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15 - José y María

Mateo 1 ; Lucas 1


person Autor: Harm WILTS 19

library_books Serie: El hogar según el plan de Dios

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


Tanto José como María eran descendientes del rey David, como a menudo se deduce de las genealogías de Mateo 1 y Lucas 3 [1]. Sin embargo, la descendencia real había decaído completamente. José se ganaba el pan de cada día como carpintero en el despreciado pueblo de Nazaret, en Galilea, y María vivía humildemente en la misma aldea. Ambos eran piadosos, y estaban comprometidos.

[1] En Lucas 1:36, el ángel Gabriel en su declaración a María respecto al nacimiento del Señor Jesús, le dice que su parienta Elisabet también había concebido un hijo y esta era de la descendencia de Aarón de la casa de Leví según Lucas 1:5.

El estar comprometido significa que una pareja siente un amor recíproco y tiene la intención de casarse más tarde; es algo que uno fácilmente puede anular. Pero esto no debe ser una incitación a entablar a la ligera tal relación. Romper un compromiso de matrimonio es algo serio, pero no de la misma gravedad que un divorcio. Sin duda es mejor un compromiso cancelado que un matrimonio infeliz. En el Antiguo Testamento, vemos que la posición de una mujer desposada era muy distinta de la de una casada (véase Éx. 22:16; Deut. 20:7; 22:23-29).

En Israel, si una mujer desposada dormía con otro hombre, ambos merecían la pena de muerte. Para María y José estar desposados significaba mucho más que para nosotros hoy en día. Pero, aun así, no era igual que ser casado. No había todavía ninguna ceremonia oficial como la que hay con la boda.

En Lucas 1:30-33 leemos cómo el ángel Gabriel entró donde estaba María y le dijo: «¡No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios! He aquí que concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob eternamente; y su reino no tendrá fin».

María no dudó, como Zacarías, del cumplimiento de esta promesa. Tampoco pidió una señal. Su pregunta fue: «¿Cómo será esto, ya que no conozco varón»? (v. 34). José y María no habían tenido relaciones íntimas antes de su matrimonio. Hoy en día, los jóvenes creyentes tampoco deberían tenerlas. Por eso, en el tiempo de su compromiso, es bueno que se impongan límites para no verse atraídos al pecado de fornicación por su deseo apasionado. Vale la pena entrar puro en el matrimonio y entonces solamente entregarse al gozo de la sexualidad que Dios preparó en el contexto del matrimonio.

María recibió una respuesta a su pregunta: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también la santa Criatura que nacerá, será llamada Hijo de Dios» (v. 35). Sin haberlo pedido, María recibió una señal: «Mira tu parienta Elisabet; ella también ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes para la que fue llamada estéril. Porque para Dios ninguna cosa será imposible. María dijo: He aquí la sierva del Señor; que se cumpla en mí conforme a tu palabra» (v. 36-38). María, sin duda, al desear compartir su gran secreto, se apresuró a casa de Zacarías para encontrarse con Elisabet. «Sucedió que cuando oyó Elisabet el saludo de María, la criatura dio saltos en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿A qué se debe que venga a verme la madre de mi Señor?» (v. 41-43).

La Biblia no es un libro de biología, sino que nos relata detalles que merecen nuestra atención. El salmo 139:13-16 evidencia que la vida comienza antes del nacimiento y que, por consecuencia, el aborto es un acto criminal. «Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas».

Frecuentemente pienso en esto cuando leo sobre el aborto y la eutanasia, temas sobre los cuales se escribe mucho. Ambos temas muestran una tremenda falta de respeto por la vida. Se llama al embrión o al feto: “esta cosa” o “esta célula”, algo de que uno puede deshacerse para evitar que nazca un niño vivo. El aborto solía estar prohibido y uno incurría en una pena al hacerlo; pero hoy en día se aprueba públicamente en muchos países y se practica dentro de ciertos límites. Pero ¿dónde están estos límites?

María se quedó unos tres meses en casa de Elisabet y después volvió a su propio domicilio. Al parecer, no había podido decir con exactitud a José lo que el ángel Gabriel le había dicho*. Por eso, José se vio en una situación que demandó una decisión muy difícil. Para un hombre justo como él, le era difícil casarse con María, ya que ella estaba encinta. Según la ley, podía denunciarla. Aunque en este tiempo ya no se practicaba la pena de muerte por este delito, esto significaba para ella una infamia pública. José quería protegerla de esto. Otra solución sería dejarla ir con una carta de divorcio, lo que implicaría menos escándalo.

* N.d.E. Incluso si María le había contado con exactitud a José lo que el ángel de Dios le había dicho, esto era algo que sobrepasaba su entendimiento, por eso fue necesario que un ángel de Dios viniese a explicarle que el embarazo de María provenía del Espíritu Santo.

 

Entonces Dios le mostró lo que tenía que hacer. En un sueño, el ángel del Señor le apareció y le explicó la situación, después que decidió tomarla por mujer. Así la salvó de la vergüenza pública. «Pero no se unió a ella hasta que hubo dado a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús» (Mat. 1:25).

En Mateo 2 leemos de la venida de los magos y de los crueles planes de Herodes. La muerte del niño fue frustrada, porque un ángel del Señor se le apareció a José en sueños y le dijo que huyera a Egipto con el niño y su madre. Luego, regresaron a Nazaret, donde nacieron al menos seis hijos. En Mateo 13:55 se llama a cuatro de ellos por nombre: Jacobo, José, Simón y Judas. No se nos narra cuántas hermanas tenían. El apóstol Juan nos dice que los hermanos de Jesús no creyeron en Él (Juan 7:5).

José y María buscaron a Jesús en el templo cuando tenía 12 años. Allá Jesús mostró su extraordinaria sabiduría. Luego, volvió con ellos y les estaba sometido (Lucas 2:41-52). En esto vemos el perfecto ejemplo para todos los hijos. Después de este momento no oímos nada más acerca de José. Podemos suponer que ya había muerto antes del ministerio público del Señor Jesús.

De lo que leemos de José, nos parece un esposo y un padre cariñoso y atento. De la madre tenemos más pasajes. De ella se dice: «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lucas 2:19, 51). Estas eran las palabras en cuanto a su Hijo y las de su Hijo.

Ella estaba presente cuando el Señor por primera vez actuó públicamente en las bodas de Caná (Juan 2). Cuando se dio cuenta de que faltaba el vino, mostró su confianza en Jesús, diciendo a los siervos que hicieran todo lo que Él les dijera.

En los años siguientes, María ha debido sufrir mucho por el odio que los judíos le tenían a su Hijo. Por último, cuando estaba al pie de la cruz, experimentó hasta lo más profundo lo que Simeón había dicho en el templo: «Una espada traspasará tu misma alma» (Lucas 2:35). Jesús mismo en la cruz atenuó este dolor con sus palabras llenas de amor: «Mujer, he ahí tu hijo», y a Juan: «He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Juan 19:26-27). Parece que María ya era viuda, y sus otros hijos, a causa de su incredulidad, quizás no eran aptos para cumplir este cometido.

La última vez que se hace mención de ella es en Hechos 1:14: Después de la ascensión del Señor Jesús, los apóstoles estaban juntos en un aposento alto, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús y con sus hermanos. Para María, que había sufrido tanto, era un gran gozo poder ser testigo de su resurrección y ascensión al cielo. Y este gozo lo podía compartir con sus hijos que, antes, en incredulidad, habían rechazado al Señor.

¡Cuánto ha debido orar por sus hijos! Juan escribió en una de sus cartas a una mujer, probablemente también viuda: «Mucho me alegré de haber encontrado a algunos de tus hijos andando en la verdad» (2 Juan 4).

Algunas veces, los padres no ven la respuesta a sus oraciones. Una vez prediqué en el entierro de un siervo del Señor, que dejó atrás una familia grande de hijos ya adultos. No todos eran creyentes. Durante la predicación en el entierro, uno de sus hijos se arrepintió de sus pecados. El padre no lo había podido ver. Pero Dios contestó su oración a Su tiempo. Esto puede animar en gran manera a los padres para que sigan orando con perseverancia por sus hijos que todavía andan en un camino de incredulidad.

15.1 - Preguntas de la 15a parte

  1. ¿En qué vemos que María, siendo mujer prometida en matrimonio, vivía una vida pura?
  2. Qué pueden aprender los novios de esto en cuanto a sus relaciones?
  3. ¿Qué problema doloroso tenía que enfrentar José, y cómo se solucionó?
  4. ¿De qué manera podemos entender la voluntad de Dios para nuestra vida? Busque ejemplos e indicaciones en la Biblia.
  5. ¿Qué sabemos de lo que hizo Jesús cuando tenía 12 años?
  6. ¿Qué ocurrió en Caná? ¿Cuál es el único mediador entre Dios y los hombres? (1 Tim. 2:5). ¿Necesitaba María al Salvador? (Lucas 1:47).
  7. ¿Qué sabe usted de los hijos de José y María, que nacieron después de Jesús?

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