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El Día del Señor
Autor: William KELLY 27
«Os rogamos, hermanos, respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, que no os dejéis alterar fácilmente en vuestro modo de pensar, ni os alarméis por una supuesta revelación, ni por mensaje, ni por carta, como [si fuera] por nosotros, en el sentido de que el día del Señor ha llegado» (2 Tes. 2:1-2).
1 - La venida del Señor y el Día del Señor
1.1 - No hay que confundir la venida del Señor con el Día del Señor
Anoche señalé que debemos tener cuidado de no confundir la venida del Señor con su Día, del que se habla aquí. Debemos mantenerlos separados, con sus propias especificidades. Como he tratado de mostrar, la venida del Señor será la culminación de la gracia del Señor. El Día del Señor será la ejecución del juicio del Señor. Por lo tanto, al confundir la venida del Señor con su Día, debilitamos la solemnidad del juicio, y al confundir su Día con su venida, perdemos toda el frescor y la plenitud de su gracia. La gracia y el juicio tienen, pues, cada uno su propia expresión.
Así, la Escritura utiliza la expresión «la venida del Señor Jesús» para expresar el regreso del Señor a la tierra para recoger a los suyos y presentarlos, revestidos de Su gloria, en la Casa del Padre en los cielos; utiliza la expresión «el Día del Señor» para hablar de su intervención, para poner fin al orgullo, la malicia y la incredulidad de los hombres en la tierra, y establecer un nuevo sistema de gobierno divino, donde todas las cosas estarán sometidas a su autoridad. No digo que todos los hombres se convertirán, sino que todos serán puestos bajo su reinado. Algunos se someterán disimulando cuando él reine en la tierra. No es de extrañar que sea así, pues el remanente salvado al comienzo del Día del Señor no permanecerá menos de 1.000 años, y durante ese largo período de prosperidad ininterrumpida, en el que se verán todas las muestras de la bondad divina prodigada a los hombres que viven en la tierra, nacerán millones de personas de aquellos que fueron salvados al principio. La Escritura no dice en ninguna parte que estos vayan a ser nacidos de Dios. Lo serán o no, pero incluso aquellos que no lo sean ya no tendrán que luchar contra el mal al que se enfrenta el hombre hoy en día [1]. Ya no habrá necesidad; ni opresión; ni tentación que conduzca a la maldad; ni guerras ni combates; ni enfermedades ni pestes; ni siquiera Satanás podrá tentar a los hombres, pues estará encadenado durante todo ese período.
[1] NdT.: Solamente “la carne” estará todavía presente en el hombre durante el Milenio.
1.2 - Toda la Biblia evoca el Día del Señor
Ustedes, que leen las Escrituras, no pueden ignorar estas cosas; y, afortunadamente, al menos en este país (Escocia), la mayoría de los hombres leen la Biblia, y deben saber que en lo que he dicho me refiero a las Escrituras claras y explícitas. La Biblia es un libro abierto en Escocia, los niños aprenden a leerla, aunque a veces sus mayores no se la expliquen como cabría esperar. Pero estas cosas están escritas en términos muy claros en el último libro del Nuevo Testamento. Además, es un error creer que solo el último libro del Nuevo Testamento habla de ese día. Al contrario, todos los profetas del Antiguo Testamento hablan de él abundantemente, aunque no dicen que dure 1.000 años; ese detalle les estaba oculto y esperaba a un profeta aún más grande que ellos.
1.3 - El tiempo de la gracia
En su sabiduría, Dios iba a suscitar a ese profeta en la persona de Juan el evangelista, quien, al escribir el Apocalipsis, desvelaría esos tiempos y esas estaciones. El Señor, cuando ascendió al cielo, no quería que sus discípulos se ocuparan de los tiempos y de las estaciones de la redención de Israel (Hec. 1:7). Les bastaba saber que Dios Padre iba a cumplir la promesa del Espíritu Santo y hacer de ellos testigos de Jesús por toda la tierra; y esto continúa, pues el testimonio del Señor Jesús por medio del Espíritu Santo se sigue dando en la actualidad. Es lo que llamamos comúnmente y con toda razón: el Evangelio. Pero, en paralelo al Evangelio, recordad siempre que está la Iglesia –siendo el Evangelio el testimonio de Dios a toda criatura, y siendo la Iglesia la reunión de aquellos que reciben el Evangelio y reconocen al Señor Jesús, bautizados en un solo Espíritu para ser lo que la Escritura llama: el Cuerpo de Cristo.
1.4 - La venida del Señor
Ahora explicaré con más detalle, en pocas palabras, esta cuestión del Día del Señor; siempre haré la distinción entre la venida del Señor y el Día del Señor, pues en estos puntos lo importante es tener una visión clara de nuestra posición como creyentes y conocer nuestra parte en el día de la gracia. La venida del Señor Jesús para hacer todo lo que su amor ha asegurado para la fe es de suma importancia. El Día del Señor, aunque es de sumo interés, es, en lo que a nosotros respecta, más negativo; no debemos confundir el sentido del juicio con las manifestaciones de la gracia, para no atentar gravemente contra la verdad. Esta confusión fue evidentemente un peligro desde el principio.
No es más que un paréntesis, pero refuerza lo que estaba diciendo, a saber, que el arrebato de los cristianos que actualmente están en la tierra, y de los santos del Antiguo Testamento, resulta directa y necesariamente de la presencia de nuestro Señor en los aires. En el momento en que él venga, todos los suyos serán transformados, o glorificados, y se elevarán inmediatamente para encontrarse con él en los aires; estos 2 acontecimientos están vinculados entre sí en esta única frase. Así, la fuerza del primer versículo es la siguiente: Os suplicamos, por vuestra bendita esperanza, que os llena de consuelo y gozo –su presencia para reuniros con él en los cielos–, no os dejéis perturbar por el falso rumor de que el Día del Señor ya ha llegado. No ha llegado, y no puede llegar hasta que no se hayan cumplido ciertos males terribles que están por venir.
Fíjense bien en que el apóstol no dice que el Señor no pueda venir en primer lugar. Se equivocaban por completo sobre ese «Día». Por decirlo de alguna manera, “ponían el carro delante de los bueyes”. En otras palabras, situaban el Día del Señor antes de la venida del Señor, mientras que el apóstol indica que estos acontecimientos están relacionados, pero que el Señor viene primero, no para ocuparse de sus enemigos, sino para reunir a sus santos en su presencia. Tiene un objetivo mucho más cercano, un objetivo amado. Lo primero que hace el Señor al venir del cielo es reunir instantáneamente a su lado a todos los que le esperan. Tengamos siempre presente que todo hijo de Dios debe esperarle. No piensen que aquellos que quizá estén poco informados sobre este tema no esperan la venida del Señor. En verdad, todos los santos le esperan en mayor o menor medida, aunque algunos tengan ideas erróneas. Algunos piensan que deben ocurrir acontecimientos terribles antes de la venida del Señor; otros piensan que habrá un largo período de bendición. Ambas son suposiciones erróneas.
1.5 - El gran trono blanco no corresponde a la venida del Señor
Permítanme decirles, además, que cuando el Señor se siente en el gran trono blanco para juzgar a todos los muertos, eso no es en absoluto la venida del Señor, como algunos piensan. Al leer el capítulo 20 del Apocalipsis, verán que no se trata de su venida. Cuando hablan de la venida del Señor, tienen en mente que el Señor regresa aquí, volviendo de donde se había ido. Ese es el verdadero sentido de esa venida: él está ausente y va a estar presente. No se nos dice dónde estará el gran trono blanco, y la razón es muy simple: para calcular una distancia, partimos naturalmente de la tierra donde estamos; depende necesariamente de dónde nos encontremos, como es lógico. Ahora bien, cuando se establezca el gran trono blanco del juicio, los cielos y la tierra actuales habrán desaparecido por completo. Se disolverán totalmente, por un tiempo.
En este caso no puede hablarse de venida. Será el juicio eterno. Todos los muertos se presentarán ante el gran trono blanco, pero nadie puede decir dónde estará este; solo Dios lo sabe. Los cielos y la tierra actuales desaparecerán; sus elementos estarán en algún lugar del espacio, y comprendemos bien que poco importará saber dónde será, cuando los muertos se presenten ante el Juez de todos. Si los cielos actuales han desaparecido por completo, es demasiado tarde para hablar de venida. La venida del Señor debe tener lugar antes de que este universo desaparezca. Es evidente; esto es lo que debe tener en mente cualquiera que hable de la venida del Señor. Aquel que vino antaño en humillación regresa en gloria; no se dice que vendrá a los nuevos cielos y la nueva tierra, aunque no tengo ninguna duda de que también estará allí; pero eso no es lo que expresa «la venida del Señor».
2 - La persona del Señor
2.1 - Cristo restablecerá todas las cosas
Todos los credos admiten que Cristo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y que el cielo debe recibirlo hasta los tiempos del restablecimiento de todas las cosas. Esto significa que todo lo que hoy gime será puesto en orden, y que este pobre mundo, que hoy es el escenario de sufrimientos y penas, será transformado. Este gran cambio será obrado por la poderosa intervención del Señor, y no por un remedio milagroso de los hombres. Toda la ciencia de los sabios aportada al mundo no hace ninguna diferencia en la tierra, y no cambia la naturaleza de la raza humana. Este gran cambio debe ser obrado por un Ser más grande que el hombre: el Redentor. Ahí reside, en esencia, la gloria del Señor Jesús. Ni siquiera el Espíritu Santo llevará a cabo este cambio. El Espíritu Santo no se encarnó ni sufrió por nuestros pecados. Es el Salvador quien debe ser glorificado ante los ojos de todos los hombres, no solo en el cielo, sino en la tierra. Ahora, este es el cristianismo basado en la cruz. El Señor es ahora glorificado, y nosotros entramos en estas cosas, nosotros que caminamos por la fe y no por la vista. Los incrédulos, hoy en día, no saben nada de Dios, ni de sí mismos, ni del Hijo de Dios. No se lo reprocho, ni mucho menos. Comprendo plenamente su indiferencia, sus prejuicios y su culpa, pues por poco que un hombre lea la Palabra de Dios encuentra en ella un poderoso testimonio de la verdad. No se trata solo de razonamientos humanos. Estos nunca satisfacen verdaderamente el alma; nunca pueden enderezar un corazón. Solo Cristo puede hacerlo por el poder de su redención, por su amor infinito, por la gracia y la verdad, por una vida de santidad y justicia.
2.2 - Cristo: único objeto para el corazón
No hay ningún otro objeto en el que el corazón pueda descansar. Incluso el rey más sabio que jamás haya existido, que tenía a sus mujeres como objeto, se volvió insensato al final. No conozco a nadie en una situación más lamentable que el viejo rey Salomón cediendo a las locuras de su mujer egipcia, de sus 700 mujeres y sus 300 concubinas. Es una historia triste, y sin embargo Salomón era el hijo del gran rey David. A quien nosotros deseamos es al Gran Hijo de David, el Señor Jesús; el verdadero Hijo de David, aquel que fue enviado especialmente para el bien de los hombres; el único que manifiesta la perfección de la santidad, pero que, sin embargo, murió para ganar para Dios al más impío. Es Aquel que transporta el corazón y lo une para siempre al Dios al que hasta entonces había calumniado. Pensábamos que era un maestro severo; la gente habla muy a menudo en gran deshonra de Dios. Les parece terrible que Dios condene a un hombre por haber comido algo tan insignificante como un fruto; esa no es la forma correcta de ver las cosas. Adán traicionó a Dios por algo tan insignificante como un fruto. ¿No es esa una verdad que nos humilla? Fue Adán quien abandonó a Dios –la mujer primero, lamento decirlo. Ella influyó en él a través de sus afectos; el hombre no quería separarse de ella, ni siquiera en el pecado. Es bueno que un hombre no sea demasiado orgulloso para seguir a su mujer en lo que es bueno –no siempre lo hace–; pero seguir a una mujer o a cualquiera en lo que es malo es una triste locura y un pecado. Así pues, no solo necesitamos que Dios se muestre tal como es en su gracia frente a toda la maldad del hombre, sino a Dios en la persona de un hombre, el Hijo del hombre, para que Dios sea glorificado de esta manera.
2.3 - Cristo es más sabio que los hombres
El nombre de Jesús cubre de vergüenza todo discurso de aquellos a quienes les gusta hablar de la perfección y de la gloria del hombre, pues ¿a qué conduce su discurso? Son muy firmes en cuanto a la teoría de la evolución. Piensan que sus padres fueron monos en algún momento, pero todo eso, huelga decirlo, es contrario a la verdad de Dios y a toda ciencia, pues nunca se ha visto que la pata de un mono se convirtiera en la pierna de un hombre. No hay nada parecido en ningún fósil, ni en ningún hecho actual. Toda ciencia verdadera se basa en principios fijos y hechos observados. Sin duda, existen variaciones dentro de las especies. Todo el mundo lo sabe y lo admite plenamente. Puede haber una gran variedad dentro de cada especie, pero nunca se ve que una especie se transforme en otra. Nadie ha visto jamás que una manzana se convierta en una pera. ¿No es extraordinario que hombres inteligentes puedan producir tales tonterías bajo el nombre de ciencia?
3 - El extravío del hombre
3.1 - Satanás extravía a los hombres
Volviendo a nuestro tema, el apóstol exhorta aquí a los tesalonicenses, por nuestra bendita esperanza, a que no se turben por ese falso temor.
Yo les diría que una de las armas favoritas del diablo para dañar al pueblo de Dios es el miedo. Lo más probable es que comience por arrastrar a los hombres a algo malo, tal vez un pecado; es una falta. Luego desvía y trastoca su conciencia, y los lleva a formarse una idea de Dios según su propia noción de lo que merecen. Por otra parte, también actúa mediante la falsedad, y lleva al creyente a dudar de Dios. Pero, en cualquier caso, su gran arma siempre ha sido el terror.
¿Cuál es el arma de Dios? ¿Cómo libera a los hombres del poder de Satanás y de toda forma de mal? Por la fe, no por el temor; la fe en la gracia y la verdad de Dios tal y como se revelan en su Hijo; no solo en la persona del Salvador, sino en su obra infinita. Su persona por sí sola no bastaría. Pero su obra, sin su persona, tampoco habría bastado. No estoy llamado a adorar la gracia, sino a adorar a Aquel que murió en la cruz. Es fácil alejarse de la verdad al convertir la obra del Señor en un objeto de idolatría, como se ve en el sistema católico romano, donde la Cena del Señor se transforma en una de las más horribles formas de idolatría. Se puede entender entonces que los hombres hayan llegado, poco a poco, a idolatrar una hostia. Por supuesto, esto nos parecerá increíble, pero es un hecho. Todos nuestros antepasados la adoraron; toda la cristiandad la adoró en otro tiempo, a excepción de un pequeño grupo de testigos que el Señor suscitó, y de quienes se decía que eran, en su mayoría, los más viles de la tierra. Y díganse que no fueron solo los hombres malvados quienes los persiguieron; los mejores de los papas alentaron la persecución de los valdenses. Con sus vanas tradiciones y sus prejuicios impíos, desempeñaron realmente un papel muy nefasto al perseguir a esos verdaderos hijos de Dios que se levantaron contra esa mujer corrupta: la gran ciudad «Babilonia».
3.2 - El hombre es responsable de su incredulidad
Si el enemigo actúa mediante el miedo, el Señor actúa mediante la fe. Eso es exactamente lo que se desprende de estos versículos. ¿Cuál es la gran esperanza en los versículos que tenemos ante nosotros? Es la venida del Señor. Detrás de su venida para llevarnos al cielo, veo nubes oscuras y carbones ardientes. Veo que la ira del Señor va a estallar –pues no olvidemos la ira del Cordero. Pero ciertamente no debemos confundir estas cosas y convertirlas en una mezcla de gracia y juicio. Es precisamente esto lo que la fe desentraña. La fe se aferra a Cristo como al verdadero objeto de la esperanza del cristiano. El juicio está reservado a los incrédulos. No piensen jamás que un hombre no es responsable de su incredulidad. La gracia da al hombre la fe para creer; pero si el hombre permanece incrédulo, es verdaderamente responsable de ello. Sabe muy bien que lucha contra la Palabra de Dios.
Estos hombres incrédulos pueden afirmar que nunca se ha visto un carácter como el del Señor Jesucristo; nunca una humildad, un amor, una santidad y una belleza tales. Pero el Señor Jesús era así porque era el Hijo único de Dios. Si Cristo no hubiera sido Dios, no habría sido bueno, pues es imposible que Aquel que es bueno pretenda ser otro y mejor de lo que es. Ahora bien, el Señor Jesucristo siempre deja en el alma la impresión, directa o indirecta, de que era Dios. Tomemos, por ejemplo, lo que él dice: «Antes que Abraham llegase a ser, yo soy» (Juan 8:58). Antes de que Abraham existiera, yo soy –y no “comencé a existir”. Él era el Ser omnipresente antes de que Abraham existiera. Abraham nació; el Hijo de Dios nunca comenzó a ser el Hijo de Dios. Si nació, fue como hombre; el Verbo se hizo carne, pero él era el Hijo único y eterno incluso antes de venir al mundo. Este es el fundamento mismo de toda verdad relativa a Cristo; por lo tanto, si hay personas que se oponen a ello e intentan refutarlo, es una afrenta a Dios. ¡Piensen en lo que siente Dios ante el rechazo de su amor infinito –¡rechazo de Aquel a quien todo el cielo adora! ¡Piensen en esos pobres hombres insignificantes que cubren de desprecio al Señor!
3.3 - El declive de la cristiandad
En la historia del mundo, creo que nunca ha habido un período en el que tantas personas bautizadas y respetables hayan rechazado al Señor Jesucristo. Hace poco, un obispo al otro lado del Tweed [2] predicaba, exhortando a los judíos a convertirse al cristianismo; un judío astuto respondió a Su Excelencia, diciéndole que era un momento muy inoportuno para pedir a los judíos que se convirtieran al cristianismo, cuando tantos cristianos dejaban de serlo. Esa respuesta fue muy difícil de escuchar; me temo que el obispo no supo salir de esa delicada situación. De hecho, no podía negar honestamente el hecho de que muchos cristianos de nombre abandonan el cristianismo de nombre, en particular entre los hombres cultos. En Inglaterra, la clase obrera también se inclina bastante a ello, al menos así era hace algún tiempo. Pero la clase intelectual –profesores, abogados, médicos, clérigos– le ha dado un pésimo ejemplo. Digo esto para que pongamos la verdad ante nosotros y no permanezcamos en el paraíso ilusorio de nuestras propias ideas; para que nos demos cuenta verdaderamente de la solemnidad del tiempo presente, y para que nos aferremos personalmente con todo nuestro corazón a la verdad, y la verdad es indisociable de Cristo.
[2] Río al norte de Inglaterra.
3.4 - El hombre pretende conocer la fecha del Día del Señor
Para contrarrestar la mentira de Satanás, el Espíritu Santo pone de relieve la verdad de la que se apodera la fe. En este caso, la verdad es que Cristo vendrá personalmente a reunir a todos los suyos, transformados a su imagen gloriosa, para encontrarse con él en los cielos. El apóstol presenta esta esperanza para contrarrestar el temor al «Día», pues el diablo había llevado a los tesalonicenses a temer que el Día del Señor ya hubiera llegado. Quizás muchos de ustedes recuerden la época en que un tal Miller creó una situación aterradora en Estados Unidos. Pretendía fijar la fecha en que llegaría el día del juicio sobre la tierra: el Día del Señor. Como consecuencia, muchas personas abandonaron sus actividades, cerraron sus tiendas, dejaron sus granjas; se trataba principalmente de personas de esa clase social. Llegó el día, pero no era el Día del Señor. La fe de muchos se vio profundamente sacudida; no pocos perdieron sus negocios y quedaron arruinados, pero además muchos de ellos, bajo el impacto, perdieron la razón. Pero eso no era nada nuevo en el mundo. En el año 1.000 hubo un gran período de miedo. La gente ignorante pensaba que había un hechizo fatal en la palabra «mil», y, según los cálculos de los doctores, se les había dicho que el Día del Señor llegaría entonces. El día llegó y pasó, y no hubo Día del Señor. Anteriormente, en el año 600, también hubo un impacto de este tipo, aunque quizá más suave. Todos esos impactos pasaron, ¿y cuál fue el efecto? La gente se endureció cada vez más en la incredulidad, porque no era la verdad. Esa gente no tenía derecho a hablar así del Día del Señor. Estaban perplejos y asustados respecto a ese día, porque no comprendían el consuelo que la venida del Señor, tal y como la enseñaba el apóstol, podía proporcionarles.
3.5 - El orden de los acontecimientos venideros
Hay un orden en estos acontecimientos. El Señor viene a reunir a los suyos: eso es lo primero; por lo tanto, no debían preocuparse por la alerta que anunciaba que el Día del Señor había llegado, pues, aunque viniera, no les afectaría. Caerá sobre aquellos que no conocen a Dios y sobre aquellos que no obedecen al Evangelio.
Para aquellos de ustedes que deseen comprender este tema, os remito al capítulo anterior. Para comprender bien el Día del Señor, verán que el tema está minuciosamente preparado. El apóstol presenta allí la verdad y muestra que estaban completamente equivocados en cuanto a la naturaleza de ese día; de hecho, temían que los santos lo sufrieran. «No», les dice el apóstol, “cuando llegue ese día, os iréis con Él. Los que sufrirán tribulaciones en ese día son los que os hacen sufrir tribulaciones hoy: vuestros perseguidores”. El Día del Señor es un día de tribulaciones, no para el pueblo de Dios, sino para los enemigos de Dios. Todos se equivocaban en sus pensamientos, por lo que el apóstol los corregía en cuanto a la naturaleza del «Día», antes de presentar la refutación detallada en el capítulo 2.
4 - La explicación de 2 Tesalonicenses 2:1-2
Pasamos ahora a este pasaje, rico en enseñanzas espirituales para nuestras almas. Observen, en primer lugar, la minuciosa preparación del terreno, y luego cómo se corrige cuidadosamente el corazón. «Os rogamos, hermanos, respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo» –este es el motivo (ὑπέρ) por el que los exhorta. No era el tema lo que les perturbaba. Quienes han revisado el Nuevo Testamento, creo, han cometido un error aquí, pues su versión confunde la venida del Señor con el Día del Señor. Dicen que el apóstol habla de ese «Día» en el primer versículo. Sin embargo, allí indica el motivo para contrarrestar el rumor que los perturbaban y los llenaban de temor. Está claro que el «Día del Señor» es el tema tratado, y que la venida del Señor Jesús es el motivo de consuelo contra la falsa interpretación y el temor de que ese día ya haya llegado. Confundir ambos es fatal; es, creo, lo que ha llevado a la mala traducción que dice que el Día del Señor estaba «cerca», mientras que aquellos que los perturbaban decían que ya había llegado.
4.1 - Errores de traducción
Recuerdo haber echado un vistazo a un libro de un tal Regius, profesor de griego, sobre las Epístolas a los Tesalonicenses. Cabría esperar que un profesor de griego en Oxford entendiera el griego; pero es sorprendente que repita el mismo error de traducción que en la Versión Autorizada. No hay razón alguna para dudar de que el verbo final signifique «está aquí (o ha llegado)» y no «cerca»: un error tanto de traducción como de doctrina, que contradice lo que enseña el apóstol en Romanos 13:12, quien dice que el día está cerca. Los falsos doctores seguramente no vieron lo que el apóstol enseñaba, y pretendían tener su autoridad para decir que el día estaba allí, para gran temor de los tesalonicenses. No hay ninguna razón válida para cuestionar el sentido habitual. Lo que hoy admiten todos los especialistas dignos de crédito en griego se le ha escapado al profesor. Esto se explica porque algunos abordan el Nuevo Testamento con sus propias ideas sobre lo que debería ser, en lugar de aceptar lo que Dios dice. Así actúan quienes se rebelan contra las verdades más evidentes de la Biblia, porque su mente está agitada. Cometen graves errores porque tienen ideas preconcebidas. No digo que yo no sea susceptible de cometer un error tan grave. Todos lo somos, si abordamos la Biblia con ese espíritu. No piensen, pues, que quiero hablar irrespetuosamente de nadie, sino que insisto en hechos comprobados. Deberíamos tener más respeto por la verdad que por las personas. No entiendo que un hombre escriba para ocultar la verdad. Resulta sorprendente que una persona que goza de una merecida reputación de erudito malinterprete un griego claro. Pero es lo que hizo; se debió enteramente a que tenía en su mente un sistema que distorsionaba su visión de las Escrituras y su traducción. La única manera de evitarlo es estar liberado de los prejuicios por la gracia, volverse hacia el Señor y abordar las Escrituras con el deseo de aprender lo que Dios dice.
4.2 - Los impostores se hacían pasar por el apóstol
Tras explicarles por qué no debían preocuparse por ese rumor que tanto les había alarmado, el apóstol les muestra la inmoralidad de quienes habían difundido ese rumor, ¡pues habían difundido su propia carta como si fuera la del apóstol! No hay que pensar que se tratara de su Primera Epístola, que ellos habían malinterpretado. Él dice lo siguiente: «Que no os dejéis alterar fácilmente en vuestro modo de pensar, ni os alarméis por una supuesta revelación, ni por mensaje, ni por carta, como [si fuera] por nosotros». No dice que fuera su Primera Epístola. Si se hubiera referido a ella, habría dicho: “Nuestra Epístola”. La habría mencionado como una carta bien conocida. Si hubiera aludido a ella de manera vaga, podría haber sido cualquier carta, y en ese caso no habría dicho «como [si fuera] de nosotros», sino “la nuestra”. Quería decir que pretendía ser lo que no era. Hacer creer que algo falso ha sido inspirado es especialmente grave desde el punto de vista moral. Falsificar las cosas es un gran pecado. No pretendían que fuera una revelación, ni una palabra pronunciada en la asamblea; pretendían que la Carta era de Pablo. ¡Cuando los hombres pierden la verdad, a menudo se vuelven deshonestos!
4.3 - La apostasía debe preceder al Día del Señor
El apóstol aborda ahora los diversos hechos de carácter maligno que deben preceder al día en que serán juzgados. Dice: «Nadie os engañe de ninguna manera; porque [ese día no vendrá] sin que venga primero la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición» (2 Tes. 2:3). No recuerdo la Versión Revisada, pero creo que allí se dice: “el alejamiento”, que es el término habitual para designar la apostasía. No es simplemente una expresión indeterminada –«un» alejamiento, como en la Versión Autorizada. A continuación, viene el hombre de pecado. La apostasía se refería a lo que ya se conocía entre los cristianos e incluso entre los judíos. En Daniel 11 se habla de un rey que actuará según su antojo y que vendrá más tarde; este rey se describe con rasgos verdaderamente característicos. Rechaza a los dioses falsos, rechaza al dios de sus padres, no tiene en cuenta el objeto del deseo de Israel, es decir, el Mesías, y rechaza al Dios verdadero. Por todo ello, se convierte en víctima de un dios de su propia creación. Al igual que Jeroboam, instaura una nueva religión con fines políticos. No es simplemente un prelado ambicioso que se autoproclama –lo cual ya sería bastante grave–, sino que reclama para sí el honor que se le debe a Dios. No finge hipócritamente ser siervo de Sus siervos. Reivindica para sí el culto divino supremo y exclusivo, en el templo de Dios.
4.4 - El misterio de la iniquidad aún no es la apostasía
Creo que no es justo decir que esto ya se ha cumplido plenamente. Creo tener una opinión del catolicismo romano tan mala como la de cualquiera de los aquí presentes; pero no creo que el catolicismo romano sea la apostasía. La apostasía es mucho más que eso, y mucho peor. Creo que un católico romano puede salvarse; creo que, en medio de la terrible corrupción y la superstición de la iglesia romana, se lee suficientemente la Palabra de Dios y se habla lo bastante de Cristo, para que una pobre alma pueda comprender la gran verdad de que una Persona divina se hizo hombre y murió por los pecadores. Por eso creo que no solo los católicos laicos, sino también los sacerdotes católicos se salvan, e incluso los papas. Creo que el papa León era un hombre bueno (aunque ambicioso), al igual que el papa Gregorio I. Gregorio VII fue, por desgracia, un hombre muy diferente. Solo menciono a estos 2 porque me vienen a la mente y parecen haber inculcado el temor de Dios y el amor a Su verdad en medio de una gran oscuridad y superstición. No nos dejemos llevar demasiado por la controversia. Debemos tener presente que las personas pueden ser objeto de la gracia divina en las circunstancias más desfavorables. Puedo concebir que un católico romano sea salvo, pero ¿qué hay de un unitariano [3]? Este último niega la divinidad de Cristo y su obra expiatoria. De hecho, cualquiera que niegue siquiera la verdadera humanidad del Señor es peor que un católico romano. La apostasía significa el rechazo de todas las verdades reveladas.
[3] NdT. El unitarismo se refiere a una doctrina y a un movimiento cristiano heterogéneo cuyo denominador común es la crítica o el rechazo del dogma de la Trinidad, en favor de soluciones teológicas que se consideran más acordes con la idea de un Dios único (monoteísmo).
El apóstol nos dice a continuación que el Día del Señor no puede llegar antes de la apostasía y la revelación del «hombre de pecado». Esto está muy claro. El Señor le había dicho a Abram, para justificar el hecho de no juzgar a los amorreos, que su iniquidad aún no había llegado a su colmo. La copa de Sodoma y Gomorra estaba llena, como sabemos, pero la de los amorreos no lo estaba. Pudieron seguir sus malos caminos hasta que la tierra estuvo lista para vomitarlos. Entonces, por orden de Dios, la espada del castigo cayó sobre ellos. Es siempre un principio en los caminos de Dios que la iniquidad que él juzga debe manifestarse por completo. La iniquidad de la cristiandad no se ha manifestado por completo. Todavía hay, en medio de cosas muy lamentables, muchas conversiones. También hay una dedicación a Cristo nada desdeñable. Las formas y la realidad de la verdad aún son evidentes; por ahora es «el misterio de la iniquidad» (2 Tes. 2:7). Será muy diferente en aquel día.
5 - Lo que dice el Apocalipsis
Llegamos al tema en el que ahora voy a detenerme: el Día del Señor difiere de la venida del Señor, no solo en carácter, sino también en el tiempo. Hay un intervalo entre ambos. La duración de este intervalo se aprende a partir de las Escrituras donde se abordan los tiempos y las estaciones, a saber, el libro del Apocalipsis. ¿Dónde se buscarían más fácilmente las estaciones proféticas que en este libro? ¿Qué encontramos al considerarlo en su conjunto? En él se encuentran las Epístolas a las 7 iglesias, que ofrecen una visión profética de la Iglesia mientras permanece en la tierra. Justo después de la última de las 7 Iglesias –la de Laodicea– se abre una puerta en el cielo; al profeta se le permite mirar dentro, y ve una nueva asamblea en el cielo, que nunca se había visto allí: 24 ancianos sentados en tronos, alrededor del trono central de Dios.
5.1 - Los 24 ancianos
¿Quiénes son estos ancianos con sus coronas? En mi opinión, simbolizan a los santos del Antiguo Testamento y a los santos del Nuevo Testamento: la gran compañía de los jefes del sacerdocio celestial. Por eso se dice que son 24: esto corresponde al número de clases de sacerdotes bajo la dispensación mosaica. No pensemos que el número 24 se refiere a 24 individuos: pueden ser miles, o incluso millones de santos. En mi opinión, la idea principal de este símbolo es que los 24 constituyen el sacerdocio celestial: los grandes sacerdotes de gloria. Dios tendrá otros reyes y sacerdotes, además de estos. ¿Quiénes son? Personas que serán llamadas a conocer a Dios después de que los ancianos hayan sido llevados al cielo. Porque, recuerden que nunca se añade ningún anciano; nunca se encuentran 25 o 26 –y mucho menos 36 o 48. Es un conjunto completo. Ahora bien, este hecho es muy importante. Otros serán objeto de la gracia divina, pero no se sumarán a los 24 ancianos: formarán un grupo aparte. Será una compañía bendecida por Dios –glorificada a su debido tiempo, sin duda, pero no añadida a los 24.
5.2 - Varios grupos de santos
Debemos dejar espacio a los caminos de Dios; Dios es soberano. Si hoy puedo creer en la soberanía de Dios de una forma, puedo creer en ella de otra. El libro del Apocalipsis muestra especialmente este principio. Más adelante en el libro, por ejemplo, vemos una compañía de pie sobre un mar de cristal, y sobre un mar de cristal mezclado con fuego; esto es muy notable. En el capítulo 4, el mar de cristal no está mezclado con fuego. En el capítulo 15, encontramos una nueva compañía de vencedores y un mar de cristal mezclado con fuego. Esto significa que han atravesado la tribulación. Los demás subieron antes de esa terrible tribulación; en su caso, el símbolo del fuego no tendría sentido.
5.3 - El mar de cristal
Quizá debería explicar qué significa este símbolo de un mar de cristal. Ya sea en referencia al primer grupo o al segundo, es natural pensar en el mar. Un mar de agua nos lava de las impurezas que adquirimos durante nuestro paso por este mundo. Los sacerdotes debían primero ser lavados por completo; luego, cada vez que iban a oficiar en el Templo, se lavaban las manos y los pies. El mar celestial ya no está formado de agua, sino de cristal, porque ya no se trata de eliminar la impureza. Esta ha desaparecido por completo. Ella nunca habría podido entrar en el cielo. Por eso, en primer lugar, cuando los ancianos son arrebatados al cielo a la venida del Señor –solo él los puede arrebatar–, se ve un mar de cristal, pero no mezclado con fuego.
5.4 - Los cánticos en el cielo
Luego, en la parte central del libro, se habla de esa gran tribulación –los más terribles juicios de Dios sobre la maldad del hombre. La tribulación tiene lugar, y en el capítulo 15 vemos a la nueva asamblea, de pie sobre el mar de cristal, con arpas de oro en las manos, cantando el cántico de Moisés y del Cordero (no solo del Cordero). Los 24 ancianos solo cantan el cántico del Cordero; nosotros no cantamos el cántico de Moisés. Más adelante, será del todo normal que los judíos convertidos lo canten, y lo cantarán; pero, por la gracia de Dios, conocemos la gloria incomparable del Señor Jesús. En el monte de la Transfiguración, el apóstol pidió permiso para construir 3 tiendas: una para Moisés, otra para Elías y otra para Cristo. Dios Padre dijo: «¡Este es mi amado Hijo…! ¡A él oíd!». Él es el Objeto supremo y exclusivo de este cántico nuevo. No tengo la más mínima falta de respeto hacia Moisés, el siervo de Dios, ni mucho menos. Sostengo que cada palabra escrita por Moisés está inspirada. El Señor Jesús nunca fue llamado a escribir nada, pues él era la Palabra, y no habría sido digno de su gloria que escribiera una sola línea. Él estaba por encima de todo eso. No se trata, pues, de lo que él escribió, sino de lo que el Espíritu Santo hizo que otros escribieran acerca de él. Así, en el capítulo 5 del Apocalipsis, los ancianos solo cantan para Dios y el Cordero, mientras que esta nueva compañía que saldrá de una terrible tribulación cantará el cántico de Moisés y del Cordero. No se le llama en absoluto un cántico nuevo. Es muy importante captar estas diferencias en la Escritura.
5.5 - El desarrollo de los acontecimientos
Apliquemos ahora esto a lo que tenemos ante nosotros. El Señor vendrá y reunirá inmediatamente a todos los suyos para que estén con él en los cielos. El Espíritu de Dios, entonces, comenzará la obra de conversión de las almas por medio de la Palabra, en particular entre los judíos, pero también entre los gentiles; sin embargo, no serán reunidos en un solo cuerpo. Este carácter notable y exclusivo de la Iglesia de Dios –la ausencia de distinción entre judíos y naciones– ya no caracterizará la obra de Dios; los judíos serán convertidos como judíos, y los gentiles como gentiles. En Apocalipsis 7, se les ve en 2 cuerpos distintos: primero, los procedentes de las 12 tribus, y luego la multitud que nadie podía contar.
Sé que hay eruditos que dicen que son los mismos; pero, en verdad, su modo de interpretación no deja de sorprenderme. Ningún hombre sencillo puede creer que sean los mismos. A veces se necesitan muchos razonamientos para que alguien llegue a aceptar tal idea. Cuando la gente está completamente absorta en algo, es sorprendente ver cómo pueden convencerse a sí mismos y convencer a otros de creer en ello. Estoy convencido de que habrá 2 grupos. Creo que esto se desprende claramente de las declaraciones de las Escrituras, tanto para el lector más sencillo como para el teólogo más erudito. Habrá una compañía sellada, procedente de todo Israel, y una inmensa compañía procedente de las naciones. Cuando el Señor regrese, reinará sobre estos durante el Milenio. Pero algunos serán asesinados. No vivirán bajo el reinado del Señor; y si el Señor no hiciera algo muy bendito por ellos, perderían tanto la gloria celestial de la Iglesia como el gozo terrenal de quienes poblarán la tierra cuando él venga a reinar en gloria. ¿Qué hace él por ellos? Él espera a que el último hombre haya sufrido, y luego los resucita de entre los muertos para llevarlos a la gloria celestial.
6 - Los diferentes grupos de santos en Apocalipsis 20:4
Sé que muchos están muy confundidos al respecto. Se imaginan que todo el mundo debe resucitar exactamente en el mismo momento. Es perfectamente cierto que nosotros resucitaremos al mismo tiempo; pero me parece extraño que todos los demás resuciten con nosotros. No veo ninguna necesidad de ello, sino todo lo contrario. Apocalipsis 20:4 pone claramente de relieve la importancia de distinguir entre la venida del Señor y el Día del Señor: «Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos a quienes fue dado juzgar; y vi las almas de los que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a los que no adoraron a la Bestia, ni a su imagen, y no recibieron la marca en sus frentes ni sobre su mano; y vivieron, y reinaron con Cristo 1.000 años».
6.1 - Los ancianos
¿Quiénes son? Los primeros son los ancianos que salen del cielo. Estos llevaban mucho tiempo en el cielo y, por lo tanto, ya habían tomado asiento en los tronos, y se les concedió el juicio –y no se ejecutó contra ellos. Por el contrario, deben juzgar al mundo y a los ángeles, como dice el apóstol Pablo en la Primera Epístola a los Corintios.
6.2 - Las almas que habían sido decapitadas
A continuación: «Y [vi]… las almas de aquellos que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios». Vi las almas, no los cuerpos. Se trata claramente de un grupo de personas que sufrieron después de que los ancianos fueran llevados al cielo, y aún se encontraban en el estado en que el alma está separada del cuerpo. Vio los espíritus o las almas de los que habían sido decapitados. No se dejen llevar por la idea de que la palabra «almas» a veces se refiere a personas. Lo sabemos, por supuesto; pero es fácil distinguir si se habla de almas separadas de su cuerpo o de personas vivas. Cuando se dice que 70 almas bajaron a Egipto, es muy inteligible; no eran almas separadas de su cuerpo, sino personas. Pero si digo que 70 almas del pueblo bajaron a Egipto, sería ambiguo. En resumen, se habría utilizado una formulación diferente para hablar de personas. La Escritura es siempre muy precisa. Refuto totalmente lo que dicen los incrédulos, a saber, que las cosas se expresan allí de manera vaga. Si se hubiera escrito: “Vi 70 almas que habían sido decapitadas”, es evidente que entonces se habría tratado de personas.
6.3 - Los que no adoraron a la Bestia
Por último, «Y que no habían rendido…» (versión KJV). Aquí hay un ligero pero desafortunado error de traducción. Debería leerse: «Y los que no adoraron a la Bestia» –se trata de una tercera categoría de personas. Esto ya es generalmente admitido. No creo que ningún erudito tenga la más mínima duda al respecto. El decano Alford, que era un buen erudito, también lo interpreta como una tercera categoría. El difunto Sr. Elliott hace lo mismo. Los menciono porque no están de acuerdo conmigo en muchos puntos; pero yo estoy de acuerdo con ellos y ellos conmigo en este punto, a saber, que hay 3 categorías. La primera es la de las personas ya glorificadas, por lo que no se habla de sus almas; mientras que, en la segunda y tercera categorías, se habla de almas: en primer lugar, las de las personas que fueron decapitadas por la Palabra de Dios, y luego las de quienes no quisieron aceptar la marca de la Bestia.
6.4 - Confirmación en Apocalipsis 6
Encontrarán la confirmación de esto en Apocalipsis 6, donde las almas –separadas de sus cuerpos, por supuesto– fueron vistas bajo el altar y donde se les dijo que debían esperar hasta que se completara el número de sus hermanos que iban a ser muertos como ellas. Esta es la segunda categoría. Debía haber 2 grupos de mártires: el primero al comienzo del Apocalipsis y el segundo en el capítulo 15; estos 2 grupos están ahora aquí ante nosotros. Pero antes de oír hablar de estos 2 grupos en los que las almas están separadas de los cuerpos, tenemos a los ancianos en su estado glorificado. (1) «Vi tronos, y se sentaron sobre ellos…» y (2) «vi las almas de los que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús…» y (3) «a los que no adoraron a la Bestia… y vivieron, y reinaron con Cristo 1.000 años». ¿Por qué se dice que los 2 últimos grupos vivieron? Porque hasta ese momento, las almas estaban separadas de los cuerpos. No se dice lo mismo de los que estaban sentados en los tronos, pues no era necesario; pero sí debía decirse que los que habían sufrido el martirio durante la crisis “apocalíptica” vivirían.
6.5 - La gran tribulación
¿Cuándo tuvieron lugar todas esas decapitaciones, y cuándo fueron sellados aquellos que no aceptaban la marca de la Bestia? Durante la gran tribulación. Por lo tanto, son aquellos que tuvieron que atravesar no un mar de cristal, sino un mar de cristal mezclado con fuego. La venida del Señor implica el arrebato de aquellos que lo esperan actualmente. A continuación viene un período de terribles pruebas, durante el cual nacerán almas de Dios, muchas de las cuales tendrán que sufrir; pero sus sufrimientos tendrán su recompensa en su resurrección, cuando el Señor aparezca en gloria, y todos reinarán juntos –los que ya habían sido arrebatados y los que resucitarán entonces; mientras que los que aún estén vivos formarán el pueblo bendito del Milenio, que constituirá el núcleo de esa gran escena de bendición que llenará toda la tierra; pues ciertamente Jehová, Jesús, reinará en aquel día.
7 - Conclusión
Les he presentado, tan claramente como es posible en una reunión, una visión general de este importante tema. Pero el punto esencial en el que insisto es la diferencia fundamental entre el ejercicio de la gracia en la venida del Señor para llevarse a los suyos con él, y el ejercicio del juicio en el Día del Señor. Deben tener presente esta distinción; el cristiano se caracteriza por una gracia que lo lleva al cielo; el judío se caracteriza por la aparición del Señor para ejercer el juicio que lo liberará de sus enemigos en la tierra. Nuestra bendición no depende de la ejecución del juicio, sino que es fruto de la pura gracia soberana. No teníamos ningún derecho, ningún mérito, ninguna defensa para sustentar nuestra causa. Cuando el Señor venga a llevarnos, no habrá ejecución de juicio sobre la tierra. Pero será diferente cuando aparezca para salvar a los pobres judíos. Tendrán que atravesar un período de tribulación punitiva; luego, en el último momento, cuando parezcan estar a punto de ser exterminados, el Señor se abatirá sobre sus enemigos y liberará al remanente piadoso.
Creo que ahí tienen una visión general, y les corresponde a ustedes hacer suya esta verdad. Busquen en la Palabra, y si leen con fe, encontrarán abundantes pruebas; pero para leer así, y sacar pleno provecho de ello, sus almas deben tener claro su propia salvación. Esa es la condición indispensable para crecer en el conocimiento de Cristo y para adquirir una verdadera comprensión de la Palabra de Dios. Si no tienen claro el Evangelio, ¿de qué sirve hablar mucho de la segunda venida? Por eso les exhorto a velar por que sus almas participen de la bendición de la primera venida. Amén.