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Estudios sobre el libro del Éxodo


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 35

library_books Serie: Pentateuco


1 - Capítulo 1

Por la gracia de Dios, vamos a pasar ahora al estudió del libro del Éxodo, cuyo asunto principal es la Redención. Los cinco primeros versículos nos recuerdan las últimas escenas del libro precedente. Los objetos elegidos por el favor de Dios son puestos en primer lugar delante de nosotros, después de lo cual el autor inspirado nos conduce inmediatamente al centro de los hechos que forman el asunto de la enseñanza del libro.

En nuestro estudio del Génesis, hemos visto que la conducta de los hijos de Jacob, respecto a su hermano José, fue la causa que determinó el viaje de la familia de Jacob a Egipto. Este hecho puede considerarse bajo dos aspectos distintos: a hallar, primero, en la conducta de Israel respecto a Dios, una enseñanza solemne, y luego, en el desarrollo de los planes de Dios en favor de Israel, una lección llena de estímulo.

En primer lugar, en lo que se refiere a la conducta de los hijos de Israel respecto a Dios, ¿puede hallarse nada más solemne que seguir paso a paso hasta el fin el resultado de la maldad que cometieron contra aquél en quien el ojo espiritual discierne un tipo admirable de Cristo? Sin consideración alguna por la angustia que llena su alma, los hijos de Jacob entregan a José, su hermano, en manos de incircuncisos. ¿Y cuales fueron para ellos las consecuencias que les acarreó esta conducta? Fueron conducidos a Egipto para pasar por esas profundas y dolorosas experiencias de corazón que de una manera tan sencilla y patética nos pintan los últimos capítulos del Génesis. Pero no es esto todo, un largo tiempo de prueba está todavía reservado a su posteridad en ese mismo país donde José halló una cárcel.

Con todo, y al mismo tiempo que el hombre, Dios intervenía en esto, disponiéndose a usar una de sus prerrogativas que consiste en el poder de sacar bien del mal. Los hermanos de José podían venderlo a los ismaelitas; estos, a su vez, podían venderlo a Potifar, y Potifar podía ponerlo en prisión, mas Jehová estaba por encima de todo, cumpliendo sus grandes y maravillosos designios. «Ciertamente la ira del hombre te alabará» (Sal. 76:10). Aun no había llegado el momento en el que los herederos estarían preparados para la herencia, y la herencia para los herederos. La posteridad de Abraham debía pasar por la dura escuela de la servidumbre en Egipto, esperando que la iniquidad de los Amorreos llegase a su colmo, en medio de «montes y des vegas» de la tierra prometida (véase Gén. 15:16 y Deut. 11:11).

Todo esto es interesante e instructivo en sumo grado. El gobierno que Dios ejerce es «como rueda en medio de rueda» (Ez. 1:16). Dios se sirve de medios infinitamente variados para llevar a cabo sus insondables designios. La mujer de Potifar, el copero del rey, el sueño de Faraón, la cárcel, el trono, la cautividad, el sello real, el hambre, todo está a su soberana disposición y lo hace concurrir al cumplimiento de sus planes maravillosos. El hombre espiritual halla su deleite meditando estas cosas, y le gusta recorrer en espíritu el vasto dominio de la creación y de la providencia, descubriendo en todas partes esa sabia disposición de la cual se sirve el Todopoderoso para realizar los propósitos de su gracia redentora. Es cierto que, de vez en cuando, se descubre algún rastro de la serpiente, alguna huella, profunda y bien marcada, del pie del enemigo de Dios y del hombre; hallamos algunas cosas que no acertamos a explicar ni a comprender siquiera; la inocencia que sufre y la maldad que prospera pueden dar cierta apariencia de verdad a los razonamientos de los incrédulos y escépticos, mas a pesar de todo ello, el verdadero creyente reposa confiado en la seguridad de que «el Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gén. 18:25). El creyente sabe que la ciega incredulidad no puede hacer más que errar, y que en vano pretende escudriñar los caminos de Aquél que es el propio intérprete de sí mismo.

Bendigamos a Dios por la consolación y estímulo que nuestras almas reciben por medio de esta especie de reflexiones. Tenemos necesidad incesante de tales meditaciones mientras atravesamos este mundo perdido, donde el enemigo ha introducido tan terribles males y desórdenes, un mundo donde las tentaciones y las pasiones de los hombres producen frutos tan amargos, y en el cual la senda del discípulo fiel suele ser tan áspera que la naturaleza, dejada a si misma, jamás podría caminar por ella. Sin embargo, la fe sabe que detrás de la cortina hay uno que el mundo no ve ni del cual se preocupa en lo más mínimo; y así, con esta seguridad, puede decir confiadamente: “Todo va bien, y todo irá bien”.

Las primeras líneas del libro del Éxodo nos han sugerido los pensamientos que anteceden. «Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (Is. 46:10). El enemigo puede resistir, pero Dios se mostrará siempre más fuerte que él; y en cuanto a nosotros, todo lo que necesitamos, es tener la sencillez y el espíritu de un niño, que se apoya confiadamente en Dios y en sus designios. El incrédulo considera solamente los esfuerzos que hace el enemigo para contrarrestar los planes de Dios, sin tener en cuenta el poder de Dios para cumplirlos. La fe, al contrario, dirige sus miradas a la omnipotencia de Dios, obteniendo así la victoria, y gozando de una paz constante; ella tiene que ver solamente con Dios y su fidelidad, que nunca fracasa; no se apoya sobre la arena movediza de las cosas humanas y de las influencias terrenas, sino sobre la roca inmutable de la eterna Palabra de Dios. Esta Palabra es el santo y seguro asilo de la fe; venga lo que venga, el creyente permanece en este santuario de la fuerza. «Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación» (v. 6). ¿Mas qué importa? ¿Podrá jamás la muerte menoscabar en lo más mínimo los designios de Dios? Seguramente que no. Dios esperaba el momento fijado, el tiempo oportuno, para usar las influencias hostiles en el desarrollo de sus planes.

«Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José; y dijo a su pueblo: He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra» (v. 8-10). Tal es el razonamiento de un corazón que no ha aprendido a hacer entrar a Dios en sus cálculos. Un corazón sin ser regenerado no puede contar con Dios; así, en el momento en que Dios se revela, todos sus razonamientos caen en la nada; fuera de Dios o independientemente de Él, los planes y cálculos del hombre pueden parecer muy prudentes, mas en el momento en que Dios aparece en escena, su completa locura es plenamente manifestada.

¿Por qué, pues, nos dejaremos influenciar por los argumentos cuya apariencia de verdad descansa sobre la exclusión completa de Dios? Obrar así es, en principio, el ateísmo práctico. Faraón podía juzgar exactamente las diversas eventualidades de los negocios de su reino: el acrecentamiento del pueblo, la probabilidad de una guerra, la posibilidad de que los Israelitas se uniesen al enemigo, su huida del país; él podía, con una penetración poco común, pesar todas esas circunstancias en la balanza de la razón; pero jamás se le ocurrió que Dios podría tener algo que hacer en todo esto. Este solo pensamiento, si alguna vez hubiese venido a su mente, habría trastornado todos sus razonamientos poniendo en descubierto la locura de sus planes.

Es buena cosa que estemos persuadidos que siempre sucede lo mismo; el razonamiento del espíritu incrédulo del hombre excluye a Dios en absoluto, pero incluso, su pretendida verdad y su fuerza descansan sobre esta exclusión misma. La introducción de Dios en escena da un golpe de muerte a todo escepticismo e incredulidad. Si hasta que Dios aparece ellos pueden glorificarse, haciendo alarde de su habilidad, en el momento que la mirada apercibe el más pequeño reflejo del Dios bendito se ven despojados del manto de su ostentación, y es puesta al descubierto su horrible deformidad.

En lo que se refiere al rey de Egipto, se puede decir muy bien que “estaba en un gran error”, no conociendo a Dios, ni sus inmutables consejos (comp. Marcos 12:24-27). Faraón ignoraba que muchos siglos antes, aun antes de que él respirara por primera vez el soplo de vida, la palabra y el juramento de Dios, esas «dos cosas inmutables» (Hebr. 6:18), habían asegurado el rescate completo y glorioso de ese mismo pueblo que él, Faraón, se proponía aplastar. Faraón no conocía nada de todo esto; todos sus pensamientos y todos sus planes descansaban sobre la ignorancia de esta gran verdad, fundamento de todas las verdades, a saber: que Dios es. Él se imaginaba locamente que, con su sabiduría y poder, podría impedir el crecimiento de ese pueblo respecto al cual Dios había dicho: «Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar» (Gén. 22:17); y por esta razón todos sus planes y su sabiduría no eran más que locura.

El mayor error en que un hombre puede caer es de obrar sin tener a Dios en cuenta. Tarde o temprano el pensamiento de Dios se impondrá a su espíritu, y entonces todos sus planes y sus cálculos serán destruidos. Todo lo que el hombre emprende, independientemente de Dios, puede durar a lo sumo durante el tiempo presente. Todo lo que no es más que humano, por sólido, brillante y atrayente que pueda ser, está destinado a ser presa de la muerte y a caer deshecho en polvo, en las tinieblas y silencio de la tumba. Todas las glorias y excelencias del hombre serán sepultadas bajo «los terrones del valle». (Job 21:33). El hombre lleva sobre su frente el sello de la muerte, y todos sus proyectos se desvanecen, porque solo son pasajeros. Al contrario, todo lo que se relaciona con Dios y se apoya sobre él, permanece para siempre. «Sera su nombre para siempre, se perpetuará su nombre mientras dure el sol» (Sal. 72:17).

Cuán grande es, pues, la locura del débil mortal que se levanta contra el Dios eterno, que corre «contra él con cuello erguido, con la espesa barrera de sus escudos» (Job 15:26). Si el monarca de Egipto hubiese intentado detener el movimiento de las olas del mar con su débil mano, habría obtenido el mismo resultado que pretendiendo impedir el acrecentamiento de ese pueblo, objeto de los designios eternos de Dios. Así, aun cuando él estableció sobre el pueblo «comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas» (v. 11), «cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (v. 12). Y siempre acontecerá así. «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos» (Sal. 2:4). Una confusión eterna reposará sobre toda oposición de los hombres y de los demonios. Esta seguridad da reposo al corazón, en un mundo donde todo aparece tan contrario a Dios y a la fe. Si no tuviésemos la firme confianza de que «la ira del hombre te alabará» (Sal. 76:10), con frecuencia nos hallaríamos abatidos en presencia de las circunstancias e influencias en medio de las cuales nos encontramos en este mundo. Mas, bendito sea Dios, nuestras miradas no están puestas en «las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Cor. 4:18). Con esta seguridad, bien podemos decir como el salmista: «Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades» (Sal. 37:7). ¡Cuán claramente se manifiesta la verdad de estas palabras en el asunto que meditamos, así en lo que se refiere a los oprimidos como lo que concierne al opresor! Si Israel miraba a las cosas «que se ven», ¿qué veía? La ira de Faraón, los comisarios de tributos, un servicio riguroso, una dura servidumbre, argamasa y ladrillos. Pero «las cosas que no se ven» ¿qué eran? El designio eterno de Dios, su promesa infalible, la aurora cercana de un día de salvación, la «antorcha de fuego» (Gén. 15:17) de la redención de Jehová. ¡Maravilloso contraste! Solo la fe podía comprenderlo, como también solo por fe el pobre israelita oprimido podía volver sus miradas del horno humeante de Egipto, para fijarlas en las verdes campiñas y ricos viñedos de la tierra de Canaán. Únicamente la fe era capaz de reconocer en esos esclavos oprimidos y degradados al rudo trabajo de los hornos de ladrillos de Egipto, a los objetos del interés y del especial favor del cielo.

Como era entonces, así es también ahora: «Andamos por fe, no por vista» (2 Cor. 5:7). «Aun no ha sido manifestado lo que seremos» (1 Juan 3:2). «Estando presente en el cuerpo, estamos ausentes del Señor» (2 Cor. 5:6). Si de hecho, nosotros estamos en Egipto, sin embargo, en espíritu, estamos en la Canaán celestial. La fe coloca el corazón sobre el poder de las cosas celestes e invisibles, haciéndolo capaz de elevarse por encima de todo lo que pertenece aquí abajo, donde reinan las tinieblas de la muerte.

¡Dios quiera que tengamos nosotros esta fe infantil, que se sienta cerca del manantial puro y eterno de la verdad bebiendo a grandes sorbos esas aguas refrescantes que levantan al alma abatida y que comunican al «nuevo hombre» las fuerzas necesarias para avanzar en su carrera hacia el cielo!

Los últimos versículos de este capítulo nos ofrecen una lección edificante, en la conducta de Sifra y de Fúa, mujeres temerosas de Dios. Afrontando la ira del rey, estas mujeres no quisieron hacer lo que Faraón les había ordenado, «él prosperó sus familias» (v. 21). «Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco» (1 Sam. 2:30). ¡Recordemos siempre esta lección y obremos de acuerdo con Dios en todas las circunstancias!

2 - Capítulo 2

Esta porción del libro del Éxodo abunda en principios de verdad divina de la mayor importancia, que podemos clasificar en tres grupos principales, a saber: El poder de Satanás; el poder de Dios; y el poder de la fe. En el último versículo del capítulo precedente, leemos: «Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad en el río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida» (1:22). He aquí el poder de Satanás. El río era el lugar de la muerte, y por la muerte, el enemigo procuraba desvanecer el designio de Dios. En todos los tiempos, la serpiente antigua ha velado con ojo maligno sobre los instrumentos que Dios quería usar para cumplir sus consejos de misericordia. ¿No vemos a la serpiente en el capítulo 4 del Génesis, acechando a Abel, el vaso escogido por Dios, y esforzándose para hacerlo desaparecer por la muerte? En la historia de José, Génesis 37, se ve al mismo enemigo proseguir su obra, procurando hacer morir al hombre que Dios había escogido para el cumplimiento de sus planes. Lo mismo acontece cuando el exterminio de la «descendencia real» (2 Crón. 22); con los niños de Belén (Mat. 2); y en la muerte de Cristo (Mat. 27).

En cada uno de estos casos, el enemigo procuraba interrumpir por medio de la muerte, la corriente de la acción divina. Pero, gracias a Dios, existe algo más allá de la muerte. Toda esta esfera de la acción divina, en cuanto a su relación con la redención, está más allá de los límites del reino de la muerte; y cuando Satanás ha agotado todo su poder, Dios empieza a manifestarse. La tumba es el término de la actividad del Diablo, pero allí comienza a manifestarse la actividad de Dios. ¡Gloriosa verdad! Satanás tiene el poder de la muerte, mas Dios es el Dios de los vivos, y comunica una vida que está más allá del alcance y del poder de la muerte, una vida a la cual Satanás no puede atentar. El corazón creyente halla así un dulce alivio en medio de un mundo donde reina la muerte, y contempla sin temor a Satanás desplegando toda la plenitud de su poder; se puede apoyar confiadamente sobre la potente intervención de Dios en la resurrección. El creyente puede detenerse delante de la tumba que acaba de cerrarse sobre algún ser amado, y recoger, de la boca de Aquél que es «la resurrección y la vida» (Juan 11:25), la bienaventurada certeza de una gloriosa inmortalidad. Sabiendo que Dios es más fuerte que Satanás, el creyente puede esperar en paz la plena manifestación del poder superior de Dios, y esperando así, apropiarse la victoria de este poder y la paz asegurada que ella trae consigo. Los primeros versículos de este capítulo nos ofrecen un hermoso ejemplo de este poder de la fe.

«Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos, y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería» (v. 1-4). De cualquier manera que contemplemos esta escena, la vemos llena de un vivo interés. Vemos a la fe triunfando de las influencias de la naturaleza y de la muerte, permitiendo al Dios de la resurrección que obre en la esfera y según el carácter que le son propios. Sin duda alguna, el poder del enemigo se muestra también de una manera evidente, por cuanto fue necesario que el niño se hallase en tal posición, posición de muerte en principio. Además, una espada traspasa el corazón de la madre, cuando ve a su hijo amado acostado en su pequeña tumba. Mas, si Satanás podía obrar, si la naturaleza, encarnada en la madre, lloraba, Aquél que vivifica a los muertos estaba detrás de la nube sombría, y la fe le contemplaba allí, dorando con sus brillantes y vivificadores destellos el lado celeste de la nube. «Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido tres meses por sus padres; porque vieron que el niño era hermoso, y no temieron el edicto del rey» (Hebr. 11:23).

Por este hecho, la noble hija de Leví nos da una santa lección. Su «Arquilla de juncos, calafateada con asfalto y brea», proclama la confianza que ella tenía en la verdad de que había alguna otra cosa que, como en otros tiempos para Noé, «pregonero de justicia» (2 Pe. 2:5), podía defender ese «hermoso niño» de las aguas de la muerte. En efecto, la arquilla de juncos, ¿era solamente una invención humana, creada por la previsión y destreza natural del hombre, la inspiración del corazón de una madre que alimenta la dulce, mas quimérica, esperanza de arrebatar su tesoro a las manos despiadadas de la muerte por el agua? ¿No es más bien la fe quien la formó para ser una nave de misericordia, para llevar con toda seguridad a un niño «que era hermoso» por encima de las sombrías aguas de la muerte, al lugar que le había sido destinado por decreto inmutable del Dios vivo? Cuando contemplamos a la hija de Leví, inclinada sobre esa «arquilla de juncos» que su fe ha construido, dejando allí a su hijo, la madre de Moisés se nos representa como una imagen de la fe que, elevándose atrevidamente por encima de este mundo de desolación y muerte, atraviesa, con su mirada de águila, las sombrías nubes que se ciernen sobre una tumba, y ve al Dios de la resurrección cumplir los designios de sus consejos eternos, en una esfera donde las flechas de la muerte no pueden llegar jamás. Apoyada sobre «la Fortaleza de los siglos» (Is. 26:4), espera en actitud de triunfo, mientras que las olas de la muerte braman y se estrellan a sus pies.

¿Qué valor podía tener el «decreto del rey» para un alma que poseía ese principio celeste? ¿Cuál podía ser la importancia de tal mandato para aquella que podía permanecer tranquila al lado de su arquilla de juncos, mirando a la muerte cara a cara? El Espíritu Santo nos lo dice: «Por la fe… sus padres… no temieron el edicto del rey» (Hebr. 11:23). El alma que conoce un poco lo que es tener comunión con el Dios que resucita a los muertos, no teme nada, ella puede imitar el lenguaje triunfante del apóstol, y decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh hades, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley; pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 15: 55-57). Por la fe, el alma puede pronunciar esas palabras de triunfo sobre el mártir Abel, sobre José en la cisterna, sobre la simiente real exterminada por la mano de Atalía; sobre los inocentes niños de Belén pasados a cuchillo por orden del cruel Herodes; y, sobre todo, puede pronunciarlas sobre el sepulcro del Autor de nuestra salvación.

Pero es posible que algunos no sepan ver y distinguir la obra de la fe, en la construcción de la arquilla de juncos. Algunos, tal vez, son incapaces de ir más allá de lo que hizo la hermana de Moisés, la cual se paró «a lo lejos, para ver lo que le acontecería» (v. 4). Es evidente que «la hermana» no estaba a la altura de «la madre» en cuanto a la medida de la fe. Indubitablemente, había en ella ese interés profundo, esa afección real, que vemos en «María Magdalena, y la otra María, sentadas enfrente del sepulcro» (Mat. 27:61). Mas en la hacedora de la «arquilla» había algo muy superior a la afección o al interés. Es cierto que la madre no estaba a lo lejos, para ver lo que acontecería a su hijo, y como sucede con frecuencia, la grandeza moral de la fe podría parecer en su caso como si fuese indiferencia; sin embargo, no era indiferencia, sino la verdadera grandeza, la grandeza de la fe. Si el afecto natural no la retenía cerca de la escena de la muerte, el poder de la fe le había encomendado una obra más noble para llevarla a cabo en la presencia del Dios de la resurrección; su fe había hecho lugar para Dios en la escena, y Él se manifiesta de una manera infinitamente gloriosa.

«Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es este» (v. 5-6). La respuesta divina empieza a hacerse oír en los oídos de la fe, con los más dulces acentos. Dios intervenía en todo esto. Qué importa que el racionalista, el incrédulo, el ateo, se rían de ello; la fe también se ríe, pero de muy distinta manera. La risa de los primeros es la risa fría, desdeñosa, que no acepta la idea de la intervención divina en un acontecimiento tan trivial como es el paseo de una princesa; la risa de la fe es la risa de felicidad, de gozo, al pensar que Dios interviene en todo lo que acontece. Y si alguna vez la intervención de Dios se ha mostrado de una manera palpable, fue, sin duda alguna, en este paseo de la hija de Faraón, aunque ni ella misma lo sabía.

Una de las más dichosas ocupaciones del alma regenerada, es seguir las huellas de la intervención divina en las circunstancias y acontecimientos en los cuales un espíritu ligero no ve más que el ciego azar, o el destino cruel. Sucede con frecuencia que la cosa más insignificante viene a ser un importante eslabón de la cadena de acontecimientos que Dios hace concurrir para desarrollar sus grandes designios. Así, por ejemplo, en el capitulo 6 del libro de Ester, versículo 1, vemos a un monarca pagano, pasando una noche sin sueño; cosa sin duda bastante frecuente para él, así como para muchos otros; y a pesar de ello, esta insignificante circunstancia fue un eslabón importante en esta larga cadena de acontecimientos providenciales, que vemos terminar con la maravillosa liberación de la posteridad oprimida de Israel. Lo mismo acontece con el paseo de la hija de Faraón por la ribera del río. ¡Cuán lejos estaba de pensar que ella iba a contribuir al desarrollo de los planes de «Jehová, el Dios de los hebreos!» No soñaba, ciertamente, que ese niño, llorando en la arquilla de juncos, era el instrumento escogido por Jehová para quebrantar a Egipto hasta sus cimientos. Y, sin embargo, esto era la verdad. Jehová puede hacer que «la ira del hombre» lo alabe y puede reprimir «el resto de las iras» (Sal. 76:10).

«Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte un nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño, y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crio. Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué» (cap. 2:7-10). La fe de la madre de Moisés halla aquí su plena recompensa; Satanás es confundido, y la maravillosa sabiduría de Dios es manifestada. ¿Quién habría imaginado que aquél mismo que había dicho: «Si es hijo, matadlo»? Y que añadió luego: «Echad al río a todo hijo que nazca», tendría en su corte uno de tales hijos, y un tal hijo. El diablo fue vencido con sus propias armas, porque Faraón, de quien quería servirse para destruir el propósito de Dios, fue usado por Dios mismo para alimentar y educar a ese Moisés, que debía ser Su instrumento para confundir el poder de Satanás. Ciertamente, «También esto salió de Jehová de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría» (Is. 28:29). Confiemos en Él con mayor sencillez, y entonces, nuestro sendero será más gozoso y nuestro testimonio más eficaz.

Meditando la historia de Moisés, es necesario considerar a este gran siervo de Dios desde el doble punto de vista de su carácter personal y de su carácter típico.

En el carácter personal de Moisés, hay muchas cosas que nosotros debemos aprender. Dios tuvo que suscitarlo y formar su carácter, valiéndose de diversos medios, durante el largo período de ochenta años: primero en el palacio de la hija de Faraón, y luego «a través del desierto» (cap. 3:1). Para nuestros espíritus tan limitados, ochenta años nos parece un tiempo excesivamente largo para la preparación de un siervo de Dios; pero los pensamientos de Dios no son como nuestros pensamientos. Dios sabía que esas dos veces «cuarenta años» eran indispensables para la preparación de ese vaso escogido por Él. Cuando Dios educa a alguien, lo hace de una manera digna de Él y de su santo servicio. Dios no quiere un neófito para hacer su obra. El siervo de Cristo debe aprender más de una lección; debe pasar por varios ejercicios y sostener muchas luchas en secreto, antes que sea verdaderamente apto para entrar en su ministerio público. Nuestra naturaleza no gusta de este método, ella prefiere mejor empezar desempeñando un papel importante que aprender en secreto, desea más fácilmente ser el objeto de la admiración de los hombres que estar disciplinado bajo la mano de Dios. Pero es preciso que sigamos el camino de Dios, y no el nuestro. La naturaleza puede precipitarse en el campo de la acción, pero Dios no tiene nada que ver con ello: es necesario que lo humano sea quebrantado, consumido, y puesto a un lado. El lugar de la muerte es el sitio que le corresponde. Si la naturaleza humana quiere obrar, Dios, en su fidelidad y sabiduría perfectas, conducirá las cosas de tal manera que el resultado de esa actividad será su completa confusión. Dios sabe lo que debe hacerse con nuestra naturaleza, donde debe ser colocada y donde debe ser mantenida. Que Dios nos ayude para que podamos entrar más profundamente en sus pensamientos respecto a nuestro «yo», y en todo cuanto con él se relaciona: así caeremos menos fácilmente en el error; nuestra vida será más fiel y moralmente más elevada, nuestro espíritu más tranquilo, y nuestro servicio eficaz.

«En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena» (v. 11-12). Moisés muestra aquí su celo por sus hermanos, «pero no según un conocimiento pleno» (Rom. 10:2). El tiempo fijado por Dios para el juicio de Egipto y la liberación de Israel, no había llegado todavía; por lo tanto, el siervo inteligente espera siempre el tiempo de Dios. Moisés «crecido ya» «fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios», además, «suponía que sus hermanos sabrían que Dios les daría salvación por su mano» (Hec. 7:22-28). Todo esto era verdad y, sin embargo, es evidente que Moisés corrió antes que fuese tiempo; y cuando esto ocurre, la caída está cerca; pero no solo la caída al fin de tal carrera, sino también la incertidumbre y la falta de tranquilidad y de santa independencia en la marcha de una obra empezada antes del tiempo de Dios. Moisés «miró a todas partes» Cuando se obra con Dios y para Dios, en la plena inteligencia de sus pensamientos en cuanto a los detalles de la obra, no hay necesidad de mirar aquí y allá. Si el tiempo de Dios hubiese sido realmente entonces, si Moisés hubiese tenido la convicción de haber recibido la misión de parte de Dios para ejecutar juicio sobre Egipto, si hubiese estado cierto que la presencia de Dios estaba con él, no habría «mirado a todas partes». [1]

[1] En el discurso de Esteban ante el Concilio, se halla una alusión al acto de Moisés, sobre el cual será conveniente decir algunas palabras. «Pero al cumplir los cuarenta años sintió en su corazón el deseo de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Viendo a uno que era maltratado, lo defendió y vengó al oprimido, matando al egipcio; Suponía que sus hermanos sabrían que Dios les daría salvación por su mano; pero ellos no lo entendieron» (Hec. 7:23-25). Es evidente que el objeto de Esteban, en todo este discurso, no era otro que el de recordar diversos hechos de la historia de la nación que pudiesen influir sobre las conciencias de los que estaban delante de él; de otra manera, habría sido del todo contrario a este objeto, y contrario también a la regla del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento, el levantar aquí la cuestión sobre si Moisés había obrado antes del tiempo ordenado por Dios o no.

Además, Esteban se limita a decir que «sintió en su corazón el deseo de visitar a sus hermanos» sin que diga que Dios le envió en esta época. Esto no afecta tampoco, en ninguna manera, a la cuestión del estado moral de aquellos que lo rechazaron. «Pero ellos no lo entendieron». Tal es el hecho en cuanto a ellos, aparte de las lecciones que Moisés pudiera aprender personalmente sobre este asunto. El hombre espiritual comprenderá todo esto sin dificultad.

Considerando a Moisés como un tipo, podemos ver en estos rasgos de su vida la misión de Cristo a Israel, y su rechazamiento por los judíos, los cuales dicen: «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14). Por otro lado, si consideramos a Moisés personalmente, vemos que, como otros, cometió errores y manifestó flaquezas: en algunas ocasiones quería ir demasiado aprisa y demasiado fuerte, y en otras, demasiado lento y con flojera. Todo esto es fácil de comprender, y muy útil para magnificar la gracia infinita y la paciencia inagotable de Dios.

El acto de Moisés, respecto al egipcio, encierra una lección profundamente práctica para todo siervo de Dios. Dos circunstancias se unen en ella, a saber: el temor de la ira del hombre, y la esperanza de obtener la aprobación del hombre. No obstante, el siervo de Dios no debe preocuparse ni por la una ni por la otra. ¿Qué le importa la ira o la aprobación de un pobre mortal a aquél que se halla investido de una misión divina, y que goza de la presencia de Dios? Para un tal siervo, estas cosas tienen menos importancia que la ligera capa de polvo que se posa sobre una balanza. «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9). «Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mandé; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos. Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte» (Jer. 1:17-19).

Colocado sobre este terreno elevado, el siervo de Cristo no mira aquí y allá, sino que obra según este consejo de la sabiduría divina: «Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante» (Prov. 4:25). La sabiduría divina nos conduce siempre a mirar hacia arriba, y adelante. Estemos seguros que hay algo de malo, y que no estamos en el verdadero terreno del servicio de Dios, cuando nosotros miramos a nuestro alrededor, ya sea para evitar la mirada airada de un mortal, o para buscar la sonrisa de su aprobación; en este caso, no tenemos la seguridad de que nuestra misión sea de autoridad divina, y que gozamos de la presencia de Dios, dos cosas que son absolutamente necesarias para todo siervo de Dios. Es cierto que un gran número de personas, ya sea por una profunda ignorancia, o por excesiva confianza en ellas mismas, entran en una esfera de actividad a la cual Dios no las destinaba, y para la que, en consecuencia, no las había dotado; y, además, esas personas muestran tal sangre fría y un tal aplomo, que maravillan a aquellos que se encuentran en situación de poder juzgar con imparcialidad de sus obras y de sus méritos. Pero toda esa hermosa apariencia deja su lugar bien pronto a la realidad, y no puede modificar en lo más mínimo el principio que nada puede librar realmente al hombre de mirar aquí y allá, si no es la convicción íntima de haber recibido una misión de Dios, y de gozar de su presencia. El que posee estas dos cosas está enteramente libre de las influencias humanas, y es independiente de los hombres. Y nadie está en disposición de servir a los demás, si no es enteramente independiente de ellos; pero aquél que conoce su verdadero lugar puede bajarse para lavar los pies de sus hermanos.

Si apartamos nuestra mirada de los hombres, y la fijamos sobre aquel único Siervo fiel y perfecto, no le vemos nunca «mirar aquí y allá», por la sencilla razón de que sus ojos no se fijaron jamás sobre los hombres, sino siempre en Dios. Jesús no temió nunca la ira del hombre, ni procuró obtener su aprobación. Su boca nunca se abrió para alcanzar los aplausos de los hombres, ni jamás cerró sus labios para evitar sus críticas. Por esto todas sus palabras y acciones estaban impregnadas de santidad y de firmeza. Jesús es el único del cual se ha podido decir con verdad: «su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará» (Sal. 1:3). Todo lo que él hacía prosperaba, porque hacía todas las cosas para Dios. Todos sus hechos, sus palabras, sus miradas y sus pensamientos, se parecían a un hermoso ramillete de frutos hecho para regocijar el corazón de Dios, y cuyo perfume ascendía hasta su trono. Jamás tuvo temor alguno en cuanto al resultado de su obra, porque él obraba siempre con Dios y para Dios, y en completo acuerdo con sus planes. Su propia voluntad no se mezcló nunca en lo que él hizo como hombre sobre la tierra, y así, él podía decir: «Descendí del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió» (Juan 6:38). Por esto él dio siempre «su fruto en su tiempo» e hizo «siempre» lo que agradaba al Padre (Juan 8:29), y por consecuencia, no tuvo que temer nada ni a nadie, ni necesidad de arrepentirse de algo, o de mirar «aquí y allá».

En este punto como en todos los demás, nuestro bendito Maestro forma un notable contraste con los más distinguidos y eminentes siervos de Dios. Moisés «tuvo miedo» y Pablo se lamentó (v. 14 y 2 Cor. 7:8); el Señor Jesús no hizo nunca ni lo uno ni lo otro, ni tuvo que volver atrás en su camino, ni retirar una sola de sus palabras, ni rectificar su pensamiento. Todo en él fue absolutamente perfecto; todo fue «fruto en su tiempo». El curso de su vida santa y celeste se deslizaba hacia adelante sin obstáculos ni desviaciones. Su voluntad estaba perfectamente sumisa al Padre. Los hombres más consagrados cometen errores, y nosotros estamos expuestos a cometerlos; pero es cierto que cuanto más podamos mortificar nuestra propia voluntad, por la gracia de Dios, menos equivocaciones cometeremos. Es un verdadero gozo para nosotros cuando nuestra senda es realmente una senda de fe y de sincera consagración a Dios.

Así caminó Moisés. Fue un hombre de fe que supo identificarse con el espíritu de su Maestro, y que siguió sus pisadas con firmeza y constancia maravillosas. Es cierto que se anticipó, de cuarenta años al tiempo fijado por Dios, para el juicio de Egipto y la liberación de Israel; sin embargo, no vemos que se haga ninguna mención de este hecho en el comentario inspirado que hallamos en el capítulo 11 de los Hebreos, donde se trata del principio divino sobre el cual estaba basada su senda. «Por la fe Moisés, ya hombre, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar por un tiempo de los deleites del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía puesta su mirada en la remuneración. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque perseveró como viendo al Invisible» (Hebr. 11:24-27).

Este pasaje nos presenta la conducta de Moisés de una manera llena de gracia. Es siempre así que el Espíritu Santo cuenta la historia de los santos del Antiguo Testamento. Cuando el Espíritu Santo escribe la historia de un hombre, nos lo muestra tal como es, con todas sus faltas e imperfecciones; pero cuando en el Nuevo Testamento él comenta esta misma historia, se limita a hacernos conocer el verdadero principio fundamental, y el resultado general de la vida de ese hombre. Así, aunque en el Éxodo leemos que Moisés «miró a todas partes» y que «tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto» y por fin que «Moisés huyó de delante de Faraón»; en la epístola a los Hebreos leemos que, lo que Moisés hizo, lo hizo «por la fe… no temiendo la ira del rey… porque perseveró como viendo al Invisible».

Y pronto será lo mismo cuando «venga el Señor, quien sacará a la luz las cosas ocultas de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; entonces, para cada uno, la alabanza vendrá de Dios» (1 Cor. 4:5). He aquí una verdad bien consoladora y preciosa para toda alma recta y para el corazón fiel. El corazón puede formar más de un proyecto que, por diversas razones, la mano es impotente para realizar. Todos esos intentos serán «manifestados» cuando «venga el Señor». ¡Bendita sea la gracia divina que nos ha dado esta seguridad! Los anhelos de amor de un corazón sincero que le está unido son mucho más preciosos a los ojos de Cristo que las más perfectas obras exteriores. Estas podrán brillar ante los ojos de los hombres, y ser el objeto de sus alabanzas; pero los anhelos del alma solo son conocidos y ofrecidos al Señor Jesús, y él los manifestará delante de Dios y de sus ángeles. ¡Qué los corazones de todos los siervos de Cristo estén ocupados exclusivamente por Su persona, y que su mirada esté fija en su vuelta gloriosa!

Estudiando la vida de Moisés, vemos que la fe le hizo seguir un camino completamente opuesto al curso ordinario de la naturaleza humana, llevándole no solo a despreciar todos los placeres y seducciones, así como todos los honores de la corte de Faraón, sino haciéndole abandonar una esfera de actividad en apariencia muy útil y extensa. Los razonamientos de los hombres le habrían conducido por una senda completamente opuesta, haciéndole usar su grande influencia a favor del pueblo de Dios, antes que sufrir con él. Según el juicio del hombre, parecía que la Providencia había abierto un campo de trabajo muy extenso e importante para Moisés; y en efecto: si alguna vez la mano de Dios se manifestó claramente para poner a alguien en una posición especial, fue por cierto en el caso de Moisés. Debido a una intervención maravillosa, y por una serie incomprensible de circunstancias que cada una de ellas revelaba la mano del Todopoderoso, y que ninguna previsión humana habría podido combinar, la hija de Faraón vino a ser el instrumento por el cual Moisés fue sacado de las aguas, criado y educado hasta que «al cumplir los cuarenta años» (Hec. 7:23). En tales circunstancias, el abandono de su alta posición y de la influencia que esta le permitía ejercer, no podía ser considerada en el caso de Moisés más que como el resultado de un celo mal entendido.

Así razona nuestra pobre y ciega naturaleza; pero la fe piensa distintamente, porque la naturaleza y la fe están siempre en oposición la una con la otra. Y aunque ellas no pueden ponerse de acuerdo en un solo punto, es probable que no hay nada sobre lo cual se hallen tan distanciadas como sobre lo que se llama generalmente “direcciones providenciales”. La naturaleza considerará siempre esas indicaciones providenciales como autorizaciones para dejarse llevar por sus propias inclinaciones mientras que la fe las considerará como tantas otras ocasiones de renunciamiento a sí mismo. Jonás habría podido ver en el encuentro “providencial” de una nave que partía para Tarsis una dirección bien palpable de la Providencia, mientras que esto no era más que una puerta por la cual procuraba evitar el camino de la obediencia.

Sin duda alguna, es un privilegio del creyente el ver la mano y oír la voz de su Padre en todas las circunstancias de la vida. Pero el cristiano que se deja conducir por ellas, es semejante a un navío en alta mar, sin brújula ni timón; está expuesto a la furia de las olas y los vientos. La promesa de Dios a sus hijos es esta: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (Sal. 32:8); y luego su palabra de amonestación: «No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti» (Sal. 32:9). Por lo tanto, es mucho mejor ser guiados por el ojo de nuestro Padre, que por «el cabestro y el freno» de las circunstancias, y nosotros sabemos que la aceptación ordinaria y corriente de la palabra “Providencia” no suele ser más que otro término para expresar la acción de las circunstancias.

La potestad de la fe se muestra rechazando constantemente esas pretendidas direcciones providenciales. Así fue en el caso de Moisés. «Por la fe Moisés, ya hombre, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón» y «Por la fe dejó a Egipto». Si él hubiese juzgado las cosas por la vista de sus ojos, habría aceptado la dignidad que le era ofrecida como un don manifiesto de la Providencia, y habría permanecido en la corte de Faraón, donde en apariencia la mano de Dios le había preparado tan extenso campo de trabajo. Pero como él caminó por la fe «y no por vista», abandonó todas aquellas cosas ¡Qué noble ejemplo, digno de ser imitado!

Y notemos que lo que Moisés estimó como «mayor riqueza… que los tesoros de Egipto», no fue solo el vituperio por Cristo, sino «el oprobio de Cristo». «Los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí» (Sal. 69:9). El Señor Jesús se identificó en perfecta gracia con su pueblo. Dejando el seno del Padre y deponiendo toda la gloria de que estaba revestido, descendió del cielo, y tomó el lugar de Su pueblo, confesó el pecado de los suyos y sufrió el castigo sobre el madero. Tal fue su abnegación voluntaria; no se limitó a obrar por nosotros, sino que se hizo uno con nosotros, liberándonos así de todo lo que podía estar contra nosotros.

Nosotros vemos de esta manera hasta qué punto Moisés se identificó en sus simpatías, con los mismos pensamientos y sentimientos de Cristo, respecto al pueblo de Dios. Viviendo, como él vivía, en medio del bienestar, de la pompa y de la grandeza del palacio de Faraón, donde «gozar por un tiempo de los deleites del pecado» y «los tesoros de Egipto» abundaban, él habría podido, si lo hubiese querido, gozar de todas esas cosas; le habría sido fácil vivir y morir en la opulencia, y recorrer un camino iluminado, desde el principio hasta el fin, por el sol del favoritismo real; mas esto no habría sido según «la fe», ni tampoco conforme a Cristo. Desde la posición elevada que Moisés ocupaba, vio a sus hermanos doblegados bajo el peso de las cargas que se habían puesto sobre ellos, y por la fe comprendió que su lugar era de estar con ellos. Sí; con ellos en su oprobio, en su servidumbre, en su aflicción y en su humillación. Si él no hubiese estado motivado más que por un sentimiento de afecto, de filantropía, o de patriotismo, habría hecho valer su poderosa influencia en favor de sus hermanos; tal vez su intercesión hubiera podido lograr que Faraón disminuyese las cargas que les oprimían, haciéndoles la vida más fácil por medio de las concesiones reales que él les hubiera hecho conceder; pero un tal procedimiento no sería nunca el de un corazón en comunión con el corazón de Cristo, ni le satisfaría jamás. Y tal era el corazón de Moisés, por la gracia de Dios. Por esto, con toda la energía y con todos los afectos de ese corazón, Moisés se lanzó, cuerpo, alma y espíritu, en medio de sus hermanos oprimidos «escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios». Y así es que fue «por la fe» que él obró de esta manera.

Pesa bien este asunto, querido lector: Nosotros no debemos contentarnos con desear el bien del pueblo de Dios o con ocuparnos de él, o de hablar benévolamente en su favor; nuestro deber es de identificarnos plenamente con él, por despreciado y perseguido que sea. Un corazón generoso y benévolo puede hallar cierto placer en patrocinar el cristianismo; pero es otra cosa del todo distinta el identificarse con los cristianos y sufrir con Cristo. Una cosa es ser protector, y otra cosa es sufrir con él; y estas dos cosas se distinguen bien en las Escrituras desde el principio al fin. Abdías tuvo cuidado de los testigos de Dios mas Elías fue un testigo para Dios (1 Reyes 18:3-4). Darío sentía tal afecto por Daniel que, a causa de él, pasó una noche sin conciliar el sueño; pero Daniel pasó la misma noche en el foso de los leones, como un testigo de la Verdad (Dan. 6:18). Nicodemo se aventuró a pronunciar una palabra por Cristo, pero un conocimiento más profundo del Maestro le habría llevado a identificarse con Él.

Estas consideraciones son eminentemente prácticas. El Señor Jesús no tiene necesidad de protectores; Él quiere verdaderos compañeros. La verdad que le concierne nos ha sido revelada para que tengamos comunión con su persona en los cielos, y no para que tomemos la defensa de su causa en la tierra. Él se ha identificado con nosotros al precio inmenso de todo el amor que podía darnos. Nada le obligaba a ello, y él habría podido guardar su lugar «en el seno del Padre» por toda la eternidad; pero entonces, ¿cómo habría podido descender hasta nosotros, pecadores culpables y dignos de la Gehena, el inmenso río de amor que estaba retenido en su corazón? Entre él y nosotros no podía existir ninguna unidad sino bajo ciertas condiciones que exigían de su parte el abandono completo de todas las cosas. ¡Bendito sea para siempre su Nombre adorable! Voluntariamente se sometió a tales condiciones y «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí mismo un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2:14). Jesús no quiso gozar solo de su gloria, y dio satisfacción a su corazón amante apropiándose «muchos hijos» en esta gloria. «Padre», dice, «deseo que donde yo estoy, también estén conmigo aquellos que me has dado, para que vean mi gloria que me has dado, porque me amaste desde antes de la fundación del mundo» (Juan 17:24). Tales eran los pensamientos de Cristo con respecto a su pueblo, y nosotros podemos juzgar hasta que punto Moisés simpatizó con estos pensamientos benditos. Indubitablemente, él participó en alto grado del mismo espíritu que su Maestro, y mostró ese espíritu, sacrificando de su propia voluntad toda consideración personal y asociándose, sin ninguna reserva, al pueblo de Dios.

En el capítulo siguiente consideraremos de nuevo los hechos y el carácter personal de este gran siervo de Dios, limitándose aquí a considerarlo como un tipo del Señor Jesús. Según lo que leemos en Deuteronomio 18:15 «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis» (comp. Hec. 7:37), es evidente que Moisés era un tipo de Cristo. No nos entregamos pues a la fantasía del hombre considerando a Moisés como un tipo, sino que seguimos la enseñanza clara y expresa de las Escrituras, que en los últimos versículos del capítulo 2 del Éxodo nos presenta este mismo tipo bajo dos aspectos: primero (v. 14 y Hec. 7:27-28), siendo rechazado por Israel; y a continuación en su unión con una mujer extranjera del país de Madián (v. 21-22). Hemos desarrollado ya estos dos puntos, en cierta medida, tratando de la historia de José, quien, rechazado por sus hermanos según la carne, se unió a una mujer egipcia. El rechazo de Cristo por Israel y su unión con la Iglesia están representadas ambas cosas en figura en la historia de José como en la de Moisés; pero bajo dos aspectos distintos. En la historia de José, se ve la manifestación de la enemistad positiva contra su persona; en la de Moisés se trata más bien del rechazo de su misión. De José está escrito que: «sus hermanos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente» (Gén. 37:4). A Moisés, le dijeron: «¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros?» (Éx. 2:14). En una palabra, el primero fue personalmente aborrecido; el segundo, públicamente rechazado.

Lo mismo acontece en cuanto a la manera en que el gran misterio de la Iglesia es representado en la historia de estos dos santos del Antiguo Testamento. Asenat representa una fase de la Iglesia del todo diferente de la que es representada por Séfora. Asenat fue unida a José durante el tiempo de su exaltación; Séfora fue la compañera de Moisés durante el tiempo de su vida obscura en el desierto (comp. Gén. 41:41-45 con Éx. 2:15; 3:1). José y Moisés fueron, los dos, rechazados por sus hermanos en la época de su unión con mujeres extranjeras, mas el primero era gobernador sobre toda la tierra de Egipto, y el último apacentaba un rebaño «en del desierto».

Ya sea que contemplemos a Cristo manifestado en gloria, o escondido a la vista del mundo, la Iglesia le está íntimamente unida. Y, como el mundo no puede verle ahora, tampoco puede conocer a ese Cuerpo que se llama la Iglesia, y que es uno con Él. «El mundo no nos conoce, porque no le conoció a él» (1 Juan 3:1). Muy pronto aparecerá Cristo en su gloria, y la Iglesia aparecerá con Él. «Cuando Cristo, quien es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4); y aun: «La gloria que me has dado, yo les he dado; para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad; para que el mundo sepa que tú me enviaste, y que los has amado, como a mí me has amado» (Juan 17:22-23). [2]

[2] En Juan 17:21-23, se trata de dos uniones distintas o diferentes. La primera es la unión cuyo sostenimiento fue puesto bajo la responsabilidad de la Iglesia, y que ha fracasado completamente; la segunda es la unión que Dios cumplirá infaliblemente, y que manifestará en la gloria. Si el lector lee atentamente este pasaje, se convencerá fácilmente de esta diferencia, ya sea en cuanto al carácter, como al resultado de estas uniones.

Tal es la gloriosa y santa posición de la Iglesia. Ella es una con Aquel que es desechado del mundo, pero que ocupa el trono de la Majestad en los cielos. El Señor Jesús se ha hecho responsable por ella en la cruz, a fin de que ella participe de su vilipendio presente y de su gloria venidera. ¡Quiera Dios que todos los que forman parte de ese Cuerpo, tan gloriosamente privilegiado, sean profundamente compenetrados del sentimiento inteligente del camino que les conviene seguir, y del carácter de que deben estar revestidos aquí abajo! Entonces, seguramente que todos los hijos de Dios responderían más plena y claramente a este amor inmenso con que han sido amados, a la salvación que les ha sido dada; y a la dignidad a que han sido elevados. La vida del cristiano debiera ser siempre el resultado natural de un privilegio comprendido y realizado y no el resultado forzado de promesas y resoluciones legales; el fruto natural de una posición conocida y de la cual se goza por la fe, y no el fruto de los propios esfuerzos del hombre para llegar a una posición «por las obras de la ley» (Gál. 2:16). Todos los verdaderos creyentes son una parte de la Esposa de Cristo; por lo tanto, deben a Cristo los afectos que corresponden a esta relación. ¡Que sea así! Señor, con todo tu pueblo bien amado, que tú has rescatado al precio de tu preciosa sangre.

3 - Capítulo 3

Continuemos la historia personal de Moisés, y consideremos este gran siervo de Dios durante el período tan interesante de su vida en el retiro, período que comprende los cuarenta mejores años de su existencia, si puede decirse así. El Señor, en su bondad, su sabiduría y su fidelidad, condujo su siervo aparte, lejos de la mirada y de los pensamientos de los hombres para educarlo bajo su dirección inmediata. Moisés tenía necesidad de ello. Es verdad que Moisés había pasado sus primeros cuarenta años en el palacio de Faraón; y si bien su estancia en la corte del rey no fue sin provecho para él, todo lo que había aprendido allí no era nada en comparación con lo que aprendió en el desierto.

El tiempo pasado en la corte podía serle útil, mas la estancia en el desierto le era indispensable. Nada puede reemplazar la comunión secreta con Dios, ni la educación que se recibe en su escuela y bajo su disciplina. «Toda la sabiduría de los egipcios» (Hec. 7:22) no le habría hecho apto para el servicio al cual él debía ser llamado. Habría podido seguir una brillante carrera en las escuelas de Egipto, y salir de ellas cubierto de honores literarios, con la inteligencia enriquecida con vastos conocimientos, y el corazón lleno de orgullo y vanidad. Habría podido tomar sus títulos en la escuela de los hombres, sin haber aprendido aun el A, B, C, en la escuela de Dios. Porque la sabiduría y la ciencia humana, por mucho valor que tengan, no pueden hacer de un hombre un siervo de Dios, ni dar la aptitud necesaria para cumplir un deber cualquiera en el servicio divino. Los conocimientos humanos pueden hacer capaz al hombre no regenerado para llenar un papel importante delante del mundo; pero es necesario que aquel que Dios quiere emplear en su servicio, esté dotado de cualidades bien diferentes, que solo se adquieren en el santo retiro de la presencia de Dios.

Todos los siervos de Dios han debido aprender por experiencia la verdad de lo que acabamos de decir: Moisés en Horeb, Elías en el arroyo de Querit, Ezequiel junto al río de Quebar, Pablo en Arabia y Juan en la isla de Patmos. Y si consideramos a Jesús, el Siervo divino, vemos que el tiempo que pasó en el retiro fue diez veces mayor que el de su ministerio público. Aunque Jesús fue perfecto en inteligencia y voluntad, pasó treinta años en el humilde hogar de un pobre carpintero de Nazaret antes de manifestarse al pueblo. Y luego, una vez emprendida su obra, ¡cuántas veces le vemos alejarse de las miradas de los hombres para gozar en «un lugar aparte» de la dulce y santa presencia de su Padre!

Tal vez se pregunte: si esto es así, ¿cómo, pues, se podrá responder a la necesidad apremiante de obreros que siempre se ha hecho sentir, si es necesario que todos pasen por una educación secreta tan prolongada? A esto respondemos que se trata de un asunto del Maestro y no nuestro. Es él quien sabe llamar a los obreros, y quien sabe también prepararlos. En ninguna manera esta obra es del hombre. Si él toma mucho tiempo para la educación de tal hombre, es porque así lo juzga bueno, pues si otra fuese su voluntad, sabemos que un instante le bastaría para llevar a cabo esta obra. Una cosa es evidente, y es la siguiente, que Dios ha tenido a todos sus siervos mucho tiempo a solas con Él, ya fuese antes, o después de su entrada en el ministerio público; y que, sin esta disciplina, sin esta experiencia en secreto, nosotros nunca seremos más que unos teóricos estériles y superficiales. Aquel que se aventura en una carrera pública sin haberse pesado debidamente en la balanza del santuario, y sin medirse de antemano en la presencia de Dios, se parece a un navío dándose a la vela sin haberse equipado convenientemente, cuya suerte indudable es el naufragio al primer embate del viento. Por el contrario, aquel que ha pasado por las diferentes clases de la escuela de Dios, posee una profundidad, una solidez y una constancia, que forman la base esencial del carácter de un verdadero siervo.

Por esta razón, cuando vemos a Moisés alejado, a la edad de cuarenta años, de todos los honores y de la magnificencia de una corte, para pasar otros cuarenta años en la soledad del desierto, podemos esperar verle emprender una notable carrera de servicio. La mano del hombre es inhábil para formar un «vaso para honra, santificado, útil al dueño» (2 Tim. 2:21). Solo Dios es capaz de ello.

«Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios» (cap. 3:1). ¡Qué cambio en la vida de Moisés! En el Génesis, capítulo 46:34, hemos visto que los egipcios abominaban a «todo pastor de ovejas», sin embargo, Moisés, que estaba instruido «en toda la sabiduría de los egipcios», es trasladado desde la corte de Egipto, a una montaña en «el desierto» para apacentar un rebaño de ovejas y prepararse para el servicio de Dios. Seguramente, no es ese el modo de obrar del hombre (2 Sam. 7:19), ni el curso natural de las cosas; es un camino incomprensible para la carne y la sangre. Nosotros habríamos podido creer que la educación de Moisés estaba terminada en el momento en que se halló en posesión de toda la sabiduría de los egipcios y gozando al mismo tiempo de las ventajas que le ofrecía a este efecto la vida de la corte. Nosotros habríamos podido suponer que, en un hombre tan privilegiado, hallaríamos no solo una instrucción sólida y extensa, sino también una distinción tal en sus maneras, que le harían apto para cumplir toda especie de servicio. Pero ver a un tal hombre, tan bien dotado e instruido, ser llamado a abandonar su alta posición para ir a apacentar ovejas en el desierto, es una cosa incomprensible para el hombre, algo que humilla su orgullo y su gloria hasta el polvo, manifestando a todos los ojos que las ventajas humanas tienen poco valor delante de Dios, menos que esto, todas las ventajas son consideradas como «basura» (literalmente excremento o estiércol) ante los ojos del Señor y ante los de aquellos que han aprendido en su escuela (Fil. 3:8).

Hay una inmensa diferencia entre la enseñanza humana y la divina. La primera tiene por fin el cultivar y enaltecer la naturaleza humana, mientras que la segunda empieza por «secarla» y ponerla a un lado (Is. 40:6-8; 1 Pe. 1:24). «Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14). Podéis esforzaros tanto como queráis en educar e instruir al hombre natural, sin que jamás lleguéis a hacer de él un hombre espiritual. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). Si alguna vez el hombre natural cultivado ha podido esperar tener éxito en el servicio de Dios, ese fue Moisés: él era “grande”, “sabio”, «poderoso en palabras y en obras» (Hec. 7:22); y él, sin embargo, debía aprender alguna cosa más «en el desierto», que las escuelas de Egipto no le habrían enseñado nunca. Pablo aprendió en Arabia lo que jamás habría aprendido a los pies de Gamaliel [3]. Nadie puede enseñar como Dios, y es necesario que todos los que quieran aprender de él, estén a solas con él. Moisés recibió en el desierto las lecciones más preciosas, más profundas, más poderosas y más durables; y es allí donde deben encontrarse todos los que quieran ser formados para el ministerio.

[3] Guárdese el lector de suponer que en estas reflexiones nos proponemos despreciar en lo más mínimo el valor de una instrucción realmente útil, o la cultura de las facultades intelectuales. No es esta en ninguna manera nuestra intención. Si el lector es padre, que tenga cuidado de adornar la mente de su hijo con todos los conocimientos útiles; que le enseñe todo lo que podrá ser utilizado más tarde para el servicio del Maestro; pero que no lo embarace con lo que tendrá que poner a un lado siguiendo la carrera cristiana; que, con el fin de procurarle una educación brillante, no lo conduzca a través de una región de la cual es casi imposible salir con una inteligencia inmaculada.

Sería tan lógico encerrarlo durante diez años en una mina de hulla para ponerle en condiciones de discutir sobre las propiedades de la luz y de la sombra, como hacerle caminar a través del lodazal de la mitología pagana, a fin de prepararle para interpretar los oráculos de Dios, o de hacerle capaz de pastorear el rebaño de Cristo.

Haga Dios que tú, querido lector, puedas conocer por tu propia experiencia lo que significa estar «en el desierto», en ese lugar sagrado, donde la humana naturaleza es abajada hasta el polvo, y donde Dios es exaltado. Allí, los hombres y las cosas, el mundo y el «yo», las circunstancias presentes y su influencia, todo es estimado a su justo valor. Solo allí hallarás una balanza puesta en el fiel divino, justa y propia para pesar todo lo que hay en tu interior, así como lo que te rodea. Allí no hay falsos colores, ni galas ficticias, ni vanas pretensiones. El enemigo de las almas no tiene el poder de dorar la arena de ese santo lugar. Todo es realidad, los pensamientos del corazón son justos en todas las cosas, y se elevan por encima de la febril influencia de los negocios del mundo. El tumulto aturdidor, la agitación, y la confusión de Egipto, no penetran en ese lugar retirado; no se oye el ruido del mundo comercial y financiero; el ambiente no está impregnado de ambiciones; la tentación de la gloria mundana desaparece y la sed de oro no se deja sentir. Los ojos no son oscurecidos por la concupiscencia; el corazón no se hincha de orgullo; la adulación de los hombres no envanece, ni sus censuras desaniman. En una palabra, todo es puesto a un lado, excepto la luz y la calma de la presencia divina; solo la voz de Dios se deja oír; su luz gloriosa ilumina; sus pensamientos son recibidos en el corazón. Tal es el lugar donde deben ir todos los que quieran ser aptos para el ministerio, y donde deben quedarse si desean trabajar con éxito en la obra. Quiera Dios que todos los que aparecen en escena para servir en público conozcan por experiencia lo que es respirar la atmósfera de este santo lugar. Entonces habría menos tentativas infructuosas en el ejercicio del ministerio, pero en cambio, este sería más eficaz para la gloria de Cristo.

Examinemos ahora lo que vio y oyó Moisés «a través del desierto». Como ya hemos dicho, él aprende allí lo que está muy por encima de la inteligencia de los más eminentes sabios de Egipto. A la razón humana puede parecerle una extraña pérdida de tiempo el que un hombre como Moisés deba pasar cuarenta años en el desierto guardando ovejas. Pero Moisés estaba en el desierto con Dios, y el tiempo pasado con Él no es nunca una pérdida. Es provechoso el recordar que para un siervo de Cristo hay algo más que la actividad. El que siempre hace corre el riesgo de hacer demasiado. Y el tal hombre debería meditar cuidadosamente las palabras profundamente prácticas del Siervo perfecto: «despertará mi oído para que oiga como los sabios» (Is. 50:4). «Oír» es una parte indispensable de la obra del siervo; es preciso que se mantenga frecuentemente en la presencia del maestro, a fin de saber lo que debe hacer. «El oído» y «la lengua» están íntimamente unidos en diferentes aspectos; y si, bajo el punto de vista moral o espiritual, el oído está cerrado y la lengua desatada, no hay duda que se dirán muchas necedades y locuras. «Sabed, amados hermanos míos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar» (Sant. 1:19). Esta exhortación oportuna se apoya sobre dos hechos, a saber: que todo lo que es bueno viene de arriba, y que el corazón está lleno de maldad siempre presto a desbordarse. Por esta causa es necesario que el oído esté abierto y la lengua refrenada; ciencia bien admirable y original, ciencia en la cual Moisés hizo grandes progresos «a través del desierto» y que todos pueden adquirir con tal que estén dispuestos a aprender en la misma escuela.

«Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema» (v. 2-3). Efectivamente, era «una gran visión» que una zarza ardiendo no se consumiera. La corte de Faraón no habría podido ofrecer nada semejante a los cortesanos. Pero, además de ser grande, esta visión era el símbolo de la gracia, que, en medio del horno de Egipto, guardaba los elegidos sin que fuesen consumidos. «Jehová de los ejércitos está con nosotros, nuestro refugio es el Dios de Jacob» (Sal. 46:7). En esta palabra se halla fuerza y seguridad, victoria y paz. Dios con nosotros, Dios en nosotros, y Dios por nosotros; de nada más tenemos necesidad.

Nada más interesante e instructivo que meditar la manera en la cual Jehová se dignó revelarse a Moisés, en este pasaje que nos ocupa. Dios iba a darle el encargo de sacar a su pueblo de Egipto, a fin de que ese pueblo fuese su asamblea, para habitar en medio de él en el desierto, como en la tierra de Canaán; y es de en medio de una zarza ardiendo que él le da su mensaje. ¡Símbolo hermoso, justo y solemne, de Jehová, habitando en medio del pueblo elegido y rescatado! «Nuestro Dios es fuego que consume» (Hebr. 12:29), no para consumirnos a nosotros, sino para consumir todo lo que, en nosotros y a nuestro alrededor, es contrario a su santidad y, por consiguiente, un peligro para nuestra verdadera felicidad eterna. «Tus testimonios son muy firmes; la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal. 93:5).

El Antiguo y el Nuevo Testamento encierran varios casos donde Dios se manifiesta como «fuego consumidor»; hallamos un ejemplo de ello en Levítico 10, donde vemos que el fuego devora a Nadab y Abiú. Jehová habitaba en medio de su pueblo, y quería mantener a este en una posición que fuese digna de Él. Dios no podía hacer otra cosa. No sería provechoso para su gloria ni para los suyos, si él tolerase en los que le pertenecen cualquier cosa incompatible con la pureza de su presencia. Es preciso que la morada de Dios sea santa.

La misma cosa vemos cuando se trata del pecado de Acán (Josué 7), donde se nos muestra que Dios solo puede sancionar el mal con su presencia, cualquiera que sea la forma que el mal revista, ni por oculto que pueda ser. Jehová es «fuego consumidor», y como tal, él debía obrar con respecto a toda especie de mal que podía manchar la congregación de Israel, en medio de la cual él habitaba. Procurar unir la presencia de Dios con un pecado no juzgado, es el último distintivo de la impiedad.

Ananías y Safira (Hec. 5) nos enseñan la misma y solemne lección. Dios habitaba en la Iglesia por el Espíritu, no solamente como una influencia, sino como una persona divina; y de tal manera, que no se podía mentir «al Espíritu Santo» (v. 3). La Iglesia era, y es aun, la morada de Dios; y él es quien debe gobernar y juzgar en medio de ella. Los hombres pueden vivir en unión con la impostura, la concupiscencia y la hipocresía; pero Dios no puede hacerlo. Si queremos que Dios habite con nosotros, debemos juzgar todos nuestros caminos, si no, él los juzgará por nosotros (véase 1 Cor. 11:29-32). En cada uno de los casos citados y en muchos más que podríamos aludir, hallamos la fuerza de estas solemnes palabras: «La santidad conviene a tu casa, oh Jehová» (Sal. 93:5). Para aquel que la ha comprendido, esta verdad producirá siempre sobre él un afecto moral análogo al que ejerció sobre Moisés: «No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (v. 5). El lugar de la presencia de Dios es santo, y solo se puede caminar por él con los pies descalzos. Dios, habitando en medio de su pueblo, comunica a toda la asamblea de ese pueblo un carácter de santidad que es el fundamento de todo afecto santo y de toda santa actividad.

El carácter de la habitación deriva del carácter de Aquel que la habita. La aplicación de este principio al caso de la Iglesia, que es ahora la morada de Dios por su Espíritu, es de la mayor importancia práctica. Así como es una gloriosa verdad que Dios, por su Santo Espíritu, mora en cada uno de los miembros de la Iglesia, y que este Espíritu comunica un carácter de santidad al individuo, es también igualmente cierto que él mora en la congregación, y que, por consiguiente, la congregación debe ser santa. El centro, alrededor del cual los miembros son reunidos es nada menos que la persona de un Cristo vivo, victorioso y glorificado. El poder que los une es la potestad del Espíritu Santo; y el Señor, Dios Todopoderoso, mora en ellos y entre ellos (véase Mat. 18:20; 1 Cor. 6:19; 3:16-17; Efe. 2:21-22). Si tal es la santidad y dignidad que pertenecen a la morada de Dios, es evidente que nada impuro, ya sea en principio o en práctica, debe ser tolerado. Todos los que están en relación con esta habitación, deberían sentir la importancia y solemnidad de estas palabras: «El lugar en que tú estás, tierra santa es». «Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios lo destruirá a él» (1 Cor. 3:17). Estas palabras son dignas de la más seria atención de parte de todos los miembros de la asamblea de Dios, y de aquellos que como «piedras vivas» forman parte de su santo templo. ¡Aprendamos, pues, todos nosotros, a pisar los atrios de Jehová con los pies descalzos!

Bajo todos los aspectos, las visiones del monte Horeb rinden testimonio al mismo tiempo a la gracia y a la santidad del Dios de Israel. Si la santidad de Dios es infinita, su gracia lo es también, y así como la manera en que él se reveló a Moisés nos hace conocer la primera, el mero hecho de revelarse atestigua la segunda. Dios descendió hasta nosotros, porque él es misericordioso, mas después de haber descendido es necesario que se revele como Santo. «Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios» (v. 6). La naturaleza humana se esconde siempre en la presencia de Dios; y cuando nosotros estamos ante su presencia, teniendo nuestros pies descalzos y el rostro cubierto, es decir, en la disposición de alma que esos actos simbolizan tan admirablemente, nos hallamos en las condiciones precisas para poder escuchar los dulces acentos de la gracia. Cuando el hombre ocupa el lugar que le corresponde, Dios puede hablarle con el lenguaje de la misericordia divina.

«Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel… El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen» (v. 7-9). La gracia del Dios de Abraham, y Dios de la posteridad de Abraham, gracia absoluta, gratuita e incondicional, brilla aquí con todo su esplendor sin ser obscurecida por los «si» y los «pero», los propósitos, las resoluciones y las condiciones del espíritu legalista del hombre. Dios había descendido para sí mismo manifestarse en gracia soberana para operar la obra de la salvación perfecta, y poner en ejecución la promesa hecha a Abraham, y confirmada luego a Isaac y a Jacob. Dios no había descendido para ver si, de hecho, los que eran el objeto de esta promesa se hallaban en tales condiciones que mereciesen su salvación. No: ellos tenían necesidad de esta salvación, y esto era suficiente para él, Jehová había considerado la opresión bajo la cual gemían; había visto sus dolores, sus lágrimas, sus suspiros y su dura esclavitud, porque, bendito sea su Nombre, él cuenta «las huidas de su pueblo», y pone «sus lágrimas» en Su redoma (Sal. 56:8); Dios no fue atraído hacia Israel por sus méritos ni por sus virtudes; no fue por algo bueno que hubiese visto en ellos. Y para decirlo en una palabra, el verdadero fundamento de la intervención misericordiosa de Jehová en favor de su pueblo nos es revelado en estas palabras: «Yo soy el Dios de Abraham» y «he visto la aflicción de mi pueblo».

Estas palabras nos revelan un gran principio fundamental de las obras de Dios. Dios obra siempre en virtud de lo que él es. «Yo soy», asegura todas las cosas para «Mi pueblo». Es cierto que Jehová no podía dejar a su pueblo en medio de los hornos de ladrillo de Egipto, y bajo el látigo de los capataces de Faraón. Era su pueblo y, por lo tanto, quería obrar, con respecto a ese pueblo, de una manera que fuese digna de su grandeza y de su poder. El hecho que Israel fuese el pueblo de Dios, el objeto favorecido de su amor y de su elección, el poseedor de su promesa incondicional, era suficiente para asegurarle todas las cosas. Nada podía impedir la manifestación pública de la relación que existía entre Dios y aquellos a quienes, según sus consejos eternos, había sido asegurada la posesión de la tierra de Canaán. Había descendido para liberarles, y todos los poderes de la tierra y de la Gehena reunidos, no habrían podido retenerlos cautivos ni una hora más del tiempo fijado por Él. Dios pudo servirse, y se sirvió en efecto de Egipto, como de una escuela en la que estaba Faraón como maestro; pero una vez cumplida su misión, el maestro y la escuela son puestos a un lado, y su pueblo liberado con mano fuerte y brazo extendido.

Tal es, pues, el doble carácter de la revelación hecha a Moisés en el monte Horeb. La santidad y la gracia se hallaban reunidas en lo que él vio y oyó. Y esos dos elementos se hallan siempre, como sabemos, en todas las obras y revelaciones de Dios caracterizándolas de una manera especial; y así debieran caracterizar igualmente la vida de todos aquellos que, de una manera o de otra, trabajan para el Señor o tienen comunión con Él. Todo siervo fiel es enviado desde la presencia inmediata de Dios, con toda la gracia y la santidad que moran allí; él es llamado a ser santo y lleno de gracia, para reflejar en el mundo ese doble rasgo del carácter de Dios, y para esto, no es solo necesario que venga de su presencia, sino que permanezca, en espíritu, habitualmente en ella. Este es el verdadero secreto de un servicio eficaz. Para poder trabajar para Dios exteriormente, es preciso estar con él interiormente. Es necesario que yo me mantenga en el santuario secreto de su presencia, o de lo contrario, fracasaré completamente en mi servicio.

Muchos faltan en este particular y sucumben. Nosotros corremos el grave peligro de salirnos de la solemnidad y calma de la presencia divina, arrastrados por la excitación de un servicio activo y por la agitación que en nosotros producen nuestras relaciones con el mundo. Debemos velar cuidadosamente sobre nosotros mismos en este particular. Si perdemos esta santa disposición de espíritu representada aquí por los pies descalzos, nuestro servicio será bien pronto insípido y sin provecho. Si consentimos que nuestra obra se interponga entre nuestro corazón y el Maestro, ella no valdrá gran cosa. No podemos servir a Cristo de una manera eficaz sino en la medida que gozamos de él. Cuando el corazón se ocupa de las perfecciones que nos atraen poderosamente hacia Él, nuestras manos le sirven de la manera más agradable a sus ojos, y más digna de su nombre. De modo que nadie puede presentar a Cristo delante de las almas a menos que él mismo no se alimente de Cristo en lo íntimo de su ser. Podrá, ciertamente, predicar un sermón, hacer un discurso, orar, escribir libros, y cumplir desde el principio al fin todos los actos exteriores de un siervo, pero con todo esto, no sirve a Cristo. El que quiere presentar a Cristo a los demás debe él mismo ocuparse de Cristo.

¡Feliz el hombre que sirve así, cualquiera que sea el éxito de su trabajo o el acogimiento que se haga a su servicio! Porque, aunque ese ministerio no llamase la atención ni ejerciese ninguna influencia visible, o no produzca resultados manifiestos, el que de tal manera sirve, tiene en Cristo un dulce y feliz retiro, y halla en él una parte asegurada que nada ni nadie puede quitarle jamás. Lo contrario acontece a aquel que se alimenta con los frutos de su ministerio, y que toma placer en los goces que le procura, o con la atención que inspira y el interés que despierta; el tal se parece a una cañería que conduciendo el agua a los demás, no guarda para sí mas que el orín que la oxida. Es bien deplorable, en efecto, el hallarse en una condición parecida; y, sin embargo, es en realidad la situación en que se encuentra todo siervo que se ocupa más de la obra y de sus resultados que del Maestro y de su gloria.

Nosotros debemos juzgarnos severamente sobre este asunto. El corazón es engañoso y el enemigo es hábil; es por esto que tenemos gran necesidad de prestar seria atención a esta palabra de exhortación: «Sed sobrios y velad» (1 Pe. 5:8). Cuando el alma ha sido llevada al convencimiento de los numerosos y variados peligros que rodean al siervo de Cristo, ella está en estado de comprender la necesidad que tiene de permanecer mucho tiempo a solas con Dios: allí se vive feliz y en seguridad. Cuando nosotros empezamos nuestra obra, continuándola y terminándola a los pies del Maestro, nuestro servicio es el verdadero servicio rendido a Cristo.

Después de todo lo que acabamos de decir, debe ser evidente para mi lector que el aire que se respira «a través del desierto» es un aire muy saludable para todo siervo de Cristo. Horeb es el verdadero punto de partida de todos aquellos a quienes Dios envía para trabajar por él. Fue en Horeb que Moisés aprendió a descalzar sus pies y a cubrir su rostro. Cuarenta años antes, Moisés quiso empezar su obra, pero ese movimiento de impaciencia era prematuro. Fue en la soledad de la montaña de Dios, y de en medio de la zarza ardiendo, que salió el mensaje divino resonando en sus oídos de servidor dispuesto: «Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel» (v. 10). En este mandato había la verdadera autoridad de Aquel que hablaba. Hay una inmensa diferencia entre ser enviado de Dios y correr sin ser enviado; es evidente que Moisés no estaba preparado para el servicio cuando, al principio, él quiso comenzar la obra matando al egipcio y procurando poner paz entre sus hermanos. Si nada menos que cuarenta años de disciplina secreta eran necesarios, ¿cómo habría podido cumplir él su obra de otra manera? Era preciso que fuese enseñado por Dios y enviado por él; y asimismo lo es para todos los que entran en una carrera de servicio y de testimonio para Cristo. Quiera Dios que estas santas lecciones sean profundamente grabadas en nuestros corazones, para que todas nuestras obras lleven el sello de la autoridad y de la aprobación del Maestro.

Pero tenemos aun algo más que aprender al pie del monte Horeb. El alma encuentra placer deteniéndose en este lugar. «¡Bueno es que estemos aquí!» (Mat. 17:4). El lugar de la presencia de Dios es siempre un lugar de ejercicio, donde el corazón puede estar cierto de ser puesto en descubierto. La luz, que resplandece en esa santa presencia, manifiesta todas las cosas; y esta es nuestra gran necesidad en medio de las vanas pretensiones que nos rodean, del orgullo y de la propia satisfacción que están dentro de nosotros.

Nosotros podríamos ser tentados de creer que en el mismo momento en que Moisés recibió el mensaje divino respondió: «Heme aquí» (v. 4) o que dijo: «¿Qué debo hacer, Señor?» (Hec. 22:10). Pero no; fue preciso que fuese conducido a ello. El recuerdo de su primera falta le hacía vacilar, sin duda alguna, porque cuando se obra sin Dios, en cualquier cosa, es seguro que sobreviene el desaliento. «Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? (v. 11). Moisés, aquí, no se parece mucho al hombre que, cuarenta años antes, «suponía que sus hermanos sabrían que Dios les daría salvación por su mano» (Hec. 7:25), ¡Tal es el hombre! Tan pronto demasiado rápido, tan pronto demasiado lento en el obrar. Moisés había aprendido muchas cosas después del día que mató al egipcio; había hecho grandes progresos en el conocimiento de sí mismo, y este conocimiento le hacía desconfiado y temeroso. Evidentemente, Moisés no tenía aun suficiente confianza en Dios. Si yo miro a mí mismo, no haré «nada»; pero si miro a Cristo, «todo lo puedo» (Fil. 4:13). Y así, cuando Moisés, impulsado por la desconfianza y el temor, respondió: «¿Quién soy yo?» Dios le replicó: «Yo estaré contigo» (v. 12). Esta respuesta hubiera debido satisfacerle. Si Dios está conmigo, ¡qué importa lo que soy yo o quién soy! Cuando Dios le dice: «Te enviaré» y «Yo estaré contigo», el siervo está abundantemente provisto de autoridad y de potestad divina y, por lo tanto, debe estar perfectamente tranquilo y contento de ir allí donde Dios le envía.

Pero Moisés hace aun otra pregunta, porque el corazón del hombre está lleno de preguntas: «Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?» (v. 13). Es sumamente extraño ver como el corazón humano razona y pregunta, cuando debe a Dios una obediencia implícita; pero lo que es más maravilloso todavía es la gracia que soporta tales razonamientos, y responde a cada una de nuestras preguntas, tomando ocasión de todas ellas para hacer resaltar algún nuevo rasgo de esta gracia soberana.

«Y respondió Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo soy me envió a vosotros» (v. 14). Este título que Dios toma aquí es maravillosamente significativo. Escudriñando en las Escrituras los diversos nombres con que Dios se revela, vemos que cada uno de esos nombres está en relación íntima con las distintas necesidades de aquellos con los cuales se pone en relación. Él se revela bajo los nombres de «Jehová-Jireh» (Jehová proveerá) Génesis 22:14, «Jehová-Nisi» (Jehová mi bandera) Éxodo 17:15, «Jehová-Tsidkenou» (Jehová, justicia nuestra) Jeremías 33:16; «Jehová-Salom» (Jehová es paz) Jueces 6:24, para satisfacer las necesidades de su pueblo y cuando se llama a sí mismo «Yo soy» este título encierra todos los demás nombres.

¡Qué maravillosa gracia la de ser llamado a caminar en compañía de Aquél que lleva tal nombre! Estamos en el desierto, y encontramos pruebas, aflicciones, y dificultades; pero mientras tanto que gocemos del privilegio de poder recurrir en todo tiempo y en todas las circunstancias al que se revela a nosotros en su gracia infinitamente variada, según todas nuestras necesidades y debilidades, no debemos temer el desierto. Cuando Dios se disponía para hacer atravesar el desierto a su pueblo, fue cuando reveló su nombre a Moisés; y aunque el creyente pueda decir ahora «Abba, Padre» (Rom. 8:15) por el Espíritu de adopción que mora en él, no por esto pierde el privilegio de poder gozar de la comunión con Dios en todas las diversas formas en que él se ha complacido manifestarse. El nombre de «Dios», por ejemplo, es un título que nos lo revela como obrando en la unidad de su propia esencia, manifestando su poder y su divinidad eterna en las obras de la creación. Toma el nombre de «Jehová Dios» en relación con el hombre. Luego, como el «Dios Todopoderoso», aparece a su siervo Abraham para afirmarle en la seguridad de que Él cumpliría la promesa hecha respecto a su «descendencia». Como «Jehová» se da a conocer a Israel, librándole de la esclavitud de Egipto, y conduciéndole al país de Canaán.

Es así que Dios, habiendo «hablado a los padres muchas veces y de diversas maneras en otro tiempo por los profetas» (Hebr. 1:1); y el creyente, bajo la dispensación actual, poseyendo el Espíritu de adopción, puede decir: El que así se ha revelado, quien así ha hablado y el que así ha obrado, es mi Padre.

No hay nada más interesante, o que sea prácticamente más importante en su género, que el estudio de estos grandes nombres que Dios toma en las diferentes dispensaciones. Estos nombres son siempre empleados en el más estricto acorde moral con las circunstancias en que han sido revelados, mas en el nombre «Yo soy» hay tal anchura, largura, profundidad y altura, que excede a todo humano entendimiento.

Además, es importante notar que Dios toma ese título solamente en relación con su pueblo. No fue bajo ese nombre que se dirigió a Faraón, sino que cuando Dios le habla, toma el título imponente y majestuoso de «Jehová el Dios de los hebreos», o sea, Dios en relación con ese mismo pueblo que Faraón procuraba aplastar. Esto habría debido bastar para que Faraón conociese la terrible posición que ocupaba con respecto a Dios. El nombre «Yo soy» no habría producido en un oído incircunciso más que un sonido vago, sin comunicar ninguna realidad divina al corazón incrédulo. Cuando Dios manifestado en carne hizo oír a los judíos infieles de su tiempo estas palabras: «Antes que Abraham llegase a ser, Yo soy» (Juan 8:58), ellos tomaron piedras para apedrearle. Solo el verdadero creyente puede, en alguna medida, experimentar el poder y gozar del valor de ese nombre inefable. «Yo soy» encierra para el creyente, por débil y vacilante que sea, una gloriosa y pura bendición. Aunque fue a su pueblo elegido que Dios mandó a Moisés para decir: «Yo soy me envió a vosotros», este nombre, considerado en relación con los infieles, encierra un sentido profundamente solemne y una gran realidad. Si un hombre, viviendo en pecado, contempla un instante este título maravilloso, es imposible que pueda hacerlo sin preguntarse: ¿Cuál es, pues, mi estado en relación con ese Ser que se llama a sí mismo «Yo soy el que soy»? Si verdaderamente Él es, ¿qué es él para mí? No deseo despojar esta pregunta de su solemnidad y poder, respondiéndola yo mismo; pero anhelo que Dios la haga penetrar en la conciencia de todo lector que realmente tenga necesidad de ser escudriñado por ella.

No puedo terminar este capítulo sin llamar la atención de mi lector cristiano a la importante declaración contenida en el versículo 15: «Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, con él se me recordará por todos los siglos». Esta declaración entraña una verdad muy importante, que parece olvidada por gran número de cristianos, a saber: que la relación de Dios con Israel es una relación eterna. Además, que él es el Dios de Israel tan positivamente ahora, como lo era cuando visitó a su pueblo en el país de Egipto. Y que Dios se ocupa de Israel lo mismo ahora que entonces, si bien lo hace de una manera distinta. Su palabra es clara y explícita: «Este es mi nombre para siempre». Dios no dice: “Este es mi nombre por un tiempo, por tanto tiempo como Israel sea lo que debe ser”, sino «Este es mi nombre para siempre» «con él se me recordará por todos los siglos» Que el lector medite bien estas palabras. «Dios no rechazó a su pueblo, al que conoció con antelación» (Rom. 11:2). Obedientes o desobedientes, reunidos o dispersos, manifiestos entre las naciones o escondidos a su vista, los hijos de Israel son aun su pueblo, y Dios es el Dios de ellos. La declaración del versículo 15 que nos ocupa es irrefutable y la Iglesia profesa no puede justificarse de ignorar una relación que Dios declara que debe durar «por todos los siglos». Tengamos cuidado de no transigir para dar otro sentido a esta declaración solemne: «Este es mi nombre para siempre». Dios quiere decir lo que dice, y pronto manifestara a los ojos de todas las naciones de la tierra que su relación con Israel es una relación eterna. «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Rom. 11:29). «Yo soy» ha declarado que Él era el Dios de Israel eternamente; y todas las naciones serán llamadas a comprender esta verdad y a inclinarse ante ella, como asimismo a reconocer que los designios providenciales de Dios hacia ellos, naciones, y todos sus destinos, están unidos, de una manera o de otra, con ese pueblo favorecido y honrado, aunque juzgado y disperso ahora. «Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó» (Deut. 32: 8-9).

¿Ha dejado de ser verdad lo que Dios ha dicho? ¿Ha desechado Dios a su pueblo? ¿Su mirada amorosa no está fijada sobre las tribus dispersas de Israel, de tantos siglos perdidas a la vista de los hombres? ¿No están ya delante de Él las murallas de Jerusalén, o su polvo ha dejado de ser precioso a sus ojos? Para responder a todas estas preguntas, sería necesario citar una gran parte del Antiguo Testamento y numerosos pasajes del Nuevo; pero no es este el lugar de examinar detalladamente este asunto. Recordaré solamente, para terminar este capítulo, que la cristiandad no debe ignorar «este misterio que endurecimiento parcial ha acontecido a Israel hasta que entre la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo» (Rom. 11:25-26).

4 - Capítulo 4

De nuevo debemos detenernos unos momentos al pie del monte Horeb, «a través del desierto», para ver manifestarse de una manera extraordinaria la incredulidad del hombre, y la gracia ilimitada de Dios.

«Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová» (v. 1). ¡Cuán difícil es vencer la incredulidad del corazón del hombre, y cuan penoso le es a este confiarse en Dios! ¡Qué lento es el ser humano para aventurarse en alguna empresa confiando solo en la simple promesa de Jehová! Todo está de acuerdo con la naturaleza humana, excepto esto. La más débil caña, visible para el ojo del hombre, es considerada por nuestra naturaleza como infinitamente más sólida, para fundamentar nuestra confianza, que la invisible «Roca de la eternidad» (Is. 26:4; V. M.). La naturaleza se precipitará sin vacilación hacia cualquier arroyo humano, o cisterna rota, antes que permanecer cerca del manantial «de aguas vivas» (Jer. 2:13; 17:13).

Nosotros deberíamos pensar que Moisés había visto y oído lo suficiente para poner fin a todos sus temores. El fuego consumidor en la zarza que no se consumía; la gracia con toda su condescendencia; los grandes y preciosos títulos de Dios; la misión divina; la seguridad de la presencia de Dios, todas estas cosas deberían haber ahogado todo pensamiento de temor, y comunicar al corazón una firme seguridad. Sin embargo, Moisés continúa preguntando, y Dios respondiéndole; y, como hemos visto, cada pregunta viene a poner en evidencia una nueva gracia. «Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara» (v. 2.) Jehová quería tomar a Moisés tal como era, y servirse de lo que él tenía en la mano. La vara, con la cual Moisés había conducido las ovejas de su suegro, iba a ser empleada para liberar al Israel de Dios, para castigar al país de Egipto, para trazar a través del mar un camino al pueblo redimido de Jehová, y para hacer manar el agua de la roca, a fin de refrescar las huestes sedientas de Israel en el desierto. Dios se sirve de los más débiles instrumentos para cumplir sus más gloriosos planes «Una vara»; «un cuerno de carnero» (Josué 6:5); «un pan de cebada» (Jueces 7:13); «una vasija de agua» (1 Reyes 19:6); una «honda» de pastor (1 Sam. 17:50); todo, en una palabra, puede servir, en las manos de Dios, para cumplir la obra que él se ha propuesto. Los hombres se imaginan que no se puede llegar a grandes resultados sino por grandes medios; pero no son así los caminos de Dios. Él se sirve lo mismo de «un gusano» que del «sol»; y de «una calabacera» como de «un recio viento solano» (véase Jon. 4).

Pero Moisés debía aprender una importante lección, lo mismo respecto a la vara, como a la mano que debía usarla durante cuarenta años. Moisés debía aprender; y el pueblo debía ser convencido. «Él le dijo: Échala en tierra. Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra; y Moisés huía de ella. Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola. Y él extendió su mano, y la tomó, y se volvió vara en su mano. Por esto creerán que se te ha aparecido Jehová, el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob» (v. 3-5). La vara se volvió serpiente y ante ella, Moisés huía temeroso; mas según el mandato de Jehová, él la tomó por la cola, y se volvió vara en su mano. Nada más propio que esta figura para expresar la idea del poder de Satanás vuelto contra él mismo y de este mismo hecho tenemos numerosos ejemplos en los medios que Dios usa, y en la propia historia de Moisés. La serpiente está enteramente bajo el poder de Cristo, y cuando habrá llegado al último límite de su insensata carrera, será precipitada en el lago de fuego para recoger, durante la eternidad, los frutos de su obra. «La serpiente antigua», «el acusador» y «el adversario» será vencido eternamente por la vara del Ungido de Dios (Apoc. 12:9-10).

«Le dijo además Jehová: Mete ahora tu mano en tu seno. Y él metió la mano en su seno; y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve. Y dijo: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y al sacarla de nuevo del seno, he aquí que se había vuelto como la otra carne» (v. 6-7). La mano cubierta de lepra y la purificación de esta lepra representan el efecto moral del pecado, y la manera como el pecado ha sido quitado por la obra perfecta de Cristo. Puesta en el seno, la mano limpia se torna leprosa; y la mano leprosa, puesta en el seno, se vuelve limpia. La lepra es el tipo bien conocido del pecado; y así como el pecado entró por el primer hombre, así también ha sido quitado por el segundo. «Porque ya que mediante un hombre vino la muerte, también mediante un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Cor. 15:21). La caída vino por un hombre, y por un hombre la redención; por el hombre vino la ofensa, y por el hombre el perdón; por el hombre vino el pecado, y por el hombre la justicia; por el hombre, la muerte vino al mundo; por el hombre, la muerte fue abolida, y la vida, la justicia y la gloria fueron introducidas en la tierra. Así que, no solamente la misma serpiente será vencida y confundida, sino que toda huella de su obra odiosa y abominable será enteramente borrada y destruida por el sacrificio expiatorio de Aquél que «fue manifestado… para destruir las obras del diablo» (1 Juan 3:8).

«Y si aún no creyeren a estas dos señales, ni oyeren tu voz, tomarás de las aguas del río y las derramarás en tierra; y se cambiarán aquellas aguas que tomarás del río y se harán sangre en la tierra» (v. 9). Nosotros aprendemos aquí por una figura solemne y expresiva la consecuencia que trae aparejada consigo el rehusar someterse al testimonio divino. Esta señal no debía ser ejecutada sino en el caso de que fuesen rechazadas las dos precedentes, sirviendo en primer lugar como una señal para Israel, y luego, como una plaga para Egipto (comp. Éx. 7:17).

Sin embargo, el corazón de Moisés no está aun satisfecho. «Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua» (v. 10). ¡Qué vergonzosa cobardía! Solo la paciencia infinita de Jehová podía soportarla. ¿No es evidente que cuando Dios le dijo: «Yo estaré contigo», daba a su siervo la garantía infalible de que nada le faltaría de cuanto le fuese necesario? Si tenía necesidad de una lengua elocuente, ¿no estaba «Yo soy» con él? Elocuencia, sabiduría, poder, energía, ¿no estaba todo encerrado en ese tesoro inagotable? «Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar» (v. 11-12). ¡Gracia perfecta e incomparable! ¡Gracia digna de Dios! No hay nadie que sea como Jehová nuestro Dios, cuya gracia paciente supera a todas nuestras dificultades, y es suficientemente abundante para todas nuestras necesidades y flaquezas. «Yo, Jehová», debería hacer cesar para siempre todos los razonamientos de nuestros corazones carnales. Mas esos razonamientos son difíciles de derribar, y se levantan de nuevo turbando nuestra paz, y deshonrando a ese Ser bendito que se presenta a nuestras almas en la plenitud de su gracia, a fin de que seamos henchidos de ella, según nuestras necesidades.

Es bueno que nos recuerden que, cuando el Señor está con nosotros, nuestros desfallecimientos y enfermedades son la ocasión para que Él despliegue su gracia que basta para todo, y para mostrarnos su paciencia perfecta. Si Moisés lo hubiese recordado, su falta de elocuencia no le habría turbado. El apóstol Pablo aprendió a decir: «Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo. Por lo cual me complazco en las debilidades, insultos, necesidades, persecuciones y aflicciones por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor. 12:9-10). Este lenguaje es ciertamente el de un discípulo aventajado en la escuela de Cristo. Es la experiencia de un hombre que no se habría afligido por no poseer una gran elocuencia, con tal que hubiese hallado, en la preciosa gracia del Señor Jesús, una respuesta a todas sus necesidades, cualesquiera que fuesen.

El conocimiento de esta verdad habría debido liberar a Moisés de la excesiva desconfianza y timidez que lo dominaban. La seguridad que, en su misericordia, el Señor le había dado de estar con su boca, debía tranquilizarle en cuanto a la elocuencia. El que ha hecho la boca del hombre podía, si había necesidad de ello, llenarla de la más poderosa elocuencia. Para la fe, esto es bien sencillo; pero el pobre corazón incrédulo confía infinitamente mejor en una lengua elocuente, que sobre Aquél que la ha creado. Este hecho nos parecería inexplicable, si no supiésemos de qué elementos se compone el corazón natural. El corazón no puede confiarse en Dios; y esta es la causa de ese defecto tan humillante de desconfianza en el Dios vivo, que se manifiesta aun entre los hijos de Dios, cuando, en alguna medida, se dejan dominar por la naturaleza humana. Por esto, en el caso que nos ocupa, Moisés vacila todavía: «Y él dijo: ¡Ay Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar» (v. 13). Esta exclamación era, de hecho, rehusar el glorioso privilegio de ser el único mensajero de Jehová para Israel y para Egipto.

Todos nosotros sabemos que la humildad operada por Dios es una gracia inapreciable. «Ceñíos de humildad» (1 Pe. 5:5), es uno de los preceptos divinos; y sin duda, el adorno más conveniente para un miserable pecador es la humildad. Pero si rehusamos tomar el lugar que Dios nos señala, o de seguir la senda que nos traza, no somos humildes. En el caso de Moisés, es evidente que no era retenido por un exceso de humildad, porque «Jehová se enojó contra» él; era algo más que humildad y debilidad. Así vemos que mientras ese sentimiento revistió la apariencia de timidez, por censurable que fuese, Dios, en su gracia infinita, lo soportó y contestó a él con reiteradas promesas; pero cuando este sentimiento tomó un carácter de incredulidad y lentitud de corazón, el justo enojo de Jehová se encendió contra Moisés; y, en lugar de ser el solo instrumento en la obra del testimonio y de la liberación de Israel, debió compartir con otro este honroso privilegio.

Nada hay que deshonre más a Dios y que sea al mismo tiempo más peligroso para nosotros, que una falsa humildad. Cuando, bajo el pretexto de que no reunimos ciertas condiciones y virtudes, rehusamos tomar el lugar que Dios nos señala, no es ciertamente humildad, porque si pudiéramos rendirnos el testimonio de que poseíamos esas virtudes y condiciones, nos atribuiríamos el derecho de pretender ese lugar. Por ejemplo, si Moisés hubiese poseído el grado de elocuencia que creía necesario para el cumplimiento de su ministerio, tenemos motivos de creer que no habría vacilado en obedecer al llamamiento de Dios. La cuestión para él era de saber el grado de elocuencia que le era necesario; y la respuesta a esta cuestión es, que, sin Dios, ningún grado de elocuencia humana era suficiente, mientras que, con Dios, el menos elocuente de los hombres sería un poderoso instrumento.

He aquí una grande verdad práctica. La incredulidad es el fruto del orgullo y no el de la humildad. Ella resiste a creer en Dios, porque no halla en el yo una razón para creer. Si a causa de alguna cosa que esté en mí, yo rehúso de creer en Dios, hago a Dios mentiroso. (1 Juan 5:10.) Si cuando Dios declara su amor, yo no lo creo, por la razón de que no me creo bastante digno de este amor, hago a Dios mentiroso, y manifiesto el orgullo inherente a mi corazón. El solo pensamiento de que yo pueda merecer otra cosa que la Gehena, sería la prueba de una completa ignorancia de mi condición y de lo que Dios pide de mí; rechazar el lugar que me es asignado por el amor redentor, en virtud de la expiación cumplida por Cristo, es hacer a Dios mentiroso y envilecer el sacrificio de la cruz. El amor de Dios se derrama espontáneamente, no siendo atraído por mis méritos, sino por mi necesidad. No se trata tampoco del lugar que yo merezco, más del que merece Cristo. Cristo tomó, sobre la cruz, el lugar del pecador, a fin de que el pecador pudiese tener lugar con Él en la gloria. Cristo llevó lo que el pecador merece, para que este pueda participar de lo que merece Cristo. El «yo» es así completamente desechado, esta es la verdadera humildad. Nadie puede ser verdaderamente humilde antes de haber llegado al lado celeste de la cruz; pero allí, halla la vida, la justicia, y la misericordia divina. Entonces se ha terminado para siempre con el «yo»; ya no se busca más, no se espera hallar el bien y la justicia en sí mismo, y solo es nutrido de la abundancia de otro. Se está moralmente preparado para unir la voz a la de aquellos que, durante los tiempos eternos, harán resonar sus alabanzas en los cielos, diciendo: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria» (Sal. 115:1).

Sin duda nos sentaría mal si nos detuviésemos demasiado en los errores y debilidades de un siervo tan honrado de Dios como fue Moisés, del cual leemos que «fue fiel en toda su casa como siervo, para testimonio lo que tenía que ser anunciado» (Hebr. 3:5). Pero si no debemos detenernos en esas debilidades con un espíritu de propia satisfacción, como si en parecidas circunstancias nosotros hubiésemos sido capaces de obrar distintamente, debemos, sin embargo, procurar apropiarnos las santas lecciones que, indubitablemente, la Escritura se propone enseñarnos al hablar de estas cosas. Debiéramos aprender cómo juzgarnos a nosotros mismos, y a confiarnos realmente en Dios; a desechar nuestro «yo», a fin de que Dios pueda obrar en nosotros, por nosotros y para nosotros. He aquí el verdadero secreto del poder.

Hemos visto que Moisés se privó, por su falta, del privilegio de ser el único instrumento de Jehová en la obra gloriosa que iba a ser realizada. Pero no es esto todo. «Entonces Jehová se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón. Tu hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñare lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios. Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales» (v. 14-17.) Este pasaje es una mina de instrucciones prácticas muy preciosas. Hemos visto los temores y las dudas de Moisés, a pesar de todas las promesas y de todas las seguridades que recibía de la gracia divina. Y ahora, aunque Moisés nada ha ganado en cuanto a mayor poder real; aunque no hay ni más virtud ni más poder en la boca de Aarón que en la suya, y que es él mismo quien debe poner las palabras en la boca de Aarón, le vemos dispuesto a marchar en el mismo momento en que puede contar con la presencia y cooperación de un mortal, pobre y débil como él, mientras que no había sabido obedecer cuando Jehová le reiteraba la promesa de estar con él siempre.

Querido lector, ¿no es esto para nosotros como un espejo fiel, en el cual se reflejan tu corazón y el mío? Nosotros estamos dispuestos a confiarnos en cualquier cosa, antes que en el Dios vivo. Apoyados y protegidos por un mortal semejante a nosotros, avanzamos, atrevidamente, sin ningún temor; pero en cambio, temblamos, vacilamos y dudamos, cuando solo tenemos la luz de la presencia del Maestro para animarnos, y la fuerza de su brazo para sostenernos. Esto debería humillarnos profundamente delante del Señor, para que supiésemos confiarnos perfectamente en él, y marchar hacia adelante con paso firme, porque le tenemos a él como nuestro único socorro y fortaleza. La compañía de un hermano es, indubitablemente, muy preciosa: «Mejores son dos que uno» (Ecl. 4:9); ya sea para el trabajo, para el reposo, o para el combate. El Señor Jesús envió a sus discípulos «de dos en dos» (Marcos 6:7), porque la compañía es siempre mejor que la soledad; sin embargo, si nuestro conocimiento personal de Dios y nuestra experiencia de su presencia no son tales que nos permitan, en caso necesario, caminar solos, la presencia de un hermano nos será de poca utilidad. Es digno de notarse que Aarón, cuya compañía parece haber satisfecho a Moisés, fue aquél que más tarde hizo el becerro de oro (Éx. 32:21). Vemos con frecuencia que la misma persona cuya compañía nos parecía necesaria para nuestro éxito y progreso, viene a ser luego un motivo de grandes disgustos para nuestro corazón ¡Acordémonos de esto siempre!

Como quiera que sea, Moisés consiente por fin a obedecer; pero antes de estar completamente preparado para la obra a que ha sido llamado, es menester que pase por otra dolorosa experiencia; es necesario que Dios imprima con su mano la sentencia de muerte sobre su carne. Moisés había aprendido importantes lecciones «a través del desierto»; mas ahora es llamado para aprender otra lección más importante todavía «en el camino» hacia la «posada» (v. 24). El ser siervo de Dios es una cosa sumamente seria; para una vocación tal no es suficiente una educación ordinaria. Es indispensable que la naturaleza sea mortificada, y mantenida bajo esta posición de muerte. «Pero teníamos dentro de nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2 Cor. 1:9). Todo siervo, para que sea bendecido en su servicio, necesariamente debe saber algo de lo que significa tener en sí mismo esta sentencia de muerte. Moisés debió pasar por ese camino, en su propia experiencia, antes de que estuviese moralmente calificado para comenzar su misión. Él se disponía para hacer oír a Faraón este solemne mensaje: «Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito» (v. 22-23.) Tal era el mensaje que Moisés debía llevar a Faraón: mensaje de juicio y de muerte para él; mas para Israel, Moisés llevaba un mensaje de vida y de salvación. No obstante, recordemos que aquel que quiere hablar, en nombre de Dios, de muerte y de juicio, de vida y de salvación, debe realizar primeramente en su alma la virtud de tales cosas. Moisés, en el principio del libro, nos es representado, en figura, como puesto en la tumba; pero hacer la experiencia de la muerte en su propia persona era cosa bien distinta.

Es por esto que leemos: «Y aconteció en el camino, que en una posada Jehová le salió al encuentro, y quiso matarlo. Entonces Séfora tomó un pedernal afilado y cortó el prepucio de su hijo, y lo echó a sus pies, diciendo: A la verdad tú me eres un esposo de sangre. Así le dejó luego ir. Y ella dijo: Esposo de sangre, a causa de la circuncisión» (v. 24-26). Este pasaje nos inicia en un gran secreto de la vida personal y doméstica de Moisés. Es bien evidente que, hasta ese momento, el corazón de Séfora había retrocedido ante la aplicación del «pedernal afilado» sobre el objeto de sus afectos maternos, ella había evitado la marca que debía ser impresa sobre la carne de cada uno de los miembros del Israel de Dios, ignorando que su unión con Moisés era una unión que implicaba, necesariamente, la muerte de la naturaleza, y ella retrocedía ante la cruz. Esto era muy natural para ella; pero no lo era para Moisés, que había cedido ante su esposa en este asunto, y esto nos explica la escena misteriosa en la «posada». Si Séfora rehúsa circuncidar a su hijo, Jehová pondrá su mano sobre su esposo; y si Moisés se acomoda a los sentimientos de su esposa, Jehová le saldrá al encuentro para «matarlo». La sentencia de muerte debe ser escrita sobre nuestra naturaleza; y si nosotros procuramos sustraernos a ella, por un lado, la encontraremos por el otro.

Ya se ha hecho notar que Séfora representa un tipo interesante e instructivo de la Iglesia. Ella fue unida a Moisés durante la época en que este fue rechazado por sus hermanos; y el pasaje que acabamos de citar, nos enseña que la Iglesia es llamada a conocer a Cristo como Aquél a quien está unida «por la sangre», siendo su privilegio beber de su copa y ser bautizada de su bautismo. Estando crucificado con él, es necesario que sea hecha semejante a su muerte; que ella mortifique sus miembros que están sobre la tierra; que tome su cruz cada día, y que le siga. La relación con Cristo está basada sobre la sangre; y la manifestación del poder de esta relación implica, necesariamente, la muerte de la naturaleza. «Estáis completos en él, quien es la cabeza de toda autoridad y potestad; en quien también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al despojaros del cuerpo carnal, por la circuncisión de Cristo, sepultados con él en el bautismo, en quien también fuisteis resucitados mediante la fe en la operación de Dios que le resucitó de entre los muertos» (Col. 2:10-12).

Tal es la doctrina relativa a la posición de la Iglesia con Cristo, doctrina llena de los más gloriosos privilegios para la Iglesia y para cada uno de sus miembros; entera remisión de los pecados, justificación, aceptación completa, seguridad eterna, perfecta comunión con Cristo en toda su gloria; esta doctrina lo comprende todo. «Estáis completos en él». ¿Qué se le podía añadir a Aquél que está completo? «¿La filosofía», «las enseñanzas de los hombres, o los elementos del mundo?» «¿La comida o la bebida?» «¿Los días de fiesta, y de nueva luna, o de sábados?» «¿No manejes», «no gustes», «no toques» esto o lo otro, «los mandamientos y doctrinas de los hombres?» «¿Los días, los meses, los tiempos, y los años?» Alguna de estas cosas, o todas juntas, ¿podrán añadir una tilde, o una jota al que Dios ha declarado «completo?» Lo mismo sería que nos preguntáramos si, después de los seis días de trabajo empleados por Dios en la obra de la creación, no habría podido el hombre dar la última mano a lo que Dios había declarado ser «bueno en gran manera».

Tampoco debemos considerar, en ninguna manera, ese estado de perfección, como algo a que el cristiano aun debe llegar, o que no ha alcanzado todavía, pero hacia lo cual prosigue con perseverancia, sin que nunca pueda estar seguro de poseerlo hasta la hora de la muerte, o delante del trono del juicio. Este estado de perfección es la parte del más débil, del menos instruido, del menos experimentado de los hijos de Dios que viven en el mundo. El más pequeño de los santos está comprendido en el «estáis completos» del apóstol. Todos los hijos de Dios «están completos en Cristo». Pablo no dice: “seréis completos”, “puede que lo seáis”, “esperad que seréis”, “orad para que seáis”; sino que por el Espíritu Santo declara de la manera más absoluta: «En él estáis completos». Este es el verdadero punto de partida para el cristiano, y si se toma como fin aquello que Dios ha señalado como punto de partida, es trastornar toda la enseñanza del Espíritu Santo.

Pero tal vez se dirá: si esto es así, ¿no tenemos, pues ningún pecado, ni defectos, ni imperfecciones? Ciertamente que sí «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). Tenemos pecado en nosotros, pero no sobre nosotros. Además, delante de Dios, no estamos en nuestro yo, sino en Cristo. Es «en él» que estamos «completos». Dios ve al creyente en Cristo, con Cristo, y como Cristo: esta es nuestra condición inmutable, y nuestra eterna posición como cristianos. El despojar de vosotros «el cuerpo carnal» ha sido efectuado por «la circuncisión de Cristo» (Col. 2:11); el creyente no está en la carne (Rom. 7:5; 8:9), aunque la carne está en él; se halla unido a Cristo por la potestad de una vida nueva y eterna, y esta nueva vida está inseparablemente unida a la justicia divina con la cual el creyente está establecido delante de Dios. El Señor Jesús ha quitado todo lo que estaba en contra del creyente, acercándolo a Dios e introduciéndole delante de Él, con el mismo favor de que Él goza en la presencia de Jehová. En una palabra; Cristo es nuestra justicia (1 Cor. 1:30; 2 Cor. 5:21); esto pone fin a todas las cuestiones, responde a todas las objeciones, e impone silencio a todas las dudas: «Porque tanto el que santifica como los que son santificados, son todos de uno» (Hebr. 2:11).

Esta serie de verdades es derivada del tipo que nos es presentado en la relación de Moisés con Séfora. Ahora vamos a dejar «el desierto» por un tiempo, pero no olvidemos las lecciones y las santas impresiones que hemos recibido allí, y que son esenciales para todo siervo de Cristo y para todo mensajero del Dios vivo. Todos los que quieran servir y ser prosperados en su servicio, ya sea en la importante obra de la evangelización, o en los diversos ministerios de la Casa de Dios, que es la Iglesia, tendrán necesidad de apropiarse las preciosas instrucciones que Moisés recibió al pie del monte Horeb y «en el camino, en una posada».

Si se diera la atención merecida a las cosas que acabamos de meditar, no se vería a tantos que corren sin ser enviados, ni los veríamos lanzarse en un ministerio para el cual no han sido destinados. Es de absoluta necesidad que aquellos que pretenden predicar, o enseñar, o exhortar, o ejercer un ministerio cualquiera, se examinen cuidadosamente para saber si, verdaderamente, ellos han sido preparados, enseñados y enviados por Dios. Sin esto, su obra no será reconocida por Dios, ni bendecida para los hombres, y cuanto antes se retiren, tanto mejor para ellos mismos y para aquellos a quienes han querido imponer el pesado yugo de escucharles. Jamás un ministerio humano estará en su lugar dentro del recinto sagrado de la Iglesia de Dios. Es necesario que todo siervo sea dotado de Dios, enseñado de Dios y enviado de Dios.

«Y Jehová dijo a Aarón: Ve a recibir a Moisés al desierto. Y él fue, y lo encontró en el monte de Dios, y le besó. Entonces contó Moisés a Aarón todas las palabras de Jehová que le enviaba, y todas las señales que le había dado» (v. 27-28). Esta hermosa escena de unión y de tierno amor fraternal forma un marcado contraste con otras que, más tarde, tendrán lugar entre estos dos hombres durante su peregrinación a través del desierto. Cuarenta años de vida en el desierto deben producir forzosamente grandes cambios en los hombres y en las cosas. Sin embargo, es bien agradable detenerse un momento para considerar los primeros tiempos de la carrera del creyente, cuando las rudas realidades de la vida del desierto no han detenido todavía, en ningún sentido, el impulso de vivos y generosos afectos; cuando el engaño, la corrupción y la hipocresía no han destruido aún enteramente la confianza del corazón, poniendo al ser moral bajo la fría influencia de una disposición recelosa.

Verdad es, por desgracia, que los años de experiencia han traído frecuentemente este triste resultado. Pero feliz aquél que, aunque sus ojos hayan sido abiertos para ver la naturaleza humana a través de una luz más clara que aquella que da el mundo, sabe servir con fidelidad animado por la energía de la gracia que emana del seno de Dios. ¿Quién ha conocido jamás las profundidades y malicias del corazón humano como Jesús las conoció? «Pero él no se fiaba de ellos, porque conocía a todos y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca del hombre; porque él mismo sabía lo que había en el hombre» (Juan 2:24-25); Jesús conocía tanto a los hombres que no podía fiarse «de ellos»; no podía prestar fe a lo que los hombres profesaban, ni aprobar sus pretensiones. Y a pesar de esto, ¿quién fue jamás tan lleno de gracia como él? ¿Quién, como él, fue tan amante, tan tierno, tan compasivo, y tan simpático? Teniendo un corazón que comprendía a cada uno, podía sentir por cada uno y amarlos a todos. El conocimiento que tenía de la iniquidad de los hombres, nunca le hizo apartarse de sus miserias. Él «anduvo haciendo el bien». ¿Por qué? ¿Era acaso, porque se imaginaba que todos aquellos que se agrupaban en torno suyo eran sinceros? No, sino «porque Dios estaba con él» (Hec. 10:38). He aquí el ejemplo que Dios nos propone imitar. Sigámoslo, aunque siguiéndolo, debamos hollar nuestro «yo», con todos sus intereses, a cada paso de la senda.

¿Quién de nosotros desearía poseer esta sabiduría, este conocimiento de la humana naturaleza y esta experiencia, que solo pueden llevar al hombre a encerrarse en un estrecho círculo de frío egoísmo, y a mirar a los demás con mirada huraña y desconfiada? Un resultado semejante no puede ser producido por nada que pertenezca a una naturaleza celeste o excelente. Dios da la sabiduría, pero no es una sabiduría que cierra el corazón a los llamamientos de la necesidad y de la miseria de los hombres. Él nos da cierto conocimiento de la naturaleza; mas no es un conocimiento que nos lleve a apoderarnos con avidez egoísta de lo que nosotros llamamos «nuestro». Él nos da la experiencia, pero no una experiencia que nos lleva a desconfiar de todo el mundo excepto de nosotros mismos. Si nosotros seguimos las huellas del Señor Jesús, si nos revestimos de su buen espíritu, y por consecuencia lo manifestamos, si en verdad podemos decir: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:21), entonces, atravesando el mundo, conociendo lo que es, y relacionándonos con los hombres, aunque sabiendo lo que podemos esperar de ellos, podremos, con la ayuda de la gracia, manifestar a Cristo allí donde Dios nos haya puesto.

Las causas que nos hacen obrar y los motivos que nos animan, están todos arriba, donde está aquél que «es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebr. 13:8). Es allí también donde el corazón de este gran siervo de Dios, en cuya historia hemos hallado ya tan profundas y verdaderas lecciones, halló la gracia y la fuerza que le sostuvieron a través de las escenas penosas y variadas de la vida del desierto. Y nosotros podemos afirmar, sin temor de equivocarnos, que, a pesar de los cuarenta años de luchas y pruebas, Moisés pudo besar de nuevo a su hermano Aarón, en la cumbre del monte Hor, con el mismo afecto que cuando lo encontró al principio «en el monte de Dios» (Ex. 4:27). Esos dos encuentros tuvieron lugar en circunstancias bien diferentes, por cierto. «En el monte de Dios» los dos hermanos se encontraron, se besaron, y juntos emprendieron el camino para llevar a cabo su misión divina. En el monte Hor se encontraron, en obediencia al mandato de Jehová (Núm. 20:25), para que Moisés hiciese desnudar a su hermano las vestiduras sacerdotales y le viese morir, en virtud de una falta en que Moisés también había participado. Las circunstancias cambian; los hombres se separan los unos de los otros; solo en Dios «no hay variación, ni sombra de cambio» (Sant. 1:17).

«Y fueron Moisés y Aarón, y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Y habló Aarón acerca de todas las cosas que Jehová había dicho a Moisés, e hizo las señales delante de los ojos del pueblo. Y el pueblo creyó; y oyendo que Jehová había visitado los hijos de Israel, y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron» (v. 29-31). Cuando Dios interviene, necesariamente se derriba todo obstáculo. Moisés había dicho: «ellos no me creerán»; pero no era cuestión de saber si ellos le creerían o no, sino que se trataba si ellos creerían a Dios. El que puede considerarse simplemente como enviado de Dios, puede estar completamente tranquilo en cuanto a la recepción de su mensaje, y esta perfecta tranquilidad no le desvía, en ninguna manera de la tierna y afectuosa solicitud hacia aquellos a quienes se dirige; bien al contrario, esta seguridad que posee le preserva de la inquietud desordenada del espíritu, que no puede contribuir más que a incapacitar al hombre para dar un testimonio firme, elevado y perseverante. Un enviado de Dios no debería olvidar nunca que su mensaje es el mensaje de Dios. Cuando Zacarías dijo al ángel: «¿Cómo conoceré esto?» ¿se turbó este último por esa pregunta? Ciertamente que no; sino que le respondió tranquilamente: «Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios; y he sido enviado para hablarte y darte estas buenas noticias» (Lucas 1:18-19). Las dudas del mortal no turban el sentimiento de dignidad que el ángel tiene de su mensaje. “¿Cómo puedes tú dudar, parece decirle, cuando de delante del trono de la Majestad en los cielos, un mensajero ha sido enviado a ti ahora?” Todo mensajero de Dios debería ir así, y con este mismo espíritu entregar su mensaje.

5 - Capítulos 5 y 6

El resultado de la primera visita a Faraón pareció ser bien poco animadora. El temor de perder a los israelitas, llevó al rey a tratarles con mayor crueldad, y a sujetarles con redoblada vigilancia. Todas las veces que los límites del poder de Satanás son estrechados, el furor de este aumenta en la misma proporción. Y así fue cuando aparecieron Moisés y Aarón para liberar a Israel. El horno, iba a ser apagado por el amor del Libertador; pero antes que lo sea, arde con mayor intensidad y aumenta el calor del fuego. El Diablo no gusta de soltar ninguno de aquellos que ha tenido bajo su terrible garra. Este es aquel «fuerte bien armado» de que nos habla Lucas (11:21-22), que mientras «guarda su casa, todos sus bienes están seguros». Mas, Dios sea bendito, hay otro que es «más poderoso que él», y le ha quitado «la armadura en la que confiaba», y ha repartido sus despojos entre los dichosos participantes de su amor eterno.

«Después Moisés y Aarón entraron a la presencia de Faraón y le dijeron: Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto» (cap. 5:1). Tal era el mensaje de Dios a Faraón. Dios pedía una entera libertad para el pueblo, porque Israel era su pueblo, y él quería que le celebrase fiesta en el desierto. Dios, para estar satisfecho, quiere para sus elegidos un completo rescate del yugo de servidumbre. «Desatadlo, y dejadlo ir» (Juan 11:44), es siempre el gran lema de todos los designios misericordiosos de Dios para con aquellos que, siendo tenidos en esclavitud por Satanás, son, sin embargo, los herederos de la vida eterna.

Cuando contemplamos a los hijos de Israel en medio de los hornos de ladrillo de Egipto, tenemos delante de nosotros una representación exacta de la condición de todo hijo de Adán, según la carne. Los israelitas estaban allí, aplastados bajo el pesado yugo del enemigo sin ninguna fuerza para liberarse. La sola palabra de libertad no hizo más que aumentar el rigor del opresor para reforzar las cadenas de sus cautivos, y cargarles con un yugo más pesado. Era, pues, preciso que la salvación viniese de fuera. Más, ¿de dónde debía venir? ¿Dónde estaba el dinero para pagar el rescate? ¿Dónde la fuerza para romper las cadenas? Y suponiendo que todo esto se hubiese hallado, ¿dónde estaba la voluntad que quisiera tomar el trabajo y cumplir la obra de la libertad? ¡Pobre Israel! Ni dentro ni fuera podía ver ninguna esperanza para él. El pobre pueblo no tenía otro recurso que mirar arriba, Dios era su refugio: Él tenía el poder y el querer; él podía rescatar a Israel por precio y con poder. En Jehová, y en él solo, estaba la salvación para el pueblo oprimido y miserable.

Siempre es lo mismo. «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado entre los hombres, en el que podamos ser salvos» (Hec. 4:12). El pecador está bajo el yugo de un señor que le gobierna con un poder despótico. Está «vendido al poder del pecado» (Rom. 7:14), cautivo de Satanás para hacer su voluntad, aprisionado con las cadenas de la tentación, de la pasión y de su carácter «débil» (Rom. 5:6), «sin esperanza y sin Dios» (Efe. 2:12). Tal es la condición del pecador. ¿Cómo, pues, podría liberarse a sí mismo? Siendo esclavo de otro, todo lo que hace, lo hace en calidad de esclavo. Sus pensamientos, sus palabras y sus acciones, son los pensamientos, las palabras y las acciones de un esclavo. Y aun cuando él suspire y llore por la libertad, sus lloros y sus gemidos no son más que la triste prueba de su esclavitud. Puede luchar por su libertad; mas sus mismos esfuerzos, que solo prueban su deseo de ser libre, son la declaración positiva de su servidumbre.

Porque no se trata solamente de la condición del pecador; su misma naturaleza está radicalmente corrompida y enteramente sumisa al poder del diablo. Por esto el pecador no necesita tan solo ser introducido en una nueva posición, sino que debe ser dotado de una nueva naturaleza. La naturaleza y la posición van siempre unidas. Si el pecador tuviese la facultad de mejorar la situación en que se halla, ¿de qué le serviría esto mientras su naturaleza continuase siendo irremisiblemente mala? Un noble puede recoger y adoptar un mendigo, y otorgarle la fortuna y la posición de un noble, pero nunca podrá hacerle participar de su sangre noble: y por esto, la naturaleza de un mendigo no se hallará nunca a su satisfacción ocupando la posición de un noble Es necesario poseer una naturaleza que corresponda a la posición, y una posición que corresponda a la capacidad, a los deseos, a los afectos y a las tendencias de aquel que se halla colocado en ella. Por esta razón el evangelio de la gracia de Dios nos enseña que el creyente es introducido en una posición enteramente nueva y que ya no es considerado como estando en su anterior estado de culpabilidad y de condenación, sino en un estado de perfecta y eterna justificación.

La condición en que Dios le ve ahora, no es solo un estado de perdón completo, mas un estado tal de perfección, que la santidad infinita no puede descubrir en él la más ligera mancha de pecado. El creyente ha sido retirado de su primera condición de culpabilidad y colocado de un modo absoluto y para siempre, en una nueva condición de justicia perfecta y pura. No se trata de que su primera condición ha sido mejorada; porque «lo torcido no se puede enderezar» (Ecl. 1:15). «¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas?» (Jer. 13:23). Nada hay más opuesto a la verdad fundamental del evangelio que la teoría del mejoramiento gradual en la condición del pecador. Nacido en determinada condición, es necesario que «nazca de nuevo» para entrar en otra. Con su esfuerzo, podrá procurar mejorarse; tomar la resolución de ser mejor en lo futuro; de empezar una nueva página de su existencia; de cambiar su modo de vivir, pero con todo esto, no habrá logrado salir, en el más ínfimo grado de su condición real como pecador. Podrá intentar hacerse lo que se llama “religioso”, podrá ensayar la oración; seguir asiduamente las ordenanzas del culto y revestir todas las apariencias de una reforma moral, pero ninguna de estas cosas cambiará, en lo más mínimo, su verdadero estado delante de Dios.

Y lo mismo acontece en lo que a la naturaleza se refiere ¿Cómo podrá cambiarla el hombre? Podrá hacerla pasar por una serie de operaciones; podrá ensayar de dominarla, y de someterla a una disciplina, pero con todo esto, siempre será la misma naturaleza. «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Juan 3:6). El hombre necesita una nueva naturaleza, así como una nueva disposición. Mas, ¿cómo adquirirla? Creyendo «el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo» (1 Juan 5:10). «A todos cuantos lo recibieron, es decir, a los que creen en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no fueron engendrados de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Juan 1:12-13). Aquí aprendemos que todos los que creen en el nombre del unigénito Hijo de Dios, tienen el privilegio de ser hechos hijos de Dios; son hechos partícipes de una nueva naturaleza, y tienen la vida eterna. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). «En verdad, en verdad os digo, que quien oye mi palabra, y cree a aquel que me envió, tiene vida eterna, y no entra en condenación, sino que ha pasado ya de muerte a vida» (Juan 5:24). «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú enviaste» (Juan 17:3). «Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida» (1 Juan 5:11-12).

Tal es la doctrina de las Escrituras en lo concerniente a las importantes cuestiones relativas a la condición y la naturaleza. Pero, ¿cómo y sobre qué fundamento es introducido el creyente en una condición de justicia divina, y hecho partícipe de la naturaleza divina? Ese gran cambio depende enteramente de esta gloriosa verdad: «que Jesús murió y resucitó» (1 Tes. 4:14). Este Ser bendito dejó el trono de la gloria, las mansiones de luz; descendió a este mundo de pecado y de miseria, en semejanza de carne de pecado, y luego de haber manifestado y glorificado a Dios perfectamente en todos los actos de su vida aquí abajo, murió sobre la cruz, bajo el peso de todas las transgresiones de su pueblo. Y así, todo lo que era o podía estar contra nosotros, fue divinamente satisfecho por Él. «Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla» (Is. 42:21); después fue hecho maldición, siendo colgado en un madero. Todos los derechos fueron satisfechos por él, todos los enemigos reducidos al silencio, y derribados todos los obstáculos. «La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron» (Sal. 85:10). Habiendo sido satisfecha la justicia infinita, el amor infinito pudo derramarse en el corazón quebrantado del pecador, para calmarle y regocijarle por su virtud, lo mismo que la sangre y agua que salieron del costado abierto de Jesús satisfacen perfectamente todas las necesidades de una conciencia culpable y convencida de pecado. El Señor Jesús estuvo en la cruz por nosotros; él fue nuestro representante. «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos» (1 Pe. 3:18). «Por nosotros lo hizo pecado» (2 Cor. 5:21). Fue puesto en el rango de los impíos y transgresores, fue sepultado, y resucitó habiéndolo cumplido todo. Por lo tanto, nada hay de aquí en adelante que esté contra el pecador: él está unido a Cristo y en la misma condición de justicia que Cristo. «Como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17).

He aquí lo que da a la conciencia una paz sólida y bien establecida. Si ya no estamos en un estado de culpabilidad, sino de justificación, si Dios nos mira solo en Cristo y como a Cristo, entonces una paz perfecta es nuestra parte. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1). La sangre del Cordero ha quitado toda culpa del creyente, ha borrado su larga cuenta, y le ha dado un vestido perfectamente blanco, para que pueda permanecer delante de esta santidad que no puede «ver el mal, ni puedes ver el agravio» (Hab. 1:13).

Pero el creyente no solo ha hallado la paz con Dios, sino que es hecho hijo de Dios, y como tal, puede gozar de la dulce comunión con el Padre y el Hijo, por el poder del Espíritu Santo. Es necesario considerar la cruz bajo dos puntos de vista: en primer lugar, ella satisface los derechos de Dios y todo lo que exige su gloria; y luego, ella es la demostración del amor de Dios. Si consideramos nuestros pecados teniendo en cuenta los derechos de Dios como Juez, hallaremos que la cruz ha satisfecho todos esos derechos. Dios, como Juez, ha sido divinamente satisfecho y glorificado en la cruz. Pero hay más que esto: Dios tiene afectos, así como tiene derechos; y la cruz del Señor Jesús revela al pecador todos esos tiernos afectos de una manera persuasiva y conmovedora, mientras que, al mismo tiempo, el pecador es hecho partícipe de una nueva naturaleza, capaz de gozar de esos afectos, y tener comunión con el corazón de donde ellos provienen. «Porque también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe. 3:18). No somos introducidos solamente a un nuevo estado, sino llevados a una persona, a saber, Dios, y somos hechos partícipes de una naturaleza que es capaz de hallar sus delicias en él. «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación» (Rom. 5:11).

Qué hermosura y qué fuerza descubrimos en este mensaje de libertad: «Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto» (cap. 5:1). «El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ungió para anunciar buenas noticias a los pobres; me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y a los ciegos que recobren la vista; para poner en libertad a los oprimidos; 1para proclamar el año de gracia del Señor» (Lucas 4:18-19). La buena nueva del Evangelio anuncia la libertad de todo yugo y servidumbre. La paz y la libertad, como Dios las ha proclamado son los dones que el Evangelio aporta a los que lo reciben por la fe.

Notemos que se dice: «Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta». Si bien los hijos de Israel debían cesar en el servicio de Faraón, esto era para entrar al servicio de Dios. El cambio era bien grande. En lugar de fatigarse bajo el yugo de los gobernadores y cuadrilleros de Faraón, debían celebrar fiesta a Jehová; y si bien para esto era necesario abandonar Egipto y salir al desierto, la presencia divina los acompañaría, y si el desierto era triste y árido, también era el único camino que conducía a la tierra de Canaán. Entraba en los planes de Dios que Israel celebrase una fiesta en el desierto, y para esto se le debía «dejar salir» fuera de Egipto.

Sin embargo, Faraón no parece nada dispuesto para obedecer esta orden divina «¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel?» (v. 2). Por estas palabras, Faraón nos revela de un modo admirable su verdadera condición moral, su ignorancia y su desobediencia. Estas dos cosas van juntas. Si no se conoce a Dios, no se le puede obedecer, porque la obediencia está siempre basada sobre el conocimiento. El alma que tiene la dicha de conocer a Dios, siente que este conocimiento es la vida (Juan 17:3); y la vida es el poder, y teniendo poder se puede obedecer. Es evidente que el que no tiene la vida no puede hacer nada; por lo tanto, se demuestra una gran falta de inteligencia cuando se pretende que alguno cumpla ciertos actos exteriores, con el fin de hacerle alcanzar por este medio aquella vida por la cual solamente el individuo es capaz de poder hacer algo.

Además, Faraón no se conocía mejor a sí mismo, de lo que él conocía a Dios. Él ignoraba que era un pobre gusano de la tierra, suscitado con el único objeto de dar a conocer la gloria de Aquél a quien él decía no conocer (Éx. 9:16; Rom. 9:17). «Y ellos dijeron: El Dios de los Hebreos nos ha encontrado; iremos, pues, ahora, camino de tres días por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, para que no venga sobre nosotros con peste o con espada. Entonces el rey de Egipto les dijo: Moisés y Aarón, ¿por qué hacéis cesar al pueblo de su trabajo? Volved a vuestras tareas… Agrávese la servidumbre sobre ellos, para que se ocupen en ella, y no atiendan a palabras mentirosas» (v. 3-9).

¡Qué revelación hallamos aquí de los resortes secretos del corazón humano! ¡Qué incapacidad más completa para entrar en las cosas de Dios! Todos los derechos divinos y todas las revelaciones de Dios eran, según el juicio de Faraón, «palabras mentirosas». ¿Qué le importaba a él el «camino de tres días por el desierto», ni «la fiesta a Jehová?» ¿Cómo podía comprender la necesidad de este viaje, ni el carácter o el fin de tal fiesta? Faraón comprendía lo que significaba agravar la servidumbre y hacer ladrillo; estas cosas tenían para él cierto sentido de realidad; pero en cuanto a Dios, a su servicio o a su culto, no veía en ello más que una verdadera quimera, inventada por aquellos que buscaban una excusa para evitar las rudas realidades de la vida.

Con mucha frecuencia ha acontecido la misma cosa con los sabios y poderosos de este mundo, quienes han sido los primeros en tachar de vanidad y locura los divinos testimonios de Dios. Escuchad, por ejemplo, la información que hizo el «excelentísimo Festo» sobre la gran cuestión debatida entre Pablo y los judíos. Solamente «tenían con él algunas controversias acerca de su religión, y de un tal Jesús, que ha muerto, y que Pablo afirma que vive» (Hec. 25:19). ¡Pobre Festo! ¡Cuán poco sabía lo que se decía! ¡Qué poco comprendía la importancia de saber si «Jesús» estaba «muerto» o «vivo»! Estaba bien lejos de pensar en la inmensa influencia que esta cuestión ejercería sobre él mismo, y sobre sus amigos Agripa y Berenice; pero esta ignorancia no cambiaba en nada la realidad del hecho; y él y ellos saben ahora mucho más sobre este asunto a pesar de que en los días pasajeros de su gloria terrestre, lo consideraron solo como una cuestión supersticiosa, indigna de la atención de los hombres sensatos, únicamente propia para ocupar el cerebro desequilibrado de visionarios entusiastas. Sí; la importante cuestión que decide el destino de todo hijo de Adán, la cuestión sobre la cual descansa la condición presente y eterna de la Iglesia y del mundo, y en la que se reúnen todos los consejos de Dios, era, según el juicio de Festo, una vana superstición.

Lo mismo fue con Faraón. Él no sabía nada de Jehová, el Dios de los Hebreos, el poderoso «Yo Soy»; por esto consideraba todo lo que Moisés y Aarón le habían dicho acerca de sacrificar a Dios como «palabras mentirosas». Las cosas de Dios deben parecer siempre para el espíritu profano del hombre, como vanas, inútiles y desprovistas de sentido. El nombre de Dios puede formar parte de la fraseología de una fría religión formalista, mas Dios, en su persona, no es conocido. Su nombre precioso, en el cual se encierra todo aquello que el corazón del creyente puede desear o necesitar, no tiene para el incrédulo ninguna significación, ni poder, ni virtud; y así todo lo que trata de Dios o se relaciona con Él, a sus palabras, a sus consejos, a sus pensamientos o a sus planes, es considerado como «palabras mentirosas».

Mas el tiempo se acerca rápidamente cuando no será así. El tribunal de Cristo, los terrores del mundo venidero y las olas del lago de fuego, no serán «palabras mentirosas». Seguramente que no; y todos aquellos que, por la gracia, creen que estas cosas son realidades, deberían esforzarse en despertar respecto a ellas la conciencia de los que, como Faraón, consideran la fabricación «de ladrillos» como la sola cosa digna de ocupar el pensamiento, y la única realidad verdadera.

¡Ay, cuán frecuentemente los mismos cristianos viven en la región de las cosas visibles, la región del mundo y de la carne, de tal manera que pierden el sentido profundo, inmutable y potente, de la realidad de las cosas divinas y celestiales! Nosotros tenemos necesidad de vivir más continuamente en la región de la fe, en la región del cielo y de la «nueva creación». Así veríamos las cosas como Dios las ve; pensaríamos respecto a ellas como Dios piensa, y nuestra vida entera sería más elevada, más desinteresada, más completamente separada del mundo y de las cosas terrenas.

No obstante, la prueba más dolorosa para Moisés no fue motivada por el juicio que su misión mereció por parte de Faraón. El siervo fiel, cuyo corazón esté del todo entregado a Cristo, debe esperar siempre ser considerado por los hombres como un entusiasta visionario. Los hombres contemplan al creyente desde un punto de vista que no nos permite esperar de ellos otra cosa. Cuanto más fiel sea el siervo a su Maestro divino, cuanto más siga sus huellas, cuanto más conforme sea a su imagen, tanto más debe esperar ser visto, por los hijos del mundo, como estando «fuera de sí». Y este juicio del mundo no debe ni sorprenderle, ni desanimarle. Pero una cosa infinitamente más penosa para él, es ver su testimonio y su ministerio mal interpretados, despreciados y rechazados por aquellos mismos que son el objeto particular de sus trabajos. En tal caso, el siervo tiene necesidad de estar mucho con Dios, en el secreto de sus pensamientos; tiene necesidad de vivir en el poder de la comunión con él, para ser mantenido en la constante realidad de su senda y de su servicio. Si en estas circunstancias tan difíciles, no se está persuadido de haber recibido una misión del cielo, si no se está consciente de tener consigo la presencia divina, es casi segura la caída.

Si Moisés no hubiese estado sostenido así, ¿cómo habría podido perseverar cuando la creciente opresión del poder de Faraón arrancó a los capataces de los hijos de Israel tales palabras de desaliento como estas: «Mire Jehová sobre vosotros, y juzgue; pues nos habéis hecho abominables delante de Faraón y de sus siervos, poniéndoles la espada en la mano para que nos maten» (v. 21). Motivo había para que Moisés se sintiese abatido, porque volviéndose a Jehová, dijo: «Señor, ¿por qué afliges a este pueblo? ¿para qué me enviaste? Porque desde que yo vine a Faraón para hablarle en tu nombre, ha afligido a este pueblo; y tú no has librado a tu pueblo» (v. 22-23). Cuando la libertad parecía mas cercana, las cosas habían tomado un aspecto más desolador; como acontece en la naturaleza, la hora más obscura de la noche es con frecuencia la que precede inmediatamente a la aurora del día. Así será en los últimos días de la historia de Israel. La hora de más profunda obscuridad y de la más espantosa angustia será la que precederá a la aparición repentina del «Sol de justicia» (Mal. 4:1-2), trayendo salvación en sus alas, para sanar con sanidad eterna, «la herida de la hija de mi pueblo» (Jer. 6:14; 8:11).

Podríamos preguntarnos hasta qué punto el «por qué» de Moisés, citado en el pasaje que meditamos, fue dictado por una fe real a la par que por una voluntad mortificada y disgustada. Pero sea como sea, lo cierto es que el Señor no reprende a Moisés por este «por qué» ocasionado por la magnitud de la aflicción del momento. Y él le responde con bondad: «Ahora verás lo que yo haré a Faraón; porque con mano fuerte los dejará ir, y con mano fuerte los echará de su tierra» (cap. 6:1). Esta respuesta está llena de una gracia particular. En lugar de censurar la insolencia de aquel que se permite poner en entredicho los caminos insondables de «Yo Soy», ese Dios siempre misericordioso procura levantar el espíritu anonadado de su siervo, descubriéndole lo que iba a hacer. Esta manera de obrar es digna de Dios, de quien desciende toda buena dádiva y todo don perfecto, «que la da generosamente y sin reproche» (Sant. 1:5, 17). «Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Sal. 103:14). Y no es solamente en sus actos, sino en él mismo, en su propio nombre y en su carácter, que él quisiera hacer hallar al corazón la consolación y el gozo; porque allí esta la dicha perfecta, divina y eterna. Cuando el corazón halla en Dios mismo el consuelo necesario, cuando puede refugiarse en el seguro asilo que le ofrece su nombre, cuando halla en el carácter de Dios la satisfacción perfecta a todas sus necesidades, entonces está verdaderamente elevado por encima de la región de las cosas creadas; puede abandonar las hermosas promesas del mundo, y estimar en su justo valor las soberbias pretensiones del hombre. El corazón que conoce a Dios por experiencia, puede mirar al mundo y decir: «Todo es vanidad» (Ecl. 1:2); pero luego, puestos sus ojos en Dios, puede añadir: «Todas mis fuentes están en ti» (Sal. 87:7).

«Habló todavía Dios a Moisés, y le dijo: Yo Soy Jehová, y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos. También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra en que fueron forasteros, y en la cual habitaron. Asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto» (v. 2-5). «Jehová» es el nombre que Dios toma como Libertador de su pueblo, en virtud de su alianza de pura y soberana gracia. Él mismo se revela como siendo la Fuente eterna del amor redentor; estableciendo sus consejos, cumpliendo sus promesas, y liberando a su pueblo elegido de todo enemigo y de todo mal. Era el privilegio de Israel permanecer para siempre bajo la salvaguardia de ese nombre significativo de Jehová, de ese nombre que nos manifiesta a Dios obrando por su propia gloria, y formando su pueblo oprimido para publicar por él esta gloria (comp. Is. 43:11-12, 15, 21).

«Por tanto, dirás a los hijos de Israel: yo soy Jehová; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os saco de debajo de las tareas pesadas de Egipto. Y os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo Jehová» (v. 6-8). Todo esto proclama la gracia más pura, la más gratuita, y la más rica. Jehová se presenta al corazón dé los suyos como Aquel que obrará en ellos, por ellos, y con ellos, para manifestar su gloria. Por débiles y miserables que fuesen, él había descendido para hacer ver su gloria, y manifestar su gracia mostrando un ejemplo de su poder en la completa salvación de su pueblo. La gloria de Dios y la completa libertad de Israel, eran dos cosas inseparablemente unidas. Más tarde, todas estas cosas debían serles recordadas: «No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto» (Deut. 7:7-8).

Nada hay más propio para establecer y afirmar al corazón temeroso y débil sobre un fundamento sólido, que la seguridad de saber que Dios se ha encargado de nosotros tal como somos, y conociendo perfectamente lo que somos; y que, además, nunca podrá descubrir en nosotros ningún nuevo defecto que pueda alterar el carácter o la medida de su amor para con nosotros. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13:1). Aquel que él ama, es amado con amor invariable; y esta verdad es motivo de gozo inexplicable. Dios sabía lo que nosotros éramos; conocía lo peor que había en nosotros, y a pesar de ello, quiso manifestarnos su amor en el don de su Hijo. Sabía lo que necesitábamos, y ha hecho abundante provisión para todas nuestras necesidades. Conocía el importe de la deuda, y la ha pagado. Sabía cuánto había por hacer, y lo ha cumplido todo. Las exigencias de su propia gloria debían ser satisfechas, y las ha satisfecho. Toda la obra es enteramente suya. Por esto dijo a Israel: «Yo os sacaré» – «Yo os meteré»; – «Yo os tomaré por mi pueblo»; – «Yo os la daré (la tierra) por heredad». – «Yo Jehová». Esto era lo que él quería hacer, en virtud de lo que él era, y mientras tanto que esta grande verdad no ha sido plenamente comprendida, y no ha sido recibida en el alma por el poder del Espíritu Santo, no puede haber una paz sólida. No se puede tener el corazón feliz ni la conciencia tranquila, a menos de saber y creer que todos los derechos divinos han sido divinamente satisfechos.

El resto del capítulo contiene un registro de «los jefes de las familias» de los padres de Israel. Este registro es interesante en cuanto nos muestra a Jehová haciendo el empadronamiento de los que le pertenecen, aunque ellos habitan todavía en el país del enemigo. Israel era el pueblo de Dios, y Dios hacía el recuento de aquellos sobre los cuales tenía los derechos de soberano. ¡Qué gracia más maravillosa! ¡Hallar un objeto de interés en aquellos que estaban en medio de la degradación de la servidumbre de Egipto, era una gracia digna de Dios! El que ha hecho los mundos y habita rodeado de los ángeles poderosos en fortaleza, siempre dispuestos para hacer «su voluntad» (Sal. 103:21), descendió aquí abajo con el fin de adoptar algunos esclavos, con cuyo nombre quiso unir el suyo para siempre. Descendió en medio de los hornos de ladrillo de Egipto, y allí vio a un pueblo que gemía bajo el látigo del opresor, y entonces pronunció estas palabras memorables: «Deja ir a mi pueblo». Y habiendo hablado así, se dispuso a contar el número de ellos, como diciendo: Estos son míos; veamos cuántos son para que ninguno sea dejado atrás. «El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra y él afirmó sobre ellas el mundo» (1 Sam. 2:8).

6 - Capítulos 7 al 11

Estos cinco capítulos forman una parte distinta del libro del Éxodo; su contenido puede agruparse bajo los tres puntos siguientes: los diez juicios de Jehová; la resistencia de «Janes y Jambres»; y las cuatro objeciones de Faraón.

Todo el país de Egipto fue quebrantado bajo los golpes sucesivos de la vara de Jehová. Todos, desde el monarca sentado en el trono, hasta la última criada moliendo en el molino, debieron sentir el peso de esta vara terrible «Envió a su siervo Moisés, y a Aarón, al cual escogió. Puso en ellos las palabras de sus señales, y sus prodigios en la tierra de Cam. Envió tinieblas que lo oscurecieron todo; no fueron rebeldes a su palabra. Volvió sus aguas en sangre, y mató sus peces. Su tierra produjo ranas hasta en las cámaras de sus reyes. Habló, y vinieron enjambres de moscas, y piojos en todos sus términos. Les dio granizo por lluvia, y llamas de fuego en su tierra. Destrozó sus viñas y sus higueras, y quebró los árboles de su territorio. Habló, y vinieron langostas, y pulgón sin número; y comieron toda la hierba de su país, y devoraron el fruto de su tierra. Hirió de muerte a todos los primogénitos en su tierra, las primicias de toda su fuerza» (Salmo 105:26-36).

Aquí, el salmista nos describe en términos concisos los terribles castigos que, por la dureza de su corazón, Faraón atrajo sobre su tierra y sobre su pueblo. Este monarca soberbio había emprendido la tarea de resistirse a la voluntad soberana y a la marcha del Dios altísimo, y como justa consecuencia de esto fue cegado y endurecido judicialmente. «Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová lo había dicho a Moisés. Entonces Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana, y ponte delante de Faraón, y dile: Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra. Porque ahora yo extenderé mi mano para herirte a ti y a tu pueblo de plaga, y serás quitado de la tierra. Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra» (Éxodo 9:12-16).

Considerando a Faraón y sus hechos, el alma se transporta en medio de las escenas terribles del Apocalipsis, que nos muestran al último orgulloso opresor del pueblo de Dios, haciendo descender sobre él y sobre su reino las siete copas de la ira del Todopoderoso. Dios, en sus designios, ha querido que Israel tuviese la preeminencia sobre la tierra; es pues necesario que cualquiera que tenga la pretensión de oponerse a esta preeminencia, sea completamente inutilizado. La gracia divina debe encontrarse con los que son el objeto de ella, y cualquiera que intente oponer una barrera a esta gracia debe ser «quitado»; que este sea Egipto, Babilonia, o «la bestia que era y no es, y será» (Apocalipsis 17:8), poco importa. El poder divino abrirá el camino, a fin que la gracia divina pueda derramarse, y la maldición eterna caerá sobre todos aquellos que se opongan a ello. Los obstinados saborearán durante toda la eternidad del siglo de los siglos el fruto amargo de su rebelión contra «Jehová, el Dios de los hebreos». Él ha dicho a su pueblo: «Ninguna arma forjada contra ti prosperará» (Isaías 54:17), y su fidelidad inmutable cumplirá ciertamente lo que su gracia infinita ha prometido. Por esto, cuando Faraón persistió en retener con su mano de hierro al Israel de Dios, las copas de la ira divina fueron derramadas sobre él, y todo el país de Egipto fue cubierto de tinieblas, de enfermedades y desolación. Pronto será lo mismo con el gran y último opresor, cuando saldrá del abismo sin fondo, armado del poder satánico, para aplastar bajo el «pie de soberbia» (Salmo 36:11) a los que Jehová ha escogido como objetos de su amor. Su trono será derribado, su reino devastado por las siete últimas plagas, y finalmente él mismo será hundido, no en el Mar Rojo, sino «en el lago de fuego y azufre» (Apocalipsis 17:8; 20:10).

Ni un tilde ni una jota de lo que Dios prometió a Abraham, a Isaac y a Jacob, pasará sin que sea cumplido. Dios lo cumplirá todo. A pesar de todo lo que se ha dicho o hecho en sentido contrario, Dios se acuerda de sus promesas y las cumplirá. «Porque todas las promesas de Dios son en él (en Jesucristo) Sí, y en él Amén» (2 Corintios 1:20). Muchas dinastías se han elevado y han jugado su papel en el teatro de este mundo, muchos tronos han sido erigidos sobre las ruinas de la antigua gloria de Jerusalén; muchos imperios han florecido por un tiempo, y luego se han derrumbado; muchos potentados ambiciosos han combatido por la posesión de la «tierra prometida»; todo esto ha tenido lugar, pero no obstante, Jehová ha dicho de Palestina: «La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es» (Levítico 25:23). Nadie más que Jehová poseerá en definitiva ese país, y Él lo poseerá para la simiente de Abraham. Un simple pasaje de las Escrituras es suficiente para fijar nuestras ideas sobre este asunto o sobre cualquier otro de las Escrituras. La tierra de Canaán es para la posteridad de Abraham, y la posteridad de Abraham para la tierra de Canaán, y nunca ningún poder humano o infernal podría invertir este orden divino. El Dios eterno ha empeñado su palabra, y la sangre de la eterna alianza ha sido derramada para ratificarla. ¿Quién, pues, podrá anularla? «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35). «No hay como el Dios de Jesurún, quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda, y sobre las nubes con su grandeza. El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos; él echó de delante de ti al enemigo, y dijo: Destruye. E Israel habitará confiado, la fuente de Jacob habitará sola en tierra de grano y de vino; también sus cielos destilarán rocío. Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo? Así que tus enemigos serán humillados, y tú hollarás sobre sus alturas» (Deuteronomio 33:26-29).

Debemos considerar ahora, en segundo lugar, la oposición de «Janes y Jambres», los encantadores de Egipto. Nunca hubiésemos conocido los nombres de esos dos antagonistas de la verdad de Dios, si el Espíritu Santo no los hubiese nombrado en relación con los «tiempos peligrosos» sobre los cuales el apóstol Pablo advierte a su hijo Timoteo. Es de suma importancia que el lector cristiano comprenda bien el verdadero carácter de la resistencia que esos encantadores opusieron a Moisés; y con el fin de darle una vista completa del asunto, citaremos todo el pasaje de la epístola de Pablo a Timoteo, pasaje profundamente importante y solemne.

«También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita. Porque de estos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también estos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe. Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquellos» (2 Timoteo 3:1-9).

El carácter especial de esta resistencia a la verdad es un asunto particularmente importante. La oposición que «Janes y Jambres» hicieron a Moisés consistía simplemente en imitar, hasta donde les fue posible, las señales que este hacía. No vemos que atribuyesen a un poder engañador o maligno las señales de Moisés, sino más bien procuraron neutralizar sus efectos sobre la conciencia, haciendo ellos las mismas cosas. Lo que Moisés hacía, también ellos podían hacer, de manera que después de todo, no había una gran diferencia entre ellos. Lo mismo valía el uno que los otros. Un milagro es un milagro. Si Moisés obraba milagros para sacar al pueblo de Egipto, ellos podían obrarlos para hacerlo quedar en el país. ¿Dónde estaba pues la diferencia?

De todo esto aprendemos que la resistencia más diabólica al testimonio de Dios en el mundo viene de aquellos que, si bien imitan los efectos de la verdad, no tienen más que la «apariencia de piedad», negando «la eficacia de ella» (2 Timoteo 3:5). Esas gentes pueden hacer las mismas cosas, adoptar las mismas costumbres y las mismas formas, emplear el mismo lenguaje, y profesar las mismas opiniones que los creyentes Si el cristiano verdadero, constreñido por el amor de Cristo, da de comer al que tiene hambre, da vestido al desnudo; visita los enfermos; esparce las Escrituras, distribuye tratados; ora, canta, defiende y predica el Evangelio, el formalista puede hacer otro tanto, y estemos alerta, porque este es el carácter especial de la resistencia opuesta a la verdad «en los últimos tiempos»; este es el espíritu de Janes y Jambres. ¡Cuán necesario nos es comprender esta importante verdad! ¡Cuánto importa recordar que «de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así» esos hipócritas amadores de sí mismos del mundo y de los placeres, «resisten a la verdad"! Ellos no quisieran vivir sin tener una «apariencia de piedad», pero aunque adoptan la apariencia porque ha entrado a formar parte de las costumbres, aborrecen «la eficacia» de ella, porque esto significa el renunciamiento de sí mismo. «La eficacia» de la piedad implica el reconocimiento de los derechos de Dios, el establecimiento de su reino en el corazón, y como consecuencia, la manifestación de estas cosas en el carácter y la vida entera, pero el formalista ignora todo esto. «La eficacia» de la piedad nunca podrá estar de acuerdo con ninguno de estos caracteres horribles que nos señala el pasaje de la epístola a Timoteo citado más arriba; pero «la apariencia», encubriéndoles, les permite vivir sin someterse, y esto es lo que causa el placer del formalista hipócrita. Él no se cuida de subyugar sus tentaciones, de interrumpir sus placeres, de dominar sus pasiones, de poner en regla sus afectos, de que su corazón sea purificado. Solamente necesita la indispensable cantidad de religión para poder sacar el mejor partido posible de la vida presente y del mundo venidero. No sabe lo que significa abandonar el mundo presente, porque se ha hallado «la vida venidera».

Considerando las diversas formas de la oposición de Satanás a la verdad de Dios, vemos que su sistema ha sido siempre de resistir a esta verdad; en primer lugar por la violencia, atacándola abiertamente, y luego, cuando este medio le ha fallado, procurando desacreditarla por medio de una falsificación. Así procura en primer lugar de hacer morir a Moisés (cap. 2:15), y no pudiendo llevar a cabo su propósito, ensaya de imitar sus obras.

Lo mismo ha sido en cuanto a la verdad confiada a la Iglesia de Dios. Los primeros esfuerzos de Satanás se manifestaron por la ira de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, por los tribunales, por la cárcel y la espada. Pero en el pasaje de la segunda epístola a Timoteo, no se hace mención de tales procedimientos. El ataque frente a frente ha sido reemplazado por el medio mucho más sutil y más peligroso de una profesión vana de una apariencia sin poder, de una falsificación humana. El Enemigo en lugar de presentarse con la espada de la persecución en la mano, se pasea cubierto con el manto de la religión, profesando e imitando aquello mismo que en otro tiempo combatió y persiguió; y por este medio obtiene por ahora ventajas inmensas. Las formas horribles que el mal moral ha revestido, y que de siglo en siglo han manchado las páginas de la historia de la humanidad, en lugar de hallarse en aquellos sitios donde naturalmente podrían buscarse, en los antros de las tinieblas humanas, se hallan ahora cuidadosamente ocultas bajo los pliegues del manto de una religiosidad fría e impotente, lo cual constituye una de las obras maestras del Diablo.

Es natural que el hombre, como ser caído y corrompido que es, sea egoísta, avaro, vanidoso, altivo, amigo de los deleites más que de Dios, pero que sea todo esto bajo la forma hermosa de la «apariencia de piedad», denota la energía especial de Satanás empleada en su resistencia a la verdad «en los postreros días». Nada tiene de extraño que el hombre mundano manifieste abiertamente esos vicios, concupiscencias y pasiones repugnantes, que son el resultado forzoso de su alejamiento de la fuente de santidad y de pureza, y es natural que así sea, porque el hombre será siempre lo que ha sido hasta el fin de su historia. Pero, por otro lado, cuando se ve asociado el santo nombre del Señor Jesús con la perversidad y maldad implacable del hombre, cuando los principios santos se ven unidos con prácticas impías; cuando se ven todas aquellas cosas que caracterizan la corrupción de los gentiles, tal como nos las describe el primer capítulo de Romanos, cubiertas con la «apariencia de piedad», entonces en verdad puede decirse: he aquí el carácter horrible de «los postreros días», la resistencia de «Janes y Jambres».

Sin embargo, los encantadores de Egipto solo pudieron imitar en tres cosas a los siervos del Dios vivo y verdadero: cambiaron sus varas en serpientes (cap. 7:12); transformaron el agua en sangre (cap. 7:22); e hicieron subir las ranas sobre el país (cap. 8:7); pero en cuanto a la cuarta señal que requería la potestad creadora, que significaba la manifestación de la vida, unida a una prueba evidente del estado de humillación de la naturaleza, se vieron confundidos y obligados a exclamar: «Dedo de Dios es este» (cap. 8:16-19). Lo mismo sucede con los que resisten a la verdad en los postreros días. Todo lo que hacen, es hecho según el poder directo de Satanás, y por lo tanto, dentro de los límites de su poder. Y su fin esencial no es otro que el de «resistir a la verdad».

Las tres cosas que «Janes y Jambres» tuvieron el poder de ejecutar, se caracterizan por el poder satánico, la muerte y la impureza, a saber: las serpientes, la sangre y las ranas. Por estos medios «resistieron a Moisés», y «así también estos resisten a la verdad», e impiden su acción moral sobre la conciencia. Nada contribuye más a debilitar el poder de la verdad, como el ver ciertas personas que se hallan completamente fuera de su influencia, hacer exactamente las mismas cosas que aquellos que son guiados por ella. Así obra el Diablo en el momento actual. Él procura que todos los hombres sean considerados como cristianos. Él quisiera hacernos creer que estamos rodeados de un «mundo cristiano», pero el pretendido «mundo cristiano» no es más que una cristiandad falsificada, que lejos de rendir testimonio a la verdad, está aquí, según los designios del Enemigo, para oponerse a la influencia de la verdad que santifica y purifica los corazones.

En una palabra, el siervo de Cristo, el testigo de la verdad de Dios, se halla rodeado por todas partes del espíritu de «Janes y Jambres»; y es conveniente que lo recuerde, conociendo a fondo el mal contra el cual debe luchar; que no olvide que el mundo que le rodea es una imitación diabólica de la obra de Dios, no producida, por la varita mágica de un encantador abiertamente hostil y malo, sino por la acción de falsos religiosos, teniendo «apariencia de piedad», mas habiendo negado la «eficacia de ella»; gentes que hacen obras, al parecer buenas y justas, pero que no tienen la vida de Cristo en sus almas, ni el amor de Dios en sus corazones, ni tampoco la potestad de la palabra de Dios en sus conciencias.

«Mas no irán más adelante» añade el apóstol, «porque su insensatez será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquellos». En efecto, la «insensatez de Janes y Jambres» fue manifiesta a todos, cuando no solamente se vieron impotentes para continuar imitando los milagros de Moisés y Aarón, sino que de hecho, fueron envueltos en los juicios de Dios lo mismo que los demás egipcios. Este hecho es muy importante. La insensatez de todos aquellos que no poseen más que la apariencia será igualmente manifestada. No solamente serán incapaces de imitar del todo los efectos de la vida y de la potestad divina, sino que vendrán a ser el objeto de los juicios que resultarán de la resistencia a esta verdad, rechazada por ellos mismos.

¿Se dirá que todo esto no encierra grandes enseñanzas para un tiempo como el nuestro, de tanta apariencia sin eficacia? Ciertamente que no; y estos ejemplos deberían influir sobre toda conciencia como poder de vida, hablar a todos los corazones con acentos solemnes y penetrantes, para llevarnos a cada uno de nosotros a examinarnos seriamente y darnos cuenta de si realmente rendimos testimonio a la verdad viviendo según la eficacia de la piedad, o si somos un obstáculo a ella, neutralizando sus efectos y no teniendo más que su apariencia. Los efectos de la potestad de la verdad se mostrarán en que nosotros persistimos en las cosas que hemos aprendido. (2 Timoteo 3:14). Solo aquellos que han sido enseñados de Dios podrán persistir; los que por la virtud del Espíritu de Dios han bebido del agua de la vida, en la fuente pura de la inspiración divina.

Pero gracias sean dadas a Dios, en las numerosas fracciones de la Iglesia se halla un gran número de tales personas. Aquí y allá, hay algunos cuyas conciencias han sido lavadas en la sangre expiatoria del «Cordero de Dios» (Juan 1:29); los corazones de los cuales son penetrados por un verdadero afecto a la persona del Señor Jesús, gozándose en sus espíritus en la gloriosa esperanza de verle «tal como es», y ser hechos semejantes a su imagen para siempre. Pensando en estos, se anima el corazón. Es un gozo indecible el poder tener comunión con aquellos que pueden dar razón de su esperanza, y de la posición que ocupan como hijos de Dios. ¡Que el Señor aumente de día en día el número de los verdaderos creyentes, y que la eficacia de la piedad sea esparcida en estos últimos tiempos, para que se rinda un brillante testimonio al nombre de Aquél que es digno de ser ensalzado !

Debemos examinar todavía el tercer punto que hemos señalado en esta parte del libro, es decir las cuatro objeciones maliciosas de Faraón, oponiéndose a la completa libertad del pueblo de Dios y a su entera separación de Egipto. La primera de estas objeciones se halla en el capítulo 8, versículo 25. «Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra». Es superfluo hacer notar aquí, que ya sean los encantadores con la resistencia que oponen, o las objeciones que Faraón hace, lo cierto es que Satanás está detrás de esta escena; es evidente que el objeto del Diablo al sugerir esta proposición a Faraón, no era otro que impedir el testimonio que debía ser rendido al nombre de Jehová, y que estaba íntimamente relacionado con la separación completa entre el pueblo de Dios y Egipto. Es asimismo cierto que tal testimonio no habría podido ser dado si Israel hubiese permanecido en Egipto, aunque el pueblo hubiese sacrificado a Jehová. Los israelitas se habrían colocado entonces en el mismo terreno que los egipcios, y habrían puesto a Jehová al mismo nivel de los dioses de Egipto; entonces los egipcios habrían podido decir a los israelitas: «No vemos ninguna diferencia entre nosotros: vosotros tenéis vuestro culto y nosotros tenemos el nuestro: ¿dónde está, pues, la diferencia?»

Los hombres consideran perfectamente justo y muy natural que cada cual tenga una religión, sea la que sea. Con tal que seamos sinceros y no nos mezclemos con las ideas religiosas de nuestro vecino, poco importa la forma de nuestra religión. Tales son los pensamientos de los hombres respecto a lo que ellos llaman religión, pero es bien manifiesto que la gloria del nombre de Jesús no es tenida en cuenta para nada en todo esto. El Enemigo se opondrá siempre a toda idea de separación, y el corazón del hombre no la comprenderá nunca. El corazón humano puede aspirar a la piedad, porque la conciencia atestigua que no está todo en regla, pero al mismo tiempo anhela poder seguir al mundo. El corazón quisiera «sacrificar a Dios en la tierra»; por esto cuando se acepta una piedad mundana y se rehusa «salir y separarse», Satanás ha logrado su propósito. Su plan invariable, desde el principio, consiste en impedir el testimonio rendido al nombre de Dios en la tierra; y aquí también su plan oculto era el mismo, cuando hacía decir a Faraón: «Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra». ¿No hubiese sido destruir el valor del testimonio el adherirse a esta proposición? ¡El pueblo de Dios en Egipto, y el Dios de los hebreos asociado a los ídolos de Egipto! ¡Qué terrible blasfemia!

Lector, nosotros deberíamos meditar seriamente sobre estas cosas. El esfuerzo del enemigo para inducir al pueblo de Israel a sacrificar a su Dios en Egipto, revela un principio diabólico mucho más importante de lo que podríamos suponer al primer golpe de vista. El enemigo triunfaría si pudiese obtener la más pequeña apariencia de conformidad divina en favor de la religión del mundo sin importarle en cuanto tiempo, ni por cuales medios, ni en qué circunstancias pudiese lograrlo. Él no tiene ninguna objeción que hacer contra una religión de esta especie. Su intento se logra tan efectivamente por medio de lo que se llama «el mundo religioso», como por cualquier otro medio de lo que él emplea; por esto obtiene un gran triunfo cuando consigue que un verdadero cristiano acredite la religión del mundo. Es un hecho positivo, bien conocido, que nada excita más la indignación del mundo que este principio divino de total separación del presente siglo malo. Se os dejarán creer las mismas cosas, predicar las mismas doctrinas, y hacer las mismas obras; pero en el momento en que intentéis, aunque solo sea en una pequeña medida, conformaros a las órdenes divinas: «a estos evita» (2 Timoteo 3:5) y «salid de en medio de ellos, y apartaos» (2 Corintios 6:17), podéis estar seguros de encontraros con la más violenta oposición. ¿Cómo se explica esto? Unicamente por este solo hecho; que los cristianos separados de la vana religión del mundo rinden un testimonio a Cristo que nunca podrían rendirle mientras estuviesen asociados con ella. Entre la religión humana y Cristo hay una inmensa diferencia. Un pobre hindú, hundido en las tinieblas, os hablará de su religión, pero nada sabe de Cristo. El apóstol no dice: «Si hay alguna consolación en la religión» (Filipenses 2:1), aunque sin duda los sectarios de una religión cualquiera hallan en su religión lo que creen ser una consolación. Pero Pablo había hallado su consolación en Cristo, después de haber hecho plenamente la experiencia de la vanidad de la religión, aun en su forma más bella e imponente (comp. Gálatas 1:13-14; Filipenses 3:4-11).

Es verdad que el Espíritu de Dios habla de una «religión pura y sin mácula» (Santiago 1:27); pero el hombre irregenerado no puede participar de ella en ninguna manera, porque ¿cómo podrá el tal tener parte en lo que es «puro y sin mácula"? Esta religión es la del cielo, la fuente de todo lo que es puro y excelente; ella está exclusivamente «delante de nuestro Dios y Padre», para producir los frutos de la nueva naturaleza de la cual son hechos participantes todos aquellos que creen en el nombre del Hijo de Dios (Juan 1:12-13; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23; 1 Juan 5:1). En fin, ella se define por los dos principales aspectos de la benevolencia activa y de la santidad personal: «Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27).

Si examináis el catálogo de los verdaderos frutos del cristianismo, los hallaréis todos clasificados bajo estos dos puntos principales; y es muy interesante de notar que lo mismo en el capítulo 8 del Éxodo, que en el capítulo primero de Santiago, la separación del mundo es presentada como una cualidad indispensable en el servicio de Dios. Nada que sea manchado por el contacto con el «presente siglo malo» puede ser aceptable delante de Dios, ni recibir de su mano ese sello «puro y sin mácula. «Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:17-18).

No había en Egipto ningún lugar de reunión para Jehová y su pueblo redimido: la libertad y la separación de Egipto eran para Israel una sola y misma cosa. Dios había dicho: «He descendido para librarlos» (Éxodo 3:8), y nada menos que esto podía satisfacerle o glorificarle. Una salvación que hubiese dejado al pueblo en Egipto, no habría sido salvación de Dios. Además, debemos recordar que el designio de Jehová en la salvación de Israel así como en la destrucción de Faraón, era para que su nombre fuese «anunciado en toda la tierra» (Éxodo 9:16). Y entonces, ¿qué publicación de su nombre o de su carácter hubiese tenido, si su pueblo hubiese debido prestarle culto en Egipto? No hubiese habido ningún testimonio, o habría sido un testimonio completamente falso. Era pues necesario para que el carácter de Dios fuese plena y fielmente manifestado, que su pueblo fuera enteramente librado y completamente separado de Egipto y es asimismo necesario ahora, para que un testimonio claro y sin equívocos sea rendido al Hijo de Dios, que todos aquellos que le pertenecen sean separados del presente siglo malo. Tal es la voluntad de Dios, y es por esta causa que Cristo se ha dado a sí mismo, según leemos en la Palabra de Dios: «Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por siglos de siglos. Amén» (Gálatas 1:3-5).

Los gálatas comenzaban a darse a una religión carnal y mundana, una religión de ordenanzas, una religión de «los días, los meses, los tiempos y los años» (4:10); y el apóstol, desde el principio de su epístola, les recuerda que el Señor Jesús se entregó a sí mismo con el fin de librar a su pueblo de todo este sistema. Es necesario que el pueblo de Dios sea un pueblo separado, por cuanto es su pueblo, y para que él responda inteligentemente al fin misericordioso que Dios se ha propuesto poniéndole en relación con Él mismo y asociándose a su nombre. Un pueblo que hubiese vivido todavía en medio del pecado y de las abominaciones de Egipto no habría podido ser el testigo del Dios Santo; y asimismo ahora, aquél que se mezcla con las suciedades de una religión mundana y corrompida, no puede ser un poderoso y fiel testigo de un Cristo crucificado y resucitado.

La respuesta de Moisés a la primera objeción de Faraón es muy notable. «Y Moisés respondió: No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos á Jehová nuestro Dios la abominación de los egipcios. He aquí, si sacrificáramos la abominación de los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían? Camino de tres días iremos por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, como él nos dirá» (cap. 8:26-27). «El camino de tres días», es una separación real del Egipto. Nada menos que esto habría podido satisfacer la fe. El Israel de Dios debe estar separado del país de la muerte y de las tinieblas, por el poder de la resurrección. Es necesario que las aguas del Mar Rojo separen a los redimidos de Dios del país de Egipto, antes de que ellos puedan ofrecer un sacrificio agradable a Jehová. Si se hubiesen quedado en Egipto, habrían tenido que sacrificar a Jehová los mismos objetos abominables del culto de los Egipcios.[4] Esto es imposible. En Egipto no podía haber ni tabernáculo, ni templo, ni altar. En toda la extensión del país no había lugar para ninguna de estas cosas. De hecho, como lo veremos luego, no entonó ningún cántico de alabanza hasta que toda la asamblea fue reunida, por la potestad de la redención llevada a cabo en la otra orilla del Mar Rojo que está hacia el país de Canaán. Y lo mismo exactamente es ahora. Es preciso que el creyente sepa donde ha sido colocado para siempre, en virtud de la muerte y resurrección del Señor Jesús, antes que pueda ser un adorador inteligente, un siervo aprobado y un verdadero y fiel testigo.

[4] La expresión «abominación» se refiere a lo que adoraban los egipcios.

No se trata aquí de la cuestión de saber si somos hijos de Dios, y, por lo tanto, salvos. Muchos hijos de Dios están lejos de conocer el completo resultado de la muerte y resurrección de Cristo en lo que les concierne a cada uno de ellos. No se apropian esta preciosa verdad, que la muerte de Cristo ha abolido para siempre sus pecados (Hebreos 9:26) y que son los bienaventurados participantes de su vida y de su resurrección, con la cual el pecado no puede tener nada que hacer. Cristo ha sido hecho maldición por nosotros, no como algunos quisieran enseñárnoslo, naciendo bajo la maldición de una ley quebrantada, sino siendo colgado en el madero (comp. atentamente Deuteronomio 21:23; Gálatas 3:13). Nosotros estábamos bajo la maldición, porque estábamos en nuestros pecados o porque no habíamos guardado la ley; pero Cristo, el hombre perfecto, habiendo magnificado la ley y engrandeciéndola (Isaías 42:21), por el hecho de haberla obedecido perfectamente, vino a ser hecho maldición por nosotros siendo colgado en el madero. Así en su vida, Jesús magnificó la ley de Dios, y en su muerte llevó la maldición por nosotros. No hay, pues, ahora para el creyente ni pecado, ni maldición, ni ira, ni condenación; y aunque él deba comparecer ante el tribunal de Cristo, este tribunal le será tan favorable entonces como ahora lo es para él el trono de la gracia. El tribunal manifestará su verdadera condición, esto es, que nada existe que le condene; lo que el creyente es, Dios lo ha operado. Él es la obra de Dios. Dios vino a él cuando se encontraba en un estado de muerte y de condenación, y ha sido hecho exactamente tal como Dios quería que fuese. El mismo juez ha borrado sus pecados y es su propia justicia, de manera que el tribunal debe serle favorable; más aun, allí hallará la declaración pública y solemne, hecha al cielo, a la tierra y al infierno que aquel que es lavado de sus pecados por la sangre del Cordero, es tan limpio como puede serlo, siendo lavado por Dios (véase Juan 5:24; Romanos 8:1; 2 Corintios 5:5, 10-11; Efesios 2:10). Todo lo que debía hacerse, Dios lo ha hecho, y seguramente Él no condenará su propia obra. La justicia que era reclamada, Dios la ha provisto; y por lo tanto, no hallará en ella ningún defecto. La luz de la sede judicial será bastante radiante para disipar todas las nieblas y nubes que pudiesen obscurecer las glorias incomparables y las virtudes eternas que pertenecen a la cruz, y para mostrar que el creyente es «limpio del todo» (Juan 13:10; 15:3; Efesios 5:27).

Es a causa de no haberse apropiado con la sencillez de la fe estas verdades fundamentales que un gran número de hijos de Dios se lamentan de no poseer una paz segura; de experimentar constantes variaciones en su estado espiritual, y continuos altos y bajos en su experiencia. Cada duda en el corazón de un cristiano es un deshonor hecho a la palabra de Dios y al sacrificio de Cristo. Es porque el cristiano no permanece ya, desde ahora, en aquella luz que brillará del tribunal de Cristo, que se siente atormentado por las dudas y temores. Y aunque esas fluctuaciones e incertidumbres, que tantas personas tienen que deplorar, no son comparativamente más que consecuencias ligeras en cuanto no afectan más que la experiencia de estas personas, los efectos que producen sobre su culto, su servicio y su testimonio son infinitamente más graves, por cuanto la gloria del Señor está interesada en ello. Pero generalmente hablando, se piensa poco en la gloria del Señor, porque el objeto principal, el fin supremo, para la mayor parte de los cristianos, es la salvación personal. Nosotros somos inclinados a considerar como esencial todo aquello que se relaciona directamente con nosotros, mientras que aquello que afecta a la gloria de Cristo en nosotros y por nosotros, es considerado como no esencial o secundario.

Sin embargo, es bueno comprender claramente que la misma verdad que da la paz segura al alma, la pone en estado de poder ofrecer un culto inteligente, un servicio agradable y un testimonio eficaz. En el capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios, el apóstol presenta la muerte y la resurrección de Cristo como el gran fundamento de todas las cosas. «Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (v. 1-4). ¡Tal es el Evangelio! El fundamento de la salvación es un Cristo muerto y resucitado. «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25). Ver, por los ojos de la fe, a Jesús clavado en cruz y sentado sobre el trono, es una visión que debe dar una paz sólida a la conciencia, y una perfecta libertad al corazón. Nosotros podemos mirar al sepulcro y verlo vacío, podemos mirar arriba al trono de gloria y verlo ocupado, y así, continuar nuestro camino gozosos. El Señor Jesús ha satisfecho todas las deudas sobre la cruz en favor de su pueblo; y la prueba de ello, es que ahora está sentado a la diestra de Dios. Un Cristo resucitado es la prueba eterna de una redención completa y cumplida; y si la redención es un hecho cumplido, la paz del creyente es una realidad verdadera y estable. No somos nosotros quienes han hecho la paz ni nunca habríamos podido hacerla; todos nuestros esfuerzos, en ese sentido, solo habrían servido para manifestar con mayor evidencia que nosotros éramos infractores de la paz. Pero Cristo, habiendo hecho la paz, por la sangre de su cruz, ha tomado su asiento en lugares celestiales, triunfando de todos los enemigos. Por Él, Dios anuncia la buena nueva de la paz. La palabra del Evangelio trae esta paz; y el alma que cree el evangelio tiene la paz, establecida delante de Dios, porque Cristo es su paz (véase Hechos 10:36; Romanos 5:1; Efesios 2:14; Colosenses 1:20). De esta manera Dios ha satisfecho no solamente las exigencias de su gloria, sino que, haciéndolo, ha abierto un camino por el cual su amor infinito puede descender hasta el mas culpable de la culpable raza de Adán.

Luego, en cuanto al resultado práctico, la cruz de Cristo no solo ha quitado los pecados del creyente, sino que ha quebrantado para siempre los lazos que le retenían al mundo, por lo cual tiene el privilegio de poder considerar al mundo como una cosa crucificada, y de ser considerado por el mundo como un crucificado. Tal es la posición respectiva del creyente y del mundo en relación el uno con el otro. El juicio que este mundo ha hecho sobre Cristo, ha sido expresado por la posición en la cual Cristo ha sido colocado por el mundo, con propósito deliberado. El mundo fue invitado a escoger entre Cristo y un asesino. Dio libertad al asesino y clavó a Cristo en la cruz entre dos malhechores. Por lo tanto, si el creyente sigue los pasos de Cristo, y se compenetra con su espíritu, y lo manifiesta, ocupará el mismo lugar que Cristo en la estima del mundo; y de esta manera conocerá que, en cuanto a su posición delante de Dios, está crucificado con Cristo, mas será también llevado a realizar este hecho en su vida y en su experiencia de cada día.

Pero, mientras que la cruz ha roto las cadenas que unían al cristiano con el mundo, la resurrección ha introducido al creyente bajo el poder de nuevos lazos y nuevas relaciones. Si en la cruz vemos el juicio del mundo respecto a Cristo, en la resurrección vemos el juicio de Dios. El mundo ha crucificado a Cristo, mas «Dios también le exaltó hasta lo sumo» (Filipenses 2:9). El hombre le ha dado el lugar más bajo, pero Dios le ha dado el lugar más elevado; y puesto que el creyente es llamado a gozar de una plena comunión con Dios, en sus pensamientos respecto a Cristo, él participará del lugar que el mundo ha dado a Cristo, y podrá, por su parte, considerar al mundo como una cosa crucificada. Así, pues, si el creyente está sobre una cruz y el mundo sobre otra, la distancia moral que les separa es en efecto considerable. Y si la distancia es considerable en principio, también debería serlo en la práctica. El mundo y el cristiano no deberían tener absolutamente nada en común; y nada tendrán en común sino aquello en que el cristiano niegue a su Señor y Maestro. El creyente se muestra infiel a Cristo en la misma proporción de la comunión que mantiene con el mundo.

Todo esto es bastante claro; pero, querido lector, ¿adónde nos conduce en cuanto a lo que concierne a este mundo? Seguramente, fuera de él, y esto de un modo completo. Nosotros estamos muertos al mundo y vivos con Cristo. Somos participantes a la vez de su desprecio en el mundo y de su aceptación en el cielo; y el gozo de esta aceptación nos hace considerar como nada la prueba del desprecio del mundo. Ser desechado en el mundo, sin saber que yo tengo un lugar y una parte en el cielo, sería insoportable para mí; pero cuando las glorias del cielo absorben las miradas del alma, muy poco de la tierra es necesario. Pero puede ser que se pregunte: «¿Y qué es el mundo?» Sería difícil hallar una expresión tan vaga y mal determinada como la de «mundo» o «mundanalidad», porque en general estamos inclinados a hacer comenzar «lo mundano» uno o dos grados más arriba del punto donde nos encontramos situados espiritualmente. Sin embargo, la palabra de Dios define con perfecta precisión lo que es el «mundo», cuando lo designa como comprendiendo todo lo que «no proviene del Padre» (1 Juan 2:15-16). Así, cuanto más profunda sea mi comunión con el Padre, mejor se ejercitará mi discernimiento respecto a lo que pertenece al mundo. Tal es la manera que Dios emplea para enseñarnos. Cuanto más os gocéis con el amor del Padre, tanto más rechazaréis al mundo. Mas, ¿quién es el que nos revela al Padre? Es el Hijo. Y Él lo hace por el poder de su Santo Espíritu. Por esta razón, cuanto más aprendo por el poder del Espíritu, no contristado, a deleitarme en la revelación que el Hijo nos ha dado del Padre, más exacto es mi discernimiento de lo que es el mundo. A medida que el reino de Dios gana terreno en el corazón, nuestro juicio respecto a la mundanalidad viene a ser más recto y justo. Definir lo que es el mundo es bastante difícil; alguien ha dicho que se compone de varios matices que varían gradualmente desde el color blanco hasta el negro más obscuro. No se puede poner un límite y decir: Aquí comienza «lo mundano»; pero la viva y exquisita sensibilidad de la naturaleza divina retrocede delante de ello; y todo lo que nosotros debemos hacer, es marchar adelante por la potencia de esta naturaleza, a fin de mantenernos alejados de toda especie de mundanalidad. «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (Gálatas 5:16). Andad con Dios y no andaréis con el mundo. Las frías distinciones y las reglas severas no tienen ninguna eficacia. Es la potencia divina lo que nos es necesario. Tenemos necesidad de comprender la significación y aplicación espiritual del «camino de tres días por el desierto», el cual no solo nos separa para siempre de los hornos de ladrillo y de los cuadrilleros de Egipto, sino también de sus templos y altares.

La segunda objeción de Faraón participa en mucho del mismo carácter y tendencia de la primera. «Dijo Faraón: Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal que no vayáis más lejos» (cap. 8:28). No pudiendo retener a los israelitas en Egipto, procuraba a lo menos tenerlos cerca de las fronteras, para poder influir sobre ellos por las diversas influencias del país. De esta manera el pueblo hubiese podido ser conquistado de nuevo más fácilmente, y su testimonio mejor aniquilado que si Israel no hubiese salido nunca de Egipto. Aquellos que vuelven al mundo después de haber parecido que lo abandonaban, hacen mucho más daño a la causa de Cristo que si nunca se hubiesen movido de él; porque virtualmente confiesan que habiendo probado las cosas divinas, han descubierto que las cosas terrenas son mejores y satisfacen más.

Pero no es esto todo. El efecto moral de la verdad sobre las conciencias de los inconvertidos recibe un golpe fatal a causa de aquellos que habiendo profesado abandonar el mundo, vuelven a las mismas cosas que parecía habían dejado para siempre. No es que tales casos concedan a nadie la autorización para rechazar la verdad de Dios, teniendo en cuenta que cada uno es responsable de sí mismo y tendrá que dar cuenta a Dios de sus propios actos. Pero el efecto producido en este sentido es siempre malo. «Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado» (2 Pedro 2:20-21).

Por este motivo, si no se está dispuesto a «abandonar el mundo enteramente», es mucho mejor no moverse de él en absoluto. El enemigo no ignoraba esto, de ahí la segunda objeción. El adoptar una posición de vecindad responde admirablemente bien a sus designios. Los que no saben tomar una posición decidida, son siempre débiles e inconsecuentes, y de hecho, su influencia, cualquiera que sea, conduce, indefectiblemente, hacia un lado enteramente falso.

Es muy importante comprender claramente que el fin de Satanás en cada una de sus objeciones no era sino el de poner obstáculos al testimonio, que no podía ser rendido al nombre del Dios de Israel más que por «un peregrinaje de tres días a través del desierto». Esto era verdaderamente, «alejarse»; ir mucho más allá de lo que Faraón podía imaginarse, donde no le era posible seguir a Israel. ¡Qué gran bendición sería si todos los que hacen profesión de salir de Egipto se alejasen verdaderamente de él, por el espíritu de su entendimiento y por la elevación de su carácter; si reconociesen exactamente el límite que marca entre ellos y el mundo la cruz y el sepulcro de Cristo! Nadie puede colocarse en ese verdadero límite por la sola energía de su naturaleza. Por esto el Salmista pudo decir: «No entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (Salmo 143:2). Lo mismo acontece respecto a la verdadera y efectiva separación del mundo. «ningún viviente» puede realizarla. Solo es posible hacerlo considerándose como «muerto con Cristo» y «resucitado con él, mediante la fe en el poder de Dios» (Colosenses 2:12), que el hombre puede ser «justificado» delante de Dios y separado del mundo. He aquí lo que se puede llamar «alejarse». ¡Haga Dios que todos los que hacen profesión de cristianos y se llaman de este nombre, puedan alejarse así! Entonces su lámpara dará una luz constante; su testimonio dejará oír un sonido inteligible; su marcha será elevada, sus experiencias ricas y profundas; su paz correrá como un río; sus afectos serán celestiales y sus vestiduras puras. Y sobre todo esto, el nombre del Señor Jesús será glorificado en ellos, por la potencia del Espíritu Santo, según la voluntad de Dios el Padre.

La tercera objeción de Faraón reclama una atención especial por nuestra parte. «Y Moisés y Aarón volvieron a ser llamados ante Faraón, el cual les dijo: Andad, servid a Jehová vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir? Moisés respondió: Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir; porque es nuestra fiesta solemne para Jehová. Y él les dijo: ¡Así sea Jehová con vosotros! ¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad como el mal esta delante de vuestro rostro! No será así; id ahora vosotros los varones, y servid a Jehová, pues esto es lo que vosotros pedisteis. Y los echaron de la presencia de Faraón» (cap. 10:8-11). De nuevo, vemos como el enemigo procura asentar un golpe de muerte al testimonio rendido al nombre del Dios de Israel. ¡Los padres en el desierto y los hijos en Egipto; qué terrible anomalía! Esto no era posible. Si los hijos hubiesen quedado en Egipto, ¿no se habría podido decir que los padres les habían abandonado? puesto que los hijos eran una parte integrante de ellos mismos. Todo lo más que se habría podido decir en tal caso, es que una parte de Israel servía a Jehová y otra parte a Faraón. Pero Jehová no podía compartir el servicio de su pueblo con Faraón y por lo tanto, era necesario que Él lo poseyese todo o nada. He aquí una cuestión importante para los padres cristianos. ¡Tengámoslo presente en nuestros corazones dándole la importancia que se merece! Tenemos el inmenso privilegio de poder contar con la ayuda de Dios para procurar el bien de nuestros hijos, y para criarlos «en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4). Ninguna otra porción debe satisfacernos para nuestros hijos, sino aquella misma que nosotros disfrutamos.

La cuarta y última objeción de Faraón se relacionaba al ganado grande y pequeño. «Entonces Faraón hizo llamar a Moisés, y dijo: Id, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con vosotros» (cap. 10:24). ¡Con qué perseverancia disputaba Satanás a Israel cada pulgada de terreno en su camino fuera de Egipto! En primer lugar procura hacerles quedar en el país; luego a tenerles cerca del país; después a retener una parte del pueblo; y por fin, cuando ha fracasado en esas tres tentativas, se esfuerza en hacerles marchar sin ningún medio para servir a Jehová. No pudiendo retener a los servidores, se empeña en retener el ganado que les es necesario para su servicio, pensando obtener así el mismo resultado por un medio diferente. Puesto que no puede inducirles a sacrificar en el país, quisiera enviarles fuera del país sin víctimas para sus sacrificios.

La respuesta de Moisés a esta última objeción de Faraón nos presenta una magnífica exposición de los derechos soberanos de Jehová sobre su pueblo, y sobre todo aquello que le pertenece. «Y Moisés respondió: Tú también nos darás sacrificios y holocaustos que sacrifiquemos a Jehová nuestro Dios. Nuestros ganados irán también con nosotros; no quedará ni una pezuña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá» (cap. 10:25-26). Cuando los hijos de Dios pueden tomar por medio de una fe sencilla e infantil, el alto lugar que les corresponde por la muerte y la resurrección, entonces pueden tener un conocimiento algo exacto de los derechos de Dios sobre ellos. «No sabemos con que hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá». Israel no conocía cuál era su responsabilidad ni las exigencias de Dios hasta que hubo hecho el «camino de tres días». El pueblo no podía conocer esas cosas en medio de la atmósfera corrompida del Egipto. Es indispensable que la redención sea conocida como un hecho realizado, antes que se pueda tener una idea justa o completa de la responsabilidad. Todo esto es perfecto y de una extraordinaria hermosura. «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios» (Juan 7:17). Es necesario que por el poder de la muerte y de la resurrección, estemos completamente fuera de Egipto; entonces, y solo entonces, conoceremos realmente lo que es el servicio del Señor. Cuando, por la fe, tomamos nuestro lugar en esos celestes y gloriosos atrios donde nos ha introducido la preciosa sangre de Cristo; cuando miramos a nuestro alrededor y contemplamos los resultados varios, excelentes y maravillosos del amor que nos ha rescatado; cuando consideramos atentamente la figura de Aquél que nos ha introducido en ese lugar y que nos ha hecho merced de todas esas riquezas, entonces nos vemos constreñidos a exclamar:

¿Qué pondré a los pies de un tal amor?
¿Qué daré al Señor por su gracia infinita?
¡Ah! mi vida y mi corazón son Suyos sin condición!

 

«No quedará ni una pezuña», responde Moisés; ¡qué nobles palabras! Egipto no es el lugar propio para guardar nada que pertenezca a los redimidos de Jehová; Dios es digno de todo; «espíritu, alma y cuerpo» (1 Tesalonicenses 5:23), todo lo que somos y todo lo que tenemos, le pertenece a Él. «No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio» (1 Corintios 6:19-20); y es nuestro gran privilegio consagrarnos con todo lo que poseemos a Aquél a quien pertenecemos y a cuyo servicio hemos sido llamados. Nada se descubre aquí del espíritu legalista del hombre. Las palabras «hasta que lleguemos allá», son nuestra salvaguardia contra ese mal terrible. Nosotros hemos hecho el «camino de tres días», antes que una sola palabra referente al sacrificio se haya hecho oír o haya sido comprendida por nosotros, estamos en plena posesión, completa e indiscutible, de la vida de resurrección y de la justicia eterna; hemos abandonado ese país de muerte y de tinieblas; hemos sido conducidos a Dios mismo, de tal suerte, que podemos gozar de Él por el poder de la vida que nos es dada, y en la esfera de justicia en la cual hemos sido colocados: servir es entonces nuestro mayor gozo. No hay, pues, en el corazón ni un solo pensamiento del cual Dios no sea digno; no hay en todo el rebaño ni una sola víctima que sea demasiado preciosa para ser sacrificada sobre su altar. Cuanto más cerca caminamos de Él y más íntima es nuestra comunión con Él, mejor comprenderemos que nuestra comida y nuestra bebida es hacer su santa voluntad. El creyente considera como su mayor privilegio el poder servir al Señor, y toma placer en todo ejercicio y en toda manifestación de la naturaleza divina. No camina cargado con un yugo pesado y duro. Su yugo ha sido roto «a causa de la unción» (Isaías 10:27); su carga ha sido quitada para siempre por la sangre de la cruz, en tanto que avanza «rescatado», «regenerado» y «libertado», en virtud de estas consoladoras palabras: «Deja ir a mi pueblo».

7 - Capítulo 12

"Jehová dijo a Moisés: Una plaga traeré aun sobre Faraón y sobre Egipto, después de la cual él os dejará ir de aquí; y seguramente os echará de aquí del todo" (cap. 11:1). Otro golpe más duro todavía debe caer aun sobre este monarca endurecido y sobre su pueblo, para obligarle a dejar ir a los bienaventurados objetos de la gracia soberana de Jehová.

Es en vano que el hombre se endurezca y se levante contra Dios; porque ciertamente Dios puede quebrantar y reducir en polvo al corazón más duro, y abatir hasta la humillación al espíritu más altivo. "Él puede humillar a los que andan con soberbia" (Daniel 4:37). El hombre puede imaginarse que es algo; puede levantar en alto la cabeza en su loco orgullo, como si fuese su propio dueño. ¡Hombre vano! ¡Cuán poco conoce su mísera condición y verdadero carácter! Él no es más que un medio, un instrumento de Satanás, que lo emplea para poner obstáculos a los designios de Dios. La inteligencia más brillante, el genio más elevado, la más indomable energía, no son más que otros tantos instrumentos en las manos de Satanás para ejecutar sus negros planes, a menos que no sean puestas bajo el gobierno inmediato del Espíritu de Dios. Ningún hombre es su propio dueño: él es gobernado o por Cristo o por Satanás. El rey de Egipto podía creerse un agente libre, y sin embargo no era más que un instrumento en las manos de otro. Satanás estaba detrás del trono; y en consecuencia de haberse entregado a él para resistir a los planes de Dios, Faraón fue entregado judicialmente a la influencia endurecedora y ciega del maestro que se había escogido.

Esto nos explica una expresión que leemos frecuentemente en los primeros capítulos de este libro: "Jehová endureció el corazón de Faraón" (cap. 9:12). No sería provechoso para nadie procurar evitar el sentido claro y completo de esta solemne declaración. Si el hombre rechaza la luz del testimonio divino, es judicialmente entregado al endurecimiento y ceguera del corazón; Dios lo abandona a sí mismo; y entonces Satanás apoderándose de él, lo arrastra inconscientemente hacia la perdición. En todo este asunto había luz abundante para hacer ver a Faraón la extravagancia y la locura del camino que seguía, procurando retener bajo su mano a aquellos a quienes Dios le había ordenado que dejase marchar. Pero la verdadera inclinación de su corazón era de oponerse a Dios con todas sus fuerzas, y por este motivo Dios lo abandonó a sí mismo, e hizo de él un monumento para la manifestación de su gloria "en toda la tierra" (cap. 9:16). Esto no encierra ninguna dificultad, sino para aquellos que desean disputar con Dios, y esforzarse "contra el Todopoderoso" (Job 15:25), arruinando así sus almas inmortales.

Dios da algunas veces a los hombres aquello que está de acuerdo con el verdadero deseo de sus corazones: "Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia" (2 Tesalonicenses 2:11-12). Si los hombres rechazan la verdad cuando les es presentada, tendrán ciertamente la mentira; si no quieren a Cristo, tendrán a Satanás; si menosprecian el cielo, tendrán el infierno.[5] ¿Hallará algo que responder a esto el espíritu incrédulo? Que comience por probar primero que todos los que son tratados judicialmente así, han obrado plenamente según su responsabilidad; que Faraón, por ejemplo, en el asunto que nos ocupa, obró, en alguna medida, según las luces que él poseía; y así sucesivamente con todos los demás casos. El deber de probar recae por entero, indiscutiblemente, sobre aquellos que están dispuestos a disputar con Dios acerca de sus juicios contra los que rechazan su verdad. El hijo de Dios, sencillo de corazón, justificará a Dios en sus más insondables dispensaciones, y aunque no pueda responder de una manera satisfactoria a todas las preguntas difíciles de la incredulidad, halla un reposo perfecto en estas palabras: "El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Génesis 18:25). Hay mucho más sabiduría en esta manera de resolver una dificultad aparente, que en los razonamientos más complicados; porque ciertamente, un corazón que esté dispuesto a "altercar con Dios" (Romanos 9:20) no será convencido por los razonamientos del hombre.

[5] Hay una gran diferencia entre la manera de obrar de Dios para con los paganos (Romanos 1:28) y para con aquellos que rechazan el Evangelio (2 Tesalonicenses 2:10-11). En cuanto a los primeros, se dice: "Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen"; pero en cuanto a los segundos, la Palabra enseña que "por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos". Los paganos rehusan el testimonio de la creación, y por lo tanto, son entregados a ellos mismos. Los que rechazan el Evangelio, repelen la luz resplandeciente que irradia de la cruz, y por lo mismo pronto les será enviado "poder engañoso". Esto es muy solemne para nuestros tiempos, en los que hay tanta abundancia de luz y tanta profesión de cristianos.

Sin embargo, una de las prerrogativas de Dios es de responder a todos los razonamientos orgullosos del hombre, y de bajar las soberbias imaginaciones del espíritu humano. Dios puede imprimir la sentencia de muerte sobre toda la naturaleza, aun cuando ésta adquiere sus formas más bellas. "Está establecido para los hombres que mueran una sola vez" (Hebreos 9:27). Nadie puede escapar a esta sentencia. El hombre puede procurar cubrir su humillación por diversos medios; escondiendo su paso a través del valle de sombra de muerte de la manera más heroica; dando los nombres más honrosos que pueda imaginarse a sus últimos días, los más humillantes de su carrera; dorando con falsos resplandores el lecho de muerte; decorando el convoy fúnebre y la tumba de cierta apariencia de pompa, de aparato y de gloria; levantando sobre los restos corrompidos un monumento espléndido sobre el cual se inscriben los anales de la vergüenza humana; el hombre puede hacer todo esto, pero después de todo, la muerte es muerte, y no puede retardarla ni un solo momento, ni transformarla en otra cosa de lo que realmente es, a saber: "La paga del pecado." (Romanos 6:23).

Estos pensamientos nos han sido sugeridos por los primeros versículos del capítulo 11: "Una plaga traeré aun". ¡Palabra solemne! Ella pone el sello a la sentencia de muerte pronunciada sobre los primogénitos de Egipto, "las primicias de toda su fuerza" (Salmo 105:36). "Dijo, pues, Moisés: Jehová ha dicho así: A la medianoche yo saldré por en medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca hubo, ni jamás habrá" (cap. 11:4-6). Tal debía ser la plaga final –la muerte en cada casa. "Pero contra todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua, para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas" (v. 7). No hay más que el Señor que pueda hacer "diferencia" entre aquellos que son suyos y los que no lo son. No debemos, por lo tanto, decir a nadie: "Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú" (Isaías 65:5); este es el lenguaje propio de un fariseo. Pero cuando Dios "hace diferencia," es nuestro deber indagar en qué consiste esta diferencia, y en el caso presente, vemos que se trataba de una simple cuestión de vida o de muerte. He aquí la gran diferencia que hace Dios. El tira una línea de demarcación; y a un lado de esta línea está la "vida," y al otro lado la "muerte". Algunos de los primogénitos de Egipto podían ser tan hermosos y tener los mismos atractivos que los de Israel, y tal vez más, pero Israel tenía la vida y la luz, fundamentadas sobre los consejos del amor de un Dios Redentor, y establecidas firmemente, como vamos a verlo, por la sangre del Cordero. Esta era la bienaventurada posición de Israel, mientras que, del otro lado, en toda la extensión del país de Egipto, desde el monarca sentado en el trono hasta la sierva ocupada en moler, no se veía más que muerte, y sólo se oía el grito amargo de la angustia, arrancado por el golpe terrible de la vara de Jehová. Dios puede abatir el espíritu altivo del hombre, Él puede hacer que "la ira del hombre" lo alabe, y reprimir el resto de las iras. (Salmo 76:10). "Y descenderán a mí todos estos tus siervos, e inclinados delante de mí dirán: Vete, tú y todo el pueblo que está debajo de ti; y después de esto yo saldré" (cap. 11:8). Dios cumplirá sus propósitos. Es menester que sus designios de misericordia sean cumplidos a toda costa; y la confusión de rostro será para aquellos que se le oponen. "Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia… Al que hirió a Egipto en sus primogénitos, porque para siempre es su misericordia. Al que sacó a Israel de en medio de ellos, porque para siempre es su misericordia. Con mano fuerte, y brazo extendido, porque para siempre es su misericordia" (Salmo 136:1 y 10-12).

"Habló Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero de los meses del año" (cap. 12:1-2). Hay aquí un cambio muy interesante en el orden de contar el tiempo. El año común o civil seguía su curso ordinario, cuando Jehová lo interrumpió a causa de su pueblo, enseñándole así en principio, que debía comenzar una nueva era con Él. La historia anterior de Israel no debía ser tenida en cuenta en adelante la redención debía constituir el primer paso en la vida real.

Esto nos enseña una verdad bien sencilla, y es que el conocimiento de una salvación perfecta y de una paz estable y asegurada, por la preciosa sangre del Cordero coloca al hombre en medio de un nuevo orden de cosas y empieza para él en realidad su vida con Dios. Hasta entonces, según el juicio de Dios y la expresión de las Escrituras, el hombre está muerto en "delitos y pecados" "ajeno de la vida de Dios" (Efesios 2:1; 4:18). Su historia entera no es más que un espacio vacío, aunque en la opinión del hombre, pueda haber sido una larga escena de ruidosa actividad. Todo lo que cautiva la atención del hombre mundano, los honores, las riquezas, los placeres, los atractivos de la vida, todas estas cosas; consideradas a la luz del juicio de Dios y pesadas en la balanza del santuario, no son en el fondo más que un horrible vacío, la nada, indigno todo ello de ocupar un lugar en los relatos del Espíritu Santo. "El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida" (Juan 3:36). Los hombres hablan de gozar de la vida, cuando se lanzan al mundo, cuando viajan de un lado y de otro para ver todo aquello que es digno de verse; pero olvidan que el solo medio real y verdadero de "ver la vida", es el de "creer en el Hijo de Dios".

Mas los hombres piensan de otra manera. Se imaginan que la «vida verdadera» se termina cuando un hombre se hace cristiano, real y verdadero, y no sólo de nombre y de profesión exterior; pero la palabra de Dios nos enseña que es precisamente cuando nosotros podemos ver la vida y gustar la verdadera felicidad. "El que tiene al Hijo, tiene la vida" (1 Juan 5:12). Y otra vez: "Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado" (Salmo 32:1). Sólo en Cristo podemos tener nosotros la vida y la felicidad. Fuera de Él todo es muerte y miseria según el juicio del cielo, aunque las apariencias puedan parecer otra cosa. Cuando el espeso velo de la incredulidad ha sido quitado de encima del corazón, entonces podemos ver, con los ojos de la fe, al Cordero inmolado llevando sobre el madero maldito la pesada carga de nuestra culpabilidad, y entrar en el sendero de la vida, participando de la copa de la felicidad divina. Esta vida empieza en la cruz, para continuar hasta una eternidad de gloria, y la felicidad es de día en día más profunda y más pura, dependiendo más cada día de Dios, y reposando mejor sobre Cristo, hasta que lleguemos a alcanzar aquella estatura del varón perfecto, en la presencia de Dios y del Cordero. Buscar la vida y la dicha por otros medios, es un trabajo mucho más vano que "hacer ladrillos sin paja".

Es cierto que el Enemigo de las almas sabe colorear la escena pasajera de la vida presente, para hacer creer al hombre que ella es toda de oro. Él sabe levantar más de un teatro de autómatas, para excitar la risa de una multitud descuidada y frívola, que no quiere acordarse de que es Satanás quien mueve los hilos de los muñecos, y que su objeto es alejar a las almas de Cristo para arrastrarlas a la perdición eterna. No hay nada real ni sólido que satisfaga el alma, sino en Cristo. Sin Él "todo es vanidad y aflicción de espíritu" (Eclesiastés 2:17). Sólo en Cristo se hallan los goces verdaderos y eternos y por esto, sólo cuando empezamos a vivir en Él, de Él, con Él empezamos a vivir verdaderamente. "Este mes os sera principio de los meses; para vosotros será este el primero en los meses del año". El tiempo pasado en los hornos de ladrillo, cerca de "las ollas de carne" (cap. 16:3), es como si no hubiese existido; así debía ser considerado por Israel, aunque el recuerdo de ese tiempo pasado debería servir siempre para reanimar de nuevo y hacer más profundo en el corazón del pueblo el sentimiento de lo que la gracia divina había realizado en su favor.

"Hablad a toda la congregación de Israel, diciendo: En el diez de este mes tómese cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia… El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de las ovejas o de las cabras. Y guardaréis hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes" (v. 3-6). He aquí la redención del pueblo fundamentada sobre la sangre del Cordero, según el designio eterno de Dios; esto nos enseña lo que comunica a esta redención su divina estabilidad. La redención no ha sido el fruto de un segundo pensamiento de Dios: antes que fuese el mundo, o Satanás, o el pecado; antes que la voz de Dios hubiese interrumpido el silencio de la eternidad y llamado los mundos a su existencia, sus grandes designios de amor existían delante de Él, y estos consejos de amor no pueden hallar jamás un fundamento suficientemente sólido en la creación. Todos los privilegios, todas las bendiciones y las glorias de la creación reposaban sobre la obediencia de una criatura, y en el momento en que ésta cayó, todo fue perdido. Pero la tentativa que hizo Satanás de turbar y corromper la creación, sólo sirvió para abrir el camino a la manifestación de los proyectos más profundos de Dios en la redención.

Esta maravillosa verdad nos es presentada en figura bajo el hecho que el cordero debía ser guardado desde el día diez hasta el catorce. Este cordero era, indiscutiblemente, una figura de Cristo, como nos lo enseñan claramente los pasajes siguientes: "Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros" (1 Corintios 5:7), y: "Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros" (1 Pedro 1:18-20).

Todos los designios de Dios, de toda eternidad, tenía relación con Cristo, y ningún esfuerzo del enemigo ha podido nunca alterarlos; muy al contrario, todos sus esfuerzos no han hecho más que contribuir a la manifestación de la sabiduría insondable y a la firmeza inmutable de los consejos de Dios. Si el Cordero "sin mancha y sin contaminación" fue "ya ordenado desde antes de la fundación del mundo,'' ciertamente que la redención debía estar en la mente de Dios antes de la fundación del mundo. El Dios Todopoderoso no tuvo necesidad de improvisar un plan con el cual poder remediar el terrible mal que el enemigo había introducido en la creación: no, Él no hizo más que sacar del tesoro inexplorado de sus maravillosos designios, la verdad concerniente al Cordero sin mácula ordenado ya desde la eternidad, y que debía ser "manifestado en los postreros tiempos por amor a nosotros".

Cuando la creación salió nueva y perfecta de las manos del Creador, ninguna necesidad tenía de la sangre del Cordero, puesto que en cada una de sus fases y de sus partes, se manifestaba la huella admirable de la mano divina que las había formado, y las pruebas infalibles de "su eterno poder y deidad" (Romanos 1:20). Pero cuando "el pecado entró en el mundo por un hombre" (Romanos 5:12), y el pecado se introdujo en la tierra, entonces fue revelado el plan más profundo, más perfecto y más glorioso, de la redención por la sangre del Cordero. Esta verdad maravillosa apareció primero a través de la espesa nube que rodeaba a nuestros primeros padres, cuando salieron del huerto de Edén; luego, sus brillantes rayos comenzaron a brillar en las figuras y sombras de la dispensación mosaica; y por fin, ella resplandeció sobre el mundo con todo su esplendor, cuando apareció "desde lo alto la aurora" (Lucas 1:78) en la persona de "Dios… manifestado en carne" (1 Timoteo 3:16); y sus ricos y gloriosos resultados se realizarán cuando aquella gran multitud, vestida de blanco y teniendo palmas en sus manos, se reunirán en torno del trono de Dios y del Cordero, y cuando la creación entera descansará segura bajo el cetro de Paz del Hijo de David.

Así, el cordero tomado el día diez y guardado hasta el catorce, nos presenta a Cristo, ordenado desde la eternidad, pero manifestado en el tiempo por amor de nosotros. El designio eterno de Dios en Cristo viene a ser el fundamento de la paz del creyente. Nada menos que esto sería suficiente. Nosotros somos trasladados más allá de la creación; más allá de los límites del tiempo más allá de la entrada del pecado en el mundo, más allá de todo aquello que pudiese afectar o alterar al fundamento de nuestra paz. La expresión "ya ordenado desde antes de la fundación del mundo", nos hace retroceder hacia las profundidades insondables de la eternidad, y nos muestra a Dios formando sus planes de amor y de redención, haciéndolos descansar por entero sobre la sangre expiatoria de su precioso Cordero inmaculado. Cristo fue siempre el pensamiento primario de Dios; por esto, desde que Dios comienza a hablar o a obrar, toma ocasión para presentar en figura a Aquél que ocupaba el lugar más alto en sus consejos y en sus afectos; y siguiendo el hilo de la inspiración divina, vemos que cada ceremonia, cada rito, cada ordenanza y cada sacrificio anunciaba de antemano al "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29, 36), pero ninguno de una manera tan evidente como el de "la pascua".

En la interpretación de este capítulo 12 del Éxodo tenemos que ver con una asamblea y con un sacrificio. "Y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes" (v. 6). Esto no significa tanto un cierto número de familias con varios corderos (lo que por cierto es mucha verdad en sí), como una sola asamblea y un solo cordero. Cada familia era la expresión local de toda la asamblea reunida alrededor del cordero, así como lo está toda la Iglesia de Cristo, reunida en el nombre del Señor Jesús por el Espíritu Santo, de cuya Iglesia, cada asamblea particular, en dondequiera que se reúna, es sólo la expresión local.

"Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer. Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas" (v. 7-9). El cordero pascual se nos presenta bajo dos aspectos distintos, o sea como fundamento de la paz y como centro de unidad. La sangre en el dintel aseguraba la paz a Israel. "Y veré la sangre y pasaré de vosotros" (v. 13). Nada más que la aspersión de la sangre era necesario, para que se pudiese gozar de una paz asegurada en relación con la obra del ángel destructor. La muerte debía hacer su obra en todas las casas del país de Egipto. "Está establecido para los hombres que mueran una sola vez" (Hebreos 9:27). Pero Dios, en su gran misericordia, halló un sustituto sin mácula para Israel, sobre el cual la sentencia de muerte fue ejecutada. Las exigencias de la gloria de Dios y la necesidad de Israel hallaron así en una sola y misma cosa, a saber, en la sangre del cordero, aquello que les satisfacía igualmente por entero. La sangre de afuera decía que todo había sido arreglado perfectamente, puesto que Dios había intervenido en ello; y por consiguiente, una paz perfecta reinaba adentro. La sombra de una duda en el corazón de un israelita habría sido una grave ofensa inferida al divino fundamento de la paz, a saber, la sangre de la propiciación.

Sin duda, cada uno de aquellos que se hallaban dentro de la puerta rociada con sangre, debería sentir, necesariamente, que si él debiese recibir la justa retribución de sus pecados, la espada del destructor caería irremisiblemente sobre él; mas ahora, el cordero había sufrido en lugar suyo, el trato que él merecía. Este era el fundamento sólido de su paz. El juicio que le correspondía había caído sobre una víctima predestinada por Dios y creyendo esto, podía comer en paz en el interior de su casa. Una sola duda habría hecho a Jehová mentiroso, porque Él había dicho: "Veré la sangre y pasaré de vosotros." Esto es suficiente. No se trataba aquí de méritos personales: el Yo estaba absolutamente fuera del asunto. Todos los que se hallaban protegidos por la sangre estaban en completa seguridad. No estaban solamente en el camino para ser salvos; –lo estaban ya. No debían esperar que serían salvos, o pedir para que lo fuesen; ellos conocían ya como un hecho probado, que lo eran desde luego, en virtud de la autoridad de esta palabra que permanecerá de generación en generación. Además, no se hallaban en parte salvos y en parte expuestos al juicio, sino que estaban completamente salvos. La sangre del cordero y la palabra de Jehová constituían el fundamento de la paz de Israel en esta noche terrible cuando el ángel de la muerte hirió a todos los primogénitos de Egipto. Si un solo cabello de una cabeza israelita hubiese sido tocado, este hecho habría desmentido la palabra de Jehová, y declarado inútil la sangre del cordero.

Es muy importante tener un conocimiento claro de aquello que constituye el fundamento de la paz del pecador, en la presencia de Dios. Se asocian tantas cosas a la obra cumplida por Cristo, que las almas se ven hundidas en la incertidumbre y en la obscuridad en cuanto a su aceptación. El pecador no discierne el carácter absoluto de la redención por la sangre de Cristo, en su aplicación a sí mismo. Parece ignorar que el pleno perdón de sus pecados descansa sobre el simple hecho de haberse cumplido una expiación perfecta, un hecho atestiguado y probado a la vista de toda inteligencia creada, por la resurrección de entre los muertos del Sustituto de los pecadores. Ellos saben que no hay otro medio de salvarse que la sangre de la cruz, pero los demonios también saben esto y no les aprovecha para nada. Lo que ellos ignoran, y lo que nosotros necesitamos saber, es que somos salvos ya. El israelita no conocía solamente que la sangre era una salvaguardia, mas sabía perfectamente que él estaba en seguridad. ¿Y por qué? Ciertamente que no por alguna cosa que él hubiese hecho, o sentido, o pensado; sino porque Dios había dicho: "Veré la sangre y pasaré de vosotros." El israelita descansaba en el testimonio de Dios; él creía lo que Dios había dicho, porque Dios lo había dicho; "éste atestigua que Dios es veraz'' (Juan 3:33).

Nota, querido lector, que el israelita no descansaba sobre sus propios pensamientos, o sobre sus sentimientos, ni tampoco sobre sus experiencias relativas a la sangre. Esto habría sido descansar sobre un miserable fundamento de arena. Sus pensamientos y sus sentimientos podían ser profundos o superficiales; pero profundos o superficiales, nada tenían que ver con el fundamento de su paz. Dios no había dicho: «Cuando veréis la sangre y la estimaréis como debe ser estimada, yo pasaré de vosotros». Esto habría bastado para hundir al israelita en una profunda desesperación en cuanto a sí mismo, puesto que es imposible para el espíritu humano apreciar en su justo valor la preciosa sangre del Cordero. Lo que le daba la paz, era la certidumbre de que el ojo de Jehová reposaba sobre la sangre, y el israelita sabía que Él la apreciaba en todo su valor. ¡"Veré la sangre"! He aquí lo que tranquilizaba su corazón. La sangre estaba afuera, en el dintel de la puerta, y el israelita que estaba dentro no podía verla; mas Dios veía la sangre, y esto era perfectamente suficiente.

La aplicación de lo que precede a la paz del pecador es bien sencilla. El Señor Jesús habiendo derramado su preciosa sangre, en expiación perfecta por el pecado, ha llevado esa sangre a la presencia de Dios, y allí Él ha hecho la aspersión; y el testimonio de Dios asegura al pecador que cree, que todas las cosas han sido arregladas a su favor, arregladas, no por el aprecio que él hace de la sangre, sino por la sangre misma, que tiene tan gran valor a los ojos de Dios, que, a causa de esa sangre, y de ella solamente, Dios puede perdonar con justicia todo pecado, y recibir al pecador como un ser perfectamente justo en Cristo. ¿Cómo podría gozar el hombre de una paz sólida, si su paz dependiera de la estima que él hiciese de la sangre? La apreciación mayor que el espíritu humano puede hacer del valor de la sangre, estará siempre infinitamente por debajo de su valor divino; por lo tanto, si nuestra paz dependiese de nuestra justa apreciación de lo que esta sangre vale, jamás podríamos gozar de una paz firme y segura, y sería lo mismo como si nosotros la buscásemos "por las obras de la ley" (Romanos 9:32; Gálatas 2:16; 3:10). Es necesario que haya un fundamento de paz suficiente sólo en la sangre, porque de otra manera jamás tendríamos paz. Mezclar a esa sangre el valor que nosotros le concedemos, es derribar todo el edificio del cristianismo, tan efectivamente como si condujéramos al pecador al pie del monte de Sinaí, y que lo pusiéramos bajo la alianza de las obras. O bien el sacrificio de Cristo es suficiente, o bien no lo es. Y si lo es, ¿por qué esas dudas y temores? Con las palabras de nuestros labios declaramos que la obra está cumplida, mas las dudas y los temores del corazón dicen que no lo está. Todos aquellos que dudan de su perdón perfecto y eterno, niegan en lo que a ellos se refiere, el cumplimiento y la perfección del sacrificio de Cristo.

Hay un gran número de personas que retrocederían a la idea de poner en duda, abiertamente y de propósito deliberado, la eficacia del sacrificio de Cristo, y no obstante, no gozan de una paz segura. Estas personas dicen estar convencidas de que la sangre de Cristo es perfectamente suficiente para satisfacer por completo todas las necesidades del pecador; pero si ellas pudiesen estar ciertas de tener una parte en esa sangre. Si solamente tuviesen la fe verdadera. Muchas almas sinceras se hallan en esta triste condición. Se ocupan más de su fe y de sus sentimientos que de la sangre de Cristo y de la palabra de Dios; en otras palabras, miran dentro de ellas mismas, en lugar de mirar afuera, a Cristo. Este no es el procedimiento de la fe; y, por consiguiente, carecen de paz. El israelita protegido por el rociamiento de la sangre podría enseñar a esas almas una lección muy oportuna. Él no fue salvo por el valor que concedió a la sangre, sino simplemente por la sangre misma. Sin duda, él apreciaba la sangre a su manera, como es seguro también que pensaría en ella; pero Dios no había dicho: «Cuando veré el aprecio que hacéis de la sangre, pasaré de vosotros»; sino: "Veré la sangre y pasaré de vosotros". La sangre, con todo su valor y su divina eficacia, había sido puesta delante de Israel; y si el pueblo hubiese querido poner algo más al lado de ella, aunque sólo hubiese sido un pedazo de pan sin levadura, para fortalecer el fundamento de su seguridad, habría hecho a Dios mentiroso, y negado la suficiencia perfecta de su remedio.

Nuestra natural inclinación es de buscar en nosotros, o en nuestras cosas, algo que pueda constituir, junto con la sangre de Cristo, el fundamento de nuestra paz. Sobre este punto vital se advierte en muchos cristianos una lamentable falta de claridad y de comprensión, como lo demuestran las dudas y temores de que se ven atormentados un buen número de ellos. Estamos inclinados a mirar los frutos del Espíritu en nosotros, como si fuesen el fundamento de nuestra paz, en vez de mirar a la obra de Cristo por nosotros. Pronto tendremos la oportunidad de considerar cual es el lugar que ocupa la obra del Espíritu Santo en el cristianismo, pero esta obra no nos es presentada nunca en las Escrituras como siendo el fundamento donde se afirma nuestra paz. El Espíritu Santo no ha hecho la paz, es Cristo quien la ha hecho; no se nos dice el Espíritu Santo sea nuestra paz, mas se nos dice que Cristo es nuestra paz; Dios no envió a predicar «la paz por el Espíritu Santo», sino "la paz por Jesucristo" (comp. Hechos 10:36, Efesios 2:14, 17; Colosenses 1:20). Jamás podremos percibir con demasiada sencillez esta diferencia tan importante. Sólo por la sangre de Cristo obtenemos la paz, la justificación perfecta, y la justicia divina: Él es quien purifica nuestras consciencias, quien nos introduce en el Lugar Santísimo, quien hace que Dios sea justo recibiendo al pecador que cree, y quien nos da derecho a todos los goces, a todos los honores, y a todas las glorias del cielo (véase Romanos 3:24-26; 5:9; Efesios 2:13-18; Colosenses 1:20-22; Hebreos 9:14; 10:19; 1 Pedro 1:19; 2:24; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 7:14-17).

Al procurar exponer cual es el valor de la preciosa sangre de Cristo, delante de Dios, espero que nadie pensará que yo pretendo escribir ni una sola palabra que pueda empequeñecer la importancia de la obra del Espíritu. ¡Dios no lo permita nunca! El Espíritu Santo nos revela a Cristo, nos hace conocerle, nos permite gozar de Él, y alimenta nuestras almas de Él, rinde testimonio a Cristo y toma de las cosas de Cristo para comunicárnoslas (Juan 16:14). Él es la potestad de nuestra comunión, el sello, el testigo, las arras, la unción. En una palabra, todas las benditas operaciones del Espíritu son absolutamente esenciales. Sin Él, no podemos ver, ni oír, ni sentir, ni experimentar, ni manifestar nada de Cristo, ni gozar de Él. La doctrina de estas diversas operaciones del Espíritu Santo está claramente expuesta en las Escrituras, y es recibida y comprendida por todo cristiano fiel bien enseñado.

Sin embargo, a pesar de todo esto, la obra del Espíritu no es el fundamento de la paz; y si lo fuese, no podríamos disfrutar de una paz sólida y segura hasta la venida de Cristo, porque la obra del Espíritu en la Iglesia no se terminará, propiamente hablando, hasta entonces. El Espíritu prosigue su obra en el creyente. "El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles" (Romanos 8:26); trabaja para hacernos llegar a aquella estatura a la cual hemos sido llamados, es decir, a una perfecta semejanza, en todas las cosas, a la imagen del "Hijo" (Romanos 8:29); es el único autor de todo buen deseo, de toda aspiración santa, de todo afecto puro, de toda experiencia divina y de toda convicción sana, pero es evidente que su obra en nosotros no será completa, hasta que habremos abandonado la escena presente de este mundo para tomar nuestro lugar con Cristo en la gloria, así como el siervo de Abraham no terminó su misión, respecto a Rebeca hasta que la hubo presentado a Isaac.

No es así con la obra de Cristo por nosotros. Ella es absoluta y eternamente completa. Cristo pudo decir: "He acabado la obra que me diste que hiciese" (Juan 17:4), y luego: "Consumado es" (Juan 19:30). El Espíritu Santo no puede decir todavía que ha terminado su obra. Como el verdadero Vicario de Cristo en la tierra, continúa trabajando en medio de las diversas influencias contrarias que rodean la esfera de su actividad; trabaja en el corazón de los hijos de Dios para hacerles llegar, de una manera práctica y experimental, a la altura del modelo a cuya imagen deben ser hechos semejantes. Pero jamás conduce el alma a que haga depender de su obra la paz de que goza el creyente en la presencia de Dios. La misión del Espíritu Santo es de hablar de Jesús, y no de sí mismo. "Tomará de lo mío", dice Jesús "y os lo hará saber" (Juan 16:14). Puesto que solamente por la enseñanza del Espíritu se puede comprender el verdadero fundamento de la paz, y no hablando jamás el Espíritu de sí mismo, es evidente que sólo puede presentar la obra de Cristo como el fundamento sobre el cual el alma debe apoyarse para siempre, más aun, es en virtud de esta obra que el Espíritu hace su morada y cumple sus maravillosas operaciones en el corazón del creyente. El Espíritu no es nuestro título, si bien es Él quien nos lo revela, y nos hace capaces de poder comprenderlo y gozarlo.

Así, el cordero pascual, como fundamento de la paz de Israel, es un tipo admirable y magnífico de Cristo como fundamento de la paz del creyente. Nada debía ser añadido a la sangre puesta sobre el dintel, y tampoco nada más hay que añadir a la sangre puesta sobre el propiciatorio. "El pan sin levadura" y "las hierbas amargas" eran cosas necesarias; pero en ninguna manera debían formar el fundamento de la paz, ni en todo, ni en parte. Debían ser usadas en el interior del hogar, constituyendo los signos característicos de la comunión en la familia; el verdadero fundamento de todo era la sangre del cordero. Ella salvó a los israelitas de la muerte, introduciéndoles en una nueva escena de vida, de luz y de paz, formando así el lazo de unión entre Dios y su pueblo redimido. Como un pueblo puesto en relación con Dios sobre el fundamento de una redención cumplida, fue un gran privilegio para los israelitas el ser colocados bajo ciertas responsabilidades; mas esas responsabilidades no formaban el lazo de unión, sino que eran las naturales consecuencias de él.

Deseo recordar también a mi lector que la vida de obediencia a Cristo no nos es presentada en las Escrituras como la causa que nos procura el perdón, fue la muerte de Cristo en la cruz lo que abrió el libre curso al torrente de amor. Si Cristo hubiese continuado hasta ahora recorriendo las ciudades de Israel "haciendo bienes" (Hechos 10:38), el velo del templo estaría todavía entero, cerrando al adorador la libre entrada a la presencia de Dios. La muerte de Cristo rasgó "en dos, de arriba abajo" (Marcos 15:38), ese velo misterioso. Fue por "su llaga" y no por su vida de obediencia, que "fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24), y fue sobre la cruz que Él fue herido y molido y "sufrió nuestros dolores," y no en ninguna otra parte. Sus propias palabras, pronunciadas durante el curso de su vida bendita, son suficientes para hacernos comprender el significado del pasaje donde dice: "De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!" (Lucas 12:50). ¿A qué se refiere esta declaración sino a su muerte en la cruz, como cumplimiento de ese bautismo, y qué abriría un camino por el cual su amor podría correr libremente, con justicia, hacia los culpables hijos de Adán? Y luego dice de nuevo: "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo" (Juan 12:24). Él era, en efecto, ese precioso "grano de trigo"; y habría quedado "solo" para siempre si, a pesar de haber sido hecho carne, no hubiese separado por su muerte sobre el madero todo aquello que pudiese impedir la unión de su pueblo con Él en la resurrección. "Pero si muriere, lleva mucho fruto".

Nunca meditará mi lector con demasiada atención este asunto tan solemne e importante. Hay dos puntos relativos a esta cuestión, de los cuales conviene acordarse siempre, a saber: que no había unión posible con Cristo sino por medio de la resurrección; y que Cristo sufrió por los pecados solamente en la cruz. No debemos imaginarnos que Cristo nos ha unido a sí por su encarnación; esto era imposible. ¿Cómo habría podido unirse con Él de esa manera nuestra carne de pecado? Necesariamente el cuerpo del pecado debía de ser destruido por la muerte; era necesario que el pecado fuese quitado: la gloria de Dios exigía esto, y también que todo el poder del enemigo fuese abolido. ¿Cómo podían ser satisfechas estas exigencias sino por la sumisión del Cordero de Dios precioso y sin mácula, a la muerte de cruz? "Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos" (Hebreos 2:10). "He aquí que echo fuera demonios, y hago curaciones hoy y mañana, y el tercer día termino soy hecho perfecto" (Lucas 13:32; V. M.). La expresión "perfecto" que hallamos en los dos pasajes citados más arriba, no se relaciona con la persona de Cristo de una manera abstracta, por cuanto, como Hijo de Dios, Él era perfecto de toda eternidad, y en cuanto a su humanidad, fue también igualmente perfecto. Pero como "autor de la salvación" como "habiendo de llevar muchos hijos a la gloria" y para asociarse un pueblo redimido, fue necesario que llegase al "tercer día" para ser "hecho perfecto", es decir acabada su obra o "consumado". Él solo descendió al "pozo de la desesperación", al "lodo cenagoso", pero inmediatamente puso sus "pies sobre la peña" de la resurrección y se asoció "muchos hijos" (Salmo 40:1-3). Él solo combatió en la batalla; mas, como vencedor poderoso, distribuye entre los que le rodean el rico botín, fruto de su victoria, a fin de que nosotros lo recojamos y lo gocemos eternamente.

No debemos considerar tampoco la cruz de Cristo como un simple incidente en una vida de expiación por el pecado. La cruz fue el gran y único acto de expiación por el pecado. Él llevó "nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Pedro 2:24); y no los llevó en ninguna otra ocasión. No los llevó en el pesebre, ni en el desierto, ni en el huerto, sino únicamente "sobre el madero". Jamás tuvo nada que ver con el pecado, respecto a su expiación, sino en la cruz, y una vez puesto en ella, inclinó la cabeza y dio su vida, bajo el peso de los pecados acumulados de su pueblo. Nunca tampoco sufrió de la mano de Jehová más que en la cruz; pero allí, Jehová le escondió su rostro, "porque por nosotros lo hizo pecado" (2 Corintios 5:21).

Esta sucesión de pensamientos, y los diversos pasajes de donde son sacados, puede ser que ayuden al lector para comprender más claramente el poder divino de estas palabras: "Veré la sangre y pasaré de vosotros". Era absolutamente necesario, sin duda alguna, que el cordero fuese sin defecto, para que pudiese soportar la mirada santa de Jehová. Pero si la sangre no hubiese sido derramada Jehová no habría podido pasar de su pueblo sin herirlo, porque "sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (Hebreos 9:22). De nuevo meditaremos este asunto, Dios mediante, de una manera más completa en los tipos del Levítico, porque merece una profunda atención de parte de todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad.

Consideremos ahora la Pascua bajo su segundo punto de vista, es decir, como el centro alrededor del cual la asamblea estaba reunida, en tranquila, santa y feliz comunión. Israel, salvado por la sangre, era una cosa, e Israel, comiendo el cordero era otra muy diferente. Los israelitas habían sido salvos sólo por la sangre, pero el objeto alrededor del cual estaban reunidos era, evidentemente, el cordero asado. Esto no es en ninguna manera una distinción absurda. La sangre del cordero constituye a la vez el fundamento de nuestra relación con Dios, y de nuestra relación los unos con los otros. Es a causa de nuestra condición como lavados en la sangre del Cordero que somos llevados a Dios y que tenemos comunión los unos con los otros. Fuera de la expiación perfecta de Cristo, no puede haber ninguna comunión, ni con Dios, ni con la asamblea de Dios. No obstante, los creyentes están reunidos por el Espíritu Santo en torno de un Cristo vivo en los cielos. Estamos unidos a un Jefe vivo, nos hemos llegado a una "piedra viva" (1 Pedro 2:4). Él es nuestro centro. Habiendo hallado la paz, por su sangre, nosotros le reconocemos como nuestro gran centro de reunión y como el lazo que nos une. "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). El Espíritu Santo es el único que reune; Cristo es el único objeto alrededor del cual nos reunimos; y nuestra asamblea, así reunida, debe ser caracterizada por la santidad, a fin de que el Señor nuestro Dios pueda habitar entre nosotros. El Espíritu Santo no puede reunir más que en torno de Cristo; le es imposible reunir las almas alrededor de un sistema, de un nombre, de una doctrina, o de una ordenanza. Él reúne alrededor de una persona, y esta persona es Cristo glorificado en el cielo. Este hecho debe comunicar un carácter particular a la asamblea de Dios. Los hombres pueden asociarse sobre una base, alrededor de un centro, o en vista de un objeto cualquiera que hayan escogido; pero cuando es el Espíritu Santo el que asocia, lo hace sobre el fundamento de una redención cumplida, y en derredor de la persona de Cristo, con el fin de edificar un templo santo para Dios. (1 Corintios 3:16-17; 6:19; Efesios 2:21-22; 1 Pedro 2:4-5).

Debemos considerar ahora, en detalle, los principios que nos presenta la fiesta de la Pascua. La congregación de Israel, cobijada bajo la sangre, debía ser organizada por Jehová de una manera que fuese digna de Él. Para ponerles al abrigo del castigo, nada más que la sangre era necesario, como acabamos de verlo; pero en la comunión que procedía de la seguridad procurada por la sangre, eran necesarias otras cosas, y cosas que no podían ser descuidadas impunemente.

En primer lugar, leemos: "Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas" (v. 8-9). El cordero, alrededor del cual la congregación estaba reunida, y que comían celebrando la fiesta, era un cordero asado, un cordero que había estado bajo la acción del fuego. En este detalle vemos a Cristo, "nuestra pascua," exponiéndose Él mismo a la acción del fuego de la justicia y de la santidad de Dios, que hallaron en Él un objeto perfecto y justo. Cristo pudo decir: "Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión" (Salmo 17:3). Todo en Él fue perfecto; el fuego lo probó, y no halló en Él escorias. "La cabeza con sus pies y sus entrañas", es decir, el asiento de su inteligencia, y su vida exterior, con todos sus afectos más íntimos, todo fue sometido a la acción del fuego, y todo fue hallado perfecto. Es muy significativa la manera en que el cordero debía ser asado, como lo son en su menor detalle todas las ordenanzas del Señor.

"Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua." Si el cordero hubiese sido comido así, no habría podido ser la expresión de la preciosa y gran verdad que debía prefigurar según la intención de Dios, a saber, que nuestro Cordero pascual debía sufrir en la cruz la justa ira de Dios. Nosotros no estamos solamente bajo la protección eterna de la sangre, sino que por la fe, nuestras almas se nutren de la persona del Cordero. Muchos de entre nosotros nos equivocamos en este respecto. Estamos inclinados a contentarnos con ser salvos por la obra de Cristo cumplida a favor nuestro, sin mantenernos en una santa comunión con Él. Su corazón amante no podía contentarse con esto. Él nos ha acercado a sí para que pudiéramos gozar de Él, alimentarnos de Él y regocijarnos en Él. Cristo se nos presenta como aquel que ha sufrido el fuego intenso de la ira de Dios con todo su rigor, a fin de ser, según su carácter maravilloso de Cordero, el alimento espiritual de nuestras almas.

Pero ¿cómo debía ser comido ese cordero? Con "panes sin levadura; con hierbas amargas". Según las Escrituras, la levadura es el emblema del mal. En ninguna parte del Antiguo ni del Nuevo Testamento se menciona la levadura como significación de algo puro, santo o bueno. Así, en este capítulo, "la fiesta de los panes sin levadura" (v. 17) es el tipo de una separación práctica del mal, separación que es el resultado de haber sido lavados con la sangre del cordero, y que es la consecuencia necesaria de la comunión en sus padecimientos. Sólo el pan completamente limpio de levadura puede ser comido con el cordero asado; la más pequeña cantidad de lo que representa el mal habría destruido el carácter espiritual de toda la ordenanza. ¿Cómo podríamos nosotros mezclar cualquier mal a nuestra comunión con los padecimientos de Cristo? Es imposible; y todos aquellos que por el poder del Espíritu hayan comprendido la significación de la cruz, echarán de sí, por este mismo poder, toda levadura de entre ellos. "Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad" (1 Corintios 5:7-8). La fiesta de que aquí se trata es aquella que, en la vida y en la conducta de la Iglesia, corresponde a la fiesta de los panes sin levadura. Esta fiesta duraba "siete días"; y la Iglesia, colectivamente, y el cristiano, individualmente, son llamados a andar en santidad práctica durante los siete días, o sea todo el tiempo de su carrera aquí abajo; y esto como resultado directo del hecho de ser lavados en la sangre del Cordero, y tener comunión con los padecimientos de Cristo.

El israelita no quitaba la levadura de su morada para ser salvo, sino porque lo era ya; y si él descuidaba de quitarla, no comprometía por esto, por grave que fuese esta falta, la seguridad que tenía por la sangre, sino su comunión con el altar y con la congregación. "Por siete días no se hallará levadura en vuestras casas; porque cualquiera que comiere leudado, así extranjero como natural del país, será cortado de la congregación de Israel" (v. 19). Para el israelita, el ser cortado de la congregación corresponde precisamente para el cristiano a la suspensión de la comunión, cuando se permite hacer alguna cosa contraria a la santidad de la presencia de Dios. Dios no puede tolerar el mal. Un solo pensamiento impuro interrumpe la comunión del alma, y mientras la mancha, producida por este pensamiento, no ha sido quitada por la confesión, fundada en la intercesión de Cristo, es imposible que la comunión sea restablecida (véase 1 Juan 1:5-10; comp. Salmo 32:3-5). El cristiano de corazón recto se regocija de que esto sea así, y puede celebrar siempre la memoria de la santidad de Dios (Salmos 30:4; 97:12). Aunque el cristiano pudiese, no quisiera, en ninguna manera, disminuir la medida de la santidad ni siquiera en el grueso de un cabello. Es un gran gozo para el creyente saber que camina en la compañía de Aquél que no puede soportar, ni por un solo momento, el contacto con el más pequeño átomo de "levadura".

Que Dios sea bendito por ello, nosotros sabemos que nada puede romper el lazo que une al verdadero creyente con Él. Somos salvos ''en Jehová", no con una salvación condicional, sino con "salvación eterna" (Isaías 45:17). Mas la salvación y la comunión son dos cosas distintas. Hay muchas personas que son salvas y no lo saben, y también muchas que son salvas y no gozan de ello. Es imposible que yo me sienta feliz, aun estando protegido por el dintel rociado con sangre, si hay levadura en mi morada. Este es un verdadero axioma en la vida espiritual. ¡Ojalá que fuese escrito en todos nuestros corazones! Aunque la santidad práctica no es el fundamento de nuestra salvación, está íntimamente unida al gozo de nuestra salvación. El israelita no era salvo por el pan sin levadura, sino por la sangre; sin embargo, el pan leudado le habría privado de la comunión. Y, en lo concerniente al cristiano, no es salvo por la santidad, mas por la sangre; no obstante, si él se permite hacer lo malo, ya sea en pensamiento, en palabras o en hechos, no tendrá nunca el verdadero gozo de la salvación, ni la comunión verdadera con la persona del Cordero.

No dudo que en este hecho está el secreto de una buena parte de la esterilidad espiritual y de la falta de paz, verdadera y constante, que se observa entre los hijos de Dios. No practican la santidad, no guardan "la fiesta de los panes sin levadura" (Éxodo 23:15). La sangre está puesta en el dintel; pero la levadura que se halla en sus moradas les impide gozar de la seguridad que les ofrece la sangre. La sanción que damos al mal, si bien no rompe el lazo que nos une eternamente a Dios, destruye nuestra comunión. Los que pertenecen a la congregación de Dios deben ser santos; no sólo han sido librados de la culpa y de las consecuencias del pecado, sino también de la práctica del poder y del amor al pecado. El mero hecho de ser librado Israel por la sangre del cordero, le imponía la obligación de arrojar de sí toda levadura. Los israelitas no podían decir, según el horrible lenguaje del antinómico: «Ahora que ya somos salvos, bien podemos hacer aquello que mejor nos parezca». ¡En ninguna manera! Si bien habían sido salvos por gracia, lo eran para andar en santidad. Un alma que puede jactarse de la gracia gratuita de Dios y de la divina perfección de la redención obrada por Cristo Jesús para "perseverar en pecado'' (Romanos 6:1), muestra claramente que no ha comprendido ni la gracia, ni la redención.

La gracia no solamente salva el alma con salvación eterna, sino que le comunica una nueva naturaleza que se deleita en todo lo que es de Dios, porque es divina. Somos hechos partícipes de la naturaleza divina, que no puede pecar, porque es nacida de Dios (Juan 1:13; 3:3, 5; 2 Pedro 1:4; 1 Juan 3:9; 5:18). Andar según el poder de esta naturaleza divina, es realmente "guardar" la fiesta de los panes sin levadura. En la nueva naturaleza no hay ni "vieja levadura", ni "levadura de malicia y de maldad" (1 Corintios 5:8), porque ella viene de Dios, y Dios es santo, y "Dios es amor" (1 Juan 4:8). Es, pues, evidente que no es con objeto de mejorar nuestra vieja naturaleza, irremisiblemente mala y corrompida, que nosotros desechamos la vieja levadura, ni tampoco lo hacemos para obtener la nueva, sino porque ya poseemos ésta. Nosotros tenemos la vida, y por el poder de esta vida, rechazamos el mal. Sólo cuando hemos sido librados de la culpa del pecado, podemos comprender y manifestar la verdadera potestad de la santidad; querer hacerlo antes es un trabajo inútil. No se puede guardar la fiesta de los panes sin levadura sin estar bajo el perfecto refugio de la sangre.

Asimismo, en "las hierbas amargas", que debían acompañar al pan sin levadura, se hallaba la misma utilidad moral y una figura igualmente significativa. No podemos disfrutar de la participación en los padecimientos de Cristo, sin recordar lo que ha motivado esos sufrimientos; y este recuerdo debe producir en nosotros necesariamente un espíritu de mortificación y sumisión, disposición justamente representada por "las hierbas amargas" en la fiesta de la Pascua. Si el cordero asado representa a Cristo, sufriendo la justicia de Dios, en su propia persona, clavado en la cruz, las hierbas amargas significan que el creyente reconoce esta verdad, que Cristo sufrió por nosotros. "El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5). A causa de la excesiva ligereza de nuestros corazones, es muy conveniente que comprendamos bien el profundo significado de las hierbas amargas. ¿Quién puede leer tales porciones de las Escrituras como los Salmos 6, 22, 38, 69, 88 y 109, sin comprender, en alguna medida, lo que representa el pan sin levadura comido con las hierbas amargas? Una vida prácticamente santa, unida a una profunda sumisión del alma, debe ser el fruto natural de la comunión verdadera con los padecimientos de Cristo; porque es imposible que el mal moral y la ligereza de espíritu puedan subsistir en presencia de tales sufrimientos.

Considerando estas verdades, es posible que alguno se pregunte: «¿No experimenta el alma un gozo inefable al sentir que Cristo ha llevado nuestros pecados por nosotros, y que ha apurado hasta las heces la copa de la justa ira de Dios?» Sí, por cierto, y esto constituye el fundamento de nuestro gozo. Mas ¿podremos olvidar nunca que Cristo sufrió "por nuestros pecados"? ¿Podemos perder de vista esta verdad, potente entre todas para subyugar las almas, que el Cordero de Dios inclinó su cabeza bajo el peso de nuestras transgresiones? Ciertamente que no. Es necesario que comamos nuestro cordero con las hierbas amargas, que, no hay necesidad de decirlo, no representan las lágrimas de un vano y superficial sentimentalismo, sino las experiencias profundas y reales de un alma que comprende el significado y el efecto práctico de la cruz, con la inteligencia y poder del Espíritu.

Al contemplar la cruz, descubrimos en ella lo que borra toda nuestra iniquidad, y el alma queda así llena de gozo y paz. Pero la cruz pone también completamente a un lado la naturaleza humana; ella representa la crucifixión de "la carne" y la muerte del "viejo hombre" (véase Romanos 6:6; Gálatas 2:20; 6:14; Colosenses 2:11). Estas verdades, en sus resultados prácticos, contienen muchas cosas ''amargas" para nuestra vieja naturaleza, y nos conducirán al renunciamiento de nosotros mismos, y a la mortificación de nuestros miembros que están sobre la tierra (Colosenses 3:5); a tener el yo como muerto al pecado (Romanos 6:11). Todas estas cosas pueden parecer terribles cuando se contemplan de lejos, pero una vez que se ha penetrado en el interior de la casa cuya puerta ha sido rociada con sangre, se ven de una manera bien distinta. Las mismas hierbas, que sin duda habrían parecido tan amargas a un egipcio, formaban una parte integrante de la fiesta de la libertad de Israel. Los que son redimidos por la sangre del Cordero, y conocen el gozo de la comunión con Él, consideran como una verdadera "fiesta" rechazar el mal y tener al "viejo hombre" crucificado.

"Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que quedare hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego" (v. 10). Este mandamiento nos enseña que la comunión de la congregación de Israel no debía ser separada, en ninguna manera, del sacrificio sobre el cual se fundaba esta comunión. Es necesario que el corazón guarde siempre el vivo recuerdo de que toda verdadera comunión está inseparablemente unida a una redención cumplida. Creer que se pueda tener comunión con Dios basada en cualquier otra cosa, es imaginarse que Dios puede tener comunión con el pecado que mora en nosotros; y creer que se pueda establecer una verdadera comunión con el hombre apoyándola sobre otro fundamento, es sencillamente organizar una reunión impura y profana de la cual no puede resultar otra cosa que confusión e iniquidad. En una palabra: es necesario que todo esté fundamentado sobre la sangre, e inseparablemente unido a ella. Tal es la clara significación de esta ordenanza, que ordenaba comer el cordero pascual la misma noche en que la sangre había sido derramada. La comunión no debe estar separada de aquello que es su verdadero fundamento.

¡Qué hermoso cuadro nos ofrece la congregación de Israel, protegida por la sangre, y comiendo en paz el cordero asado con pan sin levadura e hierbas amargas! Ningún temor de juicio; ningún temor de la ira de Jehová; ningún temor de la justa venganza, que como furiosa tormenta, barría, a media noche, todo el país de Egipto. En aquella misma hora, todo era paz profunda detrás de las puertas rociadas con sangre. Los israelitas nada debían temer de fuera, y nada podía turbarles en el interior tampoco, a no ser la levadura, que habría quebrantado toda su paz y su gozo. ¡Qué ejemplo para la Iglesia! ¡Qué enseñanza para el cristiano! Que Dios nos ayude a comprender su profundo significado y a someternos a él con espíritu dócil y obediente.

Mas no es esto solamente lo que debemos aprender en la institución de la Pascua. Hemos considerado la posición de Israel, y la comida que nutría a Israel; ahora debemos considerar el vestido de Israel.

"Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová" (v. 11). Los israelitas debían comer la Pascua como un pueblo que se halla presto a dejar tras sí el país de la muerte y de las tinieblas, de la ira y del juicio, para marchar adelante hacia el país de la promesa, hacia la herencia que les estaba destinada. La sangre que les había preservado de la destrucción de los primogénitos de Egipto, era también el fundamento de la redención de su esclavitud en Egipto; y ahora, sólo les restaba ponerse en marcha y caminar con Dios hacia la tierra que fluye leche y miel. Es cierto que no habían atravesado aun el Mar Rojo; que tampoco habían andado aun el "camino de tres días"; sin embargo, en principio, eran ya un pueblo redimido, un pueblo separado, un pueblo que dependía de Dios; y era preciso que también sus vestidos estuviesen en armonía con su posición actual y su destino futuro. "Los lomos ceñidos" de Israel manifestaban una separación rigurosa y sostenida de todo aquello que le rodeaba, y mostraban que era un pueblo preparado para el servicio. El "calzado" en los pies denotaba que Israel estaba dispuesto para abandonar su estado presente; mientras que "el bordón" en la mano, era el expresivo emblema de un pueblo que peregrinaba, apoyándose en algo que estaba fuera de él. ¡Quiera Dios que estos preciosos rasgos aparezcan más frecuentemente en cada uno de los miembros de su gran familia redimida!

Querido lector cristiano, ocupémonos "en estas cosas", permaneciendo "en ellas" (1 Timoteo 4:15). Por la gracia de Dios, nosotros hemos experimentado la eficacia purificadora de la sangre de Jesús; en consecuencia tenemos el privilegio de alimentarnos de su persona adorable y de regocijarnos en sus insondables riquezas (Efesios 3:8), participando en sus padecimientos, "semejantes a él en su muerte" (Filipenses 3:10). Mostrémonos, pues, con el pan sin levadura y las hierbas amargas, los lomos ceñidos, los pies calzados y el bordón en la mano. Que se nos vea, en una palabra, llevando el sello de un pueblo santo, de un pueblo crucificado, de un pueblo vigilante y activo, de un pueblo marchando manifiestamente al encuentro de Dios, hacia la gloria, siendo destinados al reino. Que Dios nos conceda penetrar en la profundidad y en la potestad de estas cosas, de tal manera que no sean solamente teorías o un asunto de inteligencia y de interpretación de las Escrituras, sino realidades vivas, divinas, conocidas por experiencia, y manifestadas en nuestras vidas, a la gloria de Dios.

Terminaremos este capítulo dando una ojeada a los últimos versículos (43 a 49). Estos versículos nos enseñan que todo verdadero israelita tenía el privilegio de comer la pascua, mientras que ningún extranjero incircunciso debía participar de ella: "Ningún extraño comerá de ella… Toda la congregación de Israel lo hará". La circuncisión era necesaria antes que se pudiese comer la pascua. En otras palabras, es menester que nuestra naturaleza haya estado bajo la sentencia de muerte, antes que podamos nutrirnos de Cristo de una manera inteligente, ya sea como fundamento de paz, o como centro de unidad. La cruz es el antitipo de la circuncisión, esa señal divina de la alianza de Dios con los judíos, y del despojamiento de la carne (comp. Colosenses 2:11-12). Para formar parte del pueblo de Dios, era necesario ser circuncidado, y la circuncisión tiene su realidad en Cristo. Los cristianos, hechos participantes de la eficacia de su muerte por la potestad de la vida que está en Él, y que viene a ser la de ellos, se consideran como muertos, y han despojado ese cuerpo del pecado por la fe; están crucificados con Cristo. Sin embargo, el mismo poder de Dios, tal como obró en Cristo, opera en ellos para darles una nueva vida en Cristo. "Mas si algún extranjero morare contigo, y quisiere celebrar la pascua para Jehová, séale circuncidado todo varón, y entonces la celebrará, y será como uno de vuestra nación; pero ningún incircunciso comerá de ella" (v. 48). "Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Romanos 8:8).

La ordenanza de la circuncisión formaba la gran línea de demarcación entre el Israel de Dios y todas las demás naciones que estaban sobre la faz de la tierra; y la cruz del Señor Jesús forma la línea de separación entre la Iglesia y el mundo. Qué importan las ventajas personales o la posición de un hombre; hasta que no se hubiese sometido a la operación de la circuncisión de su carne, no podía tener ninguna parte con Israel. Un mendigo circuncidado estaba mucho más cerca de Dios que un rey incircunciso. Lo mismo ahora, tampoco se puede tener ninguna parte en los goces de los redimidos de Dios, sino es por la cruz de nuestro Señor Jesucristo; esta cruz abate todas las pretensiones, derriba todas las distinciones, une a todos los redimidos en una santa congregación de adoradores lavados por la sangre. La cruz constituye una barrera tan elevada, una muralla tan impenetrable, que ningún átomo del mundo o de la vieja naturaleza puede atravesarla para venir a mezclarse con la "nueva creación". "Si alguien está en Cristo, es nueva creación… he aquí que han (las cosas) sido hechas nuevas. Y todas las cosas provienen de Dios, el cual nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo" (2 Corintios 5:17-18; N.T. Interlineal de F. Lacueva).

En la Pascua, no sólo se mantenía estrictamente la separación entre Israel y los extranjeros, sino también la unidad de Israel estaba claramente simbolizada en ella. "Se comerá en una casa, y no llevarás de aquella carne fuera de ella, ni quebraréis hueso suyo" (v. 46). No se podía hallar una figura más hermosa de lo que constituye "un cuerpo y un Espíritu", que la que se nos presenta aquí (Efesios 4:4). La Iglesia de Dios es una. Dios la ve así, la sostiene así, y la manifestará como tal, delante de los ángeles, de los hombres y de los demonios, a pesar de todo cuanto se ha hecho para poner obstáculos a esta unidad santa. Que Dios sea bendito, la unidad de su Iglesia está puesta bajo su guarda como la fue el cuerpo de su bien Amado sobre la cruz; sí, la unidad de la Iglesia está tan bien guardada por Dios como su justificación, su aceptación y su seguridad eterna. A pesar de la violencia y dureza de corazón de los soldados romanos, Él supo hacer cumplir la escritura que decía refiriéndose a Cristo: "Ni quebrarán hueso en él," y luego en otra parte: "El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado" (Números 9:12; Salmo 34:10; Juan 19:36); e igualmente, a despecho de todas las influencias hostiles puestas en juego de siglo en siglo. Dios guarda a su Iglesia: el cuerpo de Cristo es UNO y será siempre uno solamente (comp. Mateo 16:18; Juan 11:52; 1 Corintios 1:13; 12:4-27; Efesios 1:22-23; 2:14-22; 4:3-16). Un cuerpo y un Espíritu; y esto aquí abajo, sobre la tierra. Felices aquellos que han recibido la fe para reconocer esta preciosa verdad, y la fidelidad para practicarla en estos últimos tiempos, a pesar de las dificultades casi insuperables que encontrarán en esta senda. Dios reconocerá y honrará a los que le serán fieles.

¡Quiera el Señor librarnos del espíritu de incredulidad que nos conduciría a juzgar este punto por la vista de nuestros ojos y no por la luz de su Palabra inmutable!

8 - Capítulo 13

Los primeros versículos de este capítulo nos enseñan, de una manera clara y evidente, que la consagración y santidad personal son los frutos del amor divino producidos en aquellos que son los objetos de su afecto. La consagración de los primogénitos y la fiesta de los panes sin levadura son presentadas aquí en relación inmediata con la salida de Israel fuera del país de Egipto. "Conságrame todo primogénito. Cualquiera que abre matriz entre los hijos de Israel, así de los hombres como de los animales, mío es. Y Moisés dijo al pueblo: Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa de servidumbre, pues Jehová os ha sacado de aquí con mano fuerte; por tanto, no comeréis leudado" (v. 2-3). Y luego: "Siete días comerás pan sin leudar, y el séptimo día será fiesta para Jehová. Por los siete días se comerán los panes sin levadura; y no se verá contigo nada leudado, ni levadura, en todo tu territorio" (v. 6-7).

En los versículos siguientes se expone inmediatamente la razón por la cual esas dos ceremonias debían ser practicadas. "Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto". Y más adelante: "Y cuando mañana te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto? le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir en la tierra de Egipto a todo primogénito, desde el primogénito humano hasta el primogénito de la bestia; y por esta causa yo sacrifico para Jehová todo primogénito macho, y redimo al primogénito de mis hijos" (v. 8, 14-15).

Cuanto más crezcamos en el conocimiento de la redención que es en Cristo Jesús, por el poder del Espíritu Santo, nuestra vida de separación será más marcada y nuestra consagración más completa. Todo esfuerzo para producir la una o la otra de ambas cosas, antes que la redención sea conocida, es el trabajo más vano que pueda imaginarse. Todo lo que hacemos, debemos hacerlo "con motivo de lo que Jehová hizo", y no con el fin de obtener alguna cosa de Él. Los esfuerzos que hacemos para poseer la vida y la paz prueban que aun somos extraños al poder de la sangre; mientras que los frutos puros de una redención conocida y experimentada, son ofrecidos a la alabanza de Aquél que nos ha redimido. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:8-10). Dios nos ha preparado un camino de buenas obras para que nosotros andemos en ellas, y, por su gracia, nos prepara a fin de que podamos andar en ellas. Y sólo cuando hemos sido salvos podemos andar en ese camino. Si fuese de otra manera, podríamos gloriarnos; pero, considerándonos nosotros solamente como la obra de Dios, y siéndolo también el camino por el cual andamos, ningún motivo nos queda para gloriarnos. (Romanos 3:27; 1 Corintios 1:27-31).

El verdadero cristianismo sólo consiste en la manifestación de la vida de Cristo, implantada en nosotros por la operación del Espíritu Santo, según los eternos consejos de la gracia soberana de Dios y todas las obras que han precedido en nosotros a la implantación de esta vida, no son más que "obras muertas" (Hebreos 6:1; 9:14) de las cuales nuestra conciencia debe ser purificada. La expresión "obras muertas" abarca todas las obras que los hombres hacen con el fin de obtener la vida. Si alguno busca la vida, es evidente que no la posee aun; es muy posible que sea sincero en su afán por hallarla, mas su misma sinceridad prueba bien claramente que no tiene la menor confianza de haberla encontrado. Así pues, toda obra, hecha con la intención de obtener la vida, es una "obra muerta", porque está hecha sin la vida, la vida de Cristo, la sola vida verdadera, la única fuente de la cual pueden manar las buenas obras. Y, nótese bien, no se trata aquí de malas obras; ninguna persona soñaría en obtener la vida por tales medios. Al contrario, se verá como se recurre constantemente a las "obras muertas" como medio para aligerar la conciencia oprimida bajo el peso de las malas obras; mientras en la revelación divina se nos enseña que la conciencia necesita purificarse de las unas así como de las otras.

En cuanto a nuestra propia justicia, también leemos en otra parte que "todas nuestras justicias (son) como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6). No se dice aquí que sólo «todas nuestras maldades» son "como trapo de inmundicia". ¿Quién osaría decir lo contrario? Mas lo que se nos enseña y debemos aprender, es que los mejores frutos que podemos producir, bajo la forma de la piedad y de la justicia, son representados en las páginas de la verdad eterna como "obras muertas" y "trapo de inmundicia". Los mismos esfuerzos que hacemos para conseguir la vida, muestran palpablemente que estamos muertos, y nuestros esfuerzos para alcanzar la justicia prueban que estamos envueltos en trapos de inmundicia. Unicamente podemos andar en el camino de las buenas obras que Dios nos ha preparado, siendo verdaderos y actuales poseedores de la vida eterna y de la justicia divina. Las obras muertas y los trapos sucios no pueden aparecer por ese camino. Solo "los redimidos de Jehová" pueden pasar por él (Isaías 51:11). Israel guardaba la fiesta de los panes sin levadura y santificaba sus primogénitos a Jehová, como siendo un pueblo redimido. Hemos considerado ya la primera de estas ordenanzas y la segunda no es menos preciosa y rica en enseñanzas.

El ángel destructor pasó por todo el país de Egipto para destruir a todos los primogénitos; mas los primogénitos de Israel escaparon, por la muerte de un sustituto enviado por Dios. En consecuencia, estos aparecen delante de nosotros como un pueblo vivo, consagrado a Dios. Salvados por la sangre del Cordero, tienen el privilegio de consagrar sus vidas a Aquél que las ha redimido "por precio" (1 Corintios 6:20). Ellos poseían la vida sólo en su calidad de redimidos. La gracia de Dios solamente, había hecho una diferencia en su favor (Éxodo 11:5-7), y les había concedido un lugar de hombres vivos en su presencia. Ellos no tenían, ciertamente, ninguna razón para gloriarse, porque aquí se nos enseña que, en cuanto a sus méritos o valor personal, estaban colocados en el mismo nivel de un animal impuro. "Mas todo primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. También redimirás al primogénito de tus hijos" (v. 13). Había dos clases de animales: la de animales puros y la de animales impuros, y el hombre es colocado aquí al mismo nivel de la última. El cordero debía responder por el animal impuro; y si el asno no era redimido se le debía quebrar la cerviz; de manera que el hombre no redimido era puesto en el mismo lugar del animal impuro y sin ningún valor. ¡Qué cuadro tan humillante del hombre en su estado natural! ¡Oh! ¡si nuestros pobres y orgullosos corazones pudiesen comprenderlo mejor! Entonces nos regocijaríamos con mayor sinceridad en nuestro glorioso privilegio de ser lavados de nuestra iniquidad en la sangre del Cordero, y de haber dejado para siempre nuestra abyección personal en el fondo de la tumba donde fue puesto, por nosotros, nuestro Sustituto.

Cristo era el Cordero, el cordero sin mancha y sin contaminación. Nosotros estábamos manchados; mas, bendito sea su nombre, Él tomó nuestro lugar, y fue hecho pecado, y tratado como tal en la cruz. Cristo sufrió en la cruz, lo que nosotros habríamos debido sufrir durante los siglos de la eternidad. Él sufrió, allí y entonces todo lo que nosotros merecíamos, a fin de que nosotros pudiésemos gozar eternamente de todo lo que Él merecía. Recibió nuestra paga para que nosotros recibiésemos la suya. Aquel que era puro tomó, por un tiempo, el lugar de los impuros, el justo por los injustos, para que los impuros pudiesen tomar para siempre, el lugar de Aquel que era puro. Así, mientras que, según la naturaleza, somos representados por la repugnante figura de un asno degollado, según la gracia, somos representados por un Cristo resucitado y glorificado en el cielo. ¡Qué maravilloso contraste! Pone la gloria del hombre en el polvo, y glorifica las riquezas del amor redentor. Reduce al silencio los discursos vanos y orgullosos del hombre y pone en sus labios un cántico de alabanzas a Dios y al Cordero, que resonará eternamente en el cielo.

Con cuanto poder se nos recuerdan aquí las memorables palabras del Apóstol: "Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que le obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentáis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Romanos 6:8-14). No estamos solamente redimidos del poder de la muerte y del sepulcro, sino también estamos unidos con Aquel que nos ha redimido al precio inmenso de su propia vida, a fin de que, por el poder del Espíritu Santo, consagremos nuestras vidas a su servicio, con todas sus facultades, de tal manera que su nombre sea glorificado en nosotros según la voluntad de nuestro Dios y Padre.

En los últimos versículos de este capítulo 13 del Éxodo, hallamos un ejemplo hermoso y patético de las tiernas compasiones de Dios por las debilidades de su pueblo. "Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo" (Salmo 103:14). Cuando redimió a Israel para ponerle en relación con Él, Jehová, en su gracia infinita e insondable, se encargó de todas las necesidades y debilidades de los suyos. Poco importaba lo que ellos eran o cual fuese su necesidad, pues el que se llama "Yo soy" les acompañaba, e iba a conducirles desde Egipto a la tierra de Canaán; y aquí le vemos ocupado en escoger el camino más conveniente para ellos. "Y luego que Faraón dejó ir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, que estaba cerca; porque dijo Dios: Para que no se arrepienta el pueblo cuando vea la guerra, y se vuelva a Egipto. Mas hizo Dios que el pueblo rodease por e1 camino del desierto del Mar Rojo" (v. 17-18).

El Señor, en su gracia y condescendencia, arregla las cosas de tal manera que los suyos no hallan, al principio de su carrera, pruebas demasiado difíciles que puedan tener por efecto desanimarles en su corazón, y hacerles retroceder. "El camino del desierto" era mucho más largo que el del país de los filisteos; pero Dios tenía diversas lecciones importantes que enseñar a su pueblo, y éstas sólo podían ser aprendidas en el desierto. Este hecho les fue recordado más tarde en el pasaje siguiente: "Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos" (Deuteronomio 8:2). Tan preciosas lecciones no se habrían podido aprender jamás "por el camino de la tierra de los filisteos". En ese camino los israelitas habrían aprendido lo que era la guerra, desde el principio de su carrera; mas en "el camino del desierto" aprendieron lo que era la carne, con toda su perversidad, su incredulidad y su rebelión. Sin embargo, Aquel que se llama "Yo soy" estaba con ellos, con su gracia paciente, su perfecta sabiduría y su infinito poder; nadie sino Él podía proveer a las necesidades de la situación. Sólo Él puede soportar la vista de los abismos del corazón humano, puesto en descubierto ante su presencia. La revelación de lo que está en mi corazón, hecho en cualquier otra parte, fuera de la presencia de la gracia infinita, me sumiría en el mayor desespero. El corazón humano es un infierno en miniatura. ¡Qué maravillosa gracia de poder vernos libres de sus horribles abismos!

"Y partieron de Sucot y acamparon en Etam, a la entrada del desierto. Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche. Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego" (v. 20-22). Jehová no solamente escogió el camino, sino que Él mismo descendió para acompañar a su pueblo, y hacerse conocer de él según sus necesidades. No le condujo solamente sano y salvo fuera de Egipto, sino que descendió, de alguna manera, en la columna de nube, para acompañarle a través de todas las vicisitudes de su viaje por el desierto. Era la gracia divina. Los israelitas no fueron simplemente librados del horno de Egipto, y dejados inmediatamente a ellos mismos para que se arreglasen lo mejor que pudiesen, en su viaje a Canaán. Dios sabía que tenía delante de sí un camino peligroso y difícil, con serpientes y escorpiones, lazos y dificultades de toda suerte, y el desierto árido y estéril; y, bendito sea su nombre para siempre, no quiso dejarles ir solos. Quiso ser su compañero y compartir sus penas y sus peligros; más aun, Él fue "delante de ellos". Fue "su guía", "su gloria" y "su defensa" para librarles de todo temor. ¿Por qué le afligieron tanto por la dureza de su corazón? Si ellos hubiesen caminado humildemente con Él, contentos y confiados, su camino habría sido una marcha victoriosa desde el principio al fin. Llevando a Jehová "delante de ellos", ningún poder habría podido interrumpir su marcha triunfal desde Egipto a Canaán. Dios les habría introducido y les habría plantado en el monte de su heredad, según su promesa, y por el poder de su diestra, no permitiendo que un solo cananeo hubiese quedado en el país para ser una espina a Israel. Y así será pronto, cuando Jehová pondrá mano por segunda vez para librar a su pueblo del poder de todos sus opresores. ¡Quiera el Señor apresurar ese tiempo!

9 - Capítulo 14

"Los que descienden al mar en naves, y hacen negocio en las muchas aguas, ellos han visto las obras de Jehová, y sus maravillas en las profundidades" (Salmo 107:23-24). ¡Cuan verdadero es esto! Y a pesar de ello ¡como retroceden nuestros corazones cobardes delante de las "muchas aguas''! Preferimos los bajos fondos, y por consecuencia, estamos privados de ver las obras y las maravillas de nuestro Dios; porque éstas no se ven ni son conocidas sino "en lo profundo" de las aguas.

Es en el día de prueba y de dificultad cuando el alma hace alguna experiencia del inmenso e indecible gozo que se experimenta al poder contar con Dios. Si siempre fuese todo fácil, nunca se podría hacer esta experiencia. Cuando el barco se desliza suavemente sobre la superficie del lago tranquilo, apenas se siente la realidad de la presencia del Maestro; pero se experimenta realmente cuando la tempestad brama y las olas amenazadoras cubren la débil embarcación. El Señor no nos ofrece la perspectiva de un camino exento de pruebas y tribulaciones; muy al contrario de esto, nos dice claramente que hallaremos las unas y las otras; pero promete estar con nosotros siempre en medio de todo, y esto vale infinitamente más que vernos libres de todo peligro. Es mucho mejor gozar de la presencia de Dios en la prueba que ser librado de ella sin hacer esta preciosa experiencia. Sentir que el corazón de Dios simpatiza con nosotros, es mucho más dulce que sentir el poder de su mano por nosotros. La presencia del Maestro entre sus siervos fieles, mientras estaban en el horno, fue mucho mejor que lo habría sido la manifestación de su poder para preservarles de él (Daniel 3). Con frecuencia quisiéramos que se nos concediese avanzar sin prueba, pero perderíamos mucho en ello. La presencia del Señor nunca es tan dulce como en los momentos de mayor dificultad.

Esto mismo es lo que experimentaron los israelitas en las circunstancias relatadas en este capítulo. Ellos se hallaban allí ante una dificultad abrumadora, insuperable. Habían sido llamados a hacer su "negocio en las muchas aguas" "y toda su ciencia es inútil" (Salmo 107:27). Faraón, arrepentido de haberles dejado salir de su país, se decide a intentar un esfuerzo desesperado para traerlos de nuevo. "Y unció su carro, y tomó consigo su pueblo; y tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, y los capitanes sobre ellos. Y endureció Jehová el corazón de Faraón rey de Egipto, y él siguió a los hijos de Israel; pero los hijos de Israel habían salido con mano poderosa. Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo, y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová" (v. 6-10). La vista de los egipcios era un espectáculo que les ponía seriamente a prueba; una escena en medio de la cual todo esfuerzo humano era perfectamente inútil. Los israelitas habrían podido intentar, con las mismas probabilidades de éxito, hacer retroceder el poderoso flujo del océano con sus propios esfuerzos. El mar estaba delante de ellos; el ejército de Faraón detrás, y las montañas a su alrededor, y todo esto había sido permitido y ordenado por Dios. Dios había escogido el terreno donde Israel debía asentar "su campamento delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar hacia Baal-zefón" (v. 2). Además, Él permite que Faraón les alcance. ¿Por qué? Precisamente para manifestarse en la salvación de su pueblo, y en la derrota de los enemigos de este pueblo. "Al que dividió el Mar Rojo en partes, porque para siempre es su misericordia; e hizo pasar a Israel por medio de él, porque para siempre es su misericordia; y arrojó a Faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque para siempre es su misericordia" (Salmo 136:13-15).

En todas las etapas de los redimidos de Dios en el desierto, no hay ni una sola posición cuyos límites no hayan sido cuidadosamente trazados por la mano de la sabiduría y del amor infinito. El alcance y la influencia particular de cada una de esas posiciones son calculados con cuidado. Los Pi-hahirot y los Migdol están dispuestos de manera que se hallan en relación inmediata con la condición moral de aquellos que Dios conduce a través de los rodeos y laberintos del desierto de modo que manifiesten también el verdadero carácter de Dios. Sí; la incredulidad sugiere con frecuencia esta pregunta: «¿Por qué es esto así?» Dios lo sabe, y sin ninguna duda Él revelará el por qué todas las veces que esta revelación podrá contribuir a su gloria y al bien de su pueblo. ¿No nos preguntamos nosotros con frecuencia por qué y con qué fin nos hallamos en tal o cual circunstancia? ¿No nos atormentamos muchas veces para comprender la razón por la cual nos vemos expuestos a tal o cual prueba? ¡Cuánto mejor haríamos inclinando la cabeza con humilde sumisión, y diciendo "todo va bien" y "todo irá bien"! Cuando es Dios quien fija nuestra posición, podemos estar seguros que ha sido escogida con sabiduría y que nos es saludable; y aun cuando la hayamos escogido nosotros por nuestra propia voluntad locamente, Dios, en su misericordia, domina nuestra locura, y hace que la fuerza de las circunstancias, en las cuales nos hemos colocado, trabaje a favor de nuestro bien espiritual.

Cuando los hijos de Dios se hallan en el mayor apuro y en las más grandes dificultades, tienen el privilegio de ver las más preciosas manifestaciones del carácter de la actividad de Dios; y por esta razón, Él les coloca frecuentemente en la prueba para manifestarse con tanta mayor potencia. Dios habría podido conducir a Israel por el Mar Rojo, y hacerle ir más allá del alcance del ejército de Faraón, mucho antes que éste hubiese salido de Egipto; pero este medio no habría glorificado tan plenamente su nombre, ni habría confundido de una manera tan completa al enemigo en el cual quería "glorificarse" (v. 17). Muchas veces perdemos de vista esta preciosa verdad, y la consecuencia es que en el tiempo de la prueba el valor nos falta. Si consideráramos las crisis graves de nuestras vidas sólo como tantas otras ocasiones para que Dios hiciera aparecer, en favor nuestro, la plena suficiencia de la gracia divina, nuestras almas conservarían su equilibrio y nosotros podríamos glorificar a Dios, aun en medio de las aguas profundas.

El lenguaje de Israel, en la ocasión que meditamos, puede parecernos extraño y difícil de explicar; pero a medida que conozcamos nuestros corazones incrédulos mejor veremos la grande semejanza que hay entre nosotros y ese pueblo. Parece que habían olvidado completamente la reciente manifestación del poder divino en su favor. Habían visto como era abatido el poder de Faraón y como eran juzgados los dioses de Egipto, bajo el rudo golpe de la vara de Jehová. Habían visto la misma mano romper la cadena de hierro de la esclavitud egipcia, y apagar el horno. Habían visto todas estas cosas, y sin embargo, en el momento en que una nube oscura aparece en el horizonte, su confianza es perdida y su corazón se desvanece, la murmuración halla libre curso en sus labios, y dicen: "¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto" (v. 11-12). La ciega incredulidad no puede hacer más que errar siempre y escudriñar en vano los designios de Dios. Esta incredulidad es la misma en todos los tiempos; es la que hizo decir a David, en un día de debilidad: "Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos" (1 Samuel 27:1). Y, ¿cómo se desarrollaron los acontecimientos? Saúl murió en el monte de Gilboa y el trono de David establecido para siempre. Fue la misma incredulidad también que, en un momento de profundo abatimiento, hizo huir a Elías Tisbita, para salvar su vida, ante las furiosas amenazas de Jezabel. ¿Y qué sucedió después? Jezabel murió estrellada contra el suelo, y Elías fue arrebatado al cielo en un torbellino.

Lo mismo aconteció a los hijos de Israel en el principio de la prueba. Creyeron verdaderamente que Dios se había tomado tanto trabajo para librarles de Egipto con el solo fin de hacerles morir en el desierto, se imaginaban que si habían sido preservados de la muerte por la sangre del cordero pascual, era con el objeto de sepultarles en el desierto. Así razona siempre la incredulidad; nos induce a interpretar a Dios en presencia de la dificultad, en lugar de interpretar la dificultad en presencia de Dios. La fe se coloca más allá del alcance de la dificultad, y, allí, halla a Dios con toda su fidelidad, su amor y su poder. El creyente tiene el privilegio de estar siempre ante la presencia de Dios; ha sido introducido allí por la sangre del Señor Jesús, y no debiera tolerar nada de cuanto pudiera sacarle de allí. El sitio que le ha sido preparado en la presencia de Dios, no puede perderlo jamás, puesto que Cristo, su jefe y su representante, lo ocupa en lugar suyo. Pero, si bien no puede perder aquel sitio, puede perder el gozo, la experiencia y el poder de poseerlo. Todas las veces que las dificultades se interponen entre su corazón y el Señor, en vez de gozar de la presencia de Dios, sufre en presencia de sus dificultades; lo mismo sucede cuando una nube se interpone entre nosotros y el sol, privándonos momentáneamente de sus rayos de luz. La nube no impide que el sol brille; pero nos impide gozar de él. Así sucede exactamente cuando nosotros permitimos que las penas y dificultades de la vida oculten a nuestras almas los brillantes resplandores del rostro de nuestro Padre, que brilla con fulgor invariable en la persona de Jesucristo. No hay ninguna dificultad demasiado grande para nuestro Dios; muy al contrario, cuanto mayor es la dificultad, mejor ocasión se le ofrece para intervenir, según su propio carácter, como Dios benigno y Todopoderoso. Indubitablemente, la posición de Israel, tal como está descrita en los primeros versículos de este capítulo, era una posición que ponía al pueblo en tan grande prueba, que la carne y la sangre debían sentirse abrumadas bajo su peso; pero no es menos cierto que el Dueño del cielo y de la tierra estaba allí, y los hijos de Israel no debían hacer más que descansar en Él.

No obstante, querido lector, ¡cuán pronto desfallecemos cuando llega la prueba! Los sentimientos de que hablamos tienen un sonido agradable para el oído, y parecen muy hermosos escritos sobre el papel, además, y que Dios sea bendito por ello, son divinamente verdaderos, mas la cuestión importante es ponerlos en práctica cuando llega la ocasión. Practicándolos es cuando se experimenta su poder y se goza de la felicidad que de ellos emana. "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios" (Juan 7:17).

"Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos" (v. 13-14). "¡Estad firmes!" He aquí el primer acto de la fe en presencia de la prueba. Para la carne y la sangre esto es imposible. Todos aquellos que conocen, en alguna medida, la agitación del corazón humano en las pruebas y dificultades que uno mismo se anticipa, podrán formarse una idea de lo que significa "estad firmes".

Nuestra naturaleza querrá hacer algo; correrá de aquí para allá; quisiera tener una parte en la obra; y, si bien procura justificar y santificar sus actos dándoles el pomposo y usado título de «empleo legítimo de medios», en realidad su obra no es más que el fruto directo y positivo de la incredulidad, que siempre excluye a Dios, y no ve nada más sino la nube sombría de su propia creación. La incredulidad crea o aumenta las dificultades, y luego, para vencerlas, llama a nuestros propios esfuerzos y a nuestra inquieta e infructuosa actividad, que en realidad sólo sirven para levantar tan grande polvareda en nuestro derredor que nos impide ver la salvación de Dios. La fe, al contrario, eleva el alma por encima de esas dificultades, y le hace mirar a Dios directamente haciéndonos capaces por este medio de permanecer tranquilos. Nada adelantamos nosotros con nuestros esfuerzos y nuestra inquieta agitación. "No puedes hacer blanco o negro un solo cabello" "¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?" (Mateo 5:36; 6:27). ¿Qué habría podido hacer Israel delante del Mar Rojo? ¿Podía secarlo? ¿Podía allanar las montañas? ¿Podía destruir el ejército de Faraón? Nada de esto. Se encontraban encerrados dentro de un muro impenetrable de dificultades, ante cuya vista la naturaleza no podía hacer nada más que temblar y sentir su completa impotencia. Pero para Dios entonces era precisamente el momento de obrar. Cuando la incredulidad es echada fuera, Dios puede intervenir, y para poder contemplar sus actos, es necesario estarse quietos o firmes. Cada movimiento de la naturaleza nos impide, en la intensidad de su misma proporción, de que veamos la intervención divina en nuestro favor, y nos gocemos en ella.

Y asimismo sucede con nosotros en cada una de las fases de nuestra historia. Así sucede con nosotros, como pecadores, cuando, bajo el sentimiento de malestar que produce el pecado pesando sobre la conciencia, estamos tentados a recurrir a nuestros propios actos para obtener algún alivio. Es entonces cuando precisamente debemos permanecer "firmes" a fin de ver "la salvación le Jehová" Porque, ¿qué hubiéramos podido hacer nosotros en la obra de expiación por el pecado? ¿Habríamos podido estar con el Hijo de Dios en la cruz? ¿Habríamos podido descender con Él al "pozo de la desesperación, del lodo cenagoso"? (Salmo 40:2). ¿Habríamos podido jamás abrirnos camino hasta esa "peña" sobre la cual ha afirmado sus pies en la resurrección? Todo espíritu recto reconocerá que tal pensamiento sería una audaz blasfemia. Dios está solo en la redención, y en cuanto a nosotros no tenemos más que estar "firmes" y ver "la salvación de Jehová" El mismo hecho de ser "la salvación de Jehová" prueba que el hombre no debe hacer nada.

La regla es siempre la misma una vez que hemos entrado en la carrera cristiana. A cada nueva dificultad, ya sea grande o pequeña, nuestra sabiduría consiste en saber estarnos "firmes"; y renunciar a nuestras propias obras, buscando el reposo en la salvación de Dios. Tampoco debemos establecer categorías entre las dificultades: no podemos decir que las haya tan ligeras que puedan ser afrontadas por nosotros mismos, mientras que en otras sólo la mano de Dios es eficaz. No; todas ellas exceden igualmente a nuestras fuerzas. Somos tan incapaces de cambiar el color de un cabello, como de trasladar una montaña; de crear una mata de hierba, como de crear un mundo. Todas estas cosas son igualmente imposibles para nosotros, todas son igualmente posibles para Dios. Por lo tanto, debemos abandonarnos confiadamente, con fe sencilla, en las manos de Aquél "que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra (igualmente)" (Salmo 113:6). Algunas veces nos sentimos transportados de una manera triunfante a través de las mayores pruebas, mientras que otras veces perdemos ánimo, temblando y desfalleciendo, ante las circunstancias más ordinarias de la vida. ¿Y por qué? Porque en las grandes pruebas nos vemos obligados a echar nuestra carga sobre el Señor, mientras que en las dificultades más pequeñas, intentamos, locamente, llevarlas nosotros mismos.

"Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos" (v. 14). ¡Preciosa seguridad! Y ¡cuán propia para tranquilizar el espíritu en presencia de las mayores dificultades y de los mayores peligros! El Señor no se pone solamente entre nosotros y nuestros pecados, sino también entre nosotros y las circunstancias en medio de las cuales nos encontramos. En el primer caso, nos da la paz de la conciencia; en el segundo, la paz del corazón. Estas dos cosas son completamente distintas como lo sabe todo cristiano experimentado. Muchos cristianos tienen la paz de la conciencia, sin tener la paz del corazón. Ellos han visto a Cristo, por la gracia y por la fe, interpuesto entre ellos y sus pecados, con la divina eficacia de su sangre; pero no saben contemplar a Cristo, con la misma sencillez, como estando, en su divina sabiduría, entre ellos y las circunstancias que les rodean. De esto resulta una diferencia esencial en la condición práctica de sus almas, así como en el carácter de su testimonio. Nada contribuye mejor a glorificar el nombre de Jesús que este reposo tranquilo del alma, que dimana de la seguridad que tenemos de que Cristo está entre nosotros y todo aquello que pudiese ser causa de inquietud para nuestros corazones. "Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado" (Isaías 26:3).

Pero –se preguntará– «¿no debemos hacer nada nosotros?» Otra pregunta podrá servir de respuesta: «¿Qué podemos hacer nosotros?» Todos los que realmente se conocen, responderán: «¡Nada!» Si, en efecto, no podemos hacer nada, ¿no será lo mejor que permanezcamos "tranquilos"? Si el Señor obra por nosotros, ¿no hacemos bien permaneciendo detrás? ¿Correremos delante de Él? ¿Invadiremos su esfera de acción y entraremos en su camino? Es absolutamente inútil que dos trabajen, cuando uno solo es perfectamente capaz de hacerlo todo. ¿Quién soñaría en traer una bujía encendida para aumentar el resplandor del sol en pleno medio día? Y sin embargo, el que tal hiciese podría pasar por sabio en comparación con aquel que pretende ayudar a Dios con su mal entendida actividad.

Sin embargo, cuando Dios, en su grande misericordia, abre un camino, la fe puede andar por él; ella deja la senda del hombre para seguir la de Dios. "Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen" (v. 15). Cuando hemos aprendido a "estar tranquilos", entonces podemos efectivamente marchar adelante; de otra manera, todos nuestros esfuerzos no tendrán otro resultado que poner de manifiesto nuestra necedad y debilidad. La verdadera sabiduría consiste en "permanecer tranquilos" cualquiera que sea la dificultad o perplejidad en que nos hallemos, esperando únicamente en Dios, quien, ciertamente, nos abrirá un camino; entonces podremos "marchar" tranquilos y en paz. La incertidumbre no existe cuando es Dios quien nos abre el camino; de lo contrario, todo camino de nuestra propia invención será un camino de vacilación y de duda. El hombre no regenerado puede marchar con cierta apariencia de firmeza y decisión, en su propia senda; pero uno de los sentimientos que mejor distinguen al nuevo hombre, es la desconfianza en sí mismo, y la confianza en Dios quien siempre responde a ella. Cuando nuestros ojos han visto la salvación de Dios entonces podemos seguir esta senda; mas no podremos verla claramente sin ser antes convencidos de la inutilidad de nuestros propios y miserables esfuerzos.

En la expresión "Ved la salvación" de Jehová (v. 13) se encierra un poder y una hermosura especial. El mismo hecho de ser llamados a "ver" la salvación de Jehová, prueba que ésta es una salvación completa. Además, nos enseña que la salvación es una obra realizada y revelada por Dios para que podamos verla y gozarnos en ella. La salvación no es una obra en parte de Dios y en parte del hombre; porque en este caso no podría ser llamada la salvación de Dios. (Comp. Lucas 3:6; Hechos 28:28). Para poder ser la salvación de Dios es preciso que esté desprovista de todo lo que es del hombre, porque el único resultado posible de los esfuerzos humanos será obscurecer ante nuestros ojos la salvación de Dios.

"Di a los hijos de Israel que marchen". Parece como si el mismo Moisés se hubiese quedado perplejo en cuanto a lo que debía hacer; porque Jehová le dice: "¿Por qué clamas a mí?" –Moisés podía haber dicho al pueblo: "Esperad y ved la salvación de Jehová", mientras que él presentaba a Dios las peticiones de su alma angustiada, clamando a Él por misericordia. No obstante, es inútil clamar cuando deberíamos obrar, como lo es obrar cuando deberíamos esperar; y precisamente siempre hacemos así: probamos de avanzar cuando deberíamos pararnos y nos paramos cuando deberíamos avanzar. Los israelitas podían preguntarse muy naturalmente: «¿Y dónde vamos a ir?» Una barrera infranqueable parecía impedir todo movimiento de avance. ¿Cómo atravesar el mar? He aquí la dificultad. Jamás la naturaleza habría podido resolver esta cuestión; pero podemos estar ciertos que Dios no da nunca un mandamiento sin comunicar al mismo tiempo el poder para obedecerlo. El estado real del corazón puede ser puesto a prueba por el mandamiento, mas el alma que, por la gracia, está dispuesta a obedecer, recibe de arriba el poder para hacerlo. El hombre a quien Cristo mandó extender su mano seca habría podido preguntar también «¿Cómo puedo extender una mano seca?» –pero ninguna pregunta hizo, porque con el mandato, y de la misma fuente, vino el poder para obedecer. (comp. Lucas 5:23-24; Juan 5:8-9, etc.)

Así también, para Israel, junto con la orden de marcha vino el poder para abrir un camino. "Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre la mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio de la mar, en seco" (v. 16). Este era el camino de la fe. La mano de Dios abre la senda para que podamos dar el primer paso, y la fe se contenta con esto. Dios no da nunca la dirección para dar dos pasos a la vez. Es necesario que primero demos un paso; luego recibiremos luz para dar otro, y así sucesivamente nuestro corazón será guardado en una continua dependencia de Dios. "Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca" (Hebreos 11:29). Sin duda, el mar no fue dividido en toda su extensión de una sola vez: Dios quería conducir a su pueblo "por la fe" y no "por la vista". Ninguna fe es precisa para emprender un viaje cuyo camino se ve en toda su extensión, mas es necesaria la fe para ponerse en camino cuando no se ve mas que el primer paso. El mar se dividía a medida que Israel avanzaba, de tal suerte que, para cada nuevo paso, dependían enteramente de Dios. Tal era el camino por el cual marchaban los redimidos de Jehová, conducidos por su diestra. Pasaron a través de las sombrías aguas de la muerte, y vieron que estas aguas eran "como muro a su derecha y a su izquierda", mientras que ellos pasaban por medio "en seco" (v. 22).

Para los egipcios era imposible poder avanzar por ese camino. Entraron en él porque lo vieron abierto delante de ellos: para los egipcios era una cuestión de vista y no de fe. "Intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados" (Hebreos 11:29). Cuando se quiere probar de hacer aquello que sólo la fe puede cumplir, no se obtiene nada más que ruina y confusión. El camino por el cual Dios hace marchar a su pueblo, es una senda que no puede ser hollada por la naturaleza. "La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios" (1 Corintios 15:50); ni tampoco pueden caminar por la senda de Dios. La fe es la gran regla característica del reino de Dios, y por ella somos capacitados para caminar por la senda de Dios. "Sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebreos 11:6). Dios es grandemente glorificado cuando caminamos con Él con los ojos vendados, por decirlo así, porque esta es la prueba de que tenemos mayor confianza en su vista que en la nuestra. Si yo sé que Dios mira por mí, no me será nada difícil poder cerrar los ojos, y caminar tranquilamente con santa seguridad. En los negocios de la vida humana, sabemos que cuando un centinela o un guardián está en su puesto, los demás pueden dormir tranquilos. Cuanto mejor podemos nosotros descansar con toda seguridad, cuando sabemos que Aquel que no se adormece ni se duerme, tiene su mirada fija en nosotros y nos defiende con su brazo (Salmo 121:4).

"Y el ángel de Dios que iba delante del campamento de Israel, se apartó e iba en pos de ellos; y asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se puso a sus espaldas, e iba entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel; y era nube y tinieblas para aquellos, y alumbraba a Israel de noche, y en toda aquella noche nunca se acercaron los unos a los otros" (v. 19-20). Jehová se puso exactamente entre Israel y el enemigo, Él fue su protección. Para que Faraón hubiese podido tocar a un solo cabello de Israel, le habría sido necesario atravesar el pabellón del Todopoderoso, y al mismo Todopoderoso. Dios se pone siempre entre su pueblo y todo enemigo, de tal manera que "ninguna arma forjada contra ti prosperará" (Isaías 54:17). Él se ha puesto entre nosotros y nuestros pecados, y es nuestro privilegio verle ahora entre nosotros y toda persona o cosa que pudiere estar contra nosotros; y sólo así hallamos la paz del corazón y la de la conciencia. El creyente puede buscar sus pecados con ansiedad y diligencia, teniendo la seguridad que nunca más los hallará: ¿Por qué? Porque Dios está entre él y ellos. "Porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados" (Isaías 38:17), y al mismo tiempo hace lucir sobre nosotros, a quienes ha reconciliado consigo, la luz de su rostro divino.

De la misma manera, el creyente puede buscar sus dificultades y no hallarlas, porque Dios está entre él y ellas. Si, pues, en lugar de detenernos en nuestros pecados y en nuestras penas, nuestra mirada se detuviese en Cristo, más de una copa amarga sería endulzada, y muchas horas obscuras se verían iluminadas. Mas continuamente hacemos la experiencia de que la mayor parte de nuestras pruebas y pesares se componen principalmente de males anticipados y de pesares imaginarios, que sólo existen en nuestro espíritu enfermo, porque es incrédulo. Deseo que mi lector pueda conocer la paz sólida de la conciencia y del corazón, que es el resultado de tener a Cristo, en toda su plenitud, entre sí y todos sus pecados y todas sus penas.

Es a la vez solemne e interesante notar el doble aspecto de la "columna" en este capítulo. La columna era "nube y tinieblas" para los egipcios, mas "alumbraba a Israel de noche". ¡Qué semejanza con la cruz de nuestro Señor Jesucristo! Esta cruz tiene también un doble aspecto. Ella constituye el fundamento de la paz del creyente, y sella al mismo tiempo la condenación de un mundo culpable. La misma sangre que purifica la conciencia del creyente y le da paz perfecta, mancha este mundo y colma su pecado. La misma misión del Hijo de Dios, que despoja al mundo de su manto y le deja enteramente sin excusa, reviste a la Iglesia de un glorioso manto de justicia y llena su boca de alabanzas eternas. El mismo Cordero que llenará de terror a todas las tribus y pueblos de la tierra, por la grandeza de su ira, conducirá para siempre, con mano bondadosa, al rebaño que ha redimido con su preciosa sangre, a lugares de delicados pastos y junto a aguas de reposo (comp. Apocalipsis 6:15-17, con 7:13-17).

El final de este capítulo nos muestra a Israel victorioso sobre la orilla del Mar Rojo, y el ejército de Faraón sumergido en sus aguas. Este acontecimiento prueba que tanto los temores de los israelitas, como los orgullosos discursos de los egipcios, estaban igualmente desprovistos de fundamento. La gloriosa obra de Jehová había reducido a la nada los unos y los otros. Las mismas aguas que sirvieron de muro a los redimidos de Jehová, sirvieron de tumba a Faraón: los que andan por fe, hallan un camino para marchar, mientras que los otros hallan allí mismo una tumba para ser sepultados en ella. Esta es una verdad solemne, que no altera en nada el hecho de que Faraón obraba en abierta y positiva oposición a la voluntad de Dios, cuando "probó" pasar el mar Rojo; y siempre se demostrará la misma verdad a aquellos que quieren imitar las obras de la fe, serán confundidos. ¡Felices son los que pueden andar por fe, por débil que esta sea! Ellos siguen un sendero de bendiciones indecibles, un sendero que, si bien está marcado por sus faltas y enfermedades, ha sido comenzado en Dios, se prosigue en Dios y terminará en Él. Podamos nosotros entrar más y más en la realidad divina, en la tranquila elevación y en la santa independencia de este sendero.

No dejaremos esta hermosa porción del libro del Éxodo, sin recordar un pasaje en el cual el apóstol Pablo hace alusión a la nube y a la mar (1 Corintios 10:1-2). Este pasaje encierra una preciosa y profunda enseñanza para el cristiano, porque el apóstol dice: "Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros" (v. 6), enseñándonos así, según la autoridad divina, a interpretar el bautismo de Israel "en la nube y en el mar" de una manera simbólica; y nada seguramente puede tener una significación más profunda y más práctica. Fue según su condición como pueblo bautizado de esta manera, que los israelitas emprendieron su peregrinación a través del desierto, para el cual Aquél que es amor había hecho abundante provisión de "alimento espiritual" y de "bebida espiritual." En otras palabras, ellos eran, simbólicamente, un pueblo muerto para Egipto, así como a todo lo que pertenecía a Egipto. La nube y el mar fueron para ellos lo que son para nosotros la cruz y el sepulcro de Cristo. La nube les ponía al abrigo de sus enemigos, y el mar les separaba de Egipto; igualmente la cruz nos defiende de todo aquello que podría estar contra nosotros, y somos puestos al otro lado del sepulcro de Jesús; desde este punto empezamos a gustar el "maná" celestial y a beber del agua que brota de la "roca espiritual", mientras que, como pueblo peregrino, caminamos hacia la tierra del reposo de la cual Dios nos ha hablado.

Añadiré aquí la importancia que hay en comprender bien la diferencia entre el Mar Rojo y el Jordán. Tanto el uno como el otro de ambos acontecimientos tiene su antitipo en la muerte de Cristo. Pero mientras que en el primero vemos la separación entre Israel y Egipto, en el segundo vemos su introducción en la tierra de Canaán. Los creyentes no están sólo separados del presente siglo malo por la cruz de Cristo, mas también Dios les ha hecho salir vivificados de la tumba de Cristo, resucitándoles juntamente con Él, y haciéndoles "sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:6). Así, aunque los creyentes están rodeados todavía por las cosas de Egipto, se hallan, en cuanto a su experiencia actual, en el desierto, y son llevados al mismo tiempo, por la energía de su fe, al lugar donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. El creyente no sólo ha recibido el perdón de todos sus pecados, sino que está, de hecho, asociado a un Cristo resucitado en los cielos; no es sólo salvo por Cristo, sino unido a Él para siempre. Nada menos que esto no habría podido satisfacer el amor de Dios, ni realizar sus designios respecto a la Iglesia.

Lector, ¿comprendes estas cosas? ¿Las crees? ¿Las realizas? ¿Manifiestas su poder? Bendigamos la gracia de Dios que las ha hecho invariablemente ciertas para cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo ya sea sólo un "ojo" o una "oreja", una "mano" o un ''pie" de este cuerpo glorioso. La verdad de estas cosas no depende de su manifestación por nosotros, ni de que las realicemos y comprendamos, sino de la preciosa sangre de Cristo, que ha borrado todos nuestros pecados, y ha puesto el fundamento para el cumplimiento de todos los consejos de Dios a favor nuestro. Es aquí donde está el verdadero descanso para todo corazón quebrantado y para toda consciencia cargada.

10 - Capítulo 15

Este capítulo empieza con el magnífico cántico de victoria entonado por Israel en la orilla del Mar Rojo cuando "vio aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios" (cap. 14:31). Los israelitas habían visto la salvación de Jehová, y por esto cantan sus alabanzas y cuentan sus grandes obras. "Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová" (v. 1). Hasta aquí no hemos oído ningún cántico de alabanza, ni siquiera una sola nota de regocijo. Hemos oído el grito angustioso del pueblo, aplastado bajo el duro trabajo de los hornos de ladrillo de Egipto; hemos oído también el grito de su incredulidad, cuando se hallaba rodeado de dificultades que creía insuperables; pero nunca todavía un cántico de alabanza. Éste no se oyó hasta que, como pueblo salvo, toda la congregación redimida se vio rodeada por las pruebas de la salvación de Dios, y prorrumpió en cánticos de triunfo. Cuando los israelitas salieron de su bautismo "en la nube y en el mar" y pudieron contemplar a los egipcios muertos en la orilla (cap. 14:30), entonces todo Israel con Moisés a su cabeza entonaron el cántico de la victoria. Las aguas del Mar Rojo se extendían entre ellos y Egipto, y se hallaban salvos en la orilla, como un pueblo libertado; por esto podían entonces celebrar a Jehová.

En esto, como en todas las demás cosas, fueron "como ejemplos para nosotros". Es necesario que también nosotros nos consideremos salvados, por el poder de la muerte y de la resurrección, antes que podamos ofrecer a Dios un puro "y culto racional" (Romanos 12:1). Sin esto, siempre habrá reserva y vacilación en el alma, proviniendo, sin duda alguna, de la incapacidad positiva en comprender el valor de la redención cumplida que hay en Cristo Jesús. Es posible que se reconozca que la salvación está en Cristo y no en ningún otro; pero es otra cosa distinta el comprender, por la fe, el verdadero carácter y el fundamento de esta salvación, realizándola como nuestra. El Espíritu de Dios revela en las Escrituras, con perfecta claridad, que la Iglesia está unida a Cristo, en su muerte y en su resurrección; y además, que en Cristo resucitado y sentado a la diestra de Dios, está la medida perfecta y la garantía de la aceptación de la Iglesia. Cuando se cree esto, el alma es transportada más allá de las regiones de la duda y de la incredulidad. ¿Cómo puede dudar el cristiano cuando sabe que un Abogado, a saber "Jesucristo el justo", le representa continuamente ante el trono de la gracia? (1 Juan 2:1). El más débil de los miembros de la Iglesia de Dios tiene el privilegio de saber que ha sido representado por Cristo en la cruz, y que todos sus pecados han sido confesados, llevados, juzgados y expiados sobre esta cruz. He aquí una realidad divina, que, comprendida por la fe, da la paz, pero fuera de ella nada puede darla. Se podrán observar pía y devotamente todas las ordenanzas, todos los deberes y todas las fórmulas de la religión; mas el único medio de librar enteramente la conciencia del peso del pecado, es viendo al pecado juzgado en la persona de Cristo ofrecido como ofrenda por el pecado, sobre el madero (comp. Hebreos 9:26; 10:1-18). Si el pecado ha sido juzgado allí "una sola vez" y "para siempre", el creyente no puede menos que considerar la cuestión del pecado como una cosa divinamente, y, por lo tanto, eternamente ajustada. Y la prueba de que nuestro pecado ha sido juzgado así, la tenemos en la resurrección de nuestro Sustituto. "He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres" (Eclesiastés 3:14).

No obstante, aunque generalmente se admite todo esto como verdadero, en cuanto a la Iglesia colectivamente, un buen número de personas tienen mucho trabajo para aplicárselo personalmente. Estas personas están dispuestas a decir con el salmista: "Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí…" etc. (Salmo 73:1-2). Ellas miran a sí mismas en lugar de mirar a Cristo en la muerte, y a Cristo en la resurrección. Se ocupan más de su manera de aplicarse a Cristo que de Cristo mismo. Piensan en su capacidad antes que en su privilegio; y así son retenidas en un estado de deplorable incredulidad, y por consiguiente, no pueden tomar nunca el lugar de los adoradores dichosos e inteligentes. Se esfuerzan en orar pidiendo la salvación, en vez de regocijarse en la posesión consciente de ella. Miran a sus obras imperfectas en lugar de mirar la expiación perfecta de Cristo.

Examinando las diversas expresiones de este cántico del capítulo 15 del Éxodo, no hallamos ni una sola que haga referencia al "yo," ni a sus acciones, palabras, sentimientos o frutos; todo se refiere a Jehová, desde el principio al fin. Moisés comienza su cántico así: "Cantare yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; ha echado en el mar al caballo y al jinete" (v. 1). Estas palabras son una muestra de todo el cántico; desde el principio al fin no habla más que de los atributos y de las obras de Jehová. En el capítulo 14, el corazón del pueblo había sido puesto en estrecho, en alguna medida, bajo la presión excesiva de las circunstancias; pero en el 15, la carga ha sido quitada, y el corazón del pueblo se ensancha libremente dando expresión al dulce cántico de alabanza. El "yo" está olvidado; las circunstancias han desaparecido de la vista. No se ve más que un solo objeto, uno solo: el Señor Todopoderoso en su carácter y en sus obras. Israel podía decir: "Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; en las obras de tus manos me gozo'' (Salmo 92:4). Este es el culto verdadero. Cuando nosotros perdemos de vista nuestro miserable "yo" con todo lo que le pertenece, y solo Cristo llena nuestros corazones, entonces podemos ofrecer a Dios un culto verdadero. Los esfuerzos de una piedad carnal no son necesarios para despertar en el alma los sentimientos de devoción; ninguna necesidad tenemos de recurrir a la pretendida ayuda de una religión, "así llamada", para encender en el alma la llama de un culto agradable a Dios. Basta con que el corazón esté ocupado por la persona de Cristo y "los cánticos de alabanza" se elevarán naturalmente. Cuando la mirada está fija en Él, es imposible que el espíritu no se incline en santa adoración. Si contemplamos el culto de los ejércitos celestiales que rodean el trono de Dios y del Cordero, veremos que es siempre promovido por algún rasgo especial de la perfección divina o por alguna de sus obras. Y así debería ser en la Iglesia sobre la tierra; y cuando es de otra manera, es porque nos hemos dejado invadir por ciertas cosas que no tienen ningún lugar en las regiones de la luz pura y de la dicha perfecta. En todo culto verdadero, Dios mismo es el objeto del culto, el asunto del culto, y el poder del culto.

Por esto el capítulo que meditamos es un hermoso ejemplo de un cántico de alabanza. Es el lenguaje de un pueblo redimido, celebrando las alabanzas de Aquél que los ha redimido. "Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación. Éste es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré. Jehová es varón de guerra; Jehová es su nombre… ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?… Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada… Jehová reinará eternamente y para siempre" (v. 2-3, 11, 13, 15, 18). ¡Qué ancha esfera abarca este cántico! Comienza con la redención y termina por la gloria. Comienza por la cruz y se termina por el reino. Se parece a un hermoso arco iris, del cual una de las extremidades se apoya en "las aflicciones," y la otra en "las glorias después de ellas" (1 Pedro 1:11). Todo se refiere a Jehová. Es una efusión del alma, producida por la contemplación del Dios de misericordia y de gloria, y de sus obras maravillosas. Además el cántico hace mención del cumplimiento presente de los designios de Dios: "lo llevaste con tu poder a tu santa morada" (v. 13). Los hijos de Israel podían hablar así, aunque no habían hecho más que poner el pie sobre el borde del desierto. Su cántico no era la expresión de una vaga esperanza. No, cuando el alma no se ocupa más que de Dios, puede sumergirse en la plenitud de su gracia, reanimarse a la luz de su rostro, y regocijarse en las abundantes riquezas de su misericordia y de su bondad. La perspectiva que se abre delante de ella está libre de toda nube poniéndose sobre la roca eterna, donde le ha conducido el amor de un Dios Salvador, y unida a un Cristo resucitado, ella recorre la inmensa esfera de los planes y designios de Dios, y fija su mirada en el resplandor supremo de esta gloria, que Dios ha preparado para todos aquellos que han lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero.

Esto nos explica el carácter tan pleno, tan brillante y tan elevado de los cánticos que hallamos en las Santas Escrituras. La criatura es puesta a un lado, Dios es el único objeto, y llena Él solo toda la esfera de la visión del alma. Nada hay allí que pertenezca al hombre, ni a sus pensamientos o a sus experiencias, por esto la alabanza puede resonar incesantemente. ¡Cuán diferentes son estos cánticos de los cánticos que son la expresión de nuestras faltas, de nuestras debilidades y de nuestra insuficiencia, y que oímos cantar con tanta frecuencia en las congregaciones cristianas! Es muy cierto que nunca podremos cantar con poder e inteligencia, mientras miremos a nosotros mismos. Siempre descubriremos algo en nosotros que será un obstáculo para nuestro culto. En verdad, muchas personas parecen creer que el estar en un continuo estado de duda y de incertidumbre es una gracia cristiana; y de esto resulta que sus himnos participan del mismo carácter de su estado. Estas personas, por sinceras y piadosas que puedan ser, no han llegado todavía, en la verdadera experiencia de sus almas, a comprender el verdadero espíritu del culto. No han terminado todavía con ellas mismas; aun no han atravesado el mar ni, como un pueblo bautizado en un bautismo espiritual, han tomado lugar en la orilla, por el poder de la resurrección; están aun ocupándose de ellas mismas, en un sentido u otro, no consideran el "yo" como una cosa crucificada, con la cual Dios ha terminado para siempre.

Que el Espíritu Santo dé a todos los hijos de Dios una inteligencia más completa y más digna de su posición y de sus privilegios, haciéndoles comprender que, lavados de sus pecados en la sangre de Cristo, están delante de Dios en la misma gracia infinita y perfecta con que Cristo está allí, como el Jefe resucitado y glorificado de su Iglesia. Las dudas y temores no sientan bien a los hijos de Dios, porque su divino Sustituto no ha dejado ni la sombra de un fundamento donde pueda apoyarse la más pequeña duda o el más ligero temor. Su lugar está detrás del velo. Ellos tienen la "libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo" (Hebreos 10:19). ¿Pueden haber dudas y temores en estos lugares santos? ¿No es evidente que el que duda pone en tela de juicio la perfección de la obra de Cristo, esta obra a la cual Dios ha rendido testimonio delante de toda inteligencia creada, por la resurrección de Cristo de entre lo muertos? Cristo no habría podido salir de la tumba sin que todo motivo de duda o temor para su pueblo fuese completamente desvanecido. Por lo tanto, el cristiano tiene el glorioso privilegio de poderse regocijar siempre en una salvación perfecta. Dios mismo ha venido a ser "su salvación" y nada más debe hacer excepto gozar de los frutos de la obra que Dios ha realizado en favor suyo, y vivir para su gloria esperando el tiempo cuando "Jehová reinará eternamente y para siempre" (v. 18).

En el cántico de Moisés y de los hijos de Israel, hay un pasaje sobre el cual quisiera llamar la atención del lector de una manera particular. "Él es mi Dios, y yo le prepararé una habitación" (v. 2, citado según la versión inglesa). Es digno de notarse que en el momento cuando el corazón desborda del gozo de la salvación, expresa el deseo de preparar "una habitación" a Dios. Lector cristiano, medita bien esto. La idea de Dios habitando con los hombres se halla expresada en las Escrituras desde el capítulo 15 del Éxodo hasta el Apocalipsis. Oigamos el lenguaje de un corazón devoto: "No entraré en la morada de mi casa, ni subiré sobre el lecho de mi estrado; no daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados adormecimiento, hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de Jacob" (Salmo 132:3-5). Y luego: "Porque me consumió el celo de tu casa" (Salmo 69:9; Juan 2:17). No intento meditar aquí este asunto extensamente, pero quisiera poder interesar el corazón del lector para que lo estudiase por sí mismo, con oración, desde la primera vez que se menciona en las Escrituras, hasta esta hermosa y consoladora declaración: "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos" (Apocalipsis 21:3-4).

"E hizo Moisés que partiese Israel del mar Rojo, y salieron al desierto de Shur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua" (v. 22). Cuando entramos en la vida de experiencias del desierto, entonces somos puestos a prueba a fin de que se manifieste hasta que punto conocemos a Dios y a nuestro propio corazón. El principio de nuestra vida cristiana se ve acompañado de un gozo fresco y exuberante que muy pronto tempera el viento seco del desierto; entonces, a menos de no estar completamente dominados por el profundo sentimiento de que Dios es por nosotros, nos sentimos inclinados a dejarnos abatir y a volver "de corazón" a Egipto (Hechos 7:39). La disciplina del desierto nos es necesaria, no para darnos derecho a Canaán, sino para enseñarnos a conocer a Dios y a nuestro propio corazón, para ponernos en disposición de comprender el poder de nuestra relación con Dios, y capacitarnos para gozar de Canaán cuando realmente entraremos en la tierra prometida (véase Deuteronomio 8:2-5).

El tierno y lozano verdor de la primavera, con ese encanto que le es peculiar, desaparece bien pronto ante los abrasadores calores del verano, pero este mismo calor, que destruye el espléndido y verde ropaje de la primavera, produce, por su acción bienhechora, los dulces y maduros frutos del otoño. Lo mismo acontece en la vida cristiana; sabida es la grande analogía que existe, muy notable e instructiva por cierto, entre los principios que rigen el reino de la naturaleza, y aquellos que caracterizan el reino de la gracia, siendo los unos y los otros la obra del mismo Dios.

Nosotros podemos contemplar a Israel bajo tres posiciones distintas: en Egipto, en el desierto y en la tierra de Canaán. En cada una de estas posiciones son una "ejemplo para nosotros"; aunque en cuanto a nosotros, nos hallamos en las tres posiciones a la vez. Esto puede parecer algo paradójico, pero es absolutamente cierto. En realidad, nosotros nos encontramos en Egipto, rodeados por las cosas de la naturaleza que se adaptan perfectamente al corazón natural. Pero, por cuanto por su gracia, Dios nos ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, y según los afectos y deseos de la nueva naturaleza que hemos recibido de Él, estamos necesariamente, fuera de todo aquello que pertenece a Egipto,[6] es decir, al mundo en su estado natural, y esto nos hace experimentar lo que es el desierto; o en otras palabras, nos pone, en cuanto a nuestra experiencia, en el desierto. La naturaleza divina suspira ardientemente por otro orden de cosas, por una atmósfera más pura que aquella que nos rodea, y nos hace sentir, con sus anhelos que el Egipto es, moralmente, un desierto.

[6] Entre Egipto y Babilonia hay una inmensa diferencia moral que es de suma importancia comprender. Egipto era el lugar de donde Israel había salido; Babilonia el lugar a donde fue transportado más tarde (comp. Amós 5:25-27 con Hechos 7:42-43). Egipto es la figura de lo que el hombre ha hecho del mundo; Babilonia, es la figura de lo que Satanás ha hecho, hace, y hará con la Iglesia. Así que nosotros no estamos solamente rodeados con las "circunstancias" de Egipto, sino también con los principios morales de Babilonia.

Por esta causa el Espíritu Santo llama a nuestros tiempos "tiempos peligrosos" (2 Timoteo 3:1). Es necesaria una energía especial del Espíritu de Dios y una entera sumisión a la autoridad de las Escrituras, para hacer frente al poder combinado de las realidades de Egipto por un lado, y al espíritu y principios de Babilonia por otro. Las primeras responden a los deseos naturales del corazón, mientras que los segundos se dirigen a la religiosidad natural asociándose con ella, lo cual les da una gran influencia sobre el corazón humano. El hombre es un ser religioso y particularmente accesible a la influencia de la música, de la escultura, de la pintura y de la pompa de los ritos y de las ceremonias religiosas. Cuando esas cosas se alían en el mundo a todo lo que puede satisfacer las necesidades naturales del hombre, a toda la comodidad y a la suntuosidad de la vida, no hay más que la Palabra y el Espíritu de Dios que pueden guardar al alma fiel a Cristo.

Es necesario notar también que hay una diferencia muy grande entre el destino de Egipto y el de Babilonia. El capítulo 19 de Isaías pone ante nuestra vista las bendiciones reservadas a Egipto terminando así: "Y herirá Jehová a Egipto; herirá y sanará, y se convertirán a Jehová, y les será clemente y los sanará. En aquel tiempo habrá una calzada de Egipto a Asiria, y asirios entrarán en Egipto, y egipcios en Asiria; y los egipcios servirán con los asirios a Jehová. En aquel tiempo Israel será tercero con Egipto y con Asiria para bendición en medio de la tierra; porque Jehová de los ejércitos los bendecirá diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad" (v. 22-25).

El fin de la historia de Babilonia es muy diferente, ya sea considerándola literalmente como una ciudad, o como un sistema espiritual. "Y la convertiré en posesión de erizos, y en lagunas de agua; y la barreré con escobas de destrucción, dice Jehová de los ejércitos'' (Isaías 14:23). ''Nunca más será habitada, ni se morará en ella de generación en generación; ni levantará allí tienda el árabe, ni pastores tendrán allí majada'' (Isaías 13:20). He aquí lo que la Palabra nos enseña en cuanto a la Babilonia literal. Considerándola bajo el punto de vista místico o espiritual, hallamos su descripción en el capítulo 18 del Apocalipsis. El fin de esta Babilonia está anunciado de esta manera: "Y un ángel poderoso tomó una piedra, como una gran piedra de molino, y la arrojó en la mar, diciendo: Con el mismo ímpetu será derribada Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada" (v. 21).

¡Con qué solemnidad debieran resonar estas palabras en los oídos de aquellos que de una manera o de otra están unidos a esta Babilonia, es decir, a la falsa iglesia profesante! "Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas" (Apocalipsis 18:4). El "poder" del Espíritu Santo debe necesariamente producir una 'forma' particular, y el fin del enemigo ha sido siempre desnudar a la iglesia profesante del poder, al propio tiempo que procura hacerla perpetuar la forma, a estereotipar la forma, cuando el espíritu y la vida ya han desaparecido. Es así como él ha construido la Babilonia espiritual. Las piedras con que está edificada, son los profesantes de piedad, privados de vida, y la argamasa que los une es una ''forma de piedad" negando la eficacia de ella.

¡Querido lector, apliquémonos a comprender estas cosas plena, clara y eficazmente!

Sin embargo, estando eternamente unidos delante de Dios con Aquél que entró triunfante en el lugar santísimo y tomó asiento a la diestra de la Majestad, es nuestro privilegio saber que por la fe, estamos sentados "en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:6). Por tanto, aunque en cuanto a nuestros cuerpos estamos en Egipto, en cuanto a nuestra experiencia estamos en el desierto; mientras que, al mismo tiempo, la fe nos introduce en espíritu en Canaán, y nos capacita para alimentarnos de los "frutos de la tierra", es decir, de Cristo, pero no solamente de un Cristo descendido al mundo, sino también de un Cristo subido al cielo y sentado allí en la gloria (comp. 1 Timoteo 3:16).

En los últimos versículos del capítulo 15, vemos a Israel en el desierto. Terribles juicios habían caído sobre Egipto, mientras que Israel había sido librado de todos ellos; los egipcios del ejército de Faraón estaban muertos en la orilla del mar, e Israel seguro y triunfante. Todo iba bien hasta entonces, pero, ¡ay! las cosas cambiaron pronto de aspecto; los cánticos de alabanza fueron reemplazados por palabras de murmuración: "Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?" (v. 23-24). Y más adelante: "Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud" (cap. 16:2-3).

He aquí las pruebas del desierto: ¿Qué comeremos y qué beberemos? las aguas de Mara pusieron a prueba el corazón del pueblo de Israel y manifestaron su espíritu murmurador; mas Jehová les hizo ver que no hay ninguna amargura que no pueda ser endulzada por medio de la gracia. "Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó" (cap. 15:25). Qué hermoso ejemplo nos ofrece este "árbol" de Aquél que, por la gracia infinita, fue metido en las aguas amargas de la muerte, a fin de que esas aguas nos fuesen endulzadas para siempre. Nosotros podemos decir verdaderamente que "ya pasó la amargura de la muerte" (1 Samuel 15:32) quedando para nosotros las dulzuras eternas de la resurrección.

El versículo 26 nos enseña cuanto hay de solemne en el primer período de la carrera de los redimidos de Jehová a través del desierto. Durante este período se corre el riesgo de entregarse a un espíritu de agitación, de impaciencia y de murmuración. El único medio para preservarse de ese espíritu, es tener la mirada firmemente fija en Jesús, "puestos los ojos en Jesús'' (Hebreos 12:2). Bendito sea su nombre, Él se manifiesta siempre de la manera más apropiada a las necesidades de su pueblo; y los suyos, en lugar de quejarse por las circunstancias en que se hallan, deberían tomar ocasión de ellas para dirigirle de continuo nuevas peticiones. De esta manera el desierto nos será útil para enseñarnos lo que es Dios. Es una escuela en la que aprendemos a conocer su gracia longánima, y sus abundantes reservas de bondad. "Y por tiempo como de cuarenta años los soportó en el desierto" (Hechos 13:18). El hombre espiritual reconocerá siempre que bien vale la pena de encontrar aguas amargas cuando Dios viene a endulzarlas. "Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado" (Romanos 5:3-5).

No obstante, el desierto tiene sus "Elim" lo mismo que sus "Mara", sus fuentes y sus palmas, así como sus aguas amargas. "Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas" (v. 27). El Señor, en su gracia y ternura, prepara verdes lugares de reposo en el camino de su pueblo peregrinando por el desierto; y aunque sólo sean oasis, sirven perfectamente para refrescar el espíritu y reanimar el corazón. La estancia en Elim era muy propia para calmar a los israelitas y hacer cesar sus murmuraciones. La deliciosa sombra de sus palmeras, y las aguas refrescantes de sus fuentes, eran muy a propósito, después de la prueba de "Mara" y nos presentan, en figura, las excelentes virtudes de ese ministerio espiritual del cual Dios se sirve para proveer a las necesidades de su pueblo aquí abajo. Los números "doce" y "setenta", son muy significativos y están en íntima relación con el ministerio apostólico (Lucas 10:1, 17; 6:13).

A pesar de esto, "Elim" estaba lejos de ser "Canaán". Las fuentes y las palmeras de Elim solo anticipaban un pequeño goce del hermoso país, situado mis allá de los límites de ese desierto estéril, en el que acababan de entrar los redimidos de Jehová. Israel podía, sin duda alguna, apagar allí su sed y hallar un agradable refugio contra los ardores del sol; mas estas aguas y esta sombra eran solo las del desierto, siendo su momentáneo objeto reanimar y fortalecer al pueblo en su marcha hacia Canaán. El mismo fin tiene el ministerio en la Iglesia: es un auxilio para nuestras necesidades al cual recurrimos para refrigerarnos, fortalecernos y reanimarnos. "Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efesios 4:13).

11 - Capítulo 16

"Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, y vino al desierto de Sin, que está entre Elim y Sinaí, a los quince días del segundo mes después que salieron de la tierra de Egipto" (v. 1). Aquí vemos a Israel en una interesante y notable posición: el pueblo está todavía en el desierto; pero se halla en una parte muy importante y significativa, a saber, "entre Elim y Sinaí". El primero de estos lugares era donde Israel había gustado recientemente las refrescantes aguas del ministerio divino; el segundo, era aquel donde ellos iban a abandonar el terreno de la gracia gratuita y soberana, para ponerse bajo una alianza de obras. Los hijos de Israel aparecen aquí como los objetos de la misma gracia que les había hecho salir de la tierra de Egipto, y por esto Dios responde a sus murmuraciones con el oportuno socorro. Cuando Dios obra en la manifestación de su gracia, no halla obstáculo alguno para bendecir; las bendiciones que Él derrama corren sin interrupción. Sólo cuando el hombre se coloca bajo la ley, pierde todos los privilegios de la gracia, porque entonces es necesario que Dios le deje conocer a cuanto puede llegar, en virtud de sus propias obras.

Cuando Dios visitó y redimió a su pueblo, y le hizo salir de la tierra de Egipto, no fue ciertamente con el fin de hacerle morir de hambre en el desierto. Los hijos de Israel hubieran debido saberlo. Habrían debido confiar en Dios, y caminar en íntima comunión con este amor que les había librado de una manera tan gloriosa de los horrores de la esclavitud en Egipto. Hubieran debido acordarse que era infinitamente mejor estar en el desierto con Dios, que en medio de los hornos de ladrillo con Faraón. Pero no, al corazón humano le cuesta mucho trabajo creer en el amor puro y perfecto de Dios; tiene mayor confianza en el diablo que en Dios (comp. Génesis 3:1-6). Considerad por un momento todos los sufrimientos, la miseria, y la degradación que el hombre ha sufrido por haber dado oídos a la voz de Satanás; y no obstante, jamás le oiréis quejarse de servirle, ni expresar el menor deseo de sustraerse a su influencia. El hombre no está descontento de Satanás, ni cansado de servirle. Todos los días recoge los amargos frutos de ese campo que el diablo ha abierto delante de él, y todos los días se le ve sembrar de nuevo la misma semilla y someterse a los mismos trabajos.

El hombre obra de una manera bien distinta respecto a Dios. Cuando hemos empezado a caminar por su senda, estamos dispuestos a murmurar y a rebelarnos, tan pronto se nos presenta la primera apariencia de prueba o tribulación; y esto es por falta de cultivar en nosotros un espíritu de agradecimiento y confianza. Olvidamos fácilmente diez mil mercedes delante de la más pequeña privación. Hemos recibido el perdón gratuito de todos nuestros pecados (Efesios 1:7; Colosenses 1:14); somos "aceptos en el Amado" (Efesios 1:6); herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17; Efesios 1:11; Gálatas 4:7), esperamos la gloria eterna (Romanos 8:18-25; Filipenses 3:20-21; Gálatas 5:5; Tito 2:13; 1 Juan 3:2, etc.); además, nuestro camino a través del desierto está sembrado de innumerables favores (Romanos 8:28), y a pesar de esto, cuando una nube grande como la palma de la mano aparece en el horizonte, nube que, después de todo, tal vez no hará otra cosa que deshacerse en bendiciones sobre nuestras cabezas, olvidamos inmediatamente las múltiples gracias que nos han sido concedidas. Este pensamiento debería humillarnos profundamente en la presencia de Dios. ¡Cuán diferente en esto, así como en todo lo demás, ha sido nuestro divino modelo! Miradle, Él, el verdadero Israel en el desierto, rodeado de fieras y ayunando durante cuarenta días. ¿Murmuró Él? ¿Se quejó? ¿Deseaba estar en otras circunstancias? No; Jehová era la porción de su herencia y de su copa (Salmo 16:5). Por eso cuando el tentador se le acercó, ofreciéndole las cosas necesarias a la vida, y sus glorias, distinciones y honores, lo rechazó todo, y permaneció firme en la posición de dependencia absoluta de Dios y en la obediencia implícita a su Palabra. No quiso tomar ni el pan ni la gloria que le era ofrecida, sino de las manos de Dios.

Bien distintamente aconteció con Israel según la carne. Tan pronto como los hijos de Israel sintieron el sufrimiento del hambre, murmuraron "contra Moisés y Aarón en el desierto" (v. 2). Ellos parecen haberse olvidado que era Jehová quien les había libertado, porque dijeron: "Nos habéis sacado a este desierto"; y poco después añaden murmurando a Moisés: "¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos, y a nuestros ganados?" (cap. 17:3). Y así sucesivamente, manifiestan en cada ocasión un espíritu irritado y descontentadizo, que mostraba cuán poco realizaban la presencia de su poderoso y benigno Libertador, y cuan poco había aprendido a apoyarse en su brazo fuerte.

Nada deshonra tanto a Dios como las murmuraciones de los suyos. El apóstol habla de este espíritu como de un signo especial de la corrupción de los gentiles, que "habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias" (Romanos 1:21). Y luego señala la consecuencia practica de esta conducta: "sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido". Aquel que no cultiva en su corazón un espíritu de gratitud hacia Dios por sus bondades, pronto se verá ''entenebrecido'.' Así Israel, cuando perdió el sentimiento de gratitud hacia Dios, y olvidó que se hallaba en sus manos, se hundió, como consecuencia natural de ello, en tinieblas mucho más densas todavía porque en otra época más avanzada de su historia le oímos decir: "¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa?" (Números 14:3). Tal es la pendiente que sigue el alma cuando ha perdido su comunión con Dios. Comienza por no darse cuenta que está en las manos de Dios para su bien, y termina por creerse en las manos de Dios para su mal. ¡Triste progreso!

Sin embargo, hallándose Israel todavía bajo la gracia, Dios provee a todas sus necesidades de una manera maravillosa, como nos lo enseña este capítulo. "Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo" (v. 4). Mientras se hallaban envueltos por la fría nube de la incredulidad, los israelitas habían dicho: "¡Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos!" (v. 3). Y Dios les responde hablándoles del "pan del cielo". ¡Glorioso contraste! ¡Qué diferencia entre "las ollas de carne" y "el pan de Egipto", con el maná del cielo, el pan de los ángeles! Las primeras cosas pertenecen a la tierra, mientras la segunda desciende del cielo.

Mas este alimento celestial era la piedra de toque para probar a Israel, así como está escrito: "Para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no" (v. 4). Era pues preciso tener el corazón completamente libre de las influencias de Egipto, para sentirse satisfecho con "el pan del cielo'' y poder gozar de él. En cuanto a este punto, sabemos que los israelitas no se contentaron con ese pan, porque lo despreciaron confesándose fastidiados de "este pan tan liviano" (Números 21:5). Ellos codiciaban la carne de Egipto, mostrando así cuán poco separado se hallaba su corazón de Egipto, y qué mal dispuesto para observar la ley de Jehová. Los israelitas se volvieron de todo corazón a Egipto. Pero en vez de volver allí, fueron transportados después más allá de Babilonia (Hechos 7:39, 43). He aquí una solemne lección para los cristianos. Si aquellos que han sido librados del presente siglo malo no caminan con Dios con corazones agradecidos, satisfechos con la provisión que Dios ha hecho para sus redimidos en el desierto, están en peligro de ser envueltos en los lazos de la influencia babilónica. Es menester tener afectos celestiales para poder nutrirse de pan del cielo. La naturaleza no puede saborear tal alimento; ella suspira siempre por Egipto, y por eso es necesario mantenerla continuamente sujeta y humillada. Los cristianos que hemos sido bautizados en Cristo por su muerte, sepultados con Él en el bautismo y resucitados juntamente con Él "por la fe en el poder de Dios" (Romanos 6:3, Colosenses 2:12), tenemos el privilegio de alimentamos de Cristo como "el pan vivo que descendió del cielo" (Juan 6:51). Nuestro alimento en el desierto es Cristo, tal como nos lo presenta el Espíritu Santo por medio de la Palabra escrita, mientras que nuestra bebida espiritual es el mismo Espíritu Santo, venido, a semejanza del agua de la peña, de un Cristo herido por nosotros. Esta es nuestra buena parte en el desierto de este mundo.

Para poder gozar de esta parte, es indispensable que nuestro corazón esté del todo desatado de aquello que pertenece al presente siglo malo, de todo aquello que podría despertar nuestra codicia como hombres naturales como seres viviendo todavía en la carne. Un corazón mundano y carnal, no hallará a Cristo en las Escrituras y aunque le fuese posible hallarlo, no podría gozar de Él. El maná era tan puro y tan delicado, que no podía soportar el menor contacto con la tierra, por esto descendía sobre el rocio (v. 13-16; Números 11:9) y debía ser recogido antes del calor del día. (v. 21). Cada uno debía madrugar para recoger su alimento cotidiano. Y así también ahora, es necesario que el pueblo de Dios recoja todas las mañanas, mientras está fresco, el maná espiritual; el maná de ayer no vale nada para hoy, ni el de hoy nada sirve para mañana. Debemos alimentarnos de Cristo cada día, con nueva energía del Espíritu, o de lo contrario, cesaremos de crecer. Además, debemos hacer de Cristo el primer objeto. Es conveniente que le busquemos "temprano", antes de dar lugar a que otras cosas se apoderen de nuestros débiles corazones. Muchos de entre nosotros faltan, desgraciadamente, en este respecto. Damos a Cristo un lugar secundario, y como consecuencia de ello quedamos débiles y estériles; el enemigo, siempre vigilante, se aprovecha de nuestra indolencia espiritual, para privarnos de las bendiciones y de las fuerzas que se reciben nutriéndose de Cristo. La vida nueva del creyente no puede ser alimentada y sostenida más que por Cristo. "Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí" (Juan 6:57).

La gracia del Señor Jesucristo, quién descendió del cielo para ser la comida de su pueblo, es de un valor inapreciable para el alma renovada; pero para poder gozar así de Cristo, debemos realizar que estamos en el desierto, puestos aparte por Dios, en virtud de una redención cumplida. Si yo camino con Dios en el desierto, estaré satisfecho del alimento que Él me da, es decir, de Cristo, descendiendo del cielo para ser mi pan. Las "espigas" y "los frutos de la tierra de Canaán" (Josué 5:11-12), hallan su antitipo en Cristo cuando subió "a lo alto" y se sentó en la gloria. Como tal, es el alimento indispensable para los que por la fe saben que están juntamente resucitados con Cristo, y sentados en lugares celestiales con Él. Pero el maná, es decir, Cristo descendido del cielo, es el sostén del pueblo de Dios, en su vida y en su experiencia en el desierto. Como pueblo extranjero aquí abajo, tenemos necesidad de un Cristo que ha sido también extranjero en la tierra; como pueblo sentado arriba en la gloria, tenemos un Cristo sentado en el cielo. Esto podría explicar la diferencia que existe entre "el maná" y "los frutos de la tierra". No se trata aquí de la redención; ésta la tenemos ya por la sangre de la cruz, y allí solamente. Se considera aquí únicamente la provisión que Dios ha hecho para su pueblo, en vista de las diferentes posiciones en que éste se halla, ya sea luchando en el desierto, o tomando posesión, por la fe, de su herencia celeste.

¡Qué imagen más admirable nos ofrece Israel en el desierto! Detrás de sí tenía a Egipto, delante de sí la tierra de Canaán y en torno suyo la arena del desierto; mientras que en cuanto a sí mismo, estaba reducido a mirar al cielo por su sustento de cada día. El desierto no tenía ni una brizna de hierba, ni una sola gota de agua para brindarla al Israel de Dios; sólo en Jehová estaba la porción de los redimidos. Los cristianos no tienen nada aquí abajo; y siendo su vida del cielo, ésta no puede ser mantenida más que por cosas celestes. Aunque están en el mundo, no son del mundo, porque Cristo los ha escogido del mundo. Pueblo celeste, se hallan de camino hacia su patria, y son sostenidos por el alimento que reciben de ella; ellos avanzan hacia adelante, al cielo. La gloria sólo les dirige hacia ese lado. Es completamente inútil volver la mirada hacia atrás, a Egipto, porque ningún rayo de gloria se vislumbra en esta dirección. "Y hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube" (v. 10). El carro de fuego de Jehová estaba en el desierto, y todos aquellos que deseaban tener comunión con Él, debían estar también en el desierto con Él, y si estaban allí, el maná celeste debía ser únicamente su alimento.

Es cierto que este maná era un alimento extraño; un alimento tal, que un egipcio no habría podido comprenderlo, ni apreciarlo, ni alimentarse de él jamás, pero aquellos que habían sido "bautizados en la nube y en el mar (1 Corintios 10:2) podían gozar de este maná y alimentarse de él, si se mantenían en la posición donde acababan de ser introducidos por este bautismo. El hombre del mundo no comprende como vive el cristiano. Tanto su vida, como el alimento que le sostiene, son impenetrables para el ojo natural más experto. Cristo es la vida del cristiano, y él vive de Cristo. Se nutre, por la fe de la gracia poderosa de Aquel "el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos" (Romanos 9:5), y que "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres" (Filipenses 2:7). Le sigue desde el seno del Padre a la cruz, y de la cruz hasta el trono: y halla en Él, en cada período de su carrera y en todas las fases de su vida, un precioso alimento para el nuevo hombre Todo lo que rodea al cristiano, aunque en realidad sea el Egipto de este mundo, no es más que un desierto árido y desolado, sin tener nada que pueda satisfacer a un espíritu renovado; y si el alma halla allí, desgraciadamente, algún alimento, sus progresos en la vida espiritual son entorpecidos en la misma medida que ella se nutre de tales alimentos. La única provisión que Dios ha hecho para nosotros es el maná (es decir Cristo), y el verdadero creyente debería alimentarse exclusivamente de él siempre (comp. Levítico 7:11-36).

¡Cuán deplorable es ver tantos cristianos buscando las cosas de este mundo! Esto prueba claramente que están «fastidiados» del maná del cielo y que lo consideran como un "pan liviano" (Números 21:5). Ellos sirven las mismas cosas que debieran mortificar La actividad del hombre nuevo está siempre en relación con el despojo "del viejo hombre con sus hechos" (Colosenses 3:9); y cuanto más completo sea este despojo, tanto más se deseará nutrirse del "pan que sustenta la vida del hombre" (Salmo 104:15). Así como en el orden físico cuanto mayor es el ejercicio mejor es el apetito, así también en nuestra vida espiritual cuanto más ejercitamos nuestras nuevas facultades, tanto más sentimos la necesidad de alimentarnos de Cristo cada día. Una cosa es saber que tenemos vida en Cristo Jesús, unida a un completo perdón y a una aceptación perfecta delante de Dios, y otra muy diferente tener habitualmente comunión con Él, nutriéndonos de Él por la fe, y haciéndole el único alimento de nuestras almas. Un gran número de personas profesan haber hallado el perdón y la paz en Cristo, quienes, en realidad, se nutren de una variedad de cosas que no tienen ninguna relación con Él. Alimentan sus almas con la lectura de los periódicos y de la literatura frívola e insípida de nuestros días. ¿Hallarán allí a Cristo? ¿Es por tales medios que el Espíritu Santo nutre al alma de Cristo? ¿Es éste el puro rocío sobre el cual desciende el maná celeste para servir de alimento a los redimidos de Jehová en el desierto? ¡Ay! no; esos son los alimentos groseros en los cuales se deleita el espíritu carnal. La palabra de Dios nos enseña que en cada cristiano hay dos naturalezas distintas; que se pregunte, pues, cuál de estas dos naturalezas se alimenta de las noticias y de la literatura del mundo. ¿Es la nueva o es la vieja? La respuesta no es dudosa. ¿Cuál, pues, de las dos queremos alimentar? Nuestra conducta será, seguramente, la respuesta más eficaz a esta pregunta. Si yo deseo sinceramente crecer en la vida espiritual, si mi objeto principal es ser hecho semejante a Cristo y consagrarme del todo a Él, si aspiro verdaderamente a que el reino de Dios haga progreso en mi corazón, indubitablemente buscaré siempre el alimento que Dios me ha preparado para mi desarrollo espiritual. Esto es muy natural y sencillo. Las acciones de un hombre son siempre el más seguro indicio de sus deseos e intenciones. Así, si yo hallo un cristiano que descuida su Biblia, y sin embargo halla tiempo suficiente, o toma alguna de sus mejores horas para leer periódicos o tantos otros libros por lo menos fútiles y con frecuencia perniciosos, no me será difícil juzgar la verdadera condición de su alma; yo estoy cierto que el tal no puede ser un cristiano espiritual, porque no se alimenta de Cristo, y por lo tanto, no puede vivir para Él ni rendirle un fiel testimonio.

Si un israelita hubiese descuidado recoger, temprano en la mañana, la porción de pan que la gracia de Dios había preparado para él, pronto habría carecido de las fuerzas necesarias para continuar su viaje. Asimismo, es también necesario que nosotros hagamos de Cristo el objeto soberano de nuestras almas, si no, nuestra vida espiritual declinará inevitablemente. Los sentimientos y experiencias relacionados con Cristo, no pueden constituir nuestro alimento espiritual, porque esos sentimientos y experiencias son variables y sujetos a mil fluctuaciones. El pan de vida de ayer era Cristo, y Cristo debe ser el de hoy, y Cristo eternamente. No es suficiente tampoco que nos alimentemos en parte de Cristo, y en parte de otras cosas. Como sólo Cristo es la vida, así también el "vivir" sólo puede ser Cristo; y así como no podemos mezclar nada a lo que comunica la vida, tampoco podemos mezclar nada a lo que la sostiene.

Es perfectamente cierto que, como Israel comió de "los frutos de la tierra" (Josué 5), nosotros podemos, en espíritu y por la fe, alimentarnos ahora de un Cristo resucitado y glorificado, subido al cielo en virtud de una redención cumplida. Y no solamente esto, mas sabemos que cuando los redimidos de Dios hayan entrado en las gloriosas regiones del reposo y de la inmortalidad, que se hallan más allá del Jordán, habrán terminado, de hecho, con el alimento del desierto; pero no habrán terminado ni con Cristo, ni con el recuerdo de lo que Él ha sido como su alimento en el desierto. Dios quería que Israel, en medio de la leche y miel de la tierra de Canaán no olvidase nunca lo que le había sostenido durante los cuarenta años de su peregrinación por el desierto. "Esto es lo que Jehová ha mandado: Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto… Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés" (v. 32, 34).

¡Precioso monumento de la fidelidad de Dios! Él no les dejó perecer de hambre como temían sus corazones insensatos e incrédulos; hizo llover pan del cielo para ellos, les alimentó con pan de ángeles, veló sobre ellos con toda la ternura de una madre, usó de paciencia en sus rebeliones, y les llevó sobre alas de águila; y si hubiesen perseverado en la gracia, les habría puesto en posesión para siempre de todas las promesas hechas a sus padres. El vaso de maná con la porción de un día, porque contenía un gomer, puesto delante de Jehová, es una figura llena de instrucción para nosotros. Ese maná no crió gusanos ni tampoco ningún otro germen de corrupción; era el memorial de la fidelidad de Dios proveyendo a las necesidades de aquellos que Él había librado de las manos del enemigo.

Sin embargo, no acontecía así cuando el hombre recogía el maná para sí mismo: entonces los síntomas de descomposición se manifestaban muy pronto. Jamás pensaríamos en hacer provisiones, si comprendiésemos la verdad y la realidad de nuestra posición; nuestro privilegio es alimentarnos de Cristo día tras día, como siendo Aquél que descendió del cielo para dar vida al mundo. Pero si alguno, olvidando su verdadera posición, quiere hacer provisión para mañana, es decir, quiere reservarse la verdad en vez de usarla para renovar sus fuezas, seguramente esta verdad se corromperá. Conocer la verdad es una cosa muy solemne, porque no hay ni una sola de las lecciones que profesamos haber aprendido, que no debamos manifestarla de una manera práctica. Dios no quiere que seamos teóricos. Oyendo a ciertas personas cuando oran o hablan, haciendo ardientes votos de consagración, uno tiembla con frecuencia, temiendo que cuando llegue la hora de la prueba esas personas no tendrán la suficiente energía espiritual para ejecutar lo que sus labios han pronunciado.

Hay un grave peligro cuando la inteligencia se adelanta a la conciencia y a los afectos del corazón. De esto proviene que algunos parecen hacer muy rápidos progresos hasta que llegan a cierto punto; y una vez llegados allí, se detienen completamente y parecen retroceder. Son semejantes al israelita que recogía más maná del necesario para un día. A primera vista, podía parecer mucho más diligente que los demás respecto a esto, y sin embargo, cada grano que recogía de más del necesario para cubrir sus necesidades diarias, no solamente era inútil, sino que "crió gusanos". El cristiano también debe usar lo que tiene; debe alimentarse de Cristo porque su alma tiene necesidad de Él, y esta necesidad nace del servicio activo y actual. Sólo a la fe y a las necesidades presentes del alma, son revelados el carácter y los planes de Dios, la excelencia y hermosura de Cristo, así como las vivas y profundas realidades de las Escrituras. Nuestra porción será aumentada a medida que usemos la que ya hemos recibido. La vida del creyente debe ser práctica; y en esto un gran número de entre nosotros se halla culpable. Sucede con frecuencia, que aquellos que adelantan más rápidamente en la teoría, son los más lentos en la práctica, porque se trata en ellos más bien de un trabajo de la inteligencia, que no del corazón y de la conciencia. No debiéramos olvidar nunca que el cristianismo no es un conjunto de opiniones o de miras, ni un sistema de dogmas; ante todo y sobre todo, es una realidad divina, una cosa personal, práctica, potente, manifestándose en todos los acontecimientos y circunstancias de la vida diaria, esparciendo su influencia purificadora sobre el carácter y la vida del individuo, aportando sus disposiciones celestes en todas las relaciones en que el hombre puede hallarse delante de Dios. En una palabra, el cristianismo es la consecuencia lógica y natural del hecho de estar unidos a Cristo y ocupados de Él. ¡Tal es el «cristianismo» de Cristo! Se puede tener un claro entendimiento de todas estas cosas, ideas correctas, principios sanos, sin tener la menor comunión con Jesús; y una profesión de fe ortodoxa, sin Cristo se verá, cuando sea puesta a prueba, que no es más que una cosa fría, estéril y muerta.

Lector cristiano, piensa en esto seriamente; no sólo eres salvo por Cristo, mas vives también de Él. Búscale "cada mañana"; búscale a Él solo. Cuando alguna otra cosa llame tu atención, pregúntate: «¿Hablará esto de Cristo a mi alma? ¿Me enseñará algo nuevo acerca de Él, o me unirá más a su persona?» Si la respuesta es negativa, rechaza lo que sea sin vacilar; sí, recházalo aunque se presente ante ti bajo el más agradable aspecto y se apoye en la autoridad más respetable. Si realmente tienes deseos de avanzar en la vida divina, de progresar espiritualmente, de conocer a Cristo personalmente, entonces, entra en ti mismo seriamente respecto a este asunto. Haz de Cristo tu alimento habitual. Ve, recoge el maná que desciende sobre el rocío, y nútrete de él con el apetito estimulado por una marcha vigilante con Dios a través del desierto. Que la rica gracia del Señor te fortifique abundantemente para todas estas cosas, por medio del Espíritu Santo.[7]

[7] El lector sacará mucho provecho de la meditación del capítulo 6 de Juan, en relación con el asunto del maná. Estando cerca la Pascua, Jesús sacia a una multitud hambrienta, y luego se retira al monte para estar solo. Desde allí acude en auxilio de los suyos que se hallan en peligro sobre las aguas del lago. Después de esto, revela la doctrina de su persona y de su obra, y declara que Él dará su carne por la vida del mundo, y que nadie podrá tener la vida si no come su carne y bebe su sangre. Luego habla de sí mismo como volviendo arriba donde estaba primero, y por fin declara el poder vivificador del Espíritu Santo.

Hay también en este capítulo otro asunto que mencionaremos, a saber, la institución del día de reposo (o sábado) relacionado con el maná y con la posición de Israel, tal como nos es presentada aquí. Después del capítulo 2 del Génesis hasta el capítulo 16 del Éxodo, no se hace mención de esta institución. Esto es muy singular. El sacrificio de Abel, la marcha de Enoc con Dios, la predicación de Noé, la vocación de Abraham, con las historias detalladas de Isaac, Jacob y José, están allí extensamente relatadas; pero no se hace ninguna alusión al día de reposo hasta el momento en que hallamos a Israel reconocido como un pueblo en relación con Jehová, y puesto bajo la responsabilidad que es la consecuencia de esta relación. El día de reposo, interrumpido en Edén, lo vemos instituido de nuevo para Israel en el desierto. Pero, ¡ay! el hombre no ama el reposo de Dios. "Y aconteció que algunos del pueblo salieron en el séptimo día a recoger, y no hallaron. Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes? Mirad que Jehová os dio el día de reposo, y por eso en el sexto día os da pan para dos días" (v. 27-29). Dios quería que su pueblo gozase de un dulce reposo con Él, quería darle reposo, alimento y bebida, aun en el desierto, mas el corazón del hombre no está dispuesto a reposarse en Dios. Los israelitas podían recordar los tiempos cuando se sentaban "a las ollas de carne" en la tierra de Egipto, pero no podían apreciar la bendición de sentarse, cada uno en su tienda, gozando con Dios del santo día de reposo, el reposo de Jehová, alimentándose con el pan del cielo.

Y nótese que aquí el sábado es presentado como un don. "Jehová os dio el día de reposo" (v. 29). Más adelante, en este mismo libro, lo hallamos mencionado de nuevo bajo la forma de ley, acompañado de una maldición y de juicio, en caso de desobediencia. Mas para el hombre caído, lo mismo da que reciba un privilegio que una ley, una bendición o una maldición; su naturaleza es siempre la misma, mala. Él no puede descansar en Dios ni trabajar para Dios. Si Dios trabaja y le ofrece un reposo, él no quiere guardarlo; si Dios le ordena trabajar, se resiste a hacer las obras que Dios le propone. Tal es el hombre en sus pecados. Él no ama a Dios. Podrá servirse del nombre del sábado para exaltarse a si mismo, o como una prueba de su propia piedad; pero el capítulo 16 del Éxodo nos muestra que es incapaz de saber apreciar el día de reposo de Jehová como un don, mientras que en el capítulo 15 de Números, 32-36, vemos su incapacidad para guardarlo como ley.

Sabemos que el día de reposo, así como el maná, era un tipo. En si mismo, el día de reposo era una bendición, un favor de parte de un Dios de amor y de gracia, que quería suavizar el trabajo y la pena en un mundo maldito a causa del pecado, dando un día de reposo en cada siete. Bajo cualquier aspecto que consideremos la institución del día de reposo, la veremos siempre fecunda en gracias excelentes, lo mismo para el hombre, que para la creación animal. Y si los cristianos guardan "el primer día de la semana" "el día del Señor", según las reglas que le son propias, se puede discernir en ese día la misma providencia llena de gracia. "El día de reposo fue hecho por causa del hombre" (Marcos 2:27); y si bien el hombre no lo ha observado nunca de una manera conforme al pensamiento de Dios, esto no disminuye en nada la gracia que resplandece en su institución, ni despoja a ese día de su importancia como figura del reposo eterno que resta para el pueblo de Dios, o como sombra de esta sustancia en la cual la fe se goza ahora en la persona y en la obra de un Cristo resucitado.

El lector no se imaginará pues que el autor de estas páginas quiera menoscabar en lo más mínimo este día misericordiosamente puesto aparte, para reposo del hombre y de la creación animal; y mucho menos atacar el lugar importante que el día del Señor ocupa en el Nuevo Testamento: bien lejos de esto. Como hombre, aprecia demasiado el primero de estos días, y como cristiano goza demasiado del último, para decir o escribir una sola palabra que pudiese quitar alguna importancia al uno o al otro. Solamente ruega al lector que no prejuzgue la cuestión, sino que pese con imparcialidad, en la balanza de las Sagradas Escrituras, los pensamientos expuestos aquí, antes de formar su opinión. Si el Señor lo permite, volveremos de nuevo al asunto más adelante. Entre tanto, procuremos aprender a apreciar mejor el santo reposo que nuestro Dios nos ha preparado en Cristo; y mientras gozamos de Él como nuestro reposo, nutrámosnos de Él como del "maná escondido" (Apocalipsis 2:17), y conservado en el lugar santísimo por el poder de la resurrección. Este es el memorial de lo que Dios ha cumplido en favor nuestro, descendiendo a la tierra en su gracia infinita, a fin de que pudiéramos estar siempre delante de Él, en la perfección de Cristo, y pudiéramos nutrirnos eternamente de sus inagotables riquezas.

12 - Capítulo 17

"Y toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese. Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moisés les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿por qué tentáis a Jehová?" (v. 1-2). Si no conociésemos un poco la maldad tan humillante de nuestros pobres corazones, no podríamos darnos cuenta de la pasmosa insensibilidad de los israelitas en presencia de la bondad, de la fidelidad y de los poderosos hechos de Jehová. Acababan de ver descender el pan del cielo para alimentar a un pueblo numeroso en el desierto, y helos aquí dispuestos a apedrear a Moisés por haberles llevado a ese desierto, con el fin de hacerles morir de sed. Nada hay que sobrepuje la terrible incredulidad del corazón humano, sino la superabundante gracia de Dios. Sólo esta gracia da alivio al alma, en presencia del sentimiento, siempre creciente, de la perversidad de su naturaleza que las circunstancias tienden a manifestar con frecuencia. Si los israelitas hubiesen sido transportados directamente de Egipto a Canaán, no habrían dado tan tristes y frecuentes pruebas de lo que es el corazón humano, y, por consiguiente, no habrían sido ejemplos y tipos tan elocuentes para nosotros. Mas los cuarenta años que ellos vagaron por el desierto, son para nosotros un abundante caudal de enseñanzas. Éstas nos enseñan, entre otras muchas cosas, la tendencia invariable del corazón humano a desconfiar de Dios. Prefiere mejor apoyarse en el frágil tejido de una araña, que sobre el fuerte brazo del Dios Omnipotente, sabio y bueno; y la más tenue niebla es suficiente para ocultar a su vista la luz esplendente del rostro de Dios. Es pues con razón que el corazón del hombre es llamado en las Escrituras "corazón malo de incredulidad", siempre dispuesto a "apartarse del Dios vivo" (Hebreos 3:12).

Es interesante notar aquí las dos grandes preguntas que hace la incredulidad, en este capitulo y en el precedente. Son las mismas preguntas que cada día se hacen en nosotros mismos y en derredor nuestro: "¿Qué comeremos, o qué beberemos?" (Mateo 6:31), exceptuando que no vemos que el pueblo hiciese la que sigue: "¿Qué vestiremos?" Helas aquí, las preguntas del desierto: "¿Qué?", "¿Dónde?", "¿Cómo?". Para cada una de ellas la fe no tiene más que una sola respuesta, corta, decisiva, terminante: "¡DIOS!". ¡Preciosa y perfecta respuesta! ¡Haga Dios que el autor y el lector conozcan más perfectamente su poder y plenitud! Cuando nosotros somos probados tenemos necesidad de recordar que no nos "ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar" (1 Corintios 10:13). Cada vez que somos puestos a prueba, estemos ciertos que con la prueba vendrá también la salida, y lo único que nos es indispensable en estos casos es poseer una voluntad rendida al Señor y una vista sencilla para ver la salida.

"Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán. Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel" (v. 4-6). Cada murmuración trae aparejada consigo una nueva manifestación más perfecta de la gracia. Aquí vemos brotar las aguas refrescantes de la peña herida, constituyendo un hermoso tipo del Espíritu Santo dado como el fruto del sacrificio cumplido por Cristo. El capítulo 16 nos presenta una figura de Cristo descendiendo del cielo para dar vida al mundo; y en el 17 tenemos la figura del Espíritu Santo "derramado" en virtud de la obra cumplida por Cristo. "Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo" (1 Corintios 10:4). Mas ¿Quién habría podido beber antes que la peña fuese herida? Israel habría podido contemplar la peña y morir de sed entretanto; porque hasta que la peña no fue herida por la vara de Dios, no podía manar el agua para que Israel bebiese. Esto es muy sencillo. El Señor Jesús es el centro de todos los consejos del amor y misericordia de Dios. Por medio de Él debían descender todas las bendiciones sobre los hombres. Todos los ríos de la gracia divina debían manar al pie del trono del Cordero de Dios; mas para que esto fuera posible, fue necesario que el Cordero fuese inmolado, y que la obra de la cruz se consumara. En el mismo instante en que la Roca de los siglos fue herida por la mano de Jehová, las esclusas del amor eterno se abrieron de par en par, invitando a los pecadores sedientos y moribundos, por el testimonio del Espíritu Santo, a beber abundantemente y gratuitamente. "El don del Espíritu Santo" (Hechos 2:38) es el resultado de la obra realizada por Cristo en la cruz. "La promesa del Padre" (Lucas 24:49) no podía ser cumplida antes que Cristo se sentase a la diestra de la majestad en los cielos, después de haber cumplido toda justicia, de responder a todas las exigencias de la santidad, magnificar la ley, soportar, en todo su rigor, la ira de Dios contra el pecado, destruir el poder de la muerte y despojar al sepulcro de su victoria. Habiendo hecho todo esto, subiendo "a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres" (Salmo 68:18). "Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo" (Efesios 4:9-10).

Este es el verdadero fundamento de la paz, de la felicidad y de la gloria de la Iglesia para siempre. Hasta que la peña fue herida, el manantial permanecía cerrado y el hombre sin fuerzas. Y ¿qué mano humana habría podido nunca sacar agua de la peña dura? ¿Y qué justicia humana habría tenido poder para abrir las fuentes del amor divino? He aquí la capacidad del hombre puesta a prueba. El hombre, por sus actos, por sus palabras o por sus sentimientos, era incapaz de dar ocasión a Dios para enviar el don del Espíritu Santo. Pero, gracias a Él, lo que el hombre no podía hacer, Dios lo ha hecho: Cristo ha terminado la obra; la verdadera Roca ha sido herida, y las aguas refrescantes han manado de tal suerte que las almas sedientas pueden desalterar su sed en ellas. "El agua que yo le daré", dice Jesús, "será en él una fuente de agua que salte para vida eterna" (Juan 4:14). Y otra vez: "En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aun no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aun glorificado" (Juan 7:37-39; compárese con Hechos 19:2).

Así como en el maná hemos visto un tipo de Cristo, en el agua brotando de la peña Dios nos presenta una figura del Espíritu Santo. "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva", o sea el Espíritu Santo. (Juan 4:10).

Tal es la enseñanza que el hombre espiritual aprende de la peña herida; mas el nombre dado al lugar donde este tipo fue presentado es un monumento eterno de la incredulidad del hombre. "Y llamó el nombre de aquel lugar Masah (tentación), y Meriba (rencilla), por la rencilla de los hijos de Israel, y porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?" (v. 7). Promover tal cuestión, después de tantas seguridades y evidencias de la presencia de Dios, prueba claramente la incredulidad profundamente arraigada en el corazón humano. Fue, de hecho, "tentar a Jehová"; y es lo mismo que hicieron los judíos el día que Jesús se manifestó a ellos, tentándole y pidiéndole señal del cielo. La fe no obra nunca así: cree y goza de la presencia divina no por medio de señales, sino por el conocimiento que posee de Dios mismo. La fe conoce que Dios está presente para gozar de Él, y lo hace. ¡Señor, concédenos una confianza mayor y más sincera en Ti!

Este capitulo nos presenta otra figura que tiene un interés especial para nosotros. ''entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano" (v. 8-9). El don del Espíritu Santo conduce a la lucha. La luz repele a las tinieblas, y las combate (comp. Efesios 5:7-14; 6:12). Allí donde todo es obscuridad no hay lucha; pero la más pequeña lucha manifiesta la presencia de la luz. "Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis" (Gálatas 5:17). Lo mismo acontece en el pasaje que meditamos: en primer lugar vemos la peña herida y las aguas que manan en abundancia de ella, e inmediatamente después leemos: "entonces vino Amalec y peleó contra Israel".

Esta es la primera vez que Israel se halla en presencia de un enemigo exterior. Hasta aquí Jehová ha combatido por ellos, como lo hemos visto en el capitulo 14: "Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos" (v. 14). En cambio aquí se dice: "Escógenos varones". Desde ahora Dios combatirá en Israel. Sabemos que hay una diferencia inmensa entre los combates de Cristo por nosotros, y los combates del Espíritu Santo en nosotros. Los primeros han terminado ya, gracias a Dios; la victoria ha sido adquirida asegurándonos una paz gloriosa y eterna. Los últimos, al contrario, continúan todavía ahora.

Faraón y Amalec representan dos poderes o influencias diferentes; Faraón es la figura de lo que se opone a la salida de Israel de su esclavitud en Egipto, mientras Amalec representa los obstáculos que se oponen a que Israel avance con su Dios por el desierto. Faraón se servía de las cosas de Egipto para impedir que Israel sirviese a Jehová; por tanto, representa a Satanás que se sirve del "presente siglo malo" (Gálatas 1:4) contra el pueblo de Dios. Amalec nos es presentado como el prototipo de "la carne"; él era el nieto de Esaú, quien antes prefirió un potaje de lentejas que su derecho de primogenitura (Génesis 36:12). Él fue el primero que se opuso al avance de los israelitas después de su bautismo "en la nube y en el mar" (1 Corintios 10:2). Estos hechos demuestran claramente cual es su carácter. Además, sabemos que Saúl fue desechado y despojado del reino de Israel por no haber destruido a los Amalecitas (1 Samuel 15). Y luego, vemos que Amán es el último amalecita de que se hace mención en las Escrituras (Esther 3:1). Ningún amalecita podía entrar en la congregación de Jehová, y por fin, en el capítulo que meditamos Jehová declara que siempre habrá guerra contra Amalec (comp. con Deuteronomio 25:17-19).

Todas estas circunstancias muestran claramente que Amalec es un tipo de la carne en el cristiano. La relación que existe entre la batalla que Amalec libró contra Israel, y el agua manando de la peña, es muy notable e instructiva y en perfecta armonía con la lucha que el creyente debe sostener con su propia naturaleza corrompida; lucha que resulta, como sabemos, a consecuencia de la nueva naturaleza que posee el creyente, en la cual mora el Espíritu Santo. El combate no empezó para Israel hasta que se halló en plena posesión de la redención, y después de haber comido "el mismo alimento espiritual" y bebido "de la roca espiritual'' (1 Corintios 10:3, 4). Hasta que Israel no se halló ante Amalec, nada tuvo que hacer. No fueron los israelitas quienes lucharon contra Faraón, y destruyeron la fortaleza de Egipto rompiendo las cadenas de su esclavitud; no fueron ellos quienes partieron el Mar Rojo, hundiendo en sus aguas a Faraón y a todo su ejército; no fueron ellos tampoco quienes hicieron descender el pan del cielo, o manar el agua de la peña. Nada de esto hicieron ni podían hacer alguna de estas cosas; mas ahora, son llamados a pelear contra Amalec. Todos los combates precedentes habían tenido lugar entre Jehová y el Enemigo. Los israelitas no tenían más que permanecer "tranquilos", contemplando los gloriosos triunfos del brazo extendido de Jehová y gozar de los frutos de la victoria. Jehová había combatido para ellos, mas ahora Él combate en ellos y por ellos.

Así es también en la Iglesia de Dios. Las victorias sobre las cuales se fundan su paz y felicidad eternas han sido ganadas para ella combatiendo Cristo solo. Cristo estuvo solo en la cruz, y solo en el sepulcro. El rebaño había sido dispersado, y ¿cómo habría podido estar allí? ¿Cómo habría podido vencer a Satanás, sufrir la ira de Dios, o quitar su aguijón a la muerte? Todo esto estaba muy por encima del poder de pobres pecadores, pero no por encima del poder de Aquél que vino para salvarles, y que era el único capaz de llevar sobre sus hombros el peso de todos los pecados, y echar tras sí esta carga para siempre, por medio de su sacrificio perfecto; de modo que el Espíritu Santo, procedente del Padre, en virtud de la expiación perfecta cumplida por el Hijo, puede hacer su morada en la Iglesia colectivamente y en cada uno de sus miembros individualmente.

Cuando el Espíritu Santo hace así su morada en nosotros, a consecuencia de la muerte y de la resurrección de Cristo, entonces comienza la lucha para nosotros. Cristo ha combatido por nosotros; el Espíritu Santo combate en nosotros. El hecho mismo de gozar nosotros de este primer y precioso fruto de la victoria, nos coloca en hostilidad inmediata con el Enemigo; mas nuestro consuelo y fortaleza es saber que somos hechos vencedores antes de llegar al campo de batalla. El creyente marcha al combate cantando: "Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:57). Nosotros, pues, no peleamos como a cosa incierta, como quien golpea al aire, mientras procuramos mortificar nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre (1 Corintios 9:26-27). "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37). La gracia de la cual somos hechos participantes, quita a la carne todo poder sobre nosotros (véase Romanos 6). Si la ley es "el poder del pecado" (1 Corintios 15:56), la gracia es su impotencia. La ley da al pecado el poder sobre nosotros; la gracia nos da el poder sobre el pecado.

"Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano. E hizo Josué como le dijo Moisés, peleando contra Amalec; y Moisés y Aarón y Hur subieron a la cumbre del collado. Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; mas cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec. Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada" (v. 9-13). Aquí hallamos dos cosas distintas: el combate y la intercesión. Cristo está arriba por nosotros, mientras que el Espíritu Santo combate poderosamente en nosotros. Estas dos cosas van juntas: a medida que, por la fe, realizamos el poder de la intercesión de Cristo en favor nuestro, triunfamos de nuestra naturaleza corrompida.

Ciertas personas quieren negar la lucha del cristiano contra la carne, presentando la regeneración como un cambio o renovación completo de la vieja naturaleza. Según ese principio, necesariamente resultaría que el cristiano no tendría nada contra qué luchar. Si mi vieja naturaleza es renovada, ¿contra qué luchare yo? Contra nada. No hay en mi nada de la carne, porque mi vieja naturaleza ha sido hecha nueva, y ningún poder de fuera puede ejercer ninguna influencia sobre mí, porque no halla presa en mi carne. El mundo no posee ningún encanto para aquél cuya carne ha sido enteramente cambiada, y Satanás no tiene nada por qué o sobre qué él pueda obrar. Se puede decir a todos los que sostienen esta falsa teoría, que olvidan el lugar que ocupa Amalec en la historia del pueblo de Dios. Si los israelitas se hubiesen imaginado que una vez destruido el ejército de Faraón, los combates habían terminado para ellos, se habrían hallado bien confundidos cuando Amalec se echó sobre ellos. Y así es también para el creyente, porque "Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos" (1 Corintios 10:11). Mas no podría haber ni "ejemplo" ni "amonestación" en estas cosas, para aquel cuya vieja naturaleza hubiese sido hecha nueva. En efecto, un hombre tal no tendría necesidad de esas provisiones de gracia que Dios ha hecho en su reino para sus súbditos.

La Escritura nos enseña claramente que el cristiano tiene dentro de sí lo que corresponde a Amalec es decir "la carne", "el viejo hombre", "los designios de la carne" (Romanos 6:6; 8:7; Gálatas 5:17). Si el cristiano sintiendo los movimientos del "viejo hombre", comienza poniendo en duda si él es cristiano, no solamente se hace extremadamente desgraciado, sino que se priva de las ventajas de su posición como tal delante del enemigo. La carne existe en el creyente y existirá aquí abajo hasta el fin de su carrera. El Espíritu Santo reconoce su existencia plenamente, como lo prueban varios pasajes del Nuevo Testamento. En Romanos 6:12, se dice: "No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal". Tal mandamiento no sería necesario si la carne no existiese en el creyente. Decirnos que el pecado no debe reinar en nosotros sería cosa fuera de lugar, si, de hecho, no morase en nosotros. Existe una gran diferencia entre morar y reinar; el pecado habita en el cristiano y reina en el infiel.

Sin embargo, aunque el pecado habita en nosotros, poseemos, gracias a Dios, un principio de poder sobre él. "El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Romanos 6:14). La gracia que, por la sangre de Jesús, ha quitado el pecado, nos garantiza la victoria, y nos da una potencia actual sobre el principio de pecado que habita en nosotros. Somos muertos al pecado; de consiguiente no tiene ningún poder sobre nosotros. "Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado" (Romanos 6:7). "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado" (Romanos 6:6). "Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada". Todo fue victoria, y la bandera de Jehová ondeó sobre el ejército triunfante, llevando esta hermosa y alentadora inscripción: "Jehová-nisi" (Jehová es mi estandarte; v. 15). La seguridad de la victoria debiera ser tan completa como la del perdón, puesto que ambas cosas están fundadas en el gran hecho de que Jesús ha muerto y ha resucitado. Es pues por el poder de estas verdades que el creyente posee una conciencia purificada, y que subyuga el pecado en él. La muerte de Cristo habiendo satisfecho todas las exigencias de Dios respecto a nuestro pecado, la resurrección de Cristo viene a ser la fuente de nuestro poder para todos los detalles de la lucha, a la cual somos llamados inmediatamente. Cristo ha muerto por nosotros, y ahora, Él vive en nosotros. La muerte de Cristo nos da la paz; su vida nos da el poder.

Es edificante notar el contraste que existe entre Moisés sobre la cumbre del collado y Cristo sobre el trono. Las manos de nuestro gran Intercesor jamás pueden cansarse; su intercesión no se interrumpe jamás. "Viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25). Su intercesión es incesante y todopoderosa. Habiendo tomado asiento en los cielos, según el poder de la justicia divina, Él obra por nosotros según lo que Él es, y según la perfección infinita de lo que Él ha hecho. Sus manos nunca pueden cansarse, ni tiene necesidad de nadie para sostenerlas. Su intercesión perfecta está fundada sobre su sacrificio perfecto. Él nos presenta a Dios, revestidos de sus propias perfecciones, de tal suerte que, bien que nosotros tenemos siempre motivos para cubrir nuestro rostro en el polvo, por el sentimiento de lo que realmente somos, el Espíritu Santo, sin embargo, no puede testimoniar de nosotros sino según lo que Cristo es para nosotros, y lo que nosotros somos en Él. "Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu" (Romanos 8:9). En cuanto al hecho de nuestra condición, nosotros estamos en el cuerpo; mas no estamos en la carne en virtud del principio de nuestra posición. Además, la carne está en nosotros, pero nosotros no estamos en la carne, porque somos vivificados con Cristo.

Notemos por último, que Moisés en la cumbre del collado tenía con él "la vara de Dios", con la cual había herido a la peña. Esta vara era el símbolo o la expresión del poder de Dios, que manifiesta igualmente en la expiación que en la intercesión. Cuando la obra de la expiación fue cumplida, Cristo se sentó en los cielos, y envió al Espíritu Santo para que hiciese su morada en la Iglesia; de modo que existe un lazo indisoluble entre la obra de Cristo y la obra del Espíritu Santo. En cada una de ellas se halla la aplicación del poder de Dios.

13 - Capítulo 18

Llegamos ahora al final de una porción muy interesante del libro del Éxodo. Dios, en el ejercicio de su gracia perfecta, ha visitado y redimido a su pueblo; lo ha hecho salir de la tierra de Egipto y lo ha liberado, primero de la mano de Faraón, y luego de la de Amalec. Además, hemos podido ver en el maná un tipo de Cristo descendiendo del cielo; en la peña, un tipo de Cristo herido por su pueblo; en el agua que brotó de la peña un tipo del Espíritu Santo; y luego por fin, según el orden maravilloso de las Escrituras, vamos a ver un hermoso cuadro de la gloria venidera, comprendiendo tres grandes partes: Los judíos, los gentiles y la Iglesia de Dios.

Durante la época del rechazo de Moisés por sus hermanos, él fue puesto aparte y una esposa le fue dada: la compañera de su destierro y el principio de este libro nos ha enseñado cual fue el carácter de la relación de Moisés con esta esposa. Él fue para ella «un esposo de sangre». Esto es precisamente lo que Cristo es para la Iglesia. La unión de la Iglesia con él está fundada sobre la muerte y la resurrección; y la Iglesia es llamada a la participación de sus sufrimientos. Sabemos que es durante el tiempo de la incredulidad de Israel y mientras Cristo es rechazado, que la Iglesia es reunida; y cuando estará completa según los consejos divinos, cuando «entre la plenitud de los gentiles» (Rom. 11:25), entonces Israel aparecerá de nuevo en la escena.

Lo mismo aconteció con Séfora y el pueblo antiguo de Israel. Moisés había enviado a Séfora a su padre durante el tiempo de su misión cerca de Israel; mas tan pronto como este se manifestó como un pueblo enteramente liberado, se dice que: «Tomó Jetro suegro de Moisés a Séfora la mujer de Moisés, después que él la envió, y a sus dos hijos; el uno se llamaba Gersón, porque dijo: Forastero he sido en tierra ajena; y el otro se llamaba Eliezer, porque dijo: El Dios de mi padre me ayudó, y me libró de la espada de Faraón. Y Jetro el suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de éste, vino a Moisés en el desierto, donde estaba acampado junto al monte de Dios; y dijo a Moisés: Yo tu suegro Jetro vengo a ti, con tu mujer, y sus dos hijos con ella. Y Moisés salió a recibir a su suegro, y se inclinó, y lo besó; y se preguntaron el uno al otro cómo estaban, y vinieron a la tienda. Y Moisés contó a su suegro todas las cosas que Jehová había hecho a Faraón y a los egipcios por amor de Israel, y todo el trabajo que habían pasado en el camino, y cómo los había librado Jehová. Y se alegró Jetro de todo el bien que Jehová había hecho a Israel, al haberlo librado de mano de los egipcios. Y Jetro dijo: Bendito sea Jehová, que os libró de mano de los egipcios, y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo de la mano de los egipcios. Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses; porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció contra ellos. Y tomó Jetro, suegro de Moisés, holocaustos y sacrificios para Dios; y vino Aarón y todos los ancianos de Israel para comer con el suegro de Moisés delante de Dios». (v. 2-12).

Esta escena es profundamente interesante. Toda la congregación está reunida en triunfo delante de Jehová: el gentil ofrece un sacrificio, y para completar el cuadro, la esposa del libertador es introducida con los hijos que Dios le ha dado. En una palabra, es una representación singularmente admirable del reino venidero. «Gracia y gloria dará Jehová» (Sal. 84:11). Las páginas anteriores nos han mostrado abundantes operaciones de la «gracia»; aquí el Espíritu Santo pone ante nosotros un magnífico cuadro de la «gloria», y nos presenta en figura las diversas esferas en que esta gloria será manifestada. Las Escrituras distinguen entre el judío, el gentil y la Iglesia de Dios (comp. 1 Cor. 10:32); y de no tenerlo en cuenta se trastorna el orden perfecto de la verdad que Dios ha revelado en su Palabra. Esta distinción existe en las Escrituras desde que el misterio de la Iglesia fue plenamente revelado a Pablo, y existirá hasta el fin de la época milenaria. Todo cristiano espiritual que estudie la Palabra les dirá pues, en su espíritu, el lugar que les corresponde.

El apóstol enseña claramente en su Epístola a los Efesios, que el misterio de la Iglesia no había sido dado a conocer a los hijos de los hombres en otras generaciones, como le había sido revelado a él (Efe. 3; comp. Col. 1:15-28); mas, aunque la revelación directa no había sido hecha, ese misterio se hallaba representado en figura de varias maneras: así, por ejemplo, en la relación de Adán y Eva, en el casamiento de José con una mujer egipcia y en el casamiento de Moisés con una mujer del país de Cus. La imagen o sombra de una verdad difiere mucho de la revelación directa de aquella verdad misma. El gran misterio de la Iglesia no fue manifestado hasta que Cristo, desde su gloria, lo reveló a Saulo de Tarso. Así, todos los que busquen la revelación completa de este misterio en la ley, los salmos o los profetas, emprenden un camino equivocado, mas aquellos que han comprendido bien las enseñanzas de la Epístola a los Efesios sobre este asunto, pueden estudiar con interés y provecho las sombras prefiguradas en los relatos del Antiguo Testamento.

Hallamos, pues, en el principio de este capítulo una escena del milenio. Todos los campos de la gloria nos son abiertos delante de nuestros ojos. “El pueblo judío” está allí como el gran testigo sobre la tierra, de la unidad, fidelidad, y misericordia y poder de Jehová (véase Is. 43:10-12, 21): ha sido testigo de ello en las generaciones pasadas, lo es actualmente, y lo será para siempre. «El gentil» lee en el libro de los designios de Dios a favor de este pueblo escogido y puesto aparte, pueblo asombroso desde su principio, y después (Is. 18:2; comp. Éx. 33:16; Deut. 4:6-8), ve tronos e imperios quebrantados, naciones destruidas hasta sus cimientos; toda cosa y todo hombre obligados a ceder, para que la supremacía de ese pueblo, en el cual Dios ha puesto su afecto, sea establecida de un modo incontestable. «Ahora conozco», dice el gentil, «que Jehová es grande más que todos los dioses, porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció ellos» (v. 11). Sí, tal es la confesión de un gentil, cuando las páginas maravillosas de la historia de Israel son abiertas delante de él.

Por fin «La Iglesia de Dios», representada colectivamente por Séfora, e individualmente en los miembros que la componen por los hijos de Séfora, la Iglesia de Dios aparece como estando unida en la relación más íntima con el Liberador. Si se pide la prueba de todo esto, el apóstol responde: «Como a sensatos os hablo, juzgad lo que digo» (1 Cor. 10:15). No se puede fundamentar una doctrina sobre una figura; pero cuando la doctrina ha sido revelada, se puede discernir la figura con exactitud y estudiarla con provecho. En todo caso el discernimiento espiritual es necesario, ya sea para comprender la doctrina, ya para discernir la figura. «Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14)

Desde el versículo 13 hasta el fin, la Escritura nos habla del establecimiento de jefes que debían ayudar a Moisés en la administración de los negocios de la congregación. Esto tuvo lugar a causa del consejo de Jetro el cual temía que Moisés desfalleciese bajo el peso de su cargo; y puede sernos útil relacionar este hecho con los setenta varones, mencionados en Números, donde se ve a Moisés doblegado por el peso de la responsabilidad que pesa sobre él, y expresando la angustia de su alma, diciendo a Jehová: «¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿y por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus padres? ¿De dónde conseguiré yo carne para dar a todo este pueblo? Porque lloran a mí, diciendo: Danos carne que comamos. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal» (Núm. 11:11-15).

Es evidente que Moisés, aquí, se retira de un puesto de honor. Si Dios juzgó bueno hacer de él el único instrumento para gobernar la asamblea, ¿no era eso colmarlo de mayor honor y gloria? Es verdad que la responsabilidad era inmensa, pero la fe habría reconocido que Dios era suficiente para todas las cosas. Pero Moisés perdió el ánimo, a pesar de ser un siervo fiel, y dijo: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía». El pueblo no era demasiado pesado para Dios, y en realidad Él era quien lo soportaba: Moisés no era más que el instrumento. La misma razón habría tenido Moisés en decir que la vara que él llevaba en su mano era la que conducía al pueblo, porque el mismo no era más, en las manos de Dios, que la vara en la suya. Es en este punto donde los siervos de Dios desfallecen, y de una manera tanto más funesta porque esta falta reviste la apariencia de la humildad. Retroceder ante una gran responsabilidad se parece a la desconfianza en sí mismo y a una profunda humildad de espíritu; mas la única cosa que nos importa saber es esta: ¿Es Dios quien nos ha puesto bajo esta responsabilidad? Si es así, es seguro que Dios estará con nosotros para ayudarnos a llevarla; y, con él, podemos soportarlo todo. Con él, el peso de una montaña no es nada, mientras que, sin él, el peso de una pluma nos aplasta. Si un hombre, en la vanidad de su pensamiento, se coloca en primera línea y toma sobre sí una carga que Dios no le ha mandado llevar, y en estas condiciones emprende una obra para la que, por consiguiente, Dios no le ha dotado, no podemos esperar otra cosa que ver sucumbir al tal bajo el peso de esta carga; pero si es Dios quien pone la carga sobre un hombre, él lo fortalecerá haciéndole capaz para llevarla.

Dejar un lugar que Dios nos haya asignado no es nunca el fruto de la humildad: muy al contrario, puesto que la humildad más profunda se manifestará permaneciendo en ese lugar, en la más completa y sencilla dependencia de Dios. Cuando nosotros retrocedemos ante algún servicio pretextando incapacidad, es una prueba evidente de que estamos ocupándonos de nosotros mismos. Dios no nos llama a su servicio fundando su llamamiento en nuestra capacidad, sino en la suya; por consiguiente, a menos de estar ocupado exclusivamente de mí mismo, o lleno de desconfianza hacia Dios, no debo abandonar una posición de servicio o de testimonio a causa de la responsabilidad que entraña. Todo poder pertenece a Dios, y ya sea que este poder obre por medio de un solo instrumento, o por medio de setenta, poco importa: el poder es siempre el mismo; mas si el instrumento rehúsa el servicio que le es impuesto, tanto peor para él. Dios no quiere forzar a nadie para que ocupe un puesto de honor, si el tal no sabe confiar en Él para ser sostenido. El camino está siempre abierto ante nosotros para abandonar nuestra alta posición para conducirnos allí donde una miserable incredulidad quisiera colocarnos.

Y esto es lo que le aconteció a Moisés: él se quejó de la carga que debía llevar, y esta le fue quitada inmediatamente, pero con la carga perdió también el insigne honor de llevarla. «Entonces Jehová dijo a Moisés: Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo» (Núm. 11:16-17). Ningún nuevo poder fue introducido: el mismo espíritu había en un solo hombre que en setenta y, por lo tanto, los setenta no tenían más valor o mérito que uno solo. «El Espíritu es el que da vida, la carne para nada aprovecha» (Juan 6:63). Este paso en falso de Moisés no le hizo ganar nada en cuanto a poder, y en cambio, le hizo perder mucho en gloria.

En la última parte de este capítulo, Moisés profiere palabras de incredulidad, que le valieron una severa reprimenda de parte de Jehová. «Entonces Jehová respondió a Moisés: ¿Acaso se ha acortado la mano de Jehová? Ahora verás si se cumple mi palabra, o no» (Núm. 11:23). Si se comparan los versículos 11 al 15 y 21 al 23, se nota una relación evidente y solemne entre ellos. Aquél que retrocede ante la responsabilidad a causa de su debilidad, corre el riesgo de poner en duda la plenitud y suficiencia de los medios de Dios.

Esta escena entraña una preciosa enseñanza para todo siervo de Cristo que estuviere tentado de sentirse solo o sobrecargado en su obra. Conviene que el tal recuerde que allí donde el Espíritu Santo opera, un solo instrumento es tan bueno y eficaz como setenta; y que allí donde no opera Dios, setenta son tan inútiles como uno solo. Todo depende de la energía del Espíritu Santo. Con Él, un solo hombre puede hacerlo todo, sufrirlo todo y soportarlo todo; sin Él, setenta hombres no pueden hacer nada. Recuerde el siervo solitario de Cristo, para consuelo y ánimo de su corazón fatigado, que con tal que tenga consigo el poder del Espíritu Santo, no tiene motivo para quejarse de su carga o suspirar por una disminución de trabajo. Si Dios honra a un hombre dándole mucha labor, que el tal se regocije y no murmure pues si murmura se expone a perder muy pronto ese honor. Dios no tropieza con dificultades cuando se trata de hallar instrumentos. Aun de las piedras pueden levantar hijos a Abraham, y de esas mismas piedras suscitar los instrumentos necesarios para el cumplimiento de su obra gloriosa.

¡Ah! ¡Quién tuviera un corazón mejor dispuesto para servirle! ¡Un corazón paciente, humilde, consagrado, desnudo de sí mismo! ¡Un corazón dispuesto para servir con otros, y dispuesto a servir solo, un corazón lleno de tal manera del amor por Cristo, que halle su gozo, su mayor gozo, en servirle en cualquiera esfera, y cualquiera que sea el carácter de este servicio! Esta es, seguramente, la cosa de la cual tenemos mayor necesidad en los tiempos en que vivimos. ¡Qué el Espíritu Santo reanime en nuestros corazones un sentimiento más profundo de la excelencia y del precio del nombre de Jesús, y nos conceda poder responder de una manera más completa y potente al amor inmutable de su corazón!

14 - Capítulo 19

Henos aquí ahora llegados a un período muy importante de la historia de Israel. El pueblo ha sido conducido al pie del monte que se podía tocar, y al fuego ardiente» (véase Hebr. 12:18). La escena de gloria milenaria, que nos presentó el capítulo anterior, ha desaparecido. Esa viva imagen del reino, iluminada un momento por el sol, se ha desvanecido y en su lugar aparecen las espesas nubes que se van amontonando alrededor de este «monte palpable», donde Israel, impulsado por un espíritu de legalismo, abandonó la alianza de gracia de Jehová por la alianza de las obras del hombre. ¡Impulso fatal, el cual fue seguido de los más funestos resultados! Hasta aquí, como hemos visto ningún enemigo ha podido subsistir delante de Israel, ningún obstáculo había podido detener su marcha victoriosa. Los ejércitos de Faraón habían sido destruidos, Amalec y los suyos fueron pasados a filo de espada: todo era victoria, porque Dios intervenía a favor de su pueblo, en virtud de las promesas que había hecho a Abraham, a Isaac y a Jacob.

En el principio de nuestro capítulo, Jehová resume, de un modo admirable, todo cuanto ha hecho por Israel: «Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (v. 3-6). Nótese que Jehová dice: «mi voz» y «mi pacto». Ahora bien, ¿qué decía esta «voz»? ¿Y qué implicaba este «pacto»? ¿Era, acaso, que Jehová había hablado para imponer las leyes y ordenanzas de un legislador severo e inflexible? Muy al contrario; Jehová había intervenido para demandar la libertad de los cautivos; para procurar un refugio delante de la espada del destructor; para preparar un camino a sus redimidos; para hacer descender el pan del cielo y hacer manar el agua de la peña. Así fue como la «voz» de Jehová, inteligible y llena de gracia, habló al pueblo hasta el momento en que los hijos de Israel «se detuvieron al pie del monte» (v. 17).

El pacto de Jehová era un pacto de pura gracia, y esta gracia no ponía ninguna condición, no pedía nada, ni imponía yugo ni carga. Cuando «El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham» (Hec. 7:2), en Ur de los Caldeos, no le habló diciéndole: “harás esto y esto” y “no harás esto ni aquello”. No, un lenguaje parecido no habría sido según el corazón de Dios. Él prefiere mejor poner una «mitra limpia» sobre la cabeza del pecador que un «yugo de hierro sobre tu cuello» (Zac. 3:5; Deut. 28:48). La palabra de Dios a Abraham fue: Yo «te daré». La tierra de Canaán no podía adquirirse por obras humanas; debía ser precisamente el don de la gracia de Dios. Y en el principio de este libro del Éxodo, hemos visto a Dios visitando a su pueblo en su gracia, para cumplir la promesa que había hecho en favor de la posteridad de Abraham. El estado en que Jehová halló a esta posteridad no fue ningún obstáculo para el cumplimiento de sus designios de gracia, con tal de que la sangre del cordero le ofreciese un fundamento perfectamente justo, en virtud del cual él pudiese cumplir lo que había prometido. Evidentemente, Jehová no había prometido la tierra de Canaán a la posteridad de Abraham en virtud de cosa alguna que él esperase de esa posteridad, porque esto habría destruido completamente la verdadera naturaleza de una promesa: en este caso Dios habría hecho un contrato y no una promesa «a Abraham fueron hechas las promesas» (véase Gál. 3:16).

Por esto, en el principio de este capítulo, Jehová recuerda a su pueblo la gracia que ha usado con ellos, y al mismo tiempo les asegura futuras bendiciones con tal que perseveren en la obediencia a la «voz» de la gracia y permanezcan en el «pacto» de gracia. «Vosotros seréis mi especial tesoro», les dice, «sobre todos los pueblos». ¿Bajo qué condición podían ser los Israelitas este especial tesoro de Jehová? ¿Era bajo la condición de subir penosamente la cuesta de la justicia propia y del legalismo? ¿Podían las maldiciones de una ley violada y violada aun antes de haberla recibido, conducirles a tal posición? Seguramente que no. ¿Cómo, entonces, pudieron gozar de una posición tan gloriosa? Simplemente permaneciendo en la posición en que Dios los veía desde el cielo, cuando obligó a decir al profeta que amó el salario de iniquidad: «¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, Tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, Como huertos junto al río, Como áloes plantados por Jehová, Como cedros junto a las aguas. De sus manos destilarán aguas, Y su descendencia será en muchas aguas; Enaltecerá su rey más que Agag, Y su reino será engrandecido. Dios lo sacó de Egipto; Tiene fuerzas como de búfalo. Devorará a las naciones enemigas, Desmenuzará sus huesos, Y las traspasará con sus saetas» (Núm. 24:5-8).

Sin embargo, Israel no estaba dispuesto a ocupar esta alta posición. En lugar de regocijarse en la “santa promesa” de Dios, osó tomar el compromiso más presuntuoso que jamás haya salido de labios humanos. «Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos» (v. 8). Esto era hablar temerariamente. Los Israelitas no dijeron: “Esperamos hacerlo”, o “procuraremos hacerlo”, lo cual habría mostrado cierto grado de desconfianza en ellos mismos. Mas en vez de esto, su promesa es hecha de la manera más absoluta: «Todo lo que Jehová ha dicho, haremos». Los que hablaron así no fueron solamente ciertos espíritus presuntuosos, llenos de confianza en ellos mismos, no: «todo el pueblo respondió a una». Todos, sin ninguna excepción, estaban unánimes en abandonar la «santa promesa», «el pacto santo».

¿Cuál fue el resultado de esto? En el momento en que Israel hubo pronunciado su «voto», en el instante en que comenzó a «hacer», todas las cosas cambiaron de aspecto. «Entonces Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa… Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá» (v. 9-12) He aquí un cambio bien manifiesto. Aquél que había dicho: «Os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí», se encubre ahora en la «nube espesa», y dice: «Señalarás termino al pueblo en derredor». Los dulces acentos de la gracia han sido reemplazados por los «truenos y relámpagos» del humeante Sinaí (v. 16). El hombre había osado hablar de sus miserables obras en presencia de la magnífica gracia de Dios. Israel había dicho: «Haremos», y por lo tanto era preciso que fuese colocado a distancia, a fin de que se viese aquello que estaba en disposición de hacer. Dios toma una distancia moral, y el pueblo en ningún modo intenta acortarla porque se halla lleno de temor y espanto; y esto no debe extrañarnos porque «tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: ¡Estoy aterrado y tembloroso!» (Hebr. 12:21). ¿Quién podía soportar la vista de ese «fuego consumidor», justa expresión de la santidad divina? «Jehová vino de Sinaí, y de Seir les esclareció; resplandeció desde el monte de Parán, y vino de entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano derecha» (Deut. 33:2). La palabra «fuego» aplicado a la ley, expresa la santidad de esta ley. «Porque también nuestro Dios es fuego que consume» (Hebr. 12:29), que no tolera el mal ni en pensamiento, ni en palabra, ni en acción.

Israel cometió un gran error fatal diciendo: «Haremos». Esto era tomar un compromiso que no era capaz de cumplir, aunque lo hubiese deseado; y nosotros sabemos quien es aquí que ha dicho: «Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas» (Ecl. 5:5). El mismo carácter del voto implica la capacidad de cumplirlo, y ¿cual es la capacidad del hombre? Lo mismo sería si un hombre arruinado firmase un cheque de Banco que un pecador sin fuerzas hacer un voto. Estando arruinado, ¿qué puede hacer? Privado de toda fuerza no puede querer, ni hacer ninguna cosa de bueno. ¿Cumplió Israel su compromiso? El becerro de oro, las tablas en pedazos, el sábado profanado, las ordenanzas menospreciadas y abandonadas, los mensajeros apedreados, Cristo rechazado y crucificado y el Espíritu Santo contristado están allí para atestiguarlo.

Lector cristiano ¿no te regocijas de que tu salvación no descansa sobre tus miserables votos y quiméricas resoluciones, sino en la «ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez por todas?» (Hebr. 10:10). Sí, en esto está fundado nuestro gozo y nunca puede faltarnos. Cristo ha tomado sobre sí todos nuestros votos, y los ha cumplido eterna y gloriosamente. La vida de resurrección corre por los miembros de su Cuerpo, y produce en ellos resultados tan maravillosos que ni los votos, ni las exigencias de la ley habrían podido producir nunca. Él es nuestra vida y nuestra justicia. ¡Que su nombre sea más dulce a nuestros corazones, y su causa domine nuestra vida entera! ¡Que nuestra comida y nuestra bebida sea consagrarnos y ser consagrados a su glorioso servicio!

No terminaré este capítulo sin hacer mención de un pasaje en Deuteronomio que podría ofrecer alguna dificultad para ciertos espíritus, y que se relaciona directamente con el asunto que acabamos de tratar. «Y oyó Jehová la voz de vuestras palabras cuando me hablabais, y me dijo Jehová: He oído la voz de las palabras de este pueblo, que ellos te han hablado; bien está todo lo que han dicho» (Deut. 5:28). Podría parecer, según estas palabras de Jehová, que Él aprobaba el que los hijos de Israel hiciesen un voto: pero si se lee atentamente el conjunto del pasaje, desde el versículo 24 hasta el 27, se ve al momento que no se trata aquí del voto, sino del temor del pueblo, a continuación, y como consecuencia del voto. Ellos no podían soportar lo que se les había mandado, y dijeron: «Si oyéremos otra vez la voz de Jehová nuestro Dios, moriremos. Porque ¿qué es el hombre, para que oiga la voz del Dios viviente que habla de en medio del fuego, como nosotros la oímos, y aún viva? Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos» (Deut. 5:27). Esta era la confesión de su incapacidad para encontrarse con Jehová bajo el aspecto terrible que el orgulloso legalismo de ellos le había hecho tomar. Es imposible que Jehová hubiese podido aprobar nunca el abandono de una gracia gratuita e inmutable, para reemplazar por el fundamento sin consistencia de «las obras de la ley».

15 - Capítulo 20

Es de la mayor importancia que se comprenda el verdadero carácter y objeto de la ley moral, tal como nos es presentada en este capítulo. Hay en el hombre la tendencia a confundir los principios de la ley con los de la gracia, de tal suerte, que ni la ley ni la gracia puedan ser bien comprendidas: la ley es despojada de su austera e inflexible majestad, y la gracia de sus divinos atractivos. Las santas exigencias de Dios permanecen sin respuesta y el sistema anormal creado por los que así mezclan la ley y la gracia, ni llena ni satisface las profundas necesidades del pecador. La ley es la expresión de lo que el hombre debiera ser, la gracia demuestra lo que Dios es. ¿Como, pues, pueden formar unidas un solo sistema? ¿Cómo podría salvarse el pecador en parte por la ley, y en parte por la gracia? Imposible: es necesario que sea salvado por la una o por la otra.

La ley es llamada algunas veces «la expresión del pensamiento de Dios». Mas esta definición es completamente inexacta. Si dijésemos que la ley es la expresión del pensamiento de Dios respecto de lo que el hombre debiera ser, estaríamos mucho más cerca de la verdad. A quien quisiere considerar los diez mandamientos como la expresión del pensamiento de Dios, yo le pregunto si en el pensamiento de Dios no hay otra cosa que “harás esto” y “no harás aquello”. ¿No hay en él gracia, ni misericordia, ni bondad? ¿No manifestará Dios lo que él es, ni revelará los profundos secretos de ese amor que rebosa de su corazón? ¿No hay nada más, en el carácter de Dios, que rígidas existencias y severas prohibiciones? Si así fuera, debiéramos decir que “Dios es ley” en lugar de decir que «Dios es amor». Pero, bendito sea su nombre, hay mucho más en el corazón de Dios de lo que jamás podrán expresar las diez palabras pronunciadas sobre el «monte que ardía». Si yo quiero saber lo que es Dios, no tengo mis que mirar a Cristo, «porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9). «La ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1:17). Necesariamente, en la ley se hallaba cierta medida de verdad; contenía la verdad en cuanto a lo que el hombre debía ser. Como todo lo que dimana de Dios, la ley era perfecta en su medida, perfecta para llenar el fin a que era destinada; pero ese fin no era, en ninguna manera, el de revelar la naturaleza y el carácter de Dios delante de pecadores perdidos y culpables. En la ley no había gracia ni misericordia. «Si alguno rechaza la ley de Moisés, muere sin compasión» (Hebr. 10:28). «Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos» (Lev. 18:5; Rom. 10:5). «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas» (Deut. 27:26; comp. Gál. 3:10). Este lenguaje no es el de la gracia; no es en el monte de Sinaí donde debe ser buscada. Jehová se manifiesta allí rodeado de una majestad terrible, en medio de la obscuridad, tinieblas y tempestad, con truenos y relámpagos. Esas circunstancias no son aquellas que acompañan una dispensación de gracia y de misericordia; en cambio, encajaban perfectamente en una dispensación de verdad y de justicia: y la ley no era otra cosa que esto.

En la ley, Dios declara lo que el hombre debía hacer y lo maldice si no lo hace. Y cuando el hombre se examina a la luz de la ley, ve que precisamente él es aquello que la ley condena. ¿Cómo podría pues obtener la vida por la ley? La ley propone la vida y la justicia como el destino de aquellos que la habrán guardado; pero desde el primer momento, nos muestra que estamos en un estado de muerte y de iniquidad, y que desde el primer instante tenemos necesidad de las cosas que la ley nos propone alcanzar. ¿Qué hacer entonces? Para cumplir lo que la ley exige es preciso que tenga vida; y para ser lo que la ley quiere que yo sea, es indispensable que posea la justicia; y si no tengo vida ni justicia, soy «maldito»; y el hecho es que yo no tengo ni la una ni la otra. ¿Pues qué hacer? –¡he aquí la cuestión! Qué respondan los que quieren «ser maestros de la ley» (1 Tim. 1:7); qué respondan ellos de una manera que satisfaga a una conciencia recta, doblegada bajo el doble sentimiento de la espiritualidad y de la inflexibilidad de la ley, y de su propia naturaleza carnal imposible de corregir.

La verdad es, como el apóstol nos lo enseña, que «la ley entró para que abundara el pecado» (Rom. 5:20): tal es el verdadero objeto de la ley. Ella entró a fin de demostrar que el pecado es excesivamente pecador (Rom. 7:13). La ley era, en cierto sentido, como un espejo perfecto, enviado del cielo a la tierra, para revelar al hombre cuanto se había desfigurado moralmente. Si yo me pongo delante de un espejo con mis vestidos en desorden, el espejo me enseña el desorden, pero no lo arregla. Si yo tiro una plomada perfectamente justa a lo largo de un tronco tortuoso, el plomo me mostrará las desviaciones del árbol, pero no lo enderezará. Si yo salgo, durante una noche obscura, con una luz, esta me deja ver todos los obstáculos y dificultades que se hallan en mi camino, mas no los quita. Sin embargo, ni el espejo, ni el plomo, ni la luz, crean los males que cada uno de ellos revelan, ni los crean, ni los quitan, no hacen más que manifestarlos. Lo mismo acontece con la ley: no crea el mal en el corazón del hombre, ni tampoco lo quita; solamente lo revela con una exactitud infalible.

«¿Qué diremos, pues? ¿Es la ley pecado? ¡De ninguna manera! Pero no hubiera conocido el pecado si no hubiera sido por la ley; pues no habría conocido la codicia si la ley no dijera: No codiciarás» (Rom. 7:7). El apóstol no dice que el hombre no hubiese tenido «concupiscencia», sino que no habría tenido «conciencia» de la concupiscencia. La concupiscencia estaba en el hombre, más este lo ignoraba hasta que la «luz» de Dios (Job 29:3) iluminó los rincones tenebrosos de su corazón y manifestó el mal que en él había. Así como un hombre, en una cámara obscura, puede estar rodeado de polvo y confusión, sin que pueda apercibirse de ello, a causa de la obscuridad en que está sumido; pero que un rayo del sol penetre allí, e inmediatamente lo distinguirá todo. Sin embargo, ¿es que los rayos del sol crean el polvo? Seguramente que no, el polvo está allí, y el sol no hace más que descubrirlo y manifestarlo, tal es pues el efecto que produce la ley. Ella juzga el carácter y la condición del hombre; le prueba que es un pecador y le encierra bajo maldición; la ley viene para juzgar al hombre, y le maldice si él no es lo que la ley le dice que debe ser.

Hay pues una imposibilidad manifiesta en que el hombre obtenga la vida y la justificación por medio de una cosa que no puede hacer más que maldecirle, y a menos que la condición del pecador y el carácter de la ley no sean completamente cambiados, la ley no puede hacer más que maldecir al pecador. La ley no es indulgente con las debilidades, ni se satisface con una obediencia sincera pero imperfecta; si tal fuese, cesaría de ser lo que es, «santa, justa y buena» (Rom. 7:12). Es precisamente porque la ley es así que el pecador no puede obtener la vida por ese medio. Si el hombre pudiese tener la vida por ella, o la ley no sería perfecta, o el hombre no sería pecador. Es imposible que un pecador adquiera la vida por medio de una ley perfecta, porque por la misma razón de ser perfecta, debe condenarlo. Su perfección absoluta manifiesta la ruina y la condenación absoluta del hombre, y pone su sello. «Por tanto, por las obras de la ley nadie será justificado ante él; porque por la ley es el conocimiento del pecado» (Rom. 3:20). El apóstol no dice que “por la ley sea el pecado”, sino que «por la ley es el conocimiento del pecado». «Porque hasta la ley, había pecado en el mundo; pero el pecado no se imputa sin que haya ley» (Rom. 5:13). El pecado existía, pero faltaba que la ley lo manifestara bajo la forma de «transgresión». Si yo digo a mi hijo: “No toques este cuchillo”, mi prohibición misma prueba la tendencia de su corazón a hacer su propia voluntad. Mi prohibición no crea la tendencia no hace más que revelarla.

El apóstol Juan dice que «todo el que practica el pecado, también practica la iniquidad» (1 Juan 3:4). La expresión “transgresión de la ley”, que hallamos en varias versiones de este pasaje, no traduce exactamente el verdadero pensamiento del Espíritu Santo. Para que haya «transgresión», es preciso que se haya establecido una regla o línea de conducta definida; porque “traspasar” significa franquear una línea prohibida. He aquí las prohibiciones de la ley: «No matarás», «No cometerás adulterio», «No hurtarás». –Una ley o regla ha sido puesta delante de mi, pero yo descubro que tengo en mí los mismos principios contra los cuales estas prohibiciones han sido expresamente dirigidas; más aun, el mismo hecho de que se me prohíba matar, muestra que el homicidio está en mi naturaleza (comp. Rom.s 7:5). Sería del todo inútil prohibirme hacer una cosa si yo no tuviera ninguna inclinación a hacerla; pero la revelación de la voluntad de Dios, en cuanto a lo que yo debería ser, pone de manifiesto la tendencia de mi voluntad a ser lo que no debiera ser. Esto es claro, y perfectamente conforme con todas las enseñanzas del apóstol sobre este asunto.

No obstante, muchas personas que admiten que no podemos obtener la vida por la ley, sostienen al mismo tiempo que la ley es la regla de nuestra vida. El apóstol declara que «todos los que son de las obras de la ley están bajo de maldición» (Gál. 3:10). Poco importa su condición individual: si están sobre el terreno de la ley, necesariamente se hallan bajo la maldición Puede ser que alguno diga: “Yo estoy regenerado, y por lo tanto no estoy expuesto a la maldición”; pero si la regeneración no trasporta al hombre fuera del terreno de la ley ella no puede ponerlo más allá de los límites de la maldición. Si el cristiano se halla bajo la ley, está expuesto necesariamente a la maldición de la ley. Mas, ¿qué tiene que ver la ley con la regeneración? ¿Dónde hallamos que se trate de la regeneración en este capítulo 20 del Éxodo? La ley no hace más que dirigir una pregunta al hombre; pregunta corta, seria y directa, a saber: “¿Eres tú lo que deberías ser?” Si la respuesta es negativa, la ley no puede por menos que lanzar sus terribles anatemas y matar al hombre. ¿Y quien reconocerá más pronto y más profundamente que no es, en sí mismo, nada de lo que debería ser, sino el hombre verdaderamente regenerado? Así que, si está bajo la ley, se halla inevitablemente bajo la maldición. Es imposible que la ley disminuya sus exigencias, ni que se mezcle con la gracia. Los hombres, sintiendo que no pueden lograr elevarse hasta la medida de la ley, procuran siempre rebajar a esta hasta ellos; pero es en vano. La ley permanece tal cual es, en toda su pureza, majestad y austera inflexibilidad, no aceptando nada menos que una obediencia absolutamente perfecta; y ¿cuál es el hombre, regenerado o no, que pueda intentar obedecer así? Se dirá tal vez: “Nosotros tenemos la perfección de Cristo”. Es verdad; pero no es por la ley, sino por la gracia, y de ninguna manera podemos confundir las dos dispensaciones. Las Escrituras nos enseñan claramente que no somos justificados por la ley y, por lo tanto, la ley no es la regla de nuestra vida. Lo que solo puede maldecir, no puede justificar nunca, y lo que solo mata, no puede ser lo que regula y gobierna la vida. Sería lo mismo que si un hombre intentara hacer fortuna valiéndose del balance que lo declara en quiebra.

La lectura del capítulo 15 de los Hechos nos enseña como responde el Espíritu Santo a toda tentativa que se quisiera hacer para poner a los creyentes bajo la ley como regla de vida. «Pero se levantaron algunos creyentes de la secta de los fariseos, diciendo: Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés» (v. 5). La insinuación tenebrosa e inoportuna de esos legalismos de los tiempos primitivos no era otra cosa que el silbido de la serpiente antigua. Mas la poderosa energía del Espíritu Santo, y la voz unánime de los doce apóstoles y de toda la Iglesia respondieron a ello como leemos en los versículos 7-8: «Después de mucha discusión, se levantó Pedro y les dijo: ¡Varones hermanos! Vosotros sabéis que desde el principio Dios me eligió entre vosotros, para que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del evangelio y creyeran»¿Qué? ¿Las exigencias y maldiciones de la ley de Moisés? ¡No, bendito sea su nombre! No era este el mensaje que Dios quería hacer llegar a los oídos de pobres pecadores privados de toda fuerza–, sino que «para que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del evangelio». He aquí el mensaje que estaba de acuerdo con el carácter y voluntad de Dios, mientras que esos fariseos que se levantaron contra Bernabé y Saulo no eran enviados del Señor, lejos de esto; ellos no anunciaban las buenas nuevas, ni publicaban la paz; sus «pies» no tenían nada de «hermosos» delante de Aquel que solo se complace en la misericordia.

«Ahora pues», continúa el apóstol, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?» (v. 10). Este lenguaje es grave y serio. Dios no quería que se pusiese «un yugo» «sobre la cerviz» de aquellos cuyos corazones habían sido liberados por el Evangelio de paz; al contrario, antes deseaba exhortarlos a permanecer firmes en la libertad de Cristo, «no os sometáis de nuevo al yugo de servidumbre» (Gál. 5:1). Dios no quería enviar a aquellos que él había recibido en su seno «al monte palpable» para aterrarles con «fuego ardiente», «tinieblas», «obscuridad», «y tempestad» (Hebr. 12:18). ¿Cómo podríamos admitir jamás la idea de que Dios quisiera gobernar por la ley a los que ha recibido en gracia? Pedro dice: «Creemos que somos salvos por la gracia del Señor Jesús igual que ellos» (Hec. 15:11). Los judíos que habían recibido la ley, y los gentiles que no la recibieron, todos debían ser en adelante salvos por la gracia. Y no solamente debían ser salvos «por gracia» sino que debían «estar firmes» en la gracia, y «crecer en la gracia» (Rom. 5:1-2; 2 Pe. 3:18). Enseñar otra cosa es tentar a Dios. Estos fariseos derriban el fundamento de la fe del cristiano; y esto mismo hacen todos aquellos que procuran poner a los creyentes bajo la ley. No hay mal peor ni más abominable, a los ojos de Dios, que el legalismo. Escuchad el lenguaje enérgico y los acentos de justa indignación de que se sirve el Espíritu Santo, respecto a estos doctores de la ley: «Ojalá que se mutilaran los que os perturban» (Gál. 5:12).

¿Se han cambiado los pensamientos del Espíritu Santo respecto a este punto? ¿No es todavía «tentar a Dios» poner el yugo de la ley sobre la cerviz de un pecador? ¿Es según su voluntad de gracia que la ley sea recomendada a los pecadores como si fuese la expresión del plan de Dios respecto a ellos? Responda el lector a estas preguntas en la luz del capítulo 15 del libro de los Hechos y de la Epístola a los Gálatas. Estos dos pasajes de las Escrituras son suficientes, si no hubiese otros, para probar que la Intención de Dios no ha sido jamás que los gentiles oyesen la palabra de la ley. Si tal hubiese sido su plan, seguramente habría escogido a alguien para que se la anunciase. Mas no vemos esto; cuando Jehová proclama su «ley terrible», no habla más que en una sola lengua; «lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley» (Rom. 3:19); pero cuando publica la buena nueva de salvación por la sangre del Cordero, habla la lengua de «toda nación». Dios habla de tal manera que «cada uno les oía hablar en su propia lengua», podía oír el dulce relato de la gracia (Hec. 2:1-11).

Cuando Dios proclama, de lo alto del Sinaí, las duras exigencias de la alianza de las obras, se dirige exclusivamente a un solo pueblo; su voz fue oída solamente dentro de los estrechos límites del pueblo judío. Pero cuando Cristo resucitado envió sus mensajeros de salud, les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15; comp. Lucas 3:6). El caudaloso río de la gracia de Dios, cuyo lecho había sido descubierto por la sangre del Cordero, debía desbordar, por la energía del Espíritu Santo, mucho más allá del estrecho recinto del pueblo de Israel, y derramarse en abundancia sobre un mundo manchado por el pecado. Es necesario que «toda criatura» oiga, en su propia lengua, el mensaje de la paz, la palabra del Evangelio, la noticia de salvación por la sangre de la cruz. Y por fin, para que nada falte para dar a nuestros pobres corazones legalistas la prueba de que el Sinaí no era en ninguna manera el lugar donde los secretos de Dios fueron revelados, el Espíritu Santo ha dicho por boca de un profeta y por la de un apóstol: «¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación…!» (Is. 52:7; Rom. 10:15). En cambio, el mismo Espíritu dice de aquellos que querían ser doctores de la ley: «Ojalá fuesen también cortados los que os inquietan».

Es, pues, evidente que la ley no es el fundamento de vida para el pecador, ni la regla de vida para el cristiano. Cristo es ambas cosas. Él es nuestra vida y la regla de ella. La ley solo puede maldecir y matar. Cristo es nuestra vida y nuestra justicia; él ha sido hecho maldición por nosotros siendo colgado en el madero. Jesús descendió al lugar donde yacía el pecador sumido en estado de muerte y condenación; y habiéndonos liberado, por su muerte, de todo aquello que era, o podía ser contra nosotros, ha sido constituido, por su resurrección, fuente de vida y fundamento de justicia para todos aquellos que creen en su nombre. Poseyendo así la vida y la justicia en él, somos llamados a andar no como la ley ordena, sino a «andar como él anduvo» (1 Juan 2:6). Parecerá casi superfluo afirmar que matar, cometer adulterio y hurtar son actos directamente opuestos a la moral cristiana. Mas si un cristiano regulara su vida según esos mandamientos o según el decálogo entero, ¿produciría esos preciosos y delicados frutos de que nos hablan la Epístola a los Efesios? ¿Podrían hacer los diez mandamientos que el ladrón no hurte más, sino que trabaje a fin de tener de qué dar? ¿Transformarían jamás a un ladrón en un hombre laborioso y honorable? Seguramente que no. La ley dice: «No hurtarás»; pero ¿añade ella, ve, y da a aquel que está en necesidad? ¿Ve, y da de comer a tu enemigo, vístele y bendícele? ¿Ordena la ley, ve, y regocija con tu benevolencia, por tus actos de bondad, el corazón de aquel que solo ha procurado dañarte? ¡No, por cierto! Y, sin embargo, si yo estuviese bajo la ley como regla, sería maldito y muerto por ella. ¿Cómo puede ser esto siendo la santidad cristiana mucho más elevada que la de la ley? Porque yo soy débil, y la ley no me concede ninguna fuerza, ni me manifiesta ninguna misericordia. La ley exige la fuerza de aquél que no tiene ninguna, y le maldice si no puede mostrarla. El Evangelio da la fuerza al que no tiene, y le bendice en la manifestación de esta fuerza. La ley presenta la vida como fin de la obediencia; el Evangelio da la vida como el único fundamento verdadero de obediencia.

Para no fatigar demasiado al lector a fuerza de argumentos, yo pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se presenta la ley como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal pensamiento cuando dijo: «Porque ni la circuncisión es algo, ni la incircuncisión, sino la nueva creación. Y a todos los que viven según esta regla, paz sobre ellos y misericordia, y sobre el Israel de Dios» (Gál. 6:15-16). ¿Cuál regla? ¿La ley? No, sino la nueva creación. En el capítulo 20 del Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”, al contrario, este capítulo se dirige al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a la vieja creación, y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en estado de hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los creyentes deben andar, ¿de dónde viene que el apóstol pronuncie una bendición sobre los que andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice él: “a todos los que anduvieren conforme a la regla de los diez mandamientos”? ¿No es, pues, evidente que, según este pasaje, la Iglesia de Dios tiene una regla más elevada, conforme a la cual debe andar? Sin ninguna duda. Aunque, incontestablemente, los diez mandamientos forman parte del canon de los libros inspirados, nunca pudieran ser la regla de vida para aquel que, por la gracia infinita, ha sido introducido en una nueva creación y ha recibido una nueva vida en Cristo.

Tal vez se pregunte: “¿pero no es perfecta la ley?” Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es divinamente perfecta. Más que esto, es a causa de su misma perfección que la ley maldice y mata a los que no son perfectos y pretenden medirse con ella. «La ley es espiritual, pero yo soy carnal» (Rom. 7:14). Es enteramente imposible formarse una idea justa de la perfección y espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con el «pensamiento de la carne», no puede «obrar» más que «ira» y «enemistad» (Rom. 4:15; 8:7). ¿Por qué? ¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta y el hombre pecador. Si el hombre fuese perfecto cumpliría la ley según toda su perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida, «para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que no andamos según la carne, sino según el Espíritu» (Rom. 8:4). «Porque el que ama al otro, ha cumplido la ley… el amor no perjudica al prójimo; el amor, pues, es el cumplimiento de la ley» (Rom. 13:8-10; comp. Gál. 5:14, 22-23). Si yo amo a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, al contrario, antes procuraré hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para un alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de la ley el principio de vida para el pecador, o la regla de vida para el creyente.

Si consideramos la ley en sus dos grandes mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su corazón, de toda su alma y con toda su mente y a su prójimo como a sí mismo. Tal es el resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más mínimo de ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder jamás a esta doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que ama a Dios y a su prójimo así? «Por cuanto el pensamiento de la carne (es decir, la intención que tenemos por naturaleza) es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Rom. 8:7). El hombre aborrece a Dios y a sus preceptos. Dios se ha manifestado en la persona de Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo el atractivo y la dulzura de una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue el resultado de ello? El hombre aborrece a Dios. «Pero ahora las han visto y me han odiado tanto a mí y como a mi Padre» (Juan 15:24). Mas se dirá: “El hombre debía haber amado a Dios”. Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la perdición eterna. ¿Pero puede la ley producir este amor en el corazón del hombre? ¿Es este su objeto? De ninguna manera; «porque la ley produce ira», «por la ley es el conocimiento del pecado»; «fue añadida a causa de las transgresiones» (Rom. 4:15; 3:20; Gál. 3:19). La ley halla al hombre en un estado de enemistad contra Dios; y sin cambiar nada a este estado, porque no es este su objeto, le manda amar a Dios de todo su corazón y le maldice si no lo hace. No pertenecía al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza del hombre no podía tampoco darle el poder para responder a sus justas exigencias. La ley dice: «Haz esto, y vivirás» (Lucas 10:28). Ordena al hombre que ame a Dios, mas sin revelarle lo que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su ruina y, no obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué terrible misterio! No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter de Dios, produciendo en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él, fundiendo su corazón de hielo y elevando su alma a un afecto y adoración sincera. No; la ley era un mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de crear este amor, la ley «obra» la «ira», no porque Dios no deba ser amado, sino porque el hombre es un pecador.

A continuación, leemos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev. 19:18). ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí mismo? ¿Es este el principio, la regla que prevalece en las cámaras de comercio, en la bolsa, en los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente no! El hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo, y si su condición fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla es totalmente mala, y a menos que «nazca de nuevo» (Juan 3:3, 5), por la Palabra y por el Espíritu de Dios, no puede «ver» ni «entrar en el reino de Dios». La ley no puede producir este nuevo nacimiento. Ella mata al «viejo hombre», pero no crea ni puede crear al «nuevo hombre». Sabemos que el Señor Jesús ha reunido a la vez, en su persona gloriosa, a Dios y a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que él era, según la verdad fundamental de la doctrina cristiana, «Dios fue manifestado en carne» (1 Tim. 3:16). ¿Cómo ha sido tratado Jesús por el hombre? ¿Le ha amado de todo su corazón y como a sí mismo? Todo lo contrario. El hombre crucificó a Jesucristo entre dos malhechores, después de haber preferido un ladrón y homicida a este Ser bendito, el cual «anduvo haciendo el bien por todas partes» (Hec. 10:38); que descendió de las moradas eternas de la luz y del amor, siendo él mismo la personificación de este amor y de esta luz, cuyo corazón estaba lleno de la más pura simpatía para con las necesidades de la pobre humanidad y su mano siempre dispuesta a enjugar las lágrimas del pecador, aliviando sus sufrimientos. Así, contemplando la cruz de Cristo, vemos la demostración irrecusable del hecho demostrativo de la impotencia del hombre para guardar la ley, porque tal poder no está en su naturaleza.

Después de todo lo que acabamos de ver, hay un interés especial para el hombre espiritual en considerar la posición relativa de Dios y del pecador, en el final de este memorable capítulo. «Jehová dijo a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: …Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus pacíficos, tus ovejas y tus vacas; en todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré. Y si me hicieres altar de piedras, no las labres de cantería; porque si alzares herramienta sobre él, lo profanarás. No subirás por gradas a mi altar, para que tu desnudez no se descubra junto a él» (v. 22-26).

No vemos aquí que el hombre se halle en la posición de uno que hace obras, sino en la de un adorador; y esto al final de nuestro capítulo. Según se desprende de este hecho, es bien evidente que Dios no quiere hacer respirar al pecador la atmósfera del Sinaí, y que el Sinaí no es el lugar designado para encontrarse Dios y el hombre. «En todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré». Y este lugar, donde Jehová hace que esté la memoria de su nombre, donde él «viene» para bendecir a su pueblo de adoradores, ¡cuán distinto es del terrible monte que ardía!

Además, Dios quiere encontrar al pecador junto a un altar de piedras sin labrar y sin ninguna grada, en un lugar de culto cuya edificación no demanda ningún trabajo del hombre, ni necesita hacer el menor esfuerzo para allegarse a él. Las piedras labradas por la mano del hombre habrían manchado el altar, y las gradas habrían descubierto la «desnudez» humana. ¡Qué tipo más admirable del centro de reunión donde Dios se encuentra ahora con el pecador, a saber, la persona y la obra de su Hijo Jesucristo, en quien todas las exigencias de la ley, de la justicia y de la conciencia, hallan su entera satisfacción! En todos los tiempos y en todos los lugares, el hombre ha estado siempre dispuesto a «alzar su herramienta» para edificar el altar, y acercarse a él subiendo las gradas de su propia fabricación. Pero el resultado de todas esas tentativas ha sido siempre «la profanación», y «la desnudez» manifestada. «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja» (Is. 64:6). ¿Quién se atrevería a acercarse a Dios con un vestido manchado, o presentarse delante de él para adorarle en su desnudez? ¿Puede haber algo más fuera de lugar que pensar en acercarse a Dios en un estado que implica forzosamente la «suciedad» o la «desnudez»? Y, no obstante, es lo que ocurre cada vez que el pecador pretende abrirse un camino a través de sus propios esfuerzos para acercarse a Dios. No solamente el esfuerzo resulta inútil, sino que lleva el sello de la suciedad y de la desnudez. Dios se ha acercado tanto al pecador, descendiendo hasta los mismos abismos de su ruina, que no hay ninguna necesidad de emplear «la herramienta» de la legalidad, ni subir las gradas de la justicia propia; y hacerlo de otra manera equivale a manifestar su suciedad y desnudez.

Tales son los principios con los cuales termina el Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado. ¡Haga Dios que queden estos principios grabados en nuestros corazones, a fin de hacernos comprender de un modo más claro y completo la diferencia esencial que existe entre la ley y la gracia!

16 - Capítulos 21 al 23

El estudio de esta porción del libro del Éxodo es muy a propósito para llenar el corazón de admiración en presencia de la insondable sabiduría y la bondad infinita de Dios. Por este estudio nos capacitamos para poder formarnos alguna idea de un reino, gobernado por las leyes establecidas por Dios, y al mismo tiempo aprendemos a ver la maravillosa condescendencia de aquél que, siendo el gran Dios del cielo y de la tierra, puede abajarse hasta juzgar entre hombre y hombre acerca de la muerte de un buey (22:10), del préstamo de un vestido (v. 26); o de la pérdida del diente de un esclavo. (21:27). ¿Quién es semejante a Jehová nuestro Dios, que se inclina para mirar en los cielos y sobre la tierra? Él gobierna el universo, y se ocupa del vestido de una de sus criaturas. Dirige el vuelo del ángel y conoce la senda del gusano que se arrastra. Regula el movimiento de los innumerables astros que se mueven en el espacio, y registra la caída de un pajarillo.

El carácter de los juicios presentados en el capítulo 21, encierra para nosotros un doble sentido. Estos juicios y ordenanzas nos dan un doble testimonio, nos traen un doble mensaje y presentan ante nuestros ojos un cuadro con dos distintas imágenes. Nos hablan de Dios y del hombre.

Primeramente, en cuanto a Dios, le vemos decretar leyes de una justicia perfecta, estricta e imparcial. «Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe» (v. 24-25). Tal era el carácter de las leyes, estatutos y juicios por medio de los cuales Dios gobernaba a su reino terrestre de Israel. Él habría provisto a todo; hacía derecho a cada uno bajo todos los aspectos; no había parcialidad alguna, ni acepción de personas, ni distinción entre rico y pobre. La balanza donde eran pesados los derechos de cada uno estaba afinada con una exactitud divina, de manera que nadie podía quejarse de la decisión. El manto inmaculado de la justicia no podía ser manchado por las manchas de la seducción, de la corrupción o de la parcialidad. El ojo y la mano de un Legislador divino tomaban cuidado de todo, y el Ejecutor divino trataba a todo culpable con un rigor inflexible. La espada de la justicia solo hería la cabeza del culpable, mientras que toda alma obediente era guardada en el pleno goce de todos sus derechos y privilegios.

En lo que concierne al hombre, es imposible considerar estas leyes sin admirarse de la revelación indirecta que ellas contienen tocante a la horrible depravación de la naturaleza humana. El hecho que Dios haya tenido de promulgar leyes contra ciertos crímenes, atestigua que el hombre estaba en disposición de cometerlos, si tales cosas no hubiesen sido posibles, y la tendencia a cometerlas no hubiese existido en el hombre, las leyes no habrían sido necesarias. Hay un gran número de personas que al oír las groseras abominaciones prohibidas en estos capítulos, están tentados a exclamar como Hazael: «¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?» (2 Reyes 8:13). Mas los que así hablan no han descendido todavía a los profundos abismos de su propio corazón; porque si bien algunos de los pecados prohibidos aquí parecen colocar al hombre, en cuanto a sus costumbres e inclinaciones, por debajo del nivel de un perro, estos mismos estatutos prueban de un modo preciso, que aun el hombre de mejor cultura lleva en sí mismo el germen de las más tenebrosas y horribles abominaciones. ¿Para quien fueron dadas esas leyes? Para el hombre. ¿Eran necesarias? Sin ninguna duda. Por lo tanto, habrían sido enteramente superfluas si el hombre hubiese sido incapaz de cometer los pecados que la ley condena. El hombre es capaz de todas esas cosas, y esto nos hace ver que ha caído lo más bajo posible, que su naturaleza está completamente corrompida y que «desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana» (comp. Is. 1; Rom. 3:9-18).

¿Cómo un ser semejante podrá verse, sin temor, en la luz del trono de Dios? ¿Cómo podrá permanecer en el Lugar Santísimo, y estar en pie sobre el mar de cristal? ¿Cómo entrará por las puertas de perlas y caminará por las calles de oro de la Jerusalén celestial? (Apoc. 4:6; 21:21). La respuesta a estas preguntas revela a nuestros ojos las maravillas del amor que nos salva, y el poder eterno de la sangre del Cordero. Por grande que sea la caída del hombre, el amor de Dios es aun mayor; por más negro que sea su crimen, la sangre de Jesús puede borrarlo perfectamente; por ancho que sea el abismo que separa al hombre de Dios, la cruz ha tendido un puente. Dios ha descendido hasta el pecador, a fin de elevarle a un alto lugar de favor infinito, en unión eterna con su propio Hijo. Nosotros tenemos motivos para exclamar: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1). Solo el amor de Dios podía sondear la miseria del hombre, y solo la sangre de Cristo podía sobrepujar su culpabilidad. Pero ahora la profundidad misma de la ruina del hombre magnifica el amor que la ha sondeado, y la inmensidad del crimen proclama el poder de la sangre que puede borrarlo. El más vil pecador que cree en Cristo, puede regocijarse en la seguridad que Dios le ama y le declara «limpio del todo» (Juan 13: 10).

Tal es la doble enseñanza que puede sacarse de estas leyes y ordenanzas, cuando se las considera en conjunto, y cuanto más las examinemos en detalle, mejor apreciaremos su perfección y hermosura. Tomemos, por ejemplo, la primera de esas ordenanzas. «Si comprares siervo hebreo, seis años servirá; mas al séptimo saldrá libre, de balde. Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, saldrá él y su mujer con él. Si su amo le hubiere dado mujer, y ella le diere hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán de su amo, y él saldrá solo. Y si el siervo dijere: Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre; entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre» (cap. 21:2-6). El siervo era perfectamente libre en lo que le concernía personalmente. Había hecho todo lo que se podía exigir de él, y podía irse donde bien le pareciere con una libertad absoluta; pero por afecto a su amo, a su mujer y a sus hijos, podía someterse voluntariamente a una servidumbre perpetua; y no solamente esto, sino que podía llevar, en su cuerpo, la señal de esta servidumbre.

El lector inteligente reconocerá fácilmente cómo todo esto tiene aplicación al Señor Jesús. En él, nosotros vemos a Aquél que estaba en el seno del Padre antes que fuesen los mundos, siendo el objeto de sus delicias eternas, y que habría podido ocupar este lugar que le pertenecía personalmente por la eternidad, puesto que nada le obligaba a abandonarlo, sino esta obligación que el amor inefable creó e inspiró. Mas era tal su amor para con el Padre, de cuyos designios y de la gloria del cual se trataba, y tal era su amor para con la Iglesia y para cada uno de sus miembros que él quería salvar, que descendió voluntariamente sobre la tierra, anonadándose a sí mismo hasta tomar la forma de siervo y las marcas de una servidumbre perpetua, humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. El Salmo 40:6, nos presenta a Cristo en esta posición de obediencia: «Has abierto mis oídos», palabras interpretadas en Hebreos 10:5, por: «Un cuerpo me preparaste». Este Salmo 40 es la expresión de la consagración de Cristo a Dios para hacer su voluntad: «Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado; y tu ley está en medio de mi corazón» (v. 7-8). Él vino para hacer la voluntad de Dios, cualquiera que fuese. Jamás hizo su propia voluntad, ni aun recibiendo a sí y salvando a los pecadores, aunque ciertamente su corazón amante y todos sus afectos estaban en plena actividad en esta obra tan gloriosa. Sin embargo, él no recibe a sí ni salva más que como siervo de los consejos del Padre. «Todo lo que me da el Padre, a mí vendrá; y al que viene a mí, de ninguna manera lo echaré fuera. Porque descendí del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió. Y esta es la voluntad de aquel que me envió, que de todo lo que me ha dado, yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día postrero» (Juan 6:37-39; comp. Mat. 20:23).

La posición de siervo que toma el Señor Jesús se nos presenta aquí de la manera más interesante. En gracia perfecta, él se considera responsable de recibir a todos los que son comprendidos en los consejos de Dios, y no solamente de recibirlos, sino de guardarlos a través de todas las pruebas y dificultades de su peregrinación aquí en la tierra, hasta el momento de la muerte, si ella debe venir para ellos, y de resucitarlos a todos en el último día. ¡Cuán perfecta es la seguridad en que se halla el más débil miembro de la Iglesia de Dios! Es el objeto de los consejos eternos de Dios, y el Señor Jesús es la garantía de su cumplimiento. Jesús ama al Padre, y la inmensidad de este amor es la medida de la seguridad de cada uno de los miembros de la familia redimida. La salvación del pecador, que cree en el nombre del Hijo de Dios, no es otra cosa que la expresión del amor de Cristo para con el Padre. Si uno solo de los que creen en el nombre de Cristo pudiera perderse, por cualquier causa, ese hecho indicaría que el Señor Jesús ha sido incapaz de cumplir la voluntad de Dios, lo que sería una blasfemia positiva contra su santo nombre, ¡al cual sea dado todo honor y majestad durante la eternidad!

Tenemos pues en el siervo hebreo, un tipo de Cristo en su consagración perfecta al Padre. Pero aun hay más que esto. «Yo amo… a mi mujer y a mis hijos». «Cristo amó a la iglesia y se entregó sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el lavamiento de agua por la Palabra; para presentarse a sí mismo la iglesia gloriosa, que no tenga mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Efe. 5:25-27). Hay otros varios pasajes de las Escrituras que nos presentan a Cristo como la figura del siervo hebreo, en su amor por la Iglesia como Cuerpo, y para con todos los creyentes individualmente. El lector hallará una enseñanza especial sobre este asunto en el capítulo 13 del evangelio según Mateo; en los capítulos 10 y 13 de Juan, y en el capítulo 2 de la Epístola a los Hebreos.

El conocimiento de este amor de Jesús debe producir en nuestros corazones una completa consagración a Aquél que ha podido manifestar un amor tan puro, tan perfecto y tan desinteresado. ¿Cómo podían dejar de amar la esposa y los hijos del siervo hebreo, al que por estar con ellos renunciaba voluntariamente y para siempre de su libertad? ¿Y qué es este amor humano representado en este siervo hebreo, en comparación del amor que brilla en Cristo? «El amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento» (Efe. 3:19). El amor de Cristo le llevó a pensar en nosotros antes que fuesen los mundos, a visitarnos luego, cuando el tiempo del cumplimiento llegó, a salir, de su voluntad propia, hasta el poste de la puerta, a sufrir por nosotros en la cruz, a fin de elevarnos hasta él, para hacernos compañeros suyos en su reino, y en su gloria eterna.

Iría demasiado lejos si quisiera hacer una exposición completa de los demás estatutos y juicios contenidos en estos capítulos.[8] Notaré solamente antes de terminar, que es imposible leer estos pasajes sin que el corazón se llene de adoración ante esta profunda sabiduría, y justicia perfecta, que se muestran por doquier mezclados con los más tiernos afectos: su consideración trae al alma la convicción profunda de que el que habla en estos capítulos es el «único Dios verdadero» (Juan 17:3), el solo sabio e infinitamente misericordioso.

[8] Deseo hacer notar aquí, una vez por todas, que el examen de la meditación sobre las fiestas que se mencionan en el capítulo 23:14-19, y de las ofrendas de que se trata en el capítulo 29, estará más en su lugar cuando lleguemos al estudio del Levítico.

¡Haga Dios que todas nuestras meditaciones sobre su Palabra eterna lleven nuestras almas a la adoración de Aquel cuyos propósitos perfectos, y gloriosos atributos, brillan con todo su esplendor en esta Palabra, para gozo y edificación de su pueblo redimido!

17 - Capítulo 24

Este capítulo comienza con una expresión que caracteriza a toda la economía mosaica. «Dijo Jehová a Moisés: Sube ante Jehová, tú, y Aarón, Nadab, y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis desde lejos. Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él» (v. 1-2). En ningún lugar, en las ordenanzas de la ley, hallamos las preciosas palabras: «¡Subid… acercaos!» No; semejantes palabras no podían dejarse oír desde la cumbre del Sinaí, ni de en medio de las sombras de la ley. Solo podían ser pronunciadas del otro lado de la tumba vacía de Cristo, donde la sangre de la cruz abría una perspectiva sin nubes para la mirada de la fe. Las palabras: «desde lejos» caracterizan la ley, así como la expresión: «venid» caracteriza el Evangelio. Bajo la ley, la obra que podía dar el derecho de acercarse un pecador, no se realizaba jamás. El hombre no obedeció como se había comprometido a hacerlo; y «la sangre del becerro y de la sangre del macho cabrío» (Lev. 16:18) no podía expiar el pecado ni dar la paz a su conciencia turbada; por esto debía permanecer «lejos». El hombre había violado los votos que había hecho, y su pecado estaba sin lavar; ¿cómo pues podía él acercarse? La sangre de diez mil becerros no habría podido horrar ni una sola de las manchas que ensuciaban su conciencia ni darle el sentimiento apacible de la proximidad de un Dios de gracia, justo y justificador.

Con todo, «el primer pacto» (Hebr. 9:1) está aquí consagrado con sangre. Moisés edificó un altar al pie del monte, con doce piedras, «conforme al número de las tribus de los hijos de Israel» (comp. Josué 4, y 1 Reyes 18:31). «Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová. Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar… Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas» (v. 5-6, 8). Si bien, como el apóstol nos lo enseña, «que es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados… los santifica para purificación de la carne» (Hebr. 10:4; 9:13); y como «sombra de los bienes venideros» (Hebr. 10:1), servía para mantener al pueblo en relación con Jehová.

«Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno. Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron» (v. 9-11). Así se manifestaba el «Dios de Israel», en luz, pureza, majestad y santidad. No era esto la revelación de los afectos paternales, ni los dulces acentos de la voz del Padre derramando la paz y la confianza en el corazón. No, el «embaldosado de zafiro», revelaba esta pureza y luz inaccesible, que obligaba al pecador a permanecer «lejos». Con todo eso, «vieron a Dios, y comieron y bebieron», prueba palpable de la longanimidad y misericordia divina, como también del poder de la sangre.

Considerando el conjunto de esta escena como una imagen, se halla llena de muchas cosas que interesan el corazón vivamente. Abajo está el campo, y arriba el embaldosado de zafiro; mas el altar al pie del monte nos habla de ese camino por el cual el pecador puede substraerse a la corrupción de su naturaleza, y elevarse hasta la presencia de Dios para celebrar la fiesta y adorar en una paz perfecta. La sangre que corría alrededor del altar era el único derecho que el hombre tenía para subsistir en presencia de esta gloria que «era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel» (v. 17).

«Y entró Moisés en medio de la nube, y subió al monte; y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches» (v. 18). Para Moisés esto significaba una posición alta en extremo y santa. Fue llamado aparte de la tierra y de las cosas de la tierra. Aislado de las influencias de la naturaleza, es encerrado con Dios, para oír de su boca los profundos misterios de la persona y obra de Cristo, tal como nos es representado en toda la estructura del tabernáculo, tan lleno de significación en todos sus accesorios, «figuras de lo que hay en los cielos» (Hebr. 9:23). Dios sabía bien cuál sería el fin de la alianza de las obras del hombre, mas él mostró a Moisés, en tipos y sombras, sus propósitos de amor y sus consejos de gracia, manifestados en Cristo y hechos firmes por él.

Bendita sea para siempre la gracia que no nos ha dejado bajo una alianza de obras; bendito sea Aquel que ha impuesto silencio a los truenos de la ley, y ha apagado las llamas del Sinaí «en virtud de la sangre del pacto eterno» (Hebr. 13:20), y que nos da una paz que ningún poder del mundo ni de la Gehena puede quebrantar. «Al que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, 6 y ha hecho de nosotros un reino, sacerdotes para su Dios y Padre, a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén» (Apoc. 1:5-6).

18 - Capítulo 25

Este capítulo es uno de los más ricos filones de la mina inagotable de los libros inspirados.; cada golpe que damos deja al descubierto nuevas riquezas. Nosotros conocemos el único instrumento con el cual podemos trabajar con éxito en una mina semejante, a saber, el ministerio especial del Espíritu Santo. La naturaleza humana nada puede hacer aquí; la razón es ciega; la imaginación completamente inútil; la inteligencia más elevada, en lugar de estar en estado de interpretar los símbolos sagrados, se parece más bien a un murciégalo ante el resplandor del sol, chocando contra los objetos que es incapaz de discernir. Es necesario dejar afuera nuestra razón y nuestra imaginación, y con un corazón sobrio, mirada sencilla y pensamiento reverente, entrar en los santos atrios para contemplar de cerca todos esos detalles llenos de significado. Solo el Espíritu Santo puede guiarnos en el recinto sagrado de la casa de Jehová, e interpretar a nuestras almas el verdadero sentido de todo lo que se presenta a nuestra vista. Querer explicar estas cosas con la ayuda de facultades no santificadas, es mas absurdo que intentar componer un reloj de bolsillo con las tenazas y el martillo de un herrero. «Las figuras de lo que hay en los cielos » (Hebr. 9:23) no pueden ser interpretadas por la inteligencia mejor cultivada; las cosas celestiales deben ser examinadas a la luz del cielo. El mundo no tiene ninguna claridad que pueda iluminar su hermosura, Aquel que ha producido las figuras es el único capaz de explicar lo que significan, y él que ha dado los símbolos es quien puede interpretarlos.

Para el ojo del hombre parecerá que no hay orden en la manera de presentar el Espíritu Santo la organización del tabernáculo, pero es todo lo contrario: el orden más perfecto, la precisión más absoluta y la exactitud más minuciosa reinan en todo. Los capítulos 25 al 30 forman una parte distinta del libro del Éxodo. Esta parte se subdivide en dos secciones, de las cuales la primera termina en el capítulo 27, versículo 19, y la segunda al final del capítulo 30. La primera empieza con la descripción del arca del testimonio adentro del velo, y se termina por la del altar de metal y del atrio donde el altar debía ser puesto. Hallamos, pues, en primer lugar, el trono judicial de Jehová, sobre el cual estaba sentado el Señor de toda la tierra; después somos conducidos al lugar donde Jehová se encuentra con el poder y en virtud de una expiación consumada. Inmediatamente, en la segunda parte, aprendemos cómo el hombre se acerca a Dios, cuáles son los privilegios, los honores y responsabilidades de estos, que, bajo su carácter de sacerdotes, podían acercarse a la presencia divina para prestarle culto y gozar de su comunión.

El orden es completo, perfecto y magnífico. Y no puede ser de otro modo, porque este es el orden divino. El arca y el altar de metal forman, en cierto sentido, los dos extremos opuestos. La primera era el «trono de Dios» establecido en «justicia y juicio» (Sal. 89:14) y el último era el lugar donde el pecador podía acercarse, allí donde la «misericordia y verdad» van delante del rostro de Jehová. El hombre, por él mismo, no tenia la libertad de acercarse al arca de Jehová para hallar a Dios, porque «el camino del lugar santísimo aún no había sido manifestado» (Hebr. 9:8). Pero, no obstante, Dios podía venir al altar de metal para encontrar al pecador. La «justicia y el juicio» no podían admitir al pecador en el lugar santo; mas la «misericordia y verdad» podían hacer salir a Dios, no envuelto de aquel resplandor y majestad con que solía revelarse entre los sostenes místicos de su trono, «los querubines de gloria», sino rodeado de este ministerio de gracia que nos es representado simbólicamente por los utensilios y disposición del tabernáculo.

Todo esto es muy propio para recordarnos el camino que recorrió Aquel a quien estos tipos prefiguraban, y quien es la substancia de todas estas sombras. Cristo descendió desde el trono eterno de Dios en los cielos hasta las profundidades de la cruz del Calvario; dejó las glorias del cielo por las vergüenzas de la cruz, a fin de poder introducir a su pueblo redimido, perdonado y recibido en gracia delante de aquel mismo trono que él había abandonado por amor. El Señor Jesús, por su persona y por su obra, llena el espacio que separa el trono de Dios del polvo de la muerte, así como la distancia entre el polvo de la muerte y el trono de Dios (comp. Efe. 4:9-10). En Cristo, Dios ha descendido, en gracia perfecta, hasta el pecador; en Cristo, el pecador es conducido, en perfecta justicia, hasta Dios. Todo el camino, del arca al altar, muestra las huellas del amor, y todo el camino del altar al arca, está rociado con la sangre de la expiación (véase Lev. 1:5; 3:2; 4:6-7, 16-18, 30, 34, etc.; 16:14-19; Hebr. 9:6-12); y el adorador, al pasar por este camino maravilloso ve el nombre de Jesús impreso sobre todo lo que se ofrece a su vista. ¡Que este nombre glorioso venga a ser más y mejor amado de nuestros corazones!

Continuemos ahora el examen de estos capítulos por su orden. Es interesante notar que la primera cosa que Jehová muestra a Moisés es ese designio de misericordia según el cual quiere establecerse un santuario o santa habitación en medio de su pueblo, un santuario construido con materiales que se relacionan directamente con Cristo, con su persona, con su obra, y con los frutos preciosos de esta obra, tal como aparecen en la luz, el poder y las gracias diversas del Espíritu Santo. Además, estos materiales eran el fruto de dulce fragancia de la gracia de Dios, las ofrendas voluntarias de corazones consagrados. Jehová, «que los cielos de los cielos, no te pueden contener» (1 Reyes 8:27), consentía, en su gracia, habitar en una tienda, construida para él por aquellos cuyo ardiente deseo consistía en saludar su presencia en medio de ellos. Esta tienda o tabernáculo puede ser considerado de dos maneras: primero como una figura «de las cosas que hay en los cielos», y luego, como presentando un tipo del cuerpo de Cristo. Los diferentes materiales de que se componía se presentarán a nuestra consideración a medida que avancemos en nuestro estudio.

Vamos a considerar ahora los tres grandes asuntos que este capítulo pone delante de nosotros, es decir el arca, la mesa y el candelero.

El arca del testimonio ocupa el primer lugar en las comunicaciones divinas hechas a Moisés: su posición en el tabernáculo era también muy particular. Encerrada adentro del velo, en el lugar santísimo, ella formaba la base del trono de Jehová. Su mismo nombre indica al alma toda su importancia: un arca está destinada a conservar intacto lo que se encierra en ella. Fue en un arca donde Noé y su familia, juntamente con todas las especies de animales de la creación, fueron trasportados, en seguridad, por encima de las olas y las ondas del juicio, que cubría la tierra. Fue también «un arca» [9] la que, como hemos visto en el capítulo 2 de este libro, fue la nave de la fe para preservar un niño «hermoso» de las aguas de la muerte (Hebr. 11:23). Cuando se trata del «arca del pacto» (Núm. 10:33; Deut. 31:9; Jer. 3:16; Hebr. 9:4), debemos pensar que Dios destinaba esta arca para guardar intacta su alianza, en medio de un pueblo sujeto al error. Fue en esta arca donde, como sabemos, las segundas tablas de la ley fueron guardadas: habiendo sido rotas las primeras al pie del monte (Éx. 32:19), para mostrar que la alianza del hombre estaba rota, y que sus obras no podrían nunca, en ninguna manera, formar la base del trono del gobierno de Jehová. «Justicia y juicio son el cimiento de su trono» (Sal. 89:14), ya sea bajo el punto de vista terreno, o bajo el punto de vista celestial. El arca no podía contener las tablas rotas en su interior santificado. El hombre podía faltar al voto que había hecho voluntariamente y de propia iniciativa, pero era necesario que la ley de Dios fuese conservada en toda su integridad y divina perfección. Si Dios establecía su trono en medio de su pueblo, debía hacerlo de una manera que fuese digna de Él. El principio y la medida de su juicio y de su gobierno debían ser perfectos.

[9] La palabra empleada en Éxodo 2:3, es la misma de que Dios se sirve en Génesis 6:14.

«Y harás unas varas de madera de Sittim, las cuales cubrirás de oro, y meterás las varas por los anillos a los lados del arca, para llevar el arca con ellos» (v. 13-14). El arca de la alianza debía acompañar al pueblo en todos sus viajes; nunca se detuvo mientras Israel fue como un ejército en campaña; ella los acompañó de una parte a otra a través del desierto, marchó delante del pueblo atravesando el Jordán; fue el lugar de reunión de Israel en todas las guerras de Canaán; era la garantía cierta y segura del poder por donde quiera que iban. Ningún poder del enemigo podía subsistir delante de lo que era la expresión bien conocida de la presencia y poder de Dios. El arca debía ser la compañera inseparable de viaje del pueblo de Israel en el desierto; y las «varas» y los «anillos» eran la expresión exacta de su condición especial para ir de un lugar a otro.

Con todo, el arca no debía viajar siempre. “La aflicción de David” (Sal. 132:1), así como las guerras de Israel, debían tener fin. La oración «Levántate, oh Jehová, al lugar de tu reposo; tú y el arca de tu poder» (Sal. 132:8), debía aún subir a Dios y ser contestada. Esta petición sublime tuvo un cumplimiento parcial en los tiempos gloriosos de Salomón, cuando «los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santísimo, debajo de las alas de los querubines. Porque los querubines tenían extendidas las alas sobre el lugar del arca, y así cubrían los querubines el arca y sus varas por encima. Y sacaron las varas, de manera que sus extremos se dejaban ver desde el lugar santo, que está delante del lugar santísimo, pero no se dejaban ver desde más afuera; y así quedaron hasta hoy» (1 Reyes 8:6-8). La arena del desierto debía ser reemplazada por el piso de oro del templo. (1 Reyes 6:30). La peregrinación del arca había llegado a su término no había «adversarios, ni mal que temer» (1 Reyes 5:4), y por esto «hicieron salir las varas».

No es esta la única diferencia entre el arca en el tabernáculo y el arca en el templo. El apóstol, hablando del arca en el desierto, la describe como «el arca del pacto, recubierta por todas partes de oro, en la cual estaba el vaso de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que floreció y las tablas del pacto» (Hebr. 9:4). Estos eran los objetos que el arca contenía durante sus viajes por el desierto; encerraba la urna del maná memorial de la fidelidad de Jehová en proveer a las necesidades de su pueblo redimido por el desierto, luego la vara de Aarón, «por señal a los hijos rebeldes», para hacer «cesar sus quejas» (comp. Éx. 16:32-34 y Núm. 17:10). Mas cuando llegó el momento en que “las varas” debían ser retiradas, cuando los viajes y las guerras terminaron, cuando la «casa… magnífica por excelencia» (1 Crón. 22:5) fue terminada, y el sol de la gloria de Israel hubo llegado, en figura, a su apogeo con el esplendor y magnificencia del reinado de Salomón, entonces los memoriales de las necesidades y de las faltas del desierto desaparecieron, y únicamente quedó en el arca lo que constituía el fundamento del trono del Dios de Israel y de toda la tierra. «En el arca ninguna cosa había sino las dos tablas de piedra que allí había puesto Moisés en Horeb» (1 Reyes 8:9).

Mas toda esta gloria debía ser obscurecida bien pronto por las espesas nubes de la infidelidad del hombre y del descontento de Dios. El pie devastador del incircunciso debía atravesar todavía las ruinas de esta magnífica morada, y la desaparición de su brillo y de su gloria debía provocar aun «el asombro» burlesco del extranjero (1 Reyes 9:8). No es este el momento de continuar más en detalle este asunto; me limitaré únicamente a hacer referencia al lector de la última mención que la palabra de Dios hace del «arca del pacto», en un tiempo cuando la locura y el pecado del hombre no turbarán más el lugar de reposo del arca, y cuando no será encerrada en un tabernáculo guarnecido de cortinas, ni en un templo hecho de manos: «El reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo ha llegado; y reinará por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados sobre sus tronos delante de Dios se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras, porque has tomado tu gran poder y reinas. Las naciones se enfurecieron, pero ha llegado tu ira y el tiempo de juzgar a los muertos, y de recompensar a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra. Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y se veía en su templo el arca del pacto; y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y fuerte granizada» (Apoc. 11:15-19).

Después del arca y su contenido viene «el propiciatorio». «Y harás un propiciatorio de oro fino, cuya longitud será de dos codos y medio, y su anchura de codo y medio. Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré» (v. 17-22). Jehová declara aquí su designio misericordioso de descender de la montaña ardiente para tomar su lugar encima del propiciatorio. Él podía venir a morar allí mientras las tablas del testimonio estaban intactas en el arca, y los símbolos de su poder, en creación y providencia, se elevaban a derecha e izquierda, como accesorio inseparable de este trono sobre el cual Jehová se sentaba, trono de gracia fundado sobre la justicia divina, y sostenido por la justicia y el juicio. Allí brillaba la gloria del Dios de Israel. De allí emanaban sus mandamientos suavizados y hechos agradables por el manantial de misericordia de donde salían, y por el intermediario que los transmitía semejante al sol de mediodía, cuyos rayos al pasar a través de una nube, vivifican y fecundizan, sin que su resplandor nos deslumbre. «Sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5:3), porque nos llegan unidos con la gracia, que da oídos para oír y poder para obedecer.

El arca y el propiciatorio, considerados en conjunto como un todo, son para nosotros una admirable figura de Cristo, en su persona y en su obra. Habiendo magnificado la ley por su vida, y habiéndola hecho honorable, Cristo vino a ser, por su muerte, una propiciación o un propiciatorio para todos los que creen (Rom. 3:25). La misericordia de Dios únicamente podía reposar sobre un fundamento de justicia perfecta. «Para que… la gracia reine mediante [la] justicia, para vida eterna, por medio de Jesucristo, nuestro Señor» (Rom. 5:21). El único lugar donde Dios y el hombre pueden encontrarse cara a cara es este donde la gracia y la justicia se encontraron en perfecto acuerdo. Nada puede convenir a Dios sino una justicia perfecta y nada puede convenir al pecador sino una gracia perfecta. Y es solo en la cruz donde «la misericordia y la verdad se encontraron», y que «la justicia y la paz se besaron» (Sal. 85:10); y así, el pecador que cree, halla la paz de su alma. Él se da cuenta de que la justicia de Dios y su propia justificación reposan sobre el mismo fundamento, sobre la obra consumada por Cristo.

Cuando el hombre, bajo la influencia poderosa de la verdad de Dios, toma el lugar que le corresponde como pecador, Dios puede, en el ejercicio de su gracia, tomar el suyo como Salvador; y entonces toda cuestión se halla solucionada; porque habiendo respondido la cruz a todas las exigencias de la justicia divina, los ríos de la gracia pueden correr libremente. Cuando un Dios justo y un pecador perdido se hallan sobre el propiciatorio rociado con sangre, todo queda arreglado y arreglado para siempre, solucionado de una manera que glorifica perfectamente a Dios y salva al pecador por la eternidad. Es preciso que Dios sea verdadero, aunque todo hombre sea confundido como mentiroso; y cuando el hombre es conducido así al sentimiento de su verdadera condición moral delante de Dios, y acepta el lugar que la verdad de Dios le asigna, entonces experimenta que Dios se ha revelado como un justificador justo, y su conciencia turbada halla no solo una paz segura, sino también la capacidad para estar en relación con Dios y de prestar oído a su santa palabra, en la inteligencia de esta relación en la cual la gracia divina nos ha introducido.

«El lugar santísimo» presenta a nuestra vista una escena admirable. ¡El arca, el propiciatorio, los querubines, la gloria! ¡Qué espectáculo para el sumo sacerdote de Israel, cuando entraba, una vez al año, adentro del velo! Que el Señor abra nuestros ojos y nuestros entendimientos, para que comprendamos mejor el verdadero sentido de estas figuras preciosas.

A continuación, Moisés recibe instrucciones referentes a «la mesa de los panes de la proposición», o panes de la presentación. Sobre esta mesa estaba dispuesto el alimento de los sacerdotes de Dios. Durante siete días los panes de la proposición, «de flor de harina… incienso puro», estaban presentados delante de Jehová, después eran reemplazados por otros panes, y los primeros pertenecían a los sacerdotes, los cuales los comían en el lugar santo (Lev. 24:5-9). Nosotros sabemos que estos doce panes representan «a Jesucristo hombre». La «flor de harina» con que estaban amasados, es la imagen de la humanidad perfecta del Salvador, mientras que «el incienso limpio» figura la consagración entera de esta humanidad a Dios. Si Dios tiene sus sacerdotes que le sirven en el lugar santo, también tendrá ciertamente una mesa para ellos, y Cristo es el pan sobre la mesa. La mesa limpia y los doce panes representan a Cristo como presente continuamente delante de Dios con toda la excelencia de su pura humanidad, y dado como alimento a la familia sacerdotal. Los «siete días» son el emblema de la perfección del gozo divino de Cristo; y los «doce panes» expresan este gozo en el hombre y para el hombre. Es posible que haya también la idea de la relación de Cristo con las doce tribus de Israel, y de los doce apóstoles con el Cordero.

«El candelero de oro puro» viene a continuación, por que los sacerdotes de Dios tienen necesidad de luz lo mismo que de alimento; y lo uno y lo otro lo tienen en Cristo. «Labrado a martillo se hará el candelero; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores, serán de lo mismo». «Las siete lámparas» que alumbraban a un lado y otro del candelero, expresan la perfección de la luz y de la energía del Espíritu Santo, fundado todo sobre la eficacia de la obra de Cristo, y unido con ella. La obra del Espíritu Santo no puede separarse jamás de la obra de Cristo: esto es lo que indica, de dos maneras distintas, la magnífica imagen del candelero de oro puro. Las siete lámparas unidas a la caña de oro labrado, nos muestran la obra cumplida por Cristo como el único fundamento donde reposa la manifestación del Espíritu en la Iglesia. El Espíritu Santo no fue dado hasta después que Jesús fue glorificado (comp. Juan 7:39 con Hec. 19:2-6). En el capítulo 3 del Apocalipsis, Cristo es presentado como «El que tiene los siete espíritus de Dios». Cuando el Señor Jesús fue exaltado a la diestra del trono de Dios entonces derramó el Espíritu Santo sobre su Iglesia, a fin de que esta pudiese brillar según el poder de su existencia, y perfección de su posición, en el lugar santo la esfera de su acción y de su culto.

Vemos también que una de las funciones particulares de Aarón consistía en mantener las lámparas encendidas teniendo cuidado de ellas. «Habló Jehová a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que te traigan para el alumbrado aceite puro de olivas machacadas, para hacer arder las lámparas continuamente. Fuera del velo del testimonio, en el tabernáculo de reunión, las dispondrá Aarón desde la tarde hasta la mañana delante de Jehová; es estatuto perpetuo por vuestras generaciones. Sobre el candelero limpio pondrá siempre en orden las lámparas delante de Jehová» (Lev. 24:1-4). Es así como la obra del Espíritu Santo en la Iglesia está unida a la obra de Cristo en la tierra y a su obra en el cielo. «Las siete lámparas» estaban allí, mas la actividad y vigilancia del sacerdote eran necesarias para mantenerlas arregladas y encendidas. El sacerdote debía usar continuamente «las despabiladeras y sus platillos» destinados a recoger lo que caía de las lámparas, a fin de quitar todo aquello que pudiera obstruir los canales del «aceite de olivas». Esas despabiladeras y sus platillos eran igualmente de «oro puro», porque todas esas cosas eran el fruto inmediato de la operación divina. Si la Iglesia es una luz, lo es únicamente por la energía del Espíritu; y esta energía está fundada sobre Cristo que, en virtud del consejo eterno de Dios, vino a ser, en su sacrificio y en su sacerdocio, el manantial y el poder de todas las cosas para su Iglesia. Todo es de Dios. Ya sea que miremos adentro del velo misterioso, y contemplemos el arca con su cubierta y sus dos querubines o bien que dirijamos nuestra atención a lo que está fuera del velo, sobre la mesa pura y el candelero puro con sus vasos y sus respectivos utensilios, todo nos habla de Dios, como revelándose en relación con el Hijo o en relación con el Espíritu Santo.

Lectores cristianos, vuestra vocación os coloca en el centro de todas estas preciosas realidades. Vuestro lugar no está solamente entre «la figura de las cosas que hay en los cielos», sino en medio de la realidad de «las figuras de lo que hay en los cielos»; vosotros tenéis plena «libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús» (Hebr. 9:23; 10:19). Vosotros sois sacerdotes para Dios. «El pan de la proposición» os pertenece. Vuestro lugar está en la «mesa limpia», para comer el pan sacerdotal en la luz del Espíritu Santo. Nada, nunca, puede despojaros de estos divinos privilegios; son vuestros privilegios para siempre. Estad en guardia contra todo lo que pudiera privaros del gozo de estas cosas. Guardaos de toda disposición, de toda codicia, de todo sentimiento, de toda imaginación que no sean limpios y puros. Tened sujeto al hombre natural; tened al mundo fuera de vuestro corazón; tened al diablo lejos. Que el Espíritu Santo llene enteramente vuestra alma de Cristo; entonces seréis prácticamente santos y siempre dichosos; llevareis fruto, y el Padre será glorificado en vosotros, y «vuestro gozo sea cumplido» (1 Juan 1:4).

19 - Capítulo 26

Tenemos aquí la descripción de los velos y cortinas del tabernáculo, en los cuales la mirada espiritual discierne diversos rasgos y fases del carácter de Cristo, envueltos en las sombras de estas cosas. «Harás el tabernáculo de diez cortinas de lino torcido, azul, púrpura y carmesí; y lo harás con querubines de obra primorosa» (v. 1). Tales son los diferentes aspectos bajo los cuales aparece «el hombre Cristo Jesús» (1 Tim. 2:5). El lino retorcido representa la pureza perfecta de su vida y de su carácter; mientras que el azul, púrpura y carmesí, nos lo muestran como el «Señor de los cielos», que debe reinar según los consejos divinos, pero solamente después de haber sufrido. Tenemos, pues, en él un hombre puro y sin mancha, un hombre celestial, un hombre rey, un hombre moribundo. Los diferentes materiales mencionados aquí no debían servir únicamente para «el atrio» del tabernáculo, sino que debían ser empleados también para «el velo» (v. 31), para la «cortina» «la puerta del tabernáculo» (v. 36), para «la puerta del atrio» (27:16), para «las vestiduras del ministerio» y «las vestiduras sagradas para Aarón» (cap. 39:1). En una palabra, Cristo estaba en todas partes Cristo en todo, y solo Cristo [10].

[10] La expresión «resplandeciente y puro» (Apoc. 19:8) da una fuerza y hermosura particular al tipo que el Espíritu Santo nos presenta en el «lino fino». En efecto, no puede hallarse un emblema más exacto de la naturaleza humana pura y sin mancha.

El «lino torcido», figura de la humanidad pura y sin mácula de Cristo, abre a la inteligencia espiritual un manantial precioso y abundante de meditación. La verdad respecto a la humanidad de Cristo debe ser recibida con toda la exactitud de la enseñanza de las Escrituras. Esta es una verdad fundamental; y si no es aceptada, defendida y confesada tal cual Dios la ha revelado en su Santa Palabra, el edificio entero que debe reposar sobre ella se corromperá indefectiblemente. Si estamos en el error tocante a un punto tan capital, no podemos estar en la verdad respecto a ninguna otra cosa. Nada hay más deplorable que la vaguedad que parece predominar en los pensamientos y expresiones de algunos sobre una doctrina de tal importancia. Con mayor respeto por la Palabra de Dios, se la conocería seguramente mejor, y se evitarían esas declaraciones erróneas e irreflexivas, que contristan al Espíritu Santo de Dios, cuyo oficio consiste en rendir testimonio al Señor Jesús.

Cuando el ángel anunció a María la buena nueva del nacimiento del Salvador, esta le dijo: «¿Cómo será esto, ya que no conozco varón?» (Lucas 1:34). Su débil inteligencia era incapaz de comprender, y mucho menos profundizar el prodigioso misterio de «Dios… manifestado en carne» (1 Tim. 3:16). Pero oíd con atención cual fue la respuesta del ángel, no dirigiéndose a un espíritu escéptico, sino a un corazón piadoso, aunque ignorante. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también la santa Criatura que nacerá, será llamada Hijo de Dios» (Lucas 1:35). María se imaginaba sin duda que este nacimiento debía tener lugar según los principios ordinarios de la naturaleza; mas el ángel corrige su equivocación, y corrigiéndola, anuncia una de las mayores verdades de la revelación. Él le declara que el poder divino iba a formar un hombre verdadero, «el segundo hombre es del cielo» (1 Cor. 15:47), un hombre cuya naturaleza sería divinamente pura, y enteramente incapaz de recibir o de comunicar la más pequeña mancha. Este Ser santo fue formado en «semejanza de carne de pecado», sin pecado en la carne (Rom. 8:3). Fue hecho partícipe de carne y sangre real y, verdaderamente, sin mezcla de un átomo o sombra de mal que pudiera manchar la creación entre la cual venía.

Como hemos dicho, esta verdad es de primer orden, a la cual nunca nos someteremos demasiado completamente, y que nunca será retenida con fidelidad y firmeza excesiva. La encarnación del Hijo, persona de la Trinidad eterna, su entrada misteriosa en una carne pura y sin mancha, formada por la virtud del Altísimo en el seno de la Virgen, es el fundamento «grande es el misterio de la piedad» (1 Tim. 3:16), cuya cima es un Dios hombre glorificado en el cielo, el Jefe, el Representante y el Modelo de la Iglesia redimida de Dios. La pureza esencial de su humanidad respondía perfectamente a las exigencias de Dios; la realidad de esta humanidad respondía a las necesidades del hombre. Él era un hombre, porque solo un hombre podía responder a todo lo que exigía y hacía necesaria la ruina del hombre; pero era un hombre tal que podía dar satisfacción a todas las exigencias de la gloria de Dios. Él era hombre verdadero, mas puro y sin mancha; Dios podía hallar en él su delicia perfecta, y el hombre podía apoyarse en él sin reserva alguna.

No es necesario recordar al lector cristiano que todo esto, separado de la muerte y de la resurrección, es sin ningún fruto para nosotros. Nosotros teníamos necesidad no únicamente de un Cristo encarnado, sino de un Cristo crucificado y resucitado. Era necesario, es verdad, que él fuese hecho carne para ser crucificado; mas es por su muerte y resurrección que su encarnación viene a ser eficaz para nosotros. Creer que en la encarnación Cristo se une a la humanidad pecadora, es sencillamente un error mortal; esto es imposible. Él mismo nos enseña la verdad respecto a esto. «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo cayendo en tierra no muere, queda solo, pero si muriere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24). No podía haber ninguna unión entre una carne de pecado y este Ser santo nacido de María, entre una carne mortal y corruptible y Aquel en quien Satanás no tenía nada, y sobre quien la muerte no tenía ningún poder, de manera que pudo dar su vida (comp. Juan 14:30; 10:18).

La muerte que sufrió voluntariamente es la única base entre Cristo y sus miembros elegidos. «Porque si fuimos identificados con él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre ha sido crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Rom. 6:5-6). «En quien también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al despojaros del cuerpo carnal, por la circuncisión de Cristo, sepultados con él en el bautismo, en quien también fuisteis resucitados mediante la fe en la operación de Dios que le resucitó de entre los muertos» (Col. 2:11-12). En el capítulo 6 de los Romanos, y en el 2 de Colosenses, hallamos una exposición detallada de la importante verdad que nos ocupa. Es únicamente bajo el carácter de muertos y resucitados que Cristo y los suyos pueden venir a formar «uno» (comp. Efe. 1:20 al 2:8). Era necesario que el verdadero grano de trigo cayese en la tierra y muriese, antes que la espiga llena pudiese formarse y ser recogida en el alfolí celestial.

Pero, mientras que esta verdad es claramente revelada en las Escrituras, estas mismas Escrituras nos enseñan igualmente que la encarnación formaba, por decirlo así, el primer fundamento del glorioso edificio; y las cortinas de «lino retorcido» nos presentan, en figura, la pureza moral de «el hombre Cristo Jesús». Hemos visto ya de qué manera fue concebido y nació (Lucas 1:26-38), y si le seguimos a lo largo del curso de su vida aquí abajo vemos en él, siempre y en todas partes, esta misma pureza irreprochable. Pasó cuarenta días en el desierto siendo tentado por el diablo, pero nada, en su pura naturaleza, respondió a las viles sugestiones del tentador. Cristo podía tocar al leproso sin ser contaminado. Podía tocar el ataúd de un difunto sin contraer el hedor de la muerte. Podía pasar «sin pecado» por medio de la corrupción. Era perfectamente hombre, mas perfectamente único en su origen, su estado y en el carácter de su humanidad. Solo él ha podido decir: «ni permitirás que tu santo vea corrupción» (Sal. 16:10). Esto estaba en relación con su humanidad que, en tanto que perfectamente santa y perfectamente pura, podía llevar el pecado. «Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero» (1 Pe. 2:24); no al madero, como algunos quisieran enseñarnos, sino «sobre el madero». Fue sobre la cruz donde el Señor llevó nuestros pecados, y allí solamente. Porque al «que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21).

El «azul» es el color del cielo e indica el carácter celestial de Cristo quien, si bien fue realmente hombre, entrando en todas las circunstancias de una humanidad verdadera y real «excepto en el pecado» (Hebr. 4:15), era sin embargo el Señor «es del cielo» (1 Cor. 15:47). Si bien fue «hombre verdadero», anduvo siempre consciente de su alta dignidad, como extranjero celestial –jamás olvidó de donde había venido, donde estaba y adonde iba. La fuente de todo su gozo estaba arriba. La tierra no podía hacerle más rico, ni más pobre. Él hizo la experiencia de que este mundo era una «tierra seca y árida donde no hay aguas» (Sal. 63:1) y, por consiguiente, su alma no podía refrigerarse sino arriba, y alimentarse de lo que era celestial. «Nadie ha subido al cielo, sino aquel que descendió del cielo; es decir, el Hijo del hombre que está en el cielo» (Juan 3:13).

La «púrpura» es el signo de la realeza, y esto nos hace ver al que nació siendo «Rey de los judíos» (Mat. 2:2), que se presentó como tal a la nación judía, y fue rechazado por ella (comp. Juan 19:2); quien hizo una buena confesión delante de Poncio Pilato, confesando que Él era rey, entonces, cuando humanamente hablando, no había en él ninguna traza de realeza. «Tú dices que soy rey» (Juan 18:37). «Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y viniendo con las nubes del cielo» (Marcos 14:62; comp. Dan. 7:13). Y por fin, la inscripción sobre la cruz, «en hebreo, en latín y en griego», las lenguas de la religión, de la ciencia y del gobierno, declaraba que él era «Jesús el nazareno, rey de los judíos» (Juan 19:19-21). La tierra le denegó sus derechos, desgraciadamente para ella, pero no aconteció lo mismo en el cielo: allí los derechos de Cristo fueron plenamente reconocidos. Él fue acogido como un vencedor en las moradas eternas de la luz, y se sentó, en medio de las aclamaciones de los ejércitos celestiales, sobre el trono de la majestad en los cielos, entre tanto que sus enemigos son reducidos a servirle por estrado de sus pies. «¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían» (Sal. 2).

El «carmesí» tiene relación con Cristo derramando su sangre. «Cristo padeció en la carne» (1 Pe. 4:1). Sin la muerte, todo habría sido inútil. Nosotros podemos admirar el cárdeno y la púrpura, mas sin el carmesí, el carácter más importante del tabernáculo habría faltado. Es por medio de la muerte que Cristo destruyó al que tenía el imperio de la muerte. Al poner delante de nosotros una figura de Cristo, el Espíritu Santo no habría podido omitir este lado de su carácter, que constituye el fundamento de su unión con el Cuerpo que es la Iglesia, de su derecho al trono de David, y de su señorío sobre toda la creación. En una palabra, en esos velos llenos de significado, el Espíritu Santo nos presenta al Señor Jesús, como hombre puro y sin tacha, como hombre rey, pero sobre todo como hombre moribundo, como uno quien, por su muerte, ha adquirido un derecho sobre todo lo que, como hombre, los consejos divinos le habían destinado.

Pero las cortinas del tabernáculo no son solamente la expresión de las diferentes perfecciones del carácter de Cristo; ellas ponen también en evidencia la unidad y firmeza de este carácter, en el cual cada rasgo es perfecto y tiene su lugar: el uno no usurpa ni menoscaba su hermosura al otro. Todo era armonía delante de la mirada de Dios, y así fue presentado en el modelo que había sido mostrado a Moisés en el monte (Éx. 25:40; Hebr. 8:5; Hec. 7:44) y en la reproducción hecha por Israel. «Cinco cortinas estarán unidas una con la otra, y las otras cinco cortinas unidas una con la otra» (v. 3). Tales eran las justas proporciones y el acuerdo que reinaba en todas las sendas de Cristo, como hombre perfecto, andando por la tierra, en cualquiera situación o en cualquier relación que le consideremos. Cuando él obra según uno de esos caracteres, no vemos nunca que haya desacuerdo con la divina perfección de algún otro de sus caracteres. Él fue en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia, el hombre perfecto. Nada en él salía de esas hermosas y perfectas proporciones, que le eran propias, en todos sus actos. «Todas las cortinas tendrán una misma medida, etc».

Por encima de la cubierta que acabamos de mencionar había otra «de pelo de cabra» (v. 7-14), que ocultaba la hermosura de la primera a los que estaban fuera, por cuyo medio se representaba la separación rigurosa entre el tabernáculo y el mal que había en el exterior. Aquellos que estaban en el interior del tabernáculo no veían esta última cubierta. Los que tenían el privilegio de entrar en el lugar santo solo veían el cárdeno, la púrpura, el carmesí y el lino torcido, imagen de las variadas virtudes y perfecciones que, estrechamente unidas entre sí, formaban ese tabernáculo divino en que Dios moraba dentro del velo; –y a través de ese velo, figura de la carne de Cristo, los rayos de la naturaleza divina brillaban tan suavemente, que el pecador podía contemplarlos sin ser abatido y cegado por su esplendor glorioso.

Cuando el Señor Jesús atravesó este mundo, cuán pocos le conocieron realmente, cuán pocos ungieron sus ojos con el colirio celeste para penetrar y apreciar el misterio profundo de su carácter; cuán pocos vieron «el lino torcido, azul, púrpura y carmesí». Únicamente cuando un hombre era conducido por la fe a su presencia, Jesús permitía que el brillo de lo que Él era se manifestase, y que su gloria atravesara la nube. Para el ojo natural, mas bien parecería que había en la persona de Jesús cierta severidad y reserva, representadas en el tabernáculo por «las cortinas de pelo de cabra», y que eran el resultado de su separación y profundo alejamiento, no de los pecadores personalmente, sino de los pensamientos y máximas humanas. Nada tenía de común con el hombre como tal; y este no entró en la simple naturaleza de capacidad necesaria para comprenderle y gozar de Él. «Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trae»; y cuando uno de los que fueron “traídos”, confesó su nombre, él le declaró: «No te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (comp. Juan 6:44; Mat. 16:17). El era «como raíz de tierra seca» sin «parecer, ni hermosura» (Is. 53:2) para atraer la mirada o satisfacer el corazón del hombre. La oleada de la popularidad no podía pasar sobre aquel que, mientras atravesaba rápidamente la escena de este mundo vano, se cubría con una «cortina de pelo de cabra». Jesús no fue popular. La multitud pudo seguirle un momento, porque, para ella, su ministerio estaba ligado a «los panes y los peces», ministerio que tan admirablemente respondía a sus necesidades; mas a pesar de ello estaba tan dispuesta a gritar: «¡Quítalo, quítalo! ¡Crucifícalo!» (Juan 19:15), como «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mat. 21:9). Que los cristianos, los siervos de Cristo y todos los predicadores del Evangelio ¡se acuerden de ello! ¡Que todos nosotros, y cada uno en particular, no olvidemos nunca «la cortina de pelo de cabra!»

Pero si las pieles de cabras representaban la rigurosa separación entre Cristo y el mundo, las «pieles de carneros teñidas de rojo» (v. 14) representan su abnegación y completa consagración a Dios, en cuya senda perseveró hasta la misma muerte. Él fue el siervo perfecto que jamás dejó de trabajar en la viña de Dios. Su vida no tuvo más que un fin, y hacerla dedicó toda su carrera, desde el pesebre a la cruz, sin desviarse un ápice; y este único fin era glorificar al Padre y terminar la obra que le había encomendado. «¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me conviene estar?» (Lucas 2:49) –tal fue el lenguaje de su infancia, y el cumplimiento de estos «asuntos» constituyeron el fin exclusivo de su vida. Su comida era hacer la voluntad del que le había enviado y acabar su obra (Juan 4:34). Las «pieles de carneros teñidas de rojo» representan un lado de su carácter, así como la cubierta «de pelos de cabra» representa otro. Su perfecta consagración a Dios le separaba de las costumbres de los hombres.

Las «pieles de tejones» (v. 14) me parecen indicar la santa vigilancia con que el Señor Jesús se ponía en guardia contra la aproximación de todo aquello que era hostil al fin que llenaba su alma por completo. Él tomó su posición al lado de Dios, y la mantuvo con tal tenacidad, que ninguna influencia de hombres o de demonios pudo jamás dominarla. La cubierta de cueros de tejones estaba «encima», mostrándonos que el rasgo más pronunciado en el carácter de «el hombre Cristo Jesús», era la determinación de ser un testigo para Dios sobre la tierra. Él fue el verdadero Nabot, pronto a entregar su vida antes que renunciar a la verdad de Dios, o de abandonar aquello para lo cual había tomado su lugar en este mundo.

La cabra, el carnero y el tejón, deben ser considerados como representando ciertos rasgos naturales, así como ciertas cualidades morales, y deben tenerse en cuenta ambos aspectos en la aplicación de estas figuras al carácter de Jesús. El ojo humano solo podía discernir los rasgos naturales, pero permanecían ocultas a su mirada la gracia, la hermosura y la dignidad moral que se escondían bajo la forma exterior de Jesús de Nazaret, humilde y despreciado. Cuando los tesoros de la sabiduría divina estaban en sus labios, las gentes se preguntaban: «¿No es este el carpintero?» (Marcos 6:3). «¿Cómo sabe este de letras, sin haber aprendido?» (Juan 7:15). Cuando declaraba que él era el Hijo de Dios y afirmaba su divinidad eterna, se le respondía: «Todavía no tienes cincuenta años», o bien tomaron «entonces piedras para arrojárselas» (Juan 8:57, 59). Y por fin, la confesión de los fariseos: Este «no sabemos de dónde es» (Juan 9:29), era verdadera hablando de los hombres en general.

Los límites de nuestro trabajo no nos permiten seguir aquí el desarrollo de esos preciosos rasgos del carácter del Señor Jesús, que nos muestran los relatos de los Evangelios. Lo que ha sido dicho es suficiente para descubrir al lector un manantial de meditación espiritual, y para darle una idea de los preciosos tesoros que están encerrados bajo la imagen de los velos y cubiertas del tabernáculo. El misterio de la persona de Cristo, sus motivos secretos de acción y sus perfecciones inherentes, su apariencia exterior desprovista de todo aquello que los hombres admiran, lo que era para sí mismo, lo que era para Dios y lo que era para los hombres; quién era según el juicio de la fe, y quién era según el juicio natural, todo esto estaba presentado a la vez bajo la figura de las «cortinas de lino torcido, azul, púrpura y carmesí», y por las diversas cubiertas de pieles.

Las tablas para el tabernáculo (v. 15) eran hechas de la misma madera que el arca del testimonio. Además, estaban sostenidas por basas de plata procedente del «rescate», sus corchetes y sus capiteles eran igualmente de plata (comp. los v. 11 al 16 del cap. 30, con los v. 25 al 28 del cap. 38). El armazón del pabellón del tabernáculo descansaba por completo sobre aquellas bases de plata que hablaban de redención, mientras que los corchetes y los capiteles, en la parte superior, reproducían el mismo pensamiento. Las basas estaban enterradas en la arena, y los corchetes y capiteles estaban encima. Cualquiera que sea la profundidad a la cual penetréis, o la altura mayor que podáis alcanzar, hallaréis esta verdad eterna y gloriosa dibujada ante vosotros: «Dios… halló redención» (Job 33:24). Bendito sea Dios, nosotros hemos sido «rescatados… no con cosas corruptibles, como plata u oro, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pe. 1:18-19).

El tabernáculo estaba dividido en tres partes distintas: el lugar santísimo, el lugar santo y el atrio. Los velos que cerraban la entrada a cada una de estas partes estaban hechos de los mismos materiales que las cortinas del pabellón, o sea de «lino torcido, azul, púrpura y carmesí» (cap. 26:31, 36; 27:16). Cristo es la única puerta para poder entrar en las diversas regiones de la gloria, que han de ser manifestadas todavía, ya sea en la tierra, o en el cielo, o en los cielos de los cielos. «Toda familia en los cielos y en la tierra» (Efe. 3:15) será puesta bajo la autoridad suprema de Cristo, así como también «toda familia» será introducida a la felicidad y gloria eterna en virtud de la expiación que Cristo ha cumplido. Esto es muy claro y no exige ningún esfuerzo de imaginación para ser comprendido. Tal es la verdad, y cuando la verdad nos es conocida resulta muy fácil comprender aquello que la representa. Si nuestros corazones están llenos de Cristo, no corremos el riesgo de extraviarnos demasiado lejos en nuestras interpretaciones del tabernáculo y sus accesorios. La ciencia y la crítica no nos serán de ninguna utilidad en este estudio, sino un corazón lleno de amor para Jesús, y una conciencia en paz por la sangre de su cruz.

¡Qué el Espíritu de Dios nos haga aptos para estudiar estas cosas con mayor interés e inteligencia! ¡Qué él abra nuestros ojos para que contemplemos las maravillas de su Palabra!

20 - Capítulo 27

Antes de entrar en los detalles que conciernen al altar de metal y al atrio, de cuyo asunto trata el capítulo que nos ocupa, quisiera llamar la atención del lector sobre el orden seguido por el Espíritu Santo en esta parte del libro del Éxodo. Ya hemos hecho notar que el pasaje comprendido entre el versículo 1 del capítulo 25 y el versículo 19 del capítulo 27, forman una división distinta que nos da la descripción del arca y del propiciatorio, de la mesa y del candelero, de las cortinas y del velo, y por fin, del altar de metal y del atrio donde este altar estaba colocado. Leyendo el versículo 15 del capítulo 35, el versículo 25 del capítulo 37, y el versículo 26 del capítulo 40, se ve que en cada uno de estos pasajes se hace mención del altar de oro del perfume entre el candelero y el altar de metal; mientras que cuando Jehová da las instrucciones a Moisés, el altar de metal es introducido inmediatamente después del candelero y las cortinas del tabernáculo. En esta diferencia debe haber alguna razón divina que vale la pena buscar.

¿Por qué, pues, cuando Jehová da las direcciones sobre el arreglo y los utensilios del «lugar santo», omite el altar de los perfumes para pasar inmediatamente al altar de metal que estaba a la entrada del tabernáculo? He aquí lo que según creo es el pensamiento divino a este respecto. Describe primero la manera en que Él mismo se manifestará al hombre; y luego a continuación enseña de qué manera el hombre debe acercarse a Él. Toma su lugar sobre el trono como «Señor de toda la tierra» (Josué 3:11): los rayos de su gloria estaban velados por el velo, tipo de la carne de Cristo (Hebr. 10:20); pero, fuera del velo, estaba la manifestación de sí mismo, en tanto que, unido con la humanidad, en la «mesa y los panes de la proposición» (Hebr. 9:2), y por la luz y el poder del Espíritu Santo representado en el candelero. A continuación, viene el carácter de Cristo, como hombre descendido sobre la tierra, representado en las cortinas y cubiertas del tabernáculo; y finalmente el altar de metal, emblema del lugar donde se encuentran un Dios santo y el hombre pecador. Llegamos así al extremo del atrio, desde donde volvemos al lugar santo, con Aarón y sus hijos, que tenían su lugar acostumbrado como sacerdotes, junto al altar de oro del perfume. Este orden es de una notable hermosura, y merece nuestra cuidadosa atención. No se hace mención del altar de oro antes que haya un sacerdote para quemar el incienso, porque Jehová mostró a Moisés la imagen de las cosas que están en los cielos según el orden en que estas cosas deben ser entendidas por la fe. Sin embargo, cuando Moisés da órdenes a la congregación (cap. 35), cuando da cuenta de los trabajos de Bezaleel y de Aholiab (cap. 37 y 38), y cuando levantó el tabernáculo (cap. 40), sigue simplemente el orden en que los utensilios estaban realmente colocados.

Pasemos ahora al altar de metal. Era el lugar donde el pecador se acercaba a Dios, por el poder y en virtud de la sangre de la expiación. Estaba colocado delante «de la puerta del tabernáculo de reunión», y sobre ese altar era derramada toda la sangre de los sacrificios. Era construido de «madera de acacia y de metal», o sea de la misma madera que el altar de oro del perfume, pero de metal diferente. La razón es evidente. El altar de metal era el lugar donde Dios entraba a cuentas con el pecado para juzgarlo. El altar de oro era el lugar donde el perfume agradable de todo lo que había de excelente en Cristo, ascendía hasta el trono de Dios. La «madera de acacia», como figura de la humanidad de Cristo, debía hallarse en el uno y en el otro; pero en el altar de metal Cristo se halla bajo el fuego de la justicia divina, mientras que en el altar de oro satisface los tiernos afectos divinos. En el primero de estos altares, el fuego de la justicia divina fue apagado; en el último, el fuego del culto sacerdotal está encendido. El alma se goza de hallar a Cristo tanto en el uno como en el otro, mas el altar de metal es el único que responde a las necesidades de una conciencia culpable, como la primera cosa necesaria para un pobre pecador, sin fuerza, y convencido de pecado. La conciencia no puede gozar de una paz sólida y estable, sin que antes el ojo de la fe no repose sobre Cristo como la imagen del altar de metal. Es necesario que yo vea mi pecado reducido a cenizas por el fuego de este altar, antes de que pueda gozar de la paz de conciencia en la presencia de Dios. Cuando yo se, por la fe en el testimonio de Dios, que Él mismo ha juzgado mi pecado en la persona de Cristo, sobre el altar de metal; que ha dado satisfacción a todas las justas exigencias de su gloria; que ha quitado mi pecado para siempre de ante su santa presencia, entonces, y solo entonces, yo puedo gozar de una paz divina y eterna.

Haré aquí una observación sobre el significado del oro y del metal en los utensilios del tabernáculo. El oro es el símbolo de la justicia divina, o de la naturaleza divina en «el hombre Cristo Jesús». El metal es el símbolo de la justicia, pidiendo el juicio del pecado, como en el altar de metal, o el juicio de la impureza, como en la fuente de metal (cap. 30:18). Esto explica el porqué en el interior de la tienda del tabernáculo todo era de oro; el arca, el propiciatorio, la mesa, el candelero, el altar del perfume; todas estas cosas eran los símbolos de la naturaleza divina, de la excelencia personal inherente al Señor Jesús. Por otro lado, fuera de la tienda del tabernáculo todo era de metal; el altar y sus utensilios, la fuente y su base. Es preciso que las exigencias de la justicia, respecto al pecado y la impureza, sean divinamente satisfechas antes de que se pueda gozar, en manera alguna, de los preciosos misterios de la persona de Cristo tales como nos son revelados en el interior del tabernáculo de Dios. Solamente cuando yo veo toda impureza y pecado perfectamente juzgado y lavado, puedo, como sacerdote, acercarme y adorar en el lugar santo, y gozar de la plena manifestación de la hermosura y de la perfección del Dios Hombre, Jesucristo.

El lector sacará mucho provecho de continuar la aplicación de este pensamiento en el estudio de los detalles, no solo del tabernáculo y del templo, sino también en otros diversos pasajes de la Palabra. Así, por ejemplo, en el capítulo 1 del Apocalipsis, Cristo aparece «ceñido a la altura del pecho con una faja de oro… sus pies, semejantes a bronce incandescente, como en un horno encendido». La «faja de oro» es el símbolo de su justicia intrínseca, los «pies, semejantes a bronce incandescente» son la expresión del juicio inflexible sobre el mal; Dios no puede tolerar el mal, es preciso que él lo aplaste bajo sus pies.

Tal es el Cristo con quien debemos tratar. Él juzga el pecado, pero salva al pecador. La fe ve al pecado reducido a cenizas en el altar de metal; ve toda impureza lavada en la fuente de metal; y por fin, goza de Cristo, tal como es revelado, en el secreto de la presencia divina, por la luz y el poder del Espíritu Santo. La fe halla la intercesión de Cristo, con todo su valor, en el altar de oro, se alimenta de Cristo en la mesa de oro; le reconoce en el arca y en el propiciatorio como aquel que responde a todas las exigencias de la justicia divina, y que, al mismo tiempo, responde a todas las necesidades del hombre. Le contempla en el velo y en la tienda bajo todas sus figuras místicas. Lee su nombre precioso por doquier. ¡Oh, qué nuestros corazones estén más y mejor dispuestos a apreciar y alabar a un Cristo tan incomparable y glorioso!

Nada hay que sea de tan vital importancia como un claro conocimiento de la doctrina típicamente expresada por el altar de metal. Debido a la falta de una clara visión respecto a este punto, hay muchas almas que pasan sus vidas sumidas en la tristeza. La cuestión de su culpabilidad no ha sido nunca, para ellas, clara y positivamente arreglada en el altar de metal, no han realizado nunca, por la fe, que Dios ha vaciado en la cruz todos sus pecados. Buscan la paz para su conciencia turbada en la regeneración, en los frutos del Espíritu, en sus disposiciones, sus sentimientos y sus experiencias; todas estas cosas son muy excelentes y preciosas por ellas mismas, pero no son en manera alguna el fundamento de la paz. Lo que llena el alma de una paz perfecta, es el conocimiento de lo que Dios ha hecho en el altar de metal. Las cenizas sobre el altar me dan la gloriosa nueva de que la obra «está cumplida». Los pecados del creyente han sido todos borrados por la mano del amor redentor. «Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en El» (2 Cor. 5:21). Todo pecado debe ser juzgado; mas los pecados del creyente han sido ya juzgados en la cruz, de tal manera que él está perfectamente justificado. Suponer que pueda haber algo todavía que sea contrario al creyente más débil, es negar la obra entera de la cruz. Todos sus pecados y todas sus iniquidades han sido quitados por Dios mismo, y por lo tanto están completamente borrados; han desaparecido bajo la sangre vertida por el Cordero de Dios.

Queridos hermanos en Cristo, velad para que vuestros corazones sean perfectamente establecidos sobre la paz que Jesús ha hecho «por medio de la sangre de su cruz» (Col. 1:20).

21 - Capítulos 28 y 29

Estos capítulos nos dan a conocer el sacerdocio en todo su valor y eficacia, y están llenos de profundo interés. El solo nombre de sacerdocio despierta en el corazón sentimientos de viva gratitud hacia la gracia, que no solamente ha hallado un medio por el cual nosotros podemos llegarnos hasta la presencia de Dios, sino que ha provisto lo necesario para que pudiéramos mantenernos allí, según el carácter y las exigencias de tan alta y santa posición.

El sacerdocio de Aarón era el don de Dios a un pueblo que por naturaleza propia estaba lejos de Él, y tenía necesidad de alguien que estuviera continuamente en lugar suyo en la presencia de Dios. El capítulo 7 a los Hebreos nos enseña que este sacerdocio estaba unido a la ley, y que fue establecido «según la ley de un mandamiento carnal» (v. 16); que los que lo ejercían «esos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía continuar» (v. 23), y que estaban sujetos a las debilidades humanas (v. 28). Este sacerdocio no podía en manera alguna hacer nada perfecto, de modo que debemos bendecir a Dios de que tal orden de sacerdocio fue instituido «sin juramento» (v. 21). El juramento de Dios no podía unirse sino con lo que debía durar eternamente, a saber, con el sacerdocio perfecto, inmortal e intransmisible de nuestro grande y glorioso Melquisedec, quien comunica a su sacrificio y a su sacerdocio todo el valor y toda la gloriosa dignidad de su incomparable persona. El solo pensamiento de que tenemos tal sacrificio y tal sacerdote, produce en el corazón sentimientos de viva gratitud hacia nuestro Dios.

Mas prosigamos el examen de estos dos capítulos. El capítulo 28 trata de las vestiduras, y el 29 de los sacrificios. Las primeras están en más inmediata relación con las necesidades del pueblo, y los últimos con los derechos de Dios. Las vestiduras son y representan las diversas funciones y atributos del sacerdocio. El «efod» era el vestido sacerdotal por excelencia, y estando inseparablemente unido a las dos hombreras y al pectoral, nos enseña que la fuerza de los hombros del sacerdote y el afecto de su corazón estaban enteramente consagrados a los intereses espirituales de aquellos a quienes representaba, y a favor de los cuales llevaba el efod. Estas cosas, tipificadas en Aarón, son cumplidas en Cristo: su fuerza omnipotente y su amor infinito nos pertenecen eternamente, indiscutiblemente. El hombro que sostiene el universo, sostiene asimismo al miembro más débil y oscuro de la congregación redimida a precio de sangre. El corazón de Jesús está lleno de un afecto invariable, y de un amor infatigable y eterno para el miembro menos considerado de la asamblea.

Los nombres de las doce tribus, grabados sobre piedras preciosas, eran llevados a la vez sobre los hombros y el corazón del sumo sacerdote (v. 9-12; 15-29). La excelencia particular de una piedra preciosa se manifiesta en que cuanto más intensa es la luz que recibe, tanto mejor se muestra su brillo esplendente. La luz no puede disminuir jamás el fulgor de una piedra preciosa; antes, al contrario, aumenta y perfecciona su lustre. Las doce tribus, tanto la una como la otra, la mayor como la más pequeña, eran llevadas continuamente delante de Jehová sobre el corazón y los hombros de Aarón. Todas, y cada una de ellas en particular eran mantenidas en la presencia de Dios en este resplandor perfecto de hermosura inalterable, que era propio de la posición en la cual la perfecta gracia de Dios las había colocado. El pueblo era representado delante de Dios por el sumo sacerdote, y fueran cuales fuesen sus debilidades, errores o fatigas, su nombre resplandecía sobre el «pectoral» con fulgor inmarcesible. Jehová le había dado este lugar, y, ¿quién podía arrancarle de allí? o ¿cuál otro hubiera podido ponerles en tal sitio sino Él? ¿Quién hubiera podido penetrar en el lugar santo para arrebatar de sobre el corazón de Aarón el nombre de una sola de las tribus de Israel? ¿Quién hubiera podido empañar el brillo de que esos nombres estaban rodeados allí, en el lugar donde Dios los había colocado? Estaban fuera del alcance de todo enemigo; más allá de toda influencia del mal.

¡Cuán animador es para los hijos de Dios que son probados, tentados, acometidos y humillados, pensar que el mismo Dios los ve sobre el corazón de Jesús! Ante los ojos de Dios, ellos brillan continuamente con el resplandor supremo de Cristo, revestidos de hermosura divina. El mundo no puede verlos así, pero Dios los ve de esta manera, y en esto consiste toda la diferencia. Los hombres, al considerar a los hijos de Dios, no ven más que sus imperfecciones y defectos, porque son incapaces de ver otra cosa; de forma que su juicio resulta siempre falso y parcial. No pueden ver las joyas deslumbrantes donde están grabados, por el amor eterno los nombres de los redimidos de Dios. Es cierto que los cristianos debieran ser cuidadosos en no dar ninguna ocasión al mundo para hablar mal de ellos, que deberían procurar «perseverando en hacer el bien», hacer «enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos» (Rom. 2:7; 1 Pe. 2:15). Si por el poder del Espíritu Santo, comprendieran la hermosura con la cual ellos brillan sin cesar ante los ojos de Dios, realizarían ciertamente los caracteres de tal privilegio en toda su conducta, su modo de andar sería santo, puro, digno de Dios, y la luz que irradiaría de ellos sería visible a los ojos de los hombres. Cuanto más comprendamos, por la fe, todo lo que somos en Cristo, más profunda, real y práctica será la obra interior en nosotros, y mayor y más completa la manifestación del efecto moral de esta obra en nosotros.

Mas ¡alabado sea Dios!, no tenemos nada que ver con los hombres para ser juzgados, sino con Dios mismo; y en su misericordia, Él nos muestra a nuestro gran Sacerdote llevando nuestro juicio sobre su corazón delante del Padre continuamente (v. 30). Esta seguridad da una paz profunda y sólida, una paz que nada puede quebrantar. Nosotros podemos tener que confesar nuestras faltas y defectos, condoliéndonos de ellos; nuestra vista puede estar oscurecida de tal manera por las lágrimas de un verdadero arrepentimiento, que no esté en estado de ver el brillo de las piedras preciosas donde están grabados nuestros nombres; sin embargo, nuestros nombres están allí. Dios los ve y esto es suficiente. El es glorificado por su brillo, brillo que no viene de nosotros mismos, sino del esplendor con que Dios mismo nos ha revestido. Nosotros no éramos sino impureza, tinieblas y deformidad; Dios nos ha dado la luz, la pureza y la hermosura, ¡a Él sean la alabanza y la gloria por los siglos de los siglos!

El «cinto» es el símbolo bien conocido del servicio; y Cristo es el Siervo perfecto, el Siervo de los consejos y del afecto de Dios, y de las necesidades profundas y variadas de su pueblo. Cristo se ciñó a sí mismo para su obra con una decisión y abnegación tal, que nada podía desanimarle; y cuando la fe ve al Hijo de Dios así ceñido, juzga que ninguna dificultad es demasiado grande para Él. Nosotros vemos en el tipo que nos ocupa, que todas las virtudes y todas las glorias de Cristo, tanto en su naturaleza divina, como en su naturaleza humana, entran plenamente en su carácter de siervo. «Y su cinto de obra primorosa que estará sobre él, será de la misma obra, parte del mismo; de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido» (v. 8). Esto debe satisfacer todas las necesidades del alma y los más ardientes deseos del corazón. Cristo no es solamente la víctima inmolada en el altar de metal, sino también el gran Sacerdote ceñido sobre la Casa de Dios. El apóstol, pues, puede decir con toda verdad: «Acerquémonos; retengamos; velemos unos por otros» (Hebr. 10:19-24).

«Y pondrás en el pectoral del juicio Urim y Tumim, para que estén sobre el corazón de Aarón cuando entre delante de Jehová; y llevará siempre Aarón el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón delante de Jehová» (v. 30). Por diferentes pasajes de la Escritura sabemos que los «urim» estaban en relación con las comunicaciones divinas referentes a las diversas cuestiones que se suscitaban en los detalles de la historia de Israel. Así, por ejemplo, en el nombramiento de Josué se nos dice: «Él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará por el juicio del Urim delante de Jehová» (Núm. 27:21). «A Leví dijo: Tu Tumim y tu Urim sean para tu varón piadoso… Ellos enseñarán tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel» (Deut. 33:8-10). «Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas» (1 Sam. 28:6). «El gobernador les dijo que no comiesen de las cosas más santas, hasta que hubiese sacerdote para consultar con Urim y Tumim» (Esd. 2:63). Por estos pasajes sabemos que el sumo sacerdote no solo llevaba el juicio de la congregación delante de Jehová, sino que comunicaba también el juicio de Jehová a la congregación. ¡Preciosas y solemnes funciones! Y asimismo es, aunque con una perfección divina, con nuestro «gran sumo sacerdote que ha pasado a través de los cielos» (Hebr. 4:14). Él lleva continuamente el juicio de su pueblo sobre su corazón, y por el Espíritu Santo, nos comunica el consejo de Dios respecto a los menores detalles de nuestra vida diaria. Nosotros, pues, no tenemos necesidad de sueños ni de visiones: con tal que andemos según el Espíritu, disfrutaremos de toda la seguridad que puede dar el perfecto «urim» puesto sobre el corazón de nuestro gran Pontífice.

«Harás el manto del efod todo de azul; y en medio de él por arriba habrá una abertura, la cual tendrá un borde alrededor de obra tejida, como el cuello de un coselete, para que no se rompa. Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada, en toda la orla del manto alrededor. Y estará sobre Aarón cuando ministre; y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga, para que no muera» (v. 31-35). El manto de azul del efod es emblema del carácter enteramente celestial de nuestro gran Pontífice. El ha penetrado los cielos más allá del alcance de toda visión humana; mas por el poder del Espíritu Santo hay un testimonio rendido a la verdad de que Él vive, en la presencia de Dios, y no solamente un testimonio, sino también fruto. «Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada». Tal es el orden que se nos presenta lleno de hermosura. Un testimonio fiel a la gran verdad de que Jesús está siempre vivo para interceder por nosotros estará inseparablemente unido a un servicio fructífero. ¡Que Dios nos conceda tener una inteligencia más profunda de estos preciosos y santos misterios!

«Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ella como grabadura de sello, Santidad a Jehová. Y la pondrás con un cordón de azul, y estará sobre la mitra; por la parte delantera de la mitra estará. Y estará sobre la frente de Aarón, y llevará Aarón las faltas cometidas en todas las cosas santas, que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas; y sobre su frente estará continuamente, para que obtengan gracia delante de Jehová» (v. 36-38). He aquí una verdad importante para el alma. La plancha de oro sobre la frente de Aarón era el tipo de la santidad esencial del Señor Jesús. «Y sobre su frente estará continuamente, para que obtengan gracia delante de Jehová». ¡Qué reposo para el corazón en medio de las fluctuaciones de nuestra propia experiencia! Nuestro gran Pontífice está «continuamente» delante de Dios por nosotros. Somos representados por Él, y hechos aceptos en Él. La santidad nos pertenece. Cuanto más profundamente conozcamos nuestra indignidad y debilidad personal, tanto más experimentaremos esta verdad humillante que en nosotros no mora el bien, y mas fervientemente bendeciremos al Dios de toda gracia por esta verdad consoladora: «y sobre su frente estará continuamente, para que obtengan gracia delante de Jehová».

Si aconteciera que mi lector se hallase frecuentemente tentado y fatigado con dudas y temores, con altos y bajos en su estado espiritual, con tendencia continua a mirar dentro de sí mismo a su pobre corazón frío, inconstante y rebelde, no tiene más que apoyarse de todo su corazón sobre esta preciosa verdad, a saber: que ese gran Sumo Pontífice le representa delante del trono de Dios; solo tiene que fijar su mirada en la plancha de oro, y leer sobre ella la medida de su aceptación eterna cerca de Dios. ¡Qué el Espíritu Santo le haga gustar la dulzura y el poder de esta divina y celestial doctrina!

«Y para los hijos de Aarón harás túnicas; también les harás cintos, y les harás tiaras para honra y hermosura… Y les harás calzoncillos de lino para cubrir su desnudez… Y estarán sobre Aarón y sobre sus hijos cuando entren en el tabernáculo de reunión, o cuando se acerquen al altar para servir en el santuario, para que no lleven pecado y mueran» (v. 40-43). Aquí, Aarón y sus hijos representan en figura a Cristo y la Iglesia, en el poder de una sola justicia divina y eterna. Las vestiduras sacerdotales de Aarón son la expresión de las cualidades intrínsecas, esenciales, personales y eternas de Cristo; mientras que las «túnicas» y los «chapeos» (tiaras) de los hijos de Aarón representan las gracias de que está revestida la Iglesia, en virtud de su asociación con el Jefe soberano de la familia sacerdotal.

Todo lo que acaba de pasar ante nuestros ojos nos muestra con que cuidado misericordioso Jehová proveía a las necesidades de su pueblo, permitiendo que los suyos pudieran ver al que se preparaba para intervenir en favor suyo, y a representarles delante de Él, revestido de todas las vestiduras que respondían directamente a la condición del pueblo, tal como Dios la conocía. Nada de lo que el corazón podía desear, o de lo que podía tener necesidad, había sido olvidado. El pueblo de Israel considerando a Aarón de arriba a abajo, podía ver que todo estaba completo en él. Desde la tiara santa que cubría su frente, hasta las campanillas y granadas que bordeaban su manto, todas las cosas eran como debían ser, porque todo estaba conforme al modelo mostrado en el monte, todo era según la estimación que Jehová hacía de las necesidades de su pueblo, y según sus propias exigencias.

Mas hay aun un punto relacionado con las vestiduras de Aarón, que reclama la atención del lector: es la manera con que el oro es introducido en la confección de estos vestidos. Este asunto se halla desarrollado en el capítulo 39, pero la interpretación puede estar en su lugar aquí. «Y batieron láminas de oro, y cortaron hilos para tejerlos entre el azul, la púrpura, el carmesí y el lino, con labor primorosa» (cap. 39:3). Ya hemos hecho notar que «el azul, la púrpura, el carmesí y el lino» representan los caracteres varios de la humanidad de Cristo, y que el oro representa su naturaleza divina. Los hilos de oro estaban entretejidos entre los otros materiales tan exquisitamente, de manera a estar inseparablemente unidos con estos últimos, y a ser, sin embargo, perfectamente distintos. La aplicación de esta admirable imagen al carácter del Señor Jesús está llena de interés. En diferentes escenas presentadas por los relatos de los Evangelios es fácil discernir a la vez el carácter distintivo y la misteriosa unión de la humanidad y de la deidad.

Por ejemplo, considerad a Cristo en el mar de Galilea «durmiendo sobre el cabezal» (Marcos 4:38); ¡preciosa manifestación de su humanidad! Mas un momento después aparece con toda la grandeza y majestad de la divinidad; y como gobernador supremo del universo, calma el viento e impone silencio al mar. No se nota aquí ningún esfuerzo, ni precipitación, ni preparación previa. El reposo en la humanidad no es más natural que la actividad en la naturaleza divina. Cristo está tan completamente en su elemento en la una como en la otra. Vedle aun cuando los que cobraban las dracmas interpelan a Pedro. Como Dios fuerte, soberano, poseedor del «mundo y su plenitud», pone su mano sobre los tesoros del océano, y dice: «Porque mío es el mundo y su plenitud» (Sal. 50:12; 24:1; Job 41:11); y después de haber declarado que es «suyo también el mar, pues Él la hizo» (Sal. 95:5), cambia de lenguaje, y manifestando su perfecta humanidad se asocia a su pobre siervo con estas afectuosas palabras: «Tómalo y dáselo por mí y por ti» (Mat. 17:27). Palabras llenas de gracia aquí, sobre todo, ante el milagro que manifestaba de una manera tan completa la divinidad de Aquél que así se asociaba, en su infinita condescendencia, con un pobre y débil gusano de la tierra. Más aún ante la tumba de Lázaro (Juan 11), Jesús se conmueve y llora; emoción y lágrimas que provienen de las profundidades de una humanidad perfecta; de ese corazón perfectamente humano que sentía, como ningún otro corazón podía sentir, lo que es hallarse en medio de una escena donde el pecado ha producido tan terribles frutos. Mas luego, como siendo la «Resurrección y la Vida», como Aquél que tiene en su mano todopoderosa «las llaves de la muerte y del hades» (Apoc. 1:18), exclama: «¡Lázaro, ven fuera!» y a la voz de Jesús, la muerte y el sepulcro abren sus puertas y dejan salir su cautivo.

Otras escenas del Evangelio se presentarán al espíritu del lector, como ilustraciones de esta unión de los hilos de oro con «el azul, la púrpura, el carmesí y el lino torcido». es decir, de esta unión de la deidad con la humanidad en la Persona misteriosa del Hijo de Dios. Nada hay de nuevo en este pensamiento, frecuentemente señalado por los que han estudiado con algún cuidado los escritos del Antiguo Testamento. Sin embargo, siempre es provechoso para nuestras almas cuando estas son dirigidas hacia el Señor Jesús, como aquél que es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. El Espíritu Santo ha unido juntamente la deidad y la humanidad por medio de una «obra primorosa», y las presenta al espíritu renovado del creyente para que las goce y admire.

Antes de dejar esta parte del libro, examinemos un poco el capítulo 29. Ya hemos hecho notar que Aarón y sus hijos representan a Cristo y a la Iglesia; mas aquí vemos que Dios da el primer lugar a Aarón: «Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua» (v. 4). El lavado del agua hacía que Aarón viniera a ser, típicamente, lo que Cristo es por sí mismo, es decir, santo. La Iglesia es santa en virtud de su unión con Cristo en una vida de resurrección; Cristo es la definición perfecta de lo que ella es delante de Dios. El acto ceremonial de lavar con agua figura la acción de la palabra de Dios (véase Efe. 5:26).

«Y tomarás el aceite de la unción, y derramarás sobre su cabeza, y le ungirás» (v. 7). Aquí se trata del Espíritu Santo; mas es preciso hacer notar que Aarón fue ungido antes que la sangre fuese derramada, porque nos es presentado como el tipo de Cristo, quien en virtud de lo que era su propia persona, fue ungido del Espíritu Santo mucho antes de que fuese cumplida la obra de la cruz. Por otra parte, los hijos de Aarón no fueron ungidos hasta después de ser esparcida la sangre. «Y matarás el carnero, y tomarás de su sangre y la pondrás sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, sobre el lóbulo de la oreja de sus hijos, sobre el dedo pulgar de las manos derechas de ellos, y sobre el dedo pulgar de los pies derechos de ellos, y rociarás la sangre sobre el altar alrededor. [11] Y con la sangre que estará sobre el altar, y el aceite de la unción, rociarás sobre Aarón, sobre sus vestiduras, sobre sus hijos, y sobre las vestiduras de éstos; y él será santificado, y sus vestiduras, y sus hijos, y las vestiduras de sus hijos con él» (v. 20-21). En lo que concierne a la Iglesia, la sangre de la cruz es el fundamento de toda bendición. La Iglesia no podía recibir la unción del Espíritu Santo, sin que antes su Jefe resucitado no hubiese ascendido al cielo, y depositado sobre el trono de la Majestad el testimonio del sacrificio que Él había cumplido. «A este Jesús lo ha resucitado Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Siendo exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, él ha derramado esto que veis y oís» (Hec. 2:32-33; comp. Juan 7:39, Hec. 19:16). Desde los días de Abel hasta ahora, ha habido almas regeneradas por el Espíritu Santo, almas que han experimentado su influencia, sobre las cuales ha obrado y a las cuales ha calificado para el servicio; pero la Iglesia no podía ser ungida del Espíritu Santo antes de que su Señor hubiese entrado victorioso en el cielo, y recibido para ella la promesa del Padre. Esta doctrina está enseñada de la manera más directa y absoluta en todo el Nuevo Testamento; y estaba prefigurada ya, con toda su integridad, en el tipo que meditamos, por el hecho de que, si bien Aarón fue ungido antes de la aspersión de la sangre, sus hijos sin embargo no lo fueron ni podían serlo sino después (v. 7, 21).

[11] La oreja, la mano y el pie, son enteramente consagrados a Dios, por el poder de la expiación cumplida y por la energía del Espíritu Santo

Pero el orden de la unción seguido aquí nos enseña otra cosa además de lo concerniente a la obra del Espíritu y a la posición de la Iglesia. La preeminencia del Hijo nos es también presentada. «Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Sal. 45:7; Hebr. 1:9). Es preciso que los hijos de Dios mantengan siempre esta verdad en sus convicciones y experiencias. La gracia de Dios ha sido manifestada, ciertamente, en el hecho maravilloso de que pecadores culpables y dignos de la Gehena se hallen ser llamados los «compañeros» del Hijo de Dios, pero no olvidemos jamás la expresión «más que». Por íntima que sea la unión y lo es tanto como los consejos eternos de la gracia podían hacerla, es sin embargo necesario que Cristo «en todo tenga la preeminencia» (Col. 1:18). Y no podría ser de otra manera. Cristo es el Jefe, sobre todas las cosas Jefe de la Iglesia, Jefe de la creación, Jefe de los ángeles, Señor del universo. No hay ni uno solo de los astros que se mueven en el espacio que no le pertenezca, y del cual no dirija los movimientos; ni uno solo de los gusanillos que se arrastra sobre la tierra, que no esté bajo su ojo siempre abierto. Él es «sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos» (Rom. 9:5); «el primogénito de entre los muertos» y «de toda creación» (Col. 1:15, 18; Apoc. 1:5); «el principio de la creación de Dios» (Apoc. 3:14). «Toda familia en los cielos y en la tierra» (Efe. 3:15) debe ponerse debajo de Él. Y esta verdad es reconocida con gratitud por toda alma espiritual; más aun, la sola enunciación de estas cosas hace estremecerse a todo corazón cristiano. Todos los que son conducidos por el Espíritu se regocijarán a cada nueva manifestación de las glorias personales del Hijo; de la misma manera que no podrán tolerar cualquier cosa que se levante para atentar contra esas glorias. Cuando la Iglesia sea elevada a las más altas regiones de la gloria, su gozo será de postrarse a los pies de Aquel que se humilló para elevarla hasta unirla a sí mismo, en virtud del sacrificio cumplido por Él, y que habiendo plenamente respondido a todas las exigencias de la justicia de Dios, puede satisfacer todos los afectos divinos, uniendo su Iglesia a sí mismo, como fiel objeto del amor del Padre, y en su gloria eterna de hombre resucitado. «Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebr. 2:11).

22 - Capítulo 30

Instituido el sacerdocio, como hemos visto en los dos capítulos precedentes, pasamos ahora a lo referente al culto y la comunión sacerdotal. El orden de estas enseñanzas es notable e instructivo, y además corresponde exactamente con el orden que existe en la experiencia del creyente. En el altar de metal, el creyente ve sus pecados reducidos a cenizas; e inmediatamente se ve unido con Aquel que, personalmente puro y sin mácula hasta el punto de haber podido ser ungido sin sangre, nos ha unido con Él, en su vida, en su justicia y en su favor cerca de Dios; y finalmente, el creyente ve en el altar de oro el valor de Cristo, como siendo la substancia con la cual es alimentado el amor divino.

Siempre es así; es necesario que haya un altar de metal y un sacerdote, antes de que pueda haber un altar de oro con incienso. Muchos hijos de Dios no han pasado nunca más allá del altar de metal; jamás han entrado, en espíritu, en el poder y realidad del verdadero culto sacerdotal. No se regocijan en el perfecto sentimiento del perdón ni en la divina inteligencia de la justicia: no han llegado todavía al altar de oro. Esperan llegar allí cuando morirán, mientras que es su privilegio estar allí ahora. La obra de la cruz ha quitado todo obstáculo que pudiera cerrarles el camino, para ofrecer a Dios un culto libre y racional. La posición actual de todos los verdaderos creyentes es estar cerca del altar de oro del perfume.

La presencia ante este altar ofrece, en figura, una posición de gran bendición. Allí se goza de la realidad y eficacia de la intercesión de Cristo. Hemos acabado con el yo y con todo lo que a él se refiere, aunque esperásemos algún bien de ello; somos llamados a ocuparnos solamente de lo que Cristo es delante de Dios. Ya no encontramos en el yo sino suciedad; toda manifestación del yo nos mancha; el yo ha sido condenado y puesto a un lado por el juicio de Dios, y ya no queda de él ni podía quedar ningún átomo en el incienso puro y en el fuego puro, sobre el altar de oro puro. «La sangre de Cristo» nos ha dado acceso al santuario, santuario del servicio y del culto sacerdotal, en el cual no hay sombra de pecado. Allí vemos la mesa pura, el candelero puro y el altar puro; pero no hay nada que recuerde el yo y su miseria. Si fuese posible que el yo se presentara de alguna manera a nuestra vista, solo serviría para impedir nuestro culto, agriar nuestro alimento de sacerdotes, y oscurecer nuestra luz. Nuestra naturaleza no tiene lugar en el santuario de Dios, ha sido consumida y reducida a cenizas con todo lo que se relaciona con ella, y ahora nuestras almas son llamadas a gozar del buen olor de Cristo, subiendo como un perfume agradable delante de Dios; es en esto que Dios se complace. Todo lo que presenta a Cristo en la excelencia de su persona es bueno y agradable a Dios. La más débil manifestación de Cristo, en la vida o en el culto de un santo es un perfume de buen olor en el cual Dios toma contentamiento.

Con demasiada frecuencia, por vergüenza nuestra, debemos ocupamos de nuestras faltas y debilidades. Si alguna vez permitimos al pecado que mora en nosotros que siga su curso, entonces tenemos que ver con Dios sobre ese asunto, porque Dios no puede tolerar el mal. El puede perdonarlo y purificarnos, puede restaurar nuestras almas por el ministerio de nuestro grande y misericordioso Sacerdote, pero no puede asociarse a ningún pensamiento culpable. Un pensamiento ligero, una idea loca, no menos que la concupiscencia o un pensamiento impuro, basta para turbar nuestra comunión e interrumpir nuestro culto por completo. Cuando un pensamiento semejante se levanta en nosotros, es necesario que sea confesado y juzgado antes de que podamos gozar de nuevo de los goces santos del santuario. Un corazón en el cual obre la concupiscencia no goza de aquello que ocupa el alma en el santuario. Cuando nos hallamos en nuestra verdadera condición de sacerdotes, nuestra naturaleza es como si no existiera, y entonces podemos alimentarnos de Cristo; podemos gustar la dicha divina de ser liberados de nosotros mismos y enteramente absorbidos por Cristo.

Todo esto solo puede ser producido por el poder del Espíritu. Es inútil procurar excitar los sentimientos naturales de devoción por los diferentes medios puestos al servicio de los sistemas y religiones de los hombres; es necesario que haya fuego puro, así como incienso puro. Los esfuerzos que se hacen para rendir culto a Dios, por medio de las facultades no santificadas de nuestra naturaleza, entran en la categoría de «fuego extraño» (comp. Lev. 10:1 con 16:12). Dios es el objeto del culto, Cristo es el fundamento y la substancia, y el Espíritu Santo es su poder.

Así como, propiamente hablando, el altar de metal nos presenta a Cristo en el valor de su sacrificio, el altar de oro nos presenta a Cristo en el valor de su intercesión. Este doble hecho hará comprender mejor al lector porqué el sacerdocio es introducido (en los cap. 28 y 29) entre los dos altares. Hay, naturalmente, una relación íntima entre esos dos altares, puesto que la intercesión de Cristo está fundada sobre su sacrificio. «Y sobre sus cuernos hará Aarón expiación una vez en el año con la sangre del sacrificio por el pecado para expiación; una vez en el año hará expiación sobre él por vuestras generaciones; será muy santo a Jehová» (v. 10). Todo reposa sobre el fundamento inconmovible de la sangre esparcida. «Y, según la ley, casi todo es purificado con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay perdón. Era necesario que las figuras de lo que hay en los cielos fuesen purificadas con estas cosas, pero que las realidades celestiales lo sean con mejores sacrificios que estos. Porque no entró Cristo en un lugar santo hecho a mano, reproducción del verdadero, sino en el cielo mismo, para ahora comparecer ante Dios por nosotros» (Hebr. 9:22-24).

En los versículos 11 al 16 se trata de la cuestión del dinero de las propiciaciones para la congregación. Todo israelita debía pagar «medio siclo». «Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá del medio siclo, cuando dieren la ofrenda a Jehová para hacer expiación por vuestras personas». Todos son puestos en el mismo nivel con respecto a la propiciación. Puede haber una diferencia inmensa en la medida de conocimiento, de experiencia, de capacidad, de progreso, de celo, o de abnegación, pero el fundamento de la propiciación es el mismo para todos. El gran apóstol de los gentiles y el más débil cordero del rebaño de Cristo están en el mismo nivel en lo que se refiere a la propiciación. Verdad bien sencilla y bien regocijante al mismo tiempo. No todos pueden ser iguales en abnegación y abundar en frutos de la misma manera; pero el fundamento sólido y eterno del reposo del creyente es «la preciosa sangre de Cristo» (1 Pe. 1:19), y no la abnegación o la abundancia de frutos. No obstante, cuanto más penetrados estemos de la verdad y poder de estas cosas, tanto más fruto llevaremos.

En el último capítulo del Levítico hallamos otra especie de evaluación. «Cuando alguno hiciere especial voto a Jehová», Moisés hacía la estimación del individuo según su edad. En otras palabras, cuando alguno osaba evidenciar su capacidad, Moisés, como representante de los derechos de Dios, lo estimaba «según el siclo del santuario». Pero si era más «pobre» que la estimación de Moisés, entonces debía comparecer «ante el sacerdote» (v. 8), representante de la gracia de Dios, quien debía estimarle y ponerle tasa «conforme a la posibilidad del que lo hizo».

Bendito sea Dios, sabemos que todas sus justas exigencias han sido satisfechas según derecho, y que todos nuestros votos han sido cumplidos por Cristo, quien era a la vez el representante de los derechos de Dios y el que reveló su gracia, quien cumplió la obra de la expiación sobre la cruz, y el que ahora está a la diestra de Dios. En el conocimiento de todas estas cosas se halla un dulce reposo para el corazón y para la conciencia. La expiación es la primera cosa que comprendemos, y nunca más la perdemos de vista. Por extenso que sea el campo de nuestra inteligencia, por ricas que sean nuestras experiencias, por elevado que sea el nivel de nuestra piedad, siempre deberemos volver a la sencilla, divina e inalterable doctrina de la sangre, en todos los tiempos. Los siervos de Cristo mejor dotados y los de mayor experiencia han vuelto siempre con gozo a esta única fuente de «delicias», en la cual han bebido sus espíritus sedientos cuando han comenzado a conocer al Señor; y el cántico eterno de la Iglesia en la gloria será: «Al que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre» (Apoc. 1:5). Los atrios del cielo resonarán para siempre con el eco de la gloriosa doctrina de la sangre de la propiciación.

En los versículos 17 al 21 tenemos la «fuente de bronce, con su base», o sea el lebrillo de la purificación y su base (cap. 30:28; 38:8; 40:11). En esta fuente se lavaban los sacerdotes las manos y los pies, para mantener así la pureza esencial al ejercicio de las funciones sacerdotales. Esto no significaba en manera alguna una nueva aplicación de la sangre, sino simplemente un acto por el cual eran conservados en un estado propio para el servicio sacerdotal y el culto. «Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavarán las manos y los pies, para que no mueran».

No puede haber verdadera comunión con Dios si la santidad personal no es mantenida con cuidado. «Si decimos que tenemos comunión con él y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad» (1 Juan 1:6). Esta santidad personal en nuestras vidas solo puede proceder de la acción de la palabra de Dios en nuestras obras y en nuestros caminos. «Por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos» (Sal. 17:4). Nuestras faltas continuas, en nuestro servicio como sacerdotes, contribuyen en gran manera a que descuidemos el uso conveniente de la «fuente de bronce». Si nuestros caminos no están sometidos a la acción purificadora de la palabra de Dios; si perseveramos en la prosecución o en la practica de lo que según el testimonio de nuestra propia conciencia no está de acuerdo con esta palabra, ciertamente nuestro carácter como sacerdotes carecerá de poder. La perseverancia deliberada en mal y el verdadero culto sacerdotal son dos cosas completamente incompatibles. «Santifícalos en la verdad, tu palabra es la verdad» (Juan 17:17). Si hay en nosotros alguna impureza, no podemos gozar de la presencia de Dios: «Todas las cosas, siendo reprendidas por la luz, son descubiertas, porque la luz lo descubre todo» (Efe. 5:13). Pero cuando mediante la gracia sabemos purificar nuestros caminos guardándonos según nos indica la palabra de Dios, entonces estamos moralmente en estado de gozar de la presencia divina.

El lector verá qué ancho campo de verdad práctica se abre aquí ante él, y en qué gran medida nos es presentada en el Nuevo Testamento la doctrina de la «fuente de bronce». ¡Ah! ¡Qué los que tienen el privilegio de entrar en los atrios del santuario con vestidos sacerdotales, y de acercarse al altar de Dios para ejercer el sacerdocio, mantengan limpios sus manos y sus pies por el uso de la verdadera «fuente de bronce»!

Puede ser interesante hacer notar que la «fuente de bronce con su base» era hecha «de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión» (cap. 38:8). Este hecho es muy significativo. Estamos siempre inclinados a hacer como alguno que «es oidor de la palabra y no hacedor, este es semejante a un hombre que observa su rostro natural en un espejo; porque se considera a sí mismo y se marcha, y luego olvida cómo era». El espejo de nuestra naturaleza jamás puede darnos una idea clara y permanente de nuestra condición verdadera. «Pero el que mira fijamente en la ley perfecta, la de la libertad, y persevera, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será dichoso en lo que hace» (Sant. 1:23-24, 25). El hombre que recurre constantemente a la palabra de Dios, y que la deja hablar a su corazón y a su conciencia, será mantenido en la actividad santa de la vida divina.

La eficacia del sacrificio sacerdotal de Cristo se une íntimamente a la acción penetrante y purificadora de la Palabra de Dios. «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos; y ella discierne los pensamientos y propósitos del corazón. Y no hay criatura que no esté manifiesta ante él; sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas». Y el apóstol inspirado añade inmediatamente: «Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que ha pasado a través de los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra confesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo conforme a nuestra semejanza, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro» (Hebr. 4:12-16).

Cuando más vivamente sintamos la espada de la Palabra de Dios, mejor apreciaremos el ministerio de misericordia y de gracia de nuestro gran Sacerdote. Estas dos cosas van juntas. Son las compañeras inseparables del sendero del cristiano. El gran Sacerdote simpatiza con las debilidades que la Palabra descubre y expone; pues Él es un Sacerdote tan fiel, como misericordioso. De modo que solo puedo acercarme al altar en la medida que hago uso de la fuente de metal. El culto, debe ser ofrecido siempre con el poder de la santidad. Es preciso que perdamos de vista a la naturaleza, tal como es reflejada en un espejo, ocupándonos enteramente de Cristo, tal como es presentado por la Palabra: solo así «las manos y los pies», las obras y la conducta, serán limpios según la purificación del santuario.

En los versículos 22 al 33 se trata de la «santa unción», con la cual eran ungidos los sacerdotes y el tabernáculo, con todos sus utensilios. Esta unción es el tipo de las varias gracias del Espíritu Santo, las cuales se hallaban en Cristo en su divina plenitud. «Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos; desde palacios de marfil te recrean» (Sal. 45:8). Dios ha ungido de Espíritu Santo y de poder a Jesús de Nazaret (Hec. 10:38). Todas las gracias del Espíritu Santo, en su perfume de olor perfecto, se concentraron en Cristo, y solo de Él pueden emanar. En cuanto a su humanidad, fue concebido del Espíritu Santo, y antes de entrar en su ministerio público fue ungido del Espíritu Santo; después, finalmente, cuando se hubo sentado en los cielos, derramó sobre su Asamblea, que es su Cuerpo, los dones preciosos del Espíritu Santo, en testimonio de la redención cumplida (véase Mat. 1:20; 3:16-17; Lucas 4:18-19; Hec. 2:33; 10:44-45; Efe. 4:8-13).

Como siendo asociados con este Cristo glorificado y bendito eternamente, los creyentes son hechos partícipes de los dones y de las gracias del Espíritu Santo y además, es únicamente por medio de una vida de comunión habitual con Cristo que pueden gozar de todas estas gracias y dones, llegando a esparcir su buen olor en torno suyo. El hombre no regenerado no conoce estas cosas. «Sobre carne de hombre no será derramado» (v. 32). Las gracias del Espíritu Santo no pueden jamás unirse con la carne del hombre, porque el Espíritu Santo no puede reconocer la naturaleza caída. Ninguno de los frutos del Espíritu ha sido jamás producido sobre el suelo estéril de esta naturaleza. «Os es necesario nacer de arriba» (Juan 3:7). Solo el nuevo hombre, este hombre que forma parte de la «nueva creación», puede conocer algo de los frutos del Espíritu. Es del todo inútil procurar imitar estos frutos y sus virtudes. Ni los más hermosos frutos que el suelo de la naturaleza haya jamás producido, ni los rasgos más amables que pueda mostrar, podrán en manera alguna ser reconocidos como dignos de algún valor en el santuario de Dios: «Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo». Dios no quiere la falsificación de la obra del Espíritu; todo debe ser del Espíritu. enteramente, realmente del Espíritu. Además, aquello que pertenece al Espíritu no debe ser atribuido al hombre. «Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede conocer, porque se disciernen espiritualmente» (1 Cor. 2:14).

En uno de los cánticos graduales hay una alusión muy hermosa a esta «santa unción»: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras» (Sal. 133:1-2). Pueda mi lector experimentar el poder de esta unción, y conocer lo que es tener la «unción del Santo» (1 Juan 2:20), y ser sellado «con el Espíritu Santo de la promesa» (Efe. 1:13).

Por fin, el último párrafo de este capítulo, tan rico en enseñanzas, nos presenta el incienso como un «incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo». Este incienso precioso y sin igual representa las perfecciones ilimitadas e ilimitables de Cristo. Dios no había prescrito cantidad especial para cada uno de los ingredientes que entraban en la composición del perfume, porque las virtudes de Cristo, las bellezas y perfecciones concentradas en su adorable persona, son ilimitables. Solo la mente de Dios puede medir las perfecciones infinitas de Aquel en quien habita la plenitud de la Divinidad; y durante todo el curso de la eternidad, estas gloriosas perfecciones continuarán manifestándose a la vista de los santos y los ángeles prosternados. De tiempo en tiempo, a medida que nuevos rayos de luz emanen de este sol central de gloria divina, los atrios celestes arriba y los vastos campos de la creación abajo resonarán con potentes aleluyas, glorificando al que era, que es, y que será el objeto supremo de alabanza de toda inteligencia creada.

No solo no había Dios fijado cantidad determinada para los ingredientes del incienso, sino que aun había dicho: «de todo en igual peso». Cada aspecto de excelencia moral halló en Jesús su verdadero lugar y su justa proporción. Ninguna cantidad anulaba a la otra, ni disminuía su valor; todo era «bien mezclado, puro y santo», esparciendo un perfume de tan buen olor que solo Dios podía apreciarlo.

«Y molerás parte de él en polvo fino, y lo pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti. Os será cosa santísima» (v. 36). Hay un significado profundo y extraordinario en esta expresión: «polvo fino». Nos enseña que cada pequeño movimiento en la vida de Cristo, cada una de las menores circunstancias, cada acción, cada palabra, cada mirada, cada rasgo, esparce un perfume producido en proporción igual, «igual peso», de todas las gracias divinas que constituyen su carácter. Cuanto más molido estaba el perfume, tanto mejor se manifestaba su preciosa y exquisita composición

«Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para Jehová. Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo». Este perfume odorífero estaba exclusivamente destinado a Jehová; su lugar estaba «delante del testimonio». Hay algo en Jesús que solo Dios puede apreciar. Todo corazón creyente puede, es verdad, acercarse a su incomparable persona, y aun satisfacer en ella sus más ardientes y profundos deseos, sin embargo, más allá de todo lo que los redimidos de Dios son y serán capaces de comprender, de todo lo que los ángeles habrán podido contemplar acerca de las glorias insondables del hombre Jesucristo, habrá aun algo en Él que solo Dios puede sondear, y de lo cual solo Él puede gozar (comp. Mat. 11:27). Ninguna mirada humana o angélica podrá jamás discernir todo lo que encerraba este santo perfume «en polvo fino», el cual solo halla en el cielo lugar conveniente para exhalar toda su divina excelencia.

En nuestro rápido bosquejo hemos llegado al fin de una división bien marcada en el libro del Éxodo. Hemos empezado por «el arca del pacto» hasta llegar al «altar de bronce», para volver luego del «altar de bronce» a la «santa unción»; sublime camino, con tal que sea recorrido a la luz infalible de la lámpara del Espíritu Santo, en vez del resplandor falso e incierto de la imaginación humana. No anda solamente en medio de sombras de una dispensación que ya no existe, sino entre las glorias personales y las perfecciones del Hijo, representadas en estas cosas. Si el lector ha recorrido así este libro, sus afectos habrán sido poderosamente atraídos hacia Cristo; poseerá un conocimiento más elevado de su gloria, de su belleza, de su excelencia y capacidad para curar una conciencia herida, y para satisfacer los deseos de un corazón sediento, sus ojos y sus oídos serán más completamente cerrados a todos los atractivos, a todas las pretensiones y promesas del mundo, en una palabra, estará dispuesto a pronunciar un amén más ferviente a las palabras del apóstol, cuando dice: «Si alguien no ama al Señor, sea anatema. ¡Maranatha!» (1 Cor. 16:22). [12]

[12] Es interesante notar el lugar que ocupa este anatema fulminante. Se halla al final de una larga epístola, en el curso de la cual el apóstol ha debido reprimir algunos pecados de los más groseros y varios errores de doctrina. Cuán solemne y significativo es el hecho de que cuando el apóstol pronuncia su anatema no lo lanza contra los que han introducido esos errores y esos pecados, sino contra el que «no ama al Señor». ¿Por qué esto? ¿Es acaso porque el Espíritu de Dios no hace caso de los errores o del mal? Seguramente que no; toda la epístola nos revela cuáles son sus pensamientos con respecto a ello. Mas es digno de notarse el hecho verdadero de que cuando el corazón está lleno de amor hacia el Señor Jesús, siempre hay una salvaguardia positiva contra toda especie de falsa doctrina y de mala conducta. Si alguno no ama a Cristo, no puede responder de las ideas que podrá adoptar o del camino que podrá seguir. De aquí la forma del anatema apostólico y el lugar que ocupa en la epístola.

23 - Capítulo 31

Este corto capítulo se abre por el relato del llamamiento divino de Bezaleel y Aholiab, divinamente calificados para ejecutar la obra del tabernáculo del testimonio. «Habló Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por su nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte… Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado» (v. 1-6). Ya sea para la obra del tabernáculo «hecho de manos», o para la «obra del ministerio» ahora (Efe. 4:12), es necesario que aquellos empleados en ella sean divinamente escogidos, divinamente llamados, divinamente capacitados, divinamente establecidos, y todo debe ser hecho según el mandamiento de Dios. No estaba en el poder del hombre escoger, llamar, capacitar o establecer los obreros para hacer la obra del tabernáculo, y lo mismo ocurre para la obra del servicio o ministerio. Todo esto debe venir enteramente de Dios. Se puede correr por su propio impulso o ser enviado por colegas; pero recordemos que todos los que así corren, sin ser enviados de Dios, serán, un día u otro, cubiertos de vergüenza y confusión Tal es la sencilla y saludable doctrina que nos es sugerida por estas palabras: «Yo he llamado», «he llenado», «he puesto». Las palabras de Juan Bautista, «No puede el hombre recibir nada si no le es dado del cielo» (Juan 3:27), serán siempre verdaderas. El hombre no tiene, pues, nada de qué vanagloriarse, ni por que estar nunca celoso de sus compañeros.

Se puede sacar una lección útil comparando este capítulo con el 4 del Génesis. «Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro» (v. 22). Los descendientes de Caín estaban dotados de una inteligencia profana, para hacer de una tierra maldita y llena de sufrimientos, un lugar agradable lejos de la presencia de Dios. Bezaleel y Aholiab, al contrario, fueron dotados de inteligencia divina para embellecer un santuario que debía ser santificado y bendecido por la presencia y la gloria del Dios de Israel.

Lector, yo quisiera pedirte que dirigieras a tu conciencia esta solemne pregunta: ¿Consagro yo todo lo que puedo poseer de inteligencia o de energía a los intereses de la Iglesia, que es la morada de Dios, o al embellecimiento de un mundo impío sin Cristo? No digas en tu corazón: Yo no soy divinamente llamado, ni divinamente capacitado para la obra del ministerio. Acuérdate que, si bien no todo Israel eran Bezaleeles y Aholiabs, todos podían, no obstante, servir los intereses del santuario. Había un lugar para todos, y ahora también hay un lugar para ocupar, un ministerio para llenar, una responsabilidad que evitar; y tú y yo trabajamos en este momento para los intereses de la Casa de Dios, del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia, o para favorecer los planes impíos de un mundo aun manchado con la sangre de Cristo y con la sangre de todos los santos mártires. Meditemos profundamente estas cosas ante el gran escudriñador de los corazones, en cuya presencia nos hallamos, y a quien nadie puede engañar porque todos somos conocidos de Él.

Este capítulo se termina por una alusión a la institución del sábado. En el capítulo 16 se ha hecho mención del sábado en relación con el maná; luego es clara y expresamente ordenado en el capítulo 20, cuando el pueblo fue formalmente puesto bajo la ley; y aquí lo hallamos de nuevo en relación al establecimiento del tabernáculo. Todas las veces que el pueblo de Israel es presentado en cualquier posición especial, o que es reconocido como pueblo colocado bajo una responsabilidad especial, hallamos el sábado mencionado. Consideremos atentamente el día y la manera en que el sábado debía ser observado, así como el fin para el cual fue instituido en Israel. «Así que guardaréis el día de reposo (sábado), porque santo es a vosotros; el que lo profanare, de cierto morirá; porque cualquiera que hiciere obra alguna en él, aquella persona será cortada de en medio de su pueblo. Seis días se trabajará, mas el día séptimo es día de reposo consagrado a Jehová; cualquiera que trabaje en el día de reposo, ciertamente morirá» (v. 14-15). He aquí establecido de la manera más explícita y absoluta posible «el día séptimo» y ningún otro, prohibiéndose positivamente, bajo pena de muerte, toda especie de obra en este día. Es imposible eludir el sentido claro y simple de estas palabras. Y recordemos también que no hay una sola línea de la Escritura que apoye la idea, demasiado extendida, de que el sábado ha sido cambiado, o de que Dios haya quitado en la más pequeña medida los rigurosos principios concernientes a la observancia de este día. Pero los que profesan ser cristianos, ¿no pretenden guardar el sábado de Dios en el día y de la manera que Él lo ha mandado? Es superfluo intentar probarlo. Mas se olvidan que la menor infracción del sábado era castigada con ser «cortado», ¡condenado a muerte!

Pero, se dirá, «no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom. 6:14). ¡Bendito sea Dios que nos da esta dulce seguridad! Si estuviésemos bajo la ley, no hay un alma en toda la cristiandad sobre la cual no hubiese caído ya, desde largo tiempo, el juicio divino en cuanto al solo mandamiento del sábado. Mas si estamos bajo la gracia, ¿cuál es el día que nos pertenece? Seguramente «el primer día de la semana» [13], «el día del Señor». Es el día de la Iglesia, el día de la resurrección de Jesús quien, habiendo pasado el sábado en el sepulcro, resucitó triunfando de todos los poderes de las tinieblas, conduciendo así a su pueblo fuera de la vieja creación y de todo lo que a ella se refiere, e introduciéndolo en la nueva creación, de la cual el primer día de la semana es la justa expresión.

[13] Ese «día» está señalado en la Escritura de varias maneras y cada una de ellas comporta un significado diferente:

  • Primer día de la semana: comienzo de la nueva creación.
  • Tercer día: día de la resurrección del Señor y de los suyos.
  • Octavo día: día eterno en relación con la tierra, que seguirá al séptimo día.
  • Día del Señor: día en el que todas las cosas serán puestas bajo Su dominación y en contraposición con el día del hombre: «Para mí, en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por un tribunal humano. Ni aun a mí mismo me juzgo» (1 Cor. 4:3). Esta expresión: «tribunal humano», también se puede traducir del griego por: «día del hombre».

La diferencia que hay entre estos dos días merece que la examinemos con oración y a la luz de las Escrituras. Un simple nombre puede tener un gran significado, y así es en el caso que nos ocupa. Es bien evidente que «el día del Señor» tiene un lugar particular en la Palabra de Dios. Ningún otro día es designado con este glorioso nombre de «día del Señor». Ya sé que hay personas que niegan que en el capítulo 1 del Apocalipsis, versículo 10, se haga alusión al primer día de la semana; pero por mi parte estoy completamente convencido de que la crítica sana, y la sana exégesis garantizan, y aun más, exigen, la aplicación de este pasaje, no al día de la venida de Cristo en gloria, sino al día de su resurrección de entre los muertos.

Es preciso notar que el día del Señor nunca es llamado «Sábado». El lector debe pues guardarse de estos dos extremos. En primer lugar, deberá evitar el legalismo que con tanta frecuencia se halla asociado al sábado; y en segundo lugar, deberá testificar contra toda tentativa que tenga por objeto y resultado desfigurar el día del Señor, o rebajarlo al nivel de un día ordinario. El creyente es liberado de la manera más completa de la observancia de «días, meses, estaciones y años» (Gál. 4:10); su unión con un Cristo resucitado lo ha liberado completamente de todas estas observancias supersticiosas (Col. 2:16-20). Mas, por verdad que sea todo esto, y felizmente lo es, vemos, sin embargo, que «el primer día de la semana» ocupa un lugar especial en el Nuevo Testamento. ¡Qué el cristiano le dé ese lugar! Es un dulce y feliz privilegio, no un yugo penoso.

El espacio no me permite entrar en más detalles sobre este asunto tan interesante. Solamente señalaré respecto a uno o dos puntos particulares, el contraste que existe entre «el sábado» y «el día del Señor»:

  1. El sábado era el séptimo día; el día del Señor es el primero.
  2. El sábado era una piedra de toque de la condición de Israel; el día del Señor es la prueba de la aceptación de la Iglesia sin condición alguna.
  3. El sábado pertenecía a la vieja creación; el día del Señor pertenece a la nueva.
  4. El sábado era un día de reposo corporal para el judío; el día del Señor es un día de reposo espiritual para el cristiano.
  5. Si el judío trabajaba en el día del sábado, debía ser condenado a muerte; si el cristiano no trabaja en el día del Señor, prueba con ello que no posee mucha vida, es decir, si no trabaja en provecho de las almas, y para la extensión de la gloria de Cristo y de la verdad. De hecho, el cristiano consagrado a Dios, que posee algún don, se encuentra generalmente más fatigado al fin del día del Señor que al terminar cualquier otro día de la semana; porque ¿cómo podría él reposar mientras que las almas perecen a su alrededor?
  6. Al judío le era ordenado por la ley quedar en su tienda durante el día del sábado, el cristiano es conducido fuera por el espíritu del Evangelio, ya sea para asistir a la asamblea pública, ya sea para anunciar el evangelio a los pecadores que perecen.

¡Qué el Señor nos conceda podernos confiar con más simplicidad en el nombre del Señor Jesús, y trabajar con más actividad por este nombre! Nosotros deberíamos confiar con el espíritu de un niño, y trabajar con la energía de un hombre.

24 - Capítulo 32

Una escena bien diferente de la que nos ha ocupado hasta aquí se abre ahora delante de nosotros. «Las figuras de lo que hay en los cielos» (Hebr. 9:23), han pasado ante nuestros ojos, Cristo en su Persona gloriosa, en sus oficios de misericordia y en su obra perfecta, tal como nos es representado en el tabernáculo y en sus utensilios místicos. Hemos estado en espíritu sobre el monte oyendo las mismas palabras de Dios, las dulces declaraciones de sus pensamientos, los afectos de su corazón y los consejos divinos, de los cuales Jesús es «el Alfa y la Omega» (Apoc. 1:8, 11; 21:6; 22:13), el principio y el fin, el primero y el último.

Ahora somos llamados a descender otra vez a la tierra, para contemplar el estado de ruina a la cual el hombre reduce todo lo que le es confiado. «Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido» (v. 1). ¡Qué degradación se manifiesta aquí! «¡Haznos dioses!» Abandonaban a Jehová para ponerse bajo la tutela de dioses hechos de manos de hombres. Alrededor del monte se habían juntado nieblas espesas y nubes oscuras; y los israelitas estaban cansados de esperar al ausente y de apoyarse sobre un brazo invisible pero real. Se imaginaban que un dios formado con «buril» valía más que Jehová; preferían un becerro al cual pudieran ver que un Dios invisible pero presente en todas partes, una falsificación visible mejor que una realidad invisible.

Desgraciadamente, siempre ha sucedido lo mismo en la historia del hombre. El corazón humano desea alguna cosa que pueda ver; algo que responda a sus sentidos y los satisfaga. Solo la fe puede sostenerse «como viendo al Invisible» (Hebr. 11:27). Así, en todos los tiempos, los hombres han tenido la tendencia a levantar imitaciones de las realidades divinas y apoyarse sobre ellas. Las falsificaciones de la religión se han multiplicado extremadamente ante nuestros ojos. Las cosas que por la autoridad de la Palabra de Dios sabemos que son realidades divinas y celestiales, la Iglesia profesa las ha transformado en imitaciones humanas y terrenas. Habiéndose cansado de apoyarse sobre un brazo invisible, confiándose en un sacrificio invisible, de recurrir a un Sacerdote invisible, de esperar en la dirección de un jefe invisible, se ha entregado a «hacer» estas cosas; y así, de siglo en siglo, ha estado activamente ocupada, cincel en mano, formando y grabando una cosa tras otra de tal forma que ahora no hallamos ya más analogía entre una gran parte de lo que vemos a nuestro alrededor y lo que leemos en la Palabra de Dios, que la que existe entre «un becerro de fundición» y «el Dios de Israel».

"¡Haznos dioses!» ¡Qué pensamiento! El hombre llamado a hacer dioses, y el pueblo dispuesto a poner su confianza en ellos. Lector, miremos dentro y alrededor nuestro, y veamos si no descubrimos algo semejante. Leemos con relación a la historia de Israel que todas «estas cosas les acontecían como ejemplos, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11). Procuremos, pues, aprovechar la enseñanza. Recordemos que, aunque no nos hagamos precisamente «un becerro de fundición» para postrarnos delante de él, el pecado de Israel es, sin embargo, un «tipo» de algo en lo cual estamos en peligro de caer. Siempre que en nuestro corazón cesamos de apoyamos exclusivamente sobre Dios mismo, ya sea en lo concerniente a la salvación o en lo que se refiere a las necesidades de nuestra vida diaria, decimos en el fondo: «Levántate, haznos dioses». Es superfluo decir que, por nosotros mismos, no somos en ninguna manera mejores que Aarón o los hijos de Israel; y si ellos honraron a un becerro en lugar de Jehová, nosotros estamos en peligro de obrar según el mismo principio y de manifestar el mismo espíritu. Nuestra única salvaguardia es estar mucho en la presencia de Dios. Moisés sabía que «el becerro de fundición» no era Jehová: por esta causa no lo reconoció. Pero cuando nos apartamos de la presencia divina, es imposible que podamos prever los errores groseros en que podemos caer y todo el mal al cual podemos ser arrastrados.

Los cristianos somos llamados a vivir por fe, nada podemos ver por la vista de los sentidos. Jesús ha ascendido arriba, y Dios nos dice que esperemos pacientemente su aparición. La Palabra de Dios, aplicada al corazón por la energía del Espíritu, es el fundamento de la confianza en todas las cosas temporales y espirituales, presentes y futuras. Dios nos habla del sacrificio cumplido por Cristo; nosotros lo creemos por gracia, y ponemos nuestras almas bajo la eficacia de este sacrificio; y sabemos que nunca seremos confundidos. Nos habla del gran Sacerdote que ha penetrado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, cuya intercesión es todo poderosa; mediante la gracia lo creemos, y nos reposamos con entera confianza sobre su poder; y sabemos que seremos enteramente salvos. Nos habla del Jefe vivo, con quien estamos unidos en el poder de una vida de resurrección, y de quien ninguna influencia de ángeles, de hombres o de demonios podrá jamás separarnos; y por la gracia lo creemos también, y nos unimos a este Jefe bendito con una fe simple, y sabemos que no pereceremos jamás.

Nos habla de la aparición gloriosa del Hijo, viniendo de los cielos; y por la gracia lo creemos y procuramos experimentar el poder de esta «bendita esperanza» (Tito 2:13); y sabemos que no sufriremos ningún desengaño. Nos habla de «una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios» (1 Pe. 1:4), herencia que recibiremos a su tiempo; y por la gracia creemos y sabemos que no seremos avergonzados. Nos dice que nuestros cabellos están todos contados, y que nada nos faltará; y por la gracia lo creemos y gozamos de una dulce tranquilidad de corazón. Y así es, o cuando menos, así quisiera nuestro Dios que fuese. Pero el Enemigo está siempre activo, buscando hacernos rechazar estas realidades divinas, y a que tomemos el «buril» de la incredulidad para hacernos nosotros mismos nuestros «dioses». Velemos contra él, oremos para ser guardados de él; testifiquemos contra él; protestemos contra él; obremos contra él: es así como será confundido; Dios será glorificado y nosotros seremos abundantemente bendecidos.

En cuanto a Israel, en este capítulo que meditamos vemos que rechazó a Dios de la manera más completa: «Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, éstos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Jehová» (v. 2-5). Esto era poner a Dios completamente a un lado, sustituyéndolo por un becerro. Cuando pudieron proclamar que un becerro les había hecho subir de la tierra de Egipto, es que evidentemente habían perdido toda conciencia de la presencia y del carácter del verdadero Dios. ¡Cuán “pronto” debieron “apartarse del camino” para caer en un error tan grosero y espantoso! ¡Y Aarón, el hermano y compañero de Moisés en su cargo, les condujo por este extravío y pudo decir delante de un becerro: «Mañana será fiesta para Jehová!» ¡Cuán triste es esto! ¡Qué humillante! ¡Dios destituido por un ídolo! Un objeto formado «con buril» por la mano y según la imaginación del hombre puesto en lugar del «Señor de toda la tierra» (Josué 3:11).

Todo esto implicaba un renunciamiento completo de parte de Israel a su relación con Jehová. El pueblo había abandonado a Dios y, en consecuencia, Dios obra respecto a Israel colocándose en el mismo terreno del pueblo. «Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé… Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande» (v. 7-10). Había, pues, una puerta abierta para Moisés, pero este manifiesta en esta circunstancia una virtud poco corriente, y una notable analogía de espíritu con aquel «Profeta… como yo» (Deut. 18:15), que Jehová debía suscitar en el futuro. Moisés rehúsa ser o aceptar cosa alguna que implique la exclusión del pueblo. Aboga con Dios sobre el fundamento de Su propia gloria, y repone al pueblo sobre Él con estas admirables palabras: «Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre» (v. 11-13). He aquí un poderoso abogado. La gloria de Dios, la justificación de su santo nombre, el cumplimiento de su juramento; tales son las razones sobre las cuales Moisés se apoya para suplicar a Jehová que se vuelva del furor de su ira. No podía hallar nada en Israel sobre lo cual fundar su intercesión, pero lo halló todo en Dios mismo.

Jehová había dicho a Moisés: «Tu pueblo que sacaste»; pero Moisés responde a Jehová: «Tu pueblo, que tú sacaste». Los Israelitas, a pesar de todo, eran el pueblo de Jehová; y su gloria, su nombre y su juramento estaban íntimamente ligados con el destino del pueblo. Desde el momento que Jehová se unió a un pueblo, su gloria estaba empeñada; y es sobre este sólido fundamento que la fe mirará siempre a Él. Moisés se olvida a sí mismo enteramente. Toda su alma está ocupada de la gloria y del pueblo de Jehová. ¡Dichoso servidor! ¡Cuán pocos hay como él! Y, sin embargo, en medio de esta escena, ¡cuán lejos está de hallarse a la altura de nuestro bendito Maestro: la diferencia entre ellos es infinita! Moisés descendió del monte; «Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte» (v. 19). La alianza estaba rota, y los testimonios de esta alianza hechos pedazos; después, habiendo en su justa indignación ejecutado el castigo, «dijo Moisés al pueblo: Vosotros habéis cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado» (v. 30).

¡Cuán diferente es esto de lo que vemos en Cristo! Es descendió del seno del Padre, no con las tablas de la ley en sus manos, sino con la ley en su corazón. No descendió para conocer la condición del pueblo, sino con un conocimiento perfecto de su condición. Además, en lugar de destruir los testimonios de la alianza y ejecutar juicio, magnificó y honró la ley, y llevó sobre su propia persona adorable el juicio de su pueblo, en la cruz, después, habiéndolo cumplido todo, volvió a subir al cielo, no con un «quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado», sino para depositar sobre el trono de la Majestad en las alturas los testimonios imperecederos de una expiación ya cumplida. Esto constituye una diferencia inmensa y verdaderamente gloriosa. ¡Bendito sea Dios! No tenemos necesidad de seguir con ansiedad a nuestro Mediador para saber si cumplirá la redención por nosotros, y apaciguará la justicia ofendida. No; Él lo ha cumplido todo: su presencia en los cielos declara que toda la obra ha sido terminada. En los límites de este mundo, presto a dejarlo, ha podido decir con la calma del vencedor consciente de su victoria, bien que tuviera que atravesar aun la escena más sombría: «Yo te glorifiqué en la tierra, acabando la obra que me diste que hiciera» (Juan 17:4). ¡Bendito Salvador! Sí, nosotros podemos adorarte, y triunfar con el honor y la gloria con que te ha revestido la justicia eterna. El lugar más elevado en los cielos te pertenece, y tus santos solo esperan el tiempo en que «se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:10-11). ¡Venga pronto este tiempo glorioso!

Al final de este capítulo Jehová proclama sus derechos, en el gobierno moral, por medio de las siguientes palabras: «Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro. Ve, pues, ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho; he aquí mi ángel irá delante de ti; pero en el día del castigo, yo castigaré en ellos su pecado» (v. 33-34). He aquí Dios en el gobierno, no Dios en el evangelio. Aquí Dios habla de raer al pecador; en el evangelio se le ve rayendo el pecado. ¡La diferencia es grande!

El pueblo debe ser conducido, por mediación de Moisés, bajo la mano de un ángel. Este estado de cosas era bien diferente del que había existido durante el viaje entre Egipto y el Sinaí. Israel había perdido todo derecho fundado sobre la ley, de suerte que solo restaba a Dios entrar de nuevo en su soberanía y decir: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente» (cap. 33:19).

25 - Capítulos 33 y 34

Jehová rehúsa acompañar a Israel al país prometido. «Yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino» (v. 3). En el principio de este libro, Jehová había podido decir: «He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias» (cap. 3:7). Pero ahora debe decir: «Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz». Un pueblo afligido es objeto de la gracia, mas un pueblo de dura cerviz es necesario que sea humillado. El clamor de Israel oprimido había obtenido por respuesta la manifestación de la gracia; mas el cántico de Israel idólatra debe hallar una voz de severa reprobación: «Vosotros sois pueblo de dura cerviz; en un momento subiré en medio de ti, y te consumiré. Quítate, pues, ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer» (v. 5). Únicamente cuando nos hallamos despojados de todos los atavíos de nuestra naturaleza, Dios puede intervenir en favor nuestro. Un pecador desnudo puede ser revestido; mas un pecador cubierto de atavíos debe ser desnudado. Es necesario que nosotros seamos despojados de todo lo que pertenece al yo, antes que podamos ser revestidos de lo que pertenece a Dios.

«Entonces los hijos de Israel se despojaron de sus atavíos desde el monte Horeb» (v. 6). Allí estaban al pie de esta memorable montaña, sus fiestas y sus cánticos habían sido cambiados en amargas lamentaciones; se hallaban despojados de sus atavíos, y las tablas de la ley habían sido reducidas a pedazos. Tal era su condición cuando Moisés se dispone a obrar inmediatamente en consecuencia. Moisés no podía ya reconocer al pueblo como un solo cuerpo. La congregación se había manchado enteramente, levantando en lugar de Dios un ídolo de su propia fabricación, un becerro en lugar de Jehová. «Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión». El campo ya no es reconocido por más tiempo como el lugar de la presencia de Dios. Dios ya no estaba allí, ni podía estar por más tiempo, porque había sido depuesto por una invención humana. En consecuencia, un nuevo centro de comunión fue establecido. «Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento» (v. 7).

Esto encierra una preciosa verdad que prontamente comprenderá el hombre espiritual. El lugar que Cristo ocupa ahora es «fuera del campamento» (Hebr. 13:13). Es necesario una grande sumisión a la Palabra de Dios para saber exactamente lo que realmente significa «el campamento», y mucha energía espiritual para salir de él, y más aun, para poder, cuando se está lejos, obrar en favor de los que quedan dentro con el poder de la santidad y de la gracia combinadas, santidad que nos separa de la inmundicia que está en el campamento; gracia, que nos capacita para obrar en favor de los que están dentro de el.

«Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Y él volvía al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo» (v. 11). Moisés manifiesta mayor energía espiritual que Josué. Es mucho más fácil separarse que obrar como conviene hacia los que están en el campo. «Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos» (v. 12). Moisés suplica que el rostro de Dios le acompañe, como prueba de que ha hallado gracia en sus ojos. Si se tratara solamente de justicia Jehová solo podría consumir al pueblo, porque «es un pueblo de dura cerviz». Mas desde el momento que se trata de gracia, en relación con el mediador, el mismo hecho de tratarse de un pueblo de dura cerviz viene a ser motivo de intercesión para pedir la presencia de Jehová. «Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz; y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad» (34:9). Esto es de una belleza admirable. «Un pueblo de dura cerviz» necesitaba la gracia ilimitada y la inagotable paciencia de Dios. Solo Él podía soportarlo.

«Y El dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (33:14). ¡Qué porción tan preciosa! ¡Qué esperanza tan bendita! ¡La presencia de Dios con nosotros durante toda la travesía del desierto, y al fin el reposo eterno! ¡La gracia respondiendo a nuestras necesidades presentes, y la gloria como nuestra suerte venidera! Sí, nuestros corazones pueden exclamar: ¡Es bastante, Señor!

En el capítulo 34 Dios da las segundas tablas, no para ser quebradas como las primeras, sino para ser guardadas en el arca encima de la cual, como ya hemos hecho notar, Jehová debía tomar lugar como Señor de toda la tierra en el gobierno moral. «Y Moisés alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y subió al monte Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos tablas de piedra. Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación» (v. 4-7).

Recordemos que Dios se muestra aquí en su gobierno moral del mundo, y no tal como se manifiesta en la cruz, ni como aparece en la faz de Jesucristo, ni como es proclamado en el evangelio de Su gracia. El Evangelio nos describe a Dios con las siguientes palabras: «Y todas las cosas son de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación, a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no teniéndole en cuenta sus ofensas, y dándonos la palabra de la reconciliación» (2 Cor. 5:18-19). No «tener por inocente al malvado» y «que perdona la iniquidad», nos presentan dos ideas de Dios diametralmente opuestas. «Visitar las iniquidades» y «quitarlas», nos es ciertamente la misma cosa; la primera es Dios obrando en su gobierno; la segunda es Dios obrando según el evangelio.

En el capítulo 3, de la Segunda Epístola a los Corintios, el apóstol pone en oposición el ministerio del capítulo 34 de Éxodo, con «el ministerio» del evangelio. Es de provecho estudiar este capítulo con cuidado; allí se ve que aquel que considera el carácter de Dios, tal como fue revelado a Moisés en el monte Horeb, como la expresión del carácter que Dios reviste en el evangelio, no puede formarse de este carácter más que una idea defectuosa. Yo no puedo descubrir los profundos secretos del corazón del Padre, ni en la creación, ni en el gobierno moral. ¿Habría hallado lugar el hijo pródigo en los brazos de Aquel que se reveló en el monte Sinaí? Seguramente que no. Mas Dios se ha revelado a sí mismo en la faz de Jesucristo; él nos ha revelado todos los atributos del Padre con una divina armonía, por medio de su obra en la cruz. Allí, pues, «la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron» (Sal. 85:10). El pecado ha sido enteramente quitado, y el pecador que cree, perfectamente justificado «mediante la sangre de su cruz» (Col. 14:20).

Cuando podemos ver a Dios así revelado, no podemos por menos que inclinarnos, como Moisés, «bajó la cabeza hacia el suelo y adoró» (v. 8). Esta es la actitud que conviene a un pecador perdonado y recibido en la presencia de Dios.

26 - Capítulos 35 al 40

Estos capítulos contienen una recapitulación de las diversas partes del tabernáculo y de sus utensilios, y como ya he explicado lo que creo que es el significado de las partes más notables del conjunto, considero inútil añadir nada más. Hay sin embargo dos cosas en esta porción del libro de las cuales podemos sacar instrucciones muy útiles; y son, en primer lugar, el desprendimiento voluntario, y luego, la obediencia implícita del pueblo, con respecto a la obra del tabernáculo del testimonio.

En cuanto a su desprendimiento voluntario, está escrito: «Y salió toda la congregación de los hijos de Israel de delante de Moisés. Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras. Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a Jehová. Todo hombre que tenía azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, o pieles de tejones, lo traía. Todo el que ofrecía ofrenda de plata o de bronce traía a Jehová la ofrenda; y todo el que tenía madera de acacia la traía para toda la obra del servicio. Además todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos, y traían lo que habían hilado: azul, púrpura, carmesí o lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra. Los príncipes trajeron piedras de ónice, y las piedras de los engastes para el efod y el pectoral, y las especias aromáticas, y el aceite para el alumbrado, y para el aceite de la unción, y para el incienso aromático. De los hijos de Israel, así hombres como mujeres, todos los que tuvieron corazón voluntario para traer para toda la obra, que Jehová había mandado por medio de Moisés que hiciesen, trajeron ofrenda voluntaria a Jehová» (v. 20-29). Y más adelante leemos: «Tanto, que vinieron todos los maestros que hacían toda la obra del santuario, cada uno de la obra que hacía, y hablaron a Moisés, diciendo: El pueblo trae mucho más de lo que se necesita para la obra que Jehová ha mandado que se haga. Entonces Moisés mandó pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más; pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba» (36:4-7).

¡Qué cuadro de más hermosa generosidad para la obra del santuario! Ningún esfuerzo ni ningún llamamiento habían sido necesarios para constreñir el pueblo a dar. No; sino que «todo varón a quien su corazón estimuló». «Los príncipes», «los hombres», y «las mujeres», todos sentían que era para ellos un gran privilegio el poder dar a Jehová, no con corazón estrecho o mano egoísta, sino regiamente, de tal suerte que tuvieron material abundante y aun sobraba.

Luego, en cuanto a la obediencia implícita del pueblo, está escrito: «En conformidad a todas las cosas que Jehová había mandado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel toda la obra. Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo» (39:42-43). Jehová había dado las instrucciones más minuciosas relativas a toda la obra del tabernáculo. Cada estaca, cada basa, cada cordón, cada anillo estaban exactamente determinados. Los recursos del hombre, su razón, o su sentido común, nada tenían que ver en esta obra. Jehová no dio al hombre un bosquejo para que lo completase, ni dejó ningún margen para que el hombre pudiese hacer entrar sus propias combinaciones. De ninguna manera. «Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte» (Éx. 25:40; 26:30; Hebr. 8:5). Este mandato no dejaba ninguna latitud a las invenciones humanas. Si hubiera sido permitido al hombre hacer una sola estaca, esa estaca había estado seguramente fuera de lugar, según el juicio de Dios.

En el capítulo 32 vemos lo que produce el buril del hombre; gracias a Dios el hombre no debe hacer nada, ni tiene ningún lugar en el tabernáculo. En esta ocasión los israelitas hicieron exactamente lo que les había sido dicho; nada de más ni nada de menos. ¡He aquí una buena lección para la Iglesia profesa! Hay varias cosas en la historia de los israelitas que seriamente deberíamos procurar evitar; su murmurar de impaciencia, sus juramentos de legalismo y su idolatría; mas en su desprendimiento y obediencia, deberíamos imitarles. ¡Ojalá que nuestra generosidad y desprendimiento sea más entera, y nuestra obediencia más implícita! Podemos afirmar con toda seguridad que, si no hubiese sido todo hecho «conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte», no podríamos leer al final del libro que «una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba» (cap. 40:34-35). El tabernáculo estaba hecho conforme al modelo divino, en todos sus aspectos, y por consiguiente podía ser lleno de la gloria divina.

Hay aquí muy preciosas instrucciones. Con demasiada frecuencia somos llevados a considerar la Palabra de Dios como insuficiente para los pequeños detalles que se refieren al culto y al servicio de Dios. Esto es un gran error; error que constituye una fuente abundante de faltas y de extravíos en la iglesia profesa. La Palabra de Dios es suficiente para todo, ya sea para lo concerniente a la salvación personal y a la conducta individual, o en lo que concierne al orden y al gobierno de la congregación; porque leemos allí que «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea apto y equipado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17). Si la Palabra de Dios hace al hombre «apto y equipado para toda buena obra», resulta necesariamente que todo lo que no se encuentre en sus páginas no puede ser una buena obra (comp. Efe. 2:10). Y, además, recordemos que la gloria divina no puede unirse sino a lo que sea completamente conforme con el modelo divino.

Querido lector, acabamos de recorrer juntos las páginas de este libro precioso, y tengo la confianza viva de que hemos recogido algún fruto de nuestro estudio; confío que hemos recogido algunos pensamientos edificantes acerca de Jesús y de su sacrificio, a medida que avanzábamos. Es verdad que nuestros pensamientos más elevados no pueden ser más que mezquinos, y que lo que nosotros percibimos de más profundo, es muy superficial en comparación de la intención de Dios y de su revelación. Es bueno recordar que, por la gracia, estamos en el camino que nos conduce a aquella gloria donde «conoceré perfectamente, como fui conocido» (1 Cor. 13:12), y donde nuestros corazones se ensancharán a la vista de Aquel que es el principio y el fin de todos los caminos de Dios, ya sea en la creación, ya en la providencia o en la redención. A Él, pues, te encomiendo muy afectuosamente querido lector, en espíritu, alma y cuerpo. Mi deseo es que puedas conocer la inmensa dicha de tener tu parte con Cristo, y ser guardado en la esperanza paciente de su venida. Amén.

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