1 - Adán y Eva y sus hijos

Génesis 3 y 4


person Autor: Harm WILTS 19

library_books Serie: El hogar según el plan de Dios

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


El primer hogar que encontramos en la Biblia es el de Adán y Eva. Engendraron hijos e hijas (Gén. 5:4). No se sabe cuántos hijos tuvieron, pero tres de ellos se conocen por su nombre: Caín, Abel y Set.

Primero Dios creó la tierra de tal manera que el hombre pudiera vivir en ella. Para coronar su obra, creó a Adán. Lo formó del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida; así el hombre llegó a ser un ser viviente. Lo hizo habitar en un lugar hermoso, en el huerto de Edén. Tenía la tarea de cultivarlo y guardarlo (2:15).

Dios le dio autoridad sobre todo lo que había creado. Adán puso nombres a los animales, mostrando así la autoridad que Dios le había dado. Observó a los animales en su comportamiento de macho y hembra, tal como Dios los había creado. Entonces sintió una gran soledad: «No se halló ayuda idónea para él» (2:20).

Sin embargo, ya antes de que Adán se diera cuenta de esta necesidad, Dios dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (2:18). El mismo Dios creador había puesto este deseo en el corazón de Adán, y Él mismo deseaba suplir esta necesidad.

Después de hacer caer un sueño profundo sobre Adán, Dios tomó una de sus costillas, la transformó en una mujer y la trajo al hombre. ¡Qué agradecido debió de haber estado cuando recibió esta mujer de la mano de Dios! Desde entonces, este mismo gozo ha llenado el corazón de innumerables parejas que Dios ha unido en amor mutuo.

Adán sabía que Dios había tomado a su mujer de él. Ella era verdaderamente de su propia carne. El hecho de que Dios haya usado una costilla de Adán no carece de significado. Referente a esto, el Talmud de los judíos hace la siguiente observación:

“Dios no hizo a la mujer de la cabeza de Adán para que lo gobernara, tampoco de sus pies para que la pisoteara, sino de una costilla, cerca de su corazón, para que la amara. Así Adán y Eva llegaron a ser marido y mujer, una sola carne”.

Este hecho muestra una enseñanza profética que Pablo reveló más tarde: «Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo amó a la iglesia y entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el lavamiento de agua por la Palabra; para presentarse a sí mismo la iglesia gloriosa, que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben los maridos amar a sus propias mujeres, como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, así como Cristo a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto, el hombre dejará a padre y a madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne. Este misterio es grande; pero yo lo digo con respecto a Cristo y a la Iglesia» (Efe. 5:25-32).

A la luz de estos versículos, vemos claramente que cada pareja debe ser una imagen de la relación entre Cristo y la Iglesia. La poligamia, la infidelidad conyugal y el divorcio están en contradicción con lo que Dios ordenó.

La primera pareja vivía en completa armonía. No se avergonzaban el uno del otro. Cuando notaban la presencia de Dios en el jardín, no lo temían. Ni siquiera se preguntaban quién de los dos era el líder. Dios estableció reglas sobre la autoridad en el matrimonio cuando la caída en el pecado lo hizo necesario. Adán podía compartir con su esposa la tarea de señorear. Juntos cumplían el mandato de fructificar y multiplicar y de llenar la tierra y sojuzgarla (Gén. 1:28). También juntos tenían la tarea de cultivar el huerto y de guardarlo.

Toda bendición que Dios da al hombre está siempre acompañada de una responsabilidad. Así también era con Adán y Eva. No solo tenían que cultivar el huerto, sino también guardarlo. Podían hacerlo solamente en obediencia a Dios, y no debían comer del árbol de la ciencia del bien y del mal; porque si desobedecían, morirían (2:15-17). Sabemos cómo Satanás logró tentar a Eva y hacer que ella desobedeciera a Dios. En su caída arrastró a su esposo.

No habían guardado el huerto; luego tampoco pudieron cultivarlo, y fueron echados fuera de él. Perdieron el paraíso para siempre. Además, por su desobediencia colocaron a la creación entera bajo la influencia y el poder de Satanás, del pecado y de la muerte.

El pecado causó cambios tremendos en esta pareja, los que se extendieron a toda la humanidad (Rom. 5:12). Una vida gozosa en comunión con Dios y el uno con el otro se transformó en una vida de miedo y vergüenza. Cuando se dieron cuenta de que estaban desnudos, se hicieron vestidos de hojas de higuera. Dios los cambió por túnicas de pieles de animales.

Indudablemente esto nos habla de reconciliación. Con la imagen del sacrificio de un animal inocente, Dios mostró ya que el hombre podía acercarse a él solo por medio de la muerte de un sustituto.

En el paraíso, el trabajo era una bendición gozosa. Pero fuera del huerto, la tierra producía espinos y cardos. Adán tenía que trabajarla con dificultad y comer su pan con sudor. Dios llamó a todos aquellos que tuvieron parte en este primer pecado para que le rindieran cuenta. Cada uno recibió su propia condenación: Satanás, la serpiente, Eva y Adán.

Vemos también que un gran cambio se operó en la relación de esta pareja. Por cierto, en cuanto a la posición del esposo y de la esposa, los pasajes de 1 Timoteo 2:13 y 1 Corintios 11:8-9 muestran que el primer lugar –el de jefe– pertenecía a Adán, ya en el orden divino de la creación. Pero solo después de la caída, Dios dijo a Eva: «Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti» (Gén. 3:16). Tal no era la relación entre ellos antes del pecado. Afortunadamente –y notemos bien esto–, a Adán no le fue dado el mandato de enseñorearse de su esposa. Sin embargo, a Eva le fue dicho claramente que tendría un lugar de subordinación respecto a su esposo.

Se dice con frecuencia que este lugar de subordinación fue abolido por el Evangelio y que no tiene más validez. Los hombres y las mujeres tendrían ahora el mismo lugar en la sociedad, en el hogar y en la Iglesia. Se cita Gálatas 3:28: «No hay varón ni hembra; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Quien no está de acuerdo con esta idea de emancipación de la mujer es culpable de discriminación, y a los ojos de muchas personas comete el peor pecado.

Cuando uno muestra lo que Pablo dice sobre esto en el Nuevo Testamento, se responde que es el punto de vista del apóstol, quizá bueno y aceptable en su tiempo, pero que hoy estos pensamientos pertenecen al pasado y no tienen que ver con nosotros. Sin embargo, los cristianos espirituales que conocen su Biblia y la aman, saben que los escritos de Pablo son los mandamientos del Señor (1 Cor. 14:34-37). ¿Qué dice en cuanto a la posición de la mujer en el hogar? «Las mujeres estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como también Cristo es cabeza de la iglesia, siendo él mismo el Salvador del cuerpo. Pero como la iglesia está sometida a Cristo, así las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo» (Efe. 5:22-24). Estos versículos se dirigen a las mujeres, no a los hombres. Aconsejo a las hermanas que tienen dudas en cuanto a esta obediencia, que lean varias veces estos pasajes. Los hombres no necesitan hacerlo. Generalmente están muy bien convencidos de esta verdad. Conocen la exhortación: «Las mujeres estén sujetas a sus propios maridos». Sin embargo, esto no les da derecho a leer: “Maridos, sujetad a vuestras mujeres”. Lo que se les dice a ellos lo leemos en el versículo siguiente: Amar a su esposa es algo muy distinto de enseñorearla.

Una vez visité a una pareja cuya relación distaba mucho de ser la ideal. La esposa estaba sola en casa. Después de un tiempo, empezó con una larga lista de quejas contra su esposo. Era casi interminable. Durante algún tiempo escuché en silencio. Luego, comenté que aparentemente ella tenía un esposo desobediente a la Palabra de Dios. “Sí, he aquí la razón –me respondió– nunca oigo de él una palabra de aprecio o de cariño”. Tomé mi Biblia, busqué la Primera Epístola de Pedro 3:1-2 y leí: «Igualmente vosotras, esposas, estad sumisas a vuestros maridos para que aun si alguno no obedece a la Palabra, sea ganado sin una palabra por la conducta de su esposa, al observar vuestra conducta casta y respetuosa». La señora conocía estos versículos. Cuando le pregunté si había puesto en práctica este consejo de Pedro, me respondió con franqueza que no lo había hecho: “Debo confesar que muchas veces he hablado duramente a mi esposo y lo he acusado de conducirse injustamente”. Ella admitió que esa era probablemente la razón por la cual no podía ejercer una buena influencia en su esposo.

En ese momento, nuestra conversación se interrumpió por la llegada del esposo. Él vio la Biblia abierta y las lágrimas de su esposa, y entendió lo que estaba pasando. Admitió directamente que la relación entre ellos no era como debía ser. Juntos leímos entonces el séptimo versículo de este mismo capítulo: «Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas con inteligencia, como con un vaso más frágil, que es el femenino; dándoles honor como a las que también son coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean interrumpidas». El esposo se quejó: “¿Cómo puede uno amar a su esposa en la práctica si ella nunca quiere someterse y siempre está recalcitrante, queriendo ser la que manda?” La esposa reaccionó: “¿Cómo puede una someterse a un esposo que nunca muestra aprecio o cariño? Nadie es capaz de soportarlo”.

Por último, les aconsejé que se intercambiaran urgentemente los textos bíblicos. Que la esposa leyera y practicara lo que estaba escrito para él, y que el esposo tomara a pecho lo que estaba escrito para ella.

El hecho de prestar atención a lo que se dirige al otro ¿no es un problema entre los cristianos? Nos es más fácil mirar a los demás y criticarlos que aplicar la Palabra de Dios a nosotros mismos. Los versículos citados ilustran claramente las relaciones entre el esposo y la esposa en el matrimonio y en el hogar.

Asimismo, en la Iglesia, las posiciones del hombre y de la mujer no son las mismas. El apóstol Pablo escribió a Timoteo para que sepa cómo conducirse en la Iglesia, como Casa de Dios (1 Tim. 3:15). En cuanto al lugar de la mujer, dijo: «La mujer aprenda en silencio, con toda sumisión. Pero no permito a la mujer enseñar ni ejercer autoridad sobre el hombre, sino estar en silencio» (2:11-12).

1 Corintios 14:34 dice: «Que las mujeres se callen en las iglesias; porque no les es permitido hablar, sino que estén sometidas, como también lo dice la ley». Lo que Pablo escribió es un mandato del Señor, la Cabeza de la Iglesia.

En otro tiempo no se planteaba la cuestión de ordenar una mujer para el ministerio, porque estos versículos eran suficientemente claros y aceptados por su autoridad. Es triste decir que hoy en día en general se permite que la mujer ejerza el ministerio. ¿Hay acaso una mejor explicación de estos pasajes? ¡Imposible! No se pueden interpretar de dos maneras diferentes. Se ha pensado que estas ideas están fuera de moda y que son solamente ideas de Pablo para su tiempo, no para el nuestro. Con esta manera de pensar, uno priva de autoridad a estas escrituras y las pone a un lado. Es lo que se ha hecho ya con muchas verdades bíblicas.

Estos versículos son suficientes para que toda mujer que quiere someterse a la autoridad de la Biblia reconozca su posición en la Iglesia. Para el servicio público en la Iglesia, Dios, como jefe de la Iglesia, ha llamado al hombre. Muchas instrucciones le muestran cómo tiene que ejercer este servicio.

El hecho de que la mujer fue llamada para otro servicio no quiere decir que ella tenga un lugar inferior delante del Señor. Eran mujeres las que servían al Señor con sus bienes. Fue a mujeres a quienes el Señor resucitado se mostró primero. A mujeres él les encargó que transmitieran a sus hermanos la gran noticia de su resurrección. También eran mujeres las que lucharon juntas con Pablo en el Evangelio. El hombre y la mujer tienen cada uno su propio lugar, tanto en el hogar como en la Iglesia.

Se puede decir que este es el único mandato que los hombres, en cualquier lugar, han obedecido gustosamente. Es una consecuencia del instinto sexual. Sin embargo, Dios ha dado al hombre mucho más que a los animales: el amor controlado por la voluntad propia y la razón. Si este control falta, el hombre se rebaja al nivel del animal con sus instintos. 1 Corintios, nos muestra claramente cómo vivir la sexualidad en el matrimonio: «Que el marido cumpla con su mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con su marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco el marido tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os privéis el uno del otro, a no ser de mutuo acuerdo, por algún tiempo, para dedicaros a la oración; y volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra falta de dominio propio» (7:3-5).

Ya hemos notado que Dios ha dado al hombre y a la mujer una posición distinta en ciertas áreas de la vida. Esto lo encontramos también en las epístolas de Pablo. Por eso es tanto más notable que a este respecto los dos compañeros tengan igual posición e igual derecho. Esto es muy importante en cuanto a la vida sexual. Otro punto de importancia es que aquí se enseña a ambos compañeros que no deben buscar su propia satisfacción, sino la felicidad del otro. En el matrimonio, uno no debe procurar sacar todas las ventajas posibles, sino estar atento a dar lo más que pueda. Si estos principios son respetados, es posible vivir por muchos años un matrimonio gozoso y armonioso, incluso en el aspecto físico. Así se refuerzan los lazos del amor. El hecho de no tomar en cuenta estos principios hace fracasar muchos matrimonios. El amor se enfría y, finalmente, cada uno va por su lado, con todas las consecuencias que resultan de ello.

A menudo se ha pensado y enseñado que la continencia y el celibato son una prueba de mayor espiritualidad en el creyente. Ello es un error. El Señor mismo enseñó de forma diferente, y lo demostró al llamar como apóstoles a hombres casados (1 Cor. 9:5).

Dios solamente da su aprobación cuando alguien, por su propia voluntad, se abstiene del matrimonio por causa de Él. Solo a algunos les es dado este don especial. Pablo también refiere esta enseñanza en su primera epístola a los corintios (7:32). Se opuso firmemente a los que prohibieron el matrimonio (1 Tim. 4:3). No hay ninguna base bíblica para el celibato obligatorio de los sacerdotes, ni tampoco para el celibato que se exige en los monasterios y a las monjas. Se dio cuenta muchas veces de que no es posible que el ser humano viva una vida casta cuando le es impuesta. Que nadie se sobreestime tampoco en este asunto. No es el deseo en sí mismo lo que es pecado –lo que Pablo llama «quemarse» (7:9)–, sino el hecho de buscar una satisfacción sexual fuera del matrimonio.

Entre las muchas preguntas que los corintios hicieron a Pablo, varias estaban relacionadas con el matrimonio. Su respuesta muestra que Dios ha dado a los impulsos sexuales un lugar dentro del matrimonio. Cuando se practica fuera de él, se llama “adulterio” y es condenado como pecado. Es bueno y necesario que los creyentes mantengan esta norma. La legislación de nuestros antepasados en los países cristianizados la tomó más o menos en cuenta. Hoy en día, muchos no quieren saber nada de este principio divino. Las relaciones sexuales fuera del matrimonio son permitidas, y hasta públicamente propagadas.

Incluso las relaciones homosexuales entre hombres y entre mujeres reciben aprobación. Muchos quieren legalizar esta forma de convivencia. Los que tienen el valor de protestar públicamente contra estas prácticas son tildados de anticuados y mezquinos. Se piensa que la gente podría desarrollarse mejor y vivir más feliz sin estas normas bíblicas. Y este pensamiento no es tan nuevo como parece. Es la misma vieja mentira de Satanás en el paraíso: «El día que comáis de él (el fruto prohibido)… seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Gén. 3:5). Es una media verdad, y generalmente una media verdad es peor que la mentira entera. El diablo se abstuvo de agregar que, con este conocimiento, el hombre no sería capaz de dejar de hacer lo malo, y no podría hacer lo bueno. La abolición de las normas de Dios nunca ha hecho al hombre más feliz, y nunca lo hará. ¡Qué desdichada sociedad, en la que tanto se desarrolla este mal hoy en día!

El primer hijo que Adán y Eva tuvieron fue Caín. Luego nació Abel. Ellos no habían “encargado” a sus hijos, como se dice algunas veces. Eva reconoció que este nacimiento era una bendición de Dios. Así los padres tienen que reconocer que los hijos son un don de Dios, y que deben, por tanto, criarlos para Él. En esta crianza, los padres experimentan mucho gozo, pero también preocupación y tristeza. Así ocurrió también con nuestros primeros padres.

El filósofo Rousseau pensaba que los niños eran como un papel blanco. Si el educador sabía evitar cualquier influencia mala sobre él, podría escribir sobre esta “hoja blanca” lo que quisiera. Lo que hallamos en la Biblia en cuanto a este primer hogar nos enseña otra cosa. Las influencias exteriores no desempeñaron ningún papel en la crianza de los hijos. En Caín vemos claramente la naturaleza pecaminosa que había recibido desde su nacimiento. Respecto a él, sus padres tuvieron mucha preocupación y tristeza. ¡Qué desilusión para Eva, la cual tenía tan altas expectativas acerca de él!

Caín era religioso. Él fue quien primero ofreció un sacrificio a Dios. Sin embargo, en contraste con su hermano, no entendía nada de la posición del pecador ante Dios ni de cómo puede uno acercarse a Dios. Abel también ofreció un sacrificio, pero muy diferente al de su hermano. Si se lee la Biblia superficialmente, se podría suponer que la causa provenía de la diferencia de sus oficios. Caín, un agricultor, ofreció a Dios un sacrificio de los frutos de la tierra, y Abel, un pastor, primogénitos de sus ovejas. Puede parecer natural. Pero si pensamos así, perderemos la gran lección referente a la reconciliación que esta historia encierra. En Hebreos 11:4 leemos: «Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín; mediante el cual se le dio testimonio de que era justo, atestiguando Dios respecto a sus dones; y mediante ella, incluso muerto, aún habla».

Pues había una gran diferencia entre los dos: Abel tenía fe, puesto que ofreció más excelente sacrificio, un sacrificio cruento; es decir, reconocía su culpabilidad ante Dios. También mostró que Dios aceptaría este sacrificio en su lugar. Caín llevó a cabo un rito religioso por su propia voluntad. Ofreció los frutos de la tierra. El hecho guarda similitud con lo que hicieron sus padres, después de haber pecado. Pensaron que podían vestirse ante Dios con hojas de higuera, de una tierra maldita. Las pieles con las que Dios los vistió, les aprendía, en figura, que el pecador puede acercarse a Dios solo en virtud de un sacrificio que debía ser ejecutado por él. Adán y Eva tuvieron que aprender esta lección, e indudablemente la habían enseñado a sus hijos, pero Caín no lo había entendido. Por eso leemos que Dios «no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya» (Gén. 4:5). Notemos en estas dos ofrendas que Dios relaciona a la persona con su ofrenda.

Adán y Eva podían contar a sus hijos los grandes hechos de Dios y compartir con ellos las enseñanzas que ellos mismos habían recibido. Sin embargo, no pudieron ni convertirlos ni traerlos a la salvación. Solo Dios puede hacerlo, y lo lleva a cabo por la obra del Espíritu Santo.

Así es también para los padres de hoy en día. Tenemos que sentir profundamente nuestra gran responsabilidad como padres y, a la vez, sentir nuestra gran incapacidad. Esto nos lleva a la oración. Damos gracias a Dios por nuestros hijos que se convierten y tienen una fe verdadera. Seguimos orando por los que, al crecer, muestran desinterés.

Cuando Caín vio que Dios rechazaba su ofrenda, se puso furioso con su hermano, y finalmente lo mató. ¿Por qué? El apóstol Juan da la respuesta: «Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas» (1 Juan 3:12).

No obstante, Dios amaba también a Caín, tal como ama a todos los pecadores. No quiere que el pecador perezca, sino que se convierta y sea salvo (véase 2 Pe. 3:9; 1 Tim. 2:3-4). Por eso advirtió a Caín, antes de que llegara a matar a su hermano. Luego, cuando Dios le anunció su castigo, Caín reconoció la gravedad de su pecado. ¿Era un sincero arrepentimiento, o lo decía impresionado por los terribles resultados de su maldad? Solo podemos suponer sus motivos.

Antes de que Caín, rechazado, se fuese, Dios puso señal en él para que no lo matase ninguno que lo hallara. Aquí vemos la misericordia de Dios, aun en el juicio que tenía que pronunciar sobre Caín. La expresión «cualquiera que me hallare» (Gén. 4:14) alude a los otros hijos de Adán y Eva. Quizás varios ya se habían casado, probablemente con una hermana. También Caín mismo debe de haberlo hecho.

Para reemplazar a Abel, Dios les dio un hijo, Set. Génesis 5 nos habla de él y de su descendencia; este capítulo termina con Noé. En el cuarto capítulo se halla la descendencia de Caín, en la cual se ve a Lamec y su hogar.

1.1 - Preguntas de la 1a parte

  1. ¿Qué principios encontramos en Génesis 2:24 respecto al matrimonio?
  2. ¿Cómo logró Satanás hacer que los primeros hombres pecaran (Lucas 4:1-13 y 1 Juan 2:16)?
  3. ¿En qué consistió la condenación de Satanás, de la serpiente, de Adán y de Eva (Gén. 3:14-19)?
  4. En Génesis 3:7 y 21 notamos que el hombre no puede agradar a Dios con sus propias obras. ¿Qué dicen en cuanto a esto los pasajes de Romanos 3:28 y Efesios 2:8-9?
  5. ¿Cómo constituyó Dios la relación entre el hombre y la mujer? (Léase Mal. 2:14-16; Efe. 5:22-23; 1 Pe. 3:1-7).
  6. ¿Qué importancia tiene la sexualidad, y cuál es la diferencia, en este sentido, entre el hombre y los animales? (Léase Gén. 1:28; 2:24; 1 Cor.7:3-5).
  7. ¿En qué se diferenciaban Caín y Abel? (Léase Hebr. 11:4 y 1 Juan 3:12).

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