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Esdras


person Autor: Henri ROSSIER 22

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


El cautiverio de Babilonia tuvo lugar en tres épocas diferentes: la primera, al principio del reinado de Joacim; la segunda, durante el corto período del reinado de Joaquín (o Jeconías); la tercera, por último, en el año once de Sedequías. Las dos últimas épocas fueron las más terribles, pero de la primera datan los 70 años de cautiverio predichos por Jeremías el profeta (2 Crónicas 36: 21; Daniel 9:12; Jeremías 25: 1, 11-12; 29: 10, donde se cumplen 70 años en Babilonia, a saber, desde el primer año de Nabucodonosor; véase Jeremías 25: 1).

1 - Introducción

En el tercero o cuarto año [1] de Joacim, rey de Judá, y en el primer año de Nabucodonosor, rey de Babilonia, este había subido contra Jerusalén, la había sitiado (Daniel 1:1), se había apoderado de Joacim y le había atado con cadenas de bronce para llevarlo a Babilonia (2 Crónicas 36:6). Al mismo tiempo se había llevado parte de los utensilios de la casa de Jehová, para adornar con ellos el templo de su dios (2 Crónicas 36:7; Esdras 1:7; Daniel 1:2). También había trasladado a Babilonia a cierto número de jóvenes que pertenecían a la familia real, o sea a la nobleza (Daniel 1:3)

[1] Véase Daniel 1:1; Jeremías 25:1. El Antiguo Testamento nos ofrece frecuentemente estas diferencias de cálculo, debidas a que un fragmento de año a menudo se contaba como un año entero.

El monarca caldeo parece haber cambiado luego de disposición para con el rey cautivo, pues se ve a este último establecido en su trono, en Jerusalén, donde reina once años (2 Crónicas 36:5; 2 Reyes 23:36). Pero tres años después de haber sido reintegrado a su reino, Joacim se rebeló contra Nabucodonosor. Este, ocupado en otra parte, no subió personalmente contra él; pero, hasta el final de su reinado, a instigación del rey de Babilonia, Joacim fue hostigado por las partidas enemigas de los caldeos, de los sirios, de Moab y de los hijos de Amón. Según la profecía de Jeremías, Joacim murió de muerte violenta y su cadáver, arrastrado y echado fuera más allá de los muros de Jerusalén, de día bajo el calor y de noche expuesto a la escarcha, fue enterrado «en sepultura de asno» (Jeremías 22:19; 36:30). Sin embargo, leemos que «durmió con sus padres», expresión que parecería indicar que primeramente tuvo su lugar en los sepulcros de los reyes.

Joaquín (o Jeconías) sucedió a su padre Joacim, pero tan solo reinó tres meses en Jerusalén. Sobre él y su pueblo hizo caer Nabucodonosor la ira acumulada en su corazón por la conducta falsa y desleal de Joacim. Los siervos del rey de Babilonia «subieron contra Jerusalén… y la ciudad fue sitiada. Vino también Nabucodonosor rey de Babilonia contra la ciudad, cuando sus siervos la tenían sitiada. Entonces salió Joaquín rey de Judá al rey de Babilonia, él y su madre, sus siervos, sus príncipes y sus oficiales; y lo prendió el rey de Babilonia en el octavo año de su reinado. Y sacó de allí todos los tesoros de la casa real, y rompió en pedazos todos los utensilios de oro que había hecho Salomón rey de Israel en la casa de Jehová, como Jehová había dicho. Y llevó en cautiverio a toda Jerusalén, a todos los príncipes, y a todos los hombres valientes, hasta diez mil cautivos, y a todos los artesanos y herreros; no quedó nadie, excepto los pobres del pueblo de la tierra. Asimismo, llevó cautivo a Babilonia a Joaquín…» (2 Reyes 24:10-15). Más tarde, Evil-merodac, hijo y sucesor de Nabucodonosor, el año en que comenzó a reinar sacó a Joaquín de prisión, puso su trono por encima del de los reyes que estaban con él en Babilonia, y lo mantuvo en su corte todos los días de su vida (2 Reyes 25:27-30).

Después que Joaquín hubo sido llevado en cautiverio, Sedequías, su tío, establecido por Nabucodonosor, quien le había hecho «jurar por Dios» que le sería fiel, profanó el Nombre de Jehová al quebrantar su juramento y se rebeló contra el rey de Babilonia. Este vino contra Jerusalén con todo su ejército, y se apoderó de ella después de dos años de un sitio terrible que redujo al hambre a los habitantes de la ciudad. Sedequías fue hecho prisionero, sus hijos degollados ante su vista, y él, luego que se le hicieron saltar los ojos, fue llevado a Babilonia cargado de cadenas de bronce. Sacerdotes, guardianes del templo, hombres de guerra, fueron objeto de una matanza; el templo, el palacio del rey y todas las casas de Jerusalén fueron quemadas y las murallas de la ciudad derribadas. Se llevó todo el oro, la plata y el bronce de la casa de Jehová. «Y a los del pueblo que habían quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia, y a los que habían quedado de la gente común, los llevó cautivos Nabuzaradán, capitán de la guardia. Mas de los pobres de la tierra dejó Nabuzaradán, capitán de la guardia, para que labrasen las viñas y la tierra» (2 Reyes 25:11-12).

Lo que acabamos de exponer, según los relatos bíblicos, prueba que el cautiverio de Babilonia tuvo lugar en tres épocas diferentes: la primera, al principio del reinado de Joacim; la segunda, durante el corto período del reinado de Joaquín (o Jeconías); la tercera, por último, en el año once de Sedequías. Las dos últimas épocas fueron las más terribles, pero de la primera datan los 70 años de cautiverio predichos por Jeremías el profeta (2 Crónicas 36:21; Daniel 9:12; Jeremías 25:1, 11-12; 29:10, donde se cumplen 70 años en Babilonia, a saber, desde el primer año de Nabucodonosor; véase Jeremías 25:1).

Este primer cautiverio tenía un carácter muy particular, no como el segundo y el tercero por las devastaciones y la cantidad de hombres deportados, sino por la expoliación del templo de Jehová, privado de los objetos preciosos utilizados para el culto (Daniel 1:1-2; Esdras 1:7; 2 Crónicas 36:7). En el momento de la restauración de Judá, todos esos objetos (unos 5.400) le fueron devueltos (Esdras 1:9-11), y este fue incluso el rasgo más característico de este éxodo que había de volver a conducir a su país los restos del pueblo. El rasgo dominante del comienzo de estos 70 años, fue que la propia gloria del templo, la del culto de Jehová, fue llevada en cautiverio. Pocos años después, estando Joaquín prisionero, Ezequiel vio además cómo la gloria de Dios abandonaba como con pesar esta casa de la cual había querido hacer Su morada para siempre, y aun pocos años después de este acontecimiento, el templo, despojado de sus últimos adornos, fue incendiado y reducido a un montón de escombros.

De este primer período, pues, data el cautiverio. Dios había sido deshonrado por la idolatría del pueblo y de sus reyes; que los objetos preciosos quedasen en Su templo, o fuesen colocados en un templo de ídolos en Babilonia, ¿constituía una gran diferencia? En este hecho es necesario ver el carácter esencial del principio del cautiverio. Nunca nada semejante había ocurrido antes. Ezequías, como consecuencia de su rebelión contra Senaquerib, sin duda le había dado a este todo el dinero que se encontraba en el templo y, para pagar el tributo, había despojado a las puertas y las columnas de su revestimiento de oro (2 Reyes 18:15-16), pero no había tocado los objetos del culto. Durante el reinado de Joaquín, Nabucodonosor se apoderó, en mucho mayor medida, de todos los tesoros de la casa de Dios, y redujo a pedazos los utensilios que Salomón había hecho conforme a lo ordenado por Jehová, pero –lo repito– una profanación sin precedente (engalanar un templo de ídolos con los objetos del culto del verdadero Dios) solo tuvo lugar bajo el reinado de Joacim. El impío Belsasar, con sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas, al beber vino en los vasos sagrados, en alabanza a sus ídolos, quería celebrar así el triunfo de los falsos dioses sobre el verdadero Dios, y oponerlos públicamente a Jehová. En aquella misma noche, Dios le contestó por medio de juicio y muerte. Daniel, llevado de Jerusalén juntamente con sus compañeros, al principio de los 70 años de cautiverio, fue el profeta de este juicio (Daniel 5). En el primer año de Darío el medo, comprendió, al leer la profecía de Jeremías, que el fin del cautiverio estaba cercano. Entonces se humilló por el pueblo, y fue testigo de la restauración de Judá en el primer año de Ciro, pues todavía estaba en Babilonia en el tercer año de este rey (Esdras 1:1; Daniel 10:1).

2 - Primer retorno (Esdras 1 y 2)

El primer año de Ciro marca el fin del cautiverio, tal como el primer año de Nabucodonosor había marcado su comienzo. Ciro emprende el restablecimiento del pueblo y la restauración del templo. Primero devuelve a los judíos los utensilios del culto, otrora colocados por Nabucodonosor en la casa de su dios. El rey persa estaba consciente de su misión y conocía lo que Dios, por medio de los profetas, había anunciado de antemano acerca de él. Daniel podía informarle a este respecto. Isaías había dicho: El «que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado» (Isaías 44:28). Ciro alude a este pasaje cuando dice: «Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá» (cap. 1:2). Ciro había podido leer en el profeta estas palabras, escritas mucho antes de su nacimiento: «Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán: Yo iré delante de ti, y enderezaré los lugares torcidos; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos; y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados, para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre. Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste» (Isaías 45:1-5).

Ciro, como los reyes de Persia, sus sucesores, detestaba los ídolos. Al reconocer al Dios de Israel como «el Dios de los cielos» (v. 2), insiste aquí de modo particular en el hecho de que «él es el Dios» (v. 3). También más tarde Artajerjes, rey de Persia, declara abiertamente que Jehová, Dios de Israel, es «el Dios del cielo» (cap. 7:21, 23).

Pero estas convicciones intelectuales, que podían no tener nada que ver con un trabajo de conciencia o una fe viva, la certidumbre misma de ser un instrumento escogido para cumplir los designios de Dios (v. 2), todo eso no bastaba para restablecer a los cautivos. Dios quería mostrar que era Él y no otro quien cumplía su Palabra. Por eso está escrito: «Despertó Jehová el espíritu de Ciro» (v. 1). También despertó el espíritu de los jefes de Judá y de Benjamín y el de los sacerdotes y los levitas (v. 5). Solo entonces volvieron a subir a su país, pero ¡en medio de qué desnudez! ¡Estaban sin la nube, sin el arca, sin Urim y Tumim! (cap. 2:63).

2.1 - En medio de la ruina, Dios llama a un remanente

El libro de Esdras tiene para nosotros una gran importancia. En el segundo libro de los Reyes, hemos visto cómo la decadencia de Judá fue interrumpida momentáneamente por los dos períodos de despertar que caracterizaron a los reinados de Ezequías y de Josías. Entonces la lámpara del testimonio, a punto de apagarse, lanzó repentinas claridades y, si el pueblo hubiese prestado atención a ello, su juicio definitivo podría haber sido aún impedido o demorado. Pero no fue así, ya que después de estos intermedios bendecidos y prósperos, el mal, reprimido por un tiempo, se rehízo con creciente intensidad, de modo que el juicio tuvo que ser el desenlace obligatorio. La ruina fue total.

Ahora bien, de en medio de esta ruina Dios, en el libro de Esdras, llama un remanente. No porque estos, «venidos de la cautividad» (cap. 4:1), fuesen de hecho o en conjunto, el verdadero remanente de Israel. Este fue sacado de entre ellos y separado, tal como nos lo enseña Malaquías. Entonces, el verdadero remanente se componía de aquellos que temían a Jehová y hablaban cada uno a su compañero (Malaquías 3:16). Cuando apareció el Mesías, aquellos creyentes existían en Judea y esperaban la liberación de Israel; y cuando empezó el ministerio público de Jesús, este mismo remanente, personificado por los doce discípulos y los que recibían la palabra del Cristo, rodeó al Salvador. Más aun, al final de los tiempos proféticos este mismo remanente esperará la manifestación gloriosa del Mesías en medio de la abierta apostasía del pueblo.

Sin embargo, si bien los restos de Judá, vueltos a Jerusalén durante el reinado de Ciro para esperar y recibir al Mesías, no son el verdadero remanente, nos son presentados por el Espíritu Santo como ejemplo de los caracteres que deben distinguir a un remanente creyente en un tiempo de ruina. Este ejemplo es muy saludable para nosotros, los cristianos, quienes nos encontramos actualmente en medio de las ruinas de la cristiandad; ejemplo por el cual aprendemos cómo ser testigos de Dios en estas circunstancias peligrosas. Tal es el tema importante que van a presentarnos los primeros capítulos de nuestro libro.

2.2 - Los que volvieron del cautiverio

Los del pueblo que subieron del cautiverio bajo la conducción de Zorobabel y de Jesúa (o Josué), sumo sacerdote, asistidos por nueve jefes, ascendieron a 24.144. Desde el versículo 3 hasta el 20, son designados por el nombre de sus padres; desde el versículo 21 hasta el 34, por el nombre de sus ciudades. Estos, desde su retorno a Palestina, fueron a habitar y repoblar sus ciudades de origen. Todo este pueblo fue inscrito por genealogías, como nos lo enseña Nehemías 7:5.

Los sacerdotes, pertenecientes a las cuatro familias de los hijos de Aarón, se mostraron llenos de celo para retomar su lugar y sus funciones en la casa de Dios que iba a construirse. Ascendieron a 4.289, mientras que, de las tres familias de levitas, una sola fue representada, e incluso en número muy insuficiente.

¿Estos hechos no tienen un mensaje para la actualidad? Como todos los cristianos son sacerdotes para ofrecer culto a Dios, muchos de ellos –siempre en número escaso, por cierto– sienten la necesidad de cumplir, en la Asamblea del Dios vivo, sus funciones de adoradores, pero ¡cómo se hace sentir cruelmente la ausencia de levitas, cuyas funciones corresponden a los ministerios en la Asamblea cristiana! No es que el pueblo careciera de ellos, como lo veremos en el capítulo 8, pero de su parte había indiferencia, pereza espiritual, amor por sus comodidades, sin duda, y ¡tan solo se presentan 74 de ellos para dar escolta al sacerdocio, al pueblo y a sus jefes! Por cierto que es este uno de los rasgos característicos tanto del tiempo actual como de los días de entonces. Aquellos que han recibido dones del Señor para evangelizar, enseñar, pastorear el rebaño de Cristo, temen asumir su responsabilidad con la fuerza que les es dada y ejercer su ministerio tal como el Señor se lo ha confiado. En vez de sentir su responsabilidad, la depositan en otros y prefieren cederles el lugar antes que cumplir ellos mismos con «su carga». Si este no es el único motivo de la usurpación del clero en la Iglesia, por lo menos esta pereza espiritual la favorece en alto grado. Veremos más adelante qué dificultad tuvo Esdras para reunir a algunos levitas que subieran con él a Jerusalén.

Los cantores, hijos de Asaf, fueron más que los hijos de Leví: la Palabra menciona 128 de ellos (cap. 2:41). Es una función de las más preciosas la de cantar las alabanzas de Dios. Pero ¿no se ve a menudo, en las asambleas de los santos, el papel de los «hijos de Asaf» ampliamente representado con vistas a dispensarse de un servicio más penoso y que compromete más la responsabilidad?

Los porteros ascendían a 139, los netineos o sirvientes del templo, así como los siervos de Salomón, a 392. Estas funciones modestas son muy apreciadas por el Señor. Véase cómo, desde el versículo 43 hasta el 57, Dios registra con complacencia todos los nombres de sus padres. También hoy, así se trate de servir las mesas, de pasar el pan y la copa, de cuidar del «aposento alto», nada de eso es olvidado por el Señor: los nombres de los que cumplieron este servicio son registrados lo mismo que los demás, y se verá, en más de un caso, cómo aquel que, entre los hijos de Dios, tomó el último lugar, olvidándose de sí mismo para servir a los demás, ocupará un sitio de honor, mientras que tal don notable, que tendía a glorificar al hombre más bien que a Cristo, se sentará confundido en el último lugar.

Sacerdotes, levitas, cantores y siervos en total ascendían a 5.022 almas.

Este pueblo inscrito comprendía, pues, a 29.166 personas, pero toda la congregación reunida ascendía a 42.360. Entre ellas, 652 de los hijos de Israel no pudieron ofrecer pruebas de que realmente formaban parte del pueblo. Además, un gran número de sacerdotes «buscaron su registro de genealogías, y no fue hallado; y fueron excluidos del sacerdocio, y el gobernador les dijo que no comiesen de las cosas más santas, hasta que hubiese sacerdote para consultar con Urim y Tumim» (v. 62-63).

2.3 - Primer rasgo de un remanente: oponerse a toda mezcla con el mundo

Encontramos aquí el primer rasgo que debe caracterizar a un remanente. En un tiempo normal, no se tenía que presentar la genealogía, pues era evidente para todos que un sacerdote no podía pretender un lugar que no le pertenecía. Lo mismo ocurría en los primeros días de la Iglesia: nadie se atrevía a juntarse con la Asamblea cristiana (Hechos 5:13), porque el poder del Espíritu Santo levantaba una barrera considerable contra la invasión del mundo. En un tiempo de ruina, la cosa es distinta: cuando elementos extraños han hecho irrupción en la casa de Dios, los fieles están obligados a vigilar estrictamente para oponerse a toda mezcla con el mundo. Se trata, en Esdras, de reedificar el templo de Jehová, y el servicio de la casa no podía asociarse con elementos extraños. Por eso veremos más adelante cómo el remanente repudia por completo toda alianza con el mundo cuando tiene por delante una obra en común; pero aquí no se trata de rechazar los elementos de fuera, sino de examinar a las personas que pretenden pertenecer al pueblo de Dios, para saber si pueden proporcionar pruebas de su origen. Lo mismo sucede hoy en día: la mayor vigilancia es necesaria para asegurarse de que la vida de Dios realmente está unida a la profesión cristiana. Los que no podían ser reconocidos por la asamblea de Israel, aun cuando quizás formaban parte del pueblo, no tenían más que reprocharse a sí mismos si no eran admitidos al servicio del templo. Sin duda podían ser de Israel, a pesar de las apariencias, pero ¿por qué no estaban en condiciones de probar su descendencia? ¿Era por culpa de quienes no les reconocían? Antes bien ¿ello no era atribuible a su indiferencia por conservar las pruebas de su origen?

Los sacerdotes eran doblemente culpables. No les quedaba más que un recurso: la llegada de un sacerdote con Urim y Tumim, mediante los cuales consultar a Jehová (Números 27:21; 1 Samuel 28:6). Solo Dios, quien conoce a los que son suyos, podía señalar a aquellos que realmente eran de la familia sacerdotal. Mientras tanto, tenían que esperar, sin poder «comer de las cosas más santas». Este ejemplo nos muestra también lo que la asamblea cristiana tiene que hacer en los casos dudosos. Esperemos a consultar a Jehová antes de admitir a la Mesa del Señor a aquellos que no pueden probar a ojos de todos su origen divino. Un remanente según los pensamientos de Dios nunca recibirá para la cena a aquellos que hacen profesión de cristianismo, sino a los que nacieron de Dios y tienen el derecho de ser sus hijos.

Los versículos 64 a 67 nos hablan, no ya, como el versículo 43, de los sirvientes del templo, sino de los siervos y las siervas del pueblo, pues Dios tampoco los olvida. De una manera u otra, cumplen su servicio. Así se trate de lavar los pies de los santos, cumplir las funciones más humildes para con aquellos que pertenecen al Señor, o tan solo de dar un vaso de agua a uno de estos pequeños, Dios está atento y registra ese servicio. Había también, entre aquellos, 200 cantores y cantoras. El canto implica algo más que la alabanza en el lugar santo tal como la celebraban los hijos de Asaf; también tiene que mantener, fuera del culto, la comunión mutua del pueblo de Dios (Efesios 5:19; Colosenses 3:16).

Por último, para no olvidar nada, Dios toma en cuenta hasta a los animales (v. 66-67), todo lo que sirve a los suyos, lo que les es útil, lo que les ayuda. Aquellos también son cuidadosamente contados, sin que falte ni uno. ¿Qué cuidados quedan al margen de esta enumeración? A todo lo largo del viaje que debía llevarlos a la casa de Dios, Dios mismo había velado por su pueblo, preparado el alivio necesario para su fatiga, provisto de antemano a las necesidades de los débiles, de las mujeres y de los niñitos. ¡Qué gran Dios es el nuestro! ¿Acaso buscaríamos un guía mejor, un mejor guardián? ¿No es él el Creador y el Conservador de todas las cosas, nuestro Padre?

2.4 - Segundo rasgo: el interés por la casa de Dios

El primer carácter del remanente, como lo hemos visto, era un cuidado minucioso para no recibir en el sacerdocio ningún elemento dudoso, a fin de mantener sin mancha el servicio del templo. En los versículos 68 y 69 encontramos un segundo carácter: el celo puesto en la edificación de la casa de Dios, la abnegación que sacrifica sus propios intereses en pro de la obra de Jehová. Los jefes dan voluntariamente una suma considerable. Esto era muy poco si se lo compara con lo que los jefes habían ofrecido antiguamente para levantar el templo de Salomón (1 Crónicas 29:6-9), pero, en un tiempo de extremo empobrecimiento, este don tenía un gran valor a los ojos del Señor del templo, y Él, poseedor de todos los tesoros del universo, lo apreciaba según el celo que le hacía ofrecer, como más tarde iba a estimar las dos blancas de la viuda más que todo lo superfluo de los ricos.

En resumen, los caracteres del remanente, en estos dos capítulos, son estos:

• Los fieles aceptan el estado de humillación y de servidumbre en los que les ha colocado el pecado y no procuran mejorar este estado de cosas ni sustraerse a él. Ante todo, desean preservar de mezcla profana a aquellos que forman parte de la casa de Dios. Al no tener Urim y Tumim, ellos esperan que, respecto a muchas cosas, Dios les revele su pensamiento. No tienen la pretensión de reemplazar las revelaciones divinas –que por el momento no les son hechas– por algún arreglo humano de su invención. Saben que su medida de inteligencia es pequeña. Si la negligencia de los unos impide que sean reconocidos, y la fidelidad de los otros les obliga a excluirles del servicio sacerdotal, no es menos cierto que el Señor conoce a los que son suyos y que llegará el momento en que él los revelará, sin que falte ninguno.

• Mientras tanto, era necesario que estos fieles anduviesen en un camino estrecho, sin ninguna pretensión de un poder que no poseían, y haciéndolo con los débiles recursos que el Dios de misericordia les había dejado.

• Pero esta pobreza no excluye en manera alguna la consagración. La casa de Dios es el gran objeto de los pensamientos del remanente y, en cuanto llegan al país de la promesa, todo lo subordinan a ese propósito. Lo que sigue nos permitirá conocer si este celo inicial pudo mantenerse.

3 - El altar y los fundamentos del templo (Esdras 3)

A los dos caracteres mencionados más arriba del remanente, se les añaden, en nuestro capítulo, muchos otros.

«Cuando llegó el mes séptimo [2], y estando los hijos de Israel ya establecidos en las ciudades, se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén. Entonces se levantaron Jesúa hijo de Josadac y sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel hijo de Salatiel y sus hermanos, y edificaron el altar del Dios de Israel, para ofrecer sobre él holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés varón de Dios. Y colocaron el altar sobre su base, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras, y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, holocaustos por la mañana y por la tarde» (v. 1-3).

[2] El mes de Etanim, mes de la dedicación del templo de Salomón.

3.1 - El altar reedificado

Durante los 70 años del cautiverio, ese pobre pueblo, herido por el juicio de Dios, se había visto privado del culto de Jehová. El templo estaba destruido, todos los tesoros habían sido saqueados. Hasta el altar de bronce había sido destrozado. Pero, en cuanto el remanente vuelve a su país, el altar, primer símbolo del culto, sin el cual este no podía existir, es reedificado.

Es esta una figura sorprendente, destinada a instruirnos. En Carán, Abraham no tiene altar; cuando atraviesa la frontera de Canaán, aparece el altar. El patriarca desciende a Egipto y pierde su altar; al subir de Egipto, lo vuelve a encontrar. De modo que el altar se vincula íntimamente con la morada en el país de la promesa. Es preciso pertenecer a la Canaán celestial para realizar el culto. Más aun, es necesario encontrarse en ella, haber tomado posesión de la herencia, haberse dado cuenta de que se está liberado del poder de las tinieblas y de que se ha sido trasladado a un nuevo reino –el del Hijo del amor del Padre–; no hace falta nada menos que todas estas cosas para poder ofrecer a Dios un culto que le sea aceptable. La Iglesia de Cristo, infiel, las ha perdido de vista. Pero, en estos días del fin ¿hemos sido despertados para servir realmente al Señor y rendirle culto? Si se pregunta a los cristianos ¿qué significa esta palabra?, la mayoría de ellos muestran, por sus respuestas, que no tienen más que una muy pálida idea al respecto. Pero no nos detengamos en este tema; veamos más bien en qué consistía el culto para este pobre remanente.

En primer lugar, no habían sido librados a su parecer para determinarlo, pues tenían la ley de Moisés y los mandamientos de Dios. Por eso también se dice en el versículo 4: «Como está escrito» y «conforme al rito». La Palabra divina les informaba sobre el culto según la ley, tal como ella nos informa hoy en día sobre el culto según el Espíritu. Es muy importante observar el papel que la Palabra desempeña en todo esto. La cuestión no era, para el pueblo, saber lo que otros acostumbraban hacer, sino lo que la ley de Moisés les revelaba a este respecto. Las Escrituras habían vuelto a tener, para este remanente, su lugar y su importancia.

3.2 - El altar y el culto

En segundo término, el remanente comprendía que el culto estaba vinculado con el altar. Este formaba su centro, tal como la Mesa del Señor (1 Corintios 10:21) forma el centro del culto para el cristiano. El sacrificio estaba colocado sobre el altar y en virtud de ese sacrificio el pueblo adoraba a Dios, ya que por él se podía ser reconciliado y puesto en relación con Jehová.

Ellos construyeron el altar sobre su emplazamiento. Al comprobar que todo había sido destruido y trastornado en Jerusalén, habrían podido contentarse con cualquier sitio para edificar allí su altar. Y ¿acaso no es ese el espectáculo que la cristiandad ofrece hoy? Cada uno escoge su emplazamiento para erigir allí su altar, con el pretexto de que, como el verdadero templo está destruido, dispone de libertad para elegir el lugar que más le conviene. No ocurría así con estos fieles. Ellos conocían el emplazamiento del templo, el del atrio, el del altar, y fue en ese lugar que lo construyeron, y no en ningún otro, determinando así el centro de la reunión y del culto para el pueblo de Dios. No querían otro y no conocían, ni en la ruina ni en los días más prósperos de Israel, otro emplazamiento que aquel. La era de Ornán, en la colina de Moriah, seguía siendo el único sitio donde el culto podía ser rendido.

Señalemos, en tercer lugar, que este remanente, tan pobre y tan débil en apariencia, no se limita a un entendimiento o a una deferencia mutuos para edificar el altar en su emplazamiento. Manifiestan prácticamente la unidad del pueblo, representada de manera visible por el altar. Toda su actitud es un testimonio de esta unidad; el pueblo se reúne como un solo hombre en Jerusalén. La distancia desde sus ciudades no les impide de manera alguna llegar al altar de Jerusalén y no a otra parte para mostrar allí esta unidad.

Lo mismo sucede hoy en día respecto a la Mesa del Señor: esta es, como el altar del remanente, la manifestación de la unidad del pueblo de Dios, la que encuentra su expresión en «un solo pan» del cual todos participan. Poco importaba que los judíos fuesen poco numerosos; poco importa que no seamos más que dos o tres: la unidad de todo el pueblo, así fuese el subido del cautiverio como el disperso al borde de los ríos de Babilonia o en las desconocidas ciudades de Persia y Media, era expresada allí por el altar erigido en medio del atrio. No se preguntaban si otros seguirían su ejemplo: tenían, para obrar, la voluntad de Dios, proclamada por Moisés. La Palabra los obligaba; su reunión era un acto de obediencia. Obedecían antes de emprender la obra de la casa, lo que vendría más tarde. Por el momento, el culto –algo más grande que el lugar santo, más grande que el arca o el trono entre los querubines– quedaba restablecido. ¿No sucede otro tanto con lo que reúne a los santos en torno al memorial de la cruz de Cristo?, lugar bendito en donde el Cordero de Dios fue ofrecido, ese Cordero inmolado al que adoraremos, como tal, en la gloria.

Pero el establecimiento del altar implicaba algo más que un acto de obediencia. Este remanente era la debilidad misma. Las hostiles naciones de esta tierra le rodeaban y eran muy apropiadas para inspirarle terror. «Y colocaron el altar sobre su base, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras» (v. 3). ¿Dónde iban a encontrar una salvaguardia y una protección contra sus enemigos? En ningún otro lugar más que delante del Dios a quien venían a buscar a su altar. Realizaban así por la fe la presencia de Jehová en esa Su casa que iban a construir. Allí donde se encontraba el altar, Dios podía habitar. Desde entonces

¿qué habían de temer? Podían decir: «Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto. Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean, y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo; cantaré y entonaré alabanzas a Jehová» (Salmo 27:5-6).

3.3 - La fiesta de las trompetas

Hay aun otra circunstancia digna de atención: el mes en que el pueblo acudió desde todas sus ciudades a Jerusalén fue el mes séptimo (v. 1). El primer día de este séptimo mes tenía lugar la fiesta de la luna nueva, inaugurada al son de trompetas (Levítico 23:23; Números 10:10; Salmo 81:3). Ese día era notablemente apropiado para la condición del pueblo subido del cautiverio y para las gracias que Dios acababa de concederle. Israel había perdido otrora las bendiciones divinas por su propia culpa. La luz de la gloria de Jehová que el pueblo debía reflejar, como la luna refleja el sol, había desaparecido; pero he aquí que la luna nueva, imagen del pueblo restaurado, comenzaba a reaparecer. Todavía no era el pleno resplandor de este astro, pero ese primer cuarto de la luna presagiaba la manifestación futura de la gloria del pueblo de Dios. ¿Qué fiesta más característica podía escogerse? Era un día de reposo y de conmemoración (Levítico 23:24). Ninguna tristeza debía deslucirlo y, sin embargo, ¡el terror de las naciones circundantes estaba sobre ellos! Desde el primer día de este séptimo mes, el altar estaba construido y se ofrecía en él el holocausto de la mañana y de la tarde (v. 6); no el sacrificio por el pecado, sino el holocausto, verdadera imagen del culto; y el pueblo debía continuar ofreciéndolo, sin interrupción alguna, hasta que el templo estuviese acabado.

¿No debe ser también así en los días actuales, los que ofrecen tan notables analogías con el libro de Esdras? ¿El pueblo de Dios no debe tener también su altar, ofrecer siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanzas, el fruto de labios que confiesan Su nombre, y hacerlo así hasta que «el templo santo en el Señor» esté acabado a Su venida? (Hebreos 13:10, 15; Efesios 2:21; 1 Corintios 11:26).

Notemos todavía un punto muy notable: el décimo día del mes séptimo, el gran día de las expiaciones, cuando el pueblo debía afligir su alma (Levítico 23:26-32) no se menciona aquí. En un tiempo que está todavía por venir para el pueblo judío, al que alude Zacarías 12:10-14, ese día de ninguna manera será omitido. Habrá entonces un gran llanto en Jerusalén, «como el llanto de Hadad-rimón, en el valle de Meguido». Es que entonces se tratará de volver a recibir, como rey de gloria, al Mesías a quien este mismo pueblo del libro de Esdras, de regreso en su país, había rechazado y crucificado. El remanente futuro solo podrá celebrar la fiesta de los tabernáculos (Zacarías 14:16) después de ese gran día de las expiaciones.

No era así en el libro de Esdras. El pueblo había sido restaurado parcialmente, para poder recibir al Mesías cuando este se presentase a Israel. Todavía no era cuestión de Su rechazo, sino de recibirle como el Ungido de Jehová. Por consiguiente, no se trataba aún de una humillación nacional, tal como lo expresaba el gran día de las expiaciones, sino simplemente de recibirle cuando viniera. En vista de ese momento ¿debía haber, en el corazón del pueblo, en el libro de Esdras, otra cosa que gozo? No hablamos aquí de la misión de Juan el Bautista, del bautismo de arrepentimiento que debía preceder inmediatamente la venida del Mesías a Israel y que no correspondía al gran día de las expiaciones.

3.4 - La fiesta de los tabernáculos

De modo que, en Esdras, la fiesta de los tabernáculos (v. 4), la del día quince del mes séptimo (Levítico 23:33), sigue inmediatamente a la de la luna nueva. En esta fiesta solo había que regocijarse (Deuteronomio 16:13-15). Esta fiesta debía tener lugar en ocasión de la entrada en el país de Canaán, después de la liberación de Egipto y la travesía del desierto. Se celebraba en recuerdo de esta travesía, pero ya no bajo tiendas levantadas al ardor del sol en medio de las arenas del desierto. El descanso de la tierra prometida había llegado. El fresco follaje de los bellos árboles de este buen país formaba desde entonces las tiendas bajo las cuales un pueblo gozoso recordaba las vicisitudes de antaño. En Esdras, la fiesta de los tabernáculos nos hace asistir, por así decirlo, a un país de Canaán vuelto a encontrar, mientras se espera el aparecimiento del Mesías anunciado, y es como si el pueblo nunca hubiese entrado anteriormente en la tierra prometida. En Nehemías 8:9-15 lo vemos celebrar esta misma fiesta, por primera vez, de manera completa, según las prescripciones de la ley, mientras que en Esdras encontramos más bien el lugar que la fiesta de los tabernáculos ocupa en la restauración del pueblo.

Para los fieles de nuestros días, a quienes se les podría llamar el Remanente de la economía cristiana, esta fiesta corresponde al gozo de la posición celestial del pueblo de Dios, realizada como una cosa completamente nueva, descubierta en la Palabra después de siglos de cautiverio espiritual en los cuales tal posición había sido olvidada o perdida de vista. Como en Esdras 3, ella, por lo demás, solo podía ser sacada nuevamente a la luz con la construcción del altar, es decir, con la realización del culto. Con el culto, es preciso que la posición celestial de la Iglesia necesariamente sea comprendida. Los creyentes no tienen una religión terrenal, como el pueblo judío. El culto les introduce en el cielo, mientras que exteriormente todo está en ruinas a su alrededor y la Iglesia, tal como el templo al principio del libro de Esdras, no es más que un montón de escombros. Por eso Esdras tiene cuidado al decirnos: «Pero los cimientos del templo de Jehová no se habían echado todavía» (v. 6).

3.5 - Establecimiento de los levitas

Una tercera bendición espera todavía a este pobre remanente. El segundo año de su llegada a la casa de Jehová en Jerusalén, en el segundo mes (v. 8), los levitas (quienes representan para nosotros el ministerio) son establecidos, según el pensamiento de Dios, para supervisar la construcción del templo. En esto, como al edificar el altar, el pueblo manifiesta su unidad al mantenerse «como un solo hombre» (v. 9). No hay ningún desacuerdo entre ellos en cuanto al establecimiento del ministerio según la Palabra. Eso también es una bendición vuelta a encontrar. La epístola a los Efesios, la que manifiesta nuestra posición en Cristo en los lugares celestiales, nos revela también el papel y el carácter de los dones de Cristo a su Iglesia (Efesios 4).

Después de estas tres cosas (el altar o el culto; la fiesta de los tabernáculos o el disfrute de la posición celestial; el establecimiento de los levitas o el ministerio), el remanente se ocupa en echar los fundamentos de la casa.

3.6 - Los fundamentos del templo

En efecto, para este pobre pueblo el restablecimiento del culto no lo era todo. Le hacía falta empezar de nuevo todo el trabajo de edificación de la casa de Dios. Esta casa, cualquier haya sido la destrucción sufrida, aun la más completa, en apariencia, como la que fue efectuada por Nabucodonosor, siempre es considerada en la Palabra como la Casa. Tiene una sola historia, una sola existencia a los ojos de Dios, a través de sus diversas fases de construcción o de derribo. Al ser reedificada, no es para Dios un nuevo templo, sino el mismo templo con glorias distintas. Por eso está escrito en Hageo, respecto al templo reconstruido por el remanente en el tiempo de Zorobabel: «La gloria postrera de esta casa» (alusión al templo milenario que el Señor llenará con su gloria) «será mayor que la primera» (alusión al templo de Salomón).

Esta observación es muy importante para el tiempo actual. La Iglesia de Cristo tendría que haber estado en medio de las ruinas de la cristiandad, pero se unió con el mundo al abandonar el testimonio. Sin embargo, los cristianos que comprueban este estado y se humillan por él son convocados a trabajar en la edificación de la casa de Dios. No se trata de que Dios les llame a levantar una nueva casa, pues hay y siempre habrá una sola casa de Dios, una sola Iglesia de Cristo. Los cristianos convencidos de esta verdad retrocederán ante la pretensión de edificar iglesias que el Cristo no aprobará ni reconocerá jamás. Cristo tiene una Iglesia, un cuerpo, una Esposa a la que ha amado y por la cual se dio a sí mismo; él tiene en la tierra una sola casa, y en él, principal piedra del ángulo, todo el edificio va creciendo para ser un templo santo en el Señor, morada de Dios en el Espíritu.

Todo ello es su obra, pero también ha confiado esta obra a la responsabilidad de su pueblo, pues no es él solamente quien añade materiales a aquel edificio, piedras vivas, sino que también nosotros tenemos la responsabilidad de traer materiales apropiados para la santidad de este edificio. En el curso de los tiempos estos materiales fueron mezclados con madera, heno, hojarasca (doctrinas destructoras o personas extrañas a la casa de Dios), mientras que tan solo tendrían que haber sido oro, plata y piedras preciosas (1 Corintios 3), y el edificio ha caído en ruinas, tal como su antitipo, el templo de Jerusalén. Pero eso no impide de ningún modo que esta construcción siga siendo confiada al pueblo de Dios. Este pueblo, responsable de conducirla a buen fin, ha fracasado, no obstante lo cual es llamado a trabajar en ella como si todo se encontrase en estado normal.

En el tiempo de Zorobabel, los fundamentos mismos del templo estaban destruidos y se debía volver a colocarlos (v. 6, 10).

¿Podían diferenciarse de los del templo de Salomón? De ningún modo: los levitas puestos para «que activasen la obra de la casa» y «los que hacían la obra en la casa de Dios» (v. 8, 9), asistidos por los sacerdotes, debían hacer todas las cosas según las instrucciones dadas al principio por David, rey de Israel (v. 10). Tampoco hoy, cualesquiera que sean los obreros, se puede colocar ningún otro fundamento fuera de Cristo. Sobre esta roca, dice el Señor, edificaré mi iglesia. Por su parte, el apóstol Pablo, como perito arquitecto, había cumplido esta tarea poniendo el mismo fundamento (1 Corintios 3:10), de modo que ninguno tiene el derecho de hacer algo distinto de lo que él hizo.

Tanto en el tiempo de Esdras como actualmente, el fundamento no puede ser nuevo, pues, luego de siglos de abandono, se ha vuelto a encontrar y colocar el único capaz de sostener la casa, la Asamblea de Dios.

Todavía debemos hacer notar que la reedificación de la casa de Dios era inseparable del testimonio dado respecto a su ruina y a la del pueblo. Todo lo que cumplía el remanente, lo hacía «conforme a la voluntad de Ciro rey de Persia» (v. 7). Eran esclavos de las naciones a causa de sus pecados, y continuamente tenían que estar conscientes de su estado, hasta la restauración gloriosa del pueblo por el Mesías prometido. Esto es lo que, más tarde, los macabeos comprendieron tan poco y lo que tanto ofendía al orgulloso corazón del pueblo en el tiempo de Jesús que se atrevían a decirle: ¡«Jamás hemos sido esclavos de nadie»! (Juan 8:33). La conciencia de nuestra ruina debe caracterizarnos hoy, tal como caracterizaba al pueblo en el tiempo de Esdras. No podemos ni debemos negarla o sacudir su peso de sobre nuestros hombros, sino que es preciso que llevemos la humillación que ella produce mientras volvemos a colocar la casa de Dios sobre su único y real fundamento, Cristo, con los apóstoles y profetas que han dado testimonio de él.

3.7 - Gozo y tristeza

Los sacerdotes, y todo el pueblo, celebran una fiesta de alabanzas en el momento en que los fundamentos del templo vuelven a colocarse (v. 10-13). Este hecho, unido al establecimiento del altar, tiene mucha importancia para nosotros. En medio de la ruina más completa, dos cosas permanecen inmutables: la obra de Cristo y su persona, Cristo altar y fundamento, Cristo nuestra salvación y Aquel sobre el cual somos edificados para siempre, Cristo objeto del culto y de la incesante alabanza de los suyos. En los tiempos sombríos que atravesamos, bajo la humillación y el oprobio merecidos que son nuestra porción, podemos, sin embargo, cantar el himno del porvenir, pues Él no ha cambiado. Vemos aquí al remanente entonar el canto de la gloria milenaria en medio de las desolaciones de su historia y entre las ruinas de Jerusalén: «Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel» (v. 11). Él es el mismo, su amor no cambia y será plenamente manifestado cuando introduzca a su pueblo amado en Su propia gloria.

Sin embargo, en medio de este gozo, no pueden estar ausentes la tristeza y el dolor. Este es también otro carácter común del remanente de aquel entonces y del de nuestros días. El templo que ellos edificaban no podía compararse con el de Salomón; tampoco la Iglesia actual puede compararse con lo que era cuando se formó, por el poder del Espíritu Santo, para ser testigo de Cristo subido a la gloria. El gozo podía ser sin mezcla en aquellos que eran jóvenes todavía y no podían acordarse del pasado. Estos asistían a una especie de resurrección del pueblo, y en ella veían la maravillosa intervención de la gracia de Dios. ¿Quién, pues, habría querido impedir que se regocijaran? Pero los sacerdotes, los levitas y los jefes de casas paternas lloraban porque, al estar más en comunión con Dios, tenían más conciencia de la deshonra infligida a Su nombre. Y los ancianos lloraban porque habían conocido tiempos mejores.

Esta mezcla de gozo y de lloros en alta voz subía ante Dios, tan mezclado, por así decirlo, que no se podía distinguir el uno del otro, y «se oía el ruido hasta de lejos» (v. 13). Igualmente los que hoy en día sienten en su corazón el deseo de edificar la casa de Dios y colocar sus destruidos fundamentos, deben dar a conocer, por medio de su actitud, que una verdadera humillación acerca de su estado no se puede separar del gozo que experimentan al celebrar juntos la obra y la persona de Cristo como único fundamento de las bendiciones actuales y futuras.

4 - Trabajo interrumpido (Esdras 4)

Hasta aquí el pueblo se había mostrado fiel en su testimonio y Jehová lo había asistido y animado. Pero eso no le hacía el juego al enemigo. Este no puede soportar la prosperidad de la obra de Dios en este mundo, y enseguida procura estropearla. Para lograr este propósito, posee más de un medio. Dios caracteriza aquí los instrumentos de Satanás con esta palabra: «Los enemigos de Judá» (v. 1). Ellos pertenecen a las naciones que los reyes de Asiria, según su costumbre, desterraban a otras regiones después de haberlas sometido. Esar-hadón, hijo de Senaquerib, siguiendo la política de Salmanasar (2 Reyes 17:3) había reemplazado las tribus insumisas de Israel, llevadas en cautiverio, por unos pueblos de países muy diversos, a los que había hecho habitar en las ciudades de Samaria y en las demás provincias del otro lado del Éufrates (v. 10). El segundo libro de los Reyes nos informa sobre la condición religiosa de estas naciones. Ellas guardaban sus dioses, al mismo tiempo que reconocían al Dios de Israel y, según el lenguaje bíblico, «temían a Jehová, y honraban a sus dioses» (cap. 17:33; véase el v. 41).

Esta mezcla, que no se puede asimilar a la pura idolatría, nos hace pensar en la amalgama llamada cristiandad, cualquiera que sea su forma, desde la Mariolatría romana y griega, hasta las formas mucho más sutiles de la cristiandad protestante, en la que el culto del verdadero Dios se asocia a las tinieblas morales del mundo y la profesión no tiene ninguna relación con lo que debe caracterizar al pueblo de Dios.

4.1 - ¿Quiénes son los que deben edificar?

Esta gente, salida de una mezcla idólatra, se ofrece para construir con el pueblo, pero ¿qué materiales podía traer a la casa de Dios? Por cierto, que su trabajo no podía ser aceptado por el pueblo si este quería permanecer fiel. Aquellos individuos se acercan y dicen: «Edificaremos con vosotros, porque como vosotros, buscamos a vuestro Dios, y a él ofrecemos sacrificios desde los días de Esar-hadón rey de Asiria, que nos hizo venir aquí» (v. 2). Esto ¿no tiene alguna analogía con lo que vemos en nuestros días? Y los actuales hijos de Dios, ¿son tan fieles como ese remanente de antaño? ¿Comprenden que la obra de Dios no puede soportar que en aquellos a quienes es confiada haya alguna mezcla con el mundo? Solo a aquellos cuya genealogía puede ser probada y que forman parte del Israel de Dios les corresponde edificar en este mundo algo que sea para el Señor. Escuchemos la respuesta inmediata del remanente: «No nos conviene edificar con vosotros casa a nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehová Dios de Israel, como nos mandó el rey Ciro, rey de Persia» (v. 3). Al hablar así, no muestran ningún orgullo espiritual, pues reconocen su sumisión al rey de los gentiles como consecuencia de su infidelidad, pero han comprendido que ellos solos deben hacer esta obra, porque de ninguna manera pueden asociarse al carácter religioso de los pueblos que les rodean. Si bien viven en medio de ellos, rinden honor a sus jefes y obedecen a su rey, toda asociación con estas naciones les está prohibida. Sienten horror por la corrupción religiosa y la repudian.

4.2 - Los adversarios detienen la obra

El enemigo se había presentado como amigo; sobre todo acerca de esa actitud se debía ser vigilante y estar en guardia. Pero estos mismos hombres, rechazados, muestran muy pronto, abiertamente, su verdadero carácter: «Pero el pueblo de la tierra intimidó al pueblo de Judá, y lo atemorizó para que no edificara. Sobornaron además contra ellos a los consejeros para frustrar sus propósitos, todo el tiempo de Ciro rey de Persia y hasta el reinado de Darío rey de Persia» (v. 4-5). El pueblo se había mantenido firme y había resistido a las astucias y a los artificios, atributos de la serpiente antigua; se asusta cuando el adversario aparece cual león rugiente, olvida que su enemigo es un enemigo vencido, y que habría huido ante quien le hubiera hecho frente.

Pero el odio de los enemigos no se detiene allí. Se transforman en acusadores de este pobre pueblo oprimido. Su carta a Artajerje [3] lo prueba: «Sea notorio al rey, que los judíos que subieron de ti a nosotros vinieron a Jerusalén; y edifican la ciudad rebelde y mala, y levantan los muros y reparan los fundamentos. Ahora sea notorio al rey, que si aquella ciudad fuere reedificada, y los muros fueren levantados, no pagarán tributo, impuestos y rentas, y el erario de los reyes será menoscabado. Siendo que nos mantienen del palacio, no nos es justo ver el menosprecio del rey, por lo cual hemos enviado a hacerlo saber al rey, para que se busque en el libro de las memorias de tus padres. Hallarás en el libro de las memorias, y sabrás que esta ciudad es ciudad rebelde, y perjudicial a los reyes y a las provincias, y que de tiempo antiguo forman en medio de ella rebeliones, por lo que esta ciudad fue destruida. Hacemos saber al rey que si esta ciudad fuere reedificada, y levantados sus muros, la región de más allá del río no será tuya» (v. 12-16).

[3] La historia designa a este impostor que se había adueñado del trono: el usurpador Mago o el falso Smerdis.

Notemos que no acusan al pueblo de reconstruir el templo ni siquiera dicen una palabra de este, sino que hablan de la ciudad. Fácilmente se descubre su propósito. Quieren impedir la reunión del remanente, porque esta reunión le quitaría al enemigo todo poder sobre el pueblo de Dios: «Si esta ciudad fuere reedificada, y levantados sus muros, la región de más allá del río no será tuya»; mientras que, dispersado, ese pueblo viene a ser fácil presa para sus adversarios. Lo mismo ocurre hoy en día: la oposición de Satanás está particularmente dirigida contra la reunión de los hijos de Dios; y, si no logra corromper a las ovejas, las desune y las dispersa.

Los adversarios de aquel entonces hacen valer ante el rey razones políticas para impedir la reunión del pueblo. Tales motivos tenían gran peso para este monarca bribón y usurpador y, de hecho, eran los únicos que podían preocuparle. El rey comprueba que Jerusalén antiguamente había tenido poderosos reyes, y que estos le harían sombra si su trono fuese rehabilitado, como así también que la ciudad siempre se había mostrado rebelde al yugo extranjero. Ello le basta para detener la obra. Tan pronto como los adversarios de Israel recibieron la autorización, «fueron apresuradamente a Jerusalén a los judíos, y les hicieron cesar con poder y violencia» (v. 23).

De modo que estos cuatro elementos hostiles se reúnen aquí para arruinar la obra de Dios: la astucia (v. 1-3), la intimidación (v. 4-5), la acusación (v. 6-22), la violencia (v. 23-24). Solo la fe habría podido resistir, pero el pueblo carecía totalmente de ella, y el resultado fue que la edificación de la casa sufrió un paro de quince años.

5 - Despertar y edificación del templo (Esdras 5)

En los capítulos precedentes hemos visto la actividad del remanente de Judá. Este se componía, en su mayoría, de gente que había podido probar su genealogía. Los que no podían hacerlo eran, por eso mismo, excluidos del sacerdocio como profanos, pero Dios, sin embargo, les reconocía como en bloque, y ellos revelaban, en presencia de sus enemigos, ciertos caracteres que les distinguían de las naciones vecinas.

Si quisiéramos buscar, en medio de la cristiandad, una analogía con este estado de cosas, diríamos que la Reforma ofreció un ejemplo parecido. El protestantismo, salido de un medio casi idólatra, brilló, desde el principio, por los caracteres que le imprimió la presencia de verdaderos creyentes, y, sin forzar la comparación, se podría decir también que hubo, bajo la influencia de la Palabra de Dios nuevamente sacada a la luz, preciosas verdades reencontradas, las que influyeron grandemente sobre la vida y la conducta del pueblo de Dios. Pero las astucias del enemigo y su violencia sedujeron o intimidaron a muchos, de modo que la edificación de la casa de Dios fue estorbada y luego detenida. La epístola dirigida a Sardis (Apocalipsis 3:1-6) describe el estado en el cual cayó la Iglesia salida del papismo, después de la obra divina que, en el principio, le había hecho brillar con tan vivo resplandor.

En Esdras, como lo hemos visto, después del primer entusiasmo durante el cual el pueblo había sido como un solo hombre, la confianza en el poder divino falta y la obra se para. Transcurren quince años. Solo se colocan los fundamentos del templo; la construcción queda absolutamente interrumpida. Durante esos largos años, lógicamente el pueblo debe ocuparse en algo, y, cuando Dios ya no tiene su lugar en el corazón, ¿de qué se va a ocupar si no es en sus propios intereses? Esto es lo que nos enseña el profeta Hageo. El pueblo se construía casas artesonadas, mientras que la casa de Dios estaba desierta (Hageo 1:4). Pero la inactividad espiritual tuvo resultados aun más desastrosos: el pueblo se alió con estas naciones a las cuales había dicho: «No nos conviene edificar con vosotros…» (Esdras 4:3). Comprobaremos los efectos de tal proceder en los capítulos 9 y 10 de nuestro libro.

5.1 - Despertar del pueblo

Sin embargo, la gracia que les había liberado no se paralizó a causa de su conducta, y asistimos, en el capítulo 5, a un despertar producido por el Espíritu de Dios. Había habido despertares en tiempos de Ezequías y Josías, tal como lo vimos en el segundo libro de los Reyes, antes de que la sentencia de Lo-ammi, pronunciada sobre Israel (Oseas 1:9), hubiese sido ejecutada. En realidad, estos despertares eran más bien de los reyes, conductores del pueblo. Este se beneficiaba con ellos, sin que fuese alcanzada su conciencia colectiva. Pero aquí, después del castigo del cautiverio y de la reintegración de los restos de Judá, el despertar adquiere otro carácter. Es un despertar del pueblo, y, además, no se trata, como antiguamente, de separarse de los ídolos y de purificar el templo, sino, cuando el templo ya no es más que un montón de ruinas, de reconstruirlo.

Tal es también el carácter del testimonio actual en medio de la cristiandad. Se trata de traer materiales a la casa de Dios. Él ha vuelto a sacar a la luz la verdad de que esta casa, la Iglesia, Asamblea del Dios viviente, tiene una inmensa importancia a los ojos de Cristo. A pesar de la ruina, él considera a su Asamblea tal como la quiere tener, aun cuando, por la infidelidad del pueblo de Dios, ella haya desaparecido completamente como testimonio público. Su existencia, y más aun su unidad, son tan reales –no a los ojos del mundo sino a los de Dios– como cuando, a semejanza del templo de Salomón, ella se iba edificando y crecía para ser un templo santo en el Señor. Es la misma casa. En Esdras también (cap. 5), el remanente la considera desde este punto de vista: «Reedificamos» –dice– «la casa que ya muchos años antes había sido edificada, la cual edificó y terminó el gran rey de Israel» (v. 11). Y: «Nabucodonosor… destruyó esta casa» (v. 12); y: «Ciro dio orden para que esta casa de Dios fuese reedificada» (v. 13); y también: «Este Sesbasar vino y puso los cimientos de la casa de Dios, la cual está en Jerusalén, y desde entonces hasta ahora se edifica, y aún no está concluida» (v. 16).

5.2 - Edificación de la casa de Dios

También el carácter del despertar que el Señor suscita en nuestros días consiste en construir la casa de Dios. Hace casi ochenta años [4] que esta gran tarea del pueblo de Dios ha sido nuevamente sacada a la luz. ¿Ella ha despertado los corazones de todos los creyentes? No se trata en absoluto, lo repetimos, de construir una nueva Iglesia, pues ella ya existe, edificada por Dios, y crece para ser un templo santo en el Señor; y, para que ella exista, basta que Dios la vea. Pero Dios espera de su pueblo que este la haga visible a los ojos de todos trayendo materiales convenientes para su edificación. El evangelista, los pastores y los maestros son los agentes empleados por el Espíritu Santo para la edificación de la Asamblea, pero uno se engañaría grandemente si creyese que la evangelización por sí sola añade almas al edificio. Ella es uno de los principales instrumentos, pero este trabajo precisa del concurso de todos los dones, y más aun, cada uno de los testigos de Cristo es responsable de aportar materiales nobles y vivientes para la casa de Dios. Nuestra infidelidad ha dispersado estos materiales en lugar de reunirlos, de suerte que ya no son visibles más que a los ojos de Dios. Hoy en día incumbe a los fieles el cuidado de discernirlos y de colocarlos en su sitio, de modo que la casa de Dios vuelve a hacerse visible en medio de este mundo, aunque esto no se manifestase más que por unas hiladas de piedras que mostraran lo que ella debe ser.

[4] Este estudio fue escrito en 1911.

Era ese el testimonio al cual era llamado a dar el remanente de Judá. Cuántas veces oímos decir que la evangelización es el testimonio, y esta idea, fundamentalmente errónea, tiene por efecto que se crea haber dado una mano en la construcción de la casa de Dios con la conversión de almas que luego son dejadas desamparadas en medio de sistemas humanos extraños a la Asamblea de Dios.

Queridos lectores, meditemos en estas cosas. Tenemos, en nuestros días, algo que edificar, y no son edificios caducos que se llaman iglesias, a los que Dios no reconoce y por los cuales el corazón de Cristo no siente ninguna simpatía. Él amó a la Iglesia; al darse por ella mostró el precio que ella tenía a sus ojos. ¿Tiene ella para nosotros el mismo precio que para él? En tal caso, tendremos un corazón amplio que nos elevará por encima de puntos de vista estrechos y sectarios, un corazón que arda con amor que solo se pueda sentir satisfecho al ver a todos los rescatados reunidos en la unidad del cuerpo de Cristo. Y, aun cuando esta tarea no se pueda realizar como lo fue al principio de la historia de la Iglesia, Dios acreditará en la cuenta de los suyos la actividad desplegada para proclamar y realizar en la práctica la existencia de una sola casa, una Asamblea del Dios viviente, reconocida por él en este mundo.

5.3 - El ministerio de los profetas Hageo y Zacarías

«Profetizaron Hageo y Zacarías hijo de Iddo, ambos profetas, a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén en el nombre del Dios de Israel» (cap. 5:1). Para operar este despertar bastan aquí dos profetas. Eran portadores y representantes de la Palabra de Dios para el pueblo. Por ellos, la Palabra, vuelta a poner en la luz según el poder del Espíritu Santo, actuó sobre las conciencias. Veremos más adelante, cuando Esdras entre en escena (cap. 7-10), cómo esta misma Palabra es presentada a las almas sin ninguna de las señales del poder profético. Esdras, quien será su portador, no tendrá otra pretensión que la de establecer a los fieles en las verdades que presentan las Escrituras, a fin de que su marcha se ajuste a ellas. Los dos profetas, por un lado, Esdras por el otro, nos presentan dos acciones diferentes de la Palabra de Dios. Después de haber despertado, ella fundamenta y nutre, y gracias a ella las almas son santificadas para conducirse de una manera digna de Dios. Un período de despertar que no va seguido por la enseñanza de la Palabra será de corta duración y se extinguirá sin dejar otro rastro de su paso que unas almas individualmente salvadas y conducidas al conocimiento de Cristo. Es esta una bendición inapreciable, sin duda, pero que no agota el tesoro de las bendiciones cristianas. Por eso no se puede insistir lo bastante acerca de la importancia de la doctrina para el progreso de las almas despertadas.

El ministerio de Hageo y de Zacarías tuvo por resultado inmediato el que los jefes del pueblo, Zorobabel y Jesúa tomaron su palabra a pechos. «Se levantaron… y comenzaron a reedificar la casa de Dios que estaba en Jerusalén; y con ellos los profetas de Dios que les ayudaban» (v. 2). Los conductores no esperan un asentimiento unánime ni procuran provocar una acción conjunta cuando se trata de edificar la casa. Eso es lo que siempre sucederá. El único medio para suscitar la actividad de la fe en los demás es desplegar uno mismo esta actividad, con un corazón lleno del sentimiento acerca de lo que se debe al Señor y de nuestra responsabilidad para con él. Así seamos tan solo dos o tres los que andemos con un corazón íntegro en el camino de la consagración a la Asamblea de Dios, tengamos la seguridad de que nuestro celo dará sus frutos. ¿Dos o tres solamente?, se podrá decir. Sí, Hageo y Zacarías, Zorobabel y Jesúa, representaban por sí solos, en ese momento, al verdadero Espíritu de Cristo. Eran, en resumen, la realeza, el sacerdocio y el Espíritu de profecía obrando para la bendición de todos. Estos dos hombres, y con ellos los profetas de Dios, comenzaron a construir. Pronto otros se les asociaron. El pueblo se solidarizó con sus conductores en la acción contra el enemigo.

5.4 - Nuevos opositores

Desde la primera oposición a la edificación del templo, nuevos hombres, Tatnai, Setar-boznai y sus colegas (v. 6), habían reemplazado a los antiguos enemigos del pueblo, Bislam, Tabeel y sus colegas (4:7). En Nehemías 6:1, estos vuelven a cambiar: son Sanbalat, Tobías y Gesem el árabe con sus colegas. Los hombres se suceden en su enemistad más o menos violenta u odiosa contra la obra de Dios, pero la oposición subsiste, porque el enemigo que emplea todos estos instrumentos no ha cambiado. ¡Ah, si la fe nunca se dejase detener por los obstáculos que levantan los agentes de Satanás! ¡Si comprendiésemos bien que la obra de Dios no se puede destruir porque Dios permanece por encima de todos! Él puede permitir que nuestra incredulidad y cobardía retrasen esta obra y la interrumpan, y eso para enseñarnos a conocernos, a juzgarnos y a humillarnos, pero sin embargo Su obra se cumplirá. Su casa, aun destruida, permanece, y mientras los enemigos se suceden rápidamente, Zorobabel, Jesúa y sus compañeros permanecen hasta que hayan cumplido la obra encomendada y nuevos instrumentos, como Esdras y Nehemías, surjan para imprimirle un nuevo carácter.

Pero ya el testimonio que pertenece a este despertar, provocado por los profetas, no tiene exactamente el mismo carácter que el de los capítulos 3 y 4. En cierta medida, podría comparárselo con la evangelización que acompaña al cristianismo. El remanente ya no proclama solamente aquí, como en el capítulo 4:1 y 3: «Jehová Dios de Israel», sino «el Dios del cielo y de la tierra» (cap. 5:11-12); y el templo ya no es solamente el «templo de Jehová Dios de Israel» (cap. 4:1), sino «la casa de Dios» (cap. 5:13, 15-17). Estos términos hablan claramente de Dios, tal como él se revela a las naciones, y del título milenario de Cristo. El futuro templo de Jerusalén no será establecido únicamente para las doce tribus, pues los gentiles tendrán en él su parte, y las naciones con sus reyes subirán a él para adorar al «Dios del cielo y de la tierra». El pueblo de Jehová se coloca aquí frente a las naciones como sirviendo al Dios que ellas mismas deberían servir. Del mismo modo, nosotros presentamos a nuestro Padre al mundo como el

«Dios nuestro Salvador, el cual quiere que «todos los hombres sean salvos» (1 Tim. 2:4).

Si el pueblo, tan atacado por sus enemigos, confiesa abiertamente el Nombre y los caracteres de su Dios, no es en absoluto con el sentimiento de su superioridad frente a los que le rodean. No procura disminuir su culpabilidad, sino que reconoce ante las naciones que se halla bajo el juicio de Dios. Si bien los fieles son «siervos del Dios del cielo» (v. 11), reconocen que han sido justamente castigados a causa de sus transgresiones: «Mas después que nuestros padres provocaron a ira al Dios de los cielos, él los entregó en mano de Nabucodonosor rey de Babilonia, caldeo, el cual destruyó esta casa y llevó cautivo al pueblo a Babilonia» (v. 12). Su servidumbre para con las naciones era el castigo de su iniquidad (v. 13-15). Esta actitud, ¿no conviene también a la Iglesia culpable, responsable de lo que le ha sido confiado? Dios pide a sus siervos, tanto hoy como entonces, que su testimonio, para ser eficaz, sea ante todo el testimonio de su ruina.

Hagamos todavía aquí una observación con respecto a la táctica de los enemigos del pueblo. Bajo el reinado de Artajerjes, el falso Smerdis (cap. 4), quien tenía un interés capital en evitar levantamientos contra el poder que había usurpado, los adversarios invocan motivos políticos para detener la obra de Dios. Este monarca se habría sentido poco conmovido por cuestiones religiosas, ya que le importaba ante todo que el pueblo no reencontrara su unidad y el medio de defenderla en una capital fortificada. Los enemigos, pues, escriben al rey que «edifican la ciudad rebelde y mala, y levantan los muros y reparan los fundamentos» (cap. 4:12). Artajerjes da órdenes en consecuencia.

Bajo la autoridad de Darío el persa, la táctica ha cambiado. Darío, como los monarcas de origen persa, aborrecía la idolatría babilónica, al mismo tiempo que concedía a los países que estaban bajo su dominio el derecho de tener cada uno su idolatría especial. Él reconocía al verdadero Dios, como lo veremos en el capítulo 6, y sentía cierto temor hacia él. Los acusadores de los judíos piensan entonces tocarlo en lo más sensible al opinar sobre la construcción del templo y los intereses religiosos del reino. ¿Acaso Ciro había permitido esta reedificación como lo pretenden los judíos? Los enemigos esconden su hostilidad bajo una aparente indiferencia y casi tolerancia. Si el edicto de Ciro no existía, o no era hallado, ellos podían esperar que una orden del rey les impusiese el cese de la obra. Su gran preocupación es la de quedar en buenos términos con el poder del mundo, pues el Nombre de Dios no tiene, de hecho, ningún valor para sus corazones o sus conciencias. «Se nos envíe a decir la voluntad del rey sobre esto» (v. 17).

6 - Fin del trabajo y dedicación del templo (Esdras 6)

6.1 - El apoyo del rey Darío

Dios favorece particularmente el despertar que ha provocado, mientras hace sentir cada vez más a los librados la ruina causada por su infidelidad. Darío el persa apoya a los judíos y pronuncia una sentencia equitativa, fundada además en el hecho de que «es ley de Media y de Persia que ningún edicto u ordenanza que el rey confirme puede ser abrogado» (Daniel 6:15). En todo eso se puede ver la providencia de Dios que vela por el pueblo. El edicto de Ciro es encontrado en Acmeta, en la provincia de Media, y no en Babilonia, lo cual prueba que, sin la intervención divina, las investigaciones más minuciosas habrían podido ser inútiles. Darío, si bien no llega hasta proclamar, como Nabucodonosor humillado, que el Altísimo domina sobre los reinos de los hombres, reconoce al Dios de los cielos y al templo de Jerusalén como casa de Dios (cap. 6:9-10, 3, 7, 8). Acerca de esta ordena las dimensiones que denotan su falta de inteligencia en la materia, porque no corresponden ya a las cifras simbólicas del templo primitivo (v. 3; 1 Reyes 6:2), y así más de un pensamiento de Dios queda como sepultado bajo estos números nuevos. Darío reconoce también que las oraciones de estas gentes despreciadas y humilladas son eficaces para la vida del rey y de sus hijos (v. 10). Usa de la autoridad que le es confiada para castigar a aquellos que quisieran oponerse a la voluntad de Dios. Por último, hace una llamada solemne al Dios que habita en Jerusalén para que ejerza venganza sobre los que se oponen a Él: «Y el Dios que hizo habitar allí su nombre, destruya a todo rey y pueblo que pusiere su mano para cambiar o destruir esa casa de Dios, la cual está en Jerusalén» (v. 12). Los adversarios, que no sienten ningún respeto por el pueblo de Dios, se apresuran a obrar de conformidad con el edicto del rey, pues es el temor del hombre lo que llena sus corazones. Pero Dios se sirve de todo, aun de este temor, a fin de cumplir sus designios de gracia para protección de los suyos.

Los ancianos de los judíos edifican y prosperan por la profecía de Hageo y de Zacarías. Acaban el templo, no solamente según la orden del Dios de Israel, sino también según la orden de los soberanos de Persia (v. 14). Es el carácter especial de este despertar producido en medio de la humillación y bajo la esclavitud de los gentiles. El trabajo del templo había sido interrumpido durante quince años, desde el segundo año de Ciro hasta el segundo de Darío el persa (cap. 4:24; Hageo 1:1). Cuatro años más tarde la casa de Dios quedaba lista (v. 15). ¡Cuán desastrosos son los retrasos producidos por el temor de los hombres y por la falta de confianza en el Señor, que es su necesario resultado!

6.2 - Dedicación del templo reedificado

En el mes de Adar, el duodécimo, que corresponde a nuestro mes de marzo, tiene lugar la dedicación de la casa. Pero, como lo hemos dicho, ya no tiene sus dimensiones primeras y divinas. Esta dedicación solo se celebra muy pobremente, comparada con la de Salomón, de gloriosa memoria. Pero, a pesar de eso, el gozo llena el corazón del pueblo, pues Dios nuevamente hace «habitar allí su nombre» (v. 12) de manera pública y reconocida en esta casa restaurada. No es que su gloria entre allí, ni tampoco que su trono esté entre los querubines, pero su presencia espiritual no puede faltar cuando el centro de la reunión de su pueblo es reconocido. Si bien diecinueve años antes habían manifestado su unidad, cuando la erección del altar, ahora, durante la dedicación del templo, ellos realizan esta bendita verdad: Jehová está en medio de ellos. Él, por así decirlo, consagra su unidad por medio de Su presencia, pero aquí esta lleva todavía la marca del pecado y de la ruina de ellos. Como sacrificio por el pecado, ellos ofrecen doce machos cabríos, según el número de las tribus de Israel (v. 17). Ninguna tribu queda excluida de la confesión pública del pecado expresada por el sacrificio. Ya no se encuentra, como en el tiempo de Elías, un altar de doce piedras que expresan la unidad del pueblo, sino doce machos cabríos ofrecidos sobre el altar para la expiación de un pecado común a todos ellos. Reconocen así su solidaridad y su igualdad en el pecado. El pecado de Judá y de Benjamín, tribus a las que pertenecen estos deportados, es tan grande a sus ojos como el de las diez tribus restantes y precisa la misma expiación. En medio de estas circunstancias, ellos recurren, para organizar el servicio, únicamente a la Palabra, a «lo escrito en el libro de Moisés» (v. 18).

¿Todo eso no nos habla de la posición de los creyentes en nuestros días? Ellos tienen que reconocer el pecado de la Iglesia y sentirse responsables de él ante Dios, sin pensar en echarla sobre otros. Procurar la presencia de Dios en medio de los suyos reunidos en torno a su Nombre; no pretender restaurar en su totalidad lo que hemos arruinado; atenernos únicamente a la Palabra de Dios para establecer y mantener el orden en la asamblea; regocijarnos, en medio de nuestra gran pobreza, de tener, en nuestra humillación, al Santo y Verdadero por nosotros y con nosotros, tales son nuestros privilegios actuales.

6.3 - Celebración de la pascua

Además de estas bendiciones, el remanente también descubre otras. En el duodécimo mes había tenido lugar la dedicación del templo. En el mes siguiente, el de Abib (abril), el primero del año nuevo, el pueblo celebra la pascua. Vuelve a encontrar el orden de las fiestas tal como había sido instituido por Dios, desde el momento en que se reencuentra un orden completo: el altar y el templo, la reunión y la unidad del pueblo, la presencia de Jehová en medio de ellos. En el capítulo 3, después de haber edificado el altar, habían celebrado la fiesta de los tabernáculos con los holocaustos, y ello era legítimo, pues habían vuelto a encontrar su morada en Canaán. Ahora celebran la pascua. Esta era el memorial del sacrificio por el cual Israel había sido, por una parte, preservado del juicio de Dios, y por otra parte, liberado de la esclavitud de Egipto. Esta fiesta corresponde, para nosotros, los cristianos, al memorial de la muerte de Cristo, de nuestra liberación y de los beneficios del nuevo pacto en su sangre. Este memorial se celebra el primer día de la semana, día de la resurrección, el que es para nosotros el principio de los meses.

«Los sacerdotes y los levitas se habían purificado a una; todos estaban limpios» (v. 20) para celebrar la pascua. Sentían la imposibilidad de traer impureza a esa santa comida conmemorativa, y, así como habían sido unánimes para edificar el al tar, para supervisar la obra y colocar los fundamentos del templo, lo son ahora para purificarse «con todos aquellos que se habían apartado de las inmundicias de las gentes de la tierra para buscar a Jehová Dios de Israel» (v. 21).

Ese debe ser siempre el carácter del testimonio de un remanente en medio de la ruina. Este siente que la impureza no puede ser admitida en la Mesa del Señor y que el mundo no tiene ningún sitio allí. Siente que esta comida no puede tener lugar sin el juicio de uno mismo: «Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa» (1 Corintios 11:28).

6.4 - La solemne fiesta de los panes sin levadura

En último lugar, «celebraron con regocijo la solemne fiesta de los panes sin levadura siete días, por cuanto Jehová los había alegrado, y había vuelto el corazón del rey de Asiria hacia ellos, para fortalecer sus manos en la obra de la casa de Dios, del Dios de Israel» (v. 22). Esta fiesta de los panes sin levadura es figura de una santificación completa y continua, proseguida durante siete días, número de la plenitud, imagen de todo el curso de nuestra vida, de una vida consagrada a Aquel que nos ha liberado por su muerte y a quien le pertenecemos como algo propio. Es en figura la santificación colectiva e individual de la cual se habla en 2 Corintios 6:17 hasta el capítulo 7:1. El remanente restaurado celebra esta fiesta con gozo, tal como lo había hecho en la fiesta de los tabernáculos, en la dedicación de los fundamentos y de la casa (cap. 3:13; 6:16, 22). En eso difería de lo que estaba escrito en la ley de Moisés: «Siete días comerás con ella pan sin levadura, pan de aflicción, porque aprisa saliste de tierra de Egipto» (Deuteronomio 16:3). Aquí, en todas las bendiciones vueltas a encontrar, no había sitio más que para el gozo.

El remanente de la deportación no estaba solo para celebrar la fiesta. Entre el pueblo que había permanecido en el país durante el cautiverio, «todos aquellos que se habían apartado de las inmundicias de las gentes de la tierra para buscar a Jehová Dios de Israel» (v. 21) tenían parte en esta solemnidad. Sin formar parte del testimonio propiamente dicho, acababan de asociarse a ellos con una verdadera santidad práctica. Por eso tenían parte en el memorial y en la fiesta.

Esta verdad es de gran importancia en el día de hoy. Todos los cristianos separados del mundo y de la profesión sin vida que nos rodea, tienen derecho a la Mesa del Señor y son recibidos en ella con gozo por sus hermanos.

A pesar de tantas bendiciones, los recursos del pueblo, fuera para las ofrendas, fuera para el servicio, eran muy escasas (véase 1 Reyes 8:63). Pero eso no impedía en absoluto el orden del servicio. Tenían, para este orden, una autoridad infalible, a la cual siempre podían recurrir: «lo escrito en el libro de Moisés»; dicho de otro modo, la Palabra de Dios (v. 17-18).

7 - Esdras (Esdras 7)

Entramos aquí en un nuevo período de nuestra historia. Han transcurrido cuarenta y siete años desde la dedicación del templo, sesenta y ocho aproximadamente desde el edicto de Ciro. Asuero (conocido también bajo el nombre de Jerjes), el monarca de quien nos habla el libro de Ester, hijo del Darío (Hystaspis) de Esdras 5 y 6, durante este intervalo ha sucedido a su padre y ha sido sucedido en el trono por su hijo Artajerjes (Artajerjes mano larga), de quien se trata aquí.

En el capítulo 5, el despertar se había caracterizado por el poder de la palabra profética, produciendo una renovación de energía en el pueblo, el que desde hacía mucho tiempo había abandonado el trabajo de la casa de Dios. Los capítulos 5 y 6 nos han hablado de los resultados de este despertar.

Una vez terminada la obra primaria, el pueblo es llamado a disfrutar apaciblemente de sus frutos. Su nivel espiritual, ¿se conservará en estas nuevas circunstancias? No, sobrevienen tiempos en los que baja rápidamente. Se infiltra el mundo. Como lo veremos al final de este libro, se toleran alianzas profanas que relajan la energía moral. El mal todavía estaba oculto en el tiempo en que fue suscitado Esdras, pues fue su presencia, con nuevos elementos no contaminados, la que descubrió al mal.

7.1 - El único recurso: la Palabra de Dios

¿Dónde, pues, encontrar un recurso contra este decaimiento espiritual y sus consecuencias? No hay más que uno solo: la Palabra de Dios. Dios suscita a Esdras para enseñar al pueblo la ley de Moisés y para recordarle la importancia de ella. No se trata aquí de nuevas revelaciones, como cuando Hageo y Zacarías hablaron al pueblo, sino simplemente de volver a sacar a la luz y de aplicar a las conciencias los «estatutos y decretos» (v. 10) contenidos en «la ley de Jehová».

No olvidemos que también en el día actual es nuestra única salvaguardia y nuestro único medio de restauración.

«Dice Jehová: …miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).

Esdras, en todo sentido, era notable como escogido de Dios para cumplir esta misión. Encontramos primeramente (v. 1-5) su genealogía que no presentaba ninguna laguna. Era de raza sacerdotal y se remontaba, por sus antepasados y las virtudes de estos (la fidelidad de un Sadoc, el celo de un Finees), hasta «Aarón, primer sacerdote».

En nuestros días, ¿acaso no ha de ser esto así, respecto a los ministros de la Palabra? Su persona, sus obras y su conducta deben mostrar claramente que sus fuentes están en Cristo, el verdadero sumo sacerdote. Ha de ser evidente a los ojos de todos cuál es su Jefe y de quién han recibido la vida.

7.2 - Un conductor bien preparado: Esdras

Esdras «era escriba diligente en la ley de Moisés, que Jehová Dios de Israel había dado» (v. 6). Dios lo había preparado de antemano, cual don especial, para ser conductor del pueblo, pero eso no bastaba para calificarle a ejercer su ministerio: «Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla» (v. 10). Para buscarla primero, para cumplirla luego, pues, en lo que le concernía a él mismo, no separaba la práctica del conocimiento. No era semejante a esos doctores de la ley que, en los días de Jesús, cargaban a los hombres con cargas que no podían llevar, pero ellos ni aun con un dedo las tocaban (Lucas 11:46). Su vida práctica estaba impregnada de los preceptos de la Palabra de la cual él se alimentaba. Y tan solo a continuación había dispuesto su corazón «para enseñar en Israel sus estatutos y decretos» (v. 10). En una palabra, su vida y su conducta estaban completamente de acuerdo con su enseñanza.

Como consecuencia de esta entera consagración a la Palabra y a la obra, «la mano de Jehová su Dios estaba sobre Esdras», porque –fijémonos en este «porque»– él «había preparado su corazón» (v. 6-10). Siempre y en toda época vemos que la protección de Dios descansa especialmente sobre aquellos que, olvidándose de sí mismos para no depender más que de él, se consagran sin reserva a Su obra.

Para seguir este camino de obediencia, sin peligro de apartarse de él, Esdras tenía necesidad de un especial conocimiento de toda la Escritura. Era diligente en la ley de Moisés (v. 6); era él «sacerdote… escriba versado en los mandamientos de Jehová y en sus estatutos a Israel» (v. 11). A menudo no hay nada más fatal para las almas que un conocimiento superficial y limitado de la Palabra. Cuántas divisiones y disputas entre los hijos de Dios se evitarían si estos considerasen las Escrituras bajo sus diversos aspectos. Separar una verdad de otras verdades conexas, sin tener en cuenta estas últimas, generalmente es una prueba de ignorancia y de propia voluntad, cuando no el fruto de una orgullosa satisfacción de sí mismo que quiere enseñar a los demás y rehúsa dejarse enseñar por Dios. Casi todas las falsas doctrinas tienen su punto de partida en una verdad sacada de su sitio, por consiguiente, mal comprendida y así convertida en raíz de un error.

El edicto de Artajerjes, como así también la carta de Darío (cap. 6), nos muestra las disposiciones mentales de los soberanos de Persia. Sin fe vivificadora, tenían cierto temor de Dios. Tal como su abuelo Darío, Artajerjes reconocía al Dios de los cielos. Si bien dejaba, según dice la historia, a cada pueblo sus ídolos, él mismo no tenía ninguno. La doctrina de Zoroastro, la creencia en un Dios supremo, la enseñanza de los magos, todo eso mezclado con puntos de vista filosóficos en cuanto al principio del bien y del mal, formaba la religión de estos soberanos. Ello les disponía, sin duda, para reconocer al «Dios de los cielos», pero, en su edicto, Artajerjes va más lejos: reconoce al Dios de Esdras (v. 14), al Dios de Israel (v. 15), al Dios de Jerusalén (v. 19). Reconoce también su responsabilidad para con Dios, cuya ira es de temer (v. 23). Muestra, además, mucha confianza en Esdras, hombre de Dios, pues le encomienda el establecimiento de los magistrados y de los jueces al otro lado del río (v. 25). Él sabe muy bien que el piadoso Esdras no escogerá a los que se rebelan contra la autoridad real. Quiere que este hombre instruya a los ignorantes, y es para él la garantía de paz de su reinado (v. 25). Por último, ordena medidas severas contra los que infrinjan la ley de Dios y del rey, porque, en su pensamiento, identifica juntas estas dos leyes (v. 26).

En cuanto a Esdras, todo lo confía a Dios, aun el favor del rey: «Bendito Jehová Dios de nuestros padres, que puso tal cosa en el corazón del rey, para honrar la casa de Jehová que está en Jerusalén, e inclinó hacia mí su misericordia delante del rey y de sus consejeros, y de todos los príncipes poderosos del rey» (v. 27-28). Ante todo, vive en la presencia de su Dios y experimenta que la mano de Dios estaba sobre él para responderle (v. 6), protegerle (v. 9), fortalecerle (v. 28) y librarle (cap. 8:31).

8 - Segundo retorno (Esdras 8)

En este nuevo retorno, Esdras es acompañado por parte del pueblo que ha quedado en la provincia de Babilonia. Estos, al igual que su conductor, están en posesión de un registro genealógico exacto. La Escritura los menciona a todos según sus familias y no, como una parte de los del capítulo 2, según sus ciudades. En el primer gran movimiento de restauración quedaba relativamente poca duda en cuanto al derecho de los individuos de pertenecer al pueblo de Dios, y esta duda se refería esencialmente al sacerdocio. Pero aquí parece necesario ser aun más estricto que al principio. Este fenómeno es frecuente. El impulso de un primer amor puede deparar alguna mezcla, porque el amor y el gozo desbordan y sostienen al conjunto del pueblo. Elementos extraños pueden mezclarse entonces y, a menudo, poco después del principio se experimenta lo penoso de esa circunstancia. Pero el poder del Espíritu Santo está allí para discernirlos y entresacarlos cuando la ocasión se presenta. La historia de la Iglesia, en su nacimiento, nos ofrece ejemplos semejantes. La mentira entra en ella con Ananías y Safira; la carne, que tan solo tiene apariencia de conversión, con Simón el mago; pero el Espíritu de Dios vigila, juzga y discierne, y la casa es momentáneamente preservada de daño. Más tarde la asamblea se pone más en guardia contra el mal: «Has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos» (Apocalipsis 2:2). No es una señal de más poder, ni de más amor, sino que eso viene a ser una necesidad si se quiere conservar puro el testimonio de Dios.

En medio del séquito brillan los hijos de Adonicam, la mayor parte de los cuales había subido con Zorobabel (cap. 2:13). Ahora los últimos (v. 13) vuelven a subir con Esdras. Sus nombres no se olvidan. Así toda la familia está completa, y esta bendición especial se menciona aquí, en el libro de Dios. ¡Ojalá veamos también nosotros familias enteras de Adonicam entre los que el Señor llama a rendirle testimonio en estos días del fin!

8.1 - Falta de levitas

Estos hombres, incluidos los sacerdotes, mencionados en primer lugar, y los jefes, ascendían a 1.502 (v. 1-14). Pero he aquí que antes de ponerse en camino, Esdras hace una comprobación de las más penosas: «Habiendo buscado entre el pueblo y entre los sacerdotes, no hallé allí de los hijos de Leví» (v. 15). Ya eran, como lo hemos indicado, muy poco numerosos en el capítulo 2, y no llegaban a más de 74 personas. Aquí no se presenta ni un solo levita. Permanecen en las ciudades de las naciones, ocupados en sus intereses, sin ninguna intención de subir con sus hermanos para el servicio de la casa de Dios. Esdras se ve obligado a mandarles una especial embajada de jefes y de hombres inteligentes para invitarles a que se unan con sus hermanos. ¡Finalmente concurren treinta y ocho! Los netineos o sirvientes del templo llegan a 220: ¡aproximadamente seis sirvientes por cada levita! ¿No es humillante semejante hecho? ¿No podemos, nosotros también, sacar enseñanzas de ello? ¿Dónde están los ministerios, entre el pueblo de Dios, pues, como ya lo dijimos más de una vez, los ministerios de hoy corresponden a los levitas de la antigüedad? ¿Dónde están los que sirven en la casa de Dios y cumplen en ella las funciones que Dios les ha asignado? ¿Por qué esta escasez, esta pobreza? Los que quedaban entre las naciones podían invocar las ocupaciones de sus responsabilidades en medio de sus compatriotas, pero, ¿era preciso que la casa de Dios quedara sin su cooperación? ¿Acaso no debían ellos sacrificar su posición y sus intereses, a fin de servir a Jehová allí donde él quería ser servido?

A pesar de todo, volvemos a encontrar aquí estas palabras: «Según la buena mano de nuestro Dios sobre nosotros» (v. 18), único recurso con el cual Esdras pudo contar. Y, si bien el socorro acordado se consideraba insuficiente, haciendo resaltar las inmensas lagunas producidas por la ruina del pueblo, por lo menos era una ayuda, y el Señor no abandonaba a los suyos.

8.2 - Con humillación, el pueblo pide la ayuda de Dios

En presencia de esta culpable insuficiencia, ¿qué debían hacer Esdras y sus compañeros? ¿Debían procurar una solución por medio de algún artificio humano sugerido por las circunstancias? De ningún modo. La casa estaba construida; el lugar de reunión del pueblo, edificado; el nombre de Jehová moraba allí; era preciso dirigirse allí cuanto antes. Pero, en esas condiciones, una cosa, una sola era necesaria: la humillación. «Y publiqué ayuno allí junto al río Ahava, para afligirnos delante de nuestro Dios» (v. 21). Sin el ayuno y la humillación, exigidos por el miserable estado de este puñado de hombres, listos para dirigirse a Jerusalén, ninguna bendición era posible. ¿Cómo, en ese estado tan pobre, tan incompleto, habrían encontrado «camino derecho» para ellos, sus niños y todos sus bienes? Otros se habrían sentido tentados a «pedir al rey tropa y gente de a caballo, que les defendiesen del enemigo» (v. 22). Este pensamiento no cabe en el corazón del piadoso Esdras. Él habría tenido vergüenza de alentar semejante idea y de ponerla en práctica. ¿Acaso no había dicho al rey: «La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su poder y su furor contra todos los que le abandonan»? (v. 22).

¿Iba a decir acaso: «Me confío a Jehová», y luego dar un mentís a esta palabra al añadir: «Eso no me basta; también me hace falta confiar en el hombre»? No. Este débil remanente, ayuna y se humilla, y se dirige a Dios mediante la oración. Eso era precisamente lo que hacía falta, y no otra cosa. «Ayunamos, pues, y pedimos a nuestro Dios sobre esto, y él nos fue propicio» (v. 23).

Circunstancias como las de Esdras se han encontrado a menudo y se encuentran todavía en nuestros días. A veces las dificultades en apariencia son muy intrincadas. El enemigo nos espera en el camino y se interpone entre nosotros y el cumplimiento de un simple deber: la reunión de los hijos de Dios y el servicio de Su casa. No tenemos ninguna fuerza para resistirle. Nos hace falta el socorro de los levitas, en el cual habíamos fundado alguna esperanza. Satanás querría incitarnos a hacerle frente con la «tropa y gente de a caballo» del rey, con las armas de la carne, sabiendo que seríamos vencidos si empleásemos sus propias armas contra él mismo. ¿Qué hacer? Lo que hizo Esdras: mantengámonos en ayuno, en humillación y en oración, y tengamos la certidumbre de que Dios nos escuchará. «Él nos fue propicio», dice Esdras. Además de estas armas bendecidas, Esdras tenía la Palabra de Dios consigo y era su representante ante el pueblo. ¿Acaso era rico? ¿Era fuerte? Nada de eso, pero sí poseía los recursos de Aquel cuyo poder se perfecciona en la debilidad.

8.3 - La misión de los sacerdotes y la de los levitas

En los versículos 24 al 30, los sacerdotes y los levitas reciben en depósito las cosas santas, utensilios, plata y oro, todo lo que había sido dado voluntariamente para la casa de Dios. Estos dones estaban santificados por el Nombre de Jehová y por el carácter de los que ejercían su custodia. «Vosotros estáis consagrados a Jehová, y son santos los utensilios, y la plata y el oro, ofrenda voluntaria a Jehová Dios de nuestros padres» (v. 28), les dice Esdras. Esos dones, provenientes en parte del rey, de los consejeros y de los príncipes, no tenían mancha alguna. Como el Nombre de Jehová y su templo eran reconocidos por estos hombres, Dios podía aceptar sus ofrendas. Pero era necesario, aun para estos dones materiales, plata u oro, que los sacerdotes velaran para guardarlos preciosamente, pues nada de ello debía extraviarse. Sus depositarios debían mostrar a este respecto toda fidelidad e integridad. Vemos, bajo el régimen de la gracia, cómo el apóstol Pablo pone el mismo celo escrupuloso para cuidar del donativo que le era confiado por las asambleas de los gentiles con destino a los santos de Jerusalén (2 Corintios 8:20).

Los versículos 32-34 nos cuentan el celo de los sacerdotes y los levitas para cumplir su misión. Estaban enteramente dedicados a su tarea. Nada faltaba para ello; se volvió a encontrar el número y el peso de todos esos objetos. Ojalá les imitemos en los encargos, grandes o pequeños, que el Señor nos confíe. Ojalá que lo que él pone entre nuestras manos jamás lo consideremos como nuestro, sino como algo que debe devolvérsele después de haber sido administrado para él. La mayoría de las veces, los fraudes, pequeños o grandes, de los cuales los cristianos son culpables, ya sea frente a las autoridades, ya sea frente al mundo, no tienen otra causa. Ellos consideran como suyo lo que el Señor les da para administrar, y se exponen a menudo a crueles castigos como consecuencia de su infidelidad. La consecuencia de la fidelidad se muestra aquí. Dios vigila sobre su bien y guarda a los portadores de estos dones a lo largo de todo el camino. La frase, frecuentemente repetida en estos capítulos, se vuelve a encontrar aquí: «Y la mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo y del acechador en el camino» (v. 31).

Llegada a Jerusalén, esta débil tropa de los hijos del cautiverio «ofrecieron holocaustos al Dios de Israel, doce becerros por todo Israel» (v. 35). Ellos también cuidan de reconocer y afirmar la unidad del pueblo. En ese principio estaba basado su testimonio, aun en su estado de humillación. Pero notemos que ellos no llegan a reconocer este principio sino en la humillación en cuanto a sí mismos y con la precaución de guardar fuera de todo perjuicio la santidad de Jehová. En efecto, proclamar principios sin un estado moral que les corresponda, no es otra cosa que profanarlos. No hablemos nunca de principios si estos no son sostenidos por nuestro estado práctico. La pretensión de poseer la verdad mientras vivimos en la injusticia es odiosa a los ojos de Dios (Romanos 1:18). Más vale la ignorancia de los principios divinos acompañada por una marcha piadosa, según el conocimiento que se posea, que la inteligencia de estas verdades sin santidad en el andar. En estos pobres liberados que vuelven a subir a Jerusalén, vemos un bello ejemplo de la alianza de estas dos cosas: la santidad o consagración a Jehová, y el mantenimiento de la unidad del pueblo de Dios en medio de la ruina.

9 - Purificación del pueblo (Esdras 9)

Hasta aquí la restauración (pues los capítulos 7 a 10 se refieren más bien a una restauración que a un despertar) ha producido sus efectos sobre la compañía llegada de regreso con Esdras a Jerusalén. Estos hombres, a quienes la humillación, el ayuno y las suplicaciones los llevan a comprender su pobre estado y todo lo que les falta para el servicio de Dios, también se dan cuenta de que solo la gracia puede conducirles y guardarles. Se aferran a la Palabra de Dios. Los jefes que les encabezan comprenden que la santidad práctica es obligatoria para aquellos que tienen el cuidado de las cosas santas. Llegados a Jerusalén, proclaman la solidaridad del pueblo de Dios y reconocen su unidad a pesar de la ruina.

9.1 - Alianzas profanas

Pero la llegada de este nuevo refuerzo va a manifestar el estado del pueblo que anteriormente había reedificado el templo de Jehová. Ella permite descubrir el mal oculto que roe al pueblo y obstaculiza su desarrollo espiritual. Los compañeros de Esdras vienen a exponerle lo que han visto: «El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras… y la mano de los príncipes y de los gobernadores ha sido la primera en cometer este pecado» (v. 1-2). El mundo que le rodeaba había invadido gradualmente la asamblea de Israel y, si bien no todos estaban contaminados, corrían el peligro de serlo, pues sus conductores habían sido los primeros en concertar alianzas profanas. Es triste comprobar que todos los despertares se arruinaron sucesivamente por hacer alianza con el mundo y, al respecto, los conductores son, por su ejemplo, con mucho los más culpables.

9.2 - Humillación de Esdras

¿Hay algún medio para remediar este estado de cosas? Esdras, el hombre piadoso y consagrado a Jehová, comprende enseguida lo que le incumbe: «Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo» (v. 3). La primera cosa es, pues, la humillación individual, a la espera de que el pueblo reconozca su falta y se humille de manera general. Siempre debe ser así. Ante la revelación del pecado del pueblo de Dios, no somos llamados en primer lugar a obrar, sino a humillarnos; y si estuviéramos solos, como en aquel entonces Daniel y otros fieles, y como Esdras en ese día, no dejemos de tomar esta actitud ante Dios. Él mira y responde al corazón humillado y quebrantado.

«Y se me juntaron todos los que temían las palabras del Dios de Israel, a causa de la prevaricación de los del cautiverio» (v. 4). El primer efecto de la humillación de Esdras es el de agrupar en torno de él a los que temen las palabras de Dios. Estos son, sin duda, muy poco numerosos el primer día, pero esta humillación va a extenderse a todo el pueblo de Dios. En cuanto a ellos, están caracterizados por lo aprendido bajo la conducción de Esdras. Al conocer por él la Palabra de Dios, hallaron en ella el conocimiento del carácter de Dios, quien en manera alguna puede asociarse a la impureza. ¿Acaso no ha dicho?: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16).

Por eso Esdras, en su oración (v. 11-12), hace referencia a la Palabra de Dios, a la que tanto conoce: «Hemos dejado tus mandamientos, que prescribiste por medio de tus siervos los profetas, diciendo: La tierra a la cual entráis para poseerla, tierra inmunda es a causa de la inmundicia de los pueblos de aquellas regiones, por las abominaciones de que la han llenado de uno a otro extremo con su inmundicia. Ahora, pues, no daréis vuestras hijas a los hijos de ellos, ni sus hijas tomaréis para vuestros hijos, ni procuraréis jamás su paz ni su prosperidad; para que seáis fuertes y comáis el bien de la tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos para siempre».

La humillación individual de Esdras consistía en hacer suyo el pecado del pueblo de Dios. La comunión con los pensamientos de Dios siempre nos lleva a eso. Vemos unos ejemplos de ello en Daniel 9:5, Jeremías 10:23, Nehemías 9:33, y aquí: «Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo. Desde los días de nuestros padres hasta este día hemos vivido en gran pecado; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, a cautiverio, a robo y a vergüenza que cubre nuestro rostro, como hoy día» (v. 6-7).

¡Vaya culpabilidad la de este pueblo, en el momento en que el favor de Jehová volvía a brillar sobre él, a pesar de su servidumbre! «Y ahora por un breve momento ha habido misericordia de parte de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un remanente libre, y para darnos un lugar seguro en su santuario, a fin de alumbrar nuestro Dios nuestros ojos y darnos un poco de vida en nuestra servidumbre. Porque siervos somos; mas en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén» (v. 8-9).

Y el Señor, ¿acaso no les había hecho promesas, si se separaban de toda alianza con las naciones? Sí, pues había dicho: «Para que seáis fuertes y comáis el bien de la tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos para siempre» (v. 12).

Aliarse con las naciones era abandonar la separación hacia Él, esta santidad cuyo valor habían experimentado los compañeros de Esdras y que les había dirigido hasta este día (cap. 8:28). Esto era precisamente lo que sus antecesores no habían observado. Les habían invadido alianzas –para nosotros la mundanería–, las que se extendían cual gangrena desde los sacerdotes y los jefes del pueblo hasta la gente del vulgo. Habían olvidado que, al dejar la separación, perdían tres cosas capitales: la fuerza, el disfrute de los bienes del país de Canaán y su posesión permanente por parte de ellos y de su descendencia (v. 12).

Eso es también lo que nosotros, los cristianos, experimentamos, desdichadamente, hoy en día. ¿La fuerza? Observemos que para los compañeros de Esdras, como para nosotros, no se trataba de una fuerza exterior, pues ellos no eran más que un puñado de hombres, sino que la fuerte mano de Jehová había estado con ellos, el enemigo había sido reducido a la nada y sus emboscadas disipadas. Pero, ¿cómo podían pretender ahora las dos restantes bendiciones –el disfrute y la posesión– cuando la corrupción estaba establecida en medio del pueblo?

¿Qué, pues, había que hacer? Esdras se humilla todavía y vuelve a postrar su frente en el polvo. Recuerda con dolor el juicio de faltas pasadas, sin embargo, mucho menos severo de lo que el pueblo merecía. «Tú» –añade a pesar de todo– «nos diste un remanente como este»; y si volvemos a nuestras malas obras, ¿no tendrás tú razón para consumirnos?, «sin que quedara remanente ni quien escape» (v. 13-14).

Pero, añade, henos aquí «un remanente que ha escapado, como en este día». El testimonio es confiado ahora a unos cuantos de este segundo retorno, afligidos y arrepentidos por todos los demás, y diciendo: «Henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es posible estar en tu presencia a causa de esto» (v. 15).

¿Acaso hay en este momento una restauración posible para estos pobres escapados? Sí, se encuentra en la actitud que adoptan los que, a pesar de no haber participado en esta impureza, asumen tan completamente la responsabilidad que se identifican con aquellos que permanecen bajo el juicio de Dios. Vamos a ver que esta actitud, tomada con toda sinceridad de corazón delante de Dios, esta fundamental confesión del mal ejerció su influencia sobre los que habían pecado, para dar lugar a su restauración.

10 - Expulsión de las mujeres extranjeras (Esdras 10)

Hemos visto, en el capítulo precedente, que Dios había respondido a la humillación de uno solo, Esdras, quien agrupó en torno a sí, según un mismo espíritu de contrición, a aquellos compañeros que temblaban ante las palabras del Dios de Israel. Ahora la humillación se extiende a un gran número: «Mientras oraba Esdras y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se juntó a él una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños; y lloraba el pueblo amargamente» (v. 1).

10.1 - Humillación general

No podemos hacer resaltar lo suficiente de qué manera sustancial la bendición del pueblo de Dios puede depender de la fidelidad de un individuo o de pocos más. El capítulo 5:1, 2 nos presentó un despertar producido por dos profetas que incitaron a dos conductores y luego a todo el pueblo a actuar para el Señor. Aquí la humillación de uno solo, al cual algunos más se le asocian enseguida, provoca una humillación general. Y otra vez un solo hombre se adelanta para expresarla: «Entonces respondió Secanías hijo de Jehiel, de los hijos de Elam, y dijo a Esdras: Nosotros hemos pecado contra nuestro Dios, pues tomamos mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra; mas a pesar de esto, aún hay esperanza para Israel. Ahora, pues, hagamos pacto con nuestro Dios, que despediremos a todas las mujeres y los nacidos de ellas, según el consejo de mi señor y de los que temen el mandamiento de nuestro Dios; y hágase conforme a la ley» (v. 2-3).

Pero eso no es todo. Si bien la humillación individual, y luego la colectiva, es la primera cosa, ni el individuo ni el pueblo de Dios pueden limitarse a eso. La acción debe seguir a la humillación. «Levántate» –dice Secanías a Esdras– «porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo; esfuérzate, y pon mano a la obra» (v. 4). La humillación no es todavía la separación del mal. Ella es su camino y la prepara; pero, por otra parte, cuando se trata de remediar la ruina, una actividad sin humillación, por celosa que sea, solo puede conducir a nuevas ruinas. La carne, al no ser juzgada en la humillación, se lanza a toda carrera cuando es cuestión de separarse del mal. Tal fue el celo de Jehú. Este hombre, por cierto no llevaba ante Dios, como cosa suya, el pecado del pueblo; por eso, una vez ejecutado el juicio –y ¡de qué manera!– fue el primero en volver a los becerros de oro de Dan y de Bet-el.

10.2 - Purificación del mal

La humillación, pues, es necesaria, pero la energía para purificarse del mal es también indispensable. Los corintios lo habían comprendido después de la exhortación del apóstol. La tristeza según Dios había operado en ellos un arrepentimiento para salvación, una verdadera humillación; pero esta, ¡qué solicitud había producido, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, qué vindicación! ¡En todo se habían mostrado limpios en el asunto! (2 Corintios 7:11).

Secanías, portavoz del pueblo, muestra aquí una energía y un desinterés que deberían servirnos de ejemplo. Su padre, Jehiel,

¡estaba entre los transgresores! (v. 26). Hacía falta el poder del Espíritu de Dios, unido al celo de Finees, para hacerle abandonar todos sus intereses de familia y decidirlo por la causa de Dios solo. Sin embargo, este hombre enérgico no procura desempeñar un papel en la obra de la restauración. Él no tiene importancia a sus propios ojos. Considera que toda la responsabilidad le pertenece a Esdras, «escriba diligente en la ley de Moisés, que Jehová Dios de Israel había dado» (cap. 7:6). El portador de la Palabra, digamos la Palabra misma, debe desempeñar, a sus ojos, el papel principal.

Esdras no se sustrae a la obligación que es colocada delante de él. Inmediatamente compromete a los jefes del pueblo a actuar. «Entonces se levantó Esdras y juramentó a los príncipes de los sacerdotes y de los levitas, y a todo Israel, que harían conforme a esto; y ellos juraron» (v. 5). Pero, aun cuando el cambio se había producido en el corazón del pueblo, y ellos habían decidido obrar, Esdras no abandona la expresión de su humillación. Se había infligido una deshonra al Nombre de Jehová y aún permanecía vinculada a él. Mientras la purificación no fuera completa, el duelo y el ayuno convenían a los que se habían resuelto a separarse del mal: «Se levantó luego Esdras de delante de la casa de Dios, y se fue a la cámara de Johanán hijo de Eliasib; e ido allá, no comió pan ni bebió agua, porque se entristeció a causa del pecado de los del cautiverio» (v. 6).

La energía de algunos ya no tolera, entre el pueblo, desobediencia alguna. Todos deben someterse. Los que no lo quieren hacer son considerados como «perversos» y cortados de la asamblea: «E hicieron pregonar en Judá y en Jerusalén que todos los hijos del cautiverio se reuniesen en Jerusalén; y que el que no viniera dentro de tres días, conforme al acuerdo de los príncipes y de los ancianos, perdiese toda su hacienda, y el tal fuese excluido de la congregación de los del cautiverio» (v. 7-8). La disciplina que había sido descuidada por completo y detenida por la relajación moral del pueblo, ahora se ejerce según Dios.

10.3 - La conciencia del pueblo es tocada

Todos los hombres de Judá y de Benjamín se reúnen en Jerusalén. Esdras les habla. Ya no dice, como en el capítulo 9:7: «Hemos vivido en gran pecado», sino: «Vosotros habéis pecado, por cuanto tomasteis mujeres extranjeras… apartaos» (v. 10-11), pues ahora se trata de apelar a la conciencia de los que han pecado. A la tristeza de las faltas cometidas se une la estación desfavorable: «el tiempo (es) lluvioso, y no podemos estar en la calle» (v. 13). A veces, dificultades materiales se oponen a una purificación inmediata. Esto no podía ser «ni la obra… de un día ni de dos», porque el mal estaba muy extendido; todas confesaron: «Somos muchos los que hemos pecado en esto». Dios les hace comprender de ese modo que es más difícil reparar el mal que cometerlo. Pero él está lleno de paciencia y de misericordia y toma en cuenta la decisión de los corazones. Sabe que los culpables no buscan evasivas y que desean obedecer.

Ojalá que nosotros también, en las circunstancias difíciles, ejerzamos para con nuestros hermanos la paciencia de Esdras, la paciencia de Dios, para que no se desanimen. A aquellos del remanente escapado que no se habían visto comprometidos en esta iniquidad, podría haberles parecido que era necesaria una inmediata y hasta instantánea separación del mal, a pesar de «las lluvias». El amor fraternal no calcula así; sabe que estas palabras: «Somos muchos los que hemos pecado en esto», no son vanas. Ese amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, porque es el amor.

¡Cuán deseable habría sido que el sentimiento que animaba al pueblo hubiera sido unánime! Desgraciadamente no fue así. «Solamente Jonatán hijo de Asael y Jahazías hijo de Ticva se opusieron a esto, y los levitas Mesulam y Sabetai les ayudaron» (v. 15). ¿Qué motivos pudieron conducirles en este camino de oposición? No se nos señala ninguno. A lo sumo se podría pensar que uno de ellos, si se trata del mismo Mesulam que el levita del versículo 29, habiéndose visto involucrado en el mal, tenía razones personales para oponerse a la decisión de la asamblea. Ante esta oposición, enteramente contraria al pensamiento de Dios, ¿qué hacen los que están decididos a purificarse? No excluyen a sus hermanos, sino que les soportan, y la propia voluntad de los disidentes no tiene necesidad de otro juicio más que la acción decisiva de la mayoría. Tenemos el gozo de ver, más tarde, a Sabetai, levita –más culpable que otros a causa de sus funciones y por identificarse con Mesulam–, ser empleado para hacer comprender la ley al pueblo y luego ser encargado de la obra exterior de la casa de Dios (Nehemías 8:7; 11:16). De hecho, la oposición de estos hombres no influye de manera alguna en la decisión de la asamblea. Esta incluso es un medio por el cual Dios pone a prueba la resolución del corazón de sus hermanos. No detiene la marcha del conjunto, pues una decisión de asamblea no exige la unanimidad de las personas presentes, aunque esta unanimidad sea deseable y pueda incluso realizarse si los corazones tienen el mismo grado de relación con Dios. Por otra parte, no se ve que esos pocos persisten en el deseo de imponer sus puntos de vista sobre el de sus hermanos, sino que parecen haberse quedado tranquilos, sin invocar su conciencia para condenar la conciencia de los demás.

10.4 - Juicio y restauración

El día primero del mes décimo, Esdras y los jefes de los padres, hombres versados en la Palabra, sabios y considerados entre el pueblo, «se sentaron… para inquirir sobre el asunto». El mal era manifiesto; no se trataba de conocer su existencia, pero cada caso particular exigía un discernimiento especial y un juicio según Dios. Tres meses enteros bastaron para solucionar esta inmensa dificultad (v. 16-17). El juicio fue pronunciado con amor, sin que se excluyera a ninguno, ni que hubiese acepción de personas, comenzando por los sacerdotes. Estos, a quienes su posición hacía más culpables que sus hermanos, «ofrecieron como ofrenda por su pecado un carnero de los rebaños» (v. 19). Una vez que ellos hubieron reconocido el pecado, su sacrificio tan solo podía ofrecerse por la culpa, pero era importante, a causa de su oficio, que expresasen públicamente la humillación a través de su ofrenda. Enseguida vienen los levitas, los cantores, los porteros y, por último, los «de Israel». La lista de ellos es larga, pero ¡qué gracia! la restauración se produce sin nuevo menoscabo, por la humillación que viene a ser una fuente de decisión y de energía, y por el ministerio de la Palabra.

Este ministerio, como lo hemos visto, caracteriza a Esdras. No se encuentra en él don milagroso, ni don profético, como en el caso de Hageo o Zacarías, ni despliegue extraordinario de poder divino. No tiene nada que sobrepase la medida corriente y los recursos ordinarios, pero su corazón está consagrado a la honra del bello Nombre de Jehová, y es sensible a la prosperidad del pueblo. Ante todo, está caracterizado por el conocimiento de la ley de Moisés, de la Palabra escrita. Ella le dirige en todo, y su fe se apoya en ella. Él insiste en los principios que presenta la Palabra, los pone en práctica y no tolera desvíos. De ese modo gana la confianza, aun del rey, y es también la única fuente de su autoridad.

El libro de Esdras nos ofrece enseñanzas preciosas que se aplican a la posición actual del pueblo de Dios, en medio de las ruinas de la cristiandad. Nos hace falta conocer los elementos del testimonio, los caracteres de un despertar, las condiciones de una restauración, cuando los testigos han olvidado la separación respecto del mundo. ¡Ojalá podamos, en todos estos puntos, considerar con mucha atención esta preciosa parte de la Palabra!


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