Inédito Nuevo

12 - Ezequías

La disciplina


Es interesante, y muy útil, conocer los caminos de Dios a través de un ejemplo vivo, de alguien que haya tenido la misma naturaleza y los mismos sentimientos que nosotros, de un instrumento de Dios capacitado por Él para hacer Su voluntad. Vemos la gracia de Dios actuar en este instrumento y vemos cómo se ve obstaculizada; y tenemos una idea clara de lo que es el pensamiento de Dios, cómo se dirige al hombre y cómo lo forma y lo controla. La naturaleza de la acción divina nos es así explicada por medio del siervo humano; vemos, por un lado, cómo Dios puede emplear al hombre, y, por otro lado, cómo el hombre ha fallado, o cómo ha actuado cuando ha sido dirigido por Dios. Necesitamos conocer estos 2 aspectos para tener una idea clara de la acción divina. La Escritura nos muestra al individuo, la naturaleza y el carácter de las circunstancias por las que pasa el siervo de Dios. Al estudiar y observar cómo Dios instruye al individuo, llegamos a comprender Su pensamiento.

Ezequías aparece en escena en un momento especialmente crítico de la historia de Israel, y la forma en que Dios lo prepara y lo instruye para ese tiempo difícil es muy instructiva. A menudo hay un gran parecido entre la posición que nosotros mismos estamos llamados a ocupar y la de los siervos distinguidos de Dios. Esta semejanza es muy marcada entre los grandes y los pequeños en la Casa de Dios, y el estudio de Sus caminos hacia un siervo eminente suele ser de ayuda para un siervo menor que puede ser desconocido más allá de su entorno inmediato. Sin embargo, este último puede aprender igual de bien, y puede ser tan profundamente disciplinado bajo Su mano como el siervo más destacado y distinguido.

La historia de Ezequías nos presenta 2 cosas: en primer lugar, cómo recibe la fuerza para levantar el testimonio de Jehová de manera notable, en un tiempo en que todo había caído al nivel más bajo y parecía irremediablemente arruinado; en segundo lugar, cómo fue enseñado por el sufrimiento y por la convicción del fin y la ruina de todas las cosas aquí a confiar en Dios. Es muy instructivo detenerse en una historia como esta, y observar cómo Dios guía a su siervo, lo utiliza para hacer su voluntad y para andar en sus caminos, enseñándole que todo está perdido si se apoya en el hombre.

La primera mención que tenemos de Ezequías es: «Él quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán» (Pieza de bronce) (2 Reyes 18:4). Fue un acto audaz y decisivo con el que inició su carrera como siervo de Dios, pues los lugares altos habían existido desde antes del reinado de Salomón y durante su reinado hasta aquel día (vean 1 Reyes 3:3). No sabemos qué disciplina había pasado ya Ezequías que pudiera cualificarlo para una acción tan rápida y decidida. El relato de los hechos de su padre y el estado de las cosas en relación con el testimonio de Jehová no nos preparaban para ver a un joven de 25 años actuar con tanto vigor y decisión en el mismo momento de su acceso al trono. Surge de entre los escombros de la grandeza pasada, como si no hubiera tenido ningún contacto con esa ruina, como si incluso le hubieran enseñado a separarse de ella y a denunciar todo lo que le rodeaba. Toma su lugar en la escena, como otro David que va a visitar a sus hermanos en el valle de Ela. Separado de ellos y, sin embargo, en medio de ellos, se dedica a hacer desaparecer todo lo que deshonra a Dios. Su obra lleva la huella de la escuela en la que aprendió, del entorno en el que se formaron sus pensamientos. La manera en que actuamos, cuando llega el momento de actuar, manifiesta la naturaleza de los principios con los que nos hemos alimentado.

La reforma llevada a cabo por el joven rey demuestra que había sido educado en la escuela divina de una manera poco común. La disciplina de David en el desierto lo había preparado para la valiente batalla contra Goliat; y es necesario que Ezequías hubiera sido preparado y entrenado, pues de lo contrario no habría podido reprimir con tal dominio el desorden que lo rodeaba. Son precisamente esos desórdenes los que disciplinan y ponen a prueba al siervo de Dios. Uno puede admitirlos, otro afligirse por ellos, un tercero intentar remediarlos con medios insuficientes o inadecuados, con la esperanza de mejorar las cosas; pero aquel que ha recibido de Dios la revelación de lo que es el verdadero orden divino, no puede proponer ni aceptar nada menos de lo que hizo Ezequías. Para él, no hay compromiso: lo justo y solo eso, según la medida de Dios; así es como actúa, sean cuales sean las cosas que deban ponerse en orden. A veces se trata de algo muy pequeño, que otros siervos de Dios pueden haber pasado por alto, pero que indica de manera particular la altura del designio del siervo fiel.

La destrucción de la serpiente de bronce por parte de Ezequías lo señala inmediatamente como alguien cuya alma ha sido disciplinada por Dios para su servicio; pues, aunque no siempre percibamos la disciplina, vemos sus frutos, que nada más podría haber producido ni desarrollado. En primer lugar, se mantiene la gloria de Dios; Ezequías se fortalece y afirma por todas partes los derechos de su vocación y su verdadera dignidad como rey de Judá. «Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. Él se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió» (2 Reyes 18:7). Pero Ezequías no se limitó a afirmar y mantener su verdadero lugar como rey para Dios; también mantuvo de manera completa el testimonio de Dios. No basta con oponerse a los enemigos y resistirles, obligándoles a devolver lo que han usurpado; también debemos mostrar cuál es la verdad de Dios. Ezequías no solo se muestra más fuerte que sus enemigos, sino que se dedica al restablecimiento del testimonio de Dios.

En el primer año de su reinado, en el primer mes, abrió las puertas de la Casa de Jehová y las reparó. Y actuó en esta obra de restauración y bendición de una manera tan completa y eficaz que se dice: «Hubo entonces gran regocijo en Jerusalén; porque desde los días de Salomón hijo de David rey de Israel, no había habido cosa semejante en Jerusalén» (2 Crón. 30:26). Esto se resume en el capítulo 31:20: «De esta manera hizo Ezequías en todo Judá; y ejecutó lo bueno, recto y verdadero delante de Jehová su Dios». Resistir al mal e introducir el bien indica que se posee el poder divino. Donde solo hay convicción o persuasión, sin poder divino, solo se encuentra imperfección. «Las piernas del cojo penden inútiles (Prov. 26:7). Se pueden realizar esfuerzos considerables para resistir al enemigo, pero no se harán otros tan grandes para restablecer la verdad. Por otro lado, puede haber un verdadero deseo de restablecerla mientras se transige con lo que le es contrario, el deseo de suprimir el vicio sin tener en cuenta el testimonio de Dios; o una conciliación entre lo que es realmente opuesto a Cristo y la profesión de Su nombre. Tal no era Ezequías; él no carece de fuerza; resiste al mal, busca la verdad de Dios en su verdadera fuerza y en su excelencia, y la defiende. Ha alcanzado un grado que todos admiramos y que, por encima de todo, debemos procurar alcanzar.

Lo que acabo de esbozar brevemente ocurrió durante los primeros 14 años del reinado de Ezequías, una época próspera y fructífera; pero cuanto más útil es alguien, más necesita aprender a desprenderse de sí mismo y descubrir que lo tiene todo en Dios. Por eso vemos que algunos de Sus siervos están profundamente disciplinados por Él al principio, a fin de estar preparados para una carrera útil; otros, tras un tiempo de servicio útil, son humillados y afligidos para aprender cuánto Dios, en sí mismo, es verdadera y perfectamente suficiente para todo. El decimocuarto año del reinado de Ezequías está lleno de acontecimientos importantes para él; leemos, en efecto, en 2 Reyes 18:13: «A los catorce años del rey Ezequías, subió Senaquerib rey de Asiria contra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó». Y en 2 Crónicas 32:1: «Después de estas cosas (las que he mencionado anteriormente) y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios e invadió a Judá»; fue también en aquellos días cuando «Ezequías enfermó de muerte (v. 24). ¡Prueba por fuera y prueba por dentro! Su enfermedad debió de tener lugar en el decimocuarto año de su reinado, pues en ese momento se le añadieron 15 años de vida, y sabemos que reinó 29 años en total. Concluyo, por el hecho de que se menciona que ocurrió después de la segunda invasión de Senaquerib, que tiene importancia como tipo; pues las pruebas por las que pasó Ezequías durante esta enfermedad prefiguran lo que Israel deberá atravesar antes de su liberación final y no cualquier otro favor que pudiera concedérsele.

Es hermoso e interesante ver a Ezequías caminar durante 14 años (2 veces 7, un período doblemente perfecto) sobre la tierra ante Dios, con dignidad y fidelidad. Pero ahora lo observaremos en circunstancias muy diferentes, oprimido por el rey de Asiria, profunda y dolorosamente probado en su alma ante Dios, y tendremos que sacar una lección de ello. Parece que su caída se remonta a la primera invasión de Senaquerib, porque es difícil imaginar que este rey hubiera persistido en su campaña tras haber recibido el tributo que había impuesto. La historia es sencilla: en el decimocuarto año del reinado de Ezequías, Senaquerib subió y sitió algunas ciudades de Judá. Ezequías le pagó entonces una cierta suma, un rescate, para que desistiera. Pero después Senaquerib volvió (quizás a su regreso de Egipto) y amenazó entonces a Jerusalén; y fue entre estas 2 invasiones cuando Ezequías fue profundamente probado ante Dios por una grave enfermedad. Durante 14 años había caminado con Dios y había prosperado. Entonces, por primera vez, aparece una falta en su trayectoria. En lugar de repeler la invasión del rey de Asiria, como lo había hecho antes, intentó evitarla pagando.

Al comienzo de su reinado, sin recursos aparentes, se había liberado del yugo de Asiria y ya no la había servido. Mientras que ahora, sólidamente establecido y poderoso en todos los sentidos, es incapaz y manifiestamente carece de fuerza para mantener la posición adquirida por la sola fe. ¡Cómo explica esto los frecuentes tropiezos de los siervos de Dios! Pero se comprende fácilmente; cuando sirvo a Dios en Su dependencia, cuando considero sus caminos para mí, estoy lleno de audacia, aunque no vea ningún medio de mantenerme a mí mismo en su camino; pero cuando empiezo a confiar en los frutos de mi fidelidad, los bienes y los recursos que Dios me ha dado, corro el riesgo de perderlos, si no los guardo por parte de él y con él. Así le sucedió a Ezequías. Él, que había ocupado su verdadero lugar con tanta audacia y había recibido los derechos divinos de los que estaba investido, no puede mantenerlos; se humilla y recurre al indigno expediente de comprar a aquel a quien había desafiado cuando su fe estaba en acción. ¡Qué contraste entre la confianza que da la fe en Dios y la que tiene su origen en los recursos humanos, por grandes que sean! Ezequías, cuando no tiene más que a Dios, puede negarse a servir al rey de Asiria; pero habiendo adquirido un gran poder y en plena prosperidad, se rebaja a la posición de un vasallo.

Creo que fue en ese momento cuando le sobrevino la enfermedad. Sin duda, era algo que necesitaba. Dios quiere enseñarle a través de ella qué es la muerte y cuán terrible es para el hombre como tal. No hay nada más conmovedor que el relato que hace el propio Ezequías de los tormentos de su alma cuando se encuentra ante la muerte. Jehová le dice mediante dl profeta Isaías: «Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás». Y Ezequías volvió su rostro hacia la pared y oró a Jehová. Y dijo: «Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos. Y lloró Ezequías con gran lloro» (2 Reyes 20:1, 3; Is. 38:3).

Es un ejercicio y una disciplina que todo santo debe experimentar de una u otra manera. Este momento, terrible para la naturaleza, debe ser conocido y sentido. ¡Y qué momento! ¡Cuando todo lo que un hombre ama, todo lo que le une a sus propias obras y a su voluntad, se hunde en la disolución! El hombre, como hombre, ya no existe. Cuanto más grande haya sido su posición, cuanto más amplia haya sido la esfera de sus ocupaciones, cuanto más agradables hayan sido sus relaciones, cuanto más vivos hayan sido sus afectos, más terrible es el desgarro que experimenta en la muerte. Sin embargo, a los hombres les está reservado morir una sola vez, pero cuando un hombre ha ocupado una posición elevada en esta vida, le resulta tanto más doloroso y angustioso separarse de ella; se podría llegar a decir que cuanto más bueno y útil es el hombre, como hombre, tanto más desagradable e insoportable le parece la muerte.

Pero este es el juicio sobre la humanidad; y todo creyente sufre en su alma como hombre y atraviesa la muerte con tanta amargura como Ezequías. Este último era un hombre excelente y eminentemente útil; había caminado delante de Dios en verdad y con un corazón perfecto. Su sufrimiento ante la muerte no se debía a una duda sobre su salvación final, sino que veía la muerte como aquello que debía separarlo de todo lo que le interesaba en esta vida, de todas las cosas en las que estaba comprometido. ¿Podría un hombre que es consciente de ser un centro de utilidad y de fuerza en la tierra, independientemente de otras consideraciones, aceptar a la ligera verse privado de su posición y de su ámbito de actividad por el sombrío poder de la muerte? ¿Se puede comprender lo que es estar separado de todo lo que uno ama, de todo lo que uno aprecia como hombre, de todos aquellos que te aprecian y os consideran como parte de su existencia, y no simpatizar con Ezequías en lugar de condenarlo? La experiencia de Ezequías nos muestra cómo un hombre de Dios, un alma regenerada, experimenta el desgarro. Por supuesto, no queremos aludir a la forma en que un cristiano atravesaría esta prueba, sabiendo que, al otro lado de la tumba, fuera de la carne y por encima de ella, posee la vida en Cristo. Sin embargo, debe atravesarla.

Y si lo hace tan victoriosamente, no es porque sea menor para él que para Ezequías, sino porque ha recibido por gracia la vida en el Hijo de Dios resucitado: no sufre menos, pero disfruta infinitamente más que Ezequías. La prueba es necesaria para que comprendamos que el abandono de nuestra existencia humana es algo que hay que aprender moralmente en la cruz de Cristo; que ese abandono, es decir, la muerte, no es algo de poca importancia; al contrario, es algo extremadamente amargo, pero que debe ser; y que la bondad y la actividad de un hombre aquí, en lugar de atenuar la prueba, la agravan y aumentan su angustia.

Para un hombre, entregar el alma no es el dolor de la muerte tal y como lo puede sentir un animal; es el fin de todo vínculo con aquello que le interesaba, le atraía y daba algún valor a su vida. La amargura de la muerte pasa cuando uno está agotado y cansado por la tristeza o la enfermedad, y anhela la disolución; pero estar separado de todo lo terrenal sin tener una esperanza celestial, dejar de existir tanto para Dios como para el hombre, eso es lo significa la amargura de la muerte. Ezequías lo expresa bien cuando dice (Is. 38:10-14): «A la mitad de mis días iré a las puertas del Seol; privado soy del resto de mis años. No veré a Jah, a Jah en la tierra de los vivientes; ya no veré más hombre con los moradores del mundo… Mi morada ha sido movida y traspasada de mí, como tienda de pastor. Como tejedor corté mi vida… Contaba yo hasta la mañana. Como un león molió todos mis huesos; de la mañana a la noche me acabarás… Como la grulla y como la golondrina me quejaba; gemía como la paloma; alzaba en alto mis ojos».

Vemos que este escrito de Ezequías es el relato hecho por el Espíritu del ejercicio producido en él bajo esta dura disciplina. Pero cuando llega a decir: «Jehová, violencia padezco; fortaléceme» (v. 14), hay evidentemente una nueva luz en su alma; entra en la resurrección con esperanza. Ahora puede decir: «Señor, por todas estas cosas los hombres vivirán, y en todas ellas está la vida de mi espíritu; pues tú me restablecerás, y harás que viva… mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción» (Is. 38:16-17); (aquí también se encuentra el sentimiento del perdón de Jehová) «porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados… El que vive, el que vive, este te dará alabanza, como yo hoy» (38:18-19). La disciplina ha cumplido su bendito propósito. Fue una terrible prueba, pero ninguna otra podía llevar al alma a confiar plenamente en Dios como fuente y manantial de vida. Es absolutamente necesario que conozca y comprenda mi muerte como hombre, para poder comprender la bendición actual que supone vivir por el Hijo de Dios, y para Dios, de una manera que le agrade y que sea acorde con su santidad y su justicia. No es cosa fácil; pues es la suma y el fin de toda disciplina. Si nos consideráramos realmente muertos y permitiéramos que el Espíritu mantuviera a Cristo en nosotros en todo, no habría necesidad de disciplina, y ya no habría nada en nosotros que hacer morir [4]. Cuando hay pocas cosas en nosotros que hacer morir, es porque la muerte moral ha ocupado realmente su lugar en nosotros. En unos esto ocurre de inmediato, en otros lentamente y poco a poco; pero la muerte, como muerte, debe llegar, y es en la medida en que comprendemos que la vida que está en Cristo ocupa su lugar, que podemos soportar el curso de la prueba y ser capaces de decir: «El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy» (Is. 38:19).

[4] Cabe destacar que el Nuevo Testamento nos presenta esta verdad práctica, no con la palabra «morir», sino con «dar muerte» o «mortificar». El cristiano está muerto. Por eso está llamado a considerarse muerto al pecado y a mortificar sus miembros que están en la tierra.

Ahora bien, Ezequías ha vivido experiencias maravillosas. Ha sabido lo que es estar en el valle de la sombra de la muerte; ha visto cómo las luces de este mundo se apagaban una a una, y cómo se desprendía el cordón de plata, y ha conocido el poder de Dios que lo ha levantado. Ha sido bien disciplinado por la mano tierna de Dios: ¿caminará ahora según la enseñanza que ha recibido y se renovará en el conocimiento? El final de la historia de Ezequías nos muestra las pruebas a las que se ve expuesta un alma instruida como lo fue la suya; cómo cae en la trampa, pero al mismo tiempo cómo da prueba de que ha sacado provecho de la disciplina por la que ha pasado. Parece paradójico que, tras un tiempo de disciplina profunda y bendita para él, un hombre pueda manifestar, por un lado, una debilidad especial y, por otro, una fuerza especial; sin embargo, así es. La debilidad de la naturaleza queda al descubierto, y se manifiesta la fuerza de la gracia. Es un error que se comete a menudo pensar que la gracia pone un velo sobre la carne e impide verla; nunca le da una apariencia falsa. Al contrario, cuanto más hay de gracia, más visible se hace el horror de la carne, si no está juzgada y sometida. Así, no es raro ver una manifestación brutal de la carne, allí donde hay una corriente verdadera y profunda de la gracia. Pedro niega al Señor: su carne se manifiesta, mientras que la acción profunda de la gracia en su alma lo conduce al arrepentimiento.

El alma de Pablo se enriquece con los tesoros de la gloria y, como consecuencia, necesita una espina en la carne para que no se enorgullezca. De hecho, el mal que hay en mí es sacado a la luz por la gracia, mientras que yo soy guiado de manera más visible por esa misma gracia. El mal debería ser descubierto antes de que pueda actuar, y así será si, en mi camino, me mantengo cerca del Señor; de lo contrario, el hecho de que la gracia esté presente no impide que el mal salga a la luz. Si este mal es juzgado ante Dios, será eliminado sin haber sido manifestado públicamente por los actos; de lo contrario, la gracia no lo ocultará; será sacado a la luz, y allí recibirá el juicio de parte de Dios; pues si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Cuanto más hayamos avanzado en la gracia, más se pondrá al descubierto la carne, si no es sometida por esa gracia que hemos recibido, es decir, si no caminamos en la dependencia de Dios, quien nos ha dado la gracia.

Ezequías, en el asunto de los embajadores de Babilonia, traiciona su naturaleza; él, que había dicho, en el profundo ejercicio de su alma: «Andaré humildemente todos mis años» (Is. 38:15), no es capaz de resistir a la lisonja del mundo. «Ezequías los oyó, y les mostró toda la casa de sus tesoros, plata, oro, y especias, y ungüentos preciosos, y la casa de sus armas, y todo lo que había en sus tesoros; ninguna cosa quedó que Ezequías no les mostrase, así en su casa como en todos sus dominios» (2 Reyes 20:13). El hombre que ha aprendido, por la disciplina, lo que es la resurrección, no está a salvo del orgullo que supone ser reconocido y estimado por Babilonia. Cede y, en consecuencia, atrae el juicio sobre su casa. Así, no vivió más que para atraer el juicio sobre los suyos y da así una prueba contundente de la incurabilidad del corazón del hombre natural; es cuando se hace gran alarde del hombre cuando este es puesto a prueba. «El crisol prueba la plata… al hombre la boca del que lo alaba» (Prov. 27:21). El simple hecho de que ser reconocido y exaltado sea una satisfacción para la carne, da prueba fehaciente del peligro que nos amenaza. ¡Ezequías cae en este peligro! ¡Qué caída para un hombre que, en el ejercicio de su alma, había conocido la muerte y la resurrección! Babilonia personifica, en principio, todo el egoísmo y la independencia de este mundo. En su falta de fe y su vanidad, Ezequías busca la estima de Babilonia y eso atrae el juicio sobre su familia; pues el favor de este mundo es engaño. La debilidad de Ezequías queda al descubierto, y el juicio recae sobre él mismo y sobre su naturaleza: en efecto, en su familia, se juzga su propia naturaleza, y no solo la falta que fue fruto de esa naturaleza.

Pero, por otro lado, es para nosotros un bello ejemplo de cómo debe actuar un hombre cuando se encuentra ante dificultades aparentemente insuperables. Si la adulación de Babilonia pone al descubierto la debilidad y la vanidad de su naturaleza –lo cual siempre ocurre en la prosperidad mundana–, la invasión y la terrible amenaza del asirio (2 Reyes 18:17) no hacen más que poner de relieve la solidez de su confianza en Dios. La gran prueba por la que pasó no fue en vano. Ante los hombres, conserva una dignidad serena e imperturbable. En cuanto a los mensajes enviados por el rey de Asiria, se dice que el «mandamiento del rey» era: «No le respondáis» (2 Reyes 18:36). Pero él descarga su corazón ante Jehová y le expone toda su angustia. Anteriormente, por debilidad, había intentado pagar al invasor; ahora rasga sus vestiduras, se cubre con un saco y entra en la casa de Jehová. El lugar que ocupa y toda su actitud son exactamente lo contrario de lo que había hecho con los embajadores de Babilonia; y es consolador verlo a él, que había sido rescatado de la muerte –y que había aprendido realmente lo que es la muerte–, estar allí como si no fuera nada en sí mismo, pero teniendo esperanza en Dios.

Cuando Jehová prometió a Ezequías la curación de su enfermedad, también le prometió librarlo del asirio (2 Reyes 20:6). La victoria de Jehová es completa; sobre sí mismo y sobre el opresor; pero el corazón debe aprender cómo, habiendo pasado por la muerte, puede resistir mejor ante la muerte y el peligro, que ante la adulación y la aprobación del mundo. Ezequías comprende la muerte y lo que Dios es en la muerte; por eso, bajo la presión de los asirios, se vuelve hacia Dios; pero cuando está rodeado y halagado por los embajadores de Babilonia, cae bajo la influencia fatal del sistema que ellos personifican, y entonces sus hijos y su nación, bajo el gobierno de Dios, deben sufrir las consecuencias. La maravillosa liberación de Ezequías de la mano de los asirios por la intervención de Dios es el último acontecimiento de su vida que nos relata la Escritura, y concluye bien la historia de su disciplina. Ha aprendido que toda carne es como la hierba, y ante su alma Dios lo es todo en todos. Cuando llegamos a este punto, se alcanza el objetivo de toda disciplina. ¡Ojalá aprendamos y caminemos en la paciencia, para ser perfectos y completos, sin que nos falte nada!


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