La fe y las obras


person Autor: Frank Binford HOLE 28

flag Tema: La vida cristiana


Se ha dicho que la fe y las obras son absolutamente irreconciliables. Esto está lejos de ser cierto. La mayoría de los conceptos erróneos, sin embargo, contienen un grano de verdad en algún lugar, y este no es una excepción. Es muy cierto que la doctrina popular de la salvación basada en el mérito humano, por cualquier obra, es absolutamente contraria a la verdad bíblica de la justificación por la fe. Sin embargo, ¡las Escrituras hablan de buenas obras! Pero son de un orden completamente diferente y están tan en armonía e íntimamente ligadas a la fe como lo están los frutos y las hojas de un árbol, a la savia que fluye en el tronco y las ramas.

En Colosenses 1:21, encontramos la expresión «malas obras». No hay necesidad de describirlas. Son el triste resultado de la naturaleza caída y depravada de los hijos de Adán. Una mala obra es el mal fruto de un mal árbol.

En Hebreos 9:14 tenemos la expresión «obras muertas». Estas obras, como el cumplimiento de deberes religiosos, se hacen con el propósito de obtener la vida eterna y la bendición. Son la «justicia» del hombre, que no son sino «paños sucios» a los ojos de Dios (Is. 64:6). Son lo que produce un árbol malo cultivado hasta el extremo; un fruto malo, de hecho, porque nada hará que las espinas den uvas, o que las higueras den cardos.

En Tito 2:7, 9, se habla de «buenas obras» y se insta a los cristianos a hacerlas. Estos son los frutos de la nueva naturaleza –en la que participa el cristiano–, que tiene su vitalidad en la fe y de la que el Espíritu de Dios es la fuerza. Una buena obra es el buen fruto que crece en el buen árbol.

En Romanos 3:4-5, la justificación ante Dios es vista como descansando únicamente en el principio de la fe. Un versículo es suficiente para demostrarlo: «Concluimos, entonces, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» (Rom. 3:28).

En Santiago 2, se nos presenta con la misma claridad que la justificación –bajo el aspecto público, ante los hombres– no es solo o principalmente por la fe, sino por las obras. Un versículo es suficiente aún para demostrarlo: «Veis que por obras es justificado un hombre, y no solo a base de fe» (2:24).

Estudien el contexto de estos dos pasajes con cuidado, y verán la sorprendente evidencia de la armonía que existe entre la fe y las obras. Pablo en la Epístola a los Romanos y Santiago en su epístola citan a Abraham como el gran ejemplo del Antiguo Testamento que apoya su afirmación. En la vida de este hombre notable, llamado por Dios a convertirse en «padre de todos los que creen» (Rom. 4:11), vemos la fe como una realidad viva entre su alma y Dios: mirando hacia los cielos estrellados, creyó en Dios –aceptando con certeza lo que era humanamente imposible– y Jehová «se lo imputó a justicia» (Gén. 15:6). También vemos una gran obra de fe cuando, años más tarde, por pura obediencia, fue al monte Moría a sacrificar a Isaac, en el que descansaban las promesas (Gén. 22). Creía en Dios como el que resucita a los muertos. Es indiscutible que este acto público lo demostró ante los hombres. Era la manifestación exterior de la fe interior.

En Romanos 4, Pablo se refiere a Génesis 15, mientras que Santiago se refiere a Génesis 22.

Sería como dos hombres que se encuentran, uno dentro de una bola hueca, el otro afuera –uno declarándola cóncava, y el otro convexa– Pablo dando el lado interior, dice que somos justificados «por la fe»; Santiago mirando las cosas exteriormente, dice que somos justificados «por las obras». Pero a diferencia del ejemplo de los dos hombres con la bola, Pablo y Santiago no están en desacuerdo.

Pasemos ahora a algunas preguntas.

1 - ¿Qué es la fe?

Podrían darse definiciones elaboradas, pero probablemente serían menos satisfactorias que la respuesta dada por una niña a esta misma pregunta. Ella simplemente respondió: «La fe es creer lo que Dios dice, porque es Dios quien lo dice».

La fe es como una ventana que recibe luz. La luz del sol brilla sobre la pared exterior, pero entra por la ventana; no se le añade nada, pero sus rayos iluminan la habitación que estaría oscura sin ella. Para «creer a Dios» como lo hizo Abraham, la luz divina debe penetrar en el alma.

Pero la fe es más que eso. No es solo tener luz, sino descansar completamente en Aquel a quien la luz nos revela.

El Dr. Patón dijo que cuando traducía las Escrituras en la lengua de los habitantes de las Nuevas Hébridas, durante algún tiempo no pudo encontrar una palabra apropiada para «hacer confianza» o «creer». Un día, sin embargo, llamó a una inteligente mujer indígena cristiana y, sentándose en una silla, le preguntó: “¿Qué estoy haciendo?”

“Está descansando, señor”, dijo la mujer.

El doctor conocía esa palabra, no era la que quería, pero se le ocurrió una idea brillante. Levantó los dos pies del suelo y, poniéndolos en la barra de la silla, dijo: “¿Qué hago ahora?”

“¡Oh, señor! Está descansando completamente, está seguro”, dijo la mujer, usando una palabra que era completamente nueva para los oídos del doctor. ¡Era la palabra que quería!

La fe descansa enteramente en Cristo, con ambos pies levantados del suelo.

2 - ¿Qué debemos entender por este versículo que dice que la fe de un creyente se le cuenta para justicia (Rom. 4:5)?

No debemos dar a esta expresión un significado «comercial», como si significara que venimos a Dios trayendo tal cantidad de fe por la que recibiríamos a cambio tanta justicia, como un comerciante cambiaría bienes por dinero.

Tampoco hay que darle un significado «químico», como si significara que llevamos nuestra fe a transformarse en justicia, como la famosa piedra filosofal que transformaría en oro todo lo que toca.

¡No! Abraham es el gran ejemplo del significado de estas palabras (v. 3). Él –y nosotros– somos considerados por Dios como justos a la luz de la fe. Ese es su simple significado. La fe trae todas las virtudes justificadoras de la sangre de Cristo que es la base de esta justicia. Podemos decir que la primera cosa recta (o justa), y el comienzo de un camino recto, en la vida de cualquier persona es cuando esa persona se vuelve hacia Dios como un pecador y cree en el Señor Jesucristo.

3 - Algunos versículos parecen hacer depender la salvación de las obras. Filipenses 2:12, por ejemplo. ¿Cómo debemos entenderlos?

Siempre debemos considerarlos en su contexto. Pero, aunque no tuviéramos un contexto al que referirnos, estamos seguros de que «llevad a cabo vuestra salvación» no puede entrar en conflicto con la verdad de Efesios 2: «Porque por gracia sois salvos mediante la fe… no por obras, para que nadie se gloríe» (v. 8-9).

El contexto muestra que el tema del apóstol en Filipenses 1 y 2 es la conducta práctica del creyente. Los oponentes eran muchos (Fil. 1:28). Las dificultades crecían dentro de la iglesia (Fil. 2:2-4). El mismo Pablo, ese pastor vigilante, tuvo que irse (Fil. 2:12). Prácticamente dijo: “Jesucristo es tu gran ejemplo. Sé consciente de tu debilidad por la carne que llevas dentro, llevad a cabo vuestra salvación con temor y temblor, para escapar de los diversos peligros que te amenazan”. Y para que en ningún momento piensen en confiar en sus propias habilidades, añade: «Porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer». Por su Espíritu, Dios está haciendo una obra interna en nosotros, y nosotros hacemos una obra externa.

4 - Predicar: «solo creer», sin exigir buenas obras, ¿no conduce a resultados desastrosos?

Sí, predicar «solo creer» sin discernimiento puede llevar a los hombres a comportarse mal. Pero no predicaremos mejor que los apóstoles, así que veamos lo que hizo Pablo.

A los hombres en general, predicaba: «el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesús» (Hec. 20:21). Hablando con el carcelero de Filipos, en cuya alma ya había comenzado una obra de arrepentimiento, solo dijo: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hec. 16:31) «Solo creer» era totalmente apropiado, y pedir «buenas obras» habría sido inútil. Además, se dice que menos de una hora después de su conversión, el carcelero había hecho su primera obra buena; era el fruto y la prueba de su fe (comp. v. 33). No lo hizo para salvarse, sino como resultado del cambio que la gracia había producido en él.

Además, Pablo dijo que predicaba a los hombres «que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas del arrepentimiento» (Hec. 26:20). Esto es absolutamente necesario. Si un hombre profesa haberse arrepentido, podemos exigir que el cambio se manifieste en su vida cotidiana antes de aceptar plenamente lo que profesa. Pero esto no tiene nada que ver con la predicación de buenas obras como complemento necesario de la justificación.

5 - No solo se habla de «obras muertas» en Hebreos, sino también de «fe muerta» en Santiago 2:17. ¿Qué es esto?

La fe muerta es la fe humana, o la mera creencia intelectual, no la fe viva que tiene su fuente en Dios. Los demonios comparten esta fe, como muestran los siguientes versículos. En apariencia, esto se parece mucho a la verdadera fe, pero al examinarlo más de cerca, descubrimos que es falsa. Ella «no tiene obra», es un árbol sin fruto que solo tiene hojas.

Las Escrituras nos dan ejemplos de esta fe muerta. Compare Juan 2:23-25 y Juan 6:66-71. En esta última escena, Simón Pedro ilustra la fe viva; los muchos discípulos que dejaron a Jesús ilustran la fe muerta, mientras que Judas Iscariote nos muestra un hombre con mucha profesión y ninguna fe.

6 - Muchos cristianos profesos tienen poco o nada de buenas obras que mostrar. ¿Qué significa esto?

¿Quién puede decirlo realmente sino Dios solo? Las buenas obras son más bien las agujas de un reloj que indican el resultado de la actividad interna que los engranajes mismos. La fe es el resorte de la actividad. Puede ser que estas personas sean solo profesos, como un reloj de juguete cuyas manecillas solo están pintadas, y sin ningún tipo de engranaje. También puede ser que algo haya salido mal en el funcionamiento interno; son verdaderos cristianos, pero han caído en una baja condición carnal, y como el hombre del que habla Pedro, que «está ciego, tiene corta la vista, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados» (2 Pe. 1:9).

El principio sigue siendo cierto que «por el fruto el árbol es conocido» (Mat. 12:33). Además, recordándonos igualmente que la conducta del cristiano es un testimonio para el mundo, bien podemos comprender el énfasis puesto en la importancia de las buenas obras en las Escrituras (Efe. 2:10; 1 Pe. 2:9-12; Tito 2).

7 - Las obras del creyente en la tierra ¿determinan su lugar en el cielo?

No, en absoluto. Él tiene un lugar en el cielo solo sobre la base de la obra de Cristo. El Padre «que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz» (Col. 1:12). Nuestras obras no tienen nada que ver con eso. Todo es gracia. Solo hay un título que nos asegura un lugar en el cielo, y todo verdadero cristiano lo tiene.

Sin embargo, nuestras obras afectarán en gran medida nuestro lugar en el reino de nuestro Señor Jesucristo, como lo muestran las conocidas parábolas de los «talentos» (Mat. 25) y las «minas» (Lucas 19). Lo mismo se enseña claramente en 2 Pedro 1:5-11, donde, después de exhortar a los cristianos, a quienes había escrito, a abundar en toda gracia y obra espiritual, dice que les será ricamente dada la entrada no en el paraíso, sino en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El carácter de nuestra entrada en el reino depende de nuestras obras.


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