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En desarrollo

Estudios sobre el libro de los Números

En el desierto


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 38

library_books Serie: Pentateuco

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


1 - Introducción

Vamos a emprender el estudio de la cuarta gran división del Pentateuco, los cinco libros de Moisés. Encontraremos que el carácter esencial de este libro es tan manifiesto como el de los tres precedentes, los cuales ya han ocupado nuestra atención. En el libro del Génesis, después de describirse la creación, el diluvio y la dispersión de Babel, tenemos la elección, según Dios, de la simiente de Abraham. En el libro del Éxodo encontramos la redención. El libro del Levítico nos habla de la comunión por medio del culto sacerdotal. En Números observamos la marcha y la lucha en el desierto. Tales son, en estas preciosas porciones de la Inspiración, los temas principales, al lado de los cuales, como es de esperar, se nos presentan otros puntos de gran interés. El Señor, en su gran misericordia, nos ha guiado en el estudio del Génesis, del Éxodo y del Levítico, y podemos contar con él para ser guiados en el examen del libro de los Números. Quiera él dirigir nuestros pensamientos y guiar la pluma a fin de que no expongamos ninguna opinión que no esté absolutamente acorde con su divino pensamiento. ¡Dios permita que cada página y cada párrafo puedan llevar el sello de su aprobación y contribuir, ante todo, a su gloria, y también al provecho del lector!

«Habló Jehová a Moisés en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo de reunión, en el día primero del mes segundo, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, diciendo: Tomad el censo de toda la congregación de los hijos de Israel por sus familias, por las casas de sus padres, con la cuenta de los nombres, todos los varones por sus cabezas. De veinte años arriba, todos los que pueden salir a la guerra en Israel, los contaréis tú y Aarón por sus ejércitos» (cap. 1:1-3).

Aquí nos encontramos, desde el principio, «en el desierto», donde solo se tiene en cuenta a «todos los que pueden salir a la guerra». Esto está expresamente señalado. En el libro del Génesis, la descendencia o simiente de Israel nos es presentada estando aún en los lomos de Abraham. En el libro del Éxodo los israelitas estaban junto a los hornos de ladrillos en Egipto. En el de Levítico estaban reunidos alrededor del tabernáculo del testimonio. En el de Números se les ve en el desierto. O también, desde otro punto de vista, en perfecta consonancia con lo que hemos expuesto y la Biblia lo confirma: en Génesis oímos el llamamiento de Dios en la elección; en Éxodo contemplamos la sangre del Cordero derramada para la redención; en Levítico estamos casi exclusivamente ocupados en el culto y en el servicio del santuario. Pero en cuanto abrimos el libro de los Números nos encontramos con hombres de guerra, ejércitos, banderas, campamentos y trompetas que tocan alarma.

Todo ello es muy característico y nos muestra que el libro de los Números tiene un valor, una importancia y un interés muy particular para el cristiano. Cada libro de la Biblia, cada división del canon inspirado tiene su debido lugar y su objeto determinado. En esta santa galería cada libro tiene, por decirlo así, el casillero asignado por su divino Autor. No debemos abrigar ni por un momento la idea de establecer comparación alguna entre estos libros de la Biblia desde el punto de vista de su valor intrínseco, de su interés y de su importancia. Todo es divino y, por consiguiente, perfecto. El lector cristiano lo cree de todo corazón. Pone reverentemente su sello a la verdad de la plena inspiración de las Santas Escrituras, de todas las Escrituras, del Pentateuco entre estas, y de ningún modo se deja influenciar al respecto por los ataques temerarios e impíos de los incrédulos de la Antigüedad, de la Edad Media o de los tiempos modernos. Los incrédulos y los racionalistas anteponen sus razonamientos profanos, demostrando así su enemistad contra el Libro y contra su Autor, pero el cristiano piadoso descansa, a pesar de todo, en la seguridad bienaventurada y sencilla de que «toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim. 3:16).

Pero, si bien rechazamos enteramente la idea de establecer comparaciones entre los diversos libros de la Biblia, en cuanto a su autoridad y a su valor, podemos, no obstante, comparar con gran provecho el contenido, el objeto y el plan de esos libros. Y cuanto más profundamente meditemos sobre esos puntos, tanto más nos sorprenderemos ante la exquisita belleza, la infinita sabiduría y la maravillosa precisión del Libro entero y de cada una de sus divisiones. El escritor inspirado no se aparta jamás del objeto directo del libro, cualquiera sea ese objeto. En ningún libro de la Biblia se encontrará algo que no esté en perfecta armonía con la intención principal de ese Libro. Si quisiéramos desarrollar y demostrar esta afirmación nos sería preciso recorrer todo el canon de las Santas Escrituras; por lo tanto, no lo intentaremos. El cristiano inteligente no tiene necesidad de esa prueba, por más interesante que resultara para él. Le basta el gran hecho de que el Libro es de Dios, en su totalidad y en cada una de sus partes; su corazón está seguro de que no hay, en ese todo y en cada una de sus partes, ni una jota ni una tilde (Mat. 5:18) que no sea, en todos sus aspectos, digna del divino Autor.

1.1 - La divina inspiración de las Escrituras

Escuchemos las siguientes palabras de alguien que dice estar profundamente convencido de la divina inspiración de las Escrituras, que se ha afirmado en esta convicción por los descubrimientos diarios y crecientes que ha hecho de su plenitud, de su profundidad y de su perfección, y que, por la gracia, se ha vuelto cada vez más sensible a la admirable exactitud de las partes y a la maravillosa armonía del conjunto. Dice ese escritor: “Las Escrituras tienen una fuente viva, un poder viviente ha presidido su composición; de ahí su alcance infinito y la imposibilidad de separar una parte cualquiera de su relación con el todo, ya que un solo Dios es el centro vivo del cual todo fluye; un solo Cristo es el centro viviente alrededor del cual se agrupan todas sus verdades y al cual ellas se refieren aunque con glorias variadas; y un solo Espíritu es la savia divina que lleva el poder desde su fuente en Dios hasta las más pequeñas ramas de la verdad que lo une todo, dando testimonio de la gloria, la gracia y la verdad de Aquel al que Dios presenta como el objeto, el centro y la cabeza de todo lo que está en relación con él mismo; de Aquel que, al mismo tiempo, es Dios sobre todas las cosas, eternamente bendito (Rom. 9:5). Cuanto más hemos seguido esa savia hasta llegar a su centro, desde el cual hemos tendido nuestras miradas a su extensión e irradiaciones, a partir de las últimas ramificaciones de esta revelación de Dios, por la que fuimos alcanzados cuando estábamos lejos de él, tanto más descubrimos su infinidad y nuestra propia debilidad para comprenderla. Aprendemos, bendito sea Dios, que el amor que es la fuente de ella se encuentra en una perfección sin mezcla y en el pleno desenvolvimiento de sus manifestaciones que han llegado hasta nosotros, aun en nuestro estado de ruina. El mismo Dios, perfecto en amor, se muestra en todas sus partes. Pero las revelaciones de la sabiduría divina en los consejos por los que Dios se ha dado a conocer permanecen siempre para nosotros un objeto de investigaciones, en las que cada precioso hallazgo aumenta nuestro entendimiento espiritual y hace que la infinidad del todo, y el modo cómo esa infinidad sobrepasa a todos nuestros pensamientos, nos sean cada vez más evidentes”.

Es muy refrescante transcribir semejantes líneas de alguien que, por espacio de cuarenta años, ha estudiado profundamente las Escrituras. Ellas tienen un valor inapreciable en estos tiempos en que tantos hombres están dispuestos a tratar con desdén al sagrado volumen; y no es que nosotros, en modo alguno, hagamos depender del testimonio humano nuestras conclusiones acerca del origen divino de la Biblia, pues estas conclusiones descansan sobre un fundamento que la misma Biblia nos ofrece. La Palabra de Dios habla por sí misma; se recomienda por sí misma; habla al corazón, alcanza aun las grandes raíces morales de nuestro ser; penetra hasta las más íntimas profundidades de nuestra alma, nos muestra lo que somos; habla como ningún otro libro podría hacerlo. Así como la mujer de Sicar llegó a la conclusión de que Jesús era el Cristo, porque le había dicho todo lo que ella había hecho (Juan 4:29), nosotros también podemos decir respecto de la Biblia: ella nos dice todo lo que hemos hecho, ¿no será la Palabra de Dios? Sin duda; es por la enseñanza del Espíritu que podemos discernir y apreciar la evidencia y las cartas credenciales con las que la Escritura se presenta a nuestros ojos; con todo, ella habla por sí misma y no tiene necesidad del testimonio humano para ser preciosa al alma. No debemos basar nuestra fe en la Biblia sobre un testimonio favorable del hombre, como tampoco debemos permitir que se tambalee cuando un testimonio humano le sea contrario.

Ha sido siempre de la mayor importancia, en todo tiempo, y mucho más en nuestros días, tener el corazón y el espíritu firmemente apoyados en la gran verdad de la autoridad divina de la Santa Escritura, de su plena inspiración, de su completa suficiencia para todas las necesidades, para todas las almas y para todas las épocas. Existen dos influencias hostiles: por un lado, la incredulidad, y por otro, la superstición. La primera niega que Dios nos haya hablado por su Palabra; la segunda admite que nos ha hablado, pero niega que podamos comprender lo que nos dice, a no ser por la interpretación de una iglesia.

Y, mientras muchos retroceden con horror ante la impiedad y la audacia de la incredulidad, no ven que la superstición también les priva completamente de las Escrituras. Y si no, que nos digan en qué consiste la diferencia entre negar que Dios nos haya hablado y negar que podamos comprender lo que nos dice. Tanto en un caso como en otro ¿no se nos priva de la Palabra de Dios? Sin duda alguna. Si Dios no puede hacerme comprender lo que dice, si no puede darme la seguridad de que es él mismo quien habla, es como si él no me hubiese hablado en absoluto. Si la Palabra de Dios no es suficiente sin la interpretación humana, entonces en ningún modo puede ser la Palabra de Dios. Una de dos: o Dios no ha hablado en absoluto, o ha hablado y su Palabra es perfecta. No hay otra alternativa: es necesario decidirse por una u otra de esas afirmaciones. ¿Nos ha dado Dios una revelación? La incredulidad dice: «No». La superstición dice: «Sí, pero no puedo comprenderla sin la autoridad religiosa». Tanto en un caso como en otro nos vemos privados del inestimable tesoro de la preciosa Palabra de Dios, y de este modo la incredulidad y la superstición, tan diferentes en apariencia, convergen en un solo punto: privarnos de la revelación divina.

Mas, bendito sea Dios por habernos dado una revelación. Él ha hablado, y su palabra puede llegar al corazón y al entendimiento. Dios puede dar la certeza de que es él quien habla, y para ello no tenemos necesidad de ninguna intervención de autoridad humana. No necesitamos de ninguna candileja para ver que el sol resplandece. Los rayos de ese glorioso astro tienen bastante luz por sí mismos como para que sea necesario pretender ayudarles con tan mísero recurso. No tenemos más que ponernos al sol para quedar convencidos de que brilla. Si nos ponemos bajo techo o en un subterráneo, es seguro que no sentiremos su influencia. Exactamente igual sucede con la Escritura: si nos colocamos bajo las influencias glaciales y tenebrosas de la superstición o de la incredulidad, no experimentaremos el poder luminoso y fecundo de esta divina revelación.

2 - Capítulo 1

2.1 - La genealogía

Después de estas breves consideraciones sobre el conjunto del volumen divino, vamos a entrar en el estudio del libro que ahora debe ocuparnos. En el capítulo 1 encontramos la declaración de la genealogía; en el capítulo 2 el reconocimiento de la bandera. «Tomaron, pues, Moisés y Aarón a estos varones que fueron designados por sus nombres, y reunieron a toda la congregación en el día primero del mes segundo, y fueron agrupados por familias (o genealogía), según las casas de sus padres, conforme a la cuenta de los nombres por cabeza, de veinte años arriba. Como Jehová lo había mandado a Moisés, los contó en el desierto de Sinaí» (cap. 1:17-19).

2.2 - ¿Puedo yo declarar mi genealogía o mi filiación?

¿Hay aquí alguna palabra para nosotros, alguna lección espiritual para nuestra inteligencia? Seguramente. En primer lugar, estas líneas sugieren al lector la importante pregunta que hemos formulado en el subtítulo de esta página. Hay grandes motivos para temer que existen cientos y aun miles de cristianos nominales que son incapaces de hacerlo. No pueden decir con sinceridad y de un modo positivo: «Ahora somos hijos de Dios» (1 Juan 3:2). «Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». «Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa» (Gál. 3:26, 29). «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios». «El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Rom. 8:14, 16).

Esta es la «genealogía» del cristiano, y es su privilegio poder declararla. Es nacido de lo alto, nacido de nuevo, nacido de agua y del Espíritu, es decir, por la Palabra y por el Espíritu Santo (compárense cuidadosamente con Juan 3:5; Sant. 1:18; 1 Pe. 1:23; Efe. 5:26). El cristiano hace remontar su genealogía directamente a un Cristo resucitado y elevado a la gloria. Tal es la genealogía cristiana.

Cuando se trata de nuestra filiación natural, si nos remontamos a su origen y la declaramos lealmente, tenemos que ver y reconocer que provenimos de un tronco en ruinas. Nuestra familia está caída, nuestros bienes están perdidos, aun nuestra sangre está corrompida, estamos irremisiblemente arruinados. Jamás podremos recuperar nuestra posición original; nuestro primer estado y la herencia que conllevaba están irrecuperablemente perdidos. Un hombre puede trazar su línea genealógica a través de una estirpe de nobles, de príncipes y de reyes, pero si quiere declarar francamente su genealogía, solo podrá llegar a un jefe caído, arruinado, desterrado. Es necesario remontarse hasta el origen de una cosa si queremos saber lo que ella es realmente. Así es como Dios ve las cosas y las juzga; y es necesario que pensemos como él si queremos juzgar rectamente. El juicio que Dios emite acerca de los hombres y de las cosas permanece eternamente. El juicio del hombre es efímero, no es más que de un día; y, por consiguiente, según la apreciación de la fe y del buen sentido, «Para mí, en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por un tribunal humano» (1 Cor. 4:3). ¡Oh, qué pequeñez! ¡Que podamos sentir más profundamente cuán poco importa ser juzgados por el hombre! ¡Quiera Dios que cada día podamos comprender mejor la debilidad de ese juicio! Eso nos daría una santa dignidad que nos colocaría por encima de la escena que atravesamos. ¿Qué es el rango en esta vida presente? ¿Qué importancia puede otorgarse a una genealogía que, fielmente trazada y cabalmente declarada, se remonta a un tronco arruinado? Un hombre puede estar orgulloso de su nacimiento si no tiene en cuenta su origen primitivo: «En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5). Este es el origen del hombre, tal su nacimiento. ¿Quién podrá enorgullecerse de semejante origen? ¿Quién, sino aquel a quien el dios de este mundo haya cegado el entendimiento?

¡Qué diferencia con el cristiano! Su filiación es celestial. Su árbol genealógico tiene sus raíces en el suelo de la nueva creación. La muerte jamás puede truncar esa genealogía, pues es la resurrección la que la ha formado. Conviene estar prevenidos en lo concerniente a esta cuestión, y es muy importante que el lector comprenda claramente este punto fundamental. Podemos ver fácilmente, en este primer capítulo de Números, cuán esencial era que cada miembro de la congregación de Israel pudiese declarar su filiación. La incertidumbre al respecto habría sido funesta; habría producido una desesperante confusión; habría excluido de la nación de Israel a un hijo de Abraham. Difícilmente podemos imaginarnos a un israelita que, llamado a declarar su genealogía, se expresara en los términos dudosos de muchos cristianos de nuestros días. No podemos imaginarlo diciendo: “¿Qué diré? No estoy muy seguro de ello. A veces tengo la esperanza de pertenecer a la raza del cielo, pero en ocasiones temo no formar parte de la congregación del Señor. Estoy en dudas y sin luz”. ¿Podemos concebir algo así? Seguro que no. Menos aun podríamos imaginar que alguien sostuviera la absurda idea de que nadie podría estar seguro de ser o no ser un verdadero israelita antes del día del juicio.

Podemos estar seguros de que semejantes ideas, razonamientos, temores, dudas y cuestiones eran desconocidos entre los israelitas. Cada miembro de la congregación era llamado a declarar su genealogía antes de ocupar su puesto en las filas como un hombre de guerra. Cada uno podía decir como Saulo de Tarso: «Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel» (Fil. 3:5). Todo estaba determinado y perfectamente establecido para el momento de ponerse en marcha y combatir en el desierto.

Ahora bien, tenemos derecho a preguntar: Si un judío podía estar seguro de su genealogía, ¿por qué un cristiano no podrá estarlo de la suya? Lector, examine esta cuestión; si usted forma parte de esa numerosa clase de personas que nunca pueden llegar a la bendita certidumbre de su linaje celestial, de su nacimiento espiritual, reflexione, se lo rogamos, y permítanos hablarle de este importante tema. Es probable que usted se pregunte: “¿Cómo puedo estar seguro de que realmente soy un hijo de Dios, un miembro del Cuerpo de Cristo, nacido de la Palabra y por el Espíritu de Dios? ¡Lo daría todo por tener esa seguridad!”.

Pues bien, deseamos vivamente ayudarle a resolver esta cuestión, ya que el objetivo principal que nos hemos propuesto al escribir este comentario es ayudar a las almas intranquilas, respondiendo sus preguntas en la medida en que el Señor nos dé capacidad para ello, resolviendo sus dificultades y apartando de su camino las piedras de tropiezo.

Ante todo, notemos un rasgo característico que pertenece a todos los hijos de Dios, sin excepción. Es un rasgo sencillo, pero muy precioso. Si no lo poseemos, seguramente no somos de origen celestial; en cambio si lo poseemos, podremos declarar nuestra genealogía sin ninguna dificultad ni reserva. Y ¿cuál es ese rasgo? ¿Cuál es ese gran carácter de familia? Nuestro Señor Jesucristo nos lo indica. Él nos dice que «la sabiduría es justificada por todos sus hijos» (Lucas 7:35; Mat. 11:19). Todos los hijos de la Sabiduría, desde los días de Abel hasta el momento actual, se han distinguido por ese gran rasgo de familia, y no hay ni una sola excepción. Todos los hijos de Dios, todos los hijos de la Sabiduría, siempre han hecho visible, en alguna medida, ese rasgo moral: han justificado a Dios.

2.3 - Justificar a Dios

Que el lector considere esta declaración. Quizás encuentre difícil comprender qué significa «justificar a Dios», pero uno o dos pasajes de la Escritura lo aclararán perfectamente, según esperamos. En Lucas 7 leemos: «Al oír esto, todo el pueblo y los cobradores de impuestos justificaron a Dios, habiendo sido bautizados con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la ley rechazaron el propósito de Dios para con ellos, no habiendo sido bautizados por Juan» (v. 29-30). Aquí tenemos las dos generaciones, por decirlo así, frente a frente. Los publicanos que justificaban a Dios y se condenaban a sí mismos; y los fariseos que se justificaban a sí mismos y juzgaban a Dios. Los primeros se sometían al bautismo de Juan, el bautismo de arrepentimiento; los segundos rehusaban ese bautismo, rehusaban arrepentirse, humillarse y condenarse a sí mismos.

Aquí tenemos, pues, las dos grandes clases en que se ha dividido la familia humana, desde los días de Abel y Caín hasta nuestros días. Con ello tenemos también una prueba muy sencilla para demostrar nuestra «genealogía». ¿Hemos tomado el lugar en el cual nos condenamos a nosotros mismos? ¿Nos hemos postrado ante Dios con verdadero arrepentimiento? Esto es lo que justifica a Dios. Los dos hechos van unidos, y en realidad no son sino una sola y misma cosa. El hombre que se condena a sí mismo justifica a Dios, y el que justifica a Dios se condena a sí mismo. Por otra parte, el hombre que se justifica a sí mismo juzga a Dios, y el que juzga a Dios se justifica a sí mismo.

Así sucede en todos los casos. Además, se puede observar que en cuanto uno se coloca en el terreno del arrepentimiento y de la condenación de sí mismo, Dios toma el sitio de Aquel que justifica. Dios justifica siempre a los que se condenan a sí mismos. Todos sus hijos lo justifican y él justifica a todos sus hijos. En cuanto David hubo dicho: «Pequé contra Jehová», le fue respondido: «También Jehová ha remitido tu pecado» (2 Sam. 12:13). El perdón de Dios sigue inmediatamente a la confesión del hombre.

De ello resulta que nada puede ser más insensato por parte de una persona que justificarse a sí misma, ya que es necesario que Dios sea justificado en sus palabras y que gane la causa cuando sea juzgado (comp. Sal. 51:4; Rom. 3:4). Dios debe predominar al final, y entonces se verá claramente lo que vale toda justificación personal. Por consiguiente, lo más sabio es condenarse a sí mismo; esto es lo que hacen todos los hijos de la Sabiduría. No hay nada más característico en los verdaderos miembros de la familia de la Sabiduría que el hábito y el espíritu de juzgarse a sí mismos. Mientras que, al contrario, nada da a conocer mejor a los que no pertenecen a esta familia que un espíritu de justificación propia.

Estos pensamientos son dignos de la más seria reflexión. El hombre natural censurará a todo el mundo excepto a sí mismo. Pero donde obra la gracia, hay disposición a juzgarse a sí mismo y a tomar una posición humilde. En eso consiste el verdadero secreto de la bendición y la paz. Todos los hijos de Dios que se han mantenido en ese terreno bendito, han manifestado ese bello rasgo moral y han alcanzado ese importante resultado. No encontraremos una sola excepción a esta regla en toda la historia de la bienaventurada familia de la Sabiduría, y con toda seguridad podemos decir que, si el lector ha sido llevado verdadera y fielmente a reconocerse perdido, a condenarse a sí mismo, a tomar el sitio del verdadero arrepentimiento, es entonces uno de los hijos de la Sabiduría y en adelante puede declarar su «genealogía» con firmeza y seguridad.

Queremos insistir sobre este punto desde un principio. Es imposible, para quienquiera que sea, reconocer la verdadera «bandera» y reunirse bajo ella si no puede declarar claramente su genealogía. En otras palabras, es imposible tomar una verdadera posición en el desierto mientras haya alguna duda en cuanto a esta importante cuestión. ¿Cómo habría podido un israelita de aquel tiempo ocupar su puesto en la congregación, engrosar las filas del ejército y avanzar por el desierto si no hubiese podido declarar claramente su genealogía? Eso habría sido imposible. Otro tanto le sucede al cristiano de nuestros días. No puede contar con ningún progreso en la vida del desierto, ni con el éxito en el combate espiritual, si desconoce su genealogía espiritual. Es preciso que se pueda decir: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida»; «sabemos que nosotros somos de Dios»; «nosotros hemos creído y sabemos» (1 Juan 3:14; 5:19; Juan 6:69), para poder progresar en la vida y en la marcha cristiana.

Lector, ¿puede usted declarar su genealogía? ¿Ha definido perfectamente este asunto en su vida? ¿Está convencido de ello hasta lo más profundo de su alma? Cuando está a solas con Dios, ¿es esta una cuestión ya resuelta entre usted y él? Examínelo y considérelo. Asegúrese de ello. No trate con ligereza este asunto. No se apoye en una simple profesión. No diga en su interior: “Soy miembro de tal iglesia; tomo la cena del Señor; admito tales y tales doctrinas; he sido educado en la piedad; llevo una vida moral más o menos buena; a nadie he hecho mal; leo la Biblia y oro; no descuido el culto familiar; sostengo con liberalidad obras benéficas y religiosas”. Todo esto puede ser cierto y, no obstante, tal vez no tenga ni una pizca de divino, ni un solo rayo de luz celestial. Ninguna de estas cosas, ni siquiera todas reunidas, podrían ser aceptadas como una declaración de genealogía espiritual. Es preciso que sea el Espíritu quien dé testimonio de que usted es hijo de Dios, y este testimonio acompaña siempre a la sencilla fe en el Señor Jesucristo. «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo» (1 Juan 5:10). De ningún modo se trata de buscar testimonios en su propio corazón. No se trata de que usted se base en formalidades, en sentimientos y en experiencias. Nada de eso. Lo que necesita es una fe sencilla en Cristo, poseer la vida eterna en el Hijo de Dios, tener el sello imperecedero del Espíritu Santo y creer en Dios sin objeciones, sobre la base de su Palabra. «En verdad, en verdad os digo, que quien oye mi palabra, y cree a aquel que me envió, tiene vida eterna, y no entre en condenación, sino que ha pasado ya de muerte a vida» (Juan 5:24).

2.4 - El combate del cristiano

He aquí la verdadera manera de declarar su genealogía; y es necesario poder declararla antes de «salir a la guerra». No queremos decir con ello que usted no pueda ser salvo sin esa declaración. Dios nos guarde de semejante pensamiento. Creemos que existen muchos verdaderos hijos de Dios (israelitas en el sentido espiritual) que no pueden declarar su genealogía. Pero preguntamos: ¿Están ellos preparados para ir a la guerra? ¿Son valerosos soldados de Cristo? Lejos de ello. No saben ni siquiera qué es una verdadera lucha; al contrario, las personas de esta clase suelen tomar sus dudas y temores, sus momentos de desmayo y de tristeza como si fuesen los verdaderos combates del cristiano. Este es uno de los errores más graves, pero, lamentablemente, también uno de los más frecuentes. A menudo se encuentran personas con poco ánimo, entenebrecido y legalista, que procuran justificar su estado diciendo que este es el terreno de la lucha cristiana, mientras que, según el Nuevo Testamento, la verdadera lucha del cristiano, o el combate, se sostiene en una región donde los temores y las dudas son desconocidos. Cuando nos mantenemos en la luz pura de la plena salvación de Dios, apoyados en un Cristo resucitado, entonces entramos realmente en el combate que nos es propio como cristianos. ¿Debemos suponer por un instante que nuestras luchas bajo la ley, nuestra culpable incredulidad, nuestra oposición a someternos a la justicia de Dios, nuestras dudas y razonamientos puedan ser considerados como una lucha cristiana? De ningún modo. Todas esas cosas deben considerarse como una lucha contra Dios; mientras que la lucha del cristiano es contra Satanás. «Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores del mundo de las tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales» (Efe. 6:12).

Esta es la lucha cristiana. ¿Pueden sostener semejante lucha los que continuamente dudan si son cristianos o no? No lo creemos. ¿Podríamos imaginar a un israelita luchando contra Amalec en el desierto, o contra los cananeos en la tierra prometida, si fuera incapaz de declarar su «genealogía» o de reconocer su «bandera»? No, eso es inconcebible. Todo miembro de la congregación que podía salir a la guerra estaba perfectamente claro y bien fundamentado sobre ambos aspectos. Además, no habría podido salir si no lo hubiese estado.

Mientras consideramos el importante asunto de la lucha del cristiano, conviene dirigir la atención del lector a las tres porciones del Nuevo Testamento donde se nos presenta dicho combate bajo tres aspectos diferentes; estas son: Romanos 7:7-24; Gálatas 5:17; Efesios 6:10-17. Si el lector tiene a bien leer esos pasajes, procuraremos señalarle el verdadero carácter de esa lucha.

2.5 - La nueva naturaleza sin el poder del Espíritu (Romanos 7)

En Romanos 7:7-24 tenemos la lucha de un alma convertida pero no liberada; de una persona regenerada pero sometida a la ley. La prueba de que ahí tenemos un alma convertida se funda en palabras tales como: «Pues lo que obro, no lo entiendo» (v. 15); «el querer hacerlo [el bien] está en mí» (v. 18); «porque me deleito en la ley de Dios, según el hombre interior» (v. 22). Solo una persona nacida de nuevo puede hablar así. La desaprobación del mal, la voluntad de hacer el bien, el deleite interior por la ley de Dios, todas esas cosas son las señales distintivas de la nueva vida, los preciosos frutos del nuevo nacimiento o regeneración. Ninguna persona inconversa podría en verdad emplear tal lenguaje.

Mas, por otro lado, la prueba de que en este pasaje tenemos un alma que no está plenamente liberada, que no goza de una liberación cumplida ni conoce la victoria y la posesión de un poder espiritual, la encontramos en las siguientes palabras: «Pero yo soy carnal, vendido al poder del pecado» (v. 14). «Porque lo que practico no es lo que quiero, sino lo que odio, eso hago» (v. 15). «¡Soy un hombre miserable! ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?» (v. 24). Ahora bien, nosotros sabemos que un cristiano no es «carnal», sino espiritual; no está «vendido al pecado», sino rescatado de su poder; no es un hombre «miserable» que suspira por la liberación, sino un hombre feliz que tiene la convicción de su liberación. No es un débil esclavo, incapaz de hacer el bien, siempre arrastrado a hacer el mal, sino un hombre libre, dotado de poder por el Espíritu Santo, y que está en condiciones de decir: «Todo lo puedo en aquel [Cristo] que me fortalece» (Fil. 4:13).

No podemos, en estos momentos, extendernos para formular una completa exposición de este importante pasaje de la Escritura; nos limitaremos a ofrecer uno o dos pensamientos que podrán ayudar al lector a comprender su objeto y su alcance. Sabemos perfectamente que muchos cristianos difieren de opinión en cuanto al sentido de este capítulo 7 de Romanos. Algunos niegan que represente los ejercicios de un alma regenerada; otros sostienen que expone las experiencias propias de un cristiano. Nosotros no podemos admitir ninguna de estas conclusiones. Creemos que este capítulo describe los ejercicios de un alma verdaderamente nacida de nuevo, pero que todavía no ha alcanzado la libertad por el conocimiento de su unión con un Cristo resucitado, y por el poder del Espíritu Santo. Miles de cristianos están actualmente en la situación que nos describe el capítulo 7 de Romanos, pero su posición real es la que se describe en el capítulo 8. En cuanto a su experiencia, aún están bajo la ley. No se ven sellados por el Espíritu Santo. Todavía no gozan de una plena victoria en un Cristo resucitado y glorificado. Aún abrigan dudas y temores, siempre están dispuestos a exclamar: «¡Soy un hombre miserable! ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?» Pero un cristiano, ¿no está acaso liberado? ¿No es salvo? ¿No fue hecho acepto en el Amado Hijo de Dios? ¿No está sellado con el Espíritu Santo de la promesa? ¿No está unido a Cristo? ¿No debería saber todo esto, proclamarlo y regocijarse en ello? Indudablemente que sí. Por lo tanto, no está en la posición del capítulo 7 de Romanos. Tiene el privilegio de entonar el cántico de la victoria junto al vacío sepulcro de Jesús, y de andar en la santa libertad «Cristo nos hizo libres» (Gál. 5:1). El capítulo 7 de la Epístola a los Romanos no habla en absoluto de la libertad, sino de la esclavitud; excepto, por cierto, el final, cuando el alma puede decir: «Doy gracias a Dios» (v. 25). Sin duda, puede ser muy útil pasar por todo lo que aquí está detallado con tan maravilloso poder; y, además, es preciso declarar que preferiríamos encontrarnos francamente en el capítulo 7 de la Epístola a los Romanos que estar falsamente en el capítulo 8. Pero todo esto deja intacta la cuestión de la aplicación particular sobre este interesante pasaje de la Escritura.

2.6 - La nueva naturaleza con el poder del Espíritu (Gálatas 5)

Echemos ahora una ojeada a la lucha descrita en Gálatas 5:17: «Porque lo que desea la carne es contrario al Espíritu, y lo que desea el Espíritu es contrario a la carne; pues estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que deseáis». Este pasaje a menudo se cita como presentando una continua derrota, cuando realmente contiene el secreto de una perpetua victoria. En el versículo 16 leemos: «Andad en el Espíritu, y no deis satisfacción a los deseos de la carne». Esto lo aclara todo. La presencia del Espíritu Santo nos asegura el poder. Estamos convencidos de que Dios es más fuerte que «la carne», y, por lo tanto, cuando él combate a nuestro lado, el triunfo es seguro. Nótese asimismo que en Gálatas 5:17 no se habla del combate entre las dos naturalezas, la vieja y la nueva, sino entre el Espíritu Santo y la carne; por eso se añade: «Para que no hagáis lo que deseáis». Si el Espíritu Santo no habitara en nosotros, sin duda satisfaríamos la codicia de la carne; pero como está en nosotros para librar el combate, no estamos obligados a hacer el mal, sino felizmente capacitados para hacer el bien.

Esto muestra precisamente la diferencia entre Romanos 7:14-15 y Gálatas 5:17. En el primer pasaje tenemos la nueva naturaleza sin el poder del Espíritu morando en nosotros; en el segundo tenemos no solo la nueva naturaleza, sino también el poder del Espíritu Santo.

No olvidemos que la nueva naturaleza está en el creyente en un estado de dependencia. Ella depende del Espíritu en cuanto al poder, y depende de la Palabra en cuanto a la dirección. Pero es evidente que el poder se manifiesta donde está el Espíritu Santo. Este puede estar contristado o impedido, pero en Gálatas 5:16 se enseña claramente que, si andamos en el Espíritu, obtenemos una victoria segura y constante sobre la carne; por lo tanto, sería un grave error citar Gálatas 5:17 para apoyar una conducta débil y carnal.

2.7 - El cristiano y las huestes espirituales de maldad (Efesios 6)

Ahora haremos un breve comentario sobre el pasaje de Efesios 6:10-17. Aquí tenemos la lucha del cristiano contra las huestes espirituales de maldad que están en las regiones celestiales. La Iglesia es del cielo y debería tener siempre una marcha y conducta celestiales. Este debería ser nuestro objetivo constante: mantener nuestra posición celestial, pararnos firmemente en nuestra herencia celestial y permanecer en ella. El diablo procura evitarlo por todos los medios; y esto ocasiona la lucha y hace que tengamos la «armadura de Dios» (v. 11, 13), la única por la cual podemos resistir a nuestro poderoso enemigo espiritual.

No podemos detenernos en consideraciones acerca de esa armadura; solo hemos querido llamar la atención del lector sobre estos tres pasajes de la Escritura, a fin de que pueda conocer, bajo todos sus aspectos, el tema de la lucha en relación con el comienzo del libro de los Números. Nada puede ser más interesante; y no alcanzamos a apreciar bastante la importancia de tener claridad en cuanto a la verdadera naturaleza de ese combate y el terreno en el cual se libra. Si vamos a la guerra sin saber por qué peleamos, y no estamos seguros de que nuestra «genealogía» está en regla, pocos progresos haremos contra el enemigo.

3 - Capítulo 2

3.1 - La bandera

Como ya lo hemos hecho notar, había otra cosa igualmente necesaria para el guerrero, además de la declaración exacta de su genealogía: era el reconocimiento de su bandera. Ambas cosas eran esenciales para la marcha y el combate en el desierto. Por otra parte, eran inseparables. Si un hombre no conocía su filiación, tampoco podía reconocer su bandera, lo cual hubiera ocasionado a todos una desesperante confusión. En vez de marchar hacia adelante guardando cada uno su posición en las filas, se hubieran atravesado unos en el camino de los otros y, por consiguiente, hubieran obstaculizado la ruta. Cada uno debía conocer su puesto y ocuparlo, conocer su bandera y agruparse bajo ella. Así avanzaban juntos; había progresos, la obra estaba hecha y el combate era sostenido. El benjamita tenía su puesto, el efraimita el suyo. El uno no tenía por qué atravesar el camino del otro, ni obstruirlo. Así era para todas las tribus en el campamento del Israel de Dios. Cada cual tenía su genealogía, su bandera y su puesto; ni lo uno ni lo otro dependía de los pensamientos individuales; todo estaba dispuesto por Dios. Él daba la genealogía y asignaba la bandera; no había por qué comparar a un israelita con otro; no había nada que pudiera provocar celos entre ellos; cada uno tenía su puesto que ocupar y su obra que hacer; había bastante trabajo y sitio para todos. Se presentaba a la vez la más grande variedad y la más perfecta unidad. «Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su bandera, bajo las enseñas de las casas de sus padres». «E hicieron los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová mandó a Moisés; así acamparon por sus banderas, y así marcharon cada uno por sus familias, según las casas de sus padres» (cap. 2:2, 34).

De modo que tanto en el campamento de entonces como en la Iglesia de hoy podemos ver que «Dios no es Dios de desorden» (1 Cor. 14:33). Nada podía estar dispuesto con más exactitud que los cuatro campamentos, compuesto cada uno de tres tribus que formaban un cuadrado perfecto, llevando la bandera correspondiente en sus lados. «Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su bandera… alrededor del tabernáculo de reunión acamparán». El Dios de los ejércitos de Israel sabía cómo disponer sus tropas. Sería un gran error suponer que los guerreros de Dios no estaban ordenados según el más perfecto sistema de táctica militar. Podemos gloriarnos de nuestros progresos en las artes y las ciencias, e imaginarnos que el ejército de Israel, comparado con lo que podemos ver en nuestros días, presentaba un aspecto desordenado y de extraña confusión. Pero no es más que un pensamiento arrogante. Podemos estar seguros de que el campamento de Israel estaba ordenado y dispuesto de la manera más perfecta, y esto por una razón muy sencilla y concluyente: porque estaba ordenado y dispuesto por la mano de Dios. Que sepamos que Dios ha hecho todas las cosas, y concluyamos, con la mayor seguridad, que todo ha sido hecho perfectamente.

Este es un principio muy sencillo, pero de mucha bendición. Naturalmente que no satisfará al incrédulo o al escéptico, pero a ellos, ¿qué podría satisfacerlos? La consigna y la prerrogativa del escéptico consisten en dudar de todo, no creer nada. Lo mide todo según su propia medida, y rechaza todo lo que no puede conciliar con sus propias ideas. Establece sus premisas con una asombrosa sangre fría y, acto seguido, deduce las conclusiones. Pero si las premisas son falsas, las deducciones deben serlo igualmente. El rasgo que acompaña invariablemente las premisas de todos los escépticos, los racionalistas y los incrédulos consiste en excluir siempre a Dios, de donde se deduce que todas sus conclusiones deben ser falsas. En cambio, el humilde creyente, toma como punto de partida el primer y gran principio de que Dios es, y no solo que es, sino que tiene una relación con su criatura, que se interesa en los asuntos de los hombres y se ocupa de ellos.

¡Qué consuelo para el cristiano! Sin embargo, la incredulidad no acepta esto en absoluto. Introducir a Dios es trastornar los razonamientos de los escépticos, pues todos ellos se basan en la completa exclusión de Dios.

Sea como sea, ahora escribimos no para combatir a los incrédulos, sino para edificación de los creyentes. No obstante, conviene llamar la atención sobre el estado de completa corrupción de todo el sistema de la incredulidad, lo cual demuestra, con claridad y fuerza suficientes, el hecho de que dicho sistema descansa enteramente en la exclusión de Dios. Si este hecho es bien comprendido, el sistema entero se desploma. Si creemos que Dios es, entonces es preciso que cada cosa sea considerada en relación con él. Es necesario que veamos todo desde su punto de vista. Pero esto no es todo. Si creemos que Dios es, debemos creer también que el hombre no puede juzgarlo. Solo Dios debe ser el juez del bien y del mal, de lo que es digno de Él y de lo que no lo es. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios. Si en verdad Dios es y nos ha dado una revelación, entonces esa revelación no puede ser juzgada por la razón humana. Está fuera y por encima de las decisiones de semejante tribunal. ¡Qué pretensión querer juzgar la Palabra de Dios por las reglas del cálculo humano! Y, sin embargo, eso es precisamente lo que se ha hecho en nuestros días con el precioso libro de los Números, el cual estamos estudiando, dejando de lado la incredulidad y su aritmética.

3.2 - El libro y el alma

Consideramos que es muy necesario, en nuestras notas y reflexiones sobre este libro, lo mismo que sobre los demás, recordar dos cosas, a saber: primero el libro y luego el alma. El libro y su contenido, el alma y sus necesidades. Es de temer que, al estar preocupados por el primero, olvidemos la segunda. Por otra parte, es de temer igualmente que, absortos en lo concerniente al alma, olvidemos el libro. Necesitamos ocuparnos paralelamente de ambos. Podemos decir que lo que constituye un ministerio eficaz, sea escrito u oral, es el acuerdo juicioso entre estas dos cosas. Hay ministros que estudian la Palabra con mucho cuidado y tal vez muy profundamente. Están versados en los conocimientos de la Biblia; han bebido ampliamente en la fuente de Inspiración. Todo esto es muy importante y valioso, sin ello cualquier ministerio sería estéril. Si un hombre no estudia la Biblia con cuidado y oración, poco podrá dar a sus lectores o a sus oyentes, al menos poco que sea digno de ser aceptado. Los que trabajan en la Palabra de Dios deben cavar por sí mismos, y cavar profundamente.

Pero acto seguido debe considerarse el alma, tener en cuenta su estado y satisfacer sus necesidades. Si esto se pierde de vista, la enseñanza carecerá de efecto y de poder. No tendrá nada de incisivo, de penetrante. Será ineficaz y sin fruto. En otras palabras, es necesario que ambas cosas sean reunidas, combinadas y bien proporcionadas. Si alguien se limita a estudiar el libro, no sería práctico, e igualmente, quien se dedique únicamente al estudio del alma, estaría desprevenido; pero el que estudia debidamente ambas cosas será un buen ministro de Jesucristo.

Nosotros deseamos, según nuestra capacidad, ser esto último para el lector; y, por tanto, a medida que avancemos en el estudio de este admirable libro, queremos no solo resaltar sus bellezas morales y desarrollar sus santas lecciones, sino también sentirnos constantemente convencidos de que nuestro deber es plantear de vez en cuando alguna pregunta al lector, sea quien fuere, para inducirle a examinar hasta qué punto aprende esas lecciones y aprecia esas bellezas. Esperamos que el lector no ponga objeción a nuestra intención; por consiguiente, antes de terminar esta primera sección, deseamos dirigirle una o dos preguntas relacionadas con ella.

3.3 - Algunas consideraciones prácticas

Para empezar, querido amigo, ¿está usted bien enterado y seguro respecto a su «genealogía»? ¿Está seguro de hallarse del lado del Señor? No deje esta gran cuestión, se lo suplicamos, sin haberla resuelto. Ya se lo hemos preguntado y volvemos a hacerlo una vez más. ¿Conoce usted su filiación espiritual y puede declararla? Es la primera condición para ser soldado de Dios. Es inútil pensar en formar parte del ejército militante mientras no se tenga seguridad acerca de este punto. En ningún modo queremos decir que un hombre no pueda ser salvo sin ello. Lejos de nosotros tal idea. Pero no puede ocupar su puesto en las filas como guerrero. No puede combatir contra el mundo, la carne y el diablo, mientras tenga dudas y temores respecto a su pertenencia a la verdadera familia espiritual. Para que haya algún progreso, para que haya esa decisión tan indispensable en un guerrero cristiano, es necesario que pueda decirse: «Sabemos que hemos pasado de muerte a vida» (1 Juan 3:14), «sabemos que nosotros somos de Dios» (1 Juan 5:19).

Este es el lenguaje que conviene a un combatiente. Ningún hombre del poderoso ejército que se agrupaba alrededor del «tabernáculo de reunión» hubiera podido comprender que existiese una sola duda, ni la sombra de ella, respecto a su propia genealogía. Seguramente habría sonreído si alguien hubiese formulado alguna pregunta al respecto. Cada uno de aquellos seiscientos mil hombres sabía bien de dónde procedía y, por lo tanto, qué sitio debía ocupar. Lo mismo sucede en nuestro tiempo con el ejército militante de Dios. Es necesario que cada uno de sus miembros posea la más completa certidumbre en cuanto a su filiación, pues de lo contrario no podrá sostenerse en la batalla.

Veamos seguidamente la «bandera». ¿Qué es? ¿Es una doctrina? No. ¿Es un sistema teológico? No. ¿Es un reglamento eclesiástico? No. ¿Es quizás un sistema de ordenanzas, de ritos o de ceremonias? Nada de eso. Los soldados de Dios no combaten bajo ninguna bandera semejante. ¿Cuál es, pues, el estandarte de esa milicia de Dios? Escuchémoslo y recordémoslo: es Cristo. Este es el único estandarte de Dios y de esta tropa de guerra que acampa en el desierto del mundo para sostener la lucha contra los ejércitos del mal y para librar las batallas del Señor. Cristo es el estandarte para todas las cosas. Si tuviéramos otro, seríamos incapaces de sostener la lucha espiritual a la que somos llamados. ¿Debemos, como cristianos, batallar por un sistema teológico o una organización eclesiástica? ¿Qué importancia tienen a nuestros ojos las ordenanzas, las ceremonias o las observaciones ritualistas? ¿Iremos al combate bajo tales banderas? ¡Dios no lo quiera! Nuestra teología es la Biblia. Nuestra organización eclesiástica es únicamente el Cuerpo formado por la presencia del Espíritu Santo y unido a la Cabeza viviente y exaltada en los cielos. Luchar para obtener algo inferior está por debajo de los atributos de un guerrero cristiano.

¡Lástima que haya tantas personas que profesan pertenecer a la Iglesia de Dios y, olvidando su propia bandera, combaten bajo otras insignias! Podemos estar seguros de que esto produce debilitamiento, falsea el testimonio y detiene los progresos. Si queremos mantenernos firmes en el día de la batalla, es preciso que no conozcamos otro estandarte que Cristo y su Palabra, la Palabra viviente y la palabra escrita. En esto estriba nuestra seguridad frente a nuestros enemigos espirituales. Cuanto más unidos nos mantengamos a Cristo y solo a él, tanto más fuertes seremos y más seguros estaremos. Tenerlo como un perfecto abrigo ante nuestros ojos, mantenernos a su lado, unidos a él, es nuestra mayor salvaguardia moral. «Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su bandera, bajo las enseñas de las casas de sus padres» (v. 2).

¡Oh, que sea así también en todo el ejército de la Iglesia de Dios! ¡Que pueda dejarse todo de lado por Cristo! ¡Que él baste a nuestros corazones! Como nosotros hacemos remontar nuestra genealogía hasta él, que su nombre esté escrito en el estandarte alrededor del cual nos reunimos en el desierto que atravesamos para llegar a nuestra casa, a nuestro descanso eterno en lo alto. Lector, vele al respecto, se lo rogamos; que no haya ni una jota ni una tilde inscritas en su estandarte que no sea el nombre de Jesucristo, ese nombre que es sobre todo nombre y que aún habrá de ser exaltado eternamente en el vasto universo de Dios.

3.4 - Dios está en medio de su pueblo

¡Qué maravilloso espectáculo presentaba el campamento de Israel en ese desierto árido donde solo había aullidos y desolación! ¡Qué espectáculo para los ángeles, para los hombres y para los demonios! La mirada de Dios estaba fija en él; su presencia estaba allí; habitaba en medio de su pueblo militante; allí había establecido su morada. No la halló, no podía hallarla en medio de los esplendores de Egipto, de Asiria o de Babilonia. Sin duda que aquellos países ofrecían a los ojos de la carne todo lo que para ellos tenía atractivo. Las artes y las ciencias florecían en ellos. Allí la civilización había alcanzado un grado mucho más alto de lo que estamos dispuestos a admitir. El refinamiento y el lujo probablemente alcanzaron unos niveles tan altos como hoy ansían alcanzar algunos.

Pero, recordémoslo, Jehová no era conocido por esos pueblos. Su nombre nunca les había sido revelado. Él no moraba en medio de ellos. Es cierto que allí también había innumerables testimonios de su poder creador. Además, su providencia velaba sobre ellos. Les daba lluvias y épocas fértiles, llenando sus corazones de alimento y de gozo. Día tras día y año tras año derramaba sobre ellos, con mano liberal, sus bendiciones y sus beneficios. Los ríos fertilizaban sus campos y los rayos del sol regocijaban sus corazones. Pero no lo conocían ni lo buscaban. Él no habitaba en medio de ellos. Ninguna de esas naciones podía decir: «Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré» (Éx. 15:2).

3.5 - Un privilegio inestimable

Jehová había fijado su morada en medio de su pueblo rescatado y en ningún otro sitio. La redención era la base esencial de la morada de Dios en medio de los hombres. Fuera de la redención, la presencia divina no podía sino acarrear la destrucción del hombre; pero, conocida la redención, esta presencia proporciona al rescatado el más alto privilegio y la más resplandeciente gloria.

Dios había escogido morada en medio de su pueblo Israel. Descendió del cielo no solamente para rescatarlo de la tierra de Egipto, sino también para ser su compañero de viaje a través del desierto. ¡Qué pensamiento! ¡El Dios Altísimo estableciendo su morada en la arena del desierto y en el seno mismo de su congregación rescatada! En verdad, no había nada semejante en todo el vasto mundo. Allí estaba aquel ejército de seiscientos mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, en un desierto estéril donde no había ni una brizna de hierba, ni una gota de agua, ni un medio visible de subsistencia. ¿Cómo alimentarse? Dios estaba allí. ¿Cómo debía ser mantenido el orden en medio de ellos? Dios estaba allí. ¿Cómo encontrar su camino a través de un desierto salvaje en el que no había ninguna senda? ¡Dios estaba allí!

En otras palabras, la presencia de Dios lo garantizaba todo. La incredulidad podía decir: ¿Cómo es posible, según el uso habitual del cálculo, que tres millones de seres humanos puedan vivir solo del aire? ¿Quién tiene a su cargo la intendencia militar? ¿Dónde están los materiales de guerra, los equipajes, los almacenes? Solo la fe puede responder, y su respuesta es sencilla, breve y concluyente: ¡Dios estaba allí! Esto bastaba. Todo está comprendido en esa sola frase. En la aritmética de la fe Dios es el único factor esencial, y cuando se tiene esa unidad por delante, pueden añadirse a ella cuantas cifras se quiera. Si todos los recursos están en el Dios vivo, no se trata ya de nuestras necesidades; eso se reduce a una cuestión de su perfecta suficiencia.

¿Qué eran seiscientos mil hombres de a pie para el Todopoderoso? ¿Qué significaban las tan variadas necesidades de sus mujeres y sus hijos? A juicio de los hombres estas eran cargas abrumadoras. Que una gran potencia mande un ejército de solo diez mil hombres a un país lejano… Considere los enormes gastos y trabajos que ello demanda, el número de buques que se requieren para transportar las municiones y demás cosas necesarias para un ejército tan pequeño. Pero figúrese un ejército que, sin contar las mujeres y los niños, era sesenta veces mayor. Imagínese ese inmenso ejército iniciando una marcha que debía prolongarse por espacio de cuarenta años a través de un «grande y terrible desierto» (Deut. 1:19), en el cual no había ni trigo, ni hierba, ni fuentes de agua. ¿Cómo debía ser sustentado? No tenían víveres consigo, no habían hecho pacto alguno con naciones aliadas para que se los proporcionasen, no tenían ningún convoy de provisiones apostado en las diferentes etapas de su ruta; en otras palabras, no tenían ningún medio visible para proveer a sus necesidades, nada de lo que la naturaleza puede considerar útil y necesario.

Vale la pena considerar seriamente todo esto. Pero también es necesario que lo examinemos en la presencia de Dios. Para la razón humana no sería provechoso sentarse y tratar de resolver por el cálculo humano el tamaño del problema. No, lector; solo la fe puede resolverlo, y ello a través de la Palabra del Dios viviente. Ahí se encuentra la verdadera solución. Introduzca a Dios en la ecuación y no tendrá necesidad de ningún otro factor para obtener la respuesta. Póngalo de lado y, por poderosa que sea su razón, por inteligentes que sean sus cálculos, su dificultad será de lo más desesperante.

La fe resuelve así la cuestión. Dios estaba en medio de su pueblo. Allí estaba con toda la plenitud de su gracia y su misericordia, con perfecto conocimiento de sus necesidades y de las dificultades de su camino, con su poder supremo y sus recursos ilimitados para hacer frente a esas dificultades y para suplir sus necesidades. Y estaba tan compenetrado con todas esas cosas que, al fin de sus largas peregrinaciones por aquel desierto, podía dirigirse a sus corazones con palabras tan conmovedoras como las siguientes: «Pues Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado». Y, además: «Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años» (Deut. 2:7; 8:4).

3.6 - Israel, tipo de la Iglesia

Ahora bien, en todas estas cosas el campamento de Israel era un tipo, un tipo llamativo y notable. Pero, ¿tipo de qué? De la Iglesia de Dios en su paso a través de este mundo. El testimonio de la Escritura es tan formal al respecto que no da lugar a la imaginación: «Y estas cosas les acontecían como ejemplo, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, para quienes el fin de los siglos ha llegado» (1 Cor. 10:11).

Podemos, pues, acercarnos y contemplar con vivo interés este maravilloso espectáculo y tratar de sacar de él las preciosas lecciones que son tan adecuadas para enseñarnos. ¡Y qué lecciones! ¿Quién podrá apreciarlas debidamente? ¡Vea usted ese misterioso campamento en el desierto, compuesto, según ya dijimos, de guerreros, obreros y adoradores! ¡Qué separación respecto a todas las naciones del mundo! ¡Qué indigencia más completa! ¡Qué dependencia respecto a Dios! ¡No tenían nada, no podían nada, no sabían nada! No tenían ni un pedazo de pan, ni una gota de agua aparte de lo que recibían día tras día de la propia mano de Dios. Cuando por la noche se retiraban a descansar, no poseían ni una pizca de provisión para el día siguiente. No tenían almacén, ni despensa, ni ningún recurso visible, nada con lo que la naturaleza humana pudiera contar.

Pero Dios estaba allí, y a juicio de la fe no se necesitaba más. Estaban obligados a depender enteramente de Dios. Tal era la única y gran realidad. La fe no reconoce nada palpable, nada visible, nada verdadero fuera del Dios viviente, verdadero y eterno. La naturaleza caída podía dirigir una mirada de codicia hacia atrás a los graneros de Egipto y ver allí algo palpable y material. La fe mira al cielo y halla en él todos sus recursos.

Tal como acontecía en el campamento en el desierto sucede también con la Iglesia en el mundo. No había una sola necesidad, un solo caso imprevisto, una sola carencia, de la índole que fuera, para las que la presencia de Dios no fuese una respuesta enteramente suficiente. Las naciones de los incircuncisos podían mirar y maravillarse. Podían, con la desorientación propia de la ciega incredulidad, hacer muchas preguntas y procurar saber cómo semejante ejército podía alimentarse, vestirse y mantenerse en orden. Ciertamente ellas no tenían ojos para ver cómo podía ser eso. No conocían a Jehová, el Eterno, el Dios de los hebreos; y, por lo tanto, decirles que él iba a encargarse de esta inmensa asamblea les hubiera parecido un cuento frívolo.

3.7 - La Iglesia separada del mundo

Lo mismo sucede ahora con la Asamblea de Dios en este mundo, el cual puede calificarse verdaderamente como un desierto moral. Esta Iglesia, considerada desde el punto de vista de Dios, no es del mundo; está enteramente separada de él. Está completamente fuera del mundo, así como el campamento de Israel estaba fuera de Egipto. Las olas del mar Rojo corrían entre este campamento y Egipto; las aguas más profundas y más sombrías de la muerte de Cristo corren entre la Iglesia de Dios y este presente siglo malo. Es imposible concebir una separación más absoluta. «No son del mundo», dijo Cristo, «como yo no soy del mundo» (Juan 17:16).

Seguidamente consideremos la completa dependencia. ¿Existe otra cosa más dependiente que la Iglesia de Dios en este mundo? Ella no tiene nada en sí misma o por sí misma. Está colocada en medio de un desierto moral, árido, sombrío y vasto; de un desierto donde no hay más que aullidos y desolación, donde no hay literalmente nada que pueda hacerla vivir. En toda la extensión de este mundo no hay ni una gota de agua ni un mendrugo de pan que pueda ser conveniente a la Iglesia de Dios.

Igual sucede en cuanto a su exposición a las influencias hostiles; no podría estarlo más: ni siquiera hay una influencia amiga; todo le es contrario. Ella está en medio de este mundo frío como una planta exótica, una planta de clima extraño, colocada en una región en la que el suelo y la atmósfera le son igualmente contrarios.

Tal es la Iglesia de Dios en el mundo: separada, dependiente, sin defensa, enteramente subordinada al Dios viviente. Esto es apropiado para dar a nuestros pensamientos mucha realidad, fuerza y claridad sobre la Iglesia, presentándonosla como la realidad de lo que en figura era el campamento en el desierto. Considerarla así no es un vano capricho de la imaginación; 1 Corintios 10:11 lo prueba de la manera más evidente. Estamos plenamente autorizados para decir que lo que el campamento de Israel era exteriormente, la Iglesia lo es moral y espiritualmente. Y también que lo que el desierto era literalmente para Israel, el mundo lo es moral y espiritualmente para la Iglesia de Dios. Así como el desierto no era un lugar de recursos y goces para Israel, sino de peligros y fatigas, así también el mundo no ofrece a la Iglesia recursos y alegrías, sino fatigas y peligros.

Es conveniente captar este hecho en todo su poder moral. La Asamblea de Dios en el mundo, como «la asamblea en el desierto», está enteramente dejada a los cuidados del Dios vivo. Téngase presente que hablamos desde el punto de vista divino, es decir, de lo que es la Iglesia a los ojos de Dios. Considerada desde el punto de vista humano, tal como ella está en su verdadero estado actual, lamentablemente es algo diferente. Ahora nos ocupamos solo del aspecto normal, verdadero y divino de la Asamblea de Dios en el mundo.

No se debe olvidar que, así como en otro tiempo hubo un campamento, una congregación en el desierto, ahora también hay en el mundo una Iglesia de Dios, el Cuerpo de Cristo. Sin duda las naciones del mundo apenas si conocieron esa congregación, y menos aún hicieron caso de ella, pero esto no debilitaba ni afectaba la realidad de su existencia. Asimismo, hoy día los hombres del mundo apenas si conocen la Asamblea de Dios, el Cuerpo de Cristo, y menos aún se preocupan por ella; pero esto no afecta en ningún modo la gran verdad de que ella existe realmente en el mundo. Es cierto que la congregación de Israel tenía sus pruebas, sus combates, sus penas, sus tentaciones, sus disputas, sus controversias, sus conmociones internas, sus innumerables dificultades que exigían los variados recursos existentes en Jehová, como el precioso ministerio del profeta, del sacerdote y del rey que Dios les había dado; ya que, por lo que sabemos, Moisés estaba allí como «rey en Jesurún» (Deut. 33:5), como profeta nombrado por Dios, y Aarón también estaba allí para ejercer las funciones sacerdotales.

Mas, a pesar de las cosas que hemos enumerado, a pesar de la debilidad, la caída, el pecado y la rebelión, había allí un hecho evidente que debía ser conocido por los hombres, los demonios y los ángeles, es decir, una gran congregación que se elevaba a unos tres millones de almas viajando por un desierto, dependiendo enteramente de un brazo invisible, guiada y cuidada por el Dios eterno, cuyos ojos no se apartaban de ese misterioso y simbólico ejército. Dios habitaba verdaderamente en medio de su pueblo y no lo abandonaba jamás, a pesar de la incredulidad de este, de su olvido, su ingratitud y su rebelión. Él estaba presente para guiarlo, guardarlo y conservarlo noche y día. Lo alimentaba diariamente con pan del cielo y para él hacía brotar el agua de la peña.

Seguramente esto era un hecho prodigioso, un profundo misterio. Dios tenía una congregación en el desierto, apartada de todas las naciones circundantes, separada para él. Es posible que las naciones del mundo no supiesen nada, no se inquietasen para nada, no pensasen nada de tal asamblea. El desierto no producía nada para la subsistencia o para el solaz. En él se encontraban serpientes y escorpiones, peligros y asechanzas, sequía, esterilidad y desolación. Pero estaba también aquella maravillosa asamblea, sostenida de tal manera que desbarataba y confundía la razón humana.

Ahora bien, eso era un tipo. ¿Y de qué? De algo que ha venido existiendo durante veinte siglos, que existe aún y que existirá hasta que el Señor se levante de su posición actual y descienda en los aires. En otras palabras, es un tipo de la Iglesia de Dios en el mundo. Es muy importante reconocer este hecho que desgraciadamente se ha perdido mucho de vista y que es poco comprendido en nuestros días. No obstante, cada cristiano es responsable de reconocerlo y de confesarlo en la práctica. No lo puede evitar. ¿Es verdad que actualmente hay en el mundo algo que corresponde al campamento en el desierto? Sí, ciertamente: la Iglesia. Hay una Asamblea que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Además, el mundo es, moral y espiritualmente, lo que el desierto era literal y prácticamente para Israel.

El pueblo de Israel no encontraba ningún recurso en el desierto, y la Iglesia de Dios tampoco debería encontrar recursos en el mundo. Si los encuentra, desmiente a su Señor y no marcha rectamente con él. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo, sino que lo atraviesa. Si el lector está compenetrado con esta verdad, ella le enseñará el lugar de separación que conviene a la Iglesia de Dios como Cuerpo, y a cada uno de sus miembros en particular. La Iglesia, según Dios la ve, está tan completamente separada del mundo como el campamento de Israel lo estaba del desierto que lo rodeaba. Nada hay en común entre la Iglesia y el mundo, como tampoco había nada común entre Israel y las arenas del desierto. Los atractivos más brillantes y las fascinaciones más seductoras del mundo son para la Iglesia de Dios lo que eran para Israel las serpientes, los escorpiones y los innumerables peligros del desierto.

3.8 - La Iglesia, Cuerpo de Cristo

Esta es la noción divina de la Iglesia, y la que consideramos ahora. Lamentablemente, ¡qué diferente es ella de la que dice ser la Iglesia! Deseamos, sin embargo, que el lector, por el momento, fije su atención en el verdadero estado de cosas. Nos gustaría que se colocara, por la fe, en el punto de vista de Dios y que desde allí considerara la Iglesia, ya que solo viéndola así se puede formar una idea justa de lo que es la Iglesia, y de su responsabilidad personal con respecto a ella. Dios tiene una Iglesia en el mundo. Hay actualmente en la tierra un Cuerpo en el cual mora el Espíritu y que está unido a Cristo, la Cabeza. Esa Iglesia, ese Cuerpo, está constituido por todos los que creen verdaderamente en el Hijo de Dios, y que están unidos en virtud de la realidad de la presencia del Espíritu Santo.

Obsérvese, además, que no se trata de una opinión, de cierta idea que se pueda aceptar o no, a gusto de cada cual. Es un hecho divino. Quiera o no aceptarse, no por eso deja de ser una gran verdad. La Iglesia es un Cuerpo que existe, y nosotros somos miembros de él si somos creyentes. No podemos evitar serlo. Tampoco podemos ignorarlo. Estamos actualmente en esta relación, para lo cual hemos sido bautizados en un Cuerpo por el Espíritu Santo (1 Cor. 12:13). Esa es una cosa tan real y positiva como el nacimiento de un niño en una familia. El nacimiento ha ocurrido, la relación está formada; no nos queda otro recurso más que reconocerlo y comportarnos en consecuencia, día tras día. Desde el momento en que un alma ha nacido de nuevo, que es nacida de arriba y sellada con el Espíritu Santo, forma parte del Cuerpo de Cristo. En adelante no puede considerarse como un individuo solitario, como una persona independiente, un átomo aislado; ella es miembro de un Cuerpo, de igual modo que la mano o el pie es un miembro del cuerpo humano. El creyente es miembro de la Iglesia de Dios y no puede ser miembro de ninguna otra cosa. ¿Cómo podría mi brazo ser miembro de otro cuerpo? Según este mismo principio podemos preguntar: ¿Cómo un miembro del Cuerpo de Cristo podría ser miembro de otro cuerpo cualquiera?

¡Qué verdad tan gloriosa en cuanto a la Iglesia de Dios, la cual es la realidad de lo que en figura era el campamento en el desierto, «la asamblea en el desierto»! (Hec. 7:38). ¡Qué bueno es estar colocado bajo la influencia de semejante verdad! Existe una cosa tal como la Iglesia de Dios en medio de la ruina y del naufragio, de la lucha y de la discordia, de la confusión y de las divisiones, de las sectas y los partidos. Es ciertamente una verdad de las más preciosas y, al mismo tiempo, de las más prácticas y eficaces. Nos vemos tan obligados a reconocer, por la fe, la presencia de esta Iglesia en el mundo, como lo estaban los israelitas de reconocer, por la vista, el campamento en el desierto. Había un campamento, una congregación, y el verdadero israelita pertenecía a él; existe asimismo una Iglesia, un Cuerpo, y el verdadero cristiano forma parte de él.

Pero, ¿cómo está organizado este Cuerpo? El Espíritu Santo es quien lo organiza, según está escrito: «Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo cuerpo» (1 Cor. 12:13). ¿Cómo se sostiene? Por su Cabeza viviente; por medio del Espíritu y la Palabra, según leemos: «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, así como Cristo a la Iglesia» (Efe. 5:29). ¿No basta esto? Cristo es suficiente; el Espíritu Santo basta. No tenemos necesidad de otra cosa que de las innumerables virtudes que se encuentran en el nombre de Jesús. Los dones del Espíritu eterno son enteramente suficientes para el crecimiento y sostén de la Iglesia de Dios. La presencia de Dios en la Iglesia ¿no le asegura todo aquello de lo que puede tener necesidad? ¿No responde a lo que cada hora puede exigir? La fe dice: “Sí”, y lo dice con energía y seguridad. La incredulidad y la razón humana dicen: “No, tenemos necesidad de muchas otras cosas”. ¿Qué responder a esto? Simplemente lo que sigue: Si Dios no es suficiente, no sabemos adónde volver la mirada. Si el nombre de Jesús no basta, no sabemos qué hacer. Si el Espíritu Santo no puede satisfacer todas las necesidades de la comunión, del ministerio y del culto, no sabemos qué decir.

No obstante, se puede objetar que hoy las cosas no están como en el tiempo de los apóstoles; que la Iglesia profesa [1] ha caído; que los dones de Pentecostés han cesado; que los gloriosos días del primer amor de la Iglesia han desaparecido y que, por consiguiente, es necesario adoptar los mejores medios que estén a nuestro alcance para la organización y el sostenimiento de nuestras congregaciones. A todo ello respondemos: Ni Dios, ni Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, ni el Espíritu Santo han fracasado. Ni una jota, ni una tilde de la Palabra de Dios ha perdido su poder (Mat. 5:18). El verdadero fundamento de la fe es este: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebr. 13:8). Él dijo también: «Estoy con vosotros». ¿Por cuánto tiempo? ¿Solamente durante los tiempos del primer amor? ¿Durante los tiempos apostólicos? ¿En tanto que la Iglesia continúe siendo fiel? No: «Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo» (Mat. 28:20). Al igual que anteriormente, cuando se menciona a la Iglesia propiamente dicha por primera vez en todo el canon [2] de la Escritura, encontramos estas palabras memorables: «Sobre esta Roca (el Hijo del Dios viviente) edificaré mi Iglesia, y las puertas del hades no prevalecerán contra ella» (Mat. 16:18).

[1] Nota del editor (N. del Ed.): La profesión cristiana abarca a todos los que llevan el nombre de «cristianos», sean verdaderos creyentes –salvos por la obra de Cristo– o sean personas aún perdidas que se llaman a sí mismas cristianas. Cuando utilizamos el término de cristiano profeso, hablamos de una persona que solo tiene la apariencia de cristiano, pero sin tener vida, sin la posesión de la salvación.

[2] N. del Ed.: Conjunto de los libros que tienen derecho a estar incluidos dentro de la Biblia por tratarse de libros inspirados y recibidos de parte de Dios.

Ahora bien, la cuestión es: ¿Esa Iglesia está actualmente en la tierra? Por supuesto que sí. Existe ahora una Iglesia tan real aquí abajo como en otro tiempo hubo un campamento en el desierto. Y así como Dios estaba presente en aquel campamento para satisfacer todas las necesidades del pueblo, de igual modo ahora está presente en la Iglesia para gobernarla y dirigirla en todo, según está escrito: «En quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:22). Esto es enteramente suficiente. Todo lo que necesitamos es captar esta gran realidad por medio de una fe sencilla. El nombre de Jesús responde a todas las necesidades de la Iglesia de Dios, así como responde también a la salvación del alma. Lo uno es tan verdadero como lo otro. «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). ¿Esto ha dejado de ser verdad? ¿La presencia de Cristo no basta actualmente a su Iglesia? No necesitamos hacer toda clase de planes y trabajos, procedentes de nosotros mismos, en asuntos de la Iglesia. Lo mismo ocurre en cuanto a la salvación del alma. ¿Qué le decimos al pecador? Confíe en Jesucristo. ¿Qué le decimos al salvo? Confíe en Cristo. ¿Qué le decimos a una asamblea de santos, sea pequeña o numerosa? Confíen en Cristo. ¿Hay algo que él no pueda hacer? ¿Hay algo demasiado difícil para él? (Jer. 32:27).

El tesoro, de sus dones y de su gracia, no se ha agotado. ¿No puede proporcionar dones para el ministerio? ¿No puede suscitar evangelistas, pastores, maestros? (Efe. 4:11). ¿No puede hacer frente a las variadas necesidades de la Iglesia en el desierto? Si él no puede, ¿qué será de nosotros? ¿Qué haremos? ¿Adónde volveremos los ojos? ¿Qué tenía que hacer la congregación de Israel? Mirar a Jehová. ¿Para todo? Sí, para todo; para recibir el alimento, el agua, el vestido, la dirección, la protección, para todo. Todos sus recursos estaban en él. ¿Habrá que recurrir a otro? Nunca. Cristo nuestro Señor es más que suficiente, a pesar de todas nuestras caídas, de toda nuestra ruina, nuestros pecados y nuestra infidelidad. Él envió al Espíritu Santo, el bendito Consolador, para habitar con y en los rescatados, para formar con ellos un solo Cuerpo y para unirlos a su Cabeza viviente en los cielos. Este Espíritu es el poder de la unidad, de la comunión, del ministerio y del culto. Él no nos ha abandonado y no nos abandonará jamás. Bástenos confiar en él y dejarlo obrar. Guardémonos cuidadosamente de todo lo que pueda tender a apagarlo, a estorbarlo o a contristarlo. Reconozcamos su propio lugar en la asamblea y abandonémonos en todo a su dirección y autoridad.

Estamos convencidos de que en ello radica el verdadero secreto del poder y la bendición. ¿Acaso negamos la ruina? ¡Cómo podríamos hacerlo! Lamentablemente ella se presenta como un hecho demasiado palpable y manifiesto. ¿Procuramos negar nuestra participación en la ruina, nuestra locura y nuestro pecado? ¡Quiera Dios que la sintamos aun más intensamente! Pero, ¿añadiremos a nuestro pecado la negación de que la gracia y el poder de nuestro Señor puedan alcanzarnos incluso en nuestra ruina? ¿Lo abandonaremos a él, manantial de aguas vivas, y nos cavaremos cisternas rotas que no pueden retener el agua? (Jer. 2:13) ¿Nos desviaremos de la Roca de los siglos para apoyarnos en la caña cascada de nuestra propia imaginación? ¡Dios no lo permita! Que el lenguaje de nuestros corazones, cuando pensamos en el nombre de Jesús, sea más bien este: encuentro en este nombre la salvación, el perdón, un remedio a mis sufrimientos, a las penas terrenales, y para cada herida un bálsamo saludable. Todo cuanto necesito lo hallo en su hermoso nombre.

Pero guárdese el lector de suponer que intentamos dar la más mínima aprobación a las pretensiones eclesiásticas. Más bien nos producen horror; las consideramos altamente despreciables. Un sitio y un espíritu humildes son los que más nos convienen en vista de nuestra común vergüenza y de nuestro pecado. Lo que nos proponemos sostener es la suficiencia del nombre de Jesús para todas las necesidades de la Iglesia de Dios, en todos los tiempos y en todas las circunstancias. En los días apostólicos ese nombre tenía un poder supremo, ¿por qué no lo tendría hoy? ¿Ese nombre glorioso habrá sufrido algún cambio? No, ¡gracias a Dios! Pues bien, nos basta en este momento; todo lo que tenemos que hacer es confiar plenamente en él y, por lo tanto, apartarnos de cualquier otro objeto de confianza, a fin de cobijarnos decididamente bajo este nombre precioso y sin par. Bendito sea su nombre, el Señor descendió incluso en medio de la más pequeña asamblea, del número más reducido, puesto que dijo: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20). Esas palabras ¿son aún verdaderas para nosotros? ¿Han perdido su poder? ¿Dónde consta que hayan sido revocadas?

¡Oh! lector cristiano, todos estos argumentos deberían influir sobre su corazón para dar su cordial asentimiento a esta verdad eterna, a saber, la plena suficiencia del nombre del Señor Jesucristo [3] para la Asamblea de Dios, cualquiera sea la condición en que esta se encuentre, durante todo el curso de su historia.

[3] En la expresión: “La plena suficiencia del nombre del Señor Jesucristo”, incluimos todo lo que está concedido a su Iglesia por este nombre: vida, justicia, aceptación, presencia del Espíritu Santo con sus variados dones, centro divino. Creemos que todo lo que la Iglesia necesita, en el tiempo como en la eternidad, está comprendido en este nombre glorioso: el «Señor Jesucristo».

Le rogamos encarecidamente que no considere esto como si fuese simplemente una teoría verdadera, sino que lo viva en la práctica. Entonces usted gustará con seguridad la profunda bendición de la presencia de Jesús aquí abajo, bendición que debe gustarse para ser conocida, y que, gustada realmente una vez, jamás puede ser olvidada o suplantada por cosa alguna.

4 - Capítulos 3 y 4

4.1 - Los levitas

Al considerar «la congregación en el desierto» (Hec. 7:38), la vemos compuesta de tres elementos distintos: guerreros, obreros y adoradores. Había un pueblo de guerreros, una tribu de obreros y una familia de adoradores o sacerdotes. Ya hemos echado una ojeada sobre los primeros y vimos a cada uno, según su «genealogía», ocupando su puesto bajo la «bandera», conforme a la orden directa de Jehová. Ahora nos detendremos unos instantes en los segundos y les seguiremos en su obra y en su servicio, según la misma ordenanza. Hemos hablado de los guerreros; ahora meditemos acerca de los obreros.

4.2 - Un puesto y un servicio especial

Los levitas estaban especialmente designados, de entre las demás tribus, para ocupar un puesto y cumplir un servicio muy particular. He aquí lo que leemos a este respecto: «Pero los levitas, según la tribu de sus padres, no fueron contados entre ellos; porque habló Jehová a Moisés, diciendo: Solamente no contarás la tribu de Leví, ni tomarás la cuenta de ellos entre los hijos de Israel, sino que pondrás a los levitas en el tabernáculo del testimonio, y sobre todos sus utensilios, y sobre todas las cosas que le pertenecen; ellos llevarán el tabernáculo y todos sus enseres, y ellos servirán en él, y acamparán alrededor del tabernáculo. Y cuando el tabernáculo haya de trasladarse, los levitas lo desarmarán, y cuando el tabernáculo haya de detenerse, los levitas lo armarán; y el extraño que se acercare morirá. Los hijos de Israel acamparán cada uno en su campamento, y cada uno junto a su bandera, por sus ejércitos; pero los levitas acamparán alrededor del tabernáculo del testimonio, para que no haya ira sobre la congregación de los hijos de Israel; y los levitas tendrán la guarda del tabernáculo del testimonio» (cap. 1:47-53). Leemos también: «Mas los levitas no fueron contados entre los hijos de Israel, como Jehová lo mandó a Moisés» (cap. 2:33).

Pero, ¿por qué los levitas? ¿Por qué esa tribu fue especialmente designada y separada para un servicio tan santo y elevado? ¿Había en ellos alguna santidad o algún bien particular que motivara tal distinción? No, por supuesto, ni por su naturaleza ni por su conducta, según podemos ver en las siguientes palabras: «Simeón y Leví son hermanos; armas de iniquidad sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía. Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros. Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel» (Gén. 49:5-7).

Así fue Leví [4] por naturaleza y en la práctica: voluntarioso, violento y cruel. ¡Cuán notable es que la descendencia de tal hombre haya sido escogida y haya ascendido a una posición tan privilegiada y santa! Bien podemos decir que fue la gracia desde el comienzo hasta el fin. Esta es la vía ordinaria de la gracia: elevar a los que están en el peor estado. Ella desciende a los más profundos abismos y allí cosecha sus más preciosos frutos. «Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Tim. 1:15). «A mí, el más insignificante de todos los santos, me fue otorgada esta gracia de proclamar a los gentiles [5] las inescrutables riquezas de Cristo» (Efe. 3:8).

[4] N. del Ed.: Puede tratarse de la persona o de toda su descendencia: los levitas.

[5] N. del Ed.: Término con que se designa a los pueblos no judíos (Rom. 3:29).

¡Qué sorprendente lenguaje! «En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía» (Gén. 49:6). Dios tiene los ojos demasiado puros para ver el mal, y no puede mirar la iniquidad. Dios no podía entrar en íntima comunión con Leví, y tampoco podía estar en su compañía. Era imposible. Dios no tenía nada que ver con la voluntad propia, la violencia y la crueldad. Sin embargo, podía introducir a Leví en su consejo y juntarlo a su asamblea. Él podía hacerlo salir de su morada, en la que no había más que instrumentos de crueldad, y llevarlo al tabernáculo para que se hiciera cargo de los instrumentos sagrados y los vasos que estaban allí. Esto era la gracia, la gracia libre y soberana; en esta gracia hay que buscar la base de todo el servicio superior y bendito de Leví. En lo que se refería a él personalmente, existía una inmensa distancia que le separaba del Dios santo, un abismo sobre el que ningún arte o poder humano podía tender un puente. Un Dios santo no podía tener nada en común con la voluntad propia, la violencia y la crueldad; pero un Dios de gracia podía preocuparse por Leví. En su soberana misericordia podía visitar a un ser de tal naturaleza, extraerlo de las profundidades de su degradación moral y llevarlo junto a él.

¡Qué maravilloso contraste entre la situación de Leví por su naturaleza y su posición obtenida por gracia, entre los instrumentos de crueldad y los utensilios del santuario, entre el Leví del capítulo 34 de Génesis y el Leví de los capítulos 3 y 4 de Números!

Pero examinemos la manera en que Dios obra con Leví, el principio según el que fue llevado a tan bendita posición. Para hacerlo es necesario remitirnos al capítulo 8 de nuestro libro, en el cual hallaremos el secreto de todo ese tema. Allí veremos que nada de cuanto concernía a Leví era ni podía ser tolerado, que ninguno de sus caminos podía ser aprobado; y, no obstante, encontramos allí el más completo despliegue de la gracia, de la gracia que reina por la justicia (Rom. 5:21). Hablamos de él como tipo y de su significación, y lo hacemos según las palabras ya citadas: «Y estas cosas les acontecían como ejemplo» (1 Cor. 10:11). No se trata de saber hasta qué punto los levitas comprendían esas cosas; esto no es lo esencial en modo alguno. Tampoco hemos de preguntarnos: ¿Qué veían los levitas en las dispensaciones de Dios hacia ellos? Lo que sí debemos preguntarnos es: ¿Qué enseñanza podemos extraer de ello?

4.3 - La purificación de los levitas

«Jehová habló a Moisés, diciendo: Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y haz expiación por ellos. Así harás para expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación, y haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo, y lavarán sus vestidos, y serán purificados» (cap. 8:5-7).

Aquí tenemos, en tipo, el único principio divino de purificación. Es la aplicación de la muerte a la naturaleza pecaminosa y a sus inclinaciones. Es la Palabra de Dios que obra en el corazón y en la conciencia de manera viva. Nada más expresivo que la doble acción presentada en el pasaje que acabamos de citar. Moisés debía rociarlos con el agua de la purificación, y, acto seguido, ellos debían rasurarse todo el cuerpo y lavar sus vestidos. Hay en esto una gran belleza y precisión. Moisés, como representante de los derechos de Dios, purifica a los levitas conforme a esos derechos; y ellos, una vez purificados, son capaces de pasar la navaja sobre todo lo que no era más que un desarrollo de la naturaleza, y pueden lavar sus vestidos, lo que representa, en forma simbólica, la purificación de sus hábitos exteriores, según la Palabra de Dios. De este modo Dios satisfacía todo lo que demandaba el estado natural de Leví, la voluntad propia, la violencia y la crueldad. El agua pura y la navaja cortante eran puestas en uso, y su acción debía continuar hasta que Leví fuese hecho apto para acercarse a los utensilios del santuario.

Así sucede en todos los casos. No hay ni puede haber sitio alguno para la vieja naturaleza entre los obreros de Dios. No ha habido error más fatal que procurar introducir la vieja naturaleza en el servicio de Dios, sin importar cómo se intenta mejorarla o ajustarla. No es el mejoramiento el que servirá, sino la muerte. Es muy importante que el lector comprenda claramente esta gran verdad práctica. El hombre ha sido pesado en balanza y ha sido hallado falto de peso. El nivel ha sido aplicado a sus senderos y estos han resultado tortuosos. Es inútil tratar de reformarlo. Solo el agua y la navaja pueden hacerlo. Dios ha clausurado la historia del hombre. Le ha puesto fin en la muerte de Cristo.

Lo primero que el Espíritu Santo hace en la conciencia humana es convencerla de que Dios ha pronunciado su solemne veredicto contra la naturaleza del hombre, y que es necesario que cada hombre acepte personalmente ese veredicto contra sí mismo. No es una manera de pensar o de sentir. Podrá decirse: “Yo no siento que sea tan malo como ustedes quieren mostrarme”. Nosotros respondemos: Esto no tiene absolutamente nada que ver con la cuestión. Dios ha pronunciado su juicio sobre todos, y el primer deber del hombre es inclinarse ante ese juicio y aceptarlo. ¿De qué le hubiera servido a Leví decir que no estaba de acuerdo con lo que la Palabra de Dios decía de él? ¿Hubiera eso cambiado el estado de las cosas respecto a él? De ningún modo. Que Leví estuviera de acuerdo o no, la apreciación divina quedaba en pie; así que es evidente que el primer paso en el camino de la sabiduría es someterse a esa apreciación.

Todo esto está simbolizado por el «agua» y la «navaja», el «lavado» y el hecho de «pasar la navaja sobre todo su cuerpo». Nada podría ser más significativo y evidente. Estos actos hacen resaltar la solemne verdad de la sentencia de muerte pronunciada contra la naturaleza y la ejecución de esta sentencia sobre todo lo que ella produce.

Y ¿cuál es, preguntamos, el significado del bautismo cristiano? ¿Acaso no representa el bendito hecho de que nuestro «viejo hombre», nuestra naturaleza caída, ha sido puesta a un lado y que hemos sido introducidos en una posición enteramente nueva? (Rom. 6:6; Col. 2:11-12; 3:9). Así es en verdad. ¿Y qué significa para nosotros el acto de rasurar todo el cuerpo? Un severo juicio diario de uno mismo, el implacable despojamiento de todo lo que procede la vieja naturaleza. Tal es el verdadero camino que deben seguir todos los obreros de Dios en el desierto. Cuando consideramos la conducta de Leví en Siquem (Gén. 34) y lo que se dice de él en Génesis 49, bien podemos preguntarnos cómo los levitas podían ser admitidos para llevar los utensilios del santuario. La respuesta es: la gracia brilla en el llamamiento de Leví, y la santidad en su purificación. Fue llamado a la obra según las riquezas de la gracia divina; pues fue hecho apto para la obra según los derechos de la santidad de Dios.

Así debe ser con todos los obreros de Dios. Estamos profundamente convencidos de que no somos aptos para cumplir la obra de Dios hasta que la naturaleza no esté colocada bajo el poder de la cruz y del juicio de uno mismo. La voluntad propia nunca puede ser útil al servicio de Dios; no, jamás; es necesario que sea puesta de lado si queremos saber lo que es el verdadero servicio. Lamentablemente, cuántas cosas hay que aparentan ser un servicio y que, juzgadas a la luz de la presencia de Dios, serían reconocidas como frutos de una voluntad inquieta. Esto es muy solemne y exige nuestra atención.

Nunca será demasiado severa la censura que ejerzamos sobre nosotros mismos a este respecto. El corazón es tan engañoso que podemos imaginarnos que hacemos la obra de Dios cuando en realidad estamos buscando nuestra propia complacencia. Pero, si queremos andar en el camino del verdadero servicio, es preciso que procuremos estar cada vez más separados de todo cuanto sea de la vieja naturaleza. Los levitas debieron pasar por la acción simbólica del agua y de la navaja antes de poder ser empleados en el glorioso servicio que les fue asignado por decreto directo del Dios de Israel.

4.4 - ¿Quién está por Jehová?

Pero antes de continuar examinando en detalle la obra y el servicio de los levitas, es necesario que contemplemos por un momento la escena presentada en Éxodo 32, en la cual desempeñan un papel notable. Nos referimos al becerro de oro, como el lector habrá advertido. Durante la ausencia de Moisés, el pueblo perdió tan completamente de vista a Dios y sus derechos, que se hizo un becerro de fundición y se postró ante él. Tan horrible acción exigía un juicio inmediato. «Y viendo Moisés que el pueblo estaba desenfrenado, porque Aarón lo había permitido, para vergüenza entre sus enemigos, se puso Moisés a la puerta del campamento, y dijo: ¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres. Entonces Moisés dijo: Hoy os habéis consagrado a Jehová, pues cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano, para que él dé bendición hoy sobre vosotros» (Éx. 32:25-29).

Fue un momento de prueba. No podía ser de otro modo, pues la gran pregunta: «¿Quién está por Jehová?», se había dirigido al corazón y a la conciencia. Nada pudo haber sido más preciso para sondear el corazón. La pregunta no era: ¿Quién quiere trabajar? No, era mucho más seria y apremiante. No se trataba de saber quién iría aquí o allí, quién haría esto o aquello. Se podían haber realizado muchas actividades y movimientos y, no obstante, todo habría podido proceder solamente del impulso de una voluntad no quebrantada, la que, obrando sobre la naturaleza religiosa, hubiese dado una apariencia de devoción y de piedad eminentemente adecuada para engañarse a sí mismo y a los demás.

Pero estar «por Jehová» supone el renunciamiento a la propia voluntad, el completo abandono de sí mismo, lo cual es esencial para el servidor fiel del verdadero obrero. Saulo de Tarso se colocó en ese terreno cuando exclamó: «¿Qué haré, Señor?» (Hec. 22:10). ¡Qué palabras en boca del obstinado y cruel perseguidor de la Iglesia de Dios!

«¿Quién está por Jehová?». Lector, ¿está usted por el Señor? Indague y vea. Examínese atentamente. Acuérdese de que la cuestión no es: ¿Qué hace usted? No; es mucho más profunda. Si usted está por el Señor, está listo para todo. Está dispuesto a detenerse o a marchar hacia adelante; a ir a la derecha o a la izquierda; a ser activo o a permanecer quieto; a mantenerse en pie o a estar sentado. Lo importante es el abandono de sí mismo a los derechos de otro; y este otro es el Señor.

Este es un tema de inmenso alcance. En verdad, no conocemos nada más importante para el momento actual que esta cuestión escrutadora: «¿Quién está por Jehová?». Vivimos en tiempos en los cuales la voluntad propia es extremadamente activa. El hombre se gloría de su libertad; y esto ocurre, de una manera muy marcada, en materia religiosa. Tal era también la situación en el campamento de Israel en los días descritos en Éxodo 32, en los días del becerro de oro. Moisés estaba ausente, y la voluntad del hombre estaba obrando; el buril trabajó y, ¿cuál fue el resultado? Un becerro de fundición. Y cuando Moisés volvió, encontró al pueblo en la idolatría y el desenfreno. Entonces surgió, para sondear al pueblo, la solemne pregunta: «¿Quién está por Jehová?», la cual llevó aquella situación a una decisión, o más bien, puso a prueba a los israelitas. Hoy sucede lo mismo. La voluntad del hombre reina, y sobre todo en materia religiosa. El hombre se gloría de sus derechos, de su libertad, de su voluntad y del libre albedrío. Eso es una negación del señorío de Cristo; y, por consiguiente, conviene que nos mantengamos en guardia y velemos para tomar realmente partido por el Señor contra nuestra propia naturaleza. Nos conviene mantenernos en la actitud de una completa sumisión a su autoridad. Ya no estaremos pendientes del valor o del carácter de nuestro servicio; nuestra meta será hacer la voluntad de nuestro Señor.

Ahora bien, al obrar bajo la dirección del Señor, a menudo nos parecerá que la esfera de nuestra acción es muy limitada; pero esto no debe importarnos. Si un señor dice a su criado que permanezca en la sala y que no se mueva de allí hasta que él lo llame, ¿qué debe hacer el criado? Evidentemente no moverse del sitio señalado, aunque sus compañeros critiquen su aparente inactividad y escaso servicio; él está seguro de que su amo aprobará su conducta y velará por su buen nombre. Esto bastará para todo siervo fiel, cuyo deseo no será hacer gran cantidad de trabajo, sino cumplir la voluntad de su señor.

En otras palabras, sea que se aplique al campamento de Israel en los días del becerro de oro o a la Iglesia en los actuales tiempos de la supremacía de la voluntad humana, la pregunta es esta: «¿Quién está por Jehová?». ¡Cuestión importante! No consiste en preguntar: ¿Quién está por la religión, por la filantropía o por la reforma moral? Podemos fomentar y sostener los diversos proyectos de filantropía, de religión y de reforma moral, pero con ello no hacemos más que servir a nuestro yo y sustentar nuestra propia voluntad. Atravesamos una fase en la que la voluntad humana se ve lisonjeada con incomparable empeño. Creemos firmemente que el verdadero remedio a ese mal se encuentra en esta única y trascendental pregunta: «¿Quién está por Jehová?» Ella encierra un inmenso poder práctico. Estar realmente por el Señor es estar dispuesto a hacer absolutamente todo lo que él tenga a bien mandarnos. Si el alma está dispuesta a decir sinceramente: «¿Qué haré, Señor?» «Habla, porque tu siervo oye» (1 Sam. 3:10), está presta a hacer todo lo que se le mande. Así, en el caso de los levitas, ellos fueron llamados a matar «cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente». Era una tarea horrible para la carne y la sangre, pero las circunstancias lo requerían. Los derechos de Dios habían sido pisoteados abierta y groseramente. La inventiva humana había entrado en acción, había empleado el cincel y formado el becerro. Se había cambiado la gloria de Dios en la figura de un buey que pace en la hierba y por esa razón todos los que estaban por Jehová fueron llamados a ceñir la espada.

La carne podía decir: “No, seamos indulgentes, compasivos y misericordiosos. Lograremos más con la dulzura que con la severidad. Ningún bien puede hacerse a las personas castigándolas. El amor tiene más poder que el rigor. Amémonos los unos a los otros”. Tales son los pensamientos, verdaderos según el caso, que la naturaleza podía sugerir; así podía razonar. Pero la orden era clara y decisiva: «Poned cada uno su espada sobre su muslo» (Éx. 32:27). La espada era lo único que merecían por haber hecho el becerro de oro. Hablar de amor en semejantes momentos hubiera sido echar por la borda los justos derechos del Dios de Israel. Al verdadero espíritu de obediencia le conviene hacer el servicio adecuado a las circunstancias. Un siervo no tiene que razonar, sino limitarse a hacer lo que se le manda. Formular una pregunta o anteponer una objeción es abandonar el cargo de siervo. Matar a su hermano, a su amigo, a su vecino, podía parecer la peor de las tareas; pero la palabra de Jehová era imperativa. No podía ser eludida; y los levitas, por gracia, demostraron una pronta y completa obediencia. «Los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés» (Éx. 32:28).

4.5 - La fidelidad de los levitas

Esta es la única y verdadera senda de los que quieren ser obreros de Dios y servidores de Cristo en este mundo donde predomina la propia voluntad. Es de la mayor importancia tener profundamente grabada en el corazón la verdad del señorío de Cristo. Es el único regulador de la marcha y de la conducta. Ello resuelve una multitud de preguntas. Si el corazón está realmente sometido a la autoridad de Cristo, se halla en condiciones de hacer todo lo que él le pida: permanecer quieto o avanzar, hacer poco o mucho, ser activo o pasivo. Un corazón obediente no tiene que preguntarse: ¿Qué hago? o ¿A dónde voy?, sino: ¿Hago la voluntad de mi Señor?

Leví se colocó en este terreno. Y observemos el comentario divino que se nos da por medio de Malaquías: «Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad» (Mal. 2:4-6). Nótese asimismo la bendición que pronunció Moisés: «A Leví dijo: Tu Tumim y tu Urim sean para tu varón piadoso, a quien probaste en Masah, con quien contendiste en las aguas de Meriba, quien dijo de su padre y de su madre: Nunca los he visto; y no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció; pues ellos guardaron tus palabras, y cumplieron tu pacto. Ellos enseñarán tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel; pondrán el incienso delante de ti, y el holocausto sobre tu altar. Bendice, oh Jehová, lo que hicieren, y recibe con agrado la obra de sus manos; hiere los lomos de sus enemigos y de los que lo aborrecieren, para que nunca se levanten» (Deut. 33:8-11).

Podría parecer inexcusable, duro y severo que Leví no reconociera ni a sus padres ni a sus hermanos. Pero los derechos de Dios son soberanos; y Cristo, nuestro Señor, dijo estas solemnes palabras: «Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:26).

Estas sencillas palabras nos hacen penetrar en el secreto de la base de todo verdadero servicio. Esto no quiere decir que no debamos tener afectos naturales. Lejos de nosotros tal pensamiento. Carecer de ellos sería tanto como adherirnos moralmente a la apostasía de los últimos días (ver 2 Tim. 3:3). Pero cuando se deja que los afectos naturales intervengan como obstáculos en el camino de nuestro íntegro y amante servicio cristiano, y cuando el pretendido amor a nuestros hermanos ocupa un lugar más elevado que la fidelidad a Cristo, entonces somos poco aptos para el servicio del Señor e indignos de ser llamados siervos suyos. Observemos cuidadosamente que el principio moral que daba a Leví un derecho para ser empleado en el servicio de Jehová era el hecho de no ver a sus padres, ni reconocer a sus hermanos e hijos. En otras palabras, dejó de lado los derechos de la naturaleza y dio en su corazón un lugar soberano a los derechos de Jehová. Esta es, lo repetimos, la única base verdadera del carácter del siervo.

Que el lector cristiano preste mucha atención a ello. Puede haber multitud de cosas que aparentan ser un servicio: mucha actividad, idas y venidas, actos y palabras, y, en todo eso, puede no existir un solo átomo de verdadero servicio de levitas, y, según la apreciación de Dios, quizá todo ello no sea más que la inquieta actividad de la voluntad. Se dirá: ¿Cómo puede la propia voluntad mostrarse al servicio de Dios en materia religiosa? Lamentablemente puede hacerlo, y lo hace; muy a menudo la aparente energía y la abundancia de trabajo y de servicio están justamente en igual proporción a la energía de esa voluntad. Esto es particularmente solemne y requiere un estricto juicio de uno mismo a la luz de la presencia de Dios. El verdadero servicio no consiste en realizar grandes actividades, sino en una profunda sumisión a la voluntad de nuestro Señor; si esta sumisión existe, habrá buena disposición para dejar de lado los derechos de los padres, de los hermanos y de los hijos, a fin de cumplir la voluntad de Aquel a quien reconocemos como Señor. Es cierto que debemos amar a nuestros padres, hermanos e hijos. No se trata de amarlos menos, sino de amar más a Cristo. Es preciso que el Señor y sus derechos ocupen siempre el primer lugar en nuestro corazón si queremos ser verdaderos obreros de Dios, verdaderos siervos de Cristo, verdaderos levitas en medio del desierto. Esto era lo que caracterizaba los actos de Leví en las circunstancias que recordamos. Los derechos de Dios eran cuestionados, y, por lo tanto, no se debía tener miramientos con los derechos de los vínculos naturales. Los padres, los hermanos y los hijos, por queridos que fuesen, no debían oponerse a la gloria del Dios de Israel que había sido cambiada por la imagen de un becerro que come hierba.

Aquí se plantea la cuestión en toda su importancia y extensión. Los lazos de las relaciones naturales y todos los derechos, deberes y responsabilidades que nacen de esos vínculos tendrán siempre su propio lugar y su legítima estimación en aquellos cuyo corazón, espíritu y conciencia han sido colocados bajo el poder regulador de la verdad de Dios. Jamás debe permitirse que nada infrinja esos derechos fundados en el parentesco natural, a no ser lo que realmente sea debido a Dios y a Cristo. Esta es una consideración de las más necesarias y útiles, sobre la cual deseamos insistir particularmente ante el joven lector cristiano. Siempre debemos guardarnos de un espíritu de voluntad propia que se complazca en sí mismo, espíritu que nunca es tan peligroso como cuando se reviste de la apariencia de un servicio y de un trabajo pretendidamente religioso. Debemos estar muy seguros de que en nuestro corazón imperan únicamente los derechos de Dios cuando no tomamos en cuenta los derechos del parentesco natural. En el caso de Leví, la cuestión era tan clara como un rayo de sol; he ahí por qué «la espada» del juicio, y no el beso afectuoso, era lo que convenía en ese momento crítico. Lo mismo ocurre en nuestra vida; hay circunstancias en las que atender, aunque solo sea un momento, a las relaciones naturales sería una manifiesta deslealtad a nuestro Señor.

Las observaciones precedentes pueden ayudar al lector a comprender los actos realizados por los levitas en Éxodo 32 y las palabras del Señor en Lucas 14:26. ¡Que el Espíritu de Dios nos haga capaces de experimentar y mostrar el poder ordenador de la verdad!

4.6 - La consagración de los levitas

Nos detendremos ahora, por unos momentos, en la consagración de los levitas en Números 8, a fin de considerar el asunto en su totalidad. Este es un verdadero manantial de instrucción para cuantos desean ser obreros del Señor. Después de los actos ceremoniales de «lavarse y afeitarse», de los cuales ya hemos hablado, leemos lo siguiente: «Luego tomarán (los levitas) un novillo, con su ofrenda de flor de harina amasada con aceite; y tomarás otro novillo para expiación. Y harás que los levitas se acerquen delante del tabernáculo de reunión, y reunirás a toda la congregación de los hijos de Israel. Y cuando hayas acercado a los levitas delante de Jehová, pondrán los hijos de Israel sus manos sobre los levitas; y ofrecerá Aarón los levitas delante de Jehová en ofrenda de los hijos de Israel, y servirán en el ministerio de Jehová. Y los levitas pondrán sus manos sobre las cabezas de los novillos; y ofrecerás el uno por expiación, y el otro en holocausto a Jehová, para hacer expiación por los levitas» (Núm. 8:8-12).

Aquí se nos presentan los dos grandes aspectos de la muerte de Cristo. Uno de ellos lo tenemos en la ofrenda por el pecado; el otro en el holocausto. No entraremos en detalles acerca de esas ofrendas, pues ya lo hicimos en los primeros capítulos de nuestro “Estudio sobre el libro del Levítico”. Aquí solo queremos subrayar que, en la ofrenda por el pecado, vemos a Cristo llevando el pecado en su cuerpo sobre el madero y sufriendo la ira de Dios contra ese pecado. En el holocausto vemos a Cristo glorificando a Dios, incluso mientras hacía la propiciación por el pecado. En los dos casos se llevaba a cabo la expiación; pero, en el primero, es una expiación relacionada con la profundidad de las necesidades del pecador; en el segundo es una expiación según la medida de la consagración de Cristo a Dios. En aquel vemos la odiosa naturaleza del pecado; en este vemos el valor supremo de Cristo. Apenas necesitamos decir que es la misma muerte expiatoria de Cristo, pero presentada bajo dos aspectos distintos [6].

[6] Para más detalles sobre la doctrina de la ofrenda por el pecado y del holocausto, remitimos al lector a los capítulos 1 y 4 del “Estudio sobre el libro del Levítico”.

Los levitas ponían sus manos sobre la víctima por el pecado y sobre el holocausto; este acto de imposición de manos representaba sencillamente el hecho de la identificación. Pero ¡cuán diferente era el resultado en cada caso! Cuando Leví ponía las manos sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado, eso significaba transferir sobre la víctima todos sus pecados, su culpabilidad, su crueldad, su violencia y su propia voluntad. Por otra parte, cuando ponía sus manos sobre la cabeza del holocausto, ello implicaba el traspaso a Leví de toda la aceptación y la perfección del sacrificio. Naturalmente hablamos de lo que el tipo expresa. No se trata aquí de averiguar si Leví comprendía estas cosas; tan solo procuramos explicar el sentido del símbolo ceremonial; y está claro que ningún símbolo podría ser más significativo que la imposición de las manos, considerada en el caso de la ofrenda por el pecado o en el del holocausto. La doctrina de todo ello está incluida en el muy importante pasaje de 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él».

«Y presentarás a los levitas delante de Aarón, y delante de sus hijos, y los ofrecerás en ofrenda a Jehová. Así apartarás a los levitas de entre los hijos de Israel, y serán míos los levitas. Después de eso vendrán los levitas a ministrar en el tabernáculo de reunión; serán purificados, y los ofrecerás en ofrenda. Porque enteramente me son dedicados a mí los levitas de entre los hijos de Israel, en lugar de todo primer nacido; los he tomado para mí en lugar de los primogénitos de todos los hijos de Israel. Porque mío es todo primogénito de entre los hijos de Israel, así de hombres como de animales; desde el día que yo herí a todo primogénito en la tierra de Egipto, los santifiqué para mí. Y he tomado a los levitas en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel. Y yo he dado en don los levitas a Aarón y a sus hijos de entre los hijos de Israel, para que ejerzan el ministerio de los hijos de Israel en el tabernáculo de reunión, y reconcilien a los hijos de Israel; para que no haya plaga en los hijos de Israel, al acercarse los hijos de Israel al santuario. Y Moisés y Aarón y toda la congregación de los hijos de Israel hicieron con los levitas conforme a todas las cosas que mandó Jehová a Moisés acerca de los levitas; así hicieron con ellos los hijos de Israel» (Núm. 8:13-20).

Cuán vivamente nos recuerdan estos pasajes las palabras de nuestro Señor en Juan 17: «Manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo. Tuyos eran, y me los diste, y tu palabra han guardado… Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado; porque tuyos son; y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío; y yo soy glorificado en ellos» (v. 6-10).

Los levitas formaban un pueblo aparte, eran la posesión especial de Dios. Tomaban el lugar de todos los primogénitos de Israel, quienes habían sido salvados de la espada del exterminador por la sangre del cordero. Eran, simbólicamente, un pueblo muerto y resucitado, puesto aparte por Dios, quien lo ofrecía como un don al sumo sacerdote Aarón para prestar el servicio del tabernáculo.

¡Qué posición para el voluntarioso, violento y cruel Leví! ¡Qué triunfo de la gracia! ¡Qué ejemplo de la eficacia de la sangre de la propiciación y del agua de purificación! Ellos estaban, por naturaleza y por sus obras, alejados de Dios; pero la «sangre» expiatoria, el «agua» de purificación y la «navaja» del juicio personal habían hecho su bendita obra. En consecuencia, los levitas estaban en condiciones de ser ofrecidos como don a Aarón y a sus hijos, y de estar asociados a ellos en los santos servicios del tabernáculo del testimonio.

En todo esto los levitas eran un símbolo notable del pueblo actual de Dios. Los que forman ese pueblo han sido levantados y sacados de las profundidades de su degradación y de su ruina como pecadores. Han sido emblanquecidos en la preciosa sangre de Cristo, purificados por la aplicación de la Palabra y exhortados a ejecutar un juicio de sí mismos de forma habitual y severa. Así son hechos aptos para el santo servicio al cual son llamados. Dios los ha dado a su Hijo para que sean sus obreros en el mundo. «Tuyos eran, y me los diste» (Juan 17:6).

¡Qué maravilla! ¡Y pensar que esas personas somos nosotros! ¡Pensar que pertenecemos a Dios y que Dios nos ha puesto en manos de su Hijo! Bien podemos decir que esto supera todo concepto humano. No solo somos salvos de la gehena, lo cual es verdad; no solo somos perdonados, justificados, aceptados, lo que también es cierto, sino que además somos llamados a desempeñar el supremo y santo cargo de llevar en este mundo el Nombre, el testimonio y la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Es nuestra obra de verdaderos y fieles levitas. Como guerreros, somos llamados a combatir; como sacerdotes, tenemos el privilegio de rendir culto; pero, como levitas, somos responsables de servir; y nuestro servicio consiste en llevar, a través de este árido desierto, la persona de Cristo, realidad de lo que figuradamente representaba el tabernáculo. Esto es lo que caracteriza nuestro servicio; para esto hemos sido llamados; para esto hemos sido puestos aparte.

El lector notará que, en este libro de los Números, y solo en él, se nos dan todos los detalles preciosos y altamente instructivos sobre los levitas. Este hecho nos da una nueva explicación del carácter de dicho libro. Al colocarnos en el desierto tenemos un panorama exacto y completo tanto de los obreros como de los guerreros de Dios.

4.7 - El servicio de los levitas

Examinemos un poco el servicio de los levitas que nos es detallado en los capítulos 3 y 4 de los Números: «Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Haz que se acerque la tribu de Leví, y hazla estar delante del sacerdote Aarón, para que le sirvan, y desempeñen el encargo de él, y el encargo de toda la congregación delante del tabernáculo de reunión para servir en el ministerio del tabernáculo; y guarden todos los utensilios del tabernáculo de reunión, y todo lo encargado a ellos por los hijos de Israel, y ministren en el servicio del tabernáculo. Y darás los levitas a Aarón y a sus hijos; le son enteramente dados de entre los hijos de Israel» (cap. 3:5-9).

Los levitas representaban a toda la asamblea de los israelitas y obraban en favor de estos. Esto se desprende del hecho de que los hijos de Israel ponían sus manos sobre las cabezas de los levitas, así como estos ponían las suyas sobre las cabezas de las víctimas (cap. 8:10). El acto de la imposición representaba la identificación, de modo que los levitas ofrecían un aspecto muy especial del pueblo de Dios en el desierto. Nos lo presentan como una tropa de celosos obreros, y de ninguna manera (nótese bien) como simples trabajadores inconstantes e irregulares, yendo de acá para allá, haciendo cada cual lo que bien le parece. Nada de eso. Así como los hombres de guerra tenían que mostrar su genealogía y permanecer fieles a su bandera, los levitas tenían que reunirse alrededor de su centro y cumplir su tarea. Todo era tan claro, tan distinto y tan determinado como era posible, y, además, todo estaba bajo la autoridad y la inmediata dirección del sumo sacerdote.

Es muy necesario, para todos los que quieran ser verdaderos levitas, obreros fieles y siervos inteligentes, considerar seriamente este asunto. El servicio de los levitas debía ser regulado por las directivas del sacerdote. En el servicio de los levitas no había lugar para el ejercicio de la voluntad propia, así como tampoco lo había en la posición de los hombres de guerra. Todo estaba divinamente establecido, y esto era una gracia particular para quienes tenían sus corazones bien dispuestos. Para aquel cuya voluntad no estaba quebrantada podía parecer muy pesado y fastidioso verse obligado a ocupar la misma posición o estar dedicado a la misma rutina de trabajo. Ese hombre hubiera podido suspirar por algo nuevo, por algún cambio en su trabajo. Por el contrario, cuando la voluntad estaba sumisa y el corazón en regla, cada uno podía decir: “Mi sendero está perfectamente trazado; solo tengo que obedecer”. Tal es la ocupación del verdadero siervo; y esto fue cumplido de una manera perfecta por el más grande siervo que haya pasado por la tierra, Jesús. Él podía decir: «Porque descendí del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió» (Juan 6:38). Y, además: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió, y acabar su obra» (Juan 4:34).

Pero hay otro hecho digno de atención en cuanto a los levitas: su servicio tenía una exclusiva relación con el tabernáculo y con todo lo que de él dependía. No tenían otra cosa que hacer. Pensar en inmiscuirse en cualquier otra cosa, fuera la que fuese, habría sido, para un levita, renegar de su vocación, abandonar su obra divinamente determinada y apartarse de los mandamientos de Dios.

Ocurre lo mismo con los cristianos de hoy día. Su tarea exclusiva, su única y gran obra, su esencial servicio es Cristo y cuanto a él concierne. No deben hacer otra cosa. Para un cristiano, pensar en dedicarse a otra cosa es renegar de su vocación, abandonar su obra divinamente establecida y sustraerse a los mandatos de Dios. Un verdadero levita del antiguo pacto podía decir: “Para mí el vivir es el tabernáculo”. Ahora, un verdadero cristiano puede decir: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:21). La gran cuestión, en todo cuanto se presente al cristiano, es: ¿Puedo asociar con Cristo tal o cual cosa? Si no es así, no tengo absolutamente nada que hacer con ella.

Esa es la verdadera manera de considerar las cosas. No se trata de saber si esto o aquello es bueno o malo. No, se trata sencillamente de saber hasta qué punto eso está relacionado con el Nombre y la gloria de Cristo. Esto lo simplifica todo de un modo asombroso, responde a mil preguntas, resuelve innumerables dificultades y convierte el camino del cristiano sincero y fiel en algo tan claro como un rayo de sol.

4.8 - A cada uno su obra

Un levita no tenía ninguna dificultad en cuanto a su trabajo; lo tenía señalado con una precisión divina. La carga que cada uno debía llevar y el trabajo que debía hacer estaban indicados con una claridad que no dejaba lugar para las dudas del corazón. Cada cual podía conocer su trabajo y hacerlo, y además solo era hecho por aquellos que desempeñaban sus funciones especiales. El servicio del tabernáculo no se cumplía debidamente corriendo de aquí para allá y haciendo esto o aquello, sino por el asiduo cuidado con el que cada cual se aplicaba a su vocación particular.

Conviene no olvidar esto. Como cristianos somos propensos a rivalizar unos con otros, estorbándonos mutuamente; y seguramente obraremos así si cada uno de nosotros no sigue la línea de conducta divinamente trazada. Decimos “divinamente trazada” e insistimos en estas palabras. No tenemos derecho a escoger nuestra propia obra. Si el Señor ha hecho a un hombre evangelista, a otro maestro, a otro pastor y si ha dotado a otro para la exhortación, ¿cómo debe hacerse el trabajo? No será poniendo al evangelista a enseñar, o al maestro a exhortar, o a otra persona que, sin estar calificada por uno ni otro de estos dones, trate de ejercer los dos. No, cada uno debe ejercer el don que divinamente le fue dado. Sin duda el Señor puede, cuando le plazca, dotar a un hombre de varios dones, pero esto en nada afecta al principio sobre el cual insistimos y que es sencillamente este: Cada uno de nosotros debe conocer su propio servicio y seguir en él. Si perdemos esto de vista caeremos en una desesperante confusión. Dios tiene sus canteros, sus picapedreros y sus albañiles. La obra avanza por el trabajo de cada obrero que se ocupa con diligencia en su propio trabajo. Si todos fuesen canteros, ¿dónde estarían los picapedreros? Y si todos fuesen picapedreros ¿dónde estarían los albañiles? El que aspira a otro orden de cosas, o procura imitar el don de otro, hace daño a la causa de Cristo y a la obra de Dios en el mundo. Este es un grave error respecto del cual deseamos advertir seriamente al lector. Nada puede ser más insensato. Dios nunca se repite. No existen dos rostros humanos iguales y en todo un bosque no hay dos hojas ni dos briznas de hierba exactamente iguales. ¿Por qué, pues, alguien aspiraría a desempeñar el trabajo de otro o aparentaría poseer el don de otro? Que cada cual se contente con ser precisamente lo que su Señor lo ha hecho. Este es el secreto de una verdadera paz y del progreso. Todo esto encuentra una brillante ilustración en el resumen inspirado que se relaciona con el servicio de las tres distintas clases de levitas, las que iremos citando a lo largo de este escrito para facilitarle al lector su comprensión. Al fin y al cabo, no hay nada que pueda compararse al verdadero lenguaje de las Santas Escrituras.

4.9 - El servicio de los hijos de Gersón

«Y Jehová habló a Moisés en el desierto de Sinaí, diciendo: Cuenta los hijos de Leví según las casas de sus padres, por sus familias; contarás todos los varones de un mes arriba. Y Moisés los contó conforme a la palabra de Jehová, como le fue mandado. Los hijos de Leví fueron estos por sus nombres: Gersón, Coat, y Merari. Y los nombres de los hijos de Gersón por sus familias son estos: Libni y Simei. Los hijos de Coat por sus familias son: Amram, Izhar, Hebrón y Uziel. Y los hijos de Merari por sus familias: Mahli y Musi. Estas son las familias de Leví, según las casas de sus padres. De Gersón era la familia de Libni y la de Simei; estas son las familias de Gersón. Los contados de ellos conforme a la cuenta de todos los varones de un mes arriba, los contados de ellos fueron siete mil quinientos. Las familias de Gersón acamparán a espaldas del tabernáculo, al occidente; y el jefe del linaje de los gersonitas, Eliasaf, hijo de Lael. A cargo de los hijos de Gersón, en el tabernáculo de reunión, estarán el tabernáculo, la tienda y su cubierta, la cortina de la puerta del tabernáculo de reunión, las cortinas del atrio, y la cortina de la puerta del atrio, que está junto al tabernáculo y junto al altar alrededor; asimismo sus cuerdas para todo su servicio» (v. 14-26). Y en otro sitio leemos: «Además habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma también el número de los hijos de Gersón según las casas de sus padres, por sus familias. De edad de treinta años arriba hasta cincuenta años los contarás; todos los que entran en compañía para servir en el tabernáculo de reunión. Este será el oficio de las familias de Gersón, para ministrar y para llevar: Llevarán las cortinas del tabernáculo, el tabernáculo de reunión, su cubierta, la cubierta de pieles de tejones que está encima de él, la cortina de la puerta del tabernáculo de reunión, las cortinas del atrio, la cortina de la puerta del atrio, que está cerca del tabernáculo y cerca del altar alrededor, sus cuerdas, y todos los instrumentos de su servicio, y todo lo que será hecho para ellos; así servirán. Según la orden de Aarón y de sus hijos será todo el ministerio de los hijos de Gersón en todos sus cargos, y en todo su servicio; y les encomendaréis en guarda todos sus cargos. Este es el servicio de las familias de los hijos de Gersón en el tabernáculo de reunión; y el cargo de ellos estará bajo la mano de Itamar hijo del sacerdote Aarón» (cap. 4:21-28).

He aquí todo lo concerniente a Gersón y su obra. Él y su hermano Merari debían llevar «el tabernáculo», mientras Coat estaba destinado a llevar el «santuario», tal como lo leemos en el capítulo 10: «Después que estaba ya desarmado el tabernáculo, se movieron los hijos de Gersón y los hijos de Merari, que lo llevaban. Luego comenzaron a marchar los coatitas llevando el santuario; y entretanto que ellos llegaban, los otros (esto es, los gersonitas y los meraritas) acondicionaron el tabernáculo» (v. 17, 21). Había un estrecho lazo moral que unía a Gersón y Merari en su servicio, aunque su obra respectiva era completamente distinta, según lo veremos en el siguiente pasaje.

4.10 - El servicio de los hijos de Merari

«Contarás los hijos de Merari por sus familias, según las casas de sus padres. Desde el de edad de treinta años arriba hasta el de cincuenta años los contarás; todos los que entran en compañía para servir en el tabernáculo de reunión. Este será el deber de su cargo para todo su servicio en el tabernáculo de reunión: las tablas del tabernáculo, sus barras, sus columnas y sus basas, las columnas del atrio alrededor y sus basas, sus estacas y sus cuerdas, con todos sus instrumentos y todo su servicio; y consignarás por sus nombres todos los utensilios que ellos tienen que transportar. Este será el servicio de las familias de los hijos de Merari para todo su ministerio en el tabernáculo de reunión, bajo la dirección de Itamar hijo del sacerdote Aarón» (cap. 4:29-33).

Todo estaba claro y definido. Gersón nada tenía que hacer con las tablas y las estacas; e igualmente Merari tampoco tenía nada que ver con las cortinas o las cubiertas. No obstante, estaban íntimamente unidos y en mutua dependencia. Las «tablas y las basas» de nada hubiesen servido sin las «cortinas», y estas a su vez hubiesen sido inútiles sin las tablas y las basas. En cuanto a las «estacas», aunque parecieran insignificantes, ¿quién hubiera podido apreciar la visible unidad del conjunto sin valorar la importancia que tenían al unir los objetos entre sí y mantener dicha unidad? De este modo todos trabajaban juntos para un fin común, y este fin se alcanzaba si cada individuo permanecía ocupado en su propia especialidad. Si un gersonita se hubiese empeñado en abandonar las «cortinas» para ocuparse de las «estacas», hubiera dejado sin ejecución su propia obra, inmiscuyéndose en la de los meraritas. Entonces todo habría caído en una desagradable confusión, mientras que, ateniéndose a la regla divina, todo se mantenía en un orden admirable.

Debía ser extremadamente hermoso ver a los obreros de Dios en el desierto. Cada uno estaba en su puesto y obraba en la esfera que tenía divinamente asignada. Por eso, en cuanto la nube se elevaba y se daba la orden de desmontar el tabernáculo, cada uno sabía lo que tenía que hacer, y no hacía otra cosa. Nadie tenía el derecho de seguir sus propios pensamientos. Jehová pensaba por todos. Los levitas se habían declarado «por Jehová»; se habían sometido a su autoridad; y este hecho era la base misma de toda su obra y su servicio en el desierto. Así considerada la obra, era igual que un hombre tuviera que encargarse de una estaca, de una cortina o del candelabro de oro. La gran cuestión para todos y cada uno era: ¿Es esta mi obra? ¿Es esto lo que el Señor me ha ordenado hacer?

Esto lo resolvía todo. Si las cosas se hubiesen dejado al criterio o al gusto de los obreros, cada uno hubiese escogido lo que más le agradaba. Entonces ¿cómo hubiera podido trasladarse el tabernáculo a través del desierto y montarse en su sitio? ¡Imposible! No podía haber más que una autoridad suprema, a saber, Jehová mismo. Él lo disponía todo, y todos debían someterse a él. No quedaba sitio alguno para el ejercicio de la voluntad humana. Esta era una gracia notable. Descartaba una multitud de disputas y confusiones. Es necesaria la sumisión, una voluntad quebrantada y una cordial adhesión a la autoridad de Dios; de otro modo se llegará al estado descrito en el libro de los Jueces: «Cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 17:6; 21:25). Un merarita podía decir, o pensar, si no lo decía: “¡Qué! ¿He de gastar la mejor parte de mi vida, los días de mi fuerza y mi vigor, cuidando unas estacas? ¿Para esto he nacido? ¿No hay para mi vida un fin más elevado? ¿Será esa mi única ocupación desde los treinta a los cincuenta años?”.

Había una doble respuesta a estas preguntas. En primer lugar, para el merarita era suficiente saber que Jehová le había asignado su obra. Eso bastaba para comunicar dignidad a lo que el ojo natural pudiera ver como la ocupación más ínfima y vil. Importa poco lo que hagamos con tal que cumplamos siempre nuestra tarea ordenada por Dios. Un hombre puede seguir una carrera muy brillante a los ojos de sus semejantes; puede gastar sus energías, su tiempo, su talento, su fortuna procurando lo que los hombres del mundo estiman grande y glorioso; y, con todo, su vida puede ser nada más que una brillante bagatela. Por otra parte, el hombre que sencillamente hace la voluntad de Dios, que ejecuta los mandatos del Señor, sean los que fueren, andará por un sendero iluminado por los rayos de la aprobación de Dios; su obra será recordada después que los más espléndidos proyectos de los hijos de este siglo hayan caído en eterno olvido.

Pero, además del valor moral ligado al cumplimiento del deber que uno estaba llamado a cumplir, había también una dignidad particular relacionada con la obra de un merarita, aun cuando esa obra solo consistiera en cuidar de unas «estacas» o de unas «basas». Todo cuanto se relacionaba con el tabernáculo tenía el mayor interés y poseía el más alto valor. En el mundo entero nada podía ser comparado con ese tabernáculo hecho de tablas con todas sus dependencias. Era una santa dignidad y un santo privilegio ser admitido para manejar la más pequeña estaca que formara parte de ese maravilloso tabernáculo en el desierto. Era infinitamente más glorioso ser un merarita, cuidando las estacas del tabernáculo, que llevar el cetro de Egipto o de Asiria. En verdad, ese merarita, según lo expresa su nombre, podía parecer un pobre hombre afligido y cansado; pero su trabajo estaba relacionado con la habitación del Dios Altísimo, poseedor de los cielos y la tierra. Sus manos manejaban objetos que eran modelos de cosas celestiales. Cada estaca, cada basa, cada cortina, cada cubierta era una sombra de las grandes cosas que habían de venir, una figura simbólica de Cristo.

No pretendemos que el humilde merarita o gersonita, ocupado en tales quehaceres, comprendía estas cosas. Esa no es la cuestión que consideramos aquí. Nosotros podemos comprenderlas. Es nuestro privilegio exponerlas todas, el tabernáculo y sus muebles, a la brillante luz del Nuevo Testamento y descubrir en él a Cristo en todo.

Si bien no afirmamos nada acerca del grado de comprensión que los levitas tenían de sus respectivos trabajos, podemos decir con toda seguridad que era un gran privilegio ser admitido para tocar, manejar y llevar a través del desierto las sombras terrenales de las realidades celestiales. Además, era una gracia especial tener la autoridad de un «así ha dicho Jehová» para todo aquello que tenían que hacer.

¿Quién puede apreciar tal gracia, tal privilegio? Cada miembro de esta maravillosa tribu de obreros tenía su especial esfera de trabajo, trazada por la mano de Dios y vigilada por el sacerdote de Dios. No se trataba de que cada cual hiciera lo que bien le parecía o que anduviera en las huellas de otro, sino que todos se sometieran a la autoridad de Dios e hicieran precisamente lo que estaban llamados a hacer. En esto radicaba el secreto del orden para esos ocho mil quinientos ochenta obreros (cap. 4:48). Y podemos decir, con toda certeza, que ese sigue siendo aún el verdadero secreto del orden. ¿Por qué encontramos tanta confusión en la Iglesia? ¿Por qué tantos conflictos de pensamientos, de opiniones, de sentimientos? ¿Por qué tanta oposición entre unos y otros? ¿Por qué tantas intromisiones en el camino de los demás? Sencillamente porque falta la completa y absoluta sumisión a la Palabra de Dios. Nuestra voluntad está activa. Escogemos nuestros propios caminos en vez de dejar a Dios la tarea de escogerlos por nosotros. Nos falta la actitud y el estado de ánimo para hacer que todos los pensamientos humanos, y en particular los nuestros, sean puestos en el lugar que realmente les conviene, y para que los pensamientos de Dios se eleven hasta una soberanía plena y completa.

4.11 - La completa sumisión a Dios

Estamos convencidos de que ese es el punto principal, lo que ante todo nos falta, la urgente necesidad en nuestros días. La voluntad del hombre toma cada vez más importancia. Se levanta como una poderosa marea y arrastra las antiguas barreras que hasta cierto punto la mantenían refrenada. «Rompamos sus ligaduras», dicen, «y echemos de nosotros sus cuerdas» (Sal. 2:3).

Tal es, hoy más que nunca, el espíritu de este siglo. ¿Cuál es el antídoto? ¡La sumisión! ¿La sumisión a qué? ¿A lo que se llama la autoridad de la Iglesia? ¿A la voz de la tradición, a los mandamientos y doctrinas de hombres? No; bendito sea Dios, no es ni a una de estas cosas ni a todas juntas. ¿A qué, pues? A la voz del Dios viviente, a la voz de las Santas Escrituras. Este es el gran remedio contra la voluntad propia, por un lado, y contra la sumisión a la autoridad humana, por otro. “Es necesario obedecer. Esta es la respuesta a la propia voluntad. «Es necesario obedecer a Dios». Tal es la respuesta a una vil sujeción a la autoridad humana en materia de fe. Siempre tenemos que vérnoslas con esos dos elementos. El primero, la propia voluntad, que termina en infidelidad. El segundo, la sumisión al hombre, que termina en superstición. Estas dos tendencias ejercerán su influencia en todo el mundo civilizado. Ellas arrastrarán todo, salvo a los que son enseñados por Dios a decir, sentir y obrar según la máxima inmortal: «¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!» (Hec. 5:29).

Esto era lo que, en el desierto, hacía capaz al gersonita de vigilar las «pieles de tejones» rudas y de aspecto poco agradable; esto era lo que hacía capaz al merarita de cuidar las «estacas», tan insignificantes en apariencia. Sí, y esto es también lo que, en nuestros días, hará al cristiano capaz de aplicarse en la esfera del servicio a la que su Señor haya tenido a bien llamarlo. Aunque, a la vista humana, tal género de servicio pueda parecer rudo y sin atractivo, vil e insignificante, debe bastarnos que nuestro Señor nos haya asignado un puesto y encomendado un trabajo, y que este tenga una relación inmediata con la Persona y la gloria de Aquel que es «señalado entre diez mil… y todo él codiciable» (Cant. 5:10-16).

Nosotros también podemos limitarnos a ser lo que figuraban las pieles de tejones rudas y poco agraciadas, o las estacas insignificantes. Pero recordemos que todo lo que se relaciona con Cristo, con su Nombre, con su Persona, con su causa, es indeciblemente precioso para Dios. Ello podrá parecer muy pequeño a juicio del hombre, mas ¿qué importa? Nosotros debemos considerar las cosas desde el punto de vista de Dios, debemos pesarlas en su medida, que es Cristo. Dios lo mide todo por Cristo. Todo lo que tiene la menor relación con Cristo es interesante e importante a juicio de Dios; mientras que los designios más brillantes, los proyectos más gigantescos, las empresas más admirables de los hombres del mundo, todo se desvanece como la niebla del alba y el rocío de la mañana. El hombre hace de su yo su propio centro, su propio objeto, su propia regla. Aprecia las cosas en la medida en que estas le exalten y favorezcan sus intereses. Se sirve incluso de la religión para el mismo fin, y hace de ellas un pedestal para elevarse a sí mismo. En otras palabras, todo es empleado en la formación de un capital para el yo y es utilizado como reflector para proyectar la luz y llamar la atención hacia el yo. Hay así un inmenso abismo entre los pensamientos de Dios y los del hombre, y los bordes de este abismo están tan separados uno del otro como lo está Cristo del egoísmo del hombre. Todo lo que pertenece a Cristo tiene una importancia y un interés eternos. Todo lo que tiende al yo desaparecerá y será olvidado. Por lo tanto, el error más fatal en que puede caer un hombre es el de hacer del yo su único objeto; el resultado de ello será un eterno desengaño. Por otra parte, la cosa más sabia, más segura y mejor que el hombre puede hacer es tomar a Cristo como su único objeto, pues esto le conducirá infaliblemente a una gloria y bendición eternas.

Amado lector, deténgase un momento e interrogue a su corazón y a su conciencia. En este momento siento una santa responsabilidad frente a su alma. Escribo estas líneas en la soledad de mi oficina en Bristol y tal vez usted las lea en la soledad de su habitación en algún país lejano. Mi objetivo no es escribir un libro, ni siquiera explicar la Escritura. Deseo ser empleado por Dios para obrar en el fondo de su alma. Permítame, pues, formularle esta pregunta solemne y apremiante: ¿Cuál es su objeto? ¿Es Cristo o el yo? Sea sincero ante el escudriñador de los corazones, el Todopoderoso que lo ve todo. Ejerza sobre usted mismo un severo juicio como si estuviera ante la luz de la presencia divina. No se deje engañar por alguna apariencia brillante o falsa. La mirada de Dios penetra a través de la superficie de las cosas, y él quiere que usted haga lo mismo. Él le presenta a Cristo en contraste con todo lo demás. ¿Lo ha recibido? ¿Es él su sabiduría, su justicia, su santificación y su redención? ¿Puede decir sin titubear: «Mi amado es mío, y yo suya»? (Cant.2:16) Examínese y vea. ¿Es este un punto perfectamente definido y arraigado en su alma? Y si es así, ¿hace de Cristo su único objeto? ¿Mide todas las cosas por él?

¡Oh, querido amigo, estas preguntas son útiles para sondear el corazón! Esté seguro de que no se las formulo sin haber sentido su energía y su poder. Dios es testigo de que siento, aunque muy débilmente, su importancia y su gravedad. Estoy perfecta y profundamente convencido de que nada permanecerá sino solo lo que se relaciona con Cristo y, además, que la más ínfima cuestión que tenga relación con él es de supremo interés a juicio del cielo. Si me es permitido despertar en algún corazón el valor de estas verdades, o afirmar este sentimiento donde haya sido ya despertado, creeré no haber escrito este libro en vano.

4.12 - El servicio de los hijos de Coat

Ahora, antes de cerrar esta larga sección, echemos una ojeada a los coatitas y su obra.

«Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: Toma la cuenta de los hijos de Coat de entre los hijos de Leví, por sus familias, según las casas de sus padres, de edad de treinta años arriba hasta cincuenta años, todos los que entran en compañía para servir en el tabernáculo de reunión. El oficio de los hijos de Coat en el tabernáculo de reunión, en el lugar santísimo, será este: Cuando haya de mudarse el campamento, vendrán Aarón y sus hijos y desarmarán el velo de la tienda, y cubrirán con él el arca del testimonio; y pondrán sobre ella la cubierta de pieles de tejones, y extenderán encima un paño todo de azul, y le pondrán sus varas. Sobre la mesa de la proposición extenderán un paño azul, y pondrán sobre ella las escudillas, las cucharas, las copas y los tazones para libar; y el pan continuo estará sobre ella. Y extenderán sobre ella un paño carmesí, y lo cubrirán con la cubierta de pieles de tejones; y le pondrán sus varas. Tomarán un paño azul y cubrirán el candelero del alumbrado, sus lamparillas, sus despabiladeras, sus platillos, y todos sus utensilios del aceite con que se sirve; y lo pondrán con todos sus utensilios en una cubierta de pieles de tejones, y lo colocarán sobre unas parihuelas. Sobre el altar de oro extenderán un paño azul, y le cubrirán con la cubierta de pieles de tejones, y le pondrán sus varas. Y tomarán todos los utensilios del servicio de que hacen uso en el santuario, y los pondrán en un paño azul, y los cubrirán con una cubierta de pieles de tejones, y los colocarán sobre unas parihuelas. Quitarán la ceniza del altar, y extenderán sobre él un paño de púrpura, y pondrán sobre él todos sus instrumentos de que se sirve: las paletas, los garfios, los braseros y los tazones, todos los utensilios del altar; y extenderán sobre él la cubierta de pieles de tejones, y le pondrán además las varas. Y cuando acaben Aarón y sus hijos de cubrir el santuario y todos los utensilios del santuario, cuando haya de mudarse el campamento, vendrán después de ello los hijos de Coat para llevarlos; pero no tocarán cosa santa, no sea que mueran. Estas serán las cargas de los hijos de Coat en el tabernáculo de reunión» (cap. 4:1-15).

Aquí vemos qué funciones sagradas estaban confiadas a los coatitas: el arca, la mesa de oro, el candelabro de oro, el altar de oro y el altar de los holocaustos; todos ellos eran sombras de los bienes que habían de venir, los modelos de lo que hay en el cielo, figuras de cosas reales, tipos de Cristo en su Persona, su obra y sus oficios, como intentamos demostrarlo en el “Estudio sobre el libro del Éxodo” (cap. 24 al 30). Estas cosas nos son presentadas aquí en el desierto, en su atavío de viaje, si se nos permite servirnos de tal expresión. Con excepción del arca del pacto, todas esas cosas tenían la misma apariencia a los ojos humanos: la cubierta de pieles de tejones. El arca ofrecía esta diferencia: sobre la gruesa cubierta de pieles de tejones había un «paño todo de azul», que significaba sin duda el carácter enteramente celestial del Señor Jesucristo en su divina Persona. Lo que en él era esencialmente celestial siempre se manifestaba por fuera durante su estancia aquí abajo. Él fue constantemente el hombre celestial, «el Señor del cielo». Por debajo del paño azul se encontraban las pieles de tejones, que pueden ser consideradas como expresión de lo que protege del mal. El arca era el único objeto cubierto de esta manera especial.

En cuanto a «la mesa de la proposición», que era un símbolo de nuestro Señor Jesucristo en su relación con las doce tribus de Israel, primeramente, estaba cubierta con un «paño azul», luego con una tela de color carmesí, y por encima de todo esto se hallaban las pieles de tejones. En otras palabras, estaba lo que era esencialmente celestial, luego lo que representaba el esplendor humano; y, por encima de todo, lo que protegía del mal. El objetivo de Dios es que las doce tribus de Israel tengan la supremacía en la tierra, que en ellas se realice el tipo más elevado del esplendor humano. De ahí la conveniencia de la tela «carmesí» sobre la mesa de los panes de la proposición. Los doce panes representaban evidentemente las doce tribus, y, en cuanto al color carmesí, el lector solo tiene que recorrer la Escritura para comprobar que representa lo que el hombre considera como suntuoso.

Las cubiertas del candelabro y del altar de oro eran idénticas: primero se hallaba la envoltura celeste y luego, en el exterior, las pieles de tejones. En el candelabro vemos a Cristo en relación con la obra del Espíritu Santo para luz y testimonio. El altar de oro nos muestra a Cristo y el valor de su intercesión, el perfume y el elevado valor de lo que él es delante de Dios. Estos dos objetos, al atravesar el desierto, iban embalados en lo que era celestial y estaban cubiertos por las pieles de tejones.

Por último, en el altar de bronce, observamos una marcada distinción: estaba recubierto de «púrpura» en vez de «azul» o de «carmesí». ¿Por qué? Sin duda porque el altar de bronce prefigura a Cristo como el que padeció «por los pecados» y, por consiguiente, debe llevar el cetro de la realeza. El «púrpura» es el color real. Aquel que sufrió en este mundo, reinará. El que llevó la corona de espinas, llevará la corona de gloria. He aquí por qué la cubierta de «púrpura» convenía al altar de bronce, pues en él se ofrecía a la víctima. Sabemos que en la Escritura todo tiene su significado divino; es un privilegio y también un deber buscar el sentido de cuanto Dios ha escrito, según su gracia, para nuestra instrucción. Pero a este resultado no se puede llegar, según creemos, sino sujetándose a Dios con humildad, paciencia y oración. Aquel que ha inspirado el Libro conoce perfectamente la finalidad y el objeto del Libro en su conjunto y de cada una de sus divisiones en particular. Esta convicción debe tener por efecto reprimir los profanos extravíos de la imaginación. Solo el Espíritu de Dios puede abrir las Escrituras a nuestras almas. Dios es su propio intérprete, tanto en la Revelación como en la Providencia, y cuanto más nos apoyamos en él reconociendo nuestra incapacidad, tanto más profundo es el conocimiento que adquirimos de su Palabra y de sus caminos.

4.13 - El significado de lo que nos es presentado en figura

Queremos invitarle, lector cristiano, a que vuelva a leer en la presencia de Dios el pasaje de Números 4:1-15. Pídale que le aclare el sentido de cada frase, el significado del arca y por qué solo ella debía estar cubierta exteriormente con un paño completamente «azul». Y así en cuanto a lo demás. Nosotros nos hemos atrevido a indicar humildemente el sentido de estas cosas, pero deseamos que usted lo aprenda directamente de Dios y no que lo acepte del hombre solamente. Tememos mucho dejar trabajar a la imaginación, por lo que escribimos acerca de las Santas Escrituras solo sobre aquello que el Espíritu Santo nos haya convencido profundamente.

Tal vez usted dirá: “¿Por qué, entonces, escriben?” Porque tenemos la viva esperanza de poder ayudar al que estudia seriamente la Escritura a descubrir las piedras preciosas esparcidas en las inspiradas páginas, de manera que pueda recogerlas para sí. Miles de lectores podrían leer una y otra vez el capítulo 4 de los Números y no fijarse siquiera en el hecho de que el arca era la única pieza del mobiliario del tabernáculo que no dejaba ver en absoluto la piel de tejones. Y si no se ha podido captar tan sencillo hecho, ¿cómo podrá entenderse el alcance de su significado? Lo mismo ocurre con el altar de bronce: ¿cuántos lectores habrán observado que debía ser revestido de «púrpura»? Podemos estar seguros de que estos dos hechos tienen un sentido plenamente espiritual. El arca era la suprema manifestación de Dios; podemos, pues, comprender por qué era preciso que mostrara a primera vista lo que era puramente celestial. El altar de bronce era el lugar donde se juzgaba el pecado; era un tipo de Cristo en su obra, como Aquel que lleva el pecado. Representaba hasta qué punto él se había humillado por nosotros, y, sin embargo, este altar era el único objeto que debía envolverse con el color de la realeza. ¿Podemos imaginar algo más hermoso que esta enseñanza? ¡Qué sabiduría infinita en todas esas bellas diferencias! El arca nos conduce al lugar más elevado de los cielos, y el altar de bronce al más bajo de la tierra. Ellos ocupaban los extremos del tabernáculo. En la primera contemplamos a Aquel que glorificó a la ley; en el segundo a Aquel que fue hecho pecado. En el arca se veía primeramente lo que era celestial; solo buscando debajo de la primera cubierta se veían las pieles de tejones, y aun más abajo de esta envoltura se hallaba el velo misterioso, tipo de la carne de Cristo. En cambio, en el altar de bronce lo primero que estaba a la vista eran las pieles de tejones, y debajo de ellas la cubierta que simbolizaba la majestad real. Cristo se nos aparece en cada uno de estos objetos, pero bajo un aspecto diferente en cada uno. En el arca tenemos a Cristo como manteniendo la gloria de Dios. En el altar de bronce le vemos respondiendo a las necesidades del pecador. ¡Combinación bendita para nosotros!

Se habrá observado, además, que en todo ese pasaje no se hace mención de una pieza del mobiliario que, según sabemos por Éxodo 30 y otros pasajes de la Escritura, ocupaba un lugar importante en el tabernáculo. Nos referimos a la fuente de bronce. ¿Por qué se omite en el capítulo 4 de los Números? Es muy probable que algunos clarividentes racionalistas encuentren en esto lo que ellos llamarían una omisión, un defecto, una contradicción. Y bien, ¿lo es en realidad? No, gracias a Dios. El ferviente lector cristiano sabe perfectamente que tales cosas son incompatibles con el Libro de Dios. Lo confiesa, aun cuando no pueda justificar la ausencia o la presencia de tal o cual detalle particular en un pasaje dado. Pero, si por la gracia de Dios se nos permite discernir la razón espiritual de las cosas, precisamente allí donde el racionalista cree descubrir defectos, vemos que el lector piadoso encuentra brillantes perlas.

Así sucede, no lo dudamos, con la omisión aquí de la fuente de bronce. Esta no es más que una de las múltiples demostraciones de la belleza y de la perfección del Libro inspirado.

Pero el lector puede preguntar: ¿Por qué la omisión de la fuente? La razón puede estar fundada en los siguientes hechos: la materia de que estaba hecha la fuente y el uso al cual estaba destinada. Este doble hecho consta en Éxodo. La fuente fue hecha con los espejos de metal de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión (Éx. 38:8). Esta era su composición. En cuanto a su objeto, se había construido como medio de purificación para el hombre. En todas las cosas que constituían las funciones y los cargos especiales de los coatitas, vemos tan solo las variadas manifestaciones de Dios en Cristo; desde el arca que estaba en el lugar santísimo hasta el altar de bronce que estaba colocado en el atrio del tabernáculo. Y como la fuente no era una manifestación de Dios sino una purificación para el hombre, no se la ve confiada a los cuidados y vigilancia de los coatitas.

Pero conviene que dejemos meditar al lector solo en esta parte, que es de las más profundas de nuestro libro. Es realmente inagotable. Podríamos continuar extendiéndonos en consideraciones hasta llenar no solo páginas, sino volúmenes enteros; y, después de todo, sentiríamos haber penetrado solo en la superficie de una mina cuya profundidad jamás puede ser sondeada, y cuyos tesoros jamás pueden ser agotados. ¿Qué puede expresar la pluma humana acerca de la instrucción maravillosa que contiene el relato inspirado sobre la tribu de Leví? ¿Quién se atreverá a desarrollar la gracia soberana que brilla en el hecho de que el voluntarioso Leví pudiera ser el primero en responder al requerimiento conmovedor: «¿Quién está por Jehová?». ¿Quién podría hablar con autoridad de la rica, abundante y superior misericordia divina revelada en el hecho de que aquellos cuyas manos se habían teñido con sangre fuesen autorizados a manejar los utensilios del santuario, y de que aquellos en cuya compañía no podía entrar el Espíritu de Dios fuesen llevados en medio de la Asamblea de Dios para ocuparse de lo que para él era tan precioso?

¡Qué instrucción nos proporcionan esas divisiones de obreros: los meraritas, los gersonitas y los coatitas! ¡Qué figura de los diversos miembros de la Iglesia de Dios en su variado servicio! ¡Qué profundidad de misteriosa sabiduría en todo ello! ¿Es hablar demasiado fuerte, es demasiado decir que, en este momento, nada nos impresiona tanto como el sentimiento de la completa debilidad y de la total pobreza de cuanto hemos expuesto sobre uno de los más ricos temas del Libro inspirado? No obstante, hemos conducido al lector a una mina cuya profundidad y riqueza son infinitas, y es conveniente que le dejemos penetrar en ella con la ayuda de Aquel a quien pertenece la mina, el único que puede descubrir los tesoros que ella contiene. Todo lo que el hombre puede escribir o decir sobre una porción cualquiera de la Palabra de Dios, no son más que sugerencias; hablar de esta Palabra como de un tema que pueda agotarse sería una falta de respeto hacia el canon sagrado. Entremos al santo lugar con pies descalzos y seamos semejantes a los que consultaban a Dios en el templo, cuyas meditaciones están impregnadas de un espíritu de adoración.

5 - Capítulo 5: La disciplina relacionada con la morada de Dios

«Jehová habló a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que echen del campamento a todo leproso, y a todos los que padecen flujo de semen, y a todo contaminado con muerto. Así a hombres como a mujeres echaréis; fuera del campamento los echaréis, para que no contaminen el campamento de aquellos entre los cuales yo habito. Y lo hicieron así los hijos de Israel, y los echaron fuera del campamento; como Jehová dijo a Moisés, así lo hicieron los hijos de Israel» (v. 1-4).

Aquí tenemos, desplegado ante nosotros, el gran principio fundamental sobre el que está establecida la disciplina de la asamblea: principio que es de la mayor importancia, aunque lamentablemente sea poco comprendido y observado. Era la presencia de Dios en medio de su pueblo Israel la que reclamaba la santidad en ellos. «Para que no contaminen el campamento de aquellos entre los cuales yo habito». El lugar en que el Santo habita debe ser santo. Esta es una verdad tan sencilla como apremiante de conocer.

Ya hicimos notar que la redención era la base de la morada de Dios en medio de su pueblo; pero recordemos que la disciplina era esencial para su permanencia en medio de ellos. Dios no podía habitar donde el mal fuese consentido abiertamente y con deliberado propósito. Bendito sea su nombre, él puede soportar y soporta la debilidad y la ignorancia, pero sus ojos son demasiado puros para ver el mal y mirar la iniquidad. El mal jamás puede habitar con Dios, y Dios no puede tener comunión con el mal. Esto sería como una negación de su propia naturaleza; y él no puede negarse a sí mismo.

Sin embargo, se puede hacer esta objeción: “¿No habita el Espíritu Santo en el creyente individualmente y, no obstante, hay mucho mal en él?” En efecto, el Espíritu Santo mora en el creyente según el principio de una redención cumplida. Está ahí no como aprobación de lo que es de la vieja naturaleza, sino como sello de que es de Cristo; gozamos de su presencia y de su comunión en la medida en que estamos juzgando el mal en nosotros. ¿Alguien osará decir que podemos andar en el Espíritu y gozar de su presencia mientras toleramos nuestra depravación natural y satisfacemos las concupiscencias de la carne y de nuestros pensamientos? ¡Lejos esté de nosotros idea tan impía! No; es preciso que nos juzguemos a nosotros mismos y que rechacemos todo cuanto es incompatible con la santidad de Aquel que mora en nosotros. Nuestro «viejo hombre» no existe delante de Dios. Fue condenado enteramente en la cruz de Cristo. Sentimos su influencia, lamentablemente, y debemos humillarnos juzgándonos a nosotros mismos; pero Dios nos ve en Cristo, en el Espíritu, en la nueva creación. Además, el Espíritu Santo mora en el creyente en virtud del derramamiento de la sangre de Cristo, y su presencia exige el juicio del mal bajo todas sus formas.

5.1 - El juicio del mal en la Asamblea

Es igual en cuanto a la Asamblea; sin duda que hay mal en ella y en cada uno de los que forman parte de ella, y, por lo tanto, mal en el Cuerpo colectivo. El mal debe ser juzgado; y si es juzgado, no se le consentirá que obre; quedará anulado. Pero sostener que una asamblea no tiene que juzgar el mal, sería sencillamente establecer la contradicción como principio. ¿Qué diríamos de un cristiano que afirmase que no es seriamente responsable de juzgar el mal en sí mismo y en su conducta? Podríamos, sin dudar ni un momento, declarar que se contradice. Si es malo para un solo individuo seguir tal principio, ¿no debe serlo igualmente para una asamblea? No comprendemos que esto pueda ser puesto en duda.

¿Cuál habría sido el resultado si Israel hubiese rehusado obedecer el «mandamiento» impartido al comienzo del capítulo que estamos examinando? Supongamos que hubiesen dicho: “No somos responsables de juzgar el mal, ni creemos que sea propio de mortales como nosotros, pobres, débiles y falibles, juzgar a quienquiera que sea. Estos individuos leprosos, manchados, etc. son tan israelitas como nosotros, y tienen tanto derecho a las bendiciones y privilegios del campamento como nosotros; no vemos, pues, la necesidad de echarlos fuera”.

Y preguntamos nosotros: ¿Qué hubiera contestado Dios a semejantes objeciones? Si el lector quiere recurrir por un momento al capítulo 7 de Josué, allí encontrará una respuesta muy solemne. Acérquese y examine atentamente ese «gran montón de piedras» en el valle de Acor. Lea allí la inscripción que lleva: «Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él» (Sal. 89:7). «Porque también nuestro Dios es fuego consumidor» (Hebr. 12:29). ¿Qué sentido tiene todo ello? Escuchémoslo y meditemos. La codicia, habiendo concebido en el corazón de un miembro de la congregación, había engendrado el pecado. Pero ¿cómo?, ¿eso abarcaba a toda la congregación? Sí; sin duda alguna, esta es la solemne verdad. «Israel ha pecado», y no solamente Acán: «Han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido y aun lo han guardado entre sus enseres. Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros» (Josué 7:11-12).

Este pasaje es de los más serios y penetrantes. Seguramente hace resonar en nuestros oídos una potente voz y da a nuestros corazones una santa lección. Según nos lo enseña dicho relato, en el campamento había centenares de miles de hombres tan ignorantes del pecado de Acán como parecía estarlo el mismo Josué y, sin embargo, fue dicho: «Israel ha pecado», «han quebrantado», «han tomado del anatema», «hurtado» y «mentido». ¿Cómo podía ser eso? La congregación era una. La presencia de Dios en medio de ella constituía la unidad de la misma; unidad tal que el pecado de uno se convertía en el pecado de todos. «Un poco de levadura hace fermentar toda la masa» (1 Cor. 5:6; Gál. 5:9). La razón humana puede titubear al respecto, como, de hecho, titubeará siempre acerca de todo cuanto está por encima de sus estrechos alcances. Pero Dios lo ha dicho y esto basta al espíritu del creyente. No nos conviene decir: “Pero, ¿cómo?, o ¿por qué?” El testimonio de Dios lo establece así y nosotros solo tenemos que creer y obedecer. Nos basta saber que el hecho de la presencia de Dios exige santidad, pureza y juicio del mal. Recordemos que esto no es exigido en virtud de aquella frase tan justamente rechazada por todo corazón humilde: «Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú» (Is. 65:5). No, en modo alguno; si no en virtud de lo que Dios es: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pe. 1:16). Dios no puede dar la aprobación de su presencia a un mal que no está juzgado. ¡Cómo! ¿Dar la victoria a su pueblo delante de Hai, cuando Acán estaba en el campamento? ¡Imposible! Una victoria en tales circunstancias habría sido un deshonor para Dios y lo más funesto que podía sucederle a Israel. Esto no podía ser. Israel debía ser castigado. Los israelitas debían ser humillados y quebrantados. Debían descender al valle de Acor, el lugar de turbación, porque solo allí podía abrírseles una «puerta de esperanza» cuando el mal se había introducido (comp. Oseas 2:15).

No se equivoque el lector con respecto a este gran principio práctico, el cual tememos que ha sido malinterpretado por muchos hijos de Dios. Porque son muchos los que consideran que es inapropiado para los que son salvos por gracia y han sido puestos como señales que recuerdan su misericordia, ejercer la disciplina bajo cualquier forma o por cualquier determinada razón. Según estas personas, lo expuesto en Mateo 7:1 parece condenar nuestra insistencia en la necesidad de juzgar. Dicen: “Nuestro Señor, ¿no nos exhorta expresamente a no juzgar?” «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mat. 7:1), dice el Señor. Sin duda. Pero, ¿qué significan esas palabras? ¿Quieren decir que no debemos juzgar la doctrina y la conducta de los que se presentan a pedir la comunión cristiana? ¿Prestan ellas algún apoyo a la idea de que debemos recibir a una persona, sean cuales fueren sus creencias, su doctrina o sus actos? ¿Puede ser esta la fuerza y el significado de las palabras del Señor? ¿Quién podría admitir ni por un momento algo tan absurdo? Nuestro Señor, ¿no nos recomienda en este mismo capítulo que nos guardemos «de los falsos profetas»? (Mat. 7:15). Y ¿cómo podemos guardarnos de una persona si no la juzgamos? Si el juicio no debe ejercerse en ningún caso, ¿por qué nos aconseja estar en guardia?

Lector cristiano, la verdad es muy sencilla. La Asamblea de Dios es responsable de juzgar la doctrina y costumbres de los que desean formar parte de ella. No debemos juzgar las intenciones, sino los actos. El apóstol inspirado nos enseña claramente que debemos juzgar a todos los que toman sitio en la asamblea. «Pues ¿por qué voy yo a juzgar a los de afuera? ¿No juzgáis vosotros a los de dentro? Pero a los de afuera los juzgará Dios. Quitad al malvado de entre vosotros» (1 Cor. 5:12-13).

El mencionado versículo es muy claro: no tenemos que juzgar a los de «fuera», sino a los de «dentro». Esto es, a los que han venido como cristianos, como miembros de la Asamblea de Dios. Todos ellos están al alcance del juicio. Desde el momento en que un hombre es admitido en la asamblea, entra en aquella esfera donde la disciplina se ejerce sobre todo lo que es contrario a la santidad de Aquel que habita en ella.

5.2 - Mantener la disciplina en la Casa de Dios

No crea el lector, ni por un momento, que la unidad del Cuerpo es menoscabada cuando se mantiene la disciplina en la Casa. Eso sería un grave error; y, no obstante, por desgracia está muy extendido. Oímos decir con frecuencia que los que buscan mantener la disciplina en la Casa de Dios dividen el Cuerpo de Cristo. No podría haber error más grande. Es nuestro estricto deber mantener la disciplina, pero eso no crea ninguna división en el Cuerpo, pues, la unidad del Cuerpo de Cristo jamás puede ser destruida.

A veces oímos que algunas personas hablan de separar miembros del Cuerpo de Cristo. Esto también es erróneo. Ningún miembro de ese Cuerpo puede ser quitado del mismo. Cada uno ha sido incorporado en su lugar en el Cuerpo por el Espíritu Santo, en cumplimiento del eterno propósito de Dios, gracias al principio de la perfecta expiación cumplida por Cristo. Ningún poder, ni humano ni diabólico, podrá jamás separar un solo miembro del Cuerpo. Todos están unidos entre sí en una perfecta unidad y son mantenidos en ella por un poder divino. La unidad de la Iglesia de Dios puede compararse a una cadena tendida a través de un río. Se ven los extremos, pero la parte media está sumergida, y si usted tuviera que juzgar solamente por la vista podría suponer que la cadena está rota en el centro. Así sucede con la Iglesia de Dios; aparece como una al principio, y así se ve durante un poco de tiempo; luego, aunque su unidad no parece visible a los ojos de la carne, sigue existiendo a los ojos de Dios.

Es muy importante que el lector cristiano esté perfectamente informado acerca de la gran cuestión de la Iglesia. El enemigo ha empleado todos los medios para cegar al pueblo de Dios, a fin de que no pueda ver la verdad sobre este asunto. Tenemos, por una parte, la unidad de la que presume el catolicismo romano, y por otra, las lamentables divisiones del protestantismo. Roma muestra con aire triunfal las numerosas sectas de los protestantes, y estos, a su vez, hacen resaltar los errores, la corrupción y los numerosos abusos del catolicismo. De modo que, el que busca sinceramente la verdad, apenas sabe a qué lado volver los ojos, o lo que debe creer. En cambio, los despreocupados, los indiferentes, los que se sienten cómodos y los mundanos están demasiado inclinados a apoyarse en todo lo que ven a su alrededor, para desechar todo pensamiento serio sobre las cosas de Dios y no preocuparse por ellas; e incluso si, como Pilato, con ligereza formulan la pregunta: «¿Qué es la verdad?» (Juan 18:38), como él también vuelven la espalda sin esperar la respuesta.

Pues bien, estamos firmemente convencidos de que el verdadero secreto, la gran solución, el alivio real para los corazones de los amados hijos de Dios se encuentra en la verdad de la unidad indivisible de la Iglesia de Dios, del Cuerpo de Cristo en la tierra. La verdad no debe ser considerada como una doctrina solamente, sino que debemos confesarla, mantenerla y practicarla a cualquier precio. Esta gran verdad forma un poderoso vínculo para el alma y contiene en sí misma la única respuesta a la presumida unidad de Roma, por una parte, y a las divisiones del protestantismo, por otra. Ella nos hará capaces de dar testimonio al protestantismo de que hemos encontrado la unidad, y al catolicismo romano de que hemos encontrado la unidad del Espíritu.

Sin embargo, se nos podría contestar que es una gran utopía querer llevar a cabo semejante idea en el estado actual de las cosas. Todo está en una ruina tal y en una confusión tan grande que somos como niños extraviados en un bosque, que se esfuerzan por encontrar el camino de regreso a sus casas de la mejor manera posible; unos en grandes multitudes, otros en grupos de dos o tres, y algunos de ellos solos. Esta perplejidad puede parecer muy comprensible, y no dudamos de que la ruina o la confusión tenga una inmensa importancia para un gran número de siervos del Señor actualmente. Pero, a juicio de la fe, esta manera de plantear la cuestión no tiene ningún valor por la sencilla razón de que lo único importante es: La unidad de la Iglesia, ¿es una teoría humana o una realidad divina? Una realidad divina, por supuesto, pues está escrito: «Un solo cuerpo, y un solo Espíritu» (Efe. 4:4). Si negamos que existe «un solo cuerpo», podemos negar también que hay «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos», ya que esto sigue a continuación en la página inspirada, y que, si quitamos un solo eslabón a esta cadena la perdemos toda.

Además, no estamos limitados a un solo pasaje de la Escritura sobre este asunto, aunque si lo estuviéramos, sería más que suficiente. Pero tenemos más de uno. Leamos el siguiente: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo; porque todos participamos de un solo pan» (1 Cor. 10:16-17). Lea también 1 Corintios 12:12-27, donde este tema es desarrollado y encuentra su aplicación.

En otras palabras, la Escritura establece, de la manera más clara y positiva, la verdad de la indisoluble unidad del Cuerpo de Cristo; y, además, establece de un modo igualmente claro y completo la verdad de la disciplina de la Casa de Dios. Pero, nótese bien que la aplicación conveniente de la última de estas verdades jamás irá en detrimento de la primera. Ambas cosas concuerdan perfectamente. ¿Hemos de suponer que el apóstol conspiraba contra la unidad del Cuerpo cuando encomendaba a la asamblea de Corinto que quitara de en medio de ella «al malvado?» (1 Cor. 5:13). Con seguridad no. Y, no obstante, ¿aquel hombre no era acaso un miembro del Cuerpo de Cristo? Sí, en verdad, pues en la segunda epístola le vemos reintegrado a la asamblea. La disciplina de la Casa de Dios había hecho su efecto sobre un miembro del Cuerpo de Cristo, y el extraviado había vuelto. Este había sido el propósito de la acción de la asamblea.

Todo esto puede ayudar a esclarecer en la mente del lector el interesante tema de la admisión a la mesa del Señor y la exclusión de ella. Hay una gran confusión sobre esto en muchos cristianos. Algunos parecen creer que, con tal que una persona sea cristiana, no debe rehusársele por ningún motivo un puesto en la mesa del Señor. El caso de 1 Corintios 5, ya citado, es suficiente para decidir la cuestión. Evidentemente, aquel hombre no estaba separado porque no fuese cristiano. Era un hijo de Dios a pesar de su caída y su pecado, sin embargo, se le ordenó a la asamblea de Corinto que lo excluyera. Y si los corintios no lo hubiesen hecho así, habrían atraído el juicio de Dios sobre toda la asamblea. La presencia de Dios está en la asamblea, y, por consiguiente, el mal debe ser juzgado.

Así, pues, si examinamos el capítulo 5 de Números o el capítulo 5 de la Primera Epístola a los Corintios, vemos la misma solemne verdad, es decir: «La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal. 93:5). Además, se nos enseña que la disciplina debe ser mantenida para los del pueblo de Dios y no para los de fuera; porque ¿qué leemos en las primeras líneas del capítulo 5 de los Números? ¿Se les mandó a los hijos de Israel que echaran fuera del campamento a todos los que no fuesen israelitas, a los que no estuviesen circuncidados o que no pudiesen establecer su directa descendencia de Abraham? ¿Eran esos los motivos de exclusión del campamento? De ningún modo. ¿Quiénes eran, pues, los que debían ser puestos fuera? «Todo leproso», es decir, todo individuo en el cual el pecado era reconocido como activo; el que padeciera «flujo», es decir, aquel de quien emanaba una influencia corruptora, y todo el que estaba «contaminado con muerto». Estas eran las personas que debían ser separadas del campamento en el desierto; y los que hoy deben ser separados de la asamblea son la realidad de aquellas figuras, por estar contaminados moralmente como aquellas personas lo eran físicamente.

5.3 - Juzgar el mal para complacer la santidad de Dios

Y ¿por qué se exigía esta separación? ¿Era acaso para conservar la reputación o el carácter honorable del pueblo? Nada de eso. ¿Por qué, pues? «Para que no contaminen el campamento de aquellos entre los cuales yo habito» (v. 3). Igual sucede ahora. No juzgamos ni rechazamos una mala doctrina con el fin de mantener nuestra ortodoxia; tampoco juzgamos el mal moral y lo rehusamos con el fin de mantener nuestra reputación y honorabilidad. El único principio de juicio y separación es: ¡Oh, Señor!, «la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal. 93:5). Dios habita en medio de su pueblo. «Porque donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dijo el Señor Jesús (Mat. 18:20). «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Cor. 3:16). Y, además: «Así, pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos y de la familia de Dios; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular; en quien todo el edificio bien coordinado crece hasta ser un templo santo en el Señor; en quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efe. 2:19-22).

Quizás el lector se sienta dispuesto a hacer preguntas tales como: ¿Es posible encontrar una iglesia pura y perfecta? ¿No hay, no habrá necesariamente algún mal en cada asamblea, a pesar de la vigilancia de los que tienen el don de pastor y de la fidelidad colectiva? ¿Cómo, pues, se podrá conservar una norma de pureza tan alta? Sin duda hay mal en la asamblea, ya que el pecado habita en cada uno de sus miembros. Pero ese mal no debe ser permitido y aceptado, sino juzgado y dominado. No es la presencia del mal juzgado la que contamina, sino la tolerancia del mal. Y esto es así tanto para la iglesia en su carácter local, como para cada miembro en su carácter individual. «Pero si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados» (1 Cor. 11:31). Por eso, por grande que sea el mal en una iglesia, uno no debe separarse de ella; pero si esa asamblea se niega a juzgar el mal, ya sea en cuanto a la doctrina o en las costumbres, está enteramente fuera del terreno de la Iglesia de Dios, y entonces es un deber urgente para nosotros separarnos de ella. Mientras una asamblea se mantenga en el terreno de la Iglesia de Dios [7], por débil y poco numerosa que sea, separarse de ella es un cisma. Pero si ella se aparta de ese terreno negándose a juzgar el mal, entonces es un cisma continuar teniendo relación con ella.

[7] N. del Ed.: Cuando mencionamos la Iglesia de Dios pensamos en el conjunto de los hijos de Dios en toda la tierra y no en una congregación en particular.

Pero esto, ¿no tenderá más bien a multiplicar y perpetuar las divisiones? Por supuesto que no. Podrá motivar la ruptura con asociaciones puramente humanas, pero esto no es un cisma, sino todo lo contrario, ya que tales asociaciones, por grandes, poderosas y útiles que parezcan, son bíblicamente contrarias a la unidad del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia de Dios.

El lector atento no dejará de notar el hecho de que el Espíritu de Dios despierta en todas partes la atención sobre el gran asunto de la Iglesia. Los hombres empiezan a darse cuenta de que, acerca de ese tema, existe otra cosa muy distinta de la simple opinión de un individuo o del dogma de un partido. La pregunta: ¿Qué es la Iglesia?, se impone a muchos corazones y exige una respuesta. ¡Qué gracia tener una respuesta tan clara, tan distinta, tan llena de autoridad como la voz de Dios, la voz de las Sagradas Escrituras! ¿No es un privilegio maravilloso cuando, asaltados por todas partes por diferentes congregaciones que se autodenominan Iglesia del Estado, Iglesia Nacional, Iglesia Libre, etc. uno puede afirmar que pertenece a la única verdadera Iglesia del Dios vivo, el Cuerpo de Cristo? Así lo creemos, y estamos completamente convencidos de que solamente ahí está la solución divina a las dificultades de muchos hijos de Dios.

Pero, ¿dónde se halla esa Iglesia? ¿No es inútil buscarla en medio de la ruina y confusión que nos rodean? No, ¡bendito sea Dios!, pues, aunque no podemos ver a todos los miembros de la Iglesia reunidos juntos, nuestro privilegio y santo deber es conocer y ocupar el terreno de la Iglesia de Dios, no otro. Y ¿cómo discernir ese terreno? Creemos que el primer paso para ello es mantenerse alejado de todo lo que le sea contrario. No podemos descubrir lo que es verdadero mientras nuestro entendimiento esté oscurecido por lo que es falso; el orden divino es: «Dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien» (Is. 1:16-17). Dios no da luz para dar dos pasos a la vez. Desde el momento en que descubrimos que estamos en un mal terreno, nuestro deber es abandonarlo y esperar en Dios para que nos dé una nueva luz; y él sin duda nos la dará.

5.4 - La confesión y la restitución

Pero volvamos al examen de nuestro capítulo. «Además habló Jehová a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de todos los pecados con que los hombres prevarican contra Jehová y delinquen, aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó. Y si aquel hombre no tuviere pariente al cual sea resarcido el daño, se dará la indemnización del agravio a Jehová entregándola al sacerdote, además del carnero de las expiaciones, con el cual hará expiación por él» (v. 5-8).

La doctrina de la ofrenda por la culpa fue expuesta en nuestro “Estudio sobre el libro del Levítico” en el capítulo 5, al cual remitimos al lector, a fin de no volver sobre temas ya tratados. Solo haremos observar aquí la importante cuestión de la confesión y la restitución. Tanto Dios como el hombre obtienen provecho de la gran ofrenda por el pecado, presentada en la cruz del Calvario; pero, por la cita precedente, sabemos que Dios buscaba la confesión y la restitución cuando se había cometido alguna falta. La sinceridad de la confesión se demostraba por la restitución. A un judío que hubiese cometido un delito contra su hermano, no le bastaba decirle: “Lo siento”. Debía restituir lo que había tomado y añadir a ello un quinto de su valor. Y, aun cuando nosotros no estamos bajo la ley, podemos recoger muchas enseñanzas de sus disposiciones; aunque no estamos bajo el tutor, podemos aprender de él buenas lecciones (Gál. 4:1-2). Si, pues, hemos hecho alguna injusticia a alguien, no basta con confesar nuestro pecado a Dios y a nuestro hermano, también debemos restituir el daño; somos exhortados a demostrar en la práctica que nos hemos juzgado a nosotros mismos en cuanto al asunto en que hemos causado perjuicio.

5.5 - Una conciencia sensible

Dudamos que este deber sea comprendido como debiera. Tememos que haya una forma de obrar superficial, ligera e inconsiderada en cuanto al pecado y a la caída, que ha de contristar al Espíritu de Dios. Nos contentamos con una simple confesión de labios para afuera, sin tener el corazón lleno del profundo sentimiento de lo malo que es el pecado a los ojos de Dios. El acto mismo no es juzgado en sus raíces morales; y, como consecuencia de esta manera ligera de tratar al pecado, el corazón se endurece y la conciencia pierde su sensibilidad. Esto es muy serio. Hay pocas cosas más preciosas que una conciencia sensible. No nos referimos a una conciencia escrupulosa, que se deja dominar por sus propios caprichos, ni a una conciencia enfermiza que está influenciada por sus propios temores. Estas dos clases de conciencia son los dos huéspedes más inoportunos y difíciles de soportar. Hablamos de una conciencia sensible, gobernada por la Palabra de Dios, a cuya autoridad siempre se remite. Consideramos este estado sano de la conciencia como un tesoro inapreciable. Ella lo regula todo, toma nota de las menores cosas que se relacionan con nuestra conducta y costumbres diarias: nuestro arreglo personal, nuestra casa, nuestros muebles, nuestra mesa, nuestro estilo, nuestra manera de obrar en los negocios; si nuestra parte es servir a otros, la manera de desempeñar nuestro servicio, sea cual fuere. En otras palabras, todo está sujeto a la influencia moral y sana de una conciencia sensible.

«En esto también me esfuerzo, para tener siempre una conciencia sin ofensa para con Dios y los hombres» (Hec. 24:16). Esto es lo que debemos desear con ardor. Hay algo moralmente bello y atrayente en ese ejercicio del más grande y dotado siervo de Cristo. Pese a sus notables dones, a sus poderes maravillosos, a su profundo conocimiento de los caminos y consejos de Dios, a todo aquello de lo que tenía que hablar y gloriarse, a todas las sorprendentes revelaciones que se le habían dado en el tercer cielo, Pablo, el más honorable de todos los apóstoles y el más privilegiado de los santos, era diligente en conservar siempre una conciencia sin reproche delante de Dios y de los hombres; y si en un momento de olvido pronunciaba una palabra temeraria, como lo hizo al dirigirse al sumo sacerdote Ananías, estaba inmediatamente dispuesto a confesar y a hacer restitución; de manera que su respuesta inconsiderada: «¡Dios va a golpearte a ti, pared blanqueada!», fue retractada y sustituida por esta palabra de Dios: «No injuriarás al príncipe de tu pueblo» (Hec. 23:3, 5).

No creemos que Pablo hubiese podido descansar aquella noche con una conciencia tranquila, si no se hubiese retractado de sus palabras. Debe haber confesión cuando hacemos o decimos algo malo; si no hay confesión nuestra comunión se verá interrumpida. No puede haber comunión si el pecado gravita sobre la conciencia por no haber sido confesado. Podemos hablar de ella, pero no será más que una ilusión. Debemos conservar una conciencia pura si queremos andar con Dios. Nada hay tan temible como la insensibilidad moral, una conciencia impura y un sentido moral embotado. Estos permiten pasar toda clase de cosas sin ser juzgadas; y así se puede cometer el pecado, pasar por encima de él y decir fríamente: ¿Qué mal he hecho?

Lector, estemos atentos a todo esto con santa vigilancia. Procuremos cultivar una conciencia sensible. Esto nos exigirá lo que le fue exigido a Pablo: el ejercitarse en la restitución. Pero este es un ejercicio bendito que producirá los más preciados frutos. Esta institución de la ley es de lo más útil como ejemplo para el cristiano de hoy. En efecto, consideramos estas nobles palabras de Pablo como la personificación misma, en forma condensada, de toda la práctica del cristiano. «Tener siempre una conciencia sin ofensa para con Dios y los hombres» (Hec. 24:16).

Lamentablemente, ¡cuán poco tenemos en cuenta los derechos de Dios o los de nuestro prójimo! ¡Qué lejos está nuestra conciencia de lo que debería ser! Descuidamos deberes de todo género sin ni siquiera darnos cuenta. En tales casos no suele haber ni quebrantamiento de corazón ni contrición ante el Señor. Cometemos faltas en una multitud de cosas y, sin embargo, no hay confesión ni restitución. Se dejan pasar las cosas que deberían ser juzgadas, confesadas y rechazadas. Hay pecado en nuestros actos santos; hay ligereza e indiferencia de espíritu en la asamblea y en la mesa del Señor; defraudamos a Dios de diferentes maneras; meditamos en nuestros propios pensamientos, hablamos nuestras propias palabras, cumplimos nuestros propios deseos; y ¿qué es todo esto sino defraudar a Dios, si tenemos en cuenta que no somos nuestros, sino que hemos sido comprados por precio?

Pues bien, esa conducta solo puede impedir nuestro progreso espiritual, contrista al Espíritu de Dios y obstaculiza el ministerio de la gracia de Cristo en favor de nuestras almas, el único por el cual crecemos en él. Por diversas porciones de la Palabra de Dios sabemos cuánto aprecia él un espíritu sensible y un corazón humilde. «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is. 66:2). Dios puede habitar con un hombre así. Pero no puede tener comunión con el endurecimiento y la insensibilidad, con la frialdad y la indiferencia. Ejercitémonos, pues, para tener siempre una conciencia irreprochable y pura ante Dios y ante nuestros semejantes.

5.6 - La prueba de los celos

Finalmente, la tercera y última parte de nuestro capítulo nos enseña una lección profundamente seria, sea que la consideremos desde el punto de vista de las dispensaciones o desde el punto de vista moral. Contiene el texto de la gran ordenanza establecida para la prueba de los celos. El lugar que ocupa aquí es notable. En la primera parte (cap. 5:1-4) tenemos el enjuiciamiento colectivo del mal; en la segunda (v. 5-10), el enjuiciamiento individual de uno mismo, la confesión y la restitución; y en la tercera (v. 11-31) se nos enseña que Dios no puede soportar ni siquiera la simple sospecha de mal.

Creemos, sin embargo, que esta ordenanza tiene un alcance de dispensa acerca de la relación de Dios con Israel. A menudo los profetas hablan de la conducta de Israel, considerado como una esposa, y de los celos de Jehová al respecto. No vamos a citar esos pasajes, pero el lector los hallará en numerosos textos de Jeremías y Ezequiel. Israel no pudo resistir la prueba escrutadora de las aguas amargas. Su infidelidad fue puesta de manifiesto, infringió sus votos. Se desvió de su Marido, el Santo de Israel, cuyos ardientes celos se derramaron sobre la nación infiel. Dios es celoso y no puede tolerar que el corazón que él reclama como propiedad suya sea dado a otro.

Vemos, pues, que esa ordenanza para la prueba de los celos lleva en sí el sello de un carácter divino que encaja plenamente con los pensamientos y los sentimientos de un esposo ultrajado, e incluso de aquel que sospecha una infidelidad. La simple sospecha es intolerable, y cuando ella se posesiona del corazón, la cuestión debe ser escrupulosamente examinada hasta el fondo.

La esposa sobre quien recaía la sospecha debía ser sometida a un proceso de naturaleza tan rigurosa que solo la inocencia podía soportar. Si había un rasgo de culpabilidad, las aguas amargas irían a buscar a esta culpable en las mismas profundidades del alma y la pondrían enteramente al descubierto. No había ninguna posibilidad de escape para la culpable, y podemos decir que este mismo hecho hacía tanto más triunfante la justificación de la inocente.

El mismo procedimiento que descubría la culpabilidad de la transgresora ponía de manifiesto la inocencia de la fiel. Para aquel que tiene perfecta conciencia de su integridad, cuanto más rigurosa sea la investigación, con tanto más agrado es aceptada. De haber sido posible que una culpable escapara, por cualquier defecto en el modo de hacer la prueba, esto solo habría servido contra la inocente. Pero el procedimiento era divino y, por consiguiente, perfecto. Por eso, cuando la mujer sospechosa salía de ella sana y salva, su fidelidad quedaba visiblemente demostrada y le era devuelta una completa confianza.

¡Qué gracia haber tenido un modo tan perfecto de resolver los casos dudosos! La sospecha es el golpe de muerte de toda intimidad afectuosa, y Dios no quería que ella existiese en medio de su congregación. Él no solo quería que su pueblo juzgase el mal colectivamente, y que se juzgasen a sí mismos individualmente, sino que allí donde hubiese la sola sospecha del mal, sin que la evidencia apareciese, daba un método de prueba que ponía la verdad al descubierto. La culpable debía beber la muerte [8], y luego de haberla bebido encontraba en ella el juicio. La fiel bebía la muerte y en ella encontraba la victoria.

[8] El «polvo» tomado del suelo del tabernáculo puede ser considerado como una figura de la muerte. «Me has puesto en el polvo de la muerte» (Sal. 22:15). El «agua» simboliza la Palabra que, siendo empleada para obrar sobre la conciencia por el poder del Espíritu Santo, lo pone todo de manifiesto. Si existe alguna infidelidad hacia Cristo, verdadero Esposo de su Iglesia (Efe. 5:23-30), ella debe ser juzgada enteramente. Esto es aplicable al pueblo de Israel, a la Iglesia de Dios y al creyente individualmente. Si el corazón no es fiel a Cristo, no podrá resistir el poder escrutador de la Palabra; pero si existe la verdad en las partes más íntimas del alma, cuanto más sea probada y sondeada, mejor será para ella. Qué bendición cuando sinceramente podemos decir: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Sal. 139:23-24).

Continuará próximamente


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