21 - Vivir por la fe


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 72

library_books Serie: Temas prácticos de la vida cristiana

flag Tema: La fe

(Fuente: ediciones-biblicas.ch)


«El justo por su fe vivirá».

Esta importante declaración aparece en el segundo capítulo del libro de Habacuc (cap. 2:4), y es citada por el apóstol Pablo en tres de sus epístolas: Romanos, Gálatas y Hebreos, con una aplicación diferente en cada una. En Romanos 1:17 se aplica al gran tema de la justicia. El apóstol declara que no se avergüenza del Evangelio «porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá» (v. 16-17). [1]

[1] La expresión «por fe y para fe» generalmente no se comprende. Las palabras griegas ek pisteos eis pistin significan literalmente «sobre el principio de la fe para la fe». Establecen el fundamento o principio sobre el cual se ha de obtener la justicia. No es sobre la base de las obras, sino de la fe, y se revela a la fe. Nuestro apóstol repetidas veces pone en contraste ek pisteos –el principio de la fe– con ex ergon –el principio de las obras.

En Gálatas 3:11, donde el apóstol trata de recordar a esas asambleas extraviadas los fundamentos del cristianismo, dice: «Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá».

Y en Hebreos 10, cuyo objetivo es exhortar a los creyentes a retener firme su confianza, leemos: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe» (v. 35-38). Aquí tenemos a la fe presentada no solo como el fundamento de la justicia, sino como el principio vital por el cual debemos vivir diariamente, desde el punto de partida hasta la meta de la carrera cristiana. No hay otra forma de justicia, otra forma de vida, que no sea por la fe. Por la fe somos justificados, y por la fe vivimos; por la fe estamos en pie y por la fe andamos.

Esto es cierto de todos los cristianos, y todos deben tratar de conocer esto en profundidad. Todo hijo de Dios es llamado a vivir por la fe. Es un error muy grave señalar a ciertas personas que no tienen una renta determinada ni ningún tipo de propiedad, y hablar de ellas como si fueran las únicas que viven por fe. Según este punto de vista de la vida de fe, noventa y nueve de cada cien cristianos se verían privados del precioso privilegio de vivir por fe. Si un hombre tiene un ingreso fijo, un determinado salario, o lo que comúnmente se denomina un oficio «secular», mediante el cual se gana el pan para él y su familia, ¿no tiene el privilegio de vivir por fe? ¿Acaso nadie vive por fe excepto aquellos que carecen de medios de subsistencia? ¿Acaso la vida de fe se limita a la simple condición de confiar en Dios para la comida y el vestido?

¡Cómo es rebajada esa vida de fe cuando se limita a la cuestión de las necesidades temporales! Confiar en Dios para todas las cosas, es sin duda algo muy cierto y bendito; pero la vida de fe tiene una esfera más elevada, un mayor alcance, que las cosas temporales y la simple satisfacción de nuestras necesidades materiales. Abarca todo lo que concierne a nosotros, en cuerpo, alma y espíritu. Vivir por fe es andar con Dios; aferrarse a él; depender de él; tomar de sus fuentes inagotables; hallar todos nuestros recursos en él y tenerlo como refugio perfecto de nuestros ojos y como el objeto que satisface plenamente el corazón; conocerlo como nuestro único recurso en todas las dificultades y en todas nuestras pruebas. Es estar vinculados absoluta, completa y continuamente a él; ser enteramente dependientes de él, al margen y por encima de toda confianza en la criatura, de toda esperanza humana y de toda expectativa terrenal.

Tal es la vida de fe. Procuremos entenderla. Debe ser una realidad o nada. De nada servirá hablar acerca de la vida de fe; debemos vivirla; y, para vivirla, debemos conocer a Dios de forma práctica, conocerlo íntimamente, en el profundo secreto de nuestras almas. Es completamente inútil e ilusorio profesar que vivimos por fe y mirando al Señor, cuando en realidad nuestros corazones están descansando en algún recurso de la criatura. ¡Cuán a menudo la gente habla y escribe acerca de su dependencia de Dios para satisfacer ciertas necesidades, y por el solo hecho de comunicar sus necesidades a un pobre mortal como ellos, en principio, se apartan de la vida de fe! Si escribo a un amigo, o publico a la Iglesia, el hecho de que estamos pendientes del Señor para que él satisfaga cierta necesidad, estoy virtualmente fuera del terreno de la fe en ese asunto. El lenguaje de la fe es: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza» (Salmo 62:5). Comunicar mis necesidades, directa o indirectamente, a un ser humano, es apartarse de la vida de fe, y una positiva deshonra a Dios. Es traicionarlo. Equivale a decir que Dios me ha fallado, y que debo buscar ayuda en mi semejante. Es dejar la fuente de vida, e ir en busca de cisternas rotas. Es poner a la criatura entre mi alma y Dios, privando así a mi alma de ricas bendiciones, y a Dios de la gloria que le es debida.

Esta es una obra seria, y demanda nuestra más solemne atención. Dios tiene que ver con realidades. Nunca le fallará al corazón que confía en él. Pero se debe confiar en él. Es inútil hablar de confiar en él, cuando nuestros corazones están realmente buscando los recursos de la criatura. «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe?» (Santiago 2:14). Una profesión hueca, no es sino un engaño para el alma y una deshonra para Dios. La verdadera vida de fe es una gran realidad. Dios se complace en ella, y es glorificado por ella. No hay nada en este mundo que satisfaga y glorifique más a Dios que la vida de fe. «¡Cuán grande es tu bondad que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti confían delante de los hijos de los hombres!» (Salmo 31:19, V. M.).

Querido lector, ¿cómo está tu alma en relación con este tema? ¿Estás viviendo por fe? ¿Puedes decir?: «La vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20, V. M.). ¿Sabes lo que significa que el Dios vivo llene todo el ámbito de la visión de tu alma? ¿Es él suficiente para ti? ¿Puedes confiar en él para todo –para el cuerpo, el alma y el espíritu– para el tiempo presente y para la eternidad? ¿O tienes la costumbre de comunicar a los hombres tus necesidades de uno u otro modo? ¿Tu corazón acostumbra a acudir a la criatura en busca de simpatía, socorro o consuelo?

Estas son preguntas que escudriñan el corazón; pero te rogamos que no les des la espalda. Ten la seguridad de que es moralmente saludable para nuestras almas ser probados fielmente en la presencia de Dios. Nuestros corazones son tan traidores, que nos imaginamos que estamos apoyándonos en Dios, cuando en realidad nos apoyamos en algún sostén humano. Dios es así excluido, y nosotros quedamos en la esterilidad y la desolación.

Sin embargo, no es que Dios no use a la criatura para ayudarnos y bendecirnos. Lo hace constantemente; y el hombre de fe estará profundamente consciente de este hecho, y verdaderamente agradecido a todo agente humano que Dios emplee para ayudarlo. Dios consoló a Pablo con la llegada de Tito; pero si Pablo hubiese buscado a Tito, habría tenido poco consuelo. Dios usó a la pobre viuda para alimentar a Elías; pero Elías no dependió de la viuda, sino de Dios. Así ocurre en todos los casos.


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