El libro del profeta Oseas


person Autor: Henri ROSSIER 16

(Fuente autorizada: biblecentre.org)


1 - Introducción

El profeta Oseas se dirige especialmente a las diez tribus, a la vez que, en diversas ocasiones, menciona las tribus de Judá y de Benjamín. El no tomar en cuenta este hecho añadirá oscuridad al lenguaje a menudo difícil de este libro. Es así que, para Oseas, Israel generalmente significa las diez tribus, en contraste con la de Judá (por ejemplo cap. 1:6, 11; 3:1; 4:15). Este mismo nombre se aplica también a las nueve tribus en relación con Efraín quien es el jefe de ellas (5:3), pero distintas de Judá y de Benjamín (5:5). No es más que ocasionalmente que la pasada o futura reunión de las doce tribus toma el nombre de Israel (3:5; 9:10; 11:1). El nombre de Efraín se emplea continuamente para designar a las diez tribus caracterizadas por su tribu dominante. Judá, como lo hemos dicho, está en contraste con Israel y de costumbre comprende a Judá y a Benjamín. A veces estas dos tribus se nombran por separado. Jacob es el conjunto del pueblo bajo la conducta de Judá, su tribu dominante. El papel tan importante que desempeñan las diez tribus en este libro sobresale por el hecho de que el nombre de Israel (casi siempre las diez tribus) allí se menciona 43 veces, el nombre de Efraín (con el mismo sentido) 36 veces, y por fin el nombre de Judá solamente 15 veces.

Oseas pues es esencialmente profeta de Israel, el cual carácter comparten, aunque en grado menor, los profetas Amós y Miqueas. Oseas profetizaba bajo los mismos reyes de Judá que Isaías y, por consiguiente, bajo la serie de reyes de Israel que principia por Jeroboam II y termina con el rey Oseas, último soberano de las diez tribus antes de su cautiverio. Al sumar los años de los reyes de Israel, de Jeroboam hasta Oseas, incluyendo los reinados intermedios, se llegará a la enorme suma de 82 años y 7 meses, como duración de esta profecía; al añadir, por otra parte, los años de Uzías, de Jotam y Acaz y los seis años de Ezequías hasta el cautiverio de las diez tribus, se llegará a la suma aun más considerable de 90 años. Semejante cálculo será erróneo. Al estudiar la profecía de Oseas, uno se da fácilmente cuenta de que el reino de Jeroboam II allí juega un papel muy restringido; aquí hace falta pues suprimir el mayor número de años de este reino. Por otra parte, el contenido del libro nos lleva a la conclusión de que nuestro profeta no ha visto el conjunto de los años de su homónimo, Oseas, rey de Israel. Por estos cálculos aproximativos alcanzamos una duración, todavía larga, de esta profecía, pero que con facilidad se puede concebir.

El contenido del libro nos suministra numerosas indicaciones sobre las circunstancias atravesadas por nuestro profeta, o que vienen a ser la causa próxima de sus oráculos. Estas circunstancias son, por una parte, el interregno de 11 años que separa el largo reinado de Jeroboam de aquel, tan corto, de Zacarías, –por otra parte, la anarquía de 9 años que precedió el advenimiento de Oseas, último rey de Israel. Estos sucesos diversos son mencionados por nuestro profeta, sea como siendo ya cumplidos, sea como a punto de serlo, y figurando acontecimientos proféticos futuros (3:4; 10:3). Oseas, además, alude a buen número de otras circunstancias: las violencias y los asesinatos sucesivos de los reyes de Israel (4:1-3; 7:7; a confrontar con 2 Reyes 15:8, 16, 25, 30); la búsqueda para tomar a Asiría o Egipto, como protectores (5:10, 13; 7:11; 8:9, 13; 10:6; 12:2; a confrontar con 2 Reyes 15:19-20; 17: 3-4). Los capítulos 10:7, 15; 13:16, nos muestran, por otra parte que, si el profeta pudo ver el comienzo del reinado de Oseas, no alcanzó los días cuando las diez tribus fueron llevadas cautivas por el Asirio. Estas numerosas citas explican al mismo tiempo cómo el Espíritu profético relaciona a circunstancias presentes la revelación de acontecimientos futuros.

En esos días trágicos, cuando todo se precipita hacia un desenlace fatal, el estilo del profeta es hacheado, abrupto, por consiguiente, oscuro y sin transiciones; parece a menudo que le falta el tiempo para relacionar sus pensamientos entre ellos.

Este apresuramiento se hace notar cada vez más, a medida que uno adelanta en la segunda parte de la profecía. Oseas pasa, sin previo aviso, de las amenazas a las promesas; de una perspectiva sobre la bendición a una vista sobre una escena de carnicería; del cuadro de las cosas gratuitas del pasado, al de los dolores de parto que repentinamente caerán sobre Efraín. Es que el juicio se halla delante de la puerta. Todo se mezcla y se confunde para el profeta, en su precipitación para decirlo todo. ¡Ah! ¡Que por lo menos una palabra de gracia o de juicio llegue al oído de este pueblo! ¡Ay! ¡Pero no escucha! Y, sin embargo, hasta el estilo oscuro debe forzarlo a que reflexione. ¡Ay de este pueblo! Pero, he aquí de repente Dios vuelve a sus promesas de antaño. En seguida se sosiega y se descansa por fin, en el último capítulo, en el cuadro de Israel arrepentido que vuelve a encontrar el disfrute del favor divino. La ira ya no existe; solo subsiste la bendición en una paz perfecta.

Es así que, en la Palabra, Dios adapta hasta el estilo de sus siervos a la expresión de Sus pensamientos. Nos veremos obligados, a causa de las dificultades y de lo deshilvanado aparente de este estilo, dar a veces una paráfrasis, es decir un desarrollo explicativo del texto. Todo nuestro deseo es que este método no canse al lector, sino que le proporcione un entendimiento más iluminado de la Palabra inspirada y que de ninguna manera dañe la edificación, único propósito de estas páginas.

Al estudiar Oseas, es preciso que seamos nosotros mismos sobrecogidos por las angustias tumultuosas que llenan el corazón de este hombre de Dios: Indignación por la conducta de Israel hacia su Dios y anuncios de juicios próximos; amor hacia este pueblo que él quiere con cada fibra de su corazón, de un corazón dolorido que sangra, se indigna, quiere y aguarda; que llama, grita, ruge, y suplica; que desde su alta torre, señala la tempestad y vuelve a caer abrumado cuando su grito no ha encontrado respuesta alguna; –pero que en medio de tantas llamadas vanas, tiene el consuelo supremo de reposarse en la gracia, al esperar con constancia invariable las promesas confirmadas a Cristo, de las cuales jamás Dios se arrepentirá.

Todavía una palabra sobre el plan, muy sencillo por lo demás, de la profecía de Oseas. Esta se divide en cuatro partes de longitud muy desigual, de las que, en su lugar, marcaremos las subdivisiones.

– Los capítulos 1 al 3 nos presentan el estado moral de Israel y los consejos de Dios a su respecto. Cada uno de estos tres capítulos se termina por la restauración final del pueblo como conjunto.

– Los capítulos 4 al 10 encierran el debate de Jehová Dios con Israel y la relación de Sus caminos con respecto al pueblo. Es allí sobre todo donde presenciamos las angustias del profeta.

– La tercera división comprende los capítulos 11 al 13. Aquí prosigue el debate, pero entremezclado con escapadas sobre los designios de la gracia de Dios con respecto a Efraín y Judá.

– La cuarta división contiene el capítulo 14 solo. Provee una expresión para el arrepentimiento definitivo en los últimos días y describe la restauración final de Efraín bajo el reinado milenario del Mesías. Las diez tribus vuelven a encontrar así la comunión con el Jehová Dios, que habían perdido y que viene a ser su parte para siempre.

2 - Primera parte: capítulos 1 al 3 — Estado moral de Israel y consejos de Dios con respecto a ellos

2.1 - Capítulo 1: Dios rechaza a Israel y recibe a las naciones

(V. 1) «Palabra de Jehová que vino a Oseas hijo de Beeri, en días de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, y en días de Jeroboam hijo de Joás, rey de Israel».

Nada más el primer versículo y ya tropezamos con una dificultad. ¿Cómo puede ser que Oseas, profeta de Efraín, en vez de enumerar la serie de reyes de Israel bajo quienes profetizó, no menciona más que a Jeroboam, el primero de estos reyes, guarda en silencio sus diez sucesores y señala la duración de su profecía por los reyes de Judá? A este enigma la historia de los reyes de Israel provee una solución, confirmada esta por el contenido de nuestro primer capítulo.

Jehú, ejecutante de los juicios de Dios contra las diez tribus, había exterminado a Joram, rey de Israel, y los 70 hijos del impío Acab, pero, lleno de un celo carnal, había rebasado los límites de las órdenes de Dios al ejercer venganza sobre Ocozías, rey de Judá, y sus cuarenta y dos hermanos. Jehová reconoció la obediencia de Jehú, en la medida en que se había ejercido en Su servicio, y le dice: «Por cuanto has hecho bien ejecutando lo recto delante de mis ojos, e hiciste a la casa de Acab conforme a todo lo que estaba en mi corazón, tus hijos se sentarán sobre el trono de Israel hasta la cuarta generación» (2 Reyes 10:30; 15:12). Fue, en efecto, lo que sucedió. A instancias de Joacaz, su padre –primera generación de Jehú– Joás, la segunda generación, había sido suscitado como «Salvador a Israel» (2 Reyes 13:5). Jeroboam II, tercera generación, por lo malísimo que fue como rey, también había sido honrado con el título de Salvador del pueblo (2 Reyes 14:27). Desde entonces, sin embargo, quedaba juzgado Israel, pero faltaba todavía la cuarta generación de Jehú para cumplir con la promesa, hecha a este por Jehová. A la muerte de Jeroboam, las diez tribus atravesaron un período de interregno del cual la profecía de Oseas lleva las huellas. Pero lo que Jehová había prometido, necesariamente tenía que tomar lugar. Al cabo de once años de interregno, Zacarías, cuarto descendiente de Jehú, se sentó sobre el trono de Israel, más tan solo reinó seis meses y murió de muerte violenta (2 Reyes 15:8-12). Así se cumplía a la vez la palabra de Jehová a Jehú y el juicio definitivo sobre las diez tribus. Ya, en el tiempo de Jeroboam II, este juicio era consumado en los decretos de Dios. Los cinco soberanos que se sucedieron en el trono desde Zacarías hasta la deportación de las diez tribus no cuentan para la profecía, a pesar del largo reinado de dos de entre ellos.

Oseas profetizó sobre Israel, cuando la suerte del pueblo ya es invariablemente fijada por Jehová. Este guarda Su promesa a Jehú, pero juzga de modo definitivo a la casa de Israel, empezando por Jehú (cap. 1:4). Por algún tiempo Judá, bajo algunos reyes fieles, “camina todavía con su Dios y los verdaderos santos”, aunque, de hecho, la ruina de las dos tribus ya es completa (cap. 12:2). Por eso, como lo veremos, cada vez que se menciona a Judá, es para demostrar que, si bien su juicio queda aplazado, no está lejos y con toda seguridad alcanzará a la casa de David.

He ahí pues lo que a nuestro parecer explica por qué Oseas, profeta de Efraín, nos es presentado como presidiendo bajo el reinado de los reyes de Judá, y guarda en silencio a todos los reyes de Israel, con excepción de Jeroboam. Este último era todavía un «Salvador» más. Después de él, no hay nada sino desorden, asesinatos y anarquía.

(V. 2-5) En una época, cuando la Palabra de Dios ya no tiene poder sobre el corazón del pueblo para convencerlo y volverlo a traer, Jehová la acompaña con signos visibles, simbólicos, aptos para alcanzar la conciencia y de los cuales nadie puede eludir el significado. «Dijo Jehová a Oseas: Ve, tómate una mujer fornicaria, e hijos de fornicación; porque la tierra fornica apartándose de Jehová». Es preciso que el profeta de Jehová, el hombre que representa a Dios mismo ante el pueblo, contraiga un matrimonio deshonroso. Israel no comprenderá que la prostitución es su condición actual. Había abandonado a Jehová, traicionando sus compromisos para con su marido y, sin embargo, las relaciones de un matrimonio legítimo subsistían aún. Y no había nada más vergonzoso para el profeta. ¡Pero cuánto más lo era para Jehová mismo! Además, no solamente era deshonrado el profeta (o Dios), sino que los hijos nacidos de esta unión no podían llamarse más que hijos de prostitución. Una mancha, jamás se la puede mejorar, incluso aliada con la pureza más perfecta. Si la santidad del profeta, bajo la guía del Espíritu Santo, no se había alterado en lo más mínimo, la impureza de su esposa se había multiplicado por diez, por el hecho de que ella no tenía ninguna consideración para con esta santidad; pero en adelante era imposible para Dios no tener conocimiento de ello, si, una vez comprobado el hecho, Él no quería renegar de Su santidad. El juicio pues se volvía en una necesidad, a no ser que Dios abandonase Su carácter.

Esta verdad es de todos los tiempos. Después de Israel, la Iglesia, como Esposa de Cristo responsable, ha seguido el mismo camino, se ha prostituido, y caído bajo el mismo juicio, mucho más terrible sin embargo que aquel de Israel, porque será proporcionado conforme a las múltiples gracias recibidas. Israel fracasó bajo la Ley; la Iglesia responsable fracasó bajo la gracia. Pero Israel, después de su defección bajo la economía de la Ley, volverá a encontrar, bajo la nueva alianza, la gracia que nunca había conocido; la Iglesia no volverá a encontrarla, porque, después de la gracia, que es la manifestación suprema del carácter de Dios, ya no le queda más recurso, ni otra salida, que el juicio. La Iglesia está en camino para transformarse en «la gran ramera», madre de todas las abominaciones de la tierra que tendrá por meta esta sentencia: «¡Cayó, cayó es la gran Babilonia!» (Apoc. 17:1-5; 18:2).

Oseas pues toma por mujer a Gomer, cuya conducta es la imagen de la del pueblo. Es hija de Diblaim, que significa «doble abrazo». Este nombre parece ser una alusión. Desde su origen, Israel había sido sometido a dos influencias contrarias, la de la carne y la de la santidad de Dios. Una mezcla –una cosa no del todo buena, ni del todo mala– ¿podría esto ser el resultado de ello? ¡Imposible! «La corrupción no hereda la incorrupción» (1 Cor. 15:50).

El primer hijo de Gomer es Jezreel. «Ponle por nombre», dice Jehová, «Jezreel; porque de aquí a poco yo castigaré a la casa de Jehú por causa de la sangre de Jezreel, y haré cesar el reino de la casa de Israel. Y en aquel día quebraré yo el arco de Israel en el valle de Jezreel» (v. 4-5). Este nombre recuerda el asesinato cometido por Jehú, sobre Ocozías, rey de Judá y sus cuarenta y dos hermanos (2 Reyes 9 - 10). Dios había aprobado a Jehú en lo que había hecho a la casa de Acab e incluso le había otorgado de ello la recompensa. Es solo después de unos veinte y cuatro años más tarde cuando aprendemos lo que Dios pensaba del asesinato de los hijos de Judá.

Este principio es muy instructivo en cuanto a los caminos de Dios. En cuanto sirve para cumplir los consejos de Dios, el hombre puede ser aprobado por Él, cualesquiera que sean los motivos secretos de su corazón, siempre que no se oponga a este cumplimiento. Pero los motivos secretos que le han hecho actuar, cuando parecía que solo trabajaba por Dios, un día serán expuestos a la luz y la violencia o la hipocresía que se esconden bajo la capa de la obediencia ya no escaparán en el día del juicio más que hoy día escapan a Su mirada. Llega el momento cuando la paciencia de Dios se da por acabada. Los motivos del corazón de Jehú que, si bien sabía ocultar a los ojos del fiel Jonadab, al adornarlos con el nombre de «celo por Jehová» (2 Reyes 10:15-16), ahora son puestos al descubierto. Los mejores podrían engañarse en eso, pero a Dios nadie le engaña. Transcurren años, llegan el día y la hora de la retribución, paulatinamente quizás, pero a paso seguro e inevitable. ¿No había ocurrido lo mismo en el caso de Saúl y los gabaonitas? Parecía, después de tantos años, que Dios hubiese olvidado lo que ni siquiera había apuntado. El hambre de tres años vino para desengañar a Israel (2 Sam. 21).

El nombre de Jezreel es sinónimo, aquí, de quebrantamiento: el arco de Israel (su poder) será quebrantado en el valle de Jezreel. Con la casa de Jehú ha cesado virtualmente el reino de las diez tribus y Dios no toma ya cuenta de lo que queda.

Pero no era solamente cuestión de la dignidad real. Bajo los sucesores de Jehú, ¿en qué estado se encontraba la misma nación? Gomer da a luz a una hija y dice Dios: «Ponle por nombre Lo-ruhama [no compadecida], porque no me compadeceré más de la casa de Israel, sino que los quitaré del todo» (v. 6). La copa estaba llena; en cuanto se refiere a Israel, ya no había lugar para arrepentimiento de parte de Jehová; no obstante, aun quería “hacer misericordia a la casa de Judá y salvarlos”, –lo que, por dos veces, en vano, había hecho, como lo hemos visto, con respecto a la casa de Israel– porque la sentencia definitiva no habría sido aun pronunciada sobre la casa de David.

Gomer da a luz un segundo hijo. Dice Dios: «Ponle por nombre Lo-ammi [no es mi pueblo], porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios» (v. 9). De ese modo todo lazo con Dios queda roto. Israel queda rechazado y fijémonos en que Dios ya no hace ni una excepción más a favor de Judá, como lo hizo para Lo-ruhama. La sentencia se extiende aquí más allá de Efraín. En el mismo momento en que es pronunciada, las relaciones vitales de todo el pueblo ya están rotas. Pronto cederán el lugar a los sencillos caminos de la providencia de Dios, como lo vemos en el libro de Ester, hasta el día del restablecimiento de Israel.

Con esta sentencia: «No es mi pueblo», parece que todo está definitivamente terminado. No cabe duda, si Dios no fuese Dios, y si Su gloria quisiera fundarse sobre sus juicios en vez de ser establecida sobre su gracia. Dios es juez y los pecadores son espantosamente culpables por no tomarlo en cuenta, pero también es Dios de las promesas y estas promesas son sin arrepentimiento. Bien se ve esto aquí, en el versículo 10, con respecto a Israel: «Con todo, será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar». Cosa notable, el profeta no se remonta a las promesas hechas a Jacob (Israel) en Bet-el: «Será tu descendencia como el polvo de la tierra» (Gén. 28:14), sino a aquellas hechas a Abraham después del sacrificio de Isaac: «Multiplicaré tu descendencia… como la arena que está a la orilla del mar» (Gén. 22:17), promesa que el mismo Jacob recordará a Jehová antes de pasar el vado de Jaboc: «Y tú has dicho: Yo te haré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud» (Gén. 32:12). Es en virtud del sacrificio de Cristo que la gracia de Dios triunfará al final, y sobre este sacrificio que Jehová establece sus promesas inmutables. La ley, que vino tanto más tarde, no puede anularlas. El Dios de las promesas no puede mentir, ni desaprobar a Cristo, el Isaac resucitado, en quien todas ellas son «Sí y Amén».

Pero el profeta menciona todavía otra promesa mucho más maravillosa que la de la «arena del mar»: «Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho: Sois hijos del Dios viviente» Este pasaje tiene referencia a las naciones y no a Israel, como el Espíritu de Dios nos lo enseña en Romanos 9. ¿No es notable el que sin esta enseñanza nunca hubiéramos descubierto, en este versículo, el pensamiento de Dios con respecto a los gentiles? En Romanos 9:23-26, el apóstol cita dos pasajes de Oseas para mostrar que Dios ha llamado «vasos de misericordia». Es a saber, en nosotros, a quienes también él ha llamado, no solo de judíos sino también de gentiles. El primero de estos pasajes se toma de Oseas 2:23: «Llamaré pueblo mío, al que no era mi pueblo, y amada, a la que no era amada». Estas palabras se refieren exclusivamente a Israel; el apóstol Pedro, dirigiéndose a los judíos convertidos, las emplea al referirse a ellos: «los que en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios; los que no habíais obtenido misericordia, mas ahora habéis obtenido misericordia» (1 Pe. 2:10). Pedro muestra a estos creyentes salidos del judaísmo que lo que era prometido para el futuro a su nación, ellos lo poseían ahora; que tenían el derecho de llamarse el pueblo de Dios, y tenían relaciones con Dios fundadas en Su gracia gratuita.

El segundo pasaje de Romanos 9, versículo 26, se saca de Oseas 1:10. Es el que nos ocupa: «Y», dice el apóstol, «en el lugar donde les fue dicho: No sois mi pueblo; allí mismo serán llamados hijos del Dios vivo». En el futuro, los hijos de Israel aprenderán que Dios se ha suscitado en su lugar un pueblo nuevo, teniendo un título nuevo: «Hijos del Dios vivo». Este nombre me parece tener un alcance especial. En el Antiguo Testamento el nombre del Dios vivo, del Dios de Israel poseyendo la vida en él mismo, parece contrastarse con los dioses sin vida, ídolos de las naciones. En el Nuevo Testamento, Cristo es el Hijo del Dios vivo (Mat. 16:16; Rom. 1:4), declarado tal por la resurrección de entre los muertos. En virtud de esta resurrección y por la venida del Espíritu Santo, el cristiano posee la misma relación con Dios que su Señor y Salvador. Es hijo de Dios, del Dios vivo. Tal me parece ser el alcance de este pasaje. Se dirige a las naciones de las cuales formamos parte, y proclama la nueva relación con Dios en la cual ellas entrarán por un Cristo resucitado. Sin duda el profeta no llega hasta el misterio de la Iglesia, desconocido por el Antiguo Testamento, pero podemos decir que este misterio está escondido en estas palabras: «el Dios vivo», título conocido por todos los profetas, pero revelado aquí por el tiempo futuro cuando, sobre Él, el Señor edificará su Asamblea.

«Y se congregarán los hijos de Judá y de Israel, y nombrarán un solo jefe, y subirán de la tierra; porque el día de Jezreel será grande» (v. 11). De la bendición de las naciones, el profeta pasa a la futura reunión de todo Israel. Judá, con el cual Dios usaba de paciencia todavía, iba a ser dispersado después de las diez tribus, pero no siempre será así. Si el propósito de la cruz, de reunir en uno a los hijos de Dios dispersados, fracasó en cuanto a Israel, vendrá el tiempo en el que este designio se cumplirá. Judá e Israel (o las diez tribus) se establecerán a un solo jefe; ellos reconocerán juntos el señorío de Cristo que Judá había rechazado. Entonces estos hermanos enemigos vivirán unidos con su Jefe, sumo sacerdote y Rey sobre su trono, viniendo a ser desde allí en adelante su Conductor.

«Subirán de la tierra». El sentido de esta palabra me parece ser que subirán de la tierra de Canaán como cosecha abundante, pues, añade inmediatamente el profeta, «el día de Jezreel será grande». Entonces Jezreel, lugar de degüello y de retribución (v. 5), recibirá su verdadero significado: “Dios siembra” (cap. 2:23). Siembra y crecerá la cosecha, pero solamente después de que el juicio del pueblo haya sido consumado. En cuanto se introduce la jornada de Jezreel, Dios mismo introduciéndola, no puede ser otra cosa sino bendición; en donde Él ha sembrado, la cosecha no puede ser otra cosa sino infinitamente grande. En otros tiempos, bajo Jehú, el hombre había sembrado, y cosechado la tormenta; pero cuando Dios siembra, cosechará un pueblo bien unido, fruto maduro de su obra, reunido bajo un Jefe divino. Entonces se podrá decir, en efecto: ¡Grande es el día de Jezreel!

Hemos encontrado pues en este capítulo un resumen importante del pasado y del futuro de Israel y de Judá. Toda la profecía del Antiguo Testamento allí se encuentra condensada en pocas palabras. Las promesas de Dios; el pueblo bajo la ley que abandona a Jehová; el juicio que es la consecuencia de ello; la ruptura de toda relación entre Dios y el pueblo; la cesación de Sus caminos de misericordia hacia él; la alianza legal habiendo sido rota por Israel; –la entrada de las naciones en las bendiciones de la nueva alianza, como fruto de la resurrección de Cristo que Israel había rechazado–, pero a continuación la reanudación de las relaciones de Dios con Israel, cuando el Cristo resucitado viene a ser Jefe de su pueblo, lo reúne en uno después de su dispersión, y hace levantar una cosecha abundante sobre la tierra renovada.

2.2 - Capítulo 2: Dios rechaza a Israel y lo introduce, por el arrepentimiento, en las bendiciones milenarias

El primer versículo de este capítulo: «Decid a vuestros hermanos: Ammi; y a vuestras hermanas: Ruhama», parece referirse a la esperanza dada a Israel, al final del primer capítulo. Es como si el profeta dijera: En el presente día es posible realizar el carácter de un remanente. Pero habrá, en una época futura, no determinada todavía, unos fieles que se reconocerán, los unos a los otros, como siendo el pueblo de Dios y como habiendo obtenido misericordia. Solamente estos fieles unidos en el feliz pensamiento de pertenecer a Jehová y estar en favor, en Su presencia, contenderán «con vuestra madre» (v. 2), la mujer prostituta, Israel apóstata, “que no es la mujer de Jehová y de quien Él no es el marido”. Ellos provienen de Dios, ya que el Espíritu de profecía (el profeta) los engendró, pero, obligados a reconocer que la Israel idólatra es su madre, entran en juicio con ella para reivindicar su derecho a la santidad de Dios. Una última vez ese pobre pueblo es requerido por sus hijos mismos que pertenecen a Jehová, para que vuelva de su mal camino; de no ser así, Dios lo desnudará, le quitará todos sus privilegios que le había concedido y lo dejará en el horror de su prostitución, objeto de un juicio sin remisión (v. 3). Sus hijos mismos, mientras no toman el carácter del remanente, serán Lo-ruhama (no hará misericordia), puesto que son el fruto de su prostitución. De manera que habrá, como descendientes de Israel, hijos nacidos de prostitución e hijos nacidos de Dios, aquellos de quienes se dice: «Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová», y «Vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso» (Is. 52:11; 2 Cor. 6:18).

Este abandono de Dios es, en el caso de Israel, el fruto de una voluntad desenfrenada que empuja el corazón hacia sus codicias y lo pone en oposición con Dios: «Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida» (v. 5), como si estas cosas pertenecieran al pueblo infiel, por la liberalidad del mundo del que quería recibirlas. –«Ir!» Cuánto esta propia voluntad difiere de la voluntad de Rebeca, interrogada por sus padres, y que también contesta: Iré. Qué importan la fatiga, las privaciones, el desierto sin pan, sin agua, sin aceite y sin vino. ¡Iré! Ninguna ventaja para recompensar a los de la casa paterna, nada que responda a las costumbres o a las aspiraciones de su corazón; en este desierto todo está contra ella, y sin embargo dice: ¡Iré! Es que tiene delante de sí un personaje en quien ha puesto su confianza, en quien cree, aun no viéndole, y que ama sin verle: Isaac. Para alcanzarle, bajo la conducta del Espíritu Santo quien no la abandonará en el desierto, consiente dejar los afectos más queridos, el techo familiar, llevar con paciencia todas las privaciones. Quiere llegar hasta él, virgen pura y casta, digno objeto de su afecto. Es de notar sin embargo que no es Rebeca quien escoge a Isaac como esposo. Es él quien la escogió a ella y quien, antes de que se dedique enteramente a él, le ha dado la seguridad de su propio amor. Tal es el primer amor, el amor del Esposo que se posesiona del corazón de la Esposa para atraerla delante de Su presencia. Israel había encontrado este amor al principio de su carrera, cuando, rescatado de Egipto, él andaba en el desierto en pos de Jehová (Jer. 2:1-3). Lo perdió por haber ido tras sus amantes (v. 5). Más tarde solo lo volverá a encontrar en el camino del arrepentimiento (v. 14-17).

¡Cuánto Israel, la prostituta, difiere de Rebeca! Dice Israel: «Iré tras mis amantes», Asiría y Egipto. Se entrega a ellos por las ventajas terrestres que piensa retirar de este comercio. No ve que estas mismas ventajas temporales es Dios quien se las provee: «Y ella no reconoció que yo le daba el trigo, el vino y el aceite». Y, cosa todavía peor, de las riquezas que Dios le da se hace ídolos: «Y que le multipliqué la plata y el oro que ofrecían a Baal» (v. 8). Pero el Creador le retirará sus dones, y ya verá si venían de sus amantes: «Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo a su tiempo, y mi vino a su sazón, y quitaré mi lana y mi lino que había dado para cubrir su desnudez». Dios le quita los bienes de la tierra (v. 9); es humillada en los ojos de las naciones (v. 10). Las fiestas solemnes, todo lo exterior de su culto, le es quitado (v. 11); los signos del favor de Jehová, el gozo y la abundancia terrestres, le son retirados; viene a ser presa de sus enemigos (v. 12). Dios se vengará de su idolatra, pues «se olvidaba de mí, dice Jehová» (v. 13).

Este cuadro del estado de Israel también lo es de la actual profesión cristiana. Se busca al mundo y sus ventajas, sus riquezas y su prosperidad, las dulzuras de la existencia que nos procura, sin informarse del Dios a quien estas cosas pertenecen, y uno las hace servir para la satisfacción de sus codicias, en vez de abandonarlo todo para seguir a Jesús.

A veces, el alma desengañada, viendo que «sus amantes» no le ofrecen ya más lo que desea, y después de haber perseguido en vano las cosas por las cuales Satanás le ha embaucado, exclama: «Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora» (v. 7). No nos engañemos, no es la descripción de lo que pasa en el corazón del hijo pródigo: «Me levantaré, e iré a mi padre». Felices son aquellos quienes, bajo el peso de sus desilusiones y de su miseria, por fin han sentido que para ellos tan solo había recursos en los brazos del Padre a quien habían deshonrado, y que vuelven hacia Él, arrepentidos, y le dicen: «He pecado contra el cielo y delante de ti!» –Pero aquí no encontramos ningún arrepentimiento. El cansancio, el desaliento, la náusea del pecado, pueden empujar a las almas hacia la religión, y hacerles desear un cambio, pero tan solo obtiene este en el camino del arrepentimiento.

Aquí, el horror de los ídolos no llena todavía el corazón de Israel. No sospechan qué personaje espantoso se esconde detrás de los Baales. Según su apariencia un ídolo no es nada; los hombres procuran convencerse de que es muy indiferente el entregarse a sus codicias, con tal que no pertenezcan a cosas degradantes, pero ¿se dan ellos cuenta que los demonios están escondidos detrás de cada uno de los objetos de sus deseos? (1 Cor. 10:20; véase también Col. 3:5).

Lo hemos dicho: las palabras de Israel, en el versículo 7, no son realmente arrepentimiento. El asco, el vacío que dejan las codicias, nunca satisfechas por la posesión de las cosas deseadas, la esperanza de encontrar mejor que eso al volverse hacia Dios, la resolución de acabar con ello, aún no son el verdadero «Iré» del hijo pródigo. Es preciso, como él, levantarse e irse hacia su padre. Israel no lo hace aquí; dice simplemente: «porque mejor me iba entonces que ahora» El pensamiento de haber pecado contra Jehová no nace en su corazón, y, de hecho, lo que nos convierte, es la convicción de haber ofendido el amor de Dios en el preciso momento en que Él había hecho todo por nosotros. Pero llega un momento, cuando Dios lo quita todo, hasta las formas religiosas (v. 11), que Israel concede con el culto de los demonios y la impureza. Lo mismo sucede con la cristiandad, estas formas subsisten en ella hoy todavía, pero pronto serán tragadas en la apostasía general y, desde entonces, el Dios al que con tanta ligereza se ha vuelto la espalda no se podrá encontrar.

Sin embargo, en medio de todas estas ruinas, Dios tiene vistas de gracia hacia Israel y las encontramos en los versículos 14 al 17: «Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto. En aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Ishi, y nunca más me llamarás Baali. Porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres». Será como un renuevo, un nuevo principio de la historia de Israel (es decir de las diez tribus que están especialmente en vista en este pasaje). En primer lugar, Dios mismo lo atraerá en pos de Él en el desierto para bendecirlo. El pueblo volverá a encontrar lo que había tenido antiguamente cuando el frescor del primer amor lo atraía, en su salida de Egipto, tras su Esposo en una tierra inhabitada (Jer. 2:1-3). ¡Ay!, este primer amor había sido abandonado a favor de la búsqueda de los ídolos, de los Baales de quienes Israel había hecho sus dueños. Ya no había esperanza alguna para volver a encontrarlo. Ninguna para el conjunto del pueblo, no más que para el conjunto de la Iglesia profesa de nuestros días. Pero un remanente podrá volver a encontrar este primer amor, esta bienaventurada comunión con el Marido de Israel. «Si tu pueblo, oh Israel, fuere como las arenas del mar, el remanente de él volverá». Este remanente será probado, juzgado, purificado en el desierto, para volver a encontrar el camino de bendición y volver a entrar en posesión de su país (Is. 10:22; 11:11-16; 27:12-13; Ez. 20:10-38; Zac. 10:7-12; Sof. 3:10).

En esta prueba un gran número de los que se habían puesto en camino con el remanente será juzgado y nunca verá el país de la promesa; será la repetición de la historia del pueblo de antaño, cuyos cuerpos cayeron en el desierto. Mas, igual como antiguamente, será salvo un remanente: Jehová hablará «a su corazón». Efraín volverá a encontrar sus viñas (v. 15), pero ya no como en la época pasada cuando buscaba su gozo en la embriaguez; –y ¿cuántas veces la borrachera de Efraín no se menciona por los profetas? (Is. 28: 1-4, etc.)– volverá a encontrar su gozo en la comunión con su Dios. Le devolverá «sus viñas» dice Jehová; esta restauración se deberá enteramente a la gracia; el Señor se valdrá de los sufrimientos del desierto para producir este resultado. Mas, como toda restauración, no podrá tomar lugar sin una obra de arrepentimiento. El primer amor perdido no se puede volver a encontrar si no es por ese camino. Este ha sido, es, y siempre será el caso para toda verdadera conversión o sea restauración; por lo tanto, encontramos aquí: «y el Valle de Acor por puerta de esperanza».

El valle de Acor (Jos. 7:19-26), es decir el valle de turbación, el juicio del mal, era el lugar donde Acán, que había traído, por lo prohibido, turbación sobre Israel, había sido lapidado, después quemado, él, sus hijos y sus hijas, todo su ganado, como también lo prohibido que se había apropiado, para desviar de Israel el ardor de la ira de Jehová. Este valle de turbación, cuya solemnidad alcanza la conciencia de Efraín cuando asiste, durante el viaje, al terrible juicio de Jehová sobre el pueblo de quien forma parte, viene a ser para el remanente una puerta de esperanza y abre la salida para el rescate final. Entonces, y solo entonces, habrá tocado la hora de una segunda juventud para las diez tribus. Ella [la esposa] «cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto». El residuo de Israel comprenderá nuevamente la dulzura de los lazos de amor que lo unen a Jehová, la dulzura de poder llamarlo «Ishi [Marido mío]», y de ya no llamarlo «Baali [señor] mío», nombre que las diez tribus daban a los Baales, porque Señor y Baal son la misma palabra. Ellas se habían entregado a Baal, al demonio escondido detrás del ídolo, ahora han olvidado hasta su nombre (v. 17). ¡Inmensa gracia! ¡Cómo Jehová, en ese día, no recordará más las iniquidades de Israel, Israel no recordará más el nombre de sus falsos dioses! El pasado, la esclavitud de Satanás, habrá desaparecido para dar lugar al renuevo de las felices relaciones con Dios, tanto tiempo desconocido, tanto tiempo despreciado. Este futuro de Efraín, para nosotros los cristianos, es el presente. Dios mismo nos dice que no se acordará más para siempre de nuestros pecados, ni de nuestras iniquidades y, en virtud de la sangre de Cristo vertida por nosotros, nos podemos presentar delante de Él, sin ninguna conciencia de pecado. Estas felices certidumbres ligan nuestros corazones con Aquel a quien debemos nuestras bendiciones. Conocerle a Él, viene a ser la fuente de todos nuestros gozos y de toda nuestra actividad. Es el primer amor. ¿Lo hemos perdido? Volvamos a encontrarlo con prontitud por un libre arrepentimiento, si no, Dios, para hacernos volver a encontrarlo, producirá en nuestros corazones este arrepentimiento sobre el camino de sus juicios.

Es solamente después del trabajo de arrepentimiento que se abre ante Israel la maravillosa escena de las bendiciones del reino milenario (v. 18-23).

«En aquel día» (v. 18), Jehová apaciguará todos los instrumentos de sus juicios contra su pueblo: las fieras, las aves de rapiña, las serpientes venenosas; «quitaré de la tierra arco y espada y guerra», todos los diversos enemigos que Dios, tan a menudo, había suscitado para castigar a esta nación. Israel «y te haré dormir segura». Este pueblo que había cerrado el oído a su Mesías cuando este venía para decirle: «Os daré descanso» (Mat. 11:28), por fin encontrará el reposo por el arrepentimiento, a través de la tribulación.

«Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás a Jehová» (v. 19-20). En adelante Israel conoce a Jehová, pues sus esponsales dependen enteramente de Su gracia. La justicia en adelante queda inseparable de la misericordia. El pueblo entra en relación con Dios a razón de una justicia basada en el juicio, y de una misericordia fundada sobre el amor. Es eso que nosotros los cristianos, hemos encontrado al pie de la cruz de Cristo; será la porción de Israel en un día futuro; será el fundamento del reino de Cristo sobre la tierra: «Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro» (Sal. 89: 14).

«Te desposaré conmigo en fidelidad» (v. 20). El arrepentimiento de Israel le conducirá a unas relaciones con Dios, no solo en justicia y en gracia, sino también en verdad, es decir según el carácter que dará a su pueblo para que pueda estar en relación con Él. Este carácter depende enteramente de la gracia, pues que es de ella sola que proviene lo que somos ante Dios, y lo que Israel será ante Él. Y es entonces cuando Israel podrá decir: ¡Conozco a Jehová! (v. 20).

«En aquel tiempo responderé, dice Jehová, yo responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra. Y la tierra responderá al trigo, al vino y al aceite, y ellos responderán a Jezreel. Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío» (v. 21-23). Encontramos aquí la plenitud de las bendiciones de la tierra milenaria. Notemos en todo este pasaje, a partir del versículo 18, tres cosas:

1. El mal, instrumento exterior del juicio, queda suprimido; pues, lo aprendemos en otro sitio, Satanás, quien lo utiliza, es atado durante mil años (Apoc. 20:1-3).

2. El mal en el corazón del pueblo es quitado, reemplazado por un corazón nuevo y por el conocimiento de Dios. Es la nueva alianza de que nos habla Jeremías, fundamentada enteramente sobre la gracia (Jer. 31:31-34; Hebr. 8:10-13).

3. La creación, antiguamente sometida a la «servidumbre de la corrupción», es liberada para disfrutar de la libertad de la gloria de los santos (Rom. 8:19-22).

Habrá acuerdo entre el cielo y la tierra en los sembrados y las cosechas. Jezreel ya no será lugar de asesinato y de matanza, sino que corresponderá a su nombre: «Dios siembra». Sí, Dios sembrará en lo que antiguamente era lugar de la violencia del hombre y de los juicios de Dios, y el sembrado cayendo en una tierra preparada por Él, llevará fruto hasta el céntuplo. La bendición del trigo candeal, del mosto y del aceite, que Israel primeramente había buscado entre las naciones (v. 5), luego, que Dios se lo había quitado (v. 8-9), lo volverá a encontrar bajo el reinado del Mediador, el verdadero Melquisedec, que bendecirá al pueblo por parte de Dios y a Dios por parte del pueblo. Entonces Israel habrá vuelto por la fe a las bendiciones de Abraham; será sembrado por Dios y para Dios en su país. Lo-ammi vendrá a ser: Pueblo mío; Lo-ruhama vendrá a ser: Objeto de misericordia. Y dirá Israel: ¡Dios mío! Habrá confianza recíproca, amor recíproco, gozo desbordante en la comunión con Dios. Todas estas cosas serán la porción de Israel arrepentido y restaurado. Hoy ¡pertenecen a los cristianos, en virtud de relaciones con el Hijo y con el Padre, mucho más íntimas y más preciosas que las de Israel con su Dios! (1 Pe. 2:10).

2.3 - Capítulo 3: Dios rechaza a Israel y le hace volver a encontrar, por medio de la conversión, al Cristo, verdadero rey suyo

El profeta es llamado a cumplir un nuevo acto simbólico. Debe amar a una mujer que, aunque amada por un amigo –el profeta, que simboliza aquí a Jehová–, es adúltera, infiel a los lazos obligatorios que la ligan con su amigo. Lo mismo había ocurrido con los hijos de Israel. Jehová los había amado, ellos lo habían abandonado para irse tras otros dioses y habían amado las «tortas de pasas» (v. 1), al estimar que el adulterio les proporcionaría esta alimentación de fiesta y que Jehová se lo negara. Sin embargo, era David quien los había distribuido al pueblo, Salomón quien les daba a su bien amada, y la Palabra no muestra que hayan sido distribuidos por otros fuera del Rey (2 Sam. 6:19; 1 Cron. 16:3; Cant. 2:5). Verdad es que el Rey según los consejos de Dios, daba también a su pueblo un alimento más substancioso que este manjar delicado, pero Israel no lo tomaba en cuenta. Aman «las tortas de pasas»: el enemigo les había hecho creer que encontrarían una fiesta perpetua lejos de Dios a quien traicionaban. Este error es de todo tiempo. El corazón natural del hombre no busca siempre satisfacción en alguna deshonra grosera; también quiere un alimento refinado, gozos intelectuales elevados y procura hacer de su vida una fiesta de la inteligencia. Para obtener estas cosas se vuelve hacia el mundo y abandona a Dios, olvidando que la verdadera inteligencia y los únicos gozos verdaderos no se encuentran si no es en la comunión con el Salvador.

El precio por el cual el profeta compra la mujer adúltera es de hecho bien escaso. Los cerca de 330 litros de cebada, da a suponer que él había regateado para hacerla ceder a precio regalado. Es que, de hecho, no teniendo ningún valor en ella misma, el amor solo de aquel que la había adquirido le daba a ella algún precio. Mas, sea como fuera, esta mujer le pertenecía, porque la había pagado y así tenía derechos sobre ella. Podía, a su antojo, arreglar el futuro de esta en conformidad con su conducta pasada: «Tú serás mía durante muchos días; no fornicarás, ni tomarás otro varón; lo mismo haré yo contigo. Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines» (v. 3-4). Era lo que debía suceder primeramente a las diez tribus. A partir de su destierro fueron sin príncipe, sin ídolos, sin relación con Dios. No ocurrió tal con Judá que, después de la cautividad, no había carecido de príncipes y de gobernadores, y había conservado algunas relaciones con Dios. La suerte de Efraín alcanzó a Judá después de que este hubo rechazado y crucificado al Ungido de Jehová; desde entonces la condición de las dos fracciones del pueblo fue análoga, si no idéntica. Ya no había rey ni culto, ningún modo para consultar con Jehová; por otra parte, ya no había idolatría pública ni doméstica, sino que una casa barrida y arreglada que no espera más que siete demonios peores que el primero (Mat. 12:44).

No obstante, este estado de desolación tomará fin: «Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días» (v. 5). Israel se convertirá, volverá a Dios, reconocerá por Rey a Cristo, el verdadero David rechazado en otros tiempos. Dos cosas dominarán en el corazón del pueblo restaurado: el temor de Jehová y el sentimiento de su amor, Según la palabra del profeta: «Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Sal. 130: 4).

Al recapitular estos tres capítulos no es sorprendente que Oseas, en la velada de la desaparición de las diez tribus, anuncia:

  1. Su restauración en el país bajo un solo Jefe (cuando el paréntesis de la Iglesia sea cerrado);
  2. a Dios que reanuda sus relaciones con ellos, bajo la nueva alianza, en el Milenio;
  3. su retorno, por la conversión, bajo el cetro de David, a su verdadero rey, el Cristo que habían rechazado?

3 - Segunda parte: capítulos 4 al 10 — El debate de Jehová con Israel

3.1 - Capítulo 4: Ya no hay esperanza para Efraín; queda una débil esperanza para Judá

Los versículos 1 al 5 de este capítulo describen el estado moral de Israel y los versículos 6 al 15 su estado religioso. El estado moral de Efraín, el profeta Oseas lo tenía bajo sus ojos: Por todas partes «perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden» Zacarías, último retoño del asesino Jehú, él mismo muere a manos de Salum, que a su vez es muerto por Menahem; Menahem siembra por todas partes asesinato y violencia; lo mismo hacen Pecaía, Peka, y sus sucesores, muriendo todos de muerte violenta. El luto cubre el país; el juicio de Dios, obligado a presenciar estas abominaciones, se extiende de los hombres a toda la creación animal sobre la tierra de Israel. Ya no hay nada que corresponda a los pensamientos de Dios; es el contrario absoluto de la restauración descrita en el capítulo 2. Cuando el corazón abandona a Dios, el amor y la verdad, rasgos del carácter divino, desaparecen inmediatamente para ser reemplazados por los frutos del corazón natural del hombre, la violencia, la corrupción y la mentira. Eran los rasgos de la familia de Caín que habían precisado el juicio de Dios por el diluvio sobre el mundo de aquel entonces, como aquí necesitan la sentencia de muerte pronunciada sobre el país y sobre todos los seres vivientes que lo habitan (v. 3).

«Ciertamente hombre no contienda ni reprenda a hombre, porque tu pueblo es como los que resisten al sacerdote. Caerás por tanto en el día, y caerá también contigo el profeta de noche; y a tu madre destruiré» (v. 4-5). Se trata ahora de una llamada para ya no reprender a este pueblo ni contender con él. Es demasiado tarde: su suerte es determinada, puesto que ya no hay esperanza alguna de verle volver. «Tu pueblo» dice Jehová al profeta, «es como los que resisten al sacerdote». ¿Para qué sirve contestar con Israel y reprenderlo, cuando este mismo contienda con el único que pueda ofrecerle la víctima expiatoria? Ya no hay tiempo: todo socorro divino va a ser quitado de los restos de este pueblo; la nación misma, su madre, será destruida (cap. 2:2). Tal es la sentencia de Jehová.

Pero ¡con qué dolor Dios se expresa ahora por la boca del profeta! «¡Mi pueblo… mi pueblo», exclama en los versículos 6 y 12 en vísperas de decir Lo-ammi! ¿Cuál es su condición en sus relaciones con Dios? Su defección es general; la idolatría todo lo ha invadido; Judá es tan culpable como Efraín. Hasta los detalles dados en el versículo 13: los sacrificios en los lugares altos y bajo todo árbol frondoso, caracterizan a Judá aun más que a las diez tribus. Sin embargo, el profeta hace alguna diferencia entre los dos reinos: «Si fornicas tú, Israel, a lo menos no peque Judá» (v. 15). En épocas de reavivamiento, bajo Ezequías, cuyo reinado en sus principios lo vio Oseas, y más tarde bajo Josías, las abominaciones de Judá fueron destruidas y sus lugares altos derribados.

Sea lo que fuera, dijo Dios: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento… Yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos» (v. 6). ¡En qué miseria la desobediencia y el pecado precipitan al hombre! ¡Qué destino, el de ser olvidado de Dios, cuando hubiera podido entrar delante de Dios quien declaraba no querer olvidar más que una cosa, los pecados y las iniquidades de su pueblo!

Oseas, con la incoherencia adrede que caracteriza su profecía, pasa del sacerdocio del pueblo a los sacerdotes establecidos sobre él (v. 8 y 9). Los sacerdotes «del pecado de mi pueblo comen, y en su maldad levantan su alma. Y será el pueblo como el sacerdote». Creo que el «pecado» significa aquí, como más de una vez en las Escrituras, el sacrificio por el pecado. Los sacerdotes desean que aumenten las iniquidades del pueblo para nutrirse más ampliamente de sus sacrificios. He allí hasta donde habían caído sus funciones sacerdotales; ya no eran más que un asunto de beneficios materiales, un sustento. Por eso Dios «pagaré conforme a sus obras» (v. 9). En cuanto a la embriaguez que conducía a la fornicación y era tan corriente en Efraín, les quitaban el sentido y habían cesado de prestar atención a Jehová. Las prácticas supersticiosas más insensatas habían reemplazado en Israel el culto del verdadero Dios. El pueblo «a su ídolo de madera pregunta, y el leño le responde» (v. 12). Estas supersticiones son de todos los tiempos, a medida que disminuye el conocimiento del verdadero Dios. Al hombre tal como es constituido, le hace falta un objeto, y si Dios no es para él este objeto, se degrada moralmente y busca consejos en su mesa y en su palo. Y es el juicio de Dios sobre la impiedad del hombre: «porque espíritu de fornicaciones lo hizo errar».

En adelante Dios ya no parará el juicio. Tres palabras solemnes muestran que Dios ha tomado con respecto a Efraín una decisión irrevocable: «Hombre no contienda ni reprenda». «No castigaré a vuestras hijas». «Efraín es dado a los ídolos; déjalo» (v. 4, 14, 17). Estas palabras son semejantes a las del Apocalipsis: «El que es inmundo, que sea inmundo aún» (Apoc. 22:11).

Pero, como lo hemos dicho, este decreto definitivo no se dirige a Judá. «A lo menos no peque Judá» dice Jehová (v. 15). Cuán importante es esta palabra, para lo que todavía queda del pueblo de Dios, en el día presente. Ya el mal que ha invadido a la masa del pueblo hace estragos en medio de los que Dios conserva todavía como testimonio en medio de la infidelidad general. Pronto lo que hoy día queda de pie sufrirá la misma suerte que el conjunto de la nación. ¿Cómo preservarse del contagio? ¿Cómo permanecer en el terreno de bendición? ¿Pide Dios grandes cosas a Judá, que ya está empleado doquier por la apostasía final? No, cuando hay tan poca fuerza, no pide más que un testimonio negativo, por así decirlo, como dice a Filadelfia: «No has negado mi nombre» (Apoc. 3:8). Abstente, tal es la orden del día. Quédate alejado de los que, bajo apariencia exterior respetable, o bajo nombres augustos y sagrados, no hacen más que cubrir la iniquidad y el abandono de Dios.

«No entréis en Gilgal, ni subáis a Bet-avén, ni juréis: Vive Jehová» (v. 15). Estos lugares tan conocidos en la historia del pueblo de Dios habían pasado, por vía de conquista, después de la división del reino, de las manos de Benjamín a las de Efraín, y se encontraban por su posición al alcance inmediato de Judá, como trampa en su camino.

– Gilgal, memorial de la victoria arrebatada sobre la muerte por el arca colocada en medio del Jordán; monumento duradero de la entrada de las doce tribus en Canaán; Gilgal, lugar de la circuncisión, de la supresión de la carne, del juicio pronunciado sobre ella y sin lo cual no era posible de tomar posesión del país de la promesa; Gilgal, lugar a donde Israel siempre volvía para encontrar allí el secreto de la victoria, lugar del toque de asamblea del pueblo fiel, había venido a ser un lugar de altares y de sacrificios profanos para Efraín, lugar en donde la transgresión se había multiplicado (Oseas 9:15; 12:11; Amós 4:4; 5:5).

– Bet-el, «casa de Dios», lugar de las promesas hechas a Jacob, lugar en donde había recibido su nombre de Israel, y en donde el Todopoderoso se había, como si por primera vez, revelado a él –Bet-el había venido a ser la casa de los becerros de oro, de su altar y del falso sacerdocio instituido por Jeroboam. (1 Reyes 12; Amós 3:14). ¡Como bien merecía el nombre de Bet-avén, «Casa de iniquidad» nombre con el cual Oseas lo deshonra por tres veces! (cap. 4:15; 5:8; 10:5). En estos lugares en donde antiguamente Samuel, el profeta de Jehová, regresaba de año en año, ya no se encontraba más que idolatra y falsos profetas. Tal era el culto de Efraín. Judá debía abstenerse. ¿No tenía el lugar en donde Jehová hacía morar Su nombre, en Jerusalén? Y si incluso este lugar estaba deshonrado, ¿era motivo para volver a la idolatría que tenía la impudencia de adornarse con el santo nombre de Jehová?

Esta llamada tan apremiante a que no se hiciera culpable ¿alcanzó el corazón de Judá? El capítulo siguiente nos contestará. Y hoy día, ¿qué harán los que, en la cristiandad, reciben la misma llamada? ¡No vayáis a Gilgal ni subáis a Bet-aven!

3.2 - Capítulos 5 al 6:3: Ya no hay esperanza para Judá y Benjamín. El pueblo volverá a encontrar a Dios en la gran tribulación. Llamada urgente para que se despierten

El capítulo 4:15 conjuraba a Judá para que no se hiciese culpable. ¡Quizás por ese lado había todavía alguna esperanza! El capítulo 5 nos desengaña. Judá y Benjamín son asociados en la misma apostasía y en el mismo juicio que Israel.

(v. 1) Aquí el profeta se dirige en primer lugar a los sacerdotes, luego llama la atención de toda la nación y especialmente de la casa del rey quien, no lo dudo, es la realeza de Judá, la de Israel siendo ya condenada de antemano. «Para vosotros es el juicio», añade el profeta; «pues habéis sido lazo en Mizpa, y red tendida sobre Tabor». El lugar de toque de asamblea del pueblo Mizpa [1] y el Tabor, montaña central que domina el territorio de las diez tribus, han venido a ser trampas para el pueblo, el sacerdocio habiéndose prestado a las prácticas idolátricas a las cuales se entregaban en estos sitios. Era pues el sacerdocio que había de caer bajo el juicio en primer lugar. Los más culpables son aquellos cuya posición les pone lo más directamente en relación con Dios; recibirán más azotes. En cuanto a Efraín y a Israel, su estado no es escondido en absoluto al Dios quien los conoce (v. 3), pero ellos no conocen a Jehová. ¡Qué palabra más aplastante! Este pueblo al cual Dios se había revelado, que había puesto en relación consigo mismo, al cual había hecho conocer su nombre y su carácter de Dios Santo, este pueblo había preferido la fornicación y la deshonra a la intimidad de las relaciones con Dios mismo. En medio de su depravación, ¡el orgullo llenaba su corazón! «La soberbia de Israel de desmentirá en su cara» (v. 5). ¡Vaya imagen del hombre! ¡Degradado hasta el grado supremo y henchido de orgullo! Por lo tanto «Israel y Efraín tropezarán en su pecado», mas Judá exhortado para que no se haga culpable (cap. 4:15), «tropezará también con ellos» (v. 5).

[1] Supongo que este Mizpa es aquel que forma parte del territorio de Benjamín (Jos. 18:26; 1 Reyes 15:22; 2 Crón. 16:6; Neh. 3:7) y no el Mizpa más allá del Jordán abandonado desde hacía mucho tiempo. En las Escrituras se encuentran además seis Mizpa diferentes. Es notable que, salvo el Tabor, todos los nombres Gilgal, Bet-el, Giba, Rama, Mizpa citados en estos pasajes se hallan en o habían pertenecido antiguamente al territorio de Benjamín.

Cuando les alcance el juicio, todos irán para buscar a Jehová con sus sacrificios. Lo que todavía es posible hoy será inútil entonces. Todas sus prácticas religiosas quedarán sin resultado: «Él se apartó de ellos!» (v. 6). Palabra tanto más solemne, que la misma suerte alcanzará la cristiandad profesa cuando, en el día del juicio, esta vendrá a valerse de los privilegios que le habían sido otorgados. Sí, todas las formas religiosas de la cristiandad profesa no la ponen en relación con Dios: ahí están las formas, Dios no.

«Ahora», dice Oseas, «en un solo mes serán consumidos ellos y sus heredades» (v. 7); quizás es una alusión al fin del reino de Judá (2 Reyes 25:3, 8).

Los versículos 8-12 presentan la ruina común de todo el pueblo. Poco importa que el juicio sea más próximo para los unos que para los otros, llegará a todos, Efraín con las nueve tribus, Judá con Benjamín. «Tocad bocina en Gabaa, trompeta en Ramá: sonad alarma en Bet-avén; tiembla, o Benjamín!» Todos estos lugares formaban parte de o habían pertenecido al territorio de Benjamín. El mal iba a alcanzarle y cogerle al improvisto; los príncipes de Judá y Efraín sufrirán la misma suerte. Ante la inminencia del peligro, común a todos, «Irá entonces Efraín a Asiria, y enviará al rey Jareb; mas él no os podrá sanar, ni os curará la llaga» (v. 13). Jareb no es nombre propio. Significa: «Él contenderá». Es un vengador que Israel llama para ayuda suya. Es Pul (2 Reyes 15:19); o Tiglat-pileser cuando se trata de Judá (2 Reyes 16:7). Este Pul contiende contra Israel, le es hostil, en el mismo momento en que Israel lo toma por protector (véase también 1 Crón. 5:26; véase todavía Oseas 5:13; 7:11; 8:9).

Pero este capítulo, como los tres primeros, se termina por una palabra de esperanza. Jehová no será para siempre como un león que despedaza su presa, para con Efraín y Judá. «Andaré», dice, «y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán» (v. 15). Dos cosas inseparables son necesarias, se trata de encontrar a Dios siendo uno pecador, o de volver a encontrarle cuando uno se ha desviado de él: el arrepentimiento y la conversión.

Antiguamente ellos habían creído encontrarse con Dios con sus ovejas y sus bueyes (v. 6), pero sin arrepentimiento y no habían encontrado más que un sitio desierto. Más tarde reconocerán «su pecado», y Zacarías nos ofrece el cuadro conmovedor de ello (Zac. 12:10-14). Entonces, con corazón contrito, y el pueblo por fin humillado, despojado de su orgullo, se convertirá y buscará la faz de Jehová. El hijo pródigo se levantará e irá hacia su padre.

«En su angustia me buscarán» o «desde la mañana» (v. 15). ¿Por qué medio llevará a cabo Dios este resultado bendito? Una gran tribulación, la angustia de Jacob, les sorprenderá; tendrán que pasar a través de la larga noche de los terribles juicios de Dios. Despertados por estos juicios, en vez de dormir como los demás, esperarán a su Mesías, Jehová, «más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana» (Sal. 130:6), y lo encontrarán en el alba de este reino milenario cuando Israel restaurado será nuevamente: Ammi, el pueblo de Dios.

Los tres primeros versículos del capítulo 6 son la continuación del último versículo del capítulo 5. Durante mucho tiempo creía yo que habían sido colocados en la boca del pueblo, mas la estructura de todos estos capítulos me ha convencido desde entonces de que son pronunciados por el profeta, y de momento no son más que una invitación a la cual el pueblo no responde. «¡Venid!» dice, «volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará». Oh qué maravillosa llamada de la gracia, a esas almas dobladas bajo el dolor de la tribulación y de quienes Dios ha quitado todo recurso. Ya no hay montaña hacia la cual el pobre pájaro, amenazado por las flechas del cazador de pájaros, pueda escaparse. Este refugio, por lo menos, hubiera ofrecido alguna estabilidad; queda suprimido. Dios esconde su rostro y el alma con este motivo se espanta (Sal. 11:1; 30:7). Ya no quedan más recursos si no es en Él; ¡volvamos a él! Cual león, destrozó el reino a causa de nuestros pecados; nos hirió justificadamente. ¿Quién puede volver a coser, vendar y sanar las llagas, si no es Aquel que las hizo? Se siente aquí lo profundo de la humillación, como solo el hombre de Dios pudiera sentirlo, más teniendo la fe como sostén. Solo la fe, en tales circunstancias, nos impele a acercarnos a Dios. Pero ¡qué respuesta es la que ella encuentra! ¿No es bueno haber sido afligido para encontrar semejante liberación? «Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba» (Sal. 119:67).

La cosa no se expresa aquí más que en el estado de esperanza, pero de una esperanza realizada por el profeta como certidumbre: «Nos volverá a dar vida después de dos días, y en el día tercero nos levantará para que vivamos en su presencia. ¡Conozcámosle pues! ¡Sigamos adelante para conocer a Jehová!

Tan ciertamente como Dios resucitó a su Mesías de entre los muertos –pues no dudo que este pasaje deja sobreentender la resurrección de Cristo– Dios también resucitará a su pueblo. Sin duda aquí se trata de su resurrección nacional, tal como nos queda descrita en el capítulo 37 de Ezequiel, lo que explica los dos días necesarios para reanimarles y el tercero para ponerles de pie. Del mismo modo los huesos no «estuvieron sobre sus pies» por el poder del Espíritu Santo hasta primero ser vivificados (Ez. 37:10). Esta resurrección nacional, como nuestra resurrección corporal, para nosotros los cristianos, queda pues ligada con la de Cristo. Si las olas y las aguas del juicio pasaron sobre el Mesías, también pasarán sobre el remanente de Israel, el cual saldrá de ellas, igual como Cristo lo hizo, en resurrección. El tercer día es el día, según el Espíritu de santidad, cuando Dios intervino en poder para resucitar a Jesús de entre los muertos. Es hacia esto que todo el Antiguo Testamento rinde testimonio. «Cristo», dice el apóstol, «fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Cor. 15:4). En efecto, las Escrituras nos muestran a Isaac bajo sentencia de muerte hasta el tercer día, cuando es resucitado en figura. Jonás, tipo de Cristo, pero también del remanente, lanzado a la mar mientras que el navío de las naciones continúa su rumbo, tragado en el Sheol, vuelve a ser echado el tercer día sobre la tierra. En todas partes, la resurrección de Cristo se anuncia como siendo la consecuencia necesaria de su muerte. En el Salmo 16 no ve corrupción y conoce el camino de vida. En el Salmo 110, sube en resurrección a la diestra de Dios, después de que en el Salmo 109, el maligno le ha hecho morir (v. 16). En el Salmo 8 está coronado de gloria y de honra después de haber sido hecho, por la pasión de la muerte, un poco menos que los ángeles. Todo eso, lo atravesó por su pueblo celeste, pero también por su pueblo terrenal. Cuando, en el Salmo 42, todas las ondas y las olas de Jehová han pasado sobre el alma de Cristo y sobre la del remanente, este último puede decir que Él es «Salvación mía y Dios mío» (v. 11).

Pero hay aquí más todavía que una resurrección nacional. El profeta dice: «En el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová» (v. 2-3). Una resurrección espiritual es el fruto de la gracia, y acompaña la nueva alianza hecha con Israel. Es el alba del día milenario. «Como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra» (v. 3). Ya no será como en Pentecostés, la lluvia que acompaña los sembrados, sino la lluvia que precede la feliz cosecha del siglo por venir. Una nueva efusión del Espíritu Santo será la porción de este pueblo restaurado.

Este pasaje, dictado por el Espíritu de Dios, es apropiado para hacer penetrar en el alma de Israel, pero también en la nuestra, algo de su delicioso frescor; pues nos ocupa de Cristo, de su muerte y de su resurrección, ¡prendas aseguradas del porvenir de Israel y de nuestra porción eterna con el Señor!

3.3 - Capítulo 6:4-7: El debate se acentúa y se hace más apremiante

Como en el capítulo precedente, Efraín y Judá son unidos aquí en la misma reprobación: «¿Qué te haré, oh Efraín? ¿Qué te haré a ti oh Judá? Porque tu bondad ¡es como la nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que luego desaparece! (v. 4). ¿Qué te haré? ¡Cuánto esto se dirige a la conciencia! Contesta tú mismo. Dirás: ¿Tu juicio es justo? Su piedad no había durado sino hasta las primeras horas de su existencia como nación, luego tomándose alas se fue volando y había desaparecido como el rocío cuando se levanta el sol.

Después de haberse dirigido al pueblo de Israel, Dios extiende su llamada a todos los hombres: «Por esta causa los corté por medio de los profetas, con las palabras de mi boca los maté; y tus juicios serán como luz que sale. Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos. Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí» (v. 5-7). Si la gracia sale «como el alba» (v. 3), su juicio sale como el sol cuando brilla en toda su fuerza (v. 5). Por cierto, no es Dios quien desea el juicio; es la iniquidad de su pueblo lo que le obliga a ello. Dios quiere en el hombre la bondad y no los sacrificios. Pero su deseo quedaría estéril si se tratara de lo que el hombre puede ofrecer. ¿Dónde encontrar la bondad en el corazón de un hombre? Por eso tampoco Dios se limita a esta exigencia. Quiere lo que se encuentra en Su propio corazón: la bondad bajo forma de gracia y misericordia. La bondad que ama, es la gracia hacia el pecador, la gracia venida por Jesucristo. Cuando los ojos de Dios descansaban en este hombre, podía decir: «Porque misericordia (o bondad) quiero». Esta bondad llegó hasta el sacrificio, hasta el único sacrificio que Dios pudiese aceptar, porque no ha encontrado agrado en ninguno de los sacrificios de los hombres (Sal. 40:6-7). Por eso el Señor puede decir: «Por esto el Padre me ama, por cuanto yo doy mi vida para volverla a tomar» (Juan 10:17). El Señor cita dos veces este pasaje del versículo 6 en el Evangelio según Mateo (9:13; 12:7): la primera vez para mostrar que nada puede satisfacer al Señor fuera de su propia gracia; la segunda vez que de ninguna manera puede contar con la bondad en el corazón del hombre.

Lo mismo, todos los holocaustos que el hombre poda ofrecer no valían el «conocimiento de Dios» (v. 6). Dios se hizo conocer a nosotros en la persona y la obra de su Hijo. Es gracia, salvación y vida eterna. «Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí» (v. 7). En vez de empezar por el conocimiento de la gracia, Judá y Efraín habían sido puestos bajo prueba, bajo la alianza de la ley, porque les era necesario aprender lo que había en su propio corazón. En el principio Adán, colocado, como Israel, bajo su responsabilidad, había transgredido una alianza que le había sido impuesta; Israel ¿acaso había obrado mejor cuando Dios le imponía la alianza del Sinaí? ¡No, dice Jehová, al contrario «allí prevaricaron contra mí»!

En los versículos 8-10, el profeta vuelve a Efraín. Este ir y venir, del uno al otro, es de lo más conmovedor, mostrando la angustia, la solicitud para Israel, la indignación del fiel profeta quien ve a su Dios despreciado de esa manera. «Galaad, ciudad de hacedores de iniquidad, manchada de sangre. Y como ladrones que esperan a algún hombre, así una compañía de sacerdotes mata en el camino hacia Siquem; así cometieron abominación. En la casa de Israel he visto inmundicia; allí fornicó Efraín, y se contaminó Israel».

¡Cosa espantosa! Las mismas ciudades de refugio, Galaad (o, creo, Ramot de Galaad) más allá del Jordán, y Siquem en Efraín, asignadas a los levitas, se habían transformado en lugares de latrocinio. Los mismos sacerdotes asesinaban sin duda bajo el pretexto de ser vengadores de sangre, a los que se dirigían a Siquem. Despojaban a unos inocentes al cubrir sus asesinatos con la capa de la ley. Era en el dominio de Efraín, jefe de las diez tribus, en donde se cometían las peores infamias. Mas he aquí el profeta, según su costumbre, pasa sin transición alguna de Israel a Judá, a quien acababa de decir: «¿Qué haré a ti, oh Judá?» y le echa una mirada de compasión: «Para ti también, oh Judá, está preparada una siega, cuando yo haga volver el cautiverio de mi pueblo» (v. 11). No parece que Jehová debería decir: Para ti también, oh Judá, tomará lugar el juicio? ¡No! “Dios ama la misericordia (bondad); y se aparta del juicio para considerar lo que seguirá”. Sin duda, Judá irá en cautiverio como Efraín, pero este cautiverio llegará a su fin. Encontramos aquí el término tan a menudo empleado en los profetas, traducido literalmente: «cuando yo haga volver el cautiverio», es decir pondré fin a ello para traer la restauración de mi pueblo. Es como una muestra anticipada del Evangelio: Dios anuncia su gracia a Judá la culpable. «Para ti también, oh Judá, está preparada una siega», nada de esa siega terrible cuando el Hijo del hombre colocará su hoz afilada sobre la tierra para segarla (Apoc. 14:16), sino una siega feliz, perteneciendo a Judá, a los cautivos de Sion, cuando dirán: «Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev», y recibirán como respuesta: «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán» (Sal. 126:4-5).

¡Qué corazón más grande, el de nuestro Dios! Nunca encuentra su descanso en sus juicios. ¡Nada más anunciar las calamidades que alcanzarán al pueblo perverso y a los hombres que habitan la tierra, se detiene y viene para encontrar su descanso en el despliegue de su gracia! Dejando el cuervo del diluvio para que se harte en algún cadáver bamboleándose en las aguas, ¡la paloma vuela a su arca, a su lugar de descanso, llevando en su pico el emblema de la paz que va a seguir el naufragio!

3.4 - Capítulo 7

En el capítulo 7, las imágenes del profeta vengador se hacen cada vez más tumultuosas en su intermitencia, cual chorro presuroso para salir del tubo demasiado estrecho de una fuente. Se trata otra vez de Efraín. El caso es que a la puerta espera el juicio. Si uno quiere escaparse ¡no hay ni un instante que perder! «Mientras curaba yo a Israel, se descubrió la iniquidad de Efraín, y las maldades de Samaria; porque hicieron engaño; y entra el ladrón, y el salteador despoja por fuera. Y no consideran en su corazón que tengo en memoria toda su maldad; ahora les rodearán sus obras; delante de mí están» (v. 1-2). Efraín había sido una banda de ladrones (cap. 6:9), ahora el ladrón entraba en su casa y la asaltaban desde afuera. Siria, Egipto y Asiría iban a caer, ya caían, sobre la nación culpable. Estaban con sus fechorías ante la faz de Jehová, y cuando pensamos que hubiera podido encontrarse allí con su arrepentimiento (cap. 6:2) para obtener liberación y salvación!

Como lo hemos dicho, las imágenes se precipitan y se confunden; es la Indignación contra el mal, pero también es un último llamamiento hacia Efraín. «Todos ellos son adúlteros; son como horno encendido por el hornero, que cesa de avivar el fuego después que está hecha la masa, hasta que se haya leudado» (v. 4). Habla aquí de la religión de las diez tribus, de la mezcla de la idolatría con el culto de Jehová. Los que les conducen tienen conciencia de lo que hacen y lo hacen hasta que esta fermente. Es una imagen parecida a la de Mateo 13:33, donde el Señor caracteriza el mal doctrinal introducido en el cristianismo. Luego hay que cocer a su punto este pan levantado para que venga a ser alimento aceptable. Los que se dedican a esta tarea cuidadosamente evitan el horno sobrecalentado; piensan escapar del juicio al seguir guardando la «forma de la piedad»; igual como el panadero, cesan de atizar el fuego para que su pan salga del horno y encuentre a numerosos consumidores.

Pero la corrupción religiosa engendra la corrupción moral, y conduce a que sean burladas las cosas sagradas, y termina con la violencia. «En el día de nuestro rey los príncipes lo hicieron enfermar con copas de vino; extendió su mano con los escarnecedores. Aplicaron su corazón, semejante a un horno, a sus artificios; toda la noche duerme su hornero; a la mañana está encendido como llama de fuego» (v. 5-6). Aquí el horno es imagen de su propio corazón. Su panadero, la conciencia suya, ha dormido toda la noche. Por la mañana, cuando llegan al propósito de sus deseos y de sus codicias, el fuego, cuyas llamas han crecido durante su sueño, les devora sin que puedan escapar.

«Todos ellos arden como un horno, y devoraron a sus jueces; cayeron todos sus reyes; no hay entre ellos quien a mí clame» (v. 7). Aquí son ellos mismos quienes, como un horno, devoran a sus jueces y sus reyes. Eso sucedió literalmente con Efraín y marca la fecha de esta profecía contra los reyes que, desde Zacarías, el último de la raza de Jehú, se sucedieron hasta el rey Oseas sobre el trono de Israel. Leemos los detalles de esta época en 2 Reyes 15:10, 14, 25, 30; 17:1.

«Efraín se ha mezclado con los demás pueblos; Efraín fue torta no volteada. Devoraron extraños su fuerza, y él no lo supo; y aun canas le han cubierto, y él no lo supo» (v. 8-9). Aquí la imagen de la masa levantada sigue obsesionando al profeta. Efraín debería haber sido una torta sin levadura para Jehová; mezclado con la levadura de las naciones, se alió con Egipto y con Asiria. Pero estas naciones vinieron a ser el horno que consumió a Efraín, esta torta «no volteada», que no se arrepintió, cuyo rostro no se ha mudado frente a Dios. Por lo tanto, ¡ha desaparecido toda su fuerza, y, él no lo sabe!

¡Palabra seria es esta! Cual Efraín, la cristiandad de hoy, mezclada con la levadura del mundo que ha hecho leudar toda la masa, ¿acaso está más consciente de ello? ¿Se ha vuelto hacia Dios? Piensa mejorar el mundo, proclama que las buenas compañías mejorarán las malas costumbres y no sabe que es el mundo quien la devora. Uno puede jactarse de ser protestante o católico, de pertenecer a una del sin fin de sectas de la cristiandad; este pensamiento denota la absoluta ignorancia de la debilidad en la cual nos hunde la alianza con el mundo: «él no lo supo», dice el profeta. «Aun canas le han cubierto, y él no lo supo» (v. 9). Ha llegado el descanso, las canas esparcidas sobre Efraín lo son sobre la cristiandad de nuestros días. Su vejez se inclina ya hacia el sepulcro y ¡no lo sabe ella! Esta ignorancia de su propio estado debería convencer la conciencia de aquellos a quienes Dios se ha revelado. ¿Somos semejantes al profeta cuyo corazón quedaba oprimido por esta ignorancia? Y lo que es todavía peor, es que está mezclada con el orgullo. «Y la soberbia de Israel testificará contra él en su cara; y no se volvieron a Jehová su Dios, ni lo buscaron con todo esto» (v. 10). Tan poco piensa uno en Dios, que se conserva una opinión muy alta de su religión, cuando ya el fuego del juicio está preparado. Si el corazón se vuelve hacia Dios, muy rápidamente abandona su orgullo religioso para acercarse a Él, humilde y arrepentido, única actitud que conviene a quien está convencido de pecado.

Mas el orgullo acompaña la falta de inteligencia. «Efraín fue como paloma incauta, sin entendimiento; llamarán a Egipto, acudirán a Asiria» (v. 11). Los reyes de Efraín se imaginaban ser hábiles políticos al apoyarse alternativamente sobre la una y la otra de estas naciones enemigas. «Tenderé sobre ellos mi red». Eso sucedió literalmente bajo Oseas, último rey de Israel y bajo sus predecesores (2 Reyes 17:4; 15:19-20).

Se ve, en los versículos 13 al 16, cuáles habían sido los cuidados de Dios hacia Israel y su propósito a su respecto. «Yo los redimí». Tal es siempre, en todo tiempo, su primer pensamiento para con el hombre que por el pecado ha venido a ser esclavo de Satanás. Luego, a causa de su maldad, se vio obligado a castigarles; después, frenando el curso de sus juicios, había «fortalecí sus brazos», y ellos se aprovecharon de su favor para «contra mí pensaron mal» (v. 15). He aquí, en algunas palabras, la relación de lo que Dios había encontrado en este pueblo obstinado: habían huido lejos de él, se habían rebelado, habían proferido mentiras contra él; aullaron de dolor sobre sus camas y no soñaban en clamar a Dios y en implorarle; les reunían sus intereses materiales (carácter de toda asociación humana), pero no sentían en absoluto la necesidad de acercarse a él: «se apartaron de mí». En vez de volver al Altísimo, volvían como un arco engañoso, para combatir contra él. En vano Dios sondeaba su corazón para buscar allí o producir en él, por su gracia, algún fruto, en todas las partes tropezaba con la indiferencia, con la mentira, con la rebeldía, con la guerra abierta.

Por eso (v. 16) su ruina y la de sus príncipes insolentes era inevitable. Se habían vuelto hacia Egipto y venían a ser para este «escarnio en la tierra de Egipto». Los que antiguamente conocieron a Dios y anduvieron, mucho tiempo quizás, en su camino y bajo su ley, encuentran siempre el desprecio del mundo, cuando vueltos infieles a sus primeras creencias, buscaron su amistad. El mundo, en vez de recibirlos con favor, se mofa de ellos, según la medida en la que antes había sido más notable su testimonio. Abandonaron a Dios y su pueblo, tal como lo hizo Efraín, más sin encontrar la estima del mundo que les vuelve en irrisión. Un arco engañoso se desecha; el mundo no quiere nada de ello, y ¿Dios lo querrá?

3.5 - Capítulos 8 al 10 — Sembraron el viento, y segarán la tempestad

3.5.1 - Capítulo 8

En el capítulo 8, Israel, o las diez tribus, es considerado como obrando a la manera de las naciones: «Ellos establecieron reyes, pero no escogidos por mí; constituyeron príncipes, mas yo no lo supe» (v. 4). Es, en efecto, lo que aconteció, y lo que confirma, como lo hemos visto, el primer versículo del capítulo 1. Desde Jeroboam II, rey de Israel, Oseas ignora adrede a todos los reyes que le sucedieron. Su historia (2 Reyes 15 - 17) muestra que Jehová ya no los reconoce, y ¿cómo ha de reconocerlos el profeta? Esos reyes no se establecieron por descendencia real, como en Judá, ni por orden positiva de Dios, como para la posteridad de Jehú: la sublevación, el asesinato, los hacían aparecer o desaparecer. Mucho más, Israel, con su dinero y su oro, había hecho ídolos, y esa acción llamaba su supresión y la venganza: «Se encendió mi enojo contra ellos» (v. 5). Por eso el Asirio iba a caer sobre las diez tribus cual un buitre. Desde entre sus garras exclamarán: «Dios mío, te hemos conocido». Ese conocimiento que se acomodaba a los becerros de Bet-el y de Dan no les valdrá para nada (v. 1-2). Lo mismo ocurrirá en la tribulación futura del pueblo. Dirá: «Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas has enseñado. Él os dirá: No sé de dónde sois; apartaos todos de mí, obreros de iniquidad» (Lucas 13:26-27). Igual sucederá cuando los cristianos profesos, sin vida y sin el Espíritu, vendrán y llamarán a la puerta diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Mas él respondiendo, dirá: De cierto os digo: No os conozco (Mat. 25:11-12). De hecho, a pesar de su grito: «te hemos conocido», Israel quedaba sin Dios. ¡Pues bien! Hasta su ídolo le rechazaba: «Tu becerro, oh Samaria (traducción variante) te hizo alejarte», puesto que el Asirio caía victoriosamente sobre él; y, a su vez, ese mismo dolo sería hecho pedazos (v. 6). Cuando se ha recibido la revelación del verdadero Dios, ¡cuán serio resulta ser el desviarse uno de El! «Porque sembraron viento, y torbellino segarán». Tal fue la suerte de ese pobre pueblo bajo el profeta Oseas, pero aquello permanece verdad en toda época. La cristiandad posee inmensos privilegios. Como antaño, igual que a Israel, le han sido confiados los oráculos de Dios, y el Espíritu de Dios los interprete en su medio. Mucho peor hace que «traspasar su pacto y rebelarse contra su ley» (v. 1), porque rechaza las promesas de Dios y desprecia su gracia. ¿Qué es lo que cosechar, si no es un juicio sin remisión alguna, a no ser que se arrepienta?

El juicio por manos del Asirio viene «contra la casa de Jehová» (v. 1). Es así como el profeta llama a las diez tribus, y se ve lo que había venido a ser esta casa. Como en estos tiempos la cristiandad, Israel era una casa grande donde toda clase de iniquidad había elegido su domicilio.

Como lo hemos visto, en el caso de Oseas el profeta, una imagen da lugar a otra. No es el río ancho y majestuoso de Isaías que profetizaba al mismo tiempo que él, sino un torrente impetuoso que se abalanza turbulento bajo el impulso del Espíritu profético. En el momento en que habla de sembrar el viento y de segar el torbellino, la sola imagen de la cosecha le obliga a preguntar si hay, en Efraín, fruto para Dios: «no tendrán mies; su espiga no dará harina; y si acaso la diere, los extraños la devorarán» (v. 7). ¡Nada de fruta! ¡Nada que brote, dando alguna esperanza para el futuro! ¡Nada que pueda servir como alimento! Lo que Israel podría producir queda devorado por las naciones en las cuales se confía. Ahora, agotada la comida, permanece entre las naciones ¡cual vaso vacío que sirve para cualquier cosa!

(v. 9-10) Efraín, no teniendo confianza alguna en Dios, su especial pecado es de haber buscado el apoyo del Asirio. Más tarde, Ezequías muestra que Judá no se hacía culpable del pecado de Efraín. Oseas alude a Manahem, rey de Israel, el cual, en los tiempos de Azarías, había dado mil talentos de dinero a Pul, rey de Asiría «para que le ayudara a confirmarse en el reino» (2 Reyes 15:19); mas, dice el profeta, «Aunque alquilen entre las naciones, ahora las juntaré, y serán afligidos un poco de tiempo por la carga del rey y de los príncipes» (v. 10).

Sin embargo, la idolatra (v. 11-14) era el pecado principal de Efraín, por lo cual serían castigados y «ellos volverán a Egipto» (v. 13). Notemos aquí que «volverán a Egipto» se presenta como un asunto moral y no como un regreso material a Egipto. Israel había buscado el apoyo de este país, volvería a caer bajo la servidumbre de la cual antiguamente el pueblo había sido liberado. Lo mismo ocurre en el capítulo 9:3: «Volverá Efraín a Egipto, y a Asiría, donde comerán vianda inmunda». El retorno a Egipto no es otra cosa sino el cautiverio bajo el yugo del Asirio atraído por el recurso de ayuda de Egipto. Oseas, como lo hemos visto, se acostumbra en el empleo de esas imágenes de a golpe y en esas transiciones bruscas. La imagen conduce a un nuevo hecho en relación con ella. Es así que en el capítulo 9:6, se nos dice que «Egipto los recogerá, Memfis los enterrrará». Fue el caso de Judá, como lo vemos en el profeta Jeremías (41-44; 46:13-19) mientras que Oseas nos dice categóricamente, en el capítulo 11:5 que Efraín «no volverá a la tierra de Egipto, sino que el Asirio mismo será su rey». La distinción entre la suerte de Israel y la de Judá se introduce en el versículo 14 del capítulo 8: «Olvidó, pues, Israel a su Hacedor, y edificó templos, y Judá multiplicó ciudades fortificadas; mas yo meteré fuego en sus ciudades, el cual consumirá sus palacios». Eso explica la confusión aparente que encontramos en el capítulo 9. Al tiempo que siempre los distingue el uno del otro, el profeta a veces asimila en ciertas cosas los dos reinos, como los que atraen sobre sí el juicio de Dios.

3.5.2 - Capítulo 9

Los versículos 1 al 4 del capítulo 9 se relacionan con los versículos 11 al 14 del capítulo anterior. Todo lo que Israel, las diez tribus, y Efraín, su representante y su conductor, habían, pretendidamente, sacrificado a Dios, lo habían ofrecido a ellos mismos: «Será, pues, el pan de ellos para sí mismos» (v. 4). Cuando ofrecían un sacrificio (8, 13), solamente ofrecían carne para comérsela. El trigo candeal que cultivaban para ellos mismos, les sería quitado (v. 2); en su lugar comerían las cosas impuras de Asiria, del país de su cautiverio (v. 3). Todo lo que ofrecerán a Jehová será manchado; no lo aceptará Dios, y ellos mismos se mancharán por el mismo producto de su inmundicia. Era un círculo vicioso que salía de ellos mismos y que a ellos mismos volvía, nada más que inmundicia, nada para Dios. «No entrará» como pan de proposición «a la casa de Jehová» (v. 4). Ese principio es de todos los tiempos. Por lo hermosa que sea la apariencia que tienen las obras religiosas de los hombres pecadores, las hacen para ser satisfechos con ellos mismos y no para complacer a un Dios que no conocen. Es un pan manchado que no tiene acceso en la casa de Dios.

De Efraín, el profeta pasa sin transición a Judá (v. 5-10). Fue él, en efecto, quien huyó a Egipto y encontró su tumba en Memfis, además de unos escapados. Lo restante de los bienes que los judíos se habían llevado fue tragado en este desastre. Oseas anuncia, referente a la deportación de Israel que tuvo lugar poco tiempo después, la destrucción de los restos de Judá llegados aproximadamente siglo y medio más tarde. El mal era tal que el profeta estaba como arrebatado por la locura mientras detallaba lo enorme que era la iniquidad del pueblo de Dios: «Necio es el profeta, insensato es el varón de espíritu, a causa de la multitud de tu maldad, y grande odio» (v. 7), palabra que conviene retener para explicar la incoherencia aparente del profeta Oseas. En efecto, tan grande era el mal que lo compara con «los días de Gabaa» (porque en estos versículos está en el terreno de las dos tribus), haciendo alusión al crimen de Benjamín (Jueces 19), que antiguamente había precisado su exterminio casi completo.

En los versículos 10-17, Dios habla al conjunto de su pueblo, tal como Dios lo había contemplado en el desierto: ¡Qué gran belleza había entonces en ese Israel; qué refrigerio para el corazón de Dios quien encontraba en él Su gozo y Su deleite, «como uvas en el desierto!» Encontramos, por otra parte, en Jeremías 2:1-3, cuales eran los sentimientos del mismo Israel, atraído por el primer amor hacia los pasos de su esposo y de su pastor. ¡Ay! Pronto el pueblo había ido tras Baal-peor, dios de las hijas de Moab (v. 10; Núm. 25:1-5).

Con qué gran dolor el profeta vuelve ahora a Efraín, su constante preocupación. Dios lo había visto como ciudad rica y floreciente, un Tiro, rodeado por un campo maravilloso. ¿Qué había sido de él? ¿Había valido más que el conjunto del pueblo en Sitim? No; en nada había respondido a la expectación de su esposo. Cual mujer estéril jamás había concebido, jamás llevado fruto, jamás producido retoño alguno en qué descansar el amor de su esposo; ¡“ningún alumbramiento” para Dios! Porque Efraín tenía hijos de su prostitución y, bajo el juicio de Dios, sería obligado a «sacará a sus hijos a la matanza», a ese Jareb exterminador de Israel.

Y de nuevo (v. 14-17), el profeta vuelve a apostrofar al conjunto de las nueve tribus, por una parte, a Efraín por la otra. Israel, no más que Efraín, no había producido nada para Dios. Este les da «matriz que aborte, y pechos enjutos»; les hiere con esterilidad –su juicio sobre ellos. «Toda su maldad», dice, «fue en Gilgal», en el lugar mismo en el que la carne había sido suprimida y donde el oprobio de Egipto había sido descargado de los hombros del pueblo. ¡La carne se muestra allí en toda su fealdad, desafiando la santidad de Dios!, por eso dice Dios: «Por la perversidad de sus obras los echaré de mi casa; no los amaré más» «Todos sus príncipes son desleales. Efraín fue herido, su raíz está seca, no dará más fruto» (v. 15-16); maldición final pronunciada más tarde por el Señor sobre Judá, luego sobre el hombre, sobre la higuera sin fruto. «De aquí en adelante que nadie coma fruto de ti jamás… Vieron que la higuera se había secado desde las raíces» (Marcos 11:14, 20). El único milagro del Señor que no fue un milagro de amor viene mencionado en estas páginas de venganza. En Efraín, en el hombre, no había nacimiento (v. 11), pero, dice Dios: «Aunque engendren, yo mataré lo deseable de su vientre» (v. 16). Las diez tribus no se multiplicarán, y ello subsiste hasta hoy, han desaparecido sin dejar huella, mientras que los de Judá (porque este capítulo trata alternativamente del uno y del otro) «andarán errantes entre las naciones» (v. 17), y tales siguen siendo.

3.5.3 - Capítulo 10

El capítulo 10 prosigue, sin interrupción, el mismo tema. Los versículos 1-3 presentan lo que Israel era ahora, en contraste con lo que había sido al principio (9:10). «Israel es una frondosa viña, que da abundante fruto para sí mismo». Antiguamente Dios había encontrado sus delicias en Israel como uvas en el desierto, aunque, sin duda, muy rápidamente abandonaron al Dios viviente por Baal-peor (9:10); pero aquí Israel (habla particularmente de las diez tribus) había venido a ser una vid frondosa, bella en su desarrollo, teniendo toda apariencia de fuerza, de poder y de vitalidad, mas sin llevar ningún fruto para Dios. Todos sus frutos, los había llevado Israel para saciar su propio apetito (véase 9:4). La cristiandad ofrece el mismo espectáculo que esta vid lozana. Se nos la enseña bajo la figura de un gran árbol salido de una pequeña semilla, lo bastante fuerte como para ofrecer amparo a los pájaros de los cielos y sombra para las bestias del campo, pero ¿dónde está su fruto para Dios? (Mat. 13:32). Efraín había empleado toda su prosperidad material en multiplicar sus altares. Plantado en un campo agradable (9:13), ¿en qué hizo útil la hermosura de su país? «¡Cuanto mejor sea su tierra, tanto mejoran ellos sus estatuas!» (v. 1). Por lo tanto, Dios, en su indignación, derribará todo ese aparato de idolatría, «Ahora», en el momento en que el profeta está hablando, «dirán: ¡No tenemos rey!» Sabemos, en efecto, que antes del advenimiento de Oseas, su último rey, hubo un período de anarquía, durante el cual el pueblo culpable, viéndose abandonado por Dios, decía: «¿Y qué haría el rey por nosotros?» (v. 3).

Versículos 4-6: «Han hablado palabras jurando en vano al hacer pacto». Eso ocurrió literalmente con su último rey, Oseas. Al mismo tiempo que concluyó una alianza con Salmanasar, rey de Asiria, a quien prestó juramento falso, buscaba traidoramente el apoyo de So, rey de Egipto (2 Reyes 17:4-6). Una escena parecida se renovó mucho más tarde bajo Sedequías, con respecto al rey de Babilonia (2 Crón. 36:13). Por eso el juicio, cual «ajenjo», crecerá en los surcos del campo, destruyendo toda esperanza de cosecha. Salmanasar se vengó de la traición de Oseas, subió contra las diez tribus y asedió a Samaria, su capital. ¿Qué es lo que hace el pueblo de Samaria en presencia del juicio que acomete contra ellos? Tiembla por motivo de «las becerras de Bet-avén», el ídolo de Bet-el, lugar que en su Indignación el profeta llama Bet-avén (como en 4:15; 5:8; 10:8), casa de vanidad o de iniquidad. Un Bet-avén existía, de hecho, en los tiempos de Josué. En el deslinde de las fronteras bastante restringidas de Benjamín, es mencionado como lugar desierto poco alejado de Bet-el (Josué 18:12-13). Pero el profeta emplea este término que también se puede traducir: «casa de ídolos» para caracterizar lo que Bet-el, la casa de Dios, había venido a ser. Estaba en Dan y en Bet-el donde Jeroboam I había establecido los becerros de oro (1 Reyes 12:29). Bet-el en adelante era un verdadero desierto, una casa de ídolos, una vanidad, una abominación para el Dios que de ello había hecho Su casa y solemnemente había confinado sus promesas de gracia a Jacob (Gén. 28:19; 35:15). El becerro de oro tenía su Kemarim (sacerdotes idolátricos), sus sacerdotes que temblaban por él. Como más tarde, cuando la revuelta por causa de la gran Diana de los efesios, si el becerro de oro venía a desaparecer, toda esperanza de ganancia suya quedaba aniquilada. El valor monetario del ídolo también desempeñaba un papel en el luto del pueblo. Su tesoro, el testigo de su prosperidad material, al mismo tiempo que su dios, les era quitado para ser trasladado a Salmanasar, el rey Jareb de ese día, enemigo de Efraín.

«De Samaria fue cortado su rey como espuma sobre la superficie de las aguas. Y los lugares altos de Avén serán destruidos, el pecado de Israel; crecerá sobre sus altares espino y cardo. Y dirán a los montes: Cubridnos; y a los collados: Caed sobre nosotros» (v. 7-8). Estos versículos corresponden a 2 Reyes 17:4-6. El profeta nos enseña que Oseas había de perecer después de haber sido puesto en la prisión y atado con cadenas por Salmanasar. Todo eso estaba cerca, mas todavía venidero en la época del profeta. La idolatría de Efraín había de desaparecer de debajo de la faz de los cielos; la espina y la zarza habían de cubrir sus altares, Bet-el volvería a ser el desierto de Bet-avén. Así sigue siendo hasta hoy.

Sin embargo, como siempre, la profecía no para en una interpretación cercana, sino que nos traslada a un tiempo futuro, en el que, ya no a continuación de la idolatría, sino después del rechazo de Cristo, el juicio alcanzará a ese pueblo culpable. Es lo que el Señor anunciaba a las hijas de Jerusalén, cuando se dirigía hacia el Calvario: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras y por vuestros hijos. Porque vendrán días en los que dirán: Dichosas las estériles, los vientres que nunca concibieron, y los pechos que no amamantaron» (véase Oseas 9:11, 14). «Entonces comenzarán a decir a las montañas: Caed sobre nosotros; y a los collados: Escondednos. Porque si esto se hace con el árbol verde, ¿qué no se hará en el seco?» (Lucas 23:28-31). Tal será también el grito de los hombres, desde los reyes hasta los esclavos, bajo el sexto sello del Apocalipsis cuando se esconderán ante la ira del Cordero (Apoc. 6:16-17).

En los versículos 9 al 15 el profeta vuelve a encerrar a Judá con Israel en el mismo juicio. Gabaa, como lo hemos visto más arriba (9:9), habla del pecado de Benjamín, pero el profeta hace resaltar que «no los tomó la batalla en Gabaa contra los inicuos» no había alcanzado a aquellos de Israel que se erigían en campeones de la justicia (v. 9). Por tanto, llegaría un tiempo cuando Dios castigaría a los que habían sido instrumentos del castigo de Benjamín. Judá y las diez tribus serían «atados por su doble crimen». Los dos, nos dice el profeta, serán avasallados bajo el yugo de las naciones: «Efraín es novilla domada, que le gusta trillar, mas yo pasaré sobre su lozana cerviz; haré llevar yugo a Efraín; arará Judá, quebrará sus terrones Jacob». ¡Serán esclavos, cada uno de ellos en circunstancias y en épocas diversas, para hacer levantar y prosperar las cosechas de los extranjeros!

¡Ah! ¿No era todavía tiempo para sembrar en justicia para cosechar según la piedad, para roturar un terreno nuevo, para volver a empezar una vida, producto de un nuevo nacimiento, y para buscar a Jehová? (v. 12). En cuanto Israel siga este camino vendrá el Señor, como la lluvia, a traer justicia al terreno así preparado (véase 6:3). Más resulta imposible que semejante bendición se produzca sin el arrepentimiento y la conversión «en conocer a Jehová».

¿Por qué y para quién habían trabajado hasta entonces Efraín y Judá? «Habéis arado impiedad, y segasteis iniquidad; comeréis fruto de mentira» (v. 13). De modo que, como siempre en Oseas, las imágenes producen, por así decirlo, los pensamientos, y vemos la labranza significar a la vez el yugo de las naciones, la iniquidad del pueblo y el retorno del corazón a Jehová.

Pero pronto todas las fortalezas de Efraín serán destruidas «como destruyó Salmán a Bet-arbel en el día de la batalla», es decir como Salmán, cuyo ejército asedió Samaria y destruyó no cabe duda, de forma espantosa, Bet-arbel, una de esas fortalezas que no es nombrada más que en este pasaje.

Por fin este capítulo se termina con estas palabras proféticas: «A la mañana será del todo cortado el rey de Israel» (v. 15). Con el rey Oseas, la realeza sobre las diez tribus va a tomar fin, volverá a entrarse en la nada, y jamás volverá a ser cuestión de ella.

4 - Tercera parte: capítulos 11 al 13 — Juicios mezclados con esperanzas

4.1 - Capítulo 11: El nuevo Israel y la misericordia después de los juicios

Los capítulos 11 al 13 tienen esto en particular, a saber que, parecidos a los tres primeros capítulos, añaden al debate de los capítulos 4 al 10 palabras de apaciguamiento, destellos de esperanza, alusiones a un Libertador futuro, el recuerdo de las primeras mues­tras de gracia y la esperanza de liberaciones futuras. Estos capítulos preparan el capítulo final, la restauración plena de Israel en el camino del arrepenti­miento. En todos los capítulos que preceden, un solo pasaje, y aun este se pone como exhortación en la boca del profeta (6:1-3), podría aproximarse a los que vamos a encontrar. Aquí, hemos terminado en gran parte con las escenas de Indignación tan fogosas, con las imágenes tan imprevistas cuyo texto tan a menudo nos vimos obligados a parafrasear, versículo tras versículo, para dar a entender su sentido.

En el capítulo 11 la tormenta ya se aleja, pero no ha cesado del todo. Aquí y allí un estampido de trueno, un relámpago que cae, muestran que todo no ha terminado. Pero ya, de cuando en cuando, un rayo de sol perfora las sombras nubes, el viento ya ruge en ráfagas inesperadas; un aliento más suave anuncia que la estación nueva no tardará en aparecer.

(v. 1- 7) - Después de haber mencionado la destrucción total de Efraín y de su rey, el profeta vuelve a la historia pasada de Israel y nos relata cómo, en su juventud, Dios había tomado placer en él. Lo había adoptado, lo había llamado fuera de Egipto para conducirlo a Canaán, tal como había lla­mado a Abraham fuera de Ur de los Caldeos. Dios había hecho todo eso; Israel, en sí mismo, no tenía otro atractivo para Él que su juventud indefensa y el yugo de servidumbre que pesaba sobre él. Por su libre elección, Dios lo había amado y colocado en relación íntima con sí mismo. ¿Podría existir una inti­midad mayor que la de un hijo con su padre?

El profeta ya hizo alusión, en el capítulo 9:10, al precio que Jehová vinculaba con la posesión de Israel. ¿Qué es lo que el pueblo había hecho de todos esos privile­gios? Se desviaban cuando los profetas venían a hablarles; y, cosa espantosa, «a los baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían sahumerios» (v. 2). Esa conducta no había cansado la paciencia de Dios. Al tomar en cuenta la extremada juventud de su pueblo, cual padre tierno lo haría con respecto a un niño pequeño, le había enseñado a andar (aquí encontramos a Efraín solo), lo había cogido en brazos, como un niño fatigado, ¡qué amor, qué tiernos cuidados! Pero Efraín no había tenido ninguna consciencia de toda la solicitud de Dios por lo que a él se refiere: «Efraín… no conoció que yo le cuidaba». Dios los disculpaba aún. A medida que crecían, aumentaban para con ellos Sus cuidados, y estos se adaptaban a su edad. Cual guía atento al bienestar de un viajero, Dios los ataba con cuerdas de amor para atraerles tras Él. Se les impedía que se alimentasen libremente, por el yugo que pesaba sobre sus quijadas; ¡cuántas veces Dios había aflojado el yugo para sua­vemente darles de comer! Todo ese cuadro de la ternura de Dios a su respecto es lo propio para tocar el corazón y alcanzar la conciencia de su pueblo. Más todo fue inútil. Cuántas veces durante la marcha en el desierto su corazón había vuelto a Egipto, cuántas veces desde su entrada en Canaán, se había orientado hacia el lado de este país de esclavitud, cuando surgían dificultades, fruto de su infidelidad. En esos días de ocaso, Efraín se caracterizó de modo particular por la búsqueda de los socorros de Egipto, como lo vimos en los capítulos anteriores, y en su historia. En adelante, dice Jehová, «No volverá a tierra de Egipto, sino que el asirio mismo será su rey». Todos sus instintos y sus deseos le llevaban a eso; en absoluto tomaba en cuenta el que Dios le había llamado fuera de Egipto, –pero, dice el profeta, no efectuará ese retorno y será trasladado a unas regiones lejanas por el Asirio que se enseñoreará sobre él. Otra fue la suerte de Judá; rebelde a la palabra de Jeremías, persistió en refugiarse en Egipto para huir el yugo de Babilonia, y no pudo escapar a la destrucción.

Tal es el fin de la historia de Efraín, pero, gracia infinita, no es fin de la historia de Dios. Se nos dice, en Mateo 2:15, que José tomó al pequeño niño Jesús y se retiró a Egipto, «para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi Hijo». Tal era (¿había de creerse?) el propósito de la profecía de Oseas; se cumplía en ese acontecimiento. Dios tenía otro, un segundo Israel, objeto de Sus consejos de eternidad; había de glorificarle y responder a todas las exigencias de su santidad, de su justicia y de su amor. La viña de Israel que Jehová había plantado no había pro­ducido para Dios más que racimos silvestres (Is. 5); la «vid lozana» había llevado fruto para sí mismo (10:1). Por lo tanto, fueron rotos sus cercos y las bestias del campo lo ramonearon. Mas el Señor mirará desde los cielos y en cierto momento visitará ese pie de viña que su derecha había plantado y que había fortalecido para Sí, –es decir, que restablecerá a Israel. Pero, ¿cómo? «Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, Sobre el hijo de hombre que para ti afirmaste». Israel resucitará y nuevamente será intro­ducido en la bendición por el verdadero hijo de la diestra de Dios (Sal. 80:17), por la vid verdadera (Juan 15) que solo puede llevar para Jehová los sar­mientos de Israel. Solamente la vid verdadera no aguarda su gloria futura de Mesías, para llevar fruto para Dios. Lo lleva ahora en la tierra y todos los sar­mientos de entre las naciones que hoy están en relación viva con él aquí en la tierra, formarán en la gloria su Esposa celestial, mientras que Israel, unido con su Mesías, volverá ha aparecer en el reino milenario como la vid de Jehová.

(v. 8-11) En el capítulo 6:4, Dios había pre­guntado: «¿Qué te haré a ti, Efraín?» mostrando que ya no había juicio bastante severo para él y para Judá. Aquí exclama: «¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?» Cristo, el verdadero Israel, habiendo sido llamado fuera de Egipto, un medio había sido encontrado para hacer intervenir la gracia. ¿Haría Dios de Israel lo que había hecho de los reyes de Canaán, de los reyes de Adma y de Zeboim, en los días de Abraham? (Gén. 14:2). ¡No!, dice: «Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la ciudad» (v. 8-9). Llegará un día cuando sus caminos cambiarán hacia su pueblo, cuando dará libre curso a sus compasiones; es Dios, y la ira no es parte de su Ser, aunque haya estado obligado a manifestar su justicia en juicio –mas es amor. Es Santo, sin duda, en medio de su pueblo, y es preciso que este lo sepa y que haga la experiencia, pero es ante todo un Dios cuyas compasiones todas juntas están encendidas. Jesús no lo fue, ¿Él Hijo de Dios llamado fuera de Egipto? Habiendo venido como Dios, como Emanuel, a Israel, ¿era para juzgar? Su vida ¿no ha sido de un extremo a otro, una vida de com­pasión? (véase Mat. 9:36; 14:14; 18:27; 20:34; Marcos 6:34; 9:22; Lucas 10:33; 15:20). Vino a ma­nifestar a ese pueblo miserable y a todos los hombres lo que había en su corazón, en el corazón de Dios para ellos. Por eso, resumiendo todo lo que acababa de revelar en cuanto a los pensamientos de Dios hacia el hombre, el apóstol Pablo podía decir: «Os exhorto pues, hermanos, por las compasiones de Dios» (Rom. 12:1). Es la venida del Hijo de su diestra, del ver­dadero Benjamín, primer nacido, aunque último nacido, quien abrió la esclusa de las compasiones de Dios, mientras que el Dios santo, en el gobierno de su pueblo, después de haber abierto la esclusa de sus juicios, debería haberles dado curso hasta su agotamiento.

¡Qué cambio se operó con la venida de Cristo! La historia de Israel volvió a empezar con Él, para la gloria de Dios, que su antiguo pueblo había librado al oprobio. Este nuevo Israel, joven niño, era Aquel de quien Dios había dicho: «Mi Hijo eres tú, yo te engendré hoy» (Sal. 2). Lo llamó fuera de Egipto, para introducirlo como Rey en Canaán sobre su pueblo terrenal; también lo llamó fuera de Egipto, fuera del mundo, para introducirlo, y todos sus rescatados con él, en las delicias del Canaán celestial.

Entonces, dice el profeta, «En pos de Jehová anda­rán» (v. 10). El león de Judá tan solo tendrá que hacer oír su rugido, para que «los hijos» acudan de todas partes hacia él. Ya no rugirá contra ellos, sino contra las naciones que los han avasallado; ellos ten­drán confianza en este rugido. Llegarán desde Occi­dente (Judá), de Asiria (Israel). A todo vuelo huirán de Egipto, como antiguamente cuando el Señor los llamaba para que saliesen de allí.

No tenemos razón de decir que semejante capítulo ¿respira la compasión todavía más que los juicios, la esperanza de Israel más que su destrucción? Es que el pequeño niño, el segundo Adán, va aparecer, y que ya ¡el profeta lo anuncia con palabras misteriosas!

El retorno de las diez tribus no tomará lugar sino «después de la gloria»; el retorno nacional de Judá tendrá lugar antes, en la incredulidad, cuando los «navíos rápidos» volverán a traer este pueblo a Pales­tina, pero «aunque sea el número de los hijos de Israel como la arena del mar, solo un remanente será salvo» (Rom. 9:27). Dios solo reconocerá como pueblo suyo a aquellos que habrá sellado, al frente Judá, la tribu del gran Rey, en la retaguardia, la tribu del Hijo de su derecha (Apoc. 7:5-8).

4.2 - Capítulo 12: Amenazas y promesas

El capítulo 11 tenía como tema principal la miseri­cordia hacia las diez tribus y la introducción del nuevo Israel; el capítulo 12 trata eventualmente a Judá y habla del levantamiento otra vez, en los últimos días, del conjunto del pueblo. El profeta empieza a destacar la condición de Efraín y la de Judá en el momento mismo cuando emita su profecía. «Me rodeó Efraín de mentira, y la casa de Israel de engaño. Judá aún gobierna con Dios, y es fiel con los santos» (cap. 12:1). Esta frase es im­portante para la inteligencia de toda la profecía de Oseas. A menudo ha sido traducido así: «Judá también es aún inconstante con su Dios, y con el Santísimo». Asunto es, no de gramática, sino de inteligencia espi­ritual y, por parte nuestra, estamos persuadidos que la Versión Moderna quitaría de este capítulo su verdadero carácter. El pensamiento de que Judá «anda todavía con Dios» corresponde de manera sorprendente a lo que se nos dice en 2 Crón. 12:12 y 19:3. Mientras que Efraín, que había sembrado el viento (8:7), se saciaba de ello, albergaba vanas esperanzas, y obraba con engaño, buscando conciliarse con sus dos enemi­gos irreconciliables, el asirio y el egipcio (v. 1), Judá andaba todavía con su Dios. ¿Cuánto tiempo duró eso? Un poco más de un siglo, hasta el cautiverio de Babilonia, pero Dios todavía hacía tregua con el juicio en los días de Oseas. Todavía había verdaderos santos y el temor de Dios en medio del ocaso harto manifiesto de Judá. Los ojos de Dios descansaban com­placidos sobre un Ocias, sobre un Jotán, sobre un Ezequías y, más tarde, sobre Josías, cuyo reino floreció después del traslado de las diez tribus. Pero ¿Judá, iba a persistir? ¿Qué era, aun bajo esos reinados bendecidos, el conjunto del pueblo? El profeta, como también la historia, nos lo enseñan. «Jehová», se nos dice «también tiene contienda con Judá, y castigará a Jacob conforme a sus caminos, según sus malas obras les recompensará [2]» (v. 2).

[2] Como lo hemos dicho en la introducción, Jacob aquí es el conjunto del pueblo en relación con Judá su jefe, como Israel es el conjunto de las diez tribus en relación con su jefe Efraín.

Pero Jacob, ¿volverá a Dios? Por cierto, pues que si desde el comienzo, por astucia, suplantó a su her­mano, llegará el momento cuando se encontrará con Dios y tendrá que luchar con Él. «En el seno materno tomó por el calcañar a su hermano, y con su poder venció al ángel. Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó» (v. 3-4). Luchó con Dios con fuerza propia; entonces el ángel tocó la coyuntura de su muslo y tuvo que hacer la experiencia de su debilidad. Sin embargo, prevaleció. ¿Cuál pues es el medio para prevalecer en la lucha con Dios? Aquí está: lloró y suplicó. Es preciso que Jacob sea vencedor para poder heredar bendición, y el medio para vencer y para obtenerla, es el arrepentimiento y la oración. Sin embargo, aunque pudo decir: «fue librada mi alma» (Gén. 32:30), Jacob no había recobrado la comunión con Dios. El ángel rehúsa decirle su nombre y el patriarca encuentra a Dios tan solo en Bet-el: «En Bet-el le halló» (v. 5). Una primera vez, al huir de la casa paterna, había encontrado a Jehová en Bet-el, pero en un sueño (Gén. 28:13-22). Una se­gunda vez, en Peniel (Gén. 32:24-32), lo encuentra «cara a cara», pero sin que el ángel le declare su nombre. Una tercera vez, por fin, en Bet-el, lo en­cuentra realmente, después de ser purificado y de haber enterrado sus ídolos (Gén. 35:11). –«Allí hablaba este con nosotros» (v. 4). Cuando vuelve a encontrar la presencia de Jehová en su casa de Bet-el, Jacob entra en comunión con Él, oye, comprende y disfruta de su Palabra.

«Mas Jehová es Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre» (v. 6). Su memorial es su mismo nombre de Jehová, tal como lo reveló a Israel (Éx. 3:15). Anteriormente (Éx. 6:3), se había revelado como el Todopoderoso a Abraham, a Isaac y a Jacob, pero cuando se revela a Israel por boca de Moisés, su nombre: Jehová «Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos». Ahora bien, para volver a encontrar esta bendita relación con Dios, es preciso que Israel se convierta, como el patriarca: «Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre» (v. 7).

En resumen, el alcance de todo este pasaje, en apariencia tan enigmático, es este: Israel no puede volver a encontrar sus relaciones con su Dios y la comunión con Él, si no es en el sentimiento de su propia impotencia, por humillación y arrepentimiento, al abandonar sus ídolos para buscar la cara de su Dios. Es por una verdadera conversión que será capaz de guardar «misericordia», de conservar estas felices relaciones con Dios, «el juicio», el discernimiento necesario para separarse del mal, en fin «la espera continua de su Dios», es decir la dependencia.

(v. 7-14) Después de haber tratado del retorno, de la humillación, del arrepentimiento de Judá, y de todo el pueblo, el profeta vuelve a Efraín y ya no lo quita hasta el fin de su profecía. En el mismo estilo abrupto y sin transiciones, como siempre, expresa el pensamiento de Dios con respecto a las diez tribus: «En su mano peso falso, amador de opresión» (v. 8). Pero esta acusación no alcanza la conciencia de Efraín: dice: «Lo cierto es que me he enriquecido; ¡he hallado para mí caudales! ¡En todas mis faenas no se hallará en mí iniquidad que sea pecado! ¡Qué satisfacción de sí mismo y de su trabajo! ¡Qué ignorancia de su propio corazón! Involuntariamente piensa uno en Laodicea, que dice las mismas palabras en vísperas de ser vomitada de la boca del Señor: «Porque dices: ¡Soy rico, me he enriquecido, y de nada tengo necesidad! Y no sabes que tú eres el desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17). Así que el fin de la cristiandad será caracterizado por la misma ceguera que la de Israel. Basta a Efraín que una encuesta humana no haya encontrado en él actos reprensibles que le haga caer bajo la sentencia de la ley. Sin hablar de los ídolos de quienes, cosa estupefacta, ignora aquí la existencia. Pero ¿el mundo de hoy, acaso conoce sus ídolos? Ahora, como entonces, el pensa­miento de un Dios que sondea al hombre y lo conoce, se desconoce por completo. Y, en cuanto a Israel, el fraude acostumbrado de Jacob sigue caracterizándole.

En la presencia de semejante endurecimiento de conciencia, ¡Jehová va, sin duda, a volver definidamente la espalda a este triste pueblo! Es porque uno lo espera como inevitable que se queda uno confundido al oír a Jehová expresarse así en el versículo 10: «Pero yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; aún te haré morar en tiendas, como en los días de la fiesta». ¡Qué gracia inespe­rada! Para ti, oh miserable Efraín, habrá un reposo glorioso después de la travesía del desierto por el cual te llevará una vez más. Habrá para ti una fiesta de los tabernáculos que seguirá la cosecha y la ven­dimia. Si a mí me has olvidado, yo, por lo contrario, no he olvidado que, desde la redención obrada a favor tuyo cuando te hice salir de Egipto, tenía yo el pen­samiento de hacerte celebrar este reposo final.

Inmediatamente Dios reanuda el curso de los amar­gos reproches (v. 11-15). ¿Acaso Efraín jamás había escuchado a Aquel que le hablaba por la ins­piración de los profetas, por sus visiones y sus simi­litudes? No, ¡había ofrecido sacrificios que Dios no podía aceptar, por eso también sus altares serían como montones de piedras en los surcos de los campos! Ya el juicio había caído sobre Galaad, las dos tribus y media más allí del Jordán (2 Reyes 15:29; 1 Crón. 5:26), pero ¿cómo sería cuando cayera sobre Efraín? (v. 11). ¡Ojalá que Efraín meditara en la historia de Jacob, la historia de Israel! ¿No es visión y símil que se dirige a ti? ¿No tuvo Jacob que huir en la llanura de Siria, porque había sobornado a su hermano? ¿No se había guardado a Jacob en esclavitud, y esta esclavitud no se ha prolongado hasta su unión con la mujer que amaba? Sin embargo, Israel fue liberado de su largo cautiverio: «Y por un profeta (Moisés) Jehová hizo subir a Israel de Egipto». Y por ese mismo profeta «fue guardado del mal» hasta el fin de los días del desierto. Lo mismo le acontecerá a Israel: La Palabra de Dios (el Espíritu de profecía, el testimonio de Jesús, Apoc. 19:10; 22:7), palabra que despreciaron cuando el Señor multiplicaba para ellos sus profetas, esta palabra les volverá a traer en el fin. Mas, en cuanto a Efraín (v. 16), de momento la ira de Dios permanece sobre él.

Es así como se entremezclan las amenazas, las sú­plicas, los juicios, las esperanzas y las promesas, en esta maravillosa profecía. ¡Ah! ¡Si hoy la cristiandad quisiera oír! Su suerte será mucho más terrible que la de Israel, porque Israel será restaurado, pero la cristiandad, que llegará a ser la gran Babilonia, ¡será destruida para siempre!

4.3 - Capítulo 13: Últimos brillos, alba de la liberación

En el capítulo 13, la tempestad levantada contra Efraín infiel vuelve a hacer oír su gran voz. Un último torbellino de ira parece romperlo todo a su paso. Luego se hace un gran silencio, el silencio de la muerte. Entonces en el seno de la misma muerte se alza una voz libertadora (v. 14). Otra última ráfaga de viento del Oriente, un estruendo de terror y car­nicera. La destrucción de Efraín es consumada (v. 15-16). Entonces, por fin suena la hora del avivamiento bajo el reino glorioso del Mesías (cap. 14).

(v. 1) «Cuando Efraín hablaba, hubo temor; fue exaltado en Israel; mas pecó en Baal, y murió».

El profeta sigue exponiendo la condición de Efraín. Esta tribu tenía autoridad venida de Dios, un lugar de eminencia en Israel. Todo lo había perdido por la idolatra de Baal y por los becerros de Bet-el. ¿Cuál sería su suerte? ¿Qué quedaría de él? «Serán como la niebla de la mañana, y como el rocío de la madrugada que se pasa; como el tamo que la tempestad arroja de la era, y como el humo que sale de la chimenea» (v. 3). Buscad a Efraín; ¿dónde lo podréis encontrar? Tanto valdría intentar recuperar la nube, el rocío y el humo. ¡Es el caso de las diez tribus hasta este día!

En el versículo 4, Jehová vuelve a los testimonios pasados de Su gracia (fíjese cuántas veces desde que «de Egipto llamé a mi hijo» al capítulo 11:1); vuelve, digo, a lo que fue para Israel desde el país de Egipto. «Mas yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; no conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí. Yo te conocí en el desierto, en tierra seca» (v. 4-5). ¡Ah!, cuán lejanos quedaban los días cuando la esposa seguía a su esposo en el desierto, cuando el Pastor de Israel alimentaba y daba de beber a sus ovejas, de suerte que cada uno pudiese decir: “nada me faltará”. Pero Efraín se había levan­tado, de modo que Jehová había tenido que rugir contra él cual león devorador, en vez de rugir a su favor (véase 11:10), como lo hará al fin. ¡Suerte terrible! Efraín iba a ser atacado, devorado por todas las fieras, imágenes de las naciones hostiles y sin piedad que subieron al asalto de este pueblo. «Yo seré para ellos como león; como un leopardo en el camino los acecharé. Como osa que ha perdido los hijos los encontraré, y desgarraré las fibras de su corazón, y allí los devoraré como león; fiera del campo los despedazará» (v. 7-8).

¡Qué locura el ser enemigo de Dios, del único que puede ayudarnos! ¿No es esta la condición de los hombres de hoy, como también la de los hombres de aquel entonces? Uno prefiere ser saciado con los bienes de este mundo, como está dicho aquí (v. 6), antes que volverse hacia el Salvador. Mas en vano uno busca a crearse la ilusión; si uno por Él no es, contra Él ha de ser. Si uno es a favor del mundo y las cosas en el mundo, enemigo es de Dios. ¿No es esta la ilusión mortal del creyente profeso?, pensar poder al mismo tiempo ser amigo del mundo y de Dios? ¡Ojalá tengan cuidado las almas de eso, para que no encuentren a Dios, cual león en su camino! Otro Salvador fuera de él, no lo hay, e Israel había estado perdido, «mas en mí está tu ayuda» (v. 9). Y cuando, en fin, el juicio se había aproximado, había buscado la salvación apoyándose en el brazo de la carne. «¿Dónde está tu rey, para que te guarde con todas tus ciudades; y tus jueces, de los cuales dijiste: Dame rey y príncipes?». Jehová recuerda a las diez tribus lo que habían sido los reyes y los príncipes que ellos habían pedido, porque aquí no se trata de Saúl, como yo lo creía antes, aun menos de David y de Salomón, ni siquiera de Jeroboam I, suscitado por Dios en juicio contra Judá. «Te di rey en mi furor», dice Dios a Efraín, «y te lo quité en mi ira». Toda la profecía de Oseas traslada el pensamiento hacia Jehú, ejecutor de la ira de Dios contra la casa de Acab, y hacia su último sucesor, Zacarías, que pereció de muerte violenta después de seis meses reinando. Como lo vimos en el primer capítulo; Dios no toma en cuenta a los sucesores de Zacarías y, sin embargo, esta palabra: «y te lo quité en mi ira» se aplica a la casi totalidad de entre ellos, porque hasta el último, Oseas, mueren de muerte violenta.

(v. 12-13) «Atada está la maldad de Efraín; su pecado está guardado. Dolores de mujer que da a luz le vendrán; es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer». Cuando el Asirio se presentó ante Jerusalén, el piadoso Ezequías había recurrido al profeta Isaías, al decirle: «Día de angustia, de reprensión y de blasfemia es este día; porque los hijos han llegado hasta el punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas… eleva, pues, oración tú por el remanente que aún ha quedado» (Is. 37:3-4), y Dios había contestado al rey de Judá –mientras que el pecado de Efraín se mantenía en reserva.

Pero he aquí que, a pesar de todo lo que Jehová iba a hacer contra Efraín, anuncia, sin transición alguna como siempre: «De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista» (v. 14). Sí, aunque Efraín no se arrepintió, el Señor quería cumplir hacia él su obra de liberación. Nueva alusión a la obra libertadora de Cristo, como ya lo vimos en el capítulo 6:2. Esta obra, Dios la cumplirá para la liberación terrenal de Israel, en virtud de la muerte y de la resurrección del Salvador.

Entonces tomará lugar lo que se anuncia en Isaías 25:8 «Destruirá a la muerte para siempre… y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra».

Pero esta obra, cumplida para la liberación terrenal de Israel, lo será para nosotros, cristianos, en una escala bastante más amplia. La resurrección de Cristo es el preludio de la resurrección de los santos dormidos y de la transmutación de los santos vivientes. Esta liberación de los santos y de la Iglesia tiene a la vista el cielo, y no la tierra. Entonces también se cumplirá para nosotros, de manera absoluta y definitiva, esta maravillosa promesa: «La muerte ha sido sorbida por la victoria» (1 Cor. 15:54). Lo será para siempre, antes de ser abolida para todo tiempo. Hasta este momento la muerte tiene sobre los rescatados una victoria apa­rente, ya que, en cuanto a su cuerpo, pueden morir y ser tendidos en la tumba. Un solo hombre, Cristo, está hoy para siempre fuera de su poder, porque lo venció por su resurrección. Y ya tenemos la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Nos ha sido dada y nos pertenece, habiendo sido dada al segundo Adán, jefe de la familia de Dios, y como consecuencia a todos los que forman parte de esta familia (1 Cor. 15:54-57). En este pasaje es asimilada a un escorpión cuyo aguijón, el pecado, introduce su principio destructor en el hombre. El poder del aguijón, del pecado, es la ley, su veneno, que hace de la muerte un tormento para el hombre, al mostrarle la muerte que merece y la imposibilidad de escapar a ella. Esta liberación de la muerte y todo lo que la acompaña, lo poseemos en Cristo.

De manera que la liberación futura de Israel tiene, como la nuestra, un mismo origen, un Cristo resucitado, introducirá a este pueblo en una tierra purificada del pecado; pero nosotros, cristianos, en el cielo, liberados para siempre de la presencia del pecado y de la muerte.

En los versículos 15-16, el profeta vuelve al juicio presente de Efraín. Es el último estampido del trueno. Judá, que no se menciona aquí, sufrirá la misma suerte por la mano de Babilonia, que Efraín por la mano del Asirio. Pero el enemigo que, en su odio atroz, hizo caer los hombres por la espada, aplastó los niñitos, rajó el vientre de las mujeres embarazadas, encontrará su retribución después de haber sido la vara de Dios contra Israel, y contra Judá. Se puede aproximar este pasaje a la palabra profética sobre Edom, puesta en la boca del remanente de Judá que suspendió sus harpas en los sauces de Babilonia: «Hija de Babilonia la desolada, bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña» (Sal. 137:8-9).

5 - Cuarta parte: capítulo 14

5.1 - Capítulo 14: Arrepentimiento y restauración de Israel

En este capítulo asistimos al feliz desenlace de todos los caminos de Dios hacia su pueblo. El torrente de reproches ya se ha secado, la voz de los juicios se ha callado; la llamada al arrepentimiento por fin en­cuentra eco en el corazón de Israel. En el día cuando el profeta los exhortaba al arrepentimiento y a la conversión y les anunciaba las bendiciones que serían el resultado de ello (6:1-3), no le habían hecho caso. Ahora que el apuro ha llegado a su colmo (véase 5:15), su oído por fin se había abierto para escuchar la voz de Jehová: «Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído. Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios» (v. 1-2).

Israel vuelve; trae palabras de las cuales tan a menudo encontramos expresión en los Salmos (Sal. 103:2; 130:3; 51:1-17; 69:30, etc.), y que ahora salen de bocas sin fraude. El perdón completo, el perdón de toda iniquidad, he allí lo que pide el corazón convencido de pecado y atraído por la gracia. Dios puede «aceptar el bien», lo que es según Él y según sus pensamientos, el arrepentimiento de un pueblo que viene a él confesando sus pecados. De ese modo el Señor se asociaba con «los santos que están en la tierra, y con los íntegros» que venían al bautismo de arrepentimiento. Mas al recibirles así, Dios aceptaba lo que era bueno, un estado en el cual el pecado no entraba ya para nada, fruto de la obra expiatoria de Cristo, cumplida en la cruz, y que Dios acepta como justificándonos plenamente. Si es así, se puede entonar la alabanza. Ya no se trata para Israel, de la sangre de toros y machos cabríos, que no puede quitar su pecado, ni hacerlo acepto para Dios, sino «la ofrenda (o toros) de nuestros labios» (v. 2). El fruto de labios que bendicen Su nombre, el sacrificio de alabanzas, es la única ofrenda que presentarle en adelante, porque el sacrificio expia­torio ha sido ofrecido una vez, y ha satisfecho para siempre las exigencias de la santidad divina.

«No nos librará el asirio; no montaremos en caballos». Israel ya no busca la protección de un mundo enemigo, y no confía en la energía de la naturaleza para escapar al mal o hacerle frente. «Ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia» (v. 3) ¿Cómo los becerros de Bet-el habían de ser todavía los ídolos del corazón? Desprovisto de todo apoyo, de todo socorro humano, este pueblo afligido, sin ningún lazo que le ataba a Dios, este huér­fano, este Lo-Ammi y este Lo-Ruhama, lo ha encontrado a Él, y los tesoros de su corazón para seres despro­vistos de todo, un Padre en vez de un juez, la miseri­cordia en vez del juicio. Este último habiendo ya pasado, el amor solo subsiste.

Todo este pasaje bien es la obra de gracia en el corazón, la historia de toda alma de hombre, de todo pecador que vuelve a Dios por medio del arrepenti­miento, sea en el día actual, en los tiempos de antaño, o en una época por venir.

Sin tardar (v. 4-7), Dios muestra lo que será para ellos cuando hayan tomado consigo palabras para volver a él: «Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos. Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano» (v. 4-5). Dios quitará todas las consecuen­cias de su abandono de Él y reemplazará su miseria por las bendiciones de una vida nueva. Podrá “amarlos libremente”. Este amor siempre había existido en su corazón, porque es la esencia misma de Dios, pero se había dificultado en sus manifestaciones por la infidelidad de ellos, su dureza de corazón, y los juicios terribles que se había visto obligado a infligirles. Dios será para Israel como un refrigerio celestial cuya fuente será la persona bendita de Cristo. Su pueblo florecerá como el lirio, emblema de gracia, de belleza, aderezo glorioso de la tierra. «Extenderá sus raíces como el Líbano».

Fíjese en el papel del Líbano en toda esta escena. Es símbolo de la estabilidad del reino de Cristo. Como los cedros majestuosos que cubren esta montaña, así Israel extenderá sus raíces para jamás ser abatido; así es que sus retoños se extenderán y su posteridad ocupará la tierra. Pero su perfume será también, como el Líbano, perfectamente agradable al Rey, su muy Amado (Cant. 4:10-11). Por fin su fama será como el vino del Líbano, fuente de gozo para el mundo entero, de gozo establecido en un reino consolidado para siempre (v. 5-7). Todavía en esta escena nueva, «será su gloria como la del olivo». Nuevamente injerto en su propio tronco, Israel aparecerá en la belleza primera de su realeza y de su sacerdocio (Zac. 4:3; Apoc. 11:4); símbolo de paz para la tierra renovada como antiguamente la hoja traída por la paloma de Noé, después del diluvio (Gén. 8:11). Por tanto «Volverán y se sentarán bajo su sombra» (v. 7), para buscar en su presencia una protección ofrecida a todos. «Serán revivificados como trigo, y florecerán como la vid». Habrá abundancia de fruta (véase 2:22), y un nuevo florecimiento de la vid del Mesías desprendiendo el perfume de la renovación [3].

[3] Notemos aquí la presencia de tres árboles, figuras de Israel, introducidos en las bendiciones milenarias. Son el cedro, el olivo y la vid.

Tales serán las bendiciones milenarias que traerá el arrepentimiento de Israel.

El versículo 8 nos hace asistir a un delicioso cambio de pensamientos entre Jehová y Efraín, género de conversación a menudo presentado en ciertos Salmos, que he llamado en otra parte, los Salmos de comunión, y que muestran un acuerdo perfecto entre los inter­locutores.

«Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?» Israel ha encontrado el Cristo, su Salvador y su Rey; los falsos dioses ya no desempeñan ningún papel en su corazón, ni en su vida. Siempre es así cuando el alma ha encontrado un objeto que se ha posesionado de ella y al cual se atribuye más valor que a las miserables vanidades de este mundo.

«Yo lo oiré», dice el Señor, «y miraré». Él será el Dios con quien Efraín tendrá que ver, su verdadero Dios. Responderá, dice, a todas sus demandas: lo iluminaré con la mirada de mi faz, según su deseo: «¡Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro» (Sal. 4:6).

El cedro: La montaña del Líbano es, como lo hemos dicho, símbolo de la estabilidad del reino de Cristo; los cedros que la cubren son figura de Israel destruido antiguamente por los gentiles (Is. 37:24) ahora restablecido en su poder y su gloria. Este mismo Israel formará parte integrante de la casa de Jehová (véase el templo y la casa del Líbano bajo Salo­món).

El Olivo: Es figura del remanente de Israel, nuevamente injer­tado en el tronco de las promesas, recibido según la elección de gracia y restaurado tras la caída de las naciones. Este remanente formará el conjunto del pueblo bajo el cetro del Mesías, después de la destrucción de los judíos apóstatas.

La Vid: Es la imagen de Israel restaurado en virtud de su unión vital con Cristo la vid verdadera; y capaz, después de antiguamente haber sido destruido cual vid estéril, de llevar en adelante fruto para Dios.

Un detalle notable: La higuera tan a menudo mencionada en las Escrituras como símbolo de la nación judía, aquí se pasa bajo silencio, habiéndose pronunciado sobre este pueblo la sentencia definitiva: «¡Nunca nazca de ti fruto para siempre!» (Mat. 21:19). No impide eso el que la higuera sea igual como la vid emblema del reposo y de la prosperidad mile­naria (Miq. 4:4; Zac. 3: 10; 1 Reyes 4:25).

Bajo esa mirada, Efraín dirá «le seré como el verde ciprés». El ciprés, cuyo follaje no se marchita, crece en el Líbano con el cedro, y hace, con este, el adorno del templo de Jehová (1 Reyes 5:8, 10; 6:15; 2 Crón. 2:8). Estabilidad, testimonio sin interrumpir, santidad, aderezo incorruptible del santuario, proximidad de Jehová; ¡cuántos pensamientos benditos evocan este solo nombre!

Y el Mesías contesta: «De mí será hallado tu fruto». ¡Suave, indecible palabra final! ¡Cuánto conviene a su propio corazón y al de Israel restaurado! Cristo quiere tener la última palabra, se regocija al ver en su pueblo el fruto de su gracia. «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Is. 53:11). Toda esta bendición no tiene otro origen. ¡Nada viene del hombre, todo proviene de Dios! ¡Ah! ¡Cómo el corazón de sus bien amados podrá responder en una adoración muda: «Todas mis fuentes están en ti!» (Sal. 87:7).

El versículo 9 cierra y resume la profecía de Oseas. «¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos». ¿No es esta la conclusión del libro? Hace falta, para entenderlo, una sabiduría y una inteligencia dadas de arriba, pero que Dios no niega a los suyos, mientras que los sabios de este mundo tachan precisamente a este profeta de incomprensible y de insensato. Sin embargo, el resumen de ello es lo más sencillo, lo más elemental como puede ser posible. Son los caminos de Dios. Son dere­chos, son el camino del justo y su salvaguarda. Son la pérdida y la ruina de los transgresores, de los que rehúsan someterse a la voluntad de Dios.


Tal es este libro maravilloso. En su fogosidad, ataca inopinadamente a las almas para producir efecto en ellas y convencerlas. Si se desborda en torbellino de aguas para manifestar el mal, es para alcanzar las conciencias, un amplio soplo de amor pasa a través de estas estrofas indignadas. La revelación de la per­sona, de la obra de Cristo fluye en ello, cual río apacible y subterráneo, que tiende hacia la misma meta que las aguas tumultuosas de la superficie. Es en ese río donde Dios hace remojar las raíces de las bendiciones futuras, mas el desprecio de esta agua viva hace que la sentencia del Juez sea irremisible.

Es imposible, como lo hemos dicho al empezar, estu­diar Oseas sin parafrasearlo, tanto los pensamientos aparecen allí ser distantes y como extraños los unos de los otros; pero el Espíritu Santo nos levanta el velo que cubre los enlaces, y los descubrimientos que hacemos bajo su dirección aumentan todavía más el interés de esos admirables capítulos. Sin duda no tienen, para expresarnos así, la corriente vasta y ma­jestuosa que caracteriza a Isaías más que a cualquier otro profeta, aunque tanto el uno como el otro tienen a la vista al Asirio; el tema, como lo hemos visto, es aquí más restringido. Las naciones que Oseas pone en relieve son únicamente Egipto y Asiria; el pueblo mucho más a menudo tiene el carácter de Efraín que el de Judá. Es que la hora de la retribución ha sonado para las diez tribus, y más de un siglo esperará todavía el toque de agonía que anuncie el fin de la casa de David. Después de las violencias del temporal, entre-mezclado aquí y allí con algunos rayos de sol, el ojo termina por descansar sobre la escena apacible en la cual el pueblo restaurado por gracia, habrá encontrado la comunión con su Dios, bajo el cetro del Mesías.


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