Inédito Nuevo

1 - Abraham

La disciplina


La historia de Abraham nos ofrece un ejemplo verdaderamente notable de la disciplina que es necesaria para la vida de fe y que conviene a esta vida.

El hombre, en Babel, había revelado el secreto propósito de su corazón. Había construido una ciudad y una torre que debía elevarse hasta los cielos; sentía que debía escapar al juicio, pero había resuelto escapar por sus propios medios y con independencia de Dios. Dios desordenó este intento. Es necesario que toda la familia humana comprenda de ahora en adelante que la pérdida de un lenguaje común la priva de toda asociación inteligente, de modo que el hombre se convierte en un extraño para su hermano; puede haber conservado el sentimiento de un parentesco común, pero sus pensamientos se vuelven imposibles de comunicar. Cuando Dios ha desordenado así la independencia del hombre revela, por medio de un hombre y permaneciendo siempre fiel a los designios de su amor, cómo ese deseo de escapar al juicio, hacia el cual el hombre había tendido en su independencia de Dios, puede hacerse mediante la dependencia de Dios. Cabe señalar de paso que así es como él actúa siempre con nosotros; sentimos nuestras necesidades y tratamos de suplirlas por nuestros propios medios; el Señor debe frustrar ese intento, pero tan pronto como lo hace, nos hace encontrar y da a nuestras almas una respuesta a nuestros deseos, infinitamente superior a lo que nos habíamos propuesto. El hijo pródigo solo deseaba su sustento de parte de los ciudadanos del país lejano; en la casa de su padre no solo encuentra pan, sino abundancia y el ternero cebado.

En resumen, una vez introducida la confusión de las lenguas, Dios entra en escena y llama a un hombre –Abram– para que sea testigo de la fe y de la dependencia, y para que busque no una Babel, sino la «ciudad que tiene [los] cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios» (Hebr. 11:10). Por gracia, se nos ha dado la historia de este testigo y siervo de Dios para que sepamos cuál es nuestra naturaleza ante el llamado de Dios, cuáles son los caminos de Dios para con ella en las diferentes ocasiones en que manifiesta su propia voluntad y su independencia, cómo él la corrige, la domina y la conduce por sus propios caminos, y todo ello para nuestra bendición.

La Palabra de Dios a Abram es: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré», y esta es la palabra que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Nunca conocemos la verdadera intención de nuestra propia voluntad hasta el momento en que exigimos que se someta implícitamente a la voluntad de Dios expresada y revelada por su Palabra. Es posible que no veamos una gran divergencia entre nuestros pensamientos y los de Dios, hasta que los midamos a la luz de las exigencias de la Palabra de Dios; y, tomemos nota, no las exigencias de una parte de esa Palabra, sino de toda la Palabra. Al cumplirla parcialmente, alteramos su pensamiento revelado; al apartarnos del espíritu de la Palabra, perdemos la instrucción; pero es al adoptarla, al adherirnos a ella como a un todo, cuando el alma es liberada de la propia voluntad e introducida en la bendición que es el objetivo de la instrucción. Es entonces cuando intervienen la prueba y el ejercicio (pues es necesario que los haya); existe un conflicto entre el esfuerzo continuo del pensamiento natural por eludir la Palabra de Dios y el designio inflexible de Dios (por su amor) de unirnos estrictamente a su propio pensamiento; este conflicto hace necesaria la disciplina, y eso explica los acontecimientos de nuestra historia, que de otro modo nos resultarían inexplicables.

El llamado a Abram era muy claro y definido. Exigía que Abram dejara su país y a toda su familia para entrar en un escenario preparado por Dios. La exactitud de su obediencia da la medida de su fuerza: comienza a obedecer el llamado, abandona Ur de los caldeos «para ir a la tierra de Canaán» (v. 5); pero en realidad sale de la tierra de los caldeos y habita en Harán. Recibe la Palabra y se propone obedecerla, pero vemos que lo hace de manera imperfecta; solo abandona su país, pero no a su familia; permanece en Harán hasta la muerte de su padre. La naturaleza había intervenido para frustrar la obediencia completa al llamado de Dios, y esto es una seria advertencia para nosotros. Recibimos el llamado y nos sometemos a él, pero solo cuando caminamos conforme a ese llamado descubrimos qué exigencias impone a nuestra naturaleza. Nada demuestra mejor cuánta energía verdadera nos falta que nuestra incapacidad para llevar a cabo lo que hemos emprendido de buen grado. Cuántos abordan la vida de fe llenos de valor y gozo, y muy pronto descubren que no pueden dejar que «los muertos entierren a sus muertos» (vean Mat. 8:22: Lucas 9:60); y aunque en su corazón están dispuestos a buscar otra tierra, se ven retenidos y desviados por algún vínculo natural. Nada es tan difícil para el hombre, como desprenderse sin compensación de los lazos de la naturaleza, porque su abandono produce el aislamiento, a menos que se encuentre alguna otra asociación; esto es lo que el Señor propone al joven rico, después de haberle dicho: «Vende todo lo que tienes», le dice: «Sígueme» (Lucas 18:22). Si, pues, el abandono de esos lazos tiene como resultado el aislamiento y el despojo de toda relación con la existencia natural, su mantenimiento no puede significar más que el mantenimiento de todo lo que contiene el corazón humano, y por eso está escrito: «Los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mat. 10:36). Solo se puede escapar de la naturaleza por la gracia.

La primera falta de Abram se produce en relación con la segunda parte del llamamiento de Dios; no abandona la «casa de su padre» y, en consecuencia, permanece allí hasta la muerte de este. Este es el primer paso en la vida de fe y, aunque lo da de todo corazón, como está escrito: «Salió sin saber adónde iba» (Hebr. 11:8), experimentó que no podía cumplir esa orden hasta que la muerte rompiera el vínculo que aún lo unía a la naturaleza. La fe es la dependencia de Dios, y nada humano puede sostenerla. El camino propuesto a Abram exigía, por tanto, la expresión más clara de la dependencia de Dios únicamente. Esto no podía tener lugar sin sacrificio; además de los ejercicios que su propio corazón tuvo que atravesar al caminar por el camino de la fe, experimenta que la muerte debe romper prácticamente el vínculo que lo retenía. Es necesario que en esta primera etapa el corazón experimente la tristeza causada por la muerte, pero una muerte que trae su propia liberación. Si Abram no hubiera sido retenido por su padre, sino que hubiera seguido el camino desconocido sin detenerse hasta el lugar al que Dios lo llamaba, habría evitado la tristeza que traía la muerte; pero al haberse dejado retener, nada podía liberarlo salvo la muerte; por eso pasa por esta disciplina. Lo mismo ocurre con muchos de nosotros, por gracia; nuestra dependencia de Dios no es simple ni clara: nos detenemos en el camino de la fe, nos retenemos en él por algún vínculo natural, hasta que ese vínculo sea golpeado por la muerte, y debe serlo, si queremos continuar nuestra carrera con Dios, a menos que seamos nosotros mismos quienes nos consideremos muertos respecto a ese vínculo.

Habiendo disuelto así la muerte el vínculo de Abram con la naturaleza, y habiéndolo liberado de él, debe reanudar su carrera, disciplinado sin duda por aquello mismo que le había quitado el peso que lo entorpecía, es decir, por la muerte de su padre; esta disciplina, la habría podido evitar si hubiera caminado con mayor energía vital, pero, no obstante, le enseñó algo (¡y qué lección tan beneficiosa!), a saber, que la fe no gobierna la voluntad natural en los recovecos ocultos del corazón, que si esta voluntad se somete al orden de Dios (y es una gran bendición), lo hace solo en raras ocasiones; y que, incluso cuando lo hace, siempre lucha por expresarse abiertamente; y entonces es necesario que se someta abiertamente. Es importante para los jóvenes creyentes, y para todos, ver cómo comienzan y cómo llegan al final de esta primera etapa de la vida de fe; pues el fracaso y la incertidumbre en ese momento pueden acarrear tristeza e indecisión durante toda la carrera; en efecto, nunca nos desviamos del camino de la fe sin sufrir daño y, aunque podamos ser liberados, como lo fue Abram por la muerte de su padre, los efectos de la caída, aunque reparada, pueden permanecer; si es así, la disciplina que la hizo necesaria debe continuarse. Lot siguió a Abram, pero no solo fue para él personalmente una prueba, sino que además sus descendientes fueron una verdadera plaga para los de Abraham; sus acciones seductoras, instigadas por Balaam, se relatan en la Escritura como el arquetipo de las peores maquinaciones contra la Iglesia de Dios (Apoc. 2:14). Allí donde hemos fallado una vez, como un caballo que se resiste, corremos el riesgo de volver a fallar, y por eso debe haber, por el cuidado de Dios hacia nosotros, un recordatorio continuo para ponernos en guardia contra nuestra inclinación. Así, Abram, por no haber dejado que «los muertos entierren a sus muertos» al principio, debe llevar consigo una espina continua en la persona de Lot, disciplina que se hizo necesaria por el retraso del que solo la muerte lo había liberado.

Abram aborda ahora la segunda etapa de la vida de fe; extranjero en un país extranjero, depende de Dios; y construye un altar para la peregrinación a la que la fe nos conduce, en la que fija nuestras almas en Dios, y el resultado es la adoración. Pero cuando las consecuencias o las circunstancias de nuestra condición de extranjeros nos preocupan, perdemos la paz que la fe proporciona y buscamos socorro en otra parte. Abram, al ver que hay hambruna en el país, abandona el camino en el que se había detenido y desciende a Egipto.

¡Cuán humillante es ver nuestra falta de firmeza en este camino! Y aunque parezca que caminamos por él con gozo y firmeza, cuán necesario, es decir: «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12). Aunque Abram es llevado de nuevo por la gracia al camino del que se había desviado, y aunque incluso regresa al lugar donde tenía su altar al principio, vemos que las espinas que había cosechado en sus peregrinaciones le hacen sufrir en su restauración. Los rebaños, fruto de Egipto, provocan una disputa entre los pastores de Abram y de Lot; pero la restauración siempre nos hace avanzar en fuerza moral, pues si es real, nos sitúa por encima de los hechos que la hicieron necesaria. Abram, completamente restaurado, ya no mira a las consecuencias ni a las contingencias, sino que, en dependencia de Dios, mantiene el camino de la fe con gran fuerza moral. Mi primera dificultad en un camino de fe es despojarme de la naturaleza (el lugar y el parentesco) y, una vez liberado de ella, al darme cuenta de mi condición de extranjero, tiendo a exaltarme o a encontrar mi descanso en esta nueva posición, como un emigrante en un país lejano que busca formarse un hogar lo antes posible.

Este deseo de elevarse, esta pasión tan fuerte en el alma humana, este principio motor de todos los grandes esfuerzos de Babilonia puede llamarse ambición, pero debe ser reprimido por el hombre de fe, testigo de Dios en este mundo malvado. Así, la ambición de Abram es puesta a prueba, pero la disciplina ha hecho su obra, y su restauración es ahora completa. ¿Busca prosperar en este nuevo país? No; camina por la fe y deja toda superioridad presente a Lot, quien, pudiendo satisfacer su ambición, elige la llanura bien regada, mientras que Abram es bendecido con una revelación más completa como recompensa de su fe. De esto mismo no se puede disfrutar sin sufrimientos, pues desde el momento en que estoy en el camino con Cristo, estoy en el camino de Aquel a quien Dios ha enviado, para servir a su pueblo en la tierra; Abram, el hombre dependiente, que sigue su camino de separación, debe ahora actuar, prestar el mismo servicio que Cristo ha cumplido, y acudir en ayuda de su hermano Lot, quien, por el contrario, había satisfecho la ambición de su naturaleza, mezclándose con el curso de este mundo, y había sido arrastrado en consecuencia a sus tribulaciones. Y si en los peligros y las pruebas de este servicio, Abram se da cuenta de lo que ha sufrido por culpa de Lot, a quien trajo consigo desde Ur de los caldeos, su alma se fortalece al mismo tiempo en el camino de la dependencia de Dios. Luego, así como su fe había sido recompensada en una ocasión anterior con una revelación más completa de la herencia prometida, sus luchas y su servicio son ahora recompensados con el refrigerio y la bendición de Melquisedec en nombre de Jehová, poseedor del cielo y de la tierra; sin duda, esto es más de lo que se necesitaba para compensar su renuncia a lo que la naturaleza habría ambicionado.

Permítanme añadir aquí que si las tendencias de nuestra naturaleza no son sometidas, si buscamos distinguirnos y ponernos en primer plano en nuestra nueva posición, incluso al separarnos de nuestra casa y de nuestra familia y al tomar nuestra posición celestial, seremos como Lot; mientras que, por otro lado, aunque a menudo podamos necesitar disciplina y que se nos enseñe a reanudar nuestra carrera tras la caída, si realmente buscamos mantener el camino de la dependencia y de la separación, nuestra fe se verá fortalecida por nuevas revelaciones, y nuestro servicio adquirirá mayor fuerza por nuestra asociación con Aquel que es nuestro precursor más allá del velo, Jesús, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

Nos adentramos ahora en la tercera etapa de la historia de Abram en el camino de la fe, en la que se le somete a una enseñanza totalmente nueva en el ejercicio de sus afectos. La ambición de la naturaleza ya había sido puesta a prueba anteriormente; ahora sus afectos deben someterse a una disciplina, y esto se lleva a cabo en primer lugar mediante la promesa de un hijo, que es el tema del capítulo 15. Añado que, al escribir la historia de este siervo de Dios, me limito únicamente a la disciplina. Paso por alto muchos temas profundamente interesantes, como su comunión con Dios, su intercesión, etc., pero que han sido ampliamente tratados por otros.

Me parece que el verdadero estado del corazón de Abram queda expuesto en su respuesta al llamado lleno de gracia de Dios, al comienzo de este capítulo. Es cierto que era legítimo que él deseara un hijo; era un deseo que respondía a los consejos de Dios al respecto, y si no lo hubiera tenido, eso no habría sido conforme al pensamiento de Dios. Sin embargo, su respuesta: «¿Qué me darás?» (Gén. 15:2), no alcanza la altura a la que Dios buscaba elevarlo, perfectamente feliz y satisfecho en sí mismo, pues ¿qué podía Él dar a Abram más grande que la seguridad de que él mismo era su gran «galardón»? (Gén. 15:1). No obstante, Dios, en su gracia, eleva a Abram a su propio nivel y le promete lo que ya había resuelto darle; pero un largo camino de disciplina lo separa aún del cumplimiento de la promesa, y Abram deberá prepararse en su propia casa para la prueba de sus afectos que le espera muchos años más tarde, y que es necesario que atraviese para progresar en la vida de fe. No es en absoluto que subestimara la plenitud de la cercanía con la que Dios se le había revelado, sino que esto revela la debilidad secreta del alma humana, que no puede descansar en Dios al margen de todo vínculo humano. Dios lo sabe y ofrece, por gracia, un remedio para ello; pero si él promete y da a Isaac, Abram debe recibirlo de Dios, como el antitipo perfecto que nos unirá por toda la eternidad a Dios y Dios a nosotros.

Abram creía a Dios, pero, como vemos por la impaciencia que muestra mientras espera el cumplimiento de la promesa, su corazón necesitaba preparación y disciplina, y se somete a ellas en el seno mismo de su familia. Quizás la mayor causa de retraso en el cumplimiento de lo que Dios tiene la intención de darnos resida en el hecho de que nuestra mente natural tiene a veces una idea de lo que va a ser ese don. Así como Satanás siempre busca estropear lo que no puede destruir, lo mismo ocurre con la voluntad de nuestra naturaleza, que pretende comprender y llevar a cabo lo que Dios ha preparado por completo fuera de nosotros; así, Eva, interpretando una verdad espiritual con un espíritu carnal, toma a Caín por la simiente prometida (Gén. 4:1). Es absolutamente imposible para el corazón humano concebir la grandeza y la naturaleza de lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman. Ismael era la medida de Abram, Isaac la de Dios. Mientras tanto, Abram debe aprender, a través de luchas, disputas y penas, a qué conduce su impaciencia, y al final tiene que hacer lo que era «grave en gran manera» (Gén. 21:11) expulsar a su hijo. Así, nuestras acciones no hacen más que retrasar nuestras verdaderas bendiciones, pues es necesario que veamos adónde conducen esas acciones. Deben de haber transcurrido unos 20 años entre el momento de la promesa y el nacimiento de Isaac, y Abram pasó por numerosas pruebas durante ese tiempo, al tiempo que recibió numerosas y grandes revelaciones de Jehová.

Pero llegamos a la cuarta etapa de Abram, que se ha convertido en Abraham en el camino de la disciplina (cap. 21). Su copa parece estar llena: se le ha concedido a Isaac, la esclava y su hijo han sido expulsados, los poderes de las naciones, representados por Abimelec, reconocen que Dios está con Abraham en todo lo que hace; planta un tamarisco e invoca el nombre de Jehová, el Dios de eternidad; pero necesitaba una nueva disciplina para hacerle comprender que era Dios quien había llenado esa copa, que Él podía llenarla, vaciarla y volver a llenarla, y que era solo él quien lo hacía. Abraham había renunciado a esperar nada del mundo; ¿es ahora capaz de entregar el objeto de sus afectos y sus esperanzas? No solo eso, ¿podrá ser él mismo el autor de este desprendimiento? Le resultaba “muy doloroso” despedir a Ismael; ¿qué significará para él escuchar las palabras?: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré» Gén. 22:2). El sacrificio no es como el de Jefté, por su propia voluntad, sino que se lo pide claramente Dios; y Dios no solo le pide que lo consienta, sino que lo ejecute él mismo. Abraham obedece.

Camina por el camino de la dependencia de Dios, camino alto y elevado, por encima de toda influencia de ambición o afecto. ¡Pero qué disciplina! ¡Qué renuncia a esas esperanzas largamente acariciadas y a sus afectos! El objeto que debía abandonar no era como el kikajón de Jonás, que creció y se marchitó en una noche; era el fruto de largos años de paciencia, de prueba, de interés, ¡y debía arrancar él mismo la copa de sus labios! ¿Dónde estaba la naturaleza? ¿Dónde estaban sus exigencias? ¿Estaba abrumado como Jefté, o irritado como Jonás? No, el hombre de fe, en ese momento terrible para su naturaleza, se levantó temprano, ensilló su asno, tomó consigo a 2 jóvenes y a Isaac, su hijo, cortó la leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar donde Dios le había dicho que fuera. La fe da una calma y una dignidad que no fallan. Aquí no hay nada precipitado: Abraham, por el contrario, tiene mucho tiempo para reflexionar, pues no es hasta el tercer día cuando ve el lugar «de lejos» (v. 4). ¿Quién podría imaginar en su mente los ejercicios similares a los de esta alma que la fe mantenía fiel en la obediencia a la Palabra de Dios, y no se sorprendería de la fuerza suprema que da la fe? ¡La renuncia es total!

Abraham toma el cuchillo con su propia mano para degollar a su hijo, pero confía en Dios, «estimando que Dios podía resucitarle aun de entre los muertos» (Hebr. 11:19). La dependencia había triunfado sobre las exigencias de la naturaleza, y entonces llega la recompensa. «El carnero trabado en un zarzal» (Gén. 22:13), Cristo, el verdadero holocausto, que nos coloca ante Dios en una posición excelente, que ninguna de nuestras propias ofrendas nos habría dado, él es nuestra compensación tras toda renuncia, y también la verdadera, real y plena satisfacción de nuestros corazones. El lugar se llama: Jehová-Jiré; es «la montaña de Jehová», porque es allí donde Jehová provee completamente a nuestras necesidades, y además es allí donde Abraham recibe una nueva revelación de bendiciones, la más grande y completa que jamás se le haya comunicado. La naturaleza estaba tan reducida al silencio, la dependencia de Dios tan completa y tan prácticamente realizada, que Jehová puede revelarle los designios más profundos de su amor. Ha alcanzado una madurez tan perfecta que tiene oído para escuchar y corazón para comprender la sabiduría. Es la disciplina de Dios la que ha hecho todo esto; y según la medida de su gracia, es allí adonde Él nos conduce a cada uno de nosotros. Que él nos dé suficiente sabiduría para discernir el camino de la fe, y permanecer en él de tal manera que nuestro caminar sea para alabanza y gloria de Aquel que, mediante la educación que da a nuestras almas, busca nuestra bendición y nuestro gozo.


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