Inédito Nuevo

La Deidad y la humanidad de Cristo


person Autor: Frank Binford HOLE 63

flag Tema: Jesucristo (el Hijo)


En el Libro no hay mayor pregunta que la que el Señor planteó a los hombres incrédulos de su tiempo: «¿Qué pensáis del Cristo?» (Mat. 22:42). En pocas palabras, puso ante ellos el punto central en torno al cual gira todo. Los fundamentos más profundos de la fe descansan sobre esta cuestión; y todo error hará sentir su influencia en todo el edificio.

Nuestro objetivo es mostrar que las Escrituras presentan a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero Dios, que por gracia se convirtió en un verdadero hombre para reclamar la gloria de Dios y llevar a cabo nuestra redención. Comenzaremos por afirmar la Deidad de Jesús.

Veamos primero el Antiguo Testamento. “Los acontecimientos futuros proyectan su sombra hacia atrás”, como dice un refrán. Es cierto. Los pequeños eventos tienen pequeñas sombras, los grandes tienen grandes sombras. A partir de Génesis 3:15, abundan las referencias a la venida del Libertador. El que iba a venir era de tal majestuosidad que proyectó una sombra que se extendió durante 4.000 años antes de su venida. Podemos preguntarnos quién era.

Isaías 9:6 nos da una respuesta: «Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado será sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz». Examinemos esta notable profecía. No habla de una manifestación pasajera de Dios como cuando el Señor se le apareció por un breve momento a Abraham con apariencia humana en Génesis 18. El nombre del niño que va a nacer es «Dios fuerte». El siguiente versículo indica que se sentará en el trono de David para ejercer el gobierno que traerá una era de justicia y paz a la tierra.

Además, los versículos de Isaías 9:6-7 son la culminación de una profecía iniciada en Isaías 7, cuando Isaías se reunió con Acaz, rey de Judá, y le dio una señal del Señor. La señal fue: «Mira, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emanuel» –Emanuel significa: Dios con nosotros (Mat. 1:23).

Isaías 8:14-18 menciona la venida de Emanuel, así como su rechazo. Isaías 9 nos muestra que el Hijo de la virgen que va a nacer no se le da solo a ella, sino a todo Israel. Él es el Libertador, el Rey que viene; su nombre se nos da en un carácter quíntuple.

Recordemos que en las Escrituras un nombre suele describir a quien lo tiene y no es una mera etiqueta sin significado como suelen ser los nombres hoy en día. Sopesemos el significado del «Nombre» del Hijo de la virgen en su carácter quíntuple.

«Admirable» –Algo singular o único, totalmente más allá del conocimiento humano ordinario.

«Consejero» –Alguien marcado por la sabiduría, el ingenio y la autoridad. Quien está en el secreto de la guía divina es capaz de ponerla en práctica.

«Dios fuerte» –El título completo de la Deidad. La palabra hebrea para Dios es El, singular, no Elohim, plural. El Hijo de la virgen es Dios “en singular”, por así decirlo.

«Padre eterno» –Aquel de quien proceden las edades eternas y por quien perduran.

«Príncipe de Paz» –El que finalmente pondrá fin a todas las luchas en la tierra, mediante un reino de justicia.

El versículo puede resumirse en una palabra que describe adecuadamente el verdadero carácter y el Ser del Hijo de la virgen: Dios.

Volvamos a Miqueas 5:2. Al igual que la profecía del hijo de la virgen se recuerda en Mateo 1, esta se cita en Mateo 2, y ambas hablan de Cristo. Belén tenía poca importancia en sí misma. Era insignificante entre los miles de Judá, pero iba a entrar en la gloria eterna, pues se dice: «De ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad».

Obsérvese que aquí no se dice que el Hijo sea “dado a nosotros”, es decir, a Israel, sino que sale «de ti», es decir, de Jehová, para ser el que gobierne por Él en medio de Israel. Como «Juez de Israel» sería rechazado, como indica el versículo 1, ya que era el «santo siervo Jesús», de Dios, contra el que se juntaron «Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel» (Hec. 4:27). Este santo Siervo era tan grande que sus orígenes eran «desde los días de la eternidad».

No se puede eludir la fuerza de esta asombrosa afirmación. El pequeño niño que yacía en el pesebre de Belén era uno cuyo «principio» se remontaban a los días de la eternidad. Había surgido como artífice de la creación, pues por medio de él Dios creó los mundos (comp. Hebr. 1:2). También se había presentado en el pasado como el Ángel de Jehová, pero nunca de la forma en que se presentó ante Dios en Belén cuando se hizo carne en el vientre de la virgen. De nuevo, decimos que una palabra describe correctamente el verdadero carácter del pequeño niño de Belén: Dios.

Volvamos al Nuevo Testamento. En Romanos 1:1-4 dice: «El evangelio de Dios… acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David, según la carne». Este es el Hijo de Dios, nacido de la semilla de David mediante la encarnación. Aunque fue rechazado como Hijo de David, sin embargo, fue «designado Hijo de Dios con poder… por su resurrección de entre los muertos». Así es como se introduce el Evangelio, debemos notar. Decir que una persona de la Divinidad, que no puede ser descrita, se convirtió en el Hijo de Dios por la encarnación es una falsa doctrina que está resurgiendo en nuestros días. La verdad presentada en el Evangelio de Dios es que el Hijo de Dios se convirtió en el Hijo de David por la encarnación.

En Romanos 9:5 vemos la gloria suprema de Israel, de quien «según la carne, vino el Cristo, ¡el cual es, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos!». Esto confirma lo que hemos visto en el Antiguo Testamento. Pero si buscamos una presentación completa de la divinidad de Cristo, la encontraremos en los primeros capítulos de Juan, Colosenses y Hebreos. Tomemos el primero de estos pasajes y analicemos los cuatro primeros versículos.

En este breve pasaje se establecen seis hechos notables sobre «la Palabra» o «el Verbo».

  1. «En el principio era el Verbo». No empezó a ser en el principio, sino que era, es decir, ya existía. El Verbo tiene una existencia eterna.
  2. «El Verbo estaba con Dios». Si está cerca, se distingue por tener una personalidad propia. El Verbo tiene una personalidad propia.
  3. «El Verbo era Dios». Aunque sea distinto en persona, no deja de ser Dios. El Verbo tiene una Deidad esencial.
  4. «Estaba en el principio con Dios». Por tanto, no es una mera manifestación de la Divinidad en el tiempo. La Palabra tiene una personalidad eterna.
  5. «Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada de lo creado fue hecho». Es el artífice de la creación y nada existe sin él. El Verbo es el origen de la creación.
  6. «En él había vida». Aquí pasamos de «todas las cosas», incluida la creación inanimada, a lo que caracteriza a la creación animada, a ese profundo misterio de la vida que en su naturaleza no puede ser resuelto por la criatura. El Verbo tiene una esencia vital.

Ahora bien, si hay alguna duda sobre quién es el «Verbo», simplemente sigamos leyendo el pasaje hasta los versículos 14-17: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros… lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él… Y de su plenitud nosotros todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés; pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». El Verbo ha asumido una humanidad perfecta: su nombre es Jesús.

Observe que los cuatro pasajes que ya hemos examinado (Is. 9, Miq. 5, Rom. 1, Juan 1), al tiempo que subrayan la divinidad del Señor Jesús, afirman claramente su verdadera humanidad.

De hecho, la humanidad del Señor Jesús parece tan evidente en el Nuevo Testamento que es superfluo buscar pruebas. Sin embargo, el gran adversario y corruptor de la fe no ha dejado de atacar esta verdad. Desde el principio de la historia de la Iglesia ha habido sutiles teorías que, al tiempo que lo exaltan como Hombre, niegan la plenitud y la perfección de su humanidad. Lo decimos teniendo en cuenta que el hombre creado por Dios se compone de tres partes: «espíritu, alma y cuerpo», según 1 Tesalonicenses 5:23.

El Señor Jesús se refirió a estas tres partes en relación con Él mismo. Dijo: «mi espíritu» (Lucas 23:46), «mi alma» (Marcos 14:34), «mi cuerpo» (Mat. 26:12).

El peligro, sin embargo, es que algunos lo acepten rompiendo su fuerza. Dicen que estas palabras aplicadas al Señor no significan lo mismo que para nosotros; dicen que su espíritu, alma y cuerpo tienen un significado especial, de modo que su cuerpo sagrado no es un cuerpo humano real, y su espíritu no es un espíritu humano real. Si esto fuera así, la expresión «el hombre Cristo» no tendría sentido.

Sin embargo, no estamos abandonados a nuestra suerte para razonar en este asunto. En Hebreos 2:16-17 se aclara que, puesto que no se rebajó a tomar a los ángeles, sino a la descendencia de Abraham, porque «debía ser en todo semejante a sus hermanos». Observe estas palabras importantes: en todo. Por lo tanto, en todas las cosas es en espíritu, alma y cuerpo.

Hebreos 4:15 confirma este gran hecho al afirmar que nuestro sumo sacerdote «que ha sido tentado en todo conforme a nuestra semejanza, excepto en el pecado». Observe de nuevo las palabras importantes –en todo– calificadas aquí por la frase «excepto en el pecado».

Este notable pasaje es digno del mayor interés. El versículo 14 enfatiza la grandeza de nuestro sumo Sacerdote, tanto en su persona como Hijo de Dios como en su posición en el cielo. El versículo 15 enfatiza su gracia por el hecho de que enfrentó prácticamente todas las tentaciones que asaltan a los santos, excepto las debidas a nuestra naturaleza pecaminosa. Algunas tentaciones son para el espíritu, otras para el alma y otras para el cuerpo. Lo vemos en las tres tentaciones con las que el diablo tentó al Señor en el desierto. En Lucas 4:1-13, se presentan en orden: cuerpo, alma, espíritu; siendo las pruebas más intensas las dirigidas a la parte más elevada del hombre. Siendo el Señor Jesús un Hombre real, la prueba estaba completa. Se había “graduado” en la escuela del sufrimiento y, por lo tanto, podía compadecerse verdaderamente de todas las cosas menos del pecado.

Estos dos pasajes de Hebreos dejan claro que la posición de nuestro Señor Jesucristo como mediador y sacerdote descansa en el hecho de que se hizo Hombre en el verdadero sentido de la palabra; de ahí el énfasis en su humanidad en 1 Timoteo 2:5: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús». Es ese «árbitro» que «ponga su mano sobre nosotros dos», por el que suspiraba Job (Job 9:32-33). Sabía que Dios no era un hombre como él, de ahí la necesidad de un hombre lo suficientemente grande como para poner su mano sobre Dios, pero con la suficiente gracia como para ponerla también sobre Job.

El Nuevo Testamento es la revelación del árbitro que Job deseaba: Jesús, que es a la vez Dios y Hombre.

1 - ¿Cómo explicamos esta declaración?: «El Padre mayor es que yo» (Juan 14:28) y otras similares que, según algunos, demuestran que el Señor Jesús no era realmente Dios.

Suponiendo que no podamos explicarlas, estas declaraciones del Evangelio de Juan, en su mayor parte, proporcionarían una base muy débil para negar su divinidad tan bien expuesta en Juan 1:1-14.

La explicación, sin embargo, es muy sencilla. El Señor Jesús fue enviado por el Padre; fue el Padre quien lo «santificó y envió al mundo» (Juan 10:36), y así se convirtió en el Siervo de la gloria del Padre y de la bendición del hombre, el verdadero siervo hebreo de Éxodo 21:2-6. El Hijo encarnado se sometió así al Padre, actuando bajo su dirección en lugar de actuar por iniciativa propia. Por eso, citando de nuevo el Evangelio de Juan: «No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Juan 5:19). Todos esos pasajes se refieren a la posición que el Hijo adoptó en relación con el Padre cuando asumió su humanidad.

En el mundo de los negocios, a veces vemos a un padre que involucra a sus hijos en una sociedad de igual a igual, mientras mantiene una posición dominante en la política y las finanzas de la empresa. Los hijos, en igualdad de condiciones con su padre, son más activos que él en la realización de las transacciones, aunque se mantienen subordinados a su criterio y sabiduría. Esta ilustración muestra que, en los asuntos humanos, estas dos cosas también pueden coexistir con bastante coherencia.

Así que distinguimos entre lo que el Señor Jesús es esencialmente –igual a Dios, y lo que ha llegado a ser relativamente– subordinado a la voluntad del Padre.

2 - Marcos 13:32 es otro pasaje difícil en el que el Señor niega el conocimiento del día y la hora de su regreso. ¿Qué significa esto?

La respuesta es muy similar a la anterior. Sin embargo, añadimos que la Escritura siempre atribuye al Padre los propósitos, los consejos, los planes de la Divinidad, la determinación de los tiempos y las estaciones (comp. Hec. 1:7: «Los tiempos ni las circunstancias que el Padre ha puesto bajo su propia autoridad»). También atribuye al Hijo la acción, la ejecución de los planes de la Divinidad, ya sea en la creación, la redención o el juicio.

Se trata de misterios profundos de los que solo conocemos la revelación y de los que, por tanto, hablamos con reserva y reverencia. Es evidente que en Marcos 13:32 el Señor Jesús respetaba escrupulosamente el tono de las Escrituras. Solo a él le corresponde la gloriosa acción de venir sobre las nubes. Solo al Padre, que fija los tiempos y las estaciones, corresponde fijar el día y la hora.

3 - Algunas personas creen que el Señor Jesús se limitó en cuanto al conocimiento al hacerse hombre. Lo llaman la teoría de la “kenosis”. ¿Está esto de acuerdo con las Escrituras?

Como la mayoría de las mentiras del diablo, esta teoría se basa en las Escrituras. La palabra “kenosis” procede de la palabra griega utilizada en Filipenses 2:7, traducida como «sí mismo se despojó». El pasaje nos dice que el Señor Jesús –siendo en forma de Dios, no buscó ser igual a Dios (como fue el caso de Adán, que aspiraba a ser como Dios)– sino que sí mismo se anonadó al hacerse hombre. Se despojó de todo lo que lo hacía exteriormente glorioso hasta el punto de ser conocido solo como el hijo del carpintero. De este modo, ocupó un lugar en el que recibía de Dios todo lo que hubiera podido tener o hacer por derecho y no por el Espíritu de Dios.

Esto no significa que haya dejado de ser lo que era, o que se haya vuelto ignorante y servil a las opiniones comunes de su época, como se afirma de forma blasfematoria. Los Evangelios niegan una interpretación tan perversa de este versículo. ¿Qué dijo de sí mismo y de sus enseñanzas? –«Mi testimonio es digno de fe», «mi juicio es verdadero», «las cosas que he oído de él (el Padre), estas hablo en el mundo», «digo estas cosas según me enseñó el Padre», «procuráis matarme a mí, hombre que os ha dicho la verdad, la cual he oído de parte de Dios», «¿quién de vosotros me convence de pecado?». Todas estas citas provienen de Juan 8.

Los hombres incrédulos tienen teorías contrarias a las enseñanzas de nuestro Señor, por lo que desacreditan sus palabras. El proceso de descrédito tiene más posibilidades de éxito si se puede socavar su credibilidad bajo el pretexto de honrar su condescendencia, y si este proceso se etiqueta con un nombre “científico” que suena muy culto pero que no beneficia a una persona sencilla. De ahí la teoría de la “kenosis”.

4 - En la predicación y la literatura actuales, se ha hablado mucho de “Cristo” y del “Jesús histórico” como si no fueran idénticos. ¿Existe una base bíblica para ello?

Jesús es su nombre personal como hombre nacido en este mundo. Cristo, que significa Ungido, describe más bien la función que cumple. Pero Jesús es el Cristo (comp. Hec. 17:3), y no hay otro Cristo más que él. A lo que la pregunta alude es un ejemplo de «la astucia de los hombres que con habilidad utilizan artimañas para engañar» (Efe. 4:14). Convierten a “el Cristo” en un ideal sin sentido, y tratan al “Jesús histórico” como alguien del orden de Cristo que nos muestra cómo podemos llegar a ser nosotros también “cristos”. Al hacerlo, niegan a «Jesucristo… venido en carne» y muestran un espíritu de anticristo del que habla 1 Juan 4:3.

Solo los que creen en su divinidad y humanidad pueden confesar que «vino en carne». Vino en carne, por lo tanto, es Hombre. Jesucristo mismo vino en carne, por lo tanto, es Dios. Los hombres no venimos en carne, somos carne.

5 - Las Escrituras enseñan claramente que el Señor nació de una virgen. Los teólogos modernos incrédulos lo niegan y lo tratan como un asunto de menor importancia. ¿Es esto una cuestión vital?

Es absolutamente vital. Todo lo relacionado con la veracidad de las Escrituras es vital, porque si no son fiables en un detalle, no son fiables en absoluto.

Además, es vital en la medida en que los fundamentos de la fe se apoyan en ella. En 1 Corintios 15:45-49, el Señor Jesús es puesto en contraste con Adán. «El primer hombre fue de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo» (v. 47).

Numéricamente, Caín era el segundo hombre; desde el punto de vista de este versículo, no lo era: era simplemente la reproducción de Adán en la primera generación. Las personas que están en la tierra hoy en día son solo reproducciones de Adán en la 200ª generación más o menos (considerando que una generación sea de 30 años). Pero, observemos, el Señor Jesús no es una reproducción de Adán. Es el segundo hombre. Es Hombre, porque fue concebido por la virgen María, pero es un hombre único, de un orden diferente, pues fue concebido por el Espíritu Santo.

Todo hombre hereda la naturaleza adámica, excepto Jesús. Todo hombre que viene al mundo hereda la dolorosa sucesión del pecado, de la muerte y de la condenación, de la que habla la última parte de Romanos 5. En el caso del Señor, la sucesión estaba rota. Concebido por el Espíritu Santo, no es de la raza adámica, sino que él mismo, el último Adán, es la Cabeza de una nueva raza en virtud de la muerte y la resurrección.

Todo esto se derrumba si el nacimiento virginal no es cierto. ¡La respuesta a esta pregunta es realmente vital!

6 - Es difícil entender cómo el Señor Jesús puede ser a la vez Dios y Hombre. ¿Qué teoría puede explicarlo?

No hay ninguna teoría. Hay que evitar rigurosamente cualquiera teoría sobre esta cuestión sagrada.

En palabras del propio Señor: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mat. 11:27). Si esto es así, demuestra que hay profundos misterios sobre él en los que la criatura, por muy privilegiada y elevada que sea, nunca podrá entrar.

Hay misterios insondables en la creación. ¿Es de extrañar, entonces, que haya misterios relacionados con la forma en que el Creador entró en la creación al convertirse en hombre, misterios que siempre superarán la mente de la criatura?

La verdad de la Divinidad absoluta y esencial del Señor Jesús está abundantemente establecida en las Escrituras, así como la verdad de su humanidad, en su realidad, plenitud y perfección. Teorizar sobre cómo pueden ser estas cosas, no es más que la presunción natural de la mente humana. Simplemente creemos en lo que está revelado, inclinemos la cabeza y adoremos.


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