11 - Elías
La disciplina
El lugar que ocupa Elías en los caminos de Dios hacia su pueblo confiere un interés particular al carácter de Elías y a su historia. La naturaleza de los servicios a los que fue llamado a prestar desarrolló necesariamente la gracia que había en él y, al mismo tiempo, lo sometió a una disciplina que debía moldearlo para esos servicios. En cada época, Dios ha designado en sus caminos al siervo adecuado para la ejecución de su voluntad; pero, aunque este siervo esté dotado por él de poder, debe ser controlado y disciplinado por la mano de Dios, para que no siga sus propios pensamientos. Pero nos equivocamos grandemente si pensamos que el conocimiento del pensamiento divino basta para nuestro servicio; es necesario que nuestros cuerpos y nuestras mentes se conviertan en instrumentos verdaderos y eficaces para expresar ese pensamiento; y eso nos somete a nosotros, siervos de Dios, a una disciplina que a menudo no podemos comprender. Reconocemos fácilmente a quien nos reprende por nuestras faltas y nuestros fallos; pero cuando se trata de las experiencias particulares cuyo fin es hacer a un hombre capaz de ser un instrumento de Dios para dar testimonio de Su nombre, no podemos comprenderlas más de lo que las plantas no pueden saber por qué deben pasar por todas las vicisitudes del invierno para producir una cosecha más abundante.
Es en el primer libro de los Reyes, capítulo 17, donde encontramos a Elías mencionado por primera vez; aparece en escena como un heraldo de juicio contra el rey Acab. Pero, aunque su carrera pública comienza ahí, no es en absoluto el inicio de su vida personal, pues la Epístola de Santiago 5:17 nos enseña que el juicio anunciado aquí era una respuesta directa a la oración. «Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». ¿Por qué había orado por eso? La maldad de Acab había superado, a los ojos de Dios, la de todos sus predecesores. Se había casado con Jezabel, hija del rey de los sidonios, y había erigido un altar a Baal en la casa de Baal que construyó en Samaria. Elías, «un hombre con las mismas debilidades que nosotros», pero un hombre justo, dependiente de Dios, no podía ser un testigo indiferente de estas abominaciones en medio del pueblo de Dios; y ora con insistencia para que Dios quiera hablar a la nación en juicio y reivindicar Su nombre. Su confianza estaba en Dios, y miraba a él para que corrigiera a su pueblo y lo llevara a la dependencia de él.
La supresión de las bendiciones habituales era el medio que debía conducir a ese resultado: la falta de rocío y de lluvia durante 3 años y medio era muy adecuada para recordarles la fuente de la que manaban todas las gracias. Los hombres disfrutan de todas las bendiciones que le concede su Creador sin pensar en Él, y una intervención milagrosa que les prive de esas bendiciones siempre tiene el efecto de hacerles sentir que deben mirar al Creador. Sienten que el único remedio es dirigirse a Aquel a quien hasta entonces habían abandonado y a quien habían desobedecido. Elías, afligido y oprimido por la apostasía de Israel, encuentra alivio para su corazón en la oración, y obtiene así de Dios el remedio para devolver a su pueblo y a Acab, su rey, a la conciencia de que sus bendiciones dependían de la voluntad de Dios. Su historia se abre así ante nosotros de una manera muy llamativa e interesante.
Tras haber orado en secreto, se presenta en público por primera vez para dar a conocer el resultado de su oración, convirtiéndose así en un testigo bendecido y preparado para estos tiempos difíciles y desastrosos. Tal y como reveló el Espíritu Santo siglos más tarde, el alma que espera en Dios en cualquier circunstancia obtendrá el mismo resultado. «La ferviente súplica del justo puede mucho» (Sant. 5:16). ¡El hombre instruido por Dios tiene una dignidad especial y una seguridad poderosa para testificar contra la corrupción del momento! Fíjense en el primer encuentro de Elías con Acab (1 Reyes 17:1). ¡Cuán notable es ver a un hombre, aislado y hasta entonces desconocido, levantarse en el poder de Dios y decirle al rey de Israel: «Vive Jehová… que no habrá lluvia ni rocío en estos años, salvo por mi palabra». Elías ocupa el primer lugar que Acab había perdido; el rey de Israel debería haber sido el siervo más distinguido de Dios; pero se había apartado del camino de Dios y Jehová envía a su propio siervo, disciplinado en lo secreto, para traer un mensaje y un testimonio que afirma que Él tiene el control supremo sobre todas las cosas. La lluvia de la que dependían las cosechas de la tierra no caería, salvo por la palabra de Su siervo.
Una vez dado el mensaje de parte de Dios, es necesario que Dios se ocupe de su siervo de manera personal. «Apártate de aquí», dice Jehová, «y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer» (17:3-4). No debe estar al margen de las aflicciones y los juicios con los que Dios visita a su pueblo; pero, por su dependencia de Dios, las domina. Así es con todo siervo fiel; así fue con Elías. Este tiempo de aflicción, tan terrible para los impíos, resulta particularmente provechoso para el hombre de fe. Si su oración ha recibido una respuesta notable, debe aprender que, precisamente por eso, debe ser más dependiente que nunca; y también que las aflicciones que había pedido para el pueblo serían igualmente su parte si no permaneciera estrictamente en el camino de la fe. A menudo sucede que, cuando nuestras peticiones reciben una respuesta favorable, descuidamos mantener la actitud de dependencia, cuando precisamente el beneficio que hemos recibido debería mantenernos en ella aún más. Es la fe en Dios, y no unas circunstancias particulares más favorables, lo que coloca a su siervo por encima de las aflicciones del pueblo de Dios. Elías debe esconderse; pero, semejante en esto a Aquel a quien prefiguraba, debe permanecer en Israel hasta el final, aunque oculto y desconocido, pues es dentro de los límites del país donde Dios provee en primer lugar para su sustento. Es Su propia mano, se podría decir, la que lo alimenta; los cuervos le traen pan y carne por la mañana y por la tarde; las aves, tan voraces que descuidan alimentar a sus propias crías, son transformadas por Dios en ministras para las necesidades de Su siervo; «y bebía del arroyo» (v. 6).
Pero al cabo de un tiempo, le tocó experimentar con mayor intensidad la sequía y la hambruna que azotaban a Israel; el torrente se secó porque no llovía en el país; Elías se hizo sensible a los sufrimientos del pueblo de Dios, aunque él no los mereciera, pero al mismo tiempo aprendió a confiar en Dios y a decir: «En ti confío» (vean Sal. 31:14). Tal fue la experiencia de nuestro amado Señor, pero con la perfección que siempre le caracterizó; por otra parte, alude a esta escena en el Evangelio según Lucas (cap. 4,) cuando, rechazado por Israel, sentía cuán áridos estaban sus corazones hacia él; muestra a quienes le escuchaban que no carecía de recursos. Así como Israel había carecido de agua en el pasado, así también el corazón del pueblo había carecido del deseo de recibir a su Mesías, pero el mismo Dios que había preparado a una viuda de entre los gentiles para acoger a Elías, prepararía los corazones de los gentiles miserables fuera de Israel para recibir al Señor de toda la tierra.
Elías, a quien se le había enseñado a esperar en Jehová para su sustento diario en la tierra prometida, oye ahora estas palabras: «Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (17:9). Era una dura disciplina, pero se le abre un servicio. Él, un israelita, debe abandonar la tierra prometida, habitar con una viuda gentil y ser alimentado por ella; del mismo modo, el Señor, durante su rechazo de Israel, habita ahora con la Iglesia; ¡qué valioso es ver que todo siervo obediente debe ser guiado por un camino en cierto modo semejante al Suyo! Elías obedece; y, como Él, es un testigo en la historia de la maravillosa gracia de Dios hacia el hombre. A la entrada de la ciudad, se encuentra con la viuda. Cuando la fe es sencilla (y siempre lo es cuando se produce únicamente por la Palabra de Dios), toda dificultad desaparece.
Podría haber pasado de largo junto a la viuda que debía alimentarlo, porque era pobre, y haber buscado a otra más rica; pero su mirada estaba fija en Dios, y sin desanimarse en absoluto por su extrema pobreza, le dijo sin timidez y sin interrogarla: «Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba» (17:10). Se puede decir que un alma guiada por Dios siempre está conducida por el camino verdadero. Elías pide al principio muy poco; y cuando ve que ella interrumpe de buen grado su trabajo, olvidando todo lo que exigían sus propias necesidades, se anima a pedir más, y recibe así la seguridad de que esta mujer es la viuda a la que Dios le ha enviado. Ella estaba dispuesta a compartir con él todo lo que tenía, pero cuando el profeta le pide lo que ella no poseía, se ve obligada a exponer toda la historia de su pobreza; y es entonces cuando Elías manifiesta toda la grandeza de Aquel de quien era siervo.
¡Qué momento tan precioso para el alma que ha seguido con cuidado y firmeza el rayo de luz divina, invisible para los demás, pero bien nítido para ella misma, cuando de repente se encuentra plenamente consciente de los designios de Dios por la demostración de su poder! Eso es lo que le sucedió a Elías. La Palabra de Jehová ahora le había llegado, se la declara a la viuda y, a partir de entonces, se queda a vivir en su casa; durante todo un año fue alimentado por el Señor de esta manera tan notable. A menudo ocurre que no recibimos la Palabra de Dios porque no avanzamos hasta el punto en que puede alcanzarnos, es decir, hasta donde el Señor puede utilizarnos para dar testimonio de él; pero cuando llegamos a ese punto, nos volvemos capaces de dar testimonio con pleno poder; y además estamos sostenidos en el gozo de la bendición en la que así somos introducidos. ¡Qué gozo debió de ser para Elías ser alimentado día tras día por Dios en aquella pobre casa! El pan y el aceite diarios debieron de resultarle especialmente dulces, mientras su alma experimentaba la bendición de que le llegaban directamente de la mano de Dios; pues no creo que al final quedara en el recipiente ni un grano de harina más que al principio. Pero no debía abandonar aquel techo sin ser sometido a otra prueba. El hijo de la viuda muere, y Elías debe pasar por profundos ejercicios de alma antes de comprender que la gracia de Dios satisface todas las necesidades (v. 17-24).
¡Y con qué perfección! ¡Qué revelaciones benditas e importantes le fueron dadas en la casa de aquella viuda! Pudo experimentar todas las bendiciones de Dios para con el hombre; tuvo comunión, por adelantado, con toda la extensión de la obra del Hijo de Dios. Aprendió cómo Dios podía preservar de la muerte, cómo podía calmar las angustias desviando el mal de la tierra; en una palabra, aprendió a conocer todo el círculo de las bendiciones temporales conocidas en la tierra. Más aún, ahora se le introduce en el más profundo de todos los misterios, el de la resurrección de entre los muertos; había visto cómo se evitaba la muerte y se calmaban sus terrores; pero ahora, puesto en contacto con el dolor más profundo (pues una viuda que pierde a su único hijo, el último bien que le queda en la tierra, es el ejemplo más completo del dolor humano). Dios lo utiliza para manifestar Su poder y Su gracia venciendo a la muerte y devolviendo la vida: así es como se le instruye, de manera admirable, en la obra más poderosa de Dios. Los ejercicios de su alma en ese momento, cuando la pobre viuda lo acusaba de la muerte de su hijo (v. 18), sus experiencias del poder de Dios que podía devolver la vida a un muerto debieron de ser muy particulares y notables; pero el testimonio de la viuda tras la resurrección de su hijo es también muy valioso: «Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca» (17:24). Dios fue honrado y su siervo manifestado en la gran obra de la resurrección.
Elías había aprendido esas profundas lecciones sobre la gracia y el poder de Dios en la casa de los gentiles, lecciones que eran como sombras de las gloriosas revelaciones de esa misma gracia y ese mismo poder que se manifestaron entre los gentiles en la tierra, así como en Israel. Ahora recibe la orden de presentarse ante Acab y anunciarle que haría llover sobre la faz de la tierra (cap. 18:1). Se había ocultado de Israel, y Acab lo había buscado en vano por todas las naciones y reinos; pero cuando el rey decide con Abdías repartirse el país para buscar pastos, entonces Elías se presenta él mismo. Su primer encuentro es con Abdías.
El remanente fiel es siempre el primero en reconocer al profeta de Dios, y aunque su fe pueda flaquear, finalmente se siente reconfortado y capacitado para anunciar a los impíos la llegada de aquel en cuyas manos se encuentra la bendición. Acab, al encontrarse con Elías, le interpela con estas palabras: «¿Eres tú el que turbas a Israel?» (18:17). Pero Elías le responde echando toda la culpa sobre el rey y sobre la casa de su padre. El hombre que ha aprendido la gracia, y se presenta ante el impío como testigo y ministro de esa gracia, da a sus denuncias una fuerza que el hombre de la Ley nunca podría dar. El primero viene a rectificar y reparar los defectos que pueda tener que denunciar; el otro los denuncia con la sensación de que no tiene ningún remedio que proponer.
Los profetas de Baal son ahora provocados a medirse con Jehová de los ejércitos, y el momento más glorioso en la vida de Elías es aquel en que se mantiene solo para defender la verdad de Dios contra todos los falsos profetas. Propone una prueba, y Dios responde con fuego (v. 21-39).
Dios siempre manifiesta su aceptación de un testimonio mediante la santidad de su presencia: mediante el fuego. El alma que conoce la aceptación tiene la sensación de la santidad de Aquel que acepta.
¡Qué profunda experiencia para Elías ese momento en el que, al confundir y convencer de su error a los pretendientes de aquel día mediante una simple prueba, se mantiene allí de pie, solo, lleno de valor por Dios, y esperando en Él! ¡Cómo debió de abrirse su alma mientras consultaba con Dios, enfrentándose al rey y a todo el pueblo de Israel!
¡Qué calma da la comprensión perfecta de la voluntad de Dios! Puede dejar que los falsos sacerdotes prueben pacientemente todo su poder, y cuando lo han agotado todo y han demostrado su impotencia, se adelanta para reparar el altar de Jehová según la orden divina. Actúa para Dios y con Dios. No solo repara el altar, sino que va a mostrar con qué abundancia Dios puede desplegar Su poder hacia su pueblo olvidadizo. Elías debía tener un conocimiento profundo y gozoso de Dios al ejercer así su ministerio para Él. Lo había adquirido en la soledad de Kerit y Sarepta; así está preparado para estas demostraciones públicas y puede actuar con calma y con perfecta dignidad.
Ahora que el pueblo ha reconocido su pecado y se ha vuelto de nuevo hacia Jehová, y que Elías ha vengado la verdad mediante la ejecución de los profetas de Baal, el juicio queda suspendido. El pueblo había sido probado por la sequía, para que pudiera aprender que el Dios a quien había ofendido era la única fuente de todas sus bendiciones. Cuando lo aprendió, por la gracia de Dios, la aflicción llegó a su fin, pues Dios siempre suspende el castigo cuando se alcanza el propósito para el que fue enviado; y el siervo, fiel al mantener la verdad ante los adversarios, es empleado para dispensar las gracias de Dios a su pueblo. Elías puede entonces decirle a Acab: «Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye» (18:41). Pero ¿qué hace él mismo? Sube a la cima del Carmelo, se inclina hasta el suelo y pone su rostro entre sus rodillas.
La fuerza y el poder que Dios da a su siervo con vistas a un testimonio público nunca excluyen el profundo ejercicio por el que debe pasar el alma que sirve de canal a la gracia. Tras un día de trabajo, el Señor pasó la noche en oración, para, si se me permite decirlo, estar en comunión con su Padre acerca del resultado. Así, las demostraciones activas del poder no son un obstáculo para la profunda comunión con Dios que el verdadero siervo busca y que aprecia tanto más cuanto más ha actuado en público para Dios. Elías espera a Dios; y es muy instructivo para nosotros ver cómo un hombre, que un momento antes podía hacer uso de un poder tal que hacía descender fuego del cielo, tuvo que rogar a Dios con insistencia para que se manifestaran Sus gracias. Elías tuvo que enviar a su siervo 7 veces seguidas a ver si había alguna señal de la bendición prometida. Por fin recibe una señal, «una pequeña nube como la mano de un hombre» (18:44). Pero por pequeña que sea, es suficiente para la fe. El profeta puede anunciar a Acab que esa insignificante señal es precisamente la bendición tan esperada y pedida con oración, y además «la mano de Jehová estuvo sobre Elías, el cual ciñó sus lomos» (18:46), y acompañó al rey hasta que estuvo a salvo en la misma puerta de su ciudad.
Elías ha alcanzado ya, gracias a su fe y a su esfuerzo, el mayor de los éxitos. Nada, al parecer, debería haberle conmovido después de haber recibido de Dios tal honor y tal poder. Así es como juzgaría a alguien quien no conociera el corazón humano; pero ¡ay!, no es raro ver, en la historia de los siervos de Dios, que el desánimo y la vacilación suceden a sus mayores éxitos. Así sucedió con David. Después de haber sido librado de Saúl de manera notable, exclamó: «Seré muerto algún día por la mano de Saúl» (1 Sam. 27:1), y huyó a casa de Aquis. Lo mismo ocurrió con Jonás. Cuando su predicación tuvo como efecto apartar el juicio de Dios, se enfadó tanto que no quiso hacer nada más. Tras los ejemplos y las pruebas notables que Elías había recibido de ese poder de Dios y de su ayuda activa, cuando se enteró de las intenciones de Jezabel hacia él, «se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres» (cap. 19:3-4).
¡Qué contraste entre un hombre de fe y un hombre que carece de confianza! ¿Quién pensaría que el Elías de la retama es el mismo Elías que estaba en el Carmelo unos días antes? ¡Cuán débil es el más grande de los siervos de Dios sin la fe! Pero estos retrocesos y estas horas de oscuridad son quizá tan necesarios para un siervo, así como sus momentos más brillantes, pues es entonces cuando aprende por sí mismo el poder de lo Invisible. Ese era el secreto del poder de Moisés. «Perseveró como viendo al invisible» (Hebr. 11:27). Cuando un alma ha recibido las marcas externas y evidentes de los caminos de Dios, necesita aún más esa escuela que tiene por efecto afianzarla en lo que la fe busca, ante todo, para sí misma, y en lo que se apoya: la educación de Dios, particular, íntima, invisible.
Elías abandona el país y se adentra solo en el desierto, buscando el aislamiento lejos de sus compatriotas. ¡Qué viaje! ¡Sin poder confiar en nadie, y sin nadie que le sirva! Es como una muerte en vida, cuando un hombre se siente seguro solo cuando está completamente separado de los de su raza. Nuestro amado Señor no podía confiar en el hombre, porque sabía lo que había en el hombre aun permaneciendo en medio de ellos; pero Elías huye de la compañía de los hombres en el temor y la amargura de su alma, y busca la muerte de la misma mano de Dios. Sin embargo, las misericordias de nuestro Dios nunca fallan; él quiere salvar el alma afligida. «Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Sal. 103:14). El primer alivio que siente su alma cansada está en la inconsciencia: «Echándose debajo del enebro, se quedó dormido». Y allí un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate, come… Y comió y bebió, y volvió a acostarse» (1 Reyes 19:5-6). Era esa una muestra más profunda e íntima del interés y el cuidado de Dios por él que la comida que le habían traído los cuervos, o que la vasija de harina de la viuda. El pan colocado sobre las piedras calientes y la jarra de agua a su cabecera le muestran cómo Dios provee para sus necesidades; pero la presencia del ángel que le invita a tomarlos le manifiesta el interés personal que Jehová tiene por él. Solitario, no está, sin embargo, abandonado; se le envía un ángel como compañero y como siervo; lo toca por segunda vez, después de haber velado sin duda por él, y con redoblada solicitud le dice: «Levántate y come, porque largo camino te resta» (19:7). ¿Adónde debía llevarlo ese camino? A Horeb, la montaña de Dios.
No dudo de que este alimento, tomado en 2 ocasiones, tenga un significado místico y que nos ilustre las provisiones especiales que el Señor concede a nuestras almas con el fin de prepararlas para un tiempo de serio ejercicio. Esto es lo que simbolizan los 40 días en el desierto, donde todas las relaciones con los intereses y la ayuda humanos quedan prácticamente suspendidas. Moisés y nuestro Señor pasaron por esta experiencia, sin haber tenido, sin embargo, la preparación previa concedida a Elías; pero este último nos presenta el camino habitual del hombre de Dios. Finalmente, habiendo comido y fortalecido, caminó con la fuerza de esos alimentos durante 40 días y 40 noches. Esos 40 días en el desierto sin alimento ni apoyo humano son el camino que debe seguir el alma que debe aprender a conocer a Dios en Sus designios sobre la tierra. En Horeb, el monte de Dios, todas las cosas están desnudas y al descubierto, y el alma de Elías tiene que ver con Dios, y solo con él.
Estas comunicaciones individuales comienzan por parte de Jehová, con esta pregunta que penetra en el alma: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Reyes 19:9). Entonces recibe la orden de salir de la cueva donde se había retirado y de situarse en la montaña ante Jehová; «y he aquí Jehová que pasaba» (19:11). El verdadero estado de Elías queda ahora al descubierto. Jehová no estaba en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego. Esas eran manifestaciones de Dios; pero para Elías había algo más profundo, más santo, más personal; aprende a reconocer la superioridad de la voz suave y delicada sobre todas las manifestaciones externas; una lección que necesitaba mucho, pues la maravillosa escena del Carmelo sin duda había eclipsado esa relación personal que le habría sostenido después en los momentos de profunda decepción. Restablecer esa relación era el objetivo de la escena bajo la retama y del ministerio del ángel; desnudar su alma fue el resultado del viaje de 40 días hasta Horeb, lejos de la humanidad, y el fin fue esa disciplina bendita que llevó a Dios mismo a un contacto tan íntimo con su alma. ¡Entonces bien podía ocultar su rostro en su manto y escuchar! Y si no pudo responder de manera satisfactoria a la pregunta formulada por segunda vez: «¿Qué haces aquí?», recibe la orden: «Ve, vuélvete» (19:13-15), para cumplir los consejos de su Señor. Había hecho su propia voluntad, pero ahora, llevado a Horeb, la voz suave y sutil de Dios le revela sus designios respecto al mundo: el rey malvado debe ser sustituido, la espada se desenvainará en Israel; pero 7.000 almas, un remanente fiel, estaban reservadas como testimonio para Dios.
Esto debía silenciar toda la presunción de Elías; él había dicho: «Solo yo he quedado» (1 Reyes 18:22), pero Jehová muestra que tiene otros 7.000 testigos, y además que otro profeta debe ser ungido en su lugar. Por grandes que fueran sus servicios, la verdad y el poder de Dios no dependían de él; y aunque su testimonio en la tierra debía llegar a su fin, Dios tenía reservada una parte más elevada y bendita para su siervo, parte que, sin embargo, no parece haberle sido revelada en ese momento. ¡Qué maravillosa formación! Debió de partir de la montaña santa con una idea muy diferente de la que tenía al llegar sobre lo que Dios era respecto a él mismo y respecto al hombre. Estaba verdaderamente humillado, sentía un verdadero interés por Dios, estaba verdaderamente apegado a Él en lo más profundo de su alma, y ahora consideraba a los demás mejores que a sí mismo.
Los primeros frutos de lo que aprendió en Horeb se manifiestan en su primer acto: la vocación de Eliseo. A este último le encomienda la tarea de ungir a Hazael y a Jehú (2 Reyes 8; 9). El resto de su trayectoria demuestra que ha sabido aprovechar esa formación. En el capítulo 21:17, se encuentra con Acab en la viña de Nabot y, sin temor ante él, le anuncia el juicio de Dios que iba a caer sobre él y sobre Jezabel. Dios lo utiliza para proclamar cuánto reprueba a quien se atreve a despojar a uno de los Suyos de su porción y de su herencia divina, y cómo tal acto atraerá el juicio más severo: un servicio precioso para quien hasta entonces solo había comprendido en parte cuál era el corazón de Dios hacia su pueblo. Elías, esta vez, no teme exponer este gran principio: que Dios no permite que se prive impunemente a uno de los suyos de Su don. «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él» (1 Cor. 3:17). «¡Ojalá que se mutilaran los que os perturban!» (Gál. 5:12). «¡Ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!» (Mat. 18:7). Todas estas escrituras encierran el mismo principio. Acab se humilla, y Dios, en su gracia sin límites, concede un respiro a la ejecución de la sentencia pronunciada contra el rey. Jonás, cuya educación había sido menos completa, se había rebelado contra la bondad de Dios, frustrando sus propias predicciones; Elías está satisfecho y en plena sintonía con el pensamiento de Dios. Quien ha aprendido la gracia para sí mismo, puede comprender los caminos de la gracia hacia los demás.
Llegamos ahora al último acto de testimonio público de Elías (2 Reyes 1), cuando reprende al rey de Israel, que consultaba a Baal-zebub acerca de su enfermedad, como si no hubiera Dios en Israel. La apostasía había llegado a tal punto que se ignoraba la propia existencia de Jehová, y es necesario que Elías se levante para declarar que la muerte debe venir a dar testimonio de la existencia de Dios cuando la incredulidad desconoce su evidencia. «Del lecho en que estás no te levantarás, sino que ciertamente morirás» (2 Reyes 1:4). Si no creemos que Dios existe, ¿qué podemos esperar, sino la muerte? La misión de un Elías es anunciar esta verdad tan solemne y luego abandonar la escena de un mundo culpable. Eso es lo que hace este notable siervo; se retira y se sienta en la cima de una montaña, fuera del alcance y en el poder consciente de la separación y la elevación morales. ¿Es este el mismo hombre que había huido para salvar su vida al desierto? Los jefes de 50 y sus tropas no son nada ante él.
El fuego de Dios (que, sin embargo, como había aprendido en Horeb, no encerraba la voz para su alma) está ahora a su disposición para la destrucción de sus enemigos. Por 2 veces Dios confirma con un milagro la autoridad de su siervo, y luego le dice que baje y cumpla su misión. En apariencia, su vida estaría a merced de sus enemigos, pero en el poder de Dios es tan inexpugnable en el palacio del rey como en la cima de la montaña. Elías obedece y repite, en presencia del rey, el solemne juicio de Dios, sin temer proclamar el nombre de Dios en el mismo centro de la apostasía, allí donde reinaba el poder del mal: un hermoso final para una carrera bendita. Cuando pensamos en lo que debió de ser esa escena, nos llenamos de admiración por el hombre y por su obra, ¡pero también nos vemos obligados a decir que Dios moldea a sus siervos para su propia gloria y para sus designios!
Aunque la carrera pública de Elías había llegado a su fin, su historia personal en la tierra iba a concluir en una abundancia de gloria, mucho mayor que todo lo que se le había concedido durante su servicio. Jehová iba a llevárselo consigo al cielo, de una manera infinitamente superior a la que es el destino común del hombre. Al igual que Enoc, «fue trasladado para que no viese la muerte» (Hebr. 11:5). Sin duda sabía lo que iba a suceder, pues la forma en que emplea sus últimas horas es muy significativa e instructiva, si pensamos en la perspectiva que tenía ante sí en cuanto a su partida de la escena terrenal y en la naturaleza de dicha partida. En esas últimas horas, aún se pone en contacto, a costa de su propio cansancio, con todos esos lugares de Israel que recordaban los caminos de Dios hacia su pueblo: Gilgal, donde la afrentosa carga de Egipto había sido quitada de encima de ellos; Betel, donde Jacob había visto la escalera de Dios que unía la tierra con el cielo; Jericó, donde Dios elevaría su gracia por encima de toda la rebelión y todo el pecado del hombre; y, por último, el Jordán, cuyo cruce, al recordar la gloriosa entrada de Israel en la tierra, hablaba de la muerte, del fin del hombre en la carne. Con la perspectiva de ser llevado en un carro de gloria lejos de esos escenarios de apostasía donde se menospreciaba la gracia, el corazón de Elías, como el de su gran antitipo, permanece fiel a los intereses de Dios en la tierra, y quiere visitarlos una vez más, aunque le suponga un esfuerzo, si pensamos en las grandes distancias que tuvo que recorrer.
El hecho de que su destino personal sea tan glorioso no aparta su corazón de los intereses y de la gloria (en cuanto al testimonio terrenal) de aquel Señor del que había sido fiel testigo. En cuanto a él mismo, fue en el lugar donde, en tipo, las aguas de la muerte se habían cerrado sobre el viejo hombre, en su naturaleza corrupta y arruinada, donde el carro de fuego lo esperaba para llevárselo a la gloria. Es en esa gloria donde ha aparecido desde entonces, conversando con su Señor en el monte santo, es en esa gloria donde aparecerá de nuevo cuando Él venga a liberar al remanente fiel, moralmente identificado con los 7.000 de los que se le había hablado en los días de su desánimo, y que, después de que el país haya sido purificado de sus impurezas y de su apostasía, compartirán con todos Sus redimidos el gozo de Su reino.
¡Qué carrera la tuya, Elías! Llena de pruebas y luchas a muerte, pero aún más llena de enseñanza que te hizo conocer el corazón de Aquel a quien pusiste tu gozo y tu gloria en servir; carrera que comenzó con la oración secreta y la confianza en Dios y terminó en un carro de fuego que te llevó hacia Él.