2 - Job
La disciplina
La alusión a Job en el capítulo 5:11 de la epístola de Santiago: «Oísteis hablar de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del SEÑOR; porque el SEÑOR es rico en misericordia», basta para que toda alma seria preste atención a una historia que nos está relatada de manera tan detallada. Job nos está presentado, en primer lugar, como un hombre modelo, feliz en su propia condición, fiel y recto en sus relaciones con Dios. Vemos en él a alguien que se ha elevado por encima del mal y de las aflicciones que son el destino de los humanos; un ejemplo notable de la manera en que Dios puede distinguir del resto de los hombres a uno de ellos que es superior a ellos. Este hombre estaba por Dios en la tierra, y abundantemente bendecido desde lo alto: perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal; sus bienes terrenales eran tan numerosos que era «más grande que todos los orientales» (Job 1:3).
Es importante señalar que Job caminaba en esta tierra de una manera que agradaba a Dios, y que este lo reconocía como tal, cuando Satanás puso en duda su fidelidad atribuyéndole un motivo indigno: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (1:9). Esto nos ayuda a comprender la naturaleza de la disciplina a la que Job fue sometido cuando vemos que no fue principalmente por una falta personal, sino que tenía más bien como objetivo mostrar a Satanás el valor que este siervo de Dios tenía a sus ojos. Veremos que, mientras se encontraba bajo la disciplina divina, Job dejó entrever algunas faltas personales. Aunque sus pruebas le fueron infligidas por Satanás, y ello con el fin de comprobar lo que este le atribuía, fueron sin embargo empleadas por Dios para llevar a cabo en Job la renuncia de sí mismo. Su fe en Dios establece perfectamente la exactitud de la estima que Dios, en su bondad, tenía de él. Es maravilloso y sumamente interesante seguir la manera en que Dios confunde a Satanás, reivindica su propio juicio e instruye a su siervo para llevarlo a la posición que ha elegido para Él; y luego, cuando lo ha llevado hasta allí, cómo castiga a Satanás dando a Job el doble de lo que tenía antes.
Debemos intentar comprender en nuestras mentes lo que debió suponer para Job, en las circunstancias en que se encontraba, verse sumido de repente en tales desgracias. Lo vemos, poco antes, disfrutando de todas las gracias de Dios, con una delicadeza escrupulosa de conciencia; en su celo se levantaba temprano, tras los banquetes de sus hijos, para ofrecer holocaustos según su número; pues decía: «Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones» (1:5). Y siempre hacía así. Como examinaba tan cuidadosamente todas las cosas, sin duda había contado, y nosotros pensaríamos como él, que nada vendría a perturbar el descanso que la gracia le había dado. Sin duda también, y cualesquiera que fueran los temores que lo asediaban, como las nubes que cruzan el cielo en los días más hermosos, no tenía ni idea del espíritu maligno que, al difamarlo ante Dios, había llevado a Dios a entregarlo en manos de Satanás con el único fin de demostrar de manera inequívoca su integridad y su inquebrantable fidelidad a Dios. Debemos recordar también que, si el propósito de Dios en sus caminos con respecto a Job es reivindicar la estima que él mismo tiene de su siervo, también se nos muestra cómo Dios educa o disciplina a ese siervo para hacerlo digno de esa estima.
La catástrofe se produjo justo cuando Job menos se lo esperaba. Ciertamente, a menudo había tenido temores, pues dice: «El temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía» (3:25); y así ocurre siempre cuando el alma solo tiene la certeza del amor a través de la evidencia y la presencia de sus dones. Así es como los dones pueden convertirse en una trampa, y la acusación de Satanás contra nosotros suele ser cierta en cierta medida. La razón que da a nuestro espíritu descanso y tranquilidad ante Dios proviene de su bondad y de sus gracias hacia nosotros, y no simplemente del conocimiento de su amor. Esto es evidente cuando vemos el dolor violento y la desesperación en que caen muchos hijos de Dios, cuando les falta una gracia particular. Se habían apoyado en el don más que en Dios mismo; el don era una consecuencia de Su amor, y el amor mismo no era el descanso de su corazón. Satanás conoce la tendencia del hombre y no duda en acusar a Job, afirmando que no tenía ningún vínculo con Dios, ni ningún respeto por él, sino que su fidelidad provenía de las abundantes gracias que había recibido de Él. Dios, en su gracia, había desafiado a Satanás respecto a su siervo: «No hay otro como él en la tierra». Satanás replica, atribuyendo a la fidelidad de Job un motivo pérfido, y afirmando que, si se le privara de todo lo que le unía a Dios, lo maldeciría a la cara. Ante esto, Jehová, para confirmar su propia valoración y para hacer que Job se mostrara digno de ella, permite que Satanás lo despoje de todo lo que tiene.
En un día, en un instante, Job pierde sus bienes, sus hijos, todo lo que posee. Nunca hubo catástrofe más rápida y completa. «Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró» (1:20). Soporta este primer golpe de la adversidad de manera admirable y dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (v. 21).
Cabe señalar que al principio se soporta mejor que después una acumulación de desgracias. La fuerza que hay en el corazón, la confianza en Dios, son el recurso cuando el golpe es repentino y brutal; me parece que Satanás, con la rapidez con la que hace uso de su poder, se excede en su objetivo, pues es cierto que las aflicciones que se suceden a ciertos intervalos son más penosas. Pero él esperaba que el golpe fuera tal que Job no pudiera hacer otra cosa que culpar a Dios de esa calamidad. La dificultad extrema despierta las fuerzas latentes, como se ve en el caso de un hombre que se ahoga, mientras que una dificultad menor no lo haría. A veces, la prueba puede no ser lo suficientemente fuerte como para obligar a hacer un esfuerzo. Es cuando el esfuerzo ha sido provocado por la dificultad extrema y ha resultado ineficaz, cuando se siente la verdadera impotencia y la desesperación invade el alma. Job había soportado tan bien su desgracia, que Dios, lleno de gracia, puede volver a desafiar a Satanás respecto a su siervo. Satanás responde: «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia» (Job 2:4). Ciertamente, la copa de la desgracia está colmada si, después de haber sido privado de todo lo que mi corazón apreciaba, después de que el escenario en el que me movía, encantador y agradable, se haya convertido en un desierto desolado, con las tumbas de lo que constituía mi gozo, ¡la miseria corporal hace que la vida me resulte una carga!
Sin duda, los sufrimientos corporales y la enfermedad serían en este caso el medio más cruel de recordarme mi ruina completa, sin corazón ni poder para restaurar mi condición. Dios permite que Satanás aflija a Job mediante los sufrimientos más penosos; es azotado por una úlcera maligna, desde la planta de sus pies hasta la coronilla. Su miseria es completa; su mujer está abatida y, en su angustia, cae en la trampa de Satanás; aconseja a su esposo que maldiga a Dios y muera. Así, todo está en contra de Job. ¡Qué prueba para su alma! ¡Cómo debe de haber luchado interiormente por su esperanza en Dios! Pero cada prueba fortalece el alma en Dios, aunque quien sufre apenas se dé cuenta de ello en ese mismo momento. Cuanto mayor es la angustia, más profundo es el sentimiento de su gracia cuando Él libera. Ella prepara un buen terreno para ese sentimiento.
Al principio, Job lo soporta todo maravillosamente. Reprende a su mujer: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (2:10). Pero la prueba va aún más allá. Sus amigos acuden a compadecerse de él y a consolarlo. Si estoy bajo la disciplina de Dios y mis amigos más íntimos o mis familiares no me comprenden, su cercanía y sus ofertas de ayuda y consuelo tienen el efecto de perturbarme más que de aliviarme. Eso es lo que Job experimenta por parte de su mujer, por un lado, y de sus 3 amigos, por otro. ¡Menuda escena! «Los cuales, alzando los ojos desde lejos, no lo conocieron, y lloraron a gritos; y cada uno de ellos rasgó su manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo. Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (2:12-13).
«Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día» (3:1). Bajo el peso de un golpe terrible, todo desaparece, hasta tal punto que no se puede intentar lamentarse ni siquiera expresarse. Si el alma confía en Dios, se encierra aún más en sí misma; pero en cuanto el que sufre se da cuenta de su situación, es su propia persona la que le ocupa, a menos que haya acabado realmente consigo mismo. La disciplina nos es enviada para dejar de lado el yo y para introducir el corazón en una verdadera relación con Dios, fuera del yo. De ello se deduce que el efecto de la disciplina es revelar la actividad secreta y los sentimientos del yo, que de otro modo no habrían sido descubiertos ni conocidos; y, si no se conocen, no se renuncia a ellos. Job se siente ahora un desdichado, sumido en la miseria, y maldice el día de su nacimiento. ¿Para qué había vivido, y con qué fin debía vivir? Apenas conocía el lugar que ocupaba ante Dios, ni cómo Dios lo preparaba, mediante terribles sufrimientos, para reivindicar ante Satanás la estimación que Dios había depositado en él. Ahora debemos examinar cómo Dios lleva a cabo su designio de bendición, observando el camino que un alma debe recorrer necesariamente bajo la disciplina de Dios para llegar a la simple dependencia y al descanso en Él.
El primer pensamiento, muy amargo, tras despertar al sentimiento real de su miseria, es maldecir el día en que nació; una impresión terrible, que conduce al suicidio si no se conoce a Dios. Pero cuando se conoce a Dios, y ese es el caso de Job, es el comienzo de una acción saludable; no por el hecho de que revele el descontento y la miseria del alma, sino porque esta última aprende a conocer y a experimentar el sentimiento de la muerte, el desprendimiento definitivo de todo. Puedo bien dejarme llevar por la rebelión y el descontento al comprobar la ruina completa del hombre en la tierra, pero este sentimiento es necesario para que renuncie a mí mismo por completo. No debo culpar a Dios por ello, sino que debo comprenderlo como el verdadero lugar del hombre. La miseria presente hace preferir la muerte. El corazón no tiene ningún deseo de vivir en este ambiente, y eso es lo que Job siente bien. No sabe que Dios busca hacer de él un testigo de la dependencia de Él mismo contra a Satanás. Pero ese es el camino de Dios. La disciplina puede tener el efecto de hacernos sentir que la muerte es preferible a la vida, pero eso responde al consejo de Dios.
La respuesta de Elifaz el temanita viene a obstaculizar esta experiencia de Job. Creo que estos 3 amigos representan los diversos ejercicios que involucran nuestras conciencias cuando se encuentran bajo este tipo de disciplina. Elifaz da a entender a Job que merece estas aflicciones: «Como yo he visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan» (4:8). Afirma además en el capítulo 5:18 que se trata de algo más que un castigo; pues: «Él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan», insinuando con ello que, dado que no había sanado la llaga, se trataba de algo más que un castigo. En consecuencia, Job (cap. 6 y 7) ya no se preocupa tanto por su miseria como por su derecho a quejarse y a intentar refutar las afirmaciones de su amigo. Nos cuenta la historia de sus calamidades, añadiendo la decepción que le causan sus amigos; está ocupado justificándose a sí mismo, tanto más convencido, al mismo tiempo, de que sus días no son más que vanidad, diciendo: «Y así mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos… porque mis días son vanidad» (7:15-16). ¡Cuántas lecciones de angustia hay que aprender antes de ver la sabiduría de la renuncia!
¡Por qué disciplina tiene que pasar el alma antes de poder llegar a ella! ¡Cómo la atormentan todas esas sugerencias, que no lograrían conmoverla ni perturbarla si no existiera el yo! Es la verdad de la acusación lo que hace que todo esto sea penoso e irritante.
Bildad responde. Se trata de una nueva prueba para Job. Es bueno para nosotros contar en la Palabra de Dios con un relato de esas pruebas, a menudo inexplicables, por las que pasamos para aprender la insignificancia del hombre en sí mismo. Bildad reprende a Job con severidad; le dice que sus palabras son como un viento impetuoso y que, si fuera puro y recto, Dios se despertaría a su favor; de este modo lo rechaza aún más sobre sí mismo, dando a entender que sus pruebas son un castigo judicial por el pecado, y no, como era realmente el caso, la disciplina de Dios para llevarlo a acabar con el yo. A partir de ahora ya no está tanto abrumado por su miseria, como ocupado en justificarse ante los ojos de sus amigos. Es doloroso y cruel tener que rechazar la acusación de los amigos de haber merecido una desgracia irreparable. Job sabía que no había hecho nada para merecerla; pero tenía que aprender que no tenía derecho a nada, y sus amigos no sabían más que él al respecto; se mantenían exclusivamente en el terreno de la justicia.
Job reconoce ahora la grandeza de Dios. Pero, aunque la reconoce, así como Su poder, solo la utiliza para mostrar la distancia que le separa de Dios; él y Dios no se encuentran en igualdad de condiciones; si así fuera, no tendría ningún temor. Es evidente que su alma tiene un vínculo con Dios, pero sus amigos le han ocupado con Dios como juez, dándole a entender que la privación de las bendiciones temporales es un castigo a causa del pecado. En este nuevo ejercicio ve la grandeza de Dios y no ve el cuidado de Dios hacia él. Mientras la mano de Dios se cebe contra él, ¿qué puede alegar? No distingue la razón, la encuentra arbitraria; dice que, si tuviera un árbitro que pudiera ponerlos, a Dios y a él, en pie de igualdad, podría defender su causa con éxito; pero tal y como están las cosas, no hay esperanza. «Hubiera yo expirado, y ningún ojo me habría visto» (10:18), clama.
Tsofar, a su vez, intenta convencerlo. «Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece» (11:6), dice; y, si no hubiera iniquidad, habría bendiciones: «Mirarás alrededor, y dormirás seguro» (11:18). Hace de las acciones del hombre la medida de los caminos de Dios. No ve el mal del hombre en sí mismo y la distancia que lo separa de Dios, privándolo de todo derecho a la bendición. Job responde; pero ¡cuán poco progresa un alma ocupada en justificarse a sí misma! Sus amigos lo habían abrumado con reproches, diciéndole que sus aflicciones debían ser consecuencia del pecado; y Job lo niega, sin tener conciencia de ningún pecado que hubiera justificado su prueba. Las acusaciones que el Señor ha soportado sin responderlas, Job las rechaza porque no se ha visto tal como es ante Dios. Se juzga solo como lo haría un hombre, y como podían hacerlo sus amigos, que en realidad no estaban en mejor posición que él. La soberanía de Dios lo explica todo para él. No ve ningún designio de gracia en los caminos de Dios hacia él, y sin embargo es claro que su alma hace algún progreso cuando exclama: «Aunque él me matare, en él esperaré» (13:15), y un rayo de esperanza aparece en su camino, pues añade: «Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura de tus manos» (14:15). ¡Qué momento, cuando el alma pasa por todo ese ejercicio y esa angustia para salir de la satisfacción de sí misma y descansar solo en Dios! El camino de Dios es perfecto, como el final siempre demuestra.
El capítulo 15 nos da la respuesta de Elifaz. Sus esfuerzos por convencer a Job de su sabiduría y de la de sus compañeros se vuelven cada vez más severos; tienen razón, dice, al afirmar que los caminos de Dios hacia los hombres dependen de sus méritos, y que el impío trabaja en el dolor todos sus días; y añade: «Estruendos espantosos hay en sus oídos; en la prosperidad el asolador vendrá sobre él» (15:21).
Si nuestros corazones no se involucran en estos ejercicios, nos costará comprender la desolación que esos reproches debieron causar a Job. Lo empujan en una mala dirección; lo enfrentan consigo mismo. No podía negar que estaba afligido; pero, al compararse con los demás hombres, no veía que hubiera cometido ningún acto que lo hubiera sometido a tal aflicción; y sus amigos lo presionaban, dirigiendo su pensamiento hacia el único punto de que los caminos de Dios eran todos resultado de las acciones de los hombres, y que, en consecuencia, si tenía tanto que sufrir era porque debía de haber sido extraordinariamente malvado. Job resiste (16) y tilda a sus amigos de «consoladores molestos» (16:2); y tales eran, en efecto. «Si hablo, mi dolor no cesa; y si dejo de hablar, no se aparta de mí» (16:6). Ahora tiene el sentimiento más amargo: que Dios lo ha entregado al impío (16:11). Saborea algo de los sufrimientos de nuestro Señor como hombre. ¿Quién puede comprender la amargura de la tristeza que devora su alma? «Disputadores son mis amigos; mas ante Dios derramaré mis lágrimas» (16:20). En medio de todo el sentimiento de la grandeza de su aflicción y su sufrimiento, el vínculo que tiene con Dios como alma regenerada se manifiesta de vez en cuando.
Aún no se ha visto a sí mismo en la presencia de Dios; por eso sostiene: «A pesar de no haber iniquidad en mis manos, y de haber sido mi oración pura» (16:17), así que desearía interceder ante Dios, como un hombre ante su amigo. Tiene una percepción parcial de la grandeza de Dios, pero ninguna de su santidad; la razón es que nunca ha estado lo suficientemente cerca de Dios, pues es la cercanía a Dios la que produce la percepción de su santidad. De ahí que concluya que, si pudiera pleitear con Él, sería absuelto. Vemos así qué terrible angustia resulta para el alma valorar según el hombre los sufrimientos que Dios envía, es decir, considerarlos desde el punto de vista humano. ¡Cuánto ocupa su yo en su pensamiento! Siente que es un «refrán de pueblos» (17:6). «Los rectos se maravillarán de esto, y el inocente se levantará contra el impío» (17:8). Solo la muerte puede ser el remedio para estos pensamientos. «Si yo espero, el Seol es mi casa; haré mi cama en las tinieblas» (17:13).
Bildad responde en el capítulo 18 con palabras llenas de ira y reproche; y, con un estilo mordaz, describe paso a paso el camino del impío; primero «Sus pasos vigorosos serán acortados, y su mismo consejo lo precipitará… No tendrá hijo ni nieto en su pueblo… Ciertamente tales son las moradas del impío, y este será el lugar del que no conoció a Dios» (18:7, 19, 21). Job puede entonces responder bien, estimulado por esta afirmación de que no conoce a Dios: «¿Hasta cuándo angustiaréis mi alma, y me moleréis con palabras?» (19:1). ¡Qué maravilloso ejercicio para el alma cuando, consciente de la fe en Dios, busca justificarse en medio de toda la aflicción y el dolor, y más aún bajo la disciplina! Job rechaza la acusación de haber caído en su propia trampa diciendo: «Sabed ahora que Dios me ha derribado, y me ha envuelto en su red» (19: 6). Lo atribuye a Dios, y no puede ver la razón. Pero en todo este examen de la herida, en el creciente sentimiento de estar afligido por Dios injustamente, su espíritu se fortalece sin embargo en la esperanza, como vemos en sus palabras: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (19:25-26).
Capítulo 20. Ahora Zofar, de la manera más solemne, presenta a Job la ruina completa del impío. Lo denuncia sin piedad. «Los cielos descubrirán su iniquidad, y la tierra se levantará contra él» (v. 27). Job, en el capítulo 21, detalla la prosperidad del impío para mostrar que Zofar debe estar equivocado y, sin embargo, aunque sabe que las reprobaciones de sus amigos carecen de fundamento, no tiene una idea clara de la voluntad de Dios, ni de ningún orden o designio en Sus caminos. No sabe nada más, salvo que Dios es todopoderoso, sin ser capaz de discernir que Él siempre tiene un propósito definido ante sí en cada uno de sus caminos. Todas sus obras son conocidas por Dios desde la fundación del mundo. «¿Cómo, pues, me consoláis en vano, viniendo a parar vuestras respuestas en falacia?» (21:34).
Elifaz se dirige a Job por última vez en el capítulo 22, y se esfuerza por impresionarlo con todo el peso de sus acusaciones. «Por cierto tu malicia es grande, y tus maldades no tienen fin» (22:5). Repite de nuevo ese principio falso que la carne adopta tan fácilmente acerca de los caminos de Dios, que él da oro y plata a quienes vuelven hacia él. «Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado» (v. 23). Luego, en los 2 capítulos siguientes, destacan 2 cosas: en primer lugar, que Job se da cuenta de lo lejos que está de Dios y desea acercarse a él. Es el verdadero ejercicio de un alma vivificada que anda a tientas en la oscuridad: «He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré» (23:8). También tiene la sensación de la inmutabilidad del consejo de Dios: «Él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo» (v. 13). Y, sin embargo, el verdadero temor, el efecto solemne de su presencia, no le es desconocido, pues dice: «Me espanto en su presencia; cuando lo considero, tiemblo a causa de él» (v. 15).
A continuación, vuelve su mirada hacia los hombres: al no encontrar en Dios descanso ni aceptación para sí mismo, los busca en los hombres; entonces ve que los malvados prosperan en este mundo; pero ellos también tienen sus penas secretas, y la muerte pone fin a su vida. Pero en esta fase de su experiencia, ya no se glorifica tanto a sí mismo; busca estar cerca de Dios, al tiempo que teme su presencia, porque no ha encontrado ni descanso ni aceptación. Las pruebas por las que debe pasar un alma son diversas, mientras se niegue a ver cuán total es su ruina a los ojos de Dios.
En el capítulo 25, Bildad concluye su crítica volviendo sobre la grandeza de Dios y la impureza del hombre, como si no pudiera haber entre ellos ningún terreno para la reconciliación. Palabras amargas para un alma cansada que busca la manera de presentarse ante un Dios al que conoce y en el que cree. Luego Job ofrece un resumen de su estado (cap. 27 al 31), tal como es en sí mismo y tal como entiende a Dios. La grandeza de Dios creador se le revela; pero eso nunca hace que el alma sea consciente de la naturaleza de lo que la separa de Dios; por eso lo vemos en el capítulo siguiente manteniendo su integridad. Si no estoy en la luz, debo mantener mi integridad, a menos que haya violado alguna ley, cometido algún acto público; así, Job busca lavarse de la acusación de haber sido castigado por Dios. En el capítulo 28, donde describe con tanta delicadeza la sabiduría, es interesante observar cómo, en su dura prueba, su alma avanza en verdadera luz y conocimiento; allí se ve que la disciplina da sus frutos.
Cuanto más veo la sabiduría de Dios y sus caminos (como ocurre a veces en la prueba), más me sentiré deprimido si no consigo encontrar mi relación con Dios en la aceptación; y, en consecuencia, me vuelvo hacia mi propia historia y me ocupo de mí mismo. Así, Job, en el capítulo 29, se detiene en el pasado, lo cual es siempre una prueba de que el alma no está en paz con Dios; si fuera de otra manera, tendría cosas más importantes que contar que las del pasado, especialmente cuando se trata de uno mismo, y de los dones de Dios y de su bondad, que constituyen la suma de lo que uno posee. Si tengo el sentimiento del pecado porque he sido un transgresor, el examen retrospectivo carece necesariamente de todo encanto; pero cuando, en la miseria, el Señor puede recordar una vida y una conducta irreprochables, con la luz del favor de Dios derramada sobre ellas en sus dones, ese examen atrae y cautiva el corazón. La época de Job es anterior a aquella en que se entrega la tierra a Israel; por eso, es como un gentil que aprende a conocer el mal que hay en él, no por una ley, sino en la presencia de Dios; habiendo vivido con toda buena conciencia, le resulta difícil considerar todos sus méritos como estiércol y basura.
Esto nos enseña cuánto puede penetrarnos nuestra propia justicia y ser un obstáculo; y, por otro lado, cuán fútil fue la manera adoptada por los amigos de Job para hacerle tener una justa estimación de sí mismo ante Dios y según Dios. Siempre ocupado de sí mismo, Job, en el capítulo 29, se extiende sobre su antigua prosperidad; en el capítulo 30 detalla la excelencia de toda su vida y de sus caminos, juzgándose según el juicio del hombre; y después de todo esto resume: «He aquí mi confianza es que el Omnipotente testificará por mí» (31:35). Tales son los ejercicios de un alma que, al no haber hecho nada que ofenda a la conciencia natural, no se ha visto a sí misma a la luz de la presencia de Dios y, por consiguiente, no conoce la corrupción de su naturaleza. Si la conciencia natural pudiera convencer por sí misma, su acción podría ser fácil y sumaria; pero cuando el sentimiento moral no está conmovido, se requiere una acción prolongada sobre el alma antes de que alcance un sentimiento espiritual, es decir, una valoración de sí misma formada a la luz de la presencia de Dios.
Llegamos ahora a otra fase de esta interesante historia. Hemos recorrido brevemente y con gran humildad la paciencia con la que Dios ha llevado a un alma a descubrir en qué estado de ruina se encontraba ante él. No se puede objetar nada al ejemplo que tenemos ante nuestros ojos. En cuanto a las obras, Dios mismo podía desafiar a Satanás y afirmar que, en toda la tierra, no había nadie como Job: un hombre recto y que se apartaba del mal. Pero, mientras que ni el hombre ni Satanás podían encontrar nada que reprochar o criticar en Job, Dios quería hacerle comprender que, a Sus ojos, estaba profundamente corrompido y perdido. Aprender esto es particularmente doloroso y penoso para la naturaleza. La naturaleza humana debe morir. Job comienza sintiendo que la muerte sería preferible a la vida, ya que todo es miseria aquí. Luego, tanto por su propia conciencia del bien como por su conocimiento de los caminos de Dios, torturado por los reproches injustos de sus amigos sobre su culpa oculta, rechaza la doctrina que ellos sostienen: que Dios dirige y determina las cosas para el hombre según las obras del hombre en este mundo; que no tiene otros principios de gobierno; y que son los actos del hombre los que sugieren a Dios sus acciones; eso significaría que Dios no tiene un plan y que no es más que un soberano ordinario que legisla según las circunstancias. A través de todo este proceso, Job se reafirma en 2 puntos que, por otra parte, no hacen más que aumentar su perplejidad.
Está cada vez más convencido de la soberanía de Dios y del poder que solo Él posee; además, como sus amigos no han logrado conmover su conciencia, se siente aún más firme en su propia justicia.
En ese momento aparece Eliú (cap. 32). Este siervo de Dios viene, como veremos, enviado por Dios, y le transmite a Job la enseñanza que tanto necesitaba. A menudo no sabemos por qué severo ejercicio debe pasar el alma antes de estar preparada para escuchar a Dios. Podemos vagar en la oscuridad antes de estar listos para recibir la Palabra de luz; pues la luz viene solo de Dios; Él (Cristo) «la verdadera luz es la que, viniendo al mundo, alumbra a todo hombre» (Juan 1:9). Todos los razonamientos del hombre, como los de los amigos de Job, no hacían más que ocuparlo aún más de sí mismo y empujarlo a justificarse sí mismo, haciéndole sentir, naturalmente, con mayor intensidad la distancia que lo separaba de Dios, y eso aumentaba en su alma la necesidad que tenía de Dios. Eliú le muestra que lo que había afirmado no era cierto: que Dios actuara arbitrariamente, que «él buscó reproches contra mí, y me tiene por su enemigo» (33:10). Su primer argumento es que Dios es más fuerte que el hombre. «¿Por qué contiendes contra él? Porque él no da cuenta de ninguna de sus razones» (v. 13).
Lo primero y más importante para el alma es humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Job no lo había hecho. Pero, además, añade Eliú, Dios habla al hombre en sueños, «Para quitar al hombre de su obra» (v. 17). Así, cuando todo descansa en la tranquilidad del sueño, Dios, en su gracia, manifiesta su interés vigilante por el hombre y le advierte mediante sueños. Está lleno de misericordia, como se ve en los versículos 23 al 28. Donde hay confesión en el terreno de la justicia de Dios, hay gracia y salvación por parte de Dios. Todo esto, Dios lo obra a menudo en el hombre. Tenemos en el caso de Isaac un ejemplo del impacto que se produce cuando la verdad de Dios recupera su poder y su autoridad sobre el alma. Se vio estremecido «grandemente» (Gén. 27:33). Eso es lo que Job debe aprender; se había permitido juzgar a Dios en sus propios pensamientos en lugar de someterse a Él y esperar sus indicaciones.
Capítulo 34. Eliú muestra ahora que Dios es necesariamente justo. Job había dicho eso de sí mismo, y que Dios había quitado el juicio. Si Dios no fuera justo, si no fuera la fuente misma de la justicia, ¿cómo podría gobernar? «¿Gobernará el que aborrece juicio?» (v. 17). «Sí, por cierto, Dios no hará injusticia, y el Omnipotente no pervertirá el derecho» (v. 12). «¿Quién visitó por él la tierra?» (v. 13). Eliú exhorta a Job a comprender que Dios es justo, y que en su justicia puede actuar como quiera. «No carga, pues, él al hombre más de lo justo, para que vaya con Dios a juicio» (v. 23). Puesto que así es, el verdadero lugar de Job es el de la confesión. «De seguro conviene que se diga a Dios: He llevado ya castigo, no ofenderé ya más» (v. 31). Aunque estas diferentes lecciones, estos pasos progresivos en la historia de un alma, nos están presentados como una historia sin interrupciones, debemos recordar que a menudo hay largos intervalos durante los cuales las experiencias deben vivirse en la prueba. Lo que aquí nos está presentado es el orden de su sucesión, más que el sufrimiento que atraviesa el alma al aprenderlo.
En el capítulo 35, Eliú aborda un nuevo punto: Dios está infinitamente por encima del hombre, y las obras del hombre no pueden afectarle en absoluto. Job debe aprender que «Si fueres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá de tu mano?» (v. 7). Job había insistido en lo que él era para Dios, no en lo que Dios era para él. Ahora bien, «ciertamente Dios no oirá la vanidad, ni la mirará el Omnipotente» (v. 13).
Luego, en el capítulo 36, se le plantea a Job otro punto: que reconocerá la justicia de Dios si considera las cosas desde el punto de vista de Dios. Comprenderá que Él «no apartará de los justos sus ojos» (v. 7), que «despierta además el oído de ellos para la corrección» (v. 10); que «al pobre librará de su pobreza» (v. 15). Ahí es donde Job había fallado; ocupado en justificarse a sí mismo, no tenía el oído abierto a la disciplina. «He aquí, Dios es grande» (v. 26). Se produce un inmenso progreso cuando el alma llega a ver las cosas como Dios las ve. Si tengo un verdadero sentimiento de lo que Él es, me humillaré bajo su poderosa mano y esperaré en él.
Eliú lleva a Job a contemplar a Dios en su grandeza y en sus obras (cap. 37); como dice el Señor mismo: «Cuando no me creáis a mí, creed a las obras» (Juan 10:38). Es, por así decirlo, la introducción a lo que encontraremos en el capítulo siguiente, cuando Dios mismo se dirige a Job para instruirlo en su propia grandeza y de su poder. Job había escuchado a Eliú, ahora estaba preparado para escuchar la voz de Dios, y Dios, en su gracia, se ocupa directa e íntimamente de su alma. ¡Qué ejercicio tan profundo y solemne! Cuando el alma está a solas con Dios, y que le enseña, en su maravillosa gracia y misericordia, lo que son su majestad y su bondad.
Entonces «respondió Jehová a Job desde un torbellino» (38:1). Le invita a reflexionar y a considerar. «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» (v. 4). «Por la fe entendemos que los mundos fueron ordenados por la Palabra de Dios» (Hebr. 11:3). Tal es el principio de la fe, y quien se acerca a Dios debe creer que Él existe. Job creía en la existencia de Dios, pero su fe no era sencilla ni se centraba en el poder de Dios ni en su grandeza. Se le invita a considerar si pudiera explicar o conocer el origen de las obras de Dios. ¿Podía alcanzarlas y comprenderlas? Dios le lanza un desafío: «¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?» (v. 36). Dios le demuestra que, en lo que respecta al mundo material, ignora el origen de cada una de Sus obras; luego, en el capítulo 39, le llama a ver cuán incapaz es de dominar el mundo animal. Ya sea el búfalo, el caballo o el águila, todos ellos superan a Job en fuerza. ¡Cuánto debe, pues, exigir a Job reverencia y temor Aquel que los creó y les dio sus cualidades! «¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios, responda a esto» (v. 35). Es entonces (cap. 40) cuando Job se da cuenta del poder de la Palabra divina. Y Job respondió al Señor y dijo: «He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, mas no responderé; aun dos veces, mas no volveré a hablar» (39:37-38). Se ve llevado a sentir su indignidad, pero solo hasta el punto de guardar silencio; no sabe cómo responder. Se siente condenado, pero aún no ha llegado a la simple renuncia de sí mismo. Se puede tener conciencia de la propia indignidad, de la incapacidad para responder, pero aún esperar mejorar. El alma puede estar abatida, pero aún no sometida; la Palabra de Dios debe producir en ella de manera completa el sentimiento de ruina y de indignidad. En consecuencia, la voz de Dios se dirige de nuevo a Job, y lo somete nuevamente al desafío divino.
En los capítulos 40 y 41, Dios insiste en el hecho de que el behemot y el leviatán son seres mucho más grandes que Job; este «no hay sobre la tierra quien se le parezca; animal hecho exento de temor» (41:24). Y con este fin, la variedad y el orden de los caminos de Dios hacia este ser extraño y poderoso se presentan ante el alma de Job, quien queda confundido al sentirse en la presencia de Dios.
Ahora Job llega al fin que Dios deseaba para él por medio de la disciplina a la que lo había sometido. Al ver a Dios, por fin hace una valoración justa de sí mismo y se arrepiente en polvo y ceniza. El hombre irreprochable, de naturaleza buena y recto, se horroriza de sí mismo cuando se encuentra en la presencia de Dios. Como hombre, tiene motivos para enorgullecerse y puede justificarse ante sus semejantes, pero no ante Dios. Ante Dios y en su presencia, no puede pretender nada, no puede esperar nada y no tiene derecho a nada. Bajo la mirada santa de Dios, lo único de lo que es consciente es de que debe aborrecerse y arrepentirse en polvo y ceniza.
Job ha acabado ya consigo mismo. ¡Feliz fruto de la disciplina! He aquí que está tan completamente liberado de sí mismo que, incluso antes de haber salido de la prueba –causa primera de toda su miseria y del ejercicio de su alma, prueba provocada por Satanás– puede orar por sus amigos. Situándose por encima de sus propios sufrimientos, piensa en sus amigos ante Dios, y es entonces cuando Jehová pone fin a su prueba, mostrando «el fin del SEÑOR; porque el SEÑOR es rico en misericordia y compasivo» (Sant. 5:11). – Amén.