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Consuelo en la prueba y ayuda en la dificultad

Salmos 36 y 46


person Autor: Hamilton SMITH 58

flag Temas: Las pruebas y las enfermedades Salmos


Es imposible para un hombre temeroso de Dios pasar por un mundo malvado sin encontrar pruebas y aflicciones. El diablo trata de absorber al creyente con las pruebas, para poner distancia entre el alma y Dios. La fe utiliza la prueba como una ocasión para volverse hacia Dios, y así, no solo triunfa sobre el enemigo, sino que obtiene la bendición en y a través de la prueba.

1 - Salmo 36

En este salmo tenemos la experiencia de alguien que está enfrentado a una dura prueba, pero que, al volverse hacia Dios, encuentra un profundo consuelo y una gran bendición en la prueba.

Versículos 1-4. Los primeros cuatro versículos describen la prueba. El siervo de Dios se enfrenta a un enemigo que actúa de forma tan malvada que es evidente que no tiene ninguna consideración de Dios –«no hay temor de Dios delante de sus ojos».

Además, su enemigo está tan cegado por su propia vanidad que, incluso cuando su iniquidad se expone a fondo y se descubre que es odiosa, se halaga a sí mismo diciendo que tiene razón.

E incluso, en su esfuerzo por demostrar que tiene razón, recurre a la astucia y, con palabras engañosas, trata de cubrir su iniquidad. En su malicia, planea malas acciones, y ha perdido tanto el verdadero sentido del bien y del mal que deja de aborrecer el mal.

Así, el hombre piadoso se enfrenta a un adversario sin conciencia, cuya vanidad no admite el mal, que utiliza la astucia en su esfuerzo por encubrir su maldad y que es, de hecho, un malvado hacedor de maldades.

Versículos 5-7. Ante esta gran prueba, el hombre temeroso de Dios no da el más mínimo paso para herir a su enemigo, ni invocar contra él la venganza. Encuentra consuelo en acudir al Señor y contar con su misericordia y fidelidad.

La misericordia de Dios puede amparar de toda la maldad del hombre, y su fidelidad se ocupará de todo el mal. El hombre temeroso de Dios, no tiene necesidad de tomar en mano su propia causa; le es suficiente encomendarse a Dios, y dejar todo en sus manos.

La misericordia de Dios está en los cielos, y su fidelidad se extiende hasta las nubes. Ambas están fuera del alcance de las maliciosas maquinaciones de los malvados. Haciendo confianza a Dios, y exponiendo todas nuestras pruebas ante él, encontraremos un refugio contra la malicia de los hombres a la sombra de Sus alas.

Versículos 8-9. Después de haber encontrado consuelo y descanso en medio de la prueba, el alma es liberada para disfrutar de las bendiciones positivas que Dios tiene para su pueblo. Aprende que los que ponen su confianza en Dios, no solo encuentran refugio bajo la sombra de las alas de Dios, sino que estarán abundantemente satisfechos con la grasa de la casa de Dios. Hay alegrías y placeres que pertenecen a la morada de Dios, cual sea la forma que, en las diferentes dispensaciones, tome esa casa. En la casa de Dios, el hombre y su maldad son olvidados, y todo habla de Dios y de su gloria; así, en otro salmo, leemos: «En su templo todo proclama su gloria» (Sal. 29:9). Para el cristiano, la casa del Padre está donde Cristo ha ido, ese hogar sobre el que no vendrá jamás ninguna sombra de muerte, donde nada que contamine puede entrar, donde el amor y la santidad llenan la escena. Es nuestro privilegio encontrar nuestro gozo y satisfacción en la perspectiva de la plenitud de la bendición en la casa del Padre, donde seremos santos y sin reproches ante Dios en amor.

Además, si Dios nos da a comer la grasa de su casa, también nos da a beber del río de sus delicias. ¿No habla esta figura de los consejos eternos de Dios, establecidos antes de la fundación del mundo, y a los cuales ninguna maldad del hombre, ni fracaso de los santos, puede alterar? A través de todas las dispensaciones, Dios, a pesar de todo el poder del enemigo y la maldad de los hombres, lleva a cabo su placer de tener un pueblo para su propia gloria, por Cristo Jesús, a través de todas las edades, sin fin. Este río de las delicias de Dios fluye de eternidad en eternidad, y a nuestras almas son dadas de beber de su bendición a medida que pasa el tiempo.

Aún más, con Dios está «el manantial de la vida». La vida es el disfrute de las relaciones en las que Dios ha puesto al creyente con Él mismo –el disfrute vivo de su favor. El propio Dios, es la fuente de esta vida, y es nuestra feliz porción vivir la vida caminando en comunión con Dios en el disfrute de este favor.

Finalmente, el salmista dice: «En tu luz veremos la luz». En medio de las dificultades de este mundo, el camino puede parecer a menudo oscuro, pero Dios nos da la luz, y en su luz encontraremos la luz para cada paso del camino.

Así, el hombre piadoso que se ha confiado a Dios, él y sus pruebas, encuentra refugio bajo la sombra de las alas de Dios; una satisfacción en la gordura de la casa de Dios; un refrigerio en el río de las delicias de Dios; el favor y la alegría en la fuente de la vida, y la luz en medio de las tinieblas reinantes.

Versículos 10-12. En el disfrute de estas bendiciones, el alma vuelve a expresar su confianza en la bondad y la justicia de Dios. Los que conocen a Dios y caminan con rectitud, pueden contar con Dios para ser sostenidos, mientras que los orgullosos e impíos terminarán por caer para no levantarse más.

2 - Salmo 46

Este salmo presenta dos verdades de gran importancia práctica para los creyentes de todas las dispensaciones. En presencia de los trastornos y conflictos de un mundo impío, se nos recuerda, en primer lugar, que Dios es «nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». En segundo lugar, para comprender y obtener la presente ayuda de Dios, nuestra parte es «estad quietos» y saber que Dios es Dios (v. 1 y 10). Solo la fe puede penetrar en estas verdades. La carne puede apoyarse en un brazo de carne; pero la carne no puede confiar en Dios, ni «estad» quieta y esperar que Dios actúe.

El versículo 1 presenta el gran tema del salmo: Dios, nuestro refugio, nuestra fortaleza y presente ayuda en la angustia.

Los versículos 2 y 3, la agitación y la confusión del mundo por el que estamos pasando.

Versículos 4 al 11, los medios con los que Dios sostiene la fe de su pueblo, de modo que sea capaz de «estad quietos» y comprobar que Dios es un «pronto auxilio en las tribulaciones».

Versículo 1. Hacemos bien en notar la pequeña palabra «nuestro» en el primer versículo. Es cierto que Dios es un refugio; pero solo los creyentes pueden decir: «Dios es nuestro amparo». El mundo tiene a aquellos hacia los que se vuelve para encontrar protección y guía, en tiempo de angustia. Los creyentes tienen en Dios su refugio contra las tormentas y las angustias de la vida. Además, Dios es nuestra «fortaleza» en la debilidad, y un «pronto auxilio en las tribulaciones». La mejor traducción y más exacta es: «una ayuda en las angustias muy fácil de encontrar».

Sin embargo, comprender que Dios es un «pronto auxilio», requiere el ejercicio de la fe, porque su ayuda presente no siempre es inmediatamente aparente. A veces, tenemos que esperar la manifestación de su ayuda presente. Nuestra tendencia natural es tratar de salir de los problemas con nuestros propios esfuerzos, y Dios puede, para nuestra bendición, hacernos esperar hasta que aprendamos que no tenemos fuerzas para enfrentarnos a la prueba, y no nos queda más que «estar quietos» y aprender que Dios es Dios.

¿No fue así, en el día del Evangelio, como el Señor trató a Marta y a María ante la enfermedad de su hermano? Estaban en grandes dificultades, y en su angustia, el Señor era su refugio. Con razón se dirigieron a Él y le expusieron su problema. Dijeron: «El que amas está enfermo». El Señor era, en efecto, «un pronto auxilio», aunque su ayuda no fuera inmediata. Después de haber recibido la apelación urgente de las hermanas, leemos que «se quedó dos días todavía en el mismo lugar donde estaba». Aparentemente, no hacía nada. Esperó hasta que la muerte cerró toda esperanza en los esfuerzos humanos, y a las dos hermanas no les quedó más que «estar quietas» y aprender que Dios es Dios.

Esta era, en efecto, una prueba de fe. La fe de Marta no estaba a la altura de la inmovilidad, pues leemos que «Marta, cuando oyó que Jesús venía, fue a su encuentro; pero María permanecía sentada en la casa».

Luego vemos la gracia con que el Señor se reveló a Marta como un pronto auxilio» en la angustia. Marta dijo: «Sé que resucitará… en el día postrero». El Señor respondió: «Yo soy la resurrección». Entonces los pensamientos de Marta se remontan a lo que se le había aconsejado en tiempos pasados en cuanto al Señor, pues dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo». Su fe creía en las grandes cosas que el Señor haría en un día venidero, y creía en el Señor en relación con todos los consejos de Dios en tiempos pasados, pero su fe no era lo suficientemente fuerte como para «estar quieta» y creer en el Señor como el gran «Yo soy», –la ayuda presente en la angustia.

Hemos de confesar que, con demasiada frecuencia, esta es nuestra dificultad. Podemos creer en el poder de Dios desplegado en tiempos pasados, y que su poder se manifestará en los días venideros, pero somos lentos para creer que Dios es tan verdaderamente un pronto auxilio» que, cuando no hay ningún deber que cumplir, podemos «estad quietos» y esperar que su ayuda se manifieste.

Versículos 2-3. El segundo y el tercer versículo describen las dificultades que requieren un «refugio», que exigen fuerza y piden «pronto auxilio». El mundo, en el que se encuentra el hombre piadoso, está en agitación y convulsión. Las aguas rugen y los montes tiemblan con su crecida. A menudo en la Escritura el mar, en su inquietud, se utiliza como símbolo de las naciones en estado de agitación (Is. 5:30). ¿Acaso no oímos hoy el rugido de las olas cuando, en todas partes del mundo, vemos a las naciones en estado de agitación, revolución y conflicto? Como resultado, las antiguas constituciones que han existido durante siglos, y las formas de gobierno establecidas que parecían tan estables como las montañas, son derrocadas por la creciente violencia y la creciente corrupción de los hombres. No es de extrañar que el corazón de los hombres desfallezca «de temor, en espera de lo que vendrá sobre la tierra» (Lucas 21:26). Pero, dice el salmista: «Por tanto, no temeremos», porque «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones».

¿Cuál es, pues, el secreto que da al pueblo de Dios la fuerza para atravesar sin «temor» las condiciones aterradoras del mundo?; que, en presencia de los cambios y los trastornos, ¿le permite estar «tranquilo», y darse cuenta de que Dios es un «pronto auxilio en las tribulaciones»?

Versículos 4-6. En primer lugar, Dios sostiene la fe de su pueblo revelándole el secreto de su propósito. En este pasaje, el propósito de Dios nos es presentado en el río y la ciudad de Dios: «Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios».

A través de todos los tiempos, con sus cambios, trastornos y conflictos, fluye el río de la voluntad de Dios. Ningún poder del enemigo, ninguna violencia y corrupción de los hombres, ningún fracaso de los santos, pueden frustrar a Dios de ejecutar sus profundos consejos eternos. Las dispensaciones van y vienen, los imperios se levantan y caen, todo testimonio que Dios confía a la responsabilidad de los hombres se desvanece en sus manos. Pero, por encima de todo, y a través de todo, Dios lleva a cabo su propósito para la gloria de Cristo y la bendición de su pueblo, terrenal y celestial.

En segundo lugar, toda la bendición que Dios se ha propuesto para Cristo y su pueblo se centra en la ciudad de Dios. El salmista mira más allá de las desolaciones actuales de la Jerusalén de su tiempo y, mirando por fe hacia el futuro, ve la ciudad según los consejos de Dios. Ante su vista se levanta una ciudad de gozo, un «santuario», una ciudad que «no será conmovida», con Dios habitando «en medio de ella». Así también, en presencia de toda la agitación y confusión del mundo que nos rodea, y de las corrupciones de la cristiandad, el creyente camina en la luz de la ciudad celestial. Vemos «la nueva Jerusalén» –una ciudad de gozo donde todas las lágrimas serán enjugadas, donde no habrá más muerte, ni tristeza, ni llanto, ni dolor. Vemos también que es una ciudad santa en la que nunca entrará nada que contamine; vemos que no será desplazada, porque es una ciudad que tiene fundamentos. Sobre todo, vemos que «Dios está en medio de ella», pues leemos que «su templo es el Señor Dios Todopoderoso, y el Cordero» (Apoc. 21). Así, nuestra fe está sostenida por el río de la delicia de Dios, y «la ciudad que tiene [los] cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios» (Hebr. 11:10).

En tercer lugar, el salmista ve que, aunque las naciones se ensañen contra la ciudad de Dios, «Dios la ayudará al clarear la mañana». Así que, de nuevo, nuestro privilegio es mirar más allá de la larga y oscura noche y aclamar la llegada del día. Por todas partes vemos a las naciones desencadenarse, a los reinos de la tierra ser derribados –las aguas rugen y se agitan, que los montes tiemblan; pero, así como el salmista pudo decir: «Dio él [Dios] su voz, se derritió la tierra», así esperamos oír la voz del Señor cuando diga: «Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven» (Cant. 2:10). Entonces, en efecto, apuntará «el día», amanecerá y huirán «las sombras».

Versículo 7. En cuarto lugar, en medio de las sombras cada vez más profundas de la noche, hasta el amanecer de la mañana, podemos decir con el salmista: «Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob». Jehová, con todo el poder del que dispone, y el Dios de la gracia que puede tomar y bendecir a un pobre hombre fracasado como Jacob, está con nosotros, y es nuestro refugio. Cuando amanezca el día, estaremos con Cristo en la gloria de ese día; mientras tanto él está con nosotros mientras pasamos por las penas de la noche. Él «murió por nosotros, para que, ya sea que estemos despiertos, o que estemos dormimos, vivamos juntos con él». Puesto que él ha dicho: «No te dejaré, ni te desampararé. De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré: ¿qué me puede hacer el hombre?» (Hebr. 13:5-6).

Versículos 8-9. En quinto lugar, el salmista ve que, a su debido tiempo, Dios mismo tratará en juicio todos los males del mundo; y después de los «asolamientos» del juicio, traerá las bendiciones del reino de Cristo, cuando las guerras cesarán hasta el fin de la tierra. Los hombres, por sus propios esfuerzos y sabiduría, a través de ligas, pactos y conferencias, buscan a instaurar la paz universal y a introducir un milenio de prosperidad sin Dios y sin Cristo. El cristiano, que ve que su bendición está ligada a la ciudad de Dios, y que sabe que Dios se ocupará del mal de este mundo, se niega a vincularse con los vanos esfuerzos del hombre para acabar con la agitación del mundo.

Así, para que seamos liberados de todo temor, en presencia de tantas cosas que harían temblar al corazón natural, somos instruidos del propósito secreto de Dios que no puede fallar. Vemos por la fe la ciudad de Dios brillar ante nosotros en toda su gloria y belleza; esperamos el amanecer del día; y, mientras tanto, tenemos al Señor con nosotros para librarnos de todo temor, un refugio de toda tormenta. Además, sabemos que, a su debido tiempo, Dios juzgará la maldad de los hombres e instaurará la paz universal.

Versículos 10-11. Solo en la medida en que estas grandes verdades son mantenidas en nuestras almas por una fe viva que seremos capaces de «estar quietos» en presencia de la agitación del mundo, así como el Señor mismo pudo dormir en la tormenta. Nuestro peligro es que, en presencia de los crecientes males del mundo, nos ocupemos demasiado de los acontecimientos y perdamos de vista la ciudad de Dios, y así nos veamos tentados a unirnos a los hombres en sus esfuerzos por combatir el mal. Actuar así, es dejar de lado a Dios y tratar de enfrentar el mal con la sabiduría y el poder humanos. Si tales esfuerzos tuvieran alguna medida de éxito, solo conducirían a la exaltación de los hombres. Nuestra parte es «estar quietos» y esperar que Dios actúe para su propia gloria, porque Dios ha dicho: «Seré exaltado entre las naciones, enaltecido seré en la tierra».

Solo en la medida en que estemos «quietos», nos mantendremos en la bendita comprensión de que el Señor está «con nosotros», «nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones».


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