Inédito Nuevo

La posición actual del creyente en la tierra, y el servicio actual de Cristo en el cielo


person Autor: Frank Binford HOLE 63

flag Tema: Los recursos


Como creyentes, somos redimidos para Dios. Se acerca el día en que nuestros cuerpos experimentarán la redención en toda su fuerza; entonces entraremos plenamente en el estado glorioso que nos corresponde en Cristo. Mientras tanto, vivimos más o menos tiempo en el mundo. En nuestra conversión nada cambió exteriormente, este gran cambio fue interno, pero muy real. Nos colocó en una nueva relación con Dios. ¿Cómo ha cambiado nuestra posición en la tierra?

La humanidad está dominada por una trinidad del mal: el mundo, la carne y el diablo.

El mundo es ese sistema organizado fruto del pensamiento y de la actividad humana, sin Dios y en oposición a Él.

La carne es esa naturaleza corrupta, inherente al hombre como criatura caída, que encuentra su expresión en el mundo en el que está en su casa.

El diablo es esa poderosa criatura, la fuente del mal. El mundo, como un sistema elaborado, fue construido por los hombres, pero ellos no sabían que era el diablo quien inspiraba sus desarrollos y por lo tanto controla este sistema. Es el dios y el príncipe de este mundo (2 Cor. 4:4; Juan 12:31).

La muerte de Cristo nos libera de las tres –una liberación que podemos disfrutar en experiencias, incluso ahora, en el poder del Espíritu de Dios. Estando liberados, somos hechos testigos para nuestro Señor en su ausencia, contra el poder de la maldad que nos mantenía en esclavitud.

Consideremos algunos pasajes que tratan de esta importante parte de la verdad.

En primer lugar, en cuanto al diablo: siendo el dios de esta época, ha «cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean con claridad la iluminación del evangelio de la gloria de Cristo…», pero el apóstol añade inmediatamente: «Dios… ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4:4-6). El creyente ya no está ciegamente bajo Satanás. En su caso, Dios ha roto la línea de oscuridad establecida por el diablo para dejar entrar la luz.

Como resultado, tenemos el feliz privilegio de dar «gracias al Padre… quien nos liberó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col. 1:12-13). Notemos que esta liberación es obrada por Dios y no es algo que alcancemos gradualmente por experiencia. Ella es tanto la obra de Dios como lo fue la gran liberación del pueblo cuando Dios derrocó a Faraón y a sus ejércitos en el mar Rojo, llevando a Israel a la luz de la columna de fuego de su presencia y a la luz triunfante de la mañana en la orilla oriental, cuando Moisés y todo Israel cantaron con todo su corazón en acción de gracias a Jehová. De hecho, esta es el tipo en el reino material; esta otra es la realidad mucho mayor en el reino espiritual. Hemos sido llamados «de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe. 2:9).

Nosotros, los cristianos occidentales, comprendemos poco el aspecto triunfal de estas palabras. ¡Qué debió ser para el eunuco etíope! (Hec. 8), ¡el carcelero en Filipos! (Hec. 16) ¡o Dionisio el areopagita! (Hec. 17), pasar de la oscuridad inimaginable de las supersticiones paganas, bárbaras o refinadas, a la luz del Evangelio.

Ahora, en cuanto al mundo: aquí también la línea de demarcación está claramente definida. El Señor Jesucristo «quien sí mismo se dio por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo» (Gál. 1:4). Anticipando la cruz, oró por sus discípulos, diciendo: «No son del mundo, como yo no soy del mundo» (Juan 17:16), por lo que se nos ordena: «No améis al mundo, ni las cosas que hay en el mundo» (1 Juan 2:15). Por medio de la cruz, el mundo es crucificado para el creyente y el creyente para el mundo (véase Gál. 6:14).

Por último, en cuanto a la carne: también está condenada. No tiene ningún valor, pues no hay ningún bien en ella (véase Rom. 7:18). «El pecado en la carne» está «condenado» (Rom. 8:3), por lo tanto, «los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con las pasiones y los deseos» (Gál. 5:24). Este último pasaje muestra que no está previsto que nadie pertenezca a Cristo, sin haber aceptado la sentencia ejecutada contra la carne en la cruz. Para el creyente, como para Dios, la carne no tiene ningún valor, y condena y niega sus obras. Esto es posible, por supuesto, porque tenemos una nueva naturaleza y poseemos el Espíritu de Dios.

El simple recuerdo de estos grandes hechos nos mostrará cuál es nuestra posición actual en la tierra, según las Escrituras. Al tener la carne como crucificada, tenemos que luchar firmemente contra los poderes de las tinieblas (véase Efe. 6). Además, estamos separados del mundo, tan enteramente que por el más mínimo pacto con él somos considerados «adúlteros»; se dice que «la amistad con el mundo es enemistad con Dios», y «Aquel que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios» (Sant. 4:4).

A la luz de este pasaje, afirmamos que ningún verdadero cristiano se sitúa deliberadamente como enemigo de Dios y amigo del mundo; pero, por otra parte, todo cristiano, incluso el más devoto, corre el grave peligro de dejarse seducir por una de las muchas formas atractivas del mundo y caer así bajo su poder. El hombre de Dios de Judá no tuvo mucha dificultad en rechazar la mano extendida de Jeroboam, porque esa mano estaba contaminada por la idolatría y la rebelión abierta contra Dios. Sin embargo, cayó fácilmente ante las artimañas del viejo profeta de Betel, que tenía palabras dulces y religiosas, y que decía ser piadoso y guiado por el ángel de Jehová, pero «mintiéndole». El hombre de Dios hizo un pacto con él y cayó (véase 1 Reyes 13). Este peligro es el nuestro.

¿Qué tenemos que hacer en el mundo? ¿Por qué estamos en él? Estamos aquí por Cristo, como él estaba aquí por Dios. Su lugar y posición en el mundo es nuestro modelo. Él mismo dijo: «Como me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo» (Juan 17:18). Aquí, claramente nos ve como si hubiéramos sido sacados del mundo y enviados de vuelta otra vez para ser testigos para Él.

¿Era un gran reformador social? No. La única vez que se le pidió que interviniera en desigualdades sociales y monetarias, se negó rotundamente a hacer nada al respecto (véase Lucas 12:13-15). Tampoco estamos dejados aquí para ser reformadores sociales.

¿Testificaba por Dios? Sí, había venido para hablar a los hombres; hizo «entre ellos las obras que ningún otro hizo» y dio «testimonio de la verdad» (Juan 15:22-24; 18:37). Así que nosotros también debemos ser testigos de la verdad, de palabra y de obra.

¿Fue muy discutido y odiado? Sí, y tanto es así que se cumplió la Escritura que decía: «Me odiaron sin motivo» (Juan 15:25). Él mismo nos advierte: «Pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido del mundo, por esto os odia el mundo» (Juan 15:19).

Repitamos: Su posición en la tierra es nuestra posición. Estamos separados del sistema del mundo y liberados de la autoridad de Satanás. Los poderes de las tinieblas están contra nosotros. Debemos vestir la armadura completa de Dios en una postura defensiva contra estas fuerzas invisibles del mal. Y si la gracia nos incumbe tomar la ofensiva en el servicio del Señor, debemos recordar siempre que «las armas de nuestra milicia no son carnales» (2 Cor. 10:4-5). Las «fortalezas» pueden estar en los corazones humanos; los «razonamientos» pueden estar en las cabezas humanas; pero el orgullo que se exalta contra el conocimiento de Dios es de origen satánico, eso es lo que estamos tratando.

Si nuestro tema terminara aquí, sentiríamos pánico, como los diez espías que se sentían como langostas en presencia de gigantes. Pero esto no termina aquí. Al igual que Israel luchó contra Amalec en el valle bajo el liderazgo de Josué, mientras Moisés intercedía en la cima de la colina (Éx. 17:8-13), a nosotros no se nos deja solos en la batalla: el Espíritu de Dios mora en nosotros, y Cristo intercede continuamente en el cielo para sostenernos. En Romanos 8, vemos que el Espíritu de Dios nos ayuda en nuestra debilidad e intercede por nosotros (v. 26), y que Cristo, que murió y resucitó, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (v. 34). Los siguientes versículos muestran todas las fuerzas opuestas. Están las que provienen de los hombres, como la persecución y la espada, pero también de los principados y las potencias de las tinieblas, que son mucho más terribles. Sin embargo, el apóstol pregunta triunfalmente frente a ellos: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (v. 35). Su respuesta se resume así: ¡Nadie, nada, nunca!

Examinando más de cerca el servicio actual de Cristo, vemos que se divide en dos grandes partes.

La primera, es la de su sacrificio, expuesto ampliamente en Hebreos, de acuerdo con su gran tema que es de acercarse a Dios. Somos acercados sobre la base de la sangre, pero a través del sacerdote (Hebr. 10:19-22). Sin embargo, para poder servir de este modo, él tiene la gran labor sacerdotal de ocuparse de las «debilidades» de sus santos (Hebr. 4:15). Con respecto a estas debilidades, es capaz de socorrer (Hebr. 2:18), de compadecerse (Hebr. 4:15) y de salvar completamente (Hebr. 7:25).

La segunda, es la de un abogado. La Escritura dice: «Si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). La palabra traducida aquí como «abogado» se traduce como «consolador» en Juan 14, 15 y 16. Así que tenemos al Espíritu de Dios aquí en la tierra como Consolador (o abogado) y a Cristo en el cielo con el Padre como Abogado (o Consolador).

Como Abogado, se hace cargo de nuestros problemas y actúa especialmente en relación con nuestros pecados. Nos lleva al arrepentimiento para que los confesemos a Dios según 1 Juan 1:9. También está presente ante el Padre en nuestro nombre, como Aquel que realizó la propiciación, para que, habiendo tenido lugar el arrepentimiento y la confesión, sea restablecida la comunión que había sido perturbada por el pecado.

Tengamos en cuenta las siguientes distinciones:

  • Como sacerdote, trata y remedia las dolencias de sus santos para llevarlos a que se acerquen a Dios; como abogado, trata los pecados de sus santos.
  • Como sacerdote, actúa para que no caigamos a pesar de nuestras debilidades; como abogado, nos levanta si hemos caído.
  • Su sacerdocio, en una palabra, tiene como primer objeto prevenir. Su oficio de abogado es curar.

En el ministerio presente de Cristo en el cielo, tenemos entonces una provisión perfecta para nuestras debilidades en nuestra estadía aquí. Estamos en la tierra del enemigo y frente a su poder, pero podemos ser mantenidos en la lucha contra nuestros adversarios, porque somos sostenidos para acercarnos a Dios por la acción sacerdotal del Señor Jesús.

¿Debe el cristiano guardar silencio ante los grandes males de la tierra? ¿No debería esforzarse por enderezar el mundo?

Es difícilmente concebible que el cristiano guarde silencio y tolere así el mal. La pregunta, sin embargo, es la siguiente: si abre la boca, ¿con qué fin lo hace?

¿Están los cristianos encargados por Dios de enderezar el mundo? ¿Son reyes designados en Sion para ejercer el juicio y la justicia en la tierra? No, pero se acerca el día en que Cristo lo será, según los Salmos 2, 72 y otros pasajes. Él enderezará rápidamente el mundo en su segunda venida.

Los profetas del Antiguo Testamento y los apóstoles del Nuevo Testamento no guardaron silencio sobre la enormidad de los pecados de los hombres. Pero los veían más como pecados contra Dios que contra el prójimo, y los hacían recaer sobre sus conciencias para llevarlos al arrepentimiento y así a encontrar una relación correcta con Dios.

Si, al volver a Dios, los hombres cambian sus hábitos y corrigen sus abusos, eso es bueno, pero es una consecuencia secundaria y no el propósito principal del testimonio del cristiano.

¿Qué puede haber de malo en que el creyente haga todo lo posible por mejorar las cosas? Hay muchas organizaciones útiles, ¡puede ayudar a sus buenas obras!

Si un creyente se permite apartarse de la directriz del propósito de Dios para nosotros, es un mal muy grande.

Este querido hijo de Dios está trabajando celosamente en una obra que Dios nunca le confió, y que está tan por encima de sus fuerzas que su realización ha sido reservada para el Hijo de Dios cuando venga en gloria con sus santas miríadas. ¿No es esto un mal? Este mal, de hecho, es doble: es desperdiciar energía en la búsqueda de lo que no es el propósito presente de Dios, y es descuidar su propósito presente.

La Iglesia, compuesta por todos los hijos de Dios, es en la tierra como una fortaleza en la tierra del enemigo, o como una embajada en un país extranjero. ¿Los empleados de la embajada británica en París –desde el embajador hacia abajo– están en esa ciudad para mejorar la vida en Francia? ¿Dirigen la agitación o se unen a organizaciones políticas? No. Están ahí para defender los intereses de su país y para representar adecuadamente esos intereses ante el pueblo francés. Inmiscuirse en los asuntos franceses sería realmente un insulto para el pueblo francés.

Nosotros, cristianos, siendo embajadores del cielo, debemos tratar los intereses de Cristo y representarlo. No nos inmiscuimos en los asuntos del mundo como si perteneciéramos a este mundo y no fuésemos extranjeros.

¿No recomendaría usted que al pasar por el mundo hagamos todo el bien que podamos?

Ciertamente lo haría. Pero el fondo de la cuestión reside en la pregunta: ¿Qué bien podemos hacer?

Supongamos que un barco ha encallado en un banco de arena durante una tormenta y el mar lo rompe. Los marineros se han refugiado en los mástiles. Un barco salvavidas se acerca y acosta el barco en peligro. Imagínese que en lugar de llevar a los marineros del barco encallado a un lugar seguro en el barco salvavidas, la mayoría de los rescatadores saltan sobre el pecio, martillo y clavos en mano, e intentan con energía febril reparar los estragos del mar volviendo a unir sus tablones rotos. A la protesta del capitán del barco salvavidas, sus hombres responden: “¡Hacemos todo lo que podemos por el barco en peligro!” Tal vez lo hagan, pero han abandonado su verdadera vocación: son salvadores, no carpinteros. Además, sus esfuerzos son en vano porque no pueden enfrentar al mar embravecido; no solo su trabajo se destruye, sino que los marineros que podrían haber sido salvas se ahogan.

¿Hay que explicar esta alegoría? Haga todo el bien que pueda, pero ¿qué bien puede usted hacer?

¿Cuál es entonces el objeto del servicio y de las actividades del cristiano?

Salvar a la gente del mundo, como muestra la alegoría anterior.

Nunca se insistirá lo suficiente en este punto. Miles de queridos cristianos intentan reparar los crecientes fallos del mundo. La creciente marea de anarquía y apostasía sumergirá todos sus esfuerzos. Mientras tanto, se alejan de lo que podrían cumplir, bajo la dirección de Dios, es decir, salvar almas del mundo.

El mal, sin embargo, no termina ahí. A través de estos esfuerzos bien intencionados, se encuentran profundamente involucrados en el sistema del mundo, en lugar de tomar una posición con Pablo y decir: «El mundo me ha sido crucificado, y yo al mundo» (Gál. 6:14).

Cuando el justo Lot «estaba sentado a la puerta de Sodoma» (Gén. 19:1), es decir, que tenía un cargo de magistrado, debía querer sinceramente ayudar a mejorar el estado moral imperante de injusticia e inmoralidad. Solo destruyó el poder de su testimonio contra este estado de cosas y destruyó a su familia. «Pareció a sus yernos como que se burlaba» (v. 14). Él mismo escapó a duras penas, sin fuerzas para liberar a los demás. Su esposa se perdió, y aunque los ángeles retiraron a sus dos hijas solteras, pronto condujeron a su padre caído en la embriaguez y la inmoralidad, los mismos pecados de Sodoma.

¡Qué historia! ¡Qué advertencia para nosotros! Tengamos cuidado.

Siempre intentamos evitar los conflictos. Si adoptamos nuestra verdadera posición, ¿son inevitables?

Son inevitables. Debemos estar preparados para ellos. Después de haber mostrado a sus discípulos su verdadera posición en la tierra, como testigos suyos, en Juan 15 y 16, el Señor concluye con estas palabras: «En el mundo tendréis tribulación; pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

Así que, de una forma u otra, tendremos tribulación. También tendremos con nosotros el gran poder del Señor resucitado. «Toda autoridad –dijo– me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Id, pues… estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo» (Mat. 28:18-20).

Si nos desviamos de su camino, si cambiamos su programa y nos aliamos con el mundo, ¿podemos esperar manifestar su poder? No, pero cuanto más obedezcamos a su Palabra y a sus procedimientos, más se pondrá a nuestra disposición ese poder. Él tiene «toda autoridad», en ambos ámbitos: el cielo, sede de los poderes malignos que están contra nosotros, y la tierra, donde estamos nosotros y donde ellos operan.

En Efesios 6:12, el diablo y sus ejércitos son llamados «los gobernadores del mundo de las tinieblas» –la palabra griega para «gobernadores» es kosmokrator o, literalmente, el «gobernador del mundo», es decir, dominan este kosmos –este sistema del mundo organizado. Pero en 2 Corintios 6:18, Dios se presenta como «el Todopoderoso», la palabra griega es Pantokrator, es decir, Aquel que lo gobierna «todo» – «el universo»–, no solo este pequeño «kosmos» en el que nos movemos y sufrimos.

¿Temblamos en presencia de los poderosos gobernantes invisibles del kosmos? Por encima de ellos domina el Todopoderoso –el gobernante del universo– que está por nosotros. Las llaves de su poder están en manos de Jesús. Podemos estar tranquilos.

Para un cristiano, ¿cuál es la mejor manera de guardarse del mundo?

Es estando siempre en contacto con el Señor en el cielo. El lado negativo –guardarse del mundo– se hará en la medida en que se realice el lado positivo –mantenerse cerca del Señor.

El cristiano es como un buzo. Se encuentra en un elemento que le es totalmente ajeno. ¿Por qué un hombre se pone una escafandra para ir al fondo del mar? Porque son necesarias dos cosas: que el agua permanezca en el exterior –es el lado negativo– y que el aire pueda entrar –es el lado positivo. Por eso se encierra en una vestimenta hermética y se asegura de tener una comunicación ininterrumpida con la ilimitada extensión de aire sobre el mar. Si su conexión con el aire es hermética, debe ser necesariamente hermético al agua. Para garantizar el suministro de aire (lado positivo), se excluye necesariamente el agua (lado negativo).

Si se señala que el buzo no puede abastecerse de aire por sí mismo, sino que depende absolutamente de un ayudante que le bombea fielmente el aire desde arriba, diremos que esto solo refuerza la alegoría. Gracias a Dios, los servicios fieles de aquel que es sacerdote y abogado en el cielo son infalibles.

Así, como el buzo, estamos en el elemento mortal de este mundo, pero por un tiempo. Nuestra actividad no es limpiar el fondo del mar, sino extraer de sus profundidades las perlas que son de valor para nuestro Maestro.


arrow_upward Arriba