Inédito Nuevo

¡Cumplido está!

Reflexiones sobre el Salmo 22


person Autor: Sin mención del autor

flag Tema: La cruz, la crucifixión de Cristo


Las reuniones de estudio en París en 1957

1 - “Una carga de dolor indeciblemente pesada…”

Este salmo, bien conocido por todo cristiano familiarizado con las Escrituras, apenas menciona, salvo en un esquema general, las consecuencias de la obra de Cristo. Estas están expuestas más ampliamente en otros salmos y, en lo que respecta a la Iglesia, en el Nuevo Testamento. Pero todo lo que encontramos en los salmos, de las experiencias individuales (en el Sal. 32, por ejemplo) o de las bendiciones para el pueblo o la tierra entera, encuentra su fundamenta aquí. Este salmo tiene en efecto la característica de poner a Cristo mismo ante los creyentes en sus diversos e infinitamente variados sufrimientos, y sobre todo en el sufrimiento supremo sin el cual todos los demás no habrían tenido efecto en nuestro favor, es decir, el sufrimiento del desamparo de Dios. Bien puede decirse, por tanto, que este salmo constituye el centro moral del libro de los Salmos, ya que nos muestra la obra del Señor Jesús, que hace posible todas las bendiciones contenidas en el resto del libro, y el cumplimiento del consejo de Dios para su pueblo y para la tierra. Estamos aquí en presencia de lo que está en el corazón del pensamiento de Dios para su gloria, así como para nuestra bendición: los sufrimientos de Cristo durante las tres últimas horas de la cruz.

Es un hecho extraño y humillante que estemos inclinados tan a menudo a descuidar este importante tema para ocuparnos de cosas de orden inferior. Pero evidentemente es el tema más difícil de meditar, porque es el que requiere un estado de alma más ejercitado y serio. Se puede disertar sobre las bendiciones cristianas; y esto constituye una valiosa fuente de ánimo y consuelo; pero no debemos perder de vista que todas las bendiciones del creyente no son otra cosa que el fruto de este sufrimiento. Además, en el tema central que estamos considerando, hay una fuente de luz sobre todas las cosas, como no se puede encontrar en otra parte. Ello nos compromete a detenernos en él con la ayuda del Espíritu de Dios, con la seguridad de que, si nos está dada la oportunidad de inclinarnos sobre este infinito con santo temor, será para el bien de todos nosotros.

Inmediatamente, sin preámbulos, estamos situados ante el gran hecho del desamparo de Cristo, pues el primer versículo, lo escuchamos de la boca del Señor en la cruz. Es uno de los versículos más profundos, maravillosos e insondables de la Escritura. Como suele ocurrir en este libro, el primer versículo del salmo expresa el pensamiento fundamental. Aquí también introduce la primera parte del salmo (v. 1-21), que presenta al Señor Jesús crucificado. Todo lo que se describe en estos versículos, y los pensamientos que se expresan en ellos, corresponden a lo que ocurrió durante las seis horas de la crucifixión, pues si, como en el primer versículo, se encuentran los sufrimientos expiatorios del Señor, tendremos la oportunidad de considerar muchos otros sufrimientos que los precedieron. La segunda parte del salmo (v. 21-31), presenta los resultados de lo que ha atravesado, en relación sucesivamente con el remanente de Judá, asimilado a la Asamblea para el tiempo posterior a la resurrección del Señor (según Hebr. 2:12); luego con Israel, los que temen a Jehová, los mansos; los que serán convertidos cuando se predique el evangelio del reino; y finalmente, los que nacerán durante el milenio: «Un pueblo no nacido aún».

Podemos observar que en la mayor parte del salmo es Cristo el único que habla. En otros salmos, como el precedente, escuchamos a varios interlocutores. Aquí no, y es el propio Jesús quien habla durante estos terribles momentos. Es el caso incluso de este maravilloso primer versículo, del que podemos pedir que nunca pierda, si se cita a menudo, su poder sobre nuestros corazones y conciencias: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado…?» El Evangelio según Mateo nos dice con precisión que fue hacia la hora novena cuando Jesús gritó con fuerte voz. El Espíritu Santo incluso ha conservado para nosotros esta incomparable palabra en la lengua en la que fue pronunciada, como para subrayar su importancia: «¡Eli, Eli!, ¿Lama Sabactani?» (27:46).

A este grito, sin dudarlo, el corazón del creyente responde: “¡Es por mí!” Y es precioso pensar que todos los que estarán al beneficio de esta obra en el futuro, ya sea el remanente de Judá, de Israel o de toda la tierra, podrán dar una respuesta similar en esencia, aunque diferente en su desarrollo, a este grito: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» Pero no se trata principalmente de la bendición de los hombres. Por encima de eso, lo que está en juego es la gloria pura y eterna de Dios. Y esto es lo que nos puede dar el sentimiento de la grandeza del ultraje que constituye para Dios el más pequeño pecado, la más pequeña desobediencia, la más pequeña muestra de voluntad propia. Cualquier pecado es un ultraje para Dios, y la medida del sentimiento que Dios tiene no es dado por nada menos que con el desamparo de Jesús.

¡Qué luz arroja esto sobre el estado y la historia del mundo entero! No es el mal de uno comparado con el mal del otro. Es el mal que hay en el hombre en presencia de Dios mismo, y la forma en que Dios lo trata. Nosotros nos inclinamos a mitigar el mal porque nos olvidamos de Dios, pero Cristo, precisamente porque no se olvidó de Él, tuvo que tratar con él en las condiciones que tenemos aquí. No murió solo por los pecados que son horripilantes, sino también por toda la locura, la ligereza, la frivolidad, los defectos más benignos, así como los más fundamentales de la naturaleza humana. Todo es igual de espantoso, e igual de condenable.

El Señor Jesús ha dado a Dios, su Padre, la oportunidad única de dar la medida de lo que Él es con respecto al mal. El juicio de los impíos, el lago de fuego y azufre, no darán esta medida de la misma manera; es un juicio merecido, ejercido contra los pecadores, los rebeldes, mientras que en el caso de Cristo la medida es perfecta porque es la ira de Dios ejercida contra uno que, por obediencia, se ofreció perfecto para ser, «por nosotros», hecho pecado (2 Cor. 5:21). Aparentemente, Dios no era justo al golpear a su Hijo de esta manera; sin embargo, fue en esto donde daba la medida absoluta de su justicia. Nada santifica el alma como la meditación de estas cosas.

El gozo que el Señor mantenía con su Padre era infinito; y era de este gozo del que iba a ser privado. En una pequeña medida sabemos lo que es sufrir cuando somos privados de la comunión con el Padre; sufrimos en proporción al precio que cada uno da a esa comunión. Para Cristo esta comunión era infinitamente preciosa, y su interrupción solo podía ser un sufrimiento infinito.

Son las tres horas terribles que, en la angustia de la batalla, el Señor anticipaba en Getsemaní. Todo el horror del abandono pasaba ante su alma. Es comprensible que, ante la idea de ser desamparado por Dios, del que había hecho su deleite, a quien había glorificado en todas las circunstancias en completa obediencia, el Señor haya sido presa del terror, muy angustiado, y su alma embargada por una tristeza que iba hasta la muerte (Marcos 14:34).

Hay que recordar que el Señor Jesús no fue acusado judicialmente de nuestros pecados hasta la hora sexta. Pero desde la hora sexta hasta la hora novena, él, que era perfecto, a quien nunca ninguna mancilla había alcanzado, no solo llevó esta carga de nuestros pecados, sino que fue hecho pecado para que Dios pudiera condenar «al pecado en la carne» (Rom. 8:3). Él, que tenía una sensibilidad infinita respecto al mal, una repulsión total, fue allí –no podemos olvidarlo– considerado de la misma manera que él mismo consideraba el pecado, tratado como el mal lo merece, no a los ojos de los hombres, sino a los ojos de Dios. Y para Dios, el pecado, como sabemos, tiene el doble carácter de mancilla y de culpabilidad. La mancilla es un hecho abominable a los ojos de un Dios santo, y la culpabilidad, por otra parte, exige un juicio sin remisión de un Dios justo. Debemos situarnos en esta luz porque es ahí y solo ahí donde podemos avanzar en el discernimiento de lo que es bien y lo que es mal. El punto definitivo en la medición del bien y del mal se encuentra solo ahí, durante las tres horas. Todo lo demás es relativo, esto es lo absoluto.

Así que, como hemos tenido ocasión de decir algunas veces, podemos preguntarnos cuál era la fuerza que sostenía al Señor mientras se hundía en este abismo, por qué maravilla de gracia, de fuerza, pudo entrar en esas tres horas de tinieblas en las que debía ser desamparado. No podía apoyarse en Dios, que en los Evangelios declara que su comida era hacer la voluntad de su Padre, y cuyo gozo era obedecer. En Getsemaní llama a su Padre por su nombre: «¡Abba, Padre…!» (Marcos 14:36), dice; en la misma cruz, tanto antes como después de las tres horas, habla a su Padre. Pero durante las tres horas, ¡nada más! El único poder para su corazón, que había sido su apoyo como hombre a lo largo de su vida, le iba a faltar. Menos aún podía contar con sus discípulos; no podía contar con nada ni con nadie. ¡Así fue el abandono de Jesús! Pues bien, tenía una cosa, solo una cosa, que lo sostenía y le hacía comprometerse allí: la fuerza de su amor, su amor por Dios y su amor por los suyos. Aquí encontramos, puesto al descubierto, revelado de forma definitiva y absoluta, el poder del amor divino. Todo lo demás es de orden inferior. «Por el gozo puesto delante de él», nos dice Hebreos 12:2, Jesús «soportó la cruz, despreciando la vergüenza». Este gozo no era otro que el amor del Padre obrando en él, ya que tenía ante sí el gozo de haber glorificado a Dios en una medida infinita. La perfección en cualquier aspecto está siempre relacionada con el amor que tenemos por Dios; es su fruto. El Señor demostró que tenía razón al decir: «Yo amo al Padre» (Juan 14:31). Recordemos también este maravilloso amor, como dijo uno de nuestros antiguos hermanos: “Nada hay como la cruz sino el corazón de Aquel que murió en ella”.

Está escrito: «Muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos» (Cant. 8:7); esto es cierto, en términos absolutos, solo del amor divino de Jesús, un amor ardiente que las inundaciones del juicio que pasaban por encima de él no podían apagar en su corazón.

Era una hora única: los hombres estaban contra el Señor, los discípulos lo habían abandonado. Todos los poderes del mal estaban allí, y luego, aún más terrible, Dios mismo se volvía contra él. Frente a esto el Señor Jesús está absolutamente solo. Le había dicho a Pedro: «¿Acaso piensas tú que no puedo orar a mi Padre, y él, ahora mismo, pondría a mi servicio más de doce legiones de ángeles?» (Mat. 26:53). Pero los ángeles están allí mirando esta escena y no pueden intervenir.

Es una cosa que retiene la atención de nuestros corazones ver al Justo abandonado, al que podría haber subido al cielo. Pero debía comprar para Dios, con su sangre, de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y hacerlos reyes y sacerdotes. Se trataba precisamente de la salvación de aquellos que, por sus pecados, eran la causa de aquellas terribles horas. Porque también nosotros estábamos presentes por nuestros pecados en esta escena única, de modo que no podemos contemplarla sin comer hierbas amargas, en el sentimiento de los sufrimientos que le hemos costado al Señor.

Esto es lo que recordamos, el primer día de la semana, antes que cualquier otra cosa. La adoración está ligada a este desamparo de Jesús para gloria de Dios, para que todo lo que Dios es en amor por los pecadores y en santidad frente al pecado tenga la oportunidad de ser manifestado. Por eso, el culto, la Cena deberían celebrarse con la verdad del corazón y con una profunda sencillez, en contraposición al formalismo y la ligereza. No basta con derramar las lágrimas del sentimentalismo humano, como hicieron las hijas de Jerusalén que siguieron al Señor cargando su cruz. Necesitamos el recogimiento, el temor, que solo el Espíritu Santo y la Palabra pueden producir y mantener en los corazones de los santos, junto con la humillación resultante del recuerdo de nuestro pecado que hizo necesarias estas horas. Nada nos hará tan graves y serios como la contemplación de este desamparo de Jesús, que no tuvo ninguna atenuación a su sufrimiento cuando bebió la amarga copa.

Tú que, lleno de amor por nosotros,

Bebiste la copa de los sufrimientos,

Y nos diste a cambio

La copa de las liberaciones,

Oh Jesús, sé exaltado

¡En toda la eternidad!

(Himnos y Cánticos en francés, n°8, 3).

2 - “Tu amor ha terminado todo…”

No existe ninguna palabra en el vocabulario humano para expresar el extraordinario amor de Cristo, ese amor que llevó al Dios Todopoderoso, creador de todas las cosas, a la presencia de los hombres que lo insultaban sin que él respondiera una palabra. Podría haber exterminado a sus enemigos o dejarlo todo, pero no lo hizo. Había que hacer la obra del Padre, y Cristo la hizo con una perfección incomparable que pone en evidencia las condiciones excepcionales en las que él está puesto. Era normal que Jesús, experimentando toda la maldad del hombre desplegada contra Él, buscara ayuda en Aquel que era continuamente su fuerza: sin embargo, en ese mismo momento, tuvo que ver y proclamar que su Dios lo había desamparado. Su Dios le había abandonado en las peores condiciones posibles, pero él no abandonó su confianza en su Dios. Y, sin embargo, esa confianza, alimentada en el corazón de Jesús por la fidelidad inmutable, por la obediencia, por el amor al Padre y a nosotros, no fue alimentada en esos momentos por el consuelo de la respuesta de Dios a él. La prueba tenía que llegar hasta ahí: el amor de Dios no retrocedió ante una prueba completa, el amor de Cristo tampoco retrocedió; demostró ser superior a la prueba encontrando en sí mismo su única fuerza para atravesar el abandono y la ira en las condiciones expuestas en este salmo. Permanezcamos aquí con los pies descalzos: este es el terreno más sagrado del universo de Dios.

En Isaías 53 encontramos esta expresión: «Jehová quiso quebrantarlo; sujetándole a padecimiento» (v. 10). Le bastaba que a Dios le agradara para que el Hijo, obediente por excelencia, ocupado siempre en lo que agradaba al Padre, se sometiera a ese sufrimiento que era el propósito de Dios para él. Era la plena aceptación de esta voluntad de su Padre lo que Jesús realizaba cuando se dice en el mismo versículo: «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado».

Lo admirable y único de esta posición del Señor es la ausencia total de búsqueda de cualquier recurso. Nos cuesta entenderlo porque, cuando nosotros mismos estamos en la prueba, buscamos recursos en los consoladores, o nuestra propia voluntad se pone en tensión. Pero el Señor no tenía voluntad propia; nada lo protegía. Si nos atrevemos a decirlo, todos sus sufrimientos, tanto morales como físicos, estaban desnudos, y desnudos para recibir golpes, golpes de los hombres y golpes de Dios. El Señor no solo no responde a estos malvados y violentos con un acto de poder, ni siente ningún sentimiento de venganza hacia ellos –al contrario, intercede por ellos–, sino que ni siquiera tiene un sentimiento de autodefensa. Esto es absolutamente único en perfección.

Es porque la gloria del Señor durante esas tres horas brilló tan maravillosamente que uno de los grandes esfuerzos del Enemigo consiste en desdibujar el glorioso brillo de la cruz en la cristiandad e incluso entre los verdaderos hijos de Dios. Y si, por lo que a nosotros respecta, mantenemos el hecho de que sin la cruz no tenemos salvación (una verdad que no se mantiene en todas partes), ¡qué pérdida hacemos cuando no sabemos detenernos juntos al pie de la cruz! ¡Qué pérdida hace la Iglesia cuando no sabe permanecer allí para contemplar esta escena que contemplará eternamente! ¡Qué pérdida es también para el cristiano individual cuando aparta sus ojos de la cruz del Señor! Contemplarlo es el resorte oculto de toda actividad cristiana.

Es bastante seguro que este lugar de la cruz en los corazones de los creyentes en los primeros días del testimonio estaba en primer plano. Nuestros antiguos hermanos fueron llevados a explorar este tema no por un estudio teológico sino por un devoto examen de la Palabra con la ayuda del Espíritu Santo. Consideraron la cruz, a Cristo en la cruz, y no solo llevando nuestros pecados allí, sino revelando sus insondables perfecciones personales. También consideraron a Cristo en la gloria, pues la cruz y la gloria se tocan.

Esta es realmente la parte buena elegida por María y debería ser la nuestra. No hay pérdida de tiempo en tomar este lugar; el alma se enriquece, se alimenta y entra en los gozos y pensamientos de Dios. Hay beneficio, edificación, y no solo eso, sino que esta ocupación de la cruz nos llevará a una adoración inteligente. Es esencial que nos fijemos firmemente en lo que ocurrió en el Gólgota, y nuestros predecesores, a costa de agotadoras controversias, en las que incluso fueron acusados de blasfemia, mantuvieron con la mayor energía la verdad fundamental de la expiación realizada durante lo que la Palabra llama las tres horas de «tinieblas», y allí exclusivamente. Al final de la historia del testimonio, guardémonos de dejarnos robar este depósito de verdad que pertenece a la gloria de Jesús. La ignorancia en este sentido es una puerta abierta al enemigo cuyos designios no desconocemos.

Por lo tanto, es de suma importancia recordar que, si el Señor permaneció en la cruz desde la tercera hasta la novena hora, antes de la sexta y después de la novena disfrutaba de la comunión con su Padre, mientras que de la sexta a la novena hora esta porción, que era el gozo eterno de su alma, le fue negada. Además, Dios estaba en su contra. Esto es lo que hace que sea absolutamente insondable lo que ocurrió durante esas tres horas, y lo que las hace totalmente distintas de las tres horas que las precedieron. Los sufrimientos que Jesús soportaba a manos de los hombres, y de los que tenemos la imagen moral en los versículos que siguen, ocupan un segundo lugar respecto a los que tuvo que soportar bajo el terrible golpe del desamparo de Dios. Si no tenemos esto en cuenta, perdemos el sentido de lo que son las tres horas de tinieblas, y entonces se debilitan todos los sentimientos que corresponden al creyente en la contemplación de esta escena: el temor, la gravedad, la humillación y la adoración. Es, en efecto, una escena inagotable a la que deberíamos volver constantemente, sobre todo el domingo por la mañana. Aquí vemos a Jesús no ya como modelo –que lo es antes de la hora sexta y después de la novena– sino como un Salvador y el único Salvador.

Entendemos que la cruz del Señor, tal y como nos la presenta la Escritura y como solo el Espíritu Santo puede darnos a considerarla, es la gloria y el estandarte de la Iglesia. Aquí tenemos la solución final de Dios a la cuestión del bien y del mal. Toda la sangre derramada desde los días de Abel, toda la corrupción, todas las cosas vergonzosas, así como todas las violencias, son solo efectos. Aquí es la propia fuente del mal la que se ve afectada. Nada como esta consideración de la cruz es apto para santificarnos, para destruir en nosotros la ligereza, la frivolidad, la tendencia a hacer como el mundo hace, a bromear a propósito del mal perdiendo de vista lo que es la perfidia de la carne. Nada puede ayudarnos en esto como la cruz, y es también en la medida en que pensamos en ella que somos capaces de adorar. ¿Qué puede ser nuestra adoración si no entramos en lo que nos dice la cruz? Nuestra adoración no debe ser sobre nosotros primero, sino sobre nuestro Señor Jesucristo, su sufrimiento y su liberación después de la hora novena.

También aprendemos a conocernos a nosotros mismos en la cruz, en contraste con Cristo, al encontrar en él a un hombre que actúa, que habla, que guarda silencio para gloria de Dios, y cuya forma de ser se opone así a la nuestra. Nada nos rebaja tanto, y eso es algo excelente. Tales pensamientos ponen fin a todas nuestras pretensiones y esfuerzos por encubrir nuestra carne voluntariosa y corrupta de apariencias con las que nos seducimos nosotros mismos haciendo ilusión a los demás. Es estando ante la luz de la cruz, esa bendita cruz que abre el camino al río de la gracia de Dios, que seremos felices. Pero ¡cuántas veces nuestras palabras van más allá de lo que hay en nuestros corazones, especialmente en la adoración!

La meditación de estas cosas, las más elevadas de todas las que nos trae la revelación de Cristo, está absolutamente relacionada con la existencia del testimonio para el Señor. No hay verdadero testimonio sin este punto central que es la fuente de toda la obra de Dios con el hombre. Por eso la mesa del Señor, donde se celebra el recuerdo de la muerte de Cristo, constituye el centro del testimonio. Si nuestras actividades, nuestros servicios, la predicación del Evangelio, el cuidado de las almas, oscurecen la belleza moral de la cruz en nuestros corazones, es una pérdida que nada puede compensar.

¡Qué felices seríamos si la Iglesia fuera despojada de todos sus adornos humanos! ¡Qué gozo disfrutaríamos si tuviéramos un mayor deseo de identificarnos con Cristo tal y como es! ¡Y qué gozo sería para su corazón! Estamos unidos a Jesús en los efectos de su muerte, pero también debemos darnos cuenta de que estamos unidos a él en su misma muerte. El lugar de vergüenza y rechazo que él tuvo por parte de los hombres es el nuestro; deseemos saborear su privilegio. Pero primero debemos darnos cuenta de que el juicio de Dios que recayó sobre Cristo es el nuestro, el que se debió a nuestra naturaleza pecaminosa y sus frutos. Cuánto más sencillo, cuánto más profundo, cuánto más espiritual sería el culto, la Cena del Señor, todas las reuniones, si nos diéramos cuenta de esto. Pero el Espíritu Santo no puede darnos la contemplación de esta maravilla de la cruz sin que seamos efectivamente liberados de la voluntad interior no juzgada, basada en el egoísmo y el orgullo, que encuentra su condena incuestionable en la cruz. Tampoco puede hacernos disfrutar cuando nuestros corazones están cargados de todo tipo de cosas y llenos del polvo y la suciedad del mundo. Que nos libre de ella para que Jesús ocupe el primer lugar en todos los corazones que son suyos. Es digno de ello. Porque si sus sufrimientos físicos marcaron sus manos y pies, los sufrimientos de su desamparo marcaron su corazón. Permanecen allí, expresando el lugar eterno que ocupamos en ese corazón divino del Salvador, “ese corazón que sufrió por nosotros”.

3 - “La muerte y el desamparo pasaron sobre tu alma”

La adoración es el servicio más maravilloso confiado a los hombres. Y, sin embargo, la mayoría de los cristianos no dan a este servicio el primer lugar, ni mucho menos asomo. Aquí también encontramos una victoria de Satanás en sus esfuerzos por distraer de lo esencial.

La esencia del culto es la perfección de la víctima y de su obra, presentada ante los ojos de Dios. Ciertamente no hay adoración para los redimidos sin el recuerdo del sacrificio por el pecado, como encontramos en la apertura de la adoración en el capítulo 1 del Apocalipsis, pero cuanto más miremos las perfecciones de la propia víctima, más llenas estarán nuestras cestas para la adoración. Y estas perfecciones brillan de manera incomparable en este salmo: son las glorias de Jesús en sus sufrimientos en la cruz.

En la Palabra se mencionan relativamente poco estos sufrimientos; no se nos dice cuáles fueron, pero están implícitos cuando habla de sus iniquidades (Sal. 40), de sus faltas y locuras (Sal. 69) o, en el presente salmo, del desamparo de Dios. Son discernibles cuando la Palabra habla de la espada que se levanta contra el pastor de Jehová, contra el hombre que es su compañero (Zac. 13), cuando el Señor menciona que las aguas han entrado en su alma, que está en un lodo profundo y la corriente lo ha sumergido (Sal. 69). Son cosas insondables para la mente humana y que solo podremos comprender en la eternidad. El versículo 2 de nuestro salmo, así como los versículos 14 y 15, nos dan una idea de la intensidad de los sufrimientos de quien fue así abandonado por Dios y golpeado por Él. «Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo». Él, que dice en el Salmo 63: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré…» debe reconocer aquí: «Clamo de día, y no respondes…». Se dirige a su «Dios fuerte», pero no obtiene respuesta. Sin embargo, es muy notable ver que el Señor tiene su rostro vuelto hacia Dios y derrama su queja ante él. Si su oración no tiene acceso a Dios, como está escrito en las Lamentaciones de Jeremías (3:8), sin embargo, es Dios quien sigue siendo siempre el objeto de su corazón y el motivo de su vida. La suprema perfección del Señor Jesús se manifestó así en sus mismos sufrimientos en la cruz; allí se demostró absolutamente lo que él es; y esta es la perfección de la víctima que presentamos, como adoradores, a Dios su Padre.

No solo contemplamos en este salmo las perfecciones de la naturaleza del Señor, sino también las perfecciones de sus sentimientos, y en particular la confianza que se manifiesta en este mismo momento. Mientras Jesús está clavado en la cruz, proclama la santidad de Dios: «Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel» (v. 3). Se asocia a Israel para reconocer que Jehová es digno de su alabanza, mientras que al mismo tiempo mide la santidad de Dios soportando el peso de toda su ira contra el pecado. No era posible para la santidad de Dios que hombres pecadores se reconciliaran con Él, a menos que se ofreciera una víctima perfecta por ellos. La perfección de esta víctima pura e inmaculada era necesaria para satisfacer la santidad divina. El Señor Jesús, con su muerte en la cruz, dio a su Padre la oportunidad de mostrar su gloria por la eternidad. Se ha dicho que, si no hubiera pecadores salvados, el Señor habría dado su vida para que la gloria moral de Dios se manifestara eternamente.

En los siguientes versículos, Cristo recuerda la fidelidad de Dios, que siempre ha liberado sin excepción a los que confían en él. El mismo Señor había invitado a confiar en Dios, y aquí está públicamente ante los hombres, ante los ángeles, ante toda la historia, que se ve obligado a proclamar que él mismo está desamparado por Dios.

¡Qué asombro para los ángeles que la contemplaban, esta extraordinaria escena! De hecho, el Señor declara en el versículo 4: «En ti esperaron nuestros padres, esperaron, y tú los libraste». Nunca antes en la historia de toda la humanidad un hombre había confiado en Dios y había sido abandonado por él. En apariencia, Dios se negaba a sí mismo. En el Salmo 69 el Señor intercede por los suyos, pidiendo que no se avergüencen a causa de él. Ruega para que el abandono del que él es el objeto no sea una piedra de tropiezo para los santos, un escollo para los que buscan a Dios, y que, a causa de tal espectáculo, pudieran haber dudado de su fidelidad. Con todo, este es el sentimiento que hizo decir a Pablo en sus tribulaciones: «Por lo cual ruego que no desmayéis a causa de mis aflicciones por vosotros, que son vuestra gloria» (Efe. 3:13). Aquí, en los versículos 4 y 5, Jesús da testimonio de la fidelidad de Dios, que nunca había fallado a fe de los padres ni a nadie. Pero en el siguiente versículo (v. 6) se presenta como un contraste. Y ahí podemos verlo en su inconcebible abajamiento, en su humillación sin parangón: «Mas yo soy gusano, y no hombre…».

Vemos en los versículos 7 y 8 lo mucho que sufrió el Señor por las burlas de las que fue objeto cuando estaba en la cruz, y especialmente por esta pérfida palabra de los dirigentes del pueblo: «Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía». El corazón del Señor era infinitamente sensible a esta flecha que estaba bajo la lengua de los hombres, según la expresión del Salmo 57: «Estoy echado entre hijos de hombres… sus dientes son lanzas y saetas, y su lengua espada aguda» (v. 4). Se le acusó, como en su día a Job por parte de sus amigos, de no complacer a Dios: «Que lo libre ahora… si lo quiere» (Mat. 27:43). Esto es también lo que el remanente confesará más tarde cuando diga: «Le tuvimos por azotado, por herido de Dios…» (Is. 53:4). Mientras Job, que antes no había pecado con sus labios, tropezó ante esta prueba, Cristo se mantuvo firme, sus propias perfecciones fueron manifestadas.

A este desafío, «Sálvele, puesto que en él se complacía», es precioso escuchar, como un eco del otro lado de la resurrección, la respuesta del Señor Jesús: «Me liberó, porque se deleitó en mí» (Sal. 18:19). El desafío se dirige al mismo Jehová, y podemos pensar en lo que fue el corazón de Aquel que, en el Jordán, abrió el cielo para declarar: «En ti me complazco» (Marcos 1:11). Por otra parte, hay que señalar, los propios testigos constatan aquí que, en este momento supremo, Cristo confía en Jehová.

Parece que en el versículo 9 el Señor apela a Dios. Si los hombres pensaban y decían que no había complacido a Jehová, de lo contrario lo habría liberado, Cristo expresa su certeza interior de que, desde el vientre materno, confió en Dios. De nuevo, podemos contrastar esto con Job quien, en el día de la prueba, pasando por el crisol, grita: «¿Por qué no morí yo en la matriz?» (Job 3:11).

Un detalle que subraya esta confianza en el Señor es que en el momento de su abandono no dice: «Dios» como en el Salmo 63, por ejemplo, sino «Dios mío» (v. 1-2 y 10). Es un detalle en cuanto a la palabra, pero una verdad infinita en cuanto a lo que este detalle destaca.

El Señor realiza plenamente la fidelidad en la confianza que tan poco conocemos y que es una de las grandes virtudes de la fe. ¿En cuántos momentos a lo largo del año confiamos en Dios? Tendemos a confiar en las circunstancias, en los hombres o en todo tipo de cosas. Jesús podría haber confiado en su poder divino; podría haberse protegido, haber encontrado una salida en muchas ocasiones; nunca lo hizo. Así, en la barca, mientras dormía: solo cuando su confianza fue manifestada plenamente que pudo hablar como Dios reprendiendo el viento y el mar. Toda su vida en secreto era precisamente eso. La perfecta confianza, manifestada constantemente por el Señor hasta entonces, le permite hablar como lo hace en circunstancias tan terribles. Ahora él, el único que ha demostrado que se puede confiar absolutamente en Dios, después de haber trazado este camino públicamente, proclama que el Dios en el que ha confiado lo ha abandonado, ¡pero proclama al mismo tiempo que sigue confiando en su Dios! No hay aspecto más elevado de la perfección de Cristo.

Si solo hubiera existido la vida del Señor aquí en la tierra, esta vida de confianza ya habría sido algo maravilloso. Pero lo más hermoso, lo más glorioso habría faltado a la gloria de Dios. Fue necesaria esta circunstancia inaudita del desamparo para sacar a la luz la verdadera medida de la perfección de Cristo manifestada en su confianza. Nadie podrá decir: Cristo confió porque Dios estaba a su favor, o porque no llevaba pecado, y es más difícil que un hombre cargado de pecado confíe en Dios. Vemos a Cristo confiando en Dios cuando Dios estaba en contra de él como nunca estará en contra de nadie. Permanece perfecto, igual a sí mismo hasta el final de la prueba.

Si podemos disfrutar de las consecuencias de esta confianza en Dios, se lo debemos exclusivamente –los creyentes de antes y de después de la cruz– al hecho de que Jesús pasó por estos sufrimientos sin desfallecer y sin tener ningún apoyo. ¿Qué invadiría el alma de cualquier pecador, como nosotros, en una prueba mucho menos intensa que esta? Es la desesperación, la desesperación que se apodera de un hombre cuando no tiene apoyo. Ahora Jesús está sin ningún apoyo a su alrededor; sin ningún apoyo, ni de los ángeles, ni de Dios. Y, sin embargo, nada faltó a su confianza; Jesús confiaba en Dios cuando no había ninguna razón externa para hacerlo. Solo había una razón para su confianza, una razón interna: era su propia perfección.

Era necesario que esta prueba única tuviera lugar, de lo contrario nunca se habrían tocado los problemas morales esenciales. Pero ahora todo es perfecta seguridad; cualquier cuestión moral que se considere, se encuentra resuelta en la cruz. Satanás tampoco tiene nada que decir; su boca está cerrada; la tuvo durante la vida de Cristo; la tiene a la muerte de Cristo. Aquí vemos el triunfo absoluto del Hombre perfecto sobre todas las consecuencias del mal.

¡Qué grande es la obra que, después de la entrada del pecado en el mundo, ha sido necesaria! La desconfianza se sembró en los corazones de Adán y Eva en la caída. Se necesitó la confianza de Cristo hasta el desamparo para restaurar la confianza del hombre en Dios, y se necesitó que Dios fuera glorificado de manera infinitamente mayor por la confianza de Jesús durante las tres horas. La gloria de Dios ofendida por la desconfianza requería esta medida.

Nos inclinamos fácilmente a mirar estos hechos de manera general y superficial, pero Dios quiere que recordemos que todos estos sufrimientos fueron reales. Las verdades morales y espirituales son muy superiores a todas las demás realidades. Ahora bien, no hay una sola verdad moral que no se encuentre afectada en la cruz; todas las verdades allí se encuentran vaciadas, todas las cuestiones son allí fundamentalmente resueltas, para la gloria de Dios, para la gloria de Cristo y para la bendición de los elegidos. Por lo tanto, ocuparse de la cruz es ocuparse de la cosa más maravillosa y santa que existe. No hay nada más excelente que estudiar la cruz.

El amor, la confianza, la obediencia, la dependencia en todos los sentidos, todos estos variados rasgos de la vida divina, son los que Jesús nos hace contemplar en su vida y sobre todo en su muerte. De ello se alimenta la Iglesia.

4 - “Profunda sumisión, completa obediencia…”

Este cuadro en el que contemplamos a Jesús como objeto central del odio del hombre es de una grandeza que nos supera. Está allí, en la cruz, sin responder a las burlas, a los sarcasmos, a los insultos de todos, incluidos los de los malhechores que estaban a su lado. Sin embargo, a pesar de todo lo que los hombres puedan infligirle, su pensamiento no se distrae de su Padre; se dirige a él. Nada tiene que decir a los hombres, sino que habla con su Dios con total confianza.

Del versículo 12 al 18 el Señor expresa ante Dios sus sentimientos en su terrible situación: elevado de la tierra, en medio de los impíos; y la exposición de su angustia le lleva en el versículo 19 a clamar a Jehová: «¡Fortaleza mía! …».

Parece que en estos versículos se distinguen dos categorías de malvados. En el versículo 12 se mencionan muchos toros y los poderosos de Basán. Entendemos que se trata de todos aquellos que habían recibido una autoridad, los conductores del pueblo, los gobernadores, que asistían a la crucifixión y se burlaban de Jesús con el pueblo (Lucas 23:35). En el versículo 16, la expresión «perros… me ha cercado cuadrilla de malignos» parece referirse con los soldados romanos, a la chusma, la multitud anónima. Todos estaban de acuerdo en llevar a cabo su crimen.

Al mismo tiempo que describen la actitud de estas dos clases sociales, estos versículos nos presentan dos causas diferentes de sufrimiento para el Señor. Hay, en primer lugar, lo que Cristo sintió por parte de los que hicieron valer su fuerza y autoridad contra él, mientras que el segundo grupo (v. 16 y siguientes) nos muestra más lo que sufrió porque lo miraban en su vergüenza (v. 17-18). Por un lado, sintió el sufrimiento causado por la crueldad y el ensañamiento de quienes se aprovecharon de su debilidad; por otro lado, y quizás más angustioso aún para él, sintió profundamente el sufrimiento que le infligieron esos perros, que siempre representan animales impuros, y que lo miraban sin el menor freno moral, solo regocijándose de su vergüenza. Ante el Señor que aceptaba estar presentado a sus miradas en su sufrimiento, se daba rienda suelta a todos sus arrebatos morales.

Es bueno que sopesemos estos dos tipos de sufrimiento que experimentó el Señor allí por parte de los hombres; y cuando en contacto con toda esta violencia e ignominia buscó consuelo en Dios, fue entonces cuando tuvo que decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» El hombre aprovechó la oportunidad para mostrar toda su maldad contra alguien que se ofrecía, si podemos decirlo con reverencia, como un blanco perfecto para la violencia y la corrupción del corazón humano.

Además, si encontramos dos clases de personas alrededor de la cruz, en realidad las contienen todas: el pobre y el rico, el educado y el grosero, todos los grados de la escala social están allí. Pero Dios no tiene tiempo para perderlo en estos aparentes matices de los que tanto nos preocupamos, y el mismo hombre es unas veces como un toro o un poderoso de Basán, y otras como un perro que se regocija en la vergüenza ajena. Esto nos cubre de confusión, y con razón. No hay millones de hombres diferentes ante Dios; hay dos hombres y solo dos: el primer hombre y el segundo hombre. Ambos están aquí enfrente el uno del otro. Leemos la verdadera historia del mundo en estas horas de la cruz. Ahí tenemos en trazos definitivos lo que es el mundo, lo que es el hombre. No es necesario leer todo lo que ha sido escrito por los hombres para saber lo que es el primer hombre; no encontraríamos nada más que lo que tenemos aquí, en presencia de una luz moral perfecta. La realidad de la historia del mundo y del hombre está aquí en esta escena inaudita en la que el hombre perfecto está moralmente pisoteado, insultado por estos perros que lo miran y se burlan de él en su vergüenza, públicamente, como ninguno de nosotros querría soportar ni un momento. Esta, es una imagen permanente: el corazón abierto de Cristo y el corazón abierto del hombre frente a frente. Y también podemos ver en ella la insondable grandeza del corazón de Dios que, conociendo todas las cosas de antemano, lo entregó a aquel, cuya perfección era manifestada así, para la salvación de una humanidad cuya absoluta maldad quedaba, en el mismo momento, absoluta y definitivamente demostrada. Todo lo que hay ahí es inexpresable; la eternidad no agotará su meditación.

Hay aquí una belleza moral incomparable frente a la fealdad total. En las comparaciones que el Señor hace de todos estos hombres, uno puede detenerse ante el estilo divino que nunca cae en el realismo trivial o fuera de lugar de los hombres y que representa esta escena con una exactitud de expresión combinada con una perfecta delicadeza. La actitud del Señor, caracterizada por una total debilidad, una completa ausencia de energía, está en absoluta oposición a la de los toros y los poderosos de Basán. Vemos a los hombres muriendo mientras se defienden, mientras que Cristo muestra una completa aceptación del sufrimiento sin la más mínima resistencia. Esto se encuentra especialmente en el versículo 15.

Otra manifestación de la sumisión del Señor es que no se detiene en las segundas causas. Él ve todo esto y habla de ello, pero declara: «Me has puesto en el polvo de la muerte» (v. 15). ¿No fue de la propia mano del Padre que tomó en Getsemaní la copa que ahora estaba bebiendo?

Otra característica a destacar es que el Señor no levanta la cabeza durante esta vergüenza y dolor. Un hombre puede reaccionar alardeando, desafiando a los demás; esta es una actitud defensiva, pero Cristo no utiliza ninguna forma de defensa; acepta, confiesa y proclama públicamente la situación en la que se encuentra. La perfección absoluta brilla aquí; puesta a la prueba más terrible, triunfa. No le ayuda nada ni nadie. Todo y todos están en contra de él: Dios está en contra de él, todas las clases de hombres están en contra de él, los principados, Satanás y los demonios también están en contra de él. Es crucificado en debilidad, aparentemente reducido a la impotencia, y sin embargo fue entonces cuando despojó a los principados y a las autoridades y los produjo en público, triunfando sobre ellos en la cruz (Col. 2:15). Todos los esfuerzos de Satanás y del hombre, que Satanás utilizó para empujar al Señor a que se protegiera del sufrimiento, fueron en vano, por lo que el ejemplo del Señor es obviamente único. No ha habido ningún dolor como el suyo, nada parecido. Por un lado, en efecto, todos los demás dolores humanos son penas de pecadores y, por tanto, a menudo ampliamente merecidas. Por otro lado, nunca ha habido una aceptación perfecta del dolor como esta. El Señor no es admirable porque sea un héroe y se enfrente a sus enemigos. Es admirable porque se somete absolutamente. Era la prueba de su perfección: se trataba de ver si esa perfección sería más fuerte que todo el sufrimiento que le había sido preparado, y el sufrimiento que le había sido preparado estaba relacionado con la solución de toda la cuestión del bien y del mal. Esta regulación era absoluta y según Dios. El problema ya no se plantea más, Satanás lo sabe bien.

Si la cuestión de la confianza ha sido vaciada, la de la sumisión perfecta también lo ha sido. Sabemos que en ese momento se presentó el Enemigo: «Si eres Hijo de Dios… baja de la cruz…» (Mat. 27:40). El diablo utilizó a los hombres para tratar de tentar a Cristo: «Sálvate a ti mismo…» (Marcos 15:30). Solo podemos inclinarnos ante esta perfecta sumisión que muestra el amor que el Señor tenía por su Padre. Satanás, en este momento decisivo, utilizó todos sus medios; combinó la totalidad de sus esfuerzos en un intento supremo de vencer la resistencia, la fidelidad del Señor. Todo lo que estaba entonces en juego en cuanto al poder del diablo es un hecho muy solemne sobre el que la Escritura es particularmente sobria en detalles. Pero ¡qué precio debemos poner ahora a la victoria de Cristo! El poder de Satanás está ahora quebrado, su derrota está consumada.

No se revela qué es en sí mismo el misterioso mal que entró en el mundo, por qué Dios permitió que entrara y qué fue la caída de Satanás antes de ello. Pero sí sabemos que era a propósito del hombre, en el hombre y a través del hombre que se iba a lograr el triunfo del bien sobre el mal. Fue en el hombre que Dios fue manifestado y glorificado. No fue en los ángeles; los ángeles no tienen una nota que dar en esta alabanza que no es su cántico. Se puede decir que Dios debe el despliegue de su gloria al hombre, es decir, a Cristo, a su venida a este mundo y a su muerte en la cruz para zanjar, en las tres horas de tinieblas, la terrible cuestión del pecado. Es al hombre Cristo Jesús a quien Dios le debe la gloria que adquiere allí en la redención. Este triunfo del bien sobre el mal es infinitamente superior al mantenimiento de la inocencia. En esto Dios ha encontrado la oportunidad de revelarse. Si queremos saber qué es Dios, lo encontramos en la cruz; si queremos saber qué somos nosotros, lo aprendemos de nuevo en la cruz, y es allí donde debemos volver siempre. La Epístola a los Romanos nos da el razonamiento espiritual de la cosa, pero aquí tenemos el hecho, como en ninguna otra parte. Es el corazón del hombre de todos los tiempos, en su estado natural, el que está manifestado allí, pero es el mismo en todas partes. El asunto ha sido finalmente resuelto por Cristo para Dios. También debe establecerse como un juicio interior en cada uno de nuestros corazones. Su realización práctica en nosotros, sin duda, deja que desear, pero, al menos, estemos plenamente convencidos de que todo lo que somos en nuestro estado natural ha sido manifestado y solucionado en la cruz. Hemos dado un gran paso cuando llegamos a esta convicción.

Nuestro yo fue desenmascarado en la cruz. Se ha mostrado bajo su verdadero rostro y ha sido de manera condenado de manera que los cristianos, instruidos por Dios, no se hagan más ilusiones. Todos los esfuerzos morales o materiales para embellecer al hombre son vanos; solo son un intento inútil de olvidar o negar el poder de la verdad en el alma. Pero es una maravilla que Dios nos haya dado a conocer estas verdades definitivas; ya no tenemos que dudar interminablemente, a buscar, como hacen todas las filosofías del mundo, el punto final de la verdad. Está perfectamente revelado; solo tenemos que sacar las conclusiones.

Las posibilidades del hombre han sido manifestadas: una gama completa de todos los crímenes, y el crimen que encabeza a todos, es el asesinato de Cristo. Ya se estaba gestando en el acto de Caín. Dios no nos halaga; su amor nos enseña lo que necesitamos saber para nuestro bien sobre quiénes somos y quién es él. Ahí se abre el camino de la felicidad.

Si las horas de la cruz aún duraran, la escena no estaría más presente para Dios. Para él, el mundo sigue siendo el mismo que durante las seis horas de la cruz. Pero nosotros mismos lo olvidamos tan fácilmente. Alguien ha podido decir que si fuéramos fieles deberíamos comportarnos como si la muerte de Cristo hubiera ocurrido ayer. Si conserváramos, en verdad, el sentimiento de que la escena de la cruz acaba de desarrollarse, ¡cuánto se impregnaría toda nuestra vida del valor del sacrificio ofrecido, del precio pagado por nuestra redención, así como de un horror al mal proporcional al coste de su abolición!

Todas estas cosas, todas estas escenas, todas estas verdades, nos invitan, cuando estamos en torno a su Mesa, a recordar la muerte del Señor con gozo, ciertamente, pero también con qué gravedad, qué recogimiento, qué contención… y qué silencio.

5 - “El cruel insulto, el sangriento oprobio con que el mundo te abrumó…”

En los versículos 16 al 21 vemos la inigualable delicadeza del Señor y el sufrimiento que padeció por ello. Por fuera era un hombre como cualquier otro, pero entre otras diferencias, había una infinita nobleza y distinción moral en él. Estas están presentadas aquí como pisoteados por los perros que eran los hombres desatados contra él. ¡Qué ceguera la de ellos, la nuestra, para atreverse a poner las manos sobre el cuerpo del Señor! Se ofreció a esta humillación sin protegerse.

Si ellos mismos hubieran tenido la más mínima delicadeza no se habrían permitido mirarlo en la cruz. Hay cosas que no se deben mirar. Un mínimo de consideración exige apartar la mirada de alguien que sufre, con un sentimiento de confusión. Ellos, en cambio, están ahí, cínicos, sin escatimar nada. Lo miran, lo tocan, reparten sus ropas sin la menor contención. Se dice varias veces: me rodearon, me cercaron, para subrayar la violencia y la maldad de estos hombres impuros. Todos estaban aliados contra el santo y justo. Todos estaban unánimes en su rabia contra el crucificado.

Estas expresiones de la Palabra son sumamente reveladoras; evocan el gruñido, la crueldad salvaje de los perros, esa cobardía que se muestra también hacia el que estaba allí indefenso. Así era el corazón del hombre desbordado de odio contra su Creador que había venido a él, y había venido a hacerle el bien: una verdadera jauría de perros, aullando contra aquel que era perfecto, que era la expresión misma de la dulzura y la bondad. Sabemos lo que pueden ser las reacciones feroces de una multitud, donde se revelan los instintos más bajos y se les da rienda suelta porque son anónimos.

Estos versículos nos muestran lo mucho que el corazón del Señor fue herido por esto. Estas multitudes hostiles que una curiosidad impura atrajo al espectáculo de la crucifixión, y que fueron, cabe pensar, especialmente numerosas durante aquellos días de Pascua, eran las mismas a las que había enseñado, curado y alimentado con solicitud y compasión en el desierto, las mismas que querían hacerlo rey o que le habían aclamado unos días antes cuando entró en su ciudad real de Jerusalén. ¡Qué sensible debió ser para él esta ingratitud! Es comprensible que su corazón se derritiera como la cera ante tanto odio del hombre contra él. Las expresiones utilizadas aquí son extraordinarias: «Mi corazón… derritiéndose en medio de mis entrañas»; «He sido derramado como aguas» (v. 14). Había violencia, había odio, había ingratitud y burla; todo estaba en su contra. Todo lo que es el corazón del hombre en maldad se manifestó plenamente en la cruz.

Sobre la base de los sentimientos naturales podemos ver algunas diferencias entre los hombres en su forma de actuar. Algunos, ante la vergüenza ajena, harán un gesto para cubrirla como puedan. Pero aquí todos, indistintamente, son ignominiosos, y ya no se puede, después de esta escena, confiar de ninguna manera en la delicadeza moral del corazón humano, ni en la percepción del decoro que el hombre debería haber tenido hacia Dios, y hacia el Bien perfecto. Habiéndose ofrecido el Bien perfecto, el hombre, sin acceder a él, lo ha aprovechado de la manera más completa, para revelarse tal como es. Aquí ya no es un hipócrita.

La ruina total del hombre queda así definitivamente demostrada, así como la imposibilidad de contacto con Dios. Solo hay un contacto posible entre el hombre en su estado de naturaleza y Dios, y es el juicio, si se puede llamar contacto. No decimos esto para rebajar al hombre, pero si los sufrimientos del Señor y su gloria moral son una cara de la verdad, hay otra cara que es inseparable de ella, a saber, el triste estado del hombre. Dios no tenía necesidad de poner al hombre a prueba presentando a su Hijo para estar convencido de ello; ya conocía este estado desde la caída. Pero nosotros necesitábamos esto, y ver nuestra foto. ¡Qué personas deberíamos ser en este sentido ante hombres que alimentan un pensamiento tan elevado de sí mismos! ¡Cuánto deberíamos distinguirnos de ellos, y no tener temor de decir en ocasiones lo que el hombre es a los ojos de Dios! Que no se hable de tacto o delicadeza natural; en este aspecto el hombre está clasificado. En las relaciones de los hombres entre sí esto puede tener valor, pero Dios ha probado, Cristo ha probado lo que el hombre puede hacer en el camino de la delicadeza moral: regocijarse con malicia en la vergüenza de Jesús. Y lo que el Señor dice aquí, pues siempre es él quien habla, muestra lo sensible que es a ello: «Ellos me miran y me observan» (v. 17). Lo sentía mucho más que nosotros porque era perfecto; el pecado no había embotado su sensibilidad, una sensibilidad divina.

«Contar puedo todos mis huesos» (v. 17); ¿no es esta la declaración de su vergüenza física expuesta ante todos los ojos? Todos sus huesos eran visibles. El trabajo, la fatiga, el sufrimiento habían sido la parte del Señor y su cuerpo lo atestiguaba. Y también es una expresión de fe, ya que, según las Escrituras, no se le iba a quebrar ni uno solo de sus huesos (Sal. 34:20). Parece que los huesos son un símbolo de la voluntad del hombre. Un hombre puede resistir porque tiene huesos, y encontramos en varios pasajes de la Escritura, en figura o en realidad, que Dios está obligado a romper huesos para bendecir. «Molió todos mis huesos…» dice Ezequías (Is. 38:13). Pero en el Señor no había nada que romper, por esta ausencia de voluntad, o más bien por esta voluntad profunda que era hacer la voluntad del Padre hasta la muerte.

Está claro que nunca ha habido un hombre que, teniendo el poder de escapar de tales miradas, no lo hubiera utilizado. Nadie con semejante poder soportaría el dolor de semejante humillación por parte de los hombres, ¡y qué hombres! Sí, nosotros que somos tan propensos a rodearnos de honores, a adornarnos y engalanarnos, leamos lo que allí se dice: «Repartieron entre sí mis vestidos» (v. 18); y ya sabemos lo que dice el Evangelio al respecto. El Señor habla como quien, consciente de todo, lo acepta, porque era necesario. Puede decir en otra parte: «Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; delante de ti están todos mis adversarios. El escarnio ha quebrantado mi corazón» (Sal. 69:20-21).

En general, hay espacio en nuestro culto, en nuestras meditaciones y en nuestros sentimientos, para el recuerdo de esto. Ciertamente no es la expiación, pero sin esta, por así decirlo, perfección previa de Cristo ante estos atropellos, la expiación no hubiera sido posible. Si hubiera habido el más mínimo pensamiento impropio en su corazón en presencia de tantas cosas espantosas que hay en todos nuestros corazones, no podría haber sido la víctima santa. ¿Por qué Cristo, que vino esencialmente a realizar la obra de expiación, tuvo que conocer también las tres primeras horas de la cruz, durante las cuales no tenía que tratar aún con la ira de Dios? ¿Por qué, puesto que era en su muerte donde debía obtenerse la redención, tenemos en la Palabra el relato de su vida como hombre de dolores, y especialmente de aquellos últimos momentos en los que el odio de los hombres se derramaba contra él sin medida? ¿No se le podría haber exonerado de esto? No; entre otras razones era necesario que Jesús fuera manifestado como un sacrificio perfecto, y todas las pruebas sufridas antes de las terribles horas de la ira tuvieron este maravilloso resultado. En el crisol del sufrimiento salió a la luz un oro perfectamente puro. Todo se combinó, por un lado, para resaltar su perfección y, por otro, para tratar de impedirle que fuera perfecto. Es una escena inaudita y que deja nuestras almas confundidas.

En estos dos párrafos (v. 12-15 y 16-20), vemos manifestados los dos rasgos del pecado: la violencia, por un lado, y la corrupción y sus efectos: la vileza y la bajeza, por otro. Con qué frecuencia tales hombres, que aparentemente se avergonzarían de golpear a su vecino, se muestran moralmente bajos en su manera de hacer y hablar. Todos debemos tener cuidado con esta perfidia de nuestra naturaleza humana. La bajeza moral del hombre está en todas partes, nada la cambia. Hay cosas que la disimulan más o menos; tal vez se muestre más fácilmente en ciertos medios que sí se califican de bajos, pero se descubre fácilmente en todos los medios. La educación, incluso la cristiana, no hace nada al respecto. La ralentiza, pero no la destruye. Solo la naturaleza divina dada al hombre en su conversión es capaz de tener las nuevas características de esta naturaleza. Sin el nuevo nacimiento no hay nada bueno en el hombre. E incluso cuando la conversión ha tenido lugar, si la carne no se tiene por muerta, tarde o temprano debe manifestarse.

Aquí aflora un sentimiento horrible, el odio a todo lo que nos supera moralmente. Caín fue un asesino porque las acciones de su hermano eran justas y las suyas eran malas (1 Juan 3:12). Esto lo encontramos en los «perros», así como en estos «toros», lo encontramos también en nuestros corazones, ¿no es así? Es una especie de venganza contra aquellos cuya perfección nos juzga. Y esto es exactamente lo que el mundo hace sentir al creyente en la medida en que es fiel, exactamente el mismo odio contra todo lo que es santo, contra todo lo que manifiesta el buen olor de Cristo. «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tim. 3:12).

En ningún lugar se muestra que no hay comunión entre la luz y las tinieblas como en esta escena de la cruz. A Jesús no se le podía culpar de nada, al contrario; así que se vengaron. Pues bien, el Señor ha dado a sus testigos, a lo largo de los siglos, que soporten algo parecido e incluso para que mueran avergonzados. «En trabajo arduo y fatiga…» –dice el apóstol– «con frío y desnudez…» (2 Cor. 11:27). Estas son palabras que no pesamos mucho. Hay mártires a los que el Señor les ha dado la oportunidad de ser ofrecidos en espectáculo en una profunda humillación y de morir honrándolo sin tener malos pensamientos sobre sus verdugos. Así era Esteban. He aquí un hombre que muere ignominiosamente, apedreado, ensangrentado, destrozado, arrojado al suelo. Pero esta muerte es un verdadero triunfo; Esteban se parece a Jesús.

Adán y Eva, cuando cayeron, no pudieron soportar su condición y se cubrieron con hojas de higuera. Moralmente es como hacemos, lo sabemos bien. Pero Cristo aquí, en total contraste con el primer hombre, despojado de todas sus ropas, soporta en todos los aspectos y ante todos los ojos la consecuencia de la falta de ellos. Este abajamiento de Jesús, que hay que saber leer entre estas líneas, esta humillación pública, esta ausencia de todo lo que podía ocultarlo, el creyente lo adora porque, a través de esta ignominia aceptada, la fe discierne toda la belleza moral que era el secreto de la fuerza desplegada para ocupar tal lugar.

¡Cómo esto nos cambia de todo aquello con lo que tenemos un contacto inevitable cada día, y de todo lo que podemos encontrar en nosotros mismos! Cómo nos hace darnos cuenta también que no podemos buscar un líder o un modelo más que en él.

Aquí está nuestro líder, nuestro Señor, nuestro Dios. Está en una cruz, despojado, humillado, desolado, rechazado por todos, objeto de odio, desprecio, burla y repugnancia. ¿Estamos orgullosos de esto? ¿Nos gloriamos de pertenecer a tal maestro y de adorar, de cara al mundo, a un hombre crucificado? ¿Y buscamos en este mismo mundo un lugar distinto al suyo?

6 - “Has destruido todo el esfuerzo – de la gehena y de la muerte”

Después de los versículos 16 al 18, tan notables por su precisión profética, de la que Cristo debía conocer la plena realidad «para que se cumpliese la Escritura» (Juan 19:28, 36), apela a quien había sido su fuerza durante toda su vida (v. 19-21). En Getsemaní había «ofrecido oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte» (Hebr. 5:7). A él se dirige todavía, en la misma hora en que deberá gritar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Ya le hemos oído decir, en el versículo 11: «¡No te alejes de mí!» Repite esta súplica en el versículo 19: «Mas tú, Jehová, no te alejes». No dice: “Dios mío”, sino «Jehová», tú que no cambias, tú que siempre has sido fiel, tú que siempre has sido mi fuerza y mi liberación. ¿Quién podría comprender estas ardientes oraciones del Señor? ¿Quién podría medir la angustia y el terror de su alma en esas horas oscuras? «Mas tú, Jehová, no te alejes» Se daba cuenta de que Jehová se alejaba de él, que se veía obligado a alejarse de él.

Vemos qué terrible asalto estaba haciendo el Enemigo contra Cristo durante aquellas horas de las que el Señor había dicho a los hombres, instrumentos de Satanás, que habían venido a arrestarle: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lucas 22:53). Como el filisteo de antaño, ataviado con todas sus armas, el Enemigo se presenta aquí con todo un arsenal de violencia, maldad, malicia y corrupción. ¡Qué grito de dolor se escapa del corazón del Señor en este momento! Siente toda la furia de Satanás, su rabia, su odio en muchas formas. Entonces grita: «Sálvame de la boca del león» (v. 21).

No parece que lo que ocurrió en la cruz entre Cristo y Satanás pueda llamarse una lucha. En efecto, aquí no hay lucha, como en el desierto, donde Jesús respondía al adversario con la espada irresistible de la Palabra de Dios, o como en Getsemaní, donde la angustia de la lucha hizo que su sudor goteara como grumos de sangre en el suelo. Satanás lo asalta, cierta y desesperadamente, pero ataca a un Cristo indefenso que no tiene más batalla que librar, habiendo aceptado la copa, y que no le ofrece resistencia. Las flechas y los dardos de fuego del príncipe de las tinieblas se agotan en vano contra la perfección de nuestro Señor Jesucristo. Y de esta manera extraordinaria se obtuvo el triunfo más brillante, una victoria que no está registrada en los anales de los pueblos, pero que será exaltada durante la eternidad en el cántico de los redimidos. “Para ti, Jesús, fue la victoria en la cruz”.

Aunque hay que ser prudentes al interpretar las expresiones que describen los diversos sufrimientos del Señor, parece que la espada, la pata del perro y la boca del león pueden considerarse como lo que Cristo soportó por parte de Dios, del hombre y de Satanás respectivamente. La espada de Jehová se levantó entonces contra el hombre que era su compañero. Recordamos que el grito del primer versículo se expresó al final de las tres horas de tinieblas, alrededor de la hora novena. Cuando el Señor, en las garras del dolor de los hombres y de Satanás, clama a Dios, es para encontrar que también de ese lado no hay nada para él; y no solo no hay nada para él al dirigirse a Dios, sino que tiene a Dios en contra de él. Y esto es lo que se ha llamado “el misterio de los misterios”. Su grito a Dios en presencia del sufrimiento fue respondido con el abandono y la ira. En el curso de su vida, como se ha comentado muchas veces, Cristo, tan humilde y despojado como fuera –pues era un indigente, toda su vida es la de un hombre que no tenía nada–, en el curso de su vida tuvo a Dios con él, y dio pruebas de fuerza y poder realizando innumerables milagros. Pero aquí, en la cruz, no hay el menor despliegue de poder exterior por su parte, no hay milagro, es la debilidad. Por eso dice: «Fortaleza mía», comprobando la debilidad humana de forma absoluta. La cruz fue eso para Cristo, el sentimiento de la debilidad completa y de una debilidad aceptada. Fue crucificado, está escrito, «en debilidad» (2 Cor. 13:4). No vemos en esas horas, como ya hemos considerado un poco, ningún ejercicio de poder, ningún despliegue de heroísmo de ningún tipo, ninguna oleada de voluntad como la que tienen los hombres, sino el abandono de toda la voluntad, la aceptación consciente de todo lo que tenía que enfrentar; y pensar que el Señor que era Dios, el creador de todo, teniendo todo el poder en sus manos, hace, aquí, una confesión de su debilidad. Esta es una maravilla moral que se suma a las demás. No oculta su debilidad como tampoco ocultó su vergüenza. Aquí también brilla toda su perfección.

Como se ha dicho, algunos fieles pueden haber conocido algo de esta vergüenza en el transcurso del tiempo en una muerte ignominiosa, pero había entre ellos y el Señor, aparte de la perfección misma, una inmensa diferencia: que los santos siempre pueden, en el momento de la prueba, contar con la ayuda de Dios, mientras que Cristo tuvo que experimentar que Dios estaba contra él. Es por esto mismo, que todos los cristianos pueden estar seguros de que Dios nunca dejará de asistirlos; nunca los dejará porque dejó al único que merecía no ser abandonado. No hemos terminado de meditar sobre este punto, pues lo haremos eternamente. Es de suma importancia que la Iglesia, en cada asamblea, no lo olvide.

7 - “La obra de gracia está terminada: te has sentado en el lugar santo…”

A partir del versículo 21, toda la escena cambia. Entramos en el terreno de las consecuencias ilimitadas de esta obra infinita, y la primera de todas, presentada sin demora, es la alabanza de Cristo a quien lo liberó en el momento oportuno. El Señor alaba a Dios en medio de los santos porque Dios lo ha liberado, y nos invita a alabarlo con él no principalmente porque nos ha salvado sino porque ha resucitado a Cristo de entre los muertos.

Esta liberación de Dios, esta respuesta a Jesús, puede decirse que se ha manifestado de dos maneras. La primera, fue que al final de las tres horas de desamparo el Señor recuperó la comunión con su Padre, ya que entonces dejó de decir «Dios mío» y dijo «Padre», como encontramos en el Evangelio según Lucas. La segunda, fue su resurrección y su elevación a la derecha de la majestad en los lugares altos. Esta es la respuesta final.

Después de las últimas tres horas, el Señor entrega su espíritu a su Padre. La obra de expiación está terminada. Pero la cuestión de la muerte, y su terrible poder, sigue sin resolverse. En la cruz se resolvió el asunto del juicio y la ira de Dios, así como el de Satanás, pues cuando el Señor gritó: «¡Cumplido está!», ya había obtenido la victoria. Pero, incluso así, tenía aún que tomar en sus manos las llaves de la muerte y del hades; tuvo que pasar por dondequiera conducían las consecuencias del pecado. Una de estas consecuencias fue la ira de Dios; Cristo pasó por ella durante las tres horas. Otra consecuencia fue la muerte a la que todos los hombres estaban sometidos. El Señor entra en la muerte, entra en este reino del hombre fuerte con el poder de una vida imperecedera. Entra en la muerte que no podía retenerlo, y sale de ella, habiendo quitado esta poderosa arma a Satanás, de modo que ahora no es nada para Cristo y para los que están en Él. La muerte está ahora en manos del Señor también con respecto a otros hombres: él es «el primogénito de entre los muertos» (Col. 1:18).

La manera en que Cristo entró en la muerte es de gran importancia. No murió bajo la ira judicial, ya que primero recuperó el disfrute de la comunión con su Padre. En segundo lugar, entra en ella consciente de haber terminado completamente la obra, pronunciando estas solemnes palabras: «¡Cumplido está!». Luego, de nuevo, es con un fuerte grito que deja su vida, prueba de que nadie se la quitaba y que la dejaba por sí mismo por el mandato que había recibido de su Padre. Por último, su dependencia y su total confianza brillan una vez más en este último acto, el de poner su espíritu en manos de su Padre (Lucas 23:46). Habiendo recibido el poder de tomar su vida, así como el de dejarla, la perfecta dependencia del Señor, si podemos entrar en este misterio, no le permite ejercer este poder sin su Padre. La resurrección está presentada como una respuesta de Dios: «Líbrame de los cuernos de los búfalos» (v. 21).

Cuando la hora de la prueba terminó para Cristo, cuando el tiempo de su desamparo terminó, llegó el tiempo de la liberación. Si Dios hubiera rescatado a su Hijo antes de tiempo, no habríamos podido ser salvados. Por otra parte, su amor por Él no permitía que la prueba se prolongara ni un instante más de lo necesario (en nuestras pruebas, a nuestra propia escala, podemos tener esta confianza en que la sabiduría de Dios, por un lado, y su amor, por otro, darán a nuestros ejercicios la duración exacta necesaria).

Lo que parece destacarse aquí, en los versículos 22 al 24, es la expresión del inmenso cambio que experimentó el Señor al pasar de las horas terribles al gozo de la comunión con el Padre. Ahora quiere que sus hermanos sepan qué Dios es el que le liberó de las tres horas y de la muerte. Conoce y agradece el interés que estos pocos, a los que llama sus hermanos, se han tomado por su dolor. «Jehová te oiga en el día de conflicto»: así comienza el Salmo 20, y aquí, después de los sufrimientos, cuando todo ha sido perfectamente atravesado, es el propio Señor quien se expresa: «Líbrame (o me has liberado)…». El que intercedió para que los que esperan a Dios, es decir, sus hermanos, no se avergonzaran ni se escandalizaran por su abandono (Sal. 69:6), se apresura, pues, a ir a anunciarles la maravillosa liberación de la que acaba de ser objeto. Su amor esperaba de sus discípulos, como ahora espera de nosotros, un profundo interés de corazón por las cosas que le conciernen, y especialmente por esta respuesta que Dios ha dado a su fe. Y este lado de la adoración es quizás demasiado raro. En nuestro culto no debemos dejar de bendecir a Dios por el modo en que ha liberado a Jesús, y unirnos así al gozo del Señor que adora y alaba a su Dios, su Padre, por ese cambio, que ninguna lengua puede expresar, cuya profundidad solo él conoce, que lo llevó de la ira de Dios a su más estrecha comunión.

Si tuviéramos más el sentimiento de la terrible prueba a la que fue sometido el Señor, y si pensáramos más en su dolor, en su aislamiento, en su abandono, tendríamos más a menudo en el corazón esta nota de alabanza para bendecir a Dios que libró a Jesús de aquellas horas indescriptibles. Parece que esto no es frecuente en nuestro culto: bendecimos a Dios por lo que ha hecho por nosotros, pero muy poco por lo que ha hecho por Cristo. Las tinieblas, la ira, el abandono, y luego el pleno gozo del rostro de Dios, tal como lo conocía Jesús, es el cambio implícito aquí, y celebrado. Y podemos celebrarlo aún más porque, en cierta medida, este cambio también nos corresponde: hemos pasado de esa condición definida por el juicio de Dios, sin haberlo sufrido, al mismo favor del que ahora goza Cristo.

«Anunciaré tu nombre a mis hermanos» (v. 22). No solo se apresura a dar a conocer la liberación de la que ha sido objeto, sino que quiere revelar al autor de la misma, pues el nombre es la persona misma. Es cierto que el Señor había dado a conocer lo que era Dios antes de ir a la cruz, pero la plena revelación de Dios no se hizo hasta después de las tres horas. Todos los atributos divinos fueron manifestados en la cruz del Calvario. Antes de ella la revelación de Dios por medio de Cristo era parcial, después de la cruz la plenitud de esa revelación está hecha.

«Manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo», dice el Señor en Juan 17:6, y más adelante: «Les di a conocer tu nombre, y se lo daré a conocer» (v. 26). Aquí: «Anunciaré tu nombre». En esta expresión, «tu nombre», percibimos todo el amor del Señor por el Dios de su liberación, un amor en el que su deseo más querido es traer ahora a los que llama sus hermanos. Juan 17:26 añade: «Para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo en ellos». Pero este pasaje de Juan 17 es más general. Es lo que el Señor hizo durante su vida, como declaró: «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Juan 14:9), y es lo que sigue haciendo. Pero en el versículo de nuestro salmo citado en Hebreos 2, hay un hecho más preciso, a saber, que el Señor quiere llenar los corazones de sus hermanos con el gozo que hay en su corazón, un gozo ligado a la liberación de la que él fue objeto y que también es de ellos. Les hace conocer al Dios Salvador.

«Anunciaré tu nombre a mis hermanos», es como si el Señor dijera: “Diré a mis hermanos el libertador que he encontrado en ti, les hablaré de ti como te he conocido en la liberación de la que he sido objeto”. Es una maravilla de la gracia que el Señor nos abra su corazón respecto a la forma en que, nos atrevemos a decir, ha llegado a conocer a su Dios en sus liberaciones. Es cierto que Cristo, antes de sufrir y ser respondido, nunca había pasado por este camino; por eso su corazón está lleno de sentimientos y pensamientos que quiere compartir con sus hermanos.

¡Qué muestra de ternura es introducir a los suyos en un tema tan precioso para su propio corazón! Y es aún más maravilloso si nos detenemos a pensar que, cuando le tocó al Señor ser golpeado, tener que sufrir la ira, no podía compartir esta parte con nadie. Pero cuando se trata de su gozo, la comparte con los suyos. Y ¡qué feliz sería el Señor si, al recordarle en su muerte y liberación, nos hiciéramos eco del gozo y de la alabanza que hay en su corazón hacia su Dios y Padre! Esto es lo que espera. Al meditar en estas cosas nos damos cuenta de lo pobres que son a menudo nuestros cultos.

No debemos perder de vista que es un hombre el que habla aquí; es Dios, pero es un hombre, y es a este hombre, que glorificó a Dios en su muerte y al que Dios liberó, al que están vinculados todos los santos. La palabra hermano tiene aquí un significado más amplio del que entendemos entre nosotros en el sentido propiamente cristiano. Además, en el momento en que el Señor revela el nombre de su Dios y Padre, después de su resurrección, el Espíritu Santo no había venido y la Iglesia no había comenzado. Sin embargo, la cita de este versículo en Hebreos 2, nos permite aplicarlo al pueblo cristiano. La obra de Cristo nos ha convertido en una familia sacerdotal. La bendición que fluye de la obra de la cruz se ha ejercido sobre todos los santos de la antigüedad: Dios ha podido bendecirlos por adelantado en Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre. La consecuencia de la obra de la cruz es que Dios es nuestro Dios. Parece que esta expresión: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos» no es solo la revelación de que Dios es nuestro Padre, sino también el progreso que el Señor quiere que hagamos en el conocimiento y disfrute de nuestro Dios y Padre, un conocimiento que se profundiza en la medida en que nos alimentamos de la Palabra, donde vivimos en comunión con el Señor. Y es también la revelación de Dios en nuestras propias circunstancias: “Es un Padre para nosotros”, dice un cántico.

Esta es, pues, la preciosa noticia que el Señor anuncia personalmente con conmovedora presteza a los suyos. Los ángeles del sepulcro dan testimonio de su resurrección, pero en cuanto a la nueva relación en la que su obra ha colocado ahora a los suyos y al conocimiento de su Dios y Padre, el Señor no deja que ningún otro los informe.

Es un conocimiento que siempre lleva a la alabanza. El Señor canta. «En medio de la congregación te alabaré», y quiere que nos unamos a estas alabanzas. Así que, ¡con qué cuidado no debemos buscar su guía en este servicio! «Cantaré con el Espíritu…» (1 Cor. 14:15): ¿no es esto, en definitiva, cantar en armonía con el Señor?

Es obvio que, si nuestros corazones están seriamente ocupados con su sufrimiento y muerte, así como con su liberación y gloria, entonces tendremos nuestros oídos abiertos para escuchar su voz y estaremos listos para seguirlo, especialmente en la adoración colectiva. En cambio, si nuestros corazones son ligeros, poco sensibles a lo que Dios ha hecho por nosotros, no tendremos nada que expresar, ninguna nota que añadir a su alabanza.

El Señor solo tiene una cosa en mente: la gloria de Dios. «Yo te glorifiqué en la tierra» (Juan 17:4). Esto lo había tenido ante sí toda su vida; en la resurrección sigue siendo la alabanza y la gloria de Dios lo que tiene ante él. Antes de la cruz, yendo al monte de los Olivos con sus discípulos, cantaron un himno. Cuando todo se haya cumplido: «En medio de la congregación te alabaré».

En un mismo pensamiento asocia a su Padre y a sus hermanos. El enlace está establecido. Piensa en Dios, piensa en los suyos. La obra de la cruz, no debemos olvidarla nunca, es para Dios y es para el creyente.

Humillémonos al considerar que nuestras actitudes, nuestras expresiones, nuestras actividades, son a menudo convencionales. Esto se debe a que nuestro corazón no está realmente asido por la gracia divina. Los conocimientos intelectuales no nos faltan, pero nuestro corazón no está lo suficientemente conmovido. Si fuera como debe ser, ¡qué alabanza subiría a Dios y a Cristo por su incomparable obra! Si realmente supiéramos lo que es la gracia manifestada en Cristo, entonces nuestros corazones se derramarían en gratitud, alabanza y adoración.

8 - “Tu cruz, del Padre santo hace brillar la gloria…”

El Señor, que sí mismo se colocó bajo la maldición y la soportó, abre ahora las puertas de la alabanza a todos aquellos a los que conduce tras él sobre el terreno de la resurrección. Un pueblo de adoradores ha sido formado. No olvidemos nunca que la adoración es la parte más elevada del servicio actual de los cristianos; está es la única parte que continuará eternamente, y podemos decir de nuevo que no hay testimonio del Señor según su mente, según su corazón, según su gloria, sin que el servicio de alabanza se preste en primer lugar. La primera Persona, y se puede decir que la única, a la que se deben todos los derechos, es Dios. Jesús ha llevado a Dios a los que han sido hechos suyos. De modo que ahora nuestra parte es nada menos que contemplar la gloria de Dios revelada en la Palabra, disfrutarla y, con el alma llena, bendecir a Dios por lo que es y por lo que ha hecho, bendecir a Jesús en su persona y en su obra. ¡Qué diferente es reunirse simplemente porque estamos justificados! Nuestras bendiciones son innumerables, incalculables, pero no es para hablar de ellas que estamos reunidos. Antes de cualquier otra corriente de pensamiento, la gloria de Dios debe ocuparnos. Dios, entonces, está ante el alma y la llena, Cristo llena el corazón de su Iglesia, la gloria de Dios y la gloria del Señor absorben los pensamientos y los sentimientos. ¿Y qué es esta gloria de Dios que se celebra y adora? Es él mismo. No solo adoramos cualidades, atributos, adoramos a alguien, al Ser perfecto, al que es amor y luz. Alabamos a Dios porque es amor y no solo porque seamos objeto de su amor; lo alabamos porque es luz y no hay tinieblas en él, y lo hacemos en la medida en que nuestro corazón está lleno de luz, que el corazón de la Iglesia está a sus anchas con Cristo. Celebramos los atributos de Dios: es justo, santo, paciente, majestuoso, sabio, fiel, inmutable, pero sobre todo lo celebramos en su propia naturaleza, amor y luz.

Todos los actos, todas las palabras, todos los servicios, todos los sufrimientos de Cristo condujeron a ese objetivo final que siempre tuvo ante sí y por el que soportó la cruz: la gloria de Dios. Él lo reclamó, lo celebró, y los santos lo celebran con él. Todos los servicios de los cristianos, individualmente y como Iglesia, deberían contribuir de la misma manera a este único objeto: la gloria de Dios; porque cualquier servicio que no tenga como fin la alabanza de la gloria de Dios no es un servicio como el Señor quiere que sea.

Al final del salmo encontramos a Dios glorificado en distinta medida por varias categorías de redimidos, formando un triple círculo con Cristo en la posición central. En primer lugar, en el versículo 22, está la congregación, la primera esfera compuesta del remanente enteramente judío que rodeaba al Señor después de su resurrección (Juan 20). Este núcleo fiel ha fusionado en la Iglesia, en la que esta primera y más amplia alabanza continúa y adquiere una forma más definida y profunda. No encontramos para las otras categorías el equivalente del versículo 24, es decir, la presentación de una razón profunda relacionada con la liberación de Cristo, como ocurre en este primer círculo. La alabanza derivada de esta razón pertenece a la Asamblea, ya que la cita del capítulo 2 de Hebreos hace la aplicación de estos versículos.

En la segunda esfera, la de la gran congregación (v. 25-26), podemos ver la reunión de todo el pueblo restaurado de Israel. Este pueblo, creado para la alabanza, como dice Isaías: «Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará» (43:21), estará entonces en el estado necesario para presentar esta alabanza, dirigido por el que ha pagado sus «votos». En el momento de una angustia podemos hacer votos a aquel de quien se espera la liberación, y cuando esa liberación ha llegado se pagan los votos haciendo lo que nos hemos comprometido hacer. Esto es lo que encontramos en el Salmo 66:13-14, y en el Salmo 116:14.

Por último, el tercer círculo (v. 27 y siguientes) es el de la alabanza universal que llenará la tierra durante el Milenio y que es también el resultado de la obra de la cruz.

Para caracterizar estas tres esferas en relación con la persona del Señor, podríamos decir que en la primera nos está presentado como la Cabeza del Cuerpo, el Esposo de la Iglesia, en la segunda como el Mesías en relación con su pueblo y en la tercera como el Hijo del hombre cuyo dominio se extiende a toda la tierra.

Estas tres clases, además, se encuentran en otros pasajes, especialmente en el capítulo 12 de Juan: la primera clase está representada por María que ofrece su perfume, luego en la escena que sigue vemos al Mesías entrar en Jerusalén aclamado por su pueblo, y finalmente en la tercera son los griegos, gente de las naciones, quienes desean verlo. Es con este propósito que Jesús dice: «Si el grano de trigo cayendo en tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24); lo dice porque todos los elegidos son fruto de su obra.

Si retomamos este tema de la alabanza y lo consideramos en el tiempo, vemos en las Escrituras que el culto judío ha llegado a su fin, el remanente judío creyente formando el núcleo original de la Asamblea, de modo que no hay otra alabanza en el mundo actual para Cristo que la cristiana. Ya no hay un altar en un templo judío reconocido por Dios; ya no hay una religión terrenal que pertenezca a la economía de la Ley.

La alabanza del pueblo terrenal, de la que los apóstoles fueron representantes durante un tiempo, ha llegado a su fin, para ser sustituida por una alabanza celestial, aunque se realice en la tierra. Pero Dios no abandona el pensamiento de un culto terrenal por el pueblo elegido y, a su debido tiempo, esta alabanza se reanudará. Entonces toda la tierra, que hoy no tiene nada que decir a Dios en alabanza, y que se preocupa poco por la obra de Cristo, unirá su voz para bendecir a Dios cuando su gloria llene la tierra «como las aguas cubren el mar» (Is. 11:9; Hab. 2:14).

Este es un pensamiento precioso. Cuando la voz de Israel se ha callado por la sangre y el crimen de los judíos, qué hermoso pensamiento de gracia que nos abre la contemplación de ese futuro en el que la voz de Israel volverá a ser escuchada, y ello en virtud de la misma sangre de Cristo que derramaron los judíos. La gracia triunfará donde el pecado y el crimen han abundado. Y el que presentará los votos en medio del pueblo será el mismo al que su pueblo dio muerte. Podemos alegrarnos al pensar que entre estos pobres judíos, a menudo en la oscuridad y la enemistad con Dios, habrá un remanente. Estos judíos, a los que se unirá el resto de las diez tribus, se levantarán de nuevo para alabar a Jehová, que es el Dios de los judíos, el Dios de Israel. Esto se vuelve aún más contundente cuando recordamos que antes de ese momento los judíos, como pueblo, después de haberse colocado bajo el dominio y liderazgo del Anticristo, habrán pasado por una crisis más aguda que todas las que han atravesado anteriormente.

Habéis venido, dice el pasaje de Hebreos 12 que define la posición de los conversos judíos, no al Sinaí, sino «a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel» (v. 24). Así vemos que la sangre de Jesús, para todas las clases de elegidos, ha acallado la voz del juicio y ha elevado la voz de la alabanza. Sin embargo, entendemos que las tres formas de alabanza, verdaderas las tres, no tienen la misma altura según el círculo en cuestión. Durante el Milenio los fieles no se percatarán que el velo ha sido rasgado. El velo rasgado es un privilegio específicamente cristiano, al igual que la alabanza en el Lugar Santísimo. Sabemos, además, que en el tiempo de la gran congregación volverá a haber un templo con sacrificios ofrecidos, que serán conmemorativos del sacrificio de Cristo. Por lo tanto, los privilegios de estos creyentes no serán tan elevados como los conferidos a los cristianos.

Los creyentes de la gran congregación habrán recibido el Espíritu Santo, será «la lluvia tardía» (véase Job 29:23; Oseas 6:3), pero no lo habrán recibido como el Espíritu de adopción, ni habrán sido reconciliados «en un solo cuerpo» con él (véase Efe. 2:16; Col. 3:15). Esto también es exclusivo de la Iglesia.

Tampoco podemos olvidar que, si esta gran congregación ha de regocijarse en Dios y en su Mesías, también se regocijará con razón en las cosas de la tierra. Aquí se mencionan los poderosos de la tierra. Habrá alegrías y bendiciones totalmente terrenales que también serán fruto de los sufrimientos de Cristo. Hay frecuentes alusiones a este hecho en los Salmos y en los Profetas. Pero creemos que este es un terreno muy diferente al que nos encontramos. Ninguna bendición de la Iglesia es terrenal. El creyente está guardado individualmente por Dios que le ayuda en su vida; pero las bendiciones propias de la Iglesia y los motivos propios de su alabanza son puramente celestiales. Pensamos que estaría fuera de lugar en el culto dar gracias a Dios por ayudarnos en nuestros asuntos materiales; mientras que para el judío será bastante apropiado bendecir a Dios por todo. Esto es lo que dice el Señor en Mateo 5: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (v. 5). Estos mansos, que tienen el carácter de remanente, los encontramos en el versículo 21 y en otros salmos. Ya no tendrán una cruz que cargar; tendrán la gloria y la tierra, la gloria milenaria y la tierra con, además, una bendición espiritual, pero no del mismo orden de la que podemos disfrutar nosotros. Lo saborearán cuando hayan visto al Mesías después de su aparición. Habrán tenido ejercicios y una vida de fe antes de que aparezca el Señor, pero estarán profundamente ejercitados y serán felices cuando hayan visto, mientras que la Iglesia ama al Señor a quien no ha visto.

El estudio cuidadoso de la Palabra, y especialmente de los Salmos, nos preservará de mezclar las diferentes corrientes de pensamiento y de gracia que ella revela, y que son todas para la gloria de Cristo y para la gloria de Dios Padre.

9 - “¡Gloria a tu nombre, oh tú que, sin compartir, – serás honrado por todos para siempre!”

Los sufrimientos de Cristo tendrán un efecto de bendición para toda la tierra durante el período milenario. Por lo tanto, toda la tierra tendrá su corazón vuelto al recuerdo de la cruz del Señor en ese momento. Podemos pensar que durante estos 1.000 años de justicia y paz será mantenido el recuerdo de lo que el Señor hizo en la cruz, aunque con un declive gradual, como parece mostrar la forma en que termina el reino (Apoc. 20:8).

Todas las naciones, recordamos, estaban representadas en el rechazo de Cristo, todas las clases de hombres estaban allí para perpetrar su muerte. Por lo tanto, es justo que la alabanza suba al Señor por igual de todas las clases de hombres y de todas las naciones, así como de Israel. Y, por otra parte, entendemos, es imposible que este salmo, en el que están presentados los sufrimientos de Cristo en toda su intensidad, así como en toda su eficacia, abriendo la puerta a la efusión de la gracia soberana, no nos presente esta gracia que alcanza a todas las clases de hombres de una u otra manera. El corazón de Dios no puede limitarse, en sus manifestaciones, a unos privilegiados como los de la primera clase mencionada, aunque hay privilegios respectivos relacionados con cada una de estas clases; pero será necesario que toda la creación, y todos los representantes de los hombres, conozcan y proclamen los efectos de la muerte de Cristo para ellos. No estamos aquí en el terreno celestial donde cantan personas de toda lengua y pueblo y nación, pero será lo mismo en la tierra, aunque el himno sea diferente. Notemos también que, en estas escenas, se mantendrá la distinción entre judíos y naciones. En este momento queda abolida; el muro divisorio del recinto es destruido, pero la diferencia será restablecida, y las doce tribus estarán allí disfrutando de una bendición especial, distinta de la de todo el resto de los hombres. Así, en los días de Salomón, la hija de Faraón, por su origen extranjero, tenía que habitar en una casa separada.

Israel tendrá entonces la posición central que debería haber tenido en la venida del Mesías si hubiera sido fiel, según lo que está escrito en el Deuteronomio: «Estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel…» (32:8). Asimismo, en Ezequiel 5:5: «Así ha dicho Jehová el Señor: Esta es Jerusalén; la puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella». Ahora bien, esta restauración de Israel será una inmensa fuente de bendición para las naciones, como se dice en la Epístola a los Romanos: «Si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión, sino la vida de entre los muertos?» (11:15).

Los versículos 27 al 29, de nuestro salmo, pasan por encima del período preparatorio durante el cual el reino será establecido en autoridad mediante juicios. Se trata de una autoridad ejercida, pero también reconocida para el gozo de los que están sometidos a ella. «Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra…» (v. 27). ¿Y qué recordarán, sino lo que expresa la primera parte del salmo, es decir, la obra inolvidable de la cruz? Entonces, conscientes de los derechos adquiridos por el que la realizó, felices de tenerlo como Señor y de reconocerlo como Rey de gloria, los habitantes de la tierra milenaria se volverán hacia Jehová y le darán la alabanza que le corresponde.

Los hombres de toda condición, nos enseña el versículo 29, se alegrarán de postrarse ante el Señor. Tanto los poderosos de la tierra como los que se encuentran en una situación desesperada, los grandes y los miserables, todos necesitarán al Señor y estarán deseosos de expresarle su gratitud. Se alegrarán al recordar lo que ha hecho por ellos.

Esta será una aplicación parcial de Filipenses 2: «Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los seres celestiales, de los terrenales…» (v. 10), aunque no se menciona el estado de ánimo de los que se inclinan cuando doblan sus rodillas. El hecho en sí solo se indica en este pasaje en relación con la insondable humillación del Señor. Esta humillación merecía, por así decirlo, que no hubiera ninguna excepción, en cualquier momento, a la autoridad suprema de Aquel que se había humillado supremamente. Es el hecho de la sumisión de todas las criaturas, que, en diversas épocas, reconocen y reconocerán que él es el Señor para gloria de Dios Padre. También los cristianos tienen su lugar en estos versículos, solo que no doblan la rodilla simplemente en el sentimiento de una autoridad soberana, sino con adoración. Esta autoridad, que todos tendrán que reconocer un día u otro, voluntariamente o por obligación, ha sido, podemos añadir, dada a un hombre: el hombre Cristo Jesús. «El Señor» es un título que se aplica especialmente al hombre Cristo, como se afirma: «Dios ha hecho Señor y Cristo a este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis» (Hec. 2:36).

Lo que destaca esta adoración universal del Señor, es que será precedida por la adoración de la bestia. A estos deslices inauditos hacia los que se dirige el mundo ahora, seguirá este período de paz, orden, bendición y alabanza. Por eso no debemos ser perezosos en el estudio de la Palabra y especialmente de las profecías; están vinculadas a la gloria del Señor, a su gloria presente y a su gloria futura. En cuanto a la gloria presente, el Señor posee los derechos del reino que no es de otro ni de otros; él es digno de que lo recordemos. En nuestros días, en los que se desarrollan los poderes humanos, aferrémonos a este pensamiento de que Dios tiene a su Rey y que nosotros también tenemos a este Rey, nuestro Rey. Esto puede guardar nuestros corazones y alejarnos del deseo de ocuparnos de la “política”. La profecía es, si nos atrevemos a usar la palabra, la política de Dios y no conocemos otra.

Muchos pasajes de la profecía dan detalles de cómo el Hijo del hombre será honrado por las naciones. Por parte de algunos la sumisión será puramente exterior ya que los malvados serán destruidos cada mañana. Pero el Salmo 22 nos habla del hecho mismo, felizmente real según Dios, del fruto de la obra de Cristo para toda la creación. El recuerdo de esta obra se perpetuará y, tanto en Israel como en otros lugares, se contará a un pueblo que nacerá. No es de extrañar que en el transcurso de un milenio las generaciones sean alimentadas una tras otra con la historia de los grandes hombres y, sin embargo, es una triste historia que la de este mundo lleno de odio, corrupción y desorden. Nos sorprendería entonces que, durante el Milenio reservado para esto, ¿Dios pueda mantener vivo, en medio de los pueblos, el recuerdo de lo que su Hijo ha realizado? Especialmente porque Satanás ya no estará allí para engañar las mentes de los hombres. Es bastante sorprendente que durante 60 siglos se haya buscado llenar las mentes de los hombres con la historia de los hombres, cuando se conoce un poco cual es esa historia. Pero aquí, durante 10 siglos, Dios se encargará de que la gloria de su Hijo sea un tema de meditación para Israel y para las naciones. En cuanto a la Iglesia, estará en otra parte y también se ocupará, sobre todo, de lo que él ha hecho. Ella ya estará en la eternidad; incluso se puede decir que ya está allí.

Al final del reino, las circunstancias cambiarán, pero ese no es el tema de nuestro salmo, que se limita a desplegar los maravillosos resultados para la tierra de la obra de Cristo. Sin embargo, por otros pasajes sabemos que el estado feliz de este reino declinará e incluso cesará. La bendición, como consecuencia de los sufrimientos de Cristo, por muy grande que sea, ya que se extiende a todas las clases de elegidos, es una bendición temporal. De hecho, es solo para la tierra, salvo que los elegidos que hayan disfrutado de la presencia del Señor en la tierra serán llevados a los nuevos cielos y a la nueva tierra.

El primer y, puede decirse, el último efecto de los sufrimientos y la muerte de Cristo, es que Dios sea alabado por sus redimidos, conocido y celebrado en una alabanza inteligente. Este es el fin de todas las consecuencias de la obra de Jesús. Esta alabanza es preciosa para Dios, pues no podía recibirla de nadie más que de pecadores liberados por la obra del Señor Jesús. Los ángeles no podían llevarle la alabanza de su amor. Pero Dios quiso tener con él, en su felicidad eterna, a seres que pudieran responder a su amor, él que los amó primero.

Así, los elegidos de todas las clases de la humanidad y de todas las economías no tendrán eternamente otra actividad que la de adorar al Padre y al Hijo. No habrá monotonía, ni cansancio en esto; a nosotros, que estamos tan inclinados a sustituir por otras cosas esta actividad, que debería ser la primera para nosotros, nos cuesta acostumbrarnos a este pensamiento. Pero, amados, la realidad de las cosas que este precioso salmo nos ha permitido vislumbrar juntos es de suficiente amplitud y longitud y profundidad y altura, cuando seamos capaces de entenderla con todos los santos, para llenar nuestros corazones para siempre con una plenitud de amor, y para hacer brotar allí una fuente inagotable de adoración. Dios quiera que, a partir de ahora, ocupemos nuestras almas cada vez más con esta realidad.


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