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Estudios sobre el libro del Deuteronomio


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 41

library_books Serie: Pentateuco

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


«Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos» (Sal. 119:89)

«En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Sal. 119:11)

1 - Introducción

1.1 - La Ley para el país

El libro que ahora vamos a estudiar tiene un carácter tan propio como cualquiera otra de las cuatro secciones anteriores del Pentateuco. Si nos dejáramos guiar por el título del libro, podríamos suponer que este es una simple repetición de los precedentes. Eso sería un error. Semejante cosa no ocurre en la Palabra de Dios. Dios nunca se repite, ni en su Palabra ni en sus obras. Dondequiera que discernamos a nuestro Dios, sea en una página de la sagrada Escritura o en el vasto campo de la creación, vemos una infinita variedad, una divina plenitud, un plan definido; y nuestra facultad para discernir y apreciar tales cosas será proporcional a nuestra espiritualidad. En esto, como en todo, es necesario que nuestros ojos estén ungidos con colirio celestial. Aquel que imaginara que el quinto libro de Moisés es una simple repetición de lo que se encuentra en el Éxodo, en el Levítico y en los Números tendría una pobre idea de la inspiración. Si en una composición humana no esperaríamos encontrar tamaña imperfección, cuánto menos en la perfecta revelación que Dios nos ha dado en su santa Palabra. El hecho es que del comienzo al fin del inspirado volumen no hay una sola frase superflua, ni una palabra de más, ni un argumento que no tenga su significado propio y su aplicación directa. Si no vemos esto, tenemos que aprender aún la profundidad, la energía y el significado de estas palabras: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim. 3:16).

¡Preciosas palabras! Quiera Dios que ellas sean mejor comprendidas actualmente. Es de la mayor importancia que los cristianos estén arraigados y fundados en la gran verdad de la plena inspiración de la santa Escritura. La flojedad a este respecto se extiende de manera espantosa en la iglesia profesa. En muchas partes es de buen tono burlarse de la fe en la plena inspiración. Es considerada como un signo de ignorancia o de infantilismo. Se cree que se da prueba de gran saber y de espíritu muy desarrollado si se critica el precioso libro de Dios y se le encuentran imperfecciones. Los hombres se permiten formular juicios sobre la Biblia como si ella fuese una composición humana. Se atreven a pronunciarse sobre lo que es digno de Dios o no lo es. En el fondo, ellos juzgan a Dios mismo. El resultado de todo ello es la más completa oscuridad y confusión, tanto para esos sabios doctores como para aquellos que los escuchan. ¿Cuál será el destino eterno de todos aquellos que tendrán que responder ante el tribunal de Cristo, o ante el gran trono blanco, por haber blasfemado la Palabra de Dios y por haber descarriado tan gran número de almas con su infiel enseñanza?

No nos detendremos a considerar la culposa locura de los incrédulos y de los escépticos –incluso si se llaman cristianos– ni sus vanos esfuerzos por desacreditar el admirable volumen que nuestro Dios se dignó hacer escribir para nuestra enseñanza. Algún día descubrirán su fatal equivocación. ¡Dios quiera que no sea demasiado tarde! En cuanto a nosotros, sea nuestro gozo y nuestro consuelo meditar la Palabra de Dios de tal manera que sin cesar descubramos nuevos tesoros en esa mina inagotable, nuevas glorias morales en esa revelación celestial.

El Libro del Deuteronomio ocupa un lugar completamente distinto en el canon inspirado. Las palabras con que comienza bastan para probarlo: «Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al mar Rojo, entre Parán, Tofel, Labán, Hazerot y Dizahab».

Los israelitas habían llegado a la orilla oriental del Jordán y se disponían a entrar en el país de la promesa. Su peregrinaje por el desierto estaba a punto de terminar, según lo leemos en el versículo 3: «Y aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos».

Así que no solamente tenemos la época y el lugar indicados con precisión divina, sino que también sabemos, por las palabras que acabamos de citar, que las comunicaciones hechas al pueblo en los llanos de Moab estaban muy lejos de ser una repetición de lo que hemos visto en nuestros estudios del Éxodo, del Levítico y de los Números. De esto tenemos una nueva prueba evidente en el capítulo 28 (v. 69) del libro cuyo estudio vamos a realizar: «Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb».

El lector observará que se trata de dos pactos: uno hecho en Horeb y otro en Moab, el último de los cuales, lejos de ser una repetición del primero, es tan diferente del otro como sea posible imaginar.

El título griego de este libro, que significa «segunda promulgación de la ley», podría suscitar la idea de que es una simple recapitulación de los que le preceden; pero no es así. Este libro tiene su sitio propio. La finalidad que se propone es de lo más diferente posible. La lección principal que procura inculcar del principio al fin es la obediencia, y ella no meramente en cuanto a la letra, sino también en el espíritu de amor y de temor, obediencia fundada sobre relaciones íntimas, obediencia estimulada por el reconocimiento de obligaciones morales de lo más positivas.

El anciano legislador, el fiel y amado siervo de Jehová, iba a despedirse de la congregación. Iba a morir y ser enterrado en la tierra de Moab, y los hijos de Israel estaban a punto de atravesar el Jordán, lo cual hace que sus últimas recomendaciones sean sumamente solemnes y conmovedoras. Pasa revista a toda su vida en el desierto. Recuerda las circunstancias y las etapas de los cuarenta años de peregrinaje de una manera muy apropiada para tocar el corazón. Sus preciosos discursos poseen un encanto incomparable que resulta tanto de las circunstancias en que fueron pronunciados, como de la importancia de su divino contenido. Estos se dirigen a nosotros con tanta conveniencia como a aquellos a quienes estaban destinados. Muchas exhortaciones nos son aplicables tan oportunamente como si hubiesen sido pronunciadas ayer.

1.2 - Libro actual, aunque escrito hace tres mil años

¿Y no ocurre así con toda la Escritura? ¿No nos sorprende sin cesar su maravilloso poder de adaptación a nuestras circunstancias y a nuestro estado de alma? Nos habla tan oportunamente y con tal frescor como si hubiese sido dictada hoy mismo y expresamente para nosotros. Nada hay comparable a la Escritura. Tome usted un escrito humano de la misma época del Deuteronomio; si pudiera hallar cualquier volumen escrito hace tres mil años, ¿qué encontraría allí? Una curiosa reliquia del pasado, algo digno de ser colocado en el Museo Británico, junto a alguna momia egipcia, pero sin aplicación ninguna a nosotros o a nuestro tiempo; un documento caduco prácticamente inútil para nosotros, relativo a una situación y a un estado social ya perimidos y caídos en el olvido.

Por el contrario, la Biblia es el libro para hoy. Es el propio Libro de Dios, su perfecta revelación. Es su misma voz que nos habla a cada uno de nosotros. Es un libro para todas las edades, para todas las clases, para todas las condiciones; para los nobles o los humildes, los ricos o los pobres, los sabios o los ignorantes, los viejos o los jóvenes. Habla un lenguaje tan sencillo que un niño puede entenderlo, y al mismo tiempo tan profundo que la más vasta inteligencia es incapaz de sondearlo. Ante todo, habla directamente al corazón; alcanza a las más ocultas fuentes de nuestro ser moral; desciende hasta las raíces de los pensamientos y los sentimientos del alma; nos juzga completamente. En una palabra, es como lo dice el apóstol: «Viva y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos; y ella discierne los pensamientos y propósitos del corazón» (Hebr. 4:12).

Observe usted también la maravillosa amplitud de sus conceptos. Trata tan minuciosamente acerca de los hábitos y costumbres, de los modales y máximas del vigésimo siglo de la era cristiana como de las más primitivas edades de la vida humana. Muestra un perfecto conocimiento del hombre en cualquier época de su historia. El Londres de hoy y la ciudad de Tiro de tres mil años atrás son pintados con igual precisión y fidelidad en las páginas sagradas. La vida humana, en cualquier plano de su desarrollo, es descrita con mano maestra en ese admirable volumen que nuestro Dios ha escrito para nuestra enseñanza.

¡Qué privilegio poseer tal libro, tener en nuestras manos una Revelación divina, poseer una historia –divinamente inspirada– del pasado, del presente y del futuro!

1.3 - El hombre natural: enemigo de Cristo y de la Palabra

Pero ese libro juzga al hombre; juzga su conducta, juzga su corazón. Le dice la verdad acerca de todo cuanto le concierne. De ahí que al hombre no le agrade el libro de Dios. Un hombre inconverso preferirá mucho más un periódico o una novela que la Biblia. Leerá con mayor gusto el relato de un proceso criminal que un capítulo del Nuevo Testamento.

Por tal razón, también se procura encontrarle defectos a la Palabra de Dios. Los incrédulos siempre han trabajado con ahínco para descubrir imperfecciones y contradicciones en la santa Escritura. Los enemigos de la Biblia se encuentran no solamente en las clases vulgares y desmoralizadas, sino también entre las personas instruidas, cultivadas, de clase elevada. Precisamente tal como acontecía en el tiempo de los apóstoles: «Mujeres devotas de alto rango» y «hombres malvados de los que frecuentaban la plaza», tan separados unos de otros social y moralmente, encontraron un punto en el que podían estar de acuerdo: el rechazo de la Palabra de Dios y de aquellos que fielmente la predicaban (comp. Hec. 13:50; 17:5). Igualmente vemos que hombres que difieren casi en todo, convienen en su decidida oposición a la Biblia. A los otros libros se los deja en paz. Los hombres no se preocupan en buscar defectos en Virgilio, en Horacio, en Homero o Herodoto, pero no pueden soportar la Biblia porque ella los exhibe al desnudo y les dice la verdad sobre ellos mismos y sobre el mundo al cual pertenecen.

Y con el Hijo de Dios, la Palabra viviente, el Señor Jesucristo, ¿no sucedió exactamente lo mismo cuando estuvo en la tierra? Los hombres le aborrecían porque les decía la verdad. Su ministerio, sus palabras, su conducta, su vida entera era un testimonio contra el mundo; de ahí la continua y amarga oposición de este. Otros podían seguir tranquilamente su camino, pero él era vigilado, espiado, perseguido a cada paso. Los conductores y maestros del pueblo procuraban «hallar falta en sus palabras» (Mat. 22:15), a fin de tener un pretexto para entregarlo al gobernador. Así fue durante su vida admirable, y al final de ella, cuando el bendito Salvador fue clavado en la cruz entre dos malhechores, a estos se les dejó en paz; no se les abrumó de injurias; los sacerdotes y los ancianos no meneaban sus cabezas burlándose de ellos. No, todos los insultos, toda la mofa, todas las palabras crueles y sin piedad iban dirigidas al divino ocupante de la cruz central.

Es muy importante que comprendamos a fondo de dónde proviene toda esa oposición a la Palabra de Dios, ya sea a la Palabra viva, ya sea a la Palabra escrita. El diablo aborrece la Palabra de Dios con odio perfecto; por esto se vale de sabios incrédulos que escriban libros para probar que la Biblia no es la Palabra de Dios; que no puede serlo, toda vez que existen en ella errores y contradicciones y que en el Antiguo Testamento hay leyes, instituciones, costumbres y ceremonias indignas de un Dios bueno y misericordioso.

Para toda esta clase de argumentos solo tenemos una corta respuesta que dar; de todos esos eruditos incrédulos decimos simplemente que «queriendo ser maestros de la ley, sin entender ni lo que dicen, ni sobre lo que insisten» (1 Tim. 1:7). Podrán ser muy instruidos, muy sabios, pensadores originales y profundos, versados en literatura, muy competentes para zanjar una cuestión difícil, para discutir un tema científico. Incluso podrán ser muy amables, estimados y respetados en su vida privada. Pueden ser todo eso, pero, como inconversos y carentes del Espíritu de Dios, son completamente incapaces de formular un juicio acertado en cuanto a la sagrada Escritura. Si alguien que no conociera de Astronomía se permitiera juzgar los principios del sistema de Copérnico, esos mismos hombres de quienes hablamos, le declararían totalmente incompetente para hablar de ese tema e indigno de ser escuchado. En una palabra, nadie tiene derecho a emitir opinión sobre un asunto que no conoce. Este es un principio admitido en todos los terrenos y, por lo tanto, su aplicación al caso que nos ocupa no puede ser objetada.

El apóstol nos dice que: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14). Esto es concluyente. Habla del hombre en su estado natural, por culto que pueda ser. No habla de una determinada clase de hombres, sino sencillamente del hombre en su estado de inconverso, del hombre que carece del Espíritu de Dios. Algunos se imaginan que el apóstol se refiere al hombre en estado de barbarie o de salvaje ignorancia. De ninguna manera; se refiere simplemente al hombre natural, así sea un sabio filósofo o un pobre ignorante. No puede conocer «las cosas del Espíritu de Dios». ¿Cómo, pues, podrá emitir un juicio sobre la Palabra de Dios? ¿Cómo puede permitirse decidir acerca de lo que es digno o no de Dios? Y si tiene la audacia de hacerlo, ¿quién debería escucharle? Nadie. Sus argumentos son infundados, sus teorías miserables y sus escritos pobres pliegos desdeñables como mal impresos. De acuerdo con el principio evocado anteriormente, descartamos la totalidad de los escritores racionalistas.

1.4 - ¿Por qué Dios no podría revelarnos su pensamiento?

De esta forma debemos tratar con toda clase de escritores incrédulos. ¿Quién escucharía a un ciego que disertara sobre la luz y la sombra? Y, sin embargo, ese hombre tendría mucho más derecho a ser oído que un inconverso que discutiese sobre la inspiración de las Escrituras. Sin duda puede solicitársele a un erudito que dé su opinión sobre la traducción de tal o cual pasaje, pero esto es algo enteramente diferente a emitir juicio sobre la Revelación que Dios nos ha dado en su infinita bondad. Sostenemos que ningún hombre puede hacer tal cosa. La santa Escritura únicamente puede ser entendida y apreciada por el Espíritu mismo que la inspiró. La Palabra de Dios debe ser recibida conforme a su propia autoridad. Si el hombre puede juzgarla o discutirla, entonces ella ya no es en absoluto la Palabra de Dios. ¿Nos ha dado Dios una revelación, sí o no? Si nos la ha dado, ha de ser absolutamente perfecta en todo concepto y, como tal, debe estar por encima de todo juicio humano. El hombre no es competente para juzgar a la Escritura, como tampoco lo es para juzgar a Dios. La Escritura juzga al hombre, y no el hombre a la Escritura.

Nada es más despreciable que los libros que los incrédulos escriben contra la Biblia. Cada página, cada párrafo, cada sentencia prueban la verdad de la afirmación apostólica: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios… y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente». Su grosera ignorancia sobre el tema que se atreve a tratar solo es igualada por su presunción y su falta de respeto. Los libros humanos pueden ser objeto de un examen imparcial; pero si uno se acerca al precioso libro de Dios con la preconcebida certidumbre de que no es una Revelación divina, ello se debe a que se ha prestado oído a los incrédulos, quienes nos dicen que Dios no puede darnos una revelación de su mente por escrito.

¡Qué raro! El hombre puede darnos una revelación de sus pensamientos (y los incrédulos a menudo lo han hecho), pero Dios no podría hacerlo. ¡Qué locura! ¡Qué arrogancia! ¿Por qué Dios no podría revelar su pensamiento a sus criaturas? ¿Por qué ello sería increíble? Por la sola razón de que los incrédulos así lo quieren. La pregunta formulada por la serpiente antigua en el huerto del Edén hace seis mil años, ha venido siendo repetida de siglo en siglo por toda clase de escépticos, racionalistas e incrédulos: «¿Conque Dios os ha dicho?» (Gén. 3:1). Sí –decimos nosotros con intensa satisfacción–; sí, bendito sea su nombre, él ha hablado, nos ha hablado. Él ha revelado su pensamiento, nos ha dado la santa Escritura. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra». Y además: «Porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (2 Tim. 3:16-17; Rom. 15:4).

¡Alabado sea el Señor por tales palabras! Ellas nos aseguran que toda la Escritura es dada por Dios, y que toda la Escritura nos es dada. ¡Precioso vínculo entre el alma y Dios! ¿Quién podrá describir semejante vínculo? Dios ha hablado; nos ha hablado. Su Palabra es una roca contra la cual se estrellan las olas de la incredulidad, dejándola firme en su fuerza divina y eterna. Nada puede quebrantar a la Palabra de Dios. Todos los poderes de la tierra y de la Gehena, de los hombres y de los diablos jamás podrán debilitarla. Ella permanece inmutable en su gloria moral, a pesar de todos los asaltos del enemigo, siglo tras siglo. «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos». «Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas» (Sal. 119:89; 138:2). ¿Qué nos queda por hacer? Sencillamente esto: «En mi corazón he guardado tus dichos (tu palabra) para no pecar contra ti» (Sal. 119:11). Aquí está el profundo secreto de la paz. El corazón está unido al trono, al mismo corazón de Dios por medio de su preciosa Palabra. Para el que ha aprendido por gracia a confiar en la Palabra de Dios, a descansar en la autoridad de la santa Escritura, todos los libros que hayan sido dictados por la incredulidad carecen de valor; demuestran solo la ignorancia y la culposa presunción de sus autores; pero, en cuanto a la Escritura, la dejan donde siempre ha estado y continuará estando: «permanece en los cielos», tan inconmovible como el trono de Dios.[1] Los ataques de los incrédulos no pueden conmover el trono de Dios ni su Palabra. Bendito sea su nombre, tampoco pueden turbar la paz que llena el corazón de aquel que descansa en este fundamento inatacable. «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo» (Sal. 119:165). «La palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Is. 40:8). «La palabra del Señor permanece para siempre… Esta es la palabra que os fue anunciada» (1 Pe. 1:25).

[1] Al hacer referencia a los escritores incrédulos deseamos recordar que los más peligrosos son aquellos que se llaman a sí mismos cristianos. En otros tiempos, cuando se pronunciaba la palabra “incrédulo” se pensaba en seguida en Tomás Paine o en Voltaire; mas ahora, lamentablemente, esa palabra puede aplicarse a los obispos y doctores de la iglesia profesa. ¡Qué cosa espantosa!

Aquí tenemos de nuevo el mismo vínculo precioso. La Palabra que ha llegado hasta nosotros bajo la forma de las buenas nuevas, es la Palabra del Señor que permanece para siempre y, por lo tanto, nuestra salvación y nuestra paz son tan estables como la Palabra sobre la que están fundadas. Si toda carne es como hierba y toda la gloria del hombre es como la flor de la hierba, ¿qué valor tienen, pues, todos los argumentos de los incrédulos? Valen tan poco como la hierba seca o las flores marchitas; y los hombres que los han expuesto y los que los han aceptado lo comprenderán así tarde o temprano. ¡Qué culpable locura es objetar la Palabra de Dios, la única cosa en el mundo que puede proporcionar paz y consuelo a los pobres corazones fatigados; sí, que locura objetar esta Palabra que trae las buenas nuevas de salvación a los pobres pecadores perdidos y ¡que las trae de parte de Dios!

1.5 - La Palabra es la verdad o «toda la Escritura es inspirada por Dios»

Al llegar a este punto tal vez se nos formule una pregunta que ha turbado a muchos: “¿Cómo podemos saber que el libro al que llamamos la Biblia es realmente la palabra de Dios?”. Nuestra respuesta es muy sencilla: Aquel que nos ha dado ese libro precioso, puede darnos también la certeza de que el libro procede de él. El mismo Espíritu que inspiró a los varios escritores de la santa Escritura puede hacernos comprender que esas Escrituras son la propia voz de Dios que se dirige a nosotros. Pero para ello nos hace falta el Espíritu, pues, como ya lo hemos visto, «el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios… y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14). Si el Espíritu Santo no nos enseña con certidumbre que la Biblia es la Palabra de Dios, ningún hombre ni corporación humana serán capaces de hacerlo, y, por otra parte, si el Espíritu nos da esa bendita certeza, no tenemos ninguna necesidad del testimonio del hombre.

Admitimos de buen grado que en esta grave cuestión la más mínima sombra de duda es un positivo tormento y una calamidad. Mas ¿quién puede darnos esa certeza? Solo Dios. Si todos los hombres de la tierra estuviesen de acuerdo en reconocer la autoridad de las santas Escrituras; si todos los concilios que se han celebrado, todos los doctores y todos los «padres» que han escrito estuviesen en favor del dogma de la plena inspiración de la Biblia; si la iglesia universal, es decir, todas las denominaciones de la cristiandad, dieran su asentimiento a la verdad de que la Biblia es realmente la Palabra de Dios; en síntesis, si tuviéramos con respecto a la divinidad de la Palabra de Dios toda la autoridad humana posible, esta sería insuficiente como fundamento de certeza; y si nuestra fe se basara en esa autoridad, carecería de todo valor. Solo Dios puede darnos la seguridad de que él ha hablado en su palabra, y, cuando él nos da esa certeza, bendito sea su nombre, todos los argumentos, todos los razonamientos, todos los juegos de palabras de los incrédulos antiguos o modernos son como la espuma del mar, el humo de las chimeneas o el polvo levantado por el viento. El verdadero creyente los rechaza como cosas sin valor alguno y descansa en paz sobre esa inefable Revelación que nuestro Dios se ha dignado darnos.

Es de la mayor importancia para el lector que vea claro y que esté bien informado acerca de tan grave asunto si quiere superar la influencia de la incredulidad por una parte y de la superstición por la otra. La incredulidad procura convencernos de que Dios no nos ha dado un libro que nos revele su pensamiento; que no ha podido darlo. La superstición procura convencernos de que aun cuando Dios nos haya dado una Revelación, con todo no podemos estar seguros de ella sin la autoridad humana, ni entenderla sin interpretación humana. Conviene observar cómo en ambos casos se nos priva de la preciosa dádiva de la sagrada Escritura. Y este es cabalmente el propósito del diablo. Quiere robarnos la Palabra de Dios y puede hacer esto de manera eficaz despertando una aparente desconfianza que humilde y reverentemente se dirige a los hombres sabios e instruidos en busca de autoridad, como así también incitando una audaz incredulidad que atrevidamente rechaza toda autoridad, sea humana, sea divina.

Tomemos un ejemplo. Un padre escribe una carta a su hijo que reside en Cantón; una carta que rebosa de afecto y ternura de su corazón paternal. En ella le da cuenta de sus planes y proyectos; le expone todo cuanto él cree que puede interesar al corazón de un hijo, todo cuanto le sugiere su corazón de padre. El hijo pasa por la oficina de correos de Cantón para averiguar si hay carta de su padre. Un empleado le responde que no hay carta alguna, que su padre no ha escrito ni le puede escribir; que de ningún modo puede comunicarle sus pensamientos por tal medio, y que es necedad el mero hecho de pensar tal cosa. Otro empleado se adelanta y le dice: “Sí; aquí hay una carta para usted, pero no es posible que usted la entienda; ella le es completamente inútil e incluso solo puede hacerle daño, ya que usted no es capaz de leerla convenientemente. Déjela en nuestras manos y le explicaremos aquellos párrafos que consideremos útiles”. El primero de esos empleados representa a la incredulidad; el último a la superstición. El uno y el otro querrían privar al hijo de la ansiada carta, de las preciosas comunicaciones del corazón de su padre. Pero, ¿cuál sería la respuesta del hijo a esos indignos empleados? Podemos estar seguros de que sería tan breve como pertinente. Al primero le diría: “Sé que mi padre puede comunicarme sus pensamientos por carta, y sé también que así lo ha hecho”. Y al segundo: “Sé que mi padre puede hacerme comprender su pensamiento mucho mejor que usted”. Y diría, dirigiéndose a los dos con tono firme y decidido: “Déme inmediatamente la carta de mi padre; ella se dirige a mí, y nadie tiene derecho a negármela”.

De tal modo también el cristiano de corazón sencillo debería responder a la audaz incredulidad y a la ignorante superstición, esos dos principales agentes del diablo en nuestros días: “Mi Padre me ha comunicado sus pensamientos, y él puede hacerme comprender sus comunicaciones”. «Toda la Escritura es inspirada por Dios». Y, «porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito». ¡Magnífica respuesta a todos los enemigos de la preciosa Revelación de Dios, sean racionalistas o ritualistas!

No nos proponemos excusarnos ante el lector por esta extensa introducción al libro del Deuteronomio. Somos muy dichosos por la oportunidad que tenemos de aportar nuestro débil testimonio a la gran verdad de la divina inspiración de las santas Escrituras. Sentimos que es nuestro deber y nuestro gran privilegio insistir, ante todos aquellos que nos lean, acerca de la inmensa importancia y la absoluta necesidad de una entera certidumbre a este respecto. A cualquier precio debemos mantener fielmente la autoridad divina y, por consiguiente, la absoluta supremacía de la Palabra de Dios en todo tiempo, en todo lugar y para todas las necesidades. Debemos creer que, como la Escritura ha sido dada por Dios, es completa en el más elevado y amplio sentido de esta palabra; que ella no tiene necesidad de una autoridad humana que la acredite ni de una voz humana que la pondere; ella habla por sí misma y se recomienda a sí misma. Todo lo que tenemos que hacer es creer y obedecer, no objetar o discutir. Dios ha hablado; es nuestro deber escuchar y prestar una obediencia reverente y sin reservas.

Este es el tema fundamental del Deuteronomio, tal como lo veremos a medida que vayamos avanzando en nuestro estudio; y nunca hubo en la historia de la Iglesia de Dios un momento en que fuese mayor la premura de insistir en la conciencia humana acerca de la necesidad de una implícita obediencia a la Palabra de Dios. Lamentablemente, ¡cuán poco se siente esa necesidad! La mayoría de los cristianos profesos parecen creer que tienen derecho a pensar por sí mismos, a seguir su propia razón, su propio juicio o sus propias conciencias. No creen que la Biblia sea un libro guía, divino y universal. Piensan que en muchas cosas se nos permite escoger por nosotros mismos. De ahí los casi innumerables partidos, sectas, confesiones y escuelas teológicas. Si se confiere autoridad a las opiniones humanas, entonces por supuesto que un hombre tiene tanto derecho como otro a pensar lo que desee, y de este modo la iglesia profesa ha llegado a ser un proverbio y un sinónimo de división.

1.6 - Obedezcamos a la Escritura

Y ¿cuál es el soberano remedio para este mal tan ampliamente difundido? Helo aquí: absoluta y completa sumisión a la autoridad de la santa Escritura. No que los hombres tengan que acudir a la Escritura para confirmar sus opiniones y sus puntos de vista; sino que deben ir a la Escritura para encontrar en ella los pensamientos de Dios acerca de todas las cosas, e inclinar todo su ser moral ante la divina autoridad. Tal es la apremiante necesidad de estos días: una reverente sumisión a la suprema autoridad de la Palabra de Dios. Habrá, sin duda, divergencias en nuestras apreciaciones y explicaciones de las Escrituras, pero en lo que insistimos muy particularmente ante todos los cristianos es acerca del estado de alma, de la actitud de corazón expresados por las preciosas palabras del salmista: «En mi corazón he guardado tus dichos (tu palabra), para no pecar contra ti» (Sal. 119:11). Podemos estar seguros de que eso es agradable a Dios, pues él dice: «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2).

En esto estriba el verdadero secreto de la seguridad moral. Nuestro conocimiento de la Escritura puede ser muy limitado, pero si nuestro respeto por ella es profundo, nos veremos preservados de miles de errores y tentaciones. Y habrá también constante crecimiento. Creceremos en cuanto al conocimiento de Dios, de Cristo y de la Palabra escrita. Nos deleitaremos en beber de esas fuentes vivas e inagotables de la santa Escritura y al pasear con encanto por los verdes pastos que la gracia infinita abre tan generosamente al rebaño de Cristo. Así la vida divina será nutrida y fortalecida; la Palabra de Dios llegará a ser más y más preciosa a nuestras almas, y seremos guiados por el poderoso ministerio del Espíritu Santo a la profundidad, plenitud, majestad y gloria moral de la sagrada Escritura. Seremos totalmente liberados de las agotadoras influencias de todos los sistemas teológicos, ¡oh, bendita liberación! Podremos ser capaces de decir a los promotores de todas las escuelas teológicas bajo el sol que, sean cuales fueren los elementos de verdad que puedan tener en sus sistemas, los poseemos con divina perfección en la Palabra de Dios; no torcidos ni deformados para amoldarlos a un sistema determinado, sino en su correcto lugar en el amplio círculo de la revelación divina, el que tiene su eterno centro en la bendita Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

2 - Capítulo 1: Primer discurso de Moisés

2.1 - Moisés habla a este lado del Jordán

«Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al mar Rojo, entre Parán, Tofel, Labán, Hazerot y Dizahab. Once jornadas hay desde Horeb camino del monte de Seir, hasta Cades-barnea» (v. 1-2).

El inspirado escritor ha sido muy cuidadoso en darnos, de la manera más precisa, todos los detalles del lugar en el cual las palabras de este libro fueron dichas a oídos del pueblo. Israel aún no había cruzado el Jordán. Habían llegado a sus orillas, y frente al mar Rojo, donde el gran poder de Dios se había desplegado tan gloriosamente, cerca de cuarenta años atrás. Toda la situación es descrita con minuciosidad que demuestra la importancia que Dios le asignaba a todo lo que concernía a su pueblo. Se interesaba por todos sus movimientos y por todos sus caminos. Ninguna de sus circunstancias le era insignificante. Atendía a todo. Su mirada se posaba de continuo sobre esta asamblea en su conjunto y sobre cada miembro en particular. Día y noche velaba sobre ellos. Cada etapa de su viaje era dirigida por él. Nada había, por pequeño que fuese, que escapase a su conocimiento; ni nada, por grande que fuese, que superase su poder.

Esto que otrora le sucedía a Israel en el desierto, le ocurre hoy a la Iglesia en su totalidad y a cada miembro en particular. Los ojos del Padre están de continuo sobre nosotros, sus brazos eternos nos rodean día y noche. «No apartará de los justos sus ojos» (Job 36:7). Cuenta los cabellos de nuestras cabezas y se interesa con infinita bondad por todo cuanto nos concierne. Se ha encargado de todas nuestras necesidades y preocupaciones. Quiere que echemos sobre él todas nuestras inquietudes con la dulce convicción de que él cuida de nosotros. Nos invita a echar sobre él nuestras cargas, sean pesadas o ligeras.

Todo eso es asombroso y está lleno del más dulce consuelo, muy apropiado para tranquilizar el corazón ante cualquier acontecimiento. Pero ¿Lo creemos así? ¿Nuestros corazones están gobernados por esa fe? ¿Creemos realmente que el Todopoderoso creador y conservador de todas las cosas, quien sostiene los pilares del universo, ha tomado sobre sí la tarea de cuidar de nosotros durante todo el viaje? ¿Creemos verdaderamente que el «creador de los cielos y de la tierra» (Gén. 14:19) es nuestro Padre?, y ¿que ha tomado a su cargo la responsabilidad de proveer a todas nuestras necesidades del principio al fin? ¿Nuestro ser moral por entero está gobernado por las palabras del apóstol: «El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él, libremente, todas las cosas?» (Rom. 8:32). Desafortunadamente, es de temer que casi no conozcamos el poder de esas grandes, aunque sencillas verdades. Hablamos de ellas, las discutimos, las profesamos, les damos nuestro asentimiento, pero, con todo, demostramos en nuestra vida diaria, en los detalles de nuestra conducta personal cuán débilmente depositamos en ella nuestra confianza. Si estuviéramos verdaderamente convencidos de que Dios provee a todas nuestras necesidades, si todas nuestras fuentes estuvieran en él (Sal. 87:7), si fuese un perfecto amparo a nuestros ojos y un refugio para nuestros corazones, ¿podríamos recurrir a pobres fuentes terrenales que se agotan tan rápidamente y desilusionan a nuestros corazones? Evidentemente, no. A menudo nos engañamos a nosotros mismos con la idea de que estamos viviendo por fe cuando en realidad nos apoyamos en algún sostén humano que tarde o temprano seguramente habrá de ceder.

Lector ¿no es así? ¿No estamos constantemente dispuestos a dejar la fuente de aguas vivas y a cavarnos cisternas rotas que no pueden retener el agua? (Jer. 2:13) ¡Y, no obstante, creemos vivir de fe! Profesamos depender tan solo de Dios para suplir a nuestras necesidades, cualesquiera que sean, cuando el hecho es que nos sentamos junto a los manantiales humanos, buscando algo en ellos. ¿Hemos de asombrarnos si nos desengañamos? ¿Cómo podría ser de otro modo? Nuestro Dios no quiere que dependamos de algo o de alguien que no sea él mismo. En múltiples pasajes de su Palabra nos ha dado a conocer su pensamiento en cuanto al verdadero carácter y seguros efectos de confiar en la criatura. Veremos ese tan solemne pasaje del profeta Jeremías: «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada». Y luego nótese el contraste: «Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto» (Jer. 17:5-8).

Aquí tenemos ante nosotros, en lenguaje divinamente claro y elocuente, las dos caras de esa importantísima cuestión. La confianza en la criatura lleva aparejada una segura maldición que solo puede conducir a la esterilidad y a la desolación. Dios, en su fidelidad, hará que se sequen todas las fuentes humanas, hará que se derrumbe todo apoyo humano, a fin de que aprendamos qué locura es apartarse de él. ¿Qué ilustraciones pueden ser más impresionantes que las empleadas es el pasaje precedente? «Retama en el desierto»; «sequedales en el desierto»; «tierra despoblada y deshabitada». Tales son las comparaciones empleadas por el Espíritu Santo para ilustrar la dependencia humana, toda confianza en el hombre.

Y, por otra parte, ¿qué puede haber más bello y refrescante que las figuras empleadas para expresar todas las bendiciones que reporta la sencilla y completa fe en el Señor? «Árbol plantado junto a las aguas»; «junto a la corriente echará sus raíces»; «su hoja estará verde», «no dejará de dar fruto». ¡Cuán hermoso! Así es el hombre que cree en el Señor y cuya esperanza es el Señor. Está alimentado por esas fuentes eternas que manan del corazón de Dios. Bebe de la fuente viva y gratuita. Encuentra todos sus recursos en el Dios viviente. Podrá haber «calor», pero no lo sentirá. «El año de sequía» puede llegar, pero no le preocupará. Diez mil arroyuelos tributarios pueden secarse, pero él no se dará cuenta porque no depende de ellos. Él mora junto a la fuente que fluye eternamente. Ninguna cosa buena le faltará. Vive por fe.

2.2 - El justo por su fe vivirá

Y ahora, ya que estamos en el tema, tratemos de comprender muy claramente qué es vivir por la fe y preguntémonos si vivimos así. A menudo se habla de esta vida de fe de una manera muy poco inteligente. Se cree que se trata sencillamente de confiar en Dios para la comida y el vestido. De ciertas personas que no tienen una renta determinada, ni propiedad de ninguna clase, se dice que «viven de fe», como si esta maravillosa y gloriosa vida de fe no tuviera una esfera más vasta, un alcance más alto que las cosas temporales y la satisfacción de nuestras necesidades.

No podemos menos que protestar enérgicamente contra ese punto de vista altamente indigno de la vida de fe. Limita su esfera y rebaja su categoría de un modo insoportable para cualquiera que entienda algo de sus muy santos y preciosos misterios. ¿Podemos admitir que un cristiano que tenga un ingreso fijo asegurado debe verse privado del privilegio de vivir por fe? O, en otros términos: ¿Podemos consentir que esa vida sea limitada y rebajada a la simple condición de confiar en Dios para la satisfacción de nuestras necesidades corporales? ¿No se remonta más alto que a la comida y al vestido? No alcanza a darnos una idea de Dios más elevada que la de reducirla a esta: ¡Él no nos dejará morir de hambre o andar desnudos!

¡Lejos, muy lejos de nosotros tan indigna idea! La vida de fe no debe ser entendida así. No podemos permitir que se le infiera tan grosero deshonor, o tan lastimosa injuria a quienes son llamados a vivirla. ¿Cuál es el significado –preguntaremos– de las breves pero importantes palabras: «El justo por su fe vivirá»? Las encontramos primeramente en el profeta Habacuc 2:4. Las cita el apóstol en la carta a los Romanos, capítulo 1:17, donde, con mano maestra, coloca el sólido fundamento del cristianismo. La cita de nuevo en la Epístola a los Gálatas 3:11, en la cual, con la más viva ansiedad, llama de nuevo a aquellas hechizadas asambleas a los sólidos cimientos que ellas en su locura estaban abandonando. Finalmente son citadas de nuevo en el capítulo 10:38 de la epístola a los Hebreos, en el que se advierte acerca del peligro de abandonar la confianza y renunciar a su carrera.

Todo esto nos muestra la inmensa importancia y el valor práctico de la breve pero trascendental frase: «El justo por su fe vivirá». Pero ¿a quién va dirigida? ¿A solo unos cuantos siervos del Señor que no tienen ingresos asegurados? Rechazamos en absoluto tal suposición. Va dirigida a cada hijo de Dios. Es el elevado y dichoso privilegio de todos los que están comprendidos en el título, –bendito por cierto– de «justo». Es un funesto error limitar ese privilegio. El efecto moral de tal limitación es de lo más pernicioso. Da una importancia indebida a una parte de la vida de fe que, de ser posible establecer en ella categorías, juzgaríamos que es la más baja. Mas en realidad no podemos hacer distinciones. La vida de fe es una. La fe es el gran principio de la vida divina, del comienzo al fin. Por la fe somos justificados y por la fe vivimos; por la fe estamos en pie y por la fe andamos. Desde el principio hasta el fin de la carrera cristiana, todo es por la fe.

Es, pues, un gran error referirse a ciertas personas que confían en el Señor para sus necesidades temporales diciendo de ellas que viven por fe, como si solo ellas lo hiciesen. Y no solo esto, sino que a esas personas se las da como ejemplo a la Iglesia de Dios, como algo maravilloso, y los demás cristianos creen que el privilegio de vivir por fe está enteramente fuera de su alcance. En una palabra, son engañados en cuanto al carácter real y a la esfera de la vida de fe, y a consecuencia de ello sufren materialmente en su vida interior.

Comprenda, pues, el lector cristiano, de manera clara, que es su dichoso privilegio, quienquiera que sea y cualquiera sea su posición social, vivir la vida de fe en toda la acepción de la palabra. Puede, conforme a su medida, apropiarse el lenguaje del apóstol y decir: «Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se dio a sí mismo por mí» (Gál. 2:20). Que nadie le robe ese elevado y santo privilegio que pertenece a cada uno de los miembros de la familia de la fe. Lamentablemente, a menudo nuestra fe es débil, cuando tendría que ser siempre fuerte, firme y vigorosa. Nuestro Dios se complace en una fe firme. Si estudiamos los evangelios, veremos que nada deleitaba tanto el corazón de Cristo como una fe firme y franca, una fe que le comprendiera y que contara ampliamente con él. Véase, por ejemplo, el caso de la mujer sirofenicia en Marcos 7 y el caso del centurión en Lucas 7.

Es cierto que él acudía también al encuentro de una fe débil, de la más débil. Podía responder a un tímido «si quieres» con un benévolo «quiero»; a un «si puedes» con un: “si puedes creer, todas las cosas son posibles”. La más débil mirada, el más ligero contacto obtenía una segura y favorable respuesta; pero el corazón del Salvador quedaba satisfecho y su espíritu reconfortado cuando podía decir: «¡Oh, mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres!» (Mat. 15:28); y en otra ocasión: «No he hallado en Israel fe tan grande» (Mat. 8:10).

Recordemos eso. Podemos estar seguros de que sucede exactamente lo mismo hoy en día que cuando nuestro bendito Salvador estaba acá en la tierra. Le gusta que confiemos en él, que usemos de él, que contemos con él. Jamás nos excederemos en contar con el amor de su corazón o con la fortaleza de su brazo. Nada hay para él demasiado pequeño ni nada demasiado grande. Tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Él es Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia. Y a la vez sostiene el universo. Él mantiene todas las cosas con la palabra de su poder. Los filósofos hablan de las fuerzas y leyes de la naturaleza. El cristiano piensa con gozo en Cristo, en su mano, en su Palabra, en su inmenso poder. Por él fueron creadas todas las cosas, y en él subsisten todas las cosas.

¡Y luego su amor! Qué sosiego, qué consolación, qué alegría saber y recordar que el Todopoderoso creador y sustentador del universo es el eterno amigo de nuestras almas; que nos ama de un modo perfecto; que su mirada está constantemente sobre nosotros, su corazón siempre dirigido hacia nosotros; que ha tomado sobre sí todas nuestras necesidades, sean físicas, intelectuales o espirituales. En Cristo hay provisiones para todas nuestras necesidades. Él es el tesoro en el cielo, el almacén de Dios; y todo ello en favor nuestro.

¿Por qué, pues, buscamos en otro lado? ¿Por qué, directa o indirectamente, hacemos conocer nuestras necesidades a algún pobre mortal como nosotros? ¿Por qué no dirigirnos directamente a Jesús? ¿Necesitamos de alguien que simpatice con nosotros? Pues, ¿quién mejor que nuestro misericordioso sumo Sacerdote, que se compadece de nuestras flaquezas? ¿Necesitamos auxilio de cualquier clase? ¿Quién puede auxiliarnos como nuestro poderoso amigo, el poseedor de riquezas incalculables? ¿Necesitamos consejo o guía? ¿Quién podrá darlo mejor que Aquel que es la misma sabiduría de Dios y que ha sido hecho sabiduría de Dios para nosotros? ¡Ah! No aflijamos su corazón amante ni menoscabemos el honor de su nombre glorioso apartándonos de él. Luchemos celosamente contra la tendencia, tan natural en nosotros, de acariciar esperanzas humanas, de depositar confianza en la criatura, de esperar socorros terrenales. Mantengámonos firmes junto a la Fuente y no tendremos que quejarnos jamás de las corrientes. En una palabra, procuremos vivir por fe, y así glorificaremos a Dios en nuestra vida.

2.3 - Once jornadas hay desde Horeb hasta Cades-barnea

Vamos a continuar ahora con nuestro capítulo, y al hacerlo hemos de llamar la atención del lector sobre el versículo 2. Es en verdad un paréntesis muy notable. «Once jornadas hay desde Horeb, camino del monte de Seir, hasta Cades-barnea». ¡Once días! ¡Y, sin embargo, emplearon cuarenta años en recorrerlo! ¿Cómo fue eso? No es necesario ir muy lejos para dar con la respuesta. A nosotros nos sucede lo mismo. ¡Cuán lentamente avanzamos! ¡Qué de vueltas y revueltas! ¡Cuántas veces tenemos que volver atrás y recorrer el mismo camino una y otra vez! Somos viajeros lentos porque somos tardos en aprender. Quizá nos sorprendamos de que Israel haya empleado cuarenta años para realizar un viaje de once jornadas; pero con mucho mayor motivo deberíamos asombrarnos de nosotros mismos. Nosotros, como ellos, nos hemos demorado por nuestra incredulidad y pereza de corazón; pero tenemos mucho menos disculpa que ellos, toda vez que nuestros privilegios son muchísimo más elevados que los suyos.

Muchos de nosotros tenemos razón de avergonzarnos por el tiempo empleado en las lecciones que recibimos. Las siguientes palabras seguramente pueden sernos aplicables: «Porque debiendo ser maestros después de tanto tiempo, tenéis necesidad que alguien os enseñe los rudimentos de los oráculos de Dios; y habéis llegado a tener necesidad de leche, y no de alimento sólido» (Hebr. 5:12). Nuestro Dios es un maestro tan sabio como fiel, y también tan benévolo como paciente. No quiere que aprendamos superficialmente nuestras lecciones. A veces creemos que dominamos una lección y procuramos pasar a otra, pero nuestro sabio maestro conoce lo que es mejor y ve la necesidad de un estudio más profundo. No quiere que nos atengamos a la teoría o a la superficialidad. Si es necesario, nos tendrá año tras año con los rudimentos antes de que podamos ir más lejos.

Si bien eso es humillante para nosotros y prueba nuestra lentitud para aprender, qué gracia nos confiere el Señor al afanarse tanto con nosotros para instruirnos debidamente. Hemos de bendecirle por su manera de enseñar como por todo lo demás; por la admirable paciencia con que se sienta entre nosotros enseñándonos la misma lección una y otra vez, a fin de que la aprendamos a fondo.[2]

[2] El viaje de Israel desde Horeb a Cades-barnea ilustra la historia de muchas almas que desean encontrar la paz. Muchos integrantes del amado pueblo del Señor andan durante años dudando y temiendo sin conocer jamás la dicha de la libertad con que Cristo hace libre a su pueblo. Es triste ver el deplorable estado en que muchas almas permanecen a causa del legalismo, de una falsa enseñanza, etc. Es cosa rara, en nuestros días, encontrar en la cristiandad un alma afirmada en la paz del evangelio. Se considera cosa buena, como señal de humildad, estar siempre en la duda. La seguridad es considerada como soberbia. En una palabra, las cosas están trastornadas: el evangelio no es conocido; las almas están bajo la ley, en vez de estar bajo la gracia; se las mantiene a distancia, en vez de enseñarlas a acercarse a Dios. Gran parte de la religión de hoy día es una deplorable mezcolanza de Cristo y del yo, de la ley y de la gracia, de la fe y de las obras. Las almas son dejadas en una completa confusión.

Seguramente tales cosas exigen la mayor atención por parte de todos aquellos que ocupan un puesto de responsabilidad como maestros y predicadores en la iglesia profesa. Se acerca el solemne día en el cual todos ellos serán llamados a dar cuenta de su ministerio.

2.4 - Nuestra lentitud para aprender

«Y aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos» (v. 3). Estas breves palabras contienen un verdadero manual de instrucciones para todo siervo de Dios, para todos aquellos que son llamados a explicar la Palabra. Moisés dio al pueblo lo que él había recibido de Dios; ni más ni menos. Le puso en contacto directo con la viva palabra de Jehová. Tal es, en todo tiempo, el gran principio del ministerio. La Palabra de Dios es la sola cosa que permanecerá, pues posee poder y autoridad divinos. Toda enseñanza meramente humana, por interesante, por atrayente que sea, pasará sin dejar en el alma ningún fundamento en el cual pueda descansar.

Por lo tanto, todos los que enseñan en la Asamblea de Dios deberían poner el más celoso cuidado para predicar la Palabra en toda su pureza, en toda su sencillez; transmitirla a sus oyentes tal como la reciben de Dios; poner al auditorio frente al verdadero lenguaje de la sagrada Escritura. Solamente así su ministerio llegará con vivo poder a los corazones y conciencias de quienes la escuchan. Ese ministerio unirá el alma con Dios mismo por medio de la Palabra e impartirá una seguridad y una firmeza que ninguna enseñanza humana jamás podrá producir.

Oigamos cómo el apóstol Pablo se expresa sobre tan importante asunto: «Y yo, hermanos, cuando fui a anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra o de sabiduría. Porque decidí no saber cosa alguna entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y me acerqué a vosotros con debilidad, temor y mucho temblor. Mi palabra y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no se basara en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios» (1 Cor. 2:1-5).

Así ese verdadero y fiel siervo de Cristo deseaba poner a las almas de sus oyentes en contacto directo y personal con Dios mismo. No procuraba adherirlos a Pablo. «¿Qué es Apolos, y qué Pablo? Servidores por medio de quienes creísteis» (1 Cor. 3:5). Todo falso ministerio se propone atraer almas para sí. De ese modo el ministro es exaltado, Dios es excluido y el alma no encuentra fundamento divino alguno sobre el cual descansar. El verdadero ministerio, al contrario, según lo vemos en Pablo y en Moisés, tiene por objeto bendito juntar las almas a Dios. De ese modo el ministro ocupa su debido lugar: el de simple instrumento; Dios es exaltado, y el alma establecida sobre un seguro fundamento que jamás será removido.

Pero oigamos algo más de lo que dice el apóstol sobre este mismo tema: «Os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, que también recibisteis, en el cual también estáis firmes, mediante el cual sois salvos si retenéis la palabra que os prediqué; a menos que hayáis creído en vano. Porque en primer lugar os comuniqué lo que también recibí» que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado, y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras; nada más, nada menos, ni nada diferente– «que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado, y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Cor. 15:1-4).

Esto es extraordinariamente hermoso. Exige la mayor atención de todos los que quieren ser verdaderos y útiles ministros de Cristo. El apóstol tenía gran cuidado en procurar que la pura corriente divina fluyera desde la fuente viva del corazón de Dios hasta el corazón de los corintios. Comprendía que nada más podía tener valor. Si hubiese procurado apegarlos a él, habría deshonrado a su Señor, les habría hecho un gran daño, y él mismo habría sufrido una mengua en el día de Cristo

Pero Pablo estaba muy lejos de querer hacerse partidarios. Oiga usted lo que dice a sus muy amados tesalonicenses: «Por esto también damos gracias a Dios sin cesar, de que al recibir la palabra del mensaje de Dios por parte nuestra, la aceptasteis no como palabra de hombres, sino tal como es en verdad, la palabra de Dios, la cual también obra en vosotros que creéis» (1 Tes. 2:13).

Nosotros sentimos solemnemente la responsabilidad de recomendar este grave e importante asunto a la más atenta consideración de la Iglesia de Dios. Si todos los que profesan ser ministros de Cristo siguieran el ejemplo de Moisés y de Pablo en cuanto al punto que tratamos, veríamos una situación muy diferente en la iglesia profesa. Pero el hecho triste y escueto es que la Iglesia de Dios, como el Israel de la antigüedad, se ha apartado completamente de la autoridad de su Palabra. Por doquier se verá practicar y enseñar cosas que no tienen ningún fundamento en la Escritura. No solamente que se toleran, sino que se aprueban o se defienden a ultranza, cosas que están en abierta oposición con la mente de Cristo. Si se pregunta dónde está la divina autoridad de la que emana tal o cual práctica, se dirá que Cristo no nos ha dado instrucciones en cuanto a los asuntos de la Iglesia; que en todas las cuestiones de política eclesiástica, órdenes clericales y servicios litúrgicos él nos ha dejado en libertad para obrar de acuerdo con nuestras conciencias, con nuestro criterio o con nuestros sentimientos religiosos; que es absurdo exigir el «así dice el Señor» para todos los detalles relacionados con nuestras instituciones religiosas; que hay un amplio margen concedido para ser completado de acuerdo con nuestras costumbres nacionales y nuestros particulares hábitos de pensar. Se considera que los cristianos profesos gozan de una perfecta libertad para constituirse a sí mismos en las llamadas iglesias, escoger su propia forma de gobierno, hacer sus propios arreglos y designar a sus oficiantes.

Se preguntará el lector cristiano: “¿Estas cosas son realmente así?”. ¿Es posible que nuestro Señor haya dejado a su Iglesia sin directivas en materia de tal interés y de tal importancia? ¿Puede ser que la Iglesia de Dios esté en peores condiciones, en cuanto a instrucción y autoridad, que el pueblo de Israel? En nuestros estudios sobre los libros del Éxodo, del Levítico y de los Números hemos visto los maravillosos esfuerzos que hizo Jehová para instruir a su pueblo en cuanto a los más minuciosos detalles relacionados con su culto público y con su vida privada. Todo lo concerniente al tabernáculo, al templo, al sacerdocio, al ritual, a las varias fiestas y sacrificios, a las solemnidades periódicas, a los meses, los días, las horas mismas, todo estaba ordenado y dispuesto con divina precisión. Nada se había dejado al mero arreglo humano. La sabiduría del hombre, su juicio, su razón, su conciencia no tuvieron nada que ver con esta grandiosa obra. Si se hubiese dejado todo ello al criterio del hombre, ¿cómo habríamos tenido ese admirable, profundo y trascendental sistema típico que la inspirada pluma de Moisés ha puesto ante nuestros ojos? Si a Israel se le hubiese permitido hacer lo que antes hemos visto y que muchos tienen interés en persuadirnos que la Iglesia puede hacer, ¡qué confusión, cuántas luchas, divisiones y partidos habrían sido el inevitable resultado!

2.5 - No obstante, la Escritura es clara

Pero no era así. La Palabra de Dios lo establecía todo. «Conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos». Esta frase tan significativa precedía a todo lo que estaba prescrito y a todo lo que estaba prohibido para Israel. Sus instituciones nacionales, sus costumbres domésticas, su vida pública y privada, todo dependía de la imperativa autoridad de la frase: «Así dice Jehová». No había lugar para que un miembro de la congregación pudiera decir: “A mí no me parece” o “no puedo estar de acuerdo con esto ni con aquello”. Tal lenguaje habría sido considerado como fruto de la voluntad propia. De igual modo hubiese podido decir: “No estoy de acuerdo con Jehová”. Dios mismo había dado para todo directivas tan claras y sencillas que no daban lugar a ninguna discusión humana. A través de toda la economía mosaica, no había margen ni del grueso de un cabello para que pudiera inscribirse la opinión o el criterio del hombre. No correspondía al hombre añadir el peso de una pluma a ese vasto sistema de sombras y de tipos divinos expresado en lenguaje tan claro y comprensible, de manera que Israel solo tenía que obedecer; no argüir, no objetar, no discutir, sino obedecer.

Pero fracasaron, como lo sabemos. Hicieron su propia voluntad; siguieron su propio camino; «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 21:25). Se apartaron de la Palabra de Dios para seguir las imaginaciones y proyectos de sus corazones malvados, y así se atrajeron la ira y la indignación del Dios ofendido, bajo la cual padecen hasta hoy.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el tema que ahora nos ocupa. Israel tenía los oráculos de Dios, y esos oráculos eran divinamente suficientes para guiarles en todo. No quedaba espacio alguno para mandamientos y doctrinas de hombres. La palabra de Dios preveía toda contingencia posible, respondía a todas las exigencias y era lo suficientemente clara para hacer innecesario todo comentario humano.

¿Está la Iglesia de Dios en peores condiciones que el Israel de otrora con respecto a dirección y autoridad? ¿Se ha dejado a los cristianos en libertad de elegir y organizar por sí mismos lo relativo al culto y al servicio de Dios? ¿Hay algunas cuestiones que se hayan dejado abiertas a la discusión humana? La Palabra de Dios ¿es suficiente o no lo es? ¿Ella ha dejado algo sin proveer? Oigamos atentamente el siguiente testimonio: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17).

Esto es concluyente. La santa Escritura contiene todo lo que el hombre de Dios puede necesitar para hacerle perfecto y capacitado para todo lo que pueda llamarse una «buena obra». Y si esto es verdadero en cuanto al hombre de Dios individualmente, es igualmente verdadero en cuanto a la Iglesia de Dios colectivamente. La Escritura es por completo suficiente para el uno y la otra, para todos. ¡Gracias a Dios que sea así! ¡Qué gracia inmensa tener tal guía por escrito! Si así no fuera, ¿qué haríamos? ¿Adónde volveríamos los ojos? ¿Qué hubiera sido de nosotros? Si se nos hubiese abandonado a merced de las tradiciones y arreglos humanos en las cosas de Dios ¡qué confusión más desconsoladora! ¡Qué choque de opiniones! ¡Qué conflictos más contradictorios! Y todo ello necesariamente, por cuanto un hombre tendría el mismo derecho que otro para exponer su opinión y proponer su plan.

Se nos objetará tal vez que, a pesar de estar en posesión de la sagrada Escritura, tenemos sectas, partidos, credos y escuelas teológicas casi innumerables. Mas eso ¿por qué? Sencillamente porque rehusamos someter todo nuestro ser moral a la autoridad de la santa Escritura. Tal es la verdadera explicación, la verídica fuente de todas esas sectas y partidos que son la vergüenza y el oprobio de la Iglesia de Dios.

Es en vano que los hombres nos digan que estas cosas son buenas en sí mismas; que son el legítimo fruto del libre ejercicio del pensamiento y de la interpretación privada o particular que constituyen la jactancia y la gloria del protestantismo. Nosotros no creemos ni podemos creer por un solo instante que una razón semejante pueda ser admitida ante el tribunal de Cristo.

Creemos, por el contrario, que esa tan encomiada libertad de pensamiento e independencia de criterio están en directa oposición con el espíritu de absoluta y reverente obediencia debida a nuestro adorable Señor y Maestro. ¿Qué derecho tiene el siervo para ejercer su juicio personal ante la terminantemente expresada voluntad de su amo? Absolutamente ninguno. El deber del siervo es simplemente el de obedecer, no el de objetar o discutir. Falta a su deber al ejercitar su juicio individual o privado. El rasgo moral más estimable en un siervo es la obediencia implícita. La principal obligación de un siervo es hacer la voluntad de su amo.

Todo esto se admite corrientemente en los negocios humanos; pero en las cosas de Dios los hombres se creen autorizados a ejercitar su juicio privado. Es un error fatal. Dios nos ha dado su Palabra, y esta Palabra es tan clara que nadie se puede equivocar. Si, pues, todos nos dejásemos guiar por la Palabra, si todos nos inclináramos con espíritu de absoluta obediencia a su divina autoridad, no podría haber opiniones contradictorias ni sectas diversas. Es enteramente imposible que la sagrada Escritura pueda enseñar doctrinas contradictorias. No puede enseñar a un hombre la doctrina Episcopal, a otro la Presbiteriana y a un tercero la Congregacional. De ningún modo puede proporcionar una base para diversas escuelas de pensamiento. Sería un positivo insulto contra el divino volumen pretender atribuirle toda la triste confusión de la iglesia profesa. Toda mente piadosa retrocederá con justo horror ante tan impío pensamiento. La Escritura no puede contradecirse, y, por lo tanto, si dos hombres o diez mil son enseñados exclusivamente por la Escritura, pensarán unánimemente. Vea usted lo que el apóstol dice a la asamblea de Corinto (y a nosotros también): «Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo» nótese la poderosa fuerza moral de esta invocación– «que habléis todos una misma cosa, y que no haya divisiones entre vosotros; sino que estéis perfectamente unidos en la misma mente y en el mismo parecer» (1 Cor. 1:10).

¿Cómo debería ser alcanzado ese bendito resultado? ¿Acaso ejercitando cada uno el derecho del juicio privado? Lamentablemente, eso fue precisamente lo que dio origen a todas las divisiones, a todas las disputas en la asamblea de Corinto y lo que motivó la fuerte reprimenda del Espíritu Santo. Esos desdichados corintios pensaban que tenían el derecho de opinar, juzgar y escoger por sí mismos, y ¿cuál fue el resultado? «Porque he sido informado en lo que os concierne, hermanos míos, por los de Cloe, que hay disensiones entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolos, yo de Cefas, y yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo?» (1 Cor. 1:11-13).

Aquí tenemos el juicio privado y sus tristes e inevitables frutos. Un hombre tiene igual derecho que otro a pensar por sí mismo, y ningún hombre tiene derecho a imponerle su opinión a otro. ¿Dónde está, pues, el remedio? En arrojar a los cuatro vientos nuestro juicio privado y someternos reverentemente a la suprema y absoluta autoridad de la santa Escritura. Si no fuera así ¿cómo pudo el apóstol exhortar a los corintios a «hablar una misma cosa» y a que estuvieran «perfectamente unidos en la misma mente y en el mismo parecer»? ¿Quién debía prescribirles la «cosa» que todos debían hablar? ¿En la «mente» de quién o en el «parecer» de quién debían estar «perfectamente unidos»? ¿Algún miembro de aquella asamblea tenía la más ligera sombra de derecho –por dotado o inteligente que hubiese sido– para exponer lo que sus hermanos debían hablar, pensar o creer? Ciertamente que no. Solo había una autoridad absoluta, porque era divina, a la que todos debían someterse, o mejor dicho a la que todos tenían el privilegio de someterse. Las opiniones humanas, el propio criterio, la conciencia, la razón, todas esas cosas deben apreciarse por lo que valen y con toda seguridad no tienen valor alguno en materia de autoridad. La Palabra de Dios es la sola autoridad y si todos somos gobernados por ella hablaremos «todos, una misma cosa» y “no habrá entre nosotros divisiones”, sino que «estaremos perfectamente unidos en la misma mente y en el mismo parecer».

¡Hermosa situación! Pero, lamentablemente no es la situación actual de la Iglesia de Dios; y por eso es perfectamente evidente que no todos somos gobernados por la única, suprema, absoluta y suficiente autoridad, esto es, la voz de la sagrada Escritura, esta bendita voz que no puede dar nunca una nota discordante, voz que siempre tiene una armonía divina para todo oído circuncidado.

Tal es la raíz de esa cuestión en su totalidad. La Iglesia se ha apartado de la autoridad de Cristo, según está expuesta en su Palabra. Hasta que esto sea reconocido, es inútil discutir las pretensiones de los diversos sistemas eclesiásticos o teológicos en conflicto. Si un hombre no reconoce que su sagrado deber consiste en probar por la Palabra de Dios todo sistema eclesiástico, todo servicio litúrgico y todo credo teológico, la discusión es enteramente vana. Si es permitido establecer las cosas de acuerdo con la oportunidad, según el criterio humano, según su conciencia o su razón, entonces podemos de una vez abandonar el caso como algo sin solución. Si no tenemos establecida una divina autoridad, una norma perfecta, una guía infalible, no podemos ver cómo sea posible para nadie tener la certeza de que anda por el buen camino. Si en verdad fuera cierto que se nos ha dejado escoger por nosotros mismos, en medio de las casi innumerables sendas que están ante nosotros, entonces podríamos despedirnos de toda certeza; decir adiós a la paz de la mente y al reposo del corazón; adiós a toda santa estabilidad de propósitos y fijeza de miras. Si del terreno que ocupamos, de la senda que seguimos y de la obra en que estamos empeñados no podemos decir: “Esto es lo que el Señor ha mandado”, podemos estar seguros de que nos hallamos en situación equivocada, y cuanto más pronto la abandonemos tanto mejor.

2.6 - La voz de Cristo

Gracias a Dios, ninguna necesidad hay, ni para sus hijos ni para sus siervos, de continuar ni una hora más en relación con el error. «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (2 Tim. 2:19). Pero ¿cómo sabremos lo que es iniquidad? Por la Palabra de Dios. Todo lo que es contrario a la Escritura respecto a la moral o a la doctrina, es iniquidad y debo apartarme de ello cueste lo que costare. Es asunto individual. «Todo aquel». «El que tiene oídos» (Mat. 11:15). «Al que venciere». «Si alguno oye mi voz» (Apoc. 3:20-21).

Ese es el punto. Notémoslo bien. Es la voz de Cristo, no la de este o de aquel hombre excelente, no es la voz de la Iglesia, la voz de los “padres de la iglesia”, la voz de los concilios generales, sino la voz de nuestro amado Señor y Maestro. Es la conciencia individual puesta en directo y vivo contacto con la voz de Cristo, la viviente, eterna Palabra de Dios, las santas Escrituras. Si se tratase simplemente de cuestión de conciencia, o autoridad, o criterio humano, nos hallaríamos de pronto sumergidos en incertidumbre sin esperanza, toda vez que lo que un hombre podría considerar como iniquidad, otro podría considerarlo como perfectamente recto. Debe haber una norma fija que seguir, una suprema autoridad respecto de la cual no quepa apelación, y, bendito sea Dios, la hay. Dios ha hablado; él nos ha dado su Palabra, y es, a la vez que nuestro deber preciso, nuestro elevado privilegio, nuestra seguridad moral, nuestro verdadero gozo obedecer a su voz.

No humanas interpretaciones de la Palabra, sino la Palabra misma. Esto tiene absoluta importancia. No debemos tener nada que se interponga entre la conciencia humana y la revelación divina. Los hombres nos hablan de la autoridad de la Iglesia. ¿Dónde la encontraremos? Supongamos que un hombre sincero y honrado está realmente deseoso de conocer el verdadero camino que debe seguir. Se le dice que escuche la voz de la Iglesia. Y él pregunta: ¿Qué iglesia? ¿La Griega, la Latina, la Anglicana, la de Escocia? No obtiene dos respuestas iguales. Aun más, hay partidos en conflicto, sectas en contienda, opuestos matices de pensamiento en una misma denominación. Los concilios han diferido unos de otros; los «padres de la iglesia» no han estado de acuerdo; los papas se han anatematizado unos a otros. Si luego el desasosegado investigador se aparta de esas grandes corporaciones para buscar un guía entre las filas de los protestantes disidentes ¿va a encontrar algo mejor?

¡Ah! lector, es completamente inútil. La iglesia profesa en su totalidad ha desertado de la autoridad de Cristo y no puede ser un guía o una autoridad para nadie. En el segundo y tercer capítulos del libro de la Revelación (Apocalipsis) vemos que la Iglesia es juzgada, y el llamamiento, siete veces repetido, es: «El que tiene oído, oiga». ¿Oír qué? ¿La voz de la Iglesia? Imposible. El Señor no nos dirigirá jamás a oír la voz de lo que está bajo juicio. ¿Oír qué, pues? «Oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».

Y ¿dónde puede ser oída esa voz? Únicamente en las sagradas Escrituras, dadas por Dios en su infinita bondad, para guiar nuestras almas en el camino de la paz y la verdad, a pesar de la desesperada ruina de la Iglesia, de las espesas tinieblas y turbulenta confusión de la cristiandad profesa. El lenguaje humano no podrá expresar el valor y la importancia de contar con un guía divino y, por lo tanto, infalible.

Pero recordemos que estamos solemnemente obligados a inclinarnos ante esa autoridad y a seguir a ese consejero. Es enteramente vano y moralmente peligroso profesar que tenemos un guía y una autoridad divinos y no estarles completamente sumisos. Esto era lo que caracterizaba a los judíos en los días de nuestro Señor. Tenían las Escrituras, pero no las obedecían. Y uno de los rasgos más tristes de la actual situación de la cristiandad es que ella se jacta de poseer la Biblia, mientras desecha descaradamente la autoridad de esa Biblia.

Sentimos profundamente la gravedad de este hecho, y querríamos sinceramente grabarlo en la conciencia del lector cristiano. La Palabra de Dios es prácticamente ignorada entre nosotros. Por todas partes se practican y sancionan cosas que no solamente no tienen fundamento alguno en la Escritura, sino que son diametralmente opuestas a ella. No somos exclusiva y enteramente enseñados y gobernados por las Escrituras.

Esto es muy importante y exige la atención de todos los hijos de Dios en todo lugar. Nos sentimos impelidos a elevar una voz de advertencia acerca de tan grave cuestión. En verdad, ha sido el reconocimiento de su gravedad y su vasta importancia moral lo que nos ha inducido a emprender la obra de escribir las presentes «Notas sobre el Libro del Deuteronomio». Nuestra fervorosa oración es que el Espíritu Santo emplee estas páginas para llamar de nuevo a los corazones del querido pueblo del Señor a mantener una reverente fidelidad a su bendita Palabra, lo cual es su verdadero deber y privilegio. Estamos persuadidos de que lo que caracterizará a todos los que quieran andar píamente, en estas finales horas de la historia de la Iglesia en la tierra, será una profunda reverencia por la Palabra de Dios y una verdadera adhesión a la Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ambas cosas van inseparablemente unidas por un lazo sagrado e imperecedero.

2.7 - Volveos e id…

«Jehová nuestro Dios nos habló en Horeb, diciendo: Habéis estado bastante tiempo en este monte. Volveos e id al monte del amorreo y a todas sus comarcas, en el Arabá, en el monte, en los valles, en el Neguev, y junto a la costa del mar, a la tierra del cananeo, y al Líbano, hasta el gran río, el río Éufrates» (v. 6-7).

A través de todo el libro de Deuteronomio podremos ver que Jehová trata mucho más directa y sencillamente con el pueblo que en cualquiera de los tres libros precedentes; lo que confirma que el Deuteronomio está muy lejos de ser una mera repetición de lo que ha sido presentado en las secciones anteriores. Por ejemplo, en el pasaje que acabamos de citar no se menciona el movimiento de la nube, ni el sonido de la trompeta sino «Jehová nuestro Dios nos habló». Sabemos, por el libro de los Números, que los movimientos del campamento estaban supeditados a los movimientos de la nube y eran anunciados por el sonido de la trompeta. Pero en este quinto libro no se alude en absoluto ni a la nube ni a la trompeta. Es mucho más sencillo y familiar: «Jehová nuestro Dios nos habló en Horeb, diciendo: Habéis estado bastante tiempo en este monte».

Todo esto es muy hermoso y nos recuerda algo de la admirable sencillez de los tiempos de los patriarcas, cuando Jehová hablaba como un hombre habla a su amigo. Jehová no comunicaba sus pensamientos a Abraham, a Isaac o a Jacob por medio de una trompeta o del movimiento de una nube. Estaba tan próximo a ellos que no había necesidad de recurrir a ninguna clase de agentes. Él los visitaba, se sentaba junto a ellos, aceptaba su hospitalidad con la llaneza inspirada por la amistad personal. Esta conmovedora sencillez da un encanto muy particular a las narraciones del Génesis.

Pero en el libro del Éxodo, en el del Levítico y en el de los Números encontramos algo muy diferente. En ellos se expone ante nosotros un vasto sistema de símbolos e imágenes, ritos, ordenanzas y ceremonias impuestos al pueblo para aquel tiempo y cuya significación nos es revelada en la Epístola a los Hebreos: «Indicando el Espíritu Santo esto: que el camino del lugar santísimo aún no había sido manifestado, mientras subsista el primer tabernáculo, que es un símbolo para el tiempo presente, en el cual se ofrecen dones y sacrificios que no pueden perfeccionar, en cuanto a la conciencia, al que practica el culto, que consiste en ordenanzas carnales: comidas, bebidas y diversas abluciones, impuestas hasta el tiempo de la renovación» (Hebr. 9:8-10).

Bajo ese sistema el pueblo estaba mantenido a distancia de Dios. No acontecía con ellos lo que con sus padres en el libro del Génesis. Dios estaba como velado a sus ojos. Los principales rasgos del ceremonial levítico, en cuanto a lo que concernía al pueblo, eran: servidumbre, oscuridad y apartamiento. Pero, por otra parte, sus tipos y sombras señalaban a aquel gran sacrificio que es la base de todos los maravillosos consejos de Dios, y por medio del cual puede, con toda justicia y de acuerdo con el amor de su corazón, tener un pueblo cerca de él para alabanza de la gloria de su gracia por la eternidad.

Ya hemos hecho notar que en el libro del Deuteronomio encontraremos comparativamente pocos ritos y ceremonias. Se ve a Jehová más en directa comunicación con el pueblo, y aun los mismos sacerdotes, en su cargo oficial, raras veces aparecen ante nosotros, y si se hace referencia a ellos es más bien en su misión moral que en la ceremonial. De ello tendremos amplia prueba conforme vayamos avanzando en el estudio de este hermoso libro.

«Jehová nuestro Dios nos habló en Horeb, diciendo: Habéis estado bastante tiempo en este monte. Volveos e id al monte del amorreo». ¡Qué privilegio, para un pueblo, tener al Señor tan cerca y tan interesado en todos sus movimientos y en todo cuanto les interesa, sea pequeño o grande! Él sabía cuánto tiempo debían permanecer en un lugar determinado y hacia dónde más tarde debían dirigir sus pasos. Estaban bajo la mirada y la mano de Aquel cuya sabiduría era infalible, su poder omnipotente, sus recursos inagotables, su amor infinito; de Aquel que se había encargado de ellos, que conocía todas sus necesidades y estaba dispuesto a satisfacerlas según el amor de su corazón y la fuerza incontrastable de su brazo.

¿Qué, pues, les quedaba por hacer? ¿Cuál era su deber simple y llano? Nada más que obedecer. Su elevado y santo privilegio consistía en descansar en el amor y obedecer los mandamientos de Jehová, su Dios del pacto. En esto consistía el secreto de su paz, su felicidad y su seguridad moral. No necesitaban preocuparse por sus movimientos, proyectos o arreglos. Todo su viaje estaba arreglado por Aquel que conocía cada paso del camino de Horeb a Cades-barnea, y ellos no tenían más que vivir al día en dichosa dependencia de él.

¡Dichosa situación! ¡Senda privilegiada! ¡Suerte feliz! Pero esto exigía una voluntad quebrantada, un corazón obediente y humilde. Si, cuando Jehová les dijo: «Habéis estado bastante tiempo en este monte», ellos hubiesen decidido permanecer algún tiempo más allí se habrían quedado sin él. Solo podían contar con su compañía, su consejo y su ayuda en la senda de la obediencia.

Lo mismo ocurre con nosotros. Tenemos el privilegio de dejar todos nuestros asuntos en las manos, no meramente de un Dios de pacto, sino de un Padre amante. Él arregla nuestros movimientos; fija los límites de nuestra habitación; subviene a todas nuestras necesidades y se encarga de todos nuestros asuntos. Su voz llena de gracia nos dice: «No os preocupéis por nada, sino que en todo, con oración y ruego, con acciones de gracias, dad a conocer vuestras demandas a Dios». Y ¿qué sigue luego? «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros sentimientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6, 7).

2.8 - ¿De qué manera conduce Dios hoy a sus hijos?

Pero tal vez se pregunte: “¿De qué manera guía Dios ahora a su pueblo? No podemos oír su voz diciéndonos lo que tenemos que hacer”. A ello replicamos sin dudar que es imposible que los miembros de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, estén en condiciones inferiores, en cuanto a dirección divina, a las de Israel en el desierto. ¿No puede Dios guiar a sus hijos? ¿No puede Cristo guiar a sus siervos en todos sus movimientos, en todo su servicio? ¿Quién podría poner en duda una verdad tan clara y tan preciosa? Ciertamente no esperamos oír una voz, o ver el movimiento de una nube, pero tenemos lo que es mucho mejor, mucho más elevado, mucho más íntimo. Podemos estar seguros de que Dios ha proveído ampliamente a este respecto, como en todo lo demás, según todo el amor de su corazón.

Podemos ser guiados de tres maneras: por la Palabra de Dios, por el Espíritu Santo, y por los instintos de la naturaleza divina. Y debemos recordar que las tres cosas siempre estarán de acuerdo. Es muy importante que esto lo recordemos constantemente. Una persona puede imaginarse que es dirigida por los instintos de la naturaleza divina, o por el Espíritu Santo al seguir cierta línea de conducta cuyas consecuencias están en desacuerdo con la Palabra de Dios. Su error será puesto en evidencia. Es cosa muy grave para cualquiera obrar por simple impulso, pues, al hacerlo, se expone a caer en un lazo del diablo y perjudicar la obra de Cristo. Debemos pesar con toda calma nuestras impresiones en la balanza del santuario y ponerlas fielmente a prueba por la norma de la Palabra divina. De tal forma nos veremos preservados del error y del engaño. Es muy peligroso confiar en las impresiones u obrar por impulso. Hemos visto las más desastrosas consecuencias producidas por obrar así. Los hechos pueden ser dignos de confianza, pero la autoridad divina es absolutamente infalible. Nuestras impresiones pueden ser tan engañosas como un fuego fatuo o el espejismo del desierto. Los sentimientos humanos no son dignos de confianza. Siempre debemos someterlos al más severo examen por temor a que nos induzcan al error. Pero podemos fiarnos de la Escritura sin sombra de duda y veremos, sin excepción, que el hombre que es conducido por el Espíritu Santo o guiado por el instinto de la naturaleza divina, no obra jamás en oposición a la Palabra de Dios. Esto es lo que podríamos llamar un axioma de la vida divina, y una regla inmutable del cristianismo práctico. ¡Ah, si se hubiese atendido más a ello en todas las edades de la historia de la Iglesia! ¡Ojalá fuese más atendido en nuestros días!

Otro aspecto de esta cuestión de la dirección divina reclama nuestra más seria atención. A menudo oímos hablar de la «mano de la divina Providencia» como de algo digno de confianza para ser guiados. Esa no es más que otra manera de expresar la idea de ser guiados por las circunstancias, lo que está muy lejos de ser una guía apropiada para un cristiano.

Sin duda, algunas veces nuestro Señor nos hace conocer su voluntad y nos muestra nuestro camino de una manera que llamamos providencial; pero hemos de estar muy cerca de Él para poder discernir convenientemente ese hecho; de lo contrario, podría darse el caso de que lo que llamamos “circunstancias providenciales” no sean más que piedras de tropiezo en el sendero de la obediencia. Tanto las circunstancias que nos rodean como nuestras impresiones íntimas deben ser sopesadas en la presencia de Dios y juzgadas a la luz de su Palabra, o de lo contrario podrían conducirnos a cometer los más graves errores. Jonás pudo creer que era una notable circunstancia providencial encontrar un barco que iba a Tarsis; pero si hubiese estado en comunión con Dios no hubiese necesitado ese navío. En una palabra, la santa Escritura es la gran regla y la perfecta piedra de toque para todo, tanto para las circunstancias externas como para las impresiones íntimas y los sentimientos, para las imaginaciones y tendencias, todo debe colocarse ante la escudriñadora luz de la santa Escritura, y ante ella ser juzgado con calma y seriedad. Esta es la verdadera senda de seguridad, paz y bendición para todo hijo de Dios.

Quizá se diga, como réplica a todo esto, que no podemos atenernos a hallar un texto de la Biblia para guiarnos en cuanto a nuestras acciones o en los mil pequeños detalles de la vida diaria. Tal vez no; pero en la Escritura hay ciertos grandes principios que, si son debidamente aplicados, nos proporcionarán guía divina, aun cuando no podamos encontrar un texto aplicable a cada caso particular. Además, tenemos la más completa seguridad de que nuestro Dios puede guiar y guía a sus hijos en todas las cosas. «Por Jehová son ordenados los pasos del hombre» (Sal. 37:23). «Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera» (Sal. 25: 9). «Sobre ti fijaré mis ojos» (Sal. 32:8). Él puede darnos a conocer sus pensamientos sobre tal o cual acto particular o sobre nuestra conducta. Si no fuera así ¿dónde estaríamos? ¿Cómo nos dirigiríamos? ¿Cómo regularíamos nuestros movimientos? ¿Tenemos que tambalear de acá para allá por el flujo y reflujo de las circunstancias? ¿Estamos a merced de la ciega casualidad, o al mero impulso de nuestra propia voluntad? Gracias a Dios no es así. En cualquier caso, él puede darnos, de manera perfecta, la certeza de que hacemos su voluntad; y sin esa certidumbre jamás deberíamos dar un paso. Si estamos indecisos, permanezcamos quietos y esperemos. Muchas veces nos sucede que nos atormentamos y nos impacientamos con empresas que Dios en ningún modo nos ha encomendado. En cierta ocasión dijo uno a su amigo: “Estoy completamente desorientado en cuanto al camino que he de tomar”. “Pues no tomes ninguno” fue la sabia respuesta.

2.9 - Andemos en la dirección indicada

Pero aquí se nos presenta un punto moral de absoluta importancia: el estado de nuestra alma, el cual, estemos seguros, tiene muchísimo que ver con respecto a nuestra guía. El Señor encaminará a los «humildes» y enseñará su camino «a los mansos». Nunca debemos olvidar esto. Si somos humildes y desconfiamos de nosotros mismos, si confiamos en nuestro Dios con sencillez de corazón, rectitud de pensamientos y honradez de propósitos, él nos guiará, sin duda alguna. Pero de nada servirá pedir consejo a Dios en un asunto acerca del cual tengamos ya tomada nuestra decisión.

Esta es una ilusión fatal. Véase, si no, el caso de Josafat, en 1 Reyes 22: «Y aconteció al tercer año, que Josafat rey de Judá descendió al rey de Israel» (v. 2) –triste equivocación para empezar– «y el rey de Israel dijo a sus siervos: ¿No sabéis que Ramot de Galaad es nuestra, y nosotros no hemos hecho nada para tomarla de mano del rey de Siria? Y dijo a Josafat: ¿Quieres venir conmigo a pelear contra Ramot de Galaad? Y Josafat respondió al rey de Israel: Yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo, y mis caballos como tus caballos» (v. 3-4) y, según lo leemos en 2 Crónicas 18:3, añadió: «Iremos contigo a la guerra».

Aquí vemos que Josafat tenía ya el propósito hecho antes de pensar en pedir consejo a Dios sobre tal asunto. Estaba enteramente en situación falsa. Había caído en la trampa del enemigo por falta de sinceridad, y de ahí que no estaba en condición adecuada para recibir la guía divina. Estaba decidido a hacer su propia voluntad y el Señor le dejó recoger el fruto de ella. De no haber sido por la infinita y soberana misericordia de Dios, habría sucumbido por la espada de los sirios y habría sido retirado muerto del campo de batalla.

Es verdad que él había dicho al rey de Israel: «Te ruego que consultes hoy la palabra de Jehová» (v. 5). Pero ¿de qué habría servido esto cuando ya se había comprometido a obrar de un modo determinado? ¡Qué insensatez comete el que tiene formado ya un propósito y luego pide consejo! Si hubiese sido recto su estado de alma para nada hubiese necesitado de consejo. Pero el estado de su alma era malo, su situación falsa y su propósito estaba en directa oposición a la voluntad de Dios. De ahí que, aunque oyó de labios del mensajero de Jehová el solemne juicio contra aquella expedición, siguió su propio camino y la consecuencia fue que estuvo muy cerca de perder la vida.

Algo semejante vemos en el capítulo 42 de Jeremías. El pueblo se dirigió al profeta para saber si debían descender a Egipto. Pero ellos ya se habían resuelto en ese sentido. Estaban inclinados a hacer su voluntad. ¡Mísero estado! Si hubiesen sido mansos y humildes, para nada habrían necesitado consejo sobre aquel punto. Pero ellos dijeron al profeta Jeremías: «Acepta ahora nuestro ruego delante de ti, y ruega por nosotros a Jehová tu Dios» (¿por qué no decían a Jehová nuestro Dios?) «por todo este resto (pues de muchos hemos quedado unos pocos, como nos ven tus ojos), para que Jehová tu Dios nos enseñe el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer. Y el profeta Jeremías les dijo: He oído. He aquí que voy a orar a Jehová vuestro Dios, como habéis dicho, y todo lo que Jehová os respondiere, os enseñaré; no os reservaré palabra. Y ellos dijeron a Jeremías: Jehová sea entre nosotros testigo de la verdad y de la lealtad, si no hiciéremos conforme a todo aquello para lo cual Jehová tu Dios te enviare a nosotros. Sea bueno, sea malo», (¿cómo podía ser la voluntad de Jehová algo que no fuera bueno?), «a la voz de Jehová nuestro Dios al cual te enviamos, obedeceremos, para que obedeciendo a la voz de Jehová nuestro Dios nos vaya bien» (v. 1-6).

Todo esto parecía muy piadoso y prometía excelente resultado. Pero, vea usted lo que siguió. Cuando ellos supieron que el juicio y el consejo de Dios no estaban de acuerdo con la voluntad de ellos, «todos los varones soberbios dijeron a Jeremías: Mentira dices; no te ha enviado Jehová nuestro Dios para decir: No vayáis a Egipto para morar allí» (43:2).

Aquí el estado real de aquel asunto sale claramente a la luz. El orgullo y la obstinación estaban en acción. Sus votos y promesas eran falsos. «¿Por qué hicisteis errar vuestras almas?» –les dice Jeremías. «Pues vosotros me enviasteis a Jehová vuestro Dios diciendo: Ora por nosotros a Jehová nuestro Dios, y haznos saber todas las cosas que Jehová nuestro Dios dijere, y lo haremos» (42:20). Todo habría marchado muy bien si la divina respuesta hubiese correspondido a sus deseos; pero, como iba en contra de ellos, la rechazaron por completo.

¡Cuán a menudo sucede esto! La Palabra de Dios no se adapta a los pensamientos humanos; los juzga; está en directa oposición a su voluntad; ¡perturba sus planes y por esto es rechazada! La voluntad y la razón del hombre están siempre en directo antagonismo con la Palabra; y el cristiano debe rechazar las dos si realmente desea ser guiado por Dios. Una voluntad insumisa y una razón ciega solo pueden conducirnos a tinieblas, miseria y desolación. Jonás quiso ir a Tarsis, cuando debía ir a Nínive; y la consecuencia fue que se encontró en el vientre «de la sepultura» con el alga enredada en su cabeza (Jonás 2:6). Josafat quiso ir a Ramot de Galaad cuando debía permanecer en Jerusalén; y el resultado fue verse vencido por las espadas de los sirios. El remanente del pueblo judío en días de Jeremías quiso ir a Egipto, cuando debía haber permanecido en Jerusalén; y la consecuencia fue que sus integrantes murieron por la espada, el hambre y la peste en tierra de Egipto, donde «deseasteis entrar para morar allí» (Jer. 42:22).

Así acontecerá siempre. La senda de la terquedad ha de ser forzosamente la senda de tinieblas y miseria. No puede ser de otro modo. Por el contrario, la senda de la obediencia es una senda de paz, de luz, de bendición, una senda en la que los rayos del favor divino son proyectados con vívido resplandor. Al ojo humano le parecerá estrecha, áspera y solitaria, pero, para el alma obediente, es una senda de vida, paz y seguridad moral. «La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Prov. 4:18). ¡Senda bendita! ¡Ojalá que todos nosotros la recorramos con paso firme y resuelto!

Antes de dejar este tema tan práctico de la guía divina y la obediencia humana, debemos rogar al lector que se traslade por unos momentos al bellísimo pasaje del capítulo 11 de Lucas. Lo encontrará repleto de la más valiosa instrucción.

«La lámpara del cuerpo es tu ojo; cuando tu ojo es sencillo, también todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando es malo, también todo tu cuerpo está oscuro. Mira, pues, que la luz que hay en ti, no sea tinieblas. Por tanto, si todo tu cuerpo está iluminado, sin tener oscura ninguna parte, estará totalmente lleno de luz, como cuando una lámpara te ilumina con su fulgor» (v. 34-36).

Nada puede superar en fuerza y belleza al pasaje transcrito. En primer lugar, se nos habla del «ojo sencillo». Esto es esencial para gozar de la dirección divina. Indica una voluntad quebrantada, un corazón sinceramente resuelto a hacer la voluntad de Dios. No hay móviles ocultos, no hay una mezcla de motivos, ningún fin personal en vista. Hay un único y simple propósito y un vivo deseo: hacer la voluntad de Dios, sea cual fuere esa voluntad.

Cuando el alma está en esta condición, la luz divina desciende a raudales y llena el cuerpo por completo. De donde se desprende que, si el cuerpo no está lleno de luz, el ojo no es bueno; algún motivo mezclado, la terquedad o el propio interés están actuando; no somos rectos ante Dios. En este caso, la luz que pretendamos tener es tinieblas, y no hay tinieblas más densas o más terribles que las tinieblas que se apoderan del corazón gobernado por la obstinación mientras pretende tener la luz de Dios. Así lo veremos pronto en la cristiandad, cuando «será revelado el inicuo (a quien el Señor Jesús matará con el espíritu de su boca, y destruirá con la manifestación de su venida), cuya presencia es la obra de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios de mentira, y con todo engaño de injusticia para los que se pierden, porque no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto, Dios les envía una energía de error, para que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Tes. 2:8-12).

¡Cuán terrible es esto! ¡Cuán solemnemente habla a la iglesia profesa! ¡Cuán solemnemente se dirige a la conciencia del que esto escribe y a la del lector! La luz que no obra se vuelve tinieblas. «Si, pues, la luz que en ti hay son tinieblas, ¿cuán grandes serán tinieblas?» (Mat. 6:23). Mas, por otra parte, una pequeña luz seguida sinceramente por cierto irá creciendo, porque al que tiene, se le dará (Lucas 19:26), y «la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Prov. 4:18).

Este progreso moral está descrito con toda su belleza y su fuerza en Lucas 11:36: «Por tanto, si todo tu cuerpo está iluminado, sin tener oscura ninguna parte» –esto es, no teniendo ningún rincón cerrado a los rayos celestiales; ninguna reserva desleal; todo el ser moral expuesto a la luz divina– «estará totalmente lleno de luz, como cuando una lámpara te ilumina con su fulgor». En una palabra, el alma obediente no solamente tiene luz para su propia senda, sino que la luz resplandece hacia afuera, de modo que otros la ven. «Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres; de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mat. 5:16).

Tenemos un vivo contraste con todo esto en el capítulo 13 de Jeremías. «Dad gloria a Jehová Dios vuestro, antes que haga venir tinieblas, y antes que vuestros pies tropiecen en montes de oscuridad, y esperéis luz, y os la vuelva en sombra de muerte y tinieblas» (v. 16). El modo de dar gloria al Señor nuestro Dios es obedecer su Palabra.

La senda del deber es una senda brillante y bendita; y aquel que, por la gracia, anda por esa senda, no tropezará jamás en los montes de tinieblas. El verdaderamente humilde, el sumiso, el que no confía en sí mismo, se mantendrá a gran distancia de esos montes de oscuridad y andará por ese bendito sendero que está siempre iluminado por los brillantes y alegres rayos del rostro de Dios, como señal de aprobación.

Tal es el sendero del justo, el sendero de la sabiduría divina, el sendero de la paz perfecta. Querido lector, ojalá que siempre nos encontremos andando en él; y no olvidemos ni un momento que es nuestro elevado privilegio ser guiados divinamente en los más minuciosos detalles de la vida diaria. ¡Ay de aquel que no es guiado así! Tendrá muchos tropiezos, muchas caídas, muy tristes experiencias. Si no somos guiados por el ojo de nuestro Padre, seremos semejantes al caballo o al mulo que no tienen conocimiento, cuya boca debe ser sujetada con bocado y riendas, como el caballo que se arroja impetuosamente donde no debiera, o el mulo que se obstina tercamente en no ir adonde debe. ¡Cuán lamentable que un cristiano sea como ellos! Cuán bendito es andar día tras día en la senda señalada para nosotros por el ojo de nuestro Padre; senda que ojo de buitre no vio, ni león pasó por ella; la senda de la santa obediencia, la senda en la cual se hallarán siempre los mansos y los humildes para su profundo gozo y para alabanza y gloria de Aquel que la abrió para ellos y les ha dado la gracia de andar en ella.

2.10 - Nombramiento de los jefes (Éx. 18; Núm. 11)

En lo que queda de nuestro capítulo, Moisés repite a oídos del pueblo, con lenguaje de conmovedora sencillez, los actos relacionados con el nombramiento de jueces y la misión de los espías. El nombramiento de jueces, es atribuible a propia iniciativa de Moisés. La misión de los espías fue sugerida por el pueblo. El querido y muy honroso siervo de Dios encontraba muy abrumador para él llevar todo el peso de la congregación, y, en efecto, era muy pesado, aunque bien sabemos que la gracia de Dios era más que suficiente para todas las necesidades; y, además, que la gracia podía obrar tan bien por un hombre como por setenta.

Con todo, bien podemos comprender la dificultad experimentada por el hombre «más manso de la tierra» en cuanto a la responsabilidad de cargo tan grave e importante; y por cierto que el lenguaje con que describe su dificultad es muy conmovedor.

«En aquel tiempo yo os hablé diciendo: Yo solo no puedo llevaros», y verdaderamente no podía. ¿Qué ser mortal habría podido hacerlo? Pero Dios estaba allí y podía contarse con él para las exigencias de todo momento. «Jehová vuestro Dios os ha multiplicado, y he aquí hoy vosotros sois como las estrellas del cielo en multitud. ¡Jehová Dios de vuestros padres os haga mil veces más de lo que ahora sois, y os bendiga, como os ha prometido!». ¡Hermoso paréntesis! ¡Exquisita aspiración de un corazón grande y humilde! «¿Cómo llevaré yo solo vuestras molestias, vuestras cargas y vuestros pleitos?» (v. 9-12).

¡Ah! aquí está el secreto de gran parte de las «molestias» y de «las cargas». No podían estar de acuerdo entre sí; había entre ellos controversias, contiendas y cuestiones; y ¿quién era suficiente para todo ello? ¿Qué hombro humano podía sostener tal carga? ¿No debió haber sido distinto? Si hubiesen marchado de acuerdo, no habría habido cuestiones que decidir ni, por lo tanto, ninguna necesidad de jueces para resorberlas. Si cada miembro de la congregación hubiese procurado la prosperidad, el interés y la felicidad de sus hermanos, no habría habido «pleitos», ni «molestias», ni «carga». Si cada uno hubiese hecho todo lo posible para promover el bien general, ¡cuán hermoso habría sido el resultado!

Pero no sucedió así con Israel en el desierto; y, lo que es aun más humillante, no sucede tampoco así en la Iglesia de Dios, a pesar de que nuestros privilegios son mucho más elevados. Apenas la asamblea hubo sido formada por la presencia del Espíritu Santo, ya se dejaron oír los acentos de la murmuración y del descontento. Y ¿sobre qué? Sobre «menosprecio», supuesto o real (Hec. 6). Sea lo que fuere, el yo estaba en acción. Si el menosprecio era puramente imaginario, los griegos eran dignos de censura; y si era real, la censura debía caer sobre los hebreos. Generalmente sucede en tales casos que hay culpa por ambos lados, pero el verdadero medio de evitar toda disputa, contienda y murmuración es colocar el propio yo en el polvo y procurar sinceramente el bien de los demás. Si este excelente camino hubiese sido comprendido y adoptado desde un principio, ¡qué diferente habría sido la tarea del historiador eclesiástico! Pero, lamentablemente, no fue adoptado, y de ahí que la historia de la iglesia profesa, desde su mismo comienzo, ya ha sido un deplorable y humillante registro de controversias, divisiones y luchas. En la misma presencia del Señor, cuya vida entera fue de completa abnegación, los discípulos disputaban acerca de cuál de ellos debía ser el mayor. Tal disputa no se habría suscitado jamás si cada uno hubiese conocido el exquisito secreto de poner lo propio o personal en el polvo, buscando el bien de los demás. Nadie que conozca algo de la verdadera elevación moral de la renunciación personal, puede en algún modo buscar un buen puesto o un alto sitio para sí mismo. Estar cerca de Cristo satisface de tal modo al corazón humilde que los honores, las distinciones y las recompensas son estimadas en muy poco. Pero cuando lo propio o personal está en acción, allí habrá envidias y celos, pleitos y contiendas, confusión y toda obra mala.

Véase la escena entre los dos hijos de Zebedeo y sus diez hermanos, según leemos en el capítulo 10 de Marcos. ¿Cuál era la causa de ella? Lo personal o propio. Los dos primeros pensaban en ocupar un buen sitio en el reino, y los diez restantes estaban irritados contra ellos al pensar en tal cosa. Si cada uno hubiese puesto aparte lo propio o personal y hubiera buscado el bien de los demás, tal escena no se habría producido nunca. Si los dos hermanos no hubiesen pensado tanto en ellos mismos, no habría habido fundamento para la «indignación» de los diez restantes.

Mas no es necesario multiplicar los ejemplos. Cada siglo de la historia de la Iglesia ilustra y prueba la verdad de nuestra proposición, esto es, que lo personal o propio y sus odiosas obras son siempre la causa de los pleitos, contiendas y divisiones. Doquier miremos, desde los tiempos de los apóstoles hasta el nuestro, encontraremos que la voluntad propia no mortificada ha sido el fructífero manantial de litigios y cismas. Y, por otra parte, veremos también que la subordinación de la propia voluntad y de sus intereses es el verdadero secreto de la paz, armonía y amor fraternal. Bastará que procuremos poner a un lado la propia voluntad y busquemos sinceramente la gloria de Cristo y la prosperidad de su amado pueblo, para no tener ocasión de registrar muchos «casos» como los transcritos.

Volvamos ya a nuestro capítulo.

«¿Cómo llevaré yo solo vuestras molestias, vuestras cargas y vuestros pleitos? Dadme de entre vosotros, de vuestras tribus, varones sabios y entendidos y expertos, para que yo los ponga por vuestros jefes. Y me respondisteis y dijisteis: Bueno es hacer lo que has dicho. Y tomé a los principales de vuestras tribus, varones sabios y expertos» (hombres calificados por Dios, y poseedores por su designación de la confianza de la congregación), «y los puse por jefes sobre vosotros, jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez, y gobernadores de vuestras tribus» (v. 12-15).

¡Arreglo admirable! Si hubo de hacerse, nada mejor pudo ser más adecuado para el mantenimiento del orden que la graduada escala de autoridad, que iba desde el jefe de diez hasta el jefe de mil, puesto el propio legislador a la cabeza de todos y este en inmediata comunicación con el Dios de Israel.

Aquí no se alude al hecho registrado en el Éxodo, capítulo 18, esto es, que la designación de estos gobernadores fue hecha por sugestión de Jetro, suegro de Moisés. Ni tampoco se hace referencia a la escena descrita en Números 11. Llamamos la atención del lector al respecto como una de las muchas pruebas de que este libro está muy lejos, en verdad, de ser una simple repetición de las precedentes secciones del Pentateuco. Este libro tiene un marcado carácter propio y la manera con que los hechos nos son presentados está en perfecta consonancia con ese carácter. Es evidente que el objeto del venerable legislador –o más bien del Espíritu por medio de él– era llevar todas las cosas a que obrasen moralmente sobre los corazones del pueblo, a fin de alcanzar el magno resultado que es el propósito especial del libro desde su principio hasta el fin, a saber, una amante obediencia a todos los estatutos y disposiciones de Jehová su Dios.

Debemos tener esto siempre presente si queremos estudiar rectamente el libro que tenemos a la vista. Los incrédulos, los escépticos y los racionalistas querrán impíamente sugerirnos la idea de que existen discrepancias en los diversos relatos dados en los diferentes libros, pero el lector piadoso rechazará con santa indignación toda sugestión de tal índole, sabiendo que procede directamente del padre de la mentira, el decidido y persistente enemigo de la preciosa Revelación de Dios. Tal es, estamos convencidos de ello, la verdadera manera de tratar todos los asaltos contra la Escritura que hacen los incrédulos. Los argumentos no tienen resultado alguno, ya que los incrédulos no están en situación de comprender o apreciar su valor. Son profundamente ignorantes en la materia; y ni aun es solamente cuestión de profunda ignorancia sino también de decidida hostilidad; así que, en ambos conceptos, el criterio de los escritores incrédulos sobre este tema carece de valor y es despreciable. Deberíamos tener piedad y orar por esos hombres, y al mismo tiempo debemos rechazar con indignación sus opiniones. La Palabra de Dios es enteramente superior a su crítica. Es tan perfecta como su Autor y tan imperecedera como su trono; pero sus glorias morales, sus vivientes profundidades y su infinita perfección se descubren tan solo a la fe y a la necesidad. «¡Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños!» (Mat. 11:25).

Si nos contentamos con ser tan sencillos como un niño, gozaremos de la preciosa revelación del amor del Padre, tal como ella nos es dada por el Espíritu Santo en las sagradas Escrituras. Por otra parte, aquellos que se creen sabios y entendidos, que edifican sobre sus conocimientos, su filosofía o su razón, que se creen competentes para constituirse en jueces de la Palabra de Dios y, por lo tanto, de Dios mismo, son entregados judicialmente a la oscuridad, a la ceguera y a la dureza de corazón. Así acontece que las más insignes tonterías y la más despreciable ignorancia que el hombre puede desplegar, las encontramos en las páginas de estos literatos que han tenido la osadía de escribir en contra de la Biblia. «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo? ¿No enloqueció Dios la sabiduría del mundo? 21 Porque ya que en la sabiduría de Dios, el mundo por su sabiduría no conoció a Dios, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor. 1:20-21).

«Si alguno entre vosotros piensa ser sabio… que se haga necio» (1 Cor. 3:18). He aquí el gran secreto moral de este asunto. El hombre debe dar por terminada su propia sabiduría, así como su propia justicia. Debe ser llevado a declararse a sí mismo necio, antes de poder saborear la dulzura de la sabiduría divina. No está al alcance del más gigantesco intelecto humano, auxiliado por todas las aplicaciones del humano saber y de la filosofía, la capacidad de entender los muy sencillos elementos de la revelación divina. Por lo tanto, cuando se trata de hombres no convertidos, sea cual fuere la fuerza de su genio o la extensión de sus conocimientos, al tratar de temas espirituales –y especialmente del tema de la divina inspiración de la santa Escritura– es seguro que pondrán de manifiesto su profunda ignorancia y total incompetencia para poder tratar el asunto que está ante ellos. En verdad, cuando leemos algún libro de un incrédulo quedamos sorprendidos ante la debilidad de sus más poderosos argumentos; y no solo esto, sino que en todos los casos en que pretenden haber descubierto alguna discrepancia en la Biblia, precisamente vemos allí la divina sabiduría, belleza y perfección de la Palabra.

Nos hemos visto precisados a hacer esta serie de razonamientos relacionados con la designación de jefes, pues este acto se refiere en cada libro de modo diferente, según la sabiduría del Espíritu Santo, pero cada modo está en perfecta concordancia con el fin y el carácter correspondientes a cada libro. Continuaremos, pues, con nuestra citación.

«Y entonces mandé a vuestros jueces diciendo: Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero. No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios; y la causa que os fuere difícil, la traeréis a mí, y yo la oiré» (v. 16-17).

¡Qué celestial sabiduría se descubre aquí! ¡Qué equilibrada justicia! ¡Qué santa imparcialidad! En todo caso de desavenencia, todos los hechos de ambas partes habían de ser oídos y considerados pacientemente. La mente no debía torcerse por prejuicio, predilección o sentimiento personal de ninguna clase. El juicio debía formarse, no por impresiones, sino por hechos, claramente comprobados, innegables. La influencia personal no debía tenerse en aprecio alguno. Ni la posición ni las circunstancias de ambas partes debían tenerse en cuenta en la causa. Solo la justicia debía decidir la cuestión. «Así al pequeño como al grande oiréis». Al pobre se le debía dispensar la misma equilibrada justicia que al rico; al extranjero igual que al nacido en el país. No debía admitirse diferencia alguna.

¡Cuán importante es todo esto! ¡Cuán digno de nuestra más atenta consideración! ¡Cuán lleno de profunda y valiosa instrucción para nosotros todos! Es cierto que no todos nosotros somos llamados a ser jueces, o jefes, o guías, pero los grandes principios morales sentados en la cita anterior son del más alto valor para cada uno de nosotros, ya que continuamente ocurren casos en los que hay que hacer aplicación de esos principios. Dondequiera que estemos, cualquiera que sea nuestra ocupación o esfera de acción, estamos por desgracia expuestos a encontrarnos con casos de dificultades y desavenencias entre hermanos; casos de ofensas reales o imaginarias y, por lo tanto, es muy necesario que estemos divinamente instruidos en cuanto a lo que tenemos que hacer en tales circunstancias.

En todos esos casos, jamás será excesivo el celo que pongamos en cuanto a basar nuestro juicio en hechos, todos los hechos de ambos lados. No debemos permitir que seamos guiados por nuestras propias impresiones, porque ya sabemos que ellas no son dignas de crédito. Pueden ser correctas, y pueden ser del todo falsas. Nada es más fácilmente aceptado y comunicado a otros que una simple impresión y, por lo tanto, un juicio fundamentado en las solas impresiones es despreciable. Debemos tener hechos sólidos y claramente comprobados; hechos acreditados por dos o tres testigos, según la Escritura lo determina (Deut. 17:6; Mat. 18:16; 2 Cor. 13:1; 1 Tim. 5:19).

Además, nunca debemos guiarnos en juicio por lo expuesto ex parte. Todos estamos sujetos a dar cierto colorido especial al exponer nuestro caso, aun con la mejor intención. No es que se quiera intencionadamente hacer una declaración falsa, o mentir deliberadamente; sino que, por debilidad de memoria, o por otras causas, el hecho puede no presentarse como realmente sucedió. Puede omitirse un detalle o hecho accidental, y ese hecho puede afectar al principal de modo que altere por completo su alcance o significación. «Audi alteram partem» (oiga a la otra parte) es un lema muy saludable. Y no solo oír a la parte contraria, sino oír todos los hechos que expongan ambas partes, y así seremos capaces de formular un sano y recto juicio. Podemos sentar como regla general que un juicio formado sin un preciso conocimiento de todos los hechos, es enteramente inválido. «Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero». ¡Oportunas y necesarias palabras, ciertamente, en todo tiempo, en todo lugar y en cualesquiera circunstancias! ¡Ojalá que nuestros corazones las hagan suyas!

Y ¡cuán importante la prevención del versículo 17!: «No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno». ¡Cómo esas palabras dejan al descubierto al pobre corazón humano! ¡Cuán inclinados estamos a tener miramientos con las personas; a ser desviados por la influencia personal; a dar importancia a la posición y a la fortuna; a tener temor ante el rostro del hombre!

¿Cuál es el divino antídoto contra todos esos males? Solo este: el temor de Dios. Si ponemos en todo tiempo al Señor ante nosotros, él nos librará eficazmente de la perniciosa influencia de la parcialidad, del prejuicio y del temor a nuestros semejantes. Nos inducirá a atenernos con humildad y paciencia al Señor, para que él nos guíe y nos aconseje cuando tengamos que intervenir con facultad decisoria, y de este modo seremos preservados de juicios precipitados y parciales sobre hechos o personas, juicios que siempre son fuentes de tantos agravios entre los hijos de Dios.

Veamos ahora el relato hecho por Moisés acerca de la misión de los espías, de su origen y de sus resultados. Lo encontraremos lleno de instrucciones, siempre que el oído esté abierto y el corazón bien preparado.

2.11 - Los espías (Núm. 13)

«Os mandé, pues, en aquel tiempo todo lo que habíais de hacer». La senda de la simple obediencia estaba ante ellos. No tenían más que seguirla con corazón obediente y paso firme. Para nada tenían que cavilar sobre las consecuencias o pesar los resultados. Todo ello, tenían que dejarlo enteramente en manos de Dios y avanzar resueltamente por la bendita senda de la obediencia.

«Y salidos de Horeb, anduvimos todo aquel grande y terrible desierto que habéis visto, por el camino del monte del amorreo, como Jehová nuestro Dios nos lo mandó; y llegamos hasta Cades-barnea. Entonces os dije: Habéis llegado al monte del amorreo, el cual Jehová nuestro Dios nos da. Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes» (v. 18-21).

Este era el mandato para entrar y tomar inmediata posesión. Jehová, su Dios, les había dado la tierra y la había puesto ante ellos. Les pertenecía por libre don de él, el don de su gracia soberana, de acuerdo con el pacto hecho con sus padres. Era su eterno propósito poseer la tierra de Canaán por medio de la simiente de Abraham, su amigo. Esto debería haber bastado para tranquilizar por completo sus ánimos, no solo en cuanto a las condiciones de aquella tierra, sino también en cuanto a la manera de entrar en ella. No había ninguna necesidad de espías. La fe nunca necesita examinar lo que Dios ha dado. La fe concluye que lo que él ha dado debe ser bueno para poseerlo, y que él es poderoso para ponernos en plena posesión de lo que por su gracia nos ha otorgado. Israel pudo haber concluido que la misma mano que los había conducido a través de «aquel grande y terrible desierto» podía también hacerlos entrar y establecerlos en la herencia que les había destinado.

Así habría razonado la fe, porque ella siempre va de Dios a las circunstancias, y nunca de las circunstancias a Dios. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom. 8:31). Tal es el argumento de la fe, grande en su sencillez y sencillo en su grandeza moral. Cuando Dios llena por entero el campo visual del alma, las dificultades poco importan. O bien pasan inadvertidas, o bien son consideradas como ocasiones para el despliegue del poder divino. La fe se regocija al ver a Dios triunfando sobre las dificultades.

Pero, lamentablemente, el pueblo no estaba regido por la fe en aquella ocasión y, por lo tanto, recurrieron a los espías. Eso es lo que Moisés les recuerda con un lenguaje a la vez enternecedor y fiel.

«Y vinisteis a mí todos vosotros, y dijisteis: Enviemos varones delante de nosotros que nos reconozcan la tierra, y a su regreso nos traigan razón del camino por donde hemos de subir, y de las ciudades adonde hemos de llegar» (v. 22).

Habrían debido confiar en Dios para todas esas cosas. Aquel que les había sacado de Egipto, el que les había abierto camino a través del mar y les había guiado a través del desierto sin rastro de senda alguna era perfectamente capaz de introducirles en la tierra prometida. Pero no; ellos quisieron mandar espías como exploradores, porque sus corazones no tenían confianza en el verdadero, viviente y todopoderoso Dios.

Aquí aparece la raíz moral de este asunto. Estemos persuadidos de ello. Verdad es que, en la narración de este hecho en el libro de los Números, el Señor dijo a Moisés que mandara espías. Mas, ¿por qué? Por causa de la condición moral del pueblo. En eso vemos la diferencia característica y, al mismo tiempo, la bella armonía que hay entre ambos libros. En Números se nos da la historia pública del hecho; en Deuteronomio la razón secreta de la misión de los espías; y así como está en perfecta concordancia con el carácter de los Números darnos el primer relato, así también lo está con el carácter del Deuteronomio darnos el segundo. El uno complementa al otro. No podríamos comprender a fondo este tema si solo tuviéramos el relato hecho en el libro de los Números. Es el conmovedor comentario hecho en el Deuteronomio lo que completa el cuadro. ¡Cuán perfecta es la Escritura! Solo necesitamos el ojo ungido con colirio para ver, y el corazón dispuesto para apreciar sus glorias morales.

Puede ser, no obstante, que el lector encuentre ciertas dificultades en lo referente a la cuestión de los espías. Quizá se pregunte cómo podía estar mal enviarlos ya que el Señor les había dicho que lo hicieran. La respuesta es que lo malo no era enviarlos –pues así les fue dicho– sino el deseo de que fueran enviados a toda costa. Ese deseo era el fruto de la incredulidad, y la orden de mandarlos fue dada a causa de esa incredulidad.

Algo parecido vemos en Mateo capítulo 19 al tratar del divorcio. «Se acercaron a él unos fariseos, tentándole y diciendo: ¿Es lícito que un hombre repudie a su mujer por cualquier causa? Él les contestó: ¿Nunca habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra? Por lo tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y quedará unido a su mujer; y los dos serán una sola carne. Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre. Ellos le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio y repudiarla? Él les dijo: A causa de la dureza de vuestro corazón, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero desde el principio no fue así» (v. 3-8).

No era según la original institución de Dios, ni estaba de acuerdo con su voluntad que el hombre pudiera repudiar a su mujer, sino que por causa de la dureza del corazón humano fue permitido el divorcio por el legislador. ¿Existe alguna dificultad en entender eso? Seguro que no, a menos que el ánimo esté ya dispuesto a ver alguna. Así tampoco puede haber dificultad alguna en el asunto de los espías. Israel no debió necesitar de ellos. La fe sencilla jamás había pensado en ellos. Pero Jehová vio el estado real de las cosas y dio un mandato en conformidad con ese estado. De igual modo, en siglos posteriores, él vio que el corazón del pueblo deseaba tener un rey, y encargó a Samuel que les diera uno. «Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo. Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos» (1 Sam. 8:7-9).

Vemos así que la satisfacción de un deseo no prueba en modo alguno que ese deseo esté de acuerdo con el pensamiento de Dios. Israel no debió haber pedido un rey. ¿No era suficiente Jehová? ¿No era él su rey? ¿No podía él, como lo hizo siempre, guiarlos a la batalla y pelear por ellos? ¿Por qué buscar un brazo de carne? ¿Por qué apartarse del verdadero Dios Todopoderoso para apoyarse en un gusano? ¿Qué poder tendría un rey que no fuera el que Dios mismo quisiera conferirle? Absolutamente ninguno. Todo poder, toda sabiduría, toda verdadera bondad estaban en Jehová, su Dios, y allí estaba en todo tiempo para subvenir a todas sus necesidades. Solo tenían que apoyarse en su brazo omnipotente, extraer de sus inagotables recursos y encontrar todos sus manantiales en él.

Cuando ya tuvieron un rey, según el deseo de su corazón, ¿qué hizo ese rey por ellos? «Todo el pueblo iba tras él temblando» (1 Sam. 13:7). Cuanto más atentamente estudiamos la triste historia del reinado de Saúl, tanto más comprendemos que, del principio al fin, él fue más bien un estorbo que una ayuda. Su reinado entero fue un lamentable fracaso, expresado de una manera tan exacta como enérgica en las brillantes sentencias de Oseas: «Te di rey en mi furor, y te lo quité en mi ira» (Oseas 13:11). En una palabra, él fue la respuesta a la incredulidad y voluntariedad del pueblo, y, por lo tanto, todas las brillantes esperanzas y la expectación que había despertado se vieron lamentablemente frustradas. Fracasó en cuanto a hacer la voluntad de Dios y, a consecuencia de ello, fracasó en cuanto a suplir las necesidades del pueblo. Demostró ser enteramente indigno de la corona y del cetro, y su ignominiosa caída en el monte Gilboa estuvo en triste consonancia con su vida entera.

Ahora bien, si consideramos la misión de los espías, vemos que, como en el caso de la designación de un rey, acaba en completo fracaso. No podía ser de otro modo, ya que era el fruto de la incredulidad. Es cierto que Dios les dio espías; por eso Moisés, con gracia conmovedora, les dice: «Y el dicho me pareció bien; y tomé doce varones de vosotros, un varón por tribu» (v. 23). Era la gracia la que descendía a la condición del pueblo y consentía en un plan adecuado a tal condición. Pero esto en ningún modo prueba que ese plan o esa condición estuvieran de acuerdo con la mente de Dios. Bendito sea su Nombre, él puede acudir a nosotros aun en nuestra incredulidad, aunque esté apesadumbrado y deshonrado por ella. Él se complace en una fe firme y franca. Es la única cosa en este mundo que le da su debido lugar. De aquí que, cuando Moisés dijo al pueblo: «Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes», ¿cuál debió ser la respuesta? “Henos aquí, guíanos, oh Jehová; guíanos a la victoria. Tú nos bastas. Contigo como jefe, avanzaremos con gozosa confianza. Las dificultades no existen para ti, y por lo tanto nada significan para nosotros. Tu palabra y tu presencia son todo lo que necesitamos. En ellas encontramos a la par que nuestra autoridad, nuestro poder. No nos importa en lo más mínimo qué o quién estará delante de nosotros: poderosos gigantes, muros torreados, amenazadores baluartes, ¿qué son ante ti, oh Jehová, Dios de Israel, más que hojas secas ante el huracán? Guíanos adelante, ¡oh Jehová!”

Tal habría sido el lenguaje de la fe; pero lamentablemente no fue el lenguaje de Israel. Dios no les bastaba. No estaban preparados para subir, apoyándose solo en su brazo. No se fiaban de lo que él les había dicho de la tierra. Quisieron mandar espías. El pobre corazón humano desea ensayar cualquier cosa antes que la simple dependencia respecto al Dios vivo y verdadero. El hombre natural no puede confiar en Dios, sencillamente porque no le conoce. «En su santo nombre hemos confiado» (Sal. 33:21).

Dios debe ser conocido para que podamos confiar en él; y, cuanto más confiamos en él, tanto mejor le conocemos. Nada hay en todo el mundo tan verdaderamente bendito como una vida de fe sencilla. Pero ella debe ser una realidad y no una mera profesión. Es enteramente vano hablar de vivir por fe, mientras el corazón está secretamente apoyándose en un sostén humano. El verdadero creyente tiene que ver únicamente con Dios. Encuentra en Él todos sus recursos. No es que menosprecie los instrumentos que Dios se complace en utilizar; al contrario, los aprecia muchísimo, precisamente porque son los medios de los que Dios se vale para dispensar su auxilio y sus bendiciones. Pero no debe consentir que estos medios reemplacen a Dios. El lenguaje de su corazón es: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solo es mi roca y mi salvación» (Sal. 62:5-6).

Esa palabra «solo» tiene una fuerza muy particular. Penetra por completo el corazón. Mirar a la criatura, directa o indirectamente, para suplir a una necesidad cualquiera es, en principio, apartarse de la vida de fe. Y cosa triste es supeditarse a los medios humanos. Es, desde el punto de vista moral, tan degradante como la vida de fe es ennoblecedora, y es algo tan ilusorio como degradante. Israel quiso enviar espías, y todo el asunto se convirtió en su confusión.

«Y se encaminaron, y subieron al monte, y llegaron hasta el valle de Escol, y reconocieron la tierra. Y tomaron en sus manos del fruto del país, y nos lo trajeron, y nos dieron cuenta, y dijeron: Es buena la tierra que Jehová nuestro Dios nos da» (v. 24-25). Y ¿cómo podía ser de otro modo, cuando era Dios quien se la daba? ¿Necesitaban espías que les dijeran que el don de Dios era bueno? Por cierto, que no. Una fe sencilla habría razonado así: “Lo que Dios nos da tiene que ser digno de él; no necesitamos espías para estar seguros de esto”. Pero, lamentablemente esa fe sencilla es una joya extraordinariamente rara en este mundo, y aun los mismos que la poseen saben muy poco de su valor, o no saben cómo emplearla. Hablar de la fe y vivir una vida de fe son dos cosas tan distintas como la teoría y la práctica. No olvidemos nunca que es un privilegio de todo hijo de Dios vivir de fe, y que esta vida de fe abarca todo lo que es necesario al creyente desde el comienzo hasta el final de su carrera terrestre.

Con respecto a la misión de los espías, notará el lector con interés el modo como Moisés hace referencia a ella. Se limita a la parte de su testimonio que está de acuerdo con la verdad. Pasa por alto lo de los diez espías incrédulos. Esto está en perfecta consonancia con el alcance y el propósito de este libro. Todo está expuesto para obrar por vía moral sobre la conciencia de la congregación. Les recuerda que fueron ellos mismos los que propusieron la expedición de los espías, y que, aunque los espías habían puesto ante sus ojos los frutos de la tierra y habían dado testimonio de su excelencia, no quisieron subir a poseerla. «Sin embargo, no quisisteis subir, antes fuisteis rebeldes al mandato de Jehová vuestro Dios» (v. 26). No había excusa alguna. Era evidente que sus corazones estaban colmados de positiva incredulidad y rebeldía, y la misión de los espías, del principio al fin, no hizo más que manifestarlo plenamente.

2.12 - La incredulidad (Núm. 14)

«Y murmurasteis en vuestras tiendas, diciendo: Porque Jehová nos aborrece» –horrible mentira– «nos ha sacado de tierra de Egipto, para entregarnos en manos del amorreo para destruirnos» (v. 27). ¡Qué rara prueba de odio! ¡Cuán altamente absurdos son los argumentos de la incredulidad! Si verdaderamente les hubiera odiado, nada más sencillo que haberlos dejado morir entre los hornos de ladrillos de Egipto, bajo el látigo de los crueles capataces de Faraón. ¿Por qué tomarse tanto trabajo con ellos? ¿Para qué esas diez plagas mandadas sobre el país de sus opresores? ¿Por qué, si él les odiaba, no permitió que las aguas del mar Rojo les sepultaran, como sepultaron a sus enemigos? ¿Por qué les libró de la espada de Amalec? En una palabra: ¿por qué todas esas maravillosas liberaciones? ¡Ah! si no hubiesen estado poseídos por un espíritu de ciega e insensata incredulidad, tantas evidentes y magníficas pruebas de amor les hubiesen conducido directamente a una conclusión totalmente opuesta a la que osaron expresar. No hay nada bajo el cielo más irracional que la incredulidad; no hay nada más lógico, claro y justo que la sencilla confianza de una fe infantil. ¡Ojalá que el lector pueda experimentar siempre esta verdad!

«Y murmurasteis en vuestras tiendas». La incredulidad, no solo objeta, sino que también murmura. No considera el lado bueno de las cosas. Nunca entiende, porque pone a Dios a un lado y solo mira a las circunstancias. Ellos dijeron: «¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros». Pero no eran mayores que Jehová. «Las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo» –¡la gran exageración de la incredulidad!– «y también vimos allí a los hijos de Anac» (v. 28).

La fe habría dicho: “Bien; aunque las ciudades estén amuralladas hasta el cielo, Dios está por encima de ellas porque está en el cielo. ¿Qué son las grandes ciudades y las altas murallas para Aquel que formó el universo y lo sostiene con la palabra de su poder? ¿Qué son los gigantescos hijos de Anac ante la presencia del Dios Todopoderoso? Si la tierra estuviese cubierta de ciudades amuralladas desde Dan hasta Beerseba, y si los gigantes fuesen tan numerosos como las hojas del bosque, serían como el tamo de las eras ante Aquel que ha prometido dar para siempre la tierra de Canaán a la descendencia de Abraham, su amigo”.

Pero Israel no tenía fe, como nos lo dice el tercer capítulo de la carta a los Hebreos: «No pudieron entrar a causa de su incredulidad» (v. 19). Esa era la gran dificultad. Las ciudades amuralladas y los terribles hijos de Anac no habrían sido obstáculo si Israel hubiese confiado en Dios, quien pronto habría terminado con ellos. Pero, lamentablemente, la deplorable incredulidad siempre nos priva de nuestras bendiciones. Ella vela el resplandor de la gloria de Dios; proyecta negra sombra sobre nuestras almas y nos quita el privilegio de experimentar la total suficiencia de nuestro Dios para hacer frente a cada una de nuestras necesidades y resolver todas nuestras dificultades.

Bendito sea su Nombre, él nunca le falla al corazón que en él confía, y él, cuanto más se le pide, más se complace en dar. Su palabra animadora para nosotros es siempre: «No temas; cree solamente» (Marcos 5:36). Y también: «Conforme a vuestra fe, os sea hecho» (Mat. 9:29). ¡Palabras preciosas que hacen vibrar nuestra alma! ¡Ojalá que todos experimentemos más plenamente su dulzura y vivo poder! Podemos estar seguros de que nunca será excesiva nuestra confianza en Dios; sería sencillamente imposible. Nuestro gran error consiste en que no aprovechamos más sus infinitos recursos. «¿No te he dije que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40).

Por ello podemos comprender por qué Israel no pudo ver la gloria de Dios en la presente ocasión. No creían. La misión de los espías fue un completo fracaso. Concluyó como había comenzado: en la más deplorable incredulidad. Como Dios era dejado de lado, solo podían ver las dificultades.

«No pudieron entrar». No pudieron ver la gloria de Dios. Oigamos las conmovedoras palabras de Moisés. Su lectura hace un bien inmenso al corazón. Ellas tocan las fibras más sensibles de nuestro ser renovado. «Entonces os dije: No temáis, ni tengáis miedo de ellos. Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros». ¡Pensemos por un momento en Dios peleando por el pueblo! ¡Pensemos en Jehová convertido en un guerrero! «Conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Y en el desierto has visto que Jehová tu Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo, por todo el camino que habéis andado, hasta llegar a este lugar. Y aun con esto no creísteis a Jehová vuestro Dios, quien iba delante de vosotros por el camino para reconoceros el lugar donde habíais de acampar, con fuego de noche para mostraros el camino por donde anduvieseis, y con nube de día» (v. 29-33).

¡Qué fuerza moral, qué dulzura más conmovedora en esos recuerdos! Cuán claramente vemos aquí, como en todas las restantes páginas del Deuteronomio, que este libro no es una estéril repetición de los hechos, sino un muy poderoso comentario de esos hechos. Conviene que el lector se de cuenta de ello. Si en el libro del Éxodo y en el de los Números, el legislador narra los hechos de la vida de Israel en el desierto, en el libro del Deuteronomio comenta aquellos hechos con una insistencia que conmueve completamente el corazón. La tan tierna manera de obrar de Jehová es indicada aquí con una delicadeza inimitable. ¿Quién puede pasar por alto la hermosa figura contenida en las palabras «como trae el hombre a su hijo»? Si el poder de la mano de Jehová o la sabiduría de su mente se ven en la naturaleza de su acción, el amor de su corazón aparece en la manera en que él la cumple. Aun un niño puede comprender esto, aunque quizá no sepa explicarlo.

2.13 - Caleb: La fe

Los israelitas, sin embargo, no podían creer que Dios les haría entrar en la tierra. A pesar de la maravillosa manifestación de su poder, su fidelidad, su bondad y su benevolencia, desde los hornos de ladrillos de Egipto hasta los mismos bordes de la tierra de Canaán, con todo, no creían. Pese a una exposición de evidencias capaz de satisfacer a cualquiera, ellos dudaban. «Y oyó Jehová la voz de vuestras palabras, y se enojó, y juró diciendo: No verá hombre alguno de estos, de esta mala generación, la buena tierra que juré que había de dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Jefone; él la verá, y a él le daré la tierra que pisó, y a sus hijos; porque ha seguido fielmente a Jehová» (v. 34-36).

«¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Tal es el orden divino. Los hombres nos dirán «ver para creer»; mas en el reino de Dios es necesario creer para ver. ¿Por qué ni un solo hombre de esa generación mala podría ver la buena tierra? Simplemente porque no habían creído en Jehová, su Dios. Por otra parte ¿por qué se le concedió a Caleb el permiso para ver esa tierra y tomar posesión de ella? Simplemente porque había creído. La incredulidad es siempre el gran impedimento para ver la gloria de Dios. «Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su incredulidad» (Mat. 13:58). Si Israel hubiese creído solamente, si tan solo hubiese confiado en Jehová, confiado solo en el amor de su corazón y en el poder de su brazo, él les habría introducido y plantado en el monte de su heredad.

Igual sucede ahora con los cristianos. No hay límite en la bendición de que podemos gozar, con tal que confiemos más plenamente en Dios. «Todo es posible al que cree» (Marcos 9:23). Nuestro Dios jamás nos dirá: “Habéis obtenido ya mucho, queréis recibir demasiado”. Imposible. El gozo de su corazón amante es responder debidamente a las más grandes esperanzas de la fe.

Procuremos, pues, obtener con más abundancia. «Abre tu boca, y yo la llenaré» (Sal. 81:10). Los inagotables tesoros del cielo están abiertos para la fe. «Y todo cuanto pidáis en la oración, creyendo, lo recibiréis» (Mat. 21:22). «Si a cualquiera de vosotros le falta sabiduría, pídala al que la da generosamente y sin reproche, a Dios, y le será dada. Pero pida con fe, sin ninguna duda» (Sant. 1:5-6). La fe es el único secreto de toda esta cuestión, la fuente principal de la vida cristiana del principio al fin. La fe no fluctúa, ni titubea. La incredulidad siempre es fluctuante, vacilante, y de ahí que nunca vea la gloria de Dios ni su poder. Está sorda a su voz y ciega a sus hechos; deprime el corazón y debilita las manos; ensombrece el camino y estorba todo progreso. Fue ella la que mantuvo a Israel fuera de la tierra de Canaán durante cuarenta años; y no tenemos ni idea del cúmulo de bendiciones, privilegios, poder y servicios que constantemente estamos perdiendo por causa de su terrible influencia. Si tuviéramos más fe en nuestros corazones y en nuestras vidas, el estado de cosas que veríamos a nuestro alrededor sería muy diferente. ¿Cuál es la causa de la deplorable indiferencia y esterilidad que se observan en el vasto campo de la profesión cristiana? ¿A qué se debe nuestra pobreza, nuestra falta de ánimo, nuestro raquítico crecimiento? ¿Cómo es que hay tan pocas conversiones verdaderas? ¿Por qué vemos tan pobres resultados en todas las obras cristianas? ¿Por qué nuestros evangelistas están tan frecuentemente abatidos por causa de la escasez de sus gavillas? ¿Cómo hemos de responder a todas estas preguntas? ¿Cuál es la causa? ¿Querrá alguien negar que todo ello se debe a nuestra falta de fe?

No hay duda de que nuestras divisiones tienen mucho que ver con ello; nuestra mundanería, nuestra indulgencia carnal, nuestra ociosidad. Y ¿cuál es el remedio para todos esos males? ¿Cómo nuestros corazones podrán ser movidos a practicar el verdadero amor hacia todos nuestros hermanos? Por la fe, ese principio precioso «que obra por el amor» (Gál. 5:6). Así el bendito apóstol dice a los queridos recién convertidos en Tesalónica: «Porque vuestra fe crece mucho»; y ¿qué añade luego?: «y el amor mutuo de cada uno de vosotros aumenta» (2 Tes. 1:3). Así será siempre. La fe nos pone en contacto directo con la fuente de amor de Dios mismo; la consecuencia necesaria es que este amor fluye de nuestros corazones hacia todos los que son suyos, hacia todos aquellos en los cuales podemos descubrir un rastro, por débil que fuere, de su imagen bendita. Es imposible estar junto al Señor y no amar a los que en cualquier parte invocan su Nombre con corazón limpio. Cuanto más cerca estamos de Cristo, tanto más intensamente estaremos unidos con verdadero amor fraternal a todo miembro de su Cuerpo.

Y en cuanto a la mundanería en todas sus variadas formas ¿cómo la venceremos? Oigamos la respuesta de otro apóstol inspirado. «Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que venció al mundo, nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Juan 5:4-5). El hombre nuevo, que anda por el poder de la fe, vive por encima del mundo, por encima de sus intereses, sus objetivos, sus principios, sus costumbres, sus motivos. Nada de común tiene con él. Aunque está en el mundo, no es del mundo. Marcha en sentido contrario. Obtiene todos sus recursos del cielo. Su vida, su esperanza, su todo está allí; desea ardientemente estar allí cuando su obra en la tierra esté terminada.

La fe, pues, es un principio poderoso. Purifica el corazón, obra por amor y vence al mundo. En una palabra, enlaza el corazón con Dios mismo y ese es el secreto de toda verdadera nobleza, santa benevolencia y divina pureza. No es extraño, pues, que Pedro la llame «mucho más preciosa que el oro» (1 Pe. 1:7), ya que en verdad es preciosa, mucho más de lo que el pensamiento humano pueda alcanzar.

Véase cómo este poderoso principio actuó en Caleb, y el bendito fruto que produjo. Le fue permitido comprobar la verdad de aquellas palabras, empleadas siglos después: «Conforme a vuestra fe os sea hecho». Él creyó que Dios era capaz de hacerlos entrar en la tierra, y que todas las dificultades y obstáculos serían simplemente para ejercicio de la fe. Y Dios, como sucede siempre, contestó a su fe. «Y los hijos de Judá vinieron a Josué en Gilgal; y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le dijo: Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti. Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón» (¡qué simple testimonio de una brillante y hermosa fe!). «Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios. Entonces Moisés juró diciendo: Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios. Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho» (Josué 14:6-12).

¡Cuán reconfortantes son las expresiones de una cándida fe! ¡Cuán edificantes! ¡Cuán verdaderamente alentadoras! ¡Qué intenso contraste con la tenebrosa y depresiva incredulidad con sus acentos deslucidos que deshonran a Dios! «Josué entonces le bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón por heredad. Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel» (v. 13-14).

Caleb, como su padre Abraham, fue firme en la fe, dando gloria a Dios. Podemos decir, con la mayor certeza, que, como la fe siempre honra a Dios, él se complace a su vez en honrar la fe; y estamos convencidos de que, si el pueblo de Dios confiara más en Él, si ellos extrajeran más abundantemente de Sus recursos infinitos, veríamos una muy diferente situación a nuestro alrededor. «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». ¡Ah! ¡Si tuviéramos una más viva fe en Dios, asiéndonos más audazmente a su fidelidad, a su bondad, a su poder! Entonces podríamos esperar resultados más gloriosos en el campo de la evangelización; más celo, más energía, más intensa dedicación en la Iglesia, y más frutos de justicia en los creyentes individualmente.

2.14 - Moisés no entrará en el país

Consideremos ahora los últimos versículos de nuestro capítulo, en los cuales encontraremos sólida instrucción. Ante todo, vemos los actos del divino gobierno desplegados de la manera más solemne y conmovedora. Moisés se refiere de un modo patético al hecho de su exclusión de la tierra de Canaán. «También contra mí se airó Jehová por vosotros, y me dijo: Tampoco tú entrarás allá» (v. 37).

Fijémonos en las palabras «por vosotros». Era muy necesario recordar a la congregación que a causa de ellos le fue prohibido a Moisés, el amado y honroso siervo de Dios, cruzar el Jordán y asentar su pie en la tierra de Canaán. Es cierto que él había hablado «precipitadamente con sus labios», pero ellos «hicieron rebelar a su espíritu» (Sal. 106: 33). Esto debió de haberles conmovido hasta lo más profundo. No solo ellos mismos no pudieron entrar por su incredulidad, sino que fueron causa de la exclusión de Moisés, quien deseaba ver «aquel buen monte, y el Líbano» (Deut. 3:25).

Pero el gobierno de Dios es una solemne y terrible realidad. No olvidemos esto un solo instante. La inteligencia humana podrá admirarse de que unas cuantas palabras inconsideradas, unas exposiciones dichas con precipitación puedan haber sido suficientes para impedir que aquel amado siervo de Dios alcanzará lo que tan ardientemente había deseado. Nosotros solo tenemos que inclinar la cabeza con humilde adoración y santa reverencia; no nos corresponde objetar o juzgar. «El Juez de toda la tierra ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gén. 18:25). Con toda seguridad. Él no puede equivocarse. «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos» (Apoc. 15:3). «Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él!» (Sal. 89:7). «Nuestro Dios es fuego que consume» y «¡Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo!» (Hebr. 12:29 y 10:31).

¿Se opone en modo alguno a la acción y autoridad del gobierno de Dios el hecho de que nosotros, como cristianos, estemos bajo el reinado de la gracia? De ningún modo. Es tan cierto ahora como lo fue siempre que «todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7). No se trata, pues, de especular acerca de la libertad de la gracia divina para tener en poco los decretos del gobierno divino. Las dos cosas son del todo diferentes y jamás deben confundirse. La gracia puede perdonar libremente, completamente, eternamente, pero las ruedas del carro del gobierno de Jehová continúan rodando con aplastante poder y aterradora solemnidad. La gracia perdonó el pecado de Adán, pero la justicia de Dios le expulsó de Edén para que ganara su vida con el sudor de su frente, entre los espinos y cardos de una tierra maldita. La gracia perdonó a David su pecado; pero la espada del gobierno de Dios no se apartó de sobre su casa hasta el fin. Betsabé fue la madre de Salomón; pero Absalón se levantó en rebeldía.

Así ocurrió con Moisés: la gracia lo llevó a la cumbre del Pisga y le mostró la tierra; pero el gobierno le prohibió austera y absolutamente su entrada en ella. Tampoco afecta en lo más mínimo a este principio capital la consideración de que Moisés, en su cargo oficial de representante del sistema legal, no podía introducir al pueblo en la tierra prometida. Eso es verdad, pero no afecta en absoluto la solemne verdad que nos ocupa. Ni en el capítulo 20 de los Números, ni en el capítulo 1 del Deuteronomio nada se nos dice de Moisés en cuanto a su cargo oficial. Es él en persona quien está ante nosotros, y es a él a quien se le prohíbe entrar en la tierra por haber hablado inconsideradamente con sus labios.

Será muy conveniente para todos nosotros examinar minuciosamente, en la presencia de Dios, esa gran verdad práctica. Podemos estar seguros de que, cuanto más penetremos en el conocimiento de la gracia, tanto más sentiremos la solemnidad del gobierno de Dios y encontraremos enteramente justificados sus decretos. De esto estamos completamente convencidos. Pero hay un peligro inminente de admitir, de una manera ligera y sin cuidado, la doctrina de la gracia, mientras que el corazón y la vida no se hayan sometido a la influencia santificadora de tal doctrina. Hemos de vigilar cuidadosamente ese peligro con celo santo. No hay cosa más terrible que la simple familiaridad carnal con la doctrina de la salvación por gracia. Abre la puerta a toda clase de abusos. De ahí que sintamos la necesidad de grabar en la conciencia del lector la verdad práctica del gobierno de Dios. Es muy conveniente en todo tiempo, pero muy especialmente en nuestros días, en los que hay una terrible tendencia a convertir «la gracia de nuestro Dios en libertinaje» (Judas 4). Notaremos invariablemente que aquellos que mejor saben apreciar las bendiciones de la gracia, más cordialmente justifican los decretos del gobierno divino.

En las últimas líneas de nuestro capítulo podemos ver que el pueblo de ningún modo estaba dispuesto a someterse a la mano gubernamental de Dios. No quería plegarse a la gracia ni someterse al gobierno. Cuando se le llamó a subir inmediatamente y tomar posesión de la tierra con la completa seguridad de que la presencia y poder divinos le acompañaría, duda, rehúsa y se deja llevar por un espíritu de incredulidad. En vano Josué y Caleb hacen llegar a sus oídos las más alentadoras palabras; en vano exhiben ante sus ojos el rico fruto de aquella buena tierra; en vano intenta Moisés incitarlos con las más conmovedoras palabras; Israel no quiere subir cuando se les manda hacerlo. ¿Qué ocurre entonces? Por sus propias palabras fueron juzgados. Les fue hecho según su incredulidad. «Y vuestros niños, de los cuales dijisteis que servirían de botín, y vuestros hijos que no saben hoy lo bueno ni lo malo, ellos entrarán allá, y a ellos la daré, y ellos la heredarán. Pero vosotros volveos e id al desierto, camino del mar Rojo» (v. 39-40).

2.15 - Confesión superficial y circunstancial

¡Qué triste! Pero, ¿qué otro resultado podía esperarse? Si ellos no querían entrar en la tierra a impulsos de una fe sencilla, no les quedaba más recurso que volver al desierto. Y no querían someterse a ello. No querían aprovechar las provisiones de la gracia ni tampoco doblegarse bajo la sentencia del juicio. «Entonces respondisteis y me dijisteis: Hemos pecado contra Jehová; nosotros subiremos y pelearemos, conforme a todo lo que Jehová nuestro Dios nos ha mandado. Y os armasteis cada uno con sus armas de guerra, y os preparasteis para subir al monte» (v. 41).

Esto parecía ser un acto de contrición y de arrepentimiento, pero era hueco y falso. Es muy fácil decir: «Hemos pecado». Saúl lo dijo más tarde; pero lo dijo sin un verdadero sentido del valor de las palabras «he pecado», como se ve por lo que siguió a continuación: «pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo» (1 Sam. 15:30). ¡Qué extraña contradicción! «He pecado» y, sin embargo, «hónrame». Si en realidad Saúl hubiera sentido su falta, ¡cuán diferente habría sido su lenguaje! ¡Cuán diferente su ánimo, su estilo, su conducta! Pero todo era una solemne burla. Esa forma de lenguaje solo se concibe en un hombre lleno de egoísmo, sin un ápice de verdadero sentimiento; y luego, a fin de verse honrado por los demás, cumple con la hueca forma de adorar a Dios. ¡Qué cuadro! ¿Puede haber algo más triste? ¡Cuán terriblemente ofensivo para Aquel que desea la verdad en lo íntimo y que busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad! El más débil vagido de un corazón quebrantado y contrito es precioso a los ojos de Dios, pero ¡cuán ofensivas, en cambio, las huecas formalidades de una religiosidad que se proponga exaltar al hombre a sus propios ojos y a los ojos de los demás! ¡Cuán enteramente inútil es la mera confesión de labios cuando el corazón no la siente! Un escritor ha dicho con razón: “Es cosa fácil decir: hemos pecado; pero ¡cuán a menudo descubrimos que no es la ligera confesión del pecado lo que proporciona la evidencia de que el pecado es sentido! Al contrario; más bien demuestra dureza de corazón. La conciencia siente que es necesario un cierto acto de confesión del pecado, pero tal vez no hay nada que endurezca más el corazón que el hábito de confesar el pecado sin sentirlo. Una de las mayores celadas de la cristiandad es el hábito de repetir, por medio de una fórmula, un estereotipado reconocimiento del pecado. Me atrevo a decir que casi todos hemos hecho esto mismo, pues, sin necesidad de fórmulas escritas, el corazón natural puede forjarse sus propias formas para su uso”.

Así aconteció con Israel en Cades. Su confesión de pecado carecía de todo valor. No era sincera. Si hubiesen sentido lo que decían se habrían sometido al juicio de Dios y habrían aceptado humildemente las consecuencias de su pecado. No hay mejor prueba de verdadera contrición que someterse a los designios gubernamentales de Dios. Véase el caso de Moisés. Obsérvese cómo inclinó su frente ante la disciplina divina. «También contra mí» –dice Moisés– «se airó Jehová por vosotros, diciendo: Tampoco tú entrarás allá. Josué, hijo de Nun, el cual te sirve, él entrará allá; anímale, porque él la hará heredar a Israel» (v.37-38).

Aquí Moisés les manifiesta que ellos eran la causa de que él hubiese sido excluido de la tierra y con todo no emplea ninguna palabra de queja o murmuración, sino que humildemente se inclina ante el juicio divino, no solo resignado a ser sustituido por otro, sino que está dispuesto a apoyar y animar a su sucesor. No hay indicio alguno de celos ni de envidia en sus palabras. Era bastante para aquel querido y honroso siervo que Dios fuese glorificado y que la congregación tuviese lo que necesitaba. Para nada tuvo en cuenta su persona ni sus intereses, sino solo la gloria de Dios y el bienestar de su pueblo.

Pero el pueblo manifestaba un espíritu muy diferente. «Nosotros subiremos y pelearemos». ¡Qué petulancia! ¡Qué locura! Cuando Dios les había ordenado que subieran, y sus fieles servidores les habían alentado a subir y poseer la tierra, contestaron: «¿Adónde subiremos?». Luego, cuando se les ordena que vuelvan al desierto, contestan: «Nosotros subiremos y pelearemos».

2.16 - Solemne enseñanza

«Y Jehová me dijo: Diles: No subáis, ni peleéis, pues no estoy entre vosotros; para que no seáis derrotados por vuestros enemigos. Y os hablé, y no disteis oído; antes fuisteis rebeldes al mandato de Jehová, y persistiendo con altivez subisteis al monte. Pero salió a vuestro encuentro el amorreo, que habitaba en aquel monte, y os persiguieron como hacen las avispas, y os derrotaron en Seir, hasta Horma» (v. 42-44).

Era imposible que Jehová los acompañase en el camino del voluntarismo y la rebelión, y era seguro que Israel, sin la presencia de Dios, no podía medirse con los amorreos. Si Dios es por nosotros y con nosotros, venceremos siempre. Pero no podremos contar con Dios si no andamos por el sendero de la obediencia. Es simplemente el colmo de la locura pensar que Dios pueda estar con nosotros si nuestros caminos no son rectos. «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo y será levantado» (Prov. 18:10). Pero si nosotros no andamos conforme a una justicia práctica, es una presunción decir que el Señor es nuestra torre fuerte.

Bendito sea su Nombre, él puede aceptarnos a pesar de todas nuestras debilidades y de nuestro fracaso, con tal que haya una confesión cordial y verdadera de nuestro estado. Pero creer que el Señor está con nosotros mientras hacemos nuestra voluntad y andamos en palpable injusticia, no es otra cosa que maldad y dureza de corazón. «Confía en Jehová y haz bien» (Sal. 37:3). Tal es el orden divino, pero hablar de confiar en Dios mientras se hace lo malo, eso es convertir la gracia de nuestro Dios en libertinaje y ponernos en manos del diablo, quien solo busca nuestra ruina moral. «Los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él» (2 Crón. 16:9). Cuando tenemos buena conciencia podemos levantar la cabeza y avanzar a través de toda clase de dificultades; pero intentar andar por la senda de fe con mala conciencia, es lo más peligroso del mundo. Solo podemos mantener en alto el escudo de la fe si nuestros lomos están ceñidos de verdad y el pecho cubierto con la cota de justicia.

Es muy importante que los cristianos procuren mantener la justicia práctica en todos sus detalles. Hay un inmenso valor y peso moral en las palabras del apóstol Pablo: «En esto también me esfuerzo, para tener siempre una conciencia sin ofensa para con Dios y los hombres» (Hec. 24:16). Él siempre procuraba llevar la cota de justicia y andar vestido con el lino fino que es la justicia de los santos. Nosotros debemos hacer lo mismo. Es nuestro santo privilegio recorrer día tras día con firme paso la senda del deber, de la obediencia, la senda en la cual resplandece siempre la luz del rostro de Dios que revela aprobación. Entonces, con seguridad, podremos contar con Dios, apoyarnos en él, depender de él, hallar en él todos nuestros recursos, envolvernos en su fidelidad y avanzar así, en pacífica comunión y santa adoración hacia nuestra patria celestial.

Repitámoslo: no es que no podamos mirar a Dios en nuestra debilidad, en nuestras caídas y aun en nuestros errores y pecados. Podemos y debemos hacerlo; su oído está siempre atento a nuestro clamor. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1:9). «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas. Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Sal. 130:1-4). No hay absolutamente límite alguno para el perdón divino, puesto que no hay límite para la extensión de la expiación; no hay límite para la virtud y eficacia de la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que limpia de todo pecado; no hay límite para la eficacia de la intercesión de nuestro adorable Abogado, nuestro Sumo Sacerdote, quien puede salvar hasta lo sumo a los que por él se allegan a Dios.

Todas estas verdades están ampliamente expuestas e ilustradas de diversas maneras en todo el inspirado volumen. Pero la confesión del pecado y el perdón del mismo no deben ser confundidos con la justicia práctica. Son dos las distintas condiciones en las que podemos dirigirnos a Dios: podemos invocarle con profunda contrición, y ser oídos; o podemos clamar a él con una buena conciencia, con corazón que no nos condene, y ser también oídos. Pero los dos casos son muy distintos, y no solamente distintos en sí mismos, sino que ambos están en marcado contraste con la indiferencia y dureza de corazón del que presume contar con Dios a pesar de su positiva desobediencia y de la injusticia práctica. Es esto lo que resulta tan terrible a los ojos de Dios y lo que atraerá su duro juicio. Él reconoce y aprueba la justicia práctica; él perdona gratuita y completamente el pecado confesado; pero creer que podamos poner nuestra confianza en Dios mientras nuestros pies estén andando por el camino de la iniquidad, no es otra cosa que una espantosa impiedad. «No fieis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este. Pero si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimiereis al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro, os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre. He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones?» (Jer. 7:4-10).

Dios quiere realidades morales. Él desea la verdad en lo íntimo; y si los hombres pretenden tenerla y andan en la impiedad, deben esperar su justo castigo. Este pensamiento nos hace temblar por la situación de la iglesia profesa. El solemne pasaje del profeta Jeremías que acabamos de citar, aunque se refiere primariamente a los habitantes de Judá y más especialmente a los de Jerusalén, tiene también una aplicación muy marcada para la cristiandad. En el capítulo 3 de la segunda carta a Timoteo vemos que todas las abominaciones del paganismo, enumeradas al final del capítulo 1 de Romanos, serán reproducidas en los últimos días con los hábitos de la profesión cristiana y en relación inmediata con una «forma de piedad». ¿Cuál ha de ser el fin de esta situación? La ira sin remisión. Los más severos juicios de Dios están reservados para esa gran masa de profesos bautizados a la que llamamos cristiandad. Se aproxima rápidamente el momento en que los amados hijos de Dios, rescatados por la sangre de Cristo, serán arrebatados de este mundo culpable y pecador, aunque quiera llamarse «cristiano», para estar por siempre con el Señor en las moradas divinas preparadas en la casa del Padre. Entonces «el poder engañoso» (2 Tes. 2:11) será enviado sobre la cristiandad, sobre las mismas naciones en las cuales resplandecía la luz de la verdad con todo su esplendor; donde se predicaba libre y plenamente el Evangelio; donde la Biblia circulaba por millones de ejemplares, y donde todos, más o menos, profesaban el nombre de Cristo y se llamaban a sí mismos cristianos.

Y después ¿qué? ¿Qué seguirá a ese «poder engañoso?». ¿Algún nuevo testimonio? ¿Otras dispensaciones de misericordia? ¿Nuevo esfuerzo de gracia longánima? ¡No para la cristiandad! ¡No para los que han rechazado el Evangelio de Dios! ¡No para los profesos de unas formas de cristianismo sin Dios y sin Cristo, vacías y sin valor ninguno! Los paganos oirán el «evangelio eterno», el «evangelio del reino»; pero, para esa terrible cosa, la más pavorosa anomalía llamada cristianismo, la «viña de la tierra», nada queda sino el lagar de la ira del Dios Todopoderoso, la negrura de la obscuridad para siempre, el lago ardiendo en fuego y azufre.

Lector, estos son los verdaderos dichos de Dios. Nada más fácil que colocar ante sus ojos un número de pruebas bíblicas del todo incontestables, pero esto sería ajeno a nuestro presente propósito. El Nuevo Testamento, del principio al fin, expone la solemne verdad arriba enunciada; y cualquier sistema de teología que enseñe cosa distinta será, en este punto al menos, completamente falso.

3 - Capítulo 2: Volveos al norte

3.1 - Incredulidad y fe

En las últimas líneas del capítulo 1 se nos presenta al pueblo llorando delante de Jehová. «Y volvisteis y llorasteis delante de Jehová, pero Jehová no escuchó vuestra voz, ni os prestó oído. Y estuvisteis en Cades por muchos días, los días que habéis estado allí» (1:45-46).

No había más sinceridad en sus lágrimas que en sus palabras. No era de más crédito su llanto que su confesión. Se da el caso de que muchos confiesen y viertan lágrimas sin un verdadero sentimiento del pecado en presencia de Dios. Esto es muy grave. En realidad, es burlarse de Dios. Sabemos que un corazón verdaderamente contrito es de su agrado. Con el tal se complace en habitar. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Sal. 51:17). Las lágrimas que fluyen de un corazón arrepentido son mucho más preciosas para Dios que los millares de animales en los collados (Sal. 50:10), ya que aquellas prueban que hay sitio para él en ese corazón, y eso es lo que él busca en su infinita gracia. Quiere habitar en nuestros corazones y llenarnos del profundo e inefable gozo de su muy bendita presencia.

Pero ni la confesión ni las lágrimas de Israel en Cades eran sinceras, y, por lo tanto, el Señor no podrá aceptarlas. El más débil grito de un corazón quebrantado asciende directamente al trono de Dios, quien le responde inmediatamente con el bálsamo sanador y calmante de su amor perdonador; pero, cuando la confesión y las lágrimas van juntas con la voluntad propia y con la rebeldía, no solo carecen de todo valor, sino que son un verdadero insulto a la divina Majestad.

Así, pues, el pueblo tuvo que retroceder hacia el desierto y peregrinar allí durante cuarenta años. No quedaba otra alternativa. No habían querido subir a aquella tierra con fe sencilla, en compañía de Dios, y él no quiso acompañarlos cuando subieron con obstinación y confianza en sí mismos. Por lo tanto, no tuvieron más remedio que aceptar las consecuencias de su desobediencia. Ya que no habían querido entrar en la tierra, debían caer en el desierto.

¡Cuán grave es todo esto! ¡Cuán solemne es el comentario que el Espíritu Santo hace al respecto en los capítulos 3 y 4 de Hebreos! ¡Cuán directamente y con cuánta validez se aplica a nosotros! Vamos a transcribir el pasaje para mayor fruto del lector: «Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: «Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión, como en el día de la tentación en el desierto; donde me tentaron vuestros padres poniéndome a prueba, y vieron mis obras durante cuarenta años. Por lo cual me indigné contra aquella generación, y dije: Siempre se extravían en su corazón, y no han conocido mis caminos. De manera que juré en mi ira: ¡No entrarán en mi descanso!» Mirad hermanos, no sea que haya en alguno de vosotros un corazón malo de incredulidad, que le haga abandonar al Dios vivo; sino exhortaos los unos a los otros cada día, mientras tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado; porque hemos llegado a ser compañeros de Cristo, si retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza; en tanto que se dice: Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. Porque, ¿quiénes fueron los que habiéndolo oído lo provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto conducidos por Moisés? ¿Y con quiénes se irritó durante cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cadáveres cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad. Temamos, pues, no sea que quedando aún una promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también se nos ha predicado la buena nueva como a ellos; pero a ellos no les sirvió el oír la palabra, por no estar mezclada con fe en los que la oyeron» (3:7-19 y 4:1-2).

Aquí, como en todas las páginas del Libro inspirado, se nos enseña que la incredulidad es la cosa que entristece el corazón de Dios y deshonra su Nombre. Y no solo esto, sino que nos priva de las bendiciones, las dignidades y los privilegios que la gracia infinita otorga. Tenemos escasa idea de lo mucho que perdemos, en todo concepto, por causa de nuestra incredulidad. Exactamente como en el caso de Israel: la tierra estaba ante ellos con toda su fecundidad y belleza, y se les mandó que subieran y tomaran posesión, pero «no pudieron entrar a causa de su incredulidad»; así también nosotros a menudo no gozamos de la plenitud de bendiciones que la gracia soberana pone a nuestro alcance. Los tesoros del cielo están abiertos ante nosotros, pero no alcanzamos a apropiárnoslos. Somos pobres, débiles, desprovistos y estériles, cuando deberíamos ser ricos, fuertes, satisfechos y fecundos. Somos enriquecidos con todas las bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo (Efe. 1:3), mas de ellas no nos apoderamos como deberíamos y, por tanto, permanecemos pobres y débiles.

Por eso, a causa de nuestra incredulidad, ¡cuánto perdemos en relación con la obra del Señor a nuestro rededor! En el evangelio leemos que nuestro bendito Señor no pudo hacer grandes obras en cierto lugar a causa de la incredulidad de ellos. ¿Esto no nos dice nada? ¿No le impedimos también, a causa de incredulidad, que él obre? Alguno dirá tal vez que el Señor hará su obra a pesar de nuestra falta de fe; que él, a pesar de nuestra incredulidad separará al que es suyo y completará el número de los elegidos; que todo el poder de la tierra y de la gehena, de los hombres y de los demonios juntos no puede impedir el cumplimiento de sus consejos y propósitos; y que, en cuanto a su obra, se hace «no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu» (Zac. 4:6). Los esfuerzos humanos son vanos, y la causa del Señor jamás progresará por incitaciones naturales.

Bien, todo esto es verdad, pero deja enteramente intacta la inspirada sentencia ya citada: «Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su incredulidad» (Mat. 13:58). ¿No perdieron aquellas personas grandes bendiciones por causa de su incredulidad? ¿No impidieron que se hicieran grandes bienes? Debemos tener mucho cuidado para no dejarnos llevar por la influencia de un pernicioso fatalismo que, con ciertas apariencias de verdad, es enteramente falso, ya que niega toda responsabilidad humana y paraliza toda santa energía en favor de la causa de Cristo. Hemos de tener siempre presente que aquel mismo que, en sus eternos consejos, ha decretado los fines, ha señalado también los medios; y si nosotros, a raíz de la pecaminosa incredulidad de nuestros corazones, y merced a la influencia de una verdad parcial nos cruzamos de brazos y descuidamos los medios, él nos pondrá a un lado y hará cumplir su obra valiéndose de otras manos. Él obrará –bendito sea su santo nombre– pero nosotros perderemos el honor, el privilegio y la bendición de ser sus instrumentos.

Véase la conmovedora escena descrita en el capítulo 2 de Marcos. Es un ejemplo sorprendente del gran principio que deseamos inculcar al lector. Demuestra el poder de la fe en relación con la obra del Señor. Si los cuatro hombres cuya conducta se describe en dicho capítulo, se hubiesen dejado influenciar por un dañoso fatalismo, hubiesen convenido en que no era necesario hacer nada; si el paralítico debía ser curado, lo sería sin ningún esfuerzo humano. ¿Por qué debían molestarse en subir a lo alto de la casa, descubrir el tejado y bajar al enfermo ante Jesús? ¡Ah! fue muy conveniente para el enfermo y también para ellos que no obraran de acuerdo con aquel falaz razonamiento. ¡Véase lo que obró su hermosa fe! Reconfortó el corazón del Señor Jesús; llevó al enfermo al lugar de la curación, del perdón y de otras bendiciones; dio ocasión a que se desplegase el poder divino que llamó la atención de todos los presentes, y dio testimonio a la gran verdad de que Dios estaba en la tierra en la persona de Jesús de Nazaret, curando enfermos y perdonando pecados.

Muchos otros ejemplos podrían ofrecerse, pero no hay necesidad de ellos. Toda la Escritura proclama el hecho de que la incredulidad impide nuestra bendición, dificulta que seamos útiles, nos priva del honroso privilegio de ser instrumentos de Dios y de ver las operaciones de su poder y de su Espíritu alrededor de nosotros. Por otro lado, la fe atrae bendiciones y poder, no solo para nosotros mismos sino también para otros; y así glorifica y gratifica a Dios, dando lugar al despliegue del poder divino. En una palabra, nada limitaría la bendición que podríamos gozar de parte de Dios, si nuestros corazones fuesen siempre gobernados por la fe sincera que cuenta siempre con él y que él se complace en honrar. «Conforme a vuestra fe, os sea hecho» (Mat. 9:29). ¡Preciosas palabras que conmueven el alma! ¡Ojalá que ellas nos animen a aprovechar más y más abundantemente los inagotables recursos que tenemos en Dios! Él se complace en que Lo utilicemos, ¡bendito sea para siempre su santo nombre! Su palabra nos dice: «Abre tu boca, y yo la llenaré» (Sal. 81:10). Nunca será excesivo lo que pidamos al Dios de toda gracia que nos dio a su Hijo unigénito y nos dará con él libremente todas las cosas.

Pero los hijos de Israel no pudieron creer que Dios les haría entrar en la tierra prometida, pretendieron hacerlo por sus propias fuerzas, y el resultado fue que se desbandó ante sus enemigos. Así sucederá siempre. La arrogancia y la fe son dos cosas totalmente diferentes: la primera solo puede conducir a la derrota y la confusión; la otra a segura y cierta victoria.

3.2 - Sumisión a la voluntad de Dios

«Luego volvimos y salimos al desierto, camino del mar Rojo, como Jehová me había dicho; y rodeamos el monte de Seir por mucho tiempo» (v. 1). Hay una gran belleza moral en esa asociación con que Moisés se identifica por completo con el pueblo. Él, así como Josué y Caleb, tuvieron que volver atrás, camino del desierto, en compañía de la incrédula congregación. Esto, según el criterio humano, parecerá duro; pero podemos estar seguros de que era bueno y provechoso. Hay siempre gran bendición en el hecho de inclinarnos ante la voluntad de Dios, aunque no siempre podamos comprender el cómo y el porqué de las cosas. No leemos que esos honrosos siervos de Dios expresaran una sola palabra de murmuración al verse obligados a volver al desierto durante cuarenta años, a pesar de que estuvieron dispuestos a subir para poseer la tierra. No; ellos se limitaron simplemente a volver atrás. Y bien podían hacerlo, ya que el propio Jehová hizo lo mismo. ¿Cómo podían pensar en quejarse, cuando veían la presencia del Dios de Israel dando la vuelta hacia el desierto? Ciertamente la gracia paciente y la misericordia de Dios muy bien debió de enseñarles a aceptar de buen grado una prolongada estancia en el desierto y a esperar el bendito momento de entrar en la tierra prometida.

Es siempre una gran cosa someternos mansamente a la mano de Dios. Estamos seguros de levantar una rica cosecha de bendiciones con tal ejercicio. El verdadero secreto del descanso consiste, según él mismo nos lo enseña, en tomar sobre nosotros el yugo de Cristo. «¡Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os daré descanso! Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí; porque soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave, y ligera mi carga» (Mat. 11:28-30).

¿Cuál era este yugo? Era la absoluta y completa sujeción a la voluntad del Padre. Eso es lo que vemos con toda perfección en nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo. Él pudo decir: «Sí, Padre, porque así te pareció bien» (Lucas 10:21). Eso era para él lo principal: «así te pareció bien». Esto lo explica todo. ¿Su testimonio era rechazado? ¿Parecía que trabajaba en vano, gastando sus fuerzas para nada? ¿Qué dice, pues? «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Todo estaba bien. Lo que complacía al Padre le complacía a él. Jamás tuvo un pensamiento o un deseo que no estuviese en perfecta consonancia con la voluntad de Dios. Por eso, como hombre, gozaba siempre de perfecto descanso. Descansaba en los consejos y propósitos divinos. El río de su paz corrió completamente tranquilo del principio al fin.

Tal era el yugo de Cristo que, en su infinita gracia, él nos invita a tomar sobre nosotros, a fin de que también podamos hallar descanso para nuestras almas. Notemos las palabras «hallaréis descanso» y procuremos comprender su significación. No debemos confundir el «descanso» que él nos da con el descanso que nosotros hallamos. Cuando el alma cansada y cargada acude a Jesús con sencilla fe, él le da descanso, un descanso estable que mana de la completa seguridad de que todo está hecho; que los pecados son quitados para siempre; que la justicia perfecta ha sido cumplida, revelada y concedida; que toda cuestión está divina y eternamente resuelta, y ello por la eternidad; Dios es glorificado; Satanás ha sido reducido a silencio; la conciencia es tranquilizada.

Tal es el descanso que Jesús da cuando acudimos a él. Pero luego debemos atravesar las circunstancias de nuestra vida diaria. En ella hay pruebas, dificultades, trabajos, combates, fracasos y reveses de toda clase. Ninguna de estas cosas puede afectar en lo más mínimo el descanso que Jesús da, pero sí pueden alterar seriamente el descanso que procuramos. Ellas no turbarán nuestras conciencias, pero pueden perturbar en gran manera nuestro corazón; pueden desasosegarnos, encolerizarnos, impacientarnos. Por ejemplo: Yo debo predicar en Glasgow, pues así está anunciado; pero heme aquí recluido por enfermedad en una alcoba de Londres. Esto no turba en lo más mínimo mi conciencia, pero turba en gran manera mi corazón; puedo estar en febril agitación y a punto de exclamar: “¡Qué fastidio! ¡Qué terrible contratiempo! ¿Qué haré? ¡Qué fatalidad!”.

Y ¿cómo saldré de esta condición? ¿Cómo podré tranquilizar mi corazón y calmar la excitación de mi ánimo? ¿Qué necesito ante todo? Hallar descanso. Y ¿cómo podré hallar ese descanso? Inclinándome y tomando sobre mí el precioso yugo de Cristo; el mismo yugo que él llevó siempre en los días de su carne; el yugo de una completa sumisión a la voluntad de Dios. Necesito la capacidad de decir, sin un átomo de reserva, desde lo más profundo de mi alma: “Hágase, Señor, tu voluntad”. Necesito de un tan profundo sentido de su perfecto amor por mí, y de su infinita sabiduría en todas sus relaciones conmigo, que yo no querría que las cosas fuesen de otra manera, aunque estuviese en mi poder cambiarlas; sí, que yo no querría mover un dedo para cambiar mi posición o mis circunstancias, sintiendo que es mucho mejor para mí hallarme en el lecho de dolor en Londres que hablando desde un púlpito en Glasgow.

El profundo y precioso secreto del descanso del corazón, en contraste con la agitación, estriba en la simple posibilidad de dar gracias a Dios por todo, por más contrario que sea a nuestra voluntad y a los planes que habíamos trazado. No es un mero asentimiento a la verdad de que «todas las cosas cooperan juntas para el bien de los que aman a Dios, los que son llamados según su propósito» (Rom. 8:28). Es el sentimiento positivo, la realización actual del hecho divino de que las cosas que Dios determina son las mejores para nosotros. Es un perfecto descanso en el amor, la sabiduría, el poder y la fidelidad de Aquel que ha tomado a su cargo, del modo más benévolo, todas nuestras cosas y se ha encargado de todo cuanto nos concierne tanto ahora como por la eternidad. Sabemos que el amor hará siempre lo más conveniente para el ser amado. ¿Qué será tener a Dios mismo haciendo lo mejor para nosotros? ¿Qué corazón podrá no estar satisfecho con lo mejor de Dios, si conoce algo de Él?

Pero es preciso conocerle antes de que el corazón pueda quedar satisfecho con Su voluntad. Eva, en el huerto del Edén, engañada por la serpiente, se sintió disconforme con la voluntad de Dios. Deseó algo que él le había prohibido; y el diablo se encargó de proporcionarle lo que deseaba. Ella pensó que Satanás la trataría mejor que Dios. Creyó ganar con el cambio, deshaciéndose de las manos de Dios para ponerse entre las de Satanás. Es imposible, pues, que un corazón no renovado pueda descansar en la voluntad de Dios. Si escudriñamos el fondo del corazón humano no encontraremos ni un solo pensamiento que esté de acuerdo con la voluntad de Dios. Y aun en el caso del verdadero cristiano, solo cuando la gracia de Dios le capacita para amortiguar la propia voluntad, para considerarse como muerto y para andar en el Espíritu, podrá deleitarse en la voluntad de Dios y darle gracias en todos los casos. Es una de las más hermosas evidencias del nuevo nacimiento poder decir sin la menor restricción, en lo tocante a los designios de Dios para con nosotros: «Sea hecha tu voluntad» (Mat. 6:10). «Sí, Padre, porque así te pareció bien» (Lucas 10:21). Cuando el corazón está en esa disposición, Satanás no puede agitarle. Es una gran cosa poder decirle al diablo y al mundo, no con los labios tan solo, sino en realidad y en verdad: “estoy perfectamente satisfecho con la voluntad de Dios”.

Esta es la manera de encontrar el descanso. Es el remedio divino para esa inquietud, ese espíritu de agitación, de descontento que desgraciadamente es tan frecuente por todas partes. Es un perfecto remedio para la ambición inquieta tan opuesta al espíritu de Cristo, pero tan característica del hombre de este mundo.

Querido lector, cultivemos con santa diligencia ese espíritu de mansedumbre y humildad, de tanta estima a los ojos de Dios; ese espíritu que se inclina ante su voluntad en todo, y que lo justifica en todos sus designios respecto a nosotros, sin importarle lo que acontezca. Entonces nuestra paz fluirá como las aguas de un río, y el nombre de nuestro Señor Jesucristo será glorificado por nuestra conducta.

Antes de dejar este muy interesante y práctico tema, haremos notar que existen tres actitudes en las que el alma puede hallarse con respecto a los designios de Dios: la sumisión, el asentimiento y el regocijo. Cuando la voluntad está quebrantada, hay sumisión; cuando la inteligencia espiritual está iluminada en cuanto al propósito divino, hay asentimiento; y, cuando los afectos están ligados con Dios mismo, entonces hay positivo regocijo. Por eso leemos en el capítulo 10 de Lucas: «En ese instante Jesús se alegró en el Espíritu Santo, y dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños! ¡Sí, Padre, porque así te pareció bien!» (v. 21). Este ser bendito encontraba su perfecta delicia en toda la voluntad de Dios. Su comida y su bebida era hacer esa voluntad a toda costa. En el servicio o en el sufrimiento, en vida o en muerte, jamás tuvo otro motivo que la voluntad del Padre. Él podía decir: «Hago siempre las cosas que le agradan» (Juan 8:29). ¡Loor eterno y universal a su nombre sin par!

Prosigamos ahora con nuestro capítulo.

3.3 - Dios conduce en todas las cosas al pueblo

«Y Jehová me habló, diciendo: Bastante habéis rodeado este monte; volveos al norte» (v. 2-3).

La palabra del Señor lo determinaba todo. Fijaba el plazo en el cual el pueblo debía permanecer en un sitio dado, como así también hacia dónde habían de dirigir luego sus pasos. No tenían necesidad de calcular o hacer planes acerca de sus movimientos. Eso era responsabilidad y prerrogativa de Jehová, quien lo disponía todo; la responsabilidad de ellos era obedecer. No se mencionan aquí ni la nube ni la trompeta. Solo era cuestión de la palabra de Dios y la obediencia de Israel.

Nada puede haber más precioso para un hijo de Dios –siempre que el corazón esté en una condición conveniente– que ser guiado en todos sus movimientos por mandato divino. Ello evita una multitud de angustias y perplejidades. En el caso de los israelitas, quienes debían viajar por un grande y terrible desierto en el cual no había sendero alguno, era una gracia inefable tener ordenados por un Guía infalible todos sus movimientos, todos sus pasos y todos sus altos para acampar. No tenían necesidad de preocuparse de sus movimientos, ni del tiempo que debían permanecer en un lugar determinado ni adónde debían ir después. Jehová lo disponía todo por ellos y ellos no tenían más que esperar en él y hacer lo que se les mandaba.

Sí, lector, esta era la gran condición: un corazón confiado y obediente. Si este fallara, estarían expuestos a toda clase de cuestiones, discusiones y rebeldes actividades. Si cuando Dios dijo: «Bastante habéis rodeado este monte» hubiese contestado Israel: “No, queremos rodearlo un poco más; estamos muy cómodos aquí y no deseamos hacer ningún cambio”, o bien, cuando Dios dijo: «Volveos al norte» ellos hubiesen replicado: “No; preferimos marchar hacia el este”, ¿cuál habría sido el resultado? Habrían perdido la divina compañía, y ¿quién entonces les habría guiado, ayudado y alimentado? Solo andando en el camino indicado por el mandato divino podían contar con la presencia de Dios entre ellos. Si hubiesen preferido ir por donde mejor les parecía, solo tendrían hambre, desolación y tinieblas. El agua que manaba de la roca y el maná celestial solo podían encontrarse en la senda de la obediencia.

Nosotros, los cristianos, hemos de sacar de todo esto una enseñanza saludable, necesaria y valiosa. Gozamos del dulce privilegio de tener nuestro camino señalado día tras día por la autoridad divina. Debemos estar completamente seguros de ello. No hemos de permitir que se nos despoje de esta rica bendición por los caprichosos razonamientos de la incredulidad. Dios ha prometido guiarnos, y su promesa es el Sí y el Amén. A nosotros solo nos toca apropiarnos esa promesa con la más sencilla fe. Es ella tan real, tan sólida y tan verdadera como solo Dios puede hacerla. No podemos admitir ni un momento que Israel en el desierto estuviese en mejor situación, en materia de guía, que el celestial pueblo de Dios en su pasaje a través de este mundo. ¿Cómo sabía Israel la dirección de marcha y duración de sus altos? Por la palabra de Dios. ¿Estamos nosotros en peor estado? Al contrario. Estamos en mucho mejor situación que ellos: tenemos la Palabra y el Espíritu de Dios para guiarnos. A nosotros nos corresponde el elevado y santo privilegio de andar en las pisadas del Hijo de Dios.

¿No es esta acaso una guía perfecta? Sí, gracias a Dios, lo es. Oigamos lo que nos dice nuestro adorable Señor Jesucristo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). Notemos esas palabras: «el que me sigue». Él nos ha dejado ejemplo para que sigamos sus pisadas. Esta es una guía viviente. ¿Cómo anduvo Jesús? Siempre y tan solamente según el mandato de su Padre. Eso era lo que le hacía obrar y hablar.

Nosotros somos exhortados a seguirle y su propia Palabra asegura que, al hacerlo no andaremos en tinieblas, ¡sino que tendremos la luz de la vida! ¡Preciosas palabras! «La luz de la vida». ¿Quién puede sondear sus vivas profundidades? ¿Quién es capaz de apreciar debidamente su valor? «Las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya brilla» (1 Juan 2:8), y nos corresponde a nosotros andar en el pleno resplandor de la luz que alumbra el camino del Hijo de Dios. ¿Hay en esto alguna inseguridad, alguna perplejidad, algún motivo de duda? Evidentemente no. ¿Cómo podría ser, si nosotros le seguimos? Es del todo imposible conciliar ambas ideas.

Y nótese bien que de ningún modo se trata aquí de tener un texto literal de la Escritura para dirigir cada movimiento o cada acto nuestro. Por ejemplo: yo no puedo esperar que haya un texto en la Escritura o que venga una voz del cielo para indicarme que vaya a Londres o a Edimburgo y cuánto tiempo he de permanecer allí. ¿Cómo, pues –se preguntará–, puedo saber adónde he de ir y cuánto tiempo he de permanecer donde vaya? La respuesta es: esperar en Dios con sinceridad de intención y simplicidad de corazón, y él hará que usted vea su camino tan claro como un rayo de sol. Esto es lo que hacía Jesús, y si le seguimos no andaremos en tinieblas. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (Sal. 32:8) es la preciosa promesa; pero, para sacar provecho de ella, hemos de estar lo bastante cerca de él para discernir los movimientos de sus ojos y en una intimidad con él que me permita comprender lo que significan.

Eso sucede en todos los detalles de la vida diaria. Responde a miles de cuestiones y resuelve miles de dificultades, con tal que esperemos la divina guía y no demos un paso sin ella. Si no tengo luz para moverme, mi deber es permanecer quieto. No debemos nunca movernos en la incertidumbre. Ocurre a menudo que nos fatigamos con movimientos o acciones cuando Dios querría que estuviéramos quietos y que no hiciéramos nada. Consultamos a Dios acerca de ello, y no obtenemos respuesta; nos dirigimos a nuestros amigos en busca de consejo, pero ellos no pueden ayudarnos porque es esta una cuestión entre nuestra alma y el Señor. Por tal motivo nos vemos asaltados por dudas y ansiedades. Y ¿por qué? Pues sencillamente porque nuestro ojo no es bueno, no seguimos a Jesús «la luz del mundo». Deberíamos establecerlo como un principio fijo, como un precioso axioma en la vida divina: que si seguimos a Jesús tendremos la luz de la vida. Él lo ha dicho, y esto le basta a la fe.

Por lo tanto, creemos estar perfectamente en lo cierto al establecer que Aquel que guio a su pueblo terrenal en sus peregrinaciones por el desierto, puede, y quiere en efecto, guiar a su pueblo celestial aquí en la tierra en todos sus movimientos y en todos sus caminos. Estemos atentos, pues, para no querer hacer nuestra voluntad o ejecutar nuestros propios planes. «No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti» (Sal. 32:9). Sea nuestro mayor deseo andar en las pisadas de nuestro bendito Salvador, quien no se complacía a sí mismo, sino que siempre se movía en la dirección de la voluntad divina y jamás obraba sin la divina autoridad; el cual, aunque era Dios mismo, bendito para siempre, con todo, al tomar su lugar como hombre en la tierra, renunció completamente a su propia voluntad y halló su comida y su bebida en el hecho de hacer la voluntad de su Padre. De este modo nuestros corazones y nuestros espíritus serán guardados en perfecta paz y podremos avanzar con paso firme, día tras día, por el camino que nos indica nuestro divino y siempre presente Guía, el cual no solo conoce, como Dios, cada paso del camino, sino que, como hombre, lo ha recorrido antes que nosotros y nos ha dejado ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 Pe. 2:21). ¡Ojalá que podamos seguirle con mayor fidelidad en todo, con la ayuda del Espíritu Santo que mora en nosotros!

3.4 - El gobierno de Dios:

3.4.1 - Edom, Moab y los hijos de Amón

Al llegar aquí, hemos de dirigir la atención del lector a un tema del más alto interés, tema que ocupa un lugar destacado en el Antiguo Testamento y que está ilustrado de modo patente en el capítulo abierto ante nuestros ojos, esto es, el gobierno del mundo por parte de Dios y la admirable ordenación de las naciones de la tierra. Es muy importante recordar que Aquel al cual conocemos como «el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» y como nuestro Dios y Padre, tiene un interés real, vivo y personal en los asuntos de las naciones; que él toma en cuenta sus actos y procederes de unas hacia otras.

Es cierto que todo esto está en inmediata relación con Israel y la tierra de Palestina, según lo leemos en el capítulo 32 de nuestro libro, versículo 8, pasaje de singular interés y de gran poder sugestivo. «Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel». Israel fue y será para Dios el centro de la tierra, y es un hecho sumamente interesante que, desde el mismo principio del mundo, según lo vemos en el Génesis, capítulo 10, el Creador y Gobernador del mundo formó las naciones y fijó sus términos –de acuerdo con su soberana voluntad– en directa relación con la simiente de Abraham y la porción de tierra que ellos habían de poseer en virtud del pacto eterno concertado con sus padres.

Mas en el capítulo 2 del Deuteronomio vemos a Jehová, en su fidelidad y justicia, interponiéndose para proteger a tres naciones distintas en el disfrute de sus derechos nacionales y contra la usurpación de su propio pueblo escogido. Y dice a Moisés: «Manda al pueblo, diciendo: Pasando vosotros por el territorio de vuestros hermanos los hijos de Esaú, que habitan en Seir, ellos tendrán miedo de vosotros; mas vosotros guardaos mucho. No os metáis con ellos, porque no os daré de su tierra ni aun lo que cubre la planta de un pie; porque yo he dado por heredad a Esaú el monte de Seir. Compraréis de ellos por dinero los alimentos, y comeréis; y también compraréis de ellos el agua, y beberéis» (v. 4-6).

Israel habría podido imaginarse que no tenían más que apoderarse de la tierra de Edom, pero debía aprender que el Altísimo es el Gobernador de todas las naciones, que toda la tierra le pertenece y que la distribuye como le place.

Este es un magnífico hecho digno de ser recordado. La mayor parte de los hombres piensan muy poco en esto. Emperadores, reyes, príncipes, gobernantes y hombres de Estado muy poco se inquietan por ello. Olvidan que Dios se interesa personalmente en los asuntos de las naciones; que él concede reinos, provincias y países como mejor le parece. Aquellos hombres obran, casi siempre, como si se tratase tan solo de resolver un problema de conquistas militares, y como si Dios nada tuviese que ver con la cuestión de los límites nacionales y posesiones territoriales. Es esta una grave equivocación. No comprenden la significación y la fuerza de esta simple sentencia: «Porque yo he dado por heredad a Esaú el monte de Seir». Dios no abdicará jamás sus derechos a este respecto. No permitió a Israel que tocase ni un átomo de la propiedad de Esaú. Como suele decirse, debían pagar al contado todo cuanto necesitasen, y seguir pacíficamente su camino. El pueblo de Dios no podía entregarse a la matanza y saqueo sin autorización.

Nótense las preciosas razones para todo esto: «Pues Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado» (v. 7). Bien podían, pues, dejar a Esaú tranquilo y respetar sus posesiones. Israel era objeto de los tiernos cuidados de Jehová. Él conocía cada paso que daban en su fatigoso viaje a través del desierto. Él, en su infinita bondad, había tomado sobre sí la responsabilidad de proveer a todas sus necesidades. Iba a darles la tierra de Canaán, según la promesa hecha a Abraham; pero la misma mano que iba a entregarles Canaán, había dado a Esaú el monte de Seir.

Exactamente lo mismo vemos que ocurre con referencia a las naciones de Moab y de Amón. «Y Jehová me dijo: No molestes a Moab, ni te empeñes con ellos en guerra, porque no te daré posesión de su tierra; porque yo he dado a Ar por heredad a los hijos de Lot». Y también: «Y cuando te acerques a los hijos de Amón, no los molestes, ni contiendas con ellos; porque no te daré posesión de la tierra de los hijos de Amón, pues a los hijos de Lot la he dado por heredad» (v. 9, 19).

Las tierras que aquí se señalan, en otros tiempos fueron habitadas por gigantes; pero Dios juzgó bueno dar esos territorios a los hijos de Esaú y de Lot, razón por la cual había exterminado a aquellos gigantes; porque ¿qué cosa o quién podrá interponerse en el camino de los consejos divinos? «Por tierra de gigantes fue también ella tenida; habitaron en ella gigantes en otro tiempo… pueblo grande y numeroso, y alto, como los hijos de Anac; a los cuales Jehová destruyó delante de los amonitas. Estos sucedieron a aquellos, y habitaron en su lugar, como hizo Jehová con los hijos de Esaú que habitaban en Seir, delante de los cuales destruyó a los horeos; y ellos sucedieron a estos, y habitaron en su lugar hasta hoy» (v. 20-23).

3.4.2 - Sehón, rey de Hesbón, amorreo

Así que a Israel no le fue permitido meterse en las posesiones de esas tres naciones: Edom, Amón y Moab. Pero en la siguiente sentencia vemos una cosa del todo diferente cuando se trata del pueblo amorreo. «Levantaos, salid, y pasad el arroyo de Arnón; he aquí he entregado en tu mano a Sehón, rey de Hesbón, amorreo, y a su tierra; comienza a tomar posesión de ella, y entra en guerra con él» (v. 24).

El gran principio que se desprende de esas variadas instrucciones impartidas a Israel es que la palabra de Dios es la que debe dirigirlo todo para su pueblo. Israel no debía entrar en averiguaciones acerca del porqué debían dejar intactas las posesiones de Esaú y de Lot y, en cambio, apoderarse de las de Sehón. Debían limitarse a hacer simplemente lo que se les mandaba. Dios puede hacer lo que le place. Su mirada abarca la escena universal. Él lo mira todo. Los hombres pueden creer que él se ha olvidado de la tierra, pero no la ha olvidado, bendito sea su nombre. Él es, según el apóstol nos lo dice en su discurso de Atenas, «Señor del cielo y de la tierra»; y «de uno hizo todas las naciones de los hombres, para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, fijando sus tiempos señalados y los límites de su habitación». Y más adelante: «Por cuanto fijó un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por un Hombre que él ha designado, dando prueba ante todos al resucitarlo de entre los muertos» (Hechos 17:24, 26, 31).

Aquí tenemos una muy grande y grave verdad a la cual harán bien en prestar atención los hombres de cualquier condición y categoría. Dios es el soberano Gobernador del mundo. No da cuenta de ninguna de sus decisiones. Humilla a unos y eleva a otros. Reinos, dinastías, gobiernos, todos están entre sus manos. Obra según su propia voluntad en el ordenamiento y arreglo de los asuntos humanos. Pero, al mismo tiempo, hace al hombre responsable de sus actos en las diversas posiciones en las que su providencia lo ha colocado. El gobernante y el gobernado, el rey, el gobernador, el magistrado, el juez, todas las clases y rangos de hombres han de dar cuenta a Dios tarde o temprano. Cada uno, como si fuera el único hombre habido, ha de comparecer ante el tribunal de Cristo, y allí pasar revista a su vida entera, desde el principio al fin. Todo acto, toda palabra, todo pensamiento secreto, se manifestará allí con aterradora claridad. No se podrá escapar ocultándose entre la multitud. La Palabra declara que «el día… del justo juicio de Dios… pagará a cada uno conforme a sus obras» (Rom. 2:5-6). Será estrictamente individual y sin equivocación posible. En una palabra, será un juicio divino y, como tal, absolutamente perfecto. Nada se pasará por alto. «De toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán cuenta en el día del juicio» (Mat. 12:36). Reyes, gobernadores y magistrados habrán de dar cuenta del modo en que hayan hecho uso del poder de que fueron hechos depositarios y de las riquezas que pasaron por sus manos. El noble y el acaudalado que han gastado su fortuna y su tiempo en locuras, vanidades, liviandades y satisfacciones de la carne, habrán de responder de todo ello ante el trono del Hijo del hombre, cuyos ojos son como llama de fuego para ver el interior del hombre de parte a parte, y sus pies semejantes al bronce bruñido para aplastar sin misericordia todo lo que es contrario a Dios.

La incredulidad quizá pregunte con burlona sonrisa: “¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo podrán los incontables millones de seres de la raza humana encontrar espacio suficiente ante el trono de juicio de Cristo? Y ¿cómo podrá haber tiempo suficiente para entrar minuciosamente en los detalles de la vida de cada persona?” La fe responde: “Dios dice que será así, y esto es concluyente”. En cuanto al ¿cómo? la respuesta es: “¡Dios! ¡el infinito! ¡la eternidad!” Introdúzcase a Dios y todas las cuestiones quedan acalladas, todas las dificultades desaparecen en un momento. De hecho, la magna y triunfante réplica a todas las objeciones de los incrédulos, de los escépticos, de los racionalistas y materialistas, es precisamente esa majestuosa palabra: «DIOS».

Deseamos grabar bien esto en el ánimo del lector, no para que pueda contender con los incrédulos, sino para el descanso y sosiego de su propio corazón. En cuanto a los incrédulos, cada día estamos más persuadidos de que nuestra mayor sabiduría consiste en obrar de acuerdo con las palabras de nuestro Señor en Mateo 15:14: «Dejadlos». Es enteramente inútil discutir con hombres que desprecian la Palabra de Dios y no tienen otro fundamento sobre qué edificar que sus propios razonamientos carnales. Mas, por otra parte, creemos que es sumamente importante que el corazón pueda descansar siempre, con la sincera simplicidad de un niño, en la verdad de la Palabra de Dios. «Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» (Núm. 23:19).

Aquí está el dulce y consagrado lugar de descanso de la fe, el tranquilo puerto en el que el alma puede hallar refugio contra todas las encontradas corrientes del pensamiento y sentimiento humanos. «La palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que os fue anunciada» (1 Pe. 1:25). Nada puede afectar a la Palabra de nuestro Dios. Está para siempre asentada en los cielos, y todo lo que debemos hacer es guardarla en nuestros corazones como nuestra verdadera posesión, el tesoro que hemos recibido de Dios, la fuente viva de la que siempre podemos beber para refrigerio y consolación de nuestras almas. Entonces nuestra paz se deslizará como un río; y nuestra senda será como la luz que resplandece más y más hasta llegar a la del perfecto día.

¡Que sea así, oh Señor, con todo tu querido pueblo, en estos días de creciente incredulidad! ¡Que tu santa Palabra sea más y más preciosa a nuestros corazones! ¡Que nuestras conciencias experimenten su poder! ¡Que sus celestiales doctrinas formen nuestro carácter y gobiernen nuestra conducta en todas las relaciones de la vida, a fin de que tu Nombre pueda ser glorificado en toda ocasión!

4 - Capítulo 3: El gobierno de Dios

4.1 - Og rey de Basán

«Volvimos, pues, y subimos camino de Basán, y nos salió al encuentro Og rey de Basán para pelear, él y todo su pueblo, en Edrei. Y me dijo Jehová: No tengas temor de él, porque en tu mano he entregado a él y a todo su pueblo, con su tierra; y harás con él como hiciste con Sehón rey amorreo, que habitaba en Hesbón. Y Jehová nuestro Dios entregó también en nuestra mano a Og rey de Basán, y a todo su pueblo, al cual derrotamos hasta acabar con todos. Y tomamos entonces todas sus ciudades; no quedó ciudad que no les tomásemos; sesenta ciudades, toda la tierra de Argob, del reino de Og en Basán. Todas estas eran ciudades fortificadas con muros altos, con puertas y barras, sin contar otras muchas ciudades sin muro. Y las destruimos, como hicimos a Sehón rey de Hesbón, matando en toda ciudad a hombres, mujeres y niños. Y tomamos para nosotros todo el ganado, y los despojos de las ciudades» (v. 1-7).

Las divinas instrucciones en cuanto a Og, rey de Basán, fueron muy parecidas a las dadas en el precedente capítulo con respecto a Sehón, el amorreo. A fin de comprender esas órdenes debemos considerarlas puramente a la luz del gobierno de Dios, asunto apenas comprendido pese a su profundo interés y su gran importancia práctica. Debemos distinguir cuidadosamente entre la gracia y el gobierno. Cuando contemplamos a Dios mientras adopta medidas de gobierno, le vemos desplegar su poder con justicia, castigar a los malos, derramar venganza sobre sus enemigos, trastornar imperios, derribar tronos, destruir ciudades y barrer naciones, tribus y pueblos. Le vemos también mandar a su pueblo que pase a filo de espada hombres, mujeres y niños; que queme sus casas y reduzca a cenizas sus ciudades.

Le oímos también dirigir al profeta Ezequiel las siguientes y memorables palabras: «Hijo de hombre, Nabucodonosor rey de Babilonia hizo a su ejército prestar un arduo servicio contra Tiro. Toda cabeza ha quedado calva, y toda espalda desollada; y ni para él ni para su ejército hubo paga de Tiro, por el servicio que prestó contra ella. Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor; He aquí que yo doy a Nabucodonosor, rey de Babilonia, la tierra de Egipto; y él tomará sus riquezas, y recogerá sus despojos, y arrebatará botín, y habrá paga para su ejército. Por su trabajo con que sirvió contra ella le he dado la tierra de Egipto; porque trabajaron para mí, dice Jehová el Señor» (Ezequiel 29:18-20).

Este pasaje de la Escritura es asombroso; pone ante nosotros un tema que se repite a través de todo el Antiguo Testamento y que requiere nuestra más profunda y reverente atención. Sea que examinemos los cinco libros de Moisés, los libros históricos, los salmos o los profetas, vemos al Espíritu inspirador dándonos los más minuciosos detalles de los actos de Dios como gobernante. Hubo diluvio en los días de Noé, cuando la tierra y todos sus habitantes –con excepción de ocho personas– fue destruida por un acto del gobierno divino. Hombres, mujeres, niños, animales cuadrúpedos, aves, reptiles, fueron todos barridos y sepultados bajo las aguas del justo juicio de Dios.

En los días de Lot, las ciudades de la llanura, con todos sus habitantes, hombres, mujeres y niños, en unas cuantas horas fueron entregadas a completa destrucción, trastornadas por la mano del Dios Todopoderoso y sepultadas bajo las profundas y negras aguas del mar Muerto. Esas culpables ciudades, «Como Sodoma y Gomorra y las ciudades de su alrededor, que se habían abandonado a la fornicación de la misma manera que estos, yendo en pos de otra carne, son propuestas como ejemplos, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 7).

Así también, conforme vamos avanzando por las páginas de la historia inspirada, vemos a las siete naciones de Canaán con sus hombres, mujeres y niños, entregadas en manos de Israel para ser exterminadas sin misericordia y sin que escapara ni una sola persona.

Pero, en verdad, el tiempo no nos bastaría para referirnos a todos los pasajes de la Escritura que hacen desfilar ante nuestros ojos los solemnes actos del gobierno divino. Baste decir que la línea de esa evidencia se ve trazada desde el Génesis al Apocalipsis, empezando por el diluvio y terminando por la destrucción final del mundo presente.

Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿Somos capaces de comprender esos procedimientos del gobierno de Dios? ¿Estamos en condiciones de desentrañar los profundos y asombrosos misterios de la divina Providencia? ¿Podemos explicar el hecho de incluir a desvalidos niños en el mismo castigo que sus padres culpables? La impía incredulidad se burlará de esto; el sentimentalismo morboso podrá escandalizarse de ello, pero el verdadero creyente, el cristiano piadoso, el reverente estudioso de la Palabra santa contestará a todos ellos con esta muy sencilla pero cierta y sólida pregunta: «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gén. 18:25).

Lector, puede usted estar seguro de que esta es la única y verdadera manera de responder a estas cuestiones. Si un hombre quiere juzgar las acciones de Dios como gobernante, si quiere tomar sobre sí la responsabilidad de decidir cuáles actos son dignos de Dios y cuáles otros no son dignos de Él, entonces habrá perdido en realidad el verdadero sentido de lo que Dios es. Y esto es precisamente lo que el diablo procura conseguir. Él quiere apartar de Dios al corazón, y con este fin incita al hombre a objetar, inquirir y especular sobre cosas tan distantes de su alcance como el cielo lo está de la tierra. ¿Podemos comprender a Dios? Si pudiéramos, nosotros mismos seríamos Dios.

 

«A Dios es imposible comprenderle,
aunque cielos y tierra cantan de él.
Cual Soberano siéntase en su trono,
y de allí lo gobierna todo bien
».

 

Es a la vez impío y absurdo que débiles mortales se atrevan a criticar los consejos, los actos y los procedimientos del todopoderoso Creador, del sabio Gobernador del universo. Tarde o temprano se darán cuenta de su fatal equivocación. Bueno sería que todos los preguntones y sofistas prestaran atención a la punzante pregunta del apóstol en Romanos 9: «Al contrario, ¡oh hombre!, ¿quién eres tú que replicas contra Dios? ¿Acaso el objeto modelado dirá al que lo modeló: Por qué me has hecho así? ¿Será que el alfarero no tiene autoridad sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» (v. 20-21).

¡Qué sencillo! ¡Qué potente! ¡Cuán incontrovertible! Este es el divino método de salir al encuentro de todo «cómo» y «porqué» de los razonamientos incrédulos. Si el alfarero tiene poder sobre la masa de arcilla que tiene en su mano –cosa que nadie se atreverá a contradecir– ¡cuánto más el Creador de todas las cosas tendrá poder sobre las criaturas que sus manos han formado! Los hombres podrán razonar y argumentar interminablemente acerca de por qué Dios permitió que el pecado entrase en el mundo; por qué no aniquiló a Satanás y a sus ángeles; por qué permitió que la serpiente tentase a Eva; por qué no la preservó de que comiera el fruto prohibido. En una palabra, los «cómo» y «porqué» son interminables, pero la respuesta es una: «Al contrario, oh hombre, ¿quién eres tú que replicas contra Dios?» ¡Cuán monstruoso es que un pobre gusano se atreva a juzgar los inescrutables designios y caminos del eterno Dios! ¡Qué ceguera y arrogante locura en una criatura –cuya inteligencia está obscurecida por el pecado y, por lo tanto, es incapaz de formular recto juicio sobre cualquier cosa divina, celestial o eterna– atreverse a decidir cómo debe Dios obrar en un caso determinado! Es triste que, los millones que aparentemente argumentan con gran destreza contra la verdad de Dios, descubrirán su fatal error cuando sea demasiado tarde para corregirlo.

En cuanto a todos aquellos que, lejos de hacer causa común con los incrédulos, sin embargo son turbados por dudas y recelos en cuanto a algunos de los procedimientos del gobierno de Dios y sobre la pavorosa cuestión del castigo eterno,[3] quisiéramos recomendarles sinceramente que estudiaran y se empaparan del espíritu del pequeño y hermoso Salmo 131. «Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma» (v. 1-2).

[3] Con respecto a la grave cuestión de las penas eternas, vamos a hacer aquí unas cuantas observaciones en vista de que hay muchas personas que doquier están agobiadas por dificultades respecto a este punto.

Hay tres consideraciones que, apreciadas en su justo peso, creemos que afirmarán a todo cristiano en esa doctrina.

I. Existen setenta pasajes en el Nuevo Testamento en los que encontramos la palabra «para siempre» o «eterno». Se aplica a la «vida» que poseen los creyentes; a las «moradas» en las que serán recibidos; a la gloria de que habrán de gozar; se aplica a Dios (Rom. 16:26); a la «salvación» de la que es autor nuestro Señor Jesucristo; a la «redención» de nuestras almas; y al «Espíritu».

Luego, entre los setenta pasajes citados –los que el lector puede comprobar en pocos minutos por medio de una concordancia griega– hay siete en los cuales esa misma palabra es aplicada al «castigo» de los malvados; a los «juicios» que caerán sobre ellos; y al «fuego» que habrá de consumirles.

Ahora bien; la cuestión es saber en virtud de qué principio, o en virtud de qué autoridad se pueden separar estos siete pasajes y decir que en ellos la palabra no significa «eterno» y sí lo significa en los sesenta y tres restantes. Creemos que esa distinción está absolutamente desprovista de fundamento y es indigna de merecer la atención de una sana inteligencia. Admitimos de lleno que, si el Espíritu Santo hubiese juzgado conveniente, al hablar del castigo de los malvados, emplear una palabra diferente de la empleada en los otros pasajes, la razón nos hubiese advertido que considerásemos detenidamente el hecho. Pero no, el Espíritu emplea la misma palabra invariablemente, así que, si negamos el castigo eterno, debemos negar la vida eterna, la gloria eterna, el Espíritu eterno, el Dios eterno, todo lo eterno, en fin. En una palabra, si el castigo no es eterno, nada es eterno en cuanto a lo que concierne a este argumento. Quitar esta piedra del arco de la divina revelación sería reducirlo todo a un informe montón de ruinas. Esto es precisamente lo que el diablo trata de hacer. Estamos plenamente convencidos de que la negación del castigo eterno es el primer paso en la pendiente que conduce al abismo del escepticismo universal.

II. Nuestra segunda consideración la deducimos de la gran verdad de la inmortalidad del alma. Leemos en el capítulo 2 del Génesis que: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (v. 7). Sobre este solo pasaje, como sobre roca inconmovible, aunque no tuviéramos otros, fundamos la gran verdad de la inmortalidad del alma humana. La caída del hombre no establece diferencia alguna en cuanto a esto. Caída o no caída, inocente o culpable, convertida o no convertida, el alma vivirá para siempre.

La pavorosa cuestión es: ¿Dónde habrá de vivir? Dios no puede permitir que el pecado esté en su presencia. «Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio» (Hab. 1:13). Por lo tanto, si un hombre muere en sus pecados, si muere no arrepentido, no lavado, no perdonado, entonces con toda seguridad jamás podrá estar donde está Dios; incluso sería ese el último sitio en el que querría estar. Para él no habrá nada más que una eternidad sin fin en el lago que arde con fuego y azufre.

III. Finalmente, creemos que la doctrina del castigo eterno está íntimamente relacionada con la naturaleza infinita de la expiación hecha por nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Si nada menos que un sacrificio infinito fue necesario para librarnos de las consecuencias del pecado, esos resultados deben ser eternos. Esta consideración, a juicio de algunos, quizá no tenga mucha fuerza en sí misma, pero a nosotros su fuerza nos parece absolutamente irresistible. Debemos medir el pecado y sus consecuencias de igual modo que medimos el amor divino y sus resultados no por el patrón de los sentimientos humanos o por la razón, sino solo por el patrón de la cruz de Cristo.

 

Entonces, cuando tal es la actitud del corazón, este puede dirigirse con verdadero provecho a las palabras del apóstol en 2 Corintios 10: «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destruir fortalezas, derribando razonamientos y todo lo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (v. 4-5).

Sin duda el filósofo, el académico, el librepensador sonreirán desdeñosamente ante el modo tan infantil de tratar cuestiones tan graves. Pero esto es cosa pequeña a juicio del devoto discípulo de Cristo. El mismo apóstol hace muy poco caso de toda esta sabiduría e ilustración humanas. He aquí sus palabras: «Que nadie se engañe a sí mismo. Si alguno entre vosotros piensa ser sabio en este siglo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es locura ante Dios. Porque está escrito: «Él prende a los sabios en su propia astucia.» Y otra vez: «El Señor conoce los razonamientos de los sabios, que son vanos.» (1 Cor. 3:18-20). Y, además: «Porque está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y el entendimiento de los inteligentes desecharé». ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo? ¿No enloqueció Dios la sabiduría del mundo? Porque ya que en la sabiduría de Dios, el mundo por su sabiduría no conoció a Dios, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor. 1:19-21).

Aquí está el gran secreto moral de todo el asunto. El hombre debe reconocer el hecho de que es un necio y que toda la sabiduría del mundo es locura. Humillante verdad, pero ¡cuán saludable! Humillante porque coloca al hombre en el lugar que le corresponde. Saludable, sí, muy preciosa, porque ella nos introduce en la sabiduría de Dios. Hoy en día oímos a muchos hablando a boca llena de la ciencia, de la filosofía, de la erudición… «¿No enloqueció Dios la sabiduría del mundo?».

¿Nos damos cuenta del verdadero significado de esas palabras? ¡Ah, es de temer que sean muy poco comprendidas! No faltan hombres que quieran persuadirnos de que la ciencia ha ido mucho más allá que la Biblia.[4] ¡Ay de esta ciencia y de todos los que le han prestado atención! Si ella ha ido mucho más allá de la Biblia, ¿adónde ha ido? ¿En la dirección de Dios, de Cristo, del cielo, de la santidad, de la paz? No, sino en dirección enteramente opuesta. Y ¿dónde acabará todo ello? Temblamos al pensarlo, y la pluma se resiste a formular la respuesta. Con todo, hemos de ser fieles y declarar solemnemente que el final seguro y cierto del camino que la ciencia humana hace recorrer a sus devotos es la negrura de la oscuridad para siempre.

[4] Debemos distinguir entre la verdadera ciencia y la «falsamente llamada ciencia». Y, además, hemos de distinguir entre los hechos de la ciencia, y las deducciones de los científicos. Los hechos son lo que Dios ha hecho y continúa haciendo; pero, cuando los hombres sacan de aquellos hechos sus deducciones, caen en las más grandes equivocaciones.

Sin embargo, siente el espíritu gran alivio al saber que hay muchos filósofos y hombres de ciencia que dan a Dios el lugar debido, y que aman con sinceridad a nuestro Señor Jesucristo.

 

«El mundo por su sabiduría no conoció a Dios». ¿Qué alcanzó a hacer la filosofía de Grecia por sus discípulos? Les hizo los ignorantes adoradores de un «Dios no conocido» (Hec. 17:23). Esa inscripción en sus altares publicaba ante el mundo su ignorancia y su vergüenza.

¿Y no deberemos preguntarnos si la filosofía ha hecho por la cristiandad más de lo que hizo por Grecia? ¿Nos ha comunicado el conocimiento del verdadero Dios? ¿Quién se atreverá a decir que sí? Existen millones de profesos bautizados en todos los ámbitos de la cristiandad que no conocen del verdadero Dios más de lo que conocían aquellos filósofos a los que Pablo encontró en la ciudad de Atenas.

El hecho es este: todo aquel que realmente conoce a Dios, es el privilegiado poseedor de la vida eterna. Así lo declara nuestro Señor Jesucristo de la manera más explícita en el capítulo 17 de Juan: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien enviaste» (v. 3). Conocer a Dios es tener vida, y vida eterna. Esto es muy precioso para toda alma que, por gracia, ha tenido ese conocimiento.

Pero ¿cómo puedo conocer a Dios? ¿Dónde le encontraré? ¿Me lo dirán la ciencia y la filosofía? ¿Lo han dicho alguna vez a alguien? ¿Han guiado alguna vez a algún pobre vagabundo al camino de la vida y de la paz? No; jamás. «El mundo por su sabiduría no conoció a Dios». Las antiguas escuelas de filosofía, opuestas unas a otras, solo lograron sumergir la inteligencia humana en profunda oscuridad y en una desorientación sin esperanza; y las modernas escuelas filosóficas, igualmente opuestas unas a otras, no son mejores. No pueden dar ninguna certeza, ningún seguro sitio de anclaje, ningún sólido fundamento de confianza a las pobres almas ignorantes. Vacías especulaciones, dudas penosas, teorías sin base, es todo cuanto la filosofía humana en todo tiempo y en toda nación puede ofrecer al que sinceramente busca la verdad.

¿Cómo, pues, conoceremos a Dios? Si tan excelente resultado depende de su conocimiento; si conocer a Dios es vida eterna –y Jesús lo dice– entonces, ¿cómo le conoceremos? «Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Juan 1:18).

Aquí tenemos la respuesta, divinamente sencilla, divinamente cierta. Jesús revela Dios al alma; revela el Padre al corazón. ¡Precioso hecho! No se nos manda que estudiemos la creación para aprender quién es Dios, aunque veamos en ella su poder, sabiduría y bondad. No se nos manda que consultemos la ley, aunque veamos allí su justicia. No se nos manda que analicemos su providencia, aunque veamos en ella los profundos misterios de su gobierno. No; si queremos saber qué es y quién es Dios, debemos mirar la faz de Jesucristo, el Unigénito Hijo de Dios, quien moraba en su seno antes de que los mundos fuesen, el cual era su eterna delicia, el objeto de sus afectos, el centro de sus consejos. Él es el que revela Dios al alma. Si prescindimos del Señor Jesucristo no podemos tener la menor idea de lo que Dios es. «En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9). «Porque el Dios que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4:6).

Nada puede superar el poder y la bendición de todo esto. Aquí no hay oscuridad, no hay incertidumbre. «Las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya brilla» (1 Juan 2:8). Sí, ella resplandece en la faz de Jesucristo. Podemos contemplar, por la fe, al bendito Salvador; podemos trazar su maravillosa senda en la tierra; verle pasar haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; notar sus miradas, sus palabras, sus obras, su conducta; verle curando al enfermo, limpiando al leproso, abriendo los ojos al ciego, los oídos al sordo, sanando al cojo, curando al mutilado, resucitando a los muertos, enjugando las lágrimas de la viuda, alimentando hambrientos, sanando corazones quebrantados, satisfaciendo toda forma de necesidad humana, calmando toda pena, acallando terrores, y verle hacer todo esto de un modo tal, con una gracia tan conmovedora y con tanta dulzura que hacía sentir a cada uno, en lo más íntimo de su alma, que el más puro goce de aquel corazón amante era poder atender de aquel modo a sus necesidades.

En todo esto, él revelaba Dios al hombre; así que, si queremos saber lo que Dios es, debemos simplemente mirar a Jesús. Cuando Felipe dijo: «Señor, muéstranos al Padre, y esto nos basta», la pronta respuesta fue: «Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No creéis que yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí? Las palabras que os hablo, no las hablo por mi propia cuenta; pero el Padre que mora en mí, él hace sus obras. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed a causa de las obras mismas» (Juan 14:8-11).

Este es el verdadero descanso para el corazón. Conocemos al verdadero Dios y a Jesucristo, a quien él envió; y esto es vida eterna. Le conocemos como nuestro propio y verdadero Dios y Padre, y a Cristo como nuestro propio, personal y amante Señor y Salvador; podemos andar con él, apoyarnos en él, creer en él, unirnos a él, obtener de él, encontrar en él todas nuestras fuentes de vida, regocijarnos en él todo el día; encontrar nuestra comida y bebida en hacer su bendita voluntad, difundir su causa y promover su gloria.

Lector, ¿ha experimentado usted tal cosa? ¿Conoce todo esto? ¿Existe en su alma esta divina realidad? Esto es el verdadero cristianismo, y no debe estar satisfecho con nada menos. Dirá, quizá, que nos hemos desviado mucho del tercer capítulo del Deuteronomio. Pero ¿hacia dónde hemos ido vagando? Hacia el Hijo de Dios y hacia el alma del lector. Si eso es vagar, séalo; pero seguramente no es apartarse del objeto que nos indujo a escribir estas «Notas», y es llevar a Cristo y al alma a encontrarse, o bien, según el caso, a unir a ambos. Ni por un momento querríamos perder de vista que, sea escribiendo o hablando, no hemos de limitarnos tan solo a exponer la Escritura, sino buscar la salvación y bendición de las almas. De ahí que nos sintamos constreñidos de vez en cuando a apelar a la conciencia y al corazón del lector en cuanto a su estado práctico actual, y sondear hasta qué punto ha hecho suyas esas imperecederas realidades que pasan ante nosotros. Y rogamos sinceramente al lector, quienquiera que fuese, que busque un conocimiento más profundo de Dios en Cristo; y, como segura consecuencia, que ande más cerca de él y con una más completa consagración del corazón a él mismo.

Estamos convencidos de que ello es lo que se necesita en estos días de intranquilidad e hipocresía en el mundo y de indiferencia y tibieza en la iglesia profesa. Necesitamos un grado mucho más elevado de devoción personal, mayor propósito real de adherirnos más al Señor y de seguirle. Hay mucho, muchísimo en la situación que nos rodea para descorazonarnos e impedírnoslo. El lenguaje de los hombres de Judá en los días de Nehemías puede ser aplicado, en cierto modo, a nuestros tiempos: «Las fuerzas de los acarreadores se han debilitado, y el escombro es mucho…». Pero, gracias a Dios, el remedio actual, como entonces, hemos de hallarlo en la conmovedora sentencia: «Acordaos del Señor» (Neh. 4:10, 14).

4.2 - Rubén, Gad y Manasés al otro lado del Jordán

Volvamos ahora a nuestro capítulo, en lo restante del cual el legislador repite a oídos de todo el pueblo la narración de su conducta con los dos reyes de los amorreos, juntamente con los hechos relacionados con la heredad de las dos tribus y media en el lado del Jordán que corresponde al desierto. Con respecto a esta cuestión, es interesante observar que él no suscita cuestión alguna sobre lo acertado o equivocado de la elección de tierras que se hallaban fuera de Canaán, el país de la promesa. En verdad, según el relato hecho aquí, ni siquiera puede saberse si las dos tribus y media expresaron algún deseo al respecto. Tan distante está nuestro libro de ser una mera repetición de sus predecesores.

He aquí las palabras: «Y esta tierra que heredamos en aquel tiempo, desde Aroer, que está junto al arroyo de Arnón, y la mitad del monte de Galaad con sus ciudades, la di a los rubenitas y a los gaditas; y el resto de Galaad y todo Basán, del reino de Og, toda la tierra de Argob, que se llamaba la tierra de los gigantes, lo di a la media tribu de Manasés… Y Galaad se lo di a Maquir. Y a los rubenitas y gaditas les di de Galaad hasta el arroyo de Arnón, teniendo por límite el medio del valle, hasta el arroyo de Jaboc, el cual es límite de los hijos de Amón… Y os mandé entonces, diciendo: Jehová vuestro Dios os ha dado esta tierra por heredad»; (ni una palabra referente a que la habían pedido ellos) «pero iréis armados todos los valientes delante de vuestros hermanos los hijos de Israel. Solamente vuestras mujeres, vuestros hijos, y vuestros ganados (yo sé que tenéis mucho ganado), quedarán en las ciudades que os he dado, hasta que Jehová dé reposo a vuestros hermanos, así como a vosotros, y hereden ellos también la tierra que Jehová vuestro Dios les da al otro lado del Jordán; entonces os volveréis cada uno a la heredad que yo os he dado» (v. 12-20).

En nuestros estudios sobre el libro de los Números nos referimos a ciertos hechos, relacionados con el establecimiento de las dos tribus y media, que demuestran que no estaban a la altura del Israel de Dios al escoger su herencia fuera de Canaán. Mas en el pasaje citado no hay la más mínima alusión a esa faceta de la cuestión, porque el objeto de Moisés es proclamar ante toda la congregación la excesiva bondad, la buena voluntad y la fidelidad de Dios, no solamente al hacerles superar todas las dificultades y peligros del desierto, sino también al darles aquella señalada victoria sobre los amorreos y poniéndoles en posesión de regiones tan atractivas y tan apropiadas para ellos. En todo ello sentaba la sólida base del derecho de Jehová a la cordial obediencia que debían a sus mandamientos; y fácilmente podemos ver y apreciar a la vez la belleza moral de pasar enteramente por alto, en este relato, la cuestión de que Rubén, Gad y la media tribu de Manasés hubieran hecho mal al establecerse fuera de la tierra de promisión. Para todo devoto cristiano es ello una prueba extraordinaria no solo de la conmovedora y exquisita gracia de Dios, sino también de la divina perfección de la Escritura.

No hay duda alguna de que todo verdadero creyente entra en el estudio de la Escritura con la completa y profunda convicción de su absoluta perfección en todas sus partes. Cree reverentemente que del Génesis al Apocalipsis no hay ni una sola imperfección; no, ni una; todo en ella es perfecto como su divino Autor.

Pero la creencia cordial en la divina perfección de la Escritura como un todo, ¿podrá menguar nuestra apreciación de las evidencias que aparecen en detalle? Nada de esto; al contrario, la encarece extraordinariamente. Así, por ejemplo, en el pasaje que estamos comentando ¿no es perfectamente bello observar la ausencia de toda censura hacia las dos tribus y media en la cuestión de escoger su herencia, considerando que esa referencia habría sido enteramente ajena al objeto que se proponía el legislador y a los fines del libro? ¿No se goza nuestro corazón al descubrir esa infinita perfección, esos exquisitos e inimitables trazos? Seguramente; y no solo esto, sino que cuanto más aparecen a nuestras almas las glorias morales del libro y sus vivas e insondables profundidades se descubren a nuestros corazones, tanto más convencidos estamos de la futilidad de los asaltos de los incrédulos contra él y de la inutilidad de los esfuerzos bien intencionados para probar que no se contradice a sí mismo.

Gracias a Dios, su Palabra para nada necesita de apologistas humanos. Habla por sí misma y lleva consigo sus propias evidencias fehacientes; así que podemos decir de ella lo que el apóstol dice de su Evangelio: «Pero si aún nuestro evangelio está encubierto, lo está para los que se pierden, en los que el dios de este siglo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean con claridad la iluminación del evangelio de la gloria de Cristo, quien es la imagen de Dios» (2 Cor. 4:3-4). Cada día estamos más seguros de que el método más eficaz para contestar a todos los ataques de la incredulidad contra la Biblia consiste en mantener una fe más profunda en su divino poder y autoridad y en usar de ella como los que están completamente convencidos de su verdad y valor. Solo el Espíritu de Dios puede capacitar a cualquiera para creer en la plena inspiración de las santas Escrituras. Los argumentos humanos pueden estimarse en lo que valen; pueden, sin duda alguna, cerrar la boca a los contradictores, pero no pueden llegar al corazón, no pueden hacer que los geniales rayos de la divina revelación desciendan hasta el alma con eficacia salvadora; esta es una obra divina y, hasta que esta obra sea hecha, todas las demostraciones y argumentos del mundo dejarán al alma en las tinieblas de la incredulidad; pero, cuando aquella obra es hecha, no hay necesidad de testimonio humano en defensa de la Biblia.

Las evidencias externas, por interesantes y valiosas que sean, no pueden añadir ni una jota ni una tilde a la gloria de esa revelación sin par que lleva en cada página, en cada párrafo, en cada sentencia la evidente impresión de su divino Autor. Así como cada uno de los rayos del sol proclama la Mano que lo hizo, la Biblia, en cada una de sus sentencias, nos habla del Corazón que la inspiró. Pero, así como un ciego no puede ver la luz del sol, tampoco puede el alma no convertida ver la fuerza y belleza de la santa Escritura. Los ojos deben ser ungidos con colirio celestial antes de que puedan discernir o apreciar las infinitas perfecciones del divino Libro.

Y ahora debemos confesar al lector que es la profunda convicción –más profunda cada día– de la verdad de lo expuesto lo que nos ha determinado a no malgastar el tiempo en los ataques que los racionalistas han dirigido a esta porción de la palabra de Dios que ahora estudiamos. Dejamos este trabajo a otras manos más hábiles que las nuestras. Lo que deseamos, tanto para nuestros lectores como para nosotros, es que podamos ser alimentados en paz en los verdes pastos que el Pastor y Obispo de nuestras almas ha puesto benignamente ante nosotros; que podamos ayudarnos unos a otros, durante nuestra carrera terrestre, para ver más y más la gloria moral de lo que está abierto ante nuestros ojos y edificarnos así mutuamente en nuestra santísima fe. Esa tarea será más grata, tanto a nosotros como a nuestros lectores, que replicar a los hombres que, con todos sus mezquinos esfuerzos para descubrir imperfecciones en el libro santo, solo demuestran, a los capaces de juzgar, que no entienden lo que dicen ni lo que afirman. Si los hombres quieren vivir en las lóbregas bóvedas y túneles de una espantosa incredulidad y desde allí suprimir el sol, o negar que resplandezca, ocupémonos nosotros en asolearnos a su luz y ayudar a otros a hacer lo mismo.

4.3 - «No los temáis… Jehová… pelea por vosotros»

Nos detendremos ahora un tanto en los restantes versículos de nuestro capítulo, en los cuales encontraremos mucho que nos interesará, nos instruirá y nos será de gran provecho.

Primeramente, Moisés repite a oídos del pueblo su encargo a Josué: «Ordené también a Josué en aquel tiempo, diciendo: Tus ojos vieron todo lo que Jehová vuestro Dios ha hecho a aquellos dos reyes; así hará Jehová a todos los reinos a los cuales pasarás tú. No los temáis; porque Jehová vuestro Dios, él es el que pelea por vosotros» (v. 21-22).

Los recuerdos de lo que Dios hizo por nosotros en el pasado, deberían aumentar nuestra confianza en el porvenir. Aquel que había dado a su pueblo tal victoria sobre los amorreos, que había destruido a un enemigo tan formidable como Og, rey de Basán, y que había puesto en sus manos toda la tierra de los gigantes, ¿qué no podría hacer por ellos? Era poco probable que encontraran en toda la tierra de Canaán enemigo más poderoso que Og, la cama del cual era de tan enormes dimensiones que mereció ser citada por Moisés. Pero ¿qué era él en presencia del poderoso Creador? Enanos y gigantes son lo mismo para Él. El punto principal es tener a Dios mismo siempre ante nuestros ojos. Entonces las dificultades se desvanecen. Si él sirve de cubierta a nuestros ojos, no podremos ver otra cosa que a él mismo; y este es el verdadero secreto de la paz y del poder real del progreso. «Tus ojos vieron todo lo que Jehová vuestro Dios ha hecho». Y según él ha hecho, así también él hará. Él ha liberado, él libera y él liberará. El pasado, el presente y el porvenir van señalados por la divina liberación.

Lector: ¿tiene usted alguna dificultad? ¿Está agobiado por algo? ¿Prevé con aprensión nerviosa algún formidable peligro? ¿Tiembla su corazón de solo pensar en ese peligro? Puede ser que esté usted igual que el que ha llegado al último extremo, como le pasó al apóstol Pablo en Asia: «Fuimos abrumados más allá de nuestras fuerzas, hasta el punto de perder la esperanza de salir con vida» (2 Cor. 1:8). Si es así, querido amigo, acepte una palabra de aliento. Es nuestro profundo y ferviente deseo animarle en el Señor y alentar su corazón a confiar en él para todo lo que se le presente. «No temas; cree solamente» (Lucas 8:50). Nunca frustra al corazón que confía en Él; no, nunca. Haga usted uso de los recursos que él tiene atesorados para usted. Póngase usted mismo, sus circunstancias, sus temores, sus sobresaltos, en manos de él, y déjelos todos allí.

Sí; déjelos todos allí. Es en balde que usted ponga sus dificultades, sus necesidades en manos de él, si un instante después usted vuelve a hacerse cargo de ellas. A menudo hacemos esto. Cuando en un apuro, en alguna necesidad, en cualquier prueba profunda nos dirigimos a Dios en oración y echamos nuestra carga sobre él nos sentimos aliviados. Pero, lamentablemente, apenas dejamos de estar de rodillas que empezamos de nuevo a pensar en nuestras dificultades, a considerar nuestras pruebas, a inquietarnos por las tristes circunstancias en que estamos, hasta que no sabemos qué hacer.

Esto no debe ocurrir. Es una grave deshonra a Dios y, por supuesto, nos deja sin alivio e infelices. Él quiere que nuestro ánimo esté tan libre de preocupaciones como la conciencia está libre de culpa. Su palabra nos dice: «No os preocupéis por nada, sino que en todo, con oración y ruego, con acciones de gracias, dad a conocer vuestras demandas a Dios». Y ¿qué sigue luego? «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros sentimientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7).

Así fue cómo Moisés, aquel amado siervo de Dios, procuró infundir ánimo a su colaborador y sucesor Josué en lo referente a lo que tenía por delante. «No los temáis; porque Jehová vuestro Dios, él es el que pelea por vosotros». Así también el apóstol Pablo animaba a su amado hijo y consiervo Timoteo a confiar en el Dios vivo; a ser fuerte en la gracia que es en Cristo Jesús; a apoyarse con inconmovible confianza en el seguro fundamento de Dios; a sujetarse a la autoridad, enseñanza y guía de las santas Escrituras; y así armado y equipado entregarse, con santa diligencia y verdadero valor espiritual, a la obra que se le había encomendado. Y así también el lector y el autor de estas líneas pueden animarse mutuamente, en estos días de crecientes dificultades, a adherirse con simple fe a la Palabra establecida para siempre en los cielos; a conservarla siempre en el corazón como un poder viviente y una autoridad para el alma, como algo que nos sostendrá, aunque el corazón y la carne desfallezcan, y aunque no podamos contar con el apoyo o sostén de un ser humano. «Porque toda carne es como la hierba, y toda su gloria como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que os fue anunciada» (1 Pe. 1:24-25).

¡Cuán precioso es esto! ¡Qué confortamiento y consolación! ¡Qué estabilidad y sosiego! ¡Qué fuerza real, qué victoria y elevación moral! Está fuera del alcance del lenguaje humano describir cuán preciosa es la Palabra de Dios, o definir en términos apropiados el consuelo que produce saber que la mismísima Palabra establecida para siempre en el cielo y que durará a través de los incontables siglos de la eternidad es la que ha alcanzado nuestros corazones con las alegres nuevas del evangelio, comunicándonos vida eterna y dándonos paz y descanso en la consumada obra de Cristo y un objeto de perfecta satisfacción en su adorable Persona. En verdad, cuando pensamos en todo ello, no podemos menos que reconocer que cada aliento nuestro debería ser un ¡aleluya! ¡Así será muy pronto y para siempre, loado sea su Nombre sin par!

4.4 - Moisés y Jehová

Los últimos versículos de nuestro capítulo nos ofrecen un conmovedor episodio ocurrido entre Moisés y su Señor, el recuerdo del cual se nos da aquí en bella correspondencia con el carácter del libro del Deuteronomio, según era de esperar. «Y oré a Jehová en aquel tiempo, diciendo: Señor Jehová, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza, y tu mano poderosa; porque ¿qué dios hay en el cielo ni en la tierra que haga obras y proezas como las tuyas? Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano. Pero Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta, no me hables más de este asunto. Sube a la cumbre del Pisga, y alza tus ojos al oeste, y al norte, y al sur, y al este, y mira con tus propios ojos; porque no pasarás el Jordán. Y manda a Josué, y anímalo, y fortalécelo; porque él ha de pasar delante de este pueblo, y él les hará heredar la tierra que verás» (v. 23-28).

Es muy conmovedor ver a este eminente siervo de Dios formulando una súplica que no podía serle concedida. Anhelaba ver aquella buena tierra de más allá del Jordán. La porción escogida por las dos tribus y media no podía satisfacer ese anhelo de su corazón. Deseaba asentar las plantas de sus pies en la propia heredad del Israel de Dios. Pero no era posible. Había hablado inconsideradamente en Meriba; y, por el solemne e irrevocable decreto del gobierno divino, le fue prohibido que atravesara el Jordán.

Todo esto, el manso y amado siervo de Jehová lo repite a oídos del pueblo. No les oculta el hecho de que Jehová había rehusado acceder a su súplica. Es verdad que les recuerda que esto fue por causa de ellos. Era moralmente necesario que ellos lo oyeran. Además, les dice, de la manera más franca, que Jehová se había enojado contra él; que había rehusado oírle, y permitirle que cruzara el Jordán, mandándole incluso que renunciara a su cargo y designara su sucesor.

Es altamente edificante oír todo esto de los mismos labios de Moisés. Nos enseña una hermosa lección si tan solo estamos dispuestos a aprenderla. A menudo nos resulta difícil confesar que hemos dicho o hecho algo equivocado; se nos hace muy difícil reconocer ante nuestros hermanos que, en determinado caso, no hemos comprendido la voluntad del Señor. Velamos por nuestra reputación; somos quisquillosos y testarudos. Y, sin embargo, por extraña inconsecuencia, admitimos, o parece que admitimos, en términos generales, que somos criaturas pobres, débiles y expuestas a errar; que, si fuéramos abandonados a nosotros mismos, no había nada, por malo que fuera, que no resultáramos capaces de hacer o de decir. Pero una cosa es hacer la más humillante confesión en términos generales, y otra cosa muy distinta reconocer que, en un caso dado, hemos cometido una grosera equivocación. Esto último es una confesión que muy pocos saben hacer. Por lo general, no se quiere admitir que se ha cometido un error.

No es así del honrado siervo cuyas palabras acabamos de citar. No obstante, su elevada posición como el escogido, fiel y amado siervo de Jehová, el guía de la congregación, aquel que con su vara había hecho temblar la tierra de Egipto, no se avergonzó de presentarse ante toda la asamblea de sus hermanos y confesar su equivocación, concediendo que había dicho lo que no debía y que sinceramente había solicitado un favor que Jehová no podía otorgarle.

¿Acaso esto le quita a Moisés algo de nuestra estima? Muy al contrario; esto le enaltece inmensamente. Es tan conmovedor como edificante oír su confesión, ver cuán humildemente inclina la cabeza ante los designios gubernativos de Dios, notar la nobleza y altruismo de su conducta hacia su sucesor. No vemos ni un rasgo de celos o de envidia, ninguna demostración de orgullo. Con admirable abnegación renuncia a su elevado puesto, coloca su manto sobre los hombros de su sucesor y le anima a desempeñar con santa fidelidad los deberes de su alto cargo que él mismo debía resignar.

«El que se humille será exaltado» (Mat. 23:12). Moisés se humilló bajo la poderosa mano de Dios. Aceptó la santa disciplina impuesta por el gobierno de Dios. Él no profirió ninguna palabra de murmuración al serle rehusada su petición. Se inclinó a todo y por esto fue enaltecido a su debido tiempo. Si el gobierno le impidió entrar en Canaán, la gracia le condujo a la cumbre del Pisga, desde donde, en compañía de su Señor, le fue permitido ver toda la extensión de aquella buena tierra, y verla no ya heredada por Israel sino como dada por Dios.

4.5 - La gracia y el gobierno

El lector hará bien en estudiar cuidadosamente el tema de la gracia y del gobierno. Es en verdad un tema importante y práctico, ampliamente ilustrado en la Escritura, aunque poco entendido entre nosotros. Podrá parecernos asombroso, y difícil de ser comprendido, que a un hombre tan amado como Moisés pudiera serle rehusada la entrada en la tierra prometida. Mas en ello vemos el solemne acto del gobierno divino, y ante él hemos de inclinar nuestras cabezas y adorar. La razón de ese acto no consistía tan solo en que Moisés, en su capacidad oficial y como representante del sistema legal, no podía llevar a Israel a la tierra prometida. Esto es cierto, pero no lo es todo. Moisés había hablado inconsideradamente con sus labios. Él y su hermano Aarón no habían glorificado a Dios en presencia de la congregación; y por esto «Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado». Y más adelante: «Y Jehová habló a Moisés y a Aarón en el monte de Hor, en la frontera de la tierra de Edom, diciendo: Aarón será reunido a su pueblo, pues no entrará en la tierra que yo di a los hijos de Israel, por cuanto fuisteis rebeldes a mi mandamiento en las aguas de la rencilla. Toma a Aarón y a Eleazar su hijo, y hazlos subir al monte de Hor, y desnuda a Aarón de sus vestiduras, y viste con ellas a Eleazar su hijo; porque Aarón será reunido a su pueblo, y allí morirá» (Núm. 20:12, 23-26).

Todo esto es muy solemne. Tenemos aquí a los dos conductores de la congregación, los mismos hombres a los que Dios había empleado para sacar a su pueblo de la tierra de Egipto con poderosas señales y prodigios, «Moisés y Aarón», hombres altamente honrados por Dios; y, sin embargo, les fue rehusada la entrada en Canaán. Y ¿por qué? Fijémonos en el motivo: «por cuanto fuisteis rebeldes a mi mandamiento».

Permitamos que estas palabras penetren hasta lo profundo de nuestros corazones. Terrible cosa es rebelarse contra la palabra de Dios; y cuanto más elevada es la posición de los que se rebelan, más grave es la rebelión en todo concepto, y más terrible y rápido será el divino castigo. «Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación» (1 Sam. 15:23).

Estas palabras son graves, y deberíamos pesarlas cuidadosamente. Fueron dirigidas a Saúl, cuando no se preocupó por obedecer la palabra de Dios; de modo que tenemos ante nosotros los ejemplos de un profeta, de un sacerdote y de un rey, todos ellos castigados, bajo el gobierno de Dios, por un acto de desobediencia. El profeta y el sacerdote se vieron privados de entrar en la tierra de Canaán, y el rey se vio privado del trono simplemente a causa de haber desobedecido a la palabra del Señor.

Recordémoslo. A nosotros, a causa de nuestra pretendida sabiduría, podrá parecernos que todo ello es muy severo. Pero, ¿somos jueces competentes? Este es el punto principal tratándose de tales cuestiones. Cuidémonos de permitirnos juzgar las decisiones del gobierno divino. Adán fue arrojado del paraíso; Moisés fue excluido de la tierra de Canaán; Aarón fue despojado de sus ropas sacerdotales; Saúl fue privado de su trono; y ¿por qué? ¿Fue acaso por lo que los hombres llamarían una grave ofensa moral, algún grave pecado escandaloso? No, en todos esos casos fue por haber descuidado la palabra de Jehová. Esto es lo que debemos tener siempre ante nuestros ojos, en estos días de terquedad humana en los cuales los hombres se permiten emitir sus propias opiniones, pensar, juzgar y obrar por sí mismos. Los hombres preguntan con arrogancia: “¿Acaso no tiene todo hombre derecho a pensar por sí mismo?” Nosotros contestamos: “Absolutamente no”. Tenemos derecho a obedecer. Obedecer ¿a qué? No a mandamientos humanos; no a la autoridad de la llamada iglesia; no a los decretos de los concilios; en una palabra, no a autoridad alguna meramente humana, sino simplemente a la Palabra del Dios vivo, al testimonio del Espíritu Santo, a la voz de la sagrada Escritura. Esto es lo que con toda razón reclama nuestra implícita obediencia. Ante esa Palabra ha de inclinarse nuestro ser moral entero. No debemos argumentar; no debemos entrar en especulaciones; no tenemos que mirar las consecuencias, nada tenemos que ver con lo que resultara; no hemos de decir “¿cómo?” o “¿por qué?” A nosotros nos toca obedecer y dejar lo demás en manos de nuestro Señor. ¿Qué tiene que ver el siervo con las consecuencias? El deber esencial de un siervo consiste en hacer lo que se le manda sin atender a ninguna otra consideración. Si Adán hubiese tenido esto en cuenta no habría sido arrojado del Edén. Si Moisés y Aarón lo hubieran recordado, habrían atravesado el Jordán; si Saúl no lo hubiera olvidado, no se habría visto privado de su trono. Y conforme vamos descendiendo por la corriente de la historia humana vemos este principio fundamental ilustrado una y otra vez, de tal manera que podemos estar seguros de que ese principio es permanente y de importancia universal.

Recordemos también que no debemos intentar debilitar ese gran principio por medio de razonamiento alguno fundado en la presciencia de Dios, esto es, en que Dios conoce previamente todo cuanto ha de suceder, o todo cuanto el hombre hará en el transcurso del tiempo. Los hombres razonan de esta manera y ello es un error fatal. ¿Qué tiene que ver la presciencia de Dios con la responsabilidad humana? ¿El hombre es responsable, sí o no? Esta es la cuestión. Si lo es, como no lo dudamos, debemos reconocer nuestra responsabilidad de una manera práctica. El hombre es llamado a obedecer la simple Palabra de Dios; de ninguna manera está obligado a conocer algo de los secretos propósitos y consejos de Dios. La responsabilidad del hombre descansa sobre lo que ha sido revelado, no sobre lo que permanece secreto. ¿Qué sabía Adán, por ejemplo, de los eternos planes y propósitos de Dios cuando fue colocado en el huerto del Edén y le fue prohibido comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal? Su transgresión ¿fue acaso modificada por el hecho excelente de que Dios aprovechara esa ocasión para desplegar ante la vista de todos los seres creados su glorioso plan de redención por la sangre del Cordero? Evidentemente no. Adán recibió un mandamiento claro, y su conducta debió haber sido regida enteramente por ese mandamiento. Desobedeció, y fue arrojado del paraíso a un mundo que, por espacio de cerca de seis mil años, ha puesto de manifiesto las terribles consecuencias de un solo acto de desobediencia: el acto de tomar el fruto prohibido.

Es verdad, bendito sea Dios, que la gracia ha descendido a este pobre mundo azotado por el pecado, y en él ha recogido una cosecha que jamás hubiese podido recoger en los campos de una creación no caída. Pero el hombre fue juzgado por su transgresión. Fue arrojado por la mano de Dios como gobernante; y, por un acto de ese gobierno, fue obligado a comer el pan con el sudor de su frente. «Todo lo que el hombre» (sea quien fuere) «siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7).

En esta declaración se afirma el principio proclamado por doquier en la sagrada Escritura y ejemplificado en cada página de la historia del gobierno divino. Merece nuestra más profunda atención. Y ello es, lamentablemente, muy poco conocido. Permitimos que nuestra mente esté bajo la influencia de la idea de la gracia considerada desde un solo punto de vista y, por lo tanto, tenemos de ella un concepto falso, el efecto de lo cual es muy pernicioso. La gracia es una cosa y el gobierno es otra. No debe confundírseles jamás. Quisiéramos inculcar sinceramente al corazón del lector el hecho importante de que el más magnífico despliegue de la soberana gracia de Dios no puede jamás estar en contradicción con las solemnes actuaciones de su gobierno.

5 - Capítulo 4: Ahora… Israel… Oye

5.1 - La ley mosaica y los mandamientos de Jesús

«Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da» (v. 1).

Aquí nos es presentado de modo muy patente el carácter particular de todo el libro del Deuteronomio. «Oye» y «haz», o ejecuta, para que «viváis» y «poseáis». Este es un principio universal y permanente. Era verdadero para Israel, y es verdadero para nosotros. La senda de la vida y el verdadero secreto para poseer consisten en la simple obediencia a los santos mandamientos de Dios. Eso lo vemos confirmado del principio al fin del sagrado volumen. Dios nos ha dado su Palabra, no para especular o discutir sobre ella, sino para obedecerla. Es preciso que, por efecto de la gracia, nuestros corazones se sometan con gozo y sinceridad a los estatutos y a los derechos de nuestro Padre, a fin de que podamos andar en el resplandeciente sendero de la vida y gozar realmente de todo lo que Dios ha atesorado para nosotros en Cristo. «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él» (Juan 14:21).

¡Cuán precioso es esto! Es indecible; algo muy especial. Sería un grave error suponer que el privilegio del que aquí se habla lo gozan todos los creyentes. No es así. Solamente gozan de él los que prestan amante obediencia a los mandamientos de nuestro Señor Jesucristo. Está al alcance de todos, pero no todos gozan de él, porque no todos son obedientes. Una cosa es ser hijo, y otra cosa muy distinta es ser un hijo obediente. Una cosa es ser salvo, y otra muy distinta amar al Salvador y deleitarse en todos sus muy preciosos preceptos.

Esto lo vemos de continuo en nuestros círculos familiares. Así vemos, por ejemplo, dos hijos, uno de los cuales solo piensa en divertirse, hacer su voluntad y dar satisfacción a sus propios deseos. No aprecia la compañía de su padre; apenas conoce su voluntad y sus deseos, y no procura adecuarse a ellos, aunque sí sabe aprovechar las ventajas de su posición de hijo. Está muy dispuesto a recibir de su padre vestimenta, alimento, etc., pero jamás procura corresponder al amor paternal con una expresión de cariño. El otro hijo, por el contrario, aprecia estar con su padre; ama su compañía y no pierde ocasión de corresponder a sus deseos. Ama a su padre no por lo que le da, sino por lo que es; encuentra sus mayores satisfacciones en estar con su padre y hacer su voluntad

Ahora bien, ¿tendremos alguna dificultad para comprender cuán diferentes serán los sentimientos que abrigue ese padre respecto de sus dos hijos? Verdad es que ambos son hijos suyos y que ama a los dos con el amor fundado en su parentesco. Pero, aparte del amor que les profesa a los dos, experimenta un sentimiento de especial complacencia por el hijo obediente, mientras que el hijo obstinado, ingrato y egoísta, no merecedor de su confianza, será para él motivo de angustia, de inquietud, de oración.

Estemos seguros de que la obediencia es agradable a Dios, y que «sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5:3), pues son la dulce y preciosa expresión de su amor, fruto y evidencia del lazo familiar que nos une a él. Además, Dios, por gracia recompensa nuestra obediencia manifestándosenos de manera más completa y morando con nosotros. Esto resalta con gran claridad y belleza en la respuesta de nuestro Señor a Judas, no el Iscariote, por cuya respuesta debemos estarle agradecidos: «Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada con él» (Juan 14:22-23).

Aquí se nos enseña que no es cuestión de diferencia entre «el mundo» y «nosotros», ya que el mundo no sabe nada de parentesco u obediencia, por lo que no pueden referirse al mundo las palabras de nuestro Señor. El mundo aborrece a Cristo, porque no lo conoce. Su lenguaje es: «Apártate de nosotros, porque no queremos el conocimiento de tus caminos» (Job 21:14). «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14).

Tal es el mundo, aun barnizado por la civilización y adornado con la profesión de cristianismo. Debajo de ese barniz y de ese adorno existe un profundo odio a la persona y a la autoridad de Cristo. Su sagrado e incomparable Nombre está vinculado a la religión del mundo –es decir, a la cristiandad– pero detrás de los ropajes de la profesión religiosa está en acecho un corazón enemigo de Dios y de su Cristo.

Nuestro Señor, pues, no habla del mundo en Juan 14. Está en el aposento alto con «los suyos» y de ellos está hablando. Si se manifestase al mundo, solo podría ser para juicio y eterna destrucción. Mas, bendito sea su nombre, él se manifiesta a sus propios rescatados obedientes, a los que tienen sus mandamientos y los guardan; a los que le aman y guardan sus palabras.

5.2 - El cristiano y la ley

Conviene que el lector esté enteramente advertido y comprenda bien que, cuando nuestro Señor habla de sus mandamientos, de sus palabras y de sus preceptos, no se refiere a los diez mandamientos o ley de Moisés. No hay duda de que esos diez mandamientos forman parte del canon de la Escritura, la inspirada Palabra de Dios; pero confundir la ley de Moisés con los mandamientos de Cristo sería trastornarlo todo y confundir el judaísmo con el cristianismo, la ley con la gracia.

A menudo nos dejamos extraviar por el simple sonido de las palabras; por eso, cuando nos encontramos con la palabra «mandamientos», deducimos inmediatamente que debe referirse necesariamente a la ley de Moisés. Pero esto es una grave equivocación. Si el lector no lo comprende bien y no pisa terreno firme en este asunto, cierre este libro y lea los primeros ocho capítulos de la epístola a los Romanos y toda la epístola a los Gálatas; lea con calma y oración, como si estuviera en la misma presencia de Dios, con el ánimo libre de toda preocupación teológica y de la influencia de toda educación religiosa previa. Allí aprenderá de la manera más clara y completa que el cristiano nada tiene que ver con la ley, así se trate de vida, de justicia, de santidad, de conducta o de lo que fuese. En una palabra, la enseñanza de todo el Nuevo Testamento tiende a establecer en forma indudable que el cristiano no está bajo la ley, ni es del mundo, ni está en la carne, ni en sus pecados. El sólido fundamento de todo ello es la redención cumplida que tenemos en Cristo Jesús, en virtud de la cual estamos sellados con el Espíritu Santo, y de este modo totalmente unidos e identificados con Cristo resucitado y glorificado, de tal manera que el apóstol Juan puede decir, al hablar de los creyentes, de todos los amados hijos de Dios, pues: «como él (Cristo) es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17). Eso resuelve toda la cuestión para aquellos que solo quieren ser dirigidos por la sagrada Escritura. Y en cuanto a todos los demás, la discusión es inútil.

Nos hemos apartado de nuestro tema a fin de resolver cualquier dificultad que pudiera suscitarse por la mala interpretación de la palabra «mandamientos». Jamás podrá resultar excesivo el cuidado que ponga el lector para no dejarse arrastrar por la tendencia a confundir los mandamientos de los que nos habla Juan 14 con los mandamientos de Moisés, dados en Éxodo 20. Con todo, creemos reverentemente que Éxodo 20 es en verdad tan inspirado como Juan 14.

Y ahora, antes de dar por terminado el tema que nos ha ocupado, rogamos al lector que por unos momentos le dispense su atención a una porción de la historia inspirada que ilustra de una manera muy sorprendente la diferencia entre un hijo de Dios obediente y otro desobediente. El lector la hallará en Génesis 18 y 19. Es un estudio profundamente interesante, que presenta un contraste sumamente instructivo, sugestivo y práctico. No nos detendremos en él, ya que lo hemos hecho en nuestras “Notas sobre el libro del Génesis”, pero sí quisiéramos recordar al lector que, esos dos capítulos contienen la historia de dos santos varones de Dios. Lot era hijo de Dios tanto como Abraham. No ponemos en duda que Lot está entre «los espíritus de los justos hechos perfectos» (Hebr. 12:23), como tampoco que Abraham está también con ellos. Esto, creemos, no puede ponerse en duda, por cuanto el apóstol Pedro nos dice que el justo Lot «afligía cada día su alma justa viendo y oyendo» las obras inicuas de los malvados (2 Pe. 2:8).

Pero observe usted la gran diferencia entre esos dos hombres. Jehová en persona visitó a Abraham, se sentó junto a él y compartió de buena gana su hospitalidad. Ese era, en verdad, un alto honor, un raro privilegio; un privilegio que Lot jamás conoció, un honor al que él nunca aspiró. Jehová nunca le visitó en Sodoma. Él solamente le envió sus ángeles, sus ministros de poder, los agentes de su gobierno. Y aun ellos, al principio, rehusaron tenazmente entrar en la casa de Lot o aceptar la hospitalidad que les ofrecía. Su áspera respuesta fue: «No, que en la calle nos quedaremos esta noche» (Gén. 19:2). Y cuando entraron en su casa, fue solo para protegerle de la desordenada violencia de que se veía rodeado, y sacarle de las miserables circunstancias en que se había sumergido en su deseo de buena posición y ganancia mundana. ¿Puede haber contraste más evidente?

Pero, es más, Jehová se complacía en Abraham, él mismo se lo manifestaba, le revelaba sus pensamientos, le hablaba de sus planes y propósitos, lo que intentaba hacer con Sodoma. «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él» (Gén. 18:17-19).

Sería difícil hallar una ilustración más elocuente que la de Juan 14:21, 23, aunque la escena haya ocurrido dos mil años antes de que se pronunciaran aquellas palabras. ¿Tenemos algo parecido en la historia de Lot? Lamentablemente, no. No era posible. No tenía ninguna intimidad con Dios, ni conocimiento de su mente, ni entraba en sus planes y propósitos. ¿Cómo habría podido? Hundido como estaba en los bajos fondos morales de Sodoma, ¿cómo podía conocer la mente de Dios? Cegado por la lóbrega atmósfera que cubría las culpables ciudades de la llanura, ¿cómo podía ver en lo futuro? Enteramente imposible. Si un hombre anda mezclado con el mundo, solo puede apreciar las cosas desde el punto de vista mundano; solo podrá medir las cosas con un patrón mundano y pensar de ellas a la manera del mundo. De aquí que la Iglesia, en la condición de Sardis, es amenazada con la venida del Señor como la de un ladrón en vez de ser animada con la esperanza de su venida como la del Esposo y la Estrella de la mañana. Si la iglesia profesa ha descendido al nivel del mundo, como ha sucedido, solo podrá contemplar el porvenir desde el punto de vista del mundo. Esto explica el sentimiento de terror con que la gran mayoría de los cristianos profesos consideran el tema de la venida del Señor. Le esperan como a un ladrón, en vez de aguardarle como el bendito Esposo de sus corazones. Cuán pocos hay, comparativamente, que aman su venida (2 Tim. 4:8). La gran mayoría de profesos (nos aflige decirlo) encuentran su tipo en Lot más bien que en Abraham. La Iglesia ha dejado su propio terreno; ha descendido de su elevación moral y se ha mezclado con el mundo que odia y desprecia a su Señor ausente.

Mas, gracias a Dios, «tienes unos pocos nombres en Sardis que no han ensuciado sus ropas» (Apoc. 3:4), algunas piedras vivas entre las humeantes cenizas de los profesos sin vida, algunas luces centelleantes en medio de la oscuridad moral de una fría cristiandad nominal, sin corazón y mundana.

Y no solo esto, sino que en el período que podríamos llamar laodiceano de la historia de la Iglesia, el que presenta un estado de nivel aun más bajo y sin esperanza, cuando la totalidad del cuerpo profeso está a punto de ser vomitado de la boca del «testigo fiel y verdadero» (Apoc. 3:14-16), aun en ese avanzado estado de declinación y abandono el oído atento oye las palabras llenas de gracia y de poder: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apoc. 3:20).[5]

[5] Aplicar al pecador este solemne llamamiento de Cristo a la iglesia en Laodicea, según lo hemos oído a veces en predicaciones evangélicas, es una gran equivocación. Sin duda, el pensamiento del predicador es justo, pero no corresponde al caso. Cristo no está llamando a la puerta del corazón del pecador, en lo que allí se nos describe, sino que llama a la puerta de la iglesia profesa. ¡Qué hecho este! ¡Cuán lleno de profunda y terrible solemnidad en cuanto a la Iglesia! ¡Qué final! ¡Cristo fuera! Pero, ¡cuánta gracia por parte de Cristo en su llamado! ¡Él quiere entrar! Está aun aguardando con paciente bondad y con inmutable amor, presto a entrar en el corazón de cualquier fiel que quiera abrirle. Por si «alguno», ¡uno solo al menos! En Sardis pudo hablar positivamente de algunos; en Laodicea solo puede hablar dudosamente de alguno. Pero, aunque hubiera solamente uno, Él entrará a él, cenará con él. ¡Precioso Salvador! ¡Fiel amante de nuestras almas! «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebr. 13:8).

Lector, ¿hemos de admirarnos de que el enemigo procure mutilar y aplicar mal el solemne y escudriñador llamamiento a la iglesia en Laodicea, el cuerpo profeso en el más espantoso estado de su historia? No vacilaremos en decir que aplicarlo simplemente al caso del alma no convertida es privar a la iglesia profesa de uno de los más pertinentes, agudos y poderosos llamamientos que contiene el Nuevo Testamento.

Así que, en los días de la cristiandad profesa, como en los días de los patriarcas, en los tiempos del Nuevo Testamento como en los del Antiguo, vemos que Dios concede la misma importancia e igual valor al oído atento y al corazón obediente. Abraham en las llanuras de Mamre, peregrino y extranjero, fiel y obediente hijo de Dios, experimentó el raro privilegio de hospedar al Señor de gloria; privilegio que no pudo ser conocido por quien, como Lot, había escogido como morada un lugar destinado a la destrucción. Así también, en los días de indiferencia y jactanciosa pretensión de Laodicea, el corazón verdaderamente obediente se ve animado con la dulce promesa de sentarse a la cena con Aquel que es «el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios» (Apoc. 3:14). En una palabra, sean cuales fueren las condiciones de las cosas, no hay límite de bendiciones para el alma individual que quiere atender solo a la voz de Cristo y guardar sus mandamientos.

Recordemos esto. Dejemos que penetre en lo más profundo de nuestro ser moral. Nada puede despojarnos de las bendiciones y privilegios que se derivan de la obediencia. Tal verdad brilla ante nuestros ojos en cada sección y en cada página del volumen de Dios. En todo tiempo, en todo lugar y en todas las circunstancias el alma obediente fue dichosa en Dios y Dios se complació en ella. Ello es siempre así, cualquiera fuere el carácter de la dispensación: «miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2). Nada podrá alterar o tocar esto. Lo vemos en el capítulo cuarto de nuestro bendito libro del Deuteronomio, en las palabras con las cuales comienza esa sección: «Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da». Lo encontramos también en esas preciosas palabras de nuestro Señor, en Juan 14, ya citadas: «el que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama…» Y también: «Si alguno me ama, guardará mi palabra» (v. 21, 23).[6]

[6] Existe una instructiva diferencia entre los «mandamientos» y las «palabras» del Señor. Los primeros establecen de manera clara y definitiva lo que debemos hacer; las otras son la expresión de deseos de Dios. Si a mi hijo le doy un mandato, este constituye su deber y, si me ama, se complacerá en hacerlo. Pero si me oye decir: “Me gustaría que se hiciese tal o cual cosa”, aunque yo no le haya dicho formalmente que lo hiciera, verlo hacer aquella cosa con el fin de agradarme me tocaría el corazón más profundamente que si le hubiera dado una orden positiva. Ahora, pues, ¿no hemos de procurar agradar al corazón de Cristo? ¿No nos esforzaremos para serle agradables? Él nos ha hecho aceptos; ciertamente, pues, hemos de procurar, de todas formas, ser aceptables a él. Él se complace en la amante obediencia; y esto es lo que él mismo tributaba al Padre. «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón» (Sal. 40:8). «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Juan 15:10). ¡Ojalá podamos ser más animados por el Espíritu de Jesús para andar en sus benditos pasos y rendirle más amante, devota y cordial obediencia en todo! Procuremos, lector cristiano, profundizar sinceramente en estas cosas, de manera que su corazón sea regocijado y su nombre glorificado en nosotros y en nuestra carrera práctica día tras día.

Esto mismo resplandece con una brillantez notable en las palabras del apóstol Juan: «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos para con Dios; y todo cuanto pidamos lo recibimos de él; porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es agradable ante él. Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros, como él nos lo mandó. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él» (1 Juan 3:21-24).

Podríamos multiplicar las citas, pero no hay necesidad. Las que hemos mencionado establecen, de la manera más completa y clara posible, el verdadero y más alto motivo de la obediencia, esto es, ser agradables al corazón de nuestro Señor Jesucristo, en quien Dios se complace. Verdad es que debemos cordial obediencia por muchos motivos. No sois vuestros, «habéis sido comprados por precio» (véase 1 Cor. 6:19-20). A él le debemos nuestra vida, nuestra paz, nuestra justicia, nuestra salvación, nuestra eterna felicidad y gloria; así que nada puede exceder el peso moral de sus derechos sobre nosotros en cuanto a nuestra vida de obediencia con todo nuestro corazón. Pero hay otra consideración más importante todavía, que es el hecho maravilloso de que, cuando obedecemos a sus mandamientos y hacemos aquello que es agradable a sus ojos, recreamos su espíritu y alegramos su corazón.

Amado lector cristiano; ¿puede haber algo que sobrepuje el poder moral como este motivo? ¡Piense usted por unos momentos en el privilegio que tenemos de alegrar el corazón de nuestro Señor! ¡Qué dulzura, qué interés, qué preciosidad, qué santa dignidad comunica a cada pequeño acto de obediencia el hecho de saber que es agradable al corazón de nuestro Padre! ¡Cuánto supera esto al sistema legalista! Es su más perfecto contraste en todos sus aspectos y en todos sus rasgos. La diferencia entre el sistema legal y el cristianismo es la misma que hay entre la muerte y la vida, la esclavitud y la libertad, la condenación y la justificación, entre lo distante y lo próximo, entre la duda y la certeza. ¡Cuán monstruosa es la tentativa de amalgamar estos dos principios, de juntarlos en un solo sistema, como si fuesen dos ramas de un mismo tronco! ¡Qué confusión más desesperante ha de resultar de tal esfuerzo! ¡Cuán terrible el efecto del intento de colocar las almas bajo la influencia de ambas cosas! El mismo que si nos propusiéramos combinar los rayos del sol de mediodía con las profundas tinieblas de la medianoche. Considerado desde el punto de vista divino y celestial, juzgado a la luz del Nuevo Testamento, medido por el patrón del corazón de Dios y la mente de Cristo, se verá que no puede haber anomalía más horrible que la que ofrece a nuestros ojos el esfuerzo que se hace en la cristiandad para combinar la ley y la gracia. En cuanto al deshonor hecho a Dios, la herida infligida al corazón de Cristo, el agravio y desprecio hechos al Espíritu Santo, el daño causado a la verdad de Dios, la enorme injusticia hecha a los amados corderos y ovejas del rebaño de Cristo, la terrible piedra de escándalo arrojada en el camino tanto de judíos como de gentiles, y, en una palabra, la injuria grave hecha a todo el testimonio de Dios durante el tiempo de la gracia, todo esto solo el tribunal de Cristo podrá declararlo; y ¡qué terrorífica declaración habrá de ser! Es demasiado terrible para ser contemplada.

Sin embargo, en toda la extensión de la iglesia profesa existen muchas almas piadosas que de buena fe creen que el único camino para conseguir obediencia, alcanzar una santidad práctica, asegurar una buena conducta y mantener en orden nuestra mala naturaleza consiste en ponerse bajo la ley. Esos cristianos parecen temer que, sin este maestro, sin sus elementos y su vara, todo el orden moral se vendría abajo. Con la ausencia de la autoridad de la ley no esperan más que una confusión indescriptible. Quitar los diez mandamientos como regla de vida es, a juicio de los tales, demoler esos grandes diques morales que la mano de Dios erigió para contener la marea de la anarquía humana.

Comprendemos perfectamente su dificultad. Muchos de nosotros hemos tropezado con ella en una forma u otra. Pero debemos tratar de resolverla según los caminos de Dios. No debemos aferrarnos a nuestras propias opiniones y así contrariar las expresas enseñanzas de la santa Escritura; tarde o temprano nos veremos obligados a abandonar todas esas opiniones. Nada podrá mantenerse en pie sino la Palabra de nuestro Dios, la voz del Espíritu Santo, la autoridad de la Escritura, las imperecederas enseñanzas de la incomparable revelación que nuestro Padre, en su gracia infinita, puso en nuestras manos. La debemos escuchar con profunda y reverente atención; ante ella debemos inclinarnos con obediencia completa. No debemos pensar en sostener ni una sola de nuestras propias opiniones. La opinión de Dios debe ser la nuestra. Hemos de arrojar todos los escombros que, por la influencia de las enseñanzas meramente humanas, han ido acumulándose en nuestras inteligencias.

Además, hemos de aprender a confiar implícitamente en toda palabra que sale de la boca de Dios. No debemos oponerle objeciones, ni juicios, ni discusiones; debemos simplemente creerla. Si el hombre hablara, si se tratara meramente de una cuestión de autoridad humana, entonces deberíamos juzgarla, ya que un hombre no tiene derecho a mandar. Deberíamos juzgar acerca de lo que dijera, no según nuestra propia opinión, ni por ningún patrón humano, credo o confesión de fe, sino por la Palabra de Dios. Pero cuando la Escritura habla, toda discusión queda terminada.

Este es un consuelo indecible. Está fuera del alcance del lenguaje humano exponer de manera adecuada el valor o la importancia moral de este gran hecho. Libera al alma completamente del cegador poder de la terquedad, por una parte y, por otra, de la simple sujeción a la autoridad humana. Nos lleva al contacto vivo, personal y directo de la autoridad de Dios, y esto es vida, paz y libertad, poder moral, verdadera elevación, divina certeza y santa estabilidad. Pone término a dudas y temores, a todas las fluctuaciones de las opiniones meramente humanas que tanta perplejidad causan y que tanto torturan el corazón. Así no somos agitados por todo viento de doctrina, por las oleadas del pensamiento humano. Dios ha hablado. Esto basta por completo. En ello el corazón encuentra su profundo y estable reposo. Ha logrado escapar del tormentoso océano de la controversia teológica y ha echado anclas en el bendito puerto de la revelación divina.

De aquí, pues, que queramos decir al piadoso lector de estas líneas: si quiere conocer el pensamiento de Dios sobre el tema que tratamos; si quiere conocer el fundamento, el carácter y el objeto de la obediencia cristiana, debe pura y simplemente escuchar la voz de la sagrada Escritura. Y ¿qué dice esta? ¿Nos envía de nuevo a Moisés para aprender cómo hemos de vivir? ¿Nos envía de nuevo al «monte palpable» a fin de asegurarnos una vida santa? ¿Nos coloca bajo la ley para refrenar nuestra carne? Oiga lo que nos dice. Sí; óigalo y péselo cuidadosamente. Oiga las siguientes palabras de Romanos 6, palabras de santo poder de emancipación: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (v. 14).

Ahora, pues, rogamos encarecidamente al lector que permita que esas palabras penetren en las mismas profundidades de su alma. El Espíritu Santo declara, de la manera más sencilla y enfática, que los cristianos no están bajo la ley. Si estuviéramos bajo la ley, el pecado tendría dominio sobre nosotros. Vemos en la Escritura, de un modo invariable, que el «pecado», la «ley» y la «carne» van unidos. El alma que está bajo la ley no tiene la posibilidad de gozar de una completa liberación del dominio del pecado; y en ello podemos ver de una ojeada la falacia de todo el sistema legalista y el engaño absoluto de empeñarse en obtener la santidad de vida poniendo las almas bajo la ley. Esto equivale a colocarlas sencillamente en el terreno en el cual el pecado puede señorear sobre ellas y sujetarlas con absoluto dominio. ¿Cómo es, pues, posible producir la santidad por la ley? Es absolutamente imposible.

5.3 - Muertos a la ley

Volvamos por un momento a Romanos 7. «Vosotros también, hermanos míos» (así como todo verdadero creyente, todo el pueblo de Dios) «habéis muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios» (v. 4). Ahora bien; es evidente que no se puede estar «muerto a la ley» y «estar bajo la ley» al mismo tiempo. Se nos podría objetar, quizá, que la expresión «muerto a la ley» es solamente una figura. Supongamos que sea así. entonces preguntaremos: ¿Una figura de qué? Por cierto, que no podría ser figura de personas que estuviesen bajo la ley. En ningún modo; sería, en todo caso, una figura de lo enteramente opuesta a ello.

Notemos de modo particular que el apóstol no dice que la ley está muerta. Nada de eso. La ley no ha muerto, pero nosotros estamos muertos para ella. Por la muerte de Cristo hemos salido de la esfera a la que pertenece la ley. Cristo se puso en este lugar por nosotros; fue colocado bajo la ley; y, en la cruz, fue hecho pecado por nosotros. Él murió por nosotros, y nosotros morimos en él; de este modo nos sacó de la posición en la que estábamos bajo el dominio del pecado y bajo la ley, y nos introdujo en una posición enteramente nueva, en asociación y unión viva con él resucitado, de tal manera que podemos decir: «Como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17). Cristo en la gloria ¿está bajo la ley? Ciertamente que no. Pues bien, tampoco nosotros. ¿Tiene el pecado algún derecho sobre él? Absolutamente ninguno. Tampoco, pues, sobre nosotros. Somos, en cuanto a nuestra situación, como él es en la presencia de Dios; por consiguiente, volver a ponernos bajo la ley sería la más completa subversión de nuestra posición en Cristo y la más positiva y flagrante contradicción de las muy claras manifestaciones de la sagrada Escritura al respecto.

Y ahora deseamos preguntar: ¿Cómo podrá progresarse en la santidad práctica si removemos los propios fundamentos del cristianismo? ¿Cómo podrá ser subyugado el pecado que habita en nosotros, si nos ponemos bajo el propio sistema que dio al pecado su poder sobre nosotros? ¿Cómo se producirá la verdadera obediencia cristiana si nos desviamos de la sagrada Escritura? Confesamos que no podemos imaginar nada más absurdo. Con seguridad que un fin divino solo puede alcanzarse siguiendo un camino divino. Ahora bien; el camino de Dios para liberarnos del dominio del pecado fue el de liberarnos de la ley; de modo que todos los que enseñan que los cristianos están bajo la ley se hallan claramente en oposición a Dios. ¡Tremenda consideración para cuantos desean ser enseñadores de la ley!

Pero continuemos considerando otras palabras del capítulo 7 de la epístola a los Romanos. El apóstol continúa diciendo: «Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que son mediante la ley obraban en nuestros miembros, a fin de producir fruto para muerte. Pero ahora hemos sido liberados de la ley, habiendo muerto a aquello que nos tenía cautivos; de modo que servimos en novedad de espíritu, y no en vejez de letra» (v. 5-6).[7]

[7] La traducción de Romanos 6, en nuestra Versión Autorizada (se refiere el autor a la Biblia inglesa de este nombre) es manifiestamente errónea, por cuanto enseña que la ley está muerta, lo cual no es verdad. «La ley es buena, si uno la usa legítimamente» (1 Tim. 1:8). Y, además: «La ley es santa» (Rom. 7:12). La Escritura nunca enseña que la ley está muerta, sino que enseña que el creyente está muerto a la ley, lo cual es muy distinto.

Esto es tan claro como la luz del sol. ¿Qué significa la expresión «cuando estábamos en la carne»? Quiere decir, acaso, ¿que estamos aún en esa situación? Evidentemente no. Si yo digo: “Cuando estaba en Londres” ¿entenderá alguien que continúo estando aún en Londres? Tal pensamiento es absurdo.

Entonces ¿qué quiere significar el apóstol con la expresión: «cuando estábamos en la carne»? Pues sencillamente hacer referencia a una cosa pasada, a un estado que ya no existe. ¿Los creyentes, pues, no están en la carne? Así lo declara terminantemente la Escritura. Pero ¿quiere esto decir que no están en el cuerpo? Por cierto, que no. Están en el cuerpo, en cuanto al hecho de su existencia; pero no están en la carne, en cuanto al principio de su posición ante Dios.

En el capítulo 8 tenemos la más clara exposición de este punto. «Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (v. 8-9). Aquí tenemos la exposición de un hecho muy solemne, y la enunciación de un muy precioso y glorioso privilegio. «Los que están en la carne no pueden agradar a Dios». Podrán ser muy morales, muy amables, muy religiosos, muy benévolos; pero no pueden agradar a Dios. Toda su situación es falsa. La fuente de la que manan todas las corrientes está corrompida, la raíz y el tronco de donde provienen las ramas están podridos, son desesperadamente malos. No pueden producir el más mínimo fruto bueno, fruto que Dios pueda aceptar. «No pueden agradar a Dios». Deben colocarse en una situación enteramente nueva; deben tener nueva vida, nuevos motivos, nuevos objetos; en una palabra, deben ser una nueva creación. ¡Cuán solemne es esto! Considerémoslo a fondo y veamos si comprendemos las palabras del apóstol.

Por otra parte, notemos los gloriosos privilegios de todos los verdaderos creyentes: «Vosotros no estáis en la carne». Los creyentes no están ya en una situación en la cual no puedan agradar a Dios. Tienen una nueva naturaleza, una nueva vida, cada movimiento de la cual, y cuanto de ella emana, es agradable a Dios. El más débil aliento de la vida divina es grato a Dios. El Espíritu Santo es el motor de tal vida, Cristo el objeto, la gloria es la meta, el cielo es el hogar. Todo es divino y, por lo tanto, perfecto. Ciertamente el creyente está expuesto a errar, por naturaleza siente inclinación a desviarse, es capaz de caer en pecado. En él, esto es, en su carne, no mora el bien. Pero su posición ante Dios está fundada en la eterna estabilidad de la gracia de Dios, y la misma gracia ha hecho provisión para el estado espiritual del creyente en la preciosa expiación y la eficaz intercesión de nuestro Señor Jesucristo (1 Juan 2:1). De modo que está libre para siempre de ese terrible sistema legal en el que las más sobresalientes figuras son «la carne», «la ley», «el pecado», «la muerte», ¡triste agrupación, en verdad! Y ha sido trasladado a la gloriosa escena en la cual las figuras prominentes son «vida», «libertad», «gracia», «paz», «justicia», «santidad», «gloria», «Cristo». «Porque no os habéis acercado a un monte palpable: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad, sonido de la trompeta y voz que hablaba, la cual, los que la oían, suplicaron que no se les hablara más; porque no soportaban lo que se les mandaba: Si aun una bestia toca el monte, será apedreada; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: ¡Estoy aterrado y tembloroso! Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a miríadas de ángeles, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús, mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel» (Hebr. 12:18-24).

Así hemos procurado resolver la dificultad que podría haber experimentado el lector concienzudo que hasta el momento de abrir el presente libro abrigara la convicción de que la santidad práctica y la verdadera obediencia solo pueden conseguirse colocando a los creyentes bajo la ley. Esperamos que haya entendido y aceptado la evidencia de la Escritura, la cual hemos puesto ante él. Si así es, comprenderá que colocar a los creyentes en tal posición es quitar el mismo fundamento del cristianismo, abandonar la gracia, dejar a Cristo, volver a la carne, en la cual no podemos agradar a Dios, y ponernos nosotros mismos bajo la maldición. En una palabra, el sistema legal de los hombres es diametralmente opuesto a toda la enseñanza del Nuevo Testamento. El bendito apóstol Pablo testificó durante toda su vida contra ese sistema y sus adherentes. Lo aborreció por completo y lo denunció de continuo. Los maestros de la ley estaban siempre procurando minar sus benditos trabajos y engañar a las almas de sus amados hijos en la fe. Es imposible leer sus fogosas expresiones en la epístola a los Gálatas, sus ásperas referencias en su epístola a los Filipenses (o las solemnes amonestaciones de la epístola a los Hebreos, acerca de cuya autoría existen dudas), sin comprender cuán intenso era su aborrecimiento de todo el sistema legalista de los maestros de la ley y cuán amargamente lloraba sobre las ruinas del testimonio tan precioso a su grande, amoroso y devoto corazón.

Es posible que, a pesar de todo lo que hemos escrito, y a despecho de la plena evidencia de la Escritura sobre la cual hemos llamado la atención del lector, este se halle dispuesto a preguntar: “¿No existirá algún peligro de impía relajación y de veleidad si anulamos el poder coercitivo de la ley?” A esto respondemos que Dios es más sabio que nosotros. Él sabe mejor que nosotros cómo evitar la relajación y la veleidad y cómo producir la verdadera obediencia. Él dio la ley y ¿cuál fue el resultado? Produjo la ira. Fue causa de que el quebrantamiento de esa ley abundase. Desarrolló los deseos de los pecados. Introdujo la muerte. Fue la fuerza del pecado. Privó al pecador de todo poder. Lo mató. Fue la condenación. Maldijo a todos cuantos tenían que responder ante ella. «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (Gál. 3:10). Y todo esto no se debió a algún defecto de la ley, sino a causa de la total incapacidad del hombre para cumplirla.

¿No es evidente para el lector que ni la vida, ni la justicia, ni la santidad, ni la verdadera obediencia cristiana pudieron jamás alcanzarse bajo la ley? ¿Será posible que, después de lo que hemos visto, pueda hacer alguna objeción, tener alguna duda, encontrar una sola dificultad? Esperamos que no. Nadie que esté dispuesto a inclinarse ante la enseñanza y la autoridad del Nuevo Testamento puede ser partidario del sistema legalista, ni por un momento.

Sin embargo, antes de dar por terminado este grave e importantísimo tema, señalaremos al lector uno o dos pasajes de la Escritura en los cuales las glorias morales del cristianismo resplandecen con vivo fulgor, en intenso contraste con la entera economía mosaica.

Ante todo, tomemos el tan conocido pasaje del principio de Romanos 8: «No hay, pues, ahora ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible para la ley, ya que era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne pecaminosa, y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos según la carne, sino según el Espíritu» (v. 1-4).

Ahora bien; hemos de tener en cuenta que el versículo primero establece la posición de todo cristiano, es decir su posición ante Dios. Está «en Cristo Jesús». Esto lo esclarece todo. El cristiano no está ya en la carne, no está bajo la ley, está absoluta y eternamente «en Cristo Jesús». Por lo tanto, no hay, no puede haber «condenación» para él. El apóstol no habla ni se refiere a nuestra conducta o a nuestro estado. Si fuera así, no podría hablar de «ninguna condenación». La conducta cristiana más perfecta que jamás se haya observado, el estado cristiano más perfecto que se haya alcanzado siempre daría algún motivo para el juicio y la condenación. No hay un cristiano sobre la faz de la tierra que no deba diariamente juzgar su estado y su conducta, su condición moral y su vida práctica. ¿Cómo podría, pues, fundarse la «ninguna condenación» en la conducta cristiana? Es del todo imposible. Para estar libres de condenación hemos de poseer algo divinamente perfecto, y la conducta cristiana no lo es, ni jamás lo ha sido. Aun el gran apóstol Pablo tuvo que retirar unas palabras que pronunció (Hec. 23:5). Se arrepintió de haber escrito una carta (2 Cor. 7:8). Un estado perfecto y una conducta intachable solo pudo encontrarse en Uno: Jesús. En todos los demás, aun los más santos y mejores, hay tacha.

He aquí, pues, que la segunda cláusula del primer versículo de Romanos 8 debe ser tenida como interpolación, como algo intercalado. Creemos que esto será comprendido por todo el que sea enseñado por Dios, dejando aparte toda cuestión de mera crítica textual. Una mente espiritual podrá darse cuenta de la incongruencia que existe entre las palabras «ninguna condenación» y «conducta». Las dos cosas no pueden armonizarse. Y aquí, sin duda alguna, es precisamente donde miles de almas piadosas se han visto envueltas en dificultades en cuanto a este pasaje realmente magnífico y emancipador. El alegre sonido de la frase «ninguna condenación» ha sido despojado de su profundo, completo y bendito significado por una interpolación introducida por algún copista cuya débil visión quedó deslumbrada, sin duda, por la brillantez de esa libre, absoluta y soberana gracia que resplandece al principio de ese capítulo. Cuántas veces hemos oído palabras como estas: “¡Oh, sí! ya sé que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús; pero esto es para los que andan no según la carne, sino según el Espíritu. Yo no puedo decir que ande así. Anhelo vivamente hacerlo, y deploro mi fracaso. Daría todo lo que tengo para poder conducirme con más perfección; pero ¡ay de mí! he de condenarme a mí mismo, mi estado, mi conducta, mis hechos, cada día y aun cada hora. Por eso no me atrevo a aplicarme tan preciosas palabras como las de «ninguna condenación». Espero que algún día podré hacerlo, cuando haya hecho más progreso en santidad personal; pero, en mi presente estado, considero que incurriría en la presunción más atrevida si me aplicara la preciosa verdad contenida en la primera parte de Romanos 8”.

Pensamientos como estos han pasado por la mente de muchos de nosotros, aunque no hayan sido exteriorizados en palabras. Pero la respuesta sencilla y concluyente a todos esos razonamientos legalistas se encuentra en el hecho de que la segunda cláusula de Romanos 8:1 es una interpolación engañadora, ajena al espíritu y genio del cristianismo; opuesta a toda la serie de argumentos del contexto del capítulo en que consta y altamente subversiva de la sólida paz del cristiano. Es un hecho muy conocido por todos los que están al corriente de la crítica bíblica, que todas las autoridades de gran renombre están de acuerdo en rechazar la segunda cláusula de Romanos 8:1.[8] Y en este caso la crítica textual solo confirma, como toda sana crítica lo hará, la conclusión a que llegaría una mente de veras espiritual, sin ningún conocimiento de la crítica.

[8] Quizá algún lector se muestre un tanto desconfiado y celoso de cualquier contrariedad que opongamos a nuestra excelente Biblia inglesa (este comentario, sobre el Deuteronomio, fue escrito por un ilustre siervo de Dios en el siglo 17). Como muchos otros, quizás esté dispuesto a decir: “¿Cómo podrá conocer el hombre poco ilustrado lo que es la Escritura y lo que no? ¿Ha de depender de los estudiosos y críticos para darle certeza en asunto tan grave e importante? Si es así, ¿no volveríamos a la antigua historia de buscar la autoridad humana para confirmar la verdad de Dios?” De ninguna manera; es cosa enteramente distinta. Todos sabemos que todas las ediciones y traducciones han de ser, en algún punto, imperfectas, pues son humanas. Pero creemos que la misma gracia que dio la Palabra en el original hebreo y griego ha velado maravillosamente por nuestra traducción inglesa, de tal modo que el campesino que vive en la falda de un monte puede estar seguro de poseer en su Biblia inglesa corriente la revelación de la mente de Dios. Es admirable, según los trabajos de estudiosos y críticos, cuán pocos pasajes, comparativamente, han debido retocarse, y de estos ni uno solo afectaba a alguna doctrina fundamental del cristianismo. Dios, quien en su gracia nos dio la santa Escritura, ha velado ante todo por ella y la ha preservado para su Iglesia de la manera más asombrosa. Además, ha creído conveniente hacer uso de los trabajos de los estudiosos y críticos, de siglo en siglo, para sanear el sagrado texto de errores que, a causa de las imperfecciones atribuibles a toda empresa humana, se habían deslizado en él. Esas correcciones ¿podrán conmover nuestra confianza en la integridad de la Escritura como un todo, o inducirnos a la duda de que poseemos en verdad la Palabra de Dios? No, más bien nos inducirán a bendecir a Dios por su bondad al velar por su Palabra a fin de preservarla en toda su integridad para su Iglesia.

Mas, como adición a cuanto hemos dicho con referencia a este tema, diremos que el hecho de encontrar en el versículo la cláusula «no andamos según la carne, sino según el Espíritu» agrega mayor evidencia de que su presencia al final del versículo 1 es una interpolación. No podemos admitir ni por un momento el pensamiento de que haya redundancia de palabras en la sagrada Escritura. Ahora bien, en el versículo 4 se trata de una cuestión de conducta, una cuestión de nuestro cumplimiento de «la justicia que es por la ley» (10:5); de ahí que la frase esté bien, porque está divinamente en su sitio apropiado. El que anda conforme al Espíritu, como lo debe hacer todo cristiano, cumple la justicia de la ley. El amor es el cumplimiento de la ley; el amor nos conducirá a cumplir lo que los diez mandamientos no pudieron lograr nunca, esto es, a amar a nuestros enemigos. Ningún amante de la santidad, ningún defensor de la justicia práctica jamás habrá de tener el más mínimo temor de perder nada por abandonar el terreno legalista y tomar su sitio en la elevada plataforma del cristianismo verdadero, por abandonar el monte Sinaí y cambiarlo por el monte Sion, por pasarse de Moisés a Cristo. No, alcanza un más alto manantial, una fuente más profunda, una esfera más amplia de santidad, de justicia y de obediencia práctica.

Si alguno se sintiera dispuesto a preguntar: “La serie de argumentos que hemos venido exponiendo, ¿no tiende a despojar a la ley de su gloria característica?”, nosotros le responderíamos que no. Lejos de ello, la ley nunca fue más magnificada, nunca tan vindicada, nunca tan establecida, nunca tan glorificada como lo fue por la preciosa obra que forma el fundamento imperecedero de todos los privilegios, las bendiciones, las dignidades y las glorias del cristianismo. El apóstol anticipa y responde a aquella pregunta al comienzo de su epístola a los Romanos: «Entonces, ¿anulamos la ley por medio de la fe? No, por cierto; sino que confirmamos la ley» (Rom. 3:31). ¿De qué modo pudo ser la ley más gloriosamente vindicada, honrada y magnificada que por la vida y muerte del Señor Jesucristo? ¿Habrá alguien que, por un momento siquiera, pretenda sostener la extravagante idea de que se enaltece la ley poniendo a los cristianos bajo ella? Queremos creer que el lector no será de esa opinión. ¡Ah! no toda esa serie de cosas ha de ser completamente abandonada por aquellos cuyo privilegio consiste en andar a la luz de la nueva creación, que conocen a Cristo como su vida, su justicia, su santificación, su gran modelo, su todo en todo; que encuentran sus móviles para obedecer no en el temor a las maldiciones de una ley quebrantada, sino en el amor de Cristo, según aquellas exquisitamente hermosas palabras: «El amor de Cristo» (no la ley de Moisés) «nos apremia, llegando a esta conclusión: Que uno murió por todos, entonces todos murieron; y murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí mismos, sino para el que por ellos murió y fue resucitado» (2 Cor. 5:14-15).

¿Pudo la ley producir alguna vez algo parecido a esto? Imposible. Mas bendito sea para siempre el Dios de toda gracia «lo que era imposible para la ley», no porque no fuese santa, justa y buena, sino «ya que era débil por la carne», o sea que el artífice era bueno pero el material estaba podrido y para nada servía, «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne pecaminosa, y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, que» –como resucitados con Cristo, unidos a él por el Espíritu Santo, según el poder de una nueva y eterna vida– «no andamos según la carne, sino según el Espíritu» (Rom. 8:3-4).

Esto, y solo esto, es verdadero y práctico cristianismo, y si el lector quiere dispensar su atención al segundo capítulo de la epístola a los Gálatas, encontrará otra de esas bellas y ardientes proclamas en las que el bienaventurado apóstol demuestra con divino poder y plenitud la gloria especial de la vida y conducta cristianas. Está relacionada con su fiel reprensión al apóstol Pedro, en Antioquía, cuando este amado y honroso siervo de Cristo, por su característica debilidad, fue inducido a descender por un momento del elevado terreno moral en el cual el Evangelio de la gracia de Dios coloca al alma. Nada mejor que citar el párrafo entero, cada sentencia del cual está repleta de poder espiritual:

«Pero cuando Cefas vino a Antioquía, me enfrenté con él, no le censuró ni le reconvino estando ausente, sino ante otros– porque su conducta era condenable. Porque antes de que llegaran algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero cuando llegaron, se retraía y se separaba de ellos, por temor a los de la circuncisión. Y los otros judíos participaban en este disimulo con él; de forma que incluso Bernabé fue arrastrado con ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como un gentil y no como un judío, ¿cómo obligas a los gentiles a vivir como si fueran judíos? Nosotros, siendo judíos por naturaleza, no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; porque por las obras de la ley nadie será justificado. Pero si buscando ser justificados en Cristo, nosotros mismos somos hallados pecadores, ¿es Cristo entonces ministro del pecado? De ninguna manera» (o lejos de nosotros tal pensamiento). «Porque si vuelvo a edificar lo que destruí, yo mismo me hago transgresor. Porque yo mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo» (no por la ley como regla de vida, sino) «en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se dio a sí mismo por mí. No anulo la gracia de Dios; porque si la justicia fuese mediante la ley, entonces en vano murió Cristo» (o murió en vano) (Gál. 2:11-21).

Aquí tenemos, pues, una de las más bellas afirmaciones que podríamos encontrar acerca de la verdad en cuanto al cristianismo práctico. Pero lo que llama inmediatamente nuestra atención de un modo especial es la manera muy precisa y hermosa con la que el Evangelio de Dios traza la senda del verdadero creyente entre los dos errores de la legalidad, por un lado, y de la relajación carnal por el otro. El versículo 19 del pasaje citado contiene el remedio divino para esos dos mortales peligros. A todos los que intentan poner al cristiano bajo la ley, de la manera o por el motivo que fuere, nuestro apóstol exclama (a oídos de los judíos disimuladores, con Pedro a la cabeza, y como respuesta a todos los maestros de la ley en todo tiempo): «He muerto a la ley».

¿Qué tiene que decirle la ley a un hombre muerto? Nada. La ley se aplica al hombre vivo, para maldecirlo y matarlo porque no la observó. Es en verdad una grave equivocación enseñar que la ley está muerta o abolida. No hay nada de esto. Está viva y con toda su fuerza, con todo su poder coercitivo, con toda su majestad, con toda su inflexible dignidad. Sería una grave equivocación decir que la ley de un país contra el asesinato está muerta. Pero si un hombre ha muerto, la ley ya no se le puede aplicar, por cuanto aquél ha pasado a estar fuera de su alcance.

Pero ¿cómo está muerto a la ley el creyente? El apóstol responde: «Porque yo mediante la ley he muerto a la ley» (Gál. 2:19). La ley había dictado sentencia de muerte en su conciencia, según lo leemos en Romanos 7: «Yo sin la ley vivía en otro tiempo; pero cuando vino el mandamiento, el pecado tomó vida, y yo morí. Y el mandamiento que era para vida, resultó ser para muerte; porque el pecado, hallando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató» (v. 9-11).

Pero hay más aún. El apóstol continúa diciendo: «Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2:20). Y aquí está la triunfante respuesta del cristiano a los que dicen que, por cuanto la ley de Moisés está derogada, ya no existe demanda posible en favor de la restricción legal bajo la cual los judíos fueron llamados a vivir. A todos cuantos buscan la libertad de disculparse a sí mismos, la respuesta es: «He muerto a la ley» no para dar rienda suelta a la carne, sino «a fin de vivir para Dios» (Gál. 2:19).

De modo que nada puede haber más completo, nada más bello moralmente que la respuesta del verdadero cristianismo a la legalidad por un lado y a la licencia por otro. En un Cristo crucificado, el propio yo crucificado; el pecado condenado. En un Cristo resucitado, nueva vida, una vida consagrada a Dios, una vida de fe en el Hijo de Dios; finalmente, como móvil de tal vida, el amor de Cristo que constriñe. ¿Qué puede ser superior a esto? En vista de las glorias morales del cristianismo ¿quién querría contender en favor de volver a poner a los creyentes bajo la ley, en la carne, en la vieja creación, bajo la sentencia de muerte en la conciencia, bajo la esclavitud, oscuridad, alejamiento, miedo a la muerte y a la condenación?

¿Será posible que el que haya gustado una vez, aun en la medida más débil, la celestial dulzura del muy bendito Evangelio de Dios, acepte el desdichado sistema mestizo, compuesto mitad de ley y mitad de gracia que la cristiandad ofrece al alma? Cuán terrible es hallar hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo, despojados de sus gloriosos privilegios y cargados con un pesado yugo que, según dijo Pedro, «ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar» (Hec. 15:10). Rogamos sinceramente al lector cristiano que medite lo que hemos expuesto. Escudriñe usted las Escrituras, y si encuentra que estas cosas son así, arroje a un lado para siempre la mortaja con que la cristiandad falsa envuelve a sus engañados adeptos y ande en la libertad con la cual Cristo liberó a su pueblo, arranque la venda que cubre los ojos de los hombres y contemple las glorias morales que resplandecen con celestial fulgor en el Evangelio de la gracia de Dios.

Luego demostremos, por una conducta santa, que la gracia puede hacer lo que la ley no pudo jamás. Ojalá que nuestro comportamiento práctico de cada día, en medio de las escenas, circunstancias, relaciones y asociaciones entre las cuales hemos de vivir, sean la respuesta más convincente a todos los que contienden en favor de la ley como regla de vida.

Finalmente, sea nuestro sincero y amante deseo y aspiración procurar, en cuanto dependa de nosotros, guiar a todos los queridos hijos de Dios al claro conocimiento de su posición y privilegios en un Cristo resucitado y glorificado. ¡Quiera el Señor mandar su luz y su verdad, por el poder del Espíritu Santo, y juntar a su amado pueblo alrededor suyo para hacerlo andar con el gozo de su salvación, la pureza y luz de su presencia, mientras aguarda su venida!

5.4 - Obedientes a Jesucristo

No intentaremos excusarnos ante el lector por esta larga digresión pues nos ha parecido muy necesario tratar a fondo la tan importante cuestión de la obediencia y colocar sobre su verdadero fundamento la doctrina presentada en el primer versículo de este capítulo. Si Israel fue llamado a oír y a ejecutar, cuánto más lo seremos nosotros, quienes somos tan abundantemente bendecidos; sí, bendecidos «con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efe. 1:3). Somos llamados a obedecer; a obedecer conforme nos lo dice 1 Pedro 1:2: «escogidos según el previo conocimiento de Dios Padre, en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo». Somos llamados a prestar el mismo género de obediencia que caracterizó la vida de nuestro Señor Jesucristo. Por supuesto, en él no había ninguna influencia contraria como, por desgracia, hay en nosotros; pero, en cuanto al carácter de esa obediencia, es el mismo.

Este es un inmenso privilegio. Somos exhortados a andar en los pasos de Jesús. «El que dice permanecer en él, también debe andar como él anduvo» (1 Juan 2:6). Ahora bien, al considerar la senda de nuestro Señor, su vida maravillosa, vemos un hecho que reclama nuestra profunda y reverente atención, el que se relaciona de un modo especial con el libro del Deuteronomio: la manera en que él empleó siempre la Palabra de Dios, la importancia que siempre concedió a las sagradas Escrituras; ese hecho de tanta importancia en estos días asume un lugar capital en el hermoso libro que estudiamos; es un rasgo que lo distingue de los tres libros precedentes. A todo lo largo de él, la Palabra de Dios es señalada como la única regla, el solo modelo, la única autoridad para el hombre. Se la presenta en toda situación y relación en que se halle el hombre y en toda esfera de su actividad durante toda su historia moral y espiritual. Le dice lo que debe hacer y lo que no. Le proporciona amplio consejo en cualquier dificultad. Desciende, según veremos, a los más minuciosos detalles, los que llegan a ser de tal naturaleza que nos llenan de admiración al pensar que el Altísimo y Todopoderoso Señor que habita en la eternidad pueda tenerlos en cuenta; al pensar que el Omnipotente Creador y Sustentador del vasto universo pueda detenerse a legislar, por ejemplo, acerca del nido de un pájaro (cap. 22:6).

Tal es la Palabra de Dios, la incomparable revelación, ese perfecto e inimitable volumen que sigue siendo único en la historia de la literatura. Y podemos decir que uno de los especiales encantos del libro del Deuteronomio, uno de sus rasgos característicos más interesantes, es el modo como exalta la Palabra de Dios, reforzando en nosotros el santo y dichoso deber de una obediencia ilimitada.

Sí, lo repetimos y quisiéramos fervientemente dar todo el énfasis posible a estas palabras: obediencia ilimitada. Querríamos que estas saludables palabras sonaran a oídos de los cristianos profesos por toda la tierra. Vivimos en días especialmente caracterizados por la glorificación de la razón humana, el criterio humano, la voluntad humana. En una palabra, vivimos en lo que el inspirado apóstol llamó «el día del hombre» (1 Cor. 4:3). Por todas partes oímos y leemos altivas y jactanciosas palabras acerca de la razón humana y del derecho de todo hombre a razonar y pensar por cuenta propia. La idea de que hemos de ser absoluta y enteramente gobernados por la autoridad de la sagrada Escritura es considerada con soberano desdén por miles de hombres que son maestros y guías religiosos de la iglesia profesa.

Afirmar la reverente creencia en la plena inspiración, la entera suficiencia y la absoluta autoridad de la Escritura es lo bastante para que el que tal haga sea señalado de ignorante, de hombre de entendimiento limitado, si no como uno de inteligencia atrofiada, en opinión de algunos que ocupan las más altas posiciones en la iglesia profesa. En nuestras universidades, colegios y escuelas, la gloria moral del divino Volumen está decayendo rápidamente. En vez de servirse de él para guiar a nuestra juventud, a esta se le enseña a andar a la luz de la ciencia, a la luz de la razón humana. La misma Palabra de Dios se ve impíamente emplazada ante el juicio humano y reducida al nivel de la comprensión humana. Todo cuanto se remonta más allá de la débil visión del hombre, es rechazado implacablemente.

De este modo, la Palabra de Dios es virtualmente puesta a un lado, pues es evidente que, si la Escritura ha de ser sometida al criterio humano, deja de ser la Palabra de Dios. Es el colmo de la locura intentar someter una revelación divina y, por lo tanto, perfecta, a cualquier tribunal, sea el que fuere. O Dios nos ha dado una revelación o no nos la ha dado. Si lo ha hecho, esa revelación debe ser suprema, eminente, por encima y por fuera de toda interrogación, absolutamente incuestionable, infalible, divina, en fin. Ante su autoridad todo debe inclinarse incondicionalmente. Suponer un solo instante que el hombre es competente para juzgar la Palabra de Dios, o capaz de pronunciarse sobre si es o no digno de Dios lo que este haya dicho o escrito, es sencillamente colocar al hombre en el sitio de Dios. Y este es precisamente el intento del diablo, aunque muchos de sus instrumentos no se dan cuenta de que están ayudando a sus designios.

5.5 - La Escritura, palabra inspirada por Dios

Pero la pregunta reaparece de continuo ante nosotros: “¿Cómo podremos estar seguros de que nuestra Biblia es la verdadera revelación de Dios?” A ello responderemos que solo Dios puede darnos esa seguridad. Si él no lo hace, nadie podrá hacerlo. Si él lo hace, de nadie más necesitamos. Tal es nuestro argumento, y nos parece incontrovertible. Quisiéramos preguntar a todos cuantos suscitan esa impía pregunta (porque así debemos francamente llamarla): Suponiendo que Dios no pueda darnos la absoluta certeza de que nuestra Biblia sea su muy preciosa revelación, ¿adónde hemos de volver nuestros ojos? Desde luego que, en tan grave materia, de la que depende nuestro estado temporal y eterno, una sola duda es un suplicio y una desgracia. Si no estoy seguro de tener en la Biblia la revelación de Dios, no podré contar con un solo rayo de luz en mi camino. Estaré sumergido en oscuridad, en tristeza y miseria moral ¿Qué haré? ¿Puede el hombre ayudarme con sus enseñanzas, su sabiduría o su razón? ¿Puede satisfacer el anhelo de mi alma con sus argumentos? ¿Podrá resolver mis dificultades, responder satisfactoriamente a mis preguntas, aclarar mis dudas, disipar mis temores? ¿Será el hombre más capaz que Dios de darme la seguridad de que Él ha hablado?

La idea es absolutamente monstruosa; monstruosa en grado sumo. La pura verdad es, lector, que si Dios no puede darnos la certeza de que él ha hablado, se nos deja completamente sin su Palabra. Si hemos de apelar a la autoridad humana –llamémosla como se quiera– a fin de garantizar a nuestras almas la Palabra de Dios, entonces esa autoridad es más elevada, mayor, más segura y más digna de crédito que la misma Palabra a la que garantiza. Mas –bendito sea Dios– no es así. Él ha hablado a nuestros corazones. Él nos ha dado su Palabra, y esa Palabra lleva en sí misma las credenciales que la autorizan. No necesita para nada las recomendaciones de parte del hombre. ¡Qué! ¿Dirigirnos al hombre para acreditar la Palabra de Dios? ¿Dirigirnos a un gusano para obtener de él la certidumbre de que nuestro Dios nos ha hablado en su Palabra? ¡Desechemos para siempre idea tan blasfema, y que nuestro ser moral entero, todos nuestros poderes rescatados adoren la gracia sin par, la soberana misericordia que no ha permitido que anduviéramos a tientas en la oscuridad de nuestras propias inteligencias, ni que anduviéramos descarriados por las contradictorias opiniones de los hombres; sino que nos dio su propia revelación perfecta y muy preciosa, la divina luz de su Palabra para guiar nuestros pasos por la senda de certidumbre y de paz; para iluminar nuestros entendimientos y consolar nuestros corazones, para preservarnos de toda forma de error doctrinal y depravación moral, y, finalmente, para conducirnos al descanso, bendición y gloria de su reino celestial. ¡Loor a su Nombre a través de todos los siglos!

Pero hemos de tener en cuenta que el maravilloso privilegio del cual hemos hablado está fundamentado en la más solemne responsabilidad. Si es verdad que Dios, en su infinita misericordia, nos ha dado una perfecta revelación de su mente, ¿cuál ha de ser, pues, nuestra actitud con referencia a ella? ¿Hemos de juzgarla? ¿Hemos de discutirla, argüir o razonar sobre ella? ¡Ay de los que tal hagan! Van a encontrarse en una situación peligrosa. La única actitud verdadera, la única apropiada, la única segura para un hombre ante la revelación de Dios, es la obediencia; simple, implícita y cordial obediencia. Esto es lo recto para nosotros y es lo que agrada a Dios. La senda de la obediencia es la del más dulce privilegio, descanso y bendición. Esa senda puede ser pisada por el simple «hijito» en Cristo, como también por los «jóvenes» y los «padres». Es la única recta, bendita y segura senda para todos. Es estrecha, no hay duda alguna; pero es segura, brillante y elevada. La luz del rostro de nuestro Padre, con sus señales de aprobación, resplandece siempre en ella, y en esa bendita luz el alma obediente encuentra la más triunfal respuesta a todos los reproches de los que hablan altivamente y con voces retumbantes de amplitud de criterio, liberalidad de pensamiento, libertad de opinión, progreso, desarrollo, y cosas por el estilo. El obediente hijo de Dios puede sufrir todo esto porque siente y conoce, cree y está seguro de que anda en la senda que le ha indicado la preciosa Palabra de Dios. No se preocupa por explicarla o hacer de ella apología alguna, ya que está seguro de que los que se oponen son enteramente incapaces de entender o apreciar su explicación. Además, siente que no forma parte de su deber explicar o defender su conducta. Él no tiene más que obedecer; y, en cuanto a los que se oponen, no tiene que hacer otra cosa más que remitirlos a su Maestro.

Esto lo vuelve todo sencillo, llano, cierto. Libera al corazón de mil dificultades. Si fuéramos a ocuparnos en replicar a todos los que emprenden la tarea de suscitar cuestiones u oponer dificultades, nuestra vida entera la gastaríamos en tan inútil tarea. Podemos estar seguros de que la mejor respuesta a todos los contradictores incrédulos es la obediencia firme y sincera. Dejemos a los incrédulos, escépticos y racionalistas con sus indignas teorías, mientras nosotros proseguimos con inalterable propósito y paso firme, en el bendito sendero de una obediencia filial que, como la luz del alba, va en aumento hasta llegar al día perfecto. De este modo, nuestra mente permanecerá tranquila, pues la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús (Fil. 4:7). Si la Palabra de Dios, que permanece para siempre en los cielos, está profundamente grabada en nuestros corazones, tendremos una tranquila certidumbre, una santa estabilidad y un marcado progreso en nuestra carrera cristiana, lo que será la mejor respuesta posible al contradictor, el más eficaz testimonio a la verdad de Dios y la más evidente y sólida confirmación a todo corazón fluctuante.

El capítulo que estamos considerando abunda en las más solemnes exhortaciones a Israel, fundadas en el hecho de haber oído la Palabra de Dios. En el segundo versículo tenemos una o dos sentencias que deberían grabarse profundamente en el corazón de todo cristiano: «No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella».

Estas palabras encierran dos importantes verdades con respecto a la Palabra de Dios. Nada hay que añadirle, porque no le falta nada. Nada hay que disminuir de ella, porque nada hay en ella que sobre. Todo lo que nos es necesario está allí; y de nada de lo que hay allí podemos prescindir. «No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso» (Prov. 30:6). Suponer que algo puede ser añadido a la Palabra de Dios, es negar que sea la Palabra de Dios; y, por otra parte, si admitimos que es la Palabra de Dios, no podríamos consentir en que se suprimiera una sola frase de ella. Habría un claro o blanco en ese libro que ninguna mano humana podría llenar si una simple cláusula se hubiese traspuesto de su sitio en el canon. Tenemos todo lo que necesitamos y, por lo tanto, nada debemos añadirle. Lo necesitamos todo y, por lo tanto, nada podemos disminuir.

¡Cuánta importancia tiene esto hoy día, cuando el hombre disminuye o añade a la Palabra de Dios! Cuán grato saber que poseemos un libro tan divinamente perfecto que no se le puede añadir ni una sentencia, ni una cláusula, ni una palabra. Desde luego que no nos referimos a las versiones o traducciones, sino a las Escrituras dadas originalmente por Dios, su propia y perfecta revelación. A ella no se le puede dar ni un retoque. Tan osado de parte del hombre habría sido querer perfeccionar la creación de Dios la mañana en la que todos los hijos de Dios cantaban juntos, como añadir una jota o una tilde a la inspirada Palabra de Dios. Y, por otro lado, quitar una jota o una tilde de ella significaría que el Espíritu Santo escribió lo que no era necesario. De este modo el santo volumen está divinamente guardado por ambos extremos. Está fuertemente defendido a todo su alrededor de tal modo que ninguna mano violenta pueda tocar su sagrado contenido.

“Pero ¿qué?” –podrá contestarse– “¿quiere usted significar con ello que toda sentencia desde el comienzo del Génesis hasta el fin del Apocalipsis es divinamente inspirada?” Sí; eso es exactamente lo que queremos decir. Insistimos en que toda línea contenida entre las tapas del volumen es de origen divino. Negar esto sería derribar los mismos pilares de la fe cristiana. Un solo defecto en el canon sería suficiente para probar que no es de Dios. Tocar una sola piedra del arco sería hacer caer en ruinas todo el edificio a nuestros pies. «Toda la Escritura es inspirada por Dios», y siendo así, ha de ser «y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17).

Este baluarte en ningún modo debe ser rendido. No; debe ser tenazmente defendido contra el asalto de todo impío. Si se abandonara, todo se perdería sin esperanza. No tendríamos nada en que apoyarnos. O la Palabra de Dios es perfecta o nos quedamos sin ningún fundamento para nuestra fe. Si hubiera una palabra de más o una palabra de menos en la revelación que Dios nos ha dado, entonces estaríamos verdaderamente expuestos, como un buque sin brújula, sin timón o sin carta de navegación, a ser impulsados al embravecido y tumultuoso océano del pensamiento de la incredulidad. En una palabra, si no tenemos una revelación absolutamente perfecta, somos los más miserables de todos los hombres.

Mas a veces se nos desafía con una pregunta como la siguiente: “Pero ¿cree usted que la larga lista de nombres en los primeros capítulos del primer libro de Crónicas, esas tablas genealógicas, son divinamente inspiradas? ¿Fueron escritas para nuestra enseñanza? Y si es así ¿qué podemos aprender por medio de ellas?” Declaramos sin titubear nuestra fe reverente en la inspiración de todo ello, y no tenemos duda alguna de que su valor, interés e importancia quedarán plenamente demostrados en su día en la historia de aquel pueblo al cual especialmente se refieren.

Luego, en cuanto a lo que podemos aprender de esos registros genealógicos, creemos que nos enseñan una lección muy importante en cuanto al fiel cuidado que Dios tiene de su pueblo Israel y de su amante interés por ellos y por todo cuanto a ellos se refiere. Vela por ellos, de generación en generación, aunque estén esparcidos y perdidos a ojo humano. Él lo sabe todo acerca de «las doce tribus», y a su debido tiempo las manifestará y las plantará en la heredad que les destinó, en la tierra de Canaán, de acuerdo con la promesa hecha a Abraham, Isaac y Jacob.

Ahora, pues, ¿no está todo esto lleno de instrucción para nosotros? ¿No está lleno de consuelo para nuestras almas? ¿No sirve para confirmarnos en nuestra fe el hecho de observar los minuciosos cuidados y la vigilancia que Dios adopta con respecto a su pueblo terrestre? Seguramente que sí. Y, ¿no deben interesarse nuestros corazones por todo cuanto se interesa el corazón de nuestro Padre? ¿Es que no debemos interesarnos en nada que no nos concierna a nosotros mismos? ¿Qué hijo habrá, amante de su padre, que no tenga interés en todo lo que a este se refiere, y no se deleite en leer toda línea que proceda de la pluma de su padre?

No queremos ser mal comprendidos. De ningún modo deseamos significar que todas las porciones de la Palabra de Dios tienen el mismo interés y la misma importancia para nosotros. No pretendemos afirmar que debe despertar igual interés el primer capítulo del libro primero de las Crónicas que el capítulo 17 de Juan o el capítulo 8 de la epístola a los Romanos. Apenas parece necesario hacer tal aclaración, puesto que esa cuestión no se suscita. Pero lo que aseguramos es que cada una de esas partes de la Escritura es divinamente inspirada tanto la una como las otras. Y no solo esto, sino que aseguramos, además, que, como cada porción de la Palabra es divinamente inspirada, ella tiene su especial utilidad para nosotros, ya que evidentemente Juan 17 no puede llenar la finalidad de Romanos 8.

Finalmente, sobre todo, y ante todo, debemos recordar que no somos competentes para juzgar lo que es digno y lo que no lo es de ocupar un sitio en el inspirado canon. Somos ignorantes y cortos de vista; la misma porción que podría parecernos inferir a la dignidad de la inspiración, puede tener un alcance muy importante en la historia de los designios de Dios para con el mundo en general o para con su pueblo en particular.

En una palabra, todo ello se resume en que, juntamente con toda alma verdaderamente piadosa, con toda mente realmente espiritual, creemos reverentemente en la divina inspiración de todas las líneas que figuran en nuestra preciosa Biblia, desde su principio hasta el fin. Y creemos esto no por razón de autoridad humana alguna. Creer en la sagrada Escritura porque esté acreditada por alguna autoridad en la tierra equivaldría a colocar esa autoridad por encima de la santa Escritura, toda vez que el que garantiza tiene más peso, más valor que la cosa garantizada. De ahí que el hecho de buscar la autoridad humana para confirmar la Palabra de Dios sería como usar una lamparilla eléctrica para demostrar que el sol brilla.

No, lector, hemos de ser claros y decididos en esto. La plena inspiración de la santas Escrituras debe ser, a juicio de nuestras almas, una verdad cardinal que debemos defender con más cariño que a la propia vida. Así tendremos con qué responder a la fría audacia del escepticismo moderno, del racionalismo y de la incredulidad. No queremos decir que seremos capaces de convencer así a los incrédulos. Dios se entenderá con ellos según sus propios designios y les convencerá con sus irrefutables argumentos a su debido tiempo. Discutir con tales hombres es tiempo y trabajo perdidos, pero estamos convencidos de que la respuesta más digna y eficaz a la incredulidad en todos sus matices es la calma y el reposo del corazón que descansa en la bendita seguridad de que: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim. 3:16). Y también: «Porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (Rom. 15:4). La primera de estas preciosas citas prueba que la Escritura procede de Dios; la segunda, demuestra que ella ha sido dirigida a nosotros. Ambas tienden a probar que no debemos añadir ni quitar nada a la Palabra de Dios. Nada falta y nada hay en ella de superfluo. ¡Alabado sea Dios por esta sólida verdad fundamental y por todo el consuelo que de ella mana para todo creyente!

5.6 - Lo que Israel habría debido ser para las otras naciones

Continuaremos ahora citando para el lector algunos de los pasajes del capítulo cuarto del Deuteronomio que hacen resaltar de manera notable el valor, la importancia y la autoridad de la Palabra de Dios. En ellos, como en el resto del libro, veremos que no se trata tanto de ordenanzas especiales, ritos o ceremonias, sino más bien de la gravedad, solemnidad y dignidad de la misma Palabra de Dios.

«Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella» (v. 5). Su conducta debía ser determinada en todo por los mandatos divinos. ¡Este es un principio de inmenso alcance para ellos, para nosotros, para todos! «Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta» (v. 6).

Pesemos detenidamente estas palabras. Su sabiduría y su inteligencia debía consistir simplemente en guardar y practicar los divinos estatutos y derechos. Su sabiduría había de desplegarse no con argumentos ni eruditas controversias, sino mediante una obediencia filial. Toda la sabiduría radicaba en los estatutos y derechos, no en los pensamientos o razonamientos respecto a los mismos. La profunda y maravillosa sabiduría de Dios se veía en su Palabra, y esto era lo que las naciones habían de ver y admirar en su conducta. La luz de aquellos divinos estatutos y derechos resplandeciendo en la conducta y el carácter del pueblo de Dios era lo que había de producir el testimonio de admiración de las naciones de alrededor.

Pero, lamentablemente, ¡sucedió todo lo contrario! ¡Cuán poco aprendieron las naciones del mundo acerca de Dios y de su Palabra en los hechos de Israel! Sí, su Nombre fue blasfemado continuamente por su conducta. En vez de ocupar la alta, santa y feliz posición de amorosa obediencia a los mandamientos divinos, descendieron al nivel de las naciones que estaban a su alrededor, adoptaron sus costumbres, adoraron a sus dioses y anduvieron en sus caminos; de tal modo que esas naciones, en vez de ver la sublime sabiduría, pureza y gloria moral de los estatutos divinos, vieron tan solo la debilidad, locura y degradación moral de un pueblo que se jactaba de ser el depositario de aquellos oráculos que a ellos mismos les condenaban (Rom. 2 y 3).

No obstante, bendito sea Dios, su Palabra debía permanecer para siempre, aun cuando su pueblo fracasara en cuanto a obedecerle. Su norma es perfecta y, por lo tanto, jamás debe ser rebajada; y, si bien el poder de su Palabra no fue demostrado en la conducta de su pueblo, brilló mediante la condena de esa misma conducta y permanecerá para guía, consuelo, fuerza y bendición de cualquiera que desee seguir la senda de la obediencia.

En el capítulo que nos ocupa, el legislador procura presentar ante el pueblo el divino patrón o medida en toda su dignidad y gloria moral. Sin dejar de desplegar ante ellos el verdadero efecto de la obediencia, solemnemente les previene contra el peligro de volver la espalda a los santos mandamientos de Dios. Oigamos las reflexiones dirigidas a sus corazones: «Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?» (v. 7-8).

Aquí está la verdadera grandeza moral en todos los tiempos, en todo lugar, para una nación, para un pueblo, para una familia o para un individuo: tener al Dios vivo junto a nosotros; tener el dulce privilegio de rogarle en todas las circunstancias; tener su poder y su misericordia siempre ejercitándose hacia nosotros; tener la luz de su bendito rostro brillando con aprobación sobre nosotros en todos nuestros caminos; ver el efecto moral de sus rectos estatutos y santos mandamientos en nuestra carrera práctica de cada día; tenerle a él, manifestándose a nosotros y morando en nosotros por el Espíritu.

¿Qué lenguaje humano puede expresar de una manera adecuada la profunda felicidad de tales privilegios? Y, sin embargo, por infinita gracia, son puestos al alcance de todo hijo de Dios sobre la faz de la tierra. No queremos decir que todo hijo de Dios goce de ellos. Lejos de ello. Están reservados, como ya dijimos, para aquellos que, por la gracia, están capacitados para ofrecer una obediencia amante, cordial y reverente a la divina Palabra. Tal es el precioso secreto en esta materia. Fue verdad para Israel en la antigüedad, y es igualmente verdad para la Iglesia actualmente, como también para toda alma, que la complacencia divina es la inapreciable recompensa que le corresponde a la obediencia. Y añadiremos, además, que la obediencia es el deber indispensable y el elevado privilegio de todo el pueblo de Dios y de cada uno en particular. Venga lo que viniere, la obediencia implícita es nuestro privilegio y nuestro deber; la complacencia divina nuestra presente y dulce recompensa.

5.7 - No olvides…

Pero el pobre corazón humano está expuesto a errar y a sufrir las múltiples influencias que obran sobre nosotros para apartarnos de la estrecha senda de la obediencia. No nos sorprendamos, pues, de las solemnes y tan repetidas amonestaciones dirigidas por Moisés a los corazones y conciencias de sus oyentes. Ante esta congregación que le era tan querida, expande su amante corazón con acentos ardorosos que conmueven el alma. «Por tanto», –dice él– «guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos» (v. 9).

Estas son graves palabras para todos nosotros. Nos ponen delante dos cosas de indecible importancia, esto es: responsabilidad individual y doméstica, por un lado, y testimonio personal y familiar por el otro. En la antigüedad, el pueblo de Dios estaba obligado a guardar su alma con toda diligencia, pues de lo contrario se olvidaría de la preciosa Palabra de Dios; y, además, los israelitas estaban solemnemente obligados a instruir en ella a sus hijos y nietos. ¿Estamos nosotros, con todas nuestras luces y privilegios, menos obligados que el Israel de la antigüedad? Por cierto, que no. Se nos exhorta imperativamente a entregarnos al cuidadoso estudio de la Palabra de Dios y a dedicar nuestros corazones a ella. No basta leer de prisa unos versículos o un capítulo, como diaria rutina religiosa. Esto de nada sirve. Debemos hacer de la Biblia el motivo de nuestro serio y profundo estudio para nuestro placer y edificación.

Es de temer que muchos de nosotros leamos la Biblia como un deber, mientras que encontramos deleite y recreo en periódicos y literatura frívola. ¿Puede sorprendernos, entonces, nuestro superficial conocimiento de la Escritura? ¿Cómo podemos saber algo de las vivientes profundidades o glorias morales de un volumen que abrimos simplemente como un deber y del que leemos unos cuantos versículos con soñolienta indiferencia, mientras que a la vez el periódico o la novela es prácticamente devorada?

Quizá se diga como réplica: “No podemos leer siempre la Biblia”. Los que así hablan, ¿dirían acaso: “No podemos leer siempre el periódico o la novela”? Y yendo más allá en nuestra pregunta, diríamos: ¿Cuál será el estado de una persona que diga que no puede leer siempre la Biblia? ¿Goza de buena salud espiritual? ¿Ama realmente a la Palabra de Dios? ¿Puede tener una idea cabal de sus excelencias, sus preciosidades, su gloria moral? Imposible.

¿Qué significan las siguientes palabras dirigidas a Israel?: «Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos» (Deut. 11:18). El «corazón», el «alma», la «mano», los «ojos», todo ocupado en la preciosa Palabra de Dios. Esta era obra real. No debía ser un vacío formalismo, una estéril rutina. El hombre por entero debía entregarse con santa devoción a los estatutos y juicios del Señor.

5.8 - ¿Qué lugar ocupa la Palabra en nuestros corazones, nuestras casas y nuestros hábitos?

«Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deut. 11:19-20). Y nosotros, cristianos, ¿comprendemos el alcance de tales palabras? ¿La palabra de Dios goza de tal estima en nuestros corazones, en nuestras casas y en nuestras costumbres? Los que entran en nuestras casas o están en contacto con nosotros en la vida diaria ¿ven que la Palabra de Dios es suprema para nosotros? Aquellos con los cuales negociamos ¿pueden ver que somos gobernados por los preceptos de la santa Escritura? Nuestros sirvientes y nuestros hijos ¿pueden ver que vivimos en la verdadera atmósfera de la Escritura y que nuestro carácter está formado y gobernado por ella?

Amado lector cristiano, estas preguntas escudriñan nuestros corazones. No las alejemos de nosotros. Podemos estar seguros de que no hay indicador más fiel de nuestro estado moral y espiritual que el que nos proporciona el tratamiento que damos a la Palabra de Dios. Si no la amamos, si no amamos su estudio, si no sentimos sed de ella, ni delicia en ella, ni anhelo por la hora de calma durante la cual podemos estar inclinados sobre sus sagradas páginas y beber sus muy preciosas enseñanzas, meditar en ella en nuestro gabinete, en familia, en la calle; en una palabra, si no respiramos su santa atmósfera, si alguna vez expresáramos un sentimiento como el expuesto antes por las palabras “no podemos estar leyendo siempre la Biblia”, entonces, en verdad, tenemos urgente necesidad de fijarnos bien en nuestro estado espiritual, porque desgraciadamente no es saludable. La nueva naturaleza ama a la Palabra de Dios, la desea ardientemente, según leemos en 1 Pedro 2:2: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, para que por ella crezcáis para salvación».

Esta es la verdadera idea. Si no buscamos con afán la pura leche de la Palabra, si no bebemos de ella con diligencia, y no nos alimentamos con ella, el estado de nuestra alma declina. Quizá no haya nada exteriormente reprensible en nuestra conducta, tal vez públicamente no deshonremos al Señor con nuestro comportamiento; pero afligiremos su amante corazón por ser negligentes con su Palabra, lo que equivale a ser negligentes con su persona. Es el colmo de la locura hablar de nuestro amor por Cristo si no amamos su Palabra ni vivimos de acuerdo con ella. Es un engaño creer que la nueva vida puede estar en sano y próspero estado cuando la palabra de Dios está habitualmente descuidada en lo personal y en la familia.

Desde luego que no queremos decir que no debamos leer ningún otro libro más que la Biblia; si así fuese, no escribiríamos estas «Notas»; pero nada requiere mayor vigilancia que la elección de nuestras lecturas. Todas las cosas deben hacerse en el nombre de Jesús y para la gloria de Dios; y la lectura está entre esas cosas. No debemos leer ningún libro que no podamos leer para gloria de Dios, y sobre cuya lectura no podamos pedir que sea bendecida.

Sentimos que este tema reclama la más seria consideración de todos los hijos de Dios, y esperamos que el Espíritu Santo empleará nuestra meditación sobre el capítulo que estudiamos para despertar nuestros corazones y nuestras conciencias en cuanto al lugar que debe ocupar la Palabra de Dios, tanto en nuestros corazones como en nuestras casas.

No hay duda de que, si ella tiene su debido lugar en el corazón, tendrá también su debido lugar en el hogar. Pero si no hay reconocimiento práctico de la Palabra de Dios en el seno de la familia, es difícil creer que ella ocupe su debido lugar en el corazón. Los jefes de familia deberían reflexionar seriamente al respecto. Estamos persuadidos de que en cada casa cristiana debería haber un reconocimiento diario de Dios y de su Palabra. Quizá algunos considerarán como una servidumbre molesta, como un acto legalista, como una rutina religiosa la lectura regular en familia. A los que hacen esta objeción les replicaríamos: ¿Es acto servil para la familia reunirse para las comidas? Las reuniones familiares alrededor de la mesa, ¿se han considerado como un deber molesto, o un fastidioso acto de rutina? Por cierto, que no, si la familia es ordenada y dichosa. ¿Por qué, pues, ha de considerarse como cosa molesta para el jefe de una casa cristiana, el hecho de reunir a su alrededor a los hijos y a la servidumbre para leer algunos versículos de la Palabra de Dios y pronunciar algunas palabras de oración ante el trono de la gracia? Creemos que tal costumbre está de perfecto acuerdo con las enseñanzas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que es costumbre grata a los ojos de Dios, que es una costumbre santa, bendita y edificante.

¿Qué pensaríamos de un cristiano profeso que nunca orara ni leyera la Palabra de Dios en privado? ¿Podríamos considerarlo como un cristiano dichoso, espiritualmente sano, verdadero cristiano, en fin? Por cierto, que no. Hasta podríamos dudar seriamente de la presencia de la vida divina en esa alma. La oración y la Palabra de Dios son absolutamente esenciales para una sana y vigorosa vida cristiana; así que el hombre que las descuida habitualmente debe encontrarse en completo estado de muerte espiritual.

Y si tales consecuencias resultan para un individuo ¿qué ocurrirá con una familia en la que no hay lectura, ni oración, ni reconocimiento en común de Dios o de su Palabra? ¿Podemos concebir que en un hogar temeroso de Dios se viva desde el domingo por la mañana hasta el sábado por la noche sin que se recuerde colectivamente a Aquel a quien le debemos todo? Van pasando los días uno tras otro, se atiende a todos los deberes domésticos, la familia se reúne a la mesa con toda regularidad, pero nadie piensa en convocar a todos los de la casa para reunirse alrededor de la Palabra de Dios o del trono de la gracia. Así que nos preguntamos ¿qué diferencia hay entre tal familia y la de un hogar pagano? ¿No es muy triste, no es deplorable ver a los que han hecho la más elevada profesión y ocupan su lugar a la mesa del Señor, cómo viven en el mayor descuido de ese deber y de ese privilegio?

5.9 - La lectura en familia y el testimonio que resulta de ello

Lector: ¿es usted cabeza de familia? En caso afirmativo, ¿cuál es su criterio al respecto? ¿Cuál es su conducta? ¿Lee regularmente la Biblia con su familia? Si no es así, permítanos preguntarle por qué no indaga y vea cuál es el real origen de ello. ¿Se ha apartado su corazón de Dios, de su palabra, de sus caminos? ¿Lee y ora en privado? ¿Ama la palabra y la oración? ¿Encuentra placer en ellas? Si es así, ¿por qué las descuida en el círculo familiar? Tal vez da como excusa su nerviosidad y timidez. En tal caso pídale al Señor que le conceda la capacidad para vencer esas debilidades. Cuente con su gracia segura e infalible; reúnase con su familia a cierta hora, cada día; lea algunos versículos de la Escritura y balbucee media docena de palabras en oración; o si no puede hacer esto al principio: arrodíllese con su familia por unos momentos en silencio ante el trono de la gracia.

Algo, en suma, que se parezca a un reconocimiento, a un testimonio familiar; algo, pero que no sea una vida de familia sin Dios, descuidada y sin oración en su hogar. Admita, querido amigo, esta palabra de exhortación sobre este punto. Permítanos que le supliquemos con insistencia que empiece enseguida, invocando la ayuda de Dios, quien se la concederá con toda seguridad, pues él nunca decepciona a un corazón confiado y sumiso. No continúe por más tiempo descuidando a Dios y su Palabra en el círculo familiar. Eso es algo realmente triste. No se deje detener ni un instante por objeciones tales como servidumbre, legalidad o formalismo. ¡Bendita servidumbre!, si realmente fuese una servidumbre leer la Palabra.

Sin embargo, no es preciso hacer un servicio largo y pesado. Por regla general, tanto en nuestros hogares como en las reuniones públicas, las oraciones breves y fervorosas son mucho más edificantes.

Mas esto es, por supuesto, una cuestión libre, sobre la cual damos nuestro parecer, valga por lo que valiere. La duración y el carácter de esos servicios han de dejarse en cada caso al criterio del que los toma a su cargo. Esperamos sinceramente que, si estas palabras son leídas por cualquier jefe de familia que hasta el presente haya descuidado el santo privilegio de la lectura y la oración en familia, en adelante no continúe haciéndolo así. Ojalá que pueda decir con Josué: «Yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15).

No es, por cierto, que pretendamos dar a entender, como alguien podría imaginar, que el simple acto de la lectura en familia abarca todo lo que va comprendido en la importante frase: «serviremos a Jehová». Lejos de ello. Ese bendito servicio comprende todo cuanto se relaciona con nuestra vida privada y doméstica. Incluye también los más minúsculos detalles de nuestra vida práctica diaria. Todo esto es muy cierto e inapreciable, pero estamos enteramente convencidos de que nada puede caminar bien en un hogar en el cual la lectura y la oración en familia son habitualmente descuidadas u omitidas.

Puede objetarse que hay muchas familias que parecen ser muy cuidadosas en cuanto a la lectura y oración por la mañana y por la noche y, sin embargo, toda su vida doméstica es una flagrante contradicción respecto de su llamado servicio religioso. Puede ser que el jefe de la casa, en vez de ser modelo en el círculo familiar, es de genio áspero, de modales rudos y groseros, tosco y contradictor con su mujer, arbitrario y severo con los hijos, poco razonable y exigente con sus criados, descontento con cuanto se sirve a la mesa pese a haber invocado la bendición de Dios sobre ello; en una palabra, hace lo contrario de lo que enseña la Palabra que leyó con su familia. Otro tanto podríamos decir de la esposa, de los hijos y de los sirvientes. Toda la economía doméstica está fuera de quicio. Reina el desorden y la confusión; las comidas no son puntuales; falta la consideración mutua; los niños son rudos, egoístas y tercos; los criados son negligentes, pródigos y desobedientes. El tono y la atmósfera de todo el hogar son, en una palabra, anticristianos.

Oigamos aun, fuera del círculo doméstico, el testimonio de aquellos que tienen negocios con el jefe de familia: hay quejas en cuanto a la calidad de las mercancías, se objeta su avaricia, su ambición y sus astucias; no hay nada de Dios, nada de Cristo, nada que lo distinga de los demás mundanos que le rodean; sí, nada que lo distinga de aquellos mundanos que nunca pensaron en cosa tal como reunirse diariamente con su familia para leer la Escritura y orar a Dios y que, sin embargo, podrían avergonzarle.

Bajo tan dolorosas y humillantes circunstancias, ¿qué pensar de ese servicio en familia, de la lectura, de las oraciones? Lamentablemente es un vacío formalismo, un proceder indecoroso sin poder y sin dignidad; en lugar de ser un sacrificio matutino y vespertino, es una mentira, una solemne burla, un insulto a Dios.

Es verdad, triste es decirlo. Hay una terrible carencia de testimonio doméstico, de justicia práctica corriente en nuestras familias y en la entera economía doméstica de nuestros hogares. Existe muy poco del vestido blanco de lino fino que es la justicia de los santos. Parece que olvidamos las graves palabras del apóstol en Romanos 14:17: «Porque el reino de Dios no es comer y beber, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». Parece ser que, cuando encontramos la palabra «justicia», algunos creen que necesariamente ha de significar la justicia de Dios, en la cual subsistimos, o la justicia que nos es imputada. Esto es un grave error en verdad. Hemos de recordar que existe un lado práctico y humano en esta cuestión. Hay un lado subjetivo además del objetivo; la conducta, así como la posición en que estamos; el lado actual, así como la posición eterna.

Esas cosas no deben separarse jamás. ¿De qué servirá establecer o mantener un altar familiar entre las ruinas de un testimonio doméstico? No es otra cosa que una repugnante caricatura el hecho de comenzar y terminar el día con el llamado culto familiar cuando ese día se ha vivido en la impiedad y la injusticia, en la frivolidad y la vanidad. ¿Puede haber algo más deforme e inconsecuente que una velada malgastada en cantares frívolos, charadas y otros juegos, terminada con un fragmento de religión en forma de lectura de la Biblia y oración?

Toda esa serie de hechos es de lo más deplorable. Jamás debería relacionársela con el santo Nombre de Cristo, con su Iglesia o con la santa comunión a su Mesa. Debemos medirlo todo en nuestra vida privada, en nuestra economía doméstica, en nuestra conducta diaria, en nuestras relaciones sociales y en todas nuestras transacciones comerciales con un único patrón: la gloria de Cristo. La sola pregunta que debemos formularnos ante cualquier cosa que se nos presente o que demande nuestra atención debe ser la siguiente: “¿Es esto digno del santo Nombre que llevo?” Si no es así, no tengamos nada que ver con ello; sí, volvamos la espalda con firme decisión y huyamos con santa energía. No atendamos ni por un momento a la despreciable pregunta: “¿Qué mal hay en ello?” Nada sino maldad, si Cristo no está allí. Ningún corazón verdaderamente devoto concebirá esa pregunta y menos aún la propondrá. Cuando oiga usted a alguien hablar así, ya puede deducir que Cristo no es el móvil que gobierna su corazón.

Esperamos que el lector no esté fatigado a causa de la enunciación de estas verdades prácticas. Creemos que debe proclamárselas a plena voz en estos días de tanta profesión. Todos nosotros tenemos gran necesidad de considerar con atención nuestros caminos, a fin de ver con claridad el estado real de nuestro corazón con respecto a Cristo; porque en eso estriba el verdadero secreto de toda la cuestión. Si el corazón no le es fiel, nada andará bien en la vida privada, ni en la familia, ni en nuestras relaciones laborales, ni en la asamblea, ni en lo que fuere. Si nuestro corazón es fiel a Él, todo estará y deberá seguir bien.

No es de extrañar, pues, que el apóstol, al terminar esa maravillosa primera epístola a los Corintios, la resuma por completo con esta solemne declaración: «Si alguien no ama al Señor, sea anatema. El Señor viene» (1 Cor. 16:22). En el curso de su epístola se refiere a las varias formas de errores doctrinales y de depravación moral; pero cuando ya llega al fin, en vez de pronunciar su solemne sentencia sobre cualquier error o mal en particular, la lanza con santa indignación contra todo aquel que no ama al Señor Jesucristo. El amor a Cristo es la gran salvaguardia contra toda forma de error y de mal. El corazón ocupado por Cristo no tiene lugar para otra cosa; pero, si no hay amor hacia él, no hay ninguna seguridad contra el más disparatado error o la peor forma de mal moral.

5.10 - Enseñarán a sus hijos

Volvamos ahora a nuestro capítulo.

De una manera especial se llama la atención del pueblo para que recuerde las solemnes escenas desarrolladas en el monte Horeb, escenas que debieron haber quedado profundamente grabadas en sus corazones. «El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb, cuando Jehová me dijo: Reúneme el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras». La mayor y más importante cuestión para Israel en la antigüedad, como también para la Iglesia hoy día, importante para cada uno, para todos, en todo tiempo, en todo lugar, es ser llevados a un contacto directo y viviente con la eterna Palabra del Dios vivo: «mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme todos los días que vivieren sobre la tierra, y las enseñarán a sus hijos» (v. 10).

Es muy hermoso observar la íntima relación que hay entre oír la Palabra de Dios y temer su Nombre. Es uno de esos grandes principios radicales que nunca cambian, que jamás pierden su fuerza o su valor intrínseco. La Palabra y el Nombre van juntos; y el corazón que ama a la primera, reverencia al segundo, y se inclina a su santa autoridad en todo. «El que no me ama, no guarda mis palabras» (Juan 14:24). «El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; pero el que guarda su palabra, en este realmente el amor de Dios se ha perfeccionado» (1 Juan 2:4-5). Todo aquel que verdaderamente ama a Dios atesorará su Palabra en el corazón y su santa influencia se echará de ver en todos los actos de la vida, en el carácter y en la conducta. El propósito de Dios al darnos su Palabra es que esta gobierne nuestra conducta, forme nuestro carácter e ilumine nuestro camino; y si su Palabra no produce esos efectos prácticos en nosotros, es enteramente vano decir que Le amamos; sí, es nada menos que una burla que, tarde o temprano, atraerá el desagrado de él.

Notemos especialmente la solemne responsabilidad de Israel en cuanto a sus hijos. No debían solamente «oír» y «aprender» ellos mismos, sino que debían también «enseñar» a sus hijos. Este es un deber universal y permanente que no puede ser descuidado impunemente. Dios le da mucha importancia a este asunto. Le oímos cuando dijo a Abraham: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él» (Gén. 18:19).

Estas palabras son muy importantes, ya que ponen ante nosotros la estimación divina por la enseñanza doméstica y la piedad en la familia. En todas las épocas y bajo todas las dispensaciones Dios se ha complacido en expresar su aprobación a la debida educación de los hijos de su pueblo, a su fiel enseñanza de acuerdo con su santa Palabra. En ninguna parte de la Escritura vemos que se permita que los hijos crezcan en la ignorancia, en el abandono y en la obstinación. Algunos que profesan ser cristianos, bajo la mortífera influencia de cierta escuela teológica, creen, según parece, que el instruir a sus hijos en la verdad del Evangelio y en las letras de la sagrada Escritura es, hasta cierto punto, entremeterse en cosas que corresponden a la soberanía de Dios, en cuanto a sus planes y propósitos. Juzgan que los niños deben ser librados a la acción del Espíritu Santo, el que seguramente actuará en el momento conveniente, si en realidad son de los elegidos por él, y, si no lo son, todo esfuerzo humano es inútil.

Ahora bien; con toda la fidelidad debida a la verdad de Dios y a las almas de nuestros lectores, hemos de dar nuestro más terminante y firme testimonio contra esta perversión del grande y práctico tema que dejamos expuesto. No hay nada más dañoso, nada más pernicioso a causa de sus efectos sobre la conciencia, sobre el corazón, sobre la vida, sobre el carácter moral y la conducta, como una teología parcial. Aun con toda la energía y con la mayor diligencia, jamás creeremos haber prevenido lo bastante al lector en contra de ese doloroso mal. Solo puede conducir a los más desastrosos resultados. Hemos estado en condiciones de ver las más deplorables consecuencias resultantes de esta línea de conducta. Nos ha tocado ver cómo hijos de padres cristianos crecían en la más completa ignorancia de las cosas divinas, en el descuido, en la apatía y en manifiesta incredulidad. Si a esos padres se les dirigía alguna palabra de amonestación, respondían: “No podemos hacer cristianos de nuestros hijos, y no debemos hacerlos formalistas o hipócritas. Ha de ser esa una obra divina o no sería nada. Cuando llegue el tiempo dispuesto por Dios, él los llamará si en realidad están entre el número de sus elegidos. Si no, todo esfuerzo sería inútil”.

Este argumento, llevado a su completo desarrollo, inducirá al labrador a no arar la tierra o sembrar la semilla. Es evidente que no puede hacer que la semilla germine o fructifique. Tan imposible le sería hacer crecer un solo grano de trigo como crear el universo. ¿Va a dejar por eso de arar y sembrar? ¿Se sentiría impulsado a cruzarse de brazos y decir: “¡No puedo hacer nada!” “Ningún esfuerzo de mi parte puede hacer que el grano crezca? Esa es una operación divina y, por lo tanto, he de esperar hasta que Dios lo disponga”. ¿Hay algún agricultor que piense y obre de este modo? Seguramente que no, a no ser que sea un loco. Toda persona normalmente capacitada sabe que arar y sembrar son actos que preceden a la siega; y que, si las dos primeras operaciones no se hacen, sería el colmo de la locura esperar una cosecha.

Lo mismo ocurre con la educación de nuestros hijos. Sabemos que Dios es soberano. Creemos en sus eternos consejos y propósitos. Reconocemos plenamente las grandes doctrinas de la elección y de la predestinación; sí, estamos tan enteramente convencidos de ellas como de la verdad de que Dios existe, o como la de que Cristo murió y resucitó. Además, creemos que el nuevo nacimiento ha de ocurrir en todos los casos, tan indispensablemente en el caso de nuestros hijos como en todos los demás; estamos convencidos de que ese nuevo nacimiento es enteramente una operación divina efectuada por el Espíritu Santo, por la Palabra, según nos lo enseña claramente la conversación de nuestro Señor con Nicodemo, en Juan 3, así como en Santiago 1:18 y en 1 Pedro 1:23.

Todas estas preciosas verdades ¿atenúan en alguna medida la solemne responsabilidad de los padres cristianos de enseñar y dirigir con diligencia y fidelidad a sus hijos desde su más tierna edad? Seguramente que no. Desdichados los padres que, por cualquier motivo, ya sea por un concepto teológico parcial, por una errónea aplicación de un texto de la Escritura o por cualquiera otra causa, niegan su responsabilidad o descuidan su deber claro y preciso en asunto tan santo. Es verdad que no podemos hacer cristianos a nuestros hijos, como así también que no debemos hacerlos formalistas o hipócritas, pero no se espera de nosotros que hagamos de ellos algo. Somos exhortados sencillamente a cumplir nuestro deber para con ellos y dejar los resultados en manos de Dios. Somos enseñados y mandados a educar a nuestros hijos «con disciplina e instrucción del Señor» (Efe. 6:4). ¿Cuándo ha de comenzar esa educación? ¿Cuándo hemos de empezar la sagrada tarea de educar a nuestros pequeños? Seguramente desde un principio. En el mismo instante en que entramos en una relación, también somos introducidos en la responsabilidad que esa relación implica. No podemos negar tal responsabilidad. No podemos desprendernos de ella. Podemos descuidarla y tener que segar las tristes consecuencias de nuestro descuido. Es cosa seria, el sagrado parentesco de la paternidad; muy interesante y muy agradable sin duda; pero muy grave por causa de la responsabilidad que se contrae. Es verdad, bendito sea Dios, que su gracia nos basta en esto como en todo lo demás, y «si a cualquiera de vosotros le falta sabiduría, pídala al que la da generosamente y sin reproche, a Dios, y le será dada» (Sant. 1:5). No somos capaces por nosotros mismos, de pensar o hacer algo en este asunto de tanta importancia, sino que nuestra capacidad proviene de Dios; y él satisfará todas nuestras necesidades. Debemos sencillamente esperar de él lo necesario para las exigencias de cada momento.

Pero debemos cumplir nuestro deber. A algunos no les gusta la palabra «deber», tan corriente. Piensan que tiene sonido legalista. Esperamos que el lector no lo crea así, ya que en verdad es una grave equivocación. Consideramos esa palabra como muy sana y moralmente saludable, y creemos que todo verdadero cristiano debe amarla. Lo cierto es que podemos contar con Dios solamente en la senda del deber. Hablar de confianza en Dios, estando fuera de la senda del deber, es una concepción mezquina y una ilusión. Y en el asunto de la paternidad, descuidar nuestro deber es atraer sobre nosotros las más desastrosas consecuencias.

Creemos que el tema de la educación cristiana en su totalidad puede resumirse en las dos breves sentencias siguientes: “Cuenta con Dios para educar a tus hijos, y educa a tus hijos para Dios”. Aceptar la primera sin la segunda es antinomianismo; aceptar la segunda sin la primera es legalismo; aceptar las dos a un tiempo es cristianismo práctico y sano, verdadera religión a ojos de Dios y de los hombres.

Es el dulce privilegio de todo padre cristiano contar con Dios, con toda la confianza posible, para todo lo que atañe a sus hijos. Pero debemos tener presente que en el gobierno o ministerio de Dios existe un vínculo que establece relación entre ese privilegio y la muy grave responsabilidad en cuanto a la educación. El padre cristiano que habla de contar con Dios para la salvación de sus hijos y para la integridad moral de su porvenir en este mundo, mientras olvida o descuida el deber de educarles, padece una fatal ilusión.

A todos los padres cristianos, pero muy especialmente a aquellos que acaban de entrar en el goce de la paternidad, les formulamos una advertencia: se corre el peligro de endosarles a otros los deberes que tenemos para con nuestros hijos o de desatenderlos por completo. No nos agradan las molestias que nos causan; deseamos alejarnos de las ansiedades que ellos nos suscitan; pero encontraremos que las molestias, las ansiedades y las pesadumbres causadas por el descuido de nuestro deber serán mil veces peores que aquellas soportadas en el cumplimiento del mismo. Para todo amante del Señor hay una profunda satisfacción en seguir la senda del deber. Cada paso dado en dicho camino robustece nuestra confianza para continuar adelante. En tal caso, siempre podemos contar con los infinitos recursos que tenemos en Dios cuando guardamos sus mandamientos. Hemos de recurrir, día tras día, hora tras hora, al inagotable tesoro de nuestro Padre y tomar de allí todo cuanto necesitemos en cuanto a gracia, sabiduría y poder moral para desempeñar rectamente las santas funciones de nuestro parentesco. «Él da una gracia más grande» (Sant. 4:6). Mas si nosotros, en vez de buscar gracia para cumplir nuestro deber, buscamos la comodidad, no preocupándonos por ese deber, sencillamente vamos amontonando un cúmulo de agobios que algún día habrá de caer pesadamente sobre nosotros. «No se engañen: Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará. Porque el que siembra para su carne, de la carne cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna» (Gál. 6:7-8).

Esta es la breve declaración de un grave principio del gobierno moral de Dios, principio de aplicación general que encaja con fuerza especial en el tema del que hablamos. Tal como sembramos, en cuanto a la educación de nuestros hijos, así segaremos sin duda alguna. No hay escape posible.

5.11 - La educación de nuestros hijos

Pero no se desanime ni se acobarde el amado padre cristiano que lea estas líneas. No hay motivo alguno para ello, sino, al contrario, los hay muchos para la más gozosa confianza en Dios. «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Prov. 18:10). Andemos con paso firme por la senda del deber, y entonces podremos, con confianza inquebrantable, contar con nuestro Dios, siempre fiel y lleno de gracia, para las necesidades de todos los días. A su debido tiempo segaremos el precioso fruto de nuestro trabajo, según los decretos de Dios y los designios de su gobierno.

No intentaremos establecer reglas o métodos para esa educación, pues no tenemos confianza en ellos. Los hijos no pueden ser educados siguiendo reglas fijas y uniformes. ¿Quién intentará incorporar en unas reglas todo lo que conlleva esta sola sentencia: «Educadlos con disciplina e instrucción del Señor»? (Efe. 6:4).

Aquí, en verdad, tenemos la regla de oro que comprende todo lo que concierne a la educación, desde la cuna hasta la edad madura. Sí, lo repetimos: “desde la cuna”; porque estamos enteramente convencidos de que toda verdadera educación cristiana empieza desde la más tierna edad. Pocas personas sospechan qué perspicaces son los niños y cuán pronto comienzan a observar y comprenderlo todo. Además ¡cuán sensibles son a la atmósfera moral que les rodea! Sí, y es precisamente esa atmósfera moral la que constituye el gran secreto de una buena educación. No debería permitirse a nuestros hijos más que respirar día tras día una atmósfera de paz, amor, pureza, santidad y verdadera justicia práctica. Esto produce un efecto asombroso en la formación del carácter. Gran cosa es para los niños ver que sus padres se aman, que andan en armonía, con tierno cuidado mutuo, benévola consideración para con los sirvientes, amor y simpatía para con los pobres. ¿Quién sería capaz de medir el efecto moral que causa al niño la primera mirada de cólera, o las palabras duras cambiadas entre sus padres? Y cuando el espectáculo diario es una continua contienda, contradiciendo el padre a la madre y esta injuriando al padre, ¿cómo habrán de crecer los hijos en una atmósfera de tal naturaleza?

El hecho es que no está al alcance del lenguaje humano exponer todo lo que se incluye en el tono moral del círculo de la familia, el espíritu, el estilo y la atmósfera del hogar. No se trata de rango, posición o fortuna, sino de la hermosa gracia de Dios resplandeciendo en todo. Lo que señalamos a todo padre y madre, a todo jefe de familia, de clase alta o baja, rico o pobre, ilustrado o ignorante, es la necesidad de educar a sus hijos en una atmósfera de amor y paz, verdad y santidad, pureza y benevolencia. De este modo la familia será la manifestación del carácter de Dios; y todos cuantos mantengan relación con ella, por lo menos tendrán ante sus ojos un testimonio práctico del verdadero cristianismo.

Antes de dejar el tema del gobierno doméstico, deseamos llamar la atención de los padres cristianos sobre un punto de mucha importancia, aunque muy descuidado entre nosotros: la necesidad de inculcar al niño el principio de la obediencia implícita. Jamás se insistirá demasiado ni con demasiada energía en ello, ya que no solo afecta al orden y al bienestar de la familia, sino que –y esto es infinitamente más importante– se relaciona con la gloria de Dios y con la demostración práctica de su verdad. «Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo». Y además: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto es agradable en el Señor» (Efe. 6:1; Col. 3:20).

Esto es absolutamente esencial y hay que insistir firmemente en ello desde un principio. Hay que enseñar al niño a obedecer desde su más temprana edad. Hay que enseñarle a someterse a la autoridad establecida por Dios y a hacerlo como lo dice el apóstol: «en todo». Si no se inculca este deber desde el principio, más tarde será casi imposible lograrlo. Si se consiente que la voluntad obre, ella se intensifica rápidamente y cada día se hace más difícil refrenarla. De ahí que el padre deba empezar cuanto antes a establecer su autoridad sobre una base de fuerza moral y firmeza; una vez logrado esto, puede mostrarse tan dulce y afectuoso como lo desea el sensible corazón del niño. No creemos en el rigor, la dureza o la severidad. De ningún modo son necesarios; generalmente resultan ser recursos de una mala educación y prueba del mal temperamento del educador. Dios ha puesto en manos de los padres las riendas del gobierno y la vara de la autoridad; pero no es necesario tirar continuamente de las riendas y empuñar la vara, por decirlo así, ya que esas actitudes son pruebas ciertas de debilidad moral. Cuando usted oiga a un hombre que continuamente habla de su autoridad, puede tener por seguro que su autoridad no está debidamente establecida. La verdadera fuerza moral confiere una dignidad calma que no da lugar a que sea mal interpretada como debilidad.

Además, creemos que un padre que de continuo contraría los deseos del hijo en asuntos de escasa importancia, se equivoca. Esa conducta tiende a abatir el espíritu del hijo, cuando el fin de toda sana educación es el de domar la voluntad. El niño siempre debería estar persuadido de que su padre solo procura su bien y que, si le rehúsa o le prohibe algo, lo hace movido por un verdadero interés por él y no para restarle legítimos goces.

Uno de los grandes propósitos en el gobierno doméstico es el de velar por que cada miembro de la familia cumpla con exactitud sus respectivos deberes y pueda también gozar de sus privilegios. De modo que, así como la disposición de Dios es que el hijo obedezca, la responsabilidad de los padres es velar por el cumplimiento de ese deber, pues, si ello es descuidado, algún otro miembro de la familia sufrirá las consecuencias del incumplimiento.

No puede haber cosa más perjudicial para la paz del hogar que un hijo malvado y terco, lo que, por regla general, es atribuible a la mala educación. Por supuesto que no ignoramos que los niños difieren unos de otros en temperamento y en disposiciones; que hay niños que se caracterizan por su voluntad particularmente fuerte y su carácter duro y obstinado, lo que los hará muy difíciles de manejar; pero ello en nada cambia la responsabilidad de los padres en cuanto a exigir obediencia. Siempre pueden contar con Dios para obtener la gracia y las facultades necesarias para lograr ese fin. Aun tratándose de una madre viuda, podrá pedir de Dios la capacidad para dirigir a sus hijos y a su casa tan bien como lo habría hecho el jefe de familia. En ningún caso, pues, debe renunciarse al ejercicio de la autoridad paterna.

Sucede algunas veces que, por un cariño poco juicioso, los padres se sienten inclinados a ceder al capricho del niño; mas esto es sembrar para la carne y, por consecuencia, se segará corrupción. Por cierto, que no es verdadero amor el que consiente a la voluntad del niño, ni puede contribuir a su verdadera felicidad o a sus legítimos goces. El niño consentido, caprichoso, no solo es desdichado sino también una molestia para todos cuantos tratan con él. Hay que enseñar a los niños a pensar en los demás, a contribuir lo mejor posible a la felicidad y el bienestar de todos. ¡Cuán impropio es, por ejemplo, que un niño suba las escaleras silbando, cantando o alborotando sin consideración alguna por los demás miembros de la familia, los que se verán perturbados y molestos por tal conducta! Ningún niño bien educado obrará de tal modo; y dondequiera que se tolere tal conducta indómita, desarreglada e inconsiderada pondrá de manifiesto un grave defecto en el gobierno doméstico.

Es esencial para la paz, armonía y bienestar de la familia, que todos sus miembros guarden las debidas “consideraciones mutuas”. Hemos de procurar el bien y la felicidad de los que nos rodean y no solamente los nuestros. Si cada uno recordara esto ¡qué hogares tendríamos, y qué mejor testimonio podrían dar cada familia! Toda familia cristiana debería ser un reflejo del carácter divino. Su atmósfera debería ser la misma que la del cielo. ¿Cómo podría ser esto? Bastaría sencillamente con que cada uno –padre, madre, hijo, sirviente– procurase andar en las huellas de Jesús y reflejara Su espíritu. Él nunca buscó su propia satisfacción; jamás procuró su propio interés en cosa alguna. Hizo siempre lo que placía al Padre. Él vino para servir y para dar. Anduvo por doquier haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo. Él, el amigo supremo, ejerció su gracia, su amor y su simpatía hacia los débiles, los necesitados y los afligidos. Si tan solo los diversos miembros de cada familia cristiana se asemejaran a ese perfecto modelo, veríamos realizada, al menos en alguna medida, el poder y la eficacia del cristianismo personal y doméstico que, gracias a Dios, puede ser mantenido y manifestado a pesar de la desdichada ruina de la iglesia profesa. «Tú y tu casa» sugiere la gran regla de oro que se ve por todo el libro de Dios, del principio al fin. En toda época, bajo toda dispensación –en los días de los Patriarcas como en los días de la ley y en tiempos del cristianismo– vemos que la santidad personal y doméstica ocupa un sitio de preferencia como algo grato al corazón de Dios y como contribución para la gloria de su santo Nombre.

Creemos que esto es consolador en todo tiempo, pero más especialmente en un momento en que, como el actual, parece que la iglesia profesa va hundiéndose rápidamente en una grosera mundanería y en una incredulidad manifiesta, un momento en el cual incluso los que más fervientemente desean andar con obediencia a la Palabra de Dios y actuar de acuerdo con la gran verdad fundamental de la unidad del Cuerpo, encuentran tan grandes dificultades para dar testimonio colectivo de esa unidad. En vista de todo esto, bien podemos dar gracias a Dios, con corazón rebosante, porque, a pesar de todo, la piedad personal y la familiar puedan ser siempre conservadas y porque de cada corazón y hogar cristiano pueda ascender al trono de Dios una corriente de oración ininterrumpida, en tanto que otra corriente de activa benevolencia fluye sobre un mundo necesitado y afligido por el pecado. ¡Así sea más y más por el poderoso ministerio del Espíritu Santo, para que Dios sea glorificado en todo, tanto en los corazones como en los hogares de su amado pueblo!

5.12 - Tengamos cuidado con la idolatría

Consideremos ahora la muy solemne amonestación dirigida a la congregación de Israel contra el pecado de idolatría, pecado al cual el pobre corazón humano está siempre propenso en una u otra forma. Es del todo posible ser reo del pecado de idolatría sin necesidad de inclinarse ante una imagen; por eso nos conviene pesar muy bien las palabras de amonestación que salieron de los labios del venerable legislador de Israel y que, con toda seguridad, también fueron escritas para nuestra instrucción.

«Y os acercasteis y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en fuego hasta en medio de los cielos con tinieblas, nube y oscuridad» (¡terribles acompañamientos, apropiados a tal ocasión!); «y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego» (¡Oh, de qué modo tan diferente habla en el evangelio de su gracia!); «oísteis la voz de sus palabras, mas a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis» (¡Hecho importante que debían considerar!: solo la voz) (v. 11-12). Y «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Rom. 10:17). «Y él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra; los diez mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra. A mí también me mandó Jehová en aquel tiempo que os enseñase los estatutos y juicios», no para que pudieran discutirlos, ni para que juzgaran acerca de ellos, o argumentaran sobre ellos, sino «para que los pusieseis por obra»: la magna y vieja historia, el tema de la obediencia, tema muy precioso del Deuteronomio, ya sea fuera, ya sea dentro de «la tierra a la cual pasáis a tomar posesión de ella» (v. 13-14).

Aquí tenemos el sólido fundamento de su proclama contra la idolatría. Los hijos de Israel no veían nada. Dios no se mostraba a ellos. Él no tomaba ninguna forma corporal de la que ellos pudieran hacer una reproducción o imagen. Él les daba su Palabra, sus santos mandamientos tan claros que un niño podía entenderlos. Por tanto, no tenían necesidad alguna de imaginar a qué cosa era Dios semejante; no, esto habría sido el mismísimo pecado contra el cual se les amonestaba con tanta fidelidad. Fueron llamados a oír la voz de Dios, no a contemplar su forma; a obedecer sus mandamientos, no a hacerse una imagen de él. La superstición procura vanamente honrar a Dios formando una imagen y adorándola. La fe, por el contrario, recibe con amor y obedece con reverencia sus santos mandamientos. «El que me ama», dijo nuestro bendito Señor, ¿qué hará? ¿hará una imagen mía y la adorará? Nada de eso, sino «mi palabra guardará». Esto convierte el asunto en una cuestión absolutamente sencilla, segura, cierta. No somos llamados a formarnos una idea o concepto de Dios. Hemos de oír simplemente su voz y guardar sus mandamientos. No debemos hacernos una representación ideal de Dios, sino que debemos atenernos al modo en que él quiso revelarse. «Nadie ha visto jamás a Dios: el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Juan 1:18). «Porque el Dios que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4:6).

De Jesús se ha declarado que es el resplandor de la gloria de Dios y la misma imagen de su sustancia (Hebr. 1:3). Él pudo decir: «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Juan 14:9). Así que el Hijo revela al Padre, y por la Palabra, mediante el poder del Espíritu Santo, sabemos algo del Hijo; por lo tanto, el que procura, por cualquier esfuerzo de la mente o fantasía de la imaginación, concebir una imagen de Dios o de Cristo, cae en idolatría. Esforzarse en llegar a algún conocimiento de Dios o de Cristo, a menos que sea por la Escritura, es caer en misticismo y confusión; más aun, es ponerse directamente en manos del diablo y dejarse envolver por él en las ilusiones más funestas y engañosas.

Por eso, así como Israel, en el monte de Horeb, fue limitado a oír la «voz» de Dios y amonestado a abstenerse de cualquier semejanza, así a nosotros se nos ha limitado a la santa Escritura y amonestado a estar precavidos contra todo lo que pueda apartarnos, aunque fuese el grosor de un cabello, de ese santo y suficiente modelo. No hemos de atender a las sugestiones de nuestras inteligencias, ni a las de cualquiera otra mente humana. Hemos de negarnos absoluta y rigurosamente a prestar oídos a todo lo que no sea la voz de Dios, la voz de la santa Escritura. En ella hay verdadera seguridad, verdadero descanso. En ella tenemos certeza absoluta, de tal modo que podemos decir: «Sé a quién» (no precisamente en qué) «he creído, y estoy convencido», etc. (2 Tim. 1:12).

«Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra. No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos. Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día» (v. 15-20).

Aquí se pone ante nosotros una verdad de gran peso. Se enseña terminantemente al pueblo que, haciéndose alguna imagen e inclinándose ante ella, se rebajarían y se corromperían. De ahí que, cuando se hicieron un becerro de oro, Jehová dijo a Moisés: «Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de tierra de Egipto se ha corrompido». No podía ser de otro modo. El adorador ha de ser forzosamente inferior al objeto de su adoración; y, por lo tanto, al adorar un becerro se colocaban a sí mismos a más bajo nivel que el de las bestias que perecen. Bien, pues, pudo decir Jehová: «se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto» (Éx. 32:7-8).

¡Qué espectáculo! ¡La congregación entera, conducida por Aarón, el sumo sacerdote, inclinada en adoración ante un objeto tallado por el buril y procedente de los zarcillos tomados de las orejas de sus mujeres y de sus hijas! ¡Consideremos por unos momentos qué visión la de un número de seres inteligentes, de todo un pueblo dotado de razón, comprensión y conciencia, exclamando ante un becerro de fundición: «Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto»! Eso era, literalmente, destituir a Dios y reemplazarlo por una imagen hecha por el arte y la invención humana. Y ese era el pueblo que había presenciado los poderosos hechos de Jehová en la tierra de Egipto. Habían visto caer las plagas una tras otra sobre Egipto y su rey de endurecido corazón. Habían visto aquel país sacudido, al parecer, hasta sus cimientos por los golpes sucesivos de la vara gubernativa de Jehová. Habían visto cómo los primogénitos de Egipto eran muertos por la espada del ángel exterminador. Habían visto al mar Rojo dividido por el golpe de la vara de Jehová, y habían pasado a través del mismo en seco, entre sus aguas que formaban como muros de cristal que habían de caer más tarde con aplastante poder sobre sus enemigos.

Todo esto había acontecido ante sus ojos; sin embargo, muy pronto pudieron olvidarlo todo y decir ante un becerro de fundición: «Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto». ¿Creían en realidad que una imagen de fundición había hecho temblar a Egipto, había humillado a su altivo monarca y les había sacado de allí victoriosos? ¿Había sido un becerro el que, después de dividir el mar, les había hecho avanzar majestuosamente por sus profundidades? Eso era, al menos, lo que decían ellos, pues, ¿qué no se es capaz de decir cuando el ojo y el corazón se han apartado de Dios y de su Palabra?

5.13 - Siempre la idolatría

Mas tal vez se nos diga: “Bien, pero ¿encierra todo esto algún aviso para nosotros? ¿Los cristianos tenemos algo que aprender del becerro fundido por Israel? Las prevenciones dirigidas a Israel contra la idolatría, ¿tienen algo que decirle a la Iglesia? ¿Estamos en peligro de inclinarnos ante alguna imagen? ¿Será posible que nosotros, quienes gozamos del alto privilegio de andar a la perfecta luz del Nuevo Testamento, podamos adorar a un becerro de fundición?”

A todo ello respondemos, primero, con el lenguaje empleado en Romanos 15:4: «Lo que anteriormente fue escrito» (incluyendo Éx. 32 y Deut. 4) «para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza». Ese breve pasaje afirma nuestro derecho a recorrer el vasto campo de la Escritura del Antiguo Testamento para recoger y apropiarnos sus preciosas lecciones; para alimentarnos de sus “grandes y preciosas promesas”; para extraer sus profundas y variadas consolaciones; para aprovechar sus solemnes prevenciones y saludables consejos.

En cuanto a que seamos capaces de cometer o estemos expuestos a caer en el grosero pecado de la idolatría, tenemos una contundente respuesta en 1 Corintios 10, donde el apóstol emplea la escena del monte de Horeb como una amonestación a la Iglesia de Dios. Lo mejor que podemos hacer es citar el pasaje entero. Nada hay comparable a la Palabra de Dios. ¡Amémosla, ensalcémosla y reverenciémosla cada día más! He aquí el texto: «Porque no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estaban todos bajo la nube» (esto es, tanto aquellos cuyos cuerpos cayeron en el desierto, como los que alcanzaron a entrar en la tierra prometida) «y todos pasaron por el mar; y todos fueron bautizados en Moisés en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de una Roca espiritual que los seguía, y la Roca era Cristo». ¡Cuán enérgico, cuán solemne y cuán escrutador es esto para todo profeso! «Pero la mayoría de ellos no agradó a Dios, pues cayó en el desierto. Todas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros» notemos esto cuidadosamente– «a fin de que no codiciemos cosas malas» cosas contrarias al sentir de Cristo– «como hicieron ellos. Ni os hagáis idólatras» de modo que los cristianos profesos pueden caer en la idolatría– «como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó para divertirse. Ni cometamos fornicación, como algunos de ellos la cometieron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos a Cristo, como algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el exterminador. Y estas cosas les acontecían como ejemplos, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado. Por tanto, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (v. 1-12).

Por estos textos aprendemos de la manera más clara que no hay profundidad de pecado o de locura, no hay forma de depravación moral en la que no podamos caer en cualquier momento si no somos guardados por el invencible poder de Dios. No hay verdadera seguridad para nosotros fuera del abrigo moral de la presencia divina. Sabemos bien que el Espíritu de Dios no nos previene contra cosas a las cuales no estemos expuestos. Jamás nos diría: «Ni os hagáis idólatras» si no fuéramos capaces de serlo. La idolatría adopta varias formas. No es, por lo tanto, de la forma, sino de la cosa misma de lo que se trata; no de la forma externa, sino de la raíz o principio de la cosa. Leemos que «la avaricia es idolatría» y que el avaro es un idólatra. Esto es, que un hombre que desea tener o poseer más de lo que Dios le ha dado es un idólatra, es actualmente culpable del mismo pecado que cometió Israel cuando fundió el becerro de oro y lo adoró. Bien pudo decir el apóstol a los corintios y a nosotros: «Por lo cual, amados míos, huid de la idolatría» (v. 14). ¿Por qué se nos amonesta a huir de una cosa a la cual no estamos expuestos? ¿Es que en el volumen divino hay palabras vanas? ¿Qué significan las palabras con que termina la primera carta de Juan: «Hijitos, guardaos de los ídolos»? ¿No nos enseñan que estamos en peligro de adorar ídolos? Por cierto, que sí. Nuestros traidores corazones son capaces de separarse del Dios vivo y levantarse algún otro objeto aparte de Dios, y ¿qué es esto si no idolatría? Sea lo que fuere que domine el corazón es un ídolo de ese corazón, sea dinero, goces, poder o cualquier otra cosa; así que podemos comprender muy bien la apremiante necesidad de las muchas amonestaciones que nos formula el Espíritu Santo acerca del pecado de idolatría.

Además, en el capítulo 4 de la Epístola a los Gálatas tenemos un notable pasaje, el que habla a la iglesia profesa con los más impresionantes acentos. Los gálatas, como los otros gentiles, habían adorado ídolos, mas, al recibir el Evangelio, se habían convertido de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero. No obstante, maestros judaizantes habían llegado hasta ellos y les enseñaban que, a menos que no fuesen circuncidados y guardaran la ley, no podían ser salvos.

A esto el apóstol lo llama, sin titubear, idolatría, un retorno a la grosera degradación moral de tiempos atrás, después de haber hecho profesión de recibir el glorioso Evangelio de Cristo. De ahí nace la fuerza moral de la interrogación del apóstol: «Pero en otro tiempo, no conociendo a Dios, vosotros estabais sometidos a los que por naturaleza no son dioses. Mientras que ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo os volvéis de nuevo a los débiles y pobres elementos, a los que otra vez queréis servir? Guardáis días, meses, estaciones y años; ¡Temo por vosotros, que quizás haya trabajado en vano por vosotros!» (Gal. 4:8-11).

Esto es muy notable. Los gálatas no volvían exteriormente a rendir culto a los ídolos. Es muy probable que hasta habrían repudiado con indignación tal idea. Mas, a pesar de esto, el inspirado apóstol les pregunta: «¿Cómo os volvéis de nuevo…?». ¿Qué significaría esa pregunta si no estuvieran retrocediendo hasta la idolatría? Y nosotros ¿qué podemos aprender de todo ese pasaje? Pues sencillamente lo siguiente: que la circuncisión, el retorno a la ley, la observancia de días, meses, tiempos y años, todo ello, en apariencia tan diferente a la adoración de ídolos, no era ni más ni menos que la vuelta a la antigua idolatría. La observación de ciertos días y la adoración de falsos dioses equivalía a apartarse del Dios vivo y verdadero, de su Hijo Jesucristo, del Espíritu Santo, de ese brillante grupo de dignidades y glorias que pertenecen al cristianismo.

Todo esto encierra una solemnidad particular para los cristianos profesos, y nos preguntamos si la plena importancia de Gálatas 4:8-11 es debidamente entendida por la gran mayoría de los que profesan creer en la Biblia. Sometemos solemnemente y con instancia ese tema a la atención de todos aquellos a quienes pueda concernir. Rogamos a Dios que se sirva emplearlo con el fin de conmover los corazones y las conciencias de su pueblo en todas partes, que los lleve a meditar sobre su situación, sus costumbres, sus sendas y asociaciones, a averiguar hasta qué punto están siguiendo en realidad el ejemplo de las asambleas de Galacia, en la observancia de días santos y otras cosas semejantes, que solo pueden alejarnos de Cristo y de su gloriosa salvación. Viene el día en que millares de ojos se abrirán a la realidad de estas cosas, entonces verán lo que ahora rehúsan ver; esto es, que las formas más tenebrosas y groseras del paganismo pueden reproducirse bajo el nombre de cristianismo y relacionarse con las más sublimes verdades que jamás hayan alumbrado el entendimiento humano.

Mas, por tardos que podamos ser en admitir nuestra tendencia a caer en el pecado de idolatría, es evidente, en el caso de Israel, que Moisés, enseñado e inspirado por Dios, sintió la profunda necesidad de prevenirles respecto a ese pecado de la manera más solemne y en los términos más patéticos. Les hace considerar las cosas desde todos los puntos de vista posibles, les reitera sus consejos y amonestaciones de manera tan impresionante que, seguramente, no podían dar lugar a ninguna excusa. Jamás habían podido decir que si cayeron en idolatría fue por falta de amonestaciones o por falta de ruegos llenos de gracia y afecto. Veamos las palabras siguientes: «Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día» (v. 20).

¿Pudo haber palabras más conmovedoras que estas? Jehová, en su rica y soberana gracia, por su poderosa mano, los sacó de la tierra de muerte y oscuridad e hizo de ellos un pueblo redimido y liberado. Los allegó a sí mismo para que le fueran su especial tesoro entre todo pueblo de la tierra. ¿Cómo pudieron, pues, apartarse de él, de su santa alianza y de sus preciosos mandamientos?

Pero, lamentablemente, pudieron y lo hicieron. «Se han hecho un becerro… y dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de tierra de Egipto». ¡Pensemos en ello! ¡Un becerro hecho con sus propias manos, una imagen esculpida por el arte y la imaginación humanos los había sacado de la tierra de Egipto! ¡Un artefacto fabricado con los zarcillos de sus mujeres, les había redimido y liberado! Y esto ha sido escrito para nuestra admonición. Mas ¿por qué se había escrito esto para nosotros si no fuéramos capaces de cometer el mismo pecado o no estuviéramos expuestos a él? Hemos de admitir que Dios el Espíritu Santo escribió una sentencia innecesaria o, de lo contrario, admitir que necesitamos amonestación contra el pecado de idolatría; por cierto, que la necesidad de tal amonestación prueba nuestra tendencia a cometer ese pecado.

¿Somos acaso mejores que Israel? De ningún modo. Gozamos de más luz y de privilegios mayores, pero estamos hechos de su mismo material, tenemos las mismas capacidades y las mismas tendencias que ellos. Nuestra idolatría puede tener forma diferente a la de ellos, pero la idolatría es idolatría, sea cual fuere su forma, y cuanto mayor sean nuestros privilegios, mayor será también nuestro pecado. Quizá podamos admirarnos de que un pueblo racional haya podido cometer tan perversa locura como la de fabricarse un becerro e inclinarse ante él, y eso después de haber sido testigos de tal despliegue de la majestad, del poder y de la gloria de Dios. Recordemos que la locura de Israel ha sido escrita para nuestra amonestación; que a nosotros –con toda nuestra luz, nuestro conocimiento, nuestros privilegios– se nos previene que debemos huir «de la idolatría».

Meditemos atentamente todo ello y procuremos sacarle provecho. Que no quede un recodo de nuestro corazón que no lo ocupe Cristo, y de este modo no habrá lugar para ídolos. Esta es nuestra única salvaguardia. Si resbalamos y nos separamos el grosor de un cabello de nuestro Salvador y Pastor, seremos capaces de lanzarnos en las más tenebrosas formas del error y del mal moral. Luz, conocimiento, privilegios espirituales, posición eclesiástica, beneficios sacramentales, no son seguridades para el alma. Son muy buenos, cada uno en su propio lugar y debidamente usados, pero, por sí mismos, no hacen más que acrecentar nuestro peligro moral.

Nada puede mantenernos felices y seguros en el camino recto, sino el hecho de tener a Cristo morando por la fe en nuestros corazones. Si permanecemos en él y él en nosotros, el maligno no puede dañarnos. Mas si esa comunión personal no es mantenida con toda diligencia, cuanto más alta sea nuestra posición, mayor será el peligro y más desastrosa nuestra caída. No hubo nación bajo el cielo que haya sido más favorecida y exaltada que Israel cuando fue congregada alrededor del monte Horeb para oír la Palabra de Dios. Sin embargo, tampoco hubo nación más degradada y más culpable que ella cuando se inclinó ante el becerro de oro, imagen formada por sus manos.

5.14 - El juicio empieza por la casa de Dios

Dirijamos ahora nuestra atención a un hecho de gran interés, presentado en los versículos 21 y 22 de nuestro capítulo, a saber, que Moisés, por tercera vez, recuerda a la congregación el trato judicial de Dios para con él. Había hablado de ese juicio, según ya lo vimos, en el capítulo 1:37; lo recuerda de nuevo en el capítulo 3:26, y ahora nuevamente les dice: «Y Jehová se enojó contra mí por causa de vosotros, y juró que yo no pasaría el Jordán, ni entraría en la buena tierra que Jehová tu Dios te da por heredad. Así que yo voy a morir en esta tierra, y no pasaré el Jordán; mas vosotros pasaréis, y poseeréis aquella buena tierra».

¿Por qué esa triple referencia al mismo hecho? ¿Por qué la especial mención en todas ellas de que Jehová se había enojado con él por causa de ellos? De una cosa podemos estar seguros, y es de que no fue con ánimo de echar la culpa sobre el pueblo o de disculparse a sí mismo. Nadie, a no ser el incrédulo, podrá pensar tal cosa. Creemos que el simple propósito fue aumentar la fuerza moral de su discurso y dar más solemnidad a la voz de sus amonestaciones. Si Jehová estaba enojado con un hombre como Moisés, si a él –por haber hablado inconsideradamente en las aguas de Meriba– le fue prohibida la entrada en la tierra prometida por más que lo deseó, ¡cuán necesario les era a ellos tener sumo cuidado! Seria cosa es tener que tratar con Dios; cosa bendita, sin duda alguna, más allá de toda palabra o pensamiento, pero muy seria, como el mismo legislador tuvo ocasión de comprobarlo.

Las siguientes palabras vienen en apoyo de esta verdad: «Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido. Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso» (v. 23-24).

Esto tiene una especial solemnidad. Debemos permitir que este relato tenga toda su fuerza moral en nuestras almas. No intentemos embotarlo con falsas nociones de la gracia. A veces oímos decir: “Dios es un fuego consumidor para el mundo”. Algún día lo será, sin duda, mas ahora está obrando con el mundo con gracia, paciencia y magnánima misericordia. Él no lo trata actualmente de manera judicial. Mas, según nos lo dice el apóstol Pedro: «Porque llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios; y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios?» (1 Pe. 4:17). De igual modo, en Hebreos 12, leemos: «Porque también nuestro Dios es fuego que consume» (v. 29). No se habla aquí de lo que será Dios para con el mundo, sino de lo que Él es para con nosotros. Ni tampoco es, como algunos lo afirman: “Dios es un fuego consumidor fuera de Cristo”. Nada sabemos de Dios fuera de Cristo. Fuera de Cristo o aparte de Cristo, no podría ser «nuestro Dios».

No, lector; la Escritura no puede ser torcida. Debe aceptársela tal como está. Es clara y precisa; lo que nos toca a nosotros es oír y obedecer. «Nuestro Dios es fuego consumidor, Dios celoso», no para consumirnos a nosotros –bendito sea su santo Nombre– sino para consumir el mal que hay en nosotros y en nuestros caminos. Es intolerante con todo cuanto hay en nosotros que sea contrario a él, contrario a su santidad y, por lo tanto, contrario a nuestra verdadera felicidad, a nuestra real y sólida bendición. Como «Padre Santo», nos guarda de una manera digna de sí mismo y nos corrige con el fin de hacernos partícipes de su santidad. Él permite por ahora que el mundo siga su camino, sin intervenir públicamente, pero él juzga a su Casa y castiga a sus hijos a fin de que respondan mejor a sus deseos y sean la expresión de su imagen moral.

¿No es este un inmenso privilegio? Sí, ciertamente, es un privilegio del orden más elevado, privilegio que emana de la infinita gracia de nuestro Dios, quien condesciende hasta interesarse por nosotros y atender nuestras debilidades, nuestras faltas y nuestros pecados, para liberarnos de ellos y hacernos partícipes de su santidad.

5.15 - La disciplina

Hay un hermoso pasaje respecto a este asunto al principio de Hebreos 12. Vamos a copiarlo a causa de su inmensa importancia práctica para todo lector. «Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor disciplina al que ama, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿cuál es el hijo a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la que todos han participado, entonces sois bastardos y no hijos. Además, tuvimos a nuestros padres naturales que nos castigaban, y los respetábamos; ¿no nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos? Porque aquellos nos disciplinaban por pocos días, según les parecía; pero este, para nuestro provecho, para que participemos de su santidad. Al recibirla, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero más tarde da fruto apacible de justicia a los que son ejercitados por ella. Por lo cual, enderezad las manos caídas y las rodillas que titubean» (v. 5-12).

Hay tres maneras de recibir la disciplina de Dios; podemos menospreciarla, considerándola como algo corriente, algo que puede acontecerle a cualquiera. No vemos la mano de Dios en él. Podemos también desmayar a raíz de la disciplina, como algo demasiado pesado para sobrellevarlo o enteramente imposible de soportar. No alcanzamos a reconocer el corazón del Padre en ella, o distinguir el motivo de su gracia, esto es, hacernos participantes de su santidad. Y, por último, podemos ser ejercitados en ella. Este es el modo de recoger el «fruto apacible de justicia» (Hebr. 12:11). No osaremos despreciar una cosa en la cual veamos la mano de Dios. No desmayaremos ante una prueba en la cual distingamos claramente el corazón de un Padre amante que no permitirá que seamos probados más de lo que podamos soportar; sino que con la prueba dará la salida a fin de que podamos soportarla, y que, además, nos explica con su gracia el objeto disciplinario que se propone, asegurándonos de que cada golpe de su vara es una prueba de su amor y una respuesta directa a la oración de Cristo, según Juan 17:11, en la cual se nos encomienda al cuidado del «Padre Santo», para ser guardados de acuerdo con ese nombre y todo cuanto ese nombre implica.

Además, hay tres actitudes distintas del corazón con respecto a la corrección divina: sujeción, consentimiento y gozo. Cuando la voluntad está quebrantada se dice que hay sujeción. Cuando el entendimiento está iluminado en cuanto al objeto del castigo, hay consentimiento. Y cuando los afectos están aunados al corazón del Padre, hay regocijo; entonces podemos continuar con alegre corazón segando la cosecha áurea del apacible fruto de justicia para alabanza de Aquel que, en su amor y compasión por nuestras penas, toma a su cargo la tarea de cuidar de nosotros y trata con nosotros según su santo gobierno, concentrando su cuidado sobre cada uno en particular como si tuviera que atender solo a uno.

¡Cuán admirable es esto! ¡Y cómo el pensar en ello debería ayudarnos en nuestras pruebas y experiencias! Estamos en manos de Aquel cuyo amor es infinito, cuya sabiduría es infalible, cuyo poder es omnímodo, cuyos recursos son inagotables. ¿Por qué, pues, habríamos de abatirnos? Si nos castiga es porque nos ama y busca nuestro bien real. A veces podemos pensar que el castigo es duro y nos sentimos dispuestos a preguntarnos cómo el amor puede infligirnos dolor y enfermedad; pero debemos recordar que el amor divino es sabio y fiel, que solo nos inflige el dolor, la enfermedad y la pesadumbre para nuestro provecho y bendición. No siempre debemos juzgar acerca del amor por la forma en que se manifiesta. Considere usted a esa madre apasionada y afectuosa cuando aplica un vejigatorio a su hijo, al cual ama como a su propia vida. Sabe perfectamente que ese vejigatorio producirá a su hijo un dolor y sufrimiento reales; con todo, lo aplica sin titubear, aunque su corazón sufre agudamente al hacerlo. Pero sabe que es absolutamente necesario, cree que desde el punto de vista humano y médico la vida del niño depende de ello. Sabe que unos momentos de sufrimiento pueden, con la ayuda de Dios, restablecer la salud a su querido hijo. Así que, mientras el niño se preocupa solamente por su pasajero sufrimiento, la madre piensa en el bien permanente que resultará; y si el niño pudiera pensar como la madre, no le parecería tan difícil de soportar aquel remedio.

Así acontece en el asunto del trato disciplinario que nos dispensa nuestro Padre; y el recuerdo de esto nos ayudará muchísimo a soportar lo que su mano correctora pueda mandarnos. Tal vez se diga que hay una inmensa diferencia entre soportar por algún rato un vejigatorio y años enteros de sufrimiento corporal intenso. Sin duda la hay; mas también hay una gran diferencia entre el resultado que se consigue en cada uno de esos casos. Es el fundamento de este asunto lo que hemos de considerar. Cuando vemos a un amado hijo de Dios que pasa por años de intenso sufrimiento, podemos sentirnos inclinados a preguntarnos por qué, y quizá el amado paciente hará otro tanto, y en ocasiones quizá desmaye bajo el peso de su prolongada aflicción. Quizá se sienta tentado a exclamar: “¿Por qué estoy así? ¿Puede esto considerarse como una prueba de amor? ¿Puede ser esta la expresión del tierno cuidado de un Padre?” “Sí, en verdad, responde la fe de un modo claro y enfático. Es todo amor, divinamente justo. Por todo un mundo yo no querría que fuese de otro modo. Yo sé que este intenso sufrimiento está obrando una bendición eterna. Sé que mi amante Padre me ha puesto en este horno para depurarme de mi escoria y producir en mí la expresión de su propia imagen. Sé que el amor divino hará siempre lo mejor para el ser amado, y, por lo tanto, este intenso sufrir es lo más conveniente para mí. Por supuesto, siento el dolor, porque no soy un tronco o una piedra, pero sé que la intención de mi Padre es que lo sienta, como la madre con el vejigatorio, pues de lo contrario ningún bien producirá. Pero yo le alabo de todo corazón por la gracia que resplandece en el asombroso hecho de que él se ocupe en mí de tal modo, para corregirme de lo que ve de mal en mí. Yo le alabo por haberme puesto en el horno, y ¿cómo no he de alabarle cuando le veo sobre la hornaza, en su infinita gracia y paciencia, vigilando el proceso y sacándome de ella cuando esté terminada la obra?”

Tal es, amado lector cristiano, la verdadera manera y tal la conveniente disposición de espíritu para pasar a través de cualquier clase de prueba, sea aflicción corporal, pérdida de seres queridos o de bienes y circunstancias apremiantes. Hemos de ver en ello la mano de Dios, leer el corazón de un Padre, reconocer el propósito divino. Esto nos permitirá vindicar, justificar y glorificar a Dios en medio de la hornaza de la aflicción. Rectificará todo pensamiento murmurador y silenciará toda expresión quejosa. Llenará nuestros corazones de la más dulce paz y nuestras bocas de alabanza.

5.16 - Caída y restauración de Israel

Volvamos ahora a los versículos restantes de nuestro capítulo, en los cuales encontraremos los más conmovedores y poderosos llamamientos al corazón y a la conciencia de la congregación. El legislador, con el profundo, verdadero y ferviente amor de su corazón, emplea las más solemnes advertencias, las más sinceras amonestaciones y las más tiernas súplicas con el fin de guiar al pueblo al magno e importante asunto de la obediencia. Si les habla del horno de hierro de Egipto, del cual Jehová les rescató por su gracia soberana; si insiste en exponer las poderosas señales y maravillas hechas en favor de ellos; si alza ante sus ojos las glorias de la tierra sobre la cual estaban próximos a sentar sus pies; o si relata la maravillosa conducta de Dios para con ellos en el desierto, todo ello lo hace con el fin de reforzar la base moral del derecho de Jehová a su amorosa y reverente obediencia. El pasado, el presente y el porvenir son invocados con el fin de que sirvan de poderosos argumentos para que se consagren de todo corazón al servicio de su misericordioso y todopoderoso liberador. En suma, todas las razones concurrían en favor de la debida obediencia y no había ningún pretexto para desobedecer. Todos los hechos de su historia, del primero al último, estaban calculados para dar fuerza moral a las exhortaciones y amonestaciones comprendidas en el siguiente pasaje:

«Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido. Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso. Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis e hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios, para enojarlo; yo pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para tomar posesión de ella; no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos. Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová. Y serviréis allí a dioses hechos de manos de hombres, de madera y piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen» (v. 23-28).

¡Cuán solemne es todo esto! ¡Qué fieles prevenciones son esas! El cielo y la tierra son invocados como testigos. Por desdicha, ¡cuán pronto y de qué modo más completo fue olvidado todo ello! ¡Y cuán literalmente todas estas graves amenazas se han cumplido en la historia de la nación!

Pero, gracias a Dios, hay un lado luminoso en el cuadro. Hay misericordia también, además de juicio; y nuestro Dios, bendito sea eternamente, es algo más que un «fuego consumidor, Dios celoso». En verdad es un fuego consumidor, porque es santo. No puede tolerar el mal, y ha de limpiarnos de nuestras escorias. Además, es celoso, porque no puede soportar que ningún rival ocupe lugar en los corazones de aquellos a quienes ama. Ha de poseer el corazón por entero, porque solo él es digno de ello, así como él solo puede llenarlo y satisfacerlo para siempre. Si su pueblo se desvía de él y va tras los ídolos que son obra de sus propias manos, segarán los amargos frutos de tales hechos, y experimentarán con tristeza la verdad de aquellas palabras: «se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios» (Sal. 16:4).

Pero notemos de qué modo tan conmovedor Moisés presenta al pueblo el reverso de la medalla, el brillante caudal de la eterna estabilidad de la gracia de Dios y la completa provisión que esa gracia tiene hecha para todas las necesidades de su pueblo, de la primera a la última. «Mas» –dice él (y cuán hermosos son algunos de los «mas» de la sagrada Escritura)– «si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma». ¡Gracia exquisita! «Cuando estuvieres en angustia, y te alcanzaren todas estas cosas, si en los postreros días te volvieres a Jehová tu Dios, y oyeres su voz», ¿qué, pues? ¿encontrarás un «fuego consumidor»? No, sino: «porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres» (v. 29-31).

Aquí tenemos un notable vistazo al porvenir de Israel, su alejamiento de Dios con la consiguiente dispersión entre las naciones; el completo fracaso de su constitución política y el desvanecimiento de su gloria nacional. Pero, bendito sea por siempre el Dios de toda gracia, hay algo más allá de ese fracaso, de ese pecado, de esa ruina y de ese juicio. Cuando llegamos a la última fase de la triste historia de Israel –historia que en verdad puede resumirse en la breve pero comprensiva sentencia «¡te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda!» (Oseas 13:9)– nos encontramos con un magnífico despliegue de la gracia, misericordia y fidelidad de Jehová, el Dios de sus padres, cuyo corazón amante se descubre a sí mismo con estas palabras: «en mí está tu ayuda». Sí; todo el tema va envuelto en estas dos vigorosas declaraciones: «te perdiste, oh Israel» y «en mí está tu ayuda». En la primera tenemos la aguda flecha para la conciencia de Israel; en la segunda, el bálsamo calmante para el quebrantado corazón de aquel pueblo.

Al meditar acerca de la nación de Israel, hemos de estudiar dos aspectos, a saber, el histórico y el profético. La parte histórica pone de manifiesto, con inequívoca fidelidad, su completa ruina. La parte profética revela, con incomparables acentos de gracia, el remedio de Dios. El pasado de Israel ha sido negro y sombrío. El porvenir de Israel será brillante y glorioso. En la primera, vemos las miserables acciones del hombre; en la segunda, los benditos caminos de Dios. En la primera se nos da la pujante ilustración de lo que es el hombre; en la segunda, un brillante despliegue de lo que Dios es. Es preciso considerar las dos partes si deseamos comprender debidamente la historia de ese pueblo notable, «pueblo temible desde su principio y después» (Is. 18:2), y en verdad podríamos añadir: un pueblo admirable hasta el fin de los tiempos.

No es nuestro intento, en esta ocasión, aducir pruebas en apoyo de nuestras afirmaciones en cuanto al pasado y al futuro de Israel. De hacer esto, podríamos decir sin exagerar que necesitaríamos un tomo, toda vez que ya lo requeriría la copia de vastas porciones de los libros históricos, por un lado, y de los libros proféticos, por otro. No hay necesidad de decir que no tenemos tal propósito; nos limitamos a llamar la atención del lector sobre la preciosa enseñanza comprendida en la cita expuesta más arriba. Contiene toda la verdad en cuanto al pasado, al presente y al futuro de Israel. Nótese cómo su pasado está agudamente retratado en estas pocas palabras: «Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis o hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios, para enojarlo…» (v. 25).

¿No es precisamente esto lo que hicieron? ¿No está aquí descrita su conducta en pocas palabras? Ellos hicieron el mal ante los ojos de Jehová su Dios para provocarle a ira. La expresión «lo malo» lo comprende todo, desde el becerro de Horeb hasta la cruz del Calvario. Esto fue Israel en el pasado.

Y ¿qué es de su presente? ¿No son un perpetuo monumento de la imperecedera verdad de Dios? ¿Ha faltado una sola jota o una tilde de cuanto Dios ha hablado? Oigamos estas palabras: «yo pongo hoy por testigo al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para tomar posesión de ella; no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos. Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová» (v. 26-27).

¿No se ha cumplido todo esto al pie de la letra? ¿Quién lo dudará? El pasado y el presente de Israel atestiguan por igual la verdad de la Palabra de Dios. ¿No podemos declarar, pues, que, así como su pasado y su presente son un cumplimiento literal de la verdad de Dios, su futuro también lo será? Ciertamente. Tanto la página de su historia como la página profética fueron dictadas por el mismo Espíritu, por lo tanto, ambas son igualmente verdaderas; y así como la historia nos relata el pecado de Israel y su dispersión, así la profecía predice el arrepentimiento de Israel y su restauración. Para la fe, la una es tan verdadera como la otra. Tan cierto es que Israel pecó en el pasado y está esparcido al presente, como es cierto también que se arrepentirá y será restaurado en el porvenir.

Esto está fuera de toda duda; y nos alegramos de pensar en ello. No hay ningún profeta, desde Isaías a Malaquías, que no establezca de la manera más clara, con acentos de la más dulce gracia y la más tierna misericordia, la futura bendición, preeminencia y gloria de la simiente de Abraham.[9] Sería muy grato citar algunos de los sublimes pasajes que tratan ese muy interesante tema, mas hemos de contentarnos con sugerir al lector que los lea por sí mismo, recomendándole especialmente los pasajes contenidos en los capítulos terminales de Isaías, en los que hallará un vivo atractivo, así como la más completa confirmación del dicho apostólico: «todo Israel será salvo» (Rom. 11:26). Todos los profetas, «desde Samuel y los que le sucedieron» (Hec. 3:24), convienen en ello. Las enseñanzas del Nuevo Testamento armonizan con las voces de los profetas; de modo que dudar de la verdad de la restauración de Israel en su propia tierra y su final bendición en ella, bajo el régimen de su propio Mesías, es simplemente desconocer o negar el testimonio de los profetas y de los apóstoles que hablaron y escribieron por directa inspiración de Dios el Espíritu Santo; es poner a un lado una parte evidente de la Escritura completamente convincente.

[9] Jonás fue, por supuesto, una excepción, ya que la misión que se le encomendó fue para Nínive. Es el único profeta al que se confió una comisión exclusivamente referida a los gentiles.

5.17 - Las profecías que conciernen a Israel no se aplican a la Iglesia

Parece sumamente extraño que quienes aman a Cristo puedan ignorar o negar esos testimonios; sin embargo, lo hacen y lo han hecho, sea por prejuicios religiosos, sea por ciertas tendencias teológicas. Mas no obstante, todo ello, la gloriosa verdad de la restauración de Israel y de su preeminencia en la tierra brilla con fulgor no opacado en la página profética, y todo el que procura ponerla a un lado o en algún modo oponerse a ella, no solo insulta la sagrada Escritura –contradiciendo la voz unánime de apóstoles y profetas–, sino también entrometiéndose, por ignorancia sin duda, en el consejo, propósito y promesa del Señor, Dios de Israel, haciendo nulo el pacto con Abraham, Isaac y Jacob.

Esta es una obra seria para el que la emprenda; y creemos que muchos están cumpliéndola sin darse cuenta; porque es precioso comprender que, quien toma las promesas hechas a los padres del Antiguo Testamento para aplicarlas a la Iglesia del Nuevo Testamento, en realidad no hace sino llevar a cabo la obra a la que hemos hecho mención. Sostenemos que nadie tiene el más mínimo derecho a transferir las promesas hechas a los padres. Podemos aprender de esas promesas, deleitarnos en ellas; podemos obtener consuelo y aliento por el hecho de su estabilidad eterna y su aplicación literal directa. Todo esto es una verdad bendita, pero es otra cosa muy distinta que algunos hombres, bajo la influencia de un sistema de interpretación falsamente llamado “espiritualismo”, quieran aplicar a la Iglesia o a los creyentes del tiempo del Nuevo Testamento profecías que tan sencilla y claramente, como lo pueden indicar las palabras, son aplicadas a Israel o literalmente a la simiente de Abraham.

Esto es lo que consideramos como muy grave. Creemos que tenemos escasa idea de cuán completamente opuesto es esto a la mente y al corazón de Dios. Él ama a Israel, le ama a causa de los padres; y podemos tener por seguro que no puede aprobar que intervengamos en su posición, su porción o sus esperanzas. Todos estamos familiarizados con las palabras del apóstol en Romanos 11; no obstante, podemos haber equivocado u olvidado su verdadero sentido y fuerza moral.

Al hablar de Israel en relación con el olivo de la promesa, dice: «Y ellos también, si no permanecen en la incredulidad, serán injertados; porque poderoso es Dios» –la más sencilla, sólida y bendita de toda otra razón cualquiera– «para injertarlos de nuevo. Pues si tú fuiste desgajado del olivo que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza has sido injertado en el buen olivo, ¡cuánto más estos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo! Hermanos, para que no seáis sabios a vuestro juicio propio, no quiero que ignoréis este misterio: que endurecimiento parcial ha acontecido a Israel hasta que entre la plenitud de los gentiles[10]; y así todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador; y apartará de Jacob la impiedad; y este es mi pacto para con ellos, cuando yo quite sus pecados. En cuanto al evangelio, son enemigos por vuestra causa; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. Porque como vosotros en otro tiempo fuisteis desobedientes a Dios, mas ahora obtuvisteis misericordia por la desobediencia de estos, así también estos son ahora desobedientes, para que por la misericordia que a vosotros se os concedió, ellos también alcancen la misericordia. Porque Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rom. 11:23-32).

[10] Conviene que el lector se dé cuenta de la diferencia entre «la plenitud de los gentiles» de Romanos 11:25, y «el tiempo de los gentiles» de Lucas 21:24. La primera frase hace referencia a los que actualmente están reunidos en la Iglesia. La última, al contrario, se refiere a los tiempos de la supremacía de los gentiles que principió con Nabucodonosor y alcanza a los tiempos en que «la piedra cortada no con mano» caerá con poder y aplastará la gran estatua del sueño de Nabucodonosor (Daniel 2).

Aquí termina la sección en que estriba nuestro tema, pero no podemos menos que citar el espléndido himno de alabanza a Dios con que prorrumpe el rebosante corazón del apóstol al cerrar la gran sección dispensacional de su epístola: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, y será recompensado? Porque de él» –es decir, como la fuente–, «y por medio de él» –esto es, el conducto–, «y para él» –como el destinatario– «son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (v. 33-36).

5.18 - Los caminos de Dios para con Israel

El espléndido pasaje que antecede, como en realidad toda la Escritura, está en perfecta concordancia con la enseñanza del capítulo cuarto del libro del Deuteronomio. La presente condición de Israel es el fruto de su sombría incredulidad. La gloria futura de Israel será el fruto de la rica y soberana misericordia de Dios. «Porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres. Porque pregunta ahora si en los tiempos pasados que han sido antes de ti, desde el día que creó Dios al hombre sobre la tierra, si desde un extremo del cielo al otro –son invocados los más extremos límites del tiempo y del espacio– se ha hecho cosa semejante a esta gran cosa, o se haya oído otra como ella. ¿Ha oído pueblo alguno la voz de Dios, hablando de en medio del fuego, como tú la has oído, sin perecer? ¿O ha intentado Dios venir a tomar para sí una nación de en medio de otra nación, con pruebas, con señales, con milagros y con guerra, y mano poderosa y brazo extendido, y hechos aterradores como todo lo que hizo con vosotros Jehová vuestro Dios en Egipto ante tus ojos? A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde los cielos te hizo oír su voz, para enseñarte; y sobre la tierra te mostró su gran fuego, y has oído sus palabras de en medio del fuego» (v. 31-36).

Aquí tenemos expuesto, con singular poder moral, el gran fin de todas las acciones divinas en favor de Israel. Ello fue así para que pudieran saber que Jehová era el Dios vivo y verdadero, y que fuera de él no había ni podía haber otro. En una palabra, era el propósito de Dios que Israel fuese su testigo en la tierra, como lo será con toda seguridad, aunque hasta ahora haya fracasado hasta ser la causa de que su grande y santo Nombre fuese blasfemado entre las naciones. Nada puede impedir el designio de Dios. Su pacto permanecerá para siempre. Israel será un bendito y eficaz testigo de Dios en la tierra, y el conducto de rica y permanente bendición para todas las naciones. Jehová juró que así sería; todos los poderes conjurados de la tierra, de los hombres y de los diablos no podrán impedir el pleno cumplimiento de todo lo que él ha hablado. Su gloria está implícita en el futuro de Israel y si una sola jota o una tilde de su palabra hubiese de faltar, sería una mancha para el honor de su Nombre y daría pie a la acción del enemigo, lo cual es absolutamente imposible. La futura bendición de Israel y la gloria de Jehová están enlazadas entre sí por un vínculo que jamás podrá ser roto. Si no se capta esto con toda claridad, no se puede entender ni el pasado ni el futuro de Israel. Más aun, podemos asegurar con la más absoluta confianza que, a menos que ese bendito hecho sea plenamente admitido, nuestro sistema de interpretación de la profecía será del todo falso.

Pero hay otra verdad expuesta en nuestro capítulo; verdad preciosa y de especial interés. No es solamente la gloria de Jehová la que está involucrada en la bendición y futura restauración de Israel, sino que también su corazón está comprometido en ello. Esto se manifiesta con conmovedora dulzura en las siguientes palabras: «Y por cuanto él amó a tus padres, escogió a su descendencia después de ellos, y te sacó de Egipto con su presencia y con su gran poder, para echar de delante de tu presencia naciones grandes y más fuertes que tú, y para introducirte y darte su tierra por heredad, como hoy» (v. 37-38).

De tal manera la verdad de la Palabra de Dios, la gloria de su gran Nombre y el amor de su corazón están comprometidos en sus tratos con la simiente de Abraham, su amigo; por eso, aunque los judíos hayan quebrantado la ley, deshonrado su Nombre, despreciado sus mercedes, rechazado a sus profetas, crucificado a su Hijo y resistido a su Espíritu, y por consecuencia de ello se ven dispersos, perseguidos y quebrantados y han de pasar aún por la tribulación sin igual, con todo, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob glorificará su Nombre, ratificará su palabra y manifestará el inalterable amor de su corazón en la futura historia de su pueblo terrenal. Nada cambia el amor de Dios. A quien él ama, y del modo que lo ama, lo ama para siempre.

Si negamos esto en cuanto a Israel, no nos queda a nosotros ni siquiera una pulgada de terreno firme sobre el cual asentar el pie. Si menoscabamos la verdad de Dios en un solo punto, no tendremos seguridad acerca de ningún otro. «La Escritura no puede ser aniquilada» (Juan 10:35). «Porque cuantas promesas de Dios hay, en él está el , y también en él el amén a Dios, para gloria suya por medio de nosotros» (2 Cor. 1:20). Dios se ha comprometido a sí mismo con la simiente de Abraham. Ha prometido darles la tierra de Canaán para siempre. «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Rom. 11:29). Jamás se arrepiente de su dádiva o de su llamamiento; por lo tanto, toda tentativa de desnaturalizar sus promesas y sus dones, o de interferir de cualquier modo en la aplicación de ellos, significa grave ofensa contra él. Mancha la integridad de la verdad divina, nos priva de toda certidumbre en la interpretación de la sagrada Escritura y sumerge al alma en tinieblas, duda y perplejidad.

La enseñanza de la Escritura es clara, definida y precisa. El Espíritu Santo que inspiró el sagrado Volumen expresa exactamente lo que piensa y piensa lo que dice. Si habla de Israel, se refiere a Israel, si de Sion, quiere decir Sion; si de Jerusalén, quiere designar a Jerusalén. Aplicar cualquiera de esos nombres a la Iglesia del Nuevo Testamento, es confundir cosas que difieren entre sí e introducir un método de interpretación de la Escritura que, por su vaguedad, solo puede conducir a las más desastrosas consecuencias. Si manipulamos la Palabra de Dios de tal manera, es absolutamente imposible que ella ejerza su divina autoridad sobre nuestras conciencias o que ponga de manifiesto su poder formativo en nuestros caminos, en nuestra conducta y en nuestro carácter.

5.19 - La divina inspiración de los cinco libros de Moisés

Debemos considerar, por unos momentos, el poderoso llamamiento con que Moisés resume su discurso en nuestro capítulo. Ello demanda nuestra profunda y reverente atención. «Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre» (v. 39-40).

Vemos por lo expuesto que el derecho moral a ser obedecido se funda en el revelado carácter de Dios y en sus maravillosas acciones en favor de ellos. En una palabra, estaban obligados a obedecer como consecuencia de todos los argumentos susceptibles de obrar en el corazón, la conciencia y el entendimiento. Aquel que los había sacado de la tierra de Egipto con mano poderosa y brazo levantado, que había hecho temblar aquella tierra hasta sus cimientos por los repetidos golpes de la vara de su juicio, que les había abierto un vado a través del mar, que les había mandado pan del cielo y sacado aguas de la dura roca –y todo ello por la gloria de su gran Nombre y a causa del amor a sus padres–, ciertamente tenía derecho a ser obedecido por ellos de todo corazón.

Este es el gran argumento, tan eminentemente característico de este bendito libro del Deuteronomio. Y por cierto que está repleto de enseñanzas para los cristianos. Si Israel estaba moralmente obligado a obedecer, ¡cuánto más lo estamos nosotros! Si sus motivos y fines fueron poderosos, ¡cuánto más lo son los nuestros! ¿Sentimos su poder? ¿Los tenemos en cuenta en nuestros corazones? ¿Nos damos cuenta de los derechos de Cristo sobre nosotros? ¿Recordamos que no nos pertenecemos a nosotros, sino que fuimos comprados por precio, el precio infinitamente precioso de la sangre de Cristo? ¿Nos damos cuenta de esto? ¿Procuramos vivir para él? ¿Es su gloria la intención que inspira nuestros actos, su amor el motivo que nos constriñe? ¿O más bien vivimos para nosotros mismos? ¿Procuramos prosperar en el mundo, el mundo que crucificó a nuestro bendito Señor y Salvador? ¿Buscamos hacer fortuna? ¿Amamos el dinero, ya sea por lo que es, ya por lo que puede proporcionarnos? ¿Nos dejamos gobernar por el dinero? ¿Nos procuramos un sitio en el mundo, ya sea para nosotros o para nuestros hijos? Sondeemos honradamente nuestros corazones, como si estuviéramos en la presencia de Dios, a la luz de su verdad, y procuremos que nos digan cuál es nuestro propósito, aquel realmente dominante, estimado, apetecido de nuestras almas.

Lector, esas son preguntas escrutadoras. No las desdeñemos. Midamos su importancia a la luz del tribunal de Cristo. Creemos que son saludables y muy necesarias. Vivimos en tiempos de mucha gravedad. Por todos lados existe un terrible cúmulo de falsedad y en nada es tan manifiesta esta falsedad como en la llamada religión. Hasta los presentes días en los cuales vivimos han sido descritos por una pluma que nunca matiza, nunca exagera, sino que siempre presenta los hombres y las cosas tal como son. «Pero debes saber que en los últimos días» –enteramente distintos de «los últimos tiempos» de 1 Timoteo 4, más avanzados, más pronunciados, mejor definidos, más fuertemente marcados– «vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán egoístas, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, incontinentes, crueles, aborrecedores del bien, traidores, impetuosos, presuntuosos, amigos de placeres más bien que amigos de Dios»; y luego ¡nótese el coronamiento con que el inspirado apóstol remata ese aterrador edificio!: «teniendo apariencia de piedad, pero negando el poder de ella» (2 Tim. 3:1-5).

¡Qué terrible cuadro! Aquí tenemos, en unas pocas palabras o sentencias, a la cristiandad infiel, así como en 1 Timoteo 4 se nos describe la cristiandad supersticiosa. En esta última vemos al papismo; en la anterior vemos la incredulidad. Ambos elementos están obrando a nuestro alrededor, pero el último pronto tendrá la supremacía, hacia la cual está avanzando a paso rápido. Los mismos conductores y maestros de la cristiandad no se avergüenzan ni se asustan de atacar los fundamentos del cristianismo. Un prelado que dice ser cristiano no se avergüenza ni se amedrenta de poner sobre el tapete la autenticidad de los cinco libros de Moisés, y con ellos la de toda la Biblia, porque ciertamente si Moisés no fue el inspirado escritor del Pentateuco, todo el edificio de la santa Escritura se derrumba a nuestros pies. Los escritos de Moisés están enlazados tan íntimamente con las restantes porciones del divino volumen que, si se minan, todo lo demás se viene abajo. Afirmamos resueltamente que, si el Espíritu Santo no inspiró a Moisés, siervo de Dios, para escribir los primeros cinco libros de la Biblia, no tenemos ni una pulgada de terreno firme sobre el que podamos sostenernos. Positivamente se nos deja sin un solo átomo de autoridad divina sobre el que descansar nuestras almas. Los propios pilares de nuestro glorioso cristianismo desaparecerían, y tendríamos que buscar a tientas nuestro camino entre las contradictorias teorías y opiniones de los maestros incrédulos, sin un rayo de luz de la divina lámpara de la inspiración.

¿Le parece esto demasiado fuerte al lector? ¿Cree acaso que podemos aprobar al incrédulo que niega la inspiración de Moisés y, con todo, creer en la inspiración de los Salmos, los Profetas y del Nuevo Testamento? Si lo cree así, esté convencido de que está bajo la influencia de un fatal engaño. Vea pasajes como los siguientes y pregúntese a sí mismo qué significan y cuál es su alcance. Nuestro Señor, hablando a los judíos (que, dicho sea de paso, no habrían estado de acuerdo con un prelado que niega la autenticidad de Moisés) les dice: «No penséis que yo os acusaré ante el Padre; vuestro acusador es Moisés, aquel en quien tenéis puesta vuestra esperanza. Pues si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras?» (Juan 5:45-47).

Piense en esto. El que no cree en los escritos de Moisés, el que no acepta cada línea suya como divinamente inspirada, no cree en las palabras de Cristo y, por tanto, no puede tener ninguna fe de procedencia divina en Cristo mismo, no puede ser cristiano. Esto constituye un muy grave asunto para todo aquel que niega la divina inspiración del Pentateuco, y grave igualmente para todo aquel que le escucha o está de acuerdo con él. Está muy bien hablar de amor cristiano y de liberalidad de espíritu, pero, sin embargo, tenemos que considerar si verdaderamente es amor cristiano y liberalidad de espíritu aprobar, del modo que fuere, al hombre que tiene el atrevimiento de derribar a nuestros pies los fundamentos mismos de nuestra fe. Aducir que tal hombre es un prelado o un ministro cristiano de la denominación que fuere es tan solo empeorar la cosa mil veces más. Cuando uno como Voltaire o Paine ataca la Biblia, podemos comprenderlo. No esperamos de ellos otra cosa; pero cuando los que pretenden ser reconocidos y ordenados ministros de la religión y guardianes de la fe de los elegidos de Dios; cuando los que se consideran a sí mismos como los únicos autorizados para enseñar y para predicar a Jesucristo, para alimentar y dirigir a la Iglesia de Dios, ponen en duda, como hoy acontece, la inspiración de los cinco libros de Moisés, ¿no tenemos derecho a preguntar dónde estamos? ¿Adónde ha venido a parar la iglesia profesa?

Pero veamos otros pasajes. Uno de ellos es la poderosa declaración que el Salvador resucitado dirige a los dos desorientados discípulos que van camino a Emaús, cuando les dice: «¡Oh hombres sin inteligencia, y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciese estas cosas, y entrara en su gloria? Comenzando desde Moisés y todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras las cosas que a él se refieren». Y otra vez, a los once y a otros que con ellos estaban, les dice: «Estas son mis palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lucas 24:25-27, 44).

Vemos aquí que nuestro Señor reconoce, de la manera más clara y positiva, que la ley de Moisés forma parte del canon inspirado, y la enlaza con las demás grandes secciones del divino Volumen, de tal modo que es absolutamente imposible impugnar la una sin destruir la integridad del todo. Si uno no cree a Moisés, tampoco puede fiarse de los Profetas y de los Salmos. Juntos se sostienen en pie o juntos han de caer. Y no solo esto, sino que, o hemos de admitir la divina autenticidad del Pentateuco o sacar la blasfema conclusión de que nuestro adorable Señor y Salvador dio la sanción de su autoridad a una serie de documentos falsos, citando como escritos de Moisés lo que Moisés jamás había escrito. No hay, en realidad, ni una pulgada de terreno firme en esta última conclusión.

Tomemos aun el pasaje que finaliza la parábola de Lázaro y el rico: «Respondió entonces Abraham: Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen. Él dijo: ¡No, padre Abraham; pero si alguien va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán! Entonces él le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (Lucas 16:29-31).

Finalmente, si a esto añadimos el hecho de que nuestro Señor, en su conflicto con Satanás en el desierto, cita solamente escritos de Moisés, tendremos un cuerpo de evidencia del todo suficiente, no solo para establecer, fuera de toda duda, la divina inspiración de Moisés, sino también para probar que el hombre que pone en duda la autenticidad de los cinco primeros libros de la Biblia en realidad no puede tener ni Biblia, ni revelación divina, ni autoridad, ni sólido fundamento para su fe. Puede llamarse, o ser llamado por otros, obispo o ministro cristiano; pero en realidad es un escéptico y debería ser tratado como tal por todo el que cree y conoce la verdad. No podemos comprender cómo uno que tenga una chispa de vida divina en el alma pueda hacerse reo del horrendo pecado de negar la inspiración de una gran parte de la Palabra de Dios, o de afirmar que nuestro Señor Jesucristo pudo citar documentos falsos.

Quizá parezcamos severos al escribir así. Hoy día parece cosa admitida el hecho de considerar como cristianos a los que niegan los propios cimientos del cristianismo. Es concepto muy extendido que, con tal que la gente sea moral, amable, benévola, caritativa y filantrópica, poco importa lo que crea. Suele decirse que la vida es mejor que el credo o dogma. Todo esto suena muy plausible, pero el lector puede estar seguro de que tal manera de hablar y razonar tiende directamente a desembarazarse de la Escritura, del Espíritu Santo, de Cristo, de Dios, en fin, de todo lo que la Biblia revela a nuestras almas. Tenga el lector muy presente esto en su mente, y procure adherirse a la preciosa Palabra de Dios. Atesore esa Palabra en su corazón y entréguese más y más al estudio de ella acompañado de la oración. Así se preservará de la mortífera influencia del escepticismo y de la incredulidad en cualquiera de sus formas; su alma será alimentada y nutrida por la pura leche de la Palabra y todo su ser moral será guardado continuamente bajo el refugio de la presencia divina. Esto es lo que se necesita. Toda otra cosa de nada sirve.

5.20 - Las tres ciudades de refugio al otro lado del Jordán

Hemos de terminar ya nuestra meditación sobre este maravilloso capítulo que ha venido ocupando nuestra atención, pero, antes de hacerlo vamos a echar un vistazo a la notable información sobre las tres ciudades de refugio. Esto quizás le parezca abrupto a un lector superficial; pero, lejos de ello, y como no podíamos menos de esperar, es de un perfecto y hermoso orden moral. La Escritura es siempre divinamente perfecta; y si no vemos y apreciamos sus bellezas y glorias morales, es simplemente debido a nuestra ceguera e insensibilidad.

«Entonces apartó Moisés tres ciudades a este lado del Jordán al nacimiento del sol, para que huyese allí el homicida que matase a su prójimo sin intención, sin haber tenido enemistad con él nunca antes; y que huyendo a una de estas ciudades salvase su vida: Beser en el desierto, en tierra de la llanura, para los rubenitas; Ramot en Galaad para los gaditas, y Golán en Basán para los de Manasés» (v. 41-43).

Aquí se nos ofrece un hermoso despliegue de la gracia de Dios, elevándose, como sucede siempre, sobre las debilidades y fallas humanas. Las dos tribus y media, al escoger su heredad al este del Jordán, permanecieron separadas de la parte adecuada del Israel de Dios que estaba al otro lado del río de la muerte. Mas, no obstante, esa falla, Dios, en su abundante gracia, no quiso dejar al infortunado homicida sin un refugio en el día de su desgracia. Si el hombre no puede ascender a la altura de los pensamientos de Dios, Dios puede descender a las profundidades de la humana necesidad, y así lo hizo de una manera bendita en este caso, en el que las dos tribus y media pudieron tener tantas ciudades de refugio, al este del Jordán, como las que las nueve tribus y media tuvieron en la tierra de Canaán.

Esto era, en verdad, gracia abundante. ¡Cuán distinto era este proceder con respecto al modo de obrar humano! ¡Qué superioridad respecto de la mera ley o de la justicia legal! Por la vía legal tal vez se hubiese dicho a las dos tribus y media: “Si vosotros escogéis vuestra heredad fuera de los límites divinos, si os contentáis con menos que con Canaán, la tierra prometida, no esperéis gozar de los privilegios y bendiciones de dicha tierra. Las instituciones de Canaán deben estar reservadas a Canaán y, por lo tanto, vuestros homicidas deben atravesar el Jordán, si pueden, y encontrar refugio allí”.

La ley habría podido hablar así, pero la gracia habló de modo muy diferente. Los pensamientos de Dios no son como nuestros pensamientos, ni sus caminos como nuestros caminos. Según nuestro punto de vista, ya había sido un acto de gracia maravillosa que se designara solo una ciudad de refugio para las dos tribus y media. Pero nuestro Dios hace las cosas mucho más abundantemente de lo que pensamos o pedimos; por eso el distrito situado al este del Jordán, comparativamente más pequeño que Canaán, fue previsto tan abundantemente como toda la tierra de Canaán.

¿Prueba esto que las dos tribus y media hacían bien? No; lo que prueba es que Dios es bueno, y que él obra siempre como quien es, a despecho de todas nuestras debilidades y locuras. ¿Podría dejar al pobre homicida sin un lugar de refugio en la tierra de Galaad, porque Galaad no fuese Canaán? Por cierto, que no. Esto no hubiera sido digno de Aquel que dice: «Cercana está mi justicia» (Is. 51:5). Él tuvo cuidado de poner la ciudad de refugio «cercana» al homicida. Hizo que su rica y preciosa gracia se derramara y alcanzara al necesitado allí donde se encontrara. ¡Tal es el proceder de nuestro Dios, sea su santo Nombre bendito para siempre!

5.21 - Fin del primer discurso de Moisés

«Esta, pues, es la ley que Moisés puso delante de los hijos de Israel. Estos son los testimonios, los estatutos y los decretos que habló Moisés a los hijos de Israel cuando salieron de Egipto; a este lado del Jordán, en el valle delante de Bet-peor, en la tierra de Sehón rey de los amorreos que habitaba en Hesbón, al cual derrotó Moisés con los hijos de Israel, cuando salieron de Egipto; y poseyeron su tierra, y la tierra de Og rey de Basán; dos reyes de los amorreos que estaban de este lado del Jordán, al oriente. Desde Aroer, que está junto a la ribera del arroyo de Arnón, hasta el monte de Sion, que es Hermón; y todo el Arabá de este lado del Jordán, al oriente, hasta el mar del Arabá, al pie de las laderas del Pisga» (v. 44-49).

Aquí termina este discurso maravilloso. El Espíritu de Dios se complace en trazar los límites del pueblo y citar los más minuciosos detalles relacionados con su historia. Se interesa vivamente por todo lo que les concierne, por sus conflictos, sus victorias, sus posesiones, sus fronteras, y todo ello con una gracia y una condescendencia conmovedoras, las que llenan el alma de admiración, amor y alabanza. El hombre, en su despreciable arrogancia, piensa que está muy por debajo de su dignidad descender a minuciosos detalles; mas nuestro Dios cuenta los cabellos de nuestra cabeza, recoge nuestras lágrimas en su redoma, tiene cuenta de todos nuestros cuidados, nuestras penas y nuestras necesidades. Nada hay demasiado pequeño para su amor, así como no hay nada demasiado grande para su poder. Concentra sus amantes cuidados sobre cada uno de sus hijos como si no tuviera que cuidar más que a uno solo, y no hay una sola circunstancia diaria en la historia de nuestra vida, que, aunque trivial, no merezca de su parte un amante interés.

Recordemos siempre esto, para nuestra consolación; aprendamos a confiar mejor en él, y a hacer uso de su paternal amor y cuidado con fe más sincera. Nos dice que echemos sobre él toda nuestra preocupación, con la seguridad de que él cuida de nosotros. Querría que nuestros corazones estuvieran tan libres de preocupaciones como de culpa nuestras conciencias. «No os preocupéis por nada, sino que en todo, con oración y ruego, con acciones de gracias, dad a conocer vuestras demandas a Dios; y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros sentimientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7).

Es de temer que la gran mayoría de nosotros apenas conozcamos la profundidad real, la significación y el poder de tales palabras. Las leemos, las oímos, pero no nos apropiamos de ellas. No las digerimos para ponerlas en práctica. Cuán poco experimentados estamos en la bendita verdad de que nuestro Padre está interesado en todos nuestros pequeños cuidados y pesares, y que podemos acudir a él en todas nuestras pequeñas necesidades y dificultades. Creemos que tales cosas no son dignas de la atención del Todopoderoso que habita en la eternidad y se sienta sobre el círculo de la tierra. Este es un grave error, el que además nos roba incalculables bendiciones en nuestra vida diaria. Recordemos a toda hora que para nuestro Dios no hay nada grande ni pequeño. Todas las cosas son iguales para Aquel que sustenta el vasto universo por la palabra de su poder y que toma cuenta del gorrión que cae. Tan fácil le es crear un mundo como proporcionar alimento a una pobre viuda. La grandeza de su poder, la majestad moral de su gobierno y la minuciosidad de su tierno cuidado atraen por igual la admiración y la adoración de nuestros corazones.

Lector cristiano, procure hacer suyas todas estas cosas. Procure vivir más cerca de Dios en su vida diaria. Apóyese más en él. Empléelo más. Acuda a él frente a toda necesidad y no tendrá que contar nunca su necesidad a ningún mortal. «Mi Dios colmará toda necesidad vuestra, conforme a sus riquezas en gloria, en Cristo Jesús» (Fil. 4:19). ¡Qué fuente! «Dios». ¡Qué norma! «Sus riquezas en gloria». ¡Qué conducto! «Cristo Jesús». Es el privilegio de la fe poner todas las necesidades a la luz de sus riquezas, y perder de vista las primeras en presencia de las últimas. Su inagotable tesoro está abierto de par en par para usted con todo el amor de su corazón; vaya y saque de allí con la ingenua simplicidad de la fe y no tendrá nunca motivo para acudir a criatura alguna en busca de manantial, ni apoyarse en criatura alguna como báculo.

6 - Capítulo 5: Los diez mandamientos

6.1 - Oír… aprender… guardar… practicar

«Llamó Moisés a todo Israel, y les dijo: Oye, Israel, los estatutos y decretos que yo pronuncio hoy en vuestros oídos; aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra» (v. 1).

Fijémonos en estas cuatro palabras, especialmente características del libro del Deuteronomio y tan a propósito para el pueblo del Señor, en todo tiempo y en todo lugar: «oír», «aprender», «guardar», «hacer» (poner por obra). Son palabras de inestimable valor para toda alma realmente piadosa, para todo el que sinceramente desea andar por la senda estrecha de la justicia práctica, tan agradable a Dios y tan segura y dichosa para nosotros.

La primera de estas palabras coloca al alma en la más bendita actitud en que cada uno puede encontrarse, esto es, la de oír. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17). «Escucharé lo que hablará Jehová Dios» (Salmo 85:8). «Oíd, y vivirá vuestra alma» (Isaías 55:3). El oído atento es la base de toda vida cristiana verdadera y práctica. Coloca al alma en la única actitud que conviene a la criatura. Es el secreto de toda paz y bendición.

Aunque quizás resulte innecesario, podemos recordar al lector que, cuando hablamos del alma en actitud de oír, se sobrentiende que se trata sencillamente de oír la Palabra de Dios. Israel debía prestar oídos a los «estatutos y decretos» de Jehová y no a otra cosa. No tenía que oír mandamientos, tradiciones, y doctrinas de hombres; sino a las mismas palabras del Dios vivo que les había redimido y libertado de la tierra de Egipto, lugar de servidumbre, oscuridad y muerte.

Es conveniente tener esto en cuenta. Así se preservará al alma de caer en engaños y dificultades. Oímos hablar mucho de obediencia y del consecuente deber moral de deponer nuestra propia voluntad, sometiéndonos a la autoridad. Todo eso suena muy bien, y tiene gran peso entre gran número de personas verdaderamente religiosas y moralmente excelentes. Pero cuando los hombres nos hablen de obediencia, debemos preguntarles: «¿A qué se debe obedecer?». Cuando nos hablen de subordinar nuestra voluntad, debemos preguntarles: «¿A quién hemos de subordinarla?». Cuando nos hablen de someternos a la autoridad, debemos insistir en que nos digan la fuente o fundamentos de esa autoridad.

Esto es sumamente importante para todo miembro de la familia de la fe. Hay muchas personas verdaderamente sinceras y serias que encuentran muy cómodo no tener que pensar por sí mismas; encontrarse con que su esfera de acción y su línea de conducta están trazadas de antemano por personas más competentes. Resulta cosa muy desahogada y agradable tener la obra de cada día designada ya por alguna mano maestra. Alivia al corazón de un gran cúmulo de responsabilidades, y tiene cierto aspecto de humildad y propia desconfianza el hecho de someterse voluntariamente a alguna autoridad.

Pero estamos obligados ante Dios a examinar cuidadosamente el fundamento de la autoridad a la que nos sometemos; de lo contrario podemos encontrarnos en una situación del todo falsa. Tomemos por ejemplo el fraile o la monja, o cualquier miembro de una comunidad. El monje obedece a su abad; la monja a la madre abadesa; la «hermana» obedece a la «superiora». Mas la situación y la relación de cada uno de ellos es totalmente falsa. No hay en todo el Nuevo Testamento ni una palabra en favor de monasterios, conventos o hermandades; al contrario, la enseñanza de la sagrada Escritura, así como también la voz de la Naturaleza, son absolutamente contrarias a todo ello, lo que saca a hombres y mujeres del sitio y de las relaciones en que Dios los ha colocado y los constituye en asociaciones que suprimen los afectos naturales y excluyen toda verdadera obediencia cristiana.

Creemos conveniente llamar la atención del lector cristiano sobre este punto, en vista de que el enemigo está haciendo un vigoroso esfuerzo para reavivar el sistema monástico en medio de nosotros, bajo mil formas diversas. Incluso se ha llegado a decir que la vida monástica es la única verdadera vida cristiana. Cuando se hacen tan monstruosas afirmaciones y estas son escuchadas sin protesta, nos corresponde estudiar este asunto a la luz de la Escritura e invitar a los defensores y adictos del monaquismo a que nos muestren los fundamentos de ese sistema en la Palabra de Dios. ¿Dónde hay, en todo el contenido del Nuevo Testamento, algo que, aunque más no sea remotamente, se parezca a monasterio, convento o hermandad? ¿Dónde podrá hallarse en él algo que autorice un oficio como el de abad, abadesa o superiora? En ninguna parte, y, por lo tanto, no vacilamos en calificar a todo el sistema, desde sus cimientos a la cúpula, de fábrica de superstición igualmente contraria a la voz de la naturaleza y a la voz de Dios; ni podemos comprender tampoco cómo alguien en su cabal juicio pueda decirnos que el monje o la monja son la única expresión verdadera de la vida cristiana. Sin embargo, hay algunos que así hablan, y muchos que le escuchan con asentimiento, y esto en nuestros días en que la clara e intensa luz de nuestro glorioso cristianismo brilla sobre nosotros desde las páginas del Nuevo Testamento.

[11] Hemos de distinguir cuidadosamente entre "naturaleza" y "carne". La primera está reconocida en la Escritura, la segunda está condenada y anulada. "La naturaleza misma ¿no os enseña…?" dice el apóstol (1 Corintios 11:14). Jesús, mirando al joven rico en Marcos 10:21, "le amó" aunque en él no había más que la naturaleza. La carencia de afectos naturales será una de las señales de la apostasía. La Escritura nos enseña que estamos muertos al pecado, mas no a nuestra naturaleza; de otro modo ¿qué sería de nuestras naturales relaciones de familia?

6.2 - Obediencia y servicio

Pero, bendito sea Dios, somos exhortados a obedecer. Debemos «oír» e inclinarnos, con santa y reverente sumisión, a la autoridad. También en cuanto a esto nos apartamos de los incrédulos y sus altaneras pretensiones. La senda del cristiano piadoso y humilde está igualmente alejada de la superstición por una parte y de la incredulidad por otra. La noble respuesta de Pedro ante el concilio, en Hechos 5, presenta brevemente una completa respuesta para ambas. «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Podemos hacer frente a la incredulidad en todas sus fases y bajo todas sus formas con esta sola y grave sentencia: «Es necesario obedecer». Y podemos hacer frente a la superstición, sea cual fuere el manto con que se cubra, con la importantísima frase: «Es necesario obedecer a Dios».

Con esto se expone, en la forma más sencilla, el deber de todo verdadero cristiano. Debe obedecer a Dios. El incrédulo se sonreirá desdeñosamente de un fraile o una monja y se admirará de que un ser racional pueda someter su razón y entendimiento a la autoridad de un mortal como él, o someterse a reglas y prácticas tan absurdas, tan degradantes y tan contrarias a la naturaleza. El incrédulo se gloría de su supuesta libertad intelectual e imagina que su sola razón le es un guía enteramente suficiente. No comprende que está más lejos de Dios que el pobre fraile o la monja a quienes él desprecia. No conoce que, mientras se jacta de su voluntad propia, está cautivo de Satanás, el príncipe y dios de este mundo. El hombre ha sido creado para obedecer, creado para mirar arriba a alguien superior a él. El cristiano es santificado (puesto aparte) para obedecer a Jesucristo, esto es, para ejercitar el mismo tipo de obediencia que nuestro Señor y Salvador manifestó para con Dios.

Esto es sumamente importante para todo el que realmente quiera saber qué es la verdadera obediencia cristiana. Entender esto es el verdadero secreto para librarse de la terquedad del incrédulo y de la falsa obediencia de la superstición. Jamás puede ser recto hacer nuestra propia voluntad, pero puede ser enteramente erróneo hacer la voluntad de nuestro semejante. En cambio, es siempre justo hacer la voluntad de Dios. Esto es lo que Jesús vino a hacer; esto fue lo que él siempre hizo. «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebreos 10:7). «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón» (Salmo 40:8).

Ahora, pues, somos llamados y apartados para ejercitar este bendito carácter de obediencia, según nos lo enseña el apóstol Pedro en el principio de su primera epístola, donde habla de los creyentes como «elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 Pedro 1:2).

Este es un inmenso privilegio y, al mismo tiempo, una muy santa y solemne responsabilidad. Nunca hemos de olvidar, ni por un momento, que Dios nos ha elegido, y que el Espíritu Santo nos ha puesto aparte, no solamente para ser rociados con la sangre de Jesucristo, sino también para obedecerle. Tal es la evidente significación y fuerza moral de las palabras que acabamos de citar, palabras inmensamente preciosas para todo amante de la santidad, palabras que nos liberan de una manera efectiva de la propia voluntad, de la legalidad y de la superstición. ¡Bendita liberación!

Mas quizá el piadoso lector se sienta inclinado a llamar nuestra atención sobre la exhortación que se nos hace en Hebreos 13: «Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso» (v. 17).

Muy importantes palabras, ciertamente, a las cuales podemos unir el pasaje de 1 Tesalonicenses: «Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra» (5:12-13). Y también en 1 Corintios 16:15-16: «Hermanos, ya sabéis que la familia de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado al servicio de los santos. Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan y trabajan». A todo esto debemos añadir otro hermoso pasaje de la primera epístola de Pedro: «Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria» (5:1-4).

Se nos preguntará: «Los mencionados pasajes ¿no establecen el principio de obediencia a ciertos hombres? Si es así, ¿por qué hacer objeciones a la autoridad humana?». La respuesta es muy sencilla. Cuando Cristo concede un don espiritual –ya sea el de enseñar, el de dirigir, el de pastorear– es deber y privilegio de los cristianos reconocer y apreciar tales dones. No hacerlo así sería renunciar a nuestras propias bendiciones. Pero debemos tener en cuenta que, en todos esos casos, el don debe ser una realidad evidente, palpable, de buena fe, dado divinamente. No es el hombre que se atribuye cierto cargo o posición, o que es designado por sus compañeros para desempeñar alguno de los llamados ministerios. Todo esto es perfectamente inútil; más que inútil es una atrevida intrusión en un sagrado dominio, la que ha de atraer, tarde o temprano, el juicio de Dios.

Todo verdadero ministerio es de Dios, y está fundado en la posesión de un don positivo procedente de la Cabeza de la Iglesia; de modo que en verdad podemos decir: si no hay don, no hay ministerio. En todos los pasajes que acabamos de citar, vemos dones positivos poseídos y un trabajo real efectuado. Además, se ve amor verdadero hacia los corderos y las ovejas del rebaño de Cristo; vemos una gracia y un poder divinos. La Palabra en Hebreos 13 dice: «Obedeced a vuestros pastores» (o «conductores"). Y es esencial que un verdadero guía o conductor vaya delante de nosotros en el camino. Sería el colmo de la locura que alguno se considerara guía si desconociera el camino y no tuviese ni voluntad ni capacidad para andar en él. ¿Quién pensaría en seguirle?

Así también, cuando el apóstol exhorta a los tesalonicenses a «reconocer» y «estimar» a ciertas personas, ¿en qué funda su exhortación? ¿Acaso sobre la simple atribución de un título, un cargo o una posición? Nada de esto. Él funda su exhortación sobre el hecho positivo de que aquellas personas les presidían «en el Señor», y que les amonestaban. Y ¿por qué debían tenerlos «en mucha estima"? ¿Por su cargo o su título? No, sino «por causa de su obra». Y, ¿por qué se exhortó a los corintios a que se sometieran a la casa de Estéfanas? ¿Por un mero título o por un cargo que hubiesen asumido? De ningún modo, sino porque se habían «dedicado al servicio de los santos». Trabajaban en la obra. Habían recibido de Cristo el don y la gracia, tenían afección por su pueblo. No se vanagloriaban de su cargo o hacían hincapié en su título, sino que se entregaban a sí mismos piadosamente a servir a Cristo en las personas de su amado pueblo.

Este es el verdadero principio o fundamento del ministerio. No es en modo alguno una autoridad humana, sino un don divino y un poder espiritual comunicados por Cristo a sus siervos; ejercidos por estos con responsabilidad ante él; reconocidos con gratitud por sus santos. Un hombre puede dedicarse a ser maestro o pastor o puede ser designado por sus compañeros para el cargo o título de pastor, pero, a menos que posea un don positivo concedido por la Cabeza de la Iglesia (Efesios 5:23), será todo una mera falsedad, y su voz será la voz de un extraño que las ovejas de Cristo no reconocen ni deben reconocer.[12]

[12] El lector hará bien en ponderar el hecho de que, según el Nuevo Testamento, no fue por nombramiento humano que ciertos individuos fueron llamados a predicar el evangelio, enseñar en la asamblea de Dios o apacentar el rebaño de Cristo. Fueron ordenados ancianos y diáconos por los apóstoles o sus delegados Timoteo y Tito; pero jamás fueron ordenados de tal modo los evangelistas, los pastores y los maestros. Hemos de distinguir entre don y cargo local. Los ancianos y los diáconos podían poseer o no un don especial; pero no tenía nada que ver con su cargo local. Si el lector quiere entender el tema del ministerio, estudie 1 Corintios 12 - 14 y Efesios 4:8-13. En la primera epístola tenemos primeramente la base de todo verdadero ministerio en la Iglesia de Dios, esto es, la designación divina: "Mas ahora Dios ha colocado los miembros…" etc. En segundo lugar, el motivo original: el "amor". En tercer lugar, el objeto: "para edificación" del cuerpo de Cristo. En Efesios 4 tenemos la fuente de todo ministerio: un Señor resucitado que ascendió a los cielos. El objetivo: la perfección de los "santos para la obra del ministerio". La duración: "hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (v. 13).

En una palabra, el ministerio, en todas sus ramas, es enteramente una institución divina. No es de hombre, ni por hombre, sino de Dios. En cada caso el Maestro debe preparar, llenar y nombrar el vaso o sujeto escogido por Él. No hay ninguna autoridad en la Escritura para fundar la creencia de que todo hombre tiene derecho a ministrar en la Iglesia de Dios. Esa libertad para el hombre es radicalismo y no proviene de la Escritura. Libertad para que el Espíritu Santo ministre por medio de quien él quiera es lo que aprendemos en el Nuevo Testamento. ¡Aprendámoslo!

 

Por otra parte, no tenemos dificultad para reconocer y apreciar al maestro divinamente dotado, al fiel e infatigable pastor que vela por las almas, que llora por ellas, que las cuida como una nodriza suave, tierna, capaz de decirles: «Ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor» (1 Tesalonicenses 3:8) ¿Cómo conocemos que un dentista es bueno? ¿Porque vemos su nombre grabado en una placa de bronce? No, sino por su trabajo. Un hombre puede llenarse la boca llamándose a sí mismo dentista pero si solo es un operador inhábil, ¿quién querrá ponerse en sus manos?

Así sucede en todos los asuntos humanos y también en lo que concierne al ministerio. Si un hombre tiene un don, es un ministro; si no lo tiene, todo nombramiento, toda autoridad y toda ordenación que el mundo pueda conferirle no podrán hacer de él un ministro de Cristo. Podrán hacerlo un ministro de religión; pero ministro de religión y ministro de Cristo son dos cosas totalmente distintas. Todo verdadero ministerio procede de Dios; descansa sobre la autoridad divina, y su finalidad es dirigir las almas a la presencia de Dios y unirlas a Él. El falso ministerio, al contrario, tiene una fuente humana; descansa sobre humana autoridad y su objeto es vincular las almas a su ministerio. Esto marca la inmensa diferencia entre ambos. El primero conduce a Dios y el segundo aleja de Dios; aquél alimenta, nutre y refuerza la nueva vida, mientras que este dificulta su progreso en todos sentidos y la sumerge en dudas y tinieblas. En una palabra, podemos decir que el verdadero ministerio es de Dios, por Dios y para Dios. El falso ministerio es del hombre, por y para el hombre. Al primero lo apreciamos en más de lo que podríamos decir; al segundo lo rechazamos con toda la energía de nuestro ser moral.

Esperamos haber dicho lo suficiente para satisfacer al lector respecto al tema de la obediencia debida a los que el Señor haya considerado aptos para ser llamados a la obra del ministerio. Estamos obligados, en todo caso, a juzgar por la Palabra de Dios y asegurarnos de que es una divina realidad y no una impostura humana; un don positivo de la Cabeza de la Iglesia y no un título huero conferido por los hombres. En todos los casos en que hay realmente don y gracia, es un dulce privilegio obedecer y someternos, puesto que discernimos a Cristo en la persona y el ministerio de sus amados siervos.

6.3 - Discernimiento del creyente

Una mente espiritual no tiene dificultad para reconocer la gracia y el poder reales. Podemos fácilmente discernir si un hombre procura, con verdadero amor, alimentar nuestras almas con el pan de vida y guiarnos por los caminos de Dios, o si procura exaltarse a sí mismo y favorecer sus propios intereses. Los que viven cerca del Señor distinguen prontamente entre el verdadero poder y la hueca pretensión. Además, nunca veremos al verdadero ministro de Cristo haciendo ostentación de su autoridad o envaneciéndose de su cargo; hace su obra y deja que ella hable por sí misma. En el caso del apóstol Pablo, le vemos una y otra vez hacer referencia a las evidentes pruebas de su ministerio, la incuestionable evidencia proporcionada por la conversión y bendición de las almas. Podía decir a los pobres corintios cuando, mal guiados por la influencia de algún falso maestro que se alababa a sí mismo, cuestionaron neciamente su apostolado: «Pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí… examinaos a vosotros mismos» (2 Corintios 13:3, 5).

Esto era decisivo; terminaba la cuestión. Ellos mismos eran las pruebas vivientes de su ministerio. Si su ministerio no era de Dios ¿qué eran ellos y dónde estaban? Pero era de Dios, y este era su gozo, su consuelo y su fuerza. Él era «apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)» (Gálatas 1:1). Él se gloriaba del origen de su ministerio; en cuanto al carácter de este, no tenía más que apelar a pruebas enteramente suficientes para llevar la convicción a toda mente sana. En el caso de Pablo podía decirse en verdad que no valían las palabras sino el poder.

Así debe ser, más o menos, en cada caso. Necesitamos la realidad y el poder del Espíritu Santo. Los meros títulos no son nada. Los hombres pueden dedicarse a expedir títulos y designar para el desempeño de cargos; pero para ello no tienen más autoridad que para nombrar almirantes de la armada o generales del ejército. Si viéramos a un hombre adoptando el estilo y el título de almirante o general, sin el debido nombramiento, le tacharíamos de imbécil o maniático. Este no es más que un débil ejemplo para demostrar la locura de ciertos hombres que se arrogan el título de ministros de Cristo sin un átomo de don espiritual o de divina autoridad.

¿Se dirá que no nos compete juzgar? Al contrario, estamos obligados a juzgar. «Guardaos de los falsos profetas». ¿Cómo podremos guardarnos si no hemos de juzgar? Pero ¿cómo debemos juzgar? «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:15, 16). ¿No puede el pueblo del Señor discernir la diferencia entre un hombre que se dirige a ellos con el poder del Espíritu, dotado por la Cabeza de la Iglesia, lleno de amor hacia sus almas, que desea sinceramente su verdadera bendición, buscando no lo suyo, sino lo de ellos; un santo siervo de Cristo, humilde, lleno de gracia y no teniendo designios de adquirir honores personales; y otro hombre que se presenta con un título que él mismo se ha conferido o que le han otorgado otros, sin un rasgo de algo celestial o divino ni en su ministerio ni en su vida? Por supuesto que sí puede; nadie que tenga cabal juicio podrá dudar de hecho tan evidente.

Pero además, preguntaremos qué significan las siguientes palabras del venerable apóstol Juan: «Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo» (1 Juan 4:1). ¿Cómo probaremos los espíritus, o cómo vamos a discernir entre los verdaderos y los falsos, si no hemos de juzgar? El mismo apóstol, al escribir a la «señora elegida y a sus hijos», les hace esta solemne amonestación: «Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis ¡Bienvenido! Porque el que le dice ¡Bienvenido! participa en sus malas obras» (2 Juan 10-11). ¿No debía ella obrar de acuerdo con esta exhortación? Ciertamente que sí. Pero ¿cómo podía hacerlo, si es que no debemos juzgar? Y ¿qué había de juzgar ella? ¿Debía asegurarse de que los que iban a su casa eran ordenados, autorizados o licenciados por algún hombre o alguna corporación humana? Nada de esto. La grande e importante cuestión para ella era la doctrina. Si aquellos hombres exponían la verdadera, la divina doctrina de Cristo, la doctrina de Jesucristo hecho carne, debía recibirlos en su casa; si no, tenía que cerrar la puerta con mano firme, no importaba quiénes fueran ni de dónde vinieran. Aunque estuviesen provistos de todas las credenciales que el hombre puede otorgar, si no llevaban la verdad, ella debía rechazarlos con firme decisión. Esto parecía ser muy rudo, de estrecho criterio, muy fanático, mas con todo esto nada tenía ella que ver. Debía ser cabalmente tan ancha o tan estrecha de criterio como fuese la verdad. Su puerta y su corazón debían ser lo bastante amplios para admitir a todos los que trajesen a Cristo, pero no más. ¿Debía hacer cumplidos a expensas de su Señor? ¿Debía buscar fama de grandeza de corazón y de tolerancia recibiendo en su casa y a su mesa a los que enseñaban un falso Cristo? El solo pensamiento de ello es enteramente horrible.

Finalmente, en el capítulo segundo del Apocalipsis vemos que se alaba a la iglesia de Éfeso por haber probado a los que se decían apóstoles y no lo eran. ¿Cómo pudo ser esto si no debemos juzgar? ¿No es muy evidente para el lector que se han tomado en un sentido enteramente falso las palabras de nuestro Señor en Mateo 7:1: «No juzguéis para que no seáis juzgados»? ¿Y también las del apóstol en 1 Corintios 4:5: «Así que, no juzguéis nada antes de tiempo»? Es imposible que la Escritura se contradiga; y, por lo tanto, sea cual fuere la verdadera significación de la amonestación «no juzguéis» que dijo nuestro Señor, o «no juzguéis nada» según dijo el apóstol, lo que no podemos dudar es que estas frases no se oponen, ni de la manera más remota, al solemne deber de todo cristiano de juzgar acerca del don, de la doctrina y de la vida de todo el que ocupe el puesto de predicador, maestro o pastor en la Iglesia de Dios.

Si se nos pregunta por la significación de las frases «no juzguéis» y «no juzguéis nada» responderemos que esas palabras sencillamente nos prohíben juzgar acerca de los motivos o causas ocultos de la acción de los demás. Con estos nada tenemos que ver. No podremos penetrar bajo la superficie; y, gracias a Dios, tampoco somos llamados a hacerlo; sí, nos está terminantemente prohibido. No podemos penetrar en los consejos del corazón de otro; esto es prerrogativa de Dios únicamente. Pero decir que no debemos juzgar la doctrina, el don y la conducta de los predicadores, maestros y pastores de la Iglesia de Dios, es insultar a la santa Escritura y desconocer los propios instintos de la naturaleza divina implantada en nosotros por el Espíritu Santo.

Desde ahora, pues, podemos insistir con nueva luz y decisión en nuestro tema de la obediencia cristiana. Aparece ahora perfectamente claro que el más completo reconocimiento de todo verdadero ministerio en la Iglesia y la más benévola sumisión a todos aquellos a los cuales nuestro Señor Jesucristo ha capacitado para ser pastores, maestros y guías entre nosotros, nunca puede estar en contradicción, ni en el menor grado, con el gran principio fundamental expuesto en la magnífica réplica de Pedro al concilio: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29).

La mira y el fin de todo verdadero siervo de Cristo será siempre dirigir, a aquellos a quienes sirve, por la verdadera senda de la obediencia a la Palabra de Dios. El capítulo que está abierto ante nuestros ojos, así como todo el libro del Deuteronomio, nos demuestra claramente de qué modo Moisés, el eminente siervo de Dios, procuró siempre y con diligencia inculcar en la mente de la congregación de Israel la absoluta necesidad de la más implícita obediencia a todos los estatutos y juicios de Dios. No procuró ninguna autoridad para sí mismo. Jamás se enseñoreó de la heredad de Dios. Su gran tema, desde el principio al fin, fue el de la obediencia. Era el punto principal de todos sus discursos; obediencia, no a él, sino al Señor de ellos y suyo. Creía acertadamente que este era el secreto de su felicidad, de su seguridad moral, de su dignidad y de su fuerza. Él sabía que un pueblo obediente debía ser, necesariamente, un pueblo invencible e invulnerable. Ninguna arma fraguada contra él podía prosperar, en tanto fuesen gobernados por la Palabra de Dios. En síntesis: sabía y creía que la obligación de Israel era obedecer a Jehová, así como el deseo de Jehová era bendecir a Israel. Todo lo que debían de hacer era «oír», «aprender», «guardar» y «hacer» la revelada voluntad de Dios; y haciéndolo así podían contar con él y estar seguros de que él sería su escudo, su fuerza, su salvaguardia, su refugio, su recurso, su todo en todo. El único verdadero camino para el Israel de Dios era la senda de la obediencia, sobre la cual la luz del rostro de Dios brilla siempre como señal de aprobación; todo el que, por gracia, transita esa senda encontrará en él un guía, una gloria, un defensor para salvar de todo temor.

Esto es, por cierto, suficiente. No tenemos nada que ver con las consecuencias. Estas las podemos confiar enteramente a Aquel a quien pertenecemos y a quien debemos servir. «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Proverbios 18:10). Si hacemos su voluntad, encontraremos siempre que su Nombre es como torre fuerte. Pero, si no andamos por la senda de la justicia práctica; si hacemos nuestra voluntad, si vivimos descuidando habitualmente la clara Palabra de Dios, entonces será enteramente vano pensar que el Nombre del Señor sea para nosotros una torre fuerte; más bien su Nombre será para nosotros un reproche que nos hará juzgar nuestros caminos y volver a la senda de justicia que habíamos abandonado.

Bendito sea su Nombre, su gracia siempre será manifestada en toda su plenitud y liberalidad si nos acusamos y confesamos a él nuestra caída y nuestro desvío; pero esto es una cosa totalmente distinta. Hemos de decir, como el salmista: «De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Salmo 130:1-4). Así pues, un alma que clama a Dios desde lo profundo y obtiene el perdón es una cosa, y el alma que mira a él en la senda de la justicia práctica es otra cosa muy distinta. Debemos distinguir cuidadosamente entre ambas. Confesar nuestros pecados y hallar el perdón no debe confundirse nunca con el andar en justicia y contar con Dios. Ambas cosas son ciertas, pero no son lo mismo.

6.4 - Dos pactos

Volvamos ahora a nuestro capítulo.

En el versículo 2, Moisés recuerda al pueblo la relación en que están con Jehová merced a un pacto. Dice él: «Jehová nuestro Dios hizo pacto con nosotros en Horeb. No con nuestros padres hizo Jehová este pacto, sino con nosotros todos los que estamos aquí hoy vivos. Cara a cara habló Jehová con vosotros en el monte de en medio del fuego. Yo estaba entonces entre Jehová y vosotros, para declararos la palabra de Jehová; porque vosotros tuvisteis temor del fuego, y no subisteis al monte. Dijo:» etc. (v. 2-5).

Es importante distinguir y comprender a fondo la diferencia entre el pacto hecho en Horeb y el pacto hecho con Abraham, Isaac y Jacob. Son esencialmente distintos. El primero fue un pacto de obras, por el cual el pueblo se comprometía a hacer todo lo que el Señor les había mandado. El último fue un pacto de pura gracia, por el cual Dios se obligaba a sí mismo con juramento a hacer todo cuanto había prometido.

El lenguaje humano es insuficiente para expresar la inmensa diferencia, en todo concepto, entre esos dos pactos. En sus fundamentos, en su carácter, en sus acompañamientos y en sus resultados prácticos son tan diferentes como lo pueden ser dos cosas opuestas. El pacto de Horeb dependía de la supuesta competencia humana para cumplir sus términos; y este solo hecho era más que suficiente para explicar el total fracaso de aquella institución. El pacto hecho con Abraham descansaba sobre la capacidad divina para cumplir sus términos, y por esto no había posibilidad de que fracasara ni en una sola jota ni en una tilde.

6.5 - La ley

En nuestras «Notas sobre el libro del Éxodo» hemos procurado mostrar cuál había sido el propósito de Dios al dar la ley, y la absoluta imposibilidad del hombre pecador para alcanzar la vida o la justificación mediante la observancia de la ley. Por eso remitimos al lector a cuanto allí escribimos sobre este tema tan profundamente interesante.

Parece extraño a todo el que está instruido exclusivamente por la Escritura, que abunde entre los cristianos profesantes tal confusión de ideas con respecto a una cuestión tan clara y distintamente establecida por el Espíritu Santo. Si se tratara tan solo de la cuestión de la divina autoridad de Éxodo 20 o de Deuteronomio 5, como porciones inspiradas de la Biblia, no diríamos ni una palabra. Creemos por completo que esos capítulos son tan inspirados como el decimoséptimo de Juan o el octavo de los Romanos.

Pero la cuestión no es esta. Todo verdadero cristiano acepta, con gratitud, la preciosa manifestación de que: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (1 Timoteo 3:16). Además, se alegra al tener la seguridad de que: «las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Romanos 15:4). Finalmente, cree que la moralidad de la ley es de aplicación permanente y universal. El asesinato, el adulterio, el robo, el falso testimonio, la codicia, son maldad; maldad siempre y en todas partes. Honrar a nuestros padres es justo; justo siempre y dondequiera. En el capítulo 4 de la epístola a los Efesios leemos: «El que hurtaba, no hurte más» (v. 28). Y también en el capítulo 6 leemos: «Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra» (v. 2-3).

Todo esto es tan divinamente claro y establecido que la discusión está de más. Pero, cuando miramos a la ley como fundamento de nuestra relación con Dios, entramos en una región de pensamientos enteramente diferente. La Escritura en muchísimos puntos y del modo más claro posible nos enseña que, como cristianos, como hijos de Dios, no estamos sobre ese terreno. El judío sí lo estaba, pero no podía estar allí con Dios. Era muerte y condenación. «Porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare al monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando» (Hebreos 12:20-21). El judío se encontró con que la ley era una cama sobre la que no se podía tender, con mantas en las que no podía abrigarse (Isaías 28:20).

En cuanto al gentil, jamás estuvo colocado bajo la ley. Su estado se declara expresamente al principio de la epístola a los Romanos: estaba «sin ley». «Porque cuando los gentiles que no tienen ley», etc (2:14). Y además: «Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados» (2:12).

Aquí se coloca a las dos clases en agudo e intenso contraste en cuanto al asunto de la posición dispensacional de cada uno. El judío, bajo la ley; el gentil, sin ley. Nada puede haber más distinto. El gentil fue colocado bajo gobierno, en la persona de Noé, pero jamás bajo la ley. Si alguno está dispuesto a dudar de ello, que se sirva citar una sola línea de la Escritura que pruebe que en alguna ocasión Dios haya colocado a los gentiles bajo la ley. Que escudriñe y vea. A nada conduce argüir, razonar y objetar. Es enteramente vano decir: «nosotros pensamos» tal o cual cosa. La cuestión es: ¿Qué dice la Escritura sobre ello? Si dice que los gentiles fueron puestos bajo la ley, que se cite el pasaje. Pero nosotros declaramos de la manera más terminante que no dice esto, sino todo lo contrario. Describe la condición y posición del gentil como «sin ley», como «no teniendo ley».

En Hechos 10 vemos a Dios abriendo el reino de los cielos a los gentiles. En Hechos 14:27 le vemos también abriendo a los mismos la puerta de la fe. En Hechos 28:28 vemos también a Dios mandándoles su salvación. Pero buscamos en vano, a través de todo el santo libro, un pasaje en el que conste que coloca a los gentiles bajo la ley.

Rogamos muy sinceramente al lector cristiano que preste su más detenida atención a esta interesante e importante cuestión. Procure poner a un lado sus pensamientos preconcebidos y examine esta materia a la sola luz de la Escritura. Sabemos muy bien que nuestras afirmaciones sobre este asunto serán consideradas por muchísimos como una novedad, si no como una herejía formal, pero esto no hará mella alguna en nosotros. Es nuestro deseo ser enseñados única y exclusivamente por la Escritura. Las opiniones, los mandamientos y las doctrinas de hombres de ningún modo pesan en nuestro ánimo. Los dogmas de las varias escuelas de teología deben estimarse en lo que valen. Pedimos la Escritura. Que se nos muestre en la Palabra de Dios que los gentiles fueron puestos bajo la ley en alguna ocasión, y entonces nos inclinaremos inmediatamente; pero, como no podemos encontrar tal cosa en ella, rechazamos por completo tal idea y deseamos que el lector haga otro tanto. El invariable lenguaje de la Escritura al describir la situación del judío es: «bajo la ley»; y al describir la situación del gentil dice, «sin ley». Esto es tan evidente que no podemos menos que asombrarnos si el lector de la Biblia no alcanza a verlo.[13]

[13] El lector preguntará tal vez sobre qué terreno habrán de ser juzgados los gentiles, si no están bajo la ley. En Romanos 1:20 se nos enseña claramente que el testimonio de la creación les deja sin excusa. Luego, en el capítulo 2:14-15, son considerados desde el punto de vista de la conciencia. "Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia" etc. Finalmente, en cuanto a las naciones que han llegado a ser cristianas de profesión, serán juzgadas desde el punto de vista de esa profesión.

Vuelva el lector por un momento su atención al capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles y verá de qué modo la primera tentativa de poner bajo la ley a los gentiles convertidos fue tratada por los apóstoles y por toda la iglesia de Jerusalén. La cuestión se suscitó en Antioquía; y Dios, en su infinita bondad y sabiduría, dispuso que no se ventilara allí, sino que Pablo y Bernabé subiesen a Jerusalén para discutirla completa y libremente y dejarla definitivamente establecida por la unánime voz de los doce apóstoles y de toda la Iglesia.

¡Cómo hemos de bendecir a Dios por ello! Desde luego podemos comprender que la decisión de una asamblea local como la de Antioquía, aun aprobada por Pablo y Bernabé, no haya tenido el mismo peso y autoridad que la dada por los doce apóstoles reunidos en concilio en Jerusalén. Pero el Señor, bendito sea su Nombre, tuvo cuidado de que el enemigo quedara completamente confundido; y que a los maestros de la ley de aquel día y de todos los tiempos sucesivos se les hiciera saber de un modo claro y autorizado que no era la voluntad de Dios que los cristianos fuesen colocados bajo la ley con ningún propósito.

El tema es tan profundamente importante que no podemos dejar de citar algunos pasajes al lector. Creemos que refrescará tanto al lector como al que esto escribe hacer referencia al conmovedor mensaje pronunciado por el más notable e interesante concilio que jamás se haya reunido.

"Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos». ¡Cuán funesta condición! ¡Cuán terriblemente desalentadora! ¡Qué fúnebre sonido para los oídos de los que habían sido convertidos por la espléndida plática de Pablo en la sinagoga de Antioquía! «Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él», sin circuncisión u obras de la ley de ninguna clase, «se os anuncia remisión de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree… Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas» (Hechos 15:1; 13:38-39, 42).

Tal fue el glorioso mensaje transmitido a los gentiles por labios del apóstol Pablo; mensaje de salvación libre, completa, inmediata y perfecta; absoluta remisión de pecados y perfecta justificación por la fe en nuestro Señor Jesucristo. Mas, según las enseñanzas de «algunos que venían de Judea», todo esto no bastaba. Cristo no era suficiente sin la circuncisión y la ley de Moisés. Desdichados gentiles que jamás habían oído de circuncisión o de la ley de Moisés; a Cristo y su gloriosa salvación debían añadirle la observancia de toda la ley.

¡Cómo debió de haber sufrido el corazón de Pablo al ver a sus amados gentiles sujetos a tan monstruosa enseñanza! No vio en ello nada menos que la completa derrota del cristianismo. Si la circuncisión debía añadirse a la cruz de Cristo, si la ley de Moisés debía ser complementaria de la gracia de Dios, todo estaba perdido.

Pero, bendito sea para siempre el Dios de toda gracia, quien suscitó una noble oposición para rechazar tan mortífera enseñanza. Cuando el enemigo se presentó como una marea, el Espíritu de Dios levantó un estandarte contra él. «Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando» no la circuncisión, sino «la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos» (15:2-3).

Los hermanos estaban en la corriente de la mente de Cristo y en dulce comunión con el corazón de Dios; de ahí que se regocijaran al oír de la conversión y salvación de los gentiles. Podemos estar seguros de que no les habría producido gozo alguno saber que se había puesto al cuello de aquellos amados discípulos que acababan de ser llevados a la gloriosa libertad del Evangelio, el pesado yugo de la circuncisión y de la ley de Moisés. Pero, al oír de su conversión a Dios, de su salvación por Cristo, de haber recibido el sello del Espíritu Santo, se llenó de gozo sus corazones, gozo que estaba en bella armonía con la mente del cielo.

"Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés» (15:4-5).

¿Quién decía «es necesario"? No era Dios, seguramente, por cuanto, en su infinita gracia, les había abierto la puerta de la fe, sin la circuncisión ni mandamiento alguno de Moisés. No era Dios: eran «algunos» que presumían hablar de tales cosas como necesarias; hombres que han perturbado la Iglesia de Dios desde aquellos tiempos hasta nuestros días; hombres, en fin, que quieren «ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman» (1 Timoteo 1:7). Los que enseñan la ley no sabrán jamás lo que va envuelto en su negra y deplorable enseñanza. No tienen ni la más remota idea de cuán aborrecible es su enseñanza a los ojos del Dios de toda gracia, el Padre de misericordias.

6.6 - La ley: un yugo imposible de llevar

Mas, gracias a Dios, el capítulo que estamos citando nos proporciona la más clara y poderosa evidencia del pensamiento divino sobre tal cuestión. Prueba, fuera de toda duda, que la disposición a colocar a los creyentes bajo la ley no era cosa de Dios.

"Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto. Y después de mucha discusión» –¡ay! cuán pronto comenzó– «Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca», no la ley de Moisés o la circuncisión, sino «la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?» (15:6-10).

Note bien esto, lector. La ley había resultado un yugo insoportable para los que estaban bajo ella, esto es, a los judíos; y, además, observe que el poner este yugo a la cerviz de los gentiles cristianos era nada menos que tentar a Dios. ¡Ojalá que todos los enseñadores de la ley por todos los ámbitos de la cristiandad pudiesen abrir los ojos a ese gran hecho! Y no solo esto, sino que a todo el amado pueblo del Señor le fuese dado comprender que el propósito de ponerles bajo la ley, con el fin que se quiera, es estar en verdadera oposición con la voluntad de Dios. «Antes creemos» –continúa el bendito apóstol de la circuncisión– «que por la gracia del Señor Jesús» –y no por la ley en cualquier forma– «seremos salvos, de igual modo que ellos» (15:11).

Esto es extraordinariamente bello viniendo de labios del apóstol que fue enviado a predicar el evangelio a los de la circuncisión. No dice: «serán salvos como nosotros», sino: «seremos salvos como ellos». El judío consiente en descender de su elevada posición dispensacional, y ser salvo de la misma manera que el pobre gentil incircunciso. Seguramente esas nobles expresiones debieron de sonar con fuerza aturdidora en los oídos de los partidarios de la ley. No les quedó ni un apoyo sobre el cual sostenerse.

"Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles» (v. 12). El Espíritu inspirador ha creído conveniente no decirnos lo que Pablo y Bernabé dijeron en aquella memorable ocasión, y en ello advertimos su sabiduría. Evidentemente, su objeto fue dar preeminencia a Pedro y a Jacobo como hombres cuyas palabras necesariamente habían de pesar más en el ánimo de los partidarios de la ley que las pronunciadas por el apóstol de los gentiles y su compañero.

"Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles» no para convertirles a todos, sino «para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas» –y aquí cita él abundante evidencia del Antiguo Testamento para derribar a los judaizantes–, «como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles» –sin la más mínima alusión a la circuncisión, o a la ley de Moisés–, «sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos. Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios» (v. 13-19).

Aquí, pues, tenemos esta gran cuestión resuelta definitivamente por el Espíritu Santo, los doce apóstoles y toda la Iglesia; y no deja de impresionarnos el hecho de que en este importantísimo concilio nadie habló más enérgicamente y de una manera más clara y decidida que Pedro y Santiago, el primero, apóstol de la circuncisión, y el segundo, el que se dirigió de un modo especial a las doce tribus, y cuya posición y ministerio darían más peso a sus palabras en la mente de todos los que estaban aún más o menos bajo la influencia del judaísmo o de la ley. Esos dos eminentes apóstoles expresaron clara y decididamente su criterio de que los gentiles convertidos no debían ser «inquietados» ni agobiados con la ley. Demostraron en sus poderosos discursos que la disposición a colocar a los gentiles cristianos bajo la ley era directamente contraria a la Palabra, a la voluntad y a los caminos de Dios.

¿Quién no verá en esto la maravillosa sabiduría de Dios? Las palabras de Pablo y Bernabé no constan por escrito. Se nos dice simplemente que repitieron las cosas que Dios había hecho entre los gentiles. Que se mostraran completamente opuestos a la intención de colocar a los gentiles bajo la ley, era de esperarse. Pero ver a Pedro y a Jacobo tan decididos debió de ejercer gran influencia sobre todos.

Pero si el lector quiere tener una clara visión de los pensamientos de Pablo sobre la cuestión de la ley, debe estudiar la epístola a los Gálatas. Allí ese bendito apóstol, bajo la directa inspiración del Espíritu Santo, derrama su corazón ante los gentiles convertidos, con palabras de ardiente sinceridad y poder persuasivo. Es verdaderamente sorprendente que uno pueda leer esta maravillosa epístola y continuar sosteniendo que los cristianos están bajo la ley en algún sentido o con algún fin determinado. Apenas el apóstol ha escrito la breve introducción de su carta, cuando aborda con su energía característica el tema del cual su grande y amoroso corazón, aunque dolorido y apenado, está rebosando. «Estoy maravillado» –dice el apóstol, y bien podía estarlo– «de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó», les llamó ¿a qué? ¿a la ley de Moisés?; no, sino «a la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas aun si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema» (Gálatas 1:6-9).

Que los maestros de la ley mediten bien estas palabras. ¿Parecen fuertes y severas? Recordemos que son las palabras de Dios el Espíritu Santo. Sí, lector; Dios el Espíritu Santo lanza su pavoroso anatema a todo aquel que intente añadir la ley de Moisés al evangelio de Cristo; a todo aquel que busque colocar a los cristianos bajo la ley. ¿Cómo es, pues, que los hombres no temen, ante tales palabras, abogar por la ley? ¿No tienen miedo de hacerse acreedores a la solemne maldición de Dios el Espíritu Santo?

Algunos, no obstante, tratan de resolver esa cuestión diciéndonos que ellos no aceptan la ley como medio para la justificación, sino como una regla de vida. Pero esto no es ni razonable ni inteligente, ya que podríamos preguntarles lícitamente quién nos ha dado autoridad para decidir respecto a cómo hemos de cumplir la ley ¿Estamos o no estamos bajo la ley? Si estamos bajo ella, la cuestión no es saber cómo la consideramos, sino cómo ella nos considera a nosotros.

En esto estriba toda la diferencia. La ley no conoce esas distinciones por las que contienden algunos teólogos. Si estamos bajo ella, sea por lo que fuere, estamos bajo la maldición, pues está escrito: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas» (Gálatas 3:10). Decir que he nacido de nuevo, que soy cristiano, no resuelve en modo alguno la cuestión; porque ¿qué tiene que ver la ley en el asunto del nuevo nacimiento o del cristianismo? Nada absolutamente. La ley se dirige al hombre como ser responsable. Exige obediencia perfecta y pronuncia su maldición sobre todo el que falte a ella.

Además, de nada sirve decir que, aunque nosotros hemos fracasado en guardar la ley, Cristo la ha cumplido en nuestro lugar y en favor de nosotros. La ley no sabe nada de esto. Su lenguaje es: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas» (Gálatas 3:12).

Y la maldición es pronunciada no solamente sobre el hombre que ha faltado al cumplimiento de la ley, sino que, como si fuera para sentar ese principio de la manera más clara posible ante nosotros, se nos dice: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición» (Gálatas 3:10; véase el texto griego). Esto es, todos cuantos quieran colocarse bajo la ley, todos cuantos descansen en este principio, –en una palabra, todos cuantos dependan de las obras de la ley– están necesariamente bajo la maldición. Por todo lo cual podemos ver, de un vistazo, la terrible contradicción en que incurre todo cristiano que sostiene la idea de estar bajo la ley como regla de vida, y no estar, sin embargo, bajo la maldición. Repugna a las más claras exposiciones de la sagrada Escritura. Bendito sea el Dios de toda gracia, el cristiano no está bajo la maldición. Pero ¿por qué no? ¿Acaso porque la ley haya perdido su poder, su majestad, su dignidad o su santa fuerza estricta? De ningún modo. Decir tal cosa sería menospreciar la ley. Decir que un «hombre», sea cristiano, judío o pagano, puede estar bajo la ley, puede encontrarse en este terreno y, a pesar de ello, no estar bajo la maldición, equivale a decir que cumple perfectamente la ley o que la ley está derogada, que es nula o vacua. ¿Quién se atrevería a decir tal cosa? ¡Ay del que tal hiciera!

Pero ¿cómo es que el cristiano no está bajo la maldición? Porque no está bajo la ley. ¿Y cómo ha sido liberado de la ley? ¿Porque otro la cumplió en su lugar? No; repetimos que en toda la economía legal no hay nada que permita concebir la idea de la obediencia a la ley por medio de un sustituto. ¿Cómo ha sido, pues? Esta es la respuesta en toda su fuerza moral, en su totalidad y en toda su belleza: «Porque yo mediante (la) ley morí a (la) ley, a fin de vivir para Dios» (Gálatas 2:19; N.T. Griego-Español de F. Lacueva).[14]

[14] La omisión del artículo «la» añade inmensa fuerza, plenitud y claridad al pasaje. ¡Admirable cláusula! ¡Ojalá fuera mejor comprendida! Anula una inmensa masa de teología humana. Deja a la ley en su propia esfera, pero libera completamente al creyente de su poder condenatorio, lo deja fuera de su alcance mediante la muerte. "Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios", lo que nunca podríamos hacer si estuviéramos bajo la ley. "Porque mientras estábamos en la carne" —frase en correlación con "bajo la ley"— "las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte." ¡Obsérvese la triste combinación! "La ley"; "en la carne"; "las pasiones pecaminosas"; "fruto para muerte". ¿Puede haber algo más fuertemente destacado? Pero esta cuestión tiene otro lado, gracias a Dios; su lado brillante y bendito. Y es éste: "Pero ahora estamos libres de la ley". Mas ¿cómo? ¿Porque otro la cumplió por nosotros? De ningún modo, sino por "haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra". ¡Cuán perfecta y hermosa es la concordancia entre Romanos 7 (v. 4-6) y Gálatas 2 (v. 19)! "Porque yo mediante (la) ley morí para (la) ley, a fin de vivir para Dios".

Ahora, pues, si es verdad –y el apóstol dice que lo es– que estamos muertos para la ley, ¿qué posibilidad cabe de que la ley pueda ser una regla de vida para nosotros? Demostró ser únicamente una regla de muerte, maldición y condenación para los que estaban bajo ella, los que la recibieron por intermedio de ángeles. ¿Puede ser otra cosa para nosotros? ¿Produjo alguna vez siquiera un fruto de justicia en la historia de algún hijo de Adán? Oigamos la respuesta del apóstol: «Porque mientras estábamos en la carne», esto es, cuando éramos considerados como hombres en nuestra naturaleza caída, «las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte» (Romanos 7:5).

6.7 - «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí»

Es muy importante que el lector comprenda la fuerza real de la expresión «en la carne». En este pasaje no significa «en el cuerpo». Designa simplemente el estado del hombre y de la mujer no convertidos que están obligados a cumplir la ley. Ahora, pues, en tal estado, todo lo que se produjo siempre o pudo producirse han sido «frutos para muerte», «pasiones pecaminosas». No la vida, ni la justicia, ni la santidad, nada para Dios, nada justo.[15]

[15] Es menester recordar que, aunque los gentiles nunca hayan sido puestos bajo la ley por los planes dispensacionales de Dios, en realidad todos los profesantes bautizados se colocan en ese terreno. Por eso hay una inmensa diferencia entre la cristiandad y los paganos, en cuanto a la cuestión de la ley. En la cristiandad, miles de personas no convertidas piden cada semana a Dios que incline sus corazones a guardar la ley. Ciertamente tales personas están en una posición muy diferente de la de los paganos, quienes nunca han oído hablar de la ley ni de la Biblia.

Pero, ¿en qué situación estamos ahora como cristianos? Oigamos la respuesta: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne» –aquí la palabra significa el cuerpo– «lo vivo», ¿de qué modo? ¿por la ley como regla de vida?; ni una insinuación sobre esto, sino «en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:19-20).

Esto, y no otra cosa, es el cristianismo. ¿Lo comprendemos? ¿Captamos bien su sentido y su alcance? ¿Estamos en posesión del poder de ello? Hay dos males de los cuales somos liberados enteramente por la preciosa muerte de Cristo: la legalidad, por un lado, y, por otra parte, el libertinaje. En vez de estos dos terribles males, nos introduce en la santa libertad de la gracia; libertad para servir a Dios; libertad para hacer morir, pues, lo terrenal en nosotros; libertad para renunciar «a la impiedad y a los deseos mundanos»; libertad para vivir «sobria, justa y piadosamente»; libertad para golpear nuestro cuerpo, y ponerlo en servidumbre (Colosenses 3:5; Tito 2:12; 1 Corintios 9:27).

Sí, amado lector cristiano, recordemos esto. Meditemos profundamente estas palabras: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». El viejo «yo» muerto, crucificado, enterrado. El nuevo «yo» vive en Cristo. No nos equivoquemos en esto. No sabemos de nada más terrible, más peligroso, que el hecho de que el viejo «yo» ocupe el lugar correspondiente al nuevo «yo», o en otras palabras, que las gloriosas doctrinas del cristianismo sean adoptadas por un hombre en la carne, que el pueblo inconverso hable de estar liberado de la ley y convierta la gracia de Dios en licencia. Confesamos que preferimos mil veces más la legalidad que la licencia. Es esta contra la que muchos de nosotros debemos estar en guardia con toda la sinceridad posible. Está aumentando a nuestro alrededor con aterradora rapidez y preparando el camino para la oscura y desoladora marea de incredulidad que dentro de no mucho tiempo se extenderá por todos los ámbitos de la cristiandad.

Hablar de estar liberados de la ley de una manera que no sea por haber muerto a ella y por haber vivido para Dios, no es cristianismo, sino la licencia de la cual toda alma piadosa debe alejarse con santo horror. Si estamos muertos a la ley, estamos también muertos al pecado; de ahí que no debamos hacer nuestra voluntad (lo que no es más que otro nombre para designar al pecado), sino la voluntad de Dios, que es la verdadera santidad práctica.

Además, no perdamos de vista que, si estamos muertos a la ley, estamos asimismo muertos a este presente siglo malo y asociados a un Cristo resucitado, ascendido al cielo y glorificado. Por lo tanto, no somos del mundo, así como tampoco lo era Cristo. El esfuerzo por lograr una posición en el mundo equivale a negar que estamos muertos a la ley, ya que es imposible que estemos vivos para el uno y muertos para la otra. La muerte de Cristo nos ha liberado de la ley, del poder del pecado, del presente siglo malo y del temor a la muerte. Mas todas estas cosas están en dependencia recíproca y no podemos estar liberados de una de ellas sin que estemos liberados de todas las restantes. Afirmar nuestra liberación de la ley y seguir una vida carnal, de licencia y de mundanería es uno de los más negros y mortales males de los últimos días.

El cristiano está llamado a demostrar, en su vida diaria, que la gracia puede producir resultados que la ley jamás pudo conseguir. Una de las glorias morales del cristianismo es la de capacitar al hombre para abandonar el «yo» y vivir para otros. La ley jamás pudo hacer esto. El hombre se ocupaba de sí mismo. Bajo sus reglas cada hombre tenía que obrar lo mejor que pudiera mirando por sí mismo. Si procuraba amar al prójimo, lo hacía a fin de labrarse una justicia para sí mismo. Bajo la gracia todo está invertido del modo más bendito y glorioso. El «yo» está puesto a un lado como cosa crucificada, muerta y enterrada. El viejo «yo» ha desaparecido, y el nuevo «yo» está ante Dios con todo el valor y la perfección de Cristo. Él es nuestra vida, nuestra justicia, nuestra santidad, nuestra finalidad, nuestro modelo, nuestro todo. Él está en nosotros y nosotros en él; y nuestra diaria vida práctica debe consistir simplemente en Cristo reproducido en nosotros, por el poder del Espíritu Santo. De ahí que seamos exhortados a amar no solo a nuestros prójimos, sino también a nuestros enemigos; y esto no para labrarnos una justicia, porque ya hemos sido hechos justicia de Dios en Cristo; es sencillamente como efusión de la vida que poseemos, que está en nosotros, y esta vida es Cristo. El cristiano es un hombre que debe vivir la vida para Cristo. No es ni un judío «bajo la ley», ni un gentil «sin ley», sino un hombre «en Cristo», subsistiendo en la gracia, llamado a observar la misma obediencia que manifestó Cristo.

No nos extenderemos más sobre este punto, pero sí rogamos sinceramente al lector cristiano que estudie atentamente el capítulo 15 de los Hechos y toda la epístola a los Gálatas. Empápese de las benditas enseñanzas de esas escrituras; si lo hace, estamos seguros de que llegará a comprender claramente la gran cuestión de la ley. Verá que el cristiano no está bajo la ley, en ningún concepto; que su vida, su justicia, su santidad, están sobre una base o un principio enteramente distinto; que colocar al cristiano bajo la ley, de cualquier modo que se quiera, es negar el mismo fundamento del cristianismo, y contradecir las más claras exposiciones de la Palabra. Del capítulo 3 de la epístola a los Gálatas aprenderá que el hecho de ponernos nosotros mismos bajo la ley equivale a renunciar a Cristo, renunciar al Espíritu Santo, renunciar a la fe, renunciar a las promesas.

Esas terribles consecuencias son claramente expuestas ante nuestros ojos en este capítulo; y por cierto que, cuando contemplamos el estado de la iglesia profesante, no podemos menos que notar cuán terriblemente se realizan esas consecuencias.

¡Quiera Dios el Espíritu Santo abrir los ojos de todos los cristianos a la verdad de estas cosas! ¡Quiera él conducirles a estudiar las Escrituras y someterse a su santa autoridad en todo! Esta es la necesidad particular de nuestros tiempos. No estudiamos lo bastante la Escritura. No nos dejamos guiar por ella. No nos damos cuenta de la absoluta necesidad de comprobarlo todo a la luz de la Escritura y rechazar lo que no puede sostenerse ante ella. Toleramos muchas cosas que no tienen fundamento alguno en la Palabra; es más, que se oponen completamente a ella.

¿Cuál será el fin de todo ello? Temblamos al pensarlo. Sabemos, bendito sea Dios, que nuestro Señor Jesucristo vendrá pronto y tomará a su amado pueblo, comprado con su sangre, para llevarlo al hogar, al sitio preparado en la casa del Padre, a fin de estar para siempre con él en la inefable bendición de aquella gloriosa morada. Pero, ¿qué será de los que queden atrás? ¿Qué será de esa inmensa masa de profesantes bautizados, pero mundanos? Estas son graves preguntas que deben ser consideradas en la misma presencia de Dios, a fin de tener la verdadera, la divina respuesta. Ojalá que el lector las considere ante aquella presencia, con espíritu humilde y dispuesto a aprender, y el Espíritu Santo le dará la luz necesaria para comprenderlas.

6.8 - Los diez mandamientos

Hemos procurado demostrar, mediante la Escritura, la gloriosa verdad de que los creyentes no están bajo la ley, sino bajo la gracia. Ahora vamos a continuar nuestro estudio del capítulo 5 del Deuteronomio. En él tenemos los diez mandamientos, pero no exactamente como los tenemos en el capítulo 20 del Éxodo. Hay algunos pequeños retoques característicos que exigen la atención del lector.

En Éxodo 20 tenemos historia, en Deuteronomio 5 tenemos no solo historia sino comentario. En este último, el legislador presenta motivos morales y hace llamamientos que estarían fuera de lugar en el primero. En aquél tenemos hechos verídicos, no más; en este tenemos hechos y comentarios; los hechos y su aplicación práctica. En una palabra, no hay el menor fundamento para imaginar que Deuteronomio 5 tiene por designio ser una repetición literal de Éxodo 20; por eso los argumentos que los incrédulos fundan en esa aparente divergencia quedan reducidos a polvo bajo nuestros pies. Están sencillamente desprovistos de base y son enteramente despreciables.

Comparemos, por ejemplo, ambos capítulos en lo referente al día de reposo. En Éxodo 20 leemos: «Acuérdate del día de reposo (sábado) para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» (v. 8-11).

En Deuteronomio 5 leemos: «Guardarás el día de reposo para santificarlo, como Jehová tu Dios te ha mandado. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo» (v. 12-15).

Ahora bien; el lector podrá ver de un vistazo la diferencia entre los dos pasajes. En Éxodo 20 el mandato de guardar el día de reposo se funda en la creación. En Deuteronomio 5 está fundado en la redención, sin aludir para nada a la creación. En una palabra, los puntos de diferencia nacen del distinto carácter de cada uno de estos dos libros y son perfectamente claros para la mente espiritual.

Con respecto a la institución del día de reposo hemos de recordar que descansa enteramente sobre la autoridad directa de la Palabra de Dios. Otros mandamientos prescriben distintos deberes morales. Todo el mundo sabe que es moralmente malo matar o robar; pero, en cuanto a la observancia del día de reposo, nadie podría advertir en ella un deber si no hubiera sido señalado distintamente por la autoridad divina. De ahí su inmensa importancia e interés. Tanto en nuestro capítulo como en Éxodo está al lado de todos esos grandes deberes morales que son universalmente reconocidos por la conciencia humana.

Y no solo esto, sino que encontramos en otras partes de la Escritura que el día de reposo es puesto aparte y presentado muy especialmente como un precioso vínculo entre Jehová e Israel, como un sello de su pacto con ellos y como una señal de su consagración a Él. Todo el mundo podía reconocer el mal moral del robo y del asesinato, pero solo aquellos que amaban a Jehová y su Palabra amaban y guardaban su día de reposo.

6.9 - El día de reposo (o sábado)

Así, en el capítulo 16 del Éxodo, en conexión con el envío del maná, leemos: «En el sexto día recogieron doble porción de comida, dos gomeres para cada uno; y todos los príncipes de la congregación vinieron y se lo hicieron saber a Moisés. Y él les dijo: Esto es lo que ha dicho Jehová: Mañana es el santo día de reposo, el reposo consagrado a Jehová; lo que habéis de cocer, cocedlo hoy, y lo que habéis de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana… Y dijo Moisés: Comedlo hoy, porque hoy es día de reposo para Jehová; hoy no hallaréis en el campo. Seis días lo recogeréis; mas el séptimo día es día de reposo; en él no se hallará. Y aconteció» –tan poco podían apreciar el alto y santo privilegio de guardar el sábado de Jehová– «que algunos del pueblo salieron en el séptimo día a recoger, y no hallaron. Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?». Su negligencia respecto del sábado demostraba que su condición moral era totalmente mala; demostraba que andaban descaminados en cuanto a todos los mandamientos del Señor. El día de reposo era la gran piedra de toque, la medida y sonda del estado real de sus corazones respecto a Jehová. «Mirad que Jehová os dio el día de reposo, y por eso en el sexto día os da pan para dos días. Estése, pues, cada uno en su lugar, y nadie salga de él en el séptimo día. Así el pueblo reposó el séptimo día» (v. 22-26, 27-28, 29-30). Y encontraron descanso y comida en el santo día de reposo.

También al final del capítulo 31 del libro del Éxodo tenemos un notable pasaje que prueba la importancia e interés que en la mente de Jehová se le daba al día de reposo. A Moisés se le había dado una completa descripción del tabernáculo y de sus pertenencias, y estaba por recibir las dos tablas del testimonio de manos de Jehová, mas, como si se quisiera dar a entender el prominente lugar que en la mente de Jehová ocupaba el santo día de reposo, leemos lo siguiente: «Habló además Jehová a Moisés, diciendo: Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico. Así que guardaréis el día de reposo, porque santo es a vosotros; el que lo profanare, de cierto morirá; porque cualquiera que hiciere obra alguna en él, aquella persona será cortada de en medio de su pueblo. Seis días se trabajará, mas el día séptimo es día de reposo consagrado a Jehová; cualquiera que trabaje en el día de reposo, ciertamente morirá. Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó» (v. 12-17).

Este es un pasaje muy importante. Demuestra muy claramente el carácter permanente del día de reposo. Los términos en que se habla de él son enteramente suficientes para demostrar que no era una institución temporaria. «Es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones». » Pacto perpetuo». «Señal es para siempre».

Fíjese bien el lector en estas palabras. Demuestran, sin la menor duda, primero: que el día de reposo era para Israel. Segundo: que el día de reposo es una institución permanente en la mente de Dios. Es necesario tener esto presente a fin de evitar pensamientos que carecen de precisión y expresiones inexactas en este asunto tan profundamente interesante.

El día de reposo fue distinta y exclusivamente instituido para la nación judía. De él se habla enfáticamente como un signo entre Jehová y su pueblo Israel. No hay la más remota sugestión de que fuese designado para los gentiles. Veremos más adelante que es un hermoso tipo de los tiempos del restablecimiento de todas las cosas, del cual habló Dios por boca de todos sus santos profetas desde el principio del mundo; pero esto en nada afecta al hecho de ser una institución exclusivamente judaica. No hay ni una sola sentencia en la Escritura que indique que el día de reposo tuviese algo que ver con los gentiles.

Algunos nos dicen que, puesto que se nos habla del día de reposo en el capítulo 2 del Génesis, forzosamente debe tener un alcance más amplio que la sola nación judía. Leamos, pues, el pasaje: «Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación» (v. 2-3).

Esto es bastante sencillo. Aquí no se menciona para nada al hombre. No se nos dice que el hombre reposara en el séptimo día. Los hombres pueden inferir, deducir o imaginar que así fue; pero el capítulo 2 del Génesis no dice nada acerca de ello. Y no solo esto, sino que es en vano buscar alguna alusión al día de reposo en todo el libro del Génesis. La primera alusión que tenemos del día de reposo con relación al hombre está en el capítulo 16 del Éxodo, pasaje ya citado; y allí vemos, de la manera más clara, que fue dado a Israel, como pueblo que mantenía pactada relación con Jehová. Es evidente que ellos no lo comprendieron o no lo apreciaron; que jamás se compenetraron de ese reposo es asimismo evidente por lo que se nos dice en el Salmo 95 y en Hebreos 4. Pero ahora tratamos de lo que era esa institución en la mente de Dios, y él nos dice que era un signo entre él y su pueblo Israel, una poderosa prueba de su estado moral y del sentimiento de su corazón respecto a Jehová. No era solo una parte integrante de la ley dada por medio de Moisés a la congregación de Israel, sino que está especialmente señalada una y otra vez como una institución que ocupaba muy especial lugar en la mente de Dios.

Así, en el libro del profeta Isaías, leemos: «Bienaventurado el hombre que hace esto, y el hijo de hombre que lo abraza; que guarda el día de reposo para no profanarlo, y que guarda su mano de hacer todo mal. Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco. Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá. Y a los hijos de los extranjeros» –aquí, desde luego, considerados en relación con Israel, como en Números 15 y otras partes de la Escritura–, «que sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (56:2-7).

Y luego: «Si retrajeras del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicias, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado» (Isaías 58:13-14).

Tales citas son del todo suficientes para mostrar el lugar que el cumplimiento del sábado ocupa en la mente de Dios. No es necesario multiplicar citas, pero hay una a la cual nos permitiremos remitir al lector, relacionada con nuestro presente tema, a saber, la de Levítico 23: «Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Las fiestas solemnes de Jehová, las cuales proclamaréis como santas convocaciones serán estas: Seis días se trabajará, mas el séptimo día será de reposo, santa convocación; ningún trabajo haréis; día de reposo es de Jehová en dondequiera que habitéis» (v. 1-3).

Aquí aparece a la cabeza de todas las festividades descritas en este maravilloso capítulo, las que simbolizan todas las dispensaciones de Dios para con su pueblo Israel. El día de reposo es la expresión del descanso eterno de Dios, al cual es su propósito llevar a su pueblo una vez que hayan terminado sus tribulaciones, el bendito día de reposo o sábado que «queda para el pueblo de Dios» (Hebreos 4:9). De varias maneras procuraba Él recordar a su pueblo este glorioso descanso; el séptimo día, el séptimo año, el año del jubileo, todas esas hermosas épocas sabáticas tenían por finalidad tipificar aquel bendito tiempo en que Israel será reunido en su amada tierra, cuando el día de reposo será observado en toda su profunda y divina bendición, como nunca lo ha sido aún.

Y esto nos conduce, naturalmente, a un segundo punto de vista respecto al día de reposo, es decir: su permanencia. Las expresiones «perpetua», «signo para siempre», «por todas vuestras generaciones» nunca habían sido empleadas para designar instituciones meramente temporarias. Verdad es que Israel, lamentablemente, nunca guardó el día de reposo de acuerdo con esa intención de Dios; nunca entendió su significado, nunca disfrutó de sus bendiciones ni penetró jamás en su espíritu. Lo convirtió en una divisa de su propia justicia; se vanagloriaron de él como institución nacional y lo emplearon para su propia exaltación; pero nunca lo celebraron en comunión con Dios.

Hablamos aquí de la nación en general. No dudamos de que hubo almas piadosas que, en secreto, disfrutaron del día de reposo y penetraron en los pensamientos de Dios referente al mismo. Pero como nación, Israel nunca guardó el día de reposo de acuerdo con los propósitos de Dios. Oigamos lo que dice Isaías: «No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no las puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes» (1:13).

Aquí vemos que la preciosa y bella institución del día de reposo que Dios dio como un signo de su pacto con su pueblo, llegó a ser en manos de este una verdadera abominación, enteramente intolerable para Él. Y cuando abrimos las páginas del Nuevo Testamento, vemos a los príncipes y cabezas del pueblo judío continuamente oponiéndose a nuestro Señor Jesucristo en lo tocante al día de reposo. Veamos, por ejemplo, los primeros versículos del capítulo 6 de Lucas. «Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús por los sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían, restregándolas con las manos. Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito hacer en los días de reposo? Y respondiendo Jesús les dijo: ¿Ni aun esto habéis leído, lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios y tomó los panes de la proposición, de los cuales no era lícito comer sino solo a los sacerdotes, y comió, y dio también a los que estaban con él? Y les decía: El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo» (v. 1-5).

Y de nuevo leemos: «Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en el día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle» –¡intentar una acusación por curar a un mortal afligido!– «Mas él conocía los pensamientos de ellos» –sí, leía sus corazones y nada le era oculto– «y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate, y ponte en medio. Y él, levantándose, se puso en pie. Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla? Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada. Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué podrían hacer contra Jesús» (v. 6-11).

¡Qué conocimiento más profundo se nos da aquí de la falta de sinceridad e inutilidad de los esfuerzos del hombre por guardar el día de reposo! Esos guías religiosos habrían querido que los discípulos soportaran el hambre antes que ver profanado su día de reposo. Habrían dejado que aquel hombre hubiese llevado a la tumba su mano seca antes que se la curasen en su día de reposo. ¡Ay, aquél era en verdad el día de reposo de ellos, no el de Dios! Dios no podía descansar en presencia de los hambrientos y los enfermos. Los escribas y fariseos jamás habían entendido la historia del acto de David cuando comió los panes de la proposición. No comprendían que las instituciones legales debían ceder ante la gracia divina que venía a remediar las necesidades humanas. La gracia se eleva en su magnificencia por sobre todas las barreras legales y la fe se regocija ante su esplendor; pero la mera religiosidad se ofende ante las actividades de la gracia y el atrevimiento de la fe. Los fariseos no veían que el hombre con la mano seca era un notable comentario acerca del estado moral de la nación, una prueba viviente de que ellos estaban lejos de Dios. Si ellos hubiesen sido como debían ser, no hubiese habido manos secas que curar; pero no lo eran, de ahí que su día de reposo fuera una vacía formalidad, una ordenanza sin poder y sin valor, una deforme anomalía, aborrecible a Dios y del todo incompatible con la condición humana.

Tomemos otro ejemplo en Lucas 13. «Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo» –ciertamente el día de reposo no era día de reposo para él. «Y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios» (v. 10-13). Hermoso ejemplo de la obra de la gracia en el alma, y su práctico resultado, en todo caso. Todos aquellos sobre los cuales Cristo pone sus benditas manos son «inmediatamente enderezados» y capacitados para glorificar a Dios.

Pero el día de reposo humano había sido quebrantado. «El principal de la sinagoga, enojado a causa de que Jesús hubiese curado en el día de reposo», se indignó por la benévola obra de curación, aunque había permanecido indiferente ante el humillante caso de la enfermedad, y dijo al pueblo: «Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo» (v. 14). ¡Cuan poco sabía ese pobre religioso insincero que estaba en la presencia del Señor del día de reposo! ¡Cuán completamente insensible era a la moral inconsistencia de procurar guardar el día de reposo, mientras la condición humana clamaba en alta voz a la obra divina! «Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en día de reposo?» (v. 15-16).

¡Qué áspera reprensión! ¡Qué modo de descubrir la vacuidad y completa desdicha de todo su sistema judaico! ¡Pensemos un poco en la notoria contradicción que hay entre guardar el día de reposo y una hija de Abraham atada durante 18 años por la cruel mano de Satanás! Nada hay en el mundo que ciegue tanto la inteligencia, que endurezca tanto el corazón, que amortigüe tanto la conciencia y desmoralice tanto al ser entero como la religión sin Cristo. Su poder de engañar y degradar solo puede conocerse a la luz de la presencia divina. De atender solamente a lo que preocupaba al principal de la sinagoga, aquella mujer hubiese acabado sus días encorvada e incapaz de enderezarse. El oficial se hubiera contentado con despacharla como un triste ejemplo del poder de Satanás con tal de poder guardar su día de reposo. Su religiosa indignación se excitó, no por el poder de Satanás, visible en el estado de aquella mujer, sino por el poder de Cristo, visible en su completa curación.

Pero el Señor le dio aquella respuesta. «Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios» –razón tenían para avergonzarse– «pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él» (v. 17). ¡Qué contraste más notable! Por una parte, los defensores de una religión impotente, sin corazón e inútil, desenmascarados y cubiertos de confusión y vergüenza, y, por otra parte, todo el pueblo regocijándose por los gloriosos hechos del Hijo de Dios, quien había venido en medio de ellos para liberarles del opresivo poder de Satanás y llenar sus corazones del gozo de la salvación de Dios, y sus bocas de alabanza!

Rogamos que el lector abra el evangelio de Juan para encontrar nuevos ejemplos sobre este asunto. Deseamos sinceramente que la cuestión del día de reposo sea examinada a fondo a la luz de la Escritura. Creemos que en ella va envuelto mucho más de lo que a muchos cristianos profesantes les parece.

Al comienzo del capítulo 5 se nos pone ante una escena que indica de modo muy marcado el estado de Israel. No es nuestro intento entrar de lleno en el citado pasaje; solo haremos referencia al mismo en cuanto tiene relación con nuestro tema.

El estanque de Betesda, o «casa de misericordia», al mismo tiempo que era expresión de la misericordia de Dios para con su pueblo, evidenciaba plenamente la miserable condición del hombre en general y de Israel en particular. Sus cinco pórticos estaban atestados por una «multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua» (v. 3). ¡Qué muestrario de la especie humana y de la nación de Israel! ¡Qué ejemplo más instructivo de su estado moral y espiritual desde el punto de vista divino! «Ciegos, cojos y paralíticos», ese es el estado real del hombre. ¡Si él solamente lo supiera!

Pero había un hombre, en medio de aquella multitud de desdichados, cuya debilidad era tan grande que el estanque de Betesda nada podía por él. «Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano¡Qué gracia y poder en la pregunta! Iba mucho más allá de lo que sus más optimistas pensamientos le consentían. Pensaba solo en la ayuda humana, o en su habilidad para entrar en el estanque. No sabía que el que le hablaba estaba muy por encima y tenía un poder mucho mayor que el estanque y el eventual movimiento de sus aguas; mucho mayor alcance que el ministerio angélico, mayor que todo esfuerzo o auxilio humano; que era el poseedor de todo poder en el cielo y en la tierra. «Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entretanto que yo voy, otro desciende antes que yo». ¡Qué cuadro tan verídico de los que buscan la salvación por medio de ordenanzas! Cada cual haciendo para sí lo mejor que puede y sabe. No tiene cuidado por los demás. No piensa en ayudarles. «Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo.Y era día de reposo aquel día» (v. 5-9).

Aquí tenemos de nuevo el día de reposo del hombre. No era ciertamente el día de reposo de Dios. La desdichada multitud reunida alrededor del estanque demostraba que el pleno descanso de Dios no había llegado aún, que la gloriosa realidad prefigurada por el día de reposo no había aún amanecido sobre esta tierra herida por el pecado. Cuando llegue ese día refulgente no habrá ciegos, cojos ni paralíticos amontonándose en los pórticos de Betesda. El día de reposo de Dios y las miserias humanas son del todo incompatibles.

Pero era el día de reposo del hombre. No era ya el sello del pacto de Jehová con la simiente de Abraham, como lo fue en un tiempo y lo será de nuevo, sino la divisa de la justicia del hombre en su propia estimación. «Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho» (v. 10). Sin duda, lo que era lícito, a su parecer, era yacer postrado en aquella cama semana tras semana, mes tras mes y año tras año, mientras ellos seguían en su intento –vano, hueco e inútil– de guardar el día de reposo. Si hubiesen tenido un solo rayo de luz espiritual, habrían visto la flagrante inconsistencia de intentar mantener sus ideas tradicionales respecto al día de reposo en la presencia de la miseria, las dolencias y la degradación humanas. Pero estaban completamente cegados; de ahí que, cuando se desplegaron los gloriosos frutos del ministerio de Cristo, tuvieron la temeridad de tacharlos de ilícitos.

Y no solo esto, sino que «por esta causa los judíos perseguían a Jesús y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo» (v. 16). ¡Qué espectáculo! ¡Un pueblo religioso, más aun, los mismos jefes y maestros de religión, los guías del que profesaba ser pueblo de Dios procurando matar al Señor del día de reposo porque en día de reposo había sanado a un hombre!

Pero obsérvese la respuesta del Señor: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (v. 17). Esta breve pero abarcadora declaración nos lleva al fondo del asunto. Nos revela el estado de la humanidad en general y de Israel en particular, y nos presenta, de manera conmovedora, el gran secreto de la vida y del ministerio de nuestro Señor. Bendito sea su Nombre, no vino a este mundo a descansar. ¿Cómo podía descansar, cómo podía guardar el día de reposo en medio de la miseria y la necesidad humanas? La multitud de ciegos, cojos y paralíticos que se aglomeraban en los pórticos del estanque de Betesda, ¿no pudo haber enseñado a «los judíos» la locura de sus ideas sobre el día de reposo? ¿No era aquella multitud una muestra del estado de la nación de Israel y de toda la familia humana? ¿Cómo el amor divino habría podido reposar en medio de tales condiciones? Era del todo imposible. El amor solo puede trabajar en medio de una escena de pecado y de aflicción. Desde el momento de la caída del hombre, el Padre había estado trabajando. Luego apareció el Hijo para continuar la obra. Ahora el Espíritu Santo está trabajando. Trabajar, y no reposar, es la orden divina en un mundo como este. «Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios» (Hebreos 4:9).

El bendito Señor Jesús anduvo haciendo bienes, tanto en día de reposo como en otro día cualquiera, y, habiendo cumplido finalmente la gloriosa obra de la redención, pasó el día de reposo en la tumba y se levantó el primer día de la semana como Primogénito de los muertos y Cabeza de la nueva creación, en la cual todas las cosas son de Dios, y en la que, podemos añadir con toda seguridad, la cuestión de los «días, meses, tiempos y años» no puede tener aplicación. Nadie que comprenda a fondo la significación de la muerte y resurrección podrá aprobar, ni por un momento, la observancia de días. La muerte de Cristo puso fin a toda aquella prescripción; y su resurrección nos introdujo en una esfera enteramente distinta, en la que es nuestro elevado privilegio andar en la luz y el poder de esas eternas realidades que son nuestras en Cristo y que son un vivo contraste con la supersticiosa observancia de una religiosidad carnal y mundana.

6.10 - El primer día de la semana

Hemos llegado aquí a un muy interesante punto de nuestro tema, a saber, la diferencia entre el día de reposo y el primer día de la semana. Estos dos a menudo son confundidos. Muchas veces oímos de boca de personas realmente piadosas la frase «día de reposo cristiano», expresión que no se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Y siempre debemos procurar expresarnos en términos que estén de acuerdo con la enseñanza de la santa Escritura.

Estamos persuadidos de que el enemigo de Dios y de su Cristo ha tenido mucho más que ver con los convencionalismos del cristianismo de lo que muchos de nosotros pensamos; y esto es lo que agrava esta cuestión. El lector tal vez considere que es pérdida de tiempo el detenido análisis para encontrar alguna falta en el término «día de reposo cristiano», pero puede estar seguro de que no es así; al contrario, si se digna examinar con toda detención este asunto a la luz del Nuevo Testamento, encontrará que en él están involucradas cuestiones no solamente interesantes sino también de mucho peso e importancia. Es conocido el dicho de que «el nombre no hace a la cosa», mas, en el asunto al que nos referimos, el nombre tiene un significado muy especial.

Ya hemos hecho notar que nuestro Señor pasó el día de reposo en el sepulcro. ¿No es este un hecho elocuente y altamente significativo? No lo dudamos. De él podemos deducir, por lo menos, la completa abrogación del antiguo régimen y la absoluta imposibilidad de guardar el día de reposo en un mundo de pecado y de muerte. El amor no podía descansar en un mundo como este; solo podía trabajar y morir. Tal es la inscripción que leemos en la tumba en la que el Señor del día de reposo fue depositado.

Pero ¿qué del primer día de la semana? ¿No es el mismo día de reposo sobre un nuevo fundamento, el día de reposo cristiano? No se describe jamás de tal modo en el Nuevo Testamento. No hay ni siquiera la más mínima alusión a ello. Si consultamos los Hechos de los Apóstoles, veremos que se habla de los dos días de la manera más distinta. En el día de reposo los judíos se reunían en sus sinagogas para la lectura de la ley y los profetas. En el primer día de la semana los cristianos se reunían para partir el pan. Los dos días eran tan distintos como el judaísmo y el cristianismo, y no hay en la Escritura nada que fundamente la idea de que el sábado fue absorbido por el primer día de la semana. ¿Dónde está en la Escritura el menor fundamento para afirmar que el día de reposo ha sido cambiado del séptimo día al octavo, o al primer día de la semana? Si hay alguno, nada más fácil que exponerlo. Pero no hay absolutamente ninguno.

Recuérdese que el día de reposo no es solamente un séptimo día, sino el séptimo día. Conviene hacer notar esto, ya que muchos abrigan la idea de que con tal que dediquemos una séptima parte del tiempo al descanso y a las ordenanzas públicas religiosas, es lo bastante, y no importa cómo lo llamemos; y de tal manera diferentes naciones y diferentes sistemas religiosos tienen su día de descanso, el que se llama día de reposo. Mas esto nunca podrá satisfacer a los que desean ser enseñados exclusivamente por la Escritura. El día de reposo del Edén era el séptimo día. El día de reposo para Israel fue el séptimo día. Pero el octavo día dirige nuestros pensamientos adelante, hacia la eternidad; en el Nuevo Testamento se le llama «el primer día de la semana», como indicando el comienzo de la nueva creación de la cual la cruz es el cimiento imperecedero y Cristo resucitado la gloriosa Cabeza y Centro. Llamar a ese día «día de reposo cristiano» es simplemente confundir las cosas terrenas con las celestiales. Es bajar al cristiano de su elevada posición como asociado a una Cabeza resucitada y glorificada en los cielos, y ocuparlo en la supersticiosa observancia de días, cosa que hacía dudar al apóstol acerca del estado de las iglesias de Galacia.

En suma, cuanto más consideramos la frase «día de reposo cristiano» más convencidos estamos de que su tendencia, como muchas otras fórmulas del cristianismo, es despojar al cristiano de todas las grandes verdades distintivas del Nuevo Testamento que distinguen a la Iglesia de Dios de todo lo que fue antes de ella y de todo lo que pueda venir después. La Iglesia, aunque está en la tierra, no es de este mundo, así como Cristo tampoco era o es de este mundo. Ella es celestial en su origen, celestial en su carácter, celestial en sus principios, en su conducta y en su esperanza. Está colocada entre la cruz y la gloria. Los límites de su existencia en la tierra están comprendidos entre el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió para constituirla, y la venida de Cristo para tomarla consigo.

Nada hay que pueda sobresalir como esto; de ahí que, el que intente inculcar en la Iglesia de Dios la legal o supersticiosa observancia de «días, meses, tiempos y años» (Gálatas 4:10), falsifica enteramente la posición cristiana, mancha la integridad de la revelación y despoja al cristiano del lugar y de la heredad que le pertenecen por la infinita gracia de Dios y por el sacrificio expiatorio de Cristo.

¿Juzga el lector que esta declaración es demasiado severa? Si así es, procure considerar el siguiente espléndido pasaje de la carta de Pablo a los Colosenses, pasaje que debería escribirse con letras de oro: «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias. Mirad que nadie os engañe (o haga presa de vosotros) por medio de filosofías y huecas sutilezas» (nótese la combinación muy poco lisonjera para la filosofía) «según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad». ¿Qué más podemos necesitar? «En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (2:6-15).

¡Magnífica victoria! ¡Victoria ganada con su mano sola, sin ayuda de nadie, ganada para nosotros! ¡Eterno y universal homenaje sea dado a su Nombre incomparable! ¿Qué queda, pues? «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o día de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir, pero el cuerpo es de Cristo» (v. 16-17).

¿Qué tiene que ver con comidas o bebidas o días de fiesta el que ha sido hecho completo y acepto en Cristo resucitado y glorificado? ¿Qué pueden hacer por él la filosofía, la tradición o la humana religiosidad? ¿Qué pueden añadir las sombras que pasan al que ha sido, por fe, la eterna sustancia? Nada, con seguridad; por esto continúa el apóstol: «Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entrometiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: no manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne». Esto es, no dando la medida de honor al cuerpo, que le es debido como vaso de Dios, sino hinchando la carne con religioso orgullo, alimentado por una hueca e inútil apariencia de piedad (v. 18-23).

6.11 - Cristo, el fin de las ordenanzas legales

No nos atrevemos a hacer una apología por esta larga cita. ¡Una apología por citar la Escritura! ¡Lejos de nosotros tal pensamiento! No es posible que haya alguien que comprenda ese maravilloso pasaje y no esté bien dispuesto no solo respecto a la cuestión del día de reposo sino también con todo lo que con él se relaciona. El cristiano que comprende su posición ha sido liberado para siempre de todas las cuestiones relativas a comidas y bebidas, días, meses, tiempos y años. No sabe nada de tiempos santos ni lugares santos. Está muerto con Cristo a los rudimentos del mundo y ha sido liberado de las ordenanzas de una religión tradicional. Pertenece al cielo, donde no hay nuevas lunas, días santos ni días de reposo. Está en la nueva creación, donde todas las cosas son de Dios; así que no puede ver ninguna fuerza moral en palabras tales como «no manejes», «ni gustes», «ni toques». No tienen aplicación posible a él. Vive en una región donde no se ven jamás las nubes, vapores y nieblas del monaquismo y del ascetismo. Ha abandonado todas las inútiles formas del mero pietismo carnal, y tomado, en cambio, las sólidas realidades de la vida cristiana. Sus oídos han sido abiertos para oír, y su corazón para comprender la poderosa exhortación del inspirado apóstol: «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:1-5).

Aquí tenemos, desplegadas ante nuestros ojos, algunas de las glorias del verdadero cristianismo, práctico, vital, en contraste con todas las estériles y secas formas de la religiosidad carnal y mundana. La vida cristiana no consiste en la observancia de ciertas reglas, mandamientos y tradiciones humanos. Es una realidad divina. Es tener a Cristo en el corazón y a Cristo reproducido en la vida diaria por el poder del Espíritu Santo. Es el nuevo hombre, formado sobre el modelo de Cristo mismo y manifestándose en los más minuciosos detalles de nuestra vida diaria, en la familia, en los negocios, en todas nuestras relaciones con nuestros semejantes; en nuestro genio, espíritu, estilo, conducta, en todo. No es asunto de mera profesión, o de dogma, o de opinión o de sentimiento; es una realidad viva e inconfundible. Es el reino de Dios establecido en el corazón, ejerciendo su bendita dominación sobre todo el ser moral y derramando su genial influencia sobre toda la esfera en la que somos llamados a movernos días tras día. Es el cristiano que sigue las benditas pisadas de Aquel que pasó haciendo bienes; haciendo todo lo posible para satisfacer toda forma de necesidad humana; viviendo no para sí mismo sino para los demás, deleitándose en servir y dar; listo para calmar y simpatizar con cualquier espíritu quebrantado o corazón desolado.

Esto es el cristianismo. Mas ¡ay! ¡cuánto difiere de todas las formas de que se revisten la legalidad y la superstición! ¡Cuán diferente de la observancia rutinaria y sin significado de días, meses, tiempos y años, abstinencia de ciertas comidas como carnes, prohibición de casarse y otras por el estilo. ¡Cuán diferente de las fanfarronadas del místico, de la melancolía del ascético, de las austeridades del monje! ¡Cuán totalmente distinto de todo esto! Sí, lector; y podríamos añadir ¡cuán diferente también de la deforme asociación de la elevada profesión con la baja práctica; entre las sublimes verdades aceptadas por la inteligencia, profesadas, enseñadas y defendidas en discusión, y la mundanería y la insubordinación! El cristianismo del Nuevo Testamento difiere igualmente de ambos extremos. Es lo divino, lo celestial, lo espiritual, desplegado por entre lo humano, lo terreno y lo natural. ¡Ojalá sea el santo propósito del que esto escribe, como también del lector de estas líneas, no quedar satisfecho con nada menos que aquel moralmente glorioso cristianismo revelado en las páginas del Nuevo Testamento!

Creemos que no es necesario añadir nada más sobre la cuestión del día de reposo. Si el lector se ha dado completa cuenta de la importancia de esas porciones de la Escritura que han pasado ante nuestros ojos, poca dificultad tendrá en comprender el lugar que ocupa el día de reposo en las vías dispensacionales de Dios. Verá que hace referencia directa a Israel y a la tierra, que fue un signo del pacto entre Jehová y su pueblo terreno, y un poderoso comprobante del estado moral de aquel pueblo.

Además, verá que Israel en realidad nunca guardó el día de reposo, nunca entendió su significado, nunca apreció su valor. Esto fue manifestado en la vida, en el ministerio y en la muerte de nuestro Señor Jesucristo, quien verificó muchas de sus obras de curación en el día de reposo y, al fin, pasó ese día en el sepulcro.

Finalmente, entenderá con toda claridad la diferencia entre el día de reposo judío y el primer día de la semana; que a este día no se le denomina, ni una sola vez, «día de reposo» en el Nuevo Testamento, sino que, al contrario, se le presenta constantemente con su propia y característica distinción. No es el día de reposo que haya sido cambiado o transferido, sino que es un día enteramente nuevo, poseedor de su propia base especial y sus propias peculiaridades, dejando al día de reposo enteramente intacto, como una institución suspendida para ser más tarde reanudada, cuando la simiente de Abraham haya sido reinstalada en su propia tierra (véase Ezequiel 46:1, 12).

6.12 - El primer día de la semana (domingo), día del Señor

Pero no dejaremos este interesante asunto sin decir algo respecto al sitio asignado en el Nuevo Testamento al primer día de la semana. Aunque no es el día de reposo, y aunque nada tiene que ver con días santos, o nuevas lunas, o «días, y meses, y tiempos, y años», con todo, tiene su propio, su único lugar en el cristianismo, según es evidente en los muchos textos de las Escrituras del Nuevo Testamento.

Nuestro Señor se levantó de los muertos ese día. Se mostró a sus discípulos varias veces en dicho día. El apóstol y los hermanos de Troas se reunían ese día para partir el pan (Hechos 20:7). El apóstol instruye a los corintios, y a todos los que en todo lugar invocan el Nombre de nuestro Señor Jesucristo, para que aparten lo que puedan para ofrendas en tal día, enseñándonos claramente con ello que el primer día de la semana era el día especial para que el pueblo de Dios se reuniera para la cena del Señor y para el culto, la comunión y el ministerio relacionados con esa muy preciosa institución. El apóstol Juan nos dice expresamente que fue un día domingo, «en el día del Señor», cuando recibió la maravillosa revelación que cierra el divino Volumen.[16]

[16] Algunas personas creen que la expresión "en el día del Señor" (o "día domingo") debería traducirse "de el día del Señor", pues piensan que el apóstol estaba en el espíritu de aquel día en que nuestro Señor asumirá su gran poder y su reinado. Pero a este modo de ver pueden oponérsele dos serias objeciones. En primer lugar, las palabras griegas traducidas en Apocalipsis 1:10 por "en el día del Señor" (o según otras versiones, "día domingo") son enteramente distintas de las usadas en 1 Tesalonicenses 5:2; 2 Tesalonicenses 2:2; 2 Pedro 3:10, las que sí se refieren al día en que el Señor asuma su reinado.

Nos parece que esto debería zanjar la cuestión, pero hacemos notar, además, que la mayor parte del libro del Apocalipsis se refiere no a ese día del reinado del Señor sino a acontecimientos anteriores.

Estamos convencidos, pues, de que en este pasaje la expresión "en el día del Señor" (o "domingo") significa «el primer día de la semana», hecho importante, ya que nos prueba que ese día tiene un lugar muy especial en la Palabra de Dios, lugar que todo cristiano espiritual le dará con reconocimiento.

Así, pues, tenemos pruebas evidentes de que el primer día de la semana no ha de ser reducido al nivel de los días ordinarios. Para el verdadero cristiano, no es ni el día de reposo judío, ni el domingo de los gentiles, sino el día del Señor, en el cual su pueblo, con alegría y agradecimiento, se reúne alrededor de su Mesa para celebrar esa preciosa fiesta por la cual se anuncia su muerte hasta que él venga.

Ningún legalismo, ninguna superstición se relaciona con este primer día de la semana. Pretender lo contrario, o pensarlo siquiera, sería negar toda la serie de verdades con las que ese día está relacionado. No tenemos ningún mandamiento directo referente a la observancia de ese día, pero las citas a las que hemos hecho referencia son ampliamente suficientes para toda mente espiritual, y, además, podemos decir que los instintos de la divina naturaleza impulsarán a todo cristiano verdadero a honrar y a amar el primer día de la semana, poniéndolo aparte de la manera más reverente para el culto y servicio de Dios. El solo pensamiento de que cualquiera que profesa amar a Cristo pueda dedicarse a los negocios, a paseo o a un trabajo no preciso en el primer día de la semana, repugna a todo corazón verdaderamente piadoso. Creemos que es un santo privilegio retirarnos, lo más posible, de todas las distracciones de las cosas naturales, y dedicar las horas del primer día de la semana al Señor y a su servicio.

Quizá se diga que el cristiano debe dedicar todos los días al Señor. Ciertamente; somos del Señor en el sentido más completo y más elevado de la palabra. Todo lo que tenemos y todo lo que somos se lo debemos a él. Esto lo reconocemos con gozo. Somos exhortados a hacerlo todo en su Nombre y para su gloria. Es nuestro gran privilegio comprar y vender, comer y beber, hacerlo todo bajo su mirada con temor y amor a su santo Nombre. No deberíamos poner manos en nada, en cualquier día de la semana, sobre lo cual no pudiéramos invocar la bendición de Dios con la más completa confianza.

Todo esto está completamente admitido. Todo verdadero cristiano lo reconoce plenamente y con gozo. Pero, a la vez, nos parece imposible leer el Nuevo Testamento sin advertir que el primer día de la semana ocupa un lugar único, que ha sido señalado para nosotros de la manera más evidente; que tiene una significación y una importancia que no pueden ser reclamadas justamente por ningún otro día de la semana. Tan convencidos estamos de la verdad de todo ello que, aunque en los países cristianizados no hubiera ley de observancia del primer día de la semana, consideraríamos como un sagrado deber y como un santo privilegio abstenernos de emprender cualquier trabajo en dicho día, salvo que fuera absolutamente indispensable.

Gracias a Dios, las leyes de dichos países prevén que se observe el primer día de la semana. Esto es una señalada merced para todos los que aman ese día por amor al Señor. No podemos menos que reconocer su gran bondad al arrebatar este día de la codiciosa garra del mundo y haberlo otorgado a su pueblo y a sus siervos para dedicarlo a su culto y a su obra.

¡Qué merced es el primer día de la semana, con su profundo retiro de las cosas del mundo! ¿Qué haríamos sin él? ¡Qué bendita suspensión de los afanes semanales! ¡Qué refrescantes sus ejercicios para la mente espiritual! ¡Cuán preciosa la reunión alrededor de la mesa del Señor para recordarle, para anunciar su muerte y celebrar sus alabanzas! ¡Qué deleitosos los varios servicios del primer día de la semana, ya sean del evangelista, del pastor, del maestro, del que enseña en la escuela dominical o del distribuidor de tratados! ¿Qué lenguaje humano podría exponer de manera adecuada el valor y el interés de todas estas cosas? Cierto es que el primer día de la semana es cualquier otra cosa que día de descanso corporal para sus siervos, quienes a menudo se fatigan más en este día que en cualquier otro de la semana. Mas, ¡ah! es una bendita fatiga, una alegre fatiga; una fatiga que tendrá su brillante recompensa en el descanso que queda para el pueblo de Dios.

Una vez más, amado lector cristiano, levantemos nuestro corazón en cántico de alabanza a Dios por la bendita dádiva del primer día de la semana. ¡Quiera él conservarlo hasta que venga! ¡Ojalá que contrarreste él con su omnímodo poder, todos los esfuerzos de los incrédulos y de los ateos para quitar las barreras que las ordenanzas han levantado alrededor del primer día de la semana! Sería en verdad un triste día aquel en el que esas vallas desaparecieran.

Quizá algunos digan que el día de reposo judaico ha desaparecido y que, por lo tanto, no es obligatorio. Un gran número de cristianos profesantes han tomado esa actitud y abogan, en Gran Bretaña, por la apertura de los parques y sitios públicos de recreo durante el primer día de la semana. ¡Ah! Fácilmente se comprende cuáles son los designios que ellos persiguen. Querrían poner aparte la ley a fin de procurar una libertad licenciosa. No comprenden que el único camino para verse libre de la ley consiste en estar muerto a ella y, si estamos muertos a la ley, necesariamente estamos también muertos al pecado y muertos al mundo.

Esto cambia las cosas por completo. El cristiano, gracias a Dios, está libre de la ley, pero, si lo está, no lo está para que pueda divertirse, en el primer día de la semana o en cualquier otro; sino a fin de vivir para Dios. «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios» (Gálatas 2:19). Tal es el terreno que ocupa el cristiano; y solo puede ser ocupado por los que verdaderamente son nacidos de Dios. El mundo no puede comprenderlo, como así tampoco los santos privilegios y los ejercicios espirituales del primer día de la semana.

Todo esto es cierto; pero, al mismo tiempo, estamos profundamente convencidos de que, si Inglaterra quitara las vallas que rodean al primer día de la semana, daría una prueba muy triste de su disposición a abandonar la profesión religiosa que por tanto tiempo la ha caracterizado como nación, para precipitarse en dirección a la incredulidad y el ateísmo.

No debemos perder de vista el hecho importante de que Inglaterra ha tomado partido por ser una nación cristiana, una nación que ha profesado ser dirigida por la Palabra de Dios. Es, pues, mucho más responsable que aquellas naciones envueltas en las oscuras sombras del paganismo. Nosotros creemos que las naciones, como los individuos, serán responsables en orden a la profesión que hayan hecho; de ahí que las naciones que profesan ser cristianas, y que así se han llamado a sí mismas, serán juzgadas no simplemente por la luz de la creación, ni tampoco por la ley de Moisés, sino por la plena luz de ese cristianismo que profesan, por toda la verdad contenida entre las tapas de ese bendito libro que poseen y del cual hacen ostentación. Los paganos serán juzgados a la luz de la creación, el judío por la ley, el cristiano nominal desde el punto de vista de la verdad del cristianismo.

Este hecho importante agrava la situación de Inglaterra y de todas las naciones que profesan ser cristianas. Dios tratará con ellas, seguramente, en base a sus profesiones. De nada sirve decir que no entienden lo que profesan. ¿Por qué profesan lo que no entienden o no creen? El hecho es que ellas profesan entender y creer; y a tenor de este hecho serán juzgadas. Se jactan de la sentencia popular de que «La Biblia y solo la Biblia, es la religión de los protestantes».

Si esto es así, ¡cuán solemne es el pensamiento acerca de que Inglaterra será juzgada por la norma de una Biblia abierta! ¿Cuál será su juicio? ¿cuál su fin? Dejamos la aterradora respuesta a la consideración de todos aquellos a quienes incumba.

6.13 - ¿Qué lugar ocupa la Escritura en nuestros corazones?

Debemos dejar ya el muy interesante tema del día de reposo y del primer día de la semana y terminar esta sección citando para el lector el notable párrafo con que termina nuestro capítulo 5 del Deuteronomio. No exige largo comentario, pero nos parece provechoso, en estas «Notas sobre el Deuteronomio», proporcionar al lector pasajes completos del mismo libro a fin de que tenga ante sus ojos las propias palabras del Espíritu Santo sin tener que tomarse la molestia de dejar el tomo que está en sus manos.

Después de haber presentado al pueblo los diez mandamientos, el legislador sigue recordándoles las solemnes circunstancias que rodearon a la entrega de la ley, juntamente con los sentimientos y expresiones que ellos habían tenido en aquella ocasión.

"Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de la oscuridad, a gran voz; y no añadió más. Y las escribió en dos tablas de piedra, las cuales me dio a mí. Y aconteció que cuando vosotros oísteis la voz de en medio de las tinieblas, y visteis al monte que ardía en fuego, vinisteis a mí, todos los príncipes de vuestras tribus, y vuestros ancianos, y dijisteis: He aquí Jehová nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz de en medio del fuego; hoy hemos visto que Jehová habla al hombre y este aún vive. Ahora, pues, ¿por qué vamos a morir? Porque este gran fuego nos consumirá; si oyéremos otra vez la voz de Jehová nuestro Dios, moriremos. Porque ¿qué es el hombre, para que oiga la voz del Dios viviente que habla de en medio del fuego, como nosotros la oímos, y aún viva? Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos. Y oyó Jehová la voz de vuestras palabras cuando me hablabais, y me dijo Jehová: He oído la voz de las palabras de este pueblo, que ellos te han hablado; bien está todo lo que han dicho. ¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre! Ve y diles: Volveos a vuestras tiendas. Y tú quédate aquí conmigo, y te diré todos los mandamientos y estatutos y decretos que les enseñarás, a fin de que los pongan ahora por obra en la tierra que yo les doy por posesión. Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra. Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer» (22-33).

Aquí, el capital principio del libro del Deuteronomio brilla con fulgor nada común. Está expresado en aquellas conmovedoras y poderosas palabras que forman el verdadero núcleo del espléndido pasaje citado: «¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!».

¡Preciosas palabras! Ellas nos exponen, del modo más bendito, el secreto manantial de aquella vida que nosotros, como cristianos, somos exhortados a vivir día tras día, la vida de simple, implícita y completa obediencia, esto es, la de un corazón que teme al Señor, que le teme no con un espíritu servil, sino con aquel amor profundo, verdadero y adorador que el Espíritu Santo derrama en nuestras almas. Es esto lo que agrada al corazón de nuestro amoroso Padre. Él nos dice: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Proverbios 23:26). Cuando se da el corazón, todo lo demás sigue en hermoso orden moral. Un corazón amante halla su más profundo gozo en obedecer todos los mandamientos de Dios, y nada es de valor alguno ante Dios sino lo que brota de un corazón amante. El corazón es la fuente de todo lo que sea manifestado en la vida; de ahí que, cuando es gobernado por el amor de Dios, hay una amorosa respuesta a todos sus mandamientos. Amamos sus mandamientos porque le amamos a él. Toda palabra suya es preciosa al corazón que le ama. Todo precepto, todo estatuto, todo juicio –en una palabra, la totalidad de la Escritura– es amado, reverenciado y obedecido porque su Nombre y su autoridad van unidas a ella.

El lector encontrará en el Salmo 119 la ilustración del tema que nos ocupa y el ejemplo de una alma que responde admirablemente a las palabras antes citadas: «¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos!». Es el hermoso aliento de una alma que encontró su más profundo y constante deleite en la Palabra de Dios. No hay menos de ciento setenta alusiones a esa preciosa Palabra, bajo un título u otro. Vemos esparcidas por todo este maravilloso salmo, con rica profusión, joyas tales como las siguientes: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (v. 11). «Me he gozado en el camino de tus testimonios, más que de toda riqueza» (v. 14). «En tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos» (v. 15). «Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras» (v. 16). «Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo» (v. 20). «Pues tus testimonios son mis delicias y mis consejeros» (v. 24). «Me he apegado a tus testimonios» (v. 31). «He aquí yo he anhelado tus mandamientos» (v. 40). «En tu palabra he confiado» (v. 42). «A tus juicios espero» (v. 43). «Busqué tus preceptos» (v. 45). «Me regocijaré en tus mandamientos, los cuales he amado» (v. 47). «Me acordé, oh Jehová, de tus juicios antiguos» (v. 52). «Cánticos fueron para mí tus estatutos en la casa en donde fui extranjero» (v. 54). «Volví mis pies a tus testimonios» (v. 59). «Tus mandamientos he creído» (v. 66). «Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y de plata» (v. 72). «En tu palabra he esperado» (v. 74). «Tu ley es mi delicia» (v. 77). «Desfallecieron mis ojos por tu palabra» (v. 82). «Todos tus mandamientos son verdad» (v. 86). «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos» (v. 89). «Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos» (v. 93). «He buscado tus mandamientos» (v. 94). «Yo consideraré tus testimonios» (v. 95). «Amplio sobremanera es tu mandamiento» (v. 96). «¡Oh, cuánto amo tu ley! todo el día es ella mi meditación» (v. 97). «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! más que la miel a mi boca» (v. 103). «Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (v. 111). «Me regocijaré siempre en tus estatutos» (v. 117). «He amado tus mandamientos más que el oro, y más que el oro muy puro» (v. 127). «Maravillosos son tus testimonios» (v. 129). «Mi boca abrí y suspiré, porque deseaba tus mandamientos» (v. 131). «Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles» (v. 138). «Sumamente pura es tu palabra» (v. 140). «Tu justicia es justicia eterna, y tu ley es la verdad» (v. 142). «Justicia eterna son tus testimonios» (v. 144). «Todos tus mandamientos son verdad» (v. 151). «La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia» (v. 160). «Mi corazón tuvo temor de tus palabras» (v. 161). «Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos» (v. 162). «Mucha paz tienen los que aman tu ley» (v. 165). «Mi alma ha guardado tus testimonios, y los he amado en gran manera» (v. 167). «Tus mandamientos he escogido» (v. 173). «Tu ley es mi delicia» (v. 174).

Ciertamente fortalece al corazón y renueva el ánimo transcribir frases tales como las anteriores, muchas de las cuales pueden ser usadas para describir la vida de nuestro Señor durante su peregrinación terrenal. Él vivió siempre de la Palabra. Fue el alimento de su alma, la autoridad de su camino, el material de su ministerio. Por ella venció a Satanás, por ella cerró la boca a los saduceos, fariseos y herodianos. Por ella enseñó a sus discípulos. A ella encomendó a sus siervos cuando estaba a punto de ascender a los cielos.

¡Cuán importante es todo esto para nosotros! ¡Cuán intensamente interesante! ¡Cuán altamente práctico! ¡Qué lugar tan elevado le da a la sagrada Escritura! Porque recordamos que es en verdad el bendito volumen de la inspiración lo que se nos pone delante en esas áureas sentencias entresacadas del Salmo 119. ¡Cuánto nos anima, nos refresca y fortalece observar de qué modo emplea nuestro Señor las santas Escrituras, en todas las ocasiones, el sitio preferente que les da y la dignidad de que las colma! Acude a ellas en todas las ocasiones como divina autoridad, contra la cual no puede haber apelación. Él, aunque era Dios sobre todas las cosas y Autor del volumen sagrado, al tomar en la tierra un lugar como hombre expone con toda la claridad posible cuál es el deber y el elevado privilegio del hombre, a saber, vivir por la Palabra de Dios e inclinarse con reverente sujeción a su divina autoridad.

Y ¿no se nos da aquí una satisfactoria respuesta a la pregunta tantas veces repetida por la incredulidad?: «¿Cómo sabemos si la Biblia es la palabra de Dios?». Si en verdad creemos en Cristo; si reconocemos en él al Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, verdadero Dios y verdadero hombre, no podremos menos que ver la fuerza moral del hecho de que esta divina Persona apele constantemente a las Escrituras, a Moisés, a los profetas, a los salmos, como a una norma divina. ¿No la reconocía él como la Palabra de Dios? Indudablemente. Como Dios, la había dado: como Hombre, la aceptaba, la vivía y reconocía su suprema autoridad en todas las cosas.

¡Qué hecho de peso hay aquí para la iglesia profesante! ¡Qué áspera reprensión para todos los llamados doctores y escritores cristianos que han osado entrometerse oficiosamente con la gran verdad fundamental de la plena inspiración de las santas Escrituras en general y de los cinco libros de Moisés en particular! ¡Cuán terrible es pensar que muchos que profesan ser maestros en la Iglesia de Dios se atrevan a señalar como espurios, escritos que nuestro Señor y Maestro aceptó y reconoció como divinos!

¡Con todo, se nos dice y aun se espera que estemos dispuestos a creer que las cosas van mejorando! ¡Ah! Es una miserable ilusión. Los degradantes absurdos del ritualismo y los blasfemos razonamientos de la incredulidad van en rápido aumento en derredor nuestro; y donde estas influencias no están actualmente dominando, observamos en la mayoría una fría indiferencia y mundanería, en resumen, todo menos un adelanto evidente. Si la gente no es arrastrada a la incredulidad, por una parte, o al ritualismo, por otra, es en gran parte debido a que anda muy preocupada en sus placeres o en sus negocios para pensar en otras cosas. Y en cuanto a la religión de hoy día, si dejamos a un lado el dinero y la música, lo que resta es insignificante.

De ahí, pues, que sea imposible desprendernos de la convicción de que los testimonios de la observación y de la experiencia reunidos sean directamente opuestos a la idea de que las cosas vayan mejorando. En verdad, el que ante tanta evidencia en contrario persiste en pensar así, solo puede ser considerado como fruto de la más inconcebible credulidad.

Tal vez algunos dirán que no debemos juzgar según lo que vemos y que debemos vivir con esperanza. Ciertamente, con tal que tengamos una divina garantía para nuestra esperanza. Si puede aducirse una sola línea de la Escritura para probarnos que la actual situación ha de ser caracterizada por un progreso gradual, ya sea religioso, político, moral o social, entonces tengamos esperanza. Una sola cláusula de la inspiración es suficiente para formar la base de una esperanza, la que elevaría los corazones por sobre las negras y deprimentes circunstancias que vemos.

Pero ¿dónde hallar esa cláusula? En ninguna parte. El testimonio de la Biblia desde el principio hasta el fin; las varias enseñanzas de la Escritura del principio al fin; las voces de los profetas y apóstoles con armonía no interrumpida; todos, sin una nota discordante, prueban, con una fuerza y claridad perfectamente irrebatibles, que la actual situación, lejos de mejorar gradualmente, va rápidamente de mal en peor; que antes de que los brillantes rayos de la gloria del milenio puedan alegrar a este mundo dolorido, la espada del juicio debe hacer su obra aterradora. Citar los pasajes que prueban nuestra afirmación llenaría un libro, consistiría tan solo en transcribir una gran parte de las escrituras proféticas del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Por supuesto, no vamos a intentarlo. No hay necesidad. El lector tiene la Biblia ante sí. Búsquelo en ella con diligencia. Deje a un lado todas sus ideas preconcebidas, todos los convencionalismos de la cristiandad, toda la fraseología corriente del mundo religioso, todos los dogmas de las escuelas teológicas; lléguese con la simplicidad de un niño a la pura fuente de la santa Escritura y beba en ella su celestial doctrina. Con esto solo se levantará del estudio con la clara y firme convicción de que el mundo, con toda seguridad, no será convertido con los medios puestos en práctica actualmente; que no con el Evangelio de paz, sino con la espada de la destrucción se preparará a la tierra para la gloria.

¿Es que vamos a negar el bien que se está haciendo? ¿Somos insensibles a ello? ¡Lejos de nosotros tal pensamiento! Bendecimos de todo corazón a Dios por cada átomo de ese bien. Nos regocijamos de todo esfuerzo empleado en la diseminación del precioso Evangelio de la gracia de Dios; damos las gracias por toda alma que ingresa en el bendito círculo de la salvación de Dios. Nos deleitamos en el pensamiento de que son millones las Biblias esparcidas cada año por toda la superficie de la tierra. ¿Qué mente humana podrá calcular el resultado de todo ese número, ni siquiera el de un solo ejemplar? Deseamos sinceramente que Dios ayude a todo misionero de fiel corazón que publica las buenas nuevas de la salvación, ya sea en las callejuelas y patios de Londres, ya sea en las más remotas regiones de la tierra.

6.14 - El evangelio no es anunciado para la conversión del mundo, sino «para tomar de ellos pueblo para su nombre»

Pero, aun admitiendo todo esto sinceramente, no creemos, en la conversión del mundo por los medios puestos en práctica actualmente. La Escritura nos dice que, cuando los juicios divinos caigan sobre la tierra, los habitantes del mundo aprenderán justicia. Esta sola cláusula de la inspiración tendría que ser suficiente para probar que el mundo no será convertido por el Evangelio; y hay centenares de cláusulas que emplean el mismo lenguaje y enseñan esa misma verdad. No es por la gracia, sino por los juicios que los habitantes de la tierra aprenderán justicia.

¿Cuál, pues, es el objeto del Evangelio? Si no es para convertir al mundo, ¿con qué objeto se le predica? El apóstol Santiago, en el discurso pronunciado ante el memorable concilio de Jerusalén, da una respuesta directa y concluyente a esa pregunta. Dice él: «Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles». ¿Para qué? ¿Para convertirlos a todos? Al contrario: «para tomar de ellos pueblo para su nombre» (Hechos 15:14). Nada puede haber más claro que esto. Nos pone delante lo que debe ser el magno objeto de todo esfuerzo misionero, cosa que todo misionero divinamente enviado y divinamente enseñado debe tener muy presente en sus benditos trabajos. Son enviados para «tomar de ellos pueblo para su nombre».

¡Cuán importante es recordar esto! Cuán necesario nos es tener siempre ante nuestra vista el verdadero fin de todos nuestros trabajos. ¿De qué sirve trabajar con un fin falso? ¿No es mucho mejor trabajar teniendo la vista fija en lo que Dios está haciendo? ¿Acaso amenguarán las energías del misionero si tiene siempre presente el propósito de Dios en sus trabajos? Por cierto que no. Veamos el caso de dos misioneros que salen a algún lejano campo misionero; el uno se propone la conversión del mundo entero; el otro, tomar del mundo pueblo para Su nombre. ¿Será este último, en razón de su propósito, menos aplicado, menos enérgico, menos entusiasta que el primero? No podemos creerlo, muy al contrario; el solo hecho de conocer los propósitos divinos comunicará a su obra estabilidad y consistencia; y, al mismo tiempo, dará estímulo a su corazón ante las dificultades y obstáculos que lo rodean.

Pero, sea esto lo que fuere, es perfectamente claro que los apóstoles de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, al salir para sus trabajos no se proponían la conversión del mundo. «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado» (Marcos 16:15-16).

Esto fue dicho a los apóstoles. El mundo debía ser su esfera de trabajo, la proclamación debía hacerse a toda criatura, pero su aplicación efectiva no era más que para los que creyesen. Era una cosa eminentemente individual. La conversión de todo el mundo no debía ser su objetivo; esto se efectuará por una operación totalmente distinta, cuando la presente acción de Dios por el Evangelio haya producido la separación de un pueblo para los cielos.[17] El Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, no para convertir al mundo sino para redargüirle o demostrarle su culpa al haber rechazado al Hijo de Dios.[18] El efecto de su presencia consistía en demostrar al mundo su culpabilidad; el magno objeto de su misión era constituir un cuerpo compuesto de creyentes extraídos de entre los judíos y los gentiles. En ello se ha ocupado durante estos veinte siglos. Este es «el misterio» del cual el apóstol Pablo fue hecho ministro, el que tan completamente y de modo tan bendito nos revela en su epístola a los Efesios. Es imposible que el que comprenda la verdad expuesta en aquel maravilloso documento deje de ver que la conversión del mundo y la formación del cuerpo de Cristo, la Iglesia, son dos cosas totalmente distintas, las que no es posible que vayan juntas.

[17] Recomendamos a la atención del lector el Salmo 67. Es uno, entre un extenso número de pasajes, que demuestra que la bendición de los gentiles sucederá a la restauración de Israel. "Dios tenga misericordia de nosotros [Israel] y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros [Selah]; para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación… nos bendecirá Dios, el Dios nuestro. Bendigamos Dios, y témanlo todos los términos de la tierra". No puede haber prueba más evidente de que será Israel y no la Iglesia lo que se empleará para la bendición de las naciones.

[18] La aplicación de Juan 16:8-11 a la obra del Espíritu en el individuo, es, a nuestro juicio, una grave equivocación. Se refiere al efecto de su presencia en la tierra, en cuanto al mundo en su totalidad. Su obra en el alma es una preciosa verdad, no hay por qué decirlo; pero no es la verdad que se nos enseña en este pasaje.

Medite el lector acerca de este hermoso pasaje: «Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres» (no dado a conocer en las Escrituras del Antiguo Testamento; no revelado a los santos o profetas del Antiguo Testamento) «como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas» (esto es, a los profetas del Nuevo Testamento) «por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y coparticipantes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su potencia. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Efesios 3:1-10).

Veamos otro pasaje de la epístola a los Colosenses: «Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro. Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí» (1:23-29).

En estos y otros numerosos pasajes, el lector podrá ver el especial objeto del ministerio de Pablo. Seguramente la idea de la conversión del mundo no entraba en la mente del apóstol. Verdad es que predicaba el Evangelio en toda su profundidad, integridad y poder; lo predicó «desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico» (Romanos 15:19) o sea entre los gentiles (Efesios 3:8), pero no entró en su pensamiento convertir al mundo. Sabía y enseñaba que el mundo iba madurando para el juicio; sí, madurando rápidamente; que «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor» (2 Timoteo 3:13); que «en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad» (1 Timoteo 4:1-3).

Más adelante este testigo fiel y divinamente inspirado enseñaba que «en los postreros días» posteriores a «los postreros tiempos"– «vendrán tiempos peligrosos (o dificultosos). Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella» (compárese 1 Timoteo 4:1-3 con 2 Timoteo 3:1-5).

6.15 - Lo que dice la Escritura

¡Qué cuadro! Nos traslada al final del capítulo 1 de la epístola a los Romanos, donde la misma pluma inspirada nos describe las sombrías formas del paganismo, pero con la terrible diferencia de que en 2 Timoteo no se trata del paganismo sino del cristianismo nominal, una «forma de la piedad».

¿Y ha de ser este el fin de la presente situación? ¿Es este el mundo convertido del que tanto oímos hablar? ¡Ay! abundan los falsos profetas por todas partes. Hay muchos que claman: Paz, paz, y la paz no se ve por ningún lado. Los hay que pretenden recubrir los cuarteados muros del cristianismo con «lodo suelto» (ver Ezequiel 13:10).

Pero esto no prosperará. El juicio está cercano. La iglesia profesante ha fracasado vergonzosamente, se ha apartado lastimosamente de la Palabra de Dios y se ha rebelado contra la autoridad de su Señor. No hay ni un solo rayo de esperanza para la cristiandad. Es la mancha moral más negra en el vasto universo de Dios o en las páginas de la historia.

El mismo bendito apóstol, cuyos escritos hemos citado tan a menudo, nos dice que «ya está en acción el misterio de la iniquidad», de lo cual se deduce que ha venido obrando a través de diecinueve siglos. «Solo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso (u «operación de error» – V.M.), para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Tesalonicenses 2:7-12).

¡Cuán terrible es la sentencia de la cristiandad! ¡Operación de error! ¡Horrible condenación! Y todo en intenso contraste con los sueños de esos falsos profetas que hablan al pueblo del lado hermoso de las cosas. Gracias a Dios, hay un lado hermoso para todos los que pertenecen a Cristo. A estos puede dirigirse el apóstol con esplendorosos y alegres acentos: «Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tesalonicenses 2:13-14).

Aquí tenemos, ciertamente, el lado hermoso de las cosas: la gloriosa y bendita esperanza de la Iglesia de Dios, la esperanza de ver la brillante «Estrella de la mañana» (Apocalipsis 22:16). Todos los cristianos correctamente instruidos aguardan no un mundo mejorado o convertido sino la venida de su Señor y Salvador, quien ha ido a preparar lugar para ellos en la casa del Padre, y quien volverá para tomarlos consigo, a fin de que donde él está, ellos también estén. Esta es su preciosa promesa, la que puede realizarse en el momento menos pensado. Para esto él espera, según nos lo dice Pedro, pues, «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). Pero, cuando el último miembro sea incorporado por el Espíritu Santo al bendito cuerpo de Cristo, entonces la voz del arcángel y la trompeta de Dios llamarán a todos los redimidos para salir al encuentro del Señor en el aire, a fin de estar con él para siempre.

Tal es la verdadera y apropiada esperanza de la Iglesia de Dios, esperanza que él quiere que resplandezca siempre en los corazones de todos sus hijos, con su poder purificador y santificante. El enemigo ha conseguido despojar de esta bendita esperanza a un gran número de hijos de Dios. Incluso durante siglos quedó casi borrada del horizonte de la Iglesia, y solo se ha recobrado parcialmente durante los últimos ciento cincuenta años. Mas ¡ay, cuán parcialmente! ¿Dónde oímos hablar de ella en los ámbitos de la iglesia profesante? ¿Resuena en los púlpitos de la cristiandad el grito de gozo: «¡Aquí viene el Esposo!"? Muy lejos de ello. Aun los escasos amados siervos de Cristo que aguardan su venida apenas se atreven a predicarlo porque temen que ello sería rechazado. Y por cierto lo sería. Estamos convencidos de que, en la gran mayoría de los casos, los hombres que se aventuraran a predicar la gloriosa verdad de la venida del Señor para buscar a su Iglesia tendrían que abandonar sus púlpitos.

¡Qué prueba más solemne y notable del poder cegador de Satanás! Ha despojado a la Iglesia de la esperanza que le fue dada divinamente; y, a cambio de ella, le ha dado un engaño, una mentira. En vez de aguardar la aparición de la «estrella resplandeciente de la mañana», le ha impuesto la idea de la conversión del mundo, esto es, un milenio sin Cristo. Ha logrado rodear el porvenir de una niebla tal que la Iglesia ha perdido por completo la orientación. No sabe dónde está. Es semejante a un navío, juguete de la tormenta en el océano, sin brújula ni timón, sin distinguir ni sol ni estrellas. Todo es oscuridad y confusión.

Y ¿por qué es esto? Sencillamente porque la Iglesia ha perdido de vista la pura y preciosa Palabra de su Señor y ha aceptado en su lugar esos confusos credos y confesiones de hombres que de tal modo manchan y mutilan la verdad de Dios, a punto tal que los cristianos parecen estar enteramente desorientados en cuanto a su verdadera posición y su propia esperanza.

Y no obstante tienen la Biblia en sus manos. Es cierto, pero también los judíos tenían la Escritura y, sin embargo, rechazaron a Aquel que es el gran tema de la Biblia del principio al fin. Esa era la inconsistencia moral que nuestro Señor les echaba en cara en Juan 5: «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí, y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (v. 39-40).

Y ¿a qué se debía eso? Sencillamente a que sus inteligencias estaban cegadas por prejuicios religiosos. Estaban bajo la influencia de doctrinas y mandamientos de hombres. De ahí que, por más que tenían las Escrituras y se vanagloriaban de ellas, las ignoraban de tal manera y se regían tan poco por ellas como los pobres paganos ignorantes que les rodeaban. Una cosa es tener la Biblia en nuestras manos, en nuestras casas y en nuestras reuniones, y otra muy distinta que las verdades de la Biblia obren en nuestros corazones y conciencias y resplandezcan en nuestras vidas.

Tómese, por ejemplo, el asunto de que estamos tratando y que nos ha conducido a esta larga digresión. ¿Puede haber en todo el Nuevo Testamento enseñanza más clara que esta, es decir: que el final de la actual época ha de ser una terrible apostasía de la verdad y una declarada rebelión contra Dios y el Cordero? Los evangelios, las epístolas y el Apocalipsis concuerdan en exponer esta muy solemne verdad con tanta claridad y simplicidad que un niño en Cristo puede entenderla.

Y con todo, ¡cuán poco creída es, comparativamente! La gran mayoría cree todo lo contrario. Se imaginan que, mediante los diversos medios en uso, todas las naciones se convertirán. En vano se llama la atención sobre las parábolas de nuestro Señor en Mateo 13; la de la cizaña, la de la levadura, la del grano de mostaza. ¿Cómo concuerdan estas con la idea de un mundo convertido? Si el mundo entero ha de ser convertido por la predicación del Evangelio, ¿cómo es que la cizaña se encuentra en el campo al fin del siglo? ¿Cómo es que hay tantas vírgenes fatuas como prudentes cuando llega el Esposo? Si todo el mundo ha de ser convertido por el Evangelio ¿sobre quiénes «el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche»? ¿O qué significado pueden tener aquellas terribles palabras: «que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán»? (1 Tesalonicenses 5:2, 3). Ante un mundo convertido, ¿cuál podría ser la justa aplicación, cuál la fuerza moral de las solemnes palabras del primer capítulo del Apocalipsis: «He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él»? (v. 7). ¿Dónde se encontrarán esos linajes lamentándose, si todo el mundo ha de ser convertido?

Lector; ¿no resulta tan claro como la luz del sol que ambas cosas ni por un momento pueden subsistir juntas? ¿No es perfectamente claro que la teoría de un mundo convertido por el Evangelio es diametralmente opuesta a toda la enseñanza del Nuevo Testamento? ¿Cómo es, pues, que la gran mayoría de los cristianos profesantes persiste en sostenerla? No puede haber sino una sola respuesta: no se inclinan ante la autoridad de la Escritura. Es muy doloroso y solemne tener que decirlo; mas, lamentablemente, es la verdad. La Biblia es leída en la cristiandad; pero las verdades de la Biblia no son creídas; son rechazadas con persistencia. Y todo esto ante la jactanciosa frase tan a menudo repetida de: «La Biblia y solo la Biblia, es la religión de los protestantes».

No continuaremos con este tema, aun cuando reconocemos su valor y su importancia. Confiamos en que el lector será guiado por el Espíritu de Dios a conocer su profunda solemnidad. Creemos que los hijos de Dios en todas partes necesitan ser despertados para que reconozcan cuán completamente la Iglesia se ha apartado de la autoridad de la Escritura. Podemos estar seguros de que ahí radica la verdadera causa de toda confusión, de todo error, de todo el mal entre nosotros. Nos hemos apartado de la Palabra del Señor y del Señor mismo. Hasta que esto no sea visto, sentido y reconocido, las cosas no pueden cambiar. El Señor busca el verdadero arrepentimiento, el espíritu realmente quebrantado ante su presencia. «Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Isaías 66:2).

Es así siempre. No hay límite para la bendición cuando la actitud del alma es esta. Pero debe ser una realidad. De nada sirve hablar de estar «humillado y abatido»; debemos estarlo realmente. Es asunto individual. «Pero miraré a aquel…».

¡Oh, quiera el Señor, en su infinita misericordia, guiar a cada uno de nosotros a juzgarnos a nosotros mismos bajo la acción de su Palabra! ¡Ojalá que nuestros oídos estén abiertos para que oigamos su voz! ¡Que nuestros corazones se vuelvan a él y a su Palabra! ¡Volvamos la espalda con santa decisión, de una vez para siempre, a todo lo que no pueda soportar la prueba de la Escritura! Estamos convencidos de que esto es lo que busca nuestro Señor Jesús por parte de todos los que le pertenecen, entre los terribles y desesperantes escombros de la cristiandad.

7 - Capítulo 6: Estas palabras… estarán sobre tu corazón

7.1 - Yo y mi casa

«Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres. Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (v. 1-4).

Aquí tenemos expuesta la verdad cardinal que la nación de Israel tenía especial obligación de mantener firmemente y confesar la unidad de la Deidad. Esa verdad aparecía en los mismos cimientos de la época judaica. Era el gran centro alrededor del cual el pueblo debía agruparse. Mientras lo mantuvieron, fueron un pueblo feliz, próspero y fructífero, pero, cuando lo abandonaron, todo desapareció. Era su gran baluarte nacional y lo que debía distinguirles de entre todas las naciones de la tierra. Fueron llamados a confesar esta gloriosa verdad ante un mundo idólatra donde hay «muchos dioses y muchos señores» (ver 1 Cor. 8:5). Era el elevado privilegio y el santo deber de Israel rendir un firme testimonio a la verdad contenida en esa importante sentencia: «Jehová uno es», en marcada oposición a los innumerables dioses falsos de los paganos que les rodeaban. Su padre Abraham había sido llamado a salir de en medio de la idolatría pagana para ser testigo del Dios único, verdadero y vivo, para confiar en él, andar en él, apoyarse en él y obedecerle.

Si el lector consiente en remitirse al último capítulo de Josué, encontrará allí una notable alusión a este hecho y al uso notable que de ella hizo aquel caudillo en su última proclama al pueblo. «Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales; y se presentaron delante de Dios. Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río, y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia, y le di Isaac» (24:1-3).

Con esto Josué recuerda al pueblo el hecho de que sus padres habían servido a otros dioses, hecho grave e importante que no debieron haber olvidado nunca, ya que su recuerdo les habría advertido de su profunda necesidad de vigilarse mucho a sí mismos, pues de lo contrario estarían expuestos a recaer en el grosero y terrible peligro del cual Dios, en su gracia soberana, había elegido y sacado a su padre Abraham. Habría sido prudente de su parte considerar que el mal en el que sus padres habían caído en la antigüedad era el mismo en el que ellos estaban expuestos a caer.

Después de haber presentado este hecho al pueblo, Josué les describe, con fuerza y vivacidad raras, todos los hechos sobresalientes de su historia, desde el nacimiento de su padre Isaac hasta el momento en que les dirigía la palabra, y luego lo resume todo con el siguiente llamamiento: «Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (v. 14-15).

Nótese la repetida alusión al hecho de que sus padres habían adorado dioses falsos; y, además, que la tierra a la cual Jehová los había llevado había sido manchada de uno a otro extremo por las abominaciones de la idolatría pagana.

De tal modo, este fiel siervo de Dios, evidentemente inspirado por el Espíritu Santo, procura hacer ver al pueblo el peligro que corre de abandonar la gran verdad central y fundamental de un solo Dios vivo y verdadero para caer de nuevo en la idolatría. Les hacía ver con firmeza la absoluta necesidad de una decisión de todo corazón: «escogeos hoy a quien sirváis». Nada hay como una decisión clara, franca y abierta para Dios. Le es debida en todo tiempo. En cuanto a los israelitas, les había dado pruebas de su interés por ellos, al redimirles de la esclavitud de Egipto, llevarlos por el desierto y hacerlos entrar en la tierra de Canaán. Por tal motivo, una completa consagración a Jehová no era más que un razonable reconocimiento.

Las memorables palabras: «Yo y mi casa serviremos a Jehová» prueban cuán profundamente sentía Josué la importancia de aquella consagración en lo personal. ¡Hermosas palabras! ¡Preciosa decisión! Una religión nacional podía caer en ruinas, y así sucedió en el caso de Israel; pero la religión personal y familiar puede ser mantenida, por la gracia de Dios, dondequiera que sea y en todo tiempo.

¡Gracias a Dios por esto! ¡No lo olvidemos nunca! «Yo y mi casa» es la clara y gozosa respuesta de la fe a la invitación de Dios cuando nos dice: «Tú y tu casa». Cualquiera sea, en un momento dado, la condición manifiesta de la profesión del pueblo de Dios, todo sincero y fiel hombre de Dios tiene el privilegio de poder adoptar esa inmortal decisión y obrar conforme a ella: «Yo y mi casa serviremos a Jehová».

Es verdad que esta santa resolución solo puede ser llevada a cabo por el incesante socorro de la gracia de Dios; pero podemos estar seguros de que, cuando el corazón está determinado a seguir al Señor, toda la gracia que se necesite nos será dispensada día tras día, ya que siempre se pueden realizar aquellas alentadoras palabras del Dios eterno: «Mi gracia te basta; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor. 12:9).

Veamos ahora cuál fue el aparente efecto del conmovedor llamamiento que Josué hizo a la congregación. Parecía ser de gran esperanza. «Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses; porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre; el que ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos. Y Jehová arrojó de delante de nosotros a todos los pueblos, y al amorreo que habitaba en la tierra; nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios» (v. 16-18).

Todas estas palabras sonaban muy bien y despertaban grandes esperanzas. Parecían revelar que ellos tenían un claro sentido de la base moral de los derechos de Jehová en cuanto a su implícita obediencia. Estaban en condiciones de relatar minuciosamente todos los poderosos hechos que él había obrado en favor de ellos, de hacer fervorosas protestas, sin duda sinceras, contra la idolatría, y, merced a todo ello, prometer obediencia a Jehová su Dios.

7.2 - «Quitad… los dioses ajeno»

Pero es evidente que Josué no confiaba mucho en tales protestas, pues dijo al pueblo: «No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien. El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos. Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos. Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel. Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos» (v. 19-24).

No nos detendremos ahora a considerar el aspecto bajo el cual presenta Josué a Dios ante la congregación, puesto que nuestro propósito, al referirnos a este pasaje, consiste en mostrar la prominencia, asignada en el llamamiento de Josué, a la verdad de la unidad de la Deidad. Esta era la verdad a la que Israel fue llamado a rendir testimonio ante todas las naciones de la tierra y, en dicha verdad, ellos habían de encontrar su salvaguardia moral contra las engañosas influencias de la idolatría.

Mas ¡ay!, esa misma verdad fue a la que más rápida y señaladamente faltaron. Las promesas, votos y resoluciones hechos bajo la poderosa influencia del llamamiento que Josué les hizo, se demostró muy pronto que fueron semejantes a la niebla de la madrugada y a las nubes de la mañana que se desvanecen. «Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel. Pero murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años… Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, a los cuales adoraron; y provocaron a ira a Jehová. Y dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot» (Jueces 2:7-13).

Lector, ¡qué admonición para nosotros! ¡Abandonar tan pronto la magna e importante verdad! ¡Dejar al solo Dios vivo y verdadero por Baal y Astarot! En tanto Josué y los ancianos vivieron, su presencia y su influencia guardaron a Israel de la franca apostasía. Pero, apenas desaparecidos esos diques morales, la oscura marea de la idolatría subió barriendo los mismos fundamentos de la fe nacional. Jehová, Dios de Israel, fue reemplazado por Baal y Astarot. La influencia humana es un sostén inadecuado, una débil barrera. Hemos de ser sostenidos por el poder de Dios; de lo contrario, cederemos tarde o temprano. La fe que se apoya solamente en la sabiduría humana y no en el poder de Dios, mostrará ser una fe pobre, insustancial y sin valor. No podrá subsistir en el día de la prueba, no soportará el fuego; sucumbirá sin duda alguna.

Es conveniente recordarlo. La fe que se apoya sobre la fe de otros para nada sirve. Debe haber una fe viva que ponga en contacto el alma con Dios. Hemos de entendernos con Dios nosotros mismos, individualmente; de lo contrario cederemos cuando vengan los tiempos de prueba. El ejemplo humano y la humana influencia pueden ser muy buenos en su propia esfera. Bueno era mirar a Josué y a los ancianos y ver cómo seguían al Señor. Es del todo cierto que «hierro con hierro se aguza, y así el hombre aguza el rostro de su amigo» (Prov. 27:17). Es muy alentador estar rodeado por un número de fieles verdaderamente devotos, muy deleitoso ser conducido en el seno de una corriente de colectiva lealtad a Cristo, a su Persona y a su causa. Pero, si no hay más que esto, si no existe el profundo manantial de una fe y un conocimiento personales; si no existe el vínculo divinamente formado y mantenido de la relación y comunión individuales, entonces, cuando los sustentos humanos desaparecen, cuando la marea de la influencia humana retrocede, cuando viene esa declinación, nos encontraremos, en principio, como Israel siguiendo al Señor durante los días de Josué y de los ancianos, para después abandonar la confesión de su nombre, volver a las locuras y vanidades de este mundo, cosas no mejores, en realidad, que Baal y Astarot.

7.3 - El único fundamento

Mas, por otra parte, cuando el corazón está firmemente establecido en la verdad y la gracia de Dios; cuando podemos decir, como todo verdadero creyente tiene el privilegio de decir: «Porque sé a quien he creído, y estoy convencido que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (2 Tim. 1:12); entonces, aunque todos se aparten de la pública confesión de Cristo, aunque nos encontremos sin ayuda de un rostro humano o sin el apoyo de un brazo amigo, encontraremos que “el fundamento del Señor” está tan seguro como siempre y que la senda de la obediencia está tan llana ante nosotros como si centenares estuviesen andando en ella con santa decisión y energía.

Nunca debemos perder de vista que el propósito divino es que la Iglesia de Dios aprenda profundas y santas lecciones de la historia de Israel. «Porque lo que anteriormente fue escrito, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza» (Rom. 15:4). No es necesario, en modo alguno, que con el objeto de estudiar y aprender de las Escrituras del Antiguo Testamento nos ocupemos en buscar fantásticas analogías, teorías curiosas o azarosos ejemplos. Muchos, desgraciadamente, han arrastrado a locos y vacíos conceptos, en vez de encontrar «consuelo» en las Escrituras, han llegado a opiniones vanas, si no a mortales errores.

Pero lo que sí nos concierne son los hechos recordados en las páginas de la historia inspirada. Esos han de ser materia de nuestros estudios; de ellos hemos de sacar nuestras grandes lecciones prácticas. Tómese, por ejemplo, el hecho grave y amonestador que estamos estudiando y que aparece con tanto relieve y con trazos tan profundos y amplios en la historia de Israel desde Josué a Isaías: el hecho de su lamentable alejamiento de aquella misma verdad que ellos habían sido exhortados a mantener y confesar, es decir la verdad acerca de la unidad de la Deidad. Lo primero que hicieron fue abandonar esa grande e importantísima verdad, esa clave del arco, el fundamento de todo el edificio, el verdadero núcleo de su existencia nacional, el centro vivo de su política nacional. La abandonaron y se volvieron a la idolatría de sus padres del otro lado del Jordán, y de las naciones paganas que les rodeaban. Renunciaron a la más gloriosa y distintiva verdad, de cuyo mantenimiento dependía nada menos que su propia existencia como nación. Con solo haber mantenido firmemente esa verdad, habrían sido invencibles, pero, al abandonarla, perdieron todo y fueron peores que las naciones que les rodeaban, ya que pecaron contra la luz y el conocimiento teniendo los ojos abiertos; pecaron a pesar de las más solemnes amonestaciones y las más tiernas súplicas, y podemos añadir, a pesar de las más vehementes y reiteradas promesas y protestas de obediencia por su parte.

7.4 - Israel: abandono de ese fundamento y restauración futura

Sí, lector, Israel abandonó el culto del único Dios vivo y verdadero, Jehová Elohim, el Dios de su pacto; no solo su Creador, sino también su Redentor, aquel que les había sacado de la tierra de Egipto, que les había conducido a través del mar Rojo, que les había guiado en el desierto, que les había hecho atravesar el Jordán y que les había implantado triunfalmente en la heredad que había prometido a su padre Abraham. Tierra «que fluye leche y miel, la cual es la más hermosa de todas las tierras» (Ez. 20:6). Volvieron las espaldas a Dios y se entregaron a la adoración de falsos dioses. «Le enojaron con sus lugares altos, y le provocaron a celo con sus imágenes de talla» (Sal. 78:58).

Es asombroso que un pueblo que había visto y conocido en tan alto grado la bondad y misericordia de Dios, sus poderosos hechos, su fidelidad, su majestad y su gloria, pudiese llegar a inclinarse ante un tronco de árbol. Pero así fue. Toda su historia –desde los días del becerro de oro al pie del Sinaí, hasta el día en que Nabucodonosor redujo a escombros a Jerusalén– está marcada por un invencible espíritu de idolatría. En vano Jehová, en su generosa misericordia y sobreabundante bondad, le proporcionaba libertadores para levantarlo de las terribles consecuencias de su pecado y su locura. Una y otra vez, en su inagotable misericordia y paciencia, le salvaba de la mano de sus enemigos. Él le levantaba un Otoniel, un Aod, un Barac, un Gedeón, un Jefté, un Sansón, instrumentos de su misericordia y poder, testigos de su intenso y tierno amor y de su compasión hacia su pueblo infatuado. Mas apenas cada uno de esos jueces desaparecía de la escena, otra vez la nación se sumergía en su abrumador pecado de idolatría.

Así aconteció también en la época de los reyes. Es la misma triste historia que parte el corazón. Cierto es que había algunas brillantes excepciones de vez en cuando, algunas refulgentes estrellas brillando a través de las profundas sombras de la historia nacional; como David, Asa, Josafat, Ezequías, Josías, benditas excepciones de la sombría y deplorable regla general. Pero aun esos hombres fracasaron en su propósito de arrancar del corazón del pueblo la perniciosa raíz de la idolatría. Aun entre los esplendores sin igual del reinado de Salomón brotaron de esa raíz amargos renuevos en la monstruosa forma de los lugares altos dedicados a Astarot, la diosa de los sidonios; a Melcom, la abominación de los amonitas; y a Quemos, la abominación de Moab (ver 1 Reyes 11:5, 7).

Lector, piense usted en esto. ¡Deténgase un momento y contemple el pasmoso hecho del escritor del Cantar de los Cantares, del Eclesiastés y de los Proverbios inclinándose ante el altar de Moloc! ¡Represéntese al más sabio, rico y glorioso de los monarcas de Israel quemando incienso y ofreciendo sacrificios en el altar de Quemos!

En verdad tenemos aquí un motivo de profunda meditación. Esto está escrito para nuestra enseñanza. El reinado de Salomón proporciona una de las más contundentes e impresionantes evidencias del hecho que en este momento ocupa nuestra atención, esto es, la completa y desesperante apostasía de Israel en cuanto a la gran verdad de la unidad de la Deidad y su indomable espíritu de idolatría. La verdad que ante todo habrían debido mantener y confesar, fue la primera en ser abandonada.

No continuaremos exponiendo el negro capítulo de evidencias ni nos detendremos en la descripción de los aterradores juicios nacionales que sobrevendrían a causa de su idolatría. Actualmente se encuentra Israel en la situación de la que habla el profeta Oseas: «Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines» (3:4). «El espíritu inmundo» de idolatría se ha apartado de ellos durante estos «muchos días» para volver más tarde con «otros siete espíritus peores que él» (Lucas 11:24-26), esto es, la perfección de la maldad espiritual. Y entonces vendrán días de incomparable tribulación sobre aquel pueblo por tanto tiempo mal dirigido y muy rebelde: «Tiempo de angustia para Jacob» (Jer. 30:7).

Pero la liberación vendrá, ¡bendito sea Dios! Brillantes días están reservados a la nación restaurada, “días del cielo sobre la tierra” según el mismo profeta Oseas nos lo cuenta: «Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días» (3:5). Todas las promesas de Dios a Abraham, Isaac, Jacob y David serán benditamente cumplidas, todas las brillantes predicciones de los profetas, desde Isaías a Malaquías, se verán gloriosamente realizadas. Sí; ambas cosas –promesas y profecías– serán literal y gloriosamente cumplidas para el Israel restaurado en la tierra de Canaán, porque «la Escritura no puede ser aniquilada» (Juan 10:35). La larga, oscura y espantosa noche será seguida por el día más brillante que jamás haya lucido en la tierra; la hija de Sion se soleará en los refulgentes y benditos rayos del «Sol de justicia» y «la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Hab. 2:14).

Sería en verdad tarea deleitosa reproducir en las páginas de este libro los resplandecientes pasajes de los profetas que se refieren al futuro de Israel; pero no podemos intentarlo, ni es necesario, pues tenemos un deber cuyo cumplimiento, si no tan placentero para nosotros, ni tan refrescante para el lector, será no menos provechoso. Este es nuestro sincero deseo.

El deber a que nos referimos es el de fijar la atención del lector, y también la de la Iglesia de Dios, en la aplicación práctica de ese solemne hecho de la historia de Israel acerca del cual nos hemos extendido en esta digresión: el hecho de haber abandonado tan rápida y enteramente la gran verdad expuesta en el Deuteronomio 6:4; «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es».

7.5 - ¿Qué es de la Iglesia?

Se nos preguntará tal vez: “Pero ¿qué relación puede tener este hecho con la Iglesia de Dios?” A nuestro entender tiene una relación importantísima; y, además, creeríamos ser culpables de un descuido en el cumplimiento de nuestro deber hacia Cristo y hacia su Iglesia si dejáramos de señalar esa relación. Sabemos que todos los grandes hechos de la historia de Israel están repletos de instrucción, de amonestaciones y de advertencias para nosotros. Es asunto nuestro, es nuestro ineludible deber procurar aprovecharlos, poner cuidado en estudiarlos rectamente.

Ahora bien; al considerar la historia de la Iglesia de Dios como público testigo de Cristo en la tierra, encontramos que, apenas establecida en toda su plenitud de bendición y privilegios que marcaron el principio de su carrera, ya empezó a abandonar esas mismas verdades que estaba especialmente llamada a mantener y confesar. Como Adán en el huerto del Edén, como Noé en la tierra ya restaurada, como Israel en Canaán, así la Iglesia, como mayordomo responsable de los misterios de Dios, apenas instalada en ese puesto empezó a vacilar y a caer. Casi inmediatamente después de constituida empezó a abandonar esas grandes verdades que eran características de su existencia y que debían distinguir al cristianismo de cuanto se había conocido antes. Aun ante los ojos de los apóstoles de nuestro Señor y Salvador Jesucristo los errores y los males empezaron a obrar, los cuales debilitaron el mismo fundamento del testimonio de la Iglesia.

¿Se nos piden pruebas? ¡Ay, las poseemos en tristísima abundancia! Oigamos las palabras del bendito apóstol que derramó más lágrimas y lanzó más suspiros sobre las ruinas de la Iglesia que hombre alguno. «Me asombro» –dice el apóstol, y bien podía estarlo– «de que tan pronto os apartéis del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente». «¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo como crucificado?» «Pero en otro tiempo, no conociendo a Dios, vosotros estabais sometidos a los que por naturaleza no son dioses. Mientras que ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo os volvéis de nuevo a los débiles y pobres elementos, a los que otra vez queréis servir? Guardáis días, meses, estaciones y años». Festividades llamadas cristianas, muy imponentes y agradables a la naturaleza religiosa, pero a juicio del apóstol –el juicio del Espíritu Santo– eran sencillamente una forma de abandonar el cristianismo y retroceder a la idolatría. «¡Temo por vosotros!», y era de temer verdaderamente al ver con qué rapidez volvían la espalda a las grandes verdades características del cristianismo celestial y se ocupaban en observancias supersticiosas. «¡Temo por vosotros, que quizás haya trabajado en vano por vosotros!» «Corríais bien, ¿quién os estorbó para que no obedecieseis a la verdad? Esta persuasión no proviene del que os llama. Un poco de levadura fermenta toda la masa» (Gál. 1:6; 3:1; 4:8-11; 5:7-9).

Y todo esto acontecía en los mismos días de los apóstoles. La apostasía fue aún más rápida que en el caso de Israel, ya que este sirvió al Señor todo el tiempo de Josué y de los ancianos que le sobrevivieron; pero en la triste y humillante historia de la Iglesia, el enemigo consiguió, casi inmediatamente, introducir levadura en la harina y cizaña entre el trigo. Antes de que los mismos apóstoles partiesen de la escena se sembró una semilla que ha producido sus frutos perniciosos desde entonces y que continuará produciéndolos hasta que los segadores angélicos limpien el campo.

Pero debemos dar nuevas pruebas de la Escritura. Oigamos lo que el mismo testigo inspirado dice casi al final de su ministerio, abriendo su corazón a su querido hijo Timoteo, con acentos a la vez patéticos y solemnes. «Ya sabes que se apartaron de mí todos los de Asia». Y más adelante: «Predica su palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende, exhorta con toda longanimidad y enseñanza. Porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina; sino que teniendo comezón por oír, se amontonarán para sí maestros, conforme a sus propias concupiscencias; y apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tim. 1:15; 4:2-4).

Tal es el testimonio del hombre que, como perito arquitecto, puso el cimiento de la Iglesia. Y ¿cuál era su experiencia personal? Fue, como su Señor, abandonado, dejado solo por aquellos a quienes en un tiempo había reunido a su derredor durante los frescos, florecientes y fervorosos días del principio. Su gran corazón lleno de amor fue quebrantado por los maestros judaizantes que procuraban destruir el propio fundamento del cristianismo y trastornar la fe de los elegidos de Dios. Derramaba lágrimas por los procedimientos de muchos que, mientras hacían profesión de cristianos, eran, sin embargo, «enemigos de la cruz de Cristo» (Fil. 3:18).

En una palabra, el apóstol Pablo, mirando al futuro desde su cárcel de Roma, vio el inevitable naufragio y ruina del cuerpo profeso. Vio que le acontecería a aquel cuerpo lo que le aconteció al buque en el que hizo su último viaje, viaje altamente significativo e ilustrativo de la triste historia de la Iglesia en el mundo.

Pero aquí hemos de recordar al lector que ahora tratamos de la Iglesia como responsable testigo de Cristo en la tierra. Esto debe comprenderse con claridad o, de lo contrario, podríamos errar grandemente al tratar esta cuestión. Debemos distinguir cuidadosamente entre la Iglesia como Cuerpo de Cristo y la Iglesia como testigo suyo en la tierra. En su primer carácter, el fracaso es imposible; en el segundo, la ruina es total y sin esperanza.

7.6 - La Iglesia, Cuerpo de Cristo

La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, unida a su Cabeza viviente y glorificada en los cielos, por la presencia y morada en ella del Espíritu Santo no puede nunca fracasar, no puede ser rota en pedazos como el buque de Pablo por las tormentas y oleajes de este mundo hostil. Está tan segura como Cristo mismo. La Cabeza y el Cuerpo son uno, indisolublemente uno. Ni el poder de la tierra ni el de la gehena, ni hombres ni demonios pueden jamás tocar al más débil miembro de ese Cuerpo bendito. Todos subsisten ante Dios y bajo su mirada de gracia en la plenitud, belleza y aceptabilidad de Cristo mismo. Así como es la Cabeza, así son los miembros, todos los miembros juntos y cada miembro en particular. Todos subsisten en los plenos y eternos resultados de la obra de Cristo consumada en la cruz. No hay ni puede haber ninguna cuestión de responsabilidad aquí. La Cabeza se hizo a sí misma responsable de los miembros. Ella satisfizo todo derecho y pagó toda deuda. No queda nada sino amor, amor profundo como el corazón de Cristo, perfecto como su obra, inmutable como su trono. Toda cuestión que pudiera suscitarse contra alguno o contra todos los miembros de la Iglesia de Dios, se suscitó ya en la cruz misma y allí quedó definitivamente solucionada entre Dios y su Cristo. Todos los pecados, todas las iniquidades, todas las transgresiones, toda la culpabilidad de cada miembro en particular o de todos los miembros juntos, sí, todo, de la manera más absoluta y completa, fue puesto sobre Cristo y él cargó con todo ello. Dios, en su inflexible y eterna justicia, en su infinita santidad, quitó todo lo que podía interponerse en el camino de la salvación más completa, de la bendición perfecta y de la gloria eterna de cada uno de los miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia de Dios. Todo miembro de ese Cuerpo está empapado de la vida de la Cabeza; toda piedra de ese edificio está animada por la vida de la piedra angular. Todo está ligado con el poder de un vínculo que nunca, sí, nunca, se podrá romper.

Además, téngase bien entendido que la unidad del Cuerpo de Cristo es absolutamente indisoluble. Ese es un punto cardinal que debe ser tenazmente sostenido y confesado con fidelidad. Pero claro está que no podrá ser sostenido y confesado a menos que sea entendido y creído; y, a juzgar por las expresiones que en ocasiones oímos al hablar de este asunto, es muy dudoso que la gente que de tal modo se expresa haya entendido en su modo divino la gloriosa verdad de la unidad del Cuerpo de Cristo, unidad mantenida en la tierra por la presencia del Espíritu Santo.

Así, por ejemplo, algunas veces oímos a gentes que hablan de “dividir el Cuerpo de Cristo”. Es una completa equivocación. Tal cosa es enteramente imposible. Los reformadores fueron acusados de romper o desunir el Cuerpo de Cristo cuando le volvían la espalda al sistema romanista. ¡Qué concepto más erróneo! Ello equivalía simplemente a la monstruosa presunción de que una gran masa de males de orden moral, de errores doctrinales, de corrupciones eclesiásticas y defraudadoras supersticiones debían considerarse como el Cuerpo de Cristo. ¿Cómo podría cualquier persona, con el Nuevo Testamento en la mano, considerar a la iglesia de Roma, con sus innumerables abominaciones, como el Cuerpo de Cristo? ¿Cómo podría alguien que poseyera la más débil idea de la verdadera Iglesia de Dios conceder ese título a la más negra masa de maldad, a la mayor obra maestra de Satanás que jamás haya contemplado el mundo?

No, lector; no debemos confundir nunca los sistemas eclesiásticos del mundo –antiguo, medieval o moderno, griego, latino, anglicano, nacional o popular– con la verdadera Iglesia de Dios, el Cuerpo de Cristo. No hay ni nunca hubo bajo la bóveda del cielo un sistema religioso –llamase como se quiera– que tenga el más pequeño derecho a ser llamado «la Iglesia de Dios» o «el Cuerpo de Cristo». Y, por lo tanto, no puede ser llamado cisma, al menos recta o inteligentemente, ni puede dividir el Cuerpo de Cristo el acto de separarse de esos sistemas; al contrario, es deber de todo el que quiera mantener y confesar fielmente la verdad de la unidad de ese Cuerpo, separarse con decisión de todo lo que falsamente se llame a sí mismo una iglesia. Solo puede ser considerado como un cisma el acto de separarse de aquellos que están inequívoca e incuestionablemente reunidos sobre el terreno de la Asamblea de Dios.

Ninguna corporación de cristianos puede ahora reclamar el título de Cuerpo de Cristo o Iglesia de Dios. Los miembros de ese Cuerpo están diseminados por todas partes; pueden encontrarse miembros de ese Cuerpo en todas las varias organizaciones religiosas de hoy día, salvo en las que niegan la deidad de nuestro Señor Jesucristo. No podemos concebir la idea de que ningún verdadero cristiano continúe frecuentando un lugar en donde se blasfeme el nombre de Cristo. Pero, aunque ningún cuerpo de cristianos puede reclamar el título de Asamblea de Dios, todos los cristianos tienen la obligación de juntarse sobre el terreno de esa Asamblea y no sobre otro alguno.

Y si se nos preguntara: “¿Cómo sabremos dónde encontrar ese terreno?”, responderíamos: «Cuando tu ojo es sencillo, también todo tu cuerpo está iluminado» (Lucas 11:34). «Si alguno quiere hacer su voluntad (la de Dios), conocerá de mi enseñanza si es de Dios» (Juan 7:17). Hay una «senda que nunca la conoció ave, ni ojo de buitre la vio; nunca la pisaron animales fieros, ni león pasó por ella». Esa senda no la verá la más aguda visión humana, ni la fuerza más grande podrá pisarla. ¿Cuál es, pues? Hela aquí: «Y dijo al hombre» esto es, al lector, al escritor, a cada uno, a todos–: «He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28:7, 28).

Pero hay otra expresión que se oye con bastante frecuencia en boca de personas de las cuales podría esperarse más inteligencia; es la siguiente: “Separar miembros del cuerpo de Cristo”. [19] Esto es, además, imposible, bendito sea el Señor. Ni un solo miembro del Cuerpo de Cristo puede ser separado jamás de la Cabeza ni del sitio al cual fue incorporado por el Espíritu Santo en cumplimiento del eterno propósito de Dios y en virtud de la expiación cumplida por nuestro Señor Jesucristo. La divina Trinidad está comprometida en la eterna seguridad del más débil miembro del Cuerpo y en el mantenimiento de la indisoluble unidad del todo.

[19] La expresión, «separar» (o cortar) miembros del Cuerpo de Cristo se aplica generalmente a casos de disciplina. Es, empero, una aplicación equivocada. La disciplina en la Asamblea no puede afectar nunca a la unidad del Cuerpo. Un miembro del Cuerpo puede faltar en cuanto a la moral, o errar en la doctrina, hasta el punto de ser precisa la acción de la Asamblea para separarle de la Mesa del Señor; pero esto nada tiene que ver con su lugar en el Cuerpo de Cristo. Las dos cosas son completamente distintas.

7.7 - Continuidad y unidad de este Cuerpo

En una palabra, pues, es hoy tan verdadero como lo era cuando el inspirado apóstol escribió el capítulo cuarto de su carta a los Efesios, que hay «un Cuerpo», del cual Cristo es la Cabeza y el Espíritu Santo el poder formativo, y del cual todos los verdaderos creyentes son miembros. Este Cuerpo ha estado en la tierra desde el día de Pentecostés, está en la tierra ahora, y continuará en la tierra hasta el momento, que va acercándose rápidamente, en que Cristo vendrá y lo llevará a la Casa de su Padre. Es el mismo Cuerpo, con una continua sucesión de miembros, de igual modo que decimos que tal regimiento del ejército del rey, acuartelado hoy en Aldershot, estuvo presente en la batalla de Waterloo, aunque ningún hombre de los que hoy lo integran estaba presente en aquella memorable batalla librada en 1815.

¿Encuentra el lector alguna dificultad en todo esto? Puede ser que encuentre un tanto difícil, dado el estado de discordia y desunión de los miembros, creer y confesar la inquebrantable unión de ese todo. Quizá se encuentre con ánimo más dispuesto a creer que la aplicación de lo expuesto en Efesios 4:4 debe limitarse a los días en que el apóstol escribió aquellas palabras, cuando los cristianos eran manifiestamente uno y cuando no se pensaba siquiera en ser miembro de tal o cual iglesia, porque todos eran miembros de una sola Iglesia. [20]

[20] La unidad de la Iglesia puede ser comparada a una cadena que va de una a otra orilla de un río; podemos ver los dos extremos, pero no el intermedio que está sumergido. Mas, aunque sumergida, no está rota; aunque no veamos esa unión en su parte media, con todo, creemos que en aquella parte se conserva su continuidad. La Iglesia fue vista en su unidad el día de Pentecostés, y será vista en su unidad en la gloria; por más que no la vemos ahora, sin embargo, creemos en ella con toda seguridad.

Recuérdese que la unidad del Cuerpo es una gran verdad práctica y formativa; una deducción muy importante y práctica de esa unidad es que el estado y conducta de cada miembro afecta a todo el Cuerpo. De manera que, «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él» (1 Cor. 12:26). ¿Un miembro de qué? ¿De alguna asamblea local? No, sino un miembro del Cuerpo. No debemos hacer del Cuerpo de Cristo una cuestión de geografía.

Se nos preguntará tal vez: “Pero, ¿podrá afectarnos lo que no vemos o no sabemos?”. Seguro que sí. ¿Hemos de limitar acaso la magna verdad de la unidad del Cuerpo, con todas las consecuencias prácticas que de ella se derivan, solo a la medida de nuestro conocimiento y experiencia personales? Lejos de nosotros tal idea. La presencia del Espíritu Santo une los miembros del Cuerpo a la Cabeza y a cada miembro entre sí; de donde resulta que el andar y la conducta de cada uno afecta al todo. Aun en el caso de Israel, aunque no era una corporación sino una unidad nacional, cuando Acán pecó fue dicho: «Israel ha pecado»; toda la congregación sufrió una humillante derrota por causa de un acontecimiento que ignoraban por completo.

Es verdaderamente asombroso ver cuán poco el pueblo del Señor parece comprender la gloriosa verdad de la unidad del Cuerpo, con todas sus consecuencias prácticas.

 

En cambio, debemos protestar contra esa misma idea de poner límites a la Palabra de Dios. ¿Qué derecho tenemos para decir, de una cláusula de Efesios 4:4-6, que solo es aplicable a los días apostólicos? Si ha de limitarse una cláusula, ¿por qué no todas? ¿Es que ya no hay «un solo Espíritu… un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos»? ¿Habrá alguien que dude esto? Por cierto, que no, pues de esto se desprende que es tan verdad que hay un Cuerpo como es verdad que hay un Espíritu, un Señor, un Dios. Todos están íntimamente unidos entre sí, y no se puede tocar a uno sin tocar a todos los demás. No tenemos más derecho a negar la existencia de un Cuerpo que el que tenemos para negar la existencia de Dios, toda vez que en el mismo pasaje que se nos declara la existencia del uno se nos declara también la del otro.

Pero tal vez alguno pregunte: “¿Dónde puede verse ese «un Cuerpo»? ¿No es un absurdo hablar de tal cosa, en vista de las casi innumerables denominaciones del cristianismo?”. A esto responderemos que no vamos a abandonar la verdad de Dios porque el hombre haya fracasado tan señaladamente en llevarla a la práctica. ¿No fracasó Israel por completo en cuanto a mantener, confesar y llevar a la práctica la verdad de la unidad de la Deidad? Por ventura ¿esa gloriosa verdad fue afectada en lo más mínimo por ese fracaso? ¿No era tan verdad que no había más que un solo Dios cuando había tantos altares idólatras como calles en Jerusalén, y toda azotea elevaba una nube de incienso a la reina del cielo, que cuando Moisés proclamaba a oídos de toda la congregación aquellas sublimes palabras: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es»? Bendito sea Dios, su verdad no depende de los caminos humanos, necios y sin fe. Persiste en su divina integridad, brilla con su propio y celestial esplendor a pesar de los más grandes fracasos humanos. Si así no fuese ¿qué haríamos? ¿Adónde volveríamos los ojos? o ¿qué sería de nosotros? De hecho, vendríamos a parar en que, si fuéramos a creer tan solo por la medida de verdad que vemos llevada a la práctica en los caminos de los hombres, nos entregaríamos a la desesperación y seríamos los más desgraciados de los hombres.

Pero ¿cómo hay que llevar a la práctica la verdad del «un Cuerpo»? No reconociendo ningún otro principio de comunión cristiana ni ninguna otra base de reunión. Todos los verdaderos creyentes deben reunirse sencillamente como miembros del Cuerpo de Cristo. Deben reunirse el primer día de la semana, alrededor de la Mesa del Señor, y partir el pan como miembros de aquel «un Cuerpo», según lo leemos en 1 Corintios 10:17: «Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo; porque todos participamos de un solo pan». Eso es tan verdadero y práctico hoy día como cuando el apóstol se dirigía a los corintios. Es verdad que había divisiones entre los corintios como las hay ahora en la cristiandad; pero esto en nada afecta a la verdad de Dios. El apóstol rechazaba las divisiones, las tachaba de carnales. No simpatizaba con la pobre y baja idea, que a veces oímos encomiar por algunos, de que las divisiones son buenas, puesto que engendran emulación. Él las creía muy malas, fruto de la carne, obra de Satanás.

Tampoco el apóstol habría aceptado –estamos seguros de ello– la ilustración popular de que las divisiones en la Iglesia son como los regimientos en el ejército: cada uno con su especial uniforme y banderola, pero todos combatiendo a las órdenes del mismo general. Tal cosa no puede sostenerse ni por un momento; no tiene aplicación alguna a nuestro caso; antes bien, es una contradicción a la clara y enfática afirmación: «Un Cuerpo».

Lector, esa es una verdad muy gloriosa. Considerémosla atentamente. Miremos la cristiandad a la luz que irradia esa verdad. Juzguemos por ella nuestro estado y nuestra conducta. ¿Obramos de conformidad con ella? ¿Le damos expresión a ella en la Mesa del Señor cada primer día de la semana? Estemos seguros de que hacerlo así es tanto nuestro sagrado deber como nuestro elevado privilegio. No digamos que existen dificultades de toda clase, muchas piedras de tropiezo en el camino, mucho que nos desalienta en la conducta de los que profesan estar obedeciendo a la Palabra de Dios en cuanto a esto.

Todo esto, ¡ay!, es demasiado cierto. Hemos de estar preparados para ello. El diablo no dejará piedra por mover a fin de arrojar polvo a nuestros ojos para que no veamos los benditos caminos de Dios para su pueblo. Pero no debemos prestar atención a sus sugestiones o dejarnos enredar por sus engaños. Siempre ha habido y habrá dificultades para llevar a cabo la preciosa verdad de Dios, y quizá una de estas mayores dificultades la encontremos en la conducta contradictoria que siguen los que profesan obrar de acuerdo con ella.

Pero hemos de distinguir siempre entre la verdad y los que la profesan, entre el terreno y la conducta de los que lo ocupan. Por supuesto que tendrían que estar de acuerdo ambas cosas; pero no es así; de modo que debemos juzgar la conducta por la Palabra de Dios y no la Palabra de Dios por la conducta. Si vemos que un hombre cultiva un campo según principios que creemos ser sanos, aunque es un mal agricultor, ¿qué deberíamos hacer? Por supuesto, deberíamos rechazar su modo de trabajar, pero nada podríamos decir en contra de los principios en sí mismos.

Otro tanto sucede con la verdad que ahora estamos considerando. Había herejías en Corinto, cismas, errores, males de toda clase. ¿Y qué? ¿Debía abandonarse la verdad de Dios como si fuera un mito, como algo totalmente impracticable? ¿Debía renunciarse a ella? ¿Debían los corintios congregarse bajo otro principio? ¿Debían organizarse sobre nuevas bases? ¿Debían reunirse alrededor de otro punto central? ¡No, gracias a Dios! Su verdad no debía ser abandonada ni por un momento, aunque Corinto estallara en diez mil sectas y su horizonte se entenebreciera con diez mil herejías. El Cuerpo de Cristo era uno; y el apóstol despliega simplemente ante sus ojos la bandera con ese bendito lema: «Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular» (1 Cor. 12:27).

Mas estas palabras fueron dirigidas no solamente «a la iglesia de Dios que está en Corinto», sino también a «todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro» (1 Cor. 1:2). Por lo tanto, la verdad del «un Cuerpo» es permanente y universal. Todo verdadero cristiano está obligado a reconocerla y a obrar de conformidad con ella; y toda asamblea de cristianos, dondequiera que se junten, ha de ser la expresión local de esta grande e importante verdad.

Tal vez alguno diga: “¿Cómo es posible decir a una asamblea determinada: «vosotros sois cuerpo de Cristo»? ¿No había santos en Éfeso, Colosas y Filipos?” Sin duda que los había; y si el apóstol hubiese debido dirigirse a ellos tratando del mismo asunto, les habría dicho también: «vosotros sois cuerpo de Cristo», toda vez que eran la expresión local de ese cuerpo; y no solo esto, sino que al dirigirse a ellos con esa frase tendría presente en su mente a todos los santos hasta el fin de la carrera terrestre de la Iglesia.

Pero tengamos muy presente que el apóstol no pudo dirigir tales palabras a ninguna organización humana, antigua ni moderna. No; aunque todas las organizaciones, llámense como se quiera, se hubiesen amalgamado en una, tampoco habría podido llamarle «el Cuerpo de Cristo». Ese Cuerpo, téngase bien entendido, lo forman todos los creyentes en toda la superficie de la tierra. Si no están unidos sobre esta base divina, eso representa para ellos una grave pérdida y el Señor es deshonrado. Con todo, la preciosa verdad subsiste: hay «un Cuerpo», y este es la norma divina por la cual hay que medir a toda asociación eclesiástica y a todo sistema religioso bajo el sol.

7.8 - ¿Cuál ha sido el testimonio general de la Iglesia?

Creemos necesario estudiar detalladamente el lado divino de la cuestión de la Iglesia a fin de resguardar la verdad de Dios de los resultados de falsos conceptos y para que el lector comprenda muy claramente que, al hablar del completo fiasco y ruina de la Iglesia, consideramos el asunto desde el lado humano. Vamos por unos momentos a considerar este último.

Es imposible leer con calma y con la mente libre de prejuicios sin ver que la Iglesia, como testigo de Cristo en la tierra, ha fracasado de una manera evidente y vergonzosa. Copiar todos los pasajes que prueban esta afirmación equivaldría a escribir un libro. Mas, echemos un vistazo al segundo y tercer capítulos del Apocalipsis, donde vemos a la Iglesia ante el juicio. En esos solemnes capítulos tenemos lo que podríamos llamar la historia divina de la Iglesia. Siete asambleas son las escogidas como ejemplos de las varias fases de la historia de la Iglesia, desde el día que fue establecida, y con responsabilidad, en la tierra, hasta el día en que será vomitada de la boca del Señor como algo completamente intolerable. Si no vemos que esos dos capítulos son tanto proféticos como históricos, nos privaremos de un vasto campo de muy valiosa instrucción. En cuanto a nosotros, podemos asegurar al lector que ningún lenguaje humano podría exponer de un modo adecuado lo que hemos podido recoger de esos dos capítulos en cuanto a su aspecto profético.

Pero ahora solo haremos referencia a ellos como las últimas de una serie de pruebas de nuestra presente tesis. Tomemos la arenga dirigida a Éfeso, la iglesia a la que el apóstol Pablo escribió su admirable epístola, descubriendo de ese modo tan bendito el lado celestial de las cosas, tales como los eternos propósitos de Dios con respecto a la Iglesia, la posición y porción de la Iglesia como acepta en Cristo y bendita con toda bendición espiritual en lugares celestiales en él. No hay fracaso aquí. Ni pensamiento de tal cosa. Ni posibilidad de ello. Aquí todo está en manos de Dios. Es su plan, su obra, su gracia, su gloria, su poder omnímodo lo que se trata en esta epístola, y todo ello fundado sobre la sangre de Cristo. Aquí no hay cuestión alguna de responsabilidad. Los santos que formaban la Iglesia habían estado muertos en «delitos y pecados», pero Cristo murió por la Iglesia; él mismo se puso judicialmente donde ella estaba moralmente; y Dios, en su gracia soberana, entró en escena y levantó a Cristo de los muertos, y a la Iglesia en él. ¡Hecho glorioso! Aquí todo está firme y estable. Es la Iglesia en los lugares celestiales en Cristo, no la Iglesia en la tierra por Cristo. Es el Cuerpo «aceptado», no el candelero juzgado. Si no alcanzamos a ver ambos lados de esa gran cuestión, aún tenemos mucho que aprender.

Pero, así como está el lado terrestre, también está el celestial; así como hay un lado humano, de igual modo está el divino; así como está el candelero, también está el Cuerpo. De ahí que en la arenga judicial del capítulo 2 del Apocalipsis leamos las solemnes palabras siguientes: «tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (v. 4).

¡Qué diferencia! Nada de esto vemos en la epístola a los Efesios; nada contra el Cuerpo, nada contra la Esposa; pero hay algo contra el candelero. La luz, aun entonces, parecía opacarse. Apenas encendida se necesitó echar mano de las despabiladeras.

Así, pues, en su mismo principio aparecieron síntomas de decadencia, síntomas inequívocos para la penetrante mirada de Aquel que anda entre los siete candeleros de oro; y, cuando al llegar al final contemplamos la última fase de la condición de la Iglesia –la última época de su historia terrenal, como fue ilustrada por la asamblea en Laodicea–, no hay nada de bueno. Esta condición no deja alentar esperanzas. El Señor está fuera, a la puerta. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (3:20). Ya no se trata ahora, como en el caso de Éfeso: «tengo contra ti». Toda la condición es mala. La totalidad del cuerpo profeso está a punto de ser abandonado. «Voy a vomitarte de mi boca» (3:16). Él se mantiene aún a la espera –bendito sea su Nombre–, porque él es siempre tardo en abandonar su actitud de misericordia y adoptar la del juicio. Nos recuerda la partida de la gloria al principio del libro de Ezequiel. Se movía con paso tardo y mesurado como si de mala gana tuviese que dejar la casa, el pueblo, la tierra. «Entonces la gloria de Jehová se elevó de encima del querubín al umbral de la puerta; y la casa fue llena de la nube, y el atrio se llenó del resplandor de la gloria de Jehová». «Entonces la gloria de Jehová se elevó de encima del umbral de la casa, y se puso sobre los querubines». Y finalmente, «la gloria de Jehová se elevó de en medio de la ciudad, y se puso sobre el monte que está al oriente de la ciudad» (Ez. 10:4, 18; 11:23).

Esto es profundamente conmovedor. Cuán notable el contraste entre la lenta retirada de la gloria y su rápida entrada en el día de la dedicación de la casa por Salomón, según consta en 1 Crónicas 7:1. Jehová fue presto en entrar en su morada en medio de su pueblo; lento en abandonarla. En lenguaje humano diríamos que se vio obligado a marcharse a causa de los pecados y de la impenitencia sin esperanza de su pueblo infatuado.

Así sucede con la Iglesia. En el capítulo 2 de los Hechos vemos su rápida entrada en su Casa espiritual. Vino como un viento recio que corría y llenó la Casa con su gloria. Mas veamos su actitud en el capítulo 3 del Apocalipsis. Está fuera. Sí, pero está llamando. Él está aguardando, no por cierto con alguna esperanza de una restauración corporativa, pero por si acaso alguno oyere su voz y abriere «la puerta». El hecho de que él esté fuera de la puerta, demuestra lo que la Iglesia es. El hecho de que él esté llamando, demuestra lo que él es.

Lector cristiano, procure usted comprender a fondo todo este asunto. Es importantísimo que así lo haga. Estamos rodeados por todas partes de falsos conceptos referentes al estado actual y al destino futuro de la iglesia profesa. Debemos arrojarlas todas tras nuestras espaldas con santa decisión y atender con oídos circuncidados y reverente entendimiento a la enseñanza de la Escritura. La enseñanza es tan clara como la luz del día. La iglesia profesa es una ruina sin esperanza, y el juicio está a la puerta. Lea la epístola de Judas, lea también la segunda de Pedro 2 y 3 y, además, la segunda a Timoteo. Deje a un lado este libro y fíjese atentamente en esas solemnes escrituras; estamos convencidos de que, al terminar su lectura, estará también convencido de que ante la cristiandad no se levanta otra cosa más que la no mitigada ira del Dios Todopoderoso. La sentencia está expuesta en esa breve pero solemne frase de Romanos 11: «Tú también serás desgajado» (v. 22).

Sí; tal es el lenguaje de la Escritura. «Desgajado», «vomitado». La iglesia profesante ha fracasado por completo en cuanto a ser el testigo de Cristo en la tierra. Como aconteció con Israel, así sucedió con la Iglesia; la misma verdad que esta tenía el deber de mantener y confesar, fue abandonada de una manera desleal. Apenas se hubo cerrado el canon del Nuevo Testamento, apenas los primeros obreros enviados dejaron el campo, espesas tinieblas vinieron a posarse sobre la totalidad del cuerpo profeso. Dirijamos nuestra atención adonde se quiera, recorramos los voluminosos tomos de «los padres», como suele llamárseles, y no encontraremos ni un rasgo de esas grandes verdades características de nuestro glorioso cristianismo. Todo, todo fue vergonzosamente abandonado. Como Israel en Canaán abandonó a Jehová por Baal y Astarot, así también la Iglesia abandonó la pura y preciosa verdad de Dios por fábulas pueriles y errores mortales. Tan rápida defección es del todo asombrosa, pero fue precisamente lo que Pablo había advertido desde un principio a los ancianos de Éfeso: «Cuidad por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto por supervisores, para pastorear la iglesia de Dios, la que adquirió con su propia sangre. Yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos voraces, que no perdonarán el rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres hablando cosas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras de sí» (Hec. 20:28-30).

¡Qué deplorable, verdaderamente! Los santos apóstoles de nuestro Señor y Salvador Jesucristo fueron casi inmediatamente seguidos de «lobos rapaces» y de hombres que hablarían «cosas perversas». La totalidad de la Iglesia sumergida en densas tinieblas. La lámpara de la revelación divina casi escondida a la vista. La corrupción eclesiástica en todas sus formas, la dominación sacerdotal con todos sus terribles acompañamientos. En suma, la historia de la Iglesia, la historia del cristianismo es el más terrible archivo que jamás se haya escrito.

7.9 - Testigos en el transcurso de los años

Es verdad, gracias a Dios, que Él no se quedó sin testigo. Acá y allá, de vez en cuando, exactamente como en el Israel de la antigüedad, levantó a algunos que hablaron por él. Aun entre las profundas tinieblas de la Edad Media apareció una estrella ocasional que brilló en el horizonte. Los Valdenses y otros fueron capacitados, por la gracia de Dios, para sostener firmemente Su Palabra y para confesar el nombre de Jesús ante la misma oscuridad, la terrible tiranía y la diabólica crueldad de Roma.

Vino luego la época gloriosa, en el siglo XVI, en la que Dios suscitó un Lutero y sus amados y honrados colaboradores para predicar la gran verdad de la justificación por la fe, y para dar el volumen de Dios al pueblo en su lengua materna. No está al alcance del lenguaje humano la posibilidad de exponer las bendiciones de aquel tiempo memorable. Por millares oyeron las buenas nuevas de salvación; oyeron, creyeron y fueron salvados. Millares que habían gemido por largo tiempo bajo el peso abrumador de la superstición de Roma, saludaron con profunda gratitud el celestial mensaje. Por miles se agruparon con intensa alegría para sacar agua de aquellas fuentes de inspiración que habían estado cegadas durante siglos por la ignorancia y la intolerancia papales. La bendita lámpara de la revelación divina, tapada durante tan largo tiempo por la mano del enemigo, pudo derramar sus rayos atravesando la oscuridad, y miles y miles se regocijaron a causa de su luz celestial.

Pero, mientras damos gracias a Dios de todo corazón por todos los gloriosos resultados de lo que se llama comúnmente la Reforma del siglo XVI, incurriríamos en grave error si imagináramos que aquello era algo que se aproximara a la restauración de la Iglesia conforme a su condición original. Lejos, muy lejos de esto. Lutero y los que le ayudaron, a juzgar por sus escritos, preciosos muchos de ellos, no llegaron a remontarse a la idea de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo. No comprendieron la unidad del Cuerpo, la presencia del Espíritu Santo en la Asamblea y su habitación en cada creyente en particular. Jamás alcanzaron a saber la gran verdad del ministerio de la Iglesia, su naturaleza, origen, poder y responsabilidad. Siempre permanecieron con la idea de la autoridad humana como base del ministerio. Nada dijeron de la esperanza característica de la Iglesia, esto es, la venida de Cristo para buscar a su pueblo, la «estrella resplandeciente de la mañana» (Apoc. 22:16). Tampoco alcanzaron a comprender el apropiado designio de la profecía y demostraron ser incompetentes para trazar bien la Palabra de verdad.

No deseamos ser mal entendidos. Amamos la memoria de los reformadores. Sus nombres son familiares para nosotros. Fueron queridos, devotos, sinceros, benditos siervos del Señor. Ojalá tuviéramos otros semejantes a ellos en estos días de papismo reavivado y de creciente incredulidad. A nadie cedemos en nuestro amor y estimación por Lutero, Melanchton, Farel, Latimer y Knox. Fueron ellos verdaderas luces brillantes en su tiempo y millones darán gracias a Dios por toda la eternidad por el hecho de que aquellos hombres hayan vivido, predicado y escrito. Y no solo esto, sino que, considerados en su vida privada y en su ministerio público, ponen un estigma de vergüenza a muchos de los que han sido favorecidos por el conocimiento de muchas verdades que en vano buscaríamos en los numerosos escritos de los reformadores.

Pero, admitiendo esto, como lo admitimos sin reparo, estamos convencidos, sin embargo, de que aquellos honrados y amados siervos de Cristo no llegaron a alcanzar –y, por lo tanto, no predicaron ni enseñaron– muchas de las verdades características del cristianismo; al menos no hemos logrado encontrarlas en sus escritos. Predicaron, sí, la preciosa verdad acerca de la justificación por la fe; dieron al pueblo las sagradas Escrituras; pisotearon mucho cascote de la superstición romana.

Todo esto hicieron por la gracia de Dios, y por ello inclinamos nuestras cabezas con profunda gratitud y alabanza al Padre de misericordias. Pero el protestantismo no es el cristianismo; ni tampoco las llamadas iglesias reformadas, ya sean nacionales o disidentes, son la Iglesia de Dios. Lejos de ello. Tendemos la mirada hacia atrás en el curso de esos últimos veinte siglos, y, a pesar de algunos avivamientos ocasionales, a pesar de los brillantes focos de luz que de vez en cuando brillaron en el horizonte de la Iglesia –focos de luz que aparecían con todo su esplendor en contraste con la densa oscuridad que les rodeaba–, a pesar de las muchas visitaciones de gracia que el Espíritu de Dios hizo tanto en Europa como en América durante los siglos XVIII y XIX, a pesar, decimos, de todas estas cosas por las cuales damos gracias a Dios de todo corazón, hemos de volver con insistencia a la afirmación que ya hemos hecho en el sentido de que la Iglesia ha naufragado sin esperanza; que la cristiandad está rápidamente deslizándose por un plano inclinado hacia la negrura de la oscuridad eterna; que los países altamente favorecidos, en los cuales tan abundantemente se ha predicado la verdad evangélica, en los que las Biblias y evangelios circulan por millones, quedarán aún cubiertos con densas tinieblas; ¡abandonados a una «energía de error, para que crean a la mentira»! (2 Tes. 2:11).

7.10 - Fin del hombre en esta tierra

Y después ¿qué vendrá? ¿Un mundo convertido? No, una Iglesia juzgada. Los verdaderos santos de Dios que están esparcidos por toda la cristiandad, todos los verdaderos miembros del Cuerpo de Cristo, serán arrebatados en las nubes para ser recibidos por el Señor en el aire; los santos que hayan muerto serán resucitados, y los vivos serán transformados en un momento y tomados juntos arriba para estar por siempre con el Señor. Entonces el misterio de iniquidad se mostrará en la persona del hombre de pecado, el impío, el anticristo. El Señor vendrá, y todos sus santos con él, para ejecutar el juicio sobre la bestia, –es decir, el imperio Romano revivido– y sobre el falso profeta o anticristo, el primero en occidente y el segundo en oriente.

Este será un acto de juicio sumario, sin proceso judicial de ninguna clase, puesto que tanto la bestia como el falso profeta serán hallados en abierta rebelión y blasfema oposición contra Dios y el Cordero. Luego vendrá la sesión judicial de las naciones vivas, tal como la expone Mateo 25:31-46.

Así, pues, vencido todo mal, Cristo reinará con justicia y con paz por mil años, período brillante y bendito, el verdadero día de reposo para Israel y para toda la tierra, período marcado por dos grandes hechos: Satanás atado y Cristo reinando. ¡Gloriosos hechos! Su sola mención hace desbordar el corazón de alabanzas y acciones de gracias. ¿Qué será su realidad?

Pero Satanás será liberado de su cautividad milenaria y se le permitirá que haga un nuevo esfuerzo contra Dios y su Cristo. «Cuando se acaben los mil años, Satanás será soltado de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro extremos de la tierra, Gog y Magog, a reunirlos para la batalla; ellos, cuyo número es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y cercaron el campamento de los santos y la ciudad amada; y descendió fuego del cielo y los devoró. Y el diablo que los engañaba fue lanzado al lago de fuego y azufre, donde también estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Apoc. 20:7-10).

[21] El lector debe distinguir entre el Gog y Magog del Apocalipsis y el de Ezequiel 38 y 39. El primero es después del Milenio y el segundo es antes del Milenio.

Este será el último esfuerzo de Satanás, el que desembocará en su eterna perdición. Vendrá entonces el juicio de los muertos, «grandes y pequeños» (Apoc. 20:12), la sesión judicial de todos los que hayan muerto en sus pecados desde los días de Caín hasta llegar a los últimos apóstatas de la gloria del milenio. ¡Tremenda escena! ¡Ninguna inteligencia puede concebir, ninguna lengua, ninguna pluma describir su terrible solemnidad!

Finalmente, se despliega ante los ojos de nuestro espíritu el estado eterno, los cielos nuevos y la nueva tierra en los cuales reinará la justicia a través de los áureos siglos de la eternidad.

Tal es el orden de los sucesos, según están expuestos con toda la claridad posible en las páginas de la inspiración. Hemos dado un breve resumen de los mismos, en relación con las verdades que hemos considerado, verdades que –somos los primeros en reconocerlo no son populares, pero que no por ello dejaríamos de proclamar. Nuestra obligación es declarar todo el consejo de Dios, y no buscar la popularidad. No esperamos que la verdad de Dios sea popular en la cristiandad; todo lo contrario, hemos procurado demostrar que, así como Israel abandonó la verdad que debió haber mantenido, así también la iglesia profesa ha dejado escurrir todas esas grandes verdades que caracterizan al cristianismo del Nuevo Testamento. Y podemos asegurar al lector que nuestro único objeto al insistir en esta serie de argumentos es el de despertar los corazones de todos los verdaderos cristianos para que puedan reconocer el valor de esas verdades y de la obligación en que están no tan solo de aceptarlas, sino también de procurar un cumplimiento más pleno y una confesión más intrépida de las mismas. Anhelamos ver que se levante un grupo de hombres en esas horas finales de la historia terrestre de la Iglesia que se adelanten con verdadero poder espiritual y proclamen con unción y energía esas grandes verdades del Evangelio de Dios, olvidadas por tan largo tiempo. Quiera Dios, en su gran misericordia para con su pueblo, levantar y enviar a esos hombres. Quiera el Señor Jesús llamar a la puerta más y más, de tal manera que muchos más oigan su llamado y le admitan, según el deseo de su amante corazón, para gustar la felicidad de una profunda comunión personal con él, mientras aguardamos su venida.

Bendito sea Dios, no hay límite alguno para la bendición de toda alma que oye el llamamiento de Cristo y le abre la puerta; y lo que es verdadero para un alma es verdadero asimismo para cientos y para miles. Seamos verdaderos, sencillos y fieles, sintiendo y reconociendo nuestra completa debilidad y nulidad, dejando toda presunción y vanas pretensiones; no procurando ser algo, o establecer algo nuestro, sino guardando la Palabra de Cristo y no negando su Nombre; encontrando nuestra felicidad a sus pies, nuestra más satisfactoria porción en él mismo y nuestro verdadero deleite en servirle a él humildemente. Entonces avanzaremos juntos de una manera armoniosa, plena de amor y dicha, encontrando en él nuestro centro común; entonces nuestro común objeto será adelantar su causa y promover su gloria. ¡Oh, si así sucediera entre el amado pueblo del Señor en nuestros días, otros relatos mejores podríamos hacer, y otro mejor aspecto ofreceríamos al mundo que nos rodea! ¡Quiera el Señor avivar su obra!

Tal vez crea el lector que nos hemos separado largo trecho del capítulo 6 del Deuteronomio, pero debemos recordarle una vez más que no solo debe llamar nuestra atención lo que cada capítulo contiene, sino también lo que nos sugiere. Y, además, debemos añadir que, al sentarnos a escribir a intervalos, nuestro único deseo es que el Espíritu de Dios nos guíe a exponer las verdades que sean más adecuadas a las necesidades de todos nuestros lectores. Con tal que el rebaño de Cristo sea alimentado, instruido y confortado, poco nos importa que lo sea mediante escritos bien relacionados o por notas sueltas y fragmentarias.

7.11 - Un corazón sometido

Volvamos ya a nuestro capítulo.

Una vez que Moisés hubo declarado la gran verdad fundamental contenida en el versículo 4: («Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es») continúa prescribiendo a la congregación su sagrado deber respecto a aquel bendito Jehová. No era solamente un Dios, sino que era el Dios de ellos. Se había dignado entrar en relaciones con ellos mediante un pacto. Él les había redimido, les había traído como sobre alas de águila, y les había traído a sí, a fin de que le fueran por pueblo y que él fuera el Dios de ellos.

¡Hecho bendito! ¡Bendita relación de dependencia! Pero había que recordar a Israel la conducta apropiada a una relación de tal naturaleza, conducta que solo podía emanar de un corazón amante. «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (v. 5). En esto radica el secreto de toda verdadera religión práctica. Sin esto, todo lo demás carece de valor para Dios. «Dame, hijo mío, tu corazón» (Prov. 23:26). Cuando se da el corazón, todo lo demás andará bien. El corazón puede ser comparado al regulador de un reloj, el que obra sobre el muelle, este sobre la rueda maestra, y esta sobre las manecillas, moviéndolas sobre el cuadrante o esfera. Si un reloj va mal, no bastará alterar las manecillas, sino que se deberá ajustar el regulador. ¡El Señor busca una obra real en el corazón, bendito sea su Nombre! Las palabras que nos dirige son: «Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con hechos y de verdad» (1 Juan 3:18).

¡Cuánto hemos de bendecirle por estas conmovedoras palabras! Con ellas revela su corazón lleno de amor por nosotros. Ciertamente, él nos ama en verdad, y no puede estar satisfecho con otra cosa, ya sea en nuestra conducta con él o en nuestra conducta para con los demás. Todo debe proceder directamente del corazón.

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón», es decir, en la misma fuente de todas las manifestaciones de la vida. ¡Esto es especialmente precioso! Todo lo que hay en el corazón asoma a los labios y aparece en la vida. Cuán importante será, pues, tener el corazón lleno de la Palabra de Dios, tan lleno que no quede espacio para las vanidades y locuras de este presente siglo malo. Así que nuestra conversación debe ser siempre con gracia, sazonada con sal. «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mat. 12:34). De ahí que podamos juzgar acerca de lo que hay en el corazón por lo que habla la boca. La lengua es el órgano transmisor del corazón, y este es el órgano del hombre. «El hombre bueno, de su buen tesoro saca cosas buenas; y el hombre malo, de su mal tesoro saca malas cosas» (Mat. 12:34-35). Cuando el corazón está realmente gobernado por la Palabra de Dios, todo el carácter revela el bendito resultado. Así ha de ser forzosamente, ya que el corazón es el muelle de toda nuestra condición moral; está en el centro de todas aquellas influencias morales que gobiernan nuestra historia individual y forman nuestra vida práctica.

En todo el divino libro vemos la gran importancia que Dios da a la actitud y estado del corazón respecto a Él o a su Palabra, que es una misma e idéntica cosa. Cuando el corazón es recto para con él, es seguro que todo saldrá bien, mas, por otra parte, veremos que, si el corazón va enfriándose y descuidando a Dios y a su Palabra, aparecerá tarde o temprano una abierta desviación del sendero de la verdad y la justicia. Hay, pues, una gran fuerza en las valiosas palabras de exhortación dirigidas por Bernabé a los convertidos de Antioquía: «y exhortaba a todos a permanecer unidos al Señor con corazón firme» (Hec. 11:23).

¡Cuán necesario es esto! Lo fue entonces, lo es ahora, lo será siempre. Ese propósito de corazón es muy precioso para Dios. Es lo que podríamos aventurarnos a llamar el gran regulador moral. Comunica un hermoso fervor al carácter cristiano, grandemente deseable para todos nosotros. Es un divino antídoto contra la frialdad, la tibieza, el amortecimiento y el formalismo tan aborrecibles a los ojos de Dios. La conducta exterior podrá ser muy correcta y el credo será tal vez muy ortodoxo, pero, si falta el fervor del propósito del corazón, si falta el constante afecto de todo el ser moral hacia Dios y su Cristo, todo carece completamente de valor.

El Espíritu Santo nos instruye a través del corazón. Por eso el apóstol oraba por los santos de Éfeso para que fuesen «iluminados los ojos de vuestro corazón» (Efe. 1:18). Y más abajo: «Que mediante la fe, Cristo habite en vuestros corazones» (Efe. 3:17).

Así vemos que toda la Escritura guarda perfecta armonía con la exhortación de nuestro capítulo. «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón». ¡Si Israel las hubiera guardado así, cómo habría evitado extravíos y, sobre todo el abominable mal de la idolatría, su pecado nacional! Si las preciosas palabras de Jehová hubiesen llenado su debido lugar en sus corazones, no habrían temido a Baal, a Quemos ni a Astarot. En una palabra, todos los ídolos paganos habrían ocupado su debido lugar y habrían sido estimados en su verdadero valor si tan solo la Palabra de Dios hubiese morado en el corazón de Israel.

Nótese bien cómo todo es bellamente característico de todo el libro del Deuteronomio. No se trata ya de la observancia de ciertas reglas religiosas, o del ofrecimiento de sacrificios, o de prestar obediencia a ciertos ritos o ceremonias. Todas estas cosas ocupaban, sin duda, su debido lugar, pero no son en modo alguno la preeminente o suprema tesis del Deuteronomio. No; aquí el tema supremo es La Palabra. Es la palabra de Jehová en el corazón de Israel.

El lector debe comprender bien este hecho si desea poseer la clave del hermoso libro del Deuteronomio. No es un libro ceremonial; es un libro de obediencia moral y afectuosa. En casi todas sus secciones enseña esa lección de inapreciable valor: el corazón que ama, ensalza y honra la Palabra de Dios está dispuesto a cualquier acto de obediencia, ya sea a ofrecer un sacrificio o a observar un día determinado. Podría darse el caso de que un israelita se encontrara en un sitio o en circunstancias en las cuales le fuera imposible actuar con rígida observancia de los ritos y las ceremonias, pero jamás podría encontrarse en sitios y circunstancias en las que no pudiera amar, reverenciar y obedecer la Palabra de Dios. Dondequiera que hubiera ido, aunque fuese llevado como cautivo a los confines de la tierra, nada podía privarle del privilegio de hablar y obrar según las benditas palabras: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Sal. 119:11).

¡Palabras preciosas! Ellas contienen el gran principio del libro del Deuteronomio y, podemos añadir, el gran principio de la vida divina en todo tiempo y en todo lugar. No puede perder jamás su valía y su fuerza moral. Se mantiene siempre. Fue verdad en días de los patriarcas, fue verdad cuando Israel estuvo en su tierra, fue verdad en la dispersión de Israel por todo el mundo, fue verdad para la Iglesia en su conjunto, verdad para cada individuo en particular entre las irreparables ruinas de la Iglesia. En una palabra, la obediencia es siempre el santo deber y el privilegio de la criatura, obediencia sencilla, firme y absoluta a la Palabra del Señor. Esta es una indecible merced por la cual debemos alabar día y noche a nuestro Dios. Él nos ha dado su Palabra, bendito sea su Nombre, y nos exhorta a que esa Palabra habite abundantemente en nosotros, que more en nuestros corazones y que ejerza su santo imperio sobre nuestra conducta y carácter.

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (v. 6-9).

Todo esto es perfectamente bello. La Palabra de Dios escondida en el corazón, rebosando en amorosa instrucción a los hijos y en santa conversación en el seno de la familia; brillando en todas las actividades de la vida diaria, de tal modo que todo el que entrara en ese hogar pudiera ver que la Palabra de Dios era norma para cada uno, para todos y en todas las cosas.

Así debió haber sido con el Israel de la antigüedad y ciertamente así debería ser con los cristianos de hoy día. Pero ¿sucede así? ¿Enseñamos así a nuestros hijos? ¿Es nuestro constante propósito presentar a sus corazones la Palabra de Dios con todos sus celestiales atractivos? ¿La ven ellos brillar en nosotros en nuestra vida diaria? ¿Notan la influencia que ella ejerce sobre nuestros hábitos, nuestro temperamento, nuestras relaciones familiares o en las transacciones de nuestros negocios? Esto es lo que entendemos nosotros que significa atar esa Palabra en las manos, llevarla por frontales entre los ojos y tenerla escrita en los postes y las puertas de nuestras casas.

7.12 - El testimonio de un corazón obediente

Lector, ¿lo hacemos así? De poco sirve que intentemos enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios si nuestras vidas no están dirigidas por esa Palabra. Tampoco estamos de acuerdo en hacer de la bendita Palabra de Dios un simple libro de texto para nuestros hijos; hacer tal cosa sería convertir un deleitoso privilegio en una cansada tarea. Nuestros hijos han de ver que vivimos en la verdadera atmósfera de la sagrada Escritura; que ella forma el tema de nuestras conversaciones cuando estamos en el seno de nuestra familia y en nuestros momentos de recreo.

¡Ah, cuán poco frecuente es esto! ¿No hemos de estar profundamente humillados en la presencia de Dios cuando pensamos en el carácter general y el tono de nuestra conversación en la mesa y en el círculo familiar? ¡Cuán poco llevamos a la práctica lo expuesto en Deuteronomio 6:7! ¡Y cuánto, en cambio, de charlas y bromas que no convienen! ¡Cuánto hablar mal de nuestros hermanos, de nuestros vecinos, de nuestros colaboradores! ¡Cuánta charla inútil! ¡Cuánta cháchara sin valor!

Y ¿de qué procede todo esto? Sencillamente del estado del corazón. La Palabra de Dios, los mandamientos y dichos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo no habitan en nuestros corazones; de ahí que no fluyan en vivas corrientes de gracia y edificación.

¿Dirá alguno que los cristianos no necesitan considerar tales cosas? Si así fuese, meditemos acerca de las sanas palabras siguientes: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, solamente aquella que es buena para la necesaria edificación, para que imparta gracia a los que oyen». Y después: «Sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Efe. 4:29; 5:18-20).

Estas palabras fueron dirigidas a los santos de Éfeso, pero ciertamente nos conciernen a nosotros también. Quizá poco nos apercibimos de cuán profundamente y con cuánta frecuencia dejamos de mantener la costumbre de conversar espiritualmente. Esa falta se pone más de manifiesto en el seno de la familia y especialmente en nuestro trato ordinario. De ahí la necesidad de recordar esas palabras de exhortación que acabamos de citar. Es evidente que el Espíritu Santo previó tal necesidad, y por gracia se anticipó a ella. He aquí lo que dice «a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas… la paz de Cristo, a la cual fuisteis llamados en un solo cuerpo, gobierne en vuestros corazones; y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, en toda sabiduría, enseñándoos y amonestándoos unos a otros, con salmos e himnos y cánticos espirituales» (Col. 1:2; 3:15-16).

¡Hermosa descripción de la habitual vida cristiana! No es sino un mayor y más completo desarrollo de lo que se nos dice en nuestro capítulo, donde se ve al israelita entre su familia, con la Palabra de Dios fluyendo de su corazón en amante instrucción para sus hijos; se le ve en su vida diaria y en todos sus quehaceres, tanto dentro como fuera de su casa, bajo la santificadora influencia de la Palabra de Jehová.

Amado lector cristiano, ¿no anhelamos ver a nuestro alrededor más de todo esto llevado a la práctica? ¿No es en ocasiones muy triste y humillante observar el estilo de conversación que se emplea en el círculo de nuestras familias? ¿No nos sonrojaríamos a veces si pudiéramos ver nuestras conversaciones reproducidas por la prensa? Y ¿cuál es el remedio para eso?: Un corazón lleno de la paz de Cristo, de la Palabra de Cristo, de Cristo mismo. Nada más podrá lograrlo. Comencemos por el corazón, y, cuando este se encuentre completamente ocupado con las cosas celestiales, pronto habremos terminado con toda clase de maledicencias, bromas inconvenientes y charlatanería.

«Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (v. 10-12).

En medio de todas las bendiciones, las mercedes y los privilegios de la tierra de Canaán, debían recordar a aquel Único, fiel y lleno de gracia que les había redimido de la tierra de esclavitud. Debían recordar, asimismo, que todas aquellas cosas de las que habían tomado posesión eran dones gratuitos de él. La tierra, con todo lo que contenía, les era concedida en virtud de la promesa que Jehová había hecho a Abraham, Isaac y Jacob. Ciudades edificadas, casas provistas, cisternas, fructíferos viñedos y olivares, todo al alcance de sus manos, todo como don gratuito de la gracia soberana y del pacto de misericordia. Todo lo que tenían que hacer era tan solo tomar posesión de ello, con sencilla fe; guardar siempre en la memoria al munificente Dador de todo ello. Debían pensar en él y encontrar en el amor con que les redimió el verdadero motivo de una vida de obediencia afectuosa. Dondequiera volvieran sus miradas podían observar las señales de su gran bondad, el rico fruto de su amor maravilloso. Toda ciudad, toda casa, toda cisterna, toda vid, todo olivo, toda higuera hablaba a sus corazones de la abundante gracia de Jehová y proporcionaba una prueba material de su infalible fidelidad a su promesa.

«A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás. No andaréis en pos de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos; porque el Dios celoso, Jehová tu Dios, en medio de ti está; para que no se inflame el furor de Jehová tu Dios contra ti, y te destruya de sobre la tierra» (v. 13-15).

Hay dos grandes motivos expuestos a la congregación en este capítulo, a saber: el «amor», en el versículo 5, y el «temor», en el 13. Estos motivos se encuentran en todo el transcurso de la Escritura, y su importancia como guías de la vida y moldeadores del carácter no podrán jamás ser debidamente apreciados. «El temor de Jehová es el principio de la sabiduría». Se nos exhorta a perseverar «en el temor de Jehová todo el tiempo» (Prov. 9:10; 23:17). Es una gran salvaguardia moral contra todo lo malo. «Y dijo al hombre: He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28:28).

El bendito Libro abunda en pasajes que exponen en todas las formas posibles la inmensa importancia del temor de Dios. «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal» –dice José– «y pecaría contra Dios»? (Gén. 39:9). El hombre que anda habitualmente según el temor de Dios, está preservado de toda forma de depravación moral. La realización constante de la presencia divina ha de ser un abrigo efectivo contra toda tentación. Cuán a menudo vemos que la presencia de una persona muy santa y espiritual es un freno eficaz contra la ligereza y la insensatez. Si esa es la influencia moral de un simple mortal, ¡cuánto más poderosa habrá de ser la presencia de Dios experimentada por un alma!

Lector cristiano: prestemos la más seria atención a tan importante asunto. Procuremos vivir conscientes de que estamos en la inmediata presencia de Dios. De este modo seremos preservados de mil formas del mal, a las cuales estamos expuestos diariamente, y a las que desgraciadamente nos sentimos tan inclinados. El recuerdo de que la mirada de Dios está fija sobre nosotros ejercerá una más poderosa influencia sobre nuestra vida y nuestra conducta que la presencia de todos los santos en la tierra y de todos los ángeles del cielo. No podríamos hablar falsamente; no podríamos decir con los labios lo que no sintiéramos en el corazón; no podríamos hablar neciamente, no podríamos decir mal de nuestro hermano o de nuestro prójimo; no podríamos hablar de otro sin el debido miramiento, si tan solo nos sintiéramos en la presencia de Dios. En una palabra, el santo temor de Dios, del que tanto habla la Escritura, obraría como muy bendito freno contra los malos pensamientos, las malas palabras, las malas acciones, contra el mal, en fin, en todas sus formas.

Además, tendería a hacernos más veraces e ingenuos en nuestros dichos y hechos. Hay demasiado fingimiento y necedad a nuestro alrededor. Frecuentemente decimos mucho más de lo que sentimos. No somos honrados. No hablamos, cada cual, la verdad con nuestro prójimo. Damos expresión a sentimientos que no son la verdadera expresión del corazón. Nos portamos como hipócritas los unos con los otros.

Todo esto da una triste prueba de cuán poco «vivimos, y nos movemos y existimos» (Hec. 17:28) en presencia del Señor. Con solo que recordáramos que Dios nos oye y nos ve, que oye toda palabra y ve todo pensamiento nuestro, ¡cuán diferente sería nuestra conducta! ¡Qué santa vigilancia ejerceríamos sobre nuestros pensamientos, nuestro temperamento y nuestras lenguas! ¡Qué pureza de corazón y de mente! ¡Qué verdad y probidad en todas las relaciones con nuestros semejantes! ¡Qué veracidad y sencillez en nuestra conducta! ¡Qué dichosa liberación de toda afectación, de toda presunción, de toda pretensión! ¡Qué libres de toda forma de preocupación personal! ¡Oh, ojalá que vivamos constantemente con el profundo sentimiento de la presencia divina! ¡Andar en el temor del Señor durante el transcurso de todo el día!

Y, en fin, ¡gustar la vasta influencia «apremiante» de su amor! ¡Ser guiados a todas las santas actividades que ese amor pueda sugerirnos siempre! ¡Hallar nuestro deleite en hacer bien! ¡Gustar el placer espiritual de dar alegría a otros corazones! ¡Estar en continua meditación de planes benéficos! ¡Vivir junto a la fuente del amor divino, de tal modo que podamos ser corrientes refrescantes en medio de una escena sedienta, rayos de luz en medio de la oscuridad moral que nos rodea! «El amor de Cristo» –dice el apóstol– «nos apremia, llegando a esta conclusión: Que uno murió por todos, entonces todos murieron; y murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí mismos, sino para el que por ellos murió y fue resucitado» (2 Cor. 5:14-15).

¡Cuán moralmente hermoso es todo esto! ¡Ojalá se llevara a la práctica de un modo más completo y fuera más fielmente manifestado entre nosotros! ¡Ojalá que el temor y el amor de Dios estuvieran de continuo en nuestros corazones con todo su bendito poder e influencia formativa para que, de ese modo, nuestra vida diaria brillara en alabanza suya y para verdadero provecho, bienestar y bendición de todos los que se pongan a nuestro alcance, ya sea en privado o en público! ¡Ojalá que Dios, en su infinita misericordia, nos lo conceda por causa de Cristo!

7.13 - El testigo perfecto a quien imitar

El versículo 16 de nuestro capítulo reclama una atención especial. «No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah». Estas palabras fueron citadas por nuestro bendito Señor cuando Satanás le tentó para que se arrojara desde las almenas del templo. «Entonces el diablo lo lleva a la santa ciudad, y lo pone sobre la parte más alta del templo, y le dijo: Ya que eres Hijo de Dios, échate abajo; porque está escrito: «A sus ángeles te encomendará y sobre sus manos te elevarán, para que no tropiece tu pie en una piedra» (Mat. 4:5-6).

Es este un pasaje muy notable. Demuestra cómo Satanás puede citar la Escritura cuando le conviene. Pero omite una cláusula muy importante: «Que te guarden en todos tus caminos» (Sal. 91:11). Ahora bien; no entraba en los caminos de Cristo el desafío de arrojarse desde las almenas del templo. No era esa la senda del deber. No tenía ningún mandato de Dios para que hiciera semejante cosa; de ahí que rehusara hacerlo. No tenía necesidad de tentar a Dios, de ponerlo a prueba. Tenía, como hombre, la más perfecta confianza en Dios, la completa seguridad de su protección.

No hay duda de que nuestro Dios es muy misericordioso, lleno de gracia, y que su tierna misericordia se ejercita en nosotros, aun cuando nos descarriamos de la senda del deber; pero otra cosa enteramente distinta, y que en nada afecta a esta afirmación, es el saber que solo podemos contar con la protección divina cuando nuestros pies van siguiendo la senda del deber. Si un cristiano pone conscientemente su vida en peligro sin necesidad, ¿tiene algún derecho a creer que Dios tendrá cuidado de él? Dejamos a la conciencia que dé la respuesta. Si Dios nos llama a cruzar un lago tempestuoso para predicar el Evangelio; si Dios nos llama a cruzar los Alpes para cumplir algún especial servicio suyo, entonces con toda seguridad podremos encomendarnos a su mano poderosa para que nos proteja contra todo mal. El punto principal para todos nosotros es que se nos halle en la santa senda del deber. Puede ser angosta, áspera y solitaria; pero es una senda sombreada por las alas del Todopoderoso e iluminada por la luz de su rostro aprobatorio.

Antes de terminar el tema que nos ha sugerido el versículo 16, deseamos hacer constar, de una manera breve el hecho interesante e instructivo de que nuestro Señor, en su réplica a Satanás, para nada toma en cuenta su falsa cita del Salmo 91:11. Observemos este hecho cuidadosamente y procuremos recordarlo. En vez de decir al tentador: “Tú has omitido una importantísima cláusula del pasaje que te has atrevido a citar”, él cita otro pasaje para autorizar su conducta. Así venció al tentador, y de tal modo nos dio un bendito ejemplo.

Es digno de nuestra atención especial el hecho de que el Señor Jesucristo no venció a Satanás en virtud del poder divino que tenía. Si hubiera obrado así no podría ser un ejemplo para nosotros. Pero cuando le vemos, como hombre, empleando la Palabra como su única arma y ganando de tal modo una gloriosa victoria, nuestros corazones quedan animados y consolados; y no solo esto, sino que aprendemos una lección muy preciosa acerca de cómo debemos, en nuestra esfera y medida, mantenernos en tal conflicto. El hombre Cristo Jesús venció mediante la sencilla dependencia de Dios y la obediencia a su Palabra.

¡Bendito hecho! Hecho repleto de confortamiento y de consuelo para nosotros. Satanás nada pudo contra quien obraba solamente por la autorización divina y por el poder del Espíritu. Jesús nunca hizo su propia voluntad, aunque, como lo sabemos, su voluntad –bendito sea su santo Nombre– era absolutamente perfecta. Descendió del cielo, según él mismo nos lo dice en Juan 6, no para hacer su voluntad, sino para hacer la voluntad del Padre que le había enviado. Él fue un perfecto servidor desde el principio al fin. Su regla de conducta fue la Palabra de Dios; su poder de acción, el Espíritu Santo; su solo motivo de acción, la voluntad de Dios; de ahí que el príncipe de este mundo no tuviese nada en Él. Satanás no pudo, con todas sus sutiles astucias, separarlo de la senda de obediencia o de su actitud dependiente.

Lector cristiano, meditemos estas cosas. Ponderémoslas profundamente. Recordemos que nuestro bendito Señor y Maestro nos dejó un ejemplo para que sigamos sus pisadas. ¡Oh; sigámoslas diligentemente durante el corto espacio de tiempo que aún queda! ¡Ojalá que, por el ministerio de gracia del Espíritu Santo, podamos enterarnos del gran hecho de que somos llamados a andar como él anduvo! Él es nuestro gran Modelo en todo. ¡Estudiémosle más profundamente a fin de que podamos reproducirle con más fidelidad!

Terminaremos esta ya larga sección citando el último párrafo del capítulo que venimos considerando; es un pasaje de singular plenitud, profundidad y poder, y muy característico de todo el libro del Deuteronomio.

«Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y sus testimonios y sus estatutos que te ha mandado. Y haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová, para que te vaya bien, y entres y poseas la buena tierra que Jehová juró a tus padres; para que él arroje a tus enemigos de delante de ti, como Jehová ha dicho. Mañana cuando te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué significan los testimonios y estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó? Entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos siervos de Faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa. Jehová hizo señales y milagros grandes y terribles en Egipto, sobre Faraón y sobre toda su casa, delante de nuestros ojos; y nos sacó de allá, para traernos y darnos la tierra que juró a nuestros padres. Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado» (v. 17-25).

¡Cuán prominente resulta en cada página y en cada párrafo de este libro la palabra de Dios! Es el gran tema del corazón del venerable legislador y de todos sus discursos. Su único propósito es exaltar la palabra de Dios en todos sus aspectos, ya sea en la forma de testimonios, mandamientos, estatutos o juicios, y poner de manifiesto la importancia moral; sí, la urgente necesidad de obedecer de todo corazón, con ardor y diligencia por parte del pueblo. «Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios». Y luego: «Y haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová».

Todo esto es moralmente hermoso. Aquí tenemos desarrollados ante nuestros ojos esos eternos principios que no pueden menoscabar el cambio de dispensación, ni el cambio de escena, lugar o circunstancias. «Lo recto y bueno» ha de ser siempre de aplicación universal y permanente. Nos recuerda las palabras del apóstol Juan a Gayo: «Amado, no imites lo malo, sino lo bueno» (3 Juan 11). La asamblea podía estar en mala condición, podía haber muchas cosas que atribularan el corazón de Gayo y que quebrantaran su espíritu; Diótrefes podía portarse de modo indecoroso e inexcusable para con el venerable apóstol y otros; todo ello podía ser verdad, y mucho más; sí, la totalidad del cuerpo profeso podía desviarse. ¿Y qué? ¿Qué debía hacer Gayo? Sencillamente seguir lo que es justo y bueno; abrir su corazón, sus brazos y su casa a todo aquel que viniera con la verdad; que procurara ayudar a la causa de Cristo por cualquier camino recto.

Tal era el deber de Gayo en su tiempo; y ese es el deber de todo verdadero amante de Cristo en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia. Quizá no haya muchos que se junten con nosotros, quizá en ocasiones nos encontremos casi solos, pero debemos seguir lo que es bueno, cueste lo que costare. Debemos apartarnos de la iniquidad, limpiarnos de vasos de deshonra, huir de los deseos juveniles, volver la espalda a enseñadores sin poder. ¿Y después? «Sigue la justicia, la fe, el amor y la paz» (2 Tim. 2:22). ¿De qué modo? ¿En el aislamiento? No; puedo hallarme solo en un lugar determinado durante algún tiempo, pero no puede haber aislamiento mientras el Cuerpo de Cristo esté en la tierra, y esto durará hasta que él venga a buscarnos. Así que no esperemos ver el día en el cual no podamos hallar unos cuantos que invoquen al Señor de todo corazón; quienesquiera que sean y dondequiera que estén, es nuestro deber hallarlos y, una vez hallados, andar con ellos en santa comunión “hasta el fin”.

 

P.D. Debemos dejar para otro tomo los restantes capítulos del Deuteronomio. ¡Quiera el Señor, en su gracia, conceder su rica bendición sobre las meditaciones hechas hasta aquí! ¡Quiera él revestir estas páginas del poder del Espíritu Santo y haga que sean un mensaje directo a los corazones de su pueblo en todo el mundo! ¡Quiera él también conceder el poder espiritual para desarrollar la verdad contenida en las restantes secciones de este libro tan profundo y a la par tan comprensivo y tan sugerente!

Rogamos sinceramente al lector cristiano que se una a nosotros en oración para alcanzar esto, recordando esas muy preciosas palabras: «Si dos de vosotros estáis de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que pidáis, les será concedido por mi Padre que está en los cielos» (Mat. 18:19).

8 - Capítulo 7: Dios gobierna a los pueblos

8.1 - Los caminos de Dios para con las naciones

«Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a muchas naciones… siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia» (v. 1-2).

Al leer la historia de los designios de Dios para con las naciones que están en relación con su pueblo Israel, nos vienen a la memoria las primeras palabras del Salmo 101: «Misericordia y juicio cantaré». Si bien por una parte vemos el despliegue de misericordia para con su pueblo, en virtud de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob, vemos también la ejecución del juicio sobre las naciones a causa de su mala conducta. En el primer caso vemos la soberanía de Dios; en el segundo se justicia; en ambas resplandece la gloria divina. Todos los caminos de Dios, sean para misericordia o para juicio, son motivo de alabanza y su pueblo los celebrará para siempre. «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los siglos. ¿Quién no te temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque solo tú eres santo; porque todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti; porque tus actos de justicia han sido manifestados» (Apoc. 15:3-4).

Este es el espíritu con que deben considerarse los caminos de Dios cuando obra como gobernante. Algunos, dejándose influenciar por morbosos sentimientos y un falso sentimentalismo antes que por un juicio esclarecido, se sienten contrariados al leer las directivas dadas a Israel respecto a los cananeos al principio de este capítulo. Juzgan inconsistente con su Ser de bondad el mandato impartido a su pueblo de sacrificar a sus semejantes sin tener misericordia. No pueden entender cómo un Dios misericordioso pudo mandar a su pueblo que pasara a filo de espada a mujeres y niños.

Es evidente que los que así piensan no pueden hacer suyo el lenguaje del Apocalipsis 15:3-4. No están preparados para poder decir: «justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los siglos». No pueden atribuir justicia a Dios en todos sus procedimientos; no, en realidad llegan a juzgar a Dios mismo. Se atreven a medir los actos gubernativos de Dios con la vara de su criterio superficial, a medir lo infinito con lo limitado. En una palabra, miden a Dios por sí mismos.

Es una fatal equivocación. No somos competentes para formular juicio acerca de los caminos de Dios, y tal intento es el colmo de la presunción en pobres mortales ignorantes. En el capítulo 7 de Lucas leemos: «La sabiduría es justificada por todos sus hijos» (v. 35). Recordemos esto e impongamos silencio a nuestros razonamientos pecaminosos. «Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso, según está escrito: Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando seas juzgado» (Rom. 3:4).

¿Se encuentra el lector perplejo en cuanto a este punto? Por si así fuere, citamos un hermoso pasaje que podrá serle de mucha ayuda: «Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia… Al que hirió a Egipto en sus primogénitos, porque para siempre es su misericordia. Al que sacó a Israel de en medio de ellos, porque para siempre es su misericordia. Con mano fuerte, y brazo extendido, porque para siempre es su misericordia. Al que dividió el mar Rojo en partes, porque para siempre es su misericordia; e hizo pasar a Israel por en medio de él, porque para siempre es su misericordia; y arrojó a Faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque para siempre es su misericordia… Al que hirió a grandes reyes, porque para siempre es su misericordia; y mató a reyes poderosos, porque para siempre es su misericordia; a Sehón rey amorreo, porque para siempre es su misericordia; y a Og rey de Basán, porque para siempre es su misericordia; y dio la tierra de ellos en heredad, porque para siempre es su misericordia; en heredad a Israel su siervo, porque para siempre es su misericordia» (Sal. 136).

Aquí vemos que la muerte de los primogénitos de Egipto y la liberación de Israel, el paso a través del mar Rojo y la total destrucción del ejército de Faraón, la matanza de los cananeos y la entrega de sus tierras a Israel, todo demuestra la eterna misericordia de Jehová [22]. Así fue, así es y así será. Todo ha de redundar para gloria de Dios. Recordemos esto y dejemos de lado todos nuestros falsos razonamientos. Es nuestro privilegio justificar a Dios en todos sus procedimientos, inclinar nuestras frentes con santa adoración ante sus inescrutables juicios y descansar con la tranquila seguridad de que todos sus caminos son justos. No los entendemos todos; esto sería imposible. Lo limitado no puede comprender lo infinito. Por eso muchos están equivocados. Razonan sobre los actos del gobierno de Dios sin considerar que esos actos están tan distantes de los límites de la razón humana como el Creador lo está de la criatura. ¿Qué razón humana podrá desentrañar los profundos misterios de la providencia divina? ¿Podemos saber por qué una ciudad poblada de hombres, mujeres y niños queda sepultada en una hora por una corriente de ardiente lava? Absolutamente imposible; y, sin embargo, este hecho es uno entre los miles registrados en las páginas de la historia de la humanidad, todos ellos muy fuera del alcance de las inteligencias más agudas. Id por todas las calles de nuestras ciudades y pueblos y ved los millares de seres humanos que se agrupan en estos sitios, viviendo en sórdida miseria y en la mayor degradación moral. ¿Podemos explicarnos todo esto? ¿Podemos saber por qué Dios lo permite? ¿Somos llamados a explicarlo? ¿No está perfectamente claro para el lector que no nos corresponde discutir tales cuestiones? Y si en nuestra ignorancia y necedad nos ponemos a razonar y a especular sobre los inescrutables misterios del gobierno divino ¿qué podemos esperar si no un completo extravío y hasta caer en positiva incredulidad?

[22] Muchos cristianos encuentran dificultad para interpretar y aplicar las expresiones de muchos salmos, en los que se invoca el castigo de los malvados. Tal lenguaje sería desde luego, enteramente impropio de un cristiano, puesto que se nos enseña a amar a nuestros enemigos, a hacer bien a los que nos aborrecen y a orar por los que nos ultrajen y nos persiguen.

Pero debemos recordar que lo que sería completamente inadecuado para la Iglesia de Dios, pueblo celestial, bajo la gracia, fue y será del todo apropiado para Israel, un pueblo terrenal bajo el gobierno de Dios. Ningún cristiano inteligente podría pensar un solo instante en implorar venganza sobre sus enemigos o sobre el malvado. Sería una grosera falta. Somos llamados a ser los expositores de la gracia de Dios al mundo; andar en las huellas del manso y humilde Jesús, a sufrir por la justicia, a no resistir al daño. Dios está tratando al mundo con generosa misericordia. «Hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mat. 5:45). Este debe ser nuestro modelo. Hemos de ser en esto «perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48). Un cristiano que trate de obrar con el mundo bajo el principio de recto juicio sería mal representar a su Padre celestial, y falsificaría su profesión.

Pero, cuando la Iglesia haya abandonado la escena, Dios tratará al mundo con justicia; juzgará a las naciones según hayan tratado a su pueblo Israel.

Este principio, bien comprendido, dará al lector la justa aplicación de los Salmos proféticos.

8.2 - No debe haber misericordia para los cananeos, ni pacto con ellos

Los pensamientos ya expuestos permitirán al lector entender las primeras líneas de nuestro capítulo. Las naciones cananeas no debían recibir misericordia por parte de Israel. Sus iniquidades habían alcanzado el punto culminante y no quedaba más que la inflexible ejecución del castigo divino. «Las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia. Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo. Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto. Mas así habéis de hacer con ellos: sus altares destruiréis, y quebraréis sus estatuas, y destruiréis sus imágenes de Asera, y quemaréis sus esculturas en el fuego» (v. 2-5). Tales fueron las instrucciones dadas por Jehová a su pueblo. Eran claras y explícitas. No debía haber misericordia para los cananeos, no podían pactar con ellos, ni unirse a ellos, ni mantener vínculo de ninguna clase; solo debía haber juicio no atenuado, absoluta separación.

Lamentablemente sabemos cuán pronto y completamente Israel dejó de llevar a cabo tales instrucciones. Apenas habían asentado sus pies en la tierra de Canaán que hicieron alianza con los gabaonitas. El mismo Josué cayó en el engaño. Los vestidos andrajosos y el pan mohoso de aquellas gentes astutas engañaron a los príncipes de la congregación y les hicieron obrar de un modo contrario al terminante mandamiento de Dios. Si se hubiesen dejado guiar por la autoridad de la Palabra, no habrían caído en el grave error de hacer alianza con una gente a la que debían haber exterminado. Pero juzgaron con sus ojos y tuvieron que sufrir las consecuencias. [23] La obediencia implícita es la mejor salvaguardia moral contra las astucias del enemigo. No hay duda de que el relato hecho por los gabaonitas era muy plausible, y todo el aspecto de los mismos daba un aire de verdad a sus afirmaciones; pero nada de todo ello debió haber producido el menor efecto moral sobre el ánimo de Josué y de los príncipes del pueblo; y seguramente no lo habría producido si tan solo hubiesen recordado la Palabra del Señor. Fallaron en eso. Discurrieron acerca de lo que veían en vez de obedecer a lo que se les había dicho. La razón no es un guía para el pueblo de Dios; tenemos que ser absolutamente guiados y gobernados por la Palabra de Dios.

[23] Es instructivo ver que los vestidos, el pan mohoso y las halagadoras palabras de los gabaonitas pudieron hacer lo que no hicieron las murallas de Jericó. Son más de temer las astucias que el poder de Satanás. «Tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo… que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (Efe. 6:13, 16). Si consideramos atentamente las componentes de la armadura de Dios, claramente veremos que están agrupadas bajo dos principios: obediencia y dependencia. El alma que con realidad está gobernada por la autoridad de la Palabra, y que se confía en el poder del Espíritu, está equipada del todo para la lucha. Así fue cómo el Hombre Cristo Jesús venció al enemigo. El diablo no podía nada contra un hombre que era perfectamente obediente y guardó la dependencia más completa. ¡Estudiemos en esto, como en todo lo demás, a nuestro gran Modelo!

Este es un privilegio del orden más elevado y está al alcance del más sencillo y menos instruido de los hijos de Dios. La palabra del Padre, la voz del Padre, la mirada del Padre puede guiar al menor y más débil miembro de su familia. No necesitamos más que tener un corazón humilde y obediente. No hay necesidad de una gran inteligencia ni de vastos conocimientos; si fuese así ¿qué sería de la gran mayoría de los cristianos? Si solo los muy ilustrados, los grandes pensadores y los clarividentes fueran los únicos capaces de descubrir los engaños del adversario, entonces sí que la mayoría de nosotros deberíamos entregarnos a la desesperación.

Pero, gracias a Dios, no es así; en realidad sucede lo contrario, pues, al estudiar la historia del pueblo de Dios en todas sus épocas, podemos ver que la sabiduría, la instrucción o la cultura humanas, si no guardan su debido lugar, se convierten en verdaderos lazos para sus poseedores y son los instrumentos más eficaces en manos del enemigo. ¿Quiénes fueron los que introdujeron la mayor parte de las herejías que han perturbado la Iglesia de Dios de siglo en siglo? No fueron los hombres sencillos, los incultos, sino los instruidos y los intelectuales. Y en el pasaje del libro de Josué que acabamos de citar ¿quiénes fueron los que hicieron alianza con los gabaonitas? ¿Fue acaso el pueblo? De ningún modo; fueron los príncipes de la congregación. Sin duda alguna todos cayeron en el engaño, pero fueron los príncipes los que tomaron la iniciativa. Las cabezas y los guías de la asamblea cayeron en la trampa del diablo por haber descuidado la clara palabra de Dios.

«No harás con ellas alianza». ¿Puede haber cosa más clara que esta? Los andrajos, los zapatos gastados y los panes enmohecidos de los gabaonitas ¿podían alterar el alcance del mandamiento divino, o hacer pasar por alto la urgente necesidad de una estricta obediencia por parte de la congregación? Por cierto, que no. Nada podrá justificar jamás el más mínimo motivo para rebajar, ni el grueso de un cabello, el patrón de la obediencia debida a la Palabra de Dios. Si aparecen dificultades en el camino, si se nos presentan circunstancias que causan perplejidad o cosas que no estamos preparados para juzgar ¿qué hemos de hacer? ¿Discurrir? ¿Apresurarnos a deducir? ¿Obrar según nuestro propio criterio, o por cualquier juicio humano? Ciertamente que no. ¿Qué hacer, pues? Esperar en Dios, esperar con paciencia, con humildad, con fe; y él con toda seguridad nos aconsejará y guiará. «Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera» (Sal. 25:9). Si Josué y los príncipes hubiesen obrado así, jamás habrían hecho alianza con los gabaonitas; y, si el lector obra así, también será librado de toda mala obra y preservado para el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

8.3 - Israel, pueblo santo

En el versículo 6 de este capítulo, Moisés expone ante el pueblo el fundamento moral de la conducta que ellos debían seguir respecto a los cananeos, es decir, de la rígida separación de con aquellos pueblos y del juicio sin reservas que sobre ellos debían ejecutar. «Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra».

El principio aquí expuesto es muy importante. ¿Por qué el pueblo debía mantener la más marcada separación con los cananeos? ¿Por qué debían rehusar firmemente hacer alianza o unirse en matrimonio con ellos? ¿Por qué debían demoler sus altares, quebrar sus estatuas y abatir sus bosques? Sencillamente porque Israel era un pueblo santo. Y ¿quién lo había constituido en un pueblo santo? Jehová. Él lo había escogido y lo había amado; él lo había redimido y lo había apartado para sí; por eso tenía derecho a prescribirle cómo debía ser y cómo debía obrar. «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pe. 1:16).

No era en modo alguno sobre el principio de: «No te acerques a mí, porque soy más santo que tú» (Is. 65:5). Israel no valía más que las otras naciones. Esto es evidente por lo que dicen los versículos 7 y 8 del capítulo que estamos considerando: «No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto».

¡Qué palabras tan convenientes para Israel! ¡Cuán saludables y necesarias! Ellos debían recordar que toda su dignidad, todos sus privilegios, todas sus bendiciones no se debían a lo que eran, a su propia bondad, o a su grandeza, sino sencillamente al hecho de haber querido Jehová identificarse con ellos en su infinita bondad y gracia soberana, y en virtud de su pacto con sus padres, pacto «ordenado en todas las cosas, y será guardado» (2 Sam. 23:5). Esto, al paso que proporcionaba un divino antídoto contra la propia complacencia y la propia confianza, formaba la sólida base de su felicidad y de su seguridad moral. Todo descansaba sobre la eterna estabilidad de la gracia de Dios y, por lo mismo, quedaba excluida toda jactancia humana. «En Jehová se gloriará mi alma; lo oirán los mansos, y se alegrarán» (Sal. 34:2).

Es el firme propósito de Dios que ninguna carne se gloríe en su presencia. Toda pretensión humana debe ser descartada. Él apartará del varón la soberbia. Israel debía recordar su origen, su verdadero estado «de servidumbre» en Egipto, y que era «el más insignificante de todos los pueblos»; no cabía, pues, el orgullo o la jactancia. En ningún sentido era mejor que las naciones de su alrededor, y, por lo tanto, si era llamado a dar cuenta de su superior elevación y grandeza moral, debía atribuirlas al gratuito amor de Dios y a la fidelidad al juramento hecho a sus padres. «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad» (Sal. 115:1).

«Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones; y que da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndolo; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago» (v. 9-10).

Aquí tenemos dos hechos muy importantes expuestos a nuestra consideración; uno, lleno de rico consuelo y precioso aliento para todo aquel que ama verdaderamente a Dios; el otro, repleto de la más intensa solemnidad para todo aquel que aborrece a Dios. Todos los que aman realmente a Dios y guardan sus mandamientos pueden contar con su infalible fidelidad y tierna misericordia, en todo tiempo y en todas las circunstancias. «Sabemos que todas las cosas cooperan juntas para el bien de los que aman a Dios, los que son llamados según su propósito» (Rom. 8:28). Si, por la gracia infinita, tenemos el amor de Dios en nuestros corazones y su temor ante nuestros ojos, podemos avanzar con buen ánimo y gozosa confianza, seguros de que todo irá bien, de que todo estará bien. «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos para con Dios; y todo cuanto pidamos lo recibimos de él; porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es agradable ante él» (1 Juan 3:21-22).

Esta es una grande y eterna verdad, tanto para Israel como para la Iglesia. Las dispensaciones no hacen diferencia en cuanto a esto. Si estudiamos el capítulo 7 del Deuteronomio o el tercer capítulo de 1 Juan, aprendemos la misma gran verdad práctica, a saber, que Dios se deleita en aquellos que le temen, le aman y guardan sus mandamientos. El amor y la legalidad no tienen nada en común, pues el uno está tan distante de la otra como los polos. «Porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5:3). El espíritu y el genio, el fundamento y el carácter de nuestra obediencia, todo tiende a probar que esta es contraria a la legalidad. Tenemos la íntima convicción de que todos aquellos que cuando oyen que se les insta a la obediencia siempre están dispuestos a exclamar: “legalismo, legalismo”, están lamentablemente equivocados. Si se enseñara que deberíamos alcanzar por nuestra obediencia la alta posición y parentesco de hijos de Dios, entonces sí que verdaderamente podría hacerse el severo cargo de legalismo. Pero aplicar tal epíteto a la obediencia cristiana es, lo repetimos, una deplorable equivocación moral. La obediencia no puede preceder jamás a la filiación; pero la filiación o parentesco de hijo debe ser siempre seguida por la obediencia.

8.4 - El gobierno de Dios sobre aquellos que lo aborrecen

Y ya que estamos tratando este asunto debemos llamar la atención del lector a uno o dos pasajes del Nuevo Testamento que no son bien entendidos por muchas personas. En el capítulo 5 de Mateo, leemos: «Oísteis que fue dicho: «Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.» Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen; para que así seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; pues él hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 43-48).

Este pasaje, a juicio de algunos, parece enseñar que el parentesco de hijo puede lograrse por cierta línea de conducta; pero no es así. Se trata de la conformidad o acomodamiento moral al carácter y a los pensamientos de nuestro Padre. A menudo oímos en la vida diaria la siguiente expresión: “Si no obrara de tal manera, no sería usted hijo de su padre”. Es como si nuestro Señor hubiera dicho: “Si queréis ser hijos de vuestro Padre celestial, debéis obrar en gracia para con todos; porque esto es lo que él hace”. También en la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 6, leemos: «Por lo cual, «¡salid de en medio de ellos y separaos, dice el Señor, y no toquéis cosa inmunda; y yo os recibiré,» y «seré vuestro padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso!» (v. 17-18). Aquí no se trata de la secreta relación filial formada por obra divina, sino del público reconocimiento de nuestra posición de hijos como resultado de nuestra separación del mal.

Es conveniente que el lector comprenda bien esta importante distinción. Es de gran valor práctico. No llegamos a ser hijos por separarnos del mundo. «Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». «A todos cuantos lo recibieron, es decir, a los que creen en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no fueron engendrados de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Gál. 3:26: Juan 1:12-13). «De su propia voluntad él nos engendró con la palabra de verdad» (Sant. 1:18). Llegamos a ser hijos por el nuevo nacimiento, el que –gracias sean dadas a Dios– es una operación divina del principio al fin. ¿Qué tuvimos que hacer nosotros en nuestro nacimiento natural? Nada. Y ¿qué tenemos que hacer nosotros en nuestro nacimiento espiritual? Evidentemente nada.

Pero recordemos que Dios solo puede identificarse y públicamente reconocer a los que, por gracia, procuran andar de una manera aceptable para él y digna de hijos e hijas del Señor Todopoderoso. Si nuestra conducta es inconsecuente con su naturaleza, si andamos mezclados con toda clase de cosas malas, si entramos en yugo desigual con los infieles ¿cómo podemos esperar que Dios nos reconozca como hijos suyos? En Hebreos 11 leemos de aquellos que confesaban «que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra» y que claramente daban a entender que buscaban una patria, que «Dios no se avergüenza de ellos, ni de ser llamado Dios suyo» (Hebr. 11:13-14, 16). Él podía identificarse públicamente con ellos y reconocerlos como suyos.

Lector, dediquemos seriamente nuestros corazones a la consideración de esta gran cuestión práctica. Examinemos seria y honestamente nuestra conducta. Averigüemos con verdad e integridad de corazón si en algo o para un fin cualquiera estamos unidos en «yugo desigual con los incrédulos». Si fuese así, prestemos sincera atención a las palabras: «Salid de en medio de ellos, y separaos… y no toquéis cosa inmunda» (2 Cor. 6:14, 17). Puede suceder que la obediencia a este santo mandamiento nos exponga a ser acusados de fanatismo, estrechez de criterio, intolerancia y orgullo farisaico. Se nos dirá que no debemos juzgar a los demás ni pretender tenernos por más santos o mejores que ellos. Para toda esta serie de consideraciones tenemos una muy sencilla y concluyente respuesta: el expreso mandamiento de Dios. Él nos dice que nos separemos, que salgamos, que no toquemos lo inmundo, y todo ello a fin de recibirnos y de reconocernos como hijos e hijas. Esto debe bastarnos. Que la gente piense o diga de nosotros lo que quiera, que nos llame como quiera, Dios se entenderá con ellos tarde o temprano; nuestro deber es separarnos de los incrédulos si queremos ser recibidos y reconocidos por Dios. Si los creyentes andan mezclados con los que no creen ¿de qué modo podrán ser conocidos o distinguidos como hijos o hijas del Señor Todopoderoso?

Se nos preguntará tal vez: “¿Cómo hemos de conocer a los que no creen? Todos profesan ser cristianos; todos ellos profesan pertenecer a Cristo; no estamos rodeados de paganos o de judíos incrédulos; ¿cómo, pues, podremos juzgar? Era cosa fácil en los primeros días del cristianismo, cuando el apóstol escribió su carta a la asamblea de Corinto; entonces la línea de demarcación era tan clara como un rayo de sol, allí estaban las tres clases –el judío, el gentil y la Iglesia de Dios–, pero ahora todo ha cambiado; vivimos en un país cristiano, bajo un gobierno cristiano, estamos rodeados de cristianos y, por lo tanto, el texto de 2 Corintios 6 no puede aplicarse a nosotros; aquel texto fue apropiado para la Iglesia del principio, cuando acababa de separarse del judaísmo por un lado y del paganismo por otro; mas aplicar tal precepto en esta época tan avanzada de la historia de la Iglesia es una imposibilidad”.

A todos los que sostienen este criterio vamos a formularles una pregunta muy sencilla: ¿Es que la Iglesia ha alcanzado una fase de su historia en la que ya no necesite el Nuevo Testamento como guía y autoridad? ¿Hemos alcanzado ya una línea que represente el más allá de la santa Escritura? Si es así, ¿qué hemos de hacer? ¿Adónde hemos de dirigir nuestras miradas en busca de guía? Si admitimos por un momento que el texto de 2 Corintios 6 no tiene actualmente aplicación a los cristianos, ¿qué garantía tenemos de que otros textos o porciones del Nuevo Testamento puedan tener aplicación para nosotros?

Lo cierto es que la Escritura fue dada a la Iglesia de Dios en su conjunto y a cada miembro de ella en particular; de lo que se desprende que, mientras que la Iglesia permanezca en la tierra, la Escritura será de aplicación para ella. Dudar de esto es una manifiesta contradicción a las palabras del inspirado apóstol, quien nos dice que la santa Escritura nos puede hacer sabios «para la salvación», esto es, «sabios» hasta el día de la gloria, porque tal es la bendita fuerza de la palabra «salvación» en 2 Timoteo 3:15.

No necesitamos nueva luz, ni nueva revelación; poseemos «toda verdad» en las páginas de nuestra preciosa Biblia. ¡Gracias a Dios por ello! No necesitamos la ciencia ni la filosofía para hacernos sabios. La verdadera ciencia y la sana filosofía en nada disminuyen el testimonio de la santa Escritura, no pueden añadirle nada, pero no la contradirán. Cuando los incrédulos nos hablan de “progreso”, de “desenvolvimiento”, de la “luz de la ciencia”, nos apoyamos con santa confianza y tranquilidad en las preciosas palabras «toda verdad», «sabio para la salvación». Es imposible ir más allá. ¿Qué puede compararse a «toda verdad»? ¿Qué más ha de faltarnos o puede faltarnos para ser sabios hasta el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo?

Además, recordemos que no se ha comprobado cambio alguno en las posiciones relativas de la Iglesia y del mundo. Es tan verdadero hoy como lo fue veinte siglos atrás, cuando nuestro Señor dijo que su pueblo no era del mundo, como él tampoco era del mundo (Juan 17). El mundo es siempre el mundo. Podrá haber cambiado su aspecto en algún sentido, pero no ha cambiado su verdadero carácter, su espíritu y sus principios. Por eso es tan malo hoy día como lo fue cuando Pablo escribió su epístola a la iglesia en Corinto, en la que los cristianos se unían en «yugo desigual con los incrédulos». No podemos pasar por alto este hecho. No podemos desprendernos de nuestra responsabilidad al respecto. De ningún modo podemos resolver la dificultad diciendo: “No debemos juzgar a otros”. Estamos obligados a juzgar. Si rehusamos juzgar, rehusamos obedecer, y ¿qué es esto si no franca rebelión? Dios dice: «Salid de en medio de ellos, y apartaos». Y si replicamos: “No debemos juzgar”, ¿dónde estamos? El hecho es que se nos manda positivamente que juzguemos. «¿No juzgáis vosotros a los de dentro? Pero a los de afuera los juzgará Dios» (1 Cor. 5:12-13).

No proseguiremos en este orden de consideraciones. Creemos que el lector es de los que reconocen sin reserva la directa aplicación a sí mismo del pasaje citado al principio. Es tan claro como preciso; llama al pueblo de Dios a salir, a mantenerse aparte y a no tocar lo inmundo. Esto es lo que Dios exige de su pueblo a fin de reconocerlo como suyo; y debe ser ciertamente el más profundo y sincero deseo de nuestros corazones atender a su voluntad llena de gracia respecto a este punto, sin tener en cuenta para nada lo que el mundo pueda pensar de nosotros. Algunos de nosotros temen mucho ser acusados de estrechez de criterio y de fanatismo; pero ¡cuán poco importa a un corazón verdaderamente consagrado lo que los hombres piensen de él! El pensamiento humano fenece en una hora. Cuando seamos manifestados ante el tribunal de Cristo, cuando estemos en el pleno resplandor de la gloria, ¿qué podrá importarnos que los hombres nos consideren como personas de criterio estrecho o amplio, fanáticas o liberales? Y ¿qué nos importa incluso en la actualidad? Ni el peso de un cabello. Nuestro objeto primordial debe ser obrar de tal manera, comportarnos de tal modo que seamos agradables a Aquel que nos hizo «aceptos». ¡Que así sea para el que esto escribe y para el que lea, y para todo miembro del Cuerpo de Cristo!

Volvamos ahora a la importante y muy solemne verdad expuesta en el versículo 10 de nuestro capítulo. «Y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago». Si a los que aman a Dios se les conforta en el versículo 9, y se les anima de un modo bendito a guardar sus mandamientos, los que aborrecen a Dios son llamados a oír unas palabras de amonestación en el versículo 10.

Vendrá el día en que Dios tratará personalmente, cara a cara, con sus enemigos. Cuán terrible es pensar que alguien pueda aborrecer a Dios, aborrecer a Aquel de quien se dice que es, y lo es en realidad «luz» y «amor»; la misma fuente del bien, el autor y dador de todo don perfecto y bueno, el Padre de las luces; a Aquel cuya liberal mano suple las necesidades de todo ser viviente, que oye los graznidos del polluelo del cuervo y apaga la sed del asno salvaje; al infinitamente bueno, al solo sabio, al Dios perfectamente santo, Señor de toda fuerza y potestad, creador de los términos de la tierra y Aquel que tiene poder para destruir juntamente el cuerpo y el alma en la gehena.

Piense usted por unos momentos, lector, en lo que es aborrecer a un Ser tal como Dios; y sabemos que todos aquellos que no aman, forzosamente odian. Las gentes no lo comprenderán así; muy pocos estarán dispuestos a reconocerse a sí mismos como aborrecedores de Dios; pero no existe un terreno neutro en esta magna cuestión; hemos de estar en pro o en contra; y, en general, los hombres no tardan en mostrar cuál es su bandera. Sucede a menudo que la profunda enemistad contra Dios que se alberga en el corazón sale al exterior con palabras de odio contra su pueblo, contra su Palabra, contra su culto, contra su servicio. Cuán a menudo oímos expresiones tales como: “Aborrezco a la gente religiosa”; “Odio toda hipocresía”; “No puedo ver a los predicadores”. Pero en verdad, Dios mismo es a quien se aborrece. «El pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Rom. 8:7); y esta enemistad se manifiesta cuando se trata de personas o cosas relacionadas con Dios. En lo profundo de todo corazón no convertido anida la más positiva enemistad contra Dios. Todo hombre en su estado natural aborrece a Dios.

Ahora bien; Dios declara en Deuteronomio 7:10 que él no se «demora con el que le odia; en persona le dará el pago». Esta es una verdad muy solemne, a la cual debería prestársele la más seria atención. A los hombres no les agrada oírla; muchos aparentan y profesan no creerla. Quisieran persuadirse y persuadir también a los demás de que Dios es demasiado bueno, benévolo, misericordioso y benigno para tratar a sus criaturas con severidad. Olvidan que los designios gubernativos de Dios son tan perfectos como sus designios de gracia. Se imaginan que el gobierno de Dios pasará por alto o tratará ligeramente el mal y a los malhechores.

Esto es una miserable y fatal equivocación que, antes o después, producirá dolorosos frutos. Es verdad, bendito sea Dios, que él, merced a su gracia rica y soberana y a su misericordia, puede perdonar nuestros pecados, borrar nuestras transgresiones, cubrir nuestras culpas, justificarnos perfectamente y llenar nuestros corazones con el espíritu de adopción. Pero esto es un asunto del todo diferente. Es la gracia, reinando por la justicia para vida eterna por Jesucristo, nuestro Señor. Es Dios, por su admirable amor, quien proporciona justicia para el pobre y culpable pecador, merecedor de la gehena, el cual sabe, siente y reconoce que no tiene ninguna justicia suya y jamás podría alcanzarla por sí mismo. Dios, en su maravilloso amor, ha provisto de medios por los cuales puede ser justo y ser el justificador de todo pecador quebrantado de corazón que se confía sencillamente en Jesús.

Pero, ¿cómo se hizo esto? ¿Pasando por alto el pecado, como si no fuese nada? ¿Atenuando los derechos del gobierno divino, rebajando la norma de la santidad divina o cercenando en algo la dignidad, severidad y majestad de la Ley? No; todo lo contrario. Nunca hubo o pudo haber más terrible expresión del eterno aborrecimiento de Dios contra el pecado, de su implacable propósito de condenarlo por completo y de castigarlo eternamente; nunca hubo o pudo haber una más gloriosa vindicación del gobierno divino, un más perfecto mantenimiento de la norma de la santidad divina, de su verdad y de su justicia, jamás fue la ley más gloriosamente vindicada o más completamente establecida que por ese muy glorioso plan de redención, trazado, ejecutado y revelado por la eterna Trinidad, trazado por el Padre, ejecutado por el Hijo y revelado por el Espíritu Santo.

Si queremos tener un justo sentido de la espantosa realidad del gobierno de Dios, de su ira contra el pecado y del verdadero carácter de su santidad, debemos contemplar la cruz; debemos prestar atención al angustioso lamento salido del corazón del Hijo de Dios y que rasgó las negras sombras del Calvario: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» (Sal. 22:1; Mat. 27:46; Marcos 15:34). Jamás tal pregunta se había formulado antes, como tampoco se ha formulado después; nunca más se repetirá, no, de ningún modo podrá formularse de nuevo. Sea que consideremos a aquel que preguntó, a aquel a quien se dirigió la pregunta, o la respuesta misma, comprenderemos que aquella pregunta permanece como absolutamente única en los anales de la eternidad. La cruz es la medida del aborrecimiento que Dios siente por el pecado, como también es la medida de su amor por el pecador. Es el imperecedero fundamento del trono de la gracia, la base de la divina justicia sobre la cual Dios puede perdonar nuestros pecados y constituirnos perfectamente justos en un Cristo resucitado y glorificado.

Pero si los hombres desprecian todo esto y persisten en su aborrecimiento de Dios, y, además, hablan de que es demasiado bueno, demasiado benévolo para castigar a los malos ¿qué les sucederá? «El que no obedece al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36) [24]. ¿Es posible, podríamos creer, aunque fuera por un momento, que un Dios justo ha ejecutado el castigo sobre su Hijo unigénito –su amado, su eterna delicia– por llevar nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, y que a pesar de ello permita escapar del castigo al pecador impenitente? Jesús, el Hombre inmaculado, santo y perfecto (el único Hombre perfecto que pisó este mundo) debió sufrir por los pecados, el justo por los injustos ¿y habrán de ser salvos, bendecidos y llevados al cielo los malos, los incrédulos y los aborrecedores de Dios? ¡Y todo esto porque Dios es demasiado benévolo y demasiado bueno para castigar a los pecadores eternamente en la gehena! Le costó a Dios la entrega, el abandono y el castigo de su amado Hijo para salvar a su pueblo de sus pecados y ¿habrán de ser los impíos pecadores, menospreciadores y rebeldes salvados con sus pecados? ¿Murió el Señor Jesucristo sin motivo alguno? ¿Le expuso Jehová a la aflicción y escondió de él su rostro sin necesidad alguna? ¿Por qué los tremendos horrores del Calvario? ¿Por qué las tres horas de tinieblas? ¿Por qué aquel angustioso lamento: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?» ¿Por qué todo esto, si los pecadores pueden llegar al cielo sin necesidad de ello? ¿Por qué tan inconcebibles aflicciones y sufrimientos para nuestro bendito Señor, si Dios es demasiado benévolo, demasiado benigno, demasiado apacible para mandar pecadores a la gehena?

[24] El pasaje de Juan 3:36 es de inmensa importancia. No solamente expone la gran verdad que todos los que creen en el Hijo de Dios tienen el privilegio de poseer la vida eterna, pero además corta de raíz dos capitales herejías actuales, a saber, el universalismo y la aniquilación. Los universalistas profesan la creencia que, al fin, todos serán restaurados y bendecidos. No es así, dice nuestro pasaje, ya que los que no obedecen (creen) al Hijo, no verán «la vida».

Los que profesan la aniquilación tienen la creencia que todos los que no pertenecen a Cristo, perecerán como bestias. No es así, por que «la ira de Dios permanece» sobre el desobediente. La ira «permanente» y el aniquilamiento son cosas totalmente incompatibles. Es imposible conciliar ambas cosas.

Es interesante e instructivo observar la diferencia entre las palabras, «el que cree», y «el que no obedece». Ellas nos dan los dos lados del tema de la fe.

 

¡Qué locura inconcebible! ¿Qué no creerán los hombres con tal que no sea la verdad de Dios? La pobre y oscura inteligencia humana pretenderá creer el absurdo más monstruoso a fin de tener una excusa para rechazar la clara enseñanza de la Escritura. Lo que los hombres jamás pensarían atribuir a un buen gobierno humano, no vacilan en atribuirlo al gobierno del solo sabio, el solo verdadero, el solo justo Dios. ¿Qué pensaríamos de un gobierno que no pudiera o no quisiera castigar a los malhechores? ¿Quisiéramos vivir bajo tal gobierno? ¿Qué pensaríamos de un gobierno que, por ser tan benévolo, indulgente, de corazón tan apacible, no pudiera permitir que los criminales fuesen castigados según la ley? ¿Quién querría vivir en tal país?

Lector: ¿no ve cómo este solo versículo que tenemos a la vista echa por tierra completamente todas las teorías y los argumentos que los hombres, en su necedad e ignorancia, han propuesto respecto al gobierno divino? «Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que… da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndolo; y no se demora con el que le odia; en persona le dará el pago».

¡Oh, si los hombres quisieran escuchar la voz de Dios! ¡Si quisieran creer sus advertencias tan claras, enfáticas y solemnes en cuanto a la ira venidera, al juicio y al eterno castigo! Si, en vez de procurar persuadirse a sí mismos y a otros de que no hay gehena, ni gusano roedor que no muere, ni fuego inextinguible, ni tormento eterno, quisieran escuchar la voz de aviso, y, antes de que sea demasiado tarde, buscar refugio en la esperanza puesta ante nosotros en el Evangelio. En verdad que esto sería la verdadera sabiduría. Dios declara que dará el pago a los que le aborrecen. ¡Cuán terrible es el solo pensamiento de tal pago! ¿Quién podría resistirlo? El gobierno de Dios es perfecto; y porque es así, es enteramente imposible que pueda consentir que el mal quede sin castigo. Nada puede ser más claro que esto. Toda la Escritura, desde el Génesis al Apocalipsis, lo expone en forma tan clara y con tal fuerza que es el colmo de la locura que los hombres intenten discutir el asunto. Cuánto mejor, más cuerdo y más seguro es huir de la ira venidera que negar su venida o que, cuando venga, su duración ha de ser eterna. Es completamente vano intentar aducir razonamientos en contra de la verdad de Dios. Toda palabra de Dios permanecerá para siempre. Vemos las actuaciones del gobierno de Dios en relación con su pueblo Israel, y con los cristianos ahora. ¿Pasó por alto el mal en su pueblo en la antigüedad? No, al contrario, les visitaba de continuo con su vara de castigo, y ello precisamente por ser su pueblo, como les dijo por su profeta Amós: «Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. Dice así: A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades» (3:1-2).

8.5 - El gobierno de Dios sobre su propia casa

El mismo principio está aplicado a los cristianos en la actualidad en la primera epístola de Pedro: «Porque llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios; y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios? Y si el justo se salva con dificultad, el impío y el pecador ¿dónde aparecerán?» (4:17-18).

Dios castiga a los suyos porque son suyos, y «para no ser condenados con el mundo» (1 Cor. 11:32). A los hijos de este mundo se les permite seguir su camino, pero su día está llegando, día negro y abrumador, día de juicio y de castigo sin atenuación. Los hombres podrán dudar, argumentar y razonar; pero la Escritura es clara y enfática. Dios «fijó un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por un Hombre que él ha designado» (Hec. 17:31). El día del juicio, que está llegando, Dios dará al hombre el pago en su cara.

Es en verdad edificante observar de qué modo Moisés, el amado y honroso siervo de Dios, guiado por el Espíritu de Dios, pone las grandes y divinas realidades del gobierno de Dios ante la conciencia de la congregación. Oigamos de qué modo suplica y exhorta: «Guarda, por tanto, los mandamientos, estatutos y decretos que yo te mando hoy que cumplas. Y por haber oído estos decretos, y haberlos guardado y puesto por obra, Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres. Y te amará, te bendecirá y te multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu grano, tu mosto, tu aceite, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas, en la tierra que juró a tus padres que te daría. Bendito serás más que todos los pueblos; no habrá en ti varón ni hembra estéril, ni en tus ganados. Y quitará Jehová de ti toda enfermedad; y todas las malas plagas de Egipto, que tú conoces, no las pondrá sobre ti, antes las pondrá sobre todos los que te aborrecieren. Y consumirás a todos los pueblos que te da Jehová tu Dios; no los perdonará tu ojo, ni servirás a sus dioses, porque te será tropiezo» (v. 11-16).

¡Qué exhortación tan poderosa! ¡Cuán conmovedora! Nótense los dos grupos de palabras. Israel debía «oír», «guardar» y «hacer»; Jehová debía «amar», «bendecir» y «multiplicarlos». ¡Ah! Israel defraudó triste y vergonzosamente, bajo la ley y bajo el gobierno; de ahí que, en vez de amor, bendición y crecimiento, haya habido juicio, maldición, esterilidad, dispersión y desolación.

8.6 - Pero, por parte de Dios: gracia y misericordia

Pero, bendito sea el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo; si bien Israel fracasó bajo la ley y el gobierno, Él no ha fracasado para administrar su rica y soberana gracia y su preciosa misericordia. Guardará el pacto y la misericordia que juró a sus padres. Ni una jota, ni una tilde de sus promesas quedará sin cumplir. Cumplirá al pie de la letra todas sus promesas de gracia. Aunque no pueda hacerlo en virtud de la obediencia de Israel, quiere hacerlo y lo hará por la sangre del pacto eterno, la preciosa sangre de Cristo, el Hijo eterno. ¡Gloria y honra a su Nombre sin par!

Sí, lector, el Dios de Israel no puede consentir que una sola de sus promesas caiga en tierra. ¿Qué sería de nosotros si lo hiciera? ¿Qué seguridad, qué descanso, qué paz podríamos tener si el pacto de Jehová con Abraham pudiera fallar siquiera en un solo punto? Es verdad que Israel ha perdido todo derecho. Si fuera cosa de prerrogativa carnal, Ismael y Esaú podrían alegar prioridad. Si se tratara de la obediencia a la ley, el becerro de oro y las tablas de piedra quebradas podrían contar una triste historia. Si se tratara de gobierno en virtud del pacto hecho junto a Moab, los hijos de Israel no pueden alegar excusa alguna.

Mas Dios será Dios a pesar de la lamentable infidelidad de Israel. «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios»; de ahí, pues, que «todo Israel será salvo» (Rom. 11:29, 26). Dios, con toda seguridad, hará honor al juramento que hizo a Abraham, a pesar de todo el fracaso y ruina de la simiente de Abraham. Estemos plenamente convencidos de ello, pese a lo que se pueda decir en contra. Israel será restaurado, bendecido y multiplicado en su propia amada y santa tierra. Descolgarán sus arpas de las ramas de los sauces y bajo la apacible sombra de sus vides e higueras cantarán las sublimes alabanzas de su amante Salvador y Dios durante el día de reposo milenario que esperan. Tal es el invariable testimonio de la Escritura desde el principio al fin, el que debe mantenerse en su integridad y cumplirse en sus mínimos detalles para la gloria de Dios y sobre la base de su pacto perpetuo.

Mas debemos ya volver a nuestro capítulo, cuyos últimos versículos requieren especial atención. Es muy conmovedor y bello al mismo tiempo observar de qué modo procura Moisés animar el corazón del pueblo con respecto a las temidas naciones de Canaán. Comprende sus temores y procura disiparlos.

«Si dijeres en tu corazón: Estas naciones son mucho más numerosas que yo; ¿cómo las podré exterminar? No tengas temor de ellas; acuérdate bien de lo que hizo Jehová tu Dios con Faraón y con todo Egipto; de las grandes pruebas que vieron tus ojos, y de las señales y milagros, y de la mano poderosa y el brazo extendido con que Jehová tu Dios te sacó; así hará Jehová tu Dios con todos los pueblos de cuya presencia tú temieres. También enviará Jehová tu Dios avispas sobre ellos, hasta que perezcan los que quedaren y los que se hubieren escondido de delante de ti. No desmayes delante de ellos, porque Jehová tu Dios está en medio de ti, Dios grande y temible. Y Jehová tu Dios echará a estas naciones de delante de ti poco a poco; no podrás acabar con ellas en seguida, para que las fieras del campo no se aumenten contra ti. Mas Jehová tu Dios las entregará delante de ti, y él las quebrantará con grande destrozo, hasta que sean destruidas. Él entregará sus reyes en tu mano, y tú destruirás el nombre de ellos de debajo del cielo; nadie te hará frente hasta que los destruyas. Las esculturas de sus dioses quemarás en el fuego; no codiciarás plata ni oro de ellas para tomarlo para ti, para que no tropieces en ello, pues es abominación a Jehová tu Dios; y no traerás cosa abominable a tu casa, para que no seas anatema; del todo la aborrecerás y la abominarás, porque es anatema» (v. 17-26).

8.7 - Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

El gran remedio para todos los temores derivados de la incredulidad consiste sencillamente en fijar los ojos en el Dios vivo; de este modo el corazón se eleva sobre las dificultades de cualquier naturaleza. De nada sirve negar que haya dificultades e influencias adversas de toda clase. Esto no daría consuelo ni ánimo al corazón abatido. Al hablar de pruebas y dificultades algunos adoptan un estilo que tiende a probar, no su conocimiento práctico de Dios sino su profunda ignorancia de las rigurosas realidades de la vida. Querrían persuadirnos de buen grado que no hemos de sentir las pruebas, las penas y las dificultades del camino. Sería igual que decirnos que no deberíamos tener una cabeza sobre los hombros o un corazón en el pecho. Tales personas no saben consolar a los abatidos. Son meros teóricos visionarios, enteramente incapaces de comprender a las almas que pasan por conflictos o que luchan con los hechos de nuestra vida diaria.

¿De qué modo procuró Moisés animar los corazones de sus hermanos? «No tengas temor», les dice; pero ¿por qué? ¿Era acaso porque no había enemigos, ni dificultades, ni peligros? Nada de eso; sino porque «Jehová tu Dios está en medio de ti, Dios grande y temible». Aquí está el verdadero consuelo y aliento; los enemigos estaban enfrente, pero Dios es el recurso seguro. Así Josafat, en tiempo de prueba y de aprieto, procuró alentarse y animar a sus hermanos: «¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos» (2 Crón. 20:12).

Tal es el precioso secreto. Los ojos fijos en Dios. Su poder está en acción y todo está establecido. «Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?» (Rom. 8:31). Moisés se esfuerza, por medio de su precioso ministerio, para hacer desaparecer los temores que se levantaban en el corazón de Israel. «Estas naciones son mucho más numerosas que yo». Sí; pero estas naciones no son más numerosas que el «Dios grande y temible». ¿Qué naciones podrían sostenerse ante él? Tuvo un solemne pleito con esas naciones por causa de sus terribles pecados; su iniquidad estaba rebosando; el tiempo de la ira había llegado, y el Dios de Israel iba a echarlas de delante de su pueblo.

De ahí que, por lo tanto, Israel no tenía necesidad de temer el poder del enemigo. Jehová se encargaría de ello. Pero había algo mucho más temible que el poder de aquellos enemigos: su idolatría con su influencia engañadora. «Las esculturas de sus dioses quemarás en el fuego». “¡Qué!” –pudieron pensar– “¿hemos de destruir el oro y la plata que adornan estas imágenes? ¿No podría convertirse en algo útil? ¿No es una lástima destruir lo que tiene tanto valor intrínseco? Es bueno que se quemen las imágenes, pero ¿por qué no reservar el oro y la plata?”

¡Ah! nuestro pobre corazón está muy dispuesto a discurrir de ese modo. Así es cómo muchas veces nos engañamos nosotros mismos cuando nos vemos obligados a juzgar y a abandonar lo malo. Queremos persuadirnos de lo cabal de hacer alguna reserva; nos imaginamos que podemos escoger y hacer alguna distinción. Estamos dispuestos a abandonar algo de lo malo, pero no su totalidad. Estamos dispuestos a quemar la madera del ídolo, pero reservando el oro y la plata.

¡Engaño fatal! «No codiciarás plata ni oro de ellas para tomarlo para ti, porque no tropieces en ello, pues es abominación a Jehová tu Dios». Todo debe ser abandonado, todo destruido. Retener un átomo de la cosa anatematizada es caer en el lazo del diablo y ligarnos a lo que, aunque muy apreciado por los hombres, es abominable a los ojos de Dios.

Notemos y consideremos los últimos versículos de nuestro capítulo. Introducir una abominación en casa, es hacernos abominables. ¡Cuán solemne! ¿Lo comprendemos claramente? ¡El que introdujo en su casa una abominación, se hizo anatema como esa cosa!

Quiera el Señor guardar nuestros corazones, separándolos del mal y haciéndolos fieles y leales a él.

9 - Capítulo 8: Una mirada hacia atrás…

«Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos» (v. 1-2).

Es edificante, reconfortante y alentador a un mismo tiempo volver la vista atrás para considerar el camino recorrido. Podríamos ver entonces la fiel mano de nuestro Dios que nos ha conducido; sus tiernos y sabios cuidados; cómo nos liberó de aquel aprieto, de tal otra dificultad; cómo, muchas veces, cuando estábamos ya sin saber qué hacer, acudió en nuestro auxilio y despojó la senda ante nosotros, calmó nuestros temores y llenó nuestros corazones de cánticos de alabanza y agradecimiento.

 

No para enorgullecernos de nuestros progresos

No debemos confundir en modo alguno este grato ejercicio con la miserable costumbre de mirar el camino recorrido para apreciar el logro de nuestros propósitos, progresos y servicios, aun cuando estemos dispuestos a admitir que solo por la gracia de Dios hemos sido capaces de hacer alguna pequeña obra para él. Todo esto solo conduce a la propia satisfacción, la cual es destructora de toda verdadera espiritualidad. La retrospección personal es tan dañosa en sus efectos morales como la introspección. En suma, el egoísmo –en cualquiera de sus múltiples fases– es sumamente pernicioso; es, en cuanto que se le permite operar, el golpe mortal a la comunión. Todo cuanto tiende a poner el yo, o lo propio, ante la mente, debe ser juzgado y rechazado con firme decisión, pues, produce esterilidad, oscuridad y debilidad. Detenerse a mirar lo que hemos hecho o logrado por nuestros esfuerzos es la más desdichada ocupación a que podemos dedicarnos. Por cierto, que no era ese el propósito de Moisés cuando exhortaba al pueblo a recordar todo el camino por donde les había traído Jehová su Dios.

Consideremos un momento las memorables palabras del apóstol en Filipenses 3: «Hermanos, no considero que lo haya alcanzado; pero una sola cosa hago: olvidando las cosas de atrás, me dirijo hacia las que están delante, prosigo hacia la meta, al premio del celestial llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (v. 13-14).

¿Cuáles eran esas cosas de las cuales nos habla el bendito apóstol? ¿Olvidaba acaso los preciosos cuidados de Dios para con su alma durante todas las jornadas de su paso por la vida? No; en realidad tenemos la más clara y completa evidencia de lo contrario. Oigamos sus conmovedoras palabras ante Agripa: «Habiendo recibido la ayuda de Dios, me he mantenido firme hasta hoy, dando testimonio a pequeños y grandes» (Hec. 26:22). De igual modo, al escribir a su amado hijo y colaborador Timoteo pasa revista al pasado y habla de las persecuciones y aflicciones que había sufrido, «pero» –añade– «el Señor me librará». Y agrega: «En mi primera defensa nadie estuvo de mi parte; todos me abandonaron; que esto no les sea tenido en cuenta. Pero el Señor estuvo junto a mí, y me dio poder, para que por medio de mí la predicación fuese plenamente presentada, para que la oyesen todos los gentiles; y yo fui librado de la boca del león» (2 Tim. 4:16-17).

¿A qué, pues, hace referencia el apóstol cuando habla de «olvidando las cosas de atrás»? Nosotros creemos que se refiere a todas aquellas cosas que no tenían relación con Cristo, cosas en las cuales el corazón podía descansar, y la carne gloriarse; cosas que podían obrar como peso y estorbo para proseguir la carrera y que debían ser olvidadas en la ardiente obtención de aquellas grandes y gloriosas realidades que aparecían ante él. Ni Pablo ni ningún otro hijo de Dios o siervo de Cristo podría desear jamás que cayese en el olvido una sola escena o circunstancia de su carrera terrestre que en algún modo fuera un ejemplo de la bondad, de la tierna misericordia y de la fidelidad de Dios. Al contrario; una de nuestras más dulces ocupaciones será siempre tener presente las benditas dispensaciones de que Dios nos ha hecho objeto durante nuestro paso por el desierto hacia el hogar de nuestro eterno descanso.

Pero no deseamos que se nos entienda mal. De ninguna manera aprobamos la costumbre de insistir meramente en la propia experiencia. Esta es, a menudo, una menguada ocupación y viene a parar al fin en una ocupación personal. Debemos mantenernos en guardia contra esto, como una de las muchas cosas que tienden a disminuir nuestra espiritualidad y desviar de Cristo nuestros corazones. Pero nunca debemos temer el resultado producido por una mirada introspectiva a las dispensaciones de Dios a nuestro favor. Esa es una bendita costumbre que tiende siempre a elevarnos fuera de nosotros mismos y a colmarnos de un espíritu de alabanza y de acción de gracias.

 

Pero para comprender toda la misericordia de Dios

¿Por qué se recomendó a Israel que se acordara «de todo el camino» por el cual Jehová, su Dios, le había guiado? Seguramente para que de sus corazones brotara la alabanza por lo pasado y fortaleciera su confianza en Dios por lo porvenir. Así debe ser siempre. Le alabaremos por todo lo pasado y confiaremos en él por todo lo que ha de venir. ¡Ojalá que podamos hacerlo así cada vez más! Que podamos avanzar día tras día, alabando y confiando, confiando y alabando. Estas son las dos cosas que redundan en gloria para Dios, y en paz y gozo en él para nosotros. Cuando las miradas se fijan en los «Eben-ezeres» (piedras de ayuda) que están a lo largo del camino recorrido, el corazón estalla en alegres «aleluyas» dirigidos a Aquel que nos ha ayudado hasta aquí y que nos ayudará hasta el fin. Él nos ha liberado, él nos libera ahora y él nos liberará. ¡Bendita cadena! ¡Cada eslabón es una liberación divina!

No solamente hemos de fijarnos con devoto agradecimiento en las señaladas mercedes e indulgentes liberaciones de las que hemos sido objeto por parte de nuestro Padre, sino también en las aflicciones y pruebas mandadas por su sabio, fiel y santo amor. Todas estas cosas están llenas de ricas bendiciones para nuestras almas. No son –como algunos las llaman– “mercedes disfrazadas” sino claras, palpables, inconfundibles, mercedes por las cuales habremos de alabar a nuestro Dios durante la feliz eternidad que está ante nosotros.

«Y te acordarás de todo el camino», de cada etapa del viaje, de toda escena de la vida en el desierto, de todas las dispensaciones de Dios, del principio al fin y de su propósito especial: «para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón».

¡Cuán maravilloso es pensar en el cuidadoso amor y la paciente gracia de Dios para con su pueblo en el desierto! ¡Qué preciosa enseñanza para nosotros! ¡Con qué interés y espiritual deleite podemos detenernos y meditar acerca del registro de las dispensaciones divinas, tenidas para con Israel durante sus peregrinaciones por el desierto! ¡Cuánto podemos aprender de esa historia maravillosa! Nosotros también debemos ser afligidos y probados para que se ponga de manifiesto lo que está en nuestros corazones. Es muy provechoso y moralmente saludable.

En los primeros tiempos de nuestra vida cristiana, conocemos muy poco de las profundidades del mal y de la locura de nuestros corazones. En realidad, lo conocemos todo de un modo superficial. A medida que vamos avanzando en nuestra carrera práctica, empezamos a probar la realidad de las cosas; descubrimos los abismos del mal que hay en nosotros mismos, la completa vanidad y falta de mérito de todo lo que está en el mundo y la absoluta necesidad de depender completamente, en todo momento, de la gracia de Dios. Todo esto es muy bueno; nos hace humildes y desconfiados de nosotros mismos; nos libera del orgullo y de la suficiencia personal y nos impulsa a acercarnos, con la simplicidad de un niño, a Aquel que es el único que puede guardarnos de caer. De este modo, a medida que vamos creciendo en el conocimiento de lo que somos, vamos obteniendo un sentido más profundo de la gracia, un mayor conocimiento del maravilloso amor de Dios, de su ternura para con nosotros, de su asombrosa paciencia para soportar nuestras debilidades y faltas, de su rica misericordia al haberse dignado pensar en nosotros, de su amante suministro a todas nuestras variadas necesidades, de sus numerosas intervenciones a nuestro favor, de las pruebas a las que ha considerado oportuno someternos para provecho profundo y permanente de nuestras almas.

El efecto práctico de todo esto es incalculable, pues comunica al carácter profundidad, firmeza y madurez; nos cura de todas nuestras crudas nociones y vanas teorías; nos libera de parcialidad y de fanatismo; nos hace compasivos, atentos, pacientes y considerados con los demás; corrige nuestra tendencia a formular juicios demasiado severos y hace que sopesemos con indulgencia las acciones de los demás y que nos veamos predispuestos a atribuirles los mejores motivos en casos que pueden parecernos equívocos. Estos son preciosos frutos de la experiencia de la vida en el desierto, frutos que todos debemos desear ardientemente.

9.1 - No solo de pan vivirá el hombre…

«Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre» (v. 3).

Este pasaje tiene especial interés e importancia por el hecho de ser el primer pasaje citado por nuestro Señor en su conflicto con el adversario en el desierto. Consideremos esto profundamente; requiere nuestra más viva atención. ¿Por qué nuestro Señor cita el Deuteronomio? Porque justamente este era el libro que, más que otro convenía de un modo especial al estado de Israel en aquel momento. Israel había fracasado por completo, y este hecho importante se comprueba en el libro del Deuteronomio del principio al fin. Mas, a pesar de la caída de la nación, la senda de la obediencia quedaba abierta a todo fiel israelita. Era el privilegio y el deber de todo el que amaba a Dios atenerse a su Palabra en todo tiempo y bajo todas las circunstancias.

Ahora bien; nuestro bendito Señor fue divinamente fiel a la posición del Israel de Dios. El Israel según la carne había faltado y ha perdido todo; Jesús estaba allí, en el desierto, como el verdadero Israel de Dios para oponerse al enemigo con la simple autoridad de la Palabra de Dios. «Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y por el Espíritu fue conducido al desierto, siendo tentado por el diablo durante cuarenta días. Y no comió nada en aquellos días; pero cuando acabaron esos días, tuvo hambre. El diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: Está escrito: No solo de pan vivirá el hombre» (Lucas 4:1-4; Mat. 4:1-4).

¡Que escena maravillosa! El Hombre perfecto, el Israel verdadero, estaba en el desierto, rodeado de bestias salvajes, ayunando por espacio de cuarenta días y siendo tentado por el gran adversario de Dios, del hombre y de Israel. En aquella escena no había nada ni nadie que hablara por Dios. No sucedió con el segundo Hombre lo que sucedió con el primero; no estaba rodeado de todas las delicias del Edén, sino de la aridez y la desolación del desierto; allí estaba solo, soportando el hambre, ¡pero estaba allí para Dios!

Sí, bendito sea su nombre, allí estaba también para el hombre, a fin de enseñarle cómo debía hacer frente al enemigo en todas sus variadas tentaciones y cómo debe vivir. Ni por un momento podemos suponer que nuestro adorable Salvador se opuso al adversario como Dios soberano. En verdad era Dios, pero si hubiese afrontado el conflicto solo como tal, no habría podido proporcionarnos ejemplo. Por cierto, que habría sido inútil demostrarnos que Dios podía vencer y ahuyentar a una criatura que sus manos habían formado. Pero ver a Aquel que en todo concepto era hombre, semejante a nosotros en todo, exceptuando el pecado; verle allí en debilidad, hambriento, en medio de las consecuencias de la caída del hombre, y verle triunfar completamente sobre el terrible enemigo, es esto lo que nos llena de ánimo, de consuelo, de fuerza y valor.

¿Y cómo triunfó? Esta es la grande e importante cuestión para nosotros, asunto que exige la más profunda atención de todo miembro de la Iglesia de Dios. ¿De qué modo, pues, el Hombre Cristo Jesús venció a Satanás en el desierto? Simplemente por la Palabra de Dios. No obró como Dios Omnipotente, sino como Hombre humilde, dependiente y obediente. Tenemos ante nosotros el magnífico espectáculo de un hombre que se mantiene firme en presencia del diablo, confundiéndole completamente sin otra arma que la Palabra de Dios. No lo logró por el despliegue de poder divino, ya que ello no habría podido ser un ejemplo para nosotros; sencillamente con la Palabra de Dios en su corazón y en sus labios, el segundo Hombre confundió al terrible enemigo de Dios y del hombre.

Nótese bien que nuestro bendito Señor no discute con Satanás. No recurre a la exposición de hechos relacionados consigo mismo, hechos que el enemigo conocía bien. No le dice, por ejemplo: “Yo sé que soy el Hijo de Dios; los cielos que se abrieron, el Espíritu que descendió, la voz del Padre, todo ha dado testimonio de que soy el Hijo de Dios”. No; esto no habría servido; no habría podido ser ejemplo. El único punto especial que nos conviene atender y aprender es que nuestro Modelo, frente a todas las tentaciones del enemigo, usó tan solo el arma que está también a nuestro alcance, esto es la sencilla, la preciosa, la escrita Palabra de Dios.

Decimos “todas las tentaciones” porque, en los tres casos, nuestro Señor replica invariablemente: «Está escrito». No dice: “Yo sé”; o “yo opino”; “yo siento”; “yo creo” tal cosa o tal otra; recurre solamente a la Palabra de Dios, al libro del Deuteronomio en particular; al libro que los incrédulos se han atrevido a ultrajar pero que es especialmente el libro para todo hombre obediente, ante la total, universal y desesperada ruina y fracaso.

Esto es de importancia indecible para nosotros. Es como si nuestro Señor Jesús hubiera dicho al adversario: “Si soy o no el Hijo de Dios no es asunto que deba ser tratado ahora, sino cómo ha de vivir el hombre; y la respuesta a esta pregunta solo puede hallarse en la sagrada Escritura, la que la expone con claridad meridiana, independientemente de todo lo que me concierne. Sea yo lo que fuere, la Escritura es la misma: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios”.

 

Sino de toda palabra de Dios

Aquí tenemos la única actitud verdadera, segura y dichosa para el hombre, a saber, estar en sincera dependencia de toda palabra que procede de la boca de Dios. ¡Bendita actitud! podemos exclamar; nada parecido a ello hay en todo el mundo. Lleva al alma a un contacto directo, viviente y personal con el Señor mismo, por medio de su Palabra. Hace a esa Palabra tan absolutamente esencial para nosotros en todo, que de ella no podemos prescindir. Así como la vida natural se sustenta con pan, así también la vida espiritual se sustenta con la Palabra de Dios. Esto no consiste tan solo en acudir a la Escritura en busca de doctrinas, o para hallar en ella la confirmación de nuestras opiniones o nuestros puntos de vista; es mucho más que esto, es acudir a ella buscando lo que es absolutamente necesario para la vida del nuevo hombre; es acudir al santo Libro en busca de alimento, de luz, de guía, de consuelo, de autoridad, de fuerzas, en síntesis, de todo lo que el alma pueda necesitar, de lo primero a lo último.

Fijémonos especialmente en la fuerza y el valor de la expresión «toda palabra». Cuán plenamente demuestra que no podemos pasar por alto ni una sola palabra que haya procedido de la boca de Dios. Las necesitamos todas. No sabemos en qué momento puede surgir una necesidad a la cual la Escritura ya haya provisto. Puede ser que hasta entonces no hayamos notado particularmente ese pasaje; pero, cuando sobreviene la necesidad, si nuestra alma se encuentra en debido estado y con verdadera disposición de corazón, el Espíritu de Dios nos proporcionará el texto apropiado para el caso, y veremos entonces el poder, la belleza, la profundidad y la adaptación moral de aquel texto en el cual no nos habíamos fijado antes. La Escritura es un tesoro divino y, por lo tanto, inagotable, por el cual Dios provee abundantemente a todas las necesidades de su pueblo y a las de cada creyente en particular. De ahí que debamos estudiarla, meditarla, excavar profundamente en ella y tenerla atesorada en nuestros corazones, lista para ser empleada en cuanto la necesidad lo demande.

No hay una sola crisis ocurrida en toda la historia de la Iglesia, una sola dificultad aparecida en toda la senda de cualquier creyente, para las cuales la Escritura no provea lo necesario. En el bendito volumen tenemos todo lo que necesitamos; por eso debemos procurar estar cada vez más y más familiarizados con todo lo que contiene, a fin de encontrarnos «enteramente instruidos» para cuanto pueda presentarse, sea una tentación del diablo, una seducción del mundo o un deseo carnal; y a fin de estar equipados, por otra parte, para la senda de las buenas obras, que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.

Además, debemos prestar especial atención a la frase «de la boca de Dios». Ella es indeciblemente preciosa. Trae al Señor muy cerca de nosotros, y nos da profundo sentido de la realidad de que nos alimentamos con cada una de sus palabras, sí, que dependemos de ellas como de algo esencial y absolutamente indispensable. Expone el bendito hecho de que nuestras almas no podrían subsistir sin ellas, de igual modo que nuestro cuerpo tampoco podría hacerlo sin el alimento. En una palabra, ese pasaje nos enseña que la verdadera posición del hombre, su propia actitud, su único lugar de fortaleza, seguridad, descanso y bendición se encuentran en una habitual dependencia de la Palabra de Dios.

Esta es la vida de fe que estamos llamados a vivir; una vida de dependencia, de obediencia, la vida que Jesús vivió perfectamente. Nuestro bendito Señor no movió un pie, no pronunció una palabra, no hizo una sola cosa que no haya sido sustentada por la autoridad de la Palabra de Dios. Sin duda él habría podido convertir la piedra en pan, pero no tenía mandato de Dios para hacer tal cosa; y, puesto que no tenía el mandato, no había motivo para la acción. De ahí que las tentaciones de Satanás hayan sido completamente impotentes. Nada podía lograr del Hombre que solo quería actuar bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

Hemos de observar también con el mayor interés, para nuestro provecho, que el Señor no cita la Escritura con el propósito de reducir a silencio a su adversario, sino solo como autoridad en apoyo de su situación y conducta. En ese sentido fracasamos frecuentemente. No usamos lo suficiente la bendita Palabra de Dios de esta manera; a veces la citamos más para lograr la victoria sobre el enemigo que como poder y autoridad sobre nuestras almas. De este modo pierde su poder sobre nuestros corazones. Necesitamos usar de la Palabra como el hambriento usa del pan, o como el marinero se sirve del mapa y de la brújula; de ella necesitamos alimentarnos y según sus indicaciones debemos conducirnos. Cuanto más lo hagamos así, tanto más conoceremos su infinito valor. ¿Quién es el que conoce mejor el real valor del pan? ¿Acaso el químico? No, sino el hambriento. El químico puede analizarlo y discurrir sobre sus componentes; pero el hambriento conoce su mérito. ¿Quién conoce mejor el real valor de un mapa? ¿El profesor de la escuela de náutica? No; el marinero cuando navega a lo largo de una costa desconocida y peligrosa.

Estos son tan solo débiles ejemplos para enseñar lo que la Palabra de Dios es para el verdadero cristiano. Nada puede hacer sin ella. Le es absolutamente indispensable para todas las relaciones de la vida, en toda su esfera de acción. Su vida interior es alimentada y sostenida por ella; su vida práctica es guiada por ella; en todas las escenas y circunstancias de su vida pública y doméstica, en el retiro de su gabinete, en el seno de la familia, en el manejo de sus negocios se apoya en la Palabra de Dios como guía y consejo.

Y nunca defrauda a aquellos que sencillamente se atienen a ella y en ella confían. Podemos confiar en la Escritura sin la menor sombra de recelo. Acuda a ella cuando quiera y encontrará siempre lo que necesite. ¿Estamos afligidos? ¿Nos sentimos desamparados, oprimidos de corazón y desolados? ¿Qué podrá calmarnos y confortarnos como las balsámicas palabras que el Espíritu Santo escribió para nosotros? Una sentencia de la Sagrada Escritura puede hacer más para alentarnos y consolarnos que todas las cartas de condolencia que jamás haya escrito la mano del hombre. ¿Estamos descorazonados, acobardados y abatidos? La Palabra de Dios nos basta con sus gloriosas y conmovedoras seguridades. ¿Nos vemos acosados por la pobreza? El Espíritu Santo evoca dentro de nuestros corazones algunas promesas de oro desde las páginas de la inspiración, recordándonos a Aquel que es el poseedor «de los cielos y la tierra» (Gén. 14:19, V.M.) y que, en su infinita gracia, se ha comprometido a suplir todo lo que nos falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Fil. 4:19). ¿Estamos perplejos por causa de las contradictorias opiniones de los hombres, por los dogmas contrapuestos de las distintas escuelas teológicas, por dificultades religiosas y teológicas? Unos cuantos versículos de la sagrada Escritura derramarán raudales de luz divina sobre el corazón y la conciencia, dándonos completa tranquilidad, contestando a toda pregunta, resolviendo toda dificultad, quitando toda duda, desvaneciendo toda nube, dándonos a conocer la mente de Dios y poniendo término a todas las opiniones contradictorias mediante la única autoridad divinamente competente.

¡Qué dádiva es, pues, la Sagrada Escritura! ¡Qué precioso tesoro poseemos en la Palabra de Dios! ¡Cómo deberíamos bendecir su santo nombre por habérnosla dado! Sí; y bendigámosle también por todo cuanto tienda a darnos un conocimiento más completo de la profundidad, plenitud y poder de las palabras de nuestro capítulo: «No solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre».

¡Estas son Palabras verdaderamente preciosas para el corazón de todo creyente! Y no lo son menos las que siguen, en las cuales el amado y venerable legislador describe con conmovedora dulzura el tierno cuidado de Jehová por su pueblo durante todo el tiempo que duró la peregrinación de Israel por el desierto. «Tu vestido» –dice Moisés– «nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años» (v. 4).

9.2 - Nada faltó durante esos cuarenta años

¡Qué gracia tan maravillosa brilla en esas palabras! Lector: ¡piense usted por unos momentos en el cuidado que dispensó Jehová a su pueblo, de tal manera que evitó que sus vestidos envejecieran o sus pies se hincharan! No solamente les alimentaba, sino que les vestía y cuidaba de ellos en todo. ¡Él aun miró por sus pies, a fin de que la arena del desierto no los lastimara! Así durante cuarenta años veló por ellos con toda la exquisita ternura de corazón de un padre. ¿Qué no emprenderá el amor en favor del objeto amado? Jehová amaba a su pueblo, y ello le aseguraba toda bendición. ¡Si solo lo hubiese comprendido! Desde Egipto a Canaán no hubo nada a lo que Jehová no correspondiese, cualesquiera hayan sido las necesidades de los israelitas, y eso porque él los había tomado bajo su protección. Con infinito amor y un poder omnipotente en su favor ¿qué podía faltarles?

Pero, según ya lo sabemos, el amor reviste varias formas. Tiene algo más que hacer que proveer de comida y vestido al objeto amado. Tiene que atender no solo a las necesidades físicas, sino también a las necesidades morales y espirituales. El legislador no olvida de recordar esto al pueblo. Le dice: «Reconoce asimismo en tu corazón» (la única manera verdadera y efectiva de considerar tal cosa) «que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga» (v. 5).

No nos gusta ser castigados; no es agradable, sino doloroso. Bueno es que un hijo reciba alimentos y vestidos de mano de su padre, y que tenga todas sus necesidades satisfechas por el cuidadoso amor de su padre, pero no le agrada ver que el padre toma la vara. No obstante, esa temida vara quizá sea lo más conveniente para el hijo; puede hacer por él lo que los beneficios materiales o bienestar terreno no pueden hacer; puede corregir alguna mala costumbre, o apartarlo de alguna mala tendencia, o salvarlo de una influencia perjudicial, y ser de este modo una gran bendición moral y espiritual, por lo cual habrá de estarle siempre agradecido. Lo importante es que el hijo vea el amor y el cuidado tan claramente en la disciplina y el castigo como los ve en los varios beneficios materiales que son esparcidos por su camino día tras día.

Aquí precisamente es donde tan señaladamente fracasamos respecto a los tratamientos disciplinarios de nuestro Padre. Nos regocijamos por los beneficios que nos da y por sus bendiciones; rebosamos de alabanza y gratitud al recibir, día tras día, de su mano benigna, su rica provisión para todas nuestras necesidades; nos deleitamos al meditar en sus maravillosas intervenciones a nuestra favor en tiempos de apretura y dificultades; es muy grato mirar hacia atrás, a la senda por la cual su bondadosa mano nos ha conducido, y contemplar los «Eben-ezeres» que nos hablan de su poderoso auxilio a lo largo de nuestro camino. Todo esto es muy bueno, muy justo y muy precioso; pero existe el peligro de que nos atengamos a las mercedes, las bendiciones y los beneficios que fluyen en tan rica profusión del amante corazón de nuestro Padre y de su bondadosa mano. Estamos muy dispuestos a sentirnos conformes con estas cosas, y a decir con el salmista: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte» (Sal. 30:6-7). Verdad es que es por su «benevolencia», mas, sin embargo, somos muy propensos a andar ocupándonos con nuestro monte y nuestra prosperidad; permitimos que estas cosas se interpongan entre el Señor y nuestros corazones y lleguen a ser un lazo contra nosotros. De ahí la necesidad del castigo. Nuestro Padre, merced a su fiel amor y cuidado, vela por nosotros; ve el peligro y manda la prueba en una forma u otra. Quizá venga un telegrama a anunciarnos la muerte de un ser querido, o la quiebra de un banco que significa la pérdida de todos nuestros intereses terrenos. O puede suceder que estemos postrados por el dolor o la enfermedad, o que debamos velar junto al lecho de un familiar querido.

En una palabra, nos vemos obligados a vadear aguas profundas que a nuestro débil y cobarde corazón le parecen absolutamente terribles. Entonces el enemigo sugiere la pregunta: “¿Es esto amor?” La fe responde sin titubear y sin reservas “¡Sí!”, todo es amor, perfecto amor; la muerte del ser querido, la pérdida de la fortuna, la enfermedad larga, pesada, penosa, todos los pesares, todos los apremios, toda la ansiedad, las aguas profundas y las negras sombras, todo, todo ello es amor, perfecto amor e infalible sabiduría. Yo estoy seguro de esto ahora mismo; no espero a saberlo más tarde, cuando vuelva la mirada atrás estando rodeado de la plena luz de la gloria; lo sé ya, ahora, y me alegro de reconocerlo para alabanza de aquella gracia infinita que me levantó de lo profundo de mi ruina y se encargó de todo lo que a mí se refiere, y que digna ocuparse de mí cuando estoy en medio de mis faltas, locuras y pecados, a fin de liberarme de ellos, hacerme partícipe de la santidad divina y moldearme a la imagen de Aquel que me «amó y se entrego a sí mismo por mí».

Lector cristiano, esta es la manera de responder a Satanás y acallar los oscuros razonamientos que puedan suscitarse en nuestros corazones. Siempre tenemos que justificar a Dios. Debemos considerar sus tratos disciplinarios a la luz de su amor. «Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga». Con seguridad no querríamos vernos sin la bendita garantía y prueba de filiación. «Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor disciplina al que ama, y azota a todo el que recibe por hijo.» Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿cuál es el hijo a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la que todos han participado, entonces sois bastardos y no hijos. Además, tuvimos a nuestros padres naturales que nos castigaban, y los respetábamos; ¿no nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos? Porque aquellos nos disciplinaban por pocos días, según les parecía; pero este, para nuestro provecho, para que participemos de su santidad. Al recibirla, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero más tarde da fruto apacible de justicia a los que son ejercitados por ella. Por lo cual, enderezad las manos caídas y las rodillas que titubean; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se desvíe, sino sea más bien sanado» (Hebr. 12:5-13).

Es interesante y provechoso a la vez observar de qué modo Moisés insiste en que la congregación reconozca los varios motivos de obediencia, motivos ocasionados por el pasado, el presente y el porvenir. Todo es puesto ante el pueblo a fin de avivar y hacer más profundo en ellos el sentimiento de los derechos de Jehová. Debían recordar el pasado, considerar el presente y anticipar en pensamiento el porvenir; y todo ello para obrar en sus corazones y guiarlos a la santa obediencia de Aquel que tan grandes cosas había hecho, estaba haciendo y debía hacer en favor de ellos.

El lector atento no habrá dejado de notar que uno de los rasgos característicos de este hermoso libro del Deuteronomio es sentar principios morales. Ello es una prueba contundente de que este libro no es una mera repetición de lo que tenemos en el de Éxodo, sino que, al contrario, tiene una esfera, una misión y una finalidad enteramente propios. Hablar de que es una simple repetición es un absurdo; hablar de contradicción es impío.

«Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y temiéndolo» (v. 6). La palabra «pues» tenía una fuerza retrospectiva y otra que miraba hacia adelante. Tenía por objeto llevar la atención sobre las pasadas dispensaciones de Jehová y también hacia lo porvenir. Debían pensar en la maravillosa historia de esos cuarenta años en el desierto, la enseñanza, la humillación, las pruebas, el cuidado vigilante, el clemente ministerio, la completa provisión a sus necesidades todas, el maná del cielo, la corriente de la peña herida por la vara, el cuidado de sus vestidos y de sus mismos pies, la sana disciplina para su bien moral. ¡Qué poderosos motivos morales para que Israel fuera obediente!

Pero, además, debían mirar también adelante, a lo porvenir; debían anticiparse con la imaginación a la brillante perspectiva que se ofrecía ante ellos; debían hallar en lo que les estaba reservado para el porvenir, así como en lo pasado y el presente, la sólida base de los derechos de Jehová a su reverente obediencia de todo corazón.

9.3 - Ahora Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra

«Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel; tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella; tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes sacarás cobre» (v. 7-9).

¡Qué bella perspectiva! ¡Qué visión más esplendorosa! ¡Qué contraste más marcado con Egipto, que quedaba atrás, y con el desierto que habían atravesado! La tierra de Jehová estaba delante de ellos en toda su hermosura y lozanía, con sus collados cubiertos de viñedos y sus valles que destilaban miel, con sus fuentes impetuosas y sus arroyos fluentes. ¡Cuán refrescante pensar en las vides, las higueras, los granados y los olivos! ¡Que diferencia con los puerros, cebollas y ajos de Egipto! ¡Sí, cuán diferente todo! Era la tierra de propiedad de Jehová; esto bastaba. Contenía y producía todo lo que podían necesitar. En la superficie, rica profusión; debajo, indecibles riquezas, tesoros inagotables. ¡Qué perspectiva! ¡Cuán impaciente debía estar el israelita fiel por entrar en ella, impaciente por cambiar las arenas del desierto por aquella magnífica heredad! Es verdad que el desierto tenía sus profundas y benditas experiencias, sus santas lecciones, sus preciosos recuerdos. Allí habían conocido a Jehová como no habrían podido conocerlo en Canaán; todo esto era verdad y así podemos comprenderlo; pero, a pesar de todo, el desierto no era Canaán, y todo verdadero israelita estaría impaciente por asentar las plantas de sus pies en la tierra de promisión; y podemos decir en verdad que, en el pasaje citado, Moisés describe aquella tierra con trazos eminentemente calculados para impresionar el ánimo. Les dice: «Tierra en la cual no comerás el pan con escasez; ni te faltará nada en ella». ¿Qué más podía decirse? Tal era el gran hecho sobre aquella buena tierra en la que la mano del amor contractual estaba a punto de introducirles. Todas sus necesidades serían divinamente satisfechas. El hambre y la sed serían allí desconocidos. La salud y la abundancia, el gozo y la alegría, la paz y la prosperidad habían de ser la herencia garantizada al Israel de Dios en esa hermosa heredad a la cual estaban a punto de entrar. Todo enemigo había de ser vencido, todo obstáculo quitado; la «buena tierra» iba a derramar sus tesoros para que usaran de ellos; regada abundantemente por la lluvia y calentada por la luz solar, había de producir en rica abundancia todo lo que el corazón podía desear.

¡Qué país! ¡Qué herencia! ¡Qué hogar! Por supuesto, ahora estamos considerándolo desde el punto de vista divino; mirándolo de acuerdo con los propósitos de Dios y según lo que, con toda seguridad, será para Israel durante la época del brillante milenio que les espera. Tendríamos en verdad una pálida idea de la tierra de Jehová si pensáramos de ella únicamente como la poseída por Israel en el pasado, aun en los más refulgentes días de su historia, según apareció entre los esplendores del reinado de Salomón. Debemos mirar adelante, a los «tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hec. 3:21), a fin de tener algo que se parezca a la verdadera idea de lo que será aquella tierra para el Israel de Dios.

Ahora bien; Moisés habla de la tierra según el punto de vista divino. La presenta como dada por Dios y no como poseída por Israel. Lo que constituye una inmensa diferencia. Según su encantadora descripción no había en Canaán ni enemigo ni mal alguno; nada sino fertilidad y bendición de un extremo al otro. Eso es lo que debió haber sido y lo que será con el tiempo para la simiente de Abraham, en cumplimiento del pacto hecho con sus padres, el nuevo y perpetuo pacto fundado en la gracia soberana de Dios, y ratificado con la sangre de la cruz. Ningún poder de la tierra o de la gehena puede impedir el cumplimiento de la promesa de Dios. «Él dijo, ¿y no hará?» (Núm. 23:19). Dios cumplirá al pie de la letra todo lo que ha prometido, a despecho de la oposición del enemigo y a pesar de la lamentable caída de su pueblo. Aunque la descendencia de Abraham ha fallado enteramente tanto bajo la ley como bajo el gobierno, a pesar de esto, el Dios de Abraham les dará gracia y gloria, porque las promesas y dádivas de Dios son hechas sin arrepentimiento.

Moisés entendió perfectamente todo esto. Conoció cómo cambiarían las cosas para los que estaban delante de él y para sus hijos después de ellos durante muchas generaciones; por eso miró adelante, a aquel porvenir luminoso en el cual el Dios del pacto desplegaría, a la vista de todas las inteligencias creadas, los triunfos de su gracia en sus dispensaciones para la descendencia de Abraham, su amigo.

Entretanto, y no obstante lo dicho, el fiel siervo de Jehová, fiel al objeto que tenía en mente en todos esos maravillosos discursos del principio de nuestro libro, continúa exhortando a la congregación y señalándole cómo tendrían que comportarse en la buena tierra en la que estaban a punto de asentar sus pies. En cuanto hubo hablado del pasado y del presente, quiso también referirse al futuro; quiso aprovechar todo en su santo esfuerzo por recordar al pueblo todo lo que debían a ese bendito Dios que tan bondadosamente y con tan tierno cuidado les había guiado en su peregrinación y que iba a hacerlos entrar y plantarlos en el monte de su heredad. Oigamos su conmovedora y poderosa exhortación.

«Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado» (v. 10). ¡Qué sencillo! ¡Qué hermoso! ¡Cuán moralmente apropiado! Saciados con el fruto de la bondad de Jehová, debían bendecir y alabar su santo nombre. Él se complace viéndose rodeado de corazones rebosantes del dulce sentimiento de Sus bondades y que estallan en cánticos de alabanzas y de acción de gracias. Él habita entre las alabanzas de su pueblo. Él dice: «El que sacrifica alabanza me honrará» (Sal. 50:23). La más débil nota de alabanza de un corazón agradecido asciende como oloroso incienso al trono y al corazón mismo de Dios.

Recordémoslo, amado lector. Es tan cierto para nosotros, como lo fue para Israel, que la alabanza es conveniente y placentera. Nuestro primer privilegio es el de alabar al Señor. Nuestro mismo aliento debería ser un aleluya. El Espíritu Santo nos exhorta en varios pasajes a este bendito y muy sagrado ejercicio. «Ofrezcamos, pues, por medio de él, un continuo sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesa su nombre» (Hebr. 13:15). Debemos recordar siempre que nada es tan agradable al corazón de Dios y nada glorifica tanto su nombre como un espíritu de adoración y gratitud por parte de su pueblo. Bueno es hacer el bien y ayudar con lo que poseemos. Dios se complace con tales sacrificios. Es nuestro elevado privilegio, siempre que tengamos oportunidad, de hacer bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe (Gál. 6:10). Somos llamados a ser canales de bendiciones entre el amoroso corazón de nuestro Padre y toda clase de necesidades humanas que se nos presentan en nuestra senda diaria. Todo esto es muy cierto, pero no debemos olvidar nunca que el sitio supremo está asignado a la alabanza. Ella ocupará nuestras facultades purificadas durante la eternidad, cuando los sacrificios de activa beneficencia ya no serán necesarios.

Pero el fiel legislador conocía muy bien la lamentable tendencia del corazón humano a olvidar todo esto, a perder de vista al Dador y descansar en sus dádivas. Por esto dirige las siguientes palabras de advertencia a la congregación, saludables palabras, en verdad, para ellos y para nosotros. ¡Ojalá que inclinemos nuestros oídos y nuestros corazones a ellas con santa reverencia y con espíritu dispuesto a aprender!

9.4 - No olvides a Jehová tu Dios

«Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día. Mas si llegares a olvidarte de Jehová tu Dios y anduvieres en pos de dioses ajenos, y les sirvieres y a ellos te inclinares, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios» (v. 11-20).

Aquí hay algo para nuestra profunda meditación. Tanto nos apela esto a nosotros, como a Israel. Quizá nos sintamos sorprendidos por la frecuente reiteración de las advertencias y exhortaciones, los constantes llamamientos al corazón y a la conciencia del pueblo en cuanto a la necesidad de obedecer en todo a la palabra de Dios, como así también por la asidua recurrencia a los grandes y conmovedores hechos relacionados con su liberación de Egipto y su peregrinación por el desierto.

Mas, ¿por qué sorprendernos? En primer lugar ¿no sentimos profundamente y admitimos plenamente nuestra apremiante necesidad de aviso y amonestación? ¿No necesitamos cada una de las líneas citadas, cada precepto, y esto de un modo continuo? ¿No tenemos tendencia a olvidar al Señor nuestro Dios para atenernos a sus dádivas en vez de apoyarnos en él mismo? ¡Ah! no podemos negarlo. Nos sentamos junto al arroyo en vez de subir a la Fuente. Los propios beneficios, mercedes y bendiciones sembrados en nuestra senda con rica profusión, los convertimos en un motivo de propia satisfacción y congratulación, en vez de encontrar en ellos el bendito fundamento de nuestra continua alabanza y acción de gracias.

En cuanto a los grandes hechos que Moisés recuerda continuamente al pueblo ¿podían perder su importancia moral, su poder o su preciosidad? Por cierto, que no. Israel podía olvidarlos o dejar de apreciarlos, pero los hechos permanecían. Las terribles plagas de Egipto, la noche de la Pascua, su liberación de la tierra de oscuridad, esclavitud y degradación, su maravilloso paso a través del mar Rojo, el envío del maná desde el cielo cada mañana, el agua refrescante que brotaba de la roca, ¿cómo tales hechos habrían podido perder su poder sobre un alma que tuviera un solo destello de verdadero amor a Dios? Y ¿cómo hemos de asombrarnos al ver a Moisés que apela a ellos una y otra vez para utilizarlos como poderosa palanca para mover los corazones del pueblo? El mismo Moisés sentía la poderosa influencia moral de tales hechos, y quería que otros la sintieran también. Para él eran preciosos más allá de toda ponderación, y ansiaba que sus hermanos compartieran ese aprecio. Su único fin era poner ante los ojos de ellos por todos los medios posibles, los poderosos derechos de Jehová a su cordial e ilimitada obediencia.

Esto explica lo que a un lector superficial podría parecerle una demasiado frecuente repetición de las escenas del pasado en esos notables discursos de Moisés. A nosotros su lectura nos recuerda las hermosas palabras de Pedro en su segunda carta: «Por lo cual cuidaré siempre de recordaros estas cosas, aunque las conocéis y estáis afianzados en la presente verdad. Pues lo tengo por justo, mientras yo esté en esta frágil tienda, estimularos recordándoos estas cosas; sabiendo que pronto tendré que dejar mi frágil tienda, como me lo ha declarado nuestro Señor Jesucristo. Y me esforzaré con empeño para que después de mi partida siempre os podáis acordar de estas cosas» (1:12-15).

¡Cuán notable es la unidad de espíritu y de propósito en estos dos amados y venerables siervos de Dios! Tanto uno como el otro conocían la tendencia del pobre corazón humano a olvidar las cosas de Dios, del cielo y de la eternidad; y ambos también sentían la suprema importancia y el infinito valor de las cosas de que hablaban. De ahí su ardiente deseo de ponerlas de continuo ante los corazones y de un modo permanente en la memoria del amado pueblo del Señor. La inquieta e incrédula naturaleza humana habría podido decir a Moisés o a Pedro: “¿No tenéis nada nuevo que decirnos? ¿Por qué estáis siempre discurriendo sobre los mismos temas antiguos? Sabemos todo lo que tenéis que decirnos; lo tenemos oído muchas veces. ¿Por qué no salimos en busca de nuevos campos de ideas? ¿No sería conveniente procurar estar al tanto de la ciencia de hoy día? Si estamos perpetuamente preocupándonos por esos temas anticuados, nos quedaremos encallados mientras la corriente de la civilización va adelante. Por favor, dadnos algo nuevo”.

Así podría discurrir la pobre inteligencia incrédula y el corazón mundano, pero la fe sabe la respuesta a tan miserables sugestiones. Podemos muy bien creer que tanto Moisés como Pedro habrían obrado con prontitud contra tales razonamientos. Y así lo debemos hacer nosotros. Sabemos de dónde emanan, a qué tienden y cuánto valen; y debemos tener, si no en nuestros labios al menos en lo profundo de nuestro corazón, una pronta respuesta, enteramente satisfactoria para nosotros por más desdeñable que pueda parecer a los hombres del mundo. ¿Acaso un verdadero israelita habría podido cansarse de oír lo que Jehová había hecho por él en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto? ¡Jamás! Esos temas eran siempre frescos, siempre bien recibidos en su ánimo. Así sucede con el cristiano. ¿Podría cansarse de la cruz y de las grandes y gloriosas realidades que se agrupan en torno a ella? ¿Podría cansarse de Cristo, de sus glorias sin par y de sus insondables riquezas, de su Persona, de su obra, de sus oficios? ¡Nunca! No, nunca, ni durante la eternidad. ¿Puede desear algo nuevo? ¿Puede la ciencia superar a Cristo? ¿Puede el saber humano añadir algo al gran misterio de la piedad que tiene por fundamento a Dios manifestado en carne, y por remate a un Hombre glorificado en el cielo? ¿Podemos ir más allá de eso? No lector, no podríamos, aunque quisiéramos, y no querríamos, aunque pudiéramos.

Y si quisiéramos, aunque fuera por un momento, descender a un terreno más bajo y mirar a las obras de Dios en la creación, preguntaríamos: ¿Nos cansamos del sol? Por cierto, que no es nuevo; ha venido derramando sus rayos sobre este mundo durante miles de años y, no obstante, sus rayos son tan nuevos y tan bien recibidos hoy como lo fueron cuando recién creados. ¿Nos cansamos del mar? Tampoco es nuevo; sus mareas han estado en flujo y reflujo durante miles de años, pero sus olas son tan nuevas y tan bienvenidas a nuestras playas como siempre. Verdad es que el sol es muchas veces demasiado deslumbrante para la débil visión humana, y que el mar a menudo traga en un momento las jactanciosas obras del hombre, pero, sin embargo, ni el sol ni el mar pierden nunca su poder, su novedad, su encanto. ¿Nos cansamos alguna vez de las gotas del rocío que caen con su refrescante poder sobre nuestros jardines y campos? ¿Nos cansamos de la fragancia que emana de las flores de nuestros setos? ¿Nos aburrimos de las notas del ruiseñor y del tordo?

¿Y qué es todo esto, comparado con las glorias que se agrupan alrededor de la Persona y de la cruz de Cristo? ¿Qué son cuando se comparan con las grandes realidades de esa eternidad que tenemos delante?

Lector, guardémonos de atender a esas sugestiones, vengan de fuera o manen de las profundidades de nuestros malos corazones; de lo contrario, seremos semejantes a Israel según la carne –el cual sintió fastidio del maná celestial y despreció la tierra deleitable– o a Demas, quien abandonó al bendito apóstol y amó este presente siglo; o semejantes a aquellos de quienes leemos en el capítulo 6 de Juan, quienes ofendidos por la enseñanza precisa y punzante del Señor, «volvieron atrás y ya no andaban más con él» (v. 66). ¡Quiera el Señor guardar nuestros corazones fieles a él, celosos y fervientes por su bendita causa, hasta que venga!

10 - Capítulo 9: Oye, Israel…

10.1 - Las dificultades y los enemigos (que los esperan a la entrada del país)

«Oye, Israel: tú vas hoy a pasar el Jordán, para entrar a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú, ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; un pueblo grande y alto, hijos de los anaceos, de los cuales tienes tú conocimiento, y has oído decir: ¿Quién se sostendrá delante de los hijos de Anac?» (v. 1-2).

Estas palabras: «Oye, Israel» son la llave del libro que estudiamos y, en particular, de los discursos que han ocupado ya nuestra atención; el capítulo que ellas abren presenta, en efecto, temas de inmensa importancia.

En primer lugar, el legislador presenta ante la congregación, en términos de la más profunda solemnidad, lo que les esperaba a su entrada en el país. No les oculta el hecho de que encontrarían serias dificultades y formidables enemigos. No lo hace para descorazonarlos, sino para que estén advertidos, prevenidos y preparados. Lo que era esa preparación, lo veremos pronto; pero el fiel siervo de Dios sentía la urgente necesidad de exponer a sus hermanos el verdadero estado de la situación.

Hay dos maneras de mirar las dificultades: desde el punto de vista humano, o desde el punto de vista divino; podemos considerarlas con espíritu de incredulidad, o con la calma y sosiego que da la confianza en el Dios vivo. Tenemos un ejemplo de la primera disposición de espíritu en el relato de los espías incrédulos (Núm. 13) y un ejemplo de la segunda al principio del presente capítulo.

Negar que el pueblo de Dios tiene que afrontar numerosas dificultades no sería propio de la fe, sino tan solo temeridad, fanatismo o fruto de un entusiasmo carnal. Es siempre conveniente saber lo que se hace, y no lanzarse ciegamente a una empresa para la cual no se está preparado. Un incrédulo perezoso dirá: «El león está en el camino» (Prov. 26:13); un ciego entusiasta dirá: “No hay tal cosa”; el verdadero hombre de fe dirá: “Aunque haya mil leones en el camino, Dios puede dar cuenta de ellos en un momento”.

Pero, como gran principio práctico de aplicación general, es muy importante, para todo el pueblo de Dios, considerar atentamente y con calma toda línea de conducta o toda esfera de acción antes de emprenderla. Si siempre se hiciera así, no presenciaríamos tantos naufragios morales y espirituales a nuestro alrededor. ¿Qué significan las muy solemnes y escrutadoras palabras que el Señor dirigió a la multitud que se agolpaba a su derredor?: «Grandes multitudes acompañaban a Jesús, y volviéndose él, les dijo: 2Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula el gasto, a ver si tiene lo suficiente para acabarla? No sea que después de poner el cimiento, no pueda acabarla, y todos los que lo observan comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar» (Lucas 14: 25-30).

Estas palabras son solemnes y muy oportunas. ¡Cuántas torres sin terminar vemos cuando contemplamos el vasto campo de la profesión cristiana! ¡Qué ocasión de burla ofrecen a los mirones! Cuántos hay que emprenden la senda del discípulo por un impulso súbito, o bajo la presión de simples influencias humanas, sin tener el debido conocimiento o sin prestar la debida atención a lo que esa determinación implica; y luego, cuando sobrevienen las dificultades, cuando aparecen las pruebas, cuando se dan cuenta de que la senda es estrecha, áspera, solitaria e impopular la abandonan, demostrando así que jamás calcularon el costo real, jamás emprendieron tal senda en comunión con Dios, que jamás supieron bien lo que hacían.

Tales casos son muy lamentables; acarrean grandes reproches a la causa de Cristo; dan ocasión a que el adversario blasfeme y desalientan grandemente a los que buscan la gloria de Dios y el bien de las almas. Mucho mejor es no empezar esa marcha que, una vez emprendida, abandonarla por incredulidad o por espíritu mundano.

Podemos, entonces, darnos cuenta de la sabiduría y fidelidad de las palabras que encabezan nuestro capítulo. Moisés expone claramente al pueblo lo que tenía delante; no ciertamente para desanimarles, sino para preservarles de la confianza en sí mismos, la que seguramente cedería al llegar las horas de prueba, e inducirlos a apoyarse en el Dios vivo, quien nunca desampara al corazón que confía en Él.

10.2 - Que sepas que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti

«Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti; y tú los echarás, y los destruirás en seguida, como Jehová te ha dicho» (v. 3).

Aquí está, pues, la respuesta divina a todas las dificultades, por formidables que sean. ¿Qué eran las naciones poderosas, las grandes ciudades, los muros fortificados ante la presencia de Jehová? Sencillamente polvo barrido por el viento. «Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?» (Rom. 8:31). Las mismas cosas que amedrentan y acobardan el ánimo del tímido, son las que dan ocasión al despliegue del poder de Dios y a los magníficos triunfos de la fe. La fe dice: “Si Dios está delante de mí y conmigo, puedo ir adonde sea”. Así que, la única cosa que realmente glorifica a Dios es la fe que confía en él, que se apoya en él y que le alaba; al mismo tiempo, ella es lo único que da al hombre el lugar que le conviene: el de una completa dependencia de Dios, lo que le asegura la victoria e inspira la alabanza.

Pero no debemos perder de vista que en el mismo momento de la victoria aparece un peligro moral que nace de lo que somos: la propia satisfacción, lazo terrible para nosotros, pobres mortales. En la hora del conflicto nos damos cuenta de nuestra debilidad, de nuestra nulidad, de nuestra necesidad. Esto es un bien moral y una seguridad. Es bueno que el «yo» y de todo cuanto le pertenece sea anulado, porque entonces encontramos a Dios en toda la plenitud de lo que él es, y esto es la victoria segura y la alabanza consecuente.

10.3 - No es a causa de tu justicia que entras en el país

Pero nuestro corazón traidor y engañoso está predispuesto a olvidar de dónde viene la fuerza y la victoria. De ahí lo valioso y oportuno de las palabras de amonestación que siguen, dirigidas por el fiel ministro de Dios a los corazones y conciencias de sus hermanos: «No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti» (v. 4).

¡Ay; de qué materia estamos formados! ¡Qué ignorancia de nosotros mismos! ¡Qué sentido más superficial de nuestro verdadero carácter y conducta! ¡Cuán terrible pensar que somos capaces de decir en nuestros corazones palabras tales como: “Por mi justicia”! Sí, lector, somos muy capaces de tan insigne locura, al igual que Israel, cuya capacidad de pensar así era evidente por el hecho de haber sido amonestado a guardarse de tal pensamiento, y el Espíritu de Dios no amonesta contra males fantásticos o tentaciones imaginarias. Somos capaces de atribuir a nuestra propia justicia los actos de Dios a nuestro favor; en vez de ver en esos actos de gracia un motivo de alabanza a Dios, los tomamos como motivo de envanecimiento.

Pesemos cuidadosamente, entonces, las palabras de fiel amonestación dirigidas por Moisés al corazón y la conciencia del pueblo; son un eficaz antídoto contra la idea de la propia justicia, tan natural en nosotros como en Israel. «No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Por tanto, sabe que no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú. Acuérdate, no olvides que has provocado la ira de Jehová tu Dios en el desierto; desde el día que saliste de la tierra de Egipto, hasta que entrasteis en este lugar, habéis sido rebeldes a Jehová» (v. 5-7).

Este párrafo expone dos grandes principios que, si son bien entendidos, deberán poner al corazón en una recta actitud moral. En primer lugar, Moisés recuerda al pueblo que la posesión de la tierra de Canaán en la que iban a entrar era simplemente el cumplimiento de la promesa que Dios había hecho a sus padres. Esto era colocar el asunto sobre la base más sólida, una base firme e inamovible.

En cuanto a las siete naciones que estaban a punto de ser desposeídas, su expulsión era la justa respuesta del gobierno de Dios a la maldad de ellas. Todo propietario de tierras tiene perfecto derecho a echar fuera a los malos arrendatarios, y las naciones de Canaán no solo habían dejado de pagar a Dios lo que era debido (véase Rom. 1), sino que habían maltratado y manchado la propiedad a tal punto que Dios ya no podía soportarlas por más tiempo, y, por lo tanto, las iba a echar fuera, sin que ello tuviera relación con los que vendrían después. La iniquidad de los amorreos había llegado al colmo, y no les quedaba más que sufrir la pena de su conducta. Los hombres razonan sobre el hecho de que un Ser benévolo haya podido ordenar la exterminación de ciudades enteras, con sus habitantes; pero en el gobierno de Dios tenemos una respuesta a estos argumentos. Dios sabe lo que debe hacer sin tener necesidad de acudir a las opiniones humanas. Había soportado la maldad de aquellas siete naciones hasta que llegó a ser intolerable, la misma tierra ya no podía soportarlo. Esperar pacientemente durante más tiempo habría sido como un reconocimiento de las más terribles abominaciones; y esto era, desde luego, una imposibilidad moral. La gloria de Dios exigía la expulsión de los cananeos.

Pero la gloria de Dios exigía también que los descendientes de Abraham fuesen introducidos como usufructuarios perpetuos de dicha propiedad bajo el Señor Dios Todopoderoso, Poseedor de cielos y tierra. La posesión de la tierra de la promesa y el mantenimiento de la gloria de Dios estaban íntimamente enlazadas. Dios prometió que daría la tierra de Canaán a la descendencia de Abraham en posesión eterna. ¿No tenía derecho a hacerlo? ¿Quieren los incrédulos poner en duda el derecho de Dios a hacer de lo suyo lo que mejor le parezca? ¿Querrán negar al Creador y Gobernador del universo un derecho que ellos reclaman para sí? La tierra era de Jehová y él la dio a Abraham, su amigo, y a su posteridad para siempre. No podía faltar a su promesa. Sin embargo, los cananeos no fueron molestados en la posesión de aquella tierra hasta que su maldad llegó a ser absolutamente intolerable.

10.4 - El recuerdo del becerro de oro

En segundo lugar, los israelitas no tenían ningún motivo para ser arrogantes, como Moisés lo muestra claramente. Les recuerda las principales escenas de su vida desde Horeb a Cades-barnea, alude al becerro de oro, a las tablas de la ley quebradas, a Tabera y Masah y Kibrot-hataava, y lo resume todo en el versículo 24, con estas punzantes y humilladoras palabras: «Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco».

Esto era hablar francamente al corazón y a la conciencia. Moisés les revela con claridad y con hechos lo que eran, ¡qué revelación más humillante! También les recuerda al mismo tiempo cuantas veces habían estado cercanos de ser totalmente destruidos. ¡Con qué fuerza agobiante las siguientes palabras debían golpear sus oídos! «Y me dijo Jehová: Levántate, desciende presto de aquí, porque tu pueblo que sacaste de Egipto se ha corrompido; pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho una imagen de fundición. Y me habló Jehová, diciendo: He observado a ese pueblo, y he aquí que es pueblo duro de cerviz. Déjame que los destruya, y borre su nombre de debajo del cielo, y yo te pondré sobre una nación fuerte y mucho más numerosa que ellos» (v. 12-14).

¡Palabras muy apropiadas a allanar su natural vanidad, orgullo y justicia propia! ¡Cómo sus corazones habrían debido estar profundamente conmovidos cuando Moisés les recuerda las palabras pronunciadas par Jehová: «Déjame que los destruya»! Con estas palabras podían comprender ¡cuán próximos habían estado de una completa destrucción! ¡Muy poco sabían lo que pasó entre Jehová y Moisés en la cumbre de Horeb! Habían estado al borde de un terrible precipicio. Un momento más y caían. La intercesión de Moisés les salvó, el hombre al cual ellos habían acusado de tomarse facultades que no le habían dado. ¡Ah; cómo se habían equivocado y qué mal lo habían juzgado! Pues, aquel hombre, al cual acusaron de conducta mezquina y ambiciosa, había rehusado la oportunidad que Dios le daba de hacerse jefe de una nación más grande y numerosa que ellos. Y, además, este mismo hombre había pedido ardientemente que si ellos no podían ser perdonados e introducidos en la tierra, su nombre fuese borrado del libro de Jehová.

¡Cuán admirable era todo ello! ¡Qué pequeños debieron haberse sentido ante tan admirables hechos! Por cierto, que al repasar todo lo que Moisés les recuerda podían comprender la locura que habría sido decir: “Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra”. ¿Cómo podrían emplear tal lenguaje los fabricantes de una efigie de fundición? ¿No debían más bien reconocer que no eran mejores que las naciones que iban a ser expulsadas de su presencia? Porque ¿qué era lo que los había diferenciado de ellas? La soberana misericordia de Dios. Y ¿a qué debieron su liberación de Egipto, su sustento en el desierto y su entrada en la tierra prometida? Simplemente a la eterna estabilidad del pacto hecho con sus padres, «pacto… ordenado en todas las cosas, y será guardado» (2 Sam. 23:5), pacto ratificado y sellado con la sangre del Cordero, en virtud del cual todo Israel será salvado y bendecido en su propia tierra.

10.5 - Moisés, intercesor

Citaremos ahora las notables palabras que terminan nuestro capítulo, párrafo muy apropiado para abrir los ojos de Israel acerca de la absoluta necedad de sus pensamientos sobre Moisés, sobre ellos mismos y sobre Aquel que tan maravillosamente había soportado su negra incredulidad y atrevida rebelión: «Me postré, pues, delante de Jehová; cuarenta días y cuarenta noches estuve postrado, porque Jehová dijo que os había de destruir. Y oré a Jehová, diciendo: Oh Señor Jehová, no destruyas a tu pueblo y a tu heredad que has redimido con tu grandeza, que sacaste de Egipto con mano poderosa. Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob; no mires a la dureza de este pueblo, ni a su impiedad ni a su pecado, no sea que digan los de la tierra de donde nos sacaste: Por cuanto no pudo Jehová introducirlos en la tierra que les había prometido, o porque los aborrecía, los sacó para matarlos en el desierto. Y ellos son tu pueblo y tu heredad, que sacaste con tu gran poder y con tu brazo extendido» (v. 25-29).

¡Qué maravillosas palabras son estas, dirigidas por un ser humano al Dios vivo! ¡Qué poderosas súplicas en favor de Israel! ¡Qué abnegación! Moisés rehúsa la dignidad que le es ofrecida de ser el fundador de una nación fuerte y más numerosa que Israel. Desea tan solo que Jehová sea glorificado e Israel perdonado, bendecido e introducido en la tierra prometida. No podía soportar el pensamiento de que se infamara el glorioso nombre de Jehová tan querido a su corazón, ni podía tampoco presenciar la destrucción de Israel. Estas eran las dos cosas que temía, pero, para nada se preocupaba de su propia exaltación. Este amado siervo tan solo se preocupaba de la gloria de Dios y de la salvación de su pueblo; y en cuanto a sí mismo, sus esperanzas, sus intereses, todo podía descansar con la perfecta seguridad de que su bienestar individual y la gloria de Dios estaban unidos de tal modo que nada podía separarlos.

¡Ah, cuán grato debió haber sido todo al corazón de Dios! ¡Cuán refrescantes debieron ser a su espíritu las ardientes y amantes súplicas de su siervo! ¡Cuánto más en armonía estaban ellas con sus pensamientos que las acusaciones de Elías contra su pueblo, centenares de años después! ¡Cómo nos recuerdan el bendito ministerio de nuestro Sumo Sacerdote que vive siempre para interceder por su pueblo, y cuya activa intervención en favor nuestro no cesa ni un solo momento!

Es hermoso y conmovedor observar cómo Moisés insiste en el hecho de que el pueblo era la herencia de Jehová y que fue Él quién los sacó de la tierra de Egipto. Jehová le había dicho: «tu pueblo que tú sacaste de Egipto». Pero Moisés dice: Ellos son «tu pueblo y tu heredad… que sacaste». Esto es admirable. En realidad, toda esta escena está llena del más profundo interés.

11 - Capítulo 10: Las nuevas tablas de piedra

«En aquel tiempo Jehová me dijo: Lábrate dos tablas de piedra como las primeras, y sube a mí al monte, y hazte un arca de madera; y escribiré en aquellas tablas las palabras que estaban en las primeras tablas que quebraste; y las pondrás en el arca. E hice un arca de madera de acacia, y labré dos tablas de piedra como las primeras, y subí al monte con las dos tablas en mi mano. Y escribió en las tablas conforme a la primera escritura, los diez mandamientos que Jehová os había hablado en el monte de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio Jehová. Y volví y descendí del monte, y puse las tablas en el arca que había hecho; y allí están, como Jehová me mandó» (v. 1-5).

El venerado siervo de Dios no se cansaba nunca de repetir a los oídos del pueblo las memorables escenas del pasado. Para él eran siempre vitales y preciosas. Su corazón se deleitaba en recordarlas. A sus ojos jamás perdieron su encanto; hallaba en ellas un tesoro inagotable para su espíritu y una poderosa palanca moral para el corazón de Israel.

La repetición de esos llamamientos, nos recuerdan las palabras del apóstol a sus amados filipenses: «El escribiros las mismas cosas a mí no me es molesto, y para vosotros es seguridad» (3:1). El corazón natural, inquieto e inconstante, anhela siempre una nueva atracción, pero el fiel apóstol halló su más intenso y seguro deleite en desarrollar y en insistir en los preciosos temas que se refieren a la Persona y a la cruz de su adorable Señor y Salvador Jesucristo. Había hallado en Cristo cuanto necesitaba para el presente como para la eternidad. La gloria de Cristo había eclipsado enteramente todas las glorias de la tierra y de la naturaleza. Así que pudo decir: «Pero las cosas que para mí eran ganancia, las he considerado como pérdida a causa de Cristo, y aún todo lo tengo por pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo» (Fil. 3:7-8).

Este es el lenguaje de un verdadero cristiano, de quien ha hallado en Cristo el objeto que lo satisface plenamente. A tal hombre, el mundo ¿qué puede ofrecerle? ¿Qué puede hacer para él? ¿Deseaba las riquezas, los honores, las distinciones y los placeres del mundo? Los reputaba a todos ellos como basura. Y esto ¿por qué? Porque había hallado a Cristo. Había encontrado en él el objeto que había atraído su corazón de tal modo que ganarlo, conocerlo más y ser hallado en él, constituía el principal deseo de su alma. Si alguien hubiera hablado a Pablo de algo nuevo, si le hubiese sugerido la idea de emprender un negocio en el mundo y de procurar hacer fortuna, ¿cuál habría sido su respuesta? Sencillamente esta: “Lo he encontrado todo en Cristo; nada más deseo. He hallado en él inescrutables y sólidas riquezas, así como justicia. En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento ¿Qué puedo desear de las riquezas, de la sabiduría o de la cultura de este mundo? Todo esto se desvanece como las brumas de la mañana; y aun mientras duran son enteramente inadecuadas para satisfacer los deseos y las aspiraciones del alma inmortal. Cristo es el Ser eterno, el centro del cielo, el deleite del corazón de Dios; él me bastará durante la esplendorosa eternidad que se presenta a mí; y por cierto que, si él puede satisfacer mi corazón para siempre, él puede satisfacerme ahora. ¿He de volverme a la escoria de este mundo, a sus empeños, sus placeres y distracciones, a sus teatros y conciertos, a sus riquezas y honores como un suplemento a mi porción en Cristo? ¡Ni lo permita Dios! Tales cosas serían para mí un intolerable perjuicio. ¡Cristo es mi todo, en todo, ahora y para siempre!”

Esta, creemos, habría sido la terminante respuesta del bendito apóstol; tal fue al menos la que dio mediante su modo de vivir; y esta es la que deberíamos dar nosotros también. ¡Cuán deplorable y profundamente humillante es ver a un cristiano que se dirige al mundo para encontrar en él alegría, recreo o pasatiempo! Ello demuestra sencillamente que no ha encontrado a Cristo como suficiente para su corazón. Podemos establecer como principio inmutable que el corazón que está repleto de Cristo no le queda espacio para nada más. No se trata de saber si las cosas son buenas o malas, el corazón no las desea, no las apetece; ha encontrado su porción y su descanso actuales y perpetuos en Aquel que llena el corazón de Dios y que llenará el vasto universo con los rayos de su gloria por la eternidad.

A estos pensamientos nos ha conducido la interesante e incansable repetición hecha por Moisés de los grandes acontecimientos de la historia de Israel desde Egipto hasta llegar a las fronteras de la tierra prometida. Para él eran motivo de completa satisfacción; y no solo encontraba su intensa delicia contemplándolos, sino que sentía la inmensa importancia de desarrollarlos ante toda la congregación. Por cierto, que a él no le era molesto, en cambio para ellos ¡qué seguridad! ¡Cuán grato para él, y cuán útil y necesario para ellos, presentar los hechos relacionados con los dos pares de tablas de la ley, el primero estrellado al pie del monte y el segundo encerrado en el arca!

¿Qué lenguaje humano puede desenvolver la profunda significación e importancia moral de tales hechos? ¡Las tablas rotas! ¡Qué acto conmovedor y repleto de sana instrucción para el pueblo! ¿Hay quien crea todavía que aquí se nos da una estéril repetición de los hechos mencionados en el Éxodo? Con seguridad no será el que cree en la divina inspiración del Pentateuco.

No, lector; el capítulo 10 del Deuteronomio llena un hueco y hace una obra enteramente propia. En este, el legislador presenta a los hijos de Israel escenas y circunstancias pasadas de modo a dejarlas grabadas en sus corazones. Les hace conocer la conversación que tuvo lugar entre él y Jehová; les cuenta lo que sucedió, durante aquellos misteriosos cuarenta días, sobre la cumbre de aquel monte cubierto con una nube. Les hace referencia de cómo quebró las tablas, expresión adecuada de la completa impotencia del hombre a guardar el pacto que había contraído. ¿Por qué fueron rotas aquellas tablas? Porque ellos habían faltado vergonzosamente. Aquellos fragmentos proclamaban el hecho humillante de la ruina sin esperanza de ellos respecto a la ley. Todo estaba perdido. Tal era la evidente significación de aquel hecho. Era contundente, impresionante e inequívoco. Las tablas rotas debían demostrar a Israel el solemne hecho que, en todo lo que se relacionaba con su pacto, estaban completamente arruinados e irremediablemente perdidos; estaban en quiebra en cuanto a la justicia.

11.1 - Las segundas tablas puestas en el arca

Pero las segundas tablas, gracias a Dios, proclamaban un relato muy diferente. No fueron rotas. Dios cuidó de ellas. «Y volví y descendí del monte, y puse las tablas en el arca que había hecho; y allí están, como Jehová me mandó» (v. 5).

¡Bendito hecho! «Allí están». Sí, escondidas en el arca que nos habla de Cristo, de Aquel que magnificó la ley y la hizo honorable (Is. 42:21), que decretó cada uno de los signos que la componen para la gloria de Dios y la eterna bendición de su pueblo. De este modo, mientras los fragmentos de las primeras tablas publican la triste y humillante historia de la completa ruina de Israel, las segundas tablas, encerradas intactas en el arca, exponen la gloriosa verdad que Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquél que cree; primeramente, al judío y también al gentil.

Por supuesto, no queremos decir que Israel comprendió la profunda significación y el largo alcance que en su aplicación tenían estos maravillosos hechos. Como nación, ciertamente no pudieron entenderlos entonces, pero, por la soberana misericordia de Dios, los entenderán dentro de poco. Pudo haber algunos casos de excepción que comprendieran en parte su significado, pero la cuestión no es esta por ahora. Nuestro deber es reconocer y apropiarnos la preciosa verdad expuesta en los dos pares de tablas, es decir: el fracaso de todo lo que ha sido confiado al hombre; y la eterna estabilidad del pacto de gracia de Dios ratificado con la sangre de Cristo. Ese debe ser desplegado más tarde con todos sus gloriosos resultados en el reino por venir, cuando el hijo de David reinará sobre toda la tierra; cuando la descendencia de Abraham poseerá, como don divino, la tierra de la promesa, cuando todas las naciones de la tierra se regocijarán bajo el reinado benéfico del Príncipe de paz.

¡Qué gloriosa perspectiva para la actualmente desolada tierra de Israel y para nuestra pobre tierra! El Rey de justicia y paz gobernará según su voluntad. Todo mal será abatido con mano poderosa. No habrá debilidad en aquel gobierno y ninguna lengua rebelde se atreverá a criticar con insolencia sus decretos y hechos. No se permitirá a ningún insensato demagogo perturbar la paz del pueblo o insultar la majestad del trono. Todo abuso será rectificado, todo elemento perturbador será neutralizado, toda piedra de tropiezo será quitada y toda raíz de amargura será arrancada. Los pobres y los necesitados serán cuidados; sí, todos serán atendidos divinamente; el dolor, el cansancio, la pobreza y la desolación serán desconocidos, se alegrarán el desierto y el lugar árido; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. «He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio. Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa» (Is. 32:1-2).

Lector ¡qué escenas gloriosas deben acaecer aún en este pobre y triste mundo, agitado por el pecado y esclavizado por Satanás! ¡Qué bueno es pensar en ellas! ¡Qué alivio para el corazón en medio de las miserias morales, de la degradación y desdichas físicas de que nos vemos rodeados! Gracias a Dios, el día se aproxima rápidamente en el cual el príncipe de este mundo será arrojado de su trono y aprisionado en el abismo; entonces el Príncipe del cielo, el glorioso Emanuel, extenderá su cetro bendito sobre todo el universo de Dios y los cielos y la tierra serán asoleados con el resplandor de su faz real. Que podamos exclamar: ¡oh, Señor! ¡Apresura ese tiempo!

11.2 - La muerte de Aarón. La elección y la elevación de Leví

«Después salieron los hijos de Israel de Beerot-bene-jaacán a Mosera; allí murió Aarón, y allí fue sepultado, y en lugar suyo tuvo el sacerdocio su hijo Eleazar. De allí partieron a Gudgoda, y de Gudgoda a Jotbata, tierra de arroyos de aguas. En aquel tiempo apartó Jehová la tribu de Leví para que llevase el arca del pacto de Jehová, para que estuviese delante de Jehová para servirle, y para bendecir en su nombre, hasta hoy, por lo cual Leví no tuvo parte ni heredad con sus hermanos; Jehová es su heredad, como Jehová tu Dios le dijo» (v. 6-9).

El lector debe cuidar de no dejarse perturbar por ninguna duda a causa del orden cronológico de los hechos relatados en el anterior pasaje. Este no es más que un paréntesis en el cual el legislador agrupa, de manera notable y conmovedora, circunstancias escogidas con sumo cuidado de la historia del pueblo, que a la vez dan testimonio del gobierno y de la gracia de Dios. La muerte de Aarón muestra lo primero; la elección y la elevación de Leví presenta la segunda. Ambos van juntos, no cronológicamente, pero con el gran fin moral siempre presente en el pensamiento del legislador; finalidad que la razón incrédula no podría comprender, la cual se recomienda por sí sola al corazón y al entendimiento del estudiante devoto de la Escritura.

¡Cuán despreciables son las cavilaciones de los incrédulos cuando se las considera a la brillante luz de la divina inspiración! ¡Qué miserable el estado de la inteligencia que se ocupa en minucias de cronología a fin de encontrar, si fuese posible, un error en el divino Volumen, en vez de aprender el verdadero propósito y el objeto del escritor inspirado!

Pero ¿por qué Moisés recuerda de esta manera, de forma aparentemente abrupta, esos dos acontecimientos de la historia de Israel? Simplemente para estimular el corazón del pueblo a la obediencia. Con este fin, escoge y agrupa los hechos según la sabiduría que le fue dada. ¿Hemos de esperar de este siervo de Dios, divinamente enseñado, la precisión de un simple copista? Los incrédulos podrán aparentar creerlo así, pero los verdaderos cristianos están mejor informados. Un mero escribiente podrá copiar los sucesos por su orden cronológico; un verdadero profeta hará la narración de estos de tal modo que influya sobre el corazón y la conciencia. Así que, mientras el desgraciado incrédulo anda a tientas en las brumas de su propia imaginación, el estudiante piadoso se complace en las glorias morales de ese Libro sin par, que se mantiene firme como la roca, contra la cual se estrellan las impotentes olas de la incredulidad.

No es nuestro intento detenernos en la explicación de las circunstancias a que se refiere el anterior paréntesis; se han expuesto ya en otras partes. Nos limitaremos solamente a hacer observar al lector la exposición del Deuteronomio de los hechos mencionados. Moisés se sirve de ellos para dar fuerza a su llamamiento final al corazón y a la conciencia del pueblo, mostrándoles la absoluta necesidad de una obediencia implícita a los estatutos y derechos del Dios del pacto. Fue por esto que refirió el hecho solemne de la muerte de Aarón. Los hijos de Israel debían recordar que Aarón, a pesar de su elevada posición como sumo sacerdote de Israel, murió por haber desobedecido a la palabra de Jehová. Les convenía, por lo tanto, estar atentos a su propia conducta. El gobierno de Dios no se debía tratar con ligereza, y la misma elevación de Aarón solo servía para hacer más necesario que su pecado fuese juzgado para que los demás temiesen.

Además, debían recordar la dispensación de Dios para con Leví, en la cual la gracia brilla con tan maravilloso esplendor. El fiero, cruel y voluntarioso Leví fue levantado de su ruina moral y colocado junto a Dios; «para que llevase el arca del pacto de Jehová, para que estuviese delante de Jehová para servirle, y para bendecir en su nombre» (v. 8).

Pero ¿por qué lo que concierne a Leví está asociado con la muerte de Aarón? Sencillamente para exponer las benditas consecuencias de la obediencia. Si la muerte de Aarón demostraba el funesto resultado de la desobediencia, la elevación de Leví ilustra el precioso fruto de la obediencia. Oigamos lo que sobre este tema dice el profeta Malaquías: «Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad» (2:4-6).

Este notable pasaje mucho aclara la cuestión que estamos considerando. Nos dice positivamente que Jehová hizo pacto de vida y de paz con Leví a causa del respeto que manifestó por Su nombre, «y tuvo temor de mí», en la terrible ocasión del becerro de oro que Aarón (levita también del orden más elevado) hizo.

¿Por qué Aarón fue castigado? Por su rebelión en las aguas de Meriba (Núm. 20:24.) ¿Por qué Leví fue bendecido? Por su reverente obediencia al pie del monte Horeb (Éx. 32). ¿Por qué los encontramos juntos en el capítulo 10 del Deuteronomio? A fin de imprimir sobre el corazón y la conciencia de la congregación la necesidad de la obediencia implícita a los mandamientos del Dios del pacto. ¡Cuán perfecta es la Escritura en todas sus partes! ¡Cuán hermosamente concuerda! Y ¡cuán evidente es para el devoto lector de la misma que el bello libro del Deuteronomio ocupa el lugar asignado por Dios y tiene un propósito! ¡Cuán manifiesto resulta que la quinta parte del Pentateuco no es ni una contradicción ni una repetición de las anteriores, sino una aplicación de ellas! Y cuando los escritores incrédulos se atreven a insultar los Oráculos de Dios, no saben lo que dicen ni lo que hacen, caen en el error. [25]

[25] En los escritos humanos tenemos numerosos ejemplos de lo que los incrédulos objetan a Deuteronomio 10:6-9. Supongamos que un autor desea llamar la atención sobre algún gran principio de economía política. Este no titubeará en recoger hechos, aunque alejados unos de otros en las páginas de la historia, y los agrupará del modo que crea más conveniente a la demostración de su tema. ¿Tienen los incrédulos algo que objetar a ese proceder? No, cuando hallan tal cosa en los escritos humanos. Es tan solo cuando lo encuentran en la Escritura, porque odian la Palabra de Dios, y no pueden sufrir la idea de que él haya dado a sus criaturas un libro que es una revelación de sus designios. Sin embargo, Él lo ha dado, ¡bendito sea su Nombre!, y nosotros lo tenemos con toda su belleza y divina autoridad, para consolar nuestros corazones y guiar nuestros caminos en medio de la oscuridad y confusión que atravesamos, durante nuestro viaje para llegar a la gloria.

11.3 - Israel: ¿qué pide de ti Jehová tu Dios?

En los versículos 10 y 11 de nuestro capítulo, Moisés vuelve otra vez al tema de su discurso. «Y yo estuve en el monte como los primeros días, cuarenta días y cuarenta noches; y Jehová también me escuchó esta vez, y no quiso Jehová destruirte. Y me dijo Jehová: Levántate, anda, para que marches delante del pueblo, para que entren y posean la tierra que jure a sus padres les había de dar».

A pesar de todos los obstáculos, Jehová quería cumplir la promesa hecha a los padres. Pondría a Israel en plena posesión de la tierra respecto a la cual juró a Abraham, Isaac y Jacob que la daría a su descendencia por heredad perpetua.

«Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?» (v. 12-13). Todo era para su real bienestar, para su prosperidad y bendición que debían andar en los divinos mandamientos. La senda de la obediencia de todo corazón es la sola que conduzca a la verdadera felicidad y, bendito sea Dios, esta todavía puede ser hollada por todos los que aman al Señor.

Esto es un inefable consuelo en todo tiempo. Dios nos ha dado su preciosa Palabra, la perfecta revelación de sus pensamientos, y nos ha dado lo que Israel no tuvo, su Santo Espíritu para que habite en nuestros corazones, a fin de que podamos entender y apreciar su Palabra. De ahí que nuestras obligaciones son más elevadas que las de Israel. Somos llamados a una vida de obediencia por medio de todo lo que puede influir sobre el corazón y el entendimiento.

Y es para nuestro bien ser obedientes. Hay en verdad «gran recompensa» (Hebr. 10:35) por guardar los mandamientos de nuestro amante Padre. Todos sus cuidados: su amor constante, su especial solicitud, sus maravillosas dispensaciones para con nosotros, ¿no son otros tantos motivos para que nuestros corazones se aferren a él y que nuestros pasos se afirmen en la senda de la obediencia filial? Dondequiera que volvamos los ojos encontramos las evidentes pruebas de sus derechos sobre los afectos de nuestro corazón y sobre todas las facultades de nuestro ser rescatado. Y, tanto más responderemos por su gracia a sus preciosos derechos, más brillante y feliz será nuestra senda. No hay nada en este mundo más bendito que la senda y la porción de un alma obediente. «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo» (Sal. 119:165). El humilde discípulo que halla su comida y su bebida en hacer la voluntad de su amado Señor y Maestro, posee una paz que el mundo no puede dar ni tampoco quitar. Puede que sea incomprendido y mal juzgado; que sea tachado de estrecho de criterio, fanático y todavía peor; pero nada de esto le afecta. La aprobación de su Señor es una recompensa más que suficiente a todos los reproches que los hombres puedan acumular sobre él. Sabe lo que valen los pensamientos de los hombres, son para él como el tamo que el vendaval esparce. El profundo lenguaje de su corazón, a medida que avanza rápidamente a lo largo del sagrado sendero de la obediencia, es el siguiente:

Deja que apoye mi debilidad
En el amor eterno tuyo, sostén amante
Y dar al olvido a los pensamientos humanos.
Atento cual niño a lo que me mandes,
Ir a servirte a la luz del día
Sin dejar, en tanto, el suave retiro.

En los últimos versículos de nuestro capítulo el legislador parece elevar a mayores alturas los motivos de la obediencia y apremiar con más solicitud el corazón del pueblo. «He aquí» –les dice– «de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día» (v. 14-15). ¡Qué maravilloso privilegio ser escogido y amado por el Poseedor de los cielos y de la tierra! ¡Qué honor ser llamado a servirlo y obedecerlo! Por cierto, en todo el mundo no hay condición mejor ni más elevada. ¡Ser identificado y estar asociado con el Altísimo, ser llamado de su nombre, ser su pueblo particular, su posesión, el pueblo escogido por él, ser colocado aparte de entre todas las naciones para ser siervos de Jehová y testigos suyos! Preguntamos, ¿qué podía haber mejor que esto, salvo lo que posee la Iglesia de Dios y el creyente individualmente?

Con toda seguridad nuestros privilegios son superiores, puesto que conocemos a Dios de un modo más elevado, más profundo y más íntimo, que la nación de Israel. Lo conocemos como el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y como nuestro Dios y Padre. Tenemos el Espíritu Santo morando en nosotros, derramando el amor de Dios en nuestros corazones, haciéndonos exclamar: Abba Padre. Todo esto es mucho más precioso que todo lo que el pueblo terreno de Dios conoció o pudo conocer; y puesto que nuestros privilegios son mayores, también han de serlo sus derechos a nuestra cordial y absoluta obediencia. Cada llamamiento al corazón de Israel, debería llegar a nosotros con mayor fuerza; toda exhortación a ellos dirigida, debería hablarnos más poderosamente. Ocupamos el lugar más elevado que una criatura puede ocupar. Ni la descendencia de Abraham en la tierra, ni los ángeles de Dios en el cielo pueden decir lo que decimos, ni conocer lo que conocemos. Estamos ligados y eternamente asociados con el Hijo de Dios resucitado y glorificado. Podemos adoptar como nuestro el maravilloso lenguaje de 1 Juan 4:17, y decir: «como él es, así somos nosotros en este mundo». ¿Qué puede haber superior a esto en cuanto a privilegio y dignidad? Nada seguramente, salvo ser en cuerpo, espíritu y alma conformes a su imagen adorable, según lo seremos pronto por la infinita gracia de Dios.

No olvidemos, pues, que nuestras obligaciones son proporcionales a nuestros privilegios. No rechacemos la sana palabra “obligación” bajo pretexto que tiene aspecto de “legalismo”. Es todo lo contrario; sería imposible concebir algo más separado de toda idea de legalismo que las obligaciones que resultan de la posición cristiana. Es una verdadera equivocación gritar: “¡Legal, Legal!” cuando se nos recuerda las santas responsabilidades de nuestra posición. Creemos que todo cristiano verdaderamente piadoso se regocijará de todos los llamamientos y exhortaciones que el Espíritu Santo nos dirige a propósito de nuestras obligaciones, puesto que todas ellas están fundadas en los privilegios que nos son conferidos por la soberana gracia de Dios y por el ministerio del Espíritu Santo en virtud de la preciosa sangre de Cristo.

11.4 - El Padre de los huérfanos y el juez de las viudas

Pero continuemos escuchando los conmovedores llamamientos de Moisés. Nos serán provechosos, a pesar de nuestras mayores luces, conocimientos y privilegios.

«Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz. Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido» (v. 16-18).

Aquí Moisés no habla simplemente de lo que Dios hace, sino de Él mismo, de lo que es. Es el Dios de los cielos, el Grande, el Magnífico, el Temible. Pero tiene un corazón repleto de amor a favor de la viuda y del huérfano, esos seres desamparados, privados de todo apoyo natural. Dios piensa y cuida de ellos de manera muy especial; tienen derecho a su amor y a su protección. «Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada». «La que en realmente es viuda y ha quedado sola, ha puesto su esperanza en Dios y persevera en súplicas y oraciones noche y día». «Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas» (Sal. 68:5; 1 Tim. 5:5; Jer. 49:11).

¡Qué rica provisión hay aquí para las viudas y los huérfanos! ¡Qué maravilloso cuidado de Dios para con ellos! ¡Cuántas viudas no hay más felices que cuando tenían a sus maridos! ¡Cuántos huérfanos que están mejor cuidados que cuando tenían a sus padres! ¡Dios cuida de ellos! Esto basta. Miles de esposos y miles de padres son tales que más valdría no tenerlos. Dios nunca desampara a los que en él confían, es siempre fiel a su nombre, sea cual fuere la denominación que adopte. Que todas las viudas y todos los huérfanos recuerden esto para consuelo, confortamiento y aliento.

11.5 - El extranjero

El pobre extranjero tampoco es olvidado. «Ama también al extranjero dándole pan y vestido» (v. 18). ¡Cuán hermoso es esto! Nuestro Dios cuida de todos los que se ven privados de apoyo terreno, de esperanza y protección humana. Todos ellos pueden apoyarse en él de manera especial. A causa de su amor, responderá a sus necesidades.

Pero es necesario conocerlo para poder confiarse en él. «En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron» (Sal. 9:10). Los que no conocen a Dios preferirán a sus promesas una póliza de seguros o una renta anual. Pero el verdadero creyente encuentra en esas promesas el inquebrantable sostén de su corazón, porque conoce, confía y ama al que prometió. Se regocija con el pensamiento de depender enteramente de él y por nada en el mundo querría cambiar su situación. Lo que sacaría de quicio a un incrédulo, es para el cristiano, hombre de fe, el motivo de más profundo gozo de su corazón. El lenguaje de este será siempre el siguiente: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación» (Sal. 62:5-6). ¡Bendita situación! ¡Bendita porción! ¡Que el lector las conozca como una realidad divina, como un poder vivo en su corazón, por el poderoso ministerio del Espíritu Santo! Entonces será independiente de las cosas terrenas habiendo hallado todo lo que necesita, para el presente y para la eternidad, en el Dios vivo y en su Cristo.

Cuanto necesito, eres para mí ¡oh Cristo!
Más que todo hallo en Ti”.

Notemos atentamente la clase de provisiones que Dios hace para el extranjero. Es muy sencilla: «pan y vestido». Esto basta a un verdadero extranjero, como el apóstol lo dice a su hijo Timoteo: «porque nada trajimos al mundo, y nada podemos sacar de él. Así que teniendo alimento y ropa, nos contentaremos con estas cosas» (1 Tim. 6:7-8).

Lector cristiano, consideremos esto: ¡Qué remedio para la ambición y para la concupiscencia tenemos aquí! ¡Qué bendita liberación de la solicitación febril de los bienes terrenos, del comercio y de la especulación, del espíritu codicioso de este tiempo en el cual vivimos! Si estuviésemos satisfechos con la provisión divinamente asignada al extranjero, ¡qué diferencia para nosotros! ¡Cuán tranquilo y regular sería el curso diario de nuestra vida! ¡Cuán sencillos nuestros hábitos y deseos! ¡Cuán distinto del mundo sería nuestro espíritu! ¡Cómo dejaríamos de lado el lujo y el amor a la comodidad, que tanto prevalecen hoy entre los cristianos! Comeríamos y beberíamos únicamente para gloria de Dios y para mantener nuestro cuerpo en sana condición. Traspasar estos límites es dejarse aconsejar por «los deseos carnales que guerrean contra el alma» (1 Pe. 2:11).

Pero, ¡cuántos hay en el mundo cristiano, como se lo llama, que, a propósito de las bebidas alcohólicas, se dejan llevar por sus vergonzosas concupiscencias, envileciéndose y arruinando sus cuerpos y sus almas!

No queremos predicar una cruzada contra los líquidos embriagantes y narcóticos. El mal está en el abuso que de ellos hacemos. El mismo apóstol aconseja a Timoteo el uso de «un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades» (1 Tim. 5:23). Cada cual es responsable de andar en el temor de Dios en cuanto a la comida y a la bebida. Si un doctor prescribe a un paciente cierta comida nutritiva, ¿ha de culpársele si aquel paciente se convierte en un glotón? Por cierto, que no; el mal no está en la prescripción del doctor, sino en el desdichado deseo del corazón.

Aquí está la raíz del mal, y el remedio se encuentra en la preciosa gracia de Dios que, al paso que trae la salvación a todos los hombres, enseña a los que son salvos a vivir «sobria, justa y piadosamente» en este mundo (Tito 2:12). Y recuérdese que el «vivir sobriamente» significa mucho más que la moderación en la comida y en la bebida; sin duda esto está incluido, pero comprende además el dominio del corazón –el gobierno de los pensamientos, del genio, de la lengua. La gracia que nos salva, no nos dice solamente cómo debemos vivir, sino que nos enseña además a hacerlo, y si seguimos sus enseñanzas estaremos satisfechos con la provisión asignada por Dios al extranjero.

Es a la vez interesante y edificante observar cómo Moisés pone a Dios mismo como modelo a imitar. Jehová «ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (v. 18-19). No solo debían tener ante sus ojos el divino modelo, sino recordar también su historia y experiencias pasadas, a fin de que sus corazones rebosaran de simpatía y compasión para con el pobre extranjero. Era el deber y el elevado privilegio del Israel de Dios colocarse en las mismas circunstancias de los otros y tener en cuanta sus sentimientos. Debían ser los representantes morales de Aquel de quien era el pueblo, de cuyo nombre eran llamados. Debían imitarlo, suplir a las necesidades y alegrar los corazones de los huérfanos, viudas y extranjeros. Y si el pueblo terrenal de Dios fue llamado a esta bella línea de conducta, cuanto más lo somos nosotros a quienes bendijo «con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efe. 1:3). ¡Que estemos más en su presencia, que bebamos más de su Espíritu, para que podamos reflejar más fielmente sus glorias morales sobre todos aquellos con quienes estamos en contacto!

Las últimas líneas de nuestro capítulo nos dan un hermoso compendio de la enseñanza práctica que ha venido ocupando nuestra atención. «A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás. Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto. Con setenta personas descendieron tus padres a Egipto, y ahora Jehová te ha hecho como las estrellas del cielo en multitud» (v. 20-22).

Todo esto es muy a propósito para estimularnos moralmente, uniendo nuestros corazones al Señor mismo, a causa de lo que él es, de todas sus dispensaciones maravillosas y de sus designios de gracia. Podemos decir con certitud que es el resorte secreto de toda verdadera dedicación. ¡Quiera Dios que el lector y el escritor lo pongan en práctica!

12 - Capítulo 11: Retrospectiva y futuro

12.1 - El recuerdo de las obras de Jehová

«Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos, sus decretos y sus mandamientos, todos los días. Y comprended hoy, porque no hablo con vuestros hijos que no han sabido ni visto el castigo de Jehová vuestro Dios, su grandeza, su mano poderosa, y su brazo extendido, y sus señales, y sus obras que hizo en medio de Egipto a Faraón rey de Egipto, y a toda su tierra; y lo que hizo al ejército de Egipto, a sus caballos y sus carros; cómo precipitó las aguas del mar Rojo sobre ellos, cuando venían tras vosotros, y Jehová los destruyó hasta hoy; y lo que ha hecho con vosotros en el desierto, hasta que habéis llegado a este lugar; y lo que hizo con Datán y Abiram, hijos de Eliab, hijo de Rubén; cómo abrió su boca la tierra, y los tragó con sus familias, sus tiendas, y todo su ganado, en medio de todo Israel. Mas vuestros ojos han visto todas las grandes obras que Jehová ha hecho» (v. 1-7).

Moisés sentía que era de la mayor importancia que todos los poderosos hechos de Jehová se hicieran resaltar de un modo prominente ante los corazones del pueblo y quedaran profundamente grabados en su memoria. La pobre mente humana es fluctuante y el corazón inconstante, y a pesar de lo que Israel había presenciado de los solemnes juicios de Dios sobre Egipto y Faraón, estaban en peligro de olvidarlos y dejar borrar la impresión que estos tenían asignado producir.

Quizá nos maravillemos de que Israel pudiera llegar a olvidar las impresionantes escenas de su historia en Egipto del principio al fin; el descenso de sus padres a Egipto, solo un puñado de almas, su rápido crecimiento y progreso como pueblo a despecho de todas las dificultades y estorbos así que, de aquel insignificante puñado, habían llegado a ser, por la buena mano de Dios sobre ellos, como las estrellas del cielo en multitud.

Y luego ¡aquellas diez plagas mandadas sobre Egipto! ¡Cuán llenas de terrible solemnidad! ¡Cuán eminentemente calculadas para impresionar el corazón con el sentimiento del alto poder de Dios, la completa impotencia e insignificancia del hombre, con toda su jactada sabiduría, poder y gloria, y de su monstruosa locura al intentar levantarse contra el Dios Todopoderoso! ¿Qué era todo el poder de Faraón y de Egipto en presencia del Señor Dios de Israel? En una hora quedó sumergido en irreparable ruina y destrucción. Todos los carros de Egipto, toda su pompa y gloria, el valor y el poder de aquella antigua y famosa nación, todo fue sumergido en las profundidades del mar.

Y ¿por qué? Porque intentaron entrometerse con el Israel de Dios, se atrevieron a oponerse a los eternos propósitos y consejos del Altísimo. Procuraron aplastar a aquellos a quienes Dios amaba. Él había jurado bendecir la descendencia de Abraham, y ningún poder en la tierra ni en la gehena podía anular ese juramento. Faraón, en su orgullo y dureza de corazón, quiso contrarrestar la actuación divina, pero al interponerse se acarreó su propia destrucción. Su país se conmovió hasta sus cimientos, y él mismo y su poderoso ejército fueron aniquilados en el mar Rojo; solemne escarmiento para cuantos quisieran en adelante oponerse a los propósitos de Jehová de bendecir la descendencia de Abraham su amigo.

No era solamente lo que Jehová había hecho con Egipto y con Faraón lo que el pueblo debía recordar, sino también lo que había hecho entre ellos. ¡Cuán subyugador es el juicio sobre Datán y Abiram y sus casas! ¡Cuan terrible el pensar que la tierra abriese su boca y los tragase! ¿Y por qué? Por haberse rebelado contra los propósitos divinos. En la relación que se nos da en Números, Coré el Levita, es el carácter sobresaliente; pero aquí se omite su nombre y se nombra a los dos rubenitas, dos miembros de la congregación, ya que Moisés procura obrar en el ánimo de toda la congregación, poniendo ante ellos las terribles consecuencias de la terquedad en dos individuos de entre ellos, dos miembros ordinarios, como pudiéramos decir, y no solamente en un levita privilegiado.

En suma, pues, sea que se llamase la atención del pueblo sobre la actuación divina fuera o dentro de ellos, en el exterior o en el interior del pueblo, todo se hacía con el fin de impresionar sus corazones e inteligencias con el profundo sentimiento de la importancia moral de la obediencia. Esto fue el gran propósito de todas las relaciones, de todos los comentarios, de todas las exhortaciones del fiel siervo de Dios que tan pronto había de ser tomado de entre ellos. Por esto, él discurre por la historia de siglos, entrecogiendo comentando, anotando tal hecho, omitiendo tal otro como guiado por el Espíritu de Dios. El traslado a Egipto, su estancia en aquel país, los duros castigos infringidos al obstinado Faraón, el éxodo o salida, el paso del mar Rojo, las escenas ocurridas en el desierto, y especialmente el terrible desastre de la rebelión de los dos rubenitas, todo es referido con maravillosa fuerza y claridad para que obre en la conciencia del pueblo, a fin de reforzar el fundamento de los derechos de Jehová a una obediencia implícita a sus santos mandamientos.

12.2 - Guardad todos los mandamientos

«Guardad, pues, todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, para que seáis fortalecidos, y entréis y poseáis la tierra a la cual pasáis para tomarla; y para que os sean prolongados los días sobre la tierra, de la cual juró Jehová a vuestros padres, que había de darla a ellos y a su descendencia, tierra que fluye leche y miel» (v. 8-9).

Fíjese el lector en el hermoso vínculo moral entre esas dos cláusulas: «Guardad todos los mandamientos», «para que seáis fortalecidos». Se obtiene una gran fuerza por la obediencia sin reservas a la Palabra de Dios. De nada sirve entresacar y escoger. Estamos muy dispuestos a hacerlo, muy inclinados a escoger ciertos mandamientos y preceptos que nos convienen, pero eso es en realidad la voluntad propia. ¿Qué derecho tenemos a escoger tales o cuales preceptos de la Palabra, dejando otros a un lado? Absolutamente ninguno. Hacer tal cosa es, en principio, simple rebelión y voluntad propia. ¿Acaso incumbe al criado decidir cuál de los mandatos de su amo ha de obedecer? Seguramente que no; todo mandato va revestido de la autoridad del amo, y por lo tanto exige la atención del criado; y pudiéramos añadir que cuanto más implícitamente obedece el criado, tanto más da su respetuosa atención a todos los mandatos de su amo, por triviales que sean, y tanto más también se refuerza en su cargo y va creciendo en la confianza y estimación de su amo. Todo amo quiere y aprecia al criado obediente, fiel y aplicado. Todos sabemos qué satisfacción proporciona un criado en quien podamos confiar, quien se alegra en satisfacer nuestros deseos, que no necesita que se le vigile de continuo, sino que sabe su deber y lo cumple.

Ahora, pues, ¿no hemos de procurar el refresco del corazón de nuestro bendito Amo, con una amorosa obediencia a todos sus mandamientos? Piensa un momento, lector, en el privilegio que se nos concede de alegrar el corazón de Aquél que nos amó y se entregó por nosotros. Es algo verdaderamente maravilloso que unas pobres criaturas como nosotros podamos en cierto modo alegrar el corazón de Jesús; y con todo, así es, ¡bendito sea su Nombre!, Él se complace en que guardemos sus mandamientos; y por cierto este pensamiento debiera conmover nuestro ser moral e inducirnos a estudiar su Palabra a fin de descubrir cada vez más lo que son los mandamientos para cumplirlos.

Esas palabras de Moisés que hemos citado, nos recuerdan el ruego del apóstol «a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas… Por esto también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar a Dios y pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual; para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo, dando fruto en toda buena obra, y creciendo por el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, según la potestad de su fuerza, para toda paciencia y longanimidad, con gozo, dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; quien nos liberó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor; en quien tenemos la redención, el perdón de nuestros pecados» (Col. 1:2, 9-14).

Concedida la diferencia que existe entre lo terreno y lo celestial; entre Israel y la Iglesia, existe una notable semejanza entre las palabras del legislador y las del apóstol. Ambas son eminentemente propias para exponer la belleza y valía de una obediencia amante y de corazón. Es grata al Padre, grata al Hijo y grata al Espíritu Santo; y esto debiera bastarnos para crear en nuestros corazones, y reforzar en ellos, el deseo de ser llenados del conocimiento de su voluntad para que andemos como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios. Nos debiera guiar a un estudio más diligente de la Palabra de Dios a fin de que podamos siempre descubrir más y más la mente y la voluntad de nuestro Señor aprendiendo lo que le sea agradable y recurriendo a Él para la gracia necesaria para hacerlo. De este modo nuestros corazones estarán más juntos a Él, y encontraremos un interés cada vez más profundo en escudriñar las Escrituras, no tan solo para crecer en el conocimiento de la verdad, sino en el conocimiento de Dios, en el conocimiento del Señor Jesús; el conocimiento profundo, personal y experimental de lo que está atesorado en Aquél que es la plenitud de la divinidad corporalmente. ¡Oh! ¡Quiera el Espíritu de Dios, por su muy precioso y poderoso ministerio, despertar en nosotros un deseo más intenso de conocer y hacer la voluntad de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo, para que de este modo podamos refrescar su amante corazón y le seamos agradables en todo!

12.3 - La tierra prometida

Volvamos por unos momentos a ver la hermosa descripción de la tierra prometida que Moisés expone al pueblo: «La tierra a la cual entras para tomarla no es como la tierra de Egipto de donde habéis salido, donde sembrabas tu semilla, y regabas con tu pie, como huerto de hortaliza. La tierra a la cual pasáis para tomarla es tierra de montes y de vegas, que bebe las aguas de la lluvia del cielo; tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin» (v. 10-12).

¡Qué contraste más agudo entre Egipto y Canaán! Egipto no tenía lluvias del cielo. Allí solo se veía en todo el esfuerzo humano. No sucedía así en la tierra de Jehová; el pie humano nada tenía que hacer allí, ni había ninguna necesidad de él, porque la bendita lluvia del cielo caía sobre ella; el mismo Jehová cuidaba de ella y la regaba con la lluvia temprana y tardía. La tierra de Egipto dependía de sus propios recursos; la tierra de Canaán dependía enteramente de Dios –de lo que descendía del cielo. El lenguaje de Egipto era: “Mío es el río”; la esperanza de Canaán era «el río de Dios». La costumbre de Egipto era regar con el pie; la costumbre en Canaán era mirar al cielo por la lluvia.

El Salmo 65 nos presenta una exposición de la situación en la tierra del Señor, vistas por el ojo de la fe. «Visitas la tierra, y la riegas; en gran manera la enriqueces; con el río de Dios, lleno de aguas, preparas el grano de ellos, cuando así la dispones. Haces que se empapen sus surcos, haces descender sus canales; las ablandas con lluvias, bendices sus renuevos. Tú coronas el año con tus bienes, y tus nubes destilan grosura. Destilan sobre los pastizales del desierto, y los collados se ciñen de alegría. Se visten de manadas los llanos, y los valles se cubren de grano; dan voces de júbilo, y aun cantan» (v. 9-13).

¡Cuán perfectamente hermoso! Pensemos por un momento en Dios haciendo que los surcos se empapen y que descienda el agua en sus canales. Pensemos en que condesciende a hacer el trabajo de un labrador por su pueblo. Sí, y haciéndolo con agrado. Era el gozo de su corazón derramar sus rayos de sol y sus refrescantes lluvias sobre los «collados y valles» de su amado pueblo. Era un refresco para su espíritu como era para la alabanza de su Nombre ver la vid, la higuera y el olivo floreciendo, los valles cubiertos de doradas mieses, y los ricos prados cubiertos de rebaños.

12.4 - Si obedecéis… yo daré…

Así debió ser siempre, y así hubiese sido con solo que Israel hubiera andado en sencilla obediencia a la santa ley de Dios. «Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndolo con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, tu vino y tu aceite. Daré también hierba en tu campo para tus ganados; y comerás, y te saciarás» (v. 13-15).

Nada podía ser más sencillo que este pacto entre el Dios de Israel y el Israel de Dios. Para Israel era un elevado y santo privilegio amar y servir a Jehová; era prerrogativa de Jehová el bendecir y prosperar a Israel. La dicha y la fertilidad habían de ser los seguros acompañamientos de la obediencia. El pueblo y la tierra dependían enteramente de Jehová; todos sus abastecimientos debían descender del cielo, de aquí que en tanto que anduvieron en amante obediencia las copiosas lluvias caían sobre sus campos y viñedos; los cielos destilaban el rocío y la tierra respondía con fertilidad y bendiciones.

Mas, por otra parte, cuando Israel olvidó al Señor y faltó a sus preciosos mandamientos, el cielo se volvió de metal y la tierra de hierro; la esterilidad, la desolación, el hambre y la miseria fueron los tristes acompañamientos de la desobediencia. ¿Cómo podía ser de otro modo? «Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho» (Is. 1:19-20).

Ahora bien; en todo esto hay una profunda enseñanza práctica para la Iglesia de Dios. Aunque no estamos bajo la ley, somos llamados a la obediencia, y en cuanto estamos capacitados por la gracia para rendir una amante y cordial obediencia, somos bendecidos en nuestro estado espiritual, nuestras almas son regadas, refrescadas y corroboradas, y producimos los frutos de justicia que son por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios.

El lector podrá remitirse con gran provecho, relacionándolo con este gran tema práctico, al principio del capítulo 15 de Juan, preciosa porción de la Escritura que exige la más viva atención de todo verdadero hijo de Dios. «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo quita; pero todo aquel que lleva fruto, lo poda para que lleve más fruto. Vosotros ya estáis limpios por medio de la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como no puede el sarmiento llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco podéis vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como un sarmiento, y se seca; estos se recogen, se echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis cuanto queráis, y os será concedido. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; y así seréis mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (v. 1-10).

Este importante pasaje de la Escritura ha sufrido inmensamente por la controversia teológica y la lucha religiosa. Es tan claro como práctico y solo necesita que se acepte tal como está en su divina sencillez. Si deseamos introducir en él lo que no le pertenece, manchamos su integridad y perdemos su verdadera aplicación. En él tenemos a Cristo, la verdadera vid, ocupando el lugar de Israel que se había convertido ante la vista de Jehová en la degenerada vid silvestre. La escena de la parábola es, a todas luces, terrenal y no celestial. No podemos imaginar una viña y un labrador en el cielo. Además, el Señor dice: «Yo soy la vid verdadera». El símil es muy distinto. No es la cabeza y sus miembros, sino un árbol y sus ramas. Además, el tema de la parábola es tan distinto como la parábola misma; no se trata de vida eterna, sino de llevar fruto. Si se tuviera esto en cuenta se tendría mucho adelantado en la comprensión de este pasaje de la Escritura tan mal entendido.

En una palabra, de la parábola de la vid y los pámpanos aprendemos que el verdadero secreto de la fructificación es permanecer en Cristo, y el modo de permanecer en él, es guardar sus preciosos mandamientos. «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor». Esto lo hace todo tan sencillo. El medio de llevar fruto a su tiempo es permanecer en el amor de Cristo, y esta permanencia se demuestra atesorando sus mandamientos en nuestros corazones y rindiendo amorosa obediencia a cada uno de ellos. No consiste en correr de aquí para allá con la mera energía de la naturaleza; no es la excitación del celo carnal desplegándose en esfuerzos espasmódicos tras la devoción. No, es algo muy diferente de todo esto; es la quieta y santa obediencia del corazón, una amante obediencia a nuestro amado Señor que refresca su corazón y glorifica su Nombre.

«Cuán felices son los que se mantienen
Al abrigo de Tu ala protectora;
Que la vida y fuerzas de ti reciben,
Que en ti se mueven y para ti viven».

Lector; dediquemos diligentemente nuestros corazones al gran asunto de nuestra fructificación. Que comprendamos mejor en qué consiste. Estamos expuestos a cometer grandes errores en esto. Es de temer que mucho, muchísimo de lo que se cree ser fruto, no podría tenerse por tal en la presencia divina. Dios no puede considerar como fruto a lo que no es el resultado de permanecer en Cristo. Tal vez ganemos notoriedad entre nuestros compañeros por nuestro celo, energía y dedicación; puede ser que trabajemos mucho en todos los departamentos de la obra; que desempeñemos los cargos de grandes obreros; grandes predicadores, grandes filántropos y reformadores morales; puede ser que gastemos una fortuna de príncipe en fomentar todos los grandes fines de la beneficencia cristiana, y con todo esto no producir un simple racimo de fruto aceptable al corazón del Padre.

Y, por otra parte, puede ser nuestra suerte pasar el tiempo de nuestra estancia aquí en la obscuridad y retiro; se nos tendrá en poco por el mundo y la iglesia profesa; podrá parecer que dejamos una huella insignificante sobre los arenales del tiempo; pero si permanecemos en Cristo, si permanecemos en su amor, si atesoramos sus preciosas palabras en nuestros corazones, y si nos rendimos a una santa y amante obediencia a sus mandamientos, entonces daremos fruto a su tiempo, nuestro Padre será glorificado e iremos creciendo en conocimiento experimental de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.

Vamos ahora a mirar por unos momentos a lo que resta de nuestro capítulo, en el que Moisés, en palabras de intensa vehemencia dirigidas a la congregación, insiste en la necesidad de vigilancia y diligencia en cuanto a los estatutos y derechos de Jehová su Dios. El amado y fiel siervo de Dios, y verdadero amante del pueblo era incansable en sus esfuerzos para esforzarlos a aquella obediencia cordial la cual sabía que era a la vez el manantial de su felicidad y de su fructificación, y así como nuestro bendito Señor amonesta a sus discípulos exponiendo ante ellos el solemne juicio de los pámpanos infructuosos, así también Moisés amonesta al pueblo en cuanto a las consecuencias ciertas y terribles de la desobediencia.

12.5 - Que vuestro corazón no se infatúe

«Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis, y sirváis a dioses ajenos, y os inclinéis a ellos» (v. 16). ¡Triste retroceso! El corazón infatuado. Este es el principio de toda decadencia. «Y os apartéis». Es seguro que los pies seguirán al corazón. De aquí la absoluta necesidad de guardar el corazón con toda diligencia; es la ciudadela de todo el ser moral, y mientras esté guardado para el Señor, el enemigo no puede obtener ventajas; pero cuando el corazón se entrega, todo está perdido en realidad; entonces es el apartarse, el secreto alejamiento del corazón viene a demostrarse por hechos prácticos; se sirve y adora a «dioses ajenos». El descenso a lo largo del plano inclinado es terriblemente rápido.

«Y se» nótense las solemnes y seguras consecuencias, «encienda el furor de Jehová sobre vosotros, y cierre los cielos, y no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto, y perezcáis pronto de la buena tierra que os da Jehová» (v. 17). ¡Qué esterilidad y desolación ha de haber cuando el cielo está cerrado! No descienden las lluvias refrescantes, no hay rocío, no hay comunicación entre el cielo y la tierra. ¡Ah; cuán a menudo Israel había gustado la terrible realidad de todo eso! «Él convierte los ríos en desierto, y los manantiales de las aguas en sequedades; la tierra fructífera en estéril, por la maldad de los que la habitan» (Sal. 107:33-34).

¿Y no podemos ver en la tierra estéril y el desolado desierto una apta y notable ilustración del alma separada de la comunión por la desobediencia a los preciosos mandamientos de Cristo? Tal alma no está en comunión refrescante con el cielo, no hay lluvias que desciendan, no se descubren ya las preciosidades de Cristo para el corazón, ya no hay los dulces suministros al alma de un Espíritu no afligido; la Biblia parece un libro cerrado; todo es oscuro seco y desolado. ¡Oh! no puede haber cosa más mísera en todo el mundo que un alma en estas condiciones. Que el autor y el lector nunca lleguen a experimentarlo. Que inclinemos nuestros oídos a las fervientes exhortaciones dirigidas por Moisés a la congregación de Israel. Son muy oportunas, muy saludables, muy necesarias en estos días de fría indiferencia y terquedad. Ponen ante nosotros el divino antídoto contra los particulares males a que está expuesta la Iglesia de Dios en estas horas críticas y solemnes más allá de toda humana concepción.

12.6 - Mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma

«Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas; para que sean vuestros días, y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra» (v. 18-21).

¡Benditos días aquéllos! Y, ah, ¡cuán ardientemente deseaba Moisés en su grande y amante corazón que el pueblo pudiera gozar de tales días! Y ¡cuán sencilla condición se ponía para ello! En realidad, nada podía ser más sencillo, nada más precioso. No era un pesado yugo el que se les imponía, sino el dulce privilegio de atesorar en su corazón los preciosos mandamientos de Jehová su Dios, y respirar la atmósfera de su santa Palabra. Todo dependía de esto. Todas las bendiciones de la tierra de Canaán, la buena tierra, la tierra altamente favorecida, la tierra que fluía leche y miel, tierra sobre la cual los ojos de Jehová estaban constantemente fijos con amoroso interés y tiernos cuidados, todos sus preciosos frutos y todos sus raros privilegios habían de ser de ellos a perpetuidad, con la simple condición de una amante obediencia a la palabra del Dios del pacto.

«Porque si guardareis cuidadosamente todos estos mandamientos que yo os prescribo para que los cumpláis, y si amareis a Jehová vuestro Dios, andando en todos sus caminos, y siguiéndole a él, Jehová también echará de delante de vosotros a todas estas naciones, y desposeeréis naciones grandes y más poderosas que vosotros» (v. 22-23). En una palabra, ante ellos estaba la victoria cierta y segura, la más completa derrota de todos los enemigos y obstáculos, una marcha triunfal por la herencia prometida, todo ello asegurado sobre la base de una obediencia reverente y afectuosa a unos preciosos estatutos y decretos como jamás se hayan dirigido al corazón humano, cada uno de los cuales era la propia voz de su Liberador lleno de gracia.

12.7 - Los límites del país

«Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro; desde el desierto hasta el Líbano, desde el río Éufrates hasta la mar occidental será vuestro término. Nadie se sostendrá delante de vosotros; miedo y temor de vosotros pondrá Jehová vuestro Dios sobre toda la tierra que pisareis, como él os ha dicho» (v. 24-25).

Aquí estaba el lado divino de la cuestión. Toda la tierra, en su longitud, anchura y plenitud estaba ante ellos; solo tenía que tomar posesión de ella, como un don gratuito de Dios; ellos debían simplemente sentar sus pies, con fe conquistadora y sencilla, sobre aquella hermosa herencia que la gracia soberana les había concedido. Todo esto lo vemos cumplido en el libro de Josué, según leemos en el capítulo 11: «Tomó, pues, Josué toda la tierra, conforme a todo lo que Jehová había dicho a Moisés; y la entregó Josué a los israelitas por herencia conforme a su distribución según sus tribus; y la tierra descansó de la guerra» (v. 23) [26].

[26] Sin duda alguna fue por la fe que Josué tomó todo el país, y no podía tomar menos. Pero en cuanto a la posesión efectiva, el capítulo 13:1, nos dice que «queda aún mucha tierra por poseer».

Mas ¡ay!, así como había el lado divino, había también el humano en esa cuestión. Canaán prometido por Jehová y conquistado por fe por Josué, era una cosa, y Canaán poseído por Israel era otra muy diferente. De aquí la inmensa diferencia entre Josué y los Jueces. En Josué vemos la infalible fidelidad de Dios a su promesa, en Jueces vemos el miserable fracaso de Israel desde el principio. Dios dio su inmutable palabra de que nadie pudiera hacer frente ante ellos; y la espada de Josué, tipo del gran Capitán de nuestra salvación, cumplió la inmutable palabra sin faltar en una jota o tilde; mas el libro de los Jueces anota el hecho lamentable de que Israel fracasó en arrojar al enemigo, y tomar posesión de la concesión divina en toda su real magnificencia.

¿Qué, pues? ¿Es que la promesa de Dios quedó sin efecto? No, en verdad, sino que quedó evidenciado el completo fracaso del hombre. En «Gilgal» la bandera de la victoria ondeó sobre las doce tribus, con su invencible jefe a la cabeza. En «Boquim» los lamentadores hubieron de llorar sobre la amarga derrota de Israel.

¿Hay alguna dificultad en comprender la diferencia? Ninguna en absoluto; vemos ambos hechos aparecer a lo largo de todo el divino Volumen. El hombre no alcanza a elevarse a la altura de la divina revelación, no alcanza a tomar posesión de lo que la gracia otorga. Esto es tan verdadero en la historia de la Iglesia como lo fue en la historia de Israel; en el Nuevo Testamento, así como en el Antiguo, tenemos Jueces como tenemos Josué.

Sí, lector, y en la historia de cada miembro individual de la Iglesia vemos la misma cosa. ¿Cuál es el cristiano bajo el manto del cielo que viva a la altura de sus privilegios espirituales? ¿Cuál es el hijo de Dios que no ha de llorar sobre su fracaso humillante en asir y llevar a la práctica los elevados y santos privilegios de su llamamiento por Dios? Pero, ¿acaso invalida esto la verdad de Dios? No, ¡bendito sea para siempre su santo Nombre! Su Palabra se mantiene en toda su divina integridad y eterna estabilidad. Como en el caso de Israel, la tierra de promisión estaba ante ellos en todas sus bellas proporciones y sus atractivos divinos; y no solo esto, sino que podían contar con la fidelidad y omnipotencia de Dios para hacerlos entrar y ponerles en plena posesión de la tierra, así sucede con nosotros, somos bendecidos con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo, no hay en absoluto límites en los privilegios relacionados con nuestra posición, y en cuanto a gozarlos en la actualidad, es solo cuestión de tomar posesión por la fe de todo lo que la soberana gracia de Dios ha hecho nuestro en Cristo.

No debemos olvidar nunca que es privilegio del cristiano vivir en la más alta elevación de la revelación divina. No podemos excusarnos en una experiencia superficial o en un andar carnal. No tenemos derecho alguno a decir que no podemos realizar la plenitud de nuestra porción en Cristo, que la norma es demasiado elevada, los privilegios son tan vastos, que no podemos esperar a gozar tan maravillosas bendiciones y dignidades en este imperfecto estado nuestro.

Todo esto no es otra cosa que incredulidad, y así debe ser considerado por todo verdadero cristiano. La cuestión es la siguiente: ¿Nos ha concedido la gracia de Dios estos privilegios? ¿La muerte de Cristo, ha hecho válidos nuestros títulos a ellos? ¿Y no ha declarado el Espíritu Santo que ellos son la propia porción del más débil miembro del Cuerpo de Cristo? Si es así, y la Escritura así lo declara, ¿por qué no gozamos de estos privilegios? Ningún obstáculo hay por parte divina. El deseo del corazón de Dios es que entremos en la plenitud de nuestra porción en Cristo. Oigamos la ardiente aspiración del inspirado apóstol, con respecto a los santos de Éfeso y a todos los santos: «Por esto yo también, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, mencionándoos en mis oraciones; para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento pleno de él; 1siendo iluminados los ojos de vuestro corazón, a fin de que sepáis cuál es la esperanza de vuestro llamamiento, cuál la riqueza de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la excelente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la operación de la potestad de su fuerza, que él ejerció en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los lugares celestiales, por encima de todo principado, y autoridad, y poder, y señorío, y de todo nombre que es nombrado, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y ha sometido todas las cosas bajo sus pies, y lo ha dado por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud del que todo lo llena en todo» (1:15-23).

De esta maravillosa oración podemos aprender cuán vivamente desea el Espíritu de Dios que comprendamos y gocemos de los gloriosos privilegios de la verdadera posición cristiana. Él quiere, por su precioso y poderoso ministerio, mantener siempre nuestros corazones en su debida norma; pero ¡ah!, como Israel, le afligimos con nuestra pecaminosa incredulidad y robamos a nuestra alma incalculables bendiciones.

Con todo, alabado sea el Dios de toda gracia, el Padre de gloria, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, él cumplirá toda jota y tilde de su preciosa verdad, tanto a su pueblo terreno como al celestial. Israel gozará por completo de todas las bendiciones que le fueron aseguradas por el pacto eterno; y la Iglesia entrará aún en el goce perfecto de todo lo que el amor eterno y los divinos consejos han provisto para ella en Cristo, y no solo esto, sino que el bendito Consolador puede y quiere conducir al creyente individualmente al goce actual de la esperanza del glorioso llamamiento de Dios, y a la potestad práctica de esa esperanza, apartando al corazón de las cosas presentes, separándolo para Dios en verdadera santidad y en vida de dedicación.

¡Qué nuestros corazones, amado lector cristiano, anhelen más ardientemente al completo cumplimiento de todo esto, para, de este modo, vivir como los que encuentran su porción y su descanso en un Cristo resucitado y glorificado! ¡Qué Dios en su infinita bondad nos lo conceda para la gloria del Nombre de Jesucristo!

12.8 - La bendición y la maldición

Los restantes versículos de nuestro capítulo cierran la división del libro del Deuteronomio, que consiste, como el lector habrá ya observado, en una serie de discursos dirigidos por Moisés a la congregación de Israel, discursos memorables, por cierto, desde cualquier punto de vista que se les considere. Las sentencias finales, sin necesidad de mencionarlo, están en perfecto acuerdo con la totalidad, y respiran el mismo aire de profundo fervor en lo tocante al tema de la obediencia, tema que, según hemos visto, constituía un agobio para el corazón del amado orador, en su afectuosa despedida dirigida al pueblo.

«He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición». ¡Cuán al punto y solemne es esto! «La bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y os apartareis del camino que yo os ordeno hoy, para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido. Y cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra a la cual vas para tomarla, pondrás la bendición sobre el monte Gerizim, y la maldición sobre el monte Ebal, los cuales están al otro lado del Jordán, tras el camino del occidente en la tierra del cananeo, que habita en el Arabá frente a Gilgal, junto al encinar de More. Porque vosotros pasáis el Jordán para ir a poseer la tierra que os da Jehová vuestro Dios; y la tomaréis, y habitaréis en ella. Cuidaréis, pues, de cumplir todos los estatutos y decretos que yo presento hoy delante de vosotros» (v. 26-32).

Aquí tenemos el resumen de toda la materia. La bendición va unida a la obediencia; la maldición a la desobediencia. El monte Gerizim estaba frente al monte Ebal; fertilidad y esterilidad. Veremos cuando lleguemos al capítulo 27, que el monte Gerizim y sus bendiciones son pasados por alto. Las maldiciones de Ebal caen con terrible claridad, en oídos de Israel, mientras un siniestro silencio reina en Gerizim. «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (Gál. 3:10). La bendición de Abraham solo puede caer sobre los que están en el terreno de la fe. Más adelante insistiremos sobre este punto.

13 - Capítulo 12: El lugar que Jehová ha escogido para poner su nombre

13.1 - La autoridad divina en la Escritura

Aquí comenzamos una nueva sección del Deuteronomio. Los discursos contenidos en los primeros once capítulos establecen el principio tan importante de la obediencia; ahora llegamos a la aplicación práctica de este en la vida del pueblo una vez en posesión del país. «Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado para que tomes posesión de ella, todos los días que vosotros viviereis sobre la tierra» (v. 1).

Es de suma importancia que el corazón y la conciencia estén convencidos para que reconozcan la autoridad divina, independientemente de la cuestión de los detalles. Estos encontrarán el lugar que les corresponde una vez que el corazón haya aprendido a someterse por completo a la suprema autoridad de la Palabra de Dios.

Según hemos visto en el estudio de los once capítulos precedentes, el legislador trabaja del modo más ardoroso y fiel para conducir al pueblo de Israel a este estado tan esencial. Era necesario ante todo que el principio fundamental estuviera plenamente establecido en lo más profundo de sus corazones. Este principio nos concierne también: el absoluto deber de todo hombre de someterse implícitamente a la autoridad de la Palabra de Dios, a todo lo que ella ordene, y que comprendamos o no la razón. El único punto importante y concluyente es: ¿Ha hablado Dios? Si es así, ello basta. No hay necesidad de nada más.

Hasta que este punto no esté plenamente establecido, o más bien hasta que el corazón no esté gobernado por su fuerza moral, no estaremos en condiciones de ocuparnos de los detalles. Si dejamos a la voluntad propia obrar, si permitimos a la ciega razón hablar, entonces el corazón irá exponiendo interminables dudas y las dificultades se irán presentando como piedras de tropiezo en el camino de la simple obediencia.

Mas, se dirá: “¿Es que no debemos hacer uso de nuestra razón? Si es así, ¿por qué nos fue dada?” A esto podemos dar una doble respuesta. En primer lugar, nuestra razón no está en la misma condición que cuando Dios la concedió. Hemos de recordar que el pecado sobrevino; el hombre es un ser caído, su razón, su juicio, su entendimiento, su ser moral entero es una completa ruina; y, además, fue la negligencia de la Palabra de Dios la que produjo toda esta ruina.

En segundo lugar, hemos de tener en cuenta que, si la razón estuviera sana, demostraría esa salud sometiéndose a la Palabra de Dios. Pero no está sana; es ciega y completamente pervertida; no podemos confiar en ella para las cosas espirituales, divinas o celestiales.

Si este hecho sencillo fuese bien comprendido resolvería miles de cuestiones y solucionaría miles de dificultades. Los incrédulos son tales a causa de la razón. El diablo susurra al oído del hombre: “Eres un ser dotado de razón, ¿por qué no te sirves de ella? Te fue dada para que la emplees en todas las ocasiones. Solo debes dar tu asentimiento a lo que está al alcance de tu razón. Es tu privilegiado derecho, como hombre, someter todo a la prueba de tu razón; es propio tan solo de un necio o de un idiota aceptar con ciega credulidad todo cuanto se le expone”.

¿Qué responderemos a tan astutas y peligrosas sugestiones? Esto que es sencillo y concluyente: “La Palabra de Dios está por encima de la razón, tanto como Dios está por encima de la criatura o el cielo por encima de la tierra”. Por consiguiente, cuando Dios habla, todos los razonamientos deben callarse. Si solo se trata de la palabra de los hombres, de la opinión humana, del criterio humano, en tal caso la razón puede ejercer su influencia, o para hablar con más propiedad, debemos emplearla para juzgar de todo lo que se nos dice, pero a través de la única norma perfecta, la Palabra de Dios. Pero si se permite a la razón discutir con la Palabra de Dios, el alma se verá inevitablemente sumergida en las tinieblas de la incredulidad, desde la cual el descenso a las terribles profundidades del ateísmo es muy fácil.

En una palabra, tenemos que guardar en la más íntima profundidad de nuestro corazón esta gran verdad, que el único terreno firme para el alma es la fe en la suprema autoridad, divina majestad y completa suficiencia de la Palabra de Dios. Era sobre este terreno que se colocó Moisés cuando hablaba al corazón y a la conciencia de Israel. Su único y gran propósito era llevar al pueblo a una completa sujeción a la autoridad divina. Querer someter cada precepto, cada estatuto, es decir toda la institución de la Palabra al control de la razón humana, es rechazar la autoridad divina, la Escritura, la seguridad y la paz. Al contrario, cuando el alma es dirigida por el Espíritu de Dios a la absoluta sumisión de la autoridad de la Palabra de Dios, entonces cada uno de sus mandamientos, cada frase de su precioso Libro es recibido como viniendo de él mismo, y está revestida de toda la importancia que emana de su autoridad. Puede ser que no alcancemos a la plena significación de cada estatuto, pero no es esta la cuestión; nos basta saber que procede de Dios; ha hablado, esto es suficiente. Ningún sólido fundamento de verdadera moralidad puede establecerse mientras que este gran principio no es comprendido y que el alma no lo posee plenamente.

Los pensamientos que acabamos de desarrollar asistirán al lector para que se dé cuenta de la relación que existe entre el capítulo que estamos estudiando y la sección precedente del libro, y le ayuden a comprender el alcance de los primeros versículos de este capítulo.

13.2 - Destrucción de los lugares donde las naciones desposeídas sirvieron a sus dioses

«Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego; y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar» (v. 2-3).

La tierra era de Jehová; los israelitas eran los arrendatarios, es por eso que su primer deber al entrar en posesión de ella, era demoler todo rastro de la antigua idolatría. Esto era absolutamente indispensable, por muy intolerante que pueda parecer a la razón humana esta manera de obrar con la religión de otro pueblo. Lo reconocemos sin titubear: era intolerante; pero ¿cómo podría comportarse de otra manera con los falsos dioses y el falso culto el único y verdadero Dios vivo? Suponer por un momento que él podría permitir el culto a los ídolos en su tierra sería una blasfemia.

Comprendamos bien esto. No es que Dios no tenga paciencia con el mundo en su misericordia. Todos tenemos presentes en la mente la historia de cerca de seis mil años durante los cuales su longanimidad se ha ejercido de una manera maravillosa, desde los días de Noé, y no se ha cansado a pesar del rechazo de su amado Hijo.

Todo esto no afecta al gran principio expuesto en nuestro capítulo. Israel debía aprender que, al tomar posesión de la tierra de Jehová, su primer deber era borrar todo rasgo de idolatría. El nombre de Dios, quien debía ser «su único Dios», estaba invocado sobre los israelitas. Eran su pueblo, y él no podía permitirles que tuvieran relación con demonios. «Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Mat. 4:10; Lucas 4:8).

A juicio de las naciones incircuncisas esto podría parecerles muy intolerante, incluso fanático. Ellas podían ufanarse de su libertad, y gloriarse en la amplia base de su culto que admitía “muchos dioses y muchos señores”. Podría haber, según ellas, una mayor amplitud de criterio permitiendo a cada cual sus propias ideas en materia de religión, la facultad de escoger el objeto de su adoración y el modo de rendirle culto. O bien, podría ponerse en evidencia un estado de civilización más adelantada, mayor cultura y refinamiento, erigiendo, como en Roma, un Panteón en el cual todos los dioses del Paganismo hallen sitio. “¿Qué importa la forma de la religión del hombre, o el objeto de su culto con tal de que sea sincero? Al fin todo terminará bien; lo principal para cada uno es trabajar para el progreso material, contribuir a la prosperidad nacional, como los medios más seguros de afirmar los intereses individuales. Es conveniente que cada hombre tenga una religión, pero en cuanto a la forma es completamente secundario. La cuestión no es ¿cuál es tu religión?, pero ¿quién eres tú?”.

Estas ideas podían admirablemente convenir a la mente carnal y gozarían de popularidad entre las naciones incircuncisas. Mas Israel debía recordar esta sentencia preceptiva: «Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deut. 6:4); y esta otra: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éx. 20:3). Su religión debía consistir en adorar al Dios vivo y verdadero, su Creador y Redentor. En su presencia, cada verdadero adorador, cada miembro de la asamblea de la circuncisión, cuyo elevado y santo privilegio consistía en pertenecer al Israel de Dios, encontraba suficiente sitio. Nada tenía que importarles las opiniones u observaciones de las naciones incircuncisas que les rodeaban. ¿Qué podían saber esas naciones acerca de los derechos del Dios de Israel sobre su pueblo circuncidado? Absolutamente nada. ¿Eran competentes para decidir de cualquier cosa a propósito de Israel? Con certeza no; sus pensamientos, sus raciocinios, sus argumentos y objeciones sobre este tema no tenían valor alguno. Israel incluso no debía atenderlos; tenía el simple deber de inclinarse a la suprema y absoluta autoridad de la Palabra de Dios, y esta insistía en la completa abolición de todo rastro de idolatría en la buena tierra de la que tenía el privilegio de heredar.

Mas no se trataba solamente de terminar con la idolatría, destruyendo las imágenes esculpidas para levantar en su lugar altares al verdadero Dios; pero como Dios lo había dicho: «No haréis así a Jehová vuestro Dios, sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ese buscaréis, y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, vuestros votos, vuestras ofrendas voluntarias, y las primicias de vuestras vacas y de vuestras ovejas; y comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en la cual Jehová tu Dios te hubiere bendecido» (v. 4-7).

13.3 - Búsqueda del lugar de culto establecido únicamente por Dios

¡Qué importante y gran verdad revelaban estas palabras a la asamblea de Israel! El único lugar donde debían rendir culto, estaba designado por Dios y no por el hombre. Su habitación, el lugar de su presencia, debía ser el gran centro de Israel; allí debían acudir con sus sacrificios y sus ofrendas, rendir su culto y encontrar su común alegría.

Esto puede parecer exclusivo, y en efecto lo era; no podía ser de otra manera. Si Dios se complacía en escoger un paraje en el cual sentar su habitación en medio de su pueblo redimido, era de imperiosa necesidad que su culto se desarrollara ahí. Era una exclusión divina, en la cual toda alma piadosa y amante de Jehová encontraría sus delicias; podía decir de todo corazón: «Jehová, la habitación de tu casa he amado, y el lugar de la morada de tu gloria». Y también: «¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo… Bienaventurados los que habitan en tu casa; perpetuamente te alabarán… Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad» (Sal. 26:8; 84:1-2, 4, 10).

Esta habitación de Jehová debía ser preciosa al corazón de cualquier verdadero israelita. La voluntad humana podría desear correr de acá para allá, el vagabundo corazón podría anhelar algún cambio; pero el verdadero devoto adorador solo podía encontrar satisfacción, gozo, bendición y descanso en el lugar de la divina presencia, donde él había puesto su santo nombre; allí donde es reconocida la autoridad de su preciosa Palabra. Buscar otro lugar de culto, no solo hubiese sido un abandono de la Palabra de Jehová, sino también de su santa habitación.

En nuestro capítulo vemos el desarrollo de este principio. Moisés recuerda al pueblo que, desde el momento en que entrarían en la tierra de Jehová, debían renunciar a todo espíritu de independencia y de propia voluntad que les había caracterizado en los llanos de Moab como en el desierto. «No haréis como todo lo que hacemos nosotros aquí ahora, cada uno lo que bien le parece, porque hasta ahora no habéis entrado al reposo y a la heredad que os da Jehová vuestro Dios. Mas pasaréis el Jordán, y habitaréis en la tierra que Jehová vuestro Dios os hace heredar; y él os dará reposo de todos vuestros enemigos alrededor, y habitaréis seguros. Y al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando… Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; sino que en el lugar que Jehová escogiere, en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando» (v. 8-14).

Así que, no solo en cuanto al objeto, sino hasta en el lugar y procedimiento de adorar, Israel debía absolutamente someterse al mandamiento de Jehová. Desde el momento que pasaran el río de la muerte y puesto el pie en el país que Dios les daba en heredad, debían, como pueblo redimido, poner término a la propia voluntad en cuanto al culto a ofrecer a Dios. Una vez en el goce de la tierra de Jehová y del reposo en ese país, su servicio razonable e inteligente debía consistir en la absoluta obediencia a su Palabra. Lo que había pasado en el desierto no podía tolerarse en Canaán. Cuanto más elevado fuese sus privilegios, tanto mayor era su responsabilidad.

Podría ser que los liberales, como ellos se llaman, –los que pretenden a la libertad de acción y de voluntad, que abogan por el derecho del criterio privado en materias religiosas– declaren que todo lo que acaba de retener nuestra atención es extremadamente fanático y enteramente incompatible con las luces de nuestro siglo. Les responderemos simplemente: Dios ¿no tiene derecho a prescribir a su pueblo cómo este debe adorarle e indicarles el lugar donde él quiere encontrarse con Israel? O hemos de negar su existencia o admitir su absoluto e incuestionable derecho a exponer su voluntad sobre cómo, cuándo y dónde debía su pueblo acercarse a él. ¿Es una prueba de alta cultura, de refinamiento, de amplitud de criterio, de universalidad de espíritu negar a Dios sus derechos?

Si Dios, pues, tiene derecho a mandar, ¿será estrechez de criterio o fanatismo en su pueblo obedecer? Tal es la cuestión a solucionar y no puede ser más sencilla. La única libertad de ideas y de corazón es de obedecer a los mandamientos de Dios, y no había ninguna rigurosidad por parte de Israel a ir a ofrecer los sacrificios en el lugar que le era prescrito y rehusar acudir a otro sitio. Los gentiles incircuncisos podían ir adonde les gustase, pero no el Israel de Dios.

13.4 - Un lugar único, un solo centro

¡Qué inefable privilegio para cuantos amaban a Dios y se amaban unos a otros reunirse en el sitio donde su nombre era magnificado! ¡Qué notable efecto de su gracia, su deseo de reunir a su pueblo alrededor suyo de vez en cuando! Este hecho ¿perjudicaba los derechos personales y privilegios domésticos de los israelitas? No, al contrario, se encontraban inmensamente aumentados. Dios, en su infinita bondad, tuvo en cuenta esto, se gozaba en ministrar la alegría y la bendición a su pueblo, privada y colectiva, como lo leemos: «Cuando Jehová tu Dios ensanchare tu territorio, como él te ha dicho, y tú dijeres: Comeré carne, porque deseaste comerla, conforme a lo que deseaste podrás comer. Si estuviere lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios escogiere para poner allí su nombre, podrás matar de tus vacas y de tus ovejas que Jehová te hubiere dado, como te he mandado yo, y comerás en tus puertas según todo lo que deseares. Lo mismo que se come la gacela y el ciervo, así las podrás comer; el inmundo y el limpio podrán comer también de ellas» (v. 20-22).

¿No vemos aquí la bondad y la cariñosa compasión con las que Dios obraba con el propósito de hacer el bien y satisfacer a cada uno? La única restricción era esta: «Solamente que te mantengas firme en no comer sangre; porque la sangre es la vida, y no comerás la vida juntamente con su carne. No la comerás; en tierra la derramarás como agua. No comerás de ella, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, cuando hicieres lo recto ante los ojos de Jehová» (v. 23-25).

Este era un principio fundamental en la ley, al cual hicimos referencia en nuestras “Notas sobre el Levítico”. La cuestión no es ¿hasta qué punto Israel comprendía esto?; ellos debían obedecer para que les fuera bien a ellos y a sus hijos después de ellos. Se trataba de reconocer los soberanos derechos de Dios.

Habiendo hecho esta excepción, el legislador vuelve a ocuparse del importante tema del culto público. «Pero las cosas que hubieres consagrado, y tus votos, las tomarás, y vendrás con ellas al lugar que Jehová hubiere escogido; y ofrecerás tus holocaustos, la carne y la sangre, sobre el altar de Jehová tu Dios; y la sangre de tus sacrificios será derramada sobre el altar de Jehová tu Dios, y podrás comer la carne» (v. 26-27).

Si a la razón o a la propia voluntad se le consintiera hablar, esta diría quizá: “¿Por qué todos deben acudir al mismo lugar? ¿No podemos tener un altar en casa, o, por lo menos, un altar en cada ciudad importante, o en el centro de cada tribu?” Responderemos: “Dios lo ha dispuesto de otro modo; esto era suficiente para todo verdadero israelita. Aunque no seamos capaces, a causa de nuestra ignorancia, de comprender el por qué de lo que Dios dice, nuestro preciso deber y obligación es obedecer. Además, andando humilde, gozosa y simplemente por la senda de la obediencia, nuestras almas serán, con certeza, iluminadas en cuanto al pensamiento de Dios, y encontraremos abundante bendición cerca de él, esta solo es conocida por aquellos que lo aman y guardan sus mandamientos”.

Sí, lector, esta es la manera conveniente de responder a todos los razonamientos y a todas las dudas de la mente carnal, que no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede en realidad. ¿Hemos de exponer a los incrédulos y a los razonadores los motivos que nos hacen obrar? No, esto no es asunto nuestro; sería una pérdida de tiempo y de trabajo, puesto que estas personas son enteramente incapaces de comprendernos. ¿Cómo un incrédulo, por ejemplo, o una mente carnal, podría comprender por qué se ordenó a las doce tribus de Israel que adoren ante un solo altar, que se reúnan en un lugar determinado, que se agrupen alrededor de un solo centro? Imposible. La gran razón moral de tan hermosa institución está por encima de su alcance.

El hombre espiritual, al contrario, ve sin dificultad toda la belleza: Jehová congregaba a su amado pueblo alrededor suyo, a fin de que pudieran regocijarse juntos ante él, y para que pudiera él tener su especial complacencia en ellos. ¿No es esto algo muy precioso para todos los que realmente aman al Señor?

Si el corazón era indiferente y distante para con Dios, poco le importaba el lugar de culto. Pero cualquier sincero y amante corazón, desde Dan hasta Beerseba, se regocijaba al reunirse en el lugar en que Jehová había puesto su nombre, y donde debía encontrarse con su pueblo. «Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos. Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas, oh Jerusalén. (el centro de Dios para Israel.) Jerusalén, que se ha edificado como una ciudad que está bien unida entre sí. Y allá subieron las tribus, las tribus de Jah, conforme al testimonio dado a Israel, para alabar el nombre de Jehová. Porque allá (y no en otro sitio) están las sillas del juicio, los tronos de la casa de David. Pedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te aman. Sea la paz dentro de tus muros, y el descanso dentro de tus palacios. Por amor de mis hermanos y mis compañeros diré yo: la paz sea contigo. Por amor a la casa de Jehová nuestro Dios buscaré tu bien» (Sal. 122).

Aquí tenemos la doble aspiración de un corazón que amaba la habitación del Dios de Israel –su bendito centro, el punto de cita de las doce tribus de Israel– ese lugar al que estaba asociado, en el alma de cualquier israelita verdadero, todo lo que había de bello y gozoso en relación con el culto de Jehová y la comunión de su pueblo.

Tendremos ocasión de volver sobre tan precioso tema cuando lleguemos al estudio del capítulo 16 de nuestro libro; terminaremos esta sección reproduciendo el último párrafo del capítulo que estamos tratando.

13.5 - No añadirás a ello, ni de ello quitarás

«Cuando Jehová tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así a Jehová tu Dios; porque toda cosa abominable que Jehová aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aun a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses. Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás» (v. 29-32).

La preciosa Palabra de Dios debía formar un sagrado recinto alrededor de su pueblo, dentro del cual podían gozar de su presencia y deleitarse en la abundancia de sus mercedes y favores; lugar en el cual debían apartarse enteramente de todo lo que era contrario a la santidad de Aquel, cuya presencia era a la vez su gloria, su gozo, y su gran salvaguardia moral contra todo lazo y toda abominación.

Pero ellos ¡desgraciadamente!, no persistieron, pronto destruyeron las vallas de este recinto y se desviaron de los santos mandamientos de Dios. Hicieron precisamente aquellas mismas cosas que se les había dicho que no hicieran, y tuvieron que cosechar las terribles consecuencias. Más adelante volveremos a hablar de este tema.

14 - Capítulo 13: Señales, prodigios y falsas doctrinas

14.1 - Falso profeta, o soñador de sueños

Abundan en este capítulo principios muy importantes. Se divide en tres secciones, cada una de las cuales merece nuestra mayor atención. No hay duda que originariamente fueron dirigida a Israel; pero no olvidemos que fueron escritas «para advertirnos» (1 Cor. 10:11); y cuanto más atentamente las estudiamos, más veremos que sus enseñanzas son de alcance general.

«Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare señal o prodigios, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma. En pos de Jehová vuestro Dios andaréis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis. Tal profeta o soñador de sueños ha de ser muerto, por cuanto aconsejó rebelión contra Jehová vuestro Dios que te sacó de tierra de Egipto y te rescató de casa de servidumbre, y trató de apartarte del camino por el cual Jehová tu Dios te mandó que anduvieses; y así quitarás el mal de en medio de ti» (v. 1-5).

Aquí vemos como Dios ha previsto para todos los casos de falsas enseñanzas y para la falsa influencia religiosa. Sabemos todos con qué facilidad el pobre corazón humano se deja fácilmente seducir por cualquier cosa que tenga el aspecto de un signo o de un milagro, sobre todo cuando estas cosas están relacionadas con la religión. Esto no era exclusivo de la nación de Israel, lo vemos en todas partes y en todos los tiempos. Algo sobrenatural, o que parece elevarse por encima de las leyes ordinarias de la naturaleza, obra poderosamente sobre la mente del hombre. Un profeta que se levante en medio del pueblo y confirme sus enseñanzas con prodigios, señales y milagros puede estar seguro de obtener un auditorio y lograr influencia.

Por este medio, Satanás ha trabajado en todas las edades, y continuará hasta el final de este tiempo, para engañar y arrastrar a eterna destrucción a los que no quieren recibir la preciosa verdad del Evangelio. El «misterio de la iniquidad» que ha estado obrando en la iglesia profesa durante diez y nueve siglos, será consumado en la persona de «el inicuo (a quien el Señor Jesús matará con el espíritu de su boca, y destruirá con la manifestación de su venida), cuya presencia es la obra de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios de mentira, y con todo engaño de injusticia para los que se pierden, porque no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto, Dios les envía una energía de error, para que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Tes. 2:8-12).

Así también, en el capítulo 24 de Mateo, el Señor previene a sus discípulos de la misma clase de influencias: «Entonces, si alguno os dice: ¡Aquí está el Cristo!, o: ¡Allí está!, no lo creáis; porque se levantarán falsos cristos, y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios, tratando de extraviar incluso a los escogidos si fuera posible. Esto os he dicho de antemano» (v. 23-25).

También en Apocalipsis 13 leemos de la segunda bestia saliendo de la tierra, el gran falso profeta, el anticristo, haciendo grandes prodigios «de tal modo que hacía descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engañaba a los habitantes de la tierra con los milagros que se le había dado hacer en presencia de la bestia, diciendo a los que habitan en la tierra que hicieran una imagen de la bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió» (v. 13-14).

Cada uno de los tres pasajes citados de la sagrada Escritura hace referencia a escenas que sucederán después que la Iglesia haya sido sacada de este mundo. No nos detendremos en esto, ya que nuestro propósito, citando esos versículos, es que el lector vea hasta dónde puede llegar el dominio del diablo en cuanto a las señales y los milagros para seducir y apartar de la verdad; también para exponerle la única salvaguardia divina y, por consiguiente, perfecta contra el engañoso poder del enemigo.

El corazón humano no tiene ninguna fuerza para resistir a la influencia de «las grandes señales y prodigios» hechos para apoyar el más mortífero error. Lo único que puede fortalecer el alma y darle la posibilidad de resistir al diablo y a sus mortales engaños es la Palabra de Dios. Tener atesorada la Palabra de Dios en el corazón, es el secreto divino para la preservación de cualquier error, ya venga apoyado por los más asombrosos milagros.

En el pasaje de la Segunda Epístola a los Tesalonicenses que hemos citado, vemos que la razón por la que las gentes serán seducidas por las señales y milagros mentirosos de «el inicuo» es que «no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos» (2:10). Es el amor de la verdad lo que preserva del error, por persuasivo y fascinador que sea, incluso apoyado con la poderosa evidencia de grandes «señales y prodigios». Habilidad, facultades intelectuales, ciencia, etc., todas estas cosas son enteramente impotentes ante las astucias y maquinaciones de Satanás. La más alta inteligencia humana cae como fácil presa ante la astucia de la serpiente.

Mas, bendito sea Dios, las mañas, las sutilezas, las señales y los milagros mentirosos, todos los recursos que Satanás pueda emplear, son del todo incapacitados contra un corazón que está dirigido por el amor de la verdad. Incluso un niño pequeño que sabe, cree y ama la verdad, está particularmente protegido del poder cegador y engañador de aquel inicuo.

Cuando diez mil falsos profetas se levantaran y llevaran a cabo los más extraordinarios milagros que jamás hubiesen presenciado ojos humanos a fin de probar que la Biblia no es la Palabra inspirada de Dios; o que nuestro Señor Jesucristo no es Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre; o para combatir la gloriosa verdad de que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, purifica de todo pecado; o para destruir cualquier otra preciosa verdad revelada en la santa Escritura, no tendría el menor efecto en el más sencillo hijo de Dios en Cristo cuyo corazón está guiado por la Palabra de Dios. Si un ángel del cielo descendiera y predicara algo contrario a lo que nos enseña la Palabra de Dios, tenemos la autorización divina de pronunciar anatema sobre él, sin más discusión o argumentación.

¡Qué gracia inefable es esta seguridad moral y este reposo que pertenecen al más sencillo e indocto hijo de Dios! No somos llamados a analizar la falsa doctrina, ni a considerar las pruebas propuestas a favor de ella; rechazamos con firme decisión tanto la una como la otra, sencillamente porque tenemos la certeza y el amor de la verdad en nuestros corazones. «No darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma» (v. 3).

Este era, amado lector, el punto importante para los israelitas; y también lo es para nosotros. Para ellos como para nosotros y para todos, la verdadera seguridad moral es tener el corazón fortalecido con el amor de la verdad, que es tan solo otra forma de expresión del amor de Dios. El fiel israelita que amaba a Jehová con todo su corazón y con toda su alma, tenía pronta y concluyente respuesta para todos los falsos profetas y soñadores que pudieran aparecer: «No darás oído». Si el enemigo no gana nuestro oído, no puede tampoco llegar al corazón. Las ovejas siguen al Pastor, «porque conocen su voz». «Al extraño» –aunque muestre señales y prodigios– «no seguirán, sino antes huirán de él» (Juan 10:4-5). ¿Y por qué? ¿Es acaso porque sean capaces de discutir, de argumentar y de analizar? No, ¡gracias y alabanza sean dadas a Dios!, sino porque «no conocen la voz de los extraños». El simple hecho de no conocer la voz es razón suficiente para no seguir al falso profeta.

Todo esto está lleno de aliento y consuelo para todas las ovejas del rebaño de Cristo. Pueden oír la voz de su amante y fiel Pastor, reunirse alrededor de él y hallar en su presencia verdadero descanso y perfecta seguridad. Él las hace descansar en verdes pastos y las conduce a las tranquilas aguas de su amor. Esto es suficiente. El estado de debilidad en que ellas pudieran encontrarse no es un obstáculo a su tranquilidad y bendición; muy al contrario, esto las hace buscar un refugio en los brazos del Todopoderoso. Si reconocemos nuestra debilidad, esta será menos de temer que una fuerza imaginativa, buscada en la vana confianza de nuestra sabiduría, nuestra inteligencia y nuestros conocimientos de la Escritura. Procuremos con cuidado estar cerca del Señor, con el sentimiento de nuestra debilidad y nulidad; atesoremos su preciosa Palabra en nuestros corazones, que ella sea el único sustento de nuestras almas día tras día, el pan viviente para el hombre interior.

14.2 - Afectos naturales y verdad

Abordemos ahora el segundo párrafo de nuestro capítulo, en el cual el pueblo de Dios es advertido de otra trampa del diablo. ¡Cuán numerosos y variados son sus engaños y celadas! ¡Qué terribles peligros constituyen para el pueblo de Dios! Pero, bendito sea su santo nombre, para todos ha provisto en su Palabra.

«Si te incitare tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo, tu hija, tu mujer o tu amigo íntimo, diciendo en secreto: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que ni tú ni tus padres conocisteis, de los dioses de los pueblos que están en vuestros alrededores, cerca de ti o lejos de ti, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo de ella; no consentirás con él, ni le prestarás oído; ni tu ojo le compadecerá, ni le tendrás misericordia, ni lo encubrirás, sino que lo matarás; tu mano se alzará primero sobre él para matarle, y después la mano de todo el pueblo. Le apedrearás hasta que muera, por cuanto procuró apartarte de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; para que todo Israel oiga, y tema, y no vuelva a hacer en medio de ti cosa semejante a esta» (v. 6-11).

Aquí tenemos algo muy diferente del falso profeta o del soñador de sueños. Miles de almas, que habrían resistido a la influencia de estos, sucumbirían a las acechanzas y poder seductor de los afectos naturales, puesto que es muy difícil resistir a estos últimos. Una apreciación de todo a la luz de la Escritura, un firme propósito de corazón y una completa devoción, son los caracteres indispensables para tratar con fidelidad con los que viven con nosotros en los más profundos lazos de afectos del corazón. Rechazar a un profeta o soñador con el cual no tenemos ninguna relación personal, no es nada en comparación con tener que intervenir con firme decisión contra la propia esposa, el amado hermano o hermana, el amigo íntimo y afectuosamente amado.

Pero cuando los derechos de Dios, de Cristo, de la verdad están amenazados, no debe haber duda posible. Si alguien intenta hacer uso de los lazos de los afectos con el propósito de apartarnos de nuestra fidelidad a Cristo, hemos de resistirle con firme decisión. «Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:26).

Procuremos comprender bien este aspecto de la verdad y darle el lugar que le corresponde, pues, la pobre y ciega razón la pervierte para aquellos que le prestan oído. ¡Por desgracia!, ella es un agente del cual el diablo se sirve de continuo para ejercer su poder en las cosas de Dios. En cosas humanas y terrenas, la razón puede hacerse valer; pero en todo lo que pertenece a la esfera divina y celestial, no solo no tiene valor alguno, sino que es positivamente perniciosa.

¿Cuál es, pues, podríamos preguntar, la verdadera fuerza moral de Lucas 14:26, y de Deuteronomio 13:8-10? Seguramente no significan que debemos ser «sin afecto natural» (2 Tim. 3:3), rasgo particular de la apostasía de los últimos días. El mismo Dios ha establecido nuestras relaciones naturales, y cada una de ellas tiene sus afectos característicos, el ejercicio y despliegue de los cuales están en bella armonía con el pensamiento de Dios. El cristianismo no se opone a nuestros parentescos naturales, pero introduce un poder por el cual las responsabilidades inherentes a estos pueden ser entendidos y cumplidos a la gloria de Dios. Además, el Espíritu Santo nos ha dado en las epístolas las más amplias instrucciones detalladas, relativas a los maridos, las esposas, los padres, los hijos, los amos y los criados, poniendo la divina sanción a esas relaciones familiares y a los afectos que a las mismas pertenecen.

Todo esto es claro; pero ¿cómo acordarlos con lo que se nos dice en Lucas 14 y Deuteronomio 13? Haciendo cuidado, veremos que hay entre esos pasajes y lo que nos ocupa una armonía divina. Se aplican únicamente a los casos en los que nuestras relaciones y afectos naturales se interponen con los derechos de Dios y de Cristo. Cuando esto llega hay que renunciar a estas relaciones porque ellas se apoderan de una esfera enteramente divina, la sentencia de muerte debe ser pronunciada contra ellas.

Al contemplar la vida del único hombre perfecto que pisó nuestra tierra, podemos ver cómo respondía divinamente a lo que reclamaba su doble título de hombre y de siervo. Podía decir a su madre: «Mujer ¿qué tiene que ver eso conmigo?» (Juan 2:4), y más tarde, en el momento oportuno, pudo con exquisita ternura encomendar esta madre al discípulo amado. También podía decir a sus padres: «¿No sabíais que debo estar en los negocios de mi Padre?» (Lucas 2:49) y al mismo tiempo volver con ellos a Nazaret y estarles sometido. De este modo los preceptos de la Escritura, y la perfecta conducta de Cristo, nos enseñan cómo responder justamente a los derechos naturales y a los derechos de Dios.

14.3 - La justicia según la ley y según la gracia

Mas puede ser que el lector halle considerables dificultades para conciliar el mandamiento de Deuteronomio 13:9-10 con un Dios de amor, y con la gracia, la nobleza y ternura presentadas en el Nuevo Testamento. Aquí también debemos ejercer gran vigilancia sobre la razón, la que siempre pretende poder inmiscuirse en lo que prescribe, de una manera absoluta, el gobierno divino. En realidad, solo manifiesta su ceguedad y locura.

Para auxiliar a toda alma sincera que no pueda orientarse en esta cuestión, recordemos lo que, en el examen de los primeros capítulos de este libro referimos sobre las dispensaciones gubernamentales de Dios, tanto con Israel como con las naciones. También es importante hacer la diferencia entre las dos economías, de la ley y de la gracia. Si esto no es claramente comprendido, encontraremos dificultades muy considerables en pasajes como Deuteronomio 13:10. El gran principio característico de la economía judaica era la justicia; y el del cristianismo la gracia, pura y sin mezcla. Esta verdad una vez bien comprendida, todas las dificultades se desvanecen. Era perfectamente justo, compatible y en armonía con la mente de Dios, que Israel matara a sus enemigos. Dios le mandó que así lo hiciera. De igual manera debían ejecutar justo castigo, incluso hasta la muerte, sobre cualquier miembro de la congregación que quisiera llevarlos tras falsos dioses, según el pasaje de que tratamos. Obrar de esta manera estaba en perfecta consonancia con los grandes principios que regían el gobierno y la ley bajo la cual estaban colocados según la sabiduría de Dios. Vemos el mismo principio en todo el Antiguo Testamento. El gobierno de Dios en Israel, y su gobierno del mundo en relación con Israel, se basaba en el principio de la justicia; y así será en el futuro. «He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra» (Jer. 23:5).

En el cristianismo vemos una cosa enteramente diferente. El Nuevo Testamento, las enseñanzas y los actos del Hijo de Dios, nos ponen sobre un terreno enteramente nuevo, en una atmósfera cambiada. En una palabra, es la gracia con toda su pureza.

Tomemos como ejemplo de esta doctrina de la gracia un pasaje o dos del llamado Sermón de la Montaña: «Oísteis que fue dicho: «Ojo por ojo y diente por diente.» Pero yo os digo: No resistáis al malvado; antes bien si alguno te hiere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Al que quiere pleitear contigo y tomar tu túnica, déjale también la capa. Si alguno te obliga a llevar carga una milla, ve con él dos. Da al que te pida; y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda. Oísteis que fue dicho: «Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.» Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen; para que así seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; pues él hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mat. 5:38-48).

No tenemos la intención de considerar esos bellos pasajes; los citamos para que el lector vea la inmensa diferencia que hay entre las economías judaica y cristiana. Lo que era perfectamente justo y consecuente para un judío, podía ser exactamente lo contrario para un cristiano.

Esto es tan claro que un niño lo comprendería y, sin embargo, algunos cristianos parecen no ver claro este tema. Creen perfectamente legítimo ir ante los tribunales, hacer la guerra y mezclarse con el mundo. Preguntaremos a tales personas: ¿Dónde se nos enseña tal cosa en el Nuevo Testamento? ¿Dónde hay una sola sentencia de labios de nuestro Señor Jesucristo, o de la pluma del Espíritu Santo que apoye o sancione tal cosa? Como hemos dicho refiriéndonos a otras cuestiones de este libro, de nada sirve que digamos: “Yo pienso tal o cual cosa”. Nuestros pensamientos nada valen. La gran cuestión en toda materia de fe y de moral cristiana es esta: ¿Qué dice sobre esto el Nuevo Testamento? ¿Qué enseñó nuestro Señor y Maestro; qué fue lo que él hizo? Nos enseñó que la Iglesia no debe obrar como lo hizo Israel. La justicia era el principio de la antigua economía; la gracia es el principio de la nueva economía.

14.4 - La enseñanza del Señor Jesús

Esto fue lo que Cristo enseñó, según puede verse en innumerables pasajes de la Escritura. ¿Y cómo obró? ¿Hizo valer sus derechos? ¿Ejerció algún poder terrenal? ¿Recurría a la ley? ¿Se vengó alguna vez, o pagó con la misma moneda? Cuando sus pobres discípulos, con una completa ignorancia de los principios celestiales, y con un total olvido de como siempre obraba, le dijeron en una ocasión, en la cual no quisieron recibirlo en una aldea de samaritanos: «Señor, ¿quieres que pidamos que descienda fuego del cielo y los consuma, como hizo Elías?» Su respuesta, ¿cuál fue? «Pero volviéndose él, los reprendió. [Y les dijo: ¿No sabéis de qué espíritu sois? Porque el Hijo del hombre no vino para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas.] Y se fueron a otra aldea» (Lucas 9:54-56). Era perfectamente compatible con el espíritu, el principio y la dispensación de la que Elías era el representante, hacer bajar fuego del cielo para consumir a los hombres enviados por un rey impío para prender al profeta. Mas nuestro Señor Jesucristo era el perfecto y divino representante de otra dispensación enteramente distinta. Su vida fue una vida de abnegación y de sumisión desde el principio al fin. Jamás alegó sus derechos. Vino a esta tierra a representar a Dios, a ser la perfecta expresión del Padre en todo. Mostraba el carácter del Padre con esplendor en cada una de sus miradas, de sus palabras, en todos sus actos, en todos sus movimientos.

Tal fue el Señor Jesucristo cuando estuvo aquí entre los hombres; y tal fue su enseñanza. Practicaba lo que enseñaba, y enseñaba lo que practicaba. Sus palabras expresaban lo que era, y sus hechos demostraban sus palabras. Vino a servir y a dar; y su vida entera fue señalada por estas dos cosas, desde el pesebre a la cruz.

Jesús ¿no es nuestro gran modelo en todo? ¿No es por sus enseñanzas y conducta que han de moldearse nuestra vida y carácter cristianos? ¿Cómo vamos a saber de qué modo hemos de portarnos si no es atendiendo a sus palabras y mirando a su vida perfecta? Si los principios y preceptos de la economía Mosaica, debieran guiar y gobernar a los cristianos, entonces ciertamente deberíamos recurrir a la ley, hacer valer nuestros derechos, tomar parte en la guerra para destruir a nuestros enemigos. Pero entonces ¿qué hacemos de la enseñanza y del ejemplo de nuestro adorable Señor y Salvador, como de las enseñanzas del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento? ¿No está de acuerdo el lector que, el cristiano que se conduce de esta manera, obra en flagrante contradicción con el ejemplo y la enseñanza de su Señor y Salvador?

Sin embargo, dicho esto, se nos podrá hacer la antigua y repetida pregunta: “¿Qué sería del mundo, de sus instituciones, de la sociedad si tales principios fuesen universalmente admitidos?” Los historiadores paganos al hablar de los primeros cristianos y de su negativa a formar parte del ejército romano, preguntan con burla: “¿Qué hubiera sido del imperio, rodeado de bárbaros por todas partes, si todo el mundo se hubiera entregado a ideas tan pusilánimes como estas?” Responderemos que, si esos espirituales y celestiales principios fuesen reconocidos universalmente, no habría guerras, ni luchas, por lo cual ninguna necesidad de soldados, de ejércitos, de policía; no se cometerían hechos delictuosos, no habría pleitos, por consiguiente, tampoco habría necesidad de tribunales de justicia, de jueces, de magistrados; en suma, el mundo tal como es hoy habría terminado; los reinos de este mundo se hubieran convertido en reinos de nuestro Señor y de Cristo.

Pero el hecho evidente es que, esos celestiales principios, no son de ninguna manera para el mundo, menos todavía el mundo podría adoptarlos, ni obrar de acuerdo con ellos un solo instante; esto traería una completa fractura del actual sistema, la disolución de toda la constitución social tal como existe hoy.

De aquí que la objeción de los incrédulos se desploma en ruinas a nuestros pies, así como las cuestiones y dificultades que se fundan sobre ellas. Están desprovistas de fuerza moral. Los principios celestiales no son de ninguna manera para «este presente siglo malo» (Gál. 1:4), son para la Iglesia que no es del mundo, como tampoco Jesús es del mundo. El Señor dijo a Pilato: «Mi reino no es de este mundo; si lo fuera, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí» (Juan 18:36).

Nótese bien la palabra «ahora». Pronto los reinos de este mundo llegarán a ser el reino de nuestro Señor; pero él es rechazado ahora, y todos los que le pertenecen han de compartir con él ese rechazo, seguirle fuera del campamento, andar como peregrinos y extranjeros en la tierra, esperando el momento en que vendrá a recogerlos a sí mismo, para que donde él está, ellos también estén.

Lo que produce la actual terrible confusión es el continuo esfuerzo de Satanás para mezclar el mundo y la Iglesia. Esta es una de sus especiales astucias que más ha contribuido a destruir el testimonio de la Iglesia de Dios y a impedir su progreso. Esto es lo que trastorna todo, porque confunde las cosas que difieren esencialmente y están en completa oposición con el verdadero carácter de la Iglesia, su posición, su marcha y su esperanza. A veces oímos hablar del “mundo cristiano”. ¿Qué significa esta expresión? Es sencillamente pretender unir dos cosas que en su origen, naturaleza y carácter son tan distintas como el día y la noche. Es querer coser un pedazo de tela nuevo a un vestido viejo, con lo cual se consigue tan solo, según nos dice nuestro Señor, que el desgarrón sea mayor.

El propósito de Dios no es cristianizar al mundo, sino llamar a su pueblo aparte del mundo para que sea un pueblo celestial, regido por principios celestiales, formado por un objeto celestial, alentado por una esperanza celestial. Mientras que no hayamos comprendido esto, y que la verdad en cuanto a la vocación verdadera y el camino de la Iglesia no se realiza como un poder vivo en el alma, habrá graves errores en nuestra obra, conducta y servicio. Haremos un uso erróneo de las Escrituras del Antiguo Testamento, no solo en asuntos proféticos, sino también respecto a la vida práctica. Es imposible calcular la pérdida que puede resultar el hecho de no haber entendido la vocación, la posición y la esperanza de la Iglesia de Dios, su asociación, su identificación, su unión viva con un Cristo rechazado, resucitado y glorificado.

No podemos extendernos más en esta interesante y muy importante cuestión; sin embargo, vamos a indicar al lector algunos ejemplos que ilustran el método que sigue el Espíritu al citar y aplicar la Escritura del Antiguo Testamento. Véase, por ejemplo, el siguiente pasaje del hermoso salmo 34: «La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos» (v. 16). Notemos a continuación de qué modo el Espíritu Santo cita este mismo pasaje en la primera epístola de Pedro: «El rostro del Señor está contra los que hacen el mal» (3:12). Ni una palabra sobre «cortar… la memoria de ellos». ¿Cómo es así? Porque el Señor no obra ahora bajo el principio de quitar al malo de la tierra; así obraba bajo la ley y más tarde actuará de acuerdo con ella en el reino. Pero actualmente está actuando por la gracia y con gran paciencia. Su rostro está tanto y tan decididamente contra los que hacen mal, como lo fue o lo será, pero no para cortar ahora de la tierra la memoria de ellos. El ejemplo más evidente de su maravillosa gracia, de esta clemencia, y sobre la diferencia entre los dos principios que tratamos, lo tenemos en el hecho de que los mismos hombres que, con manos malvadas crucificaron al unigénito y bien amado Hijo, en vez de ser cortados de la tierra, fueron los primeros que oyeron el mensaje de completo y gratuito perdón por medio de la sangre de la cruz.

Algunos pueden creer que damos demasiada importancia a una sencilla frase de la Escritura del Antiguo Testamento. No piense el lector tal cosa. Aun cuando no tuviéramos más que este ejemplo, sería grave error tratarlo con indiferencia. El hecho es que hay infinidad de pasajes de igual carácter al citado, todos ellos muestran el contraste entre la economía judaica y cristiana, como también la diferencia entre el cristianismo y el reino por venir.

Dios obra ahora en gracia con el mundo, y así debemos hacerlo nosotros, si queremos parecernos a él, que es a lo que estamos llamados. «Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mat. 5:48). Y también: «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos amados; y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, como ofrenda y sacrificio a Dios, de olor fragante» (Efe. 5:1-2).

Este es nuestro modelo. Somos llamados a copiar el ejemplo de nuestro Padre, a imitarle. No pone al mundo bajo la ley; no mantiene sus derechos con la fuerte mano de su poder. Pronto lo hará; mas ahora, en este día de gracia, derrama sus bendiciones en rica profusión sobre aquellos cuya vida entera es una continua rebelión y enemistad contra Él.

Todo esto es completamente asombroso, y nosotros, como cristianos, somos llamados a obrar bajo este glorioso principio moral. Algunos dirán tal vez: “¿Cómo podríamos vivir en este mundo y conducir nuestros negocios con este principio? Seríamos robados y arruinados; gente aleve se aventajaría de nosotros si supieran que no los llevaríamos ante la ley; tomarían nuestros bienes, se apoderarían de nuestro dinero u ocuparían nuestras casas rehusando pagar la renta. En una palabra, no podríamos vivir en un mundo como este, si no afirmáramos nuestros derechos. ¿Para qué sirve la ley sino para que el pueblo se conduzca como es debido? Los poderes ordenados por Dios ¿no lo son con el fin de mantener la paz y el buen orden entre nosotros? ¿Qué sería la sociedad si no hubiera soldados, policías y jueces? Y si Dios ha ordenado tales instituciones ¿por qué su pueblo no se serviría de ellas? Y no solo esto, sino ¿quienes son los más apropiados para ocupar los puestos de autoridad o de poder, o para empuñar la espada de la justicia, que los que forman el pueblo de Dios?”

Existe gran apariencia de fuerza en toda esta serie de argumentos. Los poderes que existen son ordenados por Dios. El rey, el gobernante, el juez, el magistrado, son, cada uno en su esfera, la expresión del poder de Dios. Es Dios el que reviste a cada uno del poder que tiene; es él quien ha puesto la espada en la mano del gobernante para castigo de malhechores y para alabanza de los que bien hacen. Todo esto es muy fácil de comprender. El mundo, tal como hoy está, no podría continuar ni un solo día si el orden no estuviese mantenido por la fuerte mano de la autoridad. No podríamos vivir, o al menos la vida sería insoportable, si los malhechores no fuesen perseguidos por la espada de la justicia.

Pero, aun admitiendo eso totalmente, como por cierto lo admitirá todo cristiano inteligente y enseñado por la Escritura, esto no afecta en lo más mínimo a la cuestión de cómo debemos andar en el mundo. El cristianismo reconoce a todas las instituciones gubernamentales del país, pero no debe injerirse, no es asunto suyo. Dondequiera que esté, sea cual fuese el principio o el carácter del gobierno del país en que vive, es deber del cristiano reconocer su autoridad, pagar los impuestos, orar por los gobernantes, honrarlos en su cargo oficial, respetar las leyes, orar por la paz del país y vivir en paz con todos en cuanto de él depende. Nuestro Maestro, ¡bendito sea su santo nombre! nos ha dado el ejemplo perfecto.

En la memorable respuesta a los herodianos, reconoce el principio de la sujeción a los poderes que existían: «Pagad, pues, a Cesar lo que es de Cesar, y a Dios lo que es de Dios» (Mat. 22:21). Y no solo esto, sino que le vemos pagando tributo, aunque personalmente estaba exento de él. No tenían derecho a exigírselo, según demostró a Pedro. Se dirá: “¿Por qué no reclamó, pues?” ¿Habría querido reclamar o acusar? No; Oigamos la admirable respuesta que da al apóstol: «Pero, para que no les demos ocasión de tropiezo, ve al mar y echa un anzuelo, y el primer pez que pesques, tómalo, ábrele la boca y hallarás un estatero; tómalo y dáselo por mí y por ti» (Mat. 17:27). [27]

[27] El hecho de que el tributo de esa moneda pudiera ser por el templo en nada afecta al principio expuesto en el texto.

14.5 - El sendero del cristiano en medio de este mundo

Aquí volvemos a nuestra tesis, es decir ¿cuál es la senda que el cristiano debe seguir en este mundo? Debe seguir a su Maestro, imitarlo en todas las cosas. ¿Apoyó él sus derechos? ¿Acudió a la ley? ¿Procuró gobernar el mundo? ¿Se mezcló en asuntos políticos o judiciales? ¿Empuñó la espada? ¿Consintió en ser juez o componedor, incluso cuando se le llamaba? ¿No fue su vida entera una vida de abnegación desde su principio a su fin?

Dejaremos que estas preguntas encuentren su respuesta en el corazón del lector cristiano, y que produzcan efectos prácticos en su vida. Esperamos que las verdades antes expuestas, le capacitará para entender pasajes semejantes al de Deuteronomio 13:9-10. La oposición a la idolatría y la separación del mal, con certeza tan necesarias para nosotros como para Israel en ese tiempo, no se desarrollan de la misma manera. La Iglesia está imperativamente llamada a separarse del mal y de los que lo practican, pero no por los procedimientos empleados por Israel. No entra en sus deberes lapidar a los idólatras y a los blasfemos, o quemar a las brujas. La Iglesia de Roma ha obrado según estos principios; incluso los protestantes, para vergüenza del protestantismo, han seguido su ejemplo. [28]

[28] La muerte de Servet, quemado en 1553, a causa de sus opiniones teológicas, es una terrible mancha en la historia de la Reforma, y del hombre que sancionó ese proceder tan anticristiano. Es verdad que las ideas de Miguel Servet eran totalmente falsas. Sostenía la herejía de Arrio, que es una blasfemia contra el Hijo de Dios. Pero el quemarlo vivo a él, o a otro cualquiera, a causa de falsas doctrinas era un flagrante pecado contra el espíritu y principios del evangelio, el lamentable fruto de la ignorancia en cuanto a la diferencia esencial entre el judaísmo y el cristianismo.

La Iglesia no está llamada a esgrimir la espada temporal; lo tiene positivamente prohibido. Sería la clara negación de su vocación, carácter y misión. Cuando Pedro, en su celo ignorante y carnal, sacó la espada para defender a su Maestro, fue corregido por la fiel palabra de este, e instruido por su acto de misericordia: «Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán» (Mat. 26:52). Habiendo reprobado el hecho de su equivocado, aunque bien intencionado siervo, reparó la falta de este curando el mal. «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destruir fortalezas, derribando razonamientos y todo lo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Cor. 10:4-5).

La iglesia profesa se ha equivocado en esta cuestión tan grande e importante. Se ha unido al mundo y ha procurado hacer avanzar la causa de Cristo por medios mundanos y carnales. Ha intentado, con ignorancia, mantener la fe cristiana renegando de ella, en la práctica, de la manera más vergonzosa. Herejes puestos bajo sus órdenes en la hoguera, es una mancha horrenda en las paginas de la historia de la Iglesia. No podemos formarnos una idea adecuada de las terribles consecuencias que resultan del principio según el cual la Iglesia debía ocupar el lugar de Israel y obrar conforme a los principios de Israel [29]. Esto falseaba completamente su testimonio y la despojaba de su indispensable carácter espiritual y celestial; es lo que la condujo por una senda que terminará en lo que describen los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis. El que lea entienda.

[29] Son dos cosas totalmente diferentes para la Iglesia: aprender de la historia de Israel; o querer ocupar la posición de Israel, obrar bajo sus principios y apropiarse sus promesas. Lo primero es deber y privilegio de la Iglesia; lo segundo es la fatal equivocación en la que ha caído.

Esperamos que lo que hemos dicho inducirá a nuestros lectores a considerar ese tema a la luz del Nuevo Testamento, y que Dios, en su infinita bondad, se servirá de ese medio para conducirlos a ver claramente el camino de completa separación en el cual, como cristianos, debemos andar en el mundo; pero no como siendo del mundo; nuestro Señor Jesucristo tampoco era del mundo. Esta verdad una vez entendida resolverá muchas dificultades y nos proporcionará un gran principio general que podrá aplicarse a innumerables detalles de la vida práctica.

14.6 - Responsabilidad colectiva de las doce tribus

Terminaremos nuestro estudio del capítulo 13 del Deuteronomio examinando los últimos versículos.

«Si oyeres que se dice de alguna de tus ciudades que Jehová tu Dios te da para vivir en ellas, que han salido de en medio de ti hombres impíos que han instigado a los moradores de su ciudad, diciendo: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que vosotros no conocisteis, tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia; y si pareciere verdad, cosa cierta, que tal abominación se hizo en medio de ti, irremisiblemente herirás a filo de espada a los moradores de aquella ciudad, destruyéndola con todo lo que en ella hubiere, y también matarás sus ganados a filo de espada. Y juntarás todo su botín en medio de la plaza, y consumirás con fuego la ciudad y todo su botín, todo ello, como holocausto a Jehová tu Dios, y llegará a ser un montón de ruinas para siempre; nunca más será edificada. Y no se pegará a tu mano nada del anatema, para que Jehová se aparte del ardor de su ira, y tenga de ti misericordia, y tenga compasión de ti, y te multiplique, como lo juró a tus padres, cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, guardando todos sus mandamientos que yo te mando hoy, para hacer lo recto ante los ojos de Jehová tu Dios» (v. 12-18).

Aquí tenemos instrucciones del carácter más solemne e importante. El lector debe bien observar que se fundan en una verdad de inapreciable valor: la unidad nacional de Israel. Esto da verdadera fuerza a estas palabras. Se supone un grave error en alguna de las ciudades de Israel, y se suscita como cosa muy natural la siguiente pregunta: “Las demás ciudades de Israel ¿habían de verse envueltas en el mal de una sola?” [30]

[30] Es importante tener en cuenta que el mal aquí expresado era de carácter muy grave, una tentativa de apartar al pueblo del Dios vivo y verdadero, y alcanzaba al mismo fundamento de la existencia nacional de Israel. La cuestión no era simplemente local o municipal, sino nacional.

Con certeza, ya que la nación era una. Las ciudades y las tribus no eran independientes, estaban unidas entre sí por el sagrado lazo de la unidad nacional, unidad que tenía su centro en el lugar donde estaba la presencia de Dios. Los doce panes en la mesa de oro del santuario constituían el bello tipo de esa unidad, y todo verdadero israelita la reconocía y se regocijaba en ella. Las doce piedras en el lecho del Jordán; las doce piedras en la ribera del Jordán; las doce piedras de Elías en el monte Carmelo, todo exponía la misma gran verdad, la indisoluble unidad de las doce tribus de Israel. El buen rey Ezequías reconoció esa verdad cuando dispuso que el holocausto y la ofrenda por el pecado fuesen hechas para todo Israel (2 Crón. 29:24). El fiel Josías lo reconoció también y obró conforme a ello cuando ordenó reformas en todas las tierras de los hijos de Israel (2 Crón. 34:33). Pablo, en su magnífica alocución ante el rey Agripa, da testimonio de la misma verdad cuando dice respecto a la promesa: «la cual esperan alcanzar algún día nuestras doce tribus, sirviendo a Dios con celo día y noche» [31] (Hec. 26:7).

[31] Puede ser interesante para el lector saber que, en este pasaje, la palabra empleada por «doce tribus», es en griego singular. Esto da ciertamente una expresión muy viva a la gran idea de la indisoluble unidad, tan preciosa a Dios, y por lo tanto preciosa a la fe.

Anticipando el glorioso porvenir, vemos la misma verdad brillar con fulgor celestial en el capítulo séptimo del Apocalipsis, donde vemos las doce tribus selladas y reservadas para el reposo, la bendición y la gloria, en compañía de una innumerable multitud de gentiles. Y finalmente en el mismo Apocalipsis, capítulo 21 vemos los nombres de las doce tribus grabados sobre las puertas de la santa Jerusalén, sede y centro de la gloria de Dios y del Cordero.

Así que, desde la mesa de oro del santuario a la ciudad de oro descendiendo del cielo de Dios, tenemos una maravillosa cadena de evidentes pruebas de esta gran verdad, la indisoluble unidad de las doce tribus de Israel.

Y si se pregunta: ¿Dónde podemos ver esa unidad y cómo la vieron Elías, Ezequías, Josías y Pablo?, responderemos que fue por la fe. Mirando al interior del santuario de Dios, y sobre la mesa de oro, ellos podían ver los doce panes que significaban a la vez la diferencia de cada tribu y, no obstante, su perfecta unidad. Nada más bello. La verdad de Dios debe permanecer eternamente. La unidad de Israel se vio en el pasado, y se verá en el futuro; y aunque, semejante a la más elevada unidad de la Iglesia, invisible actualmente, la fe la cree, la defiende y la confiesa frente a todas las influencias contrarias.

Veamos ahora por un momento la aplicación práctica de esta gloriosa verdad, según está presentada en los últimos versículos de nuestro capítulo. A una ciudad del extremo norte de la tierra de Israel llega la noticia que en una ciudad del extremo sur se enseña un error, error pernicioso que tiende a desviar a sus habitantes del verdadero Dios.

¿Qué hay que hacer? La ley es muy explícita; la senda del deber está tan claramente trazada que solo requiere un ojo sincero para verla y un corazón dispuesto a seguirla: «tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia» (v. 14). Esto es muy sencillo.

Algunos de los habitantes de la ciudad podrían decir: “¿Qué nos importa ese error enseñado tan lejos de nosotros? Gracias a Dios, no se enseña entre nosotros ese error; es enteramente un asunto local; cada ciudad tiene su propia responsabilidad. ¿Se puede exigir que examinemos cada error que se enseña en el país? Perderíamos inútilmente el tiempo en vez de atender a nuestros trabajos; bastante tenemos que hacer con guardar nuestras fronteras. Desde luego condenamos el error, y si llegara hasta aquí alguno para enseñarlo, le cerraríamos las puertas resueltamente. Nuestra responsabilidad no va más allá”.

¿Qué hubiera respondido el fiel israelita a toda esa serie de consideraciones, que a juicio de la humana razón parecen muy plausibles? Habría dicho que razonar de esta manera era simplemente negar la unidad de Israel; que, si cada ciudad y cada tribu tomara una posición de independencia, entonces el sumo sacerdote debería tomar los doce panes de sobre la mesa de oro de la proposición y esparcirlos por todas partes. Puesto que la unidad ha desaparecido, que se ha dividido en fragmentos independientes y que no tenemos ya un fundamento de acción nacional, los doce panes sobre la mesa de oro de la proposición ya no tienen ninguna significación.

El fiel israelita podría continuar diciendo que, el mandamiento es muy claro y explícito: «tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia». Israel estaba limitado a estos dos principios: la unidad de la nación y el mandamiento de Dios. De nada sirve decir que “entre nosotros no se enseña ningún error”, a menos de separarnos de la nación; puesto que todo el pueblo estaba incluido en estas palabras: «y si… tal abominación se hizo en medio de ti» El error enseñado en Dan repercutía en los que vivían en Beerseba. ¿Por qué? Porque Israel era uno. Cualquier israelita debía sentirse afectado por el error y no podía cruzarse de brazos ni conservar una fría indiferencia o una culpable neutralidad. Estaba envuelto en ese mal y en sus terribles consecuencias hasta que no se purificara juzgándolo con inflexible decisión y con despiadada severidad.

14.7 - Unidad del Cuerpo de Cristo y falsa doctrina

Y si todo esto era cierto para Israel, ¡cuánto más lo es para la Iglesia de Dios! Podemos tener por seguro que nada es tan aborrecible a Dios como la indiferencia a todo lo que se relaciona con Cristo. El eterno propósito y consejo de Dios es el de glorificar a su Hijo; que toda rodilla se doble ante él y que toda lengua confiese que es Señor para gloria de Dios Padre, «para que todos honren al Hijo de la misma manera que honran al Padre» (Juan 5:23).

Por consiguiente, si Cristo es deshonrado, si se enseñan doctrinas derogatorias a la gloria de su persona, a la eficacia de su obra o a la virtud de sus cargos, debemos rechazar tales doctrinas con firme decisión. La indiferencia o la neutralidad en cuanto se relaciona con el Hijo de Dios, es juzgado como crimen de alta traición en el supremo tribunal del cielo. No seríamos indiferentes si se tratase de nuestra reputación, de nuestro carácter personal, o de nuestra familia; nos mostraríamos muy activos para cuanto nos afectara a nosotros o a los que nos son queridos. ¡Cuánto más debiéramos serlo en todo lo que se refiere a la gloria, al honor, al nombre y a la causa de Aquel a quien debemos todo ahora y en el porvenir, de Aquel que dejó su gloria para venir a este desdichado mundo a morir sobre la cruz de muerte afrentosa, a fin de salvarnos de las eternas llamas de la gehena! ¿Podríamos mantenernos indiferentes para con él, neutrales en cuanto a lo que a él concierne? ¡No lo permita Dios!

No, lector, esto no debe ser. El honor y la gloria de Cristo deben sernos más preciosos que todo lo demás: reputación, hacienda, familia, amistades, todo debe ponerse a un lado si los derechos de Dios están comprometidos. ¿No reconoce esto el lector cristiano, con toda la energía de su alma? Seguramente que sí, ahora; pero ¿cómo lo sentiremos cuando lo veremos cara a cara en la plena luz de su gloria moral? ¡Con qué sentimientos consideraremos la idea de indiferencia o de neutralidad respecto a él!

¿Estamos equivocados al decir que la verdad que más afecta a la gloria de la Cabeza, es aquella de la unidad de su Cuerpo, la Iglesia? Sin duda alguna. Si la nación de Israel era una, ¡el Cuerpo de Cristo es uno! Y si la independencia no convenía a Israel, ¡cuánto menos a la Iglesia de Dios! El hecho evidente es que la idea de independencia no puede sostenerse ni un instante a la luz del Nuevo Testamento. Con igual derecho podríamos decir que la mano es independiente del pie, o el ojo del oído, que decir que los miembros del Cuerpo de Cristo son independientes unos de otros. «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo; no por esto deja de ser del cuerpo. Y si dijera la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo; no por esto deja de ser del cuerpo. Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero ahora Dios colocó a cada uno de los miembros en el cuerpo como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Ahora bien, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. No puede el ojo decir a la mano: No tengo necesidad de ti; y tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles, son mucho más necesarios; y los miembros del cuerpo que nos parecen menos dignos, los rodeamos con más honor, y nuestros miembros menos decorosos, los tratamos con mayor decoro, mientras que nuestras partes decorosas no tienen necesidad. Pero Dios ordenó el cuerpo, dando mayor honor al que le faltaba; para que no haya división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos por los otros. Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro recibe honor, todos los miembros se alegran con él. Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular» (1 Cor. 12:12-27).

No intentaremos comentar esta maravillosa porción de la Escritura; solamente deseamos llamar la atención del lector cristiano a la especial verdad puesta en evidencia, y que concierne a todo verdadero creyente sobre la faz de la tierra, es decir: que es un miembro del Cuerpo de Cristo.

Esta gran verdad práctica incluye a la vez los más elevados privilegios y las más importantes responsabilidades. No es meramente una doctrina verdadera, un sano principio, o una opinión ortodoxa; es un hecho vivo, designado a ser un poder divino en el alma. El cristiano no puede considerarse como un individuo independiente, sin ninguna asociación, ni vínculo vital con otros. Está ligado vitalmente, como todos los hijos de Dios, con todos los verdaderos creyentes, con todos los demás miembros del Cuerpo de Cristo sobre la superficie de la tierra.

«Todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo». La Iglesia de Dios no es un simple club, una sociedad, una asociación, o una hermandad; es un Cuerpo unido por el Espíritu Santo a la Cabeza, en el cielo, y todos sus miembros sobre la tierra están indisolublemente unidos entre sí. Esto tiene como consecuencia que todos los miembros del Cuerpo están afectados por el estado y el comportamiento de cada uno de ellos. «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él». Es decir, todos los miembros del Cuerpo. Si el pie está enfermo, la mano lo siente. ¿De qué modo? Por la cabeza. Así también es en la Iglesia de Dios, si algo va mal en un individuo, todos lo sienten por la Cabeza con la cual todos están relacionados con vida por el Espíritu Santo.

Quizá algunos encuentran esta gran verdad muy difícil de entender y, sin embargo, está claramente revelada en las páginas inspiradas, no para que razonemos sobre ella, o la sometamos de un modo u otro al juicio humano, sino simplemente para ser creída. Es una revelación divina. Ninguna inteligencia humana habría concebido jamás tal pensamiento; mas Dios la revela, la fe la cree y anda en su bendito poder.

El lector todavía podría preguntar: “¿cómo es posible que el estado de un miembro pueda influir sobre los que nada saben de él?” La respuesta es: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él». Todos los miembros ¿de qué? ¿de una asamblea local o de una sociedad que, fortuitamente, conoce o está en relación con esta persona? No, se trata de los miembros del Cuerpo dondequiera que estén. Aun en el caso de Israel, donde se trataba tan solo de la unidad nacional, vimos que, si había el mal en una de sus ciudades, todo el pueblo estaba afectado. Cuando Acán pecó, aunque había cientos de miles del pueblo totalmente ignorantes de aquel hecho, Jehová dijo: «Israel ha pecado», y toda la congregación, a causa de esto, sufrió una humillante derrota (Josué 7:11).

¿Puede la razón alcanzar esta verdad? No; pero la fe sí puede. Si escuchamos la razón no creemos nada; pero si, por la gracia de Dios, no escuchamos la razón, creeremos lo que Dios dice porque es él quien lo dice.

¡Oh!, amado lector cristiano, ¡qué inmensa verdad esta de la unidad del Cuerpo! ¡Qué consecuencias prácticas se derivan de ella! ¡Cuán eminentemente calculada para producir santidad en la conducta y en la vida! ¡Cuán vigilantes debería hacernos sobre nuestras costumbres, nuestros pasos, nuestra condición moral! ¡Cuán cuidadosos debería hacernos para no deshonrar la Cabeza a la cual estamos unidos, o contristar al Espíritu por el cual estamos unidos a ella, u ofender a los miembros con los cuales estamos unidos!

Pero debemos cerrar ya este capítulo, por más que quisiéramos detenernos más largamente sobre una de las verdades más grandiosas, más profundas y de más positiva eficacia de cuantas pudieran atraer nuestra atención. ¡Que el Señor, por su Espíritu, haga de ella una potestad viviente en el alma de todo verdadero creyente sobre la faz de la tierra!

15 - Capítulo 14: Hijos sois de Jehová vuestro Dios

15.1 - Obrad como tales…

«Hijos sois de Jehová vuestro Dios; no os sajaréis, ni os raparéis a causa de muerto. Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra» (v. 1-2).

La cláusula con que comienza este capitulo nos expone la base de todos los privilegios y responsabilidades del Israel de Dios. Sabemos que es menester relacionarse antes de conocer los afectos que esta produce y saber cumplir los deberes que al mismo corresponden. Si un hombre no es padre, todos los argumentos y todas las explicaciones no le harán comprender los sentimientos o afectos de la paternidad; pero desde el momento que entra en esta relación, los conoce.

Esto sucede en las cosas de Dios. No podemos entender los afectos o los deberes de un hijo de Dios hasta que estamos sobre ese terreno. Hemos de ser cristianos antes de poder cumplir los deberes de un cristiano. Aun cuando somos cristianos, es tan solo por la gracia del Espíritu Santo que podemos andar como tales; pero es evidente que, si no estamos sobre un terreno cristiano, nada podemos saber de los afectos o de los deberes cristianos.

Evidentemente es prerrogativa de Dios determinar cómo deben conducirse sus hijos, mientras que a ellos incumbe el elevado privilegio y santo deber de buscar en todas las cosas su aprobación. «Hijos sois de Jehová vuestro Dios; no os sajaréis». No se pertenecían a sí mismos; pertenecían a Jehová, y por lo tanto no tenían derecho a sajarse o desfigurarse por los muertos. En su orgullo y obstinación, el hombre natural podría decir: “¿Por qué no podemos hacer como los otros pueblos? ¿Qué mal puede haber en que nos sajemos o que hagamos calvas nuestras frentes? Es solo una expresión de pena; un afectuoso tributo a nuestros amados difuntos; por cierto, que no hay nada moralmente malo en eso”.

Para esto había una respuesta sencilla, pero concluyente: «Hijos sois de Jehová vuestro Dios». Este hecho cambia todo. Los pobres gentiles, ignorantes e incircuncisos, que los rodeaban podían desfigurarse, porque no conocían a Dios y no estaban en relación con él. En cuanto a Israel, estaba en el elevado y santo terreno de proximidad a Dios, y este hecho debía dar tono y carácter a todas sus costumbres. No eran llamados a adoptar algún hábito particular o a abstenerse de otros, a fin de ser los hijos de Dios. Esto hubiera sido empezar el edificio por la cúspide, como suele decirse; pero siendo ya hijos de Dios, debían obrar como tales.

15.2 - Un pueblo santo

«Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios». No dice: Debéis ser un pueblo santo. ¿Cómo podrían ellos mismos convertirse jamás en pueblo santo, precioso para Jehová? Imposible. Si no eran su pueblo, ningún esfuerzo habría podido convertirlo en tal. Mas Dios, en su soberana gracia, en prosecución de su pacto con sus padres, les hizo hijos suyos, su pueblo singular de entre todas las naciones de la tierra. Este era el sólido fundamento del edificio moral de Israel. Todos sus hábitos, sus usos, sus hechos y sus caminos, su comida y su vestido, todo lo que hacían y de lo que se abstenían, todo debía derivarse de un gran hecho, en el cual no tenían que tomar más parte de la que tomaron en su nacimiento natural, esto es, que actualmente eran los hijos de Dios, su pueblo escogido, el pueblo de su particular posesión.

Es un privilegio del orden más elevado, tener al Señor tan cerca de nosotros, y tan interesado en todos nuestros hábitos y caminos.

Para el hombre natural, que no conoce al Señor, que no está en relación con él, no hay duda de que la sola idea de su santa presencia, o de su proximidad, sería insoportable. Pero para todo verdadero creyente, para aquél que ama realmente a Dios, es infinitamente precioso pensar que está tan cerca de nosotros, y saber que se interesa por todos los detalles de nuestra vida, que cuida de nosotros día y noche, durmiendo o despiertos, en casa o fuera de ella; en suma, que su solicitud por nosotros sobrepasa la que la madre más cariñosa pueda sentir por su niño de pecho.

Todo esto es admirable y por cierto que, si lo cumpliéramos de un modo más completo, nuestra vida sería diferente y otro nuestro testimonio. ¡Qué santo privilegio, qué preciosa realidad saber que el Señor, en su amor, nos sigue constantemente en la senda y que su mirada cuida de nosotros en todas nuestras ocupaciones! Que este sentimiento llegue a ser un poder vivo en el corazón de cada hijo de Dios.

Desde el versículo 3 hasta el 20, tenemos la ley relativa a los animales limpios y a los inmundos. Los principios que los conciernen se expusieron en el capítulo once del Levítico. Pero hay una diferencia muy importante entre estos fragmentos de la Escritura. En el Levítico, las instrucciones fueron dadas primariamente a Moisés y a Aarón; en el Deuteronomio, se dieron directamente al pueblo. Esto caracteriza perfectamente los dos libros. El Levítico puede ser llamado el guía para los sacerdotes. En el Deuteronomio, por el contrario, los sacerdotes no ocupan un lugar tan prominente; es el pueblo quien ocupa el primer lugar. Esto lo vemos en todo el transcurso del libro, de tal manera que no hay el menor fundamento para decir que el Deuteronomio es una simple repetición del Levítico. No hay nada más lejos de la verdad. Cada uno de esos libros tiene su propio tema, su propio designio, su propia obra. El estudiante atento ve y reconoce esta verdad con profundo gozo. Los incrédulos son voluntariamente ciegos, no pueden ver nada.

En el versículo 21 de nuestro capítulo se nos ofrece muy marcada la distinción entre el Israel de Dios y el extranjero. «Ninguna cosa mortecina (es decir: ya muerta) comeréis; al extranjero que está en tus poblaciones la darás, y él podrá comerla; o véndela a un extranjero, porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios». El gran hecho de la relación de Israel con Jehová, lo separaba de las demás naciones debajo del sol. No era que fuesen por sí mismos ni un ápice mejores o más santos que otros; pero Jehová era santo, y ellos eran su pueblo. «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pe. 1:16).

Las gentes del mundo opinan que los cristianos son muy farisaicos al separarse de los otros, rehusando tomar parte en los placeres y diversiones del mundo; pero en realidad no entienden esta cuestión. El hecho es que, cuando un cristiano participa en las vanidades y locuras de un mundo pecador, es como si un israelita comiera algo mortecino. Gracias a Dios, el cristiano tiene algo mejor para alimentarse que las cosas muertas de este mundo. Tiene el pan vivo que descendió del cielo, el maná verdadero, y no solo esto, sino que come de los «frutos de la tierra de Canaán» (Josué 5:12), tipo del Hombre resucitado y glorificado en el cielo. El pobre mundano inconverso no sabe absolutamente nada de estas cosas tan preciosas; se alimenta de lo que el mundo puede ofrecerle. No es la cuestión determinar si estas cosas son buenas o malas en sí mismas, puesto que nadie jamás habría pensado, acerca de lo erróneo, comer algo mortecino si Dios no lo hubiera dado a conocer.

Este es el punto de importancia para nosotros. No podemos esperar del mundo que vea o sienta como nosotros en cuanto a lo que es bueno, o malo. Nuestro deber es mirar las cosas desde un punto de vista divino. Muchas cosas que un hombre del mundo puede hacer sin consecuencias aparentes, un cristiano no podría ni tocarlas, y eso porque es cristiano. La pregunta que todo fiel creyente debe hacerse ante cualquier cosa que se le presente debe ser simplemente la siguiente: “¿Puedo hacer esto para gloria de Dios? ¿Puedo asociar el nombre de Cristo con ello?” Si no puede, no debe ni tocarlo.

En una palabra: la norma y la prueba para el cristiano en todas las cosas debe ser Cristo. Esto hace todo muy sencillo. En vez de preguntar: ¿Es tal o cual cosa compatible con nuestra profesión, con nuestros principios, con nuestro carácter, con nuestra reputación? debemos preguntarnos: ¿Es compatible con Cristo? Lo que es indigno de Cristo, es indigno de un cristiano. Si esto está bien comprendido, nos proporcio