6 - Josué
La disciplina
Es en Éxodo 17:9, donde se menciona por primera vez a Josué; es llamado por Moisés para dirigir contra Amalec a hombres escogidos de Israel. De este llamado debemos concluir que era el hombre más cualificado para ese puesto; y lo que nos interesa en primer lugar en la historia de un siervo de Dios es el aspecto y la condición en que nos está presentado pues es en esta primera presentación donde podemos ver los principales rasgos característicos que distinguirán su carrera.
Así ocurre con Josué, tipo de Cristo. Desde el principio nos está presentado como un jefe de guerra, preparado para enfrentarse a los adversarios de Israel; esta designación encaja bien con alguien que es un tipo tan destacado del Señor Jesucristo, el Jefe de nuestra salvación. Su primer enfrentamiento es contra Amalec, que representa para nosotros la carne o el hombre natural en oposición activa al avance del pueblo de Dios. Egipto es más bien el mundo, Amalec la carne personificada, Asiria la naturaleza con sus atractivos e influencias. El conflicto con Amalec fue la primera guerra de Israel, y Josué, lo cual es característico, aparece por primera vez en escena como líder. Derrota al enemigo con el filo de la espada; pero, aunque sale victorioso, aprende de qué depende el éxito: de Moisés, que se encuentra en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano. Conduce al pueblo a la victoria, a pesar de estar él mismo sujeto a las vicisitudes del combate, y depende para la victoria de un intermediario invisible. El éxito varía; no es incierto, pero varía; y en las mismas vicisitudes de la lucha, Josué aprende a depender de Dios, y triunfa gracias a su dependencia. Esto nos ilustra, de manera muy precisa, el verdadero carácter de la lucha, y nos muestra cuánto necesitamos estar disciplinados para alcanzar el éxito. Es un ejemplo práctico de esta palabra: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, pues es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito» (Fil. 2:12).
La batalla es una verdadera lucha, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, y la victoria oscila alternativamente a favor de cada bando. Dios es quien produce en nosotros la energía para querer y para actuar. La fe sostiene a Josué. Él sabe que Moisés está en la cima de la colina con la vara de Dios en su mano, y así se le enseña desde el principio de su historia, a soportar en la dependencia las vicisitudes de una guerra real, que termina con una victoria maravillosa. Esto da una gran fuerza a nuestras almas: tener que luchar contra dificultades reales en nuestro avance y haber vencido con la fuerza del Señor; poder decir: «Sé vivir en la pobreza y sé vivir en la abundancia… Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil. 4:12-13). Esto es lo que Josué aprende, y lo que se manifiesta en su primera experiencia como capitán y general de Israel; es su primera hazaña, que da una indicación de todo lo que vendría después, como ocurrió con la batalla de David que mató a Goliat. Jehová ordena a Moisés no solo que lo escriba en el libro, sino también que diga a Josué «que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo» (Éx. 17:14). ¡Qué aliento debió de ser para él este recuerdo en todas las guerras que siguieron! Pudo recordarlo cada vez que corrió el riesgo de desanimarse. Si Jehová había jurado destruir a ese primer enemigo, ¿no sería igualmente fiel con todo lo demás?
A continuación, vemos a Josué en Éxodo 14, donde aparece como siervo de Moisés, cuando este último fue llamado a la montaña para recibir las tablas del testimonio. Esta mención, aunque breve, es muy importante, pues nos muestra que el hombre de acción en la tierra no era ajeno a la manifestación solemne y maravillosa del Dios invisible. Aprendió no solo a hacer la guerra a los enemigos del pueblo de Dios, sino también cuál era la gloria de Dios. Al igual que el Señor Jesús lo fue de manera más perfecta, él estaba en íntima comunión con la gloria de Dios, al tiempo que exteriormente era un guerrero desde su juventud. Bajo estos 2 aspectos, Dios lo formaba para su servicio. La comunión con la gloria en la montaña le era tan necesaria como las incertidumbres del combate en el campo de batalla. En la escuela de Dios hay clases bien diferenciadas, si nos atrevemos a emplear esta expresión. La guerra contra Amalec fue una por la que Josué había pasado; en la montaña hay otra, la de la comunión con Dios, en la que aprende a conocer el pensamiento de Dios, un período de instrucción particularmente bendecido. Pero incluso en esta elevada relación, Josué conserva su carácter guerrero.
Cuando desciende con Moisés de la montaña, y el rumor de la apostasía de Israel llega a sus oídos, su primera palabra es: «Alarido de pelea hay en el campamento» (Éx. 32:17). Su espíritu, evidentemente imbuido de escenas bélicas, interpreta los vítores de la idolatría según su carácter; pero cuando ve lo que se desarrolla ante él, y Moisés levanta el tabernáculo fuera del campamento, muestra el valor que habían tenido para él los momentos benditos pasados en la montaña, tomando un lugar de separación y negándose a tener nada en común con el campamento contaminado. Leemos, en efecto: «Josué, hijo de Nun, su siervo, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo» (Éx. 33:11). Había aprendido lo que era permanecer en el secreto del Todopoderoso, y aunque el servicio de Moisés pudiera llamarle a ir y venir, este joven, a quien Dios instruía, comprendía que lo mejor para él era permanecer con Dios, en la separación del tabernáculo fuera del campamento. Su servicio no lo llamaba al campamento, por lo que permanecía completamente separado de él por Dios. Si no hay una llamada exigida por el servicio, es mejor no tener ninguna relación con algo contaminado. Moisés tiene un servicio que cumplir, y puede entrar en el campamento y permanecer allí sin sufrir daño alguno; pero si hacemos como Pedro, que se sienta con los guardias «para ver el fin» (Mat. 26:58), sin duda sufriremos una pérdida, porque hemos cedido a un deseo legítimo, pero de manera humana. Por regla general, si no hay motivo para el servicio, mantengámonos lo más separados posible del campamento, pues la separación nos preparará poco a poco para un servicio bueno y eficaz; y aunque no seamos admitidos en el campamento, al menos nuestras almas habrán podido saciar su sed más profundamente en la comunión con Dios.
El pleno efecto de la cercanía de Dios no es tanto el conocimiento de su voluntad y de sus consejos, como el sentimiento de lo que le conviene y de lo que responde a su pensamiento: de hecho, la santidad, el objetivo más elevado de la disciplina del Padre.
Pero Josué no es más que un discípulo. Lo encontramos después en Números 11 en el mismo tabernáculo; pero allí muestra abiertamente que no capta el pensamiento de Dios. Restringe la verdad que antes lo había guardado de una asociación impura y había mantenido su pensamiento en sintonía con el de Dios; su visión espiritual se ve mermada cuando la emplea para poner límites a Dios, y solo considera una parte de la revelación de Dios. Ahora bien, es Dios mismo, y no solo una parte aislada de la verdad, quien debe guiarme o determinar mi camino y mi juicio. Permanecer en el tabernáculo era claramente la verdad y el camino de la bendición, cuando Israel era apóstata; pero cuando Eldad y Medad profetizan, el espíritu de Dios que reposaba sobre ellos debía ser reconocido, aunque no se encontraran en el tabernáculo de separación, sino en el campamento. Por eso Moisés reprende a Josué, pues su pensamiento está en las cosas de los hombres y no en las cosas de Dios.
Pero una amonestación de este tipo no se hace con la intención de desanimar, pues los errores cometidos por apego personal no nos privan en lo sucesivo de la confianza más alta e íntima. El corazón es recto, pero cuando ha tomado consejo de la carne, debe ser reprendido; una vez hecho esto, queda libre para Dios. Pedro expresaba el pensamiento de Satanás acerca de la muerte del Señor, y fue reprendido severamente por su incomprensión, pero no por ello queda descalificado para acompañar al Señor en el monte santo, como tampoco Josué queda descalificado para el servicio especial de reconocimiento de la tierra de Canaán. El error se trata según la fuente que lo causa. Puede provenir de un afecto natural y, por eso mismo, es inaceptable, o de la indiferencia o también de la malicia. La ignorancia de María Magdalena es reprendida con una ternura muy diferente de aquella con la que fueron iluminados los siete discípulos que iban a pescar.
Josué, pues, a pesar de su reciente error, es elegido para ir a explorar la tierra y Moisés lo distingue llamándolo Josué [2] en lugar de Oseas [3]. Esto nos enseña que, de acuerdo con su nuevo nombre, entraba en un nuevo servicio. Hasta entonces no había sido más que el siervo de Moisés para ejecutar sus instrucciones. Ahora, junto con 11 jefes del pueblo, es enviado en una misión especial para reconocer el país y dar cuenta de lo que ha visto. Solo Caleb y Josué dan un informe favorable y dan testimonio de Dios y de la excelencia de lo que Él había jurado darles, en medio de la incredulidad de quienes los acompañaban. Su actuación muestra por qué prueba tuvieron que pasar, y cuán profundamente sentían el pecado del pueblo. Se rasgan las vestiduras y declaran que su entrada en esa buena tierra no depende de su propia fuerza, sino del agrado que Jehová tiene por su pueblo. Toda la congregación habla de apedrearlos, pero la gloria de Jehová, saliendo del tabernáculo a la vista de todo Israel, detiene ese mal designio. Observemos aquí la educación particular a la que está sometido Josué. Ya había sido asociado con Dios como Libertador, pero era su primer contacto con la tierra que Dios había prometido a su pueblo, y a la que iba a ser llamado a conducirlos.
[2] Jehová es salvador.
[3] Liberación.
Moisés y Josué, como siervos, tenían misiones diferentes. La de Moisés era sacar al pueblo del mundo –de Egipto–; la de Josué, introducirlo en la tierra prometida de Canaán. Moisés es el tipo del Señor que lucha contra el diablo en la tierra; Josué, el del Señor que nos conduce a todos los frutos benditos de la vida y del descanso; y para que sea capaz de cumplir esta elevada misión, debe pasar por la disciplina. Debe tanto ver la tierra como conocer la naturaleza del pueblo al que debe conducir allí. Y no solo eso, sino que, habiendo visto la tierra y habiendo confesado con su boca su fe en el designio de Dios y en su poder para introducir allí a su pueblo, soporta la oposición y la persecución por parte de ese mismo pueblo y debe esperar 40 años antes de ver realizadas las obras en las que confiaba su fe.
¡Qué prueba de fe! ¡Qué prolongada formación para él! Parece que ahora hay una interrupción en su historia. Al no poder despertar en el pueblo el sentimiento de su llamado, se retira, al parecer, de la vida pública; pero solo para retomar después su lugar y su función, y no volvemos a oír hablar de él hasta el momento en que debe introducir al pueblo en Canaán.
Esos 40 años debieron de haber profundizado su fe. Al ver morir a los incrédulos uno tras otro, hasta que él y Caleb quedaron solos de toda aquella generación, cada muerte debió de haber confirmado en él el sentimiento de que la fe es bendita, y que la incredulidad aleja toda bendición y todo servicio. Al igual que Moisés en Madián, pero de una manera mucho más honorable, tuvo que esperar 40 años para ser el defensor de una fe que el pueblo no quería recibir, aunque nada más pudiera traerle la bendición.
Durante ese largo tiempo, espera el momento en que se demuestre que «retener firme hasta el fin el principio de nuestra confianza» (Hebr. 3:14) tiene una gran recompensa. Los años no pueden desgastar la fe. Durante todo ese tiempo había que atravesar el desierto, no porque la fe pudiera perder su origen, sino para que ella lo sostuviera hasta el momento de su cumplimiento.
Nunca hay fe sin una obra correspondiente, y eso explica este pasaje de Santiago: «Se cumplió la Escritura que dice: Y Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (2:23). La fe no debe abandonarse, la obra la manifestará. Ella sostiene el alma en la medida de su fuerza y su vitalidad mientras espera la bendición de la obra.
El hilo de la historia de Josué se retoma donde se había interrumpido. Josué había afirmado a Israel que era perfectamente capaz de ir y tomar posesión de la tierra; y al final del viaje por el desierto, cuando Moisés ya no está capacitado para guiarlos, Josué vuelve a aparecer en escena: es consagrado para este servicio especial (Núm. 27:18-22). Seguramente se habrá preguntado muchas veces cuál sería el final de esa fe que había iluminado su alma 40 años antes, y que le había hecho capaz de proclamar las glorias de la herencia, pero cada semilla del Espíritu produce su fruto. La fe debe siempre verificarse a sí misma. Cuantas menos perspectivas de realización hay, más se ve el alma abocada a la convicción que produce la fe; y esto aumenta necesariamente la fe, porque confirma que nada externo la sostiene. Si la tenemos, es porque viene de Dios. Las visiones que el Espíritu Santo presenta al alma no son sueños que puedan conmovernos por un momento, sino que, al ser del Espíritu, deben realizarse tarde o temprano.
La fe de Josué se ha cumplido plenamente; y ahora, lleno del espíritu de sabiduría, preparado por todos esos años de disciplina, no solo es consagrado por Moisés, que impone sus manos sobre él, sino que es nombrado y animado personalmente por Jehová para esta alta y honorable misión. «Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie», tal es ahora la palabra de Jehová a Josué.
Así, si penetramos en uno de los ámbitos infinitos de la gloria, este se convierte en nuestro para siempre; entremos en él, y su realidad y su valor quedarán asegurados como testimonio en la tierra, tal y como lo fue para Esteban la visión de Jesús y de la gloria. Debemos recordar que Josué, propiamente hablando, es el continuador de Moisés; ambos son tipos del Señor Jesús bajo diferentes aspectos. Moisés nos conduce a la muerte de Cristo; Josué nos saca de ella victoriosamente, llevando consigo sus trofeos; por eso, cuando Jehová da su mandato a Josué, hijo de Nun, «servidor de Moisés», dice: «Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy… Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos». (Josué 1:2, 6) Según los términos de este mandato, no solo debía ponerlos en posesión de ella, sino, al repartir su herencia entre ellos, asegurarles su ocupación; esto es, en tipo, el último acto de nuestro Señor en la tierra, cuando dijo: «Voy a prepararos un lugar» (Juan 14:2). El servicio de Josué solo se completa cuando esto se cumple, y por eso debemos prepararnos para encontrar en la segunda parte de su historia las dificultades y pruebas que vienen a entorpecer el establecimiento del pueblo; es muy interesante para nosotros considerar, para nuestra instrucción, cómo afronta estos obstáculos y los supera; pues, aunque los encontremos, a menudo ocurre que solo los superamos lentamente.
Josué, años atrás, había creído que Dios podía y quería introducirlos en la tierra. Esa era su seguridad, pues «sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11:6). Pero ahora hace realidad esa fe de la que había disfrutado durante tanto tiempo, y no se muestra perezoso al respecto. Anuncia a los oficiales del pueblo: «Dentro de tres días pasaréis este Jordán para entrar a poseer la tierra» (1:11). No hay ni demora ni prisa imprudente en hacer lo que Dios le llama a cumplir. «Preparaos comida», dice; había que ponerse en marcha, con calma, bien preparados, pero de todo corazón, y hay que añadir, santamente. Les dice: «Santificaos para mañana». Paso por alto la maravillosa escena del cruce del Jordán, en cuanto a su significado, que ha sido tratado en otra parte; lo que nos ocupa aquí es su relación con Josué. El propósito de Jehová, en relación con él, se ve en los capítulos 3:7 y 4:14. «Desde este día comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel». 40 años antes, se había mantenido firme en el propósito y el poder de Dios, en medio de la oposición y la incredulidad del pueblo. Ahora iba a ser exaltado ante todo Israel, y la presencia de Jehová con él se manifestaría tan verdaderamente como lo había sido con Moisés. Era un momento glorioso en su historia, acorde con el carácter poderoso y elevado de su fe. Josué, tipo del Señor Jesús en su éxito, es, por otra parte, también un ejemplo para nosotros en las luchas y los conflictos que atraviesa antes de alcanzar el éxito. Las dificultades, nuestras dificultades, están ahí; pero nuestro Josué las superó por nosotros; y, bendito sea Dios, el éxito práctico también puede ser nuestro, pues «Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad» (Fil. 2:13).
Mi propósito no es escribir la historia de Josué; sino, tras enumerar sus hazañas, mostrar simplemente por qué pruebas tuvo que pasar su alma.
Su primera experiencia al mando fue el cruce del Jordán; la segunda, en Gilgal, donde se liberó al pueblo de la vergüenza de Egipto; la tercera, la caída de Jericó, o la toma de posesión de la tierra; y la cuarta, por último, en el capítulo 15, el reparto de la herencia. Estos son sus grandes logros. Ahora vamos a examinar en detalle sus hazañas. La primera es la derrota ante Hai, y es el primer fracaso de su brillante carrera. Una vez cruzado el Jordán, quitada la vergüenza de Egipto, derribadas las murallas de Jericó por la fe, y tomada posesión de la tierra de una manera particularmente notable, ¡cuán grande debió de ser su angustia y su decepción al ver a Israel huir ante los hombres de Ai! Josué no está preparado para los reveses. La bendición y el éxito le habían seguido como la marea creciente. ¡Y ahora se encuentra en la angustia! Se rasga las vestiduras y cae con el rostro en tierra, obligado a aprender por primera vez hasta qué punto el hombre puede fallar en medio de la mayor bendición. Había visto la caída en el desierto, pero aquí es en Canaán donde se producen la caída y la derrota. Esto lo sumerge en una angustia muy particular. Podemos comprender su grito: «¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?» (Josué 7:8). Cuanto más se conocen la bendición y la verdad, cuanto más se ha disfrutado de ellas, más angustia causa la derrota a un corazón apegado a la gloria de Dios.
Pero Josué, como muchos de nosotros, tenía que aprender una lección importante en ese momento de su historia: que nada de lo que hemos adquirido o de lo que hemos disfrutado puede preservarnos de la derrota y la caída, si, en nuestro espíritu, nos hemos asociado a principios contrarios a Dios. En la ignorancia de la causa de la derrota, ora, se lamenta e incluso discute con Jehová. En la intensidad de su angustia, su fe vacila. Pero de la respuesta de Jehová se desprende que le faltaba sabiduría espiritual al actuar así; otros habrían concluido, por su conocimiento de Dios, que no habría permitido que su pueblo fuera derrotado si no hubiera faltado gravemente ante él. Por lo tanto, debería haber buscado el mal oculto, en lugar de acusar a Jehová. La oración nunca puede compensar la negligencia en la acción; conduce a la acción; busca luz y fuerza para la acción. Pero si no utilizo la luz que ya poseo, ninguna oración me hará obtener más; si no creo en una pequeña revelación, no estoy preparado para recibir una grande.
Jehová reprende a Josué por permanecer así ante él, ignorante, inactivo, en duelo. Le dice: «Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado…» (Josué 7:10-11) Y le revela lo que hay que hacer para mantener su presencia en medio de ellos.
Notemos aquí que Israel entraba ahora en su heredad –figura para nosotros del reino de Dios y de la porción celestial de sus santos. Eran un pueblo. El pecado de uno afectaba al conjunto; no espiritualmente, sino como nación. Para nosotros es espiritualmente, y debemos observar bien que, si tal desastre hubiera sido provocado por el pecado de un solo hombre entre aquellos que solo estaban unidos como nación en la carne, lo mismo ocurre en la Iglesia, donde cada uno es miembro del Cuerpo de Cristo, unido por el Espíritu y no solo por la naturaleza.
Era algo nuevo para Josué aprender que el pecado secreto de un solo hombre en el ejército pudiera interrumpir de manera tan desastrosa el progreso y la bendición de todo Israel. Está abatido y a punto de perder casi por completo esa fe que lo había caracterizado. Pero, en su gran angustia, observemos cuán verdadero es su sentido de la grandeza de Dios, y cuánto tiene en mente la gloria de Dios. «¿Qué harás tú a tu grande nombre?» (7:9), es lo primero que le preocupa.
Lo primero que Jehová ordena es una investigación. Toda la congregación debe presentarse ante Él. Se requiere una investigación paciente y exhaustiva. La suerte está echada; pero la decisión es de Jehová. Y tras el conmovedor llamamiento que Josué dirige a Acán para que dé a Jehová esa gloria que tanto le importaba, el culpable, convencido y desenmascarado, confiesa cómo, cuándo y dónde había tomado del anatema.
Josué, tras este profundo ejercicio, se mostró a la altura de las circunstancias. Tras levantarse «de mañana» para descubrir la causa del mal, se mostró rápido y decidido a ejecutar el juicio contra el transgresor. Debía ser sumario y sin demora. Ni un solo objeto perteneciente al culpable escapó al juicio. Josué da testimonio del principio de que cuanto más cerca está un hombre de Dios, y se encuentra en el círculo de sus grandes bendiciones, más debe denunciar de forma clara y completa todo lo que no conviene a Su gloria. El Josué que se mostraba intrépido ante el enemigo exterior, y que había visto a toda la creación inclinarse ante Su marcha conquistadora, es también aquel que, valiente y fiel, extirpa el mal interior. El poder es siempre poder, sea cual sea la forma en que se ejerza. Poder contra el cananeo –que se opone a que realicemos nuestra herencia celestial– poder contra el mal interior. Si había aprendido lo primero de manera gloriosa y con mano firme, aprende lo segundo en un profundo dolor, en consejo secreto con Dios, por la maravillosa intervención. Recordemos que cuanto más grandes seamos en nuestra victoria por nuestra herencia, más estrictamente tendremos que separarnos de todo lo que no conviene al pensamiento de Dios, que mora y reina en estos lugares santos.
El pecado de Acán no fue un pecado ordinario. Fue una doble transgresión contra Dios, de tal naturaleza que, de haber tenido éxito, el guerrero celestial habría caído.
Acán había tomado un vestido maldito por Dios, y oro y plata destinados al tesoro de Dios; esto muestra, simbólicamente y en su misma esencia, la corrupción del corazón, que al mismo tiempo que penetra en los maravillosos caminos de la gracia, es lo suficientemente traicionero como para buscar su propio placer a costa de Dios. Es el mismo espíritu el que anima a aquellos que «no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a su propio vientre» (Rom. 16:18); al mismo tiempo, con bellos discursos (una conducta exterior respetable), engañan a los corazones sencillos; son así un obstáculo para la congregación de Dios, al apartarse de la verdad, siguiendo sus fines personales.
Josué, habiendo pasado por este gran ejercicio con sus resultados, aprende ahora cómo triunfará contra Ai; ya no de manera abierta y notable como en Jericó, pues la caída acarrea consecuencias incluso después de la recuperación. La conquista no por ello es menos efectiva, y la fe puede discernir en ella tanto poder espiritual, aunque el ejército sea menos distinguido. Pero Josué aún tenía más que aprender, y el capítulo 9 nos describe otro tipo de prueba, ciertamente penosa, que lo atormenta y lo preocupa. Esta es provocada por una falta momentánea de dependencia por su parte y por la de los príncipes. La trampa esta vez no es interna, y no proviene de falta de obediencia o de infidelidad, sino que viene del exterior. Los gabaonitas «usaron de astucia» (9:4), y Josué, engañado por ellos, hizo las paces con ellos, descuidando pedir consejo a Jehová. Esta es la verdadera causa del éxito de la trampa, pues cada vez que se pierde de vista la dependencia de Dios, aunque sea por un instante, e incluso en el momento de la victoria, se produce la caída. Tras tantos años de disciplina y victoria, esto supone una parada en la carrera de Josué. El pecado de Acán fue contra Dios, el de los gabaonitas más aún contra Israel. Era el hombre tratando de hacerse pasar por lo que no es, con el fin de ganarse el favor. El castigo es diferente del primero, que fue una condena inmediata, total y que no perdonó nada; ahora el castigo es perpetuo y público. Los engañadores son tratados con severidad; se convierten en siervos de Israel. Los que han sido engañados, Israel, también sufren, pues si hubieran consultado la boca de Jehová, la esclavitud de los gabaonitas habría sido más completa.
No hay duda de que Josué aprendió mucho del pensamiento de Dios en todas estas pruebas; inmediatamente después entra en una serie de victorias, gloriosas e ininterrumpidas; ya no encuentra obstáculos hasta el final de su carrera. Es altamente honrado y aprobado por Dios; enemigo tras enemigo es vencido, y Jehová detiene incluso el curso de la naturaleza (el sol y la luna se detienen) «a la voz de un hombre» (10:14). ¡Qué momento aquel en el que, tras aplastar a todos sus enemigos, Josué y su ejército los destruyen por completo desde Cades-Barnea hasta Gaza! –Cades, el escenario donde antaño se había manifestado la incredulidad del pueblo al mismo tiempo que la fe sólida y perseverante de Josué.
El acontecimiento capital de su historia a partir de ahora es la asignación de la herencia a cada tribu (cap. 13 al 19) según el mandato especial de Jehová; hecho esto, él mismo recibe una herencia personal (cap. 19:49) en la que habita la ciudad que él mismo ha construido. El desenlace es perfecto: las posesiones delimitadas, los planes preparados, el jefe tiene derecho al descanso. Lo mismo ocurrió con el Señor Jesucristo, quien, habiendo completado Su obra, se sentó hasta que sus enemigos fueran puestos por estrado de sus pies. Los cielos lo recibieron, aunque la tierra lo rechazó, y ahora descansa hasta que todo el universo se doble ante Él.
La historia de Josué nos presenta 4 bendiciones distintas, relacionadas con esta nueva herencia celestial:
- El triunfo sobre las aguas del Jordán;
- La vergüenza de Egipto ha desaparecido, lo que tiene como consecuencia que el pueblo coma el trigo añejo del país, producto de los lugares celestiales;
- La toma de posesión del país, desde Jericó;
- La división de la herencia entre las tribus, asegurando a cada una su parte propia, ejemplo para nosotros del conocimiento de la herencia que Dios nos revela por su Espíritu, pues no ha llegado al corazón del hombre concebir lo que Dios ha preparado para los que le aman.
Por otro lado, Josué tiene 3 grandes y penosas lecciones que aprender, en relación con su celo como líder en Canaán:
- Debe aprender cómo todo el ejército puede debilitarse y perder su fuerza por la contaminación de un solo hombre;
- Cómo él mismo podía ser engañado y llevado a una trampa por haber descuidado pedir consejo a Jehová;
- Y, por último, cuán poco podía contar con que la congregación de Israel permaneciera fiel al lugar y al camino de bendición a los que había sido llamada. Esta prueba nos está presentada como la escena final de su ministerio (cap. 23 y 24).
Por la bondad de Dios, los había conducido a una bendición maravillosa. Dios había sido fiel, pero ellos no quieren ser fieles, ni ser testigos de su gracia para con ellos. ¡Qué tristeza para Josué, después de que todo se hubiera cumplido según la promesa de Dios, y de que su propia fe hubiera recibido una respuesta plena, al adquirir la certeza de que no podía confiar en absoluto en la congregación! Su convicción debió de empezar a formarse en el momento en que oyó el ruido idólatra que emanaba del campamento, mientras descendía de la montaña santa con Moisés; de modo que, como se ve a menudo, las pruebas del principio y del final de su carrera se corresponden entre sí. ¡Qué aflicción para Josué, después de haber sido tan ampliamente empleado en dar a conocer las bendiciones de Dios y de haber visto a las almas disfrutarlas, prever que en poco tiempo ya no quedarán muchas o incluso ninguna para apreciarlas! Así sufrió el apóstol Pablo cuando dijo que «se apartaron de mí todos los de Asia» (2 Tim. 1:15).
¿Cuál fue, pues, el recurso de Josué? «Tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová. Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios» (24:26-27). Esta piedra era un tipo de Cristo, y Josué termina su carrera mirando a Él como al único testigo verdadero, «fiel y veraz». Había trabajado con todo su corazón para mantener las obras y la verdad de Dios, sin esperanza en el hombre, pero con plena seguridad y paz gracias a la gran piedra angular, el Amén, el Testigo fiel y verdadero, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos.