3 - Jacob
La disciplina
La historia de Jacob nos resulta particularmente interesante porque en ella vemos cómo la voluntad natural desarrolla su actividad, para obtener por sí misma lo que Dios había decidido de antemano.
Cuanto más inteligente es el espíritu del hombre y más impregnado, por así decirlo, de los designios de Dios, más necesita someterse a Él, para no intentar cumplir por sus propios medios lo que debe dejarse en manos de Dios. Todos los esfuerzos que hace no producen más que agitación.
Aquel cuyo espíritu está dominado por esta actividad propia tiene gran necesidad de juzgarse a sí mismo; no es que se niegue a reconocer la voluntad de Dios, o que no la comprenda, sino que busca cumplirla por sus propios esfuerzos. Cuando esto ocurre, el Señor permite que su siervo coseche, a través de penosas experiencias, los frutos de esa actividad. «El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia» (Prov. 9:10). Si yo no tengo a Dios ante mí, nunca podré, con mi mente natural, andar con sabiduría en un mundo malvado; pues Dios es la fuente de la sabiduría. Por eso el conocimiento en sí mismo no es nada, nunca lleva al hombre a caminar con Dios.
La fe viene antes que el conocimiento: no se puede adquirir este último si no se empieza por la fe. Si dependo de Dios, todo verdadero conocimiento aumentará aún más esa dependencia. Si amo a Dios, lo conozco, y mi amor alimenta mi conocimiento; de lo contrario, «el conocimiento enorgullece» (1 Cor. 8:1).
Jacob es el ejemplo notable de un hombre que, aunque apreciaba la bendición, se oponía continuamente a los caminos de Dios y trataba de adelantarse a ellos. Su corazón era recto, pensamos, pero su mente no estaba sometida, y la mente natural solo puede actuar según su propia maldad.
En el primer acto de su vida que se nos relata, tiene en mente la bendición y la posición que confería el derecho de primogenitura; y emplea medios que podían asegurárselas. Se aprovecha del cansancio de su hermano para hacerse con el premio, el premio inestimable, que Esaú nunca debería haber abandonado. Sin embargo, la posesión del derecho de primogenitura no le dio a Jacob la seguridad de la bendición que se le atribuía; si la hubiera tenido, no habría aceptado tan de buen grado el indigno expediente que su madre había ideado para asegurársela. Había obtenido la gracia deseada de manera natural; por eso no obtuvo ninguna de las satisfacciones que habría experimentado con gozo si hubiera esperado recibirla de la mano de Dios; un camino divino siempre pone al alma en relación con el Señor. Una gracia que no está en relación con él a menudo puede hacerme más miserable; pero si lo está, si sé que emana de Su amor, mi corazón la recibe en paz y tranquilidad; pues sé que, si bien a veces puedo perder de vista la prueba de su amor, no puedo perder el amor mismo, y el amor no puede existir sin manifestarse.
Moisés se desanimó rápidamente en sus esfuerzos por liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Apreciaba la misión que Dios le había encomendado, pero, al no relacionarla con Él, perdió pronto la confianza en su éxito. El Señor, en su gracia, quiere llevarnos tarde o temprano a relacionar con él mismo todos nuestros favores o todos nuestros servicios; él sabe que, sin eso, no podemos contar con su fuerza para ayudarnos. Moisés permanece 40 años en la tierra de Madián, donde fue preparado para recibir el mensaje de la zarza ardiente. Pablo, en prisión en Roma, se ve confirmado en la realidad de las verdades que le habían sido comunicadas mucho tiempo antes. Y Jacob, cuando luchó y obtuvo por gracia el nombre de Israel, se vio confirmado en la certeza de las bendiciones a las que tenía derecho desde hacía muchos años. La posesión del derecho de primogenitura, la bendición de su padre, la visión en Betel, el sueño de Padan-aram, todas estas cosas no dieron al alma de Jacob la certeza de la parte que Dios le había asegurado. Solo a través de la lucha de Mahanaim fue llevado a la cercanía personal con Dios y a la sumisión a él, y fue establecido en esa certeza.
El sueño de Betel fue la comunicación divina de la bendición; pero solo después de haber probado los frutos amargos de su propia voluntad, durante una estancia de 20 años en Padan-aram, Jacob es llevado a esa intimidad con Jehová que, aunque feliz, culmina en su humillación.
¡Cuánta disciplina se necesita para someter un alma llena de voluntad propia! Jacob es bendecido en todo lo que desea, aunque a menudo se vea contrariado, y esto en las cosas a las que más valor concede. Su hermano mayor le cede el derecho de primogenitura; su padre le bendice con la más excelente de las bendiciones; Jehová le revela el designio de su amor hacia él, cuando no es más que un viajero que huye de la casa paterna; en Padan-aram todo le sale bien, pero a través de un duro trabajo y una serie de contratiempos, y, cuando regresa para disfrutar en la tierra prometida de las bendiciones acumuladas, se encuentra en la misma frontera con su hermano Esaú, y entonces se pregunta si, después de todo, está realmente en posesión de la bendición. ¡Qué momento de angustia e incertidumbre para ese espíritu obstinado! Aún incapaz de confiar en Dios, teme que la copa que Dios mismo ha llenado le sea quitada de los labios y que todas las bendiciones prometidas se vean aniquiladas. Toda su educación había estado orientada hacia ese momento. Era el hombre bendecido, pero ¿había renunciado lo suficiente a sí mismo como para poder entrar en plena posesión de la bendición? ¿Había acabado tan completamente consigo mismo como para encomendarse a Dios y solo a Dios, y tener plena seguridad respecto a esas bendiciones?
Esto es lo que decide la lucha de Génesis 32:24-32. De ella sale como un Israel (vencedor de Dios), pero con el profundo sentimiento de su propia debilidad, cuya marca lleva en sí mismo. Se le dislocó la articulación de la cadera. Lo que pierde en su persona, lo gana en su posición o, mejor dicho: sufre una pérdida en el camino natural, pero una ganancia en el camino divino. Había intentado apropiarse de las bendiciones de la tierra por la fuerza y los recursos de la naturaleza, pero, tras 20 años de disciplina, en el momento en que va a entrar en el país, se ve llevado a tal extremo y a tal ejercicio, que Dios es su único recurso. Se ve empujado hacia él, y no puede continuar su camino hasta que Dios no solo lo haya bendecido, sino también sometido. Una vez alcanzado este resultado, Jacob entra en el país, por la fe, como Israel, bendecido, humillado y llevando la marca de su debilidad personal.
Es en este carácter de Israel, aunque sea cojo, donde puede encontrarse con un Esaú, o con cualquiera que quiera disputarle ese título de Israel. Todo su esfuerzo y todos los éxitos de 20 años se pierden; pues es la bendición de Dios, y no la prueba de esa bendición, lo que realmente establece su alma y lo proclama poseedor indiscutible del país, ¡él, el Israel humillado! Toda esta historia es la nuestra. Buscamos la bendición, pero no tenemos suficiente fe para esperarla del Señor; tememos perderla y descubrimos nuestra propia impotencia cuando se nos escapa. Pero el Dios de Jacob es nuestro Dios, y él quiere bendecirnos al disciplinarnos.
Aquí termina, propiamente hablando, la primera etapa de la vida de Jacob. Ahora emprende el camino de la fe, el único que conduce a la bendición, y se convierte para nosotros en el modelo de aquel que es honrado porque ha renunciado a su propia voluntad. Encontramos, pues, que, si bien la voluntad en sí misma carece de valor, Dios estima en alto al hombre cuya voluntad está quebrantada, concediéndole incluso el poder de prevalecer sobre Él [1] y sobre el hombre.
[1] NdT. Vean el pasaje en el que se explica en qué consistió la lucha de Jacob frente à Jehová: «Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó…» (vean Oseas 12:5).
Ahora debemos considerar a Jacob en el país. Aunque la voluntad debe ser quebrantada para que podamos entrar en el terreno de la bendición, es raro que permanezcamos en ese terreno sin que esa misma voluntad propia se manifieste de nuevo, ella que retrasó y dificultó nuestra entrada. Es necesario que a lo largo de todo el camino la naturaleza que hay en nosotros sea mortificada; solo así podremos permanecer en el terreno de la bendición y disfrutarla. Si no es así, sufriremos y tendremos que aprender, mediante la disciplina de Dios, a no relajarnos en nada en esa sumisión que me ha hecho capaz de entrar y estar en posesión del país.
¡Cuántas veces, ay!, después de haber desplegado una seria vigilancia, después de haber caminado con cuidado y haber entrado en el goce del país con toda humildad, lo hemos olvidado todo cuando se ha alcanzado la meta, de modo que se necesita una nueva disciplina. Israel luchó y sufrió para obtener las bendiciones del país; pero, una vez en posesión y disfrute de esas bendiciones, se engordó, se rebeló y olvidó al Dios que lo había levantado.
Jacob disfruta tranquilamente de todas las bendiciones que Dios le ha concedido; se encuentra en el país en el que cada una de esas bendiciones está relacionada, pero debería haber regresado a Betel, de acuerdo con el voto que había hecho. En lugar de eso, se ocupa de sus necesidades inmediatas y se construyó una casa en Sucot. Quizá la necesitaba, pero con ello abandonaba el principio de la fe por el que había entrado en posesión del país. Así se detenía en su camino de peregrino, cuando debería haberlo proseguido sin desviarse hasta llegar a Betel. Luego, como un incumplimiento lleva a otro, compra un campo a los hijos de Hamor. Adquiere una garantía de posesión, por así decirlo, como si la voluntad y el brazo del Todopoderoso no bastaran. Es una nueva manifestación de esa voluntad propia que lo caracterizaba; siempre busca asegurarse por sus propios medios las bendiciones que le venían de Dios, lo cual, sin embargo, reconocía, de ello no dudamos. Es una tendencia común, mucho más difícil de corregir que aquella que busca únicamente lo que es del mundo. Dios mismo no es el primer objeto del alma. Los dones de Dios, ¡ay!, nos ocultan con demasiada frecuencia a Dios mismo; y cuando no le damos el primer lugar, la voluntad está en acción, y en realidad no disfrutamos de los dones con el Dador.
Así ocurre con Jacob en Siquem. Tras haber cedido a su naturaleza y haber abandonado voluntariamente el camino de la simple dependencia de Dios erige un altar y lo llama El-Elohe-Israel (Gén. 33:20), es decir: Dios, el Dios de Israel. No olvida que es Israel, el objeto de las bendiciones de Dios, pero destaca este hecho más que la gracia de Dios que lo ha hecho tal. El verdadero estado de nuestras almas se revela por el nombre que damos a nuestro altar, si se me permite expresarlo así; o, en otras palabras, por el carácter de nuestra adoración y de nuestra cercanía a Dios. Cuando nuestra alma está ocupada de sí misma, es decir, cuando tiene en mente su propia condición más que la excelencia del Señor, no puede comprenderlo completamente, pues de lo contrario su superioridad eclipsaría todo lo demás. Cuando estamos en la presencia de Dios, no debemos estar ocupados de nuestro propio estado, aunque al mismo tiempo seamos conscientes del privilegio de haber sido admitidos en tal posición. Si estamos realmente con Dios, nos olvidamos de nosotros mismos en Él y solo pensamos en sus intereses; pero si estamos ocupados con nuestras propias bendiciones y necesidades, es una ocupación que está bien en su lugar, pero muy por debajo de aquella que hace de él el objeto supremo, de aquella que Pablo tenía cuando su meta era «ganar a Cristo» (Fil. 3:8).
Aquí, Jacob no solo está ocupado con sus bendiciones, sino que alimenta su propia voluntad, y la disciplina se hace necesaria para enseñarle que sus propios planes solo pueden producir penas y derrotas. Su estancia en Siquem trae vergüenza y dolor a su familia.
Jacob es llevado a sentir la vergüenza y la humillación de la posición que él mismo ha elegido; la Palabra de Jehová entra entonces libremente en su alma, y la disciplina lo ha preparado para responder a ella. «Levántate», dice Jehová, «y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú» (Gén. 35:1). Al correr «la carrera que tenemos por delante» (Hebr. 12:1), todo va bien. Al partir de Siquem para ir a Betel, Jacob deja atrás todas las impurezas; los ídolos deben quedarse en Siquem, no pueden llevarse a Betel. Desde el momento en que tomamos el camino de Dios, el que conduce a la Casa de Dios, debemos ser puros; «La santidad conviene a tu casa, Oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal. 93:5). Ahora el nombre del altar de Jacob es El-Betel (Dios de la Casa de Dios). Ha entrado en los designios de Dios y se considera un agente que los expresa y los despliega sobre la tierra. Sus pensamientos ya no se centran tanto en Jacob, el bendecido de Dios, como en Dios, el que bendice a Jacob. Así ha dado un paso adelante en el camino de la fe.
Y, sin embargo, aunque había comprendido el alcance de la enseñanza de Jehová, aún no se había sometido por completo a su Palabra. Jehová le había dicho que se estableciera en Betel; pero poco después lo vemos marcharse. Necesita una nueva disciplina. Hasta entonces, las pruebas que había sufrido, numerosas y variadas, solo le habían afectado en sus circunstancias; pero ahora se trata de sus afectos. La muerte de Raquel había dejado un vacío que nada podía llenar, y él no la olvida, ni siquiera al final de su vida (comp. Gén. 35:16 con 48:7). En este último pasaje, Jacob alude a su duelo, como si hubiera puesto fin a todas sus esperanzas terrenales. Dice: «Cuando yo venía de Padan-aram, se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua de tierra viniendo a Efrata; y la sepulté allí en el camino de Efrata, que es Belén». Había enterrado al objeto de su afecto allí donde Cristo, el verdadero consuelo para el corazón afligido, debía nacer. Si abandona Betel, la Casa de Dios, el lugar donde Dios se le había aparecido y le había dicho que habitara, se nos enseña que, al exterior, solo puede haber más que un camino desolado. Las nubes se amontonan sobre ese camino. La inmoralidad de su primogénito y la muerte de su padre se suceden rápidamente. En el capítulo 49, versículos 3 y 4, nos enteramos de hasta qué punto le había afectado el primer acontecimiento; la amargura de su corazón se expresa allí cuando repasa todas las cosas a la luz de los designios de Dios.
Luego leemos, en el capítulo 37, que Jacob «habitó en la tierra donde había morado su padre» (Gén. 37:1); Isaac había estado allí como un extranjero; tal era también la posición a la que la fe había llamado a Jacob. Sin embargo, tras un respiro, la disciplina continúa; aún era necesario que se viera privado de todo vínculo material. Raquel se había ido, pero le quedaban sus 2 hijos; y es a través de ellos que Jacob es sometido, en sus afectos, a una larga prueba.
Si observáramos con más atención los caminos de Dios para con nosotros, veríamos que, hasta que se produce el efecto deseado, las pruebas continúan, aunque pueda haber un respiro y, a menudo, incluso un largo intervalo de descanso.
Se podría haber pensado que el espíritu de Jacob estaba lo suficientemente quebrantado como para que, despojado de sus intereses y afectos, su camino fuera de ahora en adelante el de una sumisión total a Dios. ¡Pero no! Mientras la voluntad natural esté en acción, mientras no se rompa el último eslabón que nos ata a nuestra naturaleza, no hay sumisión completa; y todas las pruebas por las que pasa el corazón de Jacob en relación con José y Benjamín (cap. 37 y 43) son necesarias para llevarlo a una sumisión total. No podemos dudar del resultado obtenido, si comparamos la forma en que se expresa en el capítulo 37, versículos 34 y 35, con la del capítulo 43:14. En el primer caso, rasga sus vestiduras, se pone un saco sobre los lomos y se niega a consolarse. Dice: «Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol». Pero en el segundo caso dice: «Si he de ser privado de mis hijos, séalo»; en otras palabras: me someto.
¡Qué diferencia! ¡Qué desolación cuando el corazón está atormentado y no se encuentra refugio en Dios! Pero qué contraste cuando el Todopoderoso es el refugio y se puede decir: «Si he de ser privado de mis hijos, séalo». Yo adopto esta postura. Es la sumisión total a la voluntad de Dios, y eso produce en nosotros lo que Dios tanto desea: que encontremos nuestro refugio en él; el alma que entiende esto siempre encuentra la respuesta a todas sus necesidades. La felicidad de su pueblo es el gran objetivo de Dios; a menudo vemos que, cuando la prueba ha producido la disciplina necesaria, el que ha sido probado recupera los objetos cuya pérdida le había causado dolor; ahora está preparado para disfrutarlos en la dependencia de Dios.
Jacob recibe a José y a Benjamín, a quienes había perdido. Pero el corazón del hombre está tan poco preparado para la misericordia de Dios, que la mera noticia que recibe lo hace desmayar. Su dolor había sido tan grande y profundo que, por un momento, casi no puede soportar su gozo. Había hecho falta una larga disciplina para quebrantar su fuerte voluntad y su naturaleza rebelde, pero había surtido efecto. ¡Cuán quebrantado está ahora! Vendar el corazón quebrantado es uno de los servicios particulares de Cristo; pero hay muchos creyentes como Jacob que no pueden creer que tal bondad les espera, y, cuando la conocen, les oprime el corazón más de lo que lo había hecho la disciplina misma.
Pero el Señor se inclina sobre los suyos y les da las pruebas que su debilidad necesita. Jacob se convence primero por las pruebas de la realidad de la gracia; luego, cuando ha encontrado a José, el alivio es tan completo que expresa sentimientos análogos a los de Simeón al sostener al niño Jesús en sus brazos: «Muera yo ahora», dice, «ya que he visto tu rostro» (Gén. 46:30). ¡La copa está llena! El corazón quebrantado y sometido está satisfecho, habiendo recibido directamente de Dios, para su mayor gloria, lo que había perdido. Una vez que la disciplina ha hecho su obra, nos damos cuenta de que el gozo pleno es lo que el corazón de Dios desea para nosotros. La vida de Jacob en Egipto es, de hecho, la tercera etapa de su peregrinaje, y es un período brillante. Sus últimos momentos son el gran acontecimiento que el apóstol señala como la prueba más elevada de fe: «Por la fe Jacob, moribundo, bendijo a cada uno de los hijos de José; y adoró [apoyado] sobre el extremo de su bordón» (Hebr. 11:21). Aquí se nos presenta como testigo de Dios, comprendiendo sus designios, quebrantado en su voluntad y expresando pensamientos santos y elevados. ¡Qué final feliz y tranquilo tras una vida agitada, por su propia voluntad, y sometida a una larga disciplina! ¡Qué lección hay para nosotros en esta historia! Jacob aprendió, a través de dolorosas experiencias, la locura de sus propios planes y la verdad de esta palabra: «Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados» (Mat. 7:2; Marcos 4:24). Pero, por otro lado, aprendió que, en la aflicción, Dios es el único verdadero descanso y el único verdadero recurso; y llega a esta conclusión tan preciosa para él, al final de su carrera.