Inédito Nuevo

10 - David

La disciplina


Para comprender bien la disciplina a la que fue sometido David, debemos recordar los rasgos de Aquel de quien él es tipo, y a quien pudo expresar y prefigurar gracias a la instrucción divina y a la mortificación de su propia naturaleza. Él fue constantemente un tipo del Señor Jesucristo, pero un hombre con las mismas pasiones que nosotros. Cuanto más elevada era su vocación, más necesitaba ser puesto a prueba, para estar en un estado de ánimo acorde y adecuado a la alta posición que debía ocupar: veremos, pues, que el gran objetivo de toda la disciplina a la que tuvo que someterse fue hacerlo apto para ocupar el lugar que Dios, en su gracia, le había asignado.

¿No es así para todos nosotros? ¿No es necesario que seamos disciplinados y preparados para el lugar que la gracia nos asigna? Cuanto más elevados somos por esta gracia, más necesitamos estar sometidos y purificados: nuestras propias historias, si se relataran fielmente, mostrarían en detalle cómo ocurre esto. Por eso, para que podamos conocer la disciplina de Dios hacia nosotros, él nos da la historia de sus caminos hacia aquellos que nos precedieron; la de David es un ejemplo llamativo de los cuidados y las maravillosas advertencias con las que Dios nos educa, poniéndonos a prueba, para eliminar de nosotros lo que es contrario a su gracia y a sus designios.

Oímos hablar de David por primera vez cuando Dios envía a Samuel para ungirlo rey en lugar de Saúl (1 Sam. 16). En esta primera etapa de su vida, reconocemos los rasgos del carácter y la posición de aquel que va a ser el centro de nuestra atención. Lo encontramos, a él, el hijo más joven de Isaí, ausente de casa, pastoreando las ovejas de su padre en el desierto; se le describe con rasgos externos que revelan qué tipo de hombre es: de tez rosada, con ojos hermosos y de bello rostro. Y cuando Samuel lo ungió, «y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» (1 Sam. 16:13).

David ungido representa como tipo a nuestro Señor después del bautismo de Juan, cuando el Espíritu Santo descendió del cielo y reposó sobre él. Y así como el Señor entró en su ministerio público tras la unción del Espíritu Santo, así también David, el tipo, entra en el suyo. En cuanto al Señor, la perfección que había en él ponía de manifiesto el mal que le rodeaba; se puede decir que la perfección de su testimonio eclipsa todo lo que antes habían sido sus sombras y figuras. Aquí, tan pronto como el Espíritu de Dios viene sobre David, «el Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová» (1 Sam. 16:14). David no sabía, cuando el Espíritu descendió sobre él, que lo primero que haría, como hombre de Dios, sería apaciguar la violencia espiritual del jefe del reino. Se había aconsejado a Saúl que buscara un hábil arpista para alejar de él al espíritu maligno; y el que le recomendaron fue precisamente David, a quien se nos describe como un hombre «que sabe tocar, y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él» (1 Sam. 16:18).

«Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él» (1 Sam. 16:23). ¡Uno se sentiría tentado a considerar este servicio muy humilde para el rey elegido por Dios! ¡Pero qué preeminencia moral! Tocar el arpa es muy poca cosa; pero los pequeños servicios prestados en el poder del Espíritu de Dios producen los resultados más notables. El Señor, mientras estuvo en la tierra, desempeñó este papel frente al mal, la violencia y todo el poder que lo rodeaba; pero para David también fue una disciplina. No se nos dice si comprendía todo el alcance de la unción; pero el hecho de que, además, el Espíritu de Dios hubiera descendido sobre él, debió hacerle sentir que tenía capacidades para un servicio más elevado. Aquí tenemos la prueba de la sinceridad, del verdadero poder y de la sumisión a Dios. Era la voluntad de Dios que ocupara ese puesto; el rey necesitaba sus servicios, y él los prestaba con consumada habilidad, sin murmurar. La fidelidad en lo muy pequeño demuestra la capacidad para lo muy grande; a David se le enseñó, desde su entrada en el servicio público, a emplear las grandes facultades que Dios le había dado para producir el bien necesario en ese momento.

Aunque David era querido por Saúl y se convirtió en su escudero, parece que solo estaba con él ocasionalmente, y que no había abandonado el cuidado del rebaño de su padre en el desierto; pues cuando Saúl va a la guerra contra los filisteos en el valle de Ela (cap. 17), David no se encuentra con él, y se nos dice expresamente que «David había ido y vuelto, dejando a Saúl» (1 Sam. 17:15) para apacentar el ganado menor de su padre en Belén; y es desde allí que, por orden de su padre, vino al campo de batalla, probablemente unos 40 días después del comienzo de la guerra. Señalo este punto porque nos muestra las alternativas tan útiles y necesarias para la disciplina divina. David había habitado en el palacio, había sido el escudero del rey, era querido por él y, lo que es más, le había prestado servicios destacados; pero pasa de ese papel a la humilde posición de pastor de las ovejas de su padre en el desierto, y sirve, en la oscuridad, con tanto celo y placer como en la esfera más elevada, demostrando así, por la facilidad con la que pasa de una posición a otra, el verdadero ardor de su alma y la sencillez de sus designios, como un siervo fiel que cumple todas las órdenes que se le dan, sean cuales sean.

Sin embargo, le espera un servicio más elevado y glorioso; pero se le presenta de la manera más humilde; pues David abandona el desierto y el cuidado del rebaño por orden de su padre para cumplir una misión muy sencilla: llevar provisiones a sus hermanos y preguntar por su salud. Pero al cumplir esta orden con diligencia, se le presenta la oportunidad de dar testimonio de la gloria de Dios. El hombre de Dios siempre está dispuesto a aprovechar una ocasión así. David, habiendo cumplido el objetivo de su misión, oye al filisteo desafiar a los ejércitos del Dios vivo, y su espíritu se agita en su interior, como más tarde lo hizo el de Pablo. Decide inmediatamente ir a su encuentro. ¡Cuán pronto y dueño de sí mismo es el poder de Dios! Aunque enviado para una misión tan sencilla, está dispuesto en ese mismo instante a cumplir otra de la mayor importancia, con celo y valentía, y al mismo tiempo con gran sencillez. Rechazando la armadura de Saúl, pues nunca la había probado, toma lo que le era familiar, 5 piedras lisas del arroyo para la honda que tenía en la mano; demostrando así que no le es necesario estar en una situación distinta de aquella en la que Dios lo ha puesto, ni estar provisto de medios más poderosos que los que están a su alcance en su vocación.

Así, con el sencillo equipo de un pastor, con un bastón, su alforja, su honda y 5 piedras, piedras lisas, no tiene miedo y puede enfrentarse al terrible enemigo; el poder divino estaba con él. David se enfrentó a Goliat como se habría enfrentado a un niño, y aceptó su desafío con toda la dignidad de que está revestido un alma que sabe que el poder divino en el que se apoya va a ser un arma en sus manos. Y su dependencia de ese Dios, cuya liberación había experimentado en su lucha en el desierto contra el león y el oso, lo hace intrépido y sereno ante un terrible adversario, ante el cual huían todos los ejércitos de Israel. ¡Una sola piedra basta, y el gigante cae! David, a la altura de las circunstancias, aunque rechazó la armadura de Saúl para vencer, ahora toma posesión legítima de aquel a quien ha vencido; toma la espada de Goliat y, erguido sobre él, le corta la cabeza; en todo esto vemos la sabiduría del poder divino. David es el instrumento de una liberación tan grande; sin embargo, no se le concede ningún honor público, ni siquiera a Aquel que era más grande que David.

¿No fue una verdadera lección para él darse cuenta, después de todo lo que había sucedido, de que era un desconocido para Saúl, y que, aunque este último lo había acogido en su casa, no era objeto de ningún favor por su parte? Saúl, es cierto, lo puso al frente de los guerreros, y las mujeres celebraron sus hazañas en cánticos; pero nadie apreciaba debidamente el servicio prestado y la liberación obrada por David, nadie salvo uno solo, a quien Dios había preparado para ser el consuelo del corazón de David, en medio de toda la ingratitud y toda la violencia que se iban a desplegar contra él. El amor y la devoción de Jonatán son su única compensación. Al igual que el Señor mismo, debe experimentar que sus mayores servicios son desconocidos por todos, a excepción del pequeño remanente apegado a su persona, el cual sentía, como la pobre mujer de Lucas 7, que él lo era todo para ella, mientras que el fariseo y los grandes de este mundo no sentían nada por él. El Señor, tan despreciado y desconocido por los hombres, apreciaba el amor de sus discípulos y se regocijaba en él, y David encontró su consuelo en el notable y conmovedor apego de Jonatán, que siempre le permaneció fiel; pero tuvo que aprender que era el único en quien podía confiar, por grandes que fueran sus servicios. Es la devoción del corazón, no el favor popular o real, –lección bendita para el siervo, sendero bendito y santo para el alma que por él es guiada.

Pero la ingratitud pronto da paso al odio. Saúl, a partir de entonces, está celoso de David: «Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David». «Aconteció al otro día, que un espíritu malo de parte de Dios tomó a Saúl, y él desvariaba en medio de la casa» (1 Sam.18:9-10). Busca la vida de David, con la lanza en la mano. Saúl, pensamos, es un tipo del mundo, revestido de un título religioso: cuanto más fieles somos, más provocamos su enemistad. ¡Pero cuán útil es esta enemistad para el hombre de Dios! Puede, eventualmente, si él persevera en su fidelidad, separarlo de toda asociación con el mundo; pues, aunque pueda servirle, nunca puede ganar en él. No digo que David no tuviera derecho a ir a la casa de Saúl –tipo del Señor, estaba allí como el liberador–, pero al final se ve obligado a abandonarla: todo siervo fiel experimentará, tarde o temprano, que debe o bien caer o bien abandonar toda asociación con el mundo.

Saúl emplea diversos medios para hacer daño a David. Un odio tan vivo e inmerecido bien puede sorprendernos; pero nos revela toda la malicia del príncipe de este mundo, a quien ninguna bondad ni ningún servicio pueden desarmar. David, por el contrario, es la imagen de aquel que ama servir en medio de su pueblo –un noble deseo, que se ha cumplido plenamente en el verdadero David, siervo perfecto, y viviendo en medio de los hombres.

Saúl intenta ahora tender una trampa a David ofreciéndole a su hija mayor, Merab, con la condición de que luche en las batallas de Jehová; aún no se ha endurecido lo suficiente en la iniquidad como para atreverse a ponerle la mano encima públicamente, y decía: «No será mi mano contra él, sino que será contra él la mano de los filisteos» (1 Sam. 18:17). Pero Merab es entregada a otro. “La gota de agua constante desgasta la piedra”, ¡y ese es el carácter de la educación que David necesitaba! Los nobles y los fuertes difícilmente pueden admitir la mezquindad de la envidia; pero David aprendía así el engaño de este siglo perverso. Saúl, en contra de toda probidad y honor, entrega Merab a Adriel; pero, siguiendo siempre con sus malos designios respecto a David, le ofrece a Mical como una nueva trampa, con la condición de que traiga como dote 100 prepucios de filisteos. David acepta y, sin limitarse a los términos del acuerdo, supera las condiciones, siguiendo la nobleza de su naturaleza (pues no quiere ser deudor de nadie) y mata a 200 hombres. Pero cuanto más nos elevamos por encima del espíritu del mundo, más nos odiará, y «fue Saúl enemigo de David todos los días» (1 Sam. 18:29). Este fiel siervo debe aprender que toda su bondad y su devoción en la corte no han servido de nada; el honor que recibe fuera no hace más que aumentar el odio mortal y enraizado de Saúl. Debe experimentar de antemano los sentimientos de Aquel que decía: «Si no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado», y «me odiaron sin motivo» (Juan 15:24-25).

Ya no hay velo alguno para este odio; «Habló Saúl a Jonatán su hijo, y a todos sus siervos, para que matasen a David», pero este último es advertido por Jonatán, que «amaba a David en gran manera» (1 Sam. 19:1). ¡Cuán conmovedoras y misericordiosas son las vías de Dios para con los suyos! Si Él considera necesario enseñar a su siervo, a través de amargas experiencias, el mal que hay en asociarse con el mundo y la necesidad de separarse de él, al mismo tiempo prepara un corazón devoto en el que podrá confiar plenamente. David deseaba un lugar donde refugiarse, a salvo de las maquinaciones del enemigo –un recurso que Jesús apenas conoció en la tierra, aunque nadie pudiera apreciarlo mejor que él. Jonatán avisa a David, intercede ante su padre, quien escucha su voz, y David «estuvo delante de él como antes» (19:8). Estos cambios son necesarios para la disciplina. Cuando llegamos al punto de tener que “permanecer en un lugar secreto”, comprendemos que nuestros recursos están en Dios. Luego, cuando el tiempo vuelve a ser favorable, el alma puede comparar, en cuanto a la calidad de su descanso, el momento en que aparentemente carece de recursos, con aquel en que los recursos naturales son abundantes; y si somos fieles, valoraremos cada vez menos los recursos naturales en comparación con los recursos divinos; pues nunca encontramos en los primeros el descanso que tenemos en los segundos.

David, recuperada su gracia, sirve con diligencia; pero muy pronto es atacado de nuevo y solo escapa gracias a una estratagema de esa misma Mical que Saúl le había dado para que le sirviera de trampa. Entonces, convencido de que no puede permanecer más tiempo en la casa real, huye para salvar su vida, renunciando a su posición y a todo lo que le es querido como hombre. ¿A dónde huye, pues? ¿A dónde le lleva naturalmente la ruptura con Saúl? ¡A junto a Samuel en Ramá! Samuel, sometido a otra disciplina, también se había separado de Saúl por piedad. Así, el verdadero rey, tras haber hecho todos sus esfuerzos por servir al poder existente, viéndose obligado a retirarse también, no puede, porque camina por el camino de Dios, sino encontrar a quien ya está comprometido en él. David y Samuel, el siervo y el profeta, son de la misma familia; uno entra en la escuela de Dios en el momento en que el otro sale de ella; en efecto, David no era más que un joven, mientras que Samuel era un alumno de esa escuela, de edad avanzada y perfectamente instruido. Pero al tener el mismo espíritu y objetivo, conviven. Y ese es el verdadero camino de Dios: asociarse con personas piadosas. Si ustedes han seguido el camino divino y yo entro en él, nos encontraremos inevitablemente y caminaremos juntos, pues, aunque los caminos del hombre son muchos, Dios solo tiene uno.

Pero ¿qué aprendió David de todas sus pruebas? Obligado a huir para salvar su vida, busca refugio y consuelo junto al profeta. La experiencia le había mostrado los resultados de los esfuerzos que uno hace por mantener su lugar en el mundo; ahora, convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, y más aún de la maldad que se le oponía, emprende un nuevo camino, en el que aprenderá lo que es caminar solo bajo la mano de Dios, separado de todo aquello a lo que había querido servir, habiendo comprobado lo peligroso que es ganarse la aceptación del mundo; ahora debe ser disciplinado en las tristezas del rechazo. Debemos recordar que David había sido elegido por Dios mismo para el trono de Israel; desde el comienzo de su carrera había sido ungido para ese alto cargo; pero, para poder ocuparlo según Dios, era necesario que fuese formado para adquirir las cualidades que convienen a un rey según Dios. Esos son los caminos de Dios: llamar primero y luego calificar. El hombre hace justo lo contrario: es necesario que alguien esté cualificado antes de recibir su nombramiento. Podemos estar seguros de que Dios nos capacitará para el servicio al que nos destina, después de habernos llamado a él.

Este es el principio divino, que se ha expresado acertadamente: primero ceñirse la corona de laurel, luego comenzar la batalla. El primer acto de Dios hacia David es, pues, elegirlo como rey; de ese momento datan todas sus experiencias, todas sus hazañas, todas sus dificultades. Se podría pensar que fue después de su llamado cuando mató al león y al oso; pero ¡qué largo período de pruebas tuvo que atravesar antes de ser capaz de ocupar la alta posición que le estaba destinada! En la época que estamos considerando ahora, ya había pasado por 2 pruebas: la primera en su casa, pastoreando el rebaño de su padre en el desierto, período durante el cual se había revelado toda su valentía y en el que solo había cosechado éxitos; el segundo, en su elevada posición en el mundo y en el ámbito religioso –amado por algunos, querido por el pueblo, pero objeto de la envidia del rey, alternando entre su favor y su enemistad, y finalmente obligado a abandonar esa posición y huir para salvar su vida.

La primera etapa de nuestra propia historia contiene y revela las cualidades principales que distinguirán las etapas sucesivas de nuestra vida; por consiguiente, nada es más importante para el cristiano que la influencia que recibe al recorrer esta primera etapa. David manifiesta en esta primera parte de su vida todos los elementos de belleza moral que se desarrollaron tan ricamente en lo sucesivo. Entra ahora en la tercera etapa de su vida, que se extiende hasta la muerte de Saúl, y que podemos llamar el período del rechazo y de los sufrimientos extraordinarios, pero rico en experiencias profundas, variadas y bendecidas por la bondad de Dios y, al mismo tiempo, por la debilidad de su propia naturaleza.

Hemos visto a David huir a Ramá y permanecer allí con el profeta, quien se había retirado, afligido pero fiel, de la escena de la que ahora se veía expulsado el propio David. Rama debió de ser, en efecto, un escenario de duelo, como lo fue más tarde: «Voz fue oída en Rama, llanto y gemidos grandes» (Mat. 2:18). David y Samuel se afligieron sin duda juntos, profunda y amargamente, por el gobierno de Saúl, que persigue a David sin tregua, como Herodes lo hizo con el Señor. Pero cuando Saúl intenta penetrar en su refugio, el Espíritu de Dios lo detiene, y David, que en apariencia carece de protección, aprende desde el comienzo de este nuevo y penoso camino cómo Dios puede protegerlo de manera notable. Pero aún no está dispuesto a abandonar sin luchar la posición que ha ocupado hasta ese momento, y abandona Naiot para buscar a Jonatán y asegurarse con él de que ya no hay remedio (cap. 20). Se encuentran y acuerdan una señal que, al confirmar que Saúl es implacable, decide el destino de David; este último abandona su refugio y, en comunión con Jonatán, da rienda suelta al angustioso dolor que llena su corazón. «Se levantó David del lado del sur, y se inclinó tres veces postrándose hasta la tierra; y besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro; y David lloró más» (1 Sam. 20:41). ¡Qué escena! ¡Qué desolación! El último vínculo que unía a David con la gloriosa escena en la que había vivido se rompe. En un instante se ve despojado de todo lo que estimaba y amaba: el honor, la posición, el servicio e incluso la relación con un corazón que le había permanecido fiel. A partir de ahora debe abandonar su carrera pública, su relación con el rey, su servicio al pueblo contra sus enemigos, el amor y la simpatía de Jonatán.

Debe retirarse a la oscuridad y convertirse, al parecer, en alguien inútil; y todos sabemos lo que le cuesta a la naturaleza humana abandonar lo que ha poseído o esperado, y cuán difícil le resulta volver con el corazón contento a su condición inicial. ¿Y por qué todo esto? A causa del odio mortal e injusto del rey de Israel. Si David no discernió que la verdadera causa era que Dios mismo lo estaba haciendo todo con vistas a su formación y para que estuviera preparado para su futura grandeza, debió de sentirse abrumado; las luchas contra el león y el oso, contra Goliat y los filisteos no eran nada en comparación con la de su alma. ¡Cuán profunda debió de ser su desolación en ese momento! Cuando Jesús llora por Jerusalén, seguramente fue una tristeza análoga, aunque infinitamente más profunda y santa, para su corazón compasivo. David y Jonatán se separan con un juramento y un afecto que no cambiará; pero los rumbos de sus vidas se alejan el uno del otro. David, el rey rechazado, debe sufrir durante algún tiempo y encontrar otros compañeros en sus sufrimientos y su rechazo; mientras que Jonatán «entró en la ciudad» (1 Sam. 20:41), a la casa de su padre, de la que no puede separarse. Toda la escena tiene también su aspecto típico: el verdadero David en su rechazo, y el remanente judío, que no puede ni sufrir ni reinar con él.

David confía ahora únicamente en Dios, y su primer acto tras la brutal separación de la que acabamos de hablar es acudir al Sumo Sacerdote, pues el alma que se encuentra en una situación de dependencia y necesita ayuda siempre se vuelve, quizá sin darse cuenta del motivo que la impulsa, hacia el testimonio de Dios en la tierra. Cada vez que tomamos el lugar de un exiliado en el mundo por amor al Señor, buscamos instintivamente, aunque sea con ignorancia, a la Iglesia como testigo establecido de Dios en la tierra. David, en principio, actúa así, aunque se le pueda culpar con razón por su mentira a Abimelec; pero es raro que el hombre nuevo actúe sin que el hombre viejo, en su esfuerzo por hacer algo, traicione su debilidad y su degradación moral. Recibe de Abimelec el pan y la espada (la de Goliat, recuerdo de su primera victoria pública) y es entonces el tipo de la posición del Señor en Israel, cuando los discípulos sacian su hambre recogiendo espigas en el campo de trigo por el que pasaban. Pero fíjense en cómo el tipo humano falla, cuando la tensión se vuelve demasiado fuerte, y esto resalta más claramente la perfección del antitipo divino, aunque humano al mismo tiempo. Y ahora David vuelve a fallar. ¡Tan grande es su temor a Saúl, a pesar de tener en sus manos el trofeo de su victoria sobre el gigante, que deserta del país, abandona el lugar de los privilegios y huye a casa de Aquis, el rey de Gat!

En el momento en que es alimentado y armado en el santuario de Dios, ¡cede a la incredulidad y abandona la herencia de Jehová! Pero la incredulidad trae precisamente las dificultades que hemos tratado de evitar, y de las cuales la fe nos habría preservado. Los siervos de Akish no tardan en reconocer a David, quien debe recurrir a un ardid y fingir locura. ¡Qué humillación! Pero es entonces cuando su alma ya solo se ocupa de Dios y toda la disciplina anterior da fruto. Es necesario para él no solo que vea desaparecer ante sí todo lo que estimaba en el mundo, sino también que sienta su humillación personal, y es entonces cuando toda la naturaleza y el valor de los recursos de Dios encuentran su lugar. Es en ese momento cuando el Espíritu de Dios despierta en el alma de David los dulces acordes, llenos de confianza, del Salmo 34: «Bendeciré a Jehová en todo tiempo» (v. 1). Puede exclamar: «Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores» (v 4). Las amargas pruebas producen esta expresión bendita, y el Espíritu de Dios la produce ahora también en todos los que siguen el mismo camino. Expulsado del mundo, humillado ante los hombres y ante sí mismo, confesando su propia culpa, ahora puede decir: «Jehová redime el alma de sus siervos, Y no serán condenados cuantos en él confían» (v. 22).

David abandona a Aquis, cantando el Salmo 34, y huye a Adulam. He aquí que regresa al país, aunque solo habita en una cueva; su familia y todos los que estaban en la angustia o en deudas se reúnen con él. Ha aprendido a adoptar una postura de dependencia para sí mismo, y así puede convertirse en un centro de reunión y un guía para los pobres del rebaño, cuyos corazones, que no reconocían la autoridad de Saúl, pueden seguir su fe. No sabría decir por qué David entrega a sus padres al rey de Moab; tal vez sea por el deseo de escapar de su influencia y de sus temores. (Sabemos cómo el Señor tuvo que elevarse por encima de los pensamientos de su madre). Mientras está en la cueva, compone los Salmos 142 y 57, este último, creo, después de que se le unieran el profeta y el sacerdote. Expresa su plena confianza en Dios, «hasta que pasen los quebrantos» (Sal. 57:1), sin dejar de ser consciente de los peligros que le rodean. Su «corazón está dispuesto» (v. 7), por eso dice: «Cantaré y trovaré salmos» (Sal. 57:7). Naturalmente, retrocedemos ante las pruebas y los dolores, pero cuando, como David, disfrutamos de los recursos que hay en Dios, y a los que estas pruebas nos han empujado a recurrir, ya no recordamos el camino de la aflicción que nos ha llevado hasta allí.

El Salmo 52 expresa lo que David siente ante la conducta de Doeg. Ve la disciplina de Dios en toda su aflicción: «Te alabaré para siempre, porque lo has hecho así» (Sal. 52:9). ¡El Espíritu de Dios se sirve de cada prueba para producir en su alma los acordes profundos del cántico espiritual y celebrar su gloria! Si Pablo en Arabia fue arrebatado al cielo, David, el fugitivo, en la cueva y en el desierto, se regocijó en su alma con los acentos sublimes de la victoria de Dios sobre todos sus enemigos. No solo oyó a los músicos tocar sus arpas, sino que su propio corazón se puso al unísono con el de Dios; y la música divina alegró el espíritu del rey rechazado.

Kehila es el tema de la página siguiente de esta interesante historia, en el capítulo 23. Sea cual sea la presión o la prueba a la que nos enfrentemos, si nos encontramos en el espíritu y el estado de ánimo del Salmo 57, no podremos ver la angustia de un santo de Dios sin estar dispuestos a acudir en su ayuda. Por lo tanto, cuando le dicen a David: «He aquí que los filisteos combaten a Keila, y roban las eras», él consulta a Jehová, diciendo: «¿Iré a atacar a estos filisteos? Y Jehová respondió a David: Ve, ataca a los filisteos, y libra a Keila» (1 Sam. 23:1-2). El hombre que tiene el verdadero poder y ha experimentado la ayuda de Dios, clama a Dios antes de emprender cualquier cosa. Los hombres de David tratan de desanimarlo, y después de haber vencido su propio corazón y sus tristezas, debe aprender a elevarse por encima de la incredulidad de los suyos. Consulta de nuevo a Jehová, quien le da una nueva seguridad; desciende a Kehila con sus hombres y logra salvar a sus habitantes. Pero le espera una nueva prueba. Una vez más, sus servicios no reciben recompensa. Saúl desciende para sitiar Kehila, y David consulta a Jehová para saber si los hombres a los que acaba de liberar de la mano de los filisteos lo entregarán. La respuesta divina es afirmativa. Es muy instructivo observar la conversación que se establece entre David y Jehová. ¡Qué confianza y qué sencillez hay entre ellos! David formula sus preguntas, muy sencillas; Jehová responde con igual sencillez. David solo tenía recursos en Dios; y eso es lo que aprendía cada vez más en cada etapa de su vida. El alma que está en la presencia del Señor y confía verdaderamente en él tendrá la misma experiencia. Cuanto más sencilla es un alma así, más apta es para un gran servicio. Quien es grande ante Dios puede dedicar toda su energía, según el consejo de Dios, a ayudar y servir a los demás, en total dependencia, demostrando así que sus recursos lo sitúan por encima de la búsqueda de la recompensa que le deberían quienes sirve. El ejemplo dado por David en Kehila podría llamarse: cómo el rey rechazado sirve a su pueblo, sin recompensa. Es una disciplina que le es necesaria y que, de hecho, lo es para todos aquellos que quieren caminar como el verdadero David en este mundo malo.

David se marcha ahora con sus hombres «de un lugar a otro» (1 Sam. 23:13), y permanece en la montaña, en el desierto de Zif. Jonatán se une a él allí y «fortaleció su mano en Dios» (v. 16), cumpliendo lo expresado en el Salmo 142: «Me rodearán los justos» (v. 8). ¡Con qué gracia nos alegra el Señor con la simpatía humana cuando hemos entrado en el desierto dependiendo únicamente de Él! ¡Qué dulzura para el alma darse cuenta de su compasión hacia nosotros! Pero el gozo y el ánimo que le proporcionó la visita de Jonatán se ven rápidamente perturbados por la indigna hostilidad de los zifeos, quienes, para complacer a Saúl, le informan del refugio de David. Poco importa saber si es en esa ocasión, cuando se le revela la traición de los zifeos, o más tarde, cuando compone el Salmo 54; lo que nos interesa es su estado de ánimo en ese momento; y el Salmo nos lo revela. «Él devolverá el mal a mis enemigos», dice, pero puede añadir: «Voluntariamente sacrificaré a ti; Alabaré tu nombre» (Sal. 54:5-6). Lo ha comprendido plenamente. En el momento en que Saúl y sus hombres logran rodearlo y están a punto de capturarlo, llega un mensajero diciendo: «Ven luego, porque los filisteos han hecho una irrupción en el país» (1 Sam. 23:27). David es liberado, y el lugar se llama, en recuerdo de ello: «Sela-hama-lecot (la Peña de las divisiones)» (v. 28).

Así es como siempre queda neutralizado el poder del hombre. El hombre nunca puede luchar contra 2 enemigos distintos; tiene que dejar escapar a uno para enfrentarse al otro. David aprendió en aquella difícil circunstancia, que parecía desesperada, cuán sencilla y fácilmente podía Jehová liberarlo. Es muy importante, para alcanzar un alto grado espiritual, experimentar estas diversas manifestaciones de la solicitud de Dios hacia su siervo, de modo que, fortalecido en el poder de su fuerza, pueda decir: «Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil. 4:13). Esta es una lección nueva para David durante el período de su rechazo. En Adulam y en el bosque, recibe compañeros y muestras de simpatía; en Kehila, se le concede prestar un servicio notable, y frustra los planes de Saúl sin la ayuda de aquellos a quienes había servido; en el desierto de Maón (23:24), a punto de caer en manos de sus enemigos, escapa gracias a la intervención de Jehová. Así fue como aprendió los caminos variados y maravillosos de Dios en un mundo malvado y hostil; y a medida que aprendía, se hacía más apto para guiar al pueblo de Dios y para reinar sobre él.

Su antitipo, el Señor Jesús, no necesitó tal lección. Él sabía lo que había en el hombre, y solo él es verdaderamente Señor y Rey. Pero David es un hermoso ejemplo del vaso humano, con un espíritu capaz de comprender el pensamiento y los caminos divinos. Las circunstancias varían mucho, pero cada vez que realmente aprendió una lección, dependiendo de Dios, se encontraba en el buen camino.

Tras un breve respiro en las fortalezas de En-Gedi, Saúl vuelve a buscar a David y sale en su contra con 3.000 hombres de élite de todo Israel. No le basta con perseguirlo solo; persiste en su funesto designio y lo persigue con una tropa organizada. Es otra nueva prueba para David, pero también aprenderá que cuanto mayor es la violencia desplegada contra él, más sencillos y eficaces son los medios que Dios emplea para liberarlo. Saúl había sido derrotado en Kehila por el hecho de que David había abandonado la ciudad; es rechazado en la Roca de la Separación por la invasión de los filisteos; es derrotado en En-Gedi, de la manera menos gloriosa para él, por la moderación y la lealtad de David, a quien debe la vida. Ciertamente, en la malicia de su corazón, al entrar en la cueva, no sospechaba que se ponía en manos de su víctima; no preveía hasta qué punto iba a ser moralmente humillado por el contraste que se revelaba entre ellos gracias a esta escena; por un lado, la gran generosidad de uno en su superioridad sobre el mal; por otro, la violenta enemistad que el perseguidor se ve obligado a confesar; consciente como está de su humillación, busca el favor y reconoce el título del fugitivo, a quien con todo su poder real y su ejército de élite había querido destruir. En cuanto a David, al actuar con misericordia y no por venganza, mantiene el principio según el cual Dios actúa hacia el mundo, ahora sumido en el pecado de haber rechazado a su verdadero Rey.

El capítulo 24 nos presenta otro tipo de experiencia. David olvida por un momento la lección aprendida: el poder de la gracia, según el cual había actuado de manera tan notable y que había ilustrado; esto nos recuerda que nuestra naturaleza es traicionera y que siempre puede llevarnos a una línea de conducta exactamente opuesta a la que seguíamos un instante antes. Y aún más, esto nos enseña que podemos carecer más fácilmente de gracia hacia aquel en cuya amistad y gratitud tenemos derecho a confiar y que nos falla, que hacia un enemigo declarado. David está tan irritado por la conducta bárbara de Nabal, que se dispone a vengarse de él sin miramientos; pero se ve apartado de ello por el acontecimiento más interesante que puedan conocer los siervos de Dios en un mundo que ha rechazado a Cristo. Abigaíl es un tipo de la Iglesia; y cuando se considera a David en su relación típica con el Señor, ella es, en el día de su rechazo, su compensación por todo lo que había perdido en el reino. Ella está con él donde ni siquiera Jonatán puede seguirlo; y después de convertirse en su esposa y compañera en los sufrimientos, comparte su trono y su gloria.

Pero también hemos considerado a David como el siervo fiel, no perfecto como el Señor, sino bajo la disciplina y en la escuela de Dios; bajo este aspecto, la influencia de Abigail sobre él tipifica la de la Iglesia, cuya posición y sentimientos, una vez revelados, suprimen toda noción de venganza. Nabal es el viejo Adán salvado gracias a Abigail; pero cuando Nabal muere, David recibe a Abigail en la relación más íntima: ella comparte con gozo sus penas y sus tristezas. El desierto de Maón es así para David un escenario de acontecimientos importantes. Lo mismo ocurre para nosotros en nuestra vida de cristianos, cuando por primera vez se nos revela la Iglesia en su vocación y su naturaleza. Porque más de un siervo de Dios –aunque sintiera, como David, que la religión profesada ocupa un lugar usurpado en la persona de Saúl– no ha encontrado a Abigail, es decir, no ha aprendido lo que es la Iglesia en el pensamiento de Cristo, de modo que encuentre en ella interés, simpatía y afecto, así como apoyo en el camino de la gracia al atravesar el mundo. Así como Abigail fue un oasis en el desierto para David, de igual modo la Iglesia es ahora en la tierra el único oasis para el corazón de Cristo y de sus siervos, el centro y el objeto de su interés.

Al estudiar los caminos por los que Dios conduce a su siervo para instruirlo, es necesario recordar que esos caminos siempre están relacionados con la posición a la que el siervo está destinado.

Acabamos de ver cómo Jehová ayudó a David y le animó en el desierto, de la manera más inesperada para él. Todas las circunstancias revelan de manera notable el amor tan tierno de Jehová que abundaba hacia él. Si Adán necesitaba en el jardín del Edén la compañía y la ayuda de Eva, ¡cuánto más David a Abigail en el desierto! Pero cuanto mayor es la necesidad, más abunda el favor, y el alma de David sin duda lo experimentó. Tras ese momento feliz, las olas de la persecución lo vuelven a sumergir (cap. 26). A instancias de los zifeos, Saúl lo persigue por el desierto; lo cual indicaba claramente a David que se acercaba el desenlace definitivo. El hombre espiritual oprimido por el mundo tiene siempre una clara percepción del estado y la condición del poder que se levanta contra él. Esta gracia le es ahora concedida a David. Reconoce a Saúl y a su ejército, comprende cuál debe ser su conducta; toma a Abisai como compañero y va a mostrar a su enemigo, caído en su poder, que no tiene en absoluto la intención de hacerle daño. «Saúl estaba tendido durmiendo en el campamento, y su lanza clavada en tierra a su cabecera» (1 Sam. 26:7), cuando David y Abisai se acercaron. Este último habría querido matar al rey dormido, pero David se interpone, afirmando clara y solemnemente su confianza en que es Dios quien lo vengará. Los únicos trofeos que se lleva son la lanza y la jarra de agua, que revelan la verdadera naturaleza de su hazaña. La lanza, arma de guerra, es devuelta, pero no vemos que ocurra lo mismo con la jarra. Por segunda vez, Saúl debe reconocer la victoria de la gracia, y en respuesta dice: «He pecado; vuélvete, hijo mío David, que ningún mal te haré más, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos» (1 Sam. 26:21). ¡Con qué fuerza se concedió así a David la evidencia del poder de Dios! ¡Qué autoridad adquiere entonces ese sentimiento que expresa tras su liberación definitiva!: «Envió desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas» (2 Sam. 22:17).

Pero ¡ay!, a menudo es cuando obtenemos las mayores liberaciones cuando somos menos sensibles a la gracia concedida. La propia ingratitud provoca una reacción. Nuestra naturaleza querría escapar de la restricción que conlleva la fe; desea circunstancias en las que no necesitara de la fe. Así, David, tras esa gran victoria moral sobre Saúl, se convierte en presa de sus propios sentimientos y temores (cap. 27) y dice en su corazón: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos» (v. 1). Esta idea estaba en clara contradicción con las palabras que acababa de dirigir a Saúl. ¡Cuán pronto se olvidan las convicciones de la fe cuando se escucha a la naturaleza! Había dicho: «Como tu vida ha sido estimada preciosa hoy a mis ojos, así sea mi vida a los ojos de Jehová, y me libre de toda aflicción» (1 Sam. 26:24) y ahora está tan desanimado que se exilia fuera de la herencia de Jehová. «Se levantó, pues, David, y con los seiscientos hombres que tenía consigo se pasó a Aquis hijo de Maoc, rey de Gat» (1 Sam. 27:2). Ya una vez había buscado refugio en casa de Aquis, y se había alegrado de poder retirarse de allí. ¿Por qué vuelve?

Nos ofrece un ejemplo práctico de la disciplina más necesaria a la que alguien puede verse sometido. Sea cual sea la causa primera de nuestra falta inicial, podemos estar seguros de que, aunque nos hayamos recuperado de ella, la volveremos a encontrar en nuestro camino si no hemos sido liberados de ella de manera efectiva. Esto es necesario; pues si la inclinación de mi naturaleza vuelve a desarrollarse, la disciplina divina se empleará en someterla, definitivamente; y por eso, cuando surge una nueva tentación (necesaria porque la naturaleza no ha sido mortificada por completo), se encuentra con un castigo severo. David se gana el favor de Akish y obtiene de él Siclag. Es notable ver cómo Jehová permite a sus siervos seguir sus propios designios; pero después de que han sido corregidos y han comprendido las consecuencias, los destina a servicios más grandes y elevados. Por muy grave que haya sido la falta de David en esta ocasión, creo que, sin embargo, había en él fidelidad. Nunca vemos que adorara a dioses falsos, ni que olvidara que Israel era el pueblo de Dios. Engaña a Aquis y así se degrada moralmente, pero en principio permanece fiel a Dios y, cuando su naturaleza es mortificada, es liberado de su humillante posición para entrar en un servicio abierto y activo.

Siclag es el último toque de la mano del maestro que lo preparaba para el trono, y por esta razón nos resulta especialmente interesante. Va allí en su falta de fe, permanece allí más de un año, se gana el favor de Aquis con historias falsas, e incluso intenta unirse a él en su guerra contra Israel; a juzgar por su conducta anterior, los príncipes de los filisteos sabían que David nunca habría desenvainado la espada contra su propio pueblo, sino siempre a favor de él, y Aquis se ve obligado, muy a su pesar, a rechazar sus servicios y a despedirlo. Y ahora que se ha liberado de esa posición falsa y dolorosa por la intervención indirecta de Jehová, llega la disciplina. Mientras actuaba con astucia, el juicio cae sobre Siclag, y David y sus hombres regresan para encontrarlo arrasado por el fuego, ¡y a sus mujeres, hijos e hijas llevados cautivos! Sabemos lo que David ignoraba en ese momento de angustia: que el mismo Dios que lo castigaba tan severamente le estaba preparando el reino. De hecho, en ese mismo momento, Saúl fue asesinado en el monte de Gilboa, pero David aún no estaba preparado para recibir esa gran noticia ni para subir al trono; antes tenía que ser castigado y llevado a una verdadera dependencia de Dios.

El primero y último paso hacia el trono es la dependencia, y es el único título que Dios reconoce; por lo tanto, en Siclag David se encuentra más humillado y abandonado en esta circunstancia que en cualquier otro momento de su vida; la gran pérdida que ha sufrido le causa un dolor infinito y, además, ¡los antiguos compañeros que tanto se le habían unido hablan de apedrearlo! Nunca había vivido un momento así. Los enemigos, los amalecitas, lo habían despojado y estaban fuera de su alcance. ¿Qué hay más humillante para un hombre fuerte que ser burlado sin tener la oportunidad de vengarse? Verdaderamente estaba siendo golpeado por los golpes del Todopoderoso, y tenía que sentir cuánto merecía ese castigo por haberse puesto en una posición tan falsa fuera del país, el lugar de los privilegios. No había socorro ni ayuda humana; al contrario, peligros y conspiraciones lo rodeaban; Dios lo castigaba, sus amigos estaban enfadados con él y su enemigo estaba fuera de su alcance. Pero ¿cuál es el resultado? «David se fortaleció en Jehová su Dios» (1 Sam. 30:6).

Es interesante volver de vez en cuando a los Salmos y escuchar los suspiros del corazón de David en las diversas circunstancias que nos narra la historia de su vida. Vemos que en el Salmo 56 expresó la angustia de su alma, provocada por su humillante estancia en Gat; ya sea o no en el período que estamos considerando, es la plena expresión de lo que debió atravesar. Privado de toda confianza humana, se vuelve hacia Dios, plenamente consciente de sus propias faltas. «En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Sobre mí, oh Dios, están tus votos; te tributaré alabanzas. Porque has librado mi alma de la muerte, y mis pies de caída» (Sal. 56:11-13). Es algo precioso haber recibido un conocimiento justo de Dios; si lo poseemos, es cuando nuestras faltas son más grandes cuando mejor sabremos que Dios es nuestro único recurso, aunque su disciplina sea muy amarga y estemos abandonados y sin socorro. Ahora ya no hay temores para David; está despierto y tendrá la luz (vean Efe. 5:14). «Te ruego que me acerques el efod» (1 Sal. 30:7), le dice a Abiatar, el sacerdote; pues cuando el alma vuelve al camino de la fe, es particularmente consciente de la necesidad de la aceptación; y he aquí que ha recuperado su antigua confianza, sin duda con una nueva energía. Al igual que en Kehila, consulta a Jehová: «¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar? La respuesta está llena de seguridad y aliento: «Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos». Así, en un instante, el alma sincera se reencuentra con Dios. «Partió, pues, David, él y los seiscientos hombres que con él estaban» (1 Sam. 30:9); pero 200 se detuvieron, agotados, junto al torrente de Besor. El camino de la fe siempre pone a prueba nuestra fuerza, y cada obstáculo es una ocasión para que se manifieste la gracia que nos sostiene. Esta circunstancia adversa da lugar a una «ordenanza en Israel, hasta hoy» (30:25), que caracteriza plenamente la gracia que sostenía a los perseguidores.

Un egipcio guía a David hasta el campamento enemigo, y David derrota a toda la tropa, recupera lo que se habían llevado y encuentra a sus 2 mujeres. «No les faltó cosa alguna… todo lo recuperó David» (30:19). Y entonces, volviendo al torrente de Besor, nos muestra cómo un alma, en el gozo de la gracia, feliz por sus gloriosas hazañas, puede aprender a dar testimonio de esa gracia a los demás. Domina el egoísmo de su corazón natural y proclama el principio divino: «Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje; les tocará parte igual. Desde aquel día en adelante fue esto por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy» (30:24). Esta ordenanza tiene un significado importante; encierra el principio que une moralmente a los miembros de la Iglesia, nos habla del principio según el cual cada miembro del Cuerpo depende del otro para la pérdida o la ganancia. Es algo nuevo y maravilloso, pero digno del momento en que fue promulgado. Es el Espíritu Santo, y no solo la vida, el que une en un solo Cuerpo a los miembros del Señor ausente, y los hace dependientes e inseparablemente unidos unos a otros. Que apliquemos nuestros corazones a la sabiduría, para comprender las cosas profundas de Dios.

Hemos llegado al final de la tercera etapa de la vida de David, tan llena de acontecimientos; al final de la preparación moral necesaria para capacitarlo para el cargo elevado y glorioso al que había sido destinado desde tan temprano, y para el que había sido ungido. Más adelante veremos su acceso a ese cargo.

Aquí comienza un nuevo capítulo de la historia de David. El tiempo de su rechazo ha pasado, y va a ocupar la nueva posición que se le ha preparado. El período durante el cual tuvo que, a pesar de ser el legítimo heredero del trono, vivir la experiencia de un fugitivo y un perseguido, llega a su fin en Siclag; y es allí, tras regresar de la derrota de los amalecitas y después de haber enviado parte del botín de los «enemigos de Jehová» (30:26) como regalo a sus amigos en todos los lugares a los que él y sus hombres solían ir, donde recibe la noticia tan importante de la muerte de aquel cuyo trono iba a ocupar. ¡Qué coincidencia tan notable! Las ruinas humeantes de Siclag daban testimonio del castigo que había sentido tan profundamente y que le había sido necesario, mientras que los regalos que enviaba por todas partes proclamaban la victoria que se le había concedido. El contraste entre ambos testimonios es sorprendente: el primero hablaba de su culpa, el segundo, de manera más general y positiva, de la bondad y el favor de Jehová.

Actuaba como rey antes de saber que lo era de hecho y que aquel que le cerraba el camino al trono había caído en el monte de Gilboa.

David permaneció 2 días en Siclag tras su regreso, antes de enterarse de la muerte de Saúl, pues fue al tercer día cuando un amalecita le comunicó la noticia con todos sus detalles, diciéndole: «Me puse sobre él y le maté, porque sabía que no podía vivir después de su caída; y tomé la corona que tenía en su cabeza, y la argolla que traía en su brazo, y las he traído acá a mi señor» (2 Sam. 1:10). ¿Cómo recibe David la noticia y el trofeo? «David, asiendo de sus vestidos, los rasgó… Lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche» (2 Sam. 1:11); luego ordenó la ejecución inmediata del mensajero. Cuando el juicio de Dios cae sobre su pueblo, siempre es solemne y preocupante para los hombres piadosos. Un verdadero David no pudo pensar en la ventaja que ello le reportaba; más bien, su alma penetró en la causa de la intervención divina, y la conciencia de que Dios actúa, acalló todo sentimiento personal. ¡Por qué profundos ejercicios debió pasar David durante esos 3 días! No solo había experimentado la gracia especial de Jehová hacia él, sino que ahora conoce ese juicio que para él tiene tal importancia en relación con Israel, que en ese momento olvida las ventajas para sí mismo. Además, no puede soportar que el amalecita viva; pues su lucha sin tregua contra Amalec contrastaba con la conducta de Saúl, quien había perdido moralmente el reino al perdonar a Amalec (1 Sam. 15).

Cada vez que se supera una dificultad o desaparece la oposición, el alma piadosa siente la necesidad de indagar cuál es la voluntad de Dios, porque necesita saber cómo utilizar la ventaja obtenida, y muy a menudo pierde mucho por falta de discernimiento. Por eso David consulta a Jehová: «¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le respondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le dijo: A Hebrón» (2 Sam. 2:1).

¡Qué dependencia tan feliz y sencilla! Sale de Siclag con un estado de ánimo muy diferente al que tenía al llegar allí. Aquí vemos el fruto bendito de la disciplina de Dios de la que disfruta al subir a Hebrón, guiado y sostenido por la simple Palabra de Dios. El poder y la sencillez caracterizan al hombre que le obedece. David se dirige a Hebrón, junto con sus hombres, cada uno con su familia. Cuando la fe no se distrae con lo natural, abarca todo lo que nos concierne. Aprendemos que el interés que Dios tiene por nosotros abarca también nuestros intereses. Ni un solo cabello de nuestra cabeza puede caer sin que él lo permita, y la fe simplemente capta que todo lo que nos concierne está en su mano. Por eso David, actuando con este espíritu, hace subir consigo a todos sus hombres, con sus familias. Cuando comenzamos con fe y dependencia, cada circunstancia fortalece esa fe y nos da sabiduría en nuestro camino. «Y vinieron los varones de Judá y ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá» (2 Sam. 2:4). Pero, aunque ahora revestido de la dignidad real, su posición era aún muy inferior a aquella a la que estaba destinado y para la cual Samuel lo había ungido. Aún debían transcurrir 7 años y 6 meses antes de que toda la nación lo reconociera como rey (v. 11).

Aún había «guerra entre la casa de Saúl y la de David» (3:6), aunque esta última se hiciera cada vez más fuerte. Jehová conduce a sus siervos al lugar que les asigna, lentamente y con pasos mesurados que el mundo no conoce. Aunque un Pablo pueda decir: «Una sola cosa hago» (Fil. 3:13), debe reconocer que no ha alcanzado el lugar elevado que ocupará en la gloria; cuanto más se acerca a él, más activo es en su servicio. Cuántas veces el siervo de Dios, como David, es enviado a Hebrón por un tiempo, es decir, en posesión parcial del servicio que se le ha asignado; y cuánto es necesario esto para desarrollar en él las cualidades adecuadas. Si no encontráramos ninguna hostilidad en nuestro camino, nunca sentiríamos los efectos de la gracia que el Espíritu Santo produce en nosotros para enfrentarnos a ella. A partir de ahora se le ofrecen a David muchas ocasiones para demostrar que está cualificado para el puesto que ha deseado, y que nunca habría tenido o del que probablemente nunca se habría servido, si hubiera sido coronado inmediatamente rey de todo Israel.

Su primer acto es enviar un mensaje de aprobación y aliento a los hombres de Jabes de Galaad que habían enterrado a Saúl. Fue actuar con gracia y con la verdadera dignidad de un hombre poderoso, capaz de dirigir y mandar. El trono se establece por la justicia, y quien no sabe impartir justicia imparcial no es un soberano por voluntad de Dios. Un cristiano camina en la justicia y en el amor, devolviendo plenamente a cada uno lo que le corresponde, proporcionando a los débiles y a los que sufren lo que su condición exige. David supo rendir el elogio que merecía, incluso a un enemigo, y eso establece su valor moral; aunque también tiene sus decepciones y sus faltas, se vuelve cada vez más fuerte, y en todo momento aprende cuál es su verdadero camino ante Dios.

Abner, irritado, abandona la causa de la casa de Saúl (2 Sam. 3:9 y sig.), y se une a David, quien accede a hacer alianza con él a condición de que le devuelva a su mujer, Mical, hija de Saúl. Es difícil comprender el motivo que llevó a David a hacer esta petición.

Quizá fuera por respeto hacia ella, ya que le debía la vida; sea como fuere, ello no honra ni a David ni a Abner. Si el regreso de Mical supuso una satisfacción para David, el vergonzoso asesinato de Abner a manos de Joab debió de ser un golpe muy doloroso para él, justo cuando creía poder contar con aquel valiente hombre. Hay en este triste acontecimiento una profunda lección. No es de extrañar que lleve el luto de Abner. Debió darse cuenta del terrible golpe que le había asestado la espada de su propio capitán al frustrar sus esperanzas y ponerse en contradicción con su justo gobierno. Pero debe aprender a no depositar su confianza en nadie; y, sin embargo, Jehová hace que este acto le resulte beneficioso, pues el pueblo se da cuenta de su gran dolor, y «Todo el pueblo supo esto, y le agradó» (2 Sam. 3:36). Lo que el hombre llamaría una gran desgracia, Dios lo convierte en algo a su favor. David podía decir con razón: «Hoy soy débil hoy, aunque ungido rey» (3:39). Pero esta humillación no hace más que preparar su elevación.

Debemos sentir y saber que necesitamos a Dios, antes de que él pueda ayudarnos abiertamente. Este acontecimiento que, a ojos humanos, era una desgracia tan grande, se convierte en la causa del debilitamiento del hijo de Saúl, de una manera notable; en efecto (cap. 4) Is-boset fue asesinado por 2 de sus jefes de tropa, y el rival de David es eliminado sin que ello pueda imputarse a David, lo cual no habría podido suceder si la espada de Abner hubiera provocado ese resultado. Si confiamos en el Señor, experimentaremos que lo que consideramos, en nuestro débil juicio, como adverso, Dios lo ha ordenado para nosotros. David, humillado ante Dios y esperando en él, trata esta traición como corresponde; manda dar muerte a los asesinos y acepta el resultado de su acto como proveniente de Jehová, pues el último obstáculo para su reconocimiento como rey de Israel ha sido ya eliminado; leemos (5:1, 3): «Vinieron todas las tribus de Israel a David en Hebrón… y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel». 1 Crónicas 12:38 nos da detalles sobre el carácter de la multitud de Israel que se reunió en Hebrón para reconocerlo como rey: «Todos estos hombres de guerra, dispuestos para guerrear, vinieron con corazón perfecto a Hebrón, para poner a David por rey sobre todo Israel; asimismo todos los demás de Israel estaban de un mismo ánimo para poner a David por rey».

Así, tras haber estado sometido a la disciplina durante unos 21 años, este siervo alcanza el lugar que le había sido asignado. El camino ha sido largo, la formación que lo ha preparado para este cargo variada y profunda. Ahora que lo ocupa, debemos mostrar cómo lo ha desempeñado, recordando que su formación va a continuar, aunque de manera diferente.

El primer acto de David del que se nos hace mención tras su ascensión al trono es su intento de traer de vuelta el arca de Dios; deseo piadoso, pues el alma que es consciente de que todo lo recibe de Él, busca naturalmente devolver a Jehová los primeros frutos de su prosperidad; pero cuántas veces echamos a perder nuestras mejores intenciones al llevarlas a cabo, debido a la influencia de nuestras relaciones, pues estas siempre están relacionadas con nuestra situación práctica. David, en su espíritu, desea ver traído de vuelta el arca de Dios, pues, dice: «Porque desde el tiempo de Saúl no hemos hecho caso de ella» (1 Crón. 13:3). Pero comprometido con los jefes de su ejército, por medio de los cuales había alcanzado el trono, se reunió con ellos para deliberar, en lugar de consultar a Jehová. El resultado es que traza un plan humano; prepara un carro tirado por bueyes, en lugar de emplear a los levitas, lo cual habría sido conforme a Dios. ¿Qué podía resultar de ello, sino un castigo que manifestara la santidad de Dios? Uza muere y esto supone para David un golpe que debía recordarle que, si quería hacer las obras de Dios, debía hacerlas conforme a Su pensamiento. No parece que se diera cuenta de ello de inmediato. De hecho, leemos que «temió a Dios aquel día»; y dijo: «¿Cómo he de traer a mi casa el arca de Dios?» (1 Crón. 13:12). Es más, la dejó en la casa de Obed-edom geteo, durante 3 meses.

1 Crónicas 13 al 16 menciona 2 conflictos con los filisteos, entre el primer intento de David de traer el arca y el feliz cumplimiento del segundo. ¿Tuvieron lugar estas batallas en ese momento, o bien, como se relata en Samuel? Cabe preguntárselo; pero el Espíritu de Dios siempre da en las Crónicas el orden moral de los acontecimientos, y estoy convencido de que esta circunstancia se nos cuenta en este libro de esta manera, con el fin de mostrarnos la lección que David necesitaba aprender. Si hubiera comprendido verdadera y profundamente la naturaleza y la grandeza del poder de Dios como en Baal-perazim (el Baal de las Brechas), donde Dios abrió una brecha en medio de sus enemigos, «como corriente impetuosa» (2 Sam. 5:20), en respuesta a la simple dependencia con la que había consultado a Dios y se había confiado en él paso a paso, habría evitado el duelo y la humillación de Perets-uza. Obtenemos victorias notables sobre el mundo, luchando contra él, pero ¡ay!, ¿cuántas veces, al introducir algún elemento mundano en nuestro culto, neutralizamos la mejor de las intenciones? En la primera de estas batallas, David aprende qué victoria personal concede Jehová a su siervo cuando este se confía en Él; había consultado a Jehová con una dependencia tan completa como cuando era un fugitivo en el desierto de Maón. Dios había prometido que entregaría a los filisteos en sus manos; y tan grande es la derrota, que puede exclamar: «Dios rompió mis enemigos por mi mano, como se rompen las aguas. Por esto llamaron el nombre de aquel lugar Baal-perazim» (1 Crón. 14:11).

Una cosa es sentir y saber que soy victorioso sobre el mundo (y no puedo tener descanso alguno mientras no lo comprenda), y otra muy distinta es saber que es Dios quien me coloca «sobre mis alturas» (2 Sam. 22:34), es decir, que es él quien somete a mis enemigos por mí; y más aún que es cuando se oye el estruendo de Dios cuando puedo salir a la batalla, pues entonces sé que «él saldrá delante de ti y herirá el ejército de los filisteos» (1 Crón. 14:15).

Tras 3 meses, David –advertido, castigado e instruido con misericordia– se entera de la bendición concedida a la casa de Obed-edom por la presencia de Aquel cuya santidad se había manifestado de ese modo; entonces se dispone a llevar el arca de Dios a la ciudad de David con gozo, y hace una declaración que, en el fondo, es una confesión de su propia culpa, al decir: «El arca de Dios no debe ser llevada sino por los levitas; porque a ellos ha elegido Jehová para que lleven el arca de Jehová, y le sirvan perpetuamente» (1 Crón. 15:2). Los detalles interesantes de este acontecimiento nos son dados en 1 Crónicas 15 y 16, y conviene señalar los pensamientos de David en esta ocasión. Él ordena y regula cada detalle, revestido él mismo de un efod y de una túnica de lino fino, y danza ante Jehová con todas sus fuerzas. En el Salmo 132 encontramos la expresión de su corazón en ese momento.

¡Cuán diferente fue esto de su primer intento, en poder, en testimonio y en gozo de su corazón! ¡Cuán diferente es el gozo de un corazón comprometido con el Señor, de aquel de la carne! ¡Qué momento tan feliz, tras todas sus penas, en la vida de David, cuando dice: «Levántate, oh Jehová, al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu poder» (Sal. 132:8). Fue entonces cuando entregó a Asaf un Salmo, el primero, para alabar a Jehová. ¡Qué plenitud de gozo es estar comprometido con Jehová, y con qué habilidad divina dirige todos los detalles del servicio de los levitas! No hay ninguna sombra en el cuadro, salvo que la hija de Saúl, cuyo espíritu se opone a toda esta escena, no puede simpatizar con él, ni comprenderlo, y desprecia a David en su corazón. Así, en este momento luminoso, sufre por una compañía que no le conviene. Esto suele ocurrir a menudo. Muchos de los que solo tienen la profesión cristiana se traicionan a sí mismos tan pronto como se ven situados en la brillante claridad de la cercanía de Dios. Pero si este incidente fue una nube en el cielo puro de David, también le trajo una bendición y una liberación; esa compañía incompatible ya no debía mantenerlo encadenado. La línea de separación está ahora trazada entre ellos y para siempre.

Parece probable que fue cuando David regresó para bendecir su casa (1 Crón. 16:43) cuando compuso el Salmo 30. Entonces pudo decir: «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría» (v. 11). Había llegado a la cima de la prosperidad: «No seré jamás sacudido» (v. 7). Su alma simplemente disfrutaba de todas las cosas como dadas por Jehová, y exclama: «Te glorificaré, oh Jehová, porque me has exaltado, y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí» (v. 2).

Con estos sentimientos habitaba David en su casa (1 Crón. 17) y le dijo al profeta Natán: «He aquí yo habito en casa de cedro, y el arca del pacto de Jehová debajo de cortinas» (v. 1). Era un sentimiento muy natural y piadoso, pues disfrutaba profundamente de la bondad de Jehová, y por eso Natán le animó. Sin embargo, no era el pensamiento de Jehová, y esto nos enseña que los deseos y las intenciones aparentemente mejores y más espirituales no deben llevarse a cabo sin el consejo del Señor.

«En aquella misma noche vino palabra de Dios a Natán, diciendo: Ve y di a David mi siervo: Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás casa en que habite» (1 Crón. 17:3-4), ¡y continúa anunciándole cómo es Jehová mismo quien le edificará una casa a él, a David! Cuando nuestra copa está llena, nos sentimos tentados, en el éxtasis que nos ha procurado el sentir el favor de Dios, a ofrecer nuestros servicios y a asumir con toda sinceridad un lugar y un poder de dedicación para los que quizá no estemos cualificados. La Palabra de Dios siempre nos mostrará nuestro propio lugar, como lo hace aquí para David de una manera tan preciosa con la maravillosa revelación del interés que Jehová tenía en él personalmente. David lo aprende aquí, y entonces puede entrar y sentarse ante Jehová en plena comunión con Su pensamiento, en esa humillación de sí mismo que solo Su presencia produce siempre. Podemos alabarlo por sus dones y recibirlos de él, y habitar en la «casa de cedro». Podemos equivocarnos en cuanto a nuestra verdadera vocación y nuestra posición; pero cuando estamos sentados «ante el Señor», escuchando la revelación de Su pensamiento y del interés que él tiene por nosotros, exclamamos: «¿Quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam. 7:18)

Después de eso (1 Crón. 18), David somete a los filisteos, derrota a los moabitas y al rey de Zoba, mientras se disponía a restablecer su poder sobre el río Éufrates. El Señor lo salva dondequiera que vaya: establece guarniciones en Edom, y los edomitas se convierten en sus siervos; los sirios huyen ante Israel, y ya no quieren ayudar a los hijos de Amón. Jehová, en una palabra, concede a David una prosperidad sin precedentes. ¿Cómo la recibe él? Era una doble prosperidad, espiritual y temporal; espiritual, en cuanto que se le introdujo en la comunión de los pensamientos y designios de Dios, quien se interesaba infinitamente por él; temporal, en la grandeza de los dones de Dios. ¿Es capaz de hacer frente a todo esto? La adversidad pone a prueba el carácter, al obligarnos a recurrir a nuestros propios recursos; la prosperidad pone a prueba la naturaleza y nuestra capacidad de autocontrol.

Dios, habiendo mostrado a David, de manera notable, que podía derramar sobre él una mano llena de bendiciones, su prosperidad no tiene límites; pero es una ocasión ofrecida a su naturaleza para manifestarse, ¡cae! (2 Sam. 11).

¡Con qué ardor persiguen nuestros pobres corazones la prosperidad y las bendiciones, olvidando siempre que, tal como somos, no hay nueva gracia sin nueva prueba para la carne! Cuanto más a gusto estamos en las cosas de la naturaleza, más oportunidades tiene nuestra naturaleza de mostrarse al descubierto. El Señor sabe que la fuente del mal está ahí; y aunque nos sintamos humillados cuando el mal se manifiesta, esta manifestación es necesaria para que podamos comprobar su origen en nosotros mismos.

David, convencido de su pecado, tiene ahora, como vemos en el Salmo 51, un «corazón contrito y humillado» (v. 17). Anteriormente había mostrado un espíritu humillado y contrito, fruto de la manifestación de la debilidad de su naturaleza; ahora lo siente en lo más profundo de su degradación, por la maldad de su naturaleza; y en este Salmo expresa los sentimientos del corazón de Israel en los últimos días, cuando mirarán a aquel a quien traspasaron, y se humillarán ante él, conscientes de los «homicidios». Por muy doloroso que pueda ser este momento para David y para Israel, es, sin embargo, aquel en el que la salvación de Dios se les revela plenamente a ambos. Porque cuanto más caemos, más podemos apreciar lo que es la liberación.

Por la maravillosa gracia de Dios, David penetra más profundamente en el conocimiento de la salvación. Aprende lo que Dios es para el pecador, pero también que el pecado contra nuestro prójimo debe recibir un juicio temporal. Dios es justo en su gobierno de los hombres; y el hombre que peca contra los demás debe ser juzgado públicamente. Muchos pecan solo contra Dios, y entonces su carne es juzgada, por así decirlo, entre ellos y Dios. Pero cuando el pecado afecta a otros hombres, el juicio debe ser público.

David pierde a su hijo (2 Sam. 12:18). Pero pronto reaparecen en su alma los frutos benditos de la disciplina; y vuelve a ser dependiente y sumiso. Mientras el niño está vivo, suplica a Jehová por él; y lejos de menospreciar el castigo, es evidente que lo sentía intensamente; pero cuando el niño muere, acepta la voluntad de Dios con perfecta sumisión. «David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió» (v. 20). Aquello había sido para él un momento de profunda oscuridad, pues no había habido ninguna comunicación por parte de Jehová para aliviar la angustia de su corazón. Cuando sufrimos judicialmente, es necesario que sintamos el justo gobierno de Dios. Mientras lo soportamos, no tenemos conciencia ni de luz ni de comunión; sin embargo, podemos salir de ello y recuperar una fuerza y un poder renovados, como fue el caso de David. De hecho, poco después lo encontramos haciendo la guerra a Rabá (v. 29) victoriosamente. Ha retomado el buen camino, y se le conceden de nuevo el honor y la bendición. Dios le muestra que, por inflexible que sea en su justicia, su amor y el interés que le profesa siguen siendo los mismos.

Pero la palabra de Jehová por medio de Natán (12:10-11): «No se apartará jamás de tu casa la espada», sigue vigente. Y aunque el alma de David, tras haber sido castigada, ha sido restaurada, aún debe sufrir y someterse al justo gobierno de Dios, que lo humillará ante los hombres.

Esto nos lleva a ese período de su historia en el que se ve afligido y humillado por el pecado de sus propios hijos. Como rey, David debía ser un ejemplo de justicia, pues el trono debía haberse establecido sobre la justicia; si la cabeza se desvía, la levadura se extiende y prolifera por todo el cuerpo. Los defectos en la conducta del padre se exagerarán en los hijos.

Según la Ley, Amnón debería haber sido condenado a muerte por su pecado (13:4). David, en esta ocasión, no es justo y no reina en el temor de Dios. El juicio alcanza a Amnón por mano de su hermano Absalón, quien, culpable de asesinato, huye del reino. David, cediendo a la astucia de Joab, es lo suficientemente débil no solo para permitirle regresar, sino para restablecerlo en su favor (cap. 14). Esta debilidad e injusticia pronto dan frutos amargos; pues, cuando perdonamos injustamente a alguien dejando que hablen nuestros propios sentimientos, siempre nos exponemos al mal de nuestra naturaleza, que deberíamos haber controlado y condenado. El versículo que sigue inmediatamente al que nos cuenta la recepción de Absalón por parte de su padre, nos anuncia su rebelión contra él (15).

David debe, pues, huir. Es triste y humillante verlo, tras haber alcanzado la cima de los honores, bajar del trono y abandonar Jerusalén ante la ola de disturbios y rebelión provocada y fomentada por su propio hijo. Ya había atravesado una prueba similar, la de Siclag, también como castigo, pero más bien por parte del hombre. Aquí se trata de la pérdida de Jerusalén, la montaña de Sion que él amaba, de su posición y de todo, causada no por la mano del amalecita, sino por la de su propio hijo.

Lo abandona todo y pone su esperanza en Jehová: «Si yo hallare gracia ante los ojos de Jehová, él hará que vuelva, y me dejará verla y a su tabernáculo» (2 Sam. 15:25). «Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos» (v. 30). ¡Cuánto había influido en su alma la disciplina de aquel momento! El Salmo 3 dice: «Muchos son los que dicen de mí: No hay para él salvación en Dios» (v. 2). Pero entonces: «Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo» (v. 4). El dolor y la prueba tienen el efecto de situar al alma en una relación sencilla y sentida de confianza en Dios.

David tuvo que pasar por otras tristezas aún; su historia nos muestra en particular cómo su alma tuvo que mantenerse continuamente en ejercicio. Apenas liberado de Seba (cap. 20), el país sufrió una hambruna de 3 años (cap. 21); esto le lleva de nuevo a consultar a Jehová y se entera de que la causa es Saúl y su casa de sangre, y entrega a 7 de sus descendientes a los gabaonitas. Después de eso (v. 15), David tiene otra guerra con los filisteos. Al comienzo de su carrera, se encontró con un gigante al que venció. Pero al final, surgen otros gigantes que ponen a prueba nuestra fe, y debemos comprender que lo que fue fácil para la fe se vuelve crítico para quien camina sin ejercerla y que, si nuestra dependencia de Dios es menor, nuestra capacidad también disminuye, por muy amplia que sea nuestra experiencia y por muy grande que sea la meta alcanzada. Aquí David «se cansó», y cuando el gigante «trató de matar a David», Abisai acudió en su ayuda y mató al filisteo. «Entonces los hombres de David le juraron, diciendo: Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel» (2 Sam. 21:17).

Pero aún es necesaria otra disciplina para este siervo, ya tantas veces probado, al final de su vida. Había deseado edificar una Casa para Jehová, un deseo bueno en sí mismo, pero para el que no estaba preparado para llevarlo a buen término; por eso Jehová, aunque lo bendijo abundantemente en su alma al revelarle el interés personal que tenía en él, se niega a autorizar su ejecución. No es hasta el final de su vida cuando se le muestra cuán mal preparado estaba para esta obra, pues ni siquiera sabía dónde debía construirse esa Casa. Debe aprenderlo por su propia culpa, como resultado de la disciplina de Dios. Se le revela la ubicación del templo y sus últimas horas pueden emplearse en preparar su construcción.

Cuando tiene descanso de todos sus enemigos y se da cuenta de su elevada posición, Satanás se aprovecha de ello y le incita a hacer un censo del pueblo para que se enorgullezca de la importancia de sus recursos (cap. 24). Era Dios quien lo había elevado a esa posición, pero el corazón del hombre hace cuenta de los dones de Dios para independizarse del donante. Todo lo que poseía se lo debía a Dios, quien se lo había dado de una manera tan especial y maravillosa, y manifestaba abiertamente la inclinación de la naturaleza al mostrar públicamente, al final de su carrera, su deseo de ser grande por el número de sus súbditos más que por la ayuda de Dios, quien tanto le había socorrido. Es por lo que Jehová lo visita, permitiéndole elegir entre 3 castigos. Cuando nos descarriamos, se necesita disciplina para corregir la carne; si nuestro error es de naturaleza personal, el castigo también lo es; pero si es público, el castigo también debe serlo, pues Dios manifiesta su justicia ante todas sus criaturas. David es restaurado en su alma, pues elige la aflicción que viene directamente de la mano de Dios, mostrando así que vuelve al camino de la dependencia.

Y entonces se abre ante él un nuevo y magnífico campo de bendiciones, la prueba más conmovedora de cómo la gracia de Dios brota de Su amor. Una vez consumada la restauración, es siempre con una revelación más completa que somos perfecta y felizmente aceptados por él. Cuando la espada de Jehová se extiende sobre Jerusalén, y David se presenta ante Dios con el verdadero sentimiento de su pecado, entonces Dios manifiesta su gracia; y el profeta Gad está enviado para decirle a David que suba y erija un altar en la era de Arauna el jebuseo. Allí Jehová responde a David y la plaga cesa. Pero aún más, cuando temía ir al altar que estaba en el lugar alto de Gabaón, y que pertenecía al primer tabernáculo bajo la Ley, aprende por primera vez cuál deberá ser la ubicación del templo.

Solo nos queda ver el final de la vida de David. Parece que, tras la experiencia en el monte Moria, se dedicó con ahínco a preparar los materiales para el templo (1 Crón. 22). Además (cap. 23), tras haber hecho rey de Israel a su hijo Salomón, reunió a todos los príncipes de Israel, junto con los sacerdotes y los levitas, y los distribuyó en clases (23-28). ¡Qué hermosa conclusión de esta vida notable, que su discurso a los jefes del pueblo termine tan bien en cuanto al testimonio! Ahí termina su carrera pública; pero ¿cuáles eran sus meditaciones íntimas? Sus «palabras postreras» (2 Sam. 23) las expresan. En ellas vemos sus sentimientos y su juicio sobre todas las cosas: la gracia de Dios para con él; su propia condición de imperfección; la esperanza de su alma y el objeto en el que se apoyaba; por fin, su valoración del mundo, llamado aquí «hijos de Belial» (v. 6).

Al guardar en nuestras almas el recuerdo de estas «palabras postreras», tan profundamente interesantes y llenas de experiencia, y el recuerdo de los hombres fieles y valientes que le habían acompañado (v. 8 y sig.), podemos cerrar la historia del hombre según el corazón de Dios, repitiendo: «Maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Sal. 139:14).


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