En desarrollo

Estudios sobre el libro de Levítico


person Autor: Charles Henry MACKINTOSH 38

library_books Serie: Pentateuco

(Fuente: ediciones-biblicas.ch – comentario corregido)


Las ofrendas: una sola Persona

1 - Capítulo 1

1.1 - Introducción

Antes de fijarnos en los detalles del tema que nos va a ocupar, tenemos que tomar en consideración, primeramente, la posición que ocupa Jehová en el libro de Levítico, y, a continuación, el orden en que se suceden en él los sacrificios que constituyen el tema de la primera parte del libro.

«Llamó Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión». Había hablado desde lo alto del Sinaí, y la posición que así había tomado sobre le santo monte imprimía a sus comunicaciones un carácter particular. En la montaña de fuego Dios dio una «ley de fuego» (Deut. 33:2). Pero en el Levítico Jehová habla desde el tabernáculo que hemos visto erigir, al final del libro anterior. «Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra. Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión… y la gloria de Jehová lo llenaba… Porque la nube de Jehová estaba de día sobre el tabernáculo, y el fuego estaba de noche sobre él, a vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas» (Éx. 40:33-38).

El tabernáculo era la habitación del Dios de la gracia. Jehová podía establecer allí su morada, porque estaba rodeado de lo que representaba de manera viviente el fundamento de sus relaciones con su pueblo. Si se hubiera manifestado en medio de Israel con la gloria terrible con que se reveló sobre el monte Sinaí, no habría podido ser más que para consumirlos en un momento como «pueblo de dura cerviz». Pero Jehová se retiró detrás de la cortina, tipo de la carne de Cristo (Hebr. 10:20), y se situó en el propiciatorio, donde la sangre de la expiación, y no «la rebelión y la dura cerviz» de Israel (Deut. 31:27), se presentaba a su vista y respondía a las exigencias de su naturaleza. Esa sangre llevada dentro del santuario, por el sumo sacerdote, era el tipo de la sangre preciosa que purifica de todo pecado; y aunque Israel, según la carne, no discernía nada de todo eso, esa sangre, no obstante, justificaba el hecho de que Dios pudiese morar en medio de su pueblo: «santifica para la purificación de la carne» (Hebr. 9:13).

Tal es, pues, la posición que Jehová ocupa en el libro de Levítico, posición que no se debe olvidar, si se quiere tener exacto conocimiento de las revelaciones que este libro encierra. Esas revelaciones llevan, todas, el sello de una inflexible santidad, unida a la gracia más pura. Dios es santo, sea cual fuere el lugar desde donde habla. Es santo sobre el monte Sinaí, y es santo en el propiciatorio; pero en el primer caso su santidad está ligada a «un fuego consumidor», mientras que, en el segundo, va unida a la gracia paciente. La unión de la perfecta santidad y de la perfecta gracia es lo que caracteriza la redención que es en Cristo Jesús, redención que se encuentra prefigurada de diversas maneras en el libro de Levítico.

Es preciso que Dios sea santo, aun condenando eternamente a los pecadores impenitentes; pero la plena revelación de su santidad en la salvación de los pecadores hace resonar en el cielo un concierto de alabanzas: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, y su buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14). Esta dosología, o este himno de alabanza, no pudo resonar cuando fue promulgada «la ley de fuego», porque, si, como no podemos dudar, a la ley del Sinaí se unía la «gloria a Dios en las alturas», esta ley no traía a «la tierra paz», ni «buena voluntad para con los hombres», siendo ella la declaración de lo que los hombres deben ser, antes de que Dios pueda complacerse en ellos. Mas cuando vino «el Hijo» a ocupar un puesto como hombre en la tierra, las inteligencias celestes pudieron expresar la plena satisfacción del cielo en Él, como en Aquel cuya persona y obra podían reunir, de la manera más perfecta, la gloria divina y la bendición del hombre.

1.2 - Orden de las ofrendas

Ahora debemos decir una palabra acerca del orden en que se suceden los sacrificios en los primeros capítulos de nuestro libro. Dios pone en primer lugar el holocausto, y termina por la expiación por la culpa; termina por donde nosotros empezamos. Este orden es notable y muy instructivo. Cuando, por primera vez, la espada de la convicción penetra en el alma, la conciencia examina los pecados pasados que pesan sobre ella, la memoria dirige sus miradas hacia atrás sobre las páginas de la vida pasada y las ve ennegrecidas por innumerables transgresiones contra Dios y contra los hombres. En este período de su historia el alma se ocupa menos de la fuente de donde proceden sus transgresiones, que del hecho abrumador y palpable de que tal y tal acto ha sido cometido por ella; por esto tiene necesidad de saber que Dios, en su gracia, ha provisto un sacrificio en cuya virtud «toda ofensa» puede ser gratuitamente «perdonada»; y este sacrificio, Dios nos lo presenta en la «expiación por la culpa».

Mas a medida que el alma progresa en la vida divina, viene a ser consciente de que estos pecados que ha cometido, no son más que los retoños de una raíz, las distintas aberturas de una misma fuente y, además, que el pecado en la carne es la raíz o la fuente. Este descubrimiento conduce a un ejercicio interior mucho más profundo aun, y que nada puede apaciguar si no es un conocimiento más profundo también de la obra de la cruz, en la cual Dios mismo «condenó al pecado en la carne» (Rom. 8:3). El lector notará que no se trata, en este pasaje de la Epístola a los Romanos, de “los pecados durante la vida”, sino de la raíz de donde provienen, es a saber, «al pecado en a carne». Es esta una verdad que tiene inmensa importancia. Cristo no solamente «murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Cor. 15:3) sino que «por nosotros lo hizo pecado» (2 Cor. 5:21). Tal es la doctrina de la «expiación».

Cuando por el conocimiento de la obra de Cristo la paz ha entrado en el corazón y en la conciencia, nos podemos alimentar de Cristo, que es el fundamento de nuestra paz y de nuestro gozo en la presencia de Dios. Hasta llegar a esto, hasta que veamos todas nuestras transgresiones perdonadas, y nuestro pecado juzgado, no podemos disfrutar de paz ni de gozo. Es preciso que conozcamos la expiación por la culpa, y la expiación por el pecado, antes de que podamos apreciar la ofrenda de paz, o de regocijo o de acción de gracias. Por esto, el orden en que «las ofrendas de paz» está colocado responde al orden según el cual nos apropiamos a Cristo espiritualmente.

El mismo orden perfecto se vuelve a encontrar en cuanto al lugar asignado a la oblación a Jehová, «la ofrenda será flor de harina». Cuando un alma ha sido conducida a gustar la dulzura de la comunión espiritual con Cristo, cuando sabe alimentarse de Él, en paz y con reconocimiento en la presencia de Dios, esta alma se siente presa de un ardiente deseo de conocer más los gloriosos misterios de su persona, y Dios, en su gracia, responde a este deseo mediante la oblación vegetal «ofrenda» de flor de harina, tipo de la perfecta humanidad de Cristo.

Después de todos los otros sacrificios viene finalmente «el holocausto», el coronamiento de todo, la figura de la obra de la cruz cumplida bajo la mirada de Dios, y expresando la invariable devoción del corazón de Cristo. Más adelante estudiaremos todos estos sacrificios detalladamente; aquí no hacemos más que considerar el orden relativo en que están colocados, orden verdaderamente admirable desde cualquier lado que lo miremos, y que empieza y acaba por la cruz. Si siguiendo el orden exterior, empezamos por el holocausto, vemos en esta ofrenda a Cristo sobre la cruz cumpliendo la voluntad de Dios, realizando la expiación y dándose a Sí mismo enteramente por la gloria de Dios. Si, por el contrario, siguiendo el orden interior, remontamos de nosotros mismos a Dios, y empezamos por la expiación por el pecado, vemos en esta ofrenda a Cristo sobre la cruz llevando nuestros pecados, aboliéndolos según la perfección de su sacrificio expiatorio; en todo, en el conjunto, lo mismo que en los detalles, brillan la excelencia, la belleza y la perfección de la divina y adorable persona del Salvador. Todo está hecho para despertar en nuestros corazones un profundo interés por el estudio de estos tipos preciosos, que son la sombra cuyo cuerpo es Cristo.

Que Dios, que nos dio el libro de Levítico, quiera ahora suministrarnos la explicación por el Espíritu en viva potestad, de forma que cuando lo hayamos recorrido, bendigamos su nombre por tantas y tan admirables imágenes que nos habrá mostrado de la Persona y de la obra de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria desde ahora y para siempre. Amén.

1.3 - El holocausto: Cristo en su muerte, todo para Dios

El holocausto nos presenta un tipo de Cristo que se ofreció «a sí mismo sin mancha a Dios» (Hebr. 9:14); por esto el Espíritu Santo le asigna el primer lugar entre los sacrificios. Si el Señor Jesús se ofreció para cumplir la obra gloriosa de la expiación, fue porque el objeto supremo que perseguía ardientemente en esta obra era la gloria de Dios: «He aquí, vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:6-8). Estas palabras fueron la sublime divisa de Jesús, en cada uno de los actos, en cada una de las circunstancias de su vida, y nunca encontraron más completa y evidente expresión que en la obra de la cruz. Cualquiera que fuera la voluntad de Dios, Cristo vino para hacer esta voluntad. ¡Gracias sean dadas a Dios! Nosotros sabemos cuál es nuestra parte en el cumplimiento de «esta voluntad»; porque por ella, «hemos sido santificados, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez por todas» (Hebr. 10:10). La obra de Cristo se dirigía siempre y, ante todo, a Dios. Cristo encontraba su dicha en cumplir sobre la tierra la voluntad de Dios, y esto era lo que ninguno, antes que Él, había hecho. Por la gracia, algunos habían hecho «lo recto ante los ojos de Jehová» (1 Reyes 15:5, 11; 14:8). Pero nadie había hecho la voluntad de Dios siempre, perfecta e invariablemente, sin titubear. Jesucristo fue el hombre obediente: fue «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8). «Él afirmó su rostro para ir a Jerusalén» (Lucas 9:51). Y más tarde, al ir del huerto de Getsemaní a la cruz del Calvario, expresó la sumisión absoluta de su corazón con estas palabras: «La copa que me ha dado mi Padre; ¿acaso no la he de beber?» (Juan 18:11).

Ciertamente había un perfume de olor suave en esta sumisión absoluta de Jesús a Dios. La existencia de un hombre perfecto, sobre la tierra, cumpliendo la voluntad de Dios, aun en la muerte, era para el cielo un asunto digno del más alto interés. ¿Quién podía sondear las profundidades de ese corazón sumiso que se manifiesta ante Dios al mirar a la cruz? ¡Nadie sino solo Dios! pues en esto, como en todo lo que toca a su gloriosa persona, es cierto que «nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mat. 11:27), y nadie puede conocer al Padre hasta que el Hijo se lo revele. El espíritu del hombre puede aprender, en mayor o menor grado, cualquiera de las verdades de la ciencia que existe «bajo el sol». La ciencia humana es del dominio de la inteligencia del hombre; pero nadie conoce al Padre hasta que el Hijo lo revele, por la potestad del Espíritu Santo, por medio de la Palabra escrita. El Espíritu Santo se complace en revelar al Hijo, en tomar de las cosas de Jesucristo y hacérnoslas saber, y estas cosas las poseemos en toda su belleza y su plenitud en la Escritura. No puede haber ninguna nueva revelación, porque el Espíritu Santo enseñó «todas las cosas» a los apóstoles, y les condujo a «toda la verdad» (Juan 14:26; 16:13). No puede haber más que «toda la verdad», así que toda pretensión de nuevas revelaciones, de un descubrimiento de una nueva verdad, es decir, no contenida en el canon de los libros divinamente inspirados, no es más que un vano esfuerzo del hombre, que quiere añadir alguna cosa a lo que Dios llama «toda la verdad». El Espíritu Santo puede, sin duda, descubrir y aplicar con nuevo y extraordinario poder la verdad contenida en la Escritura, pero esto es absolutamente distinto de la impía presunción que abandona el campo de la revelación divina, para encontrar en otra parte principios, ideas o dogmas que tengan autoridad sobre la conciencia.

En los Evangelios se nos presenta a Cristo bajo los diversos aspectos de su carácter, de su persona y de su obra; y los hijos de Dios, en todas las edades, se han complacido en valerse y abrevarse en las revelaciones de Aquel que es el objeto de su amor y de su confianza, y a quien son deudores de todo, durante el tiempo y la eternidad. Pero, relativamente, es bien corto el número de los que han sido inducidos a considerar las ceremonias y los ritos de la economía levítica, como llenos de las más detalladas enseñanzas sobre tan glorioso asunto. Las ofrendas del Levítico, en particular, han sido consideradas, muy a menudo, como antiguos documentos acerca de las costumbres judaicas, no teniendo ningún otro valor para nosotros, ni comunicando ninguna luz espiritual a nuestros entendimientos. No obstante, es preciso reconocer que las páginas del Levítico, en apariencia tan poco atractivas y tan cargadas de detalles ceremoniales, tienen, como las sublimes profecías de Isaías, su lugar entre «lo que anteriormente fue escrito» y que lo fue «para nuestra enseñanza» (Rom. 15:4). Es preciso, pues, que estudiemos el contenido de este libro, como también toda la Escritura, con un espíritu humilde, despojado del Yo, con respetuosa dependencia de la enseñanza de Aquel que habla; prestando una atención constante al gran objeto, al alcance y a la analogía general del contenido de la Revelación, dominando nuestra imaginación para que no se extravíe con algún entusiasmo profano; y si, por la gracia de Dios, entramos así en el estudio de los tipos o figuras del Levítico, encontraremos en ellos una mina profunda y de las más ricas.

1.4 - La víctima

Pasemos ahora al examen del holocausto, que, como hemos indicado, representa a Cristo ofreciéndose a sí mismo, sin mancha, a Dios. «Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá» (v. 3). La gloria esencial de la persona de Cristo forma la base del cristianismo. Cristo comunica esta dignidad y esta gloria que le pertenecen a todo lo que hace y a cada una de las funciones que desempeña. Ninguna función podía añadir nada a la gloria de Aquel que es, «sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos» (Rom. 9:5), Dios «manifestado en carne» (1 Tim. 3:16), el glorioso «Emanuel… Dios con nosotros» (Mat. 1:23; Is. 7:14), «El Verbo» eterno, «el Creador» y «el Conservador» del universo. Todas las funciones de Cristo, como sabemos, se reúnen en su humanidad; y tomando esa humanidad descendió de aquella gloria que tenía al lado del Padre, desde antes de la fundación del mundo. Descendió, de este modo, presentándose en una escena en que todo le era contrario, a fin de glorificar perfectamente a Dios. Vino para ser «consumido» por un santo e inextinguible celo por la gloria de Dios (Sal. 69:9), y para efectuar el cumplimiento de sus consejos eternos.

1.5 - Cristo, sí mismo, ofreciéndose a Dios

El «macho», «sin defecto», «de un año», es un tipo de nuestro Señor Jesucristo, ofreciéndose a sí mismo, para el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios. En esta ofrenda no debía haber nada que denotase debilidad o imperfección. Para el holocausto era menester un «macho de un año» (comp. Éx. 12:5). Cuando examinemos las otras ofrendas veremos que estaba permitido en algunos casos ofrecer una hembra; no que Dios pudiera tolerar nunca un defecto en la ofrenda, porque esta, ante todo y en todos los casos, debía ser «sin defecto»; sino que Dios dejó en ciertos casos una latitud que no hacía más que expresar la imperfección inherente a la inteligencia del adorador. El holocausto era un sacrificio del orden más elevado, porque representaba a Cristo ofreciéndose a sí mismo a Dios; ofreciéndose entera y exclusivamente para la mirada y para el corazón de Dios. He aquí un punto que es preciso comprender bien. Solo Dios podía estimar, en su justo valor, la persona y la obra de Cristo. Solo él podía apreciar plenamente la cruz y el sacrificio perfecto de Cristo del cual es la expresión. La cruz, tipificada por el holocausto, encerraba algo que solo el pensamiento divino podía comprender; tenía profundidades que ni mortal, ni ángel podía sondear, y hablaba con una voz que no era más que para el oído del Padre y que se dirigía directa y exclusivamente a Él. Había entre la cruz del Calvario y el trono de Dios comunicaciones que exceden en mucho a las más altas capacidades de las inteligencias creadas.

«De su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová… y será aceptado para expiación suya» (comp. Lev. 22:18-19). El carácter del holocausto que la Escritura hace resaltar aquí, nos hace contemplar la cruz bajo un aspecto que no es suficientemente entendido. Estamos inclinados a mirar la cruz simplemente como el lugar donde la gran cuestión del pecado fue tratada y terminada entre la justicia eterna y la víctima sin mancha, como el lugar donde nuestro crimen fue expiado y donde Satanás fue gloriosamente vencido. La cruz es en efecto todo eso, pero es más todavía: es el lugar donde el amor de Cristo por el Padre se manifestó y se expresó en lenguaje tal, que solo el Padre lo podía comprender, y es bajo este último aspecto que la cruz está prefigurada en la ofrenda del holocausto, que es una ofrenda esencialmente voluntaria. Si no hubiera sido cuestión más que de la imputación del pecado y de sufrir la ira de Dios a causa del mismo, la ofrenda, moralmente, no podía abandonarse a la voluntad de aquel que la ofrece, sino que tendría que ser necesaria y absolutamente obligatoria. Nuestro Señor Jesucristo no podía desear ser hecho «pecado» (2 Cor. 5:21), no podía desear sufrir la ira de Dios y quedar privado de la claridad de su faz, y este hecho, por sí solo, nos muestra, de la manera más evidente, que la ofrenda del holocausto no representaba a Cristo sobre la cruz, llevando el pecado, sino a Cristo sobre la cruz, cumpliendo la voluntad de Dios.

Las mismas palabras de Cristo nos enseñan que contemplaba la cruz bajo esos dos diferentes aspectos. Cuando consideraba la cruz como el lugar de la expiación del pecado, cuando anticipaba los sufrimientos que, según este punto de vista, encerraba, dijo: «Padre, si quieres, aleja esta copa de mí» (Lucas 22:42), se estremecía al contemplar lo que para Él entrañaba su obra; su alma santa y pura retrocedía ante el pensamiento de ser hecho pecado, y su corazón amante retrocedía a la sola idea de perder, por un momento, la luz del rostro de Dios.

1.6 - El amor de Cristo por el Padre

Pero la cruz tenía otro aspecto para Cristo. Se le presentaba como un lugar donde podía revelar los profundos secretos de su amor hacia el Padre, como un lugar donde “de buen grado” y “voluntariamente” podía tomar la copa que el Padre le había dado a beber, y vaciarla hasta las heces. Sin duda, la vida entera de Cristo exhalaba un perfume de olor agradable que subía sin cesar hasta el trono del Padre. Él hacía siempre las cosas que agradan al Padre; hacía siempre la voluntad de Dios, mas el holocausto no representa a Cristo en su vida, por precioso que haya sido cada uno de sus actos durante ella, sino a Cristo en su muerte, y en su muerte, no como Aquel que es «hecho maldición por nosotros» (Gál. 3:13), sino como Aquel que presenta al corazón del Padre un perfume infinitamente agradable. Esta verdad reviste a la cruz de un atractivo particular para el hombre espiritual, y comunica a los sufrimientos de nuestro amado Salvador un poderoso interés. El pecador encuentra en la cruz una respuesta divina a las necesidades más profundas y a los deseos más ardientes de su corazón y su conciencia. El verdadero creyente encuentra en la cruz lo que cautiva todos los afectos de su corazón, lo que se apodera de todo su ser moral. Los ángeles encuentran en la cruz un objeto de continua admiración y desean mirar de más cerca estas cosas (comp. 1 Pe. 1:11-12). Todo esto es verdad; mas hay algo en la cruz que sobrepuja en mucho las más altas concepciones de los santos o de los ángeles, a saber, la profunda devoción del corazón del Hijo, ofrecida al corazón del Padre y apreciada solo por Él; y tal es el aspecto de la cruz que está prefigurado, por modo sorprendente, en la ofrenda del holocausto

Quisiera hacer observar que, si admitimos, como algunos, que Cristo llevó durante toda su vida el pecado del hombre, la hermosura propia de la ofrenda del holocausto desaparece por completo. Desaparece el carácter “voluntario” de la ofrenda; pues ¿cómo puede considerarse acto voluntario la entrega de su vida, si fuese hecha por uno que por la necesidad misma de su posición estuviera obligado a dejar esa misma vida? Si Cristo hubiera llevado el pecado durante toda su vida, seguramente su muerte hubiera sido un acto necesario, y no hubiera podido ser lo que es, acto voluntario. Todavía más; se puede afirmar que no hay una ofrenda entre todas que no perdiera su integridad y su hermosura, admitiendo la falsa y funesta doctrina de un Cristo llevando el pecado en su vida. El holocausto, lo repetimos, y nunca podemos darle demasiada importancia, no nos presenta a Cristo llevando el pecado, o sufriendo la ira de Dios, sino a Cristo en su sacrificio voluntario manifestado en su muerte en la cruz. El Hijo de Dios cumplió, por el Espíritu Santo, la voluntad del Padre, lo hizo «adrede», según lo que dice Él mismo: «Por esto el Padre me ama, por cuanto yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que la pongo de mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para volverla a tomar (Juan 10:17-18). Pero Isaías, contemplando a Cristo como ofrenda por el pecado, dice: «Porque su vida es quitada de la tierra» (Hec. 8:33, versión de los Setente de Isaías 53:8). Luego ¿hablaba Cristo de llevar el pecado, hablaba de la expiación, cuando decía de su vida: «Nadie me la quita, sino que la pongo de mí mismo»? «Nadie» me la quita, ni hombre, ni ángel, ni demonio, ni cualquier otro. Dejar su vida era, de su parte, un acto voluntario; la dejaba a fin de volverla a tomar. «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:8). Tal era el lenguaje de Aquel que, prefigurado en el holocausto, encontraba su gozo en ofrecerse a sí mismo, sin mancha, por el Espíritu Eterno, a Dios.

Así, pues, es de la más alta importancia comprender bien cuál es el objeto principal que Cristo perseguía en la obra de la redención: la paz del creyente no puede menos que afirmarse con ello. Cumplir la voluntad de Dios; establecer los consejos de Dios, manifestar la gloria de Dios, tal era el primer y profundo pensamiento del corazón consagrado del Salvador, que miraba y estimaba todas las cosas en relación con Dios. Cristo no se detuvo jamás a considerar de que modo le afectaría a sí mismo un acto o una circunstancia cualquiera. Él «se despojó a sí mismo… se humilló a sí mismo» (Fil. 2:7-8), renunció a todo; por esto, al término de su carrera pudo elevar los ojos al cielo y decir: «Yo te glorifiqué en la tierra, acabando la obra que me diste que hiciera» (Juan 17:4). Es imposible contemplar este aspecto de la obra de Cristo de que hablamos aquí, sin que el corazón se sienta atraído hacia Él y lleno de los afectos más dulces hacia su persona. El comprender que Cristo tuvo a Dios por primer objeto en la obra de la cruz, no menoscaba en nada el sentir que tenemos de su amor por nosotros, sino muy al contrario. Este amor y nuestra salvación en él no podían fundarse más que sobre la gloria de Dios que él establecía con su muerte. La gloria de Dios debe constituir el sólido fundamento de todo. «Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra» (Núm. 14:21). Sabemos que esta gloria eterna de Dios y la felicidad eterna de la criatura están inseparablemente unidas en el consejo divino, de manera que, si la primera está asegurada, la felicidad de la criatura debe estarlo también.

1.7 - Identificación del adorador con el holocausto

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya». El acto de la imposición de las manos significa una completa identificación. Por este acto significativo, la ofrenda y aquel que la presentaba se hacían uno, y en el holocausto esta unidad hacía agradable a los ojos de Dios a aquel que lo ofrecía, en la medida del valor y la aceptación de la ofrenda que presentaba. La aplicación de esto a Cristo y al creyente pone de manifiesto una verdad de las más preciosas, extensamente desarrollada en el Nuevo Testamento, es a saber: la identificación eterna del creyente con Cristo y su aceptación en Él. «Como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17; 5:20). Se requiere no menos que esto. Aquel que no está en Cristo, está en sus pecados. No hay término medio, o bien estáis en Cristo, o bien estáis fuera de él, en vuestros pecados. No se puede estar parcialmente en Cristo, aunque no hubiera más que el espesor de un cabello entre vosotros y Cristo, os encontráis en un estado positivo de ira y condenación. Pero, si estáis en él, por el contrario, sois «como él es» delante de Dios, y considerados como él en presencia de la santidad infinita. Y «estáis completos en él» (Col. 2:10). «Nos colmó de favores en el Amado» (Efe. 1:6), «miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos» (Efe. 5:30). «El que se une al Señor, un solo espíritu es con él» (1 Cor. 6:17). Tal es la enseñanza sencilla y clara de la Palabra de Dios. Así, pues, no es posible que la «Cabeza» y los miembros sean aceptables en medidas diferentes. La Cabeza y los miembros son uno. Dios los tiene por uno; por consiguiente, son uno. Esta verdad es a la vez el fundamento de la confianza más alta y de la humildad más profunda, da la más completa certidumbre «para que tengamos confianza en el día del juicio» (1 Juan 4:17), siendo así que es imposible que se traiga acusación contra Aquel con quien somos identificados y produce en nosotros un profundo sentimiento de nuestra nulidad, por cuanto que nuestra unión con Cristo está fundada sobre la muerte del «viejo hombre» y sobre la abolición completa de todos sus derechos y de todas sus pretensiones.

Ya, pues, que la Cabeza y los miembros son aceptados en conjunto, y como ocupando la misma posición en el favor de Dios, es evidente que todos los miembros tienen parte en una misma salvación, en una misma vida, en una misma justicia, en un mismo favor. No hay grados en la justificación. El niño en Cristo tiene parte en la misma justificación que el santo de avanzada experiencia. El primero está en Cristo, e igualmente el segundo, y como en esto reside el único fundamento sobre el que descansa la vida, es esto también el solo fundamento sobre el que descansa la justificación. No existen dos especies de vida, ni dos especies de justificación; lo que hay, sin duda, son diversos grados de goce de esta justificación, diversos grados en el conocimiento de su plenitud y de su extensión, y más o menos inteligencia y capacidad para manifestar su poder sobre el corazón y sobre la vida. Se confunde frecuentemente estas cosas con la justificación misma, que, puesto que es divina, es necesariamente eterna, absoluta, invariable, al abrigo de las fluctuaciones, de los sentimientos humanos y de las experiencias humanas.

Todavía más: lo que se denomina progreso en la justificación es cosa que, en realidad, no existe. El creyente no es más justificado hoy que lo era ayer, y no lo será más mañana que lo es hoy. Aquel que está «en Cristo Jesús» está tan completamente justificado aquí abajo como si estuviera ante el trono de Dios. Está «completo en Cristo» es «como» Cristo, según el testimonio de Cristo mismo está «todo limpio» (Juan 13:10). ¿Qué podrá tener más antes de entrar en la gloria? Podrá hacer y, si anda según el Espíritu, hará progresos en el conocimiento y en el gozo de esta gloriosa realidad; pero en cuanto a la cosa misma de que se trata, del momento en que, por el poder del Espíritu Santo, aquel que ha creído el Evangelio pasa de un positivo estado de injusticia y condenación a un positivo estado de justicia y aceptación, fundado sobre la divina y perfecta obra de Cristo; tal como en el holocausto, la aceptación del adorador estaba fundada en el valor de su ofrenda. No era cuestión de lo que él era, sino de lo que era el sacrificio. «Y será aceptado para expiación suya».

1.8 - El sacrificio

«Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión» (v. 5). Estudiando la doctrina del holocausto es preciso no olvidar nunca que la gran verdad que se revela en esta ofrenda no es la expiación que Cristo ha hecho para responder a la necesidad del pecador, sino la presentación a Dios de lo que le era infinitamente agradable, la ofrenda voluntaria que Cristo ha hecho de sí mismo a Dios. La muerte de Cristo tal como se halla prefigurada en el holocausto, no manifiesta la naturaleza odiosa del pecado, sino que aparece expresando la devoción inalterable inquebrantable de Cristo por el Padre. Cristo no está representado como llevando el pecado bajo el peso de la ira de Dios, sino como el objeto de la satisfacción completa del Padre, en la ofrenda voluntaria y de agradable olor que le hacía de sí mismo. «La propiciación», en el holocausto, no es solamente proporcionada a las exigencias de la conciencia del hombre, sino al ardiente deseo del corazón de Cristo, que, al precio del sacrificio de su vida, ha querido cumplir la voluntad de Dios y asegurar la ejecución de sus eternos designios.

Ninguna fuerza, ni de hombre, ni de demonio, pudo hacer vacilar a Cristo en la ejecución de este deseo. Cuando Pedro, en su ignorancia y con palabras de falsa ternura, procuraba disuadirle de afrontar la vergüenza y el oprobio de la cruz, le dijo: «¡Apártate de mi vista, Satanás! ¡Me eres tropiezo; porque no piensas en lo que es de Dios, sino en lo que es de los hombres!» (Mat 16:22-23). De igual modo dijo en otra ocasión a sus discípulos: «Ya no hablaré mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí; pero para que el mundo sepa que yo amo al Padre, y como me mandó el Padre, así hago» (Juan 14:30-31).

El lugar y las funciones asignadas a los hijos de Aarón en el holocausto, están en perfecta armonía con lo que acabamos de decir respecto a la significación especial de esta ofrenda: «ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar», «pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego», «acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar». Son estos actos muy notables, sobre todo, cuando lo comparamos con la ofrenda por el pecado, en la cual no se mencionan los hijos de Aarón. «Los hijos de Aarón» representan la Iglesia, no como un cuerpo, sino como casa espiritual, o familia de sacerdotes. Esto es fácil de comprender, porque si Aarón es un tipo de Cristo, la casa de Aarón es también un tipo de la de Cristo. Así leemos en el capítulo 3 de la Epístola a los Hebreos: «Pero, como Hijo, sobre su casa; cuya casa somos nosotros» (v. 6). Y más, «Aquí estoy con los hijos que Dios me ha dado» (Hebr. 2:13). Es el privilegio de la Iglesia, en tanto que el Espíritu Santo la conduce y enseña, a contemplar este aspecto de Cristo que se nos presenta en el primero de los tipos del Levítico, y a complacerse en Él. «Con certidumbre nuestra comunión es con el Padre» (1 Juan 1:3), que en su bondad nos llama a compartir sus pensamientos con respecto a Cristo. Es verdad que nunca podemos elevarnos a la altura de esos pensamientos, pero podemos tener parte en ellos por el Espíritu Santo que mora en nosotros.

1.9 - Los sacerdotes

«Y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión». Aun aquí encontramos un tipo de la Iglesia, considerada siempre como compañía de sacerdotes, trayendo el memorial de un sacrificio cumplido, y presentándolo allí donde cada adorador tenía entrada. Pero no debemos olvidar que la sangre que los sacerdotes ofrecen aquí es la sangre del holocausto, y no la de la ofrenda por el pecado. Es la Iglesia entrando, por el poder del Espíritu Santo, en el pensamiento de la profunda y perfecta devoción que Cristo ha manifestado hacia Dios, no es un pecador convencido acogiéndose al valor de la sangre de Aquel que ha llevado el pecado. No es necesario decir que la Iglesia se compone de pecadores, y de pecadores convictos de pecado; pero «los hijos de Aarón» no representan los pecadores convictos de pecado; representan a los santos rindiendo culto; es como sacerdotes que tienen que intervenir en el holocausto. Algunos se equivocan en este punto. Piensan que, ya que un hombre que, por la gracia de Dios y por el Espíritu Santo, está puesto en estado de tomar parte en la adoración, por este hecho se niega a reconocer que es un pobre e indigno pecador. Esto es un gran error. En sí mismo el creyente no es nada, pero en Cristo es un adorador purificado. Ha entrado en el santuario, no como un culpable pecador, sino como sacerdote rindiendo culto con «vestiduras» de gloria y belleza. Ocuparme de mi culpabilidad en la presencia de Dios, no es de mi parte, como cristiano, humildad acerca de mí mismo, sino incredulidad acerca del sacrificio.

Quienquiera que sea, el lector se ha podido convencer de que la idea de la imputación del pecado no entra en la ordenanza del holocausto, y que Cristo no aparece en esta ofrenda como llevando el pecado y como bajo el peso de la ira de Dios. Es cierto que está escrito: «y será aceptado para expiación suya», pero «la expiación» se mide aquí, y no será demasiado repetirlo, no por lo profundo y enorme de la culpabilidad del pecador, sino por la perfecta ofrenda que Cristo ha hecho de sí mismo a Dios y por la infinita satisfacción que Dios encuentra en Aquel que así se ha ofrecido. Esto nos da la idea más elevada de la expiación. Si contemplo a Cristo como ofrenda por el pecado, veo la expiación hecha según las exigencias de la justicia divina acerca del pecado; pero si miro el holocausto, la obra propiciatoria se me presenta revestida de toda la perfección de la buena voluntad y aptitud de Cristo en cumplir la voluntad de Dios, y de la perfección de la complacencia de Dios en Cristo y en su obra. ¡Qué perfecta debe ser una expiación que es el fruto de la consagración de Cristo a Dios! ¿Habrá algo que pueda superar a este sacrificio del Hijo, y a esta satisfacción del Padre? Seguramente que no; y es este un asunto digno de ocupar para siempre a la gran familia sacerdotal, cuando esta se reúna en el atrio de Jehová.

1.10 - La preparación del sacrificio

«Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas». El acto ceremonial de «desollar» es particularmente expresivo; consistía en quitar la parte exterior de la víctima a fin de que lo interior se pusiera de manifiesto. No era suficiente que la ofrenda fuese «sin defecto» exteriormente; era necesario también que el interior, con todas sus ligaduras y coyunturas, fuese puesto al descubierto. Solamente es para el holocausto que, de un modo especial, se ordena este acto, el cual está perfectamente de acuerdo con el conjunto del tipo, en lo que tiende a hacer resaltar particularmente la perfecta sumisión de Cristo hacia el Padre. Su obra procede de lo más profundo de su ser; y cuanto más se sondeaban esas profundidades, más se revelaban los secretos de su vida interior, y se manifestaba más claramente que una sumisión completa a la voluntad de su Padre, y un sincero deseo de buscar su gloria eran los móviles que hacían obrar al gran Modelo de la ofrenda del holocausto. Cristo fue, ciertamente, un verdadero holocausto.

«Y lo dividirá en sus piezas». Este acto presenta una verdad algo semejante a la que se enseña en «el perfume aromático molido» (Éx. 30:34-38, Lev. 16:12).

El Espíritu Santo se complace en detenerse mucho en lo que constituye el perfume y el suave olor del sacrificio de Cristo, no solamente considerándolo como un todo sino también teniendo en cuenta los más pequeños detalles, en sus diversas partes y en él todo el holocausto era sin falta, y así también era Cristo.

«Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar». Esto era un gran privilegio para la familia sacerdotal. El holocausto se ofrecía a Dios; se quemaba [1] completamente sobre el altar, de modo que el hombre no tenía en él ninguna parte; pero los hijos de Aarón, el sacerdote, siendo asimismo sacerdotes, aparecen aquí colocados alrededor del altar de Dios, para contemplar la llama de un sacrificio agradable a Dios, elevándose a Él en olor grato. Era esta una gloriosa posición, una gloriosa comunión, un glorioso servicio, en el acto del sacrificio, un tipo evidente de lo que Dios ha dado a la Iglesia que tiene comunión con Él, en la que mira el cumplimiento perfecto de su voluntad, en la muerte de Cristo.

Cuando contemplamos la cruz de Nuestro Señor Jesucristo como pecadores convencidos del pecado, vemos en esta cruz lo que responde a todas nuestras necesidades; bajo este punto de vista la cruz da a la conciencia perfecta paz. Pero como sacerdotes, como adoradores purificados, podemos también considerar la cruz bajo otro aspecto, es a saber, como el cumplimiento de la resolución santa que Cristo había tomado de cumplir la voluntad del Padre, hasta la muerte. Como pecadores convencidos del pecado, estamos ante el altar de bronce, y encontramos la paz, por la sangre de la propiciación que ha sido derramada sobre el mismo; pero como sacerdotes, estamos allí para contemplar y admirar la perfección de este holocausto, el perfecto abandono y la perfecta ofrenda que Cristo, el hombre perfecto, ha hecho de sí mismo a Dios.

[1] Puede ser útil informar aquí al lector de que la palabra hebrea traducida por «quemar», en la ley del holocausto, es completamente diferente de la que se emplea por «quemar» en la ley del sacrificio por el pecado. Siendo este asunto de particular interés, citaré algunos pasajes en los que se encuentra esta palabra. La palabra hebrea empleada cuando se trata del holocausto significa «incienso» o «quemar incienso», y se encuentra en los siguientes pasajes con una u otra inflexión: Levítico 6:8: «Y todo el incienso… y lo hará arder sobre el altar». –Deuteronomio 33:10: «Pondrán el incienso delante de ti, y el holocausto sobre tu altar». –Éxodo 30:1: «Harás asimismo un altar para quemar el incienso». –Salmo 66:15: «Holocaustos de animales engordados te ofreceré, con sahumerio de carneros». –Jeremías 44:21: «El incienso que ofrecisteis en las ciudades de Judá». –Cantar de los Cantares 3:6: «Sahumada de mirra y de incienso». Se podrían multiplicar las citas, pero las que acabamos de indicar serán suficientes para hacer comprender cual es el empleo de la palabra de que hablamos en la ley del holocausto.

La palabra hebrea traducida por «quemar» en relación con la ofrenda por el pecado, significa quemar, en general, y se encuentra en los siguientes pasajes: Génesis 11:3: «Hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego». Levítico 10:16: «Y Moisés preguntó por el macho cabrío de la expiación, y se halló que había sido quemado». 2 Crónicas. 16:14: «e hicieron un gran fuego en su honor». De este verbo deriva el nombre «Serafín», que traducido literalmente es «los abrasadores» (Is. 6). La misma palabra designa también las «serpientes ardientes» (Núm. 21).

Así la ofrenda por el pecado no solo era quemada en un lugar distinto del holocausto, sino que el Espíritu Santo emplea distinta palabra para expresar el acto por el que era consumida. Esta distinción no es indiferente, y creemos que la sabiduría del Espíritu Santo se manifiesta tanto en el empleo que hace de las dos palabras de que hablamos como en cualquiera otro punto en que hace resaltar la diferencia que existe entre las dos ofrendas. El lector espiritual dará también a esta distinción el valor que le corresponde.

No tendremos más que una idea muy incompleta del misterio de la cruz, si no vemos en ella más que lo que responde a las necesidades del hombre como pecador. Hay en la muerte de Cristo profundidades que se hallan fuera del alcance del hombre, y que solo Dios ha podido sondear. Es, pues, importante observar, que cuando el Espíritu Santo nos ofrece figuras de la cruz, nos da, primeramente, el tipo que nos la hace ver bajo aquella de sus fases que tiene a Dios por objeto. El hombre puede llegarse a esta fuente única de delicias, puede abrevarse siempre; puede encontrar en ella la satisfacción de los deseos más elevados de su alma, de las facultades de su nueva naturaleza; pero a pesar de todo, hay en la cruz profundidades que solo Dios puede conocer y apreciar. He aquí por qué la ofrenda del holocausto ocupa el primer lugar en el orden de los sacrificios. Además, el hecho mismo de que Dios haya instituido una figura de la muerte de Cristo, que es la expresión de lo que esta muerte es para él mismo, contiene múltiples enseñanzas para el hombre espiritual.

Ningún hombre, ni ningún ángel, puede sondear hasta el fondo el misterio de la muerte de Cristo; pero podemos discernir, a lo menos, algunos caracteres que por sí solos exponen lo que esta muerte preciosa significa para el corazón de Dios. Es en la cruz donde Dios recoge su más rica cosecha de gloria. De ninguna otra manera hubiera podido ser glorificado como lo ha sido en la muerte de Cristo. Es en la entrega voluntaria que Cristo hizo de sí mismo a Dios que la gloria divina brilla en todo su fulgor; y es en esta ofrenda que Cristo ha hecho de sí mismo, que fue puesto el sólido fundamento de todos los consejos divinos; la creación era insuficiente para esto. La cruz ofrece también al amor divino un conducto por el que puede deslizarse con justicia y, por ella, Satanás es para siempre confundido, y «despojando a las autoridades y a las potestades, las exhibió en público, triunfando sobre ellas en la cruz» (Col. 2:15). Estos son los gloriosos frutos de la cruz; y cuando estamos ocupados en estos asuntos, vemos que era conveniente que hubiera una figura de la cruz que la representase en lo que era exclusivamente para Dios; y que es conveniente también que este tipo ocupe el primer lugar entre todos los demás.

1.11 - Un sacrificio hecho por fuego: un olor agradable

«Y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová». Este lavado que se ordena aquí hace el sacrificio, en figura, tal como Cristo era esencialmente; hacía el sacrificio puro interior y exteriormente. Siempre estuvieron perfectamente de acuerdo los motivos interiores de Cristo y su conducta exterior; esta fue siempre la expresión de sus motivos interiores. Todo en él tendía a un solo fin, a la gloria de Dios. Los miembros de su cuerpo obedecían a su corazón consagrado y cumplían perfectamente los deseos de aquel corazón, que no latía más que para Dios y para su gloria en la salvación de los hombres. Con razón el sacerdote podía hacer «arder todo sobre el altar»; todo estaba, en figura, puro, no estando destinado más que a ser ofrecido a Dios sobre su altar. Había sacrificios de los cuales el sacerdote percibía su parte; y otros en los que el que los ofrecía percibía también su parte, pero el holocausto se consumía «todo» sobre el altar. Era para Dios solo.

Los sacerdotes podían acomodar la leña y el fuego, y ver subir la llama, siendo esto un gran privilegio para ellos, pero no comían del sacrificio. Solo Dios era el objeto de Cristo, en el aspecto de su muerte representado por el holocausto, y no podemos comprender este hecho con bastante sencillez. Desde el momento en que el macho sin defecto era presentado voluntariamente a la puerta del tabernáculo, hasta que, por la acción del fuego, quedaba reducido a ceniza sobre el altar, podemos ver a Cristo ofreciéndose a sí mismo sin mancha a Dios. Dios tiene, en esta obra que Cristo ha cumplido, un gozo propio, gozo en el que ninguna inteligencia creada podría entrar. Esto está confirmado en «la ley del holocausto», de la que nos resta hablar.

1.12 - La ley del holocausto

«Habló aún Jehová a Moisés, diciendo: Manda a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del holocausto: el holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él. Y el sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá calzoncillos de lino sobre su cuerpo; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él las cenizas de sobre el altar, y las pondrá junto al altar. Después se quitará sus vestiduras y se pondrá otras ropas, y sacará las cenizas fuera del campamento a un lugar limpio. Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará» (Lev. 6:1-6). El fuego que sobre el altar consumía el holocausto y las grosuras de los sacrificios de paz era la justa expresión de la santidad divina que encontraba en Cristo y en su sacrificio un alimento conveniente. El fuego que no debía apagarse jamás (lo cual representaba la acción de la santidad divina ejerciendo juicio) debía mantenerse continuamente. El fuego ardía sobre el altar de Dios, en medio de las sombras y silencio de la noche.

«El sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá…» etc. Aquí el sacerdote toma, en figura, el lugar de Cristo, estando representada la justicia personal por la blanca túnica de lino. Cristo habiéndose entregado él mismo a la muerte de cruz, a fin de cumplir la voluntad de Dios, subió a los cielos, en virtud de su propia justicia eterna, llevando consigo el memorial de la obra que había cumplido. Las cenizas atestiguaban que el sacrificio estaba consumado y que había sido aceptado por Dios; se echaban al lado del altar, para dar testimonio de que el fuego había consumido el sacrificio y que no solo estaba consumido sino también aceptado. Las cenizas del holocausto declaraban la aceptación del sacrificio; las cenizas de la ofrenda por el pecado declaraban el juicio sobre el pecado.

Muchos puntos sobre los que ahora no nos hemos parado reaparecerán ante nuestra vista en el transcurso de nuestro estudio, y así tendrán para nosotros más claridad, más valor y poder. Poniendo en contraste unas ofrendas con otras se da, a cada una, más relieve. Consideradas en conjunto nos suministran una visión completa de Cristo. Son como espejos, dispuestos de tal manera que reflejan, bajo diferentes aspectos, la imagen del verdadero y solo perfecto sacrificio. Ninguna figura por sí sola puede representarle en su plenitud. Es preciso que le podamos contemplar en su vida y en su muerte, como hombre y como víctima, en relación con Dios, y en relación con nosotros; y es así como le representan, en figura, las ofrendas del Levítico. Dios ha misericordiosamente respondido de esta manera a las necesidades, quiera él también ahora aumentarnos la inteligencia que necesitamos para comprender lo que ha preparado para nosotros, para que gocemos de ello.

¡Que ahora también sea iluminada nuestra inteligencia, para comprender y gozar lo que nos ha preparado!

Continuará próximamente


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