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Libro del profeta Malaquías


person Autor: Henri ROSSIER 25

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


1 - Introducción

Malaquías es cronológicamente el último de los profetas enviados a Judá después que este hubo retornado del cautiverio. Hageo y Zacarías profetizaron durante los acontecimientos relatados en el libro de Esdras. Malaquías es posterior, pues menciona circunstancias análogas a las del capítulo 13 de Nehemías. Pero todo lleva a pensar que su profecía fue pronunciada después de este período. De cualquier manera, su alcance sobrepasa infinitamente este marco más o menos restringido, pues Malaquías describe el estado moral del pueblo. Tal estado existía todavía en parte en tiempos de Juan el Bautista, último profeta del antiguo pacto, cuando Jesús, el Mesías prometido a Israel, estaba por aparecer en escena.

Muchos acontecimientos de marcada importancia tuvieron lugar durante los cuatro siglos y medio que transcurrieron entre Nehemías, último historiador del Antiguo Testamento [1], y el ministerio de Cristo. Malaquías no hace ninguna alusión profética a los acontecimientos que proliferaron en este período, mientras que Zacarías, asemejándose en ello a Daniel, los menciona claramente. Lo que ocurre es que Malaquías solo toma en cuenta el estado moral del pueblo, destinado a recibir al Mesías, y los juicios que caerían sobre él si su conciencia obstruida no se despertara ante esta visitación, al mismo tiempo que un verdadero remanente esperaría la venida del Señor.

[1] Nota del editor (N. del Ed.): El libro de Ester es de fecha anterior al de Nehemías.

Como se ve en los tres últimos profetas del Antiguo Testamento, Dios había hecho subir a Judá del cautiverio de Babilonia para establecer el reinado de Cristo, si el pueblo le recibía; pero, si llegaba al colmo de su incredulidad, rechazando a su Rey, Dios tenía en vista una salvación maravillosa que sería ofrecida a todas las naciones.

Malaquías, pues, no nos habla proféticamente del imperio de Alejandro, ni de los tiempos heroicos de los Macabeos, ni de la conquista romana, sino que describe el muy sombrío estado moral del pueblo y pone de relieve, sobre este fondo oscuro, la existencia de un pequeño remanente preparado, por la prueba, para proclamar la venida del Libertador.

Todo esto es de gran interés y muy digno de llamar nuestra atención, ya que se trata del porvenir de Israel y de la venida de Cristo, pero, como lo veremos a continuación, el libro de Malaquías, además, tiene para nosotros un alcance inmediato y considerable si lo aplicamos al estado actual de la cristiandad en su relación con la segunda venida del Señor. De ninguna manera queremos decir que Malaquías aluda a este asunto, pues todo el período de la Iglesia y la historia de la cristiandad están reservados al Nuevo Testamento y a sus profetas, mientras que el Antiguo Testamento guarda absoluto silencio a ese respecto; mas no olvidemos que la historia de Israel ofrece al cristiano una enseñanza que este sería muy culpable si no la aprovechara. Las cosas que le sucedían a este pueblo eran un ejemplo y han sido escritas «para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11).

Consideraremos, pues, a lo largo de este estudio, por una parte, la condición de Israel en relación con la primera venida de Cristo y, por otra parte, la de la cristiandad en relación con su segunda venida, cuando venga del cielo para recoger a los santos consigo. Este tema nos sorprenderá aun más por estar tan limitado. Contrariamente a lo que ocurre con otros profetas, Malaquías no nos dice ni una palabra del rechazo de Cristo y de sus sufrimientos expiatorios. Él anuncia su venida, y ¿quién la soportará si el Mesías no encuentra un pueblo dispuesto a recibirle?

Los que constituían el resto de Judá habían sido preparados de antemano para esta acogida. La gracia de Dios había hecho subir a esta tribu desde Babilonia. Ella habría sido el verdadero remanente si su corazón hubiese cambiado. Juan el Bautista la exhorta a ello con insistencia por medio del bautismo de arrepentimiento. El grueso de la nación, bajo la conducción de sus jefes, permanece sordo a la misión del mayor de sus profetas. Algunos lo escuchan, reciben al Mesías que viene a ellos y se convierten en el núcleo al cual se asociará más tarde el Israel profético. Acto seguido a la resurrección del Salvador, estos mismos discípulos forman, por cierto, el núcleo de la Iglesia, paréntesis celestial entre la venida del Mesías judío aquí abajo y su advenimiento con gloria para asumir el gobierno de Israel y del mundo, pero eso de ninguna manera impide que, como discípulos judíos que han recibido al Mesías, ellos sean el primer eslabón al cual habrán de soldarse los fieles del remanente judío de los últimos tiempos.

La primera pregunta que se nos plantea, pues, es esta: ¿En qué estado moral se encontraba el pueblo, vuelto de Babilonia, para esperar la primera venida de Cristo? ¿En qué estado moral se encuentra hoy la cristiandad para esperar su segunda venida?

2 - El amor de Dios hacia su pueblo (Malaquías 1 y 2:1-9)

«La palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías» (v. 1). Aunque Malaquías profetizaba en medio de los débiles restos de Judá y Benjamín, vueltos del cautiverio, abarca en su pensamiento a Israel, es decir, al conjunto del pueblo. En eso difiere de Zacarías, quien considera tan solo a Judá y Jerusalén. El estado moral que Malaquías va a describir comprende, pues, a la nación como un todo, y el juicio que debe alcanzarla será general; de igual manera la primera venida del Mesías abarca, en su alcance, a todo el pueblo (Lucas 1:54; 2:10, 25, 32).

«Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» (v. 2). «Yo os he amado»: ¡qué frase más conmovedora! Por ella comienza Dios; ella es el origen de todas sus relaciones con los hombres, de todos sus designios para con su pueblo. Desde la eternidad, las delicias de la Sabiduría son con los hijos de los hombres (Prov. 8:31); y, en cuanto a Israel, Dios le había probado su amor desde el principio, primero por su elección de gracia: «Amé a Jacob». Después Jehová había liberado a Israel de Egipto, lo había tomado sobre alas de águila para traerlo a Sí; lo había conducido por medio de la nube en el desierto para introducirlo finalmente en el país de la promesa. Y cuando sus juicios, prueba de su infalible carácter de justicia y santidad, habían tenido que caer sobre este pueblo infiel, el amor de Dios ¿no había terminado por restaurarlo y hacerlo subir a su tierra? ¿Podía Israel dudar un instante de un amor que de tantas maneras se había manifestado a su favor?

Esta misma frase la pronuncia Dios aún hoy. La cristiandad, a pesar de su rápida marcha hacia la apostasía final, puede oírla diariamente: «Yo os he amado, dice Jehová». ¿La cruz de Cristo no es la prueba incontestable de este amor?

2.1 - «¿En qué nos amaste?»

Se podría pensar, sin duda, que esta frase encontraría eco en el emocionado corazón del pueblo, conmovido por semejante gracia inmerecida… pero escuche usted lo que ese pueblo contesta: «¿En qué nos amaste?».

¿Se puede concebir semejante endurecimiento? Ese pueblo, después de haber hecho, durante muchos años, la amarga experiencia de las consecuencias de su infidelidad, ahora, en el momento mismo en que los inmerecidos designios de gracia se reanudan a su respecto, tiene la audacia de decir: «¿En qué nos amaste?». Ellos no conocen al Dios con el que tienen relación y ni aun se conocen mejor a sí mismos. No saben que Dios no cambia nunca y que, si sus juicios son inmutables, su amor es tan inmutable como su justicia. Tal es el primer carácter de este pueblo.

¿Acaso el estado de la cristiandad difiere en algo? A veces Dios sacude al mundo por medio de terremotos e inundaciones catastróficos. Aquellos que dicen creer en Dios, en vez de arrepentirse se preguntan: ¿Dónde está su amor? Y, sin embargo, los pasados y actuales juicios de Dios, si bien prueban su horror por el mal, tienen como propósito atraer las almas hacia él y probarles que, a pesar de sus pecados, se interesa por ellas y busca su bien. Su amor hacia ellas no ha cambiado, porque sigue estando establecido una vez para siempre en la cruz de Cristo y, por sus juicios, Dios querría conmover las conciencias y dirigir los ojos, como antiguamente los de los israelitas hacia la serpiente de bronce (Núm. 21:8), hoy hacia el único medio de salvación. Hay, sin duda, un justo gobierno de Dios en el mundo, y hace falta que el hombre lo comprenda y lo experimente para aprender que su único recurso está en el inmutable amor de Dios.

En vez de eso, los pecadores encuentran, en estos justos juicios, una ocasión para poner en duda el carácter de Aquel que los llama. Nada conmueve al corazón del hombre; este no considera que tan solo merece el juicio y, en vez de recurrir a la gracia, dice como el siervo malo: «Yo sabía que eres hombre exigente, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste» (Mat. 25:24). «¿En qué nos amaste?».

Tal como en el caso de Israel, el primer rasgo de la cristiandad profesa es, pues, la indiferencia por el amor de Dios y, aun más, la ignorancia acerca del carácter de Dios y del propio carácter de ella.

2.2 - «Amé a Jacob y a Esaú aborrecí»

A esta pregunta insolente: «¿En qué nos amaste?», Jehová contesta recordándoles sus orígenes: «¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» (v. 2). ¿En qué, pues, se basaba la elección de Jacob? Cuando Jehová dijo: «El mayor servirá al menor» (Gén. 25:23), ¿qué es lo que determinó su elección? Ninguno de estos dos hermanos había hecho, hasta ese momento, algo bueno o malo; lo que establecía diferencia entre ellos era el determinado propósito, la libre disposición de Dios, según la elección de gracia (Rom. 9). Y ¿por qué dice ahora: «Amé a Jacob»? ¿Acaso hubo algo en la conducta de Jacob que lo hiciese amable? Por cierto, que el carácter de Jacob no tiene nada de atrayente para nosotros, y cuánto menos para Dios, pues nunca hubo hombre con una fe más mezclada con engaño. ¿Acaso fueron las obras de Jacob las que, a pesar de su carácter, atrajeron el amor de Dios? En absoluto. Hay pocos patriarcas que hayan tenido una vida más pobre en buenas obras; y Malaquías va a mostrarnos lo que eran las obras de sus descendientes. ¿De dónde provenía, pues, este amor de Jehová hacia un hombre y luego por un pueblo tan miserables? Provenía de la necesidad del corazón de Dios de darse a conocer, de mostrar a los pecadores lo que él es. Israel se había aprovechado del hecho de que Dios quisiera revelarse a sí mismo –es decir, su naturaleza y su corazón– a unos miserables seres como nosotros.

Pero Jehová añade: «Y a Esaú aborrecí». ¿Acaso había injusticia y parcialidad en Dios por haberle odiado? De ninguna manera. La libre elección del Dios soberano no es odio. En el Génesis encontramos esta elección: «El mayor servirá al menor» (Gén. 25:23), pero no vemos su odio hacia Esaú. Dios no pronuncia allí un juicio sobre este; tenemos que llegar hasta Malaquías, el último libro profético del Antiguo Testamento, para saberlo. El odio de Dios contra Esaú no es más que el resultado de la conducta de Esaú. Jehová le había acordado, al igual que a su descendencia, unos 1.400 años para que probara por sus obras si era digno de ser amado por él; pero Edom [2] se había mostrado en toda ocasión como el juramentado enemigo de Dios y de su pueblo, y finalmente había colmado la medida de sus iniquidades por su conducta con respecto a Jerusalén y sus hermanos en el día de la calamidad de estos (Abdías 10-14). Por eso Dios hace de él, basándose en sus obras, ejemplo de un juicio sin misericordia; según dice Malaquías, Edom es «pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre» (cap. 1:3-5); y según el profeta Abdías, él será «cortado para siempre», el único pueblo del cual «ni aun resto quedará» (Abdías 10, 18). Después de haber establecido estos dos principios (por un lado, su amor y su elección de gracia, y por otro, su justicia y su santidad que no pueden dejar el mal sin castigo), Dios pasa a la condición actual de este pueblo al que había amado. ¿Había mostrado Israel ser digno de tanto amor, o más bien había merecido caer bajo el juicio? Esto es lo que van a mostrarnos los capítulos 1:6-14 y 2:1-17.

[2] N. del Ed.: La descendencia de Esaú formó el pueblo de Edom.

La única diferencia a favor de Israel, comparado con Edom, es que habrá en aquel pueblo un remanente, unos salvados según la elección de gracia. Este remanente mostrará de qué manera Dios sabe conciliar su odio por el pecado y su amor por el pecador. Y, lo sabemos, la cruz de Cristo es el único lugar en el cual la justicia de Dios se manifiesta, justificando al pecador en vez de condenarle.

Volvamos ahora a la profecía y examinemos, en primer lugar, el estado moral de Israel, poseedor de tantos privilegios.

2.3 - La condición del sacerdocio

Todo este pasaje (cap. 1:6-14-2:1-9) describe la condición del sacerdocio y luego la del pueblo (cap. 2:10-17). El sacerdote era a la vez el mediador entre Dios y la nación y el representante de la nación ante Dios; pero aquí tiene más bien el carácter de aquel que rinde culto a Dios. Si el pueblo hubiese escuchado atentamente la voz de Jehová, todo él habría sido un «reino de sacerdotes, y gente santa» (Éx. 19:6). Pero, entregado a su responsabilidad al pie del Sinaí, Israel, desde su primer acto –hacer el becerro de oro– perdió todo derecho a cumplir aquella función. Dios, después de hacer largos ensayos de su paciencia hacia su pueblo, para ver si este podía reconquistar, mediante su conducta, los privilegios que había perdido, suscitó un nuevo sacerdocio universal al apartar a su Iglesia. Esta ¿se ha mostrado digna del sacerdocio que le fue confiado? La historia de la cristiandad profesa responde negativamente a esta pregunta, aunque ella pretenda estar en relaciones con Dios para el culto. Tiene el nombre de «culto» en sus labios, pero ha olvidado totalmente el significado de ese servicio. Aun los creyentes que hay en medio de ella dan prueba de semejante ignorancia. Claro que todos son, de hecho, sacerdotes a los ojos de Dios, pero ya no cumplen sus funciones. Israel, pues, no es el único ejemplo de ignorancia en cuanto al homenaje que Dios tiene derecho a esperar de su pueblo.

2.4 - Honor al padre y temor al señor

«El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre» (v. 6).

Aunque las relaciones de familia, de las que nos habla este pasaje, iban debilitándose entonces –como sucede hoy con los progresos de la apostasía–, todavía se admitía que el hijo debía honrar a su padre y que el siervo debía temer a su señor. Pues bien, Dios era padre y señor a la vez, y los sacerdotes menospreciaban su nombre; pero decían: «¿En qué hemos menospreciado tu nombre?» Dios les contesta: «En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable» (v. 7). Su pregunta denotaba esa ignorancia de la que hemos hablado: ignorancia del carácter de Dios, de lo que le es debido y de la culpabilidad de sus propios actos.

Apliquemos estas palabras a lo que pasa en la cristiandad profesa, la que pretende rendir culto a Dios, acercarse a su Mesa, tomar parte en el memorial del sacrificio de Cristo… ¿Qué es lo que lleva allí? ¿Pureza o mancha? Los que se presentan allí ¿son santos purificados de sus iniquidades o, en cambio, seres cargados con sus pecados? Y unos dicen: ¿En qué hemos despreciado tu nombre, o te hemos profanado? ¿Hemos procedido mal en eso? ¿No hemos cumplido con toda puntualidad nuestros deberes religiosos? «En que pensáis» –responde Jehová– «que la mesa de Jehová es despreciable». Tal vez esas palabras no estén en sus labios, pero sí en sus actos, los que muestran cómo estiman a Jehová y su Mesa. «Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos» (v. 8). El hombre religioso de todos los tiempos, ¿qué da a Dios? ¿Y qué hace por Él? Cumple en público actos que le hacen honorable a los ojos de los demás hombres. El fariseísmo, sea judío o cristiano, no tiene otro móvil. Sus obras caritativas hacen hablar de él entre los hombres; pero, en lo secreto, ¿qué puede ofrecer a un Dios a quien no conoce, sino “un animal enfermo”?

¿Qué haremos, pues, para ser agradables a Dios? exclamarán esos mismos hombres. Helo aquí: «Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos» (v. 9). Arrepentíos; dejad vuestros caminos; implorad a Dios; apelad a su gracia. Es este vuestro único recurso, el único medio con que podéis contar para recibir los favores de Dios. No podéis hacer buenas obras, y vuestra conducta lo prueba; las mejores a vuestros ojos no son para Dios más que obras muertas de las que vuestra conciencia tiene que ser purificada (Hebr. 9:14).

«¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda» (v. 10). Aquí encontramos otro carácter moral del sacerdocio adulterado: el interés que dirige al hombre cuando pretende servir a Dios. No puede hacer otra cosa, porque no conoce a Dios. Por eso Dios pronuncia el juicio más completo sobre esta profesión sin vida y declara que no hay ningún vínculo moral entre ella y él: «Yo no tengo complacencia en vosotros… ni de vuestra mano aceptaré ofrenda».

2.5 - Dios se volverá hacia las naciones

«Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos» (v. 11).

El profeta declara aquí que Dios se volverá hacia las naciones. Es, en efecto, lo que ocurrió. Jehová abandonó a su pueblo al juicio, y el Evangelio fue anunciado a los gentiles. Una gran multitud de ellos se convirtió para servir al Dios vivo y verdadero y puso su esperanza en Cristo. Esta palabra del profeta, pues, puede aplicarse inmediatamente a la bendición de los gentiles por la fe cristiana, pero ella va más lejos: el Espíritu lleva nuestros pensamientos hacia un tiempo todavía futuro, cuando una ofrenda pura será presentada por las naciones al Dios de Israel. Este hecho que llena la profecía del Antiguo Testamento solo tendrá lugar después del juicio definitivo ejecutado sobre el pueblo rebelde y sus opresores. Entonces una muchedumbre innumerable de gentiles estará delante del trono en presencia del Cordero (Apoc. 7), y en todo lugar –no solamente en el templo de Jerusalén– se quemará incienso al gran nombre de Jehová.

«Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es despreciable. Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto!» (v. 12-13). Dios veía lo que había en el fondo del corazón de los sacerdotes de Israel. La cristiandad profesa ofrece el mismo espectáculo. El gozo de la presencia de Dios, la comunión con él, la apreciación del sacrificio de Cristo le son cosas desconocidas y tan solo hacen salir de sus labios una expresión: «¡Qué fastidio es esto!». ¿Puede ella comprender la felicidad que encuentran los creyentes en la comunión con el Padre y con el Hijo?

¿Puede encontrar sus delicias en la Palabra, de la cual únicamente el Espíritu Santo da la inteligencia?

«Despreciáis mi nombre… dice Jehová de los ejércitos». La revelación de Dios y de Cristo es para el hombre un polvo molesto que procura quitarse de encima; no significa nada para su corazón y su conciencia, porque no tiene corazón ni conciencia para Dios. El mundo estima que las distracciones y los placeres son preferibles al verdadero culto. ¿Puede el Señor aceptar sacrificios ofrecidos en tales condiciones? Aun en lo que se llamaba «un voto» –es decir, un servicio voluntario– sacrificaban «lo dañado», la apariencia del celo les bastaba (v. 14).

2.6 - El sacerdocio adulterado

Si ahora, en este primer capítulo, recapitulamos los caracteres del sacerdocio adulterado, encontraremos la total ignorancia acerca del amor de Dios, la ignorancia respecto de su santidad y la ausencia de todo temor de Dios. La impureza es llevada a su Mesa; dones sin valor son presentados para guardar las apariencias; el interés regula todos los actos en el servicio para Jehová. Esta carencia de realidad en la vida religiosa produce fastidio y hastío por las cosas divinas.

¡Quiera Dios guardarnos de este espíritu y de estas tendencias hacia los cuales nuestros corazones naturales tienen ya demasiada predisposición a dejarse arrastrar! Dios no nos pide vanas apariencias, sino la verdad en el corazón, actos que correspondan a nuestras palabras, palabras que correspondan al estado de nuestras almas. Feliz aquel de quien Jesús pueda decir: «¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño»! (Juan 1:47).

El capítulo 2:1-9 pertenece propiamente al que precede. No hace, como tampoco el capítulo 1, una completa descripción de la apostasía final, sino que describe el carácter moral del sacerdocio, librado a su propia responsabilidad. De modo que podemos echar una mirada al corazón del hombre religioso, a fin de saber evitar, para nosotros mismos, los rasgos que le caracterizan. Con este propósito, el creyente debe retener las primeras palabras del profeta: «Yo os he amado». Nuestra salvaguardia es el conocimiento del amor de Cristo. Volvamos siempre a beber de esta fuente, pues no tenemos otro medio para rendir un testimonio fiel. El Señor no le dice a Filadelfia: Reconoce que tú me has amado. Antes bien le dice: Reconoce que yo te he amado (Apoc. 3:9). Si nos recostamos sobre el pecho de Jesús, solo sentiremos latir el amor. Allí aprenderemos a conocerle, y no buscándole a través de la manera –siempre imperfecta– en que cumplimos nuestro servicio.

«Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón. He aquí, yo os dañaré la sementera, y os echaré al rostro el estiércol, el estiércol de vuestros animales sacrificados, y seréis arrojados juntamente con él» (v. 1-3). Los hombres que merced a sus privilegios están más cerca de Dios, son los juzgados con mayor severidad. Estos sacerdotes se jactaban de sus prerrogativas, pero habían olvidado a Dios, quien había venido a ser para ellos lo que se llama una cantidad desdeñable. ¿Para qué existían, sino para «dar gloria a Su nombre»? De otro modo, Dios maldeciría sus bendiciones y sus privilegios se convertirían en maldición para ellos. Esta amenaza era ya una cosa actual en tiempos del profeta Malaquías.

2.7 - El pacto con Leví

«Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos» (v. 4). Encontramos aquí una confusión intencional –muy frecuente en el Antiguo Testamento– entre sacerdotes y levitas. El sacerdocio propiamente dicho ya había fracasado, al pie del Sinaí, cuando Aarón, sumo sacerdote, les había desenfrenado al hacerles un becerro de oro (Éx. 32:25). Había vuelto a fallar cuando Nadab y Abiú, hijos de Aarón, ofrecieron fuego extraño a Jehová (Lev. 10:1) y fueron consumidos. También había fracasado cuando Elí, descendiente de Itamar, honró a sus hijos más que a Jehová, por lo cual Dios le anunció que suscitaría en su lugar un sacerdote fiel que andaría delante de su Ungido todos los días (1 Sam. 2:29, 35). Entonces fue suscitado Sadoc, de la familia de Eleazar, y esta familia ocupó, desde entonces, el primer puesto en el sacerdocio (1 Crón. 6:50-53; 24:1-6); pero vemos, al final de Nehemías, lo que fue de esta familia: «Contaminan el sacerdocio, y el pacto del sacerdocio y de los levitas» (Neh. 13:29). Del mismo modo, en Malaquías habían «corrompido el pacto de Leví» (cap. 2:8). Eso no anulaba, sin duda alguna, el determinado propósito de Jehová de conservar en esa familia, para el porvenir, un sacerdocio fiel que, mejor aun que el de Sadoc bajo la realeza de David, «andará delante de mi Ungido» (1 Sam. 2:35). Pero, a causa de la infidelidad del sacerdocio en ese momento de Malaquías, Jehová insiste en su alianza con Leví.

Esta maldición, pronunciada aquí sobre el sacerdocio judío, alcanzará igualmente a la profesión cristiana. Al aludir al capítulo 19:6 del Éxodo, el apóstol Pedro dice a los cristianos: Sois «un sacerdocio santo» y «sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa» (1 Pe. 2:5, 9). Como profesión, ese sacerdocio se ha hecho infiel y no podrá subsistir; pero los consejos de Dios son irrevocables y permanecerán a pesar de todo. Si bien es cierto que el conjunto cae bajo el juicio y, al castigar a los malos siervos, Dios tiene que decir: «Vendrá el señor de aquel siervo en el día que no espera, y a la hora que no conoce, y lo castigará con gran severidad, y le asignará su parte con los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes» (Mat. 24:50-51), no es menos cierto que su pacto permanece con Leví.

Los hijos de Leví habían demostrado celo por Jehová en dos ocasiones memorables. Después de la erección del becerro de oro y el pecado de Aarón, Moisés se puso a la puerta del campamento y dijo: «¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres. Entonces Moisés dijo: Hoy os habéis consagrado a Jehová, pues cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano, para que él dé bendición hoy sobre vosotros» (Éx. 32:26-29). El celo de los levitas por Jehová era su consagración, en contraste con la consagración oficial de los sacerdotes (Éx. 29).

Este celo se había mostrado por segunda vez durante la alianza de Israel con las hijas de Moab, para adorar a Baal-peor. Finees, hijo de Eleazar, en su celo por Jehová había traspasado a los culpables. Este acontecimiento constituye el tema de nuestro pasaje: «Mi pacto con él fue de vida y de paz» (v. 5); es, en efecto, lo que Jehová había dicho a Moisés: «Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, ha hecho apartar mi furor de los hijos de Israel, llevado de celo entre ellos; por lo cual yo no he consumido en mi celo a los hijos de Israel. Por tanto diles: he aquí yo establezco mi pacto de paz con él; y tendrá él, y su descendencia después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo, por cuanto tuvo celo por su Dios e hizo expiación por los hijos de Israel» (Núm. 25:10-13). En virtud de la fidelidad de Finees, el sacerdocio perpetuo debía quedar en la familia de Eleazar, de quien este levita era hijo.

Es, en efecto, lo que tendrá lugar en los últimos tiempos. Se ve en Ezequiel 48:11 que la familia de sacerdotes, de la cual los hijos de Sadoc fueron titulares bajo el reinado de David, subsistirá durante el reinado milenario de Cristo: «La porción santa» –leemos– será para «los sacerdotes santificados de los hijos de Sadoc que me guardaron fidelidad, que no erraron cuando erraron los hijos de Israel, como erraron los levitas». Tenemos aquí uno de los ejemplos de la confusión intencional, mencionada anteriormente, entre los sacerdotes y los levitas, pues eran los sacerdotes quienes habían «corrompido el pacto de Leví» (v. 8). «Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos» (v. 5-7). Leví tenía cinco caracteres:

  1. En cuanto a su corazón: temía a Jehová; se diferenciaba de esos sacerdotes profanos de los cuales Dios decía: «¿Dónde está mi temor?» (cap. 1:6).
  2. En cuanto a sus palabras: la ley de verdad estaba en su boca y la iniquidad no fue hallada en sus labios.
  3. En cuanto a su andar: lo hacia con Jehová en paz y rectitud.
  4. En cuanto a su ministerio: había apartado de la iniquidad a muchos.
  5. En cuanto a su mensaje: era el enviado de Dios.

2.8 - Cristo, el Levita fiel

La Palabra considera aquí el débil servicio de los levitas en comparación con el del hijo de Eleazar. Aprecia ese servicio según su origen, así como también considera el nuestro en comparación con el de Cristo. Todo este pasaje, en efecto, nos habla de él y nos ofrece una imagen admirable de su actividad como hombre. En la tierra, Jesús no era sacerdote; solo llegó a serlo en virtud de su resurrección de entre los muertos (Sal. 110). Pero toda su carrera en esta tierra correspondía a la del levita fiel. Era el perfecto siervo, tanto de Jehová como del hombre caído; por eso Dios le ha confiado un sacerdocio que no se transmitirá jamás. Desde entonces podía estar en el cielo, ante Dios, para servir a los hombres, porque había estado en el mundo para servir a Dios delante de los hombres.

Un pasaje del Deuteronomio nos presenta de nuevo a Leví bajo el carácter figurativo de Cristo: «A Leví dijo: Tu Tumim y tu Urim sean para tu varón piadoso… Bendice, oh Jehová, lo que hicieren, y recibe con agrado la obra de sus manos» (cap. 33:8-11).

En este magnífico capítulo, dos personajes tienen preeminencia sobre todos los demás: José y Leví. Ambos se caracterizan por la separación para Dios. Por una parte, las bendiciones están sobre José porque había estado separado de sus hermanos. Su carácter era el del nazareo, cuya separación era ordenada por Dios. En esta posición había sido fiel; por eso el favor de Dios viene «sobre la cabeza de José, y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos» (Deut. 33:16). En cuanto a Leví, su separación había sido voluntaria, fruto de su fidelidad; por lo que Jehová «bendice lo que hicieron, y recibe con agrado la obra de sus manos». Por eso, según la petición de Moisés, le es asignado a él el sacerdocio perpetuo: los Urim y Tumim, atributos del sacerdocio, por medio de los cuales se consultaba a Jehová (1 Sam. 28:6; 23:9; ver Núm. 27:21; Esd. 2:63; Neh. 7:65), son para Su «varón piadoso» (o Su «siervo favorecido»). Históricamente, esta promesa se cumplió en la familia de Eleazar, padre de Finees; pero aquí, Leví es un personaje, un solo hombre. La conducta de Leví (Finees), como la de Cristo, de quien es figura, es la base de todo sacerdocio.

«Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice Jehová de los ejércitos. Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas» (v. 8-9). El profeta vuelve aquí a los sacerdotes que de esto solo tienen la apariencia y la profesión. En vez de andar en los caminos del verdadero siervo, quien tendría que haber sido su modelo desde el principio, ellos habían seguido –pese a llevar Su nombre– caminos de corrupción, dando así ejemplo a mucha gente para que abandonase la ley, o bien la habían aplicado de manera diferente, según se tratara de pobres o de gente de buena posición. Por eso Dios iba a cubrirlos de desprecio a la vista de todos.

3 - La condición del pueblo (Malaquías 2:10-17 y 3:1-15)

3.1 - Profanación y deslealtad

La segunda parte del capítulo 2 aborda un nuevo tema. Ya no se trata aquí del sacerdocio, sino del pueblo.

Parece que el versículo 10 es una confesión general: «¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?». Son como palabras de arrepentimiento puestas en boca de Judá, las que se realizarán más tarde, cuando el remanente reconozca su pecado. Así como los sacerdotes habían corrompido el pacto de Leví (v. 8), el pueblo también había profanado el pacto de sus padres. Ahora bien, ¿no eran todos ellos hijos de un mismo padre, criaturas de un solo Dios? No se trata aquí de la relación con el Padre, manifestada aquí en la tierra por Jesús, establecida por la obra de la cruz y proclamada en la resurrección de Cristo, relación de la cual tan solo los cristianos participan, pues el Antiguo Testamento no la revela y ella nunca pertenecerá al pueblo judío como tal. La relación de la que nos habla este pasaje pertenece, por el contrario, a todos los hombres, judíos o gentiles, aunque los creyentes la poseen también de modo muy especial.

Por eso vemos, en Efesios 4:6, que hay «un solo Dios y Padre de todos, que es sobre todos, y a través de todos, y en todos». Nuestro pasaje habla de esta relación. Eran hermanos, ya que habían sido engendrados por el mismo Dios; y ¿acaso los hermanos obran pérfidamente el uno para con el otro? Su origen común, ¿no debía poner en sus corazones mutuos sentimientos de amor y benevolencia? El reproche contenido en este versículo corresponde a aquel que Jehová dirige, en el capítulo 1:6, a los sacerdotes: «Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra?». Pero, aquí, el Espíritu de Dios coloca esta palabra, no en boca de Jehová, sino en la de los que tenían conciencia del miserable estado en el cual Israel había caído.

Lamentablemente, por el momento ese versículo 10 no representaba de ningún modo el estado moral del pueblo, impulsado a confesar sus pecados, pues está dicho: «Prevaricó Judá, y en Israel y en Jerusalén se ha cometido abominación; porque Judá ha profanado el santuario de Jehová que él amó, y se casó con hija de dios extraño» (v. 11). Dos rasgos caracterizan aquí la condición moral del pueblo: la profanación y la perfidia. Esta acusación nos recuerda el final del libro de Nehemías. A pesar de todas las exhortaciones de Esdras, dirigidas al pueblo y al sacerdocio, la nación había continuado aliándose con mujeres idólatras, y en eso los sacerdotes habían dado el ejemplo. El profeta alude a esta circunstancia histórica. Judá, al profanar el pacto había profanado el santuario de Jehová –restaurado con sus propias manos– y se había casado con la hija de un dios extraño (Neh. 13:23-31). Al igual que sus sacerdotes, Judá, al regresar del cautiverio, no era idólatra, pero la alianza con la idolatría no difería de los ídolos. Era tanto más despreciable por cuanto osaba aliarse con el culto del verdadero Dios.

Lo mismo pasa con los cristianos que pactan con el mundo. Sea o no cristianizado, este siempre sigue siendo el mismo mundo que dio muerte al Salvador. La amalgama entre los creyentes y el mundo no puede subsistir, y necesariamente llegará el momento en que el metal precioso será separado de las escorias y la cizaña será separada del buen grano para ser quemada. Por eso se dice aquí: «Jehová cortará de las tiendas de Jacob al hombre que hiciere esto» (v. 12).

3.2 - Violación de la institución del matrimonio

A continuación, probablemente como consecuencia de sus relaciones culpables con idólatras, habían obrado pérfidamente para con sus propias mujeres: «Y esta otra vez haréis cubrir el altar de Jehová de lágrimas, de llanto y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto» (v. 13-14). Ellos repudiaban a sus mujeres legítimas para casarse con mujeres idólatras; y esas pobres abandonadas cubrían con lloros y gemidos el altar de Jehová, mientras sus maridos acudían a él para ofrecer sus sacrificios. Violaban así, al sembrarla de dolores y ruinas, la alianza divina establecida en la creación entre el hombre y la mujer. En el principio, Dios había hecho una compañera para Adán. «¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios» (v. 15). Aun cuando había violado lo que Dios había establecido en la creación, este pueblo poseía «abundancia del Espíritu», según Hageo 2:5, en la persona de algunos fieles que, como lo veremos en el capítulo 3, se encontraban todavía entre ellos. ¿Por qué este solo Dios había instituido el casamiento entre el primer hombre y la primera mujer? Porque buscaba «una descendencia para Dios». Solo podía poseer un pueblo suyo de esta manera y no por medio de una alianza profana cuyo instigador era Satanás.

El profeta añade: «Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos» (v. 15-16). Los sacerdotes habían manchado sus vestidos, el pueblo había cubierto los suyos de violencia al cortar, sin misericordia, los sagrados lazos del matrimonio, agregando así violencia a la perfidia.

3.3 - La cristiandad sigue el mismo camino

Todos los caracteres que acabamos de describir son también, moralmente, los de la cristiandad de nuestros días: se abandonan las relaciones entre hijos de un solo Padre; se relajan todos los lazos que Dios ha establecido; la alianza con el mundo se ha hecho regla; los ídolos han invadido los corazones; la corrupción y la violencia predominan por doquier. El mundo cristiano es indiferente a lo que Dios piensa de él y solamente se preocupa por la opinión de los hombres. Pregunta: «¿Por qué?», cuando Dios declara no estar satisfecho con él y procura tocar su conciencia. El mundo asocia el mal con el nombre de Jehová, como si Dios pudiese aprobarlo o tolerarlo: «Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a Jehová, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia?» (v. 17).

En resumen, ¿se encuentra algo satisfactorio en este capítulo? En él, según la expresión de Isaías, todo es «herida, hinchazón y podrida llaga; no… curadas, ni vendadas» (Is. 1:6). Solo un faro luminoso brilla en estas tinieblas: la fidelidad del verdadero Leví. Este responde a todos los deseos del corazón divino y, a pesar de todo, Dios proseguirá sus designios de amor y de gracia para con aquellos a quienes su gracia les asocia con Leví.

3.4 - Los hijos de Leví

El capítulo 3 va a mostrarnos lo que el Señor espera de estos últimos y los caracteres que distinguen a los fieles de los últimos días.

Recordemos aquí que aquellos de Judá que habían vuelto del cautiverio y edificado el templo de Jerusalén no habían regresado a su tierra como remanente convertido. Eran un pueblo de profesos, sujetos a la ley exteriormente, que habían reedificado el templo; pero el cautiverio en Babilonia de ninguna manera había cambiado sus corazones.

Como lo hemos visto, a ellos se refieren los dos primeros capítulos y el principio del tercero (v. 1-15). Este último continúa la exposición de la historia moral del pueblo, empezada en el versículo 10 del segundo capítulo. La palabra «vosotros» –la que se encuentra repetidas veces en este capítulo– se dirige tan solo al pueblo no creyente que profesaba la ley, sobrepasando, como el primer versículo del capítulo 1 ya nos lo mostró, los límites de Jerusalén y de Judá para extenderse a todo el pueblo. «Vosotros, la nación toda», (3:9).

Sin embargo, en los versículos que nos ocupan hay una diferencia notable con los dos primeros capítulos. Estos se dirigen tan solo a la nación, considerada bajo su aspecto religioso o civil, mientras que el tercer capítulo se refiere, desde el principio, a un verdadero remanente, no ya Leví solamente, un hombre, figura de Cristo (cap. 2:5-6), sino los hijos de Leví (cap. 3:3), asociados, en su servicio, con su fiel jefe, como nosotros, los cristianos, lo estamos con Cristo.

Esto equivale a decir que Dios se asegura de formar un remanente para Él en medio de un pueblo que carece de valor moral a sus ojos, desprovisto de conocimiento y sin afecto hacia él. Este remanente –o conjunto de creyentes– pone su confianza en Jehová y espera su venida.

Ya hice resaltar, en varias ocasiones, la analogía que existe entre el estado descrito por Malaquías y el de la cristiandad profesa de nuestros días. Al cotejar aquella profecía con las tres últimas epístolas del Apocalipsis, vemos que el estado de muerte y de mancha que se le reprocha a Sardis, la tibieza y la autosatisfacción que caracteriza a Laodicea –todos ellos rasgos del adulterado protestantismo de nuestros días– son como un comentario de estos capítulos de Malaquías. Y si el último de ellos nos muestra que Dios confía su servicio a los hijos de Leví, el Apocalipsis nos enseña también que el Señor se reserva, en Filadelfia, un testimonio para los últimos días, hasta que él venga a recoger a sus elegidos e introducirlos con él en la gloria.

3.5 - La venida de Cristo

Estas grandes verdades resaltarán más definidamente a medida que avancemos en el estudio de este capítulo. Pero antes el Señor anuncia a este pueblo un acontecimiento de la mayor importancia: la venida de Cristo. «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos» (v. 1).

Cuando el profeta dice: «El Señor a quien vosotros buscáis», no significa que hubiese, en el corazón del pueblo como tal, algo vivo para Dios. Israel –y Judá en particular– esperaba la venida de su Mesías, como lo vemos en los evangelios. Él pensaba que este Mesías, hijo de David, restablecería todas las cosas y sacaría a su pueblo de debajo del yugo de las naciones para establecer su propio reino en Israel. El pueblo esperaba con impaciencia a este Rey prometido, para ser liberado de la servidumbre a la que le tenían sujeto los gentiles y ver restablecidos sus gloriosos privilegios. Por eso se le llama: «El Señor a quien vosotros buscáis» y «el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros», pues debía introducir al pueblo en las bendiciones futuras, en virtud de su pacto con Israel.

Uno puede muy bien esperar una felicidad venidera sin darse cuenta de sus relaciones actuales con Dios. Ayer oí a un hombre del mundo afirmar que habría un reinado de paz en la tierra, que la guerra sería abolida y que los hombres disfrutarían de felicidad aquí abajo. En todos los tiempos se ha hablado así. En la antigüedad pagana, uno de sus propios profetas anunciaba estas cosas al pueblo romano. Los que creen en ellas o las desean pueden tener conciencias endurecidas en cuanto a su estado de pecado y a la necesidad de comparecer ante un Dios justo y santo.

El profeta predice aquí que la venida del Señor será anunciada por el precursor: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí», lo que tuvo lugar cuando Juan el Bautista apareció en medio del pueblo. En Mateo 11:9 Jesús dice a la muchedumbre: «Pero, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Os digo que sí, y mucho más que un profeta. Este es de quien está escrito: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino delante de ti».

«Y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis». Este pasaje no separa la venida del Señor a su templo del momento en el que Juan el Bautista apareció para anunciar esta venida. Pero, para que este gran hecho tuviera lugar efectivamente, hacía falta que el pueblo recibiera el bautismo de arrepentimiento, único medio para preparar el camino delante de los pasos del Mesías.

3.6 - El templo, habitación de Dios

La historia de Israel nos enseña que, cuando Salomón hubo acabado de edificar el templo, Jehová vino a habitar en él para morar en medio de su pueblo. Si este último hubiese sido fiel, Dios no habría abandonado su habitación. Pero Israel y sus reyes negaron a Jehová y practicaron toda clase de abominaciones; entonces los juicios cayeron sobre este pueblo. La realeza desapareció y la nación fue llevada en cautiverio. El profeta Ezequiel (cap. 10 y 11) vio el trono de Jehová abandonando como con pesar el templo de Jerusalén. La casa de Dios quedó vacía y acabó por ser destruida durante el reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia.

En el libro de Esdras vemos al remanente de Judá, vuelto a su tierra, reedificar el templo por orden de Ciro, pero Jehová no entra en él. Esta casa nuevamente es saqueada, arruinada y destruida y, más tarde, reconstruida por Herodes al tiempo de la venida de Jesús. En este mismo momento, Juan el Bautista prepara al pueblo para recibir al Señor en su templo.

El evangelio de Juan nos presenta, en el capítulo 2 (no sin motivo, pues este hecho, en los demás evangelios, es relatado al final de la carrera de Cristo), el primer acto del Señor cuando sube a Jerusalén. Entra en el templo, echa afuera a los vendedores y a los cambistas, y dice: «No hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio». Pero, al obrar así, él prevé su propio rechazo, pues, en realidad, él solo era el templo de Dios en medio de un pueblo que no quería saber nada de él. «Destruid este templo»– dice– «y yo en tres días lo levantaré». Y él hablaba del templo de su cuerpo (Juan 2:13-21).

Seguidamente llega el día (Mat. 24:1-2) en el cual Jesús sale del templo de Jerusalén y lo abandona para no volver a entrar más en él, diciendo: «No quedará aquí una piedra sobre otra que no sea derribada». Luego el Salvador es crucificado. ¿Todo, pues, ha acabado? ¡No! Dios le resucita y le hace sentar a su diestra, desde donde manda al Espíritu Santo, quien forma un nuevo templo, no de piedras y oro, sino un templo espiritual, compuesto de piedras vivas, un edificio en el cual Dios mora por medio de su Espíritu. Esta casa, formada para mantenerse pura y santa aquí abajo, se corrompe como todo lo que ha sido confiado a la responsabilidad del hombre. Ella llega a ser una gran casa manchada por utensilios de deshonra y, como en el caso del templo de Jerusalén, se acerca el momento en que el Señor deberá rechazarla por completo.

Sin embargo, antes de este rechazo definitivo, Dios forma, en medio de la cristiandad corrompida, un remanente cristiano que sea parte de la casa espiritual a la que llevará al cielo en su venida, la cual será el templo en que habitará por toda la eternidad. Entonces dirá: «¡He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y habitará con ellos!» (Apoc. 21:3).

Tal es la historia del templo celestial, pero el templo terrenal también tiene su porvenir, pues será reconstruido y el Señor habitará en él aquí en la tierra.

3.7 - La venida del Señor a su templo

Los últimos capítulos del profeta Ezequiel (cap. 40-44) nos hablan de este templo futuro, establecido después de que el último templo –el del anticristo, que edificará este hombre rebelado contra Dios– haya sido definitivamente destruido. Entonces Jehová reedificará su templo, y «vendrá súbitamente… el ángel del pacto» (Mal. 3:1). El profeta Ezequiel nos hace asistir a esta escena maravillosa. «Y la gloria de Jehová entró en la casa… la gloria de Jehová llenó la casa». Y dice: «Este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré las plantas de mis pies, en el cual habitaré entre los hijos de Israel para siempre» (Ez. 43:1-7).

El profeta Hageo nos habla también de este templo futuro: «Y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos» (cap. 2:7). Asimismo, a ese momento futuro alude Malaquías: «Vendrá súbitamente a su templo el Señor». «He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos». Esta venida del Señor a su templo ya no será con gracia, como la primera, sino con gloria, y tendrá lugar, como lo vamos a ver, después de los juicios. Será anunciada, como la primera, por un precursor que caerá bajo los golpes del anticristo. Si Juan el Bautista hubiera sido recibido, él habría sido este Elías que debía venir (Mat. 11:14; 17:10-12); pero fue rechazado, y el Señor volverá a enviar a Elías, según el capítulo 4:5 de Malaquías: «He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible». Aplazamos hasta más adelante la explicación de este pasaje.

Nosotros, los cristianos, quienes nos encontramos bajo el régimen de la gracia, ya no tenemos que esperar a un mensajero que nos anuncie la segunda venida de Cristo, como Juan el Bautista anunció la primera. Nuestro mensajero vino hace mucho tiempo en la persona del Espíritu Santo, la que bajó a la tierra el día de Pentecostés y nos ha enseñado a esperar también la súbita venida del Señor, pero con gracia, para introducirnos en la gloria, cuyo centro será la Jerusalén celestial. Sí, él vendrá pronto, pero quiere que le esperemos de un momento a otro, no como ladrón en la noche, sino como la Estrella resplandeciente de la mañana. Su venida podría aun retrasarse, pero debemos esperarla hoy; él cuenta para eso con nuestro apego hacia su persona.

3.8 - Israel no supo esperar al Señor

Lo mismo ocurría para Israel en el tiempo de Malaquías. El profeta quería mantener al pueblo despierto, pues era preciso que comprendiera que la venida del Libertador estaba cerca. Más de cuatro siglos transcurrieron entre esta profecía y la venida del Salvador y de su precursor, pero lo que quería el Señor era que los fieles le esperasen.

¿Le esperó su pueblo? Entre la profecía de Malaquías y la primera venida de Cristo transcurrieron siglos llenos de acontecimientos diversos. Cuando apareció, Judá había olvidado esta profecía, pero algunos pobres del rebaño le esperaban, tal como lo vemos al final de nuestro capítulo y al principio del evangelio de Lucas.

En realidad, tan solo los creyentes pueden esperar al Señor con gozo; los no creyentes siempre procurarán olvidarlo o negarán su venida. Y, ¿qué tiene eso de asombroso? La venida del Señor con gloria es, para el mundo, su venida para ejecutar juicio, como lo vemos en el pasaje que consideramos: «¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores» (v. 2). ¿Acaso el pueblo podría regocijarse por este acontecimiento? Lamentablemente, cuando el Señor venga por segunda vez a su templo, juzgará sin misericordia a la nación apóstata, y «¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?» (v. 2). El establecimiento del reinado de Cristo estará fundado en el juicio de los que hayan rechazado al Mesías.

3.9 - El Señor se sienta como el afinador

Ahora el profeta añade: «Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia» (v. 3).

Encontramos aquí, no ya –como en el versículo anterior– el juicio del pueblo infiel, sino la manera por la cual el Señor formará un pueblo que le pertenezca y al que él pueda reconocer como suyo. Para ello, valiéndose del juicio, hará una obra tranquila y reflexionada: se sentará. Adoptará la actitud de un hombre que afina y purifica la plata. Separará, mediante el fuego, el metal precioso de las escorias, lo bueno de lo malo. Tales serán los caminos de Dios en relación con el remanente que reunirá en medio de la gran tribulación (véase Sal. 66:11-12). Será preciso que tal remanente pase por el horno para ser purificado y liberado de sus ligaduras; sin embargo, será sostenido como antiguamente lo fueron los compañeros de Daniel, por la presencia del Ángel de Jehová.

Este remanente judío de los últimos tiempos diferirá mucho del remanente cristiano de nuestros días. Cristo vendrá por nosotros con gracia; para ellos, con gloria. Esta venida gloriosa da fin al Antiguo Testamento, como la de gracia lo hace con el Nuevo. Cristo se acerca a ellos para juicio, a nosotros con paz y misericordia. Y, sin embargo, el Señor usa también el crisol para con el remanente cristiano. Si bien cuida de su Iglesia, lo hace para santificarla purificándola por la Palabra (Efe. 5). Él trabaja en las almas y las conciencias de los santos para separarlos del mundo que corre al encuentro del juicio. Él quiere un pueblo santo, capaz de servirlo y esperarlo, al que pueda presentárselo como su Iglesia, glorioso, sin mancha ni arruga, irreprochable, sin defecto. 1 Pedro 1:7 nos presenta también el crisol: «Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro perecedero que es probado con el fuego, sea hallada para alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo».

3.10 - Purificará a los hijos de Leví

Hemos insistido en el hecho de que la descripción del estado del pueblo y del sacerdocio, en el capítulo 2, no ofrece ni un solo atisbo de aliento. Pero he aquí que, en el capítulo 3, el profeta nos dice: «Limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia» (v. 3). Los hijos de Leví son para Dios el verdadero remanente.

¿No es cosa notable? En el capítulo 2, Leví es mencionado completamente solo, como figura de Cristo, el verdadero siervo. Con él se concierta el pacto de vida y paz. Pero aquí son los hijos de Leví los que deben ser afinados para que puedan integrar este pacto. Lo mismo pasará con el remanente de Israel en los últimos días. Las relaciones con Cristo le harán agradable ante Dios, pero no sin que antes el juicio le haya purificado. «Y será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, y como en los años antiguos» (v. 4). Las relaciones de Judá y Jerusalén con Dios, para rendirle culto, únicamente podrán ser establecidas en virtud de la aceptación de los integrantes del remanente como compañeros del Mesías.

Será bueno que retengamos esta verdad. En la situación que atravesamos, un culto verdadero rendido por algunos tiene valor a los ojos de Dios, pues representa el culto general que le será ofrecido y es como precursor de este. Ello es muy apropiado para alentarnos. Por cierto, que deberíamos rendir culto con otro poder; pero lo que sube de un corazón sincero ante el Señor, la adoración y la alabanza, es tan aceptable por parte de Dios como cuando la Iglesia no era más que un corazón y un alma; es acepto por Su parte como el loor futuro, cuando toda la Asamblea esté reunida en torno a Cristo en la gloria. ¿Cómo podría ser de otra manera, ya que él es quien alaba en medio de la Asamblea? (Sal. 22).

3.11 - Juzgará al pueblo

Después de haber mencionado a los hijos de Leví, el profeta se vuelve nuevamente hacia el pueblo: «Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos» (v. 5).

Es importante repetir que, en todo este capítulo, el «vosotros» se dirige al pueblo infiel y no al remanente creyente. Insistimos en esta observación porque es la clave de la expresión: «Y huiréis», vertida en Zacarías 14:5, pasaje interpretado habitualmente como aplicable al remanente. En efecto, después de haberse referido, en el versículo 4, a las consecuencias que, la fidelidad de los hijos de Leví, tendrían para Judá y Jerusalén, el Espíritu de Dios nos muestra el resultado de la infidelidad del pueblo. Esta infidelidad ya no es la idolatría de antaño, sino que se resume en dos palabras: el desprecio hacia Dios y el prójimo. Los mismos rasgos son presentados por Zacarías (cap. 5:4; 8:17) como característicos del estado moral del pueblo en los últimos días. Exteriormente parecía que todo estuviese en regla; si bien se menciona la magia, por lo menos estaban ausentes los ídolos; mas el corazón del pueblo estaba tan corrompido como cuando la idolatría dominaba en Israel. Por eso, a causa del estado del corazón de la nación, el juicio de Dios debía caer sobre ella. Eso caracteriza a toda profesión que no vaya «mezclada con fe» (Hebr. 4:2). Dios resume este estado con una sola frase: «No teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos» (v. 5). Les falta el principio, el primer paso en el camino de la sabiduría, y veremos, en el versículo 16, que los verdaderos creyentes se caracterizan precisamente por tal temor.

3.12 - El temor a Jehová

En el fondo, ¿qué es temer a Jehová? El temor es el sentimiento de un inferior hacia un superior. Temer a Dios es reconocer, como criaturas, su soberanía y sus derechos absolutos sobre nosotros, así como la autoridad de su Palabra. Lo mismo ocurre en el caso de nuestras relaciones con Cristo, dado que somos siervos a los que él adquirió para sí al pagar nuestro rescate. El temor implica el sentimiento de la obediencia debida a la Autoridad, a sus órdenes y a sus mandamientos, como así también el sentimiento del servicio que debe prestársele. Ahora bien, el siervo, al obedecer, trata de agradar a su señor, a quien le debe todo. Un siervo teme a su amo, un hombre al magistrado, una mujer a su marido, un hijo a su padre, pues todos los nombrados en segundo término son representantes de una autoridad que les ha sido confiada por Dios. No hablamos del amor que implican estas diversas relaciones, sino decimos que el temor debe ser la base de ellas y el factor determinante de toda nuestra marcha aquí abajo. Por eso la Primera Epístola de Pedro, la que habla de la conducta cristiana, insiste continuamente acerca del temor. Conozco a Dios como mi Padre, me acerco a él con entera confianza infantil y filial, pero sin perder de vista la deferencia que le es debida. Reconozco sus derechos sobre mí como Dios, Creador, Señor y Amo, y mi único pensamiento será servirle, no con el temblor de un siervo envilecido por el yugo, sino con el pleno disfrute de mi relación con él, como hijo.

Si en el hombre no hay temor de Dios, no hay nada, ningún vínculo moral entre el alma y él (Sal. 36:1-4). Eso es lo que le falta a una profesión religiosa sin vida, al igual que al hombre incrédulo. El hombre natural, aun si lleva el nombre de Cristo, siempre tiene por guía su propia voluntad, enemiga de la voluntad de Dios, a la que no puede someterse (Rom. 8:7). En cambio, el hecho de convertirse en cristiano implica desde el comienzo una sumisión de fe a la voluntad de Dios. «¿Qué debo hacer, Señor?», pregunta Saulo en el camino a Damasco (Hec. 22:10). La voluntad propia es quebrantada y juzgada y la de Dios es aceptada como el único medio de salvación: «De su voluntad él nos engendró con la palabra de verdad, para que seamos como primicias de sus criaturas» (Sant. 1:18).

3.13 - ¡Vuelvan a mí!

«Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos» (v. 6). Si bien el corazón del hombre rechaza a Dios y le desprecia, Dios no varía. Hace promesas a Jacob y las cumplirá cueste lo que costare, pues él es un Dios fiel y no puede negar su eterna bondad. Pero también es un Dios justo que no puede tolerar el mal; es preciso, pues, que los malos sean consumidos, y solo su gracia detiene aún la espada del juicio. Me empeño en probaros –dice Jehová– a vosotros que no teméis mi nombre y que caeréis bajo los golpes de mi ira, que no he abandonado mis promesas; la prueba es que no os he consumido. Aguardo pacientemente que os desviéis del mal, pues mi paciencia es salvación. «Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis». Yo aguardo con paciencia para que os volváis a ellas. ¿No me escucharéis? «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos» (v. 7). Por mi parte, nada ha cambiado; por la vuestra, ¿qué haréis?

Volvemos a encontrar, en este pasaje, las primeras palabras del profeta Zacarías: «Volveos a mí… y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zac. 1:3), pero hechas, tanto más urgentes y necesarias, por cuanto el profeta Malaquías las había hecho preceder de estas otras palabras: «Yo os he amado» (cap. 1:2), muy apropiadas para tocar el rebelde corazón de Israel. En este último esfuerzo por sacudir la endurecida conciencia del hombre, Dios, antes de presentarle su responsabilidad, deseaba convencerle de lo que había en Su corazón. «Dios amó tanto al mundo» (Juan 3:16); esto es el Evangelio, y –mucho más de lo que lo hace Zacarías– Malaquías, el último profeta, incursiona en él de distintas maneras.

3.14 - «¿En qué hemos de volvernos?»

¿Qué respuesta da el pueblo a este llamado? «Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos?». ¿Acaso no ofrecemos sacrificios?

¿No observamos el sábado y las fiestas prescritas? ¿No nos presentamos con regularidad en el templo? ¿No es duro Jehová al exigirnos más? ¿En qué hemos faltado para que Dios nos imponga una conversión? Es la palabra del hijo mayor –en la historia del hijo pródigo– cuando le dice a su padre: ¿No eres tú quien no me ha tenido en cuenta, ya que no me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos?

De hecho, el pensamiento de la conversión no entra en el corazón del profeso, cualquiera sea la dispensación a la que pertenezca. Dirá: ¿Qué deberes he dejado de cumplir? ¿No me he bautizado? ¿No he confirmado el voto de mi bautismo? ¿Acaso me comporto como un pagano idólatra? ¿No voy al templo? ¿No cumplo mis deberes religiosos? ¿No doy limosnas?

Se trata a Dios de igual a igual. ¿Me hablas de volver? ¡No me hace falta en absoluto! Esta indiferencia es un insulto a Dios. El corazón del profeso, a pesar de las apariencias exteriores, permanece insensible, como así también su conciencia. El pueblo judío bien lo demostró cuando, 420 años más tarde, el Señor vino a su templo. Con los mismos caracteres religiosos que los descritos en Malaquías, estos hombres ponen al Mesías en la puerta y le crucifican. ¿Qué harían hoy?

«¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado» (v. 8-9). La inconsciencia es un nuevo rasgo que les caracteriza a todos.

3.15 - Poner a Dios a prueba

Entonces Dios los pone a prueba, o más bien los invita a que le prueben a él. Traed –les dice– los diezmos prescritos por la ley, a fin de que haya alimento en mi casa, y probadme así. Me comprometo a abriros las esclusas de los cielos si obedecéis a mi palabra, a derramar sobre vosotros la bendición hasta que sobreabunde, a reprender en favor vuestro a aquel que devora y aniquila vuestras cosechas. Vuestro diezmo os producirá el céntuplo (v. 10-11). Eso había sucedido en los tiempos de Nehemías (Neh. 13:10-14). Por un tiempo, los jefes habían escuchado y los levitas que carecían de todo habían vuelto a tomar confianza. Este estado no había durado. Se podría decir que en tiempos del Señor ocurría algo distinto, pues los fariseos pagaban el diezmo del eneldo y del comino sobrepasando aun las prescripciones de la ley. Sin duda, pero habían dejado «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas deberías hacer, sin desatender aquellas» (Mat. 23:23). Más aun, al cumplir estrictamente sus deberes religiosos no tenían como meta más que atraer las miradas de los hombres, sin tener en cuenta a Aquel que veía y juzgaba el estado de sus corazones.

Aquí, el pueblo no consiente en hacer la prueba que Jehová le propone, pues no tiene ninguna confianza en Dios. Hoy día, bajo el régimen de la gracia, ¿las cosas han cambiado? ¿Los hombres abandonan ventajas presentes por tener en vista bendiciones futuras? Si hicieran sus limosnas según los pensamientos de Dios, tendrían miedo de caer en la miseria.

3.16 - Liberalidad y bendición

Queridos amigos cristianos, ¿no debemos confesar que tal vez compartimos estos sentimientos del mundo, cuando se trata de dar con liberalidad para los siervos de Dios, como este pueblo de antaño tenía que proveer el alimento para los levitas? Hablo de nuestras liberalidades por doquier veamos obreros del Señor ocupados en el servicio de Su casa. Cuando solo Dios puede tomar conocimiento de ello, ¿damos para él todo lo que deberíamos dar? Esta llaga se mostró ya en los orígenes de la Iglesia, con Ananías y Safira. No hablo de que mintieran al Espíritu Santo, lo que era un pecado para muerte y atrajo sobre esos creyentes el juicio de Dios, sino del hecho de que, al disimular una parte de su haber, denotaran su falta de confianza en un Dios que les hubiera devuelto hasta cien veces lo que hubieran hecho por él y los suyos. Cómo deberíamos aprender a contar de manera más absoluta con esta promesa de Dios: «Os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (v. 10).

Muchas pruebas que afligen a los cristianos podrían tener por causa esta falta de confianza en Dios. El «devorador» no es reprendido a favor nuestro porque no hemos comprendido que todo lo que Dios nos da nos lo confía para su servicio. Apliquémonos, pues, esta palabra en primerísimo lugar, antes de juzgar a los demás. Solo Dios pesa los motivos que nos hacen obrar. La pobre viuda daba más del diezmo al tesoro del templo; ella sacrificaba para la casa de Dios toda su subsistencia. Los siervos fieles, a quienes se les habían confiado los talentos, los hacían valer enteramente para su Señor. Todo el fruto de las victorias de David iba a la casa de Jehová, y no guardaba nada de ello para sí mismo.

El mundo se gloría de los esfuerzos de la caridad, los que prueban –según dice– la solidaridad de la familia humana. Dejemos a Dios el cuidado de distinguir lo que, en estas liberalidades, está hecho para él. Todo otro motivo no tiene valor a sus ojos, pues los diezmos deben ser traídos al templo de Dios. Confiemos en un Dios galardonador y dispongamos liberalmente para él de lo que de hecho le pertenece. No tendremos, por cierto, ningún mérito en eso; sin embargo, estemos seguros de que unas bendiciones abundantes acompañarán siempre la devoción de nuestros corazones hacia él: la viña no quedará estéril; «y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos» (v. 12).

3.17 - «¿Qué hemos hablado contra ti?»

La incredulidad del pueblo, su indiferencia, su falta de confianza en Dios, le llevan a una última afirmación, mucho más terrible que todas las demás: «Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice Jehová. Y dijisteis: ¿Qué hemos hablado contra ti? Habéis dicho: Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no solo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon» (v. 13-15). En un sentido, el pueblo había obedecido, en tiempos de Nehemías, acerca de los diezmos (Neh. 13:10-14) y, sin embargo, todavía estaban pobres y esclavizados. Entonces, en vez de examinarse a sí mismos, se rebelan contra Dios. Así termina la historia moral de Israel, así como la del mundo. El pueblo ve cómo el orgullo tiene éxito, cómo los malos consiguen riquezas y honores, y no solamente envidia a los inicuos (Sal. 73) sino que apela a ello para negar a Dios y blasfemarle.

Antes de abordar un nuevo tema, recapitularemos el estado moral del pueblo y del sacerdocio, caracterizado por los diversos asuntos contenidos en estos capítulos. Esos asuntos, que son nueve, denotan una culpable ignorancia respecto:

  • del amor de Dios (cap. 1:2);
  • de lo que se le debe (cap. 1:6);
  • del culto que hay que rendirle (cap. 1:7);
  • de lo que conviene a la pureza de su Mesa (cap. 1:12);
  • de su santidad y su justicia (cap. 2:17);
  • de la propia perfidia del pueblo (cap. 2:14);
  • de lo que es una verdadera conversión (cap. 3:7);
  • de la consagración en el servicio; todo lo cual termina en
  • una abierta rebeldía contra Dios, ¡sin que ellos siquiera tengan conciencia de esta rebeldía! (cap. 3:13).

4 - Los que temen al Señor (Malaquías 3:16-18)

4.1 - «Hablaron cada uno a su compañero»

En la primera parte de este capítulo hemos visto que, en medio del triste estado moral del pueblo vuelto del cautiverio, Dios pone cuidado en formarse un remanente, «los hijos de Leví», quienes toman por modelo al verdadero Siervo de Jehová (cap. 3:3; 2:5-6). Este remanente debía ser afinado por la prueba –tal como el fundidor afina la plata– a fin de recibir al Mesías, el Salvador de Israel, en ocasión de su venida. De este remanente va a hablarnos el Espíritu de Dios. ¡Feliz y reconfortante espectáculo, en medio de tantas ruinas!

«Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero» (v. 16). Se caracterizan por el «temor de Jehová», contrariamente al conjunto de la nación, del cual se dice en el versículo 5: No tienen «temor de mí». Este temor caracterizó al remanente fiel en tiempos de la primera venida del Señor, es la porción de los testigos de Cristo en el día actual y se lo verá en el remanente de Judá en los últimos días. A menudo se predica al mundo acerca de la devoción a Cristo, de la consagración a Dios como el primer paso a dar en la vida cristiana. Estos hombres, sin duda sinceros, se engañan; no hace falta empezar así; además, de esta manera se invita al mundo a tomar un camino que tiene «apariencia de sabiduría, con una voluntaria devoción, una falsa humildad», pero que termina únicamente en la satisfacción de «los deseos de la carne» (Col. 2:23). Esta enseñanza olvida que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (Sal. 111:10; Prov. 9:10). Ya nos hemos extendido sobre este tema. Sin embargo, insistimos en él para señalar que el temor de Dios se reconoce en el hombre por la autoridad que la Palabra tiene sobre su conciencia. No podemos agradar a Dios sin obedecer a su Palabra. Y en ningún tiempo la profesión religiosa –y menos aun en nuestros días que antaño– admite en la práctica este principio. Los actuales sistemas religiosos admiten que la Palabra de Dios les obliga, en la medida en que no contradiga su organización; pero el corazón consagrado al Señor sabe que Dios mira a aquel que «tiembla a su palabra» (Is. 66:2).

«Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (v. 16-17).

4.2 - «Piensan en su nombre»

Dos cosas describen aquí al remanente: teme a Jehová y es de los que «piensan en su nombre». Se piensa en el nombre de una persona que está ausente. Tal era la posición del remanente de Israel antes de la primera venida del Mesías; tal es también la nuestra, la de quienes esperamos su segunda venida. Nuestra fe se manifiesta precisamente en que siente apego por la persona de Cristo, ahora ausente; en cuanto le veamos cara a cara, la fe ya no será necesaria. Cuando se está rodeado –como lo estamos– de objetos que atraen nuestras miradas, es un asunto grande y difícil distinguir los objetos invisibles y fijar en ellos las miradas de la fe. Es preciso que el Cristo invisible se haga tan poderosamente real para nuestra alma que, en su cercanía, todo lo que nos rodee pierda su realidad. Para eso es indispensable la fe. Valgámonos de la fe, como de un ojo del alma, para verle cerca de nosotros y sentirle con nosotros. Sabemos que, cualquiera sea nuestra debilidad, siempre podemos decir: «Tú estarás conmigo», pues su presencia no depende de la manera en que la sentimos; sin embargo, deberíamos experimentarla además de conocerla. Saber que él está con nosotros es la fuente de nuestra seguridad durante la travesía aquí abajo: «No temeré mal alguno»; pero experimentarlo es otra cosa y se resume en estas palabras: «Tu vara y tu cayado me infundirán aliento»; sí, experimentar su presencia llena nuestras almas de consuelo y de gozo: Siento un guía invisible que camina a mi lado (véase Sal. 23).

Si tenemos razones para sentirnos humillados al pensar en lo poco que demostramos gozo y comunión en nuestra vida cristiana, recordemos que Dios nos ha dado, al mismo tiempo que la fe, dos medios para vivir pendientes de las realidades invisibles y para superar los obstáculos que se oponen a ello. Estos dos medios son la Palabra y la oración. La Palabra nos revela a Cristo, y sin la oración no podemos estar en comunión con él ni gozar de su presencia. De esta manera, creceremos diariamente en su conocimiento durante el tiempo que aún nos separa de la gloria, donde le veremos tal como es.

Mientras tanto, él nos anima, pues conoce muy bien nuestras dificultades y nuestra debilidad. Él nos dice: Tienes poca fuerza, pero eso precisamente te incita a apegarte a mi Palabra y a mi nombre. Retén lo que tienes; no te pido otra cosa. Recuerda también de que todos tus débiles pensamientos en relación conmigo están consignados en mi libro y nunca serán olvidados.

4.3 - Esperar la venida del Señor

Veamos ahora lo que hacen los que temen a Jehová. «Hablaron cada uno a su compañero»; lo que les ocupa es la venida de Cristo, el Mesías, el Señor anunciado por el profeta. Es preciso recordar que, cuando Malaquías habla de Cristo, presenta esencialmente su venida: «Vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis… He aquí viene… ¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida?» (cap. 3:1-2). El pasaje que consideramos en este momento nos habla de esa venida; el capítulo 4 está lleno de ella. «Él viene» es el último pensamiento del Antiguo Testamento; «vengo pronto» es el último pensamiento del Nuevo.

En el pasaje que consideramos, los que temen a Jehová aguardan su venida como acto pleno de gracia; el versículo 1 (del cap. 3) nos presenta su venida como acto pleno de gloria; el capítulo 4, finalmente, nos habla de su venida para ejecutar el juicio, lo que tendría lugar si, al venir con gracia, fuese rechazado. El profeta naturalmente calla la segunda venida del Señor para recoger consigo a sus santos transmutados o resucitados (1 Cor. 15:51-52; 1 Tes. 4:15-17), «misterio» totalmente desconocido en el Antiguo Testamento.

Los dos primeros capítulos de Lucas nos presentan, con un frescor delicioso, la actitud de los que temían a Jehová en el momento en que el Señor entraba o iba a entrar en escena. María y Elisabet hablan de él la una a la otra; Zacarías habla de él a todos sus vecinos; los pastores, instruidos por los ángeles, hablan el uno al otro de este acontecimiento que acaba de cumplirse; Simeón habla de él a José y María cuando traen al templo al niño Jesús; Ana, la profetisa, habla de él a todos aquellos que, en Jerusalén, esperan la liberación. Asimismo, en Juan 1:40-47, los discípulos Andrés, Pedro y Natanael hablan entre sí del Mesías que acaba de revelárseles. ¡Qué gran tema de gozo para todos estos fieles!: ¡el Salvador va a venir!, ¡el Salvador viene!, ¡el Salvador ya está aquí!

Y nosotros, los cristianos, quienes tememos a Dios y pensamos en su nombre, ¿no deberíamos, cuando nos encontramos, sentirnos impulsados también a hablarnos el uno al otro? ¿Nuestra felicidad consiste en hablar de su segunda venida, como antiguamente los pastores lo hacían acerca de la primera? El enemigo procura de mil maneras impedir estas conversaciones entre los hijos de Dios. No dejemos que él nos cierre la boca. Todo lo que pasa en el mundo dirige nuestros corazones hacia este pensamiento: Su promesa va a cumplirse, el grito de medianoche ha resonado: Él viene, está a la puerta.

Quizás tarde todavía; hablemos el uno al otro mientras lo esperamos, pues, de todas maneras, su venida está cerca. Para esperarlo no es necesario que nos forcemos a hacerlo. El secreto de esta espera se halla en la fe a las primeras palabras que el profeta Malaquías transmite de parte del Señor: «Yo os he amado». Si apreciamos su amor, la espera de nuestros corazones, llenos de él, desbordará necesariamente en nuestras conversaciones.

«Y Jehová escuchó». Este es un pensamiento muy dulce para el corazón de los que se interesan en él y en su cercana venida. Presente, aunque invisible, está junto a aquellos que hablan de él, permanece atento a sus palabras, las que llegan con claridad a su oído. Escucha, incluso cuando estas conversaciones, como las de los discípulos de Emaús, vayan mezcladas con mucha ignorancia. Estos dos hombres habían perdido a su Salvador y ya no le esperaban, pero «pensaban en su nombre», aunque estaban abrumados por la tristeza. No sabían que había resucitado, pero conversaban acerca de él… Y he aquí que el Señor se les une en el camino, se interesa por esos pobres israelitas que habían perdido a Aquel de quien podían decir: ¡Cuánto nos amaba! Luego les abre las Escrituras y sus corazones empiezan a arder dentro de ellos. Una vez que se ha revelado a ellos, no tienen nada más urgente que correr para anunciar a sus hermanos esa buena nueva. Mientras ellos hablan el uno al otro, Jesús mismo aparece en medio de ellos y les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras. Luego él sube al cielo mientras les bendice, y ellos, llenos de gozo, regresan a Jerusalén para hablar el uno al otro de él y de su próxima venida.

4.4 - Un «libro de memoria»

«Y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre» (v. 16). En este libro, todas las palabras de almas piadosas que reconocen su autoridad, que piensan en él durante su ausencia, y que, como Filadelfia, no niegan Su nombre, quedan registradas. Este «libro de memoria» es escrito «delante de él», pues él da importancia a todo lo que han expresado los que le aman, sin que falte una sola palabra. Sus nombres también son consignados en este libro, el cual es guardado por él mismo con sumo cuidado. Se sabe lo que es un libro de recuerdo que se transmite en las familias; se ve a ancianos que guardan con enternecedor cuidado el libro de memoria en el cual están inscritos –con las fechas– los nombres y los pensamientos de aquellos a quienes amaron en su juventud. ¡Y pensar que el Señor posee un libro parecido y que lo guardará para siempre! Si, durante el tan corto tiempo de nuestro tránsito por este mundo, no hemos negado su nombre y hemos guardado la palabra acerca de su venida, eso nunca será olvidado, y el libro de memoria del Señor permanecerá abierto de continuo en el cielo, delante de él.

«Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (v. 17).

El Señor habla dos veces, en los últimos versículos de Malaquías, del «día en que… actúe» (véase el cap. 4:3). El salmo 118:24 nos revela el alcance de este término: «Este es el día que hizo Jehová», un día maravilloso en el cual Cristo –la piedra que los edificadores desecharon– vino a ser cabeza (o remate) del ángulo. En este salmo, la presentación gloriosa del Señor a su pueblo es celebrada por adelantado. Sin duda, el juicio es constantemente mencionado en los profetas como el día de Jehová, el día del Señor; el mismo Malaquías habla de él (cap. 4:1) como de un día que viene, ardiente como un horno, pero nunca ese día del juicio es llamado el día que Jehová hará. Lo que el Señor introduce y establece no es el juicio, sino la salvación, la justicia, la paz, el gozo, la gloria. En el día que él hará, Dios presentará a su amado Hijo al mundo como el Melquisedec portador de todas esas gracias.

4.5 - «Mi especial tesoro»

En ese día, dice Jehová, los que me temen «serán para mí especial tesoro» (v. 17). Entonces, él reivindicará a los fieles como suyos, como no pertenecientes a nadie más. Todos los tesoros del universo entero le pertenecen, y él será manifestado públicamente, en su reinado milenario, como el poseedor de todas estas cosas, pero también tendrá un tesoro especial que no será abierto al público, un tesoro que le pertenece a él solo, del cual solo él tendrá la llave, del cual solo él disfrutará. Como el tesoro personal de los soberanos del oriente, en el que se encuentran sus joyas más preciosas, el tesoro de Jehová estará compuesto por aquellos que, antiguamente, en medio de la infidelidad general, temían a Jehová y hablaban el uno al otro, por aquellos que le esperaban como «un amanecer» (Lucas 1:78) y también por los que le esperan, hoy, como la Estrella resplandeciente de la mañana. En el día de su gloria, los pobres del pueblo, como también los débiles testigos de hoy, fieles en medio de la ruina, le serán sus tesoros más preciados.

Los que componen este tesoro especial han guardado la palabra de su espera y no han negado su nombre (Apoc. 3). La sinagoga de Satanás puede no reconocer a esos fieles, pero el Señor los conoce, y los que otrora les despreciaban sabrán un día que el Señor los ha amado.

«Y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (v. 17). ¡Lazo bendito, el cual aquí casi toca la relación cristiana! El profeta ya no habla como antes de las relaciones que hay entre un siervo fiel y su amo, sino de las de un siervo cuya actividad dimana de un afecto filial. En el tiempo futuro de la gloria milenaria se dice de estos mismos fieles: Y sus siervos le servirán, «Verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes» (Apoc. 22:4).

«Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve» (v. 18). Este «os» (vosotros) no se dirige a los fieles, a aquellos que son «perdonados» (v. 17), sino a aquellos del pueblo que consideraban «bienaventurados» a los soberbios y a los malos (v. 15) y que negaban a Dios cuando se hallaban bajo su castigo. Serán iluminados el día en el cual verán al remanente perdonado, y a los soberbios –cuya suerte habían envidiado– como objeto del juicio que alcanzará al pueblo rebelde. El testimonio dado por Jehová a los que le han temido y han esperado su venida, forzará a una parte de este pueblo rebelde a reconocer la santidad del Dios al que habían negado. Finalmente, ellos sabrán qué diferencia hay entre los siervos de Dios y los malos.

5 - «El Sol de justicia» (Malaquías 4)

En el capítulo 3 vimos el contraste entre el terrible día del juicio y el día en que Jehová hará (v. 2 y 17). Aquí, el profeta nos vuelve a traer al día de la venganza: «Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama» (v. 1). Los orgullosos y los malos, a quienes este pueblo, indiferente al mal, tomaba por bienaventurados (cap. 3:15), serán consumidos por la aparición del Señor y completamente arrancados, sin que subsista nada de ellos. «Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada» (v. 2). Sí, para los que temen su nombre, para los que han reconocido su autoridad y doblado la rodilla ante él, se levantará el sol de justicia, este mismo sol cuyos fuegos ardientes consumirán para siempre a los rebeldes. En adelante reinará la justicia e iluminará con sus rayos al Israel de Dios.

¡Momento bendito, lleno de frescor y de gozo!; ¡alba de un día nuevo, de una mañana sin nubes, cuya lluvia hará brotar la hierba de la tierra! (2 Sam. 23:4). Los que temen a Jehová prosperarán entonces como becerros para engordar. Una vida llena de crecimiento será su porción; formarán este nuevo rebaño de Israel, lleno de juventud, de salud y de fuerza, que será el pueblo del Señor en el día de su santa magnificencia. «Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos» (v. 3). Los fieles serán también, como lo vemos en Zacarías y otros pasajes, los ejecutores de la venganza de Jehová contra aquellos que les hayan oprimido. Todo ello se aplica naturalmente al remanente judío; pero no es menos cierto que los santos glorificados formarán el séquito del Hijo del hombre cuando él salga del cielo para ejecutar juicio (Apoc. 19:11-16).

«Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel» (v. 4). Al terminar, el profeta vuelve a dirigir los pensamientos del pueblo a la inmutable Palabra que Dios había comunicado por medio de Moisés. ¿No es notable que todo el Antiguo Testamento termine recordando a Israel que la Palabra es su única salvaguardia? Es útil proclamarlo también en nuestros días; y con mayor razón ahora, cuando ya no se trata de la palabra de la ley, sino de la de la gracia, cuyo olvido hace a los hombres absolutamente inexcusables. En cuanto a nosotros, los cristianos, guardemos cuidadosamente esta Palabra; guardémosla por entero, tal como Dios nos la ha dado. Satanás la arranca del mundo jirón a jirón, y llegará el día en que sus manos ya no retendrán nada de ella; en cuanto a nosotros, guardemos lo que hemos oído desde el principio: esta fe dada una vez a los santos; edifiquémonos sobre ella; no dejemos que se nos arrebate ni una jota de ella; que ella sea nuestro guía según las palabras del apóstol: «Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, la cual es poderosa para edificaros y daros herencia entre todos los santificados» (Hec. 20:32). Meditemos mucho el Salmo 119, el cual nos presenta la Palabra como el refugio, el estímulo, el guía del fiel, como lo que lo sostiene en medio de la creciente apostasía. Su Palabra es «la verdad» cuando todo lo demás es mentira. Ella nos hace conocer a Cristo, a su bendita persona, a su obra y todas sus consecuencias. El temor de Jehová se caracteriza, como lo hemos visto, por el apego a su Palabra. «Tu Palabra han guardado», le dice Jesús al Padre al hablarle de sus amados discípulos (Juan 17:6).

5.1 - La venida de Elías

«He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible» (v. 5). Aquí no se trata de Juan el Bautista, como al comienzo del capítulo 3. Si el pueblo hubiese querido recibir lo que Jesús le decía, Juan habría sido el Elías que debía venir (Mat. 11:14; Marcos 9:11-13) y el Señor de gloria habría entrado en su reino; pero Juan el Bautista fue rechazado, al igual que su Señor, de quien era precursor. Desde entonces solo quedaba para el pueblo «el día de Jehová, grande y terrible». Pero la gracia de Dios anuncia, por el profeta, el envío de un nuevo Elías que reunirá para Jehová un pueblo nuevo. Si se hubiese recibido a Juan el Bautista, el papel de este segundo Elías habría sido inútil; pero, como no fue recibido, a causa de la infidelidad del pueblo, Elías volverá para anunciar la venida del Señor en juicio: «Tiene su aventador en la mano, limpiará su era» (Mat. 3:12). En el Apocalipsis (cap. 11:4-6), uno de los dos testigos tiene el carácter de Elías, y el otro el de Moisés. No creo, por mi parte, en una venida personal del profeta Elías, llevado en tiempos pasados al cielo sin pasar por la muerte, sino que creo en su venida espiritual, es decir, que un hombre representará a este profeta, por el poder del Espíritu Santo. «Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición» (v. 6). El ministerio de este nuevo Elías tendrá por efecto el restablecimiento en Israel de las relaciones ordenadas por Dios, sobre una base que siempre tendrían que haber conservado. El amor debido a los hijos, la obediencia debida a los padres, serán encontrados de nuevo y, de esta manera, la maldición será desviada del país de Israel.

Al terminar nuestro estudio, guardemos como algo precioso este pensamiento: el libro de Malaquías habla a nuestros corazones y a nuestras conciencias al invitarnos a temer al Señor, a pensar en él, a hablar de él el uno al otro, a guardar fielmente su Palabra.

De un momento a otro, nuestro Salvador, la Estrella resplandeciente de la mañana, puede aparecer para arrebatarnos hacia él a la gloria.


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