemos que en este mundo hay cosas que valen más que otras. A pesar de todo el desorden y la ruina, el sabio se esforzará por buscarlas y encontrará en ellas su provecho. Ya hemos observado un pensamiento similar en el capítulo 4:9-14. Aquí las cosas provechosas se acentúan mucho más y se encuentran en oposición directa con lo que el mundo elige o prefiere. El sabio se encuentra necesariamente aislado en un mundo donde reina la muerte, fruto del pecado. Pero este mismo escenario le ofrece cosas mejores. Son 7, cifra de las cosas completas.

1. «Mejor es la buena fama que el buen ungüento». En Proverbios 22:1, la buena fama entre los hombres vale más que grandes riquezas; aquí se considera desde los ojos de Dios y vale más ante Él que el aceite perfumado con el que se ungían los sacerdotes para cumplir su servicio (Éx. 30:23-33). Por ahí comienza la actividad del sabio.

2. «Mejor el día de la muerte que el día del nacimiento». Este pensamiento es una continuación del 1. Llegar al día de la muerte habiendo hecho una verdadera consagración a Dios es mejor que la entrada en el mundo. En 2 ocasiones, en la vida del sabio, esta última le había hecho desear no haber nacido nunca (4:3; 6:4-5).

3. «Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón». En este mundo donde domina la muerte, la casa donde ha entrado el duelo es mejor que aquella donde reina la alegría. Conviene al sabio frecuentar la primera, pues allí se encuentra ante la realidad, ante el fin de todo hombre, consecuencia del pecado que reina en el mundo. El vivo se lo toma a pecho; ve adónde conduce todo el trabajo del hombre debajo del sol; no alimenta esperanzas ni proyectos que la muerte pueda aniquilar.

4. «Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría». Ser testigo del dolor ajeno, ver correr las lágrimas, hace que el corazón sea mejor, lo dispone a la simpatía, lo impulsa a ofrecer consuelo. Lo mismo ocurre no solo para quien ve sufrir, sino también para quien sufre. Es a través de la tristeza del rostro como Dios actúa sobre el corazón del hombre para hacerle encontrar cosas mejores. Dispuesto así, el corazón de los sabios está en la casa del duelo; es el lugar donde los sentimientos pueden ejercitarse. El corazón de los necios no conoce nada de estas bendiciones; les basta con la alegría de un momento. ¿No será así? ¿No es este el mismo texto del Eclesiastés? El que lleva el luto es considerado bienaventurado por el Señor, pues será consolado (Mat. 5:4); y, para el cristiano, desciende sobre él una bendición de parte del Dios de toda consolación, y esta consolación es eterna (2 Tes. 2:16).

5. «Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla. Y también esto es vanidad». Los sabios aprovechan las experiencias que han vivido para guiar a sus semejantes por el camino recto. Han adquirido la autoridad para reprender y enderezar. Es mejor escucharlos y sacar provecho de ello que escuchar el cantar de los necios: sonidos agradables al oído, pero que no tienen más sentido que quienes los emiten. La risa del necio no dura; se apaga muy pronto como un fuego de espinas debajo de la olla; solo crepita y arde un instante. Después, todo vuelve a caer en el silencio de la muerte. Esto también es vanidad.

6. «Ciertamente la opresión hace entontecer al sabio, y las dádivas corrompen el corazón. Mejor es el fin del negocio que su principio». Hay 2 peligros para el sabio en este mundo. En primer lugar, la opresión, que lo vuelve insensato empujándolo a la rebelión, cuando ve todas las injusticias que se cometen debajo del sol (comp. con 4:1-3). En segundo lugar, un peligro aún mayor: el don, por el que el corazón se deja corromper y empujar a las peores acciones. Tales son, por lo demás, siempre los 2 medios empleados por Satanás para perder a los hombres: la violencia y la corrupción o la astucia. Por eso el final es mejor que el principio. Un corazón que ha tenido que lidiar con el mal sin ira y sin rebelión, que ha rechazado los regalos y no se ha dejado seducir, llega victorioso al final de la prueba, y tal era el final que Dios quería producir [7].

[7] Tal es, al menos, la explicación de este pasaje difícil que sometemos al lector cristiano.

7. «Mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu. No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios». En todas estas pruebas, el sabio ha aprendido la paciencia; no se ha enaltecido ante el mal ni contra él. La paciencia es siempre humilde, dulce, pacífica; sabe sufrir; alcanza las cosas prometidas (Hebr. 6:15). La paciencia es el carácter mismo de Cristo. El que es paciente no se apresura ni se irrita.

Maravilloso cuadro de la vida del sabio en medio de circunstancias, fruto del pecado, y que están todas hechas para provocar su ira, irritarlo o seducirlo. Atraviesa un mundo cuyo carácter conoce bien, en el que solo espera sufrimiento, pero del que sale victorioso siguiendo principios diametralmente opuestos a todo lo que guía a los hombres.

Versículos 10-12. No es sabio decir que el tiempo pasado era mejor que el presente, cosa que todos los hombres (no los sabios) siempre tienden a pensar. Decir eso no es sabiduría, pues esta tiene un juicio claro sobre el estado del mundo, y estaría en contradicción con todo lo que el Predicador nos enseñó cuando pronunció la terrible palabra «Vanidad» sobre todo lo que hay debajo del sol desde la caída. Si todo está perdido y corrompido, queda una cosa tan buena como una herencia: la posesión del pensamiento divino. Es provechosa; protege, del mismo modo que, en el orden de las cosas humanas, las riquezas protegen. Es, de hecho, la única riqueza permanente. Es más, es una fuente de vida para quien la posee. Cuánto más podemos decir nosotros, los cristianos: «La sabiduría… da vida a sus poseedores», nosotros que poseemos a Cristo, la sabiduría de Dios (1 Cor. 1:24).

Versículos 13-14. «Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció? En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él».

El sabio sigue moviéndose en medio de un mundo corrompido por el pecado. Allí encuentra la obra de Dios y el resultado del mal, que no puede ser enderezado y donde las cosas están torcidas por el pecado (1:15). Pero estas cosas torcidas, Dios las deja subsistir y hace uso de ellas. Él ha puesto uno frente al otro: el día del bienestar del que el hombre está invitado a disfrutar y el día de la adversidad que le lleva a reflexionar. De este modo, al hombre se le deja en la ignorancia de lo que vendrá después de él. Una conclusión semejante está plenamente de acuerdo con el libro del Eclesiastés, donde todo acceso a lo invisible está oculto al hombre para que aprenda a ver la vanidad de las cosas que le rodean y cuya armonía ha sido totalmente trastornada por la caída del hombre.

El versículo 15 confirma lo que acabamos de decir: «Todo esto he visto en los días de mi vanidad. Justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días». Estos días de vanidad que han llenado la vida del sabio le han llevado a ver la contradicción absoluta entre lo que está torcido y lo que, según Dios, debería haber sido. ¡La justicia del justo le conduce a la muerte! ¿No es esto como una anticipación profética de lo que le sucederá al propio Jesús? Por otra parte, hay tal impío cuya iniquidad prolonga sus días. La visión del Predicador está siempre limitada por lo que ocurre «debajo el sol». ¡Cuánto difieren los Salmos, por ejemplo, de esta concepción cuando nos describen lo que les espera a los impíos!

Los versículos 16-18 son la continuación de lo que acabamos de ver. El Predicador había hablado de justicia y de maldad. Ahora muestra que puede haber excesos en ambas direcciones, y ¿cuáles son las consecuencias? Se puede sobrepasar la medida cuando se trata de justicia y de sabiduría. No es otra cosa, en este caso, que el orgullo que nos hace exagerar estas virtudes para engrandecernos a través de ellas; pero el orgullo precede a la ruina: «¿Por qué –dice el Predicador– habrás de destruirte?» – Pero se puede ser malvado en exceso: tal pensamiento concuerda con este libro, que nos describe el mundo tal y como lo ha hecho el pecado y no sustituye este desorden por nuevos principios, porque no supone una Revelación que los introduzca. Aquí, pues, se considera que el exceso de maldad acarrea al hombre la muerte «antes de su tiempo». Sea cual sea el triste estado del mundo, sigue siendo el escenario del gobierno de Dios, que condena todo exceso en el hombre y le hace soportar las consecuencias, sobre todo cuando su maldad se da rienda suelta. Cuán llamativo resulta esto en el estado actual del mundo, donde la maldad del hombre ya no conoce límites. Este estado es fruto de la ausencia total de temor de Dios: «Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo». Esta es la tercera vez que la expresión «temer a Dios» aparece en este libro (vean 3:14; 5:7), como lo único que pone al hombre a salvo del juicio.

Versículo 19. Tras haber advertido contra el exceso de sabiduría, el Predicador proclama en voz alta sus méritos: «La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad». No solo es una fuente de vida para quien la posee (v. 12), sino que el sabio encuentra en ella la fuerza que necesita. Ella lo protege contra los ataques del enemigo, más que una ciudad por 10 hombres poderosos.

Pero, versículos 20-24, por la sabiduría aprendo a conocerme a mí mismo. Ella es de origen divino y me hace saber lo que Dios mismo declara: «Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque». Y esto se refiere tanto al sabio como a los demás hombres. ¿Es el sabio el único que ha hecho el bien? ¿Ha dado crédito a informes falsos? ¿Ha sido maldecido por su siervo? Pero ¡cuántas veces él mismo ha maldecido a los demás! ¿Cuántas veces?, cuando ha dicho: «Seré sabio», la sabiduría se ha alejado de él. ¿Y cómo reparar el mal causado por esa falta de vigilancia?

En los versículos 25-29, el Predicador cuenta su propia historia, ¡una historia amarga, en verdad! Se ha esforzado, como dijo al comienzo de su libro (1:17), a buscar la sabiduría y a comprender que la maldad y la locura son necedad y desvarío. La tentación y la seducción le llegaron por medio de la mujer (1 Reyes 11:4), y en lugar de escapar de ellas, él, a quien Dios había favorecido tanto, pecó y se convirtió en presa de la seductora. Llegó a la cruel comprobación, «más amarga que la muerte», de que no hay «mujer cuyo corazón» no atraiga las codicias «como lazos y redes», y cuyas manos no sean cadenas para retener cautivo a quien ha atrapado. E incluso, qué notable rareza es encontrar a un hombre en la tierra que pueda acudir en ayuda con su sabiduría o su inteligencia: «Un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé». Sin embargo, si la búsqueda del sabio le ha llevado a estas desoladoras conclusiones, de ello ha sacado provecho: «He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto» (v. 29). El hombre salido de las manos de su Creador, al principio, era recto. El Predicador ha mostrado anteriormente que la Creación era bella (3:11), y que ahora todo está torcido (1:15; 7:13). La ruina se ha producido, no por culpa de Dios, sino por culpa del hombre: «Pero ellos buscaron muchas perversiones». Así ocurrió en el jardín del Edén cuando la mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, que era un deleite para los ojos y que el árbol era deseable para hacer sabio. ¡Cuántos razonamientos! Y desde entonces siempre ha sido así.

5.2 - Capítulo 8

Versículo 1. La experiencia de la que acaba de hablar el Predicador, tan humillante para él, no resta valor alguno a la sabiduría: «¿Quién como el sabio? ¿Y quién como el que sabe la declaración de las cosas? La sabiduría del hombre ilumina su rostro, y la tosquedad de su semblante se mudará». Es de inmenso beneficio para el hombre; por ella tiene la explicación de las cosas que suceden debajo del sol. Le da una apariencia exterior que atrae e inspira confianza, pues la sabiduría hace humilde y la humildad se lee en los rasgos del rostro.

Versículos 2-4. Así era Salomón. Su autoridad se hacía amable por su sabiduría, pero era tanto más necesario someterse a ella y obedecerle. El rey es el representante de la autoridad de Dios para castigar el mal y recompensar el bien. Es bueno mantenerse en contacto habitual con él para evitar perseverar en el mal y mantenerse en el bien. Dios le ha confiado el poder, de modo que haga lo que le plazca y no tenga que rendir cuentas a nadie.

Versículos 5-7. Esta sumisión a las órdenes de la autoridad protege al hombre de todo mal. Se trata aquí del gobierno de Dios confiado a la autoridad y considerado en su principio como en Romanos 13:1-5. El sabio, por su parte, va más allá. «Discierne el tiempo y el juicio. Porque para todo lo que quisieres hay tiempo y juicio». Sabe que, si bien debe obedecer y hay un tiempo para el ejercicio de la autoridad, quien la ejerce es responsable ante Dios y que todo será juzgado (3:16-17). Mientras tanto, el hombre, debido a la miseria de su estado de pecado, se encuentra en la ignorancia de lo que sucederá y de cómo sucederá. El “Más Allá”, como hemos señalado tantas veces, le está oculto.

Versículos 8-11. Sin embargo, si bien el poder está confiado al rey, hay un ámbito, el del espíritu, sobre el que no tiene ningún poder. Esto es tan cierto respecto al espíritu del hombre como respecto al Espíritu de Dios. El Espíritu es libre. Tampoco hay en el hombre poder alguno contra la vida del cuerpo. Es Dios quien determina por sí solo el día de la muerte, a pesar de todas las apariencias contrarias, y aquel que cree tener la ventaja por su maldad sufrirá un destino del que no habrá para él liberación. Hay momentos en que la autoridad se ejerce sobre los hombres para su mal, en contradicción con lo que hemos visto al comienzo de este capítulo. Porque este Libro siempre pone de relieve el contraste entre lo que Dios ha establecido y lo que el hombre ha hecho de ello. Del mismo modo, vemos a los malvados partir con los honores de un funeral, mientras que aquellos que habían hecho el bien y se habían mantenido ante Dios en el lugar santo abandonaban a la vez esa presencia y la memoria de sus conciudadanos. Obsérvese que aquí, como en todo este libro, la presencia de Dios se limita a la tierra, y que se establece un velo entre la muerte y lo que viene después. El olvido se cierne sobre los muertos y el Predicador puede exclamar: ¡Esto también es vanidad! Relaciona, por así decirlo, sus pensamientos con su tesis inicial: «Esto también es vanidad».

Versículos 11-14. No hay juicio inmediato sobre los malvados (la verdad del juicio siempre se mantiene en el Eclesiastés), por lo que aprovechan esta impunidad para pensar en el mal y hacerlo; confiando en ella, prolongan sus días (comp. con 7:15), pero al final todo sale bien para quienes temen a Dios (comp. con 7:18), mientras que la desgracia del malvado y su ruina final provienen de la ausencia de ese temor: «No le serán prolongados sus días». Esto parece contradecir el versículo 12, pero Dios nunca se contradice. En el primer caso, se trata de la apariencia, ya que el juicio no se ejerce de inmediato sobre el malvado; en el segundo caso, es Dios quien pone fin a la vida del impío cuando llega la hora de su juicio. No ha temido el rostro de Dios.

A medida que se avanza en el estudio de este libro, se ve que el temor de Dios es el único punto luminoso en medio de las cuestiones que la sabiduría, enfrentada al enigma del mundo tal y como existe, busca en vano resolver. La vanidad consiste aquí en que «hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos». Abandonada a sí misma, la sabiduría no puede descubrir la causa, porque está limitada a la esfera de las cosas visibles. «Esto también es vanidad».

Versículos 15-17. Por lo tanto, «no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre» (vean 2:24; 3:12-13, 22; 5:18; 6:7). Conclusión desoladora, pues ¿a dónde conduce esto? Es todo lo que queda del trabajo del hombre. Y el hombre es incapaz, a pesar de todo su trabajo, de descubrir la obra que se hace debajo del sol. Por lo tanto, hay que entregar a Dios su obra; ¡el hombre no puede comprenderla y el sabio mismo se ve obligado a reconocer su ignorancia!

5.3 - Capítulo 9

Los versículos 1-12 de este capítulo sacan la desalentadora conclusión de todo lo dicho anteriormente.

Versículos 1-10. El alma se cansa de seguir las investigaciones de la sabiduría en los asuntos de este mundo. Se ve invadida por el hastío de vivir. El justo y el malvado, el puro y el impuro tienen el mismo destino. Hay que morir. «El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos». Y después de eso «que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres». «También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol» (v. 1, 6). El silencio de la noche los envuelve; la sabiduría no puede penetrar en este ámbito, totalmente cerrado al espíritu del hombre; de ahí la conclusión de que aún es mejor vivir en esta miseria que morir. Un perro vivo (siendo más abyecto), es mejor que un león muerto (siendo noble y fuerte por excelencia). Al menos el que vive sabe que debe morir, certeza amarga, pero al fin y al cabo certeza; «pero los muertos nada saben». Es a tales conclusiones a las que conduce el conocimiento humano más elevado. La ciencia sin la Revelación permanecerá siempre incrédula. No puede ver nada más allá de la muerte. Adiós, pues, a la actividad, al trabajo, al amor y al odio, al conocimiento y a la sabiduría. Sin embargo, y el final del Libro lo acentuará mucho más que el principio, 2 cosas subsisten para el sabio que está en relación con el Dios Creador: el temor de Dios y la certeza del juicio.

Por el momento, versículos 7-10, nada queda. ¿Qué digo? Queda la vida de un día, esa sombra que pasa, con los placeres que conlleva: «Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol». ¿Y no es esta una invitación a regocijarse aún más amarga que la desesperación, viniendo de la boca de un hombre cuya sabiduría, mientras buscaba agradar a Dios, ha sondeado hasta sus últimos recovecos la vanidad de todas las cosas?

Versículos 11-12. El sabio vuelve a mirar (vean 4:1, 7) y ve que todas las cualidades más eminentes de la sabiduría no conducen a ningún resultado. Todo termina en una catástrofe repentina y definitiva.

Versículos 13-18. Por fin, el Predicador ha visto debajo del sol una sabiduría que, para él, ha sido grande: gracias a un solo hombre pobre y sabio, todo el poder y todos los recursos de un gran rey no lograron aniquilar a una pequeña ciudad sin recursos. Ese pobre fue el Salvador y el Libertador de seres indefensos. Y dije: «Mejor es la sabiduría que la fuerza»; pero el mundo desprecia la sabiduría del pobre, y sus palabras no son escuchadas. «Nadie se acordaba de aquel hombre pobre». –¡Cómo nos inunda de una luz inesperada este breve pasaje! Solo hay una sabiduría capaz de liberar al hombre sin recursos, presa de las maquinaciones de Satanás, que desea su perdición. Esta sabiduría se encuentra en Aquel a quien los Salmos llaman tan a menudo el «pobre». La liberación es un hecho, conquistada por Él. ¿Será escuchado este llamado? ¡Hay que escucharlo «en quietud» para encontrar la salvación!

6 - Capítulos 10 al 12

6.1 - Capítulo 10

Cabe señalar que el tema propiamente dicho del Eclesiastés termina con el capítulo 9 y no llega a sus “Conclusiones” hasta el capítulo 12. La última comprobación del capítulo 9, es que el hombre pobre y sabio que llevó a cabo una gran liberación fue rechazado y que nadie se acordó de él. ¡Qué bien concuerda esto con la tristeza del Predicador, pero también con todo el plan de la obra, que no nos permite adentrarnos en el futuro! Las consecuencias del rechazo del hombre pobre que, para nosotros, los cristianos, son las consecuencias eternas de la obra de Cristo, se pasan aquí por alto.

Los capítulos 10 y 11 retoman de una manera muy particular la forma proverbial, ya tan evidente desde el capítulo 4:5 hasta el capítulo 7. Esta forma domina por completo aquí para llevarnos de nuevo a la sentencia de que «todo cuanto viene es vanidad» (11:8, 10). La lección especial de estos 2 capítulos es que hay una enseñanza de la sabiduría para la vida práctica, enseñanza que no se debe descuidar sin correr graves riesgos.

El capítulo 10 se refiere muy especialmente al carácter de los reyes y de aquellos que son elevados en dignidad. La sabiduría evalúa su valor moral al tiempo que mantiene a cada uno en su lugar frente a su autoridad.

Versículo 1. «Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable». Basta un poco de locura, una falta de sabiduría aparentemente insignificante, para quitar todo su valor al carácter de quien hasta entonces era famoso por su sabiduría en el gobierno de los hombres. Esta observación es de todos los tiempos. La carrera de un hombre en el poder se derrumba y provoca repugnancia a raíz de alguna decisión imprudente, contraria a su sabiduría habitual y a su buena reputación. Toda una vida gloriosa queda así reducida a la nada y considerada inútil.

Versículos 2-3. «El corazón del sabio está a su mano derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda. Y aun mientras va el necio por el camino, le falta cordura, y va diciendo a todos que es necio». El sabio tiene el corazón situado donde no suele estar –a su derecha–, para que la acción siga inmediatamente a las decisiones que el corazón ha dictado; mientras que el que carece de sabiduría mantiene su corazón donde se encuentra naturalmente, no da a sus pensamientos un fin útil al hacer de su corazón el motor de sus acciones. Incluso su conducta habitual, fácil para todos los hombres, delata la misma inconsistencia y demuestra públicamente su locura.

Versículo 4. Ahora la sabiduría se dirige a su hijo para indicarle la actitud adecuada ante la autoridad: «Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la mansedumbre hará cesar grandes ofensas». Aquí es el gobernador quien está en el error, como por lo demás en general en todo este capítulo. No se menciona la causa de su irritación, pero se nos presenta como algo muy malo ante lo cual el hijo de la sabiduría debe adoptar una actitud. ¿Será la indignación contra la injusticia, la reivindicación de sus derechos frente a quien los pisotea? Muy al contrario, solo se necesitan 2 cosas. 1. Mantener su lugar de respetuosa sumisión ante una autoridad cuyos actos se califican de «grandes ofensas». 2. Mostrar mansedumbre, ese estado de ánimo que no insiste en sus derechos, sino que los abandona en manos de quien nos hace daño. Nada reprime más las manifestaciones de la mala naturaleza. El cristiano mismo acumula así carbones encendidos sobre la cabeza de quienes le quieren hacer daño.

Versículos 5-7. «Hay un mal que he visto debajo del sol, a manera de error emanado del príncipe: la necedad está colocada en grandes alturas, y los ricos están sentados en lugar bajo. Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra». Aquí el mal vuelve a estar del lado de quien gobierna. No sabe o no quiere elegir a los dignatarios que serían, según el proverbio inglés: “El hombre adecuado en el lugar adecuado». Los puestos elevados se confían a los incapaces y el gobernante actúa a su antojo, ya sea por falta de conocimiento de los hombres, por favoritismo, o por cualquier otra causa. El resultado es que aquellos que, por su posición social, serían más capaces de actuar con desinterés en la gestión de los asuntos, se encuentran «sentados en lugar bajo»; y que las funciones se invierten: los siervos hacen alarde de su orgullo y su autoridad; los príncipes han perdido el rango en el que podrían ser útiles y guiar a los demás.

Los versículos 8-15 abandonan el tema de los reyes y los gobernantes para mostrar adónde conducen las intenciones y los caminos del hombre, en contraste con la sabiduría, don de Dios.

En primer lugar, los versículos 8 y 9 tratan de las malas y buenas intenciones en nuestros actos hacia el prójimo: «El que hiciere hoyo caerá en él; y al que aportillare vallado, le morderá la serpiente. Quien corta piedras, se hiere con ellas; el que parte leña, en ello peligra». Cavar una fosa es preparar una trampa. Cuántas veces caemos nosotros mismos en la trampa en la que queríamos que cayeran los demás (Prov. 26:27). Derribar una valla es eliminar los límites, un acto solapado por el que algún día el malvado podrá invadir el dominio de su prójimo. El diablo se aprovechará de ello para destruir a quien medita en enriquecerse a costa de los demás. –Por otro lado, las intenciones pueden ser loables, pero los resultados dependen de los materiales que se empleen. El esfuerzo no beneficiará a los demás y nos pondrá a nosotros mismos en peligro.

Versículo 10. «Si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir». Se puede tener en las manos un instrumento desafilado para ser utilizado; pero este no es realmente útil y no exige esfuerzo para emplearlo si se le ha afilado el filo. ¿No se puede aplicar este proverbio a la forma en que se utiliza la Palabra? La razón y la inteligencia del hombre no hacen más que desafilarla; es la sabiduría, don del Espíritu de Dios, la que la afila, le da su utilidad y la hace penetrar en la conciencia.

Nunca se repetirá lo suficiente que todos estos Proverbios tienen un alcance moral y espiritual y que su interpretación pertenece a la sabiduría. La sabiduría de lo alto nos los ha dado por medio del hombre y esa misma sabiduría los interpreta. Tenemos aquí un ejemplo.

Versículo 11. «Si muerde la serpiente antes de ser encantada, de nada sirve el encantador». Este proverbio se refiere a la lengua del hombre. Es una serpiente a la que solo el poder del encantador, del Espíritu que la tiene a raya, puede impedir que muerda (Sant. 3:8).

Versículos 12-15. «Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia, mas los labios del necio causan su propia ruina. El principio de las palabras de su boca es necedad; y el fin de su charla, nocivo desvarío. El necio multiplica palabras, aunque no sabe nadie lo que ha de ser; ¿y quién le hará saber lo que después de él será? El trabajo de los necios los fatiga; porque no saben por dónde ir a la ciudad». Este pasaje es la continuación de los pensamientos que hemos abordado desde el versículo 10. En él encontramos de nuevo todo lo que las palabras del sabio tienen de saludable, en contraste con las palabras del necio que lo llevan a su perdición; pues comienzan con la locura y terminan en el extravío.

El necio multiplica las palabras, no prevé los acontecimientos, desconoce el futuro, ni siquiera conoce el camino que le llevaría al lugar donde recibiría el conocimiento que necesita. El esfuerzo de indagar es una tarea demasiado pesada para él.

Los versículos 16 y 17 nos devuelven al tema principal del capítulo. Nos hablan de la desgracia que conlleva el gobierno de un rey inexperto, cuyos príncipes abusan de su alta posición para satisfacer sus apetitos. A continuación, nos presentan la felicidad de un país gobernado por un rey noble cuyos príncipes solo piensan en recuperar sus fuerzas para emplearlas en el bien del Estado.

Versículos 18-19. Por el contrario, la inactividad de quienes gobiernan pronto lleva a la ruina de la casa. El deseo de los placeres materiales les hace buscar el dinero con el que se los pueden procurar.

Versículo 20. Sin embargo, el hijo de la sabiduría nunca infringirá el precepto de la obediencia debida al rey y del honor debido a quienes gozan del privilegio de la riqueza. No maldecirá ni a unos ni a otros, pues la noticia se divulgaría fácilmente y llegaría rápidamente a oídos de los poderosos.

6.2 - Capítulo 11

Este capítulo continúa, en otros aspectos, la enseñanza del capítulo anterior. Nos muestra cuál debe ser la actitud de un hijo de la sabiduría ante los caminos de la Providencia que le están ocultos. Estos caminos están representados por las aguas, las nubes, el viento y la luz (1, 3, 4, 7), sobre los que el hombre no tiene ningún control y cuya dirección le es desconocida. Por eso oímos estas palabras: «No sabes» (v. 2, 5, 6). Y este capítulo termina con lo único que el joven necesitaba saber (v. 9). El estado de ánimo que se nos describe en este capítulo concuerda con todo el pensamiento del libro: el hombre, ante los fenómenos de la Creación que se presentan a sus sentidos, es incapaz de comprender sus orígenes y se topa a cada instante con lo desconocido, mientras Dios no le haya dado a conocer las cosas secretas, ocultas incluso a la inteligencia más desarrollada.

Como hemos visto en otras partes de este libro, las sentencias de este capítulo no se limitan a mencionar hechos externos, sino que ofrecen un sentido espiritual y oculto que solo el Espíritu puede revelarnos y que se aplica a todos los tiempos. Limitarlo al tiempo y a las circunstancias de Salomón sería malinterpretar el propósito y la aplicación de la Palabra de Dios.

Al igual que al comienzo del capítulo 7, las recomendaciones que aquí se hacen al hijo de la sabiduría son 7: una enseñanza completa sobre este tema concreto, enseñanza a la que no le falta nada.

1. «Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás» (v. 1).

El hijo de la sabiduría debe esparcir sin distinción y, en apariencia, sin objetivo, su propio pan, lo que le sirve de alimento, sobre la superficie de las aguas. Estas últimas parecen el medio menos adecuado para ello, y se podría pensar que, al actuar así, el sabio ha perdido su pan. Este proverbio se aplica manifiestamente a la Palabra. El estado confuso del mundo no parece hecho para recibirla; la absoluta ignorancia en la que nos encontramos sobre el lugar adonde las aguas la llevarán podría llevarnos a no esparcirla indistintamente, pero lo que debemos hacer es confiar en la Providencia divina, en una voluntad que tiene su fin y su dirección y no exige que los conozcamos. Ella quiere que difundamos esta Palabra de vida sin medida. Llegará, tras muchos días, el momento en que este acto de obediencia sea recompensado y descubramos para qué la había destinado Dios. Recuperaremos lo que habíamos confiado a Aquel que hace que su Palabra caiga en el lugar adecuado. Como siempre, el Predicador no va más allá de un tiempo terrenal limitado y dice: «Después de muchos días». Nosotros podemos contar de otra manera, pues cosechamos para la eternidad el fruto de la Palabra sembrada en este mundo, sobre la superficie de las aguas. Así es como Pablo estaba seguro de cosechar el fruto de su trabajo en la venida del Señor Jesús. Sea como fuere, encontramos aquí el resultado de la confianza en la Providencia de Dios, pues ¿cómo recuperaríamos lo que hemos arrojado a las aguas, si Dios no lo devolviera?

2. «Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra».

Cuando, por el contrario, nos corresponde a nosotros mismos distribuir el alimento a los hombres, conociendo sus necesidades, debemos hacerlo generosamente. Es evidente que esta palabra trasciende el sentido material, como ocurrió en la distribución de los panes. Es necesario que los 7, el número completo, reciban su porción y, al igual que para los 7.000 hombres, que sobre para un octavo. Solo un poder oculto, un poder divino, es capaz de satisfacer a las multitudes y encontrar aún en lo que queda alimento para otros. Esta actividad por nuestra parte, en cuanto al servicio, es necesaria, incluso urgente, pues el tiempo apremia; no sabemos en qué momento llegará el hambre a la tierra; el juicio está a las puertas, quizá mucho más cerca de lo que suponemos, y entonces aquellos que no hayan recibido su porción serán condenados a perecer.

Si, como acabamos de ver, se exhorta al sabio a poner indistintamente sus recursos al servicio de todos, la sabiduría le enseña también que la obra de la gracia depende enteramente de la Providencia divina.

3. «Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán». En Lucas 12:54-55, la nube que derrama la lluvia sobre la tierra es la imagen de la gracia, como el viento del sur es la imagen del juicio. A pesar de toda la vanidad que llena este pobre mundo, la gracia subsiste. Por su parte, Dios posee depósitos que llena, fuentes que traen bendición a la tierra. Sea cual sea el instrumento que Dios quiera emplear para este fin, convirtiéndolo en un vaso de elección para los hombres, no deja de ser cierto que la obra es enteramente Suya. Todos los avivamientos son prueba evidente de ello.

4. «Si el árbol cayere al sur, o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará».

Cada cosa tiene su propósito en los designios de Dios. Que un árbol caiga hacia el sur o hacia el norte puede parecer pura casualidad. No, una voluntad desconocida para el hombre ha determinado la dirección de su caída. Esa protección se retira a quien podía beneficiarse de ella. El árbol permanece donde ha caído. ¿Quién dirá cuál es la causa? En cuanto a las nubes, el beneficio es visible; en cuanto al árbol, el propósito está oculto.

5. «El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará. Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas» (v. 4-5).

El viento y las nubes no están bajo el control del hombre; es Dios quien los hace surgir. Es Él quien lo hace todo. Ignoramos el camino del viento, los misterios del nacimiento, verdades que se relacionan con lo que hemos dicho al comienzo de este capítulo. Observar, mirar para conocer el momento favorable para la siembra y la cosecha es perder el tiempo de la acción a la que Dios nos llama. No somos más que instrumentos en sus manos, ¡y nos atreveríamos a pretender controlar el viento y las nubes! «El viento sopla donde quiere», dice el Señor, «y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (vean Juan 3:8). No conocemos «la obra de Dios, el cual hace todas las cosas», pero que eso no nos impida ni sembrar ni cosechar.

6. «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno» (v. 6).

Esta frase está íntimamente ligada a la anterior. Debemos sembrar por la mañana y por la tarde, en momentos opuestos; sembrar sin distinción de la hora. Uno u otro –y ¿quién sabe? Dios lo sabe– quizá incluso ambas traigan la cosecha esperada. Actuar así no es falta de previsión, sino simple confianza en la dirección de la Providencia y dependencia de la acción de la gracia.

7. «Suave ciertamente es la luz, y agradable a los ojos ver el sol; pero aunque un hombre viva muchos años, y en todos ellos tenga gozo, acuérdese sin embargo, que los días de las tinieblas serán muchos. Todo cuanto viene es vanidad» (v. 7-8).

Hay en este mundo cosas agradables; el Predicador está lejos de negarlo. Uno puede regocijarse de la luz que las pone de relieve y las realza; pero a medida que se avanza en edad, se ve que nuestro pasado ha tenido un gran número de días de tinieblas. Así, uno repasa su propia vida, cuya última palabra es «Vanidad»; algo inútil, de lo que nada queda, que se desvanece sin dejar rastro, ¡enterrado finalmente en el olvido! Esta sentencia nos lleva al versículo siguiente.

Versículo 9. «Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios».

Tenemos 2 conclusiones de todo el Libro del Eclesiastés: este versículo constituye la primera. Veremos la segunda en los versículos 13 y 14 del capítulo siguiente. ¡Cuántas veces ha repetido el Predicador la máxima que parece preconizar el disfrute de la vida material! Y lo que el hombre llama “la alegría de vivir”. En medio de la amargura de un corazón sin ilusiones, que ve las cosas más bellas de este mundo estropeadas, deformadas, marchitas –por la violencia, la corrupción, el derrocamiento de las leyes morales, la frivolidad, la despreocupación, la astucia, la locura–; hay para el hombre ciertos bienes, ciertos placeres, sin duda pasajeros, ciertas alegrías, ciertos afectos, ciertos objetos amados, como por ejemplo, «el rastro del hombre en la doncella» (Prov. 30:19), que son la alegría del joven en su juventud. El Predicador, cuya sabiduría ha sondeado todas estas cosas, le dice: «Anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos» (vean 2:24; 3:12; 5:18; 8:15; 9:7), pero…». Hay un «pero» solemne al final de estos placeres: «Sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios». Dios te pedirá cuentas de cada placer: ¿para quién y para qué has vivido? No todo se limita a la tierra. Hay un Dios, y ese Dios es un juez; esa es una de las verdades fundamentales del Eclesiastés. Tendrás que comparecer ante tu Juez. Aquí no hay ni una palabra sobre la gracia, pero ¿no es llamativo que este capítulo, que comienza hablándonos en imágenes de la gracia –algo casi único en el Eclesiastés–, termine con el juicio (ya mencionado en el cap. 3:17), juicio del que el Predicador hablará una vez más para terminar todo su libro con esta palabra terrible.

Esta palabra es muy seria y característica. El sabio no sería sabio si, en medio de la vanidad de la que reconoce que todo está afectado debajo del sol, no reconociera que, por un lado, el hombre puede ser instrumento de la gracia en medio del dominio del mal; por otro lado, que, si Dios parece dejar que las cosas sigan su curso sin ocuparse de ellas, hay un momento en que pedirá cuentas a todo hombre de su vida y de sus más mínimos actos.

Versículo 10. «Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad».

En el versículo 9, el Predicador le ha hablado al joven de la alegría y la felicidad, mostrando que todo termina en el juicio. En el versículo 10, que cierra este capítulo, le habla de apartar la tristeza de su corazón y de evitar el mal a su cuerpo –¡pero he aquí que la infancia y la juventud son vanidad, algo sin fin, sin duración, inútil, que pasa sin dejar huella! Juicio, por un lado, vanidad por el otro, tal es el destino del hombre a los ojos de la sabiduría. ¡La aurora! ¡Cuánto se equivoca el joven al comienzo de la vida! ¡Todo es tan brillante! ¿Hay algo más bello que un amanecer? ¿No promete todas las alegrías para un largo día? Pero en el capítulo 12, encontraremos el final de la carrera, todas las desilusiones, todas las decepciones de la vida. Quizás haya sido larga y muy plena; termina en un ataúd. ¿No está autorizado el Predicador a decir, él que ha llegado al final de sus experiencias: «¿Todo cuanto viene es vanidad?»

6.3 - Capítulo 12:1-8

Tras este serio versículo sobre la vanidad de la juventud, el tono se eleva y se vuelve extremadamente solemne: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos» (v. 1). Esta verdad es elemental, como por lo demás todo el contenido de este libro. Aquí solo se trata de las relaciones del hombre con su Creador, y no de las relaciones del israelita con Jehová, el Dios del pacto, y menos aún de las relaciones del hijo de Dios con su Padre. Tenemos la verdad más elemental en cuanto a las relaciones del hombre con Dios, tal y como se nos presenta en Efesios 4:6: «Un [solo] Dios y Padre de todos, que [es] sobre todos, y a través de todos, y en todos». Joven, en tu juventud, no olvides que llegará para ti la vejez, cuando todo te resulte difícil y penoso y que, al sobrevenir la muerte, tu espíritu deberá volver «a Dios» para rendirle cuentas de tu conducta. Este llamado exhorta al hombre, por un lado, a poner a Dios ante su corazón desde su juventud, y por el otro, a recordar la extrema fragilidad del hombre, sometido a las consecuencias del pecado, y al resultado final de este: la muerte y el juicio.

La descripción de las miserias de la vejez (v. 2-7) es de lo más impactante. A Dios le ha complacido darnos en su Palabra todas las formas de expresión que la literatura de los pueblos ama emplear y se jacta de poseer. Así podemos medir la distancia entre los pensamientos divinos y los de la imaginación del hombre. Sea cual fuere la forma poética que adopte (aquí, es la alegoría) el Espíritu de Dios, elevándose hasta las regiones más altas, permanece fiel en los matices más delicados de su pensamiento, algo que nunca puede hacer el espíritu poético del hombre natural, que vive de mentiras. Citemos aquí la maravillosa poesía lírica de los Salmos, luego la poesía de Isaías y de los profetas simbólicos que utilizan el lenguaje sublime de la poesía eterna. Pero la Palabra de Dios es tan sorprendente en otros ámbitos como en el ámbito lírico. Ya se trate de pastoral en el Génesis, de drama lírico en Job, de idilio en Rut, de los cánticos guerreros de David y Débora, de los himnos de amor alternados en el Cantar de los Cantares, de Proverbios y de Sentencias poéticas, ¿dónde podremos encontrar, en la literatura humana, algo que se acerque a estas obras, en elevación, en poder, en gracia, en verdad? El hecho es que, incluso en su forma exterior, la Palabra, dictada por el Espíritu de Dios, no tiene igual. ¿Por qué, pues, no atrae al hombre? Es porque la verdad lo repele; es porque «la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la apagaron (o acogieron)» (vean Juan 1:5).

¡Ah! Cuán necesario es recordar a su Creador «antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia» (v. 1-2); es decir, antes de que el universo salido de las manos de Dios, cuya maravillosa belleza es tan cautivadora, se haya vuelto indiferente para el hombre envejecido y de que todas las cosas de la naturaleza hayan adquirido un matiz neutro y sin brillo, semejante a las nubes que siguen a la lluvia. A los días en que las manos tiemblan; en que los lomos se encorvan; en que la boca desdentada ya no puede masticar la comida; en que los ojos ya no distinguen claramente los objetos; «en que las puertas de afuera se cerrarán» , es decir, donde disminuye la necesidad de usar los labios para hablar y hacerse oír fuera del círculo familiar; donde el oído se vuelve pesado y ya no percibe con claridad los ruidos que llenan la casa [8] ; donde el sueño huye de nuestro lecho, del que nos levantamos a la menor excusa; donde todas las palabras se vuelven débiles e indistintas; donde subir una cuesta se convierte en un esfuerzo cuando falta el aliento; donde todas estas dolencias combinadas dificultan el caminar y causan aprensión; donde las canas coronan la cabeza; cuando «la langosta será una carga», es decir, donde nos falta fuerza para levantarnos o sentarnos; donde «se perderá el apetito», es decir, cuando los estimulantes ya no pueden despertar el apetito ni avivar los sentidos!

[8] La muela para moler el grano, accionada por 2 sirvientas, se encontraba en la casa y formaba parte de los utensilios del hogar.

 «Porque el hombre va a su morada eterna, mientras los del duelo los andan por la calle» (LBLA). Por todas estas señales, se intuye que el fin está cerca.

«Antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio» (v. 6-7). Todas estas señales de declive muestran que, si bien «la fuente y el pozo», las fuentes de la vida permanecen inalterables, ya faltan los medios para disfrutarlas y alimentar la existencia. Por parte del hombre, todo termina finalmente con la ruptura de lo más preciado que hay en este mundo: el movimiento mismo de la vida en el hombre. «El polvo vuelve a la tierra»: es la muerte, consecuencia del pecado (3:20; Gén. 3:19). «El espíritu vuelve a Dios que lo dio»; un pensamiento muy diferente al de 3:21, pero que aquí significa simplemente que el espíritu, separado del cuerpo, tiene ahora que ver únicamente con Dios.

Y ahora, como hemos señalado al principio (cap. 1:2), todo termina con la palabra del versículo 8: «Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad». Tal es el fin de todo en lo que respecta al hombre y al mundo. Pero aún queda una conclusión que extraer de lo dicho hasta ahora: ¿Cuál es el fin de todo en lo que respecta a Dios? A esta pregunta responderán los últimos versículos de este capítulo.

6.4 - Capítulo 12:9-14

Versículos 9-10. Y, en primer lugar, el Predicador se describe a sí mismo en tercera persona: «Era sabio». Así fue el Predicador. «Enseñó sabiduría al pueblo»; no habló a la ligera: «hizo escudriñar». Los proverbios están “ordenados”; forman una secuencia y agrupaciones que podemos observar en el libro de Proverbios, y que acabamos de seguir en el Eclesiastés. «Procuró… hallar palabras agradables». No creo que se trate aquí de la forma del discurso, aunque, en este mismo capítulo, la poesía alegórica sea cautivadora e invite a la reflexión, sino que estas palabras, recibidas en el corazón, por muy amargas que sean para el hombre, son dulces al paladar como la miel, porque son Palabras de Dios. Es más, son palabras rectas, en contraste con las cosas retorcidas que presenta el mundo (1:15); son también palabras de verdad que contienen para nosotros el pensamiento mismo de Dios.

Era muy importante tener presentes estas cosas ante el contenido de este libro, que puede ser objeto, para los «necios», a tantas interpretaciones erróneas. Se cuenta que los rabinos del siglo 1 de nuestra era, al discutir sobre la autoridad divina del Eclesiastés, quedaron convencidos por los versículos que acabamos de citar.

Versículos 11-12. Del mismo modo, el Predicador señala que las palabras de los sabios son como aguijones que impulsan el paso del ganado y lo empujan hacia la meta –y que las recopilaciones son «como clavos hincados» (Is. 22:23-24), capaces de soportar cargas y de las que cuelgan todo tipo de pensamientos preciosos. A pesar de su diversidad, estas verdades son «dadas por un Pastor». Un solo Dios las ha dispensado, un solo Espíritu las ha dictado, un solo Pastor las utiliza para guiar a sus ovejas por sendas de justicia. Es a estas colecciones a las que debe aferrarse el hijo de la sabiduría. Son capaces de instruirlo. Todos los libros de los hombres, todo el estudio que dedican a ello, cansan y no alcanzan el objetivo. En ellos «no hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne». Una sola recopilación, la Palabra de Dios, es firme y nada es capaz de hacerla flaquear, sea cual fuere la carga, sea cual fuere la tarea que se le confíe. –¡Cuán importante es, al terminar este libro, tan desconocido, tan mal juzgado por los hombres, afirmar su origen divino!

Versículos 13-14. He aquí ahora, como hemos señalado más arriba, «el fin de todo el discurso»; la conclusión de todo, en lo que a Dios se refiere: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre». No necesita otra cosa que el temor de Dios y la obediencia. Salomón ha hablado mucho más extensamente en este libro de la vanidad de todas las cosas que de lo que nos presenta aquí como resumen de su predicación, pero al comprobar esta vanidad ha preparado el alma para mirar a Dios, único objeto seguro e inmutable para el hombre. Una vez en su presencia, el único deseo del hijo de la sabiduría será obedecerle. No existe otro gozo, otro recurso, otra felicidad, otro descanso que ese: «Esto es el todo del hombre».

«Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala». Para terminar, el Predicador abre por fin la puerta al futuro, pero, como hemos visto, sin ir más allá de la noción del juicio. Este pensamiento es saludable para el hijo de la sabiduría. Todo será manifestado. Nada de lo oculto, sea bueno o malo, quedará sin salir a la luz. Somos, por así decirlo, transportados ante el tribunal de Cristo (2 Cor. 5:10), donde se emplean los mismos términos. Los Salmos expresan más de una vez este pensamiento desde el punto de vista judío; por ejemplo, Salmo 11:5 y, en nuestro libro, el capítulo 3:17.

Para terminar, resumamos en 2 palabras el Libro del Eclesiastés: Vanidad absoluta y angustia del espíritu, cuando la sabiduría, don de Dios, se aplica a la apreciación de las cosas visibles, que ni siquiera logra sondear hasta el fondo. Certeza y descanso en el conocimiento de Dios, que tiene como características el temor de Dios y la obediencia.