8 - Job y su familia

Job 1


person Autor: Harm WILTS 19

library_books Serie: El hogar según el plan de Dios

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


Job probablemente pertenecía a una tribu cercana a los edomitas. Al leer el libro que relata su historia, nos impresiona el gran conocimiento que tenía de Dios, tanto él como sus amigos, llamados por sus nombres, y pertenecientes también a pueblos paganos. Dios mismo dio testimonio de este hombre ante Satanás: «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?» (Job 1:8).

Satanás, el acusador de los hermanos (véase Apoc. 12:10), había observado a Job de cerca. También tenía, en cuanto a la conducta irreprensible de este justo, una explicación que al mismo tiempo era una acusación: Si Job se comportaba así, era solamente porque sacaba provecho de esto. Dios permitió a Satanás atacar todos sus bienes, incluso a su familia. Por consecuencia, los sabeos invadieron el país, tomaron los bueyes de Job y mataron a los criados que los guardaban; además, el fuego cayó del cielo y consumió a sus ovejas y a los pastores que las velaban; luego vinieron los caldeos, quienes tomaron los camellos de Job y mataron a los criados que los cuidaban; vino aún un mensajero anunciando que una tempestad derribó la casa de su hijo mayor, donde todos los otros hijos estaban reunidos, y que todos habían muerto.

Sin embargo, Satanás no consiguió su propósito. Job declaró: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno» (Job 1:21-22).

Satanás recibió entonces permiso para tocar el cuerpo de Job, a condición de guardar su vida. Lo hirió con una sarna maligna. Pero en esto también sus planes fracasaron. Ninguna queja culpable salió de los labios de Job. Sus amigos vinieron para consolarlo. 28 capítulos nos relatan las conversaciones de esos cuatro hombres a propósito del misterio del sufrimiento. Luego vienen los capítulos 32 al 37, con un largo discurso de su cuarto amigo, Eliú. Los últimos capítulos (38 al 42) contienen las palabras de Dios dirigidas a Job y a sus amigos.

Job y su esposa tenían una familia numerosa: siete hijos y tres hijas. Manifiestamente, al comienzo de este libro, sus hijos estaban casados; habían dejado el hogar paterno y fundado el suyo, cada uno en su propia casa. Es una buena cosa, en todo caso lo más preferible. En las regiones agrícolas, la costumbre ha sido durante largo tiempo vivir en casa de los padres, con todos los inconvenientes que acarrea esta situación.

Las hijas de Job eran adultas, pero aparentemente todavía no estaban casadas, y vivían en casa de sus padres. Tal debería ser el desarrollo normal de la vida de familia, en nuestro tiempo también. Nada se nos dice acerca de la juventud de los hijos, ni en cuanto a los problemas de educación, aunque seguramente los habrá habido, como en todas partes. Para esos padres, debió ser una gran satisfacción ver a sus hijos encontrar su propio camino. Pero esta experiencia también es algo dolorosa. Un pedagogo muy conocido dijo que la educación debe tener como objeto hacer que uno prescinda de los educadores. Estoy de acuerdo con esto, y no obstante esto no es totalmente verdadero.

Los padres jamás llegan a ser totalmente inútiles. Siempre se preocuparán por sus hijos con interés y oración. Claro que este interés no debe degenerar en una manía de meterse en todo. Parece que a veces esto resulta difícil, sobre todo para las madres.

Los hijos de Job se reunían regularmente durante fiestas que tenían lugar alternativamente en una de sus casas. Las relaciones de familia eran mantenidas aun después de la boda de los hijos. Es una bendición cuando esto tiene lugar. Pero parece que los padres no estaban presentes en esas fiestas. ¿No estaban invitados? ¿Preferían los hijos reunirse “entre ellos”? ¿Se sentían más libres así? ¿Tenemos aquí los síntomas del “conflicto de generaciones”? Es una expresión moderna, pero el fenómeno es tan viejo como el mundo. Siempre ha habido generaciones.

Muchos padres reaccionan mal cuando se dan cuenta de que sus hijos se vuelven independientes. Conozco casos en que los padres persistían en leer la correspondencia de sus hijos. Es muy grave que los padres que dan muestras de una desconfianza injustificada pierdan la estima de sus hijos. Y si esta desconfianza persiste aun después del casamiento de los hijos, estos la toman como una desagradable injerencia. Cada nueva generación de creyentes tiene ante sí el deber de buscar de forma autónoma una solución a todos los problemas de su familia. Lo que tiene autoridad son las normas bíblicas, invariables, de las cuales las precedentes generaciones también tuvieron cuenta. Pero esto no quiere decir que, en todos los detalles, siempre debamos seguir el mismo tipo de conducta.

Si pensamos que los criterios divinos son antiguos y que podrían ponerse a un lado, necesariamente exponemos el matrimonio y la vida familiar a un fracaso. Cada generación debe leer la Palabra de Dios con oración y poner en práctica sus inmutables principios. Siempre se presentan nuevas circunstancias y nuevos problemas a los cuales debemos buscar una respuesta. No podemos esperar de la nueva generación que siga de golpe el modelo de la precedente y que tome idénticas decisiones. Ello es imposible en la esfera social y en la de los negocios, así como en los problemas de la vida familiar. Hay que aceptar esas diferencias de juicio y las diferentes maneras de obrar que resultan. Eso no abrirá forzosamente una zanja entre las generaciones, aunque bien puede ser un motivo para ello.

Es notable que el conflicto de generaciones se evoque en el último versículo del Antiguo Testamento. La solución también se da, al mismo tiempo que se descubre la raíz del conflicto. No se trata de opiniones o de juicios diferentes. Estos versículos hablan del foso que se ha formado entre los corazones. Esto es un peligro todavía en nuestros días, no solo en nuestras familias, sino también en las iglesias.

Nada tengo contra las reuniones para jóvenes o las conferencias en las cuales se tratan temas de interés para los jóvenes. Sin embargo, esto no debe degenerar hasta tal punto que se aparten de los “mayores”, de quienes se dice que “en realidad, no comprenden nada de nuestros problemas”. Se pierde entonces el respeto y la consideración debidos a los de mayor edad, y se privan también de su experiencia. Además, esta afirmación, muy superficial, no es verdad. Los “mayores” atravesaron igualmente esa crisis en su tiempo. Se puede decir también en cuanto a esto que «nada hay nuevo debajo del sol» (Ecl. 1:9).

Tampoco me opongo al hecho de que los cristianos mayores adviertan los peligros del espíritu de nuestro tiempo, al que los jóvenes están particularmente confrontados, y a causa del cual, desgraciadamente, algunos se han apartado del camino. Sin embargo, no se trata de condenar todas sus actividades como si fuesen «carnales». Esta afirmación, cuando se la generaliza, tampoco es verdad. Especialmente en sus actividades para la evangelización, nos gusta pensar que es el amor por Cristo lo que siempre los impulsa a obrar.

La prudencia y la circunspección de los mayores, y el entusiasmo de los más jóvenes, son corrientes que deben reunirse. Entonces, en el servicio para Dios, resulta un sano equilibrio y una unanimidad de pensamiento. En Malaquías 4:5-6, leemos que Dios envía su profeta para sanar a las generaciones del foso que se ha abierto entre ellas. «Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres». Cuando, por medio del servicio divino del profeta, los corazones son llevados a reunirse, todas las demás diferencias se allanan. Para eso, Dios comienza por obrar no en el corazón de los hijos, sino en el de los padres. ¿No hay aquí una solución a numerosos problemas en el círculo de la familia y de la parentela? Al hablar solo de los errores, propagándolos y atribuyéndolos al otro con parcialidad, no se logra sino alejar más los corazones unos de otros. Y, lo que es más grave aún, también los alejamos del Señor. Pero, por el poder de la Palabra y del Espíritu de Dios, los corazones serán atraídos al Señor y, por ese medio, el uno al otro. Solo después será posible resolver las dificultades que hayan sobrevenido, con el sentimiento de la gracia y del amor.

Job y su esposa no imponían a sus hijos su presencia en sus fiestas para ejercer una buena influencia y prevenir eventuales “descarrilamientos”. Sin embargo, no se retiraban sintiéndose frustrados o irritados. ¡Al contrario!: «Acontecía que habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días» (Job 1:5).

Hoy en día, los padres no pueden hacer exactamente lo que hizo Job, puesto que no se practican holocaustos en el sentido literal del término. Pero nosotros, los padres de hoy, podemos aprender mucho de la actitud de Job. Al igual que Job y su esposa, todos los padres deben aceptar el hecho de que los hijos, cuando se casan, dejan a su padre y a su madre. Junto con su cónyuge, forman una nueva unidad independiente, teniendo su propia responsabilidad. No obstante, los padres no terminan siendo inútiles, de modo que no les quede nada que hacer. Todavía les resta un deber: seguir con un cuidado lleno de amor la evolución de la nueva familia, y a veces asistirla según sus propias posibilidades. Cuando los padres advierten problemas, o los hijos se los confían, siempre pueden recurrir a la oración. Santiago nos invita así: «Orad unos por otros… La ferviente súplica del justo puede mucho» (Sant. 5:16). Nos llama la atención la oración de Elías, una oración que ningún hombre oyó. Sin embargo, subió hasta el cielo y tuvo influencia sobre lo que se produjo en la tierra. La intercesión de Job fue sin duda de gran valor para su familia. Es un deber, un privilegio reservado aún hoy a los padres creyentes.

¿Cómo reaccionaron Job y su esposa ante el indecible sufrimiento que había caído repentinamente sobre ellos? Leamos una vez más Job, capítulos 1 y 2. Profundamente afligido, se postró en tierra. Sin embargo, no se rebeló contra Dios. Reconoció que todo lo que tenían era un don de Dios, de su pura gracia: «Jehová dio». Pero añadió: «Jehová quitó». Podría haber hablado de los fenómenos de la naturaleza, los cuales habían sido la causa de la muerte de sus hijos. Habría podido acusar con razón a los sabeos y a los caldeos de haber sido asesinos y ladrones. Pero entonces, no habría quedado en su corazón más que dolor y amargura. No habría visto la mano de Dios en este sufrimiento. No habría podido decir después: «Jehová quitó». Y jamás habría llegado a la tercera afirmación: «sea el nombre de Jehová bendito». Su vida de fe culminó en el momento de su más profundo sufrimiento, en el capítulo 19:25-27: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios».

Escuchamos esta declaración con asombro y admiración. ¡Qué lejos estamos de los creyentes de entonces cuando atravesamos un tiempo de prueba en nuestra vida de fe! Sin embargo, no queremos admirar a este hombre, sino más bien la gracia de Dios que produjo tal fe en el corazón de uno de los suyos. Y ese Dios hasta ahora no ha cambiado en su gracia para con los suyos.

Conocí a un padre que perdió a su hijo mayor durante la guerra. Este debía ir a trabajar a un pueblo en el que las tropas de ocupación hicieron una redada, como represalia. Todos los hombres que pudieron encontrar fueron tomados prisioneros y conducidos a Alemania. Ese hijo formaba parte de ellos. Ninguno de ellos volvió, él tampoco. Meses más tarde, los padres recibieron un aviso estipulando que su hijo había muerto de una “pulmonía”. Un amigo intentó consolarlos diciendo a ese padre que tratara de aceptar en su corazón que, a pesar de todo, el Señor lo había permitido. Ese hermano respondió: “Ese pensamiento no me da ninguna consolación. Al contrario, yo sé que Dios ha querido acoger a mi hijo en su casa de esta manera”.

Jamás he olvidado esas palabras. Me han hecho pensar en las que pronunció Job: «Jehová quitó». ¡Qué bendición también para nosotros, en un camino de sufrimiento, reconocer la mano del Señor y olvidar la de los hombres!

Podemos suponer que, hasta ese momento, su mujer se había quedado fielmente a su lado, y que los dos habían compartido gozos y penas, lo que siempre debería ser así. Marido y esposa, en el momento de la boda, ¿no han hecho la promesa solemne de amarse y de prestarse asistencia uno a otro, tanto en las buenas como en las malas, con una fidelidad recíproca, hasta que la muerte los separe? Es cierto que ni Job ni su esposa oyeron ni firmaron esa promesa consagrada. Sin embargo, ¿no ha sido siempre la intención de Dios para cada pareja unida por él, como marido y esposa, por el lazo del matrimonio?

¡Cuán fácilmente lo olvidamos a veces cuando llegan “días malos”! Además, desde ese punto de vista, aun los días de bienestar material pueden ser “malos”, tal como los días de pena y de decepción. Cuántas veces vemos a uno de los cónyuges abandonar la fidelidad prometida. Y eso lleva a menudo al divorcio. Sin embargo, ese jamás ha sido la intención de Dios. Él aborrece el divorcio.

Un principio de enfriamiento en las relaciones de Job con su esposa aparece aquí claramente. Ya era demasiado para ella. Había perdido su confianza en Dios y aconsejó a su esposo a hacer lo mismo, con esas palabras de reproche: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete» (Job 2:9). ¡Qué difícil debía ser para este hombre tan sometido a prueba, perder el apoyo de su esposa en esas circunstancias! No obstante, incluso en esta prueba, él no cedió. Rechazó resueltamente sus palabras.

Alguien hizo observar que no llamó a su mujer fatua, sino que dijo: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado» (2:10). Ahí aparece su paciencia. La expresión «la paciencia de Job» (Sant. 5:11) nos recuerda lo que caracterizaba a este hombre. Dijo a su esposa: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» No dijo “recibí”, sino «recibiremos». Esas palabras contenían, para su mujer, una exhortación a que no se disociara de él.

También encierran para nosotros una gran instrucción. Estamos siempre dispuestos a recibir, con agradecimiento, el bien como procedente de Dios. Pero, en cuanto al mal, a menudo tenemos la tendencia de buscar las causas. Un médico dijo una vez, con aflicción, a propósito de sus pacientes cristianos: “Cuando haces grandes esfuerzos para salir de apuro y lo logras, dicen: Es Dios quien me ha curado. Si, a pesar de todos tus esfuerzos, no lo consigues, es la culpa del médico que no ha hecho el buen diagnóstico y no ha recetado la medicina adecuada. No hay consideración alguna de parte de esa clase de personas”. Entiendo un poco el razonamiento de este médico.

Debemos ser prudentes en nuestros pensamientos y nuestras palabras. Un creyente que vive según el espíritu de Job no tiene tales declaraciones.

A continuación, no leemos nada más acerca de la mujer de Job. También Satanás, quien tomó la palabra dos veces, desapareció de la escena. Sin embargo, el sufrimiento de Job continuaba.

Entonces aparecieron sus amigos para consolarlo. Sin embargo, sus largos discursos no llegaron a nada de eso. Expusieron como principio la majestad, la soberanía y la justicia absolutas de Dios. En eso mostraron inteligencia y expresaron correctos pensamientos en cuanto a esos temas. Por al contrario, se equivocaron al basarse en el principio de que el sufrimiento humano debía ser considerado como la justa retribución de Dios por el mal cometido.

Job se defendió apasionadamente, mantuvo imperturbable su propia justicia y continuó enfrentándose con un problema que él mismo no podía resolver. Sus respuestas se hicieron más y más vehementes y empleó palabras inaceptables. Al mismo tiempo, las palabras de sus amigos se hicieron cada vez más duras. Acusaron a Job de hipocresía, pretendieron que en secreto había hecho el mal y, finalmente, que había pecado públicamente.

Al partir de falsos principios y al aplicar sin caridad lo que ellos tenían por verdad, llegaron a ser para Job más bien acusadores que consoladores. Eso fue verdaderamente un diálogo de sordos, y así no llegaron a resolver el problema. Luego, un amigo más joven, Eliú, tomó la palabra. Se dirigió tanto a los amigos de Job como al mismo Job, y lo que dijo es muy digno de consideración. Sin embargo, no llegó a refutar radicalmente los argumentos de estos. No tenía una solución completa al problema de Job, ni una respuesta enteramente satisfactoria a sus preguntas.

Finalmente, Dios mismo tomó la palabra. A Job le hizo entender Su grandeza y Su majestad, y la nulidad de Job. ¿Convenía a una vana criatura como él hacerse crítico del Todopoderoso, de acusarlo de una supuesta injusticia? Job dijo: «Mi mano pongo sobre mi boca» (Job 39:7). No tenía respuesta alguna. Sus últimas palabras fueron: «¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (42:3-6).

Dios también habló a los amigos de Job y les dirigió severas palabras. Habían acusado injustamente a Job, pero, peor todavía, habían hablado de Dios de una manera inconveniente. Por eso debieron ofrecer un holocausto y pedir a Job que orara por ellos. Dios aceptó esta oración, de modo que no fueron castigados por su pecado. Así, Dios había alcanzado su propósito para con Job y luego podía cambiar su condición. Los amigos también habían aprendido su lección.

En nuestras familias, todos estamos confrontados al problema del sufrimiento. Hace algunos años, mi esposa y yo, con una pareja de nuestros hijos, asistíamos al entierro de uno de sus hijos. Un buen muchacho de trece años, con un futuro prometedor, y que había demostrado que amaba a su Salvador, les fue quitado súbitamente. Circulando en bicicleta, un autobús, que realizó una imprudente maniobra, lo atropelló, y murió en el acto. El golpe fue terrible para los padres, para los otros hijos y para nosotros los abuelos. Pienso que más de un lector ha pasado por circunstancias semejantes. A veces surge la pregunta: “¿Por qué hacía falta que eso nos ocurriera?” Entonces, Satanás está dispuesto para disparar sus flechas a fin de sembrar en nuestros corazones la incredulidad y la duda en cuanto al amor de Dios.

Nuestros hijos estaban profundamente afligidos, el sufrimiento era difícil de aceptar, pero no se rebelaron. Tampoco sintieron rencor para con el conductor que había provocado el accidente. Por la gracia de Dios, pudieron ver la mano del Señor en lo que les había sucedido. En su calendario había justamente ese día el siguiente versículo: «Lo que yo hago, tú no lo sabes ahora; pero lo entenderás después» (Juan 13:7). Esas palabras son las que más nos han consolado. Aquel que las cree puede cantar en las circunstancias más difíciles, incluso con lágrimas:

Si debo andar sin comprender una y otra vez

Allí arriba, dentro de poco, entenderé.

No debemos preguntar el por qué ni esforzarnos en buscar la causa en nosotros mismos o en otros, lo que producirá mucha más rebelión que paz. Más vale procurar descubrir lo que el Señor quiere enseñarnos por medio de esas circunstancias.

Uno de los motivos de esa prueba se presentó muy pronto. Poco después, un accidente semejante se produjo en la vecindad. Los padres estaban desesperados e inconsolables. En ese momento, nuestros hijos tuvieron las palabras apropiadas para consolar a los otros de la consolación de la cual ellos mismos habían sido consolados por Dios (2 Cor. 1:4). Por la Palabra de Dios, sabemos algo de lo que Job debió aprender en su difícil camino de sufrimiento. «sabemos que todas las cosas (también la decepción, la enfermedad, el sufrimiento, el duelo) cooperan juntas para el bien de los que aman a Dios, los que son llamados según su propósito» (Rom. 8:28). Por eso, en un camino de sufrimiento y de disciplina, siempre debemos procurar ver la mano de amor del Señor, incluso en nuestra familia. Entonces seremos guardados de menospreciarla siendo insensibles; en tal caso, no aprenderíamos nada. Tampoco debemos abatirnos, sino estar espiritualmente ejercitados por ella. «Ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero más tarde da fruto apacible de justicia a los que son ejercitados por ella» (Hebr. 12:5, 11). La verdad de esas palabras está confirmada por la historia de Job.

8.1 - Preguntas de la 8a parte

  1. ¿Qué aprendemos en cuanto a la actividad de Satanás en la historia de Job? Busque otros versículos en la Biblia en los cuales se habla de la actividad de Satanás.
  2. ¿Qué podemos aprender de Job como padre?
  3. ¿En qué perdió Job el apoyo de su esposa?

Busque otros versículos en el Nuevo Testamento que hablen del propósito del sufrimiento.


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