Sufrimiento y gloria

Lucas 9:21-36


person Autor: Hamilton SMITH 58

flag Tema: Sus sufrimientos


Este pasaje nos ofrece un relato muy conmovedor de los sufrimientos del Hijo del hombre y de la gloria que seguirá. Jesús revela a sus discípulos que era necesario que «padezca muchas cosas» a manos de los hombres, que «sea rechazado» y «que lo maten». Luego, en el monte de la transfiguración, son testigos de una visión momentánea de la gloria y el honor con que Dios quiere coronar al Hijo del hombre (Sal. 8). Pero este pasaje pone a prueba nuestros corazones. Muestra que, si los discípulos de Jesús tendrán el privilegio de compartir su gloria un día, primero están llamados a compartir sus sufrimientos. Así nos es presentado el camino de los que siguen a un Cristo rechazado en un mundo malo, y la gloria a la que ese camino conduce en el mundo venidero.

1 - El camino del sufrimiento (v. 23-27)

El Señor comienza diciendo: «Si alguno quiere venir en pos de mí». Estas palabras implican que él ha ido delante, que ha trazado un camino para los suyos y que, atraídos por su amor, quieren caminar por donde él ha caminado. Y a la entrada de este camino escuchamos esta palabra que escudriña nuestros corazones: «¡Niéguese a sí mismo!». Los hombres a veces hablan de renuncia, e incluso organizan periodos de renuncia, en los que se proponen renunciar a ciertas cosas durante un tiempo limitado para ayudar a una obra de caridad. Pero esto es más bien lo contrario del renunciamiento a sí mismo, pues produce autosatisfacción y exaltación del yo. La renuncia de la que habla el Señor no es simplemente renunciar a ciertas cosas, sino renunciar al hombre que las desea. Es ponerse sí mismo de lado para servir a los demás con amor. Este es el camino que siguió el Señor en este mundo miserable.

Cristo fue rechazado por el mundo, y su nombre está en oprobio. Por lo tanto, los que le siguen también conocerán el oprobio. Así, el Señor anima al que lo sigue a tomar «su cruz cada día». Para el Señor, la cruz no solo significaba sufrimiento y vergüenza por parte de los hombres, sino también un sufrimiento mucho más profundo por parte de Dios. En estos sufrimientos estuvo solo, cuando fue hecho pecado por nosotros. Pero sus sufrimientos por parte de los hombres, podemos compartirlos en nuestra pequeña medida. Nos ha dejado su perfecto ejemplo en este doloroso camino. La Epístola a los Hebreos nos insta a considerar a aquel que «soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra de Dios» (12:2). «Así que salgamos a él, fuera del campamento, llevando su oprobio» (13:13).

Este oprobio debe soportarse «cada día» (Lucas 9:23). Es relativamente fácil hacer sacrificios en ocasiones especiales, pero es mucho más difícil aceptar el camino del oprobio y el sufrimiento por Cristo «cada día» en las circunstancias ordinarias de la vida. Entonces, ¿cómo es posible renunciar a nosotros mismos y aceptar el oprobio? Solo teniendo ante nosotros un objeto mayor que el yo. Por eso el Señor añade: «Y sígame». Seguir a Cristo significa «perder» la vida presente (v. 24). El que, creyente o incrédulo, vive para la vida presente, vive una vida que inevitablemente perderá; porque es solo una vida pasajera. En cambio, seguir a Cristo y tenerlo ante nosotros es vivir una vida que nunca pasará, que se disfruta ahora, y que será conocida en toda su plenitud en el hogar eterno de Dios.

Es imposible seguir a Cristo y al mismo tiempo caminar con el mundo y buscar sus beneficios. Pablo, cuya vida era Cristo, pudo decir: «Pero las cosas que para mí eran ganancia, las he considerado como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo» (Fil. 3:7). Para el incrédulo, ¿es una ventaja ganar incluso «todo el mundo» (v. 25) durante unos pocos años, para luego perderse por la eternidad? Para el creyente, la asociación con el mundo y la búsqueda de sus ventajas y honores significa necesariamente la pérdida del gozo presente con el Señor, el fin de todo testimonio para él, y la pérdida de su aprobación, en el día que venga «en su gloria y en la del Padre y de los santos ángeles» (v. 26). Así, seguir verdaderamente a un Cristo rechazado significa, en cuanto a nuestra vida en el mundo, el despojo del yo, la aceptación del oprobio de los hombres, la pérdida de la vida presente con el mundo y las ventajas que ofrece.

2 - La gloria venidera (v. 28-36)

El camino del oprobio siguiendo al Señor y la pérdida de las cosas presentes implica el sufrimiento de la carne. Pero el sufrimiento es solo por un tiempo, y «un peso eterno de gloria» está ante nosotros (2 Cor. 4:17). La escena que nos es relatada a continuación es apta para imprimir en nuestras almas el sentido de esta gloria, al poner ante nosotros lo que está al final del camino de sufrimiento que tenemos que recorrer. Para entrar en estas cosas celestiales, nuestros espíritus deben ser elevados primero por encima de las cosas de la tierra. Y así leemos: «Subió al monte» (v. 28). En medio de las penas de este mundo y de las dolorosas pruebas del pueblo de Dios, ¿no es un gran gozo ser elevado por encima de las cosas que vemos y oímos en la tierra y estar en espíritu en la cima del monte, para vislumbrar la gloria venidera? Cuando se pasa por un valle oscuro, ver el sol en las colinas alegra y calma el espíritu.

Lo primero que aparece a los ojos de los discípulos que han subido al monte con Jesús es un hombre orando (v. 29). La oración es una expresión de dependencia y comunión con Dios. Todos los problemas de la tierra se originan en la desobediencia e independencia de un hombre: Adán. En gran contraste, las glorias del mundo venidero son el resultado de la perfecta obediencia y dependencia de un hombre: Cristo. El mundo futuro será un mundo de felicidad, porque entonces todos dependerán de Dios. No dudemos en subir «al monte», para poner todas las cosas delante de Dios en oración, para que cuando bajemos a la llanura podamos hacer todas las cosas por Dios, esperando la venida de Cristo. Judas vincula la oración a esta venida: nos exhorta a encontrarnos «orando en el Espíritu Santo», «esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para la vida eterna» (v. 20-21).

La majestuosa escena de la transfiguración evoca los cambios que tendrán lugar para los creyentes cuando venga Jesús. Mencionemos algunas de ellas.

2.1 - Seremos semejantes a él

Vemos, presentado en Cristo, lo que seremos en la gloria venidera. «Como llevamos la imagen del terrenal, también llevaremos la imagen del celestial» (1 Cor. 15:49). Mientras Jesús oraba, los discípulos vieron en él lo terrenal transformado en celestial. Pedro podía decir, refiriéndose a esta gran escena de la que había sido testigo presencial: Os hemos dado «a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pe. 1:16). Nótese la palabra «poder». Es como si dijera: No solo hemos predicho, sino que hemos visto lo que ocurrirá cuando venga. Lo hemos visto como un hombre humilde, y en un momento sus vestiduras de humillación han sido cambiadas por vestiduras de gloria. Su rostro, que estaba «desfigurado… más que la de los hijos de los hombres» (Is. 52:14), se volvió brillante «como el sol» (Mat. 17:2). Hemos visto en él el inmenso poder que, en un abrir y cerrar de ojos, transformará nuestros cuerpos de humillación en cuerpos gloriosos semejantes al suyo.

2.2 - Estaremos con él

En la gloria venidera, no solo seremos como él, sino que también estaremos con él. En la escena de la montaña, los discípulos vieron a «dos varones hablaban con él» (v. 30). Jesús no estará solo en la gloria. Tendrá compañeros, aunque «te ungió Dios… con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Sal. 45:7). En tal escena de gloria podríamos haber esperado verlo rodeado de una multitud de ángeles, pero son hombres los que lo acompañan. Estos son los hombres por los que murió, y a los que trae a él. Compartirán su gloria como «hijo del hombre». En el cielo, «ya no existirá la muerte, ni duelo, ni clamor, ni dolor» (Apoc. 21:4), pero el mayor gozo será estar con Jesús. El precioso pasaje en el que el apóstol Pablo nos dice que seremos arrebatados «en las nubes para el encuentro del Señor en el aire» concluye con las palabras: «y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4:17).

2.3 - Nos sentiremos cómodos con él

No solo estaremos con él en la gloria, sino que estaremos cómodos con él. En la montaña vemos que estos dos hombres, Moisés y Elías, «hablaban con él» (v. 30). No solo estaba hablando con ellos, sino que ellos estaban hablando con él. En la gloria no seremos oyentes silenciosos. No habrá distancia ni reserva. En la tierra, los discípulos han tenido conversaciones íntimas con el Señor, aunque a veces había cierta contención. En la gloria no habrá ningún rastro de contención. El día de la resurrección, Jesús se acercó a dos discípulos y habló con ellos. Le abrieron su corazón y pudieron decir después: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba por el camino?» (Lucas 24:32). Pero la escena de la transfiguración, en la que lleva a dos hombres a hablar con él en la gloria, es aún más maravillosa.

2.4 - Compartiremos la gloria de su reinado

No solo le seremos semejantes y estaremos con él, sino que compartiremos su gloria. Se dice de Moisés y Elías en el monte que «apareciendo con gloria» (v. 31). Hombres comparten la gloria de Cristo, el hombre glorificado. En cuanto a nosotros, dice: «Cuando Cristo, quien es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). No es difícil renunciar a las glorias pasajeras del mundo y aceptar un camino de sufrimiento cuando tenemos la certeza de compartir la gloria de Cristo en el mundo venidero.

2.5 - Hablaremos de su muerte

Moisés y Elías «hablaban de su muerte, que iba a cumplirse en Jerusalén» (v. 31). Poco después, en el camino de Emaús, dos discípulos hablaron de su muerte como infligida por los hombres: «Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para condenarlo a muerte; y lo crucificaron» (Lucas 24:20). No es de extrañar que estuvieran tristes, pues solo veían la muerte de Cristo como un juicio sobre el hombre. Pero aquí, en el monte, dos hombres ven más allá del hombre y de su maldad y tienen ante sí a Jesús y «su muerte que iba a cumplirse en Jerusalén» (v. 31). Su muerte es la manifestación perfecta de su obediencia al Padre, el cumplimiento de la voluntad del Padre. «Cristo… se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios» (Hebr. 9:14). Los hombres ven así en la muerte de Cristo lo que glorifica a Dios y abre el camino para la bendición del hombre. Nos es provechoso subir al monte, elevarnos por encima de la maldad de los hombres y de los fallos de los creyentes, para ver el amor sublime que llevó al Señor a entregarse por nosotros. Es en la muerte que ha llevado a cabo que encontramos descanso para nuestras almas. En el día de la gloria venidera, la multitud de los redimidos hablará de la muerte que ha realizado. El nuevo himno lo atestigua: «Has comprado para Dios con tu sangre» (Apoc. 5:9).

2.6 - Seremos introducidos más allá de las glorias del reino

En la maravillosa escena del monte, somos llevados en espíritu más allá de la gloria del reino, a lo que evoca la Casa del Padre. Se nos dice: «Vino una nube que los cubrió». La muerte que Cristo llevó a cabo no solo abre el camino para que los creyentes compartan con él las glorias de su reino, sino que les permite entrar, en su compañía, en la presencia inmediata de Dios Padre. Esto es de lo que la nube es una imagen. En su Epístola, Pedro habla de esta gloria cuando dice: «Cuando una voz vino a él desde la magnífica gloria» (2 Pe. 1:17). Existe la gloria del reino terrenal, pero hay una gloria más excelente, la gloria de la presencia del Padre en la Casa del Padre. Los discípulos habían visto la gloria del Hijo del hombre. Pero hay otra gloria, una gloria más alta, la gloria de la que habla el Señor en su oración, cuando dice: «Para que vean mi gloria» (Juan 17:24). Participaremos en su gloria como Hijo del hombre; veremos su gloria como Hijo de Dios.

2.7 - Conoceremos y disfrutaremos de las delicias que el Padre encuentra en su Hijo

En esta magnífica gloria oímos al Padre expresar todo el placer que encuentra en su Hijo: «¡Este es mi Hijo, el elegido, oídle a él!» (v. 35). Mateo añade: «Con quien estoy muy complacido» (17:5). La voz no dice: Este es mi Hijo a quien debéis amar, sino este es mi Hijo a quien amo. Somos llevados a la Casa del Padre, para tener comunión con el Padre en la alegría que tiene en su Hijo.

Así es evocada ante nosotros la parte maravillosa que será nuestra cuando venga Jesús. Seremos semejantes a él; estaremos con él; estaremos cómodos con él; compartiremos la gloria de su reino. No solo compartiremos todo esto con él, conscientes de que se lo debemos todo, sino que hablaremos de su muerte. Seremos llevados incluso por encima de las glorias del reino a las glorias más excelentes de la Casa del Padre. Y allí conoceremos y disfrutaremos de las delicias que el Padre encuentra en su Hijo.

Mientras avanzamos en el camino, a veces difícil, hacia Cristo en la gloria, recordemos siempre que tenemos al Señor con nosotros. Al final del relato de Lucas 9 leemos: «Tras oírse la voz, Jesús fue hallado solo» (v. 36). La visión ha pasado, Moisés y Elías se han ido, la nube se ha disipado, la voz se ha silenciado, pero Jesús permanece. Mientras atravesamos las pruebas y los sufrimientos que marcan nuestro camino en la tierra, él está con nosotros según su promesa: «No te dejaré, ni te desampararé» (Hebr. 13:5). Amándonos hasta el final, estará con nosotros hasta el final, cuando estemos con él para siempre.

Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2013, página 74


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