10 - Capítulo 10

Sinopsis — Marcos


10.1 - Las relaciones naturales restablecidas

Es un extraordinario principio el que encontramos aquí: las relaciones naturales (como Dios mismo las creó en el comienzo) restablecidas en su autoridad original, mientras el corazón es juzgado, y la cruz como el único medio de acercarse a Dios, quien era la fuente creativa de ellos. En la tierra Cristo no pudo ofrecer nada excepto la cruz a aquellos que le seguían. La gloria a la cual la cruz conduciría ha sido mostrada a algunos de ellos; pero, en cuanto a él se refiere, él tomó el lugar de siervo. Era el conocimiento de Dios por medio de él que debía formarlos para esta gloria y conducirlos a ella; pues, de hecho, eso era la vida eterna. Todos los otros caminos intermedios llegaron a ser, en manos de los hombres, hostiles al Dios que los había concedido, y, por lo tanto, hostiles a su manifestación en la persona de Cristo.

10.2 - La familia; la Ley y el corazón del hombre; la rectitud natural y la verdadera condición del hombre

Hallamos, entonces (v. 1-12), la relación original del hombre y la esposa formada por la creativa mano de Dios; en los versículos 13-16, hallamos el interés que Jesús tuvo en los niños, el lugar de ellos ante la compasiva mirada de Dios, el valor moral de aquello que ellos representaban delante de los hombres. En el versículo 17 llegamos a la Ley, al mundo, y al corazón del hombre en presencia de los dos. Pero, al mismo tiempo, vemos que Jesús se complace en aquello que es amable en la criatura, como criatura que es –un principio de profundo interés expuesto en este capítulo– mientras que aún aplica moralmente la piedra de toque al corazón de él. Con respecto a la Ley, de la forma que el corazón natural puede verla (es decir, la acción exterior que ella requería), el joven la había guardado; y con una sinceridad natural, y una rectitud, que Jesús pudo apreciar como una cualidad de la criatura, y que nosotros debemos reconocer siempre allí donde exista. Es importante recordar que aquel que como Hombre estuvo perfectamente separado para Dios –y eso, debido a que tenía los pensamientos de Dios– podía reconocer las inmutables obligaciones de las relaciones establecidas por Dios mismo; y, también, cualquier cosa que fuese amable y atractiva en la criatura de Dios, como tal. Teniendo los pensamientos de Dios –siendo Dios manifestado en carne, ¿cómo no podía él reconocer en su criatura aquello que era divino? Y mientras hace esto, él debe establecer los deberes de las relaciones en las que le ha puesto, y exhibir la ternura que sentía por los representantes infantiles del espíritu que él apreciaba. Él tiene que amar la rectitud natural que podía desarrollarse en la criatura. Pero él debe juzgar, también, la verdadera condición del hombre plenamente sacada a la luz, y los afectos que reposaban sobre los objetos suscitados por Satanás, y la voluntad que rechazaba y se alejaba de la manifestación de Dios que le llamaba a abandonar esas vanidades y a seguirle a él, sometiendo así su corazón moralmente a prueba.

10.3 - La Ley utilizada para justicia propia

Jesús exhibe la perfección absoluta de Dios aún de otra manera. El joven vio la perfección exterior de Cristo, confiando en el poder del hombre para realizar aquello que es bueno. Viendo su cumplimiento práctico en Jesús, se dirige a él –y, humanamente hablando, con sinceridad– para aprender, de uno en quien veía tanta perfección, la norma de la vida eterna, aunque contemplándolo solo como un rabino. Este pensamiento está expresado en su saludo cordial y sincero. Él corre, hinca la rodilla, ante este Maestro, a quien valoraba muy positivamente, diciendo: «Maestro bueno». El límite humano de sus ideas sobre esta bondad, y su confianza en los poderes del hombre, se manifiestan con las palabras: «¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?». El Señor, tomando toda la importancia de su palabra, responde: «¿Por qué me dices bueno? Nadie es bueno, excepto uno, Dios» (10:17-18). Aquel que conoce a Dios, respetará las cosas que Dios ha creado, cuando se presentan como tal en su verdadero lugar. Pero Dios solo es bueno. El hombre, si es inteligente, no tratará de mostrarse bueno ante Dios, ni soñará en la bondad humana. Este joven tenía, por lo menos, la esperanza de llegar a ser bueno mediante la Ley [11], y él creía que Jesús también lo era como hombre. Pero las grandes ventajas que la carne podía reconocer y que respondían a su naturaleza, no hacían más que cerrar eficazmente la puerta de la vida y del cielo para el hombre. La carne utilizaba la Ley para la justicia propia, siendo que el hombre no era bueno, sino pecador. Y, de hecho, si tenemos buscar justicia, es porque no la poseemos (es decir, porque somos pecadores y no podemos lograr esta justicia en nosotros mismos). Además, las ventajas de este mundo, que parecen hacer al hombre más capacitado para hacer el bien, ataban su corazón a cosas perecederas, fortalecían el egoísmo y hacían que le diera poco valor a la imagen de Dios.

[11] Él no pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Él pretendía tener la vida por la Ley.

10.4 - La dificultad de Pedro; el hombre en la presencia de Dios

Pero las enseñanzas de este capítulo van aún más lejos en cuanto al asunto de la condición del hombre ante Dios. Las ideas de la carne acompañan y dan su forma a los afectos del corazón, en uno que ya ha sido vivificado por el Espíritu de gracia actuando mediante la atracción por Cristo, hasta que el Espíritu Santo mismo comunica a esos afectos la fuerza de su presencia, dándoles por objetivo la gloria de Cristo en el cielo; y haciendo, al mismo tiempo, que la luz de esa gloria brille (para el corazón del creyente) sobre la cruz, invistiéndola con todo el valor de la redención que cumplió, y de la gracia divina que era su fuente, y produciendo la conformidad con Cristo en cada uno que lleva la cruz con él.

Pedro no comprendía cómo alguien podía ser salvo, si ventajas tales como las que los judíos poseían en su relación con Dios (y las cuales estaban especialmente presentes en el caso de este joven), solo obstruían el camino al reino de Dios. El Señor se encuentra con él sobre este terreno mismo; pues el hombre en presencia de Dios era ahora la cuestión. Por lo que al hombre respecta, era imposible –una segunda verdad profunda– en cuanto a su condición. No solo no había nadie bueno excepto Dios, sino que nadie podía salvarse, según lo que el hombre era. Cualesquiera que fuesen las ventajas que tuviese como medios, de nada le servirían en su estado de pecado. Pero el Señor presenta otra fuente de esperanza –«todas las cosas son posibles para Dios».

El todo de esto, y en realidad toda esta parte del Evangelio, lo muestra, al poner al sistema judío a un lado, lo hace, porque, mientras aquel se fundamentaba en la prueba de la posibilidad de adquirir justicia por medio de la posesión de ordenanzas divinamente establecidas, y una posición delante de Dios todavía no revelado, esta nueva fuente de esperanza revelaba a Dios y traía al hombre y el corazón del hombre frente a frente, como algo real, con Él; en gracia, pero, con todo, cara a cara tal como era. Los discípulos, no habiendo recibido aún el Espíritu Santo, están todavía bajo la influencia del antiguo sistema, y solo ven a los hombres como árboles que andan; y esto es desarrollado plenamente en este capítulo. En realidad, ellos podían pensar en el reino, pero aún con pensamientos carnales.

10.5 - Seguir al Señor y su recompensa

Pero la carne, la mente carnal, penetra aún más lejos en la carrera de la vida de gracia. Pedro recuerda al Señor que los discípulos habían dejado todo para seguirlo. El Señor contesta que todo aquel [12] que hubiese hecho eso, tendría todo lo que le haría feliz en sus afectos sociales, como Dios lo había formado, y todo lo que este mundo pudiese darle en cuanto al disfrute real de ello y 100 veces más, junto con la oposición con la que él mismo se encontró en este mundo; y en el mundo venidero (Pedro no estaba pensando en eso), no se trataría de unas ventajas privadas personales, sino de la vida eterna. Él fue más allá de la esfera de la promesa relacionada con el Mesías en la tierra, para entrar, y hacer entrar a otros, en aquello que era eterno. En cuanto a la recompensa individual, no podía juzgarse por las apariencias.

[12] Esto iba más allá de las relaciones de los discípulos con los judíos, y, en principio, admitía a los gentiles.

10.6 - La cruz; el lugar de servicio, la humillación y la obediencia

Pero, además, ellos siguieron realmente a Jesús, y pensaban en la recompensa, pero poco en la cruz que era el camino; estaban sorprendidos de ver a Jesús subiendo deliberadamente a Jerusalén, donde el pueblo intentaba matarle, y tuvieron miedo (v. 32). Si bien lo siguieron, no estaban a la altura para comprender todo lo que el camino implicaba. Jesús les explica esto asiduamente: implicaba su rechazo, y su entrada al nuevo mundo por la resurrección. Juan y Jacobo, poco afectados por las comunicaciones del Señor, utilizan su fe en la realeza de Cristo para presentar los deseos carnales de su corazón, a saber, el estar a su mano derecha e izquierda en la gloria. Nuevamente el Señor les asegura que deberían llevar la cruz con él, y él mismo toma el lugar del aquel que debe cumplir el servicio que le es confiado, y llamar a otros a la comunión con sus sufrimientos. En cuanto a la gloria del reino, sería de aquellos, para quienes el Padre lo había preparado: el disponer de él no estaba en sus manos, sino para aquellos (v. 40). Tal es el lugar de servicio, de humillación y de obediencia, en los que este Evangelio siempre lo presenta. Tal debía ser el lugar de sus discípulos.

Hemos visto lo que era la carne en un joven íntegro, a quien Jesús amó, y en sus discípulos, quienes no sabían cómo tomar la verdadera posición de Cristo. El contraste de esto con el triunfo pleno del Espíritu Santo es notable, tal como lo hallamos al comparar este capítulo con Filipenses 3.

10.7 - La justicia humana sin valor para Pablo ante la justicia revelada en Cristo

Tenemos en Saulo a un hombre irreprensible exteriormente, según la Ley, como el joven en el Evangelio; pero él había visto a Cristo en la gloria, y, por la enseñanza del Espíritu Santo, vio la justicia conforme a la cual Cristo entró en la gloria en la que él se reveló a Saulo. Todo lo que para él había sido ganancia, lo dio por perdido por amor de Cristo. ¿Tendría él una justicia carnal, una justicia humana, incluso si la hubiese cumplido, cuando había visto una justicia resplandeciente con la gloria de Cristo? Él poseía la justicia que era de Dios por la fe. ¿Qué valor tenía esa justicia por la que había trabajado, ahora que poseía la justicia del todo perfecta que Dios daba por la fe? No solo eran quitados los pecados: la justicia humana perdía todo su valor mediante ella. Pero sus ojos habían sido abiertos a esto por el Espíritu Santo, y viendo a Cristo. Las cosas que ocupaban el corazón del joven y le retenían en el mundo que Cristo abandonaba, y que al rechazar a Cristo había rechazado a Dios –¿podían estar cosas retener a uno que había visto a Cristo en el otro mundo? Estas cosas no eran sino basura para él. Él había abandonado todo para poseer a este Cristo. Él las consideraba totalmente sin valor. El Espíritu Santo, al revelar a Cristo, lo había liberado completamente.

10.8 - El asombro y el temor de los discípulos contrastados con el deseo de Pablo

Pero esta manifestación al corazón de Cristo glorificado va más allá. Aquel que rompe de este modo con el mundo, debe seguir a Aquel cuya gloria alcanzará; y esto significa colocarse bajo la cruz. Los discípulos habían dejado todo para seguir a Jesús. La gracia los había ligado a Cristo para que pudieran seguirlo. El Espíritu Santo no los había vinculado todavía con su gloria. Él sube a Jerusalén. Ellos estaban asombrados ante esto; y, (aunque va delante de ellos, y tienen su guía y su presencia) ellos tienen miedo. Pablo busca conocer el poder de su resurrección; él desea tener comunión con sus sufrimientos, y ser conformado a su muerte. En lugar de asombro y miedo, hay una plena inteligencia espiritual y el deseo de conformidad a esa muerte que los discípulos temían; porque él halló a Cristo moralmente en ella, y era la senda a la gloria que había visto.

10.9 - Ver a Cristo hace desear tenerlo a él en la gloria, y nada más

Además, esta visión de Cristo purifica los deseos del corazón incluso con respecto a la gloria. Juan y Jacobo desean para ellos mismos el mejor lugar en el reino –un deseo que sacaba provecho (con un objetivo carnal y egoísta) de la inteligencia de la fe– una fe percibida a medias que buscaba inmediatamente el reino, y no la gloria y el mundo venidero. Pablo había visto a Cristo: su único deseo en la gloria era poder poseerle a él: «a fin de ganar a Cristo» (Fil. 3:8), y un estado nuevo conforme a ello; no un buen lugar cerca de él en el reino, sino él mismo. Esto es liberación –el efecto de la presencia del Espíritu Santo revelando a un Cristo glorificado.

10.10 - La cruz es el único camino en este mundo a la gloria de Dios

Podemos observar que en cada caso el Señor introduce la cruz. Era la única vía de paso de este mundo natural, al mundo de gloria y de vida eterna [13]. Al joven él le muestra la cruz; a los discípulos que le siguen él les muestra la cruz; a Juan y a Jacobo, quienes buscaban un buen lugar en el reino, él les muestra la copa que tendrían que beber al seguirle. La vida eterna, aunque recibida ahora, estaba, en posesión y goce conforme al propósito de Dios, al otro lado de la cruz.

[13] Desde la transfiguración hasta que sus derechos como Hijo de David están puestos en duda, es la cruz lo que se presenta. Profeta y predicador hasta entonces, ese ministerio finalizó con la transfiguración, en la cual su gloria futura brilló en este mundo sobre la cruz que iba a concluir su servicio aquí abajo. Pero antes de que él llegara a la cruz, él mismo se presentó como Rey. Mateo comienza con el Rey, pero en Marcos es esencialmente el Profeta.

Obsérvese también, que el Señor estaba tan perfectamente, tan divinamente, por encima del pecado en que yacía la naturaleza, que él podía reconocer todo lo que era de Dios en ella, y mostrar, al mismo tiempo, la imposibilidad de cualquier relación entre Dios y el hombre en el terreno de lo que el hombre es. Las ventajas no eran sino estorbos. Se debe experimentar aquello que es muerte para la carne; debemos tener justicia divina, y entrar en espíritu (de hecho, de aquí en adelante) en otro mundo, para poder seguirle y estar con él –para «ganar a Cristo». ¡Solemne lección!

En conclusión, Dios solo es bueno, y –habiéndose introducido el pecado– es imposible, si él fuera manifestado, que el hombre pueda estar en relación con Dios; pero con él todo es posible. La cruz es el único camino a Dios. Cristo conduce hasta ella, y nosotros debemos seguirle en este camino, que es el de la vida eterna. Un espíritu infantil entra en este camino por gracia; el espíritu de servicio y de renunciación al “yo” camina en él. Cristo anduvo en él, dando su vida en rescate por muchos. Esta parte de la enseñanza del Señor termina aquí. La humildad de servicio es el lugar al cual Cristo nos lleva; pues en este él anduvo. Este capítulo merece toda la atención que el cristiano, por medio de la gracia, puede dedicarle. Habla del terreno sobre el cual el hombre puede permanecer, habla de hasta qué punto Dios reconoce lo que es natural, y de la senda de los discípulos aquí abajo.

10.11 - Jesús responde a la fe que lo reconoce como Rey

En el versículo 46 comienza otro asunto. El Señor entra en el camino de sus relaciones finales con Israel, presentándose como Rey, Emanuel, antes que como el Profeta que tenía que ser enviado. Como el Profeta, su ministerio se había cumplido. Él había sido enviado (dijo a sus discípulos) a predicar. Esto lo había conducido a la cruz, como hemos visto. Es necesario para él anunciarlo como el resultado a aquellos que le seguían. Él reanuda ahora su relación con Israel, pero como el Hijo de David. Se acerca a Jerusalén, desde donde se había marchado y donde él iba a ser rechazado, y el poder de Dios se manifiesta en él. Por el camino de Jericó, la ciudad de la maldición, entra Aquel que trae bendición al precio de la entrega de sí mismo.

El pobre ciego [14] (y tal, de hecho, era el estado la nación en sí misma) reconoce que Jesús de Nazaret es el Hijo de David. La gracia de Jesús responde en poder a la necesidad de su pueblo, que se expresaba por la fe, y perseveraba en ella, a pesar de los obstáculos puestos en su camino por la multitud que no sentía esta necesidad, y que seguía a Jesús atraída por la manifestación de su poder, sin estar ligada con él por la fe del corazón. Esa fe tenía el sentido de necesidad. Jesús se detiene y llama al ciego, y ante todo el pueblo manifiesta el poder divino que respondió, en medio de Israel, a la fe que reconocía en Jesús de Nazaret al verdadero Hijo de David, al Mesías. La fe del pobre hombre le había sanado, y siguió a Jesús en el camino sin disimulo o temor. Porque la fe que confesó que Jesús era el Cristo era fe divina, aunque quizás no supiese nada de la cruz que él acababa de anunciar a sus discípulos como el resultado de su fidelidad y servicio, y en la cual la fe debe seguir si es genuina.

[14] Ya he hecho la observación acerca de que el ciego de Jericó es, en los tres primeros Evangelios, el punto donde comienza, la historia de los últimos tratos de Cristo con los judíos y sus sufrimientos finales, concluyendo así su ministerio general y servicio.