5 - Las tres cruces

Lucas 23:39-43


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 72

library_books Serie: Temas de doctrina cristiana I

flag Tema: Su obra en la cruz, su resurrección y su elevación

(Fuente: ediciones-biblicas.ch)


Vamos a meditar unos momentos sobre las tres cruces del Calvario y su significación. En esta porción tan breve, pero de tan vasto alcance, hallamos un amplio campo de verdades que se abre ante nosotros.

5.1 - La cruz central

Primero contemplemos la cruz central, o más bien a Aquel que fue clavado en ella, Jesús de Nazaret, este Salvador bendito que pasó toda su vida haciendo obras de amor, curando a los enfermos, limpiando a los leprosos (Lucas 17:12-19), abriendo los ojos a los ciegos, resucitando a los muertos, alimentando a los hambrientos (Marcos 6:36-44), enjugando las lágrimas de la viuda (Lucas 7:12-15), remediando toda clase de necesidad humana, siempre dispuesto a derramar una lágrima de compasión sobre todo hijo del dolor y el sufrimiento; cuya comida y bebida era hacer la voluntad de Dios, y hacer bien a los hombres; un Hombre santo, sin mancha, lleno de gracia, la única gavilla pura y sin mancha de fruto humano jamás vista en este mundo; «varón aprobado por Dios» (Hechos 2:22), que glorificó completamente a Dios en esta tierra y lo manifestó perfectamente en todos Sus caminos.

Así era el que estaba en la cruz central. Y si preguntamos qué fue lo que lo llevó a la cruz, aprendemos una triple lección, o, en otras palabras, tres profundas verdades se revelan a nuestros corazones.

5.1.1 - El corazón humano

En primer lugar, aprendemos aquí, como en ninguna otra parte, la disposición del corazón humano hacia Dios. Nada ha hecho esto tan patente, ni podría hacerlo, como la cruz. Si queremos tener la pauta perfecta para medir el mundo, el corazón humano y el pecado, debemos mirar a la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Si quiero saber lo que es el mundo, no podemos pasar por alto la cruz, ni ir más allá de ella, puesto que allí el mundo se pronunció plenamente; allí la humanidad caída quedó totalmente al descubierto. Cuando la gente clamó: «¡Crucifícale, crucifícale!», era la voz del corazón humano, que declaraba, como ninguna otra cosa podría hacerlo, su verdadera condición a los ojos de Dios. Cuando el hombre clavó al Hijo de Dios en la cruz, llegó a la cima de su culpabilidad y depravación moral. Cuando prefirió a un ladrón y asesino y rechazó a Cristo, demostró que ama más el robo y el asesinato que la luz y el amor. La cruz reveló este terrible hecho de manera tan clara que no hay lugar para la duda.

Es muy importante captar este punto, que ciertamente no se ve con suficiente claridad. Somos muy propensos a juzgar el mundo según la manera en que nos trata. Decimos de él que es vacío, desleal, vil, engañoso, y cosas similares; pero nos sentimos demasiado inclinados a hacer del yo la medida en todo esto, y por eso nuestro juicio está lejos de ser objetivo. Para llegar a conclusiones correctas, necesitamos una norma perfecta, y esta solo se encuentra en la cruz. La cruz es la única medida perfecta del hombre, del mundo y del pecado. Si realmente queremos saber lo que es el mundo, debemos recordar que este prefirió a un ladrón antes que a Cristo, y crucificó al único Hombre perfecto que jamás haya vivido, entre dos malhechores.

Este es el carácter y la condición moral del mundo en el que vivimos. El mundo mostró su verdadero carácter en ese acto deliberadamente planeado y determinadamente ejecutado. Por lo tanto, nada de lo que oímos o vemos de la maldad del mundo actual nos debe asombrar, ya que la crucifixión del Señor de gloria constituye la más clara y poderosa prueba de maldad y culpabilidad. Algunos alegarán que el mundo ha cambiado, y que no es lo que era en los días de Herodes y de Poncio Pilato. Que el mundo actual es muy diferente del mundo del primer siglo. Que ha avanzado en todo sentido. Que la civilización ha arrojado su manto de justicia sobre la escena, y que, sobre una gran parte del globo, el cristianismo ha esparcido su influencia purificante e iluminadora sobre las masas; que el cambio es tan grande, que sería muy injustificable medir el mundo actual según aquel acto terrible del mundo del primer siglo.

Pero, ¿crees realmente, querido lector, que el mundo ha cambiado? ¿Que ha mejorado realmente en lo más íntimo de su ser? ¿Que se ha producido un cambio en su esencia? Con gusto admitimos todo lo que aquí y en otras partes se ha logrado con un Evangelio libre y una Biblia abierta por la rica misericordia de Dios. Pensamos, con corazones agradecidos y un espíritu de adoración, en los centenares de millares de almas preciosas convertidas a Dios; y bendecimos al Señor de todo corazón por las multitudes que vivieron y murieron en la fe de Cristo, y por tantos otros que, en este preciso momento, están dando pruebas convincentes de su sincero compromiso con el nombre, la persona y la causa de Cristo. Pero, dejando el mayor margen posible a estos resultados gloriosos, insisto de nuevo en mi convicción de que este mundo es todavía el mismo mundo, y afirmo que, si tuviese la oportunidad, cometería hoy, en la cristiandad, el mismo crimen que perpetró en el año 33 en Jerusalén.

Esto puede parecer duro y arrollador; pero ¿no es la verdad? ¿Es el Nombre de Jesús más agradable hoy para el mundo, que cuando los grandes líderes religiosos gritaban: «No a este, sino a Barrabás» (Juan 18:40)? Compruébelo usted mismo. Vaya y pronuncie ese Nombre precioso en medio de los brillantes círculos de la sociedad: en los lugares de la cortesía, la moda, la riqueza y la nobleza de nuestros días. Hable de Jesús dondequiera que fuere, en el bar, en el tren o en cualquier lugar público, y verá que en seguida le dicen que ese tema está fuera de lugar. Cualquier otro nombre, cualquier otro tema, será tolerado. Usted puede decir todas las tonterías y necedades que quiera a oídos del mundo, y nunca le dirán que está fuera de lugar; pero hable de Jesús y pronto le dirán que se calle. Cuántas veces hemos visto interrumpido el tráfico en nuestras calles principales por multitudes de personas que se detienen para ver una función de títeres o para oír músicos y cantores ambulantes, y nunca un policía los molestó ni los echó. Pero si un predicador se pone a anunciar el Evangelio en nuestras calles, será citado para comparecer ante las autoridades. El diablo tiene su lugar en nuestras calles públicas, pero no Jesucristo. «No a este, sino a Barrabás».

¿Puede alguno negar estas cosas? ¿Acaso no se han presenciado una y otra vez? ¿Y qué es lo que prueban? Prueban que la noción de que el mundo ha mejorado, es una falacia; que el mundo de este siglo es el mismo que el del primero. El mundo puede haber cambiado su vestido, pero no su animosidad interior. Se ha quitado la vestidura del paganismo, y se ha revestido del manto del cristianismo, pero debajo de este manto, pueden verse aún los mismos caracteres horribles del espíritu del paganismo. Comparemos Romanos 1:29-31 con 2 Timoteo 3 y encontraremos las mismas características de la naturaleza caída: el paganismo más oscuro en relación con la «apariencia de piedad»; las formas más groseras de depravación moral, cubiertas con el manto de la profesión cristiana [1].

[1] N. del T.: En un sentido amplio, la profesión cristiana –también a veces la iglesia profesa– abarca a todos los que llevan el nombre de «cristianos», tanto a aquellos que lo son de verdad –o sea, a los que son salvos por la obra de Cristo– como a aquellos que lo son meramente de nombre, los que solo se llaman a sí mismos cristianos. Pero en un sentido estricto, el término cristiano profeso se aplica a aquellos que solo tienen la apariencia exterior del cristianismo, pero sin tener la vida, sin la posesión de la salvación. Hay profesión pero no posesión. Puede tratarse de personas muy religiosas y moralistas, pero que no han nacido de nuevo, no son convertidas. En este sentido, hay pues una diferencia sustancial entre un cristiano profeso y un cristiano nacido de nuevo (véase, por ejemplo, Mateo 15:8; Apocalipsis 3:1).

No, es un error fatal creer que el mundo de ahora es mejor. El mundo está manchado con el asesinato del Hijo de Dios; y demuestra su consentimiento con este acto en cada etapa de su historia, en cada fase de su condición. El mundo está bajo juicio. Su sentencia ya ha sido pronunciada, y el terrible día de su ejecución se acerca rápidamente. El mundo es simplemente un río profundo y sombrío, que se precipita rápidamente hacia el lago de fuego y azufre. Solo la espada del juicio puede zanjar la terrible cuestión que separa al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, de este mundo que ha dado muerte a su Hijo.

Esto es lo que claramente señala la Escritura, si nos hemos de guiar por ella. El juicio está muy cerca; a las puertas. Hace dos mil años, el inspirado apóstol escribió la solemne sentencia: Dios «está preparado para juzgar» (1 Pedro 4:5). Si estaba listo entonces, seguramente está listo ahora. ¿Por qué entonces se demora?

«Es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).

¡Preciosas palabras! Palabras de exquisita ternura e incomparable gracia, que dejan ver el gran corazón de amor y gracia de nuestro Dios, y su intenso deseo de salvar a los hombres.

Pero el juicio se acerca. El terrible día de la venganza está cerca; y mientras tanto, la voz de Jesús, por boca de sus embajadores, urge a las almas en todo lugar a huir del terrible abismo –del que se habla en los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis– y a buscar refugio en la fortaleza de la salvación de Dios.

5.1.2 - El corazón de Dios

En segundo lugar, esto nos lleva a considerar a la cruz como la expresión del corazón de Dios para con los hombres. Si en la cruz de nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo leemos, con tanto relieve y con trazos tan profundos y amplios, el verdadero estado del corazón humano para con Dios, también podemos leer en ella, con no menos claridad, el estado del corazón de Dios para con los hombres. La cruz es la medida divina perfecta de ambos.

Sangre que salva manó de su costado
Al ser con la lanza traspasado.

Contemplamos en la cruz el encuentro maravilloso de la enemistad y el amor, del pecado y la gracia. En el Calvario, el hombre mostró el colmo de su enemistad contra Dios. Dios, bendito sea para siempre Su nombre, mostró la altura infinita de su amor. El odio y el amor se encontraron allí; pero el amor triunfó sobre aquel. Dios y el pecado se encontraron; Dios triunfó, el pecado fue quitado de en medio, y ahora, viendo la cruz desde el lado de la resurrección, el Espíritu eterno anuncia las buenas nuevas de que la gracia reina «por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro» (Romanos 5:21). En la cruz se libró la batalla, y se obtuvo la victoria; y ahora la mano generosa de la gracia soberana reparte el botín de la victoria por todas partes.

¿Desea usted realmente saber qué hay en el corazón de Dios para los hombres? Si es así, vaya y mire aquella cruz central en la cual Jesucristo fue clavado «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» (Hechos 2:23).

Es verdad que, como dice el texto, «por manos de inicuos», el Señor fue crucificado y muerto; este es el lado oscuro de esta cuestión. Pero hay también un lado brillante, porque Dios es visto allí. Naturalmente, en la cruz el hombre reveló quién era; pero Dios estaba por encima de él. Sí, por encima de él y de todos los poderes de la tierra y del infierno que estaban reunidos allí en un terrible orden de batalla.

Lo mismo sucedió con José y sus hermanos; ellos mostraron la enemistad de su corazón cuando lo echaron en el pozo y lo vendieron a los ismaelitas. Aquí estaba el lado oscuro. Pero si notamos estas palabras de José, vemos también el lado brillante: «Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros» (Génesis 45:5). Pero ¿a quién fueron dirigidas estas maravillosas palabras de gracia? A corazones quebrantados, espíritus contritos y conciencias convencidas. A hombres que habían aprendido a decir: «Verdaderamente somos culpables» (Génesis 42:21, LBLA). Solo estos pueden penetrar en el significado de la verdad que estamos ahora considerando. Solo los que han tomado su verdadero lugar, que han aceptado el juicio de Dios contra ellos y que verdaderamente reconocen que la cruz es la medida de su culpabilidad, pueden apreciar la cruz como la expresión del corazón de amor de Dios para con ellos; estos son los que pueden entrar en posesión de esta verdad gloriosa: que la misma cruz que demuestra el odio del hombre contra Dios, ha manifestado también el amor de Dios hacia el hombre. Estas dos cosas van siempre juntas. Cuando vemos y reconocemos nuestra culpa –probada en la cruz–, aprendemos el poder purificador de esta sangre preciosa que ha hecho la paz y nos limpia de todo pecado.

En efecto, querido lector, solo un corazón quebrantado y un espíritu contrito puede realmente ver el maravilloso amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo. José nunca habría podido decir: «No os aflijáis, ni os enojéis contra vosotros mismos» (Génesis 45:5, V. M.), si no hubiera visto a sus hermanos quebrantados en su presencia. ¿Y podría alguien con un corazón endurecido, una conciencia insensible, un alma no arrepentida, tener el sentido del valor de la sangre expiatoria de Cristo, o gustar la dulzura del amor de Dios? Sería absolutamente imposible. José habló primero a sus hermanos «ásperamente» (Génesis 42:7), pero desde el momento que estas palabras emanan de sus corazones quebrantados: «Verdaderamente somos culpables» (Génesis 42:21, LBLA), estaban en condiciones de entender y valorar las palabras: «No os aflijáis, ni os enojéis contra vosotros mismos» (Génesis 45:5, V. M.). Solo cuando estamos completamente abatidos y humillados en presencia de la cruz, y la vemos como la medida perfecta de nuestra profunda culpabilidad personal, estamos preparados para verla como la manifestación gloriosa del amor de Dios hacia nosotros. En ese momento escapamos de un mundo culpable; somos rescatados completamente de ese río sombrío e impetuoso del cual hemos hablado, e introducidos dentro del círculo santo y pacífico de la salvación de Dios, donde podemos andar libremente en la luz de la faz de un Padre de amor y respirar el aire puro de la nueva creación. «¡Gracias a Dios por su don inefable!» (2 Corintios 9:15).

5.1.3 - El corazón de Cristo

En tercer lugar, antes de concluir esta sección de nuestro tema, diremos unas palabras sobre la cruz como la manifestación del corazón de Cristo para con Dios. No podemos más que tratar brevemente este punto, y dejar que el lector experimente su sugestivo poder, bajo el ministerio directo del Espíritu Santo.

Es un inmenso consuelo para el corazón saber que, en medio de un mundo como este, Dios ha sido plenamente glorificado al menos por una persona. Hubo una sola persona en esta tierra cuya comida y bebida era hacer la voluntad de Dios, glorificarlo y acabar Su obra (véase Juan 4:34; 17:4). En su vida y en su muerte, Jesús glorificó perfectamente a Dios. Desde el pesebre hasta la cruz, su corazón estaba enteramente consagrado a un solo fin: cumplir la voluntad de Dios, sea cual fuese esa voluntad.

«He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí» (Hebreos 10:7; Salmo 40:8).

En el rollo del libro de los consejos eternos de Dios, estaba escrito del Hijo que, a su debido tiempo, debía venir a este mundo y cumplir la voluntad de la Deidad. A esto él se dedicó con todas las energías de su ser perfecto. De este objetivo, no se desvió jamás ni el grueso de un cabello, desde el principio hasta el fin; y cuando contemplamos aquella cruz central que ahora ocupa nuestra atención, vemos la consumación perfecta de lo que había llenado el corazón de Jesús desde el principio: cumplir la voluntad de Dios.

Todo esto se encuentra desarrollado, de una bendita manera, en el encantador pasaje de Filipenses 2:5-8: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

¡Qué maravilloso es todo esto! ¡Qué insondable profundidad hay en el misterio de la cruz! ¡Qué verdades convergen en ella! ¡Qué rayos de luz emanaron de aquella cruz! ¡Qué revelación de corazones! ¡El corazón del hombre para con Dios, el corazón de Dios para con el hombre y el corazón de Cristo para con Dios! Todo esto lo encontramos en la cruz. Podemos contemplar a Aquel que estuvo colgado allí entre dos malhechores, un espectáculo para el cielo, la tierra y el infierno, y ver la medida perfecta de cada uno y de todo en el universo entero de Dios. ¿Queremos conocer la medida del corazón de Dios, de su amor por nosotros y de su odio por el pecado? Debemos mirar a la cruz. ¿Queremos conocer la medida del corazón del hombre, de su verdadera condición, de su odio por todo lo que es divinamente bueno y de su amor innato por todo lo que es enteramente malo? Debemos mirar a la cruz.

¿Queremos conocer lo que es el mundo, el pecado y Satanás? Debemos mirar a la cruz. Sin duda, nada es comparable con ella. Consideremos más profundamente esta cruz. Este será nuestro tema a través de los siglos eternos. ¡Que este tema llene más y más nuestros corazones ahora! ¡Que el Espíritu Santo conduzca nuestras almas a las profundidades vivas de la cruz, para estar absortos con Aquel que fue clavado en ella, y ser así liberados del mundo que lo colgó allí! ¡Que la verdadera expresión de nuestros corazones sea siempre!: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (Gálatas 6:14).

¡Que Dios lo otorgue por Jesucristo!

5.2 - Las otras dos cruces

5.2.1 - Dos malhechores

Habiendo meditado por unos momentos sobre la maravillosa cruz central donde el Señor de gloria fue clavado para nuestra redención, dirigiremos ahora nuestra atención a las otras dos cruces, y procuraremos aprender, de las páginas inspiradas, algunas lecciones solemnes e importantes en cuanto a los hombres que colgaban de ellas. En estos dos hombres vemos representadas las dos grandes clases de personas en que se divide la familia humana, desde el principio hasta el final de los tiempos:

1. los que reciben, y

2. los que rechazan al Cristo de Dios.

Los que creen en Jesús, y los que no creen en él. En primer lugar, es sumamente importante ver que no había ninguna diferencia esencial entre estos dos hombres. En su naturaleza, historia y circunstancias, ellos eran iguales. Algunos se esforzaron por establecer una distinción entre ellos; pero con qué objetivo, es difícil de decir, a menos que sea para oscurecer el lustre de la gracia que brilla en el relato del malhechor arrepentido. Se alega que debe haber habido algún acontecimiento en su historia anterior que dé cuenta de su maravilloso final –algún rasgo positivo que rescatar–, alguna circunstancia esperanzadora a causa de la cual su oración fue oída al final.

Pero la Escritura guarda absoluto silencio en cuanto a esto. Y no solo guarda silencio en cuanto a cualquier circunstancia condicionante o factor que rescatar, sino que en realidad nos da el testimonio de dos testigos inspirados que demuestran que, hasta el momento mismo en que Lucas presenta al malhechor arrepentido, tanto este como el otro que estaba a su lado, estaban blasfemando y burlándose del Hijo de Dios. En Mateo 27:44, leemos: «Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él». Y en Marcos 15:32: «También los que estaban crucificados con él, le ultrajaban» (V. M.).

Esto, sin duda, es una prueba divinamente concluyente de que no había ninguna diferencia entre los dos malhechores. Los dos eran malhechores condenados; y más aún lo fueron cuando, en los confines mismos de la eternidad, cometieron el terrible pecado de insultar al bendito Hijo de Dios.

Es, pues, un esfuerzo totalmente inútil pretender establecer una distinción entre estos dos hombres, ya que ambos eran iguales en su naturaleza, en su culpa, en su criminalidad y en su profana maldad. No había ninguna diferencia hasta el momento en que la flecha de la convicción atravesó el alma de aquel que conocemos como el malhechor arrepentido. Cuanto más claramente veamos esto, más la gracia soberana de Dios relucirá en todo su bendito esplendor. «No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». «Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan» (Romanos 3:22-23; 10:12).

La única norma por la cual han de ser medidos los hombres, es «la gloria de Dios»; y puesto que todos –tanto el mejor como el peor de los hombres– están destituidos de ella, no hay diferencia. Si fuese simplemente una cuestión de conciencia, o de justicia humana, podría haber alguna diferencia. Si las pautas de medida fuesen simplemente humanas, entonces podrían establecerse fácilmente algunos grados de diferencia. Pero no es así. Todos han de ser medidos por la gloria de Dios; y entonces, queda en evidencia que ninguno está a esa medida. «No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios».

Pero, gracias a Dios, hay otro lado de esta gran cuestión.

«El mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan» (Romanos 10:12).

Tan abundantes son las riquezas de la gracia de Dios, que pueden descender hasta lo más profundo de la ruina, la culpa y la miseria humanas. Si la luz de la gloria divina revela –como ninguna otra cosa podría revelar– la completa ruina del hombre, las riquezas de la gracia divina, desplegadas en la persona y obra de Cristo, han provisto un remedio perfecto para toda esa ruina, y para satisfacer las exigencias de la gloria divina.

Pero veamos cómo el admirable y hermoso relato del malhechor arrepentido ilustra todo esto.

5.3 - La segunda cruz

Es muy evidente que el Espíritu de Dios, en el evangelista Lucas, empieza su narración tocante al malhechor arrepentido en el momento justo en que un trabajo divino había comenzado realmente en su corazón. Mateo y Marcos lo presentan como un malhechor que blasfema. Difícilmente podamos concebir un nivel más bajo de depravación moral que el que se describe en estos dos evangelios. No vemos ni un solo pensamiento consolador. Todo parecía tan oscuro como la medianoche –oscuro casi como el infierno–; pero no tan oscuro como para no ser alcanzado por la luz celestial que brillaba a través del Mediador en aquella cruz central.

Es bueno tener un sentido profundo de nuestro verdadero estado natural. Posiblemente no podamos profundizar demasiado en esta dirección. La ruina de la naturaleza, en todas sus formas, es completa. Si bien no todos han ido tan lejos como el malhechor en la cruz; si bien no todos han producido el mismo fruto; si bien no todos se revisten de forma igualmente horrible, no es porque tengan una naturaleza distinta. El corazón humano es un semillero donde se encuentra el germen de todos los crímenes que una vez mancharon las páginas de la historia humana. Si la semilla no ha germinado ni fructificado, no es debido a una diferencia en el alma, sino a una diferencia en las circunstancias e influencias externas.

El testimonio de la Escritura sobre esta gran cuestión, es claro y concluyente: «No hay diferencia». A los hombres no les gusta esto, porque nivela y allana demasiado sus diferencias con los demás. Esta tajante declaración de la Escritura corta de raíz la justicia propia. Pero la gente quiere establecer diferencias. Nadie puede soportar ser puesto en la misma categoría que una María Magdalena, un samaritano o gente similar. Pero no puede ser de otra manera. La gracia allana todas las diferencias ahora; y el juicio pronto las hará desaparecer a todas. Si somos salvos, lo somos junto con las Magdalenas y los samaritanos; y si nos perdemos, estaremos en compañía de personas así también. Sin duda, habrá grados de gloria, como también los habrá de castigo; pero en cuanto a la verdadera naturaleza y al carácter del corazón humano, «no hay diferencia».

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jeremías 17:9).

¿Qué corazón? El corazón del hombre, el corazón de aquel que escribe, y el de aquel que lee estas líneas. «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mateo 15:19). ¿De qué corazón? Del corazón del hombre, del corazón del que escribe y del que lee estas líneas. Estas cosas no podrían salir del corazón si no estuviesen allí; y cuando no se manifiestan por los hechos, no es porque no estén allí, sino simplemente porque no se han dado las circunstancias para que ello ocurra.

Tal es el testimonio claro e invariable de la Santas Escrituras; y siempre que el Espíritu de Dios comienza a trabajar en el corazón y en la conciencia de una persona, produce el sentimiento profundo y el pleno reconocimiento de la verdad de este testimonio. Toda alma divinamente convencida está dispuesta a asumir estas palabras como propias: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien» (Romanos 7:18). Toda persona con un espíritu verdaderamente arrepentido, reconoce el hecho de su ruina total. Todos los hijos de la sabiduría justifican a Dios y se condenan a sí mismos, sin excepción (véase Lucas 7:35). Todo el que ha sido realmente expuesto al poder convincente del Espíritu Santo, reconocerá sin reservas la inspirada declaración: «No hay diferencia».

Cualquiera que duda en reconocer esto, tiene que aprender a conocerse a sí mismo a la luz de la santidad de Dios. La persona más refinada, educada y culta, cuando es iluminada por el Espíritu de Dios, tomará en seguida su lugar junto al malhechor en la cruz, puesto que la luz divina que brilla en ella, revela los resortes ocultos de su ser, la lleva a ver las profundidades de su mala naturaleza, las raíces y los motivos de sus acciones. Por eso, mientras parientes, amigos y conocidos –meros espectadores, que juzgan solo superficialmente–, pueden tener un concepto muy alto de su persona, solamente él –conociéndose mejor por la luz divina– puede exclamar: «¡Miserable de mí!»; «He aquí que yo soy vil»; «¡Ay de mí, pues soy perdido!»; «Soy hombre pecador» (Romanos 7:24; Job 40:4; Isaías 6:5, V. M.; Lucas 5:8).

Estas son expresiones propias de un alma divinamente convencida; y solo cuando sinceramente y de corazón podemos expresarnos así, estamos realmente preparados para apreciar las riquezas de la gracia de Dios manifestadas en el evangelio de Jesucristo. La gracia toma verdaderos pecadores.

«El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Y cuanto más tomo conciencia de mi estado perdido, de mi irremediable ruina, de mi completa miseria, más comprendo la plenitud y liberalidad de la salvación de Dios –una salvación adquirida por la sangre de la cruz.

Así vemos cómo la maravillosa gracia brilla en la salvación del malhechor en la cruz. Respecto a él, no es posible ningún malentendido. Claramente no tenía buenas obras en qué confiar. No había hecho obras de caridad. Nunca había oído hablar del bautismo y de la Cena del Señor. Los ritos, las ceremonias y las ordenanzas religiosas no habían hecho nada por él, ni podían hacerlo. En una palabra, su caso, en lo que a él concierne, estaba irremediablemente perdido. Porque ¿qué podía hacer? ¿A dónde podía dirigirse? Sus manos y sus pies estaban clavados a la cruz de un malhechor. Era inútil decirle «haz esto» o «ve allí». Cuando tenía las manos libres, las utilizaba para cometer actos de violencia; pero ahora estaban clavadas en un madero, y no podían hacer nada. Sus pies, cuando podía servirse de ellos, lo habían llevado por el terrible camino del transgresor; y ahora, clavados al madero, ya no podían llevarlo a ninguna parte. Pero, nótese esto: Aunque el pobre malhechor ya no tenía manos ni pies de qué valerse –tan indispensables en una religión de obras–, su corazón y su lengua seguían en libertad; y precisamente estos miembros son llamados a la acción en una religión de fe, como lo leemos en el capítulo 10 de Romanos: «Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (Romanos 10:10).

¡Qué preciosas palabras! ¡Cuán apropiadas para el malhechor en la cruz! ¡Y cuán apropiadas y oportunas para todo pecador perdido, deshecho y sin esperanza! Porque todos nosotros debemos ser salvos de la misma manera que el malhechor en la cruz.

No hay dos caminos al cielo. No hay un camino para los religiosos, los moralistas y los fariseos, y otro camino para el malhechor. Hay un solo camino. Ese camino, desde el mismo trono de Dios, hasta donde yace el pecador culpable, muerto en delitos y pecados, está marcado por las huellas del amor redentor; y de ahí al trono, por la preciosa sangre expiatoria de Cristo. Este es el camino al cielo. Un camino «recamado de amor», rociado con sangre, y hollado por una feliz y santa compañía de adoradores redimidos, reunidos de «todos los términos de la tierra», para cantar el himno celestial: «¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado!» (Apocalipsis 5:12, V. M.).

Hemos dicho que el corazón del malhechor era libre; sí, libre bajo la acción poderosa del Espíritu Santo, para dirigir la mirada hacia esa bendita Persona que colgaba a su lado; a la cual venía insultando unos instantes antes, pero sobre quien podía ahora fijar su mirada arrepentida, y de quien podía dar ahora el testimonio mas noble que jamás haya sido pronunciado por los hombres o por los ángeles.

Es muy instructivo e interesante seguir la evolución de la obra de Dios en el alma del malhechor moribundo. En efecto, la obra de Dios en cada alma es siempre del mayor interés. La obra del Espíritu Santo en nosotros nunca se debe separar de la obra de Cristo por nosotros. Ambas operaciones están inseparablemente unidas y fundadas sobre los consejos eternos de Dios respecto a nosotros. Esto es lo que hace que todo sea tan real, tan sólido, tan enteramente divino. Nada es del hombre. Todo es de Dios, del principio al fin. Desde la primera aurora de la convicción en el alma, hasta ser introducido en la plena luz del glorioso evangelio de la gracia de Dios. ¡Bendito sea el Señor que así sea! Si no fuera así, si la criatura pusiese un solo granito de arena en esta obra, ese solo granito de arena anularía y destruiría toda la obra, volviéndola inútil.

5.3.1 - «¿Ni aun temes tú a Dios?»

En el caso del malhechor arrepentido, vemos un primer fruto como resultado de la acción santificadora del Espíritu eterno, en las palabras dirigidas al otro malhechor: «¿Ni aun temes tú a Dios?» (Lucas 23:40). Él no dice: «¿No temes tú el castigo?». La santificación del Espíritu se evidencia, en cada caso, por el temor del Señor, y un santo aborrecimiento del pecado, por lo que es el pecado.

«El temor de Jehová es el principio de la sabiduría» (Proverbios 9:10).

Puede haber temor al juicio, al infierno, a las consecuencias del pecado, sin el más mínimo aborrecimiento del pecado mismo. Pero cuando es el Espíritu de Dios el que obra dentro del corazón, es él quien produce la verdadera noción del pecado y de la pena por este a los ojos de Dios.

Este es el verdadero arrepentimiento. Considerémoslo atentamente. El arrepentimiento es una gran realidad y un elemento esencial en cada caso.

«Dios ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30).

No se puede ignorar ni dejar de lado. Algunos pueden tratar de suprimir la responsabilidad del hombre con el pretexto de que este no puede hacer nada correcto o bueno. Pueden tratar de convencernos de que es inútil, y hasta erróneo, llamar a los hombres a arrepentirse y creer, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo. Pero la pregunta es: ¿Cuál es el significado de las palabras que Pablo pronunció en su discurso en Atenas? ¿Predicó la verdad? ¿Era sano en la fe? ¿Era lo suficientemente ortodoxo en la doctrina? Pablo declaró, de la forma más clara y enfática: Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan». ¿Podrá alguno dar la vuelta al asunto y decir que ellos no pueden arrepentirse? ¿Alguien se atrevería a negar la responsabilidad que tiene el hombre de obedecer un mandamiento divino? Si lo hicieran, estarían en un terreno muy peligroso. Si Dios manda a todos los hombres que se arrepientan, ¡ay de aquellos que se niegan a hacerlo! ¡Ay de aquellos que enseñan que no son responsables de hacerlo!

5.3.2 - Arrepentimiento y conversión

Dediquemos unos momentos al examen de esta gran cuestión práctica, a la luz del Nuevo Testamento. Veamos si nuestro Señor y sus apóstoles llamaron a los hombres, «a todos los hombres en todo lugar» a «que se arrepientan».

En el tercer capítulo del evangelio de Mateo, leemos: «En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3:1-2). Tal vez se diga que Juan se dirigió principalmente a Israel –un pueblo que tenía una relación reconocida con Jehová– y de ahí que este pasaje no podría ser aducido como prueba de la necesidad de arrepentimiento universal y permanente. Ahora bien, simplemente lo citamos aquí para mostrar que el hombre, sea judío o gentil, es responsable de arrepentirse, y que la primera voz que oímos en el Nuevo Testamento llama a los pecadores al arrepentimiento. Juan el Bautista ¿tenía razón o estaba equivocado? ¿Acaso violaba las fronteras del dominio de la sana doctrina cuando llamaba a los hombres al arrepentimiento? ¿Acaso algunos de nuestros teólogos modernos lo habrían llamado aparte, después que hubiera predicado, y lo hubieran censurado por engañar a la gente al llevarla a suponer que podían arrepentirse? Nos hubiera gustado oír la respuesta de Juan.

Pero tenemos el ejemplo de uno mayor que Juan el Bautista, como nuestra garantía para predicar el arrepentimiento. En Mateo 4 leemos: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4:17).

¿Se atrevería alguien a darse vuelta y decir al divino Predicador: «No podemos arrepentirnos; no tenemos ningún poder; no somos responsables»? ¡Ah! no; los hombres podrán argumentar y razonar, y hablar de teología; pero el testimonio viviente sigue allí, ante nosotros: Jesús llamó a los hombres a arrepentirse; y lo hizo sin considerar en lo más mínimo la capacidad del hombre para arrepentirse. Se dirige al hombre como un ser responsable, como alguien que de manera imperiosa es llamado a juzgarse a sí mismo y a sus caminos, a confesar sus pecados y a arrepentirse en polvo y ceniza. El único lugar verdadero del pecador, es el lugar del arrepentimiento. Si se niega a asumir ese lugar en presencia de la gracia divina, se verá obligado a asumirlo en presencia del juicio divino. Entonces será demasiado tarde para el arrepentimiento. Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan».

Al principio de los Hechos de los Apóstoles, tenemos el privilegio de escuchar el discurso de Pedro en el día de Pentecostés. Fue el sermón más prolífico jamás predicado en este mundo, galardonado con la conversión de tres mil almas. ¿Y qué predicó Pedro? Predicó a Cristo, y llamó a los hombres al arrepentimiento. En efecto, el gran apóstol de la circuncisión insistió en el arrepentimiento, en el juicio propio, en la verdadera contrición de corazón ante Dios. Pedro les dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38). Y de nuevo: «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hechos 3:19).

¿Hizo lo correcto Pedro al instar a los hombres a arrepentirse y convertirse? ¿Tendría alguien derecho a decirle, al final de su predicación: «¿Cómo pueden los hombres arrepentirse? ¿Cómo pueden convertirse? ¡Ellos no pueden hacer nada!»? Cuánto nos gustaría oír la respuesta de Pedro. Una cosa es cierta, el poder del Espíritu Santo acompañó la predicación. Él puso su sello en esta predicación y eso basta. Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan». ¡Ay de los que rechazan!

El apóstol Pablo, refiriéndose a su ministerio en Éfeso, declara ante los ancianos: «Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hechos 20:20-21). Y en su punzante discurso ante Agripa: «No fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento» (Hechos 26:19-20).

Tenemos un cúmulo de pruebas irrefutables en las Escrituras, que demuestran la necesidad universal y permanente de arrepentimiento. Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan». Es imposible eludir esto. Guárdense los hombres de desestimarlo. No puede ser sano un sistema de teología que niega la responsabilidad del pecador de arrepentirse y convertirse a Dios, y de hacer obras dignas de arrepentimiento.

Pero esto es una digresión de nuestro tema, el cual debemos retomar.

El caso del malhechor arrepentido es un ejemplo excelente de la significativa declaración de Pedro: «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hechos 3:19). Nos enseña, con claridad y fuerza, el verdadero significado del arrepentimiento y la conversión –dos temas que son poco entendidos, y a menudo oscurecidos por falsas enseñanzas.

El corazón humano siempre tiende a tomar las cosas divinas por el lado equivocado; y cuando la falsa teología se combina con esta tendencia del corazón, presentando un solo lado de las cosas, el efecto moral sobre el alma es algo terrible. Por eso cuando los hombres son llamados por el Evangelio a arrepentirse y convertirse, creen que es necesario hacer algo, como por ejemplo leer, orar, cumplir las ordenanzas y asistir a los servicios religiosos. Están ocupados en lo que hacen en vez de juzgar su estado. Este es un error fatal. Es el resultado de la influencia combinada de la propia justicia y la falsa teología: fecundas fuentes de oscuridad y miseria para las almas preciosas, y que producen serios daños a la verdad de Dios.

Es altamente asombroso ver las diversas formas que puede revestir la justicia propia. Son tan sutiles que nadie reconoce lo que realmente es. A veces reviste la apariencia de humildad, y habla extensamente del mal y el peligro de ser demasiado presumido. Otras veces asume la vestimenta y adopta el lenguaje de lo que se conoce como «religión experimental», que a menudo no es más que una intensa ocupación con uno mismo. Y otras veces, se expresa en los raídos formularios de la teología sistemática, que son una piedra de tropiezo para las almas y el sepulcro de la revelación divina.

¿Qué es, pues, el arrepentimiento? En uno de sus aspectos más importantes, es el juicio serio y profundo de uno mismo, de su historia y de sus caminos. Es la completa ruptura con todo el sistema de justicia propia, y el descubrimiento de nuestra completa perdición, ruina y bancarrota. Es el sentimiento de vileza personal, de culpa y de peligro, producido por la acción poderosa de la Palabra y el Espíritu de Dios en el corazón y en la conciencia. Es un dolor sincero a causa del pecado, y un aborrecimiento del pecado por lo que es. Por cierto, que hay otros aspectos y elementos en el arrepentimiento sincero. Hay un cambio de pensamiento en la consideración de nosotros mismos, del mundo y de Dios. Hay además varios grados de profundidad e intensidad del ejercicio del corazón. Pero, por el momento, limitémonos a este aspecto tan importante del arrepentimiento, que vemos ilustrado en el conmovedor relato del malhechor arrepentido: el juicio de sí mismo. Se debe hacer constante hincapié en este aspecto. Tememos mucho que se haya perdido de vista en gran parte de nuestra predicación y enseñanza actual. En nuestros esfuerzos por hacer el Evangelio más simple y fácil, corremos el riesgo de olvidar que Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan». El pecador debe sentir que es pecador, un pecador perdido, culpable y que merece el infierno. Debe sentir que el pecado es algo terrible a los ojos de Dios; tan terrible, que nada excepto la muerte de Cristo lo puede expiar. Tan terrible, que todo aquel que muere en sus pecados no perdonado, debe ser condenado inevitablemente; debe pasar una eternidad espantosa y sin fin en el lago que arde con fuego y azufre.

Entonces, ¿hay algo meritorio en el arrepentimiento? ¿Algo en qué apoyarse o en qué jactarse? ¿Tiene algo que ver con la base de nuestra salvación, de nuestra justificación o de nuestra aceptación con Dios? También podemos preguntar si la quiebra de una persona puede constituir la base de su crédito o de su futura fortuna. No, por supuesto que no. El arrepentimiento, en su forma más profunda e intensa, no tiene nada que ver con la base de nuestro perdón. ¿Cómo puede el sentimiento de culpa tener algo que ver con la base del perdón? ¿Cómo pueden los sentimientos de un hombre que se ahoga, tener algo que ver con el bote salvavidas que lo salva? ¿O cómo puede la agonía de un hombre en una casa en llamas tener algo que ver con la escalera de incendios por la cual desciende para escapar del fuego?

5.3.3 - Justamente padecemos

Fijémonos en el caso del malhechor en la cruz. Escuchemos sus palabras: «¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos» (Lucas 23:40-41). Estos son acentos de un verdadero arrepentimiento, «Nosotros, a la verdad, justamente padecemos». Él sentía y admitía que había sido justamente condenado, y que no hacía más que cosechar «lo que merecieron sus hechos». ¿Había algo meritorio en esto? En absoluto. Era el juicio de sí mismo, la condenación de sus caminos, el sentimiento de su culpa. Y estaba bien. Eso era el precursor seguro de la conversión a Dios, el fruto de la obra del Espíritu en su alma; y le permitió apreciar la salvación de Dios. Era el sincero reconocimiento de su justa condenación, y seguramente de ningún modo podía contribuir a su justicia delante de Dios. Es absolutamente imposible que el sentimiento de culpa pudiera alguna vez formar la base de la justicia.

Sin embargo, debe haber arrepentimiento; y cuanto más profundo mejor. Es necesario que el arado haga su obra para romper el barbecho (véase Oseas 10:12), y que abra surcos profundos, en los cuales la simiente incorruptible de la Palabra pueda echar raíces. Nadie podrá jamás lamentarse de que el arado divino haya entrado demasiado profundamente en su alma. Podemos estar seguros de que cuanto más conscientes estamos de las profundidades de nuestra ruina moral, más plenamente apreciamos «la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él» (Romanos 3:22).

Pero, entiéndase bien, el arrepentimiento no es hacer esto o aquello. ¿Qué hizo el malhechor? ¿Qué podía hacer? No podía mover las manos ni los pies. Y, aun así, se había arrepentido sinceramente. Quedó grabado en las páginas de la historia como «el malhechor arrepentido». Sí, se había arrepentido; y su arrepentimiento se expresa con claros acentos de juicio propio. Así debe ser siempre. El pecado, tarde o temprano, debe ser juzgado; y cuanto más pronto y más profundo lo sea, mejor.

¿Y luego qué? ¿Cuál es el orden divino? «Arrepentíos y convertíos» (Hechos 3:19). «Arrepentirse y volverse a Dios» (Hechos 26:20, LBLA). ¡Qué bello orden! Es la convicción y la conversión. Es el descubrimiento del yo y de su ruina, y el descubrimiento de Dios y de su remedio. Es condenarme a mí mismo y justificar a Dios. Es el descubrimiento de la vacuidad del yo y de la plenitud de Cristo. Es aprender la fuerza y la aplicación de esas pocas palabras: «Te perdiste… mas en mí está tu ayuda» (Oseas 13:9).

Y vemos cómo todo esto sale a la luz en el relato tan breve pero profundo del malhechor. Tan pronto como da expresión al sentimiento de su justa condena, se vuelve hacia la bendita Persona que está a su lado, y da este grato testimonio: «Este ningún mal hizo» (Lucas 23:41). Se puso así en abierta contradicción con todo el mundo. Se enfrentó con los principales sacerdotes, con los ancianos y con los escribas, que habían entregado al Santo como si fuera un malhechor. Ellos habían dicho: «Si este no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado» (Juan 18:30). Pero el malhechor, que va a morir, declara: «Este ningún mal hizo» (Lucas 23:41).

Él da así un testimonio claro y decidido a la perfecta humanidad del Señor Jesucristo; esta gran verdad que está en la misma base del gran «misterio de la piedad» (1 Timoteo 3:16). Se vuelve de un yo culpable a un Cristo inmaculado, y le dice al mundo que ha cometido un terrible error al crucificar al Señor de gloria.

¿No era un buen trabajo? Sí, el mejor trabajo que alguien puede hacer para Dios. Dar un testimonio claro, firme y completo de Cristo, es el servicio más aceptable y fragante que cualquier mortal puede dar a Dios. Se pueden gastar millones en obras de caridad, recorrer continentes enteros en aras de la filantropía, dedicar toda una vida a los terribles ejercicios de una religiosidad mecánica, pero todas estas cosas no son más que una mota de polvo en la balanza en comparación con esta palabra de sincero y auténtico testimonio, enseñado por el Espíritu, dado al amado Hijo de Dios. El pobre malhechor no podía hacer nada, ni dar nada; pero oh, se le permitió gozar del privilegio más grande y excepcional que le puede tocar a un mortal: testificar de Cristo, en el mismo momento en que todo el mundo lo rechaza, uno de sus discípulos lo niega, otro lo había vendido, y en que todos lo habían abandonado. Esto, en efecto, era un servicio, un trabajo que quedará grabado en los anales del cielo, cuando los más gloriosos monumentos del genio y la benevolencia humanos se hayan derrumbado y hayan caído en el olvido eterno.

Pero todavía tenemos más lecciones que aprender de los labios del malhechor que muere. No solo da un testimonio brillante y bendito de la humanidad inmaculada de Cristo, sino que también lo reconoce como Señor y Rey; y lo hace en un momento y en circunstancias en que, a los ojos de la naturaleza, no se halla ninguna huella de señorío o de realeza. Él dice a Jesús: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42).

¡Piense en esto! ¡Piense en alguien que un momento antes injuriaba al Salvador moribundo, y ahora lo reconoce como Señor y Rey! Este fue realmente un trabajo divino. Seguramente fue un verdadero arrepentimiento, una verdadera conversión a Dios. «Jesús: Acuérdate de mí». ¡Ah, cuán indeciblemente preciosas son estas palabras! ¡Qué estupendo es ver a un pobre «mí», culpable, sin valor, merecedor del infierno, unido al divino Salvador por aquella sola palabra, «Acuérdate»!

Esta era la vida eterna. Un Salvador y un pecador unidos, es la salvación eterna. Nada puede ser más simple. La gente puede hablar de obras, de sentimientos, de experiencias. Pero aquí el asunto se nos presenta con la simplicidad y el orden divinos. En primer lugar tenemos el fruto de un sincero arrepentimiento expresado en las palabras: «Nosotros, a la verdad, justamente» (v. 41), y luego el grato resultado de la conversión espiritual en palabras simples pero poderosas: «Jesús: acuérdate de mí» (v. 42). «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hechos 3:19). «Arrepentirse y volverse a Dios» (Hechos 26:20, LBLA).

¡Qué maravillosa profundidad y poder hay en estas palabras! Arrepentirse es ver la ruina completa de uno mismo. Volverse a Dios, es vida, paz y salvación eterna. Descubrimos el yo y lo detestamos y aborrecemos. Descubrimos a Dios y nos volvemos a él con todo el corazón, y hallamos en él todo lo que necesitamos para hoy y para la eternidad. Todo es divinamente simple e indeciblemente bendito. El arrepentimiento y la conversión están inseparablemente unidos. Aunque son distintos, están íntimamente relacionados. Nunca deben ser separados ni confundidos.

5.3.4 - Hoy

Notemos ahora la divina respuesta al llamado del malhechor arrepentido: «Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42). ¿Cuál es la respuesta? «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Es como si el bendito Salvador le hubiera dicho: «Tú no necesitas esperar la gloria del reino; este mismo día gustarás la gracia de la casa, del amor de la casa de mi Padre allá arriba; yo te tendré conmigo en aquel paraíso brillante, para disfrutar de la plena comunión conmigo mucho antes de que las glorias del reino sean manifestadas». ¡Oh, Salvador bendito! ¡Tal fue tu gracia incomparable!

¡Ni una palabra de reprensión, ni una sola alusión al pasado, ni tan siquiera una mirada reprobadora por las injurias recién proferidas! ¡Oh, no!; nunca hay nada de esto en los caminos de Dios con un alma arrepentida. El malhechor, desde el fondo de un corazón quebrantado y contrito, dijo: «Nosotros, a la verdad, justamente» (Lucas 23:40). Esto bastaba. Era necesario, por cierto, pero bastaba. «El corazón quebrantado y contrito, oh Dios, no lo despreciarás» (Salmo 51:17, V. M.). No; no solo no lo despreciará, sino que derramará en él el rico y precioso consuelo de Su gracia y de su amor perdonador. El corazón de Dios se llena de gozo al perdonar a un pecador arrepentido; y nadie más que un pecador arrepentido puede realmente gozar del perdón de Dios.

«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43). Las glorias de una salvación presente, personal y perfecta, brillan aquí con todo su divino resplandor ante los ojos de un malhechor asombrado.

Y nótese que no se le dijo ni una sola palabra acerca de hacer, dar, sentir ni de ninguna otra cosa que pudiera centrar los ojos en sí mismo. Sus ojos se habían vuelto hacia sí mismo, y con razón; pero solo para ver un abismo profundo y oscuro de culpa y ruina. Esto bastaba. A partir de entonces, y por siempre, la mirada debe dirigirse hacia afuera de uno y hacia arriba; debe fijarse en el precioso Salvador que lo lleva al paraíso, y en aquel paraíso brillante al cual Él lo llevaba.

Sin duda, el malhechor nunca olvidará cuán gran pecador había sido. Nunca olvidará su culpa y su maldad; en efecto, él y todo redimido recordará el pasado, a lo largo de la eternidad. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Perderemos la memoria en el futuro? Seguramente que no. Pero cada recuerdo del pasado solo hará resonar con más fuerza el canto de alabanza que el corazón entonará cuando pensamos en la gracia que brilla en estas preciosas palabras: «Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades» (Hebreos 8:12; 10:17).

Así es el perdón divino. Dios nunca más tendrá en cuenta los pecados que Su propia mano de amor borró con la sangre de la cruz. ¡Nunca! ¡No, nunca! Él los ha «echado tras sus espaldas» para siempre (Isaías 38:17). «Se hundieron como plomo» en el fondo de las aguas de Su eterno olvido (Éxodo 15:10). ¡Sea toda alabanza a su glorioso nombre!

5.4 - La tercera cruz

Vamos a considerar ahora, por un breve instante, la tercera cruz. ¿Qué vemos en ella? ¿Un pecador culpable? No simplemente eso. El malhechor arrepentido era eso. Ambos estaban en la misma condenación. Nadie tiene por qué ir al infierno simplemente porque es un pecador, puesto que «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores», aun al «primero» (1 Timoteo 1:15). No hay un pecador hoy día, fuera del recinto del infierno, que no esté dentro del alcance de la salvación de Dios si tan solo siente la necesidad de ella. Nadie tiene por qué estar perdido, simplemente porque es un pecador arruinado, culpable, que merece el infierno.

Pero ¿qué vemos en esa tercera cruz? Vemos a un pecador incrédulo. Esto es lo grave. Podemos afirmar, sin ninguna duda, que si él, al igual que su compañero arrepentido, se entregaba a la gracia del Salvador moribundo, habría recibido la misma respuesta. Había suficiente gracia en el corazón de Jesús para satisfacer las necesidades de los dos. Pero él no la deseaba, no quería echar mano de ella. Permaneció sin arrepentirse y sin creer hasta que las oscuras sombras de la muerte se cernieron sobre él, y los horrores más oscuros del infierno estallaron sobre su alma culpable. Murió prácticamente teniendo a mano al Salvador y a la salvación.

¡Tremendo pensamiento! ¿Qué mente finita puede llegar a comprenderlo? ¿Quién puede estimar con la debida profundidad el contraste entre estos dos hombres en una cruz? Es cierto que la diferencia radica en un punto; pero ese solo punto tuvo graves consecuencias para la eternidad. El punto era este: Recibir o rechazar al Hijo de Dios; creer o no creer en ese bendito Salvador que colgaba en medio de ellos, tan cerca de uno como del otro. No había diferencia en su naturaleza, en su condición o en sus circunstancias. La grande e importante diferencia radica en el hecho de que uno creyó en Jesús y el otro no; uno pudo decir: «Jesús: Acuérdate de mí» (Lucas 23:42), y el otro dijo: «Si tú eres el Cristo» (v. 39).

¡«Qué contraste! ¡Qué ancha línea de demarcación! ¡Qué terrible abismo separa a dos hombres tan similares en todos los demás aspectos, tan cerca el uno del otro y tan cerca del divino Salvador! Pero es exactamente igual en todos los casos, en todas partes y en todos los tiempos. La simple pero solemne cuestión para todos y cada uno es: «¿Cuál es mi relación con Cristo?». De esto depende todo, para el tiempo y para la eternidad. ¿He recibido a Cristo, o no? ¿Estoy en Él, o no?

Los dos ladrones representan las dos grandes clases en que se ha dividido la humanidad desde los días de Caín y Abel hasta nuestros días. El Cristo de Dios es la gran y decisiva piedra de toque para ambas clases. Todos los matices de carácter moral, todos los rangos de la vida social, todas las castas, clases, sectas y partidos en que la familia humana ha sido, está o será siempre dividida, dependen de esta cuestión trascendental: «Estoy en Cristo o fuera de Cristo». La diferencia entre los dos ladrones es justamente la que existe entre los salvos y los perdidos; entre la Iglesia y el mundo; entre los hijos de Dios y los hijos del gran enemigo de Dios. Por cierto que, en el caso de los dos ladrones, esta diferencia es tan marcada que la podemos ver a simple vista; pero es la misma en todos los casos. La persona de Cristo es la gran frontera que separa la nueva creación de la vieja; el reino de Dios del reino de Satanás; los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas; y esta frontera se extiende hasta la eternidad.

Lector, ¿qué dice usted a estas cosas? ¿De qué lado de la línea está usted en este momento? ¿Como el malhechor arrepentido, unido a Cristo por una fe simple, o como su compañero no arrepentido [2], que, con dudas y razonamientos, se dirige a Cristo con un «si»? Dígame, querido amigo, ¿en qué situación se encuentra? No deseche esta pregunta. Enfréntela con seriedad y sinceridad. Su dicha o su perdición eterna dependen de la respuesta que dé a esta pregunta. ¡Vuélvase a Jesús ahora! ¡Venga ahora mismo! ¡Dios lo manda! ¡No lo demore! ¡No lo razone! Acuda tal como está a Jesús, que estuvo colgado en esa cruz por usted.

[2] N. del A.: Los dos malhechores dan una respuesta contundente al ritualista y al racionalista. En uno, vemos a un hombre yendo directamente al paraíso sin haber sido nunca bautizado y sin haber recibido jamás lo que los ritualistas llaman «la Eucaristía o Sagrada Comunión». En el otro, vemos a un hombre que, teniendo a su lado a un Salvador, se pierde por un escéptico, racionalista e incrédulo «si». Que todos los ritualistas y racionalistas ponderen estos hechos.


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